Madrid, 1940

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

El trabajo apostólico del Opus Dei empieza a desarrollarse de tal forma que se hace preciso abrir dos pequeños pisos, uno en Valladolid y otro en Barcelona, los cuales vienen a sumarse al de Valencia.

En Madrid, donde la casa de la calle de Jenner sigue funcionando como residencia de estudiantes, se alquila un piso en la calle de Martínez Campos (cerca de aquel en el que vivió la madre de don Josemaría antes de la guerra), para que puedan vivir allí algunos miembros de la Obra, que son un poco mayores.

El Padre, con su madre, sus hermanos y algunos miembros de la Obra, se traslada a un edificio de tres plantas, con un pequeño jardín, situado en la esquina de Diego de León y Lagasca, en un extremo del barrio de Salamanca.

La casa es amplia y las piezas nobles tienen prestancia, pero los muebles son tan escasos que resultan desproporcionados a ese cuadro. ¡Ni siquiera tienen dinero para reparar la caldera de la calefacción y comprar carbón!

El Padre duerme en el tercer piso, en una habitación pequeña que tiene una terraza encima y tres paredes en fachada, por lo que resulta gélida en invierno y sofocante en verano. Su madre y su hermana ocupan una habitación en la segunda planta y su hermano otra; realmente, no les sobra espacio, porque el resto de la casa se va llenando poco a poco con los miembros de la Obra que van a recibir una formación intensiva junto al Padre.

La actividad de don Josemaría sigue siendo ilimitada: impulsa la labor apostólica, se preocupa de la formación de las nuevas vocaciones, atiende a los estudiantes de la Residencia de Jenner, dirige espiritualmente a un número creciente de personas, sigue dando retiros y ejercicios espirituales… A todo lo cual hay que añadir su cargo de Rector de Santa Isabel y sus viajes para predicar a sacerdotes de numerosas diócesis.

Entre el 1 y el 7 de septiembre de 1940, da un curso de retiro a un grupo de jóvenes madrileñas. De ahí salen algunas de las primeras vocaciones de mujeres para el Opus Dei.

Rumores y calumnias

El árbol de la Obra empieza a multiplicar sus ramas y la labor apostólica de sus miembros ya no puede pasar inadvertida. La predicación del Fundador, por otra parte, se extiende mucho más allá del amplio círculo de hombres y mujeres de toda condición que le siguen de cerca.

Ya en los primeros comienzos de la Obra, antes de la guerra, habían llegado a oídos de don Josemaría Escrivá comentarios poco afortunados. Ahora, las críticas más o menos veladas cobran nuevo vuelo.

¿De dónde procede su influencia sobre las almas? ¿No es acaso sospechoso el éxito de esta nueva forma de apostolado? ¿No es peligroso hacer creer a simples laicos que pueden santificarse en su propio estado, sin apartarse del mundo, entrar en un convento o hacerse sacerdotes? ¿No resulta extraño hablar de vocación a simples fieles?…

A1 principio, no son más que rumores, palabras al aire, no necesariamente mal intencionadas. El Padre no les da importancia, convencido de que tales rumores acabarán cuando, bajo la novedad de la Obra, se descubran las raíces profundamente evangélicas de su espiritualidad.

Pero los rumores siguen en aumento y, en contra de lo previsto, parecen hallar eco en ciertas personas de las que se podía esperar más sentido común. A la curiosidad y al afán de cotilleo viene a unirse, por duro que resulte creerlo, la malevolencia indudable de algunos. Pronto se hace evidente que no se trata de simples comadreos propalados por gentes ignorantes. Es más bien que, como decía Beaumarchais dos siglos antes, sotto voce, a mezza voce, Basilio susurra de nuevo palabras calumniosas…

La primera reacción del Fundador del Opus Dei consiste en sacar de esas dificultades una lección de humildad: Se han desatado las lenguas y has sufrido desaires que te han herido más porque no los esperabas. -Tu reacción sobrenatural debe ser perdonar y aun pedir perdón- y aprovechar la experiencia para despegarte de las criaturas.

Pronto se da cuenta, sin embargo, de que las acusaciones no van dirigidas sólo contra él, sino que amenazan la misma existencia del Opus Dei, todavía muy joven.

Don Josemaría sabe que puede contar con el Obispo de Madrid, que está profundamente convencido de que la Obra es cosa de Dios y suele cortar por lo sano cualquier crítica; y la misma actitud demuestran otros muchos obispos. Alguien recuerda que un día, con ocasión de la festividad del Corpus Christi, el Obispo de Madrid, durante la procesión con el Santísimo Sacramento, ha dicho al Presidente de Acción Católica, que llevaba uno de los varales del Palio:

-Mira: por lo que más vale en el mundo y lo que más estimo, que es Jesús Sacramentado, no ataques, no digas nada en desdoro de esa Obra, que yo quiero como a las niñas de mis ojos.

A pesar de esta firme actitud del prelado, las calumnias no cesan. Al contrario, se van “adornando” con detalles nuevos. Hasta que un día sucede lo increíble: alguien presenta, ante el Tribunal especial de represión de la masonería -creado el 1 de marzo de 1940-, una denuncia en regla contra el Opus Dei. La acusación es terrible y puede tener consecuencias gravísimas en la España de la época, pues en ella se califica a la Obra de “rama judaica de la masonería” y de “secta judaica en relación con los masones”.

Cuando se inicia el proceso, los acusadores arremeten contra la Obra. Uno de ellos, lleno de fogosidad, asegura, en apoyo de su requisitoria, que, para mejor llamar a engaño a la gente, los miembros del Opus Dei procuran no distinguirse en nada de sus conciudadanos y que llevan una vida honesta, laboriosa y casta…

El General Saliquet, que preside el Tribunal aguza el oído:

-¿Quiere usted decir que viven castamente? -pregunta.

-Sí, así es.

-Entonces, no sigamos más: si viven la castidad es que no son masones. ¡No conozco ningún masón que sea casto!

Ante esta afirmación perentoria del Presidente, el proceso se da por cerrado y los jueces pasan al siguiente.

El Tribunal decide entonces enviar a don Josemaría a las dos personalidades que habían sido requeridas para formalizar la acusación, con objeto de que le den a conocer el resultado. El Fundador del Opus Dei los recibe en la residencia de Jenner, sin ningún recelo. Cuando se despiden. uno de los dos “procuradores” no puede contener su curiosidad y le interroga:

-Padre, ¿no podría usted enseñarnos ese oratorio donde los que le acusan de ser masón dicen que usted hace milagros?

-Se lo enseñaré con mucho gusto; pero, ¿de qué milagros se trata?

Un tanto desazonados, le dicen lo que algunos propalan: que ha montado un complicado juego de luces para dar la sensación de que se alza sobre el suelo mientras celebra Misa…

-Pues verdaderamente, con el peso que tengo, elevarme sobre el suelo mientras digo la Misa, sería un milagro de primera categoría -responde el Padre, sonriendo, antes de llevarles al oratorio.

Y es que, en efecto, desde hace algún tiempo, ha empezado a engordar mucho…

La paz en la oración

El incidente ha quedado zanjado, pero no por eso cesan las calumnias. Al contrario. Don Josemaría procura no tenerlas en cuenta y olvidar. Más te ha perdonado Dios a ti. Recomienda a sus hijos que no tengan complejo de víctima, que no hablen entre ellos de lo que pasa y que continúen rezando y trabajando.

Con todo, no puede evitar el sufrir mucho cuando piensa que, aunque algún día se hará justicia con la Obra, los enemigos de la Iglesia pueden utilizar esas mismas acusaciones contra el Opus Dei, y gentes de buena fe repetirlas sin saber que se trata de calumnias.

Así pues, el Padre reza intensamente para que tal situación termine cuanto antes. Aunque no pierde nunca la serenidad, al empezar cada jornada se pregunta, con su colaborador más íntimo, Álvaro del Portillo, de dónde vendrá la injuria ese día.

Hasta que una madrugada, tras una noche en la que le ha sido imposible conciliar el sueño, entra en el oratorio. Arrodillado ante el Sagrario, lo deja todo en manos de Dios: Señor, si tú no necesitas mi honra, ¿yo, para qué la quiero?

Enseguida, una paz profunda le embarga.

Hasta entonces, no sabe el hijo de Dios lo que es ser feliz: hasta llegar a esa desnudez, a esa entrega, que es entrega de amor; pero fundamentada en la mortificación, en el dolor.

Para un cristiano, la alegría no es una alegría fisiológica, de animal sano, sino que procede de una causa sobrenatural: tiene sus raíces en forma de cruz.

El Padre continúa preocupado, pero no por eso piensa en restringir su actividad, ni el apostolado de sus hijos.

Una noche, suena el teléfono en la casa de Diego de León. Han dado ya las doce. Cuando don Josemaría descuelga el auricular, escucha una voz familiar, que pronuncia su nombre y luego dice en latín unas palabras de Cristo a los Apóstoles: Ecce Satanas expetivit vos ut cribaret sicut triticum: “Simón, Simón, he aquí que Satanás, os ha reclamado para cribaros como el trigo. Pero yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe…” (Luc. XXII, 31-32). Tras unos instantes de silencio, la voz vuelve a sonar: et tu confirma filios tuos. Luego se corta la comunicación.

El Obispo de Madrid, que suele acostarse tarde, le ha llamado para darle a entender, con esas palabras, que la persecución arrecia. Para animarle y ayudarle a mantener la fe de los primeros miembros de la Obra, ha modificado ligeramente la segunda parte del versículo de San Lucas: “et tu confirma filios tuos”. Y tú, confirma “a tus hijos” (en lugar de “a tus hermanos”).

Los miembros de la Obra permanecen serenos, aunque sufren al pensar en lo que estará sufriendo el Padre. Éste les explica que Dios nuestro Señor, para hacernos más eficaces, nos ha bendecido con la Cruz. En su tierra -les dice- pinchan la primera florada de higos, que se llenan así de dulzura y sazonan antes.

Todo cuanto acontece, si se vive con fe, con humildad y con espíritu cristiano, ayuda a mejorar y a hacer más eficaz el apostolado.

Un viaje a Barcelona

El Padre puede reconfortar de viva voz a los que viven cerca de él en Madrid o a sus hijos de Valencia, pero no ocurre lo mismo con los de Barcelona, donde alrededor de media docena de jóvenes estudiantes procuran mantenerse firmes bajo la tormenta en un pisito que con buen humor llaman El Palau (el palacio). Y es que don Josemaría sabe que el Gobernador Civil está resuelto a detenerle si se presenta en la Ciudad. No obstante, en 1941, no puede aguantar más y así, después de pedir consejo al Nuncio, Mons. Cicognani, toma un billete de avión para Barcelona con el nombre de José María E. de Balaguer, con idea de permanecer allí sólo veinticuatro horas (Balaguer es una ciudad de Cataluña, de donde era oriunda su familia paterna).

Su llegada proporciona un gozo inmenso a sus hijos, a quienes les anima a seguir siendo optimistas: Nosotros, por ser hijos de Dios, hemos de estar siempre alegres. ¿Aunque nos rompan la cabeza? Sí: aunque tengamos que ir con la cabeza abierta, porque será señal de que Nuestro Padre Dios quiere que la llevemos abierta.

El vendaval de la persecución es bueno. -¿Qué se pierde?… No se pierde lo que está perdido. -Cuando no se arranca el árbol de cuajo y el árbol de la Iglesia no hay viento ni huracán que pueda arrancarlo- solamente se caen las ramas secas… Y ésas, bien caídas están.

¿Qué te importa, cuando vas derecho a tu fin, cabeza y corazón borrachos de Dios, el clamor del viento o el cantar de la chicharra, o el mugido, o el gruñido o el relincho?… Además… es inevitable: no pretendas poner puertas al campo.

Uno de los locos rumores que circulaban entonces por Barcelona, propalado por “almas bienintencionadas”, era que los miembros de la Obra hacían sacrificios humanos y se clavaban en una cruz de madera… El origen de este infundio estaba en una cruz de palo que el Padre había hecho poner en una habitación que comunicaba con la sala de estudio, esa pobre cruz de madera, sola y despreciable, de la que hablaba en Camino: Cuando veas una pobre Cruz de palo, sola, despreciable y sin valor… y sin Crucifijo, no olvides que esa Cruz es tu Cruz: la de cada día, la escondida, sin brillo y sin consuelo…, que está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú.

No podía concebirse nada más absurdo, pero, a pesar de todo, el Padre les aconseja que la sustituyan por otra mucho más pequeña… Así no podrá decir nadie que se crucifican, porque no caben….

Unos meses más tarde, el director de “El Palau” asegurará al Padre que, a pesar de las contradicciones y las calumnias, a ninguno de sus hijos de Barcelona le ha pasado por la cabeza ni el más mínimo pensamiento contra los que les atacan.

El viento de la persecución

En Madrid, algunas personas, para perjudicar a la Obra, aconsejan a algunos estudiantes, sobre los que tienen influencia, que se introduzcan entre los que participan en los medios de formación que ofrece el Opus Dei. Esos “falsos hermanos” se fijan, entre otras cosas, en un detalle ornamental del oratorio de la residencia de Jenner: un friso que el Padre había hecho pintar, a corta distancia del techo, con las palabras de un himno litúrgico (Congregavit nos in unum Christi amor, el amor de Cristo nos ha reunido), seguidas de unas frases de los Hechos de los Apóstoles: Erant autem perseverantes in doctrina Apostolorum, in communicatione fractionis panis et orationibus (Act. II,42): “Perseveraban todos en la enseñanza de los apóstoles, en la comunicación de la fracción del pan y en las oraciones”. Las palabras latinas estaban separadas por motivos decorativos y símbolos eucarísticos y litúrgicos tradicionales: los panes, la espiga, la vid, la luz, la paloma, la cruz… Aquellos pobres chicos infiltrados, en su ignorancia, hacen correr el rumor de que se trata de signos cabalísticos …

En Barcelona ocurre algo parecido. A tal punto llegan las cosas que el nuevo abad coadjutor del Monasterio de Montserrat, el P. Escarré, considera oportuno, el 9 de mayo de 1941, escribir al Obispo de Madrid para pedirle información autorizada sobre el Opus Dei, con objeto de poder dar una respuesta a quienes le preguntan. Monseñor Eijo y Garay le contesta en los siguientes términos:

“Yo sé el revuelo que en Barcelona se ha levantado contra el Opus Dei. Lo triste es que personas muy dadas a Dios sean el instrumento para el mal; claro es que putantes se obsequium praestare Deo. Lo conozco todo, porque el Opus Dei, desde que se fundó en 1928, está tan en manos de la Iglesia que el Ordinario diocesano, es decir, o mi Vicario general o yo, sabemos, y cuando es menester dirigimos, todos sus pasos; de suerte que desde sus primeros vagidos hasta sus actuales ayes resuenan en nuestros oídos y… en nuestro corazón. Porque, créame, Rmo. P. Abad, el Opus es verdaderamente Dei, desde su primera idea y en todos sus pasos y trabajos. El Dr. Escrivá es un sacerdote modelo, escogido por Dios para santificación de muchas almas, humilde, prudente, abnegado, dócil en extremo a su Prelado, de escogida inteligencia, de muy sólida formación doctrinal y espiritual, ardientemente celoso (…). Conozco todas las acusaciones que se lanzan; sé que son falsas; sé que se persigue a algunas personas, incluso en sus intereses, creyéndolos del Opus Dei ¡y no lo son!; cómo se inquieta a los padres y a las madres de los alumnos, y se requiere la acción de autoridades públicas; (…) de todo ello no sacará el Señor más que bien para el Opus Dei; pero duele el descrédito de los buenos que así persiguen lo bueno”.

La persecución, en efecto, no se limita a los miembros del Opus Dei; se dirige también contra sus familias. La madre de un estudiante que, poco antes, había pedido la admisión al Opus Dei en Valencia, es visitada, con ocasión de un viaje a Barcelona, por un religioso que ella no conocía. Lleno de “caridad”, le dice que su hijo va a condenarse si sigue al Padre Escrivá, pues éste enseña que es posible ser santo en medio del mundo, y le ruega encarecidamente que le haga desistir de seguir ese camino, olvidando que el joven es mayor de edad. Aquella pobre mujer quedó tan impresionada que tuvo que guardar cama durante varios días. Hasta que, a pesar de que aquel religioso le había dicho que no lo hiciera, la buena señora fue a consultar al Vicario de la diócesis de Valencia, don Antonio Rodilla, el cual no sólo la tranquilizó, sino que afirmó con fuerza que su hijo había encontrado en el Opus Dei un auténtico camino de santidad en el mundo.

Don Antonio Rodilla tuvo que disipar también otras muchas mentiras que circulaban entre algunos obispos, consiliarios de Acción Católica, religiosos y religiosas. Porque no se trataba ya de críticas más o menos aisladas, sino de un auténtico vendaval de persecución alimentado por pérfidas calumnias.

El Padre cambia de confesor

Desde su regreso a Madrid, don Josemaría ha vuelto a confesarse habitualmente con su antiguo confesor, el P. Sánchez Ruiz. Aunque sigue confiándole solamente su vida interior, no lo que se refiere al Opus Dei propiamente dicho, le habla de su desconcierto en cuanto estallan los primeros rumores calumniosos.

Cosa curiosa: no encuentra en él el consuelo que esperaba… Hasta que un día, el P. Sánchez, muy nervioso, le dice de sopetón lo que piensa: la Santa Sede jamás aprobará el Opus Dei. Y cita, para apoyar su opinión, un artículo -poco adecuado, por cierto- del Código de Derecho Canónico.

Don Josemaría queda consternado ante este súbito cambio, ya que su confesor siempre se había mostrado convencido del origen divino de lo que había pasado en su alma aquel 2 de octubre de 1928. Es más, cuando le había ido a visitar el 14 de febrero de 1930, después de haber visto, en la Misa, la necesidad de fundar una Sección de mujeres del Opus Dei, el P. Sánchez le había dicho que “aquello era tan de Dios como lo demás”.

¿Cómo explicar este cambio de actitud sin pensar que ha sido presionado para que le disuada de fundar el Opus Dei?

Don Josemaría no concibe la dirección espiritual al margen de un clima de plena confianza. Por eso decide dejar de verle, no sin antes explicarle, con toda delicadeza, que después de lo que le ha dicho, no le parece oportuno seguir confesándose con él. Corre el año 1940 y el Fundador toma como confesor a un sacerdote amigo suyo, don José María García Lahiguera, director espiritual del seminario diocesano de Madrid.

Primera aprobación oficial

Mons. Eijo y Garay está preocupado. Hacia 1940-41, el Señor permite una contradicción tremenda contra el Opus Dei, y el Obispo de Madrid, que sigue paso a paso la vida y desarrollo de la Obra, determina dar la primera aprobación diocesana, para ver si así se acalla la persecución.

El Fundador queda perplejo ante la proposición. Sabe que cuenta con el apoyo y estímulo de su obispo, al que siempre ha tenido informado, pero, como buen canonista, comprende perfectamente que la Obra tiene que crecer y madurar antes de encontrar su propio camino jurídico, pues su novedad planteará, sin duda, la necesidad de reformar la legislación en vigor.

Mientras el Señor permitía estas contradicciones, ocurrió un acontecimiento: el 22 de agosto de 1940 había fallecido el Arzobispo de Toledo y sabe el Padre que el candidato más probable para sucederle es precisamente el Obispo de Madrid.

Por eso, con lealtad, en una conversación, le dice a don Leopoldo: Señor Obispo, déjenos, no nos ayude; ¿no se da cuenta de que se juega la mitra de Toledo? Y don Leopoldo le contesta: “Josemaría, lo que me juego es el alma”.

Unos meses más tarde, el Padre se da cuenta de que todavía no ha presentado a Mons. Eijo y Garay los documentos pertinentes.

-Señor Obispo, yo quiero ser siempre muy obediente a Vuestra Excelencia y sin embargo, a pesar de que hace mucho tiempo me ha pedido los documentos para proceder a la aprobación de la Obra, no se los he traído: sólo hoy me he dado cuenta de esto, de que no hago lo que el Señor Obispo me ha dicho. Y, al darme cuenta, he sentido una gran alegría, porque cualquier otro eclesiástico hubiera venido enseguida al Palacio Episcopal, trayendo esos documentos que el Señor Obispo había pedido: así he tenido una nueva prueba de que la Obra no es mía, sino de Dios; si no la aprueba usted, la aprobará su sucesor…

El 14 de febrero de 1941, el Fundador presenta la solicitud de aprobación, con la documentación requerida. El 24 de marzo el Obispo de Madrid firma el decreto que, en virtud del artículo 708 del Código de Derecho Canónico (por el que los simples fieles pueden asociarse para obras de piedad y caridad), da al Opus Dei la aprobación como Pía Unión pero, como le ha pedido don Josemaría, sin erigirlo canónicamente. Don Leopoldo ha tenido la delicadeza de fechar el documento el 19 de marzo, festividad de San José, fiesta del Patrono que celebra el Fundador. Además de la fórmula ritual, añade algunas palabras que testimonian su afecto y estímulo hacia el Opus Dei: “Y pedimos a Dios Nuestro Señor, por intercesión de San José, en cuya fiesta tenemos la satisfacción de aprobar canónicamente tan importante Obra de celo, que conceda que no se malogre ninguno de los grandes frutos que de ella esperamos”.

Cuando Mons. Eijo y Garay comunica la noticia a don Josemaría, éste se encuentra en la casa de Diego de León. Inmediatamente, va a buscar a su madre y a los pocos miembros de la Obra que están allí. Todos juntos, entran en el oratorio y se postran de rodillas ante el Sagrario, para dar gracias.

Molinoviejo, mayo de 1951

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

El 28 de abril de 1951, Mons. Escrivá abandona Roma para pasar unos días en España. Se instala en Molinoviejo, cerca de Segovia, lugar que evoca en él multitud de recuerdos.

El motivo de su viaje es el Congreso General de la Sección de varones del Opus Dei, que se va a celebrar allí.

Con la aprobación definitiva de la Obra, hace apenas un año, la Santa Sede ha confirmado su organización y su forma de gobierno. El dinamismo apostólico del Fundador y su profunda formación jurídica se ponen de manifiesto tanto en la manera como ha querido que la Obra esté gobernada como en su estructura interna, que él mismo describirá a un periodista francés como una organización desorganizada.

En cuanto a la estructura, es de lo más sencilla: en cada una de las Secciones -de hombres y de mujeres-, que funcionan separadamente, siempre con el mismo espíritu, un Consejo, formado por sacerdotes y por seglares, asesora y asiste al Presidente General (desde el 28-XI-82, Prelado, que da y asegura la unidad fundamental de espíritu y de jurisdicción entre las dos Secciones) -que en esta etapa fundacional es el Fundador mismo- en el gobierno de cada una de las Secciones. En cada país o región, un Consiliario (actualmente. Vicario Regional) preside órganos similares.

De arriba abajo, cada escalón de gobierno se limita a estimular el apostolado de todos los miembros y mantener el espíritu propio de la Obra. Porque la actividad esencial del Opus Dei -su razón de ser- no es otra que garantizar la formación de sus miembros y ayudarles a perseverar en el camino al que Dios les ha llamado. En cuanto a sus iniciativas apostólicas, pueden revestir las formas más variadas, ya que la diversidad de situaciones en que cada cual se encuentra es prácticamente inagotable. En consecuencia, la autonomía de los miembros es total no sólo en lo que concierne a sus actividades familiares, profesionales y sociales, sino también en la manera concreta en que se esfuerzan en acercar a Dios a quienes les rodean. A la Obra sólo le interesa que el espíritu sobrenatural que la anima se transmita íntegramente.

De todo ello se deriva una forma de gobierno basada en la descentralización, la delegación de responsabilidades e iniciativas y la colegialidad, lo cual, por otra parte, responde adecuadamente al carácter secular del espíritu del Opus Dei. El Padre confía plenamente en que cada uno de sus hijos sabrá cumplir con su deber y enseña a éstos a hacer lo mismo con los que dependen de ellos en sus tareas de gobierno. Por eso suele decir que tiene más confianza en la afirmación de uno de sus hijos que en la de mil notarios juntos y unánimes.

Una de las normas aprobadas por la Santa Sede prevé que cada Sección organice, periódicamente y por separado, un Congreso General, en el que participarán determinados miembros de la Obra. Tales Congresos darán ocasión a revisar la situación apostólica en cada país o región, formular iniciativas y designar el Consejo general de la Sección de varones o, en su caso, la Asesoría Central de la Sección de mujeres.

El que va a celebrarse, presidido por el Fundador, será el primero de estos Congresos.

“Consummati in unum”

Nada más llegar a Molinoviejo, el Padre tiene la alegría de volver a ver a algunos de sus hijos mayores.

Les habla de Roma, de los apostolados en Italia, del curso de las obras en Villa Tévere… Con la fe y el tono vibrante que le caracterizan, evoca también la expansión futura de la Obra.

Durante los ratos de charla con los miembros del Congreso, y en las meditaciones que les dirige, comenta aquellas palabras del Señor: Consummati in unum… “Para que sean consumados en la unidad y conozca el mundo que Tú me has enviado y los has amado como me amaste a mí” (loh., XVII, 23). Unidad de todos los miembros de la Obra, repartidos ya por un número creciente de países. Unidad profunda de sentimientos y de doctrina, que garantiza la espontaneidad de las iniciativas apostólicas. Unión con la cabeza visible de la Iglesia, el Papa…

Para responder a los testimonios de afecto que le ha enviado el Fundador, Pío XII, por mediación de Mons. Montini, ha enviado el siguiente telegrama: “Soberano Pontífice, vivamente conmovido testimonio filial adhesión Congreso General del Opus Dei, desea luces, gracias divinas sobre trabajos para seguro, eficaz servicio Iglesia, otorgando de todo corazón Vuestra Señoría, congresistas, implorada bendición apostólica”.

Nueva campaña denigratoria

El 12 de mayo de 1951, al regresar a Roma, el Fundador del Opus Dei se encuentra con una mala noticia: a pesar de las aprobaciones de la Santa Sede, las antiguas calumnias vuelven a levantar cabeza, ahora en Italia. Como en España durante los años cuarenta, alguien se ha tomado la molestia de calentar los cascos a las familias de los primeros miembros italianos de la Obra. Confundidos por informaciones engañosas, un puñado de personas han dirigido una carta al Papa acusando al Opus Dei de haber desviado a sus hijos del camino recto… Algo que puede tener graves consecuencias en un momento en el que la Obra acaba de recibir el definitivo respaldo de la Santa Sede.

La injuria es particularmente penosa para el Padre, que siempre ha procurado que sus hijos se muestren llenos de delicadeza y afecto con su familia de sangre. Tanto, que, cuando habla del cuarto mandamiento de la Ley de Dios -”honrar padre y madre”- lo llama el dulcísimo precepto del Decálogo.

Antes de iniciar gestión alguna para contrarrestar las calumnias, escribe en una nota: Roma, 14 mayo 1951. Poner bajo el patrocinio de la Sagrada Familia, Jesús, María y José, a las familias de los nuestros: para que logren participar del “gaudium cum pace” de la Obra y obtengan del Señor el cariño para el Opus Dei.

Unas horas más tarde, mientras visita las obras de Villa Tévere, el Padre cumple su promesa: se detiene en una sala rectangular, destinada a oratorio, y allí, entre aquellos muros todavía encofrados, pone en manos de la Sagrada Familia de Nazaret la solución del problema concreto, y también, de forma más amplia, las familias de todos los miembros de la Obra, actuales y futuros.

Al cabo de unos días, las personas que, de buena fe, habían firmado aquella carta van retirando sus firmas, una a una. Había bastado con explicarles los fines de la Obra y hacerles ver claramente que las informaciones que les habían dado eran falsas.

Una vez terminado aquel oratorio, dedicado a la Sagrada Familia, el Padre mandará colocar, encima del altar, un cuadro de un pintor italiano que representa a la Sagrada Familia de Nazaret y, sobre un muro lateral, una placa en mármol con el texto de la consagración escrita por el Fundador, texto que se leerá todos los años, en la festividad de la Sagrada Familia, en todos los Centros de la Obra:

… Oh Jesús, amabilísimo Redentor nuestro, que al venir a iluminar el mundo, con el ejemplo y con la doctrina, quisiste pasar la mayor parte de tu vida sujeto a María y a José en la humilde casa de Nazaret, santificando la Familia que todos los hogares cristianos debían imitar: acoge benignamente la consagración de las familias de tus hijos en el Opus Dei, que ahora te hacemos (..). Tómalas bajo tu protección y custodia, y haz que se acomoden al divino modelo de tu Sagrada Familia.

Una peregrinación de penitencia

Calmados ya los ánimos, el Fundador del Opus Dei sigue consagrando todas sus energías a la formación de sus hijos e hijas y a sus tareas como Presidente General. Piensa, entre otras cosas, en los que pronto irán a Colombia y en la instalación de una amplia residencia de estudiantes en Londres, la cual podrá ser un foco de irradiación cristiana en toda Inglaterra y en aquellos países que conservan las huellas de la influencia británica. También da vueltas a otros proyectos, como la posible creación de una Universidad en España…

Con todo, sin que nada lo justifique en apariencia, tiene como un extraño presentimiento. Algo así como lo que les sucede a las madres, que tienen como un sexto sentido que les hace adivinar los problemas de sus hijos, aunque se encuentren lejos… Está pasando algo; no sé lo que es, pero algo está sucediendo…

La inquietud del Padre es tanto más viva en cuanto que la falta de elementos objetivos le impide acudir a alguien para defenderse o pedir explicaciones.

En tales circunstancias, su único recurso está en la Madre de Dios. Así, próximo ya el 15 de agosto de 1951, en Castelgandolfo, a donde va con frecuencia, anuncia a sus hijos su propósito de honrar a la Virgen en la fiesta de la Asunción haciendo una peregrinación a Loreto para consagrar toda la Obra a la Señora.

-El día 15 pondré en las manos de María, en Loreto, la Obra entera; colocaré vuestros corazones en la patena y se los ofreceré al Señor. También le ofreceré, por medio de María, a todos los demás hombres y a todos los países del mundo, porque siempre que se trata del Señor soy muy ambicioso. Haremos un viaje rápido, como mortificación.

El 14, en las primeras horas de la tarde, parte en coche hacia Loreto, acompañado por don Álvaro del Portillo y otros dos miembros de la Obra. Hace un calor bochornoso, propio del ferragosto, como dicen los italianos. En esta ocasión, el Padre no habla, ni tampoco canta, como suele hacer cuando viaja. Sus acompañantes respetan su silencio y su recogimiento, asociándose mentalmente a su oración, conscientes de estar viviendo un momento de excepcional importancia.

Cuando, a la caída de la tarde, llegan por fin a Loreto, numerosos peregrinos se dirigen al Santuario. Nada más descender del automóvil, el Padre se encamina hacia la basílica a tal velocidad que los que le acompañan le pierden de vista. Inmediatamente, entra en la Casita de Nazaret, enclavada en el templo (la cual, según la tradición, fue transportada a Loreto milagrosamente) y reza allí fervorosamente, después de leer una y otra vez, con intensa emoción, la inscripción grabada encima del altar de la capilla: “Hic Verbum caro factum est”. Aquí, en una casa construida por la mano de los hombres, en un pedazo de la tierra en que vivimos, habitó Dios.

Al día siguiente, a las nueve de la mañana, celebra la Santa Misa en ese mismo altar de la capilla, pero el ajetreo de la multitud de peregrinos en ese día de la Asunción es tal que le resulta difícil recogerse. Cada vez que, según prescriben las rúbricas, besa el altar, tres o cuatro campesinas lo besan también.

Durante la acción de gracias, prosigue el ajetreo, hasta tal punto que, para evitar los empujones, tiene que refugiarse en un estrecho pasillo situado tras el altar. Pero los peregrinos lo invaden también, a empujón limpio…

El Padre ofrece esas molestias -fruto de la devoción de aquellas gentes- y se concentra en lo que le ha llevado allí: depositar su inquietud en manos de la Virgen; consagrar al Inmaculado Corazón de María el Opus Dei y todos sus miembros: nuestros cuerpos, nuestros corazones y nuestras almas; tuyos somos nosotros y nuestros apostolados; pedirle que mantenga firme y seguro el camino de la Obra…

Pronto, le invade una paz profunda, de tal forma que, cuando abandona el Santuario de Loreto, abriga la convicción de que, si la Obra está amenazada, como confusamente presiente, no hay nada que temer: la Madre de Dios, a la que acaba de consagrar la Obra entera en la “Santa Casa”, velará por ella.

Cor Mariae dulcissimum, iter para tutum! Corazón dulcísimo de María, prepáranos un camino seguro… ¡Allana las dificultades! ¡Ábrenos el camino!

En Italia, en España, en Portugal

Durante las siguientes semanas, el Padre visita otros Santuarios marianos: Nuestra Señora de Pompeya, cerca de Nápoles; Lourdes, el 6 de octubre de 1951, camino de España, donde va a asistir al primer Congreso General de la Sección de mujeres de la Obra; el Pilar en Zaragoza… En todos ellos, renueva la consagración que ha hecho en Loreto y repite la misma jaculatoria: Cor Mariae dulcissimum, iter para tutum!

A sus hijas, reunidas en Los Rosales, una casa situada en las proximidades de Madrid, les habla de la expansión de la Obra en el mundo, de la maravillosa aventura que van a vivir si permanecen fieles a los medios sobrenaturales de siempre: oración, mortificación, Sacramentos…

Unos días antes, un joven ingeniero, Bartolomé Roig, ha ido a establecerse en Venezuela y el 11 de octubre, durante su estancia en España, el Padre bendice a don Teodoro Ruiz Jusué, a punto de partir hacia Colombia. Luego, con amoroso impulso, descuelga un crucifijo de mármol que pende sobre su cama y se lo entrega, con dos tomos encuadernados de las obras de San Agustín y un cuadrito con una imagen de la Virgen pintada sobre cobre, regalo de su hermana Carmen. Son los únicos “tesoros” que le puede dar…

El 19 de octubre, procedente de Coimbra, se detiene una vez más en Fátima antes de seguir viaje a Lisboa. Reza intensamente en la capilla de las apariciones y vuelve a consagrar la Obra al Inmaculado Corazón de María.

Fin de una amenaza

El 24 de octubre ya está de nuevo en Villa Tévere, en Roma. Allí le informan de que va a haber que prescindir de los servicios de la empresa constructora, porque no cumple el contrato. Por otra parte, son tales las dificultades financieras que hay que restringir los gastos al máximo. Los alumnos del Colegio Romano dejan prácticamente de fumar y se dirigen a pie a la Universidad o a su lugar de trabajo.

Don Álvaro del Portillo se esfuerza por hacer frente, no sin dificultades, a los vencimientos de los créditos y pide ayuda a diestro y siniestro…

Nadie piensa en reducir, o en renunciar a concluir, los edificios de la sede central de la Obra, porque no es ése el espíritu del Opus Dei, tal y como el Padre se lo ha transmitido a sus hijos: Las obras de Dios no fracasan nunca por falta de medios materiales; si fracasan es por falta de buen espíritu.

Así pues, las obras de Villa Tévere no se interrumpen. A finales de año, el Fundador puede bendecir un oratorio y consagrar el altar de Villa Sacchetti, edificio independiente reservado a las mujeres de la Obra, cuyo oratorio dedica al Corazón Inmaculado de María en recuerdo de la Consagración hecha el 15 de agosto. Porque aquel presentimiento de un peligro que amenaza a la Obra le sigue atosigando, aunque no sabe cuál es…

Hasta que una carta de sus hijos de Milán viene a arrojar un poco de luz: el 18 de febrero de 1952, dos miembros de la Obra -un sacerdote y un laico- habían ido a visitar al Cardenal arzobispo, como solían hacer periódicamente, para tenerle al tanto de sus labores apostólicas. Nada más llegar, el Cardenal Schuster les había preguntado por el Padre.

-¿No tiene ahora una especial contradicción, una Cruz muy fuerte?

Los dos miembros de la Obra le habían respondido que no sabían nada, pero que si era así estaría muy contento, porque siempre había enseñado a sus hijos que cuando se está cerca de la Cruz, se está muy cerca de Jesús…

-No, no -había insistido el Cardenal-. Decidle que recuerde a su paisano San José de Calasanz y… que se mueva.

A1 recibir la carta de sus hijos, lo comprende todo. Conoce bien la historia del Fundador de las escuelas Pías. No en vano había sido en Barbastro alumno de una de ellas, sin olvidar que San José de Calasanz era aragonés y estaba emparentado con su familia…

Aquel santo de su tierra había fundado en Roma una congregación religiosa para instruir y educar a niños de familias humildes, pero, al final de su vida -tenía ya más de ochenta años- había sido víctima de incalificables intrigas, urdidas por uno de sus hijos, el Padre Mario. Éste, engañando al Papa, le había denunciado al Santo Oficio, logrando usurpar su cargo de Superior y que se le expulsara de la congregación que había fundado…

No tarda en recibir datos más concretos: existe, en efecto, un proyecto de desmantelamiento de la Obra que, a diferencia del caso de San José de Calasanz, procede de fuera. Un plan verdaderamente diabólico: se trata de escindir las dos secciones del Opus Dei -masculina y femenina- y de obligar al Fundador no sólo a renunciar a su cargo de Presidente General, sino a apartarse de la Obra.

El proyecto, al parecer, está ya en manos de altas jerarquías del Vaticano. Aprobarlo es tanto como destruir la Obra, porque la unidad de espíritu entre las dos Secciones y la unidad de gobierno, garantizadas por la persona del Presidente General, es algo esencial, que forma parte del carisma fundacional.

El segundo objetivo -la expulsión del Fundador- le hace decir, con lágrimas en los ojos: Si me echan, me matan; si me echan, me asesinan. Se siente como aplastado entre dos planchas de hierro. Si su corazón no estalla es por su ilimitada confianza en Dios y por la seguridad que le proporcionan sus recientes peregrinaciones a los Santuarios de la Virgen.

Se da cuenta, también, de que hay que actuar, debe “moverse”, como le ha aconsejado afectuosamente, por mediación de sus dos hijos de Milán, el Cardenal Schuster.

Oficialmente, sin embargo, el Presidente General del Opus Dei sigue sin saber nada. Además, no puede presentar un recurso contra una decisión que todavía no se ha tomado. Queda la posibilidad de dirigirse personalmente al Papa, haciéndole saber que está al corriente de lo que se trama…

La carta es filialmente, dolorosamente directa. Mons. Escrivá no pide nada para él. Lo único que pide es que, por amor a la justicia, se le hagan conocer abiertamente las acusaciones. El Fundador abre su conciencia de sacerdote enamorado de la Iglesia: no tiene ningún miedo a la verdad. Bien sabe el Padre que se trata de una campaña de calumnias y falsas acusaciones: una inexplicable celotipia ha hecho que, una vez más, se propalen falsedades, con el fin de levantar un clima de sospecha y desconfianza en contra de la Obra. No le importa por su persona; lo que no puede tolerar es la ofensa a Dios y la injusticia que eso supone para con todas sus hijas e hijos, que sirven a la Iglesia con plena fidelidad al espíritu y a las normas expresamente aprobadas por la Santa Sede.

Cuando el Fundador da a leer la carta a don Álvaro del Portillo, éste pide al Padre que le deje firmarla también.

Unos días más tarde, el 18 de marzo de 1952, el Cardenal Tedeschini, encargado de presentar a la Santa Sede los asuntos relacionados con el Opus Dei, lee la carta a Pío XII. Aunque el procedimiento ha sido realmente muy poco usual, el Papa, emocionado sin duda por la excepcional franqueza de Mons. Escrivá y la sinceridad que emana de su misiva, le responde inmediatamente que no es cuestión de que tales propuestas sean aceptadas.

Una vez más, un intento de destruir el Opus Dei ha sido desbaratado.

Para don Josemaría, como para el puñado de miembros de la Obra que saben lo que ha pasado, ha sido la Madre de Dios, ardientemente invocada en Loreto y en otros santuarios marianos, quien ha obtenido esta gracia extraordinaria.

En junio de 1952, el Fundador completa el acto de entrega a la Virgen María del año anterior con una nueva consagración de la Obra, en este caso al Sagrado Corazón de Jesús.

Finalmente, el 26 de octubre, festividad de Cristo Rey, en un pequeño oratorio de la sede central, todavía sin terminar, el Padre pide al Señor que otorgue la paz a la Obra, al mundo, a todos los hombres de buena voluntad: Oh, dulcísimo Jesús (…), al consagrarte nuestra Obra, con todas sus labores apostólicas, te consagramos también nuestras almas con todas sus facultades; nuestros sentidos; nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones; nuestros trabajos y nuestras alegrías. Especialmente te consagramos nuestro pobres corazones, para que no tengamos otra libertad que la de amarte a Ti, Señor.

Es Dios quien lo hace todo…

A pesar de ser muy graves, estos acontecimientos no han obstaculizado en absoluto el desarrollo de los apostolados de la Obra.

A Roma llegan, cada vez en mayor número, estudiantes y jóvenes licenciados que van a profundizar su formación. A comienzos del verano de 1952, el Padre ruega a su hermana Carmen que se traslade a Salto di Fondi -un pueblo situado entre Roma y Nápoles- para atender al cuidado material de una casa de campo, situada junto al mar, donde pasarán una temporada; en tandas sucesivas, grupos de alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz.

En julio, ocho miembros del Opus Dei reciben las sagradas órdenes en una iglesia de Madrid. Poco antes, se ha instalado en Pamplona una escuela de Derecho, semilla de una futura Universidad. Se trata de un antiguo sueño del Padre, para cuya realización ha rezado y trabajado años y años. Para él es claro que si bien el apostolado de los miembros reviste un carácter personal, de amistad y confidencia, en todos los ambientes, será también necesario promover en todos los países algunas actividades orientadas a la educación y a la promoción social. La iniciativa corresponderá a sus hijos o a sus hijas, en colaboración con otras personas. La Obra se limitará a insuflar su espíritu en esas realizaciones, cuya misión consistirá en contribuir a resolver problemas concretos de un país, una región o un sector de la sociedad, constituyendo, al mismo tiempo, instrumentos aptos para difundir la doctrina cristiana y marco propicio al apostolado personal de los miembros de la Obra que en ellas ejerzan su trabajo profesional.

Tal era la finalidad de la Academia DYA, abierta en Madrid en 1933, y de las distintas residencias de estudiantes instaladas desde entonces. Sin embargo, el proyecto actual es más ambicioso, y el Padre espera mucho de él: una Universidad digna de ese nombre, cuya influencia se extenderá no sólo a toda España, sino también a otras naciones.

Poco a poco, buenas noticias empiezan a llegar a Roma, procedentes de los países y ciudades a donde se ha ido en los últimos años.

A comienzos del mes de julio de 1952, algunos de los que habían iniciado la labor en Argentina, tomando como base la ciudad de Rosario, se instalan en Buenos Aires. En agosto, comunican al Padre que se ha producido la primera vocación femenina en aquel país. El 30 de ese mismo mes, un sacerdote parte para Venezuela, y un ecuatoriano que acaba de concluir sus estudios en Roma regresa a su país. Otros dos miembros de la Obra se establecen en Bonn, capital de la Alemania Federal.

En 1953 prosigue la expansión apostólica: se abre en Dublín una Residencia de estudiantes y dos miembros del Opus Dei van a trabajar profesionalmente en Perú y en Guatemala. Finalmente, en París -objetivo del Fundador desde los años treinta- dos miembros de la Sección de varones alquilan un pisito en la calle del Doctor Blanch. En el verano, se les une Fernando Maycas, el joven jurista que ya había residido en París varios años y que ha sido ordenado sacerdote en España. Su instalación definitiva en París marca el comienzo de una labor estable y continuada en Francia.

El Padre realiza un nuevo viaje a España para pasar en Molinoviejo, cerca de Segovia, el 2 de octubre de 1953, fecha en la que se cumple el veinticinco aniversario de la fundación del Opus Dei. En ruta, se detiene en Lourdes para rezar a la Virgen en el mismo lugar donde lo había hecho el 11 de diciembre de 1937, en plena guerra civil, tras el largo y agotador paso de los Pirineos.

Antes de abandonar Roma, ha recibido una bendición especial del Santo Padre mediante una carta del Cardenal Tedeschini, confirmada días más tarde por un telegrama de Mons. Montini, pro-secretario de Estado para los asuntos ordinarios.

En Madrid le esperan sus hijos, para celebrar el aniversario. Porque, en efecto, ha transcurrido un cuarto de siglo desde que vio la Obra por primera vez, mientras repicaban las campanas de la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles… Ahora, ya puede contemplarla como el Señor la quería, proyectada en el tiempo -siglos- y haciendo en la historia de la humanidad -humilde y silenciosamente- un surco hondo y ancho, luminoso y fecundo.

Al acercarse este aniversario, había recomendado a sus hijos y a sus hijas que realizasen con mayor empeño su trabaja en ese día, intensificando su oración. Sed -en esta tierra tan llena de rencores- sembradores de alegría y de paz: porque este heroísmo sin ruido de vuestra vida ordinaria será la manera más normal, según nuestro espíritu, de solemnizar las Bodas de Plata de nuestra Madre.

Antes de regresar a Roma, el Padre se acerca a Portugal y luego, pasando por Bilbao, llega hasta París, donde sorprende a sus hijos con su visita, el 24 de octubre. Desciende hacia Italia y pasa por Milán y Loreto.

La expansión de la Obra, que no ha hecho más que empezar, le demuestra, una vez más, que Dios la ha querido. ¡No puedo!, ¡no valgo!, ¡no sé!, ¡no tengo!, ¡no soy nada! repite sin cesar, como en los primerísimos comienzos, durante los días que preceden y siguen al aniversario. Y concluye con el complemento lógico de este acto de fe: Pero Tú lo eres todo.

Este 2 de octubre debe ser para sus hijos un nuevo punto de partida, una ocasión de ampliar el horizonte de su apostolado hasta los últimos rincones del planeta.

Vuestra caridad ha de ser amplia, universal: habéis de vivir de cara a la humanidad entera, pensando en todas las almas de todo el mundo. Esa actividad os llevará a rezar por todos, y, en la medida de vuestras posibilidades, a ayudar a todos.

¿Quién, entre los más antiguos, no rememora, al oír estas palabras, aquel mapamundi de la Residencia de Jenner y aquella cruz que el Padre dibujaba, con sus cuatro brazos en forma de flecha, orientados hacia los cuatro puntos cardinales?

Fátima, mayo de 1967

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Trece años después de su última peregrinación a Fátima, el Padre vuelve a postrarse a los pies de Nuestra Señora. A pesar de la lluvia, es grande la afluencia de peregrinos; dentro de unos días, el 13 de mayo, el Papa Pablo VI va a presidir las ceremonias conmemorativas del cincuentenario de las apariciones. El Fundador del Opus Dei se une por adelantado a las intenciones del Sumo Pontífice y pide por la Iglesia y por los frutos del Concilio. Luego, recibe a distintos grupos de sus hijos e hijas portugueses en un Centro de la Obra cercano a Oporto, Enxomil.

Transfigurar la vida ordinaria

El 7 de octubre de 1967 preside, en Pamplona, una ceremonia similar a la de 1964. Seis profesores universitarios de diferentes países reciben de sus manos el título de doctor honoris causa por la Universidad de Navarra: un portugués, profesor de la Universidad de Coimbra, Guilherme Braga da Cruz; un belga, Mons. Onclin, profesor de Derecho Canónico en la Universidad de Lovaina y Secretario de la Comisión Pontificia para la reforma del Código de Derecho Canónico; Ralph M. Hower, norteamericano, profesor en la Business School de la Universidad de Harvard; Otto B. Roegele, alemán, profesor y Director del Instituto de Ciencias de la Información de la Universidad de Münich; Jean Roche, profesor en el Colegio de Francia y Rector de la Sorbona; y, finalmente, el Dr. Jiménez Díaz, eminencia médica española, ya fallecido, a quien se otorga el nombramiento a título póstumo por lo mucho que había ayudado a la Universidad de Navarra desde sus comienzos.

Esta vez, son más de treinta y cinco mil las personas llegadas a Pamplona, incluso en trenes especiales, no sólo de distintos puntos de la geografía española, sino también de Portugal, Francia, Italia, Alemania y Bélgica.

Reuniones similares a la que había tenido lugar el año 1964 en el Teatro Gayarre se celebran allí y en otros lugares, incluso al aire libre, en el campus de la Universidad. El ambiente de diálogo, espontáneo y abierto, es también el mismo; estudiantes, empleados, obreros, padres y madres de familia, cooperadores y amigos de la Obra acuden en grupos diversos, y el 8 de octubre se reúnen todos para asistir a la Misa al aire libre que va a celebrar el Padre ante el edificio de la Biblioteca.

En la homilía, Mons. Escrivá de Balaguer hace referencia al marco de nuestra Eucaristía, de nuestra Acción de gracias: nos encontramos en un templo singular: podría decirse que la nave es el “campus” universitario; el retablo, la biblioteca de la Universidad; allá, la maquinaria que levanta nuevos edificios; y arriba, el cielo de Navarra… ¿No os confirma esta enumeración, de una forma plástica e inolvidable, que es la vida ordinaria el verdadero “lugar” de vuestra existencia cristiana? Hijos míos, allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres.

Decenas de millares de hombres y mujeres escuchan en religioso silencio al Fundador mientras explica, de manera especialmente viva y directa, el mensaje central del Opus Dei: aprender a santificarse allí donde uno esté, en las circunstancias más vulgares, evitando la tentación de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas.

¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida. Que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser -en el alma y en el cuerpo- santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales (…) En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria…

A finales de 1968, esta homilía aparecerá editada en un libro que, con el título de Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, recoge algunas declaraciones del Fundador del Opus Dei a representantes de diversos medios informativos de diferentes países. Porque, desde 1966, el Padre, renunciando a la norma de conducta que siempre se había trazado, ha concedido -porque así lo exigía el bien de las almas- entrevistas a unos cuantos periodistas.

Ya en 1964, en Pamplona, había recibido a algunos. Entre ellos el corresponsal del diario “Le Fígaro” en España, el cual, dos años más tarde, solicitó del Fundador del Opus Dei unas declaraciones para su periódico. Lo mismo hicieron otros redactores del “New York Times”, del semanario “Time” y de varias revistas españolas.

En esas entrevistas -así como en otra aparecida en 1960 en la edición dominical de “L’Osservatore Romano” y recogida también en el libro de Conversaciones- Monseñor Escrivá de Balaguer respondía a diversas preguntas concernientes a la vida de la Iglesia, la situación de la Universidad, el papel de la mujer en el mundo, etc. También hablaba del Opus Dei, definiendo de la manera más clara posible la naturaleza de la Obra que había fundado en 1928: La finalidad a la que el Opus Dei aspira es favorecer la búsqueda de la santidad y el ejercicio del apostolado por parte de los cristianos que viven en medio del mundo, cualquiera que sea su estado o condición (…) Cristo está presente en cualquier tarea humana honesta (…) El Opus Dei tiene como misión única y exclusiva la difusión de este mensaje (…) Y a quienes entienden este ideal de santidad, la Obra facilita los medios espirituales y la formación doctrinal, ascética y apostólica, necesaria para realizarlo en la propia vida.

Haciendo referencia a quienes seguían empeñados en hablar del Opus Dei sólo en relación con España y con un terreno que no era ni será nunca el suyo, el de la política, repetía una vez más, con energía, que la Obra no está ligada a ningún país, a ningún régimen político, a ningún partido, a ninguna ideología, y que sus miembros abominan de todo intento de servirse de la religión en beneficio de posturas políticas y de intereses de partido.

Para él, está perfectamente claro -y sabe que la realidad da testimonio de ello- que los miembros de la Obra no actúan en grupo, sino individualmente, con libertad y responsabilidad personales.

A1 Fundador no se le oculta que será necesario que pase algún tiempo antes de que se desvanezcan unos prejuicios originados por auténticas campañas de calumnias contra la Obra, pero confía en que los periodistas que le entrevistan dirán la verdad. Es consciente, también, de que en la raíz de estas deformaciones calumniosas, que se remontan a los años cuarenta, hay una visión clerical de las cosas, característica de quienes suele llamar católicos oficiales. Algo que no le sorprende, pero que detesta, porque instrumentalizar al laico para fines que rebasan los propios del ministerio jerárquico es algo absolutamente ajeno al espíritu del Fundador. Por eso, responde así a los redactores de “L’Osservatore della Domenica” que le preguntan sobre este punto: Espero que llegue un momento en el que la frase los católicos penetran en los ambientes sociales se deje de decir… Los socios de la Obra no tienen necesidad de penetrar en las estructuras temporales, por el simple hecho de que son ciudadanos corrientes, iguales a los demás, y por tanto ya estaban allí.

A sus sesenta y cinco años, el Fundador del Opus Dei sigue siendo tan inconformista como lo era ya en los años treinta, cuando predicaba a hombres y mujeres corrientes, de todas las clases sociales, que podían santificarse y santificar su trabajo ordinario en medio del mundo, provocando la indignación, la condena y el escándalo de algunos eclesiásticos, para los cuales los laicos debían ser, como mucho, la longa manus de la jerarquía…

Un gesto simbólico

En 1968, Mons. Escrivá de Balaguer va a dar públicamente una prueba más de su independencia de espíritu al tomar una decisión que -lo sabe- será falsamente interpretada por algunos, aunque esté inspirada en su profundo sentido de la justicia.

En efecto: cuando evoca la manera en que el Opus Dei nació y se ha ido desarrollando, paso a paso, se persuade más y más de que el Señor le ha tratado como a un niño al que su padre le va diciendo cómo colocar las piezas de un rompecabezas una a una; el 2 de octubre de 1928; la fundación de la Sección femenina luego, el 14 de febrero de 1930, sin él haberlo querido; la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz finalmente, otro 14 de febrero, trece años más tarde…

Se da cuenta también, cada vez con más evidencia, de que las duras pruebas a que habían sido sometidos sus padres -y que tanto le habían hecho sufrir a él- eran un medio del que el Señor se había servido en su juventud para purificarle y dejarle más disponible para la inmensa tarea que pensaba confiarle. Calibra cada día con más profundidad el significado del sufrimiento de los suyos: la muerte de sus tres hermanitas, la brusca ruina de su padre, su desaparición prematura… A lo cual vinieron a juntarse luego las consecuencias de su propia entrega al Señor para su madre, su hermana y su hermano.

Más aún: habían aceptado sin protestar infinidad de sacrificios suplementarios que él les había pedido para facilitar el desarrollo de los apostolados de la Obra. Desde la utilización de gran parte de la herencia para financiar la primera residencia, en 1934, hasta el trabajo constante de su madre y de su hermana Carmen en la administración de otros centros, el último de ellos la casa de Salto di Fondi, en Italia, donde tanto había trabajado ésta.

Ahora, a sus sesenta y seis años, don Josemaría siente muy vivo el deseo -el deber filial- de recompensar de alguna manera a su familia, que tanto había sufrido y se había sacrificado, en cierto sentido, por culpa suya. Y como el único superviviente es su hermano Santiago, para hacer algo por él y por los hijos de éste, y para honrar la memoria de sus padres, tan injustamente tratados en sus últimos años en Barbastro, está dispuesto a realizar unas gestiones que, de tener éxito, supondrán un desagravio simbólico, aunque mínimo, por lo mucho que debe a su familia.

La iniciativa había sido de sus hijos, y especialmente de D. Álvaro del Portillo. Hacía años que, al darse cuenta del alcance histórico que cobraría con el tiempo la personalidad del Fundador, había ido investigando en la historia de su familia. Habían salido a la luz vínculos de parentesco -que el Padre conocía, pero que nunca había mencionado, por no darles la menor importancia- con la antigua nobleza aragonesa. Correspondía a la familia un título nobiliario, el del marquesado de Peralta, que Carlos de Habsburgo había otorgado en 1718 a un antepasado de su madre. Hechas las oportunas investigaciones, habían sido informados de que, en efecto, era posible pedir la rehabilitación del título en España. Después de un forcejeo filial, don Álvaro logró que el Padre tomara en consideración el proyecto de reclamar ese título: si lo obtenía, podría transmitírselo a su hermano Santiago al cabo de cierto tiempo… Se trataba de una manera concreta para compensar a los suyos.

Ni que decir tiene que no se le ocultaban los comentarios mordaces que algunos harían, ajenos por completo al hecho de que, a su edad, y con el rumbo que había tomado en su vida, no tenía la menor necesidad ni el menor deseo de reclamar para él un título honorífico. Sabe, sí, que sus hijos e hijas lo comprenderán, pero que otros aprovecharán la ocasión para decir de palabra o por escrito toda clase de perfidias y, de manera indirecta, arrojar puñados de lodo sobre la Obra.

Esto le ha llevado, naturalmente, a consultar el asunto, antes de dar su consentimiento a que se iniciaran las gestiones, con diversas personalidades y organismos de la Curia, incluida la Secretaría de Estado del Vaticano, pues piensa que, como Presidente General de una institución de la Iglesia, debe hacerlo. La respuesta es unánime: no hay ningún inconveniente en que reclame la rehabilitación de ese título. Es más, una alta personalidad de la Curia le dice que debe hacerlo, pues si él, que siempre ha enseñado a sus hijos a cumplir sus obligaciones cívicas y a ejercitar todos sus derechos, no lo hace, les daría mal ejemplo…

Así pues, a comienzos de 1968, escribe al Consiliario del Opus Dei en España para explicarle los motivos de esa decisión, que no son otros que sentimientos de piedad y justicia hacia su familia junto con el deseo de poner en práctica el dulcísimo precepto del Decálogo, el cuarto Mandamiento de la Ley de Dios: “Honrarás a tu padre y a tu madre.” Al mismo tiempo, le ruega, de antemano, que disuada a sus hijos de querer justificarlo ante la opinión pública: no me importan los comentarios -que no harían si se tratase de otra persona cualquiera, de otro ciudadano español-, y os ruego que, si dicen o escriben algo molesto, que sea lo que sea será injusto, “hagáis oídos sordos”.

Como el Padre esperaba, en cuanto le rehabilitaron legalmente el título, la prensa se hizo eco del hecho, a veces con escándalo farisaico y comentarios de mal gusto. No obstante, ninguna instancia del Opus Dei, en país alguno, salió al paso de los mismos. El Padre, por su parte, guarda también absoluto silencio, hasta que, al cabo de un año, transmite el título a su hermano, para que pueda, a su vez, transmitirlo a sus hijos.

En el deliberado silencio del Fundador ha habido, sin duda, una especie de sano desprecio del “qué dirán”, como si hubiese querido, con su ejemplo, animar una vez más a sus hijos a hacer uso de sus derechos, sin refugiarse en una modestia mal entendida, completamente ajena a la verdadera humildad cristiana. Humildad que él manifiesta, por su parte, en ese ofrecerse en bandeja a las malas lenguas, dándoles un pretexto para insultarle.

Los miembros de la Obra y las personas que lo conocen comprenden perfectamente este gesto del Padre y piensan que, en este asunto, con título o sin título nobiliario por medio, ha sabido comportarse como siempre: como un caballero.

Sufrimiento por la Iglesia

El dolor que le causa la incomprensión -por otra parte esperada- no es nada en comparación con el sufrimiento que experimenta en esta época de su vida.

Señor, si es tu Voluntad, haz de mi pobre carne un crucifijo, había escrito en Camino. Pues bien, parece como si Jesucristo hubiese querido conformar aún más a su servidor a su propia imagen en estos años de prueba para la Iglesia universal, que parece como si estuviese influida por las cosas malas del mundo, por ese deslizamiento que todo lo subvierte, que todo lo cuartea, sofocando el sentido sobrenatural de la vida cristiana. Porque se ha ido pasando de discutirlo todo a dudar de todo, de tal forma que es algo más que una crisis lo que sacude a la Iglesia; es un terremoto.

Estamos viviendo un momento de locura -confía el Padre a sus colaboradores más íntimos el 25 de noviembre de 1970-. Las almas, a millones, se sienten confundidas. Hay peligro grande de que en la práctica se vacíen de contenido los sacramentos -todos, hasta el Bautismo- y los mismos Mandamientos de la Ley de Dios pierdan su sentido en las conciencias.

El Fundador del Opus Dei sabe que la barca de Pedro no puede hundirse, pero también sabe que Dios permite tiempos de prueba muy duros. Por eso, las fisuras en la fe, las noticias que ponen de manifiesto que el amor a Dios en muchos cristianos se enfría, le llegan al corazón. Piensa en ello noche y día, reza, se mortifica, repara con más generosidad todavía…

Desde hace años, conoce esas largas vigilias nocturnas en las que las sombras parecen hacerse más densas. Son momentos en los que suplica a Dios, con redoblado fervor, que ponga fin a la prueba.

Como la crisis se prolonga, implora que, al menos, pueda ver, si no el fin, el comienzo del fin, y pide a sus hijos que hagan lo mismo, que insistan ante el Señor para que se vea obligado a intervenir, dulcemente constreñido. Él, por su parte, no puede hacer ya más que abandonarse por completo y ponerse en manos de la Providencia.

¡Me duele la Iglesia!, exclama con frecuencia.

La fe que Dios le ha dado desde su infancia y que no ha cesado de crecer en él -una fe tan gorda que se puede cortar-, le dice que al término de esta locura colectiva habrá un vasto resplandor de esperanza, porque el Señor, de los males saca bienes; y de los grandes males, grandes bienes.

Pero el dolor es la piedra de toque del Amor y, por eso, el Padre no puede evitar el sufrir con la Iglesia, no sólo como cristiano, sino también como sacerdote y como responsable de tantas almas que el Señor le ha confiado. Además, no le faltan razones para pensar que el Príncipe de las tinieblas tiene especial empeño en obstaculizar este nuevo camino divino en la tierra que es el Opus Dei.

La mano que sujeta el timón debe, a veces, cuando la tempestad arrecia, adquirir firmeza para mantener el rumbo… Por eso, el sufrimiento de Mons. Escrivá de Balaguer por la Iglesia no es meramente pasivo, sino que va acompañado de un empeño eficaz por evitar que la Obra se desvíe lo más mínimo de la línea señalada por Dios. Se sabe, en efecto, administrador del depósito recibido el 2 de octubre de 1928, y uno de sus elementos esenciales es el carácter secular del Opus Dei.

Sus hijos e hijas, unidos en torno al Fundador e identificados con su espíritu, no tienen la menor duda de que son cristianos corrientes, no religiosos que viven en el mundo o que se adaptan al mundo; saben, en suma, que son ciudadanos iguales a los demás, como lo saben sus parientes y sus amigos. La Iglesia, por su parte, ha reconocido esta característica secular del Opus Dei, pero el Padre, desde hace varios años, está cada vez más preocupado porque, como Fundador, desea que las cosas queden todavía más claras. Piensa que es imprescindible que la Obra tenga un estatuto jurídico más conforme con su naturaleza, cosa que no fue posible conseguir en 1950, pues las mentes no estaban todavía maduras para esto, y el Derecho Canónico no había evolucionado lo suficiente. Ahora, sin embargo, algunas disposiciones del Concilio Vaticano II permitirán, sin duda, obtener ese nuevo estatuto.

El 6 de enero de 1970, mientras contempla con un grupo de hijos suyos el misterio de la Navidad, plasmado en un Nacimiento, invita a sus hijos a la confianza: “Pedid y se os dará…” (Lucas XI, 9).

Buscando refugio en la trinidad de la tierra, Jesús, María y José, el Padre, con la imaginación, toma al Niño en sus brazos y pide perdón por todo el mal que se hace, por todo el bien que dejan de hacer los cristianos…

No lejos del pesebre, se encuentra Herodes: Pero no podrán nada, Señor, ni contra tu Iglesia ni contra tu Obra. Estoy seguro (…) También la Obra ha encontrado, más de una vez, a Herodes en su camino. Pero, ¡tranquilos, tranquilos! (…); no hemos dejado nuestros intereses personales por una nimiedad.

Los que le rodean están serios. Sufren con el sufrimiento del Padre, pero lo único que pueden hacer es asociarse a sus súplicas y trabajar con más intensidad que nunca, abriendo camino en la dirección que él indica

Dos peregrinaciones en la Península Ibérica

Como ha venido haciendo en los momentos más difíciles de su vida, recurre a la Madre de Dios, proclamada por Pablo VI, al finalizar el Concilio, Madre de la Iglesia. Es lo que le lleva a postrarse varias veces a los pies de Nuestra Señora en 1970.

Iré a visitar dos Santuarios de la Virgen -escribe a sus hijos-. Iré como un creyente del siglo XII: con el mismo amor, con aquella sencillez y con aquel gozo. Voy a pedirle por el mundo, por la Iglesia, por el Papa, por la Obra (…) Unios a mis oraciones y a mi Misa.

Esos dos Santuarios son Torreciudad, en España, y Fátima, en Portugal.

A comienzos de abril, el Fundador del Opus Dei se traslada en avión a España. En la antigua casa de la calle de Diego de León, contempla la imagen de la Virgen de Torreciudad, que está siendo restaurada. Es una representación tradicional de la Virgen con el Niño, similar a la que existe en bastantes Santuarios de Europa surgidos a partir del siglo XI. Se ve la talla de madera, pues se le han quitado varias capas de pintura posteriores para aplicarle el estofado de oro que le hará recobrar su aspecto originario.

Presintiendo la emoción del Padre, sus hijos se retiran. Besa filialmente los pies de la Virgen y los del Niño, expresa a la Señora su agradecimiento con palabras que le salen del alma y le cuenta la alegría que siente al volver a verla, como un hijo que se reúne con su madre tras una larga ausencia.

Unos días más tarde, después de visitar en Zaragoza a la Virgen del Pilar, llega a Torreciudad. Un kilómetro antes de alcanzar la ermita, en una curva de la carretera, todavía en construcción, sin asfalto, el Padre hace detener el automóvil, baja, se descalza y sigue caminando a pie, mientras empieza a rezar los misterios dolorosos del Rosario. El día es gris y cae una suave llovizna, pero él, por dos veces, se niega a ponerse de nuevo los zapatos.

-Hay muchos pastores que van descalzos, todos los días, por estos riscos. No hago nada extraordinario.

Terminados los misterios dolorosos y tras unos instantes de oración silenciosa, el Padre continúa rezando las otras dos partes del Rosario. Finalmente, al entrar en la ermita, avanza hacia el altar y entona la Salve; luego, de rodillas, reza una oración mariana que ha aprendido en su infancia. Sólo entonces pasa a una habitación próxima para quitarse las piedrecillas que se le han incrustado en las plantas de los pies y calzarse de nuevo…

Instantes más tarde, ya está otra vez bajo la lluvia, visitando los lugares donde se alzará el nuevo Santuario, a unos cientos de metros de la ermita. Al borde de una vasta excavación, donde irá la cripta de los confesionarios, traza el signo de la Cruz con la mano. Su deseo más ardiente es que muchas personas encuentren en Torreciudad, en el futuro, el don más precioso: la gracia divina.

El amor grande que Dios tiene a su Madre, hará que allí resplandezcan también su omnipotencia y su misericordia. Nosotros le pediremos y buscaremos milagros en las almas.

El 14 de abril ya se encuentra en Fátima. Descalzo también, se dirige a la “capelinha”, rodeado por algunos de sus hijos portugueses. Cerca de la estatua que conmemora la visita de Pablo VI en 1967 -que es asimismo el año de su última peregrinación a Fátima- reza por el Papa.

La piedad de los peregrinos que le rodean le conmueve. Ahora que la fe parece languidecer en bastantes lugares y algunos ponen en entredicho la devoción a la Virgen, ciertas manifestaciones de piedad le enternecen. Por eso suele decir que le gustaría poder expresar sus sentimientos con la misma sinceridad con que los expresa una viejecita que suspira en la penumbra de una iglesia; por eso, también, se alegra tanto cuando, poco después de su visita a Fátima, uno de sus hijos portugueses le dice en una carta que le había visto besar las medallas del Rosario, como hacía su propia abuela…

Estas peregrinaciones son una demostración evidente de la gran fe del Padre y, al mismo tiempo, afirman su convicción de que la Iglesia no tardará en recobrar la unidad y la paz. “Si Dios está con nosotros, ¿quién podrá estar contra nosotros?” (Rom. VIII, 31), repite con San Pablo.

En México, a los pies de Nuestra Señora de Guadalupe

Pero su preocupación por la Iglesia sigue siendo muy viva. Por eso, poco después de regresar a Roma, el Padre, de repente, decide hacer una tercera peregrinación mariana.

Esta vez, el punto de destino está más lejos, en América, adonde nunca había hablado de ir hasta entonces. Verdad es que sus hijos mexicanos venían pidiéndole insistentemente que fuese desde hacía tiempo, pero de no haber mediado un motivo tan poderoso como éste, tal vez nunca se hubiese decidido a atravesar el Atlántico.

Así pues, el 14 de mayo de 1970, toma el avión que ha de conducirle a México.

Una de las primeras visitas que hace es a la Villa, adonde los mexicanos acuden a diario en gran número para rezar ante el célebre lienzo de la Virgen de Guadalupe, patrona de México y de toda Hispanoamérica, desde que en 1531 la Madre de Dios quiso aparecerse a un pobre indio llamado Juan Diego y dejar estampada milagrosamente su imagen en la manta o tilma que utilizaba para cubrirse.

Arrodillado en el presbiterio de la basílica, no quita los ojos de la imagen de la Señora, cuyo rostro tiene rasgos de la raza de la gente de esa tierra bendita. Por el interior del templo, a menudo de rodillas, avanzan muchas personas.

Hora y media más tarde, se incorpora y abandona la basílica. Numerosos miembros de la Obra que han empezado a afluir al enterarse de que está allí el Padre le acompañan desde la nave en cariñoso silencio. La escena se repetirá durante ocho días consecutivos, del 17 al 24, pero en lo sucesivo, para no llamar la atención, el Padre ocupa un balconcillo o tribuna situado a la derecha del presbiterio que le coloca, sin que se le pueda ver desde la nave del templo, a la misma altura de la célebre imagen. Nadie puede conocer hasta dónde llega la intensidad y profundidad de su oración. Sólo los que están muy cerca, junto a él, pueden oír sus palabras audaces y pueriles… que la pluma no puede, no debe estampar. Palabras en las que se vierten sus preocupaciones de siempre: la Iglesia, el Papa, sus hijos e hijas.

Todos los días expresaba su petición en voz alta. Los que están a su lado -entre ellos don Álvaro del Portillo y don Javier Echevarría, uno de sus más íntimos colaboradores- quedan impresionados por la simplicidad de sus palabras, que son las que un hijo dirige a su Madre. Tal vez las mismas que el pequeño Josemaría dirigía a María, en Barbastro, cuando, durante el mes de mayo, llevaba una flor a la Virgen, como todos los niños, y le presentaba sus peticiones.

También los mexicanos y las mexicanas depositan rosas a los pies de “su” Virgen de Guadalupe durante todo el año, y el Padre no quiere ser menos… El quinto día de la novena se dirige con estas palabras a la Madre de Dios: Señora nuestra, ahora te traigo -no tengo otra cosa- espinas, las que llevo en mi corazón; pero estoy seguro de que por Ti se convertirán en rosas…

Haz que en nosotros, en nuestros corazones, cuajen a lo largo de todo el año rosas pequeñas, las de la vida ordinaria, corrientes, pero llenas del perfume del sacrificio y del amor. He dicho de intento rosas pequeñas, porque es lo que me va mejor, ya que en toda mi vida sólo he sabido ocuparme de cosas normales, corrientes, y, con frecuencia, ni siquiera las he sabido acabar; pero tengo la certeza de que en esa conducta habitual, en la de cada día, es donde tu Hijo y Tú me esperáis.

Luego, el Padre formula su petición con la santa desvergüenza que siempre ha recomendado a las almas que quieren trabajar por Dios:

Aquí estoy, porque ¡Tú puedes!, porque ¡Tú amas! Madre mía, Madre nuestra (…), evítanos todo lo que nos impida ser tus hijos, todo lo que intente borrar nuestro camino o adulterar nuestra vocación. Yo no lo permitiré, porque no quiero condenarme; pero no toleres que actúen las fuerzas del mal. ¡Contra Ti no puede nada el diablo!, ¿cómo no voy a contar con esta seguridad? Dios te salve, María, Hija de Dios Padre; Dios te salve, María, Madre de Dios Hijo; Dios te salve, María, Esposa de Dios Espíritu Santo; Dios te salve, María, templo de la Trinidad Beatísima, ¡más que Tú, sólo Dios!: ¡que se vea que eres nuestra Madre!, ¡lúcete!.

La oración en voz alta del Padre se prolonga. Hasta la tribuna desde donde se dirige a la Virgen, llegan las canciones de los fieles en honor de su patrona, y su alma vibra al unísono de aquellas voces. Sigue rezando con insistencia:

Te amo todo lo que sé y puedo. Me he equivocado tantas veces en mi vida, pero te quiero con todas las fuerzas de mi alma. Dinos qué hemos de hacer y, con tu gracia, lo haremos (…) Escúchanos: ¡yo sé que lo harás!.

Entre una criatura, por muy fiel que sea, y su Creador, parece difícil que pueda existir una transacción, a no ser que lo que se pone en juego sobrenaturalmente ya esté inscrito en los planes divinos, como supo Abraham que lo estaba, después de haber negociado con Yahvé, la salvación de un puñado de hombres de su pueblo…

Lo cierto es que, a partir de ese 20 de mayo de 1970, Josemaría Escrivá de Balaguer, sin dejar por eso de sufrir, reparar y rezar por la Iglesia, aumenta más en su alma la confianza y la paz que ya nada podrá quebrantar. Como si la Virgen María, en el Santuario donde ha ido a visitarla, hubiese querido mostrarle el final de la prueba; sin decirle cuándo ni cómo, está convencido de que todo se arreglará cuando llegue el momento oportuno. Poco importa que no llegue a verlo con los ojos de la carne: el gran río de la Iglesia volverá a su cauce…

Antes de abandonar la tribuna, el Padre hace una promesa a la Virgen de Guadalupe; una promesa sin condiciones, como la que había hecho hace ya muchos años en Madrid, al invocar a San Nicolás de Bari para pedirle que resolviera unas dificultades financieras aparentemente insuperables: para agradecer a la Señora la gracia que le acaba de conceder, mandará colocar, en una capilla de la cripta del Santuario de Torreciudad, un mosaico representando a la imagen de la Virgen de Guadalupe y una inscripción conmemorativa.

La raza de los hijos de Dios

Nada más llegar a México, el Padre había dicho a sus hijos que ellos sólo eran la segunda razón de su viaje, pero, al comprobar su gozo por tenerle entre ellos, se da cuenta de que esa segunda razón casi se confunde con la primera.

El Padre visita Montefalco, una antigua hacienda reconstruida por sus hijos en el estado de Morelos, donde han establecido, entre otras actividades educativas, un centro de formación rural para los campesinos de la zona. En medio de aquellos inditos, que le escuchan embelesados y atentos, el Padre se encuentra tan a gusto como con los habitantes de la capital o de otras grandes ciudades. En esas reuniones, hay un buen número de hijos suyos que han venido de otros países: Costa Rica, Guatemala, El Salvador, Venezuela, Puerto Rico, Colombia, Argentina, e incluso Canadá y los Estados Unidos. A todos, les dice:

Nadie es más que otro. ¡Ninguno! ¡Todos somos iguales! Cada uno de nosotros valemos lo mismo, valemos la Sangre de Cristo. Fijaos qué maravilla. Porque no hay razas, no hay lenguas; no hay más que una raza: la raza de los hijos de Dios.

Este lenguaje directo es comprensible a todos. Le oyen los de la ciudad y los del campo, gentes de toda condición… y hasta las lenguas de los campesinos más taciturnos se abren en preguntas a aquel sacerdote de prontas respuestas, que elevan y dignifican su vida. Todos quieren acercarse al Padre, saludarle, recibir una palabra o una sonrisa suya, tocarle…

En México D.F., en un Centro de la Sección de mujeres de la Obra, una campesina anciana, de cara completamente arrugada, se ha quedado en una esquina del vestíbulo. Le dicen al Padre que tiene cuatro hijos en el Opus Dei. El Padre se le acerca y la anciana mujer, sin dar tiempo a pensar en lo que sucede, se arrodilla ante el hombre de Dios. Mientras su hija intenta en vano ponerla en pie, ve con profunda emoción que el Padre, a su vez, se arrodilla ante ella para ponerse a su altura y decirle al oído cosas que ella escucha entre lágrimas: Somos iguales, hija mía, somos hijos de Dios…

Hijos míos, yo no he venido a enseñar, sino a aprender. A aprender de los mexicanos, de su fe sin fisuras, de su amor sincero a la Madre de Dios…

El Padre les habla también del apostolado que pueden hacer en su país y en otros países de lengua española del Continente: ¡Cuánto bien podéis hacer! Si fuéramos más, y si yo fuera mejor… y tú, y tú, y todos fuerais mejores, haríamos una labor maravillosa.

Durante los cuarenta días de su estancia en México, recibe a más de veinte mil personas. En una serie de tertulias llenas de espontaneidad, semejantes a las de España y Portugal, habla una vez más de la santificación del trabajo ordinario, de la vida conyugal; de la amistad y del apostolado; de la oración, de la Iglesia, del Papa, de los Sacramentos y, en especial, de la Eucaristía y la Penitencia. En resumen: de todos esos medios que facilitan el intercambio personal entre el alma y Dios y constituyen el secreto de la fecundidad apostólica.

El Padre, a pesar de su edad, responde de manera sorprendente a tanto ajetreo. No obstante, un día, el 16 de junio, mientras habla a un grupo de sacerdotes cerca del lago de Chapala, al noroeste del país, tiene que retirarse a una habitación contigua para descansar unos momentos, pues el agobiante calor del mediodía le sofoca. Su mirada se detiene en un cuadro colgado en la pared de enfrente que representa a la Virgen de Guadalupe entregando una rosa al indio Juan Diego.

-Quisiera morir así -musita en su oración habitual-: mirando a la Virgen Santísima y que Ella me entregase una flor…

Roma, 26 de junio de 1975

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Aquella noche, en Europa, y a medida que pasan las horas en el resto del mundo, a miles y miles de hombres y mujeres les cuesta conciliar el sueño. Una y otra vez repiten, sin acabar de creérselo: ¡Ha muerto el Padre!

Cuando, tras hora y media de esfuerzos -durante la que don Álvaro del Portillo ha administrado la Extremaunción a Mons. Escrivá de Balaguer y le ha dado la absolución varias veces-, sus hijos comprenden que es inútil cualquier nueva tentativa de reanimación, todos se arrodillan para rezar, sin tratar de contener las lágrimas.

Unos minutos más tarde dos miembros del Opus Dei contemplan de rodillas, cerca de una de las puertas de Villa Tévere, cómo transportan el cuerpo del Padre, sobre una tarima, al oratorio de Santa María de la Paz.

Don Álvaro del Portillo ha mandado comunicar la noticia enseguida a Su Santidad el Papa, y Pablo VI, al recibirla, se ha retirado a rezar a su oratorio privado.

También ha mandado que se comunique, por teléfono o por telegrama, a los Consiliarios de todos los países donde la Obra trabaja.

En las primeras horas de la tarde de ese mismo jueves, empiezan a llegar personalidades civiles y eclesiásticas a Villa Tévere, para rezar ante el cuerpo del Fundador del Opus Dei, que, revestido con un alba de encaje bajo la que se trasluce el fondo púrpura de prelado, reposa ahora sobre un paño negro, al pie del altar.

Las Misas se suceden en el oratorio. La primera la ha celebrado don Álvaro, quien, el viernes, a las seis de la tarde, celebra también la última, de corpore insepulto.

Al darle el pésame, un cardenal le ha dicho que es un día de duelo no sólo para el Opus Dei, sino para toda la Iglesia. Otro ha exclamado: “¡Cuánto bien va a hacer ahora a la Iglesia desde el Cielo!”

Mons. Deskur, Presidente de la Comisión Pontificia para la Comunicación Social, ha manifestado, por su parte, lo agradecido que estaba al Padre y al Opus Dei por lo mucho que habían hecho por la Iglesia en el campo del apostolado de la opinión pública, añadiendo que quería ser el primero de los obispos que solicitara su beatificación.

Durante el jueves y el viernes, no cesan de llegar testimonios de pésame.

En la tarde del viernes 27, después de celebrada la última misa de corpore insepulto, Mons. Escrivá de Balaguer es enterrado en la cripta del oratorio de Santa María de la Paz; la tumba se cubre con una lápida de color verde oscuro que el Padre había mandado preparar.

El sábado, 28 de junio, con asistencia de seis cardenales y numerosos obispos y prelados, se celebran unos solemnes funerales en la basílica de San Eugenio, llena a rebosar. El recogimiento de los asistentes y las innumerables comuniones que se imparten impresionan a las personalidades presentes, entre las cuales hay varios embajadores.

Terminada la misa, llega a la Sede Central del Opus Dei un telegrama firmado por el Cardenal Villot, Secretario de Estado, expresando que el Papa Pablo VI reza y ofrece fervientes sufragios para que el Señor conceda al Fundador del Opus Dei “la recompensa eterna por su celo sacerdotal”. Por la tarde, el Santo Padre envía al Secretario General del Opus Dei una carta en la que le comunica que el día antes ha ofrecido la Misa por el eterno descanso de Mons. Escrivá de Balaguer y que, consciente de la pérdida que ha sufrido la Iglesia, sigue rezando por él, pidiendo a Dios que todos los miembros del Opus Dei sigan siendo muy fieles al espíritu que, por voluntad divina, les ha legado el Fundador.

Mons. Benelli, sustituto de la Secretaría de Estado, ha ido a rezar, el jueves por la tarde, ante el cuerpo de Mons. Escrivá. También ha representado al Santo Padre en los funerales celebrados en la basílica de San Eugenio.

Casi simultáneamente, se celebran misas en distintas iglesias de numerosas ciudades de todo el mundo. La prensa se hace eco de estas ceremonias. Tanto en Kenya como en Japón, en Australia o en Filipinas, en Londres o en París, en Washington o en Buenos Aires, los informadores ponen de relieve la piedad y el dolor sereno de todos los asistentes.

En muchos lugares del mundo se producen, con este motivo, fenómenos espirituales muy singulares: cambios súbitos de vida, confesiones, conversiones de gentes apartadas de la Iglesia… Mientras tanto, en Roma, ha comenzado, por la cripta en donde yace enterrado el Padre -75, viale Bruno Buozzi-, el desfile ininterrumpido de personas de todos los países y de todos los ambientes. A veces, son familias enteras las que van a rezar unos instantes ante la lápida en la que se han puesto sólo dos palabras: EL PADRE. Y dos fechas: 9-1-1902 y 26-VI-1975. Las de su nacimiento y de su muerte. Su oración silenciosa confía ya a la intercesión del Fundador del Opus Dei preocupaciones pequeñas o grandes, problemas de diversa índole y, también, acciones de gracias por los favores que ha empezado a alcanzar en el Cielo.

Durante las semanas siguientes y a lo largo de todo el verano, van llegando a la Sede Central del Opus Dei miles y miles de testimonios sobre las virtudes que Mons. Escrivá de Balaguer supo vivir en grado heroico. Muchas cartas piden que se abra el proceso de beatificación. La procedencia y el estilo de estas cartas y testimonios ponen de manifiesto hasta qué punto la espiritualidad del Opus Dei ha penetrado en muchos países y en todas las capas sociales. Porque esas “cartas postulatorias”, esos testimonios, proceden de gentes jóvenes y mayores, humildes o encumbradas; de instituciones promovidas por el Opus Dei; de personalidades civiles -hombres de Estado, universitarios, escritores…-; de dignidades eclesiásticas -cardenales, arzobispos, obispos: un tercio del episcopado mundial-; y de religiosos y religiosas.

El 15 de septiembre de 1975, dos meses y medio después de que Dios llamara al Cielo a Mons. Escrivá de Balaguer, es elegido sucesor don Álvaro del Portillo. La votación ha sido unánime y los electores, pertenecientes a ochenta nacionalidades de otros tantos países en los que hay miembros de la Obra, no han necesitado más que un solo escrutinio.

Para el Opus Dei, acaba de comenzar una etapa de continuidad en la fidelidad a la herencia espiritual del Fundador.

FILIPINAS. Los pobres del Tercer Mundo

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Capitulo de “El Opus Dei: Ficción y realidad”, un libro de M.J.West

Los pobres de Manila viven en minúsculas chozas de madera y hojalata que se alzan sobre el fango. Los más privilegiados ocupan casas diminutas de una o dos habitaciones. A veces construyen su hogar con tablas carcomidas entre las ramas de un árbol.

Como los de otros muchos países, los pobres de Manila provienen del campo, donde los ricos hacendados les explotaban; se trasladan a la ciudad en busca de una vida mejor, que rara vez encuentran.

En las zonas más deprimidas, la moralidad es escasa, y a veces nula. No es raro que los adolescentes, antes de llegar a la edad adulta, hayan sido testigos de varios crímenes.

Las Filipinas han sufrido muchas convulsiones desde finales del siglo XIX, cuando el país empezó a luchar por su independencia. Recientemente, ha sido víctima de una rígida y larga dictadura.

Sobre este telón de fondo tuvo lugar la revolución de 1986, que acabó con ella. Sin embargo, cuando el polvo del alzamiento se posó, pudo verse que los efectos de la dictadura permanecían. Un dato significativo: el 70 por 100 de los filipinos viven por debajo del nivel de pobreza.

A la entrada del inmueble en que me alojaba -un edificio de apartamentos situado en San Juan, un antiguo barrio de Manila- había un guardia armado, con uniforme azul. Su presencia era un recordatorio de la desesperada pobreza que le rodeaba.

Ante tanto sufrimiento, muchos cristianos, que no son capaces de hacer lo que la Madre Teresa de Calcuta -atender personalmente los problemas más graves derivados de la pobreza-, se limitan a dar limosna. Pero hasta la Madre Teresa reconoce que la caridad sólo resuelve los problemas más inmediatos, no el problema de fondo. Éste sólo se puede atacar mediante la aplicación de una justicia social basada en principios cristianos, ya que es la única que evita dos grandes escollos: las injusticias provocadas por los excesos del capitalismo, de una parte, y la opresión de los sistemas totalitarios de signo socialista, de otra.

Fue este camino -el del desafío propuesto por las enseñanzas sociales de la Iglesia- el que un grupo reducido de universitarios filipinos tomó mucho antes de que se produjera la revolución de 1986. Cuando se agruparon a mediados de los años 60, eran conscientes de que, aunque Filipinas era un país predominantemente católico, había hecho poco caso de la doctrina social de la Iglesia; pero eran muy jóvenes, y no tenían influencia económica, política o social; sólo tenían buena formación e ilusión juvenil. Dos de ellos, graduados en Harvard, eran dos economistas: el Dr. Bernardo Villegas y el Dr. Jesús Estanislao.

“Queríamos crear un servicio social que fuese profesional y secular, capaz de dar respuesta a las necesidades sociales más apremiantes -me dijo Jess-. Debía ser educativo, apostólico y abierto a todo el mundo, pues queríamos llegar al mayor número posible de personas.”

El grupo se propuso mostrar que las empresas podían ser socialmente responsables. Pero el gobierno, entonces, iba por un camino y los hombres de negocios por otro. Mientras el gobierno hablaba de programas sociales y económicos, las empresas privadas actuaban a su aire. Además, los hombres de negocios sólo estaban interesados en los beneficios, no en el desarrollo económico y social del país.

“Queríamos contar con un centro que estudiase estos problemas y estableciese un puente entre el gobierno y los empresarios.”

El resultado fue el Center for Research and Communication (Centro de Investigación y Comunicación), inaugurado en 1967. El centro ocupaba entonces un edificio alquilado en el número 1607 de Jorge Bocobo, Malate, y no tenía nada que ver con el moderno edificio que ocupa ahora en Pearl Drive, en el Complejo Comercial Ortigas, con sus modernas aulas, salas para seminarios y oficinas.

A poco de ser fundado, el CRC ya había adquirido gran reputación como centro de formación empresarial y de estudios de previsión económica (algo que pronto provocó el recelo del gobierno, que no veía con buenos ojos que un organismo independiente pusiese de relieve los pobres logros económicos del sistema). El CRC formaba hombres de negocios para que dirigieran sus empresas con arreglo a sanos principios económicos; luego, los animaba a, concentrarse en áreas en las que podían ayudar a combatir la pobreza, es decir, a responder a la llamada de la Iglesia a favor de la “opción preferencial por los pobres”. Les pedía, por ejemplo, que tuviesen en cuenta los ingresos reales de los trabajadores de su empresa, su capacidad adquisitiva, sus necesidades familiares, etc.

“Lo que siempre hemos dicho a las diferentes empresas -me explicó Bernie- es que comparen lo que ganan sus empleados con lo que necesitan para vivir como seres humanos. Luego hemos dado un paso adelante. Por ejemplo, en desarrollo agrario. Si un cliente es dueño de una plantación de azúcar, le decimos que debe colaborar en el desarrollo de la comunidad, promoviendo escuelas, hospitales, etc. Existe la creencia, bastante generalizada, de que el- capitalismo no tiene conciencia, y eso es lo que tratamos de desmentir, procurando hacer que los empresarios conozcan lo que la Iglesia ha dicho sobre salarios, trabajo, sindicatos, cooperativas y todos los problemas sociales que tienen planteados los países del Tercer Mundo, entre ellos Filipinas. Y nos hemos encontrado con que los hombre de negocios y las empresas con que hemos contactado están dispuestos a hacer algo por resolver los problemas, una vez que toman conciencia de ellos.”

Los hombres de negocios que fueron al CRC buscando asesoramiento económico, pronto empezaron a responder. Algunos comenzaron a interesarse por las áreas rurales, contribuyendo al desarrollo agrícola; otros crearon fundaciones para la formación de campesinos; algunos elaboraron productos de alta calidad. Mientras tanto, el CRC instaba a la reforma agraria, aconsejando a los grandes terratenientes que parcelaran parte de sus dominios y los repartieran entre los campesinos.

“El mensaje que siempre hemos tratado de inculcar -me dijo Jess- es que en los negocios, antes de mirar lejos, al futuro, debemos recordar que tenemos los pobres al lado, en los taxistas, los porteros, los oficinistas, los campesinos. Insistimos en que los ejecutivos de las grandes empresas deben preocuparse ante todo de estas personas, procurarles mejor educación, tratarles bien, proveer a sus necesidades en términos de su desarrollo cultural, espiritual, profesional, educativo, etc. Y aumentar sus salarios, con arreglo a los beneficios. Los que han seguido esos consejos han comprobado que funcionan en un doble aspecto. Cuando la empresa se preocupa de la gente, se establece una mayor compenetración entre la empresa y sus empleados. La prosperidad de la empresa se convierte en una aventura conjunta y la productividad aumenta.”

La doctrina social de la Iglesia Católica ha rechazado siempre la idea de que la solución de los males económicos esté en ideologías como el socialismo, el capitalismo o la teología de la liberación. Lo que el CRC estaba haciendo se basaba en tres pilares básicos: en primer lugar, el principio de subsidiariedad, que dice que lo que los individuos o los pequeños grupos sociales pueden hacer con eficacia y competencia no debe ser absorbido por cuerpos sociales más amplios, y menos por el Estado (tal es el punto de vista conocido como “lo pequeño es hermoso”, el cual requiere que todos los trabajadores participen en la propiedad de los medios de producción). En segundo lugar, el principio de solidaridad, que dice que los individuos, los grupos privados y las asociaciones deben trabajar unidos, cooperando mutuamente. Y en tercer lugar, el principio de que cada persona y cada grupo debe, dentro de la comunidad, trabajar a favor del bien común. Lo cual no significa buscar el mayor bien para el mayor número, sino más bien el bien total de todos y cada uno de los miembros de la sociedad.

“Aquí es donde entra la competencia característica del CRC -me dijo Bernie-. Hay otras instituciones parecidas, pero yo creo que nosotros destacamos por el énfasis que ponemos en los principios de subsidiariedad, solidaridad y bien común. A los hombres de negocios les decimos con toda claridad que no hay una mano invisible, diga lo que diga Adam Smith, que promueva automáticamente el bien común cuando predomina el egoísmo personal. Eso es una colosal, mentira histórica. Cada persona debe contribuir consciente y activamente al bien común, con sus propias decisiones.”

Esto puede parecer muy bonito, un idealismo muy atractivo, pero impracticable en el mundo donde las empresas .luchan por obtener el mayor rendimiento de los trabajadores con los salarios más bajos posibles. Pero la realidad es que, así las cosas no marchan. Las’ empresas que explotan a los trabajadores y obtienen grandes beneficios a corto plazo por ese procedimiento plantan las semillas de su propia ruina. El CRC ha sido capaz de convencer de este hecho a bastantes empresarios cabezotas, como se comprueba viendo al gran número de ellos que asisten a cursos, seminarios y conferencias. Cada seis meses en un hotel de Manila, cientos de empresarios y hombres de negocios participan en cursos de actualización.

Aunque quienes dirigen el CRC están de acuerdo en los principios básicos, tienen a veces puntos de vista distintos sobre la manera de ponerlos en práctica. El centro recalca que las opiniones económicas del cuadro de profesores son cosa suya. Jess y Bernie, por ejemplo, llevan muchos años trabajando juntos, pero tienen criterios diferentes a la hora de encarar los problemas de la economía filipina. Bernie está convencido de que el futuro de Filipinas está en el desarrollo de la agricultura, mientras que Jess confía más en la industrialización del archipiélago. También discrepan respecto a la protección arancelaria.

“Aquí tenemos un gran pluralismo, una gran variedad de opiniones, pues estamos de acuerdo en que en economía no existen dogmas -explica Bernie-. Como dice el fundador del Opus Dei: en el Opus Dei tenemos un común denominador, que está formado por la doctrina de la Iglesia, pero el numerador es variadísimo: cada cual tiene sus opiniones, su manera de encarar los problemas. Eso es verdad en el Opus Dei, y también en el CRC.

Y lo mismo con quienes aconsejamos. Nadie está autorizado a decidir cómo una persona rica puede contribuir al bien común; creando oportunidades de empleo, obteniendo divisas, produciendo alimentos… La libertad personal y la responsabilidad deben ser los principios motores de la iniciativa privada con vistas al, bien común.”

La relación del Opus Dei con el CRC es la misma que en cualquier otra obra corporativa. El Opus Dei garantiza la doctrina y la orientación espiritual del CRC con arreglo a la fe católica, pero nada más. No se responsabiliza en absoluto sobre problemas concretos, como pueden ser las opiniones respecto a la conveniencia de introducir la reforma agraria en la isla de Negros.

El capellán del CRC, Father Hector Raynal, me habló de los consejos que suele dar a los hombres de negocios que acuden a él para hablarle de temas espirituales:

“En este país, la mayoría de la gente da por supuestas sus creencias religiosas. Suele ser buena, pero no profundiza en el conocimiento de las enseñanzas de Jesucristo. Hay que insistir en las cosas básicas: los sacramentos, la necesidad de estar en estado de gracia… Luego, inculcarles una serie de virtudes humanas: laboriosidad, firmeza, constancia, perseverancia, sinceridad…

Procuro que quienes vienen por aquí se den cuenta de que si quieren construir una sociedad sobre fundamentos cristianos tienen que conocer la doctrina de la Iglesia. Si se construye una sociedad y se tiene éxito económicamente, pero esa sociedad no está basada en principios morales correctos, el fracaso, a la larga, es seguro. Si se construye con la única preocupación de multiplicar los bienes materiales o con la de crear unas estructuras rígidas que coarten los derechos individuales, se edifica sobre arena. Se termina en nada.

Cuando alguien viene a mí para preguntarme si es moral tal o cual negocio, procuro ayudarle aclarándole los conceptos. En el CRC doy un curso de ética cristiana para empresarios que proporciona criterios claros basados en la Ley de Dios. Supongamos que alguien viniera y dijera: “Resulta que tenemos competidores que no pagan impuestos, que firman cheques sin fondos, que pagan salarios de hambre, que sobornan a los funcionarios… ¿Qué nos aconseja? ¿Hacer lo mismo?”. Lógicamente habría que decirle que no, que no puede hacer nada de eso. Pero si pensara que, entonces, no le queda otro camino que retirarse, habría que decirle que tampoco se trata de eso, que habría que estudiar detenidamente la situación. Y aquí es donde interviene la fe. Por supuesto que no se pueden emplear medios ilícitos, porque el fin no justifica los medios. Pero retirarse significaría darse por vencido, dejar los negocios del mundo en manos de quienes lo corrompen. Por eso hay que analizar detenidamente la posibilidad de utilizar otros medios lícitos y eficaces que no utilizan los competidores. El espíritu de Cristo nos dice que debemos colocar a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas, que debemos devolver el mundo a Dios. ¿Cómo íbamos a lograrlo si a la primera dificultad nos retiráramos, renunciáramos a la lucha? Sí hemos de utilizar toda clase de medios lícitos, que pueden ser muy poderosos. Me refiero, por ejemplo, a la oración que, tal vez, nos hará ver que tenemos que esforzarnos más en el trabajo.

A los que me piden consejo les digo que tienen que procurar que su empresa sea más productiva, que no deben pensar que porque sean católicos y no puedan utilizar medios ilícitos su empresa debe estar siempre a la cola en cuanto a productividad o beneficios. Porque es falso, y anticuado, pensar que para ser un buen católico hay que ser un mendigo. Ésa era una de las cosas que Monseñor Escrivá quería inculcar en las mentes de muchos: que no es bueno renunciar a la lucha, que hay que procurar destacar, sobresalir, tener éxito. No por motivos egoístas, sino porque así se puede extender más el Evangelio.

Así pues, ése suele ser mi consejo: luchar, esforzarse. Pero si alguien me pregunta a qué partido político debe apuntarse, contesto que eso no es asunto de mi competencia, que puede hacer lo que quiera, siempre que se atenga a lo que dice la Iglesia en este terreno. Así, por ejemplo, con tal de que no se haga del Partido Comunista, puede hacer lo que estime oportuno para ayudar a resolver los problemas de su país. Es completamente libre en ese terreno. “

Actualmente, el CRC tiene una plantilla de ochenta profesionales, entre ellos varios economistas veteranos, doce jóvenes y una veintena de investigadores. En los últimos años ha evolucionado hasta convertirse casi en una universidad especializada en Economía, Ciencias Empresariales, Pedagogía y Humanidades. Ya ha empezado a formar un claustro académico, muchos de cuyos componentes han estudiado en universidades europeas y americanas.

Podría parecer que de todas las actividades corporativas del Opus Dei vistas ahora, el CRC sería una a la que más fácilmente se le podría imputar la búsqueda de influencia. En este sentido, los directores del centro me dijeron que les gustaría ser juzgados por sus logros, pues, a la larga, la gente no se fía de los rumores, sino de los hechos.

Tal es también el punto de vista del arzobispo de Manila, el cardenal Jaime Sin. Poco antes de que me concediera una entrevista, el cardenal había escrito un artículo en un periódico de la capital defendiendo al Opus Dei y la labor que sus miembros llevan a cabo en su diócesis, en especial el CRC. Entre otras cosas, el cardenal Sin decía que era importante tener en cuenta que el CRC no tenía finalidad política, sino profesional. “Cuando se estudian problemas financieros o se trata de prever el futuro, no -se está trabajando a favor de ningún partido político. Se está trabajando por el bienestar del país. Esto es muy claro. El CRC ayuda eficazmente al gobierno mediante el análisis y evaluación de los problemas financieros. Ha probado que cuenta con expertos que saben prever y proyectar, que trabajan de manera muy profesional. Lo cual ha supuesto que el gobierno tome nota de su labor, pues están cooperando al desarrollo del país.”

El cardenal Sin ponía de relieve también que cuando acabó la anterior dictadura y un nuevo gobierno se hizo con el poder en Filipinas, el CRC siguió haciendo lo mismo que hacía, aconsejando a las mismas personas e instituciones, incluido el gobierno. “Es una buena actitud -decía-, pues cuando la Iglesia o alguna organización de la misma se “casa” con el sistema, se queda viuda en la siguiente generación.” Evidentemente la Iglesia adopta esta actitud no sólo para no comprometerse políticamente, sino para garantizar la libertad política de los fieles seglares.

Dos labores inspiradas por el CRC son Dual Tech, un centro de formación profesional para obreros, y la Meralco Foundation, que desarrolla programas industriales para técnicos. Ambas tienen como objetivo dar oportunidades a los trabajadores más pobres.

Dual Tech, situado en el distrito comercial de Makati, es un proyecto conjunto de la Southeast Asian Science Foundation, que no tiene fines lucrativos, y la Fundación Hanns Seidel, de la Alemania Occidental. Fue creado por un grupo de empresarios para proporcionar a sus empleados especializados un aprendizaje adecuado. Dual Tech tiene dos objetivos básicos: adaptar un sistema alemán de enseñanza ambivalente que combina la enseñanza teórica con las prácticas en la misma empresa y estimular los valores morales y una sólida formación humana que se refleje en detalles prácticos, tanto en el trabajo como en la vida privada.

Los mecánicos y electricistas industriales que allí se forman proceden de las áreas más deprimidas de todo el país. Durante los seis primeros meses de sus estudios tienen comida y medicina gratis. Para algunos, esos seis meses son los primeros de su vida en que comen todos los días. Vienen de zonas en las que la instrucción religiosa y moral es escasa. Uno de los instructores de Dual Tech, Florentino Fernando, me dijo que la mayoría proceden de ámbitos en los que matar no es algo vergonzoso, sino más bien causa de orgullo. “Lo que los salva es su fe. A pesar de los pesares, quieren ser mejores.

Saben que violar o matar es malo, pero poco más. Y se dan cuenta de que necesitan aprender para salir adelante.”

Además de las enseñanzas técnicas, los aprendices reciben formación en virtudes humanas, a través de grupos de debate, deportes en equipo y charlas. Cada aprendiz cuenta con un consejero personal que procura ir abriendo horizontes. Ésta es, tal vez, la labor más importante.

Florentino me habló de algunas de sus experiencias como consejero. Me dijo que hacía poco había dado una charla sobre la familia y que uno de los estudiantes, al final, le había dicho que creía que su mujer sabía que tenía una querida. “Yo sólo había hablado de cosas corrientes, como la necesidad de dedicar más tiempo a los hijos, pero mis palabras sin duda le habían conmovido. Por eso, cuando le pregunté si estaba dispuesto a romper con ella, me dijo que sí, porque se había dado cuenta de que la familia era lo más importante. Sabía, sin embargo, que no le iba a ser fácil, y me enseñó un collarcito de oro que su amante le había regalado. Le había dicho a su mujer quedo estaba pagando a plazos (200 pesos al mes), dinero que iba a parar a manos de la otra. Yo le dije, con firmeza, que la única forma de cortar esa relación extraconyugal era hacerlo de golpe, sin contemplaciones; torció el gesto, pero aceptó el consejo. Vino a verme al cabo de un mes, sonriente. Parecía otro. Se había cortado el pelo y se había afeitado. “Buenas noticias -me dijo-. He devuelto el collar.” Había dejado de ver a aquella mujer. “¿Sabe? -añadió- Ahora estoy como más ligero… Quiero más a mi mujer y a mis hijos.” Estaba claro que había metido la pata, pero que su fondo era bueno. Sin duda le había costado mucho dejar a aquella mujer.”

El proyecto Meralco, en Metro Manila, se parece bastante a Dual Tech. Forma a obreros pobres, escasamente cualificados, y les ayuda a mejorar personalmente. Imparte un ciclo de estudios de tres años en el campo de la electrónica o de la instrumentación tecnológica a unos 120 jóvenes, chicos y chicas. Se exige a los aspirantes buenas calificaciones en sus estudios y carencia de recursos económicos. En Meralco se les proporciona libros, material, uniformes, dinero para el transporte y un salario. Uno de los allí formados, Bernardino Equitay, de 24 años, era un muchacho campesino de la isla de Negros, una de las más deprimidas de Filipinas. Su padre plantaba arroz y maíz en un pequeño huerto, lo que le proporcionaba unos ingresos aproximados de 12.000 pesos al año, suma con la que tenía para mantener a sus seis hijos. Bernardino hizo un curso de formación de empresa, pero no le sirvió para encontrar empleo. “Una de las cosas que más me gustan de Meralco -me dijo, es que, cuando termine mis estudios, estoy seguro de encontrar trabajo.”

Otra iniciativa que existe en Manila es la escuela e instituto técnico de Punlaan, en San Juan, que imparte cursos de formación profesional para mujeres que quieran trabajar luego como empleadas de hogar o en diversos servicios hospitalarios y hoteleros, restaurantes, etc.

Desde que empezó, en 1975, con 115 estudiantes, ha formado a más de 2.500 personas, y su prestigio ha hecho que sea una de las instituciones consultoras del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. El instituto está instalado en un antiguo hospital situado en M. Paterno St. y destaca por la limpieza y el buen gusto con que está puesto.

La directora, Miss Amy Bonotan, me explicó que la meta del instituto es procurar quedas estudiantes se den cuenta de que las tareas domésticas tienen también su belleza. “Les mostramos que pueden hacer su trabajo con dignidad, que no tienen que avergonzarse de su profesión.”

Las alumnas de Punlaan sólo pagan unos 60 pesos al mes, cantidad que, evidentemente, no cubre el costo de su educación, que corre a cargo de una fundación. Se puede hacer un curso intensivo de un año, o dos años de estudios a más alto nivel, con la obtención de un diploma que capacita para prestar servicios de restaurante en instituciones hoteleras. Junto a las asignaturas habituales en las escuelas de hostelería, Punlaan se interesa también por la formación del carácter de las alumnas y por su cultura, con clases de psicología, ortografía, historia, moral, etc.

“Las alumnas proceden de familias pobres, paupérimas. Aquí les ayudamos a que se den cuenta de que las tareas domésticas no son despreciables, sino que constituyen un servicio importante. Les explicamos cómo pueden desarrollar su personalidad a través de su trabajo.”

En Filipinas, las muchachas del servicio doméstico han sido a menudo explotadas y maltratadas; por eso Punlaan colabora con el gobierno para crear leyes que las protejan. “Es preciso que quienes las emplean las respeten y sean justas con ellas -dice Amy-. Que tengan derecho a la intimidad, que puedan expresarse libremente, que las condiciones de trabajo sean dignas, que se las eduque. Por eso -añade-, organizamos también seminarios para las amas de casa, con objeto de que aprendan a tratar a sus empleadas. Éstas suelen ser muy sencillas y piensan más con el corazón que con la cabeza; por eso, son muy sensibles y se las hiere enseguida. Por eso, también les ayuda mucho charlar con sus preceptoras, aquí en Punlaan, y desahogarse cuando tienen algún problema.

Esto no quiere decir que la corriente sólo siga un camino. A veces ellas también nos dan lecciones, y de una sabiduría desconcertante que no se aprende en libros. Su vida ha sido casi siempre muy dura, muy difícil. La fortaleza con la que la han encarado, asombrosa. Han desafiado a la pobreza y tienen una fe muy honda.

Hay aquí una chica que lo ha pasado muy mal. Sus padres la habían abandonado y ella había rodado de casa en casa. Cuando llegó aquí se dio cuenta de que ésta era su única esperanza de futuro. Cree firmemente que todo lo que le ha sucedido le ha ayudado a ser más fuerte. No tiene ninguna amargura. Y hay otra que había estado en una casa cuyo dueño le había hecho proposiciones deshonestas. Cuando vino estaba muy” abatida y tenía mucho miedo, pero explicó el problema a su preceptora, que pudo enderezar la situación.”

Durante mi estancia en Manila, pasé mucho tiempo observando lo que hacía el Opus Dei para ayudar a los filipinos materialmente pobres, sin olvidar eso otro aspecto: lo que hace por ayudar a los espiritualmente pobres.

Benjamín Defensor es un periodista que trabajó en el Time Magazine y ahora dirige una cadena de periódicos en Filipinas, entre ellos el Business Day. Cuando durante la dictadura se implantó la ley marcial, se vio obligado a trasladarse a Hong Kong, donde fue director de Asia Television Ltd. Allí conoció el Opus Dei. Por entonces era -según su propia descripción- “un tipo rudo”, que bebía mucho y tenía poco interés en temas espirituales. “Incluso después de casarme, no solía volver a casa antes de las dos de la madrugada, pues, como decía a mis amigos, una cosa es casarse y otra cambiar de vida.. Y así seguí durante muchos años.” Pero conoció el Opus Dei y dejó de beber. Y también dejó de preocuparse por algo que le obsesionaba: ganar dinero. “Ahora ya no me preocupo de eso y las cosas marchan estupendamente.”

Teófilo San Luis, hijo, es especialista en medicina nuclear y trabaja en el hospital de la Universidad de Santo Tomás. Según me contó, antes de conocer el Opus Dei, cada mañana, cuando atravesaba las puertas del hospital, se ponía enfermo de pensar en el día que le esperaba. “El trabajo me parecía una carga insoportable -dice- y la vida algo sin sentido.” Hubiese podido atender a los pobres en la sección de caridad del hospital, pero no le atraía en absoluto. Le parecía inútil, una pérdida de tiempo. Pero cuando conoció el Opus Dei, todo cambió. “Comprendí lo importante que era ayudar a los demás, así que decidí trabajar allí un día a la semana por lo menos; gratis, por supuesto. A partir de entonces dejé de ver a los pacientes como una fuente de ingresos. Empecé a compartir los problemas ajenos, a atender más detenidamente a los enfermos, aconsejándoles, e incluso diciéndoles que rezasen. Ahora ya no me pongo de mal humor por las mañanas.”

La doctora doña Marina Bringas, madre de cinco hijos, que trabaja en el Hospital General de Quezón City, me contó una historia parecida: “Antes procuraba guardar las distancias con los pacientes. Sólo me interesaban los aspectos técnicos. Ahora es diferente. Algunas madres vienen al ala de caridad para acompañar a sus hijos enfermos y tienen que dormir en el suelo. Yo procuro atenderlas, estar un rato con ellas. Les digo que recen. Y a los pacientes, cuando tienen dolores, que ofrezcan su sufrimiento al Señor. Son cosas pequeñas, pero que ahora significan mucho para mí. Forman parte de ese hacer el trabajo lo mejor que uno puede, como enseña el Opus Dei, para ofrecérselo a Dios”.

Sergio Sánchez, piloto de la firma filipina Anscor, que pilota aviones a reacción Hawker 125, dice que en el Opus Dei ha aprendido a dejar de pensar en sí mismo. Antes procuraba obtener los vuelos más seguros, más brillantes; ahora no le importa realizar los peores, con los pasajeros menos agradables. “He aprendido a hacer favores a los demás sin que se den cuenta. Unas veces eso significa-dejar que otro piloto haga los vuelos más largos porque necesita dinero; otras, ayudarle a que piense más en Dios. Porque cuando se está volando -dice- uno tiene la sensación de estar muy cerca de Él, A veces se vuela tan alto que se aprecia la curvatura de la tierra. Es precioso. Pero también le hace a uno sentirse vulnerable…; todos los pilotos sabemos que nuestra vida está siempre en peligro. Hablamos mucho de ello. Sentimos que hay algo que nos mantiene en la existencia, el mismo poder que impulsa el avión y lo mantiene en el aire. Sí, es un ambiente propicio para hacer apostolado, para hablar de cosas trascendentes. Muchos de mis colegas se acercan al Opus Dei y asisten a charlas y meditaciones; algunos piden la admisión en la Obra.”

Monina Mercado, periodista, redactora jefe actualmente de una empresa editorial, Gabriel Books, es madre de tres hijos y se describe a sí misma como “una señorita bien” de los años sesenta. “Adoraba la música de entonces, y la vida social, las fiestas, las exposiciones y los conciertos. No llevaba una vida inmoral, pero sí inútil y frívola. Sentía, como se suele decir, en este país “gusto a ceniza en la boca”. Aunque me gustaba todo eso y tenía la sensación de moverme entre “gente importante”, en cuyas manos estaba el futuro del mundo, era profundamente desgraciada.

No es que todas esas cosas -reuniones, conciertos, actos culturales- tengan nada malo, pero es un error centrar la vida en eso, sobre todo cuando sólo se busca el placer. Cuando empecé a practicar seriamente la fe, me di cuenta enseguida de que no necesitaba muchas de las cosas que me parecían imprescindibles. Y comprendí también que mi condición de madre era mucho más importante. En mi vida sigue habiendo contrariedades, por supuesto, pero ya no he vuelto a tener sabor a ceniza en la boca.”

AUSTRALIA. El testimonio de otros

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Capitulo de “El Opus Dei: Ficción y realidad”, un libro de M.J.West

El 5 de junio de 1974, miércoles, un buen grupo de estudiantes universitarios, conducidos por un individuo vestido de diablo, marchó, en procesión funeraria, sobre el Warrane College, en la Universidad NSW, de Sydney. Cuatro porteadores encapuchados llevaban un ataúd cubierto con un paño mortuorio con esta inscripción: Opus Dei RIP. Otros, enarbolando cruces y cubiertos también con máscaras o capuchas, empezaron, en son de burla, a hacer un exorcismo.

Los artículos que se han publicado en Australia sobre el Opus Dei han hecho referencia casi siempre a este incidente. Un periodista llegó a decir que, a raíz del mismo, los miembros del Opus Dei fueron expulsados del campus. Otro aseguraba que se había abierto una investigación, pero sin especificar sobre qué ni hacer referencia alguna al resultado.

¿Qué sucedió realmente?

Hacía algún tiempo que se estaba fraguando una cierta hostilidad contra Warrane en el campus de la Universidad, a pesar de que los residentes del College no respaldaban la oposición a las normas disciplinarias del mismo, que eran la causa de la protesta. Es más, la mayoría

de ellos habían firmado una carta al vicecanciller de la Universidad, Sir Rupert Myers, “rechazando” los ataques a Warrane y saliendo al paso de las críticas sobre sus líneas directrices. Antiguos residentes, padres y otras personas salieron también en defensa de Warrane.

A pesar de todo, la protesta siguió adelante. Tras quemar la efigie del director del College, el doctor Joe Martins, los manifestantes pidieron que saliera y les respondiera. Como no vieron satisfechas sus exigencias, cambiaron de táctica y se dirigieron al edificio de la cancillería, donde entraron y ocuparon un salón de actos. Allí se enfrentaron al vicecanciller en funciones, profesor V. C. Vowels, a quien los manifestantes pidieron que se acabase con la influencia del Opus Dei en Warrane.

El chivo espiratorio de los contestarios era uno de los directores del College que se había opuesto resueltamente a que los residentes llevaran mujeres a sus habitaciones, algo que estaba en abierta oposición a la nueva moral “ilustrada” que se reflejaba en Tharunka, el periódico de los estudiantes, el cual, además de predicar el nuevo evangelio de la liberación sexual, contenía material pornográfico y blasfemo.

Por aquella época, las protestas estudiantiles no eran raras. Había habido algunas importantes, tales como las relacionadas con la participación de Australia en la guerra del Vietnam. Sin embargo, en esos momentos faltaban pretextos que alimentasen las protestas de los movimientos radicales. Los periódicos universitarios de la época muestran que las causas de los conflictos estudiantiles en otros países eran ajenas a los estudiantes australianos, así que los radicales no tenían más remedio que provocar algún escándalo. En este contexto, escogieron como pretexto el “puritanismo” y “autoritarismo” de Warrane.

A medida que en la cancillería de la universidad los manifestantes se enfrentaban al vicecanciller en funciones, la verdadera naturaleza de la protesta aparecía cada vez más clara. Se trataba, sin duda, de una prueba de fuerza entre estudiantes radicales y la administración de la Universidad. Como luego diría Tharunka con orgullo, la manifestación había puesto de manifiesto que “los estudiantes pueden constituir una fuerza dentro de esta Universidad”. Y aclaraba: “Mientras la Universidad esté controlada por fuerzas conservadoras, intereses financieros y directivos anticuados, los estudiantes nunca tendrán verdadero poder en la universidad”. En aquella ocasión, la voluntad de los estudiantes prevaleció: el profesor Vowels les prometió que se abriría una investigación.

Al día siguiente, todos los periódicos de Sydney se hacían eco de los sucesos, y en las semanas que siguieron surgió un debate en la sección de cartas a los lectores. Un lector escribía: “No conozco nada del Warrane College ni del Opus Dei, excepto lo que he leído en su periódico (Tharunka). Sobre estas bases, sin más, la campaña anti-Opus Dei que viene haciendo tiene implicaciones más bien odiosas. Despojadas de retórica, las objeciones que Tharunka hace al Warrane College se reducen a: a) que es católico; b) que no deja que las chicas visiten a los estudiantes en sus habitaciones; c) que expulsa a los estudiantes por romper la reglas o promover la exhibición de películas pornográficas; d) que hay crucifijos en las paredes”. El lector, Lawrence J. Dickson, seguía diciendo: “La retórica y las caricaturas (que adornaban el artículo de Tharunka sobre el College) evidencian la verdadera razón de la campaña. Los izquierdistas y los que apoyan la “libertad sexual” no toleran que nadie en el campus ose llevarles la contraria. Incluso no dudan en recurrir a la acción violenta de masas para echar del campus a los que disienten. ¿Es eso libertad académica?”.

Cuando el vicecanciller, Sir Rupert Myers, regresó de un viaje por ultramar, comprobó que no le habían dejado otra alternativa que apoyar la investigación. Tras reunirse con el Consejo de Gobierno de la Universidad, nombró un comité. Hasta el líder de los estudiantes por entonces tuvo que admitir con un dicho australiano que el comité “estaba tan desequilibrado como la balanza de un carnicero”.

La investigación comenzó el 8 de julio de 1974. Entre los miembros del comité había algunos profesores veteranos, el vicecanciller y un juez del Tribunal S Supremo, Mr. Justice Samuels, que no tuvieron con el College ninguna consideración especial. De hecho, en su informe hicieron constar que habían considerado más importante hablar con los que lo atacaban que con los que le defendían.

En sus conclusiones decían que las críticas al Warrane College estaban inspiradas por aquellos cuyas actitudes y creencias se oponían a la visión cristiana del Opus Dei. Rechazaban la idea de que la orientación de Warrane fuese estrecha y rígida como “un juicio gratuito que no se podía demostrar” y afirmaban que el colegio había sido fundado “para promover la educación y el desarrollo del carácter de acuerdo con los principios y los ideales del Cristianismo”. El informe terminaba diciendo que la universidad, que había invitado al Opus Dei a establecer el College, no podía asegurar que sus fines no fuesen convenientes y merecedores de apoyo.

Tal vez el punto más interesante de todo el asunto fue el análisis que hizo el comité de la acusación de que el Opus Dei tenía unos objetivos y una filosofía de lo más ambiciosos y mundanos, acusación muy parecida a la que luego provocaría la investigación del Gobierno italiano en 1986. Las conclusiones del comité no dejaban lugar a dudas: “No tenemos ninguna prueba que apoye la sugerencia de que el Opus Dei ha hecho uso de su posición en el campus para ejercer influencia sobre ninguna institución de la universidad. Tampoco hay prueba alguna que justifique la conclusión de que el Opus Dei, dentro o fuera del campus, sea una organización que trate, a hurtadillas y en secreto, de derribar las instituciones existentes o de infiltrarse en ellas con objeto de obtener, para sus fines, posiciones de poder y puestos de responsabilidad”.

La encuesta añadía que lo único que mostraba la documentación acumulada era que el Opus Dei era “la organización de apostolado seglar que afirmaba ser”.

Así concluyó todo. No hubo más protestas.

Warrane College, que pertenece a una sociedad sin fines lucrativos, E.D.A. (Education Development Association), está gobernada por un Consejo de ocho miembros que incluye algunos que no son del Opus Dei y ni siquiera católicos. Según el vicario regional del Opus Dei en Australia y primer capellán del Warrane, John Masso, la idea que inspira todo lo que se hace allí está expresada en un repostero que cuelga de una de las paredes de la biblioteca: “Que os améis unos a otros”, el gran mandamiento. Los directivos de Warrane exhortan a los estudiantes a ver sus futuras profesiones como un servicio a los demás y a crear en el colegio un ambiente familiar. Los residentes tienen preceptores, pero, además, los más veteranos ayudan a los más jóvenes en sus estudios. Por la noche, después de la cena, se reúnen en tertulia. A lo largo del año se celebran diversas fiestas, y las prácticas deportivas son habituales. También se anima a los padres a participar en la vida del College, y todos los años se les invita a pasar en él un fin de semana para que lo conozcan por dentro.

A pesar de los problemas que tuvo en el campus en sus comienzos, Warrane ha tenido buena acogida por parte de la opinión pública. Una vez por semana lo visitan personalidades relevantes de la vida pública australiana para exponer un tema de actualidad a los estudiantes: miembros del gobierno, empresarios, industriales, deportistas, artistas, periodistas… Entre ellos, el que luego sería tesorero federal en el Gobierno laborista de Hawke, Mr. Paul Keating; el fiscal general en el mismo Gobierno, Mr. Liónel Bowen; el diseñador de la quilla del Australia II, el yate que ganó la Copa de América, Ben Lexen; el caricaturista Larry Pickering; y-muchos otros. Además de su labor con estudiantes universitarios, Warrane organiza competiciones deportivas para estudiantes de segundo grado y cursos de orientación universitaria en campamentos para los estudiantes de áreas rurales.

A continuación ofrezco tres juicios de valor sobre Warrane emitidos por personas que no pertenecen al Opus Dei.

El periodista del Sydney Morning Herald Alan Gill publicó una serie de tres artículos sobre la labor del Opus Dei en Australia. En uno de ellos decía:

“He visitado Warrane cuatro veces y quedé impresionado por las excelentes condiciones de vida y de trabajo del College, la clara satisfacción de la mayoría de los residentes, el desarrollo del sistema de tutorías y el buen tono del ambiente.”

Noel Ling, de 51 años, dignatario de la Iglesia presbiteriana y jefe ejecutivo del China Development Council, una compañía que trata de introducir la libre empresa en China, es un antiguo becario de Warrane College. Fue a vivir allí en 1978. “En cuanto los conocí (a unos miembros del Opus Dei) y vi lo que hacían, pensé que sus metas coincidían con las mías -dice-. Sin entrar en fundamentos teológicos, el principio general es el mismo y probablemente lo es también para todos los cristianos.”

Noel se convirtió en recepcionista del Warrane porque quería tener un empleo que le permitiera tener más tiempo libre para pasarlo con su hijo. Luego se convirtió en becario. Dice que con el transcurso del tiempo ha hecho muchos amigos del Opus Dei y que ha viajado a otros países para estar presente en la ordenación sacerdotal de dos de ellos: Paul Grant y Tony Khoudair. Asegura que no trabajaba en Warrane por dinero -”uno no se hace rico allí”-, sino porque le gustaba el trabajo que hacía y los motivos por los que lo hacía. “Hay algunos puntos doctrinales, en el Opus Dei, que no son los de mi credo, pero procurábamos soslayarlos. De cien temas de conversación coincidíamos en noventa. De los diez restantes no necesitábamos hablar. Todo se reduce al hecho de que el Opus Dei tiene ideales y una forma de hacer las cosas que yo admiro.”

El doctor Ben Haneman, de 63 años, es médico, judío y miembro de su sinagoga local. Es también miembro de E.D.A. y presidente de la Warrane Association. Cuando la controversia sobre el College estaba en su apogeo, el doctor Haneman escribió una carta al Sydney Morning Herald defendiéndolo así: “Para empezar, quiero dejar claro que soy judío y no católico, que soy socialista y que tengo una enorme simpatía y afecto por los estudiantes. Me convertí en miembro del equipo directivo del colegio porque tengo una tremenda admiración por la labor que desarrolla. Creo firmemente que no sólo hay lugar para el Warrane College en la Universidad de NSW,, sino también que la Universidad tiene necesidad de Warrane. Creo que ese College puede contribuir significativamente a la vida y obra de la Universidad.

Estoy convencido de que los que se oponen a Warrane lo han escogido porque su postura no es materialista, sino espiritualista. Pero nadie aceptaría esta explicación, afirman, en su lugar, que los estudiantes protestan porque no se admiten mujeres en las habitaciones de los residentes.

Cuando era joven -y he abandonado ya los cincuenta-la norma que Warrane mantiene ahora respecto a las mujeres era aceptada por todos como sumamente razonable. Sé que ahora muchos estudiantes no la aceptan, pero quien tenga necesidad de vivir en un college mixto puede residir en alguno de los otros seis que hay en el campus”.

El doctor Haneman recordó, cuando hablábamos, las batallas que se libraron en tomo a Warrane en los años setenta: “Reinaba, ciertamente, una extraña psicología entre esa gente (los manifestantes). Algunos de ellos eran católicos que habían dejado de serlo, pero, por entonces, algunos protestantes abrigaban también un fuerte sentimiento anticatólico en este país. Mi esposa es protestante, pero yo siempre he pensado que la gente del Opus Dei estaba haciendo un buen trabajo. Y también desde un punto de vista más amplio, que Australia necesitaba la contribución del Opus Dei a su pensamiento. En un mundo tan materialista, era refrescante encontrar gente que pensaba de esa manera. Sin entrar en disquisiciones teológicas, estaba claro que eran sinceros, y daban muy buen ejemplo. Si Warrane es un estupendo college. Me sigue gustando visitarlo”.

El Opus Dei inició su labor en Australia cuando dos sacerdotes, Jim Albrecht y Chris Schmidt, se instalaron allí en 1963, procedentes de los Estados Unidos. Poco más tarde llegaron cinco seglares de España y Estados Unidos. Un profesor de Ingeniería de la Universidad de NSW, el doctor Ron Woodhead, había conocido el Opus Dei en Boston, durante unas vacaciones el año 1960, y había escrito a Monseñor Escrivá pidiéndole que algunos miembros del Opus Dei fueran a trabajar a Australia. Sin embargo, no fueron hasta que el arzobispo de Sydney, cardenal Norman Gilroy, invitó al Opus Dei formalmente.

Los recién llegados alquilaron una casa en Silver Street, Randwick, y enseguida iniciaron una serie de actividades espirituales, entre ellas cursos de retiro y retiros para profesores y. estudiantes universitarios. Es cuando el cardenal Gilroy les cedió unos terrenos (en High St., cerca de la Universidad) en los que antes había unos establos. Los miembros del Opus Dei, con la colaboración de sus primeros amigos australianos, recaudaron fondos con los que financiaron la construcción del Nairana Cultural Center, inaugurado en 1965 con el propósito de preparar a estudiantes de segundo grado para el acceso a la Universidad.

Ese mismo año (1965) llegaron algunas mujeres del Opus Dei procedentes de Estados Unidos, España y Sudamérica. Poco después, el cardenal Gilroy pidió al Opus Dei ayuda para fundar un college residencial (que luego llamaría Warrane) en terrenos cedidos por la Universidad. El edificio de Nairana se convirtió en una residencia femenina y el Opus Dei quedó firmemente asentado en Australia. Además de Warrane y Creston, algunos miembros del Opus Dei iniciaron Dartbrooke y Westburne, sendos centros de estudios situados en Chatswood y Strathfield respectivamente, el Centro de formación Kenvale, en Lindfield, y un club femenino, Eremeran, en Lorne Avenue, Killara.

Dartbrooke Centre, en Chatswood, al norte de Sydney, en un centro de estudios para varones cuyo principal objetivo consiste en formar su carácter y su espíritu de servicio, procurando que dediquen parte de su tiempo a cuidar de los enfermos, los ancianos y los que están solos. También ayuda, a los que lo desean, a fortalecer su fe intelectualmente en clases de formación doctrinal-religiosa. El centro no constituye un club y quienes lo frecuentan no forman ningún tipo de asociación.

Westburne Study Centre tiene unas características muy parecidas. Ofrece tutorías en determinados temas y actividades que no figuran en los programas oficiales de estudios. También organiza competiciones deportivas, excursiones y visitas a marginados y ancianos.

El Eremeran Club, en Lorne Avenue, Killara, proporciona orientación y ayuda en los estudios a estudiantes universitarios, lecciones en diversas actividades artísticas y artesanas y excursiones a pie y a caballo. La banda de Eremeran compite todos los años en el Sydney Eisteddford.

El Kenvale Centre forma, a chicas que han completado sus estudios secundarios, en catering (comidas preparadas) y técnicas hospitalarias. El curso está avalado por el City and Guilds Certificate de Londres. Las estudiantes reciben un salario, y, una vez graduadas, están cualificadas para desempeñar empleos en catering, servicio doméstico, hoteles, hospitales, etc. Kenvale suministra también cursos breves hospitalarios. Uno de los objetivos básicos del centro consiste en poner de relieve la necesidad de considerar las tareas llamadas “serviles”, sobre todo las del hogar, como un trabajo profesional tan digno como cualquier otro.

Father Masso comenta a ese respecto: “Ese trabajo del hogar no debería considerarse nunca como de segunda clase. Lo cual no quiere decir que la mujer ténga que limitarse a trabajar en su casa, aunque es importante que las casadas sobre todo reconozcan la enorme importancia que tienen las tareas domésticas y • que adopten hacia ellas una actitud profesional. Las mujeres que trabajan en el hogar nunca deberían tener complejo de inferioridad. Pueden hacer su tarea con dignidad si están bien preparadas, utilizando su inteligencia, su iniciativa y su creatividad. Por eso precisamente, las mujeres del Opus Dei se esfuerzan en tener iniciativas en este terreno, pues la gente tiende a olvidarlo, y las mujeres carecen por eso de aliciente para hacer un buen trabajo”.

Las laboren corporativas del Opus Dei en Australia se financian lo mismo que las de otros países. El fundador del Opus Dei lo explica así en una entrevista que concedió al New York Times: “Cada centro se financia del mismo modo que cualquier otro de su tipo. Las residencias de estudiantes, por ejemplo, cuentan con las pensiones que pagan los residentes; los colegios con las cuotas que satisfacen los alumnos; las escuelas agrícolas con la venta de sus productos, etc. Está claro, sin embargo, que estos ingresos casi nunca son suficientes para cubrir todos los gastos de un centro, y menos cuando se considera que todas las labores del Opus Dei están pensadas con un criterio apostólico y la mayoría se dirigen a personas de escasos recursos económicos, que -en muchas ocasiones- pagan por la formación que se les ofrece cantidades simbólicas.

Para hacer posible esas labores se cuentan también con las aportaciones de los miembros de la Obra, que destinan a ellas parte del dinero que ganan con su trabajo profesional. Pero sobre todo con la ayuda de muchas personas que, sin pertenecer al Opus Dei, quieren colaborar en unas tareas de trascendencia social y educativa. Los que trabajan en cada centro procuran fomentar entre las personas individuales el afán apostólico, la preocupación social, el sentido comunitario que les llevan a colaborar activamente en la realización de esas empresas. Como se trata de labores hechas con seriedad profesional, que responden a necesidades reales de la sociedad, en la mayoría de los casos la respuesta ha sido generosa. Usted. sabe, por ejemplo, que la Universidad de Navarra cuenta con una Asociación de Amigos con unos 20.000 miembros.

La financiación de cada centro es autónoma. Cada uno funciona con independencia y procura buscar los fondos necesarios entre personas interesadas en aquella labor concreta.”

Actualmente, los miembros del Opus Dei en Australia son unos trescientos, entre ellos nueve sacerdotes: Father Masso, Father Frank García, Father Rom Josko, Father Victor Martínez, Father Jerry Gehringer, Father John Flader, Father Max Polak, Father Paul Grant y Father Tony Khoudair. La mayor parte de los miembros no trabajan en labores corporativas del Opus Dei y ejercen las más variadas profesiones, unas científicas, académicas y altamente intelectuales, y otras manuales (carpinteros, peluqueros, etc.) Algunos miembros del Opus Dei han promovido por su cuenta la creación de colegios. Uno de ellos, para niñas, es Tangara, situado en Cherrybrook, al noroeste de Sydney; otro, para chicos, es Redfield, en Wahroonga. Ambos se fundamentan en la idea -enseñada por la Iglesia- de que los padres son los primeros educadores de sus hijos, por lo que mantienen estrecho contacto con los padres de los alumnos. Los capellanes de esos colegios son sacerdotes el Opus Dei, pero los responsables de la enseñanza, la administración y la orientación de los mismos son sus directores, no el Opus Dei.

Muchos de los ataques que se han lanzado contra el Opus Dei en muchos países han tenido eco en Australia, aunque ese eco se haya basado, en gran medida, en “el testimonio de otros”. Ya nos hemos referido, con cierta extensión, a las acusaciones de secreto y de ambiciones humanas (políticas, económicas, etc.). Queda por examinar otra “acusación”: la de que sus miembros se someten a penitencias extremas. La realidad es que, en este, terreno, el Opus Dei no tiene criterios propios. Sus miembros se limitan a seguir las enseñanzas de la Iglesia, como cualquier fiel católico corriente.

Nadie ha sugerido, que yo sepa, que los miembros del Opus Dei se impongan terribles penitencias, hasta el punto de hacerse daño de alguna manera. Al contrario, el Opus Dei, en este terreno, insiste en la moderación, en las mortificaciones en las cosas pequeñas, no en las grandes. Las preferidas son aquellas que van dirigidas a soportar con buen humor las molestias causadas por la convivencia diaria con otras personas, procurando hacer la vida agradable a los demás. Las mortificaciones que se suelen hacer consisten, por ejemplo, en tomar sólo un vaso de cerveza, no dos o tres, o en no ir a un partido de fútbol para llevar a la familia al campo. Es decir, cosas pequeñas que ayudan a vivir al cristianismo con mayor autenticidad.

Por lo que yo sé, el Opus Dei no es amigo de las grandes penitencias. Es muy difícil, por ejemplo, obtener permiso para ayunar durante algún tiempo. Se hace hincapié en que lo importante es la conversión del corazón, no soportar condiciones de vida muy duras. La orientación está reflejada en el punto 173 de Camino: “Esa palabra acertada, el chiste que no salió de tu boca; la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos; el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes… Esto, con perseverancia, sí que es sólida mortificación interior”.

Otra acusación aireada en Australia es que el Opus Dei crea divisiones en las familias. Sin embargo, una de las cosas que destacan de mis viajes es el empeño que tiene el Opus Dei en fortalecer los lazos familiares. En lo que llevamos dicho se ha visto claramente, en muchos casos, su preocupación por la familia y por la defensa de los derechos de los padres. Para completar el cuadro, he hablado con varios australianos sobre la influencia del Opus Dei en ellos y en sus familias. .

Mr. John Faehrmann es director de un instituto de enseñanza media de Sydney. Uno de sus tres hijos, Chris, que entró en contacto con el Opus Dei a través del Warrane College, se hizo miembro numerario del Opus Dei hace ya más de diez años. “Cuando empezó a interesarse por la Obra -dice Mr. Faehrmann-, me lo dijo sin más, y cuando decidió pedir la admisión volvió a hablarme del tema cara a cara, explicándome lo mejor que pudo el Opus Dei. No trató de ocultar nada. Me dio un ejemplar de Camino, que leí de cabo a rabo.”

Mr. Faerhmann me dijo que su esposa y él estaban encantados con los efectos de su pertenencia a la Obra en Chris. “Antes parecía estar sobre ascuas, pero cuando se hizo del Opus Dei se serenó. Cuando se critica al Opus Dei, mi mujer suele comentar que a sus hijos no les ha descaminado.

Chris asiste a fiestas familiares siempre que puede. A Morna le gustaría que viniera con más frecuencia, pero cuando viene es muy cariñoso. Mi mujer aprecia mucho todas las atenciones que tiene hacia ella.”

Quizá la mejor prueba de que Mr. Faehrmann está contento ‘con la influencia que el Opus Dei ejerce sobre su hijo es que él mismo pidió en su día la admisión, lo mismo que otro hijo suyo, Peter. Y no es el único. Hay otros muchos padres que no sólo no están contrariados con que sus hijos sean del Opus Dei, sino que están encantados (yo diría que lo están en el 99 por 100 de los casos). Algunos de ellos, como la señora Limbers, incluso ha defendido públicamente al Opus Dei cuando ha sido criticado en los medios de comunicación.

Mrs. Rosheen Limbers entró en contacto con el Opus Dei a poco de comenzar su labor en Australia. Aunque ella no es miembro de la Obra, alguno de sus ocho hijos, sí. Otro que tiene diecisiete años, John, frecuenta regularmente el Dartbrooke Study Centre, que organiza excursiones, campamentos, fines de semana de estudios y otras actividades. En Dartbrooke se enseña también carpintería, aeromodelismo, mecánica, etc., así como a desarrollar buenos hábitos de estudio. Ofrece, además, la posibilidad. de conocer chicos de diferentes escuelas y ambientes. En 1987, durante las vacaciones escolares, organizó un viaje a Papúa-Nueva Guinea para ayudar a mejorar los hogares de los indígenas más pobres. Pero lo que más interesa al club, según sus directores, es rendir un servicio a los padres, a quienes se anima a participar en las actividades del centro y en las decisiones de sus hijos.

La señora Limbers asegura que, para ella, el Study Centre es como un amigo de la familia. “Los adolescentes, en estos días, están sometidos a terribles presiones del ambiente que les rodea, por lo que es una gran ayuda disponer de un lugar como el club, en el qué son motivados y reciben ideas claras. Oyen hablar de grandes ideales, de cosas como servicio, laboriosidad, etc. Y ven estas cosas encarnadas en otros chicos de su edad, lo cual es de gran efecto. John, por ejemplo, ha cambiado mucho en los últimos doce meses. Está menos reconcentrado, se interesa más por los demás. El estímulo que ha recibido en el club no podía tenerlo en la familia; los chicos tienden a empantanarse en casa. Contar con alguien que se interese por ellos de verdad es algo que no se paga con nada.

Paul, mi marido, que no es católico, opina lo mismo. Estamos convencidos de que podemos confiar a nuestros hijos en los centros del Opus Dei, en los que tenemos una confianza total. Los frutos que obtienen frecuentándolos son indudables. Se sienten más felices y mejoran tanto en la práctica de la fe como en la vida corriente; son más ordenados y se portan mejor en casa, haciendo más agradable la vida de familia.”

La señora Limbers dice que los miembros del Opus Dei se han encargado de dar formación religiosa a sus hijos y que aprecia sobre todo la ayuda que recibió de la Obra para respetar la libertad de sus hijos cuando alguno de ellos dejó de practicar. “Si no me hubiese ayudado, creo que no hubiese podido respetarla. Me hubiese sentido amenazada. Necesitaba que alguien me dijera que no podía forzar la libertad de nadie, que aquello no era asunto mío, aunque como madre me preocupase mucho. No, no hubiese sabido que eso era lo que debía hacer, que su libertad era lo primero. Creo que esto es lo más valioso que he recibido del Opus Dei. Tanto más en cuanto que, luego, casi todos mis hijos han vuelto a la práctica de la fe.”

La señora Limbers me habló también de las críticas que se habían hecho al Opus Dei en los medios de comunicación. “Me alteró mucho que la gente pudiese llamarse a engaño, porque para mí el espíritu del Opus Dei es de lo más humano. Cuando se le ha criticado, me he esforzado por aclarar las cosas. Nunca he oído un solo argumento coherente contra el Opus Dei. De ordinario, son todos emocionales. El más frecuente es el del secreto. Y lo más curioso es que los que lo esgrimen no quieren conocer la verdad. No quieren saber lo que es el Opus Dei. Mucha gente, sin embargo, reconoce el bien que hace y eso equilibra la balanza.”

Paul y Ángela Quinn son de Sydney, pero han estado viviendo tres años en Hobart (Tasmania). Paul es músico, y Ángela, que ahora se dedica por completo a su familia, una experimentada logopeda.

Ángela se hizo del Opus Dei cuando tenía diecinueve años. Su marido no es de la Obra. Por eso le pregunté qué opinaba de que su mujer fuera del Opus Dei.

“Al principio -me respondió- me molestaba mucho el tiempo que dedicaba a las cosas espirituales. Era algo así como los celos de un padre hacia el hijo primerizo. Tenía celos del tiempo que Ángela dedicaba al Opus Dei, de que rezase tanto, -de que fuese a Misa todos los días. Con el paso del tiempo, me he acostumbrado a ello, y me parece bien. Incluso he ayudado a organizar varios retiros espirituales y cursos de retiro dados en Hobart por sacerdotes del Opus Dei. Yendo a algunos de esos retiros, me he convencido de que si se escucha lo que se aconseja en ellos y se pone en práctica, la felicidad matrimonial está asegurada.

Creo que, a medida que mi familia ha ido creciendo y yo madurando, he ido apreciando más las cualidades del Opus Dei y su papel en la sociedad. Por una parte, el Opus Dei es sumamente sensible a los valores familiares y por otra la sociedad lo es cada vez menos. Tal vez ésa sea una de las causas de que el Opus Dei no sea hoy tan popular como hace treinta años.

Supongo que otra de las cosas que me atraen del Opus Dei es que todos los miembros que he conocido son sinceros, una cualidad que es muy rara en estos días. Quiero decir que son felices, que tienen los pies sólidamente asentados en el suelo y que no se quejan. Cuando se les trata con frecuencia y siempre se les encuentra felices y abiertos, uno se da cuenta de que no es algo postizo. Sí, es su sinceridad, su naturalidad, lo que más me impresiona.”

Y para terminar, he aquí algunos comentarios de Noel Ling, del que ya hemos hablado, sobre la acusación de que el Opus Dei aparta a los chicos de sus padres (“chicos”, aquí, se refiere a muchachos de dieciocho años para arriba):

“Cuando mis amigos me han preguntado si era cierto, les he dicho que los padres, de ordinario, no quieren que los hijos se separen de ellos, aunque es algo inevitable en la vida. Cuando crecen se van yendo de una manera o de otra. Cuando un hijo o una hija decide responder a Dios con la entrega personal, si los padres no son católicos y no comprenden lo que es la vocación en la Iglesia católica, se sentirán como agraviados. Pensarán que les han arrebatado a sus hijos.

Los protestantes, en Asia, somos víctimas también de este tipo de quejas, porque los padres budistas de chicos que se hacen cristianos se quejan de que les arrebatamos a sus hijos. En Indonesia, Hong Kong y Singapur eso sucede con frecuencia. Y no es que les arrebatemos a los hijos, es que ellos deciden por sí mismos lo que quieren hacer. En el Opus Dei sucede lo mismo. No se les puede acusar de nada, son los chicos los que deciden. Comprendo perfectamente el punto de vista del Opus Dei y me doy cuenta de que no es posible explicárselo a un entrevistador de televisión que no quiere hacer caso de lo que se le dice.

Es una de las cosas que pongo de relieve ante mis amigos protestantes cuando me preguntan por qué me relaciono con el Opus Dei. Les digo que es porque quiero trabajar para Dios. Opus Dei significa “trabajo de Dios” y los miembros de la Obra que conozco son muy sinceros y sé que quieren de veras trabajar por Dios.”

Una “leyenda negra”

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

El Opus Dei: un nombre adecuado, con un punto de suspense. Un escritor experimentado en novelas de intriga difícilmente hubiera ideado un nombre mejor. En Italia es conocido que Mussolini, al poner en marcha su policía secreta, indicó que lo primero de todo era escoger el nombre. Quería uno que provocase inquietud y temor con sólo pronunciarlo.

Escogió OVRA pues, según los expertos, conseguía ese objetivo. Y parece que, sólo una vez elegida la palabra por razones fonéticas, se buscó atribuir las cuatro letras a iniciales de palabras que, puestas seguidas, tuvieran un significado coherente. Todavía hoy discuten los historiadores: «el significado de esas siglas no se ha demostrado aún, y cualquier interpretación es sólo una hipótesis», dicen las enciclopedias. Quizá sea «Opera volontaria repressione antifascismo», o bien «Opera volontaria repressione antifascista». Pero, ¿qué le importaba al Duce, que lo único que buscaba era un nombre con una resonancia siniestra, que se susurrase temerosamente sólo a oídos de plena confianza?

Pues bien, se da la curiosa casualidad de que -como sabemos- en España y en los países hispanohablantes, para designar al Opus Dei se dice con frecuencia «la Obra»: es la
Obra por excelencia. Y quien conoce esta lengua, sabe que la «b», en esa posición, suena muy parecido a la «v» italiana. Es decir: la «Ovra». No se puede negar: una homofonía inquietante, que quizá haya contribuido a forjar la «leyenda negra»…

Pero dejemos a un lado al sonido, para hablar del significado: Opus Dei, es decir, Obra de Dios. ¿No hay en este nombre una sombra de orgullo diabólico? Alguien lo ha pensado así e incluso lo ha manifestado con afán de polémica, incluso dentro de la Iglesia. «Estos españoles son unos megalómanos. Un vasco de Loyola, Ignacio, en el siglo XVI funda una orden religiosa y le llama “Societas lesu” (Compañía de Jesús). Como si sólo ellos estuvieran al servicio de Cristo y sólo ellos lo tuvieran como capitán. Un aragonés de Barbastro, Escrivá de Balaguer, en el siglo XX, va incluso más allá: llama a su fundación “la Obra de Dios”; es decir, la Obra divina por antonomasia. Peor incluso que los famosos “Dios está de nuestra parte”, de triste memoria (1). Se pretende identificar lo que un hombre -por muy santo que fueseha creado con la creación de Dios mismo. Nadie se había atrevido a tanto en su soberbia…».

Naturalmente, ante esta acusación (que acompaña al Opus Dei desde 1930, el año en que fue llamado así por vez primera, parece ser que después de una casual mención del confesor al joven Escrivá) los seguidores replican: llamarla «Obra de Dios» no es una muestra de soberbia sino al contrario, de humildad. Y traen a colación el origen y el sustrato teológico del Opus Dei. Es un argumento importante y volveremos a él, pero más adelante: cada cosa a su tiempo.

Continuemos con los nombres y descubriremos que también son sorprendentes la designación de los miembros: los «numerarios», los «supernumerarios», los «agregados»… Apelativos insólitos, elegidos por el propio fundador para separarse tajantemente, también en esto, de la tradición eclesiástica de los religiosos. Fue una preocupación constante de Escrivá (y éste será uno de los puntos principales que habrá que aclarar en este informe) la exigencia de preservar a cualquier precio la «laicidad» de los suyos; en la sustancia por supuesto, pero también en las apariencias. También en los nombres, por tanto, de los miembros y de los Centros.

Por ejemplo: para quien desconfía, o teme, o combate esta realidad eclesial (también desde ciertos ambientes católicos, como ustedes saben), el lugar privilegiado de la pesadilla está donde el cerebro y el corazón del monstruo piensan y palpitan. Y esto sucede en el barrio preferido de la burguesía romana de antes de la última guerra, en las verdes laderas de los llamados «Monti Parioli».

En el número 75 de viale Bruno Buozzi -en el Parioli, como decía-, tras una sólida pero bastante anónima fachada de los años cincuenta-sesenta, se encuentra el complejo edificio construido durante los treinta años de residencia romana del beato Escrivá, y donde ahora reside su sucesor, el «Prelado». Es decir, el actual jefe de lo que, en terminología oficial, es la «Prelatura personal de la Santa Cruz y Opus Dei».

Pues bien, esta sede del cuartel general desde el que el obispo-prelado maneja los hilos mundiales de la organización (y donde yo mismo, que es lo que nos ocupa, he tenido la no frecuente oportunidad de mantener con él un largo coloquio), no ha sido llamada con un nombre religioso ni ha sido puesta bajo la protección de un santo o de una advocación mariana, como sucede en todas las Ordenes, Congregaciones e institutos católicos. Nada de esto: la casa madre fue bautizada, de modo laical, «Villa Tevere».

Detrás de estos edificios se encuentra la sede de la dirección, también mundial, de la sección de mujeres, que -ajena a todo «devocionalismo»- se conoce con la burocrática denominación de «Villa Sacchetti», tomada del nombre de la calle a la que se orientan los edificios.

¿La residencia universitaria para chicas, situada en un elegante chalé estilo liberty al otro lado del Tíber? Sin un gran esfuerzo de imaginación, «Villa delle Palme», por los dos inhiestos árboles que crecen en el jardín.

¿El edificio del EUR, donde me hospedé durante mis investigaciones por Roma y alrededores? Un anónimo «Residenza Universitaria Internazionale». ¿Y -por señalar alguna- la residencia de Palermo? «Residenza Universitaria» también ésta, pero «Mediterránea». Y así en todos lados, en cualquier parte del mundo. He consultado guías y publicaciones internas: no he encontrado ni una sola casa, Centro, «Obra corporativa» del Opus Dei que, en el nombre, exprese una realidad «religiosa».

El gran Centro de formación profesional para jóvenes trabajadores del barrio romano del Tiburtino, del que hablaré más adelante, y del cual el Opus Dei garantiza oficialmente la orientación doctrinal y espiritual, se llama ELIS, siglas de «Educazione, Lavoro, Istruzione, Sport». La «religión», como se ve, ni se nombra: se esconde detrás de esas otras actividades.

En los años veinte, en Italia, el grupo animado por el Padre franciscano Agostino Gemelli erigió una universidad que no sólo se llamó «Católica», sino que a ese adjetivo añadió «del Sagrado Corazón». El ateneo del Opus Dei en Pamplona (también de éste hablaremos con amplitud) nació en cambio con el simple nombre de «Universidad de Navarra», y así se ha quedado y quedará, sin referencias religiosas en su nombre. Y esto a pesar de que el contenido está muy claro, sin posibilidad de equívocos, a tenor del segundo punto del Ideario de la Universidad, que dice: «Es una obra corporativa del Opus Dei; y el espíritu del Opus Dei impregna y anima su vida y actividad, fomentando en quienes la componen, en pleno respeto de la libertad de las conciencias, el amor a la Iglesia y al Papa, y a su Magisterio; y una unidad de vida coherentemente cristiana, así como una exigente práctica de las virtudes humanas». En resumen: un guante de «laico» terciopelo que cubre una mano de catolicísimo acero.

Entre otras cosas, esta decisión de evitar nombres «religiosos», de escogerlos siempre «neutros», o al menos no inmediatamente clasificables, es uno de los muchos motivos que pueden explicar las sospechas de mimetismo, cuando no de secretismo «masónico» o incluso de clandestinidad delictiva (ni han faltado ni faltan acusaciones de este tipo) que acompañan desde siempre al Opus Dei.

El Opus se ha esforzado por ser «laico» también al nombrar a sus miembros: numerarios, supernumerarios, agregados.

El siglo pasado, don Bosco -un santo que, por fortaleza, inteligencia, determinación inflexible en la búsqueda de su objetivo e influencia en la vida de la Iglesia, tiene tantas cosas en común con el beato Escrivá- también inventó para los suyos unos nombres distintos de los tradicionales. De hecho, el jefe de los salesianos no se llama, como en las otras familias religiosas, «superior general», sino «rector mayor». Para el gobierno local, en lugar de las habituales «provincias» se inventaron las «inspectorías». A pesar de ser religiosos según el derecho canónico, los sacerdotes salesianos evitaron el apelativo de «padre», haciéndose llamar «don», como los sacerdotes seculares. Pero esos nombres no eran más que una escamotage de esa fina cabeza de don Bosco (aconsejado en secreto -hay que decirlo todo- por los mismos políticos liberales y masones que se presentaban oficialmente como «perseguidores») para evitar las supresiones, las confiscaciones, las vejaciones de los gobiernos del siglo pasado frente a las «instituciones clericales». Es decir, detrás de la fachada «laica» de la Sociedad salesiana (como de otras comunidades de hombres y de mujeres nacidas en ese siglo XIX que no tiene parangón por el número de fundaciones católicas que nacieron en aquel tiempo: la persecución siempre ha hecho bien a la Iglesia y a los cristianos…), no dejaba de estar la tradicional realidad religiosa: velada verbalmente sólo por necesidad.

No sucede lo mismo en el Opus Dei, cuyo fundador repitió siempre: «Amamos y estimamos a los religiosos (para entendernos: los frailes, los monjes, las monjas, los miembros de las congregaciones y de los institutos que han pronunciado los tres votos tradicionales de «pobreza, castidad y obediencia» y habitualmente viven en común, sometidos a una regla, N. del A.), pero nosotros no lo somos y ninguna autoridad en el mundo -ni siquiera la de la Iglesia- podrá obligarnos a serlo».

Es una explicación decisiva pero, a primera vista, bastante desconcertante. ¿Cómo es posible?, podrían preguntarme ustedes y tantas otras personas poco familiarizadas con estas realidades. ¿Dicen que quieren vivir seriamente las exigencias de la religión y rechazan ser llamados «religiosos»? ¿Es posible que sean «laicos»? Pues sí: precisamente laicos, replico yo, para vuestra mayor confusión. Déjenme espacio y tiempo e intentaré explicárselo.

De momento, nos seguiremos fijando en las apariencias lingüísticas, en al sonido de las palabras, más que en significados teológicos y en distinciones canónicas, «Numerario, numeraria, supernumerario, supernumeraria, agregado, agregada», en lugar de «hermano», «hermana», «profesos», «legos» y términos por el estilo: palabras tomadas del mundo académico y de la terminología de los funcionarios estatales españoles.

Como escribe una publicación interna y «autorizada»:

«Para designar a los miembros en las diferentes situaciones de la Obra, se utiliza una terminología corriente en otras instituciones (profesores, académicos, funcionarios, etc.)».

En efecto, un «numerario» en las universidades españolas y en las hispanoamericanas corresponde a lo que en Italia se llama «Profesor ordinario»; también es, en esos mismos países, un grado funcionarial en la administración pública.

Sin embargo, se da el hecho, curiosamente imprevisto, que la palabra remite, al escucharla, al «numerario» entendido no como adjetivo, sino como sustantivo, que significa, como dicen los diccionarios, «el conjunto de moneda en papel y en metálico». Es decir, una referencia involuntaria al dinero; una rima particularmente «peligrosa», ya que la sospecha de grandes riquezas y de oscuras maniobras financieras del Opus Dei está presente en la mente de muchos. La etimología de «numerario» hace referencia también al inquietante anonimato de clubes reservadísimos, de sociedades secretas cuyos miembros no aparecen con su nombre sino con un número, un código, un lenguaje cifrado.

En definitiva, comprenderán que decir «un fraile franciscano», un «padre jesuita», un «inscrito en Acción Católica» o un «hermano de San Vicente» es una cosa, y otra muy distinta decir «un numerario de la Obra». Los nombres son importantes; especialmente hoy, cuando las apariencias, el look (también el lingüístico) importan más que la realidad, que el ser. Ciertamente, ni el nombre -Opus Dei- ni esos términos utilizados para distinguir a los miembros han creado un clima de sospecha, pero sí pueden haberlo confirmado y alimentado.

En cualquier caso, el hecho es que en una imaginaria galería contemporánea, la criatura de Escrivá tiene un puesto fijo -y de categoría- en la sección «fuerzas oscuras», «mandos ocultos», «poderes invisibles», «grandes hermanos», «superiores desconocidos».

La obsesión del complot, la pesadilla de la conjura, están entre las constantes de la historia de siempre, pero han asumido una importancia creciente, con aspectos incluso delirantes, en estos tiempos nuestros que, sin embargo, desearían ser «racionales». No es casual que, entre las nuevas especializaciones del periodismo, haya nacido la del dietrólogo: uno que, cuando sucede algo (siempre que sea negativo, claro está), sale en busca de «quién está detrás», lanzándose a hipótesis sin ningún tipo de fundamento. Tanto es así, que uno de los dogmas indiscutidos e indiscutibles de ahora reza así: «detrás» siempre hay alguien.

Las antiguas creencias en el diablo cumplían un papel de higiene social en modo alguno irrelevante: era una especie de saludable válvula de escape que probablemente evitaba muchos más problemas de los que creaba. Todo lo negativo a lo largo de la gran historia de la humanidad, y también de la pequeña historia de cada hombre, se atribuía a la influencia maléfica. Se combatía sobre todo con oraciones, exorcismos, ejercicios ascéticos. Y también con la vigilancia y, si era necesario, con el enjuiciamiento y el aislamiento de los que mantenían tratos con el Enemigo, con el «Padre de la mentira» y «Sembrador de cizaña». Este último procedimiento era verdaderamente excepcional y, desde luego, mucho menos cruento de lo que proclama la manipulación de la historia, que tira por elevación: los pocos meses del Terror jacobino de 1793 ó un sólo año de purgas estalinistas causaron infinitamente más víctimas que todos los numerosos siglos «inquisitoriales».

Desaparecida la creencia en el diablo, el problema fue: ¿a quién atribuir la responsabilidad de un mundo que se obstina en no andar por el buen camino, a pesar de los consejos de moralistas laicos, los planes de paraísos terrenales diseñados con escuadra y cartabón por intelectuales, las utopías de visionarios, las ideologías que se autoproclaman redentoras, las reformas (y después las reformas de las reformas) y las revoluciones? ¡Tiene que haber un culpable del desorden y del mal en el mundo!

De aquí nace la obsesión por el complot, por la quinta columna, por el Gran Hermano que manejaría a escondidas los hilos de la historia. Con este razonamiento, los burgueses de la revolución francesa cortaron la cabeza a los aristócratas; los leninistas fusilaron a los burgueses; los nazis la emprendieron con los judíos; los fascistas contra los masones; los liberales atribuyeron todo lo nefasto a los comunistas… En estos dos últimos siglos de separación de la tradición y de la fe cristianas, el puesto del diablo, de sus hechiceros, de sus brujas, se ha atribuido siempre a alguien. Con peligrosas (e incluso sanguinarias) consecuencias en cada caso.

En la fase actual de «cultura dietrológica», ese «alguien» está representado (aunque no de manera exclusiva, como es lógico) por el Opus Dei y sus numerarios y supernumerarios, ocultos y persuasivamente astutos. Algo razonable, concorde con cualquier estrategia diabólica que se precie.

Sin salir del ámbito italiano (aunque la demonización de la Obra es un hecho internacional, común en todo el Occidente, tanto en Europa como en América), les recuerdo alguno de los muchísimos ejemplos que podría citar, escogidos de entre los más recientes. Los habrán visto también ustedes en los periódicos.

Otoño de 1992, congreso de la Internacional Socialista en La Haya. Perseguido por los jueces milaneses a causa de la corrupción de su partido, presintiendo que pronto será obligado a dimitir de su cargo de secretario general del PSI, el onorevole Bettino Craxi se desahoga con los periodistas. Se proclama «víctima de oscuras maniobras» y declara textualmente: «hablan de masonería. Y entonces, ¿qué es el Opus Dei? Basta echar un vistazo y te susurran: ese es del Opus Dei. Esos son los verdaderos secretos (…). Pero yo reacciono…».

Primavera de 1993. Los jueces tienen esta vez en el punto de mira al Gran Oriente de Italia, pues sospechan que encierra corrupción, distintas ilegalidades y maquinaciones. Acribillado por mandatos de búsqueda y captura, el Gran Maestro denuncia -¡también él!- las archisabidas «oscuras maniobras»: «es un complot del Opus Dei, que es la verdadera, omnipresente, potentísima sociedad secreta. Nos atacan a nosotros para distraer la atención de los opusdeístas».

Verano del mismo 1993: misteriosas explosiones nocturnas de coches-bomba en Milán y en Roma matan a varias personas y destrozan monumentos famosos. Una de las revistas de información que se consideran más prestigiosas revela a los lectores -en un reportaje que define como «investigación exclusiva»- que una de las pistas más seguras conduce al Opus Dei (definido textualmente por esa publicación como «un poderoso brazo financiero y de negocios de la Santa Sede»). El Opus Dei habría encargado atentados contra San Juan de Letrán, catedral del Papa, y contra otros venerados edificios religiosos, para lanzar una advertencia al Vaticano, culpable de alejarse de la Democracia Cristiana más corrupta… Según otra «corriente de pensamiento», la Obra no fue quien puso las bombas, sino su objetivo; y esto por «razones» inteligibles sólo para los dietrólogos que las han escrito.

Si se sigue la prensa, se puede encontrar de todo. Por ejemplo, entre otros muchos recortes de prensa que tengo sobre mi mesa, hay uno de Gran Bretaña.

En enero de 1993, «The Economist» -que comenzó sus pasos en 1843 y es considerado uno de los más serios e informados periódicos del mundo- publicaba una «guía» a los «good networks», que podríamos traducir como «ambientes escogidos»: distintas masonerías, órdenes de caballería exclusivas, sociedades más o menos secretas.

Lógicamente, aparecía el Opus Dei, que en la mencionada clasificación obtenía la calificación más alta -un «cinco»- por la «fuerza de sus convicciones». Algo menos -un «cuatro»- por su organización. Y después un «tres» en secretismo. Resulta significativo -y, en el fondo, gratificante para el Opus Dei, si esa presunta investigación fuese rigurosa- el «uno», es decir, la nota más baja, en exclusivismo. De este modo, una fuente inesperada confirma lo que el Opus Dei repite siempre: que cualquier hombre o mujer -con tal de que sea llamado por Dios- puede entrar a formar parte del Opus Dei de pleno derecho, cualquiera que sea su status social.

En cuanto a la fiabilidad de la fuente, no se debe pasar por alto lo que el mismo «The Economist» afirma, con la apariencia de una información seria: «Los extraños pueden descubrir a los miembros secretos del Opus Dei observando algunas pequeñas señales significativas». ¿Como cuáles? Los periodistas londinenses son tan profesionales e informados que pueden desvelarnos uno, quizá el más reservado de

todos: «a whíff ofAtkinson’s cologne, the favourite ofEscrivd, is a good giveaway» (el olor, la fragancia de colonia Atkinson, la favorita de Escrivá, es un signo revelador…).

Puede parecer que bromeo, pero les aseguro que no es así (de lo contrario, ¿qué clase de periodista-detective sería?). Para recordar -más aún, para conocerla ex novoqué olor particular tiene la colonia Atkinson, compré un frasco en la perfumería y la «esnifé» abundantemente. Desde entonces, durante esta investigación me he acercado a decenas y decenas de hombres y de mujeres de la «sociedad secreta», pero nunca -de verdad, nunca, les doy mi palabra…- he tenido al alcance de mi nariz ese giveaway, ese signo revelador…

No me alargaré, ya que la situación es conocida y muy clara: con mucha frecuencia el fax de la oficina de información de la Prelatura remite precisiones y desmentidos a diarios que atribuyen al Opus Dei prácticamente de todo: desde atentados y masacres, a la propiedad de bancos (se ha convertido ya en un movimiento instintivo ver a los «gnomos del Opus Dei» en la trastienda de todas las operaciones financieras de categoría, en especial si son fraudulentas); desde la muerte imprevista del Papa Luciani (hay muchos libros sobre eso), a los golpes militares en Sudamérica. Por no hablar, como es evidente, cuando han pasado ya casi veinte años de la muerte de Francisco Franco Bahamonde, de las reiteradas acusaciones de colaboración con el régimen del Caudillo por ansia de poder y de dinero.

Como muy bien se recuerda en Italia, algunos partidos de izquierda del parlamento italiano -excitados por una insistente campaña de prensa guiada por el semanario «LEspresso»- pidieron al gobierno en febrero de 1986 que aplicase al Opus Dei la ley dictada en 1982 contra las sociedades secretas. Esa ley se había aprobado con grandes prisas para intentar superar el escándalo de la «Propaganda 2», la P2: una logia totalmente legal y reconocida (y no una corriente desviada, como intentaron hacernos creer) de la «familia» hegemónica -la llamada del «Palacio Giustiniani»- de la masonería italiana.

Para responder a los que interpelaron al gobierno, Oscar Luigi Scalfaro, ministro del Interior en aquel momento, investigó durante casi un año. Incluso el Vaticano fue requerido para que presentara aclaraciones y documentos. Finalmente, el 24 de noviembre de aquel 1986, el futuro presidente de la República italiana se presentó a la cámara con un voluminoso dossier, que era una especie de tratado sobre el asunto. Tanto es así que, para que fuese más fácil seguir su intervención, llena de citas y de referencias, había solicitado algo sin precedentes: que el texto se imprimiese y se distribuyese a los parlamentarios, para que pudieran contar con su propio ejemplar. En resumen, casi un competidor de este informe mío: una verdadera «investigación sobre el Opus Dei».

Pero en Italia, salvo algún experto en el asunto, casi todo el mundo fue víctima del extraño modo’en que la prensa entendió esa información. Quienes durante meses habían dedicado páginas y páginas a la campaña contra el Opus Dei, presentado como refugio de secretos político-financieros, liquidaron en pocas líneas el texto al que el pobre Scalfaro y sus colaboradores habían dedicado tanto tiempo y esfuerzos.

Con títulos a una columna, se limitaron a informar de que el gobierno había defraudado las expectativas de transparencia, justicia y limpieza del «polo progresista», e insinuaron no pocas veces que el asunto no podía haber acabado de otro modo, teniendo un «beato» como Scalfaro en el ministerio del interior. También se difundieron rumores sobre una presunta injerencia de un Estado extranjero -la Ciudad del Vaticano- en los asuntos internos italianos, para despistar, acallar, impedir intervenciones de los jueces y de las autoridades administrativas contra su «poderoso lobby financiero». (No es superfluo recordar, sin embargo, que el presidente del Consejo de ministros -garante y responsable último, según señala la Constitución, de la respuesta del Gobierno- era entonces Bettino Craxi, precisamente ese que se lamentaba de la «omnipresencia» del Opus Dei, y no precisamente conocido por sus inclinaciones clericales. Al menos él no es sospechoso, ¿no?).

Por eso, es interesante -y casi inédito, dadas las reticencias del media-system- que recoja aquí las conclusiones de la larga y docta disertación del ministro del Interior de la República italiana. Aquel día, Scalfaro concluyó sus abundantes folios con las siguientes palabras: «Llegados a este punto, sólo queda señalar las conclusiones: el Opus Dei no es secreto ni de derecho ni de hecho; el deber de obediencia (al que están obligados sus miembros) se refiere únicamente a materias espirituales; no hay otros derechos y deberes más que los previstos en el Codex iuris particularis del Opus Dei, que también son de naturaleza exclusivamente espiritual; ningún derecho ni deber del viejo régimen canónico de la Institución, si no está previsto en el nuevo, permanece vigente tras la institución de la Prelatura. Por consiguiente, ni el Gobierno, ni el Ministro del Interior en particular, pueden legítimamente asumir iniciativas relativas al Opus Dei o disponer investigaciones o controles sobre él. De hecho (sobre la base de los preceptos de la Constitución y de los derechos fundamentales de libertad que ésta garantiza; sobre la base del Concordato -solemnemente reafirmado con el acuerdo de Villa Madama de 1984- al pleno respeto del principio de soberanía e independencia de la Iglesia católica; sobre la base de los estatutos que regulan la Prelatura; sobre la base, por último, de las declaraciones de la Santa Sede que, como he dicho, representan su postura oficial y son de obligado cumplimiento también para la Prelatura), la investigación y el control del gobierno, al no poder justificarse en algún elemento de hecho que constituya el más mínimo indicio, se convertirían en una inadmisible intromisión en el derecho de libertad del ciudadano y en una inadmisible injerencia del Estado en el funcionamiento interno de la Iglesia. La paz religiosa, propuesta como valor supremo cuando la Asamblea constituyente discutió y votó el artículo 7.0 de la Carta constitucional, se realiza respetando las palabras y el espíritu de aquella norma en un contexto esencial de verdad, único fundamento de justicia y de paz».

Deben de haber sido motivos profundos los que han llevado al olvido a estas solemnes palabras de un ministro en el parlamento (que no mucho tiempo después le mostraría su estima eligiéndolo jefe del Estado, con mayoría de dos tercios). Lo mismo ocurre con los desmentidos, las precisiones, las protestas de los cireneos de la oficina de prensa de la Prelatura, obligados todos los días a recomenzar los trabajos de Sísifo, poniendo en marcha su fax. No hay nada que hacer: la sombra de la Obra como «grupo oculto» permanece entre los condimentos indispensables para aderezar las hipótesis sobre cualquier asunto tenebroso (bastaría recordar la hipótesis difundida por muchas publicaciones de todo el mundo, según la cual el asesinato del banquero Roberto Calvi bajo el puente de Blackfriars en Londres fue ordenado por algún numerario, o desde la «guarida» de viale Bruno Buozzi).

En realidad, la estrategia del Opus Dei (estrategia marcada por su fundador desde los primeros tiempos: las agresiones comenzaron cuando la Institución no era más que un pequeño grupo de jóvenes alrededor de un joven sacerdote, en la España prerrevolucionaria de los años treinta) consiste en no responder a los ataques con contraataques. Como observa un estudio reciente: «no hay un solo libro -de la Obra en cuanto tal o de uno cualquiera de sus millares de miembros- que se haya escrito contra alguien o contra algo».

En definitiva, sus miembros no reaccionan ante los ataques con las mismas armas de la polémica, sino que intentan disipar los equívocos aclarando «qué es», cómo funciona y qué pretende el Opus Dei.

Y si después los «otros» no entienden (y he comprobado que en la Obra no convierten eso en un drama), el beato sugirió un programa para reaccionar ante los ataques, sintetizado en tres verbos: «rezar, sonreír, perdonar».

Solía recordar las palabras del evangelio: «no es el siervo mayor que su amo. Y si a éste le han llamado Belcebú, si sobre él han echado todo tipo de calumnias, ¿podrá suceder otra cosa con sus seguidores?». Al final de la única -me parece- rueda de prensa de su vida, en Pamplona, monseñor Escrivá se despidió así de los periodistas: «No quiero saber qué escribiréis. Si es la verdad, Dios os lo pagará. Si no es así, rezaré por vosotros. Por tanto, en cualquier caso saldréis ganando…». No da la impresión de que ha salido perdiendo el Opus Dei, que -en su desarrollo constante, en todos los ambientes y en todos los países- no parece que se haya resentido por los ataques. Es más, como sucede normalmente, podría haberse reforzado su espíritu de cuerpo; pero es algo que no se pretende, porque el Opus Dei quiere estar abierto al apostolado, con sus miembros presentes en la sociedad como ciudadanos «normales», no como miembros de una capillita que se complazca en considerarse «perseguida».

No se debe pensar, sin embargo, que los ataques, sospechas y rumores vengan sólo de «fuera», de «ambientes laicistas» que chocarían contra las tropas de un mundo católico desplegado para defender al pobre Opus Dei, mártir de la malicia de los ateos. Todo lo contrario; las suspicacias y los ataques a la Obra, cuando ésta estaba aún en pañales, vinieron principalmente de ambientes eclesiales (sobre todo de religiosos españoles, quizá más por el desconcierto y el miedo a la novedad que por mala fe), y está probado que la «leyenda negra» nació en el milieu clerical, y de allí pasó a otros ambientes. Pero todos los argumentos utilizados después han sido preparados antes por católicos. Este clima continúa aún en ciertos círculos.

Por señalar un ejemplo de estos reproches «internos», escojo uno de los «instrumentos de trabajo» más recientes -es de 1992- y en cierto modo más oficiosos (y por consiguiente más moderados y objetivos: la edición y la adaptación italiana a la tercera edición alemana ha sido dirigida por uno de los más importantes editores católicos) utilizados en la Iglesia de hoy. Se trata del Dizionario storico del cristianesimo de Andresen-Denzler. La voz Opus Dei (singularmente breve, por otra parte: a esta realidad del catolicismo de hoy, imponente aunque fuera sólo en el plano cuantitativo, se dedica la mitad de espacio que a la voz «josefinismo», por poner un ejemplo; y el mismo espacio que a las «beghinas», un fenómeno eclesial extinto al principio del siglo XIV ..), después de haber advertido al lector de que se trata de una realidad eclesial «tradicionalista en el campo religioso» (es curioso que hoy, en una Iglesia fundada sobre la Tradición -los evangelios no son otra cosa que eso-, el adjetivo correspondiente sea considerado como una especie de marca infamante), señala que «ha sido siempre objeto de vivas polémicas». Y añade: «Algunos exaltan la fuerza vital y la espiritualidad de esta «elite laica del catolicismo», mientras que otros califican a la institución como la cumbre de la restauración, que busca la respuesta de todos los problemas de la vida privada y pública sólo en la fe, y niega por tanto la autonomía a los demás sectores de la cultura». Bastante singular esto de que, para unos cristianos, sea una culpa el poner a la fe en el centro de la vida, y buscar allí las respuestas que la guíen o al menos la orienten.

Este prestigioso Dizionario storico del cristianesirno -objetivo y benemérito en otros aspectos-, concluye del siguiente modo (in cauda venenum…): «Han suscitado rechazo el estrecho vínculo mantenido con el régimen franquista y, en general, su simpatía por los partidos de derechas». Fin de la voz. Y con esto -sin el menor intento de profundización, aceptando como indiscutibles informaciones semejantes-, la Obra está servida, para uno de los libros de consulta usados oficialmente en la formación del clero y en las escuelas de teología para laicos católicos.

En este mismo mundo católico (y también en el laico, que retorna sus argumentos en contra), quien pretende justificar la desconfianza -cuando no la hostilidadcontra el Opus Dei, cita como precedente un episodio que cumple treinta años justo en el momento en el que estoy escribiendo.

Con una especie de tormenta constantemente renovada, se recuerda la actitud crítica hacia esta Obra incluso por parte de Hans Urs von Balthasar, el jesuita suizo que pasó (a petición propia) al estado de sacerdote secular, considerado por muchos como uno de los más grandes -y de los más discutidos- teólogos católicos de este siglo. Durante el pontificado de Juan XXIII (a quien sólo una tenaz e interesada instrumentalización pretende transformar -contra cualquier verosimilitud histórica- en un «progresista», en un papa «de izquierdas»), von Balthasar, sospechoso de excesiva «apertura», cayó en desgracia y no fue llamado a participar en los trabajos de las comisiones teológicas conciliares. En el post-Concilio la situación cambió, y el presunto progresista fue tomado -también abusivamente, por lo que parececomo un «conservador». Así, sus fans de antes se convirtieron en sus adversarios. Y al revés.

El hecho es que se convirtió en un protegido de Juan Pablo II, quien en 1984 hizo que le concedieran esa especie de Nobel vaticano que es el premio Pablo VI, y en 1988 le nombró cardenal (pero el estudioso murió pocos días antes de viajar de Basilea a Roma, donde le iban a imponer el capelo cardenalicio).

Gran teólogo, extraordinario erudito, sacerdote de vigorosa vida cristiana, la personalidad de von Balthasar presentaba también aspectos singulares y quizá contradictorios.

Yo mismo (no hablo de esto por afán autobiográfico, es un modo de intentar entender el problema que nos ocupa) me vi involucrado en una difícil situación por un comportamiento suyo desconcertante, a causa de una entrevista que le hice en otoño de 1985 y que ocupó dos páginas enteras en el diario católico «Avvenire». La entrevista provocó muchas reacciones en toda la Iglesia y fue traducida a varias lenguas y difundida en forma de separata. Una difusión en la que -así me lo aseguraron- participó incluso el Papa, que encargó una versión en polaco y parece que la distribuyó a los connacionales que invitaba. Había quedado muy satisfecho de ese suizo, que le defendía de los ataques -en aquellos días particularmente virulentos, aunque ya habitualesde otro suizo, el teólogo disidente Hans Küng.

Algunos días más tarde, por sorpresa (sin advertir a ninguno de los interesados), von Balthasar desmintió algunas de las afirmaciones centrales que hacía en aquella entrevista. Y lo hizo en uno de los más autorizados diarios alemanes, el célebre Frankfurter Allgerneine Zeitung. A pesar de esa táctica furtiva -confiando quizá en la escasa difusión de la prensa alemana en Italia-, el asunto suscitó inmediatamente ecos clamorosos por todas partes. Inmediatamente, el cronista que esto escribe envió al interesado y «a quien correspondía» (se me había pedido «desde arriba» una aclaración urgente) copia de las grabaciones que confirmaban que las palabras del teólogo habían sido transcritas con absoluta fidelidad. Tampoco se hizo esperar el testimonio del director del «Avvenire», que estuvo presente en la conversación que mantuve en Basilea con el teólogo, y que confirmó lo publicado.

Siguieron a este envío algunas cartas personales del profesor von Balthasar -que guardo en mi archivo-, la última de las cuales terminaba con unas afirmaciones confusas: «entiendo bien vuestra amargura y confieso mi sorpresa por lo que me decís sobre (mis) palabras en vuestras grabaciones (…) Ha sido culpa mía (…). Os pido que olvidemos este enojoso asunto, que ha provocado, a todos, tantas molestias…».

Si les cuento este episodio (que, por otra parte, no es privado, ya que dio lugar a una polémica de meses en la prensa internacional) es porque parece que en aquel gran erudito -algunos de sus libros son fundamentales para la Iglesia de nuestro siglo- se dieron notables oscilaciones, también en lo que se refiere al Opus Dei.

Los hechos se desarrollaron como veremos. En noviembre de 1963, en la Neue Zürcher Nachrichten (un pequeño diario suizo, que difundía unos pocos miles de ejemplares y que desapareció hace años), von Balthasar publicó un artículo con el título «Integrismo». Al mes siguiente, fue reproducido en su totalidad por la revista teológica de Viena Wort und Wahrheit (Palabra y verdad), mucho más autorizada y difundida.

En el artículo se mencionaba al Opus Dei como «una concentración integrista de poder en la Iglesia». Según el teólogo, el núcleo central del «integrismo» sería el intento de «imponer lo espiritual con medios mundanos». Hay que señalar que aquel artículo era la continuación de otro en el que, criticando a Theilard de Chardin, von Balthasar marcaba sus distancias con el «progresismo» clerical. Con otras palabras, una condena tanto a las «izquierdas» como a las «derechas» clericales, y en este último grupo incluía a la Obra, aunque -lo confesará más tarde, como veremos- en aquel momento casi no la conocía, ya que la Institución estaba dando sus primeros pasos en la Suiza de habla alemana. Su juicio negativo se basaba casi únicamente sobre el análisis de algunos puntos del libro de Escrivá Camino, juzgado como una espiritualidad no suficientemente profunda para una Obra con miras universales.

Fue bastante sencillo para los miembros del Opus Dei mostrar de modo incontrovertible (presentando, por una parte, las palabras auténticas de Camino, y por otro, las criticadas por el teólogo) que el texto había sido forzado, sacando las frases de su contexto, uniendo unas con otras de modo abusivo, y suprimiendo algunas que explicaban las afirmaciones precedentes. Es decir, se había tratado de un asunto como el que mencionaba Joseph Fouché (al menos muchos lo atribuyen a él, aunque algunos lo refieren a otro), el astuto ministro francés de policía, útil para cualquier clase de régimen: «Dadme un texto cualquiera de alguien y yo, cortando y pegando adecuadamente, encontraré las pruebas suficientes para conducirle a la guillotina…».

Desde entonces -y han pasado ya treinta años-, no hay debate sobre la Obra en el que no se mencione aquel juicio negativo, usado también en la batalla por la beatificación de Escrivá, de la que hablaremos en seguida. La argumentación es ésta: ¿cómo puede el Opus Dei no ser «integrista», de «derechas», «tan poderoso como oculto», si hasta un amigo del Papa polaco, que a su vez es amigo del Opus Dei, ha marcado claramente las distancias? Una auténtica losa, de la que parece difícil que se libren los infortunados discípulos de Escrivá. Así piensan también, con cierto embarazo, católicos sinceros a los que les gustaría mirar sin prejuicios o incluso con simpatía a la institución fundada por el beato español.

Como cronista que busca cumplir con su misión (y precavido -debo confesarlo- por mi desconcertante experiencia personal con el Maestro de Basilea), quise examinar íntegramente el dossier del asunto, sin quedarme en la superficie, como se han quedado tantos -salvo, naturalmente, los del Opus Dei- durante decenios.

En el dossier hay, sobre todo, una sorprendente ausencia. El famoso artículo es de 1963, y su autor murió -en plena actividad intelectual, con una miríada de colaboraciones y de trabajos en curso (pocos hombres han escrito y hablado tanto como él)- en 1988. En esos veinticinco años, en los centenares -si no millares- de textos que firma, von Balthasar no sólo no escribe -ni habla- una sola palabra contra el Opus Dei, sino que parece que se retracta -también en esta ocasión…- de sus juicios. Por ejemplo, en 1984 escribió a un sacerdote de la Prelatura: «Hace más de diez años, en una ocasión critiqué Camino (¡no al Opus Dei!), porque me parecía insuficiente como espiritualidad, para una obra tan enorme. Desde entonces, no he dicho una sola palabra contra el Opus Dei».

Dos años después, el 19 de diciembre de 1986, en una carta sobre el mismo asunto dirigida a Hans Thomas, otro miembro de la Obra, confiesa: «Entonces (en 1963, N. delA.) no conocía a sus miembros en modo alguno».

Pero estos documentos «privados» ceden en importancia ante un decisivo testimonio público de 1979, que nunca citan los críticos, como sería honrado por su parte. La misma honradez impone al mismo tiempo reconocer que difícilmente podría ser citado, ya que el diario en que debería haber aparecido no quiso publicarlo.

El periódico en cuestión es el diario que muchos consideran el más serio de Suiza y es mencionado siempre en todas las reseñas internacionales: la Neue Zürcher Zeitung, órgano tradicional del radicalismo laicista.

Von Balthasar remitió una carta a ese diario y, en vista de que el director no quiso publicarla, envió una copia autógrafa a los responsables suizos de la Obra, que conservan el documento. En esa carta, el teólogo escribió: «En la “Neue Zürcher” de enero de 1979 ha aparecido un violento ataque contra la actividad del Opus Dei en Zürich que no me parece digna de un periódico que recientemente ha sido galardonado con el premio Erasmo -¡el premio de los grandes conciliadores!-, y en el que se me presenta como principal testigo contra la citada organización. Afortunadamente, el autor precisa que se trata de un artículo mío aparecido en 1963 (en una revista que cesó de publicarse hace tiempo), pero ha olvidado decir que se trataba en realidad de una recensión de Camino, una obra del fundador del Opus Dei. No se trataba, por consiguiente, de un juicio sobre la obra de Escrivá en su conjunto (que entonces no estaba tan accesible como lo es hoy, del mismo modo que la espiritualidad que se vive en su fundación). Entonces, en 1963, tenía la impresión de que los consejos y las exhortaciones contenidas en Camino no podían ser suficientes como cimiento espiritual de una organización tan influyente, difundida por todo el mundo. Por falta de información concreta, no estoy en condiciones de emitir un juicio sobre el Opus Dei actual, pero hay algo de lo que estoy seguro: que muchas de las acusaciones (también las que el artículo de vuestro periódico alega contra la enseñanza de la religión por parte de miembros del Opus Dei) son sencillamente falsas y anticlericales».

Parece que, tras examinar una carta semejante, se requerirá más prudencia para desacreditar a la Obra diciendo que «hasta el teólogo más admirado por el papa Wojtyla puso a los católicos en guardia».

Una prudencia que deberá aumentar, después de haber leído el último documento del affaire. Se trata probablemente del último artículo del gran teólogo, aparecido poco después de su muerte, en el número de julio de 1988 de la revista teológica Diakonia. El artículo lleva por título «Integrismo hoy», y vuelve al tema del célebre texto de 1963. Un estudio amplio, donde Balthasar reexamina el fenómeno que veinticinco años antes creyó apreciar en el Opus Dei. En esta especie de testamento teológico, en vano se busca una referencia a la institución de don Josemaría: ni directa ni indirecta. Nada: ni una sola palabra…

¿Qué otra conclusión se puede obtener, sino que había cambiado de opinión, como ya le

Sea lo que fuera de von Balthasar y demás críticos, reales o presuntos, el 17 de mayo de 1992 Roma -que de atascos y tapones sabe lo suyo- conoció su longest day, su «día más largo», con la paralización casi total del tráfico. Y no sólo los vehículos de motor; quien allí estuvo recuerda que en ciertas calles y a ciertas horas, era difícil incluso desplazarse a pie.

Fue el efecto de la invasión de 300.000 personas para algunos, ó 400.000 para otros, llegadas por los más diversos procedimientos desde todo el mundo (a costa de su propio bolsillo) para asistir a la beatificación del venerable Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás en la plaza de San Pedro por parte de Juan Pablo II, pontífice romano feliciter regnans.

Si Bernini hubiera levantado la cabeza se habría caído redondo: sus 284 columnas, presididas por las 140 estatuas de apóstoles y santos, concebidas para abrazar la muchedumbre humana más grande que pudiera imaginar mente humana, se revelaron del todo insuficientes. Era quizá la primera vez que sucedía, en la historia tres veces secular de la plaza.

Tengo ante mí una foto tomada desde la cúpula. Todos los rincones de la inmensa explanada barroca están repletos. Pero no por una horda reunida sin orden ni concierto, ni por una masa humana. El espacio está dividido en zonas ordenadísimas, separadas por pasillos por los que circulan los encargados de los servicios de orden y de primeros auxilios. El mar de cabezas continúa a lo largo de la via della Conciliazione, hasta casi el lejano Tíber.

Una visión impresionante de fuerza tranquila, confiada en sí misma; un clima de fiesta bajo el sol italiano, en honor de un español, pero con unos esquemas de organización compacta que hacen pensar en algo nórdico o teutónico.

¿Recuerdan las famosas e inquietantes películas de Leni Riefenstahl: Der Triunph des Willens, sobre el congreso de Nüremberg; y Olympia, sobre la Olimpiada de Berlín (2)? Por favor, no se escandalicen pero las imágenes de aquel día me recordaron -y no sólo a mí- algo por el estilo. En las apariencias externas, se entiende, en el clima de disciplina (o mejor, de autodisciplina). Por lo que se refiere a las verdaderas intenciones, es un hecho objetivo, y no apologética fácil, que esa inmensa reunión estaba allí no para pedir la guerra sino la paz; no para odiar, sino para esforzarse en amar; no para reivindicar, sino para agradecer.

Creo que vale la pena recordarlo, en un mundo donde, cuando la gente se hace multitud, incluso «para divertirse», como en los estadios (por no hablar de comicios o de manifestaciones), es siempre para oponerse a alguien, para replicar a un antagonista, para gritar eslóganes hostiles.

Para llegar a aquella jornada y poder escuchar a un Papa que, con la autoridad apostólica que tiene conferida, inscribía al Padre en el elenco de los beatos; para poder convocar desde los cuatro puntos cardinales a aquella masa inmensa, al mismo tiempo festiva y ordenada; para llegar a esto, el Opus Dei tuvo que combatir una dura batalla. También, y quizá sobre todo, dentro de la Iglesia.

En los ambientes clericales se multiplicaron las maniobras y contramaniobras para intimidar al mismo Papa, para hacerle, al menos, retrasar la beatificación.

Traduzco lo que dice una crónica, un testimonio entre los muchos posibles: «En cuanto fue anunciado, en diciembre de 1991, que la solemne beatificación del fundador del Opus Dei tendría lugar el 17 de mayo del año siguiente, el hecho se transformó en noticia. De ordinario, las beatificaciones no son suficiente noticia para los periódicos, incluidos los católicos. En cambio (y sólo en este caso, en la historia reciente), algunos grupos pasaron a la acción para descalificar el proceso, para insinuar dudas sobre la figura del futuro beato y -por consiguiente- sobre el mismo Papa, sobre la objetividad y la legitimidad de la decisión de proceder a la ceremonia. Mucha carne se puso en el asador, con tenacidad y apoyos poderosos, para impedir, retrasar o al menos estropear la fiesta del 17 de mayo».

Alguien llegó incluso a amenazar a Roma con un cisma, considerando «escandalosa e intolerable la glorificación del Opus Dei en la persona de su fundador». Alguno puso al Papa ante una singular alternativa, aut-aut ¿por qué Escrivá sí y el papa Juan XXIII todavía no? (Esto, en el elíptico lenguaje clerical, quería insinuar que la Santa Sede premiaba la «restauración» y no el «aggiornamento»: recuerden la voz Opus Dei en el Dizionario del que hablé antes. En efecto, los contestatarios se escandalizaban por el retraso de la causa de beatificación del papa Roncalli y no de la de Pío XII, a pesar de que los procesos relativos a los dos Papas habían comenzado al mismo tiempo, para exaltar precisamente dos concepciones distintas del pontificado). ¿Por qué, añadían, se necesita tanto tiempo para otros candidatos, y sólo 17 años para este español?

Se discutió incluso acerca del milagro, exigido por la Iglesia como una especie de imprimatur de la santidad del candidato a los altares, que requiere estos signos divinos de aprobación antes de pasar de «venerable» a «beato» (y más tarde a «santo». La «curación inexplicable en el estado actual de la ciencia» (como reza la fórmula ritual) fue certificada, como es habitual, por un grupo de peritos de reconocido prestigio, nombrados por la Congregación vaticana para las causas de los santos. Sin embargo, para hacer algunas averiguaciones previas, la Obra había solicitado su parecer a dos especialistas de la Universidad de Navarra, ya que en la Clínica universitaria disponían de no se qué aparato científico. Esta colaboración con la Universidad cuyo Gran Canciller es el Prelado del Opus Dei fue malinterpretada por quien seguía el proceso con recelo, y se llegó incluso a hablar de manipulación, de «falso milagro», presentando al mismo Papa como engañado por un lobby de estafadores. Estos críticos, sin embargo, aparentaron desconocer que esos especialistas habían intervenido sólo en la instrucción de la causa como peritos de parte y que, por consiguiente, su dictamen (como sucede en cualquier proceso) fue sometido al juicio autónomo y secreto de los expertos de la Congregación vaticana.

De todos modos, no hay motivo de escándalo: quien no esté familiarizado con la vida de la Iglesia y no comparta la pasión que la anima, no sabe hasta qué grado de rudeza puede llegar el conflicto, hasta qué temperatura puede alcanzar la «ira teológica». No es algo bueno, naturalmente; pero, bien pensado, no está del todo mal que -en un mundo que parece no creer en nada- haya personas que se tomen tan radicalmente en serio las cuestiones religiosas. Entendámonos: si no se apasiona uno -incluso hasta el extremo- por semejantes asuntos, que afectan a nuestro destino último, ¿por qué cosas merecerá la pena enfadarse? Ante este tipo de cuestiones, ¿tienen verdadero sentido las disputas por cuestiones culturales, deportivas o incluso políticas, tan efímeras pero con tanto predicamento para la cultura moderna? No piensen que estos enfrentamientos en la Iglesia, a pesar de ser tan duros, impidan reconocerse unos a otros, a pesar de todo, hermanos en la fe común que les une. En la Iglesia, es posible discutir con vehemencia sobre las ideas y esforzarse por querer a las personas que las encarnan. Luchar en la plaza pública y darse la mano en Misa. Verdaderamente, extraño zoológico es éste.

¿Una Iglesia dividida? Así lo parece, pero quizá sólo gracias al espacio que los media dedican a los no muy numerosos pero sí muy ruidosos contestatarios. No es nada nuevo; ya en vida, Escrivá fue con frecuencia «signo de contradicción» dentro de la misma Iglesia. Amado, venerado o al menos respetado por muchos, contestado por otros, como sucede con cualquier personalidad, como es constante en la historia del cristianismo (sin excluir al mismo Jesucristo…).

Las exigencias de la objetividad obligan a señalar que la apertura del proceso de beatificación del Padre fue solicitada al Papa por más de un tercio del Episcopado mundial. Para ser exactos, firmaron y mandaron a Roma su «súplica» 69 cardenales, 241 arzobispos y 987 obispos. A ellos se unieron más de cincuenta superiores generales de las más prestigiosas órdenes y de las mayores congregaciones religiosas de la Iglesia. Una cosa nunca vista, tan novedosa como los casi ochenta mil relatos de «favores», «gracias», «prodigios» que habrían sido obtenidos por intercesión de monseñor Escrivá de Balaguer después de su muerte: una avalancha sin precedentes en los anales católicos.

Con un apoyo de tal calibre -de la jerarquía, pero también del pueblo- el Opus Dei hizo todo lo posible para vencer la «batalla de la plaza de San Pedro». «Sólo» 17 años, de los cuales menos de diez para lo que realmente fue el proceso: un tiempo largo para el mundo, singularmente breve para la Iglesia, aunque no es un récord sospechoso. A las críticas sobre lo reducido de los plazos, la Postulación de la Prelatura replicó que otras causas (como, por ejemplo, la de Francesca Cabrini, la santa de los emigrantes a América) habían ido a la misma velocidad, a pesar de que se habían desarrollado según las normas preconciliares, que preveían el doble de trámites que las normas establecidas con la reforma de la Congregación para las causas de los santos, realizada después del Vaticano II.

En aquellos años del «proceso Escrivá», se realizaron algo así como 980 sesiones de los tribunales canónicos. Los 92 testigos que conocieron al fundador Escrivá debieron responder a 265 preguntas comunes (y a otras muchas específicas a cada uno de ellos), que analizaban casi con rayos X prácticamente cada hora de cada día de la vida del candidato, para asegurarse de su total fidelidad al Evangelio y a la Iglesia, en su conducta y en su modo de pensar.

Para mayor seguridad, se escuchó a los que estaban al otro lado de la barricada. Fueron interrogados también once ex-miembros, numerarios y supernumerarios salidos de la Obra de manera no siempre pacífica, incluso dando un portazo, con la consiguiente polémica. Hay que señalar, por tanto, que también la contestación ha tenido peso en el proceso. Como también la ha tenido la voz de los «neutrales»: a ese propósito, la mitad de los testigos fue elegido entre hombres y mujeres externos a la Institución.

A pesar de los pesares, la Obra sigue adelante, aunque con sus «orugas» recubiertas de goma. Un año después de la beatificación, en junio de 1993, el sacerdote de la Prelatura don Flavio Capucci, que había coordinado como postulador la compleja y laboriosa operación para llegar hasta la plaza de San Pedro, comunicaba que habían llegado «más de siete mil narraciones, todas ellas firmadas y comprobadas, de favores recibidos, en el mundo entero, por intercesión del beato Escrivá».

Como para llegar a la canonización -es decir, a la inscripción del nombre del que ya es beato en el Canon, el elenco oficial de los santos- se requiere otro «milagro», don Flavio Capucci informaba que la Postulación estaba trabajando para seleccionarlas. El proceso, por tanto, continúa, y son pocos los que tienen dudas de cómo acabará. Como confirmación del «movimiento popular» en torno a Escrivá, se informaba de que más de un millón de personas había participado en las misas celebradas en todos los continentes con motivo de la primera fiesta litúrgica del nuevo Beato. Flavio Capucci terminó con un dato, tomado de un artículo publicado en una revista española: «La polémica sobre la beatificación se estrelló, como un viejo aeroplano, en los aún más viejos muros de San Pedro».

Por vez primera, una desviación -por pequeña que fuera- en la estrategia de evitar incluso las bromas con sabor polémico. Pero quien conoce la consistencia de la Obra en sus intenciones, y la paralela consistencia de la agresión contestataria, se sorprenderá no tanto por la referencia «dialéctica», sino por la paciencia ejercitada durante tantos años y que se sigue practicando.

Una agencia para el espíritu

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

Recobremos aliento, después de tantas consideraciones teológicas y espirituales: estas páginas pretenden ser de información, no deformación. Para esto último la Prelatura dispone de publicaciones de gran valor y eficacia: a ellas remito al lector, en el caso de que no le baste las explicaciones que he dado y que daré a continuación acerca del fin teológico-pastoral-espiritual del Opus Dei.

A propósito del «fin», me permito destacar que, a la vista de lo anterior, tenía yo razón cuando anticipé que en el origen de todo sólo hay motivaciones radicalmente religiosas: siempre es gratificante confirmar que uno tenía razón. De ahí la dificultad de entender la Obra cuando no se emplean categorías religiosas, cuando no se mira desde el punto de vista de quien se mueve por el deseo de emplear su vida -de cara a la eternidad, por si fuera poco- de acuerdo con preocupaciones e intereses que nacen de la fe, no del deseo de ganar dinero y de ascender.

Tampoco estaba equivocado cuando les advertí de que las cosas son mucho más sencillas de lo que aparentan o de lo que muchos creen; incluso -como bien saben- de lo que creen muchos de dentro de la Iglesia.

«Original» es, según la etimología, «lo que vuelve a los orígenes». Eso es lo que buscó Escrivá, en esto reside su «originalidad»: en regresar a las raíces. Por eso, decía que «el modo más fácil de entender el Opus Dei es pensar en la vida de los primeros cristianos».

A la postre, todo se reduce a un planteamiento de este tipo: «¿Has recibido el bautismo? Pues sé consciente de lo que significa y esfuérzate por ser consecuente, vive conforme a lo que te propone la Iglesia, que al administrarte ese sacramento te ha introducido en ese Cuerpo cuya Cabeza es Cristo. Hazte santo (puedes; todos pueden, si tienen confianza en la ayuda de Dios que no puede faltar, puesto que la “perfección” de todo hombre, de toda mujer, es una voluntad explícita suya), en el mismo sitio en el que estás y, aparentemente, sin que nada cambie. Sigue en tu trabajo, continúa con tus compromisos profesionales y personales. Recuerda que, en un planteamiento de fe, todas las ocupaciones tienen gran valor, por insignificantes que sean a los ojos de los hombres; todas son de gran importancia, aunque objetivamente sean modestas, porque su importancia depende del amor a Dios y a los demás que ponen en ellas los que las realizan. Salvo vocaciones especiales, Dios no pide singularismos, cosas raras, actos clamorosos de heroísmo: tú también estás llamado al heroísmo, ciertamente, pero dentro de ti, en un contexto íntimo, privado, de “normalidad”. Reza mucho, más aún: reza en todo momento, pero sin agobios ni exhibicionismos, transformando tu trabajo en oración, sea cual sea, ofreciéndolo por una intención sobrenatural, y cumpliéndolo del mejor modo posible por amor de Dios y a los demás».

De la búsqueda de la «santidad» deriva la necesidad -mucho más que un deber- del «apostolado». Un apostolado normal, discreto, espontáneo, «tranquilo», como es el estilo de vida cristiana del cual procede.

«Los miembros del Opus Dei ejercitan el anuncio del evangelio a sus hermanos, sobre todo por medio del ejemplo que dan a los que les rodean, a sus colegas y compañeros de trabajo, en la vida familiar, social y profesional, esforzándose siempre y en todo lugar por ser mejores». Así decía en 1950 el primer decreto eclesial de aprobación solemne de la Obra (según la figura jurídica canónica de «instituto secular», aceptada a falta de otra mejor).

Las últimas palabras de ese Decreto que he puesto en cursiva merecen una explicación. Así las comenta Dominique Le Tourneau: «El trabajo bien hecho siempre es ejemplar. El cristiano debe realizarlo con toda la perfección de que sea capaz en el plano humano (competencia profesional) y en el divino (por amor de Dios y para servir a las almas), mostrándose así como una obra bien hecha. Difícilmente se puede santificar el trabajo si no se hace bien, con la mayor perfección posible. Será casi imposible lograr el indispensable prestigio profesional, calificado por Mons. Escrivá de “cátedra desde la cual se enseña a los demás a santificar ese trabajo y a acomodar la vida a las exigencias de la fe cristiana”. De aquí la necesidad de una formación profesional constante, con objeto de adquirir toda la ciencia humana de que se sea capaz. Para arrastrar a los demás, cada cual deberá empeñarse en cumplir su tarea como el mejor y, de ser posible, mejor que el mejor».

Comienza a vislumbrarse el origen de las habladurías sobre el «poder» de los miembros del Opus Dei. Si ponen todo el esfuerzo posible en su trabajo, no es extraño que muchos acaben por destacar. Pero esta excelencia profesional es para ellos «el medio para poder ayudar a los demás». A condición, claro está, de que actúen de buena fe. Pero, ¿hay alguna razón para dudar a priori de esa buena fe? ¿Quién les obligaría a tanto esfuerzo? ¿Acaso no hay logias y clubes donde se obtiene mucho más con un coste personal mucho menor?

Hay una pregunta que, antes o después, se escucha a propósito de los miembros del Opus Dei: «¿cuál es la fuerza que les impulsa a trabajar tanto, a estar siempre al día, a ser tan buenos profesionales?».

La estrategia y el estilo de este compromiso apostólico son tan «familiares» y discretos como extraordinariamente eficaces (los resultados son elocuentes, aunque el fondo de

los corazones escapa a cualquier estadística. Así lo confirma el propio Escrivá: «Trabaja donde estás, procurando cumplir los deberes de tu estado, acabar bien la labor de tu profesión o de tu oficio, creciéndote, mejorando cada jornada. Sé leal, comprensivo con los demás, y exigente contigo mismo. Sé mortificado y alegre. Ese será tu apostolado. Y sin que tú encuentres motivos, por tu pobre miseria, los que te rodean vendrán a ti, y con una conversación natural, sencilla -a la salida del trabajo, en una reunión de familia, en el autobús, en un paseo, en cualquier parte…-». Es, como ya sabemos, el «apostolado de amistad y de confidencia», sin púlpitos, prédicas, retórica ni teologías abstrusas (aunque siempre dentro de la ortodoxia católica: se proporciona una continua formación específica para lograrlo); en el coloquio téte-á-téte entre dos personas; y principalmente de colega a colega, pues no en vano el trabajo es el núcleo central.

Por decirlo con una cita del beato: «Esas palabras, deslizadas tan a tiempo en el oído del amigo que vacila; aquella conversación orientadora, que supiste provocar oportunamente; y el consejo profesional, que mejora su labor universitaria; y la discreta indiscreción, que te hace sugerirle insospechados horizontes de celo…».

Ese es el «fin», esa es la estrategia que el Opus Dei propone a los católicos, con todas las bendiciones de la Iglesia, tanto universal como local.

Buen programa -¿quién podría negarlo?- para un creyente.

Pero también podría parecer fascinante a personas alejadas del sérail católico, ya que el porcentaje de «conversos» en edad adulta es considerable.

Y también porque, junto a la Obra, se encuentra el numeroso grupo de los «cooperadores», que -como dice una autorizada fuente- podrían definirse como: «personas que, sin ser miembros del Opus Dei, ayudan a la Prelatura con su oración -si son creyentes-, con su trabajo o con su ayuda económica. Constituyen una asociación propia e inseparable de la Obra». Y atención a lo que sigue: «pueden ser cooperadores hombres y mujeres no católicos, no cristianos e incluso no creyentes, sin confesión religiosa alguna. El Opus Dei es la primera institución de la Iglesia que llama a colaborar en modo orgánico a no católicos, no cristianos, agnósticos, ateos».

He llamado la atención sobre este último punto porque es otro de esos casos donde la realidad no corresponde en modo alguno con la imagen consolidada que tiene la Obra en la opinión pública, sospechosos de ser una especie de secta impenetrable de fanáticos katólicor (con la k incluida), defensores recalcitrantes de los decretos dogmáticos y los anatemas del concilio de Trento y del Vaticano I, intolerantes y cerrados a cualquier apertura ecuménica. Por contraste, se descubre que es «la primera institución de la Iglesia» que, entre sus «cooperadores», concede un lugar a los que hemos mencionado.

Un buen programa, repito, el del Opus Dei: desde el punto de vista religioso y también en una perspectiva humana. Pensándolo bien: ¿quién no querría tener como compañero de trabajo a un colega que se esfuerce por vivir en serio un ideal semejante? ¿Qué propietario de un coche, comprado a plazos con tanto sacrificio, si tiene una avería grave, no desearía toparse con un mecánico (o con un chapista) miembro del Opus Dei, para poder estar seguro de que le hará una reparación impecable, facturada como es debido y a un precio justo? Pero no gratis, y probablemente sin descuento. Presten atención al pragmatismo del punto 979 de Cansino: «Es condición humana tener en poco lo que poco cuesta. Esa es la razón de que te aconseje el “apostolado de no dar”. Nunca dejes de cobrar lo que sea equitativo y razonable por el ejercicio de tu profesión, si tu profesión es el instrumento de tu apostolado».

Verdaderamente, es un buen programa. Si les convence, si piensan que podría ser lo suyo, ¿qué habría que hacer para ponerlo en práctica? Les responderán que es la cosa más sencilla del mundo: basta con dirigirse a la «Prestigiosa agencia de servicios espirituales» fundada en Madrid en 1928, que desde 1947 tiene su sede central en Roma y cuenta con filiales en todo el mundo. Pónganse en contacto con la agencia y -además del impulso misterioso y gratuito que les ha movido a tomar esa resolución: la «vocación»- apliquen su buena voluntad, su disponibilidad. De lo demás se ocupará la agencia en cuestión.

No se trata de una broma: tras haber leído, visto, indagado e interrogado, mi opinión es que así son las cosas. Si esta opinión fuera correcta, se aclararían también algunas facetas de la Prelatura que suscitan sorpresa y desconfianza.

El joven sacerdote contempló dos cosas en aquella famosa «visión»: 1) la posibilidad -más aún, la necesidad- de que todos los bautizados se santifiquen a través de su trabajo, cualquiera que sea, y de su vida ordinaria; y en consecuencia, la posibilidad -que también aquí es necesidad- de ser misioneros de su fe, «apóstoles»; 2) que a ese sacerdote español se le confió no sólo anunciar ese mensaje, antiguo y nuevo como el evangelio, sino también la tarea de crear una institución, una estructura eclesial para que los llamados a ella puedan realizar ese programa.

Por eso la comparo a una «agencia», a un «ente» -una authority, dirían los ingleses- para pasar de la potencia al acto, para traducir en realidad ese «sueño» cristiano. En el fondo, a lo largo de su vida el fundador no trabajó en otra cosa que en la puesta a punto de esta estructura, para hacerla lo más eficaz posible para el fin previsto.

Pippo Corigliano, ingeniero napolitano, numerario, director de la Oficina de información de la Prelatura en Roma, en esos fax que ha de enviar casi todos los días para desmentir el último bulo, suele usar con frecuencia una comparación. «El Opus Dei es como una gasolinera espiritual: quien quiere viene y llena el depósito, y vuelve cuando necesita más carburante o precisa una revisión de su vida interior». Así se expresa el eficiente y amable Corigliano, que ha sido mi guía en este viaje para conocer su familia, y al que he torturado hasta el punto que prefería usar el cilicio antes que estar conmigo.

La imagen de «agencia de servicios espirituales» no me parece muy distinta, en sustancia, de la de «gasolinera de almas». Y no es por presumir de saber más que el ingeniero portavoz de la Obra (¡sólo faltaría eso!), pero a veces las cosas se ven mejor «desde fuera» -como en mi caso-, y la imagen de la agencia, con los límites de cualquier metáfora, se acerca más a la realidad que la de la gasolinera. De hecho, hay gente que acude a la primera gasolinera que se encuentra, y no vuelve más; ni se debe un agradecimiento especial al distribuidor; ni el usuario puede elegir, porque todas las gasolinas son iguales…

No sucede lo mismo en el Opus Dei, donde para marcharse las puertas están abiertas (según una clara y repetida frase del fundador, al que le gustaba añadir: «en el Opus Dei está quien le da la gana, que es la más sobrenatural de las razones…»), pero hay que llamar a la puerta para entrar, y demostrar que lo que se busca en la agencia es disfrutar de esos «servicios»: es decir, que a uno le empuja esa fuerza enigmática que la teología cristiana llama «vocación».

Esto no es una proclama hipócrita; lo que hemos señalado en las páginas anteriores parece demostrar que sucede de veras. «La confirmación de que se necesita una específica vocación divina está en el hecho de que hay millares de cooperadores que conocen el Opus Dei desde hace diez, veinte o treinta años y contribuyen con generosidad a sus apostolados, pero no solicitan entrar en él. Y no porque no sean dignos ni capaces de santidad: simplemente, porque su camino es otro».

Ya hemos visto que el Opus Dei no es un partido: a sus miembros le están permitido militar en cualquier corriente sociopolítica, siempre que esté dentro de los límites «católicos», que son mucho más amplios de lo que se creía hasta hace poquísimo tiempo, en particular en la Iglesia italiana, condicionada por una situación histórica singular. No es tampoco un club, y por eso no se «inscribe» uno porque esté convencido por el programa, o por otras razones «humanas». Se puede solicitar la entrada sólo si se siente haber recibido una llamada.

La vocación realiza una selección misteriosa, que debe ser probada con cautela y prudencia no sólo al principio, sino también con la limitación en el tiempo de los compromisos, que han de ser renovados cada año hasta que se llega, si es el caso, al compromiso definitivo. Esta realidad impide a la Obra caer en la tentación del exclusivimo, del «imperialismo», de creer que todos los católicos, para serlo de verdad, debieran alistarse tras los discípulos del beato Josemaría Escrivá de Balaguer y Albas.

La insistencia en el hecho de que en el Opus Dei se entra y se permanece (pudiendo ser hijos ejemplares de la Catholica y hacerse santos y apóstoles de otros muchos modos) en virtud de una elección subjetivamente libre pero objetivamente «guiada» por Dios, es precisamente lo que mantiene la debida conciencia de que el pluralismo espiritual en la Iglesia es una riqueza que debe conservarse.

Quiero hacer notar, de paso, una diferencia radical respecto al protestantismo. En éste, quien tiene un «modo distinto» de leer la Biblia, o incluso sólo una sensibilidad diferente, funda su propia iglesia o secta, que se pone en abierto contraste -casi siempre agresivo: «il faut s’opposer pour se poser», dicen los franceses para indicar una ley sociológica constante- con las miríadas de otros grupos cristianos. De ese modo, lo que nació de la Reforma, desde hace siglos tiende a fraccionarse, cada vez más, hasta llegar a las dos mil «denominaciones» existentes hoy en Estados Unidos, que proceden de las cuatro o cinco confesiones iniciales.

No sucede lo mismo en el catolicismo, donde los centenares, o los millares de «sensibilidades», de «espiritualidades» distintas no se convirtieron -ni se convierten- en iglesitas litigiosas, sino en las órdenes, congregaciones, institutos, movimientos, familias, todos ellos reconocidos por la Iglesia -después de las oportunas comprobaciones-, como si fueran teselas de ese mosaico policromo que es la Iglesia. Una sola «vocación», pero infinitos modos de vivirla.

Mi testimonio sobre Monseñor Escrivá de Balaguer

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Testimonio de Silvestre Sancho Morales O.P. Rector de la Universidad Santo Tomás en Manila
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Conocí a Monseñor Escrivá de Balaguer en 1935, con ocasión de un viaje mío a España desde Manila. Recuerdo que en ese primer encuentro hablamos mucho de apostolado. Sin embargo, lo que se me quedó más grabado fueron algunos rasgos de su carácter, en especial su entusiasmo, su alegría.

No volvimos a vernos hasta finales de 1941, cuando regresé a España, donde permanecí diez años. Desde entonces, y hasta que el fundador del Opus Dei fijó su residencia en Roma, en 1946, tuvi­mos ocasión de encontrarnos con mucha frecuencia y trabar una profunda amistad. Más tarde seguí viéndole periódicamente en Roma. Nuestras conversaciones siempre me acercaban más a Dios.

Durante los años de nuestra común estancia en Madrid, iba con frecuencia al domicilio de don Josemaría para dar clases de Teología a socios de la Obra, algunos de los cuales fueron ordenados sacerdotes después. A través de estos contactos con el fundador del Opus Dei y con algunos de sus hijos tuve ocasión de conocer más a fondo el espíritu que animaba a don Josemaría.

CELO POR LAS ALMAS

La primera nota que yo destacaría de Monseñor Escrivá de Balaguer es su caridad, un amor a Dios que se desbordaba en un celo infatigable por todas las almas. Siguiendo el orden de la cari­dad, sobresalía en primer lugar su cariño paterno y un entrañable desvelo por sus hijos, los socios de la Obra. Les exigía con fortaleza para que fueran santos, y, a la vez, con la ternura y la delicadeza que un padre tiene con sus hijos. A mí, en un principio, no dejó de sorprenderme esa forma de tratarles, especialmente a aquellos que ya eran hombres hechos y derechos y gozaban de un merecido prestigio profesional. Sin embargo, pronto comprendí que para don Josemaría eran fundamentalmente eso: sus hijos.

Cuando falleció uno de los primeros socios del Opus Dei, Isi­doro Zorzano, el padre -como le llamaban sus hijos- dio ejemplo de fortaleza cristiana. Su corazón sentía la pena de la separación física, y me habló de que se había encarado amorosamente con el Señor, como intentando comprender por qué se había llevado a un hombre joven que tanto podía servirle en la tierra; pero que inmediatamente había aceptado sin reservas la voluntad de Dios, repitiendo una recia jaculatoria que ya había recogido en el núme­ro 691 de Camino: «Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima voluntad de Dios, sobre todas las cosas. Amén. Amén». Me contaba que se quedó lleno de paz; además, con el consuelo de que Isidoro había fallecido como un santo.

Pero, como ya he dicho antes, su amor no se detenía en sus hijos; se extendía a todas las almas. Su caridad era encendida y abar­caba a todas las gentes de cualquier condición. De su ingente labor apostólica, siempre me impresionó la gran tarea que llevó a cabo con sacerdotes diocesanos. Continuamente predicaba por España entera cursos de retiro espiritual para sacerdotes. Lo hacia a peti­ción de los obispos, que conocían la fuerza de su palabra, llena siem­pre de visión sobrenatural y de vibración apostólica. Su afectuosa comprensión, su sencillez y la llaneza y afabilidad de su trato, gana­ban enseguida el corazón de quienes le oían y creaban un ambiente que facilitaba grandemente la reforma.

Contra lo que era costumbre general, jamás solicitó retribución alguna por esta labor con sacerdotes: no sólo no quería cobrar nada, sino que tampoco aceptaba regalos y además se costeaba personalmente los viajes. Desarrollaba este trabajo pastoral sin rui­do, calladamente, yendo de acá para allá de modo incansable. Algu­nas veces, a su regreso, hablábamos de los conocimientos que había hecho en esas «escapadas» de Madrid. Esas conversaciones siem­pre me dejaron el convencimiento del enorme alcance de su labor con sacerdotes; muchos miles de almas se beneficiarían luego de la piedad y del celo que don Josemaría había sabido infundir en sus pastores. Sólo Dios puede valorar este silencioso servicio a la Iglesia.

VIDA DE PIEDAD Y FILIACIÓN DIVINA

En don Josemaría la conciencia de la filiación divina era par­ticularmente viva. Esa profunda realidad iluminaba toda su vida y se contagiaba a cuantos se le acercaban; Monseñor Escrivá de Balaguer enseñó siempre a empapar y a edificar la vida de piedad sobre esta convicción fundamental: que somos hijos de Dios. De hecho, el sentido de la filiación divina es uno de los rasgos distintivos de la espiritualidad del Opus Dei.

Su oración personal, muy intensa, le mantenía en una presencia de Dios constante. Recuerdo especialmente la devoción con que celebraba la Santa Misa. Su amor al Santo Sacrificio se ponía de manifiesto en el recogimiento con que se acercaba al altar, en el espíritu de oración con que llenaba cada una de las ceremonias, en la pausa de sus movimientos y palabras y también en su delicada fidelidad a las rúbricas del Misal. Terminada la Santa Misa per­manecía siempre en una intensa y fervorosa acción de gracias a Jesús Sacramentado. Este cariño a la Sagrada Eucaristía se mos­traba igualmente en sus frecuentes visitas al Santísimo, que hacía­mos también en el oratorio de aquella casa de la calle Diego de León, nada más levantarnos de la mesa siempre que me invitaba a almorzar.

Todo el comportamiento de don Josemaría era consecuencia de una vida interior muy intensa. Su abandono en Dios, basado en la fe y en la esperanza, era total y se advertía en todas las cir­cunstancias de su vi da; desde las más ordinarias hasta los momentos más duros y dolorosos. Su confianza en el Señor se extendía también a la Virgen y a San José, a los Santos y a los Ángeles Custodios, con quienes mantenía un trato amistoso y a los que recurría fre­cuentemente -según me explicó- para pedirles muchas cosas y tenerlos como aliados poderosos en el apostolado.

CARIDAD HEROICA

Cuando a comienzos de los años cuarenta –lejano aún el Con­cilio Vaticano II–se produjo una fuerte campaña de calumnias con­tra don Josemaría, desatada por algunos que, tal vez, no calaban la profundidad teológica de su predicación, pude comprobar, una vez más, su heroico sentido de la caridad y de la justicia. En muchas ocasiones observé su silencio y cómo cambiaba con naturalidad de tema cuando, en nuestras conversaciones, salía a relucir alguna per­sona a la que, en justicia, no podía alabar. Vivía a la letra lo que aconsejaba: «Sí no puedes alabar, cállate». A lo largo de su vida, en la que no faltaron abundantes incomprensiones y calumnias, le vi poner en práctica este consejo, tan difícil, de modo constante y con irrebatible fortaleza. A pesar de que le sobraba razón y razones para responder a quienes le agredían, siempre escogió la oración y el silencio, en un ejercicio heroico de la caridad que le inducía a amar a todos los hombres por Dios, siempre, y de manera nada común.

Pero hay todavía más: en cierta ocasión me confió que, diaria­mente, en la Santa Misa, elevaba a Dios por los que habían inten­tado hacer daño a la Obra de Dios los mismos sufragios que ofrecía por sus padres y por sus hijos vivos o difuntos del Opus Dei. Y eso día tras día, año tras año…

Vivir las contradicciones con una alegría grande, enraizada en un profundo espíritu de mortificación. Siempre, en todas esas oca­siones, le sostuvo una firmísimo fe y esperanza sobrenaturales que le hacían olvidar se por completo de su persona.

Monseñor Escrivá de Balaguer tuvo total confianza en Dios en medio de las incomprensiones; tenía la seguridad se lo oí muchí­simas veces de que, como la Obra era cosa de Dios, saldría ade­lante. Y solía recordar que el grano de trigo que muere siempre es fecundo, y que si viene un vendaval, una persecución, y se lleva el trigo y lo esparce, al cabo de algún tiempo se produce fruto en muchas partes. Así ha ocurrido con el Opus Dei, que actualmente cuenta con más de setenta mil socios de ochenta nacionalidades distintas.

AMOR A LA LIBERTAD

Otra característica del fundador del Opus Dei era su profundo respeto a la libertad personal. Recuerdo, por ejemplo, cómo me expli­caba que en el Opus Dei todos debían conseguir con su trabajo profesional medios suficientes para mantenerse y sacar adelante los apostolados, de tal manera que si un día querían abandonar la Obra, pudie­ran hacerlo tranquilamente, sin miedo a su futuro en la vida. Así los motivos de su perseverancia serían siempre exclusivamente sobrena­turales. «La perseverancia en el Opus Dei -decía– ha de ser con­secuencia siempre de un amor actual, constantemente renovado».

Tuve ocasión de comprobar muchas veces cómo ponía todos los medios sobrenaturales y humanos para asegurar esa libre per­severancia, enseñando a sus hijos a que también los pusieran. Reza­ba mucho y vivía duras penitencias pidiendo por la fidelidad de los socios de la Obra y al mismo tiempo derrochaba cariño com­prensión con ellos. En ocasiones hizo viajes muy largos en la tercera clase de los trenes de entonces, y sin dinero para comer, porque quería hablar con alguno que atravesaba dificultades.

ALEGRÍA SOBRENATURAL

Aunque considero imposible bosquejar en unas cuantas páginas todas las virtudes del fundador del Opus Dei, no quiero dejar de insistir en una que, como he dicho al principio de estas líneas, des­cubrí en nuestra primera conversación: la alegría.

Era un consuelo hablar con don Josemaría: por su sentido sobre­natural y porque siempre estaba de buen humor. Para mí, la alegría era su virtud más característica, fundamentada sin duda, en el profundo conocimiento que Dios le había dado de la filiación divina. «Que estén tristes -decía– los que no se consideren hijos de Dios». Muchas veces comentaba: «Yo quiero que mis hijos estén siempre muy alegres».

Su alegría me parece una consecuencia clara de su gran fidelidad a Jesucristo y a su vocación y me hace entender mejor su profunda humildad, porque la soberbia, aunque sea en grado mínimo, es incompatible con la alegría. Monseñor Escrivá de Balaguer pudo tener siempre, durante toda su vida en la tierra, esa inmensa alegría, sobrenatural y humana, porque era extraordinariamente humilde. Se consideraba un instrumento inepto y sordo en las manos de Dios y se había propuesto una norma de conducta firmemente arraigada en la humildad: «Ocultarme y desaparecer es lo mío; que sólo Jesús se luzca».

La impresión que guardo del padre es la de un hombre de muchí­sima virtud, aunque su humildad profunda hacía que su vida se con­sumase en una gran naturalidad. Amaba y vivía heroicamente la pobreza, sin alardes; era comprensivo, sin falsos respetos humanos; sereno, de una gran moderación en todo; generoso, magnánimo y a la vez atento a los detalles más pequeños.

Además de sus virtudes y de su fidelidad plena a la voluntad de Dios, el temperamento de Monseñor Escrivá de Balaguer, su modo de ser y su postura optimista ante la vida, al igual que el resto de sus excepcionales cualidades naturales, formaban parte de su vocación de instrumento de Dios para hacer el Opus Dei.

Enseñó siempre a utilizar en servicio de Dios toda las buenas cualidades que nos ha concedido y dio ejemplo procurando cada día crecer en las virtudes y gastando su vida entera en la misión divina que había recibido: trabajar por Dios y para Dios en el mun­do, llevando a las almas por «los caminos divinos de la tierra».

Por eso tengo tanto cariño al padre, porque tuve ocasión de comprobar que era un hombre santo lleno de alegría, ya que, como decía Santa Teresa, y le gustaba repetir al fundador del Opus Dei, «un santo triste es un triste santo». Gastó toda su vida heroica y alegremente en la misión que Dios le confió: formar a Cristo en las almas de cristianos corrientes que viven en medio del mundo.

Monseñor Escrivá de Balaguer y el Opus Dei

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Testimonio de Mons. Antonio Quarracino, Obispo de Avellaneda. Secretario General del Celam
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

No tuve oportunidad de conocer personalmente a Monseñor Escrivá de Balaguer, ni me he detenido en profundizar sus escritos. Hace muchos años leí Camino, y no hace tanto algunas de sus plá­ticas y homilías. Debo decir ante todo que me llamó la atención su facilidad de presentar como «a la mano» -encarnado, dicen hoy– el llamado universal a la santidad.

Tampoco mis contactos con el Opus Dei han sido tales que jus­tifiquen una exposición detallada de su espíritu y apostolado. He tratado a algunos de sus miembros; y debo decir que me han pare­cido todos excelentes. Me han atendido afectuosamente en sus cen­tros e informado de sus labores en los diversos ambientes del pueblo de Dios.

Afirmaría que mi conocimiento de esta Obra y de su fundador es un conocimiento «al revés», esto es por sus detractores, los cuales a la verdad, me causan una sensación extraña, mezcla de pena y de gracia. Algunos ataques y testimonios muchas veces son una expresión de mal gusto, por decir lo menos… es una institución de la Iglesia que ha recibido golpes muy furibundos, que recuerdan la desfachatez diabólica. Y por cierto que no todos vienen de afuera…

Pienso entonces en aquello de que las obras de Dios son pro­badas por la adversidad y la persecución… Recuerdo lo que San Lucas relata en el capítulo 5 de «Los Hechos» acerca del prudente Gamaliel: «Si este asunto es cosa de los hombres… pero si es cosa de Dios… no se vayan a encontrar luchando contra Dios». Como creo que estas palabras conservan su validez, por una parte me asal­ta cierta especie de pena porque, naturalmente, no me agrada que se golpee a una institución de la Iglesia; y también cierta gracia entre socarrona y lastimera porque me parece ver a los que golpean, in contrario sensu, como instrumentos de la comprobación de que una obra es de Dios. Algo parecido a los «abogados del diablo». Considero muy útil y necesario el papel que deben desempeñar esos abogados; ¡pero me parece tan antipático!

No sé si Monseñor Escrivá será canonizado. ¡Qué extensa es la lista de grandes figuras de la Iglesia que no lo han sido! Pero cuando personas serias, ponderadas y prudentes, que conocen el sentido de las palabras, tanto lo exaltan y de santo lo califican, me digo que por algo debe ser. Es un hecho sin precedentes contar con la petición de 69 cardenales y 1.300 obispos -entre ellas la mía– dirigidas al Santo Padre solicitando la apertura del proceso. Y como me quedo pensando que si me pidieran el nombre de un pastor -obispo o sacerdote– que yo hubiera conocido personal­mente en mi vida, y a quien considerara digno de que su causa fuera introducida, daría el de uno solo, y con algunas advertencias pre­vias, se me ocurre que tampoco tantas personas piensen y hablen apresuradamente.

Por otra parte, hay algunos hechos que muchos podrán juzgar irrelevantes, pero que yo considero significativos si se los mira desapasionadamente.

El caso de Camino, por ejemplo, que ese libro tan sencillo, algu­nos de cuyos pensamientos han sido criticados con ridícula ligereza, haya tenido tiradas millonarias y traducciones en más de treinta lenguas, ¿no llama la atención? Ya escucho a algunos: «es que la institución…», «Sí, ya sé, interrumpo yo: ¡los de la Obra son tan geniales que lo editan y luego queman los ejemplares, o los venden como papel viejo!, pese a la pequeñez de su tamaño. ¡Muy inte­resante su explicación!».

Otro hecho; cuando murió Monseñor Escrivá, el Opus Dei, así tengo entendido, contaba con mil sacerdotes, más o menos. Estimo que ningún fundador dejó al morir una heredad semejante a la Iglesia.

El tercero: es conocida la amplísima gama de profesionales y estudiosos que pertenecen a la Obra. Se trata, pues, de gente que naturalmente no dejó enmohecer su materia gris. Soy lógico si pien­so que se trata de personas cuya asociación al Opus Dei no ha sido hecha a tontas y a locas, o como llevada por la nariz, o engañadas como niños, o por medio de un espeluznante lavado de cerebro, o después de pasar una temporada en un hospital psiquiátrico del Este…

«¿Ladran, Sancho? Señal es que cabalgamos». (De un libro vie­jo, pero siempre actual.)


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