9. El Pan y la Palabra

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

02 de diciembre de 2008

Una expresión típica del Fundador, la Misa, centro y raíz de la vida interior, fue utilizada por el Concilio Vaticano II para expresar la unidad de vida que todo sacerdote debe empeñarse en alcanzar: “El sacrificio Eucarístico resulta, pues, el centro y la raíz de toda la vida del presbítero” (cfr. decreto Presbyterorum ordinis, num.14). Bastaría esto para manifestar la intensidad con que su alma sacerdotal se entregaba en la celebración eucarística, pero desearía conocer algún ejemplo o detalle significativo.

–La Santa Misa era incluso el centro físico de su jornada. Como ya he señalado, la dividía en dos partes: hasta el mediodía vivía la presencia de Dios centrándola en la acción de gracias por la Misa celebrada y, tras el rezo del Angelus, comenzaba a prepararse para la Misa del día siguiente.

Muchas veces me confió que, desde su ordenación sacerdotal, se preparaba cada día para celebrar el Santo Sacrificio como si fuese la última vez: el pensamiento de que el Señor podía llamarle a Sí inmediatamente después, le animaba a volcar en la Misa toda la fe y el amor de que era capaz. Así, hasta llegar al 26 de junio de 1975, en que celebró su última Misa con extraordinario fervor.

Contaba que, cuando se trasladó a Zaragoza en 1920, una vez que pasaba delante de un bar llamado “Gambrinus”, vio que dentro del local estaba un famoso torero. Algunos niños se acercaron a aquel personaje popular, y uno de ellos exclamó exultante: “¡lo he tocado!” Al Padre le impresionó aquella escena, y la evocó con frecuencia para exhortarnos a reflexionar sobre el hecho de que cada día tocamos a Jesús en la Eucaristía.

Tenía la costumbre de adorar a la Eucaristía metiéndose al menos con la imaginación en las iglesias que veía a lo lejos o, simplemente, le venían a la memoria; y no dejaba de reparar cuando le llegaba noticia de algún robo sacrílego o de profanaciones.

Una vez, durante el viaje al Perú en 1974, le mostraron las fotografías de un lugar donde se había producido un gigantesco huaico, un tremendo corrimiento de tierra, piedra y fango. Todo un pueblo había quedado sepultado, y sólo sobresalía el remate del campanario de la iglesia. En la fotografía podían verse animales que pastaban en el lugar de la catástrofe, encima de la iglesia enterrada. Al pensar en que Jesús Sacramentado había quedado sepultado bajo la tierra, el Padre pasó la noche entera en oración y en adoración.

Sería muy largo describir cómo vivía el Padre cada parte de la Santa Misa. Sólo referiré dos detalles de los que me habló en muchas ocasiones. Al elevar el Pan Eucarístico y la Sangre de Nuestro Señor, repetía siempre algunas oraciones –no en voz alta, porque las rúbricas no lo permiten, sino con la mente y el corazón–, con una perseverancia heroica que duró decenas de años.

Concretamente, mientras tenía la Hostia consagrada entre las manos, decía: Señor mío y Díos mío, el acto de fe de Santo Tomás Apóstol. Después, inspirándose en una invocación evangélica, repetía lentamente: Adauge nobis fidem, spem et charitatem; pedía al Señor para toda la Obra la gracia de crecer en la fe, la esperanza y la caridad. Inmediatamente después, repetía una plegaria dirigida al Amor Misericordioso, que había aprendido y meditado desde joven, pero que no utilizaba nunca en su predicación, y que durante muchos años sólo muy de tarde en tarde nos dijo que la recitaba: Padre Santo, por el Corazón Inmaculado de María, os ofrezco a Jesús, Vuestro Hijo muy amado, y me ofrezco a mí mismo en Él, por Él, y con Él, a todas sus intenciones, y en nombre de todas las criaturas. Después añadía la invocación: Señor, danos la pureza y el gaudium cum pace, a mí y a todos, pensando, como es natural, en sus hijos del Opus Dei. Por último, mientras hacía la genuflexión, después de haber elevado la Hostia o el Cáliz, recitaba la primera estrofa del himno eucarístico Adoro te devote, latens deitas, y decía al Señor: ¡Bienvenido al altar!

Todo esto, repito, no lo hacía de vez en cuando, sino a diario, y nunca mecánicamente, sino con todo su amor y vibración interior. Lo sé porque nos lo contó, a don Javier Echevarría y a mí. Nos lo confió un día de 1970, en México, mientras hacía su oración en voz alta en el Santuario de Guadalupe, a donde había ido para hacer una novena a la Virgen, en compañía de otros hijos suyos.

¿Cómo acogió el Padre la reforma litúrgica dispuesta por el Concilio?

–Como siempre, aplicó con obediencia y fortaleza todas las disposiciones sobre esta materia. Gracias a la solicitud de su Fundador, el Opus Dei ha sido, también en lo que se refiere a la praxis litúrgica, ejemplo de fidelidad.

Nuestro Padre encargó a algunos sacerdotes de la Obra la tarea de examinar las diversas posibilidades previstas por la reforma, y determinar y explicar cómo se aplicaban. Orientó personalmente este trabajo y aprobó sus resultados. De esta forma, todos los sacerdotes de la Obra comenzaron a aprender las nuevas rúbricas, siguiendo el deseo del Santo Padre de que “la constitución conciliar sobre la Sagrada Liturgia sea puesta en práctica en su plenitud y con todo cuidado” (Carta enviada en nombre del Papa a todos los obispos y otros superiores eclesiásticos, junto con el libro Jubilate Deo, el 14 de abril de 1974).

Fue el primero en obedecer a las nuevas disposiciones litúrgicas y se esforzó en aprender el nuevo rito de la Misa. Desde hacía muchos años le ayudaba habitualmente en la celebración otro sacerdote: a partir de los años cincuenta solíamos hacerlo don Javier Echevarría o yo. Cuando se introdujeron los cambios litúrgicos, nos rogó que no dejáramos de hacerle todas las observaciones que nos pareciesen oportunas para ayudarle a aprender bien el nuevo rito. A pesar de su buena voluntad, nos dábamos cuenta de que le suponía un notable esfuerzo, porque debía cambiar hábitos de devoción litúrgica adquiridos durante muchos años de lucha perseverante llena de amor de Dios.

Yo me planteaba cómo ahorrar al Padre esas dificultades, y en su presencia aludí a que a otros sacerdotes más jóvenes se les había concedido permiso para seguir el rito de San Pío V y celebrar la Misa como habían hecho hasta entonces. El Padre me interrumpió inmediatamente: afirmó que no quería ningún privilegio, y me prohibió hacer esa propuesta. Sabía que yo trataba a las personas que estaban elaborando las nuevas disposiciones litúrgicas.

Algún tiempo después me encontré con Mons. Annibale Bugnini, que era el máximo responsable en este campo, y un buen amigo mío, tanto que nos tuteábamos. Hablamos de las dificultades que experimentaban algunos sacerdotes ancianos para adaptarse al nuevo rito, después de haber celebrado la Santa Misa con el antiguo durante tantos años. Era una situación conocida. De pasada, aludí al caso de nuestro Fundador, que obedecía de modo ejemplar y con profunda alegría. Bugnini me dijo que el Fundador del Opus Dei no tenía por qué hacer un esfuerzo semejante, ya que muchos otros sacerdotes tenían permiso para celebrar con el rito anterior, y él mismo había accedido a peticiones similares de parte de personas que estaban en esas circunstancias. Aunque yo le había dicho ya que nuestro Fundador no quería otro privilegio que el de obedecer siempre a la Santa Sede, y que incluso me había prohibido pedir nada, él se empeñó en concederme el permiso para nuestro Fundador, y me insistió en que le refiriese cómo se había desarrollado nuestra conversación.

La delicadeza con que el Fundador cuidaba el decoro de la liturgia y de los objetos de culto se expresa en el punto 527 de Camino: Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios.

–Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco.

–Y contra los que atacan la riqueza de vasos sagrados, ornamentos y retablos, se oye la alabanza de Jesús: “opus enim bonum operata est in me” –una buena obra ha hecho conmigo.

–Recuerdo que en 1959 o en 1960, estando en Londres, vio por televisión una ceremonia de la Corte Real. Inmediatamente después observó, como había hecho en otras ocasiones, que una ceremonia de este estilo requiere una preparación muy cuidadosa y que, cuando es a Dios Nuestro Señor a quien se dirige un acto de culto, debemos prepararlo con un amor y un empeño mucho más grande que el que ponen los maestros de ceremonias de la Reina de Inglaterra.

El desprendimiento y la pobreza no le impedían amar la belleza y el decoro artístico en la liturgia y en el culto divino. Es una prueba palpable de su fe y de su generosidad con el Señor.

Quería que los objetos destinados al culto fuesen lo más preciosos posible; enseñó que, en este campo, la pobreza está en la cantidad y no en la calidad. Para los Centros del Opus Dei estableció esta norma: los objetos litúrgicos deben ser decorosos y bellos, pero en el número estrictamente indispensable.

En 1940, movido por su ardiente amor al Señor, a pesar de las estrecheces que pasábamos, comenzó a llevar a un taller de arte religioso, muy famoso en España y en el extranjero, las joyas que algunos amigos le regalaban: las iba dejando allí, porque deseaba ofrecer al Señor una custodia muy rica, con campanillas de plata. Se trataba de Talleres de Arte Granda, dirigidos por un sacerdote muy piadoso, don Félix, y su hermana, Cándida Granda. Nuestro Fundador, en cuanto recibía alguna piedra preciosa o un anillo, de los que se desprendía alguno de sus conocidos, lo llevaba enseguida al taller; a veces le acompañaba yo. Doña Cándida extendía sobre una mesa un paño de terciopelo negro y ponía encima todo lo que íbamos reuniendo; después decía: “Ahora necesitamos encontrar tal cosa; falta tal otra”… Con este motivo, el Padre trató mucho con los hermanos Granda, y les dio abundantes consejos sobre el diseño de sagrarios y vasos sagrados. Don Félix y doña Cándida los acogían con agradecimiento, porque eran sugerencias muy prácticas para enriquecer los objetos de culto: ambos me han contado que aprendieron mucho de nuestro Fundador. Por eso, cuando dejaron la dirección de Talleres de Arte Granda, la confiaron a unos miembros de la Obra. El Fundador les animó a mejorar constantemente su trabajo llevando a la práctica las palabras de la Escritura: zelus domus tuae comedit me (Ps. 79, 10).

A nuestro Padre no le fue posible, en muchas ocasiones, ofrecer al Señor todo lo que hubiera querido. Recuerdo que en 1935 lamentaba no haber podido instalar un sagrario más rico en el oratorio de la residencia de Ferraz; era un tabernáculo muy pobre, que le había prestado la M. Muratori. Le apenaba oficiar la exposición solemne con una custodia de poco valor, de hierro: sólo era de plata el viril que sostenía la Hostia consagrada. Desde entonces le oí decir que deseaba destinar al Señor objetos de culto ricos, aun a costa de quedarse sin comer.

Siempre, y en especial durante los últimos años de su vida, le he escuchado repetir: Ahora la gente ahorra todo a Nuestro Señor; yo no lo entiendo. Aunque, cuando un enamorado le regale a la mujer que quiere un trozo de hierro o de cemento, como regalo, ni siquiera entonces yo regalaré al Señor un poco de hierro o de cemento, sino lo mejor que pueda.

Durante toda su vida procuró dedicar al servicio del Señor lo mejor que tenía. Sé que poco después de 1928 deseaba encargar un cáliz que tuviese un piedra preciosa engastada en la base, de modo que nadie la pudiese admirar; quería que fuese como un sacrificio escondido, únicamente para el Señor. Sólo al cabo de los años, cuando vivía en Roma, pudo realizar este deseo suyo, cuando una señora le regaló una esmeralda de grandes dimensiones.

Hacía que todas las semanas se renovasen las formas consagradas reservadas en el sagrario, y estableció esta norma para todos los Centros de la Obra, exhortando a prever con prudencia cualquier dificultad. En 1940 ó 1941 pudo ver realizado al fin su antiguo deseo de que las formas se preparasen en nuestras casas. Quería que, con el tiempo, sus hijos llegasen a cultivar el grano y las vides necesarias para confeccionar las especies eucarísticas. El 15 de enero de 1965, explicaba una vez más este viejo proyecto: Se trata de acariciar a Dios que nace en nuestras manos, preparando las especies para que Él descienda. Se lo oí decir también, ante un grupo de hijas suyas, el 28 de marzo de 1975, pocos meses antes de morir.

Cuando era el único sacerdote del Opus Dei, se ocupaba personalmente de limpiar por dentro los sagrarios de nuestros Centros. Solía hacerlo cada quince días, con ocasión de sus viajes fuera de Madrid. Mientras los limpiaba, hablaba ininterrumpidamente con Jesús Sacramentado, repitiéndole que todas aquellas delicadezas eran para Él. Nos exhortaba: ¡Que tratéis con cariño cuidadoso los sagrarios! Cuando dejó de ocuparse de estos deberes personalmente, enseñó a sus hijos sacerdotes a cumplir esta obligación con el mayor cuidado, y a recitar en estos momentos muchas jaculatorias y comuniones espirituales.

Ya desde el principio estableció que los amitos, purificadores y manutergios se lavasen y planchasen cada vez que se usaban. Es una norma que se ha vivido siempre en nuestros Centros, en señal de amor de Dios y respeto hacia el Santo Sacrificio. Un cardenal que estuvo en la Clínica Universitaria de Navarra, promovida y dirigida por miembros del Opus Dei, me contó, admirado, que durante una visita por distintos departamentos, vio en una habitación un montón de lienzos blancos cuidadosamente dispuestos en cestas. Preguntó qué era aquello; le respondieron que eran los lienzos sagrados que se habían utilizado aquella mañana, y que iban a lavar y planchar para usarlos al día siguiente.

Su amor a la Eucaristía se reflejaba en muchos detalles, hasta en el modo de poner unas flores junto al tabernáculo. Nos decía: Cuando pongáis una flor junto al Sagrario, dadle un beso y decidle al Señor que queréis que ese beso se consuma, como se consumirá la flor, como se consume la lamparilla del Sagrario, alumbrando, señalando dónde está el Señor.

En las películas que recogen reuniones que el Fundador tuvo en varias ciudades de Europa y América con diversos grupos de personas –a veces, varios miles–, sobre todo en los últimos años de su vida, no falta nunca una referencia al sacramento de la confesión. Es conmovedora su catequesis sobre el que llamaba sacramento de la alegría.

–Sí, hablaba muchísimo de la Confesión y la llamaba el sacramento de la alegría, porque asegura nuestro retorno a Dios: nos devuelve la amistad divina, perdida por el pecado. Exhortó a sus hijos sacerdotes a hacer de la administración de la Penitencia una pasión dominante de su vida sacerdotal; y espoleaba a sus hijos laicos a llevar a muchas almas a la confesión: matad a vuestros hermanos sacerdotes, a fuerza de darles mucho trabajo, para que puedan llevar muchas almas a reconciliarse con Dios.

Tuvo una auténtica pasión por administrar el sacramento de la Penitencia. Tras su ordenación, durante su estancia en Perdiguera, logró que se confesaran prácticamente todos los habitantes del pueblo. De regreso a Zaragoza, continuó administrando la Confesión con mucha constancia. Recuerdo haber presenciado, en 1970, una conversación entre nuestro Fundador y uno de sus amigos de aquella ciudad, que había hecho una brillante carrera pública. Éste le recordó: “yo me confesé contigo –como eran viejos amigos, se trataban de tú– antes de que nos casases a mi mujer y a mí. Recuerdo que mientras me iba acusando de los pecados estabas callado. Pero cuando te dije que me había batido en duelo, exclamaste: ¡Estás loco!” Después comentó que nadie le había corregido tan claramente, pero que al mismo tiempo había agradecido que lo hiciese con tanta caridad, de modo que no se sintió ofendido, y en cambio, acabó muy contrito por su pecado. Durante el relato, nuestro Fundador permaneció en silencio; no añadió ni una palabra, porque, aunque fuese el mismo penitente quien hablaba, se sabía ligado por el secreto de la confesión.

Ya en Madrid, recorría la ciudad de un lado a otro para confesar al mayor número posible de enfermos, y llevarles la Comunión: fue una actividad desarrollada con una generosidad heroica, un empeño llevado a cabo con todas sus fuerzas, cuando no tenía dinero ni para pagarse el tranvía ni para comer.

Recordaba con alegría los años en que dedicó tantas horas de su tiempo a preparar para la confesión y la primera comunión a miles de niños. Afirmaba que había obtenido grandes enseñanzas para su propia vida espiritual de la devoción de aquellos pequeños.

Tras el 2 de octubre de 1928, continuó prestando su ministerio sacerdotal en el Patronato de Enfermos, y después en el Real Patronato de Santa Isabel. En la iglesia de este último, atendía un confesonario bastante frecuentado. Al mismo tiempo, dirigía espiritualmente a muchos estudiantes universitarios.

Durante la guerra civil española, escuchó confesiones por la calle, o pasando de una casa a otra; no se arredraba ante el peligro de muerte que corría si alguien le descubría, le identificaba como sacerdote y le denunciaba.

En los últimos años de su vida, nuestro Fundador no pudo ejercitar directamente el apostolado de la confesión, porque se debía a la labor de gobierno de la Obra. Esto no quiere decir que no desarrollase intensamente su ministerio sacerdotal, especialmente a través de la predicación a sus hijos, o a muchas otras personas que venían a verle para recibir su orientación espiritual; pero sólo me confesaba a mí. Me parece oportuno explicar que, como trataba sobre todo a miembros de la Obra, para evitar encontrarse atado por el sigilo sacramental, prefería no escuchar sus confesiones, para asegurarse una mayor libertad de acción. La única excepción fui yo: nuestro Fundador se confesaba conmigo y yo con él.

Predicó incesantemente sobre este sacramento. En los últimos años sufrió muchísimo viendo que los fieles abandonaban cada vez más la práctica de la confesión frecuente. Por eso emprendió una catequesis aún más intensa sobre la grandeza de la misericordia divina. Rechazaba con energía la afirmación de que es preferible retrasar la confesión de los niños para evitarles una experiencia traumática: contaba que había confesado a miles de niños y que, lejos de sufrir un shock, habían experimentado con agradecimiento la bondad de Dios Nuestro Señor. Aconsejaba a las madres: Mamás, llevad a vuestros hijos a confesar, como hizo mi madre conmigo. Así se acostumbrarán vuestros hijos a recibir el Sacramento de la Penitencia y a reconciliarse con Dios: por medio de este Sacramento bien recibido con todas las condiciones que se requieren para una buena Confesión, los niños irán teniendo cada vez mayor delicadeza de conciencia y serán más felices.

Enseñó a sus hijos sacerdotes a administrar este sacramento con tanta pasión, que el Santo Padre Juan Pablo II ha afirmado que los sacerdotes del Opus Dei tienen “el carisma de la Confesión”: he sentido el gozo de oírselo decir personalmente, y es fácil imaginar mi alegría ante un reconocimiento, tan autorizado, de los esfuerzos de los miembros de la Obra por imitar a su Fundador.

El Beato Josemaría decía que el mejor modo de vivir la virtud de la penitencia era acercarse contrito al Sacramento de la Confesión. Sentía el deber de compensar con la propia compunción tantas faltas de amor de las que era testigo cada día.

–El afán de reparación es uno de los modos en que se expresa la Comunión de los Santos. En una ocasión, se hablaba públicamente de la vida pecaminosa de una persona, y uno de nosotros exclamó: “¡Pobre hombre!” Nuestro Fundador replicó inmediatamente: ¡pobre Dios! No era una falta de caridad hacia aquel pecador, sino una prueba de su amor de Dios, y de la fuerza con que aborrecía cualquier pecado, aun el más pequeño que se pueda pensar. ¡Pobre Dios!, porque era un Padre ofendido por uno de sus hijos. No hace falta decir que el Padre se puso a rezar inmediatamente por aquel pobrecillo.

El temor de Dios y el odio al pecado le movían a repetir frecuentísimamente: Cor contritum et humiliatum, Deus, non despicies! (Ps. 50, 19), y añadía, con fuerza y con vivo arrepentimiento de sus culpas: Contritum et humiliatum valde! Se lo he oído decir personalmente desde que le conocí hasta el día de su muerte.

La familiaridad del Fundador con la Sagrada Escritura se comprueba en las homilías publicadas, y especialmente, en su libro Santo Rosario, donde se ejemplifica gráficamente aquel consejo suyo de meterse en las escenas evangélicas como un personaje más. ¿Tiene sobre esto algún recuerdo especial?

–El Padre dio pruebas constantes de un respeto extraordinario hacia la Sagrada Escritura que, junto con la Tradición de la Iglesia, es la fuente de la que se nutría ininterrumpidamente para su oración personal y para su predicación.

Leía a diario algunas páginas –un capítulo– de la Escritura, en particular del Nuevo Testamento, y hacía la lectura espiritual preferentemente con obras de los Padres y Doctores de la Iglesia. Era raro el día en que no se detuviese al terminar para anotar expresiones o ideas que le habían impresionado: signo no sólo de la atención con que hacía esta práctica de piedad, sino sobre todo de la importancia que le concedía.

En 1944 predicó un curso de retiro a los agustinos del Monasterio de El Escorial, aunque se encontraba muy mal de salud. Uno de los participantes, el Padre Licinio González, después de haber anotado que sólo al final de los ejercicios se había dado cuenta de que nuestro Fundador estaba enfermo, ha testimoniado: “Sus meditaciones se caracterizaban por el uso continuo de textos y pasajes evangélicos, que a través de su voz, cobraban una vida sugestiva y llena de inspiración (…).

Están aún vivos en mí los pensamientos y las ideas de Mons. Escrivá sobre la vocación, la gratuidad de la vocación, la respuesta gozosa de San Andrés y el doloroso rechazo del joven rico.

También las meditaciones sobre la Virgen y sobre San José estaban llenas de vibración espiritual (…); junto a la meditación eucarística sobre la Última Cena, me dejaron una impresión tan profunda que no se ha borrado con el paso de los años”.

El Padre meditó asiduamente los versículos del Nuevo Testamento y puso de relieve aspectos nuevos, a veces inadvertidos durante siglos. No consideraba la Sagrada Escritura como un depósito inerte, sino como instrumento vital del que el Señor se sirve para infundir vida sobrenatural a quienes la leen con humildad y deseos de aprender. Lo comprobé desde que le conocí, pero sobre todo tras mi ordenación sacerdotal, en 1944, comprendí plenamente la profundidad con la que había meditado la Palabra de Dios.

Una prueba elocuente es la originalidad de sus comentarios a los textos sagrados: resultan siempre particularmente incisivos e inmediatos; no son conclusiones prácticas derivadas de una reflexión sobre el texto sagrado con el fin de introducirlas luego en una espiritualidad prefabricada, ni simples ejemplificaciones que ilustran conceptos de un sistema de pensamiento predefinido. Nuestro Padre deja que el Evangelio hable directamente con toda su fuerza; su espiritualidad es la vida de Cristo y de los primeros cristianos, que expresan su perenne actualidad sin necesidad de adaptación, glosa o añadido.

A la muerte de nuestro Fundador, el Cardenal Parente, que había leído algunas de sus homilías y otros escritos suyos, me dijo que en sus comentarios a la Sagrada Escritura había descubierto una densidad espiritual con una profundidad e inmediatez muchas veces superiores incluso a las obras de los Santos Padres.

Su predicación fue siempre muy práctica; movía a las almas a la conversión. Tenía el don de aplicar los pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento a las situaciones concretas de los que le escuchaban. No trató nunca de ser original, porque estaba convencido de que la Palabra de Dios es siempre nueva, y conserva intacta su irresistible fuerza de atracción si se la proclama con fe. En sus labios, el Evangelio no era jamás un texto erudito o una fuente de meras citas o lugares comunes. Hablaba de la Sagrada Escritura con un amor tierno. Valgan como ejemplo estas palabras suyas que anoté en 1954: Vivía en Nazaret una Virgen de nombre María. ¡Qué bonito, qué divino y qué humano es el Evangelio!: Desciende hasta los detalles más mínimos, para que veamos la predilección de Dios hacia las criaturas. La quiere, la busca, como un detalle de cariño, la llama por su nombre de familia: María.

Me admiraba la facilidad con que citaba de memoria y con exactitud frases de la Sagrada Escritura. Hasta en sus conversaciones familiares traía a colación textos sagrados para mover a los presentes a una oración más honda. Vivía de la palabra de Dios. Como prueba de veneración hacia la Sagrada Escritura, a menudo introducía sus citas con las palabras: Dice el Espíritu Santo… No era un simple modo de decir, sino un auténtico acto de fe, que ayudaba a sopesar el valor eterno, y toda la verdad que contienen palabras a las que podemos acabar por acostumbrarnos.

Recuerdo que, cuando nos preparábamos para recibir la ordenación los tres primeros sacerdotes de la Obra, el Padre nos aconsejó a José María Hernández de Garnica, a José Luis Múzquiz y a mí, que dedicarámos más tiempo que antes –la lectura meditada de la Sagrada Escritura es una práctica de piedad vivida por todos los miembros de la Obra– a leer y meditar atentamente la Escritura; nos recomendaba con insistencia que nos acercásemos a ella con mucha fe, porque sólo así, sólo llevando el alma al dulce encuentro con Cristo, podríamos contagiar a los demás el amor y el deseo de identificarse con Él.

En los últimos años de su vida, con el deseo de contribuir a una mayor difusión de la lectura de la Biblia, y de facilitar al máximo su meditación, animó a algunos hijos suyos, profesores de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, a que preparasen una edición popular: deseaba que las notas fuesen sencillas, prácticas y asequibles a todos; que tuviesen un carácter doctrinal y ascético, no erudito, y fuesen acompañadas de abundantes citas de los Santos Padres y de los Concilios. El resultado ha sido un trabajo, todavía en curso, muy apreciado desde el punto de vista científico y, sobre todo, muy valioso desde el punto de vista espiritual. Los especialistas que lo comenzaron y lo están llevando a cabo, me han confirmado que haber puesto en las notas muchas citas de textos de nuestro Fundador ha contribuido decisivamente a la gran utilidad pastoral de esta obra.

VII. INICIATIVAS APOSTOLICAS DE LOS MIEMBROS DEL OPUS DEI

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Juan Pablo II en el Centro ELIS
Pablo VI: «Aquí todo es Opus Dei»
Cinco horas romanas
Un servicio cristiano, un apostolado
Todos pueden participar
Netherhall House
Kianda Callege
Las Garzas
Universidad de Navarra
Seido Language Institute
Horizonte cuajado de iniciativas
Torreciudad: un Santuario mariano

V. LA GENTE DEL OPUS DEI

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

02 de diciembre de 2008

Los miembros del Opus Dei son, como se puede ver, personas corrientes que desean llevar una vida plenamente cristiana, buscando la santidad y ejerciendo el apostolado, en su propio estado y en su propio trabajo en medio de la sociedad civil.

En el fondo la cosa no puede ser más sencilla. Cada persona del Opus Dei se compromete en concreto a practicar las virtudes cristianas propias de su condición en el mundo, y a ejercer el apostolado en la medida de sus posibilidades y según su situación personal. Como es lógico, esa diversidad de situaciones personales trae consigo una variedad de participación en las labores apostólicas según que puedan dedicar más o menos tiempo, según que puedan desarrollar una u otra actividad, etc. La mayoría de los miembros de la Obra son personas casadas, que procuran vivir seriamente el cristianismo en el seno de su hogar. Otros, en cambio, deciden permanecer célibes, con el fin de dedicar más tiempo a las tareas de formación de los demás miembros y a las diversas actividades apostólicas. Y en correspondencia a esa dedicación de sus miembros, la Obra se compromete a su vez a darles ayuda espiritual y orientación para sostener e incrementar su vida interior, al mismo tiempo que les estimula para que en su acción apostólica puedan servir a todas las almas. Por tratarse de cristianos corrientes, en el Opus Dei se da la misma variedad de personas que en cualquier sociedad: hombres y mujeres, ,jóvenes y viejos, solteros y casados, sanos y enfermos; y hay en, la Obra personas de cualquier condición social y de cualquier profesión. «Para formar parte del Opus Dei –ha escrito Mons. Escrivá de Balaguer– se necesita sólo la buena voluntad de corresponder a la vocación divina, que invita a buscar la perfección cristiana en el propio estado y en el ejercicio de la propia profesión u oficio en el mundo, según el espíritu del Opus Dei. Precisamente por eso pertenecen a la Obra hombres y mujeres de las más diversas condiciones: porque la vocación la da Dios y… porque para Dios no hay acepción de personas».

A esa multiplicidad de situaciones personales corresponde precisamente una forma personalísima de actuar la misma vocación que cada uno ha recibido, porque, como me decía uno de ellos, «en el Opus Dei cada uno se organiza como le da la gana». Unos pocos residen en centros de la Obra con el fin de estar más disponibles para trabajar en la dirección espiritual y doctrinal de las tareas de formación, pero la mayoría viven con su familia o en aquellos lugares donde los lleva a permanecer el desempeño de su labor profesional.

Del Opus Dei forman parte además sacerdotes, que se ordenan cuando ya pertenecen a la Prelatura y se dedican principalmente –aunque no de manera exclusiva– a la atención espiritual de los demás miembros de la Obra y son, por vocación, sacerdotes seculares en cualquier diócesis donde se encuentren.

Otros, después de haber recibido las sagradas órdenes, se asocian, para mejorar su vida espiritual, en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, Asociación inseparablemente unida a la Prelatura, sin que esto disminuya –lógicamente– en modo alguno su condición de sacerdotes diocesanos ni su plena dependencia del propio Ordinario, como ya hemos visto.

En resumen, pues, se puede decir que en el Opus Dei hay laicos y sacerdotes seculares; que entre los laicos, hay personas casadas y otras que permanecen célibes; y que, tanto entre los casados como entre los célibes, hay personas de todas las profesiones y ambientes sociales.

Y existen también Cooperadores –muchos de ellos no católicos– que, sin ser propiamente miembros de la Obra, colaboran en las actividades apostólicas con su oración, sus limosnas o su trabajo.

Ordenación de 24 diáconos en Madrid

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En la parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles, Mons. Javier Echevarría, ordenó el pasado 6 de abril a veinticuatro diáconos de la Prelatura procedentes de trece países: Argentina, Brasil, Colombia, Costa Rica, España, Gran Bretaña, Honduras, Irlanda, Kenia, México, Nigeria, Portugal y Uruguay.

Opus Dei - Mons. Javier Echevarría impone las manos a Ricardo Acosta, de Costa Rica, en la ceremonia

Mons. Javier Echevarría impone las manos a Ricardo Acosta, de Costa Rica, en la ceremonia

En su homilía, el Prelado recordó la relación que guarda el templo de Nuestra Señora de los Ángeles con la fundación de la Obra. El 2 de octubre de 1928, el beato Josemaría Escrivá vio por primera vez el Opus Dei mientras realizaba unos días de retiro espiritual en la casa central de los PP. Paúles. “Conmovido, me arrodillé – explicaba el Fundador-. Estaba solo en mi cuarto (…) Di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas de Nuestra Señora de los Ángeles”. En muchas ocasiones afirmó que ese tañer de campanas, que llegaba como un regalo de la Virgen, “nunca ha dejado de sonar en mis oídos”.

El beato Josemaría Escrivá recordaba esos momentos en 1974 ante un grupo de personas en Latinoamérica: “¿Vosotros pensáis lo que es tener veintiséis años, la gracia de Dios, buen humor y nada más; y unas campanas que se oyen, y el querer de Dios, con todo aquello que era un imposible, sin ningún medio humano; y ponerse a soñar, y después verlo realizado en todo el mundo?”.

Durante la homilía, Mons. Echevarría agradeció a “la Reina de los Ángeles” toda “la movilización espiritual de cristianos corrientes nacida de la respuesta del beato Josemaría, que en toda la tierra busca la plenitud de la vida cristiana y trata de ejercitar el apostolado mediante las actividades familiares, sociales y profesionales que entretejen las jornadas de la gran mayoría de las personas”.

Habló también del “toque de campana” que ha dado Juan Pablo II en su última Carta Apostólica: “Jesucristo se sirve de su Vicario en la tierra cuando nos exhorta a recorrer con garbo las sendas de nuestra vocación cristiana”. Con la Novo millennio ineunte, “el Santo Padre ha querido despertar a los tibios, animar a los pusilánimes, impulsar a todos”.

Citando al Papa, dijo que “los caminos por los que cada uno de nosotros y cada una de nuestras Iglesias caminan son muchos, pero no hay distancias entre quienes están unidos por la única comunión, la comunión que cada día se nutre de la mesa del Pan eucarístico y de la Palabra de vida”.

Hasta su ordenación presbiteral, estos diáconos asistirán al clero de la prelatura y trabajarán en la labor que el Opus Dei desarrolla en los diferentes países. Entre la variada procedencia geográfica de los nuevos ordenados, se encuentran algunos que proceden del continente africano: Thomas Joseph Mboya Ayugi, keniano; y Innocent Okwudili Uwakwe, nigeriano. Llegan al sacerdocio, con 32 y 34 años, respectivamente.

Todos los diáconos han realizado alguna carrera universitaria civil y han ejercido su profesión antes de iniciar sus estudios teológicos. Entre ellos hay ocho ingenieros, tres periodistas, cuatro abogados, dos filólogos, dos historiadores, etc.

Es América la esperanza para el nuevo milenio

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Laura Victoria // El Imparcial (México)


En el trajín del Hotel Presidente, que albergó a la mayoría de los obispos sinodales y cardenales venidos de toda América, el tema del Sínodo cobró mayúscula importancia. “Mientras está el Papa la voz de un obispo no tiene importancia”, comentó Bernardo Domínguez, encargado de atender a los periodistas para concertar citas con los obispos. “Ellos no tienen interés de hablar, lo que quieren es que oigamos al Santo Padre” afirmó. Pero algo habría que lograr finalizando el viaje del Papa.

Con una sonrisa serena, los ojos vivos y expresivos y el rostro ajado, huella de una vida de trabajo intensa, mons. Javier Echevarría Rodríguez, Prelado de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y Opus Dei comenta, en exclusiva para El Imparcial, sus impresiones sobre Juan Pablo II, y los trabajos del Sínodo de América, en donde ha intervenido por expresa petición del Romano Pontífice.

Es la primera vez que un Papa convoca Sínodos de Obispos por cada uno de los continentes. ¿Cuál considera usted que es el motivo que explica esta iniciativa?

Como es evidente, todos los Sínodos, también los continentales, tienen una finalidad evangelizadora, y el Santo Padre – está bien a la vista – impulsa constantemente la evangelización. Pienso que este espíritu de llevar a Cristo a todos los sitios exige que se cuiden las facetas – de historia, cultura, tradiciones, etc. – propias de los distintos continentes.

Por eso, los Sínodos continentales sirven para identificar y emprender caminos de evangelización adecuados a cada tiempo y lugar; apropiados a las circunstancias. Son un instrumento de unidad y de renovación del espíritu apostólico que caracteriza a la Iglesia.

Para el caso del Sínodo de América, el Papa señaló tres finalidades principales: la nueva evangelización, la solidaridad entre las iglesias particulares, e iluminar cristianamente los problemas de la justicia y de las relaciones económicas entre las naciones de América.

Las sesiones celebradas en Roma en los meses de noviembre y diciembre de 1997 fueron un preludio que presagió intensos diálogos durante el año 1998. Los temas más acuciantes para América, que son de urgente importancia: las drogas, la corrupción, las sectas, ataques contra la familia, todos ellos preocupan porque afectan a la labor eclesial y al desarrollo de la espiritualidad, por tanto se habló ampliamente de “una nueva evangelización”. ¿Podría comentarnos “grosso modo”, en qué consistió su participación en las sesiones realizadas en Roma?

Durante las sesiones, los padres sinodales y los expertos reflexionan juntos sobre los temas propuestos. Se estudia, se atiende a las aportaciones de los demás, se reza (este aspecto es muy importante), y – cuando llega el momento – se interviene. En mi intervención procuré destacar la responsabilidad de los laicos en el cumplimiento de la misión de la Iglesia, a través de su trabajo profesional; sin olvidar su papel en la promoción de los más necesitados, no sólo a través de intervenciones asistenciales, sino sobre todo llevando a las estructuras de la sociedad la justicia y la caridad de Cristo.

¿Por qué asistió usted al Sínodo?

Era uno de los miembros de designación pontifica. El Opus Dei es – con palabras del beato Josemaría Escrivá – “una partecica de la Iglesia”. La Prelatura tiene al frente un obispo que, en unión con el Santo Padre y con sus hermanos en el Episcopado, procura ayudar a los fieles del Opus Dei a santificar la vida cotidiana y a realizar una amplia tarea apostólica en su ambiente familiar, profesional y social. Por otra parte, el Opus Dei está presente en América desde hace 50 años, y son muchos los fieles de la Prelatura en esta Tierra Nueva.

Entre los temas que se han tratado en las sesiones de trabajo se mencionan, entre otros, la propagación de las sectas, la devoción popular, la urbanización creciente, etc. El tratar esos temas ¿se debe a que en América es donde existen especialmente, o son problemas mundiales, presentes también en América?

Como usted dice, se trata de problemas mundiales presentes también en América. De todos modos, alguna de esas situaciones se dan particularmente en los países del continente americano.

Lo importante es encontrar soluciones adecuadas a la situación real: “soluciones americanas”, si me permite la expresión. Los americanos, trabajando juntos – con la oración de toda la Iglesia –, han de buscar remedios realistas, ajustados a las circunstancias, que nos interesan a todos, aunque vivamos en otros continentes. Por ejemplo, el problema de las sectas demuestra el hambre de Dios que hay en América. Cuando no presentamos adecuadamente la figura y la fuerza de Jesucristo, se buscan otras vías. En consecuencia, el Sínodo ha estimulado a los católicos americanos a proclamar a Cristo con más coraje. Cada día que pasa crece mi convencimiento de que en estos países la Iglesia tiene grandes motivos de esperanza.

Tengo entendido que el Papa participa en todas las asambleas de los sínodos. ¿En qué forma actúa el Papa en esas asambleas?

De muchas maneras. Pero destacaría una actividad: Juan Pablo II escucha. Durante esos días, el Papa oye con atención las intervenciones de los presentes. Y también reza – se nota – mientras escucha, y quiere a los que participan. Pienso que con frecuencia se olvida este aspecto de la actividad del Santo Padre: se habla sólo de sus escritos o de sus viajes,… Pero el Papa escucha, escucha mucho, se interesa sinceramente por las personas, por las naciones, por sus problemas y por sus alegrías, y reza por esas intenciones. Estoy seguro que durante los días de Sínodo acudió mucho a la “Virgen morenita”, gran protectora de América.

Los enfoques de solución ante el panorama americano, se concentraron con insistencia en la labor de la gente común, de los cristianos “comunes y corrientes” que son quienes están en las estructuras de la sociedad, y en los desafíos que retan el ámbito familiar.

¿Cuáles son los retos más grandes a los que se enfrenta la Iglesia en América, cara al próximo milenio?

Juan Pablo II, durante la homilía de la Misa que celebró el último día del Sínodo, señaló algunos de esos retos. Entre los temas que mencionó, recordaría su insistencia en la necesidad de una catequesis fiel al Evangelio y adecuada a las exigencias de los tiempos: todo lo que se refiere a la formación tiene gran trascendencia.

América es un continente con un gran patrimonio: sus gentes, sus recursos, su fe. En otros lugares del mundo, todavía no conocen a Jesucristo. Aquí la fe está arraigada y extendida. Pero hace falta profundizar: conocerla mejor, vivirla de forma más coherente, hacerla fructificar. Y, para lograrlo, la formación se convierte en una tarea clave. Esta es una obligación para todos los hijos de la Iglesia, aquí, en Europa, en Asia, en África y en Oceanía.

Periodísticamente, el Opus Dei, la institución de la Iglesia en la que usted hace cabeza, supone un fenómeno social sumamente interesante para cualquier periodista inquieto. Sabemos que esta institución de la Iglesia trabaja en varios países del continente americano. ¿Cuál es el papel del Opus Dei frente a las realidades afrontadas en el Sínodo?

El Opus Dei, como parte de la Iglesia, participa en los objetivos evangelizadores planteados en el Sínodo. Y desea sumarse plenamente a las conclusiones señaladas por el Santo Padre. En particular, los fieles del Opus Dei procurarán, unidos a los demás católicos, llevar esas conclusiones al extenso mundo del trabajo y de las profesiones. Como todos saben, los fieles del Opus Dei son cristianos corrientes que quieren santificar su trabajo profesional y su vida ordinaria.

El Opus Dei llegó a México en 1949, cuando Pedro Casiaro, sacerdote español, llegó al país para traer el mensaje que mons. Escrivá había recibido del cielo el 2 de octubre de 1928.
Sabemos que el fundador del Opus Dei, el beato Josemaría Escrivá, promovió el Opus Dei en México como el primer país de este continente americano. ¿Nos podría decir cuál fue el motivo de su elección?

En una elección de ese tipo concurren muchas circunstancias. Pienso que pesó mucho algunas cualidades de este país: la hospitalidad, la acogida cordial, la apertura ante un mensaje que era a la vez viejo y nuevo, la fe de los mexicanos.

Al informarse uno sobre los comienzos del Opus Dei en España, resulta que el fundador acudió a los pobres, a enfermos de hospitales de beneficencia, etc.,… Pero en México, ¿cómo comenzó el Opus Dei?

El Opus Dei, al estar constituido por comunes fieles cristianos, refleja la estructura social de los países donde está presente. México no es una excepción: pertenecen al Opus Dei mujeres y hombres campesinos, empresarios, profesores, empleados, etc. En el Opus Dei no se hace distinción de raza, nacionalidad, situación social, apellidos, títulos o estado de la cuenta corriente. Caben todos los que desean sinceramente vivir a fondo la vocación cristiana en su trabajo, cualquiera que sea.

Hay personas que entienden lo que es el Opus Dei. Otros, parece que no lo entienden tanto. ¿A qué se deben estas distintas apreciaciones?

Me parece un fenómeno del todo normal. Sería raro lo contrario: no conozco ninguna institución, ni tema, ni proyecto, que provoque opiniones unánimes. El Opus Dei es muy querido: es para mí una satisfacción percibir el aprecio de innumerables personas. Recibimos también, por supuesto, algunas críticas. Por nuestra parte, como los demás católicos, procuramos respetar a todos, sin distinción; y – me da alegría señalarlo – deseamos aprender también de todos.

Mons. Javier Echevarría fue elegido por unanimidad como sucesor de mons. Álvaro del Portillo, quien murió el 23 de marzo de 1994 y que fue el primer sucesor del fundador, Josemaría Escrivá, muerto en Roma el 26 de junio de 1975. En la personalidad de su predecesor, Mons. Alvaro del Portillo, como hijo de una mujer mexicana, ¿qué había de “mexicano” en su actuación, en su modo de ser o trabajar?

Más que un “rasgo mexicano”, pienso que se sentía mexicano. Era una herencia de la que estaba orgulloso. Los que convivíamos con él le oíamos recordar con gusto historias, canciones y oraciones mexicanas. Personalmente, pienso que eran muy “mexicanas” su alegría y su afabilidad: se estaba muy bien a su lado. Y, como detalle curioso y familiar, recordaba modos de decir de este país que usaba aquí, cuando vino, con espontaneidad.

La última pregunta: se le ve feliz… ¿Por qué se hizo del Opus Dei? ¿Cuál es su experiencia?

Su pregunta me evoca demasiadas cosas, y quizá demasiado personales. Me perdona si no me extiendo. Me incorporé al Opus Dei porque entendí que era el camino que Dios me había preparado, mi modo personal de vivir la vocación cristiana. Y mi experiencia,… ¡Me parece imposible resumirla! En síntesis: creo que no hay nada mejor que dedicar la vida a servir a Dios y a los demás, por el camino que el mismo Dios señala a cada uno; y que no basta una vida para pagar al Señor lo que nos da a cada uno de sus hijos.

El Opus Dei es la primera Prelatura Personal, una nueva figura jurídica dentro de la Iglesia, que abre a los cristianos amplios caminos para llegar a Dios forjando pilares de espiritualidad en el trabajo diario sea cual sea, sin importar la categoría, siempre y cuando sea un trabajo honesto.
Actualmente el Opus Dei trabaja en los cinco continentes. De los 82 mil miembros del Opus Dei en el mundo, la distribución por continentes es aproximadamente la siguiente: mil en Africa, 4 mil en Asia y Oceanía, 27 mil en América y 46 mil en Europa.

El cristiano no puede esperar pasivamente el fin de la historia

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Mons. Javier Echevarría // Il Tempo (Roma)


«He resucitado y viviré siempre contigo»: con estas palabras comienza la Misa del día de Pascua. Cristo nos asegura que su victoria sobre la muerte es garantía y promesa de un renovamiento profundo de la vida de cada cristiano y del mundo entero. Cristo, en efecto, vive, y está con nosotros para siempre. Una mirada superficial al mundo y a las constantes heridas que lo afligen parecería desmentir la confianza de los creyentes en la presencia perenne de Jesús en la historia. Sin embargo, si la Resurrección constituye el fundamento más sólido de la fe, como afirma San Pablo (cfr. 1 Cor 15, 16-17), ninguna tragedia, ni histórica ni individual, puede convertir en ilusoria la esperanza cristiana.

La Pascua nos obliga a mirar con ojos distintos nuestra propia vida y la misma historia del mundo. Desde hace dos mil años ya, los cristianos creen que Cristo ha vencido sobre la muerte y el pecado. Desde hace dos mil años, se obstinan en cultivar la certeza de que el mal pertenece a una fase transitoria del acontecer humano. Y desde hace esos dos mil años la experiencia cotidiana parece querer inducirles al desencanto. Es por eso muy común, aun en países de antigua tradición cristiana, la idea de que la fe es una de las tantas ilusiones propias de la infancia, cuando todavía se cree que todos los hombres son buenos. Después, hay que crecer, afrontar la vida: el hombre maduro -se dice- es aquel que conoce el mal.

Hoy debemos comprender, una vez más y mejor, que Cristo venció verdaderamente al pecado. Esto significa que, para quien mira el mundo con ojos de verdadera fe, el pecado -aunque con su potencia devastadora obstaculice las relaciones entre los hombres, arranque de los corazones la confianza recíproca y reduzca la necesidad de amor al instinto de autodefensa- en realidad no deja de ser algo anecdótico, y un día tendrá fin. Se nos muestra duro, amargo, difícil de combatir; pero, pese a todo, e inevitablemente está destinado a desaparecer de la escena del mundo. El cristiano sabe que la victoria de Cristo es segura. Cree firmemente que el mal se verá cancelado. Cree que triunfarán el amor y la justicia.

Pero el cristiano no puede esperar pasivamente el fin de la historia, porque es ciudadano del mundo, llamado por Cristo a colaborar con la salvación, a la lucha contra el mal. En una homilía sobre la Pascua, el Beato Josemaría Escrivá escribe: «Se comprende muy bien la impaciencia, la angustia, los deseos inquietos de quienes (…) no se resignan ante la injusticia personal y social que puede crear el corazón humano. Tantos siglos de convivencia entre los hombres y, todavía, tanto odio, tanta destrucción, tanto fanatismo acumulado (…). Comprendo y comparto esa impaciencia» (Es Cristo que pasa, n. 111). Pero la conclusión de estas consideraciones constituye un grito de optimismo: «La experiencia del pecado no nos debe hacer dudar de nuestra misión» (ibid. n. 114). Estamos llamados a tomar parte en la Pasión de Cristo, para ser así partícipes también de su Resurrección y difundir su potencia salvífica. Mientras estemos sobre la tierra, el mal se mezclará siempre con el bien, como la cizaña con el grano de trigo. Por eso, la vida cristiana es una llamada continua a la conversión, lucha contra el pecado, y no presunción de impecabilidad. «Ave Rex noster: tu solus nostrus es miseratus errores», hemos recitado en la liturgia del miércoles santo: Cristo tiene compasión de nuestros errores y los sana.

La Pascua nos confirma en la esperanza. La victoria de Cristo es también nuestra victoria. Acogiendo la gracia que nos llega por medio de los sacramentos de la Iglesia, podemos verdaderamente eliminar poco a poco el mal de nuestra vida. Y así llegar a ser partícipes del amor salvífico de Cristo, difundiendo en el mundo el don que Él ha venido a traer a los hombres: el amor que perdona y salva.

Si «don» es la palabra más frecuente entre quienes se aman, ¿cómo vamos a maravillarnos de que ese apelativo de «Don» sea uno de los nombres del Espíritu Santo, Persona de la Santísima Trinidad en la que toda la Iglesia medita durante este segundo año de preparación para el Gran Jubileo? Precisamente Él, el Espíritu Santo, como da a entender el apóstol Juan (cfr. Jn 7, 39), no podía ser donado a la humanidad si no hubiera existido el Viernes Santo. La Resurrección sucede a la Cruz.

Esta ciudad de Roma está palpando el empeño apasionado del Vicariato para coordinar los esfuerzos destinados al desarrollo de la Misión Ciudadana de preparación del Gran Jubileo. Se trata de una llamada a nuestro compromiso de testigos del Evangelio, a nuestra fe y a nuestra esperanza en Cristo vivo. Una verdadera movilización al servicio de las necesidades espirituales de todos los romanos, porque, como el Santo Padre ha recordado durante estos días, la Iglesia debe servir al hombre si quiere servir a Dios.

Todos debemos ser operadores de paz

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Monseñor Javier Echevarría estuvo recientemente en España con motivo de la dedicación de una iglesia al beato Josemaría en Barbastro. En ese viaje, ha pedido “secundar la oración del Papa por la paz, con la jornada de ayuno del viernes 14 próximo, y la plegaria por los frutos del encuentro de los representantes de las religiones del mundo en Asís, el 24 de enero”.

Opus Dei - Mons. Echebarría, Mons. Omella y Mons. Echevarría, durante la dedicación de una iglesia al beato Josemaría en Barbastro

Mons. Echebarría, Mons. Omella y Mons. Echevarría, durante la dedicación de una iglesia al beato Josemaría en Barbastro

El prelado del Opus Dei dijo también que “el sano entendimiento entre las naciones y grupos sociales es un don divino que hemos de implorar con fe y perseverancia, además de ser cada uno operador de paz, porque es una tarea que se nos confía a todos”. En su opinión, “si falta visión sobrenatural, si no se tiene en cuenta que Jesucristo ha derrotado al demonio y al pecado, resultan lógicos el desánimo y el pesimismo”.

En relación a la violencia y a situaciones de inseguridad o angustia, monseñor Echevarría se refirió a la carta apostólica Novo Millennio Ineunte y afirmó que “es la hora de lanzarse valientemente por todos los mares del mundo, colaborando personalmente –sin miedo de nada ni de nadie—en la nueva evangelización de la sociedad. Hemos de abandonar el puerto tranquilo de la inactividad, de la comodidad, que tantas veces nos retiene y decir con Juan Pablo II duc in altum!, ¡mar adentro!”.

A un mes del comienzo del centenario del beato Josemaría, mons. Echevarría señaló que el objetivo principal de esta efemérides “es que muchas personas se acerquen a Dios y descubran la alegría de la vida cristiana”. Dijo también que “el fundador del Opus Dei gastó todo su tiempo en anunciar a Jesucristo, recordando que se puede ser plenamente discípulo de Cristo en medio del mundo. El Centenario ha de ser un eco de esa verdad cristiana radical, que llena la vida de sentido y de alegría”.

El Prelado destacó “el ámbito eclesial del Centenario, que conmemora una figura que pertenece a toda la Iglesia, y a cuya intercesión acuden personas de las características más variadas, movidas por su ejemplar cumplimiento de la voluntad de Dios”.

“Sin estar en la Iglesia, el Opus Dei se desharía”

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“Los diferentes miembros de la Iglesia se necesitan unos a otros. Todo el valor del Opus Dei reside en que es parte de la Iglesia: sin ese estar en la Iglesia, el Opus Dei se desharía”. Entrevista al Prelado del Opus Dei publicada en ‘Alfa y Omega’.

Opus Dei - Mons. Javier Echevarría a la salida del consistorio en el que se anunció la fecha de canonización de Josemaría Escrivá

Mons. Javier Echevarría a la salida del consistorio en el que se anunció la fecha de canonización de Josemaría Escrivá

¿Cuáles son los rasgos del perfil de Josemaría Escrivá que siguen teniendo hoy más atractivo?
-Sí, cien años después de su nacimiento, Josemaría Escrivá es una figura históricamente cercana, que atrae por su vigor humano y cristiano. Bien sabemos -la Historia, concretamente la historia de la Iglesia, es maestra- que los hombres que caminan al paso de Cristo son sembradores de paz y alegría, y también signos de contradicción. A mí me llegan todos los días noticias -por escrito o de palabra- de muchos que tocan la paz y la alegría de Dios, al acoger lo que Él nos quiere decir con esos amigos suyos que son los santos, entre ellos el beato Josemaría.

¿Rasgos que más atraen? Quizá que ha contagiado a millones de personas el gozo de ser cristianos, de saberse hijos de Dios. En medio de tantas algaradas banales o dolorosas depresiones, pienso que las almas sienten la necesidad de tener a su lado la sonrisa de quien vive como discípulo de Cristo para servir a los demás.

¿Qué es lo esencial que el Opus Dei quiere dejar como resultado de esta celebración centenaria, tanto en el ámbito de lo doctrinal-eclesiológico, como en lo material-obras?

Opus Dei -

Ha escrito y repetido muchas veces el beato Josemaría que “es de Cristo de quien tenemos que hablar, y no de nosotros mismos”. Por eso, yo espero que los actos de celebración del Centenario del beato Josemaría aviven en muchos hombres y mujeres la conciencia de que Cristo debe estar en el corazón de nuestra historia individual, a través de un continuado encuentro con Él, precisamente en las circunstancias ordinarias de la vida; y en nuestra historia colectiva, por medio de la paz, de la justicia y del perdón.

La calamidad más triste de un pueblo es marginar a Jesucristo, como si Él, que ha entregado su vida por salvar la nuestra, fuera un intruso. Sería un estupendo legado del Centenario, volver a descubrir, y ayudar a descubrir, ese horizonte de acción que el beato Josemaría resumía así: “Conocer a Jesucristo. Hacerlo conocer. Llevarlo a todos los sitios”.

En el plano de las obras, el compromiso cristiano ante las necesidades de los demás -al que tanto urgía el beato Escrivá- está llevando a muchos a promover nuevos proyectos de cooperación social y de carácter educativo, tanto en naciones del tercer mundo como en focos de marginación localizados en países desarrollados. En Nigeria, por ejemplo, se ha inaugurado recientemente una escuela profesional para jóvenes de Lagos con pocas posibilidades de lograr un trabajo. Y se iniciaron otras iniciativas semejantes en diversos países.

Me ha causado alegría ver, durante el reciente congreso en Roma, el afán de muchos hombres y mujeres de impulsar nuevas tareas, yendo al fondo de urgentes necesidades, desde el Congo a Colombia, en Asia y en Europa.

¿Desde el punto de vista jurídico y pastoral, la Prelatura Personal está definitivamente consolidada y aceptada en la Iglesia?

Opus Dei - Durante la bendición de una escultura del Fundador

Durante la bendición de una escultura del Fundador

El Opus Dei fue erigido como Prelatura Personal hace casi veinte años. Pienso que es un tiempo suficiente para hablar de un firme asentamiento de esta figura jurídica, que se ha demostrado perfectamente adecuada a la realidad teológica y pastoral del Opus Dei.

Desde el punto de vista práctico, la configuración del Opus Dei como Prelatura Personal ha permitido mejorar la inserción de la Obra en la Pastoral orgánica de la Iglesia, tanto a nivel universal, como en el ámbito de las Iglesias locales.

A oscuras, sin la luz de Cristo

¿Qué diría el beato Escrivá ante los principales problemas de la humanidad : el terrorismo, la familia, la bioética…?
Siempre evitaba imponer su opinión sobre los problemas humanos, por su delicado respeto a las libres opciones de las personas que acudían a su consejo, atraídas por su celo de buen pastor. Sólo quería hablar de Dios, el gran amor de su vida. Y, precisamente por esto, tenía una sensibilidad muy fina para descubrir los frutos de la presencia o de la ausencia del espíritu cristiano en los hechos y situaciones históricas.

Ante las cuestiones que se plantean actualmente, pienso que el beato Josemaría volvería a recordarnos, en primer lugar, que sin la luz de Cristo nos quedamos a oscuras; y que, sin el amor de Cristo, no sabríamos romper con nuestro egoísmo. E invitaría a considerar la dignidad del ser humano en su condición de hijo de Dios; la necesidad de promover una paz estable entre todos los pueblos, sobre unas bases sólidas de justicia y de solidaridad; la importancia de la familia, fundada en el matrimonio indisoluble, para la sociedad y para la Iglesia.

Luego bendeciría las rectas soluciones que cada cristiano aportara en esos puntos, de acuerdo con su criterio personal y su responsabilidad como fiel de la Iglesia y como ciudadano.

¿Es creciente el papel de la mujer dentro del Opus Dei?

Opus Dei -

Bueno, yo diría que dentro y fuera. Ya desde el principio de las actividades del Opus Dei dirigidas a mujeres, el 14 de febrero de 1930, el beato Josemaría afrontó esta labor en toda su amplitud. El mensaje fundacional fue expresado exactamente en los mismos términos a mujeres y a hombres, sin ningún tipo de diferencia.

Por eso, dejando aparte el sacerdocio ministerial -reservado en la Iglesia, por disposición divina, a los varones, como es sabido-, en el Opus Dei, las mujeres han tenido y tienen responsabilidades de igual importancia que los hombres, ni más ni menos. Cada una, en y desde su trabajo profesional, procura llevar la luz de Cristo al ambiente en el que se mueve.

Hoy, indudablemente, es grande el desafío que una mujer cristiana tiene por delante; una tarea para llenar de entusiasmo, porque cada una de ellas juega, si quiere, un papel trascendental en la vida social y en la vida de la Iglesia.

¿Cuál es la relación con los nuevos movimientos y asociaciones en la Iglesia, con la vida religiosa?
Cuando rezo el Credo, me gusta paladear cada una de las notas que definen a la Iglesia: Una, Santa, Católica y Apostólica. La Iglesia es intrínsecamente una, no un conglomerado de elementos dispersos. Es un organismo, un cuerpo, el Cuerpo Místico de Cristo, en el que los diferentes miembros, con su enriquecedora diversidad, se necesitan unos a otros.

Todo el valor del Opus Dei reside en que es parte de la Iglesia: sin ese estar en la Iglesia, el Opus Dei se desharía. Por eso, cualquier otra luz que se enciende para servir a Jesucristo, me resulta cercana, algo propio, expresión de la iniciativa del mismo Espíritu, del empeño por anunciar a Cristo.

En el plano práctico, el Opus Dei procura mantener una relación fraterna con todas las realidades de la Iglesia. Y cuenta con el apoyo de la oración y el cariño de muchas personas: por mencionar sólo un ejemplo, más de quinientas comunidades contemplativas son cooperadoras del Opus Dei.

¿Cuáles son las principales acciones apostólicas del Opus Dei en España, en el marco de la nueva evangelización?

Opus Dei -

Como en otros países, pienso que la principal aportación de los fieles del Opus Dei a la nueva evangelización en España es su apostolado personal, la labor que cada uno desarrolla para dar a conocer a Cristo en su propio ambiente.

La Prelatura se ocupar de transmitir una formación espiritual, cristiana, viva, no teórica o intemporal, sino sensible a las circunstancias y desafíos del momento y a las prioridades evangelizadoras que proponen el Papa y -en el ámbito de las diferentes Iglesias particulares- mis hermanos los obispos.

Luego, cada uno debe procurar transmitir ese mensaje en su familia, en su ambiente laboral, entre sus amigos, en las asociaciones a las que pertenezca. El efecto multiplicador es grande y no se puede reducir a la ya amplia existencia de iniciativas de carácter educativo, social, asistencial, etc.

Lo que opera Dios en el alma que se decide a seguir a Cristo, esto es lo verdaderamente fecundo. No tendría ningún inconveniente en hacer una enumeración de las labores apostólicas, pero creo que son de sobra conocidas.

Opus Dei, fe y cultura

¿Sobre qué bases se debe desarrollar el diálogo fe-cultura? ¿Cuál es la principal contribución de los miembros del Opus Dei en el apostolado del pensamiento?
El beato Josemaría describió las bases de este diálogo en uno de sus libros: “Amplitud de horizontes, y una profundización enérgica en lo permanentemente vivo de la ortodoxia católica; afán recto y sano -nunca frivolidad- de renovar las doctrinas típicas del pensamiento tradicional, en la filosofía, en la interpretación de la historia…; una cuidadosa atención a las orientaciones de la ciencia y del pensamiento contemporáneos; y una actitud positiva ante la transformación actual de las estructuras sociales y de las formas de vida” (Surco, 428).

Poco tengo que añadir a estas palabras. Una fe que no se hace cultura está apagada, y una cultura sin fe, carece de alma, de aliento para el hombre y para la sociedad.

¿Qué considera más importante: la espiritualidad, o la proyección social de la espiritualidad?
Tal vez exista alguna espiritualidad puramente intimista, sin ningún tipo de proyección sobre el entorno; y cabe también algún tipo de actividad social sin ningún sustrato espiritual. A ninguna de las dos posibilidades se puede reducir el cristianismo.

En la Iglesia, hasta las formas más puras de vida contemplativa tienen un reflejo inmediato -riquísimo- en los demás, a través de la comunión de los santos; y cualquier iniciativa social está alentada necesariamente por la fe, por el descubrimiento de Cristo en el rostro del necesitado.

No veo ninguna disyuntiva entre espíritu y acción social. Puede haber acentos más marcados en uno u otro sentido, pero importantes -más aún, necesarias- son tanto la una como la otra. Jesucristo pasaba largos ratos retirado en oración, pero también trabajó muchos años en Nazaret, recorrió toda su tierra predicando, curando a enfermos, comiendo con amigos…, amando siempre.

En una España escindida esquizofrénicamente entre la fe y la vida, el testimonio de la vida ordinaria de los miembros influyentes socialmente del Opus Dei, ¿cómo se nota?
He aprendido del beato Josemaría a valorar la unidad de vida como característica fundamental de la existencia cristiana. Coincido en calificar de enfermiza la escisión entre la fe y la vida, que no es un fenómeno exclusivamente español: no siempre resulta fácil ser coherente con la fe, y no causa extrañeza, por tanto, que en el acontecer social de los hombres -todos- corramos el riesgo de ceder tantas veces ante las sugestiones del poder, del prestigio…, o simplemente de la comodidad.

Pero cada persona -yo me incluyo, como es lógico- dará un día cuenta a Dios del uso que haya hecho de sus talentos, del empeño que haya puesto en practicar y transmitir la fuerza de la fe y del amor cristiano a su alrededor.

Sé que en España hay personas del Opus Dei, conocidas por la opinión pública, de las que es notorio que procuran promover ese sentido cristiano en el ejercicio de su actividad. Pero no se queda sólo en algo de unos pocos: también quienes desempeñan una tarea sin un relieve público o notorio están llamados a ser levadura de Cristo en su propio ambiente, a vivificar todas las estructuras humanas, desde la base, con el espíritu cristiano.

A este estupendo descubrimiento -la verdad de que no hay trabajo pequeño si se hace en unión con Cristo- se referían varios intelectuales de nivel internacional, en el reciente congreso de Roma, sobre la grandeza de la vida ordinaria. No es un descubrimiento reservado a gente excepcional. Diría que Dios lleva siglos tratando de ayudarnos a comprender, a todos los hombres y mujeres, que está muy cercano a nosotros.

Mons. Echevarría: Hoy quisiera sólo decir gracias

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Declaraciones del prelado del Opus Dei tras el anuncio de las canonizaciones de nueve beatos, entre los que se encuentra Josemaría Escrivá.

Opus Dei - Mons. Javier Echevarría a la salida del consistorio.

Mons. Javier Echevarría a la salida del consistorio.

“El Papa acaba de anunciar las fechas de las ceremonias de canonización de nueve beatos: un sacerdote secular, cinco religiosos, dos religiosas y un laico. Cada uno vivió en un tiempo, en un país y en unas circunstancias diferentes. Cada uno, con su propia personalidad. Pero en todos percibimos unos rasgos comunes. En los santos se reconoce siempre la fecundidad espiritual de la Iglesia, esparcida por el mundo como semilla de santidad por medio del testimonio de vida cristiana de sus hijos.

El Padre Pío, fiel al carisma capuchino, nos recuerda la hondura del amor con que Dios nos ama, comunicado a través de la Iglesia en los sacramentos, especialmente la Penitencia y la Eucaristía. Juan Diego fue el primero en recibir la visita de Nuestra Señora en Guadalupe, donde cada año millones de peregrinos rezan a Santa María. En la historia de Josemaría Escrivá encontramos el rastro luminoso de unos padres cristianos, de quienes recibió la herencia preciosa de la fe; de Obispos que le dieron su apoyo para desarrollar su tarea evangelizadora; de numerosos sacerdotes, religiosos y religiosas, con los que mantuvo una fraterna relación toda su vida; y de miles de laicos que supieron transformar en realidad su mensaje de santificación del trabajo ordinario en medio del mundo.

Por eso, hoy quisiera solamente decir ¡gracias! Deseo expresar mi agradecimiento a la Trinidad Santísima, que nos envía el regalo de los santos; a la Iglesia Santa, familia de los hijos de Dios, unida por el vínculo de la caridad; a los padres y hermanos del beato Josemaría; a todos los sacerdotes, religiosos, laicos, hombres y mujeres, que de alguna manera han intervenido en su formación. Gracias también, desde lo más profundo del alma, a todos los pobres y enfermos que le dieron generosamente lo único que tenían, y convirtieron su dolor en oración por la labor sacerdotal del fundador del Opus Dei. Pienso que es un buen momento para acordarse de esos miles de personas, cuyos nombres, en muchos casos, ni siquiera conocemos. Y es también una espléndida ocasión para sentir de nuevo la responsabilidad de no privar de la oración y la caridad a quienes nos rodean, porque todos estamos llamados a ser santos”.

Amar al mundo en Dios y para Dios

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Resumen de la conferencia de Mons. Javier Echevarría en el simposio “Testigos del siglo XX, maestros del siglo XXI”. El prelado del Opus Dei dijo que “la semilla que Dios plantó en la historia sirviéndose del ejemplo y la predicación del beato Josemaría fue la de amar al mundo. Amarlo apasionadamente. Amarlo en Dios y para Dios”.

Opus Dei - Mons. Javier Echevarría y el cardenal José Saraiva.

Mons. Javier Echevarría y el cardenal José Saraiva.

“El presente Simposio trae a nuestra memoria algunos santos con los que Dios ha bendecido a su Iglesia en el siglo XX, precisamente con la intención de que sean “maestros del siglo XXI”. En diversas ocasiones, con motivo de la reciente conmemoración del centenario del nacimiento del beato Josemaría Escrivá, consideré oportuno poner de manifiesto que este aniversario no podía limitarse a recordar su vida, ni tampoco a glosar su rica personalidad, sino que debía llevarnos ante todo a sentirnos interpelados por el mensaje que Dios nos dirige a través de su ejemplo y de sus enseñanzas.

Palabras parecidas podrían pronunciarse en referencia a todos los santos de los que hoy nos ocuparemos, entre quienes se cuentan -y me causa alegría señalarlo- algunos cuyas vidas se entrelazaron con la del beato Josemaría: Juan XXIII, al que tuvo la oportunidad de encontrar varias veces a lo largo de su pontificado; don Manuel González, con el que se sintió profundamente unido en el amor a la Eucaristía y en sincera amistad humana…

El siglo XX ha sido -como todos los periodos de la historia de la Iglesia- rico en santos, en testigos de Dios. Volver la mirada hacia sus figuras debe contribuir a llenar de esperanza nuestra consideración del porvenir, a despertar en nosotros el deseo sincero de que germine en muchos corazones la semilla que Dios sembró con sus vidas, con sus luchas.

¿Cuál fue la semilla que Dios plantó en la historia sirviéndose del ejemplo y la predicación del beato Josemaría? Amar al mundo. Amarlo apasionadamente. Amarlo en Dios y para Dios. (…)

«Fíjate bien -escribe el beato Josemaría en Forja-: hay muchos hombres y mujeres en el mundo, y ni a uno solo de ellos deja de llamar el Maestro». El fundador del Opus Dei aspiró constantemente a que ese mensaje se transmitiera como por contagio, mediante el testimonio de quienes, esforzándose por santificar la propia conducta, ponen de manifiesto que toda vida puede ser santificada (…).

«Los hombres de nuestro tiempo -dice el Santo Padre- quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo ‘hablar’ de Cristo, sino en cierto modo hacérselo ‘ver’». Y buscan contemplarlo de forma concreta, a través de las actitudes de quienes pasan a su lado. Precisamente por eso la llamada universal a santidad constituye un mensaje -siempre actual- de esperanza para el mundo (…).

Los cristianos coherentes muestran al mundo que la ausencia de Dios o la derrota de Cristo se quedan en una mera apariencia. Cristo ha vencido. El pecado y la muerte carecen ya de pleno poder sobre el hombre (…). Esa convicción profunda, esa fe, es lo que distingue al cristiano, que sabe fundamentar su alegría incluso en el dolor, su optimismo en la aflicción, su perseverancia a través de la dificultad (…).

Todo cristiano debe amar esta tierra nuestra, creada por Dios y dotada en consecuencia de bondad. El cristiano debe amar especialmente al mundo y cuanto contiene de noble -trabajo profesional, ocupaciones familiares, relaciones sociales…-, por ser elementos esenciales de su vida como hombre y como cristiano, y lugar de su trato con Dios, para el cumplimiento de su misión. Lo expresaba con fuerza el beato Josemaría: «Hijos míos, allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres» (…).

«Sed hombres y mujeres del mundo -escribió en un punto de Camino-, pero no seáis hombres y mujeres mundanos». Sed hombres y mujeres -podemos parafrasear- que amáis al mundo porque pertenecéis a esa realidad, porque experimentáis su riqueza y su valor, y, sobre todo, porque lo reconocéis como materia venida de Dios y querida por Él y, en consecuencia, con toda hondura lo apreciáis, conscientes de que la referencia a Dios no la desnaturaliza ni la destruye, sino al contrario la edifica y perfecciona. (…) Este mundo concreto afectado malignamente por el pecado, puede ser regenerado, devuelto a su bondad originaria (…).

El mundo es, inseparablemente, lugar de encuentro con el Sumo Hacedor y tarea en la que ejercitarse. La historia en su conjunto, las relaciones familiares y de amistad, la evolución de las sociedades y de las civilizaciones, el desarrollo de las ciencias y de la cultura, todo lo que integra el entorno del hombre forma parte de esa función que Dios coloca ante la criatura, confiándosela para que saque los mejores frutos en virtud de los dones que Él mismo le otorga. Cabría glosar esta verdad desde muchas perspectivas, que aquí resumiré centrando la atención en el trabajo, y acudiendo como guía a una expresión que el beato Josemaría usó con frecuencia: santificar el trabajo, santificarse en el trabajo, santificar a los demás con el trabajo.

Santificar el trabajo

(…) Al hombre, que fue creado para trabajar -«ut operaretur», precisa el Génesis-, le corresponde dedicarse fielmente a esas ocupaciones para la gloria de Dios. Con su trabajo, la criatura enriquece el mundo recibido del Señor y se lo presenta luego como un sacrificio de alabanza.

Debemos trabajar siempre con la mirada en el Cielo, con la persuasión de que, al actuar de ese modo, no nos apartamos de esa labor profesional, y de cuanto exige y reclama, sino que, por el contrario, nos vemos impulsados a cumplir mejor nuestras obligaciones, con más sentido profesional y con más empeño. (…)

Santificarnos en el trabajo

(…) Al procurar diariamente cumplir con heroicidad la propia tarea, se ponen en juego las más variadas virtudes humanas: la laboriosidad, la justicia, la reciedumbre, la perseverancia, la honradez, la fortaleza, la prudencia… Y, con éstas, las teologales: la fe, que nos impulsa a percibir la cercanía de Dios y el sentido último de nuestros afanes; la esperanza, que anima a confiar hondamente en Dios y a perseverar en el empeño, a pesar de las dificultades; la caridad, que conduce gozosamente a amar con entrega, con sinceridad y con obras en las más diversas ocasiones y momentos.

De esa forma, los deseos y los proyectos que el cristiano alberga en el corazón se transforman en oración sincera de alabanza, de petición por sus hermanos, de acción de gracias a Dios que nos ha encomendado el mundo y su recto orden como muestra de su predilección hacia nosotros. Una oración que se traduce en palabras, pero que no siempre las necesita, porque su lenguaje se labra en el mismo quehacer: la puntualidad, el orden, el cuidado de las cosas pequeñas… (…)

Santificar a los demás con el trabajo

(…) Nuestra labor profesional puede contribuir al acercamiento a Dios de quienes nos rodean, en la medida en que, ejercido con competencia y espíritu de servicio, redunda en el bien de la sociedad y de cuantos la componen, mejorando las condiciones familiares, ambientales, de relación, etc., con el intento de que el mundo se adecue más progresivamente a la dignidad del hombre, a su condición de hijo de Dios.

(…) La fe nos estimula a reconocer a quienes nos rodean como hijos e hijas de Dios. Y la caridad anima fuertemente a tratarlos con esa visión, compartiendo sus alegrías, interesándonos por sus problemas, hasta transmitirles, junto a la ayuda humana que les podamos prestar, el mayor bien que poseemos: nuestra propia fe. (…)

Con su faenar diario, informado por la gracia, la criatura, todo hombre y toda mujer, ofrece a Dios el mundo entero (…). Pero el pecado original, al que después se han añadido los errores personales nuestros, ha oscurecido nuestra mirada y debilitado nuestra voluntad. Nuestro dominio sobre la tierra se ha tornado arduo y con frecuencia penoso. En el cansancio, en la enfermedad, en la dura experiencia de la muerte, en la incomprensión por parte de los demás, etc., el mundo parece volverse contra el hombre. (…)

En ocasiones, el mundo, que deberíamos ver como medio de acercamiento a Dios, se transforma incluso en ocasión que nos aleja de Él. Y así, no sólo se escapa al dominio del hombre, sino que parece sustraerse al señorío de Dios, rebelándose a su propio Creador. En ese contexto, surge fácilmente un interrogante: ¿constituye todavía la creación una realidad buena, amada por Dios?, ¿entra en el amor de Dios un mundo así? La fe cristiana responde con una afirmación decidida, cierta: el mundo sigue siendo bueno (…).

Aún después del pecado, de todos los pecados que atestigua la historia y de los males que de esos flagelos se derivan, Dios no abandona la humanidad a su suerte, sino que sale a su encuentro enviando a su Hijo. La entrega de Cristo en la Cruz se alza como fuente y modelo del amor al mundo en el que vivimos y en el que debemos trabajar, participando de esa caridad que redime. Si Dios quiso tan tiernamente a sus criaturas, incluso cuando éstas le rechazaban, ¿cómo no deberemos entregarnos nosotros, amando apasionadamente esta tierra, para conducirla, con Él, hacia el Padre?

«El mundo nos espera -decía el beato Josemaría-. ¡Sí!, amamos apasionadamente este mundo porque Dios así nos lo ha enseñado: ’sic Deus dilexit mundum…’ -así Dios amó al mundo; y porque es el lugar de nuestro campo de batalla -una hermosísima guerra de caridad, para que todos alcancemos la paz que Cristo ha venido a instaurar». Este amor de Dios manifestado en Cristo es redentor, libera la creación del pecado. Un amor que, por así decir, crea de nuevo al mundo y nos lo confía otra vez.

Al otorgarnos su gracia, su vida entera, Jesucristo nos ilumina con su luz para conocer el mundo, según su corazón, y nos colma de su fuerza para amarlo con rectitud de intención y con actitud de servicio. No lo olvidemos: Cristo nos ha traído su victoria, y nos invita a la vez a participar de su misión y de su camino, a cooperar con Él en la tarea de la redención, mediante nuestro esfuerzo, nuestro trabajo, nuestra entrega. (…)

Amando al mundo con el corazón de Cristo en la alegría y en el dolor, en los momentos de exaltación y en los reveses, en las grandes ocasiones y en el cotidiano caminar ordinario, colaboramos con Él en la tarea de preparar los nuevos cielos y la nueva tierra de los que habla el Apocalipsis. (…)

A todos dirige la Iglesia, también a través de la palabra y la vida del beato Josemaría, una invitación y guía eficaz para descubrir y manifestar -cada uno en su propia situación- la buena noticia del amor de Dios, creador y redentor del mundo”.


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