“Sólo la Palabra de Dios puede cambiar profundamente el corazón humano”

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El domingo empezó en la basílica de San Pablo Extramuros en Roma, la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema “La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”

A las 9,30,  el Papa presidió la concelebración eucarística con los padres sinodales, con ocasión de la apertura de la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, sobre el tema “La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”.

Comentando en la homilía el Evangelio sobre la imagen de la viña, el Santo Padre afirmó que lo que denuncia este episodio “interpela de manera especial, a los pueblos que han recibido el anuncio del Evangelio. Si contemplamos la historia, nos vemos obligados a constatar con frecuencia la frialdad y la rebelión de cristianos incoherentes”.

“Naciones que en un tiempo tenían una gran riqueza de fe y vocaciones ahora están perdiendo su identidad, bajo la influencia deletérea y destructiva de una cierta cultura moderna. Hay quien, habiendo decidido que “Dios ha muerto”, se declara a sí mismo “dios”, considerándose el único agente de su propio destino, el propietario absoluto del mundo. (…) Pero cuando el hombre elimina a Dios de su horizonte, cuando declara que Dios ha “muerto”, ¿es verdaderamente feliz? ¿Se hace verdaderamente más libre? (…) ¿No sucede más bien -como lo demuestra la crónica cotidiana- que se difunden el arbitrio del poder, los intereses egoístas, la injusticia y el abuso, la violencia en todas sus expresiones? Al final el hombre se encuentra más solo y la sociedad más dividida y confundida”.

Tras poner de relieve que “en las palabras de Jesús hay una promesa: la viña no será destruida”, Benedicto XVI aseguró que “el mensaje consolador que recogemos de estos textos bíblicos es la certeza de que el mal y la muerte no tienen la última palabra, sino que al final Cristo vence. ¡Siempre! La Iglesia no se cansa de proclamar esta Buena Nueva, como sucede también hoy, en esta basílica dedicada al apóstol de las gentes, que fue el primero en difundir el Evangelio en grandes regiones de Asia Menor y Europa”.

“Sólo la Palabra de Dios -continuó- puede cambiar profundamente el corazón del ser humano; por eso es importante que entremos en una intimidad cada vez mayor con ella tanto cada uno de los creyentes como las comunidades. La asamblea sinodal dirigirá su atención a esta verdad fundamental para la vida y la misión de la Iglesia. Alimentarse de la Palabra de Dios es para ella su primera y fundamental tarea”.

El Santo Padre dijo que “en este Año Paulino escucharemos resonar con particular urgencia el grito del apóstol de las gentes: “¡ay de mí si no predicara el Evangelio!”; grito que para cada cristiano se convierte en una invitación insistente a ponerse al servicio de Cristo”.

“La mies es mucha”, repite también hoy el Maestro divino: muchos todavía no le han encontrado y están en espera del primer anuncio de su Evangelio; otros, a pesar de que han recibido una formación cristiana, han perdido el entusiasmo y sólo mantienen un contacto superficial con la Palabra de Dios; otros se han alejado de la práctica de la fe y tienen necesidad de una nueva evangelización. No faltan, además, personas de recta conciencia que se plantean preguntas esenciales sobre el sentido de la vida y de la muerte, preguntas a las que sólo Cristo puede ofrecer respuestas convincentes. Por eso, es indispensable que los cristianos de todos los continentes estén dispuestos a responder a quien pida razón de su esperanza, anunciando con alegría la Palabra de Dios y viviendo sin compromisos el Evangelio”.

El Papa concluyó pidiendo a Dios su ayuda para que durante las sesiones sinodales “nos planteemos juntos cómo hacer cada vez más eficaz el anuncio del Evangelio en nuestro mundo. Todos experimentamos la necesidad de poner en el centro de nuestra vida la Palabra de Dios, de acoger a Cristo como nuestro único Redentor, como Reino de Dios en persona, para que su luz ilumine todos los ámbitos de la humanidad: desde la familia hasta la escuela, desde la cultura hasta el trabajo, desde el tiempo libre hasta los demás sectores de la sociedad y de nuestra vida.

Romanidad y universalidad

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Para un alma universal, Roma es el marco apropiado. Heredera de civilizaciones, el Derecho, las Ciencias y las Artes han caminado hacia el mundo Occidental por las calzadas romanas.

Hoy, la Ciudad Eterna mantiene y cuida el gran museo de sus monumentos, sus ruinas, sus iglesias. Las vías por donde pisaron los Flavios y Claudios; por donde apresuraron su presencia, siempre perseguida, los Apóstoles Pedro y Pablo. Cada andadura es una grata lección de Historia, una trascendencia que se impone sin premeditación.

Monseñor Escrivá de Balaguer, hombre estudioso, de sólida formación jurídica, lector incansable desde su primera juventud, encuentra en Roma, sobre todo, el corazón de la Iglesia, pero también el instrumento adecuado para cincelar los detalles de su amplia cultura.

Cuando el Padre hace una pausa en su trabajo, suele escaparse con alguno, acompañado también de don Alvaro, para hacer una visita a San Pedro y rezar junto al altar de «La Confesión». Ante la tumba del Apóstol -primer Papa- que tanto sabe de imposibles hechos realidad por mediación de Cristo, habla de la empresa en que se han embarcado, de las dificultades, de su recta voluntad por seguir los caminos de Dios en la tierra. Contempla la grandeza concebida por Bernini en 1656. Ciento cuarenta estatuas de santos coronan la cuádruple hilera de doscientas ochenta y cuatro columnas. En el centro de la Plaza de San Pedro, el gigantesco obelisco que Calígula hiciera traer de Heliópolis y que Sixto V trasladó, en 1586, a la gran explanada. Y aquí está erguido, entre las fontanas barrocas, con su doble simbolismo: era una ofrenda al sol y ahora señala la nueva luz de Cristo; conmemoró los reinados de Augusto y de Tiberio, y hoy recuerda, precisamente, el nacimiento y la muerte de Jesús de Nazaret.

El Fundador de la Obra camina por la nave central de la Basílica y permanece un rato en la Capilla del Santísimo; se para bajo la cúpula de Miguel Angel, que desafía los ciento veinte metros de altura, y clava sus rodillas en el suelo ante el baldaquino de bronce, junto al altar en que celebra el Papa. Lee, despacio, muchas veces, la frase que campea en letras doradas sobre el friso de arranque de la bóveda central:

“Yo he rogado por ti, Pedro, para que no desfallezca tu fe y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos”.

En otras ocasiones, cuando el calor aprieta en Roma, al caer la tarde, se acerca a la Via Appia Antica. La iglesia del Qui vadis? Está situada en esta zona.

Le gusta pasar sobre los gruesos polígonos de lava basáltica con que los arquitectos romanos construyeron la calzada; contemplar las tumbas, mausoleos, estatuas, que se mantienen frente a la carcoma del tiempo, en ambos lados del camino. Por allí iban y regresaban de la guerra los ejércitos victoriosos con su Emperador; también los lujosos cortejos de los patricios y la humildad de los primeros discípulos del Mesías de Israel.

Las catacumbas de San Calixto, de Santa Domitila, los cipreses y los pinos, hablan también de persecución y heroísmo, de sangre y fe. Veintitrés siglos de vida han cruzdo la Via Appia Antica frente al telón de fondo de los montes de Etruria.

Todo invita a pensar en las frases de Isaías, cuando habla de un camino hacia lo Alto:

“Y habrá allí una calzada y camino, que se llamará la vía santa (.). Por ella marcharán los redimidos (.) y alegría eterna será sobre sus cabezas”.

Legará a conocer Roma como la palma de la mano, con las leyendas de cada edificio y el contenido de sus riquezas artísticas: el Panteón, Santa María la Mayor con los mosaicos más bellos del mundo, las Basílicas Patriarcales, la Via Sacra, la cárcel Mamertina, el Foro, el Coliseo. En el Gianicolo, y desde la colina, abarca toda la ciudad. Allí reverbera el maravilloso color ocre que cubre los edificios al atardecer, las cúpulas, las torres, los cedros, los arcos, los musgos.El Tíberse torna amarillento y el Padre rez, constante y suavemente, como las aguas de su cauce, con el alma puesta en aquel espacio que puede verse, adivinarse casi, en la Via Bruno Buozzi, donde se ha de alzar la Sede Central del Opus Dei. Tal vez piensa en la inscripción que un día no muy lejano coronará la terraza del edificio. Como un grito de amor al Romano Pontífice, en el puesto más alto -igual que una atalaya- se habrán de leer estas palabras escritas en latín clásico:

O quam luces Roma quam amoeno hic rides pospectu quantis ecllis antiquitatis monumentos sed nobilior tua gemma atque purior Christi Vicarius de quio una cive gloriaris A MDCCCCLI

¡Oh, cómo brillas, Roma! Cómo resplandeces desde aquí, con un panorama espléndido, con tantos monumentos maravillosos de antigüedad. Pero tu joya más noble y más pura es el Vicario de Cristo, del que te glorías como ciudad única.

Es fecuente verle caminar en busca de muebles y ojs viejos y maltrechos que, adquiridos a precio muy bajos, se restauran y quedan dignos. Frecuenta las tiendecillas del Campo di Fiori y del Trastevere. El Campo di Fiori aparece lleno de toldos y puestos que ofrecen las más variadas msas de venta. Allí se emplea un dialecto que el Padre adquiere inadvertidamente.

-”Padre…-le dirán en tono de broma sus hijos italianos-, ¡pero si habla romanaccio!”.

Toma nota de todo cuanto puede añadir buen gusto, calidad artística y tono romano a los edificios que se van a construir en Viale Bruno Buozzi. Cada vez que la exspansión de la Obra le obliga a viajar, traerá hasta Roma el detalle de un rincón, una fuente, un ángulo que puede servir de inspiración a los arquitectos. En 1958 envía una postal suiza con una fuente en la que se ven grabadas, sobre piedra, las cabezas de tres borriquillos. Hoy está reproducida en la Sede Central: es la fontana degli asinelli. También la navicella, que ocupa un cortile, recuerda una vieja fuente de caños que hay en el Monte Celio.Por eso, la nueva casa, desde qeue el Fundador la empieza a soñar, es ya universal.

En los veranos, la escapada del Padre es un poco más larga: a los Castelli. Por la Via Appia Nuova se puede llegar a Grottaferrata, donde existe una abadía de rito griego; y también a Frascati, en la ladera de los montes Albanos, llenos de bosque y lagos. Una vez se acerca a Marino: es el día de Corpus Christi y encuentran la procesión que lleva el Santísimo por las calles. Bajan del coche y lo siguen un rato con fervor. Pero se queda triste, frente a la tarde romana, porque Dios va muy poco acompañado en su fiesta. Su corazón hubiera quierdo multiplicar el amor de los hombres hacia la Eucaristía con el fuego que siempre ha quemado su oración y su ansia de apostolado.

“La unidad asume la diversidad”

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Benedicto XVI se refirió este domingo a la Iglesia como a un organismo rico, vital y no uniforme.

Opus Dei -

Benedicto XVI afirmó que, gracias a los carismas regalados por el Espíritu Santo, “la Iglesia se presenta como un organismo rico y vital, no uniforme, fruto del único Espíritu que conduce a todos a la unidad profunda, asumiendo la diversidad sin abolirla y realizando un conjunto armonioso”.

Refiriéndose al texto de san Pablo correspondiente a la liturgia de hoy, indicó que “la Iglesia está concebida como el cuerpo, del que Cristo es la cabeza, y forma con Él una unidad”

Y explicó que “lo que el Apóstol quiere comunicar, es la idea de la unidad en la multiplicidad de los carismas, que son los dones del Espíritu Santo”.

Seguidamente, destacó que la Iglesia “prolonga en la historia la presencia del Señor resucitado, en particular mediante los Sacramentos, la Palabra de Dios, los carismas y los ministerios distribuidos en la comunidad”.

“Por eso, precisamente en Cristo y en el Espíritu Santo, la Iglesia es una y santa, es decir una íntima comunión que trasciende las capacidades humanas y las sostiene”, añadió.

“Transmitir la belleza de ser una sola cosa en la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”
Benedicto XVI mostró su interés en destacar este aspecto de la Iglesia “cuando estamos viviendo la Semana de oración por la unidad de los cristianos, que concluirá mañana, fiesta de la Conversión de San Pablo”.

Recordó que este lunes, como es tradición, celebrará las Vísperas en la Basílica de San Pablo Extramuros, con la participación de los representantes de las demás Iglesias y Comunidades eclesiales presentes en Roma.

Y explicó que “pediremos a Dios el don de la plena unidad de todos los discípulos de Cristo y, en particular, según el tema de este año, renovaremos el compromiso de ser juntos testigos del Señor crucificado y resucitado”.

Además, pidió que “la Virgen María, Madre de la Iglesia, nos conceda seguir progresando en la comunión, para transmitir la belleza de ser una sola cosa en la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales
Antes de rezar el Ángelus, también recordó la figura de san Francisco de Sales, patrón de los periodistas y de la prensa católica, en el día de su memoria litúrgica.

Confió a su asistencia espiritual el Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales,que ha firmado para la ocasión.

El texto, titulado “El sacerdote y la pastoral en el mundo digital: los nuevos medios al servicio de la Palabra”, fue presentado este sábado en el Vaticano.

El Santo Padre glosó brevemente la vida san Francisco de Sales: “Nacido en Savoya en 1567, estudió derecho en Padua y en París y, llamado por el Señor, se convirtió en sacerdote”, explicó.

Y destacó: “Se dedicó con gran fruto a la predicación y a la formación espiritual de los fieles, enseñando que la llamada a la santidad es para todos y que cada uno -como dice san Pablo con la comparación del cuerpo- tiene su lugar en la Iglesia”.

Carta del Prelado (noviembre 2008)

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La carta que Mons. Echevarría escribe mensualmente se centra esta vez en el tesoro que es la Iglesia. El Prelado sugiere algunas acciones concretas para amarla y servirla.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Hace pocos días concluyó la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos, en la que he podido palpar con alegría, una vez más, la unidad y la universalidad de la Iglesia. Me ha conmovido también la confianza en la labor del Opus Dei que muchos Padres de muy diversos países me manifestaban: bastantes daban gracias por el servicio apostólico que los fieles y Cooperadores de la Obra llevan a cabo en sus diócesis, y otros me urgían a dar comienzo, cuanto antes, al trabajo apostólico estable en sus países o regiones. He pensado muchas veces en aquellos sueños de nuestro Padre, cuando nos recordaba que nos esperan en muchos lugares, mientras rezaba por la futura tarea.

Ante esas manifestaciones de interés y de afecto, ante tantas llamadas urgentes, me venían con más insistencia a la cabeza aquellas palabras: «¡Jesús, almas!… ¡Almas de apóstol!: son para ti, para tu gloria». Hagamos eco a diario a ese clamor que nuestro Padre desea que resuene en nuestros corazones, mientras nos ayuda desde el Cielo.

Vibrar con las necesidades de la Iglesia, en todos los continentes, es y será siempre algo muy propio de los cristianos. Esta profunda actitud del corazón se pone especialmente de manifiesto en el día de hoy, solemnidad de Todos los Santos. La solemnidad que celebramos, no sólo nos invita a recordar a la inmensa muchedumbre de almas bienaventuradas; nos transmite también una invitación a profundizar en el misterio de la Iglesia, de la que formamos parte los que peregrinamos aún en la tierra, los que se purifican en el Purgatorio y los que gozan ya de Dios en el Cielo.

No se me borra el júbilo con que San Josemaría expresaba esta verdad. «En la Santa Iglesia —escribía en una ocasión— los católicos encontramos nuestra fe, nuestras normas de conducta, nuestra oración, el sentido de la fraternidad, la comunión con todos los hermanos que ya desaparecieron y que se purifican en el Purgatorio —Iglesia purgante—, o con los que gozan ya —Iglesia triunfante— de la visión beatífica, amando eternamente al Dios tres veces Santo. Es la Iglesia que permanece aquí y, al mismo tiempo, trasciende la historia. La Iglesia, que nació bajo el manto de Santa María, y continúa —en la tierra y en el cielo— alabándola como Madre».

Una de las enseñanzas capitales de San Pablo versa precisamente sobre la naturaleza de la Iglesia: nos habla de los discípulos del Señor, convocados por Dios Padre y reunidos por el Espíritu Santo para constituir el Cuerpo místico de Cristo. Benedicto XVI lo ha subrayado varias veces, a lo largo de este año dedicado al Apóstol de los gentiles. Al compás de algunas de sus enseñanzas, os invito a meditar en estas verdades durante las próximas semanas. Como fruto de esa consideración, espero de Dios que se acreciente en cada uno de nosotros el amor a nuestra Madre la Iglesia y el deseo de servirla como la Iglesia quiere ser servida, en cualquier situación en la que nos encontremos.

El Papa nos anima a considerar, ante todo, que el «primer contacto [del Apóstol] con la persona de Jesús tuvo lugar a través del testimonio de la comunidad cristiana de Jerusalén (…). La historia nos demuestra que normalmente se llega a Jesús pasando por la Iglesia». El Santo Padre comenta que, en ocasiones —como le sucedió a Saulo—, ese primer contacto con la Iglesia (realidad espiritual y visible al mismo tiempo) puede resultar «un contacto turbulento. Al conocer al nuevo grupo de creyentes, se transformó inmediatamente en su fiero perseguidor. Lo reconoce él mismo tres veces en diferentes cartas» . Normalmente no tiene por qué suceder así; sobre todo, si los cristianos procuramos reflejar fielmente la figura de Jesús en nuestras palabras y en nuestra conducta. En la vía de Damasco, San Pablo comprendió que «al perseguir a la Iglesia, perseguía a Cristo. Entonces, Pablo se convirtió, al mismo tiempo, a Cristo y a la Iglesia. Así se comprende —concluye Benedicto XVI— por qué la Iglesia estuvo tan presente en el pensamiento, en el corazón y en la actividad de San Pablo».

Meditemos de nuevo las palabras de Jesucristo resucitado. A la pregunta de Saulo —¿quién eres tú, Señor?—, el Señor responde: Yo soy Jesús, a quien tú persigues[6]. «En el fondo, en esta exclamación del Resucitado, que transformó la vida de Saulo, se halla contenida toda la doctrina sobre la Iglesia como Cuerpo de Cristo. Cristo no se retiró al cielo, dejando en la tierra una multitud de seguidores que llevan adelante “su causa”. La Iglesia no es una asociación que quiere promover cierta causa. En ella no se trata de una causa. Se trata de la persona de Jesucristo, que, también como Resucitado, sigue siendo “carne”. Tiene “carne y huesos” (Lc 24, 39), como afirma en el evangelio de San Lucas el Resucitado, ante los discípulos que creían que era un espíritu. Tiene un cuerpo. Está presente personalmente en su Iglesia».

A la luz de estas consideraciones, ahondamos más en la realidad de que cualquier ofensa a la Iglesia —a su doctrina, a sus sacramentos e instituciones, a sus Pastores, especialmente a su Cabeza visible, el Romano Pontífice— constituye un menosprecio a Jesucristo mismo. Porque la Iglesia que contemplamos en la tierra, a pesar de las flaquezas y errores que arrastremos sus miembros, es siempre la Iglesia de Dios,como repite Pablo innumerables veces: el Pueblo que Dios Padre ha convocado en su presencia; el Cuerpo de Cristo, que Jesucristo ha fundado al precio de su sangre, para prolongar su presencia en la historia hasta el final de los tiempos; el Templo del Espíritu Santo, que se levanta como la verdadera morada de Dios entre los hombres. Con palabras de un Padre de la Iglesia, que asumió el Concilio Vaticano II, «toda la Iglesia aparece como “un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”».

La Unidad y Trinidad de Dios define, pues, el fundamento último de la realidad y naturaleza íntima de la Iglesia. Por eso, «se equivocarían gravemente los que intentaran separar una Iglesia carismática —que sería la verdaderamente fundada por Cristo—, de otra jurídica o institucional, que sería obra de los hombres y simple efecto de contingencias históricas. Sólo hay una Iglesia. Cristo fundó una sola Iglesia: visible e invisible, con un cuerpo jerárquico y organizado, con una estructura fundamental de derecho divino, y una íntima vida sobrenatural que la anima, sostiene y vivifica».

La sublime visión de la Iglesia, que San Pablo expone en sus epístolas, da razón de la fortaleza con que actúa cuando se pone en juego su unidad o su universalidad. A los cristianos de Corinto, propensos a dividirse en facciones contrapuestas, les amonesta: me han llegado noticias sobre vosotros, hermanos míos, de que hay discordias entre vosotros. Me refiero a que cada uno de vosotros va diciendo: “Yo soy de Pablo”, “Yo, de Apolo”, “Yo, de Cefas”, “Yo, de Cristo”. ¿Está dividido Cristo? ¿Es que Pablo fue crucificado por vosotros o fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?.

La defensa de la unidad de esta Madre santa se muestra como una pasión dominante en la vida del Apóstol, como lo fue también la defensa de su universalidad. «Desde el primer momento —enseña el Papa— había comprendido que esta realidad no estaba destinada sólo a los judíos, a un grupo determinado de hombres, sino que tenía un valor universal y afectaba a todos, porque Dios es el Dios de todos». Y así, ante el peligro de que la primitiva comunidad cristiana quedase encerrada en los límites de la Sinagoga, el llamado Concilio de Jerusalén declara que todos los hombres y mujeres, de cualquier raza, lengua y nación, están llamados a una plena incorporación a la Iglesia de Cristo, en la que ya no hay diferencia entre judío y griego, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer, porque todos vosotros sois uno solo en Cristo Jesús.

De esta pertenencia de la Iglesia a Cristo, procede «nuestro deber de vivir realmente en conformidad con Cristo. De aquí derivan también las exhortaciones de San Pablo a propósito de los diferentes carismas que animan y estructuran a la comunidad cristiana. Todos se remontan a un único manantial, que es el Espíritu del Padre y del Hijo, sabiendo que en la Iglesia nadie carece de un carisma, pues, como escribe el Apóstol, “a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común” (1 Cor12, 7)». ¿Es sinceramente piadosa tu petición pro unitate apostolatus? ¿Cómo rezas por todos los que gastan su existencia por la Iglesia? ¿Sabes llegarte con la oración hasta el último lugar donde se trabaja por Cristo?

¡Cuántas gracias hemos de dar a Dios por haber querido que la Iglesia sea, al mismo tiempo, única y tan variada! ¡Y qué respeto hemos de mostrar a todas las manifestaciones con las que el Espíritu Santo quiere adornar a la Esposa de Cristo! «En la Iglesia hay diversidad de ministerios, pero uno sólo es el fin: la santificación de los hombres. Y en esta tarea participan de algún modo todos los cristianos, por el carácter recibido con los Sacramentos del Bautismo y de la Confirmación. Todos hemos de sentirnos responsables de esa misión de la Iglesia, que es la misión de Cristo». Nadie sobra en la Iglesia: todos somos necesarios. El punto importante se centra en la comunión con su Cabeza visible, con los Pastores y con el entero Pueblo de Dios, cada uno según la llamada y la gracia que ha recibido.

En el marco de las enseñanzas eclesiológicas de San Pablo, la realidad teológica y jurídica de la Obra —que es una pequeña parte de la Iglesia— adquiere todo su relieve. Me gusta considerarlo cuando está a punto de finalizar el especial año mariano que convoqué para conmemorar las bodas de plata de la erección pontificia de la prelatura. La labor apostólica del Opus Dei —de sus fieles laicos y de sus sacerdotes— es necesariamente una colaboración a la vitalidad pastoral de las Iglesias particulares en las que la Prelatura vive y actúa.

Así lo recordaba con inmenso cariño el Siervo de Dios Juan Pablo II, cuando, hablando de la «naturaleza jerárquica del Opus Dei», añadía: «La pertenencia de los fieles laicos tanto a su Iglesia particular como a la Prelatura, a la que están incorporados, hace que la misión peculiar de la Prelatura confluya en el compromiso evangelizador de toda Iglesia particular, tal como previó el Concilio Vaticano II al plantear la figura de las prelaturas personales».

Es una señal más de algo que Benedicto XVI subrayaba recientemente:«”La Iglesia de Dios” no es sólo la suma de distintas Iglesias locales, sino que las diversas Iglesias locales son a su vez realización de la única Iglesia de Dios. Todas juntas son la “Iglesia de Dios”, que precede a las Iglesias locales, y que se expresa, se realiza, en ellas». Y el Opus Dei, al servicio de la Iglesia, del Romano Pontífice y de todas las almas, cumple ese fin como una de las instituciones que el Romano Pontífice puede erigir para realizar peculiares tareas pastorales, que, «en cuanto tales,pertenecen a la Iglesia universal, aunque sus miembros son también miembros de las Iglesias particulares donde viven y trabajan (…). Esto no sólo no lesiona la unidad de la Iglesia particular fundada en el Obispo, sino que por el contrario contribuye a dar a esta unidad la interior diversificación propia de la comunión».

En este sentido, me da alegría comunicaros que ya se ha comenzado el trabajo apostólico estable en Indonesia; y que está muy próximo, si Dios quiere, el momento en que se abrirá el primer Centro en Bucarest. También se prepara el comienzo de la labor estable en Bulgaria y en Corea: a vuestra oración y a la de quienes participan de la labor de la Obra encomiendo la expansión apostólica a esos lugares y a tantos otros.

Siguiendo las huellas de nuestro Padre, he ido a rezar ante la imagen de la Medalla Milagrosa de la Rue du Bac, en París. Allí he presentado vuestra oración a Santa María, para que Ella nos ayude a realizar el gran milagro de convertir la vida ordinaria en santidad heroica. Recorramos estos últimos días del año mariano, y todo el tiempo de nuestra vida, bien asidos a la mano de la Virgen, dando cumplimiento a la indicación que dirigió a los sirvientes en Caná: haced lo que Él os diga. Intentemos imitar a aquellos criados, con la voluntad —todas y todos— de responder usque ad summum, totalmente, con oración y trabajo.

No termino sin pediros, una vez más, que os unáis a mis intenciones, especialmente en la Santa Misa. En estos días, rezad por los hermanos vuestros a quienes administraré el diaconado, en Roma, el próximo 22 de noviembre, víspera de la solemnidad de Cristo Rey.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

“Encontré a Dios en la Universidad”

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Marina estudia en la Universidad de Roma (Italia). Descubrió su vocación cristiana recientemente, ayudada por una amiga de la carrera. Ahora se enfrenta a la aventura de ser apóstol entre sus compañeros de aula.

¿Cómo te acercaste a la fe?

Marina (izqda) estudia Ciencias Políticas en una Universidad de Roma.

Vivo en Roma desde hace dos años. Estudio Ciencias políticas, y he vuelto a la práctica de la fe tras entrar en contacto con el Opus Dei por casualidad.

Una amiga acudía a una residencia universitaria para recibir unos cursos de formación cristiana que ofrecía el Opus Dei. Más de una vez me invitó a acompañarla, pero sinceramente la idea no me atraía mucho.

Desde hacía algún tiempo había dejado de ir a Misa. No veía motivos para acercarme a una Iglesia en la que, pensaba entonces, se vivía una fe “medieval”. Aquello no iba conmigo.

Así que a esta amiga le respondía: “No, gracias. No me interesan esas cosas”. Y, por si acaso insistía, me inventaba cualquier excusa.

Finalmente, más por educación que otra cosa, decidí acompañarla a la residencia universitaria “Celimontano”, que así se llama aquel lugar. Pensaba que contentándola una vez, bastaría para que no insistiese en futuras ocasiones.

¿Qué encontraste allí?

Se podía charlar con un sacerdote, y por curiosidad comencé a hablar con él. Me sorprendió su capacidad de escucha (y a mí me gusta hablar, lo reconozco). Hablamos de san Josemaría, el Fundador del Opus Dei, y su vida me resultó muy atractiva.

Comencé a estudiar con una estampa del santo delante de los libros. No sé por qué inicié aquella costumbre. En cambio sí recuerdo que me decía a mí misma: “Veamos si, de verdad, una hora de estudio es una hora de oración”.

Por aquel entonces pensé que podría extender mi “gusto por la conversación” al diálogo con Dios. Tenía verdaderas ganas de encontrar a Alguien que diese un Significado a mi vida, pero temía quedar decepcionada.

“Mucha gente no conoce a Dios simplemente porque no ha hablado con nadie de Él”.

¿Cuáles fueron los primeros pasos?

Leí muchas veces algunos puntos de “Camino”. Comprendí que la puerta que había cerrado podía abrirse de nuevo. Así que comencé a asistir a un curso de doctrina cristiana básica y después a los círculos de formación cristiana que se organizan en la residencia.

Durante este tiempo he podido pensar mucho en mi relación personal con Dios. Comprendí, por ejemplo, que corría el riesgo de basarlo todo en el sentimentalismo. Pero es peligroso, porque cuando el sentimiento cambia o decrece, nuestra amistad con Dios también puede hacerlo.

Para descubrir estos problemas a otras personas, mi amiga –aquella que tanta paciencia había tenido conmigo- y yo hemos pedido un aula de la Universidad. Allí organizamos encuentros con amigos y otros estudiantes una vez a la semana, en los que hablamos de cuestiones relativas a Dios y a la existencia humana.

Las dos pensamos que hay mucha gente que no conoce a Dios simplemente porque no ha hablado con nadie de Él. Por la misma razón, otros muchos viven su religiosidad de forma rutinaria, sin profundizar.

¿Pero es posible hablar de Dios en la Universidad?

“Ahora sé que trabajo para ofrecer todas estas cosas a una Persona”.

¡Yo misma puedo decir que encontré a Dios en la Universidad! Hacer “apostolado” –hablar a los demás de Dios- allí no es solamente posible, sino que además resulta una experiencia intelectualmente estimulante.

Por ejemplo, en la asignatura de Derecho Privado es normal hablar del Matrimonio, como institución social. Este año, la profesora ha visto la necesidad de estudiar también las “parejas de hecho”.

Pensé que se me presentaba una ocasión única, y solicité realizar un estudio específico y presentarlo en público. Mis compañeros pensaban que citaría textos de la Sagrada Escritura, pero yo fundamenté la diferencia entre la institución matrimonial y esas otras realidades basándome únicamente en el derecho y el sentido común.

Esto no significa que no haya otros argumentos válidos de diferente naturaleza. De hecho, muchos compañeros me mostraron su interés por conocer otras fundamentaciones de mi exposición, más allá de los conceptos jurídicos.

Estoy muy contenta por haber encontrado sentido a mi esfuerzo, a mi estudio, a mis actividades. Un sentido que no se queda simplemente en la satisfacción inmediata del deber cumplido, del reconocimiento o del prestigio. Ahora sé que trabajo para ofrecer todas estas cosas a una Persona.


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