Alegres con esperanza

fundador  Tagged , , , , , No Comments »

Francisco Varo presentó ayer en Madrid su libro “Alegres con esperanza. Textos de San Pablo meditados por San Josemaría”

Opus Dei -

Francisco Varo, profesor de Sagrada Escritura de la Facultad de Teología en la Universidad de Navarra, dijo ayer que el Año Paulino que se clausura el próximo 29 de junio ha sido muy positivo, porque ha servido para despertar el interés por un personaje importante en los orígenes del cristianismo, como es Pablo de Tarso, poco conocido para gran parte de la gente, pero que hoy tiene mucho que aportar”.

Varo presentó ayer su libro “Alegres con esperanza. Textos de San Pablo meditados por San Josemaría” (Rialp, 2009). “San Pablo es visto –dijo Varo– como  un hombre metido en el mundo, al que la fe le ayuda a vivir alegre, mirando la vida con esperanza”.

Un personaje para admirar y para imitar
“Amplitud de horizontes, afán recto y sano de renovar el pensamiento, cuidadosa atención a la ciencia y al pensamiento contemporáneos, y una actitud positiva y abierta ante las transformaciones actuales de las estructuras sociales y formas de vida”, son algunas características que San Josemaría ve en San Pablo, según Varo.

Según este autor, Pablo de Tarso “es un personaje para admirar y para imitar”, “es un hombre de su tiempo,  conocedor de sus derechos y deberes como ciudadano romano, y a quien el mensaje cristiano enriquece y abre horizontes”.

Valorar el don del sacerdocio
Francisco Varo se refirió además al Año Sacerdotal convocado por el Papa a partir del 19 de junio, y destacó el objetivo de que “los sacerdotes redescubramos y nos sintamos cada día más contentos con nuestra vocación, verdadero don de Dios”.

“Me gustaría –dijo también-  que todo el pueblo cristiano valore el don del sacerdocio, y muchos jóvenes puedan darse cuenta de que los ideales que llevan en su corazón los harán felices toda su vida si se abren a escuchar a Dios que los llama”.

Como experto en Sagrada Escritura y autor de los libros “¿Sabes leer la Biblia?” y “Rabí Jesús de Nazaret”, destacó que “los evangelios no son manuales de historia, pero sí escritos que testimonian unos hechos reales”, y advirtió del riesgo que supone “tomar algunos datos sueltos, para integrarlos en una trama alternativa, que siempre ha sido una tentación para gnósticos e “iluminados” de todas las épocas. Pero eso no es ciencia, sino literatura-ficción en el mejor de los casos”.

Un inestimable tesoro

iglesia  Tagged , , , , , No Comments »

“San Pablo era consciente de llevar un inestimable tesoro, que es el mensaje de la salvación, pero de llevarlo en un “recipiente de barro”, dice Benedicto XVI en la conclusión del Año Paulino.

Opus Dei - San Pablo Extramuros

San Pablo Extramuros

Para el Papa, el modelo del apóstol Pablo no se encuentra tanto en las circunstancias de su extraordinaria vida, sino “en el amor por Cristo, en el celo por el anuncio del Evangelio, en la dedicación a la comunidad y en la elaboración de eficaces síntesis de teología pastoral”.

“San Pablo es un ejemplo de sacerdote totalmente identificado con su ministerio –como lo será también el Santo Cura de Ars-, consciente de llevar un inestimable tesoro, que es el mensaje de la salvación, pero de llevarlo en un “recipiente de barro”, señaló.

De esta manera, prosiguió, “él es fuerte y humilde al mismo tiempo y está íntimamente convencido de que todo es mérito de Dios, todo es gracia suya”.

El pontífice afirmó que las palabras del apóstol de los gentiles “El amor de Cristo nos posee” “bien pueden ser el lema de cada sacerdote”.

En este sentido, destacó que el Espíritu que cautiva de esta manera al sacerdote hace de él “un fiel administrador de los misterios de Dios”.

“El presbítero debe ser todo de Cristo y todo de la Iglesia, a la que está llamado a dedicarse con amor indiviso, como un esposo fiel a su esposa”, dijo.

Antes de rezar la oración del Ángelus, el Santo Padre invitó a agradecer a Dios “por el Año Paulino y por todos los dones espirituales que nos ha traído”.

“Ha sido un verdadero tiempo de gracia en el que, mediante las peregrinaciones, las catequesis, numerosas publicaciones y diversas iniciativas, la figura de San Pablo ha sido propuesta de nuevo en toda la Iglesia”, consideró.

“Su vibrante mensaje ha reavivado en todas partes, en las comunidades cristianas, la pasión por Cristo y por el Evangelio”, destacó.

También se refirió al Año Sacerdotal inaugurado el pasado 19 de junio y mostró su seguridad en que este tiempo supondrá “un mayor impulso espiritual y pastoral que traerá muchos beneficios al pueblo cristiano y especialmente al clero”.

Benedicto XVI reiteró que el Año Sacerdotal “busca contribuir a promover el esfuerzo de renovación interior de todos los sacerdotes para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más fuerte y eficaz”.

Finalmente, pidió que “la Virgen, a quien San Juan María Vianney tanto amó e hizo amar a sus feligreses, ayude a cada sacerdote a reavivar el don de Dios que está en él en virtud de las Sagradas Órdenes”.

Y ello –concluyó- “para que crezca en la santidad y esté dispuesto a dar testimonio, si es necesario hasta el martirio, de la belleza de su total y definitiva consagración a Cristo y a la Iglesia”.

CONCLUSIÓN

libros  Tagged , , , , , No Comments »

78. Sin Dios el hombre no sabe donde ir ni tampoco logra entender quién es. Ante los grandes problemas del desarrollo de los pueblos, que nos impulsan casi al desasosiego y al abatimiento, viene en nuestro auxilio la palabra de Jesucristo, que nos hace saber: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Y nos anima: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final del mundo» (Mt 28,20). Ante el ingente trabajo que queda por hacer, la fe en la presencia de Dios nos sostiene, junto con los que se unen en su nombre y trabajan por la justicia. Pablo VI nos ha recordado en la Populorum progressio que el hombre no es capaz de gobernar por sí mismo su propio progreso, porque él solo no puede fundar un verdadero humanismo. Sólo si pensamos que se nos ha llamado individualmente y como comunidad a formar parte de la familia de Dios como hijos suyos, seremos capaces de forjar un pensamiento nuevo y sacar nuevas energías al servicio de un humanismo íntegro y verdadero. Por tanto, la fuerza más poderosa al servicio del desarrollo es un humanismo cristiano,[157] que vivifique la caridad y que se deje guiar por la verdad, acogiendo una y otra como un don permanente de Dios. La disponibilidad para con Dios provoca la disponibilidad para con los hermanos y una vida entendida como una tarea solidaria y gozosa. Al contrario, la cerrazón ideológica a Dios y el indiferentismo ateo, que olvida al Creador y corre el peligro de olvidar también los valores humanos, se presentan hoy como uno de los mayores obstáculos para el desarrollo. El humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumano. Solamente un humanismo abierto al Absoluto nos puede guiar en la promoción y realización de formas de vida social y civil -en el ámbito de las estructuras, las instituciones, la cultura y el ethos-, protegiéndonos del riesgo de quedar apresados por las modas del momento. La conciencia del amor indestructible de Dios es la que nos sostiene en el duro y apasionante compromiso por la justicia, por el desarrollo de los pueblos, entre éxitos y fracasos, y en la tarea constante de dar un recto ordenamiento a las realidades humanas. El amor de Dios nos invita a salir de lo que es limitado y no definitivo, nos da valor para trabajar y seguir en busca del bien de todos, aun cuando no se realice inmediatamente, aun cuando lo que consigamos nosotros, las autoridades políticas y los agentes económicos, sea siempre menos de lo que anhelamos[158]. Dios nos da la fuerza para luchar y sufrir por amor al bien común, porque Él es nuestro Todo, nuestra esperanza más grande.

79. El desarrollo necesita cristianos con los brazos levantados hacia Dios en oración, cristianos conscientes de que el amor lleno de verdad, caritas in veritate, del que procede el auténtico desarrollo, no es el resultado de nuestro esfuerzo sino un don. Por ello, también en los momentos más difíciles y complejos, además de actuar con sensatez, hemos de volvernos ante todo a su amor. El desarrollo conlleva atención a la vida espiritual, tener en cuenta seriamente la experiencia de fe en Dios, de fraternidad espiritual en Cristo, de confianza en la Providencia y en la Misericordia divina, de amor y perdón, de renuncia a uno mismo, de acogida del prójimo, de justicia y de paz. Todo esto es indispensable para transformar los «corazones de piedra» en «corazones de carne» (Ez 36,26), y hacer así la vida terrena más «divina» y por tanto más digna del hombre. Todo esto es del hombre, porque el hombre es sujeto de su existencia; y a la vez es de Dios, porque Dios es el principio y el fin de todo lo que tiene valor y nos redime: «el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios» (1 Co 3,22-23). El anhelo del cristiano es que toda la familia humana pueda invocar a Dios como «Padre nuestro». Que junto al Hijo unigénito, todos los hombres puedan aprender a rezar al Padre y a suplicarle con las palabras que el mismo Jesús nos ha enseñado, que sepamos santificarlo viviendo según su voluntad, y tengamos también el pan necesario de cada día, comprensión y generosidad con los que nos ofenden, que no se nos someta excesivamente a las pruebas y se nos libre del mal (cf. Mt 6,9-13).

Al concluir el Año Paulino, me complace expresar este deseo con las mismas palabras del Apóstol en su carta a los Romanos: «Que vuestra caridad no sea una farsa: aborreced lo malo y apegaos a lo bueno. Como buenos hermanos, sed cariñosos unos con otros, estimando a los demás más que a uno mismo» (12,9-10). Que la Virgen María, proclamada por Pablo VI Mater Ecclesiae y honrada por el pueblo cristiano como Speculum iustitiae y Regina pacis, nos proteja y nos obtenga por su intercesión celestial la fuerza, la esperanza y la alegría necesaria para continuar generosamente la tarea en favor del «desarrollo de todo el hombre y de todos los hombres»[159].

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 29 de junio, solemnidad de San Pedro y San Pablo, del año 2009, quinto de mi Pontificado.

BENEDICTO XVI

“Sólo la Palabra de Dios puede cambiar profundamente el corazón humano”

firmes en la fe  Tagged , , , , , No Comments »

El domingo empezó en la basílica de San Pablo Extramuros en Roma, la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema “La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”

07 de octubre de 2008

A las 9,30,  el Papa presidió la concelebración eucarística con los padres sinodales, con ocasión de la apertura de la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, sobre el tema “La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”.

Comentando en la homilía el Evangelio sobre la imagen de la viña, el Santo Padre afirmó que lo que denuncia este episodio “interpela de manera especial, a los pueblos que han recibido el anuncio del Evangelio. Si contemplamos la historia, nos vemos obligados a constatar con frecuencia la frialdad y la rebelión de cristianos incoherentes”.

“Naciones que en un tiempo tenían una gran riqueza de fe y vocaciones ahora están perdiendo su identidad, bajo la influencia deletérea y destructiva de una cierta cultura moderna. Hay quien, habiendo decidido que “Dios ha muerto”, se declara a sí mismo “dios”, considerándose el único agente de su propio destino, el propietario absoluto del mundo. (…) Pero cuando el hombre elimina a Dios de su horizonte, cuando declara que Dios ha “muerto”, ¿es verdaderamente feliz? ¿Se hace verdaderamente más libre? (…) ¿No sucede más bien -como lo demuestra la crónica cotidiana- que se difunden el arbitrio del poder, los intereses egoístas, la injusticia y el abuso, la violencia en todas sus expresiones? Al final el hombre se encuentra más solo y la sociedad más dividida y confundida”.

Tras poner de relieve que “en las palabras de Jesús hay una promesa: la viña no será destruida”, Benedicto XVI aseguró que “el mensaje consolador que recogemos de estos textos bíblicos es la certeza de que el mal y la muerte no tienen la última palabra, sino que al final Cristo vence. ¡Siempre! La Iglesia no se cansa de proclamar esta Buena Nueva, como sucede también hoy, en esta basílica dedicada al apóstol de las gentes, que fue el primero en difundir el Evangelio en grandes regiones de Asia Menor y Europa”.

“Sólo la Palabra de Dios -continuó- puede cambiar profundamente el corazón del ser humano; por eso es importante que entremos en una intimidad cada vez mayor con ella tanto cada uno de los creyentes como las comunidades. La asamblea sinodal dirigirá su atención a esta verdad fundamental para la vida y la misión de la Iglesia. Alimentarse de la Palabra de Dios es para ella su primera y fundamental tarea”.

El Santo Padre dijo que “en este Año Paulino escucharemos resonar con particular urgencia el grito del apóstol de las gentes: “¡ay de mí si no predicara el Evangelio!”; grito que para cada cristiano se convierte en una invitación insistente a ponerse al servicio de Cristo”.

“La mies es mucha”, repite también hoy el Maestro divino: muchos todavía no le han encontrado y están en espera del primer anuncio de su Evangelio; otros, a pesar de que han recibido una formación cristiana, han perdido el entusiasmo y sólo mantienen un contacto superficial con la Palabra de Dios; otros se han alejado de la práctica de la fe y tienen necesidad de una nueva evangelización. No faltan, además, personas de recta conciencia que se plantean preguntas esenciales sobre el sentido de la vida y de la muerte, preguntas a las que sólo Cristo puede ofrecer respuestas convincentes. Por eso, es indispensable que los cristianos de todos los continentes estén dispuestos a responder a quien pida razón de su esperanza, anunciando con alegría la Palabra de Dios y viviendo sin compromisos el Evangelio”.

El Papa concluyó pidiendo a Dios su ayuda para que durante las sesiones sinodales “nos planteemos juntos cómo hacer cada vez más eficaz el anuncio del Evangelio en nuestro mundo. Todos experimentamos la necesidad de poner en el centro de nuestra vida la Palabra de Dios, de acoger a Cristo como nuestro único Redentor, como Reino de Dios en persona, para que su luz ilumine todos los ámbitos de la humanidad: desde la familia hasta la escuela, desde la cultura hasta el trabajo, desde el tiempo libre hasta los demás sectores de la sociedad y de nuestra vida.

Carta del Prelado (julio 2008)

compromiso  Tagged , , , , , , No Comments »

“¿Señor, qué quieres que haga?”. El Prelado toma esta pregunta de los escritos de san Pablo e invita a hacerla propia en nuestra oración, poniéndonos siempre a disposición de Dios.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Al escribiros estas líneas, viene con ímpetu a mi corazón la necesidad de dar gracias a Dios por los beneficios que nos concede. Una vez más, el 26 de junio, hemos contemplado cómo se difunde la devoción a San Josemaría por el mundo entero. En muchas decenas de países se ha conmemorado a nuestro Padre en su fiesta, y resultan innumerables las ciudades en las que ese día se celebró la Santa Misa en su honor. De este modo, el espíritu del Opus Dei ha llegado a más personas, a nuevos ambientes, ayudando a los cristianos a encontrar y amar a Dios en las situaciones ordinarias de la propia existencia.

Además, precisamente en esa fecha, hemos recibido una caricia especial del Señor: la conclusión del proceso instructorio de la Causa de canonización del queridísimo don Álvaro, en el Tribunal del Vicariato de Roma. Cuando, dentro de pocas semanas, se clausuren las sesiones del Tribunal de la Prelatura, se presentarán los correspondientes documentos en la Congregación para las Causas de los Santos. Luego, tras el reconocimiento de la validez de los procesos, comenzará una nueva etapa: la redacción de la positio sobre la vida y las virtudes heroicas del primer sucesor de nuestro Padre. Desde ahora os pido que recemos con insistencia por la feliz conclusión de esos trabajos: nos servirá de ayuda para seguir fielmente y muy de cerca a San Josemaría, como procedió siempre don Álvaro.

El día 28, víspera de la solemnidad de San Pedro y San Pablo, Benedicto XVI inauguró el año paulino, que había convocado para celebrar los dos mil años del nacimiento del Apóstol. Secundando los deseos del Romano Pontífice, nos empeñaremos por conocer mejor su vida y su doctrina, y por seguir su ejemplo. He presenciado la alegría inmensa de nuestro Padre al contemplar el espíritu de conversión continua de Pablo, y así quería personalmente buscar a Cristo.

San Juan Crisóstomo, gran admirador y devoto del Apóstol, hacía un panegírico de su gran figura, que puede ayudarnos mucho. Decía ese Padre y Doctor de la Iglesia que «no se equivocaría quien llamase al alma de Pablo prado de virtudes y paraíso espiritual, pues se hallaba floreciente de gracia y, al mismo tiempo, manifestaba la sabiduría de un alma digna de la gracia. En efecto, desde que se convirtió en instrumento elegido y se purificó convenientemente, sobre él se derramó copiosamente el don del Espíritu Santo. De allí nacieron para nosotros unos ríos maravillosos; no sólo cuatro, como eran los manantiales del paraíso (cfr. Gn 2, 10-14), sino muchos más. Esos ríos fluyen cada día, pero no riegan la tierra, sino las almas de los hombres, incitándoles a producir como fruto la virtud»[1].

Hoy os invito a considerar la respuesta de Saulo a la vocación. Era un judío celoso, fiel observante de la Ley de Moisés. Por este motivo —recuerda él mismo— perseguía con saña a la Iglesia de Dios y la combatía, y aventajaba en el judaísmo a muchos contemporáneos de mi raza, por ser extremadamente celoso de las tradiciones de mis padres[2]. Sin embargo, cuando se dirigía a Damasco, fue alcanzado por Cristo Jesús[3]. Se le apareció el Señor Resucitado que, llamándole por su nombre, le reveló su designio: hacer de él un vaso de elección —como manifestó el mismo Señor a Ananías— para llevar su Nombre a los gentiles[4]. ¿Has pensado con frecuencia que también a cada uno de nosotros nos ha buscado, más aún, nos busca Jesucristo todos los días, pidiéndonos la conversión sincera hacia la santidad?

Mientras San Lucas cuenta el hecho con abundancia de detalles —comenta el Santo Padre— (…), él en sus cartas va a lo esencial y no habla sólo de una visión (cfr. 1 Cor 9, 1), sino también de una iluminación (cfr. 2 Cor 4, 6), y sobre todo de una revelación y una vocación (…). De hecho, se definirá explícitamente “apóstol por vocación” (cfr. Rm 1, 1; 1 Cor 1, 1) o “apóstol por voluntad de Dios” (cfr. 2 Cor 1, 1; Ef 1, 1; Col 1, 1), como para subrayar que su conversión no fue resultado de pensamientos o reflexiones, sino fruto de una intervención divina, de una gracia divina imprevisible[5].

Agradezcamos frecuentemente la vocación cristiana, y el modo concreto de vivirla de acuerdo con el espíritu del Opus Dei. Pero no manifestemos sólo con palabras esa gratitud, sino también con las obras. Nos ayudará mucho la lectura y la meditación diarias del Evangelio, donde Jesucristo sigue interpelando de modo personal a las mujeres y a los hombres, como hacía con las personas a su paso por la tierra. Lo que allí se narra —escribió San Josemaría— (…) no sólo has de saberlo, sino que has de vivirlo. Todo, cada punto relatado, se ha recogido, detalle a detalle, para que lo encarnes en las circunstancias concretas de tu existencia.

—El Señor nos ha llamado a los católicos para que le sigamos de cerca y, en ese Texto Santo, encuentras la Vida de Jesús; pero, además, debes encontrar tu propia vida.

Aprenderás a preguntar tú también, como el Apóstol, lleno de amor: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?…” —¡La Voluntad de Dios!, oyes en tu alma de modo terminante.

Pues, toma el Evangelio a diario, y léelo y vívelo como norma concreta. —Así han procedido los santos[6].

Antes de proseguir, ¿cómo amas, cómo cuidas, cómo aprendes de la lectura del Evangelio? ¿Viene a tu cabeza el pensamiento de que esas palabras las ha querido el Señor para ti? ¿Recomiendas esa manera de conocer y de tratar a Jesucristo?

La Voluntad de Dios se manifiesta de modos muy diversos a cada persona. Además de las inspiraciones que pone directamente en las almas, el Señor se da a conocer a través de las celebraciones litúrgicas, de la asistencia a una predicación, de la dirección espiritual, de las circunstancias normales en que cada uno se desenvuelve. El buen ejemplo de otras personas, los deberes del propio estado, el cumplimiento de las obligaciones familiares, sociales y profesionales, son también campo en el que Dios nos habla cada día, dándonos a conocer su Voluntad. Convéncete de que por tu condición de cristiano, por tu situación de mujer o de hombre del Opus Dei, el Maestro te repite que eres luz puesta para alumbrar[7].

Una vez preguntaron a San Josemaría: ¿cómo saber lo que Dios pide a cada uno? Y ésta fue su respuesta: ¿Y por qué no se lo preguntas a Él? No es una salida de tono: te advierto que te responderá. Y añadía a renglón seguido: Tú, que tienes vida interior, en cualquier momento puedes ponerte en la presencia de Dios: en una iglesia, en la calle, en tu habitación, en clase… ¡Donde quieras! Pídele perdón por tus debilidades y por las mías, y después dile: Señor, ¿qué quieres que haga?, como le decía San Pablo. Y te advierto que el Señor, a veces, pide cosas que cuestan…[8].

Naturalmente, se requiere que cultivemos en el fondo del corazón el deseo de escuchar la voz de Dios, que no queramos cerrar los ojos a su luz. San Pablo, en el camino de Damasco, se rindió plenamente a la llamada de Jesús. ¿Quién eres tú, Señor?, preguntó. Y Él: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que tienes que hacer (…). Se levantó Saulo del suelo y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Le condujeron de la mano a Damasco, donde estuvo tres días sin vista y sin comer ni beber[9].

En la actitud de Pablo llama poderosamente la atención, en primer lugar, su docilidad. Se deja conducir por la mano hasta la ciudad. Luego, con el deseo de purificarse, se dedica a la oración y a la mortificación. Sólo entonces, después de tres días de intensa plegaria acompañada de ayuno generoso, Jesucristo le enviará a Ananías, que tras devolverle la vista le dice: el Dios de nuestros padres te ha elegido para que conocieras su voluntad, vieras al Justo y oyeras la voz de su boca, porque serás su testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído. Ahora, ¿qué esperas? Levántate y recibe el bautismo y lava tus pecados, invocando su nombre[10].

Quid moraris?, ¿qué esperas, para poner por obra lo que Dios quiere de ti? Siempre me han removido estas palabras de Ananías a Pablo, instándole a comenzar inmediatamente su misión. El Señor nos las dirige también a nosotros: ¿qué esperas para lanzarte de lleno a la tarea que te he confiado? Porque la fe y la vocación de cristianos afectan a toda nuestra existencia, y no sólo a una parte. Las relaciones con Dios son necesariamente relaciones de entrega, y asumen un sentido de totalidad. La actitud del hombre de fe es mirar la vida, con todas sus dimensiones, desde una perspectiva nueva: la que nos da Dios[11].

En la inmensa mayoría de los casos, la vocación cristiana deja a cada uno en su sitio —en el lugar de trabajo, en la familia—, dándole una visión nueva, más honda, del sentido de la propia existencia en la tierra. ¡Con qué sencillez y claridad lo explica nuestro Fundador en SurcoMe escribes en la cocina, junto al fogón. Está comenzando la tarde. Hace frío. A tu lado, tu hermana pequeña —la última que ha descubierto la locura divina de vivir a fondo su vocación cristiana— pela patatas. Aparentemente —piensas— su labor es igual que antes. Sin embargo, ¡hay tanta diferencia!

—Es verdad: antes “sólo” pelaba patatas; ahora, se está santificando pelando patatas[12].

¡Qué alegría proporciona la certeza de que en cualquier sitio, en cualquier trabajo honrado, podemos servir a Dios y a los hombres, podemos santificarnos, podemos cooperar en el cumplimiento de la misión de la Iglesia! Hemos de enseñarlo a otros ¡poniéndolo en práctica! El apostolado cristiano cabe muy bien resumirlo en ayudar a que las personas se pongan en contacto con Cristo, y concretamente, por medio de nuestro ejemplo y de nuestras palabras. Cada criatura está llamada a tener —como San Pablo— un encuentro personal con el Señor. Y eso depende en parte de ti y de mí, porque la gracia de Dios no falta. Depende de que los cristianos nos tomemos muy en serio la correspondencia a nuestra vocación.

Considerando la respuesta de San Pablo a la invitación divina en el camino de Damasco, Benedicto XVI concluye que de aquí se deriva una lección muy importante para nosotros: lo que cuenta es poner en el centro de nuestra vida a Jesucristo, de manera que nuestra identidad se caracterice esencialmente por el encuentro, por la comunión con Cristo y con su palabra. A su luz, cualquier otro valor se recupera y a la vez se purifica de posibles escorias[13].

¿Tratamos de hablar más intensamente con el Señor cada día? ¿Le buscamos en las incidencias de la jornada? ¿Nos preparamos para descubrirle en los diversos momentos, mediante una vida de oración y el cumplimiento exacto y gozoso del deber? ¿Repetimos muchas veces como San Pablo: quid faciam, Domine[14], Señor, qué quieres que haga? Pidamos al Apóstol que nos alcance de Dios esas disposiciones profundas del alma, que constituyen la necesaria preparación para escuchar las divinas inspiraciones y ponerlas en práctica. Saboreemos las palabras de San Josemaría: ¡Qué hermosa es nuestra vocación de cristianos —¡de hijos de Dios!—, que nos trae en la tierra la alegría y la paz que el mundo no puede dar![15].

El 7 de julio se cumple otro aniversario de cuando don Álvaro respondió al Señor: “¡aquí estoy!”. Una actitud que renovaba con constancia, lleno de gratitud a nuestro Dios, que, como a los demás, no cesaba de salir a su paso. Nos habló mucho de fidelidad: era lo que llevaba en el alma. Aprendamos.

Dentro de poco, el Santo Padre marchará a Sidney para clausurar la Jornada Mundial de la Juventud. Acompañémosle con nuestra oración y con nuestro cariño. Yo, además, estaré físicamente cerca, pues también iré a Australia en esas fechas. Agradezco al Señor que me permita coincidir con mis hijas y mis hijos de aquel país y de Nueva Zelanda, y saludar a mucha gente que recibe formación en los Centros de la Prelatura. Aprovecharé el viaje para enlazar breves etapas a otros lugares de Asia donde la Obra desarrolla establemente su labor apostólica: India, Hong Kong, Filipinas, Singapur. Como os he recordado otras veces, cuento con que me acompañéis todos en ese itinerario, en unidad de oraciones y de intenciones.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Pamplona, 1 de julio de 2008.

[1] San Juan Crisóstomo, Sermones panegíricos de San Pablo, I, 1.

[2] Gal 1, 13-14.

[3] Flp 3, 12.

[4] Cfr. Hch 9, 15.

[5] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 25-X-2006.

[6] San Josemaría, Forja, n. 754.

[7] Cfr. Mt 5, 14.

[8] San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 13-IV-1974.

[9] Hch 9, 5-9.

[10] Hch 22, 14-16.

[11] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 46.

[12] San Josemaría, Surco, n. 498.

[13] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 25-X-2006.

[14] Hch 22, 10.

[15] San Josemaría, Forja, n. 269.

Carta del Prelado (agosto 2008)

firmes en la fe  Tagged , , , , , , No Comments »

Siguiendo al Santo Padre, el Prelado nos invita a profundizar en la figura y las enseñanzas de San Pablo, sacando consecuencias prácticas para nuestra vida en este año paulino: “¿Quién es Pablo? ¿Qué me dice a mí?”.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Os envío estas líneas desde Manila, una de las etapas del viaje que me ha llevado por diversos países de Asia y Oceanía. En todos los sitios he tenido ocasión de comprobar el amor a Dios y la vibración apostólica de mis hijas y de mis hijos. Entiendo —con las distancias lógicas— y hago mías las palabras de San Pablo: damos continuamente gracias a Dios por todos vosotros, teniéndoos presentes en nuestras oraciones. Sin cesar recordamos ante nuestro Dios y Padre vuestra fe operativa, vuestra caridad esforzada y vuestra constante esperanza en Nuestro Señor Jesucristo[1]. Uníos a este agradecimiento mío, repitiendo muchas veces aquel gratias tibi, Deus, gratias tibi! que acudía con naturalidad a los labios de nuestro Padre, cuando miraba esta partecica de la Iglesia que es la Prelatura del Opus Dei.

Mientras recorremos este año especialmente dedicado al Apóstol de las gentes, tenemos bien presente que —al inaugurarlo— el Romano Pontífice nos sugería: no nos preguntamos sólo: ¿quién era Pablo? Nos preguntamos sobre todo: ¿quién es Pablo? ¿Qué me dice a mí?[2]. Y, tomando el conocido texto a los Gálatas —la vida que vivo ahora en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí[3]-, el Santo Padre añadía: todo lo que Pablo hace, parte de este centro. Su fe es la experiencia de ser amado por Jesucristo de una manera totalmente personal; es la conciencia del hecho de que Cristo ha afrontado la muerte, no por algo anónimo, sino por amor a él —a Pablo— y que, como Resucitado, le ama todavía[4]. Sí, con ese mismo amor nos ha buscado a nosotros.

Después del encuentro en el camino de Damasco —encuentro que revolucionó completamente su vida—, Cristo se convirtió en el punto focal de la persona y de la obra de Saulo, hasta el punto de que el Apóstol pudo afirmar con toda verdad: mihi vivere Christus est[5], para mí, el vivir es Cristo. Y lo explica muy gráficamente a los cristianos de Filipos: cuanto era para mí ganancia, por Cristo lo considero como pérdida. Es más, considero que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por Él perdí todas las cosas, y las considero como basura con tal de ganar a Cristo y vivir en Él, no por mi justicia, la que procede de la Ley, sino por la que viene de la fe en Cristo, justicia que procede de Dios, por la fe[6].

Enseñanza válida y siempre actual para todos los cristianos. Es importante que nos demos cuenta de cómo Jesucristo puede influir en la vida de una persona y, por tanto, también en nuestra propia vida[7], subraya el Papa. Alimentemos en nuestros corazones este único afán: vivir en Cristo, de Cristo y por Cristo; tratarle en la oración y en la Eucaristía, para identificarnos más y más con Él; llevarle a las personas que encontramos a lo largo de nuestro camino. Consideremos que, lo que nos pueda apartar de Dios, hemos de considerarlo basura —como Pablo— y rechazarlo enérgicamente lejos de nosotros, con la gracia del Señor.

Para llegar a esta identificación con Jesús, aspiración y meta de la persona cristiana, en primer lugar, hemos de creer firmemente en Él, adherirnos completamente a los planes que dispone para cada uno de nosotros. San Pablo nos ayuda a entender que la fe debe informar no sólo la inteligencia, sino también la voluntad y el corazón: nuestro ser entero. Afirma que la justificación —el don de Dios por el que somos librados de nuestros pecados e incorporados a la comunión de vida con la Trinidad Beatísima— precede a toda obra o mérito humano. Procede de una elección pura y gratuita del Amor divino. En su carta a los Romanos, por ejemplo, escribe San Pablo: el hombre es justificado por la fe, con independencia de las obras de la Ley[8]. Y a los Gálatas: como sabemos que el hombre no es justificado por las obras de la Ley, sino por medio de la fe en Jesucristo, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en Cristo y no por las obras de la Ley, ya que por las obras de la Ley ningún hombre será justificado[9].

Ser justificados significa saberse acogidos por la justicia misericordiosa de Dios, entrar en comunión con Él y, por eso, participar de su santidad de modo real y verdadero: nos hace verdaderos hijos suyos, en Jesucristo, por la gracia del Espíritu Santo. Comentando esas palabras del Apóstol, el Papa explica que San Pablo expresa el contenido fundamental de su conversión, el nuevo rumbo que tomó su vida como resultado de su encuentro con Cristo resucitado. San Pablo, antes de la conversión, no era un hombre alejado de Dios y de su ley (…). Sin embargo, a la luz del encuentro con Cristo, comprendió que antes sólo había buscado construirse a sí mismo, su propia justicia, y que con toda esa justicia sólo había vivido para sí mismo. Comprendió que su vida necesitaba absolutamente una nueva orientación. Y esta nueva orientación la expresa así: “la vida, que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2, 20)[10].

Hemos de seguir un camino de fe, para poder vivir en Cristo. Te lo dice San Pablo, alma de apóstol: “Justus ex fide vivit.” —El justo vive de la fe.

—¿Qué haces que dejas que se apague ese fuego?[11].

Precisamente porque esta virtud la recibimos como don gratuito, hemos de impetrarla de Dios con humildad. Este primer paso, constantemente renovado, se torna siempre más necesario para avanzar por el camino de la vocación cristiana. ¿Se la pedimos al Señor cada día? Adauge nobis fidem![12], clamaban los Apóstoles dirigiéndose al Maestro, al tomar conciencia de sus límites e imperfecciones. Y así hemos de comportarnos nosotros. ¡Qué buena jaculatoria para que la repitamos frecuentemente! Además, al rezar en primera persona del plural, nos abrimos a los demás: nos reconocemos hijos del mismo Padre celestial, hermanos en Cristo, y nuestra oración será escuchada más fácilmente, porque nos empujará a no encerrarnos en el círculo de nuestro “yo”, que es el gran enemigo de la identificación con Jesucristo, sino a girar en torno a Dios, a pensar en los otros por Dios.

San Josemaría, firmemente persuadido de esta realidad, puntualizaba que —luchando por conducirnos de este modo— se despeja la senda para llegar a ser contemplativos en medio del mundo. Esta convicción, añadía,nos llevará a preocuparnos siempre de los demás, por amor de Dios, y a no pensar en nosotros mismos; de modo que al final de la jornada, vivida en medio de los afanes de cada día, en nuestro hogar, en nuestra profesión u oficio, podremos decir, al hacer nuestro examen de conciencia: ¡Señor, no sé qué decirte de mí: he pensado sólo en los otros, por Ti! Lo que, con palabras de San Pablo, se podría traducir: vivo autem, iam non ego: vivit vero in me Christus! (Gal 2, 20). ¿No es esto ser contemplativos?[13].

El Apóstol escribe innumerables veces en sus epístolas que el cristiano está “en Cristo”, o lo que es igual, que “Cristo está en vosotros”. Esta compenetración mutua entre Cristo y el cristiano, característica de la enseñanza de San Pablo, completa su reflexión sobre la fe, pues la fe —explica Benedicto XVI—, aunque nos une íntimamente a Cristo, subraya la distinción entre nosotros y Él. Pero, según San Pablo, la vida del cristiano tiene también un componente que podríamos llamar “místico”, puesto que implica ensimismarnos en Cristo y Cristo en nosotros[14]. De ahí que el Apóstol pueda exhortarnos: tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús[15]. ¿Entiendes ahora aquella insistencia de nuestro Padre, repitiendo: vultum tuum, Domine, requiram?[16].

Hijas e hijos míos, toda esta enseñanza maravillosa no se queda en una entelequia, no se reduce a una simple teoría, sino que es una realidad palpitante, que hemos de esforzarnos por traducir en la práctica; y, además, está al alcance de cada uno, con la gracia de Dios, como le sucedió al Apóstol de las gentes.

El Santo Padre nos invita también a sacar dos consecuencias. Por una parte, la fe debe mantenernos en una actitud constante de humildad ante Dios, más aún, de adoración y alabanza (…). Es necesario que a nada ni a nadie rindamos el homenaje que le rendimos a Él. Ningún ídolo debe contaminar nuestro universo espiritual; de lo contrario, en vez de gozar de la libertad alcanzada, volveremos a caer en una forma de esclavitud humillante.

Por otra parte, nuestra radical pertenencia a Cristo y el hecho de que “estamos en Él” tiene que infundirnos una actitud de total confianza y de inmensa alegría[17].

¡Cómo cambia la vida cuando estas luces se mantienen perennemente encendidas en el alma! Esforcémonos en hacer resonar esta buena nuevaen los oídos de muchas y de muchos. Podemos estar seguros de que el año paulino trae consigo una gracia especial para difundir estas verdades.

En la Virgen María, la actitud de fe y la identificación con Cristo llegaron a las cimas más altas que una criatura puede alcanzar. Al celebrar en este mes su gloriosa Asunción en cuerpo y alma al Cielo, nos maravillamos una vez más contemplando los prodigios que la gracia divina es capaz de realizar, si encuentra correspondencia en las personas. Ciertamente, en la Virgen María, elegida desde la eternidad para ser Madre del Verbo encarnado, el favor divino se manifestó con plenitud. Nosotros, hijos suyos y hermanos de Jesucristo, queremos parecernos a nuestra Madre. Por eso, al renovar el día 15 la consagración de la Obra a su Corazón Dulcísimo e Inmaculado, roguémosle que se vuelvan realidad —en cada una y en cada uno— las súplicas que le dirigimos.

El mes de agosto trae consigo otras conmemoraciones. El día 23 es el aniversario de cuando Juan Pablo II dio a conocer su decisión de erigir el Opus Dei en prelatura personal. Un 7 de agosto, en 1931, San Josemaría comprendió con luces nuevas que los fieles de la Obra —mujeres y hombres— están llamados a poner la Cruz de Cristo en el pináculo de todas las actividades humanas.

Precisamente en esta fecha, aniversario de mi ordenación sacerdotal, tendré la alegría de clausurar las sesiones del proceso instruido en el Tribunal de la Prelatura con vistas a la Causa de canonización del queridísimo don Álvaro. Ya os he pedido, en varias ocasiones, que encomendemos los pasos sucesivos: el reconocimiento oficial de la santidad del primer sucesor de nuestro Padre redundará en gran bien para la Iglesia y para las almas.

Vuelvo a las palabras con que he comenzado esta carta. Voy por los diferentes lugares de Oriente con cada una y con cada uno de vosotros: este pensamiento me llena de fortaleza, y me anima a repetiros lo que nuestro Padre quiso poner en la sobrepuerta del sagrario del oratorio de Pentecostés, en la Villa Vecchia: consummati in unum![18]. Hemos de sostenernos los unos a los otros, para que la lucha personal hacia la santidad sea constante, firme, alegre; comenzando y recomenzando cada día, para aprender a amar a Dios en todo.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Manila, 1 de agosto de 2008.

[1] 1 Ts 1, 2-3.

[2] Benedicto XVI, Homilía en la inauguración del año paulino, 28-VI-2008.

[3] Gal 2, 20.

[4] Benedicto XVI, Homilía en la inauguración del año paulino, 28-VI-2008.

[5] Flp 1, 21.

[6] Ibid. 3, 7-9.

[7] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 8-XI-2006.

[8] Rm 3, 28.

[9] Gal 2, 16.

[10] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 8-XI-2006.

[11] San Josemaría, Camino, n. 578.

[12] Lc 17, 5.

[13] San Josemaría, Instrucción, mayo-1935/14-IX-1950, nota 72.

[14] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 8-XI-2006.

[15] Flp 2, 5.

[16] Cfr. Sal 26, 8 (Vg).

[17] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 8-XI-2006.

[18] Jn 17, 23.


WordPress Theme & Icons by N.Design Studio. WPMU Theme pack by WPMU-DEV.
Entries RSS Comments RSS Acceder