El 26 de junio de 1975

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El Fundador enseñó a no tener miedo a la vida ni miedo a la muerte, porque Dios es Señor de la vida y de la muerte. Escribió en Camino: Me hablas de morir “heroicamente”. –¿No crees que es más “heroico” morir inadvertido en una buena cama, como un burgués…, pero de mal de Amor? (num. 743). ¿Estuvo alguna vez en peligro de muerte?

–La curación de la diabetes, que le diagnosticaron en 1944 y que probablemente tenía desde mucho antes, está ligada a un suceso ciertamente extraordinario.

La enfermedad, muy grave y con efectos secundarios especialmente dolorosos, siguió su curso hasta el 27 de abril de 1954,  fiesta de la Virgen de Montserrat. Dos o tres días antes, el médico que le trataba, el doctor Faelli, le había recetado una nueva marca de insulina retardada, indicando que le pusiéramos ciento diez unidades. Como de costumbre, me encargué yo de ponerle la inyección. Me había preocupado de leer atentamente las indicaciones de esa medicina, y vi en el prospecto que cada dosis de este nuevo tipo de insulina equivalía a algo más del doble de la normal. Me pareció por eso que ciento diez unidades era una cantidad excesiva, y como las dosis elevadas de insulina aumentaban las jaquecas que padecía nuestro Fundador, reduje la dosis, a pesar de las indicaciones del médico. Con todo, se le desencadenó una reacción de tipo alérgico, para mí desconocida. Hablé con el doctor Faelli y me dijo que continuara con el tratamiento.

El 27 de abril le inyecté la insulina cinco o diez minutos antes de comer. A continuación fuimos hacia el comedor. Como la dieta que seguía el Padre era muy estricta, en aquella época almorzábamos los dos solos, para que nadie se sintiese cohibido ni obligado a comer menos; así, a los demás se les servían cosas que el Padre no podía tomar, como patatas, pasta, etc. Poco después de bendecir la mesa, me pidió con voz entrecortada: Alvaro, ¡la Absolución! Yo no le entendí, no podía entenderlo. Dios permitió que no comprendiese sus palabras. Entonces repitió: ¡La Absolución! Y por tercera vez, en muy pocos segundos, dijo: ¡La Absolución!, ego te absolvo…, y en aquel instante perdió el conocimiento. Recuerdo que primero se puso intensamente rojo y después de color amarillento, terroso. Y se quedó como muy encogido.

Le impartí la absolución inmediatamente e hice lo que pude. Después de llamar al médico, le puse azúcar sobre la lengua y le hice tomar un poco de agua para que pudiera tragar: no reaccionaba y el pulso era imperceptible. El médico, Miguel Ángel Madurga, miembro de la Obra, llegó al cabo de trece minutos, cuando el Padre empezaba a recuperar el conocimiento. Le tomó el pulso, la tensión, etc., y dio las oportunas indicaciones. Nuestro Fundador tuvo la delicadeza de preguntarle si había comido: ante su respuesta negativa, le hizo comer allí mismo y habló con él tranquilamente, respondiendo a sus preguntas. Cuando el médico salió, el Padre me dijo: Hijo mío, me he quedado ciego, no veo nada. Yo le pregunté: Padre, ¿por qué no se lo ha dicho al médico? Para no darle un disgusto innecesario; a lo mejor esto se me pasa.

Tuvo que quedarse varias horas en el comedor, porque no se podía mover y no quería preocupar a nadie. Después, empezó a recuperar la vista y le acompañé a su habitación. Mirándose en el espejo, comentó: Ya sé como quedaré cuando esté muerto. Le hice notar que estaba ya mucho mejor, y que tendría que haberse visto unas horas antes: entonces sí que parecía un cadáver. Además, le había sucedido algo que, según dicen, ocurre a los que están en trance de muerte. El Padre me contó que el Señor le había concedido ver toda su vida en un instante, como en una película rapidísima: había tenido tiempo para pedirle perdón por todos los errores de los que se consideraba culpable, e incluso de algo que en su día no había acertado a comprender. Era esto: en una ocasión el Señor le hizo ver que moriría varios años después, según le pareció entender. Ahora, al verse morir, le pidió perdón también por no haberle comprendido.

Enseguida vino a verle el doctor Faelli y descubrió con sorpresa que habían desaparecido todos los síntomas de la diabetes, que, como se sabe, es una enfermedad incurable. Estaba tan claro que suspendió el tratamiento y le dio de alta. Nuestro Fundador sólo comentó que, de la misma manera que el Señor le había mandado aquella enfermedad, ahora lo había curado en un fiesta de la Virgen, precisamente en la de Nuestra Señora de Montserrat, a la que tenía tanta devoción.

Otro suceso ilustra su serenidad y su sentido sobrenatural ante la muerte. Ocurrió en 1963.

Durante el Concilio Ecuménico Vaticano II, en mi calidad de Secretario de la Comisión Conciliar para el clero, tuve que ir a Venecia para examinar algunas cuestiones con el Patriarca, el Cardenal Urbani, que formaba parte de la Comisión conciliar central de coordinación. Nuestro Padre quiso acompañarme, y el 4 de febrero salimos en coche de Roma, junto con don Javier Echevarría y Javier Cotelo, que iba al volante. Al día siguiente continuábamos aún de viaje y nos dimos cuenta de que, en algunos tramos, había hielo en la carretera y la circulación era peligrosa. Después de pasar Rovigo, a cuatro kilómetros de Monselice, el coche patinó y dio varias varias vueltas sobre el eje, pero no volcó, sino que salió a gran velocidad hacia atrás dentro de la carretera. Fuera de todo control, el vehículo se dirigió hacia un precipicio. Se detuvo al borde del cortado, chocando contra un mojón de piedra, precisamente en el lado en que iba nuestro Fundador. La puerta quedó totalmente destrozada, y salimos a duras penas del coche, que se quedó suspendido sobre el vacío. Nuestro Fundador reaccionó de modo ejemplar: no se dejó llevar por el susto, sino que invocó inmediatamente la protección del Señor y de los Ángeles Custodios. Don Javier Echevarría y Javier Cotelo lo pasaron un poco mal. Una vez en Venecia, resolví rápidamente los asuntos que habían motivado el viaje y nos volvimos después a Roma.

Padre, hablemos ahora de aquel 26 de junio de 1975, día en que el Fundador alcanzó la Patria definitiva. Le rogaría que reconstruyese paso a paso qué sucedió aquella mañana.

–El 26 de junio de 1975, último día de su vida en la tierra, el Padre se levantó a la hora acostumbrada. Celebró, ayudado por don Javier Echevarría, la Misa votiva de la Virgen en el oratorio de la Santísima Trinidad, a las siete y cincuenta y tres minutos. A la misma hora celebraba también yo en la sacristía mayor, porque aquella mañana nuestro Fundador deseaba ir con don Javier y conmigo a Castelgandolfo, para despedirse de sus hijas de Villa delle Rose, ya que estábamos a punto de salir de Roma. Se encontraba físicamente bien, y nada hacía prever lo que sucedería poco después.

Antes de salir de casa, hacia las nueve y veinticinco, entró en la sala de comisiones, a donde había convocado a dos hijos suyos del Consejo General, un sacerdote y un laico, para encomendarles un encargo: quería que fuesen a ver de su parte a un profesional italiano, muy amigo del Santo Padre: se trataba del doctor Ugo Piazza, que estaba gravemente enfermo. Esta persona había manifestado su deseo de hablar con nuestro Fundador, precisando que no se trataba de temas relativos a su vida espiritual, porque en esto estaba bien atendido, sino solamente para contarle algunas noticias.

El Padre rogó a estos hijos suyos que le hicieran saber que, como dentro de dos días iba a salir de Roma, le era imposible encontrar un rato para ir a verle; pero, si quería, podía comunicar aquellas noticias a un miembro de la Obra, bien un sacerdote o un laico. Añadió, con mucha fuerza e insistencia, que le dijesen estas palabras: Desde hace años, ofrezco la Santa Misa por la Iglesia y por el Papa. Podéis asegurarle –porque me lo habéis oído decir muchas veces– que he ofrecido al Señor mi vida por el Papa, cualquiera que sea. Nosotros estamos callados y procuramos trabajar mucho y con paz, aunque en la Iglesia haya algunos que no nos ven con simpatía.

Hacia las nueve y treinta y cinco, el Padre salió en coche hacia Castelgandolfo, acompañado de don Javier Echevarría, de Javier Cotelo, al volante, y de mí. En cuanto salimos del garaje, comenzamos a rezar los misterios gozosos del Santo Rosario. Terminamos antes de llegar a la carretera de circunvalación y nos pusimos a charlar: nos dijo, entre otras cosas, que podíamos ir por la tarde a Cavabianca, la nueva sede de nuestro Centro internacional de formación, porque deseaba ver algunos detalles del oratorio de Nuestra Señora de los Ángeles que había sugerido, para hacer la decoración más armónica y el ambiente más recogido y piadoso.

El viaje duró más de lo acostumbrado, a causa de un gran embotellamiento en la circunvalación. Hacía mucho calor. Javier Cotelo le habló de unos sobrinos suyos que habían estado en Roma poco tiempo antes. El Padre le escuchó con atención y se interesó cariñosamente por otros asuntos de su familia.

Hacia las diez y media llegamos por fin a Villa delle Rose. Algunas hijas suyas le esperaban en el garaje. El Padre, como siempre, les llevaba unos regalos: la figura de una pata en cristal labrado y un paquete de caramelos. El Padre solía distribuir entre los demás los regalos que recibía.

Comentó, por el pasillo, que eran sus últimas horas en Roma, antes del verano; y que oficialmente no estaba ya para nadie, pero para sus hijas sí. Se encaminó a saludar al Señor, permaneció arrodillado ante el Sagrario unos momentos, besó la cruz de palo, y se dirigió hacia la sala “de los abanicos”, donde iba a tener un rato de tertulia.

Al entrar, dirigió su mirada a un cuadro de la Virgen, una pintura al óleo en la que el Niño aparece peinado con esmero, mofletudo y sonrosado, abrazado al cuello de su Madre, que le ofrece una rosa de té. Este cuadro pertenecía a la familia de los Escrivá y se encontraba en la habitación del centro de la calle Diego de León donde murió la madre de nuestro Fundador. La divina Providencia quiso que la Virgen del Niño peinadico recibiese también una de las últimas miradas de nuestro Fundador.

Sus hijas respondieron con voz alta al saludo del Padre, y le dijeron que estaban muy contentas de que hubiera ido. El Padre les comentó sonriente: ¡Qué buena voz tenéis! Después se sentó en una silla, y me cedió a mí el sillón que le habían preparado. Repitió que estaba a punto de marcharse de Roma, y añadió: Tenía muchas ganas de venir. Estamos terminando estas últimas horas de estancia en Roma para acabar unas cosas pendientes; de modo que ya para los demás no estoy: sólo para vosotras.

Después habló de que todos los cristianos deben tener alma sacerdotal y se detuvo tratando del amor al Papa y a la Iglesia. Se refirió también a los tres primeros sacerdotes de la Obra y a los cincuenta y cuatro hijos suyos que recibirían la ordenación sacerdotal pocos días más tarde: Ayer celebraríais el aniversario de la ordenación de los tres primeros sacerdotes, y estaréis encomendando a los cincuenta y cuatro que se ordenan ahora. Cincuenta y cuatro: parecen muchos, y en estos momentos –pensando en lo que se sucede por ahí– es una cosa increíble. Sin embargo, son muy pocos: enseguida desaparecen. Como os digo siempre, esta agua de Dios que es el sacerdocio, la tierra de la Obra la bebe corriendo. Desaparecen enseguida.

Vosotras tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo por aquí. Vuestros hermanos seglares también tienen alma sacerdotal. Podéis y debéis ayudar con esa alma sacerdotal; y con la gracia del Señor y el sacerdocio ministerial en nosotros, los sacerdotes de la Obra, haremos una labor eficaz.

Le contaron algunas anécdotas apostólicas, y aprovechó para animarles a ser fieles en las cosas pequeñas de cada día, y en el cumplimiento de las prácticas de piedad del Opus Dei:

Me imagino que aprovecháis el tiempo, y también que descansáis un poco, hacéis algo de deporte y alguna excursión.

Me imagino que, sobre todo, me cumplís muy bien las Normas (es decir, nuestras prácticas de piedad) y de todo sacáis motivo para tratar a Dios y a su Madre bendita, nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Ángeles Custodios, para ayudar a esta Iglesia Santa, nuestra Madre, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en el mundo, en estos momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia y al Papa, cualquiera que sea. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio para su Iglesia y para el Santo Padre.

No dejó un solo momento de animar aquella conversación tan agradable y edificante. Una de las presentes le habló de los frutos apostólicos de una catequesis realizada en un país de América del Sur, y el Padre precisó: Ten en cuenta que no era fruto vuestro: era fruto de la Pasión del Señor, del dolor del Señor; de los trabajos y de las penas llevadas con tanto amor por la Madre de Dios; de la oración de todos vuestros hermanos; de la santidad de la Iglesia. Se manifestaba en apariencia como fruto de vuestro trabajo, pero no tengáis el orgullo de pensar que es así.

La reunión fue breve: duró menos de veinte minutos, porque nuestro Padre comenzó a sentirse cansado. Antes de terminar, renovó el acto de amor a la Iglesia y al Papa que había pronunciado en tantas ocasiones. Pocos minutos después se sintió peor. Don Javier y yo le acompañamos a la habitación del sacerdote, donde descansó un poco. Nosotros, y también las directoras del Centro, le insistíamos para que descansara otro rato. El Padre se negó, quizá para recordarnos, una vez más, que los sacerdotes del Opus Dei sólo están en los Centros de mujeres el tiempo indispensable para cumplir su ministerio sacerdotal. Enseguida, cuando parecía que se había respuesto, salimos hacia Roma en el coche, después de haber pasado al oratorio, donde nuevamente se detuvo unos instantes para despedirse del Señor. Mientras iba hacia el garaje, se interesó por las hijas suyas con las que se iba encontrando y, con su buen humor habitual, bromeó: Perdonadme, hijas, por la lata que os he dado. Añadió: Pax, hijas mías. Después, desde el coche, saludó cariñosamente a las que nos abrieron la puerta del garaje: hijas mías, adiós. Eran alrededor de las once y veinte.

El Padre volvía de Villa delle Rose indudablemente cansado, pero sereno y contento. Atribuyó su malestar al calor. Pidió a Javier Cotelo que le llevase a Roma per breviorem, por el camino más corto. Mientras tanto continuó charlando con nosotros, aunque fue una conversación un poco discontinua, porque estábamos impacientes por llegar cuanto antes a Villa Tevere y hacerle descansar. Javier condujo deprisa, pero con cuidado, para evitar un posible mareo. Llegamos a casa en poco más de media hora.

A las once y cincuenta y siete entramos en el garaje de Villa Tevere. En la puerta nos esperaba un miembro de la Obra. El Padre bajó rápidamente del coche, con el rostro alegre; se movía con agilidad, tanto, que se volvió para cerrar personalmente la puerta. Dio las gracias al hijo suyo que le había ayudado y entró en casa.

Saludó al Señor en el oratorio de la Santísima Trinidad y, como solía, hizo una genuflexión pausada, devota, acompañada por un acto de amor. A continuación subimos hacia mi despacho, el cuarto donde habitualmente trabajaba y, pocos segundos después de pasar la puerta, llamó: ¡Javi! Don Javier Echevarría se había quedado detrás, para cerrar la puerta del ascensor, y nuestro Fundador repitió con más fuerza: ¡Javi!; y después, en voz más débil: No me encuentro bien. Inmediatamente el Padre se desplomaba en el suelo.

Pusimos todos los medios posibles, espirituales y médicos. En cuanto advertí la gravedad de la situación, le impartí la absolución y la Unción de los enfermos, como deseaba ardientemente: respiraba aún. Nos había suplicado con fuerza, infinidad de veces, que no le privásemos de aquel tesoro.

Fue una hora y media de lucha, llena de amor filial: respiración artificial, oxígeno, inyecciones, masajes cardíacos. Mientras tanto, yo renové varias veces la absolución. Bajo la dirección médica de don José Luis, nos turnamos varios miembros del Consejo General –Dan Cummings, Fernando Valenciano, Umberto Farri, Giuseppe Molteni– y el doctor Juan Manuel Verdaguer. No podíamos creer que se cumplía la hora de este grandísimo dolor.

Seguíamos esperando contra toda esperanza. Llamé por teléfono a la Directora central, para que se reunieran urgentemente en sus oratorios todas las que vivían en Villa Sacchetti, y rezaran con muchísima intensidad, al menos diez minutos, por una intención muy urgente. Y continuamos intentando lo imposible. Nos resistíamos a convencernos de que había fallecido. A pesar de nuestros esfuerzos, el Padre no se recuperó del paro cardiaco. Nos resignamos cuando vimos que el electrocardiograma era plano.

A la una y media salí de la habitación, e invité a los otros miembros del Centro del Consejo General, que estaban en la antigua sala de reuniones rezando y llorando contenidamente, a que entrasen a rezar ante los restos de nuestro amadísimo Fundador.

Todos nos arrodillamos alrededor de su cuerpo, y le besamos las manos y la frente con inmenso cariño, llenos de lágrimas. Algunos no podían creerlo: pensaban que era sólo un error, y que nuestro Fundador se recuperaría o que tal vez Dios quería que le pidiésemos con gran fe el milagro de volverle a la vida. Rezamos el responso, y seguimos rezando, destrozados por el dolor, sin poder ni querer contener las lágrimas.

El cuerpo de nuestro Fundador estaba extendido, al lado de la pared que preside un gran crucifijo en el suelo de mi despacho; debajo habíamos colocado la colcha de mi cama, recubierta de una sabana limpia. En la pared de enfrente estaba el cuadro de la Virgen de Guadalupe que había recibido su última mirada de amor.

Para nosotros, ciertamente, se trataba de una muerte repentina; para nuestro Fundador, en cambio, fue algo que venía madurándose –me atrevo a decir–, más en su alma que en su cuerpo, porque cada día era mayor la frecuencia del ofrecimiento de su vida por la Iglesia y por el Papa.

Estoy convencido de que el Padre presentía su muerte. En los últimos años repetía frecuentemente que estaba de más en la tierra, y que desde el Cielo podría ayudarnos mucho mejor. Nos llenaba de dolor oírle hablar así –con aquel tono suyo fuerte, sincero, humilde–, porque mientras pensaba que era una carga, para nosotros era un tesoro insustituible.

Nunca se había preocupado por su estado de salud, aunque en los últimos años se le agudizó la insuficiencia renal y cardiaca; sabíamos bien que no tenía miedo a la muerte, y que estaba desprendido de la vida. La meditación frecuente de los Novísimos, desde su juventud, había dispuesto día a día su corazón enamorado para la contemplación de la Trinidad Beatísima.

Desde hacía muchos años ofrecía a Dios su vida y mil vidas que tuviera, por la Santa Iglesia y por el Papa. Era la intención de todas sus Misas, y lo fue también de la que celebró el 26 de junio de 1975: aquel día el Señor aceptó su ofrecimiento.

Nuestro Fundador nos había confiado algunas veces que pedía al Señor la gracia de morir sin dar la lata: por cariño a sus hijos, quería evitarles las molestias de una larga enfermedad. Dios acogió también esta petición suya y murió –según el espíritu que había predicado desde 1928–, trabajando por el Señor, ut iumentum!

En la habitación en que murió preparamos una tabla, cubierta por una sábana blanca, y allí colocamos a nuestro Fundador para trasladarlo hasta el oratorio de Santa María de la Paz.

Antes, le quité el relicario en forma de cruz con el Lignum crucis que nuestro Fundador llevaba al cuello; lo besé devotamente y me lo puse yo, diciendo en voz alta que lo llevaría hasta la elección del futuro sucesor. Después sustituimos la medalla del Carmen que llevaba en aquel momento por un escapulario de tela nuevo.

Dispusimos los restos mortales de nuestro Fundador, aún con la sotana negra, en la nave central del oratorio de Santa María de la Paz, a los pies del altar. Antes, habíamos extendido sobre el suelo el paño negro que se suele utilizar para el túmulo en las Misas de difuntos. Eran alrededor de las dos y cuarto.

Colocamos la cruz del altar mirando a la nave. Pensando en las Misas de corpore insepulto, que se celebrarían ininterrumpidamente, pusimos sobre el altar un pequeño crucifijo, vuelto hacia el celebrante.

Antes de revestirle con los ornamentos sacerdotales, don Javier Echevarría, llorando desconsoladamente, sacó del bolsillo de la sotana todo lo que el Padre solía llevar: la agenda, el crucifijo, el rosario y un silbato que le habían regalado pocas semanas antes las chicas de un club, que querían pedir la Admisión en la Obra.

Después, aunque estaba afeitado, le volví a afeitar y le quité los zapatos. Antes, yo había sugerido que rezásemos otro responso con la oración específica para los sacerdotes. Lo dirigió father Dan Cummings. Inmediatamente después, pedí a Jesús Álvarez Gazapo –arquitecto– que comprase el féretro, llamase a un escultor –para que sacara una mascarilla del rostro y de las manos de nuestro Fundador–, y preparase la sepultura. Entretanto don Ernesto Juliá trajo los ornamentos sacerdotales. Don Javier Echevarría, don Carlos Cardona, don José Luis Soria y don Julián Herranz revistieron el cuerpo de nuestro Fundador: sobre la sotana, el amito, el alba, la estola y la casulla. El alba era de batista de hilo, de encaje. La casulla, de estilo semigótico, llevaba en el centro, por delante y por detrás, el sello de la Obra.

Apoyamos la cabeza del Padre sobre un almohadón de terciopelo; entre las manos, cruzadas, pusimos el crucifijo que San Pío X tuvo en sus manos a la hora de su muerte; después, antes de enterrarle, cambiamos este crucifijo por otro, y este segundo lo hemos conservado también como una reliquia.

Una vez instalada la capilla ardiente, quedó libre el acceso al oratorio de Santa María de la Paz. Desde ese momento hasta el del entierro comenzó un flujo ininterrumpido de hijos e hijas de nuestro Fundador, y muchas otras personas que llegaban de Roma y de otras partes. Indiqué que se abriera la puerta del número 75 de la calle Bruno Buozzi, por la que se accede directamente al oratorio; y en el vestíbulo pusimos una mesa cubierta de un paño negro y un libro de firmas. Eran las tres y media.

En la nave central se colocaron dos reclinatorios ante el cuerpo de nuestro Fundador; estaban junto a los bancos laterales de la nave para dejar libre el paso. También pusimos el acetre, el hisopo, la estola negra y el texto del responso. A los lados de nuestro Padre había cuatro candeleros con las velas encendidas.

Poco antes de las cuatro, llegó el escultor para modelar la mascarilla del rostro y las manos. Desalojamos el oratorio, y el artista llevó a cabo su tarea con gran delicadeza, conmovido por el dolor y la paz que reinaba en la casa. Estaban presentes Jesús Álvarez Gazapo, don Carlos Cardona, don José Luis Soria y algunos más. Tomaron todas las precauciones para que no se mancharan los ornamentos ni el suelo del oratorio, cubriéndolos oportunamente, como nos había enseñado a hacer el Padre. Al terminar, don Carlos y don José Luis Soria se arrodillaron llorando y limpiaron el rostro y las manos de nuestro Fundador, y le peinaron de nuevo.

A continuación, pedí a sus hijas que limpiasen también el rostro de nuestro Fundador, la cabeza, las manos, los ornamentos, y que lo peinasen de nuevo, quitándole cuidadosamente las pequeñas motas blancas que se habían desprendido de la escayola. Se encargaron de esta tarea filial Carmen Ramos, Marlies Kücking, Marisa Vaquero, Blanca Fontán, María Dolores Mazuecos y Conchita Areta. Sabía que les daría consuelo, un tristísimo consuelo. Lo hicieron todo con un inmenso cariño. Por indicación de don Javier Echevarría cortaron unos mechones de pelo de la cabeza, en la parte de la nuca, de modo que no se notaba nada. Limpiaron luego el suelo y pusieron rosas y gladiolos rojos.

Tuvieron también la delicadeza de cubrir un lado de la tirilla de algodón blanco que rodea el cuello de la casulla con otro limpio; pues, al sacar la mascarilla, se había manchado un poco.

Eran las cinco y media pasadas. Sin dejar pasar más tiempo, celebré entre sollozos la primera Misa de corpore insepulto. Asistió la Asesoría Central y la Administración. Me pareció justo aplicar la enseñanza recibida directamente del Padre: primero, sus hijas. Me ayudaron don Javier Echevarría y don Joaquín Alonso. Utilicé los mejores ornamentos y los vasos sagrados más ricos que teníamos. Antes de la Comunión, les dirigí unas palabras: las que el Señor puso en mi boca. Al terminar la Santa Misa, me arrodillé a la derecha de la sede, saqué del bolsillo el crucifijo y recité la oración En ego (“A Jesús Crucificado”), y continué la acción de gracias.

Celebró después don Javier Echevarría, también visiblemente emocionado. Asistieron al Santo Sacrificio los miembros de los Centros de varones de nuestra Sede Central. Al terminar, antes de volver a la sacristía, se detuvo delante de los restos mortales de nuestro Fundador e hizo una profunda reverencia; los demás sacerdotes que celebraron después imitaron su gesto.

Se dijeron Misas en sufragio de su alma ininterrumpidamente, una tras otra, durante todo el resto de la tarde, la noche y el día siguiente, hasta la Misa de exequias. Todos los oficiantes fueron sacerdotes Numerarios de la Obra, excepto uno, Mons. Pedro Altabella, canónigo de la Basílica de San Pedro, que quería entrañablemente al Padre y pasó horas ante su cuerpo, rezando y llorando. En total, fueron cincuenta Misas, además de una cantada y la de exequias.

Una o dos horas después de la muerte, había comunicado la dolorosa noticia a la Asesoría Central y a todos los Centros dependientes del Consejo General y de la Asesoría, así como a las Regiones de los cinco continentes donde trabaja el Opus Dei. Pedí a todos que ofrecieran muchos sufragios, como nos obligaba la piedad filial, y que al mismo tiempo empezaran a encomendarse a la intercesión de nuestro Padre.

Como a nuestro Fundador no le gustaban las grandes solemnidades, me pareció que lo mejor era que cada uno permaneciera en su sitio, en su propia Región. Solamente me permití una lógica excepción: llamé al Vicario de España, para que viniera con algunos de la Comisión Regional, y también la Directora Regional con algunas de la Asesoría. Una excepción de justicia, porque la Región de España es la “primogénita”. También llamé, y era bien natural, al Vicario de Italia. El Vicario y el Delegado de Perú vinieron, porque, cuando intentaron pararlos, ya estaban en el avión.

A las tres había llamado por teléfono también al Cardenal Secretario de Estado, para informarle de la muerte de nuestro Fundador. El Cardenal Villot se quedó muy impresionado, me dio el pésame con gran afecto y me aseguró que se lo diría inmediatamente al Papa, que en aquel momento estaba descansando. Éste fue el primer anuncio oficial del fallecimiento de nuestro Fundador. Desde aquel instante la noticia fue pública, y empezó a circular rápidamente por Roma y por todo el mundo.

En todos los países, los medios de comunicación social la difundieron con veneración y respeto: era el reflejo de la impresión que recibieron directamente los periodistas que acudieron a Villa Tevere. En los días siguientes fueron apareciendo numerosísimos artículos y programas de radio y televisión, en los que se ponía de relieve la importancia de la obra de nuestro Fundador en la vida de la Iglesia. Su fama de santidad quedó aún más patente desde el momento de su muerte.

La tarde del 26 comenzaron a llegar personas de todos los ambientes sociales que deseaban manifestar su dolor y rezar. Recogimos testimonios conmovedores que evidenciaban un profundísimo amor hacia nuestro Fundador, y declaraciones unánimes que mostraban la certeza de estar ante el cuerpo de un santo. Insignes personalidades de la Iglesia y de la vida civil, empleados, obreros, jóvenes y ancianos, madres de familia con sus hijos en brazos: todos querían “ver al Padre”.

En el oratorio de Santa María de la Paz se respiraba una atmósfera de intensa oración y de dolor sereno, difícil de describir. Incluso los más pequeños, de la mano de sus padres, contemplaban, sin temor alguno, el rostro sereno del Padre.

Mientras se sucedían las Misas, una riada humana afluía hasta la capilla ardiente. Entre los primeros llegó Mons. Benelli, Sustituto de la Secretaría de Estado del Vaticano, que venía en representación del Papa. Permaneció mucho tiempo recogido en oración, en un reclinatorio, frente al cuerpo de nuestro Fundador. Llegaron también cardenales, obispos y sacerdotes, embajadores, personas de alto nivel social y gente modesta, y muchísimos miembros de la Obra, cooperadores y amigos. Mostraban su dolor y su cariño permaneciendo largos ratos en oración delante de los restos de nuestro Padre.

Puedo afirmar, sin retórica, que aquellas primeras horas tras su muerte constituyeron ya una extraordinaria catequesis: “¡Cuánto bien hará a la Iglesia desde el Cielo!”, exclamó el Cardenal Wright, que le quería mucho.

El Cardenal Ottaviani, antiguo Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la fe, me dijo: “Esto no es sólo un luto para el Opus Dei: es un grave luto para toda la Iglesia”. El obispo polaco Mons. Deskur, que más tarde sería elevado al cardenalato por Juan Pablo II, me confió mientras me daba un abrazo: “Hoy he celebrado la Misa por su glorificación. Espero ser uno de los primeros obispos que postule su beatificación. Deseo agradecer al Padre y al Opus Dei lo que ha hecho por la Iglesia en el terreno de las comunicaciones sociales y lo que ha hecho por mi alma”. El Arzobispo Mons. Antonio Travia exclamó abrazándome: “¡Yo también me he quedado huérfano!”. El Prefecto de una Congregación sugirió a todos los colaboradores de ese Dicasterio que acudieran a rezar delante del cuerpo de nuestro Fundador, para ver la serenidad del rostro de un santo.

A media tarde llegaron tres operarios de confianza que trabajaban desde hacía mucho tiempo en la Sede Central, y habían conocido personalmente a nuestro Fundador. Venían para levantar la losa de mármol de la tumba. Se quedaron rezando un rato y bajaron emocionados a la cripta, donde realizaron su trabajo con mucho respeto.

A medida que pasaban las horas, el flujo de personas aumentaba progresivamente. Sus hijos y sus hijas se turnaron durante toda la noche para velarle. Se sucedían las Misas, una tras otra.

Después de medianoche, llegó Santiago Escrivá de Balaguer, hermano de nuestro Fundador, con su mujer. Venían también con ellos una hermana mía y su marido. Estuvieron mucho tiempo rezando delante del Padre. Santiago estaba especialmente afectado y no escondía su inmenso y comprensible dolor. Asistieron a la Santa Misa y recibieron la Comunión. A la una y media les rogamos que se fueran a descansar.

Al amanecer del viernes 27 estábamos todos despiertos. A las ocho, el Sacerdote Secretario Central celebró una Misa solemne para las mujeres del Opus Dei, en el oratorio de Santa María de la Paz.

Don Javier y yo permanecimos aquella mañana mucho tiempo al lado del Padre, junto a cardenales, obispos, sacerdotes y amigos que venían a rezar y a saludar por última vez a nuestro Fundador. A media mañana me levanté de uno de los bancos laterales, me arrodillé junto a la cabeza de nuestro Fundador, y apoyé mi frente sobre la suya durante unos instantes. Después tomé tres rosas rojas de uno de los ramos de flores que había allí, las puse sobre sus pies, y me vinieron a los labios las palabras de San Pablo: Quam speciosi pedes evangelizantium pacem, evangelizantium bona (Rom 10, 15).

También Santiago y su mujer se quedaron casi toda la mañana velando los restos de su hermano.

En las primeras horas de la tarde, vinieron a Villa Tevere los embajadores de diferentes países acreditados ante la Santa Sede, entre ellos el Decano del Cuerpo Diplomático; los Cardenales Rossi, Wright, Seper, Baggio, Garrone, Philippe, Oddi, Guerri, Ottaviani, Palazzini, Traglia, Violardo; los embajadores de España en Italia y la Santa Sede, diplomáticos de varios países, y Mons. Carboni, Nuncio de Italia y Decano del Cuerpo Diplomático acreditado ante el gobierno italiano; el sastre que hacía las sotanas al Padre, con su mujer y su hija; obreros que habían trabajado en Villa Tevere; el Cardenal Arzobispo de Guatemala, que pocos días después iba a ordenar a cincuenta y cuatro miembros de la Obra; el subjefe de la Policía; la empleada doméstica de los sobrinos de San Pío X, que habían regalado tantas reliquias de nuestro Santo Intercesor; numerosas religiosas –muchas de ellas con parientes en la Obra–, y religiosos, entre ellos, el Prepósito General de la Compañía de Jesús; intelectuales italianos; una delegación del Ayuntamiento de Barbastro…: una procesión continua de gente que se sentía en deuda de gratitud con nuestro Fundador, y que es imposible enumerar.

En aquellos momentos me consoló mucho recibir la cariñosa respuesta del Santo Padre Pablo VI a la información que le había enviado en mi calidad de Secretario General de la Obra. A través de Mons. Benelli, el Papa expresó su condolencia y nos dijo que también espiritualmente rezaba junto al cuerpo de “un hijo tan fiel” a la Santa Madre Iglesia y al Vicario de Cristo. Antes del funeral público, llegó a Villa Tevere un telegrama de la Sede Apostólica. El Romano Pontífice renovaba la expresión de su condolencia, manifestaba que estaba ofreciendo sufragios por el alma de nuestro Fundador, y confirmaba su persuasión de que era un alma elegida y predilecta de Dios; concluía impartiendo la Bendición apostólica para toda la Obra. Como es costumbre, el telegrama llevaba la firma del Cardenal Secretario de Estado, que se unía de todo corazón a nuestro dolor, y a los sentimientos de Pablo VI, quien deseaba hacernos llegar lo antes posible aquellas líneas.

Poco tiempo después recibimos otra prueba de afecto por parte del Santo Padre: una carta, en la que manifestaba más extensamente la intensidad del dolor del Papa y de su cariño hacia nuestro Fundador y el Opus Dei. El Cardenal Secretario de Estado explicaba que Su Santidad había celebrado la Santa Misa el 27 de junio en sufragio por el Padre y que, al cabo de los días, no había disminuido su oración ni su dolor ante la pérdida sufrida por la Iglesia con el tránsito al cielo de nuestro Fundador. Terminaba asegurando que continuaría rezando para que el Señor nos concediese ser siempre fieles al espíritu que nuestro Fundador, por Voluntad divina, nos había transmitido.

Llegaron a la Sede Central del Opus Dei miles de telegramas y cartas desde los cinco continentes: además de expresiones del más sentido dolor, reflejaban concordemente la convicción de que había muerto un santo, uno de los grandes fundadores suscitados en la Iglesia por el Espíritu Santo.

Pero volvamos al viernes 27 de junio. Alrededor de las dos de la tarde trajeron el féretro, y colocamos el cuerpo del Padre con mucho cuidado. Era de caoba, con una caja interior de zinc, forrada con seda morada. Apoyaron la cabeza sobre un pequeño cojín, también morado. Conservamos como reliquia el pequeño almohadón sobre el que se había apoyado hasta ese momento.

Poco después llegó el forense, que debía comprobar el cumplimiento de las normas prescritas por la ley italiana para la sepultura de un cadáver fuera del cementerio. El médico estaba acostumbrado a presenciar el dolor de los allegados ante la pérdida de una persona querida. Le sorprendió ver un cariño tan poco común y no quiso cobrar honorarios.

En cuanto terminamos este tristísimo y piadoso deber, las Numerarias de la Asesoría Central y de los Centros dependientes prepararon el oratorio para la última Misa de corpore insepulto, la Misa exequial solemne. Trajeron algunas cestas llenas de crucifijos y rosarios y, arrodilladas, los pasaron por las manos de nuestro Fundador. Aquellos objetos eran ya para todos preciosísimas reliquias. A la vez besaban al Padre en la frente.

Al lado del féretro estaban Santiago Escrivá de Balaguer, su mujer, y mis parientes que les habían acompañado. Fue una Misa cantada en gregoriano por el coro del Colegio Romano de la Santa Cruz. En el presbiterio y en la tribuna estaban también muchos sacerdotes Numerarios, todos revestidos con sobrepelliz. Utilicé el cáliz que le habíamos regalado el 28 de marzo pasado, con ocasión de sus bodas de oro con el sacerdocio. Eran las seis.

Celebré ayudado por don Javier Echevarría y father Dan Cummings. Pronuncié una breve homilía implorando a todos los presentes que hicieran el propósito firmísimo de ser más fieles que nunca al que el Señor nos había dado como Padre, vivir muy unidos, ser muy humildes.

Al terminar la Misa, precedido por los acólitos y un ministro con la cruz procesional, bajé a la nave para rezar un responso mientras el coro entonaba el Libera me Domine. Fue el último que rezamos delante de su cuerpo antes de la sepultura. Había llegado el momento del entierro.

Hacia las siete y media se cerró el ataúd. Estaban presentes don José Luis Soria y Jesús Álvarez Gazapo. Antes, habíamos sustituido por otro crucifijo el que el Padre tenía entre las manos. A continuación lo enterramos.

El Consejo General y la Asesoría Central del Opus Dei prepararon el solemne funeral público para el día siguiente, 28 de junio, a las once de la mañana, en la Basílica de San Eugenio a Valle Giulia. Se trata de un templo construido para cumplir un deseo del Santo Padre Pío XII, con limosnas de los fieles de todo el mundo; también nuestro Padre había contribuido al comienzo de los años cuarenta, con una limosna muy generosa para las posibilidades económicas de entonces.

Había sitio en los bancos para cuatrocientas personas. Se pusieron mil sillas más. La mayor parte de los asistentes al funeral se enteraron de la hora y el lugar a través de otras personas, ya que una huelga imprevista de distribuidores de periódicos impidió que se difundiera la noticia enviada a la prensa. La iglesia empezó a llenarse desde las diez. Algunos directores y otros miembros de la Obra se encargaron de recibir en la entrada a las autoridades eclesiásticas y civiles. Celebró don Francisco Vives, ayudado por el Vicario de Italia y otros sacerdotes. Miles de personas de toda edad y condición abarrotaban el templo. Acudieron numerosos cardenales, altos dignatarios de la Santa Sede, miembros del Cuerpo Diplomático ante la Santa Sede y el Gobierno italiano, presididos por sus respectivos Decanos –el Nuncio Apostólico en Italia y el embajador de Guatemala–, representantes de los sectores más diversos de la vida civil y muchos fieles de los barrios periféricos de Roma, de ciudades cercanas y del extranjero.

En representación del Papa asistió Mons. Benelli, que se sentó junto a mí en el presbiterio. Estaban presentes los cardenales Violardo, Ottaviani, Fürstenberg, Baggio, Palazzini, Oddi, Aponte, Casariego, junto con muchos otros obispos, prelados, sacerdotes y superiores de Órdenes y Congregaciones religiosas.

Los cardenales y las demás personalidades eclesiásticas siguieron la ceremonia desde el presbiterio: después me manifestaron su asombro al contemplar aquella multitud tan heterogénea que rezaba con tanta fe, dando así un testimonio patente de la repercusión que habían tenido en su vida el ejemplo y las enseñanzas del Fundador del Opus Dei. Un gran número de sacerdotes distribuyó la Comunión durante más de media hora, en un clima de recogimiento y de fervor.

Tiempo después, el Cardenal Oddi describió así la viva impresión que le había producido aquel funeral: “No puedo olvidar la edificante manifestación de devoción y piedad, que me emocionó profundamente, con ocasión del funeral, así como del primer aniversario del retorno a Dios del alma de este Siervo fiel. La gran iglesia de San Eugenio estaba literalmente abarrotada por miembros y simpatizantes del Opus Dei, que con un recogimiento ejemplar asistían a la celebración del Sacrificio del altar, y se acercaban a la Sagrada Mesa con un espíritu de convencimiento y de fe que no es fácil encontrar en celebraciones de este tipo”.

Aquel mismo día envié a todas las Regiones otro telegrama, invitando a celebrar un funeral en una iglesia pública en las ciudades en que hubiera un Centro de la Obra. No podíamos defraudar las esperanzas de tantas personas que deseaban expresar su cariño a nuestro Fundador, y además era justo ofrecer a todos la ocasión de rezar por su alma. Estas Misas constituyeron un impresionante testimonio de piedad filial y de sentida gratitud: en numerosas ciudades de los cinco continentes, miles y miles de personas se reunieron, cor unum et anima una, para rezar por el alma de nuestro Fundador, llenando iglesias y catedrales que desde hacia siglos no registraban quizá una afluencia de fieles semejante.

En todas partes se vivió el mismo clima de dolor sereno y de piedad, de oración y de lágrimas, que había caracterizado los funerales solemnes del 28 de junio en la Basílica romana de San Eugenio. Fue verdaderamente otra catequesis del Padre, que produjo idénticos frutos sobrenaturales que sus “correrías” apostólicas: un gran número de confesiones y comuniones, propósitos de fidelidad y de generosidad personal, conversiones grandes y pequeñas; la única diferencia era que las dimensiones del fenómeno tomaban ahora proporciones universales.

Estas impresiones están ampliamente documentadas por comentarios de la prensa y testimonios de los presentes. Las crónicas sobre estas Misas no sólo pusieron de relieve el excepcional número de asistentes, sino también la variedad de su extracción social: personalidades de primer orden en la vida pública, madres de familia, hombres del campo, profesores, estudiantes, empleados, profesionales… Para asistir a la ceremonia, muchos tuvieron que superar dificultades considerables a causa del horario de trabajo, o la distancia que debían recorrer. La jerarquía eclesiástica local se unió al dolor de los miembros del Opus Dei, participando también personalmente en esas Misas.

En particular, me alegra recordar un fenómeno que se verificó en todas partes: la conversión de muchas almas, apartadas de los sacramentos desde hacía muchos años, que se sintieron empujadas a confesarse y a comulgar; además, personas no católicas decidieron prepararse para recibir el Bautismo.

El Santuario de Torreciudad se inauguró diez días después, el 7 de julio de 1975, precisamente con un funeral por el alma del Fundador de la Obra. En la iglesia, el atrio y la explanada había unas siete mil personas. Entre otros, el Vicario general de la diócesis de Barbastro, las autoridades provinciales y locales, muchos obreros que habían trabajado en la construcción del Santuario junto con sus familias, y tanta gente de otras localidades. Hubo centenares de confesiones.

A pocos kilómetros de distancia, en la ciudad natal de nuestro Fundador, el Ayuntamiento de Barbastro organizó un funeral que celebró el Obispo de la diócesis en la catedral. Asistieron todas las autoridades locales y un gran número de fieles. La consternación era general: no hacía un mes que nuestro Fundador había estado entre sus conciudadanos, que le habían entregado la medalla de oro de Barbastro.

Nuestro Fundador fue sepultado en la cripta del oratorio de Santa María de la Paz, el 27 de junio de 1975, al día siguiente de su muerte. El 4 de octubre de 1957, había dicho a Jesús Pedro Álvarez Gazapo las palabras que quería que se pusiesen sobre su propia tumba, aunque después aclaró que sólo era un deseo, y que podíamos decidir libremente. Son éstas:

IOSEPHMARIA ESCRIVA DE BALAGUER Y ALBAS

PECCATOR

ORATE PRO EO

–––––––––––––––––––––

GENUIT FILIOS ET FILIAS

Respecto a estas últimas palabras, comentó sonriendo: Si queréis, podéis añadirlas.

Yo pensé, en la presencia de Dios, que no podíamos transcribir la primera parte, con mayor motivo habiéndonos dejado libertad. Durante muchísimos años al Padre le había gustado firmar así: Josemaría, Pecador, o el pecador Josemaría; y se definía a sí mismo como un pecador que ama a Jesucristo. Una gran lección de humildad para todos nosotros; pero me parece que no habríamos sido buenos hijos si hubiésemos grabado una inscripción así sobre la tumba.

Interpretando el deseo de todos, dispuse que sobre la tumba se escribieran, en letras de bronce dorado, solamente estas palabras: EL PADRE. En la parte de arriba se puso el sello de la Obra, una circunferencia que rodea la cruz, y abajo, a la derecha, la fechas de nacimiento y de muerte.

Comenzó entonces una peregrinación ininterrumpida a la tumba de nuestro Fundador, al que fieles de toda nacionalidad y condición confiaban sus peticiones y sus propósitos de renovación interior. Después, el 19 de febrero de 1981, el cardenal Ugo Poletti, Vicario para la diócesis de Roma, promulgó el Decreto que introdujo la Causa de Canonización del Fundador del Opus Dei. El 9 de abril de 1990 Juan Pablo II declaró la heroicidad de las virtudes vividas por el Venerable Siervo de Dios. El 6 de julio de 1991, en la presencia del Santo Padre, se leyó el decreto que sancionaba el carácter milagroso de una curación operada por intercesión del Venerable Josemaría Escrivá. Y el 17 de mayo de 1992 el Pontífice Juan Pablo II lo proclamaba Beato.

«Es como hacer un viaje…»

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Desde 1928, son ya muchos los hombres y las mujeres del Opus Dei que han comprobado la realidad del dolor y de la muerte. Sus historias, como las de otras muchas gentes desconocidas, sólo las conoce a fondo Dios. Me consta, sin embargo, que los enfermos son un «tesoro» para el Opus Dei y que es realidad esa afirmación de su Fundador cuando recordaba que la Obra es un buen sitio para vivir y para morir, aunque estas páginas pertenezcan, como tantas otras de otros siglos y del presente, a ese torrente oculto, no descrito por nadie, que es la verdadera historia de la humanidad.

Isidoro Zorzano, argentino, ingeniero industrial, miembro del Opus Dei desde 1930, murió el 15 de julio de 1943, cuando su vida parecía más necesaria. Sus últimas palabras fueron: «Conviene obedecer al Señor, dejar todo e irse a los cuarenta años, cuando habría aún tanto que hacer. Es como hacer un viaje, cambiar de casa, ser trasladado de un sitio a otro. Aunque sólo fuera para obtener esta paz en la última hora, vale la pena hacer lo poco que hacemos por el Señor». Montserrat Grases, 17 años, un año en el Opus Dei, vivió con prisa para morir el día de Jueves Santo de 1959 agotada por el dolor. Segundos antes, trata de incorporarse para ver la imagen de la Virgen, que tiene frente a la cama, y susurra: « ¡Cuánto te quiero! ¿Cuándo vendrás a buscarme?». Las causas de beatificación de Isidoro y de Montse están iniciadas.

«No tengas miedo a la muerte. Acéptala, desde ahora, generosamente…, cuando Dios quiera…, como Dios quiera…, donde Dios quiera. –No lo dudes: vendrá en el tiempo, en el lugar y del modo que más convenga…, enviada por tu Padre–Dios. –¡Bienvenida sea nuestra hermana la muerte! ». Estas son unas palabras que he vuelto a releer en Camino después de conocer el fallecimiento del Fundador del Opus Dei. Había pedido al Señor irse sin «dar la lata» a los que estaban a su lado. El Señor escuchó su oración. Y partió humildemente, silenciosamente, como siempre había deseado vivir.

Casi tres meses antes, el 28 de marzo de 1975, se cumplieron los cincuenta años de su ordenación sacerdotal.. Al acercarse aquella ocasión, escribía en una carta dirigida a sus hijos: «No quiero que se prepare ninguna solemnidad, porque deseo pasar este jubileo de acuerdo con la norma ordinaria de mi conducta de siempre: ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca».

Parece como si el Señor hubiera querido que su muerte fuese un fiel. reflejo de su vida. Le gustaba decir que su vocación era agotarse en el servicio de Dios, y morir como un limón bien exprimido, que ha dado de sí hasta la última gota. Y el 26 de junio de 1975 llegó con admirable naturalidad su «dies natalis», el día de su nacimiento, como lo celebraban los primeros cristianos. Era una mañana de una jornada más en la vida ordinaria de un sacerdote que sólo hablaba de Dios.

Después de celebrar temprano la Santa Misa, fue a un centro internacional de postgraduadas en Castelgandolfo, una obra apostólica del Opus Dei. «Vosotras, por ser cristianas –les decía a las profesoras y a las alumnas–, tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo aquí. Podéis y debéis ayudar con esa alma sacerdotal y, con la gracia de Dios, al ministerio sacerdotal de nosotros, los sacerdotes. Entre todos, haremos una labor eficaz. Sacad motivo de todo para tratar a Dios y a su Madre Bendita, Nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Angeles Custodios, para ayudar a esta Santa Iglesia, nuestra Madre, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en estos momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia y al Papa. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio a la Iglesia y al Santo Padre». Casi tres horas más tarde, ya en el despacho donde habitualmente trabajaba, Dios quiso llevárselo a su lado.

No padecía ninguna enfermedad que hiciera presagiar su próximo fin. Había ofrecido su vida repetidas veces, por la Iglesia y por el Romano Pontífice. Tal vez la clave de su súbita muerte esté en unas palabras dichas por un cardenal romano ante el cuerpo sin vida de Monseñor Escrivá de Balaguer: «El Padre ha muerto de amor a la Iglesia». Quizá sea ésta la pura verdad: el dolor de la Iglesia le rompió el corazón.

«La beatitud se ve –decía Eugenio Montes el 28 de junio al describir el sepelio del Fundador del Opus Dei en una crónica de ABC–. La trascendencia se presiente. Y no sólo la he vista yo cuando estuve recogido en oración en la capilla, pues, a la salida, le oí susurrar a Mons. Deskour: «Espero ser uno de los primeros obispos que postule su beatificación. He ofrecido la Misa por su glorificación». Idéntico deseo manifestaron 69 Cardenales y cerca de 1.300 Obispos –más de un tercio del episcopado mundial–, pidiendo a la Santa Sede la apertura de su Proceso de Beatificación y Canonización, que comenzó en Roma el 12 de mayo de 1981.

Conozco otras muertes de personas del Opus Dei –algunas de ellas muy recientes– que han pasado ocultas como las vidas, pero ¿para qué contarlas?… ¿Quién se acuerda, después de todo, de las vidas y de las muertes de aquellas generaciones de primeros cristianos, que nos transmitieron intacto el depósito de la fe a golpe de testimonio oculto?… Las conoce Dios de punta a cabo… y nosotros las conocemos por sus frutos.

Nueva capilla dedicada en Madrid a san Josemaría Escrivá

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El itinerario espiritual de san Josemaría en Madrid cuenta  con una nueva etapa: una capilla en la parroquia de Nuestra Señora de los Angeles en Cuatro Caminos (Madrid)

Opus Dei -

Después de bendecir las campanas y la capilla, el cardenal de Madrid presidió la solemne concelebración eucarística,  en la que el párroco D. Samuel Urbina agradeció la presencia de todos y destacó “la ilusión y la emoción para mí y toda la parroquia por tener esta nueva capilla”. “Con gran alegría, pido a san Josemaría su intercesión para que seamos buenos sacerdotes y tengamos muchos laicos con identidad cristiana y eclesial, conscientes de nuestra responsabilidad para construir la Iglesia”, dijo tambien.

“Los lugares de san Josemaría en Madrid deben ser más y más conocidos, como testigos de su memoria viva, de unas enseñanzas que han dejado un surco profundo en la historia de la Iglesia”, comentó anoche el cardenal a www.opusdei.es.

Y esta parroquia y sus campanas tienen un significado especial para san Josemaría, donde rezó muchas veces y cuyo volteo oyó hace ahora 80 años.  Efectivamente, tres cartelas al pie del retablo recuerdan que en “la mañana del 2 de octubre de 1928, festividad de los Santos Ángeles Custodios, mientras se oía el sonido de las campanas de esta Parroquia, san Josemaría recibió la luz de Dios para comenzar el Opus Dei, iniciando así un camino de santidad para muchos hombres y mujeres, como cristianos corrientes, a través de las ocupaciones profesionales, familiares y sociales de la vida ordinaria”.

San Josemaría, que estaba haciendo unos días de retiro espiritual en la Casa de los PP Paúles de la cercana calle de García de Paredes, recordaba que “conmovido me arrodillé -estaba solo en mi cuarto, entre plática y plática- di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas”.

Tres nuevas campanas

La capilla tiene un cuadro del pintor gaditano Ignacio Valdés de Elizalde, que representa ese momento: san Josemaría en ese día, arrodillado y en actitud de acción de gracias por la iluminación de Dios que acababa de recibir. Junto a ese motivo central, la Virgen preside el conjunto, mientras que lo rodea un mural cuyos autores son Inmaculada e Ignacio Valdés de Elizalde, que representa algunos lugares fundacionales del Opus Dei en Madrid.

Otro motivo festivo fue muy celebrado ayer en este templo de estilo neogótico, inaugurado en 1911: el cardenal Rouco bendijo las tres nuevas campanas ya situadas en el campanario; tienen los nombres de Nuestra Señora de los Ángeles, San Josemaría y Álvaro del Portillo. La capilla ha sido construida con la ayuda de devotos y benefactores, y realizada por Talleres de Arte Granda, bajo la dirección del arquitecto Jaime Castañón.

TEXTO DE LAS CARTELAS
CAPILLA DE SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER
PARROQUIA DE NUESTRA SEÑORA DE LOS ÁNGELES. MADRID

En la mañana del 2 de octubre de 1928, festividad de los Santos Ángeles Custodios, mientras se oía el sonido de las campanas de esta Parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles, San Josemaría Escrivá de Balaguer recibió la luz de Dios para comenzar el Opus Dei, iniciando así un camino de santidad para muchos hombres y mujeres, como cristianos corrientes, a través de las ocupaciones profesionales, familiares y sociales de la vida ordinaria.

Años más tarde, San Josemaría recordaba el momento de la fundación del Opus Dei, que ocurrió durante unos días de retiro espiritual: “Recibí la iluminación sobre toda la Obra, mientras leía aquellos papeles. Conmovido me arrodillé —estaba solo en mi cuarto, entre plática y plática— di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas de la Parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles”.

Para dar cumplimiento a la misión que Dios le encomendaba, San Josemaría prosiguió su trabajo sacerdotal en los barrios más pobres y entre los enfermos de los hospitales de Madrid, y acudió confiada y asiduamente a la protección de la Santísima Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra. San Josemaría rezó también, en muchas ocasiones, ante la sagrada imagen que preside el retablo de esta Parroquia. LAUS DEO VIRGINIQUE MATRI!

Capítulo 22. Vuelve a empezar la labor con las mujeres (1939-1943)

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El trabajo apostólico con mujeres en Madrid

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La Guerra Civil hizo que Escrivá perdiera el contacto con las pocas mujeres que pertenecían al Opus Dei antes de julio de 1936. No habían entendido plenamente el espíritu de la Obra y, en particular, su carácter laical y secular. Con la excepción de “Consideraciones espirituales”, los libros de espiritualidad que tenían a su disposición reflejaban la mentalidad dominante que consideraba que el único camino para una mujer que quería dedicarse enteramente a Dios era dejar el mundo. Si tenían la fortuna de encontrar a un buen confesor y director espiritual, habitualmente les sugería imitar la espiritualidad propia de la vida religiosa; en el peor de los casos, minimizaba sus deseos de buscar la santidad.

Así pues, no sorprende que después de la guerra Escrivá comprobara que su espíritu difería del propio del Opus Dei: habían seguido una espiritualidad basada en la renuncia al mundo y, con gran pesar, les dijo que no podían continuar en la Obra. Casi diez años después del 14 de febrero de 1930, sólo quedaba una mujer en el Opus Dei: Lola Fisac.

Lola entró en el Opus Dei en mayo de 1937. Vivía con su familia en Daimiel. Al comenzar la guerra, su hermano Miguel se había refugiado en su casa. Para no llamar la atención de los censores ni dar pistas sobre su paradero, no escribía a Zorzano ni a Escrivá, sino que le encargaba a Lola que lo hiciera de su parte. De este modo, Lola se puso en contacto con Escrivá por escrito. Miguel le explicó el Opus Dei y le dio un ejemplar de “Consideraciones Espirituales”.

La primera carta que Lola Fisac envió a Escrivá, en abril de 1937, simplemente le hacía saber que Miguel estaba a salvo. La respuesta de Escrivá fue igual de breve y reservada, pero expresaba su esperanza de que algún día ella pudiera ser miembro de su familia. A pesar del velado lenguaje, Lola entendió el mensaje de Escrivá y respondió a finales de mayo de 1937, de modo igualmente discreto, que deseaba pertenecer al Opus Dei. Años más tarde recordaba que, a pesar de no entender del todo la vocación al Opus Dei en ese momento, “me parecía apasionante… y, dentro de mí, formulé la decisión de vivir la llamada a la Obra de manera total y sin condiciones”[1]. Durante los meses siguientes, Lola y Escrivá mantuvieron correspondencia, aunque la censura les obligaba a ser muy discretos.

El 20 abril de 1939 Escrivá viajó a Daimiel para conocer a Lola y agradecer a su familia los paquetes de comida que habían enviado a Isidoro durante la guerra. En una larga conversación, Escrivá le explicó detalladamente la vocación al Opus Dei. Ella reiteró su deseo de pertenecer al Opus Dei y Escrivá le trazó un plan de vida espiritual con media hora de oración diaria, el Rosario, el examen de conciencia y la lectura de la “Historia de un alma” de Santa Teresa de Lisieux. Por encima de todo, le insistía en que cuidara la presencia de Dios, para lo que le ayudaría recitar comuniones espirituales, hacer actos de amor y reparación y dedicar cada día de la semana a una devoción particular: el domingo, a la Santísima Trinidad; el lunes, a las almas del Purgatorio; el martes, a los Ángeles Custodios; el miércoles, a san José; el jueves, a la Eucaristía; el viernes, a la Pasión, y el sábado, a la Santísima Virgen.

Como, previsiblemente, Lola se quedaría con su familia en Daimiel durante una temporada, Escrivá le indicó que escribiera frecuentemente y se esforzara por cultivar la comunión de los santos, por la que los cristianos permanecen unidos. Este consejo quedó más tarde reflejado en “Camino”: “Tendrás más facilidad para cumplir tu deber al pensar en la ayuda que te prestan tus hermanos y en la que dejas de prestarles, si no eres fiel”[2]. “Vivid una particular Comunión de los Santos: y cada uno sentirá, a la hora de la lucha interior, lo mismo que a la hora del trabajo profesional, la alegría y la fuerza de no estar solo”[3].

En los meses siguientes Lola viajó varias veces a Madrid para hacer diversas gestiones. Aprovechaba esas ocasiones para ver a Escrivá y, también, a su madre y su hermana Carmen.

Escrivá tenía una razón especial para querer que Lola conociera mejor a su madre y su hermana y que pasara tiempo con ellas. En 1935 había escrito que un centro del Opus Dei “no es convento, ni colegio, ni cuartel, ni asilo, ni pensión: es familia”[4]. Para convertir esta idea en realidad, había previsto que, además de llevar a cabo los mismos apostolados que los varones de la Obra, las mujeres del Opus Dei se ocuparían de lo que definió como el “apostolado de los apostolados”. Con esas palabras se refería a la administración doméstica de los centros del Opus Dei para darles el tono y calor propios de un hogar de familia cristiana. Aunque su madre y su hermana nunca pertenecieron la Obra, Escrivá vio claro que el tono que ellas habían dado a su propio hogar era un ejemplo excelente del aire de familia que debía caracterizar la vida del Opus Dei. Al pasar tiempo con ellas, las mujeres del Opus Dei aprenderían a crear ese ambiente en los centros de la Obra.

Durante el tiempo que Lola pasó en Daimiel, Escrivá mantuvo contacto epistolar con ella. En enero de 1940 escribía: “No olvides que Dios sabe más que nosotros y, como suele decirse, escribe derecho con líneas torcidas: cuando menos lo esperamos, si somos fieles, queda todo arreglado y dispuesto”[5]. En otra carta la animaba: “Espero que pronto dispondrá el Señor las cosas de modo que puedas trabajar como deseas. Que estés siempre contenta. La tristeza es aliada del enemigo”[6]. En respuesta a una carta en la que Lola se quejaba de sequedad interior, le decía que no debía preocuparse por sentirla, ya que lo importante era la perseverancia en el cumplimiento de las normas de piedad, aunque a veces haya que arrastrarse.

El trabajo apostólico con mujeres en Madrid

En Madrid, Escrivá buscaba mujeres jóvenes que dieran señales de tener vocación al Opus Dei. En concreto, a quienes pudieran responder a la llamada de Dios a una vida de celibato apostólico y dedicaran todas sus energías a extender el Opus Dei. Confesaba habitualmente en diversas parroquias. Además, pedía a los miembros de la Obra y a los jóvenes que asistían a los medios de formación que rezaran por sus hermanas. Y les decía que les regalaran “Camino” o les animaran a acudir a su confesonario. Cuando Jenner quedaba libre por las vacaciones de los estudiantes, organizaba meditaciones para ellas en el oratorio de la residencia.

Para el otoño de 1940 ya había en Madrid un núcleo de mujeres jóvenes en contacto con el Opus Dei. Seis de ellas habían pedido la admisión en la Obra. Escrivá las animaba a santificar sus estudios o la actividad profesional que desempeñaran. Además, pidió a algunas que ayudaran a su madre y a su hermana en la administración doméstica de Jenner y de los dos centros de varones que ya había en la capital. Las mujeres del Opus Dei no se limitarían a esta tarea, pero Escrivá dejó claro que este trabajo se podía santificar igual que cualquier otro. También subrayaba que, al crear un ambiente agradable en los centros de la Obra, contribuirían de forma principalísima al apostolado que se hiciera en ellos.

En noviembre de 1940 las mujeres de la Obra, alquilaron un piso en la calle Castelló. Ninguna vivía allí. Simplemente lo utilizaron para las actividades de formación. A los pocos meses, estas actividades se trasladaron al centro de Diego de León, a la zona de la casa reservada para la madre y la hermana de Escrivá. Esto facilitaba el contacto frecuente con ellas y permitía a las mujeres de la Obra trabajar con Carmen en la administración de los centros.

[1] AGP P16 III.1998 p. 69

[2] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 549

[3] Ibid. n. 545

[4] Instrucción 9.1.35, n. 164

[5] AGP P16 IX.1998 p. 77

[6] Ibid. p. 77

Zaragoza 1939

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Zaragoza era otro lugar natural de expansión del Opus Dei: tenía una importante universidad y Escrivá conocía a gente desde sus días de seminario. Además, había reanudado viejas amistades en sus visitas a la ciudad durante la Guerra Civil. Albareda procedía de Caspe, localidad cercana a Zaragoza, y su hermano mayor, Manuel, era muy conocido en la ciudad.

A finales de noviembre de 1939, Albareda viajó a Zaragoza. Pasó por la Basílica del del Pilar para poner en manos de la Virgen el futuro del apostolado del Opus Dei en la ciudad y explicó a su hermano lo que la Obra quería hacer. Como el Opus Dei siempre desarrollaba sus actividades con la bendición del obispo local, también le pidió a su hermano que solicitara al arzobispo la autorización necesaria para empezar la labor apostólica en Zaragoza. En este primer viaje, Albareda se puso en contacto con varios estudiantes y les explicó brevemente los objetivos e ideales del Opus Dei.

Animados por los resultados de este primer viaje, Escrivá, del Portillo y Albareda salieron en coche hacia Zaragoza el 26 de diciembe de 1939. A pocos kilómetros de Madrid, el coche se averió y tuvo que ser remolcado. Escrivá, que tenía fiebre, volvió a Madrid con del Portillo, mientras que Albareda cogía un tren para Zaragoza. Dos días después, aunque Escrivá no estaba repuesto del todo, él y del Portillo también viajaron. Albareda, su hermano Manuel y Alvira, que había acompañado a Escrivá en el paso de los Pirineos, los recogieron en la estación y los llevaron a casa de Manuel.

Las primeras actividades en Zaragoza fueron similares a las de Valladolid: ponerse en contacto con estudiantes y jóvenes profesionales, amigos de otros amigos ya conocidos, y explicarles el ideal de santidad y apostolado en medio del mundo, mediante la santificación del trabajo y de las demás actividades cotidianas. También hablaron de abrir pronto una residencia en Zaragoza.

Hasta mediados de febrero de 1940, no se hicieron nuevos viajes a Zaragoza. Desde entonces hasta el final del año escolar, Múzquiz, del Portillo, Botella y Rodríguez Casado pasaban allí muchos fines de semana. Ni la casa de Manuel Albareda, donde se alojaron en algunas ocasiones, ni las habitaciones de un hotel les proporcionaban un sitio adecuado para mantener una conversación personal. A menudo se iban a pasear por la ciudad para hablar en privado.

Múzquiz, por ejemplo, explicó el Opus Dei a un joven estudiante de Navarra, José Javier López Jacoíste, mientras daban vueltas y más vueltas a la plaza principal de la ciudad. Era una tarde agradable y la plaza estaba llena de cadetes de la academia militar, soldados destinados en Zaragoza, familias y niñeras con críos que habían salido a pasear. Cuando Múzquiz terminó su explicación y mencionó que Jesús Arellano, otro estudiante navarro, había decidido entregar su vida a Dios en el Opus Dei, López Jacoíste respondió sobre la marcha, sin esperar ni siquiera a regresar al hotel, “yo también”. A Arellano y López Jacoíste se les unieron en los meses siguientes Javier Ayala y José Ramón Madurga.

Escrivá no pudo ir a Zaragoza en muchas ocasiones, ya que debía atender también la labor de Madrid, Valencia, Valladolid y Barcelona, y además predicar numerosos ejercicios espirituales a sacerdotes diocesanos. Cuando podía viajar a Zaragoza, les hablaba en grupo y también personalmente con cada uno. Uno de estos jóvenes recuerda su conversación con Escrivá: “¿Serás capaz de saltar el parapeto? La metáfora, expresada con enorme fuerza y vibración sobrenatural, estaba cargada de sentido. Aún estraba reciente la Guerra de España, en la que dar el asalto final a las trincheras enemigas –expresión de arrojo y bizarría—constituía el colofón de toda batalla.

El planteamiento de nuestro Padre, además del atractivo humano, tenía una irresistible fuerza sobrenatural. Se trataba de superar con la ayuda de Dios todas las dificultades –saltárselas mediante el impulso divino-, para llevar vida de enamoramiento al servicio del Señor, afrontando el trabajo y el estudio cotidianos con denuedo sobrenatural a fin de situar al Señor, mediante el esfuerzo constante, en la cima de todas las actividades humanas”[1].

El 16 de marzo de 1940 Escrivá predicó a los miembros de la Obra una meditación que tenía por tema el texto del Evangelio “No me elegistéis a mí, sino que yo os he elgido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca” (Juan 15:16). Más tarde, ese mismo mes, se reunió con ellos en un café. Como solía suceder en las reuniones informales que los miembros del Opus Dei designaban con el término genérico de tertulias, la conversación de Escrivá fluía con soltura y sin rupturas de una anécdota cómica a sucesos recientes y preguntas sobre los estudios de unos y otros y asuntos de vida interior y apostolado. En esta ocasión, uno de los participantes recuerda: “Nos habló de presencia de Dios, de múltiples industrias humanas para vivirla con estilo enamorado e intensidad siempre creciente. Muchas temporadas habría de constituir la materia del examen particular. De esta manera viviríamos vida de Fe, lo cual es vivir vida sobrenatural (…). Sólo así podríamos marchar adelante y ser contemplativos en medio de los absorbentes trabajos o del bullicio que pueda rodearnos a lo largo de la vida.

Seguidamente se refirió a la sinceridad. Nos pedía una sencillez total. Era el medio para vivir defendidos frente a toda insinuación del maligno. Particularmente esa sencillez es todavía más inexcusable en estas tres vertientes: fe, pureza, camino (…).

La explicación referente a los Ángeles Custodios fue profunda y especialmente atrayente: ‘Os harán mil servicios, os sacarán de muchas dificultades, viviréis siempre seguros con su protección y su continua asistencia’”[2].

A principios del curso 1940-1941 el apostolado del Opus Dei en Zaragoza estaba bien asentado. Durante los dos años siguientes se continuarían los viajes desde Madrid. El primer centro se abrió en 1942 y se llamó Baltasar Gracián, que era el nombre de la calle donde estaba situado.

[1] Ibid. p. 241

[2] Ibid. p. 346

Espera sin fin en Barcelona

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Llegado el grupo de Valencia, parecía que la partida sería inminente, pero el arresto y ejecución de los miembros de otro grupo, capturado mientras trataban de escapar hacia Andorra, hizo que los contrabandistas no dieran señales de vida durante dos semanas.

La comida en Barcelona escaseaba, incluso para gente con dinero y cartillas de racionamiento. En el edificio donde se alojaban, había una familia de buena posición, cuyo hijo de seis años solía hacer cola durante horas para comprar cigarrillos, que luego cambiaba a un soldado por una ración del mal pan suministrado a las tropas. El perro de la familia con la que Casciaro y los otros residían estaba tan famélico que un día se comió el cinturón de cuero de Casciaro, un par de calcetines que Botella había dejado en el baño y la única pastilla de jabón que tenían.

Los miembros del grupo de Escrivá no disponían de cartillas de racionamiento y hubiera sido peligroso intentar obtenerlas. No tenían dinero suficiente para comer los ocho en un restaurante o comprar alimentos en el mercado negro. La mayor parte de los días el desayuno consistía en una malta aguada con dos o tres pequeñas galletas saladas. Normalmente solo hacían otra comida más, y ésta era poco más sustanciosa que el desayuno. A veces almorzaron en un restaurante, más o menos limpio, donde servían carne de burro con setas estofadas, aunque las raciones eran minúsculas. Casi a diario iban a un pequeño y sucio restaurante donde la comida era menos refinada, pero las raciones más generosas. Escrivá guardaba a menudo sus galletas del desayuno o parte de su escasa cena para dárselas a los niños de la familia con la que se alojaban.

Un día Sainz vio un letrero en el escaparate de un restaurante que anunciaba que al día siguiente se serviría yogur. Jiménez Vargas, el médico del grupo, aconsejó que se gastara un poco más en este nutritivo alimento que ayudaría a fortalecerles para la ardua caminata a través de los Pirineos. Mientras disfrutaban de este manjar, la policía entró y empezó a ir de mesa en mesa, comprobando los documentos de todos. La situación era crítica. En tiempo de guerra, se solían expedir los permisos militares para cortos periodos. Para no levantar sospechas, Botella había rellenado sus pases para sólo unos días. A medida que su estancia en Barcelona se alargaba, se habían visto obligados a cambiar las fechas varias veces, raspando con una hoja de afeitar los dígitos antiguos y escribiendo los nuevos. Los cambios eran evidentes con un examen detenido de los documentos o con una simple mirada al trasluz. Escrivá y sus compañeros se encomendaron confiadamente a sus Ángeles Custodios, mientras trataban de charlar como si nada ocurriera. Cuando sólo faltaba su mesa por ser inspeccionada, la policía salió sin pedirles sus documentos.

Escrivá se enteró por el periódico de que un antiguo compañero de la Facultad de Derecho de Zaragoza, Pascual Galbe, ejercía como juez en el Tribunal de Segunda Instancia de Barcelona. Galbe siempre había manifestado que no era creyente, pero habían sido buenos amigos y Escrivá tenía ganas de verle. Alvira había sido compañero de clase de Galbe en el instituto y le dijo que Escrivá estaba en la ciudad y que le gustaría visitarle. Galbe invitó a Escrivá a comer a su casa. Cuando se encontraron, Galbe se mostró muy emocionado y se ofreció para ayudarle a escapar.

Escrivá declinó su ofrecimiento, ya que ayudarle podía poner en peligro a la familia de Galbe. Entonces, su amigo dijo que le encontraría un trabajo como letrado en el tribunal, pero Escrivá también declinó esa oferta: “No he ejercido antes la profesión de abogado porque me interesaba sólo ser sacerdote, ¿y voy a hacerlo aquí, donde me dais un tiro por el solo hecho de ser cura?”[1]. La conversación giró hacia la religión. Cuando Galbe expresó su escepticismo, Escrivá le urgió con fuerza a estudiar el tema más profundamente: “La lectura de un par de libros te hacen decir esas cosas; una gran cantidad de hombres de inteligencias extraordinarias han escrito muchos libros sobre estas cuestiones. Cuando hayas leído unos cuantos de ellos, podrás hablar con conocimiento de causa”[2].

Galbe invitó a Escrivá a continuar su conversación esa misma tarde, en su oficina del tribunal. Cuando se dio cuenta de que Escrivá estaba resuelto a intentar la huida a través de los Pirineos, le hizo a presenciar el juicio de alguien que había sido capturado y fue condenado a muerte. Le explicó que había órdenes de disparar a matar; y le dijo que si le cogían se hiciera pasar por su hermano, por si podía hacer algo por él.

Los días de espera se habían transformado en semanas y empezaba a ser difícil para grupo de Escrivá no levantar sospechas. El gobierno republicano se había trasladado recientemente de Valencia a Barcelona, y el traslado provocó un incremento de la vigilancia. Para dar la impresión de que habían sido desplazados de sus hogares y de que habían encontrado empleo en Barcelona, Escrivá y sus compañeros dejaban cada día el piso donde se alojaban como si fueran al trabajo. Pasaban gran parte del día caminando por la ciudad. En esos paseos, hacían su oración y rezaban el Rosario. Todas las iglesias habían sido cerradas por orden del Gobierno, pero cuando pasaban delante de una, hacían actos de abandono en las manos de Dios y rezaban comuniones espirituales. Además de que estar en la calle era más seguro que permanecer encerrados en un piso, las idas y venidas por la ciudad fueron un buen entrenamiento para la dura travesía de montaña que se avecinaba. De todas formas, la falta de comida les impidió aumentar mucho su fuerza física.

Mientras esperaban una oportunidad para dejar Barcelona, Escrivá ejercía el ministerio sacerdotal en la medida de sus posibilidades. Un día, un viejo amigo de Zaragoza le dijo que su madre, maestra en un pueblo cercano, llevaba un año sin recibir los sacramentos por no disponer de un sacerdote. Inmediatamente Escrivá se ofreció a tomar, acompañado por otros miembros del grupo, el autobús al pueblecito costero donde vivía aquella mujer.

El autobús les dejó cerca de la playa y se acercaron hasta el agua. Alvira relata: “Al volver la vista, pude ver al Padre con la vista puesta en el mar y diciendo, en voz alta: ‘Salve, Regina, Mater…’. Todos seguimos el rezo de la Salve.

A mí me produjo una gran impresión ver aquella presencia de la Virgen en el Padre. Para todos nosotros, las aguas del mar habían sido un motivo de contento, de admiración ante el paisaje. Para el Padre había sido algo más: el mar le había recordado a la Virgen, y la saludaba con la Salve”[3].

Escrivá fue a la casa de esa señora y la confesó. En el camino de vuelta, un ataque aéreo de los nacionales les hizo bajar del autobús para resguardarse en el campo. Al final, regresaron a Barcelona sanos y salvos.

[1] AGP P03 1981 p. 597

[2] Ibid. p. 597-598

[3] Ibid. p. 593

Infancia espiritual.

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En Escrivá, el sentido de la filiación divina, el fundamento del espíritu del Opus Dei, estaba estrechamente unido con una actitud espiritual de saberse un niño pequeño a los ojos de Dios. Había leído la “Historia de un alma”, de Santa Teresa de Lisieux, conocida como la “Florecilla”. Además, Mercedes Reyna, una de las Damas Apostólicas, le había dado a conocer aspectos del espíritu de la “Florecilla”, como la idea de “ocultarse y desaparecer” para dar toda la gloria a Dios. Con todo, Escrivá fechaba su descubrimiento del camino de infancia espiritual en el tercer aniversario de la fundación del Opus Dei, el 2 de octubre de 1931, fiesta de los Santos Ángeles Custodios y víspera de la fiesta de la “Florecilla”.

Aquel día, en palabras de Escrivá, “me tomó Teresita y me llevó, con Mercedes, por María, mi Madre y Señora, al Amor de Jesús”[1]. Sus notas sobre la naturaleza exacta de la experiencia son muy parcas, pero nos dan una idea de su esencia: “Le eché piropos y le dije que me enseñe a amar a Jesús, siquiera, siquiera, como le ama él. Indudablemente Santa Teresita (…) quiso anticiparme algo por su fiesta y logró de mi Ángel Custodio que me enseñara hoy a hacer oración de infancia. ¡Qué cosas más pueriles le dije a mi Señor! Con la confiada confianza de un niño que habla al Amigo Grande, de cuyo amor está seguro: Que yo viva sólo para tu Obra —le pedí—, que yo viva sólo para tu Gloria, que yo viva sólo para tu Amor (…). Recordé y reconocí lealmente que todo lo hago mal: eso, Jesús mío, no puede llamarte la atención: es imposible que yo haga nada a derechas. Ayúdame Tú, hazlo Tú por mí y verás qué bien sale. Luego, audazmente y sin apartarme de la verdad, te digo: empápame, emborráchame de tu Espíritu y así haré tu Voluntad. Quiero hacerla. Si no la hago es… que no me ayudas”[2].

Poco después vio una imagen de Jesús Niño, como un pequeño con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos medio cerrados. Se sintió profundamente conmovido por la imagen y la besó tanto que decía, “me lo he comido a besos y … de buena gana lo hubiera robado”[3]. En las siguientes semanas, su devoción a Jesús Niño creció con brincos: “El Niño Jesús, !cómo me ha entrado esta devoción, desde que vi al ‘grandísimo Ladrón’, que mis monjas guardan en la portería de su clausura! Jesús Niño, Jesús-adolescente: me gusta verte así, Señor, porque… me atrevo a más. Me gusta verte chiquitín, como desamparado, para hacerme la ilusión de que me necesitas”[4].

Un elemento importante en la vida de infancia de Escrivá era la participación en las escenas del Evangelio que él contemplaba, al rezar el Rosario o meditar pasajes del Evangelio. Un día de la novena a la Inmaculada Concepción del año 1931, después de la Misa, escribió de un tirón una serie de consideraciones sobre los misterios del Rosario que más tarde sería publicado con el título “Santo Rosario.” En la introducción explicaba que su objetivo era revelar a aquellos que querían servir a Dios de verdad el “secreto que puede muy bien ser el comienzo de ese camino por donde Cristo quiere que anden”:

“Amigo mío: si tienes deseos de ser grande, hazte pequeño.

Ser pequeño exige creer como creen los niños, amar como aman los niños, abandonarse como se abandonan los niños…, rezar como rezan los niños.

Y todo esto junto es preciso para llevar a la práctica lo que voy a descubrirte en estas líneas:

El principio del camino que tiene por final la completa locura por Jesús, es un confiado amor hacia María Santísima.

–¿Quieres amar a la Virgen? –Pues, ¡trátala! ¿Cómo? –Rezando bien el Rosario de nuestra Señora.

Pero, en el Rosario… ¡decimos siempre lo mismo! –¿Siempre lo mismo? ¿Y no se dicen siempre lo mismo los que se aman?… ¿Acaso no habrá monotonía en tu Rosario, porque en lugar de pronunciar palabras como hombre, emites sonidos como animal, estando tu pensamiento muy lejos de Dios? –Además, mira: antes de cada decena, se indica el misterio que se va a contemplar –Tú… ¿has contemplado alguna vez estos misterios?

Hazte pequeño. Ven conmigo y –este es el nervio de mi confidencia– viviremos la vida de Jesús, María y José.

Cada día les prestaremos un nuevo servicio. Oiremos sus pláticas de familia. Veremos crecer al Mesías. Admiraremos sus treinta años de oscuridad… Asistiremos a su Pasión y Muerte… Nos pasmaremos ante la gloria de su Resurrección… En una palabra: contemplaremos, locos de Amor (no hay más amor que el Amor), todos y cada uno de los instantes de Cristo Jesús”[5].

Un ejemplo de esta vida de infancia espiritual se encuentra en las anotaciones que hizo durante su oración el 28 de diciembre de 1931. Ese día era la fiesta de los Santos Inocentes. Cuando visitó el convento de Santa Isabel se enteró de que aquel día las monjas acostumbraban a que una novicia hiciera de priora y la monja más joven de subpriora y dieran órdenes a las monjas mayores. Pensando en ello Escrivá apuntó:

“Niño: tú eres el último burro, digo el último gato de los amadores de Jesús. A ti te toca, por derecho propio, mandar en el Cielo. Suelta esa imaginación, deja que tu corazón se desate también… Yo quiero que Jesús me indulte… del todo. Que todas las ánimas benditas del purgatorio, purificadas en menos de un segundo, suban a gozar de nuestro Dios…, porque hoy hago yo sus veces. Quiero… reñir a unos Ángeles Custodios que yo sé —de broma, ¿eh?, aunque también un poco de veras— y les mando que obedezcan, así, que obedezcan al borrico de Jesús en cosas que son para toda la gloria de nuestro Rey‑Cristo. Y después de mandar mucho, mucho, le diría a mi Madre Santa María: Señora, ni por juego quiero que dejes de ser la Dueña y Emperadora de todo lo creado. Entonces Ella me besaría en la frente, quedándome, por señal de tal merced, un gran lucero encima de los ojos. Y, con esta nueva luz, vería a todos los hijos de Dios que serán hasta el fin del mundo, peleando las peleas del Señor, siempre vencedores con Él… y oiría una voz más que celestial, como rumor de muchas aguas y estampido de un gran trueno, suave, a pesar de su intensidad, como el sonar de muchas cítaras tocadas acordemente por un número de músicos infinito, diciendo: ¡queremos que reine! ¡para Dios toda la gloria! ¡Todos, con Pedro, a Jesús por María!…

Y antes de que este día asombroso llegue al final, ¡oh, Jesús —le diré— quiero ser una hoguera de locura de Amor! Quiero que mi presencia sola sea bastante para encender al mundo, en muchos kilómetros a la redonda, con incendio inextinguible. Quiero saber que soy tuyo. Después, venga Cruz: nunca tendré miedo a la expiación… Sufrir y amar. Amar y sufrir. ¡Magnífico camino! Sufrir, amar y creer: fe y amor. Fe de Pedro. Amor de Juan. Celo de Pablo. Aún quedan al borrico tres minutos de endiosamiento, buen Jesús, y manda… que le des más Celo que a Pablo, más Amor que a Juan, más Fe que a Pedro: El último deseo: Jesús, que nunca me falte la Santa Cruz”[6].

Escrivá sacó gran provecho de la práctica de la infancia espiritual. A comienzos de 1932 empezó a leer atentamente los libros que tuvieran este enfoque, especialmente la “Historia de un alma”, de Santa Teresa de Lisieux. Pero, al contrario que el sentido de la filiación divina, no consideró que la infancia espiritual fuera un camino necesario para todos los miembros del Opus Dei. Dirigirse a Dios como niños pequeños es un modo maravilloso de tratarlo, pero no es el único modo posible. A comienzos de 1932 Escrivá se dio cuenta de que los miembros de la Obra podían familiarizarse con el camino de infancia espiritual, pero que no todos tenían que seguirlo.

[1] Ibid. p. 415, nota 206

[2] Ibid. p. 405

[3] Ibid. p. 406

[4] Ibid. p. 407

[5] Josemaría Escrivá de Balaguer. SANTO ROSARIO. Ediciones Rialp. Madrid, 2001. Introducción

[6] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 413-414

Capítulo 1. La fundación del Opus Dei (2 de octubre de 1928)

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La fundación del Opus Dei (2 de octubre de 1928)

El martes 2 de octubre de 1928, fiesta de los Santos Ángeles Custodios, era el segundo día de unos ejercicios espirituales organizados para sacerdotes diocesanos en una casa que los Padres Paúles tenían en lo que entonces eran las afueras de Madrid. Los seis sacerdotes que participaban en aquella tanda ya habían celebrado Misa, desayunado y también habían rezado juntos parte del breviario correspondiente a aquella jornada y leído algunos pasajes del Nuevo Testamento. Hacia las 10 de la mañana, el joven sacerdote Josemaría Escrivá, de 26 años, se dirigió a su habitación.

Allí, solo, se puso a revisar y ordenar algunas notas personales de los últimos años que había llevado consigo. En ellas, había escrito una serie de gracias e inspiraciones divinas que Dios le fue concediendo como respuesta a diez años de intensa oración en los que había hecho suyas las palabras que el ciego del Evangelio dirigió a Jesús cuando le preguntó qué quería: “¡Señor, que vea!”. Escrivá tenía la seguridad de que Dios quería de él algo concreto, pero las mociones que tuvo hasta la fecha eran tan incompletas y parciales, que a duras penas podía intuir lo que el Señor verdaderamente deseaba. Con el paso de los años, era frecuente que describiera esas gracias recibidas antes del 2 de octubre de 1928 como “barruntos” de lo que Dios le pedía.

En el preciso instante en que las campanas de la cercana iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles repicaban alegremente para celebrar la fiesta del día, aparecieron de pronto las piezas que faltaban para completar una imagen que ahora veía con nitidez. Escrivá vio cómo Dios quería que hubiera una porción de la Iglesia, compuesta por gente de toda condición, que se dedicara a incorporar a su vida -y lo comunicara a su vez a amigos, vecinos y colegas- el fascinante mensaje evangélico de que Dios llama a todo el mundo a la santidad, sea cual sea su edad, condición social, profesión o estado.

En una anotación recogida por Escrivá en 1930, en lenguaje casi telegráfico, se resume el contenido de la visión que tuvo el 2 de octubre de 1928: “Simples cristianos. Masa en fermento. Lo nuestro es lo ordinario, con naturalidad. Medio: el trabajo profesional. ¡Todos santos!”[1]. El escritor francés Francois Gondrand nos ha legado una versión más poética de la misma idea: “miles, millones de almas que elevan sus oraciones a Dios en toda la superficie de la tierra; generaciones y generaciones de cristianos, inmersos en toda clase de actividades humanas, ofreciendo al Señor sus tareas profesionales y las mil preocupaciones de una vida ordinaria; horas y horas de trabajo intenso, constante, que sube hasta el cielo como un incienso de agradable aroma desde los cuatro puntos cardinales… Una multitud formada por ricos y pobres, jóvenes y ancianos, de todos los países y de todas las razas. Millones y millones de almas, a través de los tiempos y a lo largo del mundo… Un latir invisible que recorre y riega la superficie de la tierra”[2].

No sabemos si la visión que tuvo Escrivá se parece más a la austera nota escrita en 1930 o a la lírica versión recogida por Gondrand muchos años después, pero siempre que hablaba o escribía sobre los sucesos acaecidos aquel 2 de octubre de 1928, sus palabras eran invariablemente breves y esquemáticas. Con frecuencia, el suceso quedaba zanjado con la lacónica expresión: “Vi el Opus Dei”.

En un documento del 2 de octubre de 1931, el más antiguo que se conserva con una referencia a la fecha fundacional, Escrivá comenta: “Recibí la iluminación sobre toda la Obra”[3]. Esa iluminación comprendía una “idea clara general”[4] de la misión encomendada, aunque sin incluir todos los detalles. En otra ocasión Escrivá nos dice: “Dios nuestro Señor me trató como a un niño; no me presentó de una vez todo el peso, y me fue llevando adelante poco a poco. A un niño pequeño no se le dan cuatro encargos de una vez. Se le da uno, y después otro, y otro más cuando ha hecho el anterior. ¿Habeis visto cómo juega un chiquillo con su padre? El niño tiene unos tarugos de madera, de formas y colores diversos… Y su padre le va diciendo: pon este aquí, y ese otro ahí, y aquel rojo más allá… Y al final ¡un castillo!”[5]

Este libro narra la historia de la construcción de ese castillo. Pero antes de adentrarnos en esa historia, es preciso que veamos cómo llegó Escrivá hasta esa visión fundacional del 2 de octubre de 1928.

[1] José Miguel Cejas. JOSÉ MARÍA SOMOANO. EN LOS COMIENZOS DEL OPUS DEI. Ediciones Rialp. Madrid 1996. p. 85-86

[2] François Gondrand. AL PASO DE DIOS. Ediciones Rialp. Madrid 1982. p. 14

[3] Andrés Vázquez de Prada. EL FUNDADOR DEL OPUS DEI (I): ¡SEÑOR, QUE VEA! Ediciones Rialp. Madrid 1997. p. 293

[4] ibid. p. 98 nota 118

[5] José Luis Illanes. DOS DE OCTUBRE DE 1928. ALCANCE Y SIGNIFICADO DE UNA FECHA. Scripta theologica, XIII/ 2-3 (1981) 59. p. 70. Pamplona, 1981

13. El 26 de junio de 1975

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El Fundador enseñó a no tener miedo a la vida ni miedo a la muerte, porque Dios es Señor de la vida y de la muerte. Escribió en Camino: Me hablas de morir “heroicamente”. –¿No crees que es más “heroico” morir inadvertido en una buena cama, como un burgués…, pero de mal de Amor? (num. 743). ¿Estuvo alguna vez en peligro de muerte?

–La curación de la diabetes, que le diagnosticaron en 1944 y que probablemente tenía desde mucho antes, está ligada a un suceso ciertamente extraordinario.

La enfermedad, muy grave y con efectos secundarios especialmente dolorosos, siguió su curso hasta el 27 de abril de 1954, fiesta de la Virgen de Montserrat. Dos o tres días antes, el médico que le trataba, el doctor Faelli, le había recetado una nueva marca de insulina retardada, indicando que le pusiéramos ciento diez unidades. Como de costumbre, me encargué yo de ponerle la inyección. Me había preocupado de leer atentamente las indicaciones de esa medicina, y vi en el prospecto que cada dosis de este nuevo tipo de insulina equivalía a algo más del doble de la normal. Me pareció por eso que ciento diez unidades era una cantidad excesiva, y como las dosis elevadas de insulina aumentaban las jaquecas que padecía nuestro Fundador, reduje la dosis, a pesar de las indicaciones del médico. Con todo, se le desencadenó una reacción de tipo alérgico, para mí desconocida. Hablé con el doctor Faelli y me dijo que continuara con el tratamiento.

El 27 de abril le inyecté la insulina cinco o diez minutos antes de comer. A continuación fuimos hacia el comedor. Como la dieta que seguía el Padre era muy estricta, en aquella época almorzábamos los dos solos, para que nadie se sintiese cohibido ni obligado a comer menos; así, a los demás se les servían cosas que el Padre no podía tomar, como patatas, pasta, etc. Poco después de bendecir la mesa, me pidió con voz entrecortada: Alvaro, ¡la Absolución! Yo no le entendí, no podía entenderlo. Dios permitió que no comprendiese sus palabras. Entonces repitió: ¡La Absolución! Y por tercera vez, en muy pocos segundos, dijo: ¡La Absolución!, ego te absolvo…, y en aquel instante perdió el conocimiento. Recuerdo que primero se puso intensamente rojo y después de color amarillento, terroso. Y se quedó como muy encogido.

Le impartí la absolución inmediatamente e hice lo que pude. Después de llamar al médico, le puse azúcar sobre la lengua y le hice tomar un poco de agua para que pudiera tragar: no reaccionaba y el pulso era imperceptible. El médico, Miguel Ángel Madurga, miembro de la Obra, llegó al cabo de trece minutos, cuando el Padre empezaba a recuperar el conocimiento. Le tomó el pulso, la tensión, etc., y dio las oportunas indicaciones. Nuestro Fundador tuvo la delicadeza de preguntarle si había comido: ante su respuesta negativa, le hizo comer allí mismo y habló con él tranquilamente, respondiendo a sus preguntas. Cuando el médico salió, el Padre me dijo: Hijo mío, me he quedado ciego, no veo nada. Yo le pregunté: Padre, ¿por qué no se lo ha dicho al médico? Para no darle un disgusto innecesario; a lo mejor esto se me pasa.

Tuvo que quedarse varias horas en el comedor, porque no se podía mover y no quería preocupar a nadie. Después, empezó a recuperar la vista y le acompañé a su habitación. Mirándose en el espejo, comentó: Ya sé como quedaré cuando esté muerto. Le hice notar que estaba ya mucho mejor, y que tendría que haberse visto unas horas antes: entonces sí que parecía un cadáver. Además, le había sucedido algo que, según dicen, ocurre a los que están en trance de muerte. El Padre me contó que el Señor le había concedido ver toda su vida en un instante, como en una película rapidísima: había tenido tiempo para pedirle perdón por todos los errores de los que se consideraba culpable, e incluso de algo que en su día no había acertado a comprender. Era esto: en una ocasión el Señor le hizo ver que moriría varios años después, según le pareció entender. Ahora, al verse morir, le pidió perdón también por no haberle comprendido.

Enseguida vino a verle el doctor Faelli y descubrió con sorpresa que habían desaparecido todos los síntomas de la diabetes, que, como se sabe, es una enfermedad incurable. Estaba tan claro que suspendió el tratamiento y le dio de alta. Nuestro Fundador sólo comentó que, de la misma manera que el Señor le había mandado aquella enfermedad, ahora lo había curado en un fiesta de la Virgen, precisamente en la de Nuestra Señora de Montserrat, a la que tenía tanta devoción.

Otro suceso ilustra su serenidad y su sentido sobrenatural ante la muerte. Ocurrió en 1963.

Durante el Concilio Ecuménico Vaticano II, en mi calidad de Secretario de la Comisión Conciliar para el clero, tuve que ir a Venecia para examinar algunas cuestiones con el Patriarca, el Cardenal Urbani, que formaba parte de la Comisión conciliar central de coordinación. Nuestro Padre quiso acompañarme, y el 4 de febrero salimos en coche de Roma, junto con don Javier Echevarría y Javier Cotelo, que iba al volante. Al día siguiente continuábamos aún de viaje y nos dimos cuenta de que, en algunos tramos, había hielo en la carretera y la circulación era peligrosa. Después de pasar Rovigo, a cuatro kilómetros de Monselice, el coche patinó y dio varias varias vueltas sobre el eje, pero no volcó, sino que salió a gran velocidad hacia atrás dentro de la carretera. Fuera de todo control, el vehículo se dirigió hacia un precipicio. Se detuvo al borde del cortado, chocando contra un mojón de piedra, precisamente en el lado en que iba nuestro Fundador. La puerta quedó totalmente destrozada, y salimos a duras penas del coche, que se quedó suspendido sobre el vacío. Nuestro Fundador reaccionó de modo ejemplar: no se dejó llevar por el susto, sino que invocó inmediatamente la protección del Señor y de los Ángeles Custodios. Don Javier Echevarría y Javier Cotelo lo pasaron un poco mal. Una vez en Venecia, resolví rápidamente los asuntos que habían motivado el viaje y nos volvimos después a Roma.

Padre, hablemos ahora de aquel 26 de junio de 1975, día en que el Fundador alcanzó la Patria definitiva. Le rogaría que reconstruyese paso a paso qué sucedió aquella mañana.

–El 26 de junio de 1975, último día de su vida en la tierra, el Padre se levantó a la hora acostumbrada. Celebró, ayudado por don Javier Echevarría, la Misa votiva de la Virgen en el oratorio de la Santísima Trinidad, a las siete y cincuenta y tres minutos. A la misma hora celebraba también yo en la sacristía mayor, porque aquella mañana nuestro Fundador deseaba ir con don Javier y conmigo a Castelgandolfo, para despedirse de sus hijas de Villa delle Rose, ya que estábamos a punto de salir de Roma. Se encontraba físicamente bien, y nada hacía prever lo que sucedería poco después.

Antes de salir de casa, hacia las nueve y veinticinco, entró en la sala de comisiones, a donde había convocado a dos hijos suyos del Consejo General, un sacerdote y un laico, para encomendarles un encargo: quería que fuesen a ver de su parte a un profesional italiano, muy amigo del Santo Padre: se trataba del doctor Ugo Piazza, que estaba gravemente enfermo. Esta persona había manifestado su deseo de hablar con nuestro Fundador, precisando que no se trataba de temas relativos a su vida espiritual, porque en esto estaba bien atendido, sino solamente para contarle algunas noticias.

El Padre rogó a estos hijos suyos que le hicieran saber que, como dentro de dos días iba a salir de Roma, le era imposible encontrar un rato para ir a verle; pero, si quería, podía comunicar aquellas noticias a un miembro de la Obra, bien un sacerdote o un laico. Añadió, con mucha fuerza e insistencia, que le dijesen estas palabras: Desde hace años, ofrezco la Santa Misa por la Iglesia y por el Papa. Podéis asegurarle –porque me lo habéis oído decir muchas veces– que he ofrecido al Señor mi vida por el Papa, cualquiera que sea. Nosotros estamos callados y procuramos trabajar mucho y con paz, aunque en la Iglesia haya algunos que no nos ven con simpatía.

Hacia las nueve y treinta y cinco, el Padre salió en coche hacia Castelgandolfo, acompañado de don Javier Echevarría, de Javier Cotelo, al volante, y de mí. En cuanto salimos del garaje, comenzamos a rezar los misterios gozosos del Santo Rosario. Terminamos antes de llegar a la carretera de circunvalación y nos pusimos a charlar: nos dijo, entre otras cosas, que podíamos ir por la tarde a Cavabianca, la nueva sede de nuestro Centro internacional de formación, porque deseaba ver algunos detalles del oratorio de Nuestra Señora de los Ángeles que había sugerido, para hacer la decoración más armónica y el ambiente más recogido y piadoso.

El viaje duró más de lo acostumbrado, a causa de un gran embotellamiento en la circunvalación. Hacía mucho calor. Javier Cotelo le habló de unos sobrinos suyos que habían estado en Roma poco tiempo antes. El Padre le escuchó con atención y se interesó cariñosamente por otros asuntos de su familia.

Hacia las diez y media llegamos por fin a Villa delle Rose. Algunas hijas suyas le esperaban en el garaje. El Padre, como siempre, les llevaba unos regalos: la figura de una pata en cristal labrado y un paquete de caramelos. El Padre solía distribuir entre los demás los regalos que recibía.

Comentó, por el pasillo, que eran sus últimas horas en Roma, antes del verano; y que oficialmente no estaba ya para nadie, pero para sus hijas sí. Se encaminó a saludar al Señor, permaneció arrodillado ante el Sagrario unos momentos, besó la cruz de palo, y se dirigió hacia la sala “de los abanicos”, donde iba a tener un rato de tertulia.

Al entrar, dirigió su mirada a un cuadro de la Virgen, una pintura al óleo en la que el Niño aparece peinado con esmero, mofletudo y sonrosado, abrazado al cuello de su Madre, que le ofrece una rosa de té. Este cuadro pertenecía a la familia de los Escrivá y se encontraba en la habitación del centro de la calle Diego de León donde murió la madre de nuestro Fundador. La divina Providencia quiso que la Virgen del Niño peinadico recibiese también una de las últimas miradas de nuestro Fundador.

Sus hijas respondieron con voz alta al saludo del Padre, y le dijeron que estaban muy contentas de que hubiera ido. El Padre les comentó sonriente: ¡Qué buena voz tenéis! Después se sentó en una silla, y me cedió a mí el sillón que le habían preparado. Repitió que estaba a punto de marcharse de Roma, y añadió: Tenía muchas ganas de venir. Estamos terminando estas últimas horas de estancia en Roma para acabar unas cosas pendientes; de modo que ya para los demás no estoy: sólo para vosotras.

Después habló de que todos los cristianos deben tener alma sacerdotal y se detuvo tratando del amor al Papa y a la Iglesia. Se refirió también a los tres primeros sacerdotes de la Obra y a los cincuenta y cuatro hijos suyos que recibirían la ordenación sacerdotal pocos días más tarde: Ayer celebraríais el aniversario de la ordenación de los tres primeros sacerdotes, y estaréis encomendando a los cincuenta y cuatro que se ordenan ahora. Cincuenta y cuatro: parecen muchos, y en estos momentos –pensando en lo que se sucede por ahí– es una cosa increíble. Sin embargo, son muy pocos: enseguida desaparecen. Como os digo siempre, esta agua de Dios que es el sacerdocio, la tierra de la Obra la bebe corriendo. Desaparecen enseguida.

Vosotras tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo por aquí. Vuestros hermanos seglares también tienen alma sacerdotal. Podéis y debéis ayudar con esa alma sacerdotal; y con la gracia del Señor y el sacerdocio ministerial en nosotros, los sacerdotes de la Obra, haremos una labor eficaz.

Le contaron algunas anécdotas apostólicas, y aprovechó para animarles a ser fieles en las cosas pequeñas de cada día, y en el cumplimiento de las prácticas de piedad del Opus Dei:

Me imagino que aprovecháis el tiempo, y también que descansáis un poco, hacéis algo de deporte y alguna excursión.

Me imagino que, sobre todo, me cumplís muy bien las Normas (es decir, nuestras prácticas de piedad) y de todo sacáis motivo para tratar a Dios y a su Madre bendita, nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Ángeles Custodios, para ayudar a esta Iglesia Santa, nuestra Madre, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en el mundo, en estos momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia y al Papa, cualquiera que sea. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio para su Iglesia y para el Santo Padre.

No dejó un solo momento de animar aquella conversación tan agradable y edificante. Una de las presentes le habló de los frutos apostólicos de una catequesis realizada en un país de América del Sur, y el Padre precisó: Ten en cuenta que no era fruto vuestro: era fruto de la Pasión del Señor, del dolor del Señor; de los trabajos y de las penas llevadas con tanto amor por la Madre de Dios; de la oración de todos vuestros hermanos; de la santidad de la Iglesia. Se manifestaba en apariencia como fruto de vuestro trabajo, pero no tengáis el orgullo de pensar que es así.

La reunión fue breve: duró menos de veinte minutos, porque nuestro Padre comenzó a sentirse cansado. Antes de terminar, renovó el acto de amor a la Iglesia y al Papa que había pronunciado en tantas ocasiones. Pocos minutos después se sintió peor. Don Javier y yo le acompañamos a la habitación del sacerdote, donde descansó un poco. Nosotros, y también las directoras del Centro, le insistíamos para que descansara otro rato. El Padre se negó, quizá para recordarnos, una vez más, que los sacerdotes del Opus Dei sólo están en los Centros de mujeres el tiempo indispensable para cumplir su ministerio sacerdotal. Enseguida, cuando parecía que se había respuesto, salimos hacia Roma en el coche, después de haber pasado al oratorio, donde nuevamente se detuvo unos instantes para despedirse del Señor. Mientras iba hacia el garaje, se interesó por las hijas suyas con las que se iba encontrando y, con su buen humor habitual, bromeó: Perdonadme, hijas, por la lata que os he dado. Añadió: Pax, hijas mías. Después, desde el coche, saludó cariñosamente a las que nos abrieron la puerta del garaje: hijas mías, adiós. Eran alrededor de las once y veinte.

El Padre volvía de Villa delle Rose indudablemente cansado, pero sereno y contento. Atribuyó su malestar al calor. Pidió a Javier Cotelo que le llevase a Roma per breviorem, por el camino más corto. Mientras tanto continuó charlando con nosotros, aunque fue una conversación un poco discontinua, porque estábamos impacientes por llegar cuanto antes a Villa Tevere y hacerle descansar. Javier condujo deprisa, pero con cuidado, para evitar un posible mareo. Llegamos a casa en poco más de media hora.

A las once y cincuenta y siete entramos en el garaje de Villa Tevere. En la puerta nos esperaba un miembro de la Obra. El Padre bajó rápidamente del coche, con el rostro alegre; se movía con agilidad, tanto, que se volvió para cerrar personalmente la puerta. Dio las gracias al hijo suyo que le había ayudado y entró en casa.

Saludó al Señor en el oratorio de la Santísima Trinidad y, como solía, hizo una genuflexión pausada, devota, acompañada por un acto de amor. A continuación subimos hacia mi despacho, el cuarto donde habitualmente trabajaba y, pocos segundos después de pasar la puerta, llamó: ¡Javi! Don Javier Echevarría se había quedado detrás, para cerrar la puerta del ascensor, y nuestro Fundador repitió con más fuerza: ¡Javi!; y después, en voz más débil: No me encuentro bien. Inmediatamente el Padre se desplomaba en el suelo.

Pusimos todos los medios posibles, espirituales y médicos. En cuanto advertí la gravedad de la situación, le impartí la absolución y la Unción de los enfermos, como deseaba ardientemente: respiraba aún. Nos había suplicado con fuerza, infinidad de veces, que no le privásemos de aquel tesoro.

Fue una hora y media de lucha, llena de amor filial: respiración artificial, oxígeno, inyecciones, masajes cardíacos. Mientras tanto, yo renové varias veces la absolución. Bajo la dirección médica de don José Luis, nos turnamos varios miembros del Consejo General –Dan Cummings, Fernando Valenciano, Umberto Farri, Giuseppe Molteni– y el doctor Juan Manuel Verdaguer. No podíamos creer que se cumplía la hora de este grandísimo dolor.

Seguíamos esperando contra toda esperanza. Llamé por teléfono a la Directora central, para que se reunieran urgentemente en sus oratorios todas las que vivían en Villa Sacchetti, y rezaran con muchísima intensidad, al menos diez minutos, por una intención muy urgente. Y continuamos intentando lo imposible. Nos resistíamos a convencernos de que había fallecido. A pesar de nuestros esfuerzos, el Padre no se recuperó del paro cardiaco. Nos resignamos cuando vimos que el electrocardiograma era plano.

A la una y media salí de la habitación, e invité a los otros miembros del Centro del Consejo General, que estaban en la antigua sala de reuniones rezando y llorando contenidamente, a que entrasen a rezar ante los restos de nuestro amadísimo Fundador.

Todos nos arrodillamos alrededor de su cuerpo, y le besamos las manos y la frente con inmenso cariño, llenos de lágrimas. Algunos no podían creerlo: pensaban que era sólo un error, y que nuestro Fundador se recuperaría o que tal vez Dios quería que le pidiésemos con gran fe el milagro de volverle a la vida. Rezamos el responso, y seguimos rezando, destrozados por el dolor, sin poder ni querer contener las lágrimas.

El cuerpo de nuestro Fundador estaba extendido, al lado de la pared que preside un gran crucifijo en el suelo de mi despacho; debajo habíamos colocado la colcha de mi cama, recubierta de una sabana limpia. En la pared de enfrente estaba el cuadro de la Virgen de Guadalupe que había recibido su última mirada de amor.

Para nosotros, ciertamente, se trataba de una muerte repentina; para nuestro Fundador, en cambio, fue algo que venía madurándose –me atrevo a decir–, más en su alma que en su cuerpo, porque cada día era mayor la frecuencia del ofrecimiento de su vida por la Iglesia y por el Papa.

Estoy convencido de que el Padre presentía su muerte. En los últimos años repetía frecuentemente que estaba de más en la tierra, y que desde el Cielo podría ayudarnos mucho mejor. Nos llenaba de dolor oírle hablar así –con aquel tono suyo fuerte, sincero, humilde–, porque mientras pensaba que era una carga, para nosotros era un tesoro insustituible.

Nunca se había preocupado por su estado de salud, aunque en los últimos años se le agudizó la insuficiencia renal y cardiaca; sabíamos bien que no tenía miedo a la muerte, y que estaba desprendido de la vida. La meditación frecuente de los Novísimos, desde su juventud, había dispuesto día a día su corazón enamorado para la contemplación de la Trinidad Beatísima.

Desde hacía muchos años ofrecía a Dios su vida y mil vidas que tuviera, por la Santa Iglesia y por el Papa. Era la intención de todas sus Misas, y lo fue también de la que celebró el 26 de junio de 1975: aquel día el Señor aceptó su ofrecimiento.

Nuestro Fundador nos había confiado algunas veces que pedía al Señor la gracia de morir sin dar la lata: por cariño a sus hijos, quería evitarles las molestias de una larga enfermedad. Dios acogió también esta petición suya y murió –según el espíritu que había predicado desde 1928–, trabajando por el Señor, ut iumentum!

En la habitación en que murió preparamos una tabla, cubierta por una sábana blanca, y allí colocamos a nuestro Fundador para trasladarlo hasta el oratorio de Santa María de la Paz.

Antes, le quité el relicario en forma de cruz con el Lignum crucis que nuestro Fundador llevaba al cuello; lo besé devotamente y me lo puse yo, diciendo en voz alta que lo llevaría hasta la elección del futuro sucesor. Después sustituimos la medalla del Carmen que llevaba en aquel momento por un escapulario de tela nuevo.

Dispusimos los restos mortales de nuestro Fundador, aún con la sotana negra, en la nave central del oratorio de Santa María de la Paz, a los pies del altar. Antes, habíamos extendido sobre el suelo el paño negro que se suele utilizar para el túmulo en las Misas de difuntos. Eran alrededor de las dos y cuarto.

Colocamos la cruz del altar mirando a la nave. Pensando en las Misas de corpore insepulto, que se celebrarían ininterrumpidamente, pusimos sobre el altar un pequeño crucifijo, vuelto hacia el celebrante.

Antes de revestirle con los ornamentos sacerdotales, don Javier Echevarría, llorando desconsoladamente, sacó del bolsillo de la sotana todo lo que el Padre solía llevar: la agenda, el crucifijo, el rosario y un silbato que le habían regalado pocas semanas antes las chicas de un club, que querían pedir la Admisión en la Obra.

Después, aunque estaba afeitado, le volví a afeitar y le quité los zapatos. Antes, yo había sugerido que rezásemos otro responso con la oración específica para los sacerdotes. Lo dirigió father Dan Cummings. Inmediatamente después, pedí a Jesús Álvarez Gazapo –arquitecto– que comprase el féretro, llamase a un escultor –para que sacara una mascarilla del rostro y de las manos de nuestro Fundador–, y preparase la sepultura. Entretanto don Ernesto Juliá trajo los ornamentos sacerdotales. Don Javier Echevarría, don Carlos Cardona, don José Luis Soria y don Julián Herranz revistieron el cuerpo de nuestro Fundador: sobre la sotana, el amito, el alba, la estola y la casulla. El alba era de batista de hilo, de encaje. La casulla, de estilo semigótico, llevaba en el centro, por delante y por detrás, el sello de la Obra.

Apoyamos la cabeza del Padre sobre un almohadón de terciopelo; entre las manos, cruzadas, pusimos el crucifijo que San Pío X tuvo en sus manos a la hora de su muerte; después, antes de enterrarle, cambiamos este crucifijo por otro, y este segundo lo hemos conservado también como una reliquia.

Una vez instalada la capilla ardiente, quedó libre el acceso al oratorio de Santa María de la Paz. Desde ese momento hasta el del entierro comenzó un flujo ininterrumpido de hijos e hijas de nuestro Fundador, y muchas otras personas que llegaban de Roma y de otras partes. Indiqué que se abriera la puerta del número 75 de la calle Bruno Buozzi, por la que se accede directamente al oratorio; y en el vestíbulo pusimos una mesa cubierta de un paño negro y un libro de firmas. Eran las tres y media.

En la nave central se colocaron dos reclinatorios ante el cuerpo de nuestro Fundador; estaban junto a los bancos laterales de la nave para dejar libre el paso. También pusimos el acetre, el hisopo, la estola negra y el texto del responso. A los lados de nuestro Padre había cuatro candeleros con las velas encendidas.

Poco antes de las cuatro, llegó el escultor para modelar la mascarilla del rostro y las manos. Desalojamos el oratorio, y el artista llevó a cabo su tarea con gran delicadeza, conmovido por el dolor y la paz que reinaba en la casa. Estaban presentes Jesús Álvarez Gazapo, don Carlos Cardona, don José Luis Soria y algunos más. Tomaron todas las precauciones para que no se mancharan los ornamentos ni el suelo del oratorio, cubriéndolos oportunamente, como nos había enseñado a hacer el Padre. Al terminar, don Carlos y don José Luis Soria se arrodillaron llorando y limpiaron el rostro y las manos de nuestro Fundador, y le peinaron de nuevo.

A continuación, pedí a sus hijas que limpiasen también el rostro de nuestro Fundador, la cabeza, las manos, los ornamentos, y que lo peinasen de nuevo, quitándole cuidadosamente las pequeñas motas blancas que se habían desprendido de la escayola. Se encargaron de esta tarea filial Carmen Ramos, Marlies Kücking, Marisa Vaquero, Blanca Fontán, María Dolores Mazuecos y Conchita Areta. Sabía que les daría consuelo, un tristísimo consuelo. Lo hicieron todo con un inmenso cariño. Por indicación de don Javier Echevarría cortaron unos mechones de pelo de la cabeza, en la parte de la nuca, de modo que no se notaba nada. Limpiaron luego el suelo y pusieron rosas y gladiolos rojos.

Tuvieron también la delicadeza de cubrir un lado de la tirilla de algodón blanco que rodea el cuello de la casulla con otro limpio; pues, al sacar la mascarilla, se había manchado un poco.

Eran las cinco y media pasadas. Sin dejar pasar más tiempo, celebré entre sollozos la primera Misa de corpore insepulto. Asistió la Asesoría Central y la Administración. Me pareció justo aplicar la enseñanza recibida directamente del Padre: primero, sus hijas. Me ayudaron don Javier Echevarría y don Joaquín Alonso. Utilicé los mejores ornamentos y los vasos sagrados más ricos que teníamos. Antes de la Comunión, les dirigí unas palabras: las que el Señor puso en mi boca. Al terminar la Santa Misa, me arrodillé a la derecha de la sede, saqué del bolsillo el crucifijo y recité la oración En ego (“A Jesús Crucificado”), y continué la acción de gracias.

Celebró después don Javier Echevarría, también visiblemente emocionado. Asistieron al Santo Sacrificio los miembros de los Centros de varones de nuestra Sede Central. Al terminar, antes de volver a la sacristía, se detuvo delante de los restos mortales de nuestro Fundador e hizo una profunda reverencia; los demás sacerdotes que celebraron después imitaron su gesto.

Se dijeron Misas en sufragio de su alma ininterrumpidamente, una tras otra, durante todo el resto de la tarde, la noche y el día siguiente, hasta la Misa de exequias. Todos los oficiantes fueron sacerdotes Numerarios de la Obra, excepto uno, Mons. Pedro Altabella, canónigo de la Basílica de San Pedro, que quería entrañablemente al Padre y pasó horas ante su cuerpo, rezando y llorando. En total, fueron cincuenta Misas, además de una cantada y la de exequias.

Una o dos horas después de la muerte, había comunicado la dolorosa noticia a la Asesoría Central y a todos los Centros dependientes del Consejo General y de la Asesoría, así como a las Regiones de los cinco continentes donde trabaja el Opus Dei. Pedí a todos que ofrecieran muchos sufragios, como nos obligaba la piedad filial, y que al mismo tiempo empezaran a encomendarse a la intercesión de nuestro Padre.

Como a nuestro Fundador no le gustaban las grandes solemnidades, me pareció que lo mejor era que cada uno permaneciera en su sitio, en su propia Región. Solamente me permití una lógica excepción: llamé al Vicario de España, para que viniera con algunos de la Comisión Regional, y también la Directora Regional con algunas de la Asesoría. Una excepción de justicia, porque la Región de España es la “primogénita”. También llamé, y era bien natural, al Vicario de Italia. El Vicario y el Delegado de Perú vinieron, porque, cuando intentaron pararlos, ya estaban en el avión.

A las tres había llamado por teléfono también al Cardenal Secretario de Estado, para informarle de la muerte de nuestro Fundador. El Cardenal Villot se quedó muy impresionado, me dio el pésame con gran afecto y me aseguró que se lo diría inmediatamente al Papa, que en aquel momento estaba descansando. Éste fue el primer anuncio oficial del fallecimiento de nuestro Fundador. Desde aquel instante la noticia fue pública, y empezó a circular rápidamente por Roma y por todo el mundo.

En todos los países, los medios de comunicación social la difundieron con veneración y respeto: era el reflejo de la impresión que recibieron directamente los periodistas que acudieron a Villa Tevere. En los días siguientes fueron apareciendo numerosísimos artículos y programas de radio y televisión, en los que se ponía de relieve la importancia de la obra de nuestro Fundador en la vida de la Iglesia. Su fama de santidad quedó aún más patente desde el momento de su muerte.

La tarde del 26 comenzaron a llegar personas de todos los ambientes sociales que deseaban manifestar su dolor y rezar. Recogimos testimonios conmovedores que evidenciaban un profundísimo amor hacia nuestro Fundador, y declaraciones unánimes que mostraban la certeza de estar ante el cuerpo de un santo. Insignes personalidades de la Iglesia y de la vida civil, empleados, obreros, jóvenes y ancianos, madres de familia con sus hijos en brazos: todos querían “ver al Padre”.

En el oratorio de Santa María de la Paz se respiraba una atmósfera de intensa oración y de dolor sereno, difícil de describir. Incluso los más pequeños, de la mano de sus padres, contemplaban, sin temor alguno, el rostro sereno del Padre.

Mientras se sucedían las Misas, una riada humana afluía hasta la capilla ardiente. Entre los primeros llegó Mons. Benelli, Sustituto de la Secretaría de Estado del Vaticano, que venía en representación del Papa. Permaneció mucho tiempo recogido en oración, en un reclinatorio, frente al cuerpo de nuestro Fundador. Llegaron también cardenales, obispos y sacerdotes, embajadores, personas de alto nivel social y gente modesta, y muchísimos miembros de la Obra, cooperadores y amigos. Mostraban su dolor y su cariño permaneciendo largos ratos en oración delante de los restos de nuestro Padre.

Puedo afirmar, sin retórica, que aquellas primeras horas tras su muerte constituyeron ya una extraordinaria catequesis: “¡Cuánto bien hará a la Iglesia desde el Cielo!”, exclamó el Cardenal Wright, que le quería mucho.

El Cardenal Ottaviani, antiguo Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la fe, me dijo: “Esto no es sólo un luto para el Opus Dei: es un grave luto para toda la Iglesia”. El obispo polaco Mons. Deskur, que más tarde sería elevado al cardenalato por Juan Pablo II, me confió mientras me daba un abrazo: “Hoy he celebrado la Misa por su glorificación. Espero ser uno de los primeros obispos que postule su beatificación. Deseo agradecer al Padre y al Opus Dei lo que ha hecho por la Iglesia en el terreno de las comunicaciones sociales y lo que ha hecho por mi alma”. El Arzobispo Mons. Antonio Travia exclamó abrazándome: “¡Yo también me he quedado huérfano!”. El Prefecto de una Congregación sugirió a todos los colaboradores de ese Dicasterio que acudieran a rezar delante del cuerpo de nuestro Fundador, para ver la serenidad del rostro de un santo.

A media tarde llegaron tres operarios de confianza que trabajaban desde hacía mucho tiempo en la Sede Central, y habían conocido personalmente a nuestro Fundador. Venían para levantar la losa de mármol de la tumba. Se quedaron rezando un rato y bajaron emocionados a la cripta, donde realizaron su trabajo con mucho respeto.

A medida que pasaban las horas, el flujo de personas aumentaba progresivamente. Sus hijos y sus hijas se turnaron durante toda la noche para velarle. Se sucedían las Misas, una tras otra.

Después de medianoche, llegó Santiago Escrivá de Balaguer, hermano de nuestro Fundador, con su mujer. Venían también con ellos una hermana mía y su marido. Estuvieron mucho tiempo rezando delante del Padre. Santiago estaba especialmente afectado y no escondía su inmenso y comprensible dolor. Asistieron a la Santa Misa y recibieron la Comunión. A la una y media les rogamos que se fueran a descansar.

Al amanecer del viernes 27 estábamos todos despiertos. A las ocho, el Sacerdote Secretario Central celebró una Misa solemne para las mujeres del Opus Dei, en el oratorio de Santa María de la Paz.

Don Javier y yo permanecimos aquella mañana mucho tiempo al lado del Padre, junto a cardenales, obispos, sacerdotes y amigos que venían a rezar y a saludar por última vez a nuestro Fundador. A media mañana me levanté de uno de los bancos laterales, me arrodillé junto a la cabeza de nuestro Fundador, y apoyé mi frente sobre la suya durante unos instantes. Después tomé tres rosas rojas de uno de los ramos de flores que había allí, las puse sobre sus pies, y me vinieron a los labios las palabras de San Pablo: Quam speciosi pedes evangelizantium pacem, evangelizantium bona (Rom 10, 15).

También Santiago y su mujer se quedaron casi toda la mañana velando los restos de su hermano.

En las primeras horas de la tarde, vinieron a Villa Tevere los embajadores de diferentes países acreditados ante la Santa Sede, entre ellos el Decano del Cuerpo Diplomático; los Cardenales Rossi, Wright, Seper, Baggio, Garrone, Philippe, Oddi, Guerri, Ottaviani, Palazzini, Traglia, Violardo; los embajadores de España en Italia y la Santa Sede, diplomáticos de varios países, y Mons. Carboni, Nuncio de Italia y Decano del Cuerpo Diplomático acreditado ante el gobierno italiano; el sastre que hacía las sotanas al Padre, con su mujer y su hija; obreros que habían trabajado en Villa Tevere; el Cardenal Arzobispo de Guatemala, que pocos días después iba a ordenar a cincuenta y cuatro miembros de la Obra; el subjefe de la Policía; la empleada doméstica de los sobrinos de San Pío X, que habían regalado tantas reliquias de nuestro Santo Intercesor; numerosas religiosas –muchas de ellas con parientes en la Obra–, y religiosos, entre ellos, el Prepósito General de la Compañía de Jesús; intelectuales italianos; una delegación del Ayuntamiento de Barbastro…: una procesión continua de gente que se sentía en deuda de gratitud con nuestro Fundador, y que es imposible enumerar.

En aquellos momentos me consoló mucho recibir la cariñosa respuesta del Santo Padre Pablo VI a la información que le había enviado en mi calidad de Secretario General de la Obra. A través de Mons. Benelli, el Papa expresó su condolencia y nos dijo que también espiritualmente rezaba junto al cuerpo de “un hijo tan fiel” a la Santa Madre Iglesia y al Vicario de Cristo. Antes del funeral público, llegó a Villa Tevere un telegrama de la Sede Apostólica. El Romano Pontífice renovaba la expresión de su condolencia, manifestaba que estaba ofreciendo sufragios por el alma de nuestro Fundador, y confirmaba su persuasión de que era un alma elegida y predilecta de Dios; concluía impartiendo la Bendición apostólica para toda la Obra. Como es costumbre, el telegrama llevaba la firma del Cardenal Secretario de Estado, que se unía de todo corazón a nuestro dolor, y a los sentimientos de Pablo VI, quien deseaba hacernos llegar lo antes posible aquellas líneas.

Poco tiempo después recibimos otra prueba de afecto por parte del Santo Padre: una carta, en la que manifestaba más extensamente la intensidad del dolor del Papa y de su cariño hacia nuestro Fundador y el Opus Dei. El Cardenal Secretario de Estado explicaba que Su Santidad había celebrado la Santa Misa el 27 de junio en sufragio por el Padre y que, al cabo de los días, no había disminuido su oración ni su dolor ante la pérdida sufrida por la Iglesia con el tránsito al cielo de nuestro Fundador. Terminaba asegurando que continuaría rezando para que el Señor nos concediese ser siempre fieles al espíritu que nuestro Fundador, por Voluntad divina, nos había transmitido.

Llegaron a la Sede Central del Opus Dei miles de telegramas y cartas desde los cinco continentes: además de expresiones del más sentido dolor, reflejaban concordemente la convicción de que había muerto un santo, uno de los grandes fundadores suscitados en la Iglesia por el Espíritu Santo.

Pero volvamos al viernes 27 de junio. Alrededor de las dos de la tarde trajeron el féretro, y colocamos el cuerpo del Padre con mucho cuidado. Era de caoba, con una caja interior de zinc, forrada con seda morada. Apoyaron la cabeza sobre un pequeño cojín, también morado. Conservamos como reliquia el pequeño almohadón sobre el que se había apoyado hasta ese momento.

Poco después llegó el forense, que debía comprobar el cumplimiento de las normas prescritas por la ley italiana para la sepultura de un cadáver fuera del cementerio. El médico estaba acostumbrado a presenciar el dolor de los allegados ante la pérdida de una persona querida. Le sorprendió ver un cariño tan poco común y no quiso cobrar honorarios.

En cuanto terminamos este tristísimo y piadoso deber, las Numerarias de la Asesoría Central y de los Centros dependientes prepararon el oratorio para la última Misa de corpore insepulto, la Misa exequial solemne. Trajeron algunas cestas llenas de crucifijos y rosarios y, arrodilladas, los pasaron por las manos de nuestro Fundador. Aquellos objetos eran ya para todos preciosísimas reliquias. A la vez besaban al Padre en la frente.

Al lado del féretro estaban Santiago Escrivá de Balaguer, su mujer, y mis parientes que les habían acompañado. Fue una Misa cantada en gregoriano por el coro del Colegio Romano de la Santa Cruz. En el presbiterio y en la tribuna estaban también muchos sacerdotes Numerarios, todos revestidos con sobrepelliz. Utilicé el cáliz que le habíamos regalado el 28 de marzo pasado, con ocasión de sus bodas de oro con el sacerdocio. Eran las seis.

Celebré ayudado por don Javier Echevarría y father Dan Cummings. Pronuncié una breve homilía implorando a todos los presentes que hicieran el propósito firmísimo de ser más fieles que nunca al que el Señor nos había dado como Padre, vivir muy unidos, ser muy humildes.

Al terminar la Misa, precedido por los acólitos y un ministro con la cruz procesional, bajé a la nave para rezar un responso mientras el coro entonaba el Libera me Domine. Fue el último que rezamos delante de su cuerpo antes de la sepultura. Había llegado el momento del entierro.

Hacia las siete y media se cerró el ataúd. Estaban presentes don José Luis Soria y Jesús Álvarez Gazapo. Antes, habíamos sustituido por otro crucifijo el que el Padre tenía entre las manos. A continuación lo enterramos.

El Consejo General y la Asesoría Central del Opus Dei prepararon el solemne funeral público para el día siguiente, 28 de junio, a las once de la mañana, en la Basílica de San Eugenio a Valle Giulia. Se trata de un templo construido para cumplir un deseo del Santo Padre Pío XII, con limosnas de los fieles de todo el mundo; también nuestro Padre había contribuido al comienzo de los años cuarenta, con una limosna muy generosa para las posibilidades económicas de entonces.

Había sitio en los bancos para cuatrocientas personas. Se pusieron mil sillas más. La mayor parte de los asistentes al funeral se enteraron de la hora y el lugar a través de otras personas, ya que una huelga imprevista de distribuidores de periódicos impidió que se difundiera la noticia enviada a la prensa. La iglesia empezó a llenarse desde las diez. Algunos directores y otros miembros de la Obra se encargaron de recibir en la entrada a las autoridades eclesiásticas y civiles. Celebró don Francisco Vives, ayudado por el Vicario de Italia y otros sacerdotes. Miles de personas de toda edad y condición abarrotaban el templo. Acudieron numerosos cardenales, altos dignatarios de la Santa Sede, miembros del Cuerpo Diplomático ante la Santa Sede y el Gobierno italiano, presididos por sus respectivos Decanos –el Nuncio Apostólico en Italia y el embajador de Guatemala–, representantes de los sectores más diversos de la vida civil y muchos fieles de los barrios periféricos de Roma, de ciudades cercanas y del extranjero.

En representación del Papa asistió Mons. Benelli, que se sentó junto a mí en el presbiterio. Estaban presentes los cardenales Violardo, Ottaviani, Fürstenberg, Baggio, Palazzini, Oddi, Aponte, Casariego, junto con muchos otros obispos, prelados, sacerdotes y superiores de Órdenes y Congregaciones religiosas.

Los cardenales y las demás personalidades eclesiásticas siguieron la ceremonia desde el presbiterio: después me manifestaron su asombro al contemplar aquella multitud tan heterogénea que rezaba con tanta fe, dando así un testimonio patente de la repercusión que habían tenido en su vida el ejemplo y las enseñanzas del Fundador del Opus Dei. Un gran número de sacerdotes distribuyó la Comunión durante más de media hora, en un clima de recogimiento y de fervor.

Tiempo después, el Cardenal Oddi describió así la viva impresión que le había producido aquel funeral: “No puedo olvidar la edificante manifestación de devoción y piedad, que me emocionó profundamente, con ocasión del funeral, así como del primer aniversario del retorno a Dios del alma de este Siervo fiel. La gran iglesia de San Eugenio estaba literalmente abarrotada por miembros y simpatizantes del Opus Dei, que con un recogimiento ejemplar asistían a la celebración del Sacrificio del altar, y se acercaban a la Sagrada Mesa con un espíritu de convencimiento y de fe que no es fácil encontrar en celebraciones de este tipo”.

Aquel mismo día envié a todas las Regiones otro telegrama, invitando a celebrar un funeral en una iglesia pública en las ciudades en que hubiera un Centro de la Obra. No podíamos defraudar las esperanzas de tantas personas que deseaban expresar su cariño a nuestro Fundador, y además era justo ofrecer a todos la ocasión de rezar por su alma. Estas Misas constituyeron un impresionante testimonio de piedad filial y de sentida gratitud: en numerosas ciudades de los cinco continentes, miles y miles de personas se reunieron, cor unum et anima una, para rezar por el alma de nuestro Fundador, llenando iglesias y catedrales que desde hacia siglos no registraban quizá una afluencia de fieles semejante.

En todas partes se vivió el mismo clima de dolor sereno y de piedad, de oración y de lágrimas, que había caracterizado los funerales solemnes del 28 de junio en la Basílica romana de San Eugenio. Fue verdaderamente otra catequesis del Padre, que produjo idénticos frutos sobrenaturales que sus “correrías” apostólicas: un gran número de confesiones y comuniones, propósitos de fidelidad y de generosidad personal, conversiones grandes y pequeñas; la única diferencia era que las dimensiones del fenómeno tomaban ahora proporciones universales.

Estas impresiones están ampliamente documentadas por comentarios de la prensa y testimonios de los presentes. Las crónicas sobre estas Misas no sólo pusieron de relieve el excepcional número de asistentes, sino también la variedad de su extracción social: personalidades de primer orden en la vida pública, madres de familia, hombres del campo, profesores, estudiantes, empleados, profesionales… Para asistir a la ceremonia, muchos tuvieron que superar dificultades considerables a causa del horario de trabajo, o la distancia que debían recorrer. La jerarquía eclesiástica local se unió al dolor de los miembros del Opus Dei, participando también personalmente en esas Misas.

En particular, me alegra recordar un fenómeno que se verificó en todas partes: la conversión de muchas almas, apartadas de los sacramentos desde hacía muchos años, que se sintieron empujadas a confesarse y a comulgar; además, personas no católicas decidieron prepararse para recibir el Bautismo.

El Santuario de Torreciudad se inauguró diez días después, el 7 de julio de 1975, precisamente con un funeral por el alma del Fundador de la Obra. En la iglesia, el atrio y la explanada había unas siete mil personas. Entre otros, el Vicario general de la diócesis de Barbastro, las autoridades provinciales y locales, muchos obreros que habían trabajado en la construcción del Santuario junto con sus familias, y tanta gente de otras localidades. Hubo centenares de confesiones.

A pocos kilómetros de distancia, en la ciudad natal de nuestro Fundador, el Ayuntamiento de Barbastro organizó un funeral que celebró el Obispo de la diócesis en la catedral. Asistieron todas las autoridades locales y un gran número de fieles. La consternación era general: no hacía un mes que nuestro Fundador había estado entre sus conciudadanos, que le habían entregado la medalla de oro de Barbastro.

Nuestro Fundador fue sepultado en la cripta del oratorio de Santa María de la Paz, el 27 de junio de 1975, al día siguiente de su muerte. El 4 de octubre de 1957, había dicho a Jesús Pedro Álvarez Gazapo las palabras que quería que se pusiesen sobre su propia tumba, aunque después aclaró que sólo era un deseo, y que podíamos decidir libremente. Son éstas:

IOSEPHMARIA ESCRIVA DE BALAGUER Y ALBAS

PECCATOR

ORATE PRO EO

–––––––––––––––––––––

GENUIT FILIOS ET FILIAS

Respecto a estas últimas palabras, comentó sonriendo: Si queréis, podéis añadirlas.

Yo pensé, en la presencia de Dios, que no podíamos transcribir la primera parte, con mayor motivo habiéndonos dejado libertad. Durante muchísimos años al Padre le había gustado firmar así: Josemaría, Pecador, o el pecador Josemaría; y se definía a sí mismo como un pecador que ama a Jesucristo. Una gran lección de humildad para todos nosotros; pero me parece que no habríamos sido buenos hijos si hubiésemos grabado una inscripción así sobre la tumba.

Interpretando el deseo de todos, dispuse que sobre la tumba se escribieran, en letras de bronce dorado, solamente estas palabras: EL PADRE. En la parte de arriba se puso el sello de la Obra, una circunferencia que rodea la cruz, y abajo, a la derecha, la fechas de nacimiento y de muerte.

Comenzó entonces una peregrinación ininterrumpida a la tumba de nuestro Fundador, al que fieles de toda nacionalidad y condición confiaban sus peticiones y sus propósitos de renovación interior. Después, el 19 de febrero de 1981, el cardenal Ugo Poletti, Vicario para la diócesis de Roma, promulgó el Decreto que introdujo la Causa de Canonización del Fundador del Opus Dei. El 9 de abril de 1990 Juan Pablo II declaró la heroicidad de las virtudes vividas por el Venerable Siervo de Dios. El 6 de julio de 1991, en la presencia del Santo Padre, se leyó el decreto que sancionaba el carácter milagroso de una curación operada por intercesión del Venerable Josemaría Escrivá. Y el 17 de mayo de 1992 el Pontífice Juan Pablo II lo proclamaba Beato.

10. Devociones

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El Beato Josemaría ha escrito en Forja: Aprende a alabar al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Aprende a tener una especial devoción a la Santísima Trinidad: creo en Dios Padre, creo en Dios Hijo, creo en Dios Espíritu Santo; espero en Dios Padre, espero en Dios Hijo, espero en Dios Espíritu Santo; amo a Dios Padre, amo a Dios Hijo, amo a Dios Espíritu Santo. Creo, espero y amo a la Trinidad Beatísima.

–Hace falta esta devoción como un ejercicio sobrenatural del alma, que se traduce en actos del corazón, aunque no siempre se vierta en palabras (n 296).

Ciertamente, este consejo brota de la vida interior del Fundador, y quisiera arrancar de aquí para que me hablase de sus devociones personales.

–El Padre solía decir, ya a los primeros miembros del Opus Dei, que para crecer en la vida interior, es un buen medio consagrar cada día de la semana a una devoción sólida: a la Santísima Trinidad, a la Eucaristía, a la Pasión, a la Virgen, a San José, a los Santos Angeles Custodios, a las benditas ánimas del Purgatorio. Como siempre, este consejo brotaba de su experiencia personal: lo había vivido desde hacía muchos años. Puedo afirmar que sus principales devociones fueron: la Santísima Trinidad –Dios Uno y Trino, además de las Tres Personas divinas a las que trataba singularmente: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo–; Nuestro Señor Jesucristo, sobre todo su presencia en la Eucaristía, su Pasión y sus años de vida oculta; la Santísima Virgen; San José; los santos Ángeles y Arcángeles; los Santos y, en particular, los doce Apóstoles, los Santos que escogió como intercesores de algunos aspectos del apostolado de la Obra –Santa Catalina de Siena, San Nicolás de Bari, Santo Tomás Moro, San Pío X y el Santo Cura de Ars–, otros santos, como San Antonio Abad, Santa Teresa de Jesús, etc., y los primeros cristianos.

Su amor a la Santísima Trinidad se expresaba en mil detalles. Por ejemplo, cuando se construyó Villa Tevere, la Sede Central de la Obra, quiso que el oratorio en que celebraría la Misa habitualmente estuviera dedicado a la Trinidad. Recuerdo también que, cuando se instaló el belén en la Galería del Fumo, el cuarto de estar donde nos reuníamos en familia después de la comida, el Padre nos pidió que añadiésemos otro angelote a los ocho que ya se habían puesto, y observó: Así habrá nueve: tres por cada Persona de la Santísima Trinidad.

Nuestro Fundador inculcaba en sus hijos un amor muy grande a la Trinidad. Por eso, además de poner al comienzo de las Preces de la Obra una invocación a la Santísima Trinidad, dispuso que el tercer domingo de cada mes se rezase y meditase el Símbolo Atanasiano, y que en los tres días anteriores a la fiesta de la Santísima Trinidad se recitase, o mejor, se cantase, el Trisagio Angélico.

Quienes vivíamos a su lado sabemos muy bien el arraigo de esta devoción en su vida. Así pude descubrir el modo de ganar en las rifas que organizaba: es un recuerdo ingenuo, de familia, de los primeros años de mi vocación. De vez en cuando llevaba a las tertulias algo que nos hiciera pasar un rato agradable, por ejemplo, un paquete de caramelos. En esas ocasiones, cuando había algún detalle que se salía de lo ordinario, el Padre organizaba un sorteo, que consistía en adivinar el número que había pensado. Enseguida me di cuenta de que era siempre el tres, o un múltiplo de tres, porque incluso en esos momentos de descanso aparecía su amor por la Santísima Trinidad.

Su tendencia a usar el número tres o el número nueve se manifestaba también en muchos otros detalles. Quizá el más significativo fue los 999 puntos de Camino. Durante una audiencia privada, el Papa Pablo VI le preguntó por qué había escogido este número. Nuestro Fundador respondió: por amor a la Santísima Trinidad. Recuerdo que para la primera edición de Camino hizo diseñar una portada, entonces muy original, que consistía en una serie de siluetas del número nueve, formando una columna.

El comentario que el Fundador escribió sobre las catorce estaciones del Vía Crucis es un testimonio de su devoción, de su amor a la Humanidad Santísima de Cristo.

–Desde que le conocí observé que en su oración personal, o cuando predicaba una meditación o daba una clase, como también cuando trabajaba en la mesa, se ponía delante un crucifijo, bastante grande –de diez o doce centímetros–, que llevó siempre en el bolsillo, quizá hasta 1950. A su hermano Santiago le llamaban la atención esas dimensiones y decía que era un crucifijo “de ordenanza”, aludiendo a las pistolas de los militares. Y realmente se puede decir que el crucifijo era el arma de nuestro Fundador.

Al terminar la guerra civil, entró en Madrid a la vez que las tropas que habían liberado la ciudad. Se le acercaba mucha gente para besarle la mano, porque desde hacía tres años no veían a un sacerdote con traje talar: pero el Padre les daba a besar el crucifijo; esto le sucedió muchas veces durante aquellos años. También a nosotros nos aconsejaba que llevásemos siempre un crucifijo, y lo pusiéramos sobre la mesa antes de empezar a estudiar, leer o trabajar, para mantenernos en la presencia de Dios y transformar así nuestro trabajo en oración, uniéndolo al sacrificio de la cruz.

En los últimos años de su vida, encargó al escultor romano Sciancalepore un Cristo crucificado. Quería un Cristo aún vivo, que representase al Señor antes de morir, con los ojos abiertos, dirigidos hacia quien rezaba a sus pies. Hizo que se sacasen dos copias, destinada una a la ermita que había hecho construir expresamente en Cavabianca, sede del Colegio Romano de la Santa Cruz, y la otra a una capilla del Santuario de Torreciudad. Me parece que este detalle refleja el espíritu de nuestro Fundador. Deseaba que la gente contemplase a Cristo en la cruz, mirándonos a cada uno antes de morir y diciéndonos: “todo esto lo sufro por ti”. De este modo quería movernos a pensar en la justicia divina, a mirar al Señor que parece decir a los pecadores: “Esto es por ti. Mis sufrimientos son por ti. Si no rectificas, te quedarás separado de Dios para siempre en el Infierno”; pero al mismo tiempo nos animaba a considerar el amor de Dios, que nos mira y nos dice: “todos estos sufrimientos son por ti, tú me debes ayudar a redimir, no me ofendas nunca más”.

Su devoción eucarística era intensísima, ya desde la infancia. Aprendió muy de pequeño de una de sus abuelas estos versos sencillos y conmovedores: “Las doce han dado, Jesús no viene, ¿quién será el dichoso que lo detiene?”. A veces los repetía para expresar su deseo de estar junto al Señor Sacramentado.

Como ya se ha mencionado, consideraba la Misa centro y raíz de la vida interior, y difundió la costumbre descrita en el punto 876 de Camino de “asaltar” Sagrarios.

Así relató a sus hijos un viaje en tren, en una carta escrita en Monzón el 17 de septiembre de 1934: Yo me dediqué –ya desde Madrid– a un deporte a lo divino: otear el horizonte, para decirle algo a Jesús en los Sagrarios del camino. Además esta mañana he rezado el Breviario con más solemnidad que en el coro de una Catedral: invité a cantar, conmigo, las alabanzas del Señor a todos los Custodios que venían en mi departamento. ¡Nunca me perdáis de vista a los Ángeles, hijos míos! Recuerdo que, poco después de haber pedido la admisión en el Opus Dei, en 1935, me enseñó a vivir la costumbre de saludar al Señor en los sagrarios que encontraba al ir de un sitio a otro.

Ha aludido al rezo del Breviario. ¿Podría añadir algo?

–Nunca lo retrasaba, por ningún motivo. A este propósito me acuerdo de lo que sucedió hacia 1942 ó 1943. Nuestro Fundador estaba enfermo y, aunque tenía una fiebre muy alta, quería recitar el oficio divino. Le dije que en aquellas condiciones no tenía obligación de hacerlo, pero me replicó: Mira, tú no puedes decir esto porque todavía no eres sacerdote, y yo no quiero obrar sin un consejo autorizado. Por lo tanto, hazme el favor de llamar por teléfono a don José María Lahiguera, que es mi confesor; expón la situación, y haré lo que él mande. Así lo hice, y don José María me respondió que el Padre no estaba obligado a rezarlo, después de hacerme varias preguntas sobre la fiebre, el tipo de molestias, etc., que me sorprendieron porque para mí la solución era evidente desde el primer momento. Nuestro Fundador decidió entonces recitar otras oraciones vocales que sabía de memoria. Años después, a causa de la diabetes, perdió mucha vista, tanto que no podía casi ni leer: la diplopía le hacía ver las letras dobles y desdibujadas. Entonces nos pidió a don Javier Echevarría y a mí que rezáramos en voz alta el Oficio divino, para poder unirse a nuestra oración.

Volvamos a su devoción trinitaria. También en una célebre homilía, recogida en Es Cristo que pasa, el Fundador llama al Espíritu Santo el Gran Desconocido.

Precisamente porque la Tercera Persona de la Trinidad es la menos invocada, nuestro Padre le tenía una devoción especial. No dudo en afirmar que el Padre, en su predicación, fue un gran heraldo de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Me viene a la cabeza, por ejemplo, que en 1971, llegó un sacerdote de la Obra que se iba a predicar un curso de retiro a L’Aquila. Nuestro Fundador le sugirió: Llévate un tratado de Deo Trino y mételes en el corazón el amor al Espíritu Santo, que es meter el amor al Padre y al Hijo. Porque el Hijo ha sido engendrado por el Padre desde toda la eternidad; y del amor del Padre y del Hijo, también eternamente, procede el Espíritu Santo. No lo entendemos bien, pero a mí no me cuesta creer. Cada día procuro ahondar más en el misterio de la Trinidad Beatísima.

Nuestro Fundador me contó muchas veces que desde 1926 ó 1927 había vivido con mucha intensidad la devoción a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Todos los años hacía el Decenario al Espíritu Santo, utilizando el libro de Francisca Javiera del Valle. En abril de 1934 compuso una oración al Paráclito que le entregó, manuscrita, a Ricardo Fernández Vallespín, entonces director de la primera Residencia del Opus Dei.

Durante los primeros años de sacerdocio tenía en su Breviario unas estampas, que usaba en lugar de las habituales cintas, y un día le pareció que se había apegado a ellas: se desprendió rápidamente de las estampas, y las sustituyó por tiras de papel. Más de una vez me contó: Al ver aquellos papeles en blanco, comenzé a escribir: Ure igne Sancti Spiritus!, ¡quema con el fuego del Espíritu Santo! Le sirvieron, en suma, de eficacísima “industria humana” para rezar el Oficio divino en unión con el Espíritu Santo: Los he usado durante muchos años, y cada vez que los leía, era como decirle al Espíritu Santo: ¡enciéndeme!, ¡hazme una brasa!

Las erróneas interpretaciones del Concilio Vaticano II por parte de algunos pseudoteólogos, desembocaron en una tremenda crisis que afectó durante años a muchas instituciones eclesiásticas, hasta el punto de que el Santo Padre Pablo VI aludió tristemente a un fenómeno de “descomposición de la Iglesia”. En aquellas circunstancias el Padre sufrió de manera indecible; el dolor le llevó a intensificar su oración al Paráclito, que culminaría con la consagración del Opus Dei al Espíritu Santo el 30 de mayo de 1971. En la extensa fórmula compuesta por el Padre incluyó esta invocación: Te rogamos que asistas siempre a tu Iglesia, y en particular al Romano Pontífice para que nos guíe con su palabra y con su ejemplo, y para que alcance la vida eterna junto con el rebaño que le ha sido confiado; que nunca falten los buenos pastores y que, sirviéndote todos los fieles con santidad de vida y entereza en la fe, lleguemos a la gloria del cielo.

El Opus Dei fue fundado el 2 de octubre de 1928, fiesta de los Ángeles Custodios. Bien motivada y comprensible es la devoción del Fundador a los protectores y mensajeros celestes que tenía ya desde su infancia.

–Sí, aprendió de sus padres a tratar al Ángel Custodio. Cuando era seminarista, leyó en un libro de un Padre de la Iglesia que los sacerdotes tienen, además del Ángel Custodio, un Arcángel ministerial. Por eso, desde el día de su ordenación se dirigió a él con gran sencillez y confianza, tanto que decía que estaba seguro de que, si la opinión de ese escritor no fuese correcta, el Señor le habría concedido un Arcángel ministerial, por la fe con que le había invocado siempre.

De todos modos, a partir de la fiesta de los Ángeles Custodios de 1928, nuestro Fundador tuvo por ellos una devoción más intensa. Enseñaba a sus hijos: El trato y la devoción a los Santos Ángeles Custodios está en la entraña de nuestra labor, es manifestación concreta de la misión sobrenatural de la Obra de Dios.

Con la certeza de que Dios ha puesto un Ángel al lado de cada hombre para ayudarle en el camino de la vida, acudía al propio Ángel Custodio en todas las ocasiones, tanto en las necesidades materiales como en las espirituales. En este contexto reconocía: Por años he experimentado la ayuda constante, inmediata, del Ángel Custodio, hasta en detalles materiales pequeñísimos. Por ejemplo, entre los años 1928 y 1940, cuando se le estropeaba el despertador, como no tenía dinero para llevarlo a arreglar, acudía confiadamente a su Ángel Custodio para que le despertase por la mañana a la hora prevista. Nunca le falló. Por eso, le llamaba cariñosamente mi relojerico.

Cuando saludaba al Señor en el Sagrario, agradecía siempre a los Ángeles, allí presentes, la adoración que continuamente prestan a Dios. Le he oído repetir más de una vez: Cuando voy a un oratorio nuestro donde está el tabernáculo, digo a Jesús que le amo, e invoco a la Trinidad. Después doy gracias a los Ángeles que custodian el Sagrario, adorando a Cristo en la Eucaristía

Con heroica y perseverante correspondencia a la gracia, adquirió el hábito de saludar siempre al Ángel Custodio de las personas con las que se encontraba: solía decir que saludaba primero al personaje. Un día de 1972 ó 1973 vino a verle el Arzobispo de Valencia, Mons. Marcelino Olaechea, acompañado de su secretario. Como eran muy amigos, el Padre le saludó y le dijo en broma: –Don Marcelino, ¿a quién he saludado primero? El arzobispo respondió: –Primero, a mí. –No, le dijo el Padre. He saludado primero al personaje. Don Marcelino repuso, perplejo: –Pero, entre mi secretario y yo, el personaje soy yo. Entonces nuestro Fundador explicó: –No, el personaje es su Angel Custodio.

Durante unos días de descanso que pasó en una finca de Premeno, un pequeño pueblo de la montaña junto al Lago Maggiore, de vez en cuando, para hacer un poco de ejercicio físico, jugábamos a las bochas. No nos sabíamos bien las reglas del juego, y a veces nos las inventábamos. Me acuerdo de que, en uno de aquellos partidos, el Padre lanzó una bocha con gran habilidad y consiguió todos los puntos. Pero enseguida dijo: –No vale; me he encomendado a mi Angel Custodio. No lo haré más… Relato esta pequeña anécdota, porque me parece significativa de la constante relación de amistad que mantenía con su Ángel Custodio, y, también, porque me contó más tarde que le había dado vergüenza pedir la ayuda de su Ángel para una cosa de tan poca importancia.

Al Beato Josemaría le gustaban los cuadros y las imágenes en que se representa a San José con aspecto vigoroso, viril. Lo reconoce en una de las homilías publicadas: No estoy de acuerdo con la forma clásica de representar a San José como un hombre anciano, aunque se haya hecho con la buena intención de destacar la perpetua virginidad de María. Yo me lo imagino joven, fuerte, quizá con algunos años más que nuestra Señora, pero en la plenitud de la edad y de la energía humana. (Es Cristo que pasa, n. 40). Tenía muy arraigada la devoción al santo Patriarca.

–Era tan notorio que, cuando el Papa Juan XXIII decidió incluir a San José en el Canon de la Misa, el Cardenal Larraona pensó inmediatamente en nuestro Fundador: le llamó por teléfono para comunicarle la noticia y darle la enhorabuena, seguro de que le iba a proporcionar una gran alegría.

Contaré ahora dos anécdotas que le sucedieron durante su estancia en algunos países de América del Sur en 1974. En Ecuador le mostraron un cuadro de escuela quiteña que representaba al Niño Jesús coronando con una guirnalda de flores la cabeza del santo Patriarca. Esta imagen le produjo una alegría inmensa: ¡Una maravilla! Me he puesto muy contento –exclamó– porque yo he tardado años en descubrir esa teología josefina, y aquí no he tenido más que abrir los ojos y la he visto confirmada. ¡Muy bien!

Durante aquel viaje nuestro Fundador empezó a hablar de la presencia misteriosa –inefable, decía– de María y José junto a los Sagrarios de todo el mundo. Lo argumentaba así: si la Santísima Virgen no se separó nunca de su Hijo, es lógico que continúe a su lado también cuando el Señor decide quedarse en esta cárcel de amor que es el tabernáculo: para adorarle, amarle, rezar por nosotros. Y aplicaba a San José la misma idea: estuvo siempre junto a Jesús y a su Esposa; tuvo la suerte de morir acompañado por ellos, ¡qué muerte tan maravillosa! Por eso el Padre repetía que aceptaba la muerte cuando, como y donde el Señor quisiera, pero que rezaba para que le llegase junto a San José: quería morir como él, entre los brazos de Jesús y de María. En definitiva, nuestro Padre metía a San José en todo.

Pero existía una “laguna” en esta familiaridad con San José: ¿qué hacer para no olvidarlo cuando Jesús muere en el Calvario? Durante un viaje en coche, en Brasil, encontró la solución, y nos la dijo apenas regresamos a casa: ¡ya lo he encontrado! ¡Hago sus veces, y ya está! El Padre se ponía a los pies de la Cruz, en lugar de San José, y se imaginaba lo que el Patriarca le hubiera dicho a Cristo de haber estado a su lado, mientras moría por nosotros: actos de reparación, de dolor, de amor.

El Fundador amaba las devociones tradicionales y las practicaba. ¿Usaba también “industrias humanas” para no olvidarlas?

–De su estancia en Perdiguera, recién ordenado sacerdote, Teodoro Murillo, que le ayudaba como monaguillo en la parroquia, se acordaba de un detalle para él inexplicable. A veces don Josemaría le invitaba a dar un paseo, y lo aprovechaba para explicarle algunos aspectos de la doctrina cristiana. Teodoro advirtió que con frecuencia el sacerdote se agachaba, recogía una piedrecita y se la metía en el bolsillo. Cuando lo supe, lo entendí inmediatamente.

Al pedir la admisión en la Obra, nuestro Fundador me explicó el espíritu del Opus Dei, y me aconsejó rezar muchas jaculatorias, comuniones espirituales… y ofrecer numerosas mortificaciones pequeñas durante el día. Al hablarme de las jaculatorias, me explicó: Hay autores espirituales que recomiendan contar las que se dicen durante la jornada, y sugieren usar judías, garbanzos o algo por el estilo; meterlas en un bolsillo e irlas pasando al otro cada vez que se levanta el corazón a Dios, con una de esas oraciones. Así pueden saber cuántas han dicho exactamente, y ver si ese día han progresado o no. Y añadió: Yo no te lo recomiendo, porque existe también el peligro de vanidad o soberbia. Más vale que lleve la contabilidad tu Angel Custodio.

Evidentemente, el Padre utilizaba en Perdiguera aquella “industria humana” para ver cómo iba en la presencia de Dios. Después abandonó esta contabilidad, probablemente por el mismo motivo que me explicó.

De todas formas, siguió rezando muchísimas jaculatorias. ¿Podría decirme cuáles eran las más habituales?

–Resulta imposible hacer un elenco completo. Generalmente sacaba las jaculatorias de la Escritura o del tesoro de la tradición cristiana, y estaban siempre estrechamente relacionadas con su vida interior: por esto, variaban. A veces, cambiaba algunas palabras para que se adaptasen mejor a las circunstancias del día o de un periodo determinado; quiero decir, en definitiva, que las rezaba siempre poniendo todo el corazón y toda la devoción e intensidad de que era capaz. He aquí algunas:

– ¡Dulce Corazón de Jesús, sed mi amor!

– ¡Dulce Corazón de María, sed mi salvación!

Domine, fac cum servo tuo secundum magnam misericordiam tuam!

Sancte Pater Omnipotens, Aeterne et Misericors Deus: Beata Maria intercedente, gratias tibi ago pro universis beneficiis tuis, etiam ignotis.

Cor Iesu Sacratissimum et Misericors, dona nobis pacem! Comenzó a rezar esta jaculatoria al Corazón de Jesús en torno a 1950; y en 1951, esta otra al Corazón de María: Cor Mariae dulcissimum, iter para tutum!

Benedicamus Patrem et Filium cum Sancto Spiritu!

– Con variantes, repitió muchas veces la súplica encendida de sus años de Logroño: Domine, ut videam!, diciendo: Domine, ut sit! Domina, ut videam! Domina, ut sit!

– Repetía la jaculatoria: Domine, tu omnia nosti, tu scis quia amo te! no sólo como acto de amor, sino también de contrición.

– Tuyo soy, para ti nací, ¿qué quieres Jesús de mí?

– Jesús te amo.

– Gloria al Padre, Gloria al Hijo, Gloria al Espíritu Santo. Gloria a Santa María y también a San José. Gracias a los Ángeles que te hacen la corte.

– Señor, me abandono en ti, confío en ti, descanso en ti.

– Creo en Dios Padre, creo en Dios Hijo, cre en Dios Espíritu Santo. Espero en Dios Padre, espero en Dios Hijo, espero en Dios Espíritu Santo. Amo a Dios Padre, amo a Dios Hijo, amo a Dios Espíritu Santo. Hizo imprimir esta triple invocación en millares de estampas.

Iesu, Iesu, esto mihi semper Iesus.

Tu es sacerdos in aeternum!

Quod bonum est oculis eius, faciat! Repetía esta jaculatoria como acto de humilde aceptación de la Voluntad de Dios, cualquiera que fuese, también si resultaba contraria a lo que había pensado.

Monstra te esse Matrem!

– ¡Madre, Madre mía!

Sancta Maria, Refugium nostrum et virtus!

– Santa María, detén tu día. Según cuenta la tradición, en el año 1248, sitiada Sevilla por Fernando III el Santo, algunos caballeros cristianos invocaron a la Virgen con esta jaculatoria pidiéndole que les ayudase a acabar de vencer a los musulmanes: entonces el sol detuvo su curso y pudieron derrotar a los enemigos. Nuestro Fundador nos aconsejaba invocar la ayuda de la Santísima Virgen con esta jaculatoria para llevar a término, con orden y tenacidad, el trabajo diario.

Sancta Maria, filios tuos adiuva: filias tuas adiuva!

Sancta Maria, Spes nostra, Sedes Sapientiae, ora pro nobis.

Sancta Maria, Spes nostra, Ancilla Domini, filias tuas adiuva!

Sancta Maria, Regina Operis Dei, filios tuos adiuva!

Sancta Maria, Stella Orientis, filios tuos adiuva! Comenzó a rezar esta jaculatoria en 1955, durante su primer viaje a Viena.

Dominus tecum!

Sancti Angeli custodes nostri, defendite nos!

– San José, Nuestro Padre y Señor, bendice a todos los hijos de la Santa Iglesia de Dios.

Adeamus cum fiducia ad thronum gloriae, ut misericordiam consequamur!

– Ave María purísima, sin pecado concebida.

– Recitaba a menudo la antífona: Sub tuum praesidium confugimus…, o simplemente las palabras: Nostras deprecationes ne despicias; recuerdo que en los años setenta las repetía con especial insistencia.

– Bendita sea la Madre que te trajo al mundo.

Cor Mariae perdolentis, miserere nobis! … miserere mei!

Beata Mater et intacta Virgo, intercede pro nobis!

Omnia in bonum! Hizo reproducir esta jaculatoria, como también algunas otras que he ido citando, en muchísimos lugares de nuestros Centros, y la hizo imprimir en miles de estampas que regalaba para animar a la gente a aceptar siempre la Voluntad de Dios y vivir la esperanza cristiana.

Semper ut iumentum!

Ut iumentum factus sum apud te! A veces añadía las otras palabras del Salmo: Et ego semper tecum. Tenuisti manum dexteram meam, et in voluntate tua deduxisti me, et cum gloria suscepisti me. Y lo traducía así: Señor, yo quiero ser a tu lado como un borriquito, pero Tú me has cogido por el ronzal, y me llevaste adelante, y me recibirás en tu gloria.

Fiat, adimpleatur, laudetur et in aeternum superexaltetur iustissima atque amabilissima Voluntas Dei super omnia. Amen. Amen.

– Creo más que si te viera con mis ojos, más que si te escuchara con mis oídos, más que si te tocara con mis manos.

Ut in gratiarum semper actione maneamus! Muchas veces utilizaba esta jaculatoria, y otras que estoy enumerando, para alimentar su oración mental y las meditaciones que dirigía.

Montes, sicut cera, fluxerunt a facie Domini. La repetía para fortalecer su esperanza ante las dificultades que se presentaban a lo largo de nuestro camino.

Qui tribulant me, inimici mei, ipsi infirmati sunt et ceciderunt.

Servi inutiles sumus: quod debuimus facere fecimus.

Oportet semper orare, et non deficere.

Ure igne Sancti Spiritus!

Veni, Sancte Spiritus, reple tuorum corda fidelium, et tui amoris in eis ignem accende!

Oportet illum crescere, me autem minui. Empleaba esta jaculatoria para fomentar, en sí mismo y en sus hijos, la humildad personal y colectiva.

– Repetía muchas veces la oración a San Miguel Arcángel que antiguamente se rezaba después de la Misa: Sancte Michaël Archangele, defende nos in proelio; contra nequitiam et insidias diaboli esto praesidium. Imperet illi Deus, supplices deprecamur: tuque, Princeps militiae celestis, Satanam aliosque spiritus malignos, qui ad perditionem animarum pervagantur in mundo, divina virtute in infernum detrude. Amen.

– Recitaba frecuentemente también la oración por el Papa: Oremus pro Beatissimo Papa nostro… Dominus conservet eum, et vivificet eum, et beatum faciat eum in terra, et non tradat eum in animam inimicorum eius.

– ¡Dios mío!, que odie el pecado y me una a Ti, abrazándome a la Santa Cruz, para cumplir a mi vez tu Voluntad amabilísima…, desnudo de todo afecto terreno, sin más miras que tu gloria…, generosamente, no reservándome nada, ofreciéndome contigo en perfecto holocausto.

– ¡Ven, oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: inflama mi voluntad… He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después…, mañana. Nunc coepi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte. ¡Oh, Espíritu de verdad y de sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y de paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras…. En nuestro archivo conservamos una copia de esta oración compuesta por el Padre en abril de 1934.

Mediante estas jaculatorias, y otras breves oraciones vocales, nuestro Fundador mantenía su recogimiento interior a lo largo de la jornada. Estas jaculatorias se han difundido por todo el mundo, porque las recitan miles y miles de personas que las han hecho propias. El Fundador no imponía ninguna, porque deseaba que las expresiones del amor fuesen fruto de la inventiva de cada uno: pero su amor era tan grande y su ejemplo tan vivo, que todos sus hijos procuraban imitarlo. Y no sólo los miembros del Opus Dei, sino también otros muchos amigos suyos.

Aunque el tema ha salido ya en la respuesta precedente, me gustaría rematar este apartado pidiéndole que nos hablase de la devoción mariana del Fundador, tan central en su vida y en la vida de la Obra.

–Para responderle exhaustivamente haría falta escribir un tratado. En cualquier caso, ya he indicado antes que el Fundador del Opus Dei, aunque estaba dotado de una fina sensibilidad, no era proclive al sentimentalismo. También su devoción mariana se distinguía por su profundidad teológica. Quiero decir que no se fundamentaba tanto en las “razones del corazón”, como en las de la fe. Me refiero a la fe en las prerrogativas concedidas por Dios a la Virgen y al papel de María en la obra de la Redención.

Por ejemplo: tenía mucha devoción por Santa Teresa, pero cuando la santa de Avila fue proclamada Doctora de la Iglesia, el Padre precisó: No, no es la primera Doctora; la primera Doctora, aunque no tenga el título, es la Santísima Virgen, porque ninguna persona ha tratado ni puede tratar tanto como Ella a Dios Nuestro Señor, y el Espíritu Santo le ha tenido que comunicar luces como a ninguna persona. Ella es la que sabe más de Dios. La que tiene más ciencia de Dios.

Terminaba habitualmente sus homilías y meditaciones con una invocación a la Virgen. En el libro Santo Rosario nos ha dejado rasgos conmovedores de su contemplación de los principales misterios de la vida de Jesús y de María, y también sus demás obras, comenzando por Camino, están impregnadas de devoción mariana. Cada capítulo de Surco y de Forja termina con un pensamiento sobre la Virgen.

Estableció la costumbre de colocar en todas las habitaciones de los Centros de la Obra un cuadro o una imagen pequeña de la Virgen, sencilla y artística. Nos aconsejaba que la saludásemos cariñosamente al entrar o al salir, con la mirada y con una jaculatoria interior.

Visitó innumerables santuarios marianos; tuvo especial importancia histórica la peregrinación que hizo en mayo de 1970 a la Basílica de Guadalupe, en México, para pedir a la Virgen que atendiese a las necesidades de la Iglesia y llevara a término el itinerario jurídico del Opus Dei.

En diciembre de 1973, aludiendo a sus continuas visitas de un santuario mariano a otro, decía expresivamente: Yo no hago más que encender velas; y seguiré haciéndolo mientras tenga cerillas.

El amor a la Santísima Virgen le llevaba a seguir de cerca todo lo que se refería a su culto. Por ejemplo, cuando encargaba una imagen de la Virgen con el Niño, o un cuadro de la Crucifixión en que aparecían las santas mujeres al pie de la Cruz, recomendaba al artista que buscase el modo de que Jesús se asemejase lo más posible a su Madre; incluso desde el punto de vista humano, Cristo debía parecerse mucho a María, porque había sido concebido en su seno, no por obra de hombre, sino por la intervención del Espíritu Santo. Sólo un alma enamorada podía dar tanta importancia a este detalle.

En locales de nuestros Centros como la cocina, el lavadero o el planchero, sugirió que se pusieran cuadros donde se representase a la Virgen lavando, cocinando, dando de comer al Niño: de esta forma las hijas suyas que se ocupan de la administración doméstica pueden recordar, al atender la casa, que deben imitar a la Virgen.

Solía decir a sus hijas que, como no habían tenido una Fundadora, debían considerar que su Fundadora es la Santísima Virgen. Y, para que no lo olvidasen, dispuso que en todos los oratorios de los Centros de mujeres del Opus Dei hubiese siempre una imagen de la Señora.

En cierto modo, la última piedra de su devoción mariana fue el santuario de Torreciudad. Dio indicaciones concretas para su construcción: debía ser grande, con un retablo en alabastro policromado de buenas proporciones –mide cerca de ciento treinta metros cuadrados–; en el centro, según la antigua costumbre aragonesa, hizo situar el tabernáculo, bien visible desde la nave, en una posición elevada, y al que se puede acceder desde una capilla que está detrás. De esta forma, el sacerdote nunca da la espalda al Santísimo Sacramento durante las celebraciones en el altar coram populo. Además, dispuso que en la cripta del santuario se colocasen cuarenta confesonarios, distribuidos en varias capillas dedicadas a distintas advocaciones de la Virgen. Quiero subrayar que la misma idea de edificar este santuario, al final de los años sesenta, constituyó una prueba verdaderamente extraordinaria de su fe: por el esfuerzo económico que exigía; porque eran años de evidente crisis en la devoción popular; por su ubicación, fuera de toda ruta turística y lejos de una gran ciudad; en fin, por hacer una amplia cripta de confesonarios en un periodo en que decaía la práctica de la confesión.

El 23 de mayo de 1975 volvió por última vez a Torreciudad. Las obras estaban prácticamente acabadas; pudo observar el conjunto arquitectónico; admiró la originalidad de su construcción y la majestuosidad del altar; y no se cansaba de contemplar el retablo: Es todo un señor retablo. ¡Qué suspiros van a echar aquí las viejas…, y la gente joven! ¡Qué suspiros! ¡Bien! Sólo los locos del Opus Dei hacemos esto, y estamos muy contentos de ser locos… ¡Muy bien! Lo habéis hecho muy bien. Habéis puesto tanto amor aquí…, pero hay que terminar, hay que llegar hasta el final. Sin prisa, cuidad de la colocación de la imagen de la Virgen. Visiblemente emocionado, mientras daba la vuelta al altar y miraba la nave, exclamó: ¡Qué bien se va a rezar aquí!

La Santísima Virgen ha premiado la fe de nuestro Fundador: actualmente el santuario es meta de peregrinaciones procedentes no sólo de España y Europa, sino de otros continentes. Los cuarenta confesonarios resultan muchas veces insuficientes para satisfacer las exigencias de todos los penitentes. Muchísima gente, quizá atraída al principio por la curiosidad, encuentra de nuevo al Señor en una confesión contrita. Me han dicho que con frecuencia se escuchan comentarios de este estilo: “Hacía cuarenta años que no me confesaba: ¡me siento muy feliz!”. El Padre había rezado concretamente para que en Torreciudad se produjesen estos milagros espirituales: A la Virgen de Torreciudad –observó en 1968– no le pediremos milagros externos. En cambio, sí que nos dirigiremos a Ella para que haga muchos milagros interiores, cambios en las almas, conversiones.

Era el último homenaje que nuestro Padre hizo en esta tierra a la Virgen; un mes después se reunía con Ella en el Cielo. Era el homenaje de un corazón enamorado que, cuando debió elegir durante la guerra civil española un seudónimo para burlar la censura, usó su cuarto nombre de bautismo, Mariano; y más tarde, firmó siempre así, Josemaría, todo unido, para no separar nunca a San José de María.


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