8. Rasgos de vida interior

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

En el punto 107 de Forja el Fundador escribió: El que deja de luchar causa un mal a la Iglesia, a su empresa sobrenatural, a sus hermanos, a todas las almas.

–Examínate: ¿no puedes poner más vibración de amor de Dios, en tu pelea espiritual? –Yo rezo por ti… y por todos. Haz tú lo mismo.

Si el Beato Josemaría nunca daba consejos que antes no hubiese puesto personalmente en práctica, ¿podría decirnos algunas cosas sobre su lucha ascética, sobre su examen de conciencia?

–El último día de 1971 el Padre anotó en su agenda una frase que después repetiría con frecuencia: Este es nuestro destino en la tierra: luchar por amor hasta el último instante. Deo gratias! Son palabras que llevó a la práctica toda la vida, para arrancar cuanto pudiese alejarle de Dios. Y para que no olvidásemos esta enseñanza, quiso que se grabara esta frase en la última piedra de Cavabianca, la nueva sede del Colegio Romano de la Santa Cruz. Sólo después de su muerte fue posible realizar aquel deseo suyo.

Se esforzó incansablemente en ser un instrumento cada vez más dócil a la misión que Dios le había confiado, templando su propio carácter y ejercitándose en la práctica de las virtudes.

A lo largo de su vida, mediante un examen de conciencia delicado, profundo y sincero, fue descubriendo nuevos puntos en los que mejorar. Se proponía metas exigentes para secundar las mociones recibidas de Dios, y su “táctica” consistía en luchar en cosas pequeñas, pues estaba convencido de que la santidad “grande” está en cumplir los “deberes pequeños” de cada instante (Camino, n. 817).

Afortunadamente conservamos algunas anotaciones suyas de 1932, que son un fiel reflejo de su lucha interior:

– No hacer preguntas de curiosidad.

– No quejarme de nada nunca con nadie, como no sea por buscar dirección.

– No alabar, no criticar.

Y, aunque era de carácter abierto y afable, resulta significativo que apuntase también el siguiente propósito:

– Ser amable y hablador en casa.

En 1956 me indicó las preguntas que debía hacerse con frecuencia un alma contemplativa, pues los miembros del Opus Dei somos contemplativos en medio del mundo. El Padre se examinaba personalmente sobre estos puntos:

–¿Busco el trato con Jesús en el Sagrario?

–¿Manifiesto con hechos mi espíritu de proselitismo?

–¿Acudo a la Virgen y a San José, para aprender a tratar a Dios, como Patronos de la Obra?

–¿Cumplo y vivo con cariño las Normas y Costumbres de la Obra?

–¿Saludo constantemente a mi Madre Santa María?

–¿Son mis amigos, mi Angel Custodio y los Custodios de los demás?

–¿Soy generoso en las pequeñas mortificaciones diarias, constantes?

–¿Sé elegir, cuando tengo libertad, lo más desagradable?

–¿Vivo el espíritu de penitencia?

–¿Doy tono sobrenatural a mis conversaciones?

–¿Procuro no discutir, y sé atender las razones de los demás?

–¿Busco mi alabanza o que agradezcan mis servicios?

–¿Pueden encargarme lo que sea, con la confianza de que lo llevaré a cabo y daré cuenta sincera, sin disculpa, de cómo lo he cumplido?

–¿Vivo la caridad, el cariño, también en los ratos de descanso?

–¿Mortifica mi palabra a los demás, por ser cargante o hiriente?

–¿Procuro no dar un trato extraordinario a alguno sólo por motivo de simpatía, haciendo acepción de personas?

–¿Olvido que mi santidad está en la rectificación del deber de cada instante?

–¿Me preparo debidamente para recibir los Santos Sacramentos?

–¿Hago con sinceridad y con valentía mi examen de conciencia a mediodía y por la noche?

–¿Hago también, en la forma debida, el examen particular de conciencia?

Como se ve, casi todas estas preguntas se dirigen a mantener o mejorar la intimidad con Dios.

Con sus palabras y su ejemplo el Fundador del Opus Dei enseñó a no fiarse del propio criterio y a acudir siempre a una prudente dirección espiritual, también en la confesión. ¿Quiénes fueron sus directores espirituales y sus confesores?

–Cuando, entre finales de diciembre del 1917 y comienzos de enero de 1918, en Logroño, el joven Josemaría descubrió aquellas huellas de unos pies descalzos en la nieve, se despertó en su alma una profunda inquietud y la seguridad plena de que el Señor quería algo (eran los barruntos del Amor). Acudió entonces a la dirección espiritual del Padre José Miguel, el carmelita que había dejado aquellas huellas.

Este santo religioso, al observar las excelentes disposiciones interiores del joven, y comprendiendo que, efectivamente, el Señor le llamaba, le sugirió hacerse carmelita descalzo. Esta posibilidad ni le atraía ni le desagradaba; pero, tras haberlo meditado con calma en la oración, también por lo que afectaba a sus deberes familiares, comprendió claramente que no era eso lo que el Señor le pedía, e intuyó que si el Señor quería algo de él, el mejor modo de estar disponible era hacerse sacerdote.

Interrumpió entonces la dirección espiritual con el Padre José Miguel, aunque conservó siempre una sincera gratitud por su trato, así como un afecto muy grande hacia los carmelitas. Veneraba especialmente a Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y Santa Teresita del Niño Jesús: fue asiduo lector de sus obras y en la predicación evocaba a menudo a estos grandes maestros de la espiritualidad y citaba sus escritos, aunque, cuando era necesario, hacía notar los puntos de divergencia con su propio modo de pensar y vivir las relaciones con Dios.

Cuando le contó a su padre la decisión que había tomado de hacerse sacerdote, don José Escrivá le puso en contacto con el Abad de la Colegiata, don Antolín Oñate, para que le orientase convenientemente, y buscó a otro amigo sacerdote que le preparase, tanto desde el punto de vista espiritual como científico; se dirigió a don Albino Pajares, sacerdote castrense, muy piadoso.

Para la dirección espiritual propiamente dicha y la confesión, Josemaría acudió a don Ciriaco Garrido Lázaro, canónigo capitular de la Colegiata y coadjutor de la parroquia de Santa María de la Rotonda, la iglesia a la que solía ir a rezar. En aquel momento este buen sacerdote debía tener en torno a los cuarenta y cinco años. Familiarmente le llamaban “don Ciriaquito”, no sólo por su pequeña estatura, sino sobre todo porque era muy querido en Logroño, tanto, que después de su muerte, en 1949, le dedicaron una calle de la ciudad.

En el Seminario de Zaragoza, donde no había un director espiritual específico, le ayudó sobre todo el Rector, don José López Sierra. Recibió consejos también del propio Cardenal Soldevila, de Mons. Miguel de los Santos Díaz Gómara, y de don Antonio Moreno. Después de su ordenación, fue don José Pou de Foxá quien más le orientó en los primeros pasos de su ministerio, en calidad de amigo leal y noble y bueno, como lo describía el Padre.

En Madrid, nuestro Fundador recurrió a la dirección espiritual del Padre Valentín Sánchez S.J., a quien confió la guía de su alma en el verano de 1930.

Tuvo que interrumpirla cuando el gobierno republicano decretó el 24 de enero de 1932 la expulsión de los jesuitas. En aquellas dificilísimas circunstancias, el Padre acudió al confesonario del Padre Postius, un religioso claretiano. Sin embargo, pese a la expulsión de la Compañía, muchos jesuitas se quedaron en España; así que, en cuanto estuvo disponible el Padre Sánchez, nuestro Fundador volvió a confesarse con él.

Con el estallido de la guerra civil y el inicio de la cruenta persecución religiosa que obligó a los sacerdotes a huir o esconderse para no sufrir martirio, le resultó muy difícil tener un confesor fijo. Mientras estuvo refugiado en la Legación de Honduras, acudió –habitualmente cada semana– al Padre Recaredo Ventosa, que había sido Provincial de la Congregación del Sagrado Corazón y estaba también refugiado en aquel lugar. Después, se confesó también durante un cierto período con don Angel Sagarmínaga.

Cuando logró pasarse a la llamada “zona nacional” y fijó su residencia en Burgos, nuestro Fundador pudo nuevamente tener un confesor fijo; al principio se dirigió con don Saturnino Martínez, un sacerdote muy piadoso, pero de salud frágil; por eso, al poco tiempo, acudió al P. Francisco de B. López Pérez, claretiano.

Después, al regresar a Madrid al término de la guerra civil española, volvió a su antiguo confesor, el P. Valentín Sánchez, hasta 1940, en que se vio obligado a dejarlo.

¿Qué había sucedido? Puedo decirlo con toda exactitud, porque estuve presente en las dos últimas conversaciones de nuestro Fundador con su director espiritual. En 1940 el Padre, ante la insistencia del Obispo de Madrid, había preparado los documentos para la aprobación diocesana de la Obra. Como en la parte relativa al espíritu del Opus Dei no hacía sino exponer el camino ascético que el Señor le hacía recorrer, es decir, su propia vida interior, le pareció oportuno enseñar también estos documentos al P. Sánchez. El Padre siempre distinguió entre lo que se refería a la fundación del Opus Dei –materia que no competía a sus directores espirituales– y lo que se refería a su vida espiritual; por tanto, su intención no era la de pedir una opinión al P. Sánchez sobre el Opus Dei, sino sobre su propia vida interior. Me parece recordar que la entrevista, en la que le entregó estos documentos, tuvo lugar en septiembre de 1940.

Unas semanas después acompañé nuevamente a nuestro Fundador a visitar a su director espiritual. Esta vez, el Padre Sánchez, que hasta entonces siempre le había animado a ser fiel al carisma fundacional, le dijo, con un tono bastante alterado, que la Santa Sede no aprobaría nunca la Obra, y le citó los números de algunos cánones para probar esta afirmación. Le devolvió los documentos y le despidió.

El Padre sufrió de manera indecible en aquella entrevista, pero no perdió la paz. Reafirmó su confianza en que, como la Obra era de Dios, el Señor se encargaría de conducirla a buen puerto. Añadió también, con mansedumbre y claridad, que no podía seguir confesándose con él, porque ya no le inspiraba confianza.

Me parece evidente que el P. Sánchez se sentía fuertemente condicionado, casi coartado, por otros; de otro modo, no se puede explicar un cambio tan radical y repentino. Eran los tiempos en los que se desataba una violenta persecución contra la Obra.

Yo tomé nota de los números de los cánones que el Padre Sánchez había citado. Nada más llegar a casa comprobé con el Padre que los había citado al azar, y no tenían nada que ver con el problema.

Es un suceso muy grave y muy triste, pero que no debe escandalizar, pues muchos santos han sufrido dificultades e incomprensiones de sus confesores. Basta recordar cuánto sufrió Santa Teresa.

El Padre, a pesar de todo, conservó siempre un profundo agradecimiento al P. Sánchez, por el bien que había hecho a su alma. Cuando murió este jesuita, en 1963, nuestro Fundador recordaba, en una carta dirigida al Vicario de la Obra en España, que el P. Sánchez se había alegrado mucho cuando, pasado el tiempo, fue a verle y le informó de que la Santa Sede había concedido a la Obra el decretum laudis.

¿Y a quién acudió, entonces, el Fundador para la dirección espiritual?

Escogió a don José María García Lahiguera, al que siempre consideró un amigo fraterno, y que entonces era director espiritual del Seminario de Madrid; más tarde fue Obispo auxiliar de esta diócesis y, después, Arzobispo de Valencia. Su Causa de canonización se abrirá en cuanto sea posible.

Nuestro Fundador expresó desde el primer momento a su nuevo confesor su intención de dirigirse con un sacerdote de la Obra en cuanto se ordenasen sus primeros hijos. A don José María García Lahiguera le pareció muy lógico. El 26 de junio de 1944, al día siguiente de mi ordenación sacerdotal, el Padre llegó al Centro de la calle Villanueva donde yo vivía. Me preguntó si había escuchado ya alguna confesión; le respondí que no, y exclamó: Pues vas a oír la mía, porque quiero hacer confesión general contigo. Y nos fuimos al oratorio del Centro. Lo menciono porque él mismo lo contó muchas veces en público, incluso con estas mismas palabras. Desde entonces, exactamente durante treinta y un años –murió el 26 de junio de 1975–, confesé habitualmente a nuestro Fundador.

Ya aquella primera vez me dijo que renunciaba al sigilo sacramental que yo debía vivir respecto de sus confesiones, porque quería dejarme las manos libres para ayudarle espiritualmente en cualquier momento, también fuera de la confesión. Por mi parte, gracias a Dios, nunca hice uso de esta facultad, por el amor hacia ese sacramento, que precisamente nuestro Padre me inculcó con tanta intensidad. Me impresionó siempre la humildad con que nuestro Fundador se puso desde entonces en mis manos; yo era un sacerdote recién ordenado y había recibido de él toda la formación espiritual.

Aprovecho la ocasión para señalar que todo lo que estoy contando en esta entrevista, como lo que cuento de nuestro Fundador en otros lugares, se refiere exclusivamente al fuero externo; he evitado y evitaré siempre toda referencia, incluso marginal o indirecta, al sigilo sacramental.

No necesitaba esta precisión, porque ni se me había ocurrido pensar lo contrario, pero se la agradezco, porque ataja cualquier escrúpulo o duda en lectores quizá menos informados.

Le rogaría ahora que abordase algún aspecto de la vida de oración del Fundador.

–Puedo atestiguar que su unión con Dios aumentó año tras año, en un “crescendo” maravilloso, hasta el fin de su vida. Ya en 1935, cuando acababa de conocerlo, vi claramente que sólo pensaba en el Señor y en cómo servirle. Ponía los cinco sentidos en todo lo que hacía; pero, al mismo tiempo, estaba completamente metido en Dios. Vivía lo que solía aconsejar: tener los pies en la tierra, y la cabeza en el cielo; es decir, poner en juego todas nuestras facultades para cumplir los deberes de cada día, en el trabajo profesional, en el ministerio sacerdotal, pero siempre con el pensamiento en el Señor.

Su unión con Dios era tan profunda que, incluso, cuando sufría por la falta de camino jurídico para la Obra, o, sobre todo en los últimos años, por la situación de confusión y desobediencia en que se encontraba la Iglesia, no perdía nunca la alegría, como no la había perdido tampoco ante las numerosas contrariedades por las que hubo de pasar en los años precedentes. Su unión con Dios se alimentaba con tiempos específicos dedicados a la oración mental: habitualmente, media hora por la mañana y media hora por la tarde; estableció esta norma también para todos sus hijos.

En enero de 1973 hizo este comentario: No es bastante que se esté en oración todo el día, como por la gracia de Dios procuramos hacer todos buscando la presencia del Señor en todo momento. No es suficiente, como tampoco sería suficiente que en cada habitación de la casa hubiera los elementos de la calefacción, porque además de éstos se necesita una caldera: y la caldera está constituida para nosotros por las dos medias horas de oración mental.

Por lo demás, las dos homilías tituladas Vida de oración y Hacia la santidad, incluidas en el libro Amigos de Dios, son paradigma elocuente de cómo rezaba. De hecho, las propuso como “falsilla” de la vida de oración de sus hijos.

Precisamente en la homilía Hacia la santidad, el Fundador, después de haber trazado un itinerario de oración que, partiendo de oraciones vocales, pasa por la meditación de la Humanidad Santísima de Cristo, afirma: El corazón necesita, entonces, distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como el de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo: ¡los dones y las virtudes sobrenaturales! (Amigos de Dios, num. 306). Evidentemente, hablaba desde su experiencia personal.

–No dudo en afirmar que Dios le dio con creces el don de la contemplación infusa. He recordado cómo, muy frecuentemente, durante el desayuno, mientras ambos hojeábamos los periódicos, apenas nuestro Padre empezaba a leer, se quedaba absorto, inmerso en Dios; apoyaba su frente en la palma de la mano y dejaba de leer el periódico para hacer oración. Grande fue mi emoción cuando, después de su muerte, leí en sus Apuntes íntimos esta anotación de 1934, en que plasma con extrema sencillez su diálogo con el Señor: Oración: aunque yo no te la doy (…), me la haces sentir a deshora y, a veces, leyendo el periódico, he debido decirte: ¡déjame leer! –¡Qué bueno es mi Jesús! Y, en cambio, yo…

Llevaría mucho tiempo describir la riqueza de su vida interior, en la que el Espíritu Santo le condujo hacia las altas cimas de la unión mística en medio de la vida ordinaria, atravesando también durísimas purificaciones de los sentidos y del espíritu.

Como les sucede a todas las almas de oración, el Señor permitió que, en algunas épocas de su vida, nuestro Fundador experimentase la aridez. En 1968, por ejemplo, nos confiaba: Ayer por la tarde me encontraba muy cansado y me fui al oratorio a hacer la oración. Me estuve allí, y le dije al Señor: Aquí estoy, como el perro fiel a los pies de su amo; no tengo fuerzas ni siquiera para decirte que te quiero, ¡Tú ya lo ves! Otras veces, a lo largo de mi vida, he dicho a Nuestro Señor: Aquí estoy, como el centinela en la garita, vigilante, para darte todo.

Estos periodos de aridez, más o menos largos, fueron circunstanciales. Se comprueba en las meditaciones publicadas hasta ahora –hay otras inéditas–, que eran oración personal de nuestro Fundador.

Nos enseñó a practicar lo que vivía: a perseverar en la oración mental también cuando estamos cansados, cuando el Señor nos concede consuelos y cuando nos los niega, cuando recibimos luces y cuando nos encontramos en la aridez más completa.

El 17 de mayo de 1970 decía: Vamos a ser piadosos, a enseñar a los demás con nuestras vidas a rezar, a convencer a la gente que hay que rezar. Nosotros debemos llevar todas las cosas a Dios en una continua oración. Ésta fue, en síntesis, su vida: rezar constantemente, reconducir todo al Señor, logrando la plenitud de la contemplación en medio del mundo. Rezó hasta el último momento, hasta que el Señor le llamó a su lado.

Alma sacerdotal

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

A partir del 25 de junio de 1944, se suceden sin interrupción las ordenaciones de miembros del Opus Dei. Vocaciones sacerdotales de todas las razas, de todos los países, de todas las profesiones y oficios.

Estos sacerdotes son un pequeño número en el campo apostólico del Opus Dei. Desaparecen en el ejercicio de su ministerio como el agua en una tierra seca. El mundo entero es su parcela de trabajo. Son pocos, en comparación con el número de miembros de la Obra, pero están respaldados por la entrega simultánea de todos sus hermanos. Las últimas palabras que el Fundador, antes de morir, dirigió a sus hijas son para recordarles que habían de tener «alma sacerdotal». Porque a todos los bautizados concierne, una vez llamados a la gran vocación del cristianismo, testificar la luz de Cristo entre los hombres.

Monseñor Escrivá de Balaguer, en su homilía «Sacerdote para la eternidad», repite, una vez más, el 13 de abril de 1973, que los sacerdotes del Opus Dei se ordenan «para servir. No para mandar, no para brillar, sino para entregarse, en un silencio incesante y divino, al servicio de todas las almas. Cuando sean sacerdotes, no se dejarán arrastrar por la tentación de imitar las ocupaciones y el trabajo de los seglares, aunque se trate de tareas que conocen bien, porque las han realizado hasta ahora y eso les ha confirmado en una mentalidad laical que no perderán nunca».

Y más adelante:

«¿Cuál es la identidad del sacerdote? La de Cristo. Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya “alter Chrístus”, sino “ipse Christus”: otros Cristos, ¡el mismo Cristo! Pero en el sacerdote esto se da inmediatamente, de forma sacramental (…).

Por el Sacramento del Orden, el sacerdote se capacita efectivamente para prestar a Nuestro Señor la voz, las manos, todo su ser; es Jesucristo quien, en la Santa Misa, con las palabras de la Consagración, cambia la sustancia del pan y del vino en su Cuerpo, su Alma, su Sangre y su Divinidad»(27).

Sus hijos sacerdotes han captado esta grandeza de la vocación para la que fueron elegidos. Configurarse en «otros Cristos» será una meta deseada, el modo de vivir su entrega a la Iglesia y a la Obra.

En 1975, don Ernesto Aguilar Alvarez, sacerdote mexicano recién ordenado, ingresa en la Clínica Universitaria de Navarra. Se le diagnostica un cáncer óseo muy avanzado. El pronóstico, irremediable a corto plazo, se cumplirá pocos meses después. Una tarde, dolorido y agotado por la enfermedad, piensa bajar hasta la capilla para rezar la Visita ante el sagrario. Duda: puede hacerlo desde su habitación; le resulta muy trabajoso andar ayudado por bastones. Pero se decide y ofrece el dolor en unión con Cristo. Cuando acaba de llegar, entra un hombre de mediana edad. Le mira, y, acercándose, le pide:

-«¿Querría usted confesarme?».

Don Ernesto afirma. Le señala el confesonario, invitándole a ir por delante, para que no vea el esfuerzo que le cuesta caminar. Este día don Ernesto revive, sin duda, las palabras del Fundador de la Obra:

«Sé de gente convertida a nuestra fe católica, sólo por considerar la bondad de Dios en el sacramento de la Penitencia»(28).

Monseñor Escrivá de Balaguer pide siempre a sus hijos sacerdotes que dediquen mucho tiempo a administrar este sacramento:

«Un consejo de hermano: sentaos en el confesionario, esperando a las almas, como el pescador los peces. Haced allí vuestra oración, la lectura espiritual, el Breviario. En los primeros días, podréis; después vendrá una viejecita, luego una niña joven, después un chicote… Y al cabo de dos meses no os dejarán vivir, ni podréis rezar nada en el confesionario, porque vuestras manos ungidas estarán, como las de Cristo -confundidas con ellas, porque sois Cristo- diciendo: “yo te absuelvo”. Amad el confesionario. ¡Amadlo, amadlo! ¡Que nos maten a fuerza de confesar!»(29).

En esta línea se inscribe el testimonio de Monseñor Ignacio María Orbegozo -sacerdote del Opus Dei, que sería consagrado Obispo de Yauyos (Perú)- cuando, a lomos de una mula, camina por los adustos senderos de la sierra andina. Allí donde el calor es pegajoso en la costa y el frío, la nieve y el peligro se alternan en las alturas de cinco mil metros.

«Me habían llamado desde un pueblo de la sierra, para que les dijera unas misas (…). Celebré en Huangáscar la Misa del domingo, y salí a buen paso hacia allá, con la intención de llegar a primera hora de la tarde y celebrar la Misa vespertina (…).

Mi cabalgadura caminaba mal por aquel sendero, deshecho por las lluvias. Pero no fue ésta la única dificultad. Poco después me vi rodeado de una niebla cada vez más espesa. Llegué a una encrucijada de caminos. Me encomendé a mi Angel Custodio, y dejé al mulo caminar a su antojo (…). La niebla era húmeda; yo estaba empapado y tenía frío (…). Cantaba y cantaba: esto me daba ánimos y, además, alguien podía oírme. Muy a menudo, una petición al Señor para que me llevara a buen puerto.

A eso de las seis de la tarde, oí un silbido. Dejé el camino, y me dirigí hacia el lugar de donde parecía provenir. Al poco tiempo divisé la silueta de un hombre que pastoreaba unas vacas (…). Le llamé varias veces y al fin vino a mi encuentro (…). Me había desviado mucho. Como ya anochecía, me invitó a su casa y yo acepté. Después agradecería al Señor la ocasión que me había brindado de ayudar a esta buena gente.

El hombre malvivía en una chabola construida con paja; allí se cobijaba toda su familia. Su madre, de ochenta años, estaba muy enferma. Cuando supo que yo me encontraba allí se llenó de alegría: deseaba confesarse. Hacía muchos años que, por falta de sacerdotes, no lo había hecho (…). Le di la absolución, la encomendé al Señor y hablé con ella durante algún rato; después le administré la Extremaunción (…).

De madrugada me despertaron (…). La abuela estaba muriendo (…). Le hablé al oído muy despacio, para que pudiera entenderme (…). Sonreía, besó el Crucifijo (…) y murió. Rezamos el primer responso (…).

Poco después cabalgaba de nuevo. El hijo mayor de la casa me puso en buena ruta (…). Entré en el pueblo a tiempo de celebrar la Santa Misa»(30).

Este es el espíritu que el Fundador de la Obra ha dejado impreso en sus sacerdotes: gastarse con generosidad para servir con su ministerio a todas las almas.

También cuenta en el haber de Monseñor Escrivá de Balaguer, y de los sacerdotes que ha enviado Dios a su Obra, el amor por aquellos que están lejos de la Iglesia. Y mucho más cuando les unen lazos de sangre. En 1960 se ordena sacerdote un miembro de la Obra, mexicano de nacionalidad; su padre ocupa un alto grado en la Logia Masónica del país. Su mujer y su hijo rezan por él, por su retorno a la fe, a la esperanza en Jesucristo. Antes de la ordenación, su padre enfermará gravemente. A pesar de que no resulta fácil llegar hasta el paciente, su familia invoca el derecho a recibir a un sacerdote católico. Lo consiguen y pueden ayudarle. Pocos días más tarde, muere en paz por el auxilio y el amor de la Iglesia.

Por tren y por carta

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En la época de Burgos, Escrivá no se quedaba sentado esperando a la gente. Viajaba frecuentemente para ver a los miembros de la Obra y a quienes necesitaban especialmente su ayuda. A las pocas semanas de llegar a Burgos recibió la noticia de que Carlos Aresti, un antiguo residente de Ferraz, había sido gravemente herido y estaba en un hospital en Bilbao. Llegó justo a tiempo de ayudarle espiritualmente y permaneció con él hasta que murió.

En abril fue a Córdoba para visitar a un joven miembro de la Obra del que había perdido el contacto desde el comienzo de la guerra. Cuando fue a comprar el billete de vuelta, el empleado de la ventanilla le dijo que sólo quedaban de segunda clase y que era muy improbable que devolvieran alguno de tercera. Escrivá no tenía suficiente dinero: si iba en segunda, sólo podría llegar hasta Salamanca. Volvió a intentarlo más tarde después de haberse encomendado a su Ángel Custodio. El empleado, sorprendido, le dijo que en ese momento estaban disponibles doce de billetes de tercera. Llegó a Burgos al cabo de treinta y seis horas. Pasó dos noches sentado en los bancos de madera del maloliente y concurridísimo vagón de tercera clase, en el que se colaba por las ventanas el humo y el hedor del motor.

El 9 de mayo de 1938 partió al frente de Teruel para visitar a Jiménez Vargas. Aunque había salido de Burgos en el tren de la mañana, no llegó a Zaragoza hasta la medianoche, y todavía le quedaban unos 150 kilómetros para llegar. Necesitó cinco días para llegar a su destino. El viaje de vuelta fue igualmente lento. Hizo varias paradas en el camino para ver a otra gente. Cuando estuvo de regreso en Burgos era 25 de mayo.

Desde Burgos, Escrivá y los miembros de la Obra mantenían correspondencia con mucha gente. En marzo de 1938 volvieron a editar la sencilla hoja informativa “Noticias”, que habían estado mandando a los residentes y amigos de DYA durante el verano anterior a la guerra. Al principio, las imprimieron en León, gracias a la gestión de un sacerdote amigo que disponía de una primitiva máquina. Pero se rompió en octubre de 1938 y, desde entonces, tuvieron que elaborar la hoja informativa haciendo copias a carboncillo en la máquina de escribir.

En la circular se daban noticias sobre dónde estaba y qué hacía cada uno de los que se sabía algo. También, comentarios espirituales y palabras de ánimo. En el número de marzo, por ejemplo, Escrivá apuntaba: “La Revolución no ha interrumpido nuestra labor. Seguimos trabajando –como es natural y como es sobrenatural- con el mismo empeño de siempre. ¡Diez años de trabajo! Dentro del undécimo, que comenzará pronto, Jesús y yo esperamos mucho de vosotros. Ahora mismo en el cuartel, en la trinchera, en el parapeto, en el forzoso descanso del hospital, con vuestra oración y vuestra vida limpia, con vuestras contradicciones y con vuestros éxitos, ¡cuánto podéis influir en el impulso de nuestra Obra! Vivamos una particular comunión de los santos: y cada uno sentirá, a la hora de la lucha interior, lo mismo que a la hora de la pelea con las armas, la alegría y la fuerza de no estar solo”[1].

En mayo, el mes que la Iglesia dedica a la Virgen María, les recomendaba: “Sale este número de ‘Noticias’ en pleno mes de mayo, mes de María. Cansados estáis de leer y oír contar que nunca los cruzados se lanzaron a la lucha sin encomendarse de un modo especial a la Señora. Tal vez este mes sea singularmente duro para algunos: noches de parapeto, largas caminatas, cansancio… Y en todo caso no faltarán cosas pequeñas: todo esto vamos a ofrecerlo en sustitución ventajosa de aquellas flores que siempre adornaban la imagen de la Santísima Virgen –Spes nostra, Sedes Sapientiae- en nuestro oratorio de Ferraz. ¡Que ella os guarde!”[2].

Además de enviarles la hoja informativa cada mes, Escrivá, Casciaro y Botella mandaban muchas cartas personales a antiguos residentes y amigos, especialmente a aquellos que se encontraban en situaciones difíciles. En junio de 1938 Escrivá decía a Alejandro de la Sota, que había caído enfermo: “No sé a qué atribuir tu silencio. Pienso que quizá continúas enfermo… y eso no te excusa, porque, sabiendo cuánto y cómo se te quiere, puedes desahogarte con cartas largas y hondas, seguro de que te habrían de entender y sabríamos escribirte con frecuencia otras cartas de la misma extensión e intensidad.

¡Alejandro! Conste, pues, que espero pronto noticias tuyas (…). Si tú no vienes, me basta saber que deseas que vaya a verte, para que me tengas pronto por esa bendita Galicia. Tú tienes la palabra.

Acuérdate de aquella ‘teoría’, que os explicaba en Madrid, y ponla en ‘práctica’: Di muy bajito: ‘Bendito sea el dolor, amado sea el dolor, santificado sea el dolor, ¡glorificado sea el dolor!’”[3].

En algunas ocasiones, en las cartas a sus hijos, especialmente a aquellos que se habían unido a él hacía más tiempo, Escrivá les abría el corazón y les dejaba ver algo de su vida interior y de oración. En una carta a Jiménez Vargas a comienzos de junio de 1938, por ejemplo, escribía: “Esta mañana, camino de las Huelgas, a donde fui por hacer mi oración, he descubierto un Mediterráneo: la Llaga Santísima de la mano derecha de mi Señor. Y allí me tienes: todo el día entre besos y adoraciones. ¡Verdaderamente que es amable la Santa Humanidad de nuestro Dios! Pídele tú que Él me dé el verdadero amor suyo: así quedarán bien purificadas todas mis otras afecciones. No vale decir: ¡corazón, en la Cruz!: porque, si una herida de Cristo limpia, sana, aquieta, fortalece y enciende y enamora, ¿qué no harán las Cinco abiertas en el madero? ¡Corazón, en la Cruz!: Jesús mío, ¡qué más querría yo! Entiendo que, si continúo por este modo de contemplar (me metió san José, mi Padre y Señor, a quien pedí que me soplara), voy a volverme más chalao que nunca lo estuve. ¡Prueba tú!”[4].

A terminar el verano de 1938, no se veía en el horizonte el final de la guerra. La victoria de los nacionales parecía segura, de no haber una intervención internacional a gran escala a favor de la República. En otoño el grupo de Burgos creció gracias a la llegada de del Portillo y otros miembros de la Obra que habían conseguido escapar de Madrid y cruzar el frente. Su peripecia se cuenta a continuación.

[1] AGP P03 1983 p. 550-551

[2] AGP P03 1984 p. 337

[3] Ibid. p. 332-333

[4] Ibid. p. 335

Zorzano

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Desde que Zorzano salió de su escondite en la casa de su familia al final de 1936, comenzó a funcionar como enlace entre los miembros de la Obra en Madrid. La pérdida de peso, un nuevo corte de pelo y gafas oscuras le proporcionaban alguna seguridad de no ser reconocido por nadie que le estuviese buscando. Eso sí, no estaba libre del riesgo de ser detenido en la calle por patrullas de milicianos ni del de ser arrestado por carecer del certificado de lealtad a la República. Un brazalete con la bandera de Argentina y un documento de la embajada que acreditaba su nacimiento en el país le ayudaban a moverse. Con estas inadecuadas protecciones, sus actividades requerían una considerable dosis de confianza en Dios y en su Ángel Custodio, a la vez que una gran valentía, ya que incluso la gente con pasaporte extranjero estaba lejos de encontrarse segura en el Madrid sitiado.

Zorzano visitó frecuentemente a los miembros de la Obra en las cárceles, a pesar del peligro real de ser identificado como enemigo del pueblo. Mientras Hernández de Garnica estuvo encerrado en San Antón, Zorzano le fue a ver casi cada día, también cuando los ataques aéreos obligaban a la gente a no salir a la calle. Hernández de Garnica relata: “Conmigo tuvo una caridad extraordinaria. A mí, en los tiempos que ningún hombre iba a visitar a los presos a la cárcel, por el peligro a que se exponía, me fue a ver”[1].

Las prisiones no eran los únicos sitios peligrosos que Zorzano visitaba. Como muchas personas habían encontrado refugio político en las embajadas, los milicianos tomaban nota cuidadosa del nombre de todos los que entraban en alguna. A pesar de ello, Zorzano fue regularmente a la Embajada de Noruega, donde se escondió Rodríguez Casado, que había solicitado entrar en la Obra en la primavera de 1936.

Durante un tiempo, Rodríguez Casado estuvo al cargo de la puerta de servicio de la embajada. Esto facilitó que Zorzano fuese cada día y pasase una hora con él en el garaje, rezando y hablando tranquilamente. Sin embargo, al poco, la embajada prohibió las visitas. A veces, los sabados, aprovechando que la vigilancia no era tan estricta, Zorzano podía entrar sin ser visto por los guardias de la embajada. Rodríguez Casado estaba preocupado por los riesgos que Zorzano asumía al visitarle y le pidió que no fuese con tanta frecuencia. Zorzano era consciente del peligro de ser arrestado como simpatizante de los enemigos de la República, pero estaba decidido a transmitir a Rodríguez Casado el calor de familia del Opus Dei. No negaba que los riesgos fuesen reales, pero le dijo con una sonrisa que, si rezaban, tenían fe y tomaban todas las precauciones que pudiesen, Dios les protegería.

La visitas de Zorzano ayudaron a Rodríguez Casado a mantener la ilusión, a pesar del aislamiento: “Estaba peor que en una cárcel porque no se podía comunicar con el exterior. Nunca sabré expresar lo que sentí la primera vez que me entrevisté con Isidoro en el zaguán de la Embajada, ni el tiempo que transcurrió hasta su marcha. Estaba sediento de noticias del Padre, de los demás, de hablar de la Obra. Isidoro, mucho más delgado, era sin embargo el mismo. Trascendía de él una confianza tan enorme en Dios, hablaba con tanta naturalidad y sencillez de lo que el Señor iba a hacer por medio de la Obra, muy poco tiempo después, si nosotros éramos fieles, que mi fe se agigantaba al ponerse en contacto con la suya. No la había perdido; gracias a Dios, tenía una seguridad absoluta; pero al verle, al oírle, lo abstracto de mi fe se concretaba, lo ideal se actualizaba”[2].

Del Portillo, a quien Zorzano visitó en la Embajada de Mejico, reaccionó del mismo modo: “Pasamos un largo rato de charla sobre lo que tanto nos interesaba: la situación del Padre, la de todos los demás… Recuerdo que su visión —tan sobrenatural— de tanta tragedia, su confianza grandísima en Dios y la naturalidad y la sencillez con que expresaba su esperanza, su seguridad de que Dios pronto habría de dar gran fruto de salvación de almas y de paz, por medio de la Obra, si nosotros éramos fieles, me hizo mucho bien”[3].

Durante los meses en que Escrivá y otros miembros de la Obra estuvieron encerrados en la Legación de Honduras, Zorzano fue su contacto con el mundo exterior. Iba allí prácticamente cada día. Aprovechaba para colarse en el edificio los momentos en que los milicianos que vigilaban la calle estaban distraídos. Una vez dentro, las cosas no siempre iban siempre tan suaves. Algunos refugiados temían que las frecuentes apariciones de Zorzano pudieran atraer la atención sobre ellos; los oficiales de la legación, incluido el cónsul, hicieron todo lo posible para que dejase las visitas. Zorzano pasaba por alto sus a veces rudas protestas, y procuraba llevar a los miembros de la Obra todo lo que pudiera encontrar: comida, cuchillas de afeitar o cordones de zapato y, lo más importante, noticias de los demás miembros de la Obra.

Se llevaba consigo de la legación detallados resúmenes de las meditaciones de Escrivá, preparados por Alastrué. Los usaba para su propia oración mental y los compartía habitualmente con otros miembros de la Obra en Madrid y con José María Albareda y Justo Martí, dos jóvenes profesionales que acudían a las actividades de formación en DYA antes de la guerra. Cuando se estrechó la vigilancia en la Embajada de Noruega hasta el punto de que era peligroso llevar las copias a Rodríguez Casado, Zorzano decidió aprenderse los textos de memoria, para continuar compartiendo esas meditaciones. También transmitía por carta las ideas de las meditaciones a los miembros de la Obra en Valencia, utilizando un lenguaje velado para evitar problemas con la censura.

Zorzano pasaba buena parte del día buscando comida para los miembros de la Obra escondidos y sus familias y para su propia familia. La comida estaba tan estrictamente racionada que la leche, las verduras frescas y la carne sólo se conseguían con indicación médica. La comida que se podía adquirir con una cartilla de racionamiento era poquísima y algunos miembros de la Obra ni siquiera la tenían.

Zorzano consiguió crear una red personal de lugares donde complementaba las magras provisiones que llegaban a traves de los canales normales. Un día pedía algo en el establecimiento que la Embajada de Argentina tenía a disposición de sus ciudadanos. Otro, se las arreglaba con los buenos oficios de un amigo, para comprar productos en el almacén que la prisión de san Antón tenía para los guardias y sus familias. De vez en cuando, los miembros de la Obra que estaban en Valencia, donde no había restricción de alimentos, enviaban un paquete. En otras ocasiones, una familia de la provincia de Ciudad Real enviaba judías, arroz, patatas e, incluso, jamón.

Al principio de la primavera de 1937 parecía que podría acabarse esta ayuda de Zorzano a los miembros de la Obra, ya que se le ofreció la oportunidad de abandonar Madrid por canales diplomáticos. Escrivá, quien pensaba que tenía nacionalidad argentina con pasaporte en regla y que estaba relativamente a salvo, le señaló lo útil que era en Madrid, pero le dijo también que hiciese lo que considerase mejor. Sin preocuparse de aclarar que no tenía un pasaporte argentino, Zorzano optó, sin dudarlo, por permanecer en Madrid. Escrivá aplaudió su generosa decisión: “No esperaba menos de ti, Isidoro. La solución que has dado a tu asunto es la que Nuestro Señor quiere, sin duda alguna”[4].

[1] José Miguel Pero-Sanz. Ob. cit. pág. 201

[2] Ibid. pág. 202-203

[3] Ibid. pág. 203-204

[4] Ibid. pág. 1996 210

El primer oratorio del Opus Dei

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

A pesar de las dificultades financieras, Escrivá y los miembros de la Obra seguían con los planes para instalar el oratorio de la residencia. Pasarían meses antes de que consiguieran reunir el dinero necesario para un altar, un sagrario y demás objetos litúrgicos, sin los cuales no podrían obtener el permiso de reservar al Santísimo Sacramento. En un primer momento, la habitación destinada al futuro oratorio sólo tenía una mesa con un crucifijo y dos candeleros, un par de bancos y una imagen de la Virgen, obra del joven escultor Jenaro Lázaro. Los pocos residentes que había se reunían ahí para rezar el Rosario, asistir a una meditación o simplemente para hacer un rato de oración personal.

En febrero o marzo de 1935 adquirieron un altar de madera y un cuadro de Jesús con los discípulos de Emaus. La madre Muratori, religiosa de las Hermanas Reparadoras, les prestó un sagrario de madera. Escrivá estaba ansioso por tener a Jesucristo en la casa, reservado en el sagrario, lo antes posible. “Jesús”, rezaba, “¿vendrás pronto a tu Casa del Ángel Custodio, al Sagrario? ¡Te deseamos!”[1].

El 13 de marzo de 1935 Escrivá envió una petición al obispo de Madrid, en la que explicaba las actividades formativas de la residencia y solicitaba la autorización necesaria para la instalación de un oratorio semipúblico donde se pudiera celebrar Misa y tener reservado al Santísimo. Esperaba celebrar Misa en el oratorio de DYA por primera vez el domingo 31 de marzo de 1935, pero todavía carecían de algunos objetos imprescindibles. Hacia final de mes un hombre barbado de aire distinguido, que llevaba una capa española pasada de moda, entregó, de forma anónima, un paquete que contenía todo lo que necesitaban. Escrivá comentó que el benefactor podría ser un amigo suyo, Alejandro Guzmán, pero los residentes dijeron, medio en broma medio en serio, que debían de haber sido san Nicolás o san José. Mencionaron a san José porque el Padre les había pedido que le rezaran continuamente pidiéndole el don del pan Eucarístico, prefigurado en el Antiguo Testamento por el pan que José distribuyó a los egipcios, a las órdenes del faraón.

El 31 de marzo de 1935, Escrivá celebró la Misa en la residencia. Por primera vez Jesús se quedaba en el sagrario de un centro del Opus Dei. Aunque a Escrivá le entristecía la pobreza del sagrario y de los vasos sagrados, estaba lleno de alegría por tener a Jesucristo en el centro. Animaba a los miembros de la Obra, a los residentes y a los alumnos que acudían a las clases de la academia a hacer compañía a Jesús: “El Señor jamás deberá sentirse aquí solo y olvidado; si en algunas iglesias a veces lo está, en esta casa donde viven tantos estudiantes y que frecuenta tanta gente joven, se sentirá contento rodeado por la piedad de todos, acompañado por todos. Tú, ayúdame a hacerle compañía”[2].

Unas semanas después escribía al vicario general de Madrid: “Desde que tenemos a Jesús en el Sagrario de esta casa, se nota extraordinariamente: venir Él, y aumentar la extensión y la intensidad de nuestro trabajo”[3].

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 544

[2] AGP P01 1985 p. 292-293

[3] AGP P01 1985 p. 296

Por tren y por carta

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En la época de Burgos, Escrivá no se quedaba sentado esperando a la gente. Viajaba frecuentemente para ver a los miembros de la Obra y a quienes necesitaban especialmente su ayuda. A las pocas semanas de llegar a Burgos recibió la noticia de que Carlos Aresti, un antiguo residente de Ferraz, había sido gravemente herido y estaba en un hospital en Bilbao. Llegó justo a tiempo de ayudarle espiritualmente y permaneció con él hasta que murió.

En abril fue a Córdoba para visitar a un joven miembro de la Obra del que había perdido el contacto desde el comienzo de la guerra. Cuando fue a comprar el billete de vuelta, el empleado de la ventanilla le dijo que sólo quedaban de segunda clase y que era muy improbable que devolvieran alguno de tercera. Escrivá no tenía suficiente dinero: si iba en segunda, sólo podría llegar hasta Salamanca. Volvió a intentarlo más tarde después de haberse encomendado a su Ángel Custodio. El empleado, sorprendido, le dijo que en ese momento estaban disponibles doce de billetes de tercera. Llegó a Burgos al cabo de treinta y seis horas. Pasó dos noches sentado en los bancos de madera del maloliente y concurridísimo vagón de tercera clase, en el que se colaba por las ventanas el humo y el hedor del motor.

El 9 de mayo de 1938 partió al frente de Teruel para visitar a Jiménez Vargas. Aunque había salido de Burgos en el tren de la mañana, no llegó a Zaragoza hasta la medianoche, y todavía le quedaban unos 150 kilómetros para llegar. Necesitó cinco días para llegar a su destino. El viaje de vuelta fue igualmente lento. Hizo varias paradas en el camino para ver a otra gente. Cuando estuvo de regreso en Burgos era 25 de mayo.

Desde Burgos, Escrivá y los miembros de la Obra mantenían correspondencia con mucha gente. En marzo de 1938 volvieron a editar la sencilla hoja informativa “Noticias”, que habían estado mandando a los residentes y amigos de DYA durante el verano anterior a la guerra. Al principio, las imprimieron en León, gracias a la gestión de un sacerdote amigo que disponía de una primitiva máquina. Pero se rompió en octubre de 1938 y, desde entonces, tuvieron que elaborar la hoja informativa haciendo copias a carboncillo en la máquina de escribir.

En la circular se daban noticias sobre dónde estaba y qué hacía cada uno de los que se sabía algo. También, comentarios espirituales y palabras de ánimo. En el número de marzo, por ejemplo, Escrivá apuntaba: “La Revolución no ha interrumpido nuestra labor. Seguimos trabajando –como es natural y como es sobrenatural- con el mismo empeño de siempre. ¡Diez años de trabajo! Dentro del undécimo, que comenzará pronto, Jesús y yo esperamos mucho de vosotros. Ahora mismo en el cuartel, en la trinchera, en el parapeto, en el forzoso descanso del hospital, con vuestra oración y vuestra vida limpia, con vuestras contradicciones y con vuestros éxitos, ¡cuánto podéis influir en el impulso de nuestra Obra! Vivamos una particular comunión de los santos: y cada uno sentirá, a la hora de la lucha interior, lo mismo que a la hora de la pelea con las armas, la alegría y la fuerza de no estar solo”[1].

En mayo, el mes que la Iglesia dedica a la Virgen María, les recomendaba: “Sale este número de ‘Noticias’ en pleno mes de mayo, mes de María. Cansados estáis de leer y oír contar que nunca los cruzados se lanzaron a la lucha sin encomendarse de un modo especial a la Señora. Tal vez este mes sea singularmente duro para algunos: noches de parapeto, largas caminatas, cansancio… Y en todo caso no faltarán cosas pequeñas: todo esto vamos a ofrecerlo en sustitución ventajosa de aquellas flores que siempre adornaban la imagen de la Santísima Virgen –Spes nostra, Sedes Sapientiae- en nuestro oratorio de Ferraz. ¡Que ella os guarde!”[2].

Además de enviarles la hoja informativa cada mes, Escrivá, Casciaro y Botella mandaban muchas cartas personales a antiguos residentes y amigos, especialmente a aquellos que se encontraban en situaciones difíciles. En junio de 1938 Escrivá decía a Alejandro de la Sota, que había caído enfermo: “No sé a qué atribuir tu silencio. Pienso que quizá continúas enfermo… y eso no te excusa, porque, sabiendo cuánto y cómo se te quiere, puedes desahogarte con cartas largas y hondas, seguro de que te habrían de entender y sabríamos escribirte con frecuencia otras cartas de la misma extensión e intensidad.

¡Alejandro! Conste, pues, que espero pronto noticias tuyas (…). Si tú no vienes, me basta saber que deseas que vaya a verte, para que me tengas pronto por esa bendita Galicia. Tú tienes la palabra.

Acuérdate de aquella ‘teoría’, que os explicaba en Madrid, y ponla en ‘práctica’: Di muy bajito: ‘Bendito sea el dolor, amado sea el dolor, santificado sea el dolor, ¡glorificado sea el dolor!’”[3].

En algunas ocasiones, en las cartas a sus hijos, especialmente a aquellos que se habían unido a él hacía más tiempo, Escrivá les abría el corazón y les dejaba ver algo de su vida interior y de oración. En una carta a Jiménez Vargas a comienzos de junio de 1938, por ejemplo, escribía: “Esta mañana, camino de las Huelgas, a donde fui por hacer mi oración, he descubierto un Mediterráneo: la Llaga Santísima de la mano derecha de mi Señor. Y allí me tienes: todo el día entre besos y adoraciones. ¡Verdaderamente que es amable la Santa Humanidad de nuestro Dios! Pídele tú que Él me dé el verdadero amor suyo: así quedarán bien purificadas todas mis otras afecciones. No vale decir: ¡corazón, en la Cruz!: porque, si una herida de Cristo limpia, sana, aquieta, fortalece y enciende y enamora, ¿qué no harán las Cinco abiertas en el madero? ¡Corazón, en la Cruz!: Jesús mío, ¡qué más querría yo! Entiendo que, si continúo por este modo de contemplar (me metió san José, mi Padre y Señor, a quien pedí que me soplara), voy a volverme más chalao que nunca lo estuve. ¡Prueba tú!”[4].

A terminar el verano de 1938, no se veía en el horizonte el final de la guerra. La victoria de los nacionales parecía segura, de no haber una intervención internacional a gran escala a favor de la República. En otoño el grupo de Burgos creció gracias a la llegada de del Portillo y otros miembros de la Obra que habían conseguido escapar de Madrid y cruzar el frente. Su peripecia se cuenta a continuación.

[1] AGP P03 1983 p. 550-551

[2] AGP P03 1984 p. 337

[3] Ibid. p. 332-333

[4] Ibid. p. 335

El primer oratorio del Opus Dei

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

A pesar de las dificultades financieras, Escrivá y los miembros de la Obra seguían con los planes para instalar el oratorio de la residencia. Pasarían meses antes de que consiguieran reunir el dinero necesario para un altar, un sagrario y demás objetos litúrgicos, sin los cuales no podrían obtener el permiso de reservar al Santísimo Sacramento. En un primer momento, la habitación destinada al futuro oratorio sólo tenía una mesa con un crucifijo y dos candeleros, un par de bancos y una imagen de la Virgen, obra del joven escultor Jenaro Lázaro. Los pocos residentes que había se reunían ahí para rezar el Rosario, asistir a una meditación o simplemente para hacer un rato de oración personal.

En febrero o marzo de 1935 adquirieron un altar de madera y un cuadro de Jesús con los discípulos de Emaus. La madre Muratori, religiosa de las Hermanas Reparadoras, les prestó un sagrario de madera. Escrivá estaba ansioso por tener a Jesucristo en la casa, reservado en el sagrario, lo antes posible. “Jesús”, rezaba, “¿vendrás pronto a tu Casa del Ángel Custodio, al Sagrario? ¡Te deseamos!”[1].

El 13 de marzo de 1935 Escrivá envió una petición al obispo de Madrid, en la que explicaba las actividades formativas de la residencia y solicitaba la autorización necesaria para la instalación de un oratorio semipúblico donde se pudiera celebrar Misa y tener reservado al Santísimo. Esperaba celebrar Misa en el oratorio de DYA por primera vez el domingo 31 de marzo de 1935, pero todavía carecían de algunos objetos imprescindibles. Hacia final de mes un hombre barbado de aire distinguido, que llevaba una capa española pasada de moda, entregó, de forma anónima, un paquete que contenía todo lo que necesitaban. Escrivá comentó que el benefactor podría ser un amigo suyo, Alejandro Guzmán, pero los residentes dijeron, medio en broma medio en serio, que debían de haber sido san Nicolás o san José. Mencionaron a san José porque el Padre les había pedido que le rezaran continuamente pidiéndole el don del pan Eucarístico, prefigurado en el Antiguo Testamento por el pan que José distribuyó a los egipcios, a las órdenes del faraón.

El 31 de marzo de 1935, Escrivá celebró la Misa en la residencia. Por primera vez Jesús se quedaba en el sagrario de un centro del Opus Dei. Aunque a Escrivá le entristecía la pobreza del sagrario y de los vasos sagrados, estaba lleno de alegría por tener a Jesucristo en el centro. Animaba a los miembros de la Obra, a los residentes y a los alumnos que acudían a las clases de la academia a hacer compañía a Jesús: “El Señor jamás deberá sentirse aquí solo y olvidado; si en algunas iglesias a veces lo está, en esta casa donde viven tantos estudiantes y que frecuenta tanta gente joven, se sentirá contento rodeado por la piedad de todos, acompañado por todos. Tú, ayúdame a hacerle compañía”[2].

Unas semanas después escribía al vicario general de Madrid: “Desde que tenemos a Jesús en el Sagrario de esta casa, se nota extraordinariamente: venir Él, y aumentar la extensión y la intensidad de nuestro trabajo”[3].

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 544

[2] AGP P01 1985 p. 292-293

[3] AGP P01 1985 p. 296

8. Rasgos de vida interior

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

En el punto 107 de Forja el Fundador escribió: El que deja de luchar causa un mal a la Iglesia, a su empresa sobrenatural, a sus hermanos, a todas las almas.

–Examínate: ¿no puedes poner más vibración de amor de Dios, en tu pelea espiritual? –Yo rezo por ti… y por todos. Haz tú lo mismo.

Si el Beato Josemaría nunca daba consejos que antes no hubiese puesto personalmente en práctica, ¿podría decirnos algunas cosas sobre su lucha ascética, sobre su examen de conciencia?

–El último día de 1971 el Padre anotó en su agenda una frase que después repetiría con frecuencia: Este es nuestro destino en la tierra: luchar por amor hasta el último instante. Deo gratias! Son palabras que llevó a la práctica toda la vida, para arrancar cuanto pudiese alejarle de Dios. Y para que no olvidásemos esta enseñanza, quiso que se grabara esta frase en la última piedra de Cavabianca, la nueva sede del Colegio Romano de la Santa Cruz. Sólo después de su muerte fue posible realizar aquel deseo suyo.

Se esforzó incansablemente en ser un instrumento cada vez más dócil a la misión que Dios le había confiado, templando su propio carácter y ejercitándose en la práctica de las virtudes.

A lo largo de su vida, mediante un examen de conciencia delicado, profundo y sincero, fue descubriendo nuevos puntos en los que mejorar. Se proponía metas exigentes para secundar las mociones recibidas de Dios, y su “táctica” consistía en luchar en cosas pequeñas, pues estaba convencido de que la santidad “grande” está en cumplir los “deberes pequeños” de cada instante (Camino, n. 817).

Afortunadamente conservamos algunas anotaciones suyas de 1932, que son un fiel reflejo de su lucha interior:

– No hacer preguntas de curiosidad.

– No quejarme de nada nunca con nadie, como no sea por buscar dirección.

– No alabar, no criticar.

Y, aunque era de carácter abierto y afable, resulta significativo que apuntase también el siguiente propósito:

– Ser amable y hablador en casa.

En 1956 me indicó las preguntas que debía hacerse con frecuencia un alma contemplativa, pues los miembros del Opus Dei somos contemplativos en medio del mundo. El Padre se examinaba personalmente sobre estos puntos:

–¿Busco el trato con Jesús en el Sagrario?

–¿Manifiesto con hechos mi espíritu de proselitismo?

–¿Acudo a la Virgen y a San José, para aprender a tratar a Dios, como Patronos de la Obra?

–¿Cumplo y vivo con cariño las Normas y Costumbres de la Obra?

–¿Saludo constantemente a mi Madre Santa María?

–¿Son mis amigos, mi Angel Custodio y los Custodios de los demás?

–¿Soy generoso en las pequeñas mortificaciones diarias, constantes?

–¿Sé elegir, cuando tengo libertad, lo más desagradable?

–¿Vivo el espíritu de penitencia?

–¿Doy tono sobrenatural a mis conversaciones?

–¿Procuro no discutir, y sé atender las razones de los demás?

–¿Busco mi alabanza o que agradezcan mis servicios?

–¿Pueden encargarme lo que sea, con la confianza de que lo llevaré a cabo y daré cuenta sincera, sin disculpa, de cómo lo he cumplido?

–¿Vivo la caridad, el cariño, también en los ratos de descanso?

–¿Mortifica mi palabra a los demás, por ser cargante o hiriente?

–¿Procuro no dar un trato extraordinario a alguno sólo por motivo de simpatía, haciendo acepción de personas?

–¿Olvido que mi santidad está en la rectificación del deber de cada instante?

–¿Me preparo debidamente para recibir los Santos Sacramentos?

–¿Hago con sinceridad y con valentía mi examen de conciencia a mediodía y por la noche?

–¿Hago también, en la forma debida, el examen particular de conciencia?

Como se ve, casi todas estas preguntas se dirigen a mantener o mejorar la intimidad con Dios.

Con sus palabras y su ejemplo el Fundador del Opus Dei enseñó a no fiarse del propio criterio y a acudir siempre a una prudente dirección espiritual, también en la confesión. ¿Quiénes fueron sus directores espirituales y sus confesores?

–Cuando, entre finales de diciembre del 1917 y comienzos de enero de 1918, en Logroño, el joven Josemaría descubrió aquellas huellas de unos pies descalzos en la nieve, se despertó en su alma una profunda inquietud y la seguridad plena de que el Señor quería algo (eran los barruntos del Amor). Acudió entonces a la dirección espiritual del Padre José Miguel, el carmelita que había dejado aquellas huellas.

Este santo religioso, al observar las excelentes disposiciones interiores del joven, y comprendiendo que, efectivamente, el Señor le llamaba, le sugirió hacerse carmelita descalzo. Esta posibilidad ni le atraía ni le desagradaba; pero, tras haberlo meditado con calma en la oración, también por lo que afectaba a sus deberes familiares, comprendió claramente que no era eso lo que el Señor le pedía, e intuyó que si el Señor quería algo de él, el mejor modo de estar disponible era hacerse sacerdote.

Interrumpió entonces la dirección espiritual con el Padre José Miguel, aunque conservó siempre una sincera gratitud por su trato, así como un afecto muy grande hacia los carmelitas. Veneraba especialmente a Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y Santa Teresita del Niño Jesús: fue asiduo lector de sus obras y en la predicación evocaba a menudo a estos grandes maestros de la espiritualidad y citaba sus escritos, aunque, cuando era necesario, hacía notar los puntos de divergencia con su propio modo de pensar y vivir las relaciones con Dios.

Cuando le contó a su padre la decisión que había tomado de hacerse sacerdote, don José Escrivá le puso en contacto con el Abad de la Colegiata, don Antolín Oñate, para que le orientase convenientemente, y buscó a otro amigo sacerdote que le preparase, tanto desde el punto de vista espiritual como científico; se dirigió a don Albino Pajares, sacerdote castrense, muy piadoso.

Para la dirección espiritual propiamente dicha y la confesión, Josemaría acudió a don Ciriaco Garrido Lázaro, canónigo capitular de la Colegiata y coadjutor de la parroquia de Santa María de la Rotonda, la iglesia a la que solía ir a rezar. En aquel momento este buen sacerdote debía tener en torno a los cuarenta y cinco años. Familiarmente le llamaban “don Ciriaquito”, no sólo por su pequeña estatura, sino sobre todo porque era muy querido en Logroño, tanto, que después de su muerte, en 1949, le dedicaron una calle de la ciudad.

En el Seminario de Zaragoza, donde no había un director espiritual específico, le ayudó sobre todo el Rector, don José López Sierra. Recibió consejos también del propio Cardenal Soldevila, de Mons. Miguel de los Santos Díaz Gómara, y de don Antonio Moreno. Después de su ordenación, fue don José Pou de Foxá quien más le orientó en los primeros pasos de su ministerio, en calidad de amigo leal y noble y bueno, como lo describía el Padre.

En Madrid, nuestro Fundador recurrió a la dirección espiritual del Padre Valentín Sánchez S.J., a quien confió la guía de su alma en el verano de 1930.

Tuvo que interrumpirla cuando el gobierno republicano decretó el 24 de enero de 1932 la expulsión de los jesuitas. En aquellas dificilísimas circunstancias, el Padre acudió al confesonario del Padre Postius, un religioso claretiano. Sin embargo, pese a la expulsión de la Compañía, muchos jesuitas se quedaron en España; así que, en cuanto estuvo disponible el Padre Sánchez, nuestro Fundador volvió a confesarse con él.

Con el estallido de la guerra civil y el inicio de la cruenta persecución religiosa que obligó a los sacerdotes a huir o esconderse para no sufrir martirio, le resultó muy difícil tener un confesor fijo. Mientras estuvo refugiado en la Legación de Honduras, acudió –habitualmente cada semana– al Padre Recaredo Ventosa, que había sido Provincial de la Congregación del Sagrado Corazón y estaba también refugiado en aquel lugar. Después, se confesó también durante un cierto período con don Angel Sagarmínaga.

Cuando logró pasarse a la llamada “zona nacional” y fijó su residencia en Burgos, nuestro Fundador pudo nuevamente tener un confesor fijo; al principio se dirigió con don Saturnino Martínez, un sacerdote muy piadoso, pero de salud frágil; por eso, al poco tiempo, acudió al P. Francisco de B. López Pérez, claretiano.

Después, al regresar a Madrid al término de la guerra civil española, volvió a su antiguo confesor, el P. Valentín Sánchez, hasta 1940, en que se vio obligado a dejarlo.

¿Qué había sucedido? Puedo decirlo con toda exactitud, porque estuve presente en las dos últimas conversaciones de nuestro Fundador con su director espiritual. En 1940 el Padre, ante la insistencia del Obispo de Madrid, había preparado los documentos para la aprobación diocesana de la Obra. Como en la parte relativa al espíritu del Opus Dei no hacía sino exponer el camino ascético que el Señor le hacía recorrer, es decir, su propia vida interior, le pareció oportuno enseñar también estos documentos al P. Sánchez. El Padre siempre distinguió entre lo que se refería a la fundación del Opus Dei –materia que no competía a sus directores espirituales– y lo que se refería a su vida espiritual; por tanto, su intención no era la de pedir una opinión al P. Sánchez sobre el Opus Dei, sino sobre su propia vida interior. Me parece recordar que la entrevista, en la que le entregó estos documentos, tuvo lugar en septiembre de 1940.

Unas semanas después acompañé nuevamente a nuestro Fundador a visitar a su director espiritual. Esta vez, el Padre Sánchez, que hasta entonces siempre le había animado a ser fiel al carisma fundacional, le dijo, con un tono bastante alterado, que la Santa Sede no aprobaría nunca la Obra, y le citó los números de algunos cánones para probar esta afirmación. Le devolvió los documentos y le despidió.

El Padre sufrió de manera indecible en aquella entrevista, pero no perdió la paz. Reafirmó su confianza en que, como la Obra era de Dios, el Señor se encargaría de conducirla a buen puerto. Añadió también, con mansedumbre y claridad, que no podía seguir confesándose con él, porque ya no le inspiraba confianza.

Me parece evidente que el P. Sánchez se sentía fuertemente condicionado, casi coartado, por otros; de otro modo, no se puede explicar un cambio tan radical y repentino. Eran los tiempos en los que se desataba una violenta persecución contra la Obra.

Yo tomé nota de los números de los cánones que el Padre Sánchez había citado. Nada más llegar a casa comprobé con el Padre que los había citado al azar, y no tenían nada que ver con el problema.

Es un suceso muy grave y muy triste, pero que no debe escandalizar, pues muchos santos han sufrido dificultades e incomprensiones de sus confesores. Basta recordar cuánto sufrió Santa Teresa.

El Padre, a pesar de todo, conservó siempre un profundo agradecimiento al P. Sánchez, por el bien que había hecho a su alma. Cuando murió este jesuita, en 1963, nuestro Fundador recordaba, en una carta dirigida al Vicario de la Obra en España, que el P. Sánchez se había alegrado mucho cuando, pasado el tiempo, fue a verle y le informó de que la Santa Sede había concedido a la Obra el decretum laudis.

¿Y a quién acudió, entonces, el Fundador para la dirección espiritual?

Escogió a don José María García Lahiguera, al que siempre consideró un amigo fraterno, y que entonces era director espiritual del Seminario de Madrid; más tarde fue Obispo auxiliar de esta diócesis y, después, Arzobispo de Valencia. Su Causa de canonización se abrirá en cuanto sea posible.

Nuestro Fundador expresó desde el primer momento a su nuevo confesor su intención de dirigirse con un sacerdote de la Obra en cuanto se ordenasen sus primeros hijos. A don José María García Lahiguera le pareció muy lógico. El 26 de junio de 1944, al día siguiente de mi ordenación sacerdotal, el Padre llegó al Centro de la calle Villanueva donde yo vivía. Me preguntó si había escuchado ya alguna confesión; le respondí que no, y exclamó: Pues vas a oír la mía, porque quiero hacer confesión general contigo. Y nos fuimos al oratorio del Centro. Lo menciono porque él mismo lo contó muchas veces en público, incluso con estas mismas palabras. Desde entonces, exactamente durante treinta y un años –murió el 26 de junio de 1975–, confesé habitualmente a nuestro Fundador.

Ya aquella primera vez me dijo que renunciaba al sigilo sacramental que yo debía vivir respecto de sus confesiones, porque quería dejarme las manos libres para ayudarle espiritualmente en cualquier momento, también fuera de la confesión. Por mi parte, gracias a Dios, nunca hice uso de esta facultad, por el amor hacia ese sacramento, que precisamente nuestro Padre me inculcó con tanta intensidad. Me impresionó siempre la humildad con que nuestro Fundador se puso desde entonces en mis manos; yo era un sacerdote recién ordenado y había recibido de él toda la formación espiritual.

Aprovecho la ocasión para señalar que todo lo que estoy contando en esta entrevista, como lo que cuento de nuestro Fundador en otros lugares, se refiere exclusivamente al fuero externo; he evitado y evitaré siempre toda referencia, incluso marginal o indirecta, al sigilo sacramental.

No necesitaba esta precisión, porque ni se me había ocurrido pensar lo contrario, pero se la agradezco, porque ataja cualquier escrúpulo o duda en lectores quizá menos informados.

Le rogaría ahora que abordase algún aspecto de la vida de oración del Fundador.

–Puedo atestiguar que su unión con Dios aumentó año tras año, en un “crescendo” maravilloso, hasta el fin de su vida. Ya en 1935, cuando acababa de conocerlo, vi claramente que sólo pensaba en el Señor y en cómo servirle. Ponía los cinco sentidos en todo lo que hacía; pero, al mismo tiempo, estaba completamente metido en Dios. Vivía lo que solía aconsejar: tener los pies en la tierra, y la cabeza en el cielo; es decir, poner en juego todas nuestras facultades para cumplir los deberes de cada día, en el trabajo profesional, en el ministerio sacerdotal, pero siempre con el pensamiento en el Señor.

Su unión con Dios era tan profunda que, incluso, cuando sufría por la falta de camino jurídico para la Obra, o, sobre todo en los últimos años, por la situación de confusión y desobediencia en que se encontraba la Iglesia, no perdía nunca la alegría, como no la había perdido tampoco ante las numerosas contrariedades por las que hubo de pasar en los años precedentes. Su unión con Dios se alimentaba con tiempos específicos dedicados a la oración mental: habitualmente, media hora por la mañana y media hora por la tarde; estableció esta norma también para todos sus hijos.

En enero de 1973 hizo este comentario: No es bastante que se esté en oración todo el día, como por la gracia de Dios procuramos hacer todos buscando la presencia del Señor en todo momento. No es suficiente, como tampoco sería suficiente que en cada habitación de la casa hubiera los elementos de la calefacción, porque además de éstos se necesita una caldera: y la caldera está constituida para nosotros por las dos medias horas de oración mental.

Por lo demás, las dos homilías tituladas Vida de oración y Hacia la santidad, incluidas en el libro Amigos de Dios, son paradigma elocuente de cómo rezaba. De hecho, las propuso como “falsilla” de la vida de oración de sus hijos.

Precisamente en la homilía Hacia la santidad, el Fundador, después de haber trazado un itinerario de oración que, partiendo de oraciones vocales, pasa por la meditación de la Humanidad Santísima de Cristo, afirma: El corazón necesita, entonces, distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como el de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo: ¡los dones y las virtudes sobrenaturales! (Amigos de Dios, num. 306). Evidentemente, hablaba desde su experiencia personal.

–No dudo en afirmar que Dios le dio con creces el don de la contemplación infusa. He recordado cómo, muy frecuentemente, durante el desayuno, mientras ambos hojeábamos los periódicos, apenas nuestro Padre empezaba a leer, se quedaba absorto, inmerso en Dios; apoyaba su frente en la palma de la mano y dejaba de leer el periódico para hacer oración. Grande fue mi emoción cuando, después de su muerte, leí en sus Apuntes íntimos esta anotación de 1934, en que plasma con extrema sencillez su diálogo con el Señor: Oración: aunque yo no te la doy (…), me la haces sentir a deshora y, a veces, leyendo el periódico, he debido decirte: ¡déjame leer! –¡Qué bueno es mi Jesús! Y, en cambio, yo…

Llevaría mucho tiempo describir la riqueza de su vida interior, en la que el Espíritu Santo le condujo hacia las altas cimas de la unión mística en medio de la vida ordinaria, atravesando también durísimas purificaciones de los sentidos y del espíritu.

Como les sucede a todas las almas de oración, el Señor permitió que, en algunas épocas de su vida, nuestro Fundador experimentase la aridez. En 1968, por ejemplo, nos confiaba: Ayer por la tarde me encontraba muy cansado y me fui al oratorio a hacer la oración. Me estuve allí, y le dije al Señor: Aquí estoy, como el perro fiel a los pies de su amo; no tengo fuerzas ni siquiera para decirte que te quiero, ¡Tú ya lo ves! Otras veces, a lo largo de mi vida, he dicho a Nuestro Señor: Aquí estoy, como el centinela en la garita, vigilante, para darte todo.

Estos periodos de aridez, más o menos largos, fueron circunstanciales. Se comprueba en las meditaciones publicadas hasta ahora –hay otras inéditas–, que eran oración personal de nuestro Fundador.

Nos enseñó a practicar lo que vivía: a perseverar en la oración mental también cuando estamos cansados, cuando el Señor nos concede consuelos y cuando nos los niega, cuando recibimos luces y cuando nos encontramos en la aridez más completa.

El 17 de mayo de 1970 decía: Vamos a ser piadosos, a enseñar a los demás con nuestras vidas a rezar, a convencer a la gente que hay que rezar. Nosotros debemos llevar todas las cosas a Dios en una continua oración. Ésta fue, en síntesis, su vida: rezar constantemente, reconducir todo al Señor, logrando la plenitud de la contemplación en medio del mundo. Rezó hasta el último momento, hasta que el Señor le llamó a su lado.

6. Familia y milicia

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El Beato Josemaría, que llamaba al cuarto mandamiento el dulcísimo precepto, ha enseñado con su ejemplo a amar a los padres y a la familia con ternura, pero también con el desprendimiento de quien se entregó por entero a Dios. Su hogar respiró un clima profundamente cristiano, lleno de dignidad y señorío incluso en medio de estrecheces económicas, y aprendió algunas costumbres que trasladó con naturalidad a los Centros de la Obra. Don José Escrivá murió repentinamente cuando sólo tenía cincuenta y siete años, el 27 de noviembre de 1924. ¿Cómo se comportó el Padre en aquellas circunstancias?

–Fue un golpe muy duro, tanto más porque nada hacía presagiar ese desenlace. Aquel 27 de noviembre, don José Escrivá se levantó a la hora de siempre, sin sentir ningún malestar; o si lo tuvo, no dijo nada. Después del desayuno, rezó un rato de rodillas ante la imagen peregrina de la Virgen Milagrosa, que se llevaba por devoción popular de casa en casa, y que esos días estaba en la suya. Antes de salir hacia su trabajo, se entretuvo también jugando con su hijo pequeño, Santiago, que entonces tenía cinco años. De pronto, ya en la entrada de la casa, se encontró indispuesto, se apoyó en la jamba de la puerta y cayó al suelo sin conocimiento.

Al oír el ruido, acudieron rápidamente doña Dolores y su hija Carmen. Avisaron inmediatamente al párroco y al médico, y trasladaron su cuerpo inerte a una habitación. El doctor diagnosticó que no se podía hacer nada; dos horas después moría, sin volver en sí, pero habiendo recibido los últimos Sacramentos.

Se envió un telegrama al Padre –que estaba en el Seminario de Zaragoza–, para que viniese urgentemente, pues su padre no se encontraba bien. En realidad, nuestro Fundador comprendió desde el primer momento la verdad, porque –como nos confió años después– Mons. Miguel de los Santos Díaz Gómara, obispo auxiliar de Zaragoza y Presidente del Seminario, le comunicó inmediatamente la noticia.

Con el permiso del Rector, tomó el primer tren para Logroño. Salió a esperarlo a la estación Manuel Ceniceros, empleado del negocio de tejidos La Gran Ciudad de Londres donde don José trabajaba después del cierre de su empresa de Barbastro. Manuel Ceniceros –que era quien había puesto el telegrama– le confirmó enseguida la muerte de don José. Años más tarde, el Padre me contó que se había dirigido rápidamente hacia su casa, abrumado por el dolor, y que durante el trayecto continuó rezando por el alma de su padre, se puso en las manos de Dios y comenzó a pensar también cómo podría sostener a la familia. Se ocupó del funeral y de todo lo necesario para el entierro.

Un sacerdote amigo, don Daniel Alfaro, le prestó el dinero para las exequias. En cuanto le fue posible, se lo devolvió con profunda gratitud, y el Padre no olvidó nunca la generosidad de aquel amigo: rezó por su persona e intenciones todos los días de su vida, en el momento de la Misa, y más tarde, cuando supo que había muerto, encomendó su alma al Señor en la Santa Misa, hasta el 26 de junio de 1975. He podido comprobar cómo se conmovía el Padre recordando la caridad desinteresada de aquel hermano en el sacerdocio.

Al día siguiente tuvo lugar el entierro. El cementerio de Logroño se encontraba en la otra orilla del río, en la carretera de Mendavia. Al volver a casa, sumido en el dolor y en el pensamiento de que ahora el peso de la familia recaía completamente sobre sus espaldas, llegó al puente sobre el río Ebro. En ese momento se acordó de que se había guardado en el bolsillo la llave del féretro, que le había entregado el sepulturero. Entonces pensó: ¿Qué hago con esta llave, que puede ser, para mí, una ligadura?, y con gesto rápido la tiró al río, y ofreció a Dios la separación de su padre, el amigo más querido.

Este gesto, lleno de serenidad y paz interior, le unió todavía más a la Voluntad del Señor: Dios había decidido llevarse a su padre y él aceptaba sin reservas quedarse sin ese sólido punto de apoyo sobre la tierra. Había aprendido definitivamente a desprenderse incluso de lo que es y parece imprescindible.

El Padre vio la mano del Señor también en el hecho de haber recibido ya el subdiaconado el 14 de junio de ese año: ese hecho lo ligaba para siempre a Dios y, por tanto, se confiaba totalmente a la Voluntad divina, también ahora que le correspondía todo el peso de sacar adelante a la familia, como hijo primogénito.

Retornó a Zaragoza enseguida, después de confortar a los suyos, para proseguir sus estudios sacerdotales. Tres semanas más tarde, el 20 de diciembre de 1924, recibió el diaconado en la capital aragonesa.

El Fundador aprendió de su padre una profunda honradez en el trabajo, y la práctica de la caridad, que supera los límites rigurosos de la justicia; y he pensado siempre que su profunda devoción hacia San José tomó cuerpo a través de la meditación de las virtudes paternas. Doña Dolores, su madre –a la que en el Opus Dei se llama familiarmente Abuela–, también tendría la oportunidad de colaborar directamente con la Obra.

–La entrega sacerdotal de nuestro Fundador no podía dejar de repercutir de alguna manera en su familia. Un pequeño detalle: entre 1927 y 1936, doña Dolores tenía un aspecto joven. Por eso, cuando iban a visitar a una familia amiga, nuestro Fundador le decía: Mamá, no podemos ir juntos por la calle, porque yo no tengo escrito en la frente que soy hijo tuyo, y no quiero exponerme a escandalizar a nadie: ve tú por tu cuenta, que ya nos encontraremos en la casa de esa familia.

Doña Dolores, desde joven, se teñía el pelo para disimular algunas canas prematuras; después de la guerra civil española, el Padre le sugirió delicadamente que dejara de hacerlo, y ella accedió sin dificultades, aunque, por su modo de ser, muy femenino, ciertamente constituyó un sacrificio para ella.

Pero la Abuela supo hacer sacrificios aún mayores por su hijo y por la Obra. Como ya he mencionado, nuestro Fundador habló explícitamente del Opus Dei a su madre, a su hermana Carmen y a su hermano Santiago, en septiembre de 1934. Si hasta ese momento su madre había sido un apoyo seguro para el hijo, en adelante colaboraría de un modo más eficaz y silencioso. Secundó sus deseos, intuyendo lo que no sabía, y subordinó sus planes personales y familiares a los de Dios, poniendo a disposición todo su patrimonio.

Durante la guerra civil española, cuando nuestro Fundador se vio obligado a pasarse a la zona nacional, doña Dolores se quedó en Madrid con sus otros dos hijos, y custodió, aun a costa de su vida, el archivo y todos los documentos de la Obra. Los había escondido dentro de un colchón y cuando los milicianos iban a hacer un registro, ella se metía en la cama, como si se encontrase mal (y era cierto): así logró salvar los papeles de su hijo, entre los que había verdaderos tesoros, como los apuntes en que el Padre había anotado sus experiencias interiores, las gracias recibidas de Dios, las reflexiones y primeros proyectos sobre el desarrollo de la Obra, y tantos otros valiosísimos textos.

Después de la guerra, cuando se comenzó a instalar la residencia de la calle Jenner, el Fundador regaló a su madre un libro sobre San Juan Bosco. Ella le preguntó: “¿Quieres que yo haga como la madre de don Bosco? Te aseguro que no tengo la más mínima intención”. Su hijo replicó: Pero mamá: ¡si lo estás haciendo ya! Y la madre, que había entendido todo, rompió a reír y le dijo: “Y continuaré haciéndolo con mucho gusto”. Lo mismo hizo su hermana Carmen: renunció a vivir su propia vida y se prodigó en servir a la Obra, en primer lugar quizá sobre todo por cariño a su hermano, pero siempre con mucho amor de Dios.

La Abuela y tía Carmen se ocuparon de la administración doméstica de los Centros de la Obra hasta que pudieron hacerse cargo de estos trabajos las mujeres del Opus Dei.

Transmitieron el calor que había caracterizado la vida doméstica de la familia Escrivá a la familia sobrenatural que el Fundador estaba formando. Nosotros íbamos aprendiendo a reconocerlo en el buen gusto de tantos pequeños detalles, en la delicadeza en el trato mutuo, en el cuidado de las cosas materiales de la casa, que implican –es lo más importante– una constante preocupación por los demás y un espíritu de servicio, hecho de vigilancia y abnegación; lo habíamos contemplado en la persona del Padre y lo veíamos confirmado en la Abuela y en tía Carmen. Era natural que procurásemos atesorar todo esto, y así, con espontánea sencillez, arraigaron en nosotros costumbres y tradiciones familiares que aún se viven hoy en los Centros de la Obra: las fotografías o retratos de familia, que dan un tono más íntimo a la casa; un postre sencillo para festejar un santo; el poner con cariño y buen gusto unas flores delante de una imagen de la Virgen, o en un rincón de la casa, etc.

El aire de familia característico del Opus Dei se debe a su Fundador. Pero si acertó a plasmar este estilo de vida en nuestros Centros no fue sólo en virtud del carisma fundacional, sino también por la educación que había recibido en el hogar paterno. Y es justo resaltar que su madre y su hermana le secundaron de modo muy eficaz.

La muerte de su madre le sorprendió en un momento muy concreto, mientras estaba predicando un curso de retiro para sacerdotes.

–Fue el 22 de abril de 1941. Desde el fin de la guerra, el Fundador del Opus Dei desarrollaba un extensísimo apostolado en Madrid y en los lugares más diversos de España; entre otras ocupaciones, predicó muchas tandas de ejercicios espirituales para sacerdotes. En abril de 1941 había aceptado la invitación para dirigir unos ejercicios al obispo y al clero de la diócesis de Lleida.

Algunos días antes del viaje de nuestro Fundador a Lleida, su madre había hecho una excursión a El Escorial con algunos de nosotros, y notó luego una leve afección bronquial. Al día siguiente guardó cama por esa indisposición, pero no parecía nada serio. El Padre, prudentemente, preguntó al médico si podía marcharse con tranquilidad, y el doctor le dijo que no se preocupase. Por esto, al despedirse de su madre, le pidió que ofreciese al Señor sus molestias por los sacerdotes que iban a participar en el curso de retiro. Doña Dolores, que tal vez era la única que presentía la gravedad de su dolencia, asintió, pero mientras nuestro Fundador salía de la habitación musitó en voz baja: “¡Este hijo!”

La enfermedad parecía seguir su curso normal; sin embargo, la tarde del 21 de abril se agravó, degenerando en una pulmonía traumática muy grave. Le fueron administrados los últimos sacramentos y el día 22, en las primeras horas de la mañana, expiró. Traté de telefonear inmediatamente a nuestro Fundador. En aquel tiempo podían pasar horas antes de conseguir una comunicación interurbana; por eso, cuando por fin se logró la conexión, me dijeron que nuestro Fundador estaba predicando y hablé primero con el obispo.

Tiempo más tarde supe que el obispo se acercó al Padre con el rostro demudado, pálido, y le dijo que yo le llamaba. Le di la noticia en pocas palabras: “La Abuela ha muerto”. Después me enteré de que, precisamente cuando le llamé por teléfono, nuestro Fundador estaba predicando sobre el papel imprescindible de la madre en la vida del sacerdote: entre otras cosas, había dicho que para un sacerdote su madre es como un Ángel Custodio, y debería morir un día después que su hijo.

Nuestro Fundador se postró inmediatamente a los pies del Sagrario para rezar: Señor, Tú lo has dispuesto así, y yo me había equivocado. Es mejor lo que Tú quieres: acepto de todo corazón tu voluntad, habiéndote llevado a mi madre. Regresó lo antes posible a Madrid. Lloró y rezó ante su cuerpo, con palabras de apenado desahogo filial: Señor, ¿por qué me haces esto? ¡Cómo me tratas! Recuerdo también que me tomó aparte y me dijo: Hijo mío, ayúdame a rezar un Te Deum, y así lo hicimos. Asistió al entierro con una gran serenidad, y consoló a su hermana Carmen y a su hermano Santiago.

¿Cómo se decidió el Fundador a pedir a su madre y a su hermana que colaborasen para lograr el buen funcionamiento de los primeros Centros de la Obra?

–Recuerdo muy bien que un día, a finales de 1938, cuando nuestro Fundador estaba en el hotel Sabadell de Burgos, me propuso como otras veces que le acompañara a dar un paseo por la orilla del río Arlanzón; mientras caminábamos, me hizo una pregunta que muestra el heroico y absoluto desprendimiento con que servía a Dios. Me preguntó si me parecía oportuno pedir a su madre y a su hermana que se ocuparan de la administración doméstica de nuestros Centros; es decir, de atender al orden de la casa, la limpieza, la cocina, y cosas similares.

Se trataba de una colaboración insustituible para nuestra familia sobrenatural, y por eso le respondí que me parecía una idea estupenda. Fue una respuesta inconsciente, porque no pensé que significaba impedir a su madre, a su hermana y al hermano pequeño de nuestro Fundador, que tuvieran una casa propia: deberían vivir en un rincón de una residencia para estudiantes y, además, tratando de pasar inadvertidos. Nuestro Fundador, después de haberlo meditado detenidamente en la presencia de Dios, pidió a doña Dolores y a Carmen que, a pesar de todo, prestasen este servicio al Señor.

La disponibilidad de la madre y la hermana de nuestro Fundador fue de una eficacia incalculable para el Opus Dei. Carmen afrontó siempre con un profundo sentido de responsabilidad el deber que había hecho propio libremente. Le tocó dirigir la administración doméstica de muchos Centros de la Obra y soportar las incomodidades y contratiempos de los comienzos; cuando las cosas empezaban a funcionar bien, Carmen se quitaba de en medio. Jamás perdió la calma ni se dejó arrastrar por la agitación, el aturdimiento o la angustia: no se enfadaba nunca; es más, parecía siempre serena, con una paz interior y una confianza en Dios que multiplicaban su eficacia. Recuerdo, por ejemplo, cuando comenzó a ocuparse de la administración de las dos primeras casas de retiro del Opus Dei: La Pililla, en Ávila, y Molinoviejo, cerca de Segovia. En ambas, al principio no teníamos ni siquiera luz eléctrica. Carmen, como siempre, no puso ninguna dificultad para dirigir estos trabajos hasta disponer de las condiciones previstas para que se pudieran ocupar directamente las mujeres de la Obra.

Hay que tener en cuenta que Carmen no perteneció nunca a la Obra: no tenía vocación y, sin embargo, siempre que el Fundador pidió a su hermana que ayudara a la Obra, ella respondió con generosidad.

El 2 de abril de 1948 el Padre, que ya llevaba algún tiempo viviendo en Roma, fue a Madrid, y pocos días después, el 15, también Carmen se trasladó a la Ciudad Eterna. Su hermano le había pedido que echara una mano a las empleadas del hogar que desarrollaban el servicio doméstico y a quienes lo dirigían. Ella aceptó con alegría, como siempre que se trataba de sacrificarse por la Obra.

Después Carmen regresó a España y, a comienzos de los años cincuenta, alquiló con su hermano Santiago un apartamento en la calle Zurbano de Madrid. Al fin, después de tantos años, tenía casa propia y podía llevar una vida independiente, y según sus gustos. Pero el descanso duró pocos meses. Antes de que hubiera terminado la decoración de la casa, nuestro Fundador le preguntó si podía dirigir la administración doméstica de una finca que se había comprado en Salto di Fondi, cerca de Terracina. Carmen aceptó inmediatamente, y volvió a Roma en julio de 1952.

Se quedó en Salto di Fondi hasta el verano de 1953: el tiempo necesario para que se terminasen los trabajos de reforma de la casa y las mujeres de la Obra pudieran ir a vivir allí. En lugar de regresar a España, Carmen se estableció en Roma con Santiago en un chalet situado en Via degli Scipioni. Allí pasó los últimos cuatro años de su vida. Tomó esta decisión por el deseo de estar más disponible, más pronta a hacer lo que el Señor le pidiese a través de su hermano. En las peticiones de nuestro Fundador, ella veía realmente la Voluntad de Dios.

Dicho sea de paso, a Carmen no le faltaron ocasiones de formar su propia familia. Es más, podría haberse casado muy bien; de hecho, tenía un pretendiente, un hombre con un título nobiliario que le había pedido la mano formalmente. El Padre me contó la conversación que tuvo entonces con su hermana. Carmen dijo: “Josemaría, por ahora no siento nada por él; pero si le trato llegaré a quererle. Prefiero quedarme contigo y ayudarte todo lo que pueda”.

En efecto, nuestro Fundador tuvo en su hermana una ayuda extraordinaria, sobre todo para la formación en tareas domésticas de algunas entre las primeras vocaciones de mujeres del Opus Dei. Su ayuda consistió en cumplir lo que su hermano le pedía de vez en cuando, pero sin entrometerse nunca en las cuestiones fundacionales, porque comprendía que era una misión confiada por el Señor exclusivamente al Fundador.

Si la abnegación de doña Dolores duró hasta dos años después de la guerra civil española, Carmen se prodigó durante casi veinte años, yendo de una parte a otra, donde se hacía necesaria su presencia.

Padre, ¿podría evocar algún detalle de la muerte de tía Carmen?

–En los primeros meses de 1957 notamos que el estado de salud de Carmen, siempre llena de vitalidad y de energía, se deterioraba. El 4 de marzo los médicos le diagnosticaron un cáncer, y hacia el 20 de abril le anunciaron que sólo le quedaban dos meses de vida.

Apenas lo supo el Padre, quiso que yo se lo comunicase, con toda claridad y con mucha caridad. Quería que aquellos dos meses fueran para su hermana ocasión de unirse aún más con el Señor. El 23 de abril, fiesta de San Jorge, hablé con ella de su enfermedad. Le dije que sólo un milagro podría curarla y que, según el parecer de los médicos, le quedaban dos meses de vida; añadí que, si el tratamiento tenía éxito, quizá podría sobrevivir algo más, pero no mucho. Acogió la noticia con tranquilidad, con serenidad, sin lágrimas, como una persona santa. Y luego dijo: “Alvaro me ha dado ya la sentencia”.

Nuestro Fundador me pidió que buscase entre mis amigos de Roma un sacerdote culto y piadoso que pudiera asistirla espiritualmente durante aquellos meses. Hablé con el Padre Fernández, agustino recoleto, que era una persona de profunda vida interior. Aceptó el encargo y, después de ponerse de acuerdo con la enferma, quedó en visitarla una vez por semana; íbamos a buscarle en coche.

Fueron dos meses de oración y recogimiento. En mayo, aprovechando un viaje a Francia, nuestro Fundador se acercó a Lourdes para pedir el milagro de la curación de su hermana, aceptando siempre la Voluntad de Dios, cualquiera que fuese.

El 18 de junio se agravó la situación de Carmen, y pidió la Unción de los Enfermos. Al día siguiente recibió el Viático, rodeada por el cariño de nuestro Fundador y de todos nosotros.

El 20 de junio, fiesta del Corpus, pasé mucho tiempo a su cabecera; le hablaba y ella me respondía con toda naturalidad, como si estuviese hablando de otra persona. Yo le preguntaba: “Carmen, ¿quieres ir al Cielo?” Y ella me contestaba con decisión: “¡Claro que sí!” Y en un momento me dijo: “Alvaro, quiero ver…”. Al principio pensé que había perdido la vista y le dije: “¿Pero no nos ves? Estamos aquí…”. Ella replicó: “Sí, eso ya lo sé”. Añadí: “Te parecemos poco. Lo que tú quieres es contemplar a la Virgen”. Respondió: “Sí, ¡eso!”

Durante la agonía no podía casi hablar. Repetía balbuceando las jaculatorias que nuestro Fundador, ayudado por algunos de nosotros, le musitaba al oído. Sólo respondía a los estímulos sobrenaturales.

Apenas unos minutos antes de morir, cuando casi había perdido el pulso, el Padre le dijo: ¿Verdad que cuando llegues al Cielo nos encomendarás mucho? Su hermana contestó: “¡Sí!” Fue una de las últimas palabras que pronunció. Poco después moría.

Poco antes de la muerte de Carmen, su confesor, el Padre Fernández, me comentó: “Tiene una paz interior enorme. Se ve que esta docilidad a la Voluntad divina es un milagro de Dios: no he visto nunca un enfermo tan unido a Dios. Yo vengo aquí para edificarme, más que para ayudarla”.

Al día siguiente del fallecimiento de Carmen, nuestro Fundador contó a un grupo de hijos suyos: se acabaron las lágrimas en el momento en que murió; ahora estoy contento, hijos míos, agradecido al Señor que se la ha llevado al Cielo; con el gozo del Espíritu Santo. Y al leer en sus rostros la tristeza por la muerte de su hermana, añadió: sí, hijos, me tenéis que dar la enhorabuena; Carmen se encuentra ya en el Cielo. Estaba ilusionadísima con la idea de que pronto vería a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo y a la Santísima Virgen, y a los Angeles… Ahora continúa encomendándonos.

Enseguida que murió, bajé al oratorio, para celebrar la primera Misa en sufragio por su alma… Encomendadla, ofreced oraciones por ella, pero yo estoy seguro de que ya goza de Dios; ma propio certo: completamente seguro.

El propio Padre me confió el motivo de esta seguridad. No sabía que también había dejado una relación escrita sobre lo sucedido, en un sobre con esta anotación: Para abrir cuando yo muera. Cuando nuestro Fundador se disponía a celebrar la Santa Misa por el alma de su hermana, le vino a la cabeza la idea de pedir una prueba de que Carmen se encontraba ya en el Cielo. Desechó enseguida ese pensamiento, porque le parecía que era tentar a Dios. Sin embargo, me contó que, tanto en el memento de vivos como en el de difuntos, se olvidó de aplicar la intención de la Misa por su hermana, a pesar de las condiciones espirituales y psíquicas en que se encontraba: estaba muy apenado, nunca había celebrado en aquel oratorio, etc. Apenas se dio cuenta de que se había olvidado de ofrecer la Misa por Carmen, le invadió la certeza de que tal olvido, humanamente inexplicable, era la respuesta de Dios: comprendió que el Señor le quería hacer entender de esa manera que su hermana no necesitaba sufragios.

El Padre advirtió de modo inefable la intervención del Señor, que penetra en lo más íntimo del alma. Por eso tuvo la persuasión de que su hermana “había dado el salto”, como ella misma había deseado y merecido con su vida de entrega a la Voluntad divina.

Padre, me gustaría oírle contar algo más sobre el papel del Fundador como cabeza de familia, sobre todo en su relación con su hermano Santiago, cuando era pequeño.

–Cuando nuestro Padre decidió en 1918 entrar en el Seminario de Logroño –donde fue admitido como alumno externo–, no se olvidó de sus deberes familiares. Aunque sus padres, con mucha delicadeza, para dejarle la más completa libertad de decisión, no le pusieron la más mínima dificultad, se dio cuenta de que su elección desbarataba los planes, humanamente lógicos, lícitos y honestos, que ellos se habían hecho para rehacer el patrimonio familiar con su ayuda. Era consciente de que, al aceptar con generosidad la Voluntad divina, debieron cambiar sus proyectos y resignarse, al menos durante unos años, a la ausencia del único hijo varón.

Entonces, nuestro Fundador, con gran sencillez y confianza, empezó a pedir al Señor que enviase a sus padres otro hijo varón. No era poco pedir, porque sus padres eran ya mayores, y habían pasado casi diez años desde el nacimiento de la última hermana, Rosario, muerta a los nueve meses de edad, en 1910. Transcurrieron algunos meses, y ni Carmen ni Josemaría se dieron cuenta de que su madre estaba embarazada, aunque ya era patente. Su alegría fue enorme, y aún más su agradecimiento al Señor, cuando su madre, algún tiempo después, llamó a los dos hermanos y les comunicó que estaba esperando un niño. Santiago Escrivá de Balaguer nació el 29 de febrero de 1919.

Sobre todo a partir de la muerte de su padre, nuestro Fundador se prodigó en la atención y educación de Santiago. Le dedicó todo el tiempo que pudo, para formarlo bien. Fue para él más que un hermano mayor: casi un padre, un amigo, y un maestro. Le enseñó el catecismo, le introdujo en la vida de piedad, le siguió en los estudios, etc.

He escuchado al Padre que a veces tenía que defenderse de la “colaboración” de su hermano pequeño, que imitaba en todo a su hermano mayor. Como Santiago se había dado cuenta de que nuestro Fundador recortaba artículos de los periódicos y los pegaba en fichas, en una ocasión le llenó el fichero con recortes de revistas tomados al azar. Entonces el Padre se hizo con dos calaveras: a una le llamaba en broma “doña Pelada”; la otra era de un caballero templario, y le puso el nombre de “don Alonso”. Colocó las dos calaveras sobre el fichero y, desde entonces, cesaron las “colaboraciones” del pequeño Santiago.

El Padre recordaba a veces otra anécdota. Un día fue a dar un paseo con su hermano. El niño le pedía siempre que le comprase caramelos. Le gustaban especialmente unos que vendía un viejecito en la esquina de una calle cercana a la casa donde vivían; se llamaban chupetes o chupones. Aquel día, mientras se acercaban al puesto en que el hombre vendía su mercancía, una ráfaga de viento levantó una gran polvareda y ensució los caramelos. Sin pensarlo dos veces, el viejecito los tomó, uno a uno, y los fue limpiando a lametones. Desde ese día, Santiago renunció para siempre a esos caramelos. Nuestro Fundador, que sabía sacar de todo suceso una referencia sobrenatural, se divirtió mucho con la reacción de su hermano y le hizo considerar a veces que las cosas del mundo son como caramelos: después de desearlas tanto, acaban por perder su atractivo, y terminan por repugnarnos.

Incluso cuando Santiago alcanzó la mayoría de edad, el Padre continuó ocupándose de él como un buen hermano y cumplió sus obligaciones fraternas. En 1958, en su calidad de cabeza de familia, acudió a Zaragoza para pedir la mano de su futura cuñada, Yoya. Sin embargo, para dar a sus hijos ejemplo de pobreza y de desprendimiento, no asistió a la boda de su hermano, pero me pidió que lo hiciera en su lugar, aprovechando que yo debía viajar a España. Después, hasta su muerte, ayudó a su hermano y a su familia, con la oración y con el consejo, como aparece claramente en la abundante correspondencia que conservamos.

El Fundador llevó este vivo sentido de la paternidad, aprendido y vivido en su familia, a la gran familia sobrenatural de la Obra.

–El Padre repetía a menudo que sólo tenía un corazón, el mismo corazón con el que amaba a Dios y a sus hijos. No era un cariño abstracto: como buen padre, vibraba al unísono con las alegrías y las penas de sus hijos, y estaba muy pendiente de su salud.

Dos casos concretos. En una época, en el Colegio Romano de la Santa Cruz, los alumnos perdían horas de clase durante la semana, porque debían ocuparse personalmente de otras muchas cosas, ligadas sobre todo a la necesidad de seguir de cerca las obras (los trabajos de la construcción de nuestra sede central estaban en pleno apogeo). Se decidió entonces recuperar esas clases los domingos. Cuando el Padre se enteró, lo prohibió tajantemente; es más, si hasta entonces había animado siempre a los alumnos a aprovechar los días de fiesta para visitar los monumentos de Roma –que constituyen una maravillosa apología de la fe–, a partir de ese momento sus invitaciones se hicieron mucho más insistentes. De modo análogo, otra vez se enteró, a través de una carta, de que en una determinada nación sus hijos se veían obligados a privarse de horas de sueño, por las exigencias apostólicas. El Padre intervino y señaló, entre los deberes graves de los directores, el de asegurar que todos los miembros de la Obra estuvieran en la cama habitualmente siete horas y media cada noche.

Eran continuas sus delicadezas. Recuerdo que en 1961, después de haber pasado el verano en Inglaterra, había decidido salir de Londres hacia Roma, el 4 de septiembre. Habíamos comprado ya los billetes para el viaje, cuando nos enteramos de que justamente el día previsto para la salida era el santo de una Numeraria auxiliar que se había ocupado de las tareas domésticas de la casa en que habíamos estado. Al Padre le pareció un deber de caridad retrasar un día el regreso, para poder felicitar a aquella hija suya: otra cosa le hubiera parecido una descortesía. Sus atenciones se hacían aún más solícitas si alguno de sus hijos enfermaba. Cuando en 1943 efectué mi primer viaje a Roma, se había propagado por España una epidemia de tifus esantemático, una enfermedad muy contagiosa que en aquella época era llamada popularmente el “piojo verde”. En el mes de marzo el entonces director de la Residencia universitaria de la Calle Jenner, Juan Antonio Galarraga, tuvo mucha fiebre. Se pensó que era tifus, pero en realidad lo que tenía era la viruela. El Padre se ocupó personalmente de él, lo arropó con unas mantas, y se lo llevó en taxi al hospital de enfermedades infecciosas. Lo trató como un padre a su hijo. Después, durante la convalecencia de Juan Antonio, fue muchas veces a verle, y luego pidió a su hermana Carmen que fuese también a visitarle, para que estuviese atendido con gran solicitud y cariño.

La muerte de una hija o de un hijo suyo le producía un dolor inmenso: le he visto llorar muchas veces. Es lógico que sufra, hijos míos –comentaba–, el Señor me ha dado para vosotros corazón de padre y de madre. Cuando se trataba de una persona joven, protestaba filialmente al Señor: no comprendía humanamente por qué Dios había decidido llamarle a Sí cuando podría haberle servido tantos años aún. Pero después se sometía inmediatamente, en un dolido acto de aceptación de la Voluntad divina: Fiat, adimpleatur…

El 18 de diciembre de 1972, el Padre fue a visitar a una joven Numeraria de origen siciliano, Sofía Varvaro, ingresada en una clínica de Roma. Tenía un cáncer de hígado y estaba desahuciada por los médicos. El Padre la consoló y la animó hablándole del Cielo. El diálogo tuvo momentos de gran emoción.

–”Padre –le confió Sofía–, a veces tengo miedo de no saber llegar al final, porque soy muy poca cosa”.

El Padre le replicó inmediatamente: ¡Hija, no tengas miedo!: ¡que te espera Jesús! Yo le estoy pidiendo que te cures, pero que se haga su Voluntad. Cuesta a veces aceptar esa Voluntad divina, que no entendemos, pero el Señor se debe reír un poco de nosotros, porque nos quiere y nos cuida como un padrazo, con corazón de madre, ¿comprendes? Yo, mañana, con la Hostia santa, te pondré en la patena para ofrecerte al Señor. Y tú, aquí o en el Cielo, siempre muy unida al Padre, a las intenciones del Padre, porque os necesito a todos bien metidos en mi petición.

Sofía le dijo que había rezado mucho por los frutos de su reciente viaje a España y Portugal.

¡Hija mía, me habéis ayudado tanto! No me he encontrado nunca solo. Ahora, después de verte, sé que tú me ayudarás en el Cielo, y también en la tierra, si el Señor te deja aquí. Pide intensamente por esta Iglesia, que a mí me hace padecer tanto, para que termine esta situación. Me apoyo en vosotros, y me siento acompañado por vuestra oración y por vuestro cariño.

–”Padre, gracias por su ayuda, y por la ayuda de todos los de la Obra”.

¡No puede ser de otra manera! Estamos muy unidos, y yo me siento responsable de cada uno de vosotros. Sufro, cuando no estáis bien de salud: me cuesta mucho, pero amo la Voluntad del Señor. Como somos una familia de verdad, yo me encuentro feliz con vuestro cariño, y pienso que también a vosotros os tiene que dar alegría que el Padre os quiera tanto.

–”Padre, quiero llegar al final, pero a veces tengo muchos dolores, y me canso”.

Sí, hija mía, te entiendo muy bien. Acude a la Virgen, y dile: monstra te esse Matrem!, o con sólo que le digas ¡Madre!, es suficiente. Ella no nos puede dejar. Además, nunca estaremos solos, tú nos sostienes a los demás, y los demás están bien unidos a ti. Pide tu curación, aceptando la Voluntad de Dios, y estáte contenta con lo que Él disponga: la Iglesia necesita nuestra vida. Reza por los sacerdotes de toda la Iglesia y especialmente por los de la Obra, no porque debamos ser más santos que los demás, sino para que nos hagamos cargo de esta bendita responsabilidad de que hemos de gastarnos de verdad. Fuerza al Señor. Dile: ¡Jesús mío, por tu Iglesia!, y ofrécele todo. Por la Obra, para que podamos servirte siempre más. Tu unión con el Señor, hija mía, ha de ser cada día más grande.

–”Padre, hace mucho tiempo que no puedo asistir a la Santa Misa”.

Hija mía, ahora tu día entero es una Misa, consumiéndote bien unida al Señor. No te preocupes. El Señor está dentro de ti, no le dejes. Hay que rezar mucho. Dirígete a la Santísima Virgen y a San José. Acude con confianza a nuestro Padre y Señor San José, para que nos lleve por el camino de intimidad que él tuvo con su Hijo.

Al salir de la habitación de la clínica, sin esconder el propio dolor, el Padre repitió lentamente la jaculatoria: Fiat, adimpleatur, laudetur et in aeternum superexaltetur iustissima atque amabilissima Voluntas Dei super omnia. Amen. Amen!

He reconstruido todo este diálogo sirviéndome de los testimonios y recuerdos de algunas personas que estuvieron presentes, porque cada frase constituye un extraordinario ejemplo práctico de cómo en el Padre el cariño humano y la visión sobrenatural iban siempre íntimamente unidos.

El cariño del Fundador hacia sus hijos se manifestaba en la generosa entrega a su formación, sin dejarse vencer por el cansancio.

–En el plano personal, nunca podré olvidar que, cuando pedí la admisión en la Obra, en el mes de julio de 1935, el Padre, aunque estaba agotado por la abundancia de trabajo, no dudó en empezar un ciclo de clases de formación solamente para mí: un nuevo peso que venía a añadirse a las ya numerosas actividades de que estaban repletas sus jornadas.

Puso un cuidado especialísimo en la formación de los tres primeros sacerdotes de la Obra, y lo explicaba con cinco razones:

Segunda. Si nuestros sacerdotes no tienen una profunda formación teológica, no me sirven para el apostolado específico del Opus Dei.

Tercera. Los miembros de la Obra hacen muy bien sus estudios civiles, y hubiese sido destruir su espíritu, que no pusiesen la misma intensidad en sus estudios eclesiásticos.

Cuarta. Hay muchas personas que nos tienen un gran cariño, y conviene que vean hasta qué punto se preparan bien los sacerdotes de la Obra.

Quinta. No faltaban tampoco algunas otras personas que nos miraban con menos afecto, y era razonable que comprendieran –todos éstos también– la seriedad y la solidez de nuestra labor.

Y primera. Yo me muero cualquier día, y tengo que dar cuenta a Dios.

De otra parte, el Beato Josemaría era muy exigente, porque exigente es la lucha por la santidad. Afirmó siempre que la Obra es familia, pero también milicia, en el sentido de que los miembros de la Obra reciben una formación adecuada a su tarea sobrenatural de cristianos apostólicamente movilizados para despertar en todos los bautizados la conciencia de la llamada universal a la santidad.

–Proponía metas muy ambiciosas, de acuerdo con un principio que formulaba así: De ordinario, al que pueda hacer siete, le pido catorce, y me hace quince. Y refiriéndose en concreto al trabajo apostólico, decía que, si uno puede hacer diez, hay que pedirle veinte, para que dé dieciocho. En definitiva, los números podían variar, pero el concepto estaba clarísimo.

¿Y cuando debía corregir?

–Cuando debía reprender a alguno, tenía siempre presente la mayor o menor frecuencia de sus relaciones con el interesado. Corregía con inmensa dulzura a aquellos que veía de tarde en tarde y, en cambio, se mostraba más severo con los que tenía cerca. Eran dos modos diferentes de ayudarnos, en función de las diversas circunstancias.

Acabo de explicar cómo el Padre elegía la línea de conducta más adecuada en cada momento para mantener el justo equilibrio entre la necesaria severidad y el cariño. En los primeros años, cuando veía que algo se había hecho mal pensaba: no lo puedo decir inmediatamente porque estaré enfadado, y conviene que lo diga en tono frío, para no herir, ser más eficaz, y no ofender a Dios; dentro de dos o tres días, cuando ya esté más calmado, diré lo que sea. Pero en los últimos años hacía la corrección cuanto antes. Se decía: Si no la hago inmediatamente, pensaré que voy a hacer sufrir a esa hija mía o a ese hijo mío, y corro el peligro de no decirlo. Y por eso intervenía inmediatamente sin pasar nada por alto, porque quería mucho a sus hijos y los quería santos.

¿Y no se equivocaba nunca?

–Las raras veces en que sucedía, rectificaba inmediatamente, y si era el caso, pedía perdón. Recuerdo que en enero de 1955, al regresar a casa a mediodía y pasar por delante del oratorio de San Gabriel, en nuestra Sede Central, me encontré con el Padre, que estaba con algunos alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz, entre ellos Fernando Acaso. Después de saludar al Padre, aproveché la ocasión para decir a Fernando que podía ir a recoger unos muebles que nos hacían falta, porque al fin teníamos dinero en el banco. Al oír esto, nuestro Fundador comenzó a excusarse con aquel hijo suyo. Había sucedido lo siguiente: poco antes de que yo llegara, le había preguntado por los muebles. Fernando le había empezado a explicar que no había ido a recogerlos, pero el Padre, sin dejarle seguir, le preguntó de nuevo si los había recogido. Entonces Fernando respondió sencillamente que no, y nuestro Fundador le dijo que no le gustaba que nos excusásemos. Pero al oírme, comprendió inmediatamente lo que había pasado y se apresuró a pedirle perdón, delante de nosotros, porque no le había dejado exponer sus razones. Como si no bastase, luego, en la sala de estar, delante de todos los alumnos del Colegio Romano, le pidió otra vez perdón a Fernando y alabó su humildad. Realmente, era llamativa la prontitud con que rectificaba: y no vacilaba en hacerlo en público si era necesario. Era una característica muy destacada de su comportamiento, y deseaba para todos la alegría de rectificar.

Me gustaría ahora hacerle una pregunta tal vez indiscreta. Usted ha estado cuarenta años junto al Fundador, en estrechísima colaboración: ¿podría hablar ahora de su propio vínculo de filiación con el Padre?

Me considero, con un santo orgullo, aunque inmerecido, hijo espiritual del Fundador y deudor insolvente. Entre tantas cosas, le debo mi vocación a una entrega total a Dios en el Opus Dei; le debo la llamada al sacerdocio, don inefable del Señor, y el haberme impulsado constantemente a servir a la Iglesia, con la adhesión más plena al Romano Pontífice, a los obispos en comunión con la Santa Sede, con el espíritu de obediencia y de unión a la Jerarquía propio de la espiritualidad de la Obra.

Me une al Padre, por tanto, la filial e inmensa estima que le tengo, no sólo porque me dio un ejemplo de santidad heroica, como porque fue instrumento del Señor para encontrar mi vocación, que es la razón de mi vida.

Nuestro Fundador tenía constantes manifestaciones de afecto hacia todos, y personalmente puedo atestiguar que fui objeto continuo de su cariño paterno. Cuando me veía un poco cansado se volcaba conmigo. Parecerá una cosa sin importancia, pero me conmuevo al recordar que, cuando iba a trabajar al Vaticano con mi sotana más nueva, el Padre le decía a don Javier Echevarría poco antes de mi regreso: Vamos a bajar a tu hermano Alvaro la ropa, para que se cambie, porque vendrá cansado. Se esforzaba en conocer los gustos de cada uno, y los recordaba bien; por ejemplo cada vez que me ponía enfermo y tenía que guardar cama o estar a dieta, procuraba que, dentro de las prescripciones médicas, me preparasen platos que me gustaban.

En febrero de 1950 se me agudizaron las molestias que sufría desde algunos años atrás en el hígado y el apéndice. Nuestro Fundador hizo llamar al profesor Faelli, que le trataba la diabetes. El médico dijo que tenían que operarme urgentemente de apendicitis. El Padre no se separó de mi lado hasta el mismo instante de la operación. Yo tenía unos dolores muy agudos, y trató durante todo el tiempo de distraerme y hacerme reír un poco; llegó a improvisar delante de mí una especie de baile muy divertido. Después me confió lo que pensaba en aquellos momentos: sabía que yo estaba preparado para la muerte, y muy unido a Dios, por su misericordia; no necesitaba, pues, consideraciones espirituales que me consolaran o animasen; por otra parte, estaba claro que no me iba a morir: lo único que me hacía falta era olvidar el dolor. Así, delante de mí y en presencia de una tercera persona, el Padre tuvo la gran caridad y humildad de improvisar aquel baile. Y consiguió su propósito, porque me empecé a reír, me divertí mucho y no pensé más en mis dolores. Después de la operación, vino a verme a la Clínica muchas veces, y estuvo conmigo todo el tiempo que pudo; en aquellos ratos, que fueron muchos y prolongados, fui objeto de la inmensa caridad con la que trataba a sus hijos enfermos. No lo olvidaré jamás.

¿Menudencias? Lo considerarán así los que no sepan qué significa querer. Hasta donde era posible, evitaba a sus hijos los disgustos. El 10 de marzo de 1955 llegó un telegrama con la noticia de la muerte de mi madre. El Padre lo leyó y, como era ya de noche, no quiso comunicarme la triste noticia, para que pudiese dormir tranquilo. Al día siguiente me enseñó el telegrama y me explicó: Llegó anoche; he querido que durmieses, y por tanto he esperado hasta ahora, pero las oraciones que ibas a hacer tú, las he hecho yo por ti, y además he hecho las mías por tu madre, y ahora vamos a celebrar los dos la Santa Misa por el alma de tu madre, que era tan buena.

En la vida de familia prestaba pequeños servicios con elegancia, añadiendo siempre alguna frase amable, para evitar que el interesado se sintiera incómodo. Recuerdo que me limpiaba las gafas a menudo, repitiendo con buen humor un dicho usual en España: están tan sucias que se podrían plantar cebolletas.

Pero no deseo alargar las citas indefinidamente. Considero un privilegio y una gran responsabilidad haber sido testigo, durante cuarenta años, de su empeño por alcanzar la santidad. Muchas veces he pedido al Señor que me conceda aunque sólo sea una milésima parte del amor que veía en su corazón. Se suele decir que ningún hombre es grande para su mayordomo; yo no he sido mayordomo del Padre, sino un hijo que, con la ayuda del Señor, ha tratado de serle siempre muy fiel; y debo decir que, desde 1936, cuando comencé a tratarlo con mayor intimidad, hasta aquel 26 de junio de 1975, en que el Señor lo llamó a Sí, mi admiración por su extraordinaria caridad hacia Dios y el prójimo, ha crecido de día en día. Delante del Padre, repito, me siento deudor, deudor insolvente.

Epílogo. 1975: “Como un niño que balbucea”

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Al llegar a la noche y hacer el examen, al echar las cuentas y sacar la suma, ¿sabéis cuál es?: Pauper servus et humilis!

De esta forma hablaba de sí mismo el Fundador del Opus Dei, y quienes lo escuchaban no podían menos de emocionarse al experimentar la verdadera y profunda humildad con que lo decía. Se sentía ante el Señor como un siervo pobre e inútil, que quería ser bueno y fiel. Cada noche, antes de retirarse al descanso, rezaba postrado sobre el pavimento el Salmo 50, con aquel verso que tantas veces repitió como jaculatoria: Cor eontritum et humiliatum, Deus, non despicies! (No desprecies, Señor, el corazón contrito y humillado).

El domingo 26 de mayo de 1974 celebró la Santa Misa en el oratorio de un Centro del Opus Dei en Sao Paulo. Después, tomó la palabra, expresando su acción de gracias en voz baja y pausada:

‑Es bueno que cada uno de nosotros invoque a su Ángel Custodio, para que sea testigo de este milagro continuo, de esta unión, de esta comunión, de esta identificación de un pobre pecador ‑eso es cada uno de vosotros, y sobre todo yo, que soy un miserable‑ con su Dios.

Sabiendo que es Él, le saludamos poniendo la frente en el suelo, con adoración. Serviam! Nosotros te queremos servir. Le pediremos perdón de nuestras miserias, de nuestros pecados, y nos dolerán los pecados de todo el mundo. Supra dorsum meum fabricaverunt peccatores: sentiremos sobre nuestro pecho ese fardo de iniquidad, de toda la miseria que hay en el mundo, especialmente en estos últimos años. Querremos no sólo pe­dirle perdón, sino remediar de alguna manera todo esto: :desagraviar!

Tendremos que confesar nuestra nada: Señor, ;no puedo!, :no valgo!, ;no sé!, ano tengo!, ¡no soy nada! Pero Tú lo eres todo. Yo soy tu hijo, y tu hermano. Y puedo tomar tus méritos infinitos, los merecimientos de tu Madre y los del Patriarca San José, mi Padre y Señor, las virtudes de los Santos, el oro de mis hijos, las pequeñas luces que brillan en la noche de mi vida por la misericordia infinita tuya y mi poca correspondencia. Todo esto te lo ofrezco, con mis miserias, con mi poquedad, para que, sobre esas miserias, te pongas Tú y estés más alto.

Acudo a San José. Hemos dicho que le trataríamos ‑se lo hemos prometido a la Virgen‑ cordialmente. Acudo a San José, que es mi Padre y Señor; con él, voy a su Esposa, la Virgen Madre, que es también Madre mía. Con María y con José me acerco hasta Jesús ‑lo tengo ahora en mi corazón‑ y le digo: creo, ;creo! Adauge nobis fidem, spem, caritatem!, auméntanos la fe, la esperanza y el amor. Porque hemos de vivir de Amor, y sólo Tú puedes darnos esas virtudes.

Entonces, sabiendo que nos escucha, que nos ama; sabiendo que somos Cristo ‑porque Él nos asume de alguna manera‑, nos da alegría alabarlo así: gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo. Desde esta tierra bendita, tan llena de cosas buenas, tan llena de almas que le aman y de almas que no le conocen, para quienes Cristo es todavía una figura desconocida o un mito. ;Dios mío!, ¿es posible? Han pasado veinte siglos, ¡veinte siglos!, y la Redención aún se está haciendo.

Unos días después, Mons. Escrivá de Balaguer conversaba con un grupo de socios de la Obra de Brasil, de edad ya madura.

Y les situaba, con fuerza, ante su responsabilidad como cofunda­dores del Opus Dei:

‑Cuando era joven, no me atrevía a decirlo; pero desde hace años, sí lo digo. Yo soy un pobre pecador que ama a Jesucristo, un pobre pecador. Pero, mirad: he conocido y tratado a un ejército de personas importantísimas… Pero Fundadores del Opus Dei, hay uno sólo: muy pecador, pero uno. ¿Padre vuestro? Sí. Siempre habrá uno que será mejor que yo: el que me suceda, y los que vengan detrás de él. Lo habéis de amar y de querer mucho más que a mí. Primero, porque ésa es la Voluntad de Dios; después, porque lo merecerá.

Pero el Señor os pedirá cuenta por haber estado cerca de mí. No porque yo sea bueno, sino porque Él ‑no encontró otra cosa peor‑ me buscó para que se vea que ha sido Él quien ha hecho

la labor. Vosotros y yo ‑os lo diré como suelo hablar, con comparaciones muy fáciles de entender‑ escribimos con una pluma. El Señor escribe con la pata de una mesa, y escribe

maravillosamente, para que se vea que es su mano, no la pata de la mesa. Y una vez que hago presente que soy un pobre palo –ut iumentum factus sum, apud te, como un borriquito delante de Dios, un borriquito que tira del carro‑, pues a pesar de todo, insisto: el Señor os pedirá cuenta, porque habéis estado cerca del Fundador. Por lo tanto, tenéis gracia fundacional y, mientras yo viva, sois cofundadores. Tenéis que poner el hombro de verdad, con alegría, con entusiasmo. Y sin entusiasmo, lo mismo.

Padre, ¿usted ha tenido mucho entusiasmo? En estos momen­tos parece que Dios me lo da: os miro… ;os quiero tanto, hijos míos! Sé que al Señor le agrada que os quiera, porque hay tanta pureza en este cariño. Pero la mayor parte de estos cuarenta y siete años he trabajado sin entusiasmo, porque había que hacerlo; porque Dios lo ha querido, y yo debía ser instrumento suyo: malo, pero instrumento. Tenía que dejar hacer a Dios y, por lo tanto, no podía abandonar la tarea; no podía echarme a un lado y decir: ;psss! Vosotros tampoco. Tenéis que ser constantes, tenéis que preocuparos y dar la vida por vuestros hermanos.

Ut iumentum… Le gustaban los borricos al Fundador del Opus Dei, porque así se sentía delante de Dios: como un borriquillo.

Un canónigo abulense, don Mariano Taberna, publicó en El Diario de Ávila su recuerdo de un lejano paseo con Mons. Escrivá de Balaguer: “Sacó un cuadernillo de apuntes y me enseñó el lema que tenía escrito: Ut iumentum factus sum apud Te, Domine… ¿No te parece, me decía, que es un buen lema para un fundador? Yo lo traduzco así: Señor, si alguna vez, como un jumento me empeño en meter la cabeza por donde Tú no quieres, palo seco, Señor, hasta que aprenda…”.

Había hecho lema de su vida ocultarse y desaparecer. Toda su confianza estaba en Dios. Ni para hacer el Opus Dei se consideraba imprescindible. Más de una vez, al menos desde 1936, a los socios de la Obra les preguntaba:

‑Si yo me muero, ¿continuarás con la Obra?

Algunos se acuerdan de que les hizo esa pregunta el 1 de octubre de 1940. Estaban unos cuantos, que habían venido a Madrid, desde diversas provincias, para pasar junto al Fundador la Fiesta de los Ángeles Custodios, en la que se cumplían los doce primeros años del Opus Dei. Todos quedaron impresionados, pero tuvieron la serenidad de decir que, en tal caso, seguirían adelante, fieles a la llamada que habían recibido.

¡Pues no faltaba más! ‑replicó con viveza‑ ¡Bonito negocio habríais hecho si, en vez de seguir al Señor, hubierais venido a seguir a este pobre hombre!

La humildad genuina, el abandono en manos de su Padre Dios, creció a lo largo de la vida del Fundador del Opus Dei. La madurez, la santidad, la bondad ‑como dice San Ambrosio­ está “en esforzarse por alcanzar la sencillez del niño”.

Como un niño que balbucea, que tiene que recomenzar, se veía Mons. Escrivá de Balaguer en sus últimos años. Fueron años de esperanza, de vivir con luces nuevas la realidad de la infinita misericordia divina. De sentir su propia condición de hijo pródigo, siempre volviendo hacia los brazos amorosos que le aguardaban en la casa paterna.

En su predicación ‑en sus homilías; en sus escritos; en sus conversaciones, a veces, ante miles de personas‑ aparecen atisbos de la inmensa riqueza de su vida interior, de la profunda unión con Dios, que daba unidad a toda su vida. Al acabar estas páginas, que apenas aciertan a esbozar unos pocos rasgos de esa vida, es de todo punto imposible dibujar lo que fueron ‑por dentro‑ su últimos años.

El 28 de marzo de 1975 cumplió sus bodas de oro con el sacerdocio. La víspera, día de Jueves Santo, hacía por la mañana su meditación en el oratorio del Consejo general de la Obra. Estaban con él los otros miembros del Consejo. Se había sentado al fondo. Apenas iniciado ese rato de meditación, comenzó a orar en voz alta. Fue una oración sencilla, improvisada. Sus frases aciertan a compendiar ‑en la presencia de Dios‑ la vida de Mons. Escrivá de Balaguer. Vale la pena leer algunas de sus frases, al término de estos rápidos apuntes:

Adauge nobis fidem! ¡Auméntanos la fe!, estaba diciendo yo al Señor. Quiere que le pida esto: que nos aumente la fe. Mañana no os diré nada; y ahora no sé lo que os voy a decir… Que me ayudéis a dar gracias a Nuestro Señor por ese cúmulo inmenso, enorme, de favores, de providencias, de cariño…, ¡de palos!, que también son cariño y providencia.

Señor, ¡auméntanos la fe! Como siempre, antes de ponernos a hablar con intimidad Contigo, hemos acudido a Nuestra Madre del Cielo, a San José, a los Ángeles Custodios.

A la vuelta de cincuenta años, estoy como un niño que balbucea: estoy comenzando, recomenzando, como en mi lucha interior de cada jornada. Y así, hasta el final de los días que me queden: siempre recomenzando. El Señor lo quiere así, para que no haya motivos de soberbia en ninguno de nosotros, ni de necia vanidad. Hemos de vivir pendientes de Él, de sus labios: con el oído atento, con la voluntad tensa, dispuesta a seguir las divinas inspiraciones.

Una mirada atrás… Un panorama inmenso: tantos dolores, tantas alegrías. Y ahora, todo alegrías, todo alegrías… Porque tenemos la experiencia de que el dolor es el martilleo del Artista,

que quiere hacer de cada uno, de esa masa informe que somos, un crucifijo, un Cristo, el alter Christus que hemos de ser.

Señor, gracias por todo. ;Muchas gracias! Te las he dado; habitualmente te las he dado. Antes de repetir ahora ese grito litúrgico ‑gratias tibi, Deus, gratias tibi!‑, te lo venía diciendo con el corazón. Y ahora son muchas bocas, muchos pechos, los que te repiten al unísono lo mismo: gratias tibi, Deus, gratias tibi!, pues no tenemos motivos más que para dar gracias.

No hemos de apurarnos por nada; no hemos de preocuparnos por nada; no hemos de perder la serenidad por ninguna cosa del mundo. (…) Señor: que les des serenidad a los hijos míos; que no la pierdan ni cuando tengan un error de categoría. Si se dan cuenta de que lo han cometido, eso ya es una gracia, una luz del Cielo.

Gratias tibi, Deus, gratias tibi! Un cántico de acción de gracias tiene que ser la vida de cada uno, porque ¿cómo se ha hecho el Opus Dei? Lo has hecho Tú, Señor, con cuatro chisga­rabís… Stulta mundi, infirma mundi, et ea quae non sunt. Toda la doctrina de San Pablo se ha cumplido: has buscado medios completamente ilógicos, nada aptos, y has extendido la labor por el mundo entero. Te dan gracias en toda Europa, y en puntos de Asia y África, y en toda América, y en Oceanía. En todos los sitios te dan gracias.

En ese Tabernáculo tan hermoso que prepararon con tanto cariño los hijos míos, y que pusimos aquí cuando no teníamos dinero ni para comer; en esta especie de alarde de lujo, que me parece una miseria y realmente lo es, para guardarte a Ti, ahí quise yo colocar dos o tres detalles. El más interesante es esa frase que hay sobre la puerta: consummati in unum! Porque es como si todos estuviéramos aquí, pegados a Ti, sin abandonarte ni de día ni de noche, en un cántico de acción de gracias y ‑¿por qué no?‑ de petición de perdón. Pienso que te enfadas porque digo esto. Tú nos has perdonado siempre; siempre estás dispues­to a perdonar los errores, las equivocaciones, el fruto de la sen­sualidad o de la soberbia.

Consummati in unum!Para reparar…, para agradar…, para dar gracias, que es una obligación capital. No es una obligación de este momento, de hoy, del tiempo que se cumple mañana, no. Es un deber constante, una manifestación de vida sobrenatural, un modo humano y divino a la vez de corresponder al Amor tuyo, que es divino y humano.

(…) Esta vida que, si es humana, para nosotros tiene que ser también divina, será divina si te tratamos mucho. Te trataríamos aunque tuviésemos que hacer muchas antesalas, aunque hubiera que pedir muchas audiencias. ;Pero no hay que pedir ninguna! Eres tan todopoderoso, también en tu misericordia, que, siendo el Señor de los señores y el Rey de los que dominan, te humillas hasta esperar como un pobrecito que se arrima al quicio de nuestra puerta. No aguardamos nosotros; nos esperas Tú constante­mente.

Nos esperas en el Cielo, en el Paraíso. Nos esperas en la Hostia Santa. Nos esperas en la oración. Eres tan bueno que, cuando estás ahí escondido por Amor, oculto en las especies sacramentales ‑yo así lo creo firmemente‑, al estar real, verdadera y sustancialmente, con tu Cuerpo y tu Sangre, con tu Alma y tu Divinidad, también está la Trinidad Beatísima: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Además, por la inhabitación del Paráclito, Dios se encuentra en el centro de nuestras almas, buscándonos. Se repite, de alguna manera, la escena de Belén, cada día. Es posible que ‑no con la boca, pero con los hechos­- hayamos dicho: non est locus in diversorio, no hay posada para Ti en mi corazón. ¡Ay, Señor, perdóname!

Adoro al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo, Dios único. Yo no comprendo esa maravilla de la Trinidad; pero Tú has puesto en mi alma ansias, hambres de creer. ¡Creo!: quiero creer como el que más. ¡Espero!: quiero esperar como el que más. ;Amo!: quiero amar como el que más.

Tú eres quien eres: la Suma bondad. Yo soy quien soy: el último trapo sucio de este mundo podrido. Y, sin embargo, me miras…, y me buscas…, y me amas. Señor: que mis hijos te miren, y te busquen, y te amen. Señor: que yo te busque, que te mire, que te ame.

Mirar es poner los ojos del alma en Ti, con ansias de comprenderte, en la medida en que ‑con tu gracia‑ puede la razón humana llegar a conocerte. Me conformo con esa peque­ñez. Cuando veo que entiendo tan poco de tus grandezas, de tu bondad, de tu sabiduría, de tu poder, de tu hermosura…, cuando veo que entiendo tan poco, no me entristezco: me alegro de que seas tan grande que no quepas en mi pobre corazón, e_ mi miserable cabeza. ;Dios mío! ;Dios mío!… Si no sé decirte otra cosa, ya basta: ;Dios mío! Toda esa grandeza, todo ese poder, toda esa hermosura…, ;mía! Y yo…, ;suyo!

Trato de llegar a la Trinidad del Cielo por esa otra trinidad de la tierra: Jesús, Maria y José. Están como más asequibles. Jesús, que es perfectus Deus y perfectus Homo. María, que es una mujer, la más pura criatura, la más grande: más que Ella, sólo Dios. Y José, que está inmediato a María: limpio, varonil, prudente, entero. ¡Oh, Dios mío! ;Qué modelos! Sólo con mirar, entran ganas de morirse de pena: porque, Señor, me he portado tan mal… No he sabido acomodarme a las circunstancias, divinizarme. Y Tú me dabas los medios: y me los das, y me los seguirás dando…, porque a lo divino hemos de vivir humana­mente en la tierra.

Sancta Maria, Spes nostra, Sedes sapientiae! Concédenos la sabiduría del Cielo, para que nos comportemos de modo agra­dable a los ojos de tu Hijo, y del Padre, y del Espíritu Santo, único Dios que vive y reina por los siglos sin fin.

San José, que no te puedo separar de Jesús y de María; San José, por el que he tenido siempre devoción, pero comprendo que debo amarte cada día más y proclamarlo a los cuatro vientos, porque éste es el modo de manifestar el amor entre los hombres, diciendo: ;te quiero! San José, Padre y Señor nuestro: ‑,en cuántos sitios te habrán repetido ya a estas horas, invocándote, esta misma frase, estas mismas palabras! San José, nuestro Padre y Señor, intercede por nosotros.

Hemos de estar ‑y tengo conciencia de habéroslo recordado muchas veces‑ en el Cielo y en la tierra, siempre. No entre el Cielo y la tierra, porque somos del mundo. ;En el mundo y en el Paraíso a la vez! Ésta sería como la fórmula para expresar cómo hemos de componer nuestra vida, mientras permanezcamos in hoc saeculo. En el Cielo y en la tierra, endiosados; pero sabiendo que somos del mundo y que somos tierra, con la fragilidad propia de lo que es tierra: un cacharro de barro que el Señor se ha dignado aprovechar para su servicio. Y cuando se ha roto, hemos acudido a las lañas, como el hijo pródigo: he pecado contra el cielo y contra Ti… Lo mismo cuando se trató de una cosa de categoría, que cuando era algo menudo. A veces nos ha dolido mucho, mucho, un fallo pequeño, un desamor, un no saber mirar al Amor de los amores, un no saber sonreír. Porque, cuando se ama, no hay cosas pequeñas: todo tiene mucha cate­goría, todo es grande, aun en una criatura miserable y pobre como yo, como tú, hijo mío.

Ha querido el Señor depositar en nosotros un tesoro riquísi­mo. ¿Que exagero? He dicho poco. He dicho poco ahora, porque antes he dicho más. He recordado que en nosotros habita Dios, Señor Nuestro, con toda su grandeza. En nuestros corazones hay habitualmente un Cielo. Y no voy a seguir.

Cratias tibi, Deus, gratias tibi: vera et una Trinitas, una et summa Deitas, sancta et una Unitas!

Que la Madre de Dios sea para nosotros Turris civitatis, la torre que vigila la ciudad: la ciudad que es cada uno, con tantas cosas que van y vienen dentro de nosotros, con tanto movimiento y a la vez con tanta quietud; con tanto desorden y con tanto orden; con tanto ruido y con tanto silencio; con tanta guerra y con tanta paz.

Sancta Maria, Turris civitatis: ora pro nobis!

Sancte Joseph, Pater et Domine: ora pro nobis!

Sancti Angel ¡Custodes: orate pro nobis!


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