Amor al mundo

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El 8 de diciembre de 1966, se coloca en la ermita de la Universidad de Navarra la Virgen de mármol estatuario que el Padre ha enviado desde Roma. Es aquella imagen que el Papa bendijo en el Centro ELIS y que hoy se queda, definitivamente, a compartir la vida de esta gran familia universitaria. La ermita se ha construido en el Campus, en lo alto, y sobre una encrucijada de caminos que hace inevitable su encuentro. Para subir hasta la ciudad, los alumnos de todas las Facultades, los profesores del Pabellón Central, los que acuden a los Colegios Mayores, pasan ante el gesto bellísimo, digno y acogedor, de la Madre de Dios, que es también la Madre universal de los hombres. Piedra de Navarra, cristal y verja forjada, encuadran el pequeño recinto desde el que espera, día y noche, el piropo, la petición, la confidencia; el amor, en suma, de sus hijos.

Hoy, bajo el frío pamplonés, vienen masivamente a recibirla. Flores de todos los colores se amontonan a sus pies. Y a los del Niño, que se apoya por igual en María y en los libros que le sirven de pedestal: el esfuerzo, el trabajo, la ciencia para abrir a la Verdad las inteligencias de los hombres.

El amor del Fundador a la Virgen María es un amor apasionado y dulce que es también una constante en la vida de la Obra por el ejemplo del Padre. Jamás este afecto íntimo, pero evidente, se ha teñido con el menor matiz de sensiblería o de beatería trasnochada. En Monseñor Escrivá de Balaguer la devoción cobra el recio y verdadero significado de la palabra. Por curtido en el dolor, en la contradicción, tiene en su alma las heridas de una existencia dura, sin concesiones. Pero conserva las dimensiones de la ternura, del detalle afectuoso y comprensivo. Sabe que, ante cualquier situación extrema, toda criatura desea el cuidado, el recuerdo insustituible de su madre. Y por eso, desvela la presencia de esta Madre de Cristo que Dios ha regalado para los momentos felices y duros de los hombres. El Fundador ha sembrado los Centros del Opus Dei y los corazones de sus hijos de esta presencia que se adentra, como un mensaje continuo, por los ojos del cuerpo y del alma.

«María (…), la Reina de nuestro corazón, cuida de nosotros como sólo Ella sabe hacerlo. Madre compasiva, trono de la gracia: te pedimos que sepamos componer en nuestra vida y en la vida de los que nos rodean, verso a verso, el poema sencillo de la caridad (…), como un río de paz. Porque Tú eres mar de inagotable misericordia: los ríos van todos al mar y la mar no se llena (Eccl I, 7)»(1).

El Padre, y la Obra con él, hará partícipe a la Señora de todas sus vicisitudes. Y su protección es evidente. Hoy, fiesta de la Inmaculada Concepción de 1966, rubrica su desvelo por la Universidad enviándoles la maravillosa escultura que tallara Sciancalepore en la Ciudad Eterna.

Unos meses más tarde, en octubre de 1967, y con ocasión de celebrarse la II Asamblea de Amigos de la Universidad de Navarra, hablará en el Campus, ante una multitud de más de veinte mil asistentes, de los temas que componen el núcleo del espíritu de la Obra. Y al citar el amor de María como algo substancial en la vida del Opus Dei, se refiere a la imagen que acaba de enviar: «Ya lo sabéis, profesores, alumnos, y todos los que dedicáis vuestro quehacer a la Universidad de Navarra: he encomendado vuestros amores a Santa María, Madre del Amor Hermoso. Y ahím tenéis la ermita que hemos construido con devoción, en el campus universitario, para que recoja vuestras oraciones y la oblación de ese estupendo y limpio amor, que Ella bendice»(2).

Desde hace muchos años el Padre, con ocasión de sus repetidos viajes a los países de Europa, se acerca a catedrales y ermitas, a santuarios famosos e imágenes desconocidas, para dejar en todas una palabra ardiente, un piropo amable.

En alguna ocasión le han interpelado:

-«Padre, ¿qué significa la Virgen para el Opus Dei?».

-«¿Qué significa la madre en un hogar? La suavidad, la delicadeza, el amor, la misericordia. ¿No es todo esto? Y cuando esa madre es la Madre de Dios, además de los dones naturales, debe tener todas las prerrogativas de esa maternidad divina»(3).

Cada vez que sus hijos parten hacia un nuevo país en cualquier rincón del mundo, el Fundador les entrega lo mejor, la más segura protección que conoce: una representación de la Madre de Dios. Su presencia es suficiente para allanar las dificultades más rotundas:

«Sed audaces. Contáis con la ayuda de María, Regina apostolorum. Y Nuestra Señora, sin dejar de comportarse como Madre, sabe colocar a sus hijos delante de sus precisas responsabilidades. María, a quienes se acercan a Ella y contemplan su vida, les hace siempre el inmenso favor de llevarlos a la Cruz, de ponerlos frente a frente al ejemplo del Hijo de Dios»(4).

Las siete mil islas

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En el Santuario de Torreciudad, escoltando la puerta de entrada, hay dos enormes conchas marinas que contienen el agua bendita. Sus quillas se apoyan sobre garfios de hierro y la aspereza de su exterior se neutraliza por un interior suave, con reflejos de nácar. Fueron enviadas por los miembros del Opus Dei de nacionalidad filipina y tienen, junto a su belleza dura, el mérito de haber sido extraídas de mares profundos, de aguas batidas por la tempestad. En lenguaje tagalo se le llama «taclobo» a este molusco gigantesco, que puede pesar más de doscientos cincuenta kilos, y que existe en el Océano Pacífico.

El mar no fue obstáculo, sino camino, para que la Obra llegara a Filipinas. Es en abril de 1964 cuando llegan los primeros del Opus Dei al archipiélago. Se trata de Bernie Villegas, de Manila, y de Jess Stanislao, de Cebú, que le sigue meses después. Los dos han conocido la Obra en Estados Unidos. Ambos se han doctorado en la Universidad de Harvard y regresan a su país una vez terminados sus estudios. Poco más tarde, se les une Father Sal, que llega desde Boston para acompañarles durante algún tiempo. Escriben frecuentemente al Padre y le cuentan la fecunda tarea que aguarda en una ciudad que, como Manila, bate el record de estudiantes: ciento cincuenta mil, de todos los países asiáticos y occidentales: japoneses, malayos, chinos, norteamericanos, españoles…

Por esta encrucijada han pasado multitud de culturas. En la bahía de Manila fondean barcos de todas las banderas del mundo, y una incansable multitud llena, diariamente, los edificios de las aduanas y los servicios de emigración y salida.

No es fácil contar las islas que integran Filipinas: el cálculo asciende a siete mil, pero, en cualquier momento, emerge una masa de coral que sobrepasa el mar. Su vida es efímera, porque desaparece después de haber oteado el horizonte y de haberse bañado en la espuma del Pacífico. Situadas entre el Ecuador y el Trópico, más del setenta por ciento del archipiélago se encuentra cubierto por una selva de maderas preciosas y bambúes.

En Filipinas se hablan setenta lenguas nativas. Todas pertenecen al grupo malayo-polinésico; desde 1946, el idioma oficial es el tagalo, aunque también se emplean el inglés y un poco el español. Haciendo honor a una fidelidad de siglos, las islas son el mayor bastión cristiano de Asia. El ochenta por ciento de la población es católica, y su gran mensajero evangélico, el agustino P. Andrés de Urdaneta, se remonta a 1565.

Todas estas circunstancias han moldeado el carácter filipino, haciendo de su prototipo un fenómeno único en Asia: el temple de su modo de vida es, al mismo tiempo, movimiento pausado del Este y rápida pulsación del Oeste. Paciente, flexible, tenaz; generoso en la amistad y abierto a todo conocimiento, como corresponde a un país sin fronteras, cuyo confín, casi eterno, lo forma siempre el mar.

En Filipinas se pueden hallar contrastes como las casas sobre troncos de árboles de los nómadas marinos y los ultramodernos edificios de cristal y acero a lo largo de la Avenida de Ayala en Makati; las terrazas de arroz, construidas con piedras hace veinte mil años, y la carretera de la Pan-Philippine, superior a los dos mil kilómetros de longitud, que comunica zonas extremas del país.

Esta es la tierra a la que acaba de llegar el Opus Dei. Se abrirá camino a través de la vocación de dos filipinos que, muy lejos de su patria, decidieron volver para ser la vanguardia de un espíritu evangélico que recaló por primera vez en sus islas en el siglo XVI. Father Sal escribe a Roma que algunos del primer grupo de amigos «nos han ayudado a pintar la casa y a trasladar los muebles. La casa es pequeña, pero queda simpática y acogedora. Mañana empieza un “tutorial” en Economía». A finales de octubre llegará a la Ciudad Eterna una gran noticia para el Fundador: en el día de Cristo Rey, ha pedido la admisión en el Opus Dei el Primero(31).

Pronto llegan otros miembros de la Obra. Se reúnen en el primer Centro unos días antes de la Navidad. Miles de faroles penden en las puertas y ventanas de Manila. Se oyen villancicos por la ciudad y, dentro de la casa, el Niño, moreno como la casta de los que rodean su nacimiento, preside el belén.

Un año más tarde se habrán multiplicado los miembros de la Obra en las islas. Muchas familias comparten el espíritu del Fundador, y escriben a Roma con un cariño y una confianza que sólo Dios puede poner en el corazón. Se está abriendo el horizonte para el Opus Dei en Filipinas: comienzan a ser un buen número los que contribuyen, desde su profesión y oficio, a que los caminos de la Obra se extiendan en todas direcciones. León, profesor universitario, prepara, con todo cuidado, la traducción de «Camino» al tagalo.

A esta primera casa se le pone el nombre de Mayniland. Muy pronto habrán de ampliar espacio para la gran tarea que se les avecina. Y se abre el Centro Cultural Banahaw. También se ponen los cimientos del Makiling Conference Center y del Center for Research and Communication, con una Escuela de post-graduados que será capaz de impartir -en el plazo de un año- el título de Master en Economía Industrial y en Educación Económica.

Las dificultades, lógicas, son lo habitual. Pero la fe, la solidez del trabajo y la fertilidad espiritual de este trozo del mundo responden al esfuerzo.

El Padre sigue de cerca el desarrollo de la labor en Filipinas y sueña con la expansión de la Obra en Asia. Se le amontonan al Fundador en el alma, nombres como Bangkok, Singapur, Taipeh, Jakarta o Hong-Kong. Ciudades y países de colores fuertes, llenos de vida, y que anhelan, sin saberlo, la luz de Cristo.

En 1967, en Los Rosales, el Padre comenta la alegría que le da ver que unos hijos suyos están yendo por Oriente y otros por Occidente. Y añade: «Así daremos un abrazo de amor al mundo»(32)..

Desde el 8 de octubre de 1965 están las mujeres de la Obra en Filipinas. Soledad Usechi, Mª Teresa Martinez Barón, Lali Sastre y Mercedes Garrigosa son la avanzada de este abrazo al mundo. Antes de iniciar el vuelo a las islas han recalado en Roma para recibir la bendición del Padre. Y, una vez más, se cumplirá lo que el Fundador ha dicho tantas veces: “Cuando mando a la gente lejos -he mandado a hijos míos a Asia, a varios sitios de Africa, a toda América, a toda Europa: muchas veces danzan también al otro lado del telón de acero-, ¿sabéis cómo los envío?. Como en el siglo XVIII: les doy una imagen de la Virgen, una Cruz sin crucifijo -para que se pongan ellos en la Cruz-, la bendición…y que trabajen”

Así será también en esta ocasión. El Padre les da una imagen de la Virgen, una cruz de palo y su bendición. Es el 7 de octubre de 1965. Con este tesoro partirán hacia Oriente. En el bolsillo, 130 dólares conseguidos en España, de un donativo. Esta sobreabundancia de fe y coraje sobrenatural será más que suficiente para superar la escasez demedios materiales. Aquí, como en tantos otros sitios, la desproporción entre las posibilidades humanas y los resultados obtenidos resultará tan evidente que sólo un milagro de la gracia podrá explicarlo.

Antes de salir de Roma, el Padre les va a repetir que Filipinas es un pais maravilloso y que pronto tendrán vocaciones firmes para el Opus Dei. Es como una premonición: en diciembre de este mismo año pedirá la admisión Rina Villegas; y en un breve plazo de tiempo, la seguirá un buen grupo de mujeres filipinas.

Años más tarde, el 20 de marzo de 1975, en Roma, dice a un grupo de hijas suyas:

«Si seguís correspondiendo (…), haréis una gran labor no sólo en Filipinas, sino desde Filipinas, porque tenéis este aspecto encantador que os facilita ir por todo oriente: tantos millones y millones de almas que no conocen todavía a Nuestro Señor (…), y son hijos de Dios como nosotros, y si conocieran a Dios serían cien veces mejores que nosotros»(33)

Siempre recordarán las pioneras de esta nueva tierra aquel 8 de octubre de 1965, cuando, después de varias horas de vuelo sobre el interminable mar, las islas aparecieron en el horizonte: llenas de vegetación y bordeadas por la espuma pacífica de las olas. Desde el principio cuentan con amigas que han conocido la Obra; la sonrisa, la plácida presencia de estas nativas en la vida familiar, es como un encuentro de amistad que estaba presentido desde siempre. El espíritu del Opus Dei acaba de irrumpir en la calma apasionada de esta nueva raza, que completa ya la única raza de los hijos de Dios en la tierra.

El quinto continente

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En realidad, la historia del Opus Dei en Australia comienza con un australiano, profesor de la Universidad de Nueva Gales del Sur, en Sydney, y que cuenta 37 años. Está casado y tiene una familia de siete hijos. 1960 es un año sabático y lo aprovecha desplazándose a Boston, en los Estados Unidos. Cuando conoce la existencia de una Residencia universitaria católica llega, con su maleta y su buena voluntad de estudioso, a Trimount House, dirigida por miembros del Opus Dei. A pesar de su calidad de profesor, comparte la vida de los estudiantes. Procura aprender todo cuanto los Estados Unidos pueden darle en este tiempo. Encuentra también algo inesperado: la voz de Dios, que le llama en su profesión, en su familia, en su ambiente habitual de trabajo. Y pide la admisión en la Obra.

Repetidamente, el Padre ha dejado muy clara la idea de que la vocación al Opus Dei es única. Santificarse en el mundo, en el trabajo ordinario, elevando a Dios las realidades temporales, es algo que no exige condicionamientos de estado. Algunos miembros ofrecen a Dios su vida entera y permanecen solteros, por razón de disponibilidad y entrega a los demás miembros de la Obra y a las tareas de apostolado. Pero hay un gran número de miembros -hombres y mujeres- que llevan adelante su vocación en medio de las obligaciones profesionales y familiares propias de su estado y condición. Estos miembros -Supernumerarios- han sido y serán columnas firmes del Opus Dei.

Con este apoyo humano, empieza el Opus Dei en Australia. En el verano de 1961, aquel profesor, Lanold Woodhead, vuelve a su patria.

Oceanía es el único continente en el que no hay aún Centros del Opus Dei. Y porque no existen distancias para los que desean abrazar el mundo en el amor de Dios, en 1963 salen, camino de las antípodas, cuatro miembros de la Obra. Han pasado unos días junto al Padre y ahora, con su bendición, su abrazo y un tríptico de la Virgen que reza: Sancta Maria, Stella Orientis, filios tuos adiuva!, navegan los mares de Asia. El 16 de noviembre llegarán a Sydney.

Está cerca la Navidad, y las cartas con Roma menudean. Cuentan al Padre las incidencias de esta nueva tierra. Cuando llega una carta con la letra inconfundible del Fundador, se reúnen para saborear las palabras: « ¡Que Jesús me guarde a esos hijos!… El mar, el inmenso mar que rodea Australia, se vuelve corto y fácil porque esta comunión de sentimientos y motivos les une por encima de las distancias. No resulta extraño leer, en un párrafo que llega de cualquier parte del mundo: «Nunca pensé que Australia estuviera tan cerca: leyendo tu carta, me parecía que estabas aquí, entre nosotros, terminando una tertulia… » (29). Estas primeras Navidades pasarán muy deprisa, junto al belén sencillo que ponen en el Centro de Sidney.

La ciudad tiene casi tres millones de habitantes. Es una población en la que los asiáticos, a pesar de las restricciones inmigratorias, forman una gran parte del censo estudiantil. Algunas personas están interesadas y dispuestas a financiar la construcción de un College en la Universidad de Nueva Gales del Sur, que ofrezca a los estudiantes un ambiente y formación cristianos. Han tomado contacto con el Opus Dei y desean confiarle esta actividad. En la Universidad de Nueva Gales del Sur, con un aforo de dieciséis mil alumnos de diversas Facultades, existen ya ocho Colleges. Algunos pertenecen al propio estamento de la Universidad. Hay uno judío y otro dirigido por profesores anglicanos. En 1971, se inaugura el último: Warrane College, dirigido por miembros de la Obra, con servicios para ochocientos estudiantes y residencia para doscientos. Warrane es el nombre que utilizaban los aborígenes para designar la zona de Sydney Cove, donde se estableció james Cook en 1770, durante sus expediciones colonizadoras. Desde la última planta de Warrane College se podrán distinguir los rascacielos y el famoso puente de Sydney, el aeropuerto Mascot, el Centenial Park y el Showground. Todo, unido a un espectáculo natural espléndido, evidencia la riqueza de una tierra inmensa.

Cuando Warrane College se inaugure oficialmente, estarán presentes el Gobernador de Nueva Gales del Sur, el Ministro de Obras Públicas, miembros del Parlamento, el Canciller, Vicecanciller y Claustro de la Universidad. Más de cuatrocientas personalidades civiles y académicas asistirán también al acto. En su discurso de apertura, el Presidente del Comité de Promoción destacará que el College se abre, desde el principio, a personas de todas las religiones, nacionalidades, razas y estratos sociales.

La mayoría de los estudiantes procederá de familias con escasos medios económicos y acudirán con becas del Gobierno. Muchos han de compartir el estudio con un empleo remunerado. La convivencia será muy internacional: de Afganistán a Ghana, de Malasia a Turquía, de Vietnam a México, llegarán a este Centro que ofrece mucho más que un sitio donde vivir. Es también un lugar donde se respetan creencias y convicciones; en el que existe colaboración para el estudio mediante sistema de dirección tutorial; y que se brinda a un trabajo compartido y sincero.

El espíritu del College responde al modo de ser del Opus Dei. Por eso, desde su creación, es fiel a un inconformismo que aprendió de su Fundador y practica en toda latitud: dar a todas las actividades humanas su más honda y trascendente dimensión; negarse a la degradación de ideales e instituciones, lo mismo en un ambiente propicio que hostil. Warrane College será una nueva demostración de este programa.

En noviembre de 1965 llega la primera expedición de mujeres de la Obra a Australia. Toman el avión en Roma. El día 6, y en un vuelo que hace la ruta de Oriente, aterrizan en Sydney. En el pequeño grupo llegan a este nuevo país tres Numerarias Auxiliares de la Obra. Dios quiso que nacieran en pueblos pequeñitos de Galicia y Aragón para llamar luego a la puerta grande de sus corazones. Estas mujeres, jovencísimas, que han entendido perfectamente el espíritu de la santificación del trabajo -en su caso, las tareas del hogar-, no dudan en cruzar el mundo para llegar hasta una tierra en la que raza, idioma, costumbres, son radicalmente distintos. Y ahora, sobrevuelan el Pacífico para seguir extendiendo allí ese mismo espíritu.

Allí, en la pista, les esperan Margareth Horsch y varias amigas suyas. Margareth ha conocido la Obra en los Estados Unidos, siendo profesora de un Colegio de Milwaukee. Pertenece ya a la Obra, y al saber que las primeras mujeres del Opus Dei tomaban el camino de Australia, solicita el regreso a su país de origen, busca un nuevo trabajo en Sydney y comienza los preparativos para recibirlas.

Por eso se adelanta, radiante, para dar un abrazo que tiene preparado desde hace varios meses. La primera casa que van a ocupar es un pequeño chalet rodeado de jardín. Más tarde, este Centro se llamará Eremeran. En lenguaje aborigen significa roca. En la mejor habitación -reservada para el oratorio- se encuentran instalados ya la tarima y el altar que ha de acoger la presencia de Jesucristo. Dos días más tarde, una iglesia cercana les presta un sagrario. Con el dinero sobrante del viaje, se comprará lo necesario para que el Señor se quede ya en el primer Centro que abre la Sección de mujeres en el quinto continente.

Una de las señoras que acudió al aeropuerto el día de la llegada, les envía a su hija mayor para que ayude en la instalación de la casa. Años más tarde, Rosemary Mullins será la primera mujer que solicitará la admisión en el Opus Dei en Australia.

Al empezar el nuevo año académico de 1966, habrán llegado otras mujeres de la Obra, procedentes de Perú, Chile y España. Algunas promueven la apertura de Creston, una Residencia Universitaria femenina. En esta casa pedirán la admisión al Opus Dei un buen grupo de australianas.

El Padre sigue, paso a paso, los caminos de sus hijos por este continente rodeado de mar y de esperanza. Cuando María Jesús Mancisidor, una Numeraria Auxiliar, se dispone a partir hacia Australia, el Padre le pregunta si se va contenta:

La respuesta es inmediata:

-«¡Padre: ¡Me voy contentísima! »(30).

Y Monseñor Escrivá de Balaguer lleva a su oración, a su conversación diaria con Dios, el agradecimiento de ver cómo sus hijos se van a las antípodas con esa alegría grande; con esa divina capacidad de realizar lo costoso con toda sencillez, sin darle mayor importancia.

Aquí, todo es «Opus Dei»

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El Centro ELIS (Educazione, Lavoro, Instruzione, Sport )es la iniciativa de mayor amplitud que los miembros del Opus Dei han realizado en Roma para contribuir a la promoción de la juventud obrera. Este lugar de formación profesional está enclavado en el barrio Tiburtino, y su puesta en marcha ha requerido la estrecha cooperación de miembros y amigos de la Obra: intelectuales, obreros y profesionales.

El proyecto ELIS nació en la mente y en el corazón del Papa Juan XXIII, que fue un Pontífice especialmente amado del pueblo. Llevaba siempre en su alma la defensa de los que tienen pocos bienes de fortuna, la promoción de una verdadera libertad para los hombres, la carga de los que no tienen trabajo, de los enfermos, los abandonados. Y como, a la vez, sentía confianza y cariño hacia el Fundador del Opus Dei, decidió encomendarle esta tarea de gran esfuerzo y envergadura social. Para ello contaba con unos terrenos en el barrio Tiburtino de Roma, uno de los más necesitados de atención y de estructuras asistenciales y educativas. Y disponía, también, de un dinero que el pueblo había ofrecido a Pío XII, en ocasión de su octogésimo aniversario, para la realización de alguna obra social.

Este fue el comienzo. Porque, al llegar Pablo VI al Pontificado, el proyecto no se interrumpió, sino que obtuvo todo el apoyo, todo el calor de su afecto. Le dijo a Monseñor Escrivá de Balaguer, por medio del Cardenal Dell’Acqua, que deseaba inaugurar personalmente el Centro ELIS, antes de que se concluyera el Concilio Vaticano II.

El Papa recuerda el barrio Tiburtino, que visitó en tiempos de Pío XII: todo eran desmontes, chabolas y muchas personas que, humanamente hablando, estaban al borde de la desesperación… Y el Santo Padre rememora la conversación que sostuvo con un grupo de muchachos, parados contra una tapia. No hacían nada, sólo intentaban divertirse en la calle, sin buscar ni encontrar trabajo porque nadie les había enseñado un oficio.

-«¿Qué sabéis hacer?».

-«Todo… es decir: nada»(26).

Se fue de allí el entonces Sustituto de la Secretaría de Estado del Vaticano, Monseñor Montini, con el alma oprimida. Y con el deseo de crear en el barrio un centro de formación profesional para que los obreros pudieran aprender, especializarse, y mejorar sus condiciones de vida.

Ahora, al llegar a la Sede de Pedro, se encuentra con el proyecto a punto de concluir, y su ánimo se alegra al poder presenciar, hecha realidad, aquella idea que nació en su corazón ante el abandono de este gran suburbio romano.

El Centro ELIS, contiguo a la parroquia de San Juan Bautista al Collatino, confiada también a sacerdotes de la Obra y atendida por don Mario Lantini, consta de una residencia para jóvenes trabajadores, un complejo de edificios escolares y una amplia zona deportiva. Hay escuela de Enseñanza Media diurna y nocturna;

Centro de formación profesional en electro-mecánica y diseño industrial; círculos recreativos y culturales; bibliotecas y salas de estudio. Por último, un grupo deportivo que se ocupa de la educación física de los alumnos. En un edificio totalmente independiente hay una Scuola Alberghiera (Escuela de Hostelería), donde se forman, en régimen de internado, más de sesenta alumnas. Además, lleva a cabo una labor de extensión de los conocimientos impartidos en estos cursos a un gran número de personas de todo el barrio.

El edificio central del ELIS recibió en 1964 el premio nacional de arquitectura social. Es un exponente del carácter que preside sus fines y actividades. En lugar de configurarse como la tradicional escuela de barrio, se han levantado unos locales aptos para una labor educativa de calidad.

En noviembre de 1965, todo está a punto para la recepción e inauguración de los edificios por parte de Su Santidad Pablo VI.

A las siete y media de la tarde del 21 de noviembre de 1965, el horizonte romano amenaza tormenta. Llueve intermitentemente, pero el viento empieza a despejar el cielo. De pronto, la luz de varios reflectores ilumina las fachadas y edificios del Centro ELIS. Dos largas filas de alumnos montan guardia a los lados del trayecto que une el ELIS con la Via Tiburtina. Sostienen antorchas encendidas, y su luz cubre el camino que Pablo VI va a recorrer dentro de unos instantes. El Centro ELIS tiene abiertas de par en par las puertas. Miles de vecinos de la zona se apiñan en la calle para ver llegar al Papa. Un inmenso gentío llena la explanada, frente a la iglesia. Dentro, ni bancos ni reclinatorios, que no servirían más que para ocupar espacio. El templo está presidido por un gran Crucifijo situado en el presbiterio; debajo una sencilla cátedra, con dosel, para el Romano Pontífice. Sillones destinados a las jerarquías eclesiásticas y civiles; y sitiales para el Fundador de la Obra y don Alvaro del Portillo. El altar, cara al pueblo, con un antiguo frontal. A la izquierda, la bellísima escultura de la Virgen que el Padre prometió a los alumnos de la Universidad de Navarra. Ella preside, con serena dignidad, la llegada del Papa. El pedestal está cubierto de flores.

Las notas del órgano indican que el Santo Padre llega al atrio de la iglesia. Allí le esperan el Padre, el Cardenal Vicario y el párroco. El coro llena el ambiente con las notas del Veni Creator. Pero un clamor unánime de los obreros, familiares del barrio, alumnos del Centro ELIS, representantes de la Universidad de Navarra, alumnas de la Scuola Alberghiera apagan los acordes en la unánime adhesión a la Cabeza visible de la Iglesia Católica. Es, además, demostración directa del amor y del espíritu del Opus Dei.

Una vez terminada la Misa, Pablo VI bendice la imagen de la Virgen destinada a Navarra. Quiere hacerlo solemnemente. Cuando la Señora emprenda su viaje, camino de España, será portadora del cariño del Romano Pontífice.

Habla luego Monseñor Escrivá de Balaguer ante el Papa:

«Al encontrarnos ahora en Vuestra Presencia acuden a la memoria tantos recuerdos de mi ya largo itinerario romano: en el centro de esos recuerdos, se destaca la Persona Augusta de Vuestra Santidad, que desde el ya lejano 1946 ha querido benévolamente dar fecundos consejos y generosos ánimos a mi humilde persona y a la Obra que empezaba entonces a dar sus primeros pasos en el suelo romano»(27).

El Papa contesta emocionado. Para dar las gracias a Monseñor Escrivá de Balaguer por esta labor del Centro ELIS que honrará a Roma. Y a todos los miembros del Opus Dei, a algunos de los cuales conoce desde hace ya muchos años. Y mientras habla, sonríe a don Álvaro del Portillo, que está sentado frente a él. Pablo VI recuerda aquel tiempo en que el Tiburtino era un barrio desalentado, cuando los jóvenes no encontraban trabajo ni comida. «Hemos llevado siempre en el corazón la imagen de aquella escena, con el dolor de no haber podido ofrecer el socorro que pedían. Pues bien: aquella amargura encuentra hoy aquí, finalmente, un consuelo. Esta obra parece la respuesta a aquella petición de unos muchachos acobardados y sin trabajo, para formar jóvenes alegres, trabajadores y confiados…».

Cuando el Fundador reclama su bendición apostólica para todos, el Papa le lleva junto a sí y comparte con él este gesto sacerdotal: las dos manos se elevan para ofrecer a Dios el esfuerzo, la alegría y la paz de esta tarde romana. Con razón, antes de marchar camino del Vaticano, Pablo VI podrá decir al Padre:

«Aquí, todo, todo es Opus Dei…».

En el corazón del Padre queda la alegría de haber proporcionado al Vicario de Cristo una pausa de cariño entrañable en medio de las graves preocupaciones que pesan sobre su alma.

«Con que Pablo VI hubiera pasado diez minutos felices, me hubiera quedado contento. Pero me quedé corto (…). Porque estaban previstas dos horas para la visita, y estuvo tres horas largas. No tenía prisa. Se marchó feliz, feliz» (28)

El Concilio Vaticano II

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

A pesar de las colosales dimensiones de la Basílica de San Pedro, el 11 de octubre de 1962, fiesta de la Maternidad de la Virgen, el templo está repleto. Los Padres Conciliares, además del cuerpo diplomático y representaciones oficiales de casi todos los países del mundo, asisten a la Misa de Pontifical que oficia el Cardenal Tisserant, Decano del Sacro Colegio, para invocar la ayuda del Espíritu Santo.

Tras dedicar varias sesiones a otros temas, el 30 de noviembre comenzará el estudio del esquema sobre la Iglesia, que será el documento más importante del Vaticano II. En él se enseñarán conceptos relativos al pueblo de Dios, al episcopado, a los religiosos, a los laicos, a la llamada universal a la santidad, a la índole escatológica de la Iglesia y a la Virgen María en el Misterio de Cristo y de la Iglesia. Todo ello se recogerá más tarde en la Constitución Dogmática Lumen Gentium.

Desde el momento en que se hizo la convocatoria oficial del Concilio Ecuménico por Juan XXIII, el Fundador del Opus Dei pide a sus hijos, repartidos por todo el mundo, que recen por el Papa y por la Asamblea Conciliar. Como siempre, va a poner la energía de su oración en servicio de la Iglesia entera.

Algunos miembros del Opus Dei y de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, que son obispos, participarán en las sesiones del Concilio. Además, don Álvaro del Portillo multiplicará su trabajo en el Vaticano. Ostenta el cargo de Secretario de una Comisión Conciliar e intervendrá en otras Comisiones para la redacción definitiva de los documentos. También será designado Consultor de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe. En este mismo tiempo, Juan XXIII constituye la Comisión Pontificia para la Revisión del Código de Derecho Canónico y le nombra, asimismo, Consultor.

Una tarde, mientras se desarrolla una de las sesiones del Concilio Vaticano II, don Álvaro se siente enfermo y con fiebre. Se le ve muy fatigado, pero el trabajo en la Comisión Conciliar de la que forma parte, exige que vuelva de nuevo a la mesa de trabajo, ya que se van a puntualizar acuerdos importantes.

El Padre le mira con ojos preocupados; dada la situación, no tiene más remedio que animarle a ir.

Don Álvaro, con una sonrisa de asentimiento, sale. Entonces el Padre, volviéndose a Francesco Angelicchio, testigo ocasional de la escena, le dice:

-«¿Crees que no tengo compasión de este hombre? Pero hay cosas que hay que hacer aunque nos acorten la vida… Temo por la salud de este hijo mío. Yo lo necesito, nos hace falta… la Obra lo necesita …»(11)

Don Álvaro, entregándose generosamente a su trabajo, cumplirá a la letra, a lo largo de todos los avatares del Vaticano II, esta idea tantas veces repetida por el Fundador de la Obra:

«Amad a la Iglesia, servidla con la alegría consciente de quien ha sabido decidirse a ese servicio por Amor» (12).

Este amor a la Iglesia que está tan dentro del espíritu del Opus Dei, le lleva a sentir todas las alegrías y penas, las preocupaciones y los gozos del Papa. Escribirá a sus hijos para que ofrezcan por esta intención muchas horas de su trabajo diario, donde quiera que se realice: en las Universidades, en las fábricas o en el campo, en establecimientos oficiales o en profesiones liberales: «haced todo esto en unión con Dios, por el feliz resultado de esta gran iniciativa que es el Concilio Ecuménico Vaticano II. Sé que ésta es la gran intención de nuestro Santo Padre, y deseo que también nosotros, desde nuestra parcela, podamos contribuir, mediante nuestra oración, la penitencia y el trabajo santificado y santificador; y os recuerdo, una vez más, aunque no sea necesario, que éstas son las grandes armas, los únicos medios de que dispone el Opus Dei»(13).

Este amor inmenso, que le hizo presentir con anticipación tiempos de confusión y sufrimiento para toda la Iglesia Católica, se extiende también a la jerarquía que acude a Roma durante los años conciliares. Un gran número de Obispos pasarán por la Sede Central del Opus Dei para conocer al Fundador. Entre ellos, el Arzobispo de Dublín; el de Filadelfia, hoy Cardenal Krol; el de Detroit; el de Madison, Monseñor O’Connor… Algunos, como Monseñor Wright, Obispo de Pittsburgo, visitarán además algunos Centros de la Obra en la Ciudad Eterna, como la Residencia Universitaria Internacional (RUI). Muchos, como uno de Nigeria, escribirán luego al Padre pidiéndole insistentemente que la Obra llegue a sus países lo más pronto posible.

La segunda etapa o sesión conciliar da comienzo el 29 de septiembre de 1963 y se prolonga hasta el 4 de diciembre del mismo año. El período de tiempo que media entre el final de la primera y el comienzo de la segunda sesión es importante, especialmente porque Juan XXIII, el Papa de la convocatoria, morirá el 3 de junio de 1963. Después de catorce días, se reúne el Cónclave para elegir al nuevo Papa. Toda la cristiandad está pendiente de este paréntesis que ha dejado la muerte del Papa Juan. El 21 de junio de 1963 a las 12.12, se abren, al fin, las grandes hojas del balcón central de la fachada de San Pedro. Aparece la Cruz alzada y, detrás, el Cardenal Ottaviani, Protodiácono. Se hace un silencio total en la Plaza de San Pedro. Millones de fieles están pendientes de la Televisión o de las emisoras de radio:

“Anuntio vobis gaudium magnum: habemus Papam, Eminentissimum ac Reverendissimum Dominum, Dominum Ioannem Baptistam Sanctae Romanae Ecclesiae Cardinalem Montini, qui sibi nomen imposuit Paulum Sextum”.

Rompen el aire los aplausos de la multitud y sale, por primera vez, revestido con los atributos del Pontificado, Pablo VI. La gente se arrodilla, mientras el Vicario de Cristo imparte su Bendición.

El Fundador de la Obra recuerda, con cariño personal, al nuevo Papa. Cuando el Padre llega a Roma, en 1946, Monseñor Montini ocupa el cargo de Sustituto de Asuntos Ordinarios de la Secretaría de Estado.

«La primera mano amiga que yo encontré aquí, en Roma, fue la de Monseñor Montini; la primera palabra de cariño para la Obra que se oyó en Roma, la dijo él»(15) .

Le envía inmediatamente un telegrama de felicitación y alegría: es el gozo de una familia que venera al Papa y que recuerda, además, el afecto de un amigo.

Un interrogante está planteado sobre la Asamblea Conciliar: ¿continuarán las sesiones después de la muerte de Juan XXIII? Al día siguiente de su elección, en su primer radiomensaje al mundo, Pablo VI desvanece todas las dudas: «La parte preeminente de nuestro Pontificado estará ocupada por la continuación del Concilio Ecuménico». El 14 de septiembre, con la Carta Horum tempora signa convocará a los Padres conciliares en Roma. En esta etapa, desde el 24 de septiembre hasta el 4 de diciembre, se promulgarán ya los dos primeros documentos: la Constitución sobre la Sagrada Liturgia y el Decreto sobre los medios de comunicación social.

El 24 de enero de 1964, el Santo Padre Pablo VI recibe, en audiencia privada, al Fundador del Opus Dei. Cuando llega ante el Papa, intenta arrodillarse para saludarle como prescribe el protocolo. Pero Su Santidad no se lo permite: antes, le rodea con sus brazos en un gesto de cariño y cordialidad.

Pablo VI, Vicario de Cristo, mira al espíritu del Opus Dei con el amor que le presta hoy su propia misión en el pueblo cristiano.

Durante la entrevista, el Padre manifiesta la fe firme de todos sus hijos, su inconmovible esperanza, su amor sin límites a la Iglesia de Jesucristo, la Iglesia Romana, Católica y Universal. Sus palabras conmueven visiblemente a Pablo VI, porque conoce la verdad y el sufrimiento que contienen las expresiones del Fundador.

Monseñor Escrivá de Balaguer sufre por esta familia inmensa que es la Iglesia: por tantos cristianos que olvidan hoy la dignidad a la que fueron llamados…

Casi al final de la entrevista, dice al Papa que, fuera, está don Álvaro del Portillo. Pablo VI manda enseguida que entre:

-Don Álvaro…: ¡Nos conocemos ya desde hace veinte años!…

-Santidad: sólo de dieciocho.

-Da a llora sono diventato vecchio (desde entonces me he vuelto viejo).

-Ma no, Santitá: é diventato Pietro (No, Santidad: se ha vuelto Pedro)(15).

El Papa quiere que lleven su Bendición para la Obra, para cada una de las personas, para cada uno de los trabajos, para todo cuanto van a emprender en el mundo.

El Fundador y don Álvaro vuelven a Villa Tevere. Y, días más tarde, aún llega la estela de este cariño del Santo Padre hacia el Opus Dei:

«Cumpliendo ahora el venerado encargo del Padre Santo, me es grato significarle que El, en hora densa de acontecimientos y de esperanzas para la Cristiandad, experimenta profundo consuelo al saber cómo tan crecido número de personas, diseminadas en los cinco continentes, practicando los altos ideales que el Opus Dei les propone, tan acomodados a las exigencias de los nuevos tiempos, tratan de servir a la Iglesia como ella desea ser servida; con su conducta personal y profesional vigorosamente cristiana que une la contemplación a la acción, con el sublime afán de plasmar y de difundir en los más variados ambientes de trabajo los postulados de la verdad y santidad Evangélicas»(16)

Esta carta se hace eco, también, de los sentimientos de devoción y filial obediencia a la Cátedra de Pedro que, como preciosa característica, distingue al Opus Dei.

Ocho meses más tarde, el 10 de octubre de 1964, el Fundador de la Obra es recibido de nuevo en audiencia privada por Pablo VI. Al final, también quiere que entre don Javier Echevarría, que es quien acompaña esta vez al Padre, para demostrarle su afecto, decirle palabras de buen humor y bendecirle. Una fotografía que se conserva en la Sede Central de Roma, mantiene vivo el recuerdo de esta larga conversación, de la que el Fundador sale muy conmovido por tantas cosas buenas como el Romano Pontífice ha dicho de la Obra. Además, Pablo VI le entrega un cáliz en cuya base campea el escudo pontificio y un «Chirógrafo» (carta manuscrita).

«Colocados por la voluntad de Dios al timón de la nave de Pedro, desde la que escrutamos con vigilante solicitud los signos anticipadores de los tiempos, el ansia de las almas que esperan la llegada de los operarios del Señor, las necesidades antiguas y siempre renovadas que entraña la difusión del Evangelio de Cristo, consideramos con paterna satisfacción cuanto el Opus Dei ha realizado y realiza por el Reino de Dios; el deseo de hacer el bien, que lo guía; el amor encendido a la Iglesia y a su Cabeza visible, que lo distingue; el celo ardiente por las almas, que lo empuja hacia los arduos y difíciles caminos del apostolado de presencia de testimonio en todos los sectores de la vida contemporánea»(17) .

Bodas de Plata

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Al entrar en Molinoviejo, a pocos metros de la casa y en el camino de la ermita, se puede ver una lápida que descansa sobre dos leones de granito. La inscripción tallada en la piedra conmemora las Bodas de Plata del Opus Dei.

«Aquí, en Molinoviejo y en esta ermita de Santa María Madre del Amor Hermoso, después de pasar con paz y alegría días de oración, de silencio y de trabajo el Fundador del Opus Dei con su Consejo General y representantes de las diversas regiones que vinieron de lejanas tierras de Europa, África y América para celebrar las Bodas de Plata de la Obra el día 2 de octubre de 1953 renovó la Consagración del Opus Dei al Corazón Dulcísimo de María que ya había sido hecha en la Santa Casa de Loreto el 15 de agosto de 1951 »(38).

Es un modo antiguo, milenario, de recordar hechos importantes. Dicen los textos sagrados que al entrar el pueblo hebreo en la tierra prometida, el Señor mandó a Josué que levantara un monumento de piedra junto a las riberas del Jordán: «Cuando un día os pregunten vuestros hijos: ¿Qué significan esas piedras?, instruid a vuestros hijos diciendo: “Israel pasó este Jordán a pie enjuto; porque Yavé, vuestro Dios, secó delante de vosotros las aguas del Jordán, como lo había hecho Yavé, vuestro Dios, con las aguas del mar Rojo, que secó delante de nosotros hasta que hubimos pasado, para que todos los pueblos de la tierra sepan que es poderosa la mano de Yavé y vosotros conservéis siempre el temor de Yavé, vuestro Dios”» (39).

En veinticinco años, la Obra de Dios se ha extendido por muchos países. Este 2 de octubre de 1953, tiene ya sabor universal, porque se levantan voces para dar gracias en diversas lenguas. Están aquí los de la primera hora. Y también muchos de los que han llegado después, atraídos por Dios al calor humano y sobrenatural de esta familia.

En el silencio del oratorio, mientras el aire vibra entre las agujas de los pinos, el Padre hace en voz alta su oración ante el Sagrario.

Don Amadeo de Fuenmayor conserva en la memoria palabras que ha meditado muchas veces a lo largo de su quehacer sacerdotal. El Fundador les habla de serenidad, porque las manos de Dios sostienen sus vidas. Les invita a pedir que se cumpla siempre, ardientemente deseada, la Voluntad de Dios. Porque Dios es Padre, lo sabe todo, lo puede todo, nos ama y lleva nuestra impotencia y nuestra duda a buen puerto. Es nuestra roca firme. Serenidad.

El eco repite también palabras de servicio, de amor a los demás, de humildad para aceptar las propias limitaciones. Ahora que están junto a él algunos de los que trabajan en un cargo de gobierno dentro del Opus Dei, les recuerda que tienen la obligación, ante Dios y ante todos, de ser humildes, de buscar la santidad.

Por lo demás, de acuerdo con el propio modo de ser de la Obra, el Padre no desea ninguna solemnidad para celebrar el veinticinco aniversario. Sabe que todos los días, aun en medio de dificultades, son fiesta en el corazón de sus hijos. Les pide, una vez más, la única condición de esta felicidad: ser fieles.

«Cumplid con mayor empeño en ese dos de octubre los deberes de vuestro trabajo, intensificad -sois almas contemplativas en medio del mundo- vuestra oración constante, sed -en esta tierra tan llena de rencores- sembradores de alegría y de paz: porque este heroísmo sin ruido de vuestra vida ordinaria será la manera más normal, según nuestro espíritu, de solemnizar las Bodas de Plata… »(40).

Muchas veces, al hablar del espíritu de la Obra, el Padre insiste en mantener un diálogo de amor con Dios a lo largo de los acontecimientos del día: ofreciendo el trabajo, hecho con la mayor perfección posible; las contrariedades de la jornada; el dolor, la alegría y la dificultad. Con la presencia de Dios en el alma y la convicción de la filiación divina, una persona puede estar dedicada en profundidad a cualquier trabajo -manual o intelectual-, con el espíritu de un «alma contemplativa, pero en medio del mundo».

El día 2 de octubre llegan a “Molinoviejo”, para estar unas horas junto al Padre, casi todos los que se han ordenado sacerdotes durante estos años. Se reúnen en un claro del pinar, al aire del otoño segoviano. El Padre se emociona cuando ve juntos, por primera vez, a sus sacerdotes, hijos de Dios en el Opus Dei.

La Secretaría de Estado de Su Santidad envía un telegrama firmado por el Monseñor Montini:

«Augusto Pontífice complacido escogidos frutos (…) Sociedad Sacerdotal Santa Cruz y Opus Dei invoca ocasión sus Bodas Plata Fundación, abundancia celestes dones mientras de todo corazón imparte vuestra Señoría y miembros de la Obra paternal bendición apostólica».

Porque el Papa sí que entiende la solemnidad oculta y silenciosa de esta fecha. Sí que aprecia la fidelidad y el servicio constantes del Fundador y de toda la Obra. Y quiere dejar constancia de ello en un documento que reviste la misma solidez conmemorativa que una lápida de piedra. Es una carta de la Dataría Apostólica que escribe el Cardenal Tedeschini, que fue Nuncio en España cuando nació la Obra:

«Y me place recordar (…) que brotó el Opus Dei en el silencio; se reveló sin ruido; se extendió sin fatiga (…), arrastrando cuantos había de generosos, de abnegados, de entusiastas.

Somos de ayer y lo hemos llenado todo; decían los primeros cristianos, y lo repiten hoy los hijos del P. Escrivá. Lo que para los extraños es asombro, para ellos es naturalidad; y para la Iglesia es orgullo y consuelo (…).

La Iglesia ha mirado complacida, pero también sorprendida, el avanzar y el estrecharse a su maternal regazo, de tantos y tan inesperados soldados, y ha creído en la caridad que los animaba y los ha reconocido por los frutos (…).

Con la Santa Iglesia y con el Augusto Pontífice, sólo Usted, querido Padre, tiene hoy el honroso derecho de elevar la mirada al Cielo, con la más fervorosa y más debida acción de gracias (…). He amado y amo lo que es digno de amor; protejo lo que veo conducir más almas a Dios; leo en los corazones, valientes y nobles, del Fundador, de esta magnífica juventud (…), el más puro amor a la Iglesia; y por lo tanto, doy todo lo que está en mi pecho para que esta armada, la verdaderamente invencible, sea mina inagotable de Apóstoles, seculares, como los primeros de Cristo, y Romanos, como los eternos del Papa» (41).

Hoy recuerda el Padre aquel día, en Madrid, cuando iba pensando que lo que había nacido el 2 de octubre de 1928, por inspiración de Dios, no debería tener nombre propio. Porque era tan íntimo, tan enraizado en el trabajo habitual, que no requería distinción nominal. Hasta que alguien le preguntó:

-«¿Cómo va esa Obra de Dios? “Fue una llamarada de claridad: puesto que debería llevar uno, ése era el nombre: Obra de Dios, Opus Dei, “Operatio Dei”, trabajo de Dios; trabajo profesional, ordinario, hecho por personas que se saben instrumentos de Dios; trabajo realizado sin abandonar los afanes del mundo, pero convertido en oración y en alabanza del Señor -Opus Dei- en todas las encrucijadas de los caminos de los hombres”»(42).

En 1953, veinticinco años más tarde, el Opus Dei ha dejado su nombre esculpido en la amistad y en la luz de muchas gentes; personas que han descubierto, en el andar de su camino cotidiano, la presencia de Dios sobre la tierra.

Vocación docente

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Los primeros miembros del Opus Dei recuerdan la pasión con que el Padre estudiaba la posibilidad de establecer centros docentes. Juan Jiménez Vargas oyó de sus labios una clarísima exposición acerca de estas iniciativas en el ámbito de la enseñanza.

Serían promovidas por algunos de los miembros de la Obra dedicados profesionalmente a la docencia, ya que otros muchos preferirían seguir trabajando en áreas del Estado o de entidades privadas. «Puedo asegurar -concluye- que, cuando me hablaron del planteamiento de la Universidad de Navarra, casi veinte años después, no me sorprendió nada, porque era idea conocida». El propio Fundador expone así el proyecto de la Universidad de Navarra: «Surgió en 1952 -después de rezar durante años: siento alegría al decirlo- con la ilusión de dar vida a una institución universitaria, en la que cuajaran los ideales culturales y apostólicos de un grupo de profesores que sentían con hondura el quehacer docente. Aspiraba entonces -y aspira ahora- a contribuir, codo con codo con las demás universidades, a solucionar un grave problema educativo: el de España y el de otros muchos países, que necesitan hombres bien preparados para construir una sociedad más justa» (19)

«Esta es una Universidad más de España. Yo amo a la Universidad: me honro de haber sido alumno de la Universidad española»(20).

Efectivamente, su licenciatura en Zaragoza, los estudios eclesiásticos en su Universidad Pontificia, los años de profesor en Zaragoza y Madrid así como los Doctorados civiles y teológicos, las investiduras Honoris Causa en Filosofía y Letras y los nombramientos de Gran Canciller de Navarra y Piura, avalan su total dedicación a la Universidad. Y, sobre todo, la entrega de su esfuerzo a la formación de una juventud que acude a las aulas de todo el mundo.

Monseñor Escrivá de Balaguer es, en el sentido más total de la palabra, un universitario. Un hombre universal que se enfrenta a empresas de envergadura con el espíritu de los magnánimos:

«Miremos con ánimo grande hacia el porvenir. Ayudar a forjarlo es labor de muchos, pero muy específicamente empeño vuestro, profesores universitarios. No hay Universidad propiamente en las Escuelas donde, a la transmisión de los sabores, no se una la formación enteriza de las personalidades jóvenes»(21).

El ideal cristiano no se aparta de los problemas que afectan a una sociedad y en un momento histórico, sino que contribuye a resolverlos, precisamente, desde el espíritu cristiano.

Este es el motivo por el que la Obra, corporativamente, se implica en diversas iniciativas. Pero con un criterio claro de que el Opus Dei aborda actividades que constituyan, de modo evidente, un apostolado cristiano.

En «Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer», el Padre concluía:

«Para llevar adelante estas labores se cuenta en primer lugar con el trabajo personal de los miembros, que en ocasiones se dedican plenamente a ellas. Y también con la ayuda generosa que prestan tantas personas, cristianas o no. Algunos se sienten movidos a colaborar por razones espirituales; otros, aunque no compartan los fines apostólicos, ven que se trata de iniciativas en beneficio de la sociedad, abiertas a todos, sin discriminación alguna de raza, religión o ideología» (22).

Emprende la tarea de promover la Universidad de Navarra, convencido de que el Señor quiere este servicio a la cultura cristiana; con la confianza de que vale la pena iniciarlo con decisión y generosidad, y que no pueden faltar los medios para llevarlo a cabo; y con un amor muy grande a las almas, capaz de superar las dificultades de todo género que habrán de presentarse.

Con este esquema para el futuro centro docente, llegan a Pamplona, en 1952, don Amadeo de Fuenmayor y don José María Albareda. Pamplona es una ciudad con dos mil años de historia, con gentes de ruda sinceridad y lealtad probada. Parece un símbolo que Navarra haya sido elegida por el Padre para levantar este empeño porque, ya en 1652, dice la ley 42 de la Corte:

«Y ansi el hacerse la Universidad de Navarra, y con toda presteza, no sólo es de gran servicio a Dios Nuestro Señor sino bien público y común de este Reyno».

Los dos profesores llegan en el mes de abril y se entrevistan con las autoridades civiles y eclesiásticas. Cuentan con las dificultades. Entre otras, tal vez la más importante: conseguir la aceptación de un proyecto docente que rompe con el sistema de monopolio estatal, vigente en materia universitaria desde hace más de cien años. Se remonta a medio siglo el tiempo desde el que no se ha creado una nueva Universidad en España, y no parece sentirse necesidad alguna de aumentar las existentes.

Por si esto fuera poco, no se cuenta con medios económicos para constituir un patrimonio ni para afrontar la financiación de los terrenos, edificios e instalaciones imprescindibles. Tampoco se ve la forma de atender el déficit de sostenimiento: la cuantía de los derechos de inscripción de los estudiantes es muy baja y es de prever un presupuesto fuertemente deficitario.

Pero la fe sobrenatural del Padre y el ímpetu del Amor de Dios que le mueve, en éste como en todos los apostolados que emprende, les contagia e impide cualquier vacilación ante un proyecto que a muchos puede parecer locura. A ninguno de sus hijos se le plantea duda alguna acerca de si va a salir o no adelante la Universidad de Navarra.

En el mes de abril de 1952, don Amadeo de Fuenmayor y don José María Albareda comunican a don Enrique Delgado, entonces Obispo de la ciudad navarra, el deseo de Monseñor Escrivá de Balaguer de promover en Pamplona un centro de enseñanza superior. En julio volverán, para presentarle al que va a ser Director del Centro: Ismael Sánchez Bella.

El primer mes que Ismael pasa en Pamplona lo dedica íntegramente a la búsqueda de un local apropiado para empezar las clases. La Diputación, que había prometido amplia ayuda económica unos meses antes, acuerda conceder 150.000 pesetas «por dos años y a prueba». Ante esta oferta, a Ismael no le parece prudente dar un paso más sin consultar al Padre la posibilidad de llevar el proyecto universitario a otra ciudad donde se pueda encontrar más ayuda. Pero el Padre le anima a seguir y observa:

«Nunca nos han regalado nada: hay que ganárselo»(23).

La Diputación accede a que la Facultad de Derecho, con la que va a dar comienzo la vida universitaria en la ciudad, pueda instalarse provisionalmente en la Cámara de Comptos Reales. Se trata de un edificio del siglo XVI, antigua Casa de la Moneda y Tribunal de Cuentas del Reino.

También los profesores, nueve en total, de los cuales cuatro son navarros, consiguen alquilar un piso en una calle céntrica y próxima a la futura sede universitaria. El 13 de septiembre de 1952 pasarán a ocuparlo. Es la víspera de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Apenas hay en todo el inmueble algo más que una silla para cada uno. Pero Ismael tiene la suerte de estar rodeado de un pequeño grupo de optimistas incontenibles.

Los días que preceden a la inauguración de la Escuela de Derecho son de gran actividad. Hasta altas horas de la noche se estará trabajando en la Cámara de Comptos. Amanece, por fin, la mañana del día 17 de octubre y, con ella, los imprevistos…, las togas a punto, el borrador de una conferencia, los últimos detalles de instalación…

A las diez y media, se celebra la Misa del Espíritu Santo en el altar de la Virgen del Camino, Patrona de Pamplona. Luego, el cortejo se traslada a la Cámara de Comptos Reales. Aquellas habitaciones, llenas de polvo y con aire de museo histórico, han recuperado su brillantez de otros tiempos: bancos tapizados de terciopelo rojo, mesas de estilo español. Y, al frente, un repostero bordado en colores brillantes: en pie, la figura del Arcángel San Miguel que sostiene en sus brazos el escudo de Navarra, cruzado por las cadenas del Rey don Sancho. Alrededor, unas palabras circunvalando el dibujo: Estudio General de Navarra.

En el Salón de Actos de la Diputación Foral se celebra, después, un Acto Académico. Preside el Rector Magnífico de la Universidad de Zaragoza, y asisten las autoridades provinciales y locales, muchos catedráticos, magistrados, abogados y público. Los profesores llevan la toga respectiva. Dos jefes de protocolo conducen la ceremonia. Hay presentaciones, discurso y lección magistral. A las dos de la tarde, todo ha concluido. Comienza su singladura, pequeño pero ávido de proezas, este barco que hoy ha soltado sus amarras. Sus profesores habrán de ganarse, en arduo esfuerzo, la confianza, el prestigio y el reconocimiento. Parece que hasta el bedel, único en estos primeros tiempos, está convencido de la trascendencia de este acto inaugural. Felipe es timbalero de la Diputación y barítono del Orfeón Pamplonica. Buena voz para llamar cada mañana, amistosamente, a los cuarenta y un alumnos que componen esta primera promoción. Para ser espectador de un crecimiento incesante al que abrirá las puertas en años venideros.

Desde el principio, el Estudio General es para todos los que quieran acudir, con lealtad y empeño, poniendo las fuerzas vivas con que cuenta a su disposición. En palabras de Monseñor Escrivá de Balaguer, estos estudios «están abiertos a todos los que merecen estudiar, sean cuales fuesen sus recursos económicos»(24). «La Universidad debe estar abierta a todos y, por otra parte, debe formar a sus estudiantes para que su futuro trabajo profesional esté al servicio de todos» (25) .

También pedirá el Fundador una apertura total al estudio de cuantos problemas plantee la sociedad, la historia, la situación temporal del entorno humano. Ahora bien, cuando el periodista Andrés Garrigó le pregunta, en 1967, acerca de la posibilidad de admitir en el recinto universitario el desarrollo de actividades políticas por parte de estudiantes y profesores, responde sin titubear:

«Me parece que sería preciso, en primer lugar, ponerse de acuerdo sobre lo que significa política. Si por política se entiende interesarse y trabajar en favor de la paz, de la justicia social, de la libertad de todos, en ese caso, todos en la Universidad, y la Universidad como corporación, tienen obligación de sentir esos ideales y de fomentar la preocupación por resolver los grandes problemas de la vida humana.

Si por política se entiende, en cambio, la solución concreta a un determinado problema, al lado de otras soluciones posibles y legítimas, en concurrencia con los que sostienen lo contrario, pienso que la Universidad no es la sede que haya de decidir sobre esto.

La Universidad es el lugar para prepararse a dar soluciones a esos problemas; es la casa común, lugar de estudio y de amistad; lugar donde deben convivir en paz personas de las diversas tendencias que, en cada momento, sean expresiones del legítimo pluralismo que en la sociedad existe»(26)

Pero esto no significa «neutralidad» ante los avatares históricos: «La Universidad sabe que la necesaria objetividad científica rechaza justamente toda neutralidad ideológica, toda ambigüedad, todo conformismo, toda cobardía: el amor a la verdad compromete la vida y el trabajo entero del científico, y sostiene su temple de honradez ante posibles situaciones incómodas, porque a esa rectitud comprometida no corresponde siempre una imagen favorable en la opinión pública»(27).

Similares acontecimientos marcarán el comienzo de la Facultad de Medicina en octubre de 1954. Juan Jiménez Vargas, que ha vivido tantas primeras horas junto al Padre, vendrá una vez más a impulsar este apostolado del Opus Dei. Es Catedrático de Fisiología de la Universidad de Barcelona y programará la docencia de asignaturas básicas para la carrera. En 1958 llegará el profesor Ortiz de Landázuri, como organizador de las enseñanzas clínicas en esta nueva Facultad instalada en un edificio del Hospital Civil de Pamplona.

Eduardo Ortiz de Landázuri conocerá al Fundador del Opus Dei después de haber pasado a formar parte del Cuerpo Académico de la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra. Y conservará siempre un recuerdo vivísimo de esta experiencia:

«Aquella conversación con el Padre duró unos minutos y fue tan entrañable, que rápidamente, después de besarme una y otra vez y de sentarme a su lado, me sentí como si hubiera estado en el Cielo. Con la mayor confianza le conté mi vida, la vida de Laurita -mi mujer-, y de mis siete hijos; mi amor a la Universidad, etc. El, con gesto cariñosísimo y buen humor, me interrumpió para preguntarme:

-Y tú, ¿a qué has venido a Pamplona? Muy ufano contesté:

-Para ayudar a levantar esta Universidad.

El Padre, con la rapidez que le caracterizaba, me dijo con energía y levantando la voz:

-Hijo mío, has venido a hacerte santo; si lo logras, habrás ganado todo.

Entonces, levantando incluso un poco más la voz y dirigiéndose a los presentes -que sólo entonces pude reconocer: don Álvaro del Portillo, don Javier Echevarría, don Florencio Sánchez Bella, don Amadeo de Fuenmayor y Antonio Fontán-, insistió y dijo:

-Esto lo digo para todos, cada uno donde esté; lo importante es el camino de la santidad personal. Y para mí mismo también»(28).

Esta vez, en el contexto de un diálogo personal, el Fundador vuelve a dejar claros los fines últimos de toda actividad: no se trata de instrumentalizar los hechos con fines ajenos a sí mismos sino de llevar las cosas a su más alta dimensión y significado. El Padre suele decir que hay que «elevar las cosas al orden de la gracia». Sin perder nada de su condición humana, cultural, social, estarán transfiguradas con el fin sobrenatural que les corresponde.

El comienzo de la Facultad de Medicina lleva consigo el establecimiento de la Clínica Universitaria; el mismo año 1954 empieza también la Escuela de Enfermeras. En 1955 se pone en marcha la Facultad de Filosofía y Letras; y en 1958 se promueve la creación del Instituto de Periodismo, que habrá de convertirse en Facultad de Ciencias de la Información. En el mismo año comienza en Barcelona el Instituto de Estudios Superiores de la Empresa. En 1959 inician sus actividades la Facultad de Ciencias y el Instituto de Derecho Canónico, que al año siguiente se convertirá en Facultad.

En el curso académico 1986-87, la Universidad contará con 1.148 profesores; 1.477 colaboradores no docentes; 13.123 alumnos en cursos regulares, y más de 8.652 participantes en programas de formación permanente.

El Fundador recibe el nombramiento de Gran Canciller de la Universidad. Es la máxima representación Académica. En 1954 se constituye la Asociación de Amigos de la Universidad, de la que forman parte todos los que, libremente, quieren aportar su dinero, su esfuerzo, su colaboración y su oración para sacar adelante esta empresa. De ella forman parte personas -españolas y extranjeras- de todos los estamentos sociales. Con su ayuda se amplía, cada vez más, la posibilidad de ofrecer becas a estudiantes de países que inician el camino de su desarrollo.

En 1967, el Gran Canciller se dirigirá a esta Asociación:

«Vosotros, Amigos de la Universidad de Navarra, sois parte de un pueblo que sabe que está comprometido en el progreso de la sociedad, a la que pertenece. Vuestro aliento. cordial, vuestra oración, vuestro sacrificio y vuestras aportaciones no discurren por los cauces de un confesionalismo católico: al prestar vuestra cooperación, sois claro testimonio de una recta conciencia ciudadana, preocupada del bien común temporal; atestiguáis que una Universidad puede nacer de las energías del pueblo, y ser sostenida por el pueblo»(29).

En mayo de 1974, durante su última estancia en Navarra con motivo de la investidura de Doctores honorís causa, mientras el Rector Magnífico, el Excelentísimo Doctor don Francisco Ponz, le acompaña y ayuda a revestirse con las vestes académicas, el Fundador le dice:

«Paco, tenemos que ponernos esto por algún motivo sobrenatural, porque si no, no tendría sentido »(30)

Y unas horas más tarde, en la última tertulia emocionada con los amigos y profesores de la Universidad, que le reciben con una ovación:

«Esos aplausos son para vosotros… Para vosotros que os lo merecéis, que hacéis posible, con vuestra oración y con vuestro sacrificio económico, toda la labor de la Universidad de Navarra: Dios os bendiga (…).

Estáis viviendo aquello que dice San Marcos: “Omnia possibilia sunt credentí”: para el que tiene fe, todas las cosas son posibles. Vosotros habéis hecho realidad la Universidad de Navarra. Y yo estoy lleno de agradecimiento, conmovido: ¡gracias!»(31)

Este ha sido el motor, la única fuerza que puso en marcha, una vez más, uno de los centros universitarios más prestigiosos de España.

Hogar universal

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Cuando se cruza la puerta de un Centro del Opus Dei, en cualquier lugar del mundo, se reconoce, inmediatamente, un inconfundible aire de familia: un ambiente grato, donde la unidad y el afecto son alfombra que suaviza la vida de todos.

Por eso, en una tertulia numerosa celebrada un domingo de junio de 1974, en Argentina, el Padre puede sostener este diálogo con uno de sus hijos. La voz le habla desde el patio de butacas de un salón de conferencias:

-«Mi madre está muy contenta con mi vocación, lo que pasa es que ella a veces se preocupa, y piensa qué va ser de mí cuando sea viejo… Dice que no voy a tener familia… Y como ella está acá, al lado mío, yo quiero que usted le explique (…) que tenemos familia».

Y el Padre responde:

-«Tú ya sabes que tu hijo tiene familia y tiene hogar; y que morirá rodeado de sus hermanos con un cariño inmenso. ¡Feliz de vivir y feliz de morir! ¡Sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte! ¡A ver quién dice por ahí esto! (…). ¡Es el mejor sitio para vivir y el med or sitio para morir: el Opus Dei! ¡Qué bien se está, hijos míos!(6) » .

Pero esta unidad y afecto de familia han tenido que ser defendidos muchas veces en la historia de la Obra. A causa de estas circunstancias adversas, en la vida del Opus Dei hay costumbres que han nacido «con naturalidad, como brota el agua del manantial». De cada situación surgieron las Consagraciones de la Obra, que -como decía el Prelado del Opus Dei, don Alvaro del Portillo-, «han sido como arrancadas por Dios Nuestro Señor, al atravesar (…) momentos muy duros de incomprensión, de calumnia, de soledad: de soledad humana, porque siempre hemos estado todos tan pegados a nuestro Padre y nuestro Padre tan pegado a Dios (…), que nunca nos hemos sentido solos»(7).

Se refiere a momentos en los que el Fundador del Opus Dei vuelve a poner en manos de la Providencia la totalidad de su tarea. Su vida y la de aquellos que le han seguido. Y con él, unánimes, todos los miembros de la Obra.

La primera Consagración tendrá lugar el 14 de mayo de 1951. El Fundador quiere poner, bajo la mirada protectora y amable de Jesús, María y José, a las familias de los miembros del Opus Dei, para que logren participar de la alegría y la paz de la Obra. Para que Dios les conceda un gran cariño por la vocación de sus hijos.

Es una etapa difícil, y la contradicción pesa. Las falsas interpretaciones han surgido ya en España; pero, en Roma, centro de la Iglesia, toman con facilidad el camino de la Curia y de la Santa Sede. Algunas familias de los primeros miembros italianos de la Obra se angustian ante las opiniones de personas a quienes conceden amplio crédito.

El Fundador, que tiene un afecto sincero por los padres de sus hijos, sufre por la duda y el temor que puede asaltar el ánimo de estos hogares. Y también por las dificultades injustas que algunos ponen a la fidelidad de las vocaciones italianas.

Por eso, este día de mayo, en un oratorio todavía en construcción dentro de Villa Tevere, superando la prisa de su fe al esfuerzo realizado por los encargados de las obras, hace el Padre la Consagración de todas las familias de los miembros de la Obra a la Sagrada Familia de Nazaret. Una pintura de escuela italiana del siglo XVII que representa a la Sagrada Familia será el futuro retablo.

Esta Consagración, que se renueva anualmente, ha quedado grabada en una lápida de mármol, con la fecha de su primer ofrecimiento. En ella quiere hacer partícipes a todas las familias del espíritu del Opus Dei, del calor de su propia vida, de la grandeza y la paz de esta llamada divina. Les desea la felicidad, en la tierra y en el Cielo, junto a aquellos, hijos que se han entregado generosamente para andar, en la Obra, los caminos de Dios.

Suele repetir el Fundador a los miembros de la Obra que deben el noventa por ciento de la vocación a sus padres. Tan alta responsabilidad les concede.

Y, años después, seguirá insistiendo ante un grupo de familiares:

«No habéis terminado vuestra misión; tenéis una gran labor que hacer con vuestros hijos, una labor maravillosa, paterna y materna: santificarlos con vuestra oración (…), con vuestra vida profesional; poniendo en cada momento la última piedra»(8).

En este día romano de 1951, el Fundador pone la serenidad de cada hogar en manos de María y José. Porque ellos velaron y supieron entregar, para que cumpliera su destino, al Hijo de Dios hecho Hombre entre los hombres.

Italia de norte a sur

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En Italia muchas personas se van acercando a la Obra y empiezan a surgir nuevos Centros en Roma, Palermo y Milán.

En noviembre de 1950 se abre otro Centro romano: en Via Orsini esquina a Pompeo Magno. El oratorio será bendecido el 9 de enero de 1952, cuando el Padre cumple cincuenta años de edad. Y en él celebrará don Álvaro, en 1954, su cuarenta aniversario.

En el Año Santo de 1950, Roma es una confluencia de peregrinos que invaden sus viejas y sólidas Basílicas. En Villa Tevere, las obras avanzan. Cada día sorprenden cosas nuevas: una escalera, un arco, una puerta… obreros que van y vienen incesantemente.

La Sección de mujeres participa de toda la actividad que se respira en la Villa. En cuanto se termina el edificio de la Administración, son las primeras que se trasladan desde el reducido espacio independiente que ocupaban en el Pensionato. Se instala, provisionalmente, un oratorio con los muebles que había en el de Cittá Leonina. Y cobra nuevo impulso la labor apostólica de mujeres italianas. Llegarán, de la mano de Dios, las primeras vocaciones: Gabriela Filippone, Carla Bernasconi, Gioconda Lantini. Se hacen también frecuentes viajes a Turín, Nápoles y Palermo. En esta última ciudad, entre el tipismo de sus mercados, los carros pintados de colores brillantes, los borricos enjaezados y las calles de puerto abigarradas de artesanos, quedarán sembradas las primeras esperanzas e ilusiones.

En la Sede Central no suele haber dinero ni para pagar gastos elementales. Pero la expansión continúa apoyada en el hecho, subrayado por el Padre, de que «la riqueza del Opus Dei es que sepamos vivir pobres… ». Esta escasez es compatible con un ambiente limpio, acogedor, de buen gusto. El Fundador quiere y pide este mismo clima para los Centros que comienzan; ayuda a instalar casas en muy diversos enclaves. Pero en todas pone la ilusión de la primera vez y cuida cada detalle, de lejos o de cerca, como si fuera la única que hubiese de montar.

«Quien no ame y viva la virtud de la pobreza no tiene el espíritu de Cristo. Y esto es válido para todos: tanto para el anacoreta que se retira al desierto, como para el cristiano corriente que vive en medio de la sociedad humana, usando de los recursos de este mundo o careciendo de muchos de ellos»(31).

En este espíritu de magnanimidad, trabajo y desasimiento le seguirán sus hijas e hijos por todos los caminos. A cada tarea sabrán darle su auténtica dimensión, ya que la categoría «está en la persona, no en el trabajo». A las que se ocupan de atender la Administración de los distintos Centros, les dice que él ha realizado, muchas veces, estos quehaceres: ordenar las habitaciones de los residentes, organizar las comidas, atender la limpieza. Y que lo hacía sabiendo que era algo tan importante como dar una clase en la Universidad o preparar un artículo para una revista…

Dejará, esculpido en piedra y en hierro, el grito de: «Vale la pena, vale la pena… » como resumen teológico. Se trata de dar a Dios la vida entera, sin espectáculo ni regateo, sin categorías que no arranquen de la única importante dimensión: el amor que engrandece cualquier índole de actividad humana.

Cuando parten los primeros miembros de la Obra hacia Palermo y Milán, dos ciudades que abarcan Italia de norte a sur, el Padre se dirige a ellos con cariño y exigencia:

«Tened una gran fe: sed niños con el Señor, pero hombres recios y fuertes con todos los demás. No vais allí a trabajar por vuestro gusto, sino por Dios. Sed fieles; rezad para que continúe este milagro de la vocación que es el milagro más grande. Vocaciones sólidas. Fidelidad: no traicionéis este camino luminoso (…). Dentro de una decena de años comenzaréis a daros cuenta de la maravillosa novela que estamos escribiendo y de las extraordinarias aventuras que vivimos»(32).

También Milán estrena Centro el 16 de diciembre de 1949. Este grupo de hombres jóvenes no acaba de creer que está -¡al fin!- en su casa. Porque la prehistoria de la Obra en la ciudad tiene acumulados muchos viajes y esfuerzos del Padre y de don Alvaro antes de conseguir el primer inmueble. En el mes de febrero de 1949, don Alvaro ha estado rezando en la iglesia de San Rafael, a dos pasos del Duomo.

En noviembre de este mismo año, han pasado por Milán camino de Centro Europa el Fundador y don Alvaro, y deciden una parada para estar con un puñado de hijos suyos, jóvenes, que esperan impacientes una casa donde reunirse desde hace más de un año. El Fundador les cita en una habitación de la Pensión Cordusio, situada en un lugar muy céntrico, en la zona comercial de la ciudad. Allí les ha recordado el motivo que ha de empujar su actividad: la santidad personal.

El primer piso que ocupan en Milán, en la Vía B. Bixio, es de dimensiones minúsculas. Faltan enseres elementales, pero los chicos, que han esperado muchos meses para conseguir una casa, hacen gestiones para lograr, poco a poco, lo necesario a su hogar. Y aunque el futuro comedor está vacío, los pocos dulces comprados para festejar la llegada de la Navidad hacen buen efecto sobre las maletas colocadas, provisionalmente, en medio de la habitación.

En un cuaderno en el que se escribe el diario de la casa, permanecen las líneas que pusiera Monseñor Escrivá de Balaguer al enviarles a abrir nuevas rutas por Italia:

Consummati in unum!… semper in laetitia et paupertate. ¡Unidos! en pobreza y alegría`. En un ejemplar de «Camino» consta la siguiente dedicatoria:

«A esos hijos míos, que empiezan la labor junto a la Madonnina, con mi bendición y un abrazo. -Roma, Inmaculada Concepción 1949»(34)

En efecto, desde la más alta aguja del Duomo, la Madonnina sonríe.

Más allá del canal: Inglaterra

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Cuando comienza la expansión del Opus Dei por Europa, el Padre pone los ojos del alma en las islas Británicas. Todavía cunde el ambiente de post-guerra. Alemania está en plena ocupación y sin moneda; el Oriente europeo, dominado por Rusia. Bélgica y Holanda se recuperan penosamente de la invasión nazi. Pero hay tres países que gozan de una situación más estable: Francia, Inglaterra e Irlanda.

Hay, sin embargo, grandes dificultades para trasladarse de un país a otro: se requieren múltiples visados y permisos. La única forma fácilmente viable es conseguir becas de estudio. Y así se inician los primeros viajes.

Para ir a Inglaterra, en el invierno de 1946, el Padre piensa en Juan Antonio Galárraga (25). Acaba de terminar la carrera de Farmacia y ha leído la Tesis con Premio Extraordinario. Con estas credenciales, no le ha sido diúcil obtener una beca del Ministerio de Asuntos Exteriores que garantiza su estancia en Inglaterra durante seis meses prorrogables.

Londres se cubre ya con una niebla espesa cuando, el 28 de diciembre, toma tierra con otros dos miembros de la Obra en el aeropuerto. Desde su llegada tienen la oportunidad de compartir los estragos, todavía perdurables, de la guerra. Calles enteras convertidas en escombros, alimentos racionados y menú único.

Juan Antonio Galarraga estudia en la School of Hygiene and Tropical Medicine, situada en Gower Street. Los medios económicos de que disponen son exiguos. Se alojan en una pensión e inician los contactos personales con los compañeros de trabajo.

Casi inmediatamente después de llegar a Londres, visitan al Cardenal Griffin para hablarle de la Obra y de los proyectos que el Padre ha trazado para que comience un Centro del Opus Dei en las Islas Británicas. Les recibe y atiende con gran cariño.

No será una tarea fácil la de estos comienzos. Más tarde, el Fundador recordará lo duros que fueron estos primeros tiempos para sus hijos de Londres. Tendrán que trabajar en todo para no desperdiciar un sólo chelín, que no tienen.

El Padre les escribe, desde Roma, en marzo de 1947: acaba de hacerse pública la Constitución Provida Mater Ecclesiae y les avisa para que hagan lo posible por escuchar la emisión en Radio Vaticano. Como no tienen radio ni lugar donde poder oír la noticia, acuden a la BBC. Y pondrán a su disposición una línea telefónica para que puedan escuchar, en directo, la lectura que emite Radio Vaticano.

Llevan ya más de seis meses en la capital inglesa y empieza a ser necesaria una casa que sustituya al régimen de pensión. Es preciso un lugar donde recibir a sus amigos. Y se inicia la búsqueda sistemática. En junio encuentran una junto a Knightbridge, al sur de Hyde Park, en Rutland Court.

A pesar de su flema británica, el portero del inmueble se queda de una pieza cuando ve llegar a los nuevos inquilinos sin mobiliario alguno: solamente dos pequeñas maletas. Más tarde se podrán alquilar unas camas y varias sillas. Y, poco a poco, la casa irá adquiriendo el aspecto grato de un rincón inglés.

Por Rutland Court pasarán los primeros que van a pedir su admisión en el Opus Dei. Y, por ser Londres un lugar de encrucijada, se convertirá también en paso obligado para otros miembros de la Obra que hacen escala allí por motivos profesionales.

El 19 de marzo de 1950, Michael Richards pedirá al Padre su admisión en la Obra: es el primer británico del Opus Dei.

Monseñor Escrivá de Balaguer llama en julio de 1951 a Juan Antonio Galarraga para que acuda a la Ciudad Eterna. Mientras pasean los cimientos de Villa Tevere, el Padre lanza la idea de montar una Residencia de estudiantes en Londres. Le anima a buscar casa. Y le anuncia la llegada de la Sección de mujeres, que se hará cargo de la Administración del nuevo Centro. Hasta este momento no hay en las Islas Británicas ningún sacerdote de la Obra, pero, pasado el verano de 1951, irá don José López Navarro(26).

Y, a pesar de las deudas que pesan de modo agobiante sobre las obras de la Sede Central, el Fundador quiere conocer palmo a palmo la situación económica en que se encuentran para ayudarles en lo que haga falta.

Así, en abril de 1952 comenzará a funcionar la nueva Residencia, que será conocida con el nombre de Netherhall House. Inicialmente ocupa el número 18 de una calle, en el barrio de Hamstead. Una casita pequeña, construida en una zona independiente del j ardín, servirá de acomodo a las mujeres de la Obra que van a hacerse cargo de la Administración. The Cottage es el nombre de este mínimo chalet. En 1953, Netherhall ampliará sus locales adquiriendo el número 16 de la misma calle. Años más tarde se levantarán nuevos edificios y, en 1966, una vez acondicionados, la Reina Madre de Inglaterra inaugurará las nuevas instalaciones. Se han ganado la confianza y el justo aprecio de las autoridades académicas de Londres. No sorprende que el profesor Logan, Rector Magnífico de la Universidad, les pueda decir: «Estoy profundamente impresionado por los resultados obtenidos hasta ahora por “Netherhall” y por la viva atmósfera universitaria que habéis sabido crear»(27).

Conviven, en la misma casa, estudiantes ingleses, africanos y asiáticos. Y, además, acoge a centenares de muchachos que utilizan las instalaciones y participan en los cursos que se celebran continuamente.

Netherhall es una gota de agua en el mundo londinense. Pero quienes pasan por allí se sentirán en su casa. Y no quieren perder el contacto con sus amigos de Inglaterra. Desde Birmania, Singapur, India, Kenia, Sierra Leona, Noruega, Polonia, Ghana, Japón… llegarán cartas de profesionales que recuerdan viejos tiempos y se sienten parte de esta gran familia.

El Patronato de la Residencia estará presidido por Bernard Audeley, no católico. Incluye, además, a personas de muy variadas tendencias, algunas antagónicas. Es muy significativa la anécdota de los cuatro miembros del Patronato que están reunidos, un buen día, en una de las salas privadas del Parlamento de Westminster. En pleno estudio de proyectos para recabar fondos y ayudar a Netherhall, suenan los timbres reclamando la presencia de los parlamentarios para una votación. Entre los reunidos hay dos del partido Laborista y dos Conservadores. En el Parlamento ocupan escaños opuestos, pero no es obstáculo para que estén de acuerdo en promover Netherhall House.

Desde el primer momento, el Padre tiene también una gran ilusión por la futura labor en Oxford. Su Universidad, del siglo XII, es de las más antiguas del mundo, después de las de Bolonia y París. Aunque todavía no ha visitado Inglaterra, el Fundador tiene ya, en el corazón, la imagen del gran claustro del “Christ Church College”, construido por Wolsey en 1525.

Quiere saber de sus hijos con frecuencia. Les pide que escriban a Roma a menudo contando los pequeños grandes detalles de su vida. Les sigue con su oración, con su sacrificio constante, con el cariño y la solicitud de quien ha puesto en sus manos un encargo de Dios muy serio.

El Fundador llega a Inglaterra, por primera vez, en 1958. Se alojará en un chalet de Courtenay Avenue, muy cercano a Netherhall House, y que pertenece a una familia hebrea. Es el 4 de agosto, y a la mañana siguiente, martes, celebra su primera Misa en el Reino Unido.

A media mañana se acerca a la Residencia y se reúne con sus hijos, que le enseñan, entusiasmados por su presencia, toda la casa. Como siempre, les abre horizontes inmensos y vuelve a ocuparse, insistentemente, de la futura labor en Oxford y en Cambridge. En el dorso de una fotógrafa colocada sobre la mesa de Dirección, escribe: “«Sancta Maria, Sedes Sapientiae, filios tuos adiuva”; Oxford, Cambridge, 5-VIII-58». Esta misma mañana pasa un largo rato con las mujeres de la Obra en una nueva Residencia que han iniciado en 1956, Rosecroft House. Y, además, se comienzan las gestiones para conseguir un inmueble en la zona universitaria de Oxford. Juan Antonio Galarraga se entrevista con Bishop Graven, y le habla de los proyectos de Monseñor Escrivá para montar un College y dedicar el esfuerzo de la Obra a una tarea universitaria. Inmediatamente le pone en comunicación con Monseñor Gordon Wheeler, Administrador de la Catedral de Westminster. Wheeler es converso anglicano y ha estudiado en Oxford. Conoce muy bien la Universidad. Además, sabe que hay una casa, en buenas condiciones, que está a la venta. Se trata de Grandpont House.

En los días siguientes, el Padre y don Alvaro, guiados por un buen conocedor de Londres, recorren los lugares más representativos. Admira la solidez y seriedad del mundo anglosajón. Y aquí, junto a los grandes edificios de bancos, empresas, comercios, hoteles, la prisa y la indiferencia, se siente incapaz, sin fuerzas para caldear el ambiente y se dice a sí mismo: «Josemaría, aquí no puedes hacer nada».

Después, comentaría:

«Estaba en lo justo: yo solo no lograría ningún resultado; sin Dios, no alcanzaría a levantar ni una paja del suelo. Toda la pobre ineficacia mía estaba tan patente, que casi me puse triste; y eso es malo (…). ¡Es mala cosa la tristeza!

De pronto, en medio de una calle por la que iban y venían gentes de todas las partes del mundo, dentro de mí, en el fondo de mi corazón, sentí la eficacia del brazo de Dios: tú no puedes nada, pero Yo lo puedo todo; tú eres la ineptitud, pero Yo soy la Omnipotencia. Yo estaré contigo, y ¡habrá eficacia!, ¡llevaremos las almas a la felicidad, a la unidad (…)! ¡También aquí sembraremos paz y alegría abundantes!»(28).

La reacción del Fundador es inmediata y piensa que hay que trabajar en Inglaterra y desde Inglaterra… porque es una encrucijada del mundo (29).

El 8 de agosto visita Oxford. Acompañan al Padre, don Alvaro y don Javier Echevarría. Llueve intensamente, pero, desafiando el agua, recorre la vieja Ciudad Universitaria. Y como un «ritornello» va repitiendo:

-«Hay que meter a Dios en estos sitios»(30).

Tres días más tarde se acerca a Cambridge y admira el King College y el Trinity College. Con su gran capacidad de observación anota en su memoria detalles arquitectónicos, las vestes académicas, la disposición de las Bibliotecas…

Sobre el césped que alfombra las estructuras góticas de los Colleges, donde tantas veces los desfiles académicos enmarcan la ciencia, el prestigio, el esfuerzo, el Padre les habla de esta ingente tarea de poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas.

Cuando le explican la resistencia de la gente a hablar de su mundo personal, el Padre repite:

«¿Y será licito meterse de ese modo en la vida de los demás? Es necesario. Cristo se ha metido en nuestra vida sin pedirnos permiso. Así actuó también con los primeros discípulos: pasando por la ribera del mar de Galilea vio a Simón y a su hermano Andrés, echando las redes en el mar, pues eran pescadores. Y les dio Jesús: seguidme, y haré que vengáis a ser pescadores de hombres… (Mc 1, 16-17) (…). Tenemos el derecho y el deber de hablar de Dios, de este gran tema humano, porque el deseo de Dios es lo más profundo que brota en el corazón del hombre» (31).

El sábado 17 de agosto entra en la Abadía de Westminster, de confesionalidad anglicana, y reza el Angelus y el Rosario en un ángulo de la gran nave, junto a una imagen de la Virgen. Tiene nostalgia de este enorme trozo de la Iglesia de Jesucristo que ha roto sus amarras a Roma, que ha olvidado la protección de la Madre de Dios sobre su singladura. Desde Londres, escribe a Michael Richards, inglés, que ya se encuentra en Roma:

«Esta Inglaterra, bandido, é una grande bella cosa! Si nos ayudáis, especialmente tú, vamos a trabajar firme en esta encrucijada del mundo: rezad y ofreced, con alegría, pequeñas mortificaciones »(32).

Dos días antes, ha renovado la Consagración de la Obra al Corazón de María ante la imagen inglesa de Nuestra Señora de Willesden. Al concluir su peregrinación pasará por la Catedral católica de Westminster, encomendando a la Señora la posibilidad de lograr un templo en el que se facilite la atención espiritual a los católicos que busquen la dirección y ayuda de la Obra en Inglaterra.

El 26 de agosto se acercan a la iglesia de San Dunstan, en la ciudad de Canterbury, donde está enterrada la cabeza de Santo Tomás Moro. Reza con intensidad ante la lápida y siente la ilusión de conseguir una reliquia del santo y político inglés. No es empresa fácil. La iglesia pertenece a las autoridades anglicanas, y hace años que los objetos de Tomás Moro están sellados y recogidos.

En un oratorio de la Sede Central, en Roma, hay arquetas que custodian las reliquias de los Santos Intercesores de la Obra. Pero aún está vacía la reservada al Santo Canciller. Por eso, lanza un reto a sus hijos:

«Si no conseguís la reliquia de Santo Tomás Moro, tendré que poner en su interior una nota que diga: esta arqueta está vacía, porque mis hijos de Inglaterra no han sido capaces de lograr una reliquia de Santo Tomás Moro»(33).

El Padre, en efecto, ha colocado reliquias de San Pío X, San Juan María Vianney, San Nicolás de Bari y Santa Catalina de Siena en el oratorio de la Santísima Trinidad, en la Sede Central del Opus Dei en Roma. Son santos de la Iglesia Católica a los que ha encomendado diversos aspectos y trabajos del Opus Dei.

Santo Tomás Moro es el intercesor que ha elegido como mediador de las relaciones entre la Obra y las autoridades civiles de cada país. De ahí su interés en conseguir una reliquia del Santo Gran Canciller de Enrique VIII.

Un año después, la Abadesa de una comunidad religiosa donde se venera una urna de cristal que guarda la camisa-cilicio del Santo, ofrece al Opus Dei un trozo que tiene por concesión de las jerarquías religiosas, que afirmaron su autenticidad al sellar la urna. En Roma, ya no hay una arqueta vacía.

En 1959 se podrá disponer de Grandpont House. A los dos miembros de la Obra que van a desplazarse a vivir a esta casa de Oxford, les asegura que todos sus afanes van a estar bajo la protección de la Virgen: Ipsa duce. Dejará la frase impresa en el futuro escudo de Grandpont. Una imagen de la Señora con el lema escrito: Ella guía.

Siempre estarán acompañados por la oración de toda la Obra. Una oración que sobrevuela la aguja gótica de Salisbury: la Catedral más alta del Reino Unido.


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