La “Glorieta Josemaría Escrivá”

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El alcalde de Burgos, Juan Carlos Aparicio, inauguró una glorieta en esa ciudad que lleva el nombre de “Josemaría Escrivá”. Asistieron el vicario del Opus Dei en España, Ramón Herrando y el vicario para Castillla y León, Ángel Lasheras.

Estuvo presente el Arzobispo de Burgos, Mons. Gil Hellín. El acto, al que asistieron centenares de personas, se desarrolló en un clima festivo.

Para reflejar la universalidad de la Obra, plantaron arbustos dos mujeres peruanas, Paulina Gómez y Carla Carrasco; una brasileña; un estudiante alemán; un investigador filipino; la búlgara Nevena Petrova; un profesional palestino, una familia congoleña y otra burgalesa.

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Posteriormente el Arzobispo y los vicarios de la Obra oficiaron una Misa de acción de gracias en la iglesia de San Cosme y San Damián, uno de los templos en los que el Fundador del Opus Dei solía celebrar misa con frecuencia.

La idea de dar el nombre del Fundador del Opus Dei a una calle en esa ciudad surgió en el año 2002, centenario del nacimiento de San Josemaría. En el año 2005, Carolina de Miguel propuso al Alcalde esta iniciativa en representación de diversas entidades y personas de Burgos, entre las que se encontraban: Fundación Cauce, Cartuja de Miraflores, Comunidad de religiosos Carmelitas, Asociación de antiguos alumnos en Burgos de la Universidad de Navarra, Asociación Arlanza, Centro cultural Tordomar, varios monasterios burgaleses de religiosas de Clausura, el Arzobispo Mons. Gil Hellín, Rafael Frubëck de Burgos, el superior de la comunidad de los Maristas de Burgos, etc. El Ayuntamiento decidió en el año 2006 dar ese nombre a una glorieta situada en un barrio residencial en fase de crecimiento.

San Josemaría permaneció en Burgos desde enero de 1938 hasta marzo de 1939. Se cumplen ahora 70 años del comienzo de su estancia en esta ciudad castellana. Desde Burgos se desplazaba a otras localidades españolas para seguir en contacto con los miembros de la Obra y otros jóvenes que se dirigían espiritualmente con él y que se encontraban diseminados por la península, la mayor parte de ellos en los frentes de guerra. También eran muchos los que acudían a Burgos para estar con el joven sacerdote que tanto había influido en sus vidas y al que guardaban un particular cariño.

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Los biógrafos del Fundador suelen referirse a esta etapa como “la época de Burgos”. Ciertamente fueron años de intensa oración y penitencia en los que el Fundador fue perfilando la inminente expansión de la Obra por todo el mundo, una vez que concluyera la contienda. En esa ciudad terminó de escribir “Camino”, la más conocida de sus obras. También en Burgos trabajó su tesis doctoral en derecho sobre la abadesa de las Huelgas.

Los actos conmemorativos de este aniversario comenzaron el 17 de enero con una conferencia de la burgalesa Ana Sastre, médica nutricionista y escritora. Ha sido la primera mujer que ha escrito una biografía sobre el Fundador de la Obra.

Tras la conferencia, se proyectaron varios vídeos con los testimonios de algunos burgaleses que trabajan profesionalmente en distintos países y colaboran en iniciativas apostólicas promovidas por miembros del Opus Dei como José María Martínez, profesor universitario en Texas; Pablo Gil, sacerdote que atiende labores apostólicas de la Obra en Letonia; la emocionante intervención de Teresa Peña, sobre el crecimiento de la Iglesia en Estonia; Germán Gil, profesor y músico, en Austria; Mila Herráez, desde Colombia, país por el que pidió oraciones, o la directora de Lexington College, Marta Elvira.

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Además asistieron al acto de inauguración de la glorieta:

Jaime Mateu, Delegado en Burgos de la Junta de Castilla y León, y Alfredo Velasco, Presidente de la Fundación Campolara.

Personas que participaron en la plantación de arbustos:

África: Cissé Mbongo y Annia Habimana, de la república democrática del Congo y dos kenianos. Plantaron un Junípero junto a Margarita Valenzuela y Josebe Soga, de Harambee.

América: Arturo León, de la Fundación Schola, Yabi Domínguez (Perú), Carla Carrasco (Perú), Rodrigo Soto (México) y  también otras personas de Colombia y Brasil. Plantaron una Mahonia.

Asia y Oceanía: representaron a estos dos continentes Keitzuke, de Japón; y Angelo Porciúncula, de Filipinas. Plantaron un Pitósporo, arbusto procedente de China junto a Cristina García Gallardo, de la Asociación Arlanza y un representante de Cooperación Social en Burgos.

Europa: Donat Schipp, de Alemania; y Nevena Petrova, de Bulgaria. Plantaron una Piracanta junto a Carlos Ortega, del Banco de Alimentos de Burgos, y Maribel González, de Cauce.

Burgos: el Alcalde y un matrimonio burgalés plantaron un Cotoneaster.

En busca de la libertad

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El 18 de julio de 1936, Pedro Casciaro está de vacaciones en Alicante. Vive con sus abuelos, que tienen nacionalidad británica, circunstancia que les pone a cubierto de toda persecución. El resto de la familia está adscrita, ideológicamente, al Gobierno de la República. Su seguridad, por tanto, está protegida, pues allí no ha triunfado el alzamiento. Después de ser movilizado por el ejército de Levante se le destina a Valencia, y en la ciudad va a encontrarse, una vez más, con Paco Botella. Este se ha trasladado con su familia desde Alcoy a Valencia, y vive en un piso de la Avenida del Marqués del Turia.

También José María Hernández de Garnica, que ha estado a punto de ser fusilado en Madrid, es conducido a la cárcel de Valencia y, por fin, puesto en libertad.

Hasta aquí les llegan cartas y postales escritas frecuentemente por el Padre. Vienen firmadas con el nombre de Mariano, que consta en la fe de Bautismo de Barbastro, y que adopta ahora para no comprometerles si la censura llega a sospechar su procedencia. Otras veces es Isidoro Zorzano quien transmite las ideas del Padre traducidas a un lenguaje, en clave familiar, con el que se han llegado a entender perfectamente.

A pesar del riesgo que supone y de la zozobra constante que rodea la vida del Fundador en estos meses, no ha dejado de esforzarse para seguir ayudando y dirigiendo a sus hijos, que se encuentran esparcidos por el peligro de frentes, cárceles, embajadas y ciudades.

A primeros de octubre de 1937, llega a Valencia la gran noticia: un grupo de personas conocidas, entre las que se encuentra el Padre, llegará a la ciudad en breve plazo. No se precisa fecha. Pedro y Paco no aciertan a explicarse cómo han podido obtener los pasaportes o salvoconductos necesarios para salir de Madrid y viajar a otra provincia. Es un trámite difícil y arriesgado.

Una de las muchas tardes de este otoño, Pedro, concluido su servicio en la Dirección General de los Servicios de la Remonta, llega hasta la casa de la familia Botella. Abre la puerta la madre de Paco y le dice que unos señores de Madrid le están esperando en la salita. Al entrar en la habitación, iluminada a contraluz por el atardecer, distingue a un hombre delgado, vestido de gris oscuro y que, apenas le ve, se acerca con los brazos abiertos:

«Perico, ¡qué alegría de volver a verte!»(1).

Es la voz del Padre. Al sentir su abrazo, Pedro no puede contener la emoción y ha de pasar un buen rato hasta que logra tranquilizarse. Aprecia los cambios que se han operado desde que le vio por última vez, en Madrid. Parece tener más edad; está enormemente delgado; su mirada sigue siendo penetrante y afectuosa tras unas gafas de montura gruesa. No han cambiado su palabra y su acento.

El Padre explica que han tomado la resolución, después de haber rezado mucho, de cruzar la frontera catalana a través del Pirineo. Lo que no les dice, en ese momento, es cuánto le ha costado tomar esta decisión, y cuántos argumentos han tenido que emplear los que le acompañan para hacerle huir del peligro de Madrid. Mientras quede uno solo de sus hijos expuesto a la persecución, se niega a abandonar la ciudad ante la remota, casi imposible, oportunidad de ayudarle. Tienen que emplear toda clase de dialéctica para que abandone una situación cada vez más comprometida. Sólo la necesidad de seguir realizando el Opus Dei, la convicción de que es preciso hablar libremente de aquello que Dios ha puesto en su alma, le harán plegarse a las razones de quienes le rodean. También deja en la capital de España a su madre y a sus hermanos.

Se han trasladado en coche hasta Valencia. El viaje ha sido largo, con repetidas paradas en controles de milicianos y constantes situaciones de riesgo. Cae el sol, cuando llegan a la ciudad del Turia. Acompañan al Padre José María Albareda, Tomás Alvira y Manolo Sáinz de los Terreros. Es el 8 de octubre de 1937. Les ha precedido Juan Jiménez Vargas, que ha demostrado a lo largo de todo este tiempo una infatigable capacidad de resolver dificultades y hallar recursos que protejan la vida del Fundador.

Unos días antes, paseando por la Avenida del Marqués del Turia, Juan transmite a Pedro y a Paco las ideas que ha oído al Fundador a lo largo de estos meses: todo cuanto sucede es trascendental para la Obra; resulta necesario armarse de madurez humana y de gran valor sobrenatural. El llamamiento de Dios es lo primero, y exige superar todo temor, todo pretexto de juventud; es preciso tener la convicción de que el Opus Dei ha de salir adelante; para esto, hay que ceder planes y compromisos por muy acuciantes que parezcan.

Apenas un mes antes, José María Albareda, el que habría de ser durante largos años uno de los motores de la investigación científica en España, ha pedido su admisión en el Opus Dei. En el estallido de la guerra, ha pagado ya su trágico denario de sangre en las personas de su padre y un hermano fusilados en Caspe. Es la familia de Albareda la que ha encontrado los enlaces precisos, en Cataluña, para intentar el paso del Pirineo y la entrada en zona nacional.

Al día siguiente, el grupo que ha llegado de Madrid se reúne con Pedro y Paco en la mayor discreción posible; caminan hasta una modesta fonda, en la parte vieja de la ciudad. Pedro conoce bien el lugar y sabe que no suele presentar ningún peligro. Y, sin embargo, hay un momento difícil: cuando están comenzando el almuerzo, entra un grupo armado pidiendo documentación. Pedro, al darse cuenta, palidece. El Padre le dice en voz baja, al notar su preocupación:

«Quédate tranquilo; encomiéndalo a los Custodios»(2).

Al llegar a la mesa que ocupan, los milicianos sólo piden la documentación a Pedro Casciaro, que está rigurosamente en regla.

Ese mismo día, por la tarde, acuden a la estación para tomar el tren camino de Barcelona. Los andenes, bajo la estructura de hierro, acogen una multitud abigarrada: soldados, milicianos, gentes con indumentarias indescriptibles, actitudes vociferantes o gestos furtivos de recelo. Maletas de madera, cestos, fusiles, humo y suciedad en vagones repletos. Pedro y Paco, que han venido a despedirles, observan al Padre, en medio de aquella confusión. Querrían acompañarle. Sin embargo, antes de que el tren emprenda la marcha, es don Josemaría quien les infunde ánimo, enviándoles una sonrisa optimista desde la ventanilla. Al arrancar el convoy introduce su mano dentro de la chaqueta y hace allí la señal de la Cruz, bendiciéndoles.

La pitillera de plata, que continúa oculta en el bolsillo interior, lleva Formas Consagradas. Durante este tiempo, muy cerca del corazón del Padre, es el único sagrario de la Obra.

El viaje es lento, con paradas imprevistas e interminables. Todavía no ha roto el alba, cuando el Fundador decide consumir la Eucaristía, por reverencia. La mayor parte de los viajeros duermen en los asientos, en el suelo de los pasillos, apoyados en las paredes; pero algunos grupos hablan y blasfeman a grandes voces.

Nunca olvidará el Padre esta noche. Ni otras muchas que ha pasado en oración pidiendo y reparando por una multitud de almas enajenadas para las que Dios se ha ocultado, igual que la luz, en la tarde de este día.

Al llegar a Barcelona, se distribuyen por diversas casas. Y rápidamente se inician las gestiones para conectar con los guías que han de pasarles a través del Pirineo. Sin embargo, todo es lento y peligroso. Los periódicos publican el asesinato de un grupo numeroso de refugiados que intentaban huir y han sido descubiertos por la vigilancia armada cerca de la frontera. Esto supone un retraso, porque es necesario esperar a que la situación adquiera nueva calma.

Cuando apenas hace una semana que han llegado a Barcelona, Pedro Casciaro recibe un telegrama en su pensión de Valencia: dice que le esperan en la Ciudad Condal.

Ni por un momento duda en afrontar las consecuencias y los peligros de este viaje. Está militarizado; no es posible obtener un permiso de desplazamiento; tiene que desertar de su puesto. Tampoco pone en la balanza de intereses la opinión que su familia -que continúa viviendo en Albacete- pueda formar acerca de esta determinación.

Al día siguiente toma el tren. Cuando llega a la estación terminal de Barcelona, le esperan el Padre y Juan. Como es muy temprano, en la casa donde se alojan tienen todo preparado para celebrar el Santo Sacrificio de la Misa. Pedro se conmueve, después de tantos meses, viendo la piedad, la serenidad del Padre que recita las oraciones litúrgicas. No hay ornamentos. Todo es improvisado. Todo menos el amor de la Consagración, del retorno de Cristo vivo hasta los hombres. Hay un momento en que la memoria y el cariño le transportan al primer y querido oratorio de la Residencia de Ferraz.

En Barcelona se entera de que el Padre sufre constantes vacilaciones en su idea de cruzar el Pirineo. No quiere dejar atrás a los que, de algún modo, quedan expuestos al peligro, y al mismo tiempo ve la necesidad de extender la Obra. Le ha llamado para que conozca los trámites que han puesto en marcha para salir de España. El Fundador quiere que, en una próxima expedición, otro grupo pueda seguir sus pasos. Pero aunque la angustia de dejar atrás algunos hijos suyos hace presa en su ánimo repetidas veces, no se trasluce en su gesto ni en su porte. Está alegre con todos. Sigue sembrando buen humor.

Durante un día entero, Pedro disfruta de la compañía del Padre en Barcelona. Pero ha de tomar el tren de regreso a Valencia. En el andén, el Fundador y Juan Jiménez Vargas le despiden. Cuando llega a su acuartelamiento en la ciudad del Turia, el coronel que manda el regimiento ha sido informado de la desaparición del soldado Casciaro. Causa verdadero estupor verle aparecer, un día más tarde, alegando un viaje indispensable para el que no tuvo posibilidad de solicitar permiso.

Gracias a que su conducta siempre fue correcta, y a la suerte, Pedro sale bien parado de esta huida. Sólo van a castigarle con quince días de arresto.

Apenas olvidado el percance, llega JuanJiménez Vargas desde Barcelona. El Padre no desea irse de España si no les acompañan Pedro y Paco. Juan ha emprendido el arriesgado viaje para volver con ellos. También se va a incorporar al grupo Miguel Fisac. Una semana después, llegan por la ruta Valencia-Barcelona. Según consta en sus documentaciones, falsas, se trata de soldados de Servicios Auxiliares que gozan de permiso por asuntos de familia.

En efecto: el Padre y varios hermanos les esperan en Barcelona para resolver importantes asuntos de familia. Es, y esto ya no puede constar en ningún salvoconducto, una familia de vínculo sobrenatural que ha de luchar pacíficamente para seguir haciendo, sin bandos ni prejuicios, con la libertad de los hijos de Dios, el Opus Dei sobre la tierra entera.

Cristo en la cumbre

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Agosto de 1931. El verano dispersa a las gentes fuera de la capital, y las calles se despejan con el calor que inunda esta mañana de domingo. Don Josemaría acude a celebrar la Santa Misa en el recogimiento de una iglesia madrileña y, de camino, reza por el proyecto que ocupa todos los instantes de su mente.

«¿Tú quieres, Señor, que haga toda esta maravilla?» (8).

El mismo dejará constancia, en unas notas, de la profundidad sobrenatural de su oración de ese día:

«7 de agosto de 1931: hoy celebra esta diócesis la fiesta de la Transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo. -Al encomendar mis intenciones en la Santa Misa, me di cuenta del cambio interior que ha hecho Dios en mí, durante estos años de residencia en la ex-Corte… y eso, a pesar de mí mismo: sin mi cooperación, puedo decir. Creo que renové el propósito de dirigir mi vida entera al cumplimiento de la Voluntad divina: la Obra de Dios. (Propósito que, en este instante, renuevo también con toda mi alma). Llegó la hora de la Consagración: en el momento de alzar la Sagrada Hostia, sin perder el debido recogimiento, sin distraerme -acababa de hacer in mente la ofrenda al Amor misericordioso-, vino a mi pensamiento, con fuerza y claridad extraordinarias, aquello de la Escritura: “et ego si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum”(lo 12, 32). Ordinariamente, ante lo sobrenatural, tengo miedo. Después viene el “ne timeas”!, soy Yo. Y comprendí que serán los hombres y mujeres de Dios, quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana… Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas»(9).

Un altar del Santuario de Torreciudad quiere recordar aquel momento de comunicación divina, que sobrecogió y emocionó el alma de un sacerdote dándole, también, una gran paz. En la capilla del Santísimo, enmarcado por mármoles de estilo neoclásico, hay una imagen de Cristo crucificado, obra del escultor Sciancalepore, que siguió en su trabajo las indicaciones de Monseñor Escrivá de Balaguer. Lo más sugestivo de esta obra -de bronce dorado- es el gesto vivo, la conexión inmediata con el fiel que se coloca ante su mirada. No es un Cristo absorto, inmerso en la trascendencia de su muerte; es el Hombre-Dios que emerge del dolor para mirar al frente. Para dar un mensaje, mezcla de emoción y exigencia, de amor e instancia a la tarea que deja a sus amigos por delante. Es el Cristo del: “ut eatis!”… (¡Qué vayáis!), duc in altum! (¡Mar adentro!), sitio! (¡Tengo sed!), y de tantas urgencias como la Cruz tiene para los cristianos.

A ambos lados del altar hay dos cartelas doradas. En la derecha se puede leer: “Et ego si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum”(10): Y Yo, cuando sea exaltado en alto sobre la tierra, todo lo atraeré hacia Mí.

La otra, situada a la izquierda, recoge la frase de Pedro junto al mar de Galilea, que repara la triple negación de su amistad con Cristo en la trágica noche que precede a la Crucifixión: “Domine, tu omnia nosti; tu scis quia amo Te”(11): Señor: Tú lo sabes todo; Tú sabes que te amo.

Son palabras de contrición, de amor y de humildad. El reconocimiento de la propia nada ante la grandeza del Cielo y la manifestación sincera de amor a Cristo. Por alta que sea la misión humana encomendada a un hombre, siempre estará mediatizada por el cero de sus propias limitaciones y por el infinito de Dios.

El propio Fundador escribirá en un viejo papel: «Reconoce la Santa Madre Teresa, en el capítulo II de sus Fundaciones, que es manifestación de la Omnipotencia divina dar osadía a personas flacas para cosas grandes en su servicio. Y me acojo a lo de la osadía y a lo de la flaqueza… 2 de octubre de 1928. 14 de febrero de 1930»(12).

Colocar a Cristo en la cumbre de las actividades humanas no es llevar a Dios sólo a las actividades cumbre. El matiz es muy importante, porque Monseñor Escrivá de Balaguer exigirá de sus hijos una seria humildad, y repetirá que la presencia de Dios está en lo más alto del esfuerzo, de la intencionalidad, del amor que cada ser pone en su tarea cotidiana, y no precisamente en el éxito humano, en el brillo personal o en el triunfo de un profesionalismo.

Esta dedicación lleva implícito un empleo a fondo de la voluntad y de las cualidades, pocas o muchas, en el cumplimiento generoso del deber. Un empeño por las cosas de cada día que tenga raíz sobrenatural y que supere el desgaste inherente a lo humano; un detalle en el trabajo que lo termine de modo cabal, que lo haga amable y propicio para ser holocausto, ofrenda continua en el servicio a Jesucristo. Al margen de lo que, en el terreno humano, pueda considerarse triunfo o derrota.

Expansión de la Obra en Portugal

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Verano de 1944. Tres miembros del Opus Dei acuden, para ampliar estudios, a la Universidad de Coimbra. Además, llenando las maletas, donde se amontonan los libros de estudio, llevan la ilusión del Padre por extender la Obra de Dios en Portugal. Cuando vuelvan a Madrid traerán experiencia acerca del ambiente, la Universidad -profesores y alumnos- y amigos de Coimbra.

En septiembre de ese mismo año, el P. José López Ortiz, agustino, es nombrado Obispo de Tuy. Pocas semanas después, toma posesión de la diócesis gallega, que se encuentra en la frontera con Portugal.

La amistad del Fundador del Opus Dei con este religioso es antigua, ligada por acontecimientos difíciles y conmovedores de la historia de la Obra. Cuando la contradicción ha sembrado dolor y trabajo sobre la figura del Padre, el P. López Ortiz ha sido un reducto de confianza.

El Palacio Episcopal se ha construido entre los muros de un antiguo castillo de la Edad Media; una galería encristalada permite admirar un paisaje incomparable: el río Miño fertilizando, sin brusquedades, los campos de Portugal y de Galicia. Cerca, los montes y valles gallegos asomando en la niebla de cada mañana.

El Padre se desplaza a Portugal en febrero de 1945. Le acompaña don Alvaro, y se hospedan en el Palacio Episcopal de Tuy respondiendo a la invitación del Obispo. Quiere el Padre asomarse a este país vecino para que también se sume, lo antes posible, a esta renovadora tarea de llevar el espíritu de la Obra por el mundo. Hace muchos años que reza y pone su corazón sobre la futura labor apostólica de Portugal.

El primer miembro de la Obra que llega a Portugal, para establecerse allí es Paco Martínez (13), que lleva, como mejor equipaje, varios consejos subrayados por el abrazo del Fundador. El Padre le recuerda la parábola del grano de trigo que «si no muere, no da fruto»; y le dice antes de partir que tendrá que enterrarse y morir como el trigo evangélico para que crezcan nuevas espigas en su trabajo… Y le previene para que no lleve a mal posibles comentarios sobre rivalidades entre los dos países: eso eran cosas -viene a decirle-, riñas de nuestros abuelos. Ya pasaron. Los dos, España y Portugal, cada uno en su sitio, son dos brazos para servir a la Iglesia (14).

Según contará más tarde el Fundador, también Sor Lúcia, la única superviviente de los tres pastorcillos a quienes se apareció la Virgen de Fátima en la «Coya da Iría», «tiene la culpa» de que en Portugal empiece a trabajar el Opus Dei desde 1945.

Sor Lúcia es religiosa Dorotea y reside en Tuy desde 1945. Coincidiendo con el viaje de Monseñor Escrivá de Balaguer, el Obispo le pide que suba al Palacio Episcopal para tener un encuentro con el Fundador del Opus Dei. Sor Lúcia describirá aquella primera entrevista y dejará testimonio escrito de este diálogo, después de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer en 1975:

«Todas cuantas veces he hablado con Mons. Escrivá he sacado la impresión de que era un alma llena de amor de Dios y de amor a Nuestra Señora, a la Santa Iglesia, al Santo Padre y a las almas, que trataba de salvar a todos con todos cuantos medios disponía.

Espero que en el Cielo, cerca de Dios y de la Virgen, se acuerde de mí»(15).

Las entrevistas de este primer viaje del Padre, acompañado por don Alvaro y Monseñor López Ortiz serán muy positivas. Tanto el Obispo de Leiría, como el de Coimbra y el Cardenal Patriarca de Lisboa, le aconsejan que la Obra empiece en la Ciudad Universitaria de Coimbra, a la que acuden anualmente miles de estudiantes. Así se hará. Desde el 5 de febrero de 1946 está en la Ciudad del Mondego Paco Martínez, que establece contacto con profesores y alumnos de las Facultades. Entre ellos, Mario Pacheco, que habrá de ser el primero que pida la admisión en Portugal; porque, de hecho, el primer portugués ya está en la Obra: se trata de Armando Serrano, que ha llegado al Opus Dei durante el curso 1943-44 en Madrid. En esa fecha es residente del Colegio Mayor Moncloa. Ahora, el puente queda definitivamente tendido para que sus compatriotas llenen de vocaciones generosas los caminos del mundo.

En junio y septiembre de 1945, el Fundador, acompañado de don Alvaro del Portillo y Amadeo de Fuenmayor, ha cruzado de nuevo la frontera portuguesa y visitan al Cardenal Patriarca de Lisboa, Monseñor Manuel Goncalvez Cerejeira, y también al Obispo de Coimbra, don Antonio Antunes, para testimoniarles, una vez más, su absoluta disponibilidad y amistad. De ahí que, cuando sus hijos llegan, las autoridades eclesiásticas les reciben con gran cariño. El Obispo Antunes dirá en una ocasión, a Paco Martínez, que la labor del Opus Dei es como la lluvia fina y permanente que, con suavidad, empapa la tierra y la hace fértil. La lluvia fuerte, en cambio, arrasa y desola los campos. Ni el bien hace ruido, ni el ruido hace bien(16).

El 20 de abril de 1946, otros dos miembros de la Obra anuncian en un telegrama a Paco Martínez su llegada a Portugal con carácter definitivo. La alegría de este solitario iniciador es formidable. Al fin, puede abrazar a los que vienen de España. De momento, se hospedarán en el Hotel Avenida. La pequeña habitación que ocupan será frecuentada, en breve, por varios compañeros de estudios.

Pero llega el día en que se hace imprescindible una sede para el primer Centro. Un industrial, Antonio Amado, se ofrece a acompañarles en la búsqueda de un inmueble adecuado. Su intervención será decisiva. Al día siguiente de iniciar las gestiones encuentran una casa en alquiler: es el número 30 de la Rua Antonio José de Almeida y será «bautizada» con el antiguo nombre de la calle en que se alza: Montesclaros.

El hallazgo se comunica al Padre, ya que es muy frecuente el contacto del Fundador con sus hijos de Portugal. Y todos comparten esta ancha alegría de los comienzos. Aún pasarán dos meses hasta que el nuevo local pueda estar acondicionado para vivir. Mientras tanto, el 27 de junio, en el Hotel Avenida, Mario Pacheco escribe pidiendo su admisión en la Obra. Sólo unos días después, el 10 de julio, el Avenida se convertirá en recuerdo porque Montesclaros inicia su vida como Centro del Opus Dei. El 17 de diciembre del mismo año, el Obispo de Coimbra bendecirá el oratorio y celebrará la primera Misa. Dios se queda ya en la casa.

Desde junio de 1946, «Camino» está a la venta en las librerías portuguesas. La versión al idioma luso ha corrido a cargo del doctor Urbano Duarte, profesor del Instituto de Coimbra y gran amigo de la Obra.

El Padre sigue muy de cerca la vida de los primeros portugueses. Y para que estén atendidos por un sacerdote de la Obra, les enviará a don José Luis Múzquiz.

Cuando llega por primera vez a Montesclaros se encuentra, saltando por las ramas del jardín, a los «macaquinhos» que ha regalado el Cardenal Gouveia, Arzobispo de Lourenco Marques, a los de la Obra: les ha dicho, riendo, que así recordarán de un modo vivo y diario la promesa que le han hecho de llevar el Opus Dei a Mozambique, como en las antiguas «Luisiadas», desde Portugal a las colonias.

Don José Luis siente gran emoción al arrodillarse ante el sagrario de Coimbra: el primero de la Obra fuera de España. Y su entusiasmo le lleva a dar, en breve plazo, un retiro en idioma portugués. Aunque lo practica, aún, de un modo inseguro.

El Padre hará frecuentes viajes a Portugal. Siempre, después de grandes trayectos de norte a sur del país, acabará recalando, incluso a altas horas de la noche, en la «capelinha» de Fátima, rezando con gran amor, fe y confianza.

Este es un país bendecido por las apariciones de la Virgen que la Iglesia ha subrayado con su asentimiento. No puede faltar la protección de la Señora. Monseñor Escrivá de Balaguer la invocará aquí con especial intensidad. Pedirá a su Maternidad -el título que más le gusta invocar al dirigirse a María- la protección necesaria para sus hijos y para las tareas y dificultades que les aguardan en cada curva del camino.

En 1972, durante unos días de catequesis en Portugal, dirá:

«En esta tierra sabéis amar muy bien a la Virgen. Por todos los caminos, por las carreteras, encuentro imágenes de Nuestra Señora. La queréis de verdad, pero la tenéis que meter en vuestro corazón, llevando una vida cristiana»(17).

Y en otra reunión:

«Vengo con frecuencia a Portugal, sin que me vea nadie, y me acerco a Fátima (…). Voy encantado, feliz… Si no os reís, os diré que a veces he ido descalzo (…). Si no os reís, os diré que, cuando estoy solo, lo mismo que cuando hay gente delante, beso las medallas del rosario. Llevo tantas como mi madre… Las beso una por una (…). Uno de estos hijos míos portugueses (…) me había visto rezar en Fátima y besar las medallas. Después me escribió y me decía: me ha gustado verle rezar con su rosario, porque besa las medallas como las viejas. Pedí al Señor rezar como las viejas, teniendo doctrina de teólogo»(18).

En marzo de 1948 hay ya algunos miembros de la Obra que viven también en Oporto. A principios de verano se puede contar ya con una casa alquilada en la Rua de Ricardo Severo 131, para abrir una Residencia de estudiantes que debe empezar a funcionar en octubre del mismo año. No se anotan las dificultades de toda índole porque ya son de ordinaria administración. Esta Residencia, que recibe el nombre de Boavista, cuenta el 7 de octubre con las paredes, y en una de ellas, empotrado, como acelerando el tiempo, un reloj. Poco más. Sin embargo, el 8 de diciembre, el Obispo de la ciudad, don Agostinho, bendice el oratorio y el nuevo sagrario de la Obra. No hay bancos pero, presenciando la ceremonia en pie, están los ya numerosos amigos que frecuentan los medios de formación del Opus Dei en Oporto. Y al otro lado del río Duero, allá arriba, en Vila Nova de Gala -el monte de la Virgen, como le llaman en la ciudad-, la Señora guarda en su corazón el amor y las frecuentes visitas que ha recibido de los miembros de la Obra desde su llegada a Oporto.

Iniciado el otoño, el 13 de octubre, el Padre llega a Coimbra. Después de celebrar la Santa Misa en el oratorio de Montesclaros se lleva a dar un paseo largo con él a Mario y a Nuno, las primeras vocaciones de Portugal. Les habla de un inmenso trigal que la gracia de Dios aventará por todos los rincones del mundo. Y de santidad personal. No es una palabra vacía o altisonante: es el trato habitual y cotidiano con Dios. Es el amor sobrevolando las cosas del quehacer diario. Antes de salir camino de Oporto se acerca al cementerio para rezar ante la tumba de Monseñor Antunes, fallecido unos meses antes: el Obispo que tantas pruebas de cariño dio a los primeros de la Obra en Portugal.

Al día siguiente llega a Oporto y disfruta hasta el infinito en la nueva casa de Boavista. Los pocos muebles que hay son prestados. El Padre se reúne con un buen grupo de gente joven y, sentados en el suelo, les transmite su alegría, su amor a Cristo y la vibración de ser instrumentos suyos para acercar a Dios a los compañeros de estudio y de trabajo. Le gusta mucho la casa, y les dice que comienza como todas, sin un mueble (l9)

Se lo hace notar para que comprueben que todo cuanto suceda no será obra suya sino de Dios.

En marzo de 1949 repite su visita. Con el cariño de siempre, que impresiona a los mayores y a los jóvenes que le conocen por primera vez, les habla de Roma, de su última audiencia con el Santo Padre; de sus hermanos de España; de la próxima partida de don José Luis Múzquiz a los Estados Unidos.

Esta vez tiene delante a Emérico, el primero de Goa que ha pedido la admisión en el Opus Dei. El Fundador bromea con él. Le gustan la capa y la batina -vestes de la Universidad- que lleva puestas; se interesa por su familia; le pregunta sobre su país de origen. Al tocar el tema de las castas y razas en la India, el Padre le dice que al llegar a la Obra ha pasado a formar parte de una sola raza: la de los hijos de Dios. Y antes de partir le dejará una dedicatoria:

«No olvides que El te llamó, dilatare regnum Dei Inter gentes, para extender el reino de Dios entre todas las gentes»(20).

Le promete, además, enviarle una pequeña cruz de madera que reserva a la primera vocación de cada país. Y añade: «a éste le vi yo cuando di la Bendición a aquellos tres primeros… »(21). Se refiere al asilo de Porta Coeli de Madrid, cuando, en 1933, con el Santísimo entre las manos, vio con los ojos del alma que una multitud de todos los continentes acudiría hasta el espíritu de la Obra.

De Oporto será también la primera vocación portuguesa para la Sección de mujeres del Opus Dei. Se trata de María Sofia Pacheco. En mayo de 1949, Encarnita Ortega emprende su primer viaje a Portugal. De camino, pasa por la ciudad española de Vigo, en donde, nada más llegar, inicia una lista de llamadas telefónicas desde el Hotel Continental: Lourdes Bandeira, Lila Massó, las hermanas Cameselle, Julia de Haz, Montse Bordas… Es asombrosa la actitud de generosidad con que responden estas chicas. En muy pocas jornadas, Encarnita tiene la inmensa alegría de llevarse varias cartas para el Padre solicitando la admisión en la Obra.

Llega a Oporto, y allí establece contacto con María Sofía Pacheco. Es una persona serena, intelectual, alegre… Charla con ella a lo largo y a lo ancho de los minutos y los días. No puede prolongar la estancia porque se acaba el dinero. Pero la misión de siembra ha sido cumplida. En el otoño de 1949, María Sofía llega a España y habla largamente con el Padre. Esta mujer acaba de entregar su vida sin regateos; intuye una expansión inmensa por el pedazo de mundo que han colonizado los portugueses. Pero esta vez la conquista es de amor, y es Dios el único viento impulsor de la empresa.

En diciembre de 1949 ya hay también un buen grupo de miembros de la Obra en Lisboa. No tienen casa y han de hospedarse en una pensión de estudiantes. Allí, entre libros, exámenes y paseos frente al «mar do palpa», se forja la amistad, la expansión de esta familia espiritual del Opus Dei. Su optimismo es tan proverbial, y su alegría, cara al presente y el futuro, tan notoria, que la buena mujer, dueña de la casa de huéspedes, no tiene más remedio que pensar en voz alta:

-«¡Os senhores sempre estaó contentes!… »(22).

El 1 de diciembre de 1951 llega, para quedarse en Lisboa, un grupo de la Sección de mujeres. Se ha podido acondicionar para ellas una casa decorada con objetos lisboetas típicos y del ultramar portugués.

La última vez que el Fundador de la Obra pise suelo portugués en 1972, dejará traslucir la formidable expansión que ha presenciado:

«He vuelto de Portugal encantado, feliz. Son muchos los miles de personas que hemos visto en este viaje»(23).

Miles de almas. Es lo que soñaba junto a sus hijos. A lo único que fue e irá la Obra por el mundo. Y porque el Cielo le regala esta hermosa realidad, el Padre ha pasado por Fátima para dar gracias una vez más a la Señora que ha guiado, que guía siempre, los pasos de este caminar divino.

Y deja escritas, a sus hijos portugueses, unas palabras que resumen su estímulo humano y sobrenatural:

-«Vale la pena. Una vida es muy poco. ¡Cien vidas es muy poco! Vale la pena»(24).

Dios ha hecho de nuevo realidad la frase que tanto repite a los miembros de la Obra: «soñad y os quedaréis cortos… ». No se deja ganar en generosidad y, a cambio de la fidelidad de los que llamó a trabajar en el mundo, la respuesta desborda cualquier cálculo humano.

Por eso vale la pena entregar la vida y aun cien vidas, porque es un precio desproporcionado para pagar la respuesta del Cielo.

Más allá del canal: Inglaterra

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Cuando comienza la expansión del Opus Dei por Europa, el Padre pone los ojos del alma en las islas Británicas. Todavía cunde el ambiente de post-guerra. Alemania está en plena ocupación y sin moneda; el Oriente europeo, dominado por Rusia. Bélgica y Holanda se recuperan penosamente de la invasión nazi. Pero hay tres países que gozan de una situación más estable: Francia, Inglaterra e Irlanda.

Hay, sin embargo, grandes dificultades para trasladarse de un país a otro: se requieren múltiples visados y permisos. La única forma fácilmente viable es conseguir becas de estudio. Y así se inician los primeros viajes.

Para ir a Inglaterra, en el invierno de 1946, el Padre piensa en Juan Antonio Galárraga (25). Acaba de terminar la carrera de Farmacia y ha leído la Tesis con Premio Extraordinario. Con estas credenciales, no le ha sido dificil obtener una beca del Ministerio de Asuntos Exteriores que garantiza su estancia en Inglaterra durante seis meses prorrogables.

Londres se cubre ya con una niebla espesa cuando, el 28 de diciembre, toma tierra con otros dos miembros de la Obra en el aeropuerto. Desde su llegada tienen la oportunidad de compartir los estragos, todavía perdurables, de la guerra. Calles enteras convertidas en escombros, alimentos racionados y menú único.

Juan Antonio Galarraga estudia en la School of Hygiene and Tropical Medicine, situada en Gower Street. Los medios económicos de que disponen son exiguos. Se alojan en una pensión e inician los contactos personales con los compañeros de trabajo.

Casi inmediatamente después de llegar a Londres, visitan al Cardenal Griffin para hablarle de la Obra y de los proyectos que el Padre ha trazado para que comience un Centro del Opus Dei en las Islas Británicas. Les recibe y atiende con gran cariño.

No será una tarea fácil la de estos comienzos. Más tarde, el Fundador recordará lo duros que fueron estos primeros tiempos para sus hijos de Londres. Tendrán que trabajar en todo para no desperdiciar un sólo chelín, que no tienen.

El Padre les escribe, desde Roma, en marzo de 1947: acaba de hacerse pública la Constitución Provida Mater Ecclesiae y les avisa para que hagan lo posible por escuchar la emisión en Radio Vaticano. Como no tienen radio ni lugar donde poder oír la noticia, acuden a la BBC. Y pondrán a su disposición una línea telefónica para que puedan escuchar, en directo, la lectura que emite Radio Vaticano.

Llevan ya más de seis meses en la capital inglesa y empieza a ser necesaria una casa que sustituya al régimen de pensión. Es preciso un lugar donde recibir a sus amigos. Y se inicia la búsqueda sistemática. En junio encuentran una junto a Knightbridge, al sur de Hyde Park, en Rutland Court.

A pesar de su flema británica, el portero del inmueble se queda de una pieza cuando ve llegar a los nuevos inquilinos sin mobiliario alguno: solamente dos pequeñas maletas. Más tarde se podrán alquilar unas camas y varias sillas. Y, poco a poco, la casa irá adquiriendo el aspecto grato de un rincón inglés.

Por Rutland Court pasarán los primeros que van a pedir su admisión en el Opus Dei. Y, por ser Londres un lugar de encrucijada, se convertirá también en paso obligado para otros miembros de la Obra que hacen escala allí por motivos profesionales.

El 19 de marzo de 1950, Michael Richards pedirá al Padre su admisión en la Obra: es el primer británico del Opus Dei.

Monseñor Escrivá de Balaguer llama en julio de 1951 a Juan Antonio Galarraga para que acuda a la Ciudad Eterna. Mientras pasean los cimientos de Villa Tevere, el Padre lanza la idea de montar una Residencia de estudiantes en Londres. Le anima a buscar casa. Y le anuncia la llegada de la Sección de mujeres, que se hará cargo de la Administración del nuevo Centro. Hasta este momento no hay en las Islas Británicas ningún sacerdote de la Obra, pero, pasado el verano de 1951, irá don José López Navarro(26).

Y, a pesar de las deudas que pesan de modo agobiante sobre las obras de la Sede Central, el Fundador quiere conocer palmo a palmo la situación económica en que se encuentran para ayudarles en lo que haga falta.

Así, en abril de 1952 comenzará a funcionar la nueva Residencia, que será conocida con el nombre de Netherhall House. Inicialmente ocupa el número 18 de una calle, en el barrio de Hamstead. Una casita pequeña, construida en una zona independiente del j ardín, servirá de acomodo a las mujeres de la Obra que van a hacerse cargo de la Administración. The Cottage es el nombre de este mínimo chalet. En 1953, Netherhall ampliará sus locales adquiriendo el número 16 de la misma calle. Años más tarde se levantarán nuevos edificios y, en 1966, una vez acondicionados, la Reina Madre de Inglaterra inaugurará las nuevas instalaciones. Se han ganado la confianza y el justo aprecio de las autoridades académicas de Londres. No sorprende que el profesor Logan, Rector Magnífico de la Universidad, les pueda decir: «Estoy profundamente impresionado por los resultados obtenidos hasta ahora por “Netherhall” y por la viva atmósfera universitaria que habéis sabido crear»(27).

Conviven, en la misma casa, estudiantes ingleses, africanos y asiáticos. Y, además, acoge a centenares de muchachos que utilizan las instalaciones y participan en los cursos que se celebran continuamente.

Netherhall es una gota de agua en el mundo londinense. Pero quienes pasan por allí se sentirán en su casa. Y no quieren perder el contacto con sus amigos de Inglaterra. Desde Birmania, Singapur, India, Kenia, Sierra Leona, Noruega, Polonia, Ghana, Japón… llegarán cartas de profesionales que recuerdan viejos tiempos y se sienten parte de esta gran familia.

El Patronato de la Residencia estará presidido por Bernard Audeley, no católico. Incluye, además, a personas de muy variadas tendencias, algunas antagónicas. Es muy significativa la anécdota de los cuatro miembros del Patronato que están reunidos, un buen día, en una de las salas privadas del Parlamento de Westminster. En pleno estudio de proyectos para recabar fondos y ayudar a Netherhall, suenan los timbres reclamando la presencia de los parlamentarios para una votación. Entre los reunidos hay dos del partido Laborista y dos Conservadores. En el Parlamento ocupan escaños opuestos, pero no es obstáculo para que estén de acuerdo en promover Netherhall House.

Desde el primer momento, el Padre tiene también una gran ilusión por la futura labor en Oxford. Su Universidad, del siglo XII, es de las más antiguas del mundo, después de las de Bolonia y París. Aunque todavía no ha visitado Inglaterra, el Fundador tiene ya, en el corazón, la imagen del gran claustro del “Christ Church College”, construido por Wolsey en 1525.

Quiere saber de sus hijos con frecuencia. Les pide que escriban a Roma a menudo contando los pequeños grandes detalles de su vida. Les sigue con su oración, con su sacrificio constante, con el cariño y la solicitud de quien ha puesto en sus manos un encargo de Dios muy serio.

El Fundador llega a Inglaterra, por primera vez, en 1958. Se alojará en un chalet de Courtenay Avenue, muy cercano a Netherhall House, y que pertenece a una familia hebrea. Es el 4 de agosto, y a la mañana siguiente, martes, celebra su primera Misa en el Reino Unido.

A media mañana se acerca a la Residencia y se reúne con sus hijos, que le enseñan, entusiasmados por su presencia, toda la casa. Como siempre, les abre horizontes inmensos y vuelve a ocuparse, insistentemente, de la futura labor en Oxford y en Cambridge. En el dorso de una fotógrafa colocada sobre la mesa de Dirección, escribe: “«Sancta Maria, Sedes Sapientiae, filios tuos adiuva”; Oxford, Cambridge, 5-VIII-58». Esta misma mañana pasa un largo rato con las mujeres de la Obra en una nueva Residencia que han iniciado en 1956, Rosecroft House. Y, además, se comienzan las gestiones para conseguir un inmueble en la zona universitaria de Oxford. Juan Antonio Galarraga se entrevista con Bishop Graven, y le habla de los proyectos de Monseñor Escrivá para montar un College y dedicar el esfuerzo de la Obra a una tarea universitaria. Inmediatamente le pone en comunicación con Monseñor Gordon Wheeler, Administrador de la Catedral de Westminster. Wheeler es converso anglicano y ha estudiado en Oxford. Conoce muy bien la Universidad. Además, sabe que hay una casa, en buenas condiciones, que está a la venta. Se trata de Grandpont House.

En los días siguientes, el Padre y don Alvaro, guiados por un buen conocedor de Londres, recorren los lugares más representativos. Admira la solidez y seriedad del mundo anglosajón. Y aquí, junto a los grandes edificios de bancos, empresas, comercios, hoteles, la prisa y la indiferencia, se siente incapaz, sin fuerzas para caldear el ambiente y se dice a sí mismo: «Josemaría, aquí no puedes hacer nada».

Después, comentaría:

«Estaba en lo justo: yo solo no lograría ningún resultado; sin Dios, no alcanzaría a levantar ni una paja del suelo. Toda la pobre ineficacia mía estaba tan patente, que casi me puse triste; y eso es malo (…). ¡Es mala cosa la tristeza!

De pronto, en medio de una calle por la que iban y venían gentes de todas las partes del mundo, dentro de mí, en el fondo de mi corazón, sentí la eficacia del brazo de Dios: tú no puedes nada, pero Yo lo puedo todo; tú eres la ineptitud, pero Yo soy la Omnipotencia. Yo estaré contigo, y ¡habrá eficacia!, ¡llevaremos las almas a la felicidad, a la unidad (…)! ¡También aquí sembraremos paz y alegría abundantes!»(28).

La reacción del Fundador es inmediata y piensa que hay que trabajar en Inglaterra y desde Inglaterra… porque es una encrucijada del mundo (29).

El 8 de agosto visita Oxford. Acompañan al Padre, don Alvaro y don Javier Echevarría. Llueve intensamente, pero, desafiando el agua, recorre la vieja Ciudad Universitaria. Y como un «ritornello» va repitiendo:

-«Hay que meter a Dios en estos sitios»(30).

Tres días más tarde se acerca a Cambridge y admira el King College y el Trinity College. Con su gran capacidad de observación anota en su memoria detalles arquitectónicos, las vestes académicas, la disposición de las Bibliotecas…

Sobre el césped que alfombra las estructuras góticas de los Colleges, donde tantas veces los desfiles académicos enmarcan la ciencia, el prestigio, el esfuerzo, el Padre les habla de esta ingente tarea de poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas.

Cuando le explican la resistencia de la gente a hablar de su mundo personal, el Padre repite:

«¿Y será licito meterse de ese modo en la vida de los demás? Es necesario. Cristo se ha metido en nuestra vida sin pedirnos permiso. Así actuó también con los primeros discípulos: pasando por la ribera del mar de Galilea vio a Simón y a su hermano Andrés, echando las redes en el mar, pues eran pescadores. Y les dio Jesús: seguidme, y haré que vengáis a ser pescadores de hombres… (Mc 1, 16-17) (…). Tenemos el derecho y el deber de hablar de Dios, de este gran tema humano, porque el deseo de Dios es lo más profundo que brota en el corazón del hombre» (31).

El sábado 17 de agosto entra en la Abadía de Westminster, de confesionalidad anglicana, y reza el Angelus y el Rosario en un ángulo de la gran nave, junto a una imagen de la Virgen. Tiene nostalgia de este enorme trozo de la Iglesia de Jesucristo que ha roto sus amarras a Roma, que ha olvidado la protección de la Madre de Dios sobre su singladura. Desde Londres, escribe a Michael Richards, inglés, que ya se encuentra en Roma:

«Esta Inglaterra, bandido, é una grande bella cosa! Si nos ayudáis, especialmente tú, vamos a trabajar firme en esta encrucijada del mundo: rezad y ofreced, con alegría, pequeñas mortificaciones »(32).

Dos días antes, ha renovado la Consagración de la Obra al Corazón de María ante la imagen inglesa de Nuestra Señora de Willesden. Al concluir su peregrinación pasará por la Catedral católica de Westminster, encomendando a la Señora la posibilidad de lograr un templo en el que se facilite la atención espiritual a los católicos que busquen la dirección y ayuda de la Obra en Inglaterra.

El 26 de agosto se acercan a la iglesia de San Dunstan, en la ciudad de Canterbury, donde está enterrada la cabeza de Santo Tomás Moro. Reza con intensidad ante la lápida y siente la ilusión de conseguir una reliquia del santo y político inglés. No es empresa fácil. La iglesia pertenece a las autoridades anglicanas, y hace años que los objetos de Tomás Moro están sellados y recogidos.

En un oratorio de la Sede Central, en Roma, hay arquetas que custodian las reliquias de los Santos Intercesores de la Obra. Pero aún está vacía la reservada al Santo Canciller. Por eso, lanza un reto a sus hijos:

«Si no conseguís la reliquia de Santo Tomás Moro, tendré que poner en su interior una nota que diga: esta arqueta está vacía, porque mis hijos de Inglaterra no han sido capaces de lograr una reliquia de Santo Tomás Moro»(33).

El Padre, en efecto, ha colocado reliquias de San Pío X, San Juan María Vianney, San Nicolás de Bari y Santa Catalina de Siena en el oratorio de la Santísima Trinidad, en la Sede Central del Opus Dei en Roma. Son santos de la Iglesia Católica a los que ha encomendado diversos aspectos y trabajos del Opus Dei.

Santo Tomás Moro es el intercesor que ha elegido como mediador de las relaciones entre la Obra y las autoridades civiles de cada país. De ahí su interés en conseguir una reliquia del Santo Gran Canciller de Enrique VIII.

Un año después, la Abadesa de una comunidad religiosa donde se venera una urna de cristal que guarda la camisa-cilicio del Santo, ofrece al Opus Dei un trozo que tiene por concesión de las jerarquías religiosas, que afirmaron su autenticidad al sellar la urna. En Roma, ya no hay una arqueta vacía.

En 1959 se podrá disponer de Grandpont House. A los dos miembros de la Obra que van a desplazarse a vivir a esta casa de Oxford, les asegura que todos sus afanes van a estar bajo la protección de la Virgen: Ipsa duce. Dejará la frase impresa en el futuro escudo de Grandpont. Una imagen de la Señora con el lema escrito: Ella guía.

Siempre estarán acompañados por la oración de toda la Obra. Una oración que sobrevuela la aguja gótica de Salisbury: la Catedral más alta del Reino Unido.

Prólogo Ana Sastre

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Han pasado muchos años desde la fecha de mi primer encuentro con el Opus Dei. Pero a lo largo de este tiempo hay tres hitos que mantengo inolvidables.

El primero se remonta a la etapa de estudios universitarios, cuando ocupábamos los bancos de nuestra vieja Facultad de Medicina de San Carlos. Desde los medallones y lápidas que coronaban el Gran Anfiteatro, nombres ilustres que habían logrado gloria científica espoleaban la noble ambición de ser y hacer algo importante. Además, se abrían a diario múltiples caminos culturales que contribuían a poner en nuestra vida alternativas de inquietud, curiosidad y proyectos. Madrid se dejaba descubrir y disfrutar metiéndose implacablemente en el corazón de aquel alud de estudiantes llegado de provincias.

Y, acostumbrada a indagar por cuenta propia, un día me acerqué hasta los umbrales de la Obra. Venía de muy lejos, pero siempre me había fascinado, en la lectura del Evangelio, la llamada de Cristo a los primeros Apóstoles: a Juan, el adolescente que lanzaba su impaciencia sobre los horizontes del lago; a Pedro, el hombre curtido en mil avatares; a Natanael, el más sincero y leal de los israelitas; y a Mateo, ducho en la dureza del dinero. Apenas unas palabras: «Venid conmigo». «Y dejadas todas las cosas, le siguieron» (1).

Aprendí, entonces, que esta leva voluntaria no había cerrado su demanda tras las puertas de la historia. Comprobé de cerca que Cristo seguía en las encrucijadas llamando a cada uno por su nombre. Y acepté la palabra de los santos en la seguridad de que nada hay comparable a esa experiencia única en la que Dios, con la fuerza de un huracán ardiente, se apodera del alma.

El segundo momento tiene relación con mi primer viaje a Roma. Imposible hablar, en corto espacio, de la sacudida que supone para cualquier ánimo la Ciudad Eterna. Hay que pasearla con las luces del tramonto para saber un poco de los mástiles del Foro, de la exigua grandeza de la Mamertina, de las plazas de Miguel Angel, el Coliseo, el Panteón y las fontanas. Roma es el espíritu de Occidente que se afinca como testimonio de la historia. Además, para un cristiano, es la permanencia viva y habitual del representante de Cristo en la Tierra; son los brazos blancos de la paz abriéndose a la multitud con el Angelus de cada domingo.

No era de extrañar que el Fundador del Opus Dei, en la convicción de recoger el espíritu de los primeros cristianos, hubiera establecido su residencia, y con ella el corazón de toda la Obra, en este contexto que supera las estructuras temporales.

Este viaje tuvo para mí la impagable compensación de conocer y hablar con Monseñor Escrivá de Balaguer. De sentir la influencia de su vitalidad, su empeño en rescatar para Dios todo lo grande y bello del mundo. Puedo decir que, después de haber charlado un rato con el Padre, el tirón de su santidad había elevado el alma por encima de dificultades y fatigas. Le había dado esa joven y rotunda confianza sobrenatural que respiran los puntos de «Camino».

Recuerdo con especial nitidez mí bajada a la Cripta de Santa María. Ese lugar de la Sede Central del Opus Dei que entonces parecía esperar una realidad tan lejana y que hoy alberga, en el contrapunto de las rosas y las piedras, el cuerpo del Fundador. Todo sugería allí una alegre paz, una convicción de estar en el feliz dintel de Dios.

Porque mi tercera experiencia arranca precisamente de aquel 26 de junio de 1975, después de conocer la noticia del fallecimiento de Monseñor Escrivá de Balaguer. No resultaba difícil imaginar y compartir la devoción con que le rodeaban sus hijos de Roma y del mundo entero. Menos fácil era objetivar su ausencia, saber que ya no llegarían, en el devenir de cualquier situación, la firmeza de su ser aragonés, el buen humor intacto ante múltiples aconteceres, la seguridad para los momentos confusos, la veracidad y la valentía de su palabra.

Pero su pérdida dio lugar a una nueva resonancia. Estaba todo tan lleno de su solicitud, tan inmerso en las coordenadas de su espíritu, que el vacío se convertía ya en voz que llegaba desde la eternidad. La muerte hizo más evidente la envergadura de su amistad, la dimensión de su paso por la tierra de los hombres.

Fue en estas fechas cuando intenté la osadía de asomarme a los desvelos de su vida, a la intimidad de sus escritos, al testimonio de quienes habían participado desde el principio y desde cerca de esta llamada a la santidad, de la brega de un luchador incansable de Dios en nuestro tiempo.

Adivino su mirada -de tan difícil descripción porque estaba siempre arraigada en calidades de profundidad y de cariño-, aceptando esta inconcebible traducción de su persona que yo pueda hacer, sin otras credenciales que el amor y la admiración al espíritu que difundió entre nosotros.

Así empezó la aventura de este libro. Desearía haberlo escrito con la sencillez y claridad de una conversación tras la jornada de trabajo. Decir con palabras usuales y diarias esta formidable teología de convertir en empresa apasionante lo que, por desgaste de la humana condición, tiende a ser rutina y cansancio.

A través de estas páginas tal vez algunos encuentren la clave para transformar la prosa de sus días en «endecasílabo, verso heroico»(2). Y para dilatar su ánimo en la gran empresa que hoy y siempre ofrecen los caminos del mundo en marcha hacia lo eterno.

La dedicación a los azares de esta Semblanza me llevó al descubrimiento, hasta límites ignotos, de la santidad de un hombre, al crecimiento de una estremecida devoción y al encuentro de una gran certeza humana.

Quisiera haber sido capaz de sembrar algo del mismo estímulo y alegría para los lectores. Porque más allá de los datos que respaldan la historicidad de mi relato, Dios está en el horizonte. Y es tiempo de caminar.

Madrid, 2 de octubre de 1989

Chile: ¡mar adentro!

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El Padre ha cruzado la cordillera de los Andes, el gran coloso nevado, y sobrevuela ya territorio chileno. Una tromba de agua ha caído sobre las calles de Santiago; en siete días ha llovido más que en todo un año. Pero el Boeing de la British Caledonian ha embestido las nubes que ocultan las montañas y toma tierra, suavemente, en esta mañana del 28 de junio.

Hace casi veinticinco años que don Adolfo Rodríguez Vidal llegó, completamente solo, a este confin de la tierra. Hoy se adelanta hacia el avión, para dar el primer abrazo al Fundador de la Obra. El Padre bromea con él:

-«¿Dónde están los Andes?; me estáis engañando. Yo tengo que tener fe, una fe tremenda para tragarme que hay Andes, toda una montaña inmensa ahí. ¡Si no la he visto! »(34)

El coche que ha recogido a Monseñor Escrivá de Balaguer toma la ruta de un Centro de la Obra en Santiago, donde tiene su sede la Comisión Regional.

Desde que llega a la casa tiene deseos de hablar con los chicos de Alameda, una Residencia universitaria cercana. Quiere impulsarles a ser mejores, a emplearse a fondo en la bella y ardua tarea de formarse como hombres cristianos. Recuerda muy bien aquellos comienzos de la Obra, con las Residencias de Ferraz, Jenner, Samaniego… Y su dedicación permanente a la juventud. Podrá verles al día siguiente de su llegada, el 29 de junio.

-«Padre: yo no soy miembro del Opus Dei, pero ¿cómo podría llegar a serlo?

-¡Oye…!, ¿cuántos años tienes? -Quince, Padre.

-A tu edad, tampoco yo era miembro del Opus Dei, ni sabía lo que era el Opus Dei… ¡ni existía el Opus Dei!» Y le sigue explicando:

«Yo tenía las mismas inquietudes tuyas. A tu edad, más o menos, cuando las pasiones empiezan a removerse y le tiran a uno de la ropa, por aquí, por allá y por el otro lado, y la vista se va, ¡barrunté el Amor! No me pongo colorado para decírtelo: éstos no se enteran. Estamos tú y yo solos. Yo tenía tu edad, cuando barrunté el Amor; y di un cambiazo, con la gracia del Señor. No es que antes fuera malo. ¿Quién sabe si no estás barruntando tú el Amor?

El Opus Dei es un camino de amor. En el Opus Dei se puede andar por todos los caminos de la tierra haciéndolos divinos, sin dejar de ser muy humanos, porque Dios Nuestro Señor no nos pide cosas deshumanas. Si te estoy hablando con este cariño de hermano mayor y de Padre, es porque soy hombre lo mismo que tú. Y cuando hablo con mi Señor -con Dios- (…), le digo que le quiero, porque es verdad. Con este corazón, que hubiera podido poner en el cariño de una mujer; con este corazón, con el que he querido a mi madre y a mi padre, te estoy respondiendo a ti y trato con Dios.

Yo creo que barruntas algo. ¡Déjate llevar por la gracia! ¡Deja a tu corazón que vuele! (…). Hazte tu pequeña novela: una novela de sacrificios y de heroísmos. Con la gracia de Dios, te quedarás corto» (35).

Allá atrás se oye un nuevo interrogante:

-«¿Cómo hacer más viva y apasionante nuestra vida espiritual, y cómo contagiar a los demás, a los que nos rodean?».

-«Si tú eres piadoso, no seas beato: sé normal, corriente, agradable, simpático… No te vas a poner a hacer piruetas por ahí; pero si eres deportista, sé buen deportista; si eres estudiante, pórtate con gracia; si alguna vez organizas una barrabasada, que tenga también un poco de salero… » (36).

En la mañana del 30 de junio, se reúne, en el cuarto de estar de la casa de la Comisión Regional, con un grupo. Frente a la puerta de entrada, a la izquierda de la chimenea, está la vitrina llena de objetos entrañables: unos han sido regalo del Padre enviados desde Roma; otros van unidos a la historia de los primeros años de trabajo en Chile.

Les habla de vocación fiel, de amor, de alegría… De todo cuanto debe inundar la vida de quienes Dios ha llamado por su nombre en medio de las tareas del mundo… Como hizo con los primeros discípulos; como hará siempre, a lo largo del tiempo, porque la Iglesia no tiene fin.

«El Señor nos hará felices. Nos quiere felices en la tierra, a sus hijos en el Opus Dei. La alegría nos corresponde como un tesoro inherente a nuestra vocación»(37).

Cuando termina este rato de charla, mira despacio a los que le rodean y les quiere llenar de ánimo apostólico para abrazar Chile desde la primera estribación de los Andes, hasta la Tierra de Fuego.

«¡Que no estemos conformes con ser tan pocos! ¡Que echéis las redes en nombre de Dios! Duc in altum! Mar adentro. Os mandaré un cáliz en el cual voy a poner: duc in altum! Y las redes deben llenarse de almas de Chile, de chilenos bien formados, fuertes como los Andes»(38).

En otro momento habla del gozo en que se torna toda contrariedad si está apoyado en un sentido permanente de filiación divina:

«A Dios lo encontramos en nuestra vida diaria, en nuestros momentos de cada día aparentemente iguales, de hoy, de mañana y de ayer, de anteayer y de pasado mañana. Está en nuestra comida y en nuestra cena, en nuestra conversación y en nuestro llanto y en nuestra sonrisa. Está en todo. Dios es Padre»(39)

El día 5 de julio llega a manos del Consiliario una carta. Es de la Priora de un convento de Carmelitas descalzas:

«Hemos sabido que Monseñor Escrivá se encuentra actualmente en Santiago. Sé que a su paso por España visitó varios conventos de Carmelitas, por el entrañable amor que tiene a nuestra Madre Teresa. Por lo mismo esperamos que, entre sus muchos compromisos, pueda hacerse un ratito para llegar hasta aquí. Pues tanto alcanzas cuanto esperas, esperamos conseguir esta gran bondad del Padre; pero si no le fuese posible, siempre lo tendríamos presente en nuestras oraciones como si hubiésemos recibido su visita».

Y como en la mañana no queda otro hueco, una hora más tarde ya está en el locutorio, dirigiéndose a todas las religiosas.

«La Madre Teresa tenía mucho amor al sacerdocio; quería que los sacerdotes fuéramos muy santos y muy doctos: rezad vosotras para que sea así. Con la oración conseguiréis más que con nada. Necesitamos esa ayuda; no abandonéis a los sacerdotes, no nos abandonéis».

El silencio del otro lado de la reja se hace profundo, el Padre sigue hablando de vida contemplativa:

-«Vosotras seréis dichosas si cumplís vuestras Reglas, si no os apartáis del buen espíritu de la Madre Teresa, que tan mal lo pasó en esta tierra, aun cuando tenía buen humor. Era simpática y agradable. Pero ¡cómo la trataron!, ¿os acordáis? No se pueden decir cosas peores de una mujer. Ahora la veis en los altares, y sabéis que es vuestra Madre, y es doctora y santa».

El Padre parece no tener prisa. Habla con entusiasmo a estas religiosas. Les hace responsables de este inmenso caudal dentro de la Iglesia, de la rectificación de tantas sendas, de la luz necesaria para los que se desvían… Les hace responsables del mundo entero:

«Tengo yo más fe en vosotras que en un ejército».

Han pasado veinte minutos. Le esperan en otra reunión:

«Rezad por el Opus Dei, para que no dejemos de ser esas almas contemplativas que llevan su celda en el corazón, y que recorren los caminos todos de la tierra para hacerlos divinos, santificando el trabajo… ».

Y después de bendecirlas, el Padre se marcha. Pero antes les entrega una gran caja de dulces, que ha hecho comprar para ellas. Camino de la calle sale a su encuentro un fraile capuchino: es el Obispo de Osorno, una diócesis del sur de Chile. Ha escuchado las palabras de Monseñor Escrivá de Balaguer a las Carmelitas. Está asombrado y contento.

-«Ahora no se usa hablar así de santidad».

Unos días más tarde, la Priora escribe al Padre una carta en la que expresa el sentir unánime de la Comunidad:

«No tenemos palabras para agradecerle la visita que nos hizo. En las conversaciones con el Señor esperamos saber decírselo, para que El le pague todo el bien que recibimos de usted (…).

Monseñor, parece que le hubiera conocido toda la vida, y por eso la pluma corre, pero voy a despedirme para no abusar de su paciencia y bondad. Le suplico un recuerdo en la Santa Misa por todas»(40)

Las grandes tertulias de Chile tendrán lugar en la Residencia Universitaria Alameda o en Tabancura, un colegio promovido por varios padres de familia que, como ocurre en tantos países, han encomendado la dirección espiritual al Opus Dei. Durante cinco días, Tabancura dará cabida a miles de personas. Los más jóvenes se sientan en el suelo para aprovechar el espacio. También hay gente madura, matrimonios, estudiantes, empresarios, trabajadores manuales…

«Me ha venido al pensamiento el recuerdo, lejano y próximo, de un sacerdote joven, un querer de Dios, un imposible humano. Y en la soledad acompañada de una capilla, aquel sacerdote levantaba la Hostia Santa para bendecir a un grupito pequeño, heterogéneo, de almas: obreros, empleados, universitarios. Aquello ya era una familia, una familia universal»(41).

Recuerda el Padre, con estas palabras, los comienzos de la Obra en Madrid, cuando los primeros le seguían, en momentos en los que la realidad de hoy parecía un sueño imposible. Pero no quiere alargarse. Desea que le pregunten. Que salte el tema espontáneo entre el público. De la dinámica gozosa de estas reuniones en Alameda o en Tabancura da cuenta el comentario aparecido, pocos días después, en el diario «El Mercurio», de Santiago de Chile:

«El Centro Universitario Alameda y el Colegio Tabancura se hacen estrechos para contener al gentío que, mañana y tarde, a lo largo de casi dos semanas, acude por millares para ver y oír al Fundador del Opus Dei (…). Parejas jóvenes y muchos, muchos estudiantes forman esta abigarrada multitud, que a pesar del número es familia (…).

Cuando ingresa al recinto Monseñor Escrivá de Balaguer, este clima íntimo se arremolina en oleadas de cariño alrededor de su persona: cuando comienza a hablar, parece que no hubiera más que él y un interlocutor único -que es uno, que somos todos fundidos en uno solo- frente al hombre de Dios. Un muchacho le acomoda el micrófono al pecho. “Mi cencerro”, bromea. “¿Veis cómo me llevan atado?” (…). Mientras pasea por el estrado con movimientos vivos y calmos a la vez, explica que no le importa hacer el juglar de Dios, si eso aprovecha a las almas (…).

Sus palabras sobre la Eucaristía y la Presencia Real de Cristo en el Sagrario desbordan los sentimientos más íntimos de su corazón sacerdotal. Describe las situaciones cotidianas del hogar y la familia con un realismo picaresco al que es imposible negar el asentimiento. A los esposos les pide que se quieran como novios hasta la ancianidad y la muerte. A los jóvenes les describe la opción entre bestialidad y pureza con acento rotundísimo. De la vocación divina habla con toda la fuerza de la experiencia personal (…).

Como Teresa de Avila, posee el genio del idioma en forma inocente; es decir, el gran orador y el gran escritor que hay en él están disueltos en su misión pastoral (…).

El juglar de Dios ha hecho su trabajo, y el Espíritu Santo que lo lleva y lo trae por el mundo, ha hecho el suyo» (42).

La víspera de su partida de Chile se acerca al Santuario de Lo Vásquez para rezar ante la Inmaculada. Una multitud de hijas e hijos suyos, así como amigos y Cooperadores de la Obra, llenará el templo. La imagen, con manto azul bordado como en los días festivos, recibirá su oración entre una copiosa ofrenda de flores y luces encendidas.

El 9 de julio sale hacia Perú. El aeropuerto de Pudahuel, ubicado en la parte baja del valle de Mapocho, se cubre con una espesa niebla matinal. El avión despegará a las nueve y quince. Durante la espera, los que han ido a despedirle recuerdan sus palabras, su cariño, el intenso sabor de intimidad que ha dado a su estancia en tierras chilenas. En algún hombre mayor, ajetreado por la existencia, ha quedado el eco de frases como ésta:

-«Con sólo una persona que haya llevado una vida un poco abandonada, y ahora vuelva, y se confiese, yo no habré perdido el tiempo».

Y en el alma de muchos jóvenes repican, como invitación heroica y alegre, aquellas palabras finales del Padre:

«Jesucristo (…) os puede echar la mirada que echó a Juan, y entonces apuntaréis la hora en que os miró, y quizá le diréis lo que yo os he contado que le digo a veces: Señor, tengo ganas de ver tu rostro; te quiero tanto, que tengo muchas ganas de contemplarte… Con una juventud eterna -da lo mismo que hayáis cumplido veinte años, que después sesenta, setenta u ochenta, no importa nada- porque seréis jóvenes siempre »(43

Valencia: un bello recuerdo

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El Padre llega al aeropuerto de Manises el 14 de noviembre. Valencia está brillante, como en sus días de verano. Esta es una tierra que sonríe al mar, que se llena de azahares, que explota de alegría cada marzo y convierte sus barros en cosechas y cerámicas. Aquí llegó la Obra cuando los primeros miembros salieron de Madrid: Samaniego fue la primera Residencia universitaria, y El Cubil un pequeño piso en el que se forjaron las vocaciones levantinas. Aquí ha rezado mucho el Fundador, frente a las playas, en esta ciudad fecunda y trabajadora que se enclava en un circuito de naranjos.

«Con qué anhelo deseé -hace ya mucho, y durante largo tiempo- que el Opus Dei viniera a esta ciudad: hasta que el Señor concedió generosamente a su siervo que también aquí tuviera hijos e hijas; al regresar a Valencia, eran incontables las acciones de gracias a Dios que llenaban mi corazón de Padre feliz… »(39)

Estas frases de alegría forman parte del acta depositada en el altar del oratorio del Colegio Mayor Alameda, consagrado por el Padre durante estos días de 1972.

Una semana vivirá en La Lloma, una Casa de Retiros a muy pocos kilómetros de Valencia por la carretera de Sagunto. En este Centro recibirá a grupos de personas que acuden desde Albacete, Murcia, Alicante, Castellón y Teruel. Ha saludado, nada más llegar a la ciudad del Turia, a Nuestra Señora de los Desamparados; la voz de que el Padre acudirá a la Basílica ha cundido, y muchos de sus hijos esperan dentro de la iglesia. Son espectadores de la llegada y de su oración ante la Patrona de la ciudad.

También tiene una cita importante con un amigo ya fallecido, y el Fundador no puede faltar a ella. Acude a la catedral para hablar con Dios del que fue Arzobispo de la ciudad, don Marcelino Olaechea:

-«He querido con toda mi alma a vuestro arzobispo anterior (…), y él a mí. Tuvo mucho cuidado de que me avisaran, a mí y a dos parientes suyos, cuando se moría, y yo quiero corresponder, escaparme a la catedral, ponerme allí de rodillas donde está enterrado y rezarle con tanto cariño… Más que rezar por él, le rezaré a él, para que me bendiga y bendiga a este pueblo bendito de Valencia»(40).

Una multitud de jóvenes cruzará la llanura sobre la que se alza La Lloma para oír a Monseñor Escrivá de Balaguer durante sus días de estancia en Levante: miembros de los Clubs Collvert, Sorní, Azarba, Estay, Tetuán, Martí y Diemal.

Estos Centros, cuya dirección espiritual está confiada a miembros del Opus Dei, se ocupan de completar la educación de la juventud. Orientan sus métodos de estudio y la elección de sus futuras profesiones; organizan actividades culturales; estimulan la convivencia y el respeto en total libertad. Cuidan de que la dimensión transcendente, cristiana, de la persona, se cultive con conocimientos y prácticas desarrollados en paralelo a su formación profesional. En ellos comparten proyectos e inquietudes, miles de adolescentes en todos los países del mundo. Durante los períodos de vacaciones, este intercambio adquiere dimensiones internacionales.

Igualmente, acuden algunos centenares de sacerdotes de Valencia y diócesis vecinas. Residentes y adscritos del Colegio Mayor Alameda, y más de doscientas universitarias de la Residencia Saomar que van a tener, también, la oportunidad de escucharle.

¿De qué habla el Padre especialmente en esta tierra expansiva y apasionada? De uno de sus grandes amores, que comparte con los valencianos: San José. Un testigo sonriente de la pólvora que la ciudad quema cada año, en un alarde de fuego y música, para festejarle.

«Me habéis dado una alegría al poner en La Lloma esos azulejos con San José, a quien tanto quiero. Lo digo descaradamente, llamándole mi Padre y Señor (…). Le quiero mucho, con toda mi alma, porque es el que más ha amado a Santa María y el que más ha tratado a Dios, el que más le ha amado después de Nuestra Madre. San José era un hombre estupendo, un gran trabajador: estoy seguro de que no se quejó jamás a Nuestro Señor por tener que trabajar tan humildemente, para sostener aquella casa de Nazaret, ni por tener que correr de una parte a otra (…). Cuando me lo encontré allí, detrás de esa reja, me llevé una gran alegría, y le eché dos piropos» (41).

En las reuniones que se celebrarán en el Colegio Guadalaviar, promovido por padres de familia que han encomendado la dirección espiritual al Opus Dei, se contabilizan unas diez mil personas.

Ahora es un profesor de educación física quien aborda al Padre, pidiéndole unas palabras acerca de la deportividad en la lucha interior, y le responde con un recuerdo de las Olimpiadas:

«Veía cómo se acercaban aquellos mozos fuertes, con su pértiga dispuesta para saltar. Se concentraban en silencio hasta que ¡por fin! daba la impresión de que se decidían. Pero no: había pasado una mosca por allí, y se acabó la concentración. ¡Tienen más recogimiento que muchos cristianos a la hora de rezar!

Otras veces no se paraban, querían saltar, pero… no podían. Entonces bajaban la cabeza, se iban de nuevo al punto de partida (…). Luego se lanzaban y, quizá al cuarto o quinto intento, saltaban.

Tú debes decir a tus alumnos que en la vida ocurre eso. Diles que no son animales; que, en estos momentos de violencia, de sexualidad brutal, salvaje, tienen que ser rebeldes. Tú y yo somos rebeldes: no nos da la gana ser unas bestias. Queremos tratar a Dios (…). Para eso es muy bueno saber hacer una gimnasia espiritual, que es muy semejante -paralela por lo menos- a lagimnasia física».(41)

Alguien le pregunta qué han de hacer sus hijos en la Obra para que la pujanza y la frescura y el vigor de los primeros tiempos se mantenga durante siglos. Y el Fundador responde, en serio, pero con tono de broma:

«Que sean humildes (…). A nosotros no nos interesan ni la pujanza ni la frescura… Un poquito de frescura, sí.

Me preguntaba un niño de pocos años: oye, tú, ¿no te da vergüenza estar ahí arriba hablando a tanta gente? De modo que unpoco de frescura también tengo yo; esa frescura hace falta para poder hablar de Dios (…).

Hemos de ser humildes, y el Señor nos ha pedido la humildad colectiva, que algunos se empeñan en no entender. Desde el principio, miles de personas en todo el mundo la han entendido, y ahora, además, la practican, porque forman parte del Opus Dei y no se les va la fuerza por la boca, sino en obras de servicio a los demás, con manifestaciones de amor a las almas (…). Ser humildes no es ñoñería; es hablar con sinceridad, con naturalidad, y después pensar en aquellas palabras de San Pablo: a mí me importa muy poco el pensamiento de los hombres que me critican; me importa el juicio de Dios. ¿Está claro? Me importa el juicio de Dios: todo lo demás me sale por una friolera»(43)

Antes de partir de Valencia, se reúne en la Casa de Retiros La Lloma con un grupo de hijas e hijos suyos, Supernumerarios, que ayudaron a la Obra en Levante desde los primeros tiempos. Algunos hace más de veinte años que no han visto al Padre. La mayoría le conocieron cuando cursaban sus estudios universitarios; aprendieron a entender, a querer al Opus Dei; descubrieron su vocación de mensajeros y testigos de Cristo sin abandonar su profesión, sus ocupaciones, los deberes de su matrimonio, de su vida familiar. Hoy, ya, alguno tiene el pelo encanecido y el rostro surcado por las huellas del tiempo y del trabajo. La reunión es entrañable por los acontecimientos que encierra este gran paréntesis de tiempo, lleno de lealtad, de fe en la Obra de Dios y en el Padre.

«Me da mucha alegría comenzar dándoos las gracias, por varias razones: la primera, porque correspondéis mucho y bien a la gracia divina; la segunda, porque arrimáis el hombro, y eso es muy bueno para la gloria de Dios, para la felicidad vuestra y para el bien de las almas (…). Veis que todos los cristianos tenéis el derecho y el deber de ser santos. Por eso os doy las gracias: porque lo habéis comprendido y lo estáis practicando. Sin vosotros no se podría hacer nada, absolutamente nada; lo hacéis todo vosotros, con la ayuda del Señor»(44).

El Padre habla con ellos de sus hijos, de sus proyectos, de su vida de entrega a Dios… Todos coinciden en haber vivido, junto al Fundador, una jornada inolvidable.

Y para que no falte una expresión cabal del cariño, los valencianos ofrecerán al Padre un castillo de fuegos artificiales acompasados por la banda de música de Mislata.

En la casa de La Lloma, sobre un viejo arcón de madera arrimado a la pared del patio, hay un ejemplar de «Camino». Se apoya en un atril de metal. En la primera página el Padre ha escrito al llegar:

Electi mei non laborabunt frustra. Valentiae, 14-XI-1972 (45). Mis elegidos no trabajarán en vano. Queda como acción de gracias a Dios y a todos aquellos que iniciaron el trabajo del Opus Dei en la ciudad del Turia.

Pentecostés

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Cuentan los Hechos de los Apóstoles(44) que «al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar, y se produjo de repente un ruido del cielo, como de viento impetuoso que pasa, que llenó toda la casa donde estaban. Se les aparecieron como lenguas de fuego, que se dividían y se posaban sobre cada uno de ellos, y todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según el Espíritu Santo les movía a expresarse».

Los idiomas de los hombres dejaron de ser extraños; se entendían con todos: partos, medos, elamitas, los que habitan en Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto y Asia, Frigia, Panfilia, Egipto y las partes de la Libia que están contra Cirene, y los forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, podían escuchar y traducir de sus labios las grandezas de Dios.

Y María está con ellos, porque los siente suyos: ha sido el último legado de Cristo. Y porque es orgullo de madre rodearse de hijos decididos, leales, afectuosos; pero también es de mujer recogerlos en los momentos del fracaso. Ser la viga maestra que impida la ruina en las situaciones de desaliento.

Durante muchos años, el Fundador del Opus Dei ha metido en su alma y en la de sus hijos la devoción filial a Santa María, junto a esta Presencia amable de la Trinidad Divina entre los hombres.

Ante las dificultades por las que el cristianismo cruza en nuestro momento histórico, el Padre sabe que, otra vez, hay que esperar la fortaleza y la claridad del Espíritu que ilumine las inteligencias y desborde los corazones. Le invoca, le llama con el amor que Pablo de Tarso recordaba a los primeros discípulos: «Y por ser hijos envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que grita: Abba!, ¡Padre!»(45)

Su fe inquebrantable en esta barca de Pedro que no puede hundirse en la mar, porque Cristo sigue eternamente a su lado, no impide el sufrimiento que le produce el desconcierto, la duda, la fragilidad y la visión humana de muchos que, dentro de ella, han dejado de esperar la verdadera fortaleza sobrenatural. La solución está en la santidad, en la entrega incondicional de la vida a esa transcendencia que el cristiano conoce a través de la Sabiduría del Espíritu Santo.

El Concilio Vaticano II fue un gran intento de poner las verdades de la fe al alcance y al modo de los hombres del siglo XX, sin cesión, de ninguna verdad esencial.

El Padre ha presenciado actitudes post-conciliares que nada tienen que ver con la doctrina establecida en los documentos aprobados. Por eso, sufre cuando ve intentos de menoscabar la autoridad del Romano Pontífice; cuando comprueba la crisis de disciplina y autoridad que sufre la Iglesia; el abandono en la práctica de los sacramentos y la supuesta creación de nuevas Teologías que intentan arrumbar los dogmas como productos de una decisión condicionada históricamente y que debe revisarse e interpretarse de un modo supuestamente «progresista».

Para hacer volver las aguas a su cauce, el Padre anima a la fe auténtica, al trabajo santificado y santificador, a la lealtad con la Iglesia y con la Obra:

«Vale la pena jugarse la vida, entregarse por entero, para corresponder al amor y a la confianza que Dios deposita en nosotros. Vale la pena, ante todo, que nos decidamos a tomar en serio nuestra fe cristiana. Al recitar el Credo, profesamos creer en Dios Padre Todopoderoso, en Su Hijo Jesucristo que murió y fue resucitado, en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida (…).

El mensaje divino de victoria, de alegría y de paz de la Pentecostés debe ser el fundamento inquebrantable en el modo de pensar, de reaccionar y de vivir de todo cristiano»(46)

En estos momentos difíciles para la Iglesia, el Padre quiere más que nunca que los miembros del Opus Dei busquen la santidad. Y con este noble empeño escribe una oración, conversación familiar con el Espíritu Santo, que la Obra entera repetirá cada año.

El 30 de mayo de 1971, a media mañana, se reúne con algunos hijos suyos en un oratorio de la Sede Central en Roma. Una vidriera de colores representa la escena de María y de los apóstoles el día en que descendió visiblemente sobre ellos el Espíritu Santo. Un color de fuego ilumina las figuras de este retablo transparente. Don Alvaro del Portillo lee la nueva Consagración de la Obra:

«Concede la paz a tu Iglesia para que todos los católicos, llenos del Espíritu Santo, den siempre a los hombres testimonio firme y verdadero de la fe, muestra efectiva de su amor y razón de su esperanza (…).

Ilumina nuestra inteligencia, purifica nuestro corazón, confirma nuestra voluntad. Haz que recibamos todas las cosas como venidas de tu mano, sabiendo que todo concurre al bien de los que aman a Dios (…).

Te consagramos el Opus Dei y nuestra vida entera. Te ofrecemos todo cuanto somos y podemos: nuestra inteligencia y nuestra voluntad, nuestro corazón, nuestros sentidos, nuestra alma y nuestro cuerpo (…).

De modo que, viviendo siempre en tu amor, lleguemos con María nuestra Madre a gozar de tu gloria sempiterna, unidos ya para siempre al Padre que con el Hijo vive y reina contigo por todos los siglos de los siglos»(47).

Desde su vidriera del oratorio romano de Pentecostés, la Virgen escucha estas palabras que muy pronto repetirán los miembros del Opus Dei repartidos por toda la tierra, mientras preside esta unidad de corazones y de almas.

Torreciudad

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En 1956, don José María Hernández de Garnica, don José Orlandis y José Manuel Casas Torres viajan hasta la ermita de Torreciudad, a orillas del Cinca. Van a rezar ante la imagen bajo cuya advocación Josemaría Escrivá de Balaguer, en la infancia, curó de una enfermedad mortal. Tiempo después propondrán a las autoridades eclesiásticas y civiles la restauración del recinto y de la talla, que data del siglo XI. Capas de pintura y vicisitudes históricas han desfigurado la primitiva ingenuidad y elegancia de esta Virgen románica.

La gestión es positiva y, durante años, se prepara la organización de un Patronato promotor de las obras que habrán de acoger, en el futuro, un Santuario en honor de Nuestra Señora y un cuerpo de edificios destinados a diversas actividades sociales.

En 1966, el Obispo de Barcelona, don Gregorio Modrego, escribe al Presidente del Patronato:

«Con íntima satisfacción de aragonés y ferviente devoto de la Santísima Virgen he tenido noticia de la constitución del Patronato del Santuario de Nuestra Señora de Torreciudad para restaurar completamente la ermita y devolver a su antiguo esplendor el culto a la venerada imagen, que tan celosamente y con filial afecto han guardado los vecinos de Bolturina.

La tradición y la historia nos recuerdan momentos heroicos y vicisitudes…, en los cuales los cristianos acudieron a la imagen de la Santísima Virgen, en devotas peregrinaciones implorando su maternal protección. Restaurar tales santuarios es ofrecer lecciones de vida cristiana… a las generaciones presentes.

Por eso alabamos el gesto de caballeros de los territorios que integraron la Corona de Aragón, los cuales han emprendido la restauración, a que nos referimos, y nos place que hayan sumado a su esfuerzo al Opus Dei que tanto estima ese lugar aragonés y la advocación mariana de Torreciudad por la relación que guarda con su venerable Fundador».

En el mismo sentido se reciben numerosas cartas de personalidades del ámbito religioso y civil: el Obispo de Barbastro, el Presidente de la Diputación de Valencia, el Alcalde de Barcelona. Además, hay testimonios de alegre colaboración por parte de los habitantes de este Somontano que reza y visita, desde hace siglos, a su Virgen de Torreciudad. Un campesino de los más entusiastas de la ermita comenta, mientras siembra trigo a voleo en las tierras de su afán:

«Están haciendo un Santuario nuevo allí (…). Está muy bien que haya quien lo haga, que la Virgen y el mundo estarán muy contentos»(15)

Ya en 1955 el. Fundador de la Obra habla en Roma de la ermita apoyada en la orilla del Cinca y de los proyectos de restauración. En estos años las dificultades económicas son inmensas. No hay dinero, pero la fe del Padre sueña planes de gran envergadura en honor de la Virgen. Les dice que será un lugar de peregrinación al que acudirán personas de todas partes del mundo, para honrar a nuestra Madre.

En 1966 hay ya un anteproyecto por parte de ingenieros y arquitectos. Y se empieza a trabajar con vistas a la futura edificación. El Padre seguirá los planos, dejando a la vez amplia libertad a quienes van a llevar las obras para convertir en realidad uno de sus grandes deseos. O mejor, según dirá él mismo, una de sus grandes locuras: hacer un despliegue de amor para María, la Madre de Cristo.

Ya en los primeros momentos llegarán hasta el Patronato aportaciones económicas de todo el mundo. Desde Japón a Kenia, Filipinas, Argentina, Estados Unidos y los países de Europa, colaborarán en esta universal devoción que no conoce otros intereses ni fronteras. Las regiones de España estarán unidas a este proyecto en el que van a volcarse tantos esfuerzos, tanta dedicación y esperanza.

Para dar constancia de ello, unos grandes carteles escritos en castellano, catalán, francés, italiano, portugués, inglés y alemán, jalonan la ruta montañera de Torreciudad con el siguiente texto:

«El Santuario y las obras sociales anejas se construyen con la generosa ayuda de muchas personas movidas por su amor a la Santísima Virgen. Agradeceríamos su donativo».

Durante una reunión con universitarias en Roma, en el año 1974, el Padre responde a una pregunta acerca del amor a la Madre de Dios:

«Sé muy devota de Nuestra Señora. A los del Opus Dei nos lo critican a veces. A mí me critican porque estamos levantando una iglesia muy grande, un santuario -el Santuario de Torreciudad-, con muchas obras sociales que están funcionando. Allí no se ha empleado más material que el de aquella tierra: ladrillo de por allí, piedra de por allí; piedras viejas de edificios antiguos que se han tirado y que nos han regalado (…). Se hace con limosnas de todo el mundo. Limosnas pequeñas, y menos pequeñas (…). Ha llegado ayuda hasta del Japón y de Nigeria, para poder hacer aquello» (16).

También en 1972, a un grupo numeroso de personas, les había explicado:

«En estos momentos, cuando se niegan en tantos sitios los privilegios de la Madre de Dios; cuando quienes deberían dar luz, están en la oscuridad y no dan más que sombra; cuando los que deberían ser fortaleza, son debilidad; cuando los que deberían derrochar gracia de Dios, derrochan tentaciones diabólicas y mala doctrina, y atacan sin piedad a la Madre de Dios diciendo también que ya no es tiempo de Santuarios a la Virgen… Pues, en estos momentos, estamos levantando entre todos ese Santuario maravilloso, donde habrá tanta piedad y tantas obras sociales, y donde esperamos que la Virgen Santísima derroche las gracias de su Hijo directamente en las almas, calladamente. Y, de paso, damos testimonio de que la devoción a la Virgen no se ha superado. Un cristiano tiene que amarla sobre todas las cosas de la tierra, después de Dios; porque más que Ella, sólo Dios»(17).

Una tarea ingente y difícil se abre ante los constructores de Torreciudad: hay que explanar terrenos de roca, abrir carreteras, llevar a cabo el tendido eléctrico y procurar conducciones de agua. Todo se proyecta en grandes dimensiones, porque la fe del Fundador apunta a centenares de miles de peregrinos que, un día no lejano, se acercarán a este Santuario. Comienzan las obras. Hace algunos años que se ha construido el embalse de El Grado. Lo que eran torrenteras y rápidos encrespados del Cinca se ha convertido en un remanso verdiazul que roba muchos metros a la roca. Tantos, que su nivel llega a besar, casi, los pies de la ermita.

El equipo de artesanos y arquitectos se encarga de adquirir, por los pueblos de la tierra, viejos materiales procedentes de casas en trance de desaparición. La emigración ha despoblado extensas zonas en el Somontano. En ellas quedan aún, abandonados, recios

edificios, ruinas de casas y de molinos. Todo ello condenado a la destrucción.

Los dueños, en muchos casos, cederán gratuitamente estos materiales en la esperanza de que sean útiles al Santuario. En los planos de cada edificio se van dibujando huecos para los arcos, sillares, rejas, puertas y ventanas. Unas 130.000 tejas integran todas las cubiertas, adquiridas de multitud de edificios en ruinas. Dentro se instalarán más de cien puertas rescatadas a derribo. Los equipos técnicos se preocupan por adaptar las construcciones al paisaje aragonés y hacerse con estos materiales del país. Tal esfuerzo supondrá, además, una importante economía en los presupuestos.

Trescientos obreros de la zona intervienen en las obras, que dan comienzo el 12 de octubre de 1968. La ermita es la que primero protagoniza los trabajos de consolidación y restauración. La capilla adquiere un nuevo retablo, y la hospedería adjunta se acondiciona para vivienda de los encargados del proyecto.

Hasta el 2 de febrero de 1970 no darán comienzo, propiamente, los cimientos del Santuario. Durante este tiempo se han abierto las carreteras de acceso; los aparcamientos ofrecen ya espacio a gran número de vehículos. Los cerros próximos, áridos y roqueños, empiezan a apaciguar el sol con una abundante repoblación forestal. Los muros de piedra ofrecen una sólida contención de tierras. Pocas veces, como en este lugar sereno, de adusta belleza, se podría concretar aquella frase de la Escritura esculpida en un corredor de Molinoviejo:

«A través de los montes, las aguas pasarán» (18).

No ha existido obstáculo que no se haya terraplanado hasta llegar, al fin, a esta gran explanada donde va a levantarse el Santuario que albergará a la Virgen y, con Ella, los edificios que ofrecerán la formación adecuada a tantos hombres y mujeres de éstas y otras tierras lejanas.


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