3. Unidad de vida

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Si la filiación divina –sentirse hijos de Dios y saber que realmente lo somos[1]– constituye el fundamento de la vida espiritual del Fundador del Opus Dei, su rasgo estructural y constitutivo se manifiesta en la unidad de vida, es decir, la interpenetración de los aspectos culturales, profesionales y sociales con los espirituales y apostólicos en las relaciones del alma con Dios, pues nada en la existencia de la criatura deja de interesar a su Creador. Resulta obvio que unidad no se confunde con mezcla o confusión. No se trata de una especie de «emulsión» o aditivo del trabajo y del caminar cotidiano con la lucha ascética y la actividad apostólica. Consiste en una unidad radical, en la que la persona desarrolla sus acciones en diferentes planos que, sin embargo, no están separados y mucho menos contrapuestos, sino que se entrelazan y concurren al logro de esa plenitud –nunca completamente alcanzada en esta tierra– que es la santidad.

Así se expresaba el Beato Josemaría: «Hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser –en el alma y en el cuerpo– santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales»[2].

En sus coloquios informales con personas de toda procedencia y condición, le preguntaban con frecuencia cómo compatibilizar las exigencias profesionales, cada vez más perentorias, con las obligaciones familiares, con los deberes cívicos y la práctica cotidiana del trato con Dios. De un modo o de otro, sus respuestas iban a parar siempre a la unidad de vida, como solución operativa ante el desconcierto y la angustia que la complejidad de la sociedad genera en hombres y mujeres sobrecargados por solicitudes aparentemente inconciliables.

También en este punto se manifiesta el temple positivo como actitud básica de su perfil intelectual y humano. Nunca acepta la mera resignación. No aconseja que se sufran inactivamente las dificultades. Por ejemplo, a un universitario que se lamenta –especialmente en días de exámenes– de que no puede hacer compatible el estudio intenso con la oración, además de aconsejarle que no descuide esos tiempos de trato con Dios, le responderá derechamente: «Una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de oración»[3]. Un obrero o un empresario con horarios agobiantes, encontrarán luz en este consejo hacedero: «Pon un motivo sobrenatural a tu labor profesional, y habrás santificado el trabajo»[4]. Más articulada y extensa ha de ser la respuesta a un problema muy actual: cómo pueden las mujeres conciliar su creciente presencia en las actividades profesionales fuera del hogar con la imprescindible labor que desarrollan en el ámbito familiar: «En primer término –respondía en una entrevista de prensa concedida en 1968–, me parece oportuno no contraponer esos dos ámbitos que acabas de mencionar. Lo mismo que en la vida del hombre, pero con matices muy peculiares, el hogar y la familia ocuparán siempre un puesto central en la vida de la mujer: es evidente que la dedicación a las tareas familiares supone una gran función humana y cristiana. Sin embargo, esto no excluye la posibilidad de ocuparse en otras labores profesionales –la del hogar también lo es–, en cualquiera de los oficios y empleos nobles que hay en la sociedad, en que se vive. Se comprende bien lo que se quiere manifestar al plantear así el problema; pero pienso que insistir en la contraposición sistemática –cambiando sólo el acento– llevaría fácilmente, desde el punto de vista social, a una equivocación mayor que la que se trata de corregir, porque sería más grave que la mujer abandonase la labor con los suyos»[5].

Es significativo que, en esta misma entrevista, el Beato Josemaría mencione expresamente los nuevos medios técnicos[6], como instrumentos para ahorrar tiempo y poder desarrollar una variedad de tareas. Las «nuevas tecnologías» reflejan una de las características más notorias de nuestra época, y el Fundador del Opus Dei reconoce las posibilidades que esta galaxia postindustrial abre a la efectiva realización de la unidad de vida del cristiano.

Mons. Álvaro del Portillo, en su homilía del 18 de mayo de 1992, se hacía eco de lo que el Beato Josemaría predicó desde 1928: «¡Sí!, es posible ser del mundo sin ser mundanos; es posible permanecer en el lugar de cada uno, y al mismo tiempo seguir a Cristo y permanecer en Él. Es posible vivir en el cielo y en la tierra, ser contemplativos en medio del mundo, transformando las circunstancias de la vida ordinaria en ocasión de encuentro con Dios; en medio para llevar otras almas al Señor e informar desde dentro la sociedad humana con el espíritu de Cristo, ofreciendo a Dios Padre todas nuestras obras en unión con el Sacrificio de la Cruz que se renueva sacramentalmente en la Eucaristía»[7].

Promotor de centros de investigación y enseñanza superior, el gran universitario que fue el Beato Josemaría alentó a intelectuales, profesores y estudiantes, a practicar el trabajo en equipo y la interdisciplinariedad, para buscar nuevas síntesis de los saberes, con inspiración cristiana y profundidad científica. Como Gran Canciller de la Universidad de Navarra, subrayaba en octubre de 1967 que «la Universidad tiene como su más alta misión en servicio a los hombres, el ser fermento de la sociedad en la que vive: por eso debe investigar la verdad en todos los campos, desde la Teología, la ciencia de la fe, llamada a considerar verdades siempre actuales, hasta las demás ciencias del espíritu y la naturaleza»[8]. Desde ahí, describía el horizonte de la Universitas scientiarum, que debe dilatarse siempre más y más para responder a las nuevas realidades y exigencias del contexto social. «Consciente de esta responsabilidad ineludible, la Universidad se abre ahora en todos los países a nuevos campos, hasta hace poco inéditos, incorporando a su acervo tradicional ciencias y enseñanzas profesionales de muy reciente origen y les imprime la coherencia y la dignidad intelectual, que son el signo perdurable del quehacer universitario»[9].

Claro aparece que el planteamiento de la unidad de vida no es, en el pensamiento del Beato Josemaría, una especie de técnica para abrirse camino en la maraña de la complejidad que rodea al hombre. Presenta una clara inspiración teológica y penetra lo más profundo de su propio perfil intelectual. Este enfoque se advierte con especial luz en un texto de Surco, que sintetiza el estilo y los rasgos de un intelectual cristiano:

«Para ti, que deseas formarte una mentalidad católica, universal, transcribo algunas características:

– amplitud de horizontes, y una profundización enérgica, en lo permanentemente vivo de la ortodoxia católica;

– afán recto y sano –nunca frivolidad– de renovar las doctrinas típicas del pensamiento tradicional, en la filosofía y en la interpretación de la historia…;

– una cuidadosa atención a las orientaciones de la ciencia y del pensamiento contemporáneos;

– y una actitud positiva y abierta, ante la transformación actual de las estructuras sociales y de las formas de vida»[10].

El Beato Josemaría concedió toda su importancia a la formación humana de los fieles del Opus Dei, para que se condujeran de manera leal y noble con los demás, sin descuidar la atención premurosa a los más débiles o necesitados, tanto en el plano material como en el espiritual. Estableció los medios para una intensa formación, con especial atención a los estudios filosóficos y teológicos. Cuidaba atentamente los aspectos humanos y doctrinales, conjugándolos armónicamente con los ascéticos, apostólicos y profesionales, dentro de la más amplia libertad en las cuestiones opinables. Recomendaba que nunca se dejaran los libros, sino que se mejorara día a día la cultura secular y religiosa, también por medio del trato asiduo con los clásicos de la literatura universal y del pensamiento cristiano.

Consideraba que, para influir cristianamente en la sociedad civil se precisa una formación amplia, unitaria, profunda y madurada a lo largo de la vida. Por eso afirmaba que la formación no termina nunca. Sólo así podrían los cristianos encender el fuego de Cristo entre sus compañeros, parientes y amigos o, al menos, elevar la temperatura espiritual de su entorno. Concretamente, el Opus Dei, repetía, «es una gran catequesis»: en rigor, se limita a formar a sus miembros para que después sean ellos los que, personal y libremente, actúen según su criterio en los ámbitos donde –por trabajo, familia o amistad– están presentes.

[1] 1 Jn 3, 1.

[2] Conversaciones…, n. 114.

[3] Camino, n. 335.

[4] Ibid., n. 359.

[5] Conversaciones…, n. 87.

[6] Cfr. Ibid., n. 89.

[7] ÁLVARO DEL PORTILLO, op. cit.

[8] Josemaría Escrivá de Balaguer y la Universidad, edic. cit., p. 90.

[9] Ibid., p. 91.

[10] Surco, n. 428.

Alegres con esperanza

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Francisco Varo presentó ayer en Madrid su libro “Alegres con esperanza. Textos de San Pablo meditados por San Josemaría”

Opus Dei -

Francisco Varo, profesor de Sagrada Escritura de la Facultad de Teología en la Universidad de Navarra, dijo ayer que el Año Paulino que se clausura el próximo 29 de junio ha sido muy positivo, porque ha servido para despertar el interés por un personaje importante en los orígenes del cristianismo, como es Pablo de Tarso, poco conocido para gran parte de la gente, pero que hoy tiene mucho que aportar”.

Varo presentó ayer su libro “Alegres con esperanza. Textos de San Pablo meditados por San Josemaría” (Rialp, 2009). “San Pablo es visto –dijo Varo– como  un hombre metido en el mundo, al que la fe le ayuda a vivir alegre, mirando la vida con esperanza”.

Un personaje para admirar y para imitar
“Amplitud de horizontes, afán recto y sano de renovar el pensamiento, cuidadosa atención a la ciencia y al pensamiento contemporáneos, y una actitud positiva y abierta ante las transformaciones actuales de las estructuras sociales y formas de vida”, son algunas características que San Josemaría ve en San Pablo, según Varo.

Según este autor, Pablo de Tarso “es un personaje para admirar y para imitar”, “es un hombre de su tiempo,  conocedor de sus derechos y deberes como ciudadano romano, y a quien el mensaje cristiano enriquece y abre horizontes”.

Valorar el don del sacerdocio
Francisco Varo se refirió además al Año Sacerdotal convocado por el Papa a partir del 19 de junio, y destacó el objetivo de que “los sacerdotes redescubramos y nos sintamos cada día más contentos con nuestra vocación, verdadero don de Dios”.

“Me gustaría –dijo también-  que todo el pueblo cristiano valore el don del sacerdocio, y muchos jóvenes puedan darse cuenta de que los ideales que llevan en su corazón los harán felices toda su vida si se abren a escuchar a Dios que los llama”.

Como experto en Sagrada Escritura y autor de los libros “¿Sabes leer la Biblia?” y “Rabí Jesús de Nazaret”, destacó que “los evangelios no son manuales de historia, pero sí escritos que testimonian unos hechos reales”, y advirtió del riesgo que supone “tomar algunos datos sueltos, para integrarlos en una trama alternativa, que siempre ha sido una tentación para gnósticos e “iluminados” de todas las épocas. Pero eso no es ciencia, sino literatura-ficción en el mejor de los casos”.

Fe y Mundo

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La Razón.- Jesús Fonseca

Amplitud de horizontes. Afán recto y sano, nunca frivolidad. Y una cuidadosa atención a las orientaciones de la ciencia y del pensamiento, además de  ante las formas de vida de cada momento para ser constructores de paz en todos los ambientes y en todos los tiempos. Levantar el corazón a Dios, cada uno donde le toque. Eso es lo que vino a defender a Valladolid, hace ahora 70 años, el fundador del Opus Dei. San Josemaría llegaba a una ciudad casi conventual.  Agrícola y muy conservadora. En su maleta traía un mensaje revolucionario: mientras que en los púlpitos vallisoletanos se predicaban los peligros del mundo y sus seducciones, este hombre provindencial, probablemente la mentalidad más anticipativa y lúcida que ha tenido la iglesia en los últimos cien años, además de muy santo, que defendiera con convencimiento y buen humor, que había que amar al mundo apasionadamente. Tal cual.

En Valladolid, le reciben con cariño un puñado de estudiantes y con frialdad en los círculos eclesiásticos. No se entendía que un cura no condenara al mundo, con sus vedados y denostados placeres. Que sostuviera con semejante tozudez que no hacía falta apartarse de él para alcanzar la santidad. ¿Qué era eso de que se podía ser santo sin retirarse al claustro, vestir hábito o llevar clerical tonsura? Nadie hasta entonces se había atrevido a plantear semejantes teorías. Tendrían que pasar  casi 30 años para que la Iglesia, a través del  Vaticano II, hiciera suya la grandeza de la vida ordinaria. En Valladolid, la prelatura del Opus Dei en Castilla y León -de la que yo no formo parte- ha tenido el acierto de organizar hoy una jornada recordando la llegada de aquel hombre universal, de aquel santo, que no sabía donde terminaba el trabajo y comenzaba la oración.


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