Testigos de lo eterno

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El  28 de marzo de 1975 se cumplían los cincuenta años de la ordenación sacerdotal de Monseñor Escrivá de Balaguer. El tiempo y el esfuerzo por extender el fuego de Dios en la tierra habían marcado su cuerpo. Pero el alma seguía joven. Con aquella apasionada adolescencia de Amor que le llevó camino del Seminario de Zaragoza.

Dos meses antes de sus bodas de oro sacerdotales, escribe:

«Conmemoremos, por tanto, hijas e hijos queridísimos, este aniversario sacerdotal, renovando el propósito de aprovechar cada jornada agradecidamente al pie de la Cruz -del Altar- la Vida que Jesucristo nos da: que sea siempre la Santa Misa el centro y la raíz de nuestra existencia»(1).

Y el 27 de marzo de 1975, jueves Santo, dirige una meditación a un grupo de miembros del Opus Dei y deja que hable su corazón:

«Una mirada atrás… Un panorama inmenso: tantos dolores, tantas alegrías. Y ahora, todo ‘alegrías, todo alegrías… Porque tenemos la experiencia de que el dolor es el martilleo del artista que quiere hacer de cada uno, de esa masa informe que somos, un crucifijo, un Cristo, el “alter Christus” que hemos de ser»(2).

Sus palabras expresan, en este día, una maravillosa realidad: el Fundador ha vivido sus años de sacerdocio absorto, centrado en el Sacrificio del Altar, la Santa Misa.

Durante muchos años ha repetido que todos en el Opus Dei, sin distinción, tienen alma sacerdotal. Han sido llamados desde el anónimo de la historia colectiva para ser testigos de la eternidad. Capaces de entregar su vida en testimonio de la presencia de Dios entre los hombres. Pero el «muro sacramental» sólo es franqueado por el sacerdocio ministerial.

En su homilía «Sacerdote para la eternidad», el Padre se refiere una vez más a un grupo de hombres que serán ordenados sacerdotes y habla de esta dedicación en cuerpo y alma a la oración, a la Palabra y a la administración de Sacramentos: «Estos hombres que, libremente, porque les da la gana -y es ésta una razón muy sobrenatural- abrazan el sacerdocio, saben que no hacen ninguna renuncia, en el sentido en el que ordinariamente se emplea esta palabra. Ya se dedicaban -por su vocación al Opus Dei- al servicio de la Iglesia y de todas las almas, con una vocación plena, divina, que les llevaba a santificar el trabajo ordinario, a santificarse en ese trabajo y a procurar, con ocasión de esa tarea profesional, la santificación de los demás (…).

La santidad no depende del estado -soltero, casado, viudo, sacerdote-, sino de la personal correspondencia a la gracia, que a todos se nos concede, para aprender a alejar de nosotros las obras de las tinieblas y para revestirnos de las armas de la luz: de la serenidad, de la paz, del servicio sacrificado y alegre a la humanidad entera (…).

En los ordenados, este sacerdocio ministerial se suma al sacerdocio común de todos los fieles. Por tanto, aunque sería un error defender que un sacerdote es más fiel cristiano que cualquier otro fiel, puede, en cambio, afirmarse que es más sacerdote: pertenece, como todos los cristianos, a ese pueblo sacerdotal redimido por Cristo y está, además, marcado con el carácter del sacerdocio ministerial, que se diferencia “esencialmente, y no sólo en grado”, del sacerdocio común de los fieles»(3).

El Opus Dei, para continuar su camino necesita de la presencia de sacerdotes con el mismo espíritu que los laicos de la Obra.

Hombres que, con la misma dedicación y entrega, puedan constituirse en dispensadores de la gracia sacramental, con mentalidad laical y santificando su trabajo profesional.

Abundando en esta idea del Fundador, ha escrito Monseñor Alvaro del Portillo:

«El sacerdote, además de ser un cristiano -un hombre incorporado (a Cristo) por el bautismo-, por la consagración recibida en el sacramento del orden se hace representante -la expresión más adecuada en este caso sería, con los debidos matices, alter ego- de Jesucristo Cabeza de la Iglesia, para cumplir en su nombre y en su misma potestad la función de enseñar, santificar y dirigir pastoralmente a los demás miembros de su Cuerpo, hasta el fin de los tiempos»(4).

Si todo el Pueblo de Dios es un pueblo sacerdotal, puesto que tiene la misión de consagrar el mundo a Jesucristo, los ordenados sufren «una configuración, una transformación sacramental y misteriosa de la persona del hombre-sacerdote en la persona del mismo Cristo, único Mediador»(5).

La luz y la convicción de esta realidad divina sembró en Monseñor Escrivá de Balaguer un intenso amor al sacerdocio, y deseó trasvasarlo plenamente a todos sus hijos. El itinerario de su vida está marcado por una dedicación sin límites a los sacerdotes. He aquí lo que escribe, de este amor entrañable y activo, el actual Prelado del Opus Dei:

«Hablar de Dios, acercar los hombres al Señor: así lo he visto desde que lo conocí, en 1934. Catequesis, días y cursos de retiro espiritual, dirección de almas, cartas breves e incisivas, que llevaban en los trazos -rápidos y definidos- la paz a muchas conciencias. En los primeros meses de 1936 llegó a enfermar; los médicos diagnosticaron sólo cansancio. Predicaba, a veces, hasta diez horas diarias. El clero de casi todas las diócesis españolas recibió su predicación; lo llamaban los Obispos y él recorría el país, a sus propias expensas -en aquellos trenes de entonces-, sin más pago que la amorosa obligación de hablar de Dios»(6).

Y algunos de los que fueron testigos directos de esta dedicación como el Reverendo don Carlos Vicuña, Provincial de los Agustinos de España, en una carta a don Álvaro del Portillo, escrita en octubre de 1944:

«Voy a darle una breve impresión de los ejercicios espirituales dados por don Josemaría Escrivá de Balaguer a los religiosos agustinos del R. Monasterio de El Escorial en este mes de octubre. Todos coinciden en que superó todas las esperanzas y satisfizo plenamente los deseos de los Superiores (…). Todos sin excepción (Padres, teólogos, filósofos, hermanos y aspirantes) estaban pendientes de sus labios sin respirar, como suele decirse (…), cautivados por aquel torrente de fervor, entusiasmo, sinceridad y efusión de corazón».

Desde el 2 de octubre de 1928, el Padre vio la Obra como una totalidad en la que estaban también incluidos los sacerdotes. Y por eso empezó a rodearse de algunos clérigos amigos que practicaban una honda vida de piedad. Se unieron al Padre y le ayudaron en su labor apostólica; aunque no todos lograron entender lo que don Josemaría Escrivá de Balaguer llevaba en el alma.

Por ello, el Padre se da cuenta muy pronto de que los sacerdotes idóneos para atender la Obra deben proceder de sus propios hijos, para que el espíritu del Opus Dei permanezca intacto.

Pero insiste en que recibir el Sacramento del Orden es un hecho accidental para la vocación a la Obra. Todos han entregado su vida al servicio de Dios. Y Dios elegirá, libremente, aquellos que han de servir con el sacerdocio ministerial a sus hermanos y a todas las almas. El Opus Dei acoge dedicaciones tan multivarias como la extensa vocación con que los hombres pueden sentirse llamados en medio del mundo:

«El constituyó a los unos apóstoles, a los otros profetas, a éstos evangelistas, a aquéllos pastores y doctores, para la perfección consumada de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del Cuerpo de Cristo hasta que todos alcancemos la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, cual varones perfectos, a la medida de la plenitud de Cristo»(7).

Tan arraigada está en el Fundador la certeza de que los sacerdotes del Opus Dei han de proceder de los miembros de la Obra que, ya en 1936, cuando solamente existe en Madrid la Residencia de estudiantes de la calle Ferraz, tiene lugar un hecho muy significativo. Son los primeros días de mayo. Pedro Casciaro, que lleva seis meses de vocación en la Obra, sale del oratorio donde ha estado haciendo un rato de oración. Es una mañana en la que no ha tenido clase en la Universidad. La casa ha quedado desierta porque los demás han acudido a su trabajo. En un banco, fuera del oratorio, está el Padre rezando el Breviario. Pasa despacio para no distraerle, pero el Fundador, sin apartar los ojos del libro, le hace un gesto de que espere. Coloca una señal en la página que acaba de terminar y, mirándole afectuosamente, pregunta:

-«¿Estarías dispuesto a ser sacerdote, si recibieras la llamada?»

Casi sin reflexionar, Pedro responde:

-«Pienso que sí, Padre».

Pero, al tomar conciencia del contenido de la pregunta que acaba de escuchar, vuelve instintivamente ante el sagrario. Poco después el Padre se reúne con él y, de rodillas a su lado, señala la alfombra roja que cubre la tarima del altar. En voz baja le dice:

-«El sacerdote tiene que ser como esa alfombra; sobre ella se consagra el Cuerpo del Señor; está en el altar, sí, pero está para servir; más aún, está para que los demás pisen blando, y ya ves, no se queja, no protesta… ¿Comprendes cuál es el servicio del sacerdote?: ya verás que más adelante, en tu vida, reflexionarás sobre esto»(8).

Sin embargo el acceso de algunos miembros de la Obra al sacerdocio es un fenómeno teológico y pastoral que requiere fórmulas jurídicas adecuadas. Y esto, será un capítulo más que habrá de contar con la oración, el sufrimiento del Padre y, sobre todo, con la Providencia de Dios.

¡Cúmplase!…

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En el mes de abril de 1941 doña Dolores Albás enferma, repentinamente, de neumonía. Tiene 64 años. Ya en su juventud los médicos le recomendaron que no fatigase su corazón. Este corazón que ha tenido que avezarse a tanto dolor, tanto desprendimiento llevado adelante con valor y alegría.

El Padre tiene concertados, desde hace tiempo, unos ejercicios espirituales para sacerdotes diocesanos en Lérida. Conoce el estado de gravedad de su madre, pero los médicos no pronostican una evolución desfavorable. Este día 20 de abril entra a despedirse de ella. Le lleva lejos, como otras veces, la dedicación, el amor que ha profesado siempre a los sacerdotes… En el vestíbulo que comunica con la puerta del dormitorio de la Abuela, se encuentra un grupo de miembros de la Obra que espera la salida del Padre. Está muy conmovido.

Un momento antes de partir, pide a su madre que ofrezca todas las molestias por la tarea que va a realizar. Ella asiente, aunque no puede evitar decir en voz baja:

-¡Este hijo!…

Una vez en el Seminario de Lérida, acude al sagrario de la capilla:

-Señor, cuida de mi madre, puesto que estoy ocupándome de tus sacerdotes(66).

Hacia el mediodía del 22 les dirige una plática en la que habla de la labor sobrenatural, inigualable, que compete a la madre junto a un hijo sacerdote. Cuando termina se queda un rato de oración, arrodillado cerca del sagrario. Y, en ese momento, llega el Obispo Administrador Apostólico y le dice:

-Don Alvaro le llama por teléfono.

El Padre oye la voz de Alvaro a través de la distancia:

-Padre, la Abuela ha muerto (67).

Vuelve a la capilla sin una lágrima. Entiende que Dios ha hecho lo que más convenía. Y después llora, rezando en voz alta -está a solas con Dios- aquella larga jaculatoria que tantas veces recordará a sus hijos en situaciones semejantes:

Fiat, adimpleatur, laudetur et in aeternum superexaltetur iustissima atque amabilissima voluntas Dei super omnia. Amen. Amen.(68).hagase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima voluntad de Dios sobre todas las cosas.

Desde entonces, siempre pensará que el Señor quiso de él este sacrificio como muestra de su cariño a los sacerdotes; y que su madre, especialmente, sigue rezando en el Cielo por ellos. Es el último encargo que pudo hacerle sobre la tierra.

En Madrid esperan su llegada. El desenlace ha sido imprevisto y rapidísimo. Un fallo cardio-respiratorio ha terminado con esta vida quemada en la elegancia de quien da todo y jamás pasa factura. Ha compartido la exigencia, la fe, el sacrificio de Josemaría por la Obra de Dios. Su vocación fue ésta: ser la madre de un hombre elegido para llevar un alto mensaje ante las gentes. En la pared, sigue presidiendo el cuadro de la Virgen con el Niño: los dos parecen mirar la escena de este holocausto silencioso que acaba de concluir.

El cuerpo de doña Dolores se traslada al oratorio de Diego de León. Allí queda instalada la capilla ardiente, en la que se turnarán todos para velar y rezar por ella. Desde Lérida, el Padre viaja en coche hasta Madrid y llega muy tarde. Nada más entrar en la casa abre la puerta del oratorio; se arrodilla ante el sagrario y luego junto al cuerpo de su madre. Llora como un hijo que ha perdido algo insustituible. Después llama a Alvaro y le pide ayuda para rezar el Te Deum. Quiere agradecer a Dios la paz y la alegría en(69) que descansa su madre (69).

Dos días más tarde, el Fundador dirige una meditación en el oratorio de este Centro. Les habla de la Abuela, de lo mucho que ha hecho por la Obra. Descubre la Voluntad de Dios también en las circunstancias de su muerte, estando ausente. Y comenta:

«Aunque se procure que mis hijos estén junto a sus padres cuando mueran, no siempre será posible por necesidades de apostolado. Y has querido, Señor, que en esto vaya también delante»(70).

Creyó que su madre permanecería más años cerca de las mujeres del Opus Dei. Parecía que Dios se lo iba quitando todo. Todo aquello en que cifraba su apoyo y esperanza humanos.

Al fallecer doña Dolores, Carmen Escrivá de Balaguer queda sola para organizar y dirigir el servicio en Diego de León. Sobre ella va recaer la responsabilidad de transmitir una valiosísima experiencia a cuantas van a llegar hasta la Obra en estos primeros Centros de Madrid y de España. Tía Carmen, como la llamarán siempre con afecto, va a seguir poniendo todo el calor que aprendiera en su ambiente familiar. Mantendrá, con dignidad y escasos recursos, a un número elevado de personas que viven ya en la casa. Hará colas interminables, que comienzan de madrugada, para conseguir alimentos indispensables. El combustible es de baja calidad, escaso, y el humo inunda los servicios. Hay que ahorrar y no se enciende la calefacción. Por si fuera poco, siguen frecuentando la casa Obispos, sacerdotes, profesores y personalidades que se interesan por conocer el espíritu de la Obra y es preciso atenderles con esmero.

A base de una entrega ejemplar, logrará llevar adelante, con cariño y reciedumbre -y también con humor aragonés- las dificultades de la empresa. Su hermano tendrá en ella la ayuda inestimable para dar el tono de sobriedad y buen gusto que habrán de tener los Centros del Opus Dei.

Veintiocho años más tarde, cuando Carmen tampoco esté ya sobre la tierra, los restos de don José Escrivá -que habían sido trasladados desde Logroño al cementerio del Este, en Madrid- y los de doña Dolores, que reposaba junto a su marido, serán llevados a la cripta construida en Diego de León. Es todo un símbolo. En los cimientos de la Obra estuvo siempre la familia del Fundador.

Con razón podía decir Monseñor Escrivá de Balaguer, poco después de haber tenido lugar este traslado:

-«Mi madre ha vuelto a su casa»(71).

Ahí, en la paz y el silencio, los miembros del Opus Dei rezan por las familias de todos, cada día.

Una audacia: la Academia DYA

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Pedro Rocamora conoció a Mons. Escrivá de Balaguer hacia 1928, y, aunque Rocamora nunca sería del Opus Dei, tuvo desde el primer momento veneración profunda y sincero afecto por aquel sacerdote joven, don Josemaría, que le trató con confianza de verdadero amigo, y poco después de que hubiera nacido la Obra, le habló de sus ideas “fundacionales”. Le parecían dema­siado ambiciosas: “Las formulaba con una sencillez y un conven­cimiento de éxito que asombraba”. A pesar de la admiración que sentía hacia don Josemaría, “no podía ocultar un cierto escepti­cismo ante aquellos proyectos que me parecían demasiado grandes, hermosos desde luego y casi imposibles de conseguir”.

Incluso quienes tenían fe ‑además de amistad‑ en el Fundador del Opus Dei, sentían vértigo cuando les hablaba del futuro. Porque sus sueños no podían apoyarse absolutamente en nada humano. Esta impresión de vértigo ‑la fe y la confianza en Dios de don Josemaría‑ es la que guardan en su memoria, como vimos, las asociadas de la Obra cuando les describía las labores que la Sección de mujeres haría en el futuro. Quedaba siempre claro que lo más importante era el apostolado personal de las asociadas, imposible de registrar o medir. Pero de ese afán apostólico surgirían también iniciativas diversísimas: granjas para campesinas, centros de capacitación profesional para la mujer, residencias de estudiantes universitarias, actividades en el campo de la moda… Ante el asombro de aquellas pocas mujeres, el Fundador del Opus Dei les hacía ver que lo único necesario era confiar en Dios: el Señor quería que todo eso se hiciese, y, por tanto, Dios sería quien llevaría adelante su Obra.

No es superfluo subrayar que en la mente y en el corazón de don Josemaría estaban; en aquellos primeros momentos, muchas actividades que tardarían años en ser realidad. Esos proyectos incluían, como acabamos de ver, las obras apostólicas que el Opus Dei promovería, labores de contenido profesional y civil, radicalmente orientadas a un servicio cristiano a la sociedad, es decir, tareas de carácter exclusivamente apostólico.

Los socios de la Obra no han olvidado los horizontes que el Fundador abría, en aquellos años treinta, cuando todo estaba comenzando. Así, don Juan Jiménez Vargas recibió en 1933 una explicación clarísima de lo que serían en concreto estas obras apostólicas del Opus Dei, en el ámbito de la enseñanza. Habría que hacer, entre otras cosas, centros docentes no oficiales, impregnados de sentido cristiano desde el principio al fin, pero sin llamarse nunca “católicos”. Serían siempre pocos, fruto de la iniciativa de algunos socios de la Obra, una parte de los dedicados profesionalmente a la enseñanza, porque muchos, en el ejercicio de su libertad, preferirían seguir trabajando en centros oficiales. En cualquier caso, estos profesionales no serían muchos en comparación con todos los que en cada momento formasen parte del Opus Dei. El profesor Jiménez Vargas asegura que “cuando me hablaron del planteamiento de la Universidad de Navarra, casi veinte años después, no me sor­prendió nada porque era idea conocida”. Y añade: “estas ideas son las mismas que yo le oí el año 1933″.

En aquel tiempo, don Josemaría supo conjugar la universa­lidad que Dios quería para su Obra en el futuro, con el sobrio atenerse a la realidad del momento. Así inició, con los pocos medios de que disponía, la que fue primera iniciativa apostólica del Opus Dei, con todas las características que después tendrían estas actividades en el mundo entero: la Academia DYA, que comenzó a funcionar en 1933 en un entresuelo de la calle de Luchana, número 33, esquina a la de Juan de Austria.

Hasta entonces, como es fácil deducir de las páginas prece­dentes, el Fundador del Opus Dei había hecho su labor apos­tólica donde buenamente podía. El periodista Julián Cortés Cavanillas recuerda sus paseos con don Josemaría por Recoletos, y las veces que con él tomó chocolate con picatostes o churros en El Sotanillo, un lugar tranquilo, muy cerca de la Puerta de Alcalá, subiendo desde Correos. Aún existía en los años cincuen­ta, con aire casi de reliquia histórica, y conservaba incluso el letrero de la fachada ‑”chocolatería”‑, aunque poco tenía que ver ya con lo que allí se bebía. Su distribución interior seguía siendo la misma que cuando, en 1931, sentados alrededor de una mesa, aquellos estudiantes escuchaban a don Josemaría. Desde la calle de Alcalá, unos pocos escalones llevaban a una especie de largo corredor, dividido por dos tabiques en departamentos casi independientes con mesas y sillas. Sorprendentemente, incluso en los años cincuenta, y a pesar del tráfico rodado de la calle, ofrecía su ambiente recoleto, propicio a la madrileña tertulia. Allí, con toda normalidad, impuesta también por la carencia de medios materiales, el Fundador del Opus Dei fue preparando la labor que pronto se ampliaría en la calle de Luchana.

La Academia DYA era un centro cultural y de enseñanza. Se daban clases de temas profesionales y se organizaban ciclos de conferencias, también de cuestiones doctrinales, como los cursos sobre apologética, que dirigía un sacerdote, don Vicente Blanco. En la Academia se tenían además clases de formación espiritual y apostólica para los socios de la Obra y para los chicos que, sin serlo, participan de la labor, y acudían a charlar con don Josemaría de sus problemas personales.

Aunque la casa era relativamente pequeña, fueron grandes los apuros económicos para sacarla adelante. Las iniciales de aquella Academia DYA correspondían a estudios que allí se daban: Derecho y Arquitectura. “Pero en el fondo ‑dice Pedro Rocamora‑ eran las siglas de aquellos lemas de los que don Josemaría me había hablado en el año 28: Dios y Audacia. A los frívolos o para los malintencionados, el lema pudiera parecer escandaloso, pero lo que don Josemaría pretendía es que con la confianza puesta en Dios, haciéndose cada joven aliado y amigo del Señor, se lanzase a hacer el bien por el mundo con audacia apostólica. Subrayo esto, porque la malignidad contemporánea ha tratado de dar una dimensión de intereses humanos a esa audacia. Nada más distinto del pensamiento del Padre. Audacia para ser apóstol, audacia para sacrificarse, audacia para hacer el bien, audacia para ayudar al que sufre, al que padece y al que lo necesita, para dar un consejo aunque sea inoportuno, para arrancar a un amigo de las garras del pecado. Para eso era la audacia que don Josemaría predicaba”.

En uno de sus últimos viajes a Madrid, el Fundador del Opus Dei cruzó un día por la calle de Luchana. Lo evocaba en Roma, el día de San José de 1975, tres meses antes de su repentino fallecimiento:

Hemos pasado por delante del edificio, hace poco tiempo, y el corazón me latía fuerte… ;Cuántos sufrimientos! ;Cuánta con­tradicción! ;Cuánta charlatanería! ;Cuántas mentirotas!…

Y aludiendo a la generosidad con que su familia le ayudó a instalar aquella casa, recordaba también el expresivo comentario de su hermano Santiago, entonces apenas adolescente:

Cada día, cuando me marchaba de casa de mi madre, venía mi hermano Santiago, metía las manos en mis bolsillos, y me preguntaba: ¿qué te llevas a tu nido?

Esta audacia provenía de la seguridad en su vocación divina. Contaba con Dios, por intercesión de San José ‑pronto también de San Nicolás de Bar¡‑, para resolver los problemas económi­cos, pues la Academia se defendía muy mal. Un sacerdote amigo suyo, don Saturnino de Dios Carrasco, pidió también dinero para DYA a personas conocidas, entre ellas, la familia Ruiz Balles­teros, con la que él estaba de capellán y preceptor: “Don Jose­maría pretendía abarcar todos los ámbitos de la sociedad con su apostolado; no temía a la Universidad de aquellos años, sino que procuraba contrarrestar la labor negativa de algunas cátedras de la Universidad, proporcionando una buena formación doctrinal a los muchachos que frecuentaban la Academia DYA con clases de religión y otros medios de formación cristiana”.

Uno de estos medios eran los retiros espirituales, que dirigía en la iglesia de los PP. Redentoristas, de la vecina calle de Manuel Silvela. Se conserva la carta que, el 26 de abril de 1934, el Fundador del Opus De¡ dirigió a don Francisco Morán, Vicario de la diócesis de Madrid. Entre otras cosas, le habla del próximo retiro, que será el primer domingo de mayo, y le dice que con la ayuda de Dios, espero que sea fecundo, porque han respondido muy bien los jóvenes universitarios, acudiendo a los retiros anteriores.

Estoy convencido de que el Señor bendice a estos jóvenes que llevan la Academia, en la que tantas facilidades encontramos para nuestro apostolado sacerdotal entre intelectuales, cumplien­do, por otra parte, la clara Voluntad de Dios sobre mí, que es “ocultarme y desaparecer”.

Yo le pido, Sr. Vicario, que encomiende a esta muchachada en la Santa Misa: se lo merecen (…).

En esa misma carta, da cuenta también al Vicario de Madrid de la inminente aparición de sus Consideraciones Espirituales: por razones de economía, con la aprobación del Sr. Obispo de Cuenca, se está tirando un folletico ‑luego se tirarán otros‑ en’ la “Imprenta Moderna”, antes “Imprenta del Seminario”, de esa capital (de Cuenca). Son notas que empleo, para ayudarme en la dirección y formación de los jóvenes, y que hasta ahora iban a velógrafo.

Y añade: Le anticipo que no tienen ni pretensiones, ni impor­tancia, y que se imprimen anónimamente: desde luego, sólo son útiles para determinadas almas, que quieran de veras: 1) tener vida interior, y 2) sobresalir en su profesión, porque esto es obligación grave.

No contaba con dinero el Fundador del Opus De¡, pero estaban muy claros, desde el primer momento, los fines y los medios, sobrenaturales, para hacer la Obra en la tierra. Como recapitulaba en Roma en marzo de 1975:

Y luego, Dios nos llevó por los caminos de nuestra vida interior, por los específicos. ¿Qué buscaba yo? Cor Mariae Dulcissimum, ¡ter para tutum! Buscaba el poder de la Madre de Dios, como un hijo pequeño, yendo por caminos de infancia. Acudí a San José, mi Padre y mi Señor. Me interesaba verlo poderoso, poderosísimo, jefe de aquel gran clan divino, y a quien Dios mismo obedecía: erat subditus illis! Acudí a la intercesión de los santos con simplicidad, en un latín morrocotudo pero piadoso: Sancte Nicoláe, curam domus age! ; y a la devoción de los Santos Ángeles Custodios, porque fue un 2 de octubre cuando sonaban aquellas campanas de Santa María de los Ángeles, una parroquia madrileña, junto a Cuatro Caminos… Acudí a los Santos Ángeles con confianza, con puerilidad, sin darme cuenta de que Dios me metía ‑vosotros no tenéis por qué imitarme, ;viva la libertad!‑ por caminos de infancia espiritual.

¿Qué puede hacer una criatura que debe cumplir una misión, si no tiene medios, ni edad, ni ciencia, ni virtudes, ni nada? Ir a su madre y a su padre, acudir a los que pueden algo, pedir ayuda a los amigos… Eso hice yo en la vida espiritual. Eso sí, a golpe de disciplina, llevando el compás.

Y el Fundador del Opus Dei concluía:

Os estoy contando un poquito de lo que ha sido mi oración de esta mañana: es para llenarme de vergüenza y de agradecimien­to, y de más amor. Todo lo hecho hasta ahora es mucho, pero es Coco: en Europa, en Asia, en África, en América y en Oceanía. Todo es obra de Jesús, Señor nuestro. Todo lo ha hecho nuestro Padre del Cielo.

La quema de conventos

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El gobierno provisional puso poco interés en frenar las manifestaciones de anticlericalismo. El 10 de mayo de 1931 la interpretación de un himno monárquico en un club de Madrid provocó una violenta respuesta por parte de un grupo de partidarios de la república. Este conflicto degeneró y se convirtió en tres días de violencia desatada contra iglesias, monasterios y conventos. Los asaltos se extendieron de Madrid a Sevilla, Málaga y otras cuatro ciudades.

Cuando el 11 de mayo de 1931 las masas desataron su violencia anticlerical, Escrivá temió que la iglesia del Patronato de Enfermos pudiera ser saqueada y profanada la Eucaristía. Vestido con ropas seglares prestadas y acompañado por su joven hermano se escabuyó por una puerta lateral de la iglesia “como un ladrón”, llevando un copón lleno de hostias consagradas envuelto en una sotana y el periódico. Mientras avanzaba rápidamente por las calles, rezaba con lágrimas en los ojos “Jesús, que cada incendio sacrílego aumente mi incendio de Amor y Reparación”[1]. Después de depositar el Santísimo Sacramento en la cercana casa de un amigo, Escrivá observó con horror el humo que cubría el cielo de Madrid a medida que ardían iglesias y conventos.

El 13 de mayo oyó rumores de que pronto atacarían el Patronato de Enfermos. Rápidamente localizó unas habitaciones que se alquilaban en la calle Viriato y trasladó allí a su familia con sus escasas pertenencias. Durante los meses siguientes tuvieron que apañarse en un diminuto apartamento cuya única ventana daba a un pozo de ventilación. La habitación de Escrivá era tan pequeña que no cabía una silla y tenía que escribir de rodillas, utilizando la cama por pupitre.

El gobierno provisional republicano no provocó la quema de conventos, pero muchos de sus miembros simpatizaban con los alborotadores. Manuel Azaña, de Izquierda Republicana, que se convertiría rápidamente en el político más influyente del país, dijo a sus colegas que todos los conventos de Madrid no valían la vida de un solo republicano. Además, amenazó con dimitir si una sola persona era herida en Madrid por esta estupidez[2]. Durante varios días el gobierno no hizo nada por controlar los tumultos.

En cuanto el gobierno se decidió a intervenir, la violencia cesó rápidamente; para entonces el daño ya había sido hecho. Habían ardido cerca de cien iglesias y conventos, cuarenta y uno en Málaga. La pasividad del gobierno durante los primeros días de los incidentes convenció a católicos de todo el país de que el nuevo régimen era enemigo implacable de la Iglesia. La reticencia de Azaña a utilizar la fuerza contra los alborotadores anticlericales le costaría cara a la república y al país.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 359

[2] cfr. Stanely G. Payne. SPAIN’S FIRST DEMOCRACY: THE SECOND REPUBLIC, 1931-1936. Madison, Wis. 1993, p. 45

Peregrinación mariana y catequesis

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Desde 1970 a 1975, don Josemaría realizó numerosos viajes pastorales y de peregrinación a Santuarios de la Virgen, por diversos países de Europa y América, donde habló de Dios a decenas de miles de personas. Su catequesis solía tener lugar en torno a una peregrinación mariana. En 1970 hizo una novena a los pies de la Virgen de Guadalupe, en la Ciudad de México, y el quinto día se dirigió a la Virgen con esta súplica confiada:

Señora nuestra, ahora te traigo —no tengo otra cosa— espinas, las que llevo en mi corazón; pero estoy seguro de que por Ti se convertirán en rosas…

Haz que en nosotros, en nuestros corazones, cuajen a lo largo de todo el año rosas pequeñas, las de la vida ordinaria, corrientes, pero llenas del perfume del sacrificio y del amor. He dicho de intento rosas pequeñas, porque es lo que me va mejor, ya que en mi vida sólo he sabido ocuparme de cosas normales, corrientes, y, con frecuencia, ni siquiera las he sabido acabar; pero tengo la certeza de que en esa conducta habitual, en la de cada día, es donde tu Hijo y Tú me esperáis.

No es cosa para privilegiados

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

«Hemos venido a decir –escribía el Fundador del Opus Dei en 1930– con la humildad de quien se sabe pecador y poca cosa, pero con la fe de quien se deja guiar de la mano de Dios, que la santidad no es cosa para privilegiados: que a todos nos llama el Señor, que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su profesión, su estado o su oficio. Porque esa vida corriente, ordinaria, sin apariencia, puede ser medio de santidad… ya que todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo».

De hecho, si hablas en cualquier país con alguien del Opus Dei descubres siempre las mismas cosas: ganas de vivir la vida a fondo, amor del bueno a las personas, pasión por la libertad, espíritu de aventura sin salir del propio sitio… No hace falta más que esto –te dicen– para empezar a andar en el Opus Dei. Después se descubre, como un nuevo Mediterráneo, la alegría en la lucha, en el trabajo, en el dolor. Se hace amor y aventura de todo. Y se adquiere una gran riqueza de buen humor al comprobar todos los días que «no Somos nadie», que Dios sigue construyendo ahora con la misma arcilla del Génesis, y que cuanto más profundo y lejano llegas a mirar, más amplio te parece el horizonte y más diminuto y pobre el foco de donde sale la mirada. Vale la pena comprometcrse con Dios…

Según los datos más recientes, los miembros del Opus Dei pasan de 73.000, pertenecen a 87 nacionalidades y viven en los cinco continentes, comprometiéndose con Dios y complicándose la existencia para apurar alegremente y al máximo los talentos naturales de que disponen. Es lógico entonces que la labor apostólica de los miembros del Opus Dei sea noticia todos los días en algún lugar del mundo, como de hecho sucede. Unas veces es un reportaje sobre un centro de formación profesional para obreros o campesinos, sobre una actividad social en un país cualquiera, sobre una iniciativa universitaria de fondo, sobre una convención internacional de intelectuales o de profesionales, sobre una convivencia de estudio de Teología, etcétera. Otras, puede ser un artículo que trata de explicar la realidad del Opus Dei en tal o cual país o en el mundo entero. Las más, simples sueltos que refieren hechos, con interpretación o escuetamente. Y como en la prensa, puede suceder también en las televisiones privadas o estatales, en las emisoras de radio o en las simples reuniones familiares o de sociedad, en el sentido más general de la palabra.

Sin embargo, la verdadera noticia del Opus Dei sigue siendo, desde 1928, la que se produce, ya a nivel planetario, en el fondo de muchos corazones sin llegar a los periódicos, ni a la televisión, ni a la radio, ni al cine, ni a las conversaciones, de acuerdo con el estilo que caracteriza desde siempre a la acción de Dios, que es la de exigir un pequeño esfuerzo, personal e intransferible, para descubrirle en todo, incluso en lo que menos importancia aparente tiene para los hombres.

El panorama es inmenso, sin duda alguna, como la propia vida, y se realiza bajo cualquier cielo, en todos los idiomas, a cualquier hora del día y de la noche. Las combinaciones pueden resultar, por tanto, apasionantes, y lo resultan de hecho. Todas las profesiones honradas, absolutamente todas, incluso las más inverosímiles…, todas las edades del hombre y de la mujer, sin ningún paréntesis…, todas las situaciones imaginables, individuales o de grupo…, sirven para que un común mortal conecte, directamente con Dios y dé un sentido a su existencia que le vuelva loco de alegría y le haga «correr la bola» por amor a Dios y a los hombres. Naturalmente ese común mortal sigue siendo de barro, con defectos y debilidades –lúcida seguridad que le acompañará durante toda su vida–, pero se sabe en manos de Dios, que lo puede todo.

El cardenal Karol Wojtyla, actualmente Su Santidad Juan Pablo 11, en una conferencia pronunciada en 1974 sobre La evangelización y el hombre interior, recordaba un aspecto de las enseñanzas del Fundador del Opus Dei: «¿De qué manera, en definitiva, dominando la faz de la tierra, podrá el hombre plasmar en ella su rostro espiritual? Podremos responder a esta pregunta con la expresión tan feliz y tan familiar a gentes de todo el mundo que Mons. Escrivá de Balaguer ha difundido desde hace tantos años: santificando cada uno el propio trabajo, sano ficándose en el trabajo y santificando a los otros con el trabajo».

«Lo que he enseñado siempre –ha dicho el Fundador del Opus Dei– es que todo trabajo honesto, intelectual o manual, debe ser realizado por el cristiano con la mayor perfección posible: con perfección humana (competcncia.` profesional) y con perfección cristiana (por amor a la voluntad de Dios y en servicio de los hombres). Porque hecho así, ese trabajo humano, por humilde e insignificante que parezca la tarea, contribuye a ordenar cristianamente las realidades temporales –a manifestar su dimensión divina– y es asumido e integrado en la obra prodigiosa de la Creación y de la Redención del mundo: se eleva así el trabajo al orden de la gracia, se santifica, se convierte en obra de Dios, operatio Dei, opus Dei».

Esta verdad tan sencilla aclara las cosas y la conclusión parece obvia. Si hay personas en el mundo dispuestas a participar por libre en esa gran empresa de Dios con plaza para todos y a luchar, en silencio y con paz; por esos ideales, resulta tan inevitable que acabe por hablarse de algunas de ellas, como que sean muchísimas, verdaderamente muchísimas más, las que no alcancen notoriedad, aun haciéndolo todo igual o mejor que las anteriores. Esto sucede en la vida corriente y tiene que suceder lógicamente en la vida de las personas del Opus Dei, que es normal y ordinaria, revolucionada por dentro. Pero hay más..

La libertad ganada por Cristo en la Cruz

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Aproximación teológica a algunas enseñanzas de San Josemaría Escrivá sobre la libertad

“Nuestra única finalidad es espiritual y apostólica, y tiene un resello divino: el amor a la libertad, que nos ha conseguido Jesucristo muriendo en la Cruz (cfr. Galat. IV, 31)” nota(’33′,’8.0′,’1′,’1′) 1.

1. Introducción

La libertad es un tema tan central en la vida y en las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá, que solía recordar en muchas ocasiones a quienes el Señor llamó con su misma vocación: “Os dejo como herencia, en lo humano, el amor a la libertad y el buen humor” nota(’33′,’8.0′,’1′,’2′) 2.

Este amor a la libertad se advierte ya desde el comienzo mismo de la misión recibida de Dios nota(’33′,’8.0′,’1′,’3′) 3, y es considerado por el Beato Josemaría como un resello divino nota(’33′,’8.0′,’1′,’4′) 4. No existe solución de continuidad a lo largo de su vida. En la primavera de 1974, un año antes de que el Señor le llamara a Sí, en un encuentro con jóvenes de muchas naciones expresaba las mismas convicciones de modo informal, con viveza y simpatía: “en el siglo pasado, nuestros abuelos –los míos, digamos vuestros bisabuelos– eran tan encantadores que luchaban de verdad por la libertad personal. (…) Tenían toda una ilusión romántica, se sacrificaban y luchaban por alcanzar esa democracia con la que soñaban, y una libertad personal con responsabilidad personal. Así hay que amar la libertad: con responsabilidad personal. (…) voy como Diógenes con el farol, buscando la libertad y no la encuentro en ninguna parte (…) Pienso que soy el último romántico, porque amo la libertad personal de todos –la de los no católicos también–” nota(’33′,’8.0′,’1′,’5′) 5.

Un elemento central de su pensamiento es la convicción de que en lo humano el mayor don recibido de Dios es la libertad y que esa es la característica principal de las personas. Pero el Beato Josemaría fue maestro de libertad no de modo sólo teórico o especulativo, sino en cuanto que vivió intensamente la libertad y la defendió con constancia heroica. Así lo han testimoniado muchas personas que le conocieron nota(’33′,’8.0′,’1′,’6′) 6, y de modo particular sus sucesores al frente del Opus Dei, los Obispos Mons. Alvaro del Portillo nota(’33′,’8.0′,’1′,’7′) 7 y Mons. Javier Echevarría nota(’33′,’8.0′,’1′,’8′) 8. También han destacado este rasgo fuerte del Beato Josemaría las diversas semblanzas publicadas desde 1975 y la biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada nota(’33′,’8.0′,’1′,’9′) 9.

Los escritos del Beato Josemaría no contienen una pura teoría sobre la libertad, sino que ponen sobre el papel cómo la comprendió a fuerza de hechos concretos de su propia vida nota(’33′,’8.0′,’1′,’10′) 10. Yo diría que su estilo es más existencial y autobiográfico que especulativo, y revela una singular clarividencia, rapidez y profundidad de intuición intelectual. El filósofo italiano Cornelio Fabro, que le llamó “maestro de libertad cristiana” nota(’33′,’8.0′,’1′,’11′) 11, ha titulado un estudio sobre las publicaciones del Beato Josemaría con las palabras Con el temple de los Padres, para señalar su semejanza con las obras de los Padres de la Iglesia nota(’33′,’8.0′,’1′,’12′) 12. En la patrística se advierte una fuerte unión entre vida y doctrina: se empieza a desarrollar una cierta reflexión, que forma parte de la vida cristiana de los Padres, que han de transmitir fielmente la Verdad revelada, que es Vida, en las circunstancias determinadas de su tiempo.

Quizá precisamente por esas características que van más allá del ámbito académico, el Fundador del Opus Dei ha merecido la atención de estudiosos de varios saberes humanísticos: de teólogos, filósofos, juristas, pedagogos, etc. nota(’33′,’8.0′,’1′,’13′) 13 En el campo filosófico-teológico en que quiere moverse mi estudio, tengo que mencionar a varios autores sin ánimo de ser exhaustivo: C. Fabro, ya citado, volvió sobre el tema en El primado existencial de la libertad nota(’33′,’8.0′,’1′,’14′) 14; Mons. Fernando Ocáriz nota(’33′,’8.0′,’1′,’15′) 15, con sus trabajos sobre la filiación divina; el Prof. Antonio Aranda nota(’33′,’8.0′,’1′,’16′) 16; Carlos Cardona, tanto en sus comentarios a obras del Beato Josemaría como en sus propios trabajos sobre la libertad; Alejandro Llano nota(’33′,’8.0′,’1′,’17′) 17; Leonardo Polo nota(’33′,’8.0′,’1′,’18′) 18; Joan Baptista Torelló nota(’33′,’8.0′,’1′,’19′) 19 y otros nota(’33′,’8.0′,’1′,’20′) 20.

2. Contexto histórico

Para profundizar en las enseñanzas del Beato Josemaría y valorarlas debidamente, es necesario ofrecer unas pinceladas breves sobre la suerte de la libertad en la cultura de su tiempo. Muchas veces su afirmación de la libertad procedía de su defensa ante hechos concretos de la vida de muchos países. Siendo un maestro de vida cristiana, percibía con profundidad los cambios de la cultura en la que vivía. Se trata aquí sólo de ofrecer un marco general de referencia.

2.1. El progresivo aprecio de la libertad

Una de las realidades más importantes en juego en los cambios culturales modernos y contemporáneos es sin duda la libertad, junto a la autenticidad. Lo ha puesto de relieve Charles Taylor en su conocida obra Las fuentes del yo, aunque él mismo no parece concluir su diagnóstico de la modernidad nota(’33′,’8.0′,’1′,’21′) 21.

En los últimos siglos ha tenido lugar un progresivo descubrimiento del valor y de la radicalidad de la libertad. En el plano existencial de las personas singulares y de la sociedad, se ha consolidado una fuerte conciencia de la dignidad de la persona y de sus derechos, a la vez que se ha afirmado la autonomía relativa de las realidades terrenas. En el centro de todo este proceso se encuentra la experiencia vivida de la libertad, en el plano personal y en el de la vida social y política. Esta mayor conciencia del alcance de la libertad y de su valor se refleja en los textos jurídicos, en la literatura y en los desarrollos especulativos. A mi modo de ver, se trata de un largo proceso de maduración de algunas verdades cristianas, que ha requerido siglos de historia para manifestar cada vez más plenamente sus virtualidades.

Como es lógico, la profundización en la libertad ha estado siempre acompañada de escorias relacionadas con el pecado. En el orden teórico, muchos filósofos tienden –a mi juicio, acertadamente– a ver la libertad como centro del hombre. Pero a causa de un antropocentrismo cerrado a la trascendencia, muchas veces la conciben como algo absoluto, que se fundamenta a sí mismo o que no necesita de fundamento alguno: es decir, se llega hasta el extremo de ver la libertad como fundante y no fundada. Esa autonomía antropocéntrica contiene un rechazo del realismo metafísico –profundamente humano y reforzado por el cristianismo–, de la aceptación del ser comunicado por Dios a las criaturas. El acto de ser es fuente de actividad, y cuando es de orden espiritual, es un ser personal que con el libre dinamismo se perfecciona y se dirige hacia su plenitud. Por eso sucede la extraña paradoja, frecuente en la modernidad, de una fuerte percepción de la libertad, que luego se malogra tristemente de diversos modos. Se comprende, porque la libertad se pierde cuando se rechaza su fundamento metafísico, como se puede ver en dos orientaciones importantes de numerosos pensadores modernos y contemporáneos.

Así en el racionalismo, que prefiere la subjetiva claridad de las simples esencias al ser de la realidad misma, la libertad acaba reducida a la necesidad conocida del sistema, es decir a la conciencia de la propia necesidad (por ejemplo, en cuanto modos de la única sustancia, del Deus sive Natura de Spinoza). La realidad, como conjunto de esencias relacionadas a modo de sistema matemático perfectamente aferrable por la razón humana, no deja espacio a la libertad, que constituye un escándalo irracional para el sistema determinista (Leibniz). El ser, con todo el dinamismo que de él surge, ha sido rechazado al preferir unas esencias claras y distintas, más fácilmente manejables por el hombre en su dominio del mundo, porque el ser no es perfectamente disponible.

Otra forma importante y extrema del olvido y rechazo del ser acaece en las concepciones de la realidad que, en lugar de las esencias, prefieren la existencia como conjunto de hechos y acciones sin un sujeto enraizado en el ser. Posición que podría calificarse de factualismo existencialista. En este caso, la realidad se compone de hechos que se suceden sin surgir de una fuente en la que encuentran una unidad y un significado. La libertad se disuelve en la espontaneidad de actos desconectados y sin sentido. El tener que decidir –con su aneja responsabilidad– deviene un peso insoportable, una condena (Sartre). La temporalidad deja de ser una eternidad participada, para convertirse en un sucederse lúdico o esteticista de actos puntuales y aislados nota(’33′,’8.0′,’1′,’22′) 22. También en este caso la exaltación de la libertad conduce paradójicamente a su pérdida.

2.2. La mentalidad de partido único

El Beato Josemaría Escrivá, evitando siempre tomar posiciones políticas concretas, defendió la libertad cristiana ante lo que llamaba “mentalidad de partido único” tanto en el campo social y político, como en el apostólico.

En el campo político, después de la exaltación de una libertad individualista propia del liberalismo, a lo largo del siglo XX se sucedieron ideologías y experiencias políticas que tuvieron en común la negación de la libertad personal. Totalitarismos en sentido estricto, como el comunismo y el nacionalsocialismo; y otras formas políticas de excesiva limitación de la libertad, dominadas por un partido único. Con su sentido cristiano de la libertad, el Beato Josemaría rechazó con mucha energía esa conculcación de la persona humana y de su libertad y responsabilidad, haciéndose siempre eco de las declaraciones del Magisterio de la Iglesia en este campo.

Ante el fenómeno de masas despersonalizadas producido por estas tendencias de la vida política y por diversas causas culturales, difundió la inquietud cristiana por extraer de la masa anónima a las personas, para que asumiesen su libertad y responsabilidad personales, sin conformarse a los intentos tiránicos de sofocarlas.

2.3. Clericalismo y miedo a la libertad

También en el ámbito de la vida eclesial se daban fenómenos de escasa conciencia de lo que supone la libertad cristiana: personas y grupos con mentalidad de partido único, en el ámbito del apostolado y de la actuación de los católicos en la vida pública; gentes que se sentían con la misión de ofrecer una única solución católica a los problemas del ámbito temporal; concepciones de la dirección espiritual como una guía que sustituía a la conciencia cristiana de cada uno de los fieles. Quizá la reacción a los excesos del liberalismo engendró en algunos ambientes estas actitudes de miedo a la libertad y de renuncia a tomarse responsabilidades.

El Fundador del Opus Dei percibía claramente que se trataba de una deformación cristiana y de un oscurecimiento de la libertad. Si el clericalismo en general consiste en la indebida ingerencia de los clérigos en aquellos ámbitos que son competencia de los laicos, el Beato Josemaría supo detectar numerosas manifestaciones de este clericalismo y su relación con la mentalidad de partido único, que nace cuando se intenta ofrecer una única solución cristiana a los problemas contingentes y opinables. Su planteamiento de la vida cristiana, defendiendo la libertad de cada persona, tuvo que ir contra corriente, porque era consciente de la tentación de clericalismo presente en quien cree o dice que “baja del templo al mundo para representar a la Iglesia, y que sus soluciones son las soluciones católicas a aquellos problemas. ¡Esto no puede ser, hijos míos! Esto sería clericalismo, catolicismo oficial o como queráis llamarlo. En cualquier caso, es hacer violencia a la naturaleza de las cosas” nota(’33′,’8.0′,’1′,’23′) 23.

No era un punto marginal. El Fundador del Opus Dei tenía una firme convicción de que las personas afectadas por esa mentalidad no podían entender la misión que había recibido de Dios de manifestar la grandeza de la vida ordinaria.

2.4. Profundización católica en la libertad en el s. XX

A lo largo del siglo XX bastantes teólogos y filósofos cristianos han ido profundizando en el sentido cristiano de la libertad. Esta ganancia ha dado sus frutos en los desarrollos doctrinales del Concilio Vaticano II, en los que tiene un cierto peso la expresión paulina “la libertad de la gloria de los hijos de Dios” (Rom 8, 21). Después no han faltado extremismos en la línea de asumir un liberalismo fuerte o en la, aparentemente opuesta, de algunas formas de teología de la liberación de orientación marxista. Digo “aparentemente opuesta”, porque ambas tienen una matriz común de antropocentrismo de cerrada inmanencia.

En el ámbito estrictamente académico se ha constatado entre pensadores cristianos la tendencia a un sentido más alto de la libertad que el usual en la teología y filosofía escolásticas de la primera mitad del siglo XX. La idea de libertad como mera propiedad de la facultad volitiva espiritual producía insatisfacción y se intentaba verla como una expresión de toda la persona. Como escribe Alejandro Llano, “la decisión libre implica existencialmente al ser humano de modo más profundo y global que el propio conocimiento” nota(’33′,’8.0′,’1′,’24′) 24, o como señala Paul Ricoeur, al decidir yo me decido, poniendo en mi decisión todo el peso de mi ser.

También la noción de libertad como pura capacidad de elegir medios se mostró reductiva y muchos autores –por ejemplo, Joseph de Finance nota(’33′,’8.0′,’1′,’25′) 25 o Karol Wojtyla nota(’33′,’8.0′,’1′,’26′) 26-– subrayaron la autodeterminación o autotrascendencia hacia la perfección y la plenitud, que se manifiestan especialmente en la donación, punto en el que también convergen filósofos bastante diversos como Leonardo Polo, Carlos Cardona nota(’33′,’8.0′,’1′,’27′) 27 o Robert Spaemann nota(’33′,’8.0′,’1′,’28′) 28.

Se quería superar una visión unilateral, puramente estática de la metafísica y un extrinsecismo del obrar respecto al ser. Se trataba, en el fondo, de sacar las consecuencias de la superación del formalismo y por tanto de verlo todo desde el punto de vista de la perfección por excelencia que es el ser, siempre que este no sea considerado como simple existencia o estado de realidad, como han mostrado Cornelio Fabro o Etienne Gilson.

La actualidad y energía del ser participado no queda completamente encerrada en los límites de la esencia, sino que hace que de ésta fluyan las potencias activas, las capacidades operativas o facultades, que tienen más razón de acto que de potencia. El ser es siempre fuente de actividad, y en Dios es idéntico a su obrar inmanente de sabiduría y de amor.

A la luz de este esfuerzo especulativo en la teología y en la filosofía, la libertad como capacidad de elegir remite a algo más fundamental que es el ser libre de la persona. Con mayor o menor precisión esta perspectiva se observa en no pocas obras de antropología filosófica y teológica y, en general, en el modo de abordar reflexivamente numerosos temas de la vida cristiana.

En el contexto de los “maestros de vida cristiana” del siglo XX, el ejemplo y las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá han tenido un influjo que los historiadores podrán determinar más adelante. Su conciencia explícita de la “libertad personal”, de la “libertad de los hijos de Dios”, de la “libertad responsable” estaba constantemente presente en sus actuaciones y palabras.

Además de los factores de su educación familiar, de su propia personalidad humana y cristiana, y probablemente también de su formación jurídica, pienso que su penetración en la libertad se debe sobre todo a la luz fundacional recibida de Dios y a su propia experiencia cristiana. No parece, desde luego, tener su origen en la mentalidad dominante en el ambiente eclesiástico en que se formó, ya que, como he anotado, mucho tuvo que luchar por defender la libertad personal. En los años posteriores al Concilio Vaticano II, supo defender la libertad personal cristiana frente a las deformaciones propias de una libertad desligada de Cristo y de la verdad: las formas de teología de la liberación inspiradas en el marxismo y la reducción de la libertad a libertinaje.

Cornelio Fabro lo ha expresado así: “Hombre nuevo para los tiempos nuevos de la Iglesia del futuro, Josemaría Escrivá de Balaguer ha aferrado por una especie de connaturalidad –y también, sin duda, por luz sobrenatural– la noción originaria de libertad cristiana. Inmerso en el anuncio evangélico de la libertad entendida como liberación de la esclavitud del pecado, confía en el creyente en Cristo y, después de siglos de espiritualidades cristianas basadas en la prioridad de la obediencia, invierte la situación y hace de la obediencia una actitud y consecuencia de la libertad, como un fruto de su flor o, más profundamente, de su raíz” nota(’33′,’8.0′,’1′,’29′) 29.

3. La libertad de los hijos de Dios y su relación con la Cruz

El pensamiento del Beato Josemaría Escrivá se refiere a la libertad personal y a sus consecuencias: a la libertad radical o fundamental y a las libertades aplicadas, por decirlo con una expresión bastante usual. Son dos aspectos que se entrecruzan y son inseparables. Como he dicho al inicio, uno de los méritos del Fundador del Opus Dei consiste precisamente en haber unido doctrina y vida, en este tema como en muchos otros. Por lo tanto, en haber puesto de relieve bastantes concreciones de la libertad en diversos campos, en unos momentos en los que la tendencia general de la cultura no iba en ese sentido. En la bibliografía citada anteriormente en varias notas abundan las reflexiones sobre estos puntos. Sin embargo, no hay en esos escritos un estudio que afronte directamente la relación entre la libertad y la Cruz, que será el objeto central de este artículo.

Algunos textos invitan a hacerlo. Por ejemplo, entre otros, esta declaración del autor en la primavera de 1974 afirmando que el elemento más decisivo de su amor a la libertad es la muerte de Cristo en la Cruz: “Amo la libertad de los demás, la vuestra, la del que pasa ahora mismo por la calle, porque si no la amara, no podría defender la mía. Pero ésa no es la razón principal. La razón principal es otra: que Cristo murió en la Cruz para darnos la libertad, para que nos quedáramos in libertatem gloriae filiorum Dei (Rom. 8, 21)” nota(’33′,’8.0′,’1′,’30′) 30.

El Beato Josemaría usaba mucho la expresión la libertad de los hijos de Dios. De este modo ponía el acento en la relación de la libertad con la filiación divina, que Dios le había hecho ver como fundamento de su vida espiritual. Por eso decía: “¡cada día aumentan mis ansias de anunciar a grandes voces esta insondable riqueza del cristiano: la libertad de la gloria de los hijos de Dios! (Rom. 8, 21)” nota(’33′,’8.0′,’1′,’31′) 31. Pero igualmente característico es su modo de ver la libertad como don divino que nos llega a través de la Cruz. Así escribe sobre “el amor a la libertad, que nos ha conseguido Jesucristo muriendo en la Cruz (cfr. Galat. 4, 31)” nota(’33′,’8.0′,’1′,’32′) 32.

A veces aparecen juntos los dos aspectos: la libertad de los hijos de Dios y la referencia a Cristo redentor en la Cruz, remitiendo a los textos paulinos ya citados de Romanos y Gálatas: “Hijos míos, somos una numerosa y variadísima familia, que crece y se desarrolla in libertatem gloriae filiorum Dei (Rom. 8, 21), qua libertate Christus nos liberavit (Galat. 4, 31), en la libertad gloriosa que Jesucristo nos ha adquirido redimiéndonos de toda servidumbre. Nuestro espíritu es de libertad personal” nota(’33′,’8.0′,’1′,’33′) 33.

En su modo de pensar la conexión entre libertad y Cruz confluyen su estudio de la teología, la meditación personal, algunas experiencias espirituales especialmente intensas, y sobre todo su sentido de la filiación divina. Por este motivo algunos de los textos más incisivos se encuentran en escritos que manifiestan muy directamente el encuentro personal del Beato Josemaría con Cristo, como son sus comentarios a las estaciones del Via Crucis nota(’33′,’8.0′,’1′,’34′) 34 y a los misterios dolorosos del Santo Rosario nota(’33′,’8.0′,’1′,’35′) 35.

3.1. Estar en la Cruz es ser Cristo y, por tanto, hijo de Dios.

Antes de entrar en esos textos y para enmarcarlos, quisiera referirme a una profundización del Beato Josemaría expuesta en una meditación del 28 de abril de 1963. Son palabras que muestran la densidad antropológica y teológica de su oración: “Cuando el Señor me daba aquellos golpes, por el año treinta y uno, yo no lo entendía. Y de pronto, en medio de aquella amargura tan grande, esas palabras: tú eres mi hijo (Ps. 2, 7), tú eres Cristo. Y yo sólo sabía repetir: Abba, Pater!; Abba, Pater!; Abba!, Abba!, Abba! Ahora lo veo con una luz nueva, como un nuevo descubrimiento: como se ve, al pasar los años, la mano del Señor, de la Sabiduría divina, del Todopoderoso. Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón –lo veo con más claridad que nunca– es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios” nota(’33′,’8.0′,’1′,’36′) 36.

El Fundador del Opus Dei se refiere a un periodo de grandes tribulaciones interiores y exteriores. Pero en esos momentos no le falta el consuelo del Señor. Precisamente entonces Dios le concede nuevas luces sobre la misión recibida. Una de ellas tiene lugar el 7 de agosto de 1931 y se refiere a la Cruz. Durante la Santa Misa, en el momento de la elevación de la Sagrada Hostia, el Señor pone en su pensamiento las palabras del Evangelio de San Juan: “et si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad me ipsum” (Jn 12, 32), con un significado preciso: “Y comprendí que serán los hombres y mujeres de Dios, quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana… Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas” nota(’33′,’8.0′,’1′,’37′) 37. Se trata de una iluminación sobre el modo de colaborar con nuestro trabajo a la acción de Cristo en la Cruz que atrae todo hacia Sí y hacia el Padre. El cristiano, santificando su existencia secular ordinaria, hace presente la exaltación redentora de Cristo nota(’33′,’8.0′,’1′,’38′) 38.

Poco tiempo después, el 16 de octubre de 1931, tiene lugar el hecho al que se refería en la meditación del 28 de abril de 1963: “Sentí la acción del Señor, que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba! Pater! Estaba yo en la calle, en un tranvía (…). Probablemente hice aquella oración en voz alta.

Y anduve por las calles de Madrid, quizá una hora, quizá dos, no lo puedo decir, el tiempo se pasó sin sentirlo. Me debieron tomar por loco. Estuve contemplando con luces que no eran mías esa asombrosa verdad, que quedó encendida como una brasa en mi alma, para no apagarse nunca” nota(’33′,’8.0′,’1′,’39′) 39.

Como hemos anunciado, con el pasar de los años el Beato Josemaría ve esa intervención divina con mayor hondura. El texto de 1963 ya citado contiene el núcleo de su profundización: “Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón –lo veo con más claridad que nunca– es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios”. Las luces recibidas de Dios, entreveradas con los sucesos de su vida, le han llevado al descubrimiento personal de que estar en la Cruz es ser Cristo y, por tanto, hijo de Dios.

Esta formulación tan concisa es de una notable densidad teológica. En ella la filiación divina queda vinculada a la identificación con Cristo, al ser ipse Christus nota(’33′,’8.0′,’1′,’40′) 40. Ese ser Cristo tiene un sentido sacramental. Por el bautismo y por los demás sacramentos, mediante la acción del Espíritu Santo el hombre deviene Cristo, se hace cristiforme, miembro de Cristo. Pero además esa realidad de la nueva criatura nota(’33′,’8.0′,’1′,’41′) 41 se proyecta en toda la vida y tiende a crecer y a manifestarse en todas las acciones, actuando como Cristo, o dicho de otro modo, dejando – mediante nuestra libertad – que Cristo actúe en nosotros, juntamente con la fuerza operativa del Paráclito.

Por eso, así como el momento culminante de la obediencia de Cristo a la voluntad del Padre es su sacrificio en la Cruz, también todo cristiano se identifica especialmente con Cristo cuando lleva la Cruz detrás del Maestro. Esta identificación se actualiza y crece cada vez que, movidos por el Espíritu Santo, nos ofrecemos con Cristo al Padre en la celebración del Sacrificio eucarístico, que hace presente de nuevo en un punto del espacio y del tiempo el mismo Sacrificio del Calvario. Allí, de modo sacramental, el cristiano ejerce y refuerza su ser hijo de Dios Padre en el Hijo – somos hijos en el Hijo –, formando una sola cosa con Cristo.

No es extraño que Dios haya querido mostrar al Fundador del Opus Dei la conexión entre la celebración de la Santa Misa y la identificación con Cristo, haciéndole sentir de algún modo el cansancio del Hijo de Dios en la Cruz: “Después de tantos años, aquel sacerdote hizo un descubrimiento maravilloso: comprendió que la Santa Misa es verdadero trabajo: operatio Dei, trabajo de Dios. Y ese día, al celebrarla, experimentó dolor, alegría y cansancio. Sintió en su carne el agotamiento de una labor divina. A Cristo también le costó esfuerzo la primera Misa: la Cruz” nota(’33′,’8.0′,’1′,’42′) 42.

Existen otros testimonios de diversos periodos de su vida acerca de esa intensidad y del consiguiente cansancio. De todos modos, sobre ese día mencionado dijo: “A mí nunca me ha costado tanto la celebración del Santo Sacrificio como ese día, cuando sentí que también la Misa es Opus Dei. Me dio mucha alegría” nota(’33′,’8.0′,’1′,’43′) 43. Dios quiso hacerle entender con mayor profundidad que la identificación con Cristo, que ejerce su libertad cumpliendo la voluntad del Padre dejándose clavar en la Cruz, tiene lugar radicalmente en la Santa Misa.

Partiendo de la Cruz y por tanto del Santo Sacrificio de la Eucaristía, nuestra filiación divina se prolonga en todos los actos de la existencia cotidiana vividos en obediencia amorosa a la voluntad del Padre. Entonces se realiza lo que el Beato Josemaría afirmaba en el texto ya citado: “Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría”. El hombre siente la alegría de saberse hijo de Dios en Cristo, saborea –aun en medio del dolor– la felicidad de amar a Dios y a los demás, el gozo de saber que todas las acciones, incluso las más materiales, sirven para poner en alto la Cruz de Cristo que atrae todo hacia Sí.

3.2. La libertad del Hijo Unigénito culminada en la Cruz

Se diría que hasta ahora no ha aparecido la libertad. Ciertamente, de manera explícita no, pero en esa felicidad y alegría, en la condición de hijo de Dios y no de esclavo, se adivina el sentido más profundo de la libertad.

Consideremos ahora la libertad de Cristo, expresada en el cuarto Evangelio: “Por eso mi Padre me ama, porque doy mi vida para tomarla otra vez. Nadie me la arranca, sino que yo la doy de mi propia voluntad, y yo soy dueño de darla y dueño de recobrarla” nota(’33′,’8.0′,’1′,’44′) 44. Y comenta el Beato Josemaría: “Nunca podremos acabar de entender esa libertad de Jesucristo, inmensa –infinita– como su amor” nota(’33′,’8.0′,’1′,’45′) 45. Estas palabras nos invitan a meternos en el claroscuro de la sabiduría y del amor de la Vida divina.

Al Beato Josemaría le gusta considerar cómo en todos los misterios de la Revelación “aletea ese canto a la libertad”. La creación es ya “un libre derroche de amor”. Y es también el amor gratuito y libérrimo de Dios el motivo de la Redención.

Su trato con cada una de las Personas divinas le lleva a exponer su visión de la economía de la salvación partiendo de la vida intratrinitaria de sabiduría y de amor, y terminando en el misterio pascual de la Muerte y Resurrección del Verbo encarnado. “Dios es Amor” nota(’33′,’8.0′,’1′,’46′) 46. “El abismo de malicia, que el pecado lleva consigo, ha sido salvado por una Caridad infinita. Dios no abandona a los hombres. Los designios divinos prevén que, para reparar nuestras faltas, para restablecer la unidad perdida, no bastaban los sacrificios de la Antigua Ley: se hacía necesaria la entrega de un Hombre que fuera Dios. Podemos imaginar –para acercarnos de algún modo a este misterio insondable– que la Trinidad Beatísima se reúne en consejo, en su continua relación íntima de amor inmenso y, como resultado de esa decisión eterna, el Hijo Unigénito de Dios Padre asume nuestra condición humana, carga sobre sí nuestras miserias y nuestros dolores, para acabar cosido con clavos a un madero” nota(’33′,’8.0′,’1′,’47′) 47.

La referencia a la Vida trinitaria –con su libertad amorosa– y a las misiones visibles e invisibles del Hijo y del Espíritu Santo es una luz intensa que ilumina toda su predicación: “El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima, para que, encarnándose, muera por nosotros y nos redima. El mismo Padre amoroso que ahora nos atrae suavemente hacia Él, mediante la acción del Espíritu Santo que habita en nuestros corazones” nota(’33′,’8.0′,’1′,’48′) 48.

Para acercarse al misterio eucarístico –al hacerse presente una y otra vez el único Sacrificio del Calvario, en el que Cristo revela de modo máximo el amor misericordioso– el Beato Josemaría parte también del amor y libertad propios de la vida trinitaria: “Esta corriente trinitaria de amor por los hombres se perpetúa de manera sublime en la Eucaristía. (…) Hablaba de corriente trinitaria de amor por los hombres. Y ¿dónde advertirla mejor que en la Misa? La Trinidad entera actúa en el santo sacrificio del altar. (…) Toda la Trinidad está presente en el sacrificio del Altar. Por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, el Hijo se ofrece en oblación redentora” nota(’33′,’8.0′,’1′,’49′) 49.

La libertad de Cristo, en la predicación del Beato Josemaría Escrivá, se entiende en este contexto del amor trinitario. El Hijo tiene el mismo señorío, amor y libertad que el Padre, porque es de su misma naturaleza. Su amor al Padre le lleva a ejercitar ese señorío y dominio cumpliendo la voluntad del Padre. Libertad y señorío que se traducen en servicio y donación desde el nacimiento hasta la Cruz.

En el nacimiento se revela esta lógica de la libertad divina, que lleva a la donación y a la kénosis, que interpela a la libertad de cada hombre. “Dios se humilla para que podamos acercarnos a Él, para que podamos corresponder a su amor con nuestro amor, para que nuestra libertad se rinda no sólo ante el espectáculo de su poder, sino ante la maravilla de su humildad” nota(’33′,’8.0′,’1′,’50′) 50.

La libertad como donación por parte de Dios contiene la paradoja fundamental del cristianismo: el anonadamiento y kénosis del Verbo; paradoja que llega a su tensión más alta en la Cruz, donde Cristo ejercita de modo sublime y con libertad plena su amor infinito a la voluntad del Padre y a la liberación de todos los hombres mediante su Pasión y Muerte, que le llevará a la victoria de la Resurrección. La corriente trinitaria de amor llega al colmo en la Pasión. “Cuando llega la hora marcada por Dios para salvar a la humanidad de la esclavitud del pecado, contemplamos a Jesucristo en Getsemaní, sufriendo dolorosamente hasta derramar un sudor de sangre (Cfr. Lc 22, 44), que acepta espontánea y rendidamente el sacrificio que el Padre le reclama” nota(’33′,’8.0′,’1′,’51′) 51. Esta aceptación espontánea y rendida es ejercicio altísimo de la libertad y del señorío de querer servir a toda la humanidad.

Por eso, en la meditación personal del Beato Josemaría sobre la Pasión aparecen los textos quizá más sublimes sobre la libertad de Cristo como donación absoluta y como revelación del amor trinitario que está por encima de todo mal.

Así en su comentario a la X estación del Via Crucis se expresa de modo muy intenso la paradoja de la libertad de Cristo en la Cruz: “Al llegar el Señor al Calvario, le dan a beber un poco de vino mezclado con hiel, como un narcótico, que disminuya en algo el dolor de la crucifixión. Pero Jesús, habiéndolo gustado para agradecer ese piadoso servicio, no ha querido beberlo (cfr. Mt 27, 34). Se entrega a la muerte con la plena libertad del amor” .

En la XI estación, que contempla la muerte del Hombre-Dios en la Cruz, el Beato Josemaría Escrivá sigue mirando a Cristo en su libre donación: “Es el Amor lo que ha llevado a Jesús al Calvario. Y ya en la Cruz, todos sus gestos y todas sus palabras son de amor, de amor sereno y fuerte. Con ademán de Sacerdote Eterno, sin padre ni madre, sin genealogía (cfr. Heb 7,3), abre sus brazos a la humanidad entera”. En ocasiones decía que era el Amor –más que los clavos– lo que había cosido a Cristo en la Cruz.

En el comentario del 5º misterio doloroso del Santo Rosario, la Cruz aparece como lugar de triunfo: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos, tiene dispuesto el trono triunfador. Tú y yo no lo vemos retorcerse, al ser enclavado: sufriendo cuanto se pueda sufrir, extiende sus brazos con gesto de Sacerdote Eterno”. El Beato Josemaría parece seguir de algún modo la presentación de la Pasión de Cristo en el cuarto Evangelio, donde San Juan quiere expresar la libertad, el dominio de Jesús que se entrega libremente, y a la vez quizá se inspira en la iluminación divina ya referida de la exaltación de Cristo en la Cruz para atraer a todos, y que revela un aspecto nuevo de Juan 12, 32. La Cruz infamante se convierte en trono desde el que Cristo reina: “Pero la Cruz será, por obra de amor, el trono de su realeza” (II estación del Via Crucis).

El Beato Josemaría Escrivá invita a descubrir en la libertad del amor con que Jesús lleva la Cruz sobre sus espaldas un modelo para adquirir la propia libertad. “Mira con qué amor se abraza a la Cruz. –Aprende de Él. –Jesús lleva Cruz por ti: tú, llévala por Jesús.

Pero no lleves la Cruz arrastrando… Llévala a plomo, porque tu Cruz, así llevada, no será una Cruz cualquiera: será… la Santa Cruz. No te resignes con la Cruz. Resignación es palabra poco generosa. Quiere la Cruz. Cuando de verdad la quieras, tu Cruz será… una Cruz, sin Cruz” (4º misterio doloroso del Santo Rosario). El cristiano crece en libertad en la medida en que ama la Cruz. Entonces va teniendo lugar en cada uno la liberación que Cristo nos ha conseguido.

En estos textos se ha puesto de manifiesto cómo la libertad de Cristo se expresa en el amor total –locura de amor, repite muchas veces el Fundador del Opus Dei– a la voluntad del Padre. Es la “plena libertad del amor” del Hijo Amado.

Hay otros pasajes donde esta conexión entre la libertad amorosa de Jesús y su filiación al Padre es todavía más explícita y hace pensar en una oración muy intensa y en una realidad vivida por el Beato Josemaría: “Jesús ora en el huerto: Pater mi (Mt 26,39), Abba, Pater! (Mc 14,36). Dios es mi Padre, aunque me envíe sufrimiento. Me ama con ternura, aun hiriéndome. Jesús sufre, por cumplir la Voluntad del Padre… Y yo, que quiero también cumplir la Santísima Voluntad de Dios, siguiendo los pasos del Maestro, ¿podré quejarme, si encuentro por compañero de camino al sufrimiento?

Constituirá una señal cierta de mi filiación, porque me trata como a su Divino Hijo. Y, entonces, como Él, podré gemir y llorar a solas en mi Getsemaní, pero, postrado en tierra, reconociendo mi nada, subirá hasta el Señor un grito salido de lo íntimo de mi alma: Pater mi, Abba, Pater,…fiat!” nota(’33′,’8.0′,’1′,’52′) 52 La oración de Josemaría Escrivá aquel 16 de octubre de 1931 le ayuda aquí a penetrar más profundamente en el doloroso diálogo de Jesús con el Padre en el Huerto de los Olivos. La tentación del sinsentido del dolor se supera con la libertad del amor, con el abrazo a la voluntad de Dios Padre para servir a todos los hombres, enseñándoles el sentido más hondo de su ser libres.

Después de la oración en Getsemaní, Jesús se entrega libremente: “El Prendimiento:… venit hora: ecce Filius hominis tradetur in manus peccatorum (Mc 14,41)… Luego, ¿el hombre pecador tiene su hora? ¡Sí, y Dios su eternidad!… ¡Cadenas de Jesús! Cadenas, que voluntariamente se dejó Él poner, atadme, hacedme sufrir con mi Señor, para que este cuerpo de muerte se humille… Porque –no hay término medio– o le aniquilo o me envilece. Más vale ser esclavo de mi Dios que esclavo de mi carne” nota(’33′,’8.0′,’1′,’53′) 53. De nuevo la paradoja entre las cadenas y la libertad. Sin esas cadenas, sin un compromiso de amor y de servicio, queda sólo la esclavitud al propio yo.

Me he detenido en el momento culminante de la Pasión y Muerte –inseparable de la Resurrección y Ascensión, y del posterior envío del Espíritu Santo la mañana de Pentecostés–, pero vale la pena recordar que toda la vida de Jesús está impregnada de esta libertad amorosa del Hijo que no tiene otro deseo que manifestar el amor misericordioso del Padre.

Tomo aquí sólo un ejemplo: el de la vida oculta de la Sagrada Familia en Nazaret, muy querido al Beato Josemaría, porque la luz recibida de Dios acerca de la santidad en la vida ordinaria le llevó a descubrir el valor redentor de esos largos años, que no se limitan a ser una preparación para la misión pública, sino que son ya en sí mismos salvadores. Jesús obedece a María y a José: “erat subditus illis (Lc 2, 31), obedecía. Hoy que el ambiente está colmado de desobediencia, de murmuración, de desunión, hemos de estimar especialmente la obediencia. Soy muy amigo de la libertad, y precisamente por eso quiero tanto esa virtud cristiana. Debemos sentirnos hijos de Dios, y vivir con la ilusión de cumplir la voluntad de nuestro Padre” nota(’33′,’8.0′,’1′,’54′) 54. La contraposición entre libertad y obediencia, cuando en ésta se manifiesta de un modo u otro la voluntad de Dios, suele ser señal de una visión todavía pobre de la libertad, como capacidad de elegir desprovista de su sentido y finalidad.

La libertad de Cristo manifestada en la obediencia al Padre durante toda su existencia muestra la clave de su biografía terrena desde Nazaret hasta la Cruz e ilumina el sentido de nuestra propia libertad como respuesta amorosa a la libertad divina.

3.3. La libertad de los hijos de Dios orientada a la entrega de sí

La libertad del amor trinitario que se manifiesta en la vida de Jesucristo tiene una doble eficacia con respecto a nosotros. Por una parte nos revela el sentido más profundo y radical de nuestro ser personas y de nuestra libertad. El Concilio Vaticano II ha tratado este punto no sólo por lo que se refiere a nuestro ser nota(’33′,’8.0′,’1′,’55′) 55, sino también a nuestra libertad: “Más aún, el Señor, cuando ruega al Padre que todos sean uno, como nosotros también somos uno (Ioh 17, 21-22), abriendo perspectivas cerradas a la razón humana, sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” nota(’33′,’8.0′,’1′,’56′) 56.

Por otro lado, Cristo nos consigue la gracia divina y así el hombre, que a causa del pecado se hallaba con la libertad disminuida como capacidad de amar y de corresponder a la libertad y al amor divino, puede recuperar esa pérdida gracias a la libertad de Cristo, de la que surge el amor que vence todo mal y toda esclavitud.

La libertad que Cristo nos consiguió en la Cruz es el gran don de ser hijos del Padre y de poder amar a Dios, y por Él, a las demás personas creadas. Entonces se ve que la libertad no se contrapone a la entrega, sino que en ella encuentra su razón de ser: “Nada más falso que oponer la libertad a la entrega, porque la entrega viene como consecuencia de la libertad. Mirad, cuando una madre se sacrifica por amor a sus hijos, ha elegido; y, según la medida de ese amor, así se manifestará su libertad. Si ese amor es grande, la libertad aparecerá fecunda, y el bien de los hijos proviene de esa bendita libertad, que supone entrega, y proviene de esa bendita entrega, que es precisamente libertad” nota(’33′,’8.0′,’1′,’57′) 57. Estamos ante un punto de gran importancia. La libertad es para la entrega, de tal modo que la donación de sí es el acto más propio y adecuado de la libertad, como manifiesta de modo sublime la respuesta de María al recibir el anuncio del Angel: “Nuestra Madre escucha, y pregunta para comprender mejor lo que el Señor le pide; luego, la respuesta firme: fiat! (Lc 1, 38) –¡hágase en mí según tu palabra!–, el fruto de la mejor libertad: la de decidirse por Dios” nota(’33′,’8.0′,’1′,’58′) 58. Una vez más la paradoja –esta vez en María– entre declararse esclava del Señor y adquirir el mayor señorío y la mayor libertad.

Lógicamente, esto se entiende bien sólo desde la verdad de nosotros mismos. Sabernos hijos de Dios nos permite ser libres. “Saber que hemos salido de las manos de Dios, que somos objeto de la predilección de la Trinidad Beatísima, que somos hijos de tan gran Padre. Yo pido a mi Señor que nos decidamos a darnos cuenta de eso, a saborearlo día a día: así obraremos como personas libres. No lo olvidéis: el que no se sabe hijo de Dios, desconoce su verdad más íntima, y carece en su actuación del dominio y del señorío propios de los que aman al Señor por encima de todas la cosas” nota(’33′,’8.0′,’1′,’59′) 59.

La filiación divina permite entender y vivir la libertad. Incorporados a Cristo, de algún modo formamos una sola cosa con Él, y en Él participamos como hijos adoptivos en las procesiones eternas intratrinitarias del Hijo y del Espíritu Santo. Los “hijos en el Hijo” participamos –de manera finita– de ese señorío, tenemos la libertad de los hijos. No somos esclavos ni siervos, sino hijos y amigos que conocemos los secretos del Padre comunicados por el Hijo –participando en la filiación del Verbo encarnado– y amamos a Dios Padre y a todas las personas por la participación en el Espíritu Santo, Amor recíproco entre el Padre y el Hijo.

“La libertad adquiere su auténtico sentido cuando se ejercita en servicio de la verdad que rescata, cuando se gasta en buscar el Amor infinito de Dios, que nos desata de todas las servidumbres” nota(’33′,’8.0′,’1′,’60′) 60. La búsqueda de la infinitud que de un modo u otro todo hombre y toda mujer se empeñan por alcanzar, deja de ser la “mala infinitud” hegeliana y se convierte en la adhesión al único Infinito.

La objeción que quizás hoy con más intensidad que ayer todo hombre se plantea es: “responder que sí a ese Amor exclusivo, ¿no es acaso perder la libertad?” nota(’33′,’8.0′,’1′,’61′) 61. Esa pregunta surge sobre todo ante el dolor y el esfuerzo que comporta un amor total y sin condiciones. Pero también ante el vaciamiento o pérdida de sí mismo que parece tan contrario a los ideales de libertad y autenticidad.

En cierto modo la respuesta se obtiene de modo convincente sólo con la experiencia de decidirse a buscar ese Amor: “Amar es… no albergar más que un solo pensamiento, vivir para la persona amada, no pertenecerse, estar sometido venturosa y libremente, con el alma y el corazón, a una voluntad ajena… y a la vez propia” nota(’33′,’8.0′,’1′,’62′) 62.

Sólo entonces se entiende bien y se saborea la propia libertad. “El alma enamorada conoce que, cuando viene ese dolor, se trata de una impresión pasajera y pronto descubre que el peso es ligero y la carga suave, porque lo lleva Él sobre sus hombros, como se abrazó al madero cuando estaba en juego nuestra felicidad eterna (cfr. Mt 11, 30) nota(’33′,’8.0′,’1′,’63′) 63.

La libertad sólo manifiesta todo su sentido y supera las paradojas cuando se descubre como don divino, con el que podemos colaborar con Dios. Es verdad que todos podemos sentir, y de hecho sentimos a veces, rebeldía, y entonces no comprendemos “que la Voluntad divina, también cuando se presenta con matices de dolor, de exigencia que hiere, coincide exactamente con la libertad, que sólo reside en Dios y en sus designios” nota(’33′,’8.0′,’1′,’64′) 64. Aún así vale la pena recordar que, en definitiva, la exigencia de amar de modo total y pleno es bien conforme a nuestra naturaleza nota(’33′,’8.0′,’1′,’65′) 65.

3.4. La libertad del hijo de Dios, obra de las tres Personas divinas

Para finalizar esta parte central del estudio dedicada a la libertad en su dimensión de don sobrenatural anejo a la filiación divina, quisiera presentar algunas formulaciones del Beato Josemaría en las que se acentúa este aspecto propio de la libertad que nos viene de la redención y elevación a la condición de hijos de Dios, mediante la gracia ganada por Cristo en la Cruz y difundida en nosotros por el Espíritu Santo, es decir de nuestra participación en la vida trinitaria.

A este respecto, se puede recordar que en el Nuevo Testamento el término “libertad” (eleuthería) no significa sólo un estado o situación opuesta a la esclavitud, sino que se refiere a la condición ontológica de los hijos de Dios. Esta condición es fruto de la acción de la Santísima Trinidad, que se manifiesta en la referencia a una u otra Persona divina, según cada contexto en los escritos neotestamentarios.

Han aparecido ya algunos de los numerosísimos textos del Beato Josemaría que se refieren a esa libertad de los hijos de Dios y que, por tanto, miran especialmente a Dios Padre, aunque como es obvio, la remisión al capítulo 8 de la Carta de San Pablo a los Romanos (in libertatem filiorum Dei: cfr. Rom 8, 21) nota(’33′,’8.0′,’1′,’66′) 66 conlleva la acción inseparable de Cristo y del Espíritu Santo. La libertad que nos concede Dios Padre no es una libertad cualquiera sino precisamente la libertad de los hijos de Dios.

En otras ocasiones se expresa la dimensión cristológica con la referencia a Gálatas 4, 31, como en estas palabras ya citadas: “la libertad, que nos ha conseguido Jesucristo muriendo en la Cruz”. O bien aparecen juntas las referencias a los textos de Romanos y Gálatas, como en el siguiente pasaje también citado anteriormente: “somos una numerosa y variadísima familia, que crece y se desarrolla in libertatem gloriae filiorum Dei (Rom. 8, 21), qua libertate Christus nos liberavit (Galat. 4, 31), en la libertad gloriosa que Jesucristo nos ha adquirido redimiéndonos de toda servidumbre”. Dios Padre es fuente de nuestra libertad mediante la Encarnación del Hijo unigénito y el envío del Amor consustancial del Padre y del Hijo.

Abundan también las referencias directas al Espíritu Santo, que es siempre el Espíritu de Cristo, especialmente cuando el Beato Josemaría quiere aludir a los variadísimos modos con que actúa el Paráclito, siempre adecuados a cada alma: “nuestra diversidad no es, para la Obra, un problema: por el contrario, es una manifestación de buen espíritu, de vida corporativa limpia, de respeto a la legítima libertad de cada uno, porque ubi autem Spiritus Domini, ibi libertas (2 Cor. 3, 17); donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad” nota(’33′,’8.0′,’1′,’67′) 67.

Todas estas afirmaciones se mueven dentro del núcleo central de la Revelación divina constituido por el mismo Dios Tripersonal, por la Encarnación del Verbo que nos redime y por el envío del Espíritu Santo. En términos de la teología de Santo Tomás de Aquino, la historia de la humanidad está profundamente marcada por el pecado original y por los pecados personales, pero con la gracia divina conquistada por Cristo con su Muerte en la Cruz y su Resurrección, se pasa de la esclavitud de la propia miseria a la libertad de los hijos. El hombre es sanado y elevado por la gracia, haciéndose partícipe del Verbo y del Espíritu Santo, para poder libremente conocer a Dios con verdad y amarle con rectitud: “fit particeps divini Verbi et procedentis Amoris, ut possit libere Deum vere cognoscere et recte amare” nota(’33′,’8.0′,’1′,’68′) 68.

La acción gratuita que Dios realiza “hacia fuera” divinizando las personas humanas tiene un término ad intra, ya que introduce a cada mujer y a cada hombre cristianos en la vida trinitaria como “hijos en el Hijo”. Esta acción es un nuevo nacimiento ex Spiritu Sancto que implica una novedad de ser, no en cuanto acto de la esencia sino en cuanto acto fundante de la relación del hombre con Dios, de manera que el cristiano es relativo al Padre en el Hijo y por el Espíritu Santo (esse ad Patrem in Filio per Spiritum Sanctum ). No se trata de tres relaciones distintas, sino de una relación triple, dirigida a las tres Personas divinas nota(’33′,’8.0′,’1′,’69′) 69. El cristiano es hijo de Dios Padre en Cristo por el Espíritu Santo.

4. La libertad como don de Dios en el orden de la creación

Queriendo en este estudio ilustrar “la libertad conseguida por Cristo en la Cruz”, me he detenido en la exposición de la doctrina teológica de la libertad según las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá. Sin embargo, es necesario aclarar que en ella está incluida la dimensión natural o creatural de la libertad y que en sus escritos se halla siempre presente, de modo más o menos explícito según las circunstancias, el doble orden de naturaleza y gracia, subrayando a la vez fuertemente su unión en la existencia cristiana, como parte de su concepto “unidad de vida”.

4.1. La unión de naturaleza y gracia

Su visión teológica unitaria, que incluye dentro de sí lo natural, aparece en esta bella afirmación: “En todos los misterios de nuestra fe católica aletea ese canto a la libertad. La Trinidad Beatísima saca de la nada el mundo y el hombre, en un libre derroche de amor. El Verbo baja del Cielo y toma nuestra carne con este sello estupendo de la libertad en el sometimiento: heme aquí que vengo, según está escrito de mí en el principio del libro, para cumplir, ¡oh Dios!, tu voluntad” nota(’33′,’8.0′,’1′,’70′) 70.

En esta unión de la naturaleza y la gracia en la historia humana se pone de manifiesto el carácter de misterio de la libertad. Si por una parte es evidente que la persona es libre, por otra la realidad del mal moral e incluso una cierta inclinación hacia él plantea profundos interrogantes a cada uno de los hombres y de las mujeres a lo largo de toda la historia. El Beato Josemaría expresa la inteligibilidad propia de los misterios con el término “claroscuro”: “podemos rendir o negar al Señor la gloria que le corresponde como Autor de todo lo que existe. Esa posibilidad compone el claroscuro de la libertad humana” nota(’33′,’8.0′,’1′,’71′) 71.

Es más, la muerte en la Cruz del Hijo de Dios encarnado, su entrega absoluta y sin límites, si bien es muestra evidente del amor misericordioso del Padre que nos libera y nos confiere confianza y seguridad, a la vez nos mueve a pensar: “¿por qué me has dejado, Señor, este privilegio, con el que soy capaz de seguir tus pasos, pero también de ofenderte?” nota(’33′,’8.0′,’1′,’72′) 72. Es ésta una pregunta radical que atraviesa toda la homilía La libertad, don de Dios.

Este es quizá el punto teológico radical de la reflexión del Beato Josemaría: la libertad es un don divino, y no algo contrapuesto de suyo a Dios. Por eso su actitud es de hondo agradecimiento a Dios por el privilegio de la libertad: “sólo nosotros, los hombres –no hablo aquí de los ángeles– nos unimos al Creador por el ejercicio de nuestra libertad: podemos rendir o negar al Señor la gloria que le corresponde como Autor de todo lo que existe” nota(’33′,’8.0′,’1′,’73′) 73.

El Señor no nos coacciona, porque quiere “correr el riesgo de nuestra libertad” nota(’33′,’8.0′,’1′,’74′) 74. Nos invita a dirigirnos hacia el bien: “Fíjate, hoy pongo ante ti la vida con el bien, la muerte con el mal. Si oyes el precepto de Yavé, tu Dios, que hoy te mando, de amar a Yavé, tu Dios, de seguir sus caminos y de guardar sus mandamientos, decretos y preceptos, vivirás… Escoge la vida, para que vivas” nota(’33′,’8.0′,’1′,’75′) 75. Este y otros textos de la Escritura estaban frecuentemente en sus labios, para explicar con la palabra de Dios la realidad gozosa de la libertad.

Una realidad gozosa que le llevaba a “levantar mi corazón en acción de gracias a mi Dios, a mi Señor, porque nada le impedía habernos creado impecables, con un impulso irresistible hacia el bien, pero juzgó que serían mejores sus servidores si libremente le servían nota(’33′,’8.0′,’1′,’76′) 76. ¡Qué grande es el amor, la misericordia de nuestro Padre! Frente a estas realidades de sus locuras divinas por los hijos, querría tener mil bocas, mil corazones, más, que me permitieran vivir en una continua alabanza a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo. Pensad que el Todopoderoso, el que con su Providencia gobierna el Universo, no desea siervos forzados, prefiere hijos libres” nota(’33′,’8.0′,’1′,’77′) 77. Esta es la respuesta a la acuciante pregunta: ¿por qué Dios nos ha hecho libres, con el riesgo de todas las consecuencias de lucha permanente entre el bien y el mal que de ello se derivan?

La libertad –que en no pocos pensadores modernos se malogra al ser entendida como una libertad que es fundamento y no es fundada, como autonomía antropocéntrica, como soledad individualista y autárquica–, recupera en las enseñanzas del Beato Josemaría su lugar teológico originario, ya que el señorío le viene al hombre de su ser a imagen y semejanza de Dios.

Al hablar de la imagen de Dios en el hombre, que según Pannenberg es uno de los temas importantes que el cristianismo –en su característico “exceso”– aporta al humanismo, Tomás de Aquino se refiere en varias ocasiones a la libertad, al “dominium sui actus”, siguiendo a San Juan Damasceno (por ejemplo, en el prólogo de la S.Th. I-II). Ciertamente la criatura humana es imagen de Dios con la inteligencia, pero este aspecto parece ser sólo un primer momento ordenado a su vez al señorío y autodeterminación propios de la trascendencia del dinamismo espiritual. La imagen de Dios en las personas creadas se halla sobre todo en la libertad. Dios crea por amor sujetos semejantes a Sí: personas angélicas y humanas dotadas de un autodinamismo limitado, concedido de manera participada por Dios como difusión de una semejanza suya que procede de la Plenitud de Ser que Él es.

Hombres y mujeres son sujetos con una creatividad participada –con una dignidad y una tarea expresadas en el Génesis– que se realiza a la vez con el cuidado y servicio amoroso referido al mundo y a los demás mediante el trabajo, y con la misión de llenar la tierra mediante el amor conyugal y la familia. El Beato Josemaría gusta de recurrir al pensamiento de Tomás de Aquino a propósito de este don de la libertad: “he aquí el grado supremo de dignidad en los hombres: que por sí mismos, y no por otros, se dirijan hacia el bien” nota(’33′,’8.0′,’1′,’78′) 78; “Dios hizo al hombre desde el principio y lo dejó en manos de su libre albedrío (Ecclo 15, 14). Esto no sucedería si no tuviese libre elección” nota(’33′,’8.0′,’1′,’79′) 79.

Alejandro Llano observa con acierto que esta inserción teológica, arraigada en la tradición agustiniana y tomista, permite al Beato Josemaría comprender con radicalidad la libertad humana y a la vez no retroceder ante el desafío antropocéntrico de la modernidad, sino al contrario denunciar sus insuficiencias precisamente al desarrollar sus ignoradas potencialidades nota(’33′,’8.0′,’1′,’80′) 80.

4.2. La libertad del hombre como criatura

Dentro de este contexto teológico de unidad de lo sobrenatural y de lo natural, respetando siempre su distinción, en muchos lugares el Beato Josemaría resalta el aspecto natural de la libertad como el mayor don de Dios en el plano humano o creatural: “No podríais realizar ese programa de vivir santamente la vida ordinaria, si no gozarais de toda la libertad que os reconocen –a la vez– la Iglesia y vuestra dignidad de hombres y de mujeres creados a imagen de Dios. La libertad personal es esencial en la vida cristiana” nota(’33′,’8.0′,’1′,’81′) 81.

Ese talante humano de amor a la libertad le conduce a valorar toda afirmación justa de libertad, venga de donde venga, como en la ocasión relatada en este texto paradigmático: “En 1939, recién acabada la guerra civil española, dirigí en las proximidades de Valencia un curso de retiro espiritual, que tuvo lugar en un colegio universitario de fundación privada. Había sido utilizado, durante la guerra, como cuartel comunista. En uno de los pasillos, encontré un gran letrero, escrito por alguno no conformista, donde se leía: cada caminante siga su camino. Quisieron quitarlo, pero yo les detuve: dejadlo –les dije–, me gusta: del enemigo, el consejo. Desde entonces, esas palabras me han servido muchas veces de motivo de predicación. Libertad: cada caminante siga su camino. Es absurdo e injusto tratar de imponer a todos los hombres un único criterio, en materias en las que la doctrina de Jesucristo no señala límites” nota(’33′,’8.0′,’1′,’82′) 82.

Pero el Fundador del Opus Dei no concibe la dimensión antropológica natural como una simple capacidad electiva limitada a la inmanencia terrena, sino que la ve dotada de una esencial ordenación a Dios. Y así puede afirmar: “Dios hizo al hombre desde el principio y lo dejó en manos de su libre albedrío (Ecclo 15, 14). Esto no sucedería si no tuviese libre elección nota(’33′,’8.0′,’1′,’83′) 83. Somos responsables ante Dios de todas las acciones que realizamos libremente. No caben aquí anonimatos; el hombre se encuentra frente a su Señor, y en su voluntad está resolverse a vivir como amigo o como enemigo” nota(’33′,’8.0′,’1′,’84′) 84. Es más, la libertad adquiere su sentido cuando se la acepta en toda su realidad y alcance como libertad sobre todo ante Dios, y luego ante las demás personas.

De ahí que el Beato Josemaría se rebele enérgicamente ante quienes no están dispuestos a admitir plenamente la libertad y quieren privar al hombre de ese “espacio de servicio” en que se desarrolla el ser libre nota(’33′,’8.0′,’1′,’85′) 85. “Yo he presenciado, en ocasiones, lo que podría calificarse como una movilización general, contra quienes habían decidido dedicar toda su vida al servicio de Dios y de los demás hombres. Hay algunos, que están persuadidos de que el Señor no puede escoger a quien quiera sin pedirles permiso a ellos, para elegir a otros; y de que el hombre no es capaz de tener la más plena libertad, para responder que sí al Amor o para rechazarlo” nota(’33′,’8.0′,’1′,’86′) 86.

El Beato Josemaría es muy firme en defender la libertad como don natural presupuesto por el orden de la gracia: “Dios mismo ha querido que se le ame y se le sirva en libertad, y respeta siempre nuestras decisiones personales: dejó Dios al hombre –nos dice la Escritura– en manos de su albedrío (Ecclo 15, 14)” nota(’33′,’8.0′,’1′,’87′) 87.

También la libertad de las conciencias parece encontrarse principalmente en el plano de la dignidad creatural, si bien será reforzada por la gracia como libertad de los hijos de Dios: “He defendido siempre la libertad de las conciencias. No comprendo la violencia: no me parece apta ni para convencer ni para vencer; el error se supera con la oración, con la gracia de Dios, con el estudio; nunca con la fuerza, siempre con la caridad” nota(’33′,’8.0′,’1′,’88′) 88. Josemaría Escrivá suele escribir en plural la libertad de las conciencias nota(’33′,’8.0′,’1′,’89′) 89, para subrayar que se refiere a la conciencia de todas y cada una de las personas y no a la conciencia en cuanto tal, que tiene su medida en la sabiduría y en el amor divinos.

Me he permitido abundar en estos textos, porque a mi modo de ver reflejan una visión específicamente “católica” del valor del plano creatural, como ha sido reafirmado por Juan Pablo II en la Encíclica Fides et ratio, a propósito de la razón y de la justa autonomía de la filosofía.

En algunos de ellos se puede apreciar la mentalidad jurídica del autor, que al pensar también en términos de dignidad humana y de justicia, tiende a no olvidar ni minusvalorar el orden natural. Baste este ejemplo de defensa de la libertad de cada conciencia: “Tanto en lo apostólico como en lo temporal, son arbitrarias e injustas las limitaciones a la libertad de los hijos de Dios, a la libertad de las conciencias o a las legítimas iniciativas. Son limitaciones que proceden del abuso de autoridad, de la ignorancia o del error de los que piensan que pueden permitirse el abuso de hacer discriminaciones nada razonables” nota(’33′,’8.0′,’1′,’90′) 90.

Está en juego el sentido de la vida humana y de la historia, si no se quiere reducir todo a una pieza de teatro irreal. “Dios, al crearnos, ha corrido el riesgo y la aventura de nuestra libertad. Ha querido una historia que sea una historia verdadera, hecha de auténticas decisiones, y no una ficción ni un juego. Cada hombre ha de hacer la experiencia de su personal autonomía, con lo que eso supone de azar, de tanteo y, en ocasiones, de incertidumbre” nota(’33′,’8.0′,’1′,’91′) 91.

La libertad, en su dimensión natural, aparece como un don divino peculiar e inalienable de toda persona, íntimamente vinculado a su dignidad. Esa libertad tiene un aspecto básico de capacidad de elección y de iniciativa; pero a la vez ese poder está orientado hacia una finalidad: nos permite servir a Dios y a los demás, porque queremos, sin coacción alguna. Estos dos aspectos están presentes en los textos analizados de tal modo que no se hace una separación sino que se intenta ver la unión entre ambos. Así sucede también en San Agustín, para quien la libertad en su sentido más pleno se encuentra en la orientación hacia Dios.

El Beato Josemaría muestra con un estilo muy existencial y vivo la esterilidad y la irracionalidad del no querer comprometerse: su carácter de algún modo antinatural. La esterilidad, porque “esas almas –las habéis encontrado, como yo– se dejarán arrastrar luego por la vanidad pueril, por el engreimiento egoísta, por la sensualidad. Su libertad se demuestra estéril, o produce frutos ridículos, también humanamente. El que no escoge –¡con plena libertad!– una norma recta de conducta, tarde o temprano se verá manejado por otros, vivirá en la indolencia –como un parásito–, sujeto a lo que determinen los demás. Se prestará a ser zarandeado por cualquier viento, y otros resolverán siempre por él. (…) ¡Pero nadie me coacciona!, repiten obstinadamente. ¿Nadie? Todos coaccionan esa ilusoria libertad, que no se arriesga a aceptar responsablemente las consecuencias de actuaciones libres, personales. Donde no hay amor de Dios, se produce un vacío de individual y responsable ejercicio de la propia libertad: allí –no obstante las apariencias– todo es coacción. El indeciso, el irresoluto, es como materia plástica a merced de las circunstancias; cualquiera lo moldea a su antojo y, antes que nada, las pasiones y las peores tendencias de la naturaleza herida por el pecado” nota(’33′,’8.0′,’1′,’92′) 92. Descripción que tiene gran actualidad en nuestra época, en la que mucha gente se deja llevar por una libertad a la que el Beato Josemaría llama “libertinaje”.

En esa esclavitud que proviene de responder que no a Dios se actúa también contra la razón, como afirma Santo Tomás de Aquino: “El hombre es racional por naturaleza. Cuando se comporta según la razón, procede por su propio movimiento, como quien es: y esto es propio de la libertad. Cuando peca, obra fuera de razón, y entonces se deja conducir por impulso de otro, sujeto en confines ajenos, y por eso el que acepta el pecado es siervo del pecado (Ioh 8, 34)” nota(’33′,’8.0′,’1′,’93′) 93.

El que quiere reservarse la libertad sin ejercerla en la entrega, es esclavo de sí mismo y acaba siendo esclavo de los demás, de muchas cosas externas, de las que debería ser dueño como hijo de Dios. Es el camino de la infelicidad aquí abajo y luego para siempre. No es libertad, sino libertinaje.

Clásicamente se ha llamado libertad psicológica a la capacidad de elegir, y libertad moral a esa mayor capacidad operativa que surge del buen ejercicio de la libertad con la formación de hábitos, en los que se condensan las elecciones buenas realizadas.

En la filosofía contemporánea han tenido lugar otros acercamientos significativos hacia una libertad más profunda que la mera capacidad de elección. Así la distinción de Isaiah Berlin entre una libertad negativa (“libertad de” coacciones, interferencias, imposiciones) y una libertad positiva (“libertad para” hacer o ser algo, para proyectar y comprometerse) supuso un enriquecimiento en el diálogo entre los filósofos de la política nota(’33′,’8.0′,’1′,’94′) 94. La libertad positiva es una concepción más alta que responde a la creatividad propia de la persona humana, pero todavía no llega al punto más alto que Cristo ha traído al mundo ampliando las perspectivas humanas, con ese “exceso” característico del cristianismo.

No obstante su fuerte paradoja, la Cruz –con sus dimensiones de entrega, sacrificio, perdón, compromiso, aparente fracaso,…– encuentra en el corazón humano una intensa resonancia, porque ya en el plano humano el nivel más alto de libertad se manifiesta en la capacidad creativa desinteresada, en amar el bien en sí independientemente de que lo sea para mí, en la amistad y benevolencia de querer a las personas, en razón de su bondad y dignidad innatas.
Recordando una obra de Robert Spaemann, el hombre alcanza su plenitud y con ella su felicidad (Glück), en la benevolencia (Wohlwollen) hacia los demás, queriendo su bien en cuanto tal. También Carlos Cardona ha hecho de la relación entre ser, libertad y amor de benevolencia, el núcleo de su obra más lograda desde el punto de vista propositivo: la Metafísica del bien y del mal. En ella sostiene que la libertad es una característica trascendental del ser del hombre; es el núcleo de toda acción realmente humana y lo que confiere humanidad a todos sus actos. El acto primero y fundamental de la libertad consiste en decidirse, con un amor electivo, por el bien en sí mismo, superando el amor natural hacia el bien para mí. Significa, por tanto, un éxtasis, con el que se sale de sí mismo.

Alejandro Llano, aun apreciando los sentidos de libertad de y libertad para propuestos por Isaiah Berlin, piensa que no bastan y que hay un tercer sentido, al que llama libertad de sí mismo, que es vaciamiento de uno mismo, kénosis y apertura amorosa a los otros nota(’33′,’8.0′,’1′,’95′) 95.

5. La proyección de la libertad ganada por Cristo en algunos campos de la vida contemporánea

Antes se ha recordado la afirmación de que el Beato Josemaría no retrocede ante el desafío antropocéntrico de la modernidad, sino que, al contrario, denuncia sus insuficiencias justo al desarrollar sus ignoradas potencialidades. Esto último puede ser ilustrado mostrando la proyección de la doctrina teológica y filosófica expuesta en algunos campos de la vida humana en las circunstancias contemporáneas. Lo haré de modo conciso, porque sobre las aplicaciones de la libertad personal según Josemaría Escrivá existe ya una cierta bibliografía.

El Beato Josemaría tiene siempre presente el contexto cultural en que viven sus lectores y oyentes, las personas a las que se dirige. Por eso ante lo que cabe llamar descubrimiento moderno de la libertad, denuncia sus insuficiencias no de modo simplemente polémico o negativo, sino desarrollando en sentido cristiano y humano las potencialidades de esa libertad.

La libertad, según el Fundador del Opus Dei, es, en su sentido principal y radical, libertad ante Dios y para Dios, y por tanto la responsabilidad le está inseparablemente unida. En el anonimato propio de la masificación se pierde la responsabilidad personal. Quedan sólo individuos, desposeídos de su fundamental carácter de personas. El Beato Josemaría se esforzaba por extraer a las personas de la masa anónima, compuesta de individuos en estado soledad y privados de una relación auténticamente humana con Dios y con los demás. Como maestro de vida cristiana quería formar personas libres, hijos de Dios que luchaban por estar con Cristo en la Cruz, que procuraban responder a la libre donación y anonadamiento de Dios con la libre entrega de si mismos. Si no se estimula la responsabilidad, tampoco se forman personas libres.

Entre las aplicaciones de la libertad a la existencia humana y cristiana enseñadas por el Beato Josemaría Escrivá se halla su heroica defensa del legítimo campo de lo opinable en el terreno profesional, en el mundo de las ideas políticas, sociales, económicas, culturales, artísticas. Existe un legítimo y sano pluralismo, característico de la mentalidad laical –la libertad es uno de sus elementos centrales– y contrario al clericalismo, que no respeta la justa autonomía de las realidades temporales, la naturaleza y las leyes puestas por Dios en sus criaturas. “Cuando se comprende a fondo el valor de la libertad, cuando se ama apasionadamente este don divino del alma, se ama el pluralismo que la libertad lleva consigo” nota(’33′,’8.0′,’1′,’96′) 96.

Se puede decir que en este terreno tuvo que navegar contra corriente desarrollando potencialidades de la libertad y enraizándolas en su fundamento teológico. Así afirmaba que dentro de los márgenes de la Revelación divina en Cristo, custodiada por el Magisterio de la Iglesia, existe una pluralidad de posiciones que es buena, en cuanto manifestación de libertad y responsabilidad personales nota(’33′,’8.0′,’1′,’97′) 97.

También en el campo teológico hay un espacio para una legítima variedad de posiciones, dentro de una plena fidelidad al Magisterio. Por eso en la Prelatura del Opus Dei se siguen las indicaciones del Magisterio de la Iglesia, sin que por eso exista una escuela teológica propia.

Su amor a la libertad le llevó a prodigarse en dar una formación muy cuidada –también en el plano teológico– con la que cada fiel pudiese después moverse con libertad en la santificación del trabajo y en la actividad apostólica, sin esperar consignas. También en este punto innovaba, sin pretensiones de originalidad.

En la vida espiritual y apostólica veía mucho de autodeterminación y la estimulaba. La dirección espiritual tiene como uno de sus fines ayudar a las almas a querer –a ejercitar la libertad–, secundando la acción del Espíritu Santo. Por eso Josemaría Escrivá movía a hacer oración, un coloquio sincero y auténtico de hijos con su Padre, a ponerse ante Dios, que es el punto de referencia fundamental de la libertad humana. Las decisiones nacen entonces como respuesta a la luz de Dios, con la ayuda de su gracia. En muchas ocasiones ante algunas preguntas que le hacían, respondía aproximadamente en estos términos: ¿por qué no se lo preguntas al Señor en la oración?

El Beato Josemaría Escrivá defendió el don de la libertad para todas las personas. Como Cristo, que muere en la Cruz para conquistarnos la libertad de los hijos de Dios, el cristiano tiene que defender la libertad de los otros y después la propia. Amaba mucho la libertad de las conciencias y solía decir que, con la gracia de Dios, daría su vida por defender la libertad de quienes no eran católicos. De ahí que las actividades apostólicas del Opus Dei no hacen nunca discriminación por motivos religiosos.

En este contexto la educación consiste sobre todo en enseñar a ser libres, formando a los jóvenes –y a todos– de modo que puedan moverse libremente y con buen criterio en todos los ambientes: educar en la libertad y para la libertad.

Pero insistir en la libertad personal no hay que interpretarlo en sentido individualista. Por eso, impulsaba a que, como manifestación de libertad responsable, se tomase parte activa en asociaciones varias, procurando intervenir en las decisiones humanas de las que dependen el presente y el futuro de la sociedad. Así lo expresó muchas veces: “Con libertad, y de acuerdo con tus aficiones o cualidades, toma parte activa y eficaz en las rectas asociaciones oficiales o privadas de tu país, con una participación llena de sentido cristiano: esas organizaciones nunca son indiferentes para el bien temporal y eterno de los hombres” nota(’33′,’8.0′,’1′,’98′) 98.

Los grandes retos de la historia han de encontrar a los cristianos con el sentido de responsabilidad de quienes se saben identificados con Cristo en la Cruz, que salva y libera de las esclavitudes. “Los hijos de Dios, ciudadanos de la misma categoría que los otros, hemos de participar “sin miedo” en todas las actividades y organizaciones honestas de los hombres, para que Cristo esté presente allí. Nuestro Señor nos pedirá cuenta estrecha si, por dejadez o comodidad, cada uno de nosotros, libremente, no procura intervenir en las obras y en las decisiones humanas, de las que dependen el presente y el futuro de la sociedad” nota(’33′,’8.0′,’1′,’99′) 99.

6. Síntesis conclusiva

Entre los muchos interrogantes que habrán surgido en la mente del lector, quizá hay uno al que convenga intentar dar una respuesta, aunque sea breve y sujeta a revisión. Se refiere a los varios sentidos de la libertad, que están presentes en este artículo sin una clara distinción.

6.1. Las dimensiones de la libertad

Los filósofos ofrecen variadas clasificaciones de los sentidos y dimensiones de la libertad. Algunas de las más clásicas indican los siguientes aspectos nota(’33′,’8.0′,’1′,’100′) 100:

a) ser libres con respecto a cualquier tipo de coacción. Es la libertad de poner por obra externamente lo que uno quiere. Se trata de un sentido negativo de la libertad. Algunos filósofos (por ej., Hobbes, Locke, Hume, Voltaire) se quedan a este nivel, porque niegan o no están seguros de que nuestras decisiones sean verdaderamente libres, es decir, no procedan de una necesidad o condicionamiento interno, no conocido. Muchas veces lo que hace el derecho es proteger a la persona de cualquier coacción externa, aunque sea psicológica. Es el campo de las libertades políticas, que son libertades externas, consiguientes a la dignidad moral de la persona. Por ejemplo: libertad religiosa; derecho a la vida y a la inviolabilidad de la persona; derecho al matrimonio y a la familia, a la educación de los propios hijos, a adquirir lo necesario para sustentarse, a la propiedad, al asilo político; derecho a escoger la profesión, a desarrollar la propia personalidad, a la libre expresión de palabra, por escrito o artística; derecho de asociación y de participar en el orden de la comunidad social.

b) la libertad de elección, también llamada libertad psicológica o libre albedrío. Es la capacidad de la persona de autodeterminarse realmente, sin una oculta necesidad interior, haciendo elecciones que suelen referirse a realidades externas, pero que al mismo tiempo implican un decidir sobre el propio ser (sobre todo en su dimensión moral, pero no sólo en ella). Con esas opciones cada persona se va haciendo a sí misma. Se trata de una capacidad interna e innata. El derecho suele presuponer esta libertad psicológica, cuando, por ejemplo, declara la responsabilidad de una persona que ha cometido una injusticia. Esta libertad se funda en la apertura de la inteligencia a todo lo real y de la voluntad a todo lo que es bueno. A su vez, la inteligencia y la voluntad como facultades operativas dimanan de un alma espiritual que ha recibido el ser directamente de Dios por creación. Así el obrar humano es libre porque procede de un acto de ser que está por encima de lo material y de las cadenas causales del cosmos.

c) la libertad como tarea ética, también llamada libertad moral. Es el señorío y autodominio que el hombre adquiere mediante actos libres que le llevan a poseer las virtudes morales. Ejercitando bien la libertad psicológica se alcanza la libertad moral, una capacidad de obrar que no está impedida por las pasiones o los vicios. Lo contrario es una esclavitud, que aunque sea fruto de la propia libertad psicológica, no es libertad, sino libertinaje.

6.2. Los elementos naturales en la libertad según el Beato Josemaría

En las enseñanzas del Beato Josemaría están presentes estas dimensiones de la libertad –entre otras– sin que, como es lógico, haya una clasificación explícita. Dentro de su visión cristiana del hombre está contenida una concepción de la persona en su dimensión o nivel de creatura. En otros términos, hay elementos de una antropología elaborada por la razón en unión vital con la fe:

a) La libertad es vista por el Beato Josemaría como el mayor don recibido por la persona “en lo humano”. Al decir “en lo humano”, se quiere precisar el alcance de la expresión al ámbito natural, dejando espacio para dones mayores en el orden sobrenatural de la gracia.
b) Ya en el mismo orden creatural se trata de un “don de Dios”. Vale la pena recordar que en las enseñanzas del Fundador del Opus Dei, el último punto de referencia del ámbito creatural es Dios. Así, a propósito de varias realidades humanas destacará su carácter de don: el trabajo es “don de Dios” nota(’33′,’8.0′,’1′,’101′) 101, la inteligencia “es como un chispazo del entendimiento divino” nota(’33′,’8.0′,’1′,’102′) 102, el amor conyugal es “una dádiva divina que se ordena limpiamente a la vida, al amor, a la fecundidad” nota(’33′,’8.0′,’1′,’103′) 103.

c) La libertad como capacidad de elegir (la libertad psicológica) está claramente presente en su pensamiento. Es, por poner un ejemplo, el hilo central de la homilía La libertad, don de Dios. A la vez, su insistencia en la responsabilidad evidencia que considera al hombre verdaderamente libre y que la historia no es una ficción.

d) Este poder de elección se ejerce especialmente entre el bien y el mal, y con vistas a Dios. La realidad natural de la libertad no se puede aislar de su sujeto, que es una criatura ordenada a Dios. Por eso, el alcance de la libertad no es sólo horizontal o inmanente.

e) La dimensión que algunos llaman “libertad moral” no sólo está presente, sino que es lo que da sentido a la capacidad electiva. La libertad es para el amor, para la entrega, para el servicio. Sólo así se es verdaderamente libre y no esclavo de las pasiones o, en el fondo, de un estar curvado hacia sí mismo. Quizá se puede decir que el Beato Josemaría, respetando la distinción, subraya fuertemente la unidad y la ordenación de la libertad psicológica a la moral.

f) Sus enseñanzas sobre la libertad confluyen en una visión muy definida de la formación: se trata de educar en la libertad (como clima y ambiente) y para la libertad (como fin: ayudar a la formación de personas libres y responsables).

g) Lo que se ha dado en llamar “libertad con respecto a cualquier coacción” encuentra muchas expresiones en los escritos del Beato Josemaría, especialmente en su fuerte defensa de la libertad de los demás, de la libertad de las conciencias individuales y personales.

6.3. Los aspectos teológicos de la libertad

Si pasamos al nivel estrictamente sobrenatural, el de la salvación que nos libera del pecado y nos eleva a la condición de hijos de Dios, en la enseñanza del Beato Josemaría cabe destacar los siguientes puntos:

a) La libertad es vista en relación con la filiación divina: es la libertad de los hijos de Dios. Si la libertad como personas creadas se fundaba en la apertura total de la inteligencia y de la voluntad al ser y al bien respectivamente, en cuanto facultades espirituales, y de modo último en un alma que existe gracias al ser que ha recibido inmediatamente de Dios por creación, ahora la libertad de los hijos de Dios se basa en una nueva condición teologal del hombre, inserto en la vida trinitaria. Ser hijos de Dios equivale a participar de la vida divina y a no ser esclavos del pecado, del demonio y de la muerte. La libertad es ahora el dinamismo de los hijos de Dios, movidos y cooperando con la gracia divina, pero significa quizá también el mismo estado real y ontológico de ser libres y no esclavos.

b) La libertad no es sólo don de Dios en general, sino más precisamente un don que Cristo nos consigue con su Muerte en la Cruz y con su Resurrección. El fundamento no es sólo la creación, sino también la redención del hombre que la Trinidad lleva a cabo mediante la Encarnación.

c) En la libertad de los hijos de Dios sigue presente la capacidad de elección, pero se ve potenciada al elevarse a autodeterminación de quien es hijo de Dios Padre en Cristo por el Espíritu Santo. Siendo hijos de Dios en el Hijo Unigénito, la responsabilidad aneja a la libertad, adquiere más fuertemente el carácter de respuesta al Amor misericordioso del Padre que se ha manifestado de manera sublime en la Cruz. Todo el actuar del cristiano es fruto de la gracia que Dios concede libremente y de la libre correspondencia humana, ayudada por la gracia misma.

d) Toda la existencia de Cristo, pero especialmente su sacrificio salvador en la Cruz, es modelo de libertad que se adhiere a la voluntad del Padre, dando su vida por los demás. Si en el plano natural la dimensión psicológica de la libertad estaba ordenada a la dimensión moral y, por tanto al amor y a la donación, ahora la medida de esa entrega es el Amor de Cristo, que puede hacerse presente en nosotros sólo gracias al envío del Espíritu Santo. Se llega a la paradoja del amor sin medida, de la locura de amor, del perdón gozoso y total de los enemigos.

e) La doctrina teológica del Beato Josemaría sobre la libertad alcanza una especial profundidad gracias a las luces divinas que le muestran la conexión entre estar en la Cruz, ser alter Christus, o mejor ipse Christus, y ser hijo de Dios.

f) Las consecuencias en el campo de la formación se referirán a un modo de concebir la dirección espiritual, que estimula y favorece la libertad y la espontaneidad apostólica de la persona.

g) A lo que eran las libertades externas en el orden filosófico corresponderán aquí: la defensa de la libertad de las conciencias en el ámbito más propiamente religioso, el estar dispuesto a dar la vida por defender la conciencia religiosa y espiritual de los demás, la distinción entre lo que es doctrina de fe y lo que pertenece al campo de la libre confrontación de enfoques teológicos, etc.

Lluís Clavell
Pontificia Universidad de la Santa Cruz

Muerte en la Cruz

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

Entonces se lo entregó para que fuera crucificado. Tomaron, pues, a Jesús; y él, con la cruz a cuestas, salió hacia el lugar llamado de la Calavera, en hebreo Gólgota, donde le crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y en el centro Jesús. Pilato escribió el título y lo puso sobre la cruz. Estaba escrito: Jesús Nazareno, el Rey de los judíos(Ioh, 19, 17-19) .

“Ahora crucifican al Señor, y junto a El a dos ladrones, uno a la derecha y otro a la izquierda. Entretanto Jesús dice:

Padre, perdónales porque no saben lo que hacen (Lc XXIII,34).

Es el Amor lo que ha llevado a Jesús al Calvario. Y ya en la Cruz, todos sus gestos y todas sus palabras son de amor, de amor sereno y fuerte.

Con ademán de Sacerdote Eterno, sin padre ni madre, sin genealogía (cfr. Heb VII,3), abre sus brazos a la humanidad entera.

Junto a los martillazos que enclavan a Jesús, resuenan las palabras proféticas de la Escritura Santa: han taladrado mis manos y mis pies. Puedo contar todos mis huesos, y ellos me miran y contemplan (Ps XXI,17–18).

¡Pueblo mío! ¿Qué te hice o en qué te he contristado? ¡Respóndeme! (Mich VI,3).

Y nosotros, rota el alma de dolor, decimos sinceramente a Jesús: soy tuyo, y me entrego a Ti, y me clavo en la Cruz gustosamente, siendo en las encrucijadas del mundo un alma entregada a Ti, a tu gloria, a la Redención, a la corredención de la humanidad entera”.

XI Estación, Vía Crucis.

“En la parte alta de la Cruz está escrita la causa de la condena: Jesús Nazareno Rey de los judíos (Ioh XIX,19). Y todos los que pasan por allí, le injurian y se mofan de El.

Si es el rey de Israel, baje ahora de la cruz (Mt XXVII, 42).

Uno de los ladrones sale en su defensa:

Este ningún mal ha hecho… (Lc XXIII,41).

Luego dirige a Jesús una petición humilde, llena de fe:

Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino (Lc XXIII,42).

En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso (Lc XXIII,43).

Junto a la Cruz está su Madre, María, con otras santas mujeres. Jesús la mira, y mira después al discípulo que el ama, y dice a su Madre:

Mujer, ahí tienes a tu hijo

Luego dice al discípulo:

Ahí tienes a tu madre (Ioh XIX, 26–27).

Se apaga la luminaria del cielo, y la tierra queda sumida en tinieblas. Son cerca de las tres, cuando Jesús exclama:

Elí, Elí, lamma sabachtani?! Esto es: Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mt XXVII,46).

Después, sabiendo que todas las cosas están a punto de ser consumadas, para que se cumpla la Escritura, dice:

Tengo sed (Ioh XIX,28).

Los soldados empapan en vinagre una esponja, y poniéndola en una caña de hisopo se la acercan a la boca. Jesús sorbe el vinagre, y exclama:

Todo está cumplido (Ioh XIX,30).

El velo del templo se rasga, y tiembla la tierra, cuando clama el Señor con una gran voz:

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc XXIII,46).

Y expira.

Ama el sacrificio, que es fuente de vida interior. Ama la Cruz, que es altar del sacrificio. Ama el dolor, hasta beber, como Cristo, las heces del cáliz”.

XII Estación, Vía Crucis.

El demonio mudo

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

Al llegar junto a los discípulos vieron una gran muchedumbre que les rodeaba, y unos escribas que discutían con ellos. En seguida, al verle, todo el pueblo se quedó sorprendido, y acudían corriendo a saludarle.

Y él les preguntó: ¿Qué discutíais entre vosotros? A lo que respondió uno de la muchedumbre: Maestro, te he traído a mí hijo, que tiene un espíritu mudo; y en cualquier sitio que se apodera de él, lo tira al suelo, le hace echar espuma y rechinar los dientes y lo deja rígido. Pedí a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido.

El les contestó: ¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo tendré que estar entre vosotros? ¿Hasta cuándo tendré que sufriros? ¡Traédmelo!

Y se lo trajeron. En cuanto el espíritu vio a Jesús, agitó violentamente al niño, que cayendo a tierra se revolcaba echando espuma.

Entonces preguntó al padre: ¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto? Le contestó: Desde muy niño; y muchas veces lo ha arrojado al fuego y al agua, para acabar con él; pero si algo puedes, ayúdanos, compadecido de nosotros.

Y Jesús le dijo: ¡Si puedes…! ¡Todo es posible para el que cree!

En seguida el padre del niño exclamó: Creo, Señor; ayuda mi incredulidad.

Al ver Jesús que aumentaba la muchedumbre, increpó al espíritu inmundo diciéndole: ¡Espíritu mudo y sordo, yo te lo mando, sal de él y ya no vuelvas a entrar en él!

Y gritando y agitándole violentamente salió; y quedó como muerto, de manera que muchos decían: Ha muerto.

Pero Jesús, tomándolo de la mano, lo levantó y se mantuvo en pie.

Cuando entró en casa le preguntaron sus discípulos a solas: ¿Por qué nosotros no hemos podido expulsarlo?

Y les respondió: Esta raza no puede ser expulsada por ningún medio, sino con la oración (Mc, 9, 14-29) .

“No hemos de alejarnos de Dios, porque descubramos nuestras fragilidades; hemos de atacar las miserias, precisamente porque Dios confía en nosotros.

¿Cómo lograremos superar esas mezquindades? Insisto, por su importancia capital: con humildad, y con sinceridad en la dirección espiritual y en el Sacramento de la Penitencia. Id a los que orientan vuestra almas con el corazón abierto; no lo cerréis, porque si se mete el demonio mudo, es difícil de sacar.

Perdonad mi machaconería, pero juzgo imprescindible que se grabe a fuego en vuestras inteligencias, que la humildad y –su consecuencia inmediata– la sinceridad enlazan los otros medios, y se muestran como algo que fundamenta la eficacia para la victoria. Si el demonio mudo se introduce en un alma, lo echa todo a perder; en cambio, si se le arroja fuera inmediatamente, todo sale bien, somos felices, la vida marcha rectamente: seamos siempre salvajemente sinceros, pero con prudente educación.

Quiero que esto quede claro; a mí no me preocupan tanto el corazón y la carne, como la soberbia. Humildes. Cuando penséis que tenéis toda la razón, no tenéis razón ninguna. Id a la dirección espiritual con el alma abierta: no la cerréis, porque –repito– se mete el demonio mudo, que es difícil de sacar.

Acordaos de aquel pobre endemoniado, que no consiguieron liberar los discípulos; sólo el Señor obtuvo su libertad, con oración y ayuno. En aquella ocasión obró el Maestro tres milagros: el primero, que oyera: porque cuando nos domina el demonio mudo, se niega el alma a oír; el segundo, que hablara; y el tercero, que se fuera el diablo.

Contad primero lo que desearíais que no se supiera. ¡Abajo el demonio mudo! De una cuestión pequeña, dándole vueltas, hacéis una bola grande, como con la nieve, y os encerráis dentro. ¿Por qué? ¡Abrid el alma! Yo os aseguro la felicidad, que es fidelidad al camino cristiano, si sois sinceros. Claridad, sencillez: son disposiciones absolutamente necesarias; hemos de abrir el alma, de par en par, de modo que entre el sol de Dios y la claridad del Amor.

Para apartarse de la sinceridad total no es preciso siempre una motivación turbia; a veces, basta un error de conciencia. Algunas personas se han formado –deformado– de tal manera la conciencia que su mutismo, su falta de sencillez, les parece una cosa recta: piensan que es bueno callar. Sucede incluso con almas que han recibido una excelente preparación, que conocen las cosas de Dios; quizá por eso encuentran motivos para convencerse de que conviene callar. Pero están engañados. La sinceridad es necesaria siempre; no valen excusas, aunque parezcan buenas”.

Amigos de Dios, 187-189


Las tentaciones del desierto

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

Entonces fue conducido Jesús al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Después de haber ayunado cuarenta días con cuarenta noches, sintió hambre. Y acercándose el tentador le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.

El respondiendo dijo: Escrito está: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios (Mt 4, 1-4).

“Una escena llena de misterio, que el hombre pretende en vano entender —Dios que se somete a la tentación, que deja hacer al Maligno—, pero que puede ser meditada, pidiendo al Señor que nos haga saber la enseñanza que contiene.

Jesucristo tentado. La tradición ilustra esta escena considerando que Nuestro Señor, para darnos ejemplo en todo, quiso también sufrir la tentación. Así es, porque Cristo fue perfecto Hombre, igual a nosotros, salvo en el pecado[i] . Después de cuarenta días de ayuno, con el solo alimento –quizá– de yerbas y de raíces y de un poco de agua, Jesús siente hambre: hambre de verdad, como la de cualquier criatura. Y cuando el diablo le propone que convierta en pan las piedras, Nuestro Señor no sólo rechaza el alimento que su cuerpo pedía, sino que aleja de sí una incitación mayor: la de usar del poder divino para remediar, si podemos hablar así, un problema personal.

Lo habréis notado a lo largo de los Evangelios: Jesús no hace milagros en beneficio propio. Convierte el agua en vino, para los esposos de Caná[ii]; multiplica los panes y los peces, para dar de comer a una multitud hambrienta[iii]. Pero El se gana el pan, durante largos años, con su propio trabajo. Y, más tarde, durante el tiempo de su peregrinar por tierras de Israel, vive con la ayuda de aquellos que le siguen[iv].

Relata san Juan que, después de una larga caminata, al llegar Jesús al pozo de Sicar, hace que sus discípulos vayan al pueblo a comprar comida; y viendo acercarse a la samaritana, le pide agua, porque El no tenía con qué obtenerla[v]. Su cuerpo fatigado por el largo caminar experimenta el cansancio, y otras veces, para reponer las fuerzas, acude al sueño[vi]. Generosidad del Señor que se ha humillado, que ha aceptado en pleno la condición humana, que no se sirve de su poder de Dios para huir de las dificultades o del esfuerzo. Que nos enseña a ser recios, a amar el trabajo, a apreciar la nobleza humana y divina de saborear las consecuencias del entregamiento”.

Es Cristo que pasa, 61.

“En la hora de la tentación, ejercita la virtud de la Esperanza, diciendo: para descansar y gozar, una eternidad me aguarda; ahora, lleno de Fe, a ganar con el trabajo, el descanso; y, con el dolor, el goce… ¿Qué será el Amor, en el Cielo?

Mejor aún, ejercita el Amor, reaccionando así: quiero dar gusto a mi Dios, a mi Amado, cumpliendo su Voluntad en todo…, como si no hubiera premio ni castigo: solamente por agradarle”.


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