Peregrinación mariana y catequesis

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Desde 1970 a 1975, don Josemaría realizó numerosos viajes pastorales y de peregrinación a Santuarios de la Virgen, por diversos países de Europa y América, donde habló de Dios a decenas de miles de personas. Su catequesis solía tener lugar en torno a una peregrinación mariana. En 1970 hizo una novena a los pies de la Virgen de Guadalupe, en la Ciudad de México, y el quinto día se dirigió a la Virgen con esta súplica confiada:

Señora nuestra, ahora te traigo —no tengo otra cosa— espinas, las que llevo en mi corazón; pero estoy seguro de que por Ti se convertirán en rosas…

Haz que en nosotros, en nuestros corazones, cuajen a lo largo de todo el año rosas pequeñas, las de la vida ordinaria, corrientes, pero llenas del perfume del sacrificio y del amor. He dicho de intento rosas pequeñas, porque es lo que me va mejor, ya que en mi vida sólo he sabido ocuparme de cosas normales, corrientes, y, con frecuencia, ni siquiera las he sabido acabar; pero tengo la certeza de que en esa conducta habitual, en la de cada día, es donde tu Hijo y Tú me esperáis.

Profundo amor y veneración a los religiosos

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Tenía un profundo amor y veneración por el estado religioso. Entre los santos de su particular devoción estaban San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier, Santa Teresa de Jesús, San Juan Bosco, Santa Teresa de Lisieux… Tenía muchos amigos religiosos y durante esos viajes de catequesis solía visitar a comunidades de religiosos y religiosas, pidiéndole que rezaran por sus intenciones. En la actualidad un número muy elevado de comunidades religiosas son Cooperadoras del Opus Dei.

—Padre, —le comentó un párroco— ayer terminé de dar un curso de retiro a religiosas de clausura…

¡Estupendo! Dios te bendiga.

—Y me encargaron: dígale al Padre que le queremos muchísimo y que le agradecemos, a él y al Opus Dei, el bien que nos está haciendo, y que diga unas palabritas para nosotras.

Os agradezco con toda el alma el cariño que tenéis a las religiosas. Es indispensable que estas benditas almas reciban dirección espiritual; si no, no tendrán vida interior. Ahora, muchos de nuestros hermanos no quieren sentarse en el confesonario. Vosotros, sin prisa, debéis atender a las almas, pero procurando —como he dicho otras veces— que lleven la confesión preparada, de modo que sea contrita, breve, clara, completa, y habiendo hecho ya unos propósitos firmes. Así podréis atender más almas. Pero si veis que hay una que va por caminos de entrega a Dios en un convento, dedicadle más tiempo y preparadla para que pueda seguir esa vocación. Si no, se van a cerrar muchas de esas casas, y sería una lástima, porque son un tesoro maravilloso de la Iglesia. Dios te bendiga, por haber trabajado por las religiosas de clausura.

Había encaminado a bastantes hombres y mujeres que le pedían consejo espiritual, hacia la vida religiosa. Es el caso, entre otros, de Fray Hugo Quesada, cartujo. El Espíritu Santo —le dijo Escrivá en 1942— te lleva por esos caminos. Un ejemplo entre muchos: en los años cuarenta fue a visitarle una joven que quería entregarse a Dios en la vida religiosa. Le dijo que necesitaba una cantidad de dinero como dote para ingresar. Al oírlo, don Josemaría, a pesar de la grave situación económica que atravesaba, le preguntó a Isidoro Zorzano cuánto dinero había en casa y se lo dio todo.

El escapulario del Carmen

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Difundía la devoción a la Virgen en sus múltiples manifestaciones; y recomendaba vivamente las costumbres seculares de piedad mariana, que han vivido los cristianos a lo largo de los siglos, como el rezo del Santo Rosario o el uso del escapulario del Carmen. Se lee en el número 500 de Camino: Lleva sobre tu pecho el santo escapulario del Carmen. —Pocas devociones —hay muchas y muy buenas devociones marianas— tienen tanto arraigo entre los fieles, y tantas bendiciones de los Pontífices. —Además ¡es tan maternal ese privilegio sabatino!

Era terciario carmelita desde hacía muchos años —desde el 2 de octubre de 1932, en concreto—, y poco antes de esa fecha, había escrito: “Dos cosas (además del Amor) me mueven a hacerme terciario carmelita: ‘obligar’ más a mi Madre Inmaculada, ahora que me veo más débil que nunca; y proporcionar sufragios a ‘mis buenas amigas las Animas benditas del Purgatorio’”

Barbastro

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

“¡Así que era eso, Señor!”

Ahora, muchos acontecimientos vividos en Barbastro, en Logroño, en Zaragoza, y en los meses que han transcurrido desde su llegada a Madrid, iluminados con una luz nueva, los ve como una clara preparación de lo que acaba de suceder en su alma.

Hasta donde llegan sus recuerdos, predomina, a pesar de las sombras, la imagen de una felicidad apacible, de unos padres diligentes y amorosos.

Pensando en su padre, evoca su rostro sereno, el pelo corto, el fino bigote y esa mirada chispeante, de inteligencia y de alegría, que las contrariedades no lograron alterar. Josemaría no tuvo nunca reparo en confiarse a él; no recuerda que le castigara severamente más que una sola vez, y lo que le causó mayor dolor no fue el cachete recibido, sino el disgusto provocado con su cabezonería.

Le gustaba caminar junto a él por El Coso, donde los amigos, los vecinos y los parientes se saludaban al cruzarse. Luego, cuando creció un poco, su padre le llevaba a pasear por los alrededores de la ciudad, y la conversación se hacía más confiada.

Cuando, a mitad del otoño, venían los primeros fríos, don José compraba un cucurucho de castañas asadas a un vendedor ambulante. Josemaría recuerda todavía cómo su padre le apretaba la mano y cómo se reía cuando él trataba de atrapar, en el bolsillo de su abrigo, una de aquellas castañas calentitas, que le quemaban los dedos.

En invierno, por los hondos caminos de las estribaciones de los Pirineos, cubiertos de nieve, pasaban los pastores envueltos en zamarras de piel de cordero, conduciendo sus rebaños a tierras más templadas. En un borrico, cargado de bultos, transportaban una cocinilla en la que calentaban la comida y los remedios caseros. A veces, uno de ellos llevaba a hombros una oveja enferma o sostenía en sus brazos un corderillo recién nacido.

Su madre, doña Dolores, era dulce y entera (Josemaría se había dado cuenta de su belleza contemplando un retrato de boda de sus padres). A ella le debía su piedad natural -una piedad que su padre mostraba también, sin avergonzarse- y nunca había olvidado las sencillas oraciones que ellos le habían enseñado, grabadas enseguida en su memoria infantil, tesoro del que seguía extrayendo, a diario, con qué reavivar su diálogo con Dios. “Oh, Señora, oh Madre mía -solía repetir, dirigiéndose a la Santísima Virgen-, yo me ofrezco enteramente a Vos. Y en prueba de mi filial afecto, os consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón…”.

Las lecciones de su madre eran siempre sumamente prácticas. Todavía sonríe al acordarse de lo que le decía de pequeño, cuando él se escondía debajo de la cama para evitar que le encontrasen las visitas que se empeñaban en ver al niño de la casa. Solía sacarle de allí golpeando el suelo con un bastón y cuando por fin salía, todo mohíno, su madre le decía en tono de afectuoso reproche, antes de conducirle hasta el salón: Josemaría: la vergüenza, para pecar.

Años apacibles

La casa familiar, en la que había nacido el 9 de enero de 1902, estaba en la calle Mayor, haciendo esquina a la plaza del Mercado, a la que, siendo niño, bajaba a jugar, de ordinario bajo los soportales. A veces, se llegaba con sus amigos hasta la tienda de su padre, al otro lado de la Plaza, en la calle General Ricardos. Un penetrante olor a cacao subía de los sótanos del almacén “Juncosa y Escrivá”, que abarcaba, como entonces era frecuente en la región, dos actividades: la fabricación de chocolate y la venta de tejidos. Los chicos frecuentaban también el almacén del tío materno, donde, con un poco de suerte, podían conseguir miel o algunas golosinas.

Como su hermana Carmen, dos años y medio mayor que él, había aprendido a leer y a hacer cuentas en el Colegio de las Hermanas de la Caridad. Muy cerca de allí, en Cregenzán, San Vicente de Paúl había encontrado las primeras vocaciones fuera de Francia. Josemaría recuerda con más precisión el Colegio de los Escolapios, adonde, desde los siete años, se dirigía a diario, subiendo por la calle Argensola hacia la catedral.

A1 llegar las vacaciones, iban todos a Fonz, no lejos de Barbastro, donde la abuela paterna tenía una casa. Después de cruzar el río, la carretera ascendía suavemente entre almendros y olivos verdigrises. Luego, tras un recodo del camino, aparecían de golpe las casas del pueblo, escalonadas en torno de la maciza iglesia. En Fonz vivía la abuela y también un tío sacerdote, Mosén Teodoro, y su hermana, la tía Josefina. El tío era propietario de una finca, El Palau, situada entre olivos y viñas.

Uno de los mayores placeres de Josemaría, de pequeño, consistía en asistir a la cochura del pan; le encantaba ver cómo la masa era trabajada a fuerza de brazos, añadiendo de vez en cuando un poco de levadura, y cómo los panes, todavía blancos, se introducían luego en el horno ardiente mediante una larga pala de madera. El chico aguardaba, impaciente, el momento en que, ya cocidos, la cocinera abriese la trampilla del horno y le entregase un panecillo en forma de gallo que había colocado junto a las tiernas hogazas.

Encaramándose a las colinas peladas que dominaban el pueblo, podía verse una sucesión de huertos y tierras cultivadas en terrazas. Más a lo lejos, la mirada alcanzaba, de ondulación en ondulación, hasta los contrafuertes de los Pirineos, que cerraban el horizonte.

El regreso terminaba siempre por llegar antes de lo previsto. Con él, volvían los días siempre iguales: las clases en el colegio, la vuelta corriendo a casa, los juegos en la Plaza, las lecturas cada vez más largas y atrayentes, las conversaciones con papá y mamá, más serias y serenas con el paso de los años…

Cuando, ya maduro, había podido reflexionar sobre aquellos años de infancia y de adolescencia, se había dado cuenta de que la profunda influencia que sus padres habían ejercido sobre él se debía a su total disponibilidad, a la confianza con que siempre le habían tratado, soltando las riendas a medida que lo sentían madurar y enseñándole -aunque sólo fuese vigilando sus pequeños gastos- a administrar bien su libertad.

Con todo, no le parecía que él hubiese sido un niño fácil. Aunque pronto se había resignado a que le besasen algunas señoras amigas de su madre (¡una de ellas tenía bigote, y pinchaba!), le sobrevenían a veces rebeliones súbitas que tardó bastante tiempo en dominar… Incidentes sin importancia que ahora le hacen sonreír: el día en que estrelló contra la pizarra el trapo porque el profesor de matemáticas le preguntó algo que no había explicado en clase; o aquel otro, sucedido anteriormente, en el parvulario de las monjas de la Caridad, cuando le acusaron sin razón de haber pegado a una niña -no podía soportar la injusticia- sus protestas porque tenía que aprender latín -el latín, para los curas y frailes… .

Pero también sabía aguantarse siempre que era necesario. Un día que le mordió un perro, para evitar que su madre se asustara si le veía la herida ensangrentada, fue derecho a casa de una de sus tías para que le curara. En otra ocasión, precisamente la víspera del día de su Primera Comunión, no dijo a nadie que el peluquero le había quemado con las tenacillas cuando trataba de rizarle el pelo. Su misma madre tardó bastante en darse cuenta.

Fueron los primeros contactos con la contrariedad, con el dolor, con el sufrimiento; los primeros encuentros con la Cruz, en medio de un camino amable y sonriente.

Lo de las tenacillas había sucedido poco antes de hacer la Primera Comunión, a los diez años, como acababa de recomendar el Papa Pío X. Desde hacía tres o cuatro, venía confesándose con cierta regularidad. En cuanto había tenido uso de razón, su madre le había explicado, con toda sencillez, en qué consistía este sacramento, ayudándole a prepararse para recibirlo y llevándole a su propio confesor. La primera vez, tras acusarse de sus pecadillos infantiles, éste -un buen religioso- le había dicho que, en penitencia, se comiera un huevo frito. De regreso a casa, le habló a su madre de ello.

¡Cómo se rieron sus padres -excelentes cristianos, pero nada ñoños- comentándolo entre ellos!

Durante varios meses, un religioso escolapio le había estado preparando para recibir al Señor en su alma. Nunca, desde entonces, se olvidaría de rezar, a diario, la fórmula de la Comunión espiritual que le había enseñado: “Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre; con el espíritu y fervor de los santos”.

La Eucaristía había sido para él, al principio, aquel óvalo rodeado de luces temblorosas en el centro del gran retablo del coro de la catedral de Barbastro. Su madre le había explicado que, detrás de aquel cristal, estaba Jesús, presente de manera misteriosa, esperando sin cesar la adoración silenciosa de los hombres.

Cuando iban a la catedral, solían entrar también en la capilla del Cristo de los Milagros; estaba situada a la derecha del pórtico y el Cristo se hallaba protegido por un historiado baldaquino. En la nave derecha se detenían ante la imagen que representaba la Dormición de María. La Virgen, con las manos juntas, reposaba en una urna situada bajo un altar con retablo de madera. Finalmente, oraban unos instantes ante la pequeña imagen de la Virgen del Pilar, réplica de la que se venera en Zaragoza.

Solían rezar el Rosario en casa, en familia, a la caída de la tarde, y los sábados, en la iglesia de San Bartolomé, donde se celebraba un acto en honor de la Virgen.

La piedad popular, en Barbastro, se manifestaba especialmente en ciertas fiestas, como la de Santa Ana -26 de julio-, que se celebraba en una capillita de la Plaza del Mercado, que ese día se llenaba de flores. También se llevaban flores a la Virgen en el mes de mayo. En Navidad, se ponía el Nacimiento, siempre el mismo y siempre renovado, con sus montañas de corcho o de cartón-piedra y las ingenuas figuritas que los niños ayudaban a colocar en torno al portal de Belén. La familia se congregaba para cantar a coro los villancicos populares que, con ritmo alegre o tono melodioso de canción de cuna, expresan el gozo de los hombres ante la venida al mundo del Niño-Dios. A medianoche, Josemaría y su hermana acompañaban a sus padres a la Misa del Gallo en la catedral, que semejaba un navío varado en las sombras.

Piadoso, pero sin tener conciencia de haber hecho nada extraordinario, Josemaría era también, como los chicos de su edad, un muchacho alegre y revoltoso que tiraba a su hermana de las trenzas y que, cuando su madre le mandaba volver inmediatamente a casa, se asomaba al balcón y se sentaba con las piernas colgando entre los barrotes para ver cómo sus camaradas seguían jugando.

No obstante, era bastante dócil y por nada del mundo hubiese sido capaz de dar un disgusto a sus padres. Porque, desde hacía algún tiempo, la alegría, en su casa, se mezclaba con las lágrimas.

Años de prueba

Tres niñas habían nacido después de él: María Asunción, cuando tenía tres años; María Dolores, cuando tenía cinco, y Rosario, cuando contaba siete.

Al año de nacer, murió Rosario. Josemaría se dio cuenta del dolor contenido de sus padres y de los esfuerzos que hacían para suavizar su propia pena. Dos años después pudo contemplar, en la iglesia parroquial, cómo unas niñas acompañaban el cadáver de otra hermana suya, Lolita, sosteniendo unas cintas blancas enlazadas al ataúd, como era costumbre en los entierros de los niños.

La vida familiar se hizo más apretada, más íntima. Josemaría, que por segunda vez veía a la muerte de cerca, comprendió que a sus padres les costaba más aún ocultar su dolor. Le habían explicado que sus dos hermanas estaban en el cielo, muy cerca de Dios Padre y de la Santísima Virgen; creía, sí, en su eterna bienaventuranza y que, de una manera distinta, seguían estando presentes en el hogar, pero cuando al cabo de poco más de un año su madre le comunicó que su hermana preferida, María Asunción, una rubita adorable a quien todos llamaban familiarmente Chon, acababa de morir, pensó que aquello era ya demasiado y se arrojó a sus brazos sollozando.

-¿Cómo está Chon? -le había preguntado al verla venir a su encuentro.

-Muy bien; ya está en el cielo -había respondido su madre con dulzura.

La serenidad de su voz y de su rostro le ayudó a aceptar un poco mejor esta nueva separación.

Aunque no se permitió a los niños que asistieran al velatorio, él había conseguido entrar en la habitación, donde lloró y lloró ante el cuerpo de la pequeña.

Amigos y parientes les acompañaron en su dolor, pero los Escrivá, lejos de endurecerse, intensificaron su vida cristiana y su mutuo amor.

Ahora, en este 2 de octubre de 1928, es capaz de apreciar mejor el heroísmo de sus padres, que no permitieron que se perdiese el ambiente de alegría y de paz que Carmen y él habían conocido siempre. Y es que sus padres se querían de veras y lo manifestaban con toda sencillez. Eso era todo.

Esos acontecimientos, y los que pronto sobrevendrían, tenían, pues, un sentido cuya profundidad hasta entonces ni siquiera había sospechado; ahora comprende la razón profunda de su propia existencia, preparada de manera remota y misteriosa para una empresa divina… Haciéndole sufrir con el sufrimiento de sus seres queridos, el Señor había estado como “trabajándole”, a la manera de un herrero que diera un golpe en el clavo y cien en la herradura.

La muerte de Chon le había impresionado tanto, que solía decir: ¡Ahora me toca a mi!. Y es que sus tres hermanas habían ido muriendo en razón inversa a su edad, de la más pequeña a la mayor.

Pero su madre le tranquilizaba:

-No te preocupes, que te hemos ofrecido a la Virgen de Torreciudad…

En efecto: su madre le había contado cómo, cuando tenía dos años, él había enfermado, también, gravemente. Tanto que los médicos le desahuciaron. Entonces ella había invocado espontáneamente a la Señora que se veneraba no lejos de allí, en Torreciudad, a la cual tenía especial devoción. Y una mañana, de repente, había amanecido curado, cuando la víspera, por la noche, apenas podía respirar ni hablar y los dos médicos que le atendían le daban pocas horas de vida.

-¿A qué hora ha muerto el pequeño? -había preguntado a don José uno de ellos, dispuesto a darle el pésame.

-Ven a verle: está curado. Hace un momento, estaba dando saltos agarrado a los barrotes de la cuna.

Poco después, cuando se repuso del todo, Josemaría, en brazos de su madre, montada en una mula que avanzaba con prudencia por caminos de herradura, se encontró camino de la ermita de Torreciudad. Sus padres iban a presentarle a la Virgen, en agradecimiento por su curación, sin duda milagrosa. Su madre le diría, después, que había pasado mucho miedo, mientras, montada en silla sobre la mula, bordeaba los precipicios del Valle del Cinca. La arraigada fe de sus padres y su gratitud hacia la Madre de Dios les ayudó a llegar hasta la ermita, colgada sobre un promontorio rocoso que cae a pico sobre el río, desde el cual se divisan las cumbres de los Pirineos.

Con la muerte de las niñas, los sufrimientos de la familia no habían hecho más que comenzar. Le esperaban, en efecto, nuevas amarguras. En primer lugar, una prueba muy distinta…

Un día sus padres tuvieron que decir la verdad a sus hijos: las cosas iban de mal en peor y, pronto, su padre no tendría más remedio que liquidar el negocio…

Así sucedió, en 1914. A sus doce años, Josemaría era ya capaz de darse cuenta de lo que aquello significaba y de comprender la angustia de sus padres: estaban arruinados.

La admiración hacia su padre subió enormemente de punto cuando descubrió que había pagado a sus acreedores sin acogerse a las posibilidades de moratorias que le ofrecía la ley. Un gesto de lealtad y honestidad tanto más destacable en cuanto que una de las causas determinantes de la quiebra del negocio había sido la concurrencia desleal de su socio. “Don José Escrivá es tan bueno -comentaban algunos- que se han aprovechado de él para jugarle una mala pasada.”

Pero no todos los comentarios eran tan favorables. En las ciudades pequeñas, el fracaso no se perdona y las murmuraciones están a la orden del día.

Para Josemaría, todo empezó con ciertas reflexiones en voz alta de camaradas y vecinos, con miradas esquivas, con palabras de conmiseración casi incomprensibles, con retazos de conversación entre sus padres que él a veces sorprendía… Un presentimiento, en suma, confuso al principio, que, poco a poco, fue cuajando en convicción de que algo grave sucedía.

¡Le hubiese gustado tanto poder ayudar a sus padres!

Había visto cómo su padre envejecía sensiblemente, sin quejarse y sin perder un ápice de su elegancia y de su señorío.

Tuvieron que reducir su nivel de vida. Doña Dolores empezó a desempeñar las tareas domésticas con la única ayuda de su hija Carmen, y a disminuir considerablemente los gastos, sin quejarse en absoluto. La elegancia con que sus padres soportaban esta nueva cruz que el Señor les enviaba fue para él una lección de valor y resignación cristiana. Tanto que, años después, cuando empezó a leer asiduamente las Sagradas Escrituras, no pudo por menos de comparar la actitud de su padre con la de Job, el justo del Antiguo Testamento, objeto de la incomprensión de parientes y amigos, por haber perdido su fortuna.

Abandonado por todos, incluso por aquellos que debían estarle agradecidos o mostrarle su solidaridad familiar, don José Escrivá se puso inmediatamente a buscar otro trabajo. Acudió a los pocos amigos fieles que le quedaban y, a tal efecto, hizo algunos viajes, uno de ellos a Logroño, capital de la Rioja.

Raíces profundas

En apariencia, todo seguía siendo como antes para Josemaría: el colegio, los juegos, las lecturas y ahora, además, algo de música; también había empezado a hacer algunas incursiones en el mundo de los adultos, acompañando a su padre a los círculos culturales de Barbastro y de Fonz.

Se había ido despertando en él un cierto interés por el pasado, que, con el tiempo, se fue profundizando. De labios de su padre y de las conversaciones que éste mantenía con sus amigos, había aprendido a conocer mejor la región -el Somontano-, tierra de transición entre los Pirineos y el valle del Ebro, hacia el cual desciende entre torrenteras y colinas; tierra, también, de intercambios comerciales y de luchas políticas.

En Barbastro -sede episcopal desde que en el año 1101 Pedro I de Aragón reconquistó la ciudad, en poder de los musulmanes-, se habían celebrado, el año 1137, las Cortes que consagraron la unión de Aragón y Cataluña. Un obispo famoso había sido San Raimundo, nacido en Durban, en la diócesis de Toulouse, y muerto en Andalucía, junto a Alfonso I el Batallador. También San Vicente Ferrer había residido allí, probablemente… Quienes no habían dejado muy buen recuerdo eran el condestable francés Bertrand Duguesclin y sus huestes: el 2 de febrero de 1366 habían saqueado la ciudad; trescientas personas que se habían refugiado en la torre de la catedral murieron allí abrasadas…

Sus profesores del Colegio de los Escolapios le habían hablado con veneración de su Fundador, San José de Calasanz, ascendiente lejano de su familia, nacido en Peralta de la Sal, quien, siendo todavía un joven sacerdote, había desempeñado su ministerio en Barbastro.

Se había interesado también por la historia de los Escrivá, oriundos de Narbona, que, en el siglo xu, se habían establecido en Balaguer, cerca de Lérida, a poco de la reconquista de la ciudad por los cristianos. Sus antepasados, terratenientes al principio, se habían inclinado hacia las artes liberales tras la represión centralizadora castellana de los siglos XVII y XVIII. Su bisabuelo paterno, José María Escrivá y Manonelles, había ejercido como médico de Fonz, cerca de Barbastro.

La cuna de su familia materna, los Albás, estaba en Ainsa, plaza fuerte del Alto Aragón y capital del antiguo Condado de Sobrarbe. Un tío abuelo de Josemaría había sido obispo de Ávila, y dos de sus tíos maternos eran sacerdotes, uno de ellos beneficiario en la catedral de Burgos, y el otro, don Carlos Albás, arcediano del Cabildo de Zaragoza.

Josemaría se había enterado de que este último no se había mostrado nada indulgente con su cuñado, al que reprochaba su falta de habilidad en los negocios y su excesiva lealtad con los acreedores, lo cual -según estimaba don Carlos- no había hecho más que perjudicar a la familia.

A comienzos de 1915, su padre pasó algunos meses en Logroño, trabajando en un negocio análogo al que acababa de perder y buscando -y luego acomodando- una casa en la cual instalar a los suyos.

Josemaría había terminado en Barbastro aquel curso escolar, se había examinado en Lérida y había pasado el verano en Fonz, con cierta melancolía. ¿Volverían a pasar allí las vacaciones al año siguiente?…

En septiembre, regresaron a Barbastro y se dispusieron a iniciar los preparativos para el traslado a Logroño.

Un día, muy de mañana, montaron en la diligencia, no sin mirar atrás para contemplar por última vez la ciudad en la que dejaban un trozo de su corazón. Unos cuantos kilómetros más allá rezaron al pasar cerca del Santuario de Nuestra Señora de Pueyo, encaramado en una colina que domina el Somontano oriental.

Acababa de volverse una página en la vida de la familia Escrivá, camino de una provincia desconocida.

Al golpe de vuestras pisadas

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Desde el 26 de junio de 1975, la Cripta donde descansa el cuerpo del Padre es visitada sin interrupción: en ese pequeño rincón romano rezan hombres y mujeres, personas de edad madura, jóvenes y niños, que acuden a su intercesión ante Dios. Algunos llegan desde países lejanos para poner, en la orilla de su tumba, las inquietudes del alma, las preocupaciones familiares, las peticiones de salud… En muchos casos, para agradecer favores recibidos por la intercesión del Fundador del Opus Dei. Y envían flores desde todos los puntos cardinales del mundo para testimoniar la presencia del amor junto a su sepultura.

Es frecuente que personas procedentes de tierras muy distantes, depositen sobre la lápida que cubre sus restos rosarios y crucifijos, recuerdos familiares. O que dejen en la Cripta un ramo de flores que simboliza el calor de su cariño, de su recuerdo y de su oración.

En la Cripta han rezado muchos Cardenales y eclesiásticos en los días que precedieron a los dos últimos Cónclaves de 1978 para pedir, por la intercesión del Padre, gracia y luz. Es habitual que se presenten también religiosos, encomendándole el aumento de vocaciones para las respectivas Ordenes y Congregaciones.

Cada año, las Misas que se celebran en el aniversario de su fallecimiento, en todos los países del mundo, requieren un templo más amplio porque la afluencia de fieles aumenta como testimonio universal de su fama de santidad.

En Ciudad de México, en 1978, fueron dos mil personas las que asistieron a la Misa en la iglesia de la Santa Veracruz; en 1979, más de diez mil llenaron la nueva Basílica de la Señora de Guadalupe.

En Guatemala, tres mil fieles ocuparon el templo de La Recolección en 1979. Un sacerdote de la diócesis comentó: «los próximos años esta Misa sólo se podrá celebrar en espacio abierto».

En la Holy Family Cathedral de Nairobi, la iglesia más grande de la Archidiócesis, el 2 de julio de 1975 asistieron mil personas. A lo largo de estos años, el número se ha ido multiplicando.

En Buenos Aires han recurrido a la Basílica de la Merced, una de las más amplias de la capital argentina. A pesar de ello, desde el comienzo de la Misa, la gente invadía ya todos los espacios disponibles.

Su intercesión se ha extendido como una ráfaga de confianza por los caminos de la tierra. Es demostrativa la frase que había escrito un conductor de autobús bonaerense, bajo la estampa editada para la devoción privada al Fundador del Opus Dei:

«Pídeselo -¡escucha siempre!».

Cardenales, Arzobispos, Obispos, Superiores de diversas Ordenes y Congregaciones, sacerdotes, religiosos, exponentes de asociaciones de Apostolado; y en la esfera civil, jefes de Estado y de Gobierno, ministros, senadores, diputados, así como entidades de todo tipo, personas de los más variados países y niveles sociales, han elevado sus ruegos al Santo Padre, para que se introduzca la Causa de Beatificación y Canonización de Monseñor Escrivá de Balaguer, de la que esperan un gran bien para toda la Iglesia.

En 1978, el Cardenal Albino Luciani, que ocupará la Silla de Pedro con el nombre de Juan Pablo 1, escribía refiriéndose al Fundador del Opus Dei:

«Fe y trabajo realizado con competencia, para Escrivá van del brazo; son las dos alas de la santidad» (12).

Ante estas realidades, Monseñor Alvaro del Portillo, nombró Postulador de la Causa de Beatificación y Canonización de Monseñor Escrivá de Balaguer al Rev. don Flavio Capucci. Con fecha 15 de marzo de 1980, se dirige a la Sede Apostólica la instancia de concesión del Nihil obstat para introducir la Causa. El Santo Padre Juan Pablo II, el 5 de febrero de 1981, ratifica y confirma lo que ya era decisión afirmativa de la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos, y el 19 de febrero el Cardenal Poletti, Vicario de Roma, da el Decreto para la introducción de la Causa.

En el número de marzo-abril de 1981, la «Rivista Diocesana di Roma» publica este decreto que contiene una síntesis breve de la vida del Fundador del Opus Dei, de su espiritualidad y de las fases preliminares del Proceso.

El 12 de mayo de 1981 comienza en Roma el Proceso de virtudes para la Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, con la primera sesión del Tribunal constituido por disposición del Cardenal Vicario de Roma.

En Madrid, el 18 de mayo, tiene su primera sesión el Tribunal constituido por el Cardenal Enrique y Tarancón que, por disposición de la Santa Sede, recibirá también las declaraciones de los testigos de lengua española.

Tres años más tarde, Monseñor Angel Suquía, Arzobispo de Madrid, clausura, el día 26 de junio de 1984, este Proceso.

El 8 de noviembre de 1986, en la sala de la Conciliazione del Vicariato de Roma, en el Palacio Letrán, tiene lugar la sesión de clausura del Proceso llevado a cabo en la Curia Romana. El Cardenal Ugo Poletti preside la ceremonia como juez ordinario. En lugar preferente, asiste Monseñor Alvaro del Portillo, junto a los miembros del Consejo General y de la Asesoría Central de la Obra. Y más de seiscientas personas entre las que se encuentran numerosas personalidades eclesiásticas: los Cardenales Poupard y Bafile; los Obispos Auxiliares Ragonesi, Marra y Giannini; el Secretario de la Pontificia Comisión para la interpretación auténtica del Derecho Canónico, Monseñor Julián Herranz; y los Embajadores ante la Santa Sede de España.

Se concluye así, a los once años de su muerte, la Instrucción de la Causa de Beatificación del Fundador del Opus Dei, cuya apertura habían solicitado 69 Cardenales y 1.300 Arzobispos y Obispos. Más de un tercio del Episcopado mundial.

En 1985, Monseñor Alvaro del Portillo hacía unas declaraciones a la prensa:

«Nosotros no somos nada, pero con nosotros, que queremos ser miembros vivos de la Iglesia, está la eficacia redentora de Cristo, la omnipotencia suplicante de María, la intercesión de nuestro Fundador, que desde el Cielo vela sobre la Obra que Dios le inspiró el 2 de octubre de 1928. Con este poder llevamos a cabo el fin de la Prelatura Opus Dei»(13).

Desde ese infinito de Dios, que ya no mide el tiempo, el Padre sabe que su espíritu intacto sigue y seguirá vigente en los caminos abiertos al golpe de sus pisadas.

Junto al lago Albano

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Además del lago Albano, que cubre un cráter volcánico de seis kilómetros cuadrados de superficie y 170 metros de profundidad, Castelgandolfo tiene atractivos de excepción. Protegido frente a las nieves y aireado en los meses de canícula romana, el lugar atrae a todos cuantos quieren gozar, aunque sea durante breves horas, del espectáculo de sus viñas, cipreses, acebos y rosas. Por cualquier rincón surge una fontana, un arco en ruinas o la última estatua rescatada por las excavaciones de la vieja Villa de Domiciano.

En este lugar está enclavada la residencia papal, construida en 1624 por Carlo Maderno. Y algo del carácter de cada uno de los Pontífices ha quedado en su ambiente como un epitafio involuntario. Pío XII, por ejemplo, leía, estudiaba y trabajaba muchas horas bajo la sombra de un carrasco secular que se conserva en los jardines.

Edificado sobre la antigua Albalonga, fue un pueblo favorito de Gbethe. Los romanos llaman a este lugar, y a otros pueblos de los alrededores Castelli. «Ir a los Castelli», es una frase que repiten cuando quieren acercarse a gozar de este paisaje lleno de belleza latina.

Aquí, en la finca que Juan XXIII cediera definitivamente a la Obra, se edificará el Colegio Romano de Santa María. Todavía no se ha colocado la última piedra de Villa Tevere y aún pesan deudas graves sobre la casa. Pero todo saldrá adelante: lo que Dios pide es fe y esfuerzo. Y la audacia de apoyar los problemas en esta confianza, y en el trabajo esforzado por parte de todos.

El día 7 de julio de 1959 comienzan las obras de ampliación de este edificio que ha de llamarse Villa delle Rose, y que será la sede del Colegio Romano de Santa María. Se han estudiado minuciosamente los planos por parte de los arquitectos. El Padre ha dado indicaciones, como la que se refiere al diseño de un Aula Magna digna y capaz; y trabajará con ellos, incluso, en la solución arquitectónica completa.

Desea para sus hijas un lugar muy grato como entorno de su estudio, su trabajo y su formación en el espíritu del Opus Dei.

«Quiero, hijas, que en esta casa todo sea claro, alegre, luminoso como vuestras almas» (8).

En noviembre de 1962 ya está disponible una zona de la casa. Pero hasta el 14 de febrero de 1963 no se darán por terminadas las obras. Ese día, el Padre consagra el oratorio de Villa delle Rose poniendo la rúbrica final. Llega a las cinco de la tarde a Castelgandolfo. Alrededor de una imagen de la Virgen, se agrupan alumnas de muchas nacionalidades. Tres continentes están representados junto a este altar, que se alza en la orilla de un volcán apaciguado por el agua. Son exponente del alma con que el Opus Dei trabaja en el mundo, del espíritu universal de la Obra.

«Hijas, ante Nuestro Señor Sacramentado (…) siento el agradecimiento de la primera vez que pusimos un sagrario; de la primera vez que le dijimos al Señor, con palabras de los discípulos de Emaús: quédate con nosotros porque sin Ti se hace de noche.

De lo que hagáis vosotras en estos comienzos dependen tantas cosas buenas, tantas cosas grandes… No defraudéis a Dios… » (9).

Después de la primera Misa, dos lámparas votivas arderán, continuamente, junto al sagrario de Villa delle Rose, señalando la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Y como símbolo de una oración permanente que mantiene viva la Comunión de los Santos.

El 24 de octubre de 1964 se constituye el Istituto Internazionale di Pedagogía o di Scienze dell’educazione, como sección en Roma de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra. Por su estatuto, la Universidad tiene derecho a establecer tales estudios en Centros a distancia. Esta prolongación de la Universidad de Navarra fuera del país de origen no es una innovación propia; otras, como las de Harvard, Lovaina y Oxford, sobrepasan su ámbito nacional creando institutos especializados en diferentes países.

Este Centro de Castelgandolfo incorpora a sus programas la experiencia de Escuelas europeas y americanas dedicadas a los estudios pedagógicos.

En el escudo de Villa delle Rose aparecen tres rosas que se mezclan con cardos; el mar y una estrella a medio camino entre los cielos y las aguas. Y una leyenda: Ipsa Duce. Ella conduce. La Virgen, estrella del mar. Una estrella que aquí, en Castelgandolfo, tiene un rostro en el que se han dado cita la firmeza y el amor.

La «batalla» de la formación

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Desde siempre han oído comentar al Padre que uno de los más importantes enemigos, en todos los campos, es la ignorancia. Y fundamentalmente en lo que podríamos llamar las ciencias sagradas. Incluso intelectuales que exhiben una magnífica cultura en multitud de campos han interrumpido su formación doctrinal religiosa en un eslabón casi elemental.

Por eso, la formación humana y sobrenatural ocupará un lugar primordial para esta batalla, hermosa batalla de amor y de paz, para la que Dios le ha convocado. Señala la necesidad de apoyar la vida interior en la doctrina -piedad doctrinal- y llegar al conocimiento y al amor de la fe con una sólida preparación científica.

Como esto solamente se consigue a través de un trabajo y estudio serios, es preciso hacer compatible esta dedicación con las actividades profesionales propias de cada uno de los miembros de la Obra. Y adaptar los diversos planes y programas a las posibilidades que ofrezca la formación intelectual previa.

Se delinearán ya las horas dedicadas durante los meses de invierno; la formación intensiva que se impartirá en los de verano, aprovechando las vacaciones de los diversos trabajos que ocupan las jornadas habituales. De un modo flexible, y durante varios años, los miembros Numerarios y Agregados del Opus Dei, en las dos Secciones, cursarán Filosofía y Teología. A esto se añade el resto de las asignaturas que integran los programas de las Universidades Pontificias. Todos reciben, igualmente, formación doctrinal-religiosa en clases, charlas y cursos de retiro espiritual que se desarrollan durante el año completo. Las Numerarias Auxiliares de la Obra cursarán programas de acuerdo con sus circunstancias, pero recibirán la misma formación en cuanto a la doctrina de la Iglesia y el espíritu de la Obra.

Los miembros Supernumerarios del Opus Dei, en ambas Secciones, compartirán sus obligaciones profesionales y su vida familiar -en su mayoría casados- con programas completos de formación en el orden doctrinal-religioso.

En un futuro próximo, tanto los clérigos como los laicos de la Obra estarán en condiciones de impartir, a sus hermanos y hermanas más jóvenes en el Opus Dei, las clases y medios de formación establecidos en programas sucesivos, independientes para cada Sección.

Al acabar esta reunión en la que se fijan las líneas de una tarea ingente, Su Santidad Pío XII enviará un telegrama cuyo texto cierra estas jornadas de trabajo. Desea de corazón la luz y la gracia del Cielo para este Congreso General y espera, siempre, un incondicional y eficaz servicio a la Iglesia. Imparte al Fundador y a todos los Congresistas Su Bendición Apostólica. Está firmado por Monseñor Montini, Sustituto de la Secretaría de Estado.

Chile: junto a los Andes

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Según la etimología del dialecto aymará, Chile significa «donde termina la tierra». Y no sólo el viejo vocabulario indígena, sino las habituales canciones marineras que suenan bajo todos los cielos y sobre todos los mares, consideran Valparaíso como el final del mundo.

Chile conoce los colores del desierto, la suavidad climática de la zona central, agrícola, y las eternas nieves volcánicas de la Tierra de Fuego. Más de un centenar de islas le dan escolta, a veces lejana, desde el océano.

En 1950, don Adolfo Rodríguez Vidal (27) -sacerdote–, viaja a Chile para iniciar la expansión de la Obra en este país. Cuando arriba a la ciudad de Santiago, el propio Cardenal Arzobispo, Monseñor José María Caro, le invita a permanecer en su residencia hasta que encuentre una casa adecuada para instalar el primer Centro del Opus Dei en el país. El Fundador no olvidará nunca este cariño del prelado hacia sus hijos, y cada vez que Su Eminencia pase por Roma sabrá del agradecimiento de todos.

Son muy frecuentes las cartas que llegan hasta don Adolfo desde Roma; también él relata, de modo habitual, sus pequeñas y grandes andanzas por tierras chilenas. Y basta la insinuación del más leve problema para que obtenga una respuesta, rápida y eficaz.

Los miembros de la Obra extendidos por México, Argentina y Estados Unidos le envían noticias, reforzando la unidad de afecto y espíritu que les ha llevado al Nuevo Continente. Así se lo cuenta al Padre, en repetidas cartas:

«Me encuentro muy unido con vosotros a través de (…) vuestras cartas. He recibido también cartas estupendas desde mis “vecinos” de México y Argentina»(28).

Busca con tesón la casa para montar una Residencia de estudiantes. Y al fin, en los primeros días de abril de 1950, firma el contrato de arriendo de un inmueble situado en la Avenida de O’Higgins, 2138 – 3°.

Una carta fechada el 16 de julio de 1950, día de la Virgen del Carmen, da cuenta de la instalación del oratorio en la nueva casa:

«¡Tenemos al Señor con nosotros desde esta mañana! (…). La Virgen del Carmen es la Patrona de Chile y de hoy no podía pasar. La pega era que no tenía apenas nada, ni “plata” para comprarlo (…). La solución ha sido la del préstamo (…). A medida que me vayan regalando cosas las iré devolviendo. Yo he comprado hasta ahora el altar -me lo pagó en parte un amigo-, el copón y la medalla de San José»(29).

En este país, que roza latitudes antárticas, la primavera cae a fines de año. El mes de María se celebra en noviembre. La Residencia de Santiago de Chile no se queda atrás en esta competición de afectos que el Opus Dei lleva en su equipaje, siempre, para la Madre de Dios. Las flores llegan a diario gracias a los residentes y llenan el altar de su primer oratorio. Incluso hay uno que domina el manejo de varios instrumentos musicales y ha conseguido acarrear un armonio hasta la casa. Se lo han prestado y ensaya, con melodías de toda índole, en el cuarto de estar. Pero el ritmo se le vuelve litúrgico cuando entona la Salve los sábados, en el oratorio, ante la Inmaculada. «Cantar es rezar dos veces».

El tiempo y lo insólito del paisaje chileno invitan a las caminatas, a las excursiones camperas hacia la costa. No en balde a Chile pertenece la isla de Mas a Tierra, al oeste de Valparaíso. La permanencia en este lugar del marino escocés Alexander Selkirk, en 1704, inspiró a Daniel Defoe su «Robinson Crusoe».

Algo así debe sentir don Adolfo en estos meses en los que permanece como único miembro de la Obra en Chile junto a un puñado de gente joven que empieza a vivir a su lado la alegría, fraternidad, trabajo y apostolado del Opus Dei. Pero muy pronto llegarán refuerzos. Cuando la semilla ha iniciado su vida y desarrollo bajo este suelo generoso.

José Enrique Díez Gil es el segundo miembro de la Obra que cruza los Andes. Tiene apenas veinte años y está cursando la licenciatura de Derecho. A partir de ahora, tendrá que dilatar su tiempo de trabajo para buscar medios económicos, dar a conocer a sus amigos chilenos el espíritu del Opus Dei, y concluir sus estudios. Durante los años siguientes terminará la carrera de Leyes y la de Ingeniero Comercial. Pocos meses después, en 1951, vendrá José Miguel Domingo Arnaiz, ingeniero naval.

Apenas tres años más tarde, pedirán la admisión al Padre las primeras vocaciones chilenas: Juan Cox Huneens, Pablo Vial y José Miguel Ibáñez Langlois.

Antes de que la Sección de mujeres arribe a Santiago, don Adolfo habla a un grupo de matrimonios a los que ha dado su amistad y ayuda sacerdotal. Dos señoras, que luego serán las primeras vocaciones de la Obra, se ofrecen para acondicionar una vieja casa, grande y abandonada, hasta convertirla en el primer Centro de mujeres del Opus Dei. El presupuesto de arreglos y mejoras es muy alto. Pero ya han aprendido a poner los medios y confiar en Dios. Trabajan sin descanso, hablan de los proyectos a todo su círculo de amistades. Se han empeñado en allanar los caminos de la Obra. A costa del esfuerzo constante y de la ayuda de algunos amigos, la casa estará pronto a punto.

Un día, cuando están acabando de pintar, suena el timbre. Antes de que puedan abrir, se introduce un sobre azul por debajo de la puerta. No espera nadie en el umbral. Al rasgarlo, encuentran cincuenta mil pesos en billetes: lo suficiente para pagar los materiales y mano de obra. Este donativo tiene el sello de la auténtica generosidad: el anónimo. Se trata de alguien que ha puesto su apoyo por encima del agradecimiento.

Con estos preámbulos, la Sección de mujeres viene a Chile a primeros de noviembre de 1953. Sólo unos días después, llegan las primeras vocaciones: María Tezanos-Pinto, Laura Prado, Elina Gianoli, Elena Wilandt y Carmen McKena… Son el comienzo de una larga lista. Pero en este país, la contradicción y las campañas, por parte de algunos grupos y personas, se dejan sentir en el ambiente. Las calumnias no recibirán respuesta ni rencor. Tampoco el menor desaliento, incluso por parte de personas muy jóvenes, que han encontrado en la Obra el camino de su vida. Todas tienen delante el ejemplo y las palabras del Fundador que ha dicho en circunstancias semejantes a sus hijos de otros países:

«La nuestra es una siembra de paz, de comprensión, de amor. Disculpamos a todo el mundo, comprendemos a todo el mundo, no nos sentimos dolidos por nada aunque, a veces, nos hieran y nos molesten. Todo es accidental; nosotros, en cambio, somos lo permanente: porque estamos haciendo una Obra divina. Vuestra única preocupación ha de ser ésta: que seáis santas, audaces, valientes. Sin miedo, pase lo que pase. En la vida vuestra todo es para bien. Si Dios lo permite. “Omnia in bonum!” Tranquilas. Con paz, abandonando en el Señor todas las inquietudes, porque no hay más que motivos de alegría» (30)

Moncloa, residencia universitaria

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Hace tiempo que la Residencia de “Jenner” resulta insuficiente para la atención de los estudiantes que la frecuentan. El dueño de la casa, aunque se prestó de buen grado a la instalación, ahora quiere disponer del piso. El Padre tiene que intervenir directamente, y consigue que mantenga el contrato durante el tiempo imprescindible para terminar el curso.

Esta situación pone en movimiento a los residentes y chicos que comparten las actividades de la casa: hay que encontrar un local amplio y bien comunicado con la Ciudad Universitaria, asequible a sus condiciones económicas y que sirva para atender la tarea que está llamando a sus puertas.

Después de una minuciosa búsqueda, aparece algo definitivo. El Padre les anima a convertir dos hoteles situados en la Avenida de la Moncloa números 3 y 4, cerca de la Ciudad Universitaria, en la Residencia que necesitan. Estos inmuebles han sufrido los avatares de la guerra, pero el propietario se muestra dispuesto a repararlos de acuerdo con las indicaciones del Padre. Con esta perspectiva, se inician, a toda prisa, las obras de adaptación. Habrá de dar cabida a cien universitarios y contará, además, con una parte separada, como una casa independiente, para las mujeres de la Obra que se harán cargo, con la ayuda de algunas empleadas, de los servicios de limpieza, cocina, etc., del nuevo Centro.

A finales de julio de 1943 se hace el traslado desde Jenner. Las obras están en pleno apogeo, pero ya se queda a vivir un pequeño grupo de chicos. Desde mediados de septiembre llegan refuerzos: antiguos residentes de]enner que vienen a Madrid para formalizar la matrícula en la Universidad y conocen ya lo que va a ser su nueva Residencia. Hay mucho trabajo y echan una mano en los ratos libres: empieza a ser una casa para todos.

Como estaba previsto, la Residencia se abre el 1 de octubre, aunque las obras no han terminado. El Padre viene todos los días, con don Alvaro, a impulsar el trabajo, corregir, programar… Y, en la mañana del día 10 de octubre, a reunirse con los residentes para explicarles «las reglas del juego»: lo que podrán encontrar en la Residencia y lo que se les pide a cambio.

El Fundador pone a su disposición la Residencia y se compromete a proporcionarles un ambiente tranquilo y familiar, cuidado y sereno, que facilite la dedicación al estudio y a su formación total. Les brinda, también, los medios para que sean buenos cristianos, si son cristianos. Pero dentro del marco de un clima de respeto y libertad. A cambio, ellos se comprometen a vivir un horario y algunos otros detalles razonables para una amable convivencia.

Es una llamada a la responsabilidad que dará buen resultado. Los chicos ponen su mejor voluntad ayudando a completar la instalación y llevando con sentido del humor las incomodidades propias del comienzo. Acaban de pasar los albañiles y todo transpira a obra recién terminada. El edificio, que se conoce con el nombre de hotel 4, incluye parte de las habitaciones destinadas a residentes y cuenta, además, con una amplia sala de estudio en la planta baja.

En el hotel 3 se ubicarán las dependencias destinadas a dirección, salas de recibir, la mitad de los dormitorios, el comedor y una amplia sala de estudio. Cuando concluyan las obras quedará instalado también, en este pabellón, el oratorio.

El Padre celebra la primera Misa en esta casa, que tomará el nombre de Moncloa, el domingo 7 de octubre de 1943. Asisten todos los estudiantes de la casa. Al Fundador se le ve muy contento al poner en marcha este nuevo instrumento de trabajo; sus palabras son una bella acción de gracias. Pero la consagración del altar no tiene lugar hasta el 7 de diciembre. Oficia la ceremonia el Obispo Auxiliar de Madrid-Alcalá, don Casimiro Morcillo. Dentro del local, recién estrenado, se oye su voz, subrayando que el Opus Dei dispone de un nuevo sagrario en Madrid.

El Fundador ha seguido la instalación con particular interés. El oratorio es amplio, de planta rectangular, con una bóveda rebajada. El techo y las paredes en tonos verdes; dorado el Vía Crucis. Sobre la embocadura del presbiterio, las palabras del Canon de la Misa: “Per ipsum, et cum ipso, et in ipso”. «Por El, con El y en El… ». El retablo, de Fernando Delapuente, es una Asunción coronada. El altar, de mármol blanco, realza el sagrario: arqueta sostenida por ángeles. Enfrente, enmarcada por un arco ligeramente hundido, la Cruz de madera, con la siguiente inscripción: “Iudeis quidem scandalum, gentibus autem stultitiam”(2): Escándalo para los judíos, locura para los gentiles.

Al día siguiente, con el oratorio abarrotado, el Padre celebra la Misa de la Inmaculada y deja al Señor de modo permanente en la casa. Antes de la Comunión dirige unas palabras, con todo su fuego, para avivar la fe en Dios-Eucaristía. Habla de la Obra que, hasta este momento, ha permanecido oculta en el seno de la Iglesia… Hace alguna alusión a las incomprensiones sufridas y concluye refiriéndose a la erección diocesana del Opus Dei que este mismo día hará el Obispo de Madrid.

La fecha es doblemente feliz ya que, el pasado 11 de octubre, la Santa Sede ha enviado el Nihil Obstat para que el Decreto de erección diocesana pueda firmarse.

El Fundador había pasado esa fecha en Los Rosales, un Centro de la Sección de mujeres en Villaviciosa de Odón. Y don Alvaro del Portillo le dice, en un momento de la tarde:

-«Padre, estará contento, porque mañana es la Virgen del Pilar».

Y le contesta:

-«Fiesta por fiesta, todas las de la Virgen me conmueven, me parecen estupendas; pero, puestos a escoger, prefiero la de hoy, la Maternidad»(3).

En la fecha del 11 de octubre celebra la liturgia, en este tiempo, la Maternidad de la Virgen, y todavía no sabe el Padre que bajo su protección maternal se ha firmado en este día la Autorización para que se proceda a la aprobación diocesana de la Obra.

La flamante Residencia de Moncloa vive hoy, pues, una doble jornada de celebración. En la sacristía de este Colegio Mayor se coloca un crucifijo de metal de buen tamaño. Hace apenas unos meses que murió Isidoro Zorzano. Su vida silenciosa, fiel a la exigencia de cada momento, se ha quemado en breve plazo. El Crucifijo del ataúd se coloca ahí, como arbotante de los muros de la Residencia; para que bendiga las actividades e inquietudes de una juventud de la que han de surgir nuevas vocaciones. Esta imagen garantiza la fecundidad evangélica de una semilla que presagia ya campos de trigo.

La parte independiente del edificio destinada a la Administración ha sido ocupada por un grupo de mujeres de la Obra. Cuando llegan, aún hay albañiles que cruzan la casa en todas las direcciones, escombros y tabiques a medio levantar, y tienen que atender a los dos chalets, uno a cada lado de la calle, con la consiguiente dificultad que esta situación conlleva.

El país vive un momento de carestías después de la dureza de la guerra civil; los materiales de construcción son defectuosos y las averías se suceden, incluso en obras recién montadas. Un día es el calentador del agua de las cocinas; otro un fallo en la instalación eléctrica… El combustible universal es el carbón, eficaz, pero de manejo molesto y sucio. Por añadidura, el pequeño equipo de empleadas que se ha incorporado a los trabajos de la Administración de la Moncloa es inexperto para manejar un número de plazas de esta envergadura. Los residentes llenan el comedor en dos turnos y es preciso conseguir alimentos de las formas más pintorescas, ya que los mercados habituales están muy mal abastecidos. En esta coyuntura vienen, de vez en cuando, periodistas para hacer reportajes y dar a conocer la Residencia, así como frecuentes invitados. Durante muchas horas del día y de la noche, habrán de calcular gastos, estudiar una alimentación mejor y de más barata factura, atender las mil necesidades de un Centro grande y todavía sin acabar.

Aunque el campo de actividades de las mujeres del Opus Dei es inmenso -se extiende a todos los trabajos y profesiones del mundo-, el Padre encomienda a algunas -como una actividad de particular importancia-, la Administración y cuidados de las casas de la Obra. Ellas mantendrán un aire de familia inconfundible en todas las latitudes del mundo. Sin perder el específico estilo de cada país, con la sobriedad, la elegancia y el cuidado de las cosas hasta el mínimo detalle, crearán un entorno gratificante, necesario para la vida de la Obra. Y todo por amor de Dios, santificando hasta límites heroicos la aparente pequeñez de las tareas cotidianas.

La Navidad llegará acuciando el trabajo: entrega precipitada de la ropa limpia a los residentes, comidas extraordinarias para la Residencia, vacaciones de algunas empleadas… Y en esta situación, el Padre va a verlas con la ilusión de hacerles un primer regalo de Nochebuena en la Moncloa. Y al iniciar una conversación afectuosa con las dos que dirigen el servicio surgen, por efecto del cansancio, las mil y una dificultades como un programa desbordado de impotencia.

El Padre escucha sereno, aunque siente que los problemas inherentes a la botadura de este gran barco, que es la Residencia, hayan promovido tal tormenta. Pronto se impondrá un ritmo normal y el trabajo, organizado, será perfectamente viable.

Y en este punto de la conversación, una de ellas le dice: «además, como tenemos tanto trabajo, no tenemos tiempo de hacer la oración y la hacemos trabajando y prácticamente sin darnos cuenta de que hablamos con Dios»(4).

Es un momento que recordarán toda la vida, porque al Fundador de la Obra, a quien han visto desplegar una fortaleza casi sobrehumana en situaciones de oposición y dificultades de todo tipo, le asoma el llanto a los ojos. Todas las dificultades se allanarán si permanece en pie la vida interior de sus hijas; se convertirán en un escollo insalvable si abandonan el trato íntimo con Dios. Le importa la lucha por la santidad, no el rodaje de una empresa por importante que pueda parecer. Están ahí para encontrar a Dios en la esquina de todos los quehaceres diarios. En ningún caso, para olvidar este fin en función de unas tareas que han desbordado, temporalmente, sus posibilidades humanas.

Por eso, se hace un silencio denso que, al fin, rompe el Padre. Pide un papel y en él, escribe:

1. Sin servicio

2. Con obreros

3. Sin accesos

4. Sin manteles

5. Sin despensas

6. Sin personal

7. Sin experiencia

8. Sin dividir el trabajo

9. Con mucho Amor de Dios

10. Con toda la confianza en Dios y en el Padre

11. No pensar en los desastres, hasta mañana durante el retiro(5).

Cuando viene a darles el retiro, tiene ocasión de hablar, de nuevo, con Encarnita Ortega:

«Para una hija de Dios en el Opus Dei, el trabajo más importante, ante el que hay que posponer todo lo demás es éste: la oración»(6).

A partir de hoy, la vida sobrenatural ocupa de un modo más pleno el frontal de sus vidas. Y los problemas materiales, todos, van hallando cabida y solución.

El futuro trabajo de administrar los Centros que vayan poniéndose en marcha capta una gran parte de la atención del Fundador. Desde que se abre el Centro de la Sección de mujeres en Jorge Manrique, insiste en que pidan a Dios vocaciones entre las empleadas del hogar. No se trata de una llamada distinta, sino de un trabajo más, incluido en la universal vocación a la santidad. Las que reciban esta vocación al Opus Dei se formarán con iguales medios, en una amable convivencia familiar, compartiendo el esfuerzo y el estudio, capacitándose para desempeñar dignamente su trabajo profesional.

«En el Opus Dei no hay más que una sola vocación (…). Ese es el milagro grande nuestro: hacer de las cosas vulgares -vulgar en el sentido castellano, que quiere decir corriente- heroísmo; hacer esas cosas con tal ánimo, que lo de ayer es distinto de lo de hoy, siendo lo mismo; y lo de mañana será todavía mejor, siendo igual»(7).

Y la primera respuesta a la proposición del Fundador va a llegar, precisamente, en la Administración de la Moncloa. El Padre ha visitado a una religiosa del Servicio Doméstico que le conoce y aprecia: la Madre Carmen Barrasa. Oye hablar a Monseñor Escrivá de Balaguer del grupo de mujeres jóvenes que han de atender a los cien estudiantes que viven en la Moncloa; del trabajo intenso y de la necesidad de ayuda.

Esta monja conoce a una empleada de condiciones destacadas y que siempre ha permanecido en puestos de gran responsabilidad. Es probable que no quiera ir a la Residencia, pero intentará convencerla. Se llama Dora del Hoyo.

Ante la insistencia de Madre Carmen, Dora, que efectivamente no desea este empleo, acepta ayudar por algún tiempo. Y una jornada más tarde suena el timbre de la puerta .Moncloa está en plena efervescencia de albañiles, pintura, humo, habitaciones a medio instalar y defectuosa marcha de algunos servicios. Cuando Encarnita Ortega baja a abrir, se encuentra ante una mujer bien vestida y con porte elegante, que le muestra una tarjeta de visita.

Desde el primer momento, Dora se percata del panorama y decide marcharse inmediatamente. Pero le da pena ver el exceso de trabajo y la inexperiencia, en muchos aspectos, de este grupo encargado de que la casa funcione.

Encarnita, y cuantas se ocupan de la Residencia, descubren los conocimientos que Dora posee: cuidado y conservación de la ropa, lavado, plancha, tintorería, arte culinario… Y además es serena y educada.

Cuando el Padre viene a verlas, anima su audacia para que acerquen al Opus Dei a personas así, que destacan en su profesión. Vocaciones que entreguen sus posibilidades al servicio de Dios. Y todas piensan que la primera vocación tiene que ser la de Dora.

Y un buen día, Encarnita escucha un comentario sorprendente:

«Tengo ya un gran cariño a la casa y como he visto todo lo que ha costado poner en marcha la Residencia, si ponen en otra ciudad alguna nueva, no tengo ningún inconveniente en ir con ustedes para ayudarles en la instalación»(8).

Casi al mismo tiempo llega a Moncloa Concha Andrés. Se trata, igualmente, de una empleada que viene a contratarse. Tiene veintidós años y ha trabajado ya en varias casas. Aprende con rapidez y tiene curiosidad por conocer «Camino». Un libro en el que deletrea su primer dominio de la letra impresa. Al principio no entiende lo que se propone este grupo de mujeres que trabajan sin descanso, viajan, rezan y estudian en los escasos ratos libres de cada jornada. Pero no tardan en compartir con alegría sus iniciativas.

Dora y Concha conocen un día al Padre y le cobran gran cariño y respeto. En breve plazo, el espíritu de la Obra habrá colado muy hondo en sus corazones.

Cuando en 1945 se abra la Residencia de Abando, en Bilbao, Dora del Hoyo y Concha Andrés formarán parte del equipo que se traslada a la nueva ciudad. Allí se repiten los comienzos de Moncloa: obreros por la casa sin terminar, carestía de alimentos, falta de mano de obra. Pero el ejemplo de las mujeres del Opus Dei, su optimismo, se abre paso ante las dificultades. Las dos empleadas empiezan a estar unidas al Padre y al espíritu que sabe inculcar en quienes le secundan.

El 19 de marzo de 1946, Nisa González Guzmán llega a Madrid con dos cartas para el Fundador: son de Dora y Concha, que piden su admisión en el Opus Dei. El Padre dirá que este acontecimiento es el más hermoso regalo que podía haber recibido. Las bendice con la certeza de un presagio: les seguirán muchas más. En cada lugar de la tierra, en cada nivel de cultura, siempre habrá personas dedicadas a estas tareas del hogar. Almas elegidas que sabrán llevar por el mundo su conocimiento y experiencia, su capacidad de sacrificio, el señorío de una vocación de servicio admirable.

El Fundador de la Obra afirmó, desde el primer momento: «No hay labores grandes ni pequeñas: todas son grandes, si se hacen por Amor»(9).

Por eso, «nos da lo mismo ser mano que pie, que lengua que corazón, porque todos estamos en todas las partes de ese cuerpo, porque somos una sola cosa por la caridad de Cristo que nos une. Yo quisiera haceros sentir como miembros de un solo cuerpo (…). Todos, una sola cosa, y que esto se manifieste en unidad de miras, en unidad de apostolado, en unidad de sacrificio, en unidad de corazones, en la caridad con que nos tratamos, en la sonrisa ante la Cruz y en la Cruz. ¡Sentir, vibrar todos unísonamente!»(10).

Sacerdotes para la eternidad

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Antes de la ordenación de los tres primeros sacerdotes, entre el 13 y el 20 de mayo de 1944, el Padre les dirige un curso de retiro en el Monasterio de El Escorial. Se instalan en una zona de invitados. El apartamento que le asignan tiene un despacho y un oratorio en el que el Fundador les dirige las pláticas y meditaciones. Este sector del Monasterio tiene una grata tradición: fue utilizado, a mediados del siglo XIX, por San Antonio María Claret, confesor de la Reina Isabel II.

En los atardeceres de la Sierra, el Padre habla a sus tres primeros hijos, que van a recibir el sacerdocio, de sacrificio, amor y fortaleza.

«Alegres, doctos, sacrificados, santos, olvidados de vosotros mismos… »(14).

Los sacerdotes de la Obra son necesarios «por la variedad inmensa de nuestras obras de apostolado, para atender a nuestros Cooperadores, que son tantos y tan eficaces; para trabajar con los sacerdotes diocesanos, a los que amamos con todo el corazón; para ayudar a los miembros laicos de una y otra Sección, en sus labores apostólicas; para atender debidamente a los no católicos y a los no cristianos, que piden amistad y comprensión; para ejercer su ministerio con tantas almas que, movidas por la gracia divina, se acercan al Opus Dei (…), de tal modo que puedan descansar bajo su sombra; finalmente, para el multiforme servicio de la Iglesia Santa de Dios y de todas las almas»(15)

Antes de recibir la tonsura, que tiene lugar el 20 de mayo, el Padre quiere que se hagan unas fotografías. Desde un punto de vista meramente humano resulta incomprensible que estos hombres, con brillantes carreras y en pleno rendimiento, se preparen al sacerdocio. Sólo puede entenderse a través de un prisma cristiano.

Como escribirá, años más tarde, Monseñor Alvaro del Portillo en un libro sobre la vocación sacerdotal:

«A partir de su ordenación, toda “recuperación” de aquellas realidades o funciones a las que (el sacerdote), elegido y movido por Dios, renunció para entregarse a su misión, sería ya una pérdida: para la Iglesia, en donde el sacerdote es punto focal de irradiación salifica, y para el mismo sacerdote que, hecho vaso de elección, configurado ontológica y definitivamente “(in aeternum)” por el carácter sacerdotal, se encuentra ante la alternativa de llenar su existencia de vida sacerdotal o tenerla vacía»(16)

Hasta el momento de la ordenación, continúan atendiendo sus obligaciones profesionales como ingenieros: incluso, después de haber recibido las órdenes menores, recuerda José Luis Múzquiz que tuvo que ir a inspeccionar un edificio en construcción.

El arquitecto ha hecho saber al capataz la ordenación sacerdotal de don José Luis. Y así se lo comunica a los obreros:

-«¡El ingeniero se ha hecho cura!»

Sin embargo, cuando visita las obras, la noticia no ha llegado hasta un obrero que trabaja en lo alto de un andamio. Y por poco pierde el equilibrio cuando ve al ingeniero vestido, al uso de la época, con sotana, manteo y sombrero de teja”(17).

El Padre les recomienda:

«El sacerdote tiene que llevar alguna manifestación externa (…) para servir a sus hermanos. Nosotros nos santificamos con nuestro ministerio sacerdotal, que es como nuestra profesión, nuestro trabajo (…). Pero nuestro ministerio sacerdotal es un servicio público. Por tanto, no podemos escondernos: tenemos que estar a disposición de todos. Aconsejad, pues, a vuestros hermanos que vistan como se hace en el país, para que todos sepan que son sacerdotes católicos (…). ¡Edifica tanto! Los fieles se sienten confirmados en la fe, asegurados en la fe, miran con un cariño loco al sacerdote que no se esconde»(18).

Recibirán la primera de las Ordenes Mayores de entonces, el Subdiaconado, el domingo 28 de mayo de 1944, a las ocho de la mañana, en el oratorio de “Diego de León”. Oficia la Ceremonia don Marcelino Olaechea, Obispo de Pamplona. Tienen que ampliarse espacios abriendo las puertas del anteoratorio y la sacristía; las rosas rojas ponen un contrapunto de alegría y holocausto junto al Tabernáculo. Asisten todos los miembros de la Obra en Madrid y algunos amigos.

El Padre ha de acostarse al acabar la ceremonia porque tiene fiebre alta. Pero se siente feliz, y esa noche sus hijos invaden su cuarto. Sentados en el suelo, en las sillas o en cualquier parte, alrededor de la cama, comentan las incidencias de la jornada.

Unos días después, el 3 de junio, sábado de témporas, recibirán el Diaconado en la capilla del Seminario de Madrid. Oficia la ceremonia don Casimiro Morcillo, Obispo Auxiliar de la diócesis.

La Ordenación de presbíteros, les será conferida por don Leopoldo Eijo y Garay en la Capilla Episcopal de Madrid, el 25 de junio del 44.

Unas semanas antes, el 17 de mayo de 1944, el Padre ha ido al cementerio del Este para rezar ante la tumba donde reposan los restos de sus padres y de Isidoro. Hace esfuerzos para contener su emoción, en este diálogo solitario que mantiene con quienes han sabido secundar sus mejores sueños de amor a Dios y a los hombres.

El 25 de junio la Capilla del Palacio Episcopal está repleta: miembros del Opus Dei que han venido de diversas ciudades de España, parientes, profesores, amigos, compañeros… También asisten muchos sacerdotes y religiosos, así como el Secretario de la Nunciatura. La Misa comienza a las diez de la mañana. Con profunda emoción siguen todos la ceremonia: llamada a los futuros sacerdotes, imposición de las manos, concelebración con el Obispo. Don Leopoldo va revestido con los ornamentos y báculo reservados a las fiestas mayores: quiere expresar, hasta en este detalle, la alegría por el momento que está viviendo.

Están todos presentes menos el Fundador. Teme que le desborde la emoción y, además, hay una razón más profunda que justifica su ausencia: será una jornada llena de alegrías y enhorabuenas. No quiere estar presente para recibirlas. La Obra es de Dios y sus hitos le pertenecen por entero. Esta decisión de hoy quedará subrayada treinta y un años más tarde, cuando el Padre celebre sus propias bodas de oro sacerdotales: «Ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca»(19).

Eso sí, espera impaciente a sus hijos, en “Diego de León”, para tener la inmensa alegría de besar sus manos recién consagradas y fundirse con ellos en un abrazo.

Más tarde, el Obispo de Madrid se les une también para almorzar. En un momento de la sobremesa, don Leopoldo Eijo y Garay recuerda a don Álvaro del Portillo una conversación sostenida por los dos hace algunos años. En ella, don Álvaro le informó de las incomprensiones que sufría la Obra.

«Me expuso el caso sin pasión, objetivamente, sin rencor. Tanto es así que me llamó la atención y se lo hice notar».

Entonces don Alvaro respondió que era natural que no se enfadaran con el bisturí que el Señor elige para preparar instrumentos adecuados; y que para probar a la Obra, había elegido un bisturí de platino. Si El permitía que viniera la Cruz a través de los buenos, bienvenida sea, pues presagiaba bienes futuros.

-«He de reconocer -termina diciendo don Leopoldo- que me impresionó esta respuesta: de forma que el que debía dar ánimos y consejo, fue el que recibió una lección y quedó confortado».

Inmediatamente don Alvaro interviene en la conversación: -«Si le dije eso, es porque unos días antes se lo había oído al Padre»(20).

En efecto, más de una vez el Fundador había hablado en este sentido:

«Cuando un cirujano debe realizar una intervención quirúrgica, el paciente no puede enfadarse ni con el médico, ni con el bisturí, aunque la operación sea dolorosa. El Señor está empleando ahora con su Obra un bisturí de platino» (21).

El Obispo termina diciendo:

-«La persecución santifica, pero no queráis nunca perseguir ni atormentar a nadie con el pretexto de santificarle… »(22) .

Hoy es un día de confirmación alegre, de realidades que subrayan la autenticidad sobrenatural de la Obra de Dios. Durante el resto de la jornada, el Padre no oculta su felicidad. A media tarde, habla a sus hijos en el oratorio.

«No quiero hacer historia en este día, pero cuando pasen los años y los más jóvenes que hay aquí peinen canas o luzcan espléndidas calvas, como algunas que se ven, y yo, por ley natural, haya desaparecido hace ya mucho tiempo, vuestros hermanos os preguntarán: ¿qué decía el Padre el día de la ordenación de los tres primeros? Respondedles sencillamente: el Padre nos repitió lo de siempre: oración, oración, oración; mortificación, mortificación, mortificación; trabajo, trabajo, trabajo»(23).

El día va ya de retirada después de haber abierto un capítulo importante en la historia de la Obra. Son los primeros sacerdotes eslabones de una cadena -fuertes, unidos al Fundador- a los que se sumarán, con el paso del tiempo, centenares y millares dispuestos a ser «luz que se consume y sal que se gasta».

La jornada siguiente, 26 de junio, el Padre se encamina hacia el Centro de la calle Villanueva donde vive don Alvaro del Portillo. Le pregunta si ya ha recibido alguna confesión sacramental.

Y ante la respuesta negativa, le dice:

-«Pues la primera confesión será la mía: quiero hacer confesión general contigo» (24).

Treinta y un años más tarde, el 26 de junio de 1975, también don Alvaro elevará sus manos consagradas, en una última y emocionada fórmula de absolución, sobre el Fundador del Opus Dei, que acaba de morir en su cuarto de trabajo.

Don José María Hernández de Garnica celebrará su primera Misa en el Colegio de la Asunción. Don Alvaro y don José Luis, en el Colegio del Pilar y en la iglesia del Monasterio de la Encarnación. No consiguen que el Padre asista. Pero, a última hora, Ricardo Fernández Vallespín logra llevarle hasta la capilla donde acaba de oficiar don José Luis Múzquiz, para besar las manos del nuevo sacerdote, pasando inadvertido entre los fieles que llenan el templo.

Veinticinco años después, con el mismo cariño, el Padre preparará en Roma las bodas de plata de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei. Una carta se lo anuncia a don José Luis Múzquiz:

«Con Alvaro, te tengo en todo momento muy presente, y ya empezamos a pensar en la celebración de vuestras bodas de plata sacerdotales (…). Deseo festejar y agradecer a Dios ese aniversario junto a mis tres “curicas” mayores, sin que me falte ninguno»(25).

Así lo lleva a cabo. El 25 de junio de 1969 celebra cada uno su Misa conmemorativa. Tres palias idénticas cubren los cálices: las palabras “tu es sacerdos in aeternum” sirven de base al sello de la Obra bordado en oro.

Durante el ofertorio, don José Luis se da cuenta de que en la base del Cáliz está labrado el escudo de la Escuela de Ingenieros de Caminos, en esmalte verde brillante, y una inscripción: «A José Luis Múzquiz, sus compañeros… »(26). Es el de su primera Misa. Lo mismo les ha ocurrido a don Alvaro y a don José María.

El Padre ha elegido los vasos sagrados en este día para rememorar, de modo más real y entrañable, la fidelidad de veinticinco años de sacerdocio.


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