La aventura de Dios

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Aquella frase que don Josemaría oyera en los años de adolescencia sigue repiqueteando en su alma ahora que la misión de Dios está clara y ha de buscar en el mundo gentes que entiendan este mensaje: «Fuego he venido a traer a la tierra y ¿qué quiero sino que arda?… ». El ansia apostólica le impulsa, y sus condiciones humanas facilitan la amistad con muchachos de muy variada procedencia: estudiantes universitarios, obreros, artistas, sanitarios, etc. Durante sus frecuentes visitas a los pobres, en las casas y en los hospitales, encuentra a algunos que han tomado conciencia de la ayuda que es necesario ofrecer; y, otras veces, es don Josemaría quien lleva hasta los lugares donde se consuman el dolor y la soledad de los pobres a estos jóvenes que se aproximan a su apostolado.

Testigos presenciales de aquellos años, como José Manuel Doménech, Jenaro Lázaro y otros, han dejado constancia de la impresión que les causaba este sacerdote durante tantas jornadas al servicio y amor al prójimo. Jamás intenta desgajarles de sus actividades habituales hacia una caridad mal entendida y sentimental que les aparte de su diaria obligación; por el contrario, les anima a emplearse a fondo en su tarea profesional, en el estudio y en el trabajo. Tiene la seguridad de que el único modo de remediar los daños del mundo es una auténtica renovación interior, una donación constante a Dios y a la sociedad a través del perfecto cumplimiento de sus deberes de estado. Y si alguno se siente impulsado a la aventura de seguir más de cerca a Cristo, le habla serena y apasionadamente de los horizontes apostólicos y de los divinos caminos de la tierra que Dios quiere abrir con el concurso de sus vidas.

Y allí, en contacto con la miseria y el abandono, comprenden la necesidad de entregarse a fondo, de poner la Cruz de modo personal, responsable y auténtico, en la cumbre de las actividades humanas, en lo más alto de su entrega y de su sacrificio. Sólo así la vida se convierte en un acto de servicio a los demás.

Ellos verán, en este joven sacerdote, un instrumento fiel movido por las manos de Dios para abrir caminos de santidad en medio del mundo. Les explica que el Opus Dei va a ser como «una inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad»(8), inundando todo tipo de profesiones, personas y niveles sociales. No les pasa inadvertido su espíritu de oración, su modo de rezar, de adorar a Dios en la Eucaristía. Compartir con don Josemaría esta época llenará su experiencia de recuerdos profundos y entrañables; será, sin duda, una especial gracia de Dios para todos ellos.

Hay un grupo que le acompaña siempre en sus actividades apostólicas. En el Hospital General(9) frecuentan las salas atestadas de enfermos: son habitaciones comunes, con dos hileras de camas separadas por una mesita de noche, y a veces solamente por una silla. En el centro de la sala también se instalan más camas. Charlan con los enfermos, les lavan, les cortan las uñas, les peinan. Y, sobre todo, les dicen unas palabras de cariño, les hacen compañía. En ocasiones, les llevan algo divertido para leer, o un paquete de contenido apetitoso, de lo que no acostumbran a disfrutar habitualmente. Y lo compran con los escasos recursos que salen del bolsillo de este grupo amistoso.

A todos, a los muchachos y a los enfermos, les pide don Josemaría, de continuo, su oración y su sacrificio por algo de Dios que tiene que salir adelante. Y les confirma en la seguridad de que, si ellos lo piden, el Cielo no podrá negarse.

«No olvidéis que los enfermos son muy gratos a Dios, que su oración es escuchada y sube a la presencia del Señor»(10).

Una vez que el Señor le ha hecho ver la misión de la Obra en el mundo, tiene tal convencimiento de que «el cielo está empeñado en que se realice»(11), que no cesa de pedir y mendigar esta constante plegaria a todos cuantos tienen la buena voluntad de dirigirse a Dios cada día.

En una calle determinada de Madrid, se cruza a menudo con otro sacerdote, muy joven… Un día el Fundador le para, aunque no le conoce, y le pregunta:

-«¿Va usted a celebrar Misa?» -”Sí”

-«¿Podría usted rezar por una intención mía?»

El otro se le queda mirando, como asombrado, y le contesta:

-«Sí, con mucho gusto»(12).

Con el pasar del tiempo, llegaron a ser muy amigos. Este sacerdote era don Casimiro Morcillo, futuro Arzobispo de la diócesis de Madrid.

En el Hospital de la Princesa trabaja el profesor Blanc Fortacín, Catedrático de la Facultad y conocida personalidad médica en el mundo madrileño. Un día habla de don Josemaría a sus ayudantes como «un gran sacerdote, pariente y paisano mío». Y en otra ocasión les dirá que pertenecía a, «una familia de mucho abolengo» y que «había sufrido un importante quebranto económico » (13).

Un médico de este Centro, el doctor Canales Maeso, recuerda sus primeros contactos con don Josemaría en el año de 1932: «Me llamó profundamente la atención desde el primer momento que conocí al Padre, su elegancia natural, su esmerado trato social, su presencia agradable y su gran simpatía (…).

Desde el día en que me presentaron al Padre, lo veía con mucha frecuencia por las mañanas en el Hospital, por los años 1933-34. Iba de sala en sala (…) con cariño y una simpatía que encantaba al personal sanitario y a los enfermos. Lo veía a distintas horas de la mañana, por lo que deduzco que debía estar tres o cuatro horas»(14)

La encargada de la Farmacia comenta, un día cualquiera, con los médicos:

-«Qué buena persona, qué simpático, tan joven. Es un santo » (15).

Y los practicantes de la sala de enfermedades dermatológicas aprecian el valor y el sacrificio de este hombre de Dios que se acerca a los casos más graves sin arredrarse por las lesiones que presentan algunos pacientes.

Don Josemaría emplea su tiempo generosamente con todos. Desde siempre, para él, un alma es algo precioso ante los ojos de Dios, ya que por cada una ha derramado Cristo su Sangre. Se interesa también por los problemas humanos de los chicos que trata habitualmente, conoce a sus familias, sigue las vicisitudes de su trabajo o de sus estudios. Siente y prodiga auténtica y sincera amistad.

Uno de estos muchachos, comprometido tras los sucesos políticos del levantamiento del 10 de agosto de 1932, ingresa en la cárcel Modelo y queda incomunicado rigurosamente. Dos días más tarde, el oficial de prisiones grita su nombre frente al postigo de la puerta. Se asoma y, a su través, le entrega un sobre. Cuando lo abre, encuentra un Oficio Parvo de Nuestra Señora en el que va escrita la siguiente dedicatoria:

Beata Mater et intacta Virgo, gloriosa Regina Mundi, intercede pro hispanis ad Dominum.”
A José M. Doménech, con todo afecto. Madrid. agosto.932. José Ma Escrivá(16)

El estudiante le había contado en cierta ocasión que conocía y rezaba el Oficio Parvo de la Virgen. Durante los días de prisión, leerá con más devoción que nunca las oraciones tan queridas desde su infancia. Conserva a partir de entonces, como reliquia, este pequeño libro que don Josemaría le hizo llegar, venciendo mil dificultades, hasta aquella celda incomunicada en la cárcel.

No es la primera vez que visita las cárceles, ni será la última. A la hora de la persecución está junto a quien le necesita, sin banderías ni fronteras. Ajeno a las suspicacias desfavorables que pueda acarrearle su actitud. Jamás tiene en cuenta el riesgo personal. En esta ocasión, acude a ver a los estudiantes encarcelados vestido con traje talar. A través de las rejas del locutorio de presos políticos se interesa vivamente por sus necesidades materiales y espirituales. Insiste en que ocupen su tiempo libre en algo útil, que no pierdan la alegría de los que enarbolan la fe del apóstol Pablo: “Omnia in bonum!” Todo es para bien.

Y así, les empuja a convivir leal y sinceramente con todos los presos de signo contrapuesto que ocupan las cárceles en estos momentos.

-«Ahora tenéis ocasión de charlar con ellos, conversando con cada uno, con respeto y cariño» (17).

Mientras tanto, un grupo de chicas visita a otra enferma de 32 años. Es un alma que participa ya del espíritu del Opus Dei; que ofrece a Dios, en esta batalla de amor y de paz, todos los sufrimientos por las intenciones de don Josemaría. A Antonia Sierra no le acompaña familia alguna en el Hospital; se le presentan hemoptisis frecuentes y conoce que no puede vivir mucho tiempo. Recibe con alegría los detalles, los pequeños regalos que le ofrecen fraternalmente aquellas muchachas que llegan hasta su cama. Sabe que los caminos que ella no podrá andar se están abriendo al golpe de pisadas que encuentran su apoyo en el amor y la fe de los enfermos.

Así descubrieron los primeros del Opus Dei las armas con que Dios empieza y termina sus empresas. Y lo vieron, no sólo en el contacto con los pobres, sino también en el ejemplo de su Fundador que apoyaba su fortaleza en la oración y el sacrificio.

«El dolor: ¡aprovéchalo! Aprovecha la inocencia de los niños, el dolor de los enfermos, el candor de las viejitas, y sus suspiros ahogados en la oscuridad de la iglesia… Aprovéchalo todo. Y aprovecha las pequeñas contradicciones que no nos faltan, cuando somos mal entendidos, cuando parece que nos desprecian»(18).

La viuda de Naín

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

Sucedió, después, que marchó a una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y una gran muchedumbre. Al acercarse a la puerta de la ciudad, he aquí que llevaban a enterrar un difunto, hijo único de su madre, que era viuda, y la acompañaba una gran muchedumbre de la ciudad.

Al verla, el Señor se compadeció de ella y le dijo: No llores. Se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron; y dijo: Muchacho, a ti te digo, levántate. Y el que estaba muerto se incorporó y comenzó a hablar; y se lo entregó a su madre.

Y se llenaron todos de temor y glorificaban a Dios diciendo: Un gran profeta ha surgido entre nosotros, y Dios ha visitado a su pueblo (Lc 7, 11-16).

“Recordad la escena que nos cuenta San Lucas, cuando Cristo andaba cerca de la ciudad de Naím[i]. Jesús ve la congoja de aquellas personas, con las que se cruzaba ocasionalmente. Podía haber pasado de largo, o esperar una llamada, una petición. Pero ni se va ni espera. Toma la iniciativa, movido por la aflicción de una mujer viuda, que había perdido lo único que le quedaba, su hijo.

El evangelista explica que Jesús se compadeció: quizá se conmovería también exteriormente, como en la muerte de Lázaro. No era, no es Jesucristo insensible ante el padecimiento, que nace del amor, ni se goza en separar a los hijos de los padres: supera la muerte para dar la vida, para que estén cerca los se quieren, exigiendo antes y a la vez la preeminencia del Amor divino que ha de informar la auténtica existencia cristiana.

Cristo conoce que le rodea una multitud, que permanecerá pasmada ante el milagro e irá pregonando el suceso por toda la comarca. Pero el Señor no actúa artificialmente, para realizar un gesto: se siente sencillamente afectado por el sufrimiento de aquella mujer, y no puede dejar de consolarla. En efecto, se acercó a ella y le dijo: no llores [ii]. Que es como darle a entender: no quiero verte en lágrimas, porque yo he venido a traer a la tierra el gozo y la paz. Luego tiene lugar el milagro, manifestación del poder de Cristo Dios. Pero antes fue la conmoción de su alma, manifestación evidente de la ternura del Corazón de Cristo Hombre.

Si no aprendemos de Jesús, no amaremos nunca. Si pensásemos, como algunos, que conservar un corazón limpio, digno de Dios, significa no mezclarlo, no contaminarlo con afectos humanos, entonces el resultado lógico sería hacernos insensibles ante el dolor de los demás. Seríamos capaces sólo de una caridad oficial, seca y sin alma, no de la verdadera caridad de Jesucristo, que es cariño, calor humano. Con esto no doy pie a falsas teorías, que son tristes excusas para desviar los corazones –apartándolos de Dios–, y llevarlos a malas ocasiones y a la perdición (…).

Si queremos ayudar a los demás, hemos de amarles, insisto, con un amor que sea comprensión y entrega, afecto y voluntaria humildad. Así entenderemos por qué el Señor decidió resumir toda la Ley en ese doble mandamiento, que es en realidad un mandamiento solo: el amor a Dios y el amor al prójimo, con todo nuestro corazón”

TEMA 31. El Decálogo. El primer mandamiento

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Jesucristo ha enseñado que para salvarse es necesario cumplir los mandamientos, que expresan la sustancia de la ley moral natural. El primer mandamiento es doble: el amor a Dios y el amor al prójimo por amor a Dios.

1. Los Diez mandamientos o Decálogo

Nuestro Señor Jesucristo ha enseñado que para salvarse es necesario cumplir los mandamientos. Cuando un joven le pregunta: «Maestro, ¿qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?» (Mt 19,16), Él responde «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos» (Mt 19,17). A continuación cita algunos preceptos referentes al amor al prójimo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás testimonio falso, honra a tu padre y a tu madre» (Mt 19,18-19). Estos preceptos, junto con los referentes al amor a Dios que el Señor menciona en otras ocasiones, forman los diez mandamientos de la Ley divina (cfr. Ex 20,1-17; Catecismo, 2052). «Los tres primeros se refieren más explícitamente al amor de Dios y los otros siete al amor del prójimo» (Catecismo, 2067).

Los diez mandamientos expresan la sustancia de la ley moral natural (cfr. Catecismo, 1955). Es una ley inscrita en el corazón de los hombres, cuyo conocimiento se ha oscurecido como consecuencia del pecado original y de los sucesivos pecados personales. Dios ha querido revelar «algunas verdades religiosas y morales que de suyo no son inaccesibles a la razón» (Catecismo, 38) para que todos la puedan conocer de modo completo y cierto (cfr. Catecismo, 37-38). La ha revelado primero en el Antiguo Testamento y después, plenamente, por medio de Jesucristo (cfr. Catecismo, 2053-2054). La Iglesia custodia la Revelación y la enseña a todos los hombres (cfr. Catecismo, 2071).

Algunos mandamientos establecen lo que se debe hacer (p.ej., santificar las fiestas); otros señalan lo que nunca es lícito realizar (p.ej., matar a un inocente). Estos últimos indican algunos actos que son intrínsecamente malos en razón de su mismo objeto moral, independientemente de cuales sean los motivos o ulteriores intenciones de quien los realiza y las circunstancias que los acompañan.

«Jesús muestra que los mandamientos no deben ser entendidos sólo como un límite mínimo que no hay que sobrepasar, sino como una senda abierta para un camino moral y espiritual de perfección, cuyo impulso interior es el amor (cfr. Col 3,14)». Por ejemplo, el mandamiento “No matarás” contiene la llamada no sólo a respetar la vida del prójimo sino a promover su desarrollo y fomentar su enriquecimiento en cuanto personas. No se trata de prohibiciones que limitan la libertad; son luces que muestran el camino del bien y de la felicidad, liberando al hombre del error moral.

2. El primer mandamiento

El primer mandamiento es doble: el amor a Dios y el amor al prójimo por amor a Dios. «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley? Él le respondió: -Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es como éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas» (Mt 22,36-40).

Este amor se llama caridad. Con el mismo término se designa también la virtud teologal cuyo acto es el amor a Dios y a los demás por Dios. La caridad es un don que infunde el Espíritu Santo a quienes son hechos hijos adoptivos de Dios (cfr. Rm 5,5). La caridad ha de crecer a lo largo de la vida en esta tierra, por la acción del Espíritu Santo y con nuestra cooperación: crecer en santidad es crecer en caridad. La santidad no es otra cosa que la plenitud de la filiación divina y de la caridad. También puede disminuir por el pecado venial e incluso perderse por el pecado grave. La caridad tiene un orden: Dios, los demás (por amor a Dios) y uno mismo (por amor a Dios).

El amor a Dios

Amar a Dios como hijos suyos comporta:

a) Elegirle como fin último de todo lo que hacemos. Actuar en todo por amor a Él y para su gloria: «ya comáis, ya bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (1 Co 10,31). «”Deo omnis gloria“. -Para Dios toda la gloria».  No ha de haber un fin superior a éste. Ningún amor se puede poner por encima del amor a Dios: «Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10,37). «¡No hay más amor que el Amor!»:  no puede existir un verdadero amor que excluya o postergue el amor a Dios.

b) Cumplir la Voluntad de Dios con obras: «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos» (Mt 7,21). La Voluntad de Dios es que seamos santos (cfr. 1 Ts 4,3), que sigamos a Cristo (cfr. Mt 17,5), realizando sus mandamientos (cfr. Jn 14,21). «¿Quieres de verdad ser santo? -Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces”. Cumplirla también cuando exige sacrificio: «no se haga mi voluntad sino la tuya» (Lc 22,42).

c) Corresponder a su amor por nosotros. Él nos amó primero, nos ha creado libres y nos ha hecho hijos suyos (cfr. 1 Jn 4,19). El pecado es rechazar el amor de Dios (cfr. Catecismo, 2094), pero Él perdona siempre, se nos entrega siempre. «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4,10; cfr. Jn 3,16). «Me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Ga 2,20). «Corresponder a tanto amor exige de nosotros una total entrega, del cuerpo y del alma». No es un sentimiento sino una determinación de la voluntad que puede estar o no estar acompañada de afectos.

El amor a Dios lleva a buscar el trato personal con Él. Este trato es la oración y alimenta a su vez el amor. Puede revestir diversas formas:

a) «La adoración es la primera actitud del hombre que se reconoce criatura ante su Creador» (Catecismo, 2628). Es la actitud más fundamental de la religión (cfr. Catecismo, 2095). «Al Señor tu Dios adorarás y solamente a Él darás culto» (Mt 4,10). La adoración a Dios libera de las diversas formas de idolatría, que llevan a la esclavitud. «Que tu oración sea siempre un sincero y real acto de adoración a Dios».

b) La acción de gracias (cfr. Catecismo, 2638), porque todo lo que somos y tenemos lo hemos recibido de Él para darle gloria: «¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías, como si no lo hubieras recibido?» (1 Co 4,7).

c) La petición, que tiene a su vez dos modos: la petición de perdón por lo que separa de Dios (el pecado) y la petición de ayuda, para sí mismo o para otros, también para la Iglesia y la humanidad entera. Estas dos formas de petición se manifiestan en el Padrenuestro: “… danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas…”. La petición del cristiano está llena de seguridad, «porque hemos sido salvados por la esperanza» (Rm 8,24) y porque es un ruego filial, por medio de Cristo: «si algo pedís al Padre en mi nombre, os lo concederá» (Jn 16,23; cfr. 1 Jn 5,14-15).

El amor se manifiesta también con el sacrificio, inseparable de la oración: «la oración se avalora con el sacrificio».  El sacrificio es el ofrecimiento a Dios de un bien sensible, en homenaje suyo, como expresión de la entrega interior de la propia voluntad, es decir, de la obediencia a Dios. Cristo nos redimió por el Sacrificio de la Cruz, que manifiesta su perfecta obediencia hasta la muerte (cfr. Flp 2,8). Los cristianos, como miembros de Cristo, podemos corredimir con Él, uniendo nuestros sacrificios al suyo, en la Santa Misa (cfr. Catecismo, 2100).

La oración y el sacrificio constituyen el culto a Dios. Se llama culto de latría o adoración, para distinguirlo del culto a los Ángeles y a los Santos que es de dulía o veneración y del culto con el que se honra a la Santísima Virgen, llamado de hiperdulía (cfr. Catecismo, 971). El acto de culto por excelencia es la Santa Misa, trasunto de la liturgia celeste. El amor a Dios debe manifestarse en la dignidad del culto: observancia de las prescripciones de la Iglesia, «urbanidad en la piedad», cuidado y limpieza de los objetos. «Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios. -Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco».

3. La fe y la esperanza en Dios

Fe, esperanza y caridad son las tres virtudes “teologales” (virtudes que se dirigen a Dios). La mayor es la caridad (cfr. 1 Co 13,13), que da “forma” y “vida” sobrenatural a la fe y a la esperanza (de modo semejante a como el alma da vida al cuerpo). Pero la caridad presupone en esta tierra la fe, porque sólo puede amar a Dios quien le conoce; y presupone también la esperanza, porque sólo puede amar a Dios quien pone su deseo de felicidad en la unión con Él.

La fe es un don de Dios, luz en la inteligencia que nos permite conocer la verdad que Dios ha revelado y asentir a ella. Implica dos cosas: creer lo que Dios ha revelado (el misterio de la Santísima Trinidad y todos lo artículos del “Credo”) y creer a Dios mismo que lo ha revelado (confiar en Él). No hay ni puede haber oposición entre fe y razón.

La formación doctrinal es importante para alcanzar una fe firme y, por tanto, para alimentar el amor a Dios y a los demás por Dios: para la santidad y el apostolado. La vida de fe es una vida apoyada en la fe y coherente con ella.

La esperanza es también un don de Dios que lleva a desear la unión con Él, en la que se encuentra nuestra felicidad, confiando en que nos dará la capacidad y los medios para alcanzarla (cfr. Catecismo, 2090).

Los cristianos hemos de estar «alegres en la esperanza» (Rm 12,12), porque si somos fieles nos aguarda la felicidad del Cielo: la visión de Dios cara a cara (1 Co 13,12), la visión beatífica. «Si somos hijos, también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; con tal de que padezcamos con él, para ser con él también glorificados» (Rm 8,17). La vida cristiana en esta tierra es un camino de felicidad porque ya ahora tenemos un anticipo de esa unión con la Santísima Trinidad, por la gracia, pero es una felicidad con dolor, con Cruz. La esperanza hace conscientes de que ¡vale la pena!: «¡Vale la pena jugarse la vida entera!: trabajar y sufrir, por Amor, para llevar adelante los designios de Dios, para corredimir».

Los pecados contra el primer mandamiento son pecados contra las virtudes teologales:

a) Contra la fe: el ateísmo, el agnosticismo, el indiferentismo religioso, la herejía, la apostasía, el cisma, etc. (cfr. Catecismo, 2089). También es contrario al primer mandamiento poner voluntariamente en peligro la propia fe, ya sea por la lectura de libros contrarios a la fe o a la moral, sin un motivo proporcionado y sin la preparación suficiente, o por omitir otros medios para custodiarla.

b) Contra laesperanza: la desesperación de la propia salvación (cfr. Catecismo, 2091) y, por el extremo opuesto, la presunción de que la misericordia divina perdonará los pecados sin conversión ni contrición o sin necesidad del sacramento de la Penitencia (cfr. Catecismo, 2092). También es contrario a esta virtud poner la esperanza de felicidad última en algo fuera de Dios.

c) Contra la caridad: cualquier pecado es contrario a la caridad. Pero directamente se opone a ella el rechazo de Dios y también la tibieza: no querer amarle con todo el corazón. Contrario al culto a Dios es el sacrilegio, la simonía, ciertas prácticas de superstición, magia, etc., y el satanismo (cfr. Catecismo, 2111-2128).

4. Amor a los demás por amor a Dios

El amor a Dios debe comprender el amor a quienes Dios ama. «Si alguno dice: amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano» (1 Jn 4,19-21). No se puede amar a Dios sin amar a todos los hombres, creados por Él a su imagen y semejanza y llamados a ser hijos suyos por la gracia sobrenatural (cfr. Catecismo, 2069).

«Hemos de portarnos como hijos de Dios con los hijos de Dios»:

a) portarse como hijo de Dios, como otro Cristo. El amor a los demás tiene como regla el amor de Cristo: «Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos» (Jn 13,34-35). El Espíritu Santo ha sido enviado a nuestros corazones para que podamos amar como hijos de Dios, con el amor de Cristo (cfr. Rm 5,5). «Dar la vida por los demás. Sólo así se vive la vida de Jesucristo y nos hacemos una misma cosa con El».

b) ver en los demás a hijos de Dios, a Cristo: «cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). Querer para ellos su verdadero bien, lo que Dios quiere: que sean santos y, por tanto, felices. La primera manifestación de caridad es el apostolado. También lleva a preocuparse de sus necesidades materiales. Comprender –hacer propias– las dificultades espirituales y materiales de los demás. Saber perdonar. Tener misericordia (cfr. Mt 5,7). «La caridad es paciente, es amable, no es envidiosa, (…) no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal…» (1 Co 4-5). La corrección fraterna (cfr. Mt 18,15).

5. El amor a uno mismo por amor a Dios

El precepto de la caridad menciona también el amor a uno mismo: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22,39). Hay un recto amor a uno mismo: el amor de sí por amor a Dios. Lleva a buscar para uno mismo lo que Dios quiere: la santidad y, por tanto, la felicidad (con sacrificio en esta tierra, con Cruz). Hay también un desordenado amor a sí mismo, el egoísmo, que es un amor a uno mismo por uno mismo, no por amor a Dios. Es poner la propia voluntad por encima de la de Dios y el propio interés por encima del servicio a los demás.

El recto amor a uno mismo no se puede dar sin lucha contra el egoísmo. Comporta abnegación, entrega de sí a Dios y a los demás. «Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16, 24-25). El hombre «no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás».

Javier López

El amor no muere nunca

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Alexander Zorin, un eminente intelectual y poeta ruso, de religión ortodoxa, reflexiona en este breve ensayo sobre las enseñanzas de Josemaría Escrivá

El amor no muere nunca. Esto lo saben bien sus hijos espirituales que acuden a él en sus oraciones y reciben su ayuda desde el más allá. Sus libros -unos 6 millones de ejemplares sin contar las traducciones a lenguas extranjeras- todavía llevan a Dios en la actualidad a nuestros compatriotas. Estoy en contacto epistolar con muchos de ellos y soy testigo del carácter saludable y curativo de la predicación del padre Alexander en la Rusia actual. Es la predicación de un sacerdote ortodoxo. abierto al mundo, a la cultura y a otras confesiones.

“San Josemaría me hizo ver que mi trabajo es servicio”

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Testimonio de Patrick Utomi, profesor de ciencias empresariales y consultor en Nigeria. “Mis primeros contactos con Josemaría Escrivá revisten un toque dramático. Un amigo mío aterrizó en mi casa a una hora inusual para la mayor parte de las personas: la medianoche”.

Patrick Utomi.

Mis primeros contactos con Josemaría Escrivá revisten un toque dramático. Un amigo mío, viajero empedernido, aterrizó en mi casa a una hora inusual para la mayor parte de las personas: la medianoche. Cuando estaba a punto de irse, me sugirió que le acompañara a un retiro espiritual en un centro del Opus Dei que está a menos de 10 minutos a pie desde mi casa. Acepté, más movido por el deseo de que se marchara cuanto antes, que por haberlo pensado mucho.

A la mañana siguiente vino a buscarme y fui con él sólo porque una promesa es una promesa… Tres horas después, las cosas habían cambiado. Lo que allí oí transfiguró totalmente mi existencia. Al final, compré el libro de homilías “Amigos de Dios”. El mes siguiente volví al retiro y compré más bibliografía. Esa misma tarde, llamé a otro amigo y le dije que había descubierto un tesoro que quería compartir con él. Fuimos juntos al siguiente retiro…

No volví a ver a mi amigo itinerante hasta un año después, pero el tesoro que me descubrió permanece conmigo: Un secreto. –Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos. –Dios quiere un puñado de hombres “suyos” en cada actividad humana. –Después… “pax Christi in regno Christi” –la paz de Cristo en el reino de Cristo. (Tomado de “Camino”).

Cuando me encontré por primera vez con estas ideas que animan a trabajar con seriedad y orden, para mejorar el propio prestigio, pensé que iban contra la humildad. Luego caí en la cuenta de que una persona que actúa con integridad y sentido de la justicia, que ama a su prójimo, si tiene a la vez prestigio, es un aliciente para que otros actúen de la misma manera, y de ese modo contribuye a iluminar los caminos de la tierra.

San Josemaría también me ha ayudado a entender mi trabajo como un servicio. Además de mi trabajo profesional, dedico tiempo a asociaciones civiles como “Concerned Professionals” que reúne a profesionales comprometidos con la democracia y el buen gobierno, y la sección nigeriana de “Transparency International”, una organización en pro de la honestidad civil.

Otro programa que he impulsado está dirigido a viudas. La idea nació al ver el estado lamentable de las viudas en muchas de las culturas nigerianas y los ritos humillantes a los que a veces se ven sometidas. El centro que hemos abierto ofrece consejo y capacitación a mujeres de escasos recursos, y les facilita el acceso a microcréditos y becas para sus hijos. Además, se ha creado una plataforma de ayuda común orientada a defender sus derechos”.


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