El amor a la Iglesia y al Papa en CAMINO.

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9 Gonzalo Aranda, José R. Villar

«¡Qué alegría, poder decir con todas las veras de mi alma: amo a mi Madre la Iglesia Santa!» (Camino, n. 518). «Gracias, Dios mío, por el amor al Papa que has puesto en mi corazón» (Camino, n. 573). En estas dos breves afirmaciones, se nos desvelan aquellos sentimientos de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, todavía sacerdote joven, hacia la Iglesia y el Papa. El transcurso del tiempo, escenario de la fiel correspondencia del Siervo de Dios, no haría sino afirmar, robustecer y comprobar con obras, opere et veritate, esas semillas esparcidas en su alma por el Divino Sembrador(1). Pero ya desde aquellos primeros años de su ministerio sacerdotal, en Camino recoge el profundo amor a la Esposa de Cristo y a su Vicario en la tierra, que se traduce en una sincera y espontánea expansión de alegría y acción de gracias a Dios, manifestando un amor firmemente enraizado en el corazón, que es proclamado con la absoluta seguridad de la fe.

Camino contiene la experiencia pastoral de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer acumulada en sus primeros años de actividad sacerdotal. La naturaleza de la obra nos sugiere la manera adecuada de acceder a su contenido. El autor no pretende una reflexión teológico-dogmática sobre los misterios de nuestra fe, aunque —como es natural— esos presupuestos subyacen en el vivir cristiano que presenta. Volveremos más adelante sobre este punto. En todo caso, su pretensión consiste en suscitar en el lector, ayudado de la gracia divina, deseos de conversión, de amor y de mejora espiritual(2). La formalidad propia de Camino apunta, pues, a la vida cotidiana del cristiano, a la traducción existencial de las exigencias de la fe. Algún lector podría sentirse decepcionado si buscase sólo reflexiones teológicas originales en las que fundamentar, por ejemplo, el inicio de la renovación eclesiológica de nuestro siglo, por citar el ámbito en que estamos situados. Este método conduciría a un error de óptica que invalidase los resultados(3). Con ello no queremos afirmar que Camino carezca de originalidad eclesiológica, sino que su objetivo no es ofrecer una teología producida en la serena quietud del estudio, y que posteriormente incida en la vida cristiana. Más bien —y aquí radica su valor— muestra una vida hecha realidad en el existir concreto del cristiano que obliga a la teología a replantearse algunos presupuestos no siempre completos. En este sentido, Camino es profundamente renovador con la perenne novedad evangélica(4).

El amor a la Iglesia y al Papa aparecen en Camino como una confidencia amistosa, y un testimonio personal de su autor. «Voy a remover en tus recuerdos para que se alce algún pensamiento que te hiera», advierte al lector al comienzo de sus páginas. En efecto, a través de expresiones rápidas, sugerentes, exhortativas y, en todo caso, iluminadoras, Camino incita a su interlocutor a despertar en sí mismo las virtualidades divinas que el Bautismo ha depositado en su ser. Subyace en sus palabras el sentido de que el cristiano ha sido llamado a una salvación personal, ciertamente, pero inserto en la comunidad de la nueva Alianza eterna, fundada en la Sangre redentora del Dios hecho Hombre(5). En Camino, las grandes realidades de nuestra vida en Cristo son trasladadas a cada cristiano en un tono íntimo, personal. El autor desea, de modo expreso, alcanzar con su pluma la vida corriente y ordinaria en que se desenvuelve su quehacer habitual. En este sentido, se entiende que el amor a la Iglesia y al Vicario de Cristo no aparezcan a golpe de argumento teológico, en que la fides quaerens intellectum prive sobre otras consideraciones. Más bien, Camino busca suscitar la fides quae per charitatem operatur (cfr. Gal 5, 6), una fe admitida sin vacilación que lleva, por su propia dinámica, a ser plasmada en una vida plena de caridad, de obras.

El amor a la Iglesia y al Romano Pontífice no son objeto, en consecuencia, de un tratamiento apologético o de un estudio teórico que alimente exclusivamente la inteligencia cristiana. Este proceso lo supone adquirido. Es, en cambio, un compartir con sus hermanos en la fe la alegría de servir a la Iglesia, el gozo en la contemplación del misterio, y hasta un grito de júbilo al saberse insertado de ese modo en Cristo. Claro está, todo ello supone una profunda teología hecha vida, o, si se quiere, una existencia teologal que, sin intentar una inquisición refleja sobre su fe, se expresa en sus manifestaciones más prácticas. En las más sencillas y elementales afirmaciones de Camino se esconde la secular riqueza de la fe de la Iglesia. Por eso, encontraremos en el libro un enlace natural con el patrimonio doctrinal cristiano: quod semper, quod ubique, quod ab omnibus, según la célebre expresión de S. Vicente de Lerins(6). Y, añadimos, no sólo con lo que siempre se ha creído, sino también con aquello que constantemente los hijos de la Iglesia han convertido en savia vivificadora de su existir cristiano(7).

Enseña San Pablo que Cristo amó a la Iglesia como su esposa entregándose a Sí mismo para santificarla (Eph 5, 25-26). El Apóstol desvela a los primeros cristianos de Efeso el rostro verdadero de la Iglesia: la Esposa santificada por Cristo. Con ello, nos introducimos en la primera muestra de amor de los miembros de la Iglesia. En efecto, la manifestación de amor adecuada de los hijos será reflejar en sus personas el carácter santo de tal Madre que les ha engendrado en Cristo. Esa santidad ontológica de la Iglesia, derramada desde su Cabeza a los miembros, impulsa a los cristianos a manifestar en sus vidas los «frutos de gracia que el Espíritu produce en los fieles»(8). En realidad, podría decirse que todo el contenido de Camino refleja esa dimensión del amor filial para con la Iglesia, ya que no pretende otra cosa que facilitar la santidad personal, muy particularmente de aquellos que constituyen la mayoría de sus miembros, los laicos. A ellos muestra que el mundo, donde se saben inmersos, no es algo circunstancial a lo que deben hacer frente, sino la materia de su santidad y, también, el modo específico de su camino eclesial; de este modo asumen in Christo et in Ecclesia las realidades creadas, forjando la continuidad con el desenlace final de la historia, con el momento en el que Cristo ceda su dominio al Padre y Dios sea todo en todas las cosas (cfr. 1 Cor 15, 28).

Las confidencias personales del autor de Camino tienen, pues, una intencionalidad bien clara, que se percibe a la luz del prólogo mismo: que el lector entre también por caminos de santidad, por las sendas de una vida cristiana conforme a su nuevo nacimiento en Cristo, y obre coherentemente con su nuevo ser, como miembro del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. La manifestación del amor por ella será engalanar la Iglesia-Madre con las virtudes de los hijos.

De una manera más inmediata, a lo largo de todo el libro, y particularmente en los puntos 517 a 527 —puestos bajo el título La Iglesia— el autor quiere despertar y consolidar ese amor por la Esposa Inmaculada: de modo paulatino, cobran relieve los fundamentos de ese amor, sus características, sus exigencias y, en fin, sus manifestaciones. Naturalmente, todo ello no aparece de forma sistemática, sino al hilo de los diversos apartados, que conducen al lector a tomar en serio y a responder decididamente a la vocación divina. Incluida en esa vocación, emerge una dimensión intrínseca a la existencia cristiana: no es posible ser plenamente cristiano y católico sin un profundo amor a la Iglesia y al Papa. Toda la conducta cristiana debe dejarse impregnar de un amoroso sentire cum Ecclesia, traducción visible de la unión fecunda del sarmiento con la Vid, Cristo (cfr. Ioh 15, 5)(9). Y, como criterio inmediato de esa vida de comunión, el cristiano mira al Obispo de Roma, principio visible de la unidad de la Iglesia(10).

El fundamento del amor a la Iglesia

El amor a la Iglesia es, en Camino, algo connatural al cristiano. Brota espontáneamente de la meditación sobre la naturaleza de la Iglesia y aparece unido inseparablemente con el amor a Jesucristo, inserto en el proceso de identificación con Él. No se puede separar el Cuerpo de su Cabeza, ni la Esposa del Esposo. La fe en Jesucristo contiene la fe en la Iglesia.

a) La fe en la Iglesia

Gracias al magisterio del Concilio Vaticano II poseemos en nuestros días una guía segura para penetrar, desde la fe, en el «misterio de la Iglesia». En efecto, la Iglesia es una realidad sobrenatural, que entra en el contenido del acto de fe. Como tal la profesamos en el Credo, desde los primeros Símbolos. La Iglesia, vinculada en su origen en el tiempo con la Encarnación del Verbo redentor(11), lleva en su naturaleza, en su origen, en su desarrollo y en su destino final la señal del misterio de Dios Uno y Trino. Esta Iglesia, en la que Cristo se hace presente en el mundo(12), es a la vez palpable y presente en la vida humana, aun siendo trascendente a su visibilidad histórica. Es el reinado de Cristo in mysterio, creciendo hacia la consumación final(13).

Para comprender lo que la Iglesia es hay que contemplarla con la visión elevada por el don de la fe, y así se llega, antes que a una comprensión intelectual —por la que se esfuerzan los teólogos, aun conscientes de que nunca llegarán a agotarla—, a una vivencia interior, una participación connatural en la ciencia divina que produce sabiduría y gozo. Es significativo, a este respecto, encontrar ya en el primer punto de Camino dedicado a la Iglesia una incitación a la meditación del misterio, tomado espontáneamente de las palabras del Credo: «”Et unam, sanctam, catholicam et apostolicam Ecclesiam!…” —Me explico esa pausa tuya, cuando rezas, saboreando: creo en la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica…» (Camino, n. 517). Estas palabras nos sitúan ante el misterio de la Iglesia, que es realidad de gracia invisible e, inseparablemente, una concreta comunidad visible en la tierra. Se trata de la Iglesia de Jesucristo, reconocida en las cuatro notas clásicas, es decir, aquellas propiedades de la naturaleza de la Ecclesia in terris, que la tradición y la teología han explicitado desde el artículo del Símbolo profesado, y que sólo se dan en la Iglesia Católica como realidad histórica visible. El encuentro salvador con Cristo sólo es posible en su comunidad de salvación, en la Iglesia que Cristo quiso(14). No hay vida plenamente cristiana, de Cristo, al margen de su Iglesia. Esta visibilidad institucional no es un puro accidente necesario a nuestra condición humana y, en este sentido, desprovisto de significado salvífico. La fe lleva a aceptar que Cristo ha establecido la dimensión institucional (sacramentos, jerarquía, etc.), como medio de salvación, instrumento de una mediación de gracia: la Iglesia «es en Cristo como un Sacramento, o sea signo e instrumento de la unión con Dios y de la unidad de todo el género humano»(15). La fe en la Iglesia se reconduce a la fe en Cristo, que la ha dotado de eficacia; la decisión ante la Iglesia comporta una toma de posición frente a Cristo (cfr. Lc 10, 16). Ese gusto espiritual —«saboread», dice el autor(16)— en la unidad, santidad, catolicidad y apostolicidad, encierra la confesión de fe más nuclear en la continuidad histórica de Cristo en la Iglesia. Cristo, hoy, sigue ofreciendo la salvación a cada hombre, en una comunidad concreta y delimitada.

Pero si la fe es elemento que edifica la vida cristiana in Ecclesia, Camino no olvida que, junto a la fe, están los sacramenta fidei: «¡Qué bondad la de Cristo al dejar a su Iglesia los Sacramentos! —Son remedio para cada necesidad. —Venéralos y queda, al Señor y a su Iglesia, muy agradecido» (n. 521). La Iglesia, dispensadora de los canales de la gracia, hace accesible, hic et nunc, el contacto salvífico con Cristo. Pero es al Señor a quien se dirige, en primer lugar, el agradecimiento, ya que quiso, en su infinita bondad, una nueva economía de gracia por medio de signos eficaces. Cristo mismo sigue actuando por medio del gran sacramento de la Iglesia. Ante la misericordia divina, nos sugiere Camino, sólo cabe amor, veneración, gratitud.

b) El reino de Cristo en la Tierra

La Iglesia es de Jesucristo. Ella es su cuerpo, su Esposa; Él su Cabeza, su Señor. Sólo en su nombre y, aún más, porque Él mismo actúa en Ella, la Iglesia puede ofrecer remedio a las necesidades más profundas del hombre. Pero esto exige dejar paso al dominio de Cristo en los corazones humanos, que les hace verdaderamente libres de las esclavitudes del pecado. He aquí otro motivo de amor a la Iglesia, que no pasa inadvertido a la meditación de Camino.

Ese señorío de Cristo, presente en muchos puntos del libro, lo describe el autor como una realización conjunta del poder de la gracia divina y la libre correspondencia humana. La Iglesia se muestra así como el ámbito del reinado de Cristo que se establece por la Palabra de Dios que, en la Iglesia, suscita la respuesta de fe; y por los sacramentos, que realizan verdaderamente lo anunciado. El cristiano que deja crecer el Reino en su vida, deviene portador del reinado de Cristo, con su vida santa y con su apostolado: «(…) Si eres generoso…, si correspondes, con tu santificación personal, obtendrás la de los demás: el reinado de Cristo (…)» (Camino, n. 833). El cristiano debe identificarse con un deseo apasionado de extender el reino de Cristo —«¡Dios y audacia! —”Regnare Christum volumus!”», escribiría en el punto 11— que lleve a sembrar, en nuestro caminar terreno, un germen verdadero del Reino: «(…) —Dios quiere un puñado de hombres “suyos” en cada actividad humana. —Después… “pax Christi in regno Christi” —la paz de Cristo en el reino de Cristo» (n. 301).

Veinticinco años después de la primera edición de Camino en 1939, el Concilio Vaticano II enseñaría que toda la Iglesia recibe la misión de anunciar el reino de Cristo y de instaurarlo. Ella misma viene a ser, hic in terris, su germen y principio(17). Cada cristiano participa en dicha misión. En Camino subyace esa comprensión de la relación existente entre la Iglesia y el reino de Cristo, y especialmente el papel de cada cristiano en su edificación, expuesto en ese diálogo directo con el lector que caracteriza la obra del Siervo de Dios. A través de la Iglesia, el cristiano construye un Reino —con Cristo—, que, sin duda, se consumará en el tiempo escatológico, pero ya ahora se edifica. Ésta será una de las razones para amar a la Iglesia y entregarse con alegría al apostolado: «”Et regni ejus non erit finas”. —¡Su Reino no tendrá fin! ¿No te da alegría trabajar por un reinado así?» (n. 906).

Porque la Iglesia es ya el reino de Cristo en su inicio, y Él es su fundamento actual y perenne, Camino transmite esa seguridad que confiere la promesa de la indefectibilidad; la Iglesia, que peregrina entre «las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios», como recordaba el Obispo de Hipona, no decaerá. Esa misma convicción de siempre debe sostener la fe del cristiano ante la persecución y la contradicción —«el árbol de la Iglesia no hay viento ni huracán que pueda arrancarlo»— que Dios permite, en ocasiones, como purificación(18). En cierto modo, la suerte está decidida de modo definitivo. Pero el poder soberano de Dios pide una condición para desplegarse: «Dios es el de siempre. —Hombres de fe hacen falta: y se renovarán los prodigios que leemos en la Santa Escritura. —”Ecce non est abbreviata manus Domini”. El brazo de Dios, su poder, no se ha empequeñecido!» (n. 586). El autor quiere situarnos en la perspectiva precisa, ante la fácil tentación de una visión meramente humana de la acción de la Iglesia. En efecto, es el Señor quien sigue obrando entre los hombres cuando encuentra fe. Los prodigios, las intervenciones salvadoras de Dios que nos narra la Sagrada Escritura se dan ahora también en su nuevo Pueblo, pero —como tantas veces nos advierten los Evangelios— Cristo exige la fe en Él.

No es Camino un libro que incite a desear los hechos espectaculares en la Iglesia, o a solicitar las intervenciones relampagueantes de la omnipotencia divina. Ciertamente, serán necesarias en ocasiones. Sin embargo, del entero libro se transparenta ese amor por la acción extraordinariamente habitual de Dios en nuestras vidas. Es ilustrativo, a este respecto, todo el capítulo dedicado a Cosas pequeñas. Grave despropósito sería para el cristiano descuidar, tener en poco, los cauces habituales en que el Señor, en la Iglesia, sigue realizando silenciosos prodigios: la vida sacramental, la oración, la formación en la fe, dejarse guiar por la atención pastoral y materna de la Iglesia. El amor y fe en Cristo comportan amor y fe en la Iglesia, donde se incoa el reino, que crece, hoy y ahora, pero in mysterio, es decir, desvelado sólo para una mirada de fe.

c) El cristiano, hijo de la Iglesia: implicado en su misión

El amor a la Iglesia se fundamenta en que es obra de Cristo. Él la fundó, le envía su Espíritu, y sigue presente, operativo y eficaz, en ella y a través de ella. La Iglesia, enviada por Él al mundo universo, recibe la misión de anunciar y realizar la salvación efectuada una sola vez por la Sangre de su Señor. Camino lleva a cada cristiano a sentirse parte implicada en la misión: «”Id, predicad el Evangelio… Yo estaré con vosotros…” —Esto ha dicho Jesús… y te lo ha dicho a ti» (n. 904). Quiere despertar, con estas palabras, esa «memoria» cristiana de la misión, custodiada en la Escritura y Tradición(19).

En efecto, se da una continuidad real entre los discípulos inmediatos de Jesús, los que vinieron a continuación en generaciones sucesivas y los que hoy formamos la Iglesia en el siglo xx. En cierto modo, el autor describe la Iglesia como una gran familia, la «familia de Dios» de que habla el Apóstol (cfr. Eph 2, 19-22; LG, n. 6), en la que existen unas costumbres familiares, una tradición, unos vínculos íntimos sobrenaturales entre sus miembros; y, en fin, un destino común, una misión solidaria, para la que poseemos unos medios: el Crucifijo y el Evangelio(20). A los Apóstoles se les llama en ocasiones «los primeros»(21), indicando de este modo que los demás formamos una cadena que les alcanza en el tiempo, pero, sobre todo, que «los primeros» —los Apóstoles, los discípulos, los que acogieron la Buena Nueva desde Pentecostés— determinan con su vida unas conductas normativas para las generaciones posteriores, un espíritu que se transmite hecho vida. En primer lugar está, naturalmente, el ejemplo del Maestro(22). Después, la conducta apostólica: «Bebe en la fuente clara de los “Hechos de los Apóstoles” (…)» (n. 570); y la de los discípulos: «(…) procura conocer e imitar la vida de los discípulos de Jesús, que trataron a Pedro y a Pablo y a Juan, y casi fueron testigos de la Muerte y Resurrección del Maestro» (n. 925).

Conocer, vivir y amar aquellos primeros pasos de la Iglesia no será tanto un puro conocimiento, algo frío y lejano en el fondo, como tratar de incorporarse plenamente a una comunión de fe, esperanza y amor con los primeros en el tiempo.

La conciencia de participar de una misma fe, sacramentos y de idéntica misión —cumplir «un mandato imperativo de Cristo»(23)—, nos introduce, pues, en una perspectiva solidaria, «familiar» decíamos antes, de la naturaleza de la Iglesia. El cristiano no puede contemplar la Iglesia como algo que le es ajeno, aquello que se observa y juzga exteriormente. Atentaría contra sí mismo; él mismo quedaría incomprensible al margen de su Familia. Ha de sentirse un miembro más, llamado por vocación divina. Camino reafirma esta visión sobre el modo de ser y vivir in Ecclesia, cuando enfoca la relación de cada miembro con la Iglesia como una relación filial, el vínculo amoroso que une a un hijo con su Madre. Basta recordar a S. Cipriano y S. Agustín para comprobar que nos hallamos ante el patrimonio genuino de la Tradición(24). La relación filial con la Iglesia aparece fuertemente personalizada: la Iglesia es «mi Madre»; «yo soy hijo de la Iglesia»(25).

El amor surgirá como la manifestación más natural, apareciendo el rechazo, el desamor, como una aberración. La Iglesia es Madre que engendra hijos a la vida sobrenatural, los alimenta y robustece con los sacramentos —especialmente la Eucaristía—, que les enseña los misterios divinos. Al considerar la Iglesia como Madre, cada cristiano puede hacer suyas aquellas palabras que el Salmista cantaba sobre Jerusalén: Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti; si no pongo a Jerusalén en el centro de mi alegría (Ps 137, 6). En efecto, la Iglesia es llamada en la Sagrada Escritura nuestra madre y la Jerusalén celestial. La llama así S. Pablo en Gal 4, 26 estableciendo una contraposición entre la Jerusalén histórica, representada en Agar, la esposa esclava de Abraham, y la Iglesia como pueblo nacido de la nueva Alianza representada en Sara, la esposa libre. La Iglesia es la Jerusalén de arriba, libre; y si a Jerusalén se le dice Madre, porque todos han nacido en ella (Ps 137, 5), cuánto más, esto mismo se dice ahora a la Iglesia, en la que hemos nacido como hijos de Dios.

Algunas características del amor a la Iglesia

El amor a la Iglesia se fundamenta en una profunda visión de fe en su naturaleza: la mediación visible por la que Cristo sigue actuando en la historia; el reinado de Cristo, desarrollándose en el tiempo; la comunión de los discípulos de Jesucristo, desde los Apóstoles a nosotros; nuestra Madre, de la que hemos nacido a la vida de la Gracia. Motivos todos ellos por los que la Iglesia es digna de amor, veneración y fidelidad.

No encontramos en el curso de la lectura de Camino una definición teórica, sistemática y detallada, de lo que es el amor a la Iglesia. En cambio, podemos percibir los sentimientos que acompañan dicho amor, los rasgos característicos que presenta. En este sentido, el autor obra de modo natural: el amor se vive, en primer lugar; posteriormente, se describe, se refleja expresamente, y, con todo, nunca se termina de transmitir por entero hasta que no se experimenta de modo personal. En el fondo, el amor a la Iglesia es un don de Dios. Por eso, Camino no intenta tanto convencer a su lector como acompañarle en un «camino» interior, descubriéndole la belleza de la Iglesia, en espera de que la gracia le remueva e incite a unirse a su admiración.

a) El amor a la Iglesia lleva a captar, en una experiencia habitual y ordinaria, los reflejos de la esencia íntima de la Iglesia: la Comunión de los Santos. «Vivid una particular Comunión de los Santos: y cada uno sentirá, a la hora de la lucha interior, lo mismo que a la hora del trabajo profesional, la alegría y la fuerza de no estar solo» (n. 545). Vivir en la Iglesia es, radicalmente, dejarse inundar por la vida de comunión con Dios y con la humanidad (cfr. Const. Dogm. Lumen gentium, n. 1); con ello, la fraternidad cristiana, lejana de una ilustrada filantropía, resulta una conducta anclada en Cristo: «”Saludad a todos los santos. Todos los santos os saludan. A todos los santos que viven en Éfeso. A todos los santos en Cristo Jesús, que están en Filipos”. —¿Verdad que es conmovedor ese apelativo —¡santos!— que empleaban los primeros fieles cristianos para denominarse entre sí? —Aprende a tratar a tus hermanos» (Camino, n. 469). De esta convicción de «vivir entre santos», ajena a una concepción paradisíaca que ignorase la caída original(26), surgen las exigencias amables de la fraternidad eclesial: la caridad silenciosa(27), la lealtad incondicional a los hermanos en la fe(28), etc.; en definitiva, la fortaleza que todos los hijos de la misma Madre han de prestarse entre sí(29).

Amar a la Iglesia supone sentir con ella, ser partícipe de sus alegrías y sufrimientos, vivir prácticamente la gozosa realidad de la comunión de los santos, abrazando, más allá de nuestra generación, a todos los que nos han precedido. Unidos en la penitencia(30), de nuestra generación, a todos los que nos han precedido. Unidos en la penitencia(30), contemplando en el cuerpo los sufrimientos de Cristo por su Iglesia (cfr. Col 1, 24); unidos en el afán apostólico, por amor a Jesucristo(31).

b) Otra característica del amor a la Iglesia, fuertemente reflejada en Camino, es la dimensión universal que adquiere ese amor. La Iglesia es «Católica», «universal»; asume todo afán noble, y verdaderamente humano, en Cristo: «¡Católico!: corazón grande, espíritu abierto», exclamará el autor(32). El horizonte del hijo de la Iglesia es el mundo entero, que desborda un espíritu empequeñecido, de cortos vuelos. Amar a la Iglesia supone amar en Cristo y para Cristo todas las realidades humanas salidas del amor creador de Dios.

El amor a la Iglesia impele, a su vez, a reconocer la acción del Espíritu Santo, que actúa donde quiere y como quiere. Supone alegrarse por el trabajo que otros realicen en servicio de la Iglesia: «Es mal espíritu el tuyo si te duele que otros trabajen por Cristo sin contar con tu labor»(33). Denotaría un falso amor el espíritu exclusivista, que desconfiase por principio o viese con prejuicios cualquier iniciativa o movimiento apostólico que surja en el seno de la Iglesia. En la Iglesia debe haber muchos caminos, nos recuerda en el punto 964: «(…) para que todas las almas puedan encontrar el suyo, en esa variedad admirable (…)». Tal diversidad no atentará a la unidad de la Iglesia, cuando el Espíritu Santo está en su origen, pues el Espíritu la unifica en comunión y ministerio, la provee y gobierna con diversos dones jerárquicos y carismáticos, y la embellece con sus frutos (cfr. Const. Dogm. Lumen gentium, n. 4). No cabe sino alegrarse y amar tal variedad: «Alégrate, si ves que otros trabajan en buenos apostolados. —Y pide, para ellos, gracia de Dios abundante y correspondencia a esa gracia (…)» (Camino, n. 965)(34).

Exigencias fundamentales del amor a la Iglesia

El cristiano, si es consciente de su vocación, no puede dejar de sentir en su persona el reflejo de la santidad de la Iglesia; y, juntamente, su participación en la misión a ella confiada. Por el primer título, es impulsado a traslucir en su vida el espíritu de su Madre Santa. El amor a la Iglesia comportará, en segundo lugar, un estímulo constante para cumplir con mayor fidelidad la parte que le corresponde en la misión; y ese mismo amor le llevará a defenderla, a amarla en sus instituciones y a vibrar interiormente con la vida de la Iglesia.

a) Aludimos al comienzo de estas páginas a la santidad de la Iglesia. En efecto, la Iglesia aparece en la historia y en el mundo como el pueblo santificado por la sangre de Jesucristo; gens sancta, pueblo santo, lo llama S. Pedro en su primera epístola (1 Pet 2, 9). La Iglesia es la Esposa del Cordero Inmaculado. Y el Concilio Vaticano II parte, precisamente, de esa santidad de la Iglesia para recordar a los cristianos las exigencias de su vocación bautismal: «por ello, todos, lo mismo quienes pertenecen a la Jerarquía que los apacentados por ella, están llamados a la santidad» (Const. Dogm. Lumen gentium, n. 39). El Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, durante toda su vida, convirtió en eje de su ministerio sacerdotal, desde los primeros años, remover en los cristianos su conciencia de estar llamados a la santidad. En Camino, la llamada universal a la santidad y al apostolado resuena en todas partes, y va dirigida, particularmente, a los cristianos corrientes: «Tienes obligación de santificarte. —Tú también. —¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: “Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto”» (n. 291)(35).

Porque la Iglesia es Santa, la primera muestra de amor es buscar la santidad personal y la de los demás miembros de la Iglesia. Este es el mejor servicio a la Iglesia y la manera adecuada de pertenecer en plenitud a la Iglesia. Para Camino, pensar en el daño que representa la infidelidad es un fuerte estímulo para la propia responsabilidad: «Tendrás más facilidad para cumplir tu deber al pensar en la ayuda que te prestan tus hermanos y en la que dejas de prestarles, si no eres fiel» (n. 549).

b) La santidad personal comporta de forma ineludible la misión apostólica. Es otra exigencia del amor. Antes considerábamos el personal compromiso apostólico que el autor descubre a cada uno: «”Id, predicad el Evangelio…” (…) te lo ha dicho a ti» (cfr. n. 904). En Camino se anticipan —como es sabido— una serie de características sobre la misión propia de los fieles laicos que posteriormente describirá la Constitución Dogmática Lumen gentium del Concilio Vaticano II. Especialmente, cuando el Concilio resalta la vocación de los laicos al apostolado y cuando señala su contribución específica y necesaria en la misión de la Iglesia (cfr., p. ej., Const. Dogm. Lumen gentium, n. 33).

Naturalmente, las afirmaciones de Camino al respecto no aparecen expresadas en un lenguaje académico. Son más bien, como corresponde al género del libro, pautas para un desarrollo concreto. No es momento de detenernos en este tema, abundantemente estudiado, por otra parte. En definitiva, se trata de enfrentar al cristiano con su condición y, por tanto, iluminarle en su actuación en medio de la sociedad, en el lugar en que Dios le encuentra, o mejor, con palabras del Concilio, allí donde le ha llamado: ibi a Deo vocantur (cfr. Const. Dogm. Lumen gentium, n. 31).

El autor, sabedor de que su lector habitual formará parte de la imponente cantidad de miembros del Pueblo de Dios empeñados en los afanes humanos junto con sus hermanos los hombres, es consciente de que su actividad mantendrá una característica secular y, por tanto, respetuosa con el valor propio de las realidades creadas. En esto se manifiesta también el amor a la Iglesia: «Cuando bullen, “haciendo cabeza” de manifestaciones exteriores de religiosidad, gentes profesionalmente mal conceptuadas, de seguro que sentís ganas de decirles al oído: ¡Por favor, tengan la bondad de ser menos católicos!» (n. 371). Formulación paradójica del autor, con la que quiere defender a la Madre de los defectos de sus hijos.

Sin embargo, porque la actividad de la mayoría de los cristianos no responde a un mandato oficial eclesiástico, cabe la tentación errónea de pensar que, en cierto modo, su conducta secular está lejana de su vocación divina o, incluso, que no tienen puntos de contacto. Y, no obstante, sin ser su actuación cotidiana algo eclesiástico, es eclesial: nunca se deja de ser miembro de la Iglesia. Y su amor a la Iglesia se manifestará en la inquietud apostólica («Pequeño amor es el tuyo si no sientes el celo por la salvación de todas las almas (…)» (n. 796); en sentirse implicado, allí donde se desarrolle su actividad, en la misión apostólica de todos: «Ten presente, hijo mío, que no eres solamente un alma que se une a otras almas para hacer una cosa buena. Esto es mucho…, pero es poco. —Eres el Apóstol que cumple un mandato imperativo de Cristo» (n. 942). Un mandato que impulsa a cumplir su misión en su lugar concreto de trabajo, en la sociedad; sin convertir en eclesiásticos, obviamente, los ambientes en que se desarrolla su quehacer, pero sin olvidar ese sentire cum Ecdesia, es decir, su condición de cristiano y que ahí ha sido llamado por Dios para impregnar esas realidades con el espíritu del Evangelio, para trabajar por el Reino de Cristo(36). Camino nos recuerda lo absurdo que sería una doble vida del cristiano que prescindiese de su condición a la hora de estar presente en la edificación de la sociedad humana. Una actitud así, que redujera la operatividad de la fe al ámbito meramente intraeclesial, desvirtuaría la aportación propia y específica de los laicos(37). Al católico se le pide serlo en todas las circunstancias de la vida. Aún más, debe estar dispuesto a sacrificar todo para servir «(…) aun a costa de la hacienda, de la honra y de la vida, a la Iglesia de Dios» (n. 519); dispuesto a soportar todo propter electos, por la salvación de sus hermanos, como San Pablo(38).

c) El cristiano es miembro de la comunidad humana y también —no puede olvidarlo— de la Iglesia. Su amor por Ella le conducirá, sin esperar otros títulos —¡con el bautismo—, a defender a su Madre como buen hijo. Camino señala la especial responsabilidad que incumbe en este ámbito a aquellos católicos cuyo trabajo —en los medios de comunicación social, o por su cargo en la vida política o por su preparación científica— tienen una actividad de gran influencia social, para que nunca, por sus actuaciones, se pueda perjudicar a la Iglesia: «¡Cuántos crímenes se cometen en nombre de la justicia! —Si tú vendieras armas de fuego y alguien te diera el precio de una de ellas, para matar con esa arma a tu madre, ¿se la venderías?… Pues, ¿acaso no te daba su justo precio?… —Catedrático, periodista, político, hombre de diplomacia: meditad» (n. 400).

Será necesario siempre defender a la Iglesia; no es el discípulo más que el Maestro y, como Él, la Iglesia aparecerá siempre entre los hombres como signo de contradicción. En cierto modo, la fidelidad a Jesús parece llevar ese sello de autenticidad. Y, no obstante, la invitación evangélica a asemejarse a la candidez de la paloma incluye la astucia de la serpiente. Quizá una caricatura de la verdadera humildad —muchas veces originada en el desinterés personal— ha permitido, como testimonia la historia, dejaciones de derechos por parte de los cristianos —en ocasiones impuestas por la violencia, ciertamente— repitiéndose el hecho del Evangelio: brota la cizaña en la Viña del Señor. Inimicus horno hoc fecit (Mt 13, 28). Otras veces, un complejo de inferioridad frente a un mundo avasallador en sus conquistas técnicas y científicas parecía hacer refugiarse a los cristianos en un «fideísmo práctico», la fe de carbonero —profundamente legítima por otra parte, pero, sin duda, peligrosa para nuestros tiempos—, más producida por una retirada del frente de batalla que por otros motivos. Se entiende, pues, que Camino no pacte con ese estado de cosas: «Antes, como los conocimientos humanos —la ciencia— eran muy limitados, parecía muy posible que un solo individuo sabio pudiera hacer la defensa y apología de nuestra Santa Fe. Hoy, con la extensión y la intensidad de la ciencia moderna, es preciso que los apologistas se dividan el trabajo para defender en todos los terrenos científicamente a la Iglesia. —Tú… no te puedes desentender de esta obligación» (n. 338). Una manifestación, opere et veritate, de amor a la Iglesia será, entonces, procurar el cultivo de la inteligencia elevada con la luz de la fe, y alimentada con la doctrina de Jesucristo.

Si el amor hace sentir a los hijos cualquier ataque a la Madre como hecho a uno mismo, sería lamentable que, aparcando el sentido común, hubiera cristianos que —por ingenuidad, o por inconfesables intereses egoístas— coreasen a aquellas personas que, de una u otra forma, tratan irrespetuosamente a la Iglesia, su fe o sus instituciones. Refiriéndose a posibles —y reales— ataques a la Iglesia desde el terreno científico, nos aconseja: «Servir de altavoz al enemigo es una idiotez soberana; y, si el enemigo es enemigo de Dios, es un gran pecado. —Por eso, en el terreno profesional, nunca alabaré la ciencia de quien se sirve de ella como cátedra para atacar a la Iglesia» (n. 836). El consejo sigue siendo actual.

d) Las expresiones en que se concreta el amor a la Iglesia en Camino no se reducen a una actitud de defensa frente a las asechanzas externas. Es natural que el amor lleve, de modo primario, al reconocimiento de las magnalia Dei, de la acción de Dios, de la grandeza del obrar divind en su Iglesia.

Camino nos incita, como una exigencia derivada del amor, al aprecio y veneración, por ejemplo, del don del sacerdote ministerial, fundado en esa representación de Cristo que es el sacerdote: «El Sacerdote —quien sea— es siempre otro Cristo» (n. 66); o también al respeto por el carisma religioso, en sus múltiples expresiones queridas por el Espíritu: «Si no tienes veneración suma por el estado sacerdotal y el religioso, no es cierto que ames a la Iglesia de Dios» (n. 526). El motivo de ese amor se reconduce, en consecuencia, a la fe en la presencia de Cristo en sus ministros, en un caso; o al reconocimiento del don de Dios a la Iglesia, en el segundo.

e) En fin, no podía faltar en la obra del Siervo de Dios, en la que vibra por la santidad de la Iglesia, una referencia profunda y radical a la liturgia, a la oración del Cuerpo místico de Cristo, Cabeza y miembros. Constituye, por así decir, la vida interior de la Iglesia que debe nutrir la vida personal del cristiano. De otra parte, un miembro de la Iglesia debe reconocer en la liturgia un motivo más de agradecimiento a Dios, que ha querido esa economía de gracia accesible al hombre, traducida en signos; especialmente agradecido se debe mostrar —lo veíamos antes— con aquellos signos que realizan eficazmente lo significado, los sacramentos (en los que actúa el mismo Cristo: cfr. n. 521). Toda la vida litúrgica, no obstante, hace presente —de diverso modo— el misterio cristiano. Por ello, es digna de veneración y necesaria: «Ten veneración y respeto por la Santa Liturgia de la Iglesia y por sus ceremonias particulares. —Cúmplelas fielmente. —€No ves que los pobrecitos hombres necesitamos que hasta lo más grande y noble entre por los sentidos?» (n. 522). Respeto que Camino extiende al cuidado y esplendor con el que se ha de tratar todo lo relacionado con el culto divino. El amor al Señor, a la Iglesia, a la liturgia, lleva a no escatimar nada ante la magnificencia divina, según muestra la escena evangélica de Mt 26, 6-13, interpretada en Camino, n. 527: «Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios. —Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco. —Y contra los que atacan la riqueza de vasos sagrados, ornamentos y retablos, se oye la alabanza de Jesús: “Opus enim bonum operata est in me” —una buena obra ha hecho conmigo».

Sentire cum Ecclesia, en la vida litúrgica, implica cultivar la vida interior en consonancia con la oración «familiar» de la Iglesia; orar con la liturgia: «Tu oración debe ser litúrgica. —Ojalá te aficiones a recitar los salmos, y las oraciones del misal, en lugar de oraciones privadas o particulares» (n. 86); cantar con la liturgia(39); encontrar en su solemne sobriedad el paso de Dios entre los hombres(40). Hasta en los detalles más pequeños, el autor de Camino descubre la manifestación de una fe viva, la serena presencia de Dios ante la que el hombre reconoce su soberanía, el honor de Dios(41).

Todo lo cual lleva también a apreciar las ricas expresiones de fe que encierran las devociones populares: «¿Quién te ha dicho que hacer novenas no es varonil? —Varoniles serán esas devociones, cuando las ejercite un varón…, con espíritu de oración y de penitencia» (n. 574).

El amor al Papa

Decíamos al comienzo de estas páginas que el amor a la Iglesia constituye uno de los hilos conductores de Camino con los que se va enriqueciendo el tejido sobrenatural de la existencia cristiana, En el contenido de ese amor a la Iglesia no puede faltar el amor al Romano Pontífice. Para el autor de Camino, el Papa es sencillamente —con todo lo que implica— «Pedro», el pescador de Galilea llamado por Cristo a ser roca firme sobre la que se habría de apoyar la fe de sus hermanos, una fe segura porque cuenta con la oración infalible de Cristo (cfr. Lc 22, 32).

El Papa, sea quien sea, es Pedro y, en consecuencia, es el camino seguro para llegar a Cristo: «Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam», nos propone el autor como una orientación para la vida cristiana en el n. 833. El Romano Pontífice es contemplado, pues, en su calidad de Sucesor de Pedro, Cabeza visible de la Iglesia. Ciertamente, el Papa —dirá la teología— no posee todas las prerrogativas que tuvo Pedro, como testigo directo de la vida de Jesús. No se trata en Camino de elaborar una teología del primado, sino de suscitar la fe que reconoce en el Papa la presencia perpetua del ministerio petrino de unidad, de comunión. De igual modo que el Apóstol de las gentes decidió, movido por la fe en el ministerio de Pedro en la Iglesia, ir a Jerusalén tras su conversión «videre Petrum», para «ver a Pedro» (cfr. Gal 1, 18), así en Camino el autor nos invita a afianzar el sentimiento de ser hijo de la Iglesia, el gozo de pertenecer a la Iglesia Católica Romana, por el reconocimiento del Vicario de Cristo en la tierra: «Católico, Apostólico, ¡Romano! —Me gusta que seas muy romano. Y que tengas deseos de hacer tu “romería”, “videre Petrum”, para ver a Pedro» (n. 520).

Los deseos de comunión y el ferviente amor al Papa son considerados en Camino como un don de Dios, que hemos de saber agradecer: «Gracias, Dios mío, por el amor al Papa que has puesto en mi corazón» (n. 573). En efecto, aunque el amor al Papa puede ser cultivado y acrecentado en nuestro corazón, no deja de ser, en último término, fruto de la acción del Espíritu Santo que es el alma de la Iglesia y el que pone la semilla de la unidad en el corazón de todos los cristianos.

En conclusión, el amor a la Iglesia y al Papa en Camino no es un sentimiento periférico o accidental, sino que constituye una de las líneas de fuerza más profundas del contenido del libro, junto con la filiación divina y la llamada del cristiano a vivir la santidad en medio del mundo, en el trabajo ordinario. El amor a la Iglesia adquiere una dimensión bien concreta en el amor a las realidades visibles en las que ésta se manifiesta y se despliega en la historia: la liturgia, la doctrina, el Papa, el estado sacerdotal, los hermanos en la fe, y todos los hombres, pues todos están llamados a participar en la salvación que Cristo ofrece mediante la Iglesia. De ahí que el amor a la Iglesia sea una fuerza que estimula al cristiano a la búsqueda de la santidad y al apostolado. Y, precisamente, a la consecución de la santidad en medio de las realidades temporales, pues es ahí donde la Iglesia tiene su punto de inserción en el mundo para santificarlo desde dentro.

Este amor a la Iglesia, concreto y operativo, se percibe en Camino como un don de Dios al hombre, algo que el mismo Señor ha puesto en el corazón del cristiano y, en su caso, del autor del libro. Se entronca así con la virtud teologal de la caridad, ya que el amor del Cristiano a la Iglesia es participación del mismo amor con que la ama Cristo. El cristiano ama entonces a la Iglesia con ese amor de Dios y de Cristo que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rom 5, 5). El cristiano puede contemplar en la Iglesia la bondad y el amor de Dios que se nos ha manifestado en Cristo y nos llega a través de las acciones sacramentales de la Iglesia. Considerando la realidad sobrenatural, y humana al mismo tiempo, de la Iglesia, se comprende la verdad profunda del amor, que consiste no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiación por nuestros pecados (1 Ioh, 4, 10). Así, realmente, el amor a la Iglesia es un don de Dios, pero un don que está orientado a suscitar en el cristiano unos sentimientos de gozo y de fidelidad a la Iglesia que impregnan toda su existencia.

(1) Años más tarde, Mons. Escrivá de Balaguer quiso que junto a unas reliquias de Santa Catalina de Siena figurase esta inscripción: Dilexit opere et veritate Ecclesiam Dei ac Romanum Pontificem, como para resumir, en apretada síntesis, la vida de entrega de la Santa, y su personal admiración por ella.

(2) Quizás es ya hora de precisar la oposición que en ocasiones se establece entre una espiritualidad «individualista» y «eclesial». Toda espiritualidad cristiana correcta es, obviamente, eclesial. Sin embargo, hablar de «individualismo» —ininteligible en la vida cristiana— fácilmente puede identificarse —en un claro equívoco— con el cultivo y desarrollo, conducido por el Espíritu Santo, de la vida cristiana en cada alma. Ciertamente un cristiano no lo es individualmente, pero sí «personalmente», lo cual es a todas luces distinto. La Iglesia forma, con palabras de Santo Tomás, «quasi una mystica persona». Y no obstante —éste es un aspecto del misterio de la Iglesia—, sin enajenar la personalidad propia de cada uno de sus miembros.

(3) Es bien conocida la caracterización de nuestro siglo xx como «el siglo de la Iglesia». Con ello se alude al despertar de la vida cristiana al sentido de Iglesia, saberse parte de un todo al que cada uno se halla incorporado, y que representa una dimensión esencial de la vida de todo cristiano. Entendemos que este valor está presente en Camino, no tanto como afirmación explícita y desarrollada teológicamente, sino más bien como algo admitido, fomentado y subyacente en muchos de los consejos espirituales que ofrece el autor. La naturaleza de Camino, en todo caso, es diferente de las obras, hoy ya clásicas, que a lo largo de los años, de entreguerras y posteriormente, influyeron en la elaboracion de la eclesiología dogmática. Pensemos en un R. Guardini, K. Adam, Domm Vonier, etc., en Alemania, o un H. Clérissac en Francia. No cabe, en este sentido, un paralelismo adecuado entre géneros diferentes. No obstante, ambos tipos de literatura confluyeron, sin duda, en el caudal reunido en el último Concilio.

(4) Carecería de sentido, a nuestro juicio, intentar deducir el pensamiento eclesiológico de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer sólo a partir de Camino. A lo largo de su abundante producción posterior, el autor desarrolló una profunda percepción eclesiológica, cuyo contenido, ciertamente, se halla ya en Camino, pero —no importa repetirlo— bajo el punto de vista de la realidad existencial cristiana. Para hacerse una idea más completa de la personalidad teológica de Mons. Escrivá es imprescindible consultar P. RODRÍGUEZ-P. G. ALVES DE SOUSA-J. M. ZUMAQUERO (dir.), Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei. En el 50 Aniversario de su fundación, ed. EUNSA, Pamplona, 1985; y P. RODRÍGUEZ, Vocación, Trabajo, Contemplación, ed. EUNSA, Pamplona, 1986. Por el género propio de Camino sería inadecuado querer hallar una teorización completa sobre los ministerios, o sobre la teología del laicado, por poner algunos ejemplos. En cambio, sí es legítimo, y necesario, descubrir la profunda renovación que, como fenómeno pastoral, suponen las afirmaciones de Camino sobre las relaciones sacerdocio ministerial y sacerdocio común, y la manera propia del vivir laical cristiano y, en definitiva, sobre la llamada universal a la santidad como despliegue operativo del Bautismo. Es en este sentido, a nuestro juicio, como Juan Pablo II podía decir de Mons. Escrivá «que, desde los comienzos, se ha anticipado a esa teología del laicado, que caracterizó después a la Iglesia del Concilio y del Posconcilio».

(5) «Sin embargo, fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente» (Concilio Vaticano II, Const. Dogm. Lumen gentium, n. 9).

(6) Cfr. Commonitorio, cap. II. No debe sorprender, por tanto, que el autor de Camino refleje en sus textos esas verdades solemnemente expuestas y enseñadas por el magisterio del Concilio Vaticano II. Es el lazo de la tradición genuina que une la fe cristiana a través de los siglos; el Espíritu Santo que, actuando en la Iglesia, impele a sus miembros a vivir la perenne novedad del Evangelio.

(7) A los teólogos les ha llamado la atención repetidamente la ausencia, en los Santos Padres, de un tratado teológico expreso sobre la Iglesia; incluso entre los Escolásticos, comenzando por S. Tomás de Aquino, se descubre este fenómeno. Es que la Iglesia tiene el valor de lo obvio: es algo vivido antes que expresado; realizada en su liturgia, en sus sacramentos, en la vida de comunión. El cristiano vive inmerso en ella.

(8) Cfr. Concilio Vaticano II, Const. Dogm. Lumen gentium, n. 39.

(9) Especialmente en toda actuación apostólica: «Es inútil que te afanes en tantas obras exteriores si te falta Amor. —Es como coser con una aguja sin hilo. ¡Qué pena, si al final hubieras hecho “tu” apostolado y no “su” Apostolado!» (Camino, n. 967).

(10) Es claro —falso amor sería lo contrario— que el amor al Papa incluye el respeto y veneración por sus hermanos en el episcopado. Así lo veía San Gregorio Magno: «Mi honor es el honor de la Iglesia universal. Mi honor es la solidez de la fuerza de mis hermanos. Entonces se me tributa verdaderamente un honor, cuando no se escatima el honor debido a cada uno en particular» (Epist. ad Eulogium episc. Alexandrinum VIII, 30: ML, 77, n. 933).

(11) Cfr. Const. Dogm. Lumen gentium, n. 3.

(12) Mons. Escrivá de Balaguer, con gran fuerza afirmaría años más tarde: «La Iglesia

es eso: Cristo presente entre nosotros, Dios que viene hacia la humanidad para salvarla» (Es Cristo que pasa, n. 131).

(13) Cfr. Const. Dogm. Lumen gentium, n. 8: la Iglesia «es el Reino de Cristo presente actualmente en misterio, que por el poder de Dios crece visiblemente en el mundo» (ibídem, n. 3).

(14) No podemos tratar aquí —no es el lugar— de los elementa seu bona Ecclesiae presentes en las iglesias y comunidades separadas de Roma, y que iure pertinent a la única Iglesia (cfr. Concilio Vaticano II, Decr. Unitatis redintegratio, n. 3).

(15) Const. Dogm. Lumen gentium, n. 1.

(16) Es significativo que, tiempo después, aplicara el Siervo de Dios ese mismo termino en parecido contexto: «Esta Iglesia Católica es romana. Yo saboreo esta palabra: ¡romana! Me siento romano, porque romano quiere decir universal, católico; porque me lleva a querer tiernamente al Papa, il dolce Cristo in terca, como gustaba repetir Santa Catalina de Siena, a quien tengo por amiga amadísima» (Hom. Lealtad a la Iglesia, en Amar a la Iglesia, Madrid, 1986, p. 36).

(17) Cfr. Const. Dogm. Lumen gentium, n. 5.

(18) «El vendaval de la persecución es bueno. —¿Qué se pierde?… No se pierde lo que está perdido. —Cuando no se arranca el árbol de cuajo —y el árbol de la Iglesia no hay viento ni huracán que pueda arrancarlo— solamente se caen las ramas secas… Y ésas, bien caídas están» (Camino, n. 685).

(19) No debe pensarse que ese encargo fuera exclusivo de los Apóstoles y de sus sucesores, el Orden episcopal. La Iglesia entera recibe la misión, el «envío»; por propia naturaleza es «enviada». Ciertamente, cada miembro la realizará según su posición en la Iglesia: suo modo, pro parte sua, según expresiones que utiliza el Concilio Vaticano II al referirse a esa diversidad de las condiciones cristianas, posteriores a su radical igualdad bautismal. El autor de Camino, en este sentido, no duda en referir la misión a cada cristiano.

(20) «Pero… ¿y los medios? —Son los mismos de Pedro y de Pablo, de Domingo y Francisco, de Ignacio y Javier: el Crucifijo y el Evangelio… —¿Acaso te parecen pequeños?» (Camino, n. 470).

(21) Cfr. Camino, n. 779.

(22) «Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: éste lee la vida de Jesucristo» (Camino, n. 2).

(23) «Ten presente, hijo mío, que no eres solamente un alma que se une a otras almas para hacer una cosa buena. Esto es mucho…, pero es poco. —Eres el Apóstol que cumple un mandato imperativo de Cristo» (Camino, n. 942).

(24) «No puede tener a Dios como Padre quien no tiene a la Iglesia como Madre», escribía San Cipriano en su Tratado sobre la unidad de la Iglesia Católica, cap. 6. Y de forma parecida San Agustín: «Amemos al Señor nuestro Dios, amemos a su Iglesia. A Él como a un padre, a ella como a una madre…» (Enarrationes in Psalmos, 88, 2; PL 37, 1140). En una homilía pronunciada en 1972 sobre El fin sobrenatural de la Iglesia, Mons. Escrivá de Balaguer recogería, junto a otras, esas dos citas de los Santos Padres, hablando precisamente del amor filial a la Iglesia. Un ejemplo más de cómo Camino enlaza profundamente con la tradición patrística.

(25) «¡Con qué infame lucidez arguye Satanás contra nuestra Fe Católica! Pero, digámosle siempre, sin entrar en discusiones: yo soy hijo de la Iglesia» (Camino, n. 576).

(26) «Si eres tan miserable, ¿cómo te extraña que los demás tengan miserias?» (Camino, n. 446).

(27) «Cuando hayas terminado tu trabajo, haz el de tu hermano, ayudándole, por Cristo, con tal delicadeza y naturalidad que ni el favorecido se dé cuenta de que estás haciendo más de lo que en justicia debes. -¡Esto sí que es fina virtud de hijo de Dios!» (Camino, n. 440).

(28) «No admitas un mal pensamiento de nadie, aunque las palabras u obras del interesado den pie para juzgar así razonablemente» (Camino, n. 442). «La murmuración es roña que ensucia y entorpece el apostolado. —Va contra la caridad, resta fuerzas, quita la paz, y hace perder la unión con Dios» (Camino, n. 445).

(29) «”Frater qui adjuvatur a fratre quasi civitas firma”. —El hermano ayudado por su hermano es tan fuerte como una ciudad amurallada. —Piensa un rato y decídete a vivir la fraternidad que siempre te recomiendo» (Camino, n. 460).

(30) «Si sientes la Comunión de los Santos —si la vives—, serás gustosamente hombre penitente. —Y entenderás que la penitencia es “gaudium, etsi laboriosum” —alegría, aunque trabajosa: y te sentirás “aliado” de todas las almas penitentes que han sido, son y serán» (Camino, n. 548).

(31) «El esfuerzo de cada uno de vosotros, aislado, resulta ineficaz. —Si os une la caridad de Cristo, os maravillará la eficacia» (Camino, n. 847).

(32) «Ser “católico” es amar a la Patria, sin ceder a nadie mejora en ese amor. Y, a la vez, tener por míos los afanes nobles de todos los países. ¡Cuántas glorias de Francia son glorias mías! Y, lo mismo, muchos motivos de orgullo de alemanes, de italianos, de ingleses…, de americanos y asiáticos y africanos son también mi orgullo. Católico!: corazón grande, espíritu abierto» (Camino, n. 525).

(33) «Es mal espíritu el tuyo si te duele que otros trabajen por Cristo sin contar con tu labor. —Acuérdate de este pasaje de San Marcos: “Maestro: hemos visto a uno que andaba lanzando demonios en tu nombre, que no es de nuestra compañía, y se lo prohibimos. No hay para qué prohibírselo, respondió Jesús, puesto que ninguno que haga milagros en mi nombre, podrá luego hablar mal de mí. Que quien no es contrario vuestro, de vuestro partido es”» (Camino, n. 966).

(34) Es admirable la grandeza de corazón que Dios concedió a su Siervo, en un ámbito —la acción apostólica— en que tan sutilmente reaparecen en la Iglesia las celotipias que denunciaba ya el Apóstol: Yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas, yo de Cristo. ¿Està dividido Cristo? ¿O ha sido Pablo crucificado por vosotros o habéis sido bautizados en su nombre? (1 Cor, 1, 12-13).

(35) Considerando las cosas desde nuestra perspectiva actual y, sobre todo, a partir de la recepción solemne de esta doctrina en el Concilio Vaticano II (cfr. Const. Dogm. Lumen gentium, n. 40, & 2), puede llamar la atención que esta afirmación supusiera una novedad en los años en que aparece Camino. Como principio, ciertamente, nadie negaría la afirmación evangélica. No obstante, las implicaciones que desarrolla en Camino Mons. Escrivá de Balaguer, sobre lo que supone una espiritualidad para el cristiano corriente —el laico— propia y adecuada a su posición en la Iglesia y en el mundo, sí representaban una novedad en el ambiente de la época en que el modelo de perfección religiosa, con la profesión de los consejos evangélicos coram Ecclesiam, se presentaba como el analogado principal de toda espiritualidad tanto para los seglares como para los clérigos.

(36) «¡Qué afán hay en el mundo por salirse de su sitio! —¿Qué pasaría si cada hueso, cada músculo del cuerpo humano quisiera ocupar puesto distinto del que le pertenece? No es otra la razón del malestar del mundo. —Persevera en tu lugar, hijo mío: desde ahí ¡cuánto podrás trabajar por el reinado efectivo de Nuestro Señor!» (Camino, n. 832).

(37) «Aconfesionalismo. Neutralidad. —Viejos mitos que intentan siempre remozarse. ¿Te has molestado en meditar lo absurdo que es dejar de ser católico, al entrar en la Universidad o en la Asociación profesional o en la Asamblea sabia o en el Parlamento, como quien deja el sombrero en la puerta?» (Camino, n. 353).

(38) «”Ideo omnia sustineo propter electos” —todo lo sufro, por los escogidos, “ut et ipsi salutem consequantur” —para que ellos obtengan la salvación, “quae est in Christo Jesu” —que está en Cristo Jesús. —¡Buen modo de vivir la Comunión de los Santos! —Pide al Señor que te dé ese espíritu de San Pablo» (Camino, n. 550).

(39) «Canta la Iglesia —se ha dicho— porque hablar no sería bastante para su plegaria. —Tú, cristiano —y cristiano escogido—, debes aprender a cantar litúrgicamente» (Camino, n. 523).

(40) «Me viste celebrar la Santa Misa sobre un altar desnudo —mesa y ara—, sin retablo. El Crucifijo, grande. Los candeleros recios, con hachones de cera, que se escalonan: más altos, junto a la Cruz. Frontal del color del día. Casulla amplia. Severo de líneas, ancha la copa y recio el cáliz. Ausente la luz eléctrica, que no echamos en falta. —Y te costó trabajo salir del oratorio: se estaba bien allí. ¿Ves cómo lleva a Dios, cómo acerca a Dios el rigor de la liturgia?» (Camino, n. 543).

(41) «Hay una urbanidad de la piedad. —Apréndela. —Dan pena esos hombres “piadosos” que no saben asistir a Misa —aunque la oigan a diario—, ni santiguarse —hacen unos raros garabatos, llenos de precipitación—, ni hincar la rodilla ante el Sagrario —sus genuflexiones ridículas parecen una burla—, ni inclinar reverentemente la cabeza ante una imagen de la Señora» (Camino, n. 541).

Estudios sobre Camino.

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• Introducción
• Significado Teológico-Espiritual de Camino
• Cincuenta años de historia
• Acogida universal
• El impacto de CAMINO en los años cuarenta
• Testimonios sobre un clásico de la literatura espiritual
• Espíritu de abandono y vida de infancia espiritual
CAMINO, Una lección de amor
• Sobre la pedagogía de la lucha ascética en CAMINO
• El amor a la Iglesia y al Papa en CAMINO
• El humanismo cristiano de CAMINO
• Raices de la alegría
• El trabajo en CAMINO
• El espíritu teológico de CAMINO*
• La virtud de la fe en CAMINO
• El don de sabiduría y CAMINO
• Devoción y amor a María en CAMINO
• Aprender en CAMINO el amor a la VIRGEN

1. Hijo de la Iglesia

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El decreto sobre la heroicidad de las virtudes vividas por Mons. Josemaría Escrivá, promulgado el 9 de abril de 1990 por Juan Pablo II, sitúa la figura del Fundador del Opus Dei en un preciso contexto eclesial: la llamada a la santidad de todos los bautizados que es, según Pablo VI, “el elemento más característico del Magisterio conciliar, y por así decir, su fin último”. Mons. Escrivá, desde el 2 de octubre de 1928, dedicó todas sus energías a difundir esa vocación universal a la santidad, “en coincidencia profética con el Concilio Vaticano II”.

Como es bien sabido, el amor a la Iglesia y la voluntad de servirla penetran todos los escritos, la predicación y la vida del Fundador. Me gustaría conocer detalles de cómo manifestaba personalmente, Mons. Escrivá, su profunda convicción de hijo de la Iglesia.

–Conservo el recuerdo imborrable de su llegada a Roma. Era el 23 de junio de 1946. El Padre tenía 44 años. Yo estaba en Roma desde febrero de aquel año, porque el Fundador me había encomendado diversas gestiones para la aprobación pontificia de la Obra. Como las características propias del Opus Dei representaban una novedad absoluta en el Derecho canónico vigente, yo trabajaba en la medida de mis posibilidades, siguiendo las indicaciones precisas del Fundador. Pero me dijeron, entre otras muchas cosas, que no era posible aún obtener la aprobación del Opus Dei: habíamos nacido –ésta fue la expresión literal– con un siglo de anticipación. Las dificultades eran tan grandes, aparentemente insuperables, que decidí escribir al Padre para manifestarle la necesidad de su presencia en Roma.

Aunque en aquel momento padecía una diabetes gravísima –hasta el punto de que el médico que entonces le atendía, el Dr. Rof Carballo, había declinado toda responsabilidad sobre su vida si emprendía aquel viaje–, el 21 de junio el Padre se embarcó en el viejo J. J. Sister, en Barcelona. Antes había pedido su parecer a los miembros del Consejo General del Opus Dei, y se había abandonado en manos de la Virgen de la Merced.

Después de una dura travesía, a causa de una tempestad absolutamente insólita en el Mediterráneo, la nave atracó en el puerto de Génova el 22 de junio, poco antes de la medianoche. Yo había ido a esperarle desde Roma junto con Salvador Canals, otro miembro del Opus Dei. Pasamos antes por un modesto hotel para reservar las habitaciones. Recuerdo que allí Salvador y yo cenamos muy frugalmente: estábamos en plena posguerra, y como postre nos sirvieron un trozo de parmesano. Yo no conocía este tipo de queso, lo probé y me pareció tan bueno que lo guardé para nuestro Fundador. No podía imaginar que sería su primer alimento después de cuarenta y ocho horas. El Padre me tomó siempre el pelo afectuosamente por aquello.

Al día siguiente celebró su primera misa en tierra italiana, en una iglesia muy dañada por los bombardeos. El viaje hasta Roma, en un pequeño coche alquilado, por aquellas carreteras destrozadas tras la guerra, fue interminable e incomodísimo. Pero el Padre rebosaba alegría, sin una queja: le emocionaba pensar que al fin iba a cumplirse una de sus más grandes aspiraciones: videre Petrum. Durante todo el recorrido rezó muchísimo por el Papa.

Llegamos a Roma al atardecer del 23 de junio. Cuando divisó por vez primera la cúpula de S. Pedro desde la Via Aurelia, rezó muy conmovido un Credo. Habíamos subarrendado algunas habitaciones de un apartamento en el último piso de un edificio de la plaza de Città Leonina, nº 9, que tenía una terraza desde la que se veía la Basílica de San Pedro y el Palacio pontificio. Al asomarse a esta terraza y contemplar las habitaciones que ocupaba el Vicario de Cristo, el Padre expresó su deseo de quedarse allí un rato, recogido en oración, mientras los demás, cansados de un viaje tan accidentado, se retiraban a descansar. Llevado por su amor al Papa, y emocionado por estar tan cerca de sus habitaciones, el Padre permaneció en la terraza toda la noche, rezando, sin dar importancia al cansancio del viaje ni a su falta de salud, ni a la tremenda sed que le producía su enfermedad, ni a los contratiempos del viaje en barco.

Este episodio puede dar una idea de la intensidad con que el Fundador amaba a la Iglesia y al Papa. Y, aún más, a pesar del gran deseo –ansia incluso– de acercarse a rezar ante la tumba de San Pedro, el Padre esperó varios días antes de entrar en el Templo de la Cristiandad; tan grande era su espíritu de mortificación.

A finales de aquel mes, exactamente el 30 de junio, el Padre pudo escribir a sus hijos del Consejo General del Opus Dei, que tenía entonces su sede en España: Tengo un autógrafo del Santo Padre para “el Fundador de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y del Opus Dei”. ¡Qué alegrón! Lo besé mil veces. Vivimos a la sombra de San Pedro, junto a la columnata.

El 31 de agosto pudo regresar a Madrid, con un documento de la Santa Sede llamado De alabanza de los fines, instrumento canónico que no se otorgaba desde hacía casi un siglo. Las dificultades comenzaban a superarse.

El 22 de octubre de 1946, Mons. Escrivá quiso volver a rezar ante la Virgen de la Merced; después, el 8 de noviembre, volvió desde Madrid definitivamente a Roma, ciudad que sería durante casi treinta años su residencia habitual, hasta el día en que Dios lo llamó a su Presencia.

Volvamos al tema. El Beato Josemaría fue favorablemente acogido en la Curia Romana, especialmente por el entonces Sustituto de la Secretaría de Estado, Mons. Montini, pero no le faltaron dificultades por parte de algunos eclesiásticos. Algunas veces dijo que había perdido la inocencia al llegar a Roma…

–Pero sus reacciones se caracterizaron por una profunda visión sobrenatural. Por ejemplo, comenzó a ir con frecuencia a la Plaza de San Pedro para rezar el Credo delante de la tumba del Príncipe de los Apóstoles. Utilizaba la fórmula castellana que su madre le había enseñado de pequeño, y cuando llegaba a las palabras: Creo en la Santa Iglesia Católica, añadía el adjetivo romana y, a continuación, un paréntesis: a pesar de los pesares. Una vez, estando yo delante, se lo confió a Mons. Tardini –no recuerdo si ya había sido nombrado Cardenal Secretario de Estado–, y el prelado le preguntó: “¿Qué quiere decir con esto de ‘a pesar de los pesares’?”. El Padre respondió: A pesar de mis pecados y de los suyos. Lógicamente el Padre no quería ofender a Mons. Tardini. Si ningún hombre está exento de pecado, y el justo cae siete veces al día, nuestro Fundador subrayaba la necesidad de que los colaboradores del Papa fuesen muy santos y estuviesen llenos del Espíritu Santo, para que en toda la Iglesia hubiera más santidad.

No admitía ni justificaba la falsa humildad de algunos eclesiásticos, proclives a la “autocrítica” de la Iglesia: la Iglesia, repetía a menudo, no tiene manchas, porque es la Esposa de Cristo. Este meaculpismo, como solía llamarlo, le llenaba de dolor: no admitía que el reconocimiento de la debilidad de los hombres ofuscase la fe en la santidad objetiva de la Iglesia.

El Fundador conoció a tres Papas. ¿Cuáles fueron sus relaciones con el primero, Pío XII?

–El Santo Padre Pío XII le recibió en audiencia muchas veces, y demostró su estima personal por la Obra concediendo las dos primeras aprobaciones pontificias: el Decretum Laudis de 1947, y la aprobación definitiva en 1950. Para mostrar su afecto, nuestro Fundador llegaba incluso a ofrecer al Papa regalos muy sencillos. Por ejemplo, una vez le llevó unas naranjas que había recibido de España (en aquella época no teníamos dinero ni para comer). Otra vez, como sabía que al Santo Padre le gustaba un determinado vino español, consiguió unas botellas y se las regaló.

Hay un episodio significativo de este afecto del Padre por el Sumo Pontífice. Durante una audiencia, en un determinado momento, quiso besar los pies de Pío XII. El Papa le dejó besar uno, pero no quiso que le besara el otro. Entonces el Padre insistió filialmente expresando al Santo Padre que era aragonés y, como todos los aragoneses, tozudo.

Pío XII manifestó su aprecio por el Fundador del Opus Dei en muchas ocasiones. Al cardenal Gilroy y a su obispo auxiliar les confió: “Es un verdadero santo. Un hombre enviado por Dios para nuestros tiempos”. El auxiliar, Mons. Thomas Muldeon, después de la muerte del Padre, consignó este recuerdo en un testimonio escrito.

En una entrevista periodística (Conversaciones, num. 229), el Fundador recordó que, en cierta ocasión, animado por el carácter afable y paterno de Juan XXIII, le dijo: en nuestra Obra siempre han encontrado todos los hombres, católicos o no, un lugar amable: no he aprendido el ecumenismo de Su Santidad… Y el Papa se reía, emocionado, pues sabía que desde 1950 la Santa Sede había autorizado al Opus Dei para admitir como cooperadores a los no católicos e incluso a los no cristianos.

–Sucedió en la primera audiencia que Juan XXIII concedió al Fundador, el 5 de marzo de 1960. El Santo Padre era muy afable y sencillo, lo que facilitaba a sus interlocutores confidencias fuera de todo protocolo. Además, en aquellas audiencias papales, también cuando debía tratar de asuntos importantes, no dejaba de contarle hechos que pudieran alegrarle. Recuerdo que pocos días después de su llegada a Roma le recibió Mons. Montini, entonces Sustituto de la Secretaría de Estado. Nuestro Fundador le habló extensamente de la Obra, y le contó algunas anécdotas apostólicas. Mons. Montini aseguró que enseguida se las referiría al Santo Padre: “Aquí llegan solamente penas y dolores, y el Papa se alegrará mucho cuando conozca tantas cosas buenas que están haciendo ustedes”.

Al término de aquella primera audiencia, Juan XXIII le confió que las explicaciones del Padre sobre el espíritu de la Obra le habían abierto “insospechados horizontes de apostolado”.

A la audiencia privada concedida por Juan XXIII el 27 de julio de 1962, le acompañó don Javier Echevarría. Fue una conversación a solas, entre el Papa y el Fundador del Opus Dei. Sé que hablaron largamente sobre el espíritu y la actividad de la Obra en el mundo, y que pocos días después, el 12 de junio de 1962, el Padre escribió una carta a todos sus hijos del mundo entero pidiéndoles que se unieran al agradecimiento que en justicia sentía hacia Juan XXIII, por haberle ofrecido una vez más el honor y la gloria de ver a Pedro. Debo añadir que nuestro Fundador me habló muchas veces, con gran admiración, de las virtudes sacerdotales del Papa Roncalli.

Durante la dolorosa enfermedad de Juan XXIII, Mons. Angelo Dell’Acqua contó al Padre –le manifestó siempre gran confianza– algunos detalles de cómo cuidaba al Papa. Por ejemplo, mientras estaba junto a la cabecera de su lecho, el Papa le tomaba la mano, y cuando hacía gesto de irse y le soltaba, exclamaba: “Angelino, no me dejes”. El Padre se entristecía al pensar en la soledad en que se encontraba el Papa y daba las gracias de todo corazón a Mons. Dell’Acqua, que, con los más íntimos colaboradores de la casa pontificia, atendían con tanto cariño al Papa Juan XXIII durante sus últimos días.

Por detalles precedentes se intuye que la estima de Pablo VI al Opus Dei y a su Fundador eran anteriores a su elevación al Pontificado.

–Basta recordar que, una vez obtenida la aprobación pontificia del Opus Dei, me pareció oportuno pedir a la Santa Sede, en calidad de Procurador General y en nombre del Consejo General de la Obra, el nombramiento de Prelado doméstico para nuestro Fundador. El entonces monseñor Montini no sólo aprobó mi iniciativa, sino que la hizo suya. Estábamos al comienzo de 1947.

Como conocía bien la humildad del Padre, hice las gestiones sin informarle previamente. En la primavera de ese año llegó una carta de Mons. Montini con el nombramiento del Fundador del Opus Dei como Prelado doméstico. Estaba fechado el 22 de abril de 1947. Mons. Montini alababa al Opus Dei y a su Fundador, y añadía que la Obra era una esperanza para la Iglesia.

El Padre se sintió reconocido, pero me dijo que no quería aceptar y que, con toda su gratitud, pensaba devolver el documento de nombramiento a Mons. Montini explicándole que no deseaba ninguna distinción honorífica. Don Salvador Canals y yo le pedimos que no lo hiciera, y el argumento decisivo fue que con ese nombramiento se mostraba de modo aún más patente la secularidad del Opus Dei. Entonces cambió de parecer y escribió una carta al Sustituto de la Secretaría de Estado manifestando su gratitud por aquella prueba de afecto del Santo Padre y suya. Después nos enteramos de que Mons. Montini había tenido también la delicadeza de pagar de su bolsillo las tasas por el nombramiento.

Pude comprobar de modo particularísimo el afecto de Pablo VI al Padre cuando me recibió después de haber sido llamado a suceder al Fundador. Pablo VI me habló del Padre con admiración y dijo que estaba convencido de que había sido un santo. Me confirmó que desde muchos años antes leía Camino a diario y que le hacía un gran bien a su alma, y me preguntó a qué edad lo había publicado nuestro Fundador. Le respondí que lo había dado a la imprenta cuando tenía treinta y siete años, pero precisé que el núcleo del libro ya había aparecido con el título de Consideraciones espirituales en 1934, y lo había redactado un par de años antes, es decir, a la edad de treinta años. El Papa se quedó un momento pensativo y después observó: “Entonces lo escribió en la madurez de su juventud”.

Aún tengo fresco en mi memoria el recuerdo de aquella visita de Pablo VI al Centro Elis el 21 de noviembre de 1965, día de su inauguración. Los edificios que se levantan en el popular barrio romano del Tiburtino nacieron por iniciativa de Juan XXIII, quien decidió destinar la suma recogida entre católicos de todo el mundo con motivo del ochenta cumpleaños de Pío XII a la creación de una obra social en Roma, confiando el proyecto, la realización y la gestión al Opus Dei. De ahí surgió una estructura polivalente, compuesta por una residencia para estudiantes obreros, un centro de formación profesional con varios programas de especialización técnica y artesanal, una biblioteca, un centro deportivo y una escuela de hogar con todas las actividades necesarias para la promoción de la mujer. Junto al Elis está la iglesia parroquial de San Giovanni Battista al Collatino, confiada a sacerdotes del Opus Dei. El Papa se entretuvo en la visita bastante más tiempo del previsto. Celebró la Santa Misa, bendijo una imagen de la Virgen destinada a la Universidad de Navarra y visitó detenidamente los locales del centro. Al terminar abrazó al Fundador y visiblemente emocionado, exclamó. “Aquí todo es Opus Dei”. Fue un signo de gran consideración hacia la Obra y el Padre, sobre todo teniendo en cuenta que en aquel momento las visitas del Pontífice eran rarísimas; y Pablo VI quiso que la inauguración del Elis se fijase durante la fase final del Vaticano II, para facilitar así la participación de muchos Padres Conciliares en la ceremonia, como sucedió de hecho.

¿Cuál fue el último encuentro del Fundador con Pablo VI?

–Tuvo lugar el 25 de junio de 1973, con unas características singulares, inolvidables. El Padre habló al Papa de temas muy sobrenaturales, y le puso al día sobre el desarrollo de la Obra y los frutos que el Señor concedía en todo el mundo. Pablo VI se alegró mucho, y a veces le interrumpía dejándose llevar por algún elogio o simplemente exclamando: “Usted es un santo”. Lo sé porque, al terminar la audiencia, vi que el Padre tenía un aspecto más bien apesadumbrado, casi triste. Le pregunté el motivo, pero en un primer momento no quiso responderme. Después me contó que el Papa le había dicho aquellas palabras y se había llenado de vergüenza y de dolor por sus propios pecados hasta el punto de protestar filialmente al Papa: No, no. Vuestra Santidad no me conoce. Yo soy un pobre pecador. Pero el Papa le insistió: “No, no, usted es un santo”. Entonces el Fundador replicó lleno de emoción: En la tierra no hay más que un santo: el Santo Padre.

Por otra parte, Mons. Carlo Colombo, asesor teólogico y amigo personal de Pablo VI, ha testimoniado que el Santo Padre le animó a escribir la carta postulatoria para la apertura del proceso de beatificación del Fundador del Opus Dei. Estas son sus palabras: “En el curso de un encuentro con Pablo VI, donde se trataron varios temas, tuve la oportunidad de expresar al Pontífice mi intención de dirigir una carta postulatoria solicitando el inicio del proceso canónico que introdujese la causa de Mons. Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei. Sentí el deber de comunicar al Papa que pensaba dirigirle una carta postulatoria, que no habría escrito si personalmente no hubiera tenido serios motivos para hacerlo: no podía permitirme defraudar la íntima confianza que me tenía el Papa. Pablo VI me dio su pleno asentimiento y aprobación, por la gran estima que sentía por el Siervo de Dios, de quien conocía el gran deseo de hacer el bien que le movía, su amor ferviente a la Iglesia y a su Cabeza visible, y el celo ardiente por las almas”.

Estuve presente, con un grupo de miembros del Opus Dei de varios países, en la Misa que Juan Pablo II celebró para nosotros el 19 de agosto de 1979, donde pronunció la inolvidable homilía en la que dijo, entre otras cosas: “Gran ideal, verdaderamente, el vuestro, que desde sus comienzos ha anticipado aquella teología del laicado que caracterizaría después a la Iglesia del concilio y del postconcilio”. Escuchar directamente al Sucesor de Pedro este elogio de nuestra espiritualidad y de nuestro “ser Iglesia”, me conmovió, a mí y a todos los presentes, y nuestra mente se dirigió al Fundador, que no tuvo oportunidad de conocer al futuro Juan Pablo II, un Papa cuyo nombre está ligado a la historia de la Obra.

El Fundador del Opus Dei ha sido considerado, pues, un precursor del Concilio Vaticano II, aunque no participó personalmente en el Concilio.

–El Padre se alegró mucho por la convocatoria del Concilio Vaticano II y, apenas Juan XXIII la hizo pública, le envió inmediatamente una carta llena de gratitud. Entre otras cosas, preveía que el Concilio colmaría la laguna teológica sobre el papel de los laicos en la Iglesia, como de hecho sucedió.

Pensó que podían convocarle en calidad de presidente general de un Instituto Secular, pues ésa era entonces la configuración jurídica del Opus Dei. En ese caso debería participar como Padre Conciliar junto a otros superiores de Instituciones incluidas en el estado de perfección. Aunque deseaba muchísimo intervenir personalmente en las reuniones conciliares, no le pareció conveniente tomar parte a título de presidente de un Instituto Secular. De hecho podría significar, si no la aceptación de un estatus jurídico inadecuado a la naturaleza de la Obra, al menos un dato que constituiría un precedente poco favorable para la futura revisión del encuadramiento canónico del Opus Dei. Expuso a la Curia los motivos por los que no consideraba prudente participar en el Concilio, y su decisión fue bien comprendida.

Entonces Mons. Loris Capovilla le invitó a intervenir como perito del Concilio, trasladando el deseo del Santo Padre Juan XXIII. Nuestro Fundador reiteró una vez más su disponibilidad total e incondicionada, pero, después de haber agradecido la invitación, explicó las razones por las que preferiría no aceptar, sometiéndose, en todo caso, a la decisión del Papa. En resumen eran éstas: por un lado, no podría dedicar a esta misión todo el tiempo necesario; por otro, varios hijos suyos obispos eran Padres Conciliares, y resultaría chocante que interviniese como un simple perito: no se trataba ciertamente de una actitud de vanidad, sino del deseo de evitar malentendidos a la Santa Sede. Si el Fundador del Opus Dei hubiese aceptado el nombramiento de perito, tras haber rehusado el de Padre Conciliar, alguno podría pensar que lo que buscaba era moverse entre bastidores. En cambio, los que no estaban al corriente de la situación podrían pensar que al Opus Dei no se le concedía ninguna importancia eclesial.

Al mismo tiempo, nuestro Fundador ofreció a la autoridad eclesiástica competente la colaboración de toda la Obra y de sus miembros, muchos de los cuales, efectivamente, participaron en la preparación y desarrollo del Concilio.

Por lo a que mí se refiere, me exhortó a aceptar varios nombramientos de diversas Comisiones del Concilio y a poner todo mi empeño en esta tarea. Al comienzo de los trabajos fui nombrado perito conciliar, Secretario de la Comisión para la Disciplina del Clero y el Pueblo Cristiano, dentro de la cual tuve que intervenir muy activamente.

Es la Comisión que elaboró el decreto Presbyterorum Ordinis

–Exacto. Además fui nombrado consultor de otras tres comisiones conciliares (para los obispos y el régimen de las diócesis; para los religiosos; para la doctrina de la fe; también consultor de la comisión mixta para las asociaciones de fieles) y consultor de la comisión para la revisión del Código de Derecho Canónico. Concluidas las actividades de la Asamblea Ecuménica, recibí el nombramiento de consultor de la comisión postconciliar para los obispos y el gobierno de las diócesis.

Durante el desarrollo de las sesiones conciliares, junto a los resultados positivos y sugerentes, que se condensarían en los documentos definitivos, también hubo discrepancias y confusiones a menudo amplificadas por los periódicos. Esas tensiones hacían sufrir a Juan XXIII y a Pablo VI, como Mons. Dell’Acqua confiaba a nuestro Fundador. Es necesario aclarar que la confianza que este prelado manifestaba a nuestro Fundador, de la que es prueba evidente la abundante correspondencia de este periodo, no era simplemente fruto de la íntima amistad que les unía, sino que el propio Santo Padre animaba al Sustituto de la Secretaría de Estado en esa línea; de esta forma se estableció un canal de comunicación directo, siempre abierto, entre el Papa y nuestro Fundador.

En los tres años de Concilio, sin contar el período preparatorio, nuestro Fundador se entrevistó con muchos Padres Conciliares, peritos, etc. A veces, les invitaba a comer en nuestra sede central; otras, iba a buscarlos a las casas donde se alojaban, casi siempre para devolverles la visita. Hubo días en que recibió más de media docena de visitas, y no le resultaba nada fácil sacar, de sus ocupaciones de gobierno en la Obra, el tiempo necesario para acoger debidamente a esos cardenales, arzobispos, obispos, nuncios, teólogos, etc.

Yo estuve presente en muchas de estas entrevistas, y pude observar con qué sencillez y afabilidad trataba el Padre a quienes venían a verle. Por ejemplo, Mons. François Marty, entonces arzobispo de Reims, que luego sería Cardenal Arzobispo de París, escribió: “En la época del Concilio Vaticano II tuve ocasión de encontrarme varias veces con Mons. Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei. De aquellas conversaciones tengo el recuerdo de un hombre que sólo hablaba de Dios. Un rato de charla con él era como un rato de oración. Esto era compatible con su buen humor, con su sentido sobrenatural, con su caridad llena de cariño”.

También Mons. Abilio del Campo, Obispo de Calahorra, ha dejado este testimonio: “Creo con sinceridad que Josemaría contribuyó decisivamente a clarificar doctrinalmente muchos puntos en los que las luces que había recibido de Dios y su extraordinaria experiencia pastoral en el mundo del trabajo eran casi insustituibles. Fueron muchos los Padres conciliares que, apoyándose de su amistad, pudieron recoger sus atinados consejos”.

Imagino que algunos de estos consejos procurarían también defender la ortodoxia católica en aquella época en que un malentendido “espíritu conciliar” sembraba cierta confusión

–Es significativo el testimonio de Mons. Giacomo Barabino, entonces Secretario del Cardenal Siri, y hoy obispo de Ventimiglia, que declaraba: “Su defensa de la ortodoxia no procedía de un espíritu conservador, de cerrazón mental o rigidez de carácter. Tenía una evidente preocupación por asegurar la ortodoxia y las estructuras vitales, divinas de la Iglesia; pero no era menos evidente su espíritu de apertura e innovación: me entusiasmaba oírle hablar de cómo era necesario secundar, cada uno desde su sitio, con fidelidad al propio carisma dentro de la Iglesia, la corriente santificadora que el Espíritu Santo derrama en el pueblo de Dios, en cada uno de los fieles, llamados a la plenitud de la vida cristiana. Dentro de su audaz apertura subrayaba la condición misionera de la Iglesia en todos los ambientes, incluso en los más difíciles. Se trataba de una realidad que vivía a diario: la coherencia con la idea fundamental de la que había partido, la vocación universal a la santidad, idea vigorosa que aplicaba continuamente con una elasticidad verdaderamente admirable a las exigencias de los tiempos y al desarrollo de la Iglesia entre los hombres”.

Debió de ser muy grande la emoción de Mons. Escrivá de Balaguer al ver confirmada por el Concilio y convertida en patrimonio de toda la Iglesia aquella intuición que el Señor le había confiado el 2 de octubre de 1928…

–Desde luego. Poco después de la clausura del Concilio solía repetir: Hijos míos, hemos de estar contentos al acabar este Concilio. Hace treinta años, a mí me acusaron algunos de hereje, por predicar cosas de nuestro espíritu, que ahora ha recogido el Concilio de modo solemne. Y en una entrevista concedida a L’Osservatore della Domenica en 1968 declararía: Una de mis mayores alegrías ha sido precisamente ver cómo el Concilio Vaticano II ha proclamado con gran claridad la vocación divina del laicado. Sin jactancia alguna, debo decir que, por lo que se refiere a nuestro espíritu, el Concilio no ha supuesto una invitación a cambiar, sino que, al contrario, ha confirmado lo que –por la gracia de Dios– veníamos viviendo y enseñando desde hace tantos años. La principal característica del Opus Dei no son unas técnicas o métodos de apostolado, ni unas estructuras determinadas, sino un espíritu que lleva precisamente a santificar el trabajo ordinario (Conversaciones, num.72).

Corazón universal

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Testimonio de Juan Hervás, Obispo dimisionario de Ciudad Real
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Sería por el año 1934 cuando conocí a Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer. El Opus Dei estaba aún en sus comienzos, y su fundador, rodeado de gente de toda edad y condición. buscaba la fortaleza en los barrios más pobres de Madrid.

Fui a visitarle a la academia–residencia DYA, que acababa de abrir en la calle de Ferraz. La acogida cordial que me dispensó esta­bleció de inmediato una corriente sincera de amistad humana y sacerdotal. Fui varias veces después por la academia para conversar con ese sacerdote que tanta paz me transmitió.

Al entrar en aquella casa desaparecía la sensación de insegu­ridad que se respiraba entonces en la calle. Allí se trabajaba con seriedad, con serenidad, con intensidad; en la certeza de que la ancha y fecunda labor de servicio a la Iglesia que el Opus Dei habría de realizar, se llevaría a efecto porque Dios estaba empe­ñado en que se realizara. No había que detenerse por las cosas que entonces pasaban y que llegaban a paralizar tantos ánimos:

Dios y audacia –DYA– había sido ya el lema de la primera obra apostólica del Opus Dei, y había que seguir adelante sin miedo, con los ojos puestos en Dios. Allí conocí de qué modo Monseñor Escrivá de Balaguer trataba con los estudiantes, los medios apos­tólicos que empleaba, el aire que imprimía a aquel centro: orden y profundidad en el trabajo y alegría en la convivencia. En fin que ya por entonces me hice una idea cabal de la naturaleza del Opus Dei.

Durante la Guerra Civil Española estuve en Friburgo, como alumno de la Universidad Católica. Volví a Valencia en 1939. Allí tuve mucho trabajo, y uno de los ministerios pastorales que me asig­naron me permitió seguir en contacto con el fundador del Opus Dei: como director del Colegio Mayor Burjasot, pude seguirla labor que don Josemaría impulsaba en el ambiente universitario de Valencia. En este centro residían – o de él procedían - algunos de los estudiantes que pronto solicitaron la admisión en la Obra.

No todo les fue fácil. Ya en aquellos años fueron objeto de muchas contradicciones. Se difundieron sin fundamento alguno toda clase de sospechas, acusaciones y falsedades. El sentido común me decía –y así lo hacía yo constar a los detractores– que las acu­saciones de aquella campaña no cuadraban con los socios de la obra que yo trataba, ni con mi conocimiento personal de su fundador. ni con el Opus Dei. No podía olvidar el criterio evangélico de dis­cernimiento de la bondad o maldad de una obra de apostolado. conocer el árbol por sus frutos; y éstos eran manifiestamente sanos.

Hacia 1945,durante uno de mis viajes a Madrid, fui a visitar a don Josemaría a su casa, en la calle de Diego de León. Me acogió con el afecto de siempre y quiso que me hospedar a allí. Estuve algu­nas semanas y siempre recordaré aquella temporada como unos días gratísimos. Todos – en primer lugar don Josemaría– me tra­taron con plena confianza, en familia. Yo trabajaba durante el día en mis cosas, con total independencia. y al regresar a la casa me encontraba en un verdadero hogar. Allí pude conocer la persona­lidad del fundador del Opus Dei bajo una luz nueva para mí.

Daba toda clase de facilidades para que se vieran las cosas direc­tamente, de forma que cada uno pudiera hacerse cargo por sí mismo de la realidad santa de lo que era y hacía el Opus Dei. Así lo hizo conmigo y con otros muchos obispos. Este modo de proceder era lógico en Monseñor Escrivá de Balaguer. En primer lugar, porque él mismo era siempre objetivo: tenía una repugnancia natural hacia el misterio y lo que tuviera apariencia de secreto. Le gustaban por su carácter las puertas abiertas y que los hechos cantasen; en ello no cabía ni engaño, ni vanidad, ni jactancia.

También estuve en varias ocasiones en el Colegio Mayor Mon­cloa. La estancia en estos centros universitarios del Opus Dei pro­dujo en mi otros beneficios conocí el espíritu de la Obra hecho realidad en Monseñor Escrivá de Balaguer, y pude ver cómo iba forjando el temple apostólico de muchos estudiantes. Ese contacto rejuveneció mi propio espíritu y al mismo tiempo, fue una aproxi­mación al campo del apostolado laical, que me permitió conocer muchas de las soluciones que el Opus Dei ha dado –no sin una especial providencia de Dios– a muchos problemas que lleva con­sigo este apostolado. Monseñor Escrivá de Balaguer, al invitarme en centros de la obra, me hizo participar de los tesoros que Dios mismo había puesto en sus manos, para que con entera libertad tomara aquello que me interesara para orientar mi labor en el campo del apostolado de los laicos Sin pretender que sus soluciones eran las únicas posibles, nunca dejó de darlas a conocer a todos los que estuvieran sinceramente interesados en ellas. Desde el momento en que pude conocer a fondo su espíritu, su modo de formar a los laicos y de dirigir la asociación por él fundada, he tenido a Monseñor Escrivá de Balaguer por un hombre elegido por Dios para ser maestro de los nuevos caminos del laicado católico.

El nervio central de todo su apostolado con laicos y con sacer­dotes– ha sido hacer llegar al corazón de cada persona la llamada divina a la santidad; promover la santidad en medio del mundo entre personas de todas las condiciones. Una doctrina que seria proclamada solemnemente por el Concilio Vaticano II, muchos años más tarde.

En las conversaciones que pude mantener con don Josemaría por aquel entonces, pude comprobar su visión universal, amplia, católica, del Opus Dei. La ilusión por extender su labor a los cinco continentes estaba presente desde el principio, porque la Obra la había querido Dios universal. No había nacido para solucionar, los problemas de un determinado país. Me habló entonces de como se estaban preparando los que habrían de llevar a cabo la expansión a otros países. Comprendí ––por lo que decía y, sobre todo, por cómo lo decía– que era algo que le quemaba por dentro desde hacia tiempo: para don Josemaría sacar adelante el Opus Dei, extenderlo por todo cl mundo, era como un fuego de celo que le abrasaba. Era cumplir la voluntad de Dios.

Había una decidida determinación y mucha audacia en sus planes; pero, a la vez, prudencia y dedicación paciente para hacerlos posibles, preparando los instrumentos y rezando; sobre todo rezan­do y haciendo rezar por esa intención. Luego todo saldría: como solía decirme, cuando Dios quiera, al paso de Dios.

Después de mi designación como obispo de Mallorca en octubre de 1946–primero como coadjutor y después como residencial–, mi trato con el fundador del Opus Dei tuvo otro carácter debido a las circunstancias. Mis deberes pastorales no me permitieron, como hasta entonces, los frecuentes desplazamientos a Madrid, y, por otra parte, Monseñor Escrivá de Balaguer había fijado su resi­dencia en Roma desde ese mismo año. Sin embargo, a partir de entonces, cada vez que be viajado a Roma no dejé de visitarle y a menudo me invitaba a comer en la sede central del Opus Dei.

El desarrollo de las actividades del Opus Dei en las diócesis de las que he sido obispo me ha permitido un contacto habitual con la Obra durante muchos años.

Hacia 1950 comenzaron a darse en Mallorca retiros espirituales para hombres, para mujeres y para sacerdotes, dirigidos por sacer­dotes del Opus Dei. De ahí surgió una labor muy extensa de apos­tolado personal, pues muy pronto hubo en la isla socios de la Obra. Estaba al corriente de esas tareas, por lo que comentaban sus direc­tores de la labor y los sacerdotes que colaboraban en ellas: por mi parte, procuré dar todas las facilidades, como ha sido mi costumbre en todo tipo de labor apostólica hecha con rectitud; y comprendía perfectamente el gran bien que el Opus Dei hacía en mi diócesis.

Desde 1955 a 1977 residí en Ciudad Real como obispo prior de las órdenes militares. La presencia del Opus Dei en esta diócesis fue para mí una fuente de alegría y de consuelos. Por referirme, en concreto, a la labor realizada entre mis sacerdotes, ya pertene­cían a la Obra muchos de ellos cuando llegué allí, y después se han ido multiplicando las vocaciones. Los he considerado siempre como fermento de unidad, por su obediencia pronta y alegre a su ordi­nario; por su fidelidad a la doctrina de la Iglesia; por su vibración apostólica contagiosa, esperanzada y optimista; por su espíritu de comprensión, pasando por alto, con buen humor, aquellas peque­ñeces que surgen en la convivencia; por su ilusionada dedicación a los ministerios que sus obispos les encomiendan. Ponen un empe­ño constante por santificarse en y desde su ministerio. Son sacer­dotes que quieren y procuran ser sólo sacerdotes: su ejemplo firme y humilde –con las flaquezas personales, como tenemos todos, que no empañan la rectitud de intención– hace mucho bien dondequie­ra que son destinados.

Monseñor Escrivá de Balaguer enseñó a todos sus hijos –se­glares y sacerdotes– a tener un gran amor a la Iglesia, un amor personalizado en la jerarquía de todos los lugares, y materializado en atenciones delicadas hacia los obispos, sin gravarlos nunca con problemas y cargas innecesarias. Recuerdo que las visitas que los socios del Opus Dei me han hecho como ordinario del lugar donde trabajaban, siempre se han caracterizado por el respeto, la alegría y el optimismo: me hacían pasar un buen rato, tanto que, cuando mis ocupaciones lo permitían, alargaba gustosamente la con­versación.

Quiero terminar con un recuerdo muy personal, quizá el más entrañable de los que guardo de mi amistad con Monseñor Escrivá de Balaguer. Yo había «cometido» la «grave» audacia de levantar una bandera de renovación de espiritualidad y de apostolado seglar; me refiero a los cursillos de cristiandad. Este empeño surgió durante mi estancia en Mallorca y, después de trasladarme a Ciudad Real, tuvo un gran arraigo entre los fieles, incluso saltando las fronteras de España. Desde sus comienzos fui bendecido y alentado por el Santo Padre, y ha sido la fuente de donde han brotado las más ínti­mas alegrías pastorales de mi vida. Pero el Señor quiso probarme y probar también a este movimiento, desde sus comienzos, con la contradicción. Se desató en torno a mi persona una dolorosa tempestad.

En aquel mar revuelto de insidias tuve que ir a Roma, ya que había sido denunciado ante el Santo Oficio. Quise visitar a Mon­señor Escrivá de Balaguer: el recuerdo de la imperturbable alegría con la que había llevado las contradicciones que arreciaron contra cl Opus Dei, me impulsaron a buscar su consejo, persuadido de que de esa charla me vendría la paz para mi ánimo atribulado. Y no me engañé.

Me escuchó atentamente y llegó al fondo de la cuestión ense­guida: no perdió el tiempo en estériles lamentaciones. En sus pala­bras, breves y certeras, volcaba en mí su propia alma: «No te preo­cupes. Son bienhechores, porque nos ayudan a purificarnos. Hay que quererles y pedir por ellos». Me insistió en la necesidad de que­rer a los que no nos comprenden, de rezar por los que juzgan sin conocimiento suficiente de causa, y en el deber de prestar atención tan sólo a la voz de la Iglesia–no a los rumores de la calle– y de mantener el corazón limpio de resentimientos y amarguras. Aque­llos consejos, que tanto bien hicieron a mi alma, tenían la enorme autenticidad de quien los había vivido y seguía viviendo entonces.

Monseñor Escrivá de Balaguer me alentó constantemente en una empresa que no era la suya, y volcó la caridad y comprensión sobre un apostolado que iba por caminos distintos al suyo. Sólo Dios sabe en qué medida pudo contribuir a despejar los caminos de la Providencia.

¿Cuál sería su secreto?

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Testimonio de Cardenal Marcelo González Martín, Arzobispo de Toledo Primado de España
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Varias veces hablé con el fundador del Opus Dei, Josemaría Escrivá de Balaguer. En Roma, donde vivía, y en Madrid, por don­de pasaba con destino a sus viajes apostólicos o al volver de los mismos, después de haber sembrado la semilla de la palabra y la gracia de Dios. Porque eso fue toda su vida: un sembrador incan­sable. Las cosechas no las retenía en su mano; las volvía a sembrar inmediatamente en beneficio de todos.

Me ha preguntado cuál sería el secreto de este gran sacerdote del Reino de Cristo en la Iglesia de nuestro tiempo. Y he aquí la reflexión que hago a raíz de su muerte, que hirió su corazón con un movimiento brusco y suave a la vez, como eran los suyos propios. ¡Cuánto ardimiento en aquel hombre excepcional que se pasó la vida sin conocer el sosiego, ni siquiera el que proporciona a tantos otros la última enfermedad!

Capacidad para el entusiasmo por las causas grandes, tesón invencible, optimismo reflexivo, minuciosidad en la ejecución, deli­cadeza suma para los detalles…; he aquí algunos rasgos de su con­dición humana. Cuando coinciden en una persona, la hacen capaz de grandes resoluciones y la disponen para el triunfo, empleando esta palabra en su valor puramente objetivo, como sinónimo de logro de lo que uno se propone. El fundador del Opus Dei consiguió muchos de sus propósitos; el primero de todos, dar vida, sólido

arraigo a una obra a la que se entregó totalmente, la asociación que predica y promueve la santificación del hombre en medio del trabajo ordinario de la vida. Esto, que era tan sencillo y tan evan­gélico, estaba prácticamente olvidado.

Pero para poder explicar el éxito en esta empresa no basta acudir al carácter de quien la acometió; no está ahí el secreto. Porque la empresa es de índole sobrenatural y, por mucho que ayuden las condiciones personales del que la promueve, como instrumento efi­caz, se necesita otra clave mucho más íntima y radical. Un carácter humano, por muy dotado que esté para la perseverancia y el entu­siasmo en el servicio a una causa, si sólo cuenta con sus propios recursos instrumentales, se dispersa en la inoperancia real, cuando la causa es precisamente vivir enamorado de la santidad y comu­nicar a los demás el mismo amor. Su actividad se convierte entonces en activismo; su palabra, en grito o en susurro; pero nada más, y la energía de su voluntad se transforma en puro afán de mando. Nada de esto sirve para llevar por los caminos de la perfección cris­tiana. El que lo intente fracasará a las primeras de cambio.

Monseñor Escrivá tuvo tiempo para «fracasar». Los casi cin­cuenta años transcurridos desde que fundó la asociación hasta el momento actual dan de silo suficiente para sentirnos obligados a contemplar con inmenso respeto el proceso de una obra que, como es frecuente en la historia de la Iglesia, ha encontrado enormes difi­cultades para su desarrollo. Pero él, Escrivá, no las rehuía. Sabía que las dificultades forman parte del plan de Dios y las aceptaba con la humildad característica del que tiene fe.

Sumergido para siempre en la vivencia cálida del misterio de la Iglesia, más que enfrentarse con las dificultades, lo que hacía era incorporarlas y asimilarías hasta hacerlas correr dentro de su sangre como un alimento más de su vida de fe. De ahí que lo que parecía optimismo temperamental era más bien realismo cristiano, que ni se arredra ni huye por muy oscuro que se presente el horizonte. Era la Iglesia de Cristo la que invitaba a trabajar así, porque así tienen que ser siempre las cosas para los seguidores del que llevó la cruz.

Su amor a la Iglesia era amor al Papa, a los obispos, a los sacer­dotes, al Magisterio eclesiástico, al culto litúrgico y a la devoción privada, y desde ahí a los hombres de toda condición porque para ellos era esa Iglesia tan amada, y mal podía ser querida ésta si no lo eran a la vez todos los que, dentro o fuera del redil, eran, en la intención del Salvador, beneficiarios de sus dones. Esto es amor a la Iglesia, quererla tal como es en sí, sin echar agua al vino, y quererla para todos.

El universalismo del Opus Dei, en la extensión geográfica y en la diversidad de las personas llamadas, y las originalidades en la concepción de la obra y en sus métodos de apostolado obedecía a esta identificación tan cabal del fundador con el misterio de la Iglesia. No le demos vueltas. Sorprendente y a veces desconcertante en sus expresiones y en sus anhelos apostólicos, Monseñor Escrivá no guardaba otras sorpresas ni producía otros desconciertos que los de la misma Iglesia, a la que servía como un enamorado lleno de confianza y persuadido de que la Iglesia es siempre original. Él no fracasó nunca y lo que hubo de «no logro» de determinados propósitos parciales en su vida formaba parte del plan, no en virtud de un juego de consolaciones artificiales y forzadas, sino como obla­ción que había que ofrecer porque así es la Iglesia.

Tres grandes fuerzas animaban su vida interior, presentes cada día y cada hora en su espíritu, de valor supremo e insustituible para vivir como hijo de la Iglesia en su doble dimensión mística (amor al misterio de la esposa de Cristo) y apostólica (dinamismo de una fe que aspira a renovar el mundo). Eran la Eucaristía, particular­mente el santo sacrificio de la Misa (sentido de redención); amor a la humanidad de Cristo niño, hombre, muerto y resucitado (sen­tido de encarnación de la fe en el mundo), y amor vivísimo a la Santísima Virgen Maria, de la cual no quería ver separado a San José (sentido de familia de los hijos de Dios que tienen junto a si motivos de gozo, al encontrarse con la belleza espiritual y la ayuda materna de María).

Esta triple fuerza que caldeó su vida le movió a lanzarse a la gran tarea, santificar a los hombres tal como son, tal como viven, tal como trabajan. Su sacerdocio lo entendió así, y toda su vida fue como la prolongación de una Misa ininterrumpida que glorificaba al Padre, trataba de obtener el perdón para el pecado mediante la gracia sacramental, y ponía el trabajo profesional y las preocupa­ciones familiares como una hostia purificada junto al altar. Todo esto es lo que percibí en las conversaciones que tuve con él, y también lo he captado en sus escritos, y lo vengo comprobando en los sacer­dotes del Opus Dei que he conocido. ¿Era este su secreto?

Por supuesto que esas fuerzas a que he hecho alusión, cuando se convierten en motor de una existencia humana iluminada por la fe, hacen del hombre un servidor de Dios, de Jesucristo y de la Iglesia hasta el heroísmo. Pero, ¿por qué? ¿Por qué en unos la respuesta es tan plena y en otros tan escasa? Hace falta encontrar otra clave, que es también fruto de la gracia, desde luego, pero que comporta igualmente una actitud o disposición inicial capaz de explicar el secreto de la perseverancia y la generosidad en el amor. Es ese pequeño toque, matiz delicadísimo en la relación de un alma con Dios, del que en un momento dado dependen, con frecuencia, todas las generosidades para la acogida de lo que Dios ofrece y para la respuesta a lo que pide. Yo lo llamo pobreza, en el sentido evangélico de la palabra. Algo así como en Maria, la Santísima Vir­gen, Madre de Dios. ¡Qué corazón tan pobre, es decir, tan limpio, en la doncella de Nazaret cuando recibió el mensaje del cielo! ¡Y qué riqueza había, sin embargo, en su entrega a la voluntad de Dios! Sólo estos pobres son los que se dejan llevar y, por tener el alma limpia, los motores funcionan. Después, por el camino más ines­perado viene lo que viene siempre, el triunfo de Dios en ellos.

De Monseñor Escrivá se ha dicho que, a veces, parecía un niño, que arreglaba un problema grave con una broma, que huía de la tristeza como de la peste, que concebía o impulsaba la fundación de una Universidad o de una editorial con el más vivo entusiasmo, pero no con mayor empeño que el que ponía para rezar el Rosario, por ejemplo, o para ayudar privadamente a quien se lo pedía, que contagiaba a los demás el deseo y la dicha de la gracia y la verdad de Dios, que no se reservaba nada teniéndolo todo, que lanzaba a sus hijos hacia el mundo al que amaba, y vivía totalmente apartado del mundo, que no temía a personas ni acontecimientos porque no tenía nada que perder… ¿Qué significa todo esto más que el limpio resplandor de un corazón pobre, no instalado, desprendido, abierto a todos, saturado de confianza en Dios en medio de las mayores pruebas? Esta es la pobreza evangélica auténtica, aunque el que así la vive se dedique a movilizar todos los recursos imaginables para servir a Dios y a los hombres. Acaso esté aquí el secreto que explica algo de su vida.

Por haber sido así desde los años primeros de su sacerdocio, tan disponiblemente abierto a la acción de Dios, fue encontrado apto, en su pequeñez de esclavo, para las más grandes tareas apos­tólicas. Hay miles de detalles en su vida que lo confirman así. Y no es necesario pertenecer al Opus Dei para conocerlos, ni para comprender que donde existe esa pobreza se ama apasionadamente la verdad y se alcanzan resultados inimaginables. Basta tener un poco de sensibilidad sacerdotal, recta y justa, para sentir la noble curiosidad de saber a qué puede deberse el formidable despliegue de tantas energías al servicio del Evangelio, como es el que encon­tramos en la vida de Josemaría Escrivá de Balaguer.

Mucho antes del Concilio Vaticano II trabajó él, como nadie, en la promoción del laicado, en la auténtica y profunda promoción, no en las ridículas y tristes experiencias que tanto han abundado y siguen haciendo acto de presencia en los años del posconcilio, y en el campo del ecumenismo, y en el diálogo con el mundo moder­no, y en el reconocimiento efectivo de la sana autonomía de las realidades temporales.

Precisamente por eso, ahora, cuando tantos se mueven aloca­damente, sin rumbo, porque su frivolidad les priva de la luz, él supo mantenerse tan firme y enhiesto en la roca de la fidelidad sin con­vertirse jamás en un futurólogo insustancial que, creyendo atisbar el porvenir, consiente en que el presente se le desmorone entre las manos. Porque supo ser un auténtico progresista, fue también –co­mo no puede ser menos– un conservador denodado y valiente, de la raza de los mártires y los confesores de la fe, o simplemente del linaje espiritual de los que, a imitación de Maria, saben conservar en su corazón de pobres del Reino lo que debe ser conservado siem­pre para ser fieles.

Yo espero y deseo que sus hijos, los sacerdotes y los laicos, sepan seguir este camino. La Iglesia española y la Iglesia universal nece­sitan de su testimonio en este sentido.

Artículo publicado en ABC

«Es como hacer un viaje…»

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Desde 1928, son ya muchos los hombres y las mujeres del Opus Dei que han comprobado la realidad del dolor y de la muerte. Sus historias, como las de otras muchas gentes desconocidas, sólo las conoce a fondo Dios. Me consta, sin embargo, que los enfermos son un «tesoro» para el Opus Dei y que es realidad esa afirmación de su Fundador cuando recordaba que la Obra es un buen sitio para vivir y para morir, aunque estas páginas pertenezcan, como tantas otras de otros siglos y del presente, a ese torrente oculto, no descrito por nadie, que es la verdadera historia de la humanidad.

Isidoro Zorzano, argentino, ingeniero industrial, miembro del Opus Dei desde 1930, murió el 15 de julio de 1943, cuando su vida parecía más necesaria. Sus últimas palabras fueron: «Conviene obedecer al Señor, dejar todo e irse a los cuarenta años, cuando habría aún tanto que hacer. Es como hacer un viaje, cambiar de casa, ser trasladado de un sitio a otro. Aunque sólo fuera para obtener esta paz en la última hora, vale la pena hacer lo poco que hacemos por el Señor». Montserrat Grases, 17 años, un año en el Opus Dei, vivió con prisa para morir el día de Jueves Santo de 1959 agotada por el dolor. Segundos antes, trata de incorporarse para ver la imagen de la Virgen, que tiene frente a la cama, y susurra: « ¡Cuánto te quiero! ¿Cuándo vendrás a buscarme?». Las causas de beatificación de Isidoro y de Montse están iniciadas.

«No tengas miedo a la muerte. Acéptala, desde ahora, generosamente…, cuando Dios quiera…, como Dios quiera…, donde Dios quiera. –No lo dudes: vendrá en el tiempo, en el lugar y del modo que más convenga…, enviada por tu Padre–Dios. –¡Bienvenida sea nuestra hermana la muerte! ». Estas son unas palabras que he vuelto a releer en Camino después de conocer el fallecimiento del Fundador del Opus Dei. Había pedido al Señor irse sin «dar la lata» a los que estaban a su lado. El Señor escuchó su oración. Y partió humildemente, silenciosamente, como siempre había deseado vivir.

Casi tres meses antes, el 28 de marzo de 1975, se cumplieron los cincuenta años de su ordenación sacerdotal.. Al acercarse aquella ocasión, escribía en una carta dirigida a sus hijos: «No quiero que se prepare ninguna solemnidad, porque deseo pasar este jubileo de acuerdo con la norma ordinaria de mi conducta de siempre: ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca».

Parece como si el Señor hubiera querido que su muerte fuese un fiel. reflejo de su vida. Le gustaba decir que su vocación era agotarse en el servicio de Dios, y morir como un limón bien exprimido, que ha dado de sí hasta la última gota. Y el 26 de junio de 1975 llegó con admirable naturalidad su «dies natalis», el día de su nacimiento, como lo celebraban los primeros cristianos. Era una mañana de una jornada más en la vida ordinaria de un sacerdote que sólo hablaba de Dios.

Después de celebrar temprano la Santa Misa, fue a un centro internacional de postgraduadas en Castelgandolfo, una obra apostólica del Opus Dei. «Vosotras, por ser cristianas –les decía a las profesoras y a las alumnas–, tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo aquí. Podéis y debéis ayudar con esa alma sacerdotal y, con la gracia de Dios, al ministerio sacerdotal de nosotros, los sacerdotes. Entre todos, haremos una labor eficaz. Sacad motivo de todo para tratar a Dios y a su Madre Bendita, Nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Angeles Custodios, para ayudar a esta Santa Iglesia, nuestra Madre, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en estos momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia y al Papa. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio a la Iglesia y al Santo Padre». Casi tres horas más tarde, ya en el despacho donde habitualmente trabajaba, Dios quiso llevárselo a su lado.

No padecía ninguna enfermedad que hiciera presagiar su próximo fin. Había ofrecido su vida repetidas veces, por la Iglesia y por el Romano Pontífice. Tal vez la clave de su súbita muerte esté en unas palabras dichas por un cardenal romano ante el cuerpo sin vida de Monseñor Escrivá de Balaguer: «El Padre ha muerto de amor a la Iglesia». Quizá sea ésta la pura verdad: el dolor de la Iglesia le rompió el corazón.

«La beatitud se ve –decía Eugenio Montes el 28 de junio al describir el sepelio del Fundador del Opus Dei en una crónica de ABC–. La trascendencia se presiente. Y no sólo la he vista yo cuando estuve recogido en oración en la capilla, pues, a la salida, le oí susurrar a Mons. Deskour: «Espero ser uno de los primeros obispos que postule su beatificación. He ofrecido la Misa por su glorificación». Idéntico deseo manifestaron 69 Cardenales y cerca de 1.300 Obispos –más de un tercio del episcopado mundial–, pidiendo a la Santa Sede la apertura de su Proceso de Beatificación y Canonización, que comenzó en Roma el 12 de mayo de 1981.

Conozco otras muertes de personas del Opus Dei –algunas de ellas muy recientes– que han pasado ocultas como las vidas, pero ¿para qué contarlas?… ¿Quién se acuerda, después de todo, de las vidas y de las muertes de aquellas generaciones de primeros cristianos, que nos transmitieron intacto el depósito de la fe a golpe de testimonio oculto?… Las conoce Dios de punta a cabo… y nosotros las conocemos por sus frutos.

Unidos al Papa de todo corazón

Prelado  Tagged , , , , , No Comments »

Carta pastoral de mons. Javier Echevarría dirigida a los fieles de la Prelatura y cooperadores del Opus Dei en ocasión de los veinticinco años del pontificado de Juan Pablo II.

Opus Dei -

Hace veinticinco años se cumplían las bodas de oro de la fundación del Opus Dei. El Señor dispuso que esa fecha coincidiera con un período de “sede vacante” en la Iglesia: Juan Pablo I, el Papa que removió al mundo con su sonrisa en sólo treinta y tres días, había fallecido. Aquel aniversario de la Obra, preparado con mucha oración y mucha alegría, se vio empapado por la tristeza de ese luto. Poco después, el 16 de octubre, nos llenamos de gozo con la elección de Juan Pablo II como sucesor de Pedro. Al celebrar ahora el vigésimo quinto aniversario de ese acontecimiento, unámonos al homenaje que millones de personas —creyentes y no creyentes— tributan al Romano Pontífice.

El hecho de que esa fecha coincida prácticamente con los setenta y cinco años de vida del Opus Dei, constituye otra oportunidad para descubrir la actuación de la Providencia, que todo lo gobierna con suavidad y guía la historia a través de los tiempos. Parece como si el Señor nos confirmara en una característica esencial del espíritu del Opus Dei: un amor grande a la Iglesia y a su Cabeza visible, como lo afirmaba nuestro Fundador en 1934, cuando escribía, tras haberlo predicado frecuentemente: “Cristo. María. El Papa. ¿No acabamos de indicar, en tres palabras, los amores que compendian toda la fe católica?” . Y en 1964, después de una audiencia que le había concedido Pablo VI, afirmaba: “en el Opus Dei tenemos un cariño extraordinario y una gran veneración por la persona del Papa: un cariño y una veneración que queremos que sea mayor cada día. En mi deseo de servir a la Iglesia, yo he procurado siempre que mis hijos amen mucho al Papa” .

Esos deseos de San Josemaría siguen cumpliéndose, gracias a Dios, en el mundo entero. Lo testimonian los centenares de millares de almas que reciben formación en los Centros de la Prelatura o colaboran con sus apostolados. Allí, los católicos aprenden a rezar diariamente —o se confirman en ese deber filial— por el Papa, por su persona y sus intenciones; se ven impulsados a conocer con profundidad sus enseñanzas y a ponerlas en práctica; se les anima a difundirlas entre parientes, amigos y conocidos, haciendo de altavoz al magisterio pontificio en los ambientes donde cada uno se desenvuelve. Y los muchos no católicos —e incluso no cristianos— que ayudan en el Opus Dei como Cooperadores, respetan y admiran al Santo Padre, en quien descubren —como otras innumerables personas de corazón recto— a un hombre de Dios, a un intrépido defensor de los derechos humanos, a un pacificador de los pueblos y de las conciencias; en el fondo, descubren en el Papa una representación viva de Jesucristo.

Opus Dei -

Por la bondad divina, a diario se cumple aquella aspiración de San Josemaría que he procurado que resonara frecuentemente en vuestros oídos: Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!: que todos los hombres y mujeres que el Señor coloque a vuestro lado vayan, con Pedro, a Jesús por medio de María. ¡Gracias, Señor!, repito una vez más, mientras alzo mi corazón rebosante de cariño a la Madre de la Iglesia, por cuya intercesión nos llegan todos los bienes.

Con ocasión de este aniversario, habrá en muchos sitios actos de homenaje en honor de Juan Pablo II, a los que deseamos sumarnos de todo corazón. Pero los católicos no podemos limitarnos a esas expresiones exteriores de cariño, ya que se quedaría en algo muy escaso. Los hijos de la Iglesia hemos de acompañar al Papa, sobre todo, con el ofrecimiento generoso de nuestra oración, de nuestro sacrificio y de nuestro trabajo por su persona, su salud y sus intenciones. Procuremos difundir este modo de participar en la efeméride que se avecina: la oración perseverante y la mortificación generosa han de encontrarse en la base de todas las manifestaciones de cariño y veneración al Santo Padre.

Ha transcurrido un año desde la canonización de San Josemaría. Como os he repetido con frecuencia en estos meses, “el 6 de octubre” no debe borrarse de nuestra memoria ni de nuestra conducta. Esa fecha ha quedado esculpida para siempre en la historia del Opus Dei, y a ese recuerdo hemos de volvernos una vez y otra para reencontrar el impulso hacia la santidad personal y el apostolado, que aquel día experimentamos con particular intensidad. Las palabras que pronunció el Romano Pontífice han de alimentar incesantemente nuestra oración y la de las personas que tratan de acercarse a Dios siguiendo el espíritu del Opus Dei. Nos señalaba el Papa en aquella ocasión: “elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el Santo Fundador os indica, queridos hermanos y hermanas que hoy os alegráis por su elevación a la gloria de los altares. Él continúa recordándoos la necesidad de no dejaros atemorizar ante una cultura materialista, que amenaza con disolver la identidad más genuina de los discípulos de Cristo. Le gustaba reiterar con vigor que la fe cristiana se opone al conformismo y a la inercia interior.

Opus Dei -

“Siguiendo sus huellas, difundid en la sociedad, sin distinción de raza, clase, cultura o edad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad. Esforzaos por ser santos vosotros mismos en primer lugar, cultivando un estilo evangélico de humildad y servicio, de abandono en la Providencia y de escucha constante de la voz del Espíritu.  De este modo, seréis “sal de la tierra” (cfr. Mt 5, 13) y brillará “vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” “(Mt 5, 16) .

Con su ejemplo y con sus palabras, San Josemaría nos enseñó a recurrir a la Santísima Virgen en todo momento, para manifestar nuestro cariño y nuestra confianza en su mediación materna. Don Álvaro, primer sucesor suyo al frente de la Obra, nos exhortaba a esforzarnos «en caminar muy pegados a la Santísima Virgen, en meter a la Virgen en todo y para todo» . Cuidemos con devoción tierna y recia el rezo del Santo Rosario, especialmente en este mes de octubre, último del “año del Rosario” proclamado por el Papa. Esmerémonos en la contemplación de los misterios, en consonancia con las sugerencias del Santo Padre, que nos exhorta a recordar a Cristo, a comprenderle, a configurarnos con Él, a rogarle y a anunciarle a los demás, siempre por María y con María.

Al comenzar cada decena, poned en primer lugar las intenciones del Papa; de este modo, estaréis muy unidos a las intenciones de vuestro Padre y Prelado. A este propósito, y para terminar, acudo a otras palabras de San Josemaría: “Hijos de mi alma, tenemos la alegría de saber que Dios nos ha escogido desde la eternidad y nos ha traído a esta familia del Opus Dei, que tiene como orgullo servir: servir a todas las almas y, antes que nada, servir a la Iglesia, Una, Santa, Católica, Apostólica; servir al Romano Pontífice con un amor sin condiciones. Fieles a Jesucristo, dóciles al Magisterio de la Iglesia, trabajamos y rezamos para extender el reino de Dios, unidos al Papa en una obediencia filial y profunda”

Carta del Prelado (noviembre 2008)

firmes en la fe  Tagged , , , , , No Comments »

La carta que Mons. Echevarría escribe mensualmente se centra esta vez en el tesoro que es la Iglesia. El Prelado sugiere algunas acciones concretas para amarla y servirla.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Hace pocos días concluyó la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos, en la que he podido palpar con alegría, una vez más, la unidad y la universalidad de la Iglesia. Me ha conmovido también la confianza en la labor del Opus Dei que muchos Padres de muy diversos países me manifestaban: bastantes daban gracias por el servicio apostólico que los fieles y Cooperadores de la Obra llevan a cabo en sus diócesis, y otros me urgían a dar comienzo, cuanto antes, al trabajo apostólico estable en sus países o regiones. He pensado muchas veces en aquellos sueños de nuestro Padre, cuando nos recordaba que nos esperan en muchos lugares, mientras rezaba por la futura tarea.

Ante esas manifestaciones de interés y de afecto, ante tantas llamadas urgentes, me venían con más insistencia a la cabeza aquellas palabras: «¡Jesús, almas!… ¡Almas de apóstol!: son para ti, para tu gloria». Hagamos eco a diario a ese clamor que nuestro Padre desea que resuene en nuestros corazones, mientras nos ayuda desde el Cielo.

Vibrar con las necesidades de la Iglesia, en todos los continentes, es y será siempre algo muy propio de los cristianos. Esta profunda actitud del corazón se pone especialmente de manifiesto en el día de hoy, solemnidad de Todos los Santos. La solemnidad que celebramos, no sólo nos invita a recordar a la inmensa muchedumbre de almas bienaventuradas; nos transmite también una invitación a profundizar en el misterio de la Iglesia, de la que formamos parte los que peregrinamos aún en la tierra, los que se purifican en el Purgatorio y los que gozan ya de Dios en el Cielo.

No se me borra el júbilo con que San Josemaría expresaba esta verdad. «En la Santa Iglesia —escribía en una ocasión— los católicos encontramos nuestra fe, nuestras normas de conducta, nuestra oración, el sentido de la fraternidad, la comunión con todos los hermanos que ya desaparecieron y que se purifican en el Purgatorio —Iglesia purgante—, o con los que gozan ya —Iglesia triunfante— de la visión beatífica, amando eternamente al Dios tres veces Santo. Es la Iglesia que permanece aquí y, al mismo tiempo, trasciende la historia. La Iglesia, que nació bajo el manto de Santa María, y continúa —en la tierra y en el cielo— alabándola como Madre».

Una de las enseñanzas capitales de San Pablo versa precisamente sobre la naturaleza de la Iglesia: nos habla de los discípulos del Señor, convocados por Dios Padre y reunidos por el Espíritu Santo para constituir el Cuerpo místico de Cristo. Benedicto XVI lo ha subrayado varias veces, a lo largo de este año dedicado al Apóstol de los gentiles. Al compás de algunas de sus enseñanzas, os invito a meditar en estas verdades durante las próximas semanas. Como fruto de esa consideración, espero de Dios que se acreciente en cada uno de nosotros el amor a nuestra Madre la Iglesia y el deseo de servirla como la Iglesia quiere ser servida, en cualquier situación en la que nos encontremos.

El Papa nos anima a considerar, ante todo, que el «primer contacto [del Apóstol] con la persona de Jesús tuvo lugar a través del testimonio de la comunidad cristiana de Jerusalén (…). La historia nos demuestra que normalmente se llega a Jesús pasando por la Iglesia». El Santo Padre comenta que, en ocasiones —como le sucedió a Saulo—, ese primer contacto con la Iglesia (realidad espiritual y visible al mismo tiempo) puede resultar «un contacto turbulento. Al conocer al nuevo grupo de creyentes, se transformó inmediatamente en su fiero perseguidor. Lo reconoce él mismo tres veces en diferentes cartas» . Normalmente no tiene por qué suceder así; sobre todo, si los cristianos procuramos reflejar fielmente la figura de Jesús en nuestras palabras y en nuestra conducta. En la vía de Damasco, San Pablo comprendió que «al perseguir a la Iglesia, perseguía a Cristo. Entonces, Pablo se convirtió, al mismo tiempo, a Cristo y a la Iglesia. Así se comprende —concluye Benedicto XVI— por qué la Iglesia estuvo tan presente en el pensamiento, en el corazón y en la actividad de San Pablo».

Meditemos de nuevo las palabras de Jesucristo resucitado. A la pregunta de Saulo —¿quién eres tú, Señor?—, el Señor responde: Yo soy Jesús, a quien tú persigues[6]. «En el fondo, en esta exclamación del Resucitado, que transformó la vida de Saulo, se halla contenida toda la doctrina sobre la Iglesia como Cuerpo de Cristo. Cristo no se retiró al cielo, dejando en la tierra una multitud de seguidores que llevan adelante “su causa”. La Iglesia no es una asociación que quiere promover cierta causa. En ella no se trata de una causa. Se trata de la persona de Jesucristo, que, también como Resucitado, sigue siendo “carne”. Tiene “carne y huesos” (Lc 24, 39), como afirma en el evangelio de San Lucas el Resucitado, ante los discípulos que creían que era un espíritu. Tiene un cuerpo. Está presente personalmente en su Iglesia».

A la luz de estas consideraciones, ahondamos más en la realidad de que cualquier ofensa a la Iglesia —a su doctrina, a sus sacramentos e instituciones, a sus Pastores, especialmente a su Cabeza visible, el Romano Pontífice— constituye un menosprecio a Jesucristo mismo. Porque la Iglesia que contemplamos en la tierra, a pesar de las flaquezas y errores que arrastremos sus miembros, es siempre la Iglesia de Dios,como repite Pablo innumerables veces: el Pueblo que Dios Padre ha convocado en su presencia; el Cuerpo de Cristo, que Jesucristo ha fundado al precio de su sangre, para prolongar su presencia en la historia hasta el final de los tiempos; el Templo del Espíritu Santo, que se levanta como la verdadera morada de Dios entre los hombres. Con palabras de un Padre de la Iglesia, que asumió el Concilio Vaticano II, «toda la Iglesia aparece como “un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”».

La Unidad y Trinidad de Dios define, pues, el fundamento último de la realidad y naturaleza íntima de la Iglesia. Por eso, «se equivocarían gravemente los que intentaran separar una Iglesia carismática —que sería la verdaderamente fundada por Cristo—, de otra jurídica o institucional, que sería obra de los hombres y simple efecto de contingencias históricas. Sólo hay una Iglesia. Cristo fundó una sola Iglesia: visible e invisible, con un cuerpo jerárquico y organizado, con una estructura fundamental de derecho divino, y una íntima vida sobrenatural que la anima, sostiene y vivifica».

La sublime visión de la Iglesia, que San Pablo expone en sus epístolas, da razón de la fortaleza con que actúa cuando se pone en juego su unidad o su universalidad. A los cristianos de Corinto, propensos a dividirse en facciones contrapuestas, les amonesta: me han llegado noticias sobre vosotros, hermanos míos, de que hay discordias entre vosotros. Me refiero a que cada uno de vosotros va diciendo: “Yo soy de Pablo”, “Yo, de Apolo”, “Yo, de Cefas”, “Yo, de Cristo”. ¿Está dividido Cristo? ¿Es que Pablo fue crucificado por vosotros o fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?.

La defensa de la unidad de esta Madre santa se muestra como una pasión dominante en la vida del Apóstol, como lo fue también la defensa de su universalidad. «Desde el primer momento —enseña el Papa— había comprendido que esta realidad no estaba destinada sólo a los judíos, a un grupo determinado de hombres, sino que tenía un valor universal y afectaba a todos, porque Dios es el Dios de todos». Y así, ante el peligro de que la primitiva comunidad cristiana quedase encerrada en los límites de la Sinagoga, el llamado Concilio de Jerusalén declara que todos los hombres y mujeres, de cualquier raza, lengua y nación, están llamados a una plena incorporación a la Iglesia de Cristo, en la que ya no hay diferencia entre judío y griego, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer, porque todos vosotros sois uno solo en Cristo Jesús.

De esta pertenencia de la Iglesia a Cristo, procede «nuestro deber de vivir realmente en conformidad con Cristo. De aquí derivan también las exhortaciones de San Pablo a propósito de los diferentes carismas que animan y estructuran a la comunidad cristiana. Todos se remontan a un único manantial, que es el Espíritu del Padre y del Hijo, sabiendo que en la Iglesia nadie carece de un carisma, pues, como escribe el Apóstol, “a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común” (1 Cor12, 7)». ¿Es sinceramente piadosa tu petición pro unitate apostolatus? ¿Cómo rezas por todos los que gastan su existencia por la Iglesia? ¿Sabes llegarte con la oración hasta el último lugar donde se trabaja por Cristo?

¡Cuántas gracias hemos de dar a Dios por haber querido que la Iglesia sea, al mismo tiempo, única y tan variada! ¡Y qué respeto hemos de mostrar a todas las manifestaciones con las que el Espíritu Santo quiere adornar a la Esposa de Cristo! «En la Iglesia hay diversidad de ministerios, pero uno sólo es el fin: la santificación de los hombres. Y en esta tarea participan de algún modo todos los cristianos, por el carácter recibido con los Sacramentos del Bautismo y de la Confirmación. Todos hemos de sentirnos responsables de esa misión de la Iglesia, que es la misión de Cristo». Nadie sobra en la Iglesia: todos somos necesarios. El punto importante se centra en la comunión con su Cabeza visible, con los Pastores y con el entero Pueblo de Dios, cada uno según la llamada y la gracia que ha recibido.

En el marco de las enseñanzas eclesiológicas de San Pablo, la realidad teológica y jurídica de la Obra —que es una pequeña parte de la Iglesia— adquiere todo su relieve. Me gusta considerarlo cuando está a punto de finalizar el especial año mariano que convoqué para conmemorar las bodas de plata de la erección pontificia de la prelatura. La labor apostólica del Opus Dei —de sus fieles laicos y de sus sacerdotes— es necesariamente una colaboración a la vitalidad pastoral de las Iglesias particulares en las que la Prelatura vive y actúa.

Así lo recordaba con inmenso cariño el Siervo de Dios Juan Pablo II, cuando, hablando de la «naturaleza jerárquica del Opus Dei», añadía: «La pertenencia de los fieles laicos tanto a su Iglesia particular como a la Prelatura, a la que están incorporados, hace que la misión peculiar de la Prelatura confluya en el compromiso evangelizador de toda Iglesia particular, tal como previó el Concilio Vaticano II al plantear la figura de las prelaturas personales».

Es una señal más de algo que Benedicto XVI subrayaba recientemente:«”La Iglesia de Dios” no es sólo la suma de distintas Iglesias locales, sino que las diversas Iglesias locales son a su vez realización de la única Iglesia de Dios. Todas juntas son la “Iglesia de Dios”, que precede a las Iglesias locales, y que se expresa, se realiza, en ellas». Y el Opus Dei, al servicio de la Iglesia, del Romano Pontífice y de todas las almas, cumple ese fin como una de las instituciones que el Romano Pontífice puede erigir para realizar peculiares tareas pastorales, que, «en cuanto tales,pertenecen a la Iglesia universal, aunque sus miembros son también miembros de las Iglesias particulares donde viven y trabajan (…). Esto no sólo no lesiona la unidad de la Iglesia particular fundada en el Obispo, sino que por el contrario contribuye a dar a esta unidad la interior diversificación propia de la comunión».

En este sentido, me da alegría comunicaros que ya se ha comenzado el trabajo apostólico estable en Indonesia; y que está muy próximo, si Dios quiere, el momento en que se abrirá el primer Centro en Bucarest. También se prepara el comienzo de la labor estable en Bulgaria y en Corea: a vuestra oración y a la de quienes participan de la labor de la Obra encomiendo la expansión apostólica a esos lugares y a tantos otros.

Siguiendo las huellas de nuestro Padre, he ido a rezar ante la imagen de la Medalla Milagrosa de la Rue du Bac, en París. Allí he presentado vuestra oración a Santa María, para que Ella nos ayude a realizar el gran milagro de convertir la vida ordinaria en santidad heroica. Recorramos estos últimos días del año mariano, y todo el tiempo de nuestra vida, bien asidos a la mano de la Virgen, dando cumplimiento a la indicación que dirigió a los sirvientes en Caná: haced lo que Él os diga. Intentemos imitar a aquellos criados, con la voluntad —todas y todos— de responder usque ad summum, totalmente, con oración y trabajo.

No termino sin pediros, una vez más, que os unáis a mis intenciones, especialmente en la Santa Misa. En estos días, rezad por los hermanos vuestros a quienes administraré el diaconado, en Roma, el próximo 22 de noviembre, víspera de la solemnidad de Cristo Rey.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

“Hemos de amar mucho a la Iglesia”

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Con ocasión de un nuevo aniversario del fallecimiento de San Josemaría, el próximo 26 de junio, ofrecemos un testimonio de primera mano sobre aquellos días de 1975.

Maria Pilar de Meer de Rivera, Chus,vive en Barcelona. Nacida en Valladolid en plena guerra civil, conoció el Opus Dei siendo estudiante de Bachillerato. Estudió Medicina en la Universidad de Navarra. Después de terminar sus estudios se trasladó a Roma. Allí colaboró con San Josemaría en el gobierno del Opus Dei y dirigió el Colegio Romano de Santa Maria, un centro internacional de estudios. El fundador del Opus Dei visitó esta institución, ubicada en Castelgandolfo, en numerosas ocasiones. Lo hizo por última vez el mismo día de su fallecimiento, el 26 de junio de 1975

“Recuerdo ese día como si fuera ayer -comenta la doctora de Meer-. San Josemaría había venido a Villa delle Rose, así se llama la casa. Le esperábamos con mucha ilusión. llegó a las 10.30 h. acompañado de Mons. Àlvaro del Portillo y de Mons. Xavier Echevarría. Traía como regalo una pata de cristal transparente. Nos comentó que eran las últimas horas que pasaba en Roma, porque tenía que hacer un viaje”.

San Josemaría mantuvo un breve encuentro informal con las presentes. Explica Chus: “se sentó como otras veces junto a la chimenea de la sala de estar. Fue un rato entrañable, en el que, a pesar de su cansancio, quiso dedicar un rato a la formación de sus hijas.”.

SERVIR A LA IGLESIA

Se daba la circunstancia que era la primera vez que había, en el Colegio Romano estudiantes de los cinco continentes. Por esto, añade De Meer, San Josemaría “e interesó por las últimas llegadas a Roma, desde Kenya y Filipinas, y sobretodo por las japonesas, y las animó a aprovechar el tiempo de estudio, también –como tantas veces- San Josemaría mostró su solicitud paternal, añadiendo a su consejo de estudiar, el de hacer deporte y saber descansar”.

El día anterior, había sido el aniversario de la ordenación sacerdotal de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei. Lo quiso mencionar, y recordó a las presentes, todas mujeres: “Vosotras tenéis alma sacerdotal… Podéis y debéis ayudar con esa alma vuestra sacerdotal, y con la gracia del Señor y el sacerdocio ministerial (…) haremos una labor eficaz”. Más adelante añadió: “Hemos de amar mucho a la Iglesia y al Papa, cualquiera que sea. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio para su Iglesia y para el Santo Padre.

En este contexto de tertulia, una chica chilena habló al fundador del Opus Dei de los bautismos, confesiones, primeras comuniones, fruto de una catequesis en una isla del sur de Chile dónde ella había participado. “Me conmovió la respuesta”, asegura Chus, que recuerda las palabras que dijo entonces San Josemaría: “Ten en cuenta que no era fruto vuestro: era fruto de la pasión del Señor, del dolor del Señor, de los trabajos, de las penas llevados con tanto amor por la Madre de Dios; de la oración de todos (…), de la santidad de la Iglesia. Se manifestaba en apariencia como fruto de vuestro trabajo, pero no tengáis el orgullo de pensar que es así”. San Josemaría “decía estas palabras pausadamente, con un tono que reflejaba con naturalidad la hondura de la fe con que las expresaba; eran una llamada a ser humildes”, añade Chus. El encuentro concluyó con unas palabras sobre la riqueza que contiene para una persona cristiana la vida cotidiana y “los pequeños detalles que se presentan a lo largo de la jornada”.

En esos momentos, San Josemaría comentó que no se sentía bien: “Interrumpimos la tertulia, mientras nos tranquilizaba, bromeando y sin dar importancia a su indisposición. Después de detenerse unos minutos en un despacho, se dirigió al garaje para regresar a Roma. Con su buen humor habitual comentó: perdonadme, hijas, por la lata que os he dado. Saludó al Santísimo en el oratorio y se despidió. Eran las once y veinte de la mañana. Unos minutos antes de las doce, el Padre llegó a Roma. Al llegar al despacho donde habitualmente trabajaba falleció.”

EL SERENO DOLOR DE DON ÁLVARO

Conxita Areta Romero, navarra establecida desde hace años en Barcelona, vivió desde la sede central en Roma el traspaso del fundador. Fue testigo del dolor sereno de Mons. Álvaro del Portillo, fiel colaborador de san Josemaría y primer sucesor suyo al frente del Opus Dei.

“Cerca de la una del mediodía –explica Conchita- nos avisaron de parte de D. Álvaro para que rezáramos por un asunto muy urgente”. No podía imaginar que estaba rogando por la vida del Fundador: en aquellos momentos recibía la Unción de los enfermos y trataban de reanimarle. “Alrededor de las dos menos cuarto supimos que San Josemaría había muerto. La serenidad comenzó a notarse con la misma fuerza que el dolor”, recuerda.

Sus recuerdos prosiguen así: “Siempre le he agradecido a Dios el haber podido ayudar en el cuidado de algunos detalles junto al cuerpo sin vida de San Josemaría. La serenidad de su rostro llenaba de paz. Después de preparar los ornamentos con que lo revistieron y disponer lo necesario para la celebración de la primera Misa corpore in sepulto que Mons. Álvaro celebró, tuve ocasión de velar los restos mortales de San Josemaría en el amanecer del día 27 de junio. Presencié tantos testimonios de veneración y afecto de quienes acudían a velar su cuerpo: personajes de la Iglesia o de la vida civil, empleados, jóvenes y ancianos, madres de familia con chiquillos. La última Misa corpore in sepulto, celebrada también por Mons. Álvaro, resultó especialmente emotiva. Mons. Álvaro, al que todos veíamos como hermano mayor, nos pidió nuevos propósitos de fidelidad. Recuerdo su hincapié en un rasgo destacado en San Josemaría, que nos movía a imitar: su humildad, su deseo de pasar inadvertido.”

Y concluye Conxita: “realmente fue difícil asimilar la idea de que no estaba ya en la tierra. Era tan viva su presencia en todos los detalles materiales de la casa, y hasta la cercanía física de sus sagrados restos mortales en la Cripta del oratorio de Santa María [actualmente Iglesia Prelaticia], que nos sentimos desde el primer momento acompañadas por él desde el Cielo y como espoleadas a luchar con nuevo empeño para hacer realidad en nuestra vida lo que con su vida nos había enseñado.”


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