¡Todos santos!

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Todos santos: ésta es una expresión fundamental para comprender el mensaje que don Josemaría había recibido y que intentaba hacer realidad en los cinco continentes lo antes posible. Soñaba con miles –con millones— de cristianos que vivieran su fe con plenitud en todos los enclaves de la tierra, levantando la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana.

Soñaba con hombres y mujeres de los más diversos ambientes, situaciones y culturas, que fueran testigos del Evangelio; con cristianos capaces de impulsar, en servicio de la Iglesia, junto con muchas otras personas, mediante su apostolado de amistad, cientos, miles, de labores apostólicas: escuelas para campesinos, dispensarios para gentes necesitadas, universidades y centros culturales, centros de promoción humana y espiritual…

Soñaba y sabía —con plena certeza, ¡lo había visto!— que eso se haría realidad con gentes de todo tipo y condición, de todas las razas, de todas las profesiones, de las más variadas costumbres y mentalidades. Pero luego… miraba a su alrededor, y se veía, humanamente, solo, sin nada. Pobre. Incomprendido. Sin experiencia.

Durante los primeros seis años de la Obra —recordaba años más tarde— me encontraba casi solo. Y no dudada en reconocer: Fueron años fuertes, duros.

Algunos testimonios sobre Josemaría Escrivá

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Se conservan miles de testimonios sobre Josemaría Escrivá escritos por personas de los más diversos países y ambientes sociales. Se recogen aquí los recuerdos de algunas personas que se encuentran en proceso de Canonización, y que tuvieron especial amistad y trato con el Fundador del Opus Dei.

Sierva de Dios Madre Esperanza, religiosa, fundadora

La Madre Esperanza de Jesús Alhama Valero, la popular “Madre Esperanza”, nació el 30.IX.1893 en Santomera, Murcia. Fundó en 1930 en Madrid la Congregación de las Esclavas del Amor Misericordioso. En esa ciudad conoció a Josemaría Escrivá. Una religiosa de su Congregación, Sor Presentación de Jesús, recordaba que “Nuestra Congregación pasaba entonces por un momento de grandes dificultades y de incomprensión: hasta se le achacaba a nuestra Madre Esperanza de Jesús Alhama el haber fundado sin permiso del Ordinario del lugar y durante algún tiempo se la tuvo incomunicada. (….). Las entrevistas con don Josemaría le dejaban a nuestra Fundadora una gran paz. Como siempre sucede entre los santos, había entre ellos una gran corriente de comprensión y de aceptación plena de lo que el Señor les estaba pidiendo”.

Falleció con fama de santidad el 8.II.1983. Su Causa de Canonización comenzó en 1990.

Siervo de Dios José María García Lahiguera, obispo y fundador.

Este Siervo de Dios nació en Fitero, Navarra, el 9.III.1903. Estudió en el Seminario de Madrid, del que fue nombrado, en julio de 1936, Director Espiritual. Durante la guerra civil española fundó, junto con María del Carmen Hidalgo de Caviedes, una obra contemplativa femenina, las Hermanas Oblatas de Cristo Sacerdote.

Estos dos fundadores se conocieron en Madrid en febrero de 1932. Josemaría Escrivá le explicó el Opus Dei. “Yo estaba firmemente conmovido con lo que iba oyendo —recuerda García Lahiguera— y comprendí enseguida que aquel sacerdote estaba iniciando algo verdaderamente trascendental, de Dios. Era un panorama de apostolado y de servicio a la Iglesia que atraía, maravilloso… (…) Ese fue el comienzo de una amistad que ha durado tanto como nuestras vidas”.

El Fundador del Opus Dei le pidió en octubre de 1940 que fuese su director espiritual. García Lahiguera aceptó y dirigió su alma hasta el 25 de junio de 1944, fecha en que se ordenaron los primeros sacerdotes del Opus Dei. Fue Obispo Auxiliar de Madrid en 1950; Obispo de Huelva en 1964, y en 1969 de Valencia. Falleció con fama de santidad el 14 de julio de 1989. Se ha abierto su Causa de Canonización.

Beato Manuel González García, obispo y fundador.

Nació en Sevilla el 25.II.1877. Obispo de Málaga desde 1915. Promovió la Obra de las Tres Marías que se difundió extensamente por España y Sudamérica. Fundó en 1921 la Congregación de las Hermanas Eucarísticas de Nazaret.

Josemaría Escrivá tenía en gran estima a este Prelado, como se pone de manifiesto en la carta que escribió a Isidoro Zorzano, residente en Málaga, el 3 de marzo de 1931. Se conocieron en mayo de 1933 en Madrid. “El Santo Prelado —anotó Escrivá en sus Apuntes Intimos, el 26 de mayo— fue cordialísimo. Puesta su mano sobre mi cabeza, por dos veces me dijo: ad robur, ad robur... Me prometió orar por mí y me dio, al marcharme, un abrazo muy apretado” (Ad robur: fortaleza). Manuel González falleció santamente, siendo Obispo de Palencia, el 4.I.1940. Fue beatificado por Juan Pablo II en el año 2001.

Beato Pedro Poveda, sacerdote y fundador. Mártir.

El Fundador de la Institución Teresiana nació en Linares (Andalucía) el 3.XII.1874. Se ordenó sacerdote en 1897 y fue profesor en el seminario de Guadix (Granada). En 1906 fue trasladado a Asturias donde desarrolló una intensa actividad pedagógica. Era gran amigo de Josemaría Escrivá. El Padre Poveda fue detenido el 27 de julio y asesinado por odio a la Religión en la madrugada del 28.VII.1936. Juan Pablo II le beatificó el 10 de octubre de 1993.

Sierva de Dios Josefa Segovia, maestra, cofundadora de la Institución Teresiana.

Nació en Jaén el 10.X.1981. Fue cofundadora de la Institución Teresiana junto con el Beato Pedro Poveda. Por la íntima amistad de don Josemaría Escrivá con con Pedro Poveda, llegaron a conocerse y se conserva un breve epistolario que pone de manifiesto su estima mutua. Está abierta su Causa de Canonización.

Sierva de Dios Luz Rodríguez Casanova, religiosa y fundadora.

Nació en Avilés el 28 de agosto de 1873. Fundó la Congregación religiosa de las Damas Apostólicas del Sagrado Corazón de Jesús (9.V.1924). En 1907 fundó el Patronato de Enfermos. Asunción Muñoz recuerda el afecto de esta Fundadora por Josemaría Escrivá, que fue Capellán de ese Patronato: “Desde el primer momento se compenetró admirablemente con doña Luz Rodríguez Casanova, nuestra Fundadora, porque ella también poseía una gran sencillez y porque le preocupaban las mismas cosas. Comprendió muy bien nuestro espíritu aun cuando luego él fundara el Opus Dei, con un modo de buscar la santidad muy diverso. Habiéndole conocido, esto se explica con facilidad ya que él acataba todo lo bueno, todo lo grande, todo lo santo… Tenía un espíritu muy universal. Quería todo cuanto fuera para la Gloria de Dios. Y por eso nos conoció muy bien y nos ayudó muchísimo y nos tuvo un gran afecto”.

“Nuestra madre Fundadora —prosigue— le tenía gran cariño. Se le notaba y nos lo decía abiertamente: porque el fervor de don Josemaría era admirable y tenía un atractivo especial. Contagiaba su piedad y era de una llaneza y una claridad abiertas a toda confianza”.Luz Rodríguez Casanova falleció santamente en Madrid el 8.I.1949. El 25 de enero de 1958 se abrió su Causa de Canonización.

Sierva de Dios Mercedes Reyna O´Farril, religiosa.

Esta religiosa, Dama Apostólica del Sagrado Corazón, trabajaba en el Patronato de Enfermos. Había nacido en la Habana, y se dirigía con el Beato José María Rubio, S. J.

Josemaría Escrivá, que la conoció en vida, tuvo tras su muerte gran veneración por ella y se acogía a su intercesión. “Le dio los últimos Sacramentos”, recuerda una de las primeras Damas Apostólicas, Asunción Muñoz, “a pesar de que él, por su cargo de capellán del Patronato, no tenía que ver con la atención espiritual de la comunidad de Damas Apostólicas. Posiblemente D. Josemaría haría una excepción con Mercedes Reyna atendiendo a sus circunstancias personales. Me contaron que no se apartó, prácticamente, del pasillo al que se abría la puerta de su habitación durante todo el tiempo que duró la agonía. Paseaba, rezando, dispuesto a entrar en cuanto lo necesitara; escuchaba, con la piedad de quien asiste a la muerte de un santo, las palabras entrecortadas de Mercedes. Asistió, con absoluta devoción, a los últimos momentos de aquella mujer cuya entrega total al sufrimiento y al amor de Dios no dudó ni un instante”. Mercedes Reyna falleció santamente el 23 de enero de 1929.

Anotó Josemaría Escrivá: Recuerdo, a veces con cierto temor por si fue tentar a Dios u orgullo, que, estando moribunda Mercedes Reyna [...], sin haberlo pensado de antemano, me ocurrió pedirle, como lo hice, lo siguiente: Mercedes, pida al Señor, desde el cielo, que si no he de ser un sacerdote, no bueno, ¡santo!, se me lleve joven, cuanto antes.

Beato Alfredo Schuster, monje benedictino, Arzobispo de Milán.

Nació en Roma el 18.I.1880, hijo de un zuavo pontificio. Ingreso joven en la Orden benedictina. El 26.VI.1929 Pío XI le nombró Arzobispo de Milán; y el 15.VII.1929, cardenal.

Conoció a Josemaría Escrivá el 18 de enero de 1948 y alentó los comienzos del Opus Dei en Milán ayudando con generosidad en los primeros pasos de la labor apostólica en su diócesis. Escribía Álvaro del Portillo que el Cardenal decía “a los miembros de la Obra que estaban comenzando las actividades apostólicas en la capital lombarda, que nuestro Fundador era uno de esos santos que la Providencia divina suscita de tarde en tarde, a distancia de siglos, para renovar a la Iglesia. Y lo parangonaba con los grandes fundadores: San Bernardo, San Francisco… También a mí me expresó el Cardenal Schuster su admiración por el Padre con palabras semejantes”. Schuster tuvo una intervención altamente decisiva en la historia del Opus Dei. Fue beatificado por Juan Pablo II.

Siervo de Dios Manuel Aparici, sacerdote, Consiliario de la Juventud de Acción Católica. Manuel Aparici Navarro (1902-1963), nació en Madrid. Se confesaba con Josemaría Escrivá desde antes de la guerra civil y continuó haciéndolo en Burgos y después. Fue Presidente de la Juventud de Acción Católica en los difíciles años en torno al conflicto bélico. Fue ordenado sacerdote en 1947 y nombrado Consiliario de la JAC. Murió en olor de santidad y está en marcha su Causa de Canonización

Recuerdos, favores, noticias…

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En la web de San Josemaría se recogen varios testimonios de personas que conocieron en vída al Fundador del Opus Dei y algunos favores concedidos por este santo

Opus Dei -

Una amistad de 43 años

Monseñor Pedro Altabella conoció a san Josemaría al principio de los años 20 en Zaragoza. En el siguiente testimonio evoca algunos recuerdos de la larga amistad que les unió: “Quisiera evocar siquiera algún rasgo de la rica personalidad sacerdotal del fundador del Opus Deo. Creo que un trato frecuente que tuve con él a lo largo de 43 años me autoriza a intentarlo”.

Mi encuentro con Josemaría Escrivá

Peter Berglar, profesor de Historia Moderna y contemporánea es bien conocido por sus biografías. Casi todos los personajes de Berglar son figuras claves en la historia: hombres y mujeres que vivían en tiempos de cambio y que eran conscientes de ello. Al final de su vida escribió la biografías de tres santos que constituyeron figuras carismáticas en la Iglesia: San Pedro, Tomás Moro y San Josemaría. En el siguiente testimonio, Berglar relata cómo conoció a Josemaría Escrivá.

Recensión: Apuntes de ejercicios espirituales con san Josemaría Escrivá

El agustino p. Félix Carmona asistió a unos ejercicios espirituales predicados por san Josemaría en El Escorial en 1944 y tomó diversas notas, que, en 2003, publicó con el título Apuntes de ejercicios espirituales con san Josemaría Escrivá.

Nos escriben

Recogemos, con el consentimiento expreso de quienes los envían, algunos de los testimonios que se reciben en esta página web. Relatan favores obtenidos por la intercesión del fundador del Opus Dei o agradecen haber conocido su vida santa y sus enseñanzas.

San Josemaría Escrivá en Kerala (India)

Con ocasión del sexto aniversario de la canonización de San Josemaría en Koyattam, en el estado de Kerala al sur de la India, el pasado 6 de octubre se expuso para la veneración de los fieles una estatua del santo y se presentó oficialmente la traducción de Camino (“Divyapathā”) al Malayalam, lengua local que hablan más de 32 millones de personas.

Sin fronteras

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Es en Roma y en 1943 cuando Salvador Canals y José Orlandis conocen a Wladimir Vince y Anton Würster, de nacionalidad croata. El primer contacto tiene lugar en el Laterano, ateneo donde cursan los estudios de Derecho Canónico; al igual que el resto de los edificios de la Santa Sede en Roma, este Ateneo goza del status de extraterritorialidad. En el Laterano estudia un grupo reducido de alumnos que quiere conocer el Derecho de la Iglesia; y un contingente heterogéneo y numeroso de hombres que se refugian tras un carnet con el escudo pontificio para protegerse de la ocupación alemana en Italia. Este es el caso de dos croatas exiliados. No tardan muchos días en descubrir la amistad y el afecto de Salvador y José.

Wladimir Vince es natural de Djacobo y tiene 20 años. Iniciaba los estudios de Derecho en Zagreb cuando fue destinado a la Embajada de su país en Roma, en los primeros años de la Segunda Guerra Mundial. Anton Würster le acompañará durante esta etapa de sus vidas. Cuando los azares políticos cambian el régimen de su patria, tienen que abandonar la tarea que les llevó a Italia y adoptar la condición de refugiados.

En los primeros días de junio de 1944, los alemanes salen de Roma porque el ejército aliado ha logrado romper el frente.. La situación de Wlado y Anton es, cada vez, más comprometida; se ven obligados a abandonar el lugar que les ha dado protección hasta este momento. Los amigos españoles acuden en su ayuda: a través de los PP. Claretianos Larraona y Goyeneche consiguen que el Abad de los Benedictinos -que acoge sin diferencias a todos los refugiados en peligro- habilite para ellos unas habitaciones en su convento de St. Stefano.

Es singular que los bandos de la guerra respetaran, sucesivamente, esta moderna versión del derecho de asilo en los edificios eclesiásticos, y así salvaran sus vidas multitud de personas de muy diversa ideología. El día del triunfo aliado saldrán de su refugio en el Laterano personalidades tan dispares como Pietro Nenni, socialista, y Alcide de Gasperi, jefe de la Democracia Cristiana. Puede decirse que este 4 de junio de 1944 se produce un auténtico «relevo de la Guardia». Salen de sus refugios los antifascistas y dejan su sitio a los representantes del fascio que se ven obligados a huir.

Después de la ocupación aliada, Salvador Canals y José Orlandis siguen su trabajo habitual y, cada semana, acuden a ver a los amigos croatas en su refugio de St. Stefano.

Wladimir Vince será el primer croata que pide la admisión en la Obra, en 1946. Este hombre simpático, oportuno y tenaz, pone su vida entera en manos de Dios. Años más tarde, con el recuerdo de las vecinas montañas de Croacia que no podrá volver a contemplar y en su querida ciudad de Zagreb, traducirá, con infinito cariño, los puntos de «Camino» a su lengua natal. La universalidad que ha subrayado tantas veces el Fundador, empieza a materializarse en estas vocaciones fuera de España.

Mientras tanto, Luka Brajnovic, otro compatriota yugoslavo, logra huir de un campo de concentración y se reúne con ellos en la capital italiana.

En 1945, Croacia pasa a formar parte de la República Federal Yugoslava. Como consecuencia del exilio de su marido, Ana Tiján de Brajnovic, que vive allí con una hija de pocos años, tendrá que sufrir las consecuencias de la persecución religiosa, trabajos forzados y cárcel. No volverá a reunirse con su marido hasta 1956. De un modo providencial lograrán abandonar Yugoslavia y llegar a este reencuentro tras doce años que les resultan casi eternos.

Años más tarde, también Luka Branovic y Anton Würster pedirán la admisión en la Obra.

Y como muestra del cariño humano y la profunda preocupación del Fundador del Opus Dei por la vida de cuantos pasan a su lado, he aquí el testimonio conmovedor de Ana Tiján:

«He tenido poco contacto directo con el Padre. Sin émbargo, él se ha convertido, de un modo especial, en el personaje central de mi familia y de cada uno de sus miembros. Todo este contacto se reduce a un fuerte apretón de manos, a una mirada indescriptible, llena de bondad, profundidad y vida, a un ruego sincero de oración por él, a una alegría no simulada y expresada de poder conocerme, y, años después, de reconocerme y saludarme de nuevo. Todo esto sin dejar casi tiempo de poder agradecerle todas las atenciones que ha tenido con mi familia; felicitándonos por las bodas de plata de nuestro matrimonio, compartiendo la alegría del reencuentro de mi marido y mío después de doce años de separación»(13).

Así, con el espíritu que Monseñor Escrivá de Balaguer había inculcado en sus almas, los hombres del Opus Dei supieron tender un puente de amistad y fraternidad con los hermanos de otros países; compartieron sus dificultades y pusieron en sus vidas la fortaleza de una misión divina. Les brindaron el amor de una familia universal, sin fronteras, que Dios abría a los hombres de todas las latitudes del mundo.

Tiempo de persecución

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

La guerra civil española no fue exclusivamente un enfrentamiento de sistemas políticos ni de iras sociales. Fue, también, una persecución de índole religiosa que venía fraguándose muchos años antes. Ilustran este aserto las cifras de fusilamientos recogidas en diversas publicaciones: 13 Obispos, 4184 sacerdotes, 2365 religiosos, 283 religiosas(1).

Después de la sublevación del Ejército de Africa, hay que esperar al día siguiente para que el Gobierno anuncie, veladamente, los primeros informes. Lo cierto es que, el 18 de julio, el levantamiento llega a la Península y queda establecido en Aragón, Navarra, Castilla la Vieja, León, Galicia y Andalucía la baja. En líneas generales, las restantes regiones permanecen junto al Gobierno. Este decide entregar armas a las masas populares, que van a tomar parte activa en este trágico conflicto que se prolongará durante casi tres años.

Unos meses antes, doña Dolores Albás, con sus hijos Carmen y Santiago, ha tenido que abandonar su residencia en la Casa Rectoral del Patronato de Santa Isabel: es ya seriamente peligroso vivir en un edificio en el que existe una iglesia, un convento de religiosas de clausura y el Colegio de la Asunción. No hay que olvidar que está enclavado, además, en el populoso barrio de Atocha, con la estación del Mediodía en sus proximidades, la Facultad de Medicina de San Carlos y un gran mercado. Zona de mucha confluencia en la que frecuentemente se suceden las revueltas estudiantiles y los asaltos por parte de los obreros que trabajan en este distrito de Madrid.

La casa de Ferraz, situada prácticamente en el otro extremo de la capital, impone al Padre interminables recorridos, a pie o en malos medios de transporte, para atender la Residencia y sus obligaciones sacerdotales en el Patronato. Habitualmente, sale de Ferraz de noche, tras oír muchas confesiones, dar varios círculos o clases de formación, hablar y animar a todos. Es fácil suponer la hora de llegada a su casa de Atocha y la zozobra con que, repetidas veces, doña Dolores le espera, en un tiempo en el que, aun a plena luz, resulta peligroso aparecer como sacerdote. Utilizará la sotana hasta el mismo día 18 de julio.

Con frecuencia, esta valiente confesión pública de su condición sacerdotal le ha costado -como a tantos otros sacerdotesinsultos, ironías y pedradas.

En cierta ocasión, durante un desplazamiento en tranvía, de pie, en el pasillo, se apoya en las barras del vehículo para no tambalearse con los frenazos. Muy cerca, un albañil, que llega de su trabajo manchado de cal, se deja caer, intencionadamente, sobre la sotana negra del Padre cada vez que el vehículo modifica su marcha. Los pasajeros ríen la gracia o disimulan de, modo cobarde. Al llegar a su punto de destino, el Padre se vuelve y le toma por los hombros. Parece que el incidente puede terminar de mala manera. Pero, ante el asombro general, el sacerdote le dice con voz alta y tranquila:

-«Hijo, vamos a completar esto»(2).

Y le da un fuerte abrazo. Con lo que la sotana acaba de embadurnarse con el yeso que quedaba disponible.

Ya hace tiempo que el Padre sabe dominar los impulsos de su fuerte carácter. Son muchos años de dura batalla ascética. Esta lucha ha terminado haciéndole sonreír en lugar de protestar, callar en vez de justificarse. O, como en este caso, dar un abrazo y gastar una broma al que, humanamente, no se lo merece.

En estas circunstancias, piensa que su familia no debe compartir sus riesgos, y decide instalar a su madre y hermanos en un pequeño piso alquilado de la calle del Doctor Cárceles, hoy Rey Francisco. Pedro Casciaro y Paco Botella van a prestar ayuda para la mudanza. Es un sábado. Suben la escalera de un solo piso en la Casa Rectoral de Santa Isabel y saludan, por primera vez, a doña Dplores. Su cara es todavía joven y expresa serenidad, pero también sufrimiento; tiene los ojos llorosos, porque don Josemaría ha decidido permanecer allí, a pesar del peligro que supone. La mayor parte de los muebles ya están listos para su traslado. La ropa y demás enseres se hallan distribuidos en baúles y maletas: será una mudanza ordenada y rápida. En poco tiempo queda todo instalado en el nuevo domicilio de la calle del Doctor Cárceles.

El 19 de julio de 1936 los que se encuentran en la Residencia de Ferraz 16, frente al Cuartel de la Montaña, observan, desde los balcones, cómo se va llenando el edificio de militares y civiles sublevados contra el Gobierno. Ellos siguen trabajando en la instalación de la Residencia, como si nada ocurriera. Unos colocan los muebles en sus lugares adecuados; José María Hernández de Garnica arregla el jardín; Alvaro del Portillo guarda ropa en los armarios.

A media tarde, patrullas de guardias y milicianos bloquean las calles de acceso. Exigen documentación para cruzar la zona acordonada. Antes de las nueve de la noche, el Padre cree oportuno que regresen con sus familias. Les insiste mucho en que llamen por teléfono, al llegar a sus casas respectivas, para saber que han logrado ponerse a salvo. Quedan solos en la Residencia, el Padre, Isidoro Zorzano y José María González Barredo.

El lunes por la mañana empieza el ataque masivo al Cuartel de la Montaña. Tienen que refugiarse en el sótano porque las balas entran a granel por las ventanas de la Residencia. En casa de los padres de Juan Jiménez Vargas, en la calle de San Bernardo, Alvaro, José María Hernández de Garnica y el propio Juan, esperan alarmados el desenlace de la sublevación. Al mediodía, don Josemaría y los que le acompañan no tienen más remedio que intentar la escapada desde la casa de Ferraz. El asedio del Cuartel está finalizado y muchos de los rebeldes pasados por las armas.

El Padre va a correr un riesgo inminente. No tiene más traje que la sotana que, ahora ya, es garantía segura -por lo menosde peligrosa detención. Lo único que encuentran por la casa es un mono gris que había utilizado José María Hernández de Garnica para llevar a cabo los múltiples arreglos de la casa. Le queda mal de medidas. Por añadidura, el Padre tiene una gran tonsura, bien visible. Y así, sin nada con que cubrirse la cabeza, sale de Ferraz y cruza por entre los numerosos grupos de milicianos, con armas y airados por la reciente sublevación. Increíblemente, nadie se fija en su aspecto.

Acaba de iniciarse un éxodo que va a durar largo plazo. A partir de este momento no habrá lugar seguro y su vida peligrará con frecuencia. La Obra se ve forzada a replegar su actividad y esconderse en la intimidad del corazón de estos hombres. Una de aquellas tardes, Alvaro y Juan caminan por la calle de San Bernardo:

-«¿Cómo va a terminar esto? Si triunfa la revolución comunista, aquí no se podrá seguir y tendremos que planear una Residencia en el extranjero. Pero si Dios ha querido que la Obra empezara en Madrid, y ya tiene un cierto desarrollo, no es probable que esto sea para volver a empezar. Por eso hay que pensar que todo acabará bien, y continuarán con normalidad las labores que ya están empezadas»(3).

Tienen la seguridad moral de que al Padre no le puede ocurrir nada, aunque deban emplear todos los medios a su alcance para defenderle. Y cuentan, sobre todo, con la protección de Dios.

Una Providencia tanto más evidente, cuanto que su acción se va a desarrollar sobre un país exacerbado y en una ciudad en la que el fusilamiento, la persecución religiosa y la muerte van a convertirse, durante meses, en acontecimientos repetidos y habituales.

El mismo día 25, Juan decide acercarse a la Residencia de Ferraz para recoger algunas cosas de interés que hayan podido quedar abandonadas. Nada más entrar, llega una patrulla a requisar la casa. Lo registran todo. La sotana sigue colgada en el cuarto del Padre. Allí están también las disciplinas y cilicios que usa don Josemaría. Se cruzan bromas de mal gusto entre los milicianos, pero ninguno intenta averiguar el paradero de los antiguos inquilinos. Incluso le dan a Juan una carta de Alemania que ha llegado a nombre de don Jósemaría.

Desde Ferraz los milicianos llevan a Juan a casa de sus padres a continuar el registro. Allí tiene un fichero con los nombres y direcciones de todos los que frecuentan la Residencia. Providencialmente no lo encuentran. Y, cuando ya espera la detención, le dejan con toda tranquilidad en su casa.

Esta liberación impensada le pone en marcha hacia el domicilio de la calle del Doctor Cárceles, donde el Padre sigue oculto y donde pasará los primeros días del mes de agosto. De momento, no parece peligroso permanecer en el piso en el que vive doña Dolores con sus hijos. Incluso las notas y escritos íntimos de la Obra que el Padre conserva, hace días que se han trasladado hasta aquí en una maleta. Su madre los pondrá a salvo más adelante, con riesgo de su vida, un día en que los milicianos registran la casa donde se encuentra y ha de esconderlos dentro de un colchón; después, se acostará sobre ellos con el aspecto de una mujer anciana y enferma. En verdad lo parece por tantas zozobras, privaciones y vicisitudes.

La etapa va a ser inolvidable para los que tienen la oportunidad de convivir con el Padre. Su buen humor, el coraje que echa a las situaciones y, a la vez, la profundidad de su sufrimiento son algo grabado a fuego en el ánimo de los primeros. Tanto que, meses después, cuando el Fundador ya esté en Burgos, Juan escribe contando los sucesos de estas jornadas madrileñas y comenta, con seguridad y emoción: «He tenido la oportunidad de saber lo que es un santo».

Este escondite va a durar poco tiempo. En los primeros días de agosto sube el portero y les comunica que ha habido una denuncia. En varios pisos se ocultan más refugiados. En la zona conocen a don Josemaría Escrivá de Balaguer como sacerdote, y han ahorcado a un hombre que se le parecía mucho en un árbol, en plena calle. Nunca se sabrá el nombre de esta víctima. Pero ocupará un lugar en la oración y el recuerdo de don Josemaría Escrivá de Balaguer durante toda su vida.

Doña Dolores da a su hijo el anillo -la alianza- de su marido, que llevaba junto al suyo desde que enviudó: podrá servirle, piensa, para que, tomándolo por persona casada, queden desorientados los que van a la caza de los sacerdotes.

Tiene que salir al día siguiente, y ocultarse en un piso de la calle Sagasta número 33(4). Pertenece a la familia Sáinz de los Terreros, que ha sido dispersada por la guerra civil; la mayoría de sus miembros está fuera de la capital y el hijo mayor se encuentra detenido. Solamente quedan en el piso Manolo Sáinz de los Terreros y Martina, una sirvienta de setenta años que ha pasado con ellos casi la vida entera. Manolo es ingeniero de Caminos y trabaja en una empresa constructora.

El piso de Sagasta tampoco es un lugar seguro. No se puede confiar en el portero, ya que los milicianos frecuentan su casa y la amistad de sus hijos, con los que confraternizan en un bar situado al otro lado de la calle: La Mezquita.

Teóricamente nadie conoce la existencia de refugiados en el tercer piso. Manolo desayuna y come todos los días fuera de casa, cerca de su trabajo. Así, Martina puede comprar la comida para sustentar a los refugiados -el Padre, Juan Jiménez Vargas y Juan Manuel Sáinz de los Terreros, primo de Manolo, que llegará después al piso- sin llamar demasiado la atención.

Desde los balcones de la casa, y con mucha precaución, se pueden seguir los pasos de los que entran y salen del portal. El día 11 hay un registro masivo en las dependencias del último piso: se trata de la familia del Conde de Leyva. Ya se habían llevado detenido al cabeza de familia y quedan todavía, en la casa, la madre y cinco hijas. Habitualmente ocultan a dos refugiados que hoy, casualmente, están en otro lugar.

El clima es de alarma permanente. Todos los días Manolo trae la noticia de algún fusilamiento de personas conocidas. Pero, de vez en cuando, llegan informaciones consoladoras: Isidoro recibe unas cartas que Ricardo ha escrito desde Valencia y que confirman el buen estado en que se encuentran todos los de allá. Levante ha quedado en poder del Gobierno. Ricardo se ha presentado voluntario al ejército de la República en un intento de abandonar Valencia, y Paco no ha sido movilizado todavía.

Isidoro Zorzano, de nacionalidad y pasaporte argentinos, es el único que tiene relativa libertad para andar por Madrid. Arriesgando su seguridad personal, podrá traer, en el futuro, mensajes del Padre a todos y cada uno de los miembros de la Obra. Mantendrá con ello la fe y la esperanza de verse reunidos cuando la situación retorne al equilibrio.

El 28 de agosto cae un bombardeo furioso sobre Madrid. Los ánimos se exacerban, y aumentan cada vez con mayor virulencia los registros y persecuciones. La guerra civil española empieza a conocer episodios de atroz revancha.

El día 30 de agosto, hacia la última hora de la mañana, aparece inesperadamente un grupo de milicianos. Llaman a la puerta principal y Martina, la anciana sirvienta, acentuando su defecto auditivo, da grandes y amistosas voces al grupo de registro para que los refugiados puedan huir por la puerta de servicio y esconderse en las buhardillas superiores. Allí se meten en un pequeño espacio inmediatamente debajo del tejado. No pueden ponerse en pie porque no lo permite la altura del techo. Y así, con un calor de justicia, permanecerán ocultos el Padre, Juan Jiménez Vargas y Juan Manuel. Los milicianos suben hasta cerca del escondite; pero, de modo inexplicable, se detienen ante la puerta de la buhardilla que está ocupada y pasan de largo.

Cuando oyen su proximidad, el Padre se dirige a Juan Manuel Sáinz de los Terreros y le descubre su identidad sacerdotal:

«Soy sacerdote. Estamos en momentos dificiles, si queréis, haced un acto de contrición y os doy la absolución»(5). Y así lo hace.

Tendidos sobre el pavimento de la buhardilla, comentan lo que puede suceder si entran allí los milicianos. Lo más lógico, humanamente, es pensar en una muerte segura. Sin embargo, no pierden la tranquilidad, hasta el punto de que Juan se duerme profundamente sobre el suelo lleno de polvo.

Mientras tanto, las vecinas Leyva, amigas de la familia Sáinz de los Terreros, han avisado al dueño del piso. Saben siempre dónde llamar en caso de peligro:

-«Manolo: no vengas a comer. Ven mañana. Hoy no vengas».

Entiende que están registrando su casa. Y llega con toda urgencia, pálido ante la posibilidad de que hayan descubierto al Padre y a los otros. Acaba de jugarse su propia libertad y, quizá, también la vida. Es detenido nada más aparecer. Pero, tal vez por esto, consigue que el registro no sea tan minucioso en las buhardillas y que el pequeño grupo quede a salvo bajo el calor sofocante de este mes de agosto. En esta situación permanecen desde la una hasta las ocho de la tarde. A esta hora, hay orden de cerrar los portales y no cabe esperar ningún registro.

Juan es el primero que baja despacio la escalera y llama en la puerta del piso superior. Abre Mercedes Conde-Luque, una de las hijas de los Condes de Leyva:

-«¿Me daría un poco de agua?»

Está absolutamente cubierto de polvo negro. En la casa ya todos han supuesto que un grupo ha conseguido escapar al registro y se encuentra, todavía, oculto en la buhardilla.

-«Pero, pasa, pasa»

-«Estamos tres arriba»

-«Pues bajad inmediatamente»

Y así se refugian hoy en esta generosa hospitalidad que el Padre agradecerá para siempre. La Condesa les presta ropa de su marido, mientras lava la que don Josemaría y los demás han llevado puesta.

Están casi deshidratados. El Padre, levantando un vaso, comenta:

-«Hasta hoy no he sabido lo que vale un vaso de agua»(6).

Aquí permanecerán dos noches y un día. Pero el lugar no puede ser más peligroso para quien les acoge y para el grupo refugiado. Salen el 1 de septiembre, muy de mañana, uno por uno, eludiendo la vigilancia constante del portero. Pero consiguen llegar hasta la calle sin tropiezos.

De nuevo el Fundador, sin documentación alguna, anda por Madrid esquivando un peligro que puede surgir en cada esquina. Tiene que solicitar hospitalidad de la familia González Barredo, en la calle Caracas. Cuando llega, se encuentra agotado. Apenas puede dar un paso.

Mientras tanto, Alvaro del Portillo ha logrado encontrar un piso desocupado en la calle de Serrano. Allí está escondido con su hermano Pepe. El inmueble es de unos amigos y se encuentra, aparentemente, protegido por la bandera argentina. Unos colores blancos y azules campean sobre una ventana por todo salvoconducto.

Un día, Alvaro tiene la curiosidad, peligrosa, de averiguar si continúa su nombre en la nómina del Ministerio de Obras Públicas. Es una locura salir por Madrid y acercarse a un organismo oficial, pero no lo piensa demasiado. Llega a las oficinas de la Confederación Hidrográfica del Tajo, habla con el encargado y, efectivamente, puede cobrar sus mensualidades atrasadas. Cuando abandona el edificio, pasa cerca de la Plaza de Alonso Martínez. Y piensa: «¡Esto hay que celebrarlo!». No se le ocurre otra cosa que sentarse en la terraza del bar La Mezquita a tomar una cerveza. Cualquiera dedos milicianos que frecuentan el bar puede solicitar su documentación y encarcelarle inmediatamente. Pero sigue allí, a la vista pública, después de haber abandonado su escondite temporal. De pronto, ve acercarse a don Alvaro González, padre de José María González Barredo. Viene corriendo hacia él, nerviosísimo.

-«¡Gracias a Dios que le encuentro! ¿Sabe quién está en mi casa? ¡El Padre! Me ha pedido que le dejase descansar un momento, porque no puede más, no se tiene en pie. Pero resulta que el portero no es de confianza, y si se ha dado cuenta estamos todos en peligro»(7).

Sobre el Fundador pesa más la preocupación constante por todos los miembros de la Obra que su propia seguridad personal. Les recuerda intensamente, uno por uno, durante este tiempo de zozobra. Es imposible celebrar la Santa Misa, pero reza sin descanso. Sufre por la persecución de la Iglesia, por el odio incontrolado que domina las situaciones, por la confusión que reina en el país. No puede conciliar el sueño pensando en aquellos que andan dispersos por refugios, cárceles y campos de batalla. A esto se une el agotamiento físico: carece de alimentos, de ropa, de un techo al que acogerse.

Alvaro no duda un momento:

-«Pues que se venga conmigo».

-«Voy a recogerle enseguida».

Pocos minutos más tarde, Alvaro se encuentra con el Padre. Le lleva hasta el refugio de la calle de Serrano, junto a la Dirección General de Seguridad. Pocos días más tarde llegará, también, Juan Jiménez Vargas.

Durante casi un mes, este grupo vivirá en un obligado encierro. A pesar de las circunstancias, aprovechan bien el tiempo. Trabajan y rezan por la solución de la guerra civil que ha dividido el país en odio inconciliable, por la Iglesia y por la Obra. Piensan en el futuro sin el menor desaliento.

Se acerca el 2 de octubre de 1936. El Padre piensa que, en estos años, Dios le ha enviado un regalo cuando llega el aniversario de la Obra: una vocación, una noticia alegre, un proyecto luminoso… Charlando ahora con Alvaro del Portillo le dice:

-«¿Qué caricia nos tendrá reservada el Señor?» (8).

Y la respuesta no tarda en llegar. Ramón, un hermano de Alvaro, llega a la casa el día 1 de octubre. Viene aterrado por las noticias que ha podido recoger. Están registrando las casas de la familia dueña de este inmueble de la calle de Serrano. Han fusilado ya a seis o siete personas, entre ellas a un religioso. No tardarán en venir hasta aquí. Tal vez es cuestión de momentos.

Años después, Monseñor Alvaro del Portillo recordaría así la reacción del Fundador frente a aquellas noticias:

«Ante el peligro inminente de martirio (…) el alma de nuestro Padre se llenó de gozo con el pensamiento de entregar su vida por Dios; pero al mismo tiempo, el Señor le “dejó solo” por unos momentos y -así lo explicaba nuestro Fundador- vio su debilidad humana, sus pocas fuerzas: entonces sintió un miedo muy grande. Se repuso inmediatamente, y comprendió que toda su fortaleza era prestada, del Señor, y que sin El no podía nada. Entendió que ése era el regalo que el Cielo le hacía en la víspera del aniversario de la fundación de la Obra: la necesidad de confiar en el Señor, y no fiarse de sus fuerzas»(9).

El peligro es inminente, y el Padre y Juan Jiménez Vargas deciden abandonar la casa y buscar otro lugar en el que poder ocultarse.

Días antes se le ha ofrecido a don Josemaría la oportunidad de trasladarse a un refugio seguro. El hallazgo proviene de José María González Barredo, que concierta una entrevista con el Fundador en pleno Paseo de la Castellana. Monseñor del Portillo recuerda así este suceso:

-«Está todo resuelto, para usted».

Saca del bolsillo de su chaleco una de esas pequeñas llaves Yale, y continúa:

-«Basta que vaya usted a tal casa -le da las señas completas-, entra, y se queda allí. Pertenece a una familia amiga mía, que se encuentra fuera de Madrid. El portero es persona de confianza».

-«Pero ¿cómo voy a estar allí solo…?».

Y aquel hijo suyo, sin pensarlo mucho, replica:

-«No se preocupe. Hay allí una sirvienta, una mujer que es también de toda confianza, y que podrá atenderle en lo que necesite».

-«¿Qué edad tiene esa mujer?».

-«Pues veintidós o veintitrés años»(10).

El Fundador mira a este hombre que quizá ha caminado la ciudad entera para buscar un escondite en el que proteger la vida del Padre y le dice:

-«Hijo mío, ¿no te das cuenta de que soy sacerdote y de que, con la guerra y la persecución, está todo el mundo con los nervios rotos? No puedo ni quiero quedarme encerrado con una mujer joven, día y noche. Tengo un compromiso con Dios, que está por encima de todo. Preferiría morir antes que ofender a Dios, antes que faltar a este compromiso de Amor».

Y añade:

-«¿Ves esta llave que me has dado? Pues va a ir a parar a aquella alcantarilla».

Y acercándose al sumidero la deja caer(11).

Después, acude nuevamente al piso de la calle de Serrano donde todavía están Alvaro y Pepe del Portillo. Durante las horas que ha pasado fuera, ha sabido que acaban de fusilar a dos sacerdotes a quienes quería entrañablemente: don Lino Vea Murguía y don Pedro Poveda. Este 2 de octubre ha traído el dolor, que también es, cuando viene de Dios, un presagio de amor.

Poco antes de empezar la guerra civil, don Pedro Poveda hablaba un día con don Josemaría Escrivá de Balaguer sobre la amistad, profunda y sincera, que les había unido siempre.

-«Si nos matan, ¿qué será de nuestra amistad cuando nos encontremos en el Cielo?»(12).

Y comentan que, en la vida eterna, Dios colmará su amistad haciéndola todavía más grande, en el Cielo.

Hoy, la noticia de la muerte de don Pedro Poveda conmueve el corazón del Padre. Y las circunstancias vuelven a ponerle en la calle, expuesto a una detención que puede llegar en cualquier momento.

En los primeros días del mes de octubre don Josemaría, Alvaro del Portillo y José María González Barredo andan vagando por Madrid de una casa a otra sin encontrar asilo seguro. Están agotados. Tienen que descansar sentados en el suelo de la Glorieta de Cuatro Caminos. Un amigo, Eugenio Sellés, les dará nuevo cobijo durante un par de días.

Cada vez que la Providencia le brinda un techo, don Josemaría repite las plegarias litúrgicas de la Santa Misa, aunque no pueda consagrar a causa de la carencia de los elementos materiales indispensables. Lee las oraciones ante el pequeño Crucifijo de un rosario, y pone sobre el ara de su propio corazón el deseo de recibir el Cuerpo y la Sangre de Dios hecho Hombre. Siempre recita el mismo Evangelio, que conoce de memoria: es la escena que narra la llamada a los Apóstoles. Como un grito silencioso vienen a su memoria las playas de Genesaret, y es suya la impaciencia de Cristo por reunir a los hombres para extender el Reino de Dios en la tierra.

Al fin, el Padre puede ocultarse unos días en casa de la familia Herrero Fontana, en la Plaza de Herradores. Alvaro del Portillo es acogido en la Embajada de Finlandia y parece que la situación hace pausa temporal en el peligro. Pero no hay seguridad alguna: el 4 de diciembre un grupo de milicianos asalta la Embajada, y Alvaro es detenido y encerrado en la cárcel de San Antón. Más de mil personas participan de la misma suerte durante estos días. A veces, algunos miembros del Opus Dei van a encontrarse, circunstancialmente, en una celda carcelaria. Así, José María Hernández de Garnica, que está detenido en la cárcel Modelo, se reúne con Alvaro del Portillo después de un traslado al encierro de San Antón. La coincidencia representa un aliento formidable para los dos. De sus corazones, en el patio de la cárcel, sube la oración del Padrenuestro como única arma de victoria. Alvaro y Chiqui recuerdan al Padre, y a todos los de la Obra, y rezan. También Juan Jiménez Vargas ha sido detenido. Vicente Rodríguez Casado, otro miembro de la Obra, debe refugiarse,  precipitadamente, en la Embajada de Noruega.

Urge encontrar un lugar que ofrezca mínimas garantías para acoger al Padre. En esta situación sólo aparece un recurso viable: ingresar en la clínica psiquiátrica del doctor Suils, como si fuera enfermo mental. El padre de este doctor fue médico y amigo de la familia Escrivá en Logroño. Una vez que conoce el problema, arregla los trámites para poder acomodar a don Josemaría en una habitación del sanatorio. Aquí se quedará el Padre, a quien acompañará, dentro de unos días, su hermano Santiago y, más adelante, José María González Barredo.

Unicamente Isidoro Zorzano sigue cruzando las calles de Madrid, y consigue mantener el contacto entre los miembros de la Obra. Las noticias de los frentes de combate son contradictorias. La contienda parece estacionada. Nadie sabe cuánto tiempo ni qué resultados va a tener esta lucha entre hermanos que sigue minando pueblos y ciudades.

Sólo la fe es capaz de mantener en pie a don Josemaría. Sin huir de la dura realidad que le circunda, confía más allá de los límites humanos:

«¿Por qué se levantan los pueblos de la tierra y trazan vanos proyectos?»

«Tú eres mi Hijo. Yo te he engendrado»(13).

Tú eres mi hijo. Ahora necesita especialmente aquella seguridad de filiación divina inconmovible que Dios le hizo saber un día de sol, cuando viajaba en oración, dentro de un tranvía madrileño.

La aventura de Dios

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Aquella frase que don Josemaría oyera en los años de adolescencia sigue repiqueteando en su alma ahora que la misión de Dios está clara y ha de buscar en el mundo gentes que entiendan este mensaje: «Fuego he venido a traer a la tierra y ¿qué quiero sino que arda?… ». El ansia apostólica le impulsa, y sus condiciones humanas facilitan la amistad con muchachos de muy variada procedencia: estudiantes universitarios, obreros, artistas, sanitarios, etc. Durante sus frecuentes visitas a los pobres, en las casas y en los hospitales, encuentra a algunos que han tomado conciencia de la ayuda que es necesario ofrecer; y, otras veces, es don Josemaría quien lleva hasta los lugares donde se consuman el dolor y la soledad de los pobres a estos jóvenes que se aproximan a su apostolado.

Testigos presenciales de aquellos años, como José Manuel Doménech, Jenaro Lázaro y otros, han dejado constancia de la impresión que les causaba este sacerdote durante tantas jornadas al servicio y amor al prójimo. Jamás intenta desgajarles de sus actividades habituales hacia una caridad mal entendida y sentimental que les aparte de su diaria obligación; por el contrario, les anima a emplearse a fondo en su tarea profesional, en el estudio y en el trabajo. Tiene la seguridad de que el único modo de remediar los daños del mundo es una auténtica renovación interior, una donación constante a Dios y a la sociedad a través del perfecto cumplimiento de sus deberes de estado. Y si alguno se siente impulsado a la aventura de seguir más de cerca a Cristo, le habla serena y apasionadamente de los horizontes apostólicos y de los divinos caminos de la tierra que Dios quiere abrir con el concurso de sus vidas.

Y allí, en contacto con la miseria y el abandono, comprenden la necesidad de entregarse a fondo, de poner la Cruz de modo personal, responsable y auténtico, en la cumbre de las actividades humanas, en lo más alto de su entrega y de su sacrificio. Sólo así la vida se convierte en un acto de servicio a los demás.

Ellos verán, en este joven sacerdote, un instrumento fiel movido por las manos de Dios para abrir caminos de santidad en medio del mundo. Les explica que el Opus Dei va a ser como «una inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad»(8), inundando todo tipo de profesiones, personas y niveles sociales. No les pasa inadvertido su espíritu de oración, su modo de rezar, de adorar a Dios en la Eucaristía. Compartir con don Josemaría esta época llenará su experiencia de recuerdos profundos y entrañables; será, sin duda, una especial gracia de Dios para todos ellos.

Hay un grupo que le acompaña siempre en sus actividades apostólicas. En el Hospital General(9) frecuentan las salas atestadas de enfermos: son habitaciones comunes, con dos hileras de camas separadas por una mesita de noche, y a veces solamente por una silla. En el centro de la sala también se instalan más camas. Charlan con los enfermos, les lavan, les cortan las uñas, les peinan. Y, sobre todo, les dicen unas palabras de cariño, les hacen compañía. En ocasiones, les llevan algo divertido para leer, o un paquete de contenido apetitoso, de lo que no acostumbran a disfrutar habitualmente. Y lo compran con los escasos recursos que salen del bolsillo de este grupo amistoso.

A todos, a los muchachos y a los enfermos, les pide don Josemaría, de continuo, su oración y su sacrificio por algo de Dios que tiene que salir adelante. Y les confirma en la seguridad de que, si ellos lo piden, el Cielo no podrá negarse.

«No olvidéis que los enfermos son muy gratos a Dios, que su oración es escuchada y sube a la presencia del Señor»(10).

Una vez que el Señor le ha hecho ver la misión de la Obra en el mundo, tiene tal convencimiento de que «el cielo está empeñado en que se realice»(11), que no cesa de pedir y mendigar esta constante plegaria a todos cuantos tienen la buena voluntad de dirigirse a Dios cada día.

En una calle determinada de Madrid, se cruza a menudo con otro sacerdote, muy joven… Un día el Fundador le para, aunque no le conoce, y le pregunta:

-«¿Va usted a celebrar Misa?» -”Sí”

-«¿Podría usted rezar por una intención mía?»

El otro se le queda mirando, como asombrado, y le contesta:

-«Sí, con mucho gusto»(12).

Con el pasar del tiempo, llegaron a ser muy amigos. Este sacerdote era don Casimiro Morcillo, futuro Arzobispo de la diócesis de Madrid.

En el Hospital de la Princesa trabaja el profesor Blanc Fortacín, Catedrático de la Facultad y conocida personalidad médica en el mundo madrileño. Un día habla de don Josemaría a sus ayudantes como «un gran sacerdote, pariente y paisano mío». Y en otra ocasión les dirá que pertenecía a, «una familia de mucho abolengo» y que «había sufrido un importante quebranto económico » (13).

Un médico de este Centro, el doctor Canales Maeso, recuerda sus primeros contactos con don Josemaría en el año de 1932: «Me llamó profundamente la atención desde el primer momento que conocí al Padre, su elegancia natural, su esmerado trato social, su presencia agradable y su gran simpatía (…).

Desde el día en que me presentaron al Padre, lo veía con mucha frecuencia por las mañanas en el Hospital, por los años 1933-34. Iba de sala en sala (…) con cariño y una simpatía que encantaba al personal sanitario y a los enfermos. Lo veía a distintas horas de la mañana, por lo que deduzco que debía estar tres o cuatro horas»(14)

La encargada de la Farmacia comenta, un día cualquiera, con los médicos:

-«Qué buena persona, qué simpático, tan joven. Es un santo » (15).

Y los practicantes de la sala de enfermedades dermatológicas aprecian el valor y el sacrificio de este hombre de Dios que se acerca a los casos más graves sin arredrarse por las lesiones que presentan algunos pacientes.

Don Josemaría emplea su tiempo generosamente con todos. Desde siempre, para él, un alma es algo precioso ante los ojos de Dios, ya que por cada una ha derramado Cristo su Sangre. Se interesa también por los problemas humanos de los chicos que trata habitualmente, conoce a sus familias, sigue las vicisitudes de su trabajo o de sus estudios. Siente y prodiga auténtica y sincera amistad.

Uno de estos muchachos, comprometido tras los sucesos políticos del levantamiento del 10 de agosto de 1932, ingresa en la cárcel Modelo y queda incomunicado rigurosamente. Dos días más tarde, el oficial de prisiones grita su nombre frente al postigo de la puerta. Se asoma y, a su través, le entrega un sobre. Cuando lo abre, encuentra un Oficio Parvo de Nuestra Señora en el que va escrita la siguiente dedicatoria:

Beata Mater et intacta Virgo, gloriosa Regina Mundi, intercede pro hispanis ad Dominum.”
A José M. Doménech, con todo afecto. Madrid. agosto.932. José Ma Escrivá(16)

El estudiante le había contado en cierta ocasión que conocía y rezaba el Oficio Parvo de la Virgen. Durante los días de prisión, leerá con más devoción que nunca las oraciones tan queridas desde su infancia. Conserva a partir de entonces, como reliquia, este pequeño libro que don Josemaría le hizo llegar, venciendo mil dificultades, hasta aquella celda incomunicada en la cárcel.

No es la primera vez que visita las cárceles, ni será la última. A la hora de la persecución está junto a quien le necesita, sin banderías ni fronteras. Ajeno a las suspicacias desfavorables que pueda acarrearle su actitud. Jamás tiene en cuenta el riesgo personal. En esta ocasión, acude a ver a los estudiantes encarcelados vestido con traje talar. A través de las rejas del locutorio de presos políticos se interesa vivamente por sus necesidades materiales y espirituales. Insiste en que ocupen su tiempo libre en algo útil, que no pierdan la alegría de los que enarbolan la fe del apóstol Pablo: “Omnia in bonum!” Todo es para bien.

Y así, les empuja a convivir leal y sinceramente con todos los presos de signo contrapuesto que ocupan las cárceles en estos momentos.

-«Ahora tenéis ocasión de charlar con ellos, conversando con cada uno, con respeto y cariño» (17).

Mientras tanto, un grupo de chicas visita a otra enferma de 32 años. Es un alma que participa ya del espíritu del Opus Dei; que ofrece a Dios, en esta batalla de amor y de paz, todos los sufrimientos por las intenciones de don Josemaría. A Antonia Sierra no le acompaña familia alguna en el Hospital; se le presentan hemoptisis frecuentes y conoce que no puede vivir mucho tiempo. Recibe con alegría los detalles, los pequeños regalos que le ofrecen fraternalmente aquellas muchachas que llegan hasta su cama. Sabe que los caminos que ella no podrá andar se están abriendo al golpe de pisadas que encuentran su apoyo en el amor y la fe de los enfermos.

Así descubrieron los primeros del Opus Dei las armas con que Dios empieza y termina sus empresas. Y lo vieron, no sólo en el contacto con los pobres, sino también en el ejemplo de su Fundador que apoyaba su fortaleza en la oración y el sacrificio.

«El dolor: ¡aprovéchalo! Aprovecha la inocencia de los niños, el dolor de los enfermos, el candor de las viejitas, y sus suspiros ahogados en la oscuridad de la iglesia… Aprovéchalo todo. Y aprovecha las pequeñas contradicciones que no nos faltan, cuando somos mal entendidos, cuando parece que nos desprecian»(18).

El Patronato de Enfermos

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Doña Luz Rodríguez Casanova, hija de la Marquesa de Onteiros(5), había iniciado sus actividades apostólicas en Madrid, entre los sectores más humildes de la sociedad, desde su juventud. El momento social de los comienzos del siglo XX en España es muy grave. El hambre y la incuria hacen presa en los menos privilegiados. Mientras se gestan posibilidades a nivel administrativo, político y social, hay personas que no permanecen indiferentes a la extensión de desgracias que se ceban en una parte de la población. Una de ellas será esta mujer, que va a ofrecer su vida y la de sus compañeras al servicio de los más necesitados. En plena Segunda República española, las Damas Apostólicas, Fundación de doña Luz, tienen en marcha sesenta y seis escuelas, en las que se instruyen unos doce mil niños; el Patronato de Enfermos, enclavado en la calle de Santa Engracia, atiende a más de cuatro mil pacientes por año con la ayuda de un cuadro de médicos, farmacéuticos y enfermeras.

Esta labor de caridad es muy amplia. Tanto, que alguna de las colaboradoras de estas Damas Apostólicas llega a comentar jocosamente: «En el Patronato, todo lo que se organiza es por toneladas». Y tiene razón. Muchos días se reparten hasta setecientas raciones de comidas. Las visitas a pobres y enfermos, dispersos por los más alejados barrios, así como por todos lo hospitales de la ciudad, son una tarea constante.

Don Josemaría está pendiente de traer a su madre y hermanos a Madrid cuando haya encontrado un mínimo de estabilidad. Y, sobre todo, siente en su alma la necesidad de canalizar todo el ímpetu de su entrega, todo el poder sacramental que Dios ha puesto en sus manos consagradas. Mientras tanto, Dios forja su espíritu para llevar a cabo la misión a que le tiene destinado. En medio de esta tarea, en contacto con los pobres y los más necesitados de ayuda, su alma se llena de fortaleza.

Por eso, no sólo acepta los cometidos que le competen como capellán del Patronato, sino que despliega un inmenso apostolado en este ambiente, sin abandonar nunca la amistad y formación de sus amigos universitarios y de un grupo de personas de alta posición que ha reclamado, también, su consejo y dirección espiritual. Toma los deberes de su ministerio sacerdotal con la misma apasionada generosidad con que emprendió, un día, la ruta del Seminario. Con la misma determinación con que decidió seguir la llamada de Dios barruntada desde la adolescencia en el interior de su alma.

Años más tarde, repetirá que el Opus Dei nació entre los pobres de los barrios y de los hospitales de Madrid; en medio de la actividad apostólica de aquellos primeros años de trabajo sin tregua.

El Patronato de Enfermos está abierto a la asistencia durante el día y la noche. Hay muchas jornadas de trabajo ininterrumpido en busca de una chabola de la que ha partido una llamada de auxilio, repartiendo comidas a enfermos en ambulatorios, descubriendo a los más graves por entre los ingresos de un hospital de beneficiencia. Y atendiendo espiritualmente a este enorme número de almas que encuentran a Dios, como única esperanza, en medio de su drama. La tarea es ingente y don Josemaría, por decisión personal, vuelca en ella su gran capacidad de trabajo, su energía física y sobrenatural. Resulta difícil calcular las distancias que puede cubrir al cabo del día, teniendo en cuenta que los barrios extremos de la gran ciudad le obligan a cruzarla en todas las direcciones. De Tetuán de las Victorias al Paseo de Extremadura; de Magín Calvo a  Vallecas, Lavapiés, San Millán, el Barrio del Lucero o la Ribera del Manzanares. Solamente desde la Residencia Sacerdotal de la calle de Larra hasta Vallecas hay un recorrido que se acerca a los cinco kilómetros. Se trata de zonas mal comunicadas que es preciso andar a pie, con frío, con lluvia y barro que cubre los zapatos. O con la canícula de verano cayendo sobre Madrid, en un sol de mediodía que obliga a sudar copiosamente. A veces, hay que correr del metro a un tranvía desvencijado que tarda más de una hora en cubrir su trayecto. Pero don Josemaría consigue llegar a todos. Tanto, que doña Luz sabe que, una vez dado el nombre y dirección de un enfermo a este sacerdote, puede tranquilizarse por completo. En unas octavillas apunta lo más urgente para la atención de un necesitado. Y se ocupa de resolver los múltiples problemas que pueden presentarse(6).

La actividad desplegada durante estos años resulta asombrosa. Don Josemaría pasa horas en el confesonario de la iglesia del Patronato de Enfermos, y escucha, alienta y otorga a raudales la gracia de Dios a las gentes que se acercan hasta la calle de Santa Engracia. Confiesa también a centenares de niños de varias escuelas de las Damas Apostólicas.

En las catequesis multitudinarias que Monseñor Escrivá de Balaguer prodigó durante los últimos años de su vida, no olvidó citar esta etapa de sus primeras actividades sacerdotales en Madrid:

«Cuando trabajaba con niños, aprendí de ellos lo que he llamado vida de infancia. ¡Allá cada uno! El que no se sienta movido por Dios para seguir por ahí, que no vaya. A mí se me metió en el corazón tratando a los niños. Aprendí de ellos, de su sencillez, de su inocencia, de su candor, de contemplar que pedían la luna y había que dársela. Yo tenía que pedirle a Dios la luna: ¡Dios mío, la luna! (7) ».

Después de la Santa Misa, don Josemaría reúne a los pobres en el comedor de Santa Engracia, adultos y niños, y les habla, serenamente. Les da lo mejor que tiene: su palabra, su atención, su alegría y toda la actividad y el amor de su corazón sacerdotal.

Se inclina ante los catres en que algún ser humano sufre, generalmente en soledad, y le escucha, sin prisa, a veces toda la noche, hasta que el alivio o la muerte vienen a relevarle en su tarea.

Haciendo memoria de esta etapa -que se prolongaría durante varios años- podrá decir más adelante: «Recuerdo que una vez se estaba muriendo un chico joven, de veinte o veintiún años, en un auténtico cuchitril miserable. Le administré los sacramentos, y cuando acabé, el chico no quería que me marchara. Me quedé a su lado hasta que murió, y se me escapó decirle, y él lo entendió: “¡te tengo envidia!” Envidiaba su dolor, su desamparo, y la alegría que Dios le daba»(8).

Cada día, a las ocho de la mañana, celebra la Santa Misa en la iglesia del Patronato de Enfermos. Es patente el amor con que paladea las oraciones que Cristo y su Iglesia se intercambian en la renovación de ese misterio de la Misericordia de Dios que es la Cruz. Pero su intensa vida contemplativa no le vuelve reconcentrado o distante. Su sencillez y jovialidad son tan proverbiales como la humanidad que rezuman su conversación y su talante.

Este sacerdote llama la atención por su piedad y fe en la forma de tratar a la Sagrada Eucaristía. Por el modo correctísimo y reverente de dar la Bendición y de rezar. De tal manera que personas muy jóvenes que tienen la costumbre de pasar por la iglesia del Patronato a primeras horas de la tarde para hacer una visita, se ,quedan sorprendidas de la devoción con que don Josemaría reza los misterios del Santo Rosario.

Años más tarde, esta fe en la oración vocal, que compartía con Teresa de Jesús y con tantos santos de la Iglesia, quedará sencillamente fijada en el punto 85 de «Camino»:

«Despacio. -Mira qué dices, quién lo dice y a quién. -Porque ese hablar de prisa, sin lugar para la consideración, es ruido, golpeteo de latas. Y te diré con Santa Teresa, que no lo llamo oración, aunque mucho menees los labios».

Doña Luz Rodríguez Casanova, curtida ya en los azares de su apostolado, tiene un gran aprecio por este sacerdote que Dios ha llevado temporalmente hasta su Fundación. Y cuando su madre solicita poder oír la Santa Misa en su capilla privada, no duda en rogar a don Josemaría que sea el confesor de la anciana Marquesa de Onteiro y celebre algunas veces en su casa el Santo Sacrificio(9). Don Josemaría acepta gustoso, y así, en días festivos, oficiará en la residencia de los Onteiro. Asiste ala Santa Misa toda la familia, que preside doña Leónides García San Miguel y Zaldúa, viuda de Rodríguez Casanova. Este oratorio -situado en la calle de Alcalá Galiano número 1- tiene un retablo con el Corazón de Jesús; se venera también una imagen de la Virgen de Lourdes, sobre un pedestal, en el lado del Evangelio.

Después de celebrar la Santa Misa, el sacerdote se queda a desayunar en la casa. Parte de la familia le acompaña. La jovialidad de don Josemaría predispone a la confianza y al buen humor; pero también a la piedad y al respeto que impone su carácter. Cuando la Marquesa enferma de gravedad, varios años más tarde, la atenderá espiritualmente hasta el último momento.

Algunas Damas Apostólicas recuerdan todavía la personalidad de aquel capellán joven que permaneció ayudando al Patronato durante un período importante. Tienen presente el amor con que se dedicó a las tareas de su apostolado.

Cuando se inaugura el Noviciado de las Damas Apostólicas en Chamartín, son muchas las veces que don Josemaría se llega hasta la casa y habla con la Maestra de Novicias sobre la formación de aquellas primeras vocaciones, aunque nunca ha sido su Director espiritual:

«Esto es lo que dura y lo que ha de ser perdurable, que los cimientos estén bien»(10)

Muchas de ellas reviven hoy la insistencia sonriente con que sabía decirles:

-«Pide mucho por mí, pide mucho por mí».

Tanto, que alguna llega a preguntarse:

-«¿Qué irá a hacer don Josemaría que pide tanta oración?»(11).

Durante estos años, la tarea apostólica en los barrios madrileños resulta cada vez más difícil. El ambiente anticlerical se extiende, y en algunos sectores se fomenta el odio a todo lo que se relaciona con la Iglesia. En más de una ocasión, las Damas Apostólicas han sido apaleadas y, en algún caso, heridas de gravedad. Y también don Josemaría tiene que sufrir pedradas al caminar por zonas extremas de la capital.

Cuando en enero de 1929 agoniza Mercedes Reyna, una Dama Apostólica muerta con fama de santidad, don Josemaría permanece junto a ella en las horas de agonía, y está atento -con la seguridad de asistir a la partida de una santa- a todo cuanto pueda necesitar, a cuanto pueda servirle de ayuda en ese momento de dar el salto a la Vida.

En otoño de 1927, doña Dolores Albás y sus hijos -Carmen y Santiago- se trasladan a Madrid. Don Josemaría vivirá con ellos hasta mediados de 1929 en un piso alquilado en la calle Fernando el Católico número 46. Pero, desde estas fechas, la familia entera ocupará la vivienda que, para el capellán, tienen destinadas las Damas Apostólicas en el edificio de Santa Engracia. La entrada es independiente, por la calle de José Marañón número 4. Hay en ella el espacio y la autonomía imprescindibles para que se instale su familia. El piso comunica con el Patronato y, aprovechando esta circunstancia, pasa horas de la noche velando tras el sagrario, pidiendo una vez más la luz y la fortaleza para encontrar y llevar adelante aquello a que Dios le ha destinado desde hace tantos años.

Aunque la atención sacerdotal de don Josemaría está polarizada por las actividades del Patronato de Enfermos, aún encuentra tiempo -un tiempo problemático, dada la increíble donación de su persona a las necesidades que se le plantean de continuo- para tratar a un grupo de familias de la aristocracia madrileña relacionadas con Mercedes Guzmán, Marquesa de Miravalles y Condesa de Aguilar de Inestrillas, y con su hermana María Luisa, primas de Mercedes Reyna, Dama Apostólica.

Más tarde conocerá también a la Condesa de Humanes, Grande de España, anciana señora soltera y ciega. Vive en un piso muy amplio, cerca de la plaza de Santa Bárbara. La atienden un ama de llaves y un reducido servicio. Su casa conserva aún los signos del esplendor de la familia; había sido muy amiga de la Infanta Isabel.

El contacto con estos dos extremos de la sociedad permite a don Josemaría conocer el dolor de unos y de otros, su generosidad o su egoísmo, la capacidad de donación o la más desconcertante cicatería. Años más tarde sabrá sacar de aquella extensísima labor pastoral ejemplos gráficos para mostrar de modo concreto a vivir las virtudes cristianas.

«Había un comedor -no lo puedo llamar público, porque necesitaban una tarjeta para ir a comer allí- que dirigía una persona muy santa, que ya ha muerto. Y aquella pobre persona quería ayudar a muchos y no llegaba. Y les daba una especie de cocido. Venían con tarjeta y se hacía una gran labor, porque mataban el hambre. Era gente que no tenía nada.

Pero siempre sobraba algo, y había otros que esperaban en una habitación para que les dieran las sobras; traía cada uno un cacharro -una lata, un plato desportillado, lo que podían- y sólo uno llevaba cuchara. Y sacaba de un chaquetón sucísimo, de lo profundo de uno de los bolsillos, una cuchara de peltre toda abollada, la miraba -como diciendo: esto es mío, y los demás, que no tenéis cuchara, os fastidiáis- y comía sus garbancitos saboreándolos; miraba, al final, su cuchara, le daba dos lengüetazos y volvía a guardar el tesoro. Este, en su miseria, era rico, apegado como estaba a esa cuchara de peltre. Era un pobre de pedir limosna, pero ante los demás era rico.

Y conocí a una Grande de España -puedo hablar de ella porque ya ha muerto y está en el Cielo desde hace muchos añosque tenía una generosidad inmensa: vivía entre muebles ricos y tapices; en ella gastaba menos que en la última persona de su servicio, y era manirrota. Todo lo daba para los que no tenían. Esta era pobre»(12).

Durante su futura actividad sacerdotal, don Josemaría propondrá a sus hijos en el Opus Dei la pobreza de una disponibilidad completa, de un desprendimiento exhaustivo de los bienes de la tierra. De una donación generosa de todo cuanto son y pueden lograr mediante un trabajo profesional desarrollado en medio del mundo. Les hará partícipes de un espíritu que encubre, bajo el señorío de la normalidad en que se desenvuelven, la renuncia fisica y espiritual a cualquier atadura egoísta. No tendrán otras metas que las de servir a Dios, a las almas y a la Iglesia.

Desde el principio, don josemaría anima -con su ejemplo y consejo- a los chicos jóvenes que trata, a tener contacto con las necesidades materiales y morales de todos los hombres, visitando hospitales y chabolas, enfermos y pobres. Años después, comentará este modo de formar a los que se acercaban a él atraídos por su inmenso corazón sacerdotal. Les enseñará a andar ese camino tan corto, y a veces tan distante, que media entre los propios intereses y las necesidades del prójimo. A ser capaces de renunciar al tiempo, al dinero, a los planes establecidos para acercarse a confortar a un pobre, a un enfermo; para ser apoyo en la soledad de algunos. Les da ejemplo de cómo aliviar el dolor y convertir el abandono en un rato de amistad. En una palabra: pone en sus manos la clave para hacer grandes los pequeños servicios en esa realidad formidable de la Comunión de los Santos.

«No tratamos tampoco con estas visitas de despertar superficiales inquietudes sociales. Se trata (…) de acercar esta gente joven al prójimo necesitado. Nuestros chicos (…) ven -de una manera práctica- a Jesucristo en el pobre, en el enfermo, en el desvalido, en el que padece la soledad, en el que sufre, en el niño (…).

No es justo que manifestaciones del auténtico espíritu cristiano queden arrinconadas, porque algunos las han convertido en gesto ostentoso y frívolo, o en sedante para sus remordimientos de conciencia (…).

Este contacto con la miseria o con la humana debilidad es una ocasión de la que suele valerse el Señor, para encender en un alma quién sabe qué deseos de generosas y divinas aventuras. A la vez, sensibiliza a los más jóvenes, para que tengan siempre entrañas de justicia y de caridad (…).

La generalización de los remedios sociales contra las plagas del sufrimiento o de la indigencia -que hacen posible hoy alcanzar resultados humanitarios, que en otros tiempos ni se soñaban-, no podrá suplantar nunca, porque esos remedios sociales están en otro plano, la ternura eficaz -humana y sobrenaturalde este con tacto inmediato, personal, con el prójimo: con aquel pobre de un barrio cercano, con aquel otro enfermo que vive su dolor en un hospital inmenso; o con aquella otra persona -rica, quizá-, que necesita un rato de afectuosa conversación, una amistad cristiana para su soledad, un amparo espiritual que remedie sus dudas y sus escepticismos» (13)

Todos estos años no sembrarán en el alma de don Josemaría ni un rastro de desesperanza, de amargura, de agresividad social engendrada en el inhóspito medio en el que se mueve a diario. Ha dado a Dios y a los hombres su vida entera, y ofrece a todos la única posesión que le desborda: la dedicación, el amor, el servicio, tanto más necesarios cuanto más desvalido y abandonado pueda encontrar al prójimo.

Y, para siempre, dejará escritas -como resumen entrañable- aquellas brevísimas líneas del punto 419 de «Camino»: -«Niño. -Enfermo. -Al escribir estas palabras, ¿no sentís la tentación de ponerlas con mayúscula? Es que, para un alma enamorada, los niños y los enfermos son El».

Confianza, lealtad, gratitud

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

La amistad del Fundador del Opus Dei rebosó siempre humanidad, detalles delicados y cordiales, capaces de superar la lejanía o la ausencia prolongada. Lo señalaba Juan Antonio Iranzo, compañero suyo de estudios en la Universidad de Zaragoza. Muchos años después, también en Zaragoza, asistió a la Misa en la que dio la Primera Comunión al hijo de otro viejo amigo, Juan Antonio Cremades. Al terminar “me vio, y dejó a los niños diciendo: Tengo que estar con este compañero mío que hace muchos años que no veo. Y estuvo conmigo en una salita unos veinte minutos. Cada vez que yo le insinuaba que muchos le esperaban, me decía: Éstos me tienen siempre, en cambio nosotros sólo nos vemos muy de vez en cuando”.

Monseñor Avelino Gómez Ledo, que vivió en 1927 en la Residencia sacerdotal de la calle Larra de Madrid, aporta uno de esos detalles típicos de buena amistad: celebraba él su santo en la fiesta de San Andrés Avelino, poco conocido en España, y ese día “Mons. Escrivá era el único en felicitarme cariñosa y sobrenaturalmente”.

Pero no era sólo cuestión de temperamento, o buena memo­ria. Monseñor Escrivá de Balaguer fue así, entre tantas razones, porque sabia confiar en los demás. Y ha transmitido este criterio a todos los que tienen alguna misión de gobierno dentro de la Asociación: el Opus Dei funciona a base de confianza. Es una realidad derivada de que su Fundador se fió siempre de todos cuantos trató. No teorizaba cuando aconsejaba a los padres de familia que no diesen jamás la impresión a sus hijos de que desconfiaban de ellos, que era preferible dejarse engañar alguna vez, pues la confianza, que se pone en los hijos, hace que ellos mismos se avergüencen de haber abusado, y se corrijan; en cambio, si no tienen libertad, si ven que no se confía en ellos, se sentirán movidos a engañar siempre.

Podía dar estos consejos porque ya los había puesto en práctica. De hecho se fiaba más de la palabra del amigo, o del socio del Opus Dei que del testimonio unánime de cien notarios, como solía afirmar con frase gráfica. Él, que aconsejó siempre a los padres de familia que procurasen hacerse amigos de sus hijos, lo vivió hondamente como Fundador y como padre que era, dentro de la numerosa familia del Opus Dei. Al contemplar este rasgo de su amistad, es imposible no pensar con él en las palabras de Jesús a los Apóstoles en la última Cena, vos autem dixi amicos ‑”os he llamado amigos” (Ioann., XV, 15)‑, que compendian el sentido humano y divino de la Redención.

Muchas veces le preguntaron cuál era la virtud humana que más le gustaba, la más importante. Solía responder que la sinceridad. Al mismo tiempo, y más en los últimos años, como un ritornello, enalteció la lealtad: porque, ¿cómo ser leal, fiel a Dios, si no se saborea la delicia de la lealtad humana, de la .fidelidad a los demás?

Cuando de la amistad se trata, la lealtad es inseparable del agradecimiento. Mons. Escrivá de Balaguer daba gracias a Dios por todo, etiam pro ignotis, también por los beneficios descono­cidos, los que el Señor le hubiera hecho y no alcanzase a ver.

Y daba gracias también a los hombres. Nada de extraño tiene que fuese especialmente agradecido con los que le ayudaron en los comienzos del Opus Dei o cuando arreciaban las dificultades.

Poco después de la guerra de España, dio los primeros pasos para comenzar la labor del Opus Dei en Bilbao. Don Álvaro del Portillo y don Pedro Casciaro hicieron algunos viajes, y encontra­ron un clima tenso. Flotaban en el ambiente las secuelas de serios ataques personales contra el Fundador del Opus Dei, que trataban de prevenir a la gente contra la Obra. Muchas puertas se cerraron entonces. En cambio, la Viuda de Ibarra, Carito Mac Mahon, actuando con su habitual señorío, le abrió su casa y confió en él. Mons. Escrivá de Balaguer no lo olvidó nunca: cualquier ocasión era buena para tener algún detalle especial con esa familia. La Marquesa de Mac Mahon da fe en 1975 de que “era especialmente agradecido, porque siempre recordaba con agradecimiento excesivo lo poco que yo y los míos hicimos con él en aquellas épocas en que no era conocido, ni tampoco la Obra”.

El P. Garganta, O.P., vio los comienzos del apostolado del Opus Dei en Valencia, antes de conocer personalmente al Fundador. Su primera relación la tuvo a través del Provincial de los Dominicos de Filipinas, Padre Tomás Tascón, que estuvo un día en Valencia, y le dijo: ‑El Padre Escrivá me ha pedido que le diga estas palabras: Padre Garganta, estoy muy agradecido y muy contento con lo que hace por mis muchachos; un abrazo de hermano. En el verano de 1975, el P. Garganta confirma: “El Padre era muy agradecido por lo que yo podía hacer por él y por sus hijos; quizá me lo agradeció más de la cuenta porque era generosísimo, y yo lo hacia con una buena voluntad incon­mensurable”.

Su gratitud no era sólo cortesía: una palabra que se dice y luego se olvida. Al contrario, el Fundador del Opus Dei seguía agradeciendo, muchos años después.

En 1943 se instaló la Residencia de estudiantes de la Moho loa. El Fundador de la Obra conocía a la Madre General de las, Religiosas del Servicio Doméstico, y acudió a ella para ver si le podía proporcionar alguna chica que trabajase en la nueva Residencia. Le atendió la Madre Carmen Barraza, en ausencia de la Madre General. Recientemente la Madre Barrasa significaba que Mons. Escrivá de Balaguer no había olvidado aquel detalle, y había asistido a la ceremonia de beatificación de su Fundadora (Roma, 1950), y que, además, había dispuesto que asistieran también las empleadas del hogar, asociadas del Opus Dei, que había entonces en Roma. Por la tarde de aquel día, se presente: en su Casa General para felicitarlas personalmente, con una buena caja de bombones, como manifestación de la estima que les tenía.

También atestigua la gratitud de Mons. Escrivá de Balaguer don José María García Lahiguera, que en su época de Directo espiritual del Seminario Mayor de Madrid le confesó semanal­mente entre 1940 y 1944. “Siempre, de un modo delicado y con obras, demostró su agradecimiento hacia mí, por administrarle, durante aquellos años, el Sacramento de la Confesión”.

Ejemplos de este estilo pueden multiplicarse. En el capítulo segundo, se aludió a la Misa que celebró en Andorra, después de Misa impresio­no mucho a mosén Pujol Tubau que, como vimos, fue e sacerdote que le facilitó todas las cosas para celebrar. Cuando mosén Pujol ordena sus recuerdos del Fundador del Opus Dei, se refiere a cómo vivió la amistad, con lealtad y agradecimiento, ~ ‑esto también le admira‑ cómo supo inculcarla a los socios de la Obra: “Poco podía imaginar que de aquel breve encuentro en Andorra, con aquella riada constante de refugiados, fuera a establecerse un trato tan afectuoso y permanente como el que mantengo con los socios del Opus Dei”.

Desde aquellos días de diciembre de 1937 mosén Pujol y el Fundador de la Obra siguieron en contacto con las tradicionales felicitaciones de Navidad y las onomásticas. En abril de 1944, con motivo 3e la consagración en Zaragoza de don Ramón Iglesias Navarri como Obispo de Seo de Urgel, mosén Pujol

acudió a la capital aragonesa en su calidad de arcipreste de Andorra. En la recepción previa a la ceremonia, pudo comprobar el buen recuerdo, el leal agradecimiento que don Josemaría tenía, porque, al ser presentado al futuro obispo, éste le dijo que le habían hablado muy bien de él, y que había sido don Josemaría Escrivá: “A mí me sorprendió al momento, pensando cómo podría acordarse don Josemaría de un sacerdote al que había tratado tan poco, pero después he comprendido que tanta afabi­lidad era consecuencia de un profundo sentido de la amistad”.

Especial gratitud guardaba para sus maestros. Siempre tuvo para ellos pruebas de afecto y reconocimiento. Más de una vez elogió en público a su profesor de química en el Bachillerato. Lo ponía como ejemplo de hombre ordenado, que, cuando hacía en clase un experimento, apenas acababa de usar una probeta o un tubo de ensayo, limpiaba todo ‑también los estantes‑ y dejaba cada cosa en su sitio. El Fundador del Opus Dei comentaba que ese ejemplo fue uno de los caminos que utilizó el Señor para enseñarle a poner cuidado en hacer bien hasta las cosas más pequeñas.

Don Miguel Sancho Izquierdo fue profesor suyo en la Facul­tad de Derecho de Zaragoza. Con los años sería Rector de esta Universidad, muy vinculada ‑por tantas razones‑ a la de Navarra. De hecho, los dos primeros doctores honoris causa de la Universidad de Navarra, de la que Mons. Escrivá de Balaguer era Gran Canciller desde su erección jurídica, se confirieron a dos rectores de Zaragoza, don Juan Cabrera y Felipe y don Miguel Sancho Izquierdo. El acto académico de investidura se celebró el 28 de noviembre de 1964, y en su discurso el Gran Canciller de la Universidad de Navarra manifestó su particular honro de alegría ante el galardón que recibía su maestro: me honro de haber sido su alumno en las aulas cesaraugustanas.

El agradecimiento de Mons. Escrivá de Balaguer le sirvió también para vivir la justicia con rasgos de acusada generosidad. Especialmente la sentía ‑y la vivía‑ cuando se trataba de la retribución de quienes trabajaban junto al Opus Dei en las labores apostólicas promovidas por la Obra. Siempre le preocupó que esas personas estuvieran bien pagadas, haciendo todo el esfuerzo necesario para conseguir medios económicos en tareas de suyo casi siempre deficitarias.

Fue auténtico Padre, y en más de una ocasión dijo que admiraba el buen paternalismo, porque a su corazón cristiano le resultaba insuficiente el frío cumplimiento de la justicia. Nunca aceptó, por ejemplo, que la enseñanza fuese gratuita en las obras apostólicas promovidas por el Opus Dei en el terreno docente: su idea era que los alumnos pagasen algo ‑aunque fuese lo que suelen gastar en el tranvía, dijo alguna vez de modo muy expresivo‑, para que tuvieran conciencia de su derecho pudieran reclamarlo si fuera el caso… Y, a la vez, quería que los profesores y los empleados tuvieran bien reconocidos todos sus derechos, y organizado el oportuno descanso, también para que pudieran trabajar con orden y eficacia.

Como un caso entre cientos, narra Encarnación Ortega que en 1945 se marchó de la Residencia de la Moho loa la cocinera, porque tenía bastante edad y el trabajo de aquella residencia era excesivo para ella. Mons. Escrivá de Balaguer indicó expresa­mente que se tuvieran con ella las máximas atenciones, y se le diera una gratificación generosa. Su agradecido modo de ser hizo que nunca se limitase a cumplir estrictamente ‑estrechamente­- deberes de la justicia.

Otra manifestación de su sentido de la amistad ‑detalle muy significativo en nuestros días‑ es que siempre supo tener tiempo para los amigos, para estar junto a ellos, especialmente en los momentos difíciles. Don Antonio Rodilla, muchos años Vicario General de Valencia, Rector del Seminario Archidiocesano y Director del Colegio Mayor San Juan de Ribera en Burjasot. amigo dei Fundador del Opus Dei desde los años treinta, traza en una carta a un sacerdote de la Obra el amplio cuadro de amabilidades y delicadezas que tuvo con él y con su familia: desde el consuelo en situaciones íntimas muy dolorosas, hasta la presencia física en el entierro de su madre.

Algún día, con paciencia, se podrán calcular las muchas horas que empleó invitando a comer a esos múltiples amigos suyos, con ‑la frase es de Camino, 974‑ la vieja hospitalidad de los Patriarcas, con el calor fraterno de Betania.

Y, por último, las cartas. También hará falta mucha pacien­cia investigadora para reconstruir la correspondencia del Funda­dor del Opus Dei. Escribió miles de cartas, que eran prolonga­ción desde la lejanía de una amistad hondamente sentida.

No dejó de escribir ni siquiera durante los años de la guerra de España, en los que la censura postal hacía arriesgado el correo. La amistad ‑el cariño‑ conoce mil recursos. Fue entonces cuando comenzó a firmar Mariano, uno de los cuatro nombres que le impusieron en la pila bautismal, y en el que se reflejaba también su devoción a la Virgen. Sus cartas de aquellos años están llenas de nombres convenidos, de imágenes tomadas de la vida familiar, que sorteaban los riesgos de la censura de las dos zonas en que estuvo dividido el país entre 1936 y 1939. Muchos han sido los que han testimoniado su alegría y agrade­cimiento cuando, en los frentes de guerra, recibían periódica­mente las noticias del Fundador del Opus Dei, que les alentaba a seguir en la brecha de otras peleas: su lucha interior, su afán apostólico, su preocupación por los demás, la reconstrucción de sus vidas, para seguir haciendo una cristiana siembra de paz cuando terminase el conflicto.

«Terriblemente exigente y terriblemente libre»«Terriblemente exigente y terriblemente libre»

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

–¿En qué se basa fundamentalmente el apostolado del Opus Dei?

–Creo que en la amistad y en un auténtico cariño… –dice María Luisa, profesora universitaria–. Me ha pasado en muchas ocasiones empezar a hablar con algunas universitarias y te encuentras que lo que tienen es un problema de confusionismo terrible. A mí me indignan cuando se habla de las generaciones jóvenes. ¡Pero si no les ha dado tiempo a hacer muchas tonterías! ¡Las tonterías las hemos hecho los mayores! Pienso que tenemos que recordar cómo éramos nosotros cuando no teníamos nada que conservar y todo por hacer… Y la experiencia que tengo es que cuando te ven que vives con autenticidad y les explicas las razones de tu actitud, te aceptan siempre.

–¿No resulta difícil vivir en su posición la virtud de la pobreza?

–Pasa lo mismo que con otras virtudes. Hay que vivirla de cara a Dios y es muy personal. A mí nadie me ha dicho que tenga que aportar una cantidad determinada al mes, porque eso dependerá exclusivamente de mi generosidad. Por supuesto, la pobreza la tienes que vivir tú, no tu marido ni tus hijos. Para una persona será prescindir de un perfume o de una marca de cigarrillos, o de la merienda, o de los vestidos de modisto. Cada uno conoce sus puntos débiles y, como todo, creo que es un problema de no escurrir el bulto. La pobreza del Opus Dei está hecha de muchas cosas pequeñas y de muchas cosas que cuestan.

–¿Y no se puede desvirtuar la vocación en un momento dado?

–Bueno… depende de la exigencia, claro, porque desde luego la libertad es terrible. Éste es un examen que se tiene que hacer cada uno. Pero creo que resulta muy difícil aburguesarse dentro del Opus Dei, por los medios de formación, que te van recordando tu entrega y tu amor a Dios constantemente… Además existe una dirección espiritual muy personal, donde te van ayudando y exigiendo. Esto te hace estar al día. Además el OpusDei es una familia y sientes el cariño de la gente que te rodea… si pasas una temporada difícil, sabes que cuentas siempre con la oración y el cariño de todos. Y desde luego, la situación de una persona aburguesada es insostenible. Se marcharía sola, porque además la puerta está completamente abierta para salir. Cuando llevas unos cuantos años encuentras que tienes todo el cariño, la comprensión y la ayuda, pero que todo depende de ti. Yo diría que el espíritu del Opus Dei es terriblemente exigente y terriblemente libre. A mí lo que más me impresiona es que estoy aquí porque me da la gana y soy responsable de mis actos.

–¿Y evolucionará con los años ese espíritu del Opus Dei?

–Cambiarán las personas –concluye María Luisa–, pero el espíritu seguirá siendo el mismo, porque es la doctrina de la Iglesia, el querer de Dios y los medios tradicionales de piedad. Esto no puede cambiar. Yo me río, porque pienso que muchas cosas que vivo perteneciendo al Opus Dei las he aprendido de mi abuela. No defiendo la doctrina del Opus Dei, sino la doctrina de la Iglesia. Y hay una serie de temas que no cambiarán nunca, coma puede ser el tema del matrimonio. Yo di una serie de charlas a universitarias y lo entendían perfectamente. Comentaban que era muy duro, y estoy de acuerdo. El matrimonio es un camino de santidad y esto es exactamente igual para unos que para otros.

1. De Barbastro a Logroño

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Al pie del Pirineo aragonés se sitúa la amplia franja del So­montano ‑con alturas de 500 a 600 metros‑, que enlaza la montaña con el llano, en rápido descenso hacia el Sur. Esta po­sición geográfica confirió al Somontano una gran importancia histórica, como paso obligado de las rutas comerciales y como centro de las luchas por el poder político.

Dentro del Somontano, Barbastro era ciudad ya muy cono­cida en el período de dominación romana. En 1100 fue recon­quistada a los musulmanes por Pedro I de Aragón, y se erigió en Roda una sede episcopal, que más tarde se trasladó a Barbastro. Esta ciudad no perdió su prestancia a lo largo de los siglos. Hacia 1900 contaba con unos 7.000 habitantes, seguía siendo sede epis­copal, tenía condición jurídica de cabeza de partido ‑con sus juzgados, su notaría, su registro de la propiedad, y toda su actividad administrativa‑, y destacaba como núcleo comercial de primera importancia, entre dos capitales de provincia, Huesca y Lérida.

Don José Escrivá y Corzán ‑padre del futuro Fundador del Opus Dei‑‑ se dedicaba en Barbastro al comercio. En 1894 era uno de los tres socios de “Sucesores de Cirilo Latorre”. La fa­milia provenía de Balaguer (Lérida), donde había nacido el abuelo paterno de don José. Algunos miembros de la familia se trasladaron a Peralta de la Sal, y luego a Fonz, villa situada en la margen izquierda del Cinca, a mitad de camino entre Peralta de la Sal y Barbastro. Don José Escrivá nació el 15 de octubre de 1867 en Fonz, y allí residieron también muchos años dos hermanos suyos: mosén Teodoro y Josefa.

El 19 de septiembre de 1898, don José se casó en Barbastro con María de los Dolores Albás y Blanc, que era la penúltima de trece hermanos. Los Albás, muy conocidos en Barbastro, ocupa­ban una casa grande, y la presencia de esta numerosa familia era tan notoria que se hablaba de aquel hogar como ala casa de los, chicos».

Martín Sambeat, que aún vive en Barbastro, recuerda a don José Escrivá como hombre lleno de bondad y rectitud, que vestía elegantemente al estilo de la época, con bombín, y todos los días cambiaba de bastón. El padre de Martín era también comercian­te y, con otros, solía reunirse los miércoles en la parte alta de su tienda. Más .de una vez envió a su hijo a avisar a don José para que acudiese a la tertulia. Allí charlaban, comentaban los suce­sos y jugaban al tresillo hasta última hora de la tarde. También se reunían a veces en el casino «La Amistad», en la Plaza del Ayuntamiento.

Don José trabajaba en el número 10 de la calle de Ricardos. En el sótano se fabricaba chocolate. Desde la tienda, por una escalera de caracol, se subía a una entreplanta, destinada a almacén de mercancías. En los dos pisos superiores vivía la familia de Juan José Esteban ‑notario de Barbastro hasta 1925‑, casado con una sobrina de don Cirilo Latorre, a quien había pertenecido el negocio. La tienda tenía el aspecto típico de los comercios de tejidos de la época: amplias estanterías de ma­dera, con cajones anchos al fondo; y un gran mostrador corrido, tablón de madera, con una ranura de hucha, en la que se iban echando las monedas a lo largo del día. No faltaban la báscula ni la balanza, en un rincón de la tienda. El negocio iba bien. Cuando en mayo de 1902 se disolvió la sociedad “Sucesores de Cirilo Latorre”, tenía un activo que hoy equivaldría a bastantes millones de pesetas. Con lo recibido de la liquidación, dos de los tres socios, Juan Juncosa y José Escrivá, continuaron el negocio con el nuevo nombre de “Juncosa y Escrivá”.

Unos meses antes, el 9 de enero de 1902, nació Josemaría en la casa que habitaban sus padres en la Plaza del Mercado, junto a la de los Argensola. Era el hijo segundo. En la pila bautismal de la catedral de Barbastro le impusieron el día 13 los nombres de José, María, Julián y Mariano. Su hermana mayor, Carmen, había nacido el 16 de julio de 1899. Luego vendrían María Asun­ción (1905), María de los Dolores (1907), María del Rosario (1909) y Santiago (1919).

La vida discurría con normalidad. Doña Dolores llevaba la casa, con la ayuda de una cocinera, María, de una doncella y, mientras fue necesario, de una niñera. Tenían, además, un cria­do, para los trabajos más duros.

Quienes la trataron entonces en Barbastro la describen como una gran mujer, muy guapa, elegante, sencilla, serena, afable, llena de sentido del humor. Los amigos de sus hijos iban a jugar a su casa, y ella les dejaba prendas para que se disfrazasen. Pre­fería que jugaran en “la leonera”. Cuando llegaba la hora de merendar les daba pan con chocolate y naranjas.

Con naturalidad y sentido del humor, doña Dolores aprove­chaba todas las ocasiones para enseñar la piedad cristiana a sus hijos. Algunas lecciones quedaron grabadas para siempre en el alma de Josemaría. Las repetiría luego a lo largo de los años. Contaría, por ejemplo, que en aquella época eran corrientes las visitas. Iban las familias y algunas amigas de la madre. Él tenia que saludarlas, porque era el niño de la casa, y cuando las amigas de su madre querían besarle, se defendía, sobre todo de una pariente lejana de su abuela, con auténtico bigote, que pin­chaba.

Ahora sois prudentes en arreglaros ‑decía con gracia una vez en Argentina ante un grupo numeroso de personas‑, según las circunstancias, porque no vais lo mismo a un sitio que a otro, para una visita de cumplido o para una fiesta…, y los productos de tocador han progresado. Pero en aquella época, o no se arre­glaban, o se ponían como oía comentar divertida a mi madre: Fulanita vendrá estucada ‑efectivamente, se había puesto es­tuco‑, y no la podemos hacer reír, porque se descascarilla.

A doña Dolores tampoco le agradaba la vergüenza infantil de su hijo, cuando tenía que estrenar trajes nuevos. Y volvía a la carga, como contó muchas veces. Me metía debajo de la cama y no quería salir a la calle, tozudo, cuando me vestía el traje nuevo… Y mi madre, con un bastón de los que usaba mi padre, daba unos ligeros golpes en el suelo, delicadamente, y entonces salía: salía por el bastón, no por otra cosa.

Luego, mi madre con cariño me decía: Josemaría: la vergüen­za, para pecar. Muchos años después me he dado cuenta de que había en aquellas palabras una razón muy profunda.

Su madre le enseñó a rezar y de ella aprendió, por ejemplo, esa oración de ofrecimiento, tan popular: Oh Señora mía, ola Madre mía, yo me ofrezco enteramente a Vos… En una homilía del 26 de noviembre de 1967 se refería a que todavía, por las mañanas y por las tardes, no un día, habitualmente, renuevo aquel ofrecimiento que me enseñaron mis padres. Y en 1974, en Buenos Aires, para ejemplificar cómo a veces son tonterías muy pequeñas las cosas que se oponen a una entrega total a Dios, recordó lo que le había contado una madre de familia, que también hacía rezar a su hijo esa oración ‑Oh Señora mía…‑ la misma que había aprendido siendo muy pequeño:

A aquel niño, ya harto de juguetes ‑porque era un chico de esos a quien no le negaban nada‑, un, amigo de su familia le regaló un conejo pequeñito, vivo; y él, con aquel gazapo ‑¿se llama gazapo también aquí?…‑ estaba entusiasmado, y cuando decía con su madre: y te ofrezco mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón, en una palabra, todo mi ser; le entró remordimiento y dijo: menos mi gazapito.

De la mano de su madre, fue prendiendo en el corazón de Josemaría una vida de piedad sencilla, normal. Lo evocaría el Fundador del Opus Dei cuando, un día de 1974 en Argentina, una madre cordobesa le contó la anécdota de su único hijo, de cinco años. Iban los dos en un colectivo, y el niño vio una imagen de la Virgen en el autobús. La saludó con la mano, y se puso luego a hablar con el conductor sobre el diálogo que podría tener con Ella mientras manejaba: el semáforo rojo. Y después: está el semáforo verde…

‑Virgen, tenemos que parar, está ‑Virgen, ahora seguimos, porque a1 oír esta anécdota, Mons. Escrivá de Balaguer se quedó un momento como pensativo. Y dijo enseguida a aquella madre: ‑Eso es vida contemplativa; cuando yo tenía esa edad era muy piadoso, pero no tenía vida contemplativa.

Muchas personas le recuerdan, en sus años de infancia, como uno más, alegre y travieso. Le gustaba mucho jugar con un caballo grande de cartón, con ruedas: paseaba con él a los más pequeños por la casa, tirando de una especie de ronzal. Tenía también soldaditos de plomo y birlas (palos con soldados pinta­dos que se colocaban a cierta distancia y se iban tirando con bolas).

Cuando llegaba el buen tiempo, se reunía en la Plaza con los demás para jugar a “civiles y ladrones”, o hacer carreras con aros. Otras veces iba a la casa de la calle Ricardos, donde estaba el comercio de su padre. Allí acudían los Esteban ‑hijos del notario‑ y otros amigos, como los Cajigós, los Sambeat y los Fantoba. Aún vive en Barbastro María Esteban Romero. Piensa ella que iban a jugar allí, sobre todo, la tarde de los jueves, que no tenían clases en el colegio. Uno de sus entretenimientos consistía en fabricar jabón. En aquella época la colada se hacía con ceniza, no con lejía, y en las casas había barriles de ceniza muy fina, que se empleaba para lavar. Los chicos la amasaban con agua y la cocían en cacharros de juguete para que se convirtiera en jabón. Algunas noches, después de cerrar la tienda, se quedaban ayudando a calcular el dinero que se había hecho ese día; les divertía mucho contar monedas, sentados en el mostra­dor. No obstante, María Esteban apenas coincidió con Josema­ría, porque normalmente los niños que iban a su casa jugaban con sus hermanos y las niñas quedaban aparte, aunque a veces asistían a los juegos de los chicos.

“Pero lo que más le gustaba cuando estaba con ellas ‑afirma Adriana Corrales‑ era sentarse en una mecedora del salón, y contarles cuentos ‑normalmente de miedo, para asustarlas que inventaba él mismo”. Debían efectivamente gustarle mucho los cuentos. El 16 de junio de 1974, mencionó ante miles de personas, en el Palacio de Congresos del General San Martín (Buenos Aires), que de pequeño se escapaba a la cocina, aunque le decían que no debía ir: pero había allí dos cosas estupendas:

una cocinera que se llamaba María, que era muy buena, que sabía siempre el mismo cuento, un cuento de ladrones simpá­ticos; y, además, había unas patatas fritas colosales. Las dos cosas las tenía yo vedadas: oír el cuento… Porque no le decía­mos: cuéntanos un cuento. No: oye, María, cuéntanos el cuento. Sabíamos que ella no conocía otro; pero lo decía tan bien, que siempre nos parecía nuevo.

En aquella casa de la plaza del Mercado había señorío, solera. El ambiente era sencillo y elegante, alegre y piadoso. También allí aprendió Josemaría a rezar el Rosario. Los sábados bajaban con otras familias amigas a San Bartolomé, una iglesia que ha desaparecido, y rezaban el Rosario y la Salve. (A esta iglesia iban también a veces a oír Misa los padres con sus hijos mayores, Carmen y Josemaría).

Fue doña Dolores quien preparó a su hijo para la primera confesión. Fijó la fecha con su confesor, el P. Enrique Labrador, un santo religioso escolapio. Cuando llegó el día, después eje hacer a Josemaría las últimas recomendaciones, lo llevó de ‘¡a mano hasta la iglesia. Lo narraba él mismo en 1972:

Cuando hice mi primera Confesión ‑tenía seis o siete años‑, me quedé muy contento, y siempre me da alegría recor­darlo. Me llevó mi madre a su confesor y… ¿sabéis lo que me puso de penitencia? Os lo digo, que os moriréis de risa. Aún estoy oyendo las carcajadas de mi padre, que era muy piadoso, pero no beato. No se le ocurrió al buen cura ‑era un frailecito muy majo‑ más que esto: dirás a mamá que te dé un huevo frito. Cuando se lo dije a mi madre, comentó: hijo mío, ese padre te podía haber dicho que te comieras un dulce, ;pero un huevo frito…! ;Se ve que le gustaban mucho los huevos fritos!

¿No es un encanto que venga al corazón del niño ‑que todavía no sabe nada de la vida, ni de las miserias de la vida‑ el confesor de la madre a decirle que le den un huevo frito? ; ES magnífico! ¡Aquel hombre valía un imperio!

Su madre le enseñó las oraciones de la mañana y de la noche y con su padre, siendo niño aún, rezó muchas veces las oraciones de la noche. Con doña Dolores aprendió el Catecismo de la doctrina cristiana, hasta que llegó el momento de hacer la Primera Comunión, el día de San Jorge ‑23 de abril de 1912‑, porque era tradición en el Alto Aragón hacerla ese día:

Tenía yo entonces diez años. En aquella época, a pesar de las disposiciones de Pío X, resultaba inaudito hacer la Primera Co­munión a esa edad. Ahora es corriente hacerla antes. Y me pre­paraba un viejo escolapio, hombre piadoso, sencillo y bueno. Él me enseñó la oración de la comunión espiritual.

Esta oración es hoy familiar a miles de personas en el mundo entero:

‑Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre; con el espíritu y fervor de los Santos.

Cuando Josemaría hizo la Primera Comunión, en 1912, ya era alumno del Colegio de los Escolapios en Barbastro. En el Colegio no había muchos alumnos: a comienzos de siglo hacer el Bachi­llerato, al menos en Barbastro, era excepcional, según afirma Aurelio Español, farmacéutico de Jaca, que hizo allí todos sus estudios, también de Bachillerato, entre 1900 y 1912. El Colegio tenía prestigio. Lo atendían unos doce religiosos. No en vano San José de Calasanz había nacido en Peralta de la Sal y comenzó su apostolado sacerdotal junto al Obispo de Barbastro Felipe de Urríes, protector del Santo durante sus estudios.

Un fámulo, llamado Faustino, recogía cada mañana a los alumnos. Los niños llevaban abrigo azul marino con botones de metal. También era azul marino el color de la gorra de paño que llevaban, con la visera de charol. En el centro, y sobre la visera, iba el escudo del colegio. Se ponían al cuello, en forma de chalina, un pañuelo doblado, de color más claro. Dentro del colegio usaban un guardapolvos de rayas azules, abotonado por delante, con cinturón y cuello también azules.

Al principio, .para hacer oficialmente el Bachillerato, los alumnos de los Escolapios iban a examinarse al Instituto de Huesca, ordinariamente en tren (Barbastro‑Selgua‑Tardienta-Huesca). Luego cambiaron al Instituto de Lérida. El examen de ingreso del Bachillerato lo hizo Josemaría en Huesca, en 1912, es decir, cuando tenía diez años, según lo establecido en las normas entonces vigentes.

En el Colegio, según el propio Martín Sambeat, Josemaría se distinguía de los demás por su serenidad; no era revoltoso. Otro compañero de estudios, José María Muñoz, hijo del veterinario de Barbastro, hoy Padre Escolapio en Logroño, señala que era estudioso y reflexivo; ni bullicioso, ni hosco; bien educado: “se veía que los padres se habían preocupado del chico desde pequeño”. Según el P. Mur, que iba dos cursos por delante en aquel colegio, Josemaría destacaba ‑con Mariano Esteban, Leopoldo Puig y Ricardo Palá, también fallecidos‑ por su talento, por sus buenas calificaciones y por aquel Colegio, Leopoldo Puig talento, por sus buenas calificaciones y por condiscípulo, Miguel Cavero ‑que murió siendo un su piedad. Con otro con discípulo, Miguel Cavero –que murió siendo un ingeniero muy conocido‑, obtuvo premio en la asignatura “Nociones de Aritmética y Geometría”, en el Instituto de Lérida, el curso 1912‑1913, es decir, en su primer año del Bachillerato (así aparece en el semanario Juventud, Barbastro, 13 de marzo de 1914, que cita el P. Liborio Portolés Piquen Escolapio, en un artículo publicado en la revista de los antiguos alumnos del madrileño Colegio de San Antón).

También se examinó de segundo de Bachillerato en el Ins­tituto General y Técnico de Lérida. El semanario Juventud (Bar­bastro, 12 de junio de 1914) publica los resultados obtenidos por los alumnos de los Escolapios. En ese mismo número hay un artículo de J. Argente Llanas, expresivo del ambiente que enmar­caba aquellos exámenes en el Instituto. Argente describe cómo los alumnos van alegres, en tropel, hacia el Instituto, hasta que, de pronto, al fondo de una larga y estrecha calle, divisan la portada de lo que para ellos es cadalso: “Tras unos cuantos paseos por los severos claustros, suena el timbre. En sus rostros se acentúa todavía el abatimiento, se les apodera el temor, el pánico. Realizan sus exámenes ante tres señores que inspiran más que respeto y admiración, miedo. El alumno tiembla, su rostro se sonroja, su organismo parece no funcionar, sus sentidos se amortiguan, excepto el. oído, que ansioso espera las preguntas del señor del birrete…”

Había entonces tres modos distintos de seguir la segunda en­señanza: a) enseñanza oficial: los alumnos teman obligación de asistir a clases en los Institutos; b) enseñanza colegiada: los alumnos no iban al Instituto, sino a Colegios reconocidos, que presentaban a sus alumnos a examen en el Instituto, con una relación de las notas que cada uno merecía, según el Colegio; además, un profesor del propio Colegio formaba parte del tribunal examinador; y c) enseñanza libre: los alumnos no eran presentados por nadie.

De hecho, sin embargo, los alumnos libres solían pasar en ocasiones por el Instituto, para conocer a los profesores que los habían de examinar. De manera que quienes por lo común tenían más miedo al Instituto eran los alumnos de enseñanza colegiada, porque no iban al Centro oficial más que para exa­minarse.

En junio de 1914, Josemaría salió bien librado. Según la gacetilla del semanario Juventud, resulta el alumno de segundo curso con mejores calificaciones: notable en Geografía de España (ninguno ha llegado a sobresaliente); sobresaliente en Lengua Latina, Aritmética Demostrada y Religión. Como todos, ha aprobado la Gimnasia.

Pero mientras avanzaba en el Bachillerato, las desgracias se sucedían en su familia. Lo más doloroso fue el fallecimiento de las tres hermanas que le seguían: primero murió la más pequeña, Rosario, el 11 de julio de 1910, antes de cumplir el año; luego, Lolita, el 10 de julio de 1912, a los cinco años; y, por último, Asunción, a la que familiarmente llamaban Chon, el 6 de octubre de 1913, poco después de cumplir los ocho. Cuando ésta falleció, Josemaría era un niña de once años y su hermana mayor, Carmen, acababa de cumplir los trece. Los dos sufrieron mucho con estos golpes tan duros.

Lo apreciaron bien las amigas de la infancia. Entonces era costumbre que las niñas designadas por la familia asistieran al entierro, llevando las andas en que se colocaba el ataúd, o las cintas que colgaban de la caja, cuando el niño o la niña morían antes de hacer la Primera Comunión, como fue el caso de las tres hermanas de Josemaría. Adriana Corrales, por ejemplo, llevó la cinta de Rosario y Lolita; en cambio, cuando murió Chon, que ya tenía ocho años, llevó una de las andas. No se le ha olvidado lo mal que, por estas desgracias familiares, lo pasó Josemaría. Al morir Chon, como las hermanas habían ido falleciendo por edades ‑de menor a mayor‑, Josemaría decía que entonces le tocaba a él. Dejó de repetirlo cuando se dio cuenta de que a su madre le entristecía. Ella le aseguraba:

‑No te preocupes, que tú estás ofrecido a la Virgen de To­rreciudad.

Efectivamente, la familia tenía una devoción grande a esta advocación de la Virgen y, cuando Josemaría fue desahuciado por los médicos a la edad de dos años, le ofrecieron a Nuestra Señora si curaba de su enfermedad. Por eso, después, le llevaron en peregrinación a la ermita de Torreciudad.

La Baronesa de Valdeolivos vivió también aquella etapa: “No, puedo calcular cuánto tiempo después de la muerte de Dolores ‑debió de ser al verano siguiente‑ enfermó Chon. Parece que la estoy viendo ahora: era una niña rubia, muy mona”. Y expone que, estando una tarde en los porches, Josemaría le dijo que iba a subir a casa, para ver cómo se encontraba su hermana. Había muerto. Su madre le dijo que estaba muy bien, porque ya se había marchado al Cielo. Ante el desconsuelo de Josemaría, ella tuvo que insistir:

‑Hijo, no seas así. No llores. ¿No ves que Chon está ya en el Cielo?

La noticia también impresionó mucho a la Baronesa de Val­deolivos ‑entonces muy niña‑, porque se trataba de la tercer: hermana que se iba en muy poco tiempo, y eran amigas. Pero, a pesar de esta escena de dolor que se le quedó tan grabada, conserva la imagen de Josemaría como “un chico alegre, opti­mista, de muy buen corazón”.

Los Valdeolivos veían bastante a los Escrivá, pues aunque residían en Lérida, pasaban el verano en Fonz, y el mes de sep­tiembre iban a Barbastro a la casa de la abuela, que estaba en lo:, porches, muy cerca de la de los Escrivá. Allí, bajo los soportales o en su casa, pasaban muchos ratos jugando, a pesar de que Josemaría era cinco o seis años mayor que ella. Su recuerdo es el de “un chico bastante alto, fuerte, que llevaba medias altas: hasta la rodilla, y pantalón corto, como todos los de su edad en aquella época”. Él, más que jugar con la niña y con sus primo Joaquín Navasa y Julián Martí, se dedicaba a entretenerlos, porque eran más pequeños. Cuando iban a su casa, les sacaba sus juguetes, para divertirlos. Tenía muchos rompecabezas.

A ellas les gustaba hacer castillos con naipes. Una tarde ‑ha­bían muerto ya Rosario y Dolores‑, absortas en torno a la mesa, contenían la respiración al colocar la última carta de uno de aquellos castillos, cuando Josemaría ‑que no acostumbraba a hacer cosas así‑ se lo tiró con la mano. Se quedaron medio llorando, y Josemaría, muy serio, les dijo: ‑Eso mismo hace Dios con las personas: construyes un castillo y, cuando casi está terminado, Dios te lo tira.

Sus pequeños amigos no entendieron nada. Ahora, la Baro­nesa de Valdeolivos piensa que esta frase “podía ser fruto de la huella que iban dejando en su alma de adolescente tantos aconte­cimientos dolorosos como ocurrían en su familia, que le hacían sufrir”.

A estos trances tan amargos se unían las dificultades econó­micas ‑cada día más serias‑ que atravesaba la familia. A fina­les de 1913, el negocio paterno estaba al borde de la quiebra. La gente solía decir en Barbastro de don José Escrivá: “Es tan bueno, que le han jugado una mala pasada”.

El hogar de los Escrivá conoció entonces momentos difíciles. Prescindieron de la cocinera, de la doncella y del restante servicio doméstico: de la niñera habían prescindido ya, poco después de la muerte de Chon.

La Baronesa de Valdeolivos era entonces muy pequeña, pero se le iba grabando lo que oía. Por eso le extrañó ver una tarde a Josemaría merendando pan con jamón, y comentó a su madre:

‑¿Por qué dicen que los Escrivá están tan mal? Josemaría ha merendado hoy muy bien.

Su madre le hizo ver que tan mal tan mal, como para no poder merendar, no estaban.

Doña Dolores se las arregló, ayudada por su hija Carmen, para sacar adelante las faenas de la casa, aunque no estaba muy bien de salud. Amigos de la infancia de sus hijos la veían por las tardes casi siempre planchando, sentada en una silla, porque ‑pensaban‑ estaba mal del corazón. Les admiró siempre su permanente sonrisa: nunca se quejó, a pesar de los agobios eco­nómicos que pasaba.

Así, trabajando de la mañana a la noche, la encontrarían años más tarde los socios del Opus Dei. Uno de ellos, Pedro Casciaro, la conoció en Madrid en 1936. Fue a la casa rectoral del Patronato de Santa Isabel, donde ella vivía con su hijo ‑era el Rector‑, para ayudar, con Francisco Botella, al traslado de baúles, maletas y paquetes, a la que sería su nueva casa, en la calle del Rey Francisco. Era la primera vez que la veía. No sabía cómo llamarla. Optó por decirle «Señora». Y realmente, subraya, era muy señora: le impresionó su modo de hablar en un tono bajo y dulce.

Al despedirse, les dio las gracias, y Pedro Casciaro se quedó con el sentimiento de que “había un parentesco especial entre ella y nosotros. Quizá después de conocerla aquel día es cuando comencé a llamarla Abuela”. Con ella vivían también sus otros dos hijos, Carmen y Santiago, pero de aquel día de 1936, Pedro Casciaro sólo se acuerda de doña Dolores: “Su cara era todavía joven. Irradiaba serenidad y, al mismo tiempo, traslucía sufri­miento interior: me pareció que tenia los ojos llorosos”. El país atravesaba en 1936 momentos difíciles. Después de las elecciones de febrero, había crecido la inseguridad social y el anticlerica­lismo se acentuaba. Doña Dolores tenía que cambiar una vez más de casa, también en circunstancias humanamente difíciles. Pero se había acrecentado la alegría serena con que aceptó desde el principio aquel quebranto económico de Barbastro, más de veinte años atrás.

Don José lo había llevado también con idéntica fortaleza. Todos coinciden en que su negocio acabó marchando mal porque algunos se aprovecharon de su confianza, de su buena fe. El fue siempre un auténtico caballero en todo. Se explica que pronto consiguiera trabajo en otra ciudad, siguiendo en el comercio textil. A principios de 1915 marchó a Logroño, para empezar a trabajar, buscar casa para su familia, y disponerla antes de que se trasladasen todos.

Los dos hijos, Carmen y Josemaría, acabaron con normalidad el curso. Pasaron el verano en Fonz. Volvieron a primeros de septiembre a Barbastro, y unos días después, a primera hora de la mañana, tomaban la diligencia de Huesca, camino ya de Lo­groño.

En el alma joven de Josemaría quedó grabada para siempre la lección de fe y entereza de sus padres, en aquel difícil trance. Lo evocaría años después, en una carta fechada el 28 de marzo de 1971, que escribía al alcalde de Barbastro, don Manuel Gómez Padrós, para contestar su felicitación por San José, y para agra­decer las noticias que le enviaba sobre la promoción social de nuestro pueblo:

Déjame que te diga que mi madre y mi padre, aunque hubie­ron de salir de esa tierra, nos inculcaron, con la fe y la piedad, tanto cariño a las riberas del Vero y del Cinca. Recuerdo, con­cretamente de mi padre, cosas que me enorgullecen y que no se han borrado de mi memoria, a pesar de que me fui de ahí a los trece años: anécdotas de caridad genera y oculta, fe recia sin ostentaciones, abundante fortaleza a la hora de la prueba bien unido a mi madre y a sus hijos. Así preparó el Señor ni alma, con esos ejemplos empapados de dignidad cristiana y de heroís­mo escondido siempre subrayados por una sonrisa, para que más tarde le fuera pobre instrumento ‑con la gracia de Dios‑ en la realización de una Providencia suya, que no me aparta del pueblo mío queridísimo. Perdóname este desahogo. No te puedo ocultar que, esas evocaciones, me llenan de alegría.

En la calle del Mercado ‑hoy General Mola‑ de Logroño, tenía don Antonio Garrigosa y Borrell una tienda de tejidos llamada “La Gran Ciudad de Londres”. Con él llegó a un acuerdo don José Escrivá, para participar económicamente en el negocio, a la vez que trabajaba a diario atendiendo a los clientes. A don Manuel Ceniceros, ahijado de Garrigosa, que comenzó su oficio en la tienda en 1921, le impresionaba la elegancia y dig­nidad de todo su comportamiento, especialmente en la forma de llevar su cambio de fortuna. “Se veía que era un hombre feliz y extremadamente metódico y puntual. Muy pulcro en el vestir”. Aún le ve con su bombín y su bastón paseando los domingos por el centro de Logroño.

Era también un hombre verdaderamente religioso. No se avergonzaba de confesarlo delante de personas que presumían de anticlericales; iba con frecuencia a Misa, antes de llegar pun­tualmente a su trabajo; rezaba el Rosario en familia: su casa era un auténtico hogar cristiano. Don José, en la memoria de Manuel Ceniceros, llevaba esta vida con gran naturalidad, sin alardes, como uno más en el trabajo, lleno de cordialidad, dispuesto siempre a ayudar a todos. Nunca se quejó, ni tuvo un mal gesto con nadie, por el revés de su fortuna.

Cuando en junio de 1975 le entrevistó un periodista, don Manuel Ceniceros confirmó lo que, al parecer, había considerado muchas veces ante los compañeros de trabajo: “Si la santidad del hijo ha sido como la de su padre, estoy seguro que llegará a los altares”.

Los primeros meses en Logroño debieron ser especialmente duros para la familia Escrivá, porque apenas conocían a nadie en la ciudad. Vivían en la calle Sagasta, número 18 (hoy, 12), en un piso cuarto, de techos bajos, cubierto sólo en parte por una buhardilla: piso caluroso en verano y frío en invierno.

Aún vive en Logroño doña Paula Royo, cuyo padre trabajó en el comercio de Garrigosa. Ella ha referido cómo éste rogó a su padre que ayudara a los Escrivá para que se ambientasen en su nueva ciudad. Surgió así una buena amistad entre los Escrivá y los Royo. Muchos domingos salieron de paseo por la carretera de Laguardia, o la de Navarra, después de cruzar el puente de Hierro sobre el Ebro. Advirtió la alegría y el buen humor de Josemaría, guapo, alto y corpulento. Se parecía mucho a su padre, “una persona muy buena, dulce y cariñosa”. Su hermana Carmen era más parecida a la madre. Paula Royo la encontraba un poco más seria, “pero encantadora también”.

Algún tiempo después, los Escrivá se trasladaron a la calle de Canalejas, número 7, a otro cuarto piso. Allí les conoció Sofía de Miguel, hoy una anciana que, con más de ochenta años, conserva su carácter vivo y abierto, y que entonces vivía en el quinto piso. Un hijo suyo, Fernando, tenía unos dos años más que Santiago Escrivá, nacido el 28 de febrero de 1919, y jugaban juntos con frecuencia.

Aquel piso de Canalejas seguía siendo modesto. Cuando lle­gaba el cartero, y había correspondencia para los Escrivá, Sofía se prestaba siempre a subir las cartas: “No sabe con qué ama­bilidad me agradecía este servicio”, señala. “Me acuerdo ‑aña­de‑ que un día llegué cuando estaban comiendo y con qué detalle tenían puesta la mesa. ;Eran unos verdaderos señores! También a Santiaguito le llevaban siempre muy bien arreglado, y hay que ver lo bien educado que estaba este niño…” Después de tantos años, le parece estar viendo a doña Dolores: “Tenía unos ojos muy vivos, no muy grandes, pero rasgados; y se peinaba siempre con un moño alto”. Asimismo, alaba a don José como hombre muy penetrado ‑inteligente, cultivado‑, y no se explica por qué trabajaba en el comercio de Garrigosa: “no sé por qué sería…, muchas veces, las cosas se tercian mal…”

“Era una familia maravillosa ‑escribe otro amigo de aque­llos años‑, y puedo asegurar que, si algún matrimonio he visto unido en mi vida, ha sido aquél: el de los padres de Josemaría. El padre era verdaderamente un santo. Estaba enamoradísimo de su mujer. Tenía una gran paciencia y conformidad en todo: siempre se le veía alegre. La madre era también una gran señora. Recuerdo perfectamente ‑aunque pueda parecer un detalle de poca importancia‑ las meriendas que nos prepa­raba. Sabía hacerlo muy bien y lo preparaba todo con gran cuidado”.

Don José trabajaba con intensidad durante toda la jornada en el comercio de la calle del Mercado y, luego, al llegar a casa, a pesar de su cansancio, seguía trabajando. Era muy responsable. Y sabía vivir con la sobriedad que le imponían también las cir­cunstancias. Su merienda era un caramelo. Manuel Ceniceros no se ha olvidado de este detalle, pues muchas veces fue él a com­prarlos: daban diez a la perra gorda. Y fumaba poco: en una petaca de plata llevaba los seis cigarros que fumaba cada día y que, como era usual entonces, él mismo liaba.

Por aquel tiempo Josemaría había terminado el Bachillerato, en el Instituto de Logroño. Atrás quedaban el curso tercero (1914‑1915), y los exámenes en Lérida; el cuarto, que hizo como alumno no oficial ya en Logroño, en el Instituto; y quinto y sexto, cursados como alumno oficial. En las 14 asignaturas de estos tres años de Logroño, consiguió dos Sobresalientes con premio, ocho Sobresalientes y cuatro Notables. Los premios fueron en Pre­ceptiva y Composición, de cuarto, y en Ética y Rudimentos de Derecho, de sexto.

Entonces, muchos alumnos oficiales iban por la mañana al Instituto ‑por lo general, de 9 a 1‑, y después de comer, hasta las ocho, asistían a colegios, en los que tenían clases de repaso, horas de estudio y actividades de formación humana y religiosa. En Logroño había dos de estos colegios: el de los Hermanos Maristas, y el Colegio de San Antonio, llevado por laicos, aunque tenía también un director espiritual, que residía en el Colegio Josemaría fue alumno del San Antonio.

Compañeros suyos atestiguan que fue un chico igual a tantos otros, sensato, no alborotador, “de los que no se tuercen por nada” (Eloy Alonso Santamaría); alto, más bien grueso, son­riente y amable (Antonio Urarte); algo reservado, pero alegre (Julián Gamarra), que participaba como uno más en las tertulias del “casino”: así llamaban a la reunión en el patio del Colegio, antes de entrar a las clases.

La hija de Antonio Royo dice que, para su edad, Josemaría era alto, más bien fuerte, de buen parecer, con una risa contagio­sa. “Sin embargo ‑agrega‑, su alegría no era estruendosa: era íntima, de verdad, muy agradable, y la contagiaba”. Paula Royo insiste en que nunca hubo nada en su comportamiento, algo externo que hiciera pensar en su vocación sacerdotal. Cuando dijo que quería hacerse sacerdote, “sus padres lo comentaron a los míos asombrados, pero en ningún momento le pusieron difi­cultades. No nos esperábamos que quisiera ser sacerdote. Era un chico de muy buen carácter, con muchos detalles de delicade­za…, pero muy normal, vamos”.

Lo habitual era entonces ingresar en el Seminario siendo niño, más o menos de diez años. Agustín Pérez Tomás, condis­cípulo en Logroño, alude a que un compañero dijo alguna vez a Josemaría que podía ser sacerdote, y él respondió muy conven­cido: ‑Bah, tonterías…

Josemaría nunca pensó que el sacerdocio fuera para él. Pero supo cambiar de planes, ante los barruntos de lo que Dios le pedía. Cuando se decidió a emprender ese camino, habló con sus padres, que le dieron consejos propios de una familia honda­mente cristiana. Y en octubre de 1918 empezó a estudiar en el Seminario de Logroño, como alumno externo. Luego, en sep­tiembre de 1920 se trasladó a Zaragoza, donde, pocos meses antes de la ordenación sacerdotal, le sorprendió una nueva des­gracia familiar: la muerte de su padre.

Don José falleció en Logroño el 27 de noviembre de 1924, en la misma casa de la calle de Sagasta en la que habían vivido antes, aunque no en el cuarto piso, sino en el segundo. Todo transcurrió en cuestión de horas. A1 levantarse por la mañana, se encontraba muy bien. Desayunó, rezó un buen rato ante una

imagen de la Virgen Milagrosa, que tenían esos días en casa, y se puso a jugar con el pequeño Santiago. Después se dispuso a salir, y, al llegar a la puerta de la habitación, se sintió mal. Se apoyó en el marco de esa puerta, y cayó desplomado sobre el suelo. Un par de horas después entregó santamente su alma a Dios, sin haber recuperado el conocimiento.

Apenas pasadas las nueve, en el comercio pensaron que algo serio debía haberle ocurrido a don José, pues todas las mañanas llegaba al trabajo puntualmente. El dueño envió a Manuel Ceni­ceros para que averiguase lo que le sucedía. Cuando llegó a Sagasta, don José aún vivía: falleció poco después ‑manifiesta­- con una santidad que invadía a toda la familia”. Le encargaron que pusiera un telegrama a Zaragoza, para informar a Josemaría de que su padre estaba muy enfermo, y decirle que viniera. Él mismo fue a esperarle al “rápido”. En el camino de la estación a casa, no tuvo más remedio que decirle toda la verdad: “Lo aceptó con una serenidad tan grande, que me sorprendió de una manera difícil de explicar”.

Con el tiempo, el Fundador del Opus Dei compendiaría así la vida de su padre: No le recuerdo jamás con un gesto severo; le recuerdo siempre sereno, con el rostro alegre. Y murió agotado: con sólo cincuenta y siete años, pero estuvo siempre sonriente. A él le debo la vocación.

Unos meses más tarde, la familia Escrivá se trasladó a Zaragoza.


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