Sin libertad no se puede amar a Dios

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

“Una de las cosas que más me ha emocionado al conversar con Monseñor Escrivá de Balaguer, aparte de su calor humano, de su entusiasmo y su sentido sobrenatural, es su amor a la libertad”, afirmó en La Libre Belgique, Mons. Onclin, pocos días después del fallecimiento del Fundador del Opus Dei. El Decano de la Facultad de Derecho canónico de Lovaina glosaba su espíritu de libertad, “palabra que nunca pronunciaba sin añadir otra: responsabilidad”. Y añadía una idea central, tantas veces reiterada por Mons. Escrivá de Balaguer: sin libertad, no se puede amar a Dios.

En la historia de España, Aragón ha sido siempre tierra de libertades. Antes de la Carta Magna inglesa, ya conocía la tradición del habeas corpus. Su Justicia Mayor escribió páginas gloriosas y trágicas en la historia española. Pero no parece telúrico el sentido de la libertad que tuvo Mons. Escrivá de Balaguer ni el amor que le profesó y que comenzó a vivir en el hogar de sus padres. Sus raíces son más profundas, más cris­tianas. Proceden de su honda meditación sobre la Cruz, quizá de la mano de San Pablo: la criatura ha sido libertada “de :a servidumbre de la corrupción, para participar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios” (Rom., VIII, 21). Dios es nuestro Padre, que es Espíritu, y “donde está el Espíritu del Señor está la libertad” (2 Cor., III, 17). Sin libertad, no puede amarse a Dios. precisamente porque los cristianos han sido “llamados a la libertad” (Gal., V, 13).

Un periodista colombiano, Javier Abad Gómez, manifestó t_ I 30 de junio de 1975 en El Tiempo, de Bogotá: “Me impresionó, sobre todo, su amor a la libertad. No conoció jamás el fanatismo. Con un respeto enorme a la conciencia personal de cada uno, hallaron cabida en su corazón magnánimo no sólo los que pensaban como él, sino también los que opinaban y actuaban de: manera muy diferente a la suya. Lo recordarán ahora hombres de letras y obreros, intelectuales y campesinos, de las más diversa religiones y de las más contradictorias opciones ideológicas”

No era efímero el fundamento de su amor por la libertad Sentía dentro de sí, con toda su fuerza, el profundo y única; carácter liberador de la Cruz redentora. Lo sintetizaba en una frase muy clara, muy gráfica, y muy verdadera: cada alma vale toda la sangre de Cristo. El 22 de octubre de 1972, en el salón de actos de Tajamar (Madrid), una mujer le presentaba el problema de la angustia de algunos padres cuando tienen que enfrentarse con hijos que les reclaman de un modo violento e insolente libertad e independencia de la vida de familia. Mons. Escrivá de Balaguer le dio un criterio general, pero le recomendó consultar el caso concreto:

Para darte un consejo apropiado necesitaría más datos. Yo querría hacer un traje a la medida. Amo mucho a las almas. Cada alma vale toda la sangre de Cristo. Empti enim estis pretio magno, dice San Pablo (I Cor., VI, 20). Estáis comprados ‑cada uno de nosotros‑ a un gran precio, el precio de toda la sangre de Jesucristo. Por eso, yo no te puedo dar un específico: quiero hacer una receta especial, para cada uno de tus hijos; ni siquiera para todos juntos. Consulta el caso, y verás que, rezando, las madres podéis tanto en la presencia de Dios. Rezando, sacarás a los hilos adelante y pasará esta pequeña tormenta.

Como antes en España y en Portugal, desde que se trasladó a Roma en 1946 continuó haciendo un apostolado personal intensí­simo. Aunque su lema era ocultarse y desaparecer, empezó en­seguida a recibir en la Ciudad Eterna a gentes que acudían, desde todas las partes del mundo, a pedirle un consejo, a contarle sus penas o sus alegrías. Para todos tenía el bálsamo de su caridad, la luz de la doctrina y el empuje de su palabra sacerdotal.

En 1948 comenzaron sus correteos apostólicos por casi toda Europa y fueron surgiendo nuevos apostolados, que planeaba e impulsaba, a veces personalmente. Además, al mismo tiempo que el Opus Dei se desarrollaba por otros continentes bajo su mirada vigilante, desde el fin de los años cuarenta empezó a recibir en Roma a grupos, cada vez más nutridos, integrados por hombres o mujeres que llegaban de las más diversas naciones.

En los últimos años de su vida, Mons. Escrivá de Balaguer sintió la necesidad de hacer una catequesis con grupos más numerosos. Para llevarla a cabo, antes había cruzado Europa; ahora seguirá con esta labor, recorriendo, además, muchas naciones de América. Gentes de muy distintas profesiones, ambientes, razas y lenguas, le escucharon. Fue necesario habili­tar lugares amplios ‑gimnasios, explanadas, hasta teatros- acoger a todos. Cuando las reuniones eran más numerosas, no se perdía por eso el ambiente acogedor: había espontaneidad en preguntas y respuestas, tono de familia, casi de confidencia, un respeto extremado a la intimidad de cada persona. Lo resumió una conocida figura de la vida intelectual y universitaria española, Enrique Gutiérrez Ríos, en el ABC de Madrid: “Aunque hablara a una gran concurrencia, siempre la persona estaba en primer plano ‑cada persona, concreta, única, insusti­tuible‑. Decía que, en lo espiritual, cada criatura requiere una asistencia concreta, personal; que ¡no pueden tratarse las almas en masa!”.

Al Fundador del Opus Dei le dolía cualquier intento de masificar al ser humano. Saboreaba las palabras de la Escritura: Redemi te, et voeavi te nomine tuo; meus es tu. El Señor nos ha elegido a cada uno llamándonos por nuestro nombre. Nfeus es tu: eres mía. La respuesta tiene que ser también personal: Ecce ego quia vocasti me, aquí estoy respondiendo a tu llamada. Por eso rechazaba la tendencia al anonimato, especialmente en las relaciones del hombre con Dios. Como recogió en L’Osservatore Romano Giuseppe Molteni, todo su apostolado era un poner al cristiano cara a cara con Cristo: ¡Siempre, Cristo, que pasa! Cristo, que sigue pasando por las calles y por las plazas del mundo, a través de sus discípulos, los cristianos. La predicación de Mons. Escrivá de Balaguer podría resumirse en esa perma­nente invitación al encuentro personal con Dios: en los sacra­mentos, en la oración, en la vida ordinaria ‑que debía ser vida de fe, vida de oración‑, en la lectura amorosa del Evangelio, sintiéndose un personaje más, que participa por entero de cada escena, lejos de todo anonimato.

Más de una vez propuso el ejemplo del valiente que, metido entre la muchedumbre, es capaz de tirar una piedra contra l a vidriera maravillosa de una catedral ‑una joya espléndida, que pertenece a todos, solía añadir‑, y no reconoce: ‑¡He sido yo! Se refugia en el anonimato, es un cobarde… El ejemplo se aplica­ba a la cobardía del alma que no se atreve a ir sola a encontrar a Dios a lo largo de la jornada, sin hacer cosas raras, sin menear los labios, sin ruido de palabras, buscando a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en el centro de nuestra alma, en medio de nuestro corazón, porque allí está si no le echamos (Tajamar, 1 de octubre de 1967).

Múltiples consecuencias prácticas tuvo esta viva conciencia dL la dignidad y la libertad de la persona humana.

Para ayudar a una sola alma estaba dispuesto a los mayores sacrificios: a levantarse de la cama ‑con 39° de fiebre‑ para ir a confesar; a recorrer cientos de kilómetros, como al final de lo, años treinta, para ir desde Burgos a Andalucía, en los trenes de entonces, sin dinero para acabar el recorrido, ni para comer; predicar, aunque sólo hubiera una persona. (Así se ha hecho siempre en el Opus Dei. Pero el Fundador fue por delante. lo, ejemplo, en julio de 1935 empezó una clase semanal de formación para una sola persona: Álvaro del Portillo. Luego fueron dos, cuando, a finales de ese mes, se incorporó a la clase José María Hernández de Garnica. De este modo práctico quedaba patente el valor de cada alma).

Este afán apostólico iba unido inseparablemente al fomente: de la libertad. Precisamente porque abominaba del anonimato, promovía la lucha personal, los caminos personales de cada uno hacia Dios. No era amigo de encorsetamientos, ni de recetas generales. No cuadriculaba la vida interior. Dejaba que el Espíritu Santo hiciera su labor dentro de cada alma. Insistía, con ocasión y sin ella, en que el único modelo es Cristo, perfecto Dios, perfecto Hombre. Evitaba cuidadosamente cualquier otro mimetismo, sobre todo si era a él a quien querían imitar. Ni siquiera los socios del Opus Dei tenían que imitarle. Lo subrayaba una vez más el día de San José de 1975. El texto ha sido ya citado, pero vale la pena releerlo, con este prisma de libertad. El Fundador del Opus Dei recordaba las dificultades de los comienzos:

¿Qué buscaba yo? Cor Mariae Dulcissimum, ¡ter para tutum! Buscaba el poder de la Madre de Dios, como un hijo pequeño, yendo por caminos de infancia. Acudí a San José, mi Padre y mi Señor. Me interesaba verlo poderoso, poderosísimo, jefe de aquel gran clan divino, y a quien Dios mismo obedecía: erat subditus illis! Acudí a la intercesión de los santos con simplicidad, en un latín morrocotudo pero piadoso: Sanete Nicoláe, ¡curam domus age! ; y a la devoción a los Santos Ángeles Custodios, porque fue un 2 de octubre cuando sonaban aquellas campanas de Santa María de los Ángeles, una parroquia madrileña junto a Cuatro Caminos… Acudí a los Santos Ángeles con confianza, con puerilidad, sin darme cuenta de que Dios me metía ‑vosotros no tenéis por qué imitarme, ¡viva la libertad!‑ por caminos de infancia espiritual.

Difundió entre los hombres de nuestro tiempo virtudes y devociones cristianas de siempre: Cristo, María y José ‑la trinidad de la tierra llamaba a la Sagrada Familia, como medio para llegar antes a la Santísima Trinidad‑, el Papa… Santa Misa, oración, mortificación, trabajo… Confesión y Eucaristía… Le emocionaba rezar con las oraciones de los primeros cristianos, las mismas que utilizarán también los cristianos en los próximos siglos. Pero no imponía nunca nada: tenía una extremada delicadeza para distinguir entre lo establecido por la Iglesia, y lo recomendado o simplemente alabado por Ella. Cuando daba un consejo ‑siempre personal‑, ponía buen cuidado para que quedase claro que era eso, un consejo, que podía seguirse o no, pero de ningún modo obligaba en conciencia. La claridad jurídica y el rigor teológico se daban la mano en defensa de la libertad de las conciencias.

Le encantaba la naturalidad, la espontaneidad del alma en su trato con Dios. Quería que los hombres se dirigieran a Él con el mismo corazón, con las mismas palabras, con que se habla a las personas queridas de la tierra. Alguien le preguntó en mayo de 1974 cómo ofrecer las cosas a Dios cuando uno se siente cansado. Y le contestó:

‑Pues díselo al Señor, así, con naturalidad, como se lo dirías a tu madre, como me lo dices a mí personalmente…

Dentro de una familia nadie tiene por qué sentirse tímido:

‑Pues si no tendrías vergüenza de decírselo a tu madre de la tierra, díselo a la Madre del Cielo: ;Madre mía!, que me está costando mucho levantar el corazón a tu Hijo, para ofrecerle las obras del día… ;Eso es oración! Díselo como te dé la gana. Puedes rezar las oraciones vocales acostumbradas, que tenemos todos los cristianos, que son maravillosas. Pero además tú haces oración: eres alma contemplativa, como las del Opus Dei; y hablas sin ruido de palabras, mientras estás en la calle, en la comida, sonriendo a una persona, estudiando… Pues esto que me has preguntado a mí, cuéntaselo a la Madre de Dios; y ya estás haciendo el ofrecimiento.

Unas semanas después, volvería sobre la necesidad de dejar que el corazón se muestre con libertad en la vida interior de cada alma. Le preguntaron:

‑¿Qué podemos hacer, Padre, cuando ‑a veces‑ el cora­zón se pone un poco duro y no se enciende con las cosas de Dios`?

‑Es la situación normal de una persona; tanto que, muchas veces, no somos comprensivos con las gentes que son demasiado sensibles. Nos parecen histéricas, y muchos no lo son. Cuando yo era sacerdote joven, me fastidiaba ver esas viejas suspirando en un rincón de la iglesia, y ‑lo digo para vergüenza mía‑pensaba: estos devocionarios hay que quemarlos, están llenos de lágrimas… Ahora, de aquellos no quemaría ninguno; quemaría todas estas cosas que no tienen un suspiro, que no tienen un afecto. ¿Está claro Pues, hijo mío, yo estoy trabajando desde hace cuarenta y siete años en el Opus Dei; y bastantes años antes sentí los barruntos del amor de Dios. Él quería algo, y yo no sabía qué era. No voy a descender a detalles que muchos aquí conocen perfectamente. Pero habitualmente voy a contrapelo. Ahora estoy muy a gusto con vosotros. Agradezco al Señor que me da esta alegría, que no es sensiblera; es amor, es cariño. Hijo mío, el corazón lo tengo más duro que una piedra. Pero los corazones de los hombres, cuando son duros, son de bronce, y el bronce en el fuego se derrite en lágrimas. Algún día llorarás, no te preocupes; llorarás, y aquel día serás más hombre aún: no creas que los hombres no lloramos.

El espíritu de libertad es uno de los motivos, con la humildad, de la alegría que daba a Mons. Escrivá de Balaguer el sacrificio escondido y silencioso, hecho cara a Dios, no cara a los hombres. Los demás no tienen por qué advertir la mortificación personal, ni en cosas grandes ni en cosas aparentemente pequeñas.

Don Jesús Urteaga relata una anécdota mínima ‑pero significativa‑ de cómo el Fundador del Opus Dei quería que se sirviera a Dios con libertad. Debía ser el año 1957. Urteaga estaba en el Colegio Romano de la Santa Cruz. Por aquella época fumaba demasiado. Un día el Padre se lo advirtió: ‑¡Jesús!, fumas mucho. Pero, al mismo tiempo que se lo decía, le daba un paquete de tabaco, de la marca que Jesús Urteaga solía fumar…

También tiene que ver con el tabaco otra anécdota. La refirió don Álvaro del Portillo, recién elegido Presidente General del Opus Dei: “Cuando los tres primeros sacerdotes de la Obra recibimos la ordenación, ninguno de nosotros fumaba; tampoco el Padre, pues al entrar en el seminario regaló todas sus pipas y el tabaco al portero. Entonces el Padre me dijo: yo no fumo; vosotros tres, tampoco; Álvaro, tienes que fumar tú porque, si no, los demás podrían pensar que no está bien el tabaco; y deseo que no se sientan coaccionados en esto, y fumen si les da la gana”.

Este sentido de la libertad destaca notablemente cuando se trata de la vocación, de la entrega de los socios y asociadas del Opus Dei. Don José María Casciaro, actual Decano de la Facultad de Teología en la Universidad de Navarra, refleja con detalle y precisión el clima en que nació su decisión de dedicarse a Dios en el Opus Dei. Es paradigma de una conducta habitual en tantos casos semejantes.

José María Casciaro estudiaba sexto curso de Bachillerato en Barcelona. Volvió a casa (Torrevieja, Alicante), para pasar las Navidades de 1939. Allí apareció también su hermano Pedro, que ya era de la Obra, y le habló de su posible vocación, para que se lo fuera pensando con calma, en la presencia de Dios. Quedaron en charlar más adelante, cuando Pedro fuese a Barcelona. José María estaba decidido, y así se lo dijo en abril de 1940 a su hermano. Pero tuvo que seguir esperando, porque el Fundador del Opus Dei debía ir a Barcelona y “había indicado que, como mi hermano Pedro me llevaba bastante edad (ocho años y medio), era conveniente que yo obrara con toda libertad para dar aquel paso, evitando cualquier posible influencia del hermano mayor”.

El 12 de mayo, por la tarde, en el hotel Urbis, José María Casciaro fue a ver ‑por fin‑ al Fundador del Opus Dei. A lo largo de la entrevista, le repitió varias veces ‑en un tono que a José María pareció tajante, severo, serio‑ si no estaría influido por su hermano, en vez de obrar libremente y después de haber considerado su decisión en la presencia de Dios. Como sus respuestas eran siempre afirmativas, don Josemaría acabó dicién­dole que, desde aquel momento, podía considerarse de la Obra. “Posteriormente ‑sostiene al recordar esta conversación‑ cuando en varias ocasiones le he oído decir que en la Obra tenemos una puerta estrecha para entrar y otra ancha para salir, me he acordado de aquel episodio del 12 de mayo de 1940, comprendiendo la exacta y profunda verdad de aquella afir­mación”.

Este amor a la libertad es muy conforme con el carácter sobrenatural del Opus Dei, y también con las características externas de la entrega de los socios: ciudadanos normales, exactamente igual a los demás, que viven en su casa y con su familia, trabajan en medio del mundo, entran y salen y van de aquí para allá, moviéndose siempre de un modo natural y espontáneo: o viven su vocación en libertad, por amor de Dios, o no la viven. Cualquier tipo de control externo, la desnaturali­zaría. Como sucede en el amor humano, sólo cabe el libre condicionamiento del cariño.

Todos los que piden la admisión en el Opus Dei lo hacen libres de coacción. Además tienen que trabajar, para mantenerse económicamente y ayudar al sostenimiento de los apostolados. Esta realidad, que evita el señoritismo, es también garantía de libertad: si alguno quiere abandonar la Asociación, puede hacerlo con facilidad; si persevera, es por razones sobrenaturales, no humanas.

No obstante, sería un error confundir libertad con indiferencia. El Fundador del Opus Dei quería que todos perseverasen en su vocación, y ponía los medios: formarlos, rezar por ellos, tratarlos con más cariño si atravesaban momentos difíciles. Más de una vez, supo hacerse el encontradizo con el que flojeaba, como el Señor ante el desaliento de los discípulos de Emaús. Cuando fue necesario, abandonó todo, para salir en busca de la oveja perdida…

Antonio Ivars recapitula la doble faceta ‑comprensión y exigencia‑ que hunde sus raíces en idéntico espíritu de amor: “Pienso que, de algún modo, reflejaba como nadie la persona de Cristo: cariñoso y dulce con los niños, los pecadores públicos, y exigente y hasta aparentemente airado con los fariseos e incluso con sus propios apóstoles. La ternura maternal de don Josemaría se compaginaba armónicamente con su reciedumbre. Podía com­prender las mayores miserias, acoger con el mayor cariño al más grande pecador, y reprender seriamente a uno de sus hijos por la omisión del más pequeño detalle”.

Por último, para completar este rápido panorama, es preciso referirse a su actitud hacia los no católicos.

No hacía una frase cuando declaraba que estaba dispuesto a dar cien veces su vida para defender la libertad de una conciencia. De hecho, tuvo que luchar mucho, con un filial forcejeo, para que la Santa Sede aprobase algo inédito en la historia de las asociaciones de la Iglesia: que pudieran ser Cooperadores del Opus Dei personas sin fe católica.

En 1966 contó a un periodista, Jacques Guillémé‑Brúlon, de Le Figaro, lo que una vez había comentado al Santo Padre Juan XXIII, movido por el encanto afable y paterno de su trato: “Padre Santo, en nuestra Obra siempre han encontrado todos los hombres, católicos o no, un lugar amable: no he aprendido el ecumenismo de Vuestra Santidad”. El se rió emocionado, porque sabía que, ya desde 1950, la Santa Sede había autorizado al Opus Dei a recibir como asociados Cooperadores a los no católicos y aun a los no cristianos.

Poco antes, el periodista le había preguntado sobre la “posición de la Obra” ante la Declaración del Concilio Vatica­no II acerca de la libertad religiosa. La respuesta surgió bien clara:

En cuanto a la libertad religiosa, el Opus Dei, desde que se fundó, no ha hecho nunca discriminaciones: trabaja y convive con todos, porque ve en cada persona un alma a la que hay que respetar y amar. No son sólo palabras; nuestra Obra es la primera organización católica que, con la autorización de la Santa Sede, admite como Cooperadores a los no católicos, cristianos o no. He defendido siempre la libertad de las concien­cias. No comprendo la violencia: no me parece apta ni para convencer ni para vencer; el error se supera con la oración, con la gracia de Dios, con el estudio; nunca con la fuerza, siempre con la caridad. Comprenderá que siendo ése el espíritu que desde el primer momento hemos vivido, sólo alegría pueden producirme las enseñanzas que sobre este tema ha promulgado el Concilio.

Mons. Escrivá de Balaguer trató con lealtad a las almas. Defendió la libertad de sus conciencias, pero sin ocultarles la propia y plena adhesión a la fe católica (que incluye, claro, aquella defensa de la libertad). Vale la pena resumir el diálogo que mantuvo con él en 1974 un matrimonio brasileño, delante de muchas personas:

‑Somos una familia ecuménica: mi esposa es metodista…

‑¡Dios la bendiga! ¿Está aquí?

Estaba sentada en la última fila, delante de su marido.

Sin libertad no se puede amar a Dios l 297

‑Dile que la quiero mucho.

‑Estamos muy unidos en la educación religiosa de nuestros

¡Muy bien!

‑Dos ya hicieron la Primera Comunión…

‑ ¡Bien!

‑Comienzan a hacer un poquito de lectura espiritual antes de dormir, y el mayor va a Misa todos los días con su padre.

‑ ¡Bien!

‑Me gustaría que dijese algunas palabras a mi esposa.

¡Hija mía!, te digo lo siguiente: que tienes un marido estupendo, y que te quiero mucho en el Señor. Quiero a todas las almas. Pero a una madre que da libertad a los hi3os, que además se ocupa de que se eduquen en esta fe maravillosa, que ve con alegría que se acerquen al Santo Sacramento de la Eucaristía, a una madre así, yo ya la admiro. ;Te admiro! ;Te quiero mucho! Reza por mí. Y basta, de momento. Pero mañana, en la Misa, me voy a acordar mucho de ti. Allí no soy yo. Tú no tienes por qué creerlo, por ahora; pediré al Señor que te conceda mi fe, porque ‑no te enfades‑ la tuya no es la verdadera. Yo daría mi vida cien veces por defender la libertad de tu conciencia; de modo que seríamos muy amigos, si yo viviera aquí. Pero, claro, yo creo plenamente que tengo la verdadera fe; si no, no vestiría esta funda de paraguas (se refería a su sotana).

¡Reza por mi! Nadie como tu marido, para defender la fe tuya. Y nadie como tu marido y como yo, para pedirle al Señor que te envíe muchas luces y mucha claridad de ideas. Y gracias, porque eres muy generosa y muy buena.

A lo largo de los años, se han multiplicado anécdotas parecidas. En los comienzos del trabajo apostólico del Opus Dei en Ginebra, conocieron al hijo de un pastor calvinista, que se fue entusiasmando con la Obra, especialmente con Camino, que difundió entre sus amigos en diferentes idiomas: francés, inglés, alemán, italiano. Tiempo después, escribiría a un socio del Opus Dei que había tratado en Suiza, felicitándole por la Navidad. Le hablaba entusiasmado de su visita a Mons. Escrivá de Balaguer en Roma. Lo había recibido ‑como siempre, como a todos afecto, y no había dejado de decirle que son los católicos los que están en la verdad… No necesitaba disimular su fe ‑todo lo contrario‑ para conseguir que los no católicos respondieran con cariño y gratitud a su cariño y lealtad.

Cerca de Caracas, al aire libre, en la casa de retiros de Altoclaro, unas cinco mil personas seguían su enseñanza el 14 de febrero de 1975. Se levantó un hombre joven, de barba poblada y amplia, que realzaba su jovialidad.

‑Padre, yo soy hebreo…

El Fundador del Opus Dei le interrumpió:

Yo amo mucho a los hebreos porque amo mucho a Jesucristo ‑¡con locura!‑, que es hebreo. No digo era, sino es: Iesus Christus, heri et hodie, ipse et in saecula. Jesucristo sigue vivien­do, y es hebreo como tú. El segundo amor de mi vida es una hebrea, María Santísima, Madre de Jesucristo. De modo que te miro con cariño. Sigue…

Aquel hombre de sonrisa abierta de par en par, se ganó una ovación cerrada cuando dijo:

‑Yo creo que la pregunta está respondida.

Introducción

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El Opus Dei es una parte de la Iglesia Católica. Técnicamente, una prelatura personal, cuyo fin es promover entre católicos de todas las clases sociales una vida totalmente acorde con su fe. Ayuda a sus miembros y a otras personas a convertir su trabajo y el resto de actividades que forman el día a día de sus vidas en ocasiones de amar a Dios y de servir a sus semejantes, hombres y mujeres, recordándoles que todos los bautizados están llamados a buscar la santidad y a extender el Evangelio. Hoy día cuenta con más de 80.000 fieles de 90 nacionalidades: 47.000 en Europa, 28.000 en América, 5.000 en Asia, el Pacífico y Australia, y 2.000 en África. Según Vittorio Messori, el periodista italiano que colaboró con Juan Pablo II en el best seller “Cruzando el Umbral de la esperanza”, “la importancia eclesial del Opus Dei y su proyección social están empezando a notarse ahora. Sólo el tiempo la dará a conocer entoda su amplitud”[1].

Este libro cuenta la historia temprana del Opus Dei, cuando sólo era una pequeña semilla que empezaba a florecer. Elegí 1943 como el punto final del comienzo de su historia. En aquel tiempo el Opus Dei sólo contaba con unos doscientos fieles, todos ellos solteros, estudiantes universitarios o recién licenciados y que vivían en España. Sin embargo, ya en 1943 el fundador del Opus Dei, el beato Josemaría Escrivá, tenía en mente todas sus características esenciales y cómo se pondrían en práctica. Todo lo que vino después, y lo que está por venir, fue, pues, un desarrollo de lo que ya existía entonces.

Echando la vista atrás después de más de medio siglo, sería fácil suavizar inconscientemente la dureza de la historia de los comienzos a la luz del crecimiento posterior. El principal obstáculo para el desarrollo del Opus Dei en un principio fue la novedad de su mensaje: la búsqueda de la santidad en la vida ordinaria. Todavía hoy, a pesar de las enseñanzas del Vaticano II sobre la llamada universal a la santidad y el desarrollo de una rica teología sobre los laicos, a muchos católicos –por tener una visión clerical de la Iglesia– les resulta difícil de comprender. Treinta años antes del Concilio Vaticano II, la afirmación de que enfermeras, abogados, empleados de fábrica y trabajadores del campo estaban llamados por Dios a buscar la santidad en medio de sus ocupaciones se le antojaba a mucha gente, también a muchos eclesiásticos, como algo herético. De los pocos que admitían esa posibilidad teórica de buscar activamente la santidad en la vida ordinaria, muchos consideraban quijotesco dedicarse realmente a ello: “Si fuera a tomarme mi religión tan en serio”, pensaban, “lo mejor sería que me hiciera sacerdote.”

Además de esta dificultad intrínseca, el Opus Dei encaraba otra multitud de obstáculos. Su fundador era un joven sacerdote sin dinero ni contactos. Si pasaba grandes apuros para ganar el dinero necesario con que mantenerse, viviendo muy modestamente, él, su madre, su hermana y su hermano pequeño, cuánto más para sacar adelante las actividades del Opus Dei. Por otro lado, no pertenecía a la diócesis de Madrid, donde nació el Opus Dei, y por tanto se encontraba con la constante amenaza de ser expulsado de ella.

Poco después de la fundación del Opus Dei, España empezó a ser testigo de una serie de ataques legales a la Iglesia, a la vez que de brotes de violencia anticlerical. En este clima, muchos jóvenes que se tomaban en serio su fe se dedicaron con tanto ahínco a actividades políticas, incluso a la resistencia armada frente a la violencia anticlerical, que encontraban difícil o imposible entender la importancia que el fundador del Opus Dei daba a la vida interior de oración y sacrificio.

Unos años más tarde, cuando el Opus Dei tenía un pequeño núcleo de miembros y había adquirido un inmueble en el que llevar a cabo sus actividades, comenzó la Guerra Civil española y, con ella, lo que muchos han juzgado como la más sangrienta persecución que la Iglesia ha padecido en Europa occidental. Miles de personas –sacerdotes, religiosos y laicos– fueron asesinadas por sus convicciones religiosas. Se quemaron numerosas iglesias y se prohibieron las ceremonias religiosas. El fundador y los primeros miembros de la Obra se vieron obligados a esconderse. Durante tres años, las actividades de formación del Opus Dei se vieron obstaculizadas por la guerra, durante la cual quedó destruido el único centro. Dos miembros murieron en el frente y algunos otros no perseveraron a causa de las difíciles condiciones a las que se vieron sometidos durante la guerra.

No bien hubo acabado la Guerra Civil y el Opus Dei reanudado sus actividades, estalló la Segunda Guerra Mundial. España no estuvo envuelta directamente en ella, pero el clima de tensión y de incertidumbre que creó, unido al periodo de dureza y escasez económica de la posguerra, fue un nuevo obstáculo para el crecimiento del Opus Dei. Además, el Opus Dei empezó a sufrir una serie de crueles ataques. Algunos venían de los enemigos de la Iglesia que querían impedir a los católicos tomar en serio su fe; otros procedían de algunos políticos, contrarios a la defensa que hacía el Opus Dei de la libertad política de los católicos y a su negativa a suscribir la doctrina política dominante. Los ataques más importantes vinieron, sin embargo, de algunos sacerdotes y religiosos que veían el mensaje del Opus Dei acerca de la vocación de los laicos como herético y como una amenaza para los seminarios y la vida religiosa.

A pesar de todas estas dificultades, el Opus Dei no sólo sobrevivió, sino que se consolidó. Su supervivencia y crecimiento no son, sin embargo, conclusiones que se daban por supuestas. Se deben, principalmente, a la gracia de Dios y, también deben mucho al valor extraordinario, fortaleza y fe del fundador y de sus primeros seguidores, que este libro documenta.

Este estudio está basado en libros y artículos ya publicados. Las fuentes en las que descansa son fragmentarias e irregulares. Hay material abundante sobre muchos acontecimientos; sobre otros, muy poco; y casi nada, acerca de algunos. Por diversas razones, también la caridad hacia quienes no perseveraron en el Opus Dei, las fuentes accesibles se refieren exclusivamente a la gente que continuó en el camino emprendido y contribuyeron al crecimiento y desarrollo del Opus Dei.

El texto incluye muchas citas del Beato José María Escrivá. Algunas están tomadas de sus obras escritas, publicadas y no publicadas. Otras, de notas sobre lo que dijo en diversas ocasiones. Me remito, con frecuencia, al Archivo General de la Prelatura del Opus Dei, que el lector verá en las notas con las siglas AGP.

Aunque no puedo citar a todos individualmente, no quiero dejar de expresar un especial agradecimiento a Stanley G. Payne, que fue mi maestro en la Universidad de Wisconsin.

Oí hablar por primera vez del Opus Dei en Milwaukee, Wisconsin, en 1958. Poco después me incorporé a él. Desde 1960 a 1968 estudié en el Colegio Romano de la Santa Cruz, perteneciente al Opus Dei, donde tuve la oportunidad de conocer y trabajar con su fundador, Josemaría Escrivá de Balaguer, que fue beatificado por el Papa Juan Pablo II en 1992 y será canonizado el 6 de octubre de 2002. Aparte de un breve epílogo, todos los acontecimientos narrados en este libro ocurrieron mucho tiempo antes de que oyera hablar del Opus Dei por primera vez. No están por eso basados en mi observación directa. El relato está, sin embargo, como es lógico, impregnado de mi experiencia personal.

2. Sin libertad no se puede amar a Dios

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

“Una de las cosas que más me ha emocionado al conversar con Monseñor Escrivá de Balaguer, aparte de su calor humano, de su entusiasmo y su sentido sobrenatural, es su amor a la libertad”, afirmó en La Libre Belgique, Mons. Onclin, pocos días después del fallecimiento del Fundador del Opus Dei. El Decano de la Facultad de Derecho canónico de Lovaina glosaba su espíritu de libertad, “palabra que nunca pronunciaba sin añadir otra: responsabilidad”. Y añadía una idea central, tantas veces reiterada por Mons. Escrivá de Balaguer: sin libertad, no se puede amar a Dios.

En la historia de España, Aragón ha sido siempre tierra de libertades. Antes de la Carta Magna inglesa, ya conocía la tradición del habeas corpus. Su Justicia Mayor escribió páginas gloriosas y trágicas en la historia española. Pero no parece telúrico el sentido de la libertad que tuvo Mons. Escrivá de Balaguer ni el amor que le profesó y que comenzó a vivir en el hogar de sus padres. Sus raíces son más profundas, más cris­tianas. Proceden de su honda meditación sobre la Cruz, quizá de la mano de San Pablo: la criatura ha sido libertada “de :a servidumbre de la corrupción, para participar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios” (Rom., VIII, 21). Dios es nuestro Padre, que es Espíritu, y “donde está el Espíritu del Señor está la libertad” (2 Cor., III, 17). Sin libertad, no puede amarse a Dios. precisamente porque los cristianos han sido “llamados a la libertad” (Gal., V, 13).

Un periodista colombiano, Javier Abad Gómez, manifestó t_ I 30 de junio de 1975 en El Tiempo, de Bogotá: “Me impresionó, sobre todo, su amor a la libertad. No conoció jamás el fanatismo. Con un respeto enorme a la conciencia personal de cada uno, hallaron cabida en su corazón magnánimo no sólo los que pensaban como él, sino también los que opinaban y actuaban de: manera muy diferente a la suya. Lo recordarán ahora hombres de letras y obreros, intelectuales y campesinos, de las más diversa religiones y de las más contradictorias opciones ideológicas”

No era efímero el fundamento de su amor por la libertad Sentía dentro de sí, con toda su fuerza, el profundo y única; carácter liberador de la Cruz redentora. Lo sintetizaba en una frase muy clara, muy gráfica, y muy verdadera: cada alma vale toda la sangre de Cristo. El 22 de octubre de 1972, en el salón de actos de Tajamar (Madrid), una mujer le presentaba el problema de la angustia de algunos padres cuando tienen que enfrentarse con hijos que les reclaman de un modo violento e insolente libertad e independencia de la vida de familia. Mons. Escrivá de Balaguer le dio un criterio general, pero le recomendó consultar el caso concreto:

Para darte un consejo apropiado necesitaría más datos. Yo querría hacer un traje a la medida. Amo mucho a las almas. Cada alma vale toda la sangre de Cristo. Empti enim estis pretio magno, dice San Pablo (I Cor., VI, 20). Estáis comprados ‑cada uno de nosotros‑ a un gran precio, el precio de toda la sangre de Jesucristo. Por eso, yo no te puedo dar un específico: quiero hacer una receta especial, para cada uno de tus hijos; ni siquiera para todos juntos. Consulta el caso, y verás que, rezando, las madres podéis tanto en la presencia de Dios. Rezando, sacarás a los hilos adelante y pasará esta pequeña tormenta.

Como antes en España y en Portugal, desde que se trasladó a Roma en 1946 continuó haciendo un apostolado personal intensí­simo. Aunque su lema era ocultarse y desaparecer, empezó en­seguida a recibir en la Ciudad Eterna a gentes que acudían, desde todas las partes del mundo, a pedirle un consejo, a contarle sus penas o sus alegrías. Para todos tenía el bálsamo de su caridad, la luz de la doctrina y el empuje de su palabra sacerdotal.

En 1948 comenzaron sus correteos apostólicos por casi toda Europa y fueron surgiendo nuevos apostolados, que planeaba e impulsaba, a veces personalmente. Además, al mismo tiempo que el Opus Dei se desarrollaba por otros continentes bajo su mirada vigilante, desde el fin de los años cuarenta empezó a recibir en Roma a grupos, cada vez más nutridos, integrados por hombres o mujeres que llegaban de las más diversas naciones.

En los últimos años de su vida, Mons. Escrivá de Balaguer sintió la necesidad de hacer una catequesis con grupos más numerosos. Para llevarla a cabo, antes había cruzado Europa; ahora seguirá con esta labor, recorriendo, además, muchas naciones de América. Gentes de muy distintas profesiones, ambientes, razas y lenguas, le escucharon. Fue necesario habili­tar lugares amplios ‑gimnasios, explanadas, hasta teatros- acoger a todos. Cuando las reuniones eran más numerosas, no se perdía por eso el ambiente acogedor: había espontaneidad en preguntas y respuestas, tono de familia, casi de confidencia, un respeto extremado a la intimidad de cada persona. Lo resumió una conocida figura de la vida intelectual y universitaria española, Enrique Gutiérrez Ríos, en el ABC de Madrid: “Aunque hablara a una gran concurrencia, siempre la persona estaba en primer plano ‑cada persona, concreta, única, insusti­tuible‑. Decía que, en lo espiritual, cada criatura requiere una asistencia concreta, personal; que ¡no pueden tratarse las almas en masa!”.

Al Fundador del Opus Dei le dolía cualquier intento de masificar al ser humano. Saboreaba las palabras de la Escritura: Redemi te, et voeavi te nomine tuo; meus es tu. El Señor nos ha elegido a cada uno llamándonos por nuestro nombre. Nfeus es tu: eres mía. La respuesta tiene que ser también personal: Ecce ego quia vocasti me, aquí estoy respondiendo a tu llamada. Por eso rechazaba la tendencia al anonimato, especialmente en las relaciones del hombre con Dios. Como recogió en L’Osservatore Romano Giuseppe Molteni, todo su apostolado era un poner al cristiano cara a cara con Cristo: ¡Siempre, Cristo, que pasa! Cristo, que sigue pasando por las calles y por las plazas del mundo, a través de sus discípulos, los cristianos. La predicación de Mons. Escrivá de Balaguer podría resumirse en esa perma­nente invitación al encuentro personal con Dios: en los sacra­mentos, en la oración, en la vida ordinaria ‑que debía ser vida de fe, vida de oración‑, en la lectura amorosa del Evangelio, sintiéndose un personaje más, que participa por entero de cada escena, lejos de todo anonimato.

Más de una vez propuso el ejemplo del valiente que, metido entre la muchedumbre, es capaz de tirar una piedra contra l a vidriera maravillosa de una catedral ‑una joya espléndida, que pertenece a todos, solía añadir‑, y no reconoce: ‑¡He sido yo! Se refugia en el anonimato, es un cobarde… El ejemplo se aplica­ba a la cobardía del alma que no se atreve a ir sola a encontrar a Dios a lo largo de la jornada, sin hacer cosas raras, sin menear los labios, sin ruido de palabras, buscando a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en el centro de nuestra alma, en medio de nuestro corazón, porque allí está si no le echamos (Tajamar, 1 de octubre de 1967).

Múltiples consecuencias prácticas tuvo esta viva conciencia dL la dignidad y la libertad de la persona humana.

Para ayudar a una sola alma estaba dispuesto a los mayores sacrificios: a levantarse de la cama ‑con 39° de fiebre‑ para ir a confesar; a recorrer cientos de kilómetros, como al final de lo, años treinta, para ir desde Burgos a Andalucía, en los trenes de entonces, sin dinero para acabar el recorrido, ni para comer;

predicar, aunque sólo hubiera una persona. (Así se ha hecho siempre en el Opus Dei. Pero el Fundador fue por delante. lo, ejemplo, en julio de 1935 empezó una clase semanal de formación para una sola persona: Álvaro del Portillo. Luego fueron dos, cuando, a finales de ese mes, se incorporó a la clase José María Hernández de Garnica. De este modo práctico quedaba patente el valor de cada alma).

Este afán apostólico iba unido inseparablemente al fomente: de la libertad. Precisamente porque abominaba del anonimato, promovía la lucha personal, los caminos personales de cada uno hacia Dios. No era amigo de encorsetamientos, ni de recetas generales. No cuadriculaba la vida interior. Dejaba que el Espíritu Santo hiciera su labor dentro de cada alma. Insistía, con ocasión y sin ella, en que el único modelo es Cristo, perfecto Dios, perfecto Hombre. Evitaba cuidadosamente cualquier otro mimetismo, sobre todo si era a él a quien querían imitar. Ni siquiera los socios del Opus Dei tenían que imitarle. Lo subrayaba una vez más el día de San José de 1975. El texto ha sido ya citado, pero vale la pena releerlo, con este prisma de libertad. El Fundador del Opus Dei recordaba las dificultades de los comienzos:

¿Qué buscaba yo? Cor Mariae Dulcissimum, ¡ter para tutum! Buscaba el poder de la Madre de Dios, como un hijo pequeño, yendo por caminos de infancia. Acudí a San José, mi Padre y mi Señor. Me interesaba verlo poderoso, poderosísimo, jefe de aquel gran clan divino, y a quien Dios mismo obedecía: erat subditus illis! Acudí a la intercesión de los santos con simplicidad, en un latín morrocotudo pero piadoso: Sanete Nicoláe, ¡curam domus age! ; y a la devoción a los Santos Ángeles Custodios, porque fue un 2 de octubre cuando sonaban aquellas campanas de Santa María de los Ángeles, una parroquia madrileña junto a Cuatro Caminos… Acudí a los Santos Ángeles con confianza, con puerilidad, sin darme cuenta de que Dios me metía ‑vosotros no tenéis por qué imitarme, ¡viva la libertad!‑ por caminos de infancia espiritual.

Difundió entre los hombres de nuestro tiempo virtudes y devociones cristianas de siempre: Cristo, María y José ‑la trinidad de la tierra llamaba a la Sagrada Familia, como medio para llegar antes a la Santísima Trinidad‑, el Papa… Santa Misa, oración, mortificación, trabajo… Confesión y Eucaristía… Le emocionaba rezar con las oraciones de los primeros cristianos, las mismas que utilizarán también los cristianos en los próximos siglos. Pero no imponía nunca nada: tenía una extremada delicadeza para distinguir entre lo establecido por la Iglesia, y lo recomendado o simplemente alabado por Ella. Cuando daba un consejo ‑siempre personal‑, ponía buen cuidado para que quedase claro que era eso, un consejo, que podía seguirse o no, pero de ningún modo obligaba en conciencia. La claridad jurídica y el rigor teológico se daban la mano en defensa de la libertad de las conciencias.

Le encantaba la naturalidad, la espontaneidad del alma en su trato con Dios. Quería que los hombres se dirigieran a Él con el mismo corazón, con las mismas palabras, con que se habla a las personas queridas de la tierra. Alguien le preguntó en mayo de 1974 cómo ofrecer las cosas a Dios cuando uno se siente cansado. Y le contestó:

‑Pues díselo al Señor, así, con naturalidad, como se lo dirías a tu madre, como me lo dices a mí personalmente…

Dentro de una familia nadie tiene por qué sentirse tímido:

‑Pues si no tendrías vergüenza de decírselo a tu madre de la tierra, díselo a la Madre del Cielo: ;Madre mía!, que me está costando mucho levantar el corazón a tu Hijo, para ofrecerle las obras del día… ;Eso es oración! Díselo como te dé la gana. Puedes rezar las oraciones vocales acostumbradas, que tenemos todos los cristianos, que son maravillosas. Pero además tú haces oración: eres alma contemplativa, como las del Opus Dei; y hablas sin ruido de palabras, mientras estás en la calle, en la comida, sonriendo a una persona, estudiando… Pues esto que me has preguntado a mí, cuéntaselo a la Madre de Dios; y ya estás haciendo el ofrecimiento.

Unas semanas después, volvería sobre la necesidad de dejar que el corazón se muestre con libertad en la vida interior de cada alma. Le preguntaron:

‑¿Qué podemos hacer, Padre, cuando ‑a veces‑ el cora­zón se pone un poco duro y no se enciende con las cosas de Dios`?

‑Es la situación normal de una persona; tanto que, muchas veces, no somos comprensivos con las gentes que son demasiado sensibles. Nos parecen histéricas, y muchos no lo son. Cuando yo era sacerdote joven, me fastidiaba ver esas viejas suspirando en un rincón de la iglesia, y ‑lo digo para vergüenza mía‑pensaba: estos devocionarios hay que quemarlos, están llenos de lágrimas… Ahora, de aquellos no quemaría ninguno; quemaría todas estas cosas que no tienen un suspiro, que no tienen un afecto. ¿Está claro Pues, hijo mío, yo estoy trabajando desde hace cuarenta y siete años en el Opus Dei; y bastantes años antes sentí los barruntos del amor de Dios. Él quería algo, y yo no sabía qué era. No voy a descender a detalles que muchos aquí conocen perfectamente. Pero habitualmente voy a contrapelo. Ahora estoy muy a gusto con vosotros. Agradezco al Señor que me da esta alegría, que no es sensiblera; es amor, es cariño. Hijo mío, el corazón lo tengo más duro que una piedra. Pero los corazones de los hombres, cuando son duros, son de bronce, y el bronce en el fuego se derrite en lágrimas. Algún día llorarás, no te preocupes; llorarás, y aquel día serás más hombre aún: no creas que los hombres no lloramos.

El espíritu de libertad es uno de los motivos, con la humildad, de la alegría que daba a Mons. Escrivá de Balaguer el sacrificio escondido y silencioso, hecho cara a Dios, no cara a los hombres. Los demás no tienen por qué advertir la mortificación personal, ni en cosas grandes ni en cosas aparentemente pequeñas.

Don Jesús Urteaga relata una anécdota mínima ‑pero significativa‑ de cómo el Fundador del Opus Dei quería que se sirviera a Dios con libertad. Debía ser el año 1957. Urteaga estaba en el Colegio Romano de la Santa Cruz. Por aquella época fumaba demasiado. Un día el Padre se lo advirtió: ‑¡Jesús!, fumas mucho. Pero, al mismo tiempo que se lo decía, le daba un paquete de tabaco, de la marca que Jesús Urteaga solía fumar…

También tiene que ver con el tabaco otra anécdota. La refirió don Álvaro del Portillo, recién elegido Presidente General del Opus Dei: “Cuando los tres primeros sacerdotes de la Obra recibimos la ordenación, ninguno de nosotros fumaba; tampoco el Padre, pues al entrar en el seminario regaló todas sus pipas y el tabaco al portero. Entonces el Padre me dijo: yo no fumo; vosotros tres, tampoco; Álvaro, tienes que fumar tú porque, si no, los demás podrían pensar que no está bien el tabaco; y deseo que no se sientan coaccionados en esto, y fumen si les da la gana”.

Este sentido de la libertad destaca notablemente cuando se trata de la vocación, de la entrega de los socios y asociadas del Opus Dei. Don José María Casciaro, actual Decano de la Facultad de Teología en la Universidad de Navarra, refleja con detalle y precisión el clima en que nació su decisión de dedicarse a Dios en el Opus Dei. Es paradigma de una conducta habitual en tantos casos semejantes.

José María Casciaro estudiaba sexto curso de Bachillerato en Barcelona. Volvió a casa (Torrevieja, Alicante), para pasar las Navidades de 1939. Allí apareció también su hermano Pedro, que ya era de la Obra, y le habló de su posible vocación, para que se lo fuera pensando con calma, en la presencia de Dios. Quedaron en charlar más adelante, cuando Pedro fuese a Barcelona. José María estaba decidido, y así se lo dijo en abril de 1940 a su hermano. Pero tuvo que seguir esperando, porque el Fundador del Opus Dei debía ir a Barcelona y “había indicado que, como mi hermano Pedro me llevaba bastante edad (ocho años y medio), era conveniente que yo obrara con toda libertad para dar aquel paso, evitando cualquier posible influencia del hermano mayor”.

El 12 de mayo, por la tarde, en el hotel Urbis, José María Casciaro fue a ver ‑por fin‑ al Fundador del Opus Dei. A lo largo de la entrevista, le repitió varias veces ‑en un tono que a José María pareció tajante, severo, serio‑ si no estaría influido por su hermano, en vez de obrar libremente y después de haber considerado su decisión en la presencia de Dios. Como sus respuestas eran siempre afirmativas, don Josemaría acabó dicién­dole que, desde aquel momento, podía considerarse de la Obra. “Posteriormente ‑sostiene al recordar esta conversación‑ cuando en varias ocasiones le he oído decir que en la Obra tenemos una puerta estrecha para entrar y otra ancha para salir, me he acordado de aquel episodio del 12 de mayo de 1940, comprendiendo la exacta y profunda verdad de aquella afir­mación”.

Este amor a la libertad es muy conforme con el carácter sobrenatural del Opus Dei, y también con las características externas de la entrega de los socios: ciudadanos normales, exactamente igual a los demás, que viven en su casa y con su familia, trabajan en medio del mundo, entran y salen y van de aquí para allá, moviéndose siempre de un modo natural y espontáneo: o viven su vocación en libertad, por amor de Dios, o no la viven. Cualquier tipo de control externo, la desnaturali­zaría. Como sucede en el amor humano, sólo cabe el libre condicionamiento del cariño.

Todos los que piden la admisión en el Opus Dei lo hacen libres de coacción. Además tienen que trabajar, para mantenerse económicamente y ayudar al sostenimiento de los apostolados. Esta realidad, que evita el señoritismo, es también garantía de libertad: si alguno quiere abandonar la Asociación, puede hacerlo con facilidad; si persevera, es por razones sobrenaturales, no humanas.

No obstante, sería un error confundir libertad con indiferencia. El Fundador del Opus Dei quería que todos perseverasen en su vocación, y ponía los medios: formarlos, rezar por ellos, tratarlos con más cariño si atravesaban momentos difíciles. Más de una vez, supo hacerse el encontradizo con el que flojeaba, como el Señor ante el desaliento de los discípulos de Emaús. Cuando fue necesario, abandonó todo, para salir en busca de la oveja perdida…

Antonio Ivars recapitula la doble faceta ‑comprensión y exigencia‑ que hunde sus raíces en idéntico espíritu de amor: “Pienso que, de algún modo, reflejaba como nadie la persona de Cristo: cariñoso y dulce con los niños, los pecadores públicos, y exigente y hasta aparentemente airado con los fariseos e incluso con sus propios apóstoles. La ternura maternal de don Josemaría se compaginaba armónicamente con su reciedumbre. Podía com­prender las mayores miserias, acoger con el mayor cariño al más

grande pecador, y reprender seriamente a uno de sus hijos por la omisión del más pequeño detalle”.

Por último, para completar este rápido panorama, es preciso referirse a su actitud hacia los no católicos.

No hacía una frase cuando declaraba que estaba dispuesto a dar cien veces su vida para defender la libertad de una conciencia. De hecho, tuvo que luchar mucho, con un filial forcejeo, para que la Santa Sede aprobase algo inédito en la historia de las asociaciones de la Iglesia: que pudieran ser

Cooperadores del Opus Dei personas sin fe católica.

En 1966 contó a un periodista, Jacques Guillémé‑Brúlon, de Le Figaro, lo que una vez había comentado al Santo Padre Juan XXIII, movido por el encanto afable y paterno de su trato: “Padre Santo, en nuestra Obra siempre han encontrado todos los hombres, católicos o no, un lugar amable: no he aprendido el ecumenismo de Vuestra Santidad”. El se rió emocionado, porque sabía que, ya desde 1950, la Santa Sede había autorizado al Opus Dei a recibir como asociados Cooperadores a los no católicos y aun a los no cristianos.

Poco antes, el periodista le había preguntado sobre la “posición de la Obra” ante la Declaración del Concilio Vatica­no II acerca de la libertad religiosa. La respuesta surgió bien clara:

En cuanto a la libertad religiosa, el Opus Dei, desde que se fundó, no ha hecho nunca discriminaciones: trabaja y convive con todos, porque ve en cada persona un alma a la que hay que respetar y amar. No son sólo palabras; nuestra Obra es la primera organización católica que, con la autorización de la Santa Sede, admite como Cooperadores a los no católicos, cristianos o no. He defendido siempre la libertad de las concien­cias. No comprendo la violencia: no me parece apta ni para convencer ni para vencer; el error se supera con la oración, con la gracia de Dios, con el estudio; nunca con la fuerza, siempre con la caridad. Comprenderá que siendo ése el espíritu que desde el primer momento hemos vivido, sólo alegría pueden producirme las enseñanzas que sobre este tema ha promulgado el Concilio.

Mons. Escrivá de Balaguer trató con lealtad a las almas. Defendió la libertad de sus conciencias, pero sin ocultarles la propia y plena adhesión a la fe católica (que incluye, claro, aquella defensa de la libertad). Vale la pena resumir el diálogo que mantuvo con él en 1974 un matrimonio brasileño, delante de muchas personas:

‑Somos una familia ecuménica: mi esposa es metodista…

‑¡Dios la bendiga! ¿Está aquí?

Estaba sentada en la última fila, delante de su marido.

Sin libertad no se puede amar a Dios l 297

‑Dile que la quiero mucho.

‑Estamos muy unidos en la educación religiosa de nuestros

¡Muy bien!

‑Dos ya hicieron la Primera Comunión…

‑ ¡Bien!

‑Comienzan a hacer un poquito de lectura espiritual antes de dormir, y el mayor va a Misa todos los días con su padre.

‑ ¡Bien!

‑Me gustaría que dijese algunas palabras a mi esposa.

¡Hija mía!, te digo lo siguiente: que tienes un marido estupendo, y que te quiero mucho en el Señor. Quiero a todas las almas. Pero a una madre que da libertad a los hi3os, que además

se ocupa de que se eduquen en esta fe maravillosa, que ve con alegría que se acerquen al Santo Sacramento de la Eucaristía, a una madre así, yo ya la admiro. ;Te admiro! ;Te quiero mucho! Reza por mí. Y basta, de momento. Pero mañana, en la Misa, me voy a acordar mucho de ti. Allí no soy yo. Tú no tienes por qué creerlo, por ahora; pediré al Señor que te conceda mi fe, porque ‑no te enfades‑ la tuya no es la verdadera. Yo daría mi vida cien veces por defender la libertad de tu conciencia; de modo que seríamos muy amigos, si yo viviera aquí. Pero, claro, yo creo plenamente que tengo la verdadera fe; si no, no vestiría esta funda de paraguas (se refería a su sotana).

¡Reza por mi! Nadie como tu marido, para defender la fe tuya. Y nadie como tu marido y como yo, para pedirle al Señor que te envíe muchas luces y mucha claridad de ideas. Y gracias, porque eres muy generosa y muy buena.

A lo largo de los años, se han multiplicado anécdotas parecidas. En los comienzos del trabajo apostólico del Opus Dei en Ginebra, conocieron al hijo de un pastor calvinista, que se fue entusiasmando con la Obra, especialmente con Camino, que difundió entre sus amigos en diferentes idiomas: francés, inglés, alemán, italiano. Tiempo después, escribiría a un socio del Opus Dei que había tratado en Suiza, felicitándole por la Navidad. Le hablaba entusiasmado de su visita a Mons. Escrivá de Balaguer en Roma. Lo había recibido ‑como siempre, como a todos afecto, y no había dejado de decirle que son los católicos los que están en la verdad… No necesitaba disimular su fe ‑todo lo contrario‑ para conseguir que los no católicos respondieran con cariño y gratitud a su cariño y lealtad.

Cerca de Caracas, al aire libre, en la casa de retiros de Altoclaro, unas cinco mil personas seguían su enseñanza el 14 de febrero de 1975. Se levantó un hombre joven, de barba poblada y amplia, que realzaba su jovialidad.

‑Padre, yo soy hebreo…

El Fundador del Opus Dei le interrumpió:

Yo amo mucho a los hebreos porque amo mucho a Jesucristo ‑¡con locura!‑, que es hebreo. No digo era, sino es: Iesus Christus, heri et hodie, ipse et in saecula. Jesucristo sigue vivien­do, y es hebreo como tú. El segundo amor de mi vida es una hebrea, María Santísima, Madre de Jesucristo. De modo que te miro con cariño. Sigue…

Aquel hombre de sonrisa abierta de par en par, se ganó una ovación cerrada cuando dijo:

‑Yo creo que la pregunta está respondida.

La alegría y el dolor

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , No Comments »

¿Cómo se puede tener alegría en un mundo como el nuestro, donde está tan presente el dolor y la injusticia?

La Iglesia, en su liturgia, se atreve a cantar con alegría el Misterio de la Cruz de Cristo. El dolor no cancela la alegría, si se vive unido a la entrega de Jesucristo por nuestra salvación. La alegría se agosta por el egoísmo del pecado, por el olvido de amar a Dios y amar al prójimo, junto con la falta de arrepentimiento. Quien vive dominado por un ambiente donde lo principal es el culto de la buena imagen, del éxito, del poder, se deprime ante un fracaso, ante un traspiés económico, incluso ante unas arrugas en la cara. Desde luego, la alegría, para un cristiano, no está ligada a una presunta impecabilidad, que no existe, sino a la disponibilidad para pedir perdón, para arrepentirnos. La alegría es la del hijo pródigo. Cada vez comprendo mejor que el Beato Josemaría Escrivá llamara al sacramento de la Penitencia «el sacramento de la alegría».


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