Santa María, Estrella del Mar

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En noviembre de 1957, Monseñor Taguchi, Obispo de Osaka, se encuentra en Roma. Tiene proyectado un viaje por España y Sudamérica, donde hay colonias de emigrados japoneses con elevado número de fieles católicos. Antes de concluir el año regresará a Japón.

Monseñor Escrivá de Balaguer es amigo suyo. Además, el Cardenal Ottaviani ha explicado al Obispo asiático, con todo detalle, los planes apostólicos del Opus Dei. Le ha dicho que tendrá una gran ayuda cuando la Obra llegue al Japón.

Aprovechando la estancia de Monseñor Taguchi en la Ciudad Eterna, el Padre envía a don José Luis Múzquiz, que también se encuentra temporalmente en Roma, a visitarle.

El Fundador cree que ya es tiempo de que sus hijos crucen otros mares, camino de Oriente, y piensa en don José Luis para iniciar las gestiones que han de llevar a los primeros miembros de la Obra hasta el Japón.

El Obispo japonés recibe, en Roma, la primera visita de don José Luis. Le escucha con amabilidad. Cuando termina de grabar mentalmente los proyectos de la Obra para llevar el mensaje de Cristo a los japoneses, dice:

«Me gustaría que usted llegara a Japón hacia mediados de abril. En esos días estaré yo en Tokyo en una reunión y podré recibirle. Y es la época en que están los cerezos en flor: sacará una impresión más agradable del país» (33).

Cuando el Padre conoce la respuesta, sonríe divertido, por el detalle de cortesía relacionado con los cerezos.

Desde el primer momento, el Fundador y aquellos que van a emprender la aventura de Oriente tienen un hondo respeto al modo de ser del pueblo japonés. Aprenderán más tarde que en el Japón casi todo lo expresan los árboles. El paisaje, verde, con infinitas tonalidades, es como el ritual de un inmenso templo. Las hileras de bosques enteros dibujan la permanente armonía del cosmos. De ahí que Monseñor Taguchi desee al Opus Dei, como un augurio de bienvenida, la nevada belleza de los cerezos en primavera.

A primeros de abril de 1958, don José Luis Múzquiz toma el avión que ha de conducirle a Tokyo. Nada más bajar, en el aeropuerto, tiene la evidencia de haber llegado a un mundo distinto. Felizmente, le espera un muchacho japonés que ha conocido el Opus Dei en Illinois, Estados Unidos, y que ha vuelto a su país de origen.

El Padre tuvo siempre un gran interés en el apostolado con orientales desplazados de su tierra. A los hijos de estos emigrantes, en Japón, se les conoce con el nombre de nissei. Y cuando uno de ellos solicita visado de entrada en el país de sus padres las autoridades estampan, sobre el pasaporte, la siguiente leyenda: «vuelve a su patria»(34). Nadie mejor que ellos para traer a Oriente, junto con la identidad de sangre y de idioma, la eternidad de un Evangelio que ya tuvo raíces muy profundas en la tierra japonesa.

Nada más acomodarse en la ciudad envía su primera carta al Padre. Cuenta todas las impresiones del viaje. Y, entre ellas, algo que será muy importante para las futuras actividades de los miembros de la Obra en Japón: el interés que tienen muchos japoneses por conocer idiomas de ámbito internacional.

La carta saldrá de Tokyo el día 19 de abril, y su llegada a Roma llenará de alegría el corazón de todos. El Padre escribe en el mismo sobre:

«¡La primera carta del Japón! Sancta Maria, Stella maris, fijos tuos adiuva!»(35)

Repite esta frase de oración a la Señora, Estrella del Mar, para que ayude a sus hijos del Opus Dei que irán a Oriente. En 1974, en su catequesis por América, insiste a todos:

«Pedid mucho por Japón (…). Yo quiero mucho a ese país maravilloso de gente trabajadora, ordenada, seria, de una cabeza formidable. Tengo para el Japón todas las alabanzas, pero me da mucha pena que no conozcan la verdadera fe (…). Es un país inmenso: si no por la extensión, sí por el número de habitantes. Conviene que recéis para que el Señor mande muchas vocaciones, y así podáis atraer a Dios a tantos, que con la fe católica harán todavía mucho más bien» (36)

Y más adelante:

«Me emociona pensar en la laboriosidad, en el encanto, en la espiritualidad de todas esas criaturas (…) de aquella tierra bendita, donde llega un momento en el que florecen los cerezos, y todo es poesía. Pero, además, con esa poesía yo quiero que metáis el amor a Jesucristo, la devoción a la Santísima Virgen, que es la flor más hermosa que hay en el Paraíso» (37).

Durante un mes, don José Luis continuará su viaje de trabajo por las grandes islas del archipiélago japonés. Tomará nota de los diversos ambientes. La imagen de sus campos, sus ciudades y sus gentes. Desde el tren, a la salida de Tokyo, ve con claridad la cumbre majestuosa, nevada, del monte Fui¡. Según una leyenda, el Fujiyama es extraordinariamente celoso y suele esconderse detrás de las nubes cuando un extranjero pretende mirarlo. Sólo pueden ver la cima aquellos que miran con ojos sinceros…

Las llanuras están cultivadas con esmero: campos de arroz y muchos árboles frutales. Los pueblos, muy próximos, se envuelven en el humo de las fábricas. Japón es agricultor e industrial. Lo aponés y lo occidental conviven en este país, en cada calle, en cada edificio, en la vida del archipiélago. Su condición de isla no le ha separado, sino que ha contribuido a la unidad de las grandes culturas eurasiáticas. De ahí el espíritu cosmopolita de la civilización japonesa, que llega hasta los últimos márgenes de sus pueblos y ciudades. Esta carencia de grandes extensiones ha contribuido también a modelar sus características de minuciosidad.

Toda esta riqueza de matices será apreciada y transmitida al Padre por don José Luis; así como también el deseo, expresado por varias autoridades católicas, de que la Obra llegue lo antes posible y trabaje en los medios culturales universitarios.

Antes de salir de las islas, cumplirá un último encargo del Padre: besar, en su nombre, la tierra de Nagasaki donde murieron multitud de cristianos.

Después del regreso de don José Luis a Roma, el primer miembro del Opus Dei que llega al Japón es don José Ramón Madurga, que aterriza en estas tierras el 8 de noviembre de 1958; dos meses más tarde, el 18 de enero de 1959, le sigue don.Fernando Acaso. Entre los dos montan el que habrá de ser primer Centro de la Obra en Osaka: situado en Toyonaka, un amplio barrio de esta ciudad que tiene más de un millón y medio de habitantes.

El 8 de abril de 1959 se instala en la casa el primer sagrario del Opus Dei en Asia. Cerca, cruzan los barcos la bahía de Osaka; la ciudad continúa su ritmo incesante de trabajo. En los corazones de un reducido número de hombres alborea hoy, por amor de Dios, la luz del sol naciente.

Además de iniciar en este nuevo país las actividades profesionales que cada uno puede desarrollar de acuerdo con su preparación, empiezan a relacionarse con otras personas a quienes logran interesar en el proyecto de un instituto de idiomas.

En 1960 comienza, en la ciudad de Ashiya, el Seido Language Institute. Su primera sede estará situada en una casa de típico corte japonés. Sobre la entrada, una placa de madera con el primitivo nombre del Instituto de Idiomas: Seido Juku.

Las actividades de este Centro Cultural tratan de poner en contacto a los japoneses con los idiomas y civilización occidentales. Serán numerosísimos, en pocos años, los universitarios y profesionales que asistan a estos cursos; porque Seido no es una isla occidental en un mundo oriental, sino un equipo que ha hecho suyas las necesidades de la sociedad japonesa. Los profesores de inglés, francés, español y alemán ofrecen, a diario, el testimonio de un trabajo serio y concienzudo, de un modo de ser que ha intentado asimilar las esencias y formas del alma japonesa.

Por eso, Seido Juku será también un foco de evangelización entre las personas que asisten diariamente a estudiar idiomas. Esta casa acogerá en sus aulas a doscientos alumnos. Pero pronto hay que proyectar una segunda etapa, con un nuevo edificio capaz para seiscientos. En tres años, estas plazas pasan a convertirse en mil doscientas, con «peligro» de rebasar también esta cifra. La última ampliación contará con la generosa colaboración de todo el personal: el notario, corredor de fincas, intermediarios… No son cristianos, pero conocen ya la labor de Seido. Un empleado trae un puñado de dinero proporcional a medio año de sueldo.

Esta generosidad será agradecida por Dios con el regalo de una nueva fe. En pocos años, el Centro abre a muchos empleados y alumnos las puertas a la Iglesia Católica.

«L’Osservatore Romano» del 4-VII-63, al referirse al Seido Cultural Center, afirmaba:

«El apostolado del Opus Dei, universal por su espíritu y por su difusión en todos los ambientes y en los más diversos países, no podía menos de ser particularmente idóneo para superar las extraordinarias dificultades que la evangelización encuentra en Oriente».

Hoy, el sistema de idiomas utilizado en Seido ha sido adoptado por muchas Escuelas y Universidades japonesas; los libros y material de laboratorio se extienden por los principales centros docentes. Pronto se traduce «Camino» al japonés. Cada uno de sus puntos ha adoptado, con la misma flexibilidad que preside su espíritu, las formas de una escritura que pertenece al lugar del mundo más apartado de Occidente.

El 13 de junio de 1960 parten camino del Japón las primeras mujeres del Opus Dei. Harán el viaje en barco. Al salir de Roma, el Fundador enciende una lamparilla ante la imagen de la Virgen que hay en una de las galerías de la casa. Para pedirle protección durante el camino… Y les ha dicho:

«Cristo vive, Cristo ha resucitado y con Cristo podemos todo. Estoy seguro de que antes de un año me escribiréis y me diréis: Padre, ya tenemos vocaciones»(38).

El deseo del Padre se cumplirá: antes de diez meses, las primeras japonesas habrán solicitado la admisión en el Opus Dei.

El viernes día 17 hacen escala en Port Said. Los vendedores egipcios, con túnica y fez rojo, arman sus puestos de venta sobre cubierta: figuras de marfil, cuero repujado, pantuflas de color vivo…

Por entre el bullicio, Margaret viene radiante con un sobre que acaban de entregarle: son unas líneas desde Roma. Siguen pendientes del viaje. «Hasta que sepamos que estáis en Osaka luce la lamparica junto a la Madonna de la galería»(39).

El 27 de junio el barco entra en el gigantesco puerto de Colombo. Poco después, enfila su proa hacia el mar de la China. Unos días más tarde, Japón aparece a la vista. Cuatro muchachas de pelo muy negro, ojos oscuros y hablar suave las están esperando en el puerto: son las primeras amigas de Osaka. El coche las lleva ahora hacia un barrio residencial: Shukugawa. Y aquí, el primer Centro de la Sección de mujeres en Oriente. En el jardín hay pinos y cerezos. El sol, brillante, ilumina un rótulo que campea sobre la puerta: Shukugawa Juku. Es el 15 de julio de 1960. Al seguir la costumbre de cambiar los zapatos por sandalias para no dañar el suelo, frágil suelo de los pasos japoneses, parecen sonar las palabras de Monseñor Escrivá de Balaguer en la homilía de la Misa del domingo de Resurrección de 1960 en la Casa Central:

«Firmes, seguras, alegres, sinceras»…

Y las que les dirige unos días más tarde:

«Yo tengo la seguridad completa de vuestra victoria… daréis al Señor el consuelo de ver un fruto espléndido»(40).

El Padre sigue afirmando que su fe, su trabajo, su apostolado personal, tendrán el respaldo del Cielo y la respuesta será un acercamiento de las almas a Jesucristo. Cuando este es el móvil exclusivo, que conduce todo esfuerzo, los resultados siempre son positivos.

El 2 de septiembre, la voz del Padre se dejará oír a través del teléfono: llama desde Londres. Quiere hablar unos segundos con cada una de sus hijas. Y enviarles, una vez más, su bendición para el comienzo de la tarea en Japón.

¡Feliz cumpleaños, Santo Padre!

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En el 80 cumpleaños de Benedicto XVI, publicamos un mensaje de Mons. Javier Echevarría. El Prelado da gracias al Santo Padre “por ayudarnos a apreciar la belleza de la vida cristiana”.

Opus Dei -

El cumpleaños del Santo Padre me trae a la memoria la fumata biancadel 19 abril de 2005. El humo blanco de la chimenea de la Capilla Sixtina anunciaba no sólo una elección, sino también una oblación. Era señal de aceptación gustosa del peso que supone ser el Sucesor de San Pedro, cuando en el horizonte del Cardenal Joseph Ratzinger se divisaba un justo y merecido descanso, después de largos años de trabajo intenso en la viña del Señor.

Dios concede al Santo Padre una paternidad universal. Ser Romano Pontífice significa convertirse en padre de una multitud de hijos e hijas, a los que guiar y atender en sus múltiples solicitudes, a los que amar en cualquier circunstancia.

En un aniversario el pensamiento suele dirigirse al pasado, pero también es momento para contemplar el presente y proyectar el futuro. Imaginar los sabrosos frutos que producirá el árbol de la Iglesia, por la generosidad de la entrega de Benedicto XVI. Un hombre que sabe abrazarse a la tarea encomendada, como Cristo se abrazó a la Cruz. Y lo hace uniendo inteligencia y humildad, amabilidad y fortaleza.

En el 80 cumpleaños del Santo Padre, surge el deseo de darle gracias por ayudarnos a apreciar la belleza de la vida cristiana, y recordarnos la alegría y la libertad de ser fieles a los preceptos divinos. Gracias también por impulsarnos a situar la caridad en el centro de nuestro obrar.

En la Misa con la que inauguró su pontificado, Benedicto XVI pedía a los cristianos la ayuda de la oración. Un año después comentaba: «Cada vez me convenzo más de que por mí mismo no podría cumplir esta tarea, esta misión. Pero siento también que vosotros me ayudáis a cumplirla. Así estoy en una gran comunión y juntos podemos llevar adelante la misión del Señor (…). ¡Gracias, de corazón, a todos los que de diversas maneras me acompañan de cerca o me siguen de lejos espiritualmente con su afecto y su oración! A cada uno le pido que siga sosteniéndome, pidiendo a Dios que me conceda ser pastor manso y firme de su Iglesia».

Este aniversario constituye una invitación a rezar y a ofrecer sacrificios por su Persona e intenciones, de manera que el Papa sienta la comunión de la Iglesia entera, en el empeño por sacar adelante la misión confiada a todos por el Señor.

Homilía de Mons. Javier Echevarría en las ordenaciones de Torreciudad (6.9.2009)

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Queridísimos ordenandos, queridísimos hermanos en el sacerdocio, queridísimos hermanos y hermanas.

Hay en la Iglesia muchas oraciones de alabanza a la Santísima Trinidad. Una de éstas, más conocida por el Trisagio Angélico, repite unas palabras prácticamente con periodos continuos, que dicen Tibi laus, tibi gloria, tibi gratiarum actio in saecula sempiterna, oh Beata Trinitas! A ti, Trinidad Beatísima, toda la alabanza, toda la gloria, toda la acción de gracias. Hagámonos siempre, y hoy de modo especial, con este modo de dirigirnos a la Trinidad Beatísima porque constantemente nos auxilia con su providencia ordinaria y extraordinaria. Vivimos, respiramos, tenemos capacidad de trabajar, capacidad de amar, precisamente por esa asistencia, por esa cercanía de Dios Padre, de Dios Hijo y de Dios Espíritu Santo, Dios Uno y Trino. Un misterio para nosotros inabordable, y al mismo tiempo, que llena de tanto consuelo porque nos sentimos hijas e hijos de Dios, hermanos de Jesucristo y seguidos por la acción santificadora del Espíritu Santo.

Os decía que hoy es un día muy apropiado para que, con motivo de nuestra presencia de Dios a lo largo de la jornada, invoquemos a la Trinidad y le demos gracias por los dones que recibimos, concretamente el don del sacerdocio para estos dos hermanos nuestros. En la Iglesia, tal y como quiere Jesucristo, tenemos que ser todas y todos, personas rezadoras, personas que saben que su vida puede transformarse en diálogo con el Señor sin que haya interrupción porque Él, ese Dios Uno y Trino, no deja nunca de mirarnos. Pero además, hoy, metido en el Año Sacerdotal que estamos viviendo por deseo de Benedicto XVI, es muy oportuno que se eleve de toda la Iglesia una oración constante por los sacerdotes. Empezamos por el Supremo Pastor, una oración por el Papa que tiene que ser una oración afectuosa de unión y de sostenimiento para todo su trabajo incansable que está realizando. Cómo no recordar que, en su humildad, al comenzar el Pontificado, de manera continuada nos dijo, extendiendo su mano y extendiendo su deseo de que no le dejemos a solas: “Rezad por mí, rezad por mí, rezad por mí…”. Es bueno que consideremos si realmente todos los días viene a nuestra alma la necesidad de pedir por el Romano Pontífice, por este Supremo Pastor que, podemos tener la más absoluta seguridad, en toda su acción pastoral, en toda su acción de Supremo Pastor, nos sigue a todas, a todos, a cada una y a cada uno.

Igualmente, es lógico que elevemos nuestra oración pidiendo por todos los obispos, los sucesores de los apóstoles, para que sean fieles seguidores de Jesucristo, y para que actúen constantemente en el nombre del Señor, con ese mandato que dio a aquellos primeros Doce: “Id y predicad a la gente…”, con la vida, no solamente con la palabra, con la vida, “siempre en mi Nombre”. Y es lógico que nos detengamos en este día para pedir por el Obispo de esta diócesis, de forma que note la asistencia también de los que hoy os encontráis en este territorio, Barbastro, que está bajo su jurisdicción. Os pido que recemos todos devotamente por todos los sacerdotes. Hay una costumbre en muchas naciones de América Latina, que podemos incorporar, para nuestro beneficio personal, a nuestra oración diaria. En esos lugares, después de la Bendición con el Santísimo, cuando se rezan las peticiones para reparar por las ofensas que a Dios se hacen, repiten con devoción, como una necesidad, una urgencia del alma de todas las personas que participan: Señor, danos sacerdotes santos… Y lo dicen por tres veces: Señor, danos sacerdotes  santos; Señor, danos sacerdotes santos… Depende, también, de la oración del pueblo. Es verdad que es el Señor quien llama, pero también es verdad que si el Pueblo de Dios se une en oración pidiendo al Señor, a la Trinidad Santísima, que nos envíe sacerdotes santos, forzaremos esa Voluntad divina para que no falten hombres que se decidan a emprender este camino y que quieran actuar constantemente con el único sacerdocio que hay, el sacerdocio de Cristo.

Y oración por todo el Pueblo de Dios, por todas las mujeres y por todos los hombres, sin olvidar que todas y todos tenéis alma sacerdotal, participáis en ese sacerdocio real de Cristo que tiene que ser para vosotras y para vosotros un acicate para crecer en vuestra propia personal vida interior, que tiene que ser también un empujón para que no desdeñemos el espíritu de penitencia propio de las personas que aman. No hay amor sin sacrificio, no hay amor. Y lo vemos hasta en el amor humano: donde falta sacrificio, falta el verdadero amor, el auténtico amor. Y tenéis que vivir también con esa preocupación por todas las almas del mundo entero, llegándoos con vuestra vida, que podemos, llegándonos con nuestra vida… Pero concretamente me refiero a las mujeres y a los hombres del Pueblo de Dios que con su vida pueden y deben llegar a los cuatro puntos cardinales, implorando la ayuda por los que son nuestros hermanos, implorando también la ayuda para que aquellos que no conocen a Cristo, lo conozcan.

Hoy, vuelvo a repetir, es un día muy señalado. Estamos recorriendo este Año Sacerdotal también bajo la protección del Santo Cura de Ars. Un hombre que trabajó en un rinconcito perdido de su tierra, de Francia. Qué era Ars en comparación con la extensión de Europa, qué era Ars en comparación de los cinco continentes, un rincón. Y sin embargo, la vida de aquel santo sacerdote, a quien tanto veneraba San Josemaría Escrivá, era un punto de ignición para el mundo entero. Desde su confesonario -no dejemos de fomentar en nosotros y en las personas que tratamos, la práctica de la confesión-, desde su confesonario, desde su altar, iba poniendo, con la piedad de quien ama a Dios por encima de todas las cosas, a todas y a cada una de las personas del mundo entero. Y por eso ha sido nombrado con toda lógica, pastor y patrono de todos los confesores. Pues hoy es un día muy extraordinario, fiesta para toda la Iglesia, por la ordenación de estos hermanos nuestros. Un día en los que tenemos que tocar esa nota que define a la Iglesia y que recitamos en el Credo, Ecclesiae Una. Tenemos que sentirnos hermanados, pero hermanados en el espíritu y también en la vida corriente con todas las personas del mundo entero. Que ese decir en el Credo “credo et unam sanctam, catolicam et apostolicam Ecclesiam” no se quede en palabras.

Hermanas y hermanos míos, demos más contenido a la oración, demos más fuerza a lo que hacemos, teniendo en cuenta que nuestra oración personal sostiene a toda la Iglesia. Recurramos, insisto también al Cura de Ars, a San Juan María Vianney, para que haya una gran remoción en el mundo a propósito de ese gran sacramento de la Penitencia, que nos abre las puertas de la vida a la gracia, y nos la aumenta cuando lo recibimos bien dispuestos y dirigidos a corregir hasta nuestras más pequeñas faltas.

Y ahora me dirijo a vosotros, queridísimos ordenandos. Os recuerdo lo que se recitará cuando se os entregue la patena con la hostia, el cáliz con el vino. Se os dirá con palabras que tenéis que incorporar a vuestra vida, que hemos de incorporar todos los sacerdotes a nuestra vida cotidiana: “Considera lo que realizas”. Recuerdo perfectamente las muchas veces que San Josemaría Escrivá de Balaguer, el Fundador del Opus Dei, en su oración constante, se miraba las manos y comentaba en alto, o a veces comentaba entre Dios y él, “que con estas manos pueda yo tocar a Dios, pueda yo dar a Dios…”. Y eso lo llevaba a una mayor oración, a una mayor expiación, y a una mayor alegría, porque qué dicha mayor que la de poder tener a Cristo con nosotros y tan cerca. Pues hijos míos ordenandos, que sí, que imitéis lo que realizáis, que tratéis y conforméis vuestra vida con el ministerio de Cristo en la cruz. No es egoísmo que los sacerdotes pidamos por nuestra santidad personal, porque solo si buscamos al Señor con rectitud de intención, exclusivamente a Él, lo daremos con naturalidad y con urgencia a todas las almas.

Tengo unas palabras aquí de San Josemaría que nos dicen: “En esto se fundamenta la incomparable dignidad del sacerdote, una grandeza prestada, compatible con la poquedad mía. Yo pido a Dios nuestro Señor que nos dé a todos los sacerdotes la gracia de realizar santamente las cosas santas, de reflejar, también en nuestra vida, las maravillas de las grandezas de Dios”. Pidamos por todos los sacerdotes, y que todos los sacerdotes pidamos porque no entorpezcamos, porque no interrumpamos la gracia de Dios, que puede llegar a las almas por nuestra correspondencia fiel. Hijos míos ordenandos, sed unos grandes enamorados de la Santa Misa, del sacramento de la Confesión y de la predicación. Acudid todos los días a ese maestro que hemos tenido aquí en la tierra… Primero a Jesucristo, evidentemente, pero quiere el Señor que sigamos también las pisadas de San Josemaría Escrivá, para que nos empuje a un amor y un trato con la Trinidad que informe todo nuestro quehacer y todo el quehacer de los sacerdotes.

Y no podemos, no debemos olvidar… porque nuestra vida, la vida de todos, tiene que ser litúrgica, y no podemos pasar por alto, escuchar como si fueran palabras que se quedan en el aire, lo que escuchamos en la Misa cuando asistimos, las lecturas… En la Primera Lectura se nos recuerda, se nos recuerda concretamente a los sacerdotes, pero también a todos, “antes de formarte en el vientre de tu madre, antes de que nacieras del seno materno, yo te he elegido…”. Hemos sido elegidos por Dios, y los sacerdotes hemos sido elegidos desde la eternidad para ser sacerdotes de Cristo. Pues recordemos todos, pero concretamente los sacerdotes, esta elección de Dios que nos hace ser otros Cristos, el mismo Cristo en determinados momentos. Y vuelvo a recoger otras palabras fantásticas del Fundador del Opus Dei: “Esta es la identidad del sacerdote: instrumento inmediato y diario de esa gracia salvadora que Dios nos ha ganado. Si se comprende esto, si se ha meditado en el activo silencio de la oración, cómo considerar el sacerdocio una renuncia. Es una ganancia que no se puede calcular. Sí, es verdad, todos los cristianos, por el alma sacerdotal, y todos los sacerdotes, estamos enamorados de la fuente del amor. No hay renuncia, todo lo contrario, es meternos más en esa intimidad de Dios”.

En la Segunda Lectura, San Pablo nos ha recordado que tenemos que ser, y de modo concretamente los sacerdotes, humildes, amables, comprensivos, sobrellevándonos… Que no significa soportar, soportar es rebajar la asistencia de Dios. Significa colaborar gozosísimamente en ayudar a las personas que están a nuestro alrededor, pensando que todos, pero especialmente los sacerdotes, debemos hacer nuestras esas palabras de San Pablo: “mihi vivere Christus est”, ¡mi vivir es Cristo! De forma que todos y todas tengamos la idea clara de que, por el bautismo que hemos recibido, la gente tiene que reconocer en nuestra conducta a ese Cristo que debe informar todas nuestras acciones.

Y finalmente hemos oído las palabras sobre el Buen Pastor. El buen pastor, lo sabemos perfectamente, como buen padre, como buena madre, da su vida por las ovejas. Por todas, por todas, sin hacer discriminación alguna. Pues característica del sacerdote es 

No puede faltar mi felicitación a los abuelos, a los padres, a los hermanos, de estos dos ordenandos. Que Dios os bendiga. Ha pasado el Señor por vuestras familias diciéndoos, una vez más, de otro modo particular, cómo os quiere y cómo cuenta con vosotros. No ha acabado vuestra labor, y tenéis que ayudar diariamente para que sean sacerdotes que vivan con Cristo en todo momento. Con la felicitación, el ruego de que recéis por el Opus Dei, para que podamos servir a la Iglesia como la Iglesia quiere ser servida. Y termino acudiendo a la Madre del sacerdote. Todos somos hijos de María, se nos ha entregado en ese momento crucial y solemne del Calvario. Nos ha dicho, a través de Juan, “ahí tienes a tu Madre”. Pues bien, a vosotros sacerdotes os digo que la tratéis, que la tratemos todos, pero concretamente vosotros dos, que la tratéis más, mucho más, y que como aconsejaba San Josemaría con unas palabras claras: “Llámala, fuerte, fuerte… Te escucha, y te brinda tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias, y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha”.

Así sea.

Descubrir la pobreza cristiana

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Maryline y Pascal Forti son profesores de Geografía e Historia en un colegio público de Lyon. Desde allí procuran encontrar a Dios en medio del mundo. Maryline es supernumeraria del Opus Dei.

«Mi madre –explica Maryline- trabajaba en las labores de limpieza en un centro del Opus Dei. Mi tía atendía la recepción del inmueble. De esa forma, conocí el Opus Dei a los diecisiete años».

¿Comenzó entonces a frecuentar ese centro del Opus Dei?

Mi madre deseaba que yo participase en las clases de apoyo escolar que se organizaban los fines de semana, para preparar así mi bachillerato.

¿Qué le pareció aquello?

Me gustaba la bondad de las personas que vivían allí, su sonrisa, su amabilidad. También, el oratorio que había en la casa me parecía muy bonito. En esa casa estaba contenta. Podía hablar de todo. Me ayudaban con mis tareas, y me abrían los ojos a un nuevo mundo: al cristianismo. Me sentía completamente libre, lejos de las críticas.

¿Por qué pidió ser admitida en el Opus Dei?

Porque pensé que ese era mi camino en la Iglesia para ir hacia Dios. Tenía 21 años, y acababa de hacer mi primera comunión y mi confirmación. Lo que me enseñaban me venía bien, aunque se me proponía un modelo de vida exigente. Me atraían el carisma del Fundador y sus palabras. Tenía una convicción profunda de que era lo mío: el Opus Dei me ayudaría a perseverar en la Iglesia.

Puede decirse que los compromisos espirituales de una persona del Opus Dei (asistir a Misa, hacer oración a diario, rezar el Rosario, etc.) son importantes. ¿No es una carga demasiado pesada?

Se aprende a rezar poco a poco. A través de la oración me acerco a Dios. De eso se benefician, en primer lugar, mi familia y mi trabajo. Es una elección de vida. Otros invierten su tiempo libre en otras ocupaciones. Yo lo dedico a encontrar la paz y sentirme feliz por saberme cerca de Dios.

¿Y si no quisiera continuar en el Opus Dei?

Mi marido quedaría decepcionado. Y mi experiencia es que, cada vez que me alejo de Dios, me siento más cansada, soy más egoísta… Si deseara abandonar la Obra, espero que alguien me aconsejara lo contrario, pero sé que respetarían mi decisión.

¿Qué hace con su dinero?

Procuro no malgastarlo y no caer en las trampas de la sociedad de consumo. Por otro lado, entrego una pequeña suma a las labores apostólicas del Opus Dei, de igual manera que si diese dinero en la colecta dominical o a alguna asociación.

¿Ha cambiado su forma de ser?

Sigo siendo yo misma: mismas virtudes, mismos defectos. Pero mi manera de ver y tratar a los demás ha cambiado. ¡Es millones de veces mejor!

¿Le molesta que les etiqueten de “católicos ultra”?

Todo el mundo tiene una etiqueta. Esa me indica que no estoy muy lejos de Cristo.

¿Los miembros del Opus Dei están obligados a hacer apostolado?

Todo creyente –cristiano, musulmán o judío- tiene la necesidad de transmitir su fe, pero es Dios quien la da. Yo, por mi parte, deseo que la Obra se expanda y que muchas otras personas compartan mi alegría y mis convicciones. Es normal, ¿no? También me gusta el fútbol y animo a otros a que vengan conmigo al estadio.

¿Y qué piensa cuando oye que el Opus Dei es rico?

Puedo hablarle del centro de Lyon en el que trabajaba mi madre. Ciertamente, está bien situado y decorado con gusto, pero los muebles siguen siendo los mismos desde hace muchos años. Mi madre me explicaba lo que preparaba allí para comer: era siempre algo simple y no se desperdiciaba nada. Cuando se trabaja en un centro de la Obra, se descubre fácilmente qué significa vivir la pobreza cristiana.

¿Las personas del Opus Dei se mortifican?

Mortificarse es tomar sobre sí cosas no muy agradables para mejorar y acercarse a Dios. La mortificación forma parte del día a día de todos: aguantar y sonreír a alguien que nos molesta, levantarse por la mañana para trabajar aunque no se haya dormido bien… Uno aprende así a controlarse para llevar a otros la paz y la alegría.

Pascal [el marido], ¿no te preocupó saber que tu mujer pertenecía al Opus Dei?

No. Jamás había oído hablar de la Obra. Cuando mi esposa me habló de algunas críticas que sufría esta institución, comencé a documentarme. Leí un libro en el que se realizaban acusaciones sin fundamento y absurdas.

¿Qué opina sobre las “riquezas” del Opus Dei?

He podido constatar que los numerarios viven sin ningún tipo de lujo. Creo que se dice que la Obra es rica porque se suma el número total de centros que posee en el mundo. Pero individualmente, es todo muy normal.


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