Don Álvaro y la fe de una familia

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El 23 de marzo se cumple un nuevo aniversario de la partida al Cielo de Monseñor Álvaro del Portillo. Para recordarlo, publicamos la historia de Mateo, un favor concedido por su intercesión a una familia chilena que está convencida del poder de la fe y de la oración.

Opus Dei -  Jesús Brosel y María Cristina con Mateo.

Jesús Brosel y María Cristina con Mateo.

Esa tarde de noviembre de 2008, los Johnson Undurraga, como todos los domingos, se habían juntado con sus niños en la casa de sus padres, Hernán y María Cristina, en Huechuraba, cerca de Santiago. Después de alimentar a Lucas, su hijo menor, María Cristina Johnson, Maqui, fue a darle un vistazo al pequeño Mateo, de un año y ocho meses, que había dejado durmiendo la siesta. Al no encontrarlo, pensó que se había ido a ver las gallinas, su sitio preferido. Pero no. Recorrió toda la propiedad y al final llegó hasta la piscina, bastante retirada de la casa, “por si acaso”. Pensaba que el niño, tan pequeño, no se aventuraría solo hasta allí. No había nadie. De repente, volvió sobre sus pasos y vio, flotando, una mancha naranja, igual a la camisa de Mateo. Como loca, comenzó a gritar, sacó al niño del agua y le rogó a su papá, que había corrido a su encuentro: “¡sálvalo!”.

“Nunca en mi vida había hecho respiración artificial –recuerda Hernán Johnson– pero me puse a insuflar aire por la boca de Mateo y a rezar con todas mis fuerzas a Jesús, a don Álvaro del Portillo y a mi mamá (Inés Llona de Johnson, una de las primeras supernumerarias del Opus Dei en Chile). Como ella conoció mucho a don Álvaro, le pedí que lo ’importunara’ para que le rogara a Jesús que le devolviera la vida a Mateo. Así, seríamos tres los que acudiríamos al corazón misericordioso de Jesús.

Confieso que tengo una debilidad especial por este nieto. Cuando todos los días en la Misa, después de la Comunión, le digo a la Virgen que devuelvo en sus manos a Jesús niño –según una costumbre que aprendimos de nuestra mamá–, me imagino al niño Jesús con la carita de Mateo”.

Opus Dei -  Hernán Johnson, el abuelo: “Yo estaba absolutamente seguro de que Jesús  lo iba a salvar”.

Hernán Johnson, el abuelo: “Yo estaba absolutamente seguro de que Jesús lo iba a salvar”.

Hernán estuvo en esta tarea por minutos que le parecieron una eternidad, hasta que llegó Jesús Brosel, el papá, que, como buen catalán, ya se había vuelto a su casa en el mismo barrio, para ver un partido del Barcelona. Entre ambos trataron de hacer salir el agua del cuerpo totalmente inerte del niño que, según calcularon, había estado entre 10 y 15 minutos sumergido.

Aunque habían pedido ya una ambulancia, para ganar tiempo, subieron a Mateo en un auto y se dirigieron a Santiago, junto a una pediatra amiga y a una tía, que también se encontraban en la casa.

“Yo no sabía si rezar o desmayarme”
“Mi tía tenía algunas estampas de don Álvaro y dijo recémosle, porque necesitamos un milagro. Yo no sabía si quería rezar o desmayarme para olvidar todo y despertar después como de una pesadilla”, cuenta Maqui, la mamá. “La tía me animaba, diciéndome que estaba segura que mi hijo se iba a salvar. Rezamos nueve veces la oración de la estampa hasta que nos encontramos con la ambulancia que venía bajando por Vespucio. La hicimos parar y trasladamos a Mateo. Al verlo, los paramédicos nos dijeron que el niño ya estaba muerto y que era inútil entubarlo. La pediatra que venía con nosotros convenció al equipo de la ambulancia que le pusieran oxígeno, argumentando que aún se le sentía el pulso débilmente y ‘con los niños todo puede pasar’. Mientras trasladábamos a Mateo, se produjo un enorme taco en Vespucio que mi tía aprovechó para repartir estampas de don Álvaro entre los ocupantes de los autos, los curiosos y hasta los limpiadores de parabrisas, pidiéndoles que rezaran por el niño.”

Como el Hospital Roberto del Río estaba más cerca, lo llevaron allá. Los médicos que lo recibieron no dieron ninguna esperanza: era muy difícil que Mateo sobreviviera y, si lo hacía, las secuelas serían extremadamente severas.

Conocidos y desconocidos empezaron a pedir
“Yo estaba absolutamente seguro de que Jesús lo iba a salvar –dice el abuelo–, y rezaba con una confianza total. Cuando dos de mis hijos llegaron llorando, me enojé con ellos por su falta de fe”.

María Cristina Undurraga, la abuela, cuenta que ella pasó una estampa con reliquia de don Álvaro por todo el cuerpecito inmóvil de Mateo “para que la curación fuera completa y no quedara con secuelas ni en su cerebro ni en sus extremidades”.

Inmediatamente que se supo la noticia, familiares, vecinos, amigos, conocidos y desconocidos empezaron a pedir. Cada día, a las 12, junto con el Angelus, se rezaba una estampa a don Álvaro. Por las tardes, la gente se apretujaba en la pequeña iglesia de Jesús esperanza de los pobres, en Huechuraba, para encomendar a Mateo.

“Mi tía Tere, numeraria del Opus Dei, me trajo los mails llegados de diferentes partes del mundo en que contaban que estaban rezando por mi hijo: Singapur, Israel, Roma, Madrid, Concepción…”, señala Maqui.

“Cuando la gente rezaba, Mateo mejoraba”
“Extraordinariamente, cada vez que la gente se juntaba para rezar, Mateo tenía alguna mejoría,” afirma su padre Jesús Brosel. “La primera fue el mismo domingo, cuando le pincharon un dedito del pie y encogió la pierna. El lunes llegué muy temprano al hospital y comencé a acariciarle la cabecita y a decirle palabras en catalán al oído. Al tomarle la manita, se movió con todo el cuerpo. Los doctores nos dijeron que era un buen signo pero que no nos hiciéramos ilusiones, porque era casi totalmente seguro que el niño tendría que estar en silla de ruedas por el resto de su vida. Pero, poco a poco, fue mejorando. El martes al mediodía le quitaron el respirador artificial y le dejaron una mascarilla. Como a las siete y media de la tarde, cuando estaban en Misa todos, le retiraron el oxígeno, porque ya no lo necesitaba. Por primera vez  dijo papá, mamá y pidió agua y su ‘tete’. Estas dos reacciones positivas se produjeron en los momentos en que la gente se había juntado a orar”.

El miércoles, los médicos consideraron que Mateo, fuera de riesgo vital, podía dejar la UTI y recomendaron que lo trasladaran a una clínica privada porque el personal del hospital estaba en paro y la atención en las salas no sería óptima.

En la clínica le hicieron  una resonancia magnética que dio como resultado una lesión profunda en el ganglio basal, que es el que afecta a los enfermos de Parkinson. El niño no se mantenía sentado y tampoco sujetaba la cabeza. Sin embargo, el mismo médico aseguró que no correspondía el resultado de la resonancia con el estado del chico. “De acuerdo al resultado del examen, el niño debería estar completamente postrado”, afirmó. Sin embargo, Mateo cogió en sus manos el encendedor que le alargaba su papá y luego se lo devolvió; reconocía a sus padres y podía hablar.

“No hay explicación médica”
“Esto es un verdadero milagro, aseguró el doctor. No hay explicación médica para lo que estoy viendo”. El jueves comenzó a mantenerse sentado. Le hicieron un nuevo examen y salió “perfecto”.

“Un joven médico de la Universidad de los Andes, amigo de un primo de Maqui, que estaba haciendo su práctica en la clínica, vino a rezar conmigo el Mes de María. El doctor que acababa de tomarle el examen a Mateo se acercó y dijo: vengo también a rezar con ustedes porque lo que estoy viendo no me lo puedo explicar”, cuenta Jesús.

“La neuróloga que lo veía nos dijo que no nos hiciéramos ilusiones, porque Mateo no sería el mismo, habría que enseñarle a caminar y también a hablar. Le preguntamos si Mateo se podría ir caminando a la casa y dijo que eso no iba a pasar. Tal vez podría caminar después de una larga rehabilitación, al cabo de un año o dos. Entonces empezamos a rezar con más fervor para que el milagro fuera completo y Mateo pudiera salir caminando de la clínica”, cuentan Jesús y María Cristina. “Para que se notara que Dios nos estaba escuchando y la recuperación era milagrosa.”

“Ahora el señor Del Portillo me cuida a míI”
“El domingo por la mañana, me desperté en la clínica muy temprano, como a las seis, y empecé a rezar: Señor, Tú me tienes que ayudar. Yo estaba seguro de que mi hijo se iba a recuperar porque nosotros habíamos perdido una hijita y en cierto modo sentíamos que Dios nos había enviado de regalo a Mateo. Saqué al niño de la cuna y lo llevé a la puerta de la habitación. Lo paré en el suelo y le dije: ven hacia mí. Y comenzó a cami…”, recuerda Jesús y no puede continuar por la emoción.

El martes, día en que se cumplía la novena a don Álvaro, al finalizar la Misa de la tarde en la capilla Jesús esperanza de los pobres, de Huechuraba, el Obispo monseñor Infante, que había celebrado todas las Misas por Mateo, anunció: les tengo una sorpresa. Y por la nave central, caminando de la mano de Jesús y Maqui, avanzaba Mateo… totalmente curado.

“La gente se puso a llorar de alegría, de emoción, cuenta la abuela, porque era palpable que el Señor estaba con nosotros y nos había escuchado. Fue algo maravilloso. Lo más lindo es que personas alejadas de la fe se sintieron removidas y la figura de don Álvaro, que muchos desconocían, pasó a ser la de un amigo. A veces, cuando bajamos por Vespucio hacia Huechuraba, uno de los  limpiadores de vidrios, luego de preguntar por Mateo, saca del bolsillo la estampita de don Álvaro y nos dice “ahora el señor del Portillo me está cuidando a mí”.

Jardín de la Avenida Ciudad de Barcelona

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Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei

Opus Dei - Jardín junto a la Basílica, junto a la Avda. Ciudad de Barcelona

Jardín junto a la Basílica, junto a la Avda. Ciudad de Barcelona

Después de cruzar hasta la acera opuesta al templo en la Avenida Ciudad de Barcelona, si el paseante sube varias manzanas en dirección a la Estación de Atocha, podrá ver que al otro lado de la avenida hay un jardín de forma triangular, formado por la confluencia de la Avenida Ciudad de Barcelona y el Paseo de la Infanta Isabel. La base de este triángulo imaginario sería la fachada del Colegio Virgen de Atocha.

El paseante puede observar el monumento al General Vara del Rey y Héroes del Caney, obra de González Pola, que se alza en ese jardín. Este monumento evoca la gesta militar del general en el poblado antillano de Caney en 1898.

Esta zona que ocupa el jardín, vecina al Paseo de Atocha, fue durante siglos el escenario de las romerías marianas de miles de madrileños y el lugar favorito de las fastuosas comitivas que se reunían todos los sábados, desde el siglo XVII hasta mediados del XIX, para rezar la Salve en el Santuario.

Álvaro del Portillo e Isidoro Zorzano: celebración del décimo aniversario del Opus Dei

Opus Dei -

En el lugar que ocupa el jardín —aunque en esa época la zona ajardinada tenía una configuración distinta de la actual— estuvo el 2 de octubre de 1938, décimo aniversario de la fundación del Opus Dei, Álvaro del Portillo que había viajado a Madrid, con permiso de sus superiores militares. Le acompañaba Isidoro Zorzano, uno de los primeros miembros del Opus Dei. Zorzano llevaba consigo el Santísimo Sacramento, a causa de las circunstancias excepcionales de la guerra, y Álvaro del Portillo le pidió unas Formas Consagradas para llevárselas a Fontanar y poder comulgar durante los días siguientes.

Aquel mismo día Zorzano le comunicó una certeza que había recibido del Señor: el próximo 12 de octubre, fiesta de la Virgen del Pilar, del Portillo estaría en libertad, como efectivamente sucedió.

Zorzano y del Portillo celebraron el décimo aniversario de la Fundación del Opus Dei con los pocos medios que tenían a su alcance (el rancho de un cuartel cercano a esta zona), sentados al aire libre en el entorno que ocupa actualmente este jardín.

A lo largo de la calle Fúcar

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Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei

Opus Dei - Casa Central de Las Conferencias de San Vicente

Casa Central de Las Conferencias de San Vicente

El paseante cruza la calle de Atocha, tuerce a la izquierda y comienza a caminar hacia arriba. Se encuentra primero con el arranque de la calle de San Pedro, y subiendo por la acera de la calle Atocha encuentra el arranque de la calle del Fúcar La calle del Fúcar (hispanización fonética de Fugger apellido de unos famosos banqueros alemanes) es un ejemplo de lo que se denomina el “Madrid galdosiano”: edificios modestos, de cuatro y cinco pisos, con fachadas de ladrillo y balcones sencillos. Fueron construidos en su mayoría durante el siglo XVIII y XIX.

El caminante recorre esta calle del Fúcar, y va dejando, a la derecha de esta calle, la calle Almadén primero y la calle del Gobernador después, hasta encontrase con la esquina de la calle de la Verónica.

Álvaro del Portillo en sus años de juventud Recuerda Manuel Pérez Sánchez- que en su juventud Álvaro del Portillo participaba en unas reuniones de carácter caritativo con otros estudiantes los sábados por la tarde en la Casa Central de las Conferencias de San Vicente, en esta calle de la Verónica.

“En esas reuniones —cuenta Pérez Sánchez— hacíamos un rato de lectura espiritual y, a continuación, exponíamos los resultados y necesidades de las que habíamos sido testigos la semana anterior, y proponíamos las ayudas que teníamos que llevar la semana siguiente”.

Alvaro del Portillo, que estudiaba ingeniería, dedicaba varias horas de los fines de semana a realizar obras de misericordia con los pobres y necesitados de Madrid.

Recordaba Angel Vegas, que participaba en esas reuniones de la calle de la Verónica la figura de Álvaro del Portillo: “me sorprendía porque era uno de los alumnos más brillantes de la Escuela y, al mismo tiempo, una persona muy tratable y sencilla; muy inteligente, alegre, culto, simpático, amable, y sobre todo -esto es lo que me llamaba la atención- profundamente humilde, de una humildad extraordinaria, que dejaba huella. (…) Una huella de cariño, de bondad, de Amor de Dios”.

A través de los montes…

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Hacia el año 1940, el Padre cuenta a Alvaro del Portillo que había estado pensando en su paisano aragonés San José de Calasanz, un hombre muy santo, a quien maltrataron injustamente logrando desmembrar la orden religiosa de su fundación, que no lograría rehacerse hasta muchos años después de su muerte. Y comenta: «He pensado que me puede ocurrir lo mismo, y desde ahora lo acepto»(9). Tiene el Padre treinta y ocho años, y en su apasionada entrega a la Obra y a sus hijos ha imaginado lo más doloroso, lo más sombrío que Dios pudiera permitir sobre su vida. Y Alvaro se queda helado ante la aceptación rendida de este casi imposible acontecimiento. Volverá a recordar esta conversación once años más tarde. Estamos en el verano de 1951 y el Fundador lleva varios meses intranquilo. No sabe nada, no le han dado ninguna noticia adversa, pero siente en el corazón la marejada de un peligro que no puede definir. Y le dice a don Álvaro: -«Está pasando algo; no sé lo que es, pero algo está sucediendo… »(10) . Y como no hay ninguna fuerza humana a la que pedir ayuda, recurre, como siempre, al poder del Cielo. Es Ferragosto, hace mucho calor y las carreteras de Italia están llenas de coches. Sin embargo, decide salir el día 14 por carretera hacia Loreto, para estar allí el día 15, y consagrar la Obra a la Santísima Virgen. Los alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz se encuentran en un curso de verano en Castelgandolfo. El Padre llega muy de mañana a verles. Les pide que recen, que acudan a la Virgen, que es Madre de todos y seguridad en cualquier riesgo. Se dan cuenta de que ocurre algo y quieren compartir el peso del Fundador. Ofrecen su trabajo, su vida, su oración, todo… También sus hijas piden a Dios que ayude al Padre. El día 14 salen de Roma el Fundador y don Álvaro camino de Loreto. El calor es sofocante y la sed se dejará sentir durante todo el trayecto. La carretera corre entre valles, se empina para escalar los Apeninos y desciende, en la última parte, hasta llegar al Adriático. Según una tradición multisecular, desde 1294 la Santa Casa de Nazaret está en la colina de Loreto, bajo el crucero de la Basílica edificada con posterioridad. Es rectangular, con muros de unos cuatro metros y medio de altura. Una pared es de factura moderna, pero las otras, desprovistas de cimientos, ennegrecidas por el humo de los cirios, son originales. Su estructura y la formación geológica de los materiales no tienen parecido alguno con los caracteres de la antigua arquitectura de la zona: es perfectamente análoga a las construcciones que se realizaban en Palestina hace veinte siglos: sillares de piedra arenosa, que utilizaban la cal como elemento de unión. El Santuario se apoya sobre una loma cubierta de laureles -de ahí el nombre-, brillando al sol. Aparcan en la plaza Central y el Padre sale rápidamente del coche. Durante quince o veinte minutos, le pierden entre la gente que llena la Basílica. Al fin sale, después de saludar a la Virgen, sonriente y animoso. Son las siete y media y hay que volver a Ancona para pasar la noche. A la mañana siguiente, antes de que el sol se deje caer con aplomo, vuelven a la carretera. A pesar de lo temprana que es la hora, el Santuario está repleto. El Padre se reviste en la sacristía y avanza hacia el altar de la Casa de Nazaret para celebrar la Misa. El pequeño recinto está atestado y el calor es sofocante. Bajo las lámparas votivas, quiere oficiar la Liturgia con toda devoción. Pero no ha contado con el fervor de la muchedumbre en este día de fiesta: «Mientras besaba yo el altar cuando lo prescriben las rúbricas de la Misa, tres o cuatro campesinas lo besaban a la vez. Estuve distraído, pero me emocionaba. Atraía también mi atención el pensamiento de que en aquella Santa Casa -que la tradición asegura que es el lugar donde vivieron Jesús, María y José-, encima de la mesa del altar, han puesto estas palabras: Hic Verbum caro factum est. Aquí, en una casa construida por la mano de los hombres, en un pedazo de la tierra en que vivimos, habitó Dios»(11). Durante la Misa, sin fórmula alguna pero con palabras llenas de fe, el Padre hace la consagración de la Obra a la Señora. Y, después, hablando en voz baja a los que están a su lado, vuelve a repetirla en nombre de todo el Opus Dei: «Te consagramos nuestro ser y nuestra vida; todo lo nuestro: lo que amamos y somos. Para ti nuestros cuerpos, nuestros corazones y nuestras almas; tuyos somos (…). Y para que esta consagración sea verdaderamente eficaz y duradera, renovamos hoy a tus pies, Señora, la entrega que hicimos a Dios en el Opus Dei (…). Infunde en nosotros amor grande a la Iglesia y al Papa, y haznos vivir plenamente sumisos a todas sus enseñanzas»(12). El Padre ha salido de Roma visiblemente cansado. Pero, al volver, parece renovado. Como si todo obstáculo acabara de pulverizarse en el camino de Dios. Hace unas semanas que ha propuesto a sus hijos una invocación dirigida a la Madre de Jesús; a partir de este día la repetirán para que haya continuamente almas que estén pidiendo a Santa María su protección para las dos Secciones: “Cor Mariae dulcissimum, iter para tutum! Corazón dulcísimo de María, ¡prepáranos un camino seguro! Las rutas del Opus Dei siempre estarán precedidas por la sonrisa y el amor de la Virgen. Una vez más, el Fundador se ha movido en las coordenadas de la fe. Pone los medios humanos, pero confía en la intervención decisiva de lo alto. «Dios es el de siempre. -Hombres de fe hacen falta: y se renovarán los prodigios que leemos en la Santa Escritura». “Ecce non est abbreviata manus Domini” -¡El brazo de Dios, su poder, no se ha empequeñecido !(13) Y la Virgen, aquel día caluroso de agosto, escucha al Fundador y atiende su petición. Por estas fechas, el Cardenal Schuster, Arzobispo de Milán -murió poco después en olor de santidad- en una visita que le hacen dos miembros de la Obra, les pregunta: -«¿Cómo está el Padre?». -«Muy bien», le contestan. -«¿No tiene ahora una especial contradicción, una Cruz muy fuerte?». -«Pues si es así, estará muy contento, porque siempre nos ha enseñado que, si estamos muy cerca de la Cruz, estamos muy cerca de Jesús»(14) Don Juan Udaondo, que es quien ha llevado toda la conversación, escribe inmediatamente al Padre. No le asusta al Fundador, efectivamente, la Cruz. Ha repetido muchas veces que «el camino de nuestra santificación personal pasa, cotidianamente, por la Cruz: no es desgraciado ese camino, porque Cristo mismo nos ayuda y con El no cabe la tristeza.In laetitia, nulla dies sine cruce!, me gusta repetir; con el alma traspasada de alegría, ningún día sin Cruz»(15) Más tarde, en enero de 1952, de nuevo el Cardenal Schuster hará llegar la voz de alarma al Padre: «Decidle que se acuerde de su paisano, San José de Calasanz, y… que se mueva»(16). El Padre rememora la historia de este santo aragonés. También aquel hombre había nacido en el Somontano; también llevaba en la sangre la férrea decisión de servir a Dios, según su alta inspiración, sin acepción de sufrimientos ni contradicciones. El Fundador se entera de que existen ciertas maniobras con la finalidad de apartarle de la Obra y dividirla en dos diferentes Instituciones: una de hombres y otra de mujeres, separadas de la unívoca dirección del Fundador. Con santa valentía protesta y pone todos los medios, porque sabe que esta idea contradice la Voluntad de Dios. Pone en sus argumentos toda la voluntad y la fuerza de su temperamento, pues tiene la determinación de cumplir los designios divinos y espera en la poderosa intercesión de la Virgen, a quien ha acudido en busca de ayuda. Pronto la situación se aclara y la Obra, intacta, sigue su camino. Monseñor Escrivá de Balaguer hace colocar, junto a su cama, un pequeño cuadro con la imagen de José de Calasanz: «Había un gran santo (…). Era español, aragonés, pariente mío por parte de mi padre y de mi madre. Vivió muchísimos años aquí, en Roma, donde le hicieron sufrir mucho. La vida suya es un encanto (…). Pues este hombre murió muy viejo, a los noventa y tantos años, sirviendo a los pobres de los barrios extremos, habiendo padecido toda clase de calumnias y de injurias. Lo llevaron a la Inquisición cuando era muy anciano -con toda solemnidad, por supuesto-, para que fuera ludibrio de la gente de la calle. Llegó al Santo Tribunal y, mientras lo estaban juzgando, se durmió. Tenía paz en su conciencia (…). Pues él decía: si quieres ser santo, sé humilde; si quieres ser más santo, sé más humilde; si quieres ser muy santo, sé muy humilde (…). Llega un momento en el que a uno no le importan nada todas las cosas de la tierra (…), pero para esto hay que hacer ese desprendimiento » (17). Por eso, porque no busca nada más que la gloria de Dios, igual que su paisano, recibe, una vez más, la respuesta afirmativa del Cielo. Una lápida que se alza en Villa Tevere conmemora, con palabras de fe y unidad, estos acontecimientos: «Cuando estas casas se alzaban en servicio de la Iglesia a fuerza de una abnegación mayor en cada jornada, permitía el Señor que de fuera vinieran duras y ocultas contradicciones, mientras el Opus Dei, consagrado al Corazón Dulcísimo de María el XV de agosto de MDCCCCLI, y al Corazón Sacratísimo de Jesús el XXVI de octubre de MDCCCCLII, firme, compacto y seguro se fortalecía y dilataba. Laus Deo”».

Castelgandolfo

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Diciembre de 1947. Los médicos han prescrito al Padre unas horas diarias de ejercicio físico para ayudar al tratamiento médico de la diabetes que padece. Después de una larga jornada de trabajo, se desplaza en coche hasta Castelgandolfo; luego, a pie, junto a don Alvaro del Portillo, camina rápido por la carretera, que apenas tiene tráfico. Se detienen frecuentemente a contemplar el lago Albano, apoyados en una valla de madera cercana al hotel con que se inicia el pueblo.

Allí, muy cerca del lago, hay una vieja casona rodeada por terrenos sin cultivar: es propiedad de la Santa Sede, pero la utiliza la Condesa Campello para una actividad de beneficiencia. La proximidad de la ciudad y la privilegiada situación convierten este rincón italiano en un lugar idóneo para levantar un Centro del Opus Dei. Es-un sueño más, ya que no hay la menor posibilidad económica. Y, por esta razón, el Fundador y don Alvaro, acodados en la barandilla que rodea el lago, comienzan a «bombardear» con Avemarías los viejos muros de la casa.

En el verano de 1949, la esperanza del Fundador se convierte en hechos: Su Santidad Pío XII cede, de modo temporal, la casa y los terrenos a la Obra.

El Padre quiere que un grupo de sus hijos pase allí el verano de 1949 porque el calor aprieta en Roma y pesa sobre el reducido espacio vital del Pensionato. Pero antes hay que convertir las estancias, enormes y abandonadas, en un lugar habitable.

Varias asociadas se trasladan, con este fin, desde Roma a Castelgandolfo. Ya han vivido los avatares del Pensíonato y el comienzo de las obras de Villa Tevere. Ahora surge un nuevo instrumento dé apostolado, por gracia de Dios, en la vieja casona de Castelgandolfo. Y allá van, para preparar nuevamente el camino. El aspecto no es alentador: el jardín está invadido por la maleza, que alcanza más de un metro de altura. Los refugiados han guisado, dormido y cuidado animales domésticos en las habitaciones durante muchos meses. La zona de lavandería se utilizó como gallinero, y sobreviven, quien sabe por qué prodigio biológico, piojos a millones. Al iniciar la limpieza, cubren las manos y brazos como manoplas.

Parece ingente la tarea de convertir la casa junto al lago en un local desinfectado y limpio. El «agua fuerte», las lejías y jabones entran en juego y el sol del lago Albano logrará, en breve plazo, atravesar la transparencia de los cristales, dar su auténtico color al suelo, a la claridad de los muros recién pintados.

El Padre se instala frecuentemente en una de las habitaciones con don Alvaro, para seguir trabajando. Escribe directamente, a mano, con sus trazos inconfundibles, firmes y amplios.

No olvida dedicar un rato a la tertulia y a sembrar buen humor por la casa. Pero también al cuidado por la buena formación de todos, al cariño… ¡a su responsabilidad de Fundador!… Se preocupa de que descansen, de que estén fuertes y alegres, porque es síntoma claro de lealtad a su vocación.

«La infidelidad deja, hasta en el rostro, una huella de tristeza»(27).

Este será un verano intenso. A pesar de todos los esfuerzos, la casa no reúne condiciones para ofrecer un mínimo de comodidad a tanta gente. La parte destinada a la administración doméstica carece de utensilios y maquinaria adecuados al volumen de trabajo.

A pesar de todo, las actividades comienzan en septiembre de 1949. En esta casa junto al lago Albano, treinta chicos que han venido desde Roma viven aquí la realidad de la vida en familia del Opus Dei. Esta gozosa fraternidad ha irrumpido en su oración, su estudio, sus tertulias y excursiones. También se derrama fuera de la casa, en los campos, montes y trenes de cercanías. El Padre enciende el fuego de su espíritu. Trata de imprimir, en cada uno, el perfil sobrenatural de la Obra. Les habla de humildad, de trabajo, de oración, de perseverancia.

No resulta extraño que todos vuelvan renovados, tras estos días, al Pensionato. Por las noches, las ventanas del pequeño estudio romano permanecen iluminadas hasta que aparece el sol. Los amigos que frecuentan la Residencia se admiran, atónitos, del ardor con que continúan las obras de “Villa Tevere”, del ambiente que se respira en la casa y de la talla espiritual del Padre, que les conoce, les saluda y les habla de la divina misión de los hijos de Dios en la Obra: un milagro quasi flumen pacis. Como un río de juventud, bondad, belleza.

El Padre y don Alvaro multiplican su actividad. Durante estos años, abren los caminos de la Obra en Roma, Turín, Bar¡, Génova, Nápoles, Palermo… Empiezan a surgir las vocaciones italianas. Don Alvaro será el primer Vicario para la Región de Italia y, además, el primer Rector del Colegio Romano de la Santa Cruz. A su trabajo pastoral y de gobierno habrá de añadir, durante el Pontificado de Pío XII y, posteriormente, en los de Juan XXIII y Pablo VI, su dedicación a varios Dicasterios del Vaticano.

Un viaje accidentado

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Es muy breve la ausencia de miembros de la Obra en suelo romano. En los comienzos del año 1946, Salvador Canals vuelve a Italia a bordo de un barco mercante, el Plus Ultra. Y, avanzado el mes de febrero, son don Alvaro del Portillo -ya sacerdote- y José Orlandis los que ponen proa a Levante en un barco que cubre la ruta Barcelona-Génova: el J.J. Sister. Traen cartas comendaticias de sesenta Obispos españoles que acompañan la solicitud del Decretum laudis de la Santa Sede para el Opus Dei.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Pío XII no realizó ningún nombramiento cardenalicio. El Colegio -que entonces contaba con setenta miembros- se ha ido despoblando en el transcurso de los años, y en 1945 tiene treinta y dos vacantes. Su Santidad cubrirá todos los puestos. Esta creación de Cardenales romperá la tradición, vigente desde hace siglos, de que los italianos tengan mayoría absoluta. Pío XII nombrará veintiocho Cardenales extranjeros y sólo cuatro italianos. La universalidad de la Iglesia se manifiesta así de un modo más patente.

Don Alvaro del Portillo se propone llegar a Roma antes de que los recién nombrados Cardenales abandonen Italia. Hay entre ellos quienes conocen el espíritu del Opus Dei. Y quiere recoger algunas cartas comendaticias para unirlas a la documentación que solicita el Decretum laudis.

A las seis de la tarde del 26 de febrero, atraca en Génova el J.J. Sister. En el puerto está Salvador Canals aguardando, con un viejo coche alquilado, ya que las comunicaciones son casi impracticables por la destrucción bélica reciente. La urgencia empuja a don Alvaro del Portillo hacia Roma; y por eso, sin mediar descanso, se lanzan a una noche entera de carretera. Es muy tarde y existe un cierto riesgo, ya que por el paso del Bracco pululan bandas armadas de bandoleros -residuos de la última contienda- que asaltan a los viajeros no escoltados por unidades del ejército. Pero no hay tiempo de alcanzar algún convoy de protección. Y emprenden el viaje que ha de atravesar el Apenino ligur, cubierto de bosques.

Ningún contratiempo les saldrá al paso, a excepción de los procedentes del viejo Fiat 1500 en el que ruedan. Primero será el delco, luego el encendido, más de un pinchazo y, al fin, una lluvia persistente que les bloquea. Ya de madrugada consiguen llegar a Pisa. Y aquí, en una iglesia pequeña, don Alvaro del Portillo celebra la primera Misa de un sacerdote del Opus Dei en Italia. Son las doce de la noche -veinticuatro horas más tarde- cuando ¡al fin! el Fiat enfila las calles de Roma.

A pesar de este retraso, don Alvaro conseguirá cartas comendaticias de varios Cardenales: Ruffini, Arzobispo de Palermo; Caggiano, Obispo de Rosario (Argentina); Gouveia, Arzobispo de Lourenco Marques (Mozambique); Frings, Arzobispo de Colonia…

En Roma, Salvador Canals ha logrado, a través del Cónsul de España, Mario Ponce de León, alquilar un piso amueblado en buenas condiciones. La entrada se abre al Corso del Rinascimento, pero todos los balcones se asoman a la belleza de la Piazza Navona. Allí, frente a los grupos escultóricos de Bernini que representan la fecundidad y los grandes ríos del mundo, se instala el primer sagrario de la Obra en Roma. Un mueble pequeño, de madera oscura, sirve como mesa de altar. Dos candeleros bajos; el Crucifijo presidiendo. Cubre la pared frontal un tapiz que han comprado a un anticuario de Nápoles. En el ángulo superior izquierdo, una lámpara de brazos.

Esta casa les acogerá un breve tiempo: desde febrero a junio de 1946. Durante estos meses, don Alvaro celebrará diariamente la Santa Misa en este oratorio y rezarán, unidos a su ofertorio, por el reconocimiento jurídico que la Obra desea para desbordarse, con la bendición de la Iglesia, por todos los caminos del mundo.

Aquí, en este suelo fértil por la sangre y la palabra de los Apóstoles, por la presencia constante del Vicario de Cristo entre los hombres, ha de prender pronto la semilla de la Obra.

Pero la gestión no va a ser fácil. Plantear un nuevo camino a las Congregaciones de la Curia Romana será una empresa ardua. Desde el primer momento se presentarán obstáculos y dificultades que parecen conducir hasta un callejón sin salida.

El 14 de febrero de 1943

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Entre 1940 y 1945, las vocaciones a la Obra se han multiplicado en España. Una leva de gente joven pone su vida al servicio de Cristo. Algunos lugares parecen haber adquirido el talante de aquellas playas de Genesaret por las que el Hijo de Dios pasó en rápido y trascendental reclutamiento: «¡Seguidme!… ». Y las gentes iban tras El. Así también, en estos primeros años, suena la respuesta afirmativa en muchos corazones con brío de Apóstol.

Los miembros del Opus Dei tienen trabajo en todas las ciudades del país. Han de atender cotidianamente a su tarea profesional, con la que se ganan la vida y que constituye el ámbito de su encuentro con Dios. Aprovechan los fines de semana para emprender viajes de norte a sur, por la geografía española, en busca de respuestas de generosidad personal para abrir los caminos del mundo.

Además de esta actividad incesante, Alvaro del Portillo, José Luis Múzquiz y José María Hernández de Garnica, dedican mucho tiempo al estudio de las ciencias sagradas. El Padre les ha invitado, uno por uno, en nombre de Dios:

-«Hijo mío, ¿te gustaría ser sacerdote?»

La respuesta es afirmativa. Por eso, aparte de las ocupaciones habituales, tienen ahora la necesidad de cursar la carrera eclesiástica. Con la autorización del Obispo de Madrid, preparan libremente sus asignaturas y se examinan en el Seminario. Alvaro del Portillo y José Luis Múzquiz son Ingenieros de Caminos y doctores en Filosofía y Letras. José María Hernández de Garnica es Ingeniero de Minas y tiene el doctorado en Ciencias. El Padre consigue para estos futuros sacerdotes un profesorado de excepción con el visto bueno de don Leopoldo Eijo y Garay, Obispo de Madrid. Algunos dominicos pertenecientes al Angelicum de Roma, como el P. Muñiz y el P. Severino Alvarez, se harán cargo de la Teología Dogmática y el Derecho Canónico. Don José María Bueno Monreal, más tarde Cardenal de Sevilla, les explica Teología Moral. Fray José López Ortiz, que será nombrado Obispo de Vigo y, años después, Vicario General Castrense, será su profesor de Historia de la Iglesia. El P. Celada, erudito del Instituto Bíblico de Jerusalén -y también dominico-, les enseña Sagrada Escritura. Y junto a ellos, Fray justo Pérez de Urbel se hará cargo de la Sagrada Liturgia y también don Máximo Yurramendi, que será designado, más adelante, Obispo de Ciudad Rodrigo.

Años más tarde, el Padre podía subrayar: «Desde que preparé a los primeros sacerdotes de la Obra, exageré -si cabe- en su formación filosófica y teológica, por muchas razones: la segunda, por agradar a Dios; la tercera, porque había muchos ojos llenos de cariño puestos en nosotros, y no se podía defraudar a esas almas; la cuarta, porque había gente que no nos quería, y buscaba una ocasión para atacar; después, porque en la vida profesional he exigido siempre a mis hijos la mejor formación, y no iba a ser menos en la formación religiosa. Y la primera razón -puesto que yo me puedo morir de un momento a otro, pensaba-, porque tengo que dar cuenta a Dios de lo que he hecho, y deseo ardientemente salvar mi alma»(9).

Las tareas habituales continúan sin mengua alguna, y hay que arañar los minutos para estudiar. Cuando las asignaturas requieren una intensa dedicación, el Padre decide alquilar un par de habitaciones en un pequeño Hotel de El Escorial o en una pensión situada en Torrelodones. Aquí se aislan para emplear jornadas enteras en los libros de Teología. Estos hombres jóvenes, que han cursado ya carreras universitarias, con las mejores calificaciones, profundizan ahora en el estudio de la fe católica.

En estos momentos, el Fundador es el único sacerdote de la Obra. Ha de atender el Patronato de Santa Isabel, del que es Rector; dedicar muchas horas a la dirección del Opus Dei, y llevar a cabo una extensa labor apostólica. A pesar de su agotadora jornada, a última hora de la tarde encuentra un puñado de tiempo para acompañar a sus futuros hijos sacerdotes. Llega, con Ricardo Fernández Vallespín al volante de un viejo coche que se reconoce de lejos, en el silencio del campo, por los continuos jadeos del motor.

Viene a verles, porque imagina que están cansados después de muchas horas de estudio. Y porque de su formación espiritual y pastoral se encarga personalmente. Andando frente al aire sereno de El Escorial, les habla del afán que ha de animarles, de la Obra que comienza a navegar el mar sin orillas del mundo, de la tarea ingente que les espera, de la santidad como única meta de sus aspiraciones. Y les deja una buena dosis de fortaleza para cada jornada.

Por la mañana, los tres asisten a Misa, a primera hora, en la iglesia del Monasterio de El Escorial. Luego, estudio en las habitaciones del Hotel Regina que, durante estos meses de invierno, está vacío. Pausas para comer. Espacios de tiempo para rezar. Y vuelta a los textos, entregando a Dios el esfuerzo, la dificultad, el entusiasmo. Hasta que el atardecer se llena, una vez más, con el sonido inconfundible del motor y la cálida presencia del Padre.

Les habla el Fundador de su preocupación por hallar la fórmula jurídica para los sacerdotes de la Obra. Porque la idea está clara. Falta sólo el título de ordenación que permita su ministerio sacerdotal en el Opus Dei.

El 14 de febrero de 1943, Monseñor Escrivá de Balaguer celebra la Santa Misa en el oratorio del Centro que tienen las mujeres en la calle Jorge Manrique de Madrid. Y cuando termina, ha visto con claridad la solución: ha nacido la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Así recuerda aquel momento Encarnita Ortega:

«Después de la acción de gracias, nos pidió papel y pluma. Luego, a los pocos minutos, apareció en el vestíbulo visiblemente emocionado:

-”Mirad -nos dijo señalando una cuartilla en la que había dibujado una circunferencia y en el centro una cruz-: éste será el sello de la Obra. El sello, no el escudo -aclaró-: el Opus Dei no tiene escudos. Significa el mundo y, metida en la entraña del mundo, la Cruz, que es el sacerdocio”»(10).

Y años después de aquel 14 de febrero de 1943 subraya Monseñor Alvaro del Portillo:

«Fue allí, en ese oratorio, dentro de la Misa, donde vio la solución canónica para que pudieran ordenarse sacerdotes de la Obra, e incluso el nombre y el sello de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz: un círculo simbolizando el mundo y, dentro, la Cruz, que es el sacerdocio»(11).

Algunas horas más tarde de este 14 de febrero, el Padre sale camino de El Escorial. Sorprende hoy el ruido familiar en una hora inusual. Viene muy contento, sube a la habitación y llama a Alvaro. Después, paseando por la gran explanada, con la montaña de granito al fondo, le cuenta lo que ha pasado aquella mañana durante la Misa.

A partir de ese momento, el Padre trabaja intensamente en los primeros documentos jurídicos de la Obra que han de llegar oficialmente hasta la Santa Sede. Dos meses después del 14 de febrero del 43, cuando Europa vive en plena Guerra Mundial, Alvaro del Portillo sale camino de Roma en avión, para solicitar la aprobación de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Durante el vuelo pasan sobre barcos de guerra italianos y advierten la presencia de dos aviones ingleses. De pronto y con pánico general entre el pasaje, da comienzo una feroz batalla aero-naval. Sólo Alvaro permanece tranquilo en su asiento:

«Yo tenía la seguridad de que no pasaría nada, porque llevaba los papeles. No se me pasó ni una vez por la cabeza que podían echar el avión abajo (…). Y llegué al aeropuerto de la Urbe, que entonces se llamaba Aeropuerto Littorio (…). Estuve en Roma desde finales de mayo de 1943 hasta el día de San Luis, el 21 de junio, en el que regresé a España. Ya estaba la Obra completa, porque en la Santa Sede habían aceptado con entusiasmo los papeles del Padre, que llevé yo »(12).

Resumiendo las etapas fundacionales de la Obra, Monseñor Escrivá de Balaguer diría años más tarde:

«La fundación del Opus Dei salió sin mí; la Sección de mujeres contra mi opinión personal, y la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, queriendo yo encontrarla y no encontrándola. También durante la Misa. Sin milagrerías: providencia ordinaria de Dios» (13).

Valladolid: campo grande

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El actual Prelado del Opus De¡, don Alvaro del Portillo, recuerda un viaje del Padre a Valladolid, en busca de vocaciones para este camino de Dios:

«Aunque esta ciudad (…) se encuentra relativamente cerca de Madrid, en aquellas circunstancias el desplazamiento estaba lleno de incomodidades. Tomaron el tren, llegaron a Valladolid ya de noche, había niebla y hacía mucho frío, cargaron con las maletas -porque no tenían dinero para un taxi- y se fueron a pie en busca de hotel (…). A la mañana siguiente, nuestro Padre dirigió la meditación, y habló de la vocación de los Apóstoles. El día anterior, jueves, se había celebrado la fiesta de San Andrés: fue el 30 de noviembre de 1939 (…).

Había ido a Valladolid por amor a Jesucristo, con el plan de citar a mucha gente para moverles a practicar más intensamente la vida cristiana. Después de meditar sobre la llamada de los Apóstoles, el Padre comentó:

-”Hemos venido a esta ciudad para trabajar por Jesucristo, luego ya hemos tenido éxito en nuestra empresa. Si no conseguimos ver a ninguno, no por eso nos consideraríamos fracasados. Después avisaremos a las personas que deseamos conocer, que vendrán o no vendrán; pero, aunque no consigamos nada, el Señor está contento de nosotros” (…).

Llevaba una lista con nombres de estudiantes universitarios y sus respectivas direcciones, y enseguida envió a cada uno un tarjetón, citándoles en el hotel. Se presentaron todos (…). El Padre charló con todos, los entusiasmó, los llenó de amor de Dios. Llegó la hora de cenar, y no se iban: estaban muy a gusto con nuestro Padre, que sólo les hablaba de Dios (…). De ahí salieron muchas vocaciones»(25).

He aquí el relato de uno de aquellos estudiantes:

«Yo residía en Valladolid (…). La voz de su presencia en la ciudad se esparcía rapidísimamente, y aunque nos encontrásemos en los puntos más distantes, nos presentábamos enseguida (…). Salíamos contentísimos, alentados y confortados. Era como si el Padre nos conociese personalmente desde muchos años atrás. Recuerdo que nunca dejaba de preguntarnos por nuestra familia.

Llevaba entonces un solideo de paño negro, porque -como supimos después- deseaba parecer de más edad: era muy joven y su aspecto era aún más juvenil (…). Derrochaba buen humor. Todavía me acuerdo del comentario de algunos de mis amigos:

-¡Se lleva a la gente de calle! (…).

Me recibió en su habitación del hotel. La conversación duró poco tiempo. Me preguntó si había entendido bien que se trataba de una vocación y que, por tanto, era una decisión para toda la vida. Insistió en que no empujaba a nadie, explicándome que su misión era cerrar las puertas»(26).

De estos viajes surgen los primeros hombres de la Obra en la ciudad castellana de Valladolid.

Ya no es posible reunirse en la pequeña habitación del Hotel Roma, del Castilla o del Fernando-Isabel. El Padre encarga a José Luis Múzquiz -que suele ir con frecuencia a esta ciudad universitaria- que busque un pequeño piso en el que afirmar la ancha tarea que comienza. El padre de Teodoro Ruiz, uno de los miembros de la Obra, tiene un local desalquilado… y una mala experiencia de los estudiantes que acaban de abandonarlo. Por eso hoy, cuando su hijo le aborda durante el almuerzo, la contestación es lacónica:

-«¡De ningún modo!»

Teodoro no replica, pero empieza a llamar en su ayuda a todos los ángeles del Cielo porque no ve ni un resquicio por donde abordar eficazmente a su padre. Pero, inesperadamente, ya en la sobremesa, le oye decir:

-«Bueno, si se trata de unos chicos formales, adelante»(27).

El Padre bendecirá el piso el 2 de mayo de 1940, después de haber celebrado la Santa Misa en una capilla de la Catedral. El espacio es mínimo, y la circunstancia pone nombre al inmueble recién estrenado: El Rincón. Solamente tienen seis sillas por mobiliario. Es suficiente.

El 29 de junio de 1940, el Padre vuelve una vez más a esta ciudad de Castilla para dirigir un curso de retiro en el colegio Nuestra Señora de Lourdes, de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Aquí tiene la oportunidad de conocer a Ignacio Echeverría y a Jesús Urteaga, que preparan en esta fecha unos exámenes.

Al final del día, enseñan al Padre la huerta del colegio y se detienen ante una jaula, grande y a la vez pequeña porque sirve de encierro a un águila. Los alumnos juegan con ella y le echan de comer.

El Padre observa la escena. Y el aspecto deteriorado del ave de presa que se abalanza sobre un trozo de carne le da mucho que pensar.

«Os he contado ya otras veces la triste impresión que me produjo ver un águila dentro de una jaula de hierro, con un pedazo de carroña entre sus garras. Aquel animal -que en las alturas es todo majestad, dueño de los aires, y mira de hito en hito al sol- encerrado en la jaula daba asco y pena a la vez, por las mil diabluras que le gastaban unos niños»(28).

El Padre aprovecha todas las situaciones y sucesos para establecer una conexión con el mundo sobrenatural. Monseñor Alvaro del Portillo recuerda que en una meditación habla de tantas mujeres y de tantos hombres que, «llamados por Dios a volar como esas águilas (…), invitados por Nuestro Señor a elevarse por encima de las cosas bajas de la tierra, para estar viviendo en el mundo con los ojos y el corazón puestos en el Cielo (…), tienen las alas cortadas por sus pasiones, y son como aquel águila vieja, desplumada, atenta sólo al pedazo de carne que le echaban… »(29).

En la madrugada del domingo al lunes hay que tomar un tren de regreso a Madrid para iniciar la semana con el ritmo acostumbrado. En cada viaje hace ver a los que le acompañan, la alegría de su apostolado, tan igual al de los primeros cristianos: en medio de la calle, con sus compañeros y amigos… Les recuerda que una de las veces en que tuvo más alta oración fue en un tranvía de Madrid, en el ajetreo diario de la calle, en medio de los quehaceres y trabajos del mundo.

La actividad del Padre va a continuar incesante. En este curso de 1940-41 -entre otras ciudades-, visitará León, Salamanca, Bilbao, San Sebastián y Zaragoza. En la primavera del 40 tiene la oportunidad de volver una vez más a su querida Basílica de El Pilar. Se aloja en casa de la familia de José María Albareda, y cuando retorna a Madrid lleva una gran alegría: han solicitado la dmisión en la Obra Jesús Arellano, Javier Ayala y José Javier López Jacoísti.

Del 29 al 30 de agosto de 1941 el Fundador está de nuevo en San Sebastián. Ya hay una buena representación del país vasco en la Obra: la encabezan Juan Antonio Galarraga, Ignacio Echeverría, Miguel Rivilla y Jesús Urteaga.

En verdad, la semilla está echada. Y de estos primeros que se quedan aislados, cada vez, esperando la próxima visita del Padre, van a surgir centenares de vocaciones en los próximos años.


Tiempo de persecución

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

La guerra civil española no fue exclusivamente un enfrentamiento de sistemas políticos ni de iras sociales. Fue, también, una persecución de índole religiosa que venía fraguándose muchos años antes. Ilustran este aserto las cifras de fusilamientos recogidas en diversas publicaciones: 13 Obispos, 4184 sacerdotes, 2365 religiosos, 283 religiosas(1).

Después de la sublevación del Ejército de Africa, hay que esperar al día siguiente para que el Gobierno anuncie, veladamente, los primeros informes. Lo cierto es que, el 18 de julio, el levantamiento llega a la Península y queda establecido en Aragón, Navarra, Castilla la Vieja, León, Galicia y Andalucía la baja. En líneas generales, las restantes regiones permanecen junto al Gobierno. Este decide entregar armas a las masas populares, que van a tomar parte activa en este trágico conflicto que se prolongará durante casi tres años.

Unos meses antes, doña Dolores Albás, con sus hijos Carmen y Santiago, ha tenido que abandonar su residencia en la Casa Rectoral del Patronato de Santa Isabel: es ya seriamente peligroso vivir en un edificio en el que existe una iglesia, un convento de religiosas de clausura y el Colegio de la Asunción. No hay que olvidar que está enclavado, además, en el populoso barrio de Atocha, con la estación del Mediodía en sus proximidades, la Facultad de Medicina de San Carlos y un gran mercado. Zona de mucha confluencia en la que frecuentemente se suceden las revueltas estudiantiles y los asaltos por parte de los obreros que trabajan en este distrito de Madrid.

La casa de Ferraz, situada prácticamente en el otro extremo de la capital, impone al Padre interminables recorridos, a pie o en malos medios de transporte, para atender la Residencia y sus obligaciones sacerdotales en el Patronato. Habitualmente, sale de Ferraz de noche, tras oír muchas confesiones, dar varios círculos o clases de formación, hablar y animar a todos. Es fácil suponer la hora de llegada a su casa de Atocha y la zozobra con que, repetidas veces, doña Dolores le espera, en un tiempo en el que, aun a plena luz, resulta peligroso aparecer como sacerdote. Utilizará la sotana hasta el mismo día 18 de julio.

Con frecuencia, esta valiente confesión pública de su condición sacerdotal le ha costado -como a tantos otros sacerdotes insultos, ironías y pedradas.

En cierta ocasión, durante un desplazamiento en tranvía, de pie, en el pasillo, se apoya en las barras del vehículo para no tambalearse con los frenazos. Muy cerca, un albañil, que llega de su trabajo manchado de cal, se deja caer, intencionadamente, sobre la sotana negra del Padre cada vez que el vehículo modifica su marcha. Los pasajeros ríen la gracia o disimulan de, modo cobarde. Al llegar a su punto de destino, el Padre se vuelve y le toma por los hombros. Parece que el incidente puede terminar de mala manera. Pero, ante el asombro general, el sacerdote le dice con voz alta y tranquila:

-«Hijo, vamos a completar esto»(2).

Y le da un fuerte abrazo. Con lo que la sotana acaba de embadurnarse con el yeso que quedaba disponible.

Ya hace tiempo que el Padre sabe dominar los impulsos de su fuerte carácter. Son muchos años de dura batalla ascética. Esta lucha ha terminado haciéndole sonreír en lugar de protestar, callar en vez de justificarse. O, como en este caso, dar un abrazo y gastar una broma al que, humanamente, no se lo merece.

En estas circunstancias, piensa que su familia no debe compartir sus riesgos, y decide instalar a su madre y hermanos en un pequeño piso alquilado de la calle del Doctor Cárceles, hoy Rey Francisco. Pedro Casciaro y Paco Botella van a prestar ayuda para la mudanza. Es un sábado. Suben la escalera de un solo piso en la Casa Rectoral de Santa Isabel y saludan, por primera vez, a doña Dplores. Su cara es todavía joven y expresa serenidad, pero también sufrimiento; tiene los ojos llorosos, porque don Josemaría ha decidido permanecer allí, a pesar del peligro que supone. La mayor parte de los muebles ya están listos para su traslado. La ropa y demás enseres se hallan distribuidos en baúles y maletas: será una mudanza ordenada y rápida. En poco tiempo queda todo instalado en el nuevo domicilio de la calle del Doctor Cárceles.

El 19 de julio de 1936 los que se encuentran en la Residencia de Ferraz 16, frente al Cuartel de la Montaña, observan, desde los balcones, cómo se va llenando el edificio de militares y civiles sublevados contra el Gobierno. Ellos siguen trabajando en la instalación de la Residencia, como si nada ocurriera. Unos colocan los muebles en sus lugares adecuados; José María Hernández de Garnica arregla el jardín; Alvaro del Portillo guarda ropa en los armarios.

A media tarde, patrullas de guardias y milicianos bloquean las calles de acceso. Exigen documentación para cruzar la zona acordonada. Antes de las nueve de la noche, el Padre cree oportuno que regresen con sus familias. Les insiste mucho en que llamen por teléfono, al llegar a sus casas respectivas, para saber que han logrado ponerse a salvo. Quedan solos en la Residencia, el Padre, Isidoro Zorzano y José María González Barredo.

El lunes por la mañana empieza el ataque masivo al Cuartel de la Montaña. Tienen que refugiarse en el sótano porque las balas entran a granel por las ventanas de la Residencia. En casa de los padres de Juan Jiménez Vargas, en la calle de San Bernardo, Alvaro, José María Hernández de Garnica y el propio Juan, esperan alarmados el desenlace de la sublevación. Al mediodía, don Josemaría y los que le acompañan no tienen más remedio que intentar la escapada desde la casa de Ferraz. El asedio del Cuartel está finalizado y muchos de los rebeldes pasados por las armas.

El Padre va a correr un riesgo inminente. No tiene más traje que la sotana que, ahora ya, es garantía segura -por lo menosde peligrosa detención. Lo único que encuentran por la casa es un mono gris que había utilizado José María Hernández de Garnica para llevar a cabo los múltiples arreglos de la casa. Le queda mal de medidas. Por añadidura, el Padre tiene una gran tonsura, bien visible. Y así, sin nada con que cubrirse la cabeza, sale de Ferraz y cruza por entre los numerosos grupos de milicianos, con armas y airados por la reciente sublevación. Increíblemente, nadie se fija en su aspecto.

Acaba de iniciarse un éxodo que va a durar largo plazo. A partir de este momento no habrá lugar seguro y su vida peligrará con frecuencia. La Obra se ve forzada a replegar su actividad y esconderse en la intimidad del corazón de estos hombres. Una de aquellas tardes, Alvaro y Juan caminan por la calle de San Bernardo:

-«¿Cómo va a terminar esto? Si triunfa la revolución comunista, aquí no se podrá seguir y tendremos que planear una Residencia en el extranjero. Pero si Dios ha querido que la Obra empezara en Madrid, y ya tiene un cierto desarrollo, no es probable que esto sea para volver a empezar. Por eso hay que pensar que todo acabará bien, y continuarán con normalidad las labores que ya están empezadas»(3).

Tienen la seguridad moral de que al Padre no le puede ocurrir nada, aunque deban emplear todos los medios a su alcance para defenderle. Y cuentan, sobre todo, con la protección de Dios.

Una Providencia tanto más evidente, cuanto que su acción se va a desarrollar sobre un país exacerbado y en una ciudad en la que el fusilamiento, la persecución religiosa y la muerte van a convertirse, durante meses, en acontecimientos repetidos y habituales.

El mismo día 25, Juan decide acercarse a la Residencia de Ferraz para recoger algunas cosas de interés que hayan podido quedar abandonadas. Nada más entrar, llega una patrulla a requisar la casa. Lo registran todo. La sotana sigue colgada en el cuarto del Padre. Allí están también las disciplinas y cilicios que usa don Josemaría. Se cruzan bromas de mal gusto entre los milicianos, pero ninguno intenta averiguar el paradero de los antiguos inquilinos. Incluso le dan a Juan una carta de Alemania que ha llegado a nombre de don Jósemaría.

Desde Ferraz los milicianos llevan a Juan a casa de sus padres a continuar el registro. Allí tiene un fichero con los nombres y direcciones de todos los que frecuentan la Residencia. Providencialmente no lo encuentran. Y, cuando ya espera la detención, le dejan con toda tranquilidad en su casa.

Esta liberación impensada le pone en marcha hacia el domicilio de la calle del Doctor Cárceles, donde el Padre sigue oculto y donde pasará los primeros días del mes de agosto. De momento, no parece peligroso permanecer en el piso en el que vive doña Dolores con sus hijos. Incluso las notas y escritos íntimos de la Obra que el Padre conserva, hace días que se han trasladado hasta aquí en una maleta. Su madre los pondrá a salvo más adelante, con riesgo de su vida, un día en que los milicianos registran la casa donde se encuentra y ha de esconderlos dentro de un colchón; después, se acostará sobre ellos con el aspecto de una mujer anciana y enferma. En verdad lo parece por tantas zozobras, privaciones y vicisitudes.

La etapa va a ser inolvidable para los que tienen la oportunidad de convivir con el Padre. Su buen humor, el coraje que echa a las situaciones y, a la vez, la profundidad de su sufrimiento son algo grabado a fuego en el ánimo de los primeros. Tanto que, meses después, cuando el Fundador ya esté en Burgos, Juan escribe contando los sucesos de estas jornadas madrileñas y comenta, con seguridad y emoción: «He tenido la oportunidad de saber lo que es un santo».

Este escondite va a durar poco tiempo. En los primeros días de agosto sube el portero y les comunica que ha habido una denuncia. En varios pisos se ocultan más refugiados. En la zona conocen a don Josemaría Escrivá de Balaguer como sacerdote, y han ahorcado a un hombre que se le parecía mucho en un árbol, en plena calle. Nunca se sabrá el nombre de esta víctima. Pero ocupará un lugar en la oración y el recuerdo de don Josemaría Escrivá de Balaguer durante toda su vida.

Doña Dolores da a su hijo el anillo -la alianza- de su marido, que llevaba junto al suyo desde que enviudó: podrá servirle, piensa, para que, tomándolo por persona casada, queden desorientados los que van a la caza de los sacerdotes.

Tiene que salir al día siguiente, y ocultarse en un piso de la calle Sagasta número 33(4). Pertenece a la familia Sáinz de los Terreros, que ha sido dispersada por la guerra civil; la mayoría de sus miembros está fuera de la capital y el hijo mayor se encuentra detenido. Solamente quedan en el piso Manolo Sáinz de los Terreros y Martina, una sirvienta de setenta años que ha pasado con ellos casi la vida entera. Manolo es ingeniero de Caminos y trabaja en una empresa constructora.

El piso de Sagasta tampoco es un lugar seguro. No se puede confiar en el portero, ya que los milicianos frecuentan su casa y la amistad de sus hijos, con los que confraternizan en un bar situado al otro lado de la calle: La Mezquita.

Teóricamente nadie conoce la existencia de refugiados en el tercer piso. Manolo desayuna y come todos los días fuera de casa, cerca de su trabajo. Así, Martina puede comprar la comida para sustentar a los refugiados -el Padre, Juan Jiménez Vargas y Juan Manuel Sáinz de los Terreros, primo de Manolo, que llegará después al piso- sin llamar demasiado la atención.

Desde los balcones de la casa, y con mucha precaución, se pueden seguir los pasos de los que entran y salen del portal. El día 11 hay un registro masivo en las dependencias del último piso: se trata de la familia del Conde de Leyva. Ya se habían llevado detenido al cabeza de familia y quedan todavía, en la casa, la madre y cinco hijas. Habitualmente ocultan a dos refugiados que hoy, casualmente, están en otro lugar.

El clima es de alarma permanente. Todos los días Manolo trae la noticia de algún fusilamiento de personas conocidas. Pero, de vez en cuando, llegan informaciones consoladoras: Isidoro recibe unas cartas que Ricardo ha escrito desde Valencia y que confirman el buen estado en que se encuentran todos los de allá. Levante ha quedado en poder del Gobierno. Ricardo se ha presentado voluntario al ejército de la República en un intento de abandonar Valencia, y Paco no ha sido movilizado todavía.

Isidoro Zorzano, de nacionalidad y pasaporte argentinos, es el único que tiene relativa libertad para andar por Madrid. Arriesgando su seguridad personal, podrá traer, en el futuro, mensajes del Padre a todos y cada uno de los miembros de la Obra. Mantendrá con ello la fe y la esperanza de verse reunidos cuando la situación retorne al equilibrio.

El 28 de agosto cae un bombardeo furioso sobre Madrid. Los ánimos se exacerban, y aumentan cada vez con mayor virulencia los registros y persecuciones. La guerra civil española empieza a conocer episodios de atroz revancha.

El día 30 de agosto, hacia la última hora de la mañana, aparece inesperadamente un grupo de milicianos. Llaman a la puerta principal y Martina, la anciana sirvienta, acentuando su defecto auditivo, da grandes y amistosas voces al grupo de registro para que los refugiados puedan huir por la puerta de servicio y esconderse en las buhardillas superiores. Allí se meten en un pequeño espacio inmediatamente debajo del tejado. No pueden ponerse en pie porque no lo permite la altura del techo. Y así, con un calor de justicia, permanecerán ocultos el Padre, Juan Jiménez Vargas y Juan Manuel. Los milicianos suben hasta cerca del escondite; pero, de modo inexplicable, se detienen ante la puerta de la buhardilla que está ocupada y pasan de largo.

Cuando oyen su proximidad, el Padre se dirige a Juan Manuel Sáinz de los Terreros y le descubre su identidad sacerdotal:

«Soy sacerdote. Estamos en momentos dificiles, si queréis, haced un acto de contrición y os doy la absolución»(5). Y así lo hace.

Tendidos sobre el pavimento de la buhardilla, comentan lo que puede suceder si entran allí los milicianos. Lo más lógico, humanamente, es pensar en una muerte segura. Sin embargo, no pierden la tranquilidad, hasta el punto de que Juan se duerme profundamente sobre el suelo lleno de polvo.

Mientras tanto, las vecinas Leyva, amigas de la familia Sáinz de los Terreros, han avisado al dueño del piso. Saben siempre dónde llamar en caso de peligro:

-«Manolo: no vengas a comer. Ven mañana. Hoy no vengas».

Entiende que están registrando su casa. Y llega con toda urgencia, pálido ante la posibilidad de que hayan descubierto al Padre y a los otros. Acaba de jugarse su propia libertad y, quizá, también la vida. Es detenido nada más aparecer. Pero, tal vez por esto, consigue que el registro no sea tan minucioso en las buhardillas y que el pequeño grupo quede a salvo bajo el calor sofocante de este mes de agosto. En esta situación permanecen desde la una hasta las ocho de la tarde. A esta hora, hay orden de cerrar los portales y no cabe esperar ningún registro.

Juan es el primero que baja despacio la escalera y llama en la puerta del piso superior. Abre Mercedes Conde-Luque, una de las hijas de los Condes de Leyva:

-«¿Me daría un poco de agua?»

Está absolutamente cubierto de polvo negro. En la casa ya todos han supuesto que un grupo ha conseguido escapar al registro y se encuentra, todavía, oculto en la buhardilla.

-«Pero, pasa, pasa»

-«Estamos tres arriba»

-«Pues bajad inmediatamente»

Y así se refugian hoy en esta generosa hospitalidad que el Padre agradecerá para siempre. La Condesa les presta ropa de su marido, mientras lava la que don Josemaría y los demás han llevado puesta.

Están casi deshidratados. El Padre, levantando un vaso, comenta:

-«Hasta hoy no he sabido lo que vale un vaso de agua»(6).

Aquí permanecerán dos noches y un día. Pero el lugar no puede ser más peligroso para quien les acoge y para el grupo refugiado. Salen el 1 de septiembre, muy de mañana, uno por uno, eludiendo la vigilancia constante del portero. Pero consiguen llegar hasta la calle sin tropiezos.

De nuevo el Fundador, sin documentación alguna, anda por Madrid esquivando un peligro que puede surgir en cada esquina. Tiene que solicitar hospitalidad de la familia González Barredo, en la calle Caracas. Cuando llega, se encuentra agotado. Apenas puede dar un paso.

Mientras tanto, Alvaro del Portillo ha logrado encontrar un piso desocupado en la calle de Serrano. Allí está escondido con su hermano Pepe. El inmueble es de unos amigos y se encuentra, aparentemente, protegido por la bandera argentina. Unos colores blancos y azules campean sobre una ventana por todo salvoconducto.

Un día, Alvaro tiene la curiosidad, peligrosa, de averiguar si continúa su nombre en la nómina del Ministerio de Obras Públicas. Es una locura salir por Madrid y acercarse a un organismo oficial, pero no lo piensa demasiado. Llega a las oficinas de la Confederación Hidrográfica del Tajo, habla con el encargado y, efectivamente, puede cobrar sus mensualidades atrasadas. Cuando abandona el edificio, pasa cerca de la Plaza de Alonso Martínez. Y piensa: «¡Esto hay que celebrarlo!». No se le ocurre otra cosa que sentarse en la terraza del bar La Mezquita a tomar una cerveza. Cualquiera dedos milicianos que frecuentan el bar puede solicitar su documentación y encarcelarle inmediatamente. Pero sigue allí, a la vista pública, después de haber abandonado su escondite temporal. De pronto, ve acercarse a don Alvaro González, padre de José María González Barredo. Viene corriendo hacia él, nerviosísimo.

-«¡Gracias a Dios que le encuentro! ¿Sabe quién está en mi casa? ¡El Padre! Me ha pedido que le dejase descansar un momento, porque no puede más, no se tiene en pie. Pero resulta que el portero no es de confianza, y si se ha dado cuenta estamos todos en peligro»(7).

Sobre el Fundador pesa más la preocupación constante por todos los miembros de la Obra que su propia seguridad personal. Les recuerda intensamente, uno por uno, durante este tiempo de zozobra. Es imposible celebrar la Santa Misa, pero reza sin descanso. Sufre por la persecución de la Iglesia, por el odio incontrolado que domina las situaciones, por la confusión que reina en el país. No puede conciliar el sueño pensando en aquellos que andan dispersos por refugios, cárceles y campos de batalla. A esto se une el agotamiento físico: carece de alimentos, de ropa, de un techo al que acogerse.

Alvaro no duda un momento:

-«Pues que se venga conmigo».

-«Voy a recogerle enseguida».

Pocos minutos más tarde, Alvaro se encuentra con el Padre. Le lleva hasta el refugio de la calle de Serrano, junto a la Dirección General de Seguridad. Pocos días más tarde llegará, también, Juan Jiménez Vargas.

Durante casi un mes, este grupo vivirá en un obligado encierro. A pesar de las circunstancias, aprovechan bien el tiempo. Trabajan y rezan por la solución de la guerra civil que ha dividido el país en odio inconciliable, por la Iglesia y por la Obra. Piensan en el futuro sin el menor desaliento.

Se acerca el 2 de octubre de 1936. El Padre piensa que, en estos años, Dios le ha enviado un regalo cuando llega el aniversario de la Obra: una vocación, una noticia alegre, un proyecto luminoso… Charlando ahora con Alvaro del Portillo le dice:

-«¿Qué caricia nos tendrá reservada el Señor?» (8).

Y la respuesta no tarda en llegar. Ramón, un hermano de Alvaro, llega a la casa el día 1 de octubre. Viene aterrado por las noticias que ha podido recoger. Están registrando las casas de la familia dueña de este inmueble de la calle de Serrano. Han fusilado ya a seis o siete personas, entre ellas a un religioso. No tardarán en venir hasta aquí. Tal vez es cuestión de momentos.

Años después, Monseñor Alvaro del Portillo recordaría así la reacción del Fundador frente a aquellas noticias:

«Ante el peligro inminente de martirio (…) el alma de nuestro Padre se llenó de gozo con el pensamiento de entregar su vida por Dios; pero al mismo tiempo, el Señor le “dejó solo” por unos momentos y -así lo explicaba nuestro Fundador- vio su debilidad humana, sus pocas fuerzas: entonces sintió un miedo muy grande. Se repuso inmediatamente, y comprendió que toda su fortaleza era prestada, del Señor, y que sin El no podía nada. Entendió que ése era el regalo que el Cielo le hacía en la víspera del aniversario de la fundación de la Obra: la necesidad de confiar en el Señor, y no fiarse de sus fuerzas»(9).

El peligro es inminente, y el Padre y Juan Jiménez Vargas deciden abandonar la casa y buscar otro lugar en el que poder ocultarse.

Días antes se le ha ofrecido a don Josemaría la oportunidad de trasladarse a un refugio seguro. El hallazgo proviene de José María González Barredo, que concierta una entrevista con el Fundador en pleno Paseo de la Castellana. Monseñor del Portillo recuerda así este suceso:

-«Está todo resuelto, para usted».

Saca del bolsillo de su chaleco una de esas pequeñas llaves Yale, y continúa:

-«Basta que vaya usted a tal casa -le da las señas completas-, entra, y se queda allí. Pertenece a una familia amiga mía, que se encuentra fuera de Madrid. El portero es persona de confianza».

-«Pero ¿cómo voy a estar allí solo…?».

Y aquel hijo suyo, sin pensarlo mucho, replica:

-«No se preocupe. Hay allí una sirvienta, una mujer que es también de toda confianza, y que podrá atenderle en lo que necesite».

-«¿Qué edad tiene esa mujer?».

-«Pues veintidós o veintitrés años»(10).

El Fundador mira a este hombre que quizá ha caminado la ciudad entera para buscar un escondite en el que proteger la vida del Padre y le dice:

-«Hijo mío, ¿no te das cuenta de que soy sacerdote y de que, con la guerra y la persecución, está todo el mundo con los nervios rotos? No puedo ni quiero quedarme encerrado con una mujer joven, día y noche. Tengo un compromiso con Dios, que está por encima de todo. Preferiría morir antes que ofender a Dios, antes que faltar a este compromiso de Amor».

Y añade:

-«¿Ves esta llave que me has dado? Pues va a ir a parar a aquella alcantarilla».

Y acercándose al sumidero la deja caer(11).

Después, acude nuevamente al piso de la calle de Serrano donde todavía están Alvaro y Pepe del Portillo. Durante las horas que ha pasado fuera, ha sabido que acaban de fusilar a dos sacerdotes a quienes quería entrañablemente: don Lino Vea Murguía y don Pedro Poveda. Este 2 de octubre ha traído el dolor, que también es, cuando viene de Dios, un presagio de amor.

Poco antes de empezar la guerra civil, don Pedro Poveda hablaba un día con don Josemaría Escrivá de Balaguer sobre la amistad, profunda y sincera, que les había unido siempre.

-«Si nos matan, ¿qué será de nuestra amistad cuando nos encontremos en el Cielo?»(12).

Y comentan que, en la vida eterna, Dios colmará su amistad haciéndola todavía más grande, en el Cielo.

Hoy, la noticia de la muerte de don Pedro Poveda conmueve el corazón del Padre. Y las circunstancias vuelven a ponerle en la calle, expuesto a una detención que puede llegar en cualquier momento.

En los primeros días del mes de octubre don Josemaría, Alvaro del Portillo y José María González Barredo andan vagando por Madrid de una casa a otra sin encontrar asilo seguro. Están agotados. Tienen que descansar sentados en el suelo de la Glorieta de Cuatro Caminos. Un amigo, Eugenio Sellés, les dará nuevo cobijo durante un par de días.

Cada vez que la Providencia le brinda un techo, don Josemaría repite las plegarias litúrgicas de la Santa Misa, aunque no pueda consagrar a causa de la carencia de los elementos materiales indispensables. Lee las oraciones ante el pequeño Crucifijo de un rosario, y pone sobre el ara de su propio corazón el deseo de recibir el Cuerpo y la Sangre de Dios hecho Hombre. Siempre recita el mismo Evangelio, que conoce de memoria: es la escena que narra la llamada a los Apóstoles. Como un grito silencioso vienen a su memoria las playas de Genesaret, y es suya la impaciencia de Cristo por reunir a los hombres para extender el Reino de Dios en la tierra.

Al fin, el Padre puede ocultarse unos días en casa de la familia Herrero Fontana, en la Plaza de Herradores. Alvaro del Portillo es acogido en la Embajada de Finlandia y parece que la situación hace pausa temporal en el peligro. Pero no hay seguridad alguna: el 4 de diciembre un grupo de milicianos asalta la Embajada, y Alvaro es detenido y encerrado en la cárcel de San Antón. Más de mil personas participan de la misma suerte durante estos días. A veces, algunos miembros del Opus Dei van a encontrarse, circunstancialmente, en una celda carcelaria. Así, José María Hernández de Garnica, que está detenido en la cárcel Modelo, se reúne con Alvaro del Portillo después de un traslado al encierro de San Antón. La coincidencia representa un aliento formidable para los dos. De sus corazones, en el patio de la cárcel, sube la oración del Padrenuestro como única arma de victoria. Alvaro y Chiqui recuerdan al Padre, y a todos los de la Obra, y rezan. También Juan Jiménez Vargas ha sido detenido. Vicente Rodríguez Casado, otro miembro de la Obra, debe refugiarse,  precipitadamente, en la Embajada de Noruega.

Urge encontrar un lugar que ofrezca mínimas garantías para acoger al Padre. En esta situación sólo aparece un recurso viable: ingresar en la clínica psiquiátrica del doctor Suils, como si fuera enfermo mental. El padre de este doctor fue médico y amigo de la familia Escrivá en Logroño. Una vez que conoce el problema, arregla los trámites para poder acomodar a don Josemaría en una habitación del sanatorio. Aquí se quedará el Padre, a quien acompañará, dentro de unos días, su hermano Santiago y, más adelante, José María González Barredo.

Unicamente Isidoro Zorzano sigue cruzando las calles de Madrid, y consigue mantener el contacto entre los miembros de la Obra. Las noticias de los frentes de combate son contradictorias. La contienda parece estacionada. Nadie sabe cuánto tiempo ni qué resultados va a tener esta lucha entre hermanos que sigue minando pueblos y ciudades.

Sólo la fe es capaz de mantener en pie a don Josemaría. Sin huir de la dura realidad que le circunda, confía más allá de los límites humanos:

«¿Por qué se levantan los pueblos de la tierra y trazan vanos proyectos?»

«Tú eres mi Hijo. Yo te he engendrado»(13).

Tú eres mi hijo. Ahora necesita especialmente aquella seguridad de filiación divina inconmovible que Dios le hizo saber un día de sol, cuando viajaba en oración, dentro de un tranvía madrileño.

Hombre para el futuro

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En el Patronato de Enfermos, hay algunas señoras de la alta sociedad madrileña que prestan su colaboración personal en muchas actividades benéficas. Una de ellas, Carmen del Portillo, es pariente y madrina de un muchacho llamado Alvaro del Portillo, que estudia en la Escuela de Ingenieros de Caminos. En más de una ocasión, esta señora habla con don Josemaría Escrivá de Balaguer de las grandes cualidades intelectuales de su ahijado. Tiene una buena formación religiosa, que debe a su familia, y una piedad sincera. Sin embargo, nunca ha seguido la dirección espiritual de sacerdote alguno.

Desde que conoce este nombre, en 1930, don Josemaría empieza a rezar por Alvaro. Pasan casi cuatro años y, un día del curso 1934-35, dos compañeros de la Escuela de Ingenieros le hablan de un cura muy simpático al que conocen. Desean presentárselo.

Hace unos meses que caminan en buena amistad por los barrios más pobres de Madrid, prestando servicios y repartiendo afecto entre la pobreza y el abandono. Han compartido muchas situaciones con Alvaro y saben que entenderá el espíritu que el Padre imparte entre los estudiantes que frecuentan la Residencia.

Y Alvaro acepta. Acuden a la calle de Ferraz, al Centro que la Obra acaba de abrir. Ahí, en una salita, le saluda, por primera vez, don Josemaría:

-«¿Cómo te llamas?, ¿tú eres sobrino de Carmen del Portillo? » (14)

Recuerda perfectamente los detalles familiares que le contó, hace ya varios años, su tía Carmen hablando de este ahijado suyo. Pasan un buen rato. La amistad es fácil con este sacerdote de treinta y tres años que parece conocer a cada persona desde toda la vida. Al estudiante de Caminos se le ha quedado grabada la entrevista y hace el firme propósito de volver. Pero ya no consigue reunirse con el Fundador del Opus Dei hasta que se avecina el mes de julio. La familia del Portillo está a punto de emprender el veraneo y, antes de abandonar Madrid, Alvaro decide despedirse de don Josemaría. Es el día 6. Sube hacia la Residencia de Ferraz y mantiene con él una conversación larga, íntima. Alvaro oye hablar, como si lo escuchara por primera vez, de vida espiritual, de oración, de presencia de Dios, de amar al que es Amor, al que es la Vida; y de la Obra de Dios que empieza a crecer sobre la tierra. Al final don Josemaría concluye:

-«Mañana tenemos un día de retiro espiritual -era sábado-, ¿por qué no te quedas a hacerlo, antes de ir de veraneo?»(15)

Alvaro no ha hecho nunca un día de retiro. Y, aunque no contaba con emplear el domingo en esta ocupación, se lo pide este sacerdote con tanto interés y cariño que no sabe negarse: acudirá al día siguiente.

El Fundador dirige la primera meditación de la mañana. Varios miembros de la Obra conocen a Alvaro, porque don Josemaría les ha hablado de él, de este hombre joven, que tiene una disposición generosa ante la vida y que puede ser llamado por Dios.

El Padre les aconseja que le hablen de su propia entrega, por la tarde, cuando haya terminado el retiro. Pero uno se adelanta, en la primera ocasión oportuna, por la mañana. Y Alvaro del Portillo dice que sí.

He aquí como lo describe él mismo, años más tarde:

-« Sí: fue un 7 de julio cuando conocí la Obra y cuando pedí la admisión. Statim -como dice el Evangelio de la llamada de los Apóstoles-, inmediatamente, relictis omnibus, dejé todo, para encontrar mucho más. Porque Dios es infinitamente más generoso que nosotros y, si le damos como uno, nos responde como mil» (16).

La decisión cambia sus planes en este caluroso verano de Madrid. Alvaro se quedará para oír y conocer, directamente del Fundador, el espíritu del Opus Dei. Y el Padre, al que habían programado unos días de descanso en la provincia de Salamanca, supera una vez más el agotamiento para abrir el horizonte de la Obra, y la profundidad del Amor de Dios, a este nuevo hijo suyo.

En marzo de 1936 ratificará para siempre su compromiso de fidelidad, cuando aún no ha pasado un año desde que pidió la admisión.

El Padre se ve urgido por Dios para desarrollar el Opus Dei y necesita apoyarse con fuerza en la lealtad de los que le siguen en esta primera hora. El día de San José, 19 de marzo, tiene lugar un gesto entrañable del Fundador, que Alvaro no olvidará.

Conmovido por la generosidad incondicional de estos hombres jóvenes que entregan todo sin titubear, les ha besado los pies, con aquellas palabras de la Sagrada Escritura: «¡qué espléndidos son los pasos de los que anuncian la paz, de los que evangelizan la buena nueva!»(17). En 1975, cuando el Padre haya cruzado los umbrales de la muerte, don Alvaro repetirá este gesto con el Fundador:

«Yo le devolví ese beso en cuanto pude: cuando su alma ya se había ido al Cielo. Si le besé los pies en aquel momento, fue porque me acordé de que el Padre me los había besado a mí, y le devolví el beso. ¡Cómo me iba a olvidar! No era sólo un gesto. No fue solamente una manifestación de fidelidad y de unión, sino(18) mucho más: era entregarme de nuevo»

Desde 1936, don Alvaro permanecerá junto al Padre, con un breve paréntesis durante la guerra civil de España. Y es a partir de 1937 cuando el Fundador comienza a llamarle con el afectuoso nombre de “Saxum”: roca. En una carta fechada durante este año pueden leerse las siguientes líneas de don Josemaría Escrivá de Balaguer:

-«”Saxum”!: ¡qué blanco veo el camino -largo- que te queda por recorrer! Blanco y lleno, como campo cuajado. ¡Bendita fecundidad de apóstol, más hermosa que todas las hermosuras de la tierra! “Saxum”! » (19)

Roca en la que apoyarse. Porque desde el primer día, Alvaro no tendrá una duda. Estará incondicionalmente al lado del Fundador y abrirá, con él, los caminos del mundo para que pueda transitarlos el espíritu de la Obra. Va a compartir con el Padre los trabajos, las contradicciones y alegrías de los años que se acercan. Será testigo de los matices más profundos del Opus Dei y los conservará como se custodia una herencia preciosa, intocable, de origen divino.

Don Alvaro del Portillo, después de ordenarse sacerdote en 1944, será el confesor de Monseñor Escrivá de Balaguer. Dos veces habrá de darle la absolución in articulo mortis; la última, el 26 de junio de 1975, cuando su alma remonta, definitivamente, el camino del Cielo. Tras este acontecimiento, será elegido, por decisión unánime, primer sucesor del Fundador al frente del Opus Dei, el 15 de septiembre de 1975.


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