El cardenal Ruini define a don Álvaro como “ejemplo de santificación en la vida ordinaria”

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El Vicario del Papa para la Diócesis de Roma ha presidido la sesión de clausura del proceso diocesano sobre la vida y las virtudes de Monseñor Álvaro del Portillo. Incluimos una galería fotográfica del acto en el Vicariato de Roma.

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El acto ha tenido lugar en el palacio del Laterano un 26 de junio, memoria litúrgica de San Josemaría Escrivá de Balaguer, de quien Álvaro del Portillo fue el primer sucesor al frente del Opus Dei.

En la ceremonia estaban presentes el actual Prelado, Monseñor Javier Echevarría, y numerosos fieles del Opus Dei, además de amigos de Mons. del Portillo, que vivió en Roma casi cincuenta años, desde 1946 hasta su muerte en 1994.

Como ha dicho el cardenal Ruini, “en su momento S.E.R. Mons. Javier Echevarría, aunque había sido reconocido por la Congregación para las Causas de los Santos como el Obispo competente para instruir la causa de su predecesor, por un delicado y riguroso sentido del derecho quiso que yo nombrara un Tribunal del Vicariato para escuchar su deposición y las de algunos otros testigos”.

Ruini: “Don Álvaro fue un ejemplo de fidelidad en el seguimiento del espíritu de santificación en el trabajo y en la vida ordinaria”.

“Accedí con placer a su petición –ha continuado–, en virtud de lo cual me encuentro hoy aquí clausurando formalmente la investigación procesal para, sucesivamente, entregar las actas a la Congregación para las Causas de los Santos: como es sabido, los Tribunales diocesanos tienen una función meramente instructora, pues la única instancia judicial es la Congregación”.

En sus palabras, el cardenal Ruini ha incluido algún recuerdo personal: “No olvidaré el afecto de don Álvaro cuando venía a visitarme al vicariato. Dejaba siempre un recuerdo y testimonio de su dedicación a Cristo”.

El proceso de canonización de Álvaro del Portillo se abrió hace cuatro años, el 5 de marzo de 2004, y se ha desarrollado, en esta primera fase, en dos tribunales, uno del Vicariato de Roma y otro de la Prelatura del Opus Dei.

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Este último aún no ha terminado sus trabajos. Algunos testigos, además, han sido escuchados por otros tribunales, en sus propias diócesis, en régimen de comisión rogatoria.

Álvaro del Portillo nació en Madrid el 11 de marzo de 1914. “El 7 de julio de 1935, siendo todavía estudiante de ingeniería”, ha recordado el cardenal Ruini en su discurso, “pidió la admisión en el Opus Dei. Tras los trágicos sucesos de la guerra civil española, permaneció junto al Fundador como su colaborador más estrecho. El 25 de junio de 1944 recibió la ordenación sacerdotal: fue uno de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei (…)”.

“En 1946 se trasladó a Roma, donde desempeñó varios encargos al servicio de la Santa Sede: desde Consultor de diferentes dicasterios hasta Secretario de la Comisión conciliar que elaboraría el decreto Presibyterorum Ordinis. En 1975, tras la muerte de San Josemaría, fue llamado a sucederle al frente del Opus Dei”.

Murió en Roma, al regreso de un viaje a Tierra Santa, el 23 de marzo de 1994. El Papa Juan Pablo II, que tres años antes le había conferido la dignidad episcopal, acudió esa tarde a la capilla ardiente, en la iglesia prelaticia del Opus Dei, dedicada a Santa María de la Paz. Sus restos descansan ahora en la cripta de esa misma iglesia, en Roma.

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El cardenal Ruini ha dicho que Monseñor Álvaro del Portillo fue “un ejemplo de fidelidad en el seguimiento del espíritu de santificación en el trabajo y en la vida ordinaria”, que había aprendido directamente de San Josemaría, y ha concluido implorando a la Virgen que su ejemplo sea un estímulo para “contagiar el amor a Dios y al prójimo a muchas personas”.

Por su parte, el sucesor de don Álvaro como Prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría, ha dicho que éste “es sólo un primer paso, pero un paso que nos llena de alegría, pues vemos en el queridísimo don Álvaro el hombre íntegro, el cristiano auténtico, el buen pastor, el hijo fidelísimo de San Josemaría”.

Mons. Flavio Capucci, postulador de la Causa, ha recordado que en 1978, cuando comenzó el proceso de san Josemaría, Mons. Álvaro del Portillo insistió en que, al pedir al Papa el inicio de la causa del Fundador, el Opus Dei no buscaba su propia gloria, sino la de la Iglesia. “Hoy –ha dicho Capucci– con todo el corazón hacemos nuestras esas palabras”.

El próximo paso del proceso, una vez que el tribunal de la Prelatura del Opus Dei concluya sus sesiones, será la elaboración de la positio, una biografía del candidato a los altares que debe demostrar que éste ha vivido en grado heroico las virtudes cristianas.

La positio ha de ser presentada por el postulador de la causa de canonización: en el caso de Álvaro del Portillo, el postulador es Monseñor Flavio Capucci.

La positio es enviada luego a la Congregación para las Causas de los Santos para que la estudie y emita su dictamen.

Concluye en Roma la fase diocesana de la causa de canonización de don Álvaro del Portillo

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El  jueves 26 de junio de 2008, en el Palacio del Laterano, el cardenal Camillo Ruini presidió la sesión de clausura del proceso diocesano sobre la vida y las virtudes del Siervo de Dios Álvaro del Portillo (1914-1994), obispo y prelado del Opus Dei.

Opus Dei - Juan Pablo II y Mons. Álvaro del Portillo.

Juan Pablo II y Mons. Álvaro del Portillo.

Ese mismo día, la Iglesia celebra la memoria litúrgica de san Josemaría, fundador del Opus Dei.

El proceso se abrió el 5 de marzo de 2004. El actual Prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría, fue reconocido por la Congregación para las Causas de los Santos como obispo competente para instruir la causa de canonización de su predecesor.

Sin embargo, Mons. Echevarría pidió al cardenal Ruini que se nombrase un tribunal en el Vicariato de la Diócesis de Roma para que recibiera su testimonio y el de algunos otros testigos.

El resto de testigos han sido escuchados por el tribunal de la Prelatura en Roma o por tribunales de sus diócesis de residencia.

Mons. Flavio Capucci, Postulador de la causa, ha agradecido al tribunal del Vicariato el trabajo desarrollado. Con esa ocasión, ha recordado que en 1978, cuando comenzó el proceso de san Josemaría, Mons. Álvaro del Portillo insistió en que, al pedir al Papa el inicio de la causa del Fundador, el Opus Dei no buscaba su propia gloria, sino la de la Iglesia. “Hoy –ha dicho Capucci- con todo el corazón hacemos nuestras esas palabras”.

El próximo paso del proceso se dará cuando el tribunal de la Prelatura concluya las sesiones del proceso que instruye. Con el material que ambos tribunales hayan recogido, el Postulador elaborará la positio, que es una biografía del Siervo de Dios y un estudio de cómo ha vivido las virtudes cristianas en grado heroico.

En su momento, el Postulador enviará la positio a la Congregación para las Causas de los Santos para que sea estudiada.

Fotos de la Clausura del proceso de don Álvaro en Roma

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Galería de fotos del acto celebrado en el Vicariato de Roma. El cardenal Ruini presidió la clausura del Proceso diocesano de Mons. Álvaro del Portillo.

Un notario levantó acta de la clausura del Proceso diocesano de la causa de Canonización de Mons. Álvaro del Portillo (Fotos de Juan Mª San Millán).

El cardenal Camilo Ruini, vicario del Santo Padre para la diócesis de Roma, dijo que don Álvaro “fue un ejemplo de fidelidad en el seguimiento del espíritu de santificación en el trabajo y en la vida ordinaria”.

“No olvidaré -ha dicho el cardenal Ruini- el afecto de don Álvaro cuando venía a visitarme al vicariato. Dejaba siempre un recuerdo y testimonio de su dedicación a Cristo”.

A continuación, todos los documentos con las declaraciones de quienes han participado en el Proceso se han custodiado en cajas.

El notario ha lacrado las cajas, que se enviarán a la Santa Sede para que continúe el proceso.

Mons. Flavio Capucci, postulador de la Causa.

El acto se celebró en la Sala de los Pactos de Letrán, en el Vicariato de Roma.

Al acto asistió Mons. Javier Echevarría y otros obispos que trataron a Mons. Álvaro del Portillo.

“Vemos en el queridísimo don Álvaro -ha dicho el Prelado- el hombre íntegro, el cristiano auténtico, el buen pastor, el hijo fidelísimo de San Josemaría”.

Muchas personas acudieron a ver las cajas lacradas con la documentación recogida.

D. Álvaro del Portillo

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Fotos: Clausurada la fase instructoria de la causa de don Álvaro en el tribunal de la Prelatura

El público se dirige al acto de clausura de la fase instructoria de la causa de canonización de Mons. Álvaro del Portillo por parte del tribunal de la Prelatura del Opus Dei (© Alberto García Marcos).

A las 11.00 de la mañana del 7 de agosto de 2008, los miembros del tribunal dan inicio al acto.

El Prelado del Opus Dei preside el tribunal como Ordinario competente para instruir la causa de don Álvaro.

El acto tuvo lugar en el aula magna Juan Pablo II de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz.

Mons. Javier Echevarría firma el decreto de clausura de la fase instructoria.

El Notario invita a los otros miembros del tribunal a firmar las actas.

El Postulador de la causa, Mons. Flavio Capucci, firma las actas.

El Notario lacra las 8 cajas con la documentación recogida durante los últimos 4 años por el tribunal de la Prelatura.

El día 8 de agosto las cajas fueron entregadas a la Congregación para las Causas de los Santos, en el Vaticano

Numerosas personas que conocieron a don Álvaro quisieron estar presentes.

El Prelado del Opus Dei dijo: “Que don Álvaro, con su inolvidable sonrisa y su inalterable paz interior, con su firmeza en el cumplimiento del bien y con su humildad, nos ayude a irradiar en el mundo la luz de Cristo, por medio de un apostolado incesante que comunique a las almas la alegría del encuentro con Cristo”.

Barcelona, 19 de noviembre de 1937

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

A eso del mediodía, don Josemaría sube al autobús que va a Seo de Urgel. Le acompañan Juan Jiménez Vargas, Pedro Casciaro, Francisco Botella, José María Albareda -el joven doctor en farmacia y química que ha asistido unas semanas antes, en Madrid, a los ejercicios espirituales dados por el Padre, y que ha pedido enseguida formar parte del Opus Dei- y Miguel, un estudiante, antiguo alumno de la Academia DYA.

El Padre viste un pantalón bombacho de franela, un jersey azul de cuello alto y una boina negra. Sus compañeros van equipados, también, con prendas más o menos aptas para andar por el campo.

A medida que el autobús se va acercando a la región montañosa de los Pirineos, los controles se van haciendo cada vez más rigurosos. Por eso, Pedro, Francisco y Miguel, cuya documentación es dudosa, se bajan al llegar a Sanahuja, pueblo situado a unos veinte kilómetros del punto más peligroso, y siguen su camino a pie.

En el cruce de Peramola los demás bajan del autobús; un hombre de unos cuarenta años se aproxima e indica que le sigan. Al cabo de una hora llegan al pueblo y se refugian en una masía, para pasar allí la noche. Pero el Padre no puede dormir: no hace más que pensar en los que se quedaron en Sanahuja, que no llegan…

A la mañana siguiente, reemprenden la marcha, a pesar de todo. A medida que se adentran en el monte, aumenta su inquietud por los que faltan.

Al cabo de un buen rato, llegan a una masía. Nuevo alto. El Padre se da a conocer como sacerdote a algunas personas escondidas por allí y celebra la Santa Misa.

Pasan las horas. Pedro, Francisco y Miguel siguen sin aparecer… Hasta que, por fin, al día siguiente -21 de noviembre- llegan: el guía, extraviado, les había hecho dar mil rodeos.

Por fin, todos juntos, reemprenden la marcha hacia los Pirineos, que pretenden cruzar arriesgándolo todo. Si las cosas salen bien, llegarán a Andorra, y luego, por Francia, pasarán a la zona nacional.

Una difícil decisión

No sin vacilaciones, el Padre había decidido abandonar Madrid. Sus hijos le habían animado a dar ese paso, para salvar su vida. Él se había dejado convencer, pensando que en la otra zona podría proseguir haciendo el Opus Dei con libertad y establecer contacto con tantos estudiantes que luchaban en los frentes. En Madrid, permanecía Isidoro, que seguiría en contacto con los que se quedaban allí y con su familia. En cuanto a Vicente Rodríguez Casado, Álvaro del Portillo y José María González Barredo, continuaban refugiados en distintas sedes diplomáticas.

En Valencia, adonde había llegado el 8 de octubre con objeto de aguardar el momento propicio para trasladarse a Barcelona y desde allí ganar la frontera, el Padre había encontrado a Francisco Botella y Pedro Casciaro, encantados de volverle a ver tras un año largo de separación. Al día siguiente, había tomado el tren para la capital de Cataluña…

Todavía le parece verlos, despidiéndole en el andén de la estación, empequeñecidos por la distancia… A1 arrancar el tren, había introducido discretamente la mano bajo la solapa de la chaqueta y les había bendecido, diciendo mentalmente la fórmula de la bendición de viaje que había compuesto con palabras del libro de Tobías, precedidas de una invocación a la Virgen: “que por la intercesión de Santa Maria tengáis buen viaje. Que el Señor esté en vuestro camino y que sus Ángeles os acompañen”.

La preocupación por todos los que había dejado detrás le había atenazado durante las semanas pasadas en Barcelona…

Unos días más tarde, Juan Jiménez Vargas se había desplazado a Valencia para recoger a Pedro y Francisco. Previamente, habían ido a buscar a Miguel, oculto en Daimiel -provincia de Ciudad Real- desde el comienzo de la guerra.

Don Josemaría había aprovechado su corta estancia en Barcelona para administrar los Sacramentos a algunas personas conocidas que se habían enterado de que estaba allí.

El paso de los Pirineos era peligrosísimo. Un magistrado amigo suyo -lo había conocido en la Facultad de Derecho de Zaragoza- había tratado de disuadirle: “Cuando encuentran fugitivos, los carabineros no los apresan: disparan sobre ellos. Y si por casualidad los detienen, les condenan a muerte…” Y para convencerle, le había hecho asomarse a la sala de audiencias en el momento en que estaban juzgando a algunos. Pero, a pesar de eso, y de los ataques de reumatismo que le daban de vez en cuando, había perseverado en su proyecto…

Una respuesta maternal

El que hace de guía ahora, en este 21 de noviembre, les aconseja no pasar la noche donde están. Pasarán la noche en un horno de pan situado en una casa contigua.

Agotados, todos se duermen enseguida, pero el Padre no puede conciliar el sueño. ¿Ha hecho bien lanzándose a esta aventura y dejando atrás a los que quedan perseguidos? Partir, ¿no es abandonarlos…? Pero, por otra parte, ¿cómo continuar trabajando en lo que Dios quiere…? Una y otra vez, sin descanso, suplica al Señor que le haga ver cuál es su Voluntad. ¿Proseguir o dar marcha atrás…?

Por fin, invoca una vez más a la Virgen y le pide que le muestre el camino a seguir mediante una señal precisa que él mismo sugiere a la Señora.

Por la mañana, muy temprano, se levanta, sale del lugar donde han pasado la noche y, al cabo de un rato, regresa con la cara radiante y una rosa de madera estofada en oro en la mano.

Inmediatamente, pide a los que le acompañan que dispongan lo necesario para celebrar la Santa Misa.

Ante su cambio de actitud -le han oído sollozar por la noche- comprenden que ha sucedido algo extraordinario. Con todo, nadie pregunta nada.

Después de la Misa, reanudan la marcha hacia los Pirineos. El Padre, que lleva con él la rosa estofada, avanza con paso decidido.

Durante una hora larga, caminan por el bosque de Rialp, donde permanecerán escondidos esperando la ocasión propicia para emprender la ascensión. Allí, se unen a ellos otros dos amigos: Tomás Alvira y Manuel Sainz de los Terreros.

Al día siguiente, por la mañana, el Padre celebra Misa sobre un altar improvisado, formado con unas piedras grandes, y les dirige unas palabras.

Durante cinco días, se entrenan para aguantar la prueba que les aguarda: hacen ejercicios físicos, caminan por el bosque… Y para no olvidar sus actividades profesionales, dan charlas, por turno, sobre sus distintas especialidades.

El paso de los Pirineos

El 27 de noviembre -sábado- llega por fin el momento de reanudar la marcha. Han dormido en una cueva para el ganado, en espera de que llegue el nuevo día.

Antes de rayar el alba, un joven aparece. Tiene aspecto decidido y enérgico. Dice que le llamen Antonio y les invita a seguirle.

Al día siguiente, domingo, hacen alto al borde de un barranco y se disponen a pasar unas horas al abrigo del viento, antes de proseguir el camino. Se les han unido otros fugitivos. Don Josemaría anuncia que va a celebrar Misa. La dice de rodillas, utilizando como altar la piedra más plana que encuentra. Reina un recogimiento total. Muchos de los presentes no han podido pisar una iglesia desde julio del 36. Ese mismo día, un estudiante catalán escribe en su diario: “Nunca he oído una Misa como la de hoy. No sé si por las circunstancias o porque este sacerdote es santo”.

Después de distribuir la comunión, don Josemaría coloca unas cuantas Hostias consagradas en la pitillera que utilizaba en Madrid con el mismo fin.

En las primeras horas de la tarde, la expedición vuelve a ponerse en movimiento. Ahora, tienen que escalar una montaña. Todos avanzan en fila india. Juan se coloca detrás del Padre, para sostenerle si desfallece. Pero no es él, sino Tomás, el que sucumbe el primero y don Josemaría tiene que mediar para convencer al guía de que espere un poco… A1 llegar a lo alto, ya es noche cerrada. Algunos de los que forman parte de la caravana blasfeman cuando tropiezan y el Padre, dolorido, decide consumir las Sagradas Formas por respeto a Jesús Sacramentado.

E1 día siguiente lo pasan en el corral de una masía aislada en el monte. Al anochecer, reanudan la marcha, cargando con algunas provisiones para el resto del viaje, las últimas que han podido encontrar. De nuevo, una áspera subida y, al final, un rellano. Finalmente, luego de atravesar un río, emprenden la ascensión del Ares, de 1.500 metros de altitud. Con frecuencia, tienen que sostener al Padre y llevarlo casi en volandas.

Un alto, y de nuevo en camino, hasta que el guía les reúne y les ordena detenerse. Falta alguien y el guía teme que se trate de un confidente de los carabineros. No tardan en descubrir que se trataba de un rezagado, que el guía obliga a continuar a la fuerza, amenazándole con su pistola.

Ahora, ponerse de nuevo en marcha resulta todavía más duro. José María Albareda no puede más, y se tumba en el suelo… Sostenido por sus compañeros, sigue caminando como un autómata.

Todavía de noche, llegan a un corral, que les servirá de refugio durante el día. Cuando amanece, ven que es un sitio llano, con praderas, y que hay dos masías cercanas. El frío es muy intenso… Al anochecer de aquel día -martes 30 de noviembre- reemprenden la marcha. Es la cuarta etapa nocturna desde que salieron de los bosques de Rialp. De vez en cuando, se unen a ellos unos misteriosos individuos que van cargados de fardos… Contrabandistas, sin duda.

El terreno, ahora, es llano. El Padre anima a los suyos a no interrumpir el diálogo con el Señor, a pesar del extremo cansancio.

Con infinitas precauciones, cruzan la carretera que conduce a Noves de Segre y, algo más tarde, la comarcal de Seo de Urgel a Sort, junto al puente del río Arabell. Luego siguen caminando bastante tiempo por el mismo lecho del río. Cuando amanece, se ocultan entre piedras y matorrales, para que nadie les vea y, tras dormir un poco, reanudan la marcha, con objeto de cubrir la última etapa. Empiezan a caer unos copos de nieve.

Es la tarde de l.° de diciembre y va a empezar la última jornada nocturna, que les permitirá alcanzar la frontera; pero se trata del tramo más peligroso, porque los carabineros patrullan por esa zona.

Tras un nuevo ascenso, descienden por las laderas de la Sierra del Burbre. Tropiezan constantemente en las piedras y, cuando éstas ruedan, el guía se incomoda: ¡el silencio debe ser absoluto!

Todavía quedan varios puntos peligrosos: tienen que cruzar una carretera y atravesar un río.

De pronto, el guía ordena que todos se tumben en el suelo y que permanezcan ocultos entre árboles y arbustos mientras él localiza a los carabineros que vigilan la frontera. Cuando, por fin, pueden incorporarse, el Padre está tiritando. Juan le fricciona para que pueda ponerse en pie; luego, se pone en camino a trompicones. Sólo falta subir una ladera para alcanzar la frontera de Andorra; para no arriesgarse, esperan un rato antes de iniciar la ascensión.

Pasan la frontera por fin, pero el guía les ordena permanecer en silencio mientras sigan al alcance de las armas de los carabineros… De pronto, cuando se disponen a iniciar el descenso de una cima, resuenan unos disparos, pero ya están fuera de tiro. Minutos más tarde, el guía les indica el camino que les conducirá al primer pueblo andorrano.

La alegría estalla, incontenible. El Padre y los que le acompañan empiezan a rezar un Rosario. Un poco más allá, el guía y sus ayudantes han encendido un fuego en espera de que apunte el día. Terminan de rezar el Rosario y se acercan a la hoguera para calentarse un poco.

Transcurren unos minutos interminables antes de que las luces del alba empiecen a iluminar la aldea de Sant Julia de Loria. Don Josemaría entona, en voz alta, las primeras palabras de la Salve. Todos le siguen. Es la mañana del 2 de diciembre de 1937.

Llegados a la aldea, entran en la iglesia, la primera iglesia no profanada que visitan desde el comienzo de la guerra. Luego, tras haber repuesto fuerzas en un bar, se dirigen hacia Andorra la Vella.

En la capital del pequeño Principado, don Josemaría descubre un sacerdote y avanza hacia él, con los brazos abiertos. Al día siguiente, en una pequeña capilla que algunas monjas benedictinas de Montserrat habían instalado cerca del hotel donde se han alojado, el Padre, por vez primera después de muchos meses, celebra la Santa Misa en condiciones normales, aunque sus manos están tan hinchadas por las espinas que se le habían clavado al agarrarse a los matorrales, que, al regresar al hotel, Juan tiene que sacárselas una a una. La nevada que les habla amenazado en la última etapa del camino es ahora muy intensa.

En la Misa, el Padre ha dado gracias a Dios con toda su alma por haberles librado de tantos peligros y pide fervorosamente por los que han quedado en Madrid, por los que andan dispersos por las dos zonas de la dividida España (a algunos de los cuales espera ver muy pronto) y por el desarrollo futuro de la Obra de Dios, que el Señor ha querido ver frenado por algún tiempo. Pero no importa: también el agua, al estrellarse contra las rocas, se arremolina o se remansa antes de seguir adelante con renovado ímpetu…

A través de los montes…

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Hacia el año 1940, el Padre cuenta a Alvaro del Portillo que había estado pensando en su paisano aragonés San José de Calasanz, un hombre muy santo, a quien maltrataron injustamente logrando desmembrar la orden religiosa de su fundación, que no lograría rehacerse hasta muchos años después de su muerte. Y comenta: «He pensado que me puede ocurrir lo mismo, y desde ahora lo acepto»(9).

Tiene el Padre treinta y ocho años, y en su apasionada entrega a la Obra y a sus hijos ha imaginado lo más doloroso, lo más sombrío que Dios pudiera permitir sobre su vida. Y Alvaro se queda helado ante la aceptación rendida de este casi imposible acontecimiento. Volverá a recordar esta conversación once años más tarde. Estamos en el verano de 1951 y el Fundador lleva varios meses intranquilo. No sabe nada, no le han dado ninguna noticia adversa, pero siente en el corazón la marejada de un peligro que no puede definir. Y le dice a don Álvaro:

-«Está pasando algo; no sé lo que es, pero algo está sucediendo… »(10) .

Y como no hay ninguna fuerza humana a la que pedir ayuda, recurre, como siempre, al poder del Cielo. Es Ferragosto, hace mucho calor y las carreteras de Italia están llenas de coches. Sin embargo, decide salir el día 14 por carretera hacia Loreto, para estar allí el día 15, y consagrar la Obra a la Santísima Virgen.

Los alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz se encuentran en un curso de verano en Castelgandolfo. El Padre llega muy de mañana a verles. Les pide que recen, que acudan a la Virgen, que es Madre de todos y seguridad en cualquier riesgo. Se dan cuenta de que ocurre algo y quieren compartir el peso del Fundador. Ofrecen su trabajo, su vida, su oración, todo… También sus hijas piden a Dios que ayude al Padre.

El día 14 salen de Roma el Fundador y don Álvaro camino de Loreto. El calor es sofocante y la sed se dejará sentir durante todo el trayecto. La carretera corre entre valles, se empina para escalar los Apeninos y desciende, en la última parte, hasta llegar al Adriático.

Según una tradición multisecular, desde 1294 la Santa Casa de Nazaret está en la colina de Loreto, bajo el crucero de la Basílica edificada con posterioridad. Es rectangular, con muros de unos cuatro metros y medio de altura. Una pared es de factura moderna, pero las otras, desprovistas de cimientos, ennegrecidas por el humo de los cirios, son originales. Su estructura y la formación geológica de los materiales no tienen parecido alguno con los caracteres de la antigua arquitectura de la zona: es perfectamente análoga a las construcciones que se realizaban en Palestina hace veinte siglos: sillares de piedra arenosa, que utilizaban la cal como elemento de unión.

El Santuario se apoya sobre una loma cubierta de laureles -de ahí el nombre-, brillando al sol. Aparcan en la plaza Central y el Padre sale rápidamente del coche. Durante quince o veinte minutos, le pierden entre la gente que llena la Basílica. Al fin sale, después de saludar a la Virgen, sonriente y animoso. Son las siete y media y hay que volver a Ancona para pasar la noche.

A la mañana siguiente, antes de que el sol se deje caer con aplomo, vuelven a la carretera. A pesar de lo temprana que es la hora, el Santuario está repleto. El Padre se reviste en la sacristía y avanza hacia el altar de la Casa de Nazaret para celebrar la Misa. El pequeño recinto está atestado y el calor es sofocante.

Bajo las lámparas votivas, quiere oficiar la Liturgia con toda devoción. Pero no ha contado con el fervor de la muchedumbre en este día de fiesta:

«Mientras besaba yo el altar cuando lo prescriben las rúbricas de la Misa, tres o cuatro campesinas lo besaban a la vez. Estuve distraído, pero me emocionaba. Atraía también mi atención el pensamiento de que en aquella Santa Casa -que la tradición asegura que es el lugar donde vivieron Jesús, María y José-, encima de la mesa del altar, han puesto estas palabras: Hic Verbum caro factum est. Aquí, en una casa construida por la mano de los hombres, en un pedazo de la tierra en que vivimos, habitó Dios»(11).

Durante la Misa, sin fórmula alguna pero con palabras llenas de fe, el Padre hace la consagración de la Obra a la Señora. Y, después, hablando en voz baja a los que están a su lado, vuelve a repetirla en nombre de todo el Opus Dei:

«Te consagramos nuestro ser y nuestra vida; todo lo nuestro: lo que amamos y somos. Para ti nuestros cuerpos, nuestros corazones y nuestras almas; tuyos somos (…).

Y para que esta consagración sea verdaderamente eficaz y duradera, renovamos hoy a tus pies, Señora, la entrega que hicimos a Dios en el Opus Dei (…).

Infunde en nosotros amor grande a la Iglesia y al Papa, y haznos vivir plenamente sumisos a todas sus enseñanzas»(12).

El Padre ha salido de Roma visiblemente cansado. Pero, al volver, parece renovado. Como si todo obstáculo acabara de pulverizarse en el camino de Dios. Hace unas semanas que ha propuesto a sus hijos una invocación dirigida a la Madre de Jesús; a partir de este día la repetirán para que haya continuamente almas que estén pidiendo a Santa María su protección para las dos Secciones: “Cor Mariae dulcissimum, iter para tutum! Corazón dulcísimo de María, ¡prepáranos un camino seguro!

Las rutas del Opus Dei siempre estarán precedidas por la sonrisa y el amor de la Virgen. Una vez más, el Fundador se ha movido en las coordenadas de la fe. Pone los medios humanos, pero confía en la intervención decisiva de lo alto.

«Dios es el de siempre. -Hombres de fe hacen falta: y se renovarán los prodigios que leemos en la Santa Escritura».

“Ecce non est abbreviata manus Domini” -¡El brazo de Dios, su poder, no se ha empequeñecido !(13)

Y la Virgen, aquel día caluroso de agosto, escucha al Fundador y atiende su petición.

Por estas fechas, el Cardenal Schuster, Arzobispo de Milán -murió poco después en olor de santidad- en una visita que le hacen dos miembros de la Obra, les pregunta:

-«¿Cómo está el Padre?».

-«Muy bien», le contestan.

-«¿No tiene ahora una especial contradicción, una Cruz muy fuerte?».

-«Pues si es así, estará muy contento, porque siempre nos ha enseñado que, si estamos muy cerca de la Cruz, estamos muy cerca de Jesús»(14)

Don Juan Udaondo, que es quien ha llevado toda la conversación, escribe inmediatamente al Padre. No le asusta al Fundador, efectivamente, la Cruz. Ha repetido muchas veces que «el camino de nuestra santificación personal pasa, cotidianamente, por la Cruz: no es desgraciado ese camino, porque Cristo mismo nos ayuda y con El no cabe la tristeza.In laetitia, nulla dies sine cruce!, me gusta repetir; con el alma traspasada de alegría, ningún día sin Cruz»(15)

Más tarde, en enero de 1952, de nuevo el Cardenal Schuster hará llegar la voz de alarma al Padre:

«Decidle que se acuerde de su paisano, San José de Calasanz, y… que se mueva»(16).

El Padre rememora la historia de este santo aragonés.

También aquel hombre había nacido en el Somontano; también llevaba en la sangre la férrea decisión de servir a Dios, según su alta inspiración, sin acepción de sufrimientos ni contradicciones.

El Fundador se entera de que existen ciertas maniobras con la finalidad de apartarle de la Obra y dividirla en dos diferentes Instituciones: una de hombres y otra de mujeres, separadas de la unívoca dirección del Fundador. Con santa valentía protesta y pone todos los medios, porque sabe que esta idea contradice la Voluntad de Dios. Pone en sus argumentos toda la voluntad y la fuerza de su temperamento, pues tiene la determinación de cumplir los designios divinos y espera en la poderosa intercesión de la Virgen, a quien ha acudido en busca de ayuda.

Pronto la situación se aclara y la Obra, intacta, sigue su camino. Monseñor Escrivá de Balaguer hace colocar, junto a su cama, un pequeño cuadro con la imagen de José de Calasanz:

«Había un gran santo (…). Era español, aragonés, pariente mío por parte de mi padre y de mi madre. Vivió muchísimos años aquí, en Roma, donde le hicieron sufrir mucho. La vida suya es un encanto (…).

Pues este hombre murió muy viejo, a los noventa y tantos años, sirviendo a los pobres de los barrios extremos, habiendo padecido toda clase de calumnias y de injurias. Lo llevaron a la Inquisición cuando era muy anciano -con toda solemnidad, por supuesto-, para que fuera ludibrio de la gente de la calle. Llegó al Santo Tribunal y, mientras lo estaban juzgando, se durmió. Tenía paz en su conciencia (…).

Pues él decía: si quieres ser santo, sé humilde; si quieres ser más santo, sé más humilde; si quieres ser muy santo, sé muy humilde (…).

Llega un momento en el que a uno no le importan nada todas las cosas de la tierra (…), pero para esto hay que hacer ese desprendimiento » (17).

Por eso, porque no busca nada más que la gloria de Dios, igual que su paisano, recibe, una vez más, la respuesta afirmativa del Cielo.

Una lápida que se alza en Villa Tevere conmemora, con palabras de fe y unidad, estos acontecimientos:

«Cuando estas casas se alzaban en servicio de la Iglesia a fuerza de una abnegación mayor en cada jornada, permitía el Señor que de fuera vinieran duras y ocultas contradicciones, mientras el Opus Dei, consagrado al Corazón Dulcísimo de María el XV de agosto de MDCCCCLI, y al Corazón Sacratísimo de Jesús el XXVI de octubre de MDCCCCLII, firme, compacto y seguro se fortalecía y dilataba. Laus Deo”».



Oposición de otros católicos

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La mayor contradicción para el Opus Dei no provino de los círculos políticos ni del mundo académico, sino principalmente de círculos eclesiásticos y clericales. La principal figura de esta campaña contra la Obra era un bien conocido religioso, unido a algunos miembros de órdenes religiosas, sacerdotes diocesanos y seglares piadosos que se movían en sus círculos. Ciertamente, no todos los sacerdotes y religiosos criticaron a la Obra; de hecho, muchos la defendieron afectuosamente. Las críticas llegaron a un punto tal que un catedrático aventuró que acabarían con el Opus Dei. Citando a Santa Teresa, Escrivá calificó la campaña en contra desatada por algunos católicos como “la contradicción de los buenos”. Asumió que los críticos actuaban, como ya había predicho Jesús , “pensando que hacían una cosa agradable a Dios” (Juan 16, 2).

En una carta de septiembre de 1941, el obispo de Madrid resumió el ataque que el Opus Dei recibía desde dentro de la Iglesia. Los críticos lo acusaron de “masonería, secta herética …, antro tenebroso que pierde las almas sin remedio; y a sus miembros, iconoclastas e hipnotizados, perseguidores de la Iglesia y del estado religioso…”[1]. Desde las sacristías, confesonarios y púlpitos se advertía del gran peligro que representaba para la Iglesia. Se esperaba una próxima condena de Roma. En un noviciado, se habló de Escrivá como del anticristo; en un colegio de religiosas de Barcelona se quemó “Camino” como si de un auto de fe se tratase. Durante una Misa de la Congregación Mariana, a la cual pertenecían algunos de la Obra, el predicador los identificó como miembros de una secta peligrosa, los expulsó de la asociación y les obligó a abandonar el templo.

Algunos religiosos hicieron lo posible ante las autoridades civiles para que se cerraran los centros de la Obra y se metiera al fundador a la cárcel. Consiguieron convencer al gobernador civil de Barcelona para que dictara una orden de arresto si Escrivá era encontrado en la ciudad. La situación se tornó tan grave que el nuncio le recomendó que, si planeaba ir a Barcelona, viajara de incógnito.

A la vez, los críticos intentaron convencer a las autoridades eclesiásticas de que tomaran cartas en el asunto. Dos miembros de una orden religiosa visitaron al obispo de Santiago y le entregaron un documento que quería dar a entender que el obispo de Madrid había prohibido a Escrivá celebrar Misa y oír confesiones. En los círculos eclesiásticos de Madrid, corrió el rumor de que había sido denunciado ante el Santo Oficio. No hubo tal denuncia formal, pero sí hubo intentos bajo cuerda para que Escrivá fuera condenado por la Santa Sede.

Lo más doloroso y dañino para la Obra fueron las visitas que algunos sacerdotes y religiosos hicieron a las familias de varios jóvenes del Opus Dei o que estaban pensando en su posible vocación. Decían a los padres que su hijo había ingresado en una secta herética y que se encontraba en grave peligro de condenación eterna. La madre de Álvaro del Portillo recibió un buen número de anónimos, seguidos de la visita de un religioso que le advirtió del grave peligro espiritual en el que se encontraba su hijo. Afortunadamente, conocía bien a Escrivá y sabía que lo dicho por aquella persona era falso. Sin embargo, muchas otras familias quedaron profundamente golpeadas por esas acusaciones. En algunos casos, amenazaron a sus hijos con la expulsión del hogar si no cortaban de raíz su relación con el Opus Dei.

Las críticas se dirigieron en primer lugar al mensaje del Opus Dei sobre la llamada universal a la santidad y a la posibilidad de santificarse en medio del mundo, sin necesidad de ser sacerdote o de ingresar en una orden religiosa. Esta idea era vista como una peligrosa novedad, contraria a la fe y a la práctica de la Iglesia, que además robaba vocaciones para el seminario y las órdenes religiosas.

Estas acusaciones llegaron a oídos del nuncio, quien pidió una explicación por parte del Opus Dei. En ausencia de Escrivá, fue Álvaro del Portillo quien le visitó. A la pregunta del nuncio de cómo se atrevían a robar vocaciones y a destruir los seminarios y los noviciados, del Portillo respondió: “Nosotros somos todos profesionales, nos ganamos la vida trabajando, y a ninguno faltan veinte duros en el bolsillo. Pues bien, señor Nuncio, ¿sabe lo que le digo?: que hay maneras más divertidas de condenarse”[2]. El sentido común que encerraba esta respuesta desarmó al nuncio. Aprendió tanto sobre el Opus Dei en esa entrevista, que se convirtió en uno de sus más entusiastas defensores.

Resulta paradójico que el Opus Dei fuera acusado de quitar vocaciones al sacerdocio y al estado religioso. La gran mayoría de los jóvenes que se acercaron al Opus Dei en la década de 1940 nunca habían pensado en ir al seminario o al convento. Antes de su primer contacto con la Obra, algunos practicaban en serio su religión, pero otros muchos no. Sólo unos pocos habían considerado la posibilidad de entregarse a Dios.

Es más, un buen número de hombres y mujeres jóvenes que empezaron a tener una vida espiritual más intensa gracias a la Obra descubrieron su llamada al sacerdocio o a la vida religiosa. Escrivá encaminó hacia las órdenes religiosas a un buen número de personas que acudieron a su dirección espiritual. Un buen día, una joven se presentó en el centro de la Obra de la calle Lagasca y le dijo que se sentía llamada a ingresar en un determinado convento, pero que carecía de dote. Escrivá, después de asegurarse de que era sincero su deseo de ingresar en la vida religiosa, le entregó todo el dinero que había en la caja del centro.

Las acusaciones contra el Opus Dei no se quedaron en esto. Muchas de ellas eran tan extravagantes que es difícil comprender cómo pudieron tomarse en serio, si no es porque en el clima de exaltación religiosa y política de la posguerra había gente dispuesta a creer cualquier cosa.

En el pequeño centro de la Obra en Barcelona había una gran cruz negra de madera sin la figura del crucificado. Corrió el rumor de que se usaba para sangrientos ritos religiosos, en los que los del Opus Dei se crucificaban a sí mismos. Para acallar semejantes rumores, se sustituyó esa cruz por una tan pequeña en la que ni siquiera cabía un niño. En Madrid, algunos miembros de un grupo católico juvenil fueron a la residencia de Jenner para descubrir los “secretos” de la “secta herética con conexiones masónicas” que circulaba por la residencia. Dijeron que habían encontrado en el oratorio palabras en no se qué misterioso lenguaje y símbolos cabalísticos de origen judío. Lo que en realidad habían visto eran unos versos de un bien conocido himno eucarístico en latín y algunos símbolos cristianos tradicionales, como la cesta de panes, las espigas o el racimo de uvas.

Álvaro del Portillo

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Al igual que los demás miembros de la Obra diseminados en la zona nacional, del Portillo trató de acercar a Cristo a sus compañeros con la palabra y el ejemplo. Tan pronto como llegó a la Academia, pidió permiso al coronel para asistir a Misa todas las mañanas en un convento cercano y prometió regresar siempre antes de la revista. El coronel lo autorizó, pero le dijo que se desentendía de lo que pasara si era detenido por la policía militar o cualquier otro. Naturalmente, los compañeros veían a del Portillo levantarse antes que el resto y le preguntaron… Al final del periodo de instrucción de oficiales, treinta iban con él a Misa todos los días.

Desde principios de 1939, Escrivá comenzó a apoyarse especialmente en del Portillo, que se convirtió en su colaborador más estrecho y le sucedió al frente del Opus Dei después de su muerte. El 10 de febrero de 1939, Escrivá fue a verle a él y a Rodríguez Casado. Les predicó la meditación con el pasaje del Evangelio en que Jesús otorga a Simón su nuevo nombre, Pedro. El comentario de Escrivá a esos párrafos era el siguiente: “Tu es Petrus,… saxum –eres piedra,…¡roca! Y lo eres porque quiere Dios. A pesar de los enemigos que nos cercan,… a pesar de ti… y de mí… y de todo el mundo que se opusiera. Roca, fundamento, apoyo, fortaleza,… ¡paternidad!”[1]. Aunque la meditación se dirigía a los dos, Escrivá aplicó el sobrenombre de roca especialmente a del Portillo. Le escribió unos días más tarde y repetía la metáfora: “Jesús te me guarde, Saxum. Y sí que lo eres. Veo que el Señor te presta fortaleza, y hace operativa mi palabra: saxum! Agradéceselo y séle fiel, a pesar de… tantas cosas (…)”[2].

[1] Salvador Bernal. RECUERDO DE ÁLVARO DEL PORTILLO. Ediciones Rialp. Madrid 1996. p. 67

[2] Ibid. p. 67

APÉNDICES

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Me ha parecido interesante completar este reportaje con varios documentos que he citado, parcialmente, a lo largo de los capítulos.

Se trata del Decreto de Introducción de la Causa de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, firmado por el Cardenal Ugo Poletti, y publicado en la «Revista Diocesana di Roma» en marzo de 1981. Contiene una breve síntesis de la vida del Fundador del Opus Dei, de su espiritualidad, y de las fases preliminares de su Proceso de Beatificación.

En segundo término, incluyo la Constitución Apostólica « Ut sit», por la que Juan Pablo II erigió el Opus Dei en Prelatura personal con fecha 28–XI–1982, tras un detenido estudio de años por parte de la S. Congregación para los Obispos, presidida por el Cardenal Baggio, y una amplísima consulta a Obispos de todo el mundo.

Finalmente, he transcrito, por su interés, las declaraciones que Mons. Alvaro del Portillo, Prelado del Opus Dei, concedió a The New York Times, pocos meses más tarde.

Álvaro del Portillo

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Al igual que los demás miembros de la Obra diseminados en la zona nacional, del Portillo trató de acercar a Cristo a sus compañeros con la palabra y el ejemplo. Tan pronto como llegó a la Academia, pidió permiso al coronel para asistir a Misa todas las mañanas en un convento cercano y prometió regresar siempre antes de la revista. El coronel lo autorizó, pero le dijo que se desentendía de lo que pasara si era detenido por la policía militar o cualquier otro. Naturalmente, los compañeros veían a del Portillo levantarse antes que el resto y le preguntaron… Al final del periodo de instrucción de oficiales, treinta iban con él a Misa todos los días.

Desde principios de 1939, Escrivá comenzó a apoyarse especialmente en del Portillo, que se convirtió en su colaborador más estrecho y le sucedió al frente del Opus Dei después de su muerte. El 10 de febrero de 1939, Escrivá fue a verle a él y a Rodríguez Casado. Les predicó la meditación con el pasaje del Evangelio en que Jesús otorga a Simón su nuevo nombre, Pedro. El comentario de Escrivá a esos párrafos era el siguiente: “Tu es Petrus,… saxum –eres piedra,…¡roca! Y lo eres porque quiere Dios. A pesar de los enemigos que nos cercan,… a pesar de ti… y de mí… y de todo el mundo que se opusiera. Roca, fundamento, apoyo, fortaleza,… ¡paternidad!”[1]. Aunque la meditación se dirigía a los dos, Escrivá aplicó el sobrenombre de roca especialmente a del Portillo. Le escribió unos días más tarde y repetía la metáfora: “Jesús te me guarde, Saxum. Y sí que lo eres. Veo que el Señor te presta fortaleza, y hace operativa mi palabra: saxum! Agradéceselo y séle fiel, a pesar de… tantas cosas (…)”[2].

[1] Salvador Bernal. RECUERDO DE ÁLVARO DEL PORTILLO. Ediciones Rialp. Madrid 1996. p. 67

[2] Ibid. p. 67


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