Científicos universitarios a la búsqueda del alma

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¿Hay sitio en la ciencia para el alma? ¿Puede la neurociencia –lo que sabemos del cerebro- sugerir su existencia? 40 universitarios de diversas carreras debatieron en la 10ª edición del “International Interdisciplinary Seminar”.

Desde hace diez años, universitarios de diferentes disciplinas y de diversos países de Europa se reúnen en Londres para dar luz sobre alguna de las cuestiones más importantes. Algunos participan en medios de formación del Opus Dei, otros acuden atraídos por la honestidad con que se debate. Todos están interesados por saber qué opinan los demás sobre los interrogantes que ellos mismos se plantean.


Opus Dei - Leyendo unas  notas entre sesión y sesión.

Leyendo unas notas entre sesión y sesión.

Son médicos, físicos, filósofos, biólogos, matemáticos… universitarios de diferentes áreas que intentan exprimir a fondo la razón humana. Intercambiando ideas y puntos de vista, reunidos en el Netherhall College de Londres, saben que pueden ver más allá de lo que un investigador aislado.

El año pasado se preguntaron: ¿Juega Dios a los dados? Es decir, ¿es compatible la casualidad con una  inteligencia que gobierna la naturaleza?

“Son futuros médicos, físicos, filósofos, biólogos, matemáticos… universitarios de diferentes áreas que intentan exprimir a fondo la razón humana”.

La pregunta de esta 10ª edición no era menos interesante: ¿puede la ciencia –y en concreto el estudio del cerebro- decirnos algo sobre el alma y la libertad? ¿puede demostrar su existencia o su ausencia?

Hemos entrevistado a Dominic Burbidge, Lorenzo De Vittori y Antoine Suarez, organizadores y ponentes del Seminario Interdisciplinar.

- Alma y ciencia en el debate público –y más en el área universitaria- parecen mundos totalmente diversos. ¿Qué pretendíais con el seminario?

En este encuentro internacional de universitarios, hemos pretendido estudiar la cuestión del alma a la luz de los datos experimentales de la ciencia actual, y en particular de la neurociencia. Quien afirma que el hombre posee un alma espiritual, acepta implícitamente que ésta, por medio de la inteligencia y la voluntad, regula o influencia ciertos movimientos corporales, como por ejemplo los movimientos de mis dedos cuando escribo esta respuesta, o de mis labios cuando hablo con otro. ¿Contradice esta afirmación los datos científicos? Esta ha sido la pregunta básica del Seminario.

- El discurso habitual es que el alma es –si existe- espiritual y por lo tanto inaccesible desde lo material, desde lo que se percibe a través de los sentidos. No se niega su existencia, se niega simplemente la capacidad de demostrarla. Hay, por lo tanto, una barrera. ¿Cómo proponéis superarla?

Opus Dei - Los  universitarios pudieron escuchar a expertos.

Los universitarios pudieron escuchar a expertos.

No hemos pretendido demostrar la existencia del alma, sino sólo demostrar que la ciencia actual admite fenómenos que tienen sus raices fuera del espacio-tiempo, y por tanto, en cierto modo admite que lo que se percibe a través de los sentidos proviene en parte de operaciones no-materiales o espirituales. Resulta también instructivo comparar esta nueva perspectiva científica al análisis de Sto Tomás de Aquino en la Suma teológica (I, q. 110) sobre la actuación de los ángeles en el mundo corporal.

- Por qué dormimos, el funcionamiento “informático” del cerebro o la evolución del universo han sido algunos de los temas que han abordado la pregunta del alma. ¿Cuáles han sido las propuestas más sugerentes?

El sueño es un fenómeno importante para la comprensión del hombre y del universo. Fenómeno en cierto modo paradójico pues, aunque no parece ofrecer una clara ventaja evolutiva, los datos de la neurobiología hacen pensar que la evolución no llegará a producir un cerebro que pueda prescindir de dormir.

El hombre sería así un ser que por naturaleza es incapaz de conciencia ininterrumpida.

Opus Dei - Al proceder de  diferentes carreras, los intercambios de ideas fueron muy numerosos.

Al proceder de diferentes carreras, los intercambios de ideas fueron muy numerosos.

Si uno acepta esta premisa, parece natural concluir que para obrar intencional y ordenadamente, el hombre tiene que pagar un precio: el comportamiento aleatorio característico del sueño. Esto cuadra bien dentro de los principios de la física cuántica. Lo que no quiere decir que el cerebro humano pueda compararse a un “ordenador cuántico”, ya que esta es una máquina controlable y utilizable por cualquier técnico exterior. Mi cerebro no es una tal máquina.

Otra cuestión interesante que surgió al margen de la discusión, es que en la descripción cuántica del universo el observador humano juega un papel central en la teoría. Hay que resolver por tanto el problema de cómo estaba presente el observador en el Big-Bang.

- Llama la atención la variedad de áreas de las que proceden los ponentes, casi todas del mundo científico. ¿Qué inquietud ha unido a esos universitarios?

La inquietud de fondo es hacer ver que (contrariamente a la conclusión de Kant) no hay contradicción entre el profundo deseo de libertad que tiene cada hombre, y los principios de la ciencia.

“No hay contradicción entre el profundo deseo de libertad que tiene cada hombre, y los principios de la ciencia”.

- “Quien deja a Dios al margen de la realidad es sólo aparentemente un realista”, dijo Ratzinger. El Papa continúa insistiendo en la complementariedad entre conocimiento de la razón y conocimiento de la fe. ¿Conocéis su discurso? ¿han estado las enseñanzas del Papa presentes en el seminario?

La cita de Ratzinger está en relación directa con el análisis del Seminario: si admitimos que el hombre es libre, hay que admitir inteligencias invisibles detrás de los fenómenos; y viceversa, la negación de Dios acaba destruyendo la libertad humana.

Por una parte, hemos visto que ciertas teorías utilizan el término “realista” como sinónimo de existencia espacio-temporal o corporal, y contribuyen así a una cierta confusión.

Por otro lado, hemos insistido en que la ciencia actual admite otros dominios de existencia que los puramente materiales. Las mismas verdades matemáticas parecen confirmar esta conclusión. Y así mismo la creatividad artística exhibida en el show final, en particular, un formidable recital de piano por Mladen, un participante de Croacia.

Opus Dei - Sala de  estudio de Netherhall Collegue (Londres), donde tuvo lugar el simposio  de universitarios.

Sala de estudio de Netherhall Collegue (Londres), donde tuvo lugar el simposio de universitarios.

- Esta ha sido la 10ª edición. ¿Cómo resumiríais esos días? ¿cómo ha sido la experiencia?

Quienes hemos participado en el seminario, coincidimos en afirmar que la ciencia de hoy no impone una visión determinista del mundo. Por tanto quien quiere ser libre, puede escoger serlo. En el próximo seminario pretendemos analizar esta conclusión con más detalle.

Profundo amor y veneración a los religiosos

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Tenía un profundo amor y veneración por el estado religioso. Entre los santos de su particular devoción estaban San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier, Santa Teresa de Jesús, San Juan Bosco, Santa Teresa de Lisieux… Tenía muchos amigos religiosos y durante esos viajes de catequesis solía visitar a comunidades de religiosos y religiosas, pidiéndole que rezaran por sus intenciones. En la actualidad un número muy elevado de comunidades religiosas son Cooperadoras del Opus Dei.

—Padre, —le comentó un párroco— ayer terminé de dar un curso de retiro a religiosas de clausura…

¡Estupendo! Dios te bendiga.

—Y me encargaron: dígale al Padre que le queremos muchísimo y que le agradecemos, a él y al Opus Dei, el bien que nos está haciendo, y que diga unas palabritas para nosotras.

Os agradezco con toda el alma el cariño que tenéis a las religiosas. Es indispensable que estas benditas almas reciban dirección espiritual; si no, no tendrán vida interior. Ahora, muchos de nuestros hermanos no quieren sentarse en el confesonario. Vosotros, sin prisa, debéis atender a las almas, pero procurando —como he dicho otras veces— que lleven la confesión preparada, de modo que sea contrita, breve, clara, completa, y habiendo hecho ya unos propósitos firmes. Así podréis atender más almas. Pero si veis que hay una que va por caminos de entrega a Dios en un convento, dedicadle más tiempo y preparadla para que pueda seguir esa vocación. Si no, se van a cerrar muchas de esas casas, y sería una lástima, porque son un tesoro maravilloso de la Iglesia. Dios te bendiga, por haber trabajado por las religiosas de clausura.

Había encaminado a bastantes hombres y mujeres que le pedían consejo espiritual, hacia la vida religiosa. Es el caso, entre otros, de Fray Hugo Quesada, cartujo. El Espíritu Santo —le dijo Escrivá en 1942— te lleva por esos caminos. Un ejemplo entre muchos: en los años cuarenta fue a visitarle una joven que quería entregarse a Dios en la vida religiosa. Le dijo que necesitaba una cantidad de dinero como dote para ingresar. Al oírlo, don Josemaría, a pesar de la grave situación económica que atravesaba, le preguntó a Isidoro Zorzano cuánto dinero había en casa y se lo dio todo.

Barbastro

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

“¡Así que era eso, Señor!”

Ahora, muchos acontecimientos vividos en Barbastro, en Logroño, en Zaragoza, y en los meses que han transcurrido desde su llegada a Madrid, iluminados con una luz nueva, los ve como una clara preparación de lo que acaba de suceder en su alma.

Hasta donde llegan sus recuerdos, predomina, a pesar de las sombras, la imagen de una felicidad apacible, de unos padres diligentes y amorosos.

Pensando en su padre, evoca su rostro sereno, el pelo corto, el fino bigote y esa mirada chispeante, de inteligencia y de alegría, que las contrariedades no lograron alterar. Josemaría no tuvo nunca reparo en confiarse a él; no recuerda que le castigara severamente más que una sola vez, y lo que le causó mayor dolor no fue el cachete recibido, sino el disgusto provocado con su cabezonería.

Le gustaba caminar junto a él por El Coso, donde los amigos, los vecinos y los parientes se saludaban al cruzarse. Luego, cuando creció un poco, su padre le llevaba a pasear por los alrededores de la ciudad, y la conversación se hacía más confiada.

Cuando, a mitad del otoño, venían los primeros fríos, don José compraba un cucurucho de castañas asadas a un vendedor ambulante. Josemaría recuerda todavía cómo su padre le apretaba la mano y cómo se reía cuando él trataba de atrapar, en el bolsillo de su abrigo, una de aquellas castañas calentitas, que le quemaban los dedos.

En invierno, por los hondos caminos de las estribaciones de los Pirineos, cubiertos de nieve, pasaban los pastores envueltos en zamarras de piel de cordero, conduciendo sus rebaños a tierras más templadas. En un borrico, cargado de bultos, transportaban una cocinilla en la que calentaban la comida y los remedios caseros. A veces, uno de ellos llevaba a hombros una oveja enferma o sostenía en sus brazos un corderillo recién nacido.

Su madre, doña Dolores, era dulce y entera (Josemaría se había dado cuenta de su belleza contemplando un retrato de boda de sus padres). A ella le debía su piedad natural -una piedad que su padre mostraba también, sin avergonzarse- y nunca había olvidado las sencillas oraciones que ellos le habían enseñado, grabadas enseguida en su memoria infantil, tesoro del que seguía extrayendo, a diario, con qué reavivar su diálogo con Dios. “Oh, Señora, oh Madre mía -solía repetir, dirigiéndose a la Santísima Virgen-, yo me ofrezco enteramente a Vos. Y en prueba de mi filial afecto, os consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón…”.

Las lecciones de su madre eran siempre sumamente prácticas. Todavía sonríe al acordarse de lo que le decía de pequeño, cuando él se escondía debajo de la cama para evitar que le encontrasen las visitas que se empeñaban en ver al niño de la casa. Solía sacarle de allí golpeando el suelo con un bastón y cuando por fin salía, todo mohíno, su madre le decía en tono de afectuoso reproche, antes de conducirle hasta el salón: Josemaría: la vergüenza, para pecar.

Años apacibles

La casa familiar, en la que había nacido el 9 de enero de 1902, estaba en la calle Mayor, haciendo esquina a la plaza del Mercado, a la que, siendo niño, bajaba a jugar, de ordinario bajo los soportales. A veces, se llegaba con sus amigos hasta la tienda de su padre, al otro lado de la Plaza, en la calle General Ricardos. Un penetrante olor a cacao subía de los sótanos del almacén “Juncosa y Escrivá”, que abarcaba, como entonces era frecuente en la región, dos actividades: la fabricación de chocolate y la venta de tejidos. Los chicos frecuentaban también el almacén del tío materno, donde, con un poco de suerte, podían conseguir miel o algunas golosinas.

Como su hermana Carmen, dos años y medio mayor que él, había aprendido a leer y a hacer cuentas en el Colegio de las Hermanas de la Caridad. Muy cerca de allí, en Cregenzán, San Vicente de Paúl había encontrado las primeras vocaciones fuera de Francia. Josemaría recuerda con más precisión el Colegio de los Escolapios, adonde, desde los siete años, se dirigía a diario, subiendo por la calle Argensola hacia la catedral.

A1 llegar las vacaciones, iban todos a Fonz, no lejos de Barbastro, donde la abuela paterna tenía una casa. Después de cruzar el río, la carretera ascendía suavemente entre almendros y olivos verdigrises. Luego, tras un recodo del camino, aparecían de golpe las casas del pueblo, escalonadas en torno de la maciza iglesia. En Fonz vivía la abuela y también un tío sacerdote, Mosén Teodoro, y su hermana, la tía Josefina. El tío era propietario de una finca, El Palau, situada entre olivos y viñas.

Uno de los mayores placeres de Josemaría, de pequeño, consistía en asistir a la cochura del pan; le encantaba ver cómo la masa era trabajada a fuerza de brazos, añadiendo de vez en cuando un poco de levadura, y cómo los panes, todavía blancos, se introducían luego en el horno ardiente mediante una larga pala de madera. El chico aguardaba, impaciente, el momento en que, ya cocidos, la cocinera abriese la trampilla del horno y le entregase un panecillo en forma de gallo que había colocado junto a las tiernas hogazas.

Encaramándose a las colinas peladas que dominaban el pueblo, podía verse una sucesión de huertos y tierras cultivadas en terrazas. Más a lo lejos, la mirada alcanzaba, de ondulación en ondulación, hasta los contrafuertes de los Pirineos, que cerraban el horizonte.

El regreso terminaba siempre por llegar antes de lo previsto. Con él, volvían los días siempre iguales: las clases en el colegio, la vuelta corriendo a casa, los juegos en la Plaza, las lecturas cada vez más largas y atrayentes, las conversaciones con papá y mamá, más serias y serenas con el paso de los años…

Cuando, ya maduro, había podido reflexionar sobre aquellos años de infancia y de adolescencia, se había dado cuenta de que la profunda influencia que sus padres habían ejercido sobre él se debía a su total disponibilidad, a la confianza con que siempre le habían tratado, soltando las riendas a medida que lo sentían madurar y enseñándole -aunque sólo fuese vigilando sus pequeños gastos- a administrar bien su libertad.

Con todo, no le parecía que él hubiese sido un niño fácil. Aunque pronto se había resignado a que le besasen algunas señoras amigas de su madre (¡una de ellas tenía bigote, y pinchaba!), le sobrevenían a veces rebeliones súbitas que tardó bastante tiempo en dominar… Incidentes sin importancia que ahora le hacen sonreír: el día en que estrelló contra la pizarra el trapo porque el profesor de matemáticas le preguntó algo que no había explicado en clase; o aquel otro, sucedido anteriormente, en el parvulario de las monjas de la Caridad, cuando le acusaron sin razón de haber pegado a una niña -no podía soportar la injusticia- sus protestas porque tenía que aprender latín -el latín, para los curas y frailes… .

Pero también sabía aguantarse siempre que era necesario. Un día que le mordió un perro, para evitar que su madre se asustara si le veía la herida ensangrentada, fue derecho a casa de una de sus tías para que le curara. En otra ocasión, precisamente la víspera del día de su Primera Comunión, no dijo a nadie que el peluquero le había quemado con las tenacillas cuando trataba de rizarle el pelo. Su misma madre tardó bastante en darse cuenta.

Fueron los primeros contactos con la contrariedad, con el dolor, con el sufrimiento; los primeros encuentros con la Cruz, en medio de un camino amable y sonriente.

Lo de las tenacillas había sucedido poco antes de hacer la Primera Comunión, a los diez años, como acababa de recomendar el Papa Pío X. Desde hacía tres o cuatro, venía confesándose con cierta regularidad. En cuanto había tenido uso de razón, su madre le había explicado, con toda sencillez, en qué consistía este sacramento, ayudándole a prepararse para recibirlo y llevándole a su propio confesor. La primera vez, tras acusarse de sus pecadillos infantiles, éste -un buen religioso- le había dicho que, en penitencia, se comiera un huevo frito. De regreso a casa, le habló a su madre de ello.

¡Cómo se rieron sus padres -excelentes cristianos, pero nada ñoños- comentándolo entre ellos!

Durante varios meses, un religioso escolapio le había estado preparando para recibir al Señor en su alma. Nunca, desde entonces, se olvidaría de rezar, a diario, la fórmula de la Comunión espiritual que le había enseñado: “Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre; con el espíritu y fervor de los santos”.

La Eucaristía había sido para él, al principio, aquel óvalo rodeado de luces temblorosas en el centro del gran retablo del coro de la catedral de Barbastro. Su madre le había explicado que, detrás de aquel cristal, estaba Jesús, presente de manera misteriosa, esperando sin cesar la adoración silenciosa de los hombres.

Cuando iban a la catedral, solían entrar también en la capilla del Cristo de los Milagros; estaba situada a la derecha del pórtico y el Cristo se hallaba protegido por un historiado baldaquino. En la nave derecha se detenían ante la imagen que representaba la Dormición de María. La Virgen, con las manos juntas, reposaba en una urna situada bajo un altar con retablo de madera. Finalmente, oraban unos instantes ante la pequeña imagen de la Virgen del Pilar, réplica de la que se venera en Zaragoza.

Solían rezar el Rosario en casa, en familia, a la caída de la tarde, y los sábados, en la iglesia de San Bartolomé, donde se celebraba un acto en honor de la Virgen.

La piedad popular, en Barbastro, se manifestaba especialmente en ciertas fiestas, como la de Santa Ana -26 de julio-, que se celebraba en una capillita de la Plaza del Mercado, que ese día se llenaba de flores. También se llevaban flores a la Virgen en el mes de mayo. En Navidad, se ponía el Nacimiento, siempre el mismo y siempre renovado, con sus montañas de corcho o de cartón-piedra y las ingenuas figuritas que los niños ayudaban a colocar en torno al portal de Belén. La familia se congregaba para cantar a coro los villancicos populares que, con ritmo alegre o tono melodioso de canción de cuna, expresan el gozo de los hombres ante la venida al mundo del Niño-Dios. A medianoche, Josemaría y su hermana acompañaban a sus padres a la Misa del Gallo en la catedral, que semejaba un navío varado en las sombras.

Piadoso, pero sin tener conciencia de haber hecho nada extraordinario, Josemaría era también, como los chicos de su edad, un muchacho alegre y revoltoso que tiraba a su hermana de las trenzas y que, cuando su madre le mandaba volver inmediatamente a casa, se asomaba al balcón y se sentaba con las piernas colgando entre los barrotes para ver cómo sus camaradas seguían jugando.

No obstante, era bastante dócil y por nada del mundo hubiese sido capaz de dar un disgusto a sus padres. Porque, desde hacía algún tiempo, la alegría, en su casa, se mezclaba con las lágrimas.

Años de prueba

Tres niñas habían nacido después de él: María Asunción, cuando tenía tres años; María Dolores, cuando tenía cinco, y Rosario, cuando contaba siete.

Al año de nacer, murió Rosario. Josemaría se dio cuenta del dolor contenido de sus padres y de los esfuerzos que hacían para suavizar su propia pena. Dos años después pudo contemplar, en la iglesia parroquial, cómo unas niñas acompañaban el cadáver de otra hermana suya, Lolita, sosteniendo unas cintas blancas enlazadas al ataúd, como era costumbre en los entierros de los niños.

La vida familiar se hizo más apretada, más íntima. Josemaría, que por segunda vez veía a la muerte de cerca, comprendió que a sus padres les costaba más aún ocultar su dolor. Le habían explicado que sus dos hermanas estaban en el cielo, muy cerca de Dios Padre y de la Santísima Virgen; creía, sí, en su eterna bienaventuranza y que, de una manera distinta, seguían estando presentes en el hogar, pero cuando al cabo de poco más de un año su madre le comunicó que su hermana preferida, María Asunción, una rubita adorable a quien todos llamaban familiarmente Chon, acababa de morir, pensó que aquello era ya demasiado y se arrojó a sus brazos sollozando.

-¿Cómo está Chon? -le había preguntado al verla venir a su encuentro.

-Muy bien; ya está en el cielo -había respondido su madre con dulzura.

La serenidad de su voz y de su rostro le ayudó a aceptar un poco mejor esta nueva separación.

Aunque no se permitió a los niños que asistieran al velatorio, él había conseguido entrar en la habitación, donde lloró y lloró ante el cuerpo de la pequeña.

Amigos y parientes les acompañaron en su dolor, pero los Escrivá, lejos de endurecerse, intensificaron su vida cristiana y su mutuo amor.

Ahora, en este 2 de octubre de 1928, es capaz de apreciar mejor el heroísmo de sus padres, que no permitieron que se perdiese el ambiente de alegría y de paz que Carmen y él habían conocido siempre. Y es que sus padres se querían de veras y lo manifestaban con toda sencillez. Eso era todo.

Esos acontecimientos, y los que pronto sobrevendrían, tenían, pues, un sentido cuya profundidad hasta entonces ni siquiera había sospechado; ahora comprende la razón profunda de su propia existencia, preparada de manera remota y misteriosa para una empresa divina… Haciéndole sufrir con el sufrimiento de sus seres queridos, el Señor había estado como “trabajándole”, a la manera de un herrero que diera un golpe en el clavo y cien en la herradura.

La muerte de Chon le había impresionado tanto, que solía decir: ¡Ahora me toca a mi!. Y es que sus tres hermanas habían ido muriendo en razón inversa a su edad, de la más pequeña a la mayor.

Pero su madre le tranquilizaba:

-No te preocupes, que te hemos ofrecido a la Virgen de Torreciudad…

En efecto: su madre le había contado cómo, cuando tenía dos años, él había enfermado, también, gravemente. Tanto que los médicos le desahuciaron. Entonces ella había invocado espontáneamente a la Señora que se veneraba no lejos de allí, en Torreciudad, a la cual tenía especial devoción. Y una mañana, de repente, había amanecido curado, cuando la víspera, por la noche, apenas podía respirar ni hablar y los dos médicos que le atendían le daban pocas horas de vida.

-¿A qué hora ha muerto el pequeño? -había preguntado a don José uno de ellos, dispuesto a darle el pésame.

-Ven a verle: está curado. Hace un momento, estaba dando saltos agarrado a los barrotes de la cuna.

Poco después, cuando se repuso del todo, Josemaría, en brazos de su madre, montada en una mula que avanzaba con prudencia por caminos de herradura, se encontró camino de la ermita de Torreciudad. Sus padres iban a presentarle a la Virgen, en agradecimiento por su curación, sin duda milagrosa. Su madre le diría, después, que había pasado mucho miedo, mientras, montada en silla sobre la mula, bordeaba los precipicios del Valle del Cinca. La arraigada fe de sus padres y su gratitud hacia la Madre de Dios les ayudó a llegar hasta la ermita, colgada sobre un promontorio rocoso que cae a pico sobre el río, desde el cual se divisan las cumbres de los Pirineos.

Con la muerte de las niñas, los sufrimientos de la familia no habían hecho más que comenzar. Le esperaban, en efecto, nuevas amarguras. En primer lugar, una prueba muy distinta…

Un día sus padres tuvieron que decir la verdad a sus hijos: las cosas iban de mal en peor y, pronto, su padre no tendría más remedio que liquidar el negocio…

Así sucedió, en 1914. A sus doce años, Josemaría era ya capaz de darse cuenta de lo que aquello significaba y de comprender la angustia de sus padres: estaban arruinados.

La admiración hacia su padre subió enormemente de punto cuando descubrió que había pagado a sus acreedores sin acogerse a las posibilidades de moratorias que le ofrecía la ley. Un gesto de lealtad y honestidad tanto más destacable en cuanto que una de las causas determinantes de la quiebra del negocio había sido la concurrencia desleal de su socio. “Don José Escrivá es tan bueno -comentaban algunos- que se han aprovechado de él para jugarle una mala pasada.”

Pero no todos los comentarios eran tan favorables. En las ciudades pequeñas, el fracaso no se perdona y las murmuraciones están a la orden del día.

Para Josemaría, todo empezó con ciertas reflexiones en voz alta de camaradas y vecinos, con miradas esquivas, con palabras de conmiseración casi incomprensibles, con retazos de conversación entre sus padres que él a veces sorprendía… Un presentimiento, en suma, confuso al principio, que, poco a poco, fue cuajando en convicción de que algo grave sucedía.

¡Le hubiese gustado tanto poder ayudar a sus padres!

Había visto cómo su padre envejecía sensiblemente, sin quejarse y sin perder un ápice de su elegancia y de su señorío.

Tuvieron que reducir su nivel de vida. Doña Dolores empezó a desempeñar las tareas domésticas con la única ayuda de su hija Carmen, y a disminuir considerablemente los gastos, sin quejarse en absoluto. La elegancia con que sus padres soportaban esta nueva cruz que el Señor les enviaba fue para él una lección de valor y resignación cristiana. Tanto que, años después, cuando empezó a leer asiduamente las Sagradas Escrituras, no pudo por menos de comparar la actitud de su padre con la de Job, el justo del Antiguo Testamento, objeto de la incomprensión de parientes y amigos, por haber perdido su fortuna.

Abandonado por todos, incluso por aquellos que debían estarle agradecidos o mostrarle su solidaridad familiar, don José Escrivá se puso inmediatamente a buscar otro trabajo. Acudió a los pocos amigos fieles que le quedaban y, a tal efecto, hizo algunos viajes, uno de ellos a Logroño, capital de la Rioja.

Raíces profundas

En apariencia, todo seguía siendo como antes para Josemaría: el colegio, los juegos, las lecturas y ahora, además, algo de música; también había empezado a hacer algunas incursiones en el mundo de los adultos, acompañando a su padre a los círculos culturales de Barbastro y de Fonz.

Se había ido despertando en él un cierto interés por el pasado, que, con el tiempo, se fue profundizando. De labios de su padre y de las conversaciones que éste mantenía con sus amigos, había aprendido a conocer mejor la región -el Somontano-, tierra de transición entre los Pirineos y el valle del Ebro, hacia el cual desciende entre torrenteras y colinas; tierra, también, de intercambios comerciales y de luchas políticas.

En Barbastro -sede episcopal desde que en el año 1101 Pedro I de Aragón reconquistó la ciudad, en poder de los musulmanes-, se habían celebrado, el año 1137, las Cortes que consagraron la unión de Aragón y Cataluña. Un obispo famoso había sido San Raimundo, nacido en Durban, en la diócesis de Toulouse, y muerto en Andalucía, junto a Alfonso I el Batallador. También San Vicente Ferrer había residido allí, probablemente… Quienes no habían dejado muy buen recuerdo eran el condestable francés Bertrand Duguesclin y sus huestes: el 2 de febrero de 1366 habían saqueado la ciudad; trescientas personas que se habían refugiado en la torre de la catedral murieron allí abrasadas…

Sus profesores del Colegio de los Escolapios le habían hablado con veneración de su Fundador, San José de Calasanz, ascendiente lejano de su familia, nacido en Peralta de la Sal, quien, siendo todavía un joven sacerdote, había desempeñado su ministerio en Barbastro.

Se había interesado también por la historia de los Escrivá, oriundos de Narbona, que, en el siglo xu, se habían establecido en Balaguer, cerca de Lérida, a poco de la reconquista de la ciudad por los cristianos. Sus antepasados, terratenientes al principio, se habían inclinado hacia las artes liberales tras la represión centralizadora castellana de los siglos XVII y XVIII. Su bisabuelo paterno, José María Escrivá y Manonelles, había ejercido como médico de Fonz, cerca de Barbastro.

La cuna de su familia materna, los Albás, estaba en Ainsa, plaza fuerte del Alto Aragón y capital del antiguo Condado de Sobrarbe. Un tío abuelo de Josemaría había sido obispo de Ávila, y dos de sus tíos maternos eran sacerdotes, uno de ellos beneficiario en la catedral de Burgos, y el otro, don Carlos Albás, arcediano del Cabildo de Zaragoza.

Josemaría se había enterado de que este último no se había mostrado nada indulgente con su cuñado, al que reprochaba su falta de habilidad en los negocios y su excesiva lealtad con los acreedores, lo cual -según estimaba don Carlos- no había hecho más que perjudicar a la familia.

A comienzos de 1915, su padre pasó algunos meses en Logroño, trabajando en un negocio análogo al que acababa de perder y buscando -y luego acomodando- una casa en la cual instalar a los suyos.

Josemaría había terminado en Barbastro aquel curso escolar, se había examinado en Lérida y había pasado el verano en Fonz, con cierta melancolía. ¿Volverían a pasar allí las vacaciones al año siguiente?…

En septiembre, regresaron a Barbastro y se dispusieron a iniciar los preparativos para el traslado a Logroño.

Un día, muy de mañana, montaron en la diligencia, no sin mirar atrás para contemplar por última vez la ciudad en la que dejaban un trozo de su corazón. Unos cuantos kilómetros más allá rezaron al pasar cerca del Santuario de Nuestra Señora de Pueyo, encaramado en una colina que domina el Somontano oriental.

Acababa de volverse una página en la vida de la familia Escrivá, camino de una provincia desconocida.

Madrid, entre septiembre de 1931 y febrero de 1934

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Aquel individuo se abalanzó sobre él sin que le diera tiempo a defenderse. Don Josemaría es incapaz de librarse de esas dos manos que le atacan con violencia, al mismo tiempo que el agresor le cubre de injurias. Un poco más y no podrá respirar…

Casi en ese mismo instante, alguien le defiende, y la violencia de aquel individuo cede. Don Josemaría respira profundamente mientras el joven que acaba de librarle del atacante murmura, sonriendo: “¡Burrito sarnoso!”. Antes de que le dé tiempo a reaccionar, el joven se pierde entre la gente.

¿Cómo lo había sabido el joven? Mientras sigue su camino en dirección a 1a iglesia de Santa Isabel, don Josemaría siente que en su alma se mezclan el deseo de dar gracias a Dios por haberle librado de aquel mal paso y una impresión de desconcierto. Son muy pocas, en efecto, las personas que conocen la intimidad de su alma y menos las que saben que, en sus diálogos con Jesús, no quiere ser para El más que un burro sarnoso, indigno de recibirlo, de representarlo, de llevarlo entre los hombres.

Con todo, le inunda una gran paz, aunque está deseando hablar con el Señor, en el Sagrario. Lo que acaba de suceder es tan inexplicable que creería haber tenido una pesadilla si en ese momento no inundara la calle un sol radiante y los transeúntes siguieran caminando como si tal cosa…

En el confesionario de Santa Isabel

Desde el mes de septiembre de 1931, viene visitando todos los días este barrio, próximo a la Estación de Atocha, donde se encuentra la iglesia de Santa Isabel, cuya cúpula y fachada neoclásicas dan a una pequeña plaza encuadrada por un convento de clausura y un colegio de niñas.

El convento es el de las Agustinas Recoletas, a quienes se lo donó la Corona a comienzos del siglo XVII. Sus rentas provienen de un Real Patronato, el cual administra también el Colegio de Nuestra Señora de la Asunción -situado a la derecha de la iglesia de Santa Isabel- que llevan otras religiosas. Don Josemaría se ha ofrecido como capellán de las Agustinas y todos los días celebra la Santa Misa a las ocho de la mañana. Las monjas asisten a ella tras una reja erizada de gruesas puntas, a la izquierda del altar mayor, mirando desde la nave del templo. Oficia también en las ceremonias litúrgicas, en especial, la Bendición con el Santísimo.

Conoce bien la iglesia de Santa Isabel, porque viene confesando allí desde hace algunos meses. Las agustinas están encantadas con su nuevo capellán, porque aprecian su piedad, su disponibilidad y su buen humor. Cuando alguna de ellas está enferma, le lleva la comunión después de la misa; luego, cambia algunas palabras llenas de alegría sobrenatural con ellas, en los pasillos o en el patio.

Pasa largos ratos recogido en oración ante el altar mayor, adosado a un gran retablo barroco; son momentos de confiado diálogo entre un hijo, consciente de su debilidad, y su Padre Dios.

¡Señor, aquí está tu borriquillo!, exclama de nuevo un día… Y, al punto, oye una voz interior: “Un borrico fue mi trono en Jerusalén”. ¿Procederán de Dios estas palabras, que le han producido una gran turbación? ¿No serán fruto de su imaginación?

Para asegurarse, trata de confrontar enseguida, mentalmente, las palabras que acaba de oír con las de la Sagrada Escritura. El profeta Zacarías habla, en efecto -así cree recordar-, del Mesías que ha de venir, y dice: “Oh hija de Sión, regocíjate en gran manera, salta de júbilo, oh hija de Jerusalén; he aquí que a ti vendrá tu rey, el Justo, el Salvador; él vendrá pobre y montado en una asna y su pollino…” (Zac. IX, 9). Pero la evocación de este pasaje no resuelve todas sus dudas: el Señor podía ir montado en la asna y no en el pollino…

De regreso a su casa, consulta el Evangelio de San Mateo (XXI, 1-5), que reproduce la profecía de Zacarías y habla, tres versículos antes, de que Jesús había pedido a sus discípulos que desataran y le trajeran, para entrar en la Ciudad Santa, “una asna atada con su pollino al lado”, pero nada más. Así, pues, consulta a San Marcos, San Lucas y San Juan, los cuales precisan claramente que Jesús montó un borriquillo “sobre el que todavía no ha montado ningún hombre” (Mc. XI, 2; cfr. Lc. XIX, 30 y Joh. XII, 14-15). Está claro, por tanto, que Jesús había montado sobre un borrico.

Estos detalles disipan sus dudas, fruto de la prudencia que tiene siempre ante las intervenciones sobrenaturales: Dios, sin duda, ha querido, una vez más, hacerle partícipe de una brizna de su sabiduría; le ha dado una cariñosa lección que nunca olvidará.

Mira qué humilde es nuestro Jesús: ¡un borrico fue su trono en Jerusalén!, escribirá en una hoja de papel por aquellos días, para no olvidarla y hacer que, en el futuro, otras almas se aprovechen de ella. “Ut iumentum factus sum apud te!” (Ps. LXXII, 23). “¡Ante ti, no soy más que un borrico!”, repetirá a menudo en su oración y en su predicación.

Su cargo en Santa Isabel le permite pasar muchas horas en el confesionario, al cual acuden hombres y mujeres de toda condición, pues la iglesia está abierta al público. Así puede continuar dirigiendo espiritualmente a algunas jóvenes y mujeres que conoce, a las cuales anima a llevar una vida cristiana intensa en medio de sus ocupaciones habituales. Pronto, se forma un pequeño grupo: una estudiante, una secretaria, una enfermera, una profesora de un colegio…

A aquellas que considera dispuestas a recibir la gracia de la vocación al Opus Dei, les pide que se confiesen con alguno de los sacerdotes que le ayudan, para así consagrarse a su dirección espiritual propiamente dicha. Como a los jóvenes y a los hombres, les habla de que deben santificarse en su trabajo cotidiano, de virtudes humanas y cristianas, y, sobre todo, de la necesidad que tienen, para desarrollar un apostolado eficaz en su ambiente, de estar unidas siempre al Señor mediante la oración y la recepción frecuente de los sacramentos.

El ideal que les propone es, desde el principio, muy elevado. Evoca ante ellas a María Magdalena, a María Cleofás y a Salomé, que acompañan a la Madre de Dios al pie de la Cruz, mientras que los discípulos huyen, con excepción de Juan, el preferido del Señor… Más recia la mujer que el hombre, y más fiel, a la hora del dolor (…). Con un grupo de mujeres valientes, como ésas, bien unidas a la Virgen Dolorosa, ¡qué labor de almas se haría en el mundo!

Algunas parecen comprender. Su vida interior se profundiza y fortifica, ajena a esos sentimentalismos tan frecuentes en la atmósfera religiosa de la época, pues las mujeres -piensan algunos- son, por naturaleza, más piadosas que los hombres…

Lo que les propone don Josemaría es algo muy serio, capaz de llenar toda una vida y de hacerla irradiar sobre toda la sociedad.

Como siempre desde los comienzos, los enfermos hacen que maduren los primeros frutos. En el Hospital del Rey, en 1932, don José María Somoano ha pedido a una joven, que está tuberculosa, que ofrezca sus dolores y rece mucho por una intención suya que beneficiará a mucha gente: algo verdaderamente universal que necesita y necesitará oraciones y sacrificios constantes para hacerse realidad. “Reza por ello incansablemente”, le ha dicho. Y desde ese momento, María Ignacia, siempre que le ve, le pregunta por esa intención que tanto fervor le inspira.

El gobierno de la República había suprimido, de hecho, el cargo de capellán, dejándolo sin retribución alguna. Y como don José María Somoano sólo era capellán interino, resultaba difícil encontrar sacerdotes que se ocuparan de los enfermos contagiosos allí hospitalizados.

Enterado el Padre, se había ofrecido enseguida para atenderlos espiritualmente, sin ningún estipendio. Pero había sido preciso vencer la resistencia de algunos directivos, que se oponían a que los sacerdotes visitasen a los enfermos, si éstos no lo pedían expresamente…

La serenidad, el ánimo, el buen humor de don Josemaría, pronto habían causado admiración a todos, en especial a las Hijas de la Caridad, sometidas a rudas pruebas en un ambiente sumamente ingrato. Solía ir varias veces por semana, procurando, sin desanimarse, acercarse a los enfermos que más necesitaban su ayuda. ¡Cuánto contribuyó su presencia a elevar la moral de aquellas pobres gentes! Algunos eran incurables, a menudo tuberculosos, víctimas, a la vez, de una segregación irremediable.

La atmósfera del hospital se fue transformando. Pacientes hubo que afrontaron la muerte con una paz, e incluso con una alegría humanamente inexplicables.

Los domingos, si el tiempo lo permitía, don Josemaría celebraba la Santa Misa al aire libre, en el jardín, sobre un altar portátil colocado al extremo de una explanada.

Jesús, en el Sagrario de la iglesia de Santa Isabel, era el único que oía las confidencias y las súplicas de don Josemaría, moral y físicamente agotado a causa de tanto ir y venir de un extremo a otro de la ciudad. El Padre, a fuerza de pedir, obtenía del Señor esos milagros de la gracia, esas conversiones en el último momento que tanto sorprendían a las religiosas del Hospital. Como contrapartida, mediante ese misterioso intercambio que se da en el Cuerpo Místico de Cristo, los enfermos obtenían del Cielo gracia tras gracia para don Josemaría y para ese Opus Dei que estaba naciendo sin que ellos lo supieran.

¡Cuántos ejemplos había recibido de estos marginados de la sociedad! Y también de otras personas humildes, como ese lechero cuyos manejos tanto le habían intrigado a poco de llegar a Santa Isabel. Desde su confesionario, oía cómo se abría, todos los días a la misma hora, la puerta de la iglesia, en medio de un gran estrépito de chatarra. Un día que se encontraba solo, había salido a su encuentro, para ver lo que pasaba, y el lechero, sin inmutarse, le había explicado que, antes de iniciar el reparto, tenía por costumbre entrar en la iglesia con sus cántaras metálicas, arrodillarse un momento y decirle a Jesús, presente en el Sagrario: “Jesús, ¡aquí está Juan, el lechero!”

Tal simplicidad en la vida interior le había causado envidia y hasta un poco de vergüenza. Tomó la resolución de hacer lo mismo y contó el sucedido a algunas de las personas que dirigía, para ayudarlas a simplificar su vida interior y a ser más espontáneas en la oración.

En la iglesia del Patronato de Santa Isabel, donde todo invita al recogimiento y al diálogo con Dios, pasa momentos de gran paz y felicidad. Pinturas y esculturas son de buen gusto, incluso artísticamente valiosas. Provienen en su mayor parte de donaciones hechas al Real Patronato a lo largo de los siglos. Hay un Niño Jesús que le tiene cautivado. Lo ha descubierto en unas Navidades y, desde entonces, pide con frecuencia a las monjas que se lo pasen por el torno. Se trata de un niñito moreno, agitanado, con los ojos entornados y los brazos recogidos sobre el pecho, como implorando protección.

Las buenas religiosas lo han envuelto en pañales, para proteger la desnudez de este Niño Jesús, en completo desamparo…

Se ha hecho tan pequeño -ya ves: ¡un Niño!- para que te le acerques con confianza.

Unidad de vida

A finales del año 1932, su madre se instala, con Carmen y Santiago, en un piso del número 4 de la calle de Martínez Campos, en pleno barrio de Chamberí. Eso va a permitirle reunir allí, periódicamente, a los jóvenes que dirige y aconseja, con objeto de intensificar su formación.

Sus exigencias siguen siendo grandes; no hace concesiones a la facilidad, aunque a cada cual le hace progresar a su propio ritmo, como conduciéndole por un plano inclinado. Sólo así, mediante una superabundancia de su vida “para adentro”, sentirán una necesidad más imperiosa de darse a los demás. Las visitas a los hospitales les ayudan a realizar esa toma de conciencia. Que tu vida no sea una vida estéril -les repite-. Sé útil. -Deja poso. -Ilumina con la luminaria de tu fe y de tu amor.

Esta manera de proceder, tan alejada del activismo como del pietismo, debe resultarles tanto más sorprendente en cuanto que, por entonces, la efervescencia política es grande. Reina en el ambiente un clima propicio a la acción violenta e incluso al golpe de Estado. En la universidad, hay enfrentamientos entre grupos políticos y en las calles de Madrid se multiplican las algaradas.

Don Josemaría no desanima en absoluto -todo lo contrario- a los que quieren actuar con responsabilidad en las difíciles circunstancias que atraviesa el país, pero se niega en redondo a dar soluciones concretas, que a cada cual le corresponde libremente asumir. Esa es la razón -el respeto al pluralismo en materias opinables- por la que la idea de constituir un partido político confesional -católico- no le agrada en absoluto, aunque el proyecto está a punto de cuajar.

Si alguien, alguna vez, se empeña en pedirle consejo o le pone en trance de tomar posición, corta sin paliativos, en un tono que no admite réplica. Un estudiante que conoció a don Josemaría en aquellos años recuerda que un día quiso satisfacer la curiosidad de saber qué pensaba en materia política, y le preguntó su opinión sobre uno de los personajes que destacaban en aquellos días. La contestación fue rápida, inmediata: Mira, aquí nunca te preguntarán de política; vienen de todas las tendencias: carlistas, de Acción Popular, monárquicos de Renovación Española… Y ayer -añadió a modo de ejemplo- estuvieron el Presidente y el Secretario de la Asociación de Estudiantes Nacionalistas Vascos. Y continuó en otro tono, sonriendo, tras hacer una pausa: En cambio, te harán otras preguntas más “molestas”: te preguntarán si haces oración, si aprovechas el tiempo, si tienes contentos a tus padres, si estudias, pues para un estudiante es obligación grave…

Doctrina que predica incansablemente, con riesgo de desanimar a algunos, más atraídos por movimientos dirigidos a la acción inmediata. Doctrina que empieza a poner por escrito en documentos que han de servir de orientación a los que han de venir. Porque el Fundador del Opus Dei quiere que, desde el primer momento, los fines y los medios queden claramente definidos.

A los jóvenes que le rodean ya en 1932, les dice que no deben considerarse como “un grupito” y que sólo deben buscar en el estímulo para su vida interior un espíritu que les incite a llevar la fe de Cristo a todos los ambientes que frecuenten y también -¿por qué no?- allí donde puedan ser útiles. Entre ellos debe haber un sano pluralismo, formen parte o no de ese pequeño núcleo constituido por quienes se han comprometido a servir al Señor en su Opus Dei.

En una carta fechada en 1932, recuerda a éstos, una vez más, que el lazo que los une es sólo espiritual. Estáis vinculados unos a otros, y cada uno con la Obra entera, sólo en el ámbito de la búsqueda de vuestra propia santificación, y en el campo -también exclusivamente espiritual- de llevar la luz de Cristo a vuestros amigos, a vuestra familia, a los que os rodean. Sois, por tanto, ciudadanos que cumplen sus deberes y ejercitan sus derechos, y que están asociados en el Opus Dei sólo para ayudarse espiritualmente a buscar la santidad y a ejercer el apostolado con unos modos apostólicos peculiares. El fin espiritual de la Obra no distingue entre razas o pueblos -únicamente ve almas-, por lo que se excluye toda idea o mira política o de partido.

Recomienda también que, en la práctica, se evite absolutamente hablar de política -en el sentido de “discusión política”- cuando él esté presente.

Nuestra pluralidad no es, para la Obra, un problema -escribía ya en 1930, respondiendo sin duda a una objeción-. Por el contrario, es una manifestación de buen espíritu, de vida corporativa limpia, de respeto a la legítima libertad de cada uno.

Aquellos a quienes van dirigidas estas palabras del Padre, no las olvidarán jamás. Como tampoco las que invitan a no limitar la vida cristiana a lo que se ha dado en llamar “prácticas de piedad”: asistencia a ciertas ceremonias o rezo de unas cuantas oraciones.

Pero el pluralismo no es abstención, sino todo lo contrario. La vida del cristiano debe tener una coherencia que le impida desinteresarse de los que le rodean y de sus conciudadanos. La unidad de vida es un tema constante en la predicación del Padre. No puede darse una doble vida: religiosa por una parte, profesional o social por otra; una vida familiar y otra cívica, completamente separadas, como si se tratara de compartimentos estancos. Hay que ser cristianos las veinticuatro horas del día.

¿Te has molestado en meditar lo absurdo que es dejar de ser católico, al entrar en la Universidad o en la Asociación profesional o en la Asamblea sabia o en el Parlamento, como quien deja el sombrero en la puerta?

En determinadas ocasiones -y ése es el caso de España en aquella época- esta actitud de abstención sería, en efecto, más cómoda. Pero los cristianos no pueden desinteresarse de la vida pública. Algunos adoptan una actitud de indiferencia, simplemente porque no se les ha explicado que la virtud de la piedad -aparte de la virtud cardinal de la justicia- y el sentido de la solidaridad cristiana se concretan también en este estar presente, en este conocer y contribuir a resolver los problemas que interesan a toda la comunidad.

Al mismo tiempo, pone en guardia a quienes se le acercan contra la fácil tentación de “profesionalizar” el apostolado, algo corriente en una época en que el ambiente favorece que los jóvenes se lancen, a cuerpo descubierto, a una serie de actividades que les roban tiempo al estudio y cortan sus alas para una acción futura en la sociedad, al carecer del prestigio profesional necesario. Por eso, las reuniones esporádicas, que don Josemaría organiza también en casa de su madre, sólo duran el tiempo imprescindible para que los presentes capten unas cuantas ideas básicas capaces de orientarlos y sostenerlos en la lucha interior de cada día. A1 final de la reunión, el Padre comenta brevemente, con sentido práctico, algún versículo del Evangelio, que corresponde habitualmente a la Misa del día. El tiempo y la gracia de Dios irán realizando su tarea. El Fundador está convencido de que la paciencia es la mejor garantía del desarrollo de la Obra. Es preferible comenzar poco a poco que construir sobre el equívoco. Las primeras vocaciones surgirán, sin duda, de un pequeño núcleo de muchachos generosos, pero tendrán que ser los idóneos; no cristianos más o menos “píos” o “devotos”, sino caracteres fuertes, con virtudes humanas que les capaciten para superar las dificultades, pues sobre esa base podrán aprender a rezar y a dar a su vida ese sentido sobrenatural que facilitará su respuesta a la llamada de Dios.

Un día de comienzos de 1932, unos compañeros presentan al Padre a un estudiante de Medicina, Juan Jiménez Vargas, quien, por entonces, está muy comprometido en las luchas políticas de la Universidad. El joven sacerdote del que tanto le han hablado le produce una fuerte impresión, pero confiesa a sus amigos que lo que predica no corresponde a lo que él esperaba. Piensa que hay otras cosas que hacer en unos momentos en los que el país está al borde del drama…

Don Josemaría sonríe cuando se lo dicen: es natural que un muchacho de su edad piense así en momentos tan difíciles para España. Sin embargo, está seguro de que un día comprenderá -tal vez antes de lo que él piensa- que una formación doctrinal sólida y una intensa vida espiritual -en unión con Cristo- son capaces de transformar la sociedad, de manera más duradera y eficaz que un activismo improvisado y urgente.

Luis Gordon, el joven ingeniero que le acompaña en sus visitas a los hospitales, es uno de los que ha ido madurando en contacto con el sufrimiento y con las enseñanzas del Padre. Al terminar sus estudios se ha hecho cargo de una pequeña empresa situada cerca de Madrid y, poco después, ha decidido responder a la llamada de Dios.

Estas crisis mundiales son crisis de santos… Don Josemaría está convencido de esta realidad, y las dificultades que encuentra no hacen más que estimularle en su esfuerzo por abrir en la sociedad este nuevo camino de santidad que Dios ha querido hacerle ver.

Al golpe de vuestras pisadas

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Desde el 26 de junio de 1975, la Cripta donde descansa el cuerpo del Padre es visitada sin interrupción: en ese pequeño rincón romano rezan hombres y mujeres, personas de edad madura, jóvenes y niños, que acuden a su intercesión ante Dios. Algunos llegan desde países lejanos para poner, en la orilla de su tumba, las inquietudes del alma, las preocupaciones familiares, las peticiones de salud… En muchos casos, para agradecer favores recibidos por la intercesión del Fundador del Opus Dei. Y envían flores desde todos los puntos cardinales del mundo para testimoniar la presencia del amor junto a su sepultura.

Es frecuente que personas procedentes de tierras muy distantes, depositen sobre la lápida que cubre sus restos rosarios y crucifijos, recuerdos familiares. O que dejen en la Cripta un ramo de flores que simboliza el calor de su cariño, de su recuerdo y de su oración.

En la Cripta han rezado muchos Cardenales y eclesiásticos en los días que precedieron a los dos últimos Cónclaves de 1978 para pedir, por la intercesión del Padre, gracia y luz. Es habitual que se presenten también religiosos, encomendándole el aumento de vocaciones para las respectivas Ordenes y Congregaciones.

Cada año, las Misas que se celebran en el aniversario de su fallecimiento, en todos los países del mundo, requieren un templo más amplio porque la afluencia de fieles aumenta como testimonio universal de su fama de santidad.

En Ciudad de México, en 1978, fueron dos mil personas las que asistieron a la Misa en la iglesia de la Santa Veracruz; en 1979, más de diez mil llenaron la nueva Basílica de la Señora de Guadalupe.

En Guatemala, tres mil fieles ocuparon el templo de La Recolección en 1979. Un sacerdote de la diócesis comentó: «los próximos años esta Misa sólo se podrá celebrar en espacio abierto».

En la Holy Family Cathedral de Nairobi, la iglesia más grande de la Archidiócesis, el 2 de julio de 1975 asistieron mil personas. A lo largo de estos años, el número se ha ido multiplicando.

En Buenos Aires han recurrido a la Basílica de la Merced, una de las más amplias de la capital argentina. A pesar de ello, desde el comienzo de la Misa, la gente invadía ya todos los espacios disponibles.

Su intercesión se ha extendido como una ráfaga de confianza por los caminos de la tierra. Es demostrativa la frase que había escrito un conductor de autobús bonaerense, bajo la estampa editada para la devoción privada al Fundador del Opus Dei:

«Pídeselo -¡escucha siempre!».

Cardenales, Arzobispos, Obispos, Superiores de diversas Ordenes y Congregaciones, sacerdotes, religiosos, exponentes de asociaciones de Apostolado; y en la esfera civil, jefes de Estado y de Gobierno, ministros, senadores, diputados, así como entidades de todo tipo, personas de los más variados países y niveles sociales, han elevado sus ruegos al Santo Padre, para que se introduzca la Causa de Beatificación y Canonización de Monseñor Escrivá de Balaguer, de la que esperan un gran bien para toda la Iglesia.

En 1978, el Cardenal Albino Luciani, que ocupará la Silla de Pedro con el nombre de Juan Pablo 1, escribía refiriéndose al Fundador del Opus Dei:

«Fe y trabajo realizado con competencia, para Escrivá van del brazo; son las dos alas de la santidad» (12).

Ante estas realidades, Monseñor Alvaro del Portillo, nombró Postulador de la Causa de Beatificación y Canonización de Monseñor Escrivá de Balaguer al Rev. don Flavio Capucci. Con fecha 15 de marzo de 1980, se dirige a la Sede Apostólica la instancia de concesión del Nihil obstat para introducir la Causa. El Santo Padre Juan Pablo II, el 5 de febrero de 1981, ratifica y confirma lo que ya era decisión afirmativa de la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos, y el 19 de febrero el Cardenal Poletti, Vicario de Roma, da el Decreto para la introducción de la Causa.

En el número de marzo-abril de 1981, la «Rivista Diocesana di Roma» publica este decreto que contiene una síntesis breve de la vida del Fundador del Opus Dei, de su espiritualidad y de las fases preliminares del Proceso.

El 12 de mayo de 1981 comienza en Roma el Proceso de virtudes para la Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, con la primera sesión del Tribunal constituido por disposición del Cardenal Vicario de Roma.

En Madrid, el 18 de mayo, tiene su primera sesión el Tribunal constituido por el Cardenal Enrique y Tarancón que, por disposición de la Santa Sede, recibirá también las declaraciones de los testigos de lengua española.

Tres años más tarde, Monseñor Angel Suquía, Arzobispo de Madrid, clausura, el día 26 de junio de 1984, este Proceso.

El 8 de noviembre de 1986, en la sala de la Conciliazione del Vicariato de Roma, en el Palacio Letrán, tiene lugar la sesión de clausura del Proceso llevado a cabo en la Curia Romana. El Cardenal Ugo Poletti preside la ceremonia como juez ordinario. En lugar preferente, asiste Monseñor Alvaro del Portillo, junto a los miembros del Consejo General y de la Asesoría Central de la Obra. Y más de seiscientas personas entre las que se encuentran numerosas personalidades eclesiásticas: los Cardenales Poupard y Bafile; los Obispos Auxiliares Ragonesi, Marra y Giannini; el Secretario de la Pontificia Comisión para la interpretación auténtica del Derecho Canónico, Monseñor Julián Herranz; y los Embajadores ante la Santa Sede de España.

Se concluye así, a los once años de su muerte, la Instrucción de la Causa de Beatificación del Fundador del Opus Dei, cuya apertura habían solicitado 69 Cardenales y 1.300 Arzobispos y Obispos. Más de un tercio del Episcopado mundial.

En 1985, Monseñor Alvaro del Portillo hacía unas declaraciones a la prensa:

«Nosotros no somos nada, pero con nosotros, que queremos ser miembros vivos de la Iglesia, está la eficacia redentora de Cristo, la omnipotencia suplicante de María, la intercesión de nuestro Fundador, que desde el Cielo vela sobre la Obra que Dios le inspiró el 2 de octubre de 1928. Con este poder llevamos a cabo el fin de la Prelatura Opus Dei»(13).

Desde ese infinito de Dios, que ya no mide el tiempo, el Padre sabe que su espíritu intacto sigue y seguirá vigente en los caminos abiertos al golpe de sus pisadas.

3. Cómo era el Padre

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

Usted ha vivido cuarenta años junto al Padre. Soy consciente de que es prácticamente imposible describir una personalidad tan rica en cualidades humanas y dones sobrenaturales como la del Fundador del Opus Dei. Pero, por otra parte, ¿quién, fuera de usted, podría ofrecer un retrato lo menos incompleto posible?

–Su personalidad era tan rica de facetas que difícilmente puede describirse mediante esquemas generales. Además, había recibido tantas gracias del Señor que, al examinar su conducta, resulta difícil distinguir entre las cualidades naturales de su carácter y lo que es consecuencia de la gracia de Dios y la lucha ascética. He dicho intencionadamente “distinguir” y no “separar”, porque uno de los rasgos fundamentales de su personalidad era la perfecta unidad, la plena compenetración entre los aspectos humanos, apostólicos y ascéticos de su vida. Sería imposible diferenciarlos.

Nos enseñó siempre que las virtudes humanas son el fundamento de las sobrenaturales: quienes han tenido la suerte de vivir a su lado han visto realizada en su comportamiento aquella unidad de vida que predicaba con tanta pasión.

Para trazar un cuadro de conjunto, se podría decir que, ya fuera por sus virtudes o por sus dotes naturales –inteligencia, simpatía, carácter–, el Padre tenía la perfección del instrumento preparado por el Señor para la misión de fundar el Opus Dei.

Para comprender el carácter de nuestro Fundador es preciso tener presente una cualidad fundamental, que penetra todas las demás: la entrega a Dios y a las almas por Él; la disponibilidad para corresponder generosamente a la Voluntad del Señor. Este fue el norte de toda su vida. Como hombre enamorado, había descubierto el secreto que describió en el punto 1006 de Forja: Veo con meridiana claridad la fórmula, el secreto de la felicidad terrena y eternal: no conformarse solamente con la Voluntad de Dios, sino adherirse, identificarse, querer –en una palabra–, con un acto positivo de nuestra voluntad, la Voluntad divina. –Este es el secreto infalible –insisto– del gozo y de la paz.

Su entrega no era fría, “oficial”. Brotaba del amor y por eso se traducía en muestras sinceras de cariño y comprensión: tenía un corazón grande y noble. Estaba abierto a todos. Amaba el mundo apasionadamente, porque había sido creado por Dios. Le atraían todas las realidades humanas. Leía los periódicos, veía el telediario, le gustaban las canciones de amor, rezaba por los astronautas que iban a alcanzar la Luna… Era muy afable, sabía dar confianza y acoger a los demás.

A propósito de canciones: al Fundador le gustaba oír cantar, y refiriéndose a los viajes apostólicos realizados para preparar la “prehistoria” del Opus Dei en distintos países, afirmaba que había sembrado Europa de Avemarías y canciones…

–Sí, cantaba muy a menudo, con aquella voz suya de barítono, tan afinada y agradable. No era un hombre hosco, distanciado; al contrario, rebosaba humanidad, cordialidad, alegría. Nos enseñó que una sonrisa es, muchas veces, la mejor mortificación, porque nuestras mortificaciones nunca deben molestar a los que están a nuestro alrededor. Y fue por delante cumpliendo fielmente esta enseñanza. Su vida de oración y de penitencia, lejos de entristecer a los demás, infundía un auténtico gozo sobrenatural y humano a los que estaban a su lado.

Volvamos al temperamento del Padre…

–Puedo asegurar que su vida fue paradigma de hombre que sabe querer con todo el corazón y que desea servir a los demás y hacerles felices.

Estaba dotado de una inteligencia rápida y aguda, complementada por una cultura nada común y abierta a todas las ramas del saber, una destacada mentalidad jurídica y un notabilísimo gusto estético. Su personalidad humana era vigorosa y recia; su temperamento, valiente e impetuoso, fuerte y enérgico, y supo adquirir pleno dominio de sí mismo. Más de una vez me contó lo que le sucedió cuando era un sacerdote joven. Por un grave contratiempo había perdido un momento la serenidad: Me enfadé… y después me enfadé por haberme enfadado. En aquel estado de ánimo, caminaba por una calle de Madrid y se tropezó con una de esas máquinas automáticas que hacían seis fotos de carnet por unas monedas: el Señor le hizo comprender que tenía al alcance de la mano una buena ocasión para humillarse y recibir una lección ascética sobre la alegría. Entró en la cabina y se hizo las fotografías: ¡Estaba divertidísimo con la cara de enfado! Después rompió todas menos una: La llevé en la cartera durante un mes. De vez en cuando la miraba, para ver la cara de enfado, humillarme ante el Señor y reírme de mí mismo: ¡por tonto!, me decía.

El Fundador nos ha enseñado la corrección en el vestido, y una cierta elegancia según las circunstancias sociales de cada uno. Es un modo “secular” de entender la pobreza en este campo, en el que también fue por delante.

–Solía tener dos sotanas, que utilizaba en días alternos para que le durasen más; pero en algún periodo, por ejemplo, entre 1941 y 1944, no tuvo más que una, y así, cuando era preciso repasarla, no le quedaba más remedio que encerrarse en su habitación hasta que su hermana Carmen terminaba de coserla. También alguna vez en Roma tuvimos que pedir a sus hijas que la repasaran mientras esperaba en su habitación, en mangas de camisa.

Todas las noches cepillaba con cuidado el polvo de la sotana y, si tenía alguna mancha, la limpiaba con un poco de agua: yo le he ayudado muchas veces en esta operación, sosteniendo la tela. Cuando hacía falta lavarla, la pasaba a sus hijas que trabajaban en la Administración de la casa. Por eso le duraban tanto tiempo.

Hasta la fundación del Opus Dei, el Padre tenía la ropa sacerdotal necesaria tanto para invierno como para verano: cada año –cuando estaba todavía en Zaragoza–, se ponía la ropa de invierno el doce de octubre, fiesta de la Virgen del Pilar, y el siete de marzo, entonces fiesta de Santo Tomás, la de verano. Esto significa que pasaría calor en octubre, y frío en marzo y abril. Desde la fundación del Opus Dei en adelante, como otro signo de sobriedad y pobreza, decidió usar las mismas prendas todo el año.

No le gustaba llevar camiseta, y esto desde que era niño. Pero estando en Turín el 27 de noviembre de 1949, pescó un fuerte resfriado por el intenso frío. Le compré entonces una de lana y le rogué que se la pusiera. Accedió, pero, como no estaba acostumbrado a llevarla, le cortó las mangas. Años después, para combatir el reumatismo, los médicos le prescribieron que usase rodilleras: nuestro Fundador empleó entonces aquellas mangas como “rodilleras”.

Padre, algún otro detalle de su vida cotidiana…

–El Padre amaba la limpieza y el aseo personal, pero no usaba ningún tipo de perfume, convencido de que para un sacerdote el mejor olor es no oler a nada; sólo al cabo de los años aceptó nuestro consejo de emplear un agua de lavanda para desinfectar eventuales cortes al afeitarse.

Durante muchos años se cortaba el pelo en casa con nuestra ayuda; en un momento determinado, quiso comprar uno de esos peines con cuchilla pensados expresamente para cortarse el pelo uno mismo. Pero acabamos aconsejándole que recurriera al peluquero, porque el pequeño ahorro económico no compensaba los resultados tan poco satisfactorios.

Como estaba heroicamente desprendido de sí mismo, no tenía nada superfluo. Por ejemplo, desde los años cuarenta hasta 1970 usó siempre las mismas gafas, aunque eran de un modelo bastante anticuado. Se decidió a cambiarlas por la insistencia de don Javier Echevarría y mía.

Desde 1953 el Padre dormía, en la Sede Central, en una habitación pequeña y fría con el pavimento de baldosas. Un día de 1973, al levantarse por la mañana, se cayó al suelo y estuvo algunos instantes sin conocimiento sobre las frías losas. Cuando lo supe, me preocupé, por su predisposición a las enfermedades bronquiales: poco tiempo antes le había sucedido algo similar a un cardenal de la Curia Romana, el Cardenal Larraona, quien contrajo una pulmonía y murió repentinamente. Por eso, aprovechando un viaje de nuestro Fundador, en 1974 revestimos el suelo de moqueta. A su regreso se molestó, porque habíamos tomado aquella iniciativa sin que lo supiera, y sólo la aceptó cuando le dijimos que lo habíamos hecho por consejo del médico.

Sé que el Padre no fumaba. Lo había dejado cuando entró en el seminario, y regaló el tabaco y las pipas al portero.

Sin embargo, vivió siempre con personas que fumaban, sin quejarse nunca. Es más, si recibía como regalo de alguna visita una caja de puros, los guardaba para los demás. Los dejaba en un armario empotrado de su dormitorio con un frasco de agua al lado, que iba sustituyendo periódicamente, para que no perdiesen humedad. Los días de fiesta los llevaba a la tertulia, después de comer, con gran alegría, y dejaba encendida una vela fina para que los fumadores pudieran prender sus cigarros.

Estas anécdotas traducen la sencillez, la delicadeza, el espíritu de servicio, el orden y el buen humor del Padre. Y, ya que hablamos de su vida cotidiana, ¿sería posible trazar el esquema de una de sus jornadas habituales?

–En realidad, no se puede hablar de una jornada “habitual”, porque su actividad se organizaba siempre en función de lo que el Señor le pedía: servir a todas las almas por amor. Lo verdaderamente habitual para nuestro Fundador era la disponibilidad de secundar en todo momento el querer divino.

Es verdad que a lo largo de su existencia terrena se sujetó a un plan de vida que tenía puntos de referencia intocables: la oración mental, la Santa Misa, el rezo del Breviario y del Santo Rosario, y otras prácticas de piedad. De hecho, y contrariamente a lo que podría pensar quien le hubiera escuchado hablar tan sólo de la santificación del trabajo, sin conocer bien el espíritu del Fundador de la Obra, repetía constantemente esta verdad fundamental: El arma del Opus Dei no es el trabajo: es la oración. Por eso convertimos el trabajo en oración, y tenemos alma contemplativa.

Aun conservando estos puntos esenciales, la jornada del Padre tuvo características muy diferentes según las distintas épocas: por ejemplo, sus jornadas de los años treinta, cuando desarrollaba una intensa y directa actividad pastoral por los barrios de Madrid, eran muy diferentes de las de los años sesenta, en Roma, cuando su ocupación fundamental era el gobierno y la atención al desarrollo del Opus Dei.

Hablemos entonces de una jornada–tipo del Padre, en Roma, durante los últimos años.

–Al final de los años sesenta, el Padre, obedeciendo a lo que le habían prescrito los médicos, descansaba todas las noches entre siete horas y media y ocho: era tan fiel a la indicación recibida que, aunque se despertaba mucho antes, no se levantaba de la cama hasta que no se lo decía uno de sus Custodes, don Javier Echevarría; el otro Custos era yo. Antes de recibir esta prescripción médica, tenía la costumbre de levantarse en cuanto se despertaba, o apenas sonaba el despertador, aunque hubiera dormido sólo dos o tres horas: nunca se quedaba en la cama más del tiempo previsto, ni durmió jamás la “siesta”. Para no darnos preocupaciones, no le gustaba hablar de sus largas horas de insomnio, que pasaba haciendo oración. Siempre me he divertido cuando alguno le preguntaba por la mañana si había descansado bien; el Padre respondía con frecuencia: Muchas gracias, igualmente; así daba la impresión de que contestaba a la pregunta, pero, de hecho, la eludía.

En cuanto se despertaba, vivía el minuto heroico: saltaba de la cama y besaba el suelo, pronunciando como jaculatoria un vibrante Serviam! Ofrecía toda su jornada al Señor, y hacía la señal de la cruz sobre su frente, sobre los labios y sobre el pecho, mientras repetía: Todos mis pensamientos, todas mis palabras y las obras todas de este día, te las ofrezco, Señor, y mi vida entera, por amor. Besaba también el crucifijo y la imagen de la Virgen que tenía sobre la mesilla de noche.

Mientras se afeitaba solía repetir las oraciones que había aprendido en su infancia de labios de sus padres. Muchas veces, sobre todo a partir de los años cincuenta, en que ya tuvo una habitación personal, rezaba estas oraciones en voz alta, e incluso cantando. Después del aseo personal se preocupaba de dejar bien limpio el baño, arreglar la habitación y de que todo quedase en orden, por delicadeza con las personas que se ocupaban de las tareas del hogar, y para facilitarles su trabajo.

Acto seguido, continuando con la oración mental que había hecho mientras estaba despierto, en la cama, hacía otra media hora como preparación inmediata para la Santa Misa. A veces dirigía la meditación en voz alta para los que estábamos en el oratorio; debo decir que todos esperábamos, como un gran regalo del Señor, los momentos en los que el Padre, por decirlo así, nos abría su alma y nos confiaba, en la presencia de Dios, detalles de su vida interior. Pero la mayor parte de las veces, sobre todo en los últimos años, utilizaba los libros de Meditaciones escritos por indicación suya.

En cuanto a la Santa Misa, habría que extenderse mucho más…

Sobre este tema me reservaría una pregunta específica para cuando hablemos de la vida sacramental del Padre.

Conforme, lo dejamos para entonces. Su desayuno era frugal y rápido, de acuerdo con su profundo espíritu de mortificación y la severa dieta que los médicos le habían impuesto desde que le diagnosticaron la diabetes. Se limitaba a una taza de café con leche sin azúcar, y sin pan, y a una fruta, generalmente una manzana o una pera. Mantuvo este régimen después de curarse de la diabetes, sustituyendo la fruta por un pequeño trozo de pan. Siempre era café poco cargado, y la leche, descremada.

Después del desayuno, el Padre dedicaba unos minutos a la lectura del periódico. Antes, dividía las páginas en dos mitades, y me las iba pasando a mí, que desayunaba a su lado. Se notaba que, mientras leía, rezaba por tantos problemas del mundo y de la Iglesia. En los últimos años, se puede decir que prácticamente no conseguía leer el diario porque, muchas veces, le sucedía que, nada más empezar, prescindía inmediatamente de las noticias, y su mente se sumergía por completo en Dios: apoyaba la frente sobre la palma de la mano derecha, cerraba los ojos y rezaba, aprovechando que estaba a solas conmigo. Mirándole, y viéndole tan absorto en Dios, yo también rezaba.

Tras el Breviario, que solía recitar condon Javier Echevarría y conmigo, antes de empezar a trabajar, el Padre dedicaba un tiempo a la lectura meditada del Nuevo Testamento. Con frecuencia anotaba alguna frase, nada más leerla, y la utilizaba en la predicación, en sus escritos, o en la oración mental de la tarde, etc. Tengo la certeza de que siempre sacaba por lo menos una consideración para meditarla durante el día en la presencia de Dios.

La mañana de trabajo comenzaba normalmente con el despacho de asuntos relacionados con el gobierno del Opus Dei. En este trabajo de gobierno, nuestro Fundador veía siempre almas detrás de los papeles. Para mantenerse en la presencia de Dios se valía de algunas “industrias humanas”; por ejemplo, miraba frecuentemente al crucifijo de la pared o a la imagen de la Virgen que estaba en su escritorio. Me impresionó siempre el cariño con que besaba esta imagen cuando yo la hacía caer, sin darme cuenta, al cambiar de sitio alguna cosa.

Después venía el tiempo del correo. Al Padre le gustaba abrir los sobres personalmente, aunque después me los pasaba a mí –y en los últimos años también a don Javier–, para que le ayudase a leer el contenido. Separaba las cartas relacionadas con el gobierno, dirigidas al Consejo General, de las personales. En cuanto a estas últimas, si advertíamos que alguna era confidencial, se la devolvíamos inmediatamente, sin leerla. Estoy seguro de que el Padre no leyó ninguna carta sin rezar por la persona que la había escrito, y por el problema que se le exponía.

Terminada la lectura del correo, rezaba el Angelus al mediodía. Constituía un momento importante de su jornada, porque además de ser una conversación filial con la Virgen, marcaba el tiempo en que su devoción eucarística cambiaba de signo: hasta entonces había pasado la mañana dando gracias a Dios por la Misa que había celebrado; a partir del Angelus comenzaba a prepararse para la Misa que celebraría al día siguiente.

A continuación iniciaba el espacio dedicado a recibir a las numerosas personas que acudían, a veces desde países muy lejanos, para visitar a nuestro Fundador y recibir su estímulo y sus consejos. Dispuso que, salvo algún caso excepcional, cada visita durase diez minutos: en parte, por motivo de orden, ya que eran muchos los que deseaban conocerle; y en parte, por mortificación, para evitar entretenerse más con las personas cuya compañía, por la razón que fuese, le resultaba más grata. Naturalmente, cuando era oportuno, el Padre dedicaba el tiempo que hiciera falta y no dudaba en quedar de nuevo para otra entrevista.

Después de despedirse de la última visita con una bendición sacerdotal y paterna, rezaba con los miembros del Consejo General las Preces de la Obra: como es costumbre en el Opus Dei, besaba el suelo diciendo Serviam! y renovaba interiormente el ofrecimiento de obras que había hecho por la mañana; después rezaba las invocaciones de alabanza y súplica a la Trinidad, a Jesucristo, a la Virgen, a San José y a los Ángeles Custodios; rezaba por el Papa y por el obispo de la diócesis –cuando estaba fuera de Roma–, por la unidad en el apostolado, por los benefactores de la Obra, por sus hijos y por los difuntos, y terminaba con una oración y seis invocaciones a los Patronos del Opus Dei: tres Arcángeles y tres Apóstoles.

Al final de las Preces, el Padre hacía un breve examen de conciencia sobre la mitad de la jornada transcurrida y consideraba, en particular, cómo había cumplido el propósito formulado en el examen de conciencia de la noche anterior. Si se daba cuenta de que aquella mañana había algo por lo que debía pedir perdón a alguien, actuaba con rapidez, buscando inmediatamente al interesado.

Normalmente comíamos con el Padre sólo don Javier Echevarría y yo, por la sencilla razón de que no quería obligar a sus hijos más jóvenes, que seguramente necesitaban comer más, pues era muy austero en las comidas. También por este motivo, cuando tenía invitados, se las ingeniaba para no hacer notar su frugalidad, y no desairar a los otros comensales. En el almuerzo, como en el desayuno, seguía la dieta prescrita por los médicos, pero, además, procuraba añadir a cada plato el condimento de la mortificación. De primero, tomaba verdura cocida y sin sal. De segundo, un poco de carne o de pescado, generalmente a la plancha, con un mínimo de guarnición. De postre, fruta. No probaba el pan ni el vino, y bebía uno o dos vasos de agua, por expresa indicación médica, pues, por su parte, tendía a mortificar severamente la sed. También por mortificación, nunca empezaba a comer hasta que nos habíamos servido don Javier Echevarría y yo.

Después del almuerzo el Padre hacía la Visita al Santísimo. Luego pasaba un rato, treinta o cuarenta minutos, charlando con sus hijos: era una costumbre que nuestro Fundador practicó siempre, a diario, desde que los miembros del Opus Dei comenzaron a vivir en familia en nuestros Centros, e indicó expresamente que se viviera en todos los Centros de la Obra. En el ambiente sencillo y acogedor del cuarto de estar, como sucede en toda familia cristiana, la conversación discurría sobre los sucesos cotidianos, y anécdotas apostólicas, o también temas divertidos; el Padre aprovechaba para formar en nosotros un criterio doctrinal seguro, para dar tono sobrenatural a las noticias del día, y hacer descansar a sus hijos. En muchas ocasiones nos abría confidencialmente su alma, y transmitía su espíritu, mejorando la formación espiritual de quienes le escuchaban. Me ha admirado siempre ver cómo se entregaba el Padre en estas reuniones, completamente olvidado de sí mismo, incluso cuando se encontraba agotado por el cansancio, las noches de insomnio o por haber sufrido una dura contrariedad.

Después de este rato de familia hacía la lectura espiritual, preferentemente con tratados clásicos de ascética, y volvía otra vez al trabajo: no le gustó nunca la siesta, hasta el punto de disponer que los miembros de la Obra no la hiciesen salvo por prescripción médica. A primera hora de la tarde continuaba la tarea de la mañana, y era muy frecuente que llamase a algún miembro del Consejo General para estudiar juntos algún asunto concreto. Dedicaba mucho tiempo a escribirnos cartas, bien en retazos de la mañana o en las primeras horas de la tarde.

Durante el tiempo de trabajo que precedía a la media hora de oración de la tarde, se preparaba interiormente para esta cita con el Señor. Después, antes de volver a las ocupaciones interrumpidas, la merienda, que consistía en un vaso de agua y una pieza de fruta, que con frecuencia dividía con don Javier o conmigo.

Todos los días recitaba y meditaba las tres partes del Rosario: las distribuía oportunamente a lo largo de la jornada, y terminaba con la parte del día, junto con las letanías lauretanas, después de la oración y la merienda.

La cena era aún más frugal que el almuerzo: un plato de menestra, de caldo o de verdura, sin pan; en los últimos años el médico le mandó tomar también un poco de queso, o una tortilla, además de fruta.

Después de la cena, el Padre veía a veces el telediario. También en estos momentos se valía de algunas “industrias” para vivir la presencia de Dios: por ejemplo, cuando aparecía sobre la pantalla la carátula del programa, con la imagen del globo terráqueo girando sobre su eje, aprovechaba para rezar por la evangelización de la Iglesia en todo el mundo, y por el trabajo apostólico del Opus Dei. Puedo afirmar que, especialmente en los últimos años, el Padre rezaba con mucha intensidad mientras veía las noticias de la televisión: encomendaba al Señor los sucesos que se comentaban y pedía por la paz del mundo.

Después del telediario volvía a su trabajo hasta las nueve y media. A esta hora pasaba otro rato con sus hijos en una tertulia familiar como la del mediodía. Al terminar, antes de salir de la habitación, se paraba un instante en la puerta, de modo casi imperceptible, para “dejar pasar a sus dos ángeles”: era un pequeño detalle que pasaba inadvertido a los demás y que muestra cómo vivía el trato con su ángel custodio y su arcángel ministerial. No era un gesto teatral, pues hacía falta estar muy atento y al corriente del “secreto”, para darse cuenta.

Inmediatamente después de esta tertulia con sus hijos, se retiraba en profundo silencio para hacer el examen de conciencia y rezar las últimas oraciones. Antes de acostarse recitaba a diario el salmo Miserere, postrado en tierra: después, de rodillas con los brazos en cruz, tres Avemarías, pidiendo la pureza para todas las almas, y especialmente para sí, y para sus hijos del Opus Dei. Solía meter en el bolsillo del pijama un crucifijo, que besaba repetidamente antes de dormirse, mientras repetía jaculatorias, comuniones espirituales, etc., o acompañaba con la imaginación al Señor presente en los tabernáculos de lugares lejanos.

Nuevo encuentro

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Don Ricardo Fernández Vallespín recuerda, de modo imborrable, el día en que conoció a don Josemaría Escrivá de Balaguer. Es el 14 de mayo de 1933, y tiene veintidós años. Conserva también, perfectamente anotadas, las circunstancias que rodean el encuentro.

Vive en la calle de Argensola y estudia el último curso en la Escuela Superior de Arquitectura. Ha de cruzar Madrid, cada día, para llegar hasta la calle de Estudios, muy cerca de la Puerta de Toledo, donde se imparten las asignaturas de su carrera.

Su ambiente familiar se ha visto alterado, recientemente, por la situación política de España. El hermano mayor, Arístides, también estudiante de Arquitectura, y el pequeño, Carlos, han ingresado en la cárcel por tomar parte en el levantamiento de agosto de 1932 contra el Gobierno de la República. Su padre, ingeniero militar, acaba de retirarse, y los ingresos económicos han disminuido.

A pesar de estos incidentes, Ricardo no se siente inclinado a militar en ninguna de las asociaciones políticas. Tiene el empeño de concluir cuanto antes sus estudios y, mientras, para ayudar a la familia, da clases de materias relativas a los dos últimos años de la carrera particularmente difíciles. Es uno de los más brillantes alumnos de la Escuela Superior.

El 14 de mayo de 1933, se encuentra junto a Pepe Romeo. Cuando está desarrollando la lección en un pequeño encerado, se abre la puerta y entra don Josemaría. Interrumpe momentáneamente su trabajo y le presentan a este sacerdote, que es amigo de la familia Romeo. Inmediatamente se siente atraído por su cordialidad y buen humor. En un pequeño diario, donde anota los acontecimientos más importantes de cada jornada, va a dejar escrito:

«Hoy he conocido a un sacerdote, joven y entusiasta, que no sé por qué pienso que va a tener una influencia grande en mi vida» (9).

Por eso, cuando le cita para una entrevista amistosa en su casa, acude a ella el 29 de mayo, quince días más tarde, como quien va a intercambiar impresiones con un antiguo conocido. Sin embargo, Ricardo saldrá cambiado de esta reunión.

Actualmente, la familia Escrivá de Balaguer vive en una casa de la calle Martínez Campos, número 4. Don Josemaría le recibe y le habla de vida interior. Le anima a ser mejor, a acercarse al amor de Cristo. Luego, coge un libro y escribe en la primera página:

+ Madrid 29-V-33
Que busques a Cristo
Que encuentres a Cristo
Que ames a Cristo(10).

Se trata de la «Historia de la Sagrada Pasión» del Padre Luis de la Palma.

Treinta años más tarde, don Ricardo Fernández Vallespín -sacerdote desde 1949- regresará de trabajar por el Opus Dei en América del Sur. Hace tiempo que ha dado por perdido aquel pequeño libro. Y cuando pasea su mirada por los ejemplares de una biblioteca en casa de sus hermanas, ve el título de la «Historia de la Sagrada Pasión». Lo coge y, al abrirlo, observa su nombre escrito en la contraportada; pasa la hoja y allí está, en la primera página, la dedicatoria de don Josemaría.

Lo recibe como un nuevo regalo y así se lo escribe al Fundador, que no tarda en contestarle, lleno de cariño:

«También a mí me conmovió aquella dedicatoria, que nos lleva a tiempos tan lejanos: ¡cuánto ha bendecido el Señor su Obra! (…). Reza por mí, y haz rezar por mí»(11)

A la primera entrevista en Martínez Campos seguirán algunas más; pero Ricardo, en esta época de su vida, es un muchacho de gran actividad, divertido, que saca el mayor jugo posible a las vacaciones de verano. Las excursiones, el deporte y la alegre camaradería de chicos y chicas, que comparten sus días libres, le hacen olvidar, temporalmente, aquellas reuniones.

En septiembre regresa a Madrid con una ambición: terminar su carrera, situarse lo antes posible, empezar a ganar dinero. Sin embargo, un contratiempo importante va a cruzarse en sus afanes. Cuando tiene encima los exámenes, contrae una enfermedad grave: reumatismo poliarticular agudo. Los médicos le aconsejan reposo absoluto y un tratamiento intensivo que prevenga las complicaciones. Tiene pendiente la última asignatura de sus estudios: el proyecto de un edificio. Y apenas le queda un mes para desarrollarlo.

Recuerda, de pronto, una excursión a la Virgen de Sonsoles que hizo en el verano, desde Avila. La impresión que le produjeron la ermita y los exvotos colgados en la pared. Y promete a la Señora que irá a pie desde Madrid para rezar de nuevo junto a Ella, si se cura a tiempo para recuperar la asignatura. Cede la enfermedad y, aunque le cuesta un gran esfuerzo, termina felizmente en el curso 1933-34. Es uno de los arquitectos más jóvenes de España.

En noviembre acude a visitar nuevamente a don Josemaría. Quiere hacerle partícipe de su alegría, del final de esta pequeña batalla ganada con buen pulso. En esta reunión, el sacerdote le habla de la Obra, de la cual no tiene aún noticia alguna.

Durante el caer de aquella tarde, Ricardo escucha y entiende que Dios quiere que se lleve a cabo una misión, no para solucionar un problema temporal de España, sino que tiene envergadura universal. Conoce la existencia de hombres que han elegido entregar su vida a fin de llevar el amor de Dios a las criaturas. Y todo, en el ejercicio de su profesión, en la calle, entre sus iguales. Como los primeros cristianos.

Oye la exposición cálida, personal, de don Josemaría, que abre ante su alma el horizonte espiritual de dar la vida por la Vida, el amor humano por el Amor.

Mientras escucha, sin haber tenido antes el menor pensamiento de darse enteramente a Dios, cae en la cuenta de que éste es su camino. Y con una alegría que escapa a toda explicación lógica, le dice:

«Yo quiero ser de eso»(12).

De «eso» que ve en su enorme trascendencia, pero a lo que aún no acierta a poner un nombre concreto.

Ricardo rezará pidiendo luz al artífice de toda inspiración: al Espíritu Santo. Y se siente tan gozoso, que no piensa en lo que tiene que dejar sino en lo que ha encontrado. Jamás había ido a comulgar tres días seguidos. Esta vez lo hace, y reafirma su petición sincera y tranquila. Acaba de cumplir veintitrés años y su formación religiosa es la corriente de un muchacho que procede de una familia cristiana. Pero no le faltará, desde el primer momento, la fe en el espíritu sobrenatural de la Obra ni en su vocación. Tiene la seguridad de que don Josemaría es un hombre elegido por Dios como instrumento de una gran siembra de amor y de paz.

Unos días después de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer, don Ricardo escribirá: «No puedo menos, al escribir estas líneas, de dar gracias a Dios y pedir que llegue a todo el mundo este torrente de su Amor, que abra y llegue a todos los rincones de la tierra en un cauce hondo y ancho, luminoso y fecundo. Y que glorifique al fiel instrumento que fue el Padre, durante su vida en la tierra» (13).

Doce años después, el 30 de julio de 1988, don Ricardo Fernández Vallespín morirá en Madrid después de una entrega total a la Obra de Dios. Sin duda el Padre esculpió en su alma aquellas palabras escritas como dedicatoria, en la «Historia de la Sagrada Pasión»: buscar a Cristo, encontrar a Cristo, amar a Cristo.

La Obra nació pequeña

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Veamos ahora lo que pensaba expresamente de sí mismo y de la Obra el propio Fundador del Opus Dei.

Hace la pregunta en octubre de 1967 el teólogo Dr. Pedro Rodríguez, entonces director de la revista Palabra:

–En diversas ocasiones, y al referirse al comienzo de la vida del Opus Dei, usted ha dicho que únicamente poseía «juventud, gracia de Dios y buen humor». Por los años veinte, además, la doctrina de) laicado aún no había alcanzado el desarrollo que actualmente presenciamos. Sin embargo, el Opus Dei es un fenómeno palpable en la vida de la Iglesia. ¿Podría explicarnos cómo, siendo un sacerdote joven, pudo tener una comprensión tal que permitiera realizar este empeño?

«Yo no tuve y no tengo otro empeño que el de cumplir la Voluntad de Dios: permítame que no descienda a más detalles sobre el comienzo de la Obra –que el Amor de Dios me hacía “barruntar” desde el año 1917–, porque están íntimamente unidos con la historia de mi alma, y pertenecen a mi vida interior. Lo único que puedo decirle es que actué, en todo momento, con la venia y con la afectuosa bendición del queridísimo Sr. Obispo de Madrid, donde nació el Opus Dei el 2 de octubre de 1928. Más tarde, siempre también, con el beneplácito y el aliento de la Santa Sede y, en cada caso, de los Rvmos. Ordinarios de los lugares donde trabajamos».

Quien interroga en esta ocasión es Petcr Forbath, corresponsal de Time (Nueva York), el 15 de abril de 1967:

–¿Querría describir cómo se ha desarrollado y evolucionado el Opus Dei, tanto en su carácter como en sus objetivos, desde su fundación, en un período que ha sido testigo de un enorme cambio dentro de la misma Iglesia?

«Desde el primer momento el objetivo único del Opus Dei ha sido el que le acabo de describir: contribuir a que haya en medio del mundo hombres y mujeres de todas las razas y condiciones sociales que procuren amar y servir a Dios y a los demás hombres en y a través de su trabajo ordinario. Con el comienzo de la   Obra en 1928, mi predicación ha sido que la santidad           no es cosa para privilegiados, sino que pueden ser divinos todos los caminos de la tierra, todos los estados, todas las profesiones, todas las tareas honestas. Las implicaciones de ese mensaje son muchas y la expe riencia de la vida de la Obra me ha ayudado a conocer las cada vez con más hondura y riqueza de matices. La Obra nació pequeña, y ha ido normalmente creciendo luego de manera gradual y progresiva, como crece un organismo vivo, como todo lo que se desarrolla en la historia.

»Pero su objetivo y razón de ser no ha cambiado ni cambiará por mucho que pueda mudar la sociedad,         porque el mensaje del Opus Dei es que se puede santificar cualquier trabajo honesto, sean cuales fueran las circunstancias en que se desarrolla.

»Hoy forman parte de la Obra personas de todas las profesiones: no sólo médicos, abogados, ingenieros y artistas, sino también albañiles, mineros, campesinos, cualquier profesión: desde directores de cine y pilotos de reactores hasta peluqueras de alta moda. Para los miembros del Opus Dei el estar al día, el comprender el mundo moderno, es algo natural e instintivo, porque son ellos- junto con los demás ciudadanos, iguales a ellos,- los que hacen nacer ese mundo y le dan su modernidad.

»Siendo éste el espíritu de nuestra Obra, comprenderá que ha sido una gran alegría para nosotros ver como el Concilio ha declarado solemnemente que la Iglesia no rechaza el mundo en que vive, si su progreso y desarrollo, sino que lo comprende y ama. Por lo demás es una característica central de la espiritualidad que se esfuerzan en vivir – desde hace casi cuarenta años- los miembros de la Obra, el saberse al mismo tiempo parte de la Iglesia y del Estado, asumiendo cada uno plenamente, por lo tanto, su individual responsabilidad de cristiano y de ciudadano. »

Y el mismo periodista formula una nueva pregunta:

- ¿Querría describir cómo y por qué fundó el Opus Dei y los acontecimientos que considera lo hitos más importantes de su desarrollo?

»¿Por qué? Las obras que nacen de la voluntad de Dios no tienen otro porqué que el deseo divino de utilizarlas como expresión de su voluntad salvífica universal. Desde el primer momento la Obra era universal, “católica”. No nacía para dar solución a los problemas concretos de la Europa de los años veinte, sino para decir a hombres y mujeres de todos los países, de cualquier condición, raza, lengua o ambiente – y de cualquier estado: solteros, casados, viudos, sacerdotes -, que podían amar y servir a Dios, sin dejar de vivir en su trabajo ordinario, con su familia, en sus variadas y normales relaciones sociales.

» ¿Cómo su fundó? Sin ningún medio humano .Sólo tenía yo veintiséis años, gracia de Dios y buen humor. La Obra nació pequeña: no era más que el afán de un joven sacerdote que se esforzaba por hacer lo que Dios le pedía.

» Me pregunta usted por hitos. Para mi, es un hito fundamental en la Obra cualquier momento, cualquier instante en que, a través del Opus Dei, algún alma se acerca a Dios, haciéndose así más hermano de sus hermanos los hombres».

Sacerdocio común y sacerdocio ministerial

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“Sacerdote para la eternidad” es una homilía pronunciada por San Josemaría Escrivá el 13.IV.73, Viernes de Pasión, antigua conmemoración de los Siete Dolores de la Santísima Virgen María.

Ni como hombre ni como fiel cristiano el sacerdote es más que el seglar. Por eso es muy conveniente que el sacerdote profese una profunda humildad, para entender cómo en su caso también de modo especial se cumplen plenamente aquellas palabras de San Pablo: ¿qué tienes que no hayas recibido (1 Cor IV, 7). Lo recibido… ¡es Dios! Lo recibido es poder celebrar la Sagrada Eucaristía, la Santa Misa –fin principal de la ordenación sacerdotal–, perdonar los pecados, administrar otros Sacramentos y predicar con autoridad la Palabra de Dios, dirigiendo a los demás fieles en las cosas que se refieren al Reino de los Cielos.

El sacerdocio de los presbíteros, si bien presupone los Sacramentos de la iniciación cristiana, se confiere mediante un Sacramento particular, por el que los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo, son sellados con un carácter especial y se configuran con Cristo Sacerdote de tal modo que pueden actuar en la persona de Cristo Cabeza (Cfr. Concilio Vaticano II, Decreto Presbyterorum Ordinis n. 2). La Iglesia es así, no por capricho de los hombres, sino por expresa voluntad de Jesucristo, su Fundador. El sacrificio y el sacerdocio están tan unidos por ordenación de Dios, que en toda ley la Antigua y la Nueva Alianza, han existido los dos. Habiendo, pues, recibido la Iglesia Católica en el Nuevo Testamento, por institución del Señor, el Sacrifico visible de la Eucaristía, se debe también confesar que hay en Ella un nuevo sacerdocio, visible y externo, en el que fue trasladado el antiguo (Concilio de Trento, Doctrina sobre el Sacramento del Orden cap. I (Denzinger–Schön. 1764 (957)).

En los ordenados, este sacerdocio ministerial se suma al sacerdocio común de todos los fieles. Por tanto, aunque sería un error defender que un sacerdote es más fiel cristiano que cualquier otro fiel, puede, en cambio, afirmarse que es más sacerdote: pertenece, como todos los cristianos, a ese pueblo sacerdotal redimido por Cristo y está, además, marcado cn el carácter del sacerdocio ministerial, que se diferencia esencialmente, y no sólo en grado (Cfr. Concilio Vaticano II, Const. Dogm. Lumen Gentium n. 10) del sacerdocio común de los fieles.

No comprendo los afanes de algunos sacerdotes por confundirse con los demás cristianos, olvidando o descuidando su específica misión en la Iglesia, aquella para la que han sido ordenados. Piensan que los cristianos desean ver, en el sacerdote, un hombre más. No es verdad. En el sacerdote, quieren admirar las virtudes propias de cualquier cristiano, y aún de cualquier hombre honrado: la comprensión, la justicia, la vida de trabajo –labor sacerdotal en este caso–, la caridad, la educación, la delicadeza en el trato.

Pero, junto a eso, los fieles pretenden que se destaque claramente el carácter sacerdotal: esperan que el sacerdote rece, que no se niegue a administrar los Sacramentos, que esté dispuesto a acoger a todos sin constituirse en jefe o militante de banderías humanas, sean del tipo que sean (Cfr. Ibidem, Decreto Presbyterorum Ordinis n. 6). que ponga amor y devoción en la celebración de la Santa Misa, que se siente en el confesonario, que consuele a los enfermos y a los afligidos; que adoctrine con la catequesis a los niños y a los adultos, que predique la Palabra de Dios y no cualquier tipo de ciencia humana que –aunque conociese perfectamente– no sería la ciencia que salva y lleva a la vida eterna; que tenga consejo y caridad con los necesitados.

En una palabra: se pide al sacerdote que aprenda a no estorbar la presencia de Cristo en él, especialmente en aquellos momentos en los que realiza el Sacrificio del Cuerpo y de la Sangre y cuando, en nombre de Dios, en la Confesión sacramental auricular y secreta, perdona los pecados. La administración de estos dos Sacramentos es tan capital en la misión del sacerdote, que todo lo demás debe girar alrededor. Otras tareas sacerdotales –la predicación y la instrucción en la fe– carecerían de base, si no estuvieran dirigidas a enseñar a tratar a Cristo, a encontrarse con El en el tribunal amoroso de la Penitencia y en la renovación incruenta del Sacrificio del Calvario, en la Santa Misa.

Dejad que me detenga, todavía un poco, en la consideración del Santo Sacrificio: porque, si –para nosotros– es el centro y la raíz de la vida del cristiano, lo debe ser de modo especial de la vida del sacerdote. Un sacerdote que, culpablemente, no celebrase a diario el Santo Sacrificio del Altar (Cfr. Ibidem), demostraría poco amor de Dios; sería como echar en cara a Cristo que no comparte su afán de Redención, que no comprende su impaciencia por entregarse, inerme, como alimento del alma.

4. Calor de hogar

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Dios quería que el Opus Dei fuese ‑en el sentido literal del término‑ una familia. Y, como acabamos de apuntar, se sirvió decisivamente de las virtudes humanas y sobrenaturales del hogar de su Fundador. Pero él también fue siempre, verdaderamente, el Padre de esa familia. La sacó adelante en lo humano, coja

corazón paterno y materno, que se volcaba hacia los socios de la Obra, tanto mientras fueron unos pocos, como cuando llegaron a sumar decenas de millares de todos los colores y de todas las razas.

Estaban ya esparcidos por los cinco continentes desde hacía años, cuando Mons. Escrivá de Balaguer hizo su último viaje a España. Acudió a su ciudad natal con motivo de la imposición ‑el 25 de mayo de 1975‑ de la medalla de oro de Barbastro. Llegado el momento, al comenzar la lectura de su breve discurso, en el salón de sesiones del Ayuntamiento, tuvo que interrumpirse:

Perdonad. Yo estoy muy emocionado, por doble motivo: pri­mero, por vuestro cariño; y, además, porque a última hora de ayer recibí un aviso de Roma, comunicándome la defunción de uno de los primeros que yo envié para hacer el Opus Dei en Italia. Un alma limpia, una inteligencia prócer, doctor en Dere­cho Civil por la Universidad de Madrid, entonces Universidad Central; doctor en Derecho Canónico por la Universidad Latera­nense; abogado rotal. Después, en tiempos de Juan XXIII, nom­brado auditor de la Rota.

Ha servido a la Iglesia con sus virtudes, con su talento, con su esfuerzo, con su sacrificio, con su alegría, con ese espíritu del Opus Dei que es de servicio. Yo debería estar contento de tener uno más en el cielo, ya que tan frecuentemente en una familia tan numerosa tiene que suceder un hecho de este género. Pero estoy muy cansado, muy abrumado. Me perdonaréis y estaréis contentos de saber que tengo corazón. Sigo.

Esta reacción ‑de padre de familia con corazón humano y con fe divina‑ era idéntica a la que siempre tuvo ante la muerte de otros socios de la Obra. El P. Sancho, O.P., testimonia cómo, cuando murió Isidoro Zorzano en 1943, el Fundador del Opus Dei estaba, a la vez, apenado por la separación y contento porque había muerto como un santo.

Y es que ‑añade el religioso dominico‑ “dentro de su celo infatigable por todas las almas, tenía un cariño paterno y un en­trañable desvelo por sus hijos. Eran la niña de sus ojos. Los tra­taba con fortaleza, exigiéndoles para que fueran santos, pero con la familiaridad de un padre con sus hijos. A mí me sorprendía este modo de tratarles, sobre todo a aquellos socios de la Obra que yo tenía en mucho, porque eran catedráticos: para él eran siempre y principalmente sus hijos. Era muy respetuoso con su libertad y les quería a todos muchísimo; es natural, porque al fin y al cabo eran sus hijos”.

“Muchas veces ‑expresa don José Luis Múzquiz, uno de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, junto con don Álvaro del Portillo y don José María Hernández de Garnica‑ he visto al Padre, aun teniendo mucho trabajo, pasarse tiempo junto a un enfermo, dándole visión sobrenatural, contándole cosas para dis­traerle, haciendo alguna norma de piedad con él”.

En los años setenta, cuando empezó a estar muy enfermo don José María Hernández de Garnica ‑Mons. Escrivá de Balaguer le llamó siempre con su apelativo familiar, “Chiqui”‑, don José Luis Múzquiz recibió en febrero de 1972 una carta de don Álvaro, diciéndole que “Chiqui está muy mal de salud”, y que quiere “el Padre que te lo escriba yo directamente para que reces”. Al leer esto, don José Luis se acordó de que, igual que, con la enfermedad de Isidoro Zorzano ‑como las madres cuando están sus hijos pequeños enfermos‑ el Padre presentía algo grave, antes del diagnóstico de los médicos. Lo mismo sucedía en esta ocasión: don José María Hernández de Garnica había ido a Roma y en cuanto el Padre lo vio, lo mandó inmediatamente a que le hicieran una revisión médica a fondo.

La víspera de la Fiesta de la Inmaculada ‑7 de diciembre (le 1972‑ murió en Barcelona don José María. Poco después, don José Luis Múzquiz recibía una carta de Roma:

Me ha llegado hace unos momentos la dolorosísima noticia del fallecimiento de Chiqui (q.e.p.d.). Bien purificado se nos lo ha querido llevar el Señor. No puedo ocultarte que he sufrido ‑que sufro mucho‑, que he llorado.

Haz muchos sufragios por él, y pide a todos que los hagan, aunque estoy seguro de que ya no los necesitará. Encomiéndale ‑yo lo he hecho desde el primer momento‑ todas las cosas que llevamos en e1 corazón, que Chiqui seguirá empujando, como ha hecho siempre, muy cerca de la Santísima Virgen.

Que estés sereno y con paz: el Señor sabe más.

Así en la muerte, como en la vida. Encarnación Ortega subraya la delicada ternura del Padre: “Intuía nuestras preocu­paciones, nuestro estado de ánimo”. Y detalla manifestaciones bien concretas de cómo hacía compatible ese cariño suyo ‑ma­terno‑ con la energía en la corrección y la fortaleza de un padre que sabe exigir a sus hijos, también porque los quiere. Así, cuando llegaban a Roma asociadas de la Obra, generalmente para cursar estudios, se preocupaba de que se les facilitase la ambientación, especialmente si venían de países lejanos, muy dis­tintos: evitarles los rigores del clima, hacer que se incorporasen gradualmente a las comidas italianas, proporcionarles la compa­ñía de personas que hablasen su idioma.

Encarnación Ortega estaba en Londres en septiembre de 1960. Poco antes, algunas asociadas del Opus Dei habían mar­chado a Osaka y Nairobi. Comenzaban el trabajo apostólico de la Obra, como siempre, con muy pocos medios materiales. El Fun­dador, que por aquellos días se encontraba en Londres, sentía en su corazón la premura de llamarles por teléfono para tener noti­cias directas de ellas. Preguntó cuánto costaría, y calculó que, prescindiendo de otras cosas, podrían hacer ese gasto. Y lo hizo. Le venció su corazón de Padre.

Pero el cariño no excluía la fortaleza, que era un modo dis­tinto de manifestar ese cariño. Nunca dejó de corregir: ni en asuntos de fondo, en que estaban en juego aspectos medulares del espíritu del Opus Dei, ni en cuestiones menudas, aparentemente sin importancia.

Porque sabía querer, supo corregir. Sus advertencias no he­rían, no aplanaban. Ponía tal afecto ‑por enérgica y clara que fuera la corrección‑, que todos se sentían queridos, y animados a hacer las cosas bien.

Este afecto determina que el Opus Dei sea familia, fuera de todo eufemismo. Y ese cariño alcanza especialísimamente a las familias de los socios de la Obra.

Fruto de su meditación del quinto misterio gozoso del Santo Rosario ‑el Niño perdido y hallado en el Templó‑, el Fundador del Opus Dei había escrito: (…) Y, al consolarnos con el gozo de encontrar a Jesús ‑;tres días de ausencia!‑ disputando con los Maestros de Israel (Le., II, 46), quedará muy grabada en tu alma y en la mía la obligación de dejar a los de nuestra casa por servir al Padre Celestial.

Era una obligación clara, siempre vivida así en la Iglesia. Pero también, siempre que fuera posible, quería el Fundador del Opus Dei que los socios de la Obra que no vivían con sus padres los acompañasen en los momentos duros, al menos ‑cuando les resultaba imposible estar físicamente a su lado‑ con su oración incesante, con sus continuas cartas, o con la compañía de otros socios de la Obra.

Lo vivió así. Y enseñó a vivirlo a los más jóvenes, que ‑por temperamento, casi por ley de vida‑ podían encubrir el amor y el agradecimiento hacia sus padres con un cierto y aparente ‑a veces simplemente perezoso‑ distanciamiento.

Como anota don Remigio Abad, que desde hace años es cape­llán de Xaloc, obra apostólica promovida por el Opus Dei en Hospitalet de Llobregat, “me enseñó a querer a mis padres con un cariño más intenso; en varias ocasiones me preguntó ‑sabía que yo era perezoso para escribir‑: ¿Cuántos días hace que no escribes a tus padres? Él los encomendaba cada día en la Santa Misa‑.

Cuando le hablaban de padres que no acaban de estar con­tentos de que sus hijos fueran socios de la Obra, era a éstos, generalmente, y con toda razón, a quienes echaba la culpa. Por­que no sabían ser fieles, en la práctica, al espíritu de la Obra. Una madre brasileña escribía en 1974 a su hijo, después de conocer a Monseñor Escrivá de Balaguer:

“Querido hijo:

“Después de siete años, puedo nuevamente mirarte a los ojos y decirte: realmente fue mejor así. Realmente tenía que ser así.

“Ahora ya puedo ver una cruz, una iglesia, sin sentir dolor en el corazón. Sí, ahora ya puedo ver que no te me robaron. Que tú tenías que marcharte. Y que tu mundo es maravilloso.

“Tú, hijo mío, eres un privilegiado. ¡Cómo me cambió el Padre! El me devolvió a ti. Y también a Dios, a quien ahora puedo amar.

“Hijo mío, procura seguir las enseñanzas del Padre. Para n‑3í es como si fuese el mismo Amor de Cristo”.

El corazón del Fundador del Opus Dei era de veras paterno. Por eso comprendía muy bien los sentimientos de todos los padres. Y por eso tenía siempre en cuenta a las familias de los socios de la Obra. Cuando las necesidades del trabajo los lleva­ban lejos, les animaba siempre a que les escribieran con frecuen­cia, a que les dieran buenas noticias, a que les hicieran partícipes de su alegría: pues la dicha del hijo es lo que más alegra el cora­zón de unos padres.

Lo vivió así, con todos, incluso en los momentos tremendos de la guerra de España. Le emocionaba mucho a Enrique Espinós Raduán, que estuvo unas horas con el Padre en Valencia, en octubre de 1937, cuando pasó por allí camino de Barcelona. Espinós fue a despedirle a la estación con su primo Francisco Botella. De aquella entrevista conserva una impresión de sereni­dad y de paz, de inmensa confianza en Dios. Más adelante Paco se reuniría con don Josemaría en Barcelona, y estaría con él hasta cruzarlos Pirineos. Unos meses después Enrique Espinós empezó a recibir cartas firmadas por Isidoro, Zorzano dándole detalles sobre sus pasos desde Valencia a Burgos: “Era una muestra de fina caridad conmigo y con los padres de Paco; no hay duda de que lo hacía por sugerencia del Padre, ya que yo no conocía a Isidoro”.

También don Pedro Casciaro tuvo ocasión de experimentarlo por aquellos días. Había hablado muchas veces al Fundador de la Obra sobre la vida espiritual de su padre, hombre de virtudes humanas y gran bondad, pero al que su preocupación por mejorar las condiciones de los obreros le llevó a militar en un partido político que fue derivando hacia posturas cada vez más anticlericales. Dentro de ese ambiente, se retraía de prácticas externas de la religión. Don Josemaría animaba a Pedro a invocar confiadamente a la Santísima Virgen. En diciembre de 1937, después de llegar a Andorra, quiso pasar por Lourdes antes de regresar a España. Pedro se disponía a ayudarle en la Misa que iba a celebrar. Ya al pie del altar, se volvió delicadamente hacia él, que estaba arrodillado en la grada, y le dijo en voz baja: ‑Supongo que ofrecerás la Misa por tu padre, para que el Señor le dé muchos años de vida cristiana. Don Pedro Casciaro quedó sorprendido: “Realmente yo en ese momento no había hecho tal intención, pero le contesté en el mismo tono: ‑Lo haré, Padre”.

Cuando acabó la guerra, su padre tuvo que exiliarse. Suzrió muchas privaciones, pero el Señor le movió a vivir como cristiano fervoroso, con una piedad sincera. Durante los últimos once años de su vida ‑murió con mucha paz el 10 de febrero de 1960, víspera de la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes‑ fue hombre de oración, de Misa y Comunión diarias. Quiso mucho al Fun­dador del Opus Dei y era Cooperador de la Obra.

Cuando el Opus Dei creció por el mundo, no disminuyó el cariño. Es algo que no puede atribuirse a causas humanas: per­sonas de razas y temperamentos muy diversos, que no conocían el castellano y quizá nunca habían visto físicamente a Mons. Es­crivá de Balaguer, le trataban ‑le querían‑ como a auténtico Padre. Y es que era Padre de veras. Lo hacía notar un destacado pedagogo español, Víctor García‑Hoz, que le había conocido en 1939: “Una de las cosas que más me llamó la atención en os últimos años del Padre fue ver cómo en las catequesis multitudi­narias, en tertulias de cientos y aun miles de personas, sabía con­versar con aire de intimidad. Es cosa que no me explico sino por una gracia especial de Dios”.

El Fundador del Opus Dei había recomendado y practicado siempre el apostolado personal, de amistad y confidencia. Pero a medida que el desarrollo de la Obra fue haciendo imposible que recibiera y hablara con todos y cada uno de los que querían escuchar su enseñanza, surgió con naturalidad este tipo de ter­tulias, en algunas de las cuales llegaron a participar más de cinco mil personas en torno a Mons. Escrivá de Balaguer. Era llama­tivo comprobar que nunca resultaban masivas, sino que tenían el ambiente de una reunión familiar. Todos se sentían en familia, identificados con quienes iban preguntando o contando cosas: tanto una señora de ochenta años, como un chico de quince; un casado con muchos hijos o una mujer soltera; un obrero, .in profesor universitario o una artista de cine… Los temas de conversación surgían de problemas o inquietudes personales. El Padre mantenía el tono personal, íntimo. Y todos se unían en la misma preocupación y recibían sus respuestas como si se dirigiese a cada uno en particular.

De algunas de esas tertulias se conservan imágenes filmadas en color, con sonido directo. Una sola de estas películas describe mejor que muchas páginas cómo era el Fundador del Opus Dei y cómo quería a todas las personas que se apiñaban a su lado. El 16 de junio de 1974 la reunión fue en un salón enorme del Palacio de Congresos General San Martín, de Buenos Aires. Se inició con unas palabras muy breves:

No os llamará la atención si os digo ‑porque os parecerá lógico‑ que yo esta mañana, en la Santa Misa, me he acordado mucho de vosotros; y también en la acción de gracias. He pedido al Señor por cada uno: por sus preocupaciones, por sus ocupa­ciones, por sus afectos, por sus intereses, por su salud temporal, material, y por su salud espiritual. Porque os quiero felices. Y me acordaba de que íbamos a parecer aquí como una muche­dumbre. Ya estamos acostumbrados en el Opus Dei, y sabemos que no somos eso: somos una familia. A los dos minutos de hablar, la muchedumbre se convierte en un grupito. Hablamos con el cariño de media docena de personas que se entienden.

Poco después, un paraguayo señaló que su madre, de la Obra, había muerto rezando por su Fundador. Una mujer, cuyo marido era del Opus Dei, quería saber qué le faltaba a ella para decidirse también. Otro estaba preocupado porque, a veces, la intensidad del trabajo profesional hace más difícil darle sentido sobrenatural. Luego tomó la palabra un socio de la Obra, que estaba allí con su madre, viuda, inquieta por lo que pudiera ser de su hijo cuando llegase a viejo…

‑Dice que no voy a tener familia… Y como ella está acá, al lado mío, yo quiero que usted le explique que tenemos familia, que nos queremos mucho, y que además somos siempre jóvenes, como usted…

Mons. Escrivá de Balaguer ilustró su respuesta con una anéc­dota antigua. Una vez un gran personaje atacó a un socio de la Obra, porque éste, en el ejercicio de su libertad civil, había manifestado su disconformidad. Entre otras cosas, habló de que este socio de la Obra no tenía familia. Entonces, el Fundador del Opus Dei fue a verle, y le dijo: ‑Tiene mi familia; tiene mi hogar. Aquel personaje pidió perdón. Y continuaba: Tú ya sabes que tu hijo tiene familia y tiene hogar; y que morirá rodeado de sus hermanos con un cariño inmenso. ;Feliz de vivir y feliz de morir! ¡Sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte! (…) ¡Es el mejor sitio para vivir y el mejor sitio para morir: el Opus Dei! ¡Qué bien se está, hijos míos!

Muchos apreciaron aquel día que allí ‑en el Palacio de Con­gresos‑ había sabor de primitiva cristiandad, que vibraba con un solo corazón, con una sola alma, con un único afecto. Y en­tendieron que, verdaderamente, el Opus Dei es hogar, pleno de cariño humano y delicadezas santas.

Dos años antes, el 22 de noviembre de 1972, en Barcelona, una chica joven manifestó al Padre, en una reunión semejante:

‑El otro día estuve también en una tertulia con usted. A1 salir. una amiga me dijo: ‑¿Te has fijado en esos sacerdotes que estaban con el Padre? Seguro que le han oído miles de veces decir las mismas cosas. Y, sin embargo, con qué cariño le miraban. ;Cómo se quiere la gente del Opus Dei!

La respuesta fue rápida, inmediata, emocionada:

¡Pues sí! ¡Nos queremos! Sí, señor. ¡Nos queremos! Y es el mejor piropo que nos pueden decir. Porque de los primeros fieles afirmaban los paganos: mirad cómo se aman.


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