Su fallecimiento

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Capítulo “San Josemaría Escrivá de Balaguer” del libro “Contemplativos”, escrito por José Asenjo Sedano

El 26 de junio de 1975 falleció en Roma Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. Esa mañana ya no se encontraba bien, aunque realizó sus actividades con cierta normalidad. Dijo su misa temprano y visitó después, en Castelgandolfo, acompañado de don Álvaro del Portillo y don Javier Echevarría, a sus hijas del Colegio Romano de Santa María con las que conversó y les recordó “su alma sacerdotal”: “Podéis y debéis ayudar con esa alma sacerdotal y, con la gracia del Señor y el sacerdocio ministerial en nosotros, los sacerdotes de la Obra, haremos una labor eficaz…”

En esa visita se le hizo a don Josemaría su última fotografía. Poco después se sentiría indispuesto y tuvo que descansar. Enseguida decidió regresar a Roma. Contó don Álvaro del Portillo, a Cesare Cavalleri, esos últimos momentos del Fundador:

Llegados a Villa Tevere, “el Padre saludó al Señor en el oratorio de la Santísima Trinidad y, como solía, hizo una genuflexión pausada, devota, acompañada por un acto de amor. A continuación subimos hacia mi despacho, el cuarto donde habitualmente trabajaba y, pocos segundos después de pasar la puerta, llamó ¡Javi! Don Javier Echevarría se había quedado atrás, para cerrar la puerta del ascensor, y nuestro Fundador repitió con fuerza: ¡Javi!, y después, en voz más débil: No me encuentro bien. Inmediatamente el Padre se desplomaba en el suelo.

“Pusimos todos los medios posibles, espirituales y médicos. En cuanto advertí la gravedad de la situación, le impartí la absolución y la Unción de los enfermos, como deseaba ardientemente: respiraba aún. Nos había suplicado con fuerza, infinidad de veces, que no le privásemos de aquel tesoro. Fue una hora y media de lucha, llena de amor filial: respiración artificial, oxígeno, inyecciones, masajes cardiacos.

“Nos resistíamos a convencernos de que había fallecido… Nos resignamos cuando vimos que el electrocardiograma era plano…”

Revestido el cadáver con un alba y una casulla sobre la sotana que llevaba puesta en ese momento, se puso entre sus manos cruzadas el crucifijo que San Pío X tuvo entre las suyas a la hora de su muerte.

Pronto corrió por Roma la noticia de su fallecimiento y millares de personas acudieron a la Sede Central del Opus Dei a orar ante su cadáver. Su rostro infundía serena paz. Era su “dies natalis” en el Cielo. Sobre su sepulcro, en mármol, se colocó la inscripción, EL PADRE. Y la fecha de su nacimiento y óbito.

El 17 de mayo de 1992 sería beatificado y el 6 de octubre de 2002 canonizado por el Papa Juan Pablo II. En esta ocasión, entre otras cosas, dijo el Papa:

“Elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el Santo Fundador os indica, queridos hermanos y hermanas que hoy os alegráis por su elevación a la gloria de los altares. Él continúa recordándoos la necesidad de no dejaros atemorizar ante una cultura materialista, que amenaza con disolver la identidad más genuina de los discípulos de Cristo. Le gustaba reiterar con vigor que la fe cristiana se opone al conformismo y a la inercia interior.”

TEXTO DE UNA HOMILÍA (2.XII.1951): “La oración se hace continua, como el latir del corazón, como el pulso. Sin esa presencia de Dios no hay vida contemplativa; y sin vida contemplativa de poco vale trabajar por Cristo, porque en vano se esfuerzan los que construyen, si Dios no sostiene la casa.” (“Vocación cristiana”).

Afán por todas las almas

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Hasta el momento mismo de su muerte, el Fundador del Opus Dei manifestó su amor ‑su auténtica pasión‑ por la san­tidad de todos los sacerdotes. En la mañana del 26 de junio de 1975, dos horas antes de morir, el Fundador decía en un Centro de la Sección de mujeres del Opus Dei en Castelgandolfo:

Vosotras, por ser cristianas, tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo aquí. Podéis y debéis ayudar con esa alma sacerdotal y, con la gracia de Dios, al ministerio sacerdotal de nosotros, los sacerdotes. Entre todos, haremos una labor eficaz.

Sacad motivo de todo para tratar a Dios y a su Madre Ben­dita, Nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Ángeles Custodios, para ayudar a esta Iglesia Santa, nuestra Madre, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en el mundo en estos momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia y al Papa. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio a su Iglesia y al Santo Padre.

Se trataba de un tema muy original que predicó sin interrup­ción a lo largo de los años ‑nadie hasta él había precisado esa realidad teológica del alma sacerdotal propia de todos los fieles, también de las mujeres‑, y una vez más pedía ayuda.

Su amor por los sacerdotes ‑y por los religiosos y las reli­giosas, aunque siempre advertía que no era ésta su vocación­- fue constante en su vida. Lo destacaba el Arzobispo de Zaragoza. Mons. Cantero, en la homilía que pronunció en un funeral por el alma del Fundador del Opus Dei, con una anécdota expresiva: “Yo jamás olvidaré uno de mis encuentros personales con mi querido y llorado amigo Josemaría Escrivá. Inesperadamente, al caer la tarde del 14 de agosto de 1931, se presentó en mi casa en Madrid, con un calor de bochorno, en cuyo cielo, aun después de tres meses, parecía seguir flotando el humo de la quema de los conventos. Aquella visita y conversación con Josemaría Escrivá cambió la perspectiva de mi vida y ministerio pastoral”.

Mons. Abilio del Campo, obispo de Calahorra, La Calzada y Logroño, testificó también su amor incondicional e incondicio­nado al Romano Pontífice, su veneración a la Jerarquía y a los sacerdotes, sus hermanos, y su cariño a los religiosos. Y recalcó con especial fuerza su amor a los sacerdotes diocesanos, para los que providencialmente abrió un lugar en el Opus Dei, y a los que siempre inculcó obediencia rendida al Ordinario propio. En su diócesis ha conocido a diversos sacerdotes realmente ejemplares, socios de la Obra, que “siempre han sido para mí hijos obedientes v celosos colaboradores en las tareas pastorales”.

A su vez, Mons. Méndez, Arzobispo de Pamplona, declaraba en una entrevista periodística de urgencia, al tenerse noticia del fallecimiento del Fundador del Opus Dei: “También advertí su dimensión sacerdotal. El tema del sacerdocio afloraba con vivo amor. Todo lo relacionado con los sacerdotes le interesaba de forma apasionada”.

Y vivió esta solicitud en todo momento, incluso, en circuns­tancias muy duras. Así, en los bosques de Lérida, mientras espe­raba en el invierno de 1937 el momento de iniciar el camino que por los Pirineos debía llevarle hasta Andorra, había un sacerdote de Pons, escondido en el feudo de Vilaró, que fue a ver al Fun­dador del Opus Dei, y charló con él en diversas ocasiones. en otra cabaña, aproximadamente a una hora de distancia, hacía un grupo de sacerdotes refugiados desde el primer día de la guerra. No dejó de visitarlos, para reforzar su optimismo y su visión sobrenatural.

Experimentaba con gran claridad que de la santidad de todos los sacerdotes depende la santidad de muchas almas. Lo observó un sacerdote de León, don Manuel Martínez Martínez, oyéndole predicar los ejercicios espirituales para los sacerdotes de aquella diócesis, poco después de terminar la Guerra de España. Le había invitado el P. Ballester, obispo de León, que un día de aquellos observó: ‑¿,Ha visto usted cómo le escuchan? Y Mons. Escrivá de Balaguer respondió al prelado que procuraba esmerarse con los sacerdotes, porque ellos tendrían luego que moverla piedad de los fieles: si se consigue ‑decía‑ que los sacerdotes sean hombres de más fe, más virtuosos, se habrá conseguido todo».

Este amor a todas las almas explica que el Fundador (¡el Opus Dei predicase, por aquellos años cuarenta, tantos ejercicios y retiros espirituales a sacerdotes de toda España. No le sobraba el tiempo, porque entonces su trabajo para impulsar la Obra era enorme y ‑hasta 1944‑ fue el único sacerdote del Opus Del. Tenía que preparar a los socios de la Obra para el apostolado, y hacía además una amplia labor con otros muchos fieles, que bus­caban en él dirección espiritual y aliento. Por si fuera poco, le llamaban obispos de toda España para predicar a sacerdotes `° a religiosos. Al acabar la guerra española tenía 37 años, y eran muchos los prelados que le apreciaban. Por eso acudían a él. para que les ayudase a formar a sus sacerdotes.

Don Jesús Enjuto, que tenía 73 años en 1975, asistió en el verano de 1942 ‑o 1943, no sabe precisar de memoria‑ a los ejercicios espirituales que el Fundador del Opus Dei dirigió en el Seminario diocesano de Segovia, invitado por el Obispo, Mon­señor Platero. Como, hasta fechas recientes, todos los prelados organizaban ejercicios para el clero de sus diócesis, no es arries­gado pensar que quizá algún sacerdote acudiera más por cumplir con el obispo que por verdaderos deseos de aprovechar ese medio tradicional para aumentar la vida interior. Precisamente en aquel verano, a don Jesús Enjuto le dio por pensar la unanimidad de todos: “fueron unos ejercicios espirituales como nunca se habían tenido”, por la fuerza de su predicación, llena de cariño, de amor, de espiritualidad, que “no empleaba las disyuntivas tre­mendistas al uso, desalentadoras a veces y que presentaban la santidad como algo inasequible”. A1 contrario, era “una predica­ción estimulante, que a todos, sin excepción, nos movió, nos en­tusiasmó”. Se notaba que el predicador amaba a los religiosos, pero no amaba menos a sus hermanos en el sacerdocio y los quería también santos, tan santos como el religioso más obser­vante (idea ésta ‑es preciso subrayarlo hoy‑ no habitual en aquellos tiempos, en que la vida de santidad, la perfección, se asociaba al claustro, a la entrega propia de los religiosos).

Numerosísimos sacerdotes ponderan hoy ‑al cabo de más de treinta años‑ los ejercicios o retiros a los que asistieron enton­ces. Algunos conservan notas, como don Jaime Bertrán Crespell, que estuvo del 13 al 18 de octubre de 1941 en el Seminario Conci­liar de Lérida. Era coadjutor de la parroquia de San Juan Bautis­ta y profesor adjunto de Religión en el Instituto de segunda enseñanza de aquella ciudad. La idea central que retiene de aquellos días fue “enamorarme de Jesucristo”. Y sus dos prime­ros propósitos, “sentirse sacerdote cien por cien” y “aparecer tal en todas partes”, inspirados por el director de la tanda.

Una de las cosas más expresivas la publicó don Juan Ordóñez Márquez, en el diario ABC de Sevilla. Comenzaba su artículo: “No sabemos si ha muerto un santo. La Iglesia juzgará en su día. Sólo sabemos que ha muerto un sacerdote que hizo camino. Y ;qué sacerdote!”. Hacía luego toda una descripción del sacer­docio sin fronteras del Fundador del Opus Dei, que culminaba ‑como supremo elogio‑ en la afirmación de que fue un “sacerdote, en fin, capaz de contagiar de entusiasmo sacerdotal a Íos propios sacerdotes en la Iglesia”.

Para conseguir esa sintonía, ese entusiasmo, no parecía hacer nada extraordinario. Era uno más, hermano de sus hermanos, que les quería con locura, y por esto, nunca dejó de abrumarle el hecho de que debiera ser él quien les predicara: en más de una ocasión, les decía que era como vender miel al colmenero. Nada raro, nada extraordinario había en sus ejercicios espirituales. Don Francisco Álvarez Rodrigo, párroco de San Francisco de la Vega, en León, estuvo en una de esas tandas: ni sabía. ni w imaginó entonces, ni pudo deducirlo, que quien dirigía los ejer­cicios era e1 Fundador del Opus Dei. Veía en él simplemente al amigo del obispo, el P. Ballester, que le había traído para pre­dicar a los curas de su diócesis. “Es más, según se expresaba y por los ejemplos que ponía, me hice a la idea de que era de Ávila o de Segovia. Y como a mí creo que les pasó a muchos”.

A esta misma tanda concurrió don Gumersindo Fernánduz García, que guarda las notas tomadas entonces. Entre las muchas cosas que escuchó, sobre la Virgen y San José, sobre la devoción a la Eucaristía y el amor a la Santa Misa, etc. Destaca la impor­tancia de la vida de oración y de la vida de fe: “De la fe n,‑)s habló mucho, mucho. Es donde más he oído hablar de vivir vicia de fe: durante estos ejercicios”. A don Gumersindo le admiró cómo dominaba las Sagradas Escrituras, la facilidad con que citaba pasajes evangélicos, datos de las Epístolas, de memoria, al detalle, sin vacilar: “vivía el Evangelio y nos lo hacía vivir”.

Los ejercicios le dejaron una honda huella que el tiempo no ha podido borrar, pues todos los años repasa y medita los apun­tes que tomó entonces: “El día en que recibí la noticia de 1_: muerte del Padre estuve leyendo los apuntes de la meditació1 sobre la muerte que había dado en aquellos ejercicios”.

Apenas hacía un año que, en Buenos Aires, el Fundador del Opus Dei evocaba ante un nutrido grupo de sacerdotes argentinos. aquel trabajo suyo de los años cuarenta:

Yo comencé a dar muchos, muchos cursos de retiro espiritual ‑se hacían de siete días en aquella época‑, por diversas dióce­sis de España. Era muy joven, y me daba una vergüenza tremen­da. Comenzaba siempre diciendo al Señor: Tú verás lo que dice a tus curas, porque yo… ;Avergonzadísimo! Y después, si no venían, los llamaba uno por uno. Porque no tenían costumbre de hablar con el predicador.

El Fundador del Opus Dei recorrió prácticamente todas las diócesis de España. Llevaba en el alma su pasión por sus herma­nos en el sacerdocio, que no le abandonó nunca. También des­pués de haber trasladado su residencia a Roma en 1946, siguió, en la medida de lo posible, predicando a los sacerdotes. Allí le cono­ció, por ejemplo, Monseñor Infantes Florido, actual Obispo de Canarias, que asistió en 1957 a un retiro espiritual para el clero secular en Castelgandolfo. A Monseñor Infantes le impresionó la insistencia con que les urgía a fomentar una seria y responsable santidad sacerdotal, en fiel comunión con la Jerarquía (nihil sine Episcopo), y en cordial fraternidad con todos los sacerdotes, que hiciese imposible el desaliento o el aislamiento.

Prelados del mundo entero, desde el Cardenal Enrique y Ta­ranc6n, Presidente de la Conferencia Episcopal Española, al Car­denal Parecattil, Arzobispo de Ernakulam (Estado de Kerala, India), o al Cardenal Cooke, Arzobispo de Nueva York, han exteriorizado públicamente su gratitud a Mons. Escrivá de Bala­guer por este desvelo que tanto bien hizo a los sacerdotes de sus diócesis, prestando un servicio magnífico a la Iglesia. Con cierta emoción, lo encomiaba Mons. José María Guix, obispo auxiliar de Barcelona, al conferir el diaconado a cincuenta y cuatro socios del Opus Dei, pocos días después del fallecimiento de su Funda­dor. Y les animaba a quererle más, para que, desde el Cielo, les continuara ayudando a ser cada vez mejores hijos de la Iglesia: “buenos sacerdotes, que amen ‑como él amó‑ a la Santa Igle­sia, al Romano Pontífice y a la Jerarquía”.

Mons. Escrivá de Balaguer inculcó a los fieles la importancia de rezar por todos los sacerdotes, el deber de no dejarlos solos, la obligación de atenderlos también en sus necesidades materiales.

En ocasiones, dirigiéndose a laicos, exclamaba a voz en grito, como en el Teatro Coliseo de Buenos Aires, el 23 de junio de 1974:

Rezad por todos los sacerdotes ‑pecadores como yo‑, para que no hagamos locuras y para que, en el altar y fuera del altar, nos portemos como Jesucristo y Nuestra Madre la Iglesia quieren. No hay ningún sacerdote malo, son buenos todos. Serían mejores si rezáramos más. ¡Vamos a pedir más!

A los sacerdotes diocesanos recalcó siempre con términos parecidos a los que empleó un día de mayo de 1974 en Brasil: Yo tengo vuestra misma vocación. Nunca he tenido otra. Por eso, no ofendo a los religiosos ‑a quienes tanto quiero‑, si a vos­otros os amo de una manera muy particular. Es una obligación especial de fraternidad.

“Me consta también cuánto amaba a los religiosos, concre­tamente la vida contemplativa, como claramente lo manifestaba en sus cartas, e infundía en sus hijos esta estima y aprecio por la oración de las almas contemplativas”, afirma sor María Rosa Pérez, monja Clarisa en un Monasterio de Valencia.

En estas páginas se han citado, y se citarán, testimonios diversos de religiosos que profesaron profundo afecto a Mons. Escrivá de Balaguer, y que reflejan la gran estima que él tenia del estado religioso, aun no habiéndole en absoluto llamado Dios por ese camino. El Fundador del Opus Dei tenía que promover y difundir el afán de santidad en medio de la calle; se dirigía a los que viven y trabajan en circunstancias ordinarias. Y el gran medio con que contaba era la oración. También la oración de las religiosas y los religiosos, de quienes mendigaba esa limosna de sus oraciones con notable perseverancia. “En sus cartas ‑con­firma esta monja clarisa de Valencia‑ me rogaba igualmente pidiera por él y por la Obra”.

Pero no se acordaba de ellos sólo para obtener las oraciones que necesitaba, sino que, preocupado y vibrante por toda la Iglesia universal, rezaba y hacia rezar por los religiosos. Conse­guía vocaciones también para la vida religiosa (como aquel car­tujo de Porta‑Coeli, al que alude un artículo de Aurelio Mota en el diario Las Provincias, de Valencia, el 2 de julio de 1975). Y, cuando se lo pedían, trabajó directamente en favor de ellos.

Un agustino, Eduardo Zaragüeta, dejaba constancia de estas realidades en La Voz de España de San Sebastián (8 de julio de 1975): “Los agustinos sabemos de su carácter y de su sencillez cordial cuando dio ejercicios en el monasterio de San Lorenzo el Real, de El Escorial. Escrivá amaba a San Agustín y la rica tra­dición de la Orden que él fundara hace dieciséis siglos, en cir­cunstancias muy parecidas a las actuales”.

Fray Joaquín Sanchis Alventosa, franciscano, que ocupó puestos de gobierno relevantes en su Orden, y participó activa­mente en el Concilio Vaticano 11, no ha olvidado los primeros pasos del Opus Dei en Valencia, allá por el año 1939. La casa de la calle de Samaniego, sede de una residencia de estudiantes, estaba cerca de su convento de San Lorenzo, y el director de la resi­dencia les encargó que celebrasen allí diariamente una Misa y oficiasen los sábados la Bendición con el Santísimo. Surgió así una relación muy amistosa, de la que Fray Joaquín elogia “el cariño y las deferencias que tenían con nosotros, religiosos fran­ciscanos, aquellos universitarios que empezaban a vivir una espi­ritualidad seglar. Esta veneración era muestra del amor al estado religioso que Mons. Escrivá infundía en esos hijos suyos, que buscaban la santificación en medio de sus afanes profesionales”.

Quedaba claro ‑como la Iglesia universal sancionaría an­dando los años‑ que la vida en el Opus Dei es muy diversa de la vocación religiosa. Pero esta nítida diferencia, lejos de ser motivo de separación, lleva a la admiración y al cariño mutuos. Si a Fray Joaquín le encantaba que unos jóvenes universitarios le tratasen con tanto cariño, emociona también la grandeza de espíritu ‑magnanimidad cristiana‑ con que este fraile franciscano se alegra al ver la misericordia de Dios en las actividades del Opus Dei: “Muchos ex‑alumnos de nuestros colegios franciscanos me han contado el papel decisivo que para ellos ha tenido el apos­tolado de la Obra a su llegada a la Universidad. No pocos han recibido la vocación al Opus Dei. Me viene ahora a la memoria el gozo que me produjo encontrar, en Roma, a uno de mis queridos ex‑alumnos, que había recibido la ordenación como sacerdote del Opus Dei”.

El Fundador del Opus Dei difundió por todo el mundo la lla­mada universal a la santidad, también y sobre todo para los se­glares. Pero, como reconoce el P. Aniceto Fernández, que fue Maestro General de los Dominicos, esta realidad nunca significó en él, ni en los socios de la Obra, “una minusvaloración o censura de la vida religiosa, ni disminuir en nada la excelencia de la vocación religiosa”.

Otra manifestación práctica de su amor a los religiosos aparece en la decisiva ayuda que prestó para la restauración de la Orden de los Jerónimos, en el Parral (Segovia), desde 1940. José María Aguilar Collados, monje jerónimo, capellán hoy del Monasterio de San Bartolomé en Inca (Mallorca), testifica que debe su vocación de jerónimo a Mons. Escrivá de Balaguer, y amplía con los nombres de algunos estudiantes, a los que tam­bién el Fundador del Opus Dei confirmó en su camino de reli­giosos.

En el Monasterio del Parral le conoció y trató, al principio de los años cuarenta, don Pío María, hoy monje camaldulense en el Yermo de Santa María de la Herrera (San Felices, Logroño). Les dirigió algunos ejercicios espirituales, en los que ponía todo su esfuerzo ‑humano y sobrenatural‑ por remover de verdad a cada uno, aunque les decía con frecuencia que él no era monje… De hecho, además, indica don Pío María, nunca quiso entrome­terse en el gobierno de la Orden; en más de una ocasión le oyó: ‑Cada uno debe gobernar según su espíritu.

Desde el Yermo, en un rincón apartado de Logroño. don Pío María atestigua en 1975, veintinueve años después de su último encuentro con Mons. Escrivá de Balaguer: “Al saber ahora que el Opus Dei se ha desarrollado por los cinco continentes, me he llenado de alegría, pero no ha sido para mi una sorpresa”.

Son algunos retazos de la solicitud que el Fundador del Opus Dei tuvo por los religiosos, del cariño mutuo que surgía entre ellos, a pesar de la diversidad de vocaciones. Nunca dejó de rezar por todos y, siempre que pudo, les visitó, para responder a su afecto, a sus oraciones y también a las invitaciones que constan­temente recibía para que estuviera un rato con ellos.

De esta manera, en 1972, durante los meses de octubre y no­viembre, en que hizo una amplia labor por toda la Península Ibérica, no dejó de ir a algunos conventos de religiosas contem­plativas. Estuvo en Navarra con las monjas cistercienses del Mo­nasterio de San José en Alloz. En Madrid visitó una tarde a las agustinas recoletas de Santa Isabel, de cuyo Real Patronato fue Rector muchos años antes. Estuvo en el Carmelo de Coimbra. En Cádiz, con las monjas de una comunidad de carmelitas descal­zas. Luego, en Valencia, con las carmelitas de Puzol. Por último, en Barcelona, casi al final de esos dos meses de actividad ince­sante, conversó con las monjas clarisas del Monasterio de Pedral­bes. Para todas tuvo palabras de aliento sobrenatural y de agra­decimiento.

‑Sois el tesoro de la Iglesia, resumió muchas veces, también en Puzol, un convento de carmelitas rodeado de naranjales, que visitó durante su estancia en Valencia:

‑La Iglesia se quedaría árida sin vosotras, y no podríamos decir: sacad con alegría las aguas de las fuentes del Salvador. Es aquí donde sacáis las aguas de Dios, para que nosotros podamos convertir la tierra seca en un huerto lleno de naranjos. Sin vues­tra ayuda no haríamos nada; por eso vengo a daros las gracias. Estoy persuadido de que muchos sacerdotes que sufren y lloran ahora en el mundo, al escuchar vuestros cánticos ‑también los de la recreación‑ se llenarán de gozo. ;Mil veces benditas seáis!

En estas visitas, insistía en el amor con que las monjas debían ser fieles a su llamada y les prometía rezar para que tuvieran muchas vocaciones:

‑No soy religioso, pero los amo con toda mi alma, y sufro cuando veo que no tienen vocaciones. Pediré mucho para que esta comunidad tenga también gente joven.

Muchos religiosos y religiosas han manifestado también su afecto y su gratitud al Fundador del Opus Dei, cuando supieron de su fallecimiento. A veces, como señala la Superiora General de las Siervas de los Pobres, porque de sus escritos habían reci­bido impulso para luchar por la santidad personal y para vivir generosamente su propia vocación. La Superiora General de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados asegura: “Sus escri­tos, conocidos por todas nosotras, nos han ayudado a aumentar nuestro amor a la Iglesia y al Papa, y a profundizar en la doc­trina de Jesucristo” . La comunidad de carmelitas descalzas de la Encarnación (Ávila) destaca especialmente la veneración que el Fundador del Opus Dei tuvo por los sacerdotes, que a ellas, coma quería su Madre Santa Teresa, les produce “gran alegría y estímulo”. Y las monjas de San José ‑el primer monasterio fundado por la Santa de Ávila‑ subrayan cariñosamente la fre­cuencia con que Mons. Escrivá de Balaguer citaba en su predica­ción a Santa Teresa, así como la estima que “tanto él como sus hijos espirituales han mostrado siempre a la Orden Carmelita” .

Se podrían multiplicar los testimonios que, de modo sencillo y espontáneo, denotan la profunda unidad de corazones en almas a las que Dios lleva por caminos tan distintos. Sor Teresa J. García de Samaniego, Superiora del Monasterio de la Visitación de Santa María (Oviedo) certifica que, como otras muchas monjas de clausura, rezan por el Opus Dei: “Monseñor Josemaría Escrivá lo sabía y nos lo agradecía públicamente o a través de ,pus hijos sacerdotes, quienes nos piden que recemos por muchas de sus labores apostólicas”. Sor Teresa aduce expresamente un texto de Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer:

El Opus Dei ha contado siempre con la admiración y la sim­patía de los religiosos de tantas órdenes y congregaciones, de modo particular de los religiosos y de las religiosas de clausura, que rezan por nosotros, nos escriben con frecuencia y dan a conocer nuestra Obra de mil modos, porque se dan cuenta «le nuestra vida de contemplativos en medio de los afanes de la calle.

Y sor Teresa concluye: “En nuestra vida comunitaria lleva­mos una larga temporada meditando los escritos de Mons. Escri­vá de Balaguer. Leemos homilías suyas en el refectorio y en a recreación, y luego también lo hacemos privadamente para que e nuestra oración mental se llene de mociones divinas. Nos llevan a Dios, nos unen con Cristo Jesús, nos hacen querer más a nuestro Creador y a rezar más por todas las criaturas de la tierra. Al dejarnos llevar de la mano de este santo Fundador, en el que Cristo vivía de un modo intenso, muchas de nosotras hemos notado como un nuevo fervor para vivir nuestro espíritu”.

5. La grandeza de la vida corriente

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Quien se adentra, aun sólo someramente, en el perfil del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, aprecia que su mensaje se caracteriza por subrayar, de manera original y enérgica, la posibilidad de que los cristianos alcancen la plenitud de la vida cristiana en medio del mundo, precisamente a través de sus circunstancias habituales y de sus ocupaciones cotidianas. Su predicación ha abierto a innumerables personas –no sólo a los millares de fieles que forman parte de la Prelatura del Opus Dei– amplios y variados caminos para encontrar a nuestro Padre Dios en las situaciones corrientes. La santidad no se entiende ya como algo reservado a los llamados a desempeñar el ministerio sacerdotal, ni sólo a los escogidos por Dios para servirle en la vida consagrada, vocaciones siempre necesarias que merecen el agradecimiento de los demás hombres. La santidad es una exigencia de todos los hijos de Dios.

La renovación de esta doctrina, que proclama la universalidad de la llamada a la santidad, es claro exponente del carácter abierto y positivo de la personalidad humana y eclesial del Fundador del Opus Dei. Porque implica una alta valoración de cada persona –cualquiera que sea su formación intelectual, oficio o profesión– y el reconocimiento de que todos los afanes nobles de la tierra, también los que parecen triviales o sin importancia, pueden engarzarse en el itinerario del alma hacia Dios.

En buena parte, gracias a la amplísima movilización apostólica generada e impulsada por el Beato Josemaría, esta doctrina de la grandeza de la vida cotidiana ha llegado a millones de personas del mundo entero. Pero, cuando ese dinamismo dio comienzo, hace ahora casi setenta y cinco años, el planteamiento resultaba insólito para muchos católicos. En el Decreto pontificio sobre sus virtudes heroicas, se expresa esa realidad en los siguientes términos: «Ya desde el final de los años veinte, Josemaría Escrivá, auténtico pionero de la sólida unidad de vida cristiana, sintió la necesidad de llevar la plenitud de la contemplación a todos los caminos de la tierra, e impulsó a todos los fieles a participar activamente en la acción apostólica de la Iglesia, permaneciendo cada uno en su lugar y en su propia condición de vida»[1]. A este gran servidor de Dios y de los hombres se le llama en ese documento contemplativo itinerante, porque su existencia refleja una íntima unión con Dios dentro de una actividad apostólica incansable, desarrollada entre personas diversísimas, a quienes alentó a una lucha alegre y decidida para ser «contemplativos en medio del mundo», es decir, mujeres y hombres que recorren los senderos de la tierra buscando la intimidad con Cristo, para llegar en Él al Padre, por el Espíritu Santo.

Grande fue el gozo del Fundador del Opus Dei cuando el Concilio Vaticano II enseñó esta doctrina sobre el valor del carácter secular, que define el estado propio y peculiar de los laicos. Según expresa la Constitución dogmática Lumen gentium, «los laicos tienen como vocación propia buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios. Viven en el mundo, en todas y cada una de las profesiones y actividades del mundo y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, que forman como el tejido de su existencia. Es ahí donde Dios los llama a realizar su función propia, dejándose guiar por el Evangelio, para que, desde dentro, como el fermento, contribuyan a la santificación del mundo, y de esta manera, irradiando fe, esperanza y amor, sobre todo con el testimonio de su vida, muestren a Cristo a los demás. A ellos de manera especial les corresponde iluminar y ordenar todas las realidades temporales a las que están estrechamente unidos, de tal manera que éstas se realicen según Cristo, se desarrollen y sean para alabanza del Creador y del Redentor»[2].

El horizonte que se alzaba en el ambiente cultural de los años veinte y treinta, no favorecía al joven sacerdote Josemaría Escrivá lanzar su propuesta de devolver a las circunstancias de cada día su noble y original sentido. Tampoco en el estricto campo católico encontraba un sólido punto de apoyo para desarrollar el paradigma de la unidad entre la vida ordinaria y la fe seriamente asumida. El diagnóstico del Concilio Vaticano II reconoce más bien una drástica fractura: «La separación entre la fe que profesan y la vida cotidiana de muchos debe ser considerada como uno de los errores más graves de nuestro tiempo»[3]. Por su parte, Pablo VI llegó a escribir que la ruptura entre el Evangelio y la cultura es el drama de nuestra época[4]. Y son estas dos dimensiones descoyuntadas, la sobrenatural y la humana, las que el Beato Josemaría se empeña en conciliar sin confundir.

Este estimulante panorama quedó vigorosamente descrito por el Santo Padre Juan Pablo II en la homilía pronunciada durante la ceremonia de beatificación del Fundador del Opus Dei: «Con sobrenatural intuición, el Beato Josemaría predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por eso, el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en unión con Jesucristo, pues el Hijo de Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la realidad del hombre y a toda la creación (cfr. Dominum et vivificantem, 50). En una sociedad en la que el afán desenfrenado de poseer cosas materiales las convierte en un ídolo y motivo de alejamiento de Dios, el nuevo Beato nos recuerda que estas mismas realidades, criaturas de Dios y del ingenio humano, si se usan rectamente para la gloria del Creador, y al servicio de los hermanos, pueden ser camino para el encuentro de los hombres con Cristo. “Todas las cosas de la tierra –enseñaba– también las actividades terrenas y temporales de los hombres, han de ser llevadas a Dios” (Carta 19-III-1954)»[5].

Por consiguiente, el programa de «santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar con el trabajo», implica una profunda renovación del concepto y de la realidad de la labor humana, tal como ésta ha sido entendida por buena parte de la cultura contemporánea. Poco sentido tendría acometer tal empresa si el trabajo fuera exclusivamente una realidad económica, al servicio del propio enriquecimiento, a través de la manipulación de materias primas o del intercambio de productos con la mediación de instrumentos financieros. Este menguado economicismo sería una depurada manifestación de materialismo práctico, presente incluso en ideologías que enfatizan la libertad muy cortamente o de modo sesgado. Porque no responde al sentido último de la condición humana que la búsqueda de un provecho egoísta, por parte del individuo, sea el camino para generar –gracias a la acción de una especie de «mano invisible»– el bienestar de todos. No se puede prescindir de la noción clásica de bien común –actualizada en nuestros días por la doctrina social de la Iglesia–, que no es, sin más, mera suma de intereses particulares. Si falta la solidaridad, el servicio real al prójimo, se trunca la envergadura humana del trabajo. Como se empequeñece también la dignidad de las tareas cotidianas, si la función de quienes las realizan se agota en ser un instrumento material, sustituible ventajosamente por máquinas.

En un texto del Beato Josemaría, que merece la pena reproducir por extenso, se aprecia hasta qué punto su visión intelectual y sobrenatural supera concepciones fragmentarias y quebradas del trabajo. Pertenece a una homilía pronunciada en la fiesta de San José del año 1963: «Es hora de que los cristianos digamos muy alto que el trabajo es un don de Dios, y que no tiene ningún sentido dividir a los hombres en diversas categorías según los tipos de trabajo, considerando unas tareas más nobles que otras. El trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su dominio sobre la creación. Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que se vive, y al progreso de toda la Humanidad.

»Para un cristiano, esas perspectivas se alargan y se amplían. Porque el trabajo aparece como participación en la obra creadora de Dios, que, al crear al hombre, lo bendijo diciéndole: Procread y multiplicaos y henchid la tierra y sojuzgadla, y dominad en los peces del mar, y en las aves del cielo, y en todo animal que se mueve sobre la tierra (Gn 1, 28). Porque, además, al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora.

»Conviene no olvidar, por tanto, que esta dignidad del trabajo está fundada en el Amor. El gran privilegio del hombre es poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio. Puede amar a las otras criaturas, decir un tú y un yo llenos de sentido. Y puede amar a Dios, que nos abre las puertas del cielo, que nos constituye miembros de su familia, que nos autoriza a hablarle también de tú a Tú, cara a cara.

»Por eso el hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor. Reconocemos a Dios no sólo en el espectáculo de la naturaleza, sino también en la experiencia de nuestra propia labor, de nuestro esfuerzo. El trabajo es así oración, acción de gracias, porque nos sabemos colocados por Dios en la tierra, amados por Él, herederos de sus promesas. Es justo que se nos diga: ora comáis, ora bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo a gloria de Dios ( 1 Cor 10, 31)»[6].

Al procurar la santificación del trabajo y de las demás tareas cotidianas, imitamos los treinta años de la vida oculta de Cristo, transcurridos con María y José, ejemplos luminosos de que la más alta santidad exige la humildad de no buscar nada especial a los ojos del mundo.

La profunda valoración de la vida corriente implica el cuidado amoroso de los detalles menudos, esas cosas pequeñas que a veces se pasan por alto sin advertir su dimensión de eternidad. Permaneciendo en su sitio, el cristiano santifica el mundo desde dentro, contribuye a superar el desorden derivado del pecado, desarrolla una labor apostólica inmediata con parientes, amigos, vecinos y compañeros de trabajo. Su oración cuajada en obras se revela como un tesoro escondido, una preciosa fuerza espiritual para apoyar a sus hermanos que laboran en los diversos campos de las complejas realidades humanas.

Punto neurálgico de la fisonomía del Fundador del Opus Dei fue su amor al orden, virtud que se esforzó por practicar con coraje heroico a lo largo de sus años: ese terminar acabadamente bien y a su hora cada ocupación, también la del descanso, abrió en su alma el convencimiento de que, para realizar grandes empresas, no se requieren de ordinario inteligencias excelsas: basta el empeño por coronar con perfección las distintas exigencias sobrenaturales y humanas, y el afán de sacar el máximo rendimiento a las cualidades que el Creador concede a cada persona.

También por este motivo, y por muchos otros, nada distingue externamente a los cristianos corrientes de sus semejantes, con los que conviven codo con codo en la ciudad de los hombres. Pero no porque enmascaren su vida de unión con Dios; al contrario, la hacen patente –sin timideces ni alardes– a cuantos les rodean, tratando de acercarles a las maravillas de la gracia divina. No se muestran como los demás: son, radicalmente, iguales a los demás, sin mentalidad de selectos, compartiendo con todos las esperanzas y desazones que la vida en esta tierra trae consigo.

De este modo, la mentalidad laical engarza armónicamente con el alma sacerdotal, con la conciencia práctica del sacerdocio real de los fieles[7], con la misión profética de anunciar el reino de Cristo en toda situación y circunstancia. El Beato Josemaría, que se dedicó intensamente a su vocación ministerial y que deseó comportarse siempre y sólo como sacerdote de Jesucristo, amaba y ejercía esa mentalidad laical, que le impulsaba a cumplir estrictamente las leyes civiles y a no buscar para sí ninguna ventaja material, ni siquiera mínima, derivada de su condición de sacerdote. No quería privilegios. Y a todos nos animaba, con su ejemplo y con su palabra, a estar pegados a la Cruz, sabiendo descubrirla no en imaginarias situaciones, sino en las incidencias diarias y en el servicio efectivo a los demás: «¡Cuántos que se dejarían enclavar en una cruz, ante la mirada atónita de millares de espectadores, no saben sufrir cristianamente los alfilerazos de cada día! –Piensa, entonces, qué es lo más heroico»[8].

La alegría cristiana «tiene sus raíces en forma de Cruz»[9]: este convencimiento explica que el Beato Josemaría, dotado –como ya se ha señalado– de una simpatía expansiva, fuera una persona extraordinariamente alegre. Destacaba en todo momento el lado positivo de personas y sucesos, incluso cuando parecían a primera vista desfavorables. Así lo advertí enseguida cuando comencé a trabajar a su lado en los años cincuenta. Como he descrito en otras ocasiones, tuve conciencia clara de estar ante una persona humanamente llena de cualidades, que le hacían amable, afable, cariñoso, servicial, pendiente de los demás, con capacidad de percibir las necesidades y los momentos en los que se atravesaba una preocupación; ante un buen maestro que sabía enseñar, alentar y corregir, ofreciendo toda la confianza a sus colaboradores; y, sobre todo, ante un sacerdote y un Padre que, día a día, instante a instante, a través de su trabajo, se dedicaba con entereza a servir a Dios y a las almas, metido en una oración muy intensa.

Su unidad de vida le llevaba a ser humano y sobrenatural: «tenemos que ser muy humanos –insistía–; porque, de otro modo, tampoco podremos ser divinos»[10]. Y, en síntesis apretada, no me importa reiterar que fue una persona recia, fuerte, comprensiva y optimista, que vivió heroicamente la caridad. Actuaba siempre de modo responsable, generoso, lleno de celo por las almas, santamente intransigente en la custodia del depósito de la fe y santamente transigente con las personas; trabajador perseverante, sincero, leal y buen amigo; demostró con todos, sin distinción de ningún género, un espíritu de servicio pleno, valiente y cariñoso.

A estas cualidades, se añaden las propias de un buen sacerdote: amante de la Eucaristía, capaz de extraordinarias delicadezas al vivir la liturgia; piadoso, culto, docto, identificado con su ministerio, gran predicador y director de almas; estudioso, mortificado, desprendido de sí mismo y de sus ocupaciones, ordenado y con profunda visión sobrenatural; humilde, rezador, apasionado por cuanto se refería a Dios, a la Virgen, a la Iglesia y al Papa; obediente, seguro en la doctrina; practicante de las virtudes teologales y cardinales; cada día más enamorado de su vocación, para acercarse más al Señor y, por el Señor, a las almas.

Fue por temperamento ardiente, y pienso que se le notaba de modo particular cuando hablaba de nuestra Madre la Virgen, o al comentar su deseo de alcanzar la visión beatífica. Todo su ser respiraba la alegría de quien recibirá un tesoro, porque su Padre se lo ha preparado. Hablaban sus ojos penetrantes, lúcidos, serenos; hablaba su tono de voz, persuasivo, cálido, lleno de una seguridad palpable; hablaban sus gestos, que hacían entrever esa unión con Dios de la que ya participaba, y que el Papa proclamó solemnemente en la plaza de San Pedro el 17 de mayo de 1992.

[1] Congregatio de Causis Sanctorum, Romana et Matriten., Decretum super virtutibus heroicis in causa canonizationis Servi Dei Iosephmariæ Escrivá de Balaguer, 9-IV-1990; AAS 82 (1990) 1450-1455.

[2] CONCILIO VATICANO II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 31.

[3] CONCILIO VATICANO II, Cons. past. Gaudium et spes, n. 43.

[4] Cfr. PABLO VI, Ex. Ap. Evangelii nuntiandi, 8-XII-1975, n. 20; AAS 68 (1976) 19.

[5] JUAN PABLO II, Homilía en la ceremonia de beatificación de Josemaría Escrivá de Balaguer y Josefina Bakhita, Roma, 17-V-1992.

[6] Es Cristo que pasa, nn.47-48.

[7] Cfr. 1 Pe 2, 9.

[8] Camino, n. 204.

[9] Forja, n. 28; cfr. Es Cristo que pasa, n. 43.

[10] Es Cristo que pasa, n. 166.

2. Ciudadanos de las dos ciudades

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

La secularidad, que según el Vaticano II constituye “la índole propia y peculiar de los laicos” (Lumen gentium, n.31), se expresa también a través del correcto ejercicio de los propios derechos de ciudadano, es decir, siendo católicos sin ser clericales o beatos, y, al mismo tiempo, siendo ciudadanos que no olvidan que son católicos en el momento de sus opciones decisivas. Ésta ha sido una enseñanza constante del Fundador del Opus Dei. Me alegraría oír algún ejemplo tomado directamente de su vida.

–La secularidad, que puede considerarse como la unión armónica del alma sacerdotal con la mentalidad laical, que el Padre ha querido para todos los miembros de la Obra, sacerdotes y laicos, mujeres y hombres, la tuvo siempre muy en primer plano y constituyó un elemento de su carácter, de su existencia. Por ejemplo, se manifestaba en su intenso sentido de la justicia, y en el ejercicio de los propios derechos de ciudadano que el Padre no dejó de vivir nunca y que le llevó a titular “Ciudadanía” un capítulo de Surco.

Entre los miles de episodios que podría citar me parece significativo uno de su vida de estudiante. A partir del curso académico 1922–1923, cuando ya había sido nombrado Inspector del Seminario de Zaragoza y había recibido la tonsura, se matriculó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Zaragoza. En junio de 1924 se presentó al examen de Historia de España, una materia que conocía muy bien por sus estudios de Bachillerato y sus múltiples lecturas: tuvo siempre gran afición a la Historia, que dominaba profundamente. Durante aquel año no había asistido a clases, porque no era alumno oficial, y estaba muy ocupado con el estudio de la teología y el encargo de Inspector del Seminario. A través de algunos amigos comunes, el profesor le hizo saber que no se presentase al examen porque lo suspendería. El joven Josemaría se quedó atónito: no tenía obligación de asistir a clase; por esto, para reivindicar un derecho que le correspondía en virtud del régimen académico, y porque estaba muy bien preparado, decidió presentarse. El profesor le suspendió, sin hacerle ni una pregunta.

Josemaría reflexionó con calma sobre lo sucedido y decidió escribir una carta al profesor para manifestarle respetuosamente que había cometido una injusticia y que tenía obligación de reparar. Añadía que deseaba presentarse en la convocatoria de septiembre, y quería asegurarse de que sería tratado justamente.

En aquella época los profesores gozaban de plena autonomía y decidían con absoluta libertad sobre el desarrollo y las calificaciones de los exámenes. No era fácil para un alumno hacer valer sus derechos, aun extremando el respeto. En septiembre el profesor fue muy correcto: reconoció su error y el alumno fue aprobado.

Resultaba muy secular también la sencillez con que, en hábito talar, trataba a sus compañeros universitarios. De vez en cuando, a la salida de clase, sus amigos le invitaban a tomar un aperitivo en un local frecuentado por los estudiantes: era el bar Abdón, en el Paseo de la Independencia, junto a la Plaza de la Constitución. Josemaría aceptaba algunas veces, y así cultivaba la amistad de un modo muy natural. Su comportamiento era tan sacerdotal y al mismo tiempo tan humano que, cuando se ordenó sacerdote, algunos de sus compañeros lo escogieron como confesor habitual.

Abogado y sacerdote. ¿Hubo algún momento en que el Fundador del Opus Dei hizo valer esa doble condición?

–Los estudios civiles le sirvieron, entre otras cosas, para dar clases particulares, que contribuyeron a mantener a su familia, tanto en Zaragoza como en sus primeros años de Madrid. Pero no empleó nunca su título civil, porque quiso ser siempre un sacerdote al cien por cien.

Es significativo un hecho que sucedió durante la guerra civil española. Cuando en Madrid el Padre no pudo ejercitar el ministerio sacerdotal y el clima se hizo irrespirable, en constante peligro de muerte –arrestos y fusilamientos en masa, quema de iglesias y de conventos, auténtica persecución religiosa–, no tuvo otra opción que atravesar la frontera por la zona de los Pirineos para pasarse a la zona libre, a través de Andorra. El punto de partida era Barcelona. Leyendo el periódico se enteró de que un colega suyo de la Universidad de Zaragoza, Pascual Galbe, era magistrado en la Audiencia de Barcelona, en representación del Gobierno autónomo de Cataluña. Habían sido grandes amigos, pero en aquellas circunstancias no era fácil prever cómo reaccionaría. Por esto, el Padre le hizo saber, a través de Tomás Alvira –que había sido a su vez compañero de Instituto de Pascual–, que se encontraba en Barcelona y que deseaba verlo. “En el tribunal no –respondió–, mejor que venga a comer a mi casa”.

Apenas lo vio, Pascual Galbe lo abrazó emocionado: “No sabes cuánto he sufrido, pensaba que habías muerto…”. Para ayudarle a salir del peligro le propuso incorporarse a la magistratura de Barcelona: él era una persona muy influyente, y además, los tribunales tenían una necesidad real de licenciados en derecho. Pero el Padre no aceptó: Si, cuando no perseguían al clero y a la Iglesia no he ejercido esta profesión porque debía dedicarme completamente a mi sacerdocio, ahora, sin duda, no buscaré esta escapatoria, para sobrevivir sirviendo a una autoridad que persigue a mi Madre, la Santa Iglesia. Pascual Galbe trató de convencerle: “Si te detienen, y es muy probable, te matarán”. El Padre repuso: No me importa, yo me debo a mi sacerdocio, y no me importa que me maten.

Me parece que en esta línea se sitúa también la cuestión del título nobiliario…

–Es un punto en el que conviene detenerse, porque, además, pone de manifiesto la gran humildad del Padre.

Conscientes de lo que el Fundador del Opus Dei era para nosotros sus hijos, y de lo que significaba para la Iglesia, comenzamos a recoger, con prudencia y amor filial, todos los datos que pudimos sobre su familia. Aprovechábamos para esta finalidad los viajes que miembros de la Obra, por motivos apostólicos o profesionales, hacían a los lugares donde había residido la familia de nuestro Fundador, o de donde procedían sus antepasados.

En los años sesenta enviamos las noticias y datos de primera mano recogidos a un conocido genealogista de Aragón, quien comprobó que algunos títulos nobiliarios correspondían, en línea directa, a la familia de nuestro Fundador. En mi calidad de Secretario General del Opus Dei decidí encargar al genealogista un estudio detenido. Después, sugerí al Padre la posibilidad de solicitar la rehabilitación de esos títulos. Teníamos muy presente cuánto había trabajado y sufrido por la Obra la familia de nuestro Fundador. Al principio, el Padre eludió el problema. Después se dio cuenta de que no se trataba de una cuestión meramente personal, suya, sino que afectaba a su hermano y a los descendientes de sus padres. Lo meditó detenidamente en la presencia de Dios. En su vida privada el Padre distinguía siempre, por una parte, sus deberes y sus derechos de cristiano y de sacerdote, que trató de cumplir y ejercitó heroicamente en todo momento, y por otra, sus derechos y deberes de ciudadano, no incompatibles con los primeros: su sacerdocio abrazó toda su existencia, pero no por esto renunció a sus obligaciones y derechos en cuanto miembro de una familia, y en cuanto ciudadano, dando ejemplo también en esto a sus hijos y a la gente que trataba.

Además de querer compensar de algún modo los sacrificios y sufrimientos que la fundación y desarrollo del Opus Dei habían supuesto para su familia, comprendió que no podía hacerles pagar de nuevo las consecuencias de su desprendimiento personal de los honores humanos: de hecho, como primogénito, de acuerdo con la legislación española vigente, sólo él podía recuperar los derechos nobiliarios. Repito que los honores no le importaban nada. La solución fue reclamar aquellos derechos para transmitirlos después a su hermano. Consideró, insisto, que –por una falsa humildad, y aún menos por miedo a las críticas y difamaciones–, no podía privar a su hermano y a sus sobrinos de algo que les pertenecía.

Pero sabía muy bien que ese gesto podía ser mal interpretado, y por eso, antes de tomar una decisión definitiva, pidió consejo a diversas personas, también de fuera de la Obra. Entre otros se dirigió al Cardenal Dell’Acqua, al Cardenal Marella, al Cardenal Larraona, al Cardenal Antoniutti, al Cardenal Bueno Monreal, Arzobispo de Sevilla y buen amigo suyo desde hacía muchos años, y a Mons. Casimiro Morcillo, Arzobispo de Madrid, también viejo amigo del Padre.

Todos le dieron su parecer favorable y le animaron a llevar adelante el proyecto. El cardenal Larraona, que era un insigne canonista, le precisó que no sólo tenía derecho a reclamar los títulos nobiliarios, sino que, como Fundador de la Obra, tenía obligación de hacerlo: “Usted ha enseñado a sus hijos a cumplir los propios deberes civiles y a ejercitar todos sus derechos de ciudadanos. Por tanto, si no lo hiciera, les daría mal ejemplo”. El Cardenal pensaba que, si el Fundador renunciaba a aquel derecho tan cierto, sus hijos del Opus Dei y muchos otros buenos católicos probablemente seguirían ese ejemplo de humildad, renunciando, quizá, a derechos irrenunciables.

Nuestro Fundador informó también a la Secretaría de Estado Vaticana. Todos estuvieron de acuerdo. También contaba con el parecer favorable de las autoridades civiles competentes. Pero nuestro Fundador preveía claramente lo que iba a suceder: sabía que sería criticado por personas poco informadas, por algunos quizá envidiosos y malévolos, y por otros de lengua suelta, azuzados por el demonio. Veía con toda claridad que era como presentarles en bandeja de plata un pretexto para insultarle.

Como el Padre había previsto, no faltaron las críticas y dicerías que pusieron en evidencia su heroica y profunda humildad. Del mismo modo que había ejercitado sus derechos, cumplió un deber de justicia, para dar ejemplo a sus hijos, y procuró explicar claramente que el asunto, en sí mismo, carecía de importancia.

El 24 de julio de 1968 fue rehabilitado oficialmente el título de marqués de Peralta. Desde ese día arreciaron las polémicas y duraron tiempo. Hubo también personas amigas que le pidieron aclaraciones o que le hicieron llegar sus muestras de solidaridad. Nuestro Padre afrontó siempre el asunto con claridad y, más de una vez, con sentido del humor.

Tiempo después, cuando se calmaron las murmuraciones y el problema podía considerarse más o menos cerrado, entonces, sin publicidad, hizo las gestiones oportunas –como había previsto desde el principio– para ceder el título a su hermano, de modo que pudiese transmitirse por sucesión a sus descendientes.

El Fundador del Opus Dei detestaba esa forma de clericalismo que consiste en recibir tratos de favor. Por esto, no le gustaba la costumbre, difundida en ambientes eclesiásticos, de pedir prestaciones gratuitas a algunos profesionales, en calidad de abogados, médicos, ingenieros o dentistas “católicos”. El Fundador se empeñaba en pagar siempre los honorarios.

–Llegaba al extremo de que también pagaba en la Clínica Universitaria de Navarra cuando le hacían los reconocimientos médicos, a pesar de ser el Gran Canciller de la Universidad.

Por otra parte, exigía siempre en los trabajos, de acuerdo con lo debido en justicia. Me viene a la cabeza un suceso muy significativo. Al proyectar el oratorio del Consejo General del Opus Dei, se decidió que el pavimento fuese de mármol, con dibujos geométricos, formado cada uno por una sola piedra. Se aprobó un presupuesto de acuerdo con esta condición; pero, cuando el marmolista acabó de acristalar y dio por terminado su trabajo, el Padre advirtió que se habían compuesto los dibujos con varias piezas de mármol y se advertían las junturas. Aquello le pareció una chapuza intolerable, sobre todo, porque se trataba de un lugar destinado al culto. Lo consultó conmigo y con otras personas, y decidió hacer levantar el suelo y cambiarlo. Los motivos estaban claros: el presupuesto se había aprobado con aquella condición y ya se había pagado la factura. Aceptar la chapuza sería una falta de pobreza; y, además, para quienes vinieran después, un ejemplo desedificante de poco esmero en las cosas destinadas al Señor.

A propósito de los derechos del ciudadano, la enseñanza del Fundador es muy clara también en lo que se refiere al ejercicio de las actividades políticas. Los miembros del Opus Dei, en política como en otras actividades temporales, tienen la misma libertad, los mismos derechos y deberes que los demás ciudadanos católicos. Es un aspecto que no fue a veces bien entendido, especialmente a causa de la situación española. ¿Podría recordar algunos sucesos, comenzando por la postura del Fundador ante el comunismo y el nazismo?

–Por lo que se refiere al comunismo y al marxismo, el Padre fue siempre fiel a las clarísimas enseñanzas del Magisterio eclesiástico sobre estas ideologías. Y expresó en público su postura, cuando lo exigieron las circunstancias; su oposición no era fruto de las dificultades que sufrió personalmente bajo la dictadura comunista en España –había perdonado desde el primer momento–, sino que se fundamentaba en el ateísmo y en el carácter inhumano y antirreligioso de esta doctrina.

Especialmente a comienzos de los años sesenta y en particular en sus catequesis por la Península Ibérica y América Latina, ante la difusión entre los fieles de corrientes que intentaban conciliar el cristianismo con el marxismo, nuestro Fundador se hizo eco de las enseñanzas reiteradas por Pablo VI y de las condenas contenidas en los documentos de los dicasterios romanos competentes.

Por lo demás, un fragmento de una homilía suya pronunciada en 1963 ilustra muy claramente su actitud frente al comunismo: Precisamente por eso, urge repetir –no me meto en política, afirmo la doctrina de la Iglesia– que el marxismo es incompatible con la fe de Cristo. ¿Existe algo más opuesto a la fe, que un sistema que todo lo basa en eliminar del alma la presencia amorosa de Dios? Gritadlo muy fuerte, de modo que se oiga claramente vuestra voz: para practicar la justicia, no precisamos del marxismo para nada. Al contrario, ese error gravísimo, por sus soluciones exclusivamente materialistas que ignoran al Dios de la paz, levanta obstáculos para alcanzar la felicidad y el entendimiento de los hombres. Dentro del cristianismo hallamos la buena luz que da siempre respuesta a todos los problemas: basta con que os empeñéis sinceramente en ser católicos, non verbo neque lingua, sed opere et veritate (1 Ioh 3,18), no con palabras ni con la lengua, sino con obras y de veras: decidlo, siempre que se os presente la ocasión –buscadla, si es preciso–, sin reticencias, sin miedo (Amigos de Dios, num.171).

Al final de los años treinta, después de haber vivido la triste experiencia de la guerra civil, la mayor parte de los españoles alimentaba una fundada prevención contra el comunismo. No sucedía lo mismo con el nazismo: es más, la propaganda oficial, por un motivo o por otro, no sólo silenció los crímenes del nacionalsocialismo, sino que prohibió en España la publicación del documento pontificio que lo condenaba. Por esto, nuestro Fundador tuvo que pronunciarse más de una vez contra el nazismo en su ministerio sacerdotal. Precisamente porque en algunos ambientes oficiales españoles se miraba con simpatía al régimen alemán, se sintió en el deber de poner en guardia a los que se olvidaban de las aberraciones de aquella ideología: no sólo criticaba su totalitarismo, sino también la persecución y las discriminaciones a los católicos, a los hebreos, etc., y el tono de paganismo que caracterizaba el racismo nazi. Se prodigó en dar a conocer el contenido del documento pontificio de condena, y en difundirlo privadamente.

Sin embargo, algunos periódicos, hace poco, aunque se desmintió inmediatamente, hablaron de una “simpatía” del Fundador hacia el nazismo.

–Es una aberración que se descalifica por sí sola, pero quiero dar a conocer un testimonio que me llegó precisamente a la vez que aquella campaña de calumnias. (Un inciso: cuando suceden cosas de este tipo, seguimos viviendo el criterio que nos dejó el Padre: perdonar desde el primer momento, rezar por los calumniadores, reafirmar la verdad, y, siempre, “ahogar el mal en abundancia de bien”, persuadidos además de que la verdad acaba siempre abriéndose paso.) Pues bien, con fecha 9 de enero de 1992, Domingo Díaz–Ambrona me escribía desde Madrid: “Conocí al futuro beato en el transcurso de la guerra civil española. Durante ese periodo, me encontraba que refugiado, junto con mi mujer, en la embajada de Cuba, y estando allí se cumplió el tiempo del parto de nuestra hija Guadalupe, que nació el 3 de septiembre de 1937 en el Sanatorio Riesgo, ahora inexistente, que estaba entonces bajo protección de la bandera inglesa. Por las circunstancias que atravesaba el país no la podíamos bautizar, y así se lo comuniqué a un buen amigo mío, José María Albareda.

“Pocos días más tarde, José María Albareda me dijo que un sacerdote amigo suyo vendría en una determinada fecha a administrarle el bautismo. Confiado en la protección que nos ofrecía la bandera inglesa del sanatorio, invité al acto a los padrinos y a varios amigos más. El sacerdote se presentó a las cinco de la tarde, dos horas antes de la hora prevista, y estuvo el tiempo justo para bautizarla. Fue todo tan rápido, que ni siquiera le preguntamos el nombre. Más tarde supe que se trataba de Mons. Escrivá. Su comportamiento fue una lección de prudencia para todos en aquellos momentos difíciles. Yo intenté que se quedara, pero me comentó: ‘Me necesitan muchas almas’.

“Durante ese periodo, por lo que he sabido después, aunque no contaba más que con una precaria documentación y el clima social y político era muy peligroso para un sacerdote, desarrollaba una intensa labor apostólica: confesaba a muchas personas –con peligro de su vida muchas veces–, daba cursos de retiros cambiando constantemente de sede y atendía a un grupo de religiosas que sufrían los efectos de la persecución.

“Pero en aquel entonces yo no sabía, por las circunstancias citadas, de quién se trataba. Lo supe más tarde, durante un encuentro casual en el tren, en la línea Madrid–Avila, en el mes de agosto de 1941. Viajaba con mi mujer y mi hija de cuatro años cuando don Josemaría, al vernos, nos reconoció, entró en nuestro departamento y nos dijo: ‘A esa niña la he bautizado yo’. Nos saludamos, me dijo su nombre y estuvimos hablando de la situación histórica que atravesábamos. Nos encontrábamos en un momento decisivo de la historia de Europa: recuerdo que yo tenía un gran deseo de llegar cuanto antes a las Navas del Marqués, para saber por la radio como iba el avance de las tropas alemanas en territorio ruso.

“Yo le comenté que acababa de regresar de un viaje a Alemania y había podido captar el miedo de los católicos a manifestar sus convicciones religiosas. Esto me había llevado a recelar del nazismo; pero, como a muchos españoles, se me ocultaban los aspectos negativos del sistema y de la filosofía nazi, deslumbrados por la propaganda de una Alemania que se presentaba como la fuerza que iba a aniquilar por fin al comunismo. Y quise saber su opinión.

“Por todas esas razones que acabo de exponer me sorprendió profundamente, en aquellos momentos, la respuesta tajante de aquel sacerdote, que tenía una información muy certera de la situación de la Iglesia y de los católicos bajo el régimen de Hitler. Mons. Escrivá me habló, con mucha fuerza, en contra de ese régimen anticristiano, con un vigor que ponía de manifiesto su gran amor a la libertad. Hay que hacer notar que no era fácil encontrar en España, por aquel entonces, a personas que condenasen con tanta contundencia el sistema nazi y que denunciasen con tanta claridad su raíz anticristiana. Por eso, esa conversación, en aquel preciso momento histórico, en el que no se conocían aún todos los crímenes del nazismo, se me quedó profundamente grabada.

“Tiempo más tarde le comenté a mi amigo José María Albareda este encuentro y supe que había estado conversando con el Fundador del Opus Dei.

“Yo no soy del Opus Dei, pero mi experiencia personal me permite afirmar que quien sostenga una opinión contraria sobre el pensamiento en este sentido de Josemaría Escrivá de Balaguer no busca más que empañar inútilmente la vida santa de este futuro beato, que era un gran enamorado de la libertad”.

Es un testimonio incontrovertible que confirma los dictados del sentido común…

–Lógicamente, el Padre distinguía entre el nazismo y el pueblo alemán. Precisamente porque sentía un particular cariño hacia aquella nación –era un sentimiento heredado de su padre–, le dolía muchísimo verla sometida a aquella dictadura aberrante. Su pena se acrecentaría al estallar la Segunda Guerra mundial.

¿Y las relaciones con el franquismo?

–Antes de responder, me parece indispensable repetir una consideración bien conocida: la actividad y la finalidad del Opus Dei son exclusivamente espirituales, como también fueron sólo espirituales la misión y el ministerio sacerdotal de su Fundador. El Gobierno de una nación –cualquiera que sea– y el Opus Dei son realidades que se mueven en planos totalmente diferentes. La Prelatura impulsa a sus miembros a ejercer sus derechos y a cumplir diligentemente sus propios deberes como cristianos coherentes, pero les deja la más completa libertad en las opciones temporales; más aún, fomenta esa libertad: el único criterio que les señala en este punto es el de seguir las eventuales orientaciones que en este campo emane la jerarquía eclesiástica.

En el caso del franquismo, es necesario recordar que el final de la guerra civil significó el resurgir de la vida de la Iglesia, de las asociaciones, de las escuelas católicas, con una clara toma de posición de la Jerarquía a favor del General Franco, que era considerado en muchos ambientes como “providencial”. Basta pensar que, al término de la guerra civil, en la fachada de las catedrales de todas las ciudades españolas que eran sede episcopal se puso el escudo de la Falange con la inscripción: “Caídos por Dios y por España. ¡Presentes!” El Fundador del Opus Dei protestó muchas veces por este abuso.

En esta situación, el Padre, aun reconociendo a Franco el mérito de la pacificación, debió oponer resistencia a dos peligros: por una parte, la instrumentalización de la fe, ante el intento de determinados grupos de monopolizar la representación de los católicos en la vida pública; y por otra, la tendencia de algunos ambientes católicos a servirse del poder público como un brazo secular. En suma, dos facetas del clericalismo.

El Padre reconoció siempre que era competencia exclusiva de la Jerarquía dar indicaciones a los católicos en materia política; por eso siempre se abstuvo en este campo. La Jerarquía animó abiertamente a los católicos a sostener a Franco, tanto, que en los diversos gobiernos figuraron representantes de Acción Católica y de otras organizaciones religiosas. Y el clericalismo llegó al extremo de que alguno pidió el permiso del propio obispo (y lo consiguió, naturalmente), antes de aceptar la cartera de ministro.

Cuando, en los años cincuenta, algunos miembros de la Obra llegaron a ser ministros de Franco, el Padre ni lo aprobó ni lo desaprobó: actuaron según su libertad de ciudadanos católicos, respetuosos con la Jerarquía, aunque hubo quien intentó atribuir a la Obra como tal presiones o injerencias en el campo político. No nos faltaron dificultades e incomprensiones por ese motivo.

Ya en los años cuarenta, por ejemplo, algunos miembros del Opus Dei se presentaron a oposiciones de cátedras universitarias, y por su preparación, las ganaron brillantemente sin recomendación alguna. Surgió entonces una violenta reacción de los enemigos de la Iglesia que, desde fines del siglo anterior, a través de la Institución Libre de Enseñanza, controlaban la Universidad. Se hizo circular el rumor, absolutamente calumnioso, de que los miembros del Opus Dei ganaban las oposiciones de modo irregular, cuando lo cierto es que no gozaron de facilidad alguna, y más bien eran discriminados respecto de los que pertenecían a otras instituciones católicas favorecidas por los ministros de Educación Nacional.

Y no eran sólo enemigos de la Iglesia los que se oponían o no entendían. Cuando el Fundador, en 1947, pasó una temporada en España para preparar el traslado del gobierno de la Obra a Roma, se entrevistó en una ocasión con el Ministro de Asuntos Exteriores, Martín Artajo, que antes de entrar en el Gobierno había sido Presidente de la Acción Católica española. El Padre contó luego que, con gran sorpresa, el ministro le había dicho que no entendía “cómo se podía estar consagrado a la Iglesia, incluso con un vínculo de obediencia, y servir al mismo tiempo al Estado”. El Padre le explicó que no había ninguna dificultad, porque la materia de la obediencia debida a la Iglesia era la misma para él, que para el resto de los católicos, consagrados o no a Dios: esa obligación era del mismo grado, aunque por diverso título. Pero el ministro no acertó a entender esta palmaria verdad, y dio la orden de no admitir en el Cuerpo Diplomático a miembros del Opus Dei o personas consideradas como tales, aunque hubieran ganado el correspondiente concurso. Contra toda justicia, esa orden se cumplió en varios casos.

Como otras organizaciones católicas sostenían directa y abiertamente al Régimen, algunos no podían imaginar que la Obra se comportase de modo diverso. Sin embargo, el Fundador defendió siempre con vigor la libertad de opinión de sus hijos, y es natural que entre los miembros de la Obra hubiera quienes sostenían el franquismo, y quienes estaban en la oposición.

Recuerdo la película de una de las catequesis del Fundador en la que cuenta que no dudó en presentarse delante de un personaje muy poderoso para defender la libertad de opinión de un hijo suyo. Me gustaría conocer ese suceso con mayor detalle.

Un miembro de la Obra había escrito un artículo en oposición al régimen franquista. La reacción de las autoridades fue muy dura, y se vio obligado a exiliarse. Sobre esto nuestro Padre no tenía nada que decir, porque se trataba de cuestiones en las que no intervenía: correspondían a sus hijos como ciudadanos libres y responsables. Pero, entre otras injurias lanzadas contra aquel miembro de la Obra, dijeron que era “una persona sin familia”. Nuestro Fundador reaccionó entonces como un padre que defiende a su hijo. Se fue a España inmediatamente, solicitó audiencia a Franco y fue recibido enseguida. Sin entrar en las causas de las divergencias políticas, afirmó con toda claridad que no podía tolerar que de un hijo suyo se dijera que era un hombre sin familia: tenía una familia sobrenatural, la Obra, y él se consideraba su padre. Franco le preguntó: “¿Y si le meten en la cárcel?” El Padre respondió que respetaría las decisiones de la autoridad judicial, pero que si lo llevaban a prisión nadie le podría impedir facilitar a aquel hijo la asistencia espiritual y material que necesitara. Repitió las mismas ideas al almirante Carrero Blanco, brazo derecho de Franco. Y debo precisar que ambos, demostrando ser unos caballeros y tener sentido cristiano, reconocieron que nuestro Fundador tenía razón.

Muchos ataques a la Obra y a la libertad de sus miembros provenían directamente de instituciones del Régimen, como la Falange.

–Es elocuente en este sentido la carta que nuestro Fundador escribió el 28 de octubre de 1966 al ministro José Solís, jefe de la Falange:

Muy estimado amigo:

Hasta aquí me llega el rumor de la campaña que, contra el Opus Dei, hace tan injustamente la prensa de la Falange, dependiente de V.E.

Una vez más repito que los socios de la Obra –cada uno de ellos– son personalmente libérrimos, como si no pertenecieran al Opus Dei, en todas las cosas temporales y en las teológicas que no son de fe, que la Iglesia deja a la libre disputa de los hombres. Por tanto, no tiene sentido sacar a relucir la pertenencia de una determinada persona a la Obra, cuando se trate de cuestiones políticas, profesionales, sociales, etc.; como no sería razonable, hablando de las actividades públicas de V. E., traer a cuento a su mujer o a sus hijos, a su familia.

Con ese modo de proceder equivocado se comportan las publicaciones que reciben inspiración de su Ministerio: y así no logran más que ofender a Dios, confundiendo lo espiritual con lo terreno, cuando es evidente que los Directores del Opus Dei nada pueden hacer para cohibir la legítima y completa libertad personal de los socios, que nunca ocultan –de otra parte– que cada uno de ellos se hace plenamente responsable de sus propios actos y, en consecuencia, que la pluralidad de opiniones entre los miembros de la Obra es y será siempre una manifestación más de su libertad y una prueba más de su buen espíritu, que les lleva a respetar los pareceres de los demás.

Al atacar o defender el pensamiento o la actuación pública de otro ciudadano, tengan la rectitud –que es de justicia– de no hacer referencia, desde ningún punto de vista, al Opus Dei: esta familia espiritual no interviene ni puede intervenir nunca en opciones políticas o terrenas en ningún campo, porque sus fines son exclusivamente espirituales.

Espero que habrá comprendido mi sorpresa, tanto ante el anuncio de esa campaña difamatoria como al verla realizándose: estoy seguro de que se dará cuenta del desatino que cometen y de las responsabilidades que en conciencia adquieren ante el juicio de Dios, por el desacierto que supone denigrar a una institución que no influye –ni puede influir– en el uso que, como ciudadanos, hacen de su libertad personal sin rehuir la personal responsabilidad, los miembros que la forman, repartidos en los cinco continentes.

Le ruego que ponga un final a esa campaña contra el Opus Dei, puesto que el Opus Dei no es responsable de nada. Si no, pensaré que no me ha entendido; y quedará claro que V.E. no es capaz de comprender ni de respetar la libertad, qua libertate Christus nos liberavit la libertad cristiana de los demás ciudadanos.

Peleen ustedes en buena hora, aunque yo no soy amigo de las peleas, pero no mezclen injustamente en esas luchas lo que está por encima de las pasiones humanas.

Aprovecho esta ocasión para abrazarle y bendecirle, con los suyos,

in Domino.

Si se me permite expresar una opinión del todo personal, me parece que aquellos miembros de la Obra que, bajo su exclusiva responsabilidad, colaboraron libremente con el gobierno de Franco, trabajaron por el bien de su país, obtuvieron éxitos, reconocidos hoy unánimemente, en el saneamiento de la economía y en la ruptura del aislamiento de España, proyectándola hacia Europa. Aun absteniéndose de intervenir y de exponer públicamente opiniones en materia política, ¿cuál era en este tema lo que más preocupaba al Fundador?

–Le preocupaba el problema de la sucesión de Franco. No vaciló en hacérselo saber al interesado directamente, y procuró sensibilizar sobre este delicado asunto a los obispos españoles que venían a visitarle. Pero nuestro Fundador supo también resistir las insinuaciones que le llegaban del Vaticano para que tomase iniciativas en este campo: rechazó hacer de intermediario de algunos, porque no era misión suya inmiscuirse en política. Dejó clara su postura en esta materia, sin posibilidad de equívocos, en una carta de conciencia dirigida el 14 de junio de 1964 a Pablo VI.

Ahora comprendo mejor por qué tenía tanta devoción a Santa Catalina de Siena.

5. Afán por todas las almas

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Hasta el momento mismo de su muerte, el Fundador del Opus Dei manifestó su amor ‑su auténtica pasión‑ por la san­tidad de todos los sacerdotes. En la mañana del 26 de junio de 1975, dos horas antes de morir, el Fundador decía en un Centro de la Sección de mujeres del Opus Dei en Castelgandolfo:

Vosotras, por ser cristianas, tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo aquí. Podéis y debéis ayudar con esa alma sacerdotal y, con la gracia de Dios, al ministerio sacerdotal de nosotros, los sacerdotes. Entre todos, haremos una labor eficaz.

Sacad motivo de todo para tratar a Dios y a su Madre Ben­dita, Nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Ángeles Custodios, para ayudar a esta Iglesia Santa, nuestra Madre, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en el mundo en estos momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia y al Papa. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio a su Iglesia y al Santo Padre.

Se trataba de un tema muy original que predicó sin interrup­ción a lo largo de los años ‑nadie hasta él había precisado esa realidad teológica del alma sacerdotal propia de todos los fieles, también de las mujeres‑, y una vez más pedía ayuda.

Su amor por los sacerdotes ‑y por los religiosos y las reli­giosas, aunque siempre advertía que no era ésta su vocación­- fue constante en su vida. Lo destacaba el Arzobispo de Zaragoza. Mons. Cantero, en la homilía que pronunció en un funeral por el alma del Fundador del Opus Dei, con una anécdota expresiva: “Yo jamás olvidaré uno de mis encuentros personales con mi querido y llorado amigo Josemaría Escrivá. Inesperadamente, al caer la tarde del 14 de agosto de 1931, se presentó en mi casa en Madrid, con un calor de bochorno, en cuyo cielo, aun después de tres meses, parecía seguir flotando el humo de la quema de los conventos. Aquella visita y conversación con Josemaría Escrivá cambió la perspectiva de mi vida y ministerio pastoral”.

Mons. Abilio del Campo, obispo de Calahorra, La Calzada y Logroño, testificó también su amor incondicional e incondicio­nado al Romano Pontífice, su veneración a la Jerarquía y a los sacerdotes, sus hermanos, y su cariño a los religiosos. Y recalcó con especial fuerza su amor a los sacerdotes diocesanos, para los que providencialmente abrió un lugar en el Opus Dei, y a los que siempre inculcó obediencia rendida al Ordinario propio. En su diócesis ha conocido a diversos sacerdotes realmente ejemplares, socios de la Obra, que “siempre han sido para mí hijos obedientes v celosos colaboradores en las tareas pastorales”.

A su vez, Mons. Méndez, Arzobispo de Pamplona, declaraba en una entrevista periodística de urgencia, al tenerse noticia del fallecimiento del Fundador del Opus Dei: “También advertí su dimensión sacerdotal. El tema del sacerdocio afloraba con vivo amor. Todo lo relacionado con los sacerdotes le interesaba de forma apasionada”.

Y vivió esta solicitud en todo momento, incluso, en circuns­tancias muy duras. Así, en los bosques de Lérida, mientras espe­raba en el invierno de 1937 el momento de iniciar el camino que por los Pirineos debía llevarle hasta Andorra, había un sacerdote de Pons, escondido en el feudo de Vilaró, que fue a ver al Fun­dador del Opus Dei, y charló con él en diversas ocasiones. en otra cabaña, aproximadamente a una hora de distancia, hacía un grupo de sacerdotes refugiados desde el primer día de la guerra. No dejó de visitarlos, para reforzar su optimismo y su visión sobrenatural.

Experimentaba con gran claridad que de la santidad de todos los sacerdotes depende la santidad de muchas almas. Lo observó un sacerdote de León, don Manuel Martínez Martínez, oyéndole predicar los ejercicios espirituales para los sacerdotes de aquella diócesis, poco después de terminar la Guerra de España. Le había invitado el P. Ballester, obispo de León, que un día de aquellos observó: ‑¿,Ha visto usted cómo le escuchan? Y Mons. Escrivá de Balaguer respondió al prelado que procuraba esmerarse con los sacerdotes, porque ellos tendrían luego que moverla piedad de los fieles: si se consigue ‑decía‑ que los sacerdotes sean hombres de más fe, más virtuosos, se habrá conseguido todo».

Este amor a todas las almas explica que el Fundador (¡el Opus Dei predicase, por aquellos años cuarenta, tantos ejercicios y retiros espirituales a sacerdotes de toda España. No le sobraba el tiempo, porque entonces su trabajo para impulsar la Obra era enorme y ‑hasta 1944‑ fue el único sacerdote del Opus Del. Tenía que preparar a los socios de la Obra para el apostolado, y hacía además una amplia labor con otros muchos fieles, que bus­caban en él dirección espiritual y aliento. Por si fuera poco, le llamaban obispos de toda España para predicar a sacerdotes `° a religiosos. Al acabar la guerra española tenía 37 años, y eran muchos los prelados que le apreciaban. Por eso acudían a él. para que les ayudase a formar a sus sacerdotes.

Don Jesús Enjuto, que tenía 73 años en 1975, asistió en el verano de 1942 ‑o 1943, no sabe precisar de memoria‑ a los ejercicios espirituales que el Fundador del Opus Dei dirigió en el Seminario diocesano de Segovia, invitado por el Obispo, Mon­señor Platero. Como, hasta fechas recientes, todos los prelados organizaban ejercicios para el clero de sus diócesis, no es arries­gado pensar que quizá algún sacerdote acudiera más por cumplir con el obispo que por verdaderos deseos de aprovechar ese medio tradicional para aumentar la vida interior. Precisamente en aquel verano, a don Jesús Enjuto le dio por pensar la unanimidad de todos: “fueron unos ejercicios espirituales como nunca se habían tenido”, por la fuerza de su predicación, llena de cariño, de amor, de espiritualidad, que “no empleaba las disyuntivas tre­mendistas al uso, desalentadoras a veces y que presentaban la santidad como algo inasequible”. A1 contrario, era “una predica­ción estimulante, que a todos, sin excepción, nos movió, nos en­tusiasmó”. Se notaba que el predicador amaba a los religiosos, pero no amaba menos a sus hermanos en el sacerdocio y los quería también santos, tan santos como el religioso más obser­vante (idea ésta ‑es preciso subrayarlo hoy‑ no habitual en aquellos tiempos, en que la vida de santidad, la perfección, se asociaba al claustro, a la entrega propia de los religiosos).

Numerosísimos sacerdotes ponderan hoy ‑al cabo de más de treinta años‑ los ejercicios o retiros a los que asistieron enton­ces. Algunos conservan notas, como don Jaime Bertrán Crespell, que estuvo del 13 al 18 de octubre de 1941 en el Seminario Conci­liar de Lérida. Era coadjutor de la parroquia de San Juan Bautis­ta y profesor adjunto de Religión en el Instituto de segunda enseñanza de aquella ciudad. La idea central que retiene de aquellos días fue “enamorarme de Jesucristo”. Y sus dos prime­ros propósitos, “sentirse sacerdote cien por cien” y “aparecer tal en todas partes”, inspirados por el director de la tanda.

Una de las cosas más expresivas la publicó don Juan Ordóñez Márquez, en el diario ABC de Sevilla. Comenzaba su artículo: “No sabemos si ha muerto un santo. La Iglesia juzgará en su día. Sólo sabemos que ha muerto un sacerdote que hizo camino. Y ;qué sacerdote!”. Hacía luego toda una descripción del sacer­docio sin fronteras del Fundador del Opus Dei, que culminaba ‑como supremo elogio‑ en la afirmación de que fue un “sacerdote, en fin, capaz de contagiar de entusiasmo sacerdotal a Íos propios sacerdotes en la Iglesia”.

Para conseguir esa sintonía, ese entusiasmo, no parecía hacer nada extraordinario. Era uno más, hermano de sus hermanos, que les quería con locura, y por esto, nunca dejó de abrumarle el hecho de que debiera ser él quien les predicara: en más de una ocasión, les decía que era como vender miel al colmenero. Nada raro, nada extraordinario había en sus ejercicios espirituales. Don Francisco Álvarez Rodrigo, párroco de San Francisco de la Vega, en León, estuvo en una de esas tandas: ni sabía. ni w imaginó entonces, ni pudo deducirlo, que quien dirigía los ejer­cicios era e1 Fundador del Opus Dei. Veía en él simplemente al amigo del obispo, el P. Ballester, que le había traído para pre­dicar a los curas de su diócesis. “Es más, según se expresaba y por los ejemplos que ponía, me hice a la idea de que era de Ávila o de Segovia. Y como a mí creo que les pasó a muchos”.

A esta misma tanda concurrió don Gumersindo Fernánduz García, que guarda las notas tomadas entonces. Entre las muchas cosas que escuchó, sobre la Virgen y San José, sobre la devoción a la Eucaristía y el amor a la Santa Misa, etc. Destaca la impor­tancia de la vida de oración y de la vida de fe: “De la fe n,‑)s habló mucho, mucho. Es donde más he oído hablar de vivir vicia de fe: durante estos ejercicios”. A don Gumersindo le admiró cómo dominaba las Sagradas Escrituras, la facilidad con que citaba pasajes evangélicos, datos de las Epístolas, de memoria, al detalle, sin vacilar: “vivía el Evangelio y nos lo hacía vivir”.

Los ejercicios le dejaron una honda huella que el tiempo no ha podido borrar, pues todos los años repasa y medita los apun­tes que tomó entonces: “El día en que recibí la noticia de 1_: muerte del Padre estuve leyendo los apuntes de la meditació1 sobre la muerte que había dado en aquellos ejercicios”.

Apenas hacía un año que, en Buenos Aires, el Fundador del Opus Dei evocaba ante un nutrido grupo de sacerdotes argentinos. aquel trabajo suyo de los años cuarenta:

Yo comencé a dar muchos, muchos cursos de retiro espiritual ‑se hacían de siete días en aquella época‑, por diversas dióce­sis de España. Era muy joven, y me daba una vergüenza tremen­da. Comenzaba siempre diciendo al Señor: Tú verás lo que dice a tus curas, porque yo… ;Avergonzadísimo! Y después, si no venían, los llamaba uno por uno. Porque no tenían costumbre de hablar con el predicador.

El Fundador del Opus Dei recorrió prácticamente todas las diócesis de España. Llevaba en el alma su pasión por sus herma­nos en el sacerdocio, que no le abandonó nunca. También des­pués de haber trasladado su residencia a Roma en 1946, siguió, en la medida de lo posible, predicando a los sacerdotes. Allí le cono­ció, por ejemplo, Monseñor Infantes Florido, actual Obispo de Canarias, que asistió en 1957 a un retiro espiritual para el clero secular en Castelgandolfo. A Monseñor Infantes le impresionó la insistencia con que les urgía a fomentar una seria y responsable santidad sacerdotal, en fiel comunión con la Jerarquía (nihil sine Episcopo), y en cordial fraternidad con todos los sacerdotes, que hiciese imposible el desaliento o el aislamiento.

Prelados del mundo entero, desde el Cardenal Enrique y Ta­ranc6n, Presidente de la Conferencia Episcopal Española, al Car­denal Parecattil, Arzobispo de Ernakulam (Estado de Kerala, India), o al Cardenal Cooke, Arzobispo de Nueva York, han exteriorizado públicamente su gratitud a Mons. Escrivá de Bala­guer por este desvelo que tanto bien hizo a los sacerdotes de sus diócesis, prestando un servicio magnífico a la Iglesia. Con cierta emoción, lo encomiaba Mons. José María Guix, obispo auxiliar de Barcelona, al conferir el diaconado a cincuenta y cuatro socios del Opus Dei, pocos días después del fallecimiento de su Funda­dor. Y les animaba a quererle más, para que, desde el Cielo, les continuara ayudando a ser cada vez mejores hijos de la Iglesia: “buenos sacerdotes, que amen ‑como él amó‑ a la Santa Igle­sia, al Romano Pontífice y a la Jerarquía”.

Mons. Escrivá de Balaguer inculcó a los fieles la importancia de rezar por todos los sacerdotes, el deber de no dejarlos solos, la obligación de atenderlos también en sus necesidades materiales.

En ocasiones, dirigiéndose a laicos, exclamaba a voz en grito, como en el Teatro Coliseo de Buenos Aires, el 23 de junio de 1974:

Rezad por todos los sacerdotes ‑pecadores como yo‑, para que no hagamos locuras y para que, en el altar y fuera del altar, nos portemos como Jesucristo y Nuestra Madre la Iglesia quieren. No hay ningún sacerdote malo, son buenos todos. Serían mejores si rezáramos más. ¡Vamos a pedir más!

A los sacerdotes diocesanos recalcó siempre con términos parecidos a los que empleó un día de mayo de 1974 en Brasil: Yo tengo vuestra misma vocación. Nunca he tenido otra. Por eso, no ofendo a los religiosos ‑a quienes tanto quiero‑, si a vos­otros os amo de una manera muy particular. Es una obligación especial de fraternidad.

“Me consta también cuánto amaba a los religiosos, concre­tamente la vida contemplativa, como claramente lo manifestaba en sus cartas, e infundía en sus hijos esta estima y aprecio por la oración de las almas contemplativas”, afirma sor María Rosa Pérez, monja Clarisa en un Monasterio de Valencia.

En estas páginas se han citado, y se citarán, testimonios diversos de religiosos que profesaron profundo afecto a Mons. Escrivá de Balaguer, y que reflejan la gran estima que él tenia del estado religioso, aun no habiéndole en absoluto llamado Dios por ese camino. El Fundador del Opus Dei tenía que promover y difundir el afán de santidad en medio de la calle; se dirigía a los que viven y trabajan en circunstancias ordinarias. Y el gran medio con que contaba era la oración. También la oración de las religiosas y los religiosos, de quienes mendigaba esa limosna de sus oraciones con notable perseverancia. “En sus cartas ‑con­firma esta monja clarisa de Valencia‑ me rogaba igualmente pidiera por él y por la Obra”.

Pero no se acordaba de ellos sólo para obtener las oraciones que necesitaba, sino que, preocupado y vibrante por toda la Iglesia universal, rezaba y hacia rezar por los religiosos. Conse­guía vocaciones también para la vida religiosa (como aquel car­tujo de Porta‑Coeli, al que alude un artículo de Aurelio Mota en el diario Las Provincias, de Valencia, el 2 de julio de 1975). Y, cuando se lo pedían, trabajó directamente en favor de ellos.

Un agustino, Eduardo Zaragüeta, dejaba constancia de estas realidades en La Voz de España de San Sebastián (8 de julio de 1975): “Los agustinos sabemos de su carácter y de su sencillez cordial cuando dio ejercicios en el monasterio de San Lorenzo el Real, de El Escorial. Escrivá amaba a San Agustín y la rica tra­dición de la Orden que él fundara hace dieciséis siglos, en cir­cunstancias muy parecidas a las actuales”.

Fray Joaquín Sanchis Alventosa, franciscano, que ocupó puestos de gobierno relevantes en su Orden, y participó activa­mente en el Concilio Vaticano 11, no ha olvidado los primeros pasos del Opus Dei en Valencia, allá por el año 1939. La casa de la calle de Samaniego, sede de una residencia de estudiantes, estaba cerca de su convento de San Lorenzo, y el director de la resi­dencia les encargó que celebrasen allí diariamente una Misa y oficiasen los sábados la Bendición con el Santísimo. Surgió así una relación muy amistosa, de la que Fray Joaquín elogia “el cariño y las deferencias que tenían con nosotros, religiosos fran­ciscanos, aquellos universitarios que empezaban a vivir una espi­ritualidad seglar. Esta veneración era muestra del amor al estado religioso que Mons. Escrivá infundía en esos hijos suyos, que buscaban la santificación en medio de sus afanes profesionales”.

Quedaba claro ‑como la Iglesia universal sancionaría an­dando los años‑ que la vida en el Opus Dei es muy diversa de la vocación religiosa. Pero esta nítida diferencia, lejos de ser motivo de separación, lleva a la admiración y al cariño mutuos. Si a Fray Joaquín le encantaba que unos jóvenes universitarios le tratasen con tanto cariño, emociona también la grandeza de espíritu ‑magnanimidad cristiana‑ con que este fraile franciscano se alegra al ver la misericordia de Dios en las actividades del Opus Dei: “Muchos ex‑alumnos de nuestros colegios franciscanos me han contado el papel decisivo que para ellos ha tenido el apos­tolado de la Obra a su llegada a la Universidad. No pocos han recibido la vocación al Opus Dei. Me viene ahora a la memoria el gozo que me produjo encontrar, en Roma, a uno de mis queridos ex‑alumnos, que había recibido la ordenación como sacerdote del Opus Dei”.

El Fundador del Opus Dei difundió por todo el mundo la lla­mada universal a la santidad, también y sobre todo para los se­glares. Pero, como reconoce el P. Aniceto Fernández, que fue Maestro General de los Dominicos, esta realidad nunca significó en él, ni en los socios de la Obra, “una minusvaloración o censura de la vida religiosa, ni disminuir en nada la excelencia de la vocación religiosa”.

Otra manifestación práctica de su amor a los religiosos aparece en la decisiva ayuda que prestó para la restauración de la Orden de los Jerónimos, en el Parral (Segovia), desde 1940. José María Aguilar Collados, monje jerónimo, capellán hoy del Monasterio de San Bartolomé en Inca (Mallorca), testifica que debe su vocación de jerónimo a Mons. Escrivá de Balaguer, y amplía con los nombres de algunos estudiantes, a los que tam­bién el Fundador del Opus Dei confirmó en su camino de reli­giosos.

En el Monasterio del Parral le conoció y trató, al principio de los años cuarenta, don Pío María, hoy monje camaldulense en el Yermo de Santa María de la Herrera (San Felices, Logroño). Les dirigió algunos ejercicios espirituales, en los que ponía todo su esfuerzo ‑humano y sobrenatural‑ por remover de verdad a cada uno, aunque les decía con frecuencia que él no era monje… De hecho, además, indica don Pío María, nunca quiso entrome­terse en el gobierno de la Orden; en más de una ocasión le oyó: ‑Cada uno debe gobernar según su espíritu.

Desde el Yermo, en un rincón apartado de Logroño. don Pío María atestigua en 1975, veintinueve años después de su último encuentro con Mons. Escrivá de Balaguer: “Al saber ahora que el Opus Dei se ha desarrollado por los cinco continentes, me he llenado de alegría, pero no ha sido para mi una sorpresa”.

Son algunos retazos de la solicitud que el Fundador del Opus Dei tuvo por los religiosos, del cariño mutuo que surgía entre ellos, a pesar de la diversidad de vocaciones. Nunca dejó de rezar por todos y, siempre que pudo, les visitó, para responder a su afecto, a sus oraciones y también a las invitaciones que constan­temente recibía para que estuviera un rato con ellos.

De esta manera, en 1972, durante los meses de octubre y no­viembre, en que hizo una amplia labor por toda la Península Ibérica, no dejó de ir a algunos conventos de religiosas contem­plativas. Estuvo en Navarra con las monjas cistercienses del Mo­nasterio de San José en Alloz. En Madrid visitó una tarde a las agustinas recoletas de Santa Isabel, de cuyo Real Patronato fue Rector muchos años antes. Estuvo en el Carmelo de Coimbra. En Cádiz, con las monjas de una comunidad de carmelitas descal­zas. Luego, en Valencia, con las carmelitas de Puzol. Por último, en Barcelona, casi al final de esos dos meses de actividad ince­sante, conversó con las monjas clarisas del Monasterio de Pedral­bes. Para todas tuvo palabras de aliento sobrenatural y de agra­decimiento.

‑Sois el tesoro de la Iglesia, resumió muchas veces, también en Puzol, un convento de carmelitas rodeado de naranjales, que visitó durante su estancia en Valencia:

‑La Iglesia se quedaría árida sin vosotras, y no podríamos decir: sacad con alegría las aguas de las fuentes del Salvador. Es aquí donde sacáis las aguas de Dios, para que nosotros podamos convertir la tierra seca en un huerto lleno de naranjos. Sin vues­tra ayuda no haríamos nada; por eso vengo a daros las gracias. Estoy persuadido de que muchos sacerdotes que sufren y lloran ahora en el mundo, al escuchar vuestros cánticos ‑también los de la recreación‑ se llenarán de gozo. ;Mil veces benditas seáis!

En estas visitas, insistía en el amor con que las monjas debían ser fieles a su llamada y les prometía rezar para que tuvieran muchas vocaciones:

‑No soy religioso, pero los amo con toda mi alma, y sufro cuando veo que no tienen vocaciones. Pediré mucho para que esta comunidad tenga también gente joven.

Muchos religiosos y religiosas han manifestado también su afecto y su gratitud al Fundador del Opus Dei, cuando supieron de su fallecimiento. A veces, como señala la Superiora General de las Siervas de los Pobres, porque de sus escritos habían reci­bido impulso para luchar por la santidad personal y para vivir generosamente su propia vocación. La Superiora General de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados asegura: “Sus escri­tos, conocidos por todas nosotras, nos han ayudado a aumentar nuestro amor a la Iglesia y al Papa, y a profundizar en la doc­trina de Jesucristo” . La comunidad de carmelitas descalzas de la Encarnación (Ávila) destaca especialmente la veneración que el Fundador del Opus Dei tuvo por los sacerdotes, que a ellas, coma quería su Madre Santa Teresa, les produce “gran alegría y estímulo”. Y las monjas de San José ‑el primer monasterio fundado por la Santa de Ávila‑ subrayan cariñosamente la fre­cuencia con que Mons. Escrivá de Balaguer citaba en su predica­ción a Santa Teresa, así como la estima que “tanto él como sus hijos espirituales han mostrado siempre a la Orden Carmelita” .

Se podrían multiplicar los testimonios que, de modo sencillo y espontáneo, denotan la profunda unidad de corazones en almas a las que Dios lleva por caminos tan distintos. Sor Teresa J. García de Samaniego, Superiora del Monasterio de la Visitación de Santa María (Oviedo) certifica que, como otras muchas monjas de clausura, rezan por el Opus Dei: “Monseñor Josemaría Escrivá lo sabía y nos lo agradecía públicamente o a través de ,pus hijos sacerdotes, quienes nos piden que recemos por muchas de sus labores apostólicas”. Sor Teresa aduce expresamente un texto de Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer:

El Opus Dei ha contado siempre con la admiración y la sim­patía de los religiosos de tantas órdenes y congregaciones, de modo particular de los religiosos y de las religiosas de clausura, que rezan por nosotros, nos escriben con frecuencia y dan a conocer nuestra Obra de mil modos, porque se dan cuenta «le nuestra vida de contemplativos en medio de los afanes de la calle.

Y sor Teresa concluye: “En nuestra vida comunitaria lleva­mos una larga temporada meditando los escritos de Mons. Escri­vá de Balaguer. Leemos homilías suyas en el refectorio y en a recreación, y luego también lo hacemos privadamente para que e nuestra oración mental se llene de mociones divinas. Nos llevan a Dios, nos unen con Cristo Jesús, nos hacen querer más a nuestro Creador y a rezar más por todas las criaturas de la tierra. Al dejarnos llevar de la mano de este santo Fundador, en el que Cristo vivía de un modo intenso, muchas de nosotras hemos notado como un nuevo fervor para vivir nuestro espíritu”.

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3. Alma sacerdotal y mentalidad laica

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

“Era un sacerdote íntegramente sacerdote y con todas sus consecuencias. Esta era la impresión imborrable que hacía en todos los que le tratamos en aquella época”, afirma el doctor don Juan Jiménez Vargas, hoy catedrático de Medicina, que conoció al Fundador del Opus Dei en 1932. A lo largo de estas páginas, tendremos ocasión de ver las más diversas consecuencias de la identificación de Mons. Escrivá de Balaguer con su sacerdocio. Todas obedecen a una única raíz: el amor al Santo Sacrificio de la Misa.

A mis sesenta y cinco años ‑comentaba en 1967‑, he hecho un descubrimiento maravilloso. Me encanta celebrar la Santa Misa, pero ayer me costó un trabajo tremendo. ;Qué esfuerzo! Vi que la Misa es verdaderamente Opus Dei, trabajo, como fue un trabajo para Jesucristo su primera. Misa: la Cruz. Vi que el oficio del sacerdote, la celebración de la Santa Misa, es un trabajo para confeccionar la Eucaristía; que se experimenta dolor, y alegría, y cansancio. Sentí en mi carne el agotamiento de un trabajo divino.

A Cristo también le costó esfuerzo. Su Humanidad Santísima se resistía a abrir los brazos en la Cruz, con gesto de Sacerdote eterno. A mí nunca me ha costado tanto la celebración del Santo Sacrificio como ese día, cuando sentí que también la Misa es Opus Dei. Me dio mucha alegría, pero me quedé hecho migas.

“Toda su vida ‑ha escrito don Marcelo González, Cardenal Primado de España‑ fue como la prolongación de una Misa interrumpida que glorificaba al Padre, trataba de obtener el perdón para el pecado mediante la gracia sacramental, y ponía el trabajo profesional y las preocupaciones familiares como una hostia purificada junto al altar. Todo esto es lo que percibí en las conversaciones que tuve con él, y también lo he captado con sus escritos, y lo vengo comprobando en los sacerdotes del Opus Dei que he conocido”.

Sobre la Santa Misa, sobre la Sagrada Eucaristía, el Funda­dor del Opus Dei ha dejado páginas bellísimas. Son reflejo de su corazón enamorado, que entendía la Misa como un epitalamio, como un canto de bodas, manifestación de amor.

Es patente el influjo de esos textos, que han llevado a muchí­simas almas, en el mundo entero, a saborear la divina realidad de que la Santa Misa es el centro y la raíz de la vida interior, como precisaba constantemente Mons. Escrivá de Balaguer, desde que era un joven sacerdote, y recogería textualmente el Concilio Vaticano 2, muchos años después.

Las palabras del Fundador del Opus Dei sobre la Santa Misa mueven y conmueven, porque traslucen una realidad plena y enteramente vivida. “Creo que su chifladura era la Santísima Eu­caristía”, estima don Joaquín Mestre Palacio, Prior de Nuestra Señora de los Desamparados en Valencia, que amplia así su tes­timonio: “Me viene a la memoria el cariño, la unción y la piedad con que al señor Arzobispo (se trata de don Marcelino Olaechea) y a mí nos enseñaba los oratorios de Bruno Buozzi (sede central del Opus Dei), deteniéndose especialmente en el Sagrario. Nos lo mostraba con la misma delicadeza y unción con que un misacan­tano, enamorado del sacerdocio, podría mostrar el cáliz de su primera Misa”.

Muchas personas han tenido ocasión de asistir a una Misa celebrada por Mons. Escrivá de Balaguer. Sus comentarios son unánimes, acerca del modo intenso, delicado, profundamente piadoso, con que celebraba.

El actual obispo de Sigüenza‑Guadalajara, don Laureano Castán Lacoma, no ha olvidado las Misas del sacerdote recién ordenado, don Josemaría, en Fonz, un verano de 1926 ó 1927. Don Laureano, entonces seminarista, pasaba en Fonz ‑su pue­blo natal‑ las vacaciones. Coincidieron con ocasión de las cortas visitas que don Josemaría, con su familia, hacia a su tío, mosén Teodoro, beneficiado de la capellanía de la casa Moner. Don Laureano le ayudó alguna vez a celebrar la Santa Misa en la capilla de los señores de Otal ‑Barón de Valdeólivos‑, con quienes le unía ‑también a don Laureano Castán Lacoma‑ una gran amistad. Y enaltece “la piedad y fervor con que celebraba el Santo Sacrificio, al que yo me unía con piedad y devoción grandes, que no le pasaron inadvertidas a Mons. Escrivá, como en fecha reciente me comentaba por escrito don Álvaro del Portillo. Es fácil de entender que ya entonces vivía lo que años más tarde escribiría: La Misa es acción divina, trinitaria, no humana. El sacerdote que celebra sirve al designio del Señor, prestando su cuerpo y su voz; pero no obra en nombre propio, sino in persona et ir nomine Christi, en la persona de Cristo, y en nombre de Cristo”.

También Pedro Rocamora ayudó a Misa al Fundador del Opus Dei. Fue en Madrid, en la capilla del Patronato de En­fermos, en la calle de Santa Engracia (hoy García Morato). Asistía muchas mañanas, antes de ir a la Universidad: “Cada palabra tenía un sentido profundo y un acento extraño. Sabo­reaba los conceptos… Don Josemaría parecía desprendido de su contorno humano y como atado por lazos invisibles a la divini­dad”. Rocamora se sabía de memoria el texto latino de la Misa, y por eso podía seguir bien la liturgia. Aunque han pasado tantos años ‑era entonces 1929‑, mantiene su emoción: “Aquellas mañanas en la capilla de la calle de Santa Engracia, al acabar la Misa, los acólitos del Padre Escrivá a veces no podíamos contener las lágrimas”. Por si acaso, Rocamora dice de sí mismo que es un hombre normal, no demasiado sensible ni exageradamente emotivo.

Con el tiempo, el Fundador del Opus Dei tendría que vivir su amor a la Sagrada Eucaristía en circunstancias tan adversas como las que se produjeron en los períodos de persecución reli­giosa en el Madrid republicano. Julián Cortés Cavanillas publicó °.n un artículo de ABC que en la mañana del 11 de mayo de 1931, .mientras en Madrid ardían iglesias y conventos, “acompañado por mí, llevó en su pecho al Santísimo, desde la capilla en donde era capellán, de la calle de Manuel Cortina, hasta las casas militares, próximas a la glorieta de Cuatro Caminos, donde depositó el divino tesoro eucarístico, en casa de unos amigos aragoneses”.

Por esas fechas, como luego en Madrid y Barcelona entre julio de 1936 y diciembre de 1937, su devoción eucarística tuvo que superar dificultades tremendas: celebrar la Santa Misa clan­destinamente, llevar escondida la Comunión de un sitio a otro, eran riesgos que podían pagarse con la vida. Muchos sacerdotes santos de Madrid ‑y de otras ciudades españolas‑ no tuvieron miedo a la muerte. Mons. Escrivá de Balaguer comentaría que, en aquellos meses, pensaba frecuentemente en la persecución de los primeros cristianos. A escondidas, con un traje de paisano prestado, muy delgado, en cuanto pudo moverse por Madrid, desplegó una intensa actividad sacerdotal: confesaba, daba ayuda espiritual en conversaciones personales, y en meditaciones a grupos reducidos ‑hasta unos ejercicios espirituales llegó a predicar‑, celebraba la Santa Misa y llevaba la Comunión a unos y otros.

En parecidas circunstancias discurrió su trabajo sacerdotal los días que permaneció en Barcelona, antes de iniciar el camino que, a través de los Pirineos, le conduciría a Andorra. Fueron con él algunos socios de la Obra y unos pocos amigos, dentro de una expedición general conducida por guías conocedores del terreno, para abandonar la zona roja.

El 28 de noviembre celebró la Santa Misa en pleno monte. Acababan de llegar al barranco de la Ribalera, después de caminar toda la noche. Sin aguardar más, escogieron dentro de aquella especie de circo, protegido del viento, las piedras que mejor pudieran servir como altar. Temía irreverencias, pues durante la marcha nocturna, se habían oído algunas blasfemias, pero anunció que iba a celebrar y que podía asistir quien quisiera.

Había allí más de veinte personas que no habían podido ir a Misa desde julio de 1936. La expectación fue grande. Y se emo­cionaron aún más ante su modo de celebrar la Misa. Un estu­diante, Antonio Dalmases, venía con otro grupo que se había incorporado a esta expedición. En su diario quedó anotado: “Nunca he oído Misa como hoy. No sé si por las circunstancias, o porque el sacerdote es un santo”.

Unos días después, celebraba el Santo Sacrificio en Andorra, con todos los ornamentos y vasos sagrados, después de casi dieci­siete meses de clandestinidad. Mosén Pujol Tubau no ha olvidado, al cabo de treinta y siete años, que se encontró con un puñado de hombres. Se adelantó uno que le saludó con los brazos abiertos: ‑;Gracias a Dios que vemos un cura! Esa persona era don Jose­maría, que se le presentó como sacerdote, y le explicó que aca­baban de cruzar la frontera, y que querría celebrar la Santa Misa para dar gracias a Dios. Así lo hizo al día siguiente ‑uno de los primeros de diciembre‑ en el altar mayor de la iglesia de Sarx Esteban. Mosén Pujol recibió una impresión de profunda piedad, “por la devoción con que ofició, así como por el rato que perma­necieron después, él y los que le acompañaban, dando gracias _Y haciendo oración ante el Sagrario”.

Afirmaciones semejantes hacen muchas personas. Antonio Ivars Moreno era estudiante cuando asistió un día de 1939 a Misa en un pequeño entresuelo de la calle Samaniego, donde estaba el primer Centro del Opus Dei en Valencia: “No perdí ni una palabra. Ni un gesto. Cuando celebraba, hacía sentir a los que estábamos con él que había penetrado en las profundidades del gran misterio de nuestra Redención. Aquella Misa era verda­deramente el mismo Sacrificio incruento del Calvario. No había lugar a las distracciones”.

Un conocido arquitecto valenciano, Vicente Valls Abad, ha dejado por escrito en las páginas del diario Levante, la huella de sus tiempos universitarios, en la Residencia de estudiantes de la calle Jenner, en Madrid. Era el año 1942, y don Josemaría se encargaba personalmente de la dirección espiritual de los resi­dentes, y de la predicación de meditaciones y retiros. Aunque él tenía cierta prevención, acudió a un retiro espiritual. Le removió la predicación directa, concreta, práctica, penetrante, que ani­maba a mejorar. Pero sobre todo le desarmó su modo de dar la Bendición con el Santísimo Sacramento: “la unción y el respeto con que lo trató, ese apretón final contra su pecho y ese movi­miento ininterrumpido de sus labios, diciéndole cosas al Señor hasta el final de la ceremonia. He aquí ‑pensé‑ un sacerdote enamorado de Dios”.

Con corazón de enamorado celebraba la Misa el Fundador del Opus Dei. Y con cariño la decía hasta en los detalles más menudos. Don Vicente Jabonero, histopatólogo de Oviedo, se fijó en uno, durante la Misa de Mons. Escrivá de Balaguer en el campus de la Universidad de Navarra en 1967. Le llamó la aten­ción que, al rezar el Confiteor, hiciera una pausa en el Ideo, precor. El doctor Jabonero entendió que era lógico que fuese así, con la pausa propia de la coma, y no seguido: como si en cas­tellano se dijera “por tanto, ruego a…” Y glosa: “la coma (pausa) era obligada. Entonces comprendí, prácticamente, lo que en Camino había escrito respecto de la oración vocal: Mira lo que dices y a quién lo dices…”.

Don Juan Antonio Paniagua, profesor de Historia de la Me­dicina, se acuerda del reducido piso de Valladolid, al que llama­ban “El Rincón”. Se empleaba para la labor apostólica con estudiantes universitarios, al principio de los años cuarenta. Allí aprendió, de la mano del Fundador del Opus Dei, a valorar la

importancia de los más pequeños gestos de amor a la Sagrada Eucaristía, a evitar cualquier improvisación en lo relativo al culto divino. Pues Juan Antonio Paniagua advirtió que estos detalles ante todo revelaban ‑velaban‑ un amor: un amor chiflado como el de aquel que describe Camino (438):

;Loco! ‑Ya te vi ‑te creías solo en la capilla episcopal­poner en cada cáliz y en cada patena, recién consagrados, un beso: para que se lo encuentre Él, cuando por primera vez “baje” a esos vasos eucarísticos.

‑;Qué locura!, ¿verdad?, cuenta Paniagua que apuntó el Fundador del Opus Dei a Javier Silió, el más joven de los que entonces estaban allí.

‑Sí, Padre, ;qué locura!, dijo él, y le respondió:

‑Pues sé tú también muy loco, hijo mío.

A raíz de la muerte de Mons. Escrivá de Balaguer, el obispo de Aquisgrán, Mons. Pohlschneider expuso: “Los sesenta mil socios del Opus Dei lloran la muerte del Padre, que se les ha ido. Pero después de su muerte le guardarán fidelidad interior, porque saben lo que le deben. Pueden decir, con palabras de Lacordaire: `La felicidad más grande que un hombre puede gozar en la tierra es haber encontrado en la vida a un verdadero hombre según el corazón de Dios, a un auténtico sacerdote’ “.

Pero la autenticidad de su sacerdocio se desdibujaría si la separásemos de su mentalidad laical. Desde un enfoque negativo, tiene mentalidad laical aquel que no es clerical, es decir, aquel que no se sirve de las estructuras eclesiásticas para buscar fines de orden profano, o para recibir un trato distinto al de los ciuda­danos normales en la vida civil. Por eso, al Fundador del Opus Dei le repugnaban los privilegios, las exenciones. Le encantaba, en cambio, trabajar dentro del marco de las leyes civiles, cum­pliendo sus obligaciones y ‑también‑ exigiendo sus derechos: derechos de ciudadano, no privilegios sacerdotales.

Otro tipo de clericalismo malo es el que se puede producir por mimetismo, o por complejo de inferioridad: presentar como si fueran un ideal para el laico las actividades propias del sacerdo­te; requerir la presencia del cura en los trabajos civiles como sis­tema para impregnarlos de sentido cristiano. El cura aseglarado, y el laico sacristán ‑fuera del templo‑ son desquiciamientos producidos por el clericalismo malo, que hacen perder el sentido de la realidad, e invierten el sitio de cada uno. Por el contrario, es parte de la mentalidad laical saber estar cada uno en su sitio.

Mons. Escrivá de Balaguer se caracterizaba por “su decidido apoyo a la secularidad”, inseparable de “su sacerdocio tan ple­namente, tan consecuentemente, tan coherentemente vivido hasta en el último detalle” (Mons. Francisco Hernández, en La Reli­gión, Caracas, 26 de julio de 1975).

Porque el puesto del clérigo en el mundo es puesto de servicio, universal, sin excepción alguna. El sacerdote ha de ser otro Cristo, que vino a servir, no a ser servido. Y el gran servicio que ‑hoy como ayer‑ ha de prestar el sacerdote a los hombres es hablarles de Dios, hacerles a Dios presente en su vida. No me cabe la menor duda de que no hay nada más laical en un sacerdote que hablar de Dios.

Al Fundador del Opus Dei le preguntaron muchas veces sobre la mentalidad laical. Un 19.de octubre de 1972 en Madrid enun­ciaría de nuevo: yo soy anticlerical porque amo al sacerdote. Fue el suyo un anticlericalismo bueno, porque buscaba la fidelidad del sacerdote a su propia y exclusiva misión. Quería persuadirles de que los curas que no hablan de Dios son todos clericales, en el sentido peyorativo de la palabra.

Prácticamente todo en la vida del Fundador del Opus Dei iba orientado a hacer que los seglares se santificasen en su trabajo profesional ordinario: ese trabajo del que viven, del que sacan lo necesario para sostener a la familia y cumplir con sus deberes sociales. Y el ministerio sacerdotal lo enfocaba también como trabajo profesional ordinario, como un trabajo de Dios.

Mons. Escrivá de Balaguer fue un sacerdote que no hablaba más que de Dios. Era ostensible, clamorosamente patente. Y vivió también muy a fondo esa mentalidad laical que tanto pre­dicó, con todas las consecuencias prácticas que de ella se derivan: para un sacerdote, no mangonear las almas, no entrometerse en lo ajeno, respetar la libertad de las conciencias, abominar de privilegios y exenciones…

Llevó esta actitud hasta el extremo de no querer vivir de la sotana. Hubo momentos en que pasó graves apuros económicos. Entre otros muchos, cuando se trasladó a Madrid en 1927. En­tonces dio clases de Derecho romano y de Derecho canónico en la Academia Cicuéndez, por la simple razón de que necesitaba dinero para atender las necesidades económicas de su familia.

Después de la guerra de España aceptó un puesto como pro­fesor en la Escuela Oficial de Periodismo. Seguro que seguía necesitando dinero, aunque allí no debía ganar mucho. Fue a aquella Escuela para atender el ruego de un amigo, Giménez Ar­nau, entonces Director General de Prensa, y porque explicar Ética y Deontología a futuros periodistas era un modo de dar doctrina, de hablar de Dios. Ésta fue la razón fundamental de su presencia en la Escuela Oficial de Periodismo.

En la Hoja del Lunes de Madrid, escribió Pedro Gómez Apa­ricio, primer secretario de aquella Escuela: “Supongo que aún perdura el recuerdo de don Josemaría entre los que fueron sus alumnos. Su trato era sencillo, respetuoso y afable; su carácter, abierto, optimista y generoso, siempre dispuesto a un diálogo

cordial. Creo que hubiera sido un gran periodista de no absor­berle sus actividades apostólicas”.

Aunque atendiese aquellos trabajos con sentido de responsa­bilidad, estaba siempre claro que no era ésa su dedicación pro­fesional. Sólo quería ser sacerdote. Muchos le animaron a pre­parar oposiciones a cátedras, pero su respuesta fue siempre nega­tiva: contestaba que así podía haber un catedrático más; pero que si era sacerdote cien por cien, si era plenamente sacerdote, habría muchos sacerdotes y muchos profesionales, y muchos obreros y muchos matrimonios santos entregados a Dios.

Desde esta perspectiva se comprende por qué insistía tanto en que los sacerdotes vistiesen el traje talar u otro hábito correcto que, cumpliendo las normas dadas por sus obispos, denotara enseguida la presencia del ministro de Cristo. Entendía el sacer­docio como un ministerio, como un servicio público, y juzgaba que los demás ‑católicos o no‑ tenían derecho a poder reconocer al sacerdote por su atuendo, para requerir sus servicios en cualquier lugar o circunstancia. Decía a los sacerdotes que se mostrasen así por deber de caridad o de justicia, pero también como consecuencia de su mentalidad laical.

Don Josemaría lo vivió, incluso heroicamente, en tiempos di­fíciles, cuando en Madrid era arriesgado andar por la calle con sotana. Después de las quemas de iglesias y conventos de mayo de 1931, sacerdotes capaces de una actuación decidida y valiente si llegaba el caso, iban ordinariamente de paisano por las calles madrileñas. El Fundador del Opus .Dei, según testimonia el Dr. Jiménez Vargas, desde que él le conoció en 1932, “nunca admitió ir de paisano. Es más, llevaba manteo, que sin duda era más llamativo ‑valga la palabra‑ que el abrigo”.

Mons. Cantero, Arzobispo de Zaragoza, resumió éstos y otros rasgos del alma sacerdotal, de la personalidad entera de Mons. Escrivá de Balaguer, en la homilía que predicó en el funeral celebrado en aquella ciudad por su eterno descanso: “el equilibrio y armonía para unir en su vida y en su obra la prudencia y la audacia; el tesón de su tierra baturra y la apertura sin recovecos al pensamiento de los demás; el respeto y el amor a la libertad con la observancia de la disciplina y de la obediencia; el sentido del humor con el aguante ante la cruz del sufrimiento físico y moral; el talante de un optimismo eripedernido con la valoración de las limitaciones y miserias humanas; la fidelidad a la ortodo­xia con el hombre y la sed de la creatividad al servicio de Dios, de su Iglesia y de los hombres sus hermanos, porque amaba a Dios, a la Iglesia y a los hombres con el mismo corazón”.

Y es que Mons. Escrivá de Balaguer fue, ante todo y sobre todo, un hombre de Dios: un sacerdote. ”

«Es como hacer un viaje…»

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Desde 1928, son ya muchos los hombres y las mujeres del Opus Dei que han comprobado la realidad del dolor y de la muerte. Sus historias, como las de otras muchas gentes desconocidas, sólo las conoce a fondo Dios. Me consta, sin embargo, que los enfermos son un «tesoro» para el Opus Dei y que es realidad esa afirmación de su Fundador cuando recordaba que la Obra es un buen sitio para vivir y para morir, aunque estas páginas pertenezcan, como tantas otras de otros siglos y del presente, a ese torrente oculto, no descrito por nadie, que es la verdadera historia de la humanidad.

Isidoro Zorzano, argentino, ingeniero industrial, miembro del Opus Dei desde 1930, murió el 15 de julio de 1943, cuando su vida parecía más necesaria. Sus últimas palabras fueron: «Conviene obedecer al Señor, dejar todo e irse a los cuarenta años, cuando habría aún tanto que hacer. Es como hacer un viaje, cambiar de casa, ser trasladado de un sitio a otro. Aunque sólo fuera para obtener esta paz en la última hora, vale la pena hacer lo poco que hacemos por el Señor». Montserrat Grases, 17 años, un año en el Opus Dei, vivió con prisa para morir el día de Jueves Santo de 1959 agotada por el dolor. Segundos antes, trata de incorporarse para ver la imagen de la Virgen, que tiene frente a la cama, y susurra: « ¡Cuánto te quiero! ¿Cuándo vendrás a buscarme?». Las causas de beatificación de Isidoro y de Montse están iniciadas.

«No tengas miedo a la muerte. Acéptala, desde ahora, generosamente…, cuando Dios quiera…, como Dios quiera…, donde Dios quiera. –No lo dudes: vendrá en el tiempo, en el lugar y del modo que más convenga…, enviada por tu Padre–Dios. –¡Bienvenida sea nuestra hermana la muerte! ». Estas son unas palabras que he vuelto a releer en Camino después de conocer el fallecimiento del Fundador del Opus Dei. Había pedido al Señor irse sin «dar la lata» a los que estaban a su lado. El Señor escuchó su oración. Y partió humildemente, silenciosamente, como siempre había deseado vivir.

Casi tres meses antes, el 28 de marzo de 1975, se cumplieron los cincuenta años de su ordenación sacerdotal.. Al acercarse aquella ocasión, escribía en una carta dirigida a sus hijos: «No quiero que se prepare ninguna solemnidad, porque deseo pasar este jubileo de acuerdo con la norma ordinaria de mi conducta de siempre: ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca».

Parece como si el Señor hubiera querido que su muerte fuese un fiel. reflejo de su vida. Le gustaba decir que su vocación era agotarse en el servicio de Dios, y morir como un limón bien exprimido, que ha dado de sí hasta la última gota. Y el 26 de junio de 1975 llegó con admirable naturalidad su «dies natalis», el día de su nacimiento, como lo celebraban los primeros cristianos. Era una mañana de una jornada más en la vida ordinaria de un sacerdote que sólo hablaba de Dios.

Después de celebrar temprano la Santa Misa, fue a un centro internacional de postgraduadas en Castelgandolfo, una obra apostólica del Opus Dei. «Vosotras, por ser cristianas –les decía a las profesoras y a las alumnas–, tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo aquí. Podéis y debéis ayudar con esa alma sacerdotal y, con la gracia de Dios, al ministerio sacerdotal de nosotros, los sacerdotes. Entre todos, haremos una labor eficaz. Sacad motivo de todo para tratar a Dios y a su Madre Bendita, Nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Angeles Custodios, para ayudar a esta Santa Iglesia, nuestra Madre, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en estos momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia y al Papa. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio a la Iglesia y al Santo Padre». Casi tres horas más tarde, ya en el despacho donde habitualmente trabajaba, Dios quiso llevárselo a su lado.

No padecía ninguna enfermedad que hiciera presagiar su próximo fin. Había ofrecido su vida repetidas veces, por la Iglesia y por el Romano Pontífice. Tal vez la clave de su súbita muerte esté en unas palabras dichas por un cardenal romano ante el cuerpo sin vida de Monseñor Escrivá de Balaguer: «El Padre ha muerto de amor a la Iglesia». Quizá sea ésta la pura verdad: el dolor de la Iglesia le rompió el corazón.

«La beatitud se ve –decía Eugenio Montes el 28 de junio al describir el sepelio del Fundador del Opus Dei en una crónica de ABC–. La trascendencia se presiente. Y no sólo la he vista yo cuando estuve recogido en oración en la capilla, pues, a la salida, le oí susurrar a Mons. Deskour: «Espero ser uno de los primeros obispos que postule su beatificación. He ofrecido la Misa por su glorificación». Idéntico deseo manifestaron 69 Cardenales y cerca de 1.300 Obispos –más de un tercio del episcopado mundial–, pidiendo a la Santa Sede la apertura de su Proceso de Beatificación y Canonización, que comenzó en Roma el 12 de mayo de 1981.

Conozco otras muertes de personas del Opus Dei –algunas de ellas muy recientes– que han pasado ocultas como las vidas, pero ¿para qué contarlas?… ¿Quién se acuerda, después de todo, de las vidas y de las muertes de aquellas generaciones de primeros cristianos, que nos transmitieron intacto el depósito de la fe a golpe de testimonio oculto?… Las conoce Dios de punta a cabo… y nosotros las conocemos por sus frutos.

Alma sacerdotal

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

A partir del 25 de junio de 1944, se suceden sin interrupción las ordenaciones de miembros del Opus Dei. Vocaciones sacerdotales de todas las razas, de todos los países, de todas las profesiones y oficios.

Estos sacerdotes son un pequeño número en el campo apostólico del Opus Dei. Desaparecen en el ejercicio de su ministerio como el agua en una tierra seca. El mundo entero es su parcela de trabajo. Son pocos, en comparación con el número de miembros de la Obra, pero están respaldados por la entrega simultánea de todos sus hermanos. Las últimas palabras que el Fundador, antes de morir, dirigió a sus hijas son para recordarles que habían de tener «alma sacerdotal». Porque a todos los bautizados concierne, una vez llamados a la gran vocación del cristianismo, testificar la luz de Cristo entre los hombres.

Monseñor Escrivá de Balaguer, en su homilía «Sacerdote para la eternidad», repite, una vez más, el 13 de abril de 1973, que los sacerdotes del Opus Dei se ordenan «para servir. No para mandar, no para brillar, sino para entregarse, en un silencio incesante y divino, al servicio de todas las almas. Cuando sean sacerdotes, no se dejarán arrastrar por la tentación de imitar las ocupaciones y el trabajo de los seglares, aunque se trate de tareas que conocen bien, porque las han realizado hasta ahora y eso les ha confirmado en una mentalidad laical que no perderán nunca».

Y más adelante:

«¿Cuál es la identidad del sacerdote? La de Cristo. Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya “alter Chrístus”, sino “ipse Christus”: otros Cristos, ¡el mismo Cristo! Pero en el sacerdote esto se da inmediatamente, de forma sacramental (…).

Por el Sacramento del Orden, el sacerdote se capacita efectivamente para prestar a Nuestro Señor la voz, las manos, todo su ser; es Jesucristo quien, en la Santa Misa, con las palabras de la Consagración, cambia la sustancia del pan y del vino en su Cuerpo, su Alma, su Sangre y su Divinidad»(27).

Sus hijos sacerdotes han captado esta grandeza de la vocación para la que fueron elegidos. Configurarse en «otros Cristos» será una meta deseada, el modo de vivir su entrega a la Iglesia y a la Obra.

En 1975, don Ernesto Aguilar Alvarez, sacerdote mexicano recién ordenado, ingresa en la Clínica Universitaria de Navarra. Se le diagnostica un cáncer óseo muy avanzado. El pronóstico, irremediable a corto plazo, se cumplirá pocos meses después. Una tarde, dolorido y agotado por la enfermedad, piensa bajar hasta la capilla para rezar la Visita ante el sagrario. Duda: puede hacerlo desde su habitación; le resulta muy trabajoso andar ayudado por bastones. Pero se decide y ofrece el dolor en unión con Cristo. Cuando acaba de llegar, entra un hombre de mediana edad. Le mira, y, acercándose, le pide:

-«¿Querría usted confesarme?».

Don Ernesto afirma. Le señala el confesonario, invitándole a ir por delante, para que no vea el esfuerzo que le cuesta caminar. Este día don Ernesto revive, sin duda, las palabras del Fundador de la Obra:

«Sé de gente convertida a nuestra fe católica, sólo por considerar la bondad de Dios en el sacramento de la Penitencia»(28).

Monseñor Escrivá de Balaguer pide siempre a sus hijos sacerdotes que dediquen mucho tiempo a administrar este sacramento:

«Un consejo de hermano: sentaos en el confesionario, esperando a las almas, como el pescador los peces. Haced allí vuestra oración, la lectura espiritual, el Breviario. En los primeros días, podréis; después vendrá una viejecita, luego una niña joven, después un chicote… Y al cabo de dos meses no os dejarán vivir, ni podréis rezar nada en el confesionario, porque vuestras manos ungidas estarán, como las de Cristo -confundidas con ellas, porque sois Cristo- diciendo: “yo te absuelvo”. Amad el confesionario. ¡Amadlo, amadlo! ¡Que nos maten a fuerza de confesar!»(29).

En esta línea se inscribe el testimonio de Monseñor Ignacio María Orbegozo -sacerdote del Opus Dei, que sería consagrado Obispo de Yauyos (Perú)- cuando, a lomos de una mula, camina por los adustos senderos de la sierra andina. Allí donde el calor es pegajoso en la costa y el frío, la nieve y el peligro se alternan en las alturas de cinco mil metros.

«Me habían llamado desde un pueblo de la sierra, para que les dijera unas misas (…). Celebré en Huangáscar la Misa del domingo, y salí a buen paso hacia allá, con la intención de llegar a primera hora de la tarde y celebrar la Misa vespertina (…).

Mi cabalgadura caminaba mal por aquel sendero, deshecho por las lluvias. Pero no fue ésta la única dificultad. Poco después me vi rodeado de una niebla cada vez más espesa. Llegué a una encrucijada de caminos. Me encomendé a mi Angel Custodio, y dejé al mulo caminar a su antojo (…). La niebla era húmeda; yo estaba empapado y tenía frío (…). Cantaba y cantaba: esto me daba ánimos y, además, alguien podía oírme. Muy a menudo, una petición al Señor para que me llevara a buen puerto.

A eso de las seis de la tarde, oí un silbido. Dejé el camino, y me dirigí hacia el lugar de donde parecía provenir. Al poco tiempo divisé la silueta de un hombre que pastoreaba unas vacas (…). Le llamé varias veces y al fin vino a mi encuentro (…). Me había desviado mucho. Como ya anochecía, me invitó a su casa y yo acepté. Después agradecería al Señor la ocasión que me había brindado de ayudar a esta buena gente.

El hombre malvivía en una chabola construida con paja; allí se cobijaba toda su familia. Su madre, de ochenta años, estaba muy enferma. Cuando supo que yo me encontraba allí se llenó de alegría: deseaba confesarse. Hacía muchos años que, por falta de sacerdotes, no lo había hecho (…). Le di la absolución, la encomendé al Señor y hablé con ella durante algún rato; después le administré la Extremaunción (…).

De madrugada me despertaron (…). La abuela estaba muriendo (…). Le hablé al oído muy despacio, para que pudiera entenderme (…). Sonreía, besó el Crucifijo (…) y murió. Rezamos el primer responso (…).

Poco después cabalgaba de nuevo. El hijo mayor de la casa me puso en buena ruta (…). Entré en el pueblo a tiempo de celebrar la Santa Misa»(30).

Este es el espíritu que el Fundador de la Obra ha dejado impreso en sus sacerdotes: gastarse con generosidad para servir con su ministerio a todas las almas.

También cuenta en el haber de Monseñor Escrivá de Balaguer, y de los sacerdotes que ha enviado Dios a su Obra, el amor por aquellos que están lejos de la Iglesia. Y mucho más cuando les unen lazos de sangre. En 1960 se ordena sacerdote un miembro de la Obra, mexicano de nacionalidad; su padre ocupa un alto grado en la Logia Masónica del país. Su mujer y su hijo rezan por él, por su retorno a la fe, a la esperanza en Jesucristo. Antes de la ordenación, su padre enfermará gravemente. A pesar de que no resulta fácil llegar hasta el paciente, su familia invoca el derecho a recibir a un sacerdote católico. Lo consiguen y pueden ayudarle. Pocos días más tarde, muere en paz por el auxilio y el amor de la Iglesia.

Mensaje en el Año Sacerdotal

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Con motivo del Año Sacerdotal convocado por Benedicto XVI (19.VI.2009-2010), Mons. Javier Echevarría solicita oraciones para que el Señor bendiga a la Iglesia con abundantes vocaciones sacerdotales. Este es el mensaje en que se comunica la intención, con una breve bibliografía.

Opus Dei - Año sacerdotal con motivo del 150 aniversario del fallecimiento del santo cura de Ars.

Año sacerdotal con motivo del 150 aniversario del fallecimiento del santo cura de Ars.

“Durante este “Año Sacerdotal”, convocado por el Papa Benedicto XVI, roguemos a Dios Nuestro Señor por las vocaciones sacerdotales en la Iglesia y por la santidad de los sacerdotes.

Además de profundizar en nuestra comprensión del sacerdocio ministerial, esencialmente distinto del sacerdocio común (cfr. Concilio Vaticano II, Cons. Dogm. Lumen Gentium, n. 10), pidamos al Señor que todos los fieles tengamos un alma sacerdotal vibrante, y que sepamos comunicar la alegría de ese don a las personas que tratemos”.

Bibliografía

Entre los muchos textos de san Josemaría sobre el sacerdocio, señalamos:

- Homilía Sacerdote para la eternidad.
- Es Cristo que pasa, n. 79.
- Surco, n. 499
- Forja, n. 369

Sobre el sacerdocio ministerial:

- Concilio Vaticano II, decreto Presbyterorum Ordinis;
- Juan Pablo II, Exh. Apost. Pastores Dabo Vobis (25-3-1992);
- Benedicto XVI: Homilías y discursos sobre el Año Sacerdotal;
- Álvaro del Portillo: Sacerdotes para una nueva evangelización.

Mensaje en el Año Sacerdotal

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Con motivo del Año Sacerdotal convocado por Benedicto XVI (19.VI.2009-2010), Mons. Javier Echevarría solicita oraciones para que el Señor bendiga a la Iglesia con abundantes vocaciones sacerdotales. Este es el mensaje en que se comunica la intención, con una breve bibliografía.

01 de junio de 2009

Opus Dei - Año sacerdotal con motivo del 150 aniversario del fallecimiento del santo cura de Ars.

Año sacerdotal con motivo del 150 aniversario del fallecimiento del santo cura de Ars.

“Durante este “Año Sacerdotal”, convocado por el Papa Benedicto XVI, roguemos a Dios Nuestro Señor por las vocaciones sacerdotales en la Iglesia y por la santidad de los sacerdotes.

Además de profundizar en nuestra comprensión del sacerdocio ministerial, esencialmente distinto del sacerdocio común (cfr. Concilio Vaticano II, Cons. Dogm. Lumen Gentium, n. 10), pidamos al Señor que todos los fieles tengamos un alma sacerdotal vibrante, y que sepamos comunicar la alegría de ese don a las personas que tratemos”.


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