La sonrisa de África. Un homenaje a Ryszard Kapuscinski

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Ismael Martínez y la Fundación Schola muestran otra mirada sobre África en un homenaje al reportero polaco

Opus Dei -

Y es cierto, la sonrisa debe ser profundamente humana. Porque África es también un continente más allá de los estereotipos del drama. Por eso, en esta exposición itinerante  se muestra la vitalidad de Benin y Togo, dos pequeños países del oeste africano.

Ismael Martínez (Jaén, 1973) -fotoperiodista por la Universidad de Navarra- muestra otra mirada sobre África en un homenaje al reportero polaco en esta serie sobre la que la fotógrafa y galerista Rene Maisner, hija de Ryszard Kapuscinski, ha dicho: “Refleja el movimiento y la emoción del mundo ordinario. Es lo cotidiano en diferentes ángulos y distancias: a veces sólo el rostro, a veces sólo siluetas y actividades. Son escenas corrientes con un lenguaje vital, emocional y poético. El día a día de cualquier calle africana. Es el África también real de la sonrisa y la esperanza. Por eso, estas fotos de Ismael Martínez son humanas; y al ser humanas expone -de alguna forma- aquel deseo de mi padre de hacernos ver la humanidad del otro y, al verlas, de hacernos más humanos a nosotros mismos. Estas imágenes muestran una relación de entendimiento recíproco, de empatía, que descubre en la mirada de lo cotidiano el alma de la humanidad”.

Harambee (“todos juntos” en swahili), es el grito de los pescadores cuando acercan sus redes a la orilla. Pero es algo más que un grito. Es un proyecto internacional solidario que promueve iniciativas de educación en África y sobre África. Harambee nació a raíz de la canonización de San Josemaría Escrivá en el año 2002 y desde entonces ha realizado 30 proyectos en el corazón africano. Proyectos sin distinción de raza, clase o religión. Proyectos que buscan crear futuro. Un futuro que, como el espíritu de los libros de Ryszard Kapuscinski, persigue Harambee en la sonrisa y en la esperanza del otro.

FILIPINAS. Los pobres del Tercer Mundo

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Capitulo de “El Opus Dei: Ficción y realidad”, un libro de M.J.West

Los pobres de Manila viven en minúsculas chozas de madera y hojalata que se alzan sobre el fango. Los más privilegiados ocupan casas diminutas de una o dos habitaciones. A veces construyen su hogar con tablas carcomidas entre las ramas de un árbol.

Como los de otros muchos países, los pobres de Manila provienen del campo, donde los ricos hacendados les explotaban; se trasladan a la ciudad en busca de una vida mejor, que rara vez encuentran.

En las zonas más deprimidas, la moralidad es escasa, y a veces nula. No es raro que los adolescentes, antes de llegar a la edad adulta, hayan sido testigos de varios crímenes.

Las Filipinas han sufrido muchas convulsiones desde finales del siglo XIX, cuando el país empezó a luchar por su independencia. Recientemente, ha sido víctima de una rígida y larga dictadura.

Sobre este telón de fondo tuvo lugar la revolución de 1986, que acabó con ella. Sin embargo, cuando el polvo del alzamiento se posó, pudo verse que los efectos de la dictadura permanecían. Un dato significativo: el 70 por 100 de los filipinos viven por debajo del nivel de pobreza.

A la entrada del inmueble en que me alojaba -un edificio de apartamentos situado en San Juan, un antiguo barrio de Manila- había un guardia armado, con uniforme azul. Su presencia era un recordatorio de la desesperada pobreza que le rodeaba.

Ante tanto sufrimiento, muchos cristianos, que no son capaces de hacer lo que la Madre Teresa de Calcuta -atender personalmente los problemas más graves derivados de la pobreza-, se limitan a dar limosna. Pero hasta la Madre Teresa reconoce que la caridad sólo resuelve los problemas más inmediatos, no el problema de fondo. Éste sólo se puede atacar mediante la aplicación de una justicia social basada en principios cristianos, ya que es la única que evita dos grandes escollos: las injusticias provocadas por los excesos del capitalismo, de una parte, y la opresión de los sistemas totalitarios de signo socialista, de otra.

Fue este camino -el del desafío propuesto por las enseñanzas sociales de la Iglesia- el que un grupo reducido de universitarios filipinos tomó mucho antes de que se produjera la revolución de 1986. Cuando se agruparon a mediados de los años 60, eran conscientes de que, aunque Filipinas era un país predominantemente católico, había hecho poco caso de la doctrina social de la Iglesia; pero eran muy jóvenes, y no tenían influencia económica, política o social; sólo tenían buena formación e ilusión juvenil. Dos de ellos, graduados en Harvard, eran dos economistas: el Dr. Bernardo Villegas y el Dr. Jesús Estanislao.

“Queríamos crear un servicio social que fuese profesional y secular, capaz de dar respuesta a las necesidades sociales más apremiantes -me dijo Jess-. Debía ser educativo, apostólico y abierto a todo el mundo, pues queríamos llegar al mayor número posible de personas.”

El grupo se propuso mostrar que las empresas podían ser socialmente responsables. Pero el gobierno, entonces, iba por un camino y los hombres de negocios por otro. Mientras el gobierno hablaba de programas sociales y económicos, las empresas privadas actuaban a su aire. Además, los hombres de negocios sólo estaban interesados en los beneficios, no en el desarrollo económico y social del país.

“Queríamos contar con un centro que estudiase estos problemas y estableciese un puente entre el gobierno y los empresarios.”

El resultado fue el Center for Research and Communication (Centro de Investigación y Comunicación), inaugurado en 1967. El centro ocupaba entonces un edificio alquilado en el número 1607 de Jorge Bocobo, Malate, y no tenía nada que ver con el moderno edificio que ocupa ahora en Pearl Drive, en el Complejo Comercial Ortigas, con sus modernas aulas, salas para seminarios y oficinas.

A poco de ser fundado, el CRC ya había adquirido gran reputación como centro de formación empresarial y de estudios de previsión económica (algo que pronto provocó el recelo del gobierno, que no veía con buenos ojos que un organismo independiente pusiese de relieve los pobres logros económicos del sistema). El CRC formaba hombres de negocios para que dirigieran sus empresas con arreglo a sanos principios económicos; luego, los animaba a, concentrarse en áreas en las que podían ayudar a combatir la pobreza, es decir, a responder a la llamada de la Iglesia a favor de la “opción preferencial por los pobres”. Les pedía, por ejemplo, que tuviesen en cuenta los ingresos reales de los trabajadores de su empresa, su capacidad adquisitiva, sus necesidades familiares, etc.

“Lo que siempre hemos dicho a las diferentes empresas -me explicó Bernie- es que comparen lo que ganan sus empleados con lo que necesitan para vivir como seres humanos. Luego hemos dado un paso adelante. Por ejemplo, en desarrollo agrario. Si un cliente es dueño de una plantación de azúcar, le decimos que debe colaborar en el desarrollo de la comunidad, promoviendo escuelas, hospitales, etc. Existe la creencia, bastante generalizada, de que el- capitalismo no tiene conciencia, y eso es lo que tratamos de desmentir, procurando hacer que los empresarios conozcan lo que la Iglesia ha dicho sobre salarios, trabajo, sindicatos, cooperativas y todos los problemas sociales que tienen planteados los países del Tercer Mundo, entre ellos Filipinas. Y nos hemos encontrado con que los hombre de negocios y las empresas con que hemos contactado están dispuestos a hacer algo por resolver los problemas, una vez que toman conciencia de ellos.”

Los hombres de negocios que fueron al CRC buscando asesoramiento económico, pronto empezaron a responder. Algunos comenzaron a interesarse por las áreas rurales, contribuyendo al desarrollo agrícola; otros crearon fundaciones para la formación de campesinos; algunos elaboraron productos de alta calidad. Mientras tanto, el CRC instaba a la reforma agraria, aconsejando a los grandes terratenientes que parcelaran parte de sus dominios y los repartieran entre los campesinos.

“El mensaje que siempre hemos tratado de inculcar -me dijo Jess- es que en los negocios, antes de mirar lejos, al futuro, debemos recordar que tenemos los pobres al lado, en los taxistas, los porteros, los oficinistas, los campesinos. Insistimos en que los ejecutivos de las grandes empresas deben preocuparse ante todo de estas personas, procurarles mejor educación, tratarles bien, proveer a sus necesidades en términos de su desarrollo cultural, espiritual, profesional, educativo, etc. Y aumentar sus salarios, con arreglo a los beneficios. Los que han seguido esos consejos han comprobado que funcionan en un doble aspecto. Cuando la empresa se preocupa de la gente, se establece una mayor compenetración entre la empresa y sus empleados. La prosperidad de la empresa se convierte en una aventura conjunta y la productividad aumenta.”

La doctrina social de la Iglesia Católica ha rechazado siempre la idea de que la solución de los males económicos esté en ideologías como el socialismo, el capitalismo o la teología de la liberación. Lo que el CRC estaba haciendo se basaba en tres pilares básicos: en primer lugar, el principio de subsidiariedad, que dice que lo que los individuos o los pequeños grupos sociales pueden hacer con eficacia y competencia no debe ser absorbido por cuerpos sociales más amplios, y menos por el Estado (tal es el punto de vista conocido como “lo pequeño es hermoso”, el cual requiere que todos los trabajadores participen en la propiedad de los medios de producción). En segundo lugar, el principio de solidaridad, que dice que los individuos, los grupos privados y las asociaciones deben trabajar unidos, cooperando mutuamente. Y en tercer lugar, el principio de que cada persona y cada grupo debe, dentro de la comunidad, trabajar a favor del bien común. Lo cual no significa buscar el mayor bien para el mayor número, sino más bien el bien total de todos y cada uno de los miembros de la sociedad.

“Aquí es donde entra la competencia característica del CRC -me dijo Bernie-. Hay otras instituciones parecidas, pero yo creo que nosotros destacamos por el énfasis que ponemos en los principios de subsidiariedad, solidaridad y bien común. A los hombres de negocios les decimos con toda claridad que no hay una mano invisible, diga lo que diga Adam Smith, que promueva automáticamente el bien común cuando predomina el egoísmo personal. Eso es una colosal, mentira histórica. Cada persona debe contribuir consciente y activamente al bien común, con sus propias decisiones.”

Esto puede parecer muy bonito, un idealismo muy atractivo, pero impracticable en el mundo donde las empresas .luchan por obtener el mayor rendimiento de los trabajadores con los salarios más bajos posibles. Pero la realidad es que, así las cosas no marchan. Las’ empresas que explotan a los trabajadores y obtienen grandes beneficios a corto plazo por ese procedimiento plantan las semillas de su propia ruina. El CRC ha sido capaz de convencer de este hecho a bastantes empresarios cabezotas, como se comprueba viendo al gran número de ellos que asisten a cursos, seminarios y conferencias. Cada seis meses en un hotel de Manila, cientos de empresarios y hombres de negocios participan en cursos de actualización.

Aunque quienes dirigen el CRC están de acuerdo en los principios básicos, tienen a veces puntos de vista distintos sobre la manera de ponerlos en práctica. El centro recalca que las opiniones económicas del cuadro de profesores son cosa suya. Jess y Bernie, por ejemplo, llevan muchos años trabajando juntos, pero tienen criterios diferentes a la hora de encarar los problemas de la economía filipina. Bernie está convencido de que el futuro de Filipinas está en el desarrollo de la agricultura, mientras que Jess confía más en la industrialización del archipiélago. También discrepan respecto a la protección arancelaria.

“Aquí tenemos un gran pluralismo, una gran variedad de opiniones, pues estamos de acuerdo en que en economía no existen dogmas -explica Bernie-. Como dice el fundador del Opus Dei: en el Opus Dei tenemos un común denominador, que está formado por la doctrina de la Iglesia, pero el numerador es variadísimo: cada cual tiene sus opiniones, su manera de encarar los problemas. Eso es verdad en el Opus Dei, y también en el CRC.

Y lo mismo con quienes aconsejamos. Nadie está autorizado a decidir cómo una persona rica puede contribuir al bien común; creando oportunidades de empleo, obteniendo divisas, produciendo alimentos… La libertad personal y la responsabilidad deben ser los principios motores de la iniciativa privada con vistas al, bien común.”

La relación del Opus Dei con el CRC es la misma que en cualquier otra obra corporativa. El Opus Dei garantiza la doctrina y la orientación espiritual del CRC con arreglo a la fe católica, pero nada más. No se responsabiliza en absoluto sobre problemas concretos, como pueden ser las opiniones respecto a la conveniencia de introducir la reforma agraria en la isla de Negros.

El capellán del CRC, Father Hector Raynal, me habló de los consejos que suele dar a los hombres de negocios que acuden a él para hablarle de temas espirituales:

“En este país, la mayoría de la gente da por supuestas sus creencias religiosas. Suele ser buena, pero no profundiza en el conocimiento de las enseñanzas de Jesucristo. Hay que insistir en las cosas básicas: los sacramentos, la necesidad de estar en estado de gracia… Luego, inculcarles una serie de virtudes humanas: laboriosidad, firmeza, constancia, perseverancia, sinceridad…

Procuro que quienes vienen por aquí se den cuenta de que si quieren construir una sociedad sobre fundamentos cristianos tienen que conocer la doctrina de la Iglesia. Si se construye una sociedad y se tiene éxito económicamente, pero esa sociedad no está basada en principios morales correctos, el fracaso, a la larga, es seguro. Si se construye con la única preocupación de multiplicar los bienes materiales o con la de crear unas estructuras rígidas que coarten los derechos individuales, se edifica sobre arena. Se termina en nada.

Cuando alguien viene a mí para preguntarme si es moral tal o cual negocio, procuro ayudarle aclarándole los conceptos. En el CRC doy un curso de ética cristiana para empresarios que proporciona criterios claros basados en la Ley de Dios. Supongamos que alguien viniera y dijera: “Resulta que tenemos competidores que no pagan impuestos, que firman cheques sin fondos, que pagan salarios de hambre, que sobornan a los funcionarios… ¿Qué nos aconseja? ¿Hacer lo mismo?”. Lógicamente habría que decirle que no, que no puede hacer nada de eso. Pero si pensara que, entonces, no le queda otro camino que retirarse, habría que decirle que tampoco se trata de eso, que habría que estudiar detenidamente la situación. Y aquí es donde interviene la fe. Por supuesto que no se pueden emplear medios ilícitos, porque el fin no justifica los medios. Pero retirarse significaría darse por vencido, dejar los negocios del mundo en manos de quienes lo corrompen. Por eso hay que analizar detenidamente la posibilidad de utilizar otros medios lícitos y eficaces que no utilizan los competidores. El espíritu de Cristo nos dice que debemos colocar a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas, que debemos devolver el mundo a Dios. ¿Cómo íbamos a lograrlo si a la primera dificultad nos retiráramos, renunciáramos a la lucha? Sí hemos de utilizar toda clase de medios lícitos, que pueden ser muy poderosos. Me refiero, por ejemplo, a la oración que, tal vez, nos hará ver que tenemos que esforzarnos más en el trabajo.

A los que me piden consejo les digo que tienen que procurar que su empresa sea más productiva, que no deben pensar que porque sean católicos y no puedan utilizar medios ilícitos su empresa debe estar siempre a la cola en cuanto a productividad o beneficios. Porque es falso, y anticuado, pensar que para ser un buen católico hay que ser un mendigo. Ésa era una de las cosas que Monseñor Escrivá quería inculcar en las mentes de muchos: que no es bueno renunciar a la lucha, que hay que procurar destacar, sobresalir, tener éxito. No por motivos egoístas, sino porque así se puede extender más el Evangelio.

Así pues, ése suele ser mi consejo: luchar, esforzarse. Pero si alguien me pregunta a qué partido político debe apuntarse, contesto que eso no es asunto de mi competencia, que puede hacer lo que quiera, siempre que se atenga a lo que dice la Iglesia en este terreno. Así, por ejemplo, con tal de que no se haga del Partido Comunista, puede hacer lo que estime oportuno para ayudar a resolver los problemas de su país. Es completamente libre en ese terreno. “

Actualmente, el CRC tiene una plantilla de ochenta profesionales, entre ellos varios economistas veteranos, doce jóvenes y una veintena de investigadores. En los últimos años ha evolucionado hasta convertirse casi en una universidad especializada en Economía, Ciencias Empresariales, Pedagogía y Humanidades. Ya ha empezado a formar un claustro académico, muchos de cuyos componentes han estudiado en universidades europeas y americanas.

Podría parecer que de todas las actividades corporativas del Opus Dei vistas ahora, el CRC sería una a la que más fácilmente se le podría imputar la búsqueda de influencia. En este sentido, los directores del centro me dijeron que les gustaría ser juzgados por sus logros, pues, a la larga, la gente no se fía de los rumores, sino de los hechos.

Tal es también el punto de vista del arzobispo de Manila, el cardenal Jaime Sin. Poco antes de que me concediera una entrevista, el cardenal había escrito un artículo en un periódico de la capital defendiendo al Opus Dei y la labor que sus miembros llevan a cabo en su diócesis, en especial el CRC. Entre otras cosas, el cardenal Sin decía que era importante tener en cuenta que el CRC no tenía finalidad política, sino profesional. “Cuando se estudian problemas financieros o se trata de prever el futuro, no -se está trabajando a favor de ningún partido político. Se está trabajando por el bienestar del país. Esto es muy claro. El CRC ayuda eficazmente al gobierno mediante el análisis y evaluación de los problemas financieros. Ha probado que cuenta con expertos que saben prever y proyectar, que trabajan de manera muy profesional. Lo cual ha supuesto que el gobierno tome nota de su labor, pues están cooperando al desarrollo del país.”

El cardenal Sin ponía de relieve también que cuando acabó la anterior dictadura y un nuevo gobierno se hizo con el poder en Filipinas, el CRC siguió haciendo lo mismo que hacía, aconsejando a las mismas personas e instituciones, incluido el gobierno. “Es una buena actitud -decía-, pues cuando la Iglesia o alguna organización de la misma se “casa” con el sistema, se queda viuda en la siguiente generación.” Evidentemente la Iglesia adopta esta actitud no sólo para no comprometerse políticamente, sino para garantizar la libertad política de los fieles seglares.

Dos labores inspiradas por el CRC son Dual Tech, un centro de formación profesional para obreros, y la Meralco Foundation, que desarrolla programas industriales para técnicos. Ambas tienen como objetivo dar oportunidades a los trabajadores más pobres.

Dual Tech, situado en el distrito comercial de Makati, es un proyecto conjunto de la Southeast Asian Science Foundation, que no tiene fines lucrativos, y la Fundación Hanns Seidel, de la Alemania Occidental. Fue creado por un grupo de empresarios para proporcionar a sus empleados especializados un aprendizaje adecuado. Dual Tech tiene dos objetivos básicos: adaptar un sistema alemán de enseñanza ambivalente que combina la enseñanza teórica con las prácticas en la misma empresa y estimular los valores morales y una sólida formación humana que se refleje en detalles prácticos, tanto en el trabajo como en la vida privada.

Los mecánicos y electricistas industriales que allí se forman proceden de las áreas más deprimidas de todo el país. Durante los seis primeros meses de sus estudios tienen comida y medicina gratis. Para algunos, esos seis meses son los primeros de su vida en que comen todos los días. Vienen de zonas en las que la instrucción religiosa y moral es escasa. Uno de los instructores de Dual Tech, Florentino Fernando, me dijo que la mayoría proceden de ámbitos en los que matar no es algo vergonzoso, sino más bien causa de orgullo. “Lo que los salva es su fe. A pesar de los pesares, quieren ser mejores.

Saben que violar o matar es malo, pero poco más. Y se dan cuenta de que necesitan aprender para salir adelante.”

Además de las enseñanzas técnicas, los aprendices reciben formación en virtudes humanas, a través de grupos de debate, deportes en equipo y charlas. Cada aprendiz cuenta con un consejero personal que procura ir abriendo horizontes. Ésta es, tal vez, la labor más importante.

Florentino me habló de algunas de sus experiencias como consejero. Me dijo que hacía poco había dado una charla sobre la familia y que uno de los estudiantes, al final, le había dicho que creía que su mujer sabía que tenía una querida. “Yo sólo había hablado de cosas corrientes, como la necesidad de dedicar más tiempo a los hijos, pero mis palabras sin duda le habían conmovido. Por eso, cuando le pregunté si estaba dispuesto a romper con ella, me dijo que sí, porque se había dado cuenta de que la familia era lo más importante. Sabía, sin embargo, que no le iba a ser fácil, y me enseñó un collarcito de oro que su amante le había regalado. Le había dicho a su mujer quedo estaba pagando a plazos (200 pesos al mes), dinero que iba a parar a manos de la otra. Yo le dije, con firmeza, que la única forma de cortar esa relación extraconyugal era hacerlo de golpe, sin contemplaciones; torció el gesto, pero aceptó el consejo. Vino a verme al cabo de un mes, sonriente. Parecía otro. Se había cortado el pelo y se había afeitado. “Buenas noticias -me dijo-. He devuelto el collar.” Había dejado de ver a aquella mujer. “¿Sabe? -añadió- Ahora estoy como más ligero… Quiero más a mi mujer y a mis hijos.” Estaba claro que había metido la pata, pero que su fondo era bueno. Sin duda le había costado mucho dejar a aquella mujer.”

El proyecto Meralco, en Metro Manila, se parece bastante a Dual Tech. Forma a obreros pobres, escasamente cualificados, y les ayuda a mejorar personalmente. Imparte un ciclo de estudios de tres años en el campo de la electrónica o de la instrumentación tecnológica a unos 120 jóvenes, chicos y chicas. Se exige a los aspirantes buenas calificaciones en sus estudios y carencia de recursos económicos. En Meralco se les proporciona libros, material, uniformes, dinero para el transporte y un salario. Uno de los allí formados, Bernardino Equitay, de 24 años, era un muchacho campesino de la isla de Negros, una de las más deprimidas de Filipinas. Su padre plantaba arroz y maíz en un pequeño huerto, lo que le proporcionaba unos ingresos aproximados de 12.000 pesos al año, suma con la que tenía para mantener a sus seis hijos. Bernardino hizo un curso de formación de empresa, pero no le sirvió para encontrar empleo. “Una de las cosas que más me gustan de Meralco -me dijo, es que, cuando termine mis estudios, estoy seguro de encontrar trabajo.”

Otra iniciativa que existe en Manila es la escuela e instituto técnico de Punlaan, en San Juan, que imparte cursos de formación profesional para mujeres que quieran trabajar luego como empleadas de hogar o en diversos servicios hospitalarios y hoteleros, restaurantes, etc.

Desde que empezó, en 1975, con 115 estudiantes, ha formado a más de 2.500 personas, y su prestigio ha hecho que sea una de las instituciones consultoras del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. El instituto está instalado en un antiguo hospital situado en M. Paterno St. y destaca por la limpieza y el buen gusto con que está puesto.

La directora, Miss Amy Bonotan, me explicó que la meta del instituto es procurar quedas estudiantes se den cuenta de que las tareas domésticas tienen también su belleza. “Les mostramos que pueden hacer su trabajo con dignidad, que no tienen que avergonzarse de su profesión.”

Las alumnas de Punlaan sólo pagan unos 60 pesos al mes, cantidad que, evidentemente, no cubre el costo de su educación, que corre a cargo de una fundación. Se puede hacer un curso intensivo de un año, o dos años de estudios a más alto nivel, con la obtención de un diploma que capacita para prestar servicios de restaurante en instituciones hoteleras. Junto a las asignaturas habituales en las escuelas de hostelería, Punlaan se interesa también por la formación del carácter de las alumnas y por su cultura, con clases de psicología, ortografía, historia, moral, etc.

“Las alumnas proceden de familias pobres, paupérimas. Aquí les ayudamos a que se den cuenta de que las tareas domésticas no son despreciables, sino que constituyen un servicio importante. Les explicamos cómo pueden desarrollar su personalidad a través de su trabajo.”

En Filipinas, las muchachas del servicio doméstico han sido a menudo explotadas y maltratadas; por eso Punlaan colabora con el gobierno para crear leyes que las protejan. “Es preciso que quienes las emplean las respeten y sean justas con ellas -dice Amy-. Que tengan derecho a la intimidad, que puedan expresarse libremente, que las condiciones de trabajo sean dignas, que se las eduque. Por eso -añade-, organizamos también seminarios para las amas de casa, con objeto de que aprendan a tratar a sus empleadas. Éstas suelen ser muy sencillas y piensan más con el corazón que con la cabeza; por eso, son muy sensibles y se las hiere enseguida. Por eso, también les ayuda mucho charlar con sus preceptoras, aquí en Punlaan, y desahogarse cuando tienen algún problema.

Esto no quiere decir que la corriente sólo siga un camino. A veces ellas también nos dan lecciones, y de una sabiduría desconcertante que no se aprende en libros. Su vida ha sido casi siempre muy dura, muy difícil. La fortaleza con la que la han encarado, asombrosa. Han desafiado a la pobreza y tienen una fe muy honda.

Hay aquí una chica que lo ha pasado muy mal. Sus padres la habían abandonado y ella había rodado de casa en casa. Cuando llegó aquí se dio cuenta de que ésta era su única esperanza de futuro. Cree firmemente que todo lo que le ha sucedido le ha ayudado a ser más fuerte. No tiene ninguna amargura. Y hay otra que había estado en una casa cuyo dueño le había hecho proposiciones deshonestas. Cuando vino estaba muy” abatida y tenía mucho miedo, pero explicó el problema a su preceptora, que pudo enderezar la situación.”

Durante mi estancia en Manila, pasé mucho tiempo observando lo que hacía el Opus Dei para ayudar a los filipinos materialmente pobres, sin olvidar eso otro aspecto: lo que hace por ayudar a los espiritualmente pobres.

Benjamín Defensor es un periodista que trabajó en el Time Magazine y ahora dirige una cadena de periódicos en Filipinas, entre ellos el Business Day. Cuando durante la dictadura se implantó la ley marcial, se vio obligado a trasladarse a Hong Kong, donde fue director de Asia Television Ltd. Allí conoció el Opus Dei. Por entonces era -según su propia descripción- “un tipo rudo”, que bebía mucho y tenía poco interés en temas espirituales. “Incluso después de casarme, no solía volver a casa antes de las dos de la madrugada, pues, como decía a mis amigos, una cosa es casarse y otra cambiar de vida.. Y así seguí durante muchos años.” Pero conoció el Opus Dei y dejó de beber. Y también dejó de preocuparse por algo que le obsesionaba: ganar dinero. “Ahora ya no me preocupo de eso y las cosas marchan estupendamente.”

Teófilo San Luis, hijo, es especialista en medicina nuclear y trabaja en el hospital de la Universidad de Santo Tomás. Según me contó, antes de conocer el Opus Dei, cada mañana, cuando atravesaba las puertas del hospital, se ponía enfermo de pensar en el día que le esperaba. “El trabajo me parecía una carga insoportable -dice- y la vida algo sin sentido.” Hubiese podido atender a los pobres en la sección de caridad del hospital, pero no le atraía en absoluto. Le parecía inútil, una pérdida de tiempo. Pero cuando conoció el Opus Dei, todo cambió. “Comprendí lo importante que era ayudar a los demás, así que decidí trabajar allí un día a la semana por lo menos; gratis, por supuesto. A partir de entonces dejé de ver a los pacientes como una fuente de ingresos. Empecé a compartir los problemas ajenos, a atender más detenidamente a los enfermos, aconsejándoles, e incluso diciéndoles que rezasen. Ahora ya no me pongo de mal humor por las mañanas.”

La doctora doña Marina Bringas, madre de cinco hijos, que trabaja en el Hospital General de Quezón City, me contó una historia parecida: “Antes procuraba guardar las distancias con los pacientes. Sólo me interesaban los aspectos técnicos. Ahora es diferente. Algunas madres vienen al ala de caridad para acompañar a sus hijos enfermos y tienen que dormir en el suelo. Yo procuro atenderlas, estar un rato con ellas. Les digo que recen. Y a los pacientes, cuando tienen dolores, que ofrezcan su sufrimiento al Señor. Son cosas pequeñas, pero que ahora significan mucho para mí. Forman parte de ese hacer el trabajo lo mejor que uno puede, como enseña el Opus Dei, para ofrecérselo a Dios”.

Sergio Sánchez, piloto de la firma filipina Anscor, que pilota aviones a reacción Hawker 125, dice que en el Opus Dei ha aprendido a dejar de pensar en sí mismo. Antes procuraba obtener los vuelos más seguros, más brillantes; ahora no le importa realizar los peores, con los pasajeros menos agradables. “He aprendido a hacer favores a los demás sin que se den cuenta. Unas veces eso significa-dejar que otro piloto haga los vuelos más largos porque necesita dinero; otras, ayudarle a que piense más en Dios. Porque cuando se está volando -dice- uno tiene la sensación de estar muy cerca de Él, A veces se vuela tan alto que se aprecia la curvatura de la tierra. Es precioso. Pero también le hace a uno sentirse vulnerable…; todos los pilotos sabemos que nuestra vida está siempre en peligro. Hablamos mucho de ello. Sentimos que hay algo que nos mantiene en la existencia, el mismo poder que impulsa el avión y lo mantiene en el aire. Sí, es un ambiente propicio para hacer apostolado, para hablar de cosas trascendentes. Muchos de mis colegas se acercan al Opus Dei y asisten a charlas y meditaciones; algunos piden la admisión en la Obra.”

Monina Mercado, periodista, redactora jefe actualmente de una empresa editorial, Gabriel Books, es madre de tres hijos y se describe a sí misma como “una señorita bien” de los años sesenta. “Adoraba la música de entonces, y la vida social, las fiestas, las exposiciones y los conciertos. No llevaba una vida inmoral, pero sí inútil y frívola. Sentía, como se suele decir, en este país “gusto a ceniza en la boca”. Aunque me gustaba todo eso y tenía la sensación de moverme entre “gente importante”, en cuyas manos estaba el futuro del mundo, era profundamente desgraciada.

No es que todas esas cosas -reuniones, conciertos, actos culturales- tengan nada malo, pero es un error centrar la vida en eso, sobre todo cuando sólo se busca el placer. Cuando empecé a practicar seriamente la fe, me di cuenta enseguida de que no necesitaba muchas de las cosas que me parecían imprescindibles. Y comprendí también que mi condición de madre era mucho más importante. En mi vida sigue habiendo contrariedades, por supuesto, pero ya no he vuelto a tener sabor a ceniza en la boca.”

Las preguntas y respuestas de Pozoalbero

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Testimonio de José María Pemán, Escritor. Miembro de la Real Academia Española

A la salida de Jerez hay una finca que se llamaba Santa María del Pino. Era de los Agreda, viejos tíos de mi mujer. En esta finca, viniendo yo de Cádiz cada tarde, visitaba a mi novia. Los noviazgos entonces eran largos por estas tierras. Los novios se tomaban tiempo para casarse, como los cipreses se toman tiempo para crecer.

Luego, hace ya bastantes años, pasó a ser residencia, casa de retiros del Opus Dei. Desde entonces tomó el nombre de Pozoal­bero. He advertido que a la Obra de Dios no le gustan los nombres demasiado confesionales:  Santa María, San José… No le gustan los santos en el Catastro. Se piden nombres a la naturaleza y a la esté­tica. Creen, con razón, que si Dios, según el decir teresiano, anda entre los pucheros, más debe de andar entre los pozos y entre los pinos… Hay que imitar aquella humilde respuesta naturalista del gitano en su diálogo inquisitivo con la Guardia Civil.

- ¿Dónde duermes?

- Tengo un árbol que no me lo merezco…

En Pozoalbero se había habilitado para salón de actos una vieja nave de lagares. Se le habían añadido reposteros, sillones, sillas. ¿Qué uvas iban a ser pisadas en tan espectacular vendimia? Los sencillos, los cristianos rasos, en número superior a los dos millares, eran carretadas de las uvas que iban a extenderse en el salón–lagar.

Monseñor Escrivá de Balaguer, venido a estas tierras del sur, iba a ser el pisador. Y Santa María, escondida tras el pozo, se encargan de dar la última vuelta y apretujón de la prensa al orujo o al alpechín.

En el repostero, al fondo del estilizado lagar, lucía esta divisa: «Siempre alegres, siempre felices, con alma y con calma». Casi un pleonasmo esa invocación de la alegría y la calma. Todo el auditorio venido a Jerez desde Córdoba, Sevilla, Huelva, Cádiz, Málaga, etcé­tera, era andaluz y ya se habían encargado de traer por su cuenta su propio equipaje de alegría y de calma. Auditorio abigarrado: hombres, mujeres, chicas, muchachos. Muchos de éstos, con mele­na y barba, con «sueters» y camisas de colores explosivos: rojos, verdes y amarillos de bombona de butano. Estoy seguro de que habían dejado su guitarra en el perchero.

Un revuelo en la puerta que suena a timbre o aldaba. Silencio, primero, y luego, aplauso cerrado. Entra el padre. Lleva prisa por­que siempre la lleva, porque va «a otra parte». Porque tras cada vendimia y pisa hay una nueva cosecha esperando y soleándose en el almijar: ayer, no más, estaba en Lisboa y en Fátima rodeado de muchedumbres ávidas. Lleva prisa porque siempre va a «otra cosa», a una llamada urgente, como el tocólogo, como el traumatólogo. Los escritos ascéticos se han buscado infinitas metáforas titulares: el «Castillo», de Santa Teresa; la «Ciudad» de San Agustín; el «Ca­mino». Un viejo sacerdote, capellán de una ermita mariana, comen­taba: «Este es un hombre zarandeado por el Espíritu Santo; y los caminos y mociones del Espíritu Santo no están previstos en ningún “Michelín”».

Y empezó su tarea. Unas brevísimas palabras y en seguida abre el coloquio. Quiere preguntas. Quiere que le pregunte el dolor, el miedo, la cesta de la compra, la familia numerosa. Va recorriendo casi toda España; satisfaciendo en todas partes dudas, penas, con­fusiones. Como su faena es diaria, interminable, con pases muy enla­zados, cualquier momento es bueno para dar la vuelta al ruedo. Porque, además, para él, la «vuelta al ruedo» no es previo ni des­canso, sino que sigue siendo faena. La técnica, sin técnica, de sus coloquios siempre es la misma. Pregunta cualquiera. No estamos en un congreso científico. La pregunta nace, quizá, del ignorante, del despistado, del engañado. Las echan a volar estos modestos palomares. Y por el aire se van volviendo sabiduría. También siguen una técnica muy personal las respuestas de Monseñor, que parecen dichas desde una torre de varios pisos superpuestos. En el bajo, la gracia humana: la anécdota o el comentario que mueve a esa oración de los sencillos que es la risa. En seguida, el piso central: que es la gracia poética, que expende emoción, que sugestiona tanto como persuade. Pero lo que exige el padre Escrivá a sus primeras gracias subalternas es que anticipen el aire de familia de la última, que espera en la azotea y que es la Gracia de Dios. Esta ayudará a que cada oyente reduzca la frondosa y graciosa palabra de Mon­señor a la taquigrafía intelectual y escatológica que lleva dentro.

Siempre he dicho que hace falta una historia analítica del sen­timiento religioso en España, como Henri Bremond la hizo para Francia, para encajar al padre Escrivá en su casillero propio, en su puesto dentro de la fila de la ascética española. Porque el convencio- nalismo propio de esta época confusa inclina a algunos a pen­sar que un maestro de espíritu tan original en su ascética del trabajo como oración, y la vida seglar y profesional como instrumento de perfección, debe ser un «progresista» rodeado de estilos chocantes y novedosos. Pero parece que Monseñor ha olfateado tan sutilmen­te el riesgo, que se ha echado de bruces sobre el contrapeso de la tradición popular española: el rosario, la peregrinación a la ermita, el latín no desechado, sino convivente con el español vernáculo. No se ha inscrito Monseñor en ningún «progresismo». Tampoco en ningún artificioso «regresismo». En el platillo nivelador de la difícil balanza de esto que llamamos crisis ha colocado, sencilla­mente, la tradición, que es como un comienzo de eternidad. «Darse» fue todo el verbo reflexivo que impulsó la obra de Cristo. La técnica de nuestro aragonesismo maestro de catolicidad o univer­salismo consiste en «darse a querer». No hay una misa -dice-. Hay cada día una misa nueva, puesto que el auditorio, el local y el momento intervienen en el Sacrificio. Lo que permanece igual es la jerarquía de las peticiones básicas. Monseñor hace confidencia al auditorio de su escala de intenciones jerárquicas de cada una de sus misas: por la Iglesia, por el Papa y por su Obra.

Me retiraba ya y quise antes visitar a los dos cipreses que plan­tamos hace treinta y tantos años mi novia y yo El ciprés ha sido calumniado al considerársele árbol funeral. Es la esbeltez clásica hecha árbol. Pertenece, en la familia arborescente, como el boj, el romero, la uña de gato, a los vegetales a que da exactitud, perfil y volumen, las tijeras profesionales del jardinero. La Naturaleza es experta en pintar colores o musicar ramas y vientos. Pero, ¡anda que cuando se mete a hacer de arquitecto!

Reconocí la voz del «Séneca». Buscó conmigo los dos cipreses. Quedaba sólo uno. Se oía lejos el murmullo del auditorio que bus­caba sus coches en los aparcamientos improvisados en huertas y jardines vecinos.

–Don José: si le llaman a todo esto «Obra de Dios», ¿qué obra ha tenido que hacer ese padre?

–No ser estorbo de la obra de Dios, ¿te parece poco? Dios obra por medio de los hombres y las cosas. Es lo que se llama las «causas segundas».

Miró hacia la riada humana. Se rascó la cabeza:

–Pues esta causa segunda, don José, le ha salido a Dios de primera.

Corazón universal

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Testimonio de Juan Hervás, Obispo dimisionario de Ciudad Real
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Sería por el año 1934 cuando conocí a Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer. El Opus Dei estaba aún en sus comienzos, y su fundador, rodeado de gente de toda edad y condición. buscaba la fortaleza en los barrios más pobres de Madrid.

Fui a visitarle a la academia–residencia DYA, que acababa de abrir en la calle de Ferraz. La acogida cordial que me dispensó esta­bleció de inmediato una corriente sincera de amistad humana y sacerdotal. Fui varias veces después por la academia para conversar con ese sacerdote que tanta paz me transmitió.

Al entrar en aquella casa desaparecía la sensación de insegu­ridad que se respiraba entonces en la calle. Allí se trabajaba con seriedad, con serenidad, con intensidad; en la certeza de que la ancha y fecunda labor de servicio a la Iglesia que el Opus Dei habría de realizar, se llevaría a efecto porque Dios estaba empe­ñado en que se realizara. No había que detenerse por las cosas que entonces pasaban y que llegaban a paralizar tantos ánimos:

Dios y audacia –DYA– había sido ya el lema de la primera obra apostólica del Opus Dei, y había que seguir adelante sin miedo, con los ojos puestos en Dios. Allí conocí de qué modo Monseñor Escrivá de Balaguer trataba con los estudiantes, los medios apos­tólicos que empleaba, el aire que imprimía a aquel centro: orden y profundidad en el trabajo y alegría en la convivencia. En fin que ya por entonces me hice una idea cabal de la naturaleza del Opus Dei.

Durante la Guerra Civil Española estuve en Friburgo, como alumno de la Universidad Católica. Volví a Valencia en 1939. Allí tuve mucho trabajo, y uno de los ministerios pastorales que me asig­naron me permitió seguir en contacto con el fundador del Opus Dei: como director del Colegio Mayor Burjasot, pude seguirla labor que don Josemaría impulsaba en el ambiente universitario de Valencia. En este centro residían – o de él procedían - algunos de los estudiantes que pronto solicitaron la admisión en la Obra.

No todo les fue fácil. Ya en aquellos años fueron objeto de muchas contradicciones. Se difundieron sin fundamento alguno toda clase de sospechas, acusaciones y falsedades. El sentido común me decía –y así lo hacía yo constar a los detractores– que las acu­saciones de aquella campaña no cuadraban con los socios de la obra que yo trataba, ni con mi conocimiento personal de su fundador. ni con el Opus Dei. No podía olvidar el criterio evangélico de dis­cernimiento de la bondad o maldad de una obra de apostolado. conocer el árbol por sus frutos; y éstos eran manifiestamente sanos.

Hacia 1945, durante uno de mis viajes a Madrid, fui a visitar a don Josemaría a su casa, en la calle de Diego de León. Me acogió con el afecto de siempre y quiso que me hospedar a allí. Estuve algu­nas semanas y siempre recordaré aquella temporada como unos días gratísimos. Todos – en primer lugar don Josemaría– me tra­taron con plena confianza, en familia. Yo trabajaba durante el día en mis cosas, con total independencia. y al regresar a la casa me encontraba en un verdadero hogar. Allí pude conocer la persona­lidad del fundador del Opus Dei bajo una luz nueva para mí.

Daba toda clase de facilidades para que se vieran las cosas direc­tamente, de forma que cada uno pudiera hacerse cargo por sí mismo de la realidad santa de lo que era y hacía el Opus Dei. Así lo hizo conmigo y con otros muchos obispos. Este modo de proceder era lógico en Monseñor Escrivá de Balaguer. En primer lugar, porque él mismo era siempre objetivo: tenía una repugnancia natural hacia el misterio y lo que tuviera apariencia de secreto. Le gustaban por su carácter las puertas abiertas y que los hechos cantasen; en ello no cabía ni engaño, ni vanidad, ni jactancia.

También estuve en varias ocasiones en el Colegio Mayor Mon­cloa. La estancia en estos centros universitarios del Opus Dei pro­dujo en mi otros beneficios conocí el espíritu de la Obra hecho realidad en Monseñor Escrivá de Balaguer, y pude ver cómo iba forjando el temple apostólico de muchos estudiantes. Ese contacto rejuveneció mi propio espíritu y al mismo tiempo, fue una aproxi­mación al campo del apostolado laical, que me permitió conocer muchas de las soluciones que el Opus Dei ha dado –no sin una especial providencia de Dios– a muchos problemas que lleva con­sigo este apostolado. Monseñor Escrivá de Balaguer, al invitarme en centros de la obra, me hizo participar de los tesoros que Dios mismo había puesto en sus manos, para que con entera libertad tomara aquello que me interesara para orientar mi labor en el campo del apostolado de los laicos Sin pretender que sus soluciones eran las únicas posibles, nunca dejó de darlas a conocer a todos los que estuvieran sinceramente interesados en ellas. Desde el momento en que pude conocer a fondo su espíritu, su modo de formar a los laicos y de dirigir la asociación por él fundada, he tenido a Monseñor Escrivá de Balaguer por un hombre elegido por Dios para ser maestro de los nuevos caminos del laicado católico.

El nervio central de todo su apostolado con laicos y con sacer­dotes– ha sido hacer llegar al corazón de cada persona la llamada divina a la santidad; promover la santidad en medio del mundo entre personas de todas las condiciones. Una doctrina que seria proclamada solemnemente por el Concilio Vaticano II, muchos años más tarde.

En las conversaciones que pude mantener con don Josemaría por aquel entonces, pude comprobar su visión universal, amplia, católica, del Opus Dei. La ilusión por extender su labor a los cinco continentes estaba presente desde el principio, porque la Obra la había querido Dios universal. No había nacido para solucionar, los problemas de un determinado país. Me habló entonces de como se estaban preparando los que habrían de llevar a cabo la expansión a otros países. Comprendí ––por lo que decía y, sobre todo, por cómo lo decía– que era algo que le quemaba por dentro desde hacia tiempo: para don Josemaría sacar adelante el Opus Dei, extenderlo por todo cl mundo, era como un fuego de celo que le abrasaba. Era cumplir la voluntad de Dios.

Había una decidida determinación y mucha audacia en sus planes; pero, a la vez, prudencia y dedicación paciente para hacerlos posibles, preparando los instrumentos y rezando; sobre todo rezan­do y haciendo rezar por esa intención. Luego todo saldría: como solía decirme, cuando Dios quiera, al paso de Dios.

Después de mi designación como obispo de Mallorca en octubre de 1946–primero como coadjutor y después como residencial–, mi trato con el fundador del Opus Dei tuvo otro carácter debido a las circunstancias. Mis deberes pastorales no me permitieron, como hasta entonces, los frecuentes desplazamientos a Madrid, y, por otra parte, Monseñor Escrivá de Balaguer había fijado su resi­dencia en Roma desde ese mismo año. Sin embargo, a partir de entonces, cada vez que be viajado a Roma no dejé de visitarle y a menudo me invitaba a comer en la sede central del Opus Dei.

El desarrollo de las actividades del Opus Dei en las diócesis de las que he sido obispo me ha permitido un contacto habitual con la Obra durante muchos años.

Hacia 1950 comenzaron a darse en Mallorca retiros espirituales para hombres, para mujeres y para sacerdotes, dirigidos por sacer­dotes del Opus Dei. De ahí surgió una labor muy extensa de apos­tolado personal, pues muy pronto hubo en la isla socios de la Obra. Estaba al corriente de esas tareas, por lo que comentaban sus direc­tores de la labor y los sacerdotes que colaboraban en ellas: por mi parte, procuré dar todas las facilidades, como ha sido mi costumbre en todo tipo de labor apostólica hecha con rectitud; y comprendía perfectamente el gran bien que el Opus Dei hacía en mi diócesis.

Desde 1955 a 1977 residí en Ciudad Real como obispo prior de las órdenes militares. La presencia del Opus Dei en esta diócesis fue para mí una fuente de alegría y de consuelos. Por referirme, en concreto, a la labor realizada entre mis sacerdotes, ya pertene­cían a la Obra muchos de ellos cuando llegué allí, y después se han ido multiplicando las vocaciones. Los he considerado siempre como fermento de unidad, por su obediencia pronta y alegre a su ordi­nario; por su fidelidad a la doctrina de la Iglesia; por su vibración apostólica contagiosa, esperanzada y optimista; por su espíritu de comprensión, pasando por alto, con buen humor, aquellas peque­ñeces que surgen en la convivencia; por su ilusionada dedicación a los ministerios que sus obispos les encomiendan. Ponen un empe­ño constante por santificarse en y desde su ministerio. Son sacer­dotes que quieren y procuran ser sólo sacerdotes: su ejemplo firme y humilde –con las flaquezas personales, como tenemos todos, que no empañan la rectitud de intención– hace mucho bien dondequie­ra que son destinados.

Monseñor Escrivá de Balaguer enseñó a todos sus hijos –se­glares y sacerdotes– a tener un gran amor a la Iglesia, un amor personalizado en la jerarquía de todos los lugares, y materializado en atenciones delicadas hacia los obispos, sin gravarlos nunca con problemas y cargas innecesarias. Recuerdo que las visitas que los socios del Opus Dei me han hecho como ordinario del lugar donde trabajaban, siempre se han caracterizado por el respeto, la alegría y el optimismo: me hacían pasar un buen rato, tanto que, cuando mis ocupaciones lo permitían, alargaba gustosamente la con­versación.

Quiero terminar con un recuerdo muy personal, quizá el más entrañable de los que guardo de mi amistad con Monseñor Escrivá de Balaguer. Yo había «cometido» la «grave» audacia de levantar una bandera de renovación de espiritualidad y de apostolado seglar; me refiero a los cursillos de cristiandad. Este empeño surgió durante mi estancia en Mallorca y, después de trasladarme a Ciudad Real, tuvo un gran arraigo entre los fieles, incluso saltando las fronteras de España. Desde sus comienzos fui bendecido y alentado por el Santo Padre, y ha sido la fuente de donde han brotado las más ínti­mas alegrías pastorales de mi vida. Pero el Señor quiso probarme y probar también a este movimiento, desde sus comienzos, con la contradicción. Se desató en torno a mi persona una dolorosa tempestad.

En aquel mar revuelto de insidias tuve que ir a Roma, ya que había sido denunciado ante el Santo Oficio. Quise visitar a Mon­señor Escrivá de Balaguer: el recuerdo de la imperturbable alegría con la que había llevado las contradicciones que arreciaron contra cl Opus Dei, me impulsaron a buscar su consejo, persuadido de que de esa charla me vendría la paz para mi ánimo atribulado. Y no me engañé.

Me escuchó atentamente y llegó al fondo de la cuestión ense­guida: no perdió el tiempo en estériles lamentaciones. En sus pala­bras, breves y certeras, volcaba en mí su propia alma: «No te preo­cupes. Son bienhechores, porque nos ayudan a purificarnos. Hay que quererles y pedir por ellos». Me insistió en la necesidad de que­rer a los que no nos comprenden, de rezar por los que juzgan sin conocimiento suficiente de causa, y en el deber de prestar atención tan sólo a la voz de la Iglesia–no a los rumores de la calle– y de mantener el corazón limpio de resentimientos y amarguras. Aque­llos consejos, que tanto bien hicieron a mi alma, tenían la enorme autenticidad de quien los había vivido y seguía viviendo entonces.

Monseñor Escrivá de Balaguer me alentó constantemente en una empresa que no era la suya, y volcó la caridad y comprensión sobre un apostolado que iba por caminos distintos al suyo. Sólo Dios sabe en qué medida pudo contribuir a despejar los caminos de la Providencia.

Un hombre que sabía querer

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Testimonio de Álvaro Domecq, rejoneador y ganadero
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Don Álvaro, ¿cuando conoció a Monseñor Escrivá de Balaguer?

Soy hombre malo para las fechas y no recuerdo con exactitud el día en que le vi por primera vez. Me parece que fue en Pamplona, en otoño del año sesenta y siete. Había una asamblea de Amigos de la Universidad de Navarra. Asistí a la misa que con aquel motivo celebró al aire libre, en el campus de la Universidad de Navarra. Al acabar la ceremonia, pasé a saludarlo y ante mi sorpresa me llamó por mi nombre, me hizo la señal de la cruz en la frente y comentó: «Te sigo». Yo, que soy tímido, me quedé admirado al ver cómo me conocía sin conocerme. También me llamaron mucho la atención las manifestaciones de cariño y afecto que me dirigió y cómo me alentó a que siguiera con mi trabajo, y añadió «pero hecho con mucho amor de Dios».

En esos mismos días acompañé a los toreros que habían par­ticipado en un festival en Pamplona a conocerle. Con cada uno de ellos tenía un detalle de cariño, el apropiado para la circuns­tancia personal de los presentes. Al terminar aquello, uno de los presentes, Luis Miguel Dominguín, que presumía de no creyente, me dijo en un aparte: « ¿Sabes que me voy a tener que hacer par­tidario de este cura tuyo?».

Me acuerdo que cuando vino a Jerez de la Frontera, en el año mil novecientos setenta y dos, tuvo la maravillosa gentileza de invi­tarnos a mi mujer y a mí a un almuerzo porque quería agradecer lo poco que había hecho yo para poner en marcha «Pozoalbero», una casa de retiros y convivencias, que está a las afueras de aquella ciudad y por la que han pasado tantos miles de andaluces. Y es que el fundador del Opus Dei, que era muy agradecido, sabía alen­tarte, a poquito que hubieras hecho, para que fueras a más, que te superaras siempre.

Eso es maravilloso: encontrarte con personas que te alientan, que te piden cosas asequibles, sencillas, pero sin parecer que te lo piden, dándote ánimos, y así casi sin darte cuanta va saliendo ese trabajo, que resulta apenas costoso y hasta alegre. En el roce que he tenido con la Obra, a lo largo de estos años, lo que más me ha impresionado es el aliento que recibes para hacer lo corrien­te con amor de Dios. Y eso, por lo que yo he visto, lo infundía el fundador del Opus Dei a todo tipo de personas: creyentes y no creyentes, a gentes de todas las clases.

Yo, que puse en marcha varios cursos de formación espiritual con toreros, y con poetas y escritores, pude comprobar cómo se sentían honrados de hablar dos o tres días exclusivamente de Dios y de las cosas de Dios. Domingo Ortega, que en gloria esté, me decía: «No se te olvide llamarme cuando haya algo de esto.» Les gustaba, y le gustaba a Domingo, que se ocuparan de ellos en lo espiritual. Eso es demostración de lo que tanto insistía Monseñor Escrivá de Balaguer: a la vida corriente, diaria, hay que darle un sentido para que sea real. Eso me lo enseñó él y te lo transmitía cada vez que te miraba, cuando te veía o cuando te daba uno de aquellos abrazos que él daba.

¿Cuál es la primera impresión que se le quedó grabada al conocerle?

El nivel de confianza, la alegría que te hacia sentir y cómo te pedía esfuerzo sin pedírtelo, señalándote un camino de entrega. Y te daba un empujón suave, pero eficaz, para hacerlo todo por amor de Dios e insuflarle a tu vida normal una espiritualidad importante. Es que, mira, es maravilloso saber que se puede san­tificar e] trabajo. Eso crea una satisfacción en el hombre trabajador que es decisiva, que es fundamental. Por ejemplo, él sabía que yo me dedicaba al toro. Yo no sé si él tendría afición al toro, pero lo parecía, porque me comentaba: «Hay que seguir por ese camino y hacerlo lo mejor posible». No te quitaba tus naturales tendencias, sino que te ayudaba a darles sentido, a poner amor y entrega en lo que haces, sabiendo que eso tiene mucho valor. Es una satis­facción saber que lo que haces tiene valor.

¿Cómo se hace santo un ganadero con su trabajo?

Ante todo procurando ser un buen ganadero. A los ganade­ros no nos calibran en la verdadera medida. El animal que con­seguirnos, el toro que exige la afición de hoy, hay que trabajarlo mucho y saber seleccionar caracteres que no son visibles para el público. Ten en cuenta que –yo al principio creía que hacerse car­go de una ganadería no me llevaría tiempo– hay que estudiar las cualidades de varias generaciones para lograr fijar el carácter y saber entremezclar, en su justa medida, mansedumbre y bravura. El ganadero español que estudia su ganadería puede hacer un toro que se le conozca, no sólo por su expresión física, sino también por el resultado que da en la lidia, y eso es un esfuerzo necesario. Después, o al mismo tiempo, haciendo todo ese trabajo por amor de Dios, por afición al toro por supuesto, pero por amor de Dios.

¿Cuál cree que era, sin embargo, el rasgo más distintivo de su persona?

Monseñor Escrivá de Balaguer rebosaba santidad. No sé si la santidad está perfectamente definida, pero yo lo notaba en ese deseo continuo de infundirte amor de Dios, amor al trabajo y la ilusión por hacer felices a los demás. Además, para el fundador del Opus Dei no había horizontes: cada día se le ocurría una cosa nueva para llegar a más personas y difundir con más amplitud la doctrina de la Iglesia. Eso era impresionante. De hecho, del Opus Dei te llama la atención el milagro de que en tan poco tiempo se haya difundido y establecido entre tantas gentes de tan diverso tipo. Yo, que he tenido que viajar mucho, lo he comprobado y eso es edificante.

Antes se refería a los toreros que usted ha tenido la oportunidad de tratar. ¿Entienden verdaderamente eso de santificar el trabajo?

Claro que sí. A ellos, todo eso les hacía encontrar su verda­dero sentimiento. El hombre tiene una tendencia innata de ir a Dios, lo que pasa es que no sabe cómo. Lo maravilloso de Mon­señor Escrivá de Balaguer es que te enseñaba a abrir ese camino.

Antes la gente pensaba que para ir a Dios sólo había que ir a la Iglesia, pero no sabían que además está en el teatro o en los toros, que Dios está en todas partes, en todas las circunstancias honestas. La gente no se percataba de que Dios está contigo, que puedes santificar toda tu vida, tu vida de aficiones, de relaciones, tus amis­tades. La prueba de que eso es verdad es la extraordinaria acogida que este mensaje ha tenido, a pesar de que haya gente que no lo entienda, porque tal vez no han sido capaces de dar el paso ade­lante. Si lo dieran, lo descubrirían.

Hay gente que dice que para aguantar a un santo hace falta otro santo, ¿era fácil estar con el fundador del Opus Dei?

Estar con el fundador del Opus Dei era sentirse protegido, ilusionado; junto a él, el corazón se removía y la piedad tuya, anti­gua, se hacia más humana, más apetitosa. Incluso lograba que dig­nificaras tus debilidades. Sentías que todos esos defectos se podían quitar; esa convicción te la metía dentro y descubrías que hasta lo más pequeño, hecho por amor de Dios, tiene mucho valor. Siem­pre he pensado que Dios es el mejor pagador, y entonces, cualquier cosa que hagas, por pequeña que sea, Dios te la premia. Como ve, son consejos los suyos llenos de amor, y como el hombre ha nacido para querer, todo eso es fácil de entender.

Don Álvaro, a usted, ¿qué le ha dado el Opus Dei?

Me ha facilitado todo. Según se dice, cuando tienes quien te ayude, puedes agrandar tu negocio. Pues el gran negocio es luchar por la santidad aunque sea un poco, y digo un poco porque siempre se queda uno corto. Esa es la misión del Opus Dei con todo el que se roza: darle a tu vida, a tu vida corriente, unos nuevos horizontes, afán de santidad, y también alegría, simpatía y cor­dialidad, sobre todo con el ejemplo. Decía que me ha facilitado todo, se entiende que en la vida espiritual, porque en lo demás, mi trabajo, mi vida social o mi familia, la Obra no ha intervenido; o para ser más preciso, sólo ha intervenido el espíritu de la Obra moviéndome a buscar en cada ocasión –y bajo mi responsabilidad personal– lo que pensaba sería más grato a Dios; claro que muchas veces habré fallado, pero ese es otro cantar.

Sin embargo, todo esto contrasta mucho con el ambiente actual.

El mundo, es cierto, está desperdigado, pero hay un retorno.

Pienso que la juventud tiene hoy día un deseo de veracidad, de convivencia, de todos esos detalles que supo exponer el fundador del Opus Dei. El mundo está mal, la vida está difícil, pero luego, cuando crees que la gente está alejada de Dios, te das cuenta que no es así, que tienen un claro sentimiento espiritual de mejorar. Todo eso es como el aceite, que va inundándolo todo poco a poco. Por eso no soy pesimista: no soy de los que piensan que el mundo va a peor. El mundo va a ir mejor; es como una revolución silen­ciosa de cuyas consecuencias nos iremos dando cuenta con el paso del tiempo.

Y usted, ¿qué le ha dado al Opus Dei?

Le doy muy poco para lo que me da. Yo procuro ayudar en las obras apostólicas, pero lo hago casi sin esfuerzo porque estoy convencido de que hay que hacer algo –más bien diría mucho–, y es bueno que te tiren de la cuerda, que te exijan. Ahora, con mi edad, con el cansancio de mucha vida vivida, me hace joven y me ilusiona pensar que soy útil, que sirves para algo. Después lo piensas, y te das cuenta que no haces nada, y sin embargo, por poco que haces, silo haces por amor de Dios, se convierte en algo grande. En conclusión, colaboro lo que puedo, pero me quedo corto

El proceso de beatificación de Monseñor Escrivá de Balaguer está iniciado desde el año mil novecientos ochenta y uno ¿usted acude a su intercesión, le reza?

Yo acudo a través de la oración para la devoción privada que hay impresa en una estampita que ha editado la Vicepostu­lación de su causa de beatificación. Ahora le tengo encomendada una cosa importante y tengo seguridad de que la voy a tener pron­to. Me ilusiona saber que tengo alguien, allá arriba, que puede interceder por los matices humanos y espirituales del hombre. Las cosas de los negocios no las mezclo. Me interesa más bien pedirle por mi vida de dentro y por lo que a uno le queda en esta vida.

Me ayuda a acudir a el las cartas suyas que conservo. Soy detallista y tengo la costumbre de felicitar a los amigos Hace anos se me ocurrió mandarle una carta y cual seria mi sorpresa cuando recibí muy pronta contestación Al año siguiente dude en escribirle, para no forzarle a que me contestara pero a la vez pense que tal vez consideraría que me había olvidado De modo que desde entonces siempre me escribió, y en cada caso iba su consejo. Después, cuando murió, he seguido esa costumbre con su sucesor, Monseñor Alvaro de Portillo cuando nos hemos visto, siempre me decía tocayo, que también ha continuado acordándose de mí y me envía unas líneas, Eso me da mucha alegría; siento el tiempo que le puedo hacer perder, pero es un gran detalle y un ejemplo maravilloso.

EPILOGO: LA PRELATURA PERSONAL OPUS DEI

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

EL 19 de marzo de 1983, día en que la Iglesia celebra la festividad de San José, tiene lugar un solemne acto litúrgico en la Basílica Romana de San Eugenio a Valle Giulia: se inaugura oficialmente la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei.

Los lugares de honor están ocupados por altos dignatarios de la Curia Romana. El Nuncio de Su Santidad en Italia y delegado del Papa Juan Pablo II, Monseñor Romolo Carboni, hace entrega al primer Prelado del Opus Dei, Monseñor Álvaro del Portillo, de la Bula Ut Sit, por la que se erige la Prelatura del Opus Dei, y el correspondiente Decreto de Ejecución. Esta Constitución Apostólica de Juan Pablo II, está suscrita por el Cardenal Casaroli, Secretario de Estado, y por el Cardenal Baggio, Prefecto de la Sagrada Congregación para los Obispos, y fechada en Roma el día 28 de noviembre de 1982.

El gozoso significado de esta fecha, que ya ha quedado grabada para siempre en la historia de la Obra de Dios, será glosado por Monseñor Álvaro del Portillo en este diecinueve de marzo romano de 1983. Explica que la Constitución Apostólica relativa a la erección del Opus Dei en Prelatura Personal comienza con las palabras latinas” ut sit”: que sea. Y tienen para toda la Obra una «resonancia muy particular, íntima, de familia», porque traen a la memoria los aledaños pirenaicos donde se fraguó la vocación adolescente del Fundador y donde se encendió, como una llamarada, su amor a Dios. Durante años presintió que la Providencia le destinaba a una tarea cuyos perfiles concretos desconocía. Y rezó y repitió incansablemente, como un ruego de urgencia al Señor y a la Virgen María, estas palabras: Domine, ut sit!… Domina, ut sit!… ¡Señor, que se cumpla! ¡Que se cumpla tu Voluntad!; ¡Señora, que sea! ¡Que se realice la Voluntad de tu Hijo!…

Esta misión se desveló el 2 de octubre de 1928, cuando Dios le hizo ver, con una panorámica sin orillas, el Opus Dei. También dio comienzo el itinerario jurídico de la nueva Fundación que concluye el 28 de noviembre de 1982. En este día, la primera página de «L’Osservatore Romano» daba la noticia de que el Santo Padre erigía la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y Opus Dei en Prelatura Personal. Y comunicaba, también, el nombramiento de Monseñor Álvaro del Portillo como su primer Prelado. Complementando estas noticias se acompañaba la publicación de tres documentos. Todos hacían relación a la declaración oficial de la Sagrada Congregación para los Obispos suscrita por el Prefecto, Cardenal Sebastiano Baggio, y por el Secretario, Monseñor Lucas Noreira Neves, con fecha 23 de agosto de 1982, aprobada por el Papa. Esta Dedaratio es una interpretación del Derecho propio de la nueva Prelatura conferido por la Santa Sede.

Tras indicar los motivos que han determinado la decisión del Romano Pontífice, expone las principales notas características de la Prelatura.

Su vida y actividad se regirán por las normas del Derecho General de la Iglesia y por las que le atañen de modo concreto y quedan especificadas en la Constitución Ut Sit, así como por los Estatutos de régimen interno, que reciben el nombre de «Código de derecho particular del Opus Dei».

La jurisdicción de la Prelatura abarca a los sacerdotes del Opus Dei y -sólo en lo referente al cumplimiento de las obligaciones peculiares asumidas mediante el vínculo jurídico convenido con la Prelatura- a los laicos. Unos y otros dependen de la autoridad del Prelado para la realización de las tareas apostólicas de la Prelatura.

S. S. Juan Pablo II con el Prelado del Opus Dei, Monseñor Álvaro del Portillo. Roma, 1983.

El Ordinario propio de la Prelatura Opus Dei es su Prelado. Ha de ser elegido de acuerdo con el derecho general y particular, y confirmada su elección por el Romano Pontífice.

Su dependencia de la Santa Sede se gestiona a través de la Sagrada Congregación para los Obispos y, según la materia de los asuntos a tratar, podrá interconsultar con los demás Dicasterios de la Curia Romana.

El Gobierno Central de la Prelatura tiene su sede en Roma. Cada cinco años, el Prelado presentará al Romano Pontífice, a través de la Sagrada Congregación para los Obispos, un informe acerca de la situación de la Prelatura y del desarrollo de su trabajo apostólico.

También se establecen las relaciones con los Obispos locales, inserción de la Obra en las respectivas diócesis y la adscripción del clero diocesano de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, Asociación unida inseparablemente a la Prelatura.

Concluye así, en este día, un largo estudio que ocupó tres años y medio de trabajo. En él intervinieron dos Comisiones Cardenalicias y una Comisión técnica especial. Además, se recabó el parecer de más de dos mil Obispos de todo el mundo.

¿Por qué todo este esfuerzo, y qué significaba en realidad la definición jurídica del Opus Dei como Prelatura Personal?

Peter Berglar escribe:

«A los ojos de Dios y a los de los fieles cristianos que seguían a su Fundador el Opus Dei era, ya desde el 2 de octubre de 1928, lo que seguiría siendo siempre: la familia espiritual de quienes, por vocación divina, querían formar parte del Opus Dei tal como lo había visto Monseñor Escrivá de Balaguer»(1).

Pero una cosa es el carisma fundacional, el descubrimiento de una llamada específica a un encuentro con Dios, y otra la situación jurídica, la inclusión dentro de la normativa y el Derecho de la Iglesia.

El Decreto del Obispo de Madrid en 1941, aprobando la Obra como Pía Unión, fue el primer paso de un largo caminar hacia su definitiva estructura, adecuada a su realidad.

Este paso inicial certificaba desde el punto de vista de la autoridad eclesiástica la ortodoxia y la lealtad del Opus Dei hacia la jerarquía. Pero se trataba de una cobertura transitoria, como defensa inmediata ante las controversias que su innovación en el campo de la espiritualidad laical estaba produciendo. No fue una solución menguada, ni la negación de otro lugar más extenso. Era la única posibilidad inicial, ya que no existía una definición jurídica adecuada, ni vigente ni prevista, para dar cabida a este movimiento fundacional.

Desde el principio, el trabajo de Monseñor Escrivá de Balaguer, la oración, los sacrificios, las energías todas de su vida, se centraron en lograr un espacio, una veste jurídica, que acogiera dentro del Derecho universal de la Iglesia a la Obra de Dios sin alterar, reducir o desnaturalizar ninguna de las luces del carisma fundacional.

Los pasos siguientes se dieron junto al Papa Pío XII, en los años 1943 y 1947.

Para resolver la cuestión de incardinar sacerdotes en el Opus Dei y tener una organización de ámbito universal, el Fundador aceptó temporalmente incluir a la Obra en el régimen jurídico de los Institutos Seculares. La Constitución Apostólica Provida Mater Ecclesia daba entrada a estos Institutos, integrados por personas que vivían en medio del mundo, y que afirmaban su compromiso mediante votos de carácter religioso, de pobreza, castidad y obediencia. Su dependencia en la Curia Romana se establecía, además, a través de la Sagrada Congregación para los Religiosos.

El vacío de la legislación para acoger el verdadero espíritu del Opus Dei, que se refería a cristianos corrientes, obligó al Fundador a acogerse provisionalmente a fórmulas jurídicas inadecuadas, pero nunca la Obra estuvo dentro de un marco idóneo ya que había aspectos que contravenían principios esenciales de su carácter secular.

Monseñor Alvaro del Portillo declaraba en 1983:

«El Fundador (…) al aceptar esas soluciones -en 1943 y en 1947- hizo ya constar a la autoridad eclesiástica competente, que esperaba se abrieran otros cauces jurídicos que pudieran resolver satisfactoriamente -de acuerdo con su genuina naturaleza- el problema institucional del Opus Dei»(2).

La última etapa se inicia con el Concilio Vaticano II, que abrirá el horizonte jurídico necesario.

En el número 10 del Decreto Presbyterorum Ordinis, el Concilio deliberó sobre la utilidad apostólica de las Prelaturas Personales, que han de ser erigidas por la Santa Sede para llevar a cabo peculiares iniciativas dentro de la Iglesia, tanto a nivel regional como nacional e, incluso, universal.

El Colegio Episcopal, reunido con el Sucesor de Pedro y bajo su Autoridad en la Suma Asamblea Conciliar, introdujo en el Derecho de la Iglesia esta nueva estructura jurisdiccional de carácter personal y secular. También se puntualizó que estas Prelaturas se erigirían según normas adecuadas para cada una de ellas, dada la gran variedad de fines y estructuras que podían adoptar. Siempre la autoridad de los Obispos locales seguiría intacta, reservando al Prelado la autonomía necesaria para poder llevar a cabo unos fines estrictos, establecidos para las diversas Prelaturas que en el futuro se pudieran erigir.

De este modo, la Iglesia se abría a sí misma multitud de posibilidades pastorales que actuarían armónicamente, en cada lugar, con la Jerarquía ordinaria de la Iglesia, pero con los estímulos y la vida de su propio espíritu y finalidad fundacional.

Siguiendo las indicaciones del Papa Pablo VI en orden a estas nuevas posibilidades, el Fundador convoca un Congreso General del Opus Dei en 1969 para trabajar sobre esta solución jurídica definitiva. Este empeño continuó sin interrumpirse ni con la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer en 1975 ni con la del Papa Pablo VI en 1978.

El Fundador falleció contemplando en el horizonte este cauce jurídico definitivo, que se adecuaba plenamente a lo que Dios le hizo ver el día 2 de octubre de 1928. Con genial intuición, se lo comunicó, en 1936 y de la única manera que entonces cabía hacerlo, a un miembro del Opus Dei, Pedro Casciaro. En una de sus visitas a la Iglesia de Santa Isabel, en Madrid, fijó su atención sobre dos epitafios en sendas lápidas mortuorias que existen en el presbiterio, bajo el crucero. En latín, están dedicadas a Antonio Sentmanat, Patriarca de las Indias, Capellán y Limosnero Mayor del Rey de España Carlos IV, Vicario General de los Ejércitos Reales de Mar y Tierra (1743-1806), y a Jacobo Cardona y Tur, Patriarca de las Indias Occidentales, Obispo titular de Sión, Procapellán Mayor de la Casa Real, Vicario General Castrense (1838-1923). Y en voz alta comentó: «Ahí está la futura solución jurídica de la Obra». Ante el asombro de Pedro Casciaro, que no entendió el contenido de esta afirmación, el Padre definió, cuarenta y siete años antes de su aprobación, por dónde cabía encontrar una configuración canónica del Opus Dei: a través de alguna modalidad de las estructuras jerárquicas de la Iglesia, que fuera secular y no territorial, sino personal, no circunscrita a un territorio determinado sino a unas actividades pastorales que podían tener por ámbito los confines del ancho mundo.

Juan Pablo 1 murió cuando ya había indicado a Monseñor Álvaro del Portillo, sucesor del Fundador, que presentara los datos necesarios para resolver el problema institucional de la Obra y darle su configuración jurídica definitiva.

En noviembre de 1978, ocupando Juan Pablo 11 la Silla de Pedro, considera improrrogable la solución y recibe los oportunos documentos, que confía al estudio de la Sagrada Congregación para los Obispos, que es el Dicasterio de la Curia Romana competente en las prelaturas personales.

Esta Congregación estudia y valora los elementos de carácter histórico, jurídico, doctrinal y apostólico que confluyen en el Opus Dei, durante más de tres años. El Santo Padre, oídos los resultados, someterá las conclusiones al parecer de la Comisión Cardenalicia presidida por el Prefecto de la Sagrada Congregación para los Obispos y, además, informará de su decisión a los Obispos de las naciones en las que el Opus Dei ha erigido Centros, para que hagan llegar a la Santa Sede -si lo consideran oportuno- sus observaciones. La inmensa mayoría manifestará su satisfacción por esta medida. Todos cuantos pidan alguna aclaración serán escuchados y respondidos.

¿Cuál es, pues, el módulo jurídico definitivo que encuadra la realidad del Opus Dei?

Por definición, es una estructura eclesiástica gobernada por un Prelado con potestad de jurisdicción que, sin lesionar ninguno de los derechos de los Obispos diocesanos, tiene facultad de incardinar en la Prelatura sacerdotes seculares, y a la que pueden también incorporarse miembros seglares mediante un vínculo contractual. Todos, sacerdotes y seglares, se dedican a conseguir, de acuerdo con los Estatutos propios aprobados por la Santa Sede y bajo la autoridad del Prelado, el concreto fin pastoral de la Prelatura.

La Prelatura Opus Dei es de ámbito internacional. Está constituida por un Prelado; los sacerdotes de la Prelatura, que provienen exclusivamente de los laicos del Opus Dei y que reciben las Sagradas Ordenes después de haber cursado los estudios correspondientes; y los laicos, que son hombres y mujeres, solteros y casados, de toda raza y condición social, que se han incorporado libremente a la Prelatura después de recibir la llamada de Dios para entregar su vida a los fines propios del Opus Dei.

Estos fines han sido agrupados por un documento de la Santa Sede en dos vertientes. El Prelado y los sacerdotes de la Obra sirven a los laicos de la Prelatura; les ayudan a cumplir los compromisos ascéticos, formativos y apostólicos que han asumido. Además, todos -sacerdotes y laicos- extienden su apostolado en servicio de la Iglesia; difunden en la sociedad entera la llamada a la santidad mediante el valor trascendente de las ocupaciones cotidianas, del trabajo profesional ordinario.

En palabras de Monseñor Álvaro del Portillo: «Se pidió esta transformación jurídica del Opus Dei para resolver una grave cuestión institucional, que estaba aún pendiente de solución: que la configuración de la Obra correspondiera a lo que podríamos llamar “el carisma fundacional”; es decir, a lo que desde el principio Monseñor Escrivá de Balaguer vio que debía ser el Opus Dei (…).

La anterior situación jurídica nos mantenía dentro de unos moldes que no se ajustaban a nuestro camino, y obligaba a nuestro Fundador a hacer constantes aclaraciones ante las autoridades eclesiásticas y civiles, y ante la opinión pública, con el fin de defender continuamente nuestra vocación y de puntualizar las características de nuestra específica secularidad»(3).

A lo largo de cuarenta años, el Opus Dei ha trabajado para encontrar su lugar adecuado dentro de la estructura de la Iglesia y del Derecho Canónico. Ha tenido que abrir los caminos, como ya anunció desde el principio el Fundador a sus hijos, «al golpe de sus pisadas».

Hoy, en cualquier parcela de las actividades del mundo, una persona corriente puede establecer un vínculo con el Opus Dei mediante el que se compromete a un esfuerzo ascético y apostólico en medio de sus ocupaciones habituales. Con toda la ancha libertad en las opciones humanas lícitas. Es un miembro del pueblo de Dios, que se sabe llamado a una más estrecha unión de amor con Jesucristo. Pero que no ha cambiado en absoluto el papel humano de su condición.

Unida inseparablemente a la Prelatura del Opus Dei está la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Es una Asociación a la que se adscriben, con vínculo meramente asociativo, los sacerdotes seculares de cualquier diócesis del mundo.

También ellos acuden buscando ayuda espiritual para santificarse en el desempeño de su trabajo ministerial. Esta decisión no debilita, sino todo lo contrario, la unión que deben a su Obispo y a su diócesis. La Obra les facilita atención espiritual y ascética. Pero solamente tienen un superior: su propio Obispo.

Los actuales Estatutos de la Obra son prácticamnete los mismos que Pío XII aprobó en 1947. En 1969 se hicieron las modificaciones necesarias para cuando llegara el momento de solicitar a la Santa Sede la transformación de la Obra en Prelatura Personal. El cambio más importante, deseado por el Fundador desde hace muchísimos años, consiste en que la incorporación a la Obra se hace ahora mediante el ya mencionado vínculo contractual.

simultáneo, se suprimen aquellos elementos relacionados con la profesión de los consejos evangélicos, que están al margen del camino que vio el Fundador, pero que tuvo que aceptar en alguna medida en aquel momento de su historia por exigencias de la normativa jurídica entonces vigente.

En cuanto a su posición con los Obispos y diócesis o iglesias locales, el Opus Dei nunca ha intentado conseguir una autonomía con respecto a la autoridad establecida por la Iglesia. Desde 1947 es una Institución de derecho pontificio, de ámbito internacional y gobierno centralizado en Roma, que goza de la necesaria autonomía interna.

Los Estatutos no han cambiado en este punto. El Opus Dei ha querido que sea preceptiva la autorización del Obispo de cada lugar para erigir un Centro de la Prelatura; los sacerdotes del Opus Dei deben obtener las licencias del Obispo para atender a las personas de una diócesis. Y los laicos cumplen las normas establecidas territorialmente por la jerarquía ordinaria de la Iglesia.

Pero erigir el Opus Dei como Prelatura Personal no ha sido resolver un problema institucional ni conceder un privilegio que la Obra no ha pedido: se trata de la aplicación de las normas generales sobre las Prelaturas Personales establecidas por el Concilio Vaticano II, a la realidad apostólica y eclesial del Opus Dei. Como especifica Monseñor Sebastiano Baggio: «Convertir en realidad viva y operativa una nueva estructura eclesiástica predispuesta por el Concilio, pero que había permanecido hasta ahora como una mera posibilidad teórica (…). Se proporciona el adecuado marco eclesial a una Institución de segura doctrina y de laudable impulso apostólico»4.

Y, como puntualizaba también Monseñor Marcello Costalunga, refiriéndose a la consulta realizada a más de dos mil Obispos sobre esta decisión de la Santa Sede:

«Esta consulta (…) ha sido de gran utilidad, porque, como consecuencia de esta muestra de afecto colegial, se ha realizado un nuevo y profundo examen de los Estatutos redactados por Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, en el que ha quedado confirmada su validez y la sabiduría con que fueron confeccionados, pudiéndose apreciar en ellos el testimonio claro del carisma fundacional y del amor grande del Siervo de Dios a la Iglesia»(5).

El Fundador murió sin ver la confirmación jurídica de la Obra de Dios en el mundo. Pero tuvo siempre la seguridad de que el Derecho de la Iglesia se abriría de par en par para acoger el camino que la Providencia le había inspirado y al que entregó todas las energías de su vida.

Con ello se adelantó cincuenta años a una de las más amplias e importantes decisiones del Concilio Vaticano II: impulsar hacia la santidad a la inmensa parcela de los cristianos en medio del mundo, con una decisión libre de poner a Cristo en las actividades todas de la tierra.

Por ello, subrayaba este hecho Juan Pablo II en su Alocución del 19 de agosto de 1979 a un grupo de profesionales miembros del Opus Dei: «Es ciertamente grande vuestro ideal, que desde sus comienzos ha anticipado la teología del laicado que caracterizó luego a la Iglesia del Concilio y del postconcilio… »(6).

Los hijos de Monseñor Escrivá de Balaguer han visto así gozosamente confirmado el espíritu de su Fundador y, con ellos, en palabras del Cardenal Baggio:

«Las razones de su alegría son también motivo de alegría para todos los hombres de buena voluntad en la Iglesia entera»(7).

Guatemala: fin de ruta

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Hace mucho tiempo que el Fundador del Opus Dei desea visitar Guatemala. Así lo expresan las líneas de una carta escrita al Cardenal Arzobispo:

«Puedo asegurarle, Eminencia, que he llegado a considerar la realización de mi proyecto de irlos a ver a Guatemala, como un regalo que el Señor me hará por los 50 años de sacerdocio, durante los cuales he tratado de servirle con fidelidad».

El 15 de febrero de 1975 cumple este deseo, el tomar tierra en la terminal guatemalteca. El Padre llega agotado por el viaje: se ha entregado de lleno a miles de personas en Caracas, no ha escatimado el menor esfuerzo. Además, este vuelo ha sido especialmente duro, con escala de varias horas en Panamá, bajo un sol tórrido y en un avión sin acondicionar.

El Padre se aloja en una casa de la Avenida Catorce. Se reducen al mínimo las visitas, a pesar de que centenares de personas están deseando conocerle. Pero los bruscos cambios de temperatura han producido en el Padre una afonía que apenas le permite comunicarse.

No ignora que se han preparado muchas cosas para recibirle, para que pueda charlar de un modo familiar con todas sus hijas e hijos guatemaltecos; y con miles de personas que han recibido la noticia de su llegada y han venido de otros países del Continente a esta confluencia Centroamericana.

Conociendo la cordialidad de Monseñor Escrivá de Balaguer y lo inagotable de su entrega a los demás, se puede calibrar lo que ha de costarle esta situación de imposibilidad física. Hasta donde pueda, intentará ver a cuantos se han acercado a Guatemala para saludarle.

Durante la semana que el Padre permanece en este país, será preciso cancelar las grandes reuniones previstas en los campos de deporte del Centro Universitario Ciudad Vieja, para unas cinco mil personas. Muchas veces pedirá perdón porque le han abandonado las fuerzas. Dice que con la enfermedad ha venido a estorbar a Guatemala. Y repite varias veces:

-«Soy un estropajo… »(80).

Pero aún se sobrepondrá, y recibirá a un grupo numeroso de sacerdotes, a muchas de sus hijas en la Escuela Técnica de Hostelería Zunil, y a grupos de hijos suyos en la casa donde vive. Y seguirá repartiendo el caudal de su espíritu evangélico, la sonrisa y el buen humor, la ascética ejemplarizada con su propia vida, el servicio y la entrega, por encima de toda circunstancia desfavorable.

Con la misma alegría, sigue expresando su amor a la Iglesia y al Papa, su defensa de la unidad y pureza del dogma católico, la urgencia de manifestar la dignidad del sacerdocio, el ecumenismo bien entendido…

-«En medio de esta barahúnda, el hecho de amar más cada día a la Iglesia y de estar contentos, ya es un milagro…

Luego, no podemos nosotros distinguir entre este Papa y el otro, y el de más allá. ¡No! A venerar al Santo Padre, sea quien sea, y a rezar por él: que el Señor lo tenga de su mano y le siga ayudando para que gobierne la Iglesia»(81).

Y habla, mientras tiene voz, del amor de Dios como dimensión absoluta de la vida del hombre:

«Hay que acudir al trato con el Señor constantemente, de la mañana a la noche y de la noche a la mañana, también durmiendo. Sí. Antes de dormir, un acto de amor de Dios, una petición, una jaculatoria. Jaculatoria es como una saeta encendida… Y cuando te despiertes, si duermes de un tirón, te despiertas todavía con el sabor de la saeta en la boca».

A sus hijos de Guatemala les anima en las tareas apostólicas por estas tierras centroamericanas. Está muy contento, pero les pide que no cejen en su esfuerzo por multiplicarse, por agrandar el reino de Dios:

«Tengo que deciros, hijos, que el Señor, en estos momentos tan duros para la Iglesia, está bendiciendo la Obra como nunca»(82).

La víspera de su partida pasa un rato a solas con el Consiliario del Opus Dei. Quiere dejarles el regalo de aquello que no ha podido decir, en voz alta, a todos los vientos.

«Saber sentir realmente el peso de la Obra sobre nuestros hombros. Esto se lo debes inculcar a todas mis hijas y a todos mis hijos: todos hemos recibido el mismo mensaje, a todos nos corresponde responder de la misma manera»(83).

Al día siguiente, cuando el coche que lleva al Fundador hasta el avión enfila el aeropuerto, se encuentra con una multitud -pasan de dos mil personas- que acuden a despedirle. Invaden pasillos, corredores y el borde mismo de la pista… Desde el pie de la escalerilla les bendice, y hace un gesto de unión y despedida. Minutos más tarde el aparato despega con rumbo a Roma.

Ha concluido esta ingente catequesis continental: casi 45.000 kilómetros de recorrido. El Padre ha terminado, también, con todas sus reservas físicas. Pero algo inagotable le desborda el alma en este viaje de regreso: la alegría de haber visto y hablado a tantas gentes. De haber prestado su voz para hacerles llegar la llamada de Cristo a la santidad en todos los caminos de la tierra.

Ultimo viaje a América

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El nuevo viaje a Venezuela quedará fijado para las fechas del 4 al 15 de febrero de 1975. El Padre cruzará el Atlántico de nuevo, acompañado por don Alvaro y don Javier. Las personas que viven en la Sede Central conocen la proximidad del viaje desde el 9 de enero.

«Cogeremos el avión, y a América por tercera vez. Padre, ¿tiene usted muchas ganas de ir? La verdad es que nunca tengo muchos deseos de viajar, pero estoy muy contento de ver a mis hijos de aquellos países y de decir la verdad de siempre, en el modo habitual, sin poner obstáculos a la palabra»(69)

El 29 de enero sale de Roma en vuelo hacia Madrid. Durante seis días, permanece en la casa de Diego deLeón. Antes de emprender el camino del aeropuerto de Barajas, se reúne unos minutos con algunos hijos de España. Les cuenta que no le apetece nada ir a América que «eso quiere decir que las cosas irán bien». Y luego, pide sus oraciones:

-«Rezad por mí para que sea bueno, que no haga el tonto a estas alturas: que tenga buen humor. Nunca he perdido el buen humor, pero he tenido genio, y el Señor se ha servido de mis malas cualidades, ya que no se podía servir de otras. Y no me he arrepentido nunca de haber tenido genio. Porque no me ha faltado cariño; no he maltratado a nadie, quiero a todos. En esto no tengo mérito porque el Señor me ha hecho afectuoso»(70).

A pesar de la resistencia física ante este largo desplazamiento, sube al avión que ha de conducirle nuevamente al trópico sin un gesto de apatía, sin traslucir el menor síntoma de malestar. Con el afán de darse y de cumplir la promesa hecha a sus hijos unos meses atrás.

Del 4 al 15 de febrero de 1975, se reunirá en Caracas con más de veinte mil personas. Han venido de Puerto Rico, Trinidad, Colombia, Estados Unidos y Ecuador.

«Hijos míos, me da mucha alegría estar junto a vosotros. Nos hemos reunido consummati in unum, formando un solo corazón, para hablar de Dios, porque los sacerdotes no sabemos hablar más que de Dios»(71).

Los diálogos de estas tertulias numerosas en Altodaro son, si cabe, más ágiles, más agudos que nunca. Como si se hubiera esfumado todo rastro de cansancio. Aunque las huellas del agotamiento aparezcan, sabe ocultarlas, con el afán y el entusiasmo del mejor brío apostólico. Sigue con puntualidad el horario trazado, sin permitir que disminuya el ritmo de estas jornadas.

En una de las tertulias, se levanta un hombre con barba muy poblada:

-«¡Padre, Padre… ! Con todo respeto… -¡Con todo respeto y con barbas…! -Padre. Yo soy hebreo.

-¡Hebreo! Yo amo mucho a los hebreos, porque amo mucho -con locura- a Jesucristo, que es hebreo. No digo era, sino es: Iesus Christus herí et hodie, Ipse et in saecula; Jesucristo sigue viviendo, y es hebreo como tú. Y el segundo amor de mi vida es una hebrea, María Santísima, Madre de Jesucristo. De modo que te miro con cariño»(72).

Otra voz se levanta allá en el fondo:

-«Padre, soy enfermera, y quiero contarle un suceso muy importante que ocurrió en mi vida. Hace dos años, sin saber que me encontraba en estado, me hicieron un estudio radiológico. Cuando se confirmó que iba a tener un hijo todos me aconsejaron abortar, porque pensaban que el hijo iba a nacer completamente deforme (…). Yo acudí a la Obra, como otras veces. Y hablé y me aconsejaron y me ayudaron. Yo recé mucho, y ellos por mí. Y ahora tengo una niña muy linda, Padre, que aunque no esté permitido que entre, yo la traje para que usted me la bendiga».

-«Bendecida, y que seas tú mil veces bendita también, porque has obrado como buena cristiana. No tiene otro camino una cristiana. ¡Lo otro es criminal, brutal! ¡Es un asesinato, un infanticidio, y es privar a una criatura del Paraíso!»(73).

Tercia, después, un hombre joven:

-«Padre, los latinos -y en especial los del trópico- tenemos la mala fama de ser un poco flojos. ¿Cómo podemos acabar con esa mala fama?

-¡Yo digo que el trópico es un tópico! No es verdad que seáis flojos. Es una excusa de comodidad: de esa manera os tumbáis a la bartola, y como somos del trópico… Tenéis que ser fuertes. Sois temperamentos capaces de cualquier cosa grande, de cualquier cosa noble, de cualquier cosa santa; y, como yo, de cualquier cosa vil, de cualquier cosa vergonzosa, de cualquier cosa malvada. Por eso hemos de luchar. Tú y todos los del trópico, yo, que no soy del trópico, pero que me siento ya del trópico» (74)

Alguno de estos días la gente joven inunda con su presencia el jardín de Altoclaro. Viene armada de guitarras, y asedian a preguntas al Padre, que pasa un rato formidable en medio de esta vitalidad de colorido indescriptible.

Entre el bullicio, se abre camino una voz seria:

-«Padre: el año pasado, cuando teníamos la ilusión de que llegaba (…) -lo estábamos esperando con tanto cariño-, yo tuve que irme a Colombia a operarme de la vista y ofrecí el dolor de no verlo y las molestias de la operación por los frutos de su viaje (…). Le ruego que me permita cantarle una canción que le compuse para esta fecha».

La muchacha, muy joven, está ciega. Pero maneja bien la guitarra y tiene una bonita voz, templada y firme: «Creo que encontré mi camino. Creo que encontré mi verdad: ¡ah! creo que encontré mi destino y que no hay oscuridad».

La emoción ha cruzado durante varios minutos por entre la luz deslumbrante de la reunión.

Otro día, las preguntas resbalan de la cabeza al corazón y… al bolsillo.

-«Padre, aquí estamos un grupo de puertorriqueños, que hemos venido a verle con mucho cariño. Quisiera preguntarle dos cosas. La primera, qué hacer cuando para sacar obras de apostolado nos metemos en muchas deudas y parece que nos falta la fe; porque, créame, tenemos a San Nicolás ocupadísimo… ».

-«Hijo mío, de eso he sabido yo bastante…, y continúo sabiendo. En Madrid, en la Plaza de Antón Martín, está la parroquia de San Nicolás. Allí fui yo la primera vez que invoqué a San Nicolás para darle un sablazo. Y sigo pidiendo, pero continúo tranquilo y sereno. El Señor bendecirá vuestras labores personales y, además, os sacará de los apuros económicos que tenéis en las obras de apostolado. No te preocupes: no he visto nunca un fracaso por ese motivo, cuando hay amor de Dios. Conque ¡adelante! Métete en más líos, que andarás muy bien… » (74).

Un padre de familia le pregunta, desorientado, cómo educar a sus hijos para el trabajo y la responsabilidad en un ambiente tan materializado por el dinero…

-«Yo los pasearía un poco…, por esos barrios que hay alrededor de la gran ciudad de Caracas. Les pondría la mano delante de los ojos, y después la quitaría para que vieran las chabolas, unas encima de otras (…). Que sepan que el dinero lo tienen que aprovechar bien; que han de saberlo administrar, de modo que todos participen de alguna manera de los bienes de la tierra. Porque es muy fácil decir: yo soy muy bueno, si no se ha pasado ninguna necesidad.

Un amigo, hombre de mucho dinero, me decía una vez: yo no sé si soy bueno, porque nunca he tenido a mi mujer enferma, encontrándome sin trabajo y sin un céntimo; no he tenido a mis hijos debilitados por el hambre, estando sin trabajo y sin un céntimo; no me he encontrado en medio de la calle, tendido sin un cobijo… No sé si soy un hombre honrado: ¿qué habría hecho yo, si me hubiera sucedido todo eso?»(76).

Un médico pediatra le cuenta su preocupación por los métodos anticonceptivos. ¿Qué decir a sus colegas, alumnos y enfermos?

-«Tú sabes, como yo, que hay que decir que no. Se puede decir a grandes gritos y sin gritar; pero siempre: ¡no! Y a los que aconsejan eso, diles al oído, de modo que no se enfaden, que hubiera sido una pena que la madre de ellos hubiera seguido el control»(77).

El Padre, en otra reunión, con jóvenes, muy numerosa, comienza diciendo:

-«Yo venía para aquí y me acordaba de cuando comenzamos la labor hace tantos años. Comencé con tres. Y ahora son tantos miles, cientos de miles… Pero había esperanza… Cuentan de Alejandro Magno que estaba preparándose para una gran batalla y, antes, repartió todos sus bienes entre sus capitanes. Uno de ellos le dijo: Señor, ¿y a usted que le queda? Y Alejandro respondió: a mí, me queda la esperanza».

Mira a los jóvenes que le rodean, y continúa:

«Yo os veo y repito lo mismo: me queda la esperanza. Estoy feliz con vosotros. Las gentes de estas tierras saldrán adelante maravillosamente, tendrán sentido cristiano de la vida, tendrán la felicidad posible en la tierra y la felicidad eterna, si vosotros sabéis vencer. Ya conocéis perfectamente que un cristiano tiene que luchar. Vosotros peleáis y yo también…; y, cuando tengáis mi edad, lucharéis como ahora. Por eso, si no lo hacéis ahora, tampoco lo conseguiréis después, y seréis unos vencidos» (78).

Cuando está a punto de finalizar su estancia, no sabe como despedirse:

-«Siempre os hablo de desprendimiento, y os doy mal ejemplo en esto. Me he apegado a vosotros. Me cuesta irme. ¡Es apegamiento!

-¡Es bueno que el Padre se apegue a sus hijos!, replica don Alvaro.

-Sobre todo cuando se han tenido con mucho dolor»(79).

El 15 de febrero, Monseñor Escrivá de Balaguer sale de Venezuela.


Valencia: un bello recuerdo

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El Padre llega al aeropuerto de Manises el 14 de noviembre. Valencia está brillante, como en sus días de verano. Esta es una tierra que sonríe al mar, que se llena de azahares, que explota de alegría cada marzo y convierte sus barros en cosechas y cerámicas. Aquí llegó la Obra cuando los primeros miembros salieron de Madrid: Samaniego fue la primera Residencia universitaria, y El Cubil un pequeño piso en el que se forjaron las vocaciones levantinas. Aquí ha rezado mucho el Fundador, frente a las playas, en esta ciudad fecunda y trabajadora que se enclava en un circuito de naranjos.

«Con qué anhelo deseé -hace ya mucho, y durante largo tiempo- que el Opus Dei viniera a esta ciudad: hasta que el Señor concedió generosamente a su siervo que también aquí tuviera hijos e hijas; al regresar a Valencia, eran incontables las acciones de gracias a Dios que llenaban mi corazón de Padre feliz… »(39)

Estas frases de alegría forman parte del acta depositada en el altar del oratorio del Colegio Mayor Alameda, consagrado por el Padre durante estos días de 1972.

Una semana vivirá en La Lloma, una Casa de Retiros a muy pocos kilómetros de Valencia por la carretera de Sagunto. En este Centro recibirá a grupos de personas que acuden desde Albacete, Murcia, Alicante, Castellón y Teruel. Ha saludado, nada más llegar a la ciudad del Turia, a Nuestra Señora de los Desamparados; la voz de que el Padre acudirá a la Basílica ha cundido, y muchos de sus hijos esperan dentro de la iglesia. Son espectadores de la llegada y de su oración ante la Patrona de la ciudad.

También tiene una cita importante con un amigo ya fallecido, y el Fundador no puede faltar a ella. Acude a la catedral para hablar con Dios del que fue Arzobispo de la ciudad, don Marcelino Olaechea:

-«He querido con toda mi alma a vuestro arzobispo anterior (…), y él a mí. Tuvo mucho cuidado de que me avisaran, a mí y a dos parientes suyos, cuando se moría, y yo quiero corresponder, escaparme a la catedral, ponerme allí de rodillas donde está enterrado y rezarle con tanto cariño… Más que rezar por él, le rezaré a él, para que me bendiga y bendiga a este pueblo bendito de Valencia»(40).

Una multitud de jóvenes cruzará la llanura sobre la que se alza La Lloma para oír a Monseñor Escrivá de Balaguer durante sus días de estancia en Levante: miembros de los Clubs Collvert, Sorní, Azarba, Estay, Tetuán, Martí y Diemal.

Estos Centros, cuya dirección espiritual está confiada a miembros del Opus Dei, se ocupan de completar la educación de la juventud. Orientan sus métodos de estudio y la elección de sus futuras profesiones; organizan actividades culturales; estimulan la convivencia y el respeto en total libertad. Cuidan de que la dimensión transcendente, cristiana, de la persona, se cultive con conocimientos y prácticas desarrollados en paralelo a su formación profesional. En ellos comparten proyectos e inquietudes, miles de adolescentes en todos los países del mundo. Durante los períodos de vacaciones, este intercambio adquiere dimensiones internacionales.

Igualmente, acuden algunos centenares de sacerdotes de Valencia y diócesis vecinas. Residentes y adscritos del Colegio Mayor Alameda, y más de doscientas universitarias de la Residencia Saomar que van a tener, también, la oportunidad de escucharle.

¿De qué habla el Padre especialmente en esta tierra expansiva y apasionada? De uno de sus grandes amores, que comparte con los valencianos: San José. Un testigo sonriente de la pólvora que la ciudad quema cada año, en un alarde de fuego y música, para festejarle.

«Me habéis dado una alegría al poner en La Lloma esos azulejos con San José, a quien tanto quiero. Lo digo descaradamente, llamándole mi Padre y Señor (…). Le quiero mucho, con toda mi alma, porque es el que más ha amado a Santa María y el que más ha tratado a Dios, el que más le ha amado después de Nuestra Madre. San José era un hombre estupendo, un gran trabajador: estoy seguro de que no se quejó jamás a Nuestro Señor por tener que trabajar tan humildemente, para sostener aquella casa de Nazaret, ni por tener que correr de una parte a otra (…). Cuando me lo encontré allí, detrás de esa reja, me llevé una gran alegría, y le eché dos piropos» (41).

En las reuniones que se celebrarán en el Colegio Guadalaviar, promovido por padres de familia que han encomendado la dirección espiritual al Opus Dei, se contabilizan unas diez mil personas.

Ahora es un profesor de educación física quien aborda al Padre, pidiéndole unas palabras acerca de la deportividad en la lucha interior, y le responde con un recuerdo de las Olimpiadas:

«Veía cómo se acercaban aquellos mozos fuertes, con su pértiga dispuesta para saltar. Se concentraban en silencio hasta que ¡por fin! daba la impresión de que se decidían. Pero no: había pasado una mosca por allí, y se acabó la concentración. ¡Tienen más recogimiento que muchos cristianos a la hora de rezar!

Otras veces no se paraban, querían saltar, pero… no podían. Entonces bajaban la cabeza, se iban de nuevo al punto de partida (…). Luego se lanzaban y, quizá al cuarto o quinto intento, saltaban.

Tú debes decir a tus alumnos que en la vida ocurre eso. Diles que no son animales; que, en estos momentos de violencia, de sexualidad brutal, salvaje, tienen que ser rebeldes. Tú y yo somos rebeldes: no nos da la gana ser unas bestias. Queremos tratar a Dios (…). Para eso es muy bueno saber hacer una gimnasia espiritual, que es muy semejante -paralela por lo menos- a lagimnasia física».(41)

Alguien le pregunta qué han de hacer sus hijos en la Obra para que la pujanza y la frescura y el vigor de los primeros tiempos se mantenga durante siglos. Y el Fundador responde, en serio, pero con tono de broma:

«Que sean humildes (…). A nosotros no nos interesan ni la pujanza ni la frescura… Un poquito de frescura, sí.

Me preguntaba un niño de pocos años: oye, tú, ¿no te da vergüenza estar ahí arriba hablando a tanta gente? De modo que unpoco de frescura también tengo yo; esa frescura hace falta para poder hablar de Dios (…).

Hemos de ser humildes, y el Señor nos ha pedido la humildad colectiva, que algunos se empeñan en no entender. Desde el principio, miles de personas en todo el mundo la han entendido, y ahora, además, la practican, porque forman parte del Opus Dei y no se les va la fuerza por la boca, sino en obras de servicio a los demás, con manifestaciones de amor a las almas (…). Ser humildes no es ñoñería; es hablar con sinceridad, con naturalidad, y después pensar en aquellas palabras de San Pablo: a mí me importa muy poco el pensamiento de los hombres que me critican; me importa el juicio de Dios. ¿Está claro? Me importa el juicio de Dios: todo lo demás me sale por una friolera»(43)

Antes de partir de Valencia, se reúne en la Casa de Retiros La Lloma con un grupo de hijas e hijos suyos, Supernumerarios, que ayudaron a la Obra en Levante desde los primeros tiempos. Algunos hace más de veinte años que no han visto al Padre. La mayoría le conocieron cuando cursaban sus estudios universitarios; aprendieron a entender, a querer al Opus Dei; descubrieron su vocación de mensajeros y testigos de Cristo sin abandonar su profesión, sus ocupaciones, los deberes de su matrimonio, de su vida familiar. Hoy, ya, alguno tiene el pelo encanecido y el rostro surcado por las huellas del tiempo y del trabajo. La reunión es entrañable por los acontecimientos que encierra este gran paréntesis de tiempo, lleno de lealtad, de fe en la Obra de Dios y en el Padre.

«Me da mucha alegría comenzar dándoos las gracias, por varias razones: la primera, porque correspondéis mucho y bien a la gracia divina; la segunda, porque arrimáis el hombro, y eso es muy bueno para la gloria de Dios, para la felicidad vuestra y para el bien de las almas (…). Veis que todos los cristianos tenéis el derecho y el deber de ser santos. Por eso os doy las gracias: porque lo habéis comprendido y lo estáis practicando. Sin vosotros no se podría hacer nada, absolutamente nada; lo hacéis todo vosotros, con la ayuda del Señor»(44).

El Padre habla con ellos de sus hijos, de sus proyectos, de su vida de entrega a Dios… Todos coinciden en haber vivido, junto al Fundador, una jornada inolvidable.

Y para que no falte una expresión cabal del cariño, los valencianos ofrecerán al Padre un castillo de fuegos artificiales acompasados por la banda de música de Mislata.

En la casa de La Lloma, sobre un viejo arcón de madera arrimado a la pared del patio, hay un ejemplar de «Camino». Se apoya en un atril de metal. En la primera página el Padre ha escrito al llegar:

Electi mei non laborabunt frustra. Valentiae, 14-XI-1972 (45). Mis elegidos no trabajarán en vano. Queda como acción de gracias a Dios y a todos aquellos que iniciaron el trabajo del Opus Dei en la ciudad del Turia.

El quinto continente

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En realidad, la historia del Opus Dei en Australia comienza con un australiano, profesor de la Universidad de Nueva Gales del Sur, en Sydney, y que cuenta 37 años. Está casado y tiene una familia de siete hijos. 1960 es un año sabático y lo aprovecha desplazándose a Boston, en los Estados Unidos. Cuando conoce la existencia de una Residencia universitaria católica llega, con su maleta y su buena voluntad de estudioso, a Trimount House, dirigida por miembros del Opus Dei. A pesar de su calidad de profesor, comparte la vida de los estudiantes. Procura aprender todo cuanto los Estados Unidos pueden darle en este tiempo. Encuentra también algo inesperado: la voz de Dios, que le llama en su profesión, en su familia, en su ambiente habitual de trabajo. Y pide la admisión en la Obra.

Repetidamente, el Padre ha dejado muy clara la idea de que la vocación al Opus Dei es única. Santificarse en el mundo, en el trabajo ordinario, elevando a Dios las realidades temporales, es algo que no exige condicionamientos de estado. Algunos miembros ofrecen a Dios su vida entera y permanecen solteros, por razón de disponibilidad y entrega a los demás miembros de la Obra y a las tareas de apostolado. Pero hay un gran número de miembros -hombres y mujeres- que llevan adelante su vocación en medio de las obligaciones profesionales y familiares propias de su estado y condición. Estos miembros -Supernumerarios- han sido y serán columnas firmes del Opus Dei.

Con este apoyo humano, empieza el Opus Dei en Australia. En el verano de 1961, aquel profesor, Lanold Woodhead, vuelve a su patria.

Oceanía es el único continente en el que no hay aún Centros del Opus Dei. Y porque no existen distancias para los que desean abrazar el mundo en el amor de Dios, en 1963 salen, camino de las antípodas, cuatro miembros de la Obra. Han pasado unos días junto al Padre y ahora, con su bendición, su abrazo y un tríptico de la Virgen que reza: Sancta Maria, Stella Orientis, filios tuos adiuva!, navegan los mares de Asia. El 16 de noviembre llegarán a Sydney.

Está cerca la Navidad, y las cartas con Roma menudean. Cuentan al Padre las incidencias de esta nueva tierra. Cuando llega una carta con la letra inconfundible del Fundador, se reúnen para saborear las palabras: « ¡Que Jesús me guarde a esos hijos!… El mar, el inmenso mar que rodea Australia, se vuelve corto y fácil porque esta comunión de sentimientos y motivos les une por encima de las distancias. No resulta extraño leer, en un párrafo que llega de cualquier parte del mundo: «Nunca pensé que Australia estuviera tan cerca: leyendo tu carta, me parecía que estabas aquí, entre nosotros, terminando una tertulia… » (29). Estas primeras Navidades pasarán muy deprisa, junto al belén sencillo que ponen en el Centro de Sidney.

La ciudad tiene casi tres millones de habitantes. Es una población en la que los asiáticos, a pesar de las restricciones inmigratorias, forman una gran parte del censo estudiantil. Algunas personas están interesadas y dispuestas a financiar la construcción de un College en la Universidad de Nueva Gales del Sur, que ofrezca a los estudiantes un ambiente y formación cristianos. Han tomado contacto con el Opus Dei y desean confiarle esta actividad. En la Universidad de Nueva Gales del Sur, con un aforo de dieciséis mil alumnos de diversas Facultades, existen ya ocho Colleges. Algunos pertenecen al propio estamento de la Universidad. Hay uno judío y otro dirigido por profesores anglicanos. En 1971, se inaugura el último: Warrane College, dirigido por miembros de la Obra, con servicios para ochocientos estudiantes y residencia para doscientos. Warrane es el nombre que utilizaban los aborígenes para designar la zona de Sydney Cove, donde se estableció james Cook en 1770, durante sus expediciones colonizadoras. Desde la última planta de Warrane College se podrán distinguir los rascacielos y el famoso puente de Sydney, el aeropuerto Mascot, el Centenial Park y el Showground. Todo, unido a un espectáculo natural espléndido, evidencia la riqueza de una tierra inmensa.

Cuando Warrane College se inaugure oficialmente, estarán presentes el Gobernador de Nueva Gales del Sur, el Ministro de Obras Públicas, miembros del Parlamento, el Canciller, Vicecanciller y Claustro de la Universidad. Más de cuatrocientas personalidades civiles y académicas asistirán también al acto. En su discurso de apertura, el Presidente del Comité de Promoción destacará que el College se abre, desde el principio, a personas de todas las religiones, nacionalidades, razas y estratos sociales.

La mayoría de los estudiantes procederá de familias con escasos medios económicos y acudirán con becas del Gobierno. Muchos han de compartir el estudio con un empleo remunerado. La convivencia será muy internacional: de Afganistán a Ghana, de Malasia a Turquía, de Vietnam a México, llegarán a este Centro que ofrece mucho más que un sitio donde vivir. Es también un lugar donde se respetan creencias y convicciones; en el que existe colaboración para el estudio mediante sistema de dirección tutorial; y que se brinda a un trabajo compartido y sincero.

El espíritu del College responde al modo de ser del Opus Dei. Por eso, desde su creación, es fiel a un inconformismo que aprendió de su Fundador y practica en toda latitud: dar a todas las actividades humanas su más honda y trascendente dimensión; negarse a la degradación de ideales e instituciones, lo mismo en un ambiente propicio que hostil. Warrane College será una nueva demostración de este programa.

En noviembre de 1965 llega la primera expedición de mujeres de la Obra a Australia. Toman el avión en Roma. El día 6, y en un vuelo que hace la ruta de Oriente, aterrizan en Sydney. En el pequeño grupo llegan a este nuevo país tres Numerarias Auxiliares de la Obra. Dios quiso que nacieran en pueblos pequeñitos de Galicia y Aragón para llamar luego a la puerta grande de sus corazones. Estas mujeres, jovencísimas, que han entendido perfectamente el espíritu de la santificación del trabajo -en su caso, las tareas del hogar-, no dudan en cruzar el mundo para llegar hasta una tierra en la que raza, idioma, costumbres, son radicalmente distintos. Y ahora, sobrevuelan el Pacífico para seguir extendiendo allí ese mismo espíritu.

Allí, en la pista, les esperan Margareth Horsch y varias amigas suyas. Margareth ha conocido la Obra en los Estados Unidos, siendo profesora de un Colegio de Milwaukee. Pertenece ya a la Obra, y al saber que las primeras mujeres del Opus Dei tomaban el camino de Australia, solicita el regreso a su país de origen, busca un nuevo trabajo en Sydney y comienza los preparativos para recibirlas.

Por eso se adelanta, radiante, para dar un abrazo que tiene preparado desde hace varios meses. La primera casa que van a ocupar es un pequeño chalet rodeado de jardín. Más tarde, este Centro se llamará Eremeran. En lenguaje aborigen significa roca. En la mejor habitación -reservada para el oratorio- se encuentran instalados ya la tarima y el altar que ha de acoger la presencia de Jesucristo. Dos días más tarde, una iglesia cercana les presta un sagrario. Con el dinero sobrante del viaje, se comprará lo necesario para que el Señor se quede ya en el primer Centro que abre la Sección de mujeres en el quinto continente.

Una de las señoras que acudió al aeropuerto el día de la llegada, les envía a su hija mayor para que ayude en la instalación de la casa. Años más tarde, Rosemary Mullins será la primera mujer que solicitará la admisión en el Opus Dei en Australia.

Al empezar el nuevo año académico de 1966, habrán llegado otras mujeres de la Obra, procedentes de Perú, Chile y España. Algunas promueven la apertura de Creston, una Residencia Universitaria femenina. En esta casa pedirán la admisión al Opus Dei un buen grupo de australianas.

El Padre sigue, paso a paso, los caminos de sus hijos por este continente rodeado de mar y de esperanza. Cuando María Jesús Mancisidor, una Numeraria Auxiliar, se dispone a partir hacia Australia, el Padre le pregunta si se va contenta:

La respuesta es inmediata:

-«¡Padre: ¡Me voy contentísima! »(30).

Y Monseñor Escrivá de Balaguer lleva a su oración, a su conversación diaria con Dios, el agradecimiento de ver cómo sus hijos se van a las antípodas con esa alegría grande; con esa divina capacidad de realizar lo costoso con toda sencillez, sin darle mayor importancia.


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