Testimonios públicos de judíos sobre San Josemaría

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A) Testimonio de Viktor E. Frankl
Judío, prestigioso psiquiatra y autor del libro “El hombre en busca de sentido”, donde relata sus terribles experiencias en un campo de concentración nazi

Debo al profesor Torelló que Monseñor Escrivá de Balaguer nos recibiera a mí y a mi mujer, y el haber tenido así ocasión de hablar con él un rato.

Si debo decir lo que de su persona me fascinó particularmente fue ante todo la serenidad refrescante que de él emanaba e iluminaba toda la conversación; después, el ritmo inaudito con que su pensamiento fluye y, finalmente, su asombrosa capacidad de contacto inmediato con sus interlocutores. Evidentemente Monseñor Escrivá vivía totalmente en el instante, se abría a él completamente y se entregaba a él del todo. En una palabra, para él debía poseer el instante todas las cualidades de lo decisivo (‘Kairos-Qualitätem’)

B) Testimonio de Julian L. Simon
Judío, profesor de Administración de Empresas en la Universidad de Maryland, doctor Honoris Causae por la Universidad de Navarra.
Se trata de una carta (22-IX-1997) dirigida al Editor del Washington Post Book World, a raíz de la reseña de la versión inglesa del libro de María del Carmen Tapia. Traducimos algunos párrafos:
Las personas del Opus Dei que conozco, nunca me han preguntado por mis creencias religiosas. Creo adivinar dos razones para su comportamiento: 1) la delicadeza, porque saben que soy judío; y 2) la sensación de que soy una persona irreligiosa por naturaleza. Ellos simplemente me tratan como una persona de bien que les ha provisto de unos conocimientos científicos que encuentran valiosos. (…)

La mayoría de esas personas deslizan en ocasiones una consideración espiritual que yo no comparto. Pero esa espiritualidad no se ve diferente que la exhibida por muchas personas religiosas que conozco de diversas denominaciones.

C) Rabino Prof. Angel KREIMAN BRILL
Presidente de la Confraternidad Judeo-Cristiana de Chile y delegado para Hispanoamérica del International Council of Christian and Jews.

Es un rabino, cooperador del Opus Dei. Publicó un libro (La Iglesia dialoga con la sinagoga) que quiso presentar en el Congreso sobre el centenario del nacimiento de San Josemaría Escrivá, que organizó la Universidad Austral de Argentina el 29 de junio. El libro fue presentado por el arzobispo de La Plata, monseñor Héctor Aguer.

Ángel Kreiman es argentino y vivió en su tierra hasta el fallecimiento de su esposa Susy en el atentado contra la sede de la AMIA, Institución central de la Comunidad Judía de Argentina. Kreigman vive actualmente en Chile, donde fue Gran Rabino durante veinte años.

Además de abogado y doctor en jurisprudencia, el autor es «doctor honoris» causa en Teología por el Seminario Teológico de América.

Cuando le preguntan a Kreiman Brill por qué es cooperador del Opus Dei, el rabino contesta: «Me motiva de manera especial la idea de santificar el trabajo y hacer presente a Dios, en cada una de nuestras actividades tratando de perfeccionarnos y perfeccionar la obra del Creador por ser nosotros cooperadores o socios de Dios en la obra de la creación».

A continuación, transcribimos el contenido de su intervención “El trabajo santo y la santidad del trabajo”.
El Señor Todopoderoso se manifestó como Creador de la Humanidad haciendo su trabajo durante seis días. Según la tradición de Israel, el instrumento de trabajo con que realizó su labor es su Verbo, la Torah, anterior a la Creación misma, pero esencia del Creador. Toda la Creación fue hecha para goce y regocijo del ser humano, que lleva la imagen y semejanza de Dios. Y la obra del Creador finalizó con la creación del descanso llamado Shabbat. “Se trabajará seis días, pero día séptimo será día de descanso completo, dedicado a Yahveh… Los hijos de Israel guardarán el sábado y lo celebrarán por todas las generaciones… Será entre mí y ellos una señal perpetua, pues en seis días hizo Yahveh los cielos y la tierra, y el séptimo día cesó en su obra y descansó” (Éxodo, XXXI, 15-17).

Como precepto más sagrado de la religión judía, la observancia del descanso sabático está basada, pues, en el deber de trabajar durante seis días, los mismos que había durado la Creación. Según el Génesis, Dios puso al hombre en el jardín de Edén para que lo cuidase y cultivase. Por tanto, considerado en su origen, el trabajo no es un castigo, sino un deber que lleva consigo la bendición divina.

Esto es lo mismo que nos dice Mons. Escrivá de Balaguer en el número 482 de su libro Surco: “El trabajo es la vocación inicial del hombre; es una bendición de Dios, y se equivocan lamentablemente quienes lo consideran un castigo. El Señor, el mejor de los padres, colocó al primer hombre en el Paraíso ‘ut operaretur’, para que trabajara”.

Cuando el cuarto precepto del Decálogo dispone (Ex. XX, 9 y s.): “Seis días trabajarás, y en ellos harás todas tus obras; pero el séptimo día es día de descanso, consagrado a Yahveh, tu Dios”, está dejando muy claro que no es posible cumplir con el precepto del Shabbat si no se ha cumplido antes el deber de trabajar.

Cumplir bien este deber es tanto como santificar el trabajo, y con ello actuar el hombre según su condición de imagen y semejanza de Dios. Así lo explica también el Beato en el núm. 520 del mismo libro: “Algunos se mueven con prejuicios en el trabajo: por principio, no se fían de nadie y, desde luego, no entienden la necesidad de buscar la santificación de su oficio. Si les hablas, te responden que no les añadas otra carga a la de su propia labor, que soportan de mala gana, como un peso. –Ésta es una de las batallas de paz que hay que vencer: encontrar a Dios en la ocupación y -con Él y como Él- servir a los demás”.

En hebreo, la palabra correspondiente a “trabajo” –avat– se aplica también al culto religioso; de tal manera que entendemos la adoración como trabajo santo, y el trabajo mismo como santa adoración. En Pirke Avot, el tratado ético del Talmud, Rabi Shimon el Justo dice: “Sobre tres pilares se sostiene el mundo: la Torah [Ley, Luz, Verbo Divino, Pentateuco]; la Avoda [trabajo, culto divino, servicio], y la práctica del bien entre los hombres”. Este principio talmúdico nos está dejando claro que el verdadero servicio a Dios se logra a través de la santificación del trabajo diario.

Por su parte, el Beato relaciona el trabajo con la oración cuando en Surco, núm. 497, dice: “Trabajemos, y trabajemos mucho y bien, sin olvidar que nuestra mejor arma es la oración. Por eso, no me canso de repetir que hemos de ser almas contemplativas en medio del mundo, que procuran convertir su trabajo en oración”.

En otro párrafo del tratado antes citado, Rabi Tarfón escribe: “El día es corto; el trabajo, inmenso; los obreros, indolentes; el salario, considerable, y el Empleador [divino], exigente”. Por ello se entiende que Mons. Escrivá de Balaguer diga en el núm. 49 de Forja “Cualquier trabajo, aun el más escondido, aun el más insignificante, ofrecido al Señor, ¡lleva la fuerza de la vida de Dios!”.

Queda claro, por tanto, que el hombre es socio de Dios en la Creación, y continúa Su obra mediante su trabajo diario. Como conclusión, debemos entender que, si bien son mucho los conceptos del Beato basados en la tradición talmúdica, que muestran su profundo conocimiento de lo judío y su “amor apasionado”, como él decía, por Jesús y María, lo que acerca más al Opus Dei al Judaísmo religioso es, indudablemente, la vocación de servir al Dios Creador por medio del trabajo creativo del hombre, y perfeccionar cada día la obra del Creador a través del perfeccionamiento del hombre en su trabajo.

D) Simón Hassán Benasayag
Presidente de la Comunidad Israelita de Sevilla en 1992
Palabras publicadas en el ABC de Sevilla, el 12 de enero de 1992, pag. 40, en un artículo que llevaba como título “Respeto a la verdad”:

“Parecía que ya no se podría decir nada nuevo sobre el Opus Dei y la invención del nazismo o antisemitismo del fundador alcanza las cumbres más altas de la fantasía. Por lo que me consta, el fundador del Opus Dei no habló nunca mal de los judíos; está claro que a monseñor Escrivá se le quiere identificar, aprovechando la noticia de su beatificación, con el nazismo y posturas ideológicas de este signo”.

E) Ben Haneman
Médico y profesor en la Facultad de Medicina de la Universidad de New South Wales. Actualmente, vive en Sidney, Australia.

“Por ser judío, creo en Dios y, por tanto, en el hombre y su espiritualidad. Cualquier iniciativa guiada por motivos espirituales más que materiales, tiene automáticamente mi ayuda. En las labores educativas promovidas por personas del Opus Dei encontré hombres y mujeres preparados que desempeñan su trabajo con este fin: inyectar vida espiritual a este mundo nuestro. Congenio muy bien con este ideal. Ser cooperador ha sido para mí una gran ayuda, mi vida se ha enriquecido y no me ha supuesto ningún problema con respecto a mi condición de judío”.

50 años del club Jara

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La tarea educativa de esta conocida asociación juvenil del madrileño Distrito de Chamartín, celebra medio siglo desde sus inicios, que tuvieron lugar con el impulso de San Josemaría

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“La formación que reciben nuestros hijos es una banqueta con tres patas: la familia, el colegio y el tiempo libre. Haber encontrado el Jara es como que nos haya tocado la lotería: sólo que en vez de dinero, el premio es una de las patas de la banqueta”. La explicación no es muy académica -o sí-, pero es la que da uno de los matrimonios responsables del actual Patronato del Club.

En la década de los cincuenta, San Josemaría Escrivá de Balaguer animó a padres de familia a poner en marcha iniciativas que sirvieran para que sus hijos y los hijos de sus amigos aprovecharan bien el tiempo libre y recibieran formación humana y cristiana. Con este objetivo han surgido en muchas ciudades del mundo centenares de clubs juveniles. El primero de ellos fue el Jara Club, que cumple 50 años este mes de abril.

Opus Dei - En la  conmemoración del 50º aniversario

En la conmemoración del 50º aniversario

Para conmemorar las Bodas de Oro se han organizado diversas iniciativas, como la edición de un libro de 114 páginas, con textos y fotos de las cinco décadas de su historia. El libro fue presentado el pasado día 3 de abril, en un acto público celebrado en el salón de actos de la Fundación Rafael del Pino, con sede en Madrid, al que asistieron más de un centenar de personas. En esta obra, combinando una narración histórica (por décadas), recuerdos de antiguos socios, y artículos sobre aspectos del proyecto educativo del club, se expone qué se hace en el Jara y qué aporta a quienes frecuentan las actividades que se organizan: culturales, deportivas, de solidaridad, etc.

Opus Dei - En una  fiesta del club

En una fiesta del club

En sus recuerdos de los inicios del Jara, recogidos en el libro del 50 aniversario, Tomás Alvira explica que “la idea del club juvenil, tal como la concibió San Josemaría, era de tal envergadura, que en su puesta a punto intervinieron catedráticos de universidad, profesionales de la Pedagogía, gente con experiencia y altura profesional, y –detalle no insignificante- gentes del Opus Dei que habían llegado en la primera hora y que habían sido formados directamente por el Fundador”.

La aportación del club juvenil

San Josemaría y los clubs juveniles es precisamente el título de uno de los epígrafes del libro. Como comenta su autor, José Carlos Martín de la Hoz, “en el Jara, recibimos formación, ejemplo y consejos prácticos para nuestra vida corriente; sólo consejos pues, como había dicho San Josemaría: “El consejo no quita la libertad, sino que da elementos de juicio, y esto amplía las posibilidades de elección, y hace que la decisión no esté determinada por factores irracionales. Después de oír los pareceres de otros y de ponderar todo bien, llega un momento en el que hay que escoger: y entonces nadie tiene derecho a violentar la libertad”. Después de unos años en el club, cada uno, libremente, fuimos decidiendo lo que haríamos con nuestras vidas. Pienso que nunca dejaremos de agradecer lo mucho que recibimos en aquellos años. Y, sobre todo, a San Josemaría que estaba detrás de todo aquello, y hoy sigue estando, como buen intercesor delante de Dios”.

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Con palabras de José María Barrio, profesor titular de Antropología Pedagógica de la Universidad Complutense de Madrid, uno de los aspectos principales del proyecto educativo del club es que “aquí los jóvenes saben escuchar, ante todo porque se saben escuchados. (…)

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El Club Jara no hace milagros. Los niños son niños y los adolescentes, pues eso, adolescentes. Pero hay siempre personas algo mayores que saben escuchar y, sobre todo, desde el primer día que pisaron el Club, los chicos saben que tienen al gran Amigo que siempre está ahí, en el oratorio, disponible para sus pequeñas confidencias. Hoy la formación de buenos ciudadanos en gran medida estriba en promover un auténtico ethos dialógico. Pero para dialogar hay que saber escuchar. Y para aprender a escuchar es bueno que los jóvenes sientan que alguien les toma en serio. Por eso hacen falta sitios como el Club Jara, verdaderos catalizadores de espíritu cívico y de amistad (…). Sitios, en fin, que serán focos que poco a poco vayan irradiando lo que Juan Pablo II llamó civilización del amor”.

Eventos conmemorativos

Los principales actos conmemorativos tuvieron lugar el día 19 de abril: la celebración de una Misa de acción de gracias por estos 50 años, en la Iglesia del Espíritu Santo, y un festival con las familias de los socios, actuales y antiguos, en el centro de enseñanza Tajamar. Otra iniciativa, coordinada por un grupo de padres de socios del club, es una romería de las familias al santuario mariano de Torreciudad (Huesca), del 25 al 27 de abril.

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A lo largo del presente curso se están celebrando cenas con antiguos socios, organizadas por promociones, y se ha preparado una exposición de los 50 años del club, que quedará instalada en una de las salas de su sede (calle Pablo Aranda 16, Madrid).

Para más información, se puede visitar la página web www.jaraclub.com, que ha sido rediseñada con motivo del aniversario, al que se dedica un apartado especial.

Un mes para la JMJ en Sidney

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Falta un mes para que comience en Australia la Jornada Mundial de la Juventud. Allí, Benedicto XVI se reunirá con jóvenes de todo el mundo.

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“Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos” .

La Jornada Mundial de la Juventud es el evento juvenil más grande del mundo y tendrá lugar en Sydney del 15 al 20 de julio próximos.

La Jornada Mundial de la Juventud es una invitación del Papa a los jóvenes del mundo a celebrar su fe en un tema particular.

El tema de la JMJ08 elegido por el Santo Padre es: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos” (Hch 1,8)

El Señor se dirigió con esas palabras a los Apóstoles tras su Muerte y Resurrección, justo antes de la Ascensión. Representa el nacimiento de la Iglesia.

ESTADÍSTICAS DE LA JMJ 2008

El Papa llegará a la bahía de Sidney el 17 de julio a bordo de un barco. El sábado 19 será la vigilia con el Santo Padre y, al día siguiente, la Misa de clausura.

Se esperan la participación de 225.000 peregrinos inscritos, 100.000 de ellos australianos; la ayuda de 8.000 voluntarios; 2.000 sacerdotes; 5.000 periodistas.

El Papa llegará a la bahía de Sidney el 17 de julio a bordo de un barco. El sábado 19 será la vigilia con el Santo Padre y, al día siguiente, la Misa de clausura. Desde el día 15 los jóvenes participarán en actividades, como catequesis o peregrinaciones.

Se espera que 500.000 personas asistirán a la Misa de Clausura en el hipódromo de Randwick y Centennial Park.

Perdiguera. ¡Con qué ilusión recuerdo aquello!

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Perdiguera, de donde fue nombrado Regente auxiliar, era un pueblo de 870 habitantes, a 24 kilómetros de Zaragoza. Realizó una intensa labor sacerdotal. Tiempo después estuvo brevemente en otro pueblo, Fombuena. He estado dos veces en parroquias rurales. ¡Qué alegría cuando me acuerdo! Me hicieron un bien colosal, colosal, colosal! ¡Con qué ilusión recuerdo aquello!

Entre los vecinos de Perdiguera había un muchachito que pastoreaba unas cabras, con el que charlaba con frecuencia: me daba pena ver que pasaba todo el día por ahí, con el rebaño. Quise darle un poco de catecismo, para que pudiera hacer la Primera Comunión. Poco a poco, le fui enseñando algunas cosas.

Un día se me ocurrió preguntarle, para ver cómo iba asimilando las lecciones:

—Si fueras rico, muy rico, ¿qué te gustaría hacer?

¿Qué es ser rico?, me contestó.

—Ser rico es tener mucho dinero, tener un banco…

—Y… ¿qué es un banco?

Se lo expliqué de un modo simple y continué:

—Ser rico es tener muchas fincas y, en lugar de cabras, unas vacas muy grandes. Después, ir a reuniones, cambiarse de traje tres veces al día… ¿Qué harías si fueras rico?

Abrió mucho los ojos, y me dijo por fin:

—Me comería ¡cada plato de sopas con vino!

Todas las ambiciones son eso; no vale la pena nada. Es curioso, no se me ha olvidado aquello. Me quedé muy serio, y pensé: Josemaría, está hablando el Espíritu Santo.

Esto lo hizo la sabiduría de Dios, para enseñarme que todo lo de la tierra era eso: bien poca cosa.

Ese era su Maestro: el Espíritu Santo. La Sabiduría divina iba enseñándole, guiándole, escribiendo derecho a través de los aparentes renglones torcidos con los que se encontraba, desconcertantes a primera vista: incomprensiones de parientes, problemas económicos… Cuando regresó a Zaragozase hizo cargo de una capellanía y continuó sus estudios de Derecho, al tiempo que daba clases en el Instituto Amado.

2 de Octubre de 1928

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Todo sucedió de una forma sencilla. El 2 de octubre de 1928 don Josemaría se encontraba en la Casa Central de los Paúles de Madrid, participando en unos ejercicios espirituales con otros sacerdotes de la diócesis. Era la fiesta de los Angeles Custodios. Bendecid al Señor, Ángeles del Señor —había rezado, por la mañana, al celebrar la Eucaristía— cantadle un himno y exaltadle por los siglos de los siglos.

Se retiró a su habitación; y cuando releía las notas en las que había recogido las mociones que había recibido de Dios en los últimos diez años, vio la misión que Dios le confiaba: difundir por toda la tierra el mensaje evangélico de la llamada universal a la santidad, mediante la santificación del trabajo y la vida cotidiana.

En aquel instante supo, con certeza plena, que debía dedicar su vida entera a esa misión, a esa tarea. “Eso” era por lo que venía rezando desde su adolescencia: lo había vistover fue el verbo que empleó siempre para designar aquel momento decisivo— mientras repicaban las campanas de la cercana iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles. Aquel voltear jubiloso, comentaba años después, nunca ha dejado de sonar en mis oídos

Y él… ¿qué era? Un sacerdote joven, sin medios económicos, recién llegado a Madrid, con una familia a su cargo… Tenía yo veintiséis años, la gracia de Dios y buen humor: nada más. Perono se desanimó. Se hizo este planteamiento sobrenatural: así como los hombres escribimos con la pluma, el Señor escribe con la pata de la mesa, para que se vea que es Él el que escribe: eso es lo increíble, eso es lo maravilloso.

Desde aquella mañana de octubre de 1928 la Obra de Dios, el Opus Dei, fue una realidad, aunque sólo contase con una persona: la del fundador.

Su mensaje chocó con la mentalidad de la época. Muchos se asombraban al escuchar de sus labios que todos estamos llamadas a la santidad. ¿Cómo? ¿No estaba reservada la santidad a unos cuantos privilegiados? Simples cristianos —enseñaba don Josemaría—. Masa en fermento. Lo nuestro es lo ordinario, con naturalidad. Medio: el trabajo profesional. ¡Todos santos!

Cimientos sobrenaturales

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

En su adolescencia, soñaba con ser arquitecto y construir grandes edificios. Ahora Dios le pedía que fuera un instrumento fiel para construir un gran edificio sobrenatural que difundiese por los cinco continentes, a lo largo de los siglos, un mensaje divino.

Ese edificio necesitaba, por su propia naturaleza, cimientos sobrenaturales. Por eso comentaba don Josemaría, dos años después de la fundación, el 2 de octubre de 1930: Vengo considerando (…) que los edificios materiales, en su construcción, tienen gran semejanza con los espirituales. Y así como aquella veleta dorada del gran edificio, por mucho que brille y por alta que esté, no importa para la solidez de la obra, mientras, por el contrario, un viejo sillar oculto en los cimientos, bajo tierra, donde nadie lo ve, es de importancia capital para que no se derrumbe la casa…, aunque no brille como el pobre latón dorado allá arriba… Así, en ese gran edificio, que se llama “la Obra de Dios” y que llenará todo el mundo, no hay que dar importancia a la veleta brillante. ¡Eso ya vendrá! Los cimientos: de ellos depende la solidez toda del conjunto. Cimientos hondos, muy hondos y fuertes: los sillares de ese cimiento son la oración; la argamasa que unirá estos sillares tiene un nombre solamente: expiación. Orar y sufrir, con alegría. Ahondar mucho; pues, para un edificio gigante, se precisa una base gigante también.

Con espíritu de comunión eclesial

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Sus palabras rezumaban comprensión y alegría, vivida en un sentido de comunión con todos los carismas con los que el Espíritu vivifica su Iglesia. Y explicaba que no había por qué asombrarse ante las dificultades, las incomprensiones o las maledicencias. Los santos –comentaba durante su catequesis en São Paulo— se han ido al otro mundo llevando encima una carga de basura echada por sus contemporáneos. No se me olvida que, al morir Teresa de Lisieux, decía una de las monjitas del convento: ¿y qué podrá decir la Madre Superiora de esta pobre monja? ¡Una santa grande! ¿Y la otra Teresa, la Teresona grande de Avila? Pues… dijeron de todo! (…)

Estaba en Sevilla. El correteo de aquella época, desde Ávila a Sevilla, era algo más que lo que he hecho yo desde Roma a São Paulo… En un carromato por aquellas carreteras tremendas, llenas de polvo…, con aquel calor de Castilla… Envuelta en la reciura de aquel traje basto, de aquel hábito penitente… ¡Pobre Teresa de Jesús, toda delicadezas de amor! ¿Sabéis lo que decían sus contemporáneos, cuando ella abría sus palomarcicos?! Decían que, so capa de abrir conventos… —con ocasión de abrir conventos—… llevaba mujeres mozas de una parte a otra, ¡para volverlas malas…! La llamaban… ¿Está claro?

Sí, Padre, le respondieron.

—… Teresa de Jesús…!

Amaba y quería todos los caminos de santificación de la Iglesia: las antiguas órdenes monásticas y las modernas congregaciones, la vida consagrada y los incipientes movimientos que surgían durante aquellos años.

Forma parte esencial del espíritu cristiano no sólo vivir en unión con la Jerarquía ordinaria —Romano Pontífice y Episcopado—, sino también sentir la unidad con los demás hermanos en la fe. Desde muy antiguo he pensado que uno de los mayores males de la Iglesia en estos tiempos, es el desconocimiento que muchos católicos tienen de lo que hacen y opinan los católicos de otros países o de otros ámbitos sociales. Es necesario actualizar esa fraternidad, que tan hondamente vivían los primeros cristianos. Así nos sentiremos unidos, amando al mismo tiempo la variedad de las vocaciones personales (…)

Es importante que cada uno procure ser fiel a la propia llamada divina, de tal manera que no deje de aportar a la Iglesia lo que lleva consigo el carisma recibido de Dios.

En esas reuniones de catequesis animaba a seguir a Cristo con docilidad plena a las inspiraciones del Espíritu, según el propio carisma, con una vida de piedad, oración y sacrificio. Recomendaba la plegaria personal, el encuentro cotidiano con Jesús en el Pan y la Palabra, la confesión frecuente, el trato con la Virgen, etc., adaptando el propio plan de vida cristiana con flexibilidad, conforme a las circunstancias de cada uno.

Mostraba la grandeza de la vida ordinaria y enseñaba a buscar la santidad en el cumplimiento de los propios deberes en la vida “de todos los días”. De ese modo los cristianos —decía— pueden ser contemplativos en medio del mundo.

Recordaba —en unos años de confusión doctrinal— el verdadero sentido de la liberación cristiana, según los principios de la doctrina social de la Iglesia, enseñando a vivir el Evangelio en un espíritu de libertad. Soy amigo de la libertad —decía— porque es un don de Dios.

Enseñaba a los laicos a actuar con coherencia en la vida cristiana, respondiendo cristianamente y con valentía a todos los retos de la sociedad: especialmente a lo que ahora se denomina “cultura de la muerte” (aborto, eutanasia, etc.).

Aunque su predicación se dirigía fundamentalmente a las personas llamadas por Dios a buscar la santidad en medio del mundo, por medio de su trabajo (cualesquiera que fuera su estado: casados, solteros, viudos) su mensaje de raíz evangélica concierne a todos los cristianos; y sus enseñanzasse funden en lo que denominaba unidad de vida. Hay una única vida —decía— hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser —en el alma y en el cuerpo— santa y llena de Dios.

Barbastro

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

“¡Así que era eso, Señor!”

Ahora, muchos acontecimientos vividos en Barbastro, en Logroño, en Zaragoza, y en los meses que han transcurrido desde su llegada a Madrid, iluminados con una luz nueva, los ve como una clara preparación de lo que acaba de suceder en su alma.

Hasta donde llegan sus recuerdos, predomina, a pesar de las sombras, la imagen de una felicidad apacible, de unos padres diligentes y amorosos.

Pensando en su padre, evoca su rostro sereno, el pelo corto, el fino bigote y esa mirada chispeante, de inteligencia y de alegría, que las contrariedades no lograron alterar. Josemaría no tuvo nunca reparo en confiarse a él; no recuerda que le castigara severamente más que una sola vez, y lo que le causó mayor dolor no fue el cachete recibido, sino el disgusto provocado con su cabezonería.

Le gustaba caminar junto a él por El Coso, donde los amigos, los vecinos y los parientes se saludaban al cruzarse. Luego, cuando creció un poco, su padre le llevaba a pasear por los alrededores de la ciudad, y la conversación se hacía más confiada.

Cuando, a mitad del otoño, venían los primeros fríos, don José compraba un cucurucho de castañas asadas a un vendedor ambulante. Josemaría recuerda todavía cómo su padre le apretaba la mano y cómo se reía cuando él trataba de atrapar, en el bolsillo de su abrigo, una de aquellas castañas calentitas, que le quemaban los dedos.

En invierno, por los hondos caminos de las estribaciones de los Pirineos, cubiertos de nieve, pasaban los pastores envueltos en zamarras de piel de cordero, conduciendo sus rebaños a tierras más templadas. En un borrico, cargado de bultos, transportaban una cocinilla en la que calentaban la comida y los remedios caseros. A veces, uno de ellos llevaba a hombros una oveja enferma o sostenía en sus brazos un corderillo recién nacido.

Su madre, doña Dolores, era dulce y entera (Josemaría se había dado cuenta de su belleza contemplando un retrato de boda de sus padres). A ella le debía su piedad natural -una piedad que su padre mostraba también, sin avergonzarse- y nunca había olvidado las sencillas oraciones que ellos le habían enseñado, grabadas enseguida en su memoria infantil, tesoro del que seguía extrayendo, a diario, con qué reavivar su diálogo con Dios. “Oh, Señora, oh Madre mía -solía repetir, dirigiéndose a la Santísima Virgen-, yo me ofrezco enteramente a Vos. Y en prueba de mi filial afecto, os consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón…”.

Las lecciones de su madre eran siempre sumamente prácticas. Todavía sonríe al acordarse de lo que le decía de pequeño, cuando él se escondía debajo de la cama para evitar que le encontrasen las visitas que se empeñaban en ver al niño de la casa. Solía sacarle de allí golpeando el suelo con un bastón y cuando por fin salía, todo mohíno, su madre le decía en tono de afectuoso reproche, antes de conducirle hasta el salón: Josemaría: la vergüenza, para pecar.

Años apacibles

La casa familiar, en la que había nacido el 9 de enero de 1902, estaba en la calle Mayor, haciendo esquina a la plaza del Mercado, a la que, siendo niño, bajaba a jugar, de ordinario bajo los soportales. A veces, se llegaba con sus amigos hasta la tienda de su padre, al otro lado de la Plaza, en la calle General Ricardos. Un penetrante olor a cacao subía de los sótanos del almacén “Juncosa y Escrivá”, que abarcaba, como entonces era frecuente en la región, dos actividades: la fabricación de chocolate y la venta de tejidos. Los chicos frecuentaban también el almacén del tío materno, donde, con un poco de suerte, podían conseguir miel o algunas golosinas.

Como su hermana Carmen, dos años y medio mayor que él, había aprendido a leer y a hacer cuentas en el Colegio de las Hermanas de la Caridad. Muy cerca de allí, en Cregenzán, San Vicente de Paúl había encontrado las primeras vocaciones fuera de Francia. Josemaría recuerda con más precisión el Colegio de los Escolapios, adonde, desde los siete años, se dirigía a diario, subiendo por la calle Argensola hacia la catedral.

A1 llegar las vacaciones, iban todos a Fonz, no lejos de Barbastro, donde la abuela paterna tenía una casa. Después de cruzar el río, la carretera ascendía suavemente entre almendros y olivos verdigrises. Luego, tras un recodo del camino, aparecían de golpe las casas del pueblo, escalonadas en torno de la maciza iglesia. En Fonz vivía la abuela y también un tío sacerdote, Mosén Teodoro, y su hermana, la tía Josefina. El tío era propietario de una finca, El Palau, situada entre olivos y viñas.

Uno de los mayores placeres de Josemaría, de pequeño, consistía en asistir a la cochura del pan; le encantaba ver cómo la masa era trabajada a fuerza de brazos, añadiendo de vez en cuando un poco de levadura, y cómo los panes, todavía blancos, se introducían luego en el horno ardiente mediante una larga pala de madera. El chico aguardaba, impaciente, el momento en que, ya cocidos, la cocinera abriese la trampilla del horno y le entregase un panecillo en forma de gallo que había colocado junto a las tiernas hogazas.

Encaramándose a las colinas peladas que dominaban el pueblo, podía verse una sucesión de huertos y tierras cultivadas en terrazas. Más a lo lejos, la mirada alcanzaba, de ondulación en ondulación, hasta los contrafuertes de los Pirineos, que cerraban el horizonte.

El regreso terminaba siempre por llegar antes de lo previsto. Con él, volvían los días siempre iguales: las clases en el colegio, la vuelta corriendo a casa, los juegos en la Plaza, las lecturas cada vez más largas y atrayentes, las conversaciones con papá y mamá, más serias y serenas con el paso de los años…

Cuando, ya maduro, había podido reflexionar sobre aquellos años de infancia y de adolescencia, se había dado cuenta de que la profunda influencia que sus padres habían ejercido sobre él se debía a su total disponibilidad, a la confianza con que siempre le habían tratado, soltando las riendas a medida que lo sentían madurar y enseñándole -aunque sólo fuese vigilando sus pequeños gastos- a administrar bien su libertad.

Con todo, no le parecía que él hubiese sido un niño fácil. Aunque pronto se había resignado a que le besasen algunas señoras amigas de su madre (¡una de ellas tenía bigote, y pinchaba!), le sobrevenían a veces rebeliones súbitas que tardó bastante tiempo en dominar… Incidentes sin importancia que ahora le hacen sonreír: el día en que estrelló contra la pizarra el trapo porque el profesor de matemáticas le preguntó algo que no había explicado en clase; o aquel otro, sucedido anteriormente, en el parvulario de las monjas de la Caridad, cuando le acusaron sin razón de haber pegado a una niña -no podía soportar la injusticia- sus protestas porque tenía que aprender latín -el latín, para los curas y frailes… .

Pero también sabía aguantarse siempre que era necesario. Un día que le mordió un perro, para evitar que su madre se asustara si le veía la herida ensangrentada, fue derecho a casa de una de sus tías para que le curara. En otra ocasión, precisamente la víspera del día de su Primera Comunión, no dijo a nadie que el peluquero le había quemado con las tenacillas cuando trataba de rizarle el pelo. Su misma madre tardó bastante en darse cuenta.

Fueron los primeros contactos con la contrariedad, con el dolor, con el sufrimiento; los primeros encuentros con la Cruz, en medio de un camino amable y sonriente.

Lo de las tenacillas había sucedido poco antes de hacer la Primera Comunión, a los diez años, como acababa de recomendar el Papa Pío X. Desde hacía tres o cuatro, venía confesándose con cierta regularidad. En cuanto había tenido uso de razón, su madre le había explicado, con toda sencillez, en qué consistía este sacramento, ayudándole a prepararse para recibirlo y llevándole a su propio confesor. La primera vez, tras acusarse de sus pecadillos infantiles, éste -un buen religioso- le había dicho que, en penitencia, se comiera un huevo frito. De regreso a casa, le habló a su madre de ello.

¡Cómo se rieron sus padres -excelentes cristianos, pero nada ñoños- comentándolo entre ellos!

Durante varios meses, un religioso escolapio le había estado preparando para recibir al Señor en su alma. Nunca, desde entonces, se olvidaría de rezar, a diario, la fórmula de la Comunión espiritual que le había enseñado: “Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre; con el espíritu y fervor de los santos”.

La Eucaristía había sido para él, al principio, aquel óvalo rodeado de luces temblorosas en el centro del gran retablo del coro de la catedral de Barbastro. Su madre le había explicado que, detrás de aquel cristal, estaba Jesús, presente de manera misteriosa, esperando sin cesar la adoración silenciosa de los hombres.

Cuando iban a la catedral, solían entrar también en la capilla del Cristo de los Milagros; estaba situada a la derecha del pórtico y el Cristo se hallaba protegido por un historiado baldaquino. En la nave derecha se detenían ante la imagen que representaba la Dormición de María. La Virgen, con las manos juntas, reposaba en una urna situada bajo un altar con retablo de madera. Finalmente, oraban unos instantes ante la pequeña imagen de la Virgen del Pilar, réplica de la que se venera en Zaragoza.

Solían rezar el Rosario en casa, en familia, a la caída de la tarde, y los sábados, en la iglesia de San Bartolomé, donde se celebraba un acto en honor de la Virgen.

La piedad popular, en Barbastro, se manifestaba especialmente en ciertas fiestas, como la de Santa Ana -26 de julio-, que se celebraba en una capillita de la Plaza del Mercado, que ese día se llenaba de flores. También se llevaban flores a la Virgen en el mes de mayo. En Navidad, se ponía el Nacimiento, siempre el mismo y siempre renovado, con sus montañas de corcho o de cartón-piedra y las ingenuas figuritas que los niños ayudaban a colocar en torno al portal de Belén. La familia se congregaba para cantar a coro los villancicos populares que, con ritmo alegre o tono melodioso de canción de cuna, expresan el gozo de los hombres ante la venida al mundo del Niño-Dios. A medianoche, Josemaría y su hermana acompañaban a sus padres a la Misa del Gallo en la catedral, que semejaba un navío varado en las sombras.

Piadoso, pero sin tener conciencia de haber hecho nada extraordinario, Josemaría era también, como los chicos de su edad, un muchacho alegre y revoltoso que tiraba a su hermana de las trenzas y que, cuando su madre le mandaba volver inmediatamente a casa, se asomaba al balcón y se sentaba con las piernas colgando entre los barrotes para ver cómo sus camaradas seguían jugando.

No obstante, era bastante dócil y por nada del mundo hubiese sido capaz de dar un disgusto a sus padres. Porque, desde hacía algún tiempo, la alegría, en su casa, se mezclaba con las lágrimas.

Años de prueba

Tres niñas habían nacido después de él: María Asunción, cuando tenía tres años; María Dolores, cuando tenía cinco, y Rosario, cuando contaba siete.

Al año de nacer, murió Rosario. Josemaría se dio cuenta del dolor contenido de sus padres y de los esfuerzos que hacían para suavizar su propia pena. Dos años después pudo contemplar, en la iglesia parroquial, cómo unas niñas acompañaban el cadáver de otra hermana suya, Lolita, sosteniendo unas cintas blancas enlazadas al ataúd, como era costumbre en los entierros de los niños.

La vida familiar se hizo más apretada, más íntima. Josemaría, que por segunda vez veía a la muerte de cerca, comprendió que a sus padres les costaba más aún ocultar su dolor. Le habían explicado que sus dos hermanas estaban en el cielo, muy cerca de Dios Padre y de la Santísima Virgen; creía, sí, en su eterna bienaventuranza y que, de una manera distinta, seguían estando presentes en el hogar, pero cuando al cabo de poco más de un año su madre le comunicó que su hermana preferida, María Asunción, una rubita adorable a quien todos llamaban familiarmente Chon, acababa de morir, pensó que aquello era ya demasiado y se arrojó a sus brazos sollozando.

-¿Cómo está Chon? -le había preguntado al verla venir a su encuentro.

-Muy bien; ya está en el cielo -había respondido su madre con dulzura.

La serenidad de su voz y de su rostro le ayudó a aceptar un poco mejor esta nueva separación.

Aunque no se permitió a los niños que asistieran al velatorio, él había conseguido entrar en la habitación, donde lloró y lloró ante el cuerpo de la pequeña.

Amigos y parientes les acompañaron en su dolor, pero los Escrivá, lejos de endurecerse, intensificaron su vida cristiana y su mutuo amor.

Ahora, en este 2 de octubre de 1928, es capaz de apreciar mejor el heroísmo de sus padres, que no permitieron que se perdiese el ambiente de alegría y de paz que Carmen y él habían conocido siempre. Y es que sus padres se querían de veras y lo manifestaban con toda sencillez. Eso era todo.

Esos acontecimientos, y los que pronto sobrevendrían, tenían, pues, un sentido cuya profundidad hasta entonces ni siquiera había sospechado; ahora comprende la razón profunda de su propia existencia, preparada de manera remota y misteriosa para una empresa divina… Haciéndole sufrir con el sufrimiento de sus seres queridos, el Señor había estado como “trabajándole”, a la manera de un herrero que diera un golpe en el clavo y cien en la herradura.

La muerte de Chon le había impresionado tanto, que solía decir: ¡Ahora me toca a mi!. Y es que sus tres hermanas habían ido muriendo en razón inversa a su edad, de la más pequeña a la mayor.

Pero su madre le tranquilizaba:

-No te preocupes, que te hemos ofrecido a la Virgen de Torreciudad…

En efecto: su madre le había contado cómo, cuando tenía dos años, él había enfermado, también, gravemente. Tanto que los médicos le desahuciaron. Entonces ella había invocado espontáneamente a la Señora que se veneraba no lejos de allí, en Torreciudad, a la cual tenía especial devoción. Y una mañana, de repente, había amanecido curado, cuando la víspera, por la noche, apenas podía respirar ni hablar y los dos médicos que le atendían le daban pocas horas de vida.

-¿A qué hora ha muerto el pequeño? -había preguntado a don José uno de ellos, dispuesto a darle el pésame.

-Ven a verle: está curado. Hace un momento, estaba dando saltos agarrado a los barrotes de la cuna.

Poco después, cuando se repuso del todo, Josemaría, en brazos de su madre, montada en una mula que avanzaba con prudencia por caminos de herradura, se encontró camino de la ermita de Torreciudad. Sus padres iban a presentarle a la Virgen, en agradecimiento por su curación, sin duda milagrosa. Su madre le diría, después, que había pasado mucho miedo, mientras, montada en silla sobre la mula, bordeaba los precipicios del Valle del Cinca. La arraigada fe de sus padres y su gratitud hacia la Madre de Dios les ayudó a llegar hasta la ermita, colgada sobre un promontorio rocoso que cae a pico sobre el río, desde el cual se divisan las cumbres de los Pirineos.

Con la muerte de las niñas, los sufrimientos de la familia no habían hecho más que comenzar. Le esperaban, en efecto, nuevas amarguras. En primer lugar, una prueba muy distinta…

Un día sus padres tuvieron que decir la verdad a sus hijos: las cosas iban de mal en peor y, pronto, su padre no tendría más remedio que liquidar el negocio…

Así sucedió, en 1914. A sus doce años, Josemaría era ya capaz de darse cuenta de lo que aquello significaba y de comprender la angustia de sus padres: estaban arruinados.

La admiración hacia su padre subió enormemente de punto cuando descubrió que había pagado a sus acreedores sin acogerse a las posibilidades de moratorias que le ofrecía la ley. Un gesto de lealtad y honestidad tanto más destacable en cuanto que una de las causas determinantes de la quiebra del negocio había sido la concurrencia desleal de su socio. “Don José Escrivá es tan bueno -comentaban algunos- que se han aprovechado de él para jugarle una mala pasada.”

Pero no todos los comentarios eran tan favorables. En las ciudades pequeñas, el fracaso no se perdona y las murmuraciones están a la orden del día.

Para Josemaría, todo empezó con ciertas reflexiones en voz alta de camaradas y vecinos, con miradas esquivas, con palabras de conmiseración casi incomprensibles, con retazos de conversación entre sus padres que él a veces sorprendía… Un presentimiento, en suma, confuso al principio, que, poco a poco, fue cuajando en convicción de que algo grave sucedía.

¡Le hubiese gustado tanto poder ayudar a sus padres!

Había visto cómo su padre envejecía sensiblemente, sin quejarse y sin perder un ápice de su elegancia y de su señorío.

Tuvieron que reducir su nivel de vida. Doña Dolores empezó a desempeñar las tareas domésticas con la única ayuda de su hija Carmen, y a disminuir considerablemente los gastos, sin quejarse en absoluto. La elegancia con que sus padres soportaban esta nueva cruz que el Señor les enviaba fue para él una lección de valor y resignación cristiana. Tanto que, años después, cuando empezó a leer asiduamente las Sagradas Escrituras, no pudo por menos de comparar la actitud de su padre con la de Job, el justo del Antiguo Testamento, objeto de la incomprensión de parientes y amigos, por haber perdido su fortuna.

Abandonado por todos, incluso por aquellos que debían estarle agradecidos o mostrarle su solidaridad familiar, don José Escrivá se puso inmediatamente a buscar otro trabajo. Acudió a los pocos amigos fieles que le quedaban y, a tal efecto, hizo algunos viajes, uno de ellos a Logroño, capital de la Rioja.

Raíces profundas

En apariencia, todo seguía siendo como antes para Josemaría: el colegio, los juegos, las lecturas y ahora, además, algo de música; también había empezado a hacer algunas incursiones en el mundo de los adultos, acompañando a su padre a los círculos culturales de Barbastro y de Fonz.

Se había ido despertando en él un cierto interés por el pasado, que, con el tiempo, se fue profundizando. De labios de su padre y de las conversaciones que éste mantenía con sus amigos, había aprendido a conocer mejor la región -el Somontano-, tierra de transición entre los Pirineos y el valle del Ebro, hacia el cual desciende entre torrenteras y colinas; tierra, también, de intercambios comerciales y de luchas políticas.

En Barbastro -sede episcopal desde que en el año 1101 Pedro I de Aragón reconquistó la ciudad, en poder de los musulmanes-, se habían celebrado, el año 1137, las Cortes que consagraron la unión de Aragón y Cataluña. Un obispo famoso había sido San Raimundo, nacido en Durban, en la diócesis de Toulouse, y muerto en Andalucía, junto a Alfonso I el Batallador. También San Vicente Ferrer había residido allí, probablemente… Quienes no habían dejado muy buen recuerdo eran el condestable francés Bertrand Duguesclin y sus huestes: el 2 de febrero de 1366 habían saqueado la ciudad; trescientas personas que se habían refugiado en la torre de la catedral murieron allí abrasadas…

Sus profesores del Colegio de los Escolapios le habían hablado con veneración de su Fundador, San José de Calasanz, ascendiente lejano de su familia, nacido en Peralta de la Sal, quien, siendo todavía un joven sacerdote, había desempeñado su ministerio en Barbastro.

Se había interesado también por la historia de los Escrivá, oriundos de Narbona, que, en el siglo xu, se habían establecido en Balaguer, cerca de Lérida, a poco de la reconquista de la ciudad por los cristianos. Sus antepasados, terratenientes al principio, se habían inclinado hacia las artes liberales tras la represión centralizadora castellana de los siglos XVII y XVIII. Su bisabuelo paterno, José María Escrivá y Manonelles, había ejercido como médico de Fonz, cerca de Barbastro.

La cuna de su familia materna, los Albás, estaba en Ainsa, plaza fuerte del Alto Aragón y capital del antiguo Condado de Sobrarbe. Un tío abuelo de Josemaría había sido obispo de Ávila, y dos de sus tíos maternos eran sacerdotes, uno de ellos beneficiario en la catedral de Burgos, y el otro, don Carlos Albás, arcediano del Cabildo de Zaragoza.

Josemaría se había enterado de que este último no se había mostrado nada indulgente con su cuñado, al que reprochaba su falta de habilidad en los negocios y su excesiva lealtad con los acreedores, lo cual -según estimaba don Carlos- no había hecho más que perjudicar a la familia.

A comienzos de 1915, su padre pasó algunos meses en Logroño, trabajando en un negocio análogo al que acababa de perder y buscando -y luego acomodando- una casa en la cual instalar a los suyos.

Josemaría había terminado en Barbastro aquel curso escolar, se había examinado en Lérida y había pasado el verano en Fonz, con cierta melancolía. ¿Volverían a pasar allí las vacaciones al año siguiente?…

En septiembre, regresaron a Barbastro y se dispusieron a iniciar los preparativos para el traslado a Logroño.

Un día, muy de mañana, montaron en la diligencia, no sin mirar atrás para contemplar por última vez la ciudad en la que dejaban un trozo de su corazón. Unos cuantos kilómetros más allá rezaron al pasar cerca del Santuario de Nuestra Señora de Pueyo, encaramado en una colina que domina el Somontano oriental.

Acababa de volverse una página en la vida de la familia Escrivá, camino de una provincia desconocida.

Roma, 26 de junio de 1975

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Aquella noche, en Europa, y a medida que pasan las horas en el resto del mundo, a miles y miles de hombres y mujeres les cuesta conciliar el sueño. Una y otra vez repiten, sin acabar de creérselo: ¡Ha muerto el Padre!

Cuando, tras hora y media de esfuerzos -durante la que don Álvaro del Portillo ha administrado la Extremaunción a Mons. Escrivá de Balaguer y le ha dado la absolución varias veces-, sus hijos comprenden que es inútil cualquier nueva tentativa de reanimación, todos se arrodillan para rezar, sin tratar de contener las lágrimas.

Unos minutos más tarde dos miembros del Opus Dei contemplan de rodillas, cerca de una de las puertas de Villa Tévere, cómo transportan el cuerpo del Padre, sobre una tarima, al oratorio de Santa María de la Paz.

Don Álvaro del Portillo ha mandado comunicar la noticia enseguida a Su Santidad el Papa, y Pablo VI, al recibirla, se ha retirado a rezar a su oratorio privado.

También ha mandado que se comunique, por teléfono o por telegrama, a los Consiliarios de todos los países donde la Obra trabaja.

En las primeras horas de la tarde de ese mismo jueves, empiezan a llegar personalidades civiles y eclesiásticas a Villa Tévere, para rezar ante el cuerpo del Fundador del Opus Dei, que, revestido con un alba de encaje bajo la que se trasluce el fondo púrpura de prelado, reposa ahora sobre un paño negro, al pie del altar.

Las Misas se suceden en el oratorio. La primera la ha celebrado don Álvaro, quien, el viernes, a las seis de la tarde, celebra también la última, de corpore insepulto.

Al darle el pésame, un cardenal le ha dicho que es un día de duelo no sólo para el Opus Dei, sino para toda la Iglesia. Otro ha exclamado: “¡Cuánto bien va a hacer ahora a la Iglesia desde el Cielo!”

Mons. Deskur, Presidente de la Comisión Pontificia para la Comunicación Social, ha manifestado, por su parte, lo agradecido que estaba al Padre y al Opus Dei por lo mucho que habían hecho por la Iglesia en el campo del apostolado de la opinión pública, añadiendo que quería ser el primero de los obispos que solicitara su beatificación.

Durante el jueves y el viernes, no cesan de llegar testimonios de pésame.

En la tarde del viernes 27, después de celebrada la última misa de corpore insepulto, Mons. Escrivá de Balaguer es enterrado en la cripta del oratorio de Santa María de la Paz; la tumba se cubre con una lápida de color verde oscuro que el Padre había mandado preparar.

El sábado, 28 de junio, con asistencia de seis cardenales y numerosos obispos y prelados, se celebran unos solemnes funerales en la basílica de San Eugenio, llena a rebosar. El recogimiento de los asistentes y las innumerables comuniones que se imparten impresionan a las personalidades presentes, entre las cuales hay varios embajadores.

Terminada la misa, llega a la Sede Central del Opus Dei un telegrama firmado por el Cardenal Villot, Secretario de Estado, expresando que el Papa Pablo VI reza y ofrece fervientes sufragios para que el Señor conceda al Fundador del Opus Dei “la recompensa eterna por su celo sacerdotal”. Por la tarde, el Santo Padre envía al Secretario General del Opus Dei una carta en la que le comunica que el día antes ha ofrecido la Misa por el eterno descanso de Mons. Escrivá de Balaguer y que, consciente de la pérdida que ha sufrido la Iglesia, sigue rezando por él, pidiendo a Dios que todos los miembros del Opus Dei sigan siendo muy fieles al espíritu que, por voluntad divina, les ha legado el Fundador.

Mons. Benelli, sustituto de la Secretaría de Estado, ha ido a rezar, el jueves por la tarde, ante el cuerpo de Mons. Escrivá. También ha representado al Santo Padre en los funerales celebrados en la basílica de San Eugenio.

Casi simultáneamente, se celebran misas en distintas iglesias de numerosas ciudades de todo el mundo. La prensa se hace eco de estas ceremonias. Tanto en Kenya como en Japón, en Australia o en Filipinas, en Londres o en París, en Washington o en Buenos Aires, los informadores ponen de relieve la piedad y el dolor sereno de todos los asistentes.

En muchos lugares del mundo se producen, con este motivo, fenómenos espirituales muy singulares: cambios súbitos de vida, confesiones, conversiones de gentes apartadas de la Iglesia… Mientras tanto, en Roma, ha comenzado, por la cripta en donde yace enterrado el Padre -75, viale Bruno Buozzi-, el desfile ininterrumpido de personas de todos los países y de todos los ambientes. A veces, son familias enteras las que van a rezar unos instantes ante la lápida en la que se han puesto sólo dos palabras: EL PADRE. Y dos fechas: 9-1-1902 y 26-VI-1975. Las de su nacimiento y de su muerte. Su oración silenciosa confía ya a la intercesión del Fundador del Opus Dei preocupaciones pequeñas o grandes, problemas de diversa índole y, también, acciones de gracias por los favores que ha empezado a alcanzar en el Cielo.

Durante las semanas siguientes y a lo largo de todo el verano, van llegando a la Sede Central del Opus Dei miles y miles de testimonios sobre las virtudes que Mons. Escrivá de Balaguer supo vivir en grado heroico. Muchas cartas piden que se abra el proceso de beatificación. La procedencia y el estilo de estas cartas y testimonios ponen de manifiesto hasta qué punto la espiritualidad del Opus Dei ha penetrado en muchos países y en todas las capas sociales. Porque esas “cartas postulatorias”, esos testimonios, proceden de gentes jóvenes y mayores, humildes o encumbradas; de instituciones promovidas por el Opus Dei; de personalidades civiles -hombres de Estado, universitarios, escritores…-; de dignidades eclesiásticas -cardenales, arzobispos, obispos: un tercio del episcopado mundial-; y de religiosos y religiosas.

El 15 de septiembre de 1975, dos meses y medio después de que Dios llamara al Cielo a Mons. Escrivá de Balaguer, es elegido sucesor don Álvaro del Portillo. La votación ha sido unánime y los electores, pertenecientes a ochenta nacionalidades de otros tantos países en los que hay miembros de la Obra, no han necesitado más que un solo escrutinio.

Para el Opus Dei, acaba de comenzar una etapa de continuidad en la fidelidad a la herencia espiritual del Fundador.

ESPAÑA. Amplitud de espíritu

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Capitulo de “El Opus Dei: Ficción y realidad”, un libro de M.J.West

En Vallecas, un suburbio de Madrid, donde el Fundador del Opus Dei trabajó cuando era un joven sacerdote, hay un instituto que se llama Tajamar. Para llegar a él hay que pasar junto a una serie de casas modestísimas y edificios llenos de contrastes, que muestran la vitalidad y la pobreza de un barrio popular. Muchas de ellas existían ya hace treinta años, cuando los miembros del Opus Dei se instalaron allí. A mí me recordaron las de un barrio pobre de Sydney que solía visitar con mis padres, hace años, para ver a una tía gravemente enferma. La pobreza que en ellas se incubaba se revelaba a veces en las inmundicias que se vertían en las calles, y en las peleas callejeras.

Cuando empezó Tajamar, a finales de los años cincuenta, las gentes de Vallecas miraban con recelo a los que venían de fuera, pues pensaban que querían aprovecharse de ellos. Los políticos les habían hecho tantas vanas promesas que acogieron a los recién llegados con desprecio, llegando a insultarles y a apedrearles. Les llevó su tiempo, pero los del Opus Dei lograron la confianza de los vallecanos, e instalaron una escuela en una antigua vaquería.

Pero los chicos no acudían, así que los profesores recogieron algunos golfillos en el arroyo y fueron con ellos a su casa para explicarles a sus padres que convenía que fuesen a la escuela.

En Tajamar, como en otras instituciones docentes dirigidas por miembros del Opus Dei, reina el convencimiento de que los padres deben ser los primeros educadores de sus hijos. Cada alumno tiene un preceptor con el que puede hablar de sus estudios y al que puede exponer sus problemas personales, pero los preceptores hablan también periódicamente con los padres de los alumnos, con objeto de ayudar mejor a los chicos, no sólo en los estudios, sino también en el orden espiritual y moral.

En 1963, Tajamar inició cursos de gramática y aritmética para los padres de los alumnos. Algunos de ellos trabajaban desde las primeras horas de la mañana hasta las seis de la tarde, por lo que las clases eran nocturnas y terminaban a las 10 de la noche.

Cuando el problema del desempleo se hizo muy agudo, Tajamar inició cursos de formación profesional en mecánica, electrónica, artes gráficas, diseño y administración. Actualmente cuenta con 2.500 alumnos -de enseñanza primaria, secundaria y formación profesional. Con frecuencia el Instituto recibe visitas oficiales del extranjero, enviadas por diversos ministerios, interesadas en conocer este singular centro educativo.

Durante mi estancia en España pude visitar Madrid (la capital), Barcelona (ciudad industrial y puerto situado al nordeste), Pamplona (ciudad del norte inmortalizada por Hemingway) y Torreciudad, un santuario dedicado a la Virgen María, próximo a los Pirineos y a Francia. El Opus Dei está presente en muchos más lugares de España, pero, incluso en éstos, la variedad de sus actividades ilustra claramente la diversidad de gentes y de proyectos. En España, más que en ningún otro país, se aprecia que los miembros del Opus Dei pertenecen a toda clase de profesiones e impulsan las iniciativas más variadas.

Uno de los signos más visibles de la presencia del Opus Dei en España es el gran número de centros docentes creados por iniciativa de padres de familia, miembros del Opus Dei, junto con otros que no lo son. Uno de estos centros es Pineda, un colegio situado en el cinturón industrial de Barcelona, al norte de Hospitalet de Llobregat, una zona en la que la gente no se puede permitir llevar a sus hijos a colegios caros, pues los padres suelen ser trabajadores de condición humilde.

Pineda comenzó como un simple colegio, pero ahora realiza otras tareas de tipo social. En la zona hay problemas de delincuencia, prostitución y alcoholismo, algo que afecta especialmente a las familias que proceden de áreas rurales. Por eso, en Pineda se ayuda y aconseja a los padres para que sepan cómo encarar esos peligros. Las profesoras me dijeron que, de ordinario, aconsejan a los padres a no reaccionar de manera airada o imponiendo a los hijos terribles castigos, sino enseñándoles a ser libres y al mismo tiempo responsables. Monseñor Escrivá aconsejaba a los padres: “No es camino acertado, para la educación, la imposición autoritaria y violenta. El ideal de los padres se concreta más bien en llegar a ser amigos de sus hijos: amigos a los que se confían las inquietudes, con quienes se consultan los problemas, de los que se espera una ayuda eficaz y amable. Es necesario que los padres encuentren tiempo para estar con sus hijos y hablar con ellos. Los hijos son lo más importante: más importante que los negocios, que el trabajo que el descanso. En esas conversaciones conviene escucharles con atención, esforzarse por comprenderlos, saber reconocer la parte de verdad -o la verdad entera- que pueda haber en algunas de sus rebeldías. Y, al mismo tiempo, ayudarles a encauzar rectamente sus afanes e ilusiones, enseñarles a considerar las cosas y a razonar; no imponerles una conducta, sino mostrarles los motivos, sobrenaturales y humanos, que la aconsejan. En una palabra, respetar su libertad, ya que no hay verdadera educación sin responsabilidad personal, ni responsabilidad sin libertad.”

Un escritor

Una tarde, en la histórica Plaza Mayor de Madrid, el escritor y periodista Miguel Álvarez Morales me habló, después de haber almorzado juntos, de la influencia que el Opus Dei había ejercido en su vida. Miguel, hombre vibrante, con un bigote amarillento por la nicotina, es autor de una novela histórica sobre Álvar Núñez Cabeza de Vaca, el descubridor y explorador de nuevas tierras en América. Ha escrito también un relato de los viajes del Papa Juan Pablo II, una obra de historia titulada Las guerras de la posguerra y un libro de poesía, La flauta de caña.

“Todos los años escribo un artículo para explicar cómo me siento en el Opus Dei. Siempre supe que tendría vocación -me dice Miguel-, que Dios quería algo de mí; pero no como religioso. Sabía que no había sido llamado a ninguna Orden. Amaba mucho al mundo… Hasta que un día alguien me habló del Opus Dei. “¡Un momento!”, le interrumpí. “Qué estás diciendo?… Que puedo casarme y seguir cultivando la poesía y. .. ¡Un momento!”. Yo sentía que Dios me decía: Ven… Ven… Pero no sabía lo que quería. Y resulta que lo que quería es que fuese del Opus Dei: permanecer en el mundo y, al mismo tiempo, pertenecer por completo a Dios. Continuar ‘escribiendo y querer mucho a mi mujer y a mis hijos, y además servir a Dios en todo.”

Así fue como Miguel se convirtió en miembro del Opus Dei, permaneciendo en el mundo y siendo padre de ocho hijos. “Necesitaba tener muchos hijos para expresarme a mí mismo -me dijo, riendo Cada uno tiene algo, ¿sabes?, y yo necesitaba tener ocho para expresarme…. Algo parecido le pasa a Dios: chinos, africanos, españoles… Se expresa de muchas maneras. Una de las cosas que me entusiasman de la familia es que, como dice el Papa, es el único lugar en el que se puede ser el que se es. En familia uno es Miguel, o Pepi, o’ como se llame. Fuera del hogar es poeta, o periodista, o lo que sea. Pero en casa uno es simplemente Miguel.”

Un taxista

Una de las personas que entró en contacto con el Opus Dei a través de Tajamar, donde estudiaban sus hijos, es Joaquín Puerto Gracia, un taxista de mediana edad y complexión robusta que, con la llaneza con que suele hablar, me contó cómo una vez “hizo Opus Dei” en su taxi: “Un día, subió al taxi un individuo que me dijo que llevaba cuatro días bebiendo, sin pisar su casa ni ver a su mujer y sus hijos. Se había gastado su paga casi entera y cuando me dijo que si quería tomar algo con él, le dije que sí, pero en lugar de entrar en un bar le llevé a una chocolatería. Cuando se dio cuenta de que allí no podía tomar alcohol, empezó a decir, entre palabrotas, que le sacara de allí. No podía comprender por qué me interesaba por él, pero cuando se calmó un poco empezó a contarme su vida. Cuando terminó, le mostré una iglesia que había muy cerca, le dije que yo iba a entrar en ella, y le pedí que me acompañase. “¿Por qué demonios he de ir yo a esa iglesia cuando hace años que no piso ninguna?”, me respondió. Pero vino conmigo, a pesar de todo, y al cabo de unos minutos, dijo : “¿Sabes? Me encuentro muy bien aquí”. Minutos más tarde, se acercó a un confesionario y, después de confesarse, se quedó a oír Misa. Al día siguiente me telefoneó para decirme que iba a bautizar a su último hijo. Desde entonces somos muy buenos amigos. Dejó de beber y se convirtió en un buen padre de familia”.

Una empleada de hogar

María Teresa Sánchez ha intervenido en algunos programas de televisión para hablar de temas relacionados con el servicio doméstico. Es miembro del Opus Dei desde hace 36 años y sigue estando entusiasmada con su profesión. “Trato de convertir mi trabajo -planchar, cocinar, hacer las camas, servir la mesa en oración, realizando esas tareas lo mejor que puedo y ofreciéndolas a Dios. Procuro encontrar cada día algo que puedo hacer mejor. Estoy convencida de lo que decía Monseñor Escrivá: que el trabajo bien hecho beneficia rápidamente a los demás. Y servir a los demás es servir a Dios.”

María Teresa, de joven, era muy buena estudiante y sus profesoras le aconsejaron que hiciese alguna carrera. Cuando les dijo que estaba encantada con la profesión que tenía, no salían de su asombro. “Como Monseñor Escrivá solía decir -señaló-, es lo que hizo durante toda su vida la Madre de Dios, que es la criatura más excelsa de cuantas existen.”

Si muchas amas de casa se consideran infelices haciendo lo que hacen es porque no piensan en los demás, opina María Teresa. “Verdad es que las tareas domésticas son engorrosas, pero también es cierto que tienen buenos e inmediatos resultados.”

Un soplador de vidrio

Enric Hernández Sánchez tiene 53 años y es un hombre tranquilo, de voz apacible, que ha consumido la mitad de su vida inclinado sobre un ancho banco de madera dando forma al vidrio encima de un quemador. A primera vista parece una vida agradable. Es su propio patrón y sus creaciones -rosas delicadas, copas de filigrana, graciosas jaulas de cristal- le dejan a uno pasmado cuando el sol que entra en su taller incide sobre ellas y las hace resplandecer. Enric llevaba ya casi medio siglo soplando cristal cuando conoció el Opus Dei, y su soplo ya no era tan vivo, ni sus creaciones tan resplandecientes, pero el Opus Dei le hizo descubrir otra dimensión de su trabajo.

“Antes de conocer el Opus Dei, me estaba haciendo viejo, no sólo por la edad, sino también profesionalmente -me dijo-. Me faltaba ambición, entusiasmo por lo que hacía. El Opus Dei me rejuveneció. Me hizo ver que trabajar es otra forma de rezar. Empecé a experimentar, a diseñar nuevas formas, y no tardé en volver a encontrar satisfacción en mi trabajo, haciendo cosas bonitas. En ese proceso de renovación comprendí por qué era soplador de vidrio y no otra cosa. Había una conexión clara entre mi vocación humana y mi vocación sobrenatural: Antes me sentía frustrado, como si me hubiese equivocado de profesión. En un libro que recoge algunas de sus homilías, Es Cristo que pasa, Monseñor Escrivá habla de la parábola del sembrador. Los granos de trigo se desparraman por el suelo y allí donde caen, Dios quiere que den fruto. Donde caen, donde cada uno estamos, donde está nuestra lucha diaria… Yo sobrenaturalizo mi trabajo, en primer lugar, ofreciéndoselo a Dios. Trato de hacerlo lo mejor que puedo. Trabajo siempre con cosas materiales y hay un montón de cosas que se pueden aprender de la materia, pero hay que dominarla. Así que lo que pido a Dios es que sea capaz de hacer bien las cosas, lo mejor que pueda, para que le den más gloria.”

Además de colegios de primera y de segunda enseñanza, los miembros del Opus Dei en España han tenido iniciativas educativas de muy diversa índole. Tal vez las más difundidas sean las Escuelas Familiares Agrarias (EFA), dirigidas a impulsar la formación de los campesinos, sector de la población más pobre y menos favorecido. Hay en España unas 36 EFA, que forman al 80 por 100 de la población joven campesina.

Durante mi viaje, visité una EFA llamada La Casa de Quintanes, situada en los altos de Llucanes, a unos 60 kilómetros de Barcelona, e instalada en un viejo edificio del siglo XVII, remodelado, donde se alojan 156 estudiantes. Cuando llegué disfrutaban de un rato de tiempo libre y, en chándal o ropa de deporte, se dedicaban a los más diversos menesteres: barrer, fregar, hacer reparaciones, conducir un tractor, etc. Se veía que disfrutaban. Todo tenía un aspecto de hogar, de familia. En el césped, un par de estudiantes jugaban con un perro, mientras el cocinero, que vive allí con su familia, cuidaba del huerto.

En las EFA se alterna la enseñanza teórica con las prácticas de la tierra. También se ayuda a los campesinos a organizar cooperativas, a estar al día en técnicas agrícolas, a comercializar los productos del campo y a proteger sus bienes y su trabajo.

Otro centro de enseñanza de muy especiales características en Brafa, que ha adquirido fama en España y especialmente en Cataluña como escuela de deportes. Comenzó en 1949, cuando varios miembros del Opus Dei empezaron a organizar partidos de fútbol con los chavales de un barrio obrero de Barcelona. Al principio jugaban en cualquier sitio -en un solar, en medio de la calle y se reunían en un garaje prestado. Luego empezaron a construir diversas instalaciones, hasta constituir un respetable conjunto de edificios y campos de deportes que se terminó en 1971. Actualmente se adiestran en Brafa 1.700 jóvenes y 500 adultos. Aunque de la escuela han salido campeones en diversas ramas del deporte, el objetivo fundamental de Brafa es que el mayor número posible de personas practique algún deporte dentro de sus posibilidades. Por eso, ofrece becas a quienes carecen de recursos para sufragar los gastos. Junto a la formación y al entrenamiento deportivos, Brafa ofrece formación espiritual y cultural, haciendo especial hincapié en la práctica de las virtudes humanas.

Otro centro de formación especial, en este caso para subnormales, es La Veguilla. Se trata de una tarea educativa que realizan varios miembros de la Obra en colaboración con otras personas que no pertenecen al Opus Dei. Está situado en los alrededores de Madrid, cuenta con un colegio que imparte enseñanza primaria y secundaria, y con unos talleres que permiten ganarse la vida a quienes trabajan en ellos con la venta de lo que fabrican, fundamentalmente piezas de cerámica, muebles, tapicería, etc. El centro cuenta también con un vivero. Quienes dirigen y administran La Veguilla dicen que los que trabajan en los talleres se sienten satisfechos y felices sabiendo que son capaces de crear objetos útiles y artísticos, que encuentran fácil salida en el mercado. Entre sus clientes se encuentran el alcalde de Madrid y la reina doña Sofía.

Seguramente la empresa educativa más conocida de los miembros del Opus Dei en España es la Universidad de Navarra. En Trabajos de amor perdidos, Shakespeare escribió: “Navarra será el asombro del mundo. Nuestra corte será una pequeña academia tranquila y contemplativa en el arte de vivir”.

Pamplona tuvo que esperar mucho tiempo para tener su “pequeña academia”. La Universidad de Navarra, fundada en 1952, vino a hacer realidad un sueño de siglos. Surgió en un momento en que la necesidad de nuevas instituciones de enseñanza superior era acuciante, y así vino a llenar, como todas las obras corporativas del Opus Dei, una necesidad social.

La Universidad de Navarra atrajo enseguida profesores destacados de otras universidades españolas -Madrid, Barcelona, Sevilla, Santiago, Granada…- y extranjeras. Mucha gente, sin embargo, consideraba que la empresa era una locura y las autoridades regionales la miraban con recelo, por lo que mandaron hacer una investigación, cuyo dictamen fue negativo. Cuando Monseñor Escrivá lo supo, se echó a reír y dijo: “¡Claro que es imposible! Por eso lo haremos!”.

El profesor Ismael Sánchez Bella, que luego sería el primer rector de la Universidad de Navarra y primer presidente de la Asociación de Amigos de la misma, renunció a una cátedra de Historia en la Argentina y regresó a España para ponerse al frente del proyecto. Nada más bajar del barco, ilusionado, preguntó a los amigos que habían acudido a recibirle cuánto dinero habían conseguido. La respuesta le dejó anonadado: “¿Cuánto llevas tú en los bolsillos?”.

“Empezamos sin una peseta -me dijo-, pero con la moral altísima, lo cual es mucho más importante que el dinero.”

Actualmente, el campus de la Universidad, de 160 hectáreas, cuenta con nueve facultades, más de 10.000 estudiantes (500 de ellos no españoles) y 1.000 profesores. El sistema de tutoría personal y el énfasis que se pone en la formación ética de los estudiantes caracterizan la enseñanza en la Universidad, que facilita también clases de teología. El Gobierno español empezó a homologar los títulos de la Universidad de Navarra a comienzos de la década de los sesenta. Actualmente, mantiene contactos con las demás universidades españolas, con frecuentes intercambios, visitas y congresos.

La Universidad de Navarra procura poner la enseñanza superior al alcance de todos cuantos tienen aptitudes, con independencia de sus recursos económicos. A pesar de todo, las subvenciones y ayudas estatales son mínimas. La financiación, en gran parte, corre a cargo de miles de colaboradores españoles y extranjeros -muchos de ellos modestos- agrupados en la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra.

En cierto sentido, el corazón de la Universidad es su Facultad de Medicina, que cuenta con su propio hospital, la Clínica Universitaria. En ella se efectuaron algunos de los primeros trasplantes de corazón realizados en España. Pero en la Clínica Universitaria no sólo se cuida el estudio y análisis de la patología del paciente, sino también sus circunstancias espirituales y familiares. Médicos y enfermeras procuran cuidar estos aspectos. Durante los dos días que permanecí allí observé cómo en las salas de visitas, médicos y enfermeras charlaban con los visitantes, los animaban y les daban explicaciones.

Otra Facultad que me interesó mucho durante mi visita a la Universidad fue la de Periodismo, la cuarta en crearse, pues por entonces, la enseñanza del periodismo, no tenía rango universitario en España y muchos consideraban que era “una locura” dársela. Actualmente, la facultad, floreciente, forma cientos de periodistas que encuentran empleo en medios de comunicación de toda España.

En una entrevista que concedió a un joven periodista, el fundador del Opus Dei explica por qué estaba tan interesado por el periodismo. “Es una gran cosa el periodismo, también el periodismo universitario. Podéis contribuir mucho a promover entre vuestros compañeros el amor a los ideales nobles, el afán de superación del egoísmo personal, la sensibilidad ante los quehaceres colectivos, la fraternidad. Y ahora, una vez más, no puedo dejar de invitaros a amar la verdad.

No os oculto que me repugna el sensacionalismo de algunos periodistas, que dicen la verdad a medias. Informar no es quedarse a mitad de camino entre la verdad y la mentira. Eso ni se puede llamar información, ni es moral, ni se puede llamar periodistas a los que mezclan, con pocas verdades a medias, no pocos errores y aun calumnias premeditadas: no se pueden llamar periodistas, porque no son más que el engranaje -más o menos lubrificado- de cualquier organización propagadora de falsedades, que sabe que serán repetidas hasta la saciedad sin mala fe, por la ignorancia y la estupidez de no pocos.

Os he de confesar que, por lo que a mí toca, esos falsos periodistas salen ganando: porque no hay día en el que no rece cariñosamente por ellos, pidiendo al Señor que les aclare la conciencia.”

En un libro como éste es imposible hacer justicia a la magnífica labor que llevan a cabo en Navarra un puñado de hombres y mujeres con escasos recursos. El profesionalismo de la institución se revela en el hecho de que mantiene relaciones de intercambio y colación de grados con universidades tan prestigiosas como La Sorbona, Harward, Coimbra, Munich o Lovaina.

Las distintas labores educativas que llevan a cabo los miembros del Opus Dei son de dos clases: labores “personales”, de las que la Obra en cuanto tal no se responsabiliza, y “obras corporativas”, de cuya formación espiritual responde el Opus Dei. Mientras La Veguilla o las Escuelas Familiares Agrarias son iniciativas personales de algunos miembros del Opus Dei y de otras personas que no lo son, la Universidad de Navarra, Tajamar y Brafa son obras corporativas, y el Opus Dei se responsabiliza de la’ formación espiritual y doctrinal que se imparte en ellas.

Un campesino

Antonio Durán tiene el rostro terroso y agrietado, las manos ásperas y callosas, los ojos empequeñecidos de tanto mirar al sol, pero bajo toda esa rudeza se adivina que es feliz. A través de un laberinto de estrechas callejuelas, me condujo hasta su casa, vieja y en desnivel, con olor a carne en el horno y a mieses recién segadas. Mientras su esposa termina de preparar la cena, él me explica cómo transcurre su jornada. Sus hijos le rodean, sin perder detalle:

“Me levanto a las siete y media de la mañana y trabajo hasta las nueve de la noche. En mis tierras siembro trigo y otros cereales. Tengo también algunos almendros y olivos, así como una pequeña viña que me permite cosechar un poco de vino. Cultivar todo eso supone mucho trabajo y sacrificio. Tengo que andar corriendo todo el día de un sitio para otro, pero procuro cuidar de todo. Dios me ayuda. En mi tractor llevo un crucifijo junto al volante, para no olvidarme de Él.”

Hace una pausa para ofrecerme unas almendras y un vaso de vino de su cosecha. Luego prosigue: “Conocí el Opus Dei a través de un arquitecto que estuvo trabajando cerca de mis tierras. Nos hicimos buenos amigos y me invitó a un curso de retiro. Mi mujer no es del Opus Dei, pero colabora en sus actividades. La vida de un miembro de la Obra que vive en el campo y tiene que sacar una familia adelante no es fácil, pero tampoco demasiado difícil. No hay nada imposible”.

Una juez

Doña Concha del Carmen pertenece al Opus Dei desde hace veinte años. Es una mujer atractiva, muy bien arreglada, alegre, sin esa especie de seriedad un tanto hosca que se suele atribuir a los jueces. Cómodamente sentada en un sillón y rodeada de libros apiñados en una librería me explicó que lo que más le atrajo del Opus Dei fue “su humanidad, el ambiente de familia, la alegría”. “Para un juez es muy importante estar cerca de la gente y compenetrarse con sus problemas. Algo que Monseñor Escrivá pone de relieve en una de sus homilías de Es Cristo que pasa. Jesucristo hizo cosas maravillosas por los pobres. Yo como juez, entro en contacto con los más desgraciados: los pobres, los enfermos, los marginados, los delincuentes… Primero hay que aplicar las medidas que establece la ley y a veces es difícil hacer nada más, porque cuesta ver el aspecto humano de los problemas. Pero el Opus Dei me ha enseñado a amar a la gente con hechos, a querer y respetar a todo el mundo… Lo fácil es quitarse de encima a quienes te puedan crear problemas. Lo difícil, tratar de ayudarles y de enderezar sus vidas.

Pero no sólo cuentan las cosas grandes, importantes. También las pequeñas. Esta tarde, por ejemplo, tuve que redactar una sentencia, y cuando terminé de hacerlo me di cuenta de que la mecanógrafa iba a tener dificultades para pasarla a máquina, así que volví a escribirla de nuevo con letra más clara. Éste es el tipo de cosas que Monseñor Escrivá consideraba importantes: hacer las cosas pequeñas con perfección para estar más cerca de Dios y ayudar a los demás.”

Una familia numerosa

Los Pich son una familia barcelonesa. Los padres son co-fundadores de unos grupos de educación familiar extendidos por el mundo entero. Han creado también colegios y clubs juveniles. Dicen que su “hobby” es la educación de sus 16 hijos.

Algunas personas se estremecerán de horror ante la idea de tener tantos hijos. La mayoría de los padres, actualmente, prefieren tener pocos niños, pero muchos empiezan a preguntarse si eso es bueno. Hace poco, la Comunidad Económica Europea y el Comité Social hicieron público un informe que mostraba cómo la tasa de nacimientos había descendido de manera alarmante en los países de la Comunidad y estaba muy por debajo del nivel de crecimiento, algo que se ha dado en llamar euroesclerosis. “El desequilibrio demográfico está adquiriendo proporciones sin precedentes -dice el informe Cubrir el déficit de nacimientos en Europa requeriría una inmigración masiva, nunca vista hasta ahora.” Algunos gobiernos, como los de Francia y Alemania, ya han reaccionado, ofreciendo incentivos económicos considerables a las familias con varios hijos.

La señora Pich estaba en una reunión escolar cuando llegué a su casa. Mientras regresaba estuve hablando con su marido. “Lo que suele pasar con las familias numerosas es que la gente piensa que todos los hijos llegan al mismo tiempo -me dice-, pero no es eso. Llegan uno tras otro, con un año de diferencia aproximadamente. Lo cual es diferente. La naturaleza es muy sabia. Todo lo tiene previsto. ¿Cuál es la diferencia entre tener seis o siete hijos? Entre el décimo y el undécimo es sólo del 10 por 100 y entre el decimoquinto y el decimosexto menor todavía. Así que cuando se miran las cosas objetivamente, no hay problema.” El señor Pich comenta que hasta que llegó el hijo duodécimo vivían en un piso relativamente pequeño, con sólo tres dormitorios para los chicos, pero eran felices allí; y me dice que escribió un artículo explicando cómo era posible que catorce personas cupieran en un sitio así. Ahora, que viven en una casa espaciosa, los hijos se van yendo…

“Una de las ventajas de tener una gran familia es que, a medida que los hijos crecen, uno cuenta con pequeños ayudantes. Si se sabe delegar en ellos, los padres de una familia numerosa trabajan menos. Cuesta organizarse, por supuesto, pero hay que tomárselo como un hobby. Le aseguro -me dijo- que es más entretenido, más divertido, que ir al cine. Es algo fantástico, que te absorbe.”

¿Cómo es posible hacerse cargo de las necesidades de tantas personas de tan distintas edades y caracteres en constante evolución?, le preguntó.

“En primer lugar, hay que enseñar a los mayores a actuar como modelo de los más pequeños. ¿Quién es el héroe de un chaval? Siempre su hermano mayor, que es más fuerte, más valiente y más listo. Y con las chicas sucede lo mismo. Las hermanas pequeñas imitan a las mayores en la manera de hablar, de vestir, de comportarse. Una familia en la que hay un ambiente recio educa a cada miembro, lo cual quiere decir que todos participan en la educación de los otros. Todos se ayudan.

Hasta los más pequeños-pueden ser útiles siendo amables, encantadores, haciendo pequeños servicios. Se puede aprender mucho de los niños si colocamos nuestras antenas para sintonizar con ellos, si les escuchamos, si intuimos lo que quieren. Hay algo que no se debe olvidar: creemos que somos indispensables en la educación de nuestros hijos, lo cual es cierto sólo hasta cierto punto, menos de lo que imaginamos.”

La conversación quedó interrumpida por la cena, servida en una gran mesa redonda con un círculo central móvil para colocar los cacharros. La señora Pich -sorprendentemente joven y serena- llegó cuando ya estábamos cenando, siendo acogida por los gritos de júbilo de los ocho hijos que todavía viven con ellos. Todos participan en la conversación. Todos tienen algo que contar. Cuando les pregunto qué les gusta más de ser una familia numerosa, todos se echan a reír. Rosa, la mayor, responde: “Lo que más nos gusta es lo mucho que nos reímos. No paramos de contarnos cosas divertidas”. Y volvieron a reír dándose palmadas y empujándose, por lo que yo comencé a sentirme como en una de esas pobres pero enormemente felices familias descritas por Charles Dickens.

“Una gran familia es como una ecuación -apunta el señor Pich, reflexivo-. Las alegrías se multiplican y las penas se dividen…”

Después de cenar y de rezar el Rosario en familia, le pregunto a la señora Pich si no le hubiese gustado una carrera, trabajar fuera del hogar. Se quedó perpleja. “¡Pero si yo disfruto muchísimo de los niños!”, protestó. Y le pidió a su marido que me contase la historia de una señora que conoció en Chicago. “Era una madre de ocho hijos -empezó él-, y un periodista que la entrevistaba le preguntó si se sentía realizada. “Mire usted, señor periodista -repuso ella, con viveza-, soy abogado. Trabajé como abogado con mi marido, pero cuando empezaron a llegar los hijos decidí quedarme en casa con ellos. Respeto a las mujeres que trabajan en una oficina, pero, ¿quién cree que se realiza más, ellas o yo? ¿Ellas escribiendo a máquina ocho horas seguidas o yo, rodeada por mis chavales, cada uno con su propia personalidad?.”

La señora Pich me dijo que ser del Opus Dei le ha ayudado mucho a superar tiempos difíciles, en especial la práctica diaria. de un rato de oración mental. Eso le permite “cargar las baterías, algo imprescindible para un ama de casa”. También le ha ayudado mucho ver en todo lo que sucede en la familia la presencia de Dios. “Eso, más que nada, hace que las cosas que la gente encuentra difíciles marchen sobre ruedas.”

Saliendo de Barbastro por carretera, en dirección nordeste, no tarda en divisarse la silueta de un gran edificio situado sobre un promontorio rocoso que se recorta contra el cielo. Cuando la carretera, serpentea, se pierde de vista el santuario, de ladrillo rojo, con su alto campanario, pero cuando vuelve a divisarse resulta cada vez más bello. Se trata de Torreciudad, santuario dedicado a la Madre de Dios, que, como en otros muchos que existen en diversos lugares del mundo, sólo tiene una razón de ser: ayudar a quienes acuden a ellos a enderezar sus vidas desde el punto de vista espiritual.

Torreciudad, en la provincia de Huesca, a menos de 100 kilómetros de la frontera francesa, está en una zona reconquistada por los cristianos a los invasores musulmanes a finales del siglo XI. Para celebrar el triunfo, se construyó una ermita en honor de la Virgen. Un historiador del siglo XV, Faci, cuenta así la historia de la imagen: “Tiene la Santa Imagen su nombre por el sitio en que está su iglesia situada: su antigüedad es de los tiempos de la conquista de aquel Partido, que fue por los años 1083 o siguientes, por Nuestro Rey Don Sancho Ramírez. Expelidos por los Cristianos los Moros que presidían y habitaban el castillo y pueblo de Torre Ciudad, dedicaron los vencedores su Mezquita a una Santa Imagen de Nuestra Señora, que no lejos de aquélla hallaron, y es la misma que hoy se venera”.

Como miles de personas durante siglos, la madre de Monseñor Escrivá hizo una peregrinación a un santuario de la Virgen, precisamente a éste. Fue en el año 1904 y viajó a Torreciudad a lomos de una mula, llevando en brazos a su hijo, de dos años de edad. Iba a dar gracias por la curación de Josemaría, a quien los médicos habían desahuciado. En aquellos tiempos no había carreteras, y el camino era muy áspero, sobre todo los últimos kilómetros, que había que recorrer a pie. Muchas madres, y también hombres robustos, iban a dar gracias a la Virgen por favores similares.

Torreciudad, dominando el embalse de El Grado, con el telón de fondo de los Pirineos, ha cambiado mucho en los últimos años. Gracias a las aportaciones de miles de personas de todo el mundo, fue posible inaugurar un nuevo santuario, el 7 de julio de 1975. En el interior del templo, el centro de atracción es el retablo, de más de catorce metros de altura, esculpido en catorce toneladas de alabastro, que enmarca la imagen de Nuestra Señora de Torreciudad. En él pueden verse diversas escenas de la vida de la Madre de Dios: los desposorios, la anunciación, la visitación, la natividad, la huida a Egipto… Pero quizá la más significativa para los miembros del Opus Dei sea la escena que muestra el taller de Nazaret, con Jesús ayudando a San José a alisar la madera con una azuela, mientras la Virgen María, también ocupada, mira a’ su Hijo.

Debajo de la iglesia hay una cripta con tres capillas dedicadas a Nuestra Señora bajo las advocaciones de Guadalupe, Loreto y el Pilar, con cuarenta confesonarios. Monseñor Escrivá, promotor del nuevo santuario, esperaba que meditar allí conduciría a muchos visitantes a renovar y purificar sus relaciones con Dios. “Espero frutos espirituales -decía-: gracias que el Señor querrá dar a quienes acuden a venerar a su Madre Bendita en su Santuario. Éstos son los milagros que deseo: la conversión y la paz para muchas almas.”

El fundador del Opus Dei creía que Torreciudad demostraría que la devoción a la Madre de Dios no era algo del pasado, que los cristianos seguían amándola “más que a nadie en la tierra, después de Dios; pues por encima de ella, sólo Dios”. Tal era el espíritu del Concilio Vaticano II, que recordó a todos los católicos que “el culto, especialmente el litúrgico, a la Santísima Virgen debe ser generosamente fomentado”.

Torreciudad se ha convertido así en un lugar lleno de paz, propicio a la oración. La quietud, el silencio, sólo se ven rotos por el vibrar del carrillón de las campanas. Los automóviles y los autobuses quedan aparcados lejos y diversos carteles ayudan a los visitantes a crear una atmósfera de piedad cristiana. Allí no hay tenderetes donde se vendan baratijas ni imágenes de plástico. Los domingos y las fiestas señaladas, así como en los meses de mayo y octubre, tradicionalmente dedicados a la Virgen, miles de personas, algunas de ellas no practicantes, acuden a Torreciudad. Pero el santuario ha sido construido para estar al servicio de todo el mundo, por lo que, a diario, acuden numerosos peregrinos de las más variadas procedencias.

En el antiguo santuario hay un libro de firmas que recoge los sentimientos de los peregrinos. Algunos vienen para pedir a la Señora un favor: “Que la Virgen dé trabajo a mi padre… para que mi familia sea como tú… para que mi novio me quiera”. Algunos ponen de manifiesto sus dotes poéticas: “Más hermosa que el sol, así es mi madre…”. O su gratitud: “Gracias por los días que hemos pasado junto a ti. Ayúdanos para que seamos cada día más Opus Dei”. Y un hombre escribió simplemente: “Santísima Virgen, te quiero”.

Se dice que en algunas ciudades españolas hay un centro del Opus Dei casi en cada esquina. Aunque en este capítulo sólo he ofrecido una pequeña introducción a las actividades de los miembros del Opus Dei en España, creo que da una idea de algunos de los aspectos que abarcan. Muestra también la capacidad el Opus Dei para movilizar gente de todas clases. Como el grano de mostaza del Evangelio, ha crecido hasta convertirse en un árbol frondoso, donde anidan toda clase de pájaros. En España empecé a pensar más a fondo sobre la amplitud de las labores de los miembros del Opus Dei, pero hasta el final de mi viaje no comprendí claramente su significado.


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