Una trayectoria espiritual

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Testimonio de Mons. Adolfo S. Tortolo, Arzobispo de Paraná. Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

En Roma primero, en Buenos Aires después, traté a Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer. Los contactos fueron pocos pero profundos. Ambos queríamos conocernos, y a Dios gracias nos hemos conocido.

EL HOMBRE

La contradicción es herencia de todo aquel que quiera imitar y seguir a Jesucristo. Es realidad en los grandes hombres; más rea­lidad aún en los grandes santos.

Toma formas diversas y no siempre es tumultuosa y ostensible. No es raro puntualizar «la sorda contradicción» de alguien. No siempre proviene de los malos; muchas veces proviene de los bue­nos, y hasta de los mismos santos.

Pero también hay personas que están predestinadas a ser el blan­co de una profunda y larga contradicción. Dios nos precisa a todos, aun con los defectos que tengamos, para realizar las maravillas de su gracia. ¡Qué útiles les fueron al Señor el odio de Saulo y los peca­dos de Agustín!

Pero ocurre esto especialmente con los grandes caracteres o con esos santos sobre quienes pareciera que Dios asentara la historia en un determinado momento.

Los grandes caracteres como los violentos espirituales no pue­den no chocar y no pueden no convertirse en signos de contradicción.

Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer fue un gran carácter, un gran corazón, una gran voluntad, una gran riqueza humana. Su si fue siempre sí, su no fue siempre no. Surgido el Opus Dei se agrandó el horizonte espiritual y se hizo más intensa la contradic­ción de los hombres, sobre todo de los buenos.

El Opus Dei creció demasiado pronto y demasiado alto. No le cabía esconderse bajo la mesa, por cuanto la luz estaba puesta sobre la montaña. Imposible no despertar sospechas, sobre todo en quienes sólo conocían el Opus Dei desde lejos, corticalmente, rodeados de prejuicios.

También un día Jesús se vio envuelto en la misma trama del «rumor» maldiciente. Y se opinó y habló sobre Él mediante juicios marcadamente opuestos.

Monseñor Escrivá de Balaguer conocía demasiado bien el trato preferencial de Dios con sus elegidos. Y aceptó con entereza las reglas del juego del accionar de Dios y del accionar con Dios.

Supo aprovechar todo: lo bueno y lo malo. A las críticas surgidas respondió con la hermenéutica del discernimiento sobrenatural. Esas mismas criticas, pasadas por el filtro de la gracia y de la luz de Dios, le fueron útiles para ajustar vocablos, para precisar obje­tivos, pero sobre todo lo afirmaron en la perenne tensión de agradar a Dios y de cumplir su voluntad.

Esas mismas críticas tuvieron la virtud de provocar las fuerzas latentes, ocultas en el fondo del alma, como le ocurriera a Moisés con la roca en el desierto.

Su personalidad se fue robusteciendo hasta hacer de él un hombre monolítico. Por eso a la Obra pudo imprimirle una excepcional con­sistencia, que se traduciría muy pronto en una gran expansión y en no menor profundidad.

A lo largo de este proceso, en medio de cuya complejidad se dejó siempre trabajar por Dios, fue cristalizando lo que sería su vocación personal y su carisma: servir mandando, concretamente como padre, como reflejo de la paternidad divina.

Logró así un interior indiviso que, al acumular fuerzas, se volcó a cada uno de los objetivos con seguridad, con firmeza, con eficacia.

Por otra parte, fue por fuera lo que fue por dentro y a la inversa. Siempre dueño de sí mismo.

Era lógico que no todos descubrieran su perfil humano, como su perfil sobrenatural, y no acertaran a ver en plena luz al «homo Dei». Pero también es cierto que Monseñor Escrivá de Balaguer nunca tuvo interés en proyectar popularmente su persona. La popu­laridad –tentación fácil– no llegó a morderle por dentro.

Juzgándolo dentro de nuestra época -dentro del mundo actual- podríamos definir su persona como el hombre que no tuvo compromiso alguno, excepto el de amar a Dios y darse por entero a Él; bien determinado a servir a los hombres, como exigencia del amor de Dios.

Esta unidad de objetivo despertó en él la voluntad de amar a Dios a lo grande, buscando siempre lo mejor, dentro de una profunda libertad de espíritu.

Su personalidad eclesial fue hondamente marcada por su con­ciencia y su experiencia personal del Cuerpo Místico. Fue hombre de Iglesia y la amó apasionadamente, cuyo rostro visible fue el Papa, al que quiso servir como al mismo Cristo, cualquiera fuere su nom­bre. Su piedad sacerdotal fue piedad doctrinal, hacia la cual orientó y nutrió no sólo su espíritu, sino también el de todos aquellos que aceptaran su dirección.

El don de su libertad interior, la firmeza de su juicio y la pre­ferencia por el trato directo se debió en parte a su estirpe hispana.

Ignoro qué le dio su tierra, cuál fue el aporte que el pasado le traspasara congénitamente, cuáles fueron los imponderables que con más vigor actuaron sobre él. Pero es indudable que el alma cristiana de Occidente le transfundió la necesidad de convertir la propia vida en una aventura, jugándosela por un ideal.

Camino -uno de sus libros- es la expresión clara de una pode­rosa y envidiable energía interior, de su incapacidad para cualquier componenda, pero también de su capacidad para convertir en rea­lidad lo que humanamente es imposible.

EL CARISMA

El carisma es una gracia, es una realidad sobrenatural. Es cali­dad y cualidad teológicas. Es dado a un hombre en beneficio de la comunidad eclesial. Su número es infinito, porque Dios es ina­gotable y lo son también sus dones.

Los carismas son irrepetibles como es irrepetible la persona humana, portadora y agente del carisma, comunicado gratuitamen­te al hombre, al cual instrumenta en vista a la eficacia del carisma. Don de Dios por medio de los servidores de su Reino, de los ope­rarios de su Viña, de los constructores de su Iglesia.

El carisma compromete al poseedor. Debe cultivarlo. Pero, sobre todo, debe proyectarlo límpido y total sobre la Iglesia.

El carisma actúa en la dirección que le es propia por su disposición divina. Normalmente, por su propio dinamismo, el carisma pasa al acto y tiende a producir sus frutos.

Estas expresiones configuran un don de Dios dado a la Iglesia –o a los hombres- por el ministerio de otro hombre, y cuyo carácter misterioso exige una constante fidelidad al Espíritu Santo.

Monseñor Escrivá de Balaguer fue poseedor de muchos caris­mas. Pero uno lo fue en grado eminente. Intuyó a Cristo y al hom­bre, la vida humana y la vida divina, el fluir de la Historia y la recrea­ción del mundo. Dios que sigue trabajando y el hombre incitando a trabajar con Dios.

Intuyó las posibilidades infinitas del amor cuando desciende del Corazón de Dios y asciende y retorna a Dios pasando por el corazón de los hombres.

Intuyó todos estos elementos no separados, sino orgánicamente fundidos en una síntesis sobrenatural que quiere actuar desde el interior de cada hombre.

Y vio entonces a la luz de la fe que todo esto es parte primordial de la tarea, del trabajo que Dios se ha impuesto a sí mismo. Es el Opus Dei en una doble acepción: Dios es poseedor y es «factor». Es la obra -el opus– que Dios posee, y es la obra –el opus– que Dios realiza.

Vio entonces con meridiana claridad que cada hombre, como toda sociedad humana, está llamado a compartir la tarea de Dios trabajando con Él codo a codo.

Y penetró más hondamente aún. Sólo es posible trabajar juntos –Dios y el hombre–, participar de su tarea, si hay santidad. Dicho de otro modo: para participar de la acción de Dios hay que par­ticipar de su vida. Y participar de su vida sólo es posible por la adhesión vital a Dios y por la unión con Él: Adhesio Deo et unio cum Deo.

«Aprehendió» la intuición y, sin vacilar, se dejó guiar por el impulso de la gracia; y el Espíritu de Dios le certificó internamente que su misión sería dinamizar a los hombres –a cualquier nivel– hacia la recristianización y transformación del mundo, pero desde dentro del mismo mundo. Vio con absoluta claridad y certeza que sólo hombres renovados podrían renovar el mundo y entendió tam­bién con absoluta claridad que la renovación de estos hombres se llama santidad.

Quedaron definitivamente fijas y ciertas estas dos realidades. santificar a los hombres para darle gloria a Dios. y por medio de estos hombres transformar el mundo sin sacarlos de él. Dios te pre­cisa en el lugar que te ha puesto, parece ser la consigna permanente de Monseñor Escrivá de Balaguer para todo adherente a la obra.

El carisma se le hizo carne, y se puso en manos de Dios, ansioso de ser él el primer trabajador por Dios en su nueva visión de la vocación cristiana.

Y Dios puso su firma a través de los hechos. Y los hechos reveladores son los siguientes: un hombre de un solo canto, en cierto modo hombre de piedra, de firmeza desusada, conversador con Dios, solícito y preocupado por los hombres, exigente amigo de la verdad, y de su plasmación en grandes ideas y en grandes obras, aferrado a principios –puestos hoy en duda o margina­dos–y ver a este hombre, a este sacerdote, convertido en padre de incontables hijas e hijos a los que ha venido traspasando su propia alma.

Más aún: conoció el valor y la promesa que en sí misma lleva el alma de un joven, su generosidad, su idealismo, su coraje. Pero conoció también la inestabilidad del joven, el tumulto de las con­cupiscencias, las flaquezas del corazón.

Y sin embargo, por instinto sobrenatural, por impulso del caris­ma recibido, Monseñor Escrivá de Balaguer apuntó al joven, a quien, en un acto de amor sobrenatural, le exigió todo. Y los jóvenes le respondieron sí.

Monseñor Escrivá de Balaguer, tomando el camino inverso al que tomaron muchos otros, pidió siempre mucho a quienes qui­sieron seguirle. Y el método fue eficaz: los jóvenes le dieron mucho, le dieron todo. Por eso el sí de los jóvenes ha tenido una desconocida eficacia: son muy pocos los que vuelven los ojos atrás.

De su constante conversación con Dios aprendió Monseñor Escrivá de Balaguer a preocuparse de veras por los hombres. Conoció el valor de las élites actuando de fermento en la masa. Y mientras se empeñó en la formación de cada persona humana, se empeñó en darle claro estilo, contenido y forma de vida auténticamente evangélica y eclesial.

Por último, quisiéramos añadir lo siguiente: Dios sigue traba­jando. Su tarea quedará preferentemente oculta hasta el final de los tiempos. Dios sigue incesantemente operando. Abarca todo este tan complejo universo. Quiere el Señor restituir a este mundo aque­lla nobleza divina con que saliera de las manos de Dios, y cuyo exponente fue el hombre.

El Opus Dei es de Dios y no de Monseñor Escrivá de Balaguer, como nos diría él mismo. Quienes lo integran quieren diluirse en este constante quehacer de Dios. A través de Cristo y por su inser­ción en él, quieren hacer suyas las preocupaciones y afanes del Padre Celestial, al que ofrendan cuerpo y alma, mente y corazón. Le ofrendan todo del mejor modo posible con el noble estilo de los hijos de Dios.

Pero quiso que María, Madre de Dios, fuera también Madre del Opus Dei. Como en él nunca tuvieron lugar las medias tintas, entendió lo de Madre en sentido propio.

El secreto de su extensión, ¿no será la respuesta de la Madre y su precio por haberla querido en el corazón del Opus Dei?

4. Su formación

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El Fundador refirió siempre de sí mismo que había sido un niño normal, educado en una familia profundamente cristiana, pero sin beaterías. ¿Querría relatar alguna anécdota de su infancia?

–Josemaría era un niño fuerte, completamente sano, aunque sufrió una enfermedad infecciosa muy grave cuando tenía alrededor de año y medio. El médico de cabecera, Ignacio Camps Valdovinos, muy amigo del padre de Josemaría, don José Escrivá, llegó a decirle: “Mira, Pepe –así le llamaban sus amigos–, tengo que decirte la verdad: el niño se muere, no pasará de esta noche”.

Sus padres reaccionaron como buenos cristianos que eran. Rezaron mucho, abandonándose en la Voluntad de Dios, y prometieron que, si el niño sanaba, lo llevarían en peregrinación a la ermita de Torreciudad, un lugar del Somontano –entonces sólo accesible por caminos difíciles– donde se custodia una antigua imagen de la Virgen, muy venerada por los habitantes de Barbastro.

A la mañana siguiente el doctor Camps se acercó a la casa de los Escrivá y preguntó: “¿A qué hora ha muerto el niño?” José Escrivá respondió: “No sólo no ha muerto, sino que está completamente curado. ¿No le oyes hablar?” El doctor Camps entró en el dormitorio del niño y lo vio de pie, agarrado a los barrotes de su pequeña cama, saltando y gritando alegre.

A propósito de aquella cama, su madre me contó que el pequeño Josemaría tenía tanta vitalidad que, una vez, saltando agarrado a uno de los barrotes, tomó tal impulso que, sin querer, dio una voltereta y cayó al suelo fuera de la cama.

Sus padres cumplieron la promesa y peregrinaron en acción de gracias a Torreciudad, el lugar donde hoy se alza un gran santuario dedicado a la Virgen.

Sus padres le enseñaron las primeras oraciones, que continuó rezando toda la vida, incluso cuando había cumplido ya los setenta años, y empezó a decir que sólo tenía siete, para subrayar las ventajas de la vida de infancia espiritual.

–Hablando de sí mismo decía a veces: Recuerdo que un chico, al rezar el Señor mío Jesucristo, en lugar de decir propósito de la enmienda, pronunciaba ‘de la almendra’. No sabía qué era la enmienda, pero las almendras, sí, porque le gustaban. Ese niño era yo.

Aquella oración manifestaba también la buena voluntad de querer agradar a Dios y de portarse bien; la ‘almendra’ de nunca más volver a pecar. Comenzarían a enseñarme esa oración hacia los tres años, y hasta los siete (los setenta) no he pasado de la ‘almendra’. Y por eso doy gracias a Dios.

Tenía un carácter fuerte. Por ejemplo, cuando su madre le invitaba a dar un beso a algún conocido, a veces respondía que no tenía “besos hechos”.

El ambiente de Barbastro era muy cristiano. Un año, en las fiestas del lugar se expuso uno de aquellos primeros aeroplanos y don José Escrivá llevó a su hijo a verlo. Nuestro Fundador recordaba, divertido, los comentarios de unas monjas que se preguntaban entre sí: “¿Cuando el avión vuele sobre nuestro huerto, romperá la clausura?”

Cuando se hizo un poco mayor, Josemaría acompañó de vez en cuando a su padre cuando salía a cazar. Don José Escrivá era un apasionado cazador. Tenía en casa, en un patio, una jaula con reclamos para las codornices. La jaula era pequeña y se le podía quitar el fondo, de modo que, una vez fijada a la tierra, los pájaros podían comer y moverse directamente sobre el suelo. Como a todo buen cazador, a don José Escrivá le gustaba mucho contar anécdotas de caza, que su hijo recordaba con detalle. Las perdices y las codornices eran sus presas favoritas, pero, si se ponían a tiro, don José disparaba también a los tordos.

El pequeño Josemaría era muy observador, y le gustaba pasar ratos en la cocina. Había notado, por ejemplo, que la cocinera calculaba el tiempo de cocción de los huevos duros rezando dos Credos.

Es un detalle divertido y sintomático…

–A propósito del huevo duro. Me viene ahora a la cabeza que en los años sesenta, una directora del Opus Dei en Kenia contó al Padre cómo calculaban el tiempo de cocción de los huevos, según la costumbre local de hacer un hoyo en el suelo y echar encima un poco de agua. Cuando se filtraba por completo en la tierra, quería decir que el huevo se había cocido. Por esta anécdota, nuestro Fundador se dio cuenta de que ni siquiera disponían de reloj, y le conmovió aquella penuria de medios tan extrema: inmediatamente hizo que diesen a aquella hija suya el despertador del Centro en que vivía.

Pero volvamos a la infancia del Padre. Jugaba con sus compañeros y participaba en sus habituales peleas, pero no soportaba la crueldad. Los niños son a veces despiadados, y los de Barbastro no eran una excepción: algunos tenían la costumbre de cazar murciélagos, clavarlos en una pared y matarlos a pedradas. En una ocasión, Josemaría fue testigo involuntario de una de estas brutales escenas. No la olvidó en su vida. Inclinado como era a reflexionar sobre las cosas que veía, comprendió por aquel episodio hasta dónde puede llegar la crueldad humana y –con las debidas distancias– el inconcebible comportamiento de los verdugos de nuestro Señor, cuando estaba clavado sobre el madero de la Cruz.

El Padre atribuía a su condición de aragonés la franqueza y la sinceridad de su modo de ser, y la constancia y la perseverancia en los propósitos.

–Son características que tuvo desde su infancia. Le he oído contar en algunas ocasiones que se ponía colorado de pequeño cuando oía hablar de los escribas y fariseos, y lo mismo le pasaba a su hermana Carmen. La explicación es sencilla: muchas personas escribían el apellido de los Escrivá con “b”, ya que en España la “b” y la “v” se pronuncian igual; por eso cuando sus compañeros de colegio oían hablar de los escribas, miraban con una sonrisa a los Escrivá. El vicio de la hipocresía y el fingimiento no podían ser más diametralmente opuestos al modo de ser del Padre. Debo añadir que, aunque hablaba con frecuencia de sus defectos infantiles, nunca se refería a sus virtudes o éxitos. Nunca me dijo, por ejemplo, que había recibido un premio de aplicación y conducta en sus años de escuela primaria. Me he enterado después de su muerte, al consultar los boletines diocesanos.

El Fundador fue un alumno brillante ya desde el bachillerato, que inició en Barbastro y terminó en Logroño, a donde se trasladó la familia en 1915, tras la quiebra de la empresa comercial del padre. Don José Escrivá, que había cargado generosamente con las consecuencias del mal comportamiento de un socio, encontró un nuevo empleo en un negocio de tejidos de Logroño. La familia tuvo que adaptarse al nuevo tenor de vida llevando con mucho señorío las iniciales estrecheces. Sin duda, el joven Josemaría debió de tener presentes las necesidades familiares antes de madurar su propia vocación profesional.

–Quería ser arquitecto. Le movían a esta elección sus aficiones artísticas y humanísticas, así como su aptitud para las matemáticas y el dibujo. En aquel tiempo, los alumnos que recibían la máxima calificación –”Sobresaliente con premio”, según la terminología de la época–, se sentaban en la primera fila de la clase y tenían que contestar a las preguntas del profesor que no hubiesen podido responder otros alumnos menos preparados. Josemaría ocupó el primer banco en álgebra y trigonometría de cuarto y quinto de bachillerato, además de en literatura.

Sus padres estaban contentos con su orientación, aunque don José Escrivá a veces tomaba el pelo a su hijo, diciéndole que sería “un albañil distinguido”.

Como todas las madres, también doña Dolores estaba atenta a las amistades del hijo adolescente y le daba un consejo que el Padre me ha contado, divertido, más de una vez. Hablándole de la elección de una futura esposa –nada hacía prever que no fuese a casarse–, su madre le decía: “Josemaría, ni guapa que encante, ni fea que espante”.

Pero las cosas discurrieron de modo muy diverso…

–El Padre comenzó a barruntar el Amor –usó siempre esta frase– en un momento bien preciso.

Entre finales de diciembre de 1917 y comienzos de enero de 1918 cayó una nevada tan fuerte en la región de Logroño que, según la crónica del periódico local, La Rioja –sustituido en los años cincuenta por otro diario, La Nueva Rioja–, las precipitaciones duraron todo el mes, varias personas murieron de frío, las temperaturas descendieron hasta los dieciséis o diecisiete grados bajo cero, se cortaron las comunicaciones, etc. Una mañana Josemaría vio sobre la nieve las huellas de los pies descalzos de un carmelita. Brotó en su alma, inmediatamente, una profunda inquietud y se preguntó: “Si otros hacen tantos sacrificios por amor de Dios y por el prójimo, ¿yo no voy a ser capaz de ofrecerle nada?” Comenzó entonces a advertir, con seguridad absoluta, que el Señor le pedía algo, y como no sabía qué era, poco tiempo después empezó a dirigirse al Señor con la súplica del ciego Bartimeo: Domine, ut videam!, o bien, Domine, ut sit!; y también, recurriendo a la Santísima Virgen para que se cumplieran en su vida los designios de Dios: Domina, ut videam!, Domina, ut sit!

Intensificó su vida de piedad y de oración, acudió diariamente a la Misa y a la Comunión. Como fruto de esta entrega intuyó que si se hacía sacerdote estaría mejor preparado para comprender lo que el Señor quería de él. Decidió entonces entrar en el Seminario de Logroño como alumno externo. Sus padres no se opusieron, aunque aquella decisión modificaba radicalmente los planes familiares. Don José Escrivá llevó a su hijo a hablar con don Antolín Oñate, abad de la Colegiata de Logroño, un santo sacerdote que era una verdadera institución en la ciudad, y que alentó la vocación del muchacho.

Sin embargo, tuvo que superar el impacto del ambiente del seminario de Logroño, y después, del de Zaragoza, donde prosiguió a partir de 1920 sus estudios de Teología, por el carácter netamente cristiano, pero “laical”, de la familia Escrivá.

–Sus padres le habían enseñado a venerar el sacerdocio, pero, antes del episodio de las huellas en la nieve, nunca había pensado hacerse sacerdote. En el colegio incluso había sentido un rechazo inicial hacia el latín, y decía: ¡El latín, para los curas! Sin embargo, en cuanto profundizó en el estudio del latín y se entusiasmó con esta lengua, sintió como la necesidad de compensar el escaso interés que había demostrado en sus primeros años. Además de calificar de necia su conducta anterior, reconocía: Nunca agradeceré bastante el bien que me hicieron en el colegio, cuando en el bachillerato me obligaron a estudiar el latín. Recuerdo que nos hacían llenar las libretas con las declinaciones y con las conjugaciones de los verbos: tanto de los regulares como de los irregulares. Además, teníamos que anotar si el acento era largo o breve. De manera que después nunca se me ocurría decir, por ejemplo, legérem sino légerem.

Pero volvamos a la pregunta. La mayoría de los compañeros de Seminario en Zaragoza procedía del campo y no estaban muy familiarizados con los hábitos de higiene y buena educación que Josemaría había aprendido en su casa. El Padre no pretendió nunca ser modelo de educación ni de cultura; es más, hubiera deseado pasar inadvertido entre sus compañeros, de los que siempre decía que eran excelentes. Pero no fue posible. Como le he oído contar, no había lavabos en las habitaciones, de manera que para lavarme de arriba a abajo había de llevar tres o cuatro jarros de agua: quizá fuera eso lo que escandalizaba a algunos.

Cuando hablaba de sus años en el Seminario, el Padre recordaba de sus compañeros sólo virtudes y grandes deseos de servir a la Iglesia. Pero sufrió incomprensiones cuando, a pesar suyo, los demás advirtieron sus esfuerzos por cuidar la vida de piedad. Se empeñaba en no singularizarse, porque desde la infancia fue enemigo de la ostentación y de las extravagancias; pero al mismo tiempo nos decía: no tengáis miedo a que se note que procuráis ser piadosos.

Pasaba muchas horas en oración, en la capilla del Seminario de San Carlos de Zaragoza, como antes había hecho en la Rotonda de Logroño. Procuraba no llamar la atención de los demás, pero aquellas largas visitas no pasaban inadvertidas y algunos de sus compañeros comentaban en voz alta, de modo que lo oyese: “Aquí viene el soñador”.

En la Biblia (Gén. 37, 19), así llamaban a José sus hermanos que después lo venderían a los mercaderes egipcios.

–No daba ninguna importancia a estos comentarios irónicos. Es más, procuraba estimular a sus compañeros a que rezasen más.

Tampoco pasó inadvertido el hecho de que el Padre entrase a diario, a la vuelta de la Universidad, en la Basílica del Pilar –para honrar a mi Madre, decía–, y algunos seminaristas comenzaron a llamarle rosa mystica, para tomarle el pelo. Nuestro Fundador sufría con este mote, sobre todo porque, aunque sus compañeros quizá no se daban cuenta, constituía una irreverencia hacia la Santísima Virgen; y, por otra parte, le entristecía que se burlasen de algo lógico y normal, no sólo para quien se prepara al sacerdocio, sino para cualquier cristiano.

De todos modos, el aprecio de sus profesores y compañeros debió de ser efectivo y sincero cuando el mismo Cardenal Soldevila, Arzobispo de Zaragoza, que poco después moriría en un atentado, le manifestó su estima personal nombrándole muy joven inspector del Seminario, y adelantándole con este fin la tonsura.

–Es una muestra de la madurez que había alcanzado ya en su juventud, y testimonia el empeño que nuestro Fundador puso en su formación humana, espiritual y doctrinal –se exigió mucho en su lucha ascética y en los estudios, desde niño–, y apostólica: sus amigos de infancia y sus compañeros de escuela y seminario han conservado el recuerdo vivo de su afabilidad, de su disponibilidad para servir que denotaba un esfuerzo no meramente humano.

El Fundador fue ordenado sacerdote el 28 de marzo de 1925: compartieron su alegría su madre, su hermana Carmen, y el hermano pequeño, Santiago, que tenía seis años. Pero no fueron días de fiesta porque estaban de luto. El 27 de noviembre anterior, don José Escrivá había muerto repentinamente, dejando a sus hijos el recuerdo de un padre ejemplar. El primer encargo ministerial de don Josemaría fue la sustitución de un compañero sacerdote, durante un par de meses, en el pueblo de Perdiguera.

–Fue una situación difícil, porque el titular de la parroquia había abandonado su puesto en circunstancias poco claras, aunque oficialmente por enfermedad. Y en parte debió de ser así, pues aquel sacerdote murió repentinamente al cabo de un mes, es decir, en mayo.

El Padre prodigó su celo sacerdotal en aquel pueblo de ochocientos habitantes. En los lugares pequeños era normal que al párroco le sobrase bastante tiempo libre después de cumplir sus deberes de pastor… Una vez terminado el ministerio parroquial, el sacerdote solía reunirse con las “fuerzas vivas” –el alcalde, el médico, el farmacéutico, el secretario del ayuntamiento…– para jugar a las cartas. Pero don Josemaría tenía muchas otras cosas en que pensar: además de sus deberes sacerdotales y el cuidado de su vida de oración, tenía una madre viuda y dos hermanos que mantener, y debía terminar sus estudios civiles; pero, sobre todo, sentía claramente que el Señor quería algo de él, aunque aún le mantenía en la oscuridad. Por eso, ni entonces, ni después, como afirmaba, pudo permitirse el lujo de aburrirse: no tenía tiempo. Se lo he oído decir muchas veces, hasta el último día de su vida: nunca me he aburrido.

En Perdiguera, en lugar de tomar parte en pasatiempos con las “fuerzas vivas”, se dedicó a la catequesis de niños y adultos, en grupos, y también privadamente, uno a uno, si veía que lo necesitaban. En menos de dos meses visitó a todas las familias del pueblo, casa por casa, encendiéndolas en el amor de Dios. En estas visitas siguió siempre el criterio de no ir a las casas de los labradores cuando los hombres estaban fuera, trabajando en el campo.

En los ratos en que la gente descansaba y no era posible desarrollar ninguna actividad pastoral, el Padre aprovechaba para darse largos paseos por el campo, meditar y también para “castigar” el cuerpo, para mortificarse.

Hizo saber a todos que estaba siempre disponible, y que podían llamarle a cualquier hora para lo que necesitasen.

Esta conducta fue motivo de críticas por parte de algunas personas. El mote que le habían puesto en Zaragoza llegó hasta Perdiguera. Por esto, y por su comportamiento sacerdotal, algunos compañeros de pueblos cercanos empezaron a llamarle “el místico”.

El Padre nunca pronunció una palabra de protesta o resentimiento contra estos murmuradores. Pero, lógicamente, aquel chisme le llenó de dolor, no tanto por su persona, sino porque era una falta de respeto al sacerdote.

El Fundador comenzó a acrisolar su sacerdocio desde el primer momento, a través de la administración de los sacramentos y la predicación. ¿Cómo adquirió aquel estilo de predicar tan incisivo que le hemos escuchado, y que podemos continuar apreciando en las homilías publicadas?

–La predicación del Padre fue siempre doctrinal, pero aplicada a la vida concreta de las almas. Por otra parte, era muy rica y variada. Con frecuencia hablaba de la cercanía de Dios, de su presencia entre nosotros, con una fe y una convicción que parecían esculpir profundamente en el corazón de los presentes las palabras del Señor: Regnum Dei intra vos est. Realmente vivía siempre con Dios, inmerso en Él: su predicación era el desbordamiento de su corazón enamorado.

Puedo atestiguar que nuestro Fundador predicaba haciendo la oración personal en voz alta y, por tanto, expresaba lo que el Señor le inspiraba en ese momento; pero preparaba cuidadosamente sus meditaciones, aunque versasen sobre temas que conocía muy bien o sobre los cuales había hablado ya muchas veces. No le gustaba repetir al pie de la letra el guión utilizado en otras ocasiones. Lo actualizaba siempre, de acuerdo con las circunstancias o la situación concreta de los que escuchaban. A los sacerdotes nos aconsejaba hacer lo mismo. A menudo recordaba a sus hijos sacerdotes que no debían hacer como fray Gerundio de Campazas –un personaje de la literatura clásica española, creado por el P. José Francisco de Isla–, quien cerró los libros y se lanzó a predicar sermones grandilocuentes pero sin sustancia. También nos recomendaba no imitar el talento de don Estupendo, que por la mañana decía lo que por la noche estuvo leyendo; la única cosa que puede convencer a los demás es, en definitiva, nuestra propia vida, nuestra coherencia con el Evangelio. Y también en esto, su ejemplo nos arrastraba.


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