TEMA 39. La oración

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La oración es necesaria para la vida espiritual: es la respiración que permite que la vida del espíritu se desarrolle, y actualiza la fe en la presencia de Dios y de su amor.

1.  Qué es la oración

En castellano se cuenta con dos vocablos para designar la relación consciente y coloquial del hombre con Dios: plegaria y oración. La palabra “plegaria” proviene del verbo latino precor, que significa rogar, acudir a alguien solicitando un beneficio. El término “oración” proviene del substantivo latino oratio, que significa habla, discurso, lenguaje.

Las definiciones que se dan de la oración, suelen reflejar estas diferencias de matiz que acabamos de encontrar al aludir a la terminología. Por ejemplo, San Juan Damasceno, la considera como «la elevación del alma a Dios y la petición de bienes convenientes»; mientras que para San Juan Clímaco se trata más bien de una «conversación familiar y unión del hombre con Dios».

La oración es absolutamente necesaria para la vida espiritual. Es como la respiración que permite que la vida del espíritu se desarrolle. En la oración se actualiza la fe en la presencia de Dios y de su amor. Se fomenta la esperanza que lleva a orientar la vida hacia Él y a confiar en su providencia. Y se agranda el corazón al responder con el propio amor al Amor divino.

En la oración, el alma, conducida por el Espíritu Santo desde lo más hondo de sí misma (cfr. Catecismo, 2562), se une a Cristo, maestro, modelo y camino de toda oración cristiana (cfr. Catecismo, 2599 ss.), y con Cristo, por Cristo y en Cristo, se dirige a Dios Padre, participando de la riqueza del vivir trinitario (cfr. Catecismo, 2559-2564). De ahí la importancia que en la vida de oración tiene la Liturgia y, en su centro, la Eucaristía.

2. Contenidos de la oración

Los contenidos de la oración, como los de todo diálogo de amor, pueden ser múltiples y variados. Cabe, sin embargo, destacar algunos especialmente significativos:

Petición.

Es frecuente la referencia a la oración impetratoria a lo largo de toda la Sagrada Escritura; también en labios de Jesús, que no sólo acude a ella, sino que invita a pedir, encareciendo el valor y la importancia de una plegaria sencilla y confiada. La tradición cristiana ha reiterado esa invitación, poniéndola en práctica de muchas maneras: petición de perdón, petición por la propia salvación y por la de los demás, petición por la Iglesia y por el apostolado, petición por las más variadas necesidades, etc.

De hecho, la oración de petición forma parte de la experiencia religiosa universal. El reconocimiento, aunque en ocasiones difuso, de la realidad de Dios (o más genéricamente de un ser superior), provoca la tendencia a dirigirse a Él, solicitando su protección y su ayuda. Ciertamente la oración no se agota en la plegaria, pero la petición es manifestación decisiva de la oración en cuanto reconocimiento y expresión de la condición creada del ser humano y de su dependencia absoluta de un Dios cuyo amor la fe nos da conocer de manera plena (cfr. Catecismo, 2629.2635).

Acción de gracias.

El reconocimiento de los bienes recibidos y, a través de ellos, de la magnificencia y misericordia divinas, impulsa a dirigir el espíritu hacia Dios para proclamar y agradecerle sus beneficios. La actitud de acción de gracias llena desde el principio hasta el fin la Sagrada Escritura y la historia de la espiritualidad. Una y otra ponen de manifiesto que, cuando esa actitud arraiga en el alma, da lugar a un proceso que lleva a reconocer como don divino la totalidad de lo que acontece, no sólo aquellas realidades que la experiencia inmediata acredita como gratificantes, sino también de aquellas otras que pueden parecer negativas o adversas.

Consciente de que el acontecer está situado bajo el designio amoroso de Dios, el creyente sabe que todo redunda en bien de quienes –cada hombre– son objeto del amor divino (cfr. Rm 8, 28). «Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día. —Porque te da esto y lo otro. —Porque te han despreciado. —Porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes. Porque hizo tan hermosa a su Madre, que es también Madre tuya. —Porque creó el Sol y la Luna y aquel animal y aquella otra planta. —Porque hizo a aquel hombre elocuente y a ti te hizo premioso… Dale gracias por todo, porque todo es bueno».

Adoración y alabanza.

Es parte esencial de la oración reconocer y proclamar la grandeza de Dios, la plenitud de su ser, la infinitud de su bondad y de su amor. A la alabanza se puede desembocar a partir de la consideración de la belleza y magnitud del universo, como acontece en múltiples textos bíblicos (cfr., por ejemplo, Sal 19; Si 42, 15-25; Dn 3, 32-90) y en numerosas oraciones de la tradición cristiana; o a partir de las obras grandes y maravillosas que Dios opera en la historia de la salvación, como ocurre en el Magnificat (Lc 1, 46-55) o en los grandes himnos paulinos (ver, por ejemplo, Ef 1, 3-14); o de hechos pequeños e incluso menudos en los que se manifiesta el amor de Dios.

En todo caso, lo que caracteriza a la alabanza es que en ella la mirada va derechamente a Dios mismo, tal y como es en sí, en su perfección ilimitada e infinita. «La alabanza es la forma de orar que reconoce de la manera más directa que Dios es Dios. Le canta por Él mismo, le da gloria no por lo que hace sino por lo que Él es» (Catecismo, 2639). Está por eso íntimamente unida a la adoración, al reconocimiento, no sólo intelectual sino existencial, de la pequeñez de todo lo creado en comparación con el Creador y, en consecuencia, a la humildad, a la aceptación de la personal indignidad ante quien nos trasciende hasta el infinito; a la maravilla que causa el hecho de que ese Dios, al que los ángeles y el universo entero rinde pleitesía, se haya dignado no sólo a fijar su mirada en el hombre, sino habitar en el hombre; más aún, a encarnarse.

Adoración, alabanza, petición, acción de gracias resumen las disposiciones de fondo que informan la totalidad del diálogo entre el hombre y Dios. Sea cual sea el contenido concreto de la oración, quien reza lo hace siempre, de una forma u otra, explícita o implícitamente, adorando, alabando, suplicando, implorando o dando gracias a ese Dios al que reverencia, al que ama y en el que confía. Importa reiterar, a la vez, que los contenidos concretos de la oración podrán ser muy variados. En ocasiones se acudirá a la oración para considerar pasajes de la Escritura, para profundizar en alguna verdad cristiana, para revivir la vida Cristo, para sentir la cercanía de Santa María… En otras, iniciará a partir de la propia vida para hacer partícipe a Dios de las alegrías y los afanes, de las ilusiones y los problemas que el existir comporta; o para encontrar apoyo o consuelo; o para examinar ante Dios el propio comportamiento y llegar a propósitos y decisiones; o más sencillamente para comentar con quien sabemos que nos ama las incidencias de la jornada.

Encuentro entre el creyente y Dios en quien se apoya y por el que se sabe amado, la oración puede versar sobre la totalidad de las incidencias que conforman el existir, y sobre la totalidad de los sentimientos que puede experimentar el corazón. «Me has escrito: “orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?” —¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias…, ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: “¡tratarse!”». Siguiendo una y otra vía, la oración será siempre un encuentro íntimo y filial entre el hombre y Dios, que fomentará el sentido de la cercanía divina y conducirá a vivir cada día de la existencia de cara a Dios.

3. Expresiones o formas de la oración

Atendiendo a los modos o formas de manifestarse la oración, los autores suelen ofrecer diversas distinciones: oración vocal y oración mental; oración pública y oración privada; oración predominantemente intelectual o reflexiva y oración afectiva; oración reglada y oración espontánea, etc. En otras ocasiones los autores intentan esbozar una gradación en la intensidad de la oración distinguiendo entre oración mental, oración afectiva, oración de quietud, contemplación, oración unitiva…

El Catecismo estructura su exposición distinguiendo entre: oración vocal, meditación y oración de contemplación. Las tres «tienen en común un rasgo fundamental: el recogimiento del corazón. Esta actitud vigilante para conservar la Palabra y permanecer en presencia de Dios hace de todas ellas tiempos fuertes de la vida de oración» (Catecismo, 2699). Un análisis del texto evidencia, por lo demás, que el Catecismo al emplear esa terminología no hace referencia a tres grados de la vida de oración, sino más bien a dos vías, la oración vocal y la meditación, presentándo ambas como aptas para conducir a esa cumbre en la vida de oración que es la contemplación. En nuestra exposición nos atendremos a este esquema.

Oración vocal

La expresión “oración vocal” apunta a una oración que se expresa vocalmente, es decir, mediante palabras articuladas o pronunciadas. Esta primera aproximación, aun siendo exacta, no va al fondo del asunto. Pues, de una parte, todo dialogar interior, aunque pueda ser calificado como exclusiva o predominantemente mental, hace referencia, en el ser humano, al lenguaje; y, en ocasiones, al lenguaje articulado en voz alta, también en la intimidad de la propia estancia. De otra, hay que afirmar que la oración vocal no es asunto sólo de palabras sino sobre todo de pensamiento y de corazón. De ahí que sea más exacto sostener que la oración vocal es la que se hace utilizando fórmulas preestablecidas tanto largas como breves (jaculatorias), bien tomadas de la Sagrada Escritura (el Padrenuestro, el Avemaria…), bien recibidas de la tradición espiritual (el Señor mío Jesucristo, el Veni Sancte Spiritus, la Salve, el Acordaos…).

Todo ello, como resulta obvio, con la condición de que las expresiones o formulas recitadas vocalmente sean verdadera oración, es decir, que cumplan con el requisito de que quien las recita lo haga no sólo con la boca sino con la mente y el corazón. Si esa devoción faltara, si no hubiera conciencia de quién es Aquél al que la oración se dirige, de qué es lo que en la oración se dice y de quién es aquél la dice, entonces, como afirma con expresión gráfica Santa Teresa de Jesús, no se puede hablar propiamente de oración «aunque mucho se meneen los labios».

La oración vocal juega un papel decisivo en la pedagogía de la plegaría, sobre todo en el inicio del trato con Dios. De hecho, mediante el aprendizaje de la señal de la Cruz y de oraciones vocales el niño, y con frecuencia también el adulto, se introduce en la vivencia concreta de la fe y, por tanto, de la vida de oración. No obstante, el papel y la importancia de la oración vocal no está limitada a los comienzos del diálogo con Dios, sino que está llamada a acompañar la vida espiritual durante todo su desarrollo.

La meditación

Meditar significa aplicar el pensamiento a la consideración de una realidad o de una idea con el deseo de conocerla y comprenderla con mayor hondura y perfección. En un cristiano la meditación –a la que con frecuencia se designa también oración mental– implica orientar el pensamiento hacia Dios tal y como se ha revelado a lo largo de la historia de Israel y definitiva y plenamente en Cristo. Y, desde Dios, dirigir la mirada a la propia existencia para valorarla y acomodarla al misterio de vida, comunión y amor que Dios ha dado a conocer.

La meditación puede desarrollarse de forma espontánea, con ocasión de los momentos de silencio que acompañan o siguen a las celebraciones litúrgicas o a raíz de la lectura de algún texto bíblico o de un pasaje autor espiritual. En otros momentos puede concretarse mediante la dedicación de tiempos específicamente destinados a ello. En todo caso, es obvio que –especialmente en los principios, pero no sólo entonces– implica esfuerzo, deseo de profundizar en el conocimiento de Dios y de su voluntad, y en el empeño personal efectivo con vistas a la mejora de la vida cristiana. En ese sentido, puede afirmarse que «la meditación es, sobre todo, una búsqueda» (Catecismo, 2705); si bien conviene añadir que se trata no de la búsqueda de algo, sino de Alguien. A lo que tiende la meditación cristiana no es sólo, ni primariamente, a comprender algo (en última instancia, a entender el modo de proceder y de manifestarse de Dios), sino a encontrarse con Él y, encontrándolo, identificarse con su voluntad y unirse a Él.

La oración contemplativa

El desarrollo de la experiencia cristiana, y, en ella y con ella, el de la oración, conducen a una comunicación entre el creyente y Dios cada vez más continuada, más personal y más íntima. En ese horizonte se sitúa la oración a la que el Catecismo califica de contemplativa, que es fruto de un crecimiento en la vivencia teologal del que fluye un vivo sentido de la cercanía amorosa de Dios; en consecuencia, el trato con Él se hace cada vez más directo, familiar y confiado, e incluso, más allá de las palabras y del pensamiento reflejo, se llega a vivir de hecho en íntima comunión con Él.

«¿Qué es esta oración?», se interroga el Catecismo al comienzo del apartado dedicado a la oración contemplativa, para contestar enseguida afirmando, con palabras tomadas de Santa Teresa de Jesús, que no es otra cosa «sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama». La expresión oración contemplativa, tal y como la emplean el Catecismo y otros muchos escritos anteriores y posteriores, remite pues a lo que cabe calificar como el ápice de la contemplación; es decir, el momento en el que, por acción de la gracia, el espíritu es conducido hasta el umbral de lo divino trascendiendo toda otra realidad. Pero también, y más ampliamente, a un crecimiento vivo y sentido de la presencia de Dios y del deseo de una profunda comunión con Él. Y ello sea en los tiempos dedicados especialmente a la oración, sea en el conjunto del existir. La oración está, en suma, llamada a envolver a la entera persona humana –inteligencia, voluntad y sentimientos–, llegando al centro del corazón para cambiar sus disposiciones, a informar toda la vida del cristiano, haciendo de él otro Cristo (cfr. Ga 2,20).

4.  Condiciones y características de la oración

La oración, como todo acto plenamente personal, requiere atención e intención, conciencia de la presencia de Dios y diálogo efectivo y sincero con Él. Condición para que todo eso sea posible es el recogimiento. La voz recogimiento significa la acción por la que la voluntad, en virtud de la capacidad de dominio sobre el conjunto de las fuerzas que integran la naturaleza humana, procura moderar la tendencia a la dispersión, promoviendo de esa forma el sosiego y la serenidad interiores. Esta actitud es esencial en los momentos dedicados especialmente a la oración, cortando con otras tareas y procurando evitar las distracciones. Pero no ha de quedar limitada a esos tiempos: sino que debe extenderse, hasta llegar al recogimiento habitual, que se identifica con una fe y un amor que, llenando el corazón, llevan a procurar vivir la totalidad de las acciones en referencia a Dios, ya sea expresa o implícitamente.

Otra de las condiciones de la oración es la confianza. Sin una confianza plena en Dios y en su amor, no habrá oración, al menos oración sincera y capaz de superar las pruebas y dificultades. No se trata sólo de la confianza en que una determinada petición sea atendida, sino de la seguridad que se tiene en quien sabemos que nos ama y nos comprende, y ante quien se puede por tanto abrir sin reservas el propio corazón (cfr. Catecismo, 2734-2741).

En ocasiones la oración es diálogo que brota fácilmente, incluso acompañado de gozo y consuelo, desde lo hondo del alma; pero en otros momentos –tal vez con más frecuencia– puede reclamar decisión y empeño. Puede entonces insinuarse el desaliento que lleva a pensar que el tiempo dedicado al trato con Dios carece sentido (cfr. Catecismo, n. 2728). En estos momentos, se pone de manifiesto la importancia de otra de las cualidades de la oración: la perseverancia. La razón de ser de la oración no es la obtención de beneficios, ni la busca de satisfacciones, complacencias o consuelos, sino la comunión con Dios; de ahí la necesidad y el valor de la perseverancia en la oración, que es siempre, con aliento y gozo o sin ellos, un encuentro vivo con Dios (cfr. Catecismo, 2742-2745, 2746-2751).

Rasgo específico, y fundamental, de la oración cristiana es su carácter trinitario. Fruto de la acción del Espíritu Santo que, infundiendo y estimulando la fe, la esperanza y el amor, lleva a crecer en la presencia de Dios, hasta saberse a la vez en la tierra, en la que se vive y trabaja, y en el cielo, presente por la gracia en el propio corazón. El cristiano que vive de fe se sabe invitado a tratar a los ángeles y a los santos, a Santa María y, de modo especial, a Cristo, Hijo de Dios encarnado, en cuya humanidad percibe la divinidad de su persona. Y, siguiendo ese camino, a reconocer la realidad de Dios Padre y de su infinito amor, y a entrar cada vez con más hondura en un trato confiado con Él.

La oración cristiana es por eso y de modo eminente una oración filial. La oración de un hijo que, en todo momento –en la alegría y en el dolor, en el trabajo y en el descanso– se dirige con sencillez y sinceridad a su Padre para colocar en sus manos los afanes y sentimientos que experimenta en el propio corazón, con la seguridad de encontrar en Él comprensión y acogida. Más aún, un amor en el que todo encuentra sentido.

José Luis Illanes

Carta del Prelado (octubre 2007)

Camino  Tagged , , , , , , , No Comments »

“Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día”, sugiere en su carta de octubre -con palabras de San Josemaría- el Prelado del Opus Dei.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Estos primeros días de octubre nos ofrecen la ocasión de incrementar nuestras acciones de gracias a Dios por su bondad con la Iglesia, con la Obra, con cada uno. El nuevo aniversario de la fundación del Opus Dei, que conmemoramos mañana —comienza el año 80 de su historia—, y el quinto aniversario de la canonización de San Josemaría, el próximo día 6, nos mueven a manifestar nuestra gratitud a la Santísima Trinidad, con un afán gozoso de conversión para amar más: ¡es tan lógico!

Renovemos nuestra acción de gracias por esta manifestación de la misericordia divina con la humanidad, que es el Opus Dei: instrumento de evangelización y de santificación, que el Señor hizo ver a San Josemaría el 2 de octubre de 1928. Demos gracias también por la fidelidad de nuestro Fundador que, desde el primer momento, correspondió con total generosidad a la llamada. Y añadimos nuestra gratitud a Dios por haber ofrecido a la Iglesia universal el ejemplo de la santidad de nuestro Padre, proclamada mediante su canonización.

Examinad vuestra vida, hijas e hijos míos, y descubriréis muchos otros motivos personales de agradecimiento a Dios Uno y Trino: el don de la existencia y de formar parte de la Iglesia; el tesoro de nuestra vocación cristiana en el Opus Dei; el haber sido convocados por el Señor para colaborar en la misión de la Iglesia precisamente ahora, en los albores del siglo XXI, con el encargo de configurar cristianamente la sociedad… Alcemos al Cielo nuestra oración de gratitud por las alegrías y por las penas, por las facilidades y por las dificultades que hayamos podido encontrar, pues todo concurre al bien de los que aman al Señor (cfr. Rm 8, 28).

San Josemaría, desde que era sacerdote joven, nos enseñó a ser muy agradecidos en todas las circunstancias. «Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día. —Porque te da esto y lo otro. —Porque te han despreciado. —Porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes.

»Porque hizo tan hermosa a su Madre, que es también Madre tuya. —Porque creó el Sol y la Luna y aquel animal y aquella otra planta. —Porque hizo a aquel hombre elocuente y a ti te hizo premioso…

»Dale gracias por todo, porque todo es bueno» (Camino, n. 268).

Hagámonos portadores de este agradecimiento muy unidos al Sacrificio de Jesucristo en la Santa Misa; allí, el Señor presenta la ofrenda de su vida y la de su Cuerpo Místico, y Dios Padre la recibe in odorem suavitatis (Ef 5, 2), en olor de suavidad, por la acción del Espíritu Santo.

Casi al final de sus años en la tierra, San Josemaría nos exhortaba a permanecer «siempre en una continua acción de gracias a Dios, por todo: por lo que parece bueno y por lo que parece malo, por lo dulce y por lo amargo, por lo blanco y por lo negro, por lo pequeño y por lo grande, por lo poco y por lo mucho, por lo que es temporal y por lo que tiene alcance eterno. Demos gracias a Nuestro Señor por cuanto ha sucedido este año, y también en cierto modo por nuestras infidelidades, porque las hemos reconocido y nos han llevado a pedirle perdón, y a concretar el propósito —que traerá mucho bien para nuestras almas— de no ser nunca más infieles» (Apuntes tomados en una meditación, 25-XII-1972).

El quinto aniversario de la canonización de San Josemaría ha de reavivar en nosotros los grandes deseos de santidad que entonces experimentamos. Os escribí, y lo he repetido en otras ocasiones, que el 6 de octubre ha de permanecer siempre activo en nuestras almas. Maravillémonos ante la confianza que Dios nos manifiesta, al encargarnos que propaguemos el espíritu de la Obra por todo el orbe de la tierra.

Con seguridad en el alma, caminemos siempre hacia adelante cumpliendo nuestra misión de «sembradores de paz y de alegría».Hagámoslo con las palabras y con las obras, respaldando con las acciones —mediante una lucha espiritual renovada en cada jornada— lo que sabemos que es la Voluntad de Dios: que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tm 2, 4).

De muchos modos nos da a conocer el Señor su Voluntad. Esmerémonos en abrir el alma para acoger esas luces y ponerlas por obra, porque —como recuerda el Papa— «quien quiera ser amigo de Jesús y convertirse en su discípulo auténtico (…), no puede por menos de cultivar una íntima amistad con Él en la meditación y en la oración. La profundización de las verdades cristianas y el estudio de la teología o de otra disciplina religiosa suponen una educación en el silencio y la contemplación, porque es necesario desarrollar la capacidad de escuchar con el corazón a Dios que habla» (Discurso, 23-X-2006).

A este respecto, entre los medios ascéticos tradicionales en la Iglesia, gozan de especial eficacia los días de retiro espiritual, en los que el alma —dejando de lado las preocupaciones de la vida cotidiana— se dedica a pensar en Dios y en el propio provecho espiritual.

Me ha venido a la memoria que, en estos días, se cumplen setenta y cinco años de un curso de retiro de nuestro Padre en 1932, del que sacó grandes impulsos para llevar a cabo la tarea fundacional. Varias veces nos habló de aquellos primeros años de labor apostólica, siempre rodeado de gente a cuya formación se dedicaba con intensidad. Cuando deseaba tener unos días de retiro espiritual, buscaba un lugar donde pudiera quedarse a solas con Dios, totalmente apartado de las ocupaciones habituales.

El 3 de octubre de 1932 fue a Segovia, al convento de Carmelitas descalzos de aquella ciudad, edificado por San Juan de la Cruz. Se había preparado también rogando a muchas personas la limosna de sus plegarias por esa intención. Allí, el 6 de octubre, recibió la moción divina que le llevó a invocar el patrocinio de los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael sobre las labores apostólicas del Opus Dei (cfr. A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. I, p. 466). Salió de aquellas jornadas con propósitos claros y concretos para sacar adelante la Obra, fundamentando todo en la oración y la expiación: éste fue su empeño constante, y por esa senda hemos de caminar siempre sus hijas y sus hijos.

Os recuerdo estos hechos con el deseo de que preparemos muy bien los días de retiro y los cursos de retiro espiritual en los que participemos, y para que hablemos a otras personas de este medio de formación tan importante. En muchos casos —tenemos sobrada experiencia—, la asistencia a un curso de retiro supone una conversión radical, pues ayuda a las almas a plantearse las preguntas esenciales de la propia existencia: de dónde venimos y adónde vamos, qué camino hemos de seguir para llegar a la plena unión con Dios, qué medios es preciso emplear… «Este íntimo estar con Dios y, por tanto, la experiencia de la presencia de Dios, es lo que nos permite experimentar continuamente, por decirlo así, la grandeza del cristianismo; luego nos ayuda también a (…) vivirlo y realizarlo día a día, sufriendo y amando, en la alegría y en la tristeza»(Benedicto XVI, Discurso, 9-XI-2006).

Si nos empeñamos en multiplicar los retiros y los cursos de retiro, invitando a mucha gente, la labor apostólica crecerá en todas partes y nos maravillaremos de los resultados. ¿Con qué convicción hablamos a las personas sobre la oportunidad de este medio de formación? ¿Rezamos por quienes, en el mundo entero, acuden a ese encuentro con Dios?

Como sabéis, durante los meses de julio y agosto he permanecido en Pamplona, terminando un trabajo que no quería demorar. Os agradezco la ayuda de vuestra oración en esas semanas. Antes de regresar a Roma, hice un viaje —con todas, con todos— a Lourdes y también a Torreciudad, donde se celebraba la Jornada Mariana de la Familia. Sigamos rezando por la revitalización de esa célula fundamental de la sociedad, de cuya salud espiritual depende en gran medida la nueva evangelización.

También participé en un breve trayecto por algunos de los lugares que recorrió San Josemaría, en noviembre de 1937, durante el paso de los Pirineos. Fueron pocos kilómetros —desde luego, sin las enormes dificultades que encontraron entonces nuestro Fundador y los que le acompañaban—, pero me llené de alegría y de agradecimiento al Señor, considerando una vez más el heroísmo de nuestro Padre. Siguiendo sus pasos, era muy fácil vibrar con los mismos afanes suyos, y recordaros a cada una, a cada uno. En aquellos momentos de grandes penalidades, San Josemaría no pensaba en sí mismo, sino en sus hijas e hijos, en las almas que podrían caminar por senderos de vida eterna, si personalmente se mantenía fiel a la misión que el Señor le había confiado.

Se me agudizó este pensamiento, con especial claridad, cuando nos detuvimos en el lugar que ocupaba la cabaña de San Rafael, en los bosques de Rialp, donde acamparon durante unos días, antes de emprender las marchas nocturnas. Resulta impresionante: se hallaban asediados por todo tipo de peligros y, sin embargo, precisamente en esas circunstancias extraordinarias, San Josemaría estableció un horario en el que había tiempo para todo: para las prácticas de piedad, para la formación y el estudio… ¿No es un ejemplo estupendo para nosotros, ahora y en los tiempos futuros? Allí rezamos por las labores de San Miguel, de San Gabriel y de San Rafael: por el apostolado que los fieles de la Prelatura realizan en servicio de la Iglesia. También, con vosotros, rezamos las Preces de la Obra en el lugar donde nuestro Fundador encontró la rosa de madera. Resultaba muy fácil desgranar cada petición, con el cuidado con que nuestro Padre fue tomándolas de las oraciones de la tradición cristiana. Deseaba que las repitiéramos a diario con devoción, ¡viviéndolas!

De nuevo pido la ayuda de vuestra oración y de vuestra mortificación por mis intenciones. Ahora tengo urgencia de vuestro apoyo. Sed generosos y no apartéis el hombro.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier


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