“Cada caminante siga su camino”

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

La tarea de hacer el Opus Dei abrumaba a su Fundador: se sentía instrumento inepto y sordo, sin ningún medio humano Pero, con incalculable generosidad, supo dar todo de su parte para cumplir la misión que Dios le exigía. Y es importante com­probar también que las fatigas de su llamada específica en absoluto le hicieron perder la perspectiva de la Iglesia universal Mons. Escrivá de Balaguer queda para la historia come: figura muy alejada del “apóstol especializado”. Pues sintió como suyos los afanes de todos cuantos trabajaban por la Iglesia. Llevó muchas almas a la vida de oración, en la calle o en el convento; trabajó por los sacerdotes y los religiosos; amó con obras a la Jerarquía; toda su vida fue una entrega al servicio de la Iglesia entera.

Bien grabado quedó en el alma de una de aquellas chicas que sé confesaban con él en la iglesia de Santa Isabel, Natividad González: muchas veces le habló de amar a la Iglesia y al Papa con obras, de obedecer todos sus mandatos. Le explicaba que la Obra era y sería siempre muy romana, que tenía y tendría siempre a gala amar a la Iglesia santa, una, católica, apostólica y romana.

Asunción Muñoz, Dama Apostólica que contempló muy de cerca el quehacer del Fundador del Opus Dei entre 1927 y 1931, testimonia que “comprendió muy bien nuestro espíritu aun cuando luego él fundara el Opus Dei con un modo de buscar la santidad muy diverso. Habiéndole conocido, esto se explica con facilidad ya que él acataba todo lo bueno, todo lo grande, todo lo santo… Tenía un espíritu muy universal. Quería todo cuanto fuera para la Gloria de Dios. Y por eso nos conoció muy bien y nos ayudó muchísimo y nos tuvo un gran afecto”.

En 1933 prosiguió, de manera más organizada, como sabe­mos, su trabajo apostólico con la gente joven: círculos, medita­ciones y retiros, actos de devoción eucarística, etc. Desde el primer momento, cuando explicaba esas actividades a los que se incorporaban, les decía siempre que no se trataba de formar ninguna asociación: ya hay muchas y muy buenas, salía repetir. Se limitaba a ofrecer unos medios de formación, unas clases de doctrina cristiana que, de hecho y de derecho, eran compatibles con pertenecer o seguir perteneciendo a cualquier asociación de las que entonces existían. Esta actitud no era táctica, sino pura consecuencia de su espíritu abierto, universal, católico, que se alegraba ‑se alegraría toda su vida‑ con las manifestaciones de celo de los demás.

El P. Sancho, O. P., regresó de Manila en 1935. Le interesaba en aquella fecha de modo especial el apostolado con los jóvenes. Conoció entonces a las Teresianas, y a la señorita Segovia, que le habló un dio de don Josemaría. El P. Sancho reconoce el afecto con que el Fundador del Opus Dei ayudó a esta Institución, y cómo bendecía a Dios ante cualquier apostolado del que tuviera noticia: “No fue jamás exclusivista, tenía un espíritu muy amplio, un celo infatigable por todas las almas”.

Después de la guerra de España, el propio P. Sancho tuvo ocasión de volver a comprobar de cerca ese espíritu. Por entonces surgieron distintos grupos apostólicos. Algunos, promovidos por sacerdotes seculares; otros, por religiosos, que comenzaron a trabajar con seglares. Al P. Sancho no se le ha olvidado la alegría de Mons. Escrivá de Balaguer ante esas iniciativas: “Siempre decía: mientras más personas haya que sirvan a Dios, mejor”.

Al Fundador del Opus Dei le correspondía ser, como tantas veces se ha apreciado, “pionero de la espiritualidad laical”. Pero era tal la fuerza de su palabra y de sus escritos, la riqueza de doctrina que el Espíritu Santo le imprimía que, en la práctica, ha hecho un bien enorme, no sólo a miles de personas de la calle, que descubrían a Dios en medio de sus afanes más ordinarios, sino también a religiosas y religiosos, consagrados de por vida a Dios lejos del mundo, por caminos que no pueden ser más diversos que los del Opus Dei.

La fidelidad a Cristo conoce, en la historia como en el presente, una notable variedad de situaciones personales e insti­tucionales, que muestran el carácter católico, universal, de la Iglesia, sin que haya necesariamente entre esas instituciones relación de continuidad. Por encima de las diferencias, hay siempre un denominador común radical: el mensaje del Evange­lio. Mons. Escrivá de Balaguer subrayó siempre ‑como elemen­to decisivo‑ que, para ser santos en medio del mundo, los laicos debían aprender a llevar vida contemplativa, a tener presencia de Dios en las circunstancias normales propias de los fieles co­rrientes.

El espíritu contemplativo es el hilo conductor que, en buena medida, explica que el Fundador del Opus Dei entendiera muy bien la vocación ‑con manifestaciones tan distintas‑ de otras personas. Un hermano profeso de la Cartuja de Aula‑Dei (Zara­goza), Hugo María Quesada, atestigua cómo desde mayo de 1942 acudió todas las semanas a la dirección espiritual de don Jose­maría hasta su ingreso en la Cartuja de Miraflores. Le fue ayudando a tener presencia de Dios, a ver la oración como un diálogo, sencillo y familiar, con Dios, a ser mortificado en lo ordinario y en lo extraordinario… Le ayudó, en suma, a madurar su vocación, para que su entrada en la Cartuja no fuera fruto de un entusiasmo pasajero. Y por fin, vete, le dijo, que el Espíritu Santo te lleva por esos caminos. El hermano Hugo María re­cuerda con agradecimiento aquel consejo, y conserva un ejemplar de Camino dedicado, que “continúa haciéndome bien en mi vida en la Cartuja”.

Desde su Monasterio de Valencia, sor María Rosa Pérez, monja clarisa, afirma que los escritos de Mons. Escrivá de Balaguer, “llenos de un profundo contenido espiritual, han sido una valiosa ayuda en las distintas épocas de mi vida, tanto en mi vida seglar como actualmente en mi vida consagrada. Todos ellos reflejan la grandeza de su alma, su profunda fe y extraordinaria confianza en Dios”.

En la carta que el 21 de agosto de 1975 escribe sor María Jesús Rodríguez Cuervo, Abadesa del Monasterio Cisterciense de Santa María de los Ángeles (Oviedo), reconoce que las obras Dei Fundador del Opus Dei le ayudan a vivir su vocación contem­plativa y a ser fiel al espíritu de la Regla de San Benito.

Y la Superiora del Monasterio de la Visitación de Santa María, también de Oviedo, sor Teresa J. García de Samaniego, se expresa en términos parecidos. Leen y meditan los escritos del Fundador del Opus Dei. Alguna religiosa del Monasterio afirma que le debe mucho de su vocación. Todas ven en sus homilías un fermento de vida sobrenatural, de fe y de esperanza, de serenidad y de alegría. Para una hermana del Monasterio, invidente desde hace años, la edición de Camino en método Braille es recurso permanente para su oración y su vida de piedad. Sor Teresa concluye: “La espiritualidad de este Fundador es universal. Es la espiritualidad de un hombre de Dios”.

La amplitud de miras del Fundador del Opus Dei no conocía reservas. Movido por el Amor de Dios, quería que toda la gloria fuese para Él y para su Iglesia. Por eso, ante cualquier llama que se encendiera en servicio apostólico, su actitud era de apoyo decidido, en lo que pudiera estar en su mano. Cuando menos, de alegría y de oración, como escribió en Camino:

Alégrate, si ves que otros trabajan en buenos apostolados. ‑Y pide, para ellos, gracia de Dios abundante y correspon­dencia a esa gracia (Camino, 965).

Le encantaba que en la Iglesia hubiera muchos caminos:

Debe haberlos: para que todas las almas puedan encontrar el suyo, en esa variedad admirable (Camino, 964).

Pero como había sufrido el dolor de la incomprensión de algunos, arrastrados por la tentación de la envidia ‑la celoti­pia‑, que aparece ya entre los primeros discípulos de Jesucristo, formó, desde el primer momento, a los que venían a su lado en la idea de que se dedicasen a su tarea, sin modificar en nada a otros que también trabajaban por Dios:

Es mal espíritu el tuyo si te duele que otros trabajen por Cristo sin contar con tu labor. ‑Acuérdate de este pasaje de San Marcos: “Maestro: hemos visto a uno que andaba lanzando demonios en tu nombre, que no es de nuestra compañía, y se lo prohibimos. No hay para qué prohibírselo, respondió Jesús, puesto que ninguno que haga milagros en mi nombre, podrá luego hablar mal de mí. Que quien no es contrario vuestro, de vuestro partido es” (Camino, 966).

Poco después de la guerra de España dirigió unos días de retiro para estudiantes en Burjasot (Valencia). El edificio había sido cuartel de milicianos o cosa parecida. Quedaban aún letreros en las paredes, aunque habían quitado muchos. Quiso que dejasen uno que decía “Cada caminante siga su camino”: venía a ser todo un lema del espíritu abierto que caracterizaba su acción apostólica.

A lo largo de su vida, tuvo muchas ocasiones de confirmar, con los hechos, que había incorporado a su conducta ese espíritu evangélico. Uno lo refirió, en sus líneas generales, el Obispo de Ciudad Real. Don Juan Hervás promovió un gran movimiento de renovación cristiana y de apostolado laical, los conocidos Cursi­llos de Cristiandad, que tuvieron pronta y rápida expansión. Pero, como tantas veces sucede, se desató una tremenda tempes­tad contra él. Hacia 1957 fue a desahogarse con su amigo don Josemaría, a quien había tratado antes de 1936, cuando don Juan consagraba su recién estrenado sacerdocio a la naciente Acción Católica.

Los tiempos habían cambiado. Pero el diálogo fue tan fácil y cordial como entonces. “Sus palabras, breves y certeras ‑escribe Monseñor Hervás en 1975‑ me reconfortaron mucho en una hora ciertamente difícil para los Cursillos de Cristiandad. Y recuerdo también la insistencia con que recalcaba, dándome la sensación de que volcaba en mí su propia alma: amor a los que no nos comprenden, oración por los que juzgan sin querer enterarse, atención a la voz de la Iglesia y no a los rumores de la calle, un corazón limpio de amarguras y resentimientos”.

“De este modo providencial e imprevisto aquel hombre de Dios, como no dudo en llamarlo, influyó para alentar una empresa que no era su empresa y volcó caridad y comprensión sobre un método de espiritualidad y apostolado laical que iba por caminos distintos de los suyos”.

Alégrate, si ves que otros trabajan en buenos apostolados (…) Después, tú, a tu camino: persuádete de que no tienes otro.

Así termina aquel punto 965 de Camino, citado poco antes.

Esto exige centrarse cada uno en su propia tarea, con su espíritu peculiar, y con veneración y comprensión hacia los demás, sin injerencias, ni coordinaciones o planificaciones superfluas.

No obstante, cuando fue necesario, el Fundador del Opus Dei trabajó ‑o hizo trabajar‑ en favor de organizaciones o movi­mientos apostólicos que obedecían a principios o modos de hacer diversos a los de la Obra.

Así sucedió, por ejemplo, con la Acción Católica Española, en la postguerra. Cuando en 1949 el Obispo de Madrid le pidió un sacerdote al Opus Dei para nombrarlo consiliario de la Juventud Universitaria de la Acción Católica madrileña, le dio varios nombres para que el Obispo eligiera. Debió costarle, porque eran aún muy pocos los sacerdotes del Opus Dei y abundantes las propias necesidades apostólicas. Pero lo que aquí nos interesa ahora es que, cuando comunicó a don Jesús Urteaga que iba a recibir ese encargo diocesano, le expresó ‑con toda claridad­- su deseo terminante de que trabajase siguiendo el propio espíritu de la Acción Católica.

Idéntico consejo dio siempre a las personas de Acción Católica que acudieron a su dirección espiritual. Lo testimonió públicamente, en el diario ABC de Madrid, hacia 1964, Alfredo López, que había sido presidente de Acción Católica Española en 1953. Otro amigo, Manolo Aparici, “el inolvidable presidente y consiliario de la Juventud de Acción Católica”, le había presen­tado a don Josemaría en 1939. El público y reconocido testimonio de don Alfredo López concluía así: “De labios del Fundador del Opus Dei oí yo muchas veces a lo largo de los años en que le traté estas palabras: Ama mucho a la Acción Católica. Yo la amé y la serví y la sigo amando, es cierto, pero a la vez una inquietud se apodera de mí cuando esto recuerdo. Porque si yo hubiera cumplido los deberes de mis cargos, como Mons. Escrivá de Balaguer quería que los hubiese cumplido, mi aportación a la Acción Católica hubiera tenido una perfección que en ocasiones le faltó”.

Alfredo López había tenido ocasión de comprobar muy de cer­ca el corazón grande Dei Fundador del Opus Dei, su pecho “abier­to de par en par para todo lo que es noble y limpio en la vida”. Pudo vislumbrar el único interés de su vida, la búsqueda de la santidad, “porque es un hombre que ama de veras a Jesucristo y está empeñado en llenar el mundo de este amor”. Y entre los de su propia familia, Alfredo López calibrará también que, para don Josemaría, todos los caminos llevan a Dios: “Con una comprensión tan certera de la vocación laical, tan amante de su propia vocación de sacerdote diocesano, sabía también compren­der y amar la vocación, tan distinta, de los religiosos y descubrir sus señales en las almas que trataba, cuando Dios las quería fuera del mundo. Él bendijo y confirmó en tal camino a una hija mía, que sabía de memoria, de tanto leerlos, muchos trozos de Camino, y hoy es religiosa de la Asunción”.

Como reflejó el obispo dimisionario de Santander, en La Gaceta del Norte (Bilbao), “Monseñor Escrivá era un hombre de ideas al mismo tiempo universales y concretas. Vivió el evangelio, la `letra del evangelio’ y su espíritu. Amó a la Iglesia, a la obra de Cristo, a la institución, sin distinción de tiempos, a la Iglesia de Pablo VI, como a la de Juan XXIII, recibiendo con la misma veneración las enseñanzas del Concilio Vaticano, segundo o primero, como las del Concilio de Trento. Este espíritu eclesial se transparenta en todos sus escritos, en `Camino’, ruta segura de espiritualidad, como sobre todo en sus `Homilías’, (conde se desarrolla con amplitud la idea de la presencia constante de Cristo en su Iglesia, y de la Iglesia en el mundo, proyectando la verdad evangélica sobre el quehacer humano integral”.

Isidoro Zorzano

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La primera persona que perseveraría en el Opus Dei, Isidoro Zorzano, no apareció hasta casi dos años después de la fundación. Zorzano había nacido en Argentina, aunque sus padres regresaron a España cuando tenía tres años. Fue compañero de Escrivá en el instituto de Logroño y había estudiado Ingeniería Industrial, uno de los títulos más prestigiosos y difíciles de alcanzar en esa época. Tras graduarse, trabajó durante una breve temporada para una compañía que construía piezas para ferrocarriles. En diciembre de 1928 entró en una compañía ferroviaria de Málaga. Además de su trabajo para el ferrocarril, Zorzano dio clases nocturnas de matemáticas y de electricidad en la Escuela de Comercio de esa ciudad.

Con el paso de los años, Zorzano y Escrivá se habían visto unas cuantas veces y habían mantenido un esporádico contacto epistolar, pero no un trato habitual. Poco después de la fundación del Opus Dei, Escrivá comenzó a rezar más por Zorzano, como posible vocación. En agosto de 1930, le envió una postal en la que le invitaba a verle en su siguiente viaje a Madrid, a la vez que le prometía: “Tengo cosas muy interesantes que contarte”[1].

Cuando recibió la nota de Escrivá, Zorzano pasaba por una crisis espiritual. Le iba bien en lo profesional, pero se sentía insatisfecho. Se descubrió pensando con frecuencia que Dios quería de él una entrega completa. En su mente eso sólo podía significar una cosa: entrar en una orden religiosa. Sin embargo, amaba su profesión y le parecía inconcebible que Dios le pidiera dejarla. Deseaba armonizar su trabajo profesional con una completa dedicación a Dios, pero eso parecía imposible.

El 24 de agosto de 1930, fiesta de San Bartolomé, Zorzano se encontraba en Madrid por motivos profesionales. Aunque no se había citado con él, esperaba ver a Escrivá para averiguar qué eran esas “cosas muy interesantes” de las que le había hablado su amigo, y para ver si Escrivá le podía ayudar a resolver su crisis espiritual. Fue al Patronato de Enfermos, pero le dijeron que no estaba. Había acudido a visitar a José Romeo, quien, enfermo, guardaba cama.

En un escrito del día siguiente, Escrivá anotó: “Me sentí desasosegado –sin motivo— y me fui antes de la hora natural de marcharme, puesto que era muy razonable que hubiera esperado a que vinieran a su casa don Manuel y Colo. Poco antes de llegar al Patronato, en la calle de Nicasio Gallego, encontré a Zorzano. Al decirle que yo no estaba, salió de la Casa Apostólica, con intención de ir a Sol, pero una seguridad de encontrarme, me dijo, le hizo volver por Nicasio Gallego”[2].

El mismo Escrivá normalmente no tomaba la calle Nicasio Gallego para regresar a casa, pero aquel día lo hizo y se encontraron. Apenas se saludaron Zorzano le dijo: “quiero entregarme a Dios, y no sé cómo ni dónde”[3]. Quedaron más tarde aquel día para charlar con calma. Aunque Escrivá no solía hablar con su director espiritual del apostolado del Opus Dei, en este caso le llamó por teléfono y le explicó lo sucedido: “Al preguntarle qué le parecía que debía hacer, me contestó: ¿qué ha de hacer? ¡Cogerlo!”[4].

Después de hablar de las inquietudes y aspiraciones de Zorzano, Escrivá le explicó que hacía poco había fundado una obra cuyo objetivo era precisamente la santidad en medio del mundo. Zorzano respondió inmediatamente que eso era lo que estaba buscando. Esa misma tarde Zorzano dejó Madrid para visitar a su madre en el norte de España y luego volver a Málaga. Pocos días después en una carta a Escrivá decía: “Siento la necesidad de estar juntos y orientarme definitivamente, con tu ayuda, en la nueva era que abriste a mis ojos, y que era precisamente el ideal que yo me había forjado y que creía irrealizable por tratarse de aunar factores de diversos matices, he pensado sobre ello y cada día me parece más hermoso, es mí única ilusion cooperar en dicho ideal para llevar a feliz término nuestra causa”[5].

Hasta 1936, el trabajo profesional de Zorzano le mantuvo en Málaga, así que una buena parte de su formación inicial en el Opus Dei se hizo por correo, y con algún viaje esporádico a Madrid. A pesar de sus deseos de servir a Dios, Zorzano no había recibido una educación religiosa profunda y no tenía la costumbre de dedicar mucho tiempo a la oración. Solía comulgar únicamente los domingos. Cuando iba de excursión con sus amigos, salían temprano de Málaga y oían Misa en el pueblo que fuera punto de partida de su viaje. Como en aquella época la Iglesia exigía para comulgar un ayuno total, también de agua, desde la medianoche anterior, eso significaba que Zorzano no comulgaba muchos domingos.

Al principio Zorzano sólo tenía una idea aproximada del espíritu del Opus Dei. No parece haber entendido del todo la idea del apostolado con amigos y compañeros a través del ejemplo y de la conversación personal. Al principio centró su dedicación a Dios en participar en organizaciones y actividades católicas. Se hizo miembro de los Caballeros del Pilar, se involucró en actividades sociales organizadas por grupos católicos, ayudó a la Casa del Niño Jesús y se incorporó al grupo de Acción Católica recién abierto en Malaga.

No contento con entrar en los grupos que ya existían, se dispuso a organizar una asociación de estudiantes católicos. En Málaga, como en el resto de España, la vida estudiantil estaba muy politizada. La principal organización estudiantil, la Federación de Estudiantes Españoles, era de izquierdas y anticatólica. Zorzano decidió organizar en Málaga una filial de la Federación de Estudiantes Católicos, que además de católica en su orientación era políticamente conservadora.

Dicha decisión le causaría algún problema. Zorzano, como no era estudiante, no podía ser miembro ni cargo en el grupo, pero en su asamblea constituyente fue nombrado presidente honorario. Cuando algunos de los estudiantes de la Escuela de Comercio donde daba clase se afiliaron a la Federación, miembros de la Federación de Estudiantes Españoles acusaron a Zorzano de favorecer injustamente en clase a los miembros del grupo católico. El director censuró oficialmente a Zorzano por activismo político y religioso en la escuela. Sin embargo, no aceptó su dimisión y a los pocos meses el incidente quedó prácticamente olvidado.

Desde el principio, Escrivá animó a Zorzano a construir, paulatinamente, una intensa vida interior de oración y sacrificio. En una carta fechada el 23 de noviembre de 1930 escribió: “Mira: Si hemos de ser lo que el Señor y nosotros deseamos, hemos de fundamentarnos bien, antes que nada, en la oración y en la expiación (sacrificio). Orar: nunca, repito, dejes la meditación, al levantarte; y ofrece cada día, como expiación, todas las molestias y sacrificios de la jornada”[6]. Paciente e insistentemente le urgía a frecuentar los sacramentos, y especialmente a recibir la comunión con mayor frecuencia, a diario si era posible. No le indicó a Zorzano que dejara las actividades de los diversos grupos a los que pertenecía, pero le ayudaba, poco a poco, a comprender que debían ocupar un lugar secundario, ya que debía centrarse en cultivar una vida de auténtica piedad y un apostolado más personal en el trabajo con amigos, compañeros y familiares.

[1] José Miguel Pero-Sanz. ISIDORO ZORZANO LEDESMA. Ediciones Palabra. Madrid, 1996 . p. 113

[2] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 447

[3] AGP, P01 1993 p. 1171

[4] Ibid. p. 1172

[5] Ibid. p. 1173

[6] José Miguel Pero-Sanz. Ob. cit . p. 120

La situación personal de Escrivá

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Escrivá había pensado en conseguir una plaza de profesor en la Facultad de Derecho para mantenerse a sí mismo y a su familia. Durante su curso de retiro de 1932 se dio cuenta de que el tiempo que le exigiría dicho proyecto era incompatible con su vocación a dedicarse a la fundación del Opus Dei. Dios, concluía, le pedía “ser sola y exclusivamente —y siempre— eso: sacerdote: padre director de almas, oculto, enterrado en vida, por Amor”[1]. “Buscar yo una ocupación seglar, después de considerado lo que va delante, sería dudar de la divinidad de la O. —que es mi fin, en la tierra”[2].

Aun así, decidió terminar sus doctorados en Derecho y Teología porque pensaba que estaría mejor preparado para desarrollar el Opus Dei. A pesar del poco progreso que había hecho desde su llegada a Madrid, estaba decidido a conseguir ambos títulos el año siguiente.

Sacar adelante el Opus Dei le llevaba casi todo su tiempo y el sostenimiento de su familia le impedía pagar las tasas de esos estudios. Por consiguiente, las cosas iban mucho más despacio de lo esperado. Cuatro años después, cuando estalló la Guerra Civil, había avanzado poco en el doctorado de Teología. Había cursado la mayoría de las asignaturas del doctorado de Derecho y había reunido bastante material para la tesis sobre la ordenación de mestizos y cuarterones en el imperio español, pero durante la Guerra Civil perdió todos los papeles y tuvo que empezar de nuevo. Eligió entonces un tema completamente distinto, la jurisdicción cuasi episcopal de la abadesa del Monasterio de Las Huelgas. No recibió el doctorado de Derecho hasta diciembre de 1939, y tuvo que esperar hasta 1955 para doctorarse en Teología por la Universidad Pontificia Lateranense de Roma.

Ya que no iba a ser catedrático, tenía que encontrar alguna otra fuente de ingresos para su familia. Su situación financiera se deterioraba. “Estoy —más que nunca— sin un céntimo. Nuestra pobreza (gran señora mía, la pobreza) es tan real, desde hace años, como la de los que piden en la calle. Nos alimenta y viste (sin nada superfluo y aun sin algo de lo necesario) nuestro Padre, que está en los cielos, lo mismo que alimenta y viste a las aves, según dice el Sto. Evangelio. No me preocupa nada, nada, nada esta situación económica. Estamos acostumbrados a vivir de milagro”[3].

A pesar de lo insostenible de la situación concluyó que la solución de los problemas económicos de su familia pasaba por que él mismo se abandonara con confianza en los brazos de Dios: “Las cosas de Dios han de hacerse a lo divino. Yo soy de Dios, quiero ser de Dios. Cuando de verdad lo sea, Él —en seguida— arreglará esto, premiando mi Fe y mi Amor y el callado y nada corto sacrificio de mi madre y mis hermanos. Dejemos que obre el Señor”[4].

Pronto tuvo la oportunidad de poner a prueba su resolución. Angel Herrera, presidente nacional de Acción Católica y editor del influyente periódico El Debate, quería abrir un centro en Madrid para preparar a destacados sacerdotes jóvenes de todo el país que dirigieran el crecimiento de Acción Católica en sus respectivas diócesis. Propuso a Escrivá ser el director espiritual del centro. La oferta era atrayente. El cargo le habría traído gran prestigio en los círculos eclesiásticos y llamado la atención de la jerarquía española que seguía de cerca el desarrollo de Acción Católica. Además, habría sido una oportunidad para influir en la expansión de Acción Católica por toda España.

Escrivá declinó la oferta porque le distraería de su esfuerzo por sacar adelante el Opus Dei. Le dijo a Herrera: “No, no. Agradecido, pero no acepto; porque yo debo seguir [...] el camino por el que Dios me llama”[5]. La Acción Católica era algo muy diferente de lo que Escrivá intentaba hacer. Los laicos que pertenecían a ella apoyaban las actividades apostólicas oficiales de la jerarquía. Pero el Opus Dei veía a los laicos, hombres y mujeres, haciendo apostolado principalmente en medio del mundo, en virtud de su bautismo, sin ningún mandato especial de la jerarquía. Como Escrivá anotó en otro contexto, en 1932: “Hay que rechazar el prejuicio de que los fieles corrientes no pueden hacer más que limitarse a ayudar al clero, en apostolados eclesiásticos. El apostolado de los seglares no tiene por qué ser siempre una simple participación en el apostolado jerárquico: a ellos les compete el deber de hacer apostolado. Y esto no porque reciban una misión canónica, sino porque son parte de la Iglesia; esa misión… la realizan a través de su profesión, de su oficio, de su familia, de sus colegas, de sus amigos”[6].

Cuando, después de la entrevista con Herrera, regresó a casa, Escrivá intentó amortiguar el impacto de su decisión comentando que ya surgiría otra cosa en el futuro. Su hermano Santiago, de trece años de edad, le respondió: “Que te den una cosa que sirva para mucho bien de las almas, pero que sea lucrativa”[7].

La realidad a la que Escrivá se enfrentaba en 1932 contrastaba crudamente con sus ambiciosos planes de apostolado. A pesar de tanto esfuerzo y sacrificio, no tenía prácticamente nada que mostrar. El número de sus seguidores se había visto tristemente reducido. Algunos habían dejado Madrid. Otros habían sufrido “enfermedades y tribulaciones” y terminaron por abandonar la Obra. Y algunos simplemente se habían cansado de seguirle porque “querían sin querer de verdad”. De los pocos que todavía seguían con él a finales de 1932, sólo Isidoro se mantendría fiel.

Escrivá era plenamente consciente de la desproporción entre sus fuerzas y la sobrecogedora misión a la que estaba llamado. En una nota se describía a sí mismo como un “un instrumento pobrísimo y pecador, planeando, con tu inspiración, la conquista del mundo entero para su Dios, desde el maravilloso observatorio de un cuarto interior de una casa modesta, donde toda incomodidad material tiene su asiento. Fiat, adimpleatur. Amo tu Voluntad [...], seguro —soy tu hijo— de que la O. surgirá pronto y conforme a tus inspiraciones. Amen. Amen”[8]. De hecho, el año 1933 vería un crecimiento que, aunque apenas apreciable en ese momento, retrospectivamente parece marcar el comienzo de la expansión del Opus Dei.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 473

[2] Ibid. p. 472

[3] Ibid. p. 479-480

[4] Ibid. p. 473-74

[5] Ibid. p. 488 n. 189

[6] Gonzalo Redondo. Ob. cit. p. 204

[7] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 487

[8] Ibid. p. 485-485

Isidoro Zorzano

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La primera persona que perseveraría en el Opus Dei, Isidoro Zorzano, no apareció hasta casi dos años después de la fundación. Zorzano había nacido en Argentina, aunque sus padres regresaron a España cuando tenía tres años. Fue compañero de Escrivá en el instituto de Logroño y había estudiado Ingeniería Industrial, uno de los títulos más prestigiosos y difíciles de alcanzar en esa época. Tras graduarse, trabajó durante una breve temporada para una compañía que construía piezas para ferrocarriles. En diciembre de 1928 entró en una compañía ferroviaria de Málaga. Además de su trabajo para el ferrocarril, Zorzano dio clases nocturnas de matemáticas y de electricidad en la Escuela de Comercio de esa ciudad.

Con el paso de los años, Zorzano y Escrivá se habían visto unas cuantas veces y habían mantenido un esporádico contacto epistolar, pero no un trato habitual. Poco después de la fundación del Opus Dei, Escrivá comenzó a rezar más por Zorzano, como posible vocación. En agosto de 1930, le envió una postal en la que le invitaba a verle en su siguiente viaje a Madrid, a la vez que le prometía: “Tengo cosas muy interesantes que contarte”[1].

Cuando recibió la nota de Escrivá, Zorzano pasaba por una crisis espiritual. Le iba bien en lo profesional, pero se sentía insatisfecho. Se descubrió pensando con frecuencia que Dios quería de él una entrega completa. En su mente eso sólo podía significar una cosa: entrar en una orden religiosa. Sin embargo, amaba su profesión y le parecía inconcebible que Dios le pidiera dejarla. Deseaba armonizar su trabajo profesional con una completa dedicación a Dios, pero eso parecía imposible.

El 24 de agosto de 1930, fiesta de San Bartolomé, Zorzano se encontraba en Madrid por motivos profesionales. Aunque no se había citado con él, esperaba ver a Escrivá para averiguar qué eran esas “cosas muy interesantes” de las que le había hablado su amigo, y para ver si Escrivá le podía ayudar a resolver su crisis espiritual. Fue al Patronato de Enfermos, pero le dijeron que no estaba. Había acudido a visitar a José Romeo, quien, enfermo, guardaba cama.

En un escrito del día siguiente, Escrivá anotó: “Me sentí desasosegado –sin motivo— y me fui antes de la hora natural de marcharme, puesto que era muy razonable que hubiera esperado a que vinieran a su casa don Manuel y Colo. Poco antes de llegar al Patronato, en la calle de Nicasio Gallego, encontré a Zorzano. Al decirle que yo no estaba, salió de la Casa Apostólica, con intención de ir a Sol, pero una seguridad de encontrarme, me dijo, le hizo volver por Nicasio Gallego”[2].

El mismo Escrivá normalmente no tomaba la calle Nicasio Gallego para regresar a casa, pero aquel día lo hizo y se encontraron. Apenas se saludaron Zorzano le dijo: “quiero entregarme a Dios, y no sé cómo ni dónde”[3]. Quedaron más tarde aquel día para charlar con calma. Aunque Escrivá no solía hablar con su director espiritual del apostolado del Opus Dei, en este caso le llamó por teléfono y le explicó lo sucedido: “Al preguntarle qué le parecía que debía hacer, me contestó: ¿qué ha de hacer? ¡Cogerlo!”[4].

Después de hablar de las inquietudes y aspiraciones de Zorzano, Escrivá le explicó que hacía poco había fundado una obra cuyo objetivo era precisamente la santidad en medio del mundo. Zorzano respondió inmediatamente que eso era lo que estaba buscando. Esa misma tarde Zorzano dejó Madrid para visitar a su madre en el norte de España y luego volver a Málaga. Pocos días después en una carta a Escrivá decía: “Siento la necesidad de estar juntos y orientarme definitivamente, con tu ayuda, en la nueva era que abriste a mis ojos, y que era precisamente el ideal que yo me había forjado y que creía irrealizable por tratarse de aunar factores de diversos matices, he pensado sobre ello y cada día me parece más hermoso, es mí única ilusion cooperar en dicho ideal para llevar a feliz término nuestra causa”[5].

Hasta 1936, el trabajo profesional de Zorzano le mantuvo en Málaga, así que una buena parte de su formación inicial en el Opus Dei se hizo por correo, y con algún viaje esporádico a Madrid. A pesar de sus deseos de servir a Dios, Zorzano no había recibido una educación religiosa profunda y no tenía la costumbre de dedicar mucho tiempo a la oración. Solía comulgar únicamente los domingos. Cuando iba de excursión con sus amigos, salían temprano de Málaga y oían Misa en el pueblo que fuera punto de partida de su viaje. Como en aquella época la Iglesia exigía para comulgar un ayuno total, también de agua, desde la medianoche anterior, eso significaba que Zorzano no comulgaba muchos domingos.

Al principio Zorzano sólo tenía una idea aproximada del espíritu del Opus Dei. No parece haber entendido del todo la idea del apostolado con amigos y compañeros a través del ejemplo y de la conversación personal. Al principio centró su dedicación a Dios en participar en organizaciones y actividades católicas. Se hizo miembro de los Caballeros del Pilar, se involucró en actividades sociales organizadas por grupos católicos, ayudó a la Casa del Niño Jesús y se incorporó al grupo de Acción Católica recién abierto en Malaga.

No contento con entrar en los grupos que ya existían, se dispuso a organizar una asociación de estudiantes católicos. En Málaga, como en el resto de España, la vida estudiantil estaba muy politizada. La principal organización estudiantil, la Federación de Estudiantes Españoles, era de izquierdas y anticatólica. Zorzano decidió organizar en Málaga una filial de la Federación de Estudiantes Católicos, que además de católica en su orientación era políticamente conservadora.

Dicha decisión le causaría algún problema. Zorzano, como no era estudiante, no podía ser miembro ni cargo en el grupo, pero en su asamblea constituyente fue nombrado presidente honorario. Cuando algunos de los estudiantes de la Escuela de Comercio donde daba clase se afiliaron a la Federación, miembros de la Federación de Estudiantes Españoles acusaron a Zorzano de favorecer injustamente en clase a los miembros del grupo católico. El director censuró oficialmente a Zorzano por activismo político y religioso en la escuela. Sin embargo, no aceptó su dimisión y a los pocos meses el incidente quedó prácticamente olvidado.

Desde el principio, Escrivá animó a Zorzano a construir, paulatinamente, una intensa vida interior de oración y sacrificio. En una carta fechada el 23 de noviembre de 1930 escribió: “Mira: Si hemos de ser lo que el Señor y nosotros deseamos, hemos de fundamentarnos bien, antes que nada, en la oración y en la expiación (sacrificio). Orar: nunca, repito, dejes la meditación, al levantarte; y ofrece cada día, como expiación, todas las molestias y sacrificios de la jornada”[6]. Paciente e insistentemente le urgía a frecuentar los sacramentos, y especialmente a recibir la comunión con mayor frecuencia, a diario si era posible. No le indicó a Zorzano que dejara las actividades de los diversos grupos a los que pertenecía, pero le ayudaba, poco a poco, a comprender que debían ocupar un lugar secundario, ya que debía centrarse en cultivar una vida de auténtica piedad y un apostolado más personal en el trabajo con amigos, compañeros y familiares.

[1] José Miguel Pero-Sanz. ISIDORO ZORZANO LEDESMA. Ediciones Palabra. Madrid, 1996 . p. 113

[2] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 447

[3] AGP, P01 1993 p. 1171

[4] Ibid. p. 1172

[5] Ibid. p. 1173

[6] José Miguel Pero-Sanz. Ob. cit . p. 120

Isidoro Zorzano

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La primera persona que perseveraría en el Opus Dei, Isidoro Zorzano, no apareció hasta casi dos años después de la fundación. Zorzano había nacido en Argentina, aunque sus padres regresaron a España cuando tenía tres años. Fue compañero de Escrivá en el instituto de Logroño y había estudiado Ingeniería Industrial, uno de los títulos más prestigiosos y difíciles de alcanzar en esa época. Tras graduarse, trabajó durante una breve temporada para una compañía que construía piezas para ferrocarriles. En diciembre de 1928 entró en una compañía ferroviaria de Málaga. Además de su trabajo para el ferrocarril, Zorzano dio clases nocturnas de matemáticas y de electricidad en la Escuela de Comercio de esa ciudad.

Con el paso de los años, Zorzano y Escrivá se habían visto unas cuantas veces y habían mantenido un esporádico contacto epistolar, pero no un trato habitual. Poco después de la fundación del Opus Dei, Escrivá comenzó a rezar más por Zorzano, como posible vocación. En agosto de 1930, le envió una postal en la que le invitaba a verle en su siguiente viaje a Madrid, a la vez que le prometía: “Tengo cosas muy interesantes que contarte”[1].

Cuando recibió la nota de Escrivá, Zorzano pasaba por una crisis espiritual. Le iba bien en lo profesional, pero se sentía insatisfecho. Se descubrió pensando con frecuencia que Dios quería de él una entrega completa. En su mente eso sólo podía significar una cosa: entrar en una orden religiosa. Sin embargo, amaba su profesión y le parecía inconcebible que Dios le pidiera dejarla. Deseaba armonizar su trabajo profesional con una completa dedicación a Dios, pero eso parecía imposible.

El 24 de agosto de 1930, fiesta de San Bartolomé, Zorzano se encontraba en Madrid por motivos profesionales. Aunque no se había citado con él, esperaba ver a Escrivá para averiguar qué eran esas “cosas muy interesantes” de las que le había hablado su amigo, y para ver si Escrivá le podía ayudar a resolver su crisis espiritual. Fue al Patronato de Enfermos, pero le dijeron que no estaba. Había acudido a visitar a José Romeo, quien, enfermo, guardaba cama.

En un escrito del día siguiente, Escrivá anotó: “Me sentí desasosegado –sin motivo— y me fui antes de la hora natural de marcharme, puesto que era muy razonable que hubiera esperado a que vinieran a su casa don Manuel y Colo. Poco antes de llegar al Patronato, en la calle de Nicasio Gallego, encontré a Zorzano. Al decirle que yo no estaba, salió de la Casa Apostólica, con intención de ir a Sol, pero una seguridad de encontrarme, me dijo, le hizo volver por Nicasio Gallego”[2].

El mismo Escrivá normalmente no tomaba la calle Nicasio Gallego para regresar a casa, pero aquel día lo hizo y se encontraron. Apenas se saludaron Zorzano le dijo: “quiero entregarme a Dios, y no sé cómo ni dónde”[3]. Quedaron más tarde aquel día para charlar con calma. Aunque Escrivá no solía hablar con su director espiritual del apostolado del Opus Dei, en este caso le llamó por teléfono y le explicó lo sucedido: “Al preguntarle qué le parecía que debía hacer, me contestó: ¿qué ha de hacer? ¡Cogerlo!”[4].

Después de hablar de las inquietudes y aspiraciones de Zorzano, Escrivá le explicó que hacía poco había fundado una obra cuyo objetivo era precisamente la santidad en medio del mundo. Zorzano respondió inmediatamente que eso era lo que estaba buscando. Esa misma tarde Zorzano dejó Madrid para visitar a su madre en el norte de España y luego volver a Málaga. Pocos días después en una carta a Escrivá decía: “Siento la necesidad de estar juntos y orientarme definitivamente, con tu ayuda, en la nueva era que abriste a mis ojos, y que era precisamente el ideal que yo me había forjado y que creía irrealizable por tratarse de aunar factores de diversos matices, he pensado sobre ello y cada día me parece más hermoso, es mí única ilusion cooperar en dicho ideal para llevar a feliz término nuestra causa”[5].

Hasta 1936, el trabajo profesional de Zorzano le mantuvo en Málaga, así que una buena parte de su formación inicial en el Opus Dei se hizo por correo, y con algún viaje esporádico a Madrid. A pesar de sus deseos de servir a Dios, Zorzano no había recibido una educación religiosa profunda y no tenía la costumbre de dedicar mucho tiempo a la oración. Solía comulgar únicamente los domingos. Cuando iba de excursión con sus amigos, salían temprano de Málaga y oían Misa en el pueblo que fuera punto de partida de su viaje. Como en aquella época la Iglesia exigía para comulgar un ayuno total, también de agua, desde la medianoche anterior, eso significaba que Zorzano no comulgaba muchos domingos.

Al principio Zorzano sólo tenía una idea aproximada del espíritu del Opus Dei. No parece haber entendido del todo la idea del apostolado con amigos y compañeros a través del ejemplo y de la conversación personal. Al principio centró su dedicación a Dios en participar en organizaciones y actividades católicas. Se hizo miembro de los Caballeros del Pilar, se involucró en actividades sociales organizadas por grupos católicos, ayudó a la Casa del Niño Jesús y se incorporó al grupo de Acción Católica recién abierto en Malaga.

No contento con entrar en los grupos que ya existían, se dispuso a organizar una asociación de estudiantes católicos. En Málaga, como en el resto de España, la vida estudiantil estaba muy politizada. La principal organización estudiantil, la Federación de Estudiantes Españoles, era de izquierdas y anticatólica. Zorzano decidió organizar en Málaga una filial de la Federación de Estudiantes Católicos, que además de católica en su orientación era políticamente conservadora.

Dicha decisión le causaría algún problema. Zorzano, como no era estudiante, no podía ser miembro ni cargo en el grupo, pero en su asamblea constituyente fue nombrado presidente honorario. Cuando algunos de los estudiantes de la Escuela de Comercio donde daba clase se afiliaron a la Federación, miembros de la Federación de Estudiantes Españoles acusaron a Zorzano de favorecer injustamente en clase a los miembros del grupo católico. El director censuró oficialmente a Zorzano por activismo político y religioso en la escuela. Sin embargo, no aceptó su dimisión y a los pocos meses el incidente quedó prácticamente olvidado.

Desde el principio, Escrivá animó a Zorzano a construir, paulatinamente, una intensa vida interior de oración y sacrificio. En una carta fechada el 23 de noviembre de 1930 escribió: “Mira: Si hemos de ser lo que el Señor y nosotros deseamos, hemos de fundamentarnos bien, antes que nada, en la oración y en la expiación (sacrificio). Orar: nunca, repito, dejes la meditación, al levantarte; y ofrece cada día, como expiación, todas las molestias y sacrificios de la jornada”[6]. Paciente e insistentemente le urgía a frecuentar los sacramentos, y especialmente a recibir la comunión con mayor frecuencia, a diario si era posible. No le indicó a Zorzano que dejara las actividades de los diversos grupos a los que pertenecía, pero le ayudaba, poco a poco, a comprender que debían ocupar un lugar secundario, ya que debía centrarse en cultivar una vida de auténtica piedad y un apostolado más personal en el trabajo con amigos, compañeros y familiares.

[1] José Miguel Pero-Sanz. ISIDORO ZORZANO LEDESMA. Ediciones Palabra. Madrid, 1996 . p. 113

[2] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 447

[3] AGP, P01 1993 p. 1171

[4] Ibid. p. 1172

[5] Ibid. p. 1173

[6] José Miguel Pero-Sanz. Ob. cit . p. 120

‘Camino’, patrimonio de la Iglesia

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Card. Alfonso López Trujillo

Cuando en mi juventud en Acción Católica y luego en el Seminario Mayor, tomé entre mis manos Camino, me impresionó, más aun que la tersura del lenguaje, el vigor de estas consideraciones, que se vuelven plegaria, diálogo arraigado en Dios, viva interpelación, directa, contundente.

Camino nos mete, era su intención, “en caminos de oración y de amor”. Se tiene la sensación de un mensaje “trasvasado” desde la abundancia de Dios (…), que llega hasta nosotros en la comunidad eclesial. Es una plegaria viva surgida en el corazón de la comunidad de los creyentes que peregrinan hacia Dios entre las tribulaciones del mundo y las consolaciones de Dios (…).

El Padre, como cariñosa y reverentemente ha sido llamado, deja que circule como agua fresca esa experiencia de su intimidad con Dios. Son experiencias de las que se hace él cauce. Pasan por él, pero no culminan en él, sino que remiten al Señor en “la locura de seguir a Cristo”. (Camino, 916).

Sólo los santos son contemporáneos de Dios y de los hermanos en una tal sintonía que se transforma para éstos en compasión y comprensión, en un diálogo concreto y exigente. Por eso Camino, son sus palabras, “es confidencia de amigo, de hermano, de padre, para que se alce algún pensamiento que te hiera, y así mejores tu vida y te metas por caminos de oración y de amor”.

Josemaría Escrivá, se veía impelido a escribir para tocar a las puertas del corazón y herirle con algún pensamiento. Es una herida que abre surcos en donde, portador, como él es de la semilla del Evangelio, lanza los granos soñando en una cosecha abundante (…).

Escribía: “Fomenta esos incendios en tu corazón, esa sed de almas”, (Camino, 315). Y al comienzo mismo de sus consideraciones escribe: “Ilumina con la luminaria de tu fe y de tu amor, y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón”. (Camino, 1).

Esto explica por qué Camino es uno de los escritos de espiritualidad más importantes del riquísimo patrimonio espiritual y cultural de la Iglesia. Con razón, Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei, recuerda que “Camino es ampliamente reconocido hoy como un clásico de la espiritualidad y en sus veneros muchos han bebido y lo harán en el futuro con sed de Dios”.

(…) Tan extraordinaria difusión no tiene su explicación solamente en el árbol frondoso de tantos millares del Opus Dei en el mundo. Se lee también y se medita allí donde quienes han sido formados y están imbuidos de esta espiritualidad, no están todavía presentes.

Son escritos que revelan permanentemente lozanía, y tienen la capacidad de conservar su prístina energía, hoy más que nunca necesaria en un mundo, no pocas veces como ajado y marchito por la rutina, aturdido al alejarse de Dios, al ponerlo entre paréntesis, marginándolo de la existencia social y personal. La experiencia de los santos ha de caer como lluvia fresca para que resurja en el desierto la vida. En el encuentro con el Señor todo reverdece y se recrea.

Camino ha sido escrito en el surco de la vida cotidiana, como fruto de una apasionada experiencia apostólica. Detrás de cada una de las notas hay incontables testimonios personales cuyo eco fiel recogemos en estas páginas cautivantes, que el profesor Pedro Rodríguez nos ofrece. Se trata como de un mosaico en el que cada pieza se ensambla con las limítrofes y van dando profundidad y calor a las figuras representadas. El conjunto adquiere en sus conjuntos luminosos como la imagen de un gran icono del Señor en el firmamento de la Iglesia (…).

Esta edición critico-histórica nos acerca más y mejor a la intuición del Santo, que en breve la Iglesia proclamará jubilosa. Intuición doctrinal que refleja un modo específico de mirar a Dios y también en el mundo. Contempla, en efecto, la necesidad de revitalizar la presencia de los cristianos en el mundo, como si se experimentara aquello de la Carta de Diogneto, “lo que es el alma en el cuerpo, estos son los cristianos en el mundo”. (Ep. Diog. 6). (…) En Camino empieza a vislumbrarse la aproximación al Concilio en la llamada específica a los laicos para santificarse en el mundo sin ser del mundo (…).

Tomar hoy con plena seriedad las concretas responsabilidades históricas ante el divorcio entre la fe y la vida, que tanto preocupó al beato Josemaría y al Concilio, y que explica en buena parte la enorme actualidad del carisma del Opus Dei, es un cometido prioritario en el campo de la familia y de la vida (…).

Urs V. Balthasar, precisamente tratando del laicado, decía que la flecha va más lejos precisamente cuando el arquero tensa más la cuerda poniéndola junto al corazón. Los santos abren horizontes insospechados y hacen que la Iglesia respire y de la vida. Ellos son su talante genuino y como su rostro, capaz de iluminar porque reflejan la luz de Cristo. San Josemaría, ha lanzado su flecha luminosa muy alto y muy lejos, porque el mensaje, la Buena Nueva, la puso como tensionando el arco dentro de su corazón. Nunca como una figura evasiva, desencarnada e inasible. Nos pone y transita con nosotros en un Camino que despunta en Dios.


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