Una isla de paz y trabajo en un mar turbulento

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

DYA se caracterizaba por su ambiente de estudio. Además de las tutorías y de clases de Derecho y Arquitectura, la academia ofrecía una sala de estudio donde trabajar tranquila e intensamente. Escrivá recordaba continuamente a los estudiantes que allí acudían que tenían la obligación de aprender todo lo que pudieran, y si fuera posible, destacar: “Oras, te mortificas, trabajas en mil cosas de apostolado…, pero no estudias. No sirves entonces si no cambias. El estudio, la formación profesional que sea, es obligación grave entre nosotros”[1]. Uno de los primeros miembros del Opus Dei cuenta que sus primeros recuerdos del centro son que le animaron a superarse a sí mismo, a adquirir una preparación exhaustiva y a tener celo apostólico.

En esa época, la universidad estaba desgarrada por conflictos políticos y muchos alumnos descuidaban sus estudios en favor de una actividad política desbordante. DYA constituía un oasis de caridad cristiana y de comprensión. Su primer director, Fernández Vallespín, decía que tenía un ambiente “de paz, de amor de Dios y de serenidad ante las circunstancias adversas del ambiente político y social”[2].

De una de las paredes de la sala de estudio pendía, enmarcado, un pergamino con el texto latino de las palabras del Señor en la Última Cena: “Un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor entre vosotros” (Juan 13:34-35). El ambiente se tornaba cada vez más tenso y Escrivá alentaba a los jóvenes que acudían a DYA a poner en práctica este mandamiento en su vida cotidiana, por difícil que resultara. Les advertía continuamente contra el peligro del sectarismo y les animaba a no permitir que las diferencias políticas degeneraran en odio. Les explicaba que cada uno podía tener su visión de las cosas, pero que eso no impedía que fueran codo con codo por el mismo camino.

Pedía a los estudiantes que acudían a la academia que dejaran sus diferencias políticas a la puerta y evitaran las discusiones. Así, convivían cordialmente estudiantes de opiniones políticas diversas. Esto no era lo habitual en la sociedad, ya que, de ordinario, la fuerte polarización política impedía que se entendieran entre sí personas de opciones diferentes.

En DYA se hacía hincapié en el estudio y, como ya se ha dicho, estaban de más las discusiones políticas. Esto no se debía a la falta de preocupación por la sociedad y sus problemas. Al contrario, Escrivá y Vallespín animaban a los jóvenes que acudían a la academia a cultivar una sincera preocupación por los demás y por la sociedad. Insistían en que los estudiantes debían contribuir a la paz y al progreso de la sociedad, llevándo el mensaje de amor de Cristo y no el espíritu de división y odio que parecía extenderse por España. Pero también aclaraban que no podrían construir una sociedad mejor sin una sólida preparación profesional: “Estudia. Estudia con empeño. Si has de ser sal y luz, necesitas ciencia, idoneidad”[3]. Fuera de DYA, los estudiantes podían participar en la organización política que quisieran; Escrivá y Vallespín, por su parte, les explicaban que si pasaban la mayor parte de sus años universitarios en mítines políticos, no adquirirían la competencia y prestigio profesional necesarios para contribuir eficazmente al progreso de la sociedad.

Aunque DYA estaba abierta a estudiantes de todos los credos políticos, no tiene nada de extraño que quienes acudían a la academia no cubrieran todas las tendencias políticas españolas de entonces. Apenas había universitarios en los movimientos obreros de izquierdas, principalmente el Partido Socialista y los anarquistas con sus respectivos sindicatos. Además, aquellos partidos eran en aquellos momentos enemigos declarados de la Iglesia. Por consiguiente los escasos estudiantes socialistas o anarquistas poco se interesarían por una academia que tenía capellán, donde se daban clases de doctrina católica y cuya sala de estudio estaba presidida por una imagen de la Virgen María y el texto del Mandamiento Nuevo de Jesucristo.

Había más universitarios en los partidos de centro izquierda, como el Radical Socialista. En aquellos años, los programas de esos partidos de caracterizaban por una dura oposición a la Iglesia y el deseo de eliminar la influencia católica en la educación y la cultura. Lógicamente, el estudiante que abrazaba su ideología tampoco se interesaba por una academia que animaba a sus alumnos a vivir una vida de piedad y a difundir la doctrina de Cristo por la sociedad. Por consiguiente, era normal que los alumnos interesados por DYA y sus actividades fueran, casi inevitablemente, apolíticos o miembros de partidos de centro-derecha y de derecha.

[1] Ibid. n. 334

[2] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 560

[3] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 340

La Academia DYA

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En este contexto tan poco propicio Escrivá decidió que había llegado la hora de abrir el primer centro del Opus Dei. El apartamento que había alquilado para su familia en diciembre de 1932 servía para conocer y hablar con estudiantes y otras personas, pero no era adecuado a largo plazo. Además de que el piso era pequeño, no era justo hacer que su familia aguantara el continuo trasiego de gente joven por su hogar, máxime cuando esperaba que el movimiento de gente aumentaría con el tiempo. Por otra parte, debido a la tensa situación política de la época, la policía desconfiaba de las reuniones a las que no encontraba explicación, especialmente si los reunidos eran estudiantes universitarios. El Opus Dei necesitaba un lugar donde se pudieran reunir grupos de gente joven, sin despertar sospechas injustificadas.

Su experiencia docente en el Instituto Amado de Zaragoza y en la Academia Cicuéndez de Madrid convenció a Escrivá de que la mejor solución sería una academia privada. Se trataría de una actividad profesional secular, de acuerdo con el carácter del Opus Dei, que además de proporcionar un lugar adecuado para clases y reuniones de estudiantes, ayudaría a conocer a alumnos y profesores que entendieran el mensaje del Opus Dei.

Aunque no tenía dinero para abrir una academia, a comienzos de 1933 Escrivá empezó a hablar con posibles profesores. Quizás porque sus recursos eran tan escasos, decidió llamar DYA a la futura academia: DYA era el acrónimo de las dos materias que se impartirían, Derecho y Arquitectura, pero sobre todo de “Dios y Audacia”. Durante el verano de 1933, Zorzano y Barredo viajaron a Madrid y buscaron un local para la academia; querían abrir sus puertas a primeros de octubre, con el comienzo del año académico.

No fue fácil encontrar un local adecuado a un precio asequible. En varias ocasiones parecía que lo habían conseguido, pero los acuerdos se venían abajo en el ultimo minuto. Cuando comenzó el curso académico, los miembros del Opus Dei seguían visitando pisos que o no reunían condiciones o estaban fuera de sus posibilidades.

Se encontraban impacientes por empezar. El 6 de octubre Escrivá apuntaba: “No pierdo la paz, pero hay ratos en que me parece que me va a explotar la cabeza, tantas cosas de gloria de Dios —su O.— bullen en mí, y tanta pena me da ver que no comienzan a cristalizarse todavía en algo tangible”[1]. Unos días después añadía: “18‑X‑1933: Me duele la cabeza. Sufro, por mi falta de correspondencia y porque no veo moverse a la Obra”[2]. A principios de noviembre comentó: “Estos días, ¡otra vez!, andamos buscando piso. ¡Cuántos escalones, y cuántas impaciencias! Él me perdone”[3].

Finalmente, a mediados de noviembre encontraron un piso de cuatro habitaciones en el número 33 de la calle Luchana, cerca del nuevo campus de la Universidad de Madrid, en las afueras de la ciudad. Llenos de optimismo, comprobaron que servía para sus necesidades y calcularon que podrían pagar el alquiler con las cuotas de los alumnos y donativos de amigos. Zorzano, uno de los pocos miembros de la Obra que tenía un sueldo fijo, firmó el contrato de alquiler. Ricardo Fernández Vallespín, el arquitecto que se había incorporado al Opus Dei en octubre, empezó a buscar muebles de segunda mano en El Rastro.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 506

[2] Ibid. p. 506

[3] Ibid. p. 507

Una amistad de 43 años

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Testimonio de Mons. Pedro Altabella Canónigo de San Pedro de Roma, Doctor en Teología y Derecho Canónico
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

El día 26 de junio de 1975, Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer pasaba a mejor vida. En aquellos momentos nos fue dado estar junto a su cadáver –parecía que estaba dormido más que muerto, celebrar la Santa Misa de corpore insepulto y dar rienda suelta a nuestro afecto de amigo.

Hoy quisiera evocar siquiera algún rasgo de su rica personalidad sacerdotal. Creo que un trato frecuente que tuve con el a lo largo de 43 años me autoriza a intentarlo.

Conocí a Josemaría Escrivá de Balaguer apenas llegué al Semi­nario Conciliar de la Plaza de la Seo, el año 1925, en Zaragoza. Josemaría, que residía en el Seminario de San Carlos, venía como Superior del Seminario de San Francisco de Paula a acompañar a los seminaristas que venían a clase al Conciliar. Le veíamos vestido con man­teo –no llevaba beca porque era Superior- y con porte distinguido. Creo que en aquellas fechas había recibido sólo las Ordenes Menores.

Luego, circulaba por el Seminario nuestro la noticia de que Jose­maría estaba en Madrid. Allí terminaba sus estudios de Derecho Civil, y trabajaba en el apostolado entre universitarios. No sabía yo entonces más de él.

El año 1934, en enero, fui llamado por don Angel Herrera que pidió el permiso al señor arzobispo Domenech– a la casa del Con­siliario, en Madrid. Morábamos en la calle Villanueva, 15.

Fue precisamente en esa casa y en ese tiempo donde me saludó por primera vez don Josemaría Escrivá. Me lo presentó don Emilio Bellón, nuestro director, diciéndome: «Ven acá; vas a conocer a un paisano tuyo, gran sacerdote y apóstol». Bromeó don Emilio sobre mi persona al presentarme a don Josemaría y, en un fuerte abrazo que nos dimos, quedó fundida una amistad que nunca ya vino a menos.

Hablamos de nuestros ideales sacerdotales y apostólicos. Me invitó a visitar su academia DYA, que tenía en la calle Ferraz. Me impresionó en aquel momento el garbo y la alegría con que trataba a aquellos chicos y el gran afecto que le tenían. Pero, sobre todo, quedó grabado en mi alma el gran aprecio que ponía Josemaría Escrivá en la oración, y que supo transfundir en los espíritus de aquellos universitarios. La capilla estaba llena de jóvenes recogidos en oración. Eso, entonces, no era corriente.

Es ésta de la oración una nota fundamental de la personalidad de Escrivá de Balaguer. Diría yo que era para él la oración su fuerza, su refugio, su mejor quehacer, su hora de luz y de amor. Allí supo escuchar a su Dios y Señor, y prometió y cumplió seguirle fielmente hasta morir. ¡Cuántas veces le he oído que todo lo hablaba en la oración! Recuerdo que en los momentos más graves de su vida, que yo conocí o que le oí contarme, sea en las horas brillantes, sea en las amargas y oscuras, con fe intrépida, con gran decisión, con enorme poder de convicción, me decía: «Verás que todo lo resolverá el Señor de la mejor manera. Recemos sin desmayo».

Sugiero destacar, asimismo, otra nota para mi característica de su persona y de su acción. Se ha escrito y dicho reiteradamente que la idea central de su espiritualidad era y es que el cristiano común puede y debe santificar el trabajo y santificarse en el trabajo. Sea así. Pero creo que los diálogos de amistad que tuve con Jose­maría Escrivá me han dado a ver otra idea fuerte que quizá nos haga ver claro, y bajo la luz especial, el alcance de su vida y de su acción. En nuestras conversaciones, siempre destacaba con fuer­za la acción de Dios, de su gracia divina. La acción preponderante de Dios en nuestra santificación –sine me nihil–, pero, a su vez, la acción del hombre con toda su alma, con su entrega total, sin términos medios, con audacia moral. ¿No puso a su academia como lema Dios y Audacia? Pues bien, para mi quedó clara esta su postura espiritual un día en el que con entusiasmo inaudito me decía: «Me saca de quicio, Pedro, ese Cristo verus Deus et verus homo Cristo verdadero Dios y verdadero hombre–. La fuerza omnipotente de Dios, amasándose con el hombre al cual ha destinado a su Gloria».

Ahí está toda la luz de la teología aplicada a la vida nuestra: Cristo es el modelo. Las acciones de Cristo son tan divinas como humanas, tan humanas como divinas, theandricas dicen los teólogos. Nos parece que para comprender la ascética, la vida y los idea les apostólicos de Josemaría Escrivá, se debe partir de aquí. Sobre todo para conocer su Obra, el Opus Dei. Por eso Escrivá de Bala­guer quería a sus hijos muy santos y muy hombres. ¿No arranca de ahí la luz que ha transformado tantas conciencias en el mundo por medio del Opus Dei?

La claridad de esa idea le llevó a potenciar todo lo humano como don de Dios en un momento en que predominaba en los rasgos cristianos un «angelismo» deshumanizado. Pero esa misma luz nos puede aclarar hoy por qué no ha caído el Opus Dei en ese huma­nismo híbrido que ahora se predica desde tantos púlpitos y en el que Cristo –y, como consecuencia, el cristiano ya no tiene o no debe tener nada de divino. Hemos mutilado a Cristo: antes, por negar o no afirmar su humanidad benditísima; hoy, por reducirlo a un hombre, quizá un «superman», que nada hace ni dice de Dios.

Creo que aquí radicaba el arrastre de Josemaría Escrivá sobre las gentes. Su fuerza era de Dios, pero su humanidad se derramaba envuelta en lo divino.

Quizá a Josemaría Escrivá se le ha conocido en algunos ambien­tes a través de quienes lo presentaban como desencarnado, como «beatificado». Nada más contrario a la verdad. Era humano como pocos. Con un corazón que no se cansaba de amar: a su Dios y a sus hermanos. Para nosotros, el perfil sacerdotal y humano de Escrivá de Balaguer lo podríamos encontrar en aquellas palabras de San Pablo que Josemaría meditaba tantas veces: «Omnis pontifex ex hominibus assumptus, pro hominibus constituitur in iis quae sunt ad Deum»: Todo pontífice escogido de entre los hombres es cons­tituido para los hombres en las cosas que miran a Dios. No es apología fácil y gloriosa la nuestra. Josemaría Escrivá era todo un hom­bre, pero de Dios. Cuarenta y tres años de amistad nos autentizan a afirmar en conciencia que, como hombre, era un superdotado, pero que su fuerza la traía de Dios. Tenía para él y para sus hijos como gran exigencia el ser muy humanos. Pero enraizados en Dios. ¡Cuánto se podría hablar de este tema!

Pero, a su vez, para los hombres –pro hominibus constiluitur–. ¡Cómo le brillaban los ojos ante los hijos de Dios!– ¡Cómo era su verbo cálido, incisivo, directo, sacerdotal! Había yo sostenido muchas veces el bien que hacía al ponerse en contacto con aquellas muchedumbres que le escuchaban. Le oí más de una vez sus impre­siones sacerdotales después de un extenuante viaje apostólico. No se saciaba nunca. Y eso, a pesar de que nunca, en la historia de la Iglesia, Dios concedió a un Fundador, durante su estancia terre­na, ver tantas y tales multitudes de cristianos que le seguían en su aspiración a la santidad.

En las cosas que miran a Dios - in iis quae sunt ad Deum–. No quería saber otra cosa. El día que se escriba su vida, se verá cuán errados andaban quienes vieron en él aspiraciones terrenas, contar con poderes del mundo… Cada día se interiorizaba más y gemía por su amor al cielo. Escribimos de lo que hemos visto y oído, no por impresiones. Y decimos en conciencia lo que creemos era vida de su vida. La salvación de las almas. ¡De todas las almas! Ese era su ideal.

Hemos querido, a vuela pluma, evocar algunos de los recuerdos de nuestro trato con Josemaría Escrivá de Balaguer. Séame per­mitido terminar recordando dos cosas. La primera, que en el terre­no de la amistad conmigo fue siempre él el primero y más fiel. Quizá más de una vez hubiera tenido motivos para dejarme u olvidarse de mí. Todo lo contrario. Tengo mil testimonios profundamente indicativos de su lealtad de amigo. Y era quien era; y yo… ¿qué contaba ni cuento?

Quiero añadir una segunda cosa. Nunca vino de él una palabra directa o indirecta en que me invitara o siquiera me sugiriera per­tenecer a su Obra. No ya de sus íntimos, pero ni siquiera de entre los sacerdotes diocesanos. Y sabe muy bien el Señor que este tema de la santidad sacerdotal nos llevó muchos ratos de conversación. Quiero que se sepa porque ha habido quienes me han colocado en los rangos del Opus Dei. Era Josemaría Escrivá muy comprensivo. Sabía muy bien que la amistad es una cosa y que la llamada de Dios a una vida específicamente dedicada a Dios dentro de unas coor­denadas como las de su Obra es otra cosa muy distinta. Por eso, entre otras cosas, nos quisimos. Creo que su amistad fue un don de Dios para mí. Y seguimos cada uno el camino que nos trazó el Señor.

Artículo publicado en EL NOTICIERO

2. Pobre de solemnidad

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

El Fundador Dei Opus Dei vio siempre en la falta de medios materiales una muestra de predilección divina. En una ocasión dirigía en voz alta la meditación de un grupo de socios de la Obra, y les hacía considerar el pasaje evangélico del joven rico:

Vende cuanto tienes, dalo a los pobres… Hijos míos, el desprendimiento ‑¿veis?‑ es capital. Vosotros y yo no hemos hecho como aquel pobre muchacho: his ille auditis contristatus est, quia dives erat valde (Mc., X, 22); él, oyendo esto, se entristeció, porque era muy rico. Todos hemos dejado lo que teníamos, y a gusto, para seguir libremente al Señor. Lo mismo da que fuera mucho o que fuera poco, porque lo hemos dejado todo con igual intensidad: lo que teníamos y lo que puede llegar a tener una juventud maravillosa como la vuestra. Y con alegría, hijos; no queremos nada propio. Decídselo cada uno al Señor: Dios mío, por tu amor te doy todo, nada quiero mío, todo es tuyo.

Se refería luego, en aquella meditación, a la respuesta de Jesucristo a los discípulos de Juan el Bautista: “Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resu­citan, se anuncia el Evangelio a los pobres” (Mt., XI, 4‑S):

Hijos míos, habéis escuchado lo que nos dice el Señor; sus palabras a mí me remueven por dentro: luego amaremos e1 desasimiento, lo amaremos con predilección; porque cuando el espíritu de pobreza se resquebraja, es que va mal toda la vida interior.

El desprendimiento del Fundador del Opus De¡ fue real, efectivo, hasta las últimas consecuencias. Eso sí, siempre con naturalidad, ocultándolo, porque ‑como enseñaba‑ la nuestra es una pobreza que no tiene voz para gritar “soy pobre”; se paladea con alegría. Da e1 Señor un gozo en aquel no tener, en aquel no alargar el brazo más que la manga. Se trata de vivir pobres y de sonreír, de que pase inadvertida nuestra condición, tanto en la salud como en la enfermedad.

Pero era tan real la falta de medios, que no dejó de ser advertida, a pesar de todo, por quienes le trataron más de cerca: siempre envuelta en un modo externo amable, propio de quien realiza su labor apostólica entre sus iguales los hombres, y entiende que el desprendimiento de lo material no es ni miseria, ni suciedad, ni pobretonería.

Así lo aprendió, en buena medida, como vimos, en el hogar de sus padres. Aún no había nacido el Opus Dei, pero Dios iba sembrando en el que había de ser su Fundador rasgos de su espíritu, entre ellos, la mentalidad laical como modo específico de enfocar la práctica de todas las virtudes cristianas.

El Fundador del Opus Dei pasó toda su vida careciendo hasta de lo más necesario y desprendido de todo, con naturalidad y ‑no es paradoja‑ sin ostentaciones. Vicente Hernando Bocos fue un día a visitarle a la residencia de la calle Larra en Madrid, porque don Josemaría estaba con un fuerte resfriado. Su habita­ción era elemental, y tenía “una mesa pobre con unos libros de rezos”. Sin embargo, “el porte de don Josemaría en el vestir era elegante, limpio, correcto, de grata presencia”. Se acompasaba con el modo de ser: “Me dio la impresión de ser un sacerdote que gozaba de la vida, siempre de muy buen humor y muy sencillo. Recuerdo que ya entonces se levantó alguna calumnia contra él, que nosotros cortamos enérgicamente”.

En aquella época, en que tantas horas dedicó al Patronato de Enfermos, el Fundador del Opus Dei sufrió mucho al compro­bar, un día tras otro, las condiciones miserables en que vivía ‑y moría‑ la gente humilde de Madrid. No por eso perdió de vista que el sentido cristiano del desprendimiento va más allá de la pura carencia de medios. Lo resaltaría en 1972, al responder a una pregunta que le hicieron en el Instituto de Estudios Supe­riores de la Empresa, de Barcelona:

‑El hecho de manejar dinero, o de tenerlo, no quiere decir que se esté apegado a la riqueza. Te voy a poner un ejemplo. Conocí a un pobrecito que iba a un comedor de caridad, y no tenía siquiera la tarjeta que daban a los necesitados; acudía a recibir un poquito de lo que sobraba. Era un tiempo duro para el corazón de un cristiano: ver aquella gente con verdadera hambre. Para comer, todos llevaban sus cacharros. Él traía su puchero roto. Pero sacaba su cuchara de peltre, de la hondura de un bolsillo, y la miraba con satisfacción. Los otros no tenían cuchara. Se ve que pensaba: esto es mío, esto es mío. Y con su cuchara comía los garbanzos y el caldo que le daban. Después la volvía a mirar apasionadamente, como un avaro contempla las piedras preciosas. Le daba dos chupetones, y la guardaba de nuevo. ¡Era rico!

Pues también he tenido cerca de mí a una persona, a la que he querido mucho, y que indudablemente está en el cielo. Era Grande de España. Aun después de muerta, no diré más que su nombre propio, y porque es muy corriente: se llamaba María. En su casa tenía muebles estupendos, un gran servicio y mucha plata…, todo lo que es normal en una casa bien puesta y de abolengo. Y aquella pobrina gastaba en su persona menos que la última de sus sirvientas. Lo daba todo; soy testigo de su generosidad.

Sin la generosidad de muchas almas, no hubiera salido ade­lante el Opus Dei. Por supuesto, nunca su Fundador confundió la confianza en Dios con un providencialismo irresponsable. En los difíciles años de la Academia DYA, cuando proyectaba abrir la Residencia de estudiantes, no dejaba de hacer calcular minu­ciosamente todos los posibles gastos y los ingresos. Isidoro Zor­zano quizá ayudaría algo en estas previsiones económicas, durante sus viajes de Málaga a Madrid. Pero era don Josemaría ‑ro­deado como estaba de pobres y de enfermos‑ quien tenía que ir consiguiendo ayudas entre las personas que conocía en Madrid. Desde luego, no estaba dispuesto a retrasar la labor apostólica por no disponer de dinero: ya saldría.

Las dificultades económicas no le arredraban. Apenas podía con el piso de Luchana, y se decidió a poner en marcha la Resi­dencia de Ferraz, que comenzó después del verano de 1934. Con

el dinero de la venta del patrimonio familiar ‑en Fonz, Hues­ca‑, se pudo amueblar lo imprescindible, y comprar el menaje de cocina. La ropa de cama se consiguió a crédito en los Almacenes Simeón, de Madrid. El director de la Residencia recuerda que durante aquel primer curso 1934‑35 el dinero no llegaba, al fin de mes, para pagar los alquileres, ni las cuentas de la carni­cería o de los ultramarinos. Afortunadamente, el propietario de la casa, don Javier Bordiu, tuvo siempre paciencia. Era el propio don Josemaría quien iba a verle cada mes.

En aquel curso, lleno de apuros, la labor apostólica creció mucho. El Fundador del Opus Dei utilizaba para formar a los jóvenes estudiantes que iban por Ferraz las visitas a los pobres. Se hacían colectas entre los chicos, después de asistir a las clases de formación cristiana. Con ese dinero se organizaban luego, en pequeños grupos, visitas a gente desamparada, a la que se lleva­ba algún dinero, alguna golosina, el regalo de la compañía y el consuelo de un buen rato de conversación. Era un modo de con­tribuir a la maduración espiritual de aquellos estudiantes, algu­nos de los cuales ignoraban por completo la miseria en que vivían entonces en Madrid tantas personas.

Esas visitas a necesitados y enfermos forman parte insepara­ble del apostolado del Opus Dei en todo el mundo. Tienen un sentido profundamente humano y de caridad: llevan un poco de alegría y de cariño a personas que muchas veces apenas han oído nunca una palabra amable, ni han recibido la mirada de unos ojos amigos, ni el gesto fraternal de una asistencia cristiana.

Se ha desfigurado tanto ‑lamentaba el Fundador del Opus Dei en 1942‑ y se ha hecho tanta sátira de ciertas manifestaciones exteriores de la caridad benéfica, que a algunos les pare­cen arcaísmos determinadas obras propias del espíritu cristiano. Por eso quiero que entendáis bien ‑y que hagáis entender‑ el hondo significado sobrenatural y humano de estos medios, tal como los hemos vivido desde e1 principio.

Con estas visitas no se trataba, ni se trata, de resolver un problema social; sino de acercar a la gente joven al prójimo necesitado, para que vieran a Jesucristo en el pobre, en el enfer­mo, en el desvalido, en el que padece la soledad, en el que sufre, en el niño. Así aprenderían que hay que hacer una gran batalla contra la mis aria, contra la ignorancia, contra la enfermedad, contra el sufrimiento. El Fundador del Opus Dei veía claro que este contacto con la miseria o con la humana debilidad es una ocasión de la que suele valerse el Señor, para encender en un alma quién sabe qué deseos de generosidad y divinas aventuras. A la vez, sensibiliza a los más jóvenes, para que tengan siempre entrañas de justicia y de caridad.

A1 mismo tiempo, se rebelaba contra las deformaciones: No es justo que manifestaciones del auténtico espíritu cristiano que­den arrinconadas, porque algunos las han convertido en gesto ostentoso y frívolo, o en sedante para sus remordimientos de conciencia.

En fin, habría que hacer esa labor, incluso en los países más avanzados, pues siempre existirán estratos de población que su­fren el abandono de los demás:

Me atrevo a decir ‑añadía con fuerza, también en 1942­- que, cuando las circunstancias sociales parecen haber despejado de un ambiente 1a miseria, la pobreza o el dolor, precisamente entonces se hace más urgente esta agudeza de la caridad cristia­na, que sabe adivinar dónde hay necesidad de consuelo, en medio del aparente bienestar general.

En la actualidad, los Estados se preocupan, mediante institu­ciones de beneficencia, o de previsión, de aliviar las necesidades más primarias y de promover el progreso social. Sin embargo ‑prevenía Mons. Escrivá de Balaguer‑, la generalización de los remedios sociales contra las plagas del sufrimiento o de la indi­gencia ‑que hacen posible hoy alcanzar resultados humanita­rios, que en otros tiempos ni se soñaban‑, no podrá suplantar nunca, porque esos remedios sociales están en otro plano, la ternura eficaz ‑humana y sobrenatural‑ de este contacto inme­diato, personal, con el prójimo: con aquel pobre de un barrio cercano, con aquel otro enfermo que vive su dolor en un hospital inmenso; o con aquella otra persona ‑rica, quizá‑, que necesita un rato de afectuosa conversación, una amistad cristiana para su soledad, un amparo espiritual que remedie sus dudas y sus es­cepticismos.

Pero volvamos a 1934 y a la Residencia de Ferraz. La casa iba consiguiendo cierta prestancia, a base de suplir la falta de dinero con buen gusto, ingenio y muchas horas de trabajos manuales. Pronto fue realmente un hogar acogedor, como quería el Fun­dador de la Obra: Los hogares del Opus Dei son acogedores y limpios, nunca lujosos, aunque procuramos que tengan aquel mínimo de bienestar que se necesita para servir a Dios, para practicar las virtudes cristianas, para estar en condiciones de trabajar y para que se desarrolle, con dignidad y sin estridencias, la personalidad humana. Nuestras casas tienen la sencillez del hogar de Nazaret, que fue testigo de la vida oculta de Jesús, y el calor ‑humano y divino‑ del hogar de Betania, que el Señor santificó, buscando allí la amistad verdadera, la intimidad y la comprensión.

Cuando Pedro Casciaro fue por vez primera a Ferraz, 50, recibió ya en el vestíbulo una impresión grata: “No era un frío y destartalado `local’, sino el vestíbulo de una casa de familia de clase media, más bien modesta, pero de buen gusto y, sobre todo, muy limpia”.

El cuarto de trabajo de don Josemaría, de escasos metros cuadrados, no tenía más luz que la de una ventana abierta a un estrecho patio interior, y sólo dos muebles: una “cama turca” ‑que utilizaba muy de vez

da del Rector de Santa Isabel‑ en cuando, pues dormía en la vivien­da y un armario donde se guarda­ban los ornamentos litúrgicos. Además, su desprendimiento personal le llevaba a usar los zapatos ‑bien lustrados para que no parecieran viejos‑ que desechaban los residentes. De su so­tana decía en broma que tenía más bordados que un mantón de Manila. Sin embargo, llamaba la atención, porque la llevaba bien planchada, sin arrugas, limpia.

Luego vino la guerra de España. No es preciso insistir en que ‑como para tantos otros ciudadanos del país‑ aquel tiempo estuvo lleno de privaciones, de hambre auténtica.

La Hermana Ascensión Quiroga, Terciaria Capuchina, había conocido a don Josemaría en Madrid, durante la guerra. Con­siguió escapar, y en 1938, con otras monjas, formaba parte de la comunidad que, por iniciativa de Mons. Lauzurica, obispo de Vitoria, atendía a los sacerdotes. El obispo rogó al Fundador del

Opus Dei que dirigiera unos ejercicios espirituales a aquella comunidad. Las pláticas les impresionaron: “los mejores ejerci­cios espirituales que he hecho en toda mi vida ‑ya larga‑ fue­ron aquellos que nos dirigió don Josemaría, en agosto de 1938″.

A la vez testimonia que vivía con el más absoluto desprendi­miento de los bienes materiales: “Solo tenía una sotana, y en cierta ocasión, nos la dio para que se la cosiéramos; estaba hecha jirones; intentamos arreglársela lo mejor posible y con prisa, porque él se quedó en su habitación esperando a que terminá­semos. La ropa interior la tenia tan rota que no había modo de meter la aguja en un trozo de tela que no estuviese `pasado’, hasta tal punto que la Madre Juana decidió comprarle dos mudas”.

“Todas estas privaciones ‑añade‑ las llevaba con alegría; debía tener muy buen humor, aunque con nosotras, por la gra­vedad con que se comportaba, no lo manifestase, pero oíamos cómo se reían Monseñor Lauzurica y él cuando estaban juntos”. Más adelante cuenta que a aquellos ejercicios asistió una herma­na mayor suya, Juana Quiroga, también Hermana en Religión: “Ella tiene especialmente grabada la actitud de don Josemaría, que nunca se preocupaba de sí mismo; de él no. Nada más de su santidad y de la santidad de los demás”. La Hermana Ascensión se ocupaba, junto con la Hermana Elvira, de arreglar la habita­ción de don Josemaría, y manifiesta que nunca ha visto tanto orden, tanto cuidado en las cosas: “No se puede decir que fuese ordenado; era or‑de‑na‑di‑si‑mo”.

“Estoy segura ‑continúa‑ de que muchas noches no dormía o ‑al menos a nuestro parecer‑ no dormía en la cama. En efecto: las sábanas estaban sin arrugas y, aunque él dejaba la cama destapada, como si la hubiera usado, nosotras nos dába­mos cuenta de que, si había dormido, no había sido en la cama. Creemos que se servía del duro suelo para descansar. Por otra parte, muchas noches le encontrábamos de rodillas, al pie del Sagrario, haciendo oración, hora tras hora. La Hermana Elvira recuerda que tomaba un simple dedo de café con leche diaria­mente como desayuno”. Y la Hermana Regina afirma que el Fundador del Opus Dei “nunca tenía nada. Viajaba con un tin­tero lleno de agua bendita y con la cuchilla de afeitar”.

El mismo espíritu, compatible con la dignidad externa, aparecerá también cuando se ponga en marcha la Residencia de la calle de Jenner, en 1939. Marciano Fernández López, que vivió allí, lo expresa con estas palabras: “El porte humano del Padre, del mismo modo que la instalación y ambiente de la Residencia ‑que era su reflejo‑, eran sin lujos, pero con gran decoro, lim­pieza, mucho gusto en las cosas materiales, que producían una impresión muy grata”.

El espacio estaba realmente bien aprovechado. Muchos cono­cieron la habitación junto al vestíbulo, que servía de ampliación del oratorio, de botiquín, y de Secretaría de la residencia. Ade­más, tenía una cama, en la que dormía Isidoro Zorzano.

En enero de 1975, Mons. Escrivá de Balaguer pasó unos días en La Lloma, muy cerca de Valencia. Allí, rodeado de algunos socios de la Obra, recordó la primera casa que tuvo en Valencia:

Eran dos habitaciones y un pasillo. Una de las habitaciones estaba llena hasta los topes con la primera edición de Camino.

¡Quién iba a decir que se venderían, con los años, millares de ejemplares en más de treinta idiomas!

De todas formas, allí no se podía vivir; no había sitio.

Les habló de la única vez en su vida que se había puesto enfermo durante la Misa. A don Antonio Rodilla le habían rega­lado un cáliz y unos ornamentos, y quiso que los usara por vez primera. Al empezar el Evangelio, no pudo seguir. Asistía a esa Misa, comenzada en el altar de la Trinidad de la catedral de Valencia, Álvaro del Portillo, que, ayudado por otros, consiguió hacerle llegar hasta la sacristía:

Luego me llevaron a casa. Dormíamos sobre unos hierros y unas maderas, como en los cuarteles de antes, y no había más ropa que unas cortinas de balcón, todas estropeadas. De modo que también aquí hemos vivido en la pobreza, y la hemos com­partido en todo el mundo. En el Opus Dei nunca falta alguno que padezca verdadera miseria… No importa; está en el Opus Dei, y es feliz.

En la tertulia estaba don Álvaro del Portillo y se dirigió a él con una sonrisa:

‑Álvaro, estamos en la tierra del arrós. ¡Qué arroz nos ha­cíamos tú y yo, y alguno más! No comíamos otra cosa: en una chimenea poníamos unas jícaras de arroz y unas jícaras de agua. Y nos salía muy bien, ¿verdad?

‑Muy bien, sobre todo teniendo hambre, que es el mejor condimento.

‑Y no decíamos nada a nadie…

Aún se conserva el grueso capote, de tela áspera y color par­do, que llevó a aquel piso de la calle de Samaniego José Manuel Casas Torres. Lo había utilizado durante los años de campaña. El capote pasó después a la nueva Residencia, también en la calle de Samaniego, número 16. Era un caserón muy frío durante el invierno. En sus viajes a Valencia, el Fundador del Opus Dei solía utilizarlo para defenderse del frío, mientras daba un círcu­lo, o atendía la labor. Lo mismo hicieron luego, cuando tenían que permanecer muchas horas sentados frente a la mesa de tra­bajo de dirección, don Amadeo de Fuenmayor, don Justo Martí, don Pedro Casciaro o don Federico Suárez.

Un criterio que siempre ha enseñado Mons. Escrivá de Ba­laguer es elegir lo peor para uno mismo. Así lo practicó, por ejemplo, cuando se trasladó a Diego de León, 14, al comienzo de los años cuarenta.

El edificio era un viejo palacete de estilo francés, en el que se vivía con gran estrechez. Desde fuera podía dar una impresión contraria, sobre todo, si se miraba con mentalidad de vida reli­giosa, pues su aspecto nada tenía que ver con un convento. Además, con no poco esfuerzo, pudieron instalarse poco a poco, y

dignamente, las habitaciones de las dos primeras plantas del chalet. Era ésta la zona de representación. El Fundador del Opus Dei recibía a las visitas en un despacho de la primera planta, decorado con prestancia: zócalo empanelado de madera, tresillo de cuero, mesa recia de líneas clásicas, cortinas amplias. Pero en el resto de la casa se sufría mucha penuria material, y la peor habitación era la suya. Había elegido un dormitorio, muy frío en el invierno, sofocante en el verano. Estaba en la tercera planta.

Al final, se impuso el cariño de los socios de la Obra, y aprovechando que estaba fuera de Madrid ‑dirigiendo un curso de retiro espiritual‑ trasladaron sus cosas a un cuarto mejor, en la segunda planta, que habían dejado libre.

Esta habitación era más amplia. Prácticamente se conserva ahora como entonces. Sigue ahí la pobre cama de metal en que dormía. Alguna vez le propusieron buscar otra mejor, y un poco más grande, pero siempre dijo que no. La usó por última vez en mayo de 1975, un mes antes de su muerte. A un lado hay un viejo escritorio, que llamaba siempre la pianola, porque tiene, en efec­to, todo el aire de las antiguas pianolas familiares. Entre otros motivos de decoración aparece un borriquillo, una fotografía hecha en la ordenación de los tres primeros sacerdotes de la Obra, un globo terráqueo, y un cuadro de San Pedro, de un pintor anónimo. El pintor había querido ilustrar la figura del Apóstol con un gallo, pero le había salido un pajarraco raro. Desde Roma, en febrero de 1948, Mons. Escrivá de Balaguer encargaría en la posdata de una carta: ¡Cómo me gustaría en­contrar convertido en gallo la perdiz de San Pedro que hay en mi cuarto! Al Apóstol tampoco le vendría mal un retoque…

Don Manuel Martínez Martínez le visitó un día en Diego de León, acompañando al P. Ballester, entonces Obispo de León: “Yo me quedé admirado de la austeridad con que vivían aquellos hombres; uno me parece que era secretario de ayuntamiento, otro era ingeniero; en fin, que eran personas de cierta categoría y por eso aquello me admiró más. Cuando salí me decía a mí mismo: ni un capuchino vive con la austeridad con que viven éstos”. Cuando se iban, el Fundador de la Obra le pidió que no dijera nada de lo que había visto. “No quería ‑dedujo don Manuel Martínez‑ que se supiera la vida de austeridad que aquí llevaban, y por consiguiente que nadie pudiera comentarlo”.

Don Vicente Pazos, hoy Consiliario del Opus Dei en Perú, vio, con motivo del traslado de la habitación, que su ropa y sus cosas de uso diario eran lo mínimo imprescindible. No le gustaba al Fundador del Opus Dei que estos detalles trascendieran. Pero sabía enseñar a los socios de la Obra todas las consecuencias prácticas que el desprendimiento de los bienes materiales debía tener en sus vidas: en circunstancias ordinarias, o en momentos extraordinarios, como, por ejemplo, en aquellos primeros años de

Roma, en que muchos ‑les decía‑ han pasado hambre conmi­go: no un día, ni dos, sino temporadas largas. No encendíamos la calefacción porque no teníamos ni un céntimo.

Carecían hasta de camas para dormir: Yo, muchas veces, me echaba junto a la puerta de la calle. Era uno de los sitios más distinguidos, pero entraba un frío y una humedad por las rendi­jas que había en las paredes…

Quienes han vivido allí le oyeron muchas veces subrayar el valor positivo de esta falta de medios: La tengo metida en lo más hondo de mi alma. Redunda en la vida de entrega y en la eficacia o ineficacia de nuestro apostolado. ¡Bendita pobreza! ¡Amadla!

Exigía a los socios del Opus Dei una disposición interior llena de visión sobrenatural, para vivir en este mundo con sentido realista, pero como peregrinos, que van de camino hacia la mo­rada eterna, y, por tanto, han de llenarse de un afán grande por vivir totalmente desprendidos de las cosas que usan; trabajando con rectitud de intención, sin un desordenado afán de lucro; amando, como venidas de las manos de Dios, las incomodidades, estrecheces y privaciones con que pueden encontrarse; preocu­pándose de contribuir personalmente, con su trabajo, a remediar la indigencia material y espiritual de tantas almas, abandonando en el Señor sus preocupaciones.

El desprendimiento del Fundador del Opus Dei llegaba a detalles aparentemente nimios, pero que denotaban una gran delicadeza. En un momento dado de su vida, durante los años treinta, notó que se apegaba a las estampas ‑ni una cosa de tan escaso valor quería tener como propia‑ que ponía en el breviario para señalar las páginas; años después contaría su reacción:

Me desprendí de las estampas y puse en su lugar unos trozos de cuartillas. Y al ver aquellos papeles en blanco, comencé a escribir: Ure igne Sancti Spiritus!… Los he usado durante mu­chos años, y cada vez que los leía, era como decirle al Santo Espíritu: ;Enciéndeme! ;Hazme una brasa!

En la vitrina de una de las habitaciones de la sede central de la Asociación, entre viejos regalos decorativos y recuerdos de familia, aparece una vulgar taza de loza, desportillada, con un roto grande y triangular en su borde. Fue Mons. Escrivá de Balaguer quien quiso que estuviera en aquella vitrina. La vio por primera vez en París, después de celebrar la Santa Misa, en uno de los Centros del Opus Dei, una mañana de 1955. Un grupo de socios de la Obra llevaban adelante los primeros años de labor. No tuvieron problemas para preparar el desayuno, pues el Padre tomaba siempre un poco de café sin azúcar, unas cuantas cucha­radas de leche y un trozo de pan. Las dificultades aparecieron con la vajilla, que no llegaba para todos, aunque estaban en aquella casa muy pocos. Tuvieron que poner en servicio una taza desportillada, rota, que trataron de encubrir disponiendo hábil­mente las servilletas. Fue a sentarse justamente en el lugar que correspondía a aquella taza. Y le dio alegría beber su café con leche en esa taza. Le hizo feliz la riqueza de estos socios de la Obra ‑profesores, médicos, ingenieros‑, y después de comer se puso un delantal de plástico, y les ayudó a lavar los cubiertos y vajilla, como en los tiempos de la Residencia de Ferraz:

A lo largo de estos veintiséis años ‑había dicho en la prima­vera de aquel 1955‑ en muchas ocasiones me he encontrado sin nada, en la carencia más absoluta y en la cerrazón más completa en el horizonte para encontrar nada, nada. Nos faltaba hasta lo más necesario. Pero ;qué alegría!, porque buscando el reino de Dios y su justicia, sabíamos que lo demás se nos daría por añadi­dura. Poniendo los medios para que no falte, ;que estén alegres mis hijos si alguna vez les falta algo!

Sin embargo, para el cristiano normal, el espíritu de pobreza no es sólo desprendimiento. Tiene también que saber usar los bienes humanos con rectitud, en servicio de los demás. No se limita a evitar crearse necesidades ni a llevar con alegría la falta de lo necesario: ha de practicar también la solidaridad con los hombres. Aprovechar al máximo su tiempo, empleándolo en beneficio de todos, es manifestación de desprendimiento: el tiem­po es un don de Dios, que tampoco le pertenece, que con fre­cuencia le falta, y debe por tanto hacer que rinda de veras, sin angustias ni ritmos vertiginosos, sin estériles precipitaciones, con auténtica eficacia humana y sobrenatural.

Este espíritu lleva también a cuidar las cosas que se usan, para que duren en servicio de Dios y de las almas. El Fundador del Opus Dei señalaba muchos detalles concretos, que materia­lizaban ese espíritu: arreglar lo que se estropea; poner un tope detrás de una puerta o ventana, para que no roce la pared; en­cender las luces necesarias, ni una más; colgar un cuadro con dos escarpias, para que esté bien fijo y no estropee la pintura…

Yo sufro ‑confiaba en una ocasión a un grupo de socios de la Obra‑ cuando veo que pasan muchos delante de un cuadro torcido, y que ninguno es capaz de ponerlo horizontal; y sufro cuando veo que salen todos de una habitación, y al marcharse no saben dejar cada cosa en su sitio. Las cosas están para usarlas; y si así se gastan o se rompen, bien. Pero que no sea por no cuidar­las. Hay que cuidarlas con un cariño viril. Se trata de hacer las cosas como una persona que tiene amor.

Este modo ‑humano y divino‑ de vivir el desprendimiento de los bienes materiales, hasta en los más mínimos detalles, tenía un modelo inequívoco: el padre, la madre de familia numerosa y pobre. Muchos socios de la Obra le han oído que cuando tú, en cualquier circunstancia, vaciles y no tengas con quién consultar, no olvides el criterio claro que os he dado: nosotros somos padres de familia numerosa y pobre. Verás como aciertas.

Así concebido, el amor a la sobriedad se fundamenta y deriva de la vibración interior. No es regla, ni economía, ni espíritu cicatero. Por eso no cabe separarla ‑como estamos viendo en la vida de Mons. Escrivá de Balaguer‑ de la magnanimidad para afrontar sin recursos humanos las empresas apostólicas que Dios pide. La atención a lo pequeño no es empequeñecimiento de miras. Todo lo contrario: manifiesta grandeza de corazón que, en su mucho querer, se fija en lo que al desamorado pasa inadver­tido.

Además, a la razón de amor se une un motivo de mentalidad laical. Una persona corriente ‑eso son los socios y asociadas del Opus Dei‑, que vive como los demás y usa los mismos medios que los demás, tiene que excederse, y mucho, para hacer rendir su trabajo, en servicio de todos. Igual en lo grande ‑contribuir, con los frutos de su trabajo, a remediar la indigencia, poniendo en marcha iniciativas de relieve‑, que en lo menudo ‑saber apro­vechar unos restos de comida, o escribir en papel ya impreso por la otra cara‑. En este sentido, advertía con humor Mons. Escri­vá de Balaguer que, cuando muriera, los socios de la Obra com­probarían que sus papeles únicamente no estaban escritos por el canto. Sin embargo, no enviaba una carta que no estuviera per­fectamente presentada, sin un error, sin una errata.

Enseñaba así con el ejemplo a practicar de veras el despren­dimiento, tal como Dios lo quería para el Opus Dei. En 1968 declaró a la directora de la revista Telva:

Quien no ame y viva la virtud de la pobreza no tiene el espíritu de Cristo. Y esto es válido para todos: tanto para el anacoreta que se retira al desierto, como para e1 cristiano corrien­te que vive en medio de la sociedad humana, usando de los recursos de este mundo o careciendo de muchos de ellos.

Pero ‑añadía más adelante‑ pobreza no es miseria, y mu­cho menos suciedad; además, la pobreza no se define por la simple renuncia, especialmente cuando se trata de cristianos que viven en medio del mundo y tienen que dar testimonio explícito de amor al mundo, de solidaridad con los hombres. Se impone, pues, aprender a vivir la pobreza, para que no quede reducida a un ideal sobre el que se puede escribir mucho, pero que nadie realiza seriamente. En concreto:

Todo cristiano corriente tiene que hacer compatible, en su vida, dos aspectos que pueden a primera vista parecer contradic­torios. Pobreza real, que se note y se toque ‑hecha de cosas concretas‑, que sea una profesión de fe en Dios, una manifesta­ción de que el corazón no se satisface con las cosas creadas, sino que aspira al Creador, que desea llenarse de amor de Dios, y dar luego a todos de ese mismo amor. Y, al mismo tiempo, ser uno más entre sus hermanos los hombres, de cuya vida participa, con quienes se alegra, con los que colabora, amando el mundo y todas las cosas buenas que había en el mundo, utilizando todas las cosas creadas para resolver los problemas de la vida humana, y para establecer el ambiente espiritual y material que facilita el desarrollo de las personas y de las comunidades.

El Fundador del Opus Dei seguía explicando que no quería dar reglas fijas ‑sólo unas orientaciones‑, porque lograr la síntesis entre esos dos aspectos es ‑en buena parte‑ cuestión personal, cuestión de vida interior, para juzgar en cada momen­to, para encontrar en cada caso lo que Dios nos pide.

Esas líneas generales están recogidas en los nn. 110 y 111 del conocido libro Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, y contienen enfoques en verdad sugerentes, que evocan ‑una vez más‑ lo que ha sido previamente vivido, y apuntan interesantes consecuencias prácticas, algunas especialmente significativas en estos tiempos en que tantos se dejan arrastrar por la fiebre del consumo.

El Fundador del Opus Dei quería que los socios de la Obra vistieran con corrección, incluso con elegancia, cada uno dentro de su condición y de sus circunstancias personales, bien arregla­dos, los zapatos limpios, la ropa sin arrugas:

Recuerdo haber conocido a determinada persona, que le gustaba vestir bien: gastaba una enormidad en trajes; pero cuan­do llegaba a su casa, tiraba las prendas por cualquier lado, y explicaba así la razón: no soy yo para la ropa, sino que la ropa es para mí (…) Las cosas se deben gastar, sí, pero sabiendo que no hemos de maltratarlas, que es preciso hacerlas durar, porque no son nuestras: son un medio para nuestra santidad y para el apos­tolado.

Procuró siempre tener y usar la ropa que era necesaria. Hubo una época en que llevó solideo para compensar la edad que no tenía: ¡Dame, Señor, ochenta años de gravedad!, pidió con fre­cuencia. Después, para subrayar la secularidad propia del espí­ritu del Opus Dei, se puso algunas veces la sotana ribeteada de rojo y los demás distintivos propios de su condición de Prelado Doméstico. Años más tarde confesó que eso le resultaba mucho más duro que varios cilicios.

La sotana que vestía habitualmente en 1963 tenía entonces 18 años. Era francamente vieja, pero limpísima, digna. Con todos los botones: él mismo se los cosía, en cuanto amenazaban desprenderse. Toda una lección práctica para los socios de la Obra.

Se encontraba muy feliz dentro de su recosida sotana, pero, cuando era necesario ‑muy pocas veces‑, usaba los distintivos propios de su condición de Prelado, o los arreos ‑así decía‑ de Gran Canciller de una Universidad.

Con idéntico espíritu, en el que el desprendimiento de los bienes humanos o de los símbolos de honor nunca puede ser excusa para incumplir el propio deber, ejercitó en 1968 el dere­cho a rehabilitar, con la mira puesta en su familia, el Marquesa­do de Peralta, concedido en 1718 a un antepasado directo suyo, don Tomás de Peralta, Secretario de Estado de Guerra y Justicia en el reino de Nápoles.

Esta heroica decisión, que más de uno ha valorado muy su­perficialmente, encierra también lecciones de honda riqueza humana y cristiana, que algún día será necesario exponer en toda su extensión. Me parece que, para el propósito de estas páginas, basta apuntar que Mons. Escrivá de Balaguer era muy consciente de las críticas que su petición iba a suscitar, pero tenía certeza moral de que era el único miembro de la familia que podía promover el expediente jurídico de rehabilitación, para que efec­tivamente ese título nobiliario volviera a formar parte del patri­monio familiar.

Como siempre, el Fundador del Opus Dei hizo lo que en conciencia debía, después de haber pedido consejo a algunos de los Cardenales que en la Curia Romana gozaban de mayor fama de prudencia, y a la Secretaría de Estado del Santo Padre. Se trató, como digo, de un acto verdaderamente heroico, porque no se le ocultaban las habladurías y las susurraciones a las que se prestaba, y de las que prescindió por completo. Cuatro años des­pués, cedió a su único hermano vivo, Santiago, ese título, que él nunca llegó a usar.

Al “limpio resplandor de un corazón pobre, no instalado, desprendido, abierto a todos, saturado de confianza en Dios en medio de las mayores pruebas”, se refirió el Cardenal Primado de Toledo en el artículo que publicó en el ABC de Madrid: “Ésta es la pobreza evangélica auténtica, aunque el que así la vive se

dedique a movilizar todos los recursos imaginables para servir a Dios y a los hombres. Acaso esté aquí el secreto que explica algo de su vida”.

Mons. Escrivá de Balaguer vivió y murió en el más estricto desprendimiento de los bienes materiales. Poco tiempo antes de que Dios le llamase, contaba un día a los alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz que esa mañana había dicho a los miembros del Consejo General de la Asociación:

Hoy me he dado cuenta de que continúo siendo pobre de solemnidad. No sólo porque llevo esta sotana vieja, pues podría ponerme otra mejor que tengo, sino porque no puedo hacer lo que hace una persona de mi edad, en cualquier país más o menos civilizado. Hay obreros de mi edad, ya retirados, que disfrutan tranquilamente de su pensión; y si una noche no duermen ‑que es lo que me ha pasado hoy a mí: por eso he tenido ocasión de rezar más‑, se quedan en la cama un poquito más por la maña­na. En cambio, yo estoy aquí, con vosotros, y mucho mejor que en la cama. Pero me he dado cuenta, de que efectivamente, soy todavía ‑a la vuelta de medio siglo de sacerdocio‑ pobre de solemnidad.

3. Una audacia: la Academia DYA

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Pedro Rocamora conoció a Mons. Escrivá de Balaguer hacia 1928, y, aunque Rocamora nunca sería del Opus Dei, tuvo desde el primer momento veneración profunda y sincero afecto por aquel sacerdote joven, don Josemaría, que le trató con confianza de verdadero amigo, y poco después de que hubiera nacido la Obra, le habló de sus ideas “fundacionales”. Le parecían dema­siado ambiciosas: “Las formulaba con una sencillez y un conven­cimiento de éxito que asombraba”. A pesar de la admiración que sentía hacia don Josemaría, “no podía ocultar un cierto escepti­cismo ante aquellos proyectos que me parecían demasiado grandes, hermosos desde luego y casi imposibles de conseguir”.

Incluso quienes tenían fe ‑además de amistad‑ en el Fundador del Opus Dei, sentían vértigo cuando les hablaba del futuro. Porque sus sueños no podían apoyarse absolutamente en nada humano. Esta impresión de vértigo ‑la fe y la confianza en Dios de don Josemaría‑ es la que guardan en su memoria, como vimos, las asociadas de la Obra cuando les describía las labores que la Sección de mujeres haría en el futuro. Quedaba siempre claro que lo más importante era el apostolado personal de las asociadas, imposible de registrar o medir. Pero de ese afán apostólico surgirían también iniciativas diversísimas: granjas para campesinas, centros de capacitación profesional para la mujer, residencias de estudiantes universitarias, actividades en el campo de la moda… Ante el asombro de aquellas pocas mujeres, el Fundador del Opus Dei les hacía ver que lo único necesario era confiar en Dios: el Señor quería que todo eso se hiciese, y, por tanto, Dios sería quien llevaría adelante su Obra.

No es superfluo subrayar que en la mente y en el corazón de don Josemaría estaban; en aquellos primeros momentos, muchas actividades que tardarían años en ser realidad. Esos proyectos incluían, como acabamos de ver, las obras apostólicas que el Opus Dei promovería, labores de contenido profesional y civil, radicalmente orientadas a un servicio cristiano a la sociedad, es decir, tareas de carácter exclusivamente apostólico.

Los socios de la Obra no han olvidado los horizontes que el Fundador abría, en aquellos años treinta, cuando todo estaba comenzando. Así, don Juan Jiménez Vargas recibió en 1933 una explicación clarísima de lo que serían en concreto estas obras apostólicas del Opus Dei, en el ámbito de la enseñanza. Habría que hacer, entre otras cosas, centros docentes no oficiales, impregnados de sentido cristiano desde el principio al fin, pero sin llamarse nunca “católicos”. Serían siempre pocos, fruto de la iniciativa de algunos socios de la Obra, una parte de los dedicados profesionalmente a la enseñanza, porque muchos, en el ejercicio de su libertad, preferirían seguir trabajando en centros oficiales. En cualquier caso, estos profesionales no serían muchos en comparación con todos los que en cada momento formasen parte del Opus Dei. El profesor Jiménez Vargas asegura que “cuando me hablaron del planteamiento de la Universidad de Navarra, casi veinte años después, no me sor­prendió nada porque era idea conocida”. Y añade: “estas ideas son las mismas que yo le oí el año 1933″.

En aquel tiempo, don Josemaría supo conjugar la universa­lidad que Dios quería para su Obra en el futuro, con el sobrio atenerse a la realidad del momento. Así inició, con los pocos medios de que disponía, la que fue primera iniciativa apostólica del Opus Dei, con todas las características que después tendrían estas actividades en el mundo entero: la Academia DYA, que comenzó a funcionar en 1933 en un entresuelo de la calle de Luchana, número 33, esquina a la de Juan de Austria.

Hasta entonces, como es fácil deducir de las páginas prece­dentes, el Fundador del Opus Dei había hecho su labor apos­tólica donde buenamente podía. El periodista Julián Cortés Cavanillas recuerda sus paseos con don Josemaría por Recoletos, y las veces que con él tomó chocolate con picatostes o churros en El Sotanillo, un lugar tranquilo, muy cerca de la Puerta de Alcalá, subiendo desde Correos. Aún existía en los años cincuen­ta, con aire casi de reliquia histórica, y conservaba incluso el letrero de la fachada ‑”chocolatería”‑, aunque poco tenía que ver ya con lo que allí se bebía. Su distribución interior seguía siendo la misma que cuando, en 1931, sentados alrededor de una mesa, aquellos estudiantes escuchaban a don Josemaría. Desde la calle de Alcalá, unos pocos escalones llevaban a una especie de largo corredor, dividido por dos tabiques en departamentos casi independientes con mesas y sillas. Sorprendentemente, incluso en los años cincuenta, y a pesar del tráfico rodado de la calle, ofrecía su ambiente recoleto, propicio a la madrileña tertulia. Allí, con toda normalidad, impuesta también por la carencia de medios materiales, el Fundador del Opus Dei fue preparando la labor que pronto se ampliaría en la calle de Luchana.

La Academia DYA era un centro cultural y de enseñanza. Se daban clases de temas profesionales y se organizaban ciclos de conferencias, también de cuestiones doctrinales, como los cursos sobre apologética, que dirigía un sacerdote, don Vicente Blanco. En la Academia se tenían además clases de formación espiritual y apostólica para los socios de la Obra y para los chicos que, sin serlo, participan de la labor, y acudían a charlar con don Josemaría de sus problemas personales.

Aunque la casa era relativamente pequeña, fueron grandes los apuros económicos para sacarla adelante. Las iniciales de aquella Academia DYA correspondían a estudios que allí se daban: Derecho y Arquitectura. “Pero en el fondo ‑dice Pedro Rocamora‑ eran las siglas de aquellos lemas de los que don Josemaría me había hablado en el año 28: Dios y Audacia. A los frívolos o para los malintencionados, el lema pudiera parecer escandaloso, pero lo que don Josemaría pretendía es que con la confianza puesta en Dios, haciéndose cada joven aliado y amigo del Señor, se lanzase a hacer el bien por el mundo con audacia apostólica. Subrayo esto, porque la malignidad contemporánea ha tratado de dar una dimensión de intereses humanos a esa audacia. Nada más distinto del pensamiento del Padre. Audacia para ser apóstol, audacia para sacrificarse, audacia para hacer el bien, audacia para ayudar al que sufre, al que padece y al que lo necesita, para dar un consejo aunque sea inoportuno, para arrancar a un amigo de las garras del pecado. Para eso era la audacia que don Josemaría predicaba”.

En uno de sus últimos viajes a Madrid, el Fundador del Opus Dei cruzó un día por la calle de Luchana. Lo evocaba en Roma, el día de San José de 1975, tres meses antes de su repentino fallecimiento:

Hemos pasado por delante del edificio, hace poco tiempo, y el corazón me latía fuerte… ;Cuántos sufrimientos! ;Cuánta con­tradicción! ;Cuánta charlatanería! ;Cuántas mentirotas!…

Y aludiendo a la generosidad con que su familia le ayudó a instalar aquella casa, recordaba también el expresivo comentario de su hermano Santiago, entonces apenas adolescente:

Cada día, cuando me marchaba de casa de mi madre, venía mi hermano Santiago, metía las manos en mis bolsillos, y me preguntaba: ¿qué te llevas a tu nido?

Esta audacia provenía de la seguridad en su vocación divina. Contaba con Dios, por intercesión de San José ‑pronto también de San Nicolás de Bar¡‑, para resolver los problemas económi­cos, pues la Academia se defendía muy mal. Un sacerdote amigo suyo, don Saturnino de Dios Carrasco, pidió también dinero para DYA a personas conocidas, entre ellas, la familia Ruiz Balles­teros, con la que él estaba de capellán y preceptor: “Don Jose­maría pretendía abarcar todos los ámbitos de la sociedad con su apostolado; no temía a la Universidad de aquellos años, sino que procuraba contrarrestar la labor negativa de algunas cátedras de la Universidad, proporcionando una buena formación doctrinal a los muchachos que frecuentaban la Academia DYA con clases de religión y otros medios de formación cristiana”.

Uno de estos medios eran los retiros espirituales, que dirigía en la iglesia de los PP. Redentoristas, de la vecina calle de Manuel Silvela. Se conserva la carta que, el 26 de abril de 1934, el Fundador del Opus De¡ dirigió a don Francisco Morán, Vicario de la diócesis de Madrid. Entre otras cosas, le habla del próximo retiro, que será el primer domingo de mayo, y le dice que con la ayuda de Dios, espero que sea fecundo, porque han respondido muy bien los jóvenes universitarios, acudiendo a los retiros anteriores.

Estoy convencido de que el Señor bendice a estos jóvenes que llevan la Academia, en la que tantas facilidades encontramos para nuestro apostolado sacerdotal entre intelectuales, cumplien­do, por otra parte, la clara Voluntad de Dios sobre mí, que es “ocultarme y desaparecer”.

Yo le pido, Sr. Vicario, que encomiende a esta muchachada en la Santa Misa: se lo merecen (…).

En esa misma carta, da cuenta también al Vicario de Madrid de la inminente aparición de sus Consideraciones Espirituales: por razones de economía, con la aprobación del Sr. Obispo de Cuenca, se está tirando un folletico ‑luego se tirarán otros‑ en’ la “Imprenta Moderna”, antes “Imprenta del Seminario”, de esa capital (de Cuenca). Son notas que empleo, para ayudarme en la dirección y formación de los jóvenes, y que hasta ahora iban a velógrafo.

Y añade: Le anticipo que no tienen ni pretensiones, ni impor­tancia, y que se imprimen anónimamente: desde luego, sólo son útiles para determinadas almas, que quieran de veras: 1) tener vida interior, y 2) sobresalir en su profesión, porque esto es obligación grave.

No contaba con dinero el Fundador del Opus De¡, pero estaban muy claros, desde el primer momento, los fines y los medios, sobrenaturales, para hacer la Obra en la tierra. Como recapitulaba en Roma en marzo de 1975:

Y luego, Dios nos llevó por los caminos de nuestra vida interior, por los específicos. ¿Qué buscaba yo? Cor Mariae Dulcissimum, ¡ter para tutum! Buscaba el poder de la Madre de Dios, como un hijo pequeño, yendo por caminos de infancia. Acudí a San José, mi Padre y mi Señor. Me interesaba verlo poderoso, poderosísimo, jefe de aquel gran clan divino, y a quien Dios mismo obedecía: erat subditus illis! Acudí a la intercesión de los santos con simplicidad, en un latín morrocotudo pero piadoso: Sancte Nicoláe, curam domus age! ; y a la devoción de los Santos Ángeles Custodios, porque fue un 2 de octubre cuando sonaban aquellas campanas de Santa María de los Ángeles, una parroquia madrileña, junto a Cuatro Caminos… Acudí a los Santos Ángeles con confianza, con puerilidad, sin darme cuenta de que Dios me metía ‑vosotros no tenéis por qué imitarme, ;viva la libertad!‑ por caminos de infancia espiritual.

¿Qué puede hacer una criatura que debe cumplir una misión, si no tiene medios, ni edad, ni ciencia, ni virtudes, ni nada? Ir a su madre y a su padre, acudir a los que pueden algo, pedir ayuda a los amigos… Eso hice yo en la vida espiritual. Eso sí, a golpe de disciplina, llevando el compás.

Y el Fundador del Opus Dei concluía:

Os estoy contando un poquito de lo que ha sido mi oración de esta mañana: es para llenarme de vergüenza y de agradecimien­to, y de más amor. Todo lo hecho hasta ahora es mucho, pero es Coco: en Europa, en Asia, en África, en América y en Oceanía. Todo es obra de Jesús, Señor nuestro. Todo lo ha hecho nuestro Padre del Cielo.


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