Trescientos, trescientos mil

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Había invitado a esa primera clase a numerosos universitarios, con gran ilusión apostólica; había hablado con unos y otros, y al final… se presentaron Juan Jiménez Vargas y otros dos más.

Me vinieron sólo tres. ¡Qué descalabro!: ¿verdad? ¡Pues no! Me puse muy optimista, muy contento, y me fui al oratorio de las monjas; expuse a Nuestro Señor en la Custodia y di la bendición a aquellos tres. Me pareció que el Señor Jesús, Nuestro Dios, bendecía a trescientos, trescientos mil, treinta millones, tres mil millones…, blancos, negros, amarillos, de todos los colores, de todas las combinaciones que el amor humano puede hacer.

Entre tantas pruebas, que superaba con humildad, seguía recibiendo en su alma nuevas mociones de Dios. Eran los primeros días de octubre de 1932, cuando, haciendo un retiro espiritual en el Convento de los Carmelitas Descalzos de Segovia (…), pasaba largos ratos de oración en la capilla donde se guardan los restos de San Juan de la Cruz: y allí, en esa capilla, tuve la moción interior de invocar por vez primera a los tres Arcángeles y a los tres Apóstoles (…), teniéndoles desde aquel momento como Patronos de las tres obras que componen el Opus Dei.

Hacía considerar a las personas que trataba la vida cotidiana de los Apóstoles que siguieron al Señor: Lo que a ti te maravilla —escribió en Camino a mí me parece razonable. -¿Que te ha ido a buscar Dios en el ejercicio de la profesión? Así buscó a los primeros: a Pedro, a Andrés, a Juan y a Santiago, junto a las redes: a Mateo, sentado en el banco de los recaudadores.

El 11 de noviembre de 1934 fue nombrado Rector del Patronato de Santa Isabel, del que era capellán desde 1931. Atendía, entre otras labores, a las Agustinas Recoletas del Convento de Santa Isabel. Esta comunidad tenía una talla de un Niño Jesús que le daba particular devoción. Durante las Navidades de 1931 la Superiora le autorizó para llevarlo a su casa y enseñarlo a algunos amigos y conocidos.

Hoy me llevé el “Niño de Santa Teresa” —contaba el 30 de diciembre de 1931—. Me lo dejaron las Madres Agustinas. Fuimos a felicitar las Pascuas a Fray Gabriel, en los Carmelitas. El hermanito se alegró y me regaló una estampa y una medalla. Después de visitar a otros amigos, se lo llevó a su casa: Y aquí tendré a Jesús hasta mañana. Esa devoción al Niño, íntima y recia, unida a un profundo sentido de la filiación divina, muestra como Dios iba llevándole, casi sin que se diera cuenta, como a Santa Teresa Lisieux, y tantos otros santos, por caminos de infancia espiritual.

En diciembre de 1933 comenzó la Academia DYA, primera labor apostólica del Opus Dei. Fueron acercándose nuevas personas a los apostolados que emprendía; y cuando la labor se consolidaba y ya contaba con algunos miembros del Opus Dei; cuando le rodeaba casi un “centenar de almas vibrantes”; y pensaba comenzar la expansión por todo el mundo; en los mismos días en los que daba los primeros paso para ir a otra ciudad, Valencia… se desencadenó la guerra civil en el país.

En absoluta pobreza

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

“Se me saltaron las lágrimas al verle —comentó Antonio Rodilla, un sacerdote amigo suyo, al encontrarle en Burgos en 1938—. Me lo encontré hecho un esqueleto. Estuve allí unos días con él. Vivía en absoluta pobreza”.

Su cuerpo, de una delgadez extrema, y su rostro demacrado acusaban las penalidades de los últimos años. Los que le acompañaban, como Pedro Casciaro o Francisco Botella, pensaron que aprovecharía esa estancia en Burgos para descansar algo. Pero se equivocaron: ni la pobreza ni el quebranto físico inquietaban a don Josemaría. La pobreza era antigua compañera de camino desde los comienzos de la labor apostólica —amo la santa pobreza, gran señora mía, escribió—, y superaba las penalidades materiales con amor de Dios, un amor que “tiraba hacia arriba” de su cuerpo cansado.

Su corazón sólo tenía una inquietud: acercar las almas al Señor, cumplir la misión que Dios le había confiado y seguir el trato con aquel núcleo inicial de “almas vibrantes” a las que había dado a conocer su mensaje.

Fue a visitar a los que pudo. Algunos estaban en ciudades distantes o movilizados en los frentes de guerra. Otros venían a Burgos para verle. Con otros, seguía en contacto por carta. Escribía a uno de ellos, Tomás Alvira, en febrero de 1938:

Querido Tomás: ¡Qué ganas tengo de darte un abrazo! Mientras, te pido que nos ayudes, con tus oraciones y con tus trabajos.

Yo voy corriendo de un lado para otro: acabo de venir de Vitoria y Bilbao. Y antes: Palencia, Valladolid, Salamanca y Avila. Ahora estoy curando un catarro que pesqué en el Norte. Después, voy a León y Astorga.

Tomasico: ¿cuándo harás una escapada, para que nos veamos?

A Tomás, que contraería matrimonio poco después, en junio de 1939, don Josemaría le había mostrado la posibilidad de entregarse plenamente a Dios, con el carisma del Opus Dei, en el matrimonio: pero tuvo que esperar unos años antes de incorporarse definitivamente al Opus Dei, porque no existía todavía un cauce jurídico adecuado para las personas casadas.

El 28 de marzo de 1939, pocos días antes de que finalizase el conflicto, don Josemaría regresó a Madrid. El panorama, desde el punto de vista meramente humano, era desolador: la guerra había dispersado a muchas de las personas que trataba. Algunos habían muerto en los frentes de batalla. La Academia DYA estaba en ruinas. Había que comenzar, otra vez, desde el punto de vista material, desde cero.

No se permitió una queja, ni un desánimo; y en los años siguientes, hasta 1946, siguió difundiendo el mensaje de la llamada universal a la santidad, haciendo el Opus Dei por diversas ciudades de la Península, con fe renovada, utilizando los precarios medios de transporte de un país recién salido de una guerra: Valencia, Barcelona, Valladolid, Zaragoza, Bilbao, Sevilla, San­tiago… Deseaba comenzar en otras naciones lo antes posible, cuando se encontró de nuevo con un obstáculo insuperable: la Segunda Guerra Mundial.

Durante esos años su espíritu de comunión eclesial se hizo especialmente patente. Predicó numerosos ejercicios espirituales, a petición de los obispos, para el clero de las diversas diócesis, que comenzaban a rehacerse tras el conflicto; y dirigió muchos retiros a comunidades religiosas.

Dios le seguía uniendo a la Cruz, a su Corazón llagado. El 22 de abril de 1941, mientras predicaba en Lérida un curso de retiro para sacerdotes, falleció inesperadamente su madre, en Madrid, tras una brevísima enfermedad.

Barcelona, 19 de noviembre de 1937

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

A eso del mediodía, don Josemaría sube al autobús que va a Seo de Urgel. Le acompañan Juan Jiménez Vargas, Pedro Casciaro, Francisco Botella, José María Albareda -el joven doctor en farmacia y química que ha asistido unas semanas antes, en Madrid, a los ejercicios espirituales dados por el Padre, y que ha pedido enseguida formar parte del Opus Dei- y Miguel, un estudiante, antiguo alumno de la Academia DYA.

El Padre viste un pantalón bombacho de franela, un jersey azul de cuello alto y una boina negra. Sus compañeros van equipados, también, con prendas más o menos aptas para andar por el campo.

A medida que el autobús se va acercando a la región montañosa de los Pirineos, los controles se van haciendo cada vez más rigurosos. Por eso, Pedro, Francisco y Miguel, cuya documentación es dudosa, se bajan al llegar a Sanahuja, pueblo situado a unos veinte kilómetros del punto más peligroso, y siguen su camino a pie.

En el cruce de Peramola los demás bajan del autobús; un hombre de unos cuarenta años se aproxima e indica que le sigan. Al cabo de una hora llegan al pueblo y se refugian en una masía, para pasar allí la noche. Pero el Padre no puede dormir: no hace más que pensar en los que se quedaron en Sanahuja, que no llegan…

A la mañana siguiente, reemprenden la marcha, a pesar de todo. A medida que se adentran en el monte, aumenta su inquietud por los que faltan.

Al cabo de un buen rato, llegan a una masía. Nuevo alto. El Padre se da a conocer como sacerdote a algunas personas escondidas por allí y celebra la Santa Misa.

Pasan las horas. Pedro, Francisco y Miguel siguen sin aparecer… Hasta que, por fin, al día siguiente -21 de noviembre- llegan: el guía, extraviado, les había hecho dar mil rodeos.

Por fin, todos juntos, reemprenden la marcha hacia los Pirineos, que pretenden cruzar arriesgándolo todo. Si las cosas salen bien, llegarán a Andorra, y luego, por Francia, pasarán a la zona nacional.

Una difícil decisión

No sin vacilaciones, el Padre había decidido abandonar Madrid. Sus hijos le habían animado a dar ese paso, para salvar su vida. Él se había dejado convencer, pensando que en la otra zona podría proseguir haciendo el Opus Dei con libertad y establecer contacto con tantos estudiantes que luchaban en los frentes. En Madrid, permanecía Isidoro, que seguiría en contacto con los que se quedaban allí y con su familia. En cuanto a Vicente Rodríguez Casado, Álvaro del Portillo y José María González Barredo, continuaban refugiados en distintas sedes diplomáticas.

En Valencia, adonde había llegado el 8 de octubre con objeto de aguardar el momento propicio para trasladarse a Barcelona y desde allí ganar la frontera, el Padre había encontrado a Francisco Botella y Pedro Casciaro, encantados de volverle a ver tras un año largo de separación. Al día siguiente, había tomado el tren para la capital de Cataluña…

Todavía le parece verlos, despidiéndole en el andén de la estación, empequeñecidos por la distancia… A1 arrancar el tren, había introducido discretamente la mano bajo la solapa de la chaqueta y les había bendecido, diciendo mentalmente la fórmula de la bendición de viaje que había compuesto con palabras del libro de Tobías, precedidas de una invocación a la Virgen: “que por la intercesión de Santa Maria tengáis buen viaje. Que el Señor esté en vuestro camino y que sus Ángeles os acompañen”.

La preocupación por todos los que había dejado detrás le había atenazado durante las semanas pasadas en Barcelona…

Unos días más tarde, Juan Jiménez Vargas se había desplazado a Valencia para recoger a Pedro y Francisco. Previamente, habían ido a buscar a Miguel, oculto en Daimiel -provincia de Ciudad Real- desde el comienzo de la guerra.

Don Josemaría había aprovechado su corta estancia en Barcelona para administrar los Sacramentos a algunas personas conocidas que se habían enterado de que estaba allí.

El paso de los Pirineos era peligrosísimo. Un magistrado amigo suyo -lo había conocido en la Facultad de Derecho de Zaragoza- había tratado de disuadirle: “Cuando encuentran fugitivos, los carabineros no los apresan: disparan sobre ellos. Y si por casualidad los detienen, les condenan a muerte…” Y para convencerle, le había hecho asomarse a la sala de audiencias en el momento en que estaban juzgando a algunos. Pero, a pesar de eso, y de los ataques de reumatismo que le daban de vez en cuando, había perseverado en su proyecto…

Una respuesta maternal

El que hace de guía ahora, en este 21 de noviembre, les aconseja no pasar la noche donde están. Pasarán la noche en un horno de pan situado en una casa contigua.

Agotados, todos se duermen enseguida, pero el Padre no puede conciliar el sueño. ¿Ha hecho bien lanzándose a esta aventura y dejando atrás a los que quedan perseguidos? Partir, ¿no es abandonarlos…? Pero, por otra parte, ¿cómo continuar trabajando en lo que Dios quiere…? Una y otra vez, sin descanso, suplica al Señor que le haga ver cuál es su Voluntad. ¿Proseguir o dar marcha atrás…?

Por fin, invoca una vez más a la Virgen y le pide que le muestre el camino a seguir mediante una señal precisa que él mismo sugiere a la Señora.

Por la mañana, muy temprano, se levanta, sale del lugar donde han pasado la noche y, al cabo de un rato, regresa con la cara radiante y una rosa de madera estofada en oro en la mano.

Inmediatamente, pide a los que le acompañan que dispongan lo necesario para celebrar la Santa Misa.

Ante su cambio de actitud -le han oído sollozar por la noche- comprenden que ha sucedido algo extraordinario. Con todo, nadie pregunta nada.

Después de la Misa, reanudan la marcha hacia los Pirineos. El Padre, que lleva con él la rosa estofada, avanza con paso decidido.

Durante una hora larga, caminan por el bosque de Rialp, donde permanecerán escondidos esperando la ocasión propicia para emprender la ascensión. Allí, se unen a ellos otros dos amigos: Tomás Alvira y Manuel Sainz de los Terreros.

Al día siguiente, por la mañana, el Padre celebra Misa sobre un altar improvisado, formado con unas piedras grandes, y les dirige unas palabras.

Durante cinco días, se entrenan para aguantar la prueba que les aguarda: hacen ejercicios físicos, caminan por el bosque… Y para no olvidar sus actividades profesionales, dan charlas, por turno, sobre sus distintas especialidades.

El paso de los Pirineos

El 27 de noviembre -sábado- llega por fin el momento de reanudar la marcha. Han dormido en una cueva para el ganado, en espera de que llegue el nuevo día.

Antes de rayar el alba, un joven aparece. Tiene aspecto decidido y enérgico. Dice que le llamen Antonio y les invita a seguirle.

Al día siguiente, domingo, hacen alto al borde de un barranco y se disponen a pasar unas horas al abrigo del viento, antes de proseguir el camino. Se les han unido otros fugitivos. Don Josemaría anuncia que va a celebrar Misa. La dice de rodillas, utilizando como altar la piedra más plana que encuentra. Reina un recogimiento total. Muchos de los presentes no han podido pisar una iglesia desde julio del 36. Ese mismo día, un estudiante catalán escribe en su diario: “Nunca he oído una Misa como la de hoy. No sé si por las circunstancias o porque este sacerdote es santo”.

Después de distribuir la comunión, don Josemaría coloca unas cuantas Hostias consagradas en la pitillera que utilizaba en Madrid con el mismo fin.

En las primeras horas de la tarde, la expedición vuelve a ponerse en movimiento. Ahora, tienen que escalar una montaña. Todos avanzan en fila india. Juan se coloca detrás del Padre, para sostenerle si desfallece. Pero no es él, sino Tomás, el que sucumbe el primero y don Josemaría tiene que mediar para convencer al guía de que espere un poco… A1 llegar a lo alto, ya es noche cerrada. Algunos de los que forman parte de la caravana blasfeman cuando tropiezan y el Padre, dolorido, decide consumir las Sagradas Formas por respeto a Jesús Sacramentado.

E1 día siguiente lo pasan en el corral de una masía aislada en el monte. Al anochecer, reanudan la marcha, cargando con algunas provisiones para el resto del viaje, las últimas que han podido encontrar. De nuevo, una áspera subida y, al final, un rellano. Finalmente, luego de atravesar un río, emprenden la ascensión del Ares, de 1.500 metros de altitud. Con frecuencia, tienen que sostener al Padre y llevarlo casi en volandas.

Un alto, y de nuevo en camino, hasta que el guía les reúne y les ordena detenerse. Falta alguien y el guía teme que se trate de un confidente de los carabineros. No tardan en descubrir que se trataba de un rezagado, que el guía obliga a continuar a la fuerza, amenazándole con su pistola.

Ahora, ponerse de nuevo en marcha resulta todavía más duro. José María Albareda no puede más, y se tumba en el suelo… Sostenido por sus compañeros, sigue caminando como un autómata.

Todavía de noche, llegan a un corral, que les servirá de refugio durante el día. Cuando amanece, ven que es un sitio llano, con praderas, y que hay dos masías cercanas. El frío es muy intenso… Al anochecer de aquel día -martes 30 de noviembre- reemprenden la marcha. Es la cuarta etapa nocturna desde que salieron de los bosques de Rialp. De vez en cuando, se unen a ellos unos misteriosos individuos que van cargados de fardos… Contrabandistas, sin duda.

El terreno, ahora, es llano. El Padre anima a los suyos a no interrumpir el diálogo con el Señor, a pesar del extremo cansancio.

Con infinitas precauciones, cruzan la carretera que conduce a Noves de Segre y, algo más tarde, la comarcal de Seo de Urgel a Sort, junto al puente del río Arabell. Luego siguen caminando bastante tiempo por el mismo lecho del río. Cuando amanece, se ocultan entre piedras y matorrales, para que nadie les vea y, tras dormir un poco, reanudan la marcha, con objeto de cubrir la última etapa. Empiezan a caer unos copos de nieve.

Es la tarde de l.° de diciembre y va a empezar la última jornada nocturna, que les permitirá alcanzar la frontera; pero se trata del tramo más peligroso, porque los carabineros patrullan por esa zona.

Tras un nuevo ascenso, descienden por las laderas de la Sierra del Burbre. Tropiezan constantemente en las piedras y, cuando éstas ruedan, el guía se incomoda: ¡el silencio debe ser absoluto!

Todavía quedan varios puntos peligrosos: tienen que cruzar una carretera y atravesar un río.

De pronto, el guía ordena que todos se tumben en el suelo y que permanezcan ocultos entre árboles y arbustos mientras él localiza a los carabineros que vigilan la frontera. Cuando, por fin, pueden incorporarse, el Padre está tiritando. Juan le fricciona para que pueda ponerse en pie; luego, se pone en camino a trompicones. Sólo falta subir una ladera para alcanzar la frontera de Andorra; para no arriesgarse, esperan un rato antes de iniciar la ascensión.

Pasan la frontera por fin, pero el guía les ordena permanecer en silencio mientras sigan al alcance de las armas de los carabineros… De pronto, cuando se disponen a iniciar el descenso de una cima, resuenan unos disparos, pero ya están fuera de tiro. Minutos más tarde, el guía les indica el camino que les conducirá al primer pueblo andorrano.

La alegría estalla, incontenible. El Padre y los que le acompañan empiezan a rezar un Rosario. Un poco más allá, el guía y sus ayudantes han encendido un fuego en espera de que apunte el día. Terminan de rezar el Rosario y se acercan a la hoguera para calentarse un poco.

Transcurren unos minutos interminables antes de que las luces del alba empiecen a iluminar la aldea de Sant Julia de Loria. Don Josemaría entona, en voz alta, las primeras palabras de la Salve. Todos le siguen. Es la mañana del 2 de diciembre de 1937.

Llegados a la aldea, entran en la iglesia, la primera iglesia no profanada que visitan desde el comienzo de la guerra. Luego, tras haber repuesto fuerzas en un bar, se dirigen hacia Andorra la Vella.

En la capital del pequeño Principado, don Josemaría descubre un sacerdote y avanza hacia él, con los brazos abiertos. Al día siguiente, en una pequeña capilla que algunas monjas benedictinas de Montserrat habían instalado cerca del hotel donde se han alojado, el Padre, por vez primera después de muchos meses, celebra la Santa Misa en condiciones normales, aunque sus manos están tan hinchadas por las espinas que se le habían clavado al agarrarse a los matorrales, que, al regresar al hotel, Juan tiene que sacárselas una a una. La nevada que les habla amenazado en la última etapa del camino es ahora muy intensa.

En la Misa, el Padre ha dado gracias a Dios con toda su alma por haberles librado de tantos peligros y pide fervorosamente por los que han quedado en Madrid, por los que andan dispersos por las dos zonas de la dividida España (a algunos de los cuales espera ver muy pronto) y por el desarrollo futuro de la Obra de Dios, que el Señor ha querido ver frenado por algún tiempo. Pero no importa: también el agua, al estrellarse contra las rocas, se arremolina o se remansa antes de seguir adelante con renovado ímpetu…

Una amistad de 43 años

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Testimonio de Mons. Pedro Altabella Canónigo de San Pedro de Roma, Doctor en Teología y Derecho Canónico
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

El día 26 de junio de 1975, Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer pasaba a mejor vida. En aquellos momentos nos fue dado estar junto a su cadáver –parecía que estaba dormido más que muerto, celebrar la Santa Misa de corpore insepulto y dar rienda suelta a nuestro afecto de amigo.

Hoy quisiera evocar siquiera algún rasgo de su rica personalidad sacerdotal. Creo que un trato frecuente que tuve con el a lo largo de 43 años me autoriza a intentarlo.

Conocí a Josemaría Escrivá de Balaguer apenas llegué al Semi­nario Conciliar de la Plaza de la Seo, el año 1925, en Zaragoza. Josemaría, que residía en el Seminario de San Carlos, venía como Superior del Seminario de San Francisco de Paula a acompañar a los seminaristas que venían a clase al Conciliar. Le veíamos vestido con man­teo –no llevaba beca porque era Superior- y con porte distinguido. Creo que en aquellas fechas había recibido sólo las Ordenes Menores.

Luego, circulaba por el Seminario nuestro la noticia de que Jose­maría estaba en Madrid. Allí terminaba sus estudios de Derecho Civil, y trabajaba en el apostolado entre universitarios. No sabía yo entonces más de él.

El año 1934, en enero, fui llamado por don Angel Herrera que pidió el permiso al señor arzobispo Domenech– a la casa del Con­siliario, en Madrid. Morábamos en la calle Villanueva, 15.

Fue precisamente en esa casa y en ese tiempo donde me saludó por primera vez don Josemaría Escrivá. Me lo presentó don Emilio Bellón, nuestro director, diciéndome: «Ven acá; vas a conocer a un paisano tuyo, gran sacerdote y apóstol». Bromeó don Emilio sobre mi persona al presentarme a don Josemaría y, en un fuerte abrazo que nos dimos, quedó fundida una amistad que nunca ya vino a menos.

Hablamos de nuestros ideales sacerdotales y apostólicos. Me invitó a visitar su academia DYA, que tenía en la calle Ferraz. Me impresionó en aquel momento el garbo y la alegría con que trataba a aquellos chicos y el gran afecto que le tenían. Pero, sobre todo, quedó grabado en mi alma el gran aprecio que ponía Josemaría Escrivá en la oración, y que supo transfundir en los espíritus de aquellos universitarios. La capilla estaba llena de jóvenes recogidos en oración. Eso, entonces, no era corriente.

Es ésta de la oración una nota fundamental de la personalidad de Escrivá de Balaguer. Diría yo que era para él la oración su fuerza, su refugio, su mejor quehacer, su hora de luz y de amor. Allí supo escuchar a su Dios y Señor, y prometió y cumplió seguirle fielmente hasta morir. ¡Cuántas veces le he oído que todo lo hablaba en la oración! Recuerdo que en los momentos más graves de su vida, que yo conocí o que le oí contarme, sea en las horas brillantes, sea en las amargas y oscuras, con fe intrépida, con gran decisión, con enorme poder de convicción, me decía: «Verás que todo lo resolverá el Señor de la mejor manera. Recemos sin desmayo».

Sugiero destacar, asimismo, otra nota para mi característica de su persona y de su acción. Se ha escrito y dicho reiteradamente que la idea central de su espiritualidad era y es que el cristiano común puede y debe santificar el trabajo y santificarse en el trabajo. Sea así. Pero creo que los diálogos de amistad que tuve con Jose­maría Escrivá me han dado a ver otra idea fuerte que quizá nos haga ver claro, y bajo la luz especial, el alcance de su vida y de su acción. En nuestras conversaciones, siempre destacaba con fuer­za la acción de Dios, de su gracia divina. La acción preponderante de Dios en nuestra santificación –sine me nihil–, pero, a su vez, la acción del hombre con toda su alma, con su entrega total, sin términos medios, con audacia moral. ¿No puso a su academia como lema Dios y Audacia? Pues bien, para mi quedó clara esta su postura espiritual un día en el que con entusiasmo inaudito me decía: «Me saca de quicio, Pedro, ese Cristo verus Deus et verus homo Cristo verdadero Dios y verdadero hombre–. La fuerza omnipotente de Dios, amasándose con el hombre al cual ha destinado a su Gloria».

Ahí está toda la luz de la teología aplicada a la vida nuestra: Cristo es el modelo. Las acciones de Cristo son tan divinas como humanas, tan humanas como divinas, theandricas dicen los teólogos. Nos parece que para comprender la ascética, la vida y los idea les apostólicos de Josemaría Escrivá, se debe partir de aquí. Sobre todo para conocer su Obra, el Opus Dei. Por eso Escrivá de Bala­guer quería a sus hijos muy santos y muy hombres. ¿No arranca de ahí la luz que ha transformado tantas conciencias en el mundo por medio del Opus Dei?

La claridad de esa idea le llevó a potenciar todo lo humano como don de Dios en un momento en que predominaba en los rasgos cristianos un «angelismo» deshumanizado. Pero esa misma luz nos puede aclarar hoy por qué no ha caído el Opus Dei en ese huma­nismo híbrido que ahora se predica desde tantos púlpitos y en el que Cristo –y, como consecuencia, el cristiano ya no tiene o no debe tener nada de divino. Hemos mutilado a Cristo: antes, por negar o no afirmar su humanidad benditísima; hoy, por reducirlo a un hombre, quizá un «superman», que nada hace ni dice de Dios.

Creo que aquí radicaba el arrastre de Josemaría Escrivá sobre las gentes. Su fuerza era de Dios, pero su humanidad se derramaba envuelta en lo divino.

Quizá a Josemaría Escrivá se le ha conocido en algunos ambien­tes a través de quienes lo presentaban como desencarnado, como «beatificado». Nada más contrario a la verdad. Era humano como pocos. Con un corazón que no se cansaba de amar: a su Dios y a sus hermanos. Para nosotros, el perfil sacerdotal y humano de Escrivá de Balaguer lo podríamos encontrar en aquellas palabras de San Pablo que Josemaría meditaba tantas veces: «Omnis pontifex ex hominibus assumptus, pro hominibus constituitur in iis quae sunt ad Deum»: Todo pontífice escogido de entre los hombres es cons­tituido para los hombres en las cosas que miran a Dios. No es apología fácil y gloriosa la nuestra. Josemaría Escrivá era todo un hom­bre, pero de Dios. Cuarenta y tres años de amistad nos autentizan a afirmar en conciencia que, como hombre, era un superdotado, pero que su fuerza la traía de Dios. Tenía para él y para sus hijos como gran exigencia el ser muy humanos. Pero enraizados en Dios. ¡Cuánto se podría hablar de este tema!

Pero, a su vez, para los hombres –pro hominibus constiluitur–. ¡Cómo le brillaban los ojos ante los hijos de Dios!– ¡Cómo era su verbo cálido, incisivo, directo, sacerdotal! Había yo sostenido muchas veces el bien que hacía al ponerse en contacto con aquellas muchedumbres que le escuchaban. Le oí más de una vez sus impre­siones sacerdotales después de un extenuante viaje apostólico. No se saciaba nunca. Y eso, a pesar de que nunca, en la historia de la Iglesia, Dios concedió a un Fundador, durante su estancia terre­na, ver tantas y tales multitudes de cristianos que le seguían en su aspiración a la santidad.

En las cosas que miran a Dios - in iis quae sunt ad Deum–. No quería saber otra cosa. El día que se escriba su vida, se verá cuán errados andaban quienes vieron en él aspiraciones terrenas, contar con poderes del mundo… Cada día se interiorizaba más y gemía por su amor al cielo. Escribimos de lo que hemos visto y oído, no por impresiones. Y decimos en conciencia lo que creemos era vida de su vida. La salvación de las almas. ¡De todas las almas! Ese era su ideal.

Hemos querido, a vuela pluma, evocar algunos de los recuerdos de nuestro trato con Josemaría Escrivá de Balaguer. Séame per­mitido terminar recordando dos cosas. La primera, que en el terre­no de la amistad conmigo fue siempre él el primero y más fiel. Quizá más de una vez hubiera tenido motivos para dejarme u olvidarse de mí. Todo lo contrario. Tengo mil testimonios profundamente indicativos de su lealtad de amigo. Y era quien era; y yo… ¿qué contaba ni cuento?

Quiero añadir una segunda cosa. Nunca vino de él una palabra directa o indirecta en que me invitara o siquiera me sugiriera per­tenecer a su Obra. No ya de sus íntimos, pero ni siquiera de entre los sacerdotes diocesanos. Y sabe muy bien el Señor que este tema de la santidad sacerdotal nos llevó muchos ratos de conversación. Quiero que se sepa porque ha habido quienes me han colocado en los rangos del Opus Dei. Era Josemaría Escrivá muy comprensivo. Sabía muy bien que la amistad es una cosa y que la llamada de Dios a una vida específicamente dedicada a Dios dentro de unas coor­denadas como las de su Obra es otra cosa muy distinta. Por eso, entre otras cosas, nos quisimos. Creo que su amistad fue un don de Dios para mí. Y seguimos cada uno el camino que nos trazó el Señor.

Pobre de solemnidad

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

El Fundador Dei Opus Dei vio siempre en la falta de medios materiales una muestra de predilección divina. En una ocasión dirigía en voz alta la meditación de un grupo de socios de la Obra, y les hacía considerar el pasaje evangélico del joven rico:

Vende cuanto tienes, dalo a los pobres… Hijos míos, el desprendimiento ‑¿veis?‑ es capital. Vosotros y yo no hemos hecho como aquel pobre muchacho: his ille auditis contristatus est, quia dives erat valde (Mc., X, 22); él, oyendo esto, se entristeció, porque era muy rico. Todos hemos dejado lo que teníamos, y a gusto, para seguir libremente al Señor. Lo mismo da que fuera mucho o que fuera poco, porque lo hemos dejado todo con igual intensidad: lo que teníamos y lo que puede llegar a tener una juventud maravillosa como la vuestra. Y con alegría, hijos; no queremos nada propio. Decídselo cada uno al Señor: Dios mío, por tu amor te doy todo, nada quiero mío, todo es tuyo.

Se refería luego, en aquella meditación, a la respuesta de Jesucristo a los discípulos de Juan el Bautista: “Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resu­citan, se anuncia el Evangelio a los pobres” (Mt., XI, 4‑S):

Hijos míos, habéis escuchado lo que nos dice el Señor; sus palabras a mí me remueven por dentro: luego amaremos e1 desasimiento, lo amaremos con predilección; porque cuando el espíritu de pobreza se resquebraja, es que va mal toda la vida interior.

El desprendimiento del Fundador del Opus De¡ fue real, efectivo, hasta las últimas consecuencias. Eso sí, siempre con naturalidad, ocultándolo, porque ‑como enseñaba‑ la nuestra es una pobreza que no tiene voz para gritar “soy pobre”; se paladea con alegría. Da e1 Señor un gozo en aquel no tener, en aquel no alargar el brazo más que la manga. Se trata de vivir pobres y de sonreír, de que pase inadvertida nuestra condición, tanto en la salud como en la enfermedad.

Pero era tan real la falta de medios, que no dejó de ser advertida, a pesar de todo, por quienes le trataron más de cerca: siempre envuelta en un modo externo amable, propio de quien realiza su labor apostólica entre sus iguales los hombres, y entiende que el desprendimiento de lo material no es ni miseria, ni suciedad, ni pobretonería.

Así lo aprendió, en buena medida, como vimos, en el hogar de sus padres. Aún no había nacido el Opus Dei, pero Dios iba sembrando en el que había de ser su Fundador rasgos de su espíritu, entre ellos, la mentalidad laical como modo específico de enfocar la práctica de todas las virtudes cristianas.

El Fundador del Opus Dei pasó toda su vida careciendo hasta de lo más necesario y desprendido de todo, con naturalidad y ‑no es paradoja‑ sin ostentaciones. Vicente Hernando Bocos fue un día a visitarle a la residencia de la calle Larra en Madrid, porque don Josemaría estaba con un fuerte resfriado. Su habita­ción era elemental, y tenía “una mesa pobre con unos libros de rezos”. Sin embargo, “el porte de don Josemaría en el vestir era elegante, limpio, correcto, de grata presencia”. Se acompasaba con el modo de ser: “Me dio la impresión de ser un sacerdote que gozaba de la vida, siempre de muy buen humor y muy sencillo. Recuerdo que ya entonces se levantó alguna calumnia contra él, que nosotros cortamos enérgicamente”.

En aquella época, en que tantas horas dedicó al Patronato de Enfermos, el Fundador del Opus Dei sufrió mucho al compro­bar, un día tras otro, las condiciones miserables en que vivía ‑y moría‑ la gente humilde de Madrid. No por eso perdió de vista que el sentido cristiano del desprendimiento va más allá de la pura carencia de medios. Lo resaltaría en 1972, al responder a una pregunta que le hicieron en el Instituto de Estudios Supe­riores de la Empresa, de Barcelona:

‑El hecho de manejar dinero, o de tenerlo, no quiere decir que se esté apegado a la riqueza. Te voy a poner un ejemplo. Conocí a un pobrecito que iba a un comedor de caridad, y no tenía siquiera la tarjeta que daban a los necesitados; acudía a recibir un poquito de lo que sobraba. Era un tiempo duro para el corazón de un cristiano: ver aquella gente con verdadera hambre. Para comer, todos llevaban sus cacharros. Él traía su puchero roto. Pero sacaba su cuchara de peltre, de la hondura de un bolsillo, y la miraba con satisfacción. Los otros no tenían cuchara. Se ve que pensaba: esto es mío, esto es mío. Y con su cuchara comía los garbanzos y el caldo que le daban. Después la volvía a mirar apasionadamente, como un avaro contempla las piedras preciosas. Le daba dos chupetones, y la guardaba de nuevo. ¡Era rico!

Pues también he tenido cerca de mí a una persona, a la que he querido mucho, y que indudablemente está en el cielo. Era Grande de España. Aun después de muerta, no diré más que su nombre propio, y porque es muy corriente: se llamaba María. En su casa tenía muebles estupendos, un gran servicio y mucha plata…, todo lo que es normal en una casa bien puesta y de abolengo. Y aquella pobrina gastaba en su persona menos que la última de sus sirvientas. Lo daba todo; soy testigo de su generosidad.

Sin la generosidad de muchas almas, no hubiera salido ade­lante el Opus Dei. Por supuesto, nunca su Fundador confundió la confianza en Dios con un providencialismo irresponsable. En los difíciles años de la Academia DYA, cuando proyectaba abrir la Residencia de estudiantes, no dejaba de hacer calcular minu­ciosamente todos los posibles gastos y los ingresos. Isidoro Zor­zano quizá ayudaría algo en estas previsiones económicas, durante sus viajes de Málaga a Madrid. Pero era don Josemaría ‑ro­deado como estaba de pobres y de enfermos‑ quien tenía que ir consiguiendo ayudas entre las personas que conocía en Madrid. Desde luego, no estaba dispuesto a retrasar la labor apostólica por no disponer de dinero: ya saldría.

Las dificultades económicas no le arredraban. Apenas podía con el piso de Luchana, y se decidió a poner en marcha la Resi­dencia de Ferraz, que comenzó después del verano de 1934. Con el dinero de la venta del patrimonio familiar ‑en Fonz, Hues­ca‑, se pudo amueblar lo imprescindible, y comprar el menaje de cocina. La ropa de cama se consiguió a crédito en los Almacenes Simeón, de Madrid. El director de la Residencia recuerda que durante aquel primer curso 1934‑35 el dinero no llegaba, al fin de mes, para pagar los alquileres, ni las cuentas de la carni­cería o de los ultramarinos. Afortunadamente, el propietario de la casa, don Javier Bordiu, tuvo siempre paciencia. Era el propio don Josemaría quien iba a verle cada mes.

En aquel curso, lleno de apuros, la labor apostólica creció mucho. El Fundador del Opus Dei utilizaba para formar a los jóvenes estudiantes que iban por Ferraz las visitas a los pobres. Se hacían colectas entre los chicos, después de asistir a las clases de formación cristiana. Con ese dinero se organizaban luego, en pequeños grupos, visitas a gente desamparada, a la que se lleva­ba algún dinero, alguna golosina, el regalo de la compañía y el consuelo de un buen rato de conversación. Era un modo de con­tribuir a la maduración espiritual de aquellos estudiantes, algu­nos de los cuales ignoraban por completo la miseria en que vivían entonces en Madrid tantas personas.

Esas visitas a necesitados y enfermos forman parte insepara­ble del apostolado del Opus Dei en todo el mundo. Tienen un sentido profundamente humano y de caridad: llevan un poco de alegría y de cariño a personas que muchas veces apenas han oído nunca una palabra amable, ni han recibido la mirada de unos ojos amigos, ni el gesto fraternal de una asistencia cristiana.

Se ha desfigurado tanto ‑lamentaba el Fundador del Opus Dei en 1942‑ y se ha hecho tanta sátira de ciertas manifestaciones exteriores de la caridad benéfica, que a algunos les pare­cen arcaísmos determinadas obras propias del espíritu cristiano. Por eso quiero que entendáis bien ‑y que hagáis entender‑ el hondo significado sobrenatural y humano de estos medios, tal como los hemos vivido desde e1 principio.

Con estas visitas no se trataba, ni se trata, de resolver un problema social; sino de acercar a la gente joven al prójimo necesitado, para que vieran a Jesucristo en el pobre, en el enfer­mo, en el desvalido, en el que padece la soledad, en el que sufre, en el niño. Así aprenderían que hay que hacer una gran batalla contra la mis aria, contra la ignorancia, contra la enfermedad, contra el sufrimiento. El Fundador del Opus Dei veía claro que este contacto con la miseria o con la humana debilidad es una ocasión de la que suele valerse el Señor, para encender en un alma quién sabe qué deseos de generosidad y divinas aventuras. A la vez, sensibiliza a los más jóvenes, para que tengan siempre entrañas de justicia y de caridad.

A1 mismo tiempo, se rebelaba contra las deformaciones: No es justo que manifestaciones del auténtico espíritu cristiano que­den arrinconadas, porque algunos las han convertido en gesto ostentoso y frívolo, o en sedante para sus remordimientos de conciencia.

En fin, habría que hacer esa labor, incluso en los países más avanzados, pues siempre existirán estratos de población que su­fren el abandono de los demás:

Me atrevo a decir ‑añadía con fuerza, también en 1942­- que, cuando las circunstancias sociales parecen haber despejado de un ambiente 1a miseria, la pobreza o el dolor, precisamente entonces se hace más urgente esta agudeza de la caridad cristia­na, que sabe adivinar dónde hay necesidad de consuelo, en medio del aparente bienestar general.

En la actualidad, los Estados se preocupan, mediante institu­ciones de beneficencia, o de previsión, de aliviar las necesidades más primarias y de promover el progreso social. Sin embargo ‑prevenía Mons. Escrivá de Balaguer‑, la generalización de los remedios sociales contra las plagas del sufrimiento o de la indi­gencia ‑que hacen posible hoy alcanzar resultados humanita­rios, que en otros tiempos ni se soñaban‑, no podrá suplantar nunca, porque esos remedios sociales están en otro plano, la ternura eficaz ‑humana y sobrenatural‑ de este contacto inme­diato, personal, con el prójimo: con aquel pobre de un barrio cercano, con aquel otro enfermo que vive su dolor en un hospital inmenso; o con aquella otra persona ‑rica, quizá‑, que necesita un rato de afectuosa conversación, una amistad cristiana para su soledad, un amparo espiritual que remedie sus dudas y sus es­cepticismos.

Pero volvamos a 1934 y a la Residencia de Ferraz. La casa iba consiguiendo cierta prestancia, a base de suplir la falta de dinero con buen gusto, ingenio y muchas horas de trabajos manuales. Pronto fue realmente un hogar acogedor, como quería el Fun­dador de la Obra: Los hogares del Opus Dei son acogedores y limpios, nunca lujosos, aunque procuramos que tengan aquel mínimo de bienestar que se necesita para servir a Dios, para practicar las virtudes cristianas, para estar en condiciones de trabajar y para que se desarrolle, con dignidad y sin estridencias, la personalidad humana. Nuestras casas tienen la sencillez del hogar de Nazaret, que fue testigo de la vida oculta de Jesús, y el calor ‑humano y divino‑ del hogar de Betania, que el Señor santificó, buscando allí la amistad verdadera, la intimidad y la comprensión.

Cuando Pedro Casciaro fue por vez primera a Ferraz, 50, recibió ya en el vestíbulo una impresión grata: “No era un frío y destartalado `local’, sino el vestíbulo de una casa de familia de clase media, más bien modesta, pero de buen gusto y, sobre todo, muy limpia”.

El cuarto de trabajo de don Josemaría, de escasos metros cuadrados, no tenía más luz que la de una ventana abierta a un estrecho patio interior.  Su desprendimiento personal le llevaba a usar los zapatos ‑bien lustrados para que no parecieran viejos‑ que desechaban los residentes. De su so­tana decía en broma que tenía más bordados que un mantón de Manila. Sin embargo, llamaba la atención, porque la llevaba bien planchada, sin arrugas, limpia.

Luego vino la guerra de España. No es preciso insistir en que ‑como para tantos otros ciudadanos del país‑ aquel tiempo estuvo lleno de privaciones, de hambre auténtica.

La Hermana Ascensión Quiroga, Terciaria Capuchina, había conocido a don Josemaría en Madrid, durante la guerra. Con­siguió escapar, y en 1938, con otras monjas, formaba parte de la comunidad que, por iniciativa de Mons. Lauzurica, obispo de Vitoria, atendía a los sacerdotes. El obispo rogó al Fundador del Opus Dei que dirigiera unos ejercicios espirituales a aquella comunidad. Las pláticas les impresionaron: “los mejores ejerci­cios espirituales que he hecho en toda mi vida ‑ya larga‑ fue­ron aquellos que nos dirigió don Josemaría, en agosto de 1938″.

A la vez testimonia que vivía con el más absoluto desprendi­miento de los bienes materiales: “Solo tenía una sotana, y en cierta ocasión, nos la dio para que se la cosiéramos; estaba hecha jirones; intentamos arreglársela lo mejor posible y con prisa, porque él se quedó en su habitación esperando a que terminá­semos. La ropa interior la tenia tan rota que no había modo de meter la aguja en un trozo de tela que no estuviese `pasado’, hasta tal punto que la Madre Juana decidió comprarle dos mudas”.

“Todas estas privaciones ‑añade‑ las llevaba con alegría; debía tener muy buen humor, aunque con nosotras, por la gra­vedad con que se comportaba, no lo manifestase, pero oíamos cómo se reían Monseñor Lauzurica y él cuando estaban juntos”. Más adelante cuenta que a aquellos ejercicios asistió una herma­na mayor suya, Juana Quiroga, también Hermana en Religión: “Ella tiene especialmente grabada la actitud de don Josemaría, que nunca se preocupaba de sí mismo; de él no. Nada más de su santidad y de la santidad de los demás”. La Hermana Ascensión se ocupaba, junto con la Hermana Elvira, de arreglar la habita­ción de don Josemaría, y manifiesta que nunca ha visto tanto orden, tanto cuidado en las cosas: “No se puede decir que fuese ordenado; era or‑de‑na‑di‑si‑mo”.

“Estoy segura ‑continúa‑ de que muchas noches no dormía o ‑al menos a nuestro parecer‑ no dormía en la cama. En efecto: las sábanas estaban sin arrugas y, aunque él dejaba la cama destapada, como si la hubiera usado, nosotras nos dába­mos cuenta de que, si había dormido, no había sido en la cama. Creemos que se servía del duro suelo para descansar. Por otra parte, muchas noches le encontrábamos de rodillas, al pie del Sagrario, haciendo oración, hora tras hora. La Hermana Elvira recuerda que tomaba un simple dedo de café con leche diaria­mente como desayuno”. Y la Hermana Regina afirma que el Fundador del Opus Dei “nunca tenía nada. Viajaba con un tin­tero lleno de agua bendita y con la cuchilla de afeitar”.

El mismo espíritu, compatible con la dignidad externa, aparecerá también cuando se ponga en marcha la Residencia de la calle de Jenner, en 1939. Marciano Fernández López, que vivió allí, lo expresa con estas palabras: “El porte humano del Padre, del mismo modo que la instalación y ambiente de la Residencia ‑que era su reflejo‑, eran sin lujos, pero con gran decoro, lim­pieza, mucho gusto en las cosas materiales, que producían una impresión muy grata”.

El espacio estaba realmente bien aprovechado. Muchos cono­cieron la habitación junto al vestíbulo, que servía de ampliación del oratorio, de botiquín, y de Secretaría de la residencia. Ade­más, tenía una cama, en la que dormía Isidoro Zorzano.

En enero de 1975, Mons. Escrivá de Balaguer pasó unos días en La Lloma, muy cerca de Valencia. Allí, rodeado de algunos socios de la Obra, recordó la primera casa que tuvo en Valencia:

Eran dos habitaciones y un pasillo. Una de las habitaciones estaba llena hasta los topes con la primera edición de Camino.

¡Quién iba a decir que se venderían, con los años, millares de ejemplares en más de treinta idiomas!

De todas formas, allí no se podía vivir; no había sitio.

Les habló de la única vez en su vida que se había puesto enfermo durante la Misa. A don Antonio Rodilla le habían rega­lado un cáliz y unos ornamentos, y quiso que los usara por vez primera. Al empezar el Evangelio, no pudo seguir. Asistía a esa Misa, comenzada en el altar de la Trinidad de la catedral de Valencia, Álvaro del Portillo, que, ayudado por otros, consiguió hacerle llegar hasta la sacristía:

Luego me llevaron a casa. Dormíamos sobre unos hierros y unas maderas, como en los cuarteles de antes, y no había más ropa que unas cortinas de balcón, todas estropeadas. De modo que también aquí hemos vivido en la pobreza, y la hemos com­partido en todo el mundo. En el Opus Dei nunca falta alguno que padezca verdadera miseria… No importa; está en el Opus Dei, y es feliz.

En la tertulia estaba don Álvaro del Portillo y se dirigió a él con una sonrisa:

‑Álvaro, estamos en la tierra del arrós. ¡Qué arroz nos ha­cíamos tú y yo, y alguno más! No comíamos otra cosa: en una chimenea poníamos unas jícaras de arroz y unas jícaras de agua. Y nos salía muy bien, ¿verdad?

‑Muy bien, sobre todo teniendo hambre, que es el mejor condimento.

‑Y no decíamos nada a nadie…

Aún se conserva el grueso capote, de tela áspera y color par­do, que llevó a aquel piso de la calle de Samaniego José Manuel Casas Torres. Lo había utilizado durante los años de campaña. El capote pasó después a la nueva Residencia, también en la calle de Samaniego, número 16. Era un caserón muy frío durante el invierno. En sus viajes a Valencia, el Fundador del Opus Dei solía utilizarlo para defenderse del frío, mientras daba un círcu­lo, o atendía la labor. Lo mismo hicieron luego, cuando tenían que permanecer muchas horas sentados frente a la mesa de tra­bajo de dirección, don Amadeo de Fuenmayor, don Justo Martí, don Pedro Casciaro o don Federico Suárez.

Un criterio que siempre ha enseñado Mons. Escrivá de Ba­laguer es elegir lo peor para uno mismo. Así lo practicó, por ejemplo, cuando se trasladó a Diego de León, 14, al comienzo de los años cuarenta.

El edificio era un viejo palacete de estilo francés, en el que se vivía con gran estrechez. Desde fuera podía dar una impresión contraria, sobre todo, si se miraba con mentalidad de vida reli­giosa, pues su aspecto nada tenía que ver con un convento. Además, con no poco esfuerzo, pudieron instalarse poco a poco, y dignamente, las habitaciones de las dos primeras plantas del chalet. Era ésta la zona de representación. El Fundador del Opus Dei recibía a las visitas en un despacho de la primera planta, decorado con prestancia: zócalo empanelado de madera, tresillo de cuero, mesa recia de líneas clásicas, cortinas amplias. Pero en el resto de la casa se sufría mucha penuria material, y la peor habitación era la suya. Había elegido un dormitorio, muy frío en el invierno, sofocante en el verano. Estaba en la tercera planta.

Al final, se impuso el cariño de los socios de la Obra, y aprovechando que estaba fuera de Madrid ‑dirigiendo un curso de retiro espiritual‑ trasladaron sus cosas a un cuarto mejor, en la segunda planta, que habían dejado libre.

Esta habitación era más amplia. Prácticamente se conserva ahora como entonces. Sigue ahí la pobre cama de metal en que dormía. Alguna vez le propusieron buscar otra mejor, y un poco más grande, pero siempre dijo que no. La usó por última vez en mayo de 1975, un mes antes de su muerte. A un lado hay un viejo escritorio, que llamaba siempre la pianola, porque tiene, en efec­to, todo el aire de las antiguas pianolas familiares. Entre otros motivos de decoración aparece un borriquillo, una fotografía hecha en la ordenación de los tres primeros sacerdotes de la Obra, un globo terráqueo, y un cuadro de San Pedro, de un pintor anónimo. El pintor había querido ilustrar la figura del Apóstol con un gallo, pero le había salido un pajarraco raro. Desde Roma, en febrero de 1948, Mons. Escrivá de Balaguer encargaría en la posdata de una carta: ¡Cómo me gustaría en­contrar convertido en gallo la perdiz de San Pedro que hay en mi cuarto! Al Apóstol tampoco le vendría mal un retoque…

Don Manuel Martínez Martínez le visitó un día en Diego de León, acompañando al P. Ballester, entonces Obispo de León: “Yo me quedé admirado de la austeridad con que vivían aquellos hombres; uno me parece que era secretario de ayuntamiento, otro era ingeniero; en fin, que eran personas de cierta categoría y por eso aquello me admiró más. Cuando salí me decía a mí mismo: ni un capuchino vive con la austeridad con que viven éstos”. Cuando se iban, el Fundador de la Obra le pidió que no dijera nada de lo que había visto. “No quería ‑dedujo don Manuel Martínez‑ que se supiera la vida de austeridad que aquí llevaban, y por consiguiente que nadie pudiera comentarlo”.

Don Vicente Pazos, hoy Consiliario del Opus Dei en Perú, vio, con motivo del traslado de la habitación, que su ropa y sus cosas de uso diario eran lo mínimo imprescindible. No le gustaba al Fundador del Opus Dei que estos detalles trascendieran. Pero sabía enseñar a los socios de la Obra todas las consecuencias prácticas que el desprendimiento de los bienes materiales debía tener en sus vidas: en circunstancias ordinarias, o en momentos extraordinarios, como, por ejemplo, en aquellos primeros años de Roma, en que muchos ‑les decía‑ han pasado hambre conmi­go: no un día, ni dos, sino temporadas largas. No encendíamos la calefacción porque no teníamos ni un céntimo.

Carecían hasta de camas para dormir: Yo, muchas veces, me echaba junto a la puerta de la calle. Era uno de los sitios más distinguidos, pero entraba un frío y una humedad por las rendi­jas que había en las paredes…

Quienes han vivido allí le oyeron muchas veces subrayar el valor positivo de esta falta de medios: La tengo metida en lo más hondo de mi alma. Redunda en la vida de entrega y en la eficacia o ineficacia de nuestro apostolado. ¡Bendita pobreza! ¡Amadla!

Exigía a los socios del Opus Dei una disposición interior llena de visión sobrenatural, para vivir en este mundo con sentido realista, pero como peregrinos, que van de camino hacia la mo­rada eterna, y, por tanto, han de llenarse de un afán grande por vivir totalmente desprendidos de las cosas que usan; trabajando con rectitud de intención, sin un desordenado afán de lucro; amando, como venidas de las manos de Dios, las incomodidades, estrecheces y privaciones con que pueden encontrarse; preocu­pándose de contribuir personalmente, con su trabajo, a remediar la indigencia material y espiritual de tantas almas, abandonando en el Señor sus preocupaciones.

El desprendimiento del Fundador del Opus Dei llegaba a detalles aparentemente nimios, pero que denotaban una gran delicadeza. En un momento dado de su vida, durante los años treinta, notó que se apegaba a las estampas ‑ni una cosa de tan escaso valor quería tener como propia‑ que ponía en el breviario para señalar las páginas; años después contaría su reacción:

Me desprendí de las estampas y puse en su lugar unos trozos de cuartillas. Y al ver aquellos papeles en blanco, comencé a escribir: Ure igne Sancti Spiritus!… Los he usado durante mu­chos años, y cada vez que los leía, era como decirle al Santo Espíritu: ;Enciéndeme! ;Hazme una brasa!

En la vitrina de una de las habitaciones de la sede central de la Asociación, entre viejos regalos decorativos y recuerdos de familia, aparece una vulgar taza de loza, desportillada, con un roto grande y triangular en su borde. Fue Mons. Escrivá de Balaguer quien quiso que estuviera en aquella vitrina. La vio por primera vez en París, después de celebrar la Santa Misa, en uno de los Centros del Opus Dei, una mañana de 1955. Un grupo de socios de la Obra llevaban adelante los primeros años de labor. No tuvieron problemas para preparar el desayuno, pues el Padre tomaba siempre un poco de café sin azúcar, unas cuantas cucha­radas de leche y un trozo de pan. Las dificultades aparecieron con la vajilla, que no llegaba para todos, aunque estaban en aquella casa muy pocos. Tuvieron que poner en servicio una taza desportillada, rota, que trataron de encubrir disponiendo hábil­mente las servilletas. Fue a sentarse justamente en el lugar que correspondía a aquella taza. Y le dio alegría beber su café con leche en esa taza. Le hizo feliz la riqueza de estos socios de la Obra ‑profesores, médicos, ingenieros‑, y después de comer se puso un delantal de plástico, y les ayudó a lavar los cubiertos y vajilla, como en los tiempos de la Residencia de Ferraz:

A lo largo de estos veintiséis años ‑había dicho en la prima­vera de aquel 1955‑ en muchas ocasiones me he encontrado sin nada, en la carencia más absoluta y en la cerrazón más completa en el horizonte para encontrar nada, nada. Nos faltaba hasta lo más necesario. Pero ;qué alegría!, porque buscando el reino de Dios y su justicia, sabíamos que lo demás se nos daría por añadi­dura. Poniendo los medios para que no falte, ;que estén alegres mis hijos si alguna vez les falta algo!

Sin embargo, para el cristiano normal, el espíritu de pobreza no es sólo desprendimiento. Tiene también que saber usar los bienes humanos con rectitud, en servicio de los demás. No se limita a evitar crearse necesidades ni a llevar con alegría la falta de lo necesario: ha de practicar también la solidaridad con los hombres. Aprovechar al máximo su tiempo, empleándolo en beneficio de todos, es manifestación de desprendimiento: el tiem­po es un don de Dios, que tampoco le pertenece, que con fre­cuencia le falta, y debe por tanto hacer que rinda de veras, sin angustias ni ritmos vertiginosos, sin estériles precipitaciones, con auténtica eficacia humana y sobrenatural.

Este espíritu lleva también a cuidar las cosas que se usan, para que duren en servicio de Dios y de las almas. El Fundador del Opus Dei señalaba muchos detalles concretos, que materia­lizaban ese espíritu: arreglar lo que se estropea; poner un tope detrás de una puerta o ventana, para que no roce la pared; en­cender las luces necesarias, ni una más; colgar un cuadro con dos escarpias, para que esté bien fijo y no estropee la pintura…

Yo sufro ‑confiaba en una ocasión a un grupo de socios de la Obra‑ cuando veo que pasan muchos delante de un cuadro torcido, y que ninguno es capaz de ponerlo horizontal; y sufro cuando veo que salen todos de una habitación, y al marcharse no saben dejar cada cosa en su sitio. Las cosas están para usarlas; y si así se gastan o se rompen, bien. Pero que no sea por no cuidar­las. Hay que cuidarlas con un cariño viril. Se trata de hacer las cosas como una persona que tiene amor.

Este modo ‑humano y divino‑ de vivir el desprendimiento de los bienes materiales, hasta en los más mínimos detalles, tenía un modelo inequívoco: el padre, la madre de familia numerosa y pobre. Muchos socios de la Obra le han oído que cuando tú, en cualquier circunstancia, vaciles y no tengas con quién consultar, no olvides el criterio claro que os he dado: nosotros somos padres de familia numerosa y pobre. Verás como aciertas.

Así concebido, el amor a la sobriedad se fundamenta y deriva de la vibración interior. No es regla, ni economía, ni espíritu cicatero. Por eso no cabe separarla ‑como estamos viendo en la vida de Mons. Escrivá de Balaguer‑ de la magnanimidad para afrontar sin recursos humanos las empresas apostólicas que Dios pide. La atención a lo pequeño no es empequeñecimiento de miras. Todo lo contrario: manifiesta grandeza de corazón que, en su mucho querer, se fija en lo que al desamorado pasa inadver­tido.

Además, a la razón de amor se une un motivo de mentalidad laical. Una persona corriente ‑eso son los socios y asociadas del Opus Dei‑, que vive como los demás y usa los mismos medios que los demás, tiene que excederse, y mucho, para hacer rendir su trabajo, en servicio de todos. Igual en lo grande ‑contribuir, con los frutos de su trabajo, a remediar la indigencia, poniendo en marcha iniciativas de relieve‑, que en lo menudo ‑saber apro­vechar unos restos de comida, o escribir en papel ya impreso por la otra cara‑. En este sentido, advertía con humor Mons. Escri­vá de Balaguer que, cuando muriera, los socios de la Obra com­probarían que sus papeles únicamente no estaban escritos por el canto. Sin embargo, no enviaba una carta que no estuviera per­fectamente presentada, sin un error, sin una errata.

Enseñaba así con el ejemplo a practicar de veras el despren­dimiento, tal como Dios lo quería para el Opus Dei. En 1968 declaró a la directora de la revista Telva:

Quien no ame y viva la virtud de la pobreza no tiene el espíritu de Cristo. Y esto es válido para todos: tanto para el anacoreta que se retira al desierto, como para e1 cristiano corrien­te que vive en medio de la sociedad humana, usando de los recursos de este mundo o careciendo de muchos de ellos.

Pero ‑añadía más adelante‑ pobreza no es miseria, y mu­cho menos suciedad; además, la pobreza no se define por la simple renuncia, especialmente cuando se trata de cristianos que viven en medio del mundo y tienen que dar testimonio explícito de amor al mundo, de solidaridad con los hombres. Se impone, pues, aprender a vivir la pobreza, para que no quede reducida a un ideal sobre el que se puede escribir mucho, pero que nadie realiza seriamente. En concreto:

Todo cristiano corriente tiene que hacer compatible, en su vida, dos aspectos que pueden a primera vista parecer contradic­torios. Pobreza real, que se note y se toque ‑hecha de cosas concretas‑, que sea una profesión de fe en Dios, una manifesta­ción de que el corazón no se satisface con las cosas creadas, sino que aspira al Creador, que desea llenarse de amor de Dios, y dar luego a todos de ese mismo amor. Y, al mismo tiempo, ser uno más entre sus hermanos los hombres, de cuya vida participa, con quienes se alegra, con los que colabora, amando el mundo y todas las cosas buenas que había en el mundo, utilizando todas las cosas creadas para resolver los problemas de la vida humana, y para establecer el ambiente espiritual y material que facilita el desarrollo de las personas y de las comunidades.

El Fundador del Opus Dei seguía explicando que no quería dar reglas fijas ‑sólo unas orientaciones‑, porque lograr la síntesis entre esos dos aspectos es ‑en buena parte‑ cuestión personal, cuestión de vida interior, para juzgar en cada momen­to, para encontrar en cada caso lo que Dios nos pide.

Esas líneas generales están recogidas en los nn. 110 y 111 del conocido libro Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, y contienen enfoques en verdad sugerentes, que evocan ‑una vez más‑ lo que ha sido previamente vivido, y apuntan interesantes consecuencias prácticas, algunas especialmente significativas en estos tiempos en que tantos se dejan arrastrar por la fiebre del consumo.

El Fundador del Opus Dei quería que los socios de la Obra vistieran con corrección, incluso con elegancia, cada uno dentro de su condición y de sus circunstancias personales, bien arregla­dos, los zapatos limpios, la ropa sin arrugas:

Recuerdo haber conocido a determinada persona, que le gustaba vestir bien: gastaba una enormidad en trajes; pero cuan­do llegaba a su casa, tiraba las prendas por cualquier lado, y explicaba así la razón: no soy yo para la ropa, sino que la ropa es para mí (…) Las cosas se deben gastar, sí, pero sabiendo que no hemos de maltratarlas, que es preciso hacerlas durar, porque no son nuestras: son un medio para nuestra santidad y para el apos­tolado.

Procuró siempre tener y usar la ropa que era necesaria. Hubo una época en que llevó solideo para compensar la edad que no tenía: ¡Dame, Señor, ochenta años de gravedad!, pidió con fre­cuencia. Después, para subrayar la secularidad propia del espí­ritu del Opus Dei, se puso algunas veces la sotana ribeteada de rojo y los demás distintivos propios de su condición de Prelado Doméstico. Años más tarde confesó que eso le resultaba mucho más duro que varios cilicios.

La sotana que vestía habitualmente en 1963 tenía entonces 18 años. Era francamente vieja, pero limpísima, digna. Con todos los botones: él mismo se los cosía, en cuanto amenazaban desprenderse. Toda una lección práctica para los socios de la Obra.

Se encontraba muy feliz dentro de su recosida sotana, pero, cuando era necesario ‑muy pocas veces‑, usaba los distintivos propios de su condición de Prelado, o los arreos ‑así decía‑ de Gran Canciller de una Universidad.

Con idéntico espíritu, en el que el desprendimiento de los bienes humanos o de los símbolos de honor nunca puede ser excusa para incumplir el propio deber, ejercitó en 1968 el dere­cho a rehabilitar, con la mira puesta en su familia, el Marquesa­do de Peralta, concedido en 1718 a un antepasado directo suyo, don Tomás de Peralta, Secretario de Estado de Guerra y Justicia en el reino de Nápoles.

Esta heroica decisión, que más de uno ha valorado muy su­perficialmente, encierra también lecciones de honda riqueza humana y cristiana, que algún día será necesario exponer en toda su extensión. Me parece que, para el propósito de estas páginas, basta apuntar que Mons. Escrivá de Balaguer era muy consciente de las críticas que su petición iba a suscitar, pero tenía certeza moral de que era el único miembro de la familia que podía promover el expediente jurídico de rehabilitación, para que efec­tivamente ese título nobiliario volviera a formar parte del patri­monio familiar.

Como siempre, el Fundador del Opus Dei hizo lo que en conciencia debía, después de haber pedido consejo a algunos de los Cardenales que en la Curia Romana gozaban de mayor fama de prudencia, y a la Secretaría de Estado del Santo Padre. Se trató, como digo, de un acto verdaderamente heroico, porque no se le ocultaban las habladurías y las susurraciones a las que se prestaba, y de las que prescindió por completo. Cuatro años des­pués, cedió a su único hermano vivo, Santiago, ese título, que él nunca llegó a usar.

Al “limpio resplandor de un corazón pobre, no instalado, desprendido, abierto a todos, saturado de confianza en Dios en medio de las mayores pruebas”, se refirió el Cardenal Primado de Toledo en el artículo que publicó en el ABC de Madrid: “Ésta es la pobreza evangélica auténtica, aunque el que así la vive se dedique a movilizar todos los recursos imaginables para servir a Dios y a los hombres. Acaso esté aquí el secreto que explica algo de su vida”.

Mons. Escrivá de Balaguer vivió y murió en el más estricto desprendimiento de los bienes materiales. Poco tiempo antes de que Dios le llamase, contaba un día a los alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz que esa mañana había dicho a los miembros del Consejo General de la Asociación:

Hoy me he dado cuenta de que continúo siendo pobre de solemnidad. No sólo porque llevo esta sotana vieja, pues podría ponerme otra mejor que tengo, sino porque no puedo hacer lo que hace una persona de mi edad, en cualquier país más o menos civilizado. Hay obreros de mi edad, ya retirados, que disfrutan tranquilamente de su pensión; y si una noche no duermen ‑que es lo que me ha pasado hoy a mí: por eso he tenido ocasión de rezar más‑, se quedan en la cama un poquito más por la maña­na. En cambio, yo estoy aquí, con vosotros, y mucho mejor que en la cama. Pero me he dado cuenta, de que efectivamente, soy todavía ‑a la vuelta de medio siglo de sacerdocio‑ pobre de solemnidad.

Cronología del Opus Dei y su fundador

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

CRONOLOGÍA DEL OPUS DEI Y SU FUNDADOR  [1]

1902

El 9 de enero nace el Fundador del Opus Dei, Josemaría Escrivá de Balaguer, en Barbastro (Huesca).

1912-1915

Hace los tres primeros cursos de Bachillerato, examinándose en el Instituto de Lérida.

1914

Se traslada a Logroño.

1915

Estudia en el Colegio de San Antonio y termina el Bachillerato en el Instituto de Logroño. Primeros barruntos de su vocación. En las navidades de 1917-1918, las huellas en la nieve de los pies descalzos de un carmelita le suscitan un fuerte deseo de amor a Dios. Tomará la decisión de hacerse sacerdote.

1918

Comienza los estudios eclesiásticos como alumno externo del Seminario de Logroño.

1920

Terminados sus estudios de Humanidades y de Filosofía, y el primer curso de Teología, se traslada a Zaragoza para completar los estudios sacerdotales en la Universidad Pontificia de esa archidiócesis. Vive en el Seminario de San Francisco de Paula.

1923

Inicia la carrera de Derecho en la Universidad de Zaragoza. Hasta junio de 1924, en que terminará los estudios eclesiásticos, simultánea una y otra carrera.

1924

Muere don José Escrivá y Corzán, padre del Fundador

1925

El 28 de marzo recibe la ordenación sacerdotal en la Iglesia Seminario Sacerdotal de San Carlos. Tres días después ocupó su primer cargo pastoral como Regente Auxiliar de la parroquia de Perdiguera. A su vuelta a Zaragoza, el 18 de mayo, se hace cargo de una capellanía en la Iglesia de San Pedro Nolasco. Para sostener a su familia da clases de Derecho Románo y Derecho Canónico, mientras continúa con sus estudios.

1927

En enero completa su licenciatura en Derecho. Del 1 al 17 de abril se ocupa de la parroquia de Fombuena. El 19 de abril se traslada a vivir a Madrid. En Madrid, desde el 1 de junio es capellán del Patronato de Enfermos de Santa Engracia.

1928

El 2 de octubre, fundación del Opus Dei.

1930

El 14 de febrero, mientras celebraba la Santa Misa, Josemaría Escrivá de Balaguer entendió que también debería haber mujeres en el Opus Dei.

1930

El 24 de agosto pide la admisión en el Opus Dei Isidoro Zorzano.

1931

El Fundador del Opus Dei comienza a trabajar como capellán del Real Patronato de Santa Isabel.

1933

En diciembre abre la Academia DYA, en la calle de Luchana, primera labor apostólica corporativa del Opus Dei.

1934

En septiembre comienza la Academia-Residencia DYA en la calle de Ferraz, 50. Josemaría Escrivá, que ha sido nombrado en este mismo año Rector del Patronato de Santa Isabel, publica “Consideraciones Espirituales”. También sale a la luz “Santo Rosario”.

1937

El Fundador del Opus Dei, junto con algunos miembros se refugia en la Legación de Honduras. El 19 de noviembre sale hacia el Pirineo, en una larga marcha que le llevó a Andorra, adonde llegó el 2 de diciembre, acompañado por un pequeño grupo. El 12 de diciembre llega a San Sebastián.

1938

El Fundador del Opus Dei se traslada a Burgos y desde allí continúa el trabajo apostólico comenzado antes del inicio de la Guerra Civil.

1939

Al terminar la Guerra Civil el Fundador regresa a Madrid.

1939-1946

El Opus Dei se extiende por España: Valencia, Barcelona, Valladolid, Zaragoza, Bilbao, Sevilla, Santiago. Durante este período de inmediata posguerra arrecian las incomprensiones. Algunos no entendían la llamada universal a la santidad que enseñaba el Fundador del Opus Dei.

1941

El Obispo de Madrid, que había conocido y bendecido su labor apostólica desde los comienzos, aprobó el Opus Dei como Pía Unión, el 19 de marzo. El 22 de abril muere la madre del Fundador que tantos servicios había prestado en los primeros pasos del Opus Dei.

1943

Mientras celebra la Santa Misa en un centro de mujeres del Opus Dei situado en la calle de Jorge Manrique, de Madrid, el día 14 de febrero, Josemaría Escrivá funda la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, inseparablemente unida al Opus Dei. El 11 de octubre el Opus Dei recibe el Nihil Obstat de la Santa Sede para su erección diocesana. Es erigido, en la diócesis de Madrid el 8 de diciembre.

1944

El 25 de junio, tiene lugar la primera ordenación sacerdotal de fieles del Opus Dei: don Álvaro del Portillo, don José María Hernández de Garnica y don José Luis Múzquiz.

1946

Comienza la labor del Opus Dei en Portugal, Italia, Inglaterra, Irlanda y Francia. El 23 de junio el Fundador llega a Roma.

1947

El 24 de febrero el Opus Dei obtiene el Decretum laudis de la Santa Sede.

1948

El 29 de junio se erige el Colegio Romano de la Santa Cruz.

1949

El Fundador impulsa desde Roma la expansión del Opus Dei en todo el mundo. Antes de acabar este año irán los primeros miembros del Opus Dei a Estados Unidos y México.

1950

El 16 de junio, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, Pío XII concede la aprobación definitiva al Opus Dei.

1951

El 14 de mayo el Fundador hace la Consagración de las familias de los miembros del Opus Dei a la Sagrada Familia. El 15 de agosto consagra el Opus Dei, en Loreto, al Dulcísimo Corazón de María. Se celebra en Molinoviejo (Segovia) el primer Congreso General del Opus Dei.

1952

El 26 de octubre consagra el Opus Dei al Sagrado Corazón de Jesús. Comienza la labor del Opus Dei en la República Federal Alemana. En Pamplona tiene su comienzo el Estudio General, que se convertirá, pocos años después, en la Universidad de Navarra.

1953

El 2 de octubre celebra, en Molinoviejo (Segovia), en la intimidad, las Bodas de Plata de la Obra. El 12 de diciembre erige el Colegio Romano de Santa María.

1955

El 4 de diciembre, en Viena, el Fundador comienza a invocar a la Virgen con la jaculatoria Sancta Maria Stella Orientis, filios tuos adiuva, encomendándole la labor de apostolado con las personas de Europa oriental.

1956

Tiene lugar el Congreso General del Opus Dei en Einsiedeln (Suiza).

1957

El 20 de junio fallece en Roma su hermana Carmen, que tanto le había ayudado en la administración material de los primeros centros del Opus Dei. La Santa Sede encarga a algunos miembros del Opus Dei la Prelatura territorial de Yauyos (Perú).

1958

En diciembre se comienza la labor del Opus Dei en Japón, el primer país del Extremo Oriente, y en Kenya, el primer país de Africa.

1961

En noviembre tiene lugar el Congreso General Ordinario del Opus Dei, en Roma.

1963

Comienza la labor del Opus Dei en Australia.

1964

La expansión del Opus Dei llega a Filipinas.

1966

Congreso General Ordinario del Opus Dei, en Roma.

1967

Se publica “Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer”. En ese libro se recogen varias entrevistas concedidas a destacados periodistas de diversos lugares del mundo.

1970

Del 15 de mayo al 22 de junio el Fundador viaja a México en romería penitente a la Virgen de Guadalupe.

1971

El 30 de mayo, consagración del Opus Dei al Espíritu Santo.

1972

Durante los meses de octubre y noviembre el Fundador recorre distintas ciudades de España y Portugal en un viaje de catequesis.

1973

Se recogen en un tomo, bajo el título de “Es Cristo que pasa”, parte de las homilías que el Fundador ha predicado durante los últimos años.

1974-1975

En estos años el Fundador hará dos largos viajes a América del Sur y Central. Estará en Brasil, Argentina, Chile, Perú, Ecuador, Venezuela y Guatemala.

1975

El 26 de junio fallece el Fundador del Opus Dei.

El 15 de septiembre Don Álvaro del Portillo y Diez de Sollano es elegido, por unanimidad, para suceder al Fundador del Opus Dei, en el Congreso convocado con este fin, de acuerdo con sus Estatutos.

1981

El 19 de febrero el Cardenal Poletti, como Vicario del Papa para la diócesis de Roma, con el nihil obstat de la Santa Sede, promulga el Decreto para la Introducción de la Causa de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer.

1982

El 28 de noviembre Juan Pablo II erige el Opus Dei en Prelatura Personal. En aquella misma fecha el Papa nombra a Monseñor Álvaro del Portillo como primer Prelado del Opus Dei, que es, a la vez, Presidente General de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

1986

Se publica “Surco”

1987

Se publica “Forja”

1985

Se inaugura el Pontificio Ateneo de la Santa Cruz, centro universitario de estudios eclesiásticos con sede en Roma.

1991

El día 6 de enero Juan Pablo II ordena obispo al Prelado del Opus Dei, Mons. Álvaro del Portillo.

1992

El 17 de Mayo Josemaría Escrivá es beatificado en la plaza de San Pedro (Roma).

1994

El 23 de marzo fallece en Roma Álvaro del Portillo, pocas horas después de volver de un viaje a Tierra Santa.

El 20 de abril Javier Echevarría es nombrado por Juan Pablo II Prelado del Opus Dei, al confirmar la elección canónica realizada en el Congreso General electivo celebrado en Roma.

1995

El 6 de enero el Prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría, es ordenado obispo por Juan Pablo II.

1998

Concesión del título de Pontifica Universidad al Pontificio Ateneo de la Santa Cruz.

2001

Audiencia concedida por Juan Pablo II, el 17 de marzo, a los fieles del Opus Dei participantes en el Congreso sobre la carta apostólica del Santo Padre Novo Millenio Inneunte, celebrado en Roma.

2002

Primer Centenario del nacimiento del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer. El 26 de febrero el Santo Padre anuncia la canonización del Fundador del Opus Dei para el 6 de octubre

Dificultades en el apostolado con sacerdotes y mujeres

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Los planes de expansión de DYA y los próximos comienzos de las actividades en Valencia y París daban cuenta del lento, pero constante crecimiento del apostolado del Opus Dei con universitarios y recién graduados. Sin embargo, la labor con sacerdotes y con mujeres no iba tan bien.

En 1934 unos cuantos sacerdotes se habían comprometido a obedecer a Escrivá en asuntos relacionados con la Obra. Aunque se trataba de un paso importante para su gradual incorporación al Opus Dei, no se daban cuenta del todo del origen sobrenatural de la Obra ni del papel de Escrivá como fundador. A alguno de ellos la decisión de seguir adelante con DYA a pesar de las dificultades financieras le pareció una locura. Peor aún, solían ir a su aire, y no prestaban atención a lo que Escrivá les decía sobre el espíritu de la Obra.

El problema fundamental, concluyó pronto, era que, con algunas pocas excepciones, “tienen poca visión sobrenatural, y un amor pobre a la Obra, que para ellos es un hijo postizo, mientras para mí es alma de mi alma”. Escrivá decidió: “Procuraré sacarles el partido posible, hasta ver si se maduran en el espíritu de la Obra”[1].

En lugar de mejorar, las cosas empeoraron. En marzo de 1935 ya no se pudieron seguir teniendo las reuniones de los lunes con sacerdotes, que se celebraban semanalmente desde 1931. Tanto el director espiritual de Escrivá, el padre Sánchez, como su gran amigo don Pedro Poveda aconsejaron a Escrivá romper las relaciones con los demás sacerdotes, pero no fue capaz de hacerlo. A la vista de sus virtudes y de su “innegable buena fe”, optó “por el término medio de conllevarles, pero al margen de las actividades propias de la O., aprovechándolos siempre que sea necesario su ministerio sacerdotal”[2].

Pero incluso con esta limitación fueron una fuente de confusión para los miembros laicos de la Obra, hasta el punto de que Escrivá a veces se refirió a ellos como su “corona de espinas”. Al final, prescindió de su ayuda por completo y acudió a otros sacerdotes, que no tenían ninguna relación con la Obra, cuando hacía falta alguien para celebrar Misa o confesar. Escrivá concluyó que los sacerdotes del Opus Dei deberían salir de sus miembros laicos y estar formados en su espíritu desde el inicio de su vocación. Todavía no tenía idea de cómo se podría realizar eso dentro de los límites que el Derecho Canónico imponía a las organizaciones capaces de incardinar sacerdotes. Estaba tan convencido de que se encontraría el modo de hacerlo, que en mayo de 1936 preguntó a algunos miembros de la Obra si estarían dispuestos a ordenarse si les llamara al sacerdocio.

El apostolado con las mujeres no corría mejor suerte. Con el tiempo, un grupo de mujeres pidió la admisión al Opus Dei, pero les resultaba muy difícil entender plenamente su espíritu. Buena parte del problema se debía al poco trato que tenían con Escrivá. Él las veía de vez en cuando en el convento de Santa Isabel y, en ocasiones, les predicaba una meditación en el oratorio de la residencia DYA, aprovechando la ausencia de los residentes. En general, las veía pocas veces fuera del confesionario donde las dirigía espiritualmente.

Había varias razones para este limitado contacto: las otras actividades de Escrivá eran tan exigentes que le dejaban muy poco tiempo; además, no había otro lugar en el que pudiera atenderlas convenientemente; por otra parte, aunque hubiera encontrado una solución a los problemas mencionados, como joven sacerdote decidido a evitar cualquier ocasión que pudiera poner en peligro su vocación, Escrivá no quería mantener ningún trato personal cercano con mujeres jóvenes.

En conclusión, Escrivá confió a la mayoría de las mujeres de la Obra a don Lino Vea-Murguía, sacerdote de la diócesis de Madrid. Había sido uno de los capellanes del Patronato de Enfermos de 1927 a 1932; desde entonces hasta su asesinato a comienzos de la Guerra Civil lo fue de las Siervas del Sagrado Corazón. Vea-Murguía tampoco había entendido completamente el espíritu del Opus Dei y, lógicamente, no pudo transmitirlo claramente a otros. Las pocas mujeres que pertenecían a la Obra al estallar la Guerra Civil quedaron separadas por completo de Escrivá, y aún no habían captado la esencia del Opus Dei. Una de ellas, Felisa Alcolea, comentaba con sencillez años después: “La verdad es que buena voluntad sí teníamos. Pero nada más”[3].

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 541

[2] Ibid. p. 542

[3] Ibid. p. 563

Nuevos miembros y traslado de Zorzano a Madrid

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

A pesar de este desfavorable ambiente, Escrivá aprovechó la ausencia de muchos residentes en abril, durante las vacaciones de Semana Santa, para predicar un curso de retiro en la academia DYA. Fue el primero que se haya predicado en un centro del Opus Dei. Durante el retiro, al igual que en los días de retiro mensual, Escrivá insistió en la necesidad de estudiar y de tener vida de piedad para llevar la sal y la luz de Cristo a la sociedad. Era dolorosamente consciente de los males que atormentaban a la sociedad española, pero animaba a los estudiantes a no dejarse absorber por las actividades políticas hasta el punto de fracasar en su preparación profesional y espiritual. Sin subestimar los problemas políticos y sociales, les urgía a centrarse en sus raíces espirituales: “Un secreto. Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos. Dios quiere un puñado de hombres ‘suyos’ en cada actividad humana. Después… ‘pax Christi in regno Christi’ -la paz de Cristo en el reino de Cristo”[1].

En medio del torbellino político y social de la primavera de 1936, la oración, el sacrificio y los esfuerzos apostólicos de Escrivá y de los otros miembros de la Obra fueron recompensados. A mediados de abril, Vicente Rodríguez Casado, que estudiaba Derecho e Historia en la Universidad de Madrid, se incorporó al Opus Dei. Unos días después, durante el viaje a Valencia, Escrivá conoció a un joven estudiante de Filosofía, Rafael Calvo Serer, directivo de la Asociación de Estudiantes Universitarios Católicos en Valencia. En marzo, aprovechando sus viajes a Madrid por asuntos de la Asociación, Calvo Serer habló con Escrivá varias veces. El 19 de marzo, fiesta de san José, Escrivá le explicó el Opus Dei y le invitó a considerar su posible vocación. En aquella ocasión Calvo le había respondido, medio en broma, que ya había caído en sus redes… Ya en Valencia, tras una larga conversación con Escrivá paseando por las calles de la ciudad, también solicitó la admisión en la Obra.

A mediados de 1936, el Opus Dei tenía ya diecinueve miembros. Escrivá se sentía feliz con las nuevas vocaciones, pero necesitaba ayuda de los mayores para ampliar los apostolados de la Obra. En particular le urgía el deseo de apoyarse más firmemente en Zorzano, quien vivía en Málaga desde antes de pedir la admisión en el Opus Dei. En los últimos meses la situación de Zorzano se había vuelto muy difícil. La ciudad era un hervidero de actividad de la izquierda radical. En general, los hombres que trabajaban directamente para él le respetaban y apreciaban su honradez y su interés por ellos. Pero como ingeniero y como católico, Zorzano era detestado por los obreros que no le conocían personalmente. Un día un antiguo alumno suyo de la Escuela Técnica le informó de que un grupo de trabajadores anarquistas y comunistas planeaban asesinarlo. No habría sido prudente seguir mucho más tiempo en Málaga.

No era la primera vez que Zorzano había pensado trasladarse a Madrid. Durante años había buscado un trabajo en la capital porque sentía la necesidad de tener más contacto con Escrivá y con los demás de la Obra. Pero en plena crisis económica no había surgido ninguna oportunidad. La prevista expansión de DYA y la próxima apertura de una academia y residencia en Valencia le brindaron la posibilidad de trabajar en Madrid.

Vallespín se trasladaría a Valencia para comenzar la nueva residencia y Zorzano estaría al frente de DYA en Madrid, donde también pondría en marcha la nueva sección de estudios de ingeniería. Desde un punto de vista económico el puesto de director de DYA no era lucrativo, pero Zorzano tenía un familiar que se disponía a empezar negocios en Madrid: colaboraría con él y así obtendría más ingresos con los que llegar a fin de mes. A primeros de junio se trasladó a Madrid. En su nuevo cargo tendría la oportunidad de poner en práctica su formación técnica y su experiencia docente. También le permitiría contribuir de modo más directo al apostolado del Opus Dei en Madrid.

[1] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 301

Críticas y relaciones con la Jerarquía

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La situación de Escrivá como capellán del antiguo Real Patronato de Santa Isabel permanecía incierta. Aunque había servido desde el verano de 1931, su nombramiento sólo era temporal. Durante el verano de 1934 la priora del convento supo que el rector pensaba jubilarse pronto. El puesto de rector conllevaba pocos deberes oficiales, ya que el capellán atendía a las monjas día por día. Y sin embargo el rector recibía un estipendio respetable y disponía del uso de una casa. Escrivá dudaba si solicitar el cargo, pero la priora lo hizo en su nombre. En diciembre de 1934 fue oficialmente nombrado Rector de Santa Isabel en un decreto firmado por el presidente de la República. Al mismo tiempo, se le concedió permiso de celebrar, confesar y predicar en Madrid hasta junio de 1936.

En Zaragoza, `su diócesis originaria, algunos juzgaron inadecuado que Escrivá aceptara un cargo conferido por el gobierno de la República. Cuando oyó rumores sobre este asunto escribió al obispo de Cuenca, pariente suyo, para pedirle que explicara al arzobispo de Zaragoza que él no había solicitado el puesto, que contaba con la aprobación del vicario general de Madrid y que estaba dispuesto a renunciar al cargo en el mismo instante en que el arzobispo de Zaragoza se lo indicara.

No era la primera vez que Escrivá recibía críticas. La apertura de la academia DYA creó malestar entre algunos presbíteros de Madrid, poco acostumbrados a ver a sacerdotes metidos en una actividad que no fuera oficialmente católica. Algunos hablaron de “secta apostólica”. Otros la llamaron “masonería blanca”: el hecho de que los estudiantes de DYA no hicieran alarde de su catolicismo ni llevaran etiquetas o insignias que les identificaran llevó a algunos a hablar de secretos. Otros, que habían oído algo del mensaje de Escrivá de que los laicos, hombres y mujeres, estaban llamados a la santidad y al apostolado, lo tomaron por loco.

Estos rumores permitieron a don Josemaría hablar en profundidad con el vicario general de la diócesis, don Francisco Moran, e informarle sobre las actividades de la academia y del Opus Dei. Escrivá se limitó a hablar de actividades -lo que él llamaba “la historia externa” del Opus Dei-, ya que consideraba que todavía no había llegado la hora de pedir una aprobación eclesiástica formal o de explicar la naturaleza profunda de lo que Dios le pedía que hiciera.

En sus notas se preguntaba si su reticencia a abordar detalles espirituales íntimos de la vida de la Obra, que en esta época coincidían en buena parte con su propia vida espiritual, tenía carácter clandestino. Él mismo respondía: “Ahora, dos palabras: ¿somos clandestinos? De ninguna manera. ¿Qué se diría de una mujer grávida, que quisiera inscribir en el registro civil y en el parroquial a su hijo nonnato?… ¿qué, si quisiera, si intentara matricularlo como alumno en una Universidad? Señora —le dirían—, espere Vd. que salga a la luz, que crezca y se desarrolle… Pues, bien: en el seno de la Iglesia Católica, hay un ser nonnato, pero con vida y actividades propias, como un niño en el seno de su madre… Calma: ya llegará la hora de inscribirlo, de pedir las aprobaciones convenientes. Mientras, daré cuenta siempre a la autoridad eclesiástica de todos nuestros trabajos externos —así lo he hecho hasta aquí—, sin apresurar papeleos que vendrán a su hora. Este es el consejo del P. Sánchez y de D. Pedro Poveda, y —añado— del sentido común”[1].

El Opus Dei todavía no tenía un estatuto legal a los ojos de la Iglesia ni del Estado. Lo único que había era un grupo no organizado de gente joven que tenía dirección espiritual con Escrivá; algunos de ellos habían comenzado la academia DYA. Escrivá era consciente de que, con el tiempo, el Opus Dei necesitaría una estructura jurídica, pero por el momento se contentaba con existir.

Le preocupaba el hecho de que solicitar una aprobación eclesiástica prematuramente pudiera provocar un encasillamiento inadecuado de la Obra. En efecto, en el Derecho Canónico de la época no encajaba una institución como el Opus Dei, cuyos miembros eran hombres y mujeres que tenían un trabajo ordinario, permanecían en el mundo y, sin embargo, entregaban sus vidas enteramente a Dios. Escrivá era un hombre de arraigada mentalidad jurídica y sabía que no debía precipitarse a pedir una aprobación canónica que de momento no necesitaba. En enero de 1936, observaba: “Indudablemente, todas las apariencias son de que, si pido al Sr. Obispo la primera aprobación eclesiástica de la Obra, me la dará. Pero (es asunto de tanta importancia) hay que madurarlo mucho. La Obra de Dios ha de presentar una forma nueva, y se podría estropear el camino fácilmente”[2].

Además de la falta de un lugar adecuado para el Opus Dei en la legislación canónica, existía el problema de que la mayoría de las autoridades eclesiásticas aún no entendían su naturaleza. El vicario general de Madrid era un buen amigo y sentía un gran afecto por Escrivá, pero declaró: “No coge la Obra… ¡No coge, no coge!”[3]. Si el vicario general de la diócesis, que había tenido numerosas conversaciones personales con Escrivá y era su amigo, no entendía realmente qué era el Opus Dei, obviamente a otros eclesiásticos también les iba resultar difícil comprenderlo.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 518-19

[2] Amadeo de Fuenmayor, Valentín Gómez-Iglesias, José Luis Illanes. Ob. cit. p. 87

[3] Ibid. p. 88

Dificultades económicas

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

DYA era un éxito académico y apostólico, pero un desastre financiero. Las cuotas de los estudiantes y los donativos no bastaban para cubrir el alquiler del local y los sueldos de los profesores. Cuando llegaban las facturas, Vallespín debía decidir a quiénes tenía que pagar inmediatamente y a quiénes podía relegar unas cuantas semanas. El dinero que habían ahorrado para muebles, debía destinarse a una necesidad más urgente. En alguna ocasión la ayuda llegaba de los lugares más inesperados. Un día la compañía eléctrica amenazó con cortar el suministro si no se pagaba inmediatamente una factura de 25 pesetas. Mientras Escrivá rompía y tiraba un viejo sobre, algo le llamó la atención. Dentro había un billete de 25 pesetas que pegó y utilizó para pagar esa factura.

Tales respiros no bastaban para equilibrar la contabilidad. A comienzos de enero de 1934 Escrivá convocó a una reunión a dos sacerdotes y tres profesionales relacionados con DYA para discutir la situación financiera. Los dos sacerdotes le aconsejaron que cerrara la academia. Mantenerla en marcha, decían, era como saltar de un avión sin paracaídas, y esperar que Dios acudiera al rescate. Los laicos no eran mucho más optimistas. Pero Escrivá estaba decidido a que DYA siguiera funcionando; y además pensaba buscar locales más amplios para el curso siguiente. El 5 de enero de 1934 pidió a los pocos miembros de la Obra que vivían en Madrid que buscaran un lugar lo suficiente grande como para ampliar la academia y añadir una residencia de estudiantes con capilla.

Unos días después confió DYA al patrocinio de san José y le prometió que si resolvía sus problemas financieros, bautizaría el nuevo centro en su honor. Pocos días más tarde recibió un donativo de 6.000 pesetas, que reservó para el nuevo centro.

La determinación de Escrivá de seguir adelante a pesar de las enormes dificultades refleja su temperamento alegre y optimista, pero, sobre todo, su convencimiento de que Dios quería que él avanzara con rapidez. Cada vez que daba la Sagrada Comunión a las monjas de Santa Isabel a sus oídos venía el eco del reproche “obras son amores y no buenas razones”. Una residencia con una capilla permitiría que algunos de los miembros de la Obra vivieran juntos, en ambiente de familia y que aprendieran el espíritu del Opus Dei más rápidamente y con mayor profundidad. En sus notas, apuntó: “Prisa. No es prisa. Es que Jesús empuja”[1].

Aunque el centro de la calle Luchana sirvió para conocer a mucha gente y tener actividades formativas, era evidente que se necesitaba algo más grande, capaz de albergar una pequeña residencia. Conseguirlo no sería fácil.

[1] Ibid. p. 511


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