Barbastro. Una caricia de la Virgen

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

—De esta noche no pasa —dijo el doctor Camps.

Aquello fue un mazazo para los Escrivá, un joven matrimonio de Barbastro: su hijo pequeño, Josemaría, se les moría sin remedio. Aquella noche de 1904 le velaron hasta la madrugada, contemplando su rostro dormido y trémulo por la fiebre.

Había nacido dos años antes, el 9 de enero de 1902, y lo habían bautizado enseguida, como de costumbre. Y ahora, ¡tan pronto!, Dios se lo llevaba.

Pero no perdían la esperanza. Su madre, Dolores Albás, había prometido a la Virgen que, si se curaba, lo llevaría en brazos hasta la ermita de Torreciudad.

Y así pasaron la noche, rezando, llenos de fe, esperando el milagro.

El doctor Camps llegó a primera hora de la mañana. Pensó que, para ahorrarles la pena de que tuvieran que comunicárselo, lo mejor era preguntar directamente:

—¿A qué hora ha muerto el niño?

—¡El niño —le contestaron, emocionados— está perfectamente!

Sus padres cumplieron la promesa y le llevaron a Torreciudad. Mi madre me llevó en sus brazos a la Virgen. Iba sentada en la caballería, no a la inglesa, sino en silla, como entonces se hacía, y pasó miedo porque era un camino muy malo.

Fue la primera caricia de la Virgen con Josemaría Escrivá. Con razón le comentaba su madre, años después:

—Hijo: para algo muy grande te ha dejado en este mundo la Virgen, porque estabas más muerto que vivo.

Salvo ese momento crítico, los primeros años de Josemaría fueron serenos y apacibles. Dios Nuestro Señor fue preparando las cosas para que mi vida fuese normal y corriente, sin nada llamativo. Me hizo nacer en un hogar cristiano, como suelen ser los de mi país, de padres ejemplares que practicaban y vivían su fe, dejándome en libertad muy grande desde chico, vigilándome al mismo tiempo con atención.

Agradeció siempre a Dios la educación humana y cristiana que le dieron sus padres: Mi madre, papá, mis hermanos y yo íbamos siempre juntos a oír Misa. Mi padre nos entregaba la limosna, que llevábamos gozosos, al hombre cojo, que estaba arrimado al palacio episcopal. Después me adelantaba a tomar agua bendita, para darla a los míos. La Santa Misa. Luego, todos los domingos, en la capilla del Santo Cristo de los Milagros rezábamos un Credo. Y, el día de la Asunción (…), era cosa obligada adorar (así decíamos) a la Virgen de la Catedral .

Su infancia fue parecida a la de tantos niños de aquel Barbastro de comienzos de siglo XX: risas y correteos por la Plaza del Mercado, tablas y más tablas de multiplicar en el Colegio de los Escolapios y unos viajes fantásticos en las noches de invierno hasta el centro de la Tierra, o la mismísima Luna, de la mano de Julio Verne. Fue un niño como tantos otros: bueno, generoso, obediente y con los inevitables caprichos y rabietas que sus padres corrigieron con paciencia. Porque los santos no nacen: se hacen.

Se hacen correspondiendo, en lo grande y en lo pequeño a la voluntad de Dios. Y Dios quiso que Josemaría conociera pronto el misterio del dolor: entre 1910 y 1913 —desde los ocho a los once años— fueron muriendo, por enfermedad, sus tres hermanas pequeñas.

EL FUNDADOR

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Capitulo de “El Opus Dei: Ficción y realidad”, un libro de M.J.West

Josemaría Escrivá de Balaguer nació en Barbastro, en el Somontano, región situada al norte de España, el 9 de enero de 1902. Era el segundo de los seis hijos que tuvieron don José Escrivá y Corzán, copropietario de un negocio de ventas al por menor, y su esposa, doña María Dolores Albás y Blanc. Los Escrivá eran cariñosos y pacientes con sus hijos, enseñándoles con el ejemplo y mostrándoles cómo vivir el optimismo cristiano frente a la adversidad. La quiebra del negocio paterno y las estrecheces familiares que siguieron ayudaron a fortalecer el carácter de Josemaría, que, en su juventud, era un buen estudiante con buen humor y profundamente religioso, aunque no tuviera ningún deseo de hacerse sacerdote.

Sin embargo, Dios quería algo de él. Él mismo dijo que pronto había tenido “barruntos de amor” que, poco a poco, abrieron su mente a las perspectivas del futuro. No obstante, hasta 1918 no decidió hacerse sacerdote, pensando en, como él mismo diría, estar disponible para lo que Dios quisiese de él. Al mismo tiempo, empezó a percibir que lo que se le pedía, aunque todavía no sabía lo que era, tenía que ver con la vida de los cristianos corrientes, no con la de los religiosos. Por eso empezó a estudiar también una carrera civil, la de Derecho, en la Universidad de Zaragoza. Más tarde, eso le permitiría ser profesor de Filosofía y de Ética profesional en la Escuela de Periodismo de Madrid y de Derecho romano en Zaragoza y en Madrid.

Tras su ordenación sacerdotal, don Josemaría pasó cortos períodos en parroquias rurales y de Zaragoza, antes de trasladarse a Madrid. Allí, además de enseñar Derecho romano y Derecho canónico en la Academia Cicuéndez, desarrolló una intensa labor pastoral entre los pobres de los suburbios de Vallecas y Tetuán, visitando a los enfermos en sus casas y en los hospitales. Durante esas visitas solía pedirles que rezasen por una intención suya, es decir, por lo que barruntaba que Dios quería de él. Como diría más tarde, “la fortaleza humana de la Obra han sido los enfermos de los hospitales de Madrid: los más miserables; los que vivían en sus casas, perdida hasta la última esperanza humana; los más ignorantes de aquellas barriadas extremas”.

Por fin, el 2 de octubre de 1928, aquel joven sacerdote supo lo que Dios quería de él. Durante un retiro espiritual en la Casa de los Padres Paúles, en la madrileña calle de García de Paredes, don Josemaría “vio” el Opus Dei. La realidad ahora extendida por todo el mundo se hizo clara en su mente.

Más tarde diría que no le gustaba la idea de ser fundador de nada. Sin embargo, inmediatamente se puso,-con una absoluta falta de recursos, a llevar a cabo lo que creía firmemente que era la voluntad de Dios. “Y para abrir paso a este querer divino… -diría en cierta ocasión Dios me llevaba de la mano, calladamente, poco a poco, hasta hacer su castillo (…) No he tenido que andar calculando, como jugando al ajedrez; entre otras cosas porque nunca he pretendido averiguar la jugada del otro para poder dar jaque mate después. Lo que he tenido que hacer es dejarme llevar.”

El joven sacerdote reunió enseguida un grupo de estudiantes universitarios, artistas y comerciantes, y empezó a darles formación cristiana. Se concentró especialmente en los estudiantes universitarios, pues creía que, a largo plazo, eso le permitiría contar con personas de todas las clases sociales. Esa forma de actuar sigue siendo la del’ Opus Dei cuando inicia la labor en algún sitio.

El fundador se entregó a esa labor incansablemente y, poco a poco, el Opus Dei fue tomando cuerpo. El 14 de febrero de 1930, días después de que Monseñor Escrivá escribiera que nunca habría mujeres en el Opus Dei, Dios le mostró que quería que las hubiese.

En 1933, a pesar de las grandes dificultades económicas, se inició la primera empresa apostólica del Opus Dei. Se llamaba Academia DYA y estaba situada en un inmueble que se alzaba en la esquina de las calles de Luchana y Juan de Austria. El nombre tenía un doble significado, pues las letras hacían referencia tanto a las enseñanzas que impartían (Derecho y Arquitectura) como al espíritu que animaba la empresa (Dios y Audacia). La Academia, junto a esas enseñanzas profesionales, ofrecía también formación cultural y religiosa con charlas, meditaciones y retiros espirituales.

Poco después de que se abriera la Academia DYA, don Josemaría empezó a encontrar oposición, a veces de sectores de la Iglesia. Extraños rumores se fueron extendiendo y algunos decían que los miembros del Opus Dei se dejaban clavar en una cruz. Algunas de esas calumnias antiguas han sobrevivido y otras no, pero han surgido otras nuevas (un ejemplo: una emisora de televisión de Alemania Occidental -la Westdeutscher Rundfunk de Colonia, WDR- aseguraba, en 1986, que el Opus Dei estaba implicado en el tráfico de armas, lo que motivó una querella de la Obra).

A estos equívocos y dificultades que rodeaban al Opus Dei vino a unirse, en 1936, el estallido, en España, de la Guerra Civil. A lo largo de más de dieciocho meses, Monseñor Escrivá se vio obligado a esconderse varias veces a causa de la despiadada persecución religiosa, que costó la vida a miles de sacerdotes. Él mismo, en varias ocasiones, escapó del peligro casi dé milagro.

Monseñor Escrivá siempre había vivido personalmente la pobreza, contentándose con muy poco en la comida y el vestido. Su actividad y su capacidad de trabajo asombraban a cuantos le conocían. Pero los rigores de la guerra en España empezaron a cobrar su tributo. Don Josemaría adelgazó de manera increíble. En el otoño de 1937, cuando la situación se hizo insostenible, aunque profundamente quebrantado, se trasladó a Barcelona, en el nordeste de España, con objeto de cruzar los Pirineos a pie y pasar junto con algunos más, por Francia, a la zona de España nacional, donde los sacerdotes no eran perseguidos. El viaje, a través de un terreno sumamente accidentado, en una época del año húmeda y fría, duró dos semanas. Los fugitivos caminaban de noche y se escondían durante el día. Sus compañeros dicen que, a pesar de su lamentable estado, Monseñor Escrivá trataba de animar a todos. Uno de los fugitivos, Antonio Dalmases, dejó escrito en su diario: “…aquí tiene lugar el acto más emocionante del viaje: la Santa Misa. Sobre una roca y arrodillado, casi tendido en el suelo, un sacerdote que viene con. nosotros dice la Misa. No la reza como los otros sacerdotes de las iglesias. Sus palabras, claras y sentidas, se meten en el alma. Nunca he oído Misa como hoy, no sé si por las circunstancias o porque el celebrante es un santo. La Sagrada Comunión es conmovedora: como casi no podemos movemos, hay dificultad para administrarla. Todos vamos andrajosos, con barba de varios días, despeinados, cansados. Las manos sangran por los rasguños, los ojos brillan por las lágrimas contenidas, y sobre todo está Dios entre nosotros en unas Hostias”.

La visión optimista de Monseñor Escrivá estaba basada en una profunda confianza en las palabras de San Pablo: “Para los que aman a Dios, todas las cosas son para bien”. Aseguraba que quien perdía de vista esta realidad no estaba haciendo el Opus Dei: “Cumplid con vuestros deberes profesionales por Amor”, aconsejaba a los miembros. “Os tenéis que santificar, contribuyendo al mismo tiempo a la santificación de los demás, de vuestros iguales, precisamente santificando vuestro trabajo y vuestro ambiente: esa profesión u oficio que llena vuestros días, que da fisonomía peculiar a vuestra personalidad humana, que es vuestra manera de estar en el mundo; ese hogar, esa familia vuestra; y esa nación, en la que habéis nacido y a la que amáis.”

A comienzos del año 1939, en cuanto terminó la contienda, don Josemaría regresó a Madrid y reemprendió su labor. Poco antes de estallar la guerra, la Academia DYA había sido trasladada a un local más amplio situado en la calle de Ferraz, pero ahora estaba en ruinas. Cuando don Josemaría vio a lo que había quedado reducido el fruto de sus esfuerzos, se echó a reír y renovó su fe en la voluntad de Dios. Durante los primeros años de la década de los cuarenta, se aplicó a la tarea de restablecer el Opus Dei y a una intensa labor sacerdotal.

El 14 de febrero de 1943 nació la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Las críticas a la Obra se reanudaron incluso con más fuerza, a pesar del decidido apoyo al Opus Dei del obispo de Madrid, don Leopoldo Eijo y Garay.

La Obra empezó a extenderse por otros países. En 1945 por Portugal y años después por Italia, Francia, Irlanda, los Estados Unidos, México, Chile y Argentina. En 1951 inició la labor en Colombia y en Venezuela y poco después en Alemania, Perú, Guatemala, Ecuador, Uruguay y Suiza. En 1957 se extendió a Brasil, Austria y Canadá. A partir de entonces, año tras año, prosiguió la expansión.

En 1946, el fundador se trasladó a Roma para, entre otras cosas, dirigir e impulsar el largo proceso destinado a encontrar una estructura legal conveniente para el Opus Dei dentro de la Iglesia. Ya en Roma, fue nombrado miembro de la Pontificia Academia de Teología, consultor de la Sagrada Congregación de Seminarios, consultor de la Sagrada Congregación para la Educación Católica y miembro de la Comisión Pontificia para la interpretación auténtica del Código de Derecho Canónico.

Monseñor Escrivá viajó por todo el mundo y habló a grupos numerosos de personas formados por miembros del Opus Dei, simpatizantes, colaboradores y amigos. Respondía a las preguntas que le hacían sobre la vida espiritual gentes de todas clases, hombres y mujeres, ricos y pobres , jóvenes y viejos. Las películas que se hicieron de algunas de esas tertulias -que así le gustaba llamarlas- revelan que era un hombre lleno de vida, con gran simpatía y sentido del humor, cuyas observaciones y comentarios calaban en el alma. Su mensaje podría resumirse en estas palabras suyas de una homilía que pronunció en 1967 en el campus de la Universidad de Navarra: “Os aseguro, hijos míos, que cuando un cristiano desempeña con amor la más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios. Por eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria…”.

Monseñor Escrivá murió de repente, de un ataque al corazón, el 26 de junio de 1975, en Roma, en su cuarto de trabajo, ante una imagen de la Virgen María. Su pérdida fue un golpe terrible para los miembros del Opus Dei, pero no afectó al desarrollo de la Obra. Y es que Monseñor Escrivá había insistido siempre en que el Opus Dei era obra de Dios, no suya. “Habríais hecho un mal negocio -decía- si en lugar de seguir a Nuestro Señor hubieseis venido para seguir a este pobre hombre.”

En el año 62, decía: “así como los hombres escribimos con la pluma, el Señor escribe con la pata de la mesa, para que se vea que es Él el que escribe: eso es lo increíble, eso es lo maravilloso”.

Es difícil definir en qué consiste la santidad, pero, cuando se encuentra, se reconoce. Es lo que el escritor inglés Malcolm Muggeridge ha escrito de la Madre Teresa de Calcuta: “Ha vivido tan unida a su Señor que posee el mismo encanto que hacía que las multitudes se apretasen a Su alrededor en Jerusalén y en Galilea, convirtiendo Su simple presencia en un presagio de curación”. La reacción de quienes conocieron al fundador del Opus Dei e incluso de quienes sólo le han visto en película es a menudo algo similar. Les parece que están en presencia de alguien que se vació a sí mismo para llenarse de algo que supera las dimensiones de este mundo.

Una de las personalidades más destacadas de la moderna psicología, el profesor Viktor E. Frankl, de origen judío, describió así lo que tanto le había atraído del fundador del Opus Dei: “Si tuviera que decir lo que más me impresionó de su personalidad, me referiría sobre todo a la refrescante serenidad que emanaba de él y envolvía toda la conversación. Luego, al increíble ritmo con el que fluían sus pensamientos y, finalmente, a su asombrosa capacidad para sintonizar inmediatamente con su interlocutor”. Y añadía: “Monseñor Escrivá vivía totalmente, sin duda, en el momento presente, se entregaba a él por completo. En una palabra: para él, el momento presente poseía todas las cualidades de lo decisivo”.

Junto a sus cualidades personales, lo que más impresionaba a la gente era su predicación, clara, sencilla y, sobre todo, fiel al Evangelio y muy próxima a sus palabras. Solía ilustrar lo que decía con ejemplos y anécdotas, que enlazaba siempre con las enseñanzas de Cristo. Cuando se le escucha en alguna de esas “tertulias” filmadas no se tiene la impresión de verse arrebatado por una inteligencia privilegiada, sino simplemente humana. Los temas de su predicación eran siempre los mismos: sentido de la filiación divina, santificación del trabajo, amar al mundo sin ser mundanos, búsqueda y aceptación de la voluntad de Dios y confianza en la divina providencia. Todos estos temas iban siempre entrelazados con citas de las Sagradas Escrituras, de tal forma que cuando un crítico del Opus Dei -un académico- desencadenó un ataque contra Monseñor Escrivá basado en frases de sus homilías, resultó que muchas de ellas eran citas bíblicas.

Monseñor Escrivá consideraba que el Opus Dei formaba parte de ese proceso que estaba llevando a los laicos a asumir plenamente su papel en la Iglesia y a participar en su misión en cuanto tales. Estaba convencido de que una de las misiones del Opus Dei era acabar con la idea de la vida cristiana era algo exclusivamente “espiritual”, propio de gente pura, privilegiada, que se mantenía al margen de “las cosas despreciables de este mundo”. Creía que, con esa perspectiva, las iglesias se convertían en refugios de la vida cristiana y que “ser cristiano es, entonces, ir al templo, participar en sagradas ceremonias, incrustarse en una sociología eclesiástica, en una especie de mundo segregado que se presenta a sí mismo como la antesala del cielo, mientras el mundo común recorre su propio camino. La doctrina del cristianismo -añadía-, la vida de la gracia, pasarían, pues, como rozando el ajetreado avanzar de la historia humana, pero sin encontrarse con él”. Y argüía que, si el mundo ha salido de las manos de Dios, si Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza y ha depositado en él una chispa de su propia Luz, entonces la mente humana debe descubrir el significado divino de todas las cosas.

“¡Que no, hijos míos! -exclamaba-. Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser -en el alma y en el cuerpo- santa y llena de Dios: a ese Dios invisible lo encontraremos en las cosas más visibles y materiales.

No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver -a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares- su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo.”

Cuando murió Monseñor Escrivá, el Opus Dei, que había empezado con un puñado de estudiantes universitarios, contaba ya con 60.000 miembros de 80 países. Como ya he señalado, Monseñor Escrivá estaba convencido de que el Opus Dei había nacido por voluntad de Dios. Para los católicos, esta convicción se ve reforzada por el hecho de que la Iglesia ha reconocido al Opus Dei en todas las etapas de su desarrollo. “Con grandísima esperanza, la Iglesia dirige sus cuidados maternales y su atención al Opus Dei, que -por inspiración divina- el Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer fundó en Madrid el 2 de octubre de 1928…”

“Desde sus comienzos, en efecto, esta Institución se ha esforzado no sólo en iluminar con luces nuevas la misión de los laicos en la Iglesia y en la sociedad, sino también en ponerla por obra; se ha esforzado igualmente en llevar a la práctica la doctrina de la llamada universal a la santidad, y en promover entre todas las clases sociales la santificación del trabajo profesional y por medio del trabajo profesional” (Constitución Apostólica Ut sit de Su Santidad Juan Pablo II, de 28 de noviembre de 1982).

El proceso de canonización de Monseñor Escrivá, apoyado por 69 cardenales y 1.300 obispos, prosigue su curso en Roma.

Durante su vida, Monseñor Escrivá fue víctima de calumnias y discriminaciones. Él siempre urgió a los miembros del Opus Dei a oponerse a estos males humanos. Tal vez donde mejor se ve es en Kenia.

Nace un niño

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Es el 9 de enero de 1902. Tal cronología suele augurar nieve y cierzo pirenaico sobre el Alto Aragón. Las tierras del Somontano fraguan su conspiración de hielo y fecundidad durante los largos meses de invierno. Los hombres del labrantío conocen bien esta inclemencia cuando otean el crecimiento de sus viñas, la añosa persistencia del olivo, la realidad inveterada, frente a todo evento, de sus cereales de secano. Saben que, en esta silenciosa expectación del campo, se oculta la promesa de los almendros que pueblan las laderas, de la hierba que está anidando bajo tierra, de las frutas que cubrirán el valle de riqueza cuando caliente el sol de abril.

Pero esta noche es cruda. Las gentes andan sin atención los pasos del camino acostumbrado. En la ciudad de Barbastro, las tiendas cierran al caer las ocho de la tarde. Se han cubierto los escaparates con postigos de madera oscura, y las casas han acogido apresuradamente la tertulia familiar junto al brasero de carbón, la cena caliente, bien aderezada, y la oración cotidiana, cerca del rescoldo, antes de irse a dormir. Las campanas que asoman por el hexágono puntiagudo y vigilante de la Catedral dieron ya las nueve de la noche.

El hogar de los Escrivá y Albás mantiene hoy una vigilia inusitada. Podemos dar marcha atrás en los datos de la Historia y así entrar de algún modo en la intimidad de esta noche para asistir al nacimiento del segundo de sus hijos. Ayudados por la luz blanca que esparcen las farolas de la calle Mayor subimos al primer piso. Las habitaciones más nobles de la vivienda tienen balcones al exterior, a la Plaza porticada de Barbastro. Todo en este hogar transpira señorío y orden. Está envuelto en un cuidado que merodea entre los objetos materiales. Imaginamos el aspecto de la casa. Sobre un mueble reposa la ponchera de cristal tallado con base y tapa de plata cincelada. En el saloncito, las butacas y el sofá, de línea semicircular, cómodos y acogedores. En la pieza contigua, la estantería, donde se alinean, entre otros, los seis tomos, encuadernados en piel, de una antigua y grabada edición de «El Quijote». La mesa camilla, testigo del calor familiar y de la reunión habitual tras el trabajo del día, mantiene hoy silencioso el entorno de sus amplios faldones de paño grueso y abrigador. En el tapete, un trozo cuadrado de batista bordado y a medio terminar. A su lado un alfiletero de plata, menudo, gastado por el uso. Es probable que la gozosa novedad del acontecimiento haya encontrado a la dueña de la casa en plena actividad, sin ocios ni preámbulos; en medio de un quehacer amable que sigue testimoniando su modo y presencia entre las cosas.

Sobre una mesa recia, cuya madera donó un duro árbol pirenaico, seguramente hizo guardia un velón dorado con sus quitaluces grabados y relucientes. En otro ángulo, abierta, la tapa de un arcón de cedro en el que se apilan sábanas, manteles y otras ropas que difunden olor a espliego y a membrillo al extenderse. En la vitrina, la filigrana de los abanicos de encaje, del caracol de nácar, de la tacica de porcelana.

Dos años más tarde estará también allí, en el pequeño velador, una fotografía reciente de los dueños de la casa. Su rostro y su talante no habrán cambiado mucho. En el cartón ocre de esta reproducción nos adelantamos a ver la imagen del matrimonio tomada de perfil, al gusto de la época. En primer término, doña Dolores Albás: tiene un porte sereno, con rasgos tranquilamente dibujados. Un gesto hidalgo emerge de los pliegues de su vestido de brocado, de la gola de orlanza plisada alrededor del cuello, del pelo suavemente recogido hacia la nuca. Hoy, 9 de enero de 1902, tiene veinticuatro años.

Detrás, la presencia jovial de don José Escrivá. Una sonrisa, que guarda complicidad entre los ojos y la boca, deja constancia de su alegría y se refugia, apenas, tras un bigote bien cuidado. Pelo muy corto, rostro joven -tiene sólo diez años sobre el tiempo de su esposa- y una elegancia ágil completan su fisonomía. Lleva un traje de paño de buen corte y ojal en la solapa, corbata blanca de lazo y cuello y pechera almidonados.

La casa es amplia en profundidad y, esta noche, el interés se centra en los alrededores de una habitación de buenas dimensiones en cuyo fondo se alojan dos alcobas. La separación entre esta sala y las alcobas -si se seguían los dictados del modo aragonés- se logra mediante paneles de vidrio artísticamente trabajados en los que juegan dibujos y colores. El balcón, por donde la estancia se asoma a la Plaza, está cubierto por amplios cortinones. Hace frío, y el vaho se quiere condensar en los cristales. A pesar del aislamiento confortable, llegan hasta el hogar las nueve campanadas que acaban de quebrar el silencio de Barbastro.

La cocinera -suponemos que se trataba ya de María, que desempeñará este oficio en el ámbito familiar de los Escrivá durante años- se mueve hoy entre rezos a San Ramón y un ajetreo de ropas y recipientes de agua hirviendo que pone a disposición de los médicos. Nos parece ver a don José que mide con pasos impacientes los metros del pasillo en la obligada espera. Y de pronto, sin incoar ningún minuto de zozobra, suena en la casa una nueva voz que llora sobre el mundo: es un varón, aragonés, que ha nacido sano y está afirmando ya, de modo rotundo, su entrada en el tiempo de los hombres.

II. ALGO DE HISTORIA

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Con motivo de una visita del Fundador del Opus Dei a Andalucía y después de participar, en compañía de más de dos mil personas, en una conversación directa con él, José María Pemán escribió el 22 de noviembre de 1972 en la tercera página del ABC un delicioso artículo, rematado por este mano a mano con el «Séneca»:

«–Don José: si le llaman a todo esto Obra de Dios, ¿qué obra ha tenido que hacer ese padre?

–No ser estorbo de la obra de Dios, ¿te parece poco? Dios obra por medio de los hombres y las cosas. Es lo que se llama las “causas segundas”.

Miró hacia la riada humana. Se rascó la cabeza:

–Pues esta causa segunda, don José, le ha salido a Dios de primera».

No se podía resumir mejor, a mi juicio, ni con palabras más llanas, la verdadera historia del Opus Dei, ésa que parece tan fácil de escribir yendo desde ahora, después del Concilio Vaticano II, hasta su comienzo, y que resulta sobrehumana –léase sobrenatural– en cuanto uno se planta en 1928, observa el panorama de España y del mundo y trata de hacer camino al andar, de acuerdo con lo que Dios indudablemente quería. A la gente del Opus Dei no le gusta hablar de milagros –suelen decir, como Mons. Escrivá de Balaguer, que les basta con los milagros del Evangelio para creer–, pero indudablemente es ya un prodigio ese formidable cambio de mentalidad, operado en los cristianos y en todos los hombres, que nos hace ver hoy prácticamente como normal lo que hace unos años apenas se podía imaginar.

La «causa segunda», que decía el «Séneca», fue un muchacho de Barbastro, nacido el 9 de enero de 1902 y escogido por Dios para sacar adelante el Opus Dei. Se llamaba Josemaría y, según él mismo ha dicho, con perspectiva de lustros, atribuye más del noventa por cien de su vocación a la vida cristiana de sus padres, don José Escrivá de Balaguer y Corzán y Doña Dolores Albas y Blanc. En Barbastro inició los estudios de enseñanza media, que terminaría en Logroño…

Cronología del Opus Dei y su fundador

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

CRONOLOGÍA DEL OPUS DEI Y SU FUNDADOR  [1]

1902

El 9 de enero nace el Fundador del Opus Dei, Josemaría Escrivá de Balaguer, en Barbastro (Huesca).

1912-1915

Hace los tres primeros cursos de Bachillerato, examinándose en el Instituto de Lérida.

1914

Se traslada a Logroño.

1915

Estudia en el Colegio de San Antonio y termina el Bachillerato en el Instituto de Logroño. Primeros barruntos de su vocación. En las navidades de 1917-1918, las huellas en la nieve de los pies descalzos de un carmelita le suscitan un fuerte deseo de amor a Dios. Tomará la decisión de hacerse sacerdote.

1918

Comienza los estudios eclesiásticos como alumno externo del Seminario de Logroño.

1920

Terminados sus estudios de Humanidades y de Filosofía, y el primer curso de Teología, se traslada a Zaragoza para completar los estudios sacerdotales en la Universidad Pontificia de esa archidiócesis. Vive en el Seminario de San Francisco de Paula.

1923

Inicia la carrera de Derecho en la Universidad de Zaragoza. Hasta junio de 1924, en que terminará los estudios eclesiásticos, simultánea una y otra carrera.

1924

Muere don José Escrivá y Corzán, padre del Fundador

1925

El 28 de marzo recibe la ordenación sacerdotal en la Iglesia Seminario Sacerdotal de San Carlos. Tres días después ocupó su primer cargo pastoral como Regente Auxiliar de la parroquia de Perdiguera. A su vuelta a Zaragoza, el 18 de mayo, se hace cargo de una capellanía en la Iglesia de San Pedro Nolasco. Para sostener a su familia da clases de Derecho Románo y Derecho Canónico, mientras continúa con sus estudios.

1927

En enero completa su licenciatura en Derecho. Del 1 al 17 de abril se ocupa de la parroquia de Fombuena. El 19 de abril se traslada a vivir a Madrid. En Madrid, desde el 1 de junio es capellán del Patronato de Enfermos de Santa Engracia.

1928

El 2 de octubre, fundación del Opus Dei.

1930

El 14 de febrero, mientras celebraba la Santa Misa, Josemaría Escrivá de Balaguer entendió que también debería haber mujeres en el Opus Dei.

1930

El 24 de agosto pide la admisión en el Opus Dei Isidoro Zorzano.

1931

El Fundador del Opus Dei comienza a trabajar como capellán del Real Patronato de Santa Isabel.

1933

En diciembre abre la Academia DYA, en la calle de Luchana, primera labor apostólica corporativa del Opus Dei.

1934

En septiembre comienza la Academia-Residencia DYA en la calle de Ferraz, 50. Josemaría Escrivá, que ha sido nombrado en este mismo año Rector del Patronato de Santa Isabel, publica “Consideraciones Espirituales”. También sale a la luz “Santo Rosario”.

1937

El Fundador del Opus Dei, junto con algunos miembros se refugia en la Legación de Honduras. El 19 de noviembre sale hacia el Pirineo, en una larga marcha que le llevó a Andorra, adonde llegó el 2 de diciembre, acompañado por un pequeño grupo. El 12 de diciembre llega a San Sebastián.

1938

El Fundador del Opus Dei se traslada a Burgos y desde allí continúa el trabajo apostólico comenzado antes del inicio de la Guerra Civil.

1939

Al terminar la Guerra Civil el Fundador regresa a Madrid.

1939-1946

El Opus Dei se extiende por España: Valencia, Barcelona, Valladolid, Zaragoza, Bilbao, Sevilla, Santiago. Durante este período de inmediata posguerra arrecian las incomprensiones. Algunos no entendían la llamada universal a la santidad que enseñaba el Fundador del Opus Dei.

1941

El Obispo de Madrid, que había conocido y bendecido su labor apostólica desde los comienzos, aprobó el Opus Dei como Pía Unión, el 19 de marzo. El 22 de abril muere la madre del Fundador que tantos servicios había prestado en los primeros pasos del Opus Dei.

1943

Mientras celebra la Santa Misa en un centro de mujeres del Opus Dei situado en la calle de Jorge Manrique, de Madrid, el día 14 de febrero, Josemaría Escrivá funda la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, inseparablemente unida al Opus Dei. El 11 de octubre el Opus Dei recibe el Nihil Obstat de la Santa Sede para su erección diocesana. Es erigido, en la diócesis de Madrid el 8 de diciembre.

1944

El 25 de junio, tiene lugar la primera ordenación sacerdotal de fieles del Opus Dei: don Álvaro del Portillo, don José María Hernández de Garnica y don José Luis Múzquiz.

1946

Comienza la labor del Opus Dei en Portugal, Italia, Inglaterra, Irlanda y Francia. El 23 de junio el Fundador llega a Roma.

1947

El 24 de febrero el Opus Dei obtiene el Decretum laudis de la Santa Sede.

1948

El 29 de junio se erige el Colegio Romano de la Santa Cruz.

1949

El Fundador impulsa desde Roma la expansión del Opus Dei en todo el mundo. Antes de acabar este año irán los primeros miembros del Opus Dei a Estados Unidos y México.

1950

El 16 de junio, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, Pío XII concede la aprobación definitiva al Opus Dei.

1951

El 14 de mayo el Fundador hace la Consagración de las familias de los miembros del Opus Dei a la Sagrada Familia. El 15 de agosto consagra el Opus Dei, en Loreto, al Dulcísimo Corazón de María. Se celebra en Molinoviejo (Segovia) el primer Congreso General del Opus Dei.

1952

El 26 de octubre consagra el Opus Dei al Sagrado Corazón de Jesús. Comienza la labor del Opus Dei en la República Federal Alemana. En Pamplona tiene su comienzo el Estudio General, que se convertirá, pocos años después, en la Universidad de Navarra.

1953

El 2 de octubre celebra, en Molinoviejo (Segovia), en la intimidad, las Bodas de Plata de la Obra. El 12 de diciembre erige el Colegio Romano de Santa María.

1955

El 4 de diciembre, en Viena, el Fundador comienza a invocar a la Virgen con la jaculatoria Sancta Maria Stella Orientis, filios tuos adiuva, encomendándole la labor de apostolado con las personas de Europa oriental.

1956

Tiene lugar el Congreso General del Opus Dei en Einsiedeln (Suiza).

1957

El 20 de junio fallece en Roma su hermana Carmen, que tanto le había ayudado en la administración material de los primeros centros del Opus Dei. La Santa Sede encarga a algunos miembros del Opus Dei la Prelatura territorial de Yauyos (Perú).

1958

En diciembre se comienza la labor del Opus Dei en Japón, el primer país del Extremo Oriente, y en Kenya, el primer país de Africa.

1961

En noviembre tiene lugar el Congreso General Ordinario del Opus Dei, en Roma.

1963

Comienza la labor del Opus Dei en Australia.

1964

La expansión del Opus Dei llega a Filipinas.

1966

Congreso General Ordinario del Opus Dei, en Roma.

1967

Se publica “Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer”. En ese libro se recogen varias entrevistas concedidas a destacados periodistas de diversos lugares del mundo.

1970

Del 15 de mayo al 22 de junio el Fundador viaja a México en romería penitente a la Virgen de Guadalupe.

1971

El 30 de mayo, consagración del Opus Dei al Espíritu Santo.

1972

Durante los meses de octubre y noviembre el Fundador recorre distintas ciudades de España y Portugal en un viaje de catequesis.

1973

Se recogen en un tomo, bajo el título de “Es Cristo que pasa”, parte de las homilías que el Fundador ha predicado durante los últimos años.

1974-1975

En estos años el Fundador hará dos largos viajes a América del Sur y Central. Estará en Brasil, Argentina, Chile, Perú, Ecuador, Venezuela y Guatemala.

1975

El 26 de junio fallece el Fundador del Opus Dei.

El 15 de septiembre Don Álvaro del Portillo y Diez de Sollano es elegido, por unanimidad, para suceder al Fundador del Opus Dei, en el Congreso convocado con este fin, de acuerdo con sus Estatutos.

1981

El 19 de febrero el Cardenal Poletti, como Vicario del Papa para la diócesis de Roma, con el nihil obstat de la Santa Sede, promulga el Decreto para la Introducción de la Causa de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer.

1982

El 28 de noviembre Juan Pablo II erige el Opus Dei en Prelatura Personal. En aquella misma fecha el Papa nombra a Monseñor Álvaro del Portillo como primer Prelado del Opus Dei, que es, a la vez, Presidente General de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

1986

Se publica “Surco”

1987

Se publica “Forja”

1985

Se inaugura el Pontificio Ateneo de la Santa Cruz, centro universitario de estudios eclesiásticos con sede en Roma.

1991

El día 6 de enero Juan Pablo II ordena obispo al Prelado del Opus Dei, Mons. Álvaro del Portillo.

1992

El 17 de Mayo Josemaría Escrivá es beatificado en la plaza de San Pedro (Roma).

1994

El 23 de marzo fallece en Roma Álvaro del Portillo, pocas horas después de volver de un viaje a Tierra Santa.

El 20 de abril Javier Echevarría es nombrado por Juan Pablo II Prelado del Opus Dei, al confirmar la elección canónica realizada en el Congreso General electivo celebrado en Roma.

1995

El 6 de enero el Prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría, es ordenado obispo por Juan Pablo II.

1998

Concesión del título de Pontifica Universidad al Pontificio Ateneo de la Santa Cruz.

2001

Audiencia concedida por Juan Pablo II, el 17 de marzo, a los fieles del Opus Dei participantes en el Congreso sobre la carta apostólica del Santo Padre Novo Millenio Inneunte, celebrado en Roma.

2002

Primer Centenario del nacimiento del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer. El 26 de febrero el Santo Padre anuncia la canonización del Fundador del Opus Dei para el 6 de octubre

[1] Esta cronología está tomada de F. Requena – J. Sesé. FUENTES PARA LA HISTORIA DEL OPUS DEI. Editorial Ariel. Barcelona, 2002.


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