Recuerdos de un corresponsal

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Testimonio de Eugenio Montes, De la Real Academia Española
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

El 26 de junio de 1975 el cielo estaba azul y yo estaba en mi casa del Pincio viendo desde el balcón, en la lejanía, la cúpula de San Pedro sobre el Monte Vaticano, el Monte de los Vaticinios.

Sonó el teléfono. Me dieron la noticia escuetamente: «Ha muer­to Monseñor Escrivá de Balaguer». Ni una sílaba más, tal vez por­que ante lo decisivo sólo el silencio es grande; el resto, debilidad.

Pero salí a preguntarles a sus amigos. No se encontraba enfermo. En cualquier caso no le había comunicado a nadie inquietudes acer­ca de su salud.

El 26 de junio había madrugado, como siempre. La del alba sería cuando salió a tener una plática con unas hijas suyas en Cas­telgandolfo. Como Santa Teresa de Jesús, este hombre de virtudes heroicas podía decir: «Hijas, cosas son éstas para entretener la espera».

Una vez exclamó: «Debemos acoger la muerte con sereno gozo. Cuando el Señor quiera y donde quiera».

El Señor quiso que a este hombre pirenaico la muerte le acon­teciese en Roma, su lugar predilecto. Entre las siete colinas, donde se asienta «la reliquia universal del suelo», porque «no hay parte en ti que no sirva de ejemplo/de santidad, así como trazada/de la ciudad de Dios al gran modelo». (Cervantes).

Yendo al funeral encuentro a Lozoya. Me dice: «Hay pocos españoles universales: algunos exploradores de Indias, un pequeño acervo de escritores y artistas, algunos fundadores religiosos». Monseñor Escrivá era de éstos. Su Obra se extiende por 80 países y cuenta con más de 70.000 adeptos fervorosos.

Se ha señalado que la Cristiandad aprendió de los españoles a rezar: el Credo es creación del cordobés Osío tanto como de Anas­tasio; la Salve, arco iris celeste, del gallego San Pedro de Mezonzo; el rosario, de Santo Domingo.

A mí en Roma me atraen, sobre todo, las huellas de nuestros hombres con virtudes heroicas. Cruzo, recruzo el patio de San Dámaso. Entro en los siete templos que aún quedan de los 27 dedi­cados a San Lorenzo. Me siento en el Aventino a la sombra del naranjo plantado por el de Caleruega. Veo en el Palatino la palmera de San Buenaventura de Barcelona. Recorro el barrio en donde San Ignacio pronunció su impresionante frase: «Usar los medios naturales como si no hubiese los sobrenaturales; usar los medios sobrenaturales como si no hubiese los naturales». «Sentencia es de maestro», concluyó Gracián.

Juntar lo sobrenatural con lo natural, acercarnos a lo sobrena­tural con naturalidad absoluta, ha sido el don, sencillamente pro­digioso, de Monseñor Escrivá de Balaguer. Su santo y seña reza: «Santificar la vida cotidiana, en medio de su aparente monotonía, de sus quehaceres, de sus trabajos». Con certera imagen proclamó: «En la línea del horizonte parecen unirse Cielo y Tierra, pero en donde en verdad se unen es en los corazones cuando se vive san­tamente la vida ordinaria».

Según el cardenal Baggio, su innovación más profunda consiste en el llamamiento universal a la santidad; el trabajo como lugar de encuentro con Dios y con los hombres: innovación confirmada pos­teriormente por el Concilio Vaticano II. Idea feliz esta invitación a amar el mundo apasionadamente, descubriendo el valor sobre­natural de las circunstancias normales de la vida, incluidas las más prosaicas y materiales.

En 1946 vino a residir a Roma. Vivía en un apartamento humil­de de la «Città Leonina», frente a las medio derruidas torres que en el siglo IX elevó León IV. Yo lo encontré al lado de la muralla, el día inaugural del Año Santo, en tiempo de Pío XII. «Así, así, católico, apostólico, ¡romano! Me gusta que vengas en romería».

«VIDERE PETRUM»

La primera persona que en la urbe lo alentó intensamente fue Montini, porque entonces necesitaba ayuda para superar las sus­picacias y obstáculos que todo fundador encuentra.

Algunos miembros de la Obra actuaron y actúan en política. «Como los demás ciudadanos – aclara el fundador–, pues sus res­ponsabilidades son individuales».

En cuanto a él mismo, Monseñor Escrivá de Balaguer confesaba que no sentía la política ni la sociología. Alguna vez expresó rotun­damente: «Me disgustan».

Al cabo, su fe, su esperanza su caridad triunfaron. En el funeral por su alma, monseñor Be Nelly leyó un emocionado mensaje del Sumo Pontífice. La capilla ardiente estaba como envuelta en púr­pura, pues al parpadeo de los hachones reconocí, con el nuncio apostólico Carboni, a los cardenales Palazzini, Rossi, Felice…

El cardenal Deskur anunció: «Espero ser el primer obispo que postule la beatificación de Monseñor. He ofrecido la misa por su glorificación». Quien hoy rige la diócesis ambrosiana lo compara a San Fran­cisco de Sales. Los ingleses evocan ante él a Tomás Moro. Yo pienso en San Felipe de Neri, por su continuo rebullicio de frases chispeantes. El cristianismo es sufrir los unos por los otros, pero nada hay tan católico como alegrarse los unos con los otros. Luminoso misterio de la Comunión de los Santos.

La alegría, a Monseñor Escrivá de Balaguer le manaba del cora­zón desbordante, de su bondad profunda. Venía del fondo. Los que hace tres años acompañaban sus restos mortales a la última morada terrena veían en esa alegría un rocio venido de lo alto, un rocío celeste.

Una amistad de 43 años

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Testimonio de Mons. Pedro Altabella Canónigo de San Pedro de Roma, Doctor en Teología y Derecho Canónico
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

El día 26 de junio de 1975, Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer pasaba a mejor vida. En aquellos momentos nos fue dado estar junto a su cadáver –parecía que estaba dormido más que muerto, celebrar la Santa Misa de corpore insepulto y dar rienda suelta a nuestro afecto de amigo.

Hoy quisiera evocar siquiera algún rasgo de su rica personalidad sacerdotal. Creo que un trato frecuente que tuve con el a lo largo de 43 años me autoriza a intentarlo.

Conocí a Josemaría Escrivá de Balaguer apenas llegué al Semi­nario Conciliar de la Plaza de la Seo, el año 1925, en Zaragoza. Josemaría, que residía en el Seminario de San Carlos, venía como Superior del Seminario de San Francisco de Paula a acompañar a los seminaristas que venían a clase al Conciliar. Le veíamos vestido con man­teo –no llevaba beca porque era Superior- y con porte distinguido. Creo que en aquellas fechas había recibido sólo las Ordenes Menores.

Luego, circulaba por el Seminario nuestro la noticia de que Jose­maría estaba en Madrid. Allí terminaba sus estudios de Derecho Civil, y trabajaba en el apostolado entre universitarios. No sabía yo entonces más de él.

El año 1934, en enero, fui llamado por don Angel Herrera que pidió el permiso al señor arzobispo Domenech– a la casa del Con­siliario, en Madrid. Morábamos en la calle Villanueva, 15.

Fue precisamente en esa casa y en ese tiempo donde me saludó por primera vez don Josemaría Escrivá. Me lo presentó don Emilio Bellón, nuestro director, diciéndome: «Ven acá; vas a conocer a un paisano tuyo, gran sacerdote y apóstol». Bromeó don Emilio sobre mi persona al presentarme a don Josemaría y, en un fuerte abrazo que nos dimos, quedó fundida una amistad que nunca ya vino a menos.

Hablamos de nuestros ideales sacerdotales y apostólicos. Me invitó a visitar su academia DYA, que tenía en la calle Ferraz. Me impresionó en aquel momento el garbo y la alegría con que trataba a aquellos chicos y el gran afecto que le tenían. Pero, sobre todo, quedó grabado en mi alma el gran aprecio que ponía Josemaría Escrivá en la oración, y que supo transfundir en los espíritus de aquellos universitarios. La capilla estaba llena de jóvenes recogidos en oración. Eso, entonces, no era corriente.

Es ésta de la oración una nota fundamental de la personalidad de Escrivá de Balaguer. Diría yo que era para él la oración su fuerza, su refugio, su mejor quehacer, su hora de luz y de amor. Allí supo escuchar a su Dios y Señor, y prometió y cumplió seguirle fielmente hasta morir. ¡Cuántas veces le he oído que todo lo hablaba en la oración! Recuerdo que en los momentos más graves de su vida, que yo conocí o que le oí contarme, sea en las horas brillantes, sea en las amargas y oscuras, con fe intrépida, con gran decisión, con enorme poder de convicción, me decía: «Verás que todo lo resolverá el Señor de la mejor manera. Recemos sin desmayo».

Sugiero destacar, asimismo, otra nota para mi característica de su persona y de su acción. Se ha escrito y dicho reiteradamente que la idea central de su espiritualidad era y es que el cristiano común puede y debe santificar el trabajo y santificarse en el trabajo. Sea así. Pero creo que los diálogos de amistad que tuve con Jose­maría Escrivá me han dado a ver otra idea fuerte que quizá nos haga ver claro, y bajo la luz especial, el alcance de su vida y de su acción. En nuestras conversaciones, siempre destacaba con fuer­za la acción de Dios, de su gracia divina. La acción preponderante de Dios en nuestra santificación –sine me nihil–, pero, a su vez, la acción del hombre con toda su alma, con su entrega total, sin términos medios, con audacia moral. ¿No puso a su academia como lema Dios y Audacia? Pues bien, para mi quedó clara esta su postura espiritual un día en el que con entusiasmo inaudito me decía: «Me saca de quicio, Pedro, ese Cristo verus Deus et verus homo Cristo verdadero Dios y verdadero hombre–. La fuerza omnipotente de Dios, amasándose con el hombre al cual ha destinado a su Gloria».

Ahí está toda la luz de la teología aplicada a la vida nuestra: Cristo es el modelo. Las acciones de Cristo son tan divinas como humanas, tan humanas como divinas, theandricas dicen los teólogos. Nos parece que para comprender la ascética, la vida y los idea les apostólicos de Josemaría Escrivá, se debe partir de aquí. Sobre todo para conocer su Obra, el Opus Dei. Por eso Escrivá de Bala­guer quería a sus hijos muy santos y muy hombres. ¿No arranca de ahí la luz que ha transformado tantas conciencias en el mundo por medio del Opus Dei?

La claridad de esa idea le llevó a potenciar todo lo humano como don de Dios en un momento en que predominaba en los rasgos cristianos un «angelismo» deshumanizado. Pero esa misma luz nos puede aclarar hoy por qué no ha caído el Opus Dei en ese huma­nismo híbrido que ahora se predica desde tantos púlpitos y en el que Cristo –y, como consecuencia, el cristiano ya no tiene o no debe tener nada de divino. Hemos mutilado a Cristo: antes, por negar o no afirmar su humanidad benditísima; hoy, por reducirlo a un hombre, quizá un «superman», que nada hace ni dice de Dios.

Creo que aquí radicaba el arrastre de Josemaría Escrivá sobre las gentes. Su fuerza era de Dios, pero su humanidad se derramaba envuelta en lo divino.

Quizá a Josemaría Escrivá se le ha conocido en algunos ambien­tes a través de quienes lo presentaban como desencarnado, como «beatificado». Nada más contrario a la verdad. Era humano como pocos. Con un corazón que no se cansaba de amar: a su Dios y a sus hermanos. Para nosotros, el perfil sacerdotal y humano de Escrivá de Balaguer lo podríamos encontrar en aquellas palabras de San Pablo que Josemaría meditaba tantas veces: «Omnis pontifex ex hominibus assumptus, pro hominibus constituitur in iis quae sunt ad Deum»: Todo pontífice escogido de entre los hombres es cons­tituido para los hombres en las cosas que miran a Dios. No es apología fácil y gloriosa la nuestra. Josemaría Escrivá era todo un hom­bre, pero de Dios. Cuarenta y tres años de amistad nos autentizan a afirmar en conciencia que, como hombre, era un superdotado, pero que su fuerza la traía de Dios. Tenía para él y para sus hijos como gran exigencia el ser muy humanos. Pero enraizados en Dios. ¡Cuánto se podría hablar de este tema!

Pero, a su vez, para los hombres –pro hominibus constiluitur–. ¡Cómo le brillaban los ojos ante los hijos de Dios!– ¡Cómo era su verbo cálido, incisivo, directo, sacerdotal! Había yo sostenido muchas veces el bien que hacía al ponerse en contacto con aquellas muchedumbres que le escuchaban. Le oí más de una vez sus impre­siones sacerdotales después de un extenuante viaje apostólico. No se saciaba nunca. Y eso, a pesar de que nunca, en la historia de la Iglesia, Dios concedió a un Fundador, durante su estancia terre­na, ver tantas y tales multitudes de cristianos que le seguían en su aspiración a la santidad.

En las cosas que miran a Dios - in iis quae sunt ad Deum–. No quería saber otra cosa. El día que se escriba su vida, se verá cuán errados andaban quienes vieron en él aspiraciones terrenas, contar con poderes del mundo… Cada día se interiorizaba más y gemía por su amor al cielo. Escribimos de lo que hemos visto y oído, no por impresiones. Y decimos en conciencia lo que creemos era vida de su vida. La salvación de las almas. ¡De todas las almas! Ese era su ideal.

Hemos querido, a vuela pluma, evocar algunos de los recuerdos de nuestro trato con Josemaría Escrivá de Balaguer. Séame per­mitido terminar recordando dos cosas. La primera, que en el terre­no de la amistad conmigo fue siempre él el primero y más fiel. Quizá más de una vez hubiera tenido motivos para dejarme u olvidarse de mí. Todo lo contrario. Tengo mil testimonios profundamente indicativos de su lealtad de amigo. Y era quien era; y yo… ¿qué contaba ni cuento?

Quiero añadir una segunda cosa. Nunca vino de él una palabra directa o indirecta en que me invitara o siquiera me sugiriera per­tenecer a su Obra. No ya de sus íntimos, pero ni siquiera de entre los sacerdotes diocesanos. Y sabe muy bien el Señor que este tema de la santidad sacerdotal nos llevó muchos ratos de conversación. Quiero que se sepa porque ha habido quienes me han colocado en los rangos del Opus Dei. Era Josemaría Escrivá muy comprensivo. Sabía muy bien que la amistad es una cosa y que la llamada de Dios a una vida específicamente dedicada a Dios dentro de unas coor­denadas como las de su Obra es otra cosa muy distinta. Por eso, entre otras cosas, nos quisimos. Creo que su amistad fue un don de Dios para mí. Y seguimos cada uno el camino que nos trazó el Señor.

Artículo publicado en EL NOTICIERO

Al golpe de vuestras pisadas

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Desde el 26 de junio de 1975, la Cripta donde descansa el cuerpo del Padre es visitada sin interrupción: en ese pequeño rincón romano rezan hombres y mujeres, personas de edad madura, jóvenes y niños, que acuden a su intercesión ante Dios. Algunos llegan desde países lejanos para poner, en la orilla de su tumba, las inquietudes del alma, las preocupaciones familiares, las peticiones de salud… En muchos casos, para agradecer favores recibidos por la intercesión del Fundador del Opus Dei. Y envían flores desde todos los puntos cardinales del mundo para testimoniar la presencia del amor junto a su sepultura.

Es frecuente que personas procedentes de tierras muy distantes, depositen sobre la lápida que cubre sus restos rosarios y crucifijos, recuerdos familiares. O que dejen en la Cripta un ramo de flores que simboliza el calor de su cariño, de su recuerdo y de su oración.

En la Cripta han rezado muchos Cardenales y eclesiásticos en los días que precedieron a los dos últimos Cónclaves de 1978 para pedir, por la intercesión del Padre, gracia y luz. Es habitual que se presenten también religiosos, encomendándole el aumento de vocaciones para las respectivas Ordenes y Congregaciones.

Cada año, las Misas que se celebran en el aniversario de su fallecimiento, en todos los países del mundo, requieren un templo más amplio porque la afluencia de fieles aumenta como testimonio universal de su fama de santidad.

En Ciudad de México, en 1978, fueron dos mil personas las que asistieron a la Misa en la iglesia de la Santa Veracruz; en 1979, más de diez mil llenaron la nueva Basílica de la Señora de Guadalupe.

En Guatemala, tres mil fieles ocuparon el templo de La Recolección en 1979. Un sacerdote de la diócesis comentó: «los próximos años esta Misa sólo se podrá celebrar en espacio abierto».

En la Holy Family Cathedral de Nairobi, la iglesia más grande de la Archidiócesis, el 2 de julio de 1975 asistieron mil personas. A lo largo de estos años, el número se ha ido multiplicando.

En Buenos Aires han recurrido a la Basílica de la Merced, una de las más amplias de la capital argentina. A pesar de ello, desde el comienzo de la Misa, la gente invadía ya todos los espacios disponibles.

Su intercesión se ha extendido como una ráfaga de confianza por los caminos de la tierra. Es demostrativa la frase que había escrito un conductor de autobús bonaerense, bajo la estampa editada para la devoción privada al Fundador del Opus Dei:

«Pídeselo -¡escucha siempre!».

Cardenales, Arzobispos, Obispos, Superiores de diversas Ordenes y Congregaciones, sacerdotes, religiosos, exponentes de asociaciones de Apostolado; y en la esfera civil, jefes de Estado y de Gobierno, ministros, senadores, diputados, así como entidades de todo tipo, personas de los más variados países y niveles sociales, han elevado sus ruegos al Santo Padre, para que se introduzca la Causa de Beatificación y Canonización de Monseñor Escrivá de Balaguer, de la que esperan un gran bien para toda la Iglesia.

En 1978, el Cardenal Albino Luciani, que ocupará la Silla de Pedro con el nombre de Juan Pablo 1, escribía refiriéndose al Fundador del Opus Dei:

«Fe y trabajo realizado con competencia, para Escrivá van del brazo; son las dos alas de la santidad» (12).

Ante estas realidades, Monseñor Alvaro del Portillo, nombró Postulador de la Causa de Beatificación y Canonización de Monseñor Escrivá de Balaguer al Rev. don Flavio Capucci. Con fecha 15 de marzo de 1980, se dirige a la Sede Apostólica la instancia de concesión del Nihil obstat para introducir la Causa. El Santo Padre Juan Pablo II, el 5 de febrero de 1981, ratifica y confirma lo que ya era decisión afirmativa de la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos, y el 19 de febrero el Cardenal Poletti, Vicario de Roma, da el Decreto para la introducción de la Causa.

En el número de marzo-abril de 1981, la «Rivista Diocesana di Roma» publica este decreto que contiene una síntesis breve de la vida del Fundador del Opus Dei, de su espiritualidad y de las fases preliminares del Proceso.

El 12 de mayo de 1981 comienza en Roma el Proceso de virtudes para la Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, con la primera sesión del Tribunal constituido por disposición del Cardenal Vicario de Roma.

En Madrid, el 18 de mayo, tiene su primera sesión el Tribunal constituido por el Cardenal Enrique y Tarancón que, por disposición de la Santa Sede, recibirá también las declaraciones de los testigos de lengua española.

Tres años más tarde, Monseñor Angel Suquía, Arzobispo de Madrid, clausura, el día 26 de junio de 1984, este Proceso.

El 8 de noviembre de 1986, en la sala de la Conciliazione del Vicariato de Roma, en el Palacio Letrán, tiene lugar la sesión de clausura del Proceso llevado a cabo en la Curia Romana. El Cardenal Ugo Poletti preside la ceremonia como juez ordinario. En lugar preferente, asiste Monseñor Alvaro del Portillo, junto a los miembros del Consejo General y de la Asesoría Central de la Obra. Y más de seiscientas personas entre las que se encuentran numerosas personalidades eclesiásticas: los Cardenales Poupard y Bafile; los Obispos Auxiliares Ragonesi, Marra y Giannini; el Secretario de la Pontificia Comisión para la interpretación auténtica del Derecho Canónico, Monseñor Julián Herranz; y los Embajadores ante la Santa Sede de España.

Se concluye así, a los once años de su muerte, la Instrucción de la Causa de Beatificación del Fundador del Opus Dei, cuya apertura habían solicitado 69 Cardenales y 1.300 Arzobispos y Obispos. Más de un tercio del Episcopado mundial.

En 1985, Monseñor Alvaro del Portillo hacía unas declaraciones a la prensa:

«Nosotros no somos nada, pero con nosotros, que queremos ser miembros vivos de la Iglesia, está la eficacia redentora de Cristo, la omnipotencia suplicante de María, la intercesión de nuestro Fundador, que desde el Cielo vela sobre la Obra que Dios le inspiró el 2 de octubre de 1928. Con este poder llevamos a cabo el fin de la Prelatura Opus Dei»(13).

Desde ese infinito de Dios, que ya no mide el tiempo, el Padre sabe que su espíritu intacto sigue y seguirá vigente en los caminos abiertos al golpe de sus pisadas.

Consummati in unum

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Dice el Evangelio que los amigos de Jesús estaban reunidos en un mismo lugar después de la partida del Maestro. Apiñados. Hasta que el Espíritu Santo, Aquel que Jesucristo les había prometido durante tres años, inundó sus almas y se esparcieron, ahítos de valor y de esperanza, por toda la tierra.

El 26 de junio de 1975, una multitud de corazones afincados en las cinco partes del mundo acompasan su latir en un único afecto, un idéntico afán: Roma. El lugar donde duerme el cuerpo del Fundador. Allí donde un sagrario, que preside el oratorio de Pentecostés, muestra las palabras que hiciera grabar Monseñor Escrivá de Balaguer: Consummati in unum(1).

«¡Todos -con Jesucristo- somos una sola cosa! Que, metidos en la fragua de Dios, conservemos siempre esta maravillosa unidad de cerebro, de voluntad, de corazón. Y que Nuestra Madre, por la que llegan a los hombres todas las gracias -canal espléndido y fecundo-, nos dé con la unidad, la claridad, la caridad y la fortaleza»(2).

Ahora que el Padre se ha marchado, empieza a adquirir una gran fuerza su memoria. Sus palabras cobran todavía más certeza; su espíritu se ahonda y ensancha dentro del alma de sus hijos; las dimensiones de su enseñanza desbordan el sonido de su voz que suena, con gran eco, en el interior de cada uno.

Así adquiere su muerte unas características de intimidad, cariño y exigencia que se hacen, si cabe, más personales. El Padre sigue llenando la casa, con toda la arrolladora vitalidad de su estilo humano y de su perfil ascético. Sus escritos adquieren, de pronto, la perennidad de lo esculpido. Como si la muerte misma les hubiera destinado a la más dilatada supervivencia.

Incluso la casa que alberga esta familia de vínculos sobrenaturales parece repetir el eco de aquella gratitud que imponía su presencia:

«De aquí no se va nadie, hijo mío, porque todos estamos, siempre consummati in unum -solía decir cuando despedía a los que se iban fuera de Roma- (…). Nos sentimos tan unidos, hijos míos, porque todos procuramos vivir dentro del Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús, al que llegamos por medio del Corazón Dulcísimo de María. De manera que estamos siempre muy bien acompañados, en cualquier lugar donde nos encontremos. No perdáis nunca esta unidad (…).

Dondequiera que se halle uno de vosotros, allí estaremos los demás, con toda nuestra ilusión por acompañarle. No nos decimos adiós, ni siquiera hasta luego; continuamos siempre consummati in unum.

Si alguno piensa que está solo en un momento de su trabajo profesional, que es siempre apostolado, o en una labor cualquiera, también siempre inmediatamente apostólica, deberá rechazar enseguida esa tentación. ¡Nadie puede sentirse solo en el Opus Dei! Con nuestro clamor incesante ante el trono de Dios formamos una sola voz, una misma oración, un único latido, porque todos palpitamos con el corazón de la Obra» (3).

En esta unidad irrompible, se avecina el 15 de septiembre de 1975. Es el día fijado para la elección del sucesor del Padre. Festividad litúrgica de Nuestra Señora de los Dolores. Acuden a Roma los Electores representantes de sesenta mil miembros de la Obra repartidos por el mundo. Ciento setenta y dos en total. Cada uno lleva el sentir de sus hermanos. Una inmensa paz se extiende por esta reunión, la primera después de la muerte del Padre, en la Ciudad Eterna. Aquí están aquellos que le siguieron hace tantos años, cuando el Opus Dei era una locura que nadie se atrevía a aceptar. Algunos, también algunas hijas suyas, acompañan ya a Monseñor Escrivá de Balaguer en su última morada: Guadalupe Ortiz de Landázuri, José María Hernández de Garnica, Salvador Canals… Para otros, es la primera oportunidad de acercarse a la tumba del Fundador en la Cripta de Villa Tevere: Francisco Botella, Pedro Casciaro, José Luis Múzquiz, Ricardo Fernández Vallespín…

La nieve del tiempo ha caído sobre sus cabezas. Pero se mantiene viva en la mirada y en el talante interior la misma fe, la misma disponibilidad; la certeza de que el Opus Dei es un «mandato imperativo de Cristo» cuyo depositario fue un hombre elegido por Dios: Josemaría Escrivá de Balaguer.

El día 14, después de una Misa del Espíritu Santo oficiada en Santa María de la Paz, emiten su voto las electoras de la Sección de mujeres de la Obra. Al día siguiente, 15 de septiembre, se reúne y vota del mismo modo la Sección de varones. El escrutinio arroja un plebiscito unánime hacia don Álvaro del Portillo. La Obra entera, en el espíritu de su Fundador, acaba de acogerse a la autoridad y al amor de un hombre fuerte en la fe, compañía del Padre durante cuarenta años. Receptor humilde y constante de sus enseñanzas. Acumulador leal de todas las palabras y actitudes vitales, humanas y sobrenaturales, que constituyen el contenido teológico del Opus Dei. No hay nada que cambiar, nada que modificar. Hay que recoger un tesoro inquebrantable para transmitirlo, intacto, a los que vengan después de esta etapa fundacional que ha terminado el 26 de junio de 1975.

El Romano Pontífice recibirá muy complacido el resultado de la votación. Durante muchos años, don Álvaro pertenece a varios Dicasterios romanos y colabora en los trabajos de la Santa Sede. Enseguida la prensa conoce la noticia oficial. A la pregunta: ¿Qué hará ahora el Opus Dei?, ha respondido el primer sucesor de Monseñor Escrivá de Balaguer:

-«Seguir caminando, hacer lo que hemos hecho siempre, también desde que el Señor se llevó consigo a nuestro Fundador. Seguir caminando con el espíritu que él nos ha dejado definitivamente establecido, inequívoco (…).

En el Opus Dei no hay vértice ni base. Todos somos igualmente hijos de nuestro Fundador, quien nos ha enseñado a poner a Cristo en la propia vida, y que ha dado para siempre a nuestra Institución el carácter sencillo y cordial de una familia bien avenida»(4).

Los días 15 y 16 de septiembre se procede a la elección de los miembros del Gobierno Central de las dos Secciones de la Obra. Quedan constituidos por personas de diversas nacionalidades. El nuevo Presidente General, que es ya el Padre para toda la Obra, habla a sus hijas e hijos de la unidad inquebrantable de todos desde los primeros momentos. Los testimonios recibidos en Roma después del fallecimiento del Fundador han sido un plebiscito de unidad, de amor, de santidad. Y ha añadido:

«He recibido millares de cartas de miembros del Opus Dei de todo el mundo. Es estupendo comprobar que el espíritu es el mismo, independientemente de la raza o la cultura de la persona que escribe» (5) . Don Álvaro dirá, emocionado, que este alud de cariño, este apoyo en unidad «ha sido un río en crecida, pero de agua limpia. Ha sido un diapasón que ha vibrado en toda la tierra con una sola nota muy sobrenatural. Ha sido una maravillosa y divina sinfonía, que no parece de este mundo, la que han cantado al unísono las hijas y los hijos de nuestro santo Fundador»(6).

Las rosas se suceden en la Cripta, donde reposan los restos mortales del Padre. Miles de personas acuden para rezar y rendir su afecto. Aquí, más que en ninguna parte, se escuchan las palabras de aquel ruego:

«Sed fieles, hijos de mi alma, ¡sed fieles! Vosotros sois la continuidad. Como en las carreras de relevos, llegará el momento -cuando Dios quiera, donde Dios quiera, como Dios quieraen el que habréis de seguir vosotros adelante, corriendo, y pasaros el palitroque unos a otros, porque yo no podré más. Procuraréis que no se pierda el buen espíritu que he recibido del Señor, que se mantengan íntegras las características tan peculiares y concretas de nuestra vocación. Transmitiréis este modo nuestro de vivir, humano y divino, a la generación próxima, y ésta a la otra, y a la siguiente»(7).

Ya durante su vida el Fundador decía -poniendo buen humor al hecho de desaparecer de la escena cotidiana- que, cuando muriera, no tenía que ocurrírseles convertir sus habitaciones en una especie de museo. Todo lo contrario. Debía ocuparlas inmediatamente su sucesor. Esta decisión práctica estuvo siempre muy unida a un carácter entrañable para los objetos y las situaciones. Lo que tenía un valor simbólico se guardaba con esmero. Lo que servía para la vida ordinaria, de trabajo, de utilidad para Dios y para los demás, se usaba sin el menor reparo hasta agotar sus posibilidades.

Por eso pidió que las habitaciones del Fundador fuesen siempre un lugar de trabajo, sin reservas. Y por este deseo, don Álvaro del Portillo las ocupará después de su elección. Sobre una pared, enmarcadas, se leen estas palabras: Cursum consummavi, fidem servavi. He terminado mi carrera, he guardado la fe (8).

Y más abajo, otra inscripción en latín: et tu confirma filios meos. Confirma a mis hijos.

Don Alvaro explicará en una tertulia, que estas palabras son el eco de aquella historia familiar conmovedora que se remonta a los años cuarenta, cuando don Leopoldo Eijo y Garay, entonces Obispo de Madrid llamó al Fundador de la Obra y le dijo aquellas palabras de Cristo a Pedro: «”ecce Satanas expetivit vos, ut cribraret sicut triticum”: Os removerá, os zarandeará, como se zarandea el trigo para cribarlo. Luego añadió: yo rezo tanto por vosotros… Et tu… confirma filios tuos!: Tú, confirma a tus hijos. (9)». Y colgó…

Hoy queda grabada esta frase como un alerta para cuidar de esa multitud que debe recibir la fortaleza de fe.

El 5 de marzo de 1976, el Papa concede una audiencia a don Álvaro del Portillo. Acaban de dar las doce de la mañana. Unos minutos después, es introducido ante Pablo VI. El Romano Pontífice le recibe en pie, apoyado sobre la mesa de trabajo. Levanta sus brazos, cuando le tiene cerca, y le felicita con gran cariño.

-«Santidad, agradezco mucho esta felicitación, pero yo pido al Santo Padre que tenga conmigo la caridad de concederme su Bendición Apostólica y sus oraciones. Porque soy el sucesor de un santo, y eso no es nada fácil.

-“Ma adesso il santo é in Paradiso, e ci pena lui”; ahora el santo está en el Cielo, y él se preocupa de llevar la Obra adelante».

Durante una hora larga el Papa hablará con don Álvaro, afirmando que Monseñor Escrivá de Balaguer es uno de los hombres que han recibido más carismas, más gracias de Dios, a lo largo de toda la historia de la Iglesia, y que siempre ha respondido con generosidad, fiel a esos dones divinos.

Y añadirá que, si quieren ser fieles a la Iglesia… han de ser muy fieles al espíritu de su Fundador. Y continúa: «Usted, siempre que deba resolver algún asunto, póngase en presencia de Dios, y pregúntese: en esta situación, ¿qué haría mi Fundador?; y obre en consecuencia. Diga a todos sus hijos y a todas sus hijas que, siendo fieles al espíritu del Fundador, servirán a la Iglesia -como la han servido hasta ahora- con eficacia, con profundidad, con extensión».

Luego se preocupará de que sus escritos, palabras, enseñanzas estén recogidos y a salvo de cualquier pérdida, porque… «es un tesoro, no solamente para el Opus Dei, sino para toda la Iglesia»(10).

Monseñor Álvaro del Portillo relata a Pablo VI anécdotas del Padre, el carácter de sus últimas y masivas reuniones en el mundo entero, la variedad de hijos que componen la Obra… Y le entrega unas fotografías del reciente terremoto de Guatemala. Una familia, menguada por la desgracia, trabajadores de la tierra, reza junto a los escombros de su casa. Tienen hijos en el Opus Dei.

Cuando don Álvaro regresa a Villa Tevere contará algunas de las afirmaciones de Su Santidad. Para ello ha pedido al Santo Padre el correspondiente consentimiento, que le otorga encantado.

Estas palabras del Romano Pontífice son la mejor confirmación de la fama de santidad del Fundador. La Obra sigue su camino, en unidad perenne, sin fisuras. Para servir a la Iglesia «como ella desea ser servida».

«En el Opus Dei tenemos un cariño extraordinario y una gran veneración por la persona del Papa: un cariño y una veneración que queremos que sea mayor cada día. En mi deseo de servir a la Iglesia, yo he procurado siempre que mis hijos amen mucho al Papa» (11).

Por voluntad expresa de Pablo VI, don Álvaro del Portillo eleva hoy su oración por el Vicario de Cristo y por la Iglesia aquí, en la Cripta. En el borde mismo de la tumba del Fundador. Un puñado de rosas rojas simboliza la fecundidad de esta oración avalada por el sacrificio.

26 de junio de 1975

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Un sol ardiente se abate sobre las calles de Roma. Faltan pocos minutos para las ocho de la mañana y el Padre está celebrando la Santa Misa en el oratorio de la Santísima Trinidad. Le ayuda don Javier Echevarría. Salve Sancta Parens… Salve Santa Madre… se oyen espaciosas las palabras que la Iglesia dedica a la Virgen. El día tiene la nitidez propia de un cuadro de Fra Angelico. Pocas fechas antes, el Fundador ha comentado a los alumnos del Colegio Romano:

«Tengo la devoción de celebrar frecuentemente -cuando lo permite la liturgia- la Misa de la Santísima Virgen; me parece que os lo he dicho alguna vez. Y hay una vieja oración, en la que el sacerdote pide la salud mentis et corporis, y después la alegría de vivir. ¡Qué bonito!»(22).

A las nueve y media sale de Villa Tevere el coche que conduce a Monseñor Escrivá de Balaguer, don Álvaro del Portillo y don Javier Echevarría, a Castelgandolfo. Falta poco para que el Padre emprenda un viaje a España y quiere, antes de salir de Roma, despedirse de sus hijas en la Residencia Internacional Villa delle Rose. Nada más abordar la carretera empiezan a recitar los misterios gozosos del Rosario. El saludo de Gabriel; el brío de María cruzando la montaña ante la Buena Nueva; la Palabra de Dios ha plantado su tienda entre los hombres… Se acompasan las Avemarías con el sonido del motor. Allá queda Via Salaria, desde donde se alcanza a ver Cavabianca: «Podríamos ir esta tarde… »(23), dice el Padre. La autopista de circunvalación y, por fin, la Via Appia. A las diez treinta, llegan al Colegio Romano de Santa María. El lago de Albano tiene hoy una calma inmóvil. Esperan a la puerta del garaje algunas profesoras, que le saludan al descender del coche. Trae unos regalos para las alumnas: un pequeño adorno para la casa y unos dulces. Antes de seguir pasa por el oratorio, se arrodilla pausadamente en el presbiterio y saluda al Señor de la casa. Sube hacia el «soggiorno» hablando, de camino, a cuantas alumnas encuentra: Agatha, vestida con el traje nacional de Kenya, Liz, de Estados Unidos, y una que ha llegado de Filipinas. Este año viven en Villa delle Rose personas de los cinco Continentes.

Un cuadro preside el cuarto de estar: es la Virgen con el Niño que perteneció a doña Dolores Albás y fue testigo de sus últimas horas. El Padre le envía una mirada afectuosa: es un recuerdo de muchos años. Una imagen dulce y sonriente que ha acompañado una buena parte de la historia del Opus Dei. Después se sienta junto a la chimenea y espera que se acomoden todas.

«Tenía muchas ganas de venir. Estamos terminando estas últimas horas de estancia en Roma para acabar unas cosas que tenemos pendientes; de modo que ya, para los demás no estoy sólo para vosotras»(24).

Les habla del aniversario de la ordenación de los tres primeros sacerdotes de la Obra, que han celebrado el día anterior; y de los cincuenta y cuatro que van a recibir este año el sacerdocio.

«Cincuenta y cuatro: parecen muchos (…). Sin embargo, son muy pocos: enseguida desaparecen. Como os digo siempre, esta agua de Dios que es el sacerdocio, la tierra de la Obra la bebe corriendo: desaparecen enseguida». (25)

Y entonces, les pide que ayuden también ellas desde su condición laical pero con alma sacerdotal. Metidas en el tráfago temporal como cosa propia, pero santificando, elevando las realidades temporales al orden de la gracia. Este es un sacerdocio real, distinto del ministerial, mediante el que los no ordenados pueden cristianizar el mundo.

Habla durante veinte minutos y siente tener que marcharse pronto, pero se encuentra un poco mareado; tal vez, porque el calor ha pegado fuerte sobre la carretera al venir desde Roma. Bromea sobre ello y pasa unos minutos a un despacho para recuperarse. No pide más que un vaso de agua. Tras esta brevísima pausa, baja hacia el coche y sigue poniendo la nota de buen humor por la casa. Se despide del Señor en el oratorio y entra en el coche. Todavía tiene tiempo de excusarse por no haber prolongado más su visita:

«Perdonadme, hijas, por la lata que os he dado (…). Hijas mías, adiós»(26).

El coche rueda por la carretera a las once y veinte de la mañana. Durante el regreso se le nota cansado, pero sereno y contento. Sigue la conversación con toda normalidad y, a punto de dar las doce, entran en Villa Tevere. Desciende con rapidez y saluda a los que están abriendo las puertas. Al entrar en la casa, va hacia el oratorio y saluda con genuflexión pausada y sin palabras. Quizá dirá interiormente y del modo habitual: Adoro te, devote, laten deitas…. «Te adoro, divinidad escondida… ».

Sube en el ascensor hasta el segundo piso, donde se encuentra el despacho de don Álvaro, que es también el cuarto donde suele trabajar el Padre. Monseñor Escrivá de Balaguer camina hacia la puerta, se apoya en el quicio: un cuadro de la Virgen de Guadalupe aparece colgado sobre la pared de la izquierda. Apenas una mirada breve, como suele hacer siempre… Y llama con voz débil a don Javier, que está todavía cerrando las puertas del ascensor. Después se desploma en el suelo.

Don Álvaro, que ha llegado inmediatamente, le sostiene con sus brazos. Todavía respira, pero es evidente la gravedad, y se oye la voz de este hijo mayor que recita, entrecortadamente, las palabras de la Absolución y de la Extremaunción.

Han transcurrido sólo unos segundos cuando llegan los médicos. Durante una hora y media larga pondrán en juego todos los medios humanos para retener la vida en ese cuerpo que no responde a ningún estímulo: oxígeno, masaje cardíaco, medicamentos. Todos rodean la escena estremecidos. El Fundador yace, exánime, en el suelo de esta habitación donde ha consumido su vida de trabajo. Sobre una librería corrida, que ocupa la mitad de la pared, un Crucifijo preside la escena. En la mente de todos hay un ofrecimiento implícito: la vida a cambio de los latidos de este corazón que acaba de romperse para siempre.

Mientras esperan contra toda esperanza, a las doce cuarenta y cinco, don Álvaro llama a las personas que forman el Gobierno Central de la Sección de mujeres y pide que recen con mucha intensidad por algo muy urgente. En los oratorios, sin saber cuál es el motivo, se reza intensamente en silencio.

Poco después, a las dos menos cuarto, vuelve a llamar para decir que el Padre acaba de morir. La noticia, como un reguero de hielo, cruza la casa. Inmediatamente se informa a la Secretaría de Estado de la Santa Sede, para ponerlo cuanto antes en conocimiento del Romano Pontífice, y, unos minutos más tarde, se transmite a los Centros de Italia y de todo el mundo. El estupor es absoluto. Nadie hubiera podido imaginar que una actividad tan grande podía encontrarse tan pronto con la muerte. Porque el Padre caminaba por sus setenta y tres años con el vigor de la juventud, aunque muchas veces le acechase el cansancio. Pero volvía a la carga, con la misma jovial intensidad. La mayor parte de sus hijos le han conocido personalmente; han recibido de sus labios una palabra de cariño, de estímulo, de claridad. Todos se apoyan en la fortaleza de su espíritu, de su buen humor imbatible. Y este hecho inesperado ha tenido lugar en unos minutos. En el despacho de don Alvaro, un grupo de hombres llora serenamente sin apartar los ojos de esa figura tendida que viste su traje sacerdotal. Una paz inefable modela sus rasgos. Recuerdan que la Virgen de Guadalupe recibió, allá en Jaltepec, junto a la laguna de Chapala, el deseo apasionado del Padre: «Quisiera morir así: mirando a la Virgen Santísima y que Ella me entregase una flor… »(27).

Apenas le ha enviado un saludo, nublado por la muerte, y el alma de Monseñor Escrivá de Balaguer cruza el umbral de la eternidad.

Hoy precisamente, se cumplen treinta y un años del día en que don Alvaro le impartiera la primera absolución después de ser ordenado sacerdote. También las manos consagradas de este hijo suyo han firmado el perdón, en este 26 de junio de 1975.

A excepción de las pocas personas que han permanecido en el despacho, ayudando las indicaciones de los médicos, el resto se encuentra repartido por los oratorios o en una sala próxima a la habitación donde se ha intentado reanimar al Padre. Cuando todo ha terminado, don Alvaro sale, sereno pero destrozado por el dolor, y les invita a entrar para que puedan rezar ante los restos del Fundador. Uno a uno, van acercándose. Después, colocan el cuerpo sobre una tabla cubierta con una colcha blanca. Los hombres que forman parte del Consejo General de la Obra en Roma, alzan este sencillo catafalco en sus brazos, para transportarlo con infinito cuidado por los pasillos de Villa Tevere hasta el oratorio de Santa María de la Paz, donde se instalará la capilla ardiente. La casa está invadida de un silencio impresionante. Pasillos, escaleras, «cortili»… hasta las paredes parecen escoltar el cortejo en este repentino adiós. Cuántas veces el Padre ha repetido: «Estos muros parecen de piedra, pero están hechos de amor»(28). Por el esfuerzo, la fe y la esperanza que ha costado levantarlos. Va tendido con la sotana negra. Los pies calzados. Las manos cruzadas sobre el pecho. El gesto en una entrega de total serenidad.

Sobre un paño negro, cubierto también por una sábana blanca, se deposita el cuerpo al llegar al oratorio. Inmediatamente después, le revisten con los ornamentos sacerdotales: alba de encaje, casulla roja con el sello de la Obra. En las manos, el crucifijo que sostuvo San Pío X a la hora de la muerte.

Don Álvaro del Portillo celebra la primera Misa de corpore insepulto. Se preparan los mejores ornamentos y vasos sagrados que hay en la casa. A pesar del intenso dolor, todos sienten la seguridad de que Monseñor Escrivá de Balaguer ha llegado a los brazos de Dios. El cáliz es el que conmemoró los cuarenta años de la Fundación de la Sección de mujeres de la Obra; la palia, con el dibujo del Buen Pastor, regalo al Padre en sus Bodas de Oro sacerdotales. A partir de este momento, se sucederán los sacerdotes celebrando ininterrumpidamente Misas de Requiem. Las palabras de la liturgia suenan consoladoras y serenas: «Dales Señor el descanso eterno, y brille sobre ellos la luz perpetua». «Bienaventurados los que mueren cerca del Señor, porque sus obras les acompañan… ». El oratorio de Santa María de la Paz brilla como un ascua. Al fondo, la Virgen sostiene al Niño en actitud tranquila. Y allí, en el suelo, la quietud del Padre que estrecha en el dolor esta fraterna unidad de corazones…

Empiezan a llegar personalidades eclesiásticas y civiles. Monseñor Benelli, Sustituto de la Secretaría de Estado del Vaticano, es portador del afecto y sentimiento del Papa. Cardenales, Obispos, sacerdotes, embajadores, profesionales, obreros y un sin fin de miembros de la Obra, Cooperadores y amigos. La prensa hace su aparición en grupos sucesivos. Don Álvaro los recibe a todos. A pesar de la intensidad de los acontecimientos, atiende a todo el mundo. Siempre encuentra una palabra de afecto. Santiago Escrivá de Balaguer y su mujer, acompañados por los hermanos de don Álvaro del Portillo, llegarán hacia las once y media de la noche. Durante toda la noche los miembros del Opus Dei velarán al Padre. Todos dejarán, entre sus manos, el más hondo y entrañable propósito de fidelidad.

Un periodista que hasta hoy no ha comprendido muy bien la Obra, escribe:

«Permanecimos unos momentos contemplando la escena solemne, sobrecogedora, cargada de emoción. En los reclinatorios, dispuestos perpendicularmente respecto al altar, los residentes en la casa y algunos llegados de fuera, seguían el Santo Sacrificio con las miradas clavadas en el rostro pálido, extraordinariamente sereno, del Fundador. Algunos hacían un esfuerzo visible para contener las lágrimas. No había ataúd, y el cuerpo estaba tendido, sencillamente, sobre un lienzo blanco: more nobilium, como se dice en Roma: o sea, a la usanza de los nobles que, enaltecidos en vida, se humillan ante la muerte y renuncian a catafalcos»(29).

El día 27 de junio, hacia las doce, don Álvaro del Portillo, en uno de los breves ratos que le permite su atención a cuantos reclaman su consejo, se aproxima al Padre. Toma tres rosas rojas de las que rodean el cuerpo, y las deposita a los pies del Padre mientras los besa y recita en latín las palabras de San Pablo: «¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian el bien!»(30).

La hora de la Misa exequial solemne está fijada para las seis de la tarde. El entierro será en la Cripta de Santa María de la Paz, dentro de la Sede Central del Opus Dei. El coro del Colegio Romano de la Santa Cruz interpreta la antífona In paradisum y el Himno de Zacarías. Don Álvaro preside el cortejo, y el féretro se carga a hombros de seis miembros de la Obra.

«Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá. Y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre» (31).

Se accede a la Cripta descendiendo una empinada escalera que se abre en el oratorio de Santa María, junto al presbiterio. A la entrada de la Cripta, en la pared de la derecha, hay una lápida escrita en latín que el Padre hizo colocar:

«Esta Cripta fue construida en perpetua memoria de todos los difuntos del Opus Dei, para que los que en ella duermen en el Señor -sin que por esto hayan de considerarse distinguidos por un privilegio especial- muevan suavemente nuestro espíritu al santo y saludable recuerdo de nuestros hermanos de las dos Secciones que, en espera de la resurrección, reposan por todas las regiones de la tierra; y nos induzcan a elevar a Dios fervientes oraciones para que, revestidos de cuerpo inmortal, nos alegremos juntamente con ellos en el Cielo; y, consumados en la unidad, nos deleitemos con goces sempiternos; teniendo siempre presente que nadie será coronado si no hubiere combatido con valor. Rogad, pues, por todos nuestros difuntos. Salud para siempre en Cristo»(32).

La arquitectura románica del recinto hace sonreír a sus imágenes desde la ingenuidad de la piedra. En el centro, elevada a pocos centímetros del suelo, la losa de mármol verde oscuro que hoy se ha retirado para dejar paso a los restos de Monseñor Escrivá de Balaguer. El techo de la antecripta muestra un artesonado lleno de luceros.

Unas cuerdas gruesas dejan caer lentamente el ataúd. Van a cerrar la tumba obreros que han construido Villa Tevere, Cavabianca y Villa delle Rose. Están emocionados, llorando. Cuando acaban su trabajo, la losa cubre, definitivamente, la sepultura del Padre. El sello de la Obra y dos fechas: 9-1-1902 y 26-VI-1975, delimitan el tiempo de una vida que no tuvo límites para el amor de Dios y del mundo. Con letras de bronce queda escrito, sobre la lápida, su mejor título: EL PADRE. En la intimidad de las mujeres y de los hombres del Opus Dei empieza a desbordarse la ayuda espiritual del Fundador, que ahora tiene -por su intercesión ante Dios-, más que nunca, audiencia libre en todos y cada uno de sus hijos.

Mientras tanto, la noticia ha cruzado la tierra. Se ha intentado comunicar por teléfono, en los primeros momentos, con los miembros de cada país. Pero las demoras imponen la expedición de telegramas.

En Australia se conoce el hecho durante la madrugada del 27 de junio. En Alemania, Francia y Austria el teléfono suena a las cinco de la tarde del día 26. La primera zona de Sudamérica que recibe la notificación es Ecuador, a las 3,45 de la tarde, cuando en Roma apuntarían las diez de la noche. En algunos casos, unos países se hacen cargo de comunicar con los más inmediatos. Así, Montreal puede hablar con Nueva York antes de que llegue la noticia de Roma. Lo mismo ocurre con Suiza. En Japón, no podrán enterarse hasta la mañana del día 27. Argentina, Paraguay y Uruguay lo saben casi al mismo tiempo. Dublín también sufre retraso hasta el día 27. Y Londres se entera a través de una llamada particular que ha llegado de España. Bruselas, Portugal y Brasil conocen la muerte del Padre el mismo día veintiséis. Las respuestas serán inmediatas. Así es la de Kenya:

«Ahora nos vamos a descansar, pero con el corazón vigilante en Roma, velando con vosotros a nuestro Padre. Y nos hacemos miles de preguntas que tendrán que esperar unos días a saber la respuesta: ¿a qué hora murió?, ¿qué dijo?, ¿estaba enfermo?, ¿qué pasó? (…). Inmediatamente empezarán las Misas por el eterno descanso de su alma. ¡Día de gran fiesta en el Cielo!»(33).

Una vez que Radio Vaticano se hace eco del fallecimiento, el mismo día 26, la noticia es ya oficial y del dominio público. Las cartas de personalidades de las letras, de las artes, de las ciencias y de multitud de gentes sencillas, se amontonarán en Villa Tevere.

El sábado 28 de junio a las once de la mañana tendrá lugar el Funeral solemne en la Basílica de San Eugenio de Roma. Unas horas antes, ha llegado a Bruno Buozzi un nuevo telegrama del Santo Padre Pablo VI, reiterando su oración por el Fundador de la Obra, con la persuasión de que era un alma especialmente elegida y amada por Dios. También don Álvaro del Portillo recibe una carta personal del Vaticano escrita en nombre de Su Santidad.

Desde las diez de la mañana, empieza a llenarse la Basílica de San Eugenio. En la presidencia, don Álvaro del Portillo. Asisten Monseñor Benelli en representación del Papa y también los Cardenales Violardo, Ottaviani, Fürstemberg, Baggio, Palazzini, Mozzoni, Aponte y Casariego. Obispos, sacerdotes y superiores de Ordenes y Congregaciones religiosas.

Los bancos y espacios libres de la iglesia se encuentran repletos. Todos cuantos han conocido el espíritu del Padre acuden a esta despedida oficial. El público reza, sigue la liturgia con piedad, paladea despacio las oraciones de la Misa de Requiem que la Iglesia Católica eleva por los que han llegado ante el juicio de Dios. Durante algunos momentos, el organista pulsa notas de canciones que el Padre ha lanzado al viento por muchos caminos. Canciones con sabor de Navidad en las laderas del Somontano; canciones de amor humano a lo divino; notas que hablan de soles y trigos, de nieves y amaneceres; de paz y coraje. No existe el protocolo para este recuerdo que es, fundamentalmente, entrañable. Por eso suenan, en su Funeral, las alegrías que ha llevado en el alma y que ha dejado, como mejor testamento, a sus hijos.

Cuando don Mario Lantini, Consiliario del Opus Dei en Italia, tiene que pronunciar unas palabras, incoa su homilía con esta afirmación de recia esperanza que el Padre repetía en la Pascua de Resurrección:

«Cristo vive. Esta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado, ha triunfado de la muerte (…), del dolor y de la angustia» (34)

Y así es. También hoy, por encima del dolor, brilla el espíritu de la resurrección. Por eso, cuando termina la ceremonia, esta multitud que llena sus naves sale al sol romano sin angustia, con la alegría de una buena nueva; algunos con una rosa roja que han recogido del altar donde se han pronunciado las palabras litúrgicas: «la luz que brilla para siempre».

Mientras, en la Cripta de Santa María de la Paz ha empezado un desfile de visitantes que ya no cesará en los años venideros. Muchos envían rosas a la tumba de un hombre que sólo ha deseado una cosa: hablar de Dios, hacer la santidad asequible, desligarla de imposibles y meterla en las incidencias cotidianas de los cristianos. Y clamar por la exigencia grande y maravillosa de la llamada de Cristo a los hombres. Esta es, en silencio, su última catequesis.

La prensa publica, pocas fechas después de su muerte, multitud de artículos sobre el perfil humano y sobrenatural del Fundador, sobre las dimensiones y finalidades del Opus Dei.

Así, las palabras del Cardenal Ugo Poletti, Vicario General de Roma: «La Diócesis de Roma debe mucho a tantos Fundadores de Institutos Religiosos, Asociaciones y actividades apostólicas que se han desarrollado en la Urbe. Monseñor Escrivá de Balaguer, personalidad de una inagotable riqueza espiritual, se suma a esta admirable serie de hombres de Dios»(35)

Y las del Cardenal primado de España, Marcelo González Martín, Arzobispo de Toledo:

«Me he preguntado cuál sería el secreto de este gran sacerdote del Reino de Cristo en la Iglesia de nuestro tiempo. Y he aquí la reflexión que hago a raíz de su muerte, que hirió su corazón con un movimiento brusco y suave a la vez, como eran los suyos propios. ¡Cuánto ardimiento en aquel hombre excepcional que se pasó la vida sin conocer el sosiego, ni siquiera el que proporciona a tantos otros la última enfermedad! »(36)

Y las frases del periodista español Manuel Aznar:

«No recuerdo a nadie que, con tanta espontaneidad, con naturalidad tan admirable, uniera en un solo haz lo natural y lo sobrenatural; Dios y el hombre; el hombre y Dios. Esa dificilísima empresa de tener presentes las inspiraciones sobrenaturales en medio de las más menguadas trivialidades de la humana existencia, se cumplía en el Fundador del Opus Dei sin la menor apariencia de esfuerzo, sin rechinamientos a la hora de ajustar las inquietudes del más allá con las realidades del más acá»(37).

Y Raffaello Cortesini, Catedrático de Cirugía Experimental de la Universidad de Roma:

«Al recordar el limpio ejemplo de coherencia humana y de virtudes sacerdotales del Fundador del Opus Dei, creo un deber subrayar -precisamente cuando la sociedad civil y la eclesiástica están sometidas a todo tipo de tensiones- cómo Monseñor Escrivá de Balaguer ayudó a cuantos le conocían a descubrir que el camino de la verdadera libertad y del respeto a la legítima autonomía de cada persona es una premisa indispensable para el encuentro con Cristo, para reconocer a Jesús que pasa a nuestro lado »(38).

Y el Cardenal Sebastiano Baggio:

«El quiso que este camino trazado para sus hijos espirituales, en una síntesis fascinante, sin fracturas y sin diafragmas, de lo que es ser hombre y de lo que es ser cristiano, se titulase “De la Santa Cruz y del Opus Dei”. “El Señor -confiaba a los suyos en una de sus homilías- se nos manifiesta cada vez más exigente, nos pide reparación y penitencia, hasta empujarnos a experimentar el ferviente anhelo de querer vivir para Dios, clavado en la Cruz juntamente con Cristo”. En medio de dificultades, de contradicciones, de incomprensiones y de hostilidades, era este ferviente anhelo lo que alimentaba la contagiosa serenidad y el inquebrantable optimismo de Monseñor Escrivá de Balaguer»(39).

Y el Cardenal Sergio Pignedoli:

«Por eso lo siento muy próximo, como alguien de la familia. Me vienen a la memoria las palabras de San Juan Crisóstomo ante la muerte de un amigo queridísimo: “Te amamos y te pedimos. Tú ya no estás donde estabas, pero estás en cualquier sitio en donde nosotros estemos”» (49).

Las basílicas, iglesias y catedrales del mundo, acogen estos días una multitud. La misma que había acudido a verle y escucharle otras veces. Ahora vienen a rezar por este sacerdote que pertenece ya al acervo del Catolicismo. A la raza -como él repetía-, única raza, de los hijos de Dios.


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