2 de Octubre de 1928

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Todo sucedió de una forma sencilla. El 2 de octubre de 1928 don Josemaría se encontraba en la Casa Central de los Paúles de Madrid, participando en unos ejercicios espirituales con otros sacerdotes de la diócesis. Era la fiesta de los Angeles Custodios. Bendecid al Señor, Ángeles del Señor —había rezado, por la mañana, al celebrar la Eucaristía— cantadle un himno y exaltadle por los siglos de los siglos.

Se retiró a su habitación; y cuando releía las notas en las que había recogido las mociones que había recibido de Dios en los últimos diez años, vio la misión que Dios le confiaba: difundir por toda la tierra el mensaje evangélico de la llamada universal a la santidad, mediante la santificación del trabajo y la vida cotidiana.

En aquel instante supo, con certeza plena, que debía dedicar su vida entera a esa misión, a esa tarea. “Eso” era por lo que venía rezando desde su adolescencia: lo había vistover fue el verbo que empleó siempre para designar aquel momento decisivo— mientras repicaban las campanas de la cercana iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles. Aquel voltear jubiloso, comentaba años después, nunca ha dejado de sonar en mis oídos

Y él… ¿qué era? Un sacerdote joven, sin medios económicos, recién llegado a Madrid, con una familia a su cargo… Tenía yo veintiséis años, la gracia de Dios y buen humor: nada más. Perono se desanimó. Se hizo este planteamiento sobrenatural: así como los hombres escribimos con la pluma, el Señor escribe con la pata de la mesa, para que se vea que es Él el que escribe: eso es lo increíble, eso es lo maravilloso.

Desde aquella mañana de octubre de 1928 la Obra de Dios, el Opus Dei, fue una realidad, aunque sólo contase con una persona: la del fundador.

Su mensaje chocó con la mentalidad de la época. Muchos se asombraban al escuchar de sus labios que todos estamos llamadas a la santidad. ¿Cómo? ¿No estaba reservada la santidad a unos cuantos privilegiados? Simples cristianos —enseñaba don Josemaría—. Masa en fermento. Lo nuestro es lo ordinario, con naturalidad. Medio: el trabajo profesional. ¡Todos santos!

La Prelatura del Opus Dei

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

El Opus Dei es una prelatura personal de la Iglesia Católica, erigida por Juan Pablo II el 28 de noviembre de 1982 mediante la Constitución apostólica “Ut Sit”. En la actualidad forman parte de esta prelatura más de 80.000 personas de los cinco continentes. La sede central del Opus Dei —con la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz— se encuentra en Roma. El primer prelado del Opus Dei fue Mons. Álvaro del Portillo (1975-1994). Le sucedió en 1994 Mons. Javier Echevarría.

La finalidad del Opus Dei es contribuir a la misión evangelizadora de la Iglesia, promoviendo entre los fieles cristianos una vida coherente con la fe en las circunstancias ordinarias, a través de la santificación del trabajo.

Santificar el trabajo” significa trabajar según el espíritu de Jesucristo: realizar la propia tarea con perfección, para dar gloria a Dios y para servir a los demás, haciendo presente el espíritu del Evangelio en todas las realidades temporales.

Para alcanzar ese fin, el Opus Dei proporciona formación espiritual y atención pastoral a sus fieles y a las personas que se acercan a sus apostolados, estimulándolas a llevar a la práctica las enseñanzas del Evangelio, mediante un trabajo realizado con perfección, cara a Dios, y el ejercicio de las virtudes cristianas: lealtad, laboriosidad, alegría, etc.

Los fieles del Opus Dei

Forman parte de esta realidad eclesial numerosos hombres y mujeres, que han elegido vivir el celibato por razones apostólicas. La gran mayoría de los fieles —un setenta por ciento del total— están casados, y para ellos la santificación de los deberes familiares forma parte primordial de su vida cristiana.

Hay numerosos sacerdotes diocesanos que buscan la santidad en el ejercicio de su ministerio según el carisma del Opus Dei. La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz —asociación de clérigos intrínsecamente unida al Opus Dei— les proporciona aliento apostólico y acompañamiento espiritual. Los sacerdotes de esta Sociedad Sacerdotal dependen de su obispo diocesano a todos los efectos.

Medios de formación

Escrivá definió el Opus Dei como una gran catequesis. Con esta expresión caracterizaba la tarea evangelizadora del Opus Dei: dar una profunda formación cristiana a los fieles de la Prelatura y a las personas que se acercan a sus apostolados.

El medio habitual de esa catequesis es el apostolado que cada fiel realiza en su entorno familiar y en el círculo de sus amistades y conocidos.

La formación que da esta Prelatura —ya sea de carácter doctrinal, ascético, apostólico, humano o profesional— se imparte de modo personalizado, según las circunstancias de las personas a quienes se dirija, con variedad de formulaciones y acentos específicos, según el lugar y situación de cada uno. En unos casos serán unas lecciones de teología en el colegio de los hijos o unas clases de doctrina cristiana en un Centro del Opus Dei; en otros, unos retiros espirituales en la parroquia o unos coloquios sobre ética profesional en el domicilio de uno de los promotores. El apostolado —decía Josemaría Escrivá— es un mar sin orillas.

Información

Para más información sobre el Opus Dei, se puede consultar Romana, boletín oficial de esta prelatura, de periodicidad semestral, que informa con amplitud de la situación del Opus Dei en todo el mundo: nombramientos para los órganos de gobierno, apertura de nuevos centros, actividades de las labores apostólicas, etc.

Romana se publica en italiano, inglés y castellano, y se distribuye por suscripción, que puede solicitarse a

En castellano. Romana. Boletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, Vitruvio 3, 28006, Madrid (España). E-mail: romana-es@opusdei.org

En inglés. Romana. Bulletin of the Prelature of the Holy Cross and Opus Dei, 524 North Avenue, suite 200, New Rochelle, NY 10801 (USA). E-mail: romana-usa@opusdei.org

En italiano. Bollettino della Prelatura della Santa Croce e Opus Dei, San´t Agostino 5 A, Roma (Italia). E-mail: romana-it@opusdei.org

Oficina de información de la Prelatura del Opus Dei en España

C/ Vitruvio, 3. 28006 Madrid.

Tel. 915 634 782

Fax: 914 117 426

E-mail: info@opusdei.es

www.opusdei.es

Nacimiento: Barbastro, 9 de enero de 1902
Ordenación sacerdotal: Zaragoza, 28 de marzo de 1925
Fundación del Opus Dei: Madrid, 2 de octubre de 1928
Fallecimiento: Roma, 26 de junio de 1975
Beatificación: Roma, 17 de mayo de 1992
Canonización: Roma, 6 de octubre de 2002

Madrid, 1929-1930

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Aquí estoy, Señor, porque me has llamado (I Sam. III, 5, 6 y 9).

Don Josemaría ha repetido muchas veces estas palabras a partir del 2 de octubre de 1928. Al mismo tiempo, se da cuenta de lo inmensa que es la tarea, tanto más aplastante en cuanto que no procede -lo sabe perfectamente- de una inspiración momentánea, sino de un proyecto divino ajeno a él por completo. Frente a esta perspectiva gigantesca, ¡qué irrisorios son los medios!… Empezando por él mismo, piensa. Instrumento inepto y sordo que tanto ha tardado en ver lo que Dios le pedía… No tiene otra cosa que sus veintiséis años, gracia de Dios y buen humor.

La gracia de Dios no le ha de faltar. Por eso, su primer movimiento espontáneo, tras ese 2 de octubre de 1928, ha sido rezar todavía con más intensidad, siguiendo una lógica sobrenatural ajena por completo a la lógica humana: primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en tercer lugar, acción.

¿Cómo ser fiel a esa voluntad divina si Dios mismo no lleva a cabo la tarea fundamental? Señor, ¡no puedo!, ¡no valgo!, ¡no sé!, ¡no tengo!, ¡no soy nada!… Estas palabras, pronunciadas a menudo desde que, a los quince años, tuvo los primeros presentimientos, las repite ahora con más convicción todavía. Como compensación, le proporcionan una gran confianza en el futuro, “plenamente persuadido de que todo cuanto Dios tiene prometido, es poderoso también para cumplirlo” (Rom. IV, 21).

Abriendo brecha

Purificarse interiormente, reparar por sus faltas de correspondencia y por todos los pecados del mundo, unido a Cristo crucificado, para ser lo más dócil posible a lo que Dios quiere…

Ignem veni mittere in terram! (Lc. XII, 49), cantaba en su adolescencia; tanto, que su hermano pequeño se había aprendido la melodía, a fuerza de oírsela repetir… Sí, se trata de un fuego divino, que habrá que encender y propagar por todos los rincones de la tierra. ¡Cuánta fuerza necesita para que ese fuego no sea un fuego fatuo: ilusión, mentira de fuego, que ni prende en llamaradas lo que toca ni da calor. Sin embargo, el fuego sólo puede brotar de la generosidad. ¡Qué hermoso es perder la vida por la Vida!. El amor, hay que probarlo. ¡Y hay tanto que hacer! En realidad, todo, puesto que nada existe de esa gran obra que el Señor quiere que se realice, por mediación suya.

Así pues, Josemaría se entrega de lleno a una serie de mortificaciones -cilicio, disciplinas, ayunos- que hace cada vez más severas, mientras trabaja intensamente y ofrece su cansancio por la misma intención.

¿Quién ha dicho que las penitencias corporales eran cosa de los siglos oscuros de la Edad Media? En pleno siglo XX, en Madrid, en el umbral de los años 30 -que algunos han llamado “los años locos”- un joven sacerdote de veintiséis años que se siente impotente y como desarmado ante la inmensidad de la tarea que le aguarda, abre nuevos caminos divinos en la tierra al ritmo de la alegría de sus disciplinas y de sus rezos…

Pero como las gracias que son necesarias para trazar el primer surco en la tierra endurecida han de ser tantas, decide obtener de otras personas “refuerzos” sobrenaturales.

Empieza a pedir a sus amigos que recen “por una intención que le interesa mucho”. A veces, llega a interpelar a algún sacerdote que se encuentra en la calle, cuyo aspecto le hace suponer que vive con generosidad su ministerio… Y cuando se repone de la sorpresa, éste sonríe, asiente y sigue su camino, conmovido por la espontaneidad y la audacia de ese colega desconocido…

Cuenta también con la oración de los pobres y de los enfermos, que son todopoderosos ante el Omnipotente si saben unirse a Cristo Redentor. No en vano, la Providencia le ha conducido a este Patronato de Enfermos, cuyo capellán es desde su llegada a Madrid. De ellos, sobre todo, recibirá la fortaleza que necesita. De esta forma, ese querer divino podrá tomar cuerpo y desarrollarse… Sí, será gracias a esos hombres y mujeres anónimos y humildes, capaces de ofrecer al pobre sacerdote que es, la limosna de su oración y de sus dolores.

¡Y ésas fueron las armas para vencer! ¡Y ése fue el tesoro para pagar!.

Esos fueron los medios para abrir un nuevo camino de santidad en medio del mundo.

Y, finalmente, la acción. Ultima solamente en el orden de las prioridades, no de la cronología. Porque todo se mezcla desde el primer momento, ya que es preciso buscar quienes puedan llevar a cabo con él ese “algo” nuevo, compartir ese ideal, arrebatador pero exigente: meter a Cristo en la entraña de todas las actividades humanas, elevarlas hacia Él mediante un trabajo intenso realizado con abnegación, de cara a Dios, entregando la vida gota a gota, sin reservas.

Pero, ¿por qué crear algo nuevo? ¿Por qué no tratar de conjugar esos esfuerzos con los de alguna institución ya existente que tuviera unos fines y un espíritu como los que Dios le pedía y donde pudiera servir, obedeciendo? ¿No sería ésta una manera de cumplir ese querer divino, sin necesidad de añadir una fundación más a todas las que ya enriquecían la vida de la Iglesia?

Mientras busca alrededor algunos cristianos que sean capaces de responder a la nueva llamada, estudia detenidamente los estatutos de diversas instituciones de laicos ya existentes o recién creadas, para ver si los fines de alguna de ellas corresponden a lo que Dios le ha hecho ver el 2 de octubre de 1928.

A finales de 1929 tiene ya en su poder bastante documentación, proveniente de diversos países, pero nada responde, ni de lejos, a lo que él busca. Los fines de esos movimientos o grupos son elevados, pero limitados. No hay nada en ellos que incite a los cristianos a comprometer su vida entera al servicio de Cristo con una llamada específica a buscar la santificación en medio del mundo. Por eso, a pesar de sus vacilaciones que, por humildad, atribuye a su poquedad, no tiene más remedio que admitir que el Señor quiere que haga lo más difícil: abrir un nuevo camino de santificación en la Iglesia.

En busca de las primeras vocaciones

Ahora, más que nunca, el objetivo le parece desmesurado. ¡Una verdadera locura! Pero se trata de una locura querida por Dios… Por eso, venciendo su repugnancia inicial a ser fundador de algo, no duda en recomenzar sobre otras bases, y se pone manos a la obra con la única ayuda con que cuenta: la de Dios, que le pide eso, y con la intercesión de Santa María, de los Ángeles y de los santos…

Desde el 2 de octubre de 1928 venía pensando en algunas personas que conocía: alumnos de la Academia Cicuéndez, empleados, estudiantes, obreros, jóvenes relacionados con su familia, amigos, sacerdotes…

Pronto se suceden las visitas, las cartas, las conversaciones… Busca a las almas una a una, las prueba, las incita para que sean más sensibles a las exigencias del Evangelio. No se trata, de momento, de hablar de ese proyecto divino, cuya existencia sólo él conoce. Es preciso, antes, preparar pacientemente a quienes, por sus cualidades humanas y la solidez de su vida cristiana, sean capaces de aceptar, en su día, esta nueva “locura” divina, si el Señor les da la correspondiente vocación. Tendrá que meterles por caminos de vida interior -oración, mortificación, sacramentos-, para que se fortalezcan, se enamoren de Jesucristo y estén dispuestos a entregarle su voluntad para que haga con ellos lo que Él quiera. Sólo entonces, en una tierra así removida y fertilizada por la oración y la penitencia, podrá depositar la simiente divina que conserva como un tesoro en su alma. Podrá revelar a cada uno de ellos la llamada a ser apóstol de apóstoles en medio del mundo, sin salirse de su sitio, sin que nada cambie externamente en su vida de trabajo o estudio, pero divinizándolo todo, porque, poco a poco, a pesar de las caídas y las recaídas, uno se ha ido haciendo más “de Dios”.

Don Josemaría no habla a casi nadie de la misión que el Señor le ha encomendado. Se lo ha dicho, sí, a un jesuita prestigioso, el P. Valentín Sánchez Ruiz, que más tarde será su confesor, aunque siempre procurará distinguir perfectamente entre los consejos para su alma que éste le dará y las tareas para llevar a cabo su misión de Fundador, sin interferencias de la dirección espiritual.

En junio de 1929 se lo confía a uno de sus amigos de Zaragoza, José Romeo.

A su familia no le dice nada. Su madre y sus hermanos sólo advierten que cada vez está más ocupado: frecuentes desplazamientos por Madrid para visitar a los enfermos en sus tugurios o en los hospitales, largas conversaciones en casa o por las calles, con grupos de amigos o con algunos jóvenes a los que dirige en su vida espiritual y cita a veces en un banco del parque del Retiro…

El Padre -como empiezan a llamarle algunos- tiene un gran atractivo, con su estatura media y su cara armoniosa y llena. Usa gafas redondas, de concha, frecuentes en aquella época. Viste siempre con gran pulcritud y cuando sale a la calle suele llevar el manteo y la teja, no alargada, sino redonda, a la romana.

Simpático, abierto y de una alegría contagiosa, se expresa con un calor y una convicción que se manifiestan en la firmeza de la voz y en el acento, propio de su tierra aragonesa. Suscita enseguida la adhesión, nacida de la certeza, que se adquiere en cuanto se le escucha, de que uno se encuentra ante un hombre de Dios.

A menudo, en su sonrisa, en su penetrante mirada, llena de bondad, se advierte un “algo” que inspira confianza y, al mismo tiempo, remueve y anima a ser mejor…

Quienes se acercan a él comprenderían más fácilmente la influencia que ejerce sobre ellos si supieran que, cuando se encuentra solo con Dios, al sentirse tan joven y tan inclinado a dar rienda suelta a su carácter jovial, pide al Señor que le dé ochenta años de gravedad, signo externo, para él, del orden y de la pureza de la vida interior. Si conociesen lo mucho que reza y se mortifica por cada uno de ellos… Si le viesen encarar cualquier problema poniéndose con toda su alma en la presencia de Dios, y besando con frecuencia un crucifijo que coloca siempre sobre su mesa de trabajo, para no perder nunca el punto de mira sobrenatural…

Esa atracción que ejerce el Padre hace que numerosas personas acudan a hablar con él, le confíen sus cuitas y le pidan consejo en temas de su vida interior.

Un día descubre un lugar agradable y tranquilo de reunión: la chocolatería “El Sotanillo”, situada en plena calle de Alcalá, entre la Plaza de la Independencia y la Cibeles. Allí se puede charlar sin molestar a nadie y sin que nadie moleste.

El Padre empieza á reunirse en “El Sotanillo” con algunos amigos para cambiar impresiones sobre temas profesionales o de actualidad. Se trata de una tertulia, como tantas otras que existen en casi todos los pueblos y ciudades de España. También suele invitar a algunos jóvenes que se relacionan con él.

El tono de las conversaciones que mantienen estos singulares contertulios, reunidos alrededor de un sacerdote, poco tiene que ver con el del resto de la clientela. Partiendo de cualquier hecho menudo de la vida cotidiana -el Padre tiene mucho salero y sabe descubrir los aspectos más divertidos de las cosas-, procura elevar las mentes y los corazones a preocupaciones más altas; los rostros, al principio sonrientes, se ponen serios cuando don Josemaría les habla de las exigencias de una vida auténticamente cristiana: oración, lectura del Evangelio, para conocer mejor al Maestro; trato con la Virgen y con los Ángeles Custodios; trato directo con Dios Nuestro Señor, en la oración mental: Procura lograr diariamente unos minutos de esa bendita soledad, que tanta falta hace para tener en marcha la vida interior; asistencia frecuente a la Santa Misa, centro de la vida interior; Eucaristía: Comunión, unión, comunicación, confidencia; Palabra, Pan, Amor. Cuando te acercas al Sagrario, piensa que ¡Él!… te espera desde hace veinte siglos; recurso asiduo al Sacramento de la Penitencia, para purificarse y adquirir las gracias necesarias para renovar la vida interior…

El Padre no habla todavía de esa Obra de Dios cuyos cimientos está colocando; quiere, antes, ampliar el horizonte espiritual de sus interlocutores poniendo ante ellos, con toda la fuerza de que es capaz, la grandeza y la profundidad de una vocación cristiana vivida en medio de las ocupaciones de la vida ordinaria: allí es donde deben encontrar a Cristo. Los más jóvenes deben tender a ese fin desde ahora mismo, mientras estudian, porque una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de oración. Un estudio serio, profundo, constante hasta el heroísmo, pues eso les permitirá luego ejercer con eficacia una profesión que tiene que verse vivificada y dignificada por la gracia de Dios.

Y así, van naciendo propósitos en el secreto de los corazones; resoluciones que será preciso reforzar con palabras adecuadas, y procurar mantener en ellos rezando y mortificándose todavía más…

La ayuda de los pobres y los enfermos

A algunos de aquellos jóvenes, que proceden de familias acomodadas, les pide que le acompañen en sus visitas al barrio de Tetuán o al arrabal obrero de Vallecas, donde muchas familias viven miserablemente, a veces en cuevas o en chabolas, sin agua corriente y sin alcantarillado. El corazón se oprime viendo tanta miseria, porque no es lo mismo saberlo que verlo. El choque con esa realidad permite mantener una charla que abre horizontes nuevos: la responsabilidad social de los intelectuales, desde luego -eso da a los estudios otras dimensiones-, pero también la necesidad de vivir una vida auténticamente cristiana, de reparación, de unión con Dios, de intenso apostolado en el seno de la sociedad, para hacerla más justa, más humana; para transformarla radicalmente, desde dentro.

También los pobres ayudan así, sin saberlo…

Un día, un estudiante de Medicina evoca ante don Josemaría las condiciones lamentables en que viven los enfermos de los hospitales que tiene que visitar: el Hospital Clínico de San Carlos y el Hospital provincial, llamado Hospital General. Este ultimo, construido en el siglo XVII, está mal adaptado y es claramente insuficiente para una población que crece. Los enfermos se amontonan en precarias condiciones sanitarias. Hileras de camas bordean los pasillos, lo cual, unido a la falta de atenciones médicas y humanas, contribuye a deprimir a los enfermos y hace el ambiente insoportable.

A esas pobres gentes, aisladas en su miseria física y moral, don Josemaría las conoce bien, pues las ha visitado en los tugurios de Madrid y en los barrios periféricos. Sin embargo, al escuchar a aquel estudiante de Medicina, piensa en los jóvenes que le rodean. Llevarles a los hospitales, ¿no será una forma espléndida de hacerles pensar en los demás y acercarles a Cristo, de formarles, en suma, haciéndoles adquirir visión sobrenatural, esa tercera dimensión: la altura, y, con ella, el relieve, el peso y el volumen?.

Sí, los enfermos, como los pobres, les enseñarán a rezar, a sacrificarse, a darse a Dios y al prójimo. Porque la relativa y pobre felicidad del egoísta que se encierra en su torre de marfil, en su caparazón… no es difícil conseguirla en este mundo. Pero la felicidad del egoísta no es duradera.

Eres calculador. -No me digas que eres joven. La juventud da todo lo que puede: se da ella misma.

El Padre y los estudiantes visitarán, primero, el Hospital General, próximo a la Estación de Atocha y a la iglesia de Santa Isabel. Una congregación, que se ocupa de los enfermos y que tiene mucho que hacer en un ambiente en el que los sentimientos anticristianos están exacerbados, ha dado su conformidad. A partir de ese momento, todos los domingos, a primeras horas de la tarde, los jóvenes de don Josemaría recorren las salas del hospital, charlan con los enfermos, procuran animarles, les llevan unas golosinas, realizan tareas que no se llevan a cabo por escasez de personal: los lavan, les cortan las uñas, vacían sus orinales…

Un día, el Padre encarga a un joven ingeniero, Luis Gordon, que limpie uno de esos vasos de noche, y observa que sale con un gesto de repugnancia. Le sigue hasta los lavabos, para sustituirle en tan ingrata tarea, pero cuando llega, ve que Luis ha vaciado ya el orinal y lo está limpiando con sus propias manos, mientras murmura algo…

Don Josemaría, que ha oído lo que dice, evocará más tarde, en Camino, la conmovedora escena:

¿Verdad, Señor, que te daba consuelo grande aquella “sutileza” del hombrón-niño que, al sentir el desconcierto que produce obedecer en cosa molesta y de suyo repugnante, te decía bajito: ¡Jesús, que haga buena cara!?.

El Padre, por su parte, procura además ayudar a los enfermos en un plano más espiritual. En todo hombre ve siempre un alma que hay que salvar. Algunos le rechazan al principio bruscamente, pero otros que se sienten abandonados por todos, se conmueven al ver que un sacerdote se interesa por ellos. Recobran la esperanza, aprenden a convertir sus sufrimientos en oración y vuelven a encontrar el camino de la fe. ¡Y qué lecciones le dan a veces esos desheredados!

Por ejemplo, aquel gitano, herido en una riña, al que ya han desahuciado. Don Josemaría ruega que le dejen solo con el moribundo y, con delicadeza, le pone al corriente de la gravedad de su estado. El gitano, conmovido, pide confesarse. Don Josemaría le oye en confesión, le absuelve, y le ofrece el crucifijo que siempre lleva consigo para que lo bese. El gitano aparta el rostro y solloza:

-¡Con esta boca mía podrida no puedo besar al Señor!

-Pero, ¡si le vas a dar un abrazo y un beso muy fuerte enseguida, en el cielo!

Y el Padre, emocionado, piensa: Señor, ¿qué diré yo, yo mismo? Con esta boca podrida, ¿cómo te voy a besar?…

Roturando con esfuerzo

De regreso, los jóvenes cambian impresiones con el Padre. Este procura aprovechar su estado de ánimo para ayudarles a dar a su vida mayor hondura: generosidad en las cosas grandes y, sobre todo, en los deberes ordinarios y en las pequeñas renuncias. ¡Cuántos que se dejarían enclavar en una cruz, ante la mirada atónita de millares de espectadores, no saben sufrir cristianamente los alfilerazos de cada día!

El Padre no les habla de vocación, pero les abre nuevas perspectivas: trabajar por y para Dios, extender el reino de Cristo, y, para esto, dejarse “clavar” en la Cruz, santificando el trabajo ordinario, haciéndolo con la mayor perfección posible y convirtiéndolo en ofrenda, en holocausto…

Muchos de esos muchachos cambian profundamente, casi sin darse cuenta. Empiezan a asistir a la Santa Misa a diario, a veces a la que don Josemaría celebra -con una concentración que produce escalofríos en la capilla del Patronato de Enfermos, en la calle de Santa Engracia. Llevan con ellos a sus amigos, que pronto se sienten atraídos por la simpatía de este joven sacerdote, cuya forma directa de hablar les impresiona. El inmenso panorama que les desvela -capaz de iluminar toda una vida y de transformar al mundo- les entusiasma…

Algunos, sin embargo, se alejan cuando descubren en sus palabras una invitación personal a dejarlo todo y seguir a Cristo, pero sin abandonar el mundo. ¡Cuántos “jóvenes ricos”, como el del Evangelio, cuya mirada hace pensar en una generosidad sin límites y que se marchan tristes a la hora de la verdad!

Las almas se le escapan entre los dedos como anguilas en el agua.

Algunos de esos jóvenes tienen el valor de confesar que no se sienten con fuerzas, pero otros se despiden a la francesa…

A pesar de todo, lo que Dios quiere tiene que realizarse. Bastaría con que perseverara uno de ellos para empezar…

El Padre no se encuentra solo. En el mes de septiembre de 1929, se traslada, con su madre y sus hermanos, a la pequeña vivienda de que dispone el capellán del Patronato de Enfermos. Tampoco le faltan amigos. Tiene, sobre todo, el gran Amigo, la conversación con el gran Amigo que nunca traiciona, Cristo… Y siempre, en lo más hondo de su corazón, una llama que no se extingue y que le impulsa a seguir abriendo camino, sin cansancio. Lo que Dios quiere se realizará, porque es su Voluntad. ¿Lo quieres, Señor?… ¡Yo también lo quiero.

A1 principio, ni siquiera había pensado en dar un nombre a “aquello”. A quienes se le acercaban, les hablaba de “la labor” (con todo lo que esta palabra de origen latino implica de esfuerzo y tenacidad), o, simplemente de la Obra (también en el sentido de trabajo, de tarea apostólica). Hasta que un día, a comienzos de 1930, su confesor, el P. Sánchez Ruiz, le preguntó como de pasada:

-¿Y cómo va esa obra de Dios?

Fue como una revelación. Si debía tener un nombre, que fuera ése: la “Obra de Dios”, en latín Opus Dei, término que evoca también la idea de trabajo: Opus Dei, operatio Dei: ¡Obra de Dios, trabajo de Dios! Un trabajo profesional, un trabajo ordinario, realizado sin abandonar las tareas del mundo, las ambiciones nobles. Un trabajo transformado en oración, en alabanza del Señor, por todos los caminos de la tierra… Opus Dei: ¿qué nombre más apto para designar lo que Dios le había encomendado realizar?

Apostolado entre los sacerdotes

Don Josemaría consagra también parte de su tiempo y de sus energías a animar y a aconsejar en su vida espiritual a algunos sacerdotes, a menudo mayores que él, los cuales confían en su capacidad para dirigirlos, pues saben que es un hombre de Dios.

Desde los tiempos del seminario, le preocupa la santidad de los sacerdotes. Sabe que, ahora, puede proponer a algunos la vocación que él mismo ha recibido el 2 de octubre de 1928: una llamada a santificarse en las actividades ordinarias, para ellos, las de su ministerio sacerdotal, al que habrán de consagrarse totalmente y con una generosidad mayor, lo cual redundará en favor de las almas.

Esos sacerdotes podrán, además, atender espiritual y sacramentalmente a los primeros laicos que pidan la admisión en la Obra: hombres que se comprometerán a poner su vida al servicio de Dios, sin renunciar en absoluto a su condición y mentalidad seculares, y que se esforzarán por vivir las virtudes y los valores evangélicos en todos los ambientes.

En realidad, los sacerdotes estaban también allí, el 2 de octubre de 1928, cuando había visto la Obra en su totalidad, en aquella habitación de la residencia de los Paúles. No sabía aún cómo, es decir, en virtud de qué modalidad jurídica podrían estar, pero de hecho, estar ¡estaban ya!

La tarea es todavía más difícil que con los laicos. Porque cuando se les habla de vida interior, de santidad, los sacerdotes pueden sacar la impresión de que no tienen nada que aprender sobre el tema, ya que ellos son especialistas… Además, ¿qué puede enseñarles ese joven colega?…

Así piensan algunos, que no ven sino una “Obra buena” más en lo que don Josemaría les propone. Eso, sin tener en cuenta a quienes empiezan a pensar -a decir- que don Josemaría está loco…

A pesar de todo, unos cuantos le escuchan con verdadero interés cuando les explica esta nueva labor apostólica, que él describe como un mar sin orillas, poniendo un entusiasmo y una precisión en los detalles que les conmueven y dan a quienes le escuchan la impresión de que aquello se realizará. Unos pocos se deciden a seguirle y empiezan a ayudarle en su trabajo de formación, como don José María Somoano, a quien el Obispo de Madrid ha confiado diversos cargos, entre ellos el de capellán de Porta Coeli, un asilo-reformatorio para golfos; es, sin duda, uno de los que mejor le comprenden y el que más se interesa por su tarea apostólica, que empieza a cristalizar.

Nacimiento de la Sección de mujeres del Opus Dei

Laicos de toda condición y, junto a ellos, unos cuantos sacerdotes que garanticen su asistencia espiritual: la Obra empieza a dibujarse con arreglo al esquema inicial. Pero, ¿será oportuno incluir a las mujeres entre esa variedad de seglares?… En absoluto, piensa don Josemaría. Jamás…

Humanamente, podría haber sido imaginable, pero las mujeres no estaban en lo que Dios le había hecho ver el 2 de octubre de 1928. Nunca habrá mujeres -ni de broma- en el Opus Dei, escribe en el mes de febrero de 1930, después de haber recibido documentación concerniente a una institución compuesta por hombres y mujeres.

Unos días más tarde, el 14 de febrero, se dirige a la calle de Alcalá Galiano, donde vive la anciana marquesa de Onteiro, madre de la Fundadora de las Damas Apostólicas, para celebrar en su casa la Santa Misa. En un pequeño oratorio del primer piso, muy cerca del Paseo de la Castellana, nada más recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo con la devoción acostumbrada y todo el fervor de que es capaz, siente que el Señor “se introduce” de nuevo en su vida para pedirle algo, otra cosa, pero que está en la misma línea que lo que ha visto el 2 de octubre de 1928: que extienda también a las mujeres la llamada a la plenitud de la vida cristiana en medio del mundo…

No puede haber nada más opuesto a lo que él había pensado y escrito… Una prueba más de que la Obra no es suya, sino verdaderamente “de Dios”.

Su confesor se lo confirma inmediatamente: “Esto es tan de Dios como lo demás”, le dice el P. Sánchez Ruiz.

¡Qué claro está que es el Señor quien lo está haciendo todo! Es capaz de escribir con la pata de una mesa…

Por entonces, anota en una hoja de papel, la siguiente reflexión:

Reconoce la Santa Madre Teresa, en el capitulo II de sus Fundaciones, que es manifestación de la Omnipotencia divina dar osadía a personas flacas para cosas grandes en su servicio. Y me acojo a lo de la osadía y a lo de la flaqueza… 2 de octubre de 1928-14 de febrero de 1930.

Tuy, febrero de 1945

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

-Sor Lucia: con todo lo que hablan de usted y de mí, ¡si encima nos vamos al infierno!

-Verdaderamente, tiene usted razón.

La vidente de Fátima se ha quedado un momento pensativa, antes de pronunciar estas palabras. Al Fundador del Opus Dei, por su parte, le ha sorprendido gratamente esta prueba de humildad de Sor Lucia, que se ha visto reforzada por una ligera alteración de la voz.

Después de las apariciones de la Santísima Virgen a tres pastorcitos, que han atraído y siguen atrayendo multitudes a Fátima, la única superviviente de los tres videntes se ha convertido en hermana lega de una Congregación religiosa y se esfuerza por permanecer en el anonimato. Mons. José López Ortiz, Obispo de la diócesis gallega de Tuy, donde reside Sor Lucia en esas fechas, ha querido hacer una excepción a favor de don Josemaría, íntimo amigo suyo, y le ofrece tener una entrevista, aprovechando una visita de la religiosa al obispado. Don Josemaría acepta.

Durante la conversación que mantienen ambos, Sor Lucia dos Santos expresa al Fundador del Opus Dei su deseo de que comience la labor de la Obra en Portugal. Don Josemaría, que ya había pensado en empezar, pero no de un modo inmediato, le pide que contribuya, con sus oraciones, a preparar el camino para que esta empresa sobrenatural tenga éxito: Siempre que la veo -dirá años más tarde- le recuerdo que tiene una buena parte en el comienzo de la Obra en Portugal.

En Portugal

A causa de la guerra, hay grandes dificultades para pasar de España a Portugal y quedarse allí algún tiempo, como desea el Padre. Sin embargo, unos días más tarde, gracias a una eficaz gestión de Sor Lucia todo se ha arreglado, y don Josemaría tiene la dicha de orar en la “capelinha” de Fátima y de poner bajo la protección de la Santísima Virgen la primera expansión apostólica de la Obra fuera de España.

En este viaje, además de Álvaro del Portillo -que acompañaba al Padre-, se unen el Obispo de Tuy y su secretario D. Eliodoro Gil. Don Josemaría se entrevista con el Obispo de Oporto, con el de Leiría -diócesis donde se encuentra el Santuario de Fátima- y con el Cardenal Patriarca de Lisboa, Mons. Gonsalves Cerejeira, el cual queda gratamente sorprendido por las perspectivas apostólicas que abre el espíritu del Opus Dei. Aconseja al Fundador que inicie la labor en Portugal por Coimbra, ciudad universitaria en la que él mismo ha sido profesor, y don Josemaría se traslada allí, donde se entrevista con el obispo de la diócesis.

A comienzos de 1945, el mundo sigue todavía en guerra y la Iglesia empieza a ser perseguida en los países del Este. Confiando en el arma poderosa que es el Rosario para combatir contra los enemigos de la fe, el Padre fecha en Fátima el prólogo a la cuarta edición de su Santo Rosario. En él alude a esa seria amenaza: “Saeta que hiere es la lengua de ellos”, dice Jeremías (IX, 8). Ojalá sepas y quieras tú -añade don Josemaría- curar esas heridas con esta admirable devoción mariana y con tu caridad vigilante.

Esta edición va firmada con el nombre de Josemaría Escrivá de Balaguer. Ha adoptado este apellido para distinguir a su familia de los Escrivá de Romaní, oriundos de la región valenciana y muy conocidos en España, lo cual podía dar lugar a confusiones. Ya en aquel viaje de incógnito que había hecho en 1941 a Barcelona había recurrido a ese apelativo, recordando la ciudad de donde era oriunda su familia paterna.

El antiguo sueño que don Josemaría simbolizaba en los años treinta, ante el asombro de sus hijos, dibujando una cruz griega terminada en flechas dirigidas a los cuatro puntos cardinales, va a realizarse enseguida, tan pronto como termine la segunda guerra mundial.

Así tiene que ser el horizonte de tu apostolado: es preciso atravesar el mundo. Pero no hay caminos hechos para vosotros… Los haréis, a través de las montañas, al golpe de vuestras pisadas.

El “nihil obstat” de la Santa Sede

Con todo, ¡cuánto camino recorrido ya desde ese 11 de octubre de 1943 en el que Pío XII había firmado la appositio manuum de la Santa Sede! En esa fecha la Iglesia celebra la festividad de la Maternidad de María, lo cual era para el Fundador una prueba manifiesta de la intercesión de la Señora.

El 8 de diciembre de ese mismo año, festividad de la Inmaculada Concepción, el obispo de Madrid había dado ejecución, en su diócesis, a la decisión pontificia. La oración de todos, unidos al Padre, y los sacrificios ofrecidos día tras día por esa intención habían hecho posible obtener esa primera aprobación de la Iglesia. Entre ellos, el de Isidoro, que había ofrecido sus sufrimientos y su misma vida, entregada a Dios santamente el 15 de julio, a las cinco y media de la tarde. “¡Qué suerte tengo de estar enfermo precisamente ahora -había dicho poco antes de morir-, tener algo que ofrecer, esta enfermedad, cuando están pendientes asuntos tan importantes!”.

El Padre, al enterarse de que acababa de fallecer, había interrumpido un retiro, que estaba predicando a un grupo de mujeres de la Obra, y se había trasladado a la clínica para rezar junto al cuerpo del que había sido su primer hijo fiel, el primero que había perseverado sin dudar un solo instante de su vocación a partir de aquella conversación que tuvo el año 30 con el Fundador en el Patronato de Enfermos.

Prosigue la expansión en España

Apoyado firmemente en la oración y la penitencia, prosigue la labor apostólica en distintas ciudades españolas: Valencia, Valladolid, Zaragoza…

El Padre multiplica sus viajes, a pesar de las dificultades y de lo que quebrantan su salud -muy delicada- esos largos recorridos en automóvil, con visitas y charlas incesantes desde que llega a un sitio hasta que regresa a Madrid.

En Barcelona, la labor de la Obra empieza a ser mejor apreciada. El 26 de mayo de 1943, el Maestro de Ceremonias de la Catedral había bendecido el oratorio del Centro de la calle de Balmes, conocido desde los comienzos con el nombre de El Palau.

En julio, en Madrid, el propietario de la casa de la calle de Jenner había expresado su deseo de recuperar la vivienda, por lo que la residencia se había trasladado, poco después, a dos hotelitos situados en la Avenida de la Moncloa, cerca de la Ciudad Universitaria. Entre los dos, tenían capacidad para unos cien estudiantes.

La Moncloa será el nombre de la primera residencia de estudiantes de grandes dimensiones, sin perder por eso el ambiente de hogar que el Padre quiso darles desde el primer momento. Allí se vive una vida en familia, donde se aprende a convivir, a comprender, a querer a los demás, siempre con alegría y buen humor, rasgos característicos del espíritu de la Obra. No hay, por otra parte, limitaciones de tipo confesional, pues la residencia está abierta a todos, incluso a los no católicos. A los miembros de la Obra les brinda grandes posibilidades apostólicas, facilitándoles el trato personal, ese apostolado de amistad y confidencia tan propio de su espíritu. Además, la residencia ofrece a otras muchas personas un lugar de encuentro, donde palpan la fraternidad cristiana y tienen oportunidad de formarse mejor. Muchos estudiantes -unos residentes y otros que no viven allí, pero participan de los medios de formación que se ofrecen- recibirán la llamada a la santidad en su propio estado, sin salirse del mundo, en aquella residencia. Algunos, también, gracias al ambiente de La Moncloa, descubrirán una vocación de otra naturaleza -sacerdotal o religiosa- porque, al levantar la temperatura espiritual, cada alma muestra lo que da de sí y descubre su propio camino.

Los estudiantes que pasan por allí, cuando se encuentren más tarde en todas las encrucijadas del mundo, sabrán que deben santificarse allí donde estén y santificar sus tareas con su conducta cristiana, hayan recibido o no la vocación específica al Opus Dei. Tanto más en cuanto que la espiritualidad que han asimilado es esencialmente secular, apta para ser vivida por todos y cada uno en su propio ambiente: siendo estudiantes, en la Universidad, y luego en la vida familiar, profesional y social.

Al comenzar el curso escolar 1945-46, la expansión prosigue en España. En octubre, algunos miembros de la Obra se instalan en Sevilla para continuar sus estudios o ejercer su profesión, desarrollando, al mismo tiempo, una intensa labor apostólica.

Un apostolado fecundo

La Sección de mujeres, por su parte, también se había desarrollado lo suficiente como para que algunas, a petición del Padre, se hicieran cargo de la Administración de La Moncloa en sus aspectos materiales: conservación, decoración, restauración, alimentación, limpieza… Aunque trabajan en una zona totalmente independiente, separada del resto, proporcionan a la residencia ese ambiente de hogar que en la de la calle de Jenner habían sabido crear la madre y la hermana de don Josemaría. Habían tenido que contratar, para que las ayudasen, a algunas empleadas del servicio doméstico, pero el Padre, en este punto, también preveía el futuro: había pedido a sus hijas que extendiesen su apostolado a personas que, como aquellas empleadas, tuviesen como trabajo profesional el ayudar a las amas de casa en sus tareas domésticas. Ese trabajo debía considerarse, en efecto, como una auténtica profesión, susceptible, como cualquier otra, de santificar a quienes la ejercen y de ser santificada. No era -pensaba el Padre- una tarea útil pero servil o secundaria, como tantas personas -incluso buenas cristianas- atribuían a la labor de quienes llamaban “criadas”. Para él la dignidad de un trabajo no estaba en función de su prestigio social, sino del amor que se pusiera al realizarlo. El mundo admira solamente el sacrificio con espectáculo, porque ignora el valor del sacrificio escondido y silencioso.

El Padre no dudaba en absoluto de que surgirían muchas vocaciones entre las empleadas de hogar.

La ordenación de los primeros sacerdotes

Con el desarrollo de los apostolados y la constante afluencia de vocaciones, la necesidad de contar con sacerdotes formados en el espíritu del Opus Dei se hacía cada vez más urgente.

La llegada de las correspondientes autorizaciones -diocesana y pontificia- había permitido a don Josemaría activar la ordenación de los tres miembros de la Obra que venían preparándose desde hacía años.

El 25 de junio de 1944, el Padre había celebrado la Santa Misa en el oratorio de Diego de León, ayudado por José María Albareda. Aunque estaba solo, había permanecido intensamente unido a la misa de ordenación que celebraban a la misma hora sus tres hijos -Álvaro del Portillo, José María Hernández de Garnica y José Luis Múzquiz- en la capilla del Palacio Episcopal. El Padre no había querido asistir a la ceremonia, para no convertirse en el polo de atracción de los asistentes, que, sin duda, hubiesen querido felicitarle… Pero no era él, sino Dios el que había promovido la Obra; sólo a Él le correspondía ser el centro de aquella ceremonia…

Unas semanas antes -el 20 de mayo- había contemplado, desde un rincón de la capilla, la administración de la tonsura, de manos de Mons. Eijo y Garay, que también les había ordenado. Una forunculosis aguda, sin embargo, le había impedido asistir cuando les fueron conferidas las cuatro órdenes menores.

Aquel 25 de junio, tras la ceremonia de la ordenación, había tenido una reunión de familia con sus hijos, con asistencia del obispo de Madrid. Al final, el Padre, en el oratorio, había pronunciado unas palabras:

Cuando pasen los años… y yo, por ley natural, haya desaparecido hace ya mucho tiempo, vuestros hermanos os preguntarán: ¿qué hacía el Padre el día de la ordenación de los tres primeros? Respondedles sencillamente: el Padre nos repitió lo de siempre: oración, oración, oración; mortificación, mortificación, mortificación; trabajo, trabajo, trabajo.

Aquellos tres primeros sacerdotes eran, sin duda, fruto de su oración, prolongada años y años. Con todo, no sin largas vacilaciones se había resignado a que se ordenaran precisamente esos tres hijos suyos, que eran de los primeros y de los cuales se podían esperar muchos frutos apostólicos en su trabajo profesional. No obstante, su tristeza se tornaba en gozo al pensar en el inmenso bien que harían estos sacerdotes, y los que vendrían después, trabajando codo a codo con sus hermanos seglares; aunque serían siempre una ínfima minoría en proporción con éstos.

La ordenación de estos tres ingenieros no había pasado inadvertida. Los periódicos de Madrid habían señalado la presencia en la ceremonia de un representante del Nuncio de Su Santidad en España, de numerosas personalidades eclesiásticas y de muchos profesores y alumnos de las facultades y escuelas especiales donde los nuevos sacerdotes habían cursado sus estudios. El acontecimiento había suscitado gran interés, pero también ciertos comentarios acerbos de algunos eclesiásticos, quienes, callando que los nuevos presbíteros habían hecho sus estudios durante varios años dirigidos por excelentes profesores, ponían en duda -como había previsto don Josemaría- la seriedad de su formación.

Había otras críticas que le divertían más, como la de quienes decían que, ahora, iba a matarles a trabajar… Ciertamente, no faltaba trabajo, y menos para estos sacerdotes que venían como llovidos del cielo. La Obra les había puesto inmediatamente a trabajar en su ministerio y las almas habían recibido aquella labor como la tierra las primeras lluvias de otoño. Además de la administración de los sacramentos, ¡qué ayuda para el Padre en la predicación y en la dirección de las almas! Y no sólo de las de sus hijas e hijos, sino también de otras muchas personas que se acercaban a la Obra.

Porque el Fundador continuaba respondiendo incansablemente, a pesar de su quebrantada salud, a las peticiones que le llegaban de todas partes. Durante un curso de retiro que había dirigido a los agustinos del Monasterio de El Escorial, del 3 al 11 de octubre de 1944, había experimentado un violento ataque de fiebre a causa de un ántrax en el cuello. El médico que había consultado, al observar otros síntomas concomitantes, había pensado en la diabetes. El Padre, a pesar de la fiebre, había continuado predicando, pero los análisis que posteriormente le hicieron confirmaron el diagnóstico: tenía diabetes. A partir de ese momento, había tenido que inyectarse insulina a diario, en dosis crecientes.

Ahora, los tres nuevos sacerdotes le ayudan en su tarea, viajando a distintas ciudades españolas y asistiendo a sus hijas en la dirección de la Sección de mujeres y en su formación específica. Éstas, en noviembre de 1944, se habían instalado en Los Rosales, una vieja casona con un amplio jardín, situada en Villaviciosa de Odón, cerca de Madrid.

Viajes, predicación…

A lo largo de 1945, antes de ir a Portugal, la Obra sigue extendiéndose por diversas regiones españolas.

El 27 de marzo el Padre viaja a Andalucía para visitar a sus hijos que están en Sevilla y ver las posibilidades de instalarse en Granada. En ambas ciudades, visita diversas casas con jardín que podrían ser aptas para convertirse en residencias de estudiantes.

Cuando regresa a Madrid, tras entrevistarse con varios obispos del sur y sureste de la península, ha recorrido cerca de dos mil quinientos kilómetros en nueve días.

Un mes más tarde, Pedro Casciaro, con otros tres miembros de la Obra, se instala en Bilbao con idea de abrir cuanto antes una residencia.

El Padre, por su parte, dedica cada vez más tiempo a la formación de los miembros de la Obra, sin dejar por eso su acción apostólica directa en todos los ambientes.

Con frecuencia, hombres de Iglesia y representantes de diversas asociaciones religiosas le piden que dirija ejercicios espirituales. Don Josemaría acepta siempre que puede, pensando en el bien que puede derivarse para las almas y para la sociedad. Muchas personalidades, algunas de ellas muy conocidas, se benefician así de la predicación del Fundador del Opus Dei, aunque, para él, la posición social o la altura intelectual de quienes le escuchan es lo de menos. Su mensaje es el mismo para todos: que busquen la santificación allí donde estén, sea en un lugar modesto o en los puestos más altos del Estado. Que procuren con todas sus fuerzas santificar su trabajo, sus ocupaciones ordinarias, para que su tarea sea agradable a Dios y útil a los hombres; y que procuren también santificar a los demás con su trabajo, buscando en la vida profesional ocasión para ayudarles a encontrar el sentido último a la vida.

Que nadie piense, en ningún caso, que es preciso apartarse del mundo para ser piadoso, o llevar una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas.

Unidad de vida, responsabilidad frente a los demás, conversión a Dios de las almas y de toda la sociedad: un lenguaje que va dirigido a todos los hombres que viven inmersos en las actividades terrenales y no sólo a los miembros del Opus Dei, quienes lo único que hacen es responder de una manera específica, “vocacional”, a esa llamada universal a la santidad, encontrando en la Obra estímulo y apoyo.

Durante la Cuaresma del año 1945, el Padre ha sido invitado a dar uno de los retiros espirituales organizados en una iglesia céntrica de Madrid por un grupo de profesores universitarios. Los demás predicadores son conocidos jesuitas y dominicos.

Lleva adelante todas estas actividades a pesar de que su diabetes es ya crónica; ha engordado mucho, se fatiga enseguida, le duele la cabeza y sufre de sed frecuente.

Durante los meses de verano, pasa algunos días cerca de Segovia, en Molinoviejo, una finca alquilada que es una esmeralda en la mano morena de Castilla. Allí, un tanto amontonados, se suceden los grupos de miembros de la Obra que van a descansar un poco y, al mismo tiempo, a continuar en cursos especiales una formación intensiva que son como un alto para tomar impulso y lanzarse de nuevo a una labor apostólica más ágil y viva.

En septiembre, el Padre realiza un nuevo viaje a Portugal, el tercero, para preparar el comienzo de la labor apostólica. A su regreso, pasa por Santiago de Compostela, donde viven ya algunos hijos suyos, y. pasando por Oviedo, llega a Bilbao. Aquí, gracias a la ayuda de algunas familias amigas, entre ellas la de un aristócrata que don Josemaría había conocido durante la guerra civil en Burgos, los miembros de la Obra han encontrado una casa apta para residencia de estudiantes, la cual ya han comenzado a instalar. Como siempre, el objetivo es que esa actividad de formación, que repercutirá favorablemente en toda la región, sirva de complemento al apostolado personal que todos ejercen en su ambiente profesional y social. La residencia se llamará Abando.

Unos meses más tarde, en febrero de 1946, un miembro de la Obra se instala en Coimbra. Pronto seguirán otros.

De esta manera, con toda naturalidad, gracias al impulso del Fundador, la expansión del Opus Dei prosigue en España y se inicia fuera de sus fronteras.

Viendo lo que ha llegado a ser esta Obra de Dios nacida el 2 de octubre de 1928, repite ante sus hijos los versos de una vieja canción de su tierra:

Capullico, capullico,

ya te estás volviendo rosa:

ya se está acercando el tiempo

de decirte alguna cosa.

Soñad, y os quedaréis cortos, decía a los que le rodeaban en 1942.

Para el Fundador, aquello era sólo el principio. Porque para ser fiel a la misión recibida, tendrá que impulsar mucho más todavía la expansión de la Obra, acelerar el curso de los acontecimientos…

Nueva capilla dedicada en Madrid a san Josemaría Escrivá

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El itinerario espiritual de san Josemaría en Madrid cuenta  con una nueva etapa: una capilla en la parroquia de Nuestra Señora de los Angeles en Cuatro Caminos (Madrid)

Opus Dei -

Después de bendecir las campanas y la capilla, el cardenal de Madrid presidió la solemne concelebración eucarística,  en la que el párroco D. Samuel Urbina agradeció la presencia de todos y destacó “la ilusión y la emoción para mí y toda la parroquia por tener esta nueva capilla”. “Con gran alegría, pido a san Josemaría su intercesión para que seamos buenos sacerdotes y tengamos muchos laicos con identidad cristiana y eclesial, conscientes de nuestra responsabilidad para construir la Iglesia”, dijo tambien.

“Los lugares de san Josemaría en Madrid deben ser más y más conocidos, como testigos de su memoria viva, de unas enseñanzas que han dejado un surco profundo en la historia de la Iglesia”, comentó anoche el cardenal a www.opusdei.es.

Y esta parroquia y sus campanas tienen un significado especial para san Josemaría, donde rezó muchas veces y cuyo volteo oyó hace ahora 80 años.  Efectivamente, tres cartelas al pie del retablo recuerdan que en “la mañana del 2 de octubre de 1928, festividad de los Santos Ángeles Custodios, mientras se oía el sonido de las campanas de esta Parroquia, san Josemaría recibió la luz de Dios para comenzar el Opus Dei, iniciando así un camino de santidad para muchos hombres y mujeres, como cristianos corrientes, a través de las ocupaciones profesionales, familiares y sociales de la vida ordinaria”.

San Josemaría, que estaba haciendo unos días de retiro espiritual en la Casa de los PP Paúles de la cercana calle de García de Paredes, recordaba que “conmovido me arrodillé -estaba solo en mi cuarto, entre plática y plática- di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas”.

Tres nuevas campanas

La capilla tiene un cuadro del pintor gaditano Ignacio Valdés de Elizalde, que representa ese momento: san Josemaría en ese día, arrodillado y en actitud de acción de gracias por la iluminación de Dios que acababa de recibir. Junto a ese motivo central, la Virgen preside el conjunto, mientras que lo rodea un mural cuyos autores son Inmaculada e Ignacio Valdés de Elizalde, que representa algunos lugares fundacionales del Opus Dei en Madrid.

Otro motivo festivo fue muy celebrado ayer en este templo de estilo neogótico, inaugurado en 1911: el cardenal Rouco bendijo las tres nuevas campanas ya situadas en el campanario; tienen los nombres de Nuestra Señora de los Ángeles, San Josemaría y Álvaro del Portillo. La capilla ha sido construida con la ayuda de devotos y benefactores, y realizada por Talleres de Arte Granda, bajo la dirección del arquitecto Jaime Castañón.

TEXTO DE LAS CARTELAS
CAPILLA DE SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER
PARROQUIA DE NUESTRA SEÑORA DE LOS ÁNGELES. MADRID

En la mañana del 2 de octubre de 1928, festividad de los Santos Ángeles Custodios, mientras se oía el sonido de las campanas de esta Parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles, San Josemaría Escrivá de Balaguer recibió la luz de Dios para comenzar el Opus Dei, iniciando así un camino de santidad para muchos hombres y mujeres, como cristianos corrientes, a través de las ocupaciones profesionales, familiares y sociales de la vida ordinaria.

Años más tarde, San Josemaría recordaba el momento de la fundación del Opus Dei, que ocurrió durante unos días de retiro espiritual: “Recibí la iluminación sobre toda la Obra, mientras leía aquellos papeles. Conmovido me arrodillé —estaba solo en mi cuarto, entre plática y plática— di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas de la Parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles”.

Para dar cumplimiento a la misión que Dios le encomendaba, San Josemaría prosiguió su trabajo sacerdotal en los barrios más pobres y entre los enfermos de los hospitales de Madrid, y acudió confiada y asiduamente a la protección de la Santísima Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra. San Josemaría rezó también, en muchas ocasiones, ante la sagrada imagen que preside el retablo de esta Parroquia. LAUS DEO VIRGINIQUE MATRI!

2 de octubre de 1928

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Capítulo “San Josemaría Escrivá de Balaguer” del libro “Contemplativos”, escrito por José Asenjo Sedano

Don Josemaría, desde su juventud, tenía la costumbre de escribir las cosas que pensaba o que le acontecían. Estas notas han sido muy importantes para conocer la historia de su alma, aunque muchas de aquellas notas fueran destruidas por él.

-Domine, ut videam! Domine, ut sit!,-seguía repitiendo, notando que algo estaba a punto de suceder en su vida.

Y sucedió la mañana de aquel martes 2 de octubre de 1928, fiesta de los Ángeles Custodios, después de celebrar la misa. Lo cuenta él mismo en sus notas:

Recibí la iluminación sobre toda la Obra, mientras leía aquellos papeles. Conmovido me arrodillé –estaba solo en mi cuarto, entre plática y plática-di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas de la parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles”.

“Aquel 2 de octubre de 1928, durante esos días de retiro en la casa de los Paúles en la calle García de Paredes de Madrid, le habían asignado un cuarto que estaba en una zona hoy desaparecida,- escribe Salvador Bernal en unos apuntes apresurados de 1976.- Mientras hacía oración en ese cuarto –comentaría don Álvaro del Portillo- vio el Opus Dei y oyó repicar las campanas de la no muy lejana parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles, junto a Cuatro Caminos, que sonaban a voleo festejando la festividad de ese día: la de los Santos Ángeles”.

Desde ese momento –diría san Josemaría predicando el 2 de octubre de 1962- no tuve ya tranquilidad alguna, y empecé a trabajar, de mala gana, porque me resistía a meterme a fundar nada; pero comencé a trabajar, a moverme, a hacer: a poner los fundamentos.”

-“La Sabiduría infinita me ha ido conduciendo, como si jugara conmigo, desde la oscuridad de los primeros barruntos, hasta la claridad con que veo cada detalle de la Obra, y bien puedo decir: Deus docuiste me a iuventute mea; et usque nunc pronuntiabo mirabilia tua (Ps. LXX,17), el Señor me ha ido adoctrinando desde el principio de la Obra, y no puedo menos de cantar sus maravillas y luchar para que se cumpla su voluntad, porque está en juego la salvación de mi alma, si no lo hiciera.”

-“¿Te parece poca locura decir que en medio de la calle se puede y se debe ser santo? ¿Que puede y debe ser santo el que vende helados en un carrito, y la empleada que pasa el día en la cocina, y el director de una empresa bancaria, y el profesor de la universidad, y el que trabaja en el campo, y el que carga sobre las espaldas las maletas?…¡Todos llamados a la santidad! Ahora esto lo ha recogido el último Concilio, pero en aquella época –1928- no le cabía en la cabeza a nadie. De modo que… era lógico que pensaran que estaba loco…Ahora y parece natural, pero entonces no era así. A uno que quería ser santo le decían: “pus, métete…Frandinho”, respuesta de don Josemaría, años después, a una pregunta que le hicieron en Brasil.

-“Hemos venido a decir, con la humildad de quien se sabe pecador y poca cosa –homo peccator sum (Luc. V,8), decimos con Pedro –pero con la fe de quien se deja guiar por la mano de Dios, que la santidad no es cosa para privilegiados: que a todos llama el Señor, que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su estado, su profesión u oficio. Porque esa vida corriente, ordinaria, sin apariencia, puede ser medio de santidad no es necesario abandonar el propio estado en el mundo, para buscar a Dios, si el Señor no da a un alma la vocación religiosa, ya que todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo.”

-“Lo extraordinario nuestro –sigue diciendo el Fundador- es lo ordinario: lo ordinario hecho con perfección. Sonreír siempre, pasando por lo alto –también con elegancia humana- las cosas que molestan, que fastidian: ser generosos sin tasa. En una palabra, hacer de nuestra vida corriente una continua oración”.

5. El Fundador

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El 2 de octubre de 1928 Josemaría Escrivá vio el Opus Dei. Usó siempre este verbo, ver, y lo sucedido forma parte de su relación personalísima con Dios. Sin embargo, también para nosotros y para la vida de la Iglesia es un momento central, porque la santidad del Padre se estructura sobre su carisma de Fundador. Sabemos que aquel día estaba en Madrid haciendo, a solas, unos ejercicios espirituales. Todo entra, evidentemente, dentro de un designio providencial.

–La actitud del Padre, como afirmaría más tarde en muchas ocasiones, no fue nunca la del jugador de ajedrez, que mientras hace una jugada va pensando las siguientes: vivía un confiado abandono en la Voluntad de Dios y procuraba, por todos los medios, no obstaculizarla con inútiles precipitaciones humanas.

Se trasladó a Madrid, con el permiso de su Ordinario, el Arzobispo de Zaragoza, para obtener el doctorado en Derecho en la Universidad Central. Llegó a la capital el 20 de abril de 1927, y apenas una semana después, se matriculó en la asignatura de Historia del Derecho Internacional, y después, a finales de agosto, en la de Filosofía del Derecho.

Pero sus planes se modificaron con la fundación de la Obra: el 2 de octubre de 1928 el Señor cambió el curso de su vida y le hizo ver, con claridad meridiana, que su misión sobre la tierra consistía en hacer el Opus Dei. Madrid fue mi Damasco, le he oído exclamar a veces, con profunda gratitud. No sé si llegó inmediatamente a la conclusión de que debía establecerse de modo definitivo en la capital donde había nacido la Obra, y ofrecía mejores perspectivas para su desarrollo. Desde el principio contó con la autorización eclesiástica del Ordinario del lugar.

Aquel 2 de octubre de 1928 se abrieron para nuestro Fundador los horizontes hacia los que el Señor le llamaba al confiarle el Opus Dei: una movilización de cristianos que, en todo el mundo, en todas las clases sociales, a través de su trabajo profesional desarrollado con libertad y responsabilidad personales, busquen la propia santificación, santificando al mismo tiempo, desde dentro, todas las actividades temporales, en un audaz proyecto de evangelización para llevar a Dios a todas las almas. Es, con unas décadas de anticipación, el mensaje de renovación de la Iglesia querido por el Concilio Vaticano II, que ha proclamado la vocación universal a la santidad para la salvación del mundo, con todas las consecuencias pastorales que de ahí derivan, y que delinean la función eclesial del Opus Dei, mientras, como decía el Fundador, haya sobre la tierra hombres que trabajen.

¿Con quién habló el Fundador, además de, naturalmente, con su confesor?

–Uno de los primeros fue un profesor suyo de la Universidad civil de Zaragoza, don José Pou de Foxá, catedrático de Derecho canónico, muy conocido en España. En los primeros años treinta, don José Pou le pidió: “dime lo que te pasa, porque te encuentro diferente. Tú escribes siempre con mucha alegría, y veo que sigues teniendo alegría, pero te veo como más reservado; te pasa algo: ¿tienes alguna pena?”. Es probable que, como consecuencia de esa pregunta, el Padre le informara de alguna manera sobre su vocación divina; de hecho, poco más tarde, don José Pou afirmó que, por las noticias recibidas, comprendía muy bien por qué nuestro Padre se encontraba tan metido en Dios y tenía un afán tan grande por cumplir su Santísima Voluntad, y añadió: “Tú dices que eres un instrumento inútil e inepto. Menos mal que dices esto: porque en caso contrario querrías hacer una cosa tuya, y no una cosa de Dios. Como estás en esta disposición de considerarte inepto, Dios hará todo y todo será de Dios”.

Nuestro Fundador no habló con nadie más de la misión que había recibido del Señor, aparte de las personas que se acercaban a la Obra y, ya mediado el año 1930, su director espiritual, quien le aseguró muchas veces: “Todo esto es de Dios”.

¿Y ni siquiera habló con su familia? Con su madre vivían Carmen, su hermana, apenas dos años mayor, y Santiago, que en 1928 tenía nueve años.

–Hasta 1934 el Padre no habló claramente de la Obra a su madre ni a su hermana, a quienes, pese a la actitud prudente del Padre, no se les había escapado la intensidad de sus mortificaciones, signo evidente de que algo importante había aparecido en su vida. Me lo contaron ellas mismas. Además, en una carta del 20 de septiembre de 1934, el Padre relataba cómo se desarrolló la conversación: Al cuarto de hora de llegar a este pueblo (escribo en Fonz, aunque echaré estas cuartillas, al correo, mañana en Barbastro), hablé a mi madre y a mis hermanos, a grandes rasgos, de la Obra. ¡Cuánto había importunado para este instante, a nuestros amigos del Cielo! Jesús hizo que cayera muy bien. Os diré, a la letra, lo que me contestaron. Mi madre: “bueno, hijo: pero no te pegues, ni me hagas mala cara”. Mi hermana: “ya me lo imaginaba, y se lo había dicho a mamá”. El pequeño: “si tú tienes hijos…, ¡han de tenerme mucho respeto los mochachos!, porque yo soy… ¡su tío!”. Enseguida, los tres, vieron como cosa natural que se empleara en la Obra el dinero suyo. Y esto –¡gloria a Dios!–, con tanta generosidad que, si tuvieran millones, los darían lo mismo.

¿Y de dónde viene el nombre Opus Dei?

–En sus primeros apuntes autobiográficos el Padre, cuando se refería a la fundación, hablaba siempre de “la Obra”, o de “la Obra de Dios”, pero no pensaba aún en un nombre preciso. Tiempo después, llegó a la conclusión de que éste era el nombre. Lo relata en una extensa relación autógrafa del 14 de junio de 1948, que refiere un episodio sucedido a fines de 1930: Un día fui a charlar con el P. Sánchez, en un locutorio de la residencia de la Flor. Le hablé de mis cosas personales (sólo le hablaba de la Obra en cuanto tenía relación con mi alma), y el buen padre Sánchez al final me preguntó: “¿cómo va esa Obra de Dios?” Ya en la calle, comencé a pensar: “Obra de Dios. ¡Opus Dei! Opus, operatio…, trabajo de Dios. ¡Este es el nombre que buscaba!” Y en lo sucesivo se llamó siempre Opus Dei.

Un joven sacerdote con poquísimos medios, en una situación política de gran tensión, que poco después desembocaría en la guerra civil… El Opus Dei nació pequeño, pero desde el principio con entraña universal.

–Recuerdo muy bien, por ejemplo, que desde el comienzo de mi vocación, en 1935, el Padre me animó a estudiar japonés, y así lo hice aunque con resultados poco fructíferos. Nuestro Fundador tenía una predilección particular por el Extremo Oriente, y cuando, al fin, en la posguerra, fue posible iniciar establemente el trabajo de la Obra allí, se puso contentísimo. Cuando llegó la primera carta de sus hijos de Japón, escribió en el sobre: ¡La primera carta de Japón! Sancta Maria Stella Maris, filios tuos adiuva! Desde entonces, al despachar la correspondencia, si había carta de Japón, abría el sobre y la dejaba aparte. Ponía las demás cartas en un montón y las leía después conmigo. Pero la primera que leía siempre era la de Japón: aquellos hijos ocupaban un lugar especialísimo en su alma, porque estaban en un país maravilloso, con una lengua tan difícil, y en el que la mayor parte de la gente no conoce todavía a Cristo.

Este espíritu universal se llevó a la práctica, en cuanto las condiciones externas lo permitieron, es decir, después de la guerra civil española, y sobre todo, tras la Segunda Guerra mundial. El Padre preparó personalmente el terreno para la expansión de la Obra con frecuentes viajes, y la semilla arraigó vigorosamente.

Sólo recuerdo un país donde la prehistoria realizada por nuestro Fundador no fuera seguida del comienzo de una actividad apostólica estable: Grecia. El Padre fue allí en 1966, y le acompañamos don Javier Echevarría, Javier Cotelo y yo. Deseaba iniciar cuanto antes la Obra en este país y sembró a manos llenas la semilla divina. El 26 de febrero embarcamos en Nápoles. En Atenas y Corinto visitamos los lugares en los que, según la tradición, había predicado San Pablo. El Padre no daba demasiada importancia a la autenticidad de aquella tradición popular; al regreso, explicó: El sitio puede ser o no ser aquél; nada se gana ni se pierde si no lo fuese. Pero, a última hora, sale ganando el que sabe aprovecharlo para acercarse más a Dios. Allí rezamos una comunión espiritual, y encomendamos toda la futura labor en Grecia. Si en ese punto concreto estuvo San Pablo, muy bien; y si no estuvo, muy bien; eso es lo de menos.

Vimos también varias iglesias bizantinas. A veces coincidimos casualmente con alguna ceremonia litúrgica a la que asistían pocos fieles, en su mayoría, mujeres. El Padre rezó por aquel pueblo, separado de la Iglesia Romana. Fuimos a la catedral católica y a la Universidad de Atenas. El 13 de marzo regresamos a Roma.

Llegamos enseguida a la conclusión de que era poco factible iniciar la actividad apostólica en Grecia, entre otras cosas, porque los católicos eran una pequeña minoría. Nuestro Fundador comentó: La impresión mía, es que allí hay poquita posibilidad humana de trabajo. Es casi todo muy menudo…; no sé como decirlo. Aunque para el Espíritu Santo no hay imposibles. No abandonó la esperanza de enviar a alguno de sus hijos cuando las circunstancias fueran más favorales. A este propósito dijo en una ocasión: La labor no será fácil ni tampoco difícil; será como en todas partes. Será fruto de la oración, de la mortificación y del trabajo de todos.

La espiritualidad y los modos apostólicos del Opus Dei coinciden con los de su Fundador. Me gustaría oírselo explicar más claramente, aunque se trate de una exposición forzosamente incompleta.

–El elenco será necesariamente incompleto, porque la espiritualidad del Opus Dei tiende a realizar la unidad de vida, es decir, la unión de acción y contemplación, a través de la práctica de todas las virtudes, humanas y sobrenaturales.

Al contemplar la vida espiritual de nuestro Padre, se pone de manifiesto que su fundamento radicaba, como dijo muchas veces, en el sentido de la filiación divina, que se traduce en un deseo ardiente y sincero, tierno y profundo a la vez, de imitar a Jesucristo como hermano suyo, hijo de Dios Padre. El espíritu de filiación le llevaba a mantenerse siempre en la presencia de Dios, a vivir con absoluta fe en la Providencia, a corresponder serena y alegremente a la Voluntad divina.

Si todos, en cualquier situación y condición, estamos llamados a la santidad –y el Opus Dei ayuda a tomar conciencia de esta realidad y a obrar en consecuencia–, todos estamos llamados a participar de la vida de Cristo. Por tanto, la existencia del cristiano se centra en el Sacrificio eucarístico, donde se da la máxima unión posible del hombre con Cristo.

La profunda percepción de la riqueza del misterio del Verbo Encarnado fue el cimiento sólido de la espiritualidad del Fundador. Comprendió que, con la Encarnación del Verbo, todas las realidades humanas honestas se elevaban al orden sobrenatural: trabajar, estudiar, sonreír, llorar, cansarse, descansar, cultivar la amistad, etc., habían sido, entre tantas otras, acciones divinas en la vida de Jesucristo; podían compenetrarse perfectamente con la vida interior y el apostolado: en una palabra, con la búsqueda de la santidad. Por esto, en su vida –y gracias a su ejemplo, en tantas otras almas–, el esfuerzo por alcanzar la perfección humana en el cumplimiento de los propios deberes se transformó, por obra de la gracia, en oración, en camino de santificación, de ejercicio de las virtudes sobrenaturales y, al mismo tiempo, en fecundo servicio humano, en lucha generosa contra los enemigos del alma.

Por eso, desempeñó siempre sus trabajos con espíritu contemplativo: los ofrecía al Señor al empezar y al terminar, y los regaba de jaculatorias; en suma, transformaba todo en oración.

Como consecuencia, y al mismo tiempo como fuente de la unidad de vida, se alimentaba ininterrumpidamente del sentido de la presencia de Dios y convertía toda la jornada en oración. Solía explicar, ya lo he recordado, que el arma del Opus Dei no es el trabajo, es la oración: por eso convertimos el trabajo en oración. Era un alma contemplativa nel bel mezzo della strada como le gustaba decir en italiano, también cuando hablaba en otra lengua; afirmaba que, para un cristiano corriente, la celda es la calle. Tomaba ocasión de cualquier suceso para elevarlo al orden sobrenatural y convertirlo en tema de su diálogo con Dios. En su plan de vida incluyó, además, lo que llamaba normas de siempre, es decir, algunas prácticas de piedad que penetraban todos los momentos del día alimentando su intimidad con el Señor: presencia de Dios, consideración de la filiación divina, comuniones espirituales, acciones de gracias, actos de desagravio, jaculatorias, que se unían a sus mortificaciones, al estudio, al trabajo, al orden, todo vivido con la alegría de saberse hijo de Dios.

El cuidado de las cosas pequeñas constituye otra línea básica del espíritu del Fundador. Era maravilloso que un corazón tan grande, un alma que voló tan alto y fue protagonista de formidables empresas divinas, fuera capaz de penetrar con tanta intensidad en lo que, como solía decir, se advierte solamente por las pupilas que ha dilatado el amor.

Otros aspectos que completan la fisonomía espiritual del Fundador eran: una piedad doctrinal, alimentada con el estudio de la Fe revelada y con prácticas personales de oración, de sacrificio y de penitencia; una tierna devoción a la Virgen, a San José, a los Santos Ángeles Custodios, a nuestros Patronos y a nuestros Santos Intercesores, a la Iglesia y al Papa; y un profundo respeto a la legítima libertad de los demás.

En la vida de nuestro Padre se unían la oración, la mortificación –oración de los sentidos–, el trabajo y el apostolado: verdaderamente el apostolado era, como enseñaba, superabundancia de la vida interior. Soy testigo de cómo aprovechaba todos los momentos y todas las ocasiones para hablar de Dios; aseguraba que no quería ni sabía hablar de otra cosa.

Afirmaba que la parte más importante y más eficaz de la actividad apostólica de la Obra estaba constituida por el apostolado personal de cada miembro, con su ejemplo y su palabra, en el trato diario con sus amigos y colegas, en el propio ambiente social, profesional y familiar.

Con la Constitución Apostólica Ut sit, del 28 de noviembre de 1982, Juan Pablo II erigió el Opus Dei en Prelatura personal. En conformidad con el carisma fundacional, la Obra fue reconocida por la Iglesia, por tanto, como estructura jurisdiccional secular, de carácter personal –es decir, no territorial–, constituida por un Prelado, sacerdotes incardinados en el Opus Dei y laicos. Con la erección en Prelatura, se cerró un largo iter jurídico, que conoció diversas etapas: en 1941 la Obra fue aprobada como Pía Unión por el obispo de Madrid; en 1943, la erección diocesana de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz permitió la incardinación de sacerdotes procedentes del laicado de la Obra; con las aprobaciones de 1947 y de 1950 como Instituto Secular de derecho pontificio, se aseguró el carácter internacional imprescindible para la expansión apostólica de la Obra.

¿Cómo vivió el Fundador, que no pudo contemplar en la tierra la configuración canónica definitiva del Opus Dei, estos jalones jurídicos de la Obra?

–En el ordenamiento canónico entonces vigente no existía ninguna figura jurídica adecuada a lo que el Señor quería para la Obra, y ni siquiera se entreveía una posibilidad concreta de abrir nuevos caminos. Por esto, nuestro Fundador no se arriesgó en los comienzos a pedir la aprobación formal por parte de la autoridad eclesiástica: en ese caso, al Opus Dei se le habría encasillado, de hecho, dentro de un esquema jurídico inadecuado. Nuestro Fundador se limitó a mantener al corriente de todo al Ordinario de Madrid, y a no dar ningún paso sin su venia y bendición.

La primera aprobación in scriptis se remonta a 1941, y se anticipó en buena medida por la terrible campaña de calumnias desencadenada contra nuestro Fundador después de la guerra civil española. Para deshacer aquellas calumnias, don Leopoldo Eijo y Garay, obispo de Madrid, que ya había intervenido repetidamente de palabra en la defensa del Opus Dei y de su Fundador, decidió comprometer su propia autoridad, y para disipar los equívocos quiso dar una aprobación escrita a la Obra. Con este fin pidió al Padre una copia de los Reglamentos.

Desde el comienzo, el Fundador del Opus Dei se resistió a usar el término “Constituciones” para hablar de los Reglamentos, Estatutos, o Derecho Particular de la Obra; en el lenguaje eclesiástico ese vocablo se utilizaba para designar el ordenamiento propio de los religiosos o del estado de perfección, mientras que el Opus Dei era una realidad eclesial completamente diversa.

Pasaron algunos meses, pero el Fundador no se había decidido aún a comenzar la redacción de los Reglamentos, como le había pedido el obispo. Por fin, ya en 1941, se dio cuenta un día de que, aunque siempre había querido obedecer con lealtad y delicadeza a la autoridad eclesiástica, en esto no estaba obedeciendo a don Leopoldo. Le pidió audiencia inmediatamente y, apenas fue recibido por el Prelado, le explicó: Señor Obispo, me tiene que perdonar, porque le he estado desobedeciendo, sin darme cuenta. Me dijo Vuestra Excelencia que presentase esos papeles y no lo he hecho. No lo he hecho porque no me sentía movido por Dios, pues temo que se pueda causar un perjuicio grave al Opus Dei con una aprobación que no respete su naturaleza teológica, ascética y jurídica. Por otra parte, al comprender que estaba oponiendo resistencia pasiva a esta aprobación, me he llenado de alegría porque pienso que, cualquier fundador que hubiese encontrado tal disponibilidad de su Obispo para aprobar la fundación, se hubiese apresurado a preparar los documentos y a presentarlos. Yo no lo he hecho porque la Obra no es mía, sino de Dios; y si cuando llegue el momento de darle cauce jurídico no está Usted para aprobar la Obra, entonces la aprobará su sucesor. Este episodio me lo contó nuestro Fundador con estas palabras en varias ocasiones.

Sin embargo, el obispo insistió en la necesidad de dar un respaldo oficial a la Obra para defenderla de los ataques de que era objeto; el Padre se sometió a la voluntad del Ordinario, y poco después, el 14 de febrero de 1941, presentó el texto de los Reglamentos para que la Obra fuese reconocida como Pía Unión.

Con esta misma actitud de adhesión a la Voluntad de Dios, nuestro Fundador aceptó las sucesivas configuraciones jurídicas de la Obra, sabiendo conceder, sin ceder, con ánimo de recuperar.

Defendió decididamente el carisma fundacional, obedeciendo a la vez fielmente a la autoridad eclesiástica, y puedo afirmar que la solución definitiva –que, como primer sucesor del Fundador, me ha correspondido llevar a término–, refleja perfectamente las disposiciones que dejó definidas hasta el último detalle.

El principal obstáculo que el Fundador debió superar fue hacer comprender el carácter plenamente secular de la Obra, que de ningún modo puede confundirse o ser asimilado a las órdenes, a las congregaciones, a las asociaciones religiosas. Y esto, no por menospreciar a los religiosos, sino, sencillamente, porque la Obra es, sin ninguna pretensión de exclusivismo, esencialmente distinta de las instituciones religiosas.

–Nuestro Fundador amó siempre, respetó, y en lo que le fue posible ayudó a los religiosos, predicando tandas de ejercicios a religiosos y religiosas, animando a personas que le pedían consejo a seguir la vida religiosa si presentaban síntomas de vocación, y prodigándose por la unidad –que no significa uniformidad– del apostolado, por la que los miembros del Opus Dei rezan a diario.

El Padre no se permitía la menor crítica a otras personas o instituciones de la Iglesia. Desde que le conocí, se lo he oído repetir más o menos con estas palabras: jamás moveré un dedo para apagar una llama que se encienda en honor de Cristo: no es mi misión. Si el aceite que arde no es bueno, se apagará sola.

Entre los miles de episodios que podría citar, me viene a la cabeza que hacia 1940 se presentó en nuestra casa de la calle Diego de León de Madrid, una chica que necesitaba cierta cantidad de dinero como dote para entrar en religión. El Padre comprobó la sinceridad de sus intenciones, y después de hablar conmigo, preguntó a Isidoro Zorzano, que era el administrador, cuánto dinero teníamos en casa; y se lo dio todo a aquella futura novicia.

Por lo demás, los religiosos han comprendido siempre la originalidad pastoral de la Obra. Por ejemplo, sor Lucia, la vidente de Fátima, puso un gran interés en el inicio de nuestra actividad apostólica en Portugal, y ha rezado siempre por la Obra. En 1972 acompañé a nuestro Fundador a ver a sor Lucia, y en aquella ocasión ella le regaló unos millares de folletos que contenían algunas reflexiones sobre la Virgen y el Rosario: el Padre los difundió con gran alegría.

Madrid, 2 de octubre de 1928

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Don Josemaría comenzó a trabajar en Madrid en los primeros meses de 1927. Desplegaba una amplia labor sacerdotal, era capellán del Patronato de Enfermos de las Damas Apos­tólicas, daba clases en la Academia Cicuéndez, y preparaba su doctorado en Derecho. Entretanto, rezaba y seguía esperando que la Voluntad divina se le manifestase claramente.

Así le sorprendió el 2 de octubre de 1928. Fue en esta fecha, haciendo unos días de retiro en la casa de los Paúles de la calle García de Paredes de Madrid, cuando vino al mundo el Opus Dei.

A Mons. Escrivá de Balaguer no le gustó nunca –porque comprendió que la Obra era de Dios y no deseaba robar nada de la gloria del Señor‑ hablar ni descender a detalles de ese 2 de octubre de 1928, fecha en que supo con transparente claridad que él, entonces un sacerdote de 26 años, apenas conocido, sin medios humanos, era el instrumento elegido por Dios para realizar en la tierra la empresa divina del Opus Dei.

En octubre de 1967, el director de la revista Palabra le plan­teaba una intencionada cuestión: “En diversas ocasiones, y al referirse al comienzo de la vida del Opus Dei, usted ha dicho que únicamente poseía juventud, gracia de Dios y buen humor. Por los años veinte, además, la doctrina del laicado aún no había alcanzado el desarrollo que actualmente presenciamos. Sin embargo, el Opus Dei es un fenómeno palpable en la vida de la Iglesia. ¿Podría explicarnos cómo, siendo un sacerdote joven, pudo tener una comprensión tal que permitiera realizar este em­peño?”

Como en tantas otras ocasiones la respuesta fue aparentemen­te evasiva:

Yo no tuve y no tengo otro empeño que el de cumplir la Vo­luntad de Dios: permítame que no descienda a más detalles sobre el comienzo de la Obra ‑que el Amor de Dios me hacía ba­rruntar desde el año 1917‑, porque están íntimamente unidos con la historia de mi alma, y pertenecen a mi vida interior. Lo único que puedo decirle es que actué, en todo momento, con la venia y con la afectuosa bendición del queridísimo Sr. Obispo de Madrid, donde nació el Opus Dei el 2 de octubre de 1928. Más tarde, siempre también con el beneplácito y el aliento de la Santa Sede y, en cada caso, de los Revmos. Ordinarios de los lugares donde trabajamos.

En esta actitud se refleja una realidad que ha sido constante en la vida de la Iglesia: quienes han recibido carismas de Dios han sido muy poco carismáticos; todo su empeño fue siempre hacer ver a los demás que eso que ellos decían tenía el refrendo de las autoridades eclesiásticas: era de Dios por ser de la Iglesia, y estar aprobado por la Jerarquía.

El Fundador del Opus Dei mantenía ese delicado silencio. incluso, ante socios de la Obra. Así sucedió, por ejemplo, un día 2 de octubre de 1968, que pasó en Pozoalbero (Cádiz). Lo narra don José Luis Múzquiz, presente en aquella ocasión. Las razones que dio para no contar apenas nada eran las siguientes:

‑la primera, que ya lo sabéis;

‑la segunda, que os lo encontraréis escrito cuando yo rece muera;

‑la tercera, que creeríais que yo soy algo y soy solamente un pobre pecador;

‑y la cuarta, la más importante, es que sí ha habido cosas extraordinarias en la Obra, pero lo “nuestro” es la santifi­cación de las cosas ordinarias.

Aquel 2 de octubre de 1928, durante esos días de retiro en la casa de los Paúles en la calle García de Paredes de Madrid, le habían asignado un cuarto que estaba en una zona hoy desapa­recida. Mientras hacía oración en ese cuarto ‑comentaba en público recientemente don Álvaro del Portillo‑ vio el Opus Dei y oyó el repicar de las campanas de la no muy lejana parroquia de Nuestra Señora de los Angeles, junto a Cuatro Caminos, que sonaban a voleo festejando a su Patrona.

Desde ese momento ‑diría predicando el 2 de octubre de 1962‑ no tuve ya tranquilidad alguna, y empecé a trabajar, de mala gana, porque me resistía a meterme a fundar nada; pero comencé a trabajar, a moverme, a hacer: a poner los funda­mentos.

Y lo hizo con plena confianza en el querer de Dios, como re­conocía ‑agradecido‑ en 1950: La Sabiduría infinita me ha ido conduciendo, como si jugara conmigo, desde la oscuridad de los primeros barruntos, hasta la claridad con que veo cada detalle de la Obra, y bien puedo decir: Deus docuisti me a iuventute mea; et usque nunc pronuntiabo mirabilia tua (Ps., LXX, 17), el Señor me ha ido adoctrinando desde el principio de la Obra, y no puedo menos de cantar sus maravillas y luchar para que se cumpla su voluntad, porque está en juego la salvación de mi alma, si no lo hiciera.

Y para abrir paso a este querer divino, verdadero fenómeno teológico, pastoral y social en la vida de la Iglesia ‑ratificaría en 1961 en una carta que es auténtico canto de acción de gracias a la misericordia divina‑, Dios me llevaba de la mano, callada­mente, poco a poco, hasta hacer su castillo: da este paso ‑pa­rece que decía‑, pon esto ahora aquí, quita esto de delante y ponlo allá. Así ha ido el Señor construyendo su Obra, con trazos firmes y perfiles delicados, antigua y nueva como la Palabra de Cristo.

En la historia de nuestro camino jurídico dentro de la vida de la Iglesia, aparece con mucha claridad este juego divino del que os hablo. No he tenido que andar calculando, como jugando al ajedrez; entre otras cosas porque nunca he pretendido averiguar la jugada del otro, para poder dar jaque mate después. Lo que he tenido que hacer es dejarme llevar.

Desde 1943 a 1950, la Iglesia dio al Opus Dei todas las apro­baciones. Bien patente aparece en estos documentos pontificios el reconocimiento del carácter sobrenatural de aquella misión pata cuyo cumplimiento su Fundador seguía considerándose instru­mento inepto y sordo. Estaba definitivamente claro, como en abril de 1970 diría el Cardenal Dell’Acqua, que en la Iglesia, jus­tamente, “se considera esta Obra como una Obra del Señor”. Otro ilustre prelado, el Cardenal Baggio, suscribiría poco después de la muerte de Mons. Escrivá de Balaguer: “No tenemos la necesaria perspectiva para valorar el alcance histórico de la en­señanza (en tantos aspectos auténticamente revolucionaria y anti­cipadora) y de la acción pastoral (de una eficacia y una irra­diación sin equivalentes) de este insigne hombre de la Iglesia. Pero es evidente desde ahora que la vida, la obra y el mensaje del Fundador del Opus Dei constituyen un viraje o, más exacta­mente, un capítulo nuevo y original en la historia de la espiritua­lidad cristiana, si la consideramos ‑y así debe ser‑ como un camino rectilíneo bajo la guía del Espíritu Santo”.

El Cardenal Primado de España, don Marcelo González Mar­tín, publicó unas reflexiones, a las que ya se ha aludido en estas páginas, sobre el carácter sobrenatural del Opus Dei. A su juicio, para explicar el éxito del Fundador al sacar adelante su empresa, no basta acudir al “carácter de quien la acometió; no está ahí el secreto. Porque la empresa es de índole sobrenatural y, por mucho que ayuden las condiciones personales del que la promue­va, como instrumento eficaz, se necesita otra clave mucho más, íntima y radical. Un carácter humano, por muy dotado que este para la perseverancia y el entusiasmo en el servicio a una causa, si sólo cuenta con sus propios recursos instrumentales se dispersa en la inoperancia real, cuando la causa es precisamente vivir enamorado de la santidad y comunicar a los demás el mismo amor. Su actividad se convierte entonces en activismo; s a palabra, en griterío o en susurro; pero nada más, y la energía de su voluntad se transforma en puro afán de mando. Nada de esto sirve para llevar por los caminos de la perfección cristiana. El que lo intente fracasará a las primeras de cambio”.

¿Cuál era esta empresa sobrenatural para la que Dios llamaba a don Josemaría Escrivá de Balaguer? El Cardenal Pri­mado de España lo sintetiza en pocas palabras: “la asociación que predica y promueve la santificación del hombre en medio del trabajo ordinario de la vida. Esto ‑subrayo las palabras de don Marcelo‑, que era tan sencillo y tan evangélico, estaba prác­ticamente olvidado.

Después del Concilio Vaticano 11, buena parte del mensaje que el Fundador del Opus Dei difundió desde 1928, suena a cosa conocida. No es extraño, porque ‑como formuló en 1961‑, la Obra es una novedad, antigua como el Evangelio, que hace ase­quible a personas de toda clase y condición ‑sin discriminación de raza, de nación, de lengua‑ el dulce encuentro con Jesucristo en los quehaceres de cada día. Novedad bien sencilla, como son las nuevas del Señor.

Viejo como el Evangelio, y como el Evangelio nuevo, así des­cribió muchas veces el espíritu del Opus Dei su Fundador. Nuevo efectivamente, porque, entre otras cosas, se había olvidado por siglos la llamada universal a la santidad. No sería fácil hacerlo entender en los comienzos de la Obra.

Se entienden ‑en este contexto‑ las palabras con que, en 1937, el entonces obispo de Pamplona, don Marcelino Olaechea, presentó al Fundador del Opus Dei al actual obispo de Bilbao, Monseñor Añoveros: “Si la Obra que proyecta este sacerdote llega a ser aprobada por la Iglesia, será una verdadera revolución en el campo del apostolado seglar”.

Era tal la novedad del planteamiento, que hubo quien consi­deró a aquel joven sacerdote como un soñador, como un loco. Alguien quiso cerciorarse muchos años después, en Brasil, con una pregunta bien directa: ‑¿Por qué, cuándo y quién le había llamado loco? Y ésta fue la contestación:

‑¿Te parece poca locura decir que en medio de la calle se puede y se debe ser santo? ¿Que puede y debe ser santo el que vende helados en un carrito, y la empleada que pasa el día en la cocina, y el director de una empresa bancaria, y el profesor de la universidad, y el que trabaja en el campo, y el que carga sobre las espaldas las maletas…? ;Todos llamados a la santidad! Ahora esto lo ha recogido el último Concilio, pero en aquella época ‑1928‑, no le cabía en la cabeza a nadie. De modo que… era lógico que pensaran que estaba loco (…)

‑Ahora ya parece natural, pero entonces no era así. A uno que quería ser santo le decían: pues, métete… fratinho.

Mons. Escrivá de Balaguer se dirigió en este momento al Consiliario del Opus Dei en Brasil, para preguntarle si se decía así en portugués… ‑Fradinho, le contestó.

‑;No, señor! Si Dios le llama para casado, que se case, y que sea santo: un padre de familia santo. Y si no, no necesita meterse en un convento. Y si le llama para ser fradinho, pues fradinlw. Pero ;todos iguales, ante la necesidad de responder, según su camino, a la invitación del Maestro!, ;todos llamados a la santi­dad!, ¡todos!

En términos semejantes se expresaría en aquella predicación del 2 de octubre de 1962: Me puse a trabajar, y no era fácil: se escapaban las almas como se escapan las anguilas en el agua. Además, había la incomprensión más brutal: porque lo que hoy ya es doctrina corriente en el mundo, entonces no lo era. Y si alguno afirma lo contrario, desconoce la verdad.

Tenía yo veintiséis años ‑repito‑, la gracia de Dios y buen humor: nada más. Pero así como los hombres escribimos con la pluma, el Señor escribe con la pata de la mesa, para que se vea que es Él el que escribe: eso es lo increíble, eso es lo mara­villoso. Había que crear toda la doctrina teológica y ascética, y toda la doctrina jurídica. Me encontré con una solución de conti­nuidad de siglos: no había nada. La Obra entera, a los ojos hu­manos, era un disparatón. Por eso, algunos decían que yo estaba loco y que era un hereje, y tantas cosas más.

Lo que comenzó a enseñar a estudiantes y obreros en Madrid contrastaba seriamente con el ambiente general de la época. También con el clima que se respiraba en los sectores católicos. Don Saturnino de Dios Carrasco, un sacerdote que conoció la Obra en los años treinta, atestigua que lo que pretendía era algo distinto de las asociaciones que por entonces surgieron en Es­paña: “Hablaba de echar raíces hondas, y de abarcarlo todo. Para mí no ha sido ninguna novedad todo lo que ha hecho el Opus Dei en todos estos años; todo esto ya se lo había oído decir a don Josemaría. El Padre volaba muy alto. Con la perspectiva de los años se ve que todo aquello era sobrenatural, divino”.

En esta época ‑poco después de 1931‑, a don Saturnino le sobrecogía la audacia del Fundador del Opus Dei. Era “un coloso, un valiente”, dice; pero también “un hombre hecho y derecho, maduro ya a sus años; como si hubiera vivido más intensamente, una vida más vivida”. A don Saturnino le encanta­ba oír sus planes apostólicos, aunque “eran para asustarse de la magnitud de la empresa. Eran sueños. No se pensaba entonces como pensaba el Padre. Tenía que ser una persona escogida por Dios para pensar y hacer aquello”.

Juan Jiménez Vargas, un estudiante que siguió al Fundador del Opus Dei en los años treinta, piensa también que su modo de hablar de la santificación del trabajo ordinario no podía habér­sele ocurrido a una persona, por muchas cualidades humanas que poseyera: “Tenía que ser una auténtica inspiración sobrena­tural”. Conocía la Universidad y sus problemas como cosa vivida, pero “se captaba algo que estaba por encima de todo eso. En pri­mer lugar porque hablaba del trabajo de cualquier clase, y de personas de todas las clases sociales; de que la Obra no sacaba a nadie de su sitio…”.

Por aquel tiempo, para una gran mayoría de estudiantes, el trabajo profesional era un simple medio para labrarse un futuro en la vida. No faltaban en la Universidad de Madrid los grupos de activistas que desde posiciones muy diversas coincidían en politizarlo todo. Estaban luego algunas minorías ‑entre los más intelectuales‑ que miraban con cierto desprecio las prácticas religiosas. Frente a ellos, los grupos católicos confesionales, preocupados por el futuro de la religión, trabajaban con vistas a ocupar puestos en la vida civil desde los que poder servir a la Iglesia.

El Fundador del Opus Dei no quería resolver ningún pro­blema inmediato. El enfoque con el que planteaba la santifica­ción del trabajo era absolutamente nuevo, original. Se refería siempre a los primeros cristianos ‑explicara o no la Obra‑, con lo cual el trabajo, o el estudio, se concebían como elementos indispensables en la vida de un hombre corriente para tratar de ser santo en medio del mundo. El esfuerzo por santificar el tra­bajo ‑cualquiera que fuese‑ era además inseparable del Man­datum novum de la caridad: espíritu de servicio, capacidad de sacrificio para ayudar de veras a los demás, al margen de todo egoísmo personal; sentido de responsabilidad ante todos los pro­blemas de los hombres.

Iba a la raíz: santificar el trabajo significaba, ante todo, convertir el trabajo en oración. Era una realidad tan nuclear, tan de fondo, que ‑como reseñaba en una ocasión don Álvaro del Portillo‑, si hubiera sido posible, no quería el Fundador que la Obra se llamara de ninguna manera: hasta que en 1930 alguien le preguntó: ¿Cómo va esa Obra de Dios? “Fue una llamarada de claridad: puesto que debería llevar uno, ése era el nombre: Obra de Dios, Opus Dei, operado Dei, trabajo de Dios; trabajo pro­fesional, ordinario, hecho por personas que se saben instrumen­tos de Dios; trabajo realizado sin abandonar los afanes del mundo, pero convertido en oración y en alabanza del Señor ‑Opus Dei‑ en todas las encrucijadas de los caminos de los hombres”.

La semilla tardaría necesariamente tiempo en prender y dar todos sus frutos, porque no iba por ahí el ambiente general. En 1941, Víctor García Hoz, que se confesaba con don Josemaría, se llenó de asombro cuando un día le dijo: Dios te llama por ca­minos de contemplación. “Por aquellos años ‑analiza‑ resul­taba casi incomprensible que a un hombre casado, con dos o tres hijos entonces y esperando, como ocurrió en realidad, la llegada de más hijos, teniendo que trabajar para sacar adelante su fami­lia, se le hablara de la contemplación como algo que él tenía que realizar”.

A los primeros socios de la Obra, como a tantos otros, les quedó clara en los años treinta la novedad del espíritu de la Obra y, sobre todo, la evidencia de la vocación divina de su Fundador. Lo iban captando con normalidad, sin la menor nota de sensacio­nalismo y sin concesiones a lo “extraordinario”, porque aparecía diáfana la humilde correspondencia del Fundador del Opus Dei a una llamada auténticamente divina. Como valora uno de ellos, en medio de la naturalidad y sencillez con que les trataba, “resul­taba evidente que el Padre era la persona que Dios había elegido para hacer la Obra, y que se había entregado de tal manera que su preocupación por hacer realidad aquella misión divina era como algo que había llegado a constituir la característica más decisiva de su propia personalidad”.

Este carácter sobrenatural de la llamada y de la respuesta sería reconocido, con los años, por miles de personas de buena voluntad en todo el mundo. No hacía falta ser socio del Opus Dei para darse cuenta. Bastaba fijarse ‑aunque fuera en sus líneas más generales‑ en la amplitud de los frutos que la semilla venía dando en los cinco continentes.

El Diario de Navarra publicó el 5 de octubre de 1975 un artículo del Marqués de Lozoya, don Juan de Contreras y López de Ayala, bien conocido en toda España por su hombría de bien y su medio siglo de docencia universitaria. Su colaboración se titulaba Españoles universales, y veía a uno de ellos en el Funda­dor del Opus Dei: “Crear una Obra que cuenta con miles de sacerdotes ejemplares, y varios miles de seglares, sobresalientes en las más difíciles disciplinas ‑hombres y mujeres de todas las naciones, de todas las razas, esparcidos por todo el mundo, entregados a las más diversas actividades, siempre en provecho de la Iglesia o en satisfacción de alguna humana necesidad‑, es algo que sobrepasa lo natural, lo humanamente explicable. Hay que vislumbrar el soplo divino, arrollador en sus comienzos, constante a través de los siglos, que hizo posible la obra gigan­tesca de `los fundadores’ “.

Los primeros socios del Opus Dei

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

La historia de los comienzos del Opus Dei puede compendiar­se como historia de los amigos de su Fundador. Después del 2 de octubre de 1928, don Josemaría siguió con una nueva luz haciendo su vida normal. Esa luz sobrenatural nueva, que iluminaba su sacerdocio, le empujaba a buscar personas dispues­tas a sumarse a la locura que Dios le pedía.

Cuando llegó a Madrid, en 1927, la mayor parte de sus amigos quedaba en Aragón y en la Rioja. Algunas familias, conocidas de la suya, estaban en Madrid. Después del 2 de octubre de 1928 esas relaciones de amistad ‑junto a las que surgían con ocasión de su propio trabajo sacerdotal, de sus tareas de enseñanza en la Academia Cicuéndez y de las clases particula­res que se veía obligado a dar‑ serían el campo en que fructificaría la semilla de la vocación al Opus Dei.

Así sucedió, por ejemplo, con Luis Gordon, uno de los primeros socios del Opus Dei. Luis era pariente de la Marquesa de Onteiro, madre de doña Luz Rodríguez‑ Casanova, Fundadora de las Damas Apostólicas, en cuyo Patronato de Enfermos don Josemaría era Capellán desde 1927. A través de esta familia lo conoció, y en 1931 Luis Gordon era una de las personas en las que el Fundador del Opus Dei podía confiar especialmente, por ser un hombre maduro. Luis Gordon ‑ingeniero industrial, promotor de una maltería en Ciempozuelos‑ aparece con los Romeo, y con otros amigos, en el grupo que, a partir de 1931, acude todos los domingos por la tarde al Hospital General de Madrid, para atender a los enfermos. Es el protagonista del punto n.° 626 de Camino:

¿Verdad, Señor, que te daba consuelo grande aquella “sutile­za” del hombrón‑niño que, al sentir el desconcierto que produce obedecer en cosa molesta y de suyo repugnante, te decía bajito: Jesús, que haga buena cara!?

La anécdota sucedió en aquel hospital de la calle de Santa Isabel, donde iban a prestar servicios diversos a los enfermos: cortarles las uñas, peinarles, decirles palabras de cariño. A Luis Gordon y a esta misma anécdota, se refería Mons. Escrivá de Balaguer un día de 1972, en España:

Recuerdo ‑de éste puedo hablar, porque ya está en el Cielo hace muchos años‑ que una persona de una familia conocida, uno de los primeros de aquella época, de los primerísimos años del Opus Dei, pues cogió un vaso de noche ‑era de un tuberculoso y ¡estaba…!‑. Le dije: ;hala, a limpiarlo! Y después me dio un poco de pena, por aquella cara de asco que había hecho. Fui detrás de él y había en el mismo piso ‑era en un hospital general‑ un cuartito donde se limpiaban esas cosas, y le vi con una cara maravillosa de cielo, limpiando con toda la mano.

Pero como había sucedido con otras almas de idéntica talla sobrenatural ‑María Ignacia García Escobar, don José María Somoano Berdasco‑, el Fundador del Opus Dei no pudo contar con Luis Gordon para seguir haciendo la Obra: falleció en noviembre de 1932.

Con motivo de aquellas visitas al Hospital General, don Josemaría conoció a otras personas. Algunas llegaron a ser de la Obra; otras, no. Pero todas participaron de su celo apostólico Allí, por ejemplo, hizo amistad con el escultor Jenaro Lázaro Cuando terminaban los domingos las visitas, Jenaro se quedaba

hablando un rato con don Josemaría. Aquellas conversaciones le han dejado una impresión imborrable: “Era un hombre de Dios, que arrastraba hacia Él a las personas que trataba. He pensado muchas veces, más tarde, que el Padre hacía un verdadero apostolado de amistad, ya que en cuanto uno le trataba se hacía amigo de él para toda la vida”.

José Manuel Doménech, que hoy vive en Lérida, charlaba también con don Josemaría después de sus visitas al Hospital de Santa Isabel. Y destaca “cómo empleaba su tiempo generosa­mente con nosotros ‑el grupo de estudiantes que atendíamos a los enfermos‑ y también con esos mismos enfermos”.

Día a día, infatigablemente, dedicando su mejor tiempo a la oración, acompañado por la plegaria y el dolor de los enfermos de los hospitales de Madrid, el Fundador del Opus Dei fue llevando adelante su misión: con los amigos, con los amigos de los amigos.

Isidoro Zorzano había sido compañero suyo de estudios en el Instituto de Logroño. Apenas habían vuelto a verse desde aquellos años, aunque mantenían contacto epistolar. Pensó en­seguida en él. Deseaba hablarle del Opus Dei recién nacido. Y un 24 de agosto de 1930 se lo encontró en Madrid. Isidoro, que trabajaba en Málaga como ingeniero de ferrocarriles, había venido dispuesto a hablar con él de sus inquietudes espirituales. Sentía unos deseos de entrega a Dios que no sabía cómo resolver, porque, al mismo tiempo, veía muy clara su vocación profesional. Isidoro consideró siempre ‑hasta su muerte en 1943‑ que ese reencuentro con el Fundador del Opus Dei había sido providen­cial, cosa de Dios, que hizo se viesen inesperadamente, en una calle de Madrid ‑la de Nicasio Gallego‑, que no era camino habitual de don Josemaría. Hablaron, y ya desde aquel día supo que podía dedicarse plenamente al servicio de Dios dentro de su vida ordinaria, en su profesión de ingeniero.

Juan Jiménez Vargas conoció al Fundador de la Obra a principios de 1932, en una visita puramente casual de pocos minutos: simplemente acompañaba a un amigo suyo, Adolfo Gómez, que iba a confesarse. Don Juan experimentó luego personalmente que don Josemaría no dejaba de pedir a los chicos que se confesaban con él nombres de amigos que pudieran participar en su apostolado.

Los socios de la Obra de aquellos años, cuando hablan de su vocación, cuentan de ordinario que un amigo les llevó al Padre. Don Ricardo Fernández Vailespín era en 1933 estudiante de ¡a Escuela Superior de Arquitectura de Madrid y le faltaba poco más de un año para terminar la carrera. La situación económica de su familia no era buena y, para ayudar, daba clases particulares a José Romeo. Desde los tiempos de Zaragoza, el Fundador del Opus Dei era amigo de esta familia. Y en esa casa conoció a Ricardo un día que éste había ido a dar la clase particular. Él no se había planteado, en absoluto, ningún problema de vocación; deseaba terminar cuanto antes la carrera y ganarse la vida; al mismo tiempo le preocupaba la situación de España y pensaba que algo habría que hacer. Lo cierto es que se sintió atraído por “aquel sacerdote que en sus palabras, corrien­tes y sencillas, traslucía un alma plenamente dada a Dios”. Y concertó una entrevista con él, que tuvo lugar quince días después, el 29 de mayo, en Martínez Campos, n.° 4. Poco tiempo más tarde Ricardo pidió ser admitido en la Obra.

Mons. Escrivá de Balaguer sabía esperar, sabía no forzar las cosas. En concreto, nunca abusó de la amistad, transformán­dola en mero instrumento de apostolado. Ante todo, era amigo de sus amigos. Dios se sirvió de esa sincera amistad para que llegaran los primeros socios a su Obra. Pero a muchos de aquellos amigos ‑incluso, a personas a las que dirigía espiritual­mente‑ el Fundador no les habló del Opus Dei, o se limitó ú: pedirles que rezaran por él y por su tarea apostólica.

Don Manuel Aznar señalaba, en La Vanguardia Española de Barcelona, que jamás “me pidió, ni siquiera me indicó, ni aun me sugirió con alguna alusión lejana, que me incorporase a la Obra. Hablábamos de todo, menos de eso y de política”. Aznar comenzaba su artículo contando con detalle cómo le había conocido. Es una trayectoria de amistades, tantas veces repetida en el tiempo: “Mi amistad con el Fundador vino a través de la familia del Portillo, emparentada con la de un amigo burgalés de mucha distinción ‑Luis García Lozano, ¡larga vida le dé Dios!­ y con la del inolvidable doctor José María Pardo Urdapilleta. Los Portillo que yo conocí fueron tres: un médico, un capitán de la Legión y un Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. Este último se llama Álvaro. Es, desde hace muchos años, sacerdote, doctor en Derecho Canónico, doctor en Filosofía y Letras, agudo y penetrante en sabidurías eclesiásticas, Secretario general del Opus Dei, colaborador esencial de Mons. Escrivá de Balaguer, desde el primer día”.

Don Josemaría vivió ese respeto a la libertad más delicada­mente, si cabe, en la dirección espiritual. Dejaba que cada uno siguiera su camino. Hubo chicos que se dirigieron con él durante años, a los que nunca planteó la posibilidad de ser de la Obra. A otros los encauzó al sacerdocio o a la vida religiosa. A muchos los formaba para el matrimonio, haciéndoles ver su vocación matri­monial, y les hablaba de que, con el tiempo, podrían formar parte del Opus Dei. Entretanto, los atendía, como era usual en él, con absoluta disponibilidad, sin prisas, como si no tuviera otra cosa que hacer.

Practicó, pues, con toda normalidad, eso tan específico del Opus Dei, que describió en Camino como apostolado de amistad y confidencia. Un socio de la Obra, persona igual a las demás, no hace cosas raras ni para encontrar a Dios ni para llevar a otros hasta Dios. Se limita a trabajar, a cumplir sus obligaciones profesionales, a ser amigo de sus amigos, a vivir ejemplaridad posible en la vida de dedica ‑sin cambiar de sitio ni actividades humanas y tareas civiles socio del Opus Dei. Es lo que hacía la máxima familia; en una palabra, se de estado‑ a las mismas que desempeñaría de no ser su Fundador antes del 2 de octubre de 1928 y lo que siguió haciendo después, a la luz de su nueva vocación.

El Fundador

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El 2 de octubre de 1928 Josemaría Escrivá vio el Opus Dei. Usó siempre este verbo, ver, y lo sucedido forma parte de su relación personalísima con Dios. Sin embargo, también para nosotros y para la vida de la Iglesia es un momento central, porque la santidad del Padre se estructura sobre su carisma de Fundador. Sabemos que aquel día estaba en Madrid haciendo, a solas, unos ejercicios espirituales. Todo entra, evidentemente, dentro de un designio providencial.

–La actitud del Padre, como afirmaría más tarde en muchas ocasiones, no fue nunca la del jugador de ajedrez, que mientras hace una jugada va pensando las siguientes: vivía un confiado abandono en la Voluntad de Dios y procuraba, por todos los medios, no obstaculizarla con inútiles precipitaciones humanas.

Se trasladó a Madrid, con el permiso de su Ordinario, el Arzobispo de Zaragoza, para obtener el doctorado en Derecho en la Universidad Central. Llegó a la capital el 20 de abril de 1927, y apenas una semana después, se matriculó en la asignatura de Historia del Derecho Internacional, y después, a finales de agosto, en la de Filosofía del Derecho.

Pero sus planes se modificaron con la fundación de la Obra: el 2 de octubre de 1928 el Señor cambió el curso de su vida y le hizo ver, con claridad meridiana, que su misión sobre la tierra consistía en hacer el Opus Dei. Madrid fue mi Damasco, le he oído exclamar a veces, con profunda gratitud. No sé si llegó inmediatamente a la conclusión de que debía establecerse de modo definitivo en la capital donde había nacido la Obra, y ofrecía mejores perspectivas para su desarrollo. Desde el principio contó con la autorización eclesiástica del Ordinario del lugar.

Aquel 2 de octubre de 1928 se abrieron para nuestro Fundador los horizontes hacia los que el Señor le llamaba al confiarle el Opus Dei: una movilización de cristianos que, en todo el mundo, en todas las clases sociales, a través de su trabajo profesional desarrollado con libertad y responsabilidad personales, busquen la propia santificación, santificando al mismo tiempo, desde dentro, todas las actividades temporales, en un audaz proyecto de evangelización para llevar a Dios a todas las almas. Es, con unas décadas de anticipación, el mensaje de renovación de la Iglesia querido por el Concilio Vaticano II, que ha proclamado la vocación universal a la santidad para la salvación del mundo, con todas las consecuencias pastorales que de ahí derivan, y que delinean la función eclesial del Opus Dei, mientras, como decía el Fundador, haya sobre la tierra hombres que trabajen.

¿Con quién habló el Fundador, además de, naturalmente, con su confesor?

–Uno de los primeros fue un profesor suyo de la Universidad civil de Zaragoza, don José Pou de Foxá, catedrático de Derecho canónico, muy conocido en España. En los primeros años treinta, don José Pou le pidió: “dime lo que te pasa, porque te encuentro diferente. Tú escribes siempre con mucha alegría, y veo que sigues teniendo alegría, pero te veo como más reservado; te pasa algo: ¿tienes alguna pena?”. Es probable que, como consecuencia de esa pregunta, el Padre le informara de alguna manera sobre su vocación divina; de hecho, poco más tarde, don José Pou afirmó que, por las noticias recibidas, comprendía muy bien por qué nuestro Padre se encontraba tan metido en Dios y tenía un afán tan grande por cumplir su Santísima Voluntad, y añadió: “Tú dices que eres un instrumento inútil e inepto. Menos mal que dices esto: porque en caso contrario querrías hacer una cosa tuya, y no una cosa de Dios. Como estás en esta disposición de considerarte inepto, Dios hará todo y todo será de Dios”.

Nuestro Fundador no habló con nadie más de la misión que había recibido del Señor, aparte de las personas que se acercaban a la Obra y, ya mediado el año 1930, su director espiritual, quien le aseguró muchas veces: “Todo esto es de Dios”.

¿Y ni siquiera habló con su familia? Con su madre vivían Carmen, su hermana, apenas dos años mayor, y Santiago, que en 1928 tenía nueve años.

–Hasta 1934 el Padre no habló claramente de la Obra a su madre ni a su hermana, a quienes, pese a la actitud prudente del Padre, no se les había escapado la intensidad de sus mortificaciones, signo evidente de que algo importante había aparecido en su vida. Me lo contaron ellas mismas. Además, en una carta del 20 de septiembre de 1934, el Padre relataba cómo se desarrolló la conversación: Al cuarto de hora de llegar a este pueblo (escribo en Fonz, aunque echaré estas cuartillas, al correo, mañana en Barbastro), hablé a mi madre y a mis hermanos, a grandes rasgos, de la Obra. ¡Cuánto había importunado para este instante, a nuestros amigos del Cielo! Jesús hizo que cayera muy bien. Os diré, a la letra, lo que me contestaron. Mi madre: “bueno, hijo: pero no te pegues, ni me hagas mala cara”. Mi hermana: “ya me lo imaginaba, y se lo había dicho a mamá”. El pequeño: “si tú tienes hijos…, ¡han de tenerme mucho respeto los mochachos!, porque yo soy… ¡su tío!”. Enseguida, los tres, vieron como cosa natural que se empleara en la Obra el dinero suyo. Y esto –¡gloria a Dios!–, con tanta generosidad que, si tuvieran millones, los darían lo mismo.

¿Y de dónde viene el nombre Opus Dei?

–En sus primeros apuntes autobiográficos el Padre, cuando se refería a la fundación, hablaba siempre de “la Obra”, o de “la Obra de Dios”, pero no pensaba aún en un nombre preciso. Tiempo después, llegó a la conclusión de que éste era el nombre. Lo relata en una extensa relación autógrafa del 14 de junio de 1948, que refiere un episodio sucedido a fines de 1930: Un día fui a charlar con el P. Sánchez, en un locutorio de la residencia de la Flor. Le hablé de mis cosas personales (sólo le hablaba de la Obra en cuanto tenía relación con mi alma), y el buen padre Sánchez al final me preguntó: “¿cómo va esa Obra de Dios?” Ya en la calle, comencé a pensar: “Obra de Dios. ¡Opus Dei! Opus, operatio…, trabajo de Dios. ¡Este es el nombre que buscaba!” Y en lo sucesivo se llamó siempre Opus Dei.

Un joven sacerdote con poquísimos medios, en una situación política de gran tensión, que poco después desembocaría en la guerra civil… El Opus Dei nació pequeño, pero desde el principio con entraña universal.

–Recuerdo muy bien, por ejemplo, que desde el comienzo de mi vocación, en 1935, el Padre me animó a estudiar japonés, y así lo hice aunque con resultados poco fructíferos. Nuestro Fundador tenía una predilección particular por el Extremo Oriente, y cuando, al fin, en la posguerra, fue posible iniciar establemente el trabajo de la Obra allí, se puso contentísimo. Cuando llegó la primera carta de sus hijos de Japón, escribió en el sobre: ¡La primera carta de Japón! Sancta Maria Stella Maris, filios tuos adiuva! Desde entonces, al despachar la correspondencia, si había carta de Japón, abría el sobre y la dejaba aparte. Ponía las demás cartas en un montón y las leía después conmigo. Pero la primera que leía siempre era la de Japón: aquellos hijos ocupaban un lugar especialísimo en su alma, porque estaban en un país maravilloso, con una lengua tan difícil, y en el que la mayor parte de la gente no conoce todavía a Cristo.

Este espíritu universal se llevó a la práctica, en cuanto las condiciones externas lo permitieron, es decir, después de la guerra civil española, y sobre todo, tras la Segunda Guerra mundial. El Padre preparó personalmente el terreno para la expansión de la Obra con frecuentes viajes, y la semilla arraigó vigorosamente.

Sólo recuerdo un país donde la prehistoria realizada por nuestro Fundador no fuera seguida del comienzo de una actividad apostólica estable: Grecia. El Padre fue allí en 1966, y le acompañamos don Javier Echevarría, Javier Cotelo y yo. Deseaba iniciar cuanto antes la Obra en este país y sembró a manos llenas la semilla divina. El 26 de febrero embarcamos en Nápoles. En Atenas y Corinto visitamos los lugares en los que, según la tradición, había predicado San Pablo. El Padre no daba demasiada importancia a la autenticidad de aquella tradición popular; al regreso, explicó: El sitio puede ser o no ser aquél; nada se gana ni se pierde si no lo fuese. Pero, a última hora, sale ganando el que sabe aprovecharlo para acercarse más a Dios. Allí rezamos una comunión espiritual, y encomendamos toda la futura labor en Grecia. Si en ese punto concreto estuvo San Pablo, muy bien; y si no estuvo, muy bien; eso es lo de menos.

Vimos también varias iglesias bizantinas. A veces coincidimos casualmente con alguna ceremonia litúrgica a la que asistían pocos fieles, en su mayoría, mujeres. El Padre rezó por aquel pueblo, separado de la Iglesia Romana. Fuimos a la catedral católica y a la Universidad de Atenas. El 13 de marzo regresamos a Roma.

Llegamos enseguida a la conclusión de que era poco factible iniciar la actividad apostólica en Grecia, entre otras cosas, porque los católicos eran una pequeña minoría. Nuestro Fundador comentó: La impresión mía, es que allí hay poquita posibilidad humana de trabajo. Es casi todo muy menudo…; no sé como decirlo. Aunque para el Espíritu Santo no hay imposibles. No abandonó la esperanza de enviar a alguno de sus hijos cuando las circunstancias fueran más favorales. A este propósito dijo en una ocasión: La labor no será fácil ni tampoco difícil; será como en todas partes. Será fruto de la oración, de la mortificación y del trabajo de todos.

La espiritualidad y los modos apostólicos del Opus Dei coinciden con los de su Fundador. Me gustaría oírselo explicar más claramente, aunque se trate de una exposición forzosamente incompleta.

–El elenco será necesariamente incompleto, porque la espiritualidad del Opus Dei tiende a realizar la unidad de vida, es decir, la unión de acción y contemplación, a través de la práctica de todas las virtudes, humanas y sobrenaturales.

Al contemplar la vida espiritual de nuestro Padre, se pone de manifiesto que su fundamento radicaba, como dijo muchas veces, en el sentido de la filiación divina, que se traduce en un deseo ardiente y sincero, tierno y profundo a la vez, de imitar a Jesucristo como hermano suyo, hijo de Dios Padre. El espíritu de filiación le llevaba a mantenerse siempre en la presencia de Dios, a vivir con absoluta fe en la Providencia, a corresponder serena y alegremente a la Voluntad divina.

Si todos, en cualquier situación y condición, estamos llamados a la santidad –y el Opus Dei ayuda a tomar conciencia de esta realidad y a obrar en consecuencia–, todos estamos llamados a participar de la vida de Cristo. Por tanto, la existencia del cristiano se centra en el Sacrificio eucarístico, donde se da la máxima unión posible del hombre con Cristo.

La profunda percepción de la riqueza del misterio del Verbo Encarnado fue el cimiento sólido de la espiritualidad del Fundador. Comprendió que, con la Encarnación del Verbo, todas las realidades humanas honestas se elevaban al orden sobrenatural: trabajar, estudiar, sonreír, llorar, cansarse, descansar, cultivar la amistad, etc., habían sido, entre tantas otras, acciones divinas en la vida de Jesucristo; podían compenetrarse perfectamente con la vida interior y el apostolado: en una palabra, con la búsqueda de la santidad. Por esto, en su vida –y gracias a su ejemplo, en tantas otras almas–, el esfuerzo por alcanzar la perfección humana en el cumplimiento de los propios deberes se transformó, por obra de la gracia, en oración, en camino de santificación, de ejercicio de las virtudes sobrenaturales y, al mismo tiempo, en fecundo servicio humano, en lucha generosa contra los enemigos del alma.

Por eso, desempeñó siempre sus trabajos con espíritu contemplativo: los ofrecía al Señor al empezar y al terminar, y los regaba de jaculatorias; en suma, transformaba todo en oración.

Como consecuencia, y al mismo tiempo como fuente de la unidad de vida, se alimentaba ininterrumpidamente del sentido de la presencia de Dios y convertía toda la jornada en oración. Solía explicar, ya lo he recordado, que el arma del Opus Dei no es el trabajo, es la oración: por eso convertimos el trabajo en oración. Era un alma contemplativa nel bel mezzo della strada como le gustaba decir en italiano, también cuando hablaba en otra lengua; afirmaba que, para un cristiano corriente, la celda es la calle. Tomaba ocasión de cualquier suceso para elevarlo al orden sobrenatural y convertirlo en tema de su diálogo con Dios. En su plan de vida incluyó, además, lo que llamaba normas de siempre, es decir, algunas prácticas de piedad que penetraban todos los momentos del día alimentando su intimidad con el Señor: presencia de Dios, consideración de la filiación divina, comuniones espirituales, acciones de gracias, actos de desagravio, jaculatorias, que se unían a sus mortificaciones, al estudio, al trabajo, al orden, todo vivido con la alegría de saberse hijo de Dios.

El cuidado de las cosas pequeñas constituye otra línea básica del espíritu del Fundador. Era maravilloso que un corazón tan grande, un alma que voló tan alto y fue protagonista de formidables empresas divinas, fuera capaz de penetrar con tanta intensidad en lo que, como solía decir, se advierte solamente por las pupilas que ha dilatado el amor.

Otros aspectos que completan la fisonomía espiritual del Fundador eran: una piedad doctrinal, alimentada con el estudio de la Fe revelada y con prácticas personales de oración, de sacrificio y de penitencia; una tierna devoción a la Virgen, a San José, a los Santos Ángeles Custodios, a nuestros Patronos y a nuestros Santos Intercesores, a la Iglesia y al Papa; y un profundo respeto a la legítima libertad de los demás.

En la vida de nuestro Padre se unían la oración, la mortificación –oración de los sentidos–, el trabajo y el apostolado: verdaderamente el apostolado era, como enseñaba, superabundancia de la vida interior. Soy testigo de cómo aprovechaba todos los momentos y todas las ocasiones para hablar de Dios; aseguraba que no quería ni sabía hablar de otra cosa.

Afirmaba que la parte más importante y más eficaz de la actividad apostólica de la Obra estaba constituida por el apostolado personal de cada miembro, con su ejemplo y su palabra, en el trato diario con sus amigos y colegas, en el propio ambiente social, profesional y familiar.

Con la Constitución Apostólica Ut sit, del 28 de noviembre de 1982, Juan Pablo II erigió el Opus Dei en Prelatura personal. En conformidad con el carisma fundacional, la Obra fue reconocida por la Iglesia, por tanto, como estructura jurisdiccional secular, de carácter personal –es decir, no territorial–, constituida por un Prelado, sacerdotes incardinados en el Opus Dei y laicos. Con la erección en Prelatura, se cerró un largo iter jurídico, que conoció diversas etapas: en 1941 la Obra fue aprobada como Pía Unión por el obispo de Madrid; en 1943, la erección diocesana de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz permitió la incardinación de sacerdotes procedentes del laicado de la Obra; con las aprobaciones de 1947 y de 1950 como Instituto Secular de derecho pontificio, se aseguró el carácter internacional imprescindible para la expansión apostólica de la Obra.

¿Cómo vivió el Fundador, que no pudo contemplar en la tierra la configuración canónica definitiva del Opus Dei, estos jalones jurídicos de la Obra?

–En el ordenamiento canónico entonces vigente no existía ninguna figura jurídica adecuada a lo que el Señor quería para la Obra, y ni siquiera se entreveía una posibilidad concreta de abrir nuevos caminos. Por esto, nuestro Fundador no se arriesgó en los comienzos a pedir la aprobación formal por parte de la autoridad eclesiástica: en ese caso, al Opus Dei se le habría encasillado, de hecho, dentro de un esquema jurídico inadecuado. Nuestro Fundador se limitó a mantener al corriente de todo al Ordinario de Madrid, y a no dar ningún paso sin su venia y bendición.

La primera aprobación in scriptis se remonta a 1941, y se anticipó en buena medida por la terrible campaña de calumnias desencadenada contra nuestro Fundador después de la guerra civil española. Para deshacer aquellas calumnias, don Leopoldo Eijo y Garay, obispo de Madrid, que ya había intervenido repetidamente de palabra en la defensa del Opus Dei y de su Fundador, decidió comprometer su propia autoridad, y para disipar los equívocos quiso dar una aprobación escrita a la Obra. Con este fin pidió al Padre una copia de los Reglamentos.

Desde el comienzo, el Fundador del Opus Dei se resistió a usar el término “Constituciones” para hablar de los Reglamentos, Estatutos, o Derecho Particular de la Obra; en el lenguaje eclesiástico ese vocablo se utilizaba para designar el ordenamiento propio de los religiosos o del estado de perfección, mientras que el Opus Dei era una realidad eclesial completamente diversa.

Pasaron algunos meses, pero el Fundador no se había decidido aún a comenzar la redacción de los Reglamentos, como le había pedido el obispo. Por fin, ya en 1941, se dio cuenta un día de que, aunque siempre había querido obedecer con lealtad y delicadeza a la autoridad eclesiástica, en esto no estaba obedeciendo a don Leopoldo. Le pidió audiencia inmediatamente y, apenas fue recibido por el Prelado, le explicó: Señor Obispo, me tiene que perdonar, porque le he estado desobedeciendo, sin darme cuenta. Me dijo Vuestra Excelencia que presentase esos papeles y no lo he hecho. No lo he hecho porque no me sentía movido por Dios, pues temo que se pueda causar un perjuicio grave al Opus Dei con una aprobación que no respete su naturaleza teológica, ascética y jurídica. Por otra parte, al comprender que estaba oponiendo resistencia pasiva a esta aprobación, me he llenado de alegría porque pienso que, cualquier fundador que hubiese encontrado tal disponibilidad de su Obispo para aprobar la fundación, se hubiese apresurado a preparar los documentos y a presentarlos. Yo no lo he hecho porque la Obra no es mía, sino de Dios; y si cuando llegue el momento de darle cauce jurídico no está Usted para aprobar la Obra, entonces la aprobará su sucesor. Este episodio me lo contó nuestro Fundador con estas palabras en varias ocasiones.

Sin embargo, el obispo insistió en la necesidad de dar un respaldo oficial a la Obra para defenderla de los ataques de que era objeto; el Padre se sometió a la voluntad del Ordinario, y poco después, el 14 de febrero de 1941, presentó el texto de los Reglamentos para que la Obra fuese reconocida como Pía Unión.

Con esta misma actitud de adhesión a la Voluntad de Dios, nuestro Fundador aceptó las sucesivas configuraciones jurídicas de la Obra, sabiendo conceder, sin ceder, con ánimo de recuperar.

Defendió decididamente el carisma fundacional, obedeciendo a la vez fielmente a la autoridad eclesiástica, y puedo afirmar que la solución definitiva –que, como primer sucesor del Fundador, me ha correspondido llevar a término–, refleja perfectamente las disposiciones que dejó definidas hasta el último detalle.

El principal obstáculo que el Fundador debió superar fue hacer comprender el carácter plenamente secular de la Obra, que de ningún modo puede confundirse o ser asimilado a las órdenes, a las congregaciones, a las asociaciones religiosas. Y esto, no por menospreciar a los religiosos, sino, sencillamente, porque la Obra es, sin ninguna pretensión de exclusivismo, esencialmente distinta de las instituciones religiosas.

–Nuestro Fundador amó siempre, respetó, y en lo que le fue posible ayudó a los religiosos, predicando tandas de ejercicios a religiosos y religiosas, animando a personas que le pedían consejo a seguir la vida religiosa si presentaban síntomas de vocación, y prodigándose por la unidad –que no significa uniformidad– del apostolado, por la que los miembros del Opus Dei rezan a diario.

El Padre no se permitía la menor crítica a otras personas o instituciones de la Iglesia. Desde que le conocí, se lo he oído repetir más o menos con estas palabras: jamás moveré un dedo para apagar una llama que se encienda en honor de Cristo: no es mi misión. Si el aceite que arde no es bueno, se apagará sola.

Entre los miles de episodios que podría citar, me viene a la cabeza que hacia 1940 se presentó en nuestra casa de la calle Diego de León de Madrid, una chica que necesitaba cierta cantidad de dinero como dote para entrar en religión. El Padre comprobó la sinceridad de sus intenciones, y después de hablar conmigo, preguntó a Isidoro Zorzano, que era el administrador, cuánto dinero teníamos en casa; y se lo dio todo a aquella futura novicia.

Por lo demás, los religiosos han comprendido siempre la originalidad pastoral de la Obra. Por ejemplo, sor Lucia, la vidente de Fátima, puso un gran interés en el inicio de nuestra actividad apostólica en Portugal, y ha rezado siempre por la Obra. En 1972 acompañé a nuestro Fundador a ver a sor Lucia, y en aquella ocasión ella le regaló unos millares de folletos que contenían algunas reflexiones sobre la Virgen y el Rosario: el Padre los difundió con gran alegría.


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