Epílogo

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La inspiración que recibió Escrivá el 14 de febrero de 1943 le ayudó a encontrar una solución temporal a la necesidad de tener sacerdotes al servicio del Opus Dei. Una parte de la Obra, compuesta por sacerdotes y laicos que se preparaban para la ordenación, formaría una sociedad de vida común sin votos que sería conocida como la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. El Opus Dei era algo bien distinto de lo que comúnmente se entendía por sociedades de vida común. Por un lado, una sociedad de vida común no tiene a la vez miembros varones y mujeres. En cualquier caso, el Código de Derecho Canónico establecía expresamente que los miembros de estas sociedades de vida común no eran religiosos. Por eso, el uso de esta vía para el objetivo concreto de ordenar sacerdotes no era incompatible con el carácter del Opus Dei ni con la llamada divina que recibían sus miembros.

En octubre de 1943, la Santa Sede concedió el nihil obstat a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, y el 8 de diciembre de ese mismo año la erigió el obispo de Madrid. Seis meses después, el 25 de junio de 1944, fueron ordenados los tres primeros sacerdotes del Opus Dei. Los tres eran ingenieros. Del Portillo continuó siendo el colaborador más estrecho de Escrivá y sería después su primer sucesor al frente de la Obra. Hernández de Garnica contribuyó decisivamente al desarrollo del Opus Dei en Alemania y Europa Central. Múzquiz fue el primer sacerdote de la Obra que marchó a los Estados Unidos de América. En 1946, otros seis fieles del Opus Dei fueron ordenados sacerdotes, y desde entonces se han sucedido las ordenaciones ininterrumpidamente. Actualmente, pertenecen a la Obra más de 80.000 personas, de las que alrededor de 1800 son sacerdotes. La ventaja de tener presbíteros que conocieran bien el espíritu del Opus Dei y lo incorporaran a sus vidas fue determinante para el desarrollo de la Obra. En 1946, había unos 250 hombres y 30 mujeres.

La Segunda Guerra Mundial retrasó la expansión a otros países. Sólo unos pocos miembros de la Obra estudiaron en Italia en los primeros años de la década de 1940. El fin de las hostilidades en Europa permitió que comenzara la largamente deseada expansión internacional. Además de en España, a final de 1946 ya había gente del Opus Dei en Portugal, Italia y Gran Bretaña. En 1947 se empezó en Irlanda y Francia.

El crecimiento de la Obra en España y en otras partes puso de manifiesto la insuficiencia de la figura de la pía unión, aprobada por el obispo de Madrid. Si el Opus Dei seguía en su desarrollo, era precisa una aprobación de la Santa Sede. Además, la experiencia dejaba clara la necesidad de una situación canónica más acorde con el carácter laical y secular de la Obra.

En 1945, Escrivá envió a del Portillo a Roma para solicitar esa aprobación. En 1946 fue el mismo Escrivá quien se trasladó y ya permaneció allí hasta su muerte en 1975. En 1947, el Papa Pío XII aprobó el Opus Dei como instituto secular, una nueva figura canónica en la Iglesia. Y tres años más tarde le dio la aprobación definitiva. Se trataba de un nuevo traje jurídico que todavía no encajaba a la medida, pero que por el momento servía.

El 2 de octubre de 1928 Escrivá también vio a los casados dentro del Opus Dei. Como poco desde 1940, a algunos hombres y mujeres casados les habló de que tenían vocación a la Obra, pero que debían esperar. Esta espera acabó cuando el Opus Dei recibió la aprobación de Pío XII. También esta aprobación hizo posible que los sacerdotes diocesanos pudieran formar parte de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, en la que reciben ayuda para su vida espiritual sin dejar de pertenecer plenamente a su propia diócesis.

El nuevo estatus jurídico de la Obra como institución de derecho pontificio facilitó una nueva expansión internacional. En 1949 marcharon los primeros a Estados Unidos y México. Durante la década de 1950, el Opus Dei se estableció en Canadá y otros once países americanos, Alemania, Suiza, Austria, Holanda, Japón y Kenia.

En 1948 se erigió el Colegio Romano de la Santa Cruz, centro internacional de formación para los varones del Opus Dei. Y en 1952, el Colegio Romano de Santa María, para las mujeres. Estas dos instituciones permitieron que un buen número de miembros de la Obra recibieran formación espiritual y pastoral directamente de Escrivá, a la vez que obtenían la licenciatura o el doctorado en Filosofía, Teología, Derecho Canónico o Sagrada Escritura en alguna de las universidades pontificias de Roma. Muchos de los hombres y mujeres que empezarían la labor de la Obra por todo el mundo pasarían antes varios años en Roma. Y no sólo adquirirían allí un grado académico y un conocimiento más profundo del espíritu del Opus Dei, sino también la visión universal y el amor a la Iglesia y al Papa, que Escrivá deseaba para todos los miembros.

Desde 1950, fieles del Opus Dei en colaboración con otras personas pusieron en marcha una amplia gama de labores de apostolado corporativo que respondían a diversas necesidades generales o del lugar donde vivían. Estas iniciativas tienen un carácter muy variado y van desde una universidad a un centro de capacitación profesional para trabajadores del campo, desde una escuela secundaria a un dispensario médico en zonas deprimidas. A pesar de su diversidad, todas comparten algunos rasgos comunes: están abiertas a personas de todas las razas y religiones; les mueve el espíritu cristiano de servicio y de amor a la libertad; procuran educar en el trabajo bien hecho; y ofrecen a quienes lo desean la oportunidad de profundizar en su formación religiosa y espiritual.

Durante la década de 1960 la Obra continuó su expansión y se abrieron nuevos centros en Australia, Filipinas, Nigeria, Puerto Rico, Paraguay y Bélgica. Este crecimiento vino de la mano del Concilio Vaticano II, que eliminó cualquier duda sobre la ortodoxia del mensaje del Opus Dei. En la Constitución Dogmática sobre la Iglesia “Lumen gentium”, el Concilio hizo oficial en la Iglesia la doctrina sobre la llamada universal a la santidad, que muchos habían considerado sospechosa cuando Escrivá comenzó a predicarla en 1928.

El Concilio Vaticano II también abrió el camino para la creación de prelaturas personales, una nueva figura jurídica que se acomodaba perfectamente a las características pastorales del Opus Dei. En 1969, se reunió en Roma un congreso general especial para estudiar el cambio de estructura jurídica.

Escrivá falleció en Roma el 26 de junio de 1975. El congreso general electivo designó a del Portillo como su sucesor al frente del Opus Dei. Del Portillo aseguró a las 60.000 personas que formaban parte de la Obra en aquel momento que su labor como cabeza del Opus Dei era mantener la fidelidad al carisma fundacional y al espíritu entregado por Escrivá.

Del Portillo continuó con los trabajos del fundador para transformar al Opus Dei en prelatura personal. Los esfuerzos culminaron el 28 de noviembre de 1982, fecha en que el Papa Juan Pablo II erigió la Prelatura Personal de la Santa Cruz y Opus Dei y nombró prelado a del Portillo. En 1991 le ordenó obispo.

Un año más tarde, el 17 de mayo de 1992, Juan Pablo II beatificó a Escrivá en la plaza de San Pedro ante más de 300.000 personas. En su homilía afirmó: “Con sobrenatural intuición, el beato Josemaría predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por ello, el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en unión con Jesucristo, pues el Hijo de Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la realidad del hombre y a toda la creación. En una sociedad en la que el afán desenfrenado de poseer cosas materiales las convierte en un ídolo y motivo de alejamiento de Dios, el nuevo beato nos recuerda que estas mismas realidades, criaturas de Dios y del ingenio humano, si se usan rectamente para la gloria del Creador y al servicio de los hermanos, pueden ser camino para el encuentro de los hombres con Cristo. ‘Todas las cosas de la tierra –enseñaba-, también las actividades terrenas y temporales de los hombres, han de ser llevadas a Dios’ (…).

La actualidad y trascendencia de su mensaje espiritual, profundamente enraizado en el Evangelio, son evidentes, como lo muestra también la fecundidad con la que Dios ha bendecido la vida y la obra de Josemaría Escrivá (…)”

La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz (14.II.1943)

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El Opus Dei crecía y necesitaba urgentemente sacerdotes. La experiencia de antes de la Guerra Civil con sacerdotes que habían entrado en contacto con la Obra después de su ordenación convenció a Escrivá de que los sacerdotes del Opus Dei debían proceder de entre sus miembros laicos. Debían ser capaces de transmitir el espíritu de la Obra por haberlo vivido ellos mismos durante años antes de ser ordenados presbíteros.

A principios de 1936, Escrivá preguntó a varios de la Obra si estarían dispuestos a ordenarse sacerdotes en algún momento, en el futuro. Poco después de la Guerra Civil, tres jóvenes ingenieros –del Portillo, Múzquiz y Hernández de Garnica- empezaron los estudios de Filosofía y Teología que la Iglesia exige a los candidatos a la ordenación. No fueron al seminario diocesano, sino que, con el permiso del obispo de Madrid, Escrivá seleccionó un distinguido grupo de profesores que les dieron clases particulares. Se examinarían en el seminario. Dos dominicos, profesores del Angelicum de Roma, a quienes el estallido de la II Guerra Mundial sorprendió en España, serían los profesores de Derecho Canónico. Otro dominico, miembro del Instituto Bíblico de Jerusalén, se encargaría de instruirles en la Sagrada Escritura. Don José María Bueno Monreal, futuro cardenal arzobispo de Sevilla, sería el profesor de Teología Moral. Fray Justo Pérez de Urbel, benedictino, de Liturgia. Fray José López Ortiz, agustino, profesor de Historia del Derecho en la Universidad de Madrid, se encargó de la Historia de la Iglesia. Por su parte, Escrivá les instruiría en la Teología Pastoral.

Los meses y los años pasaron, los tres hacían progresos en sus estudios, pero Escrivá todavía no conseguía encontrar la forma de ordenarlos para el servicio del Opus Dei. De acuerdo con el Código de Derecho Canónico, sólo el obispo diocesano, el superior de una orden o congregación religiosa o de una organización que el Código considerara similar a las órdenes, podían llamar a un hombre al sacerdocio. Además, todo sacerdote debía estar incardinado, es decir, pertenecer a una diócesis, a una orden o congregación o a una institución similar, con el fin de evitar que hubiera presbíteros vagos o errantes. Es más, antes de poder llamar a nadie al sacerdocio, debía dar al candidato el necesario “título de ordenación”, con el que proporcionarle los recursos necesarios para mantenerse dignamente. Ordenarse para servicio de una diócesis o de una orden religiosa era considerado suficiente como para constituir un título de ordenación. Si no, el candidato debía tener garantizado por otras vías –por ejemplo, por dotación o por fundación- el sostenimiento económico.

Escrivá estaba pensando en esta situación durante la mañana del 14 de febrero de 1943, cuando fue al centro de la calle Jorge Manrique para celebrar Misa a sus hijas en el aniversario de su fundación. En palabras suyas sucedió lo siguiente: “Yo empecé la Misa buscando la solución jurídica para poder incardinar en la Obra a los sacerdotes. Llevaba ya mucho tiempo tratando de encontrarla, sin resultado. Y aquel día, intra missam, después de la Comunión, el Señor quiso dármela: la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Me dio incluso el sello: la esfera del mundo con la cruz inscrita”[1].

Escrivá raramente hablaba de los hechos extraordinarios de carácter sobrenatural que ocurrían en su vida. Y cuando lo hacía, era realmente parco. Por eso, no es fácil decir qué pasó exactamente el 14 de febrero de 1943. Aparentemente, Dios le reveló la forma de ordenar sacerdotes para el Opus Dei sin comprometer su verdadero carácter. No era necesario que la Obra adoptara una nueva forma jurídica que permitiera la incardinación de sacerdotes. Vio, dentro del Opus Dei, una sociedad en la que los sacerdotes podían ser incardinados –se llamaría Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz- sin dejar de formar parte de la Obra. El sello a que se refería Escrivá –la cruz inscrita en el mundo- refleja la misión de todos los fieles del Opus Dei: alzar la cruz de Cristo en todas las actividades cotidianas. En este sentido, enlaza con la locución divina que Escrivá recibió el 7 de agosto de 1931, en la que comprendió las palabras de Cristo “Y Yo, cuando sea levantado sobre la tierra, todo lo atraeré hacia Mí” como que Él quiere estar en la cumbre de todas las actividades humanas para transformar el mundo. Además, en el contexto en que Escrivá vio el 14 de febrero de 1943, la cruz inscrita en el mundo simbolizaba la presencia de un grupo de sacerdotes clavados en la Cruz de Cristo –como los miembros laicos del Opus Dei- y disueltos en el gran conjunto de la Obra.

Todavía quedaba mucho por hacerse antes de que los primeros sacerdotes pudieran ser ordenados. Era preciso determinar la forma canónica que adoptaría la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. En primer lugar, Escrivá debía obtener para ella la aprobación del obispo de Madrid, quien no podría concederla sin el permiso (“nihil obstat”) de la Santa Sede. En cualquier caso, lo ocurrido el 14 de febrero de 1943 dejaba claro que el Opus Dei pronto podría incardinar sacerdotes, algo necesario para la expansión de la Obra por España y el resto del mundo.

[1] AGP P01 1993 p. 144

El 14 de febrero de 1943

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Entre 1940 y 1945, las vocaciones a la Obra se han multiplicado en España. Una leva de gente joven pone su vida al servicio de Cristo. Algunos lugares parecen haber adquirido el talante de aquellas playas de Genesaret por las que el Hijo de Dios pasó en rápido y trascendental reclutamiento: «¡Seguidme!… ». Y las gentes iban tras El. Así también, en estos primeros años, suena la respuesta afirmativa en muchos corazones con brío de Apóstol.

Los miembros del Opus Dei tienen trabajo en todas las ciudades del país. Han de atender cotidianamente a su tarea profesional, con la que se ganan la vida y que constituye el ámbito de su encuentro con Dios. Aprovechan los fines de semana para emprender viajes de norte a sur, por la geografía española, en busca de respuestas de generosidad personal para abrir los caminos del mundo.

Además de esta actividad incesante, Alvaro del Portillo, José Luis Múzquiz y José María Hernández de Garnica, dedican mucho tiempo al estudio de las ciencias sagradas. El Padre les ha invitado, uno por uno, en nombre de Dios:

-«Hijo mío, ¿te gustaría ser sacerdote?»

La respuesta es afirmativa. Por eso, aparte de las ocupaciones habituales, tienen ahora la necesidad de cursar la carrera eclesiástica. Con la autorización del Obispo de Madrid, preparan libremente sus asignaturas y se examinan en el Seminario. Alvaro del Portillo y José Luis Múzquiz son Ingenieros de Caminos y doctores en Filosofía y Letras. José María Hernández de Garnica es Ingeniero de Minas y tiene el doctorado en Ciencias. El Padre consigue para estos futuros sacerdotes un profesorado de excepción con el visto bueno de don Leopoldo Eijo y Garay, Obispo de Madrid. Algunos dominicos pertenecientes al Angelicum de Roma, como el P. Muñiz y el P. Severino Alvarez, se harán cargo de la Teología Dogmática y el Derecho Canónico. Don José María Bueno Monreal, más tarde Cardenal de Sevilla, les explica Teología Moral. Fray José López Ortiz, que será nombrado Obispo de Vigo y, años después, Vicario General Castrense, será su profesor de Historia de la Iglesia. El P. Celada, erudito del Instituto Bíblico de Jerusalén -y también dominico-, les enseña Sagrada Escritura. Y junto a ellos, Fray justo Pérez de Urbel se hará cargo de la Sagrada Liturgia y también don Máximo Yurramendi, que será designado, más adelante, Obispo de Ciudad Rodrigo.

Años más tarde, el Padre podía subrayar: «Desde que preparé a los primeros sacerdotes de la Obra, exageré -si cabe- en su formación filosófica y teológica, por muchas razones: la segunda, por agradar a Dios; la tercera, porque había muchos ojos llenos de cariño puestos en nosotros, y no se podía defraudar a esas almas; la cuarta, porque había gente que no nos quería, y buscaba una ocasión para atacar; después, porque en la vida profesional he exigido siempre a mis hijos la mejor formación, y no iba a ser menos en la formación religiosa. Y la primera razón -puesto que yo me puedo morir de un momento a otro, pensaba-, porque tengo que dar cuenta a Dios de lo que he hecho, y deseo ardientemente salvar mi alma»(9).

Las tareas habituales continúan sin mengua alguna, y hay que arañar los minutos para estudiar. Cuando las asignaturas requieren una intensa dedicación, el Padre decide alquilar un par de habitaciones en un pequeño Hotel de El Escorial o en una pensión situada en Torrelodones. Aquí se aislan para emplear jornadas enteras en los libros de Teología. Estos hombres jóvenes, que han cursado ya carreras universitarias, con las mejores calificaciones, profundizan ahora en el estudio de la fe católica.

En estos momentos, el Fundador es el único sacerdote de la Obra. Ha de atender el Patronato de Santa Isabel, del que es Rector; dedicar muchas horas a la dirección del Opus Dei, y llevar a cabo una extensa labor apostólica. A pesar de su agotadora jornada, a última hora de la tarde encuentra un puñado de tiempo para acompañar a sus futuros hijos sacerdotes. Llega, con Ricardo Fernández Vallespín al volante de un viejo coche que se reconoce de lejos, en el silencio del campo, por los continuos jadeos del motor.

Viene a verles, porque imagina que están cansados después de muchas horas de estudio. Y porque de su formación espiritual y pastoral se encarga personalmente. Andando frente al aire sereno de El Escorial, les habla del afán que ha de animarles, de la Obra que comienza a navegar el mar sin orillas del mundo, de la tarea ingente que les espera, de la santidad como única meta de sus aspiraciones. Y les deja una buena dosis de fortaleza para cada jornada.

Por la mañana, los tres asisten a Misa, a primera hora, en la iglesia del Monasterio de El Escorial. Luego, estudio en las habitaciones del Hotel Regina que, durante estos meses de invierno, está vacío. Pausas para comer. Espacios de tiempo para rezar. Y vuelta a los textos, entregando a Dios el esfuerzo, la dificultad, el entusiasmo. Hasta que el atardecer se llena, una vez más, con el sonido inconfundible del motor y la cálida presencia del Padre.

Les habla el Fundador de su preocupación por hallar la fórmula jurídica para los sacerdotes de la Obra. Porque la idea está clara. Falta sólo el título de ordenación que permita su ministerio sacerdotal en el Opus Dei.

El 14 de febrero de 1943, Monseñor Escrivá de Balaguer celebra la Santa Misa en el oratorio del Centro que tienen las mujeres en la calle Jorge Manrique de Madrid. Y cuando termina, ha visto con claridad la solución: ha nacido la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Así recuerda aquel momento Encarnita Ortega:

«Después de la acción de gracias, nos pidió papel y pluma. Luego, a los pocos minutos, apareció en el vestíbulo visiblemente emocionado:

-”Mirad -nos dijo señalando una cuartilla en la que había dibujado una circunferencia y en el centro una cruz-: éste será el sello de la Obra. El sello, no el escudo -aclaró-: el Opus Dei no tiene escudos. Significa el mundo y, metida en la entraña del mundo, la Cruz, que es el sacerdocio”»(10).

Y años después de aquel 14 de febrero de 1943 subraya Monseñor Alvaro del Portillo:

«Fue allí, en ese oratorio, dentro de la Misa, donde vio la solución canónica para que pudieran ordenarse sacerdotes de la Obra, e incluso el nombre y el sello de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz: un círculo simbolizando el mundo y, dentro, la Cruz, que es el sacerdocio»(11).

Algunas horas más tarde de este 14 de febrero, el Padre sale camino de El Escorial. Sorprende hoy el ruido familiar en una hora inusual. Viene muy contento, sube a la habitación y llama a Alvaro. Después, paseando por la gran explanada, con la montaña de granito al fondo, le cuenta lo que ha pasado aquella mañana durante la Misa.

A partir de ese momento, el Padre trabaja intensamente en los primeros documentos jurídicos de la Obra que han de llegar oficialmente hasta la Santa Sede. Dos meses después del 14 de febrero del 43, cuando Europa vive en plena Guerra Mundial, Alvaro del Portillo sale camino de Roma en avión, para solicitar la aprobación de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Durante el vuelo pasan sobre barcos de guerra italianos y advierten la presencia de dos aviones ingleses. De pronto y con pánico general entre el pasaje, da comienzo una feroz batalla aero-naval. Sólo Alvaro permanece tranquilo en su asiento:

«Yo tenía la seguridad de que no pasaría nada, porque llevaba los papeles. No se me pasó ni una vez por la cabeza que podían echar el avión abajo (…). Y llegué al aeropuerto de la Urbe, que entonces se llamaba Aeropuerto Littorio (…). Estuve en Roma desde finales de mayo de 1943 hasta el día de San Luis, el 21 de junio, en el que regresé a España. Ya estaba la Obra completa, porque en la Santa Sede habían aceptado con entusiasmo los papeles del Padre, que llevé yo »(12).

Resumiendo las etapas fundacionales de la Obra, Monseñor Escrivá de Balaguer diría años más tarde:

«La fundación del Opus Dei salió sin mí; la Sección de mujeres contra mi opinión personal, y la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, queriendo yo encontrarla y no encontrándola. También durante la Misa. Sin milagrerías: providencia ordinaria de Dios» (13).


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