Tajamar: primer centro de enseñanza media de Vallecas

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Tajamar, el primer centro oficial de enseñanza media que se estableció en el barrio madrileño de Vallecas, cumple 50 años

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Desde 1958 han pasado por sus aulas más de 17.000 alumnos, con lo que “Tajamar ha hecho una aportación significativa a la educación lo largo de este medio siglo”, afirma Alfonso Aguiló, director del centro educativo.

Tajamar es una obra corporativa del Opus Dei, cuenta actualmente con cerca de dos mil alumnos, y en su oferta educativa incluye un club deportivo con casi mil socios y siete escuelas deportivas, así como dos importantes institutos tecnológicos dedicados a artes gráficas, informática y logística, con una posición de vanguardia en la enseñanza de cada uno de esos sectores.

Este centro educativo está enclavado en el distrito de menor renta de Madrid y, según explica Alfonso Aguiló, “desde una identidad cristiana queremos colaborar con los padres y profesores para dar a los alumnos la posibilidad de una formación que les ayude a afrontar con libertad y responsabilidad sus proyectos propios”.

Tajamar cuenta con una Fundación que se encarga de facilitar la financiación necesaria para mejorar las instalaciones y acometer nuevos proyectos. En los tres últimos cursos ha colaborado en la construcción de un centro de educación infantil, un edificio tecnológico y un polideportivo.

El programa del cincuentenario incluye entre otros puntos la edición de un libro y DVD, una exposición fotográfica, diversas jornadas para los antiguos alumnos, la celebración de un congreso y un cross.

Inauguración del Campus Biomédico (Roma)

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El secretario de Estado Vaticano, cardenal Bertone; el Prelado del Opus Dei, mons. Echevarría, y numerosas autoridades políticas participaron en la inauguración de la nueva sede del Campus Biomédico, que ofrece en Roma asistencia y formación sanitarias. Se bendijo también la Vía Álvaro del Portillo. Véalo en fotos.

Doctores, enfermeras, profesores, estudiantes y autoridades académicas, religiosas y civiles han participado en la inauguración de la nueva sede del Campus Biomédico de Roma (link a un artículo sobre esta obra corporativa).

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En primer lugar, se inauguró la Vía Álvaro del Portillo. Es una amplia avenida con zonas de paseo y recreo, en la que está situado el Campus Biomédico. Mons. Álvaro del Portillo fue el impulsor inicial de esta iniciativa en 1995.

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El Prelado del Opus Dei presidió la Eucaristía celebrada en el oratorio del Campus. El campus es una obra corporativa del Opus Dei.

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Ante la presencia de las numerosas autoridades, personal del Campus y periodistas, dos niños cortaron la cinta inaugural que abría la nueva sede. 400 camas, 8 salas operatorias, aulas para clases y otras instalaciones se han puesto ya al servicio de los romanos.

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El secretario de Estado Vaticano, cardenal Tarcisio Bertone, bendijo las nuevas instalaciones, quien transmitió a los presentes el “paternal afecto” de Benedicto XVI.

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Los discursos inaugurales tuvieron lugar en el amplio vestíbulo principal del Policlínico. Mons. Javier Echevarría habló de la “aventura que ahora comienza: la de impregnar estos muros de amor tenaz por la ciencia, cuidado competente y delicado por los enfermos, y de pasión por la enseñanza a los universitarios”.

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El Prelado recordó a quienes allí trabajan unas palabras de Mons. Álvaro del Portillo: “Os pido que trabajéis con espíritu de unidad y de comprensión, con optimismo. Superaréis así los obstáculos, con la ayuda de Dios, seréis felices y -lo que es más importante- os santificaréis y ayudaréis a los demás a ser santos porque estaréis practicando el mandamiento del amor”.

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Por su parte, el cardenal Bertone dijo que “inspirándoos en el Evangelio, vosotros deseáis poner en el centro de vuestro trabajo a la persona: al hombre van destinados vuestro estudio, enseñanza, investigación y asistencia”. Subrayó la importancia -repetida por el Santo Padre con constancia- de que la ciencia respete la vida.

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“Aquí tenéis que evangelizar, mediante vuestra profesionalidad, mediante el uso de la tecnología moderna. Tenéis que ser competitivos y dialogar con el mundo científico, sin renunciar a los valores no negociables del patrimonio humano. Así es, como seguidores de Cristo, realizaréis vuestra llamada a la santidad”.

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Los alumnos que realizan alguna de las cinco carreras de ámbito sanitario asistieron al acto de inauguración.

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El rector de la Universidad, profesor Vincenzo Lorenzelli, presidió el acto académico de inaguración. Refiriéndose a la nueva sede, dijo que, si bien las instalaciones “son sólo medios y no fines”, es cierto que “un contexto agradable facilita la convivencia y las relaciones humanas, que contribuirán positivamente a la acción formativa, asistencial e investigadora del centro”.

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La jornada concluyó con el desfile académico de profesores, doctores y autoridades.

¿Quién fue Poncio Pilato?

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Juan Chapa

Poncio Pilato desempeñó el cargo de prefecto de la provincia romana de Judea desde el año 26 d.C. hasta el 36 o comienzos del 37 d.C. Su jurisdicción se extendía también a Samaría e Idumea. No sabemos nada seguro de su vida con anterioridad a estas fechas. El título del oficio que desempeñó fue el de praefectus, como corresponde a los que ostentaron ese cargo antes del emperador Claudio y lo confirma una inscripción que apareció en Cesarea. El título de procurator, que emplean algunos autores antiguos para referirse a su oficio, es un anacronismo. Los evangelios se refieren a él por el título genérico de “gobernador”. Como prefecto le correspondía mantener el orden en la provincia y administrarla judicial y económicamente. Por tanto, debía estar al frente del sistema judicial (y así consta que lo hizo en el proceso de Jesús) y recabar tributos e impuestos para suplir las necesidades de la provincia y de Roma. De esta última actividad no hay pruebas directas, aunque el incidente del acueducto que narra Flavio Josefo (ver más abajo) es seguramente una consecuencia de ella. Además, se han encontrado monedas acuñadas en Jerusalén en los años 29, 30 y 31, que sin duda fueron mandadas hacer por Pilato. Pero por encima de todo ha pasado a la historia por haber sido quien ordenó la ejecución de Jesús de Nazaret; irónicamente, con ello su nombre entró en el símbolo de fe cristiana: “Padeció bajo Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado…”.

Sus relaciones con los judíos, según nos informan Filón y Flavio Josefo, no fueron en absoluto buenas. En opinión de Josefo, los años de Pilato fueron muy turbulentos en Palestina y Filón dice que el gobernador se caracterizaba por “su venalidad, su violencia, sus robos, sus asaltos, su conducta abusiva, sus frecuentes ejecuciones de prisioneros que no habían sido juzgados, y su ferocidad sin límite” (Gayo 302). Aunque en estas apreciaciones seguramente influye la intencionalidad y comprensión propia de estos dos autores, la crueldad de Pilato, como sugiere Lc 13,1, donde se menciona el incidente de unos galileos cuya sangre mezcló el gobernador con sus sacrificios, parece fuera de duda. Josefo y Filón narran también que Pilato introdujo en Jerusalén unas insignias en honor de Tiberio, que originaron un gran revuelo hasta que se las llevó a Cesarea. Josefo relata en otro momento que Pilato utilizó fondos sagrados para construir un acueducto. La decisión originó una revuelta que fue reducida de manera sangrienta. Algunos piensan que este suceso es al que se refiere Lc 13,1. Un último episodio relatado por Josefo es la violenta represión de samaritanos en el monte Garizim hacia el año 35. A resultas de ello, los samaritanos enviaron una legación al gobernador de Siria, L. Vitelio, quien suspendió a Pilato del cargo. Éste fue llamado a Roma para dar explicaciones, pero llegó después de la muerte de Tiberio. Según una tradición recogida por Eusebio, cayó en desgracia bajo el imperio de Calígula y acabó suicidándose.

En siglos posteriores surgieron todo tipo de leyendas sobre su persona. Unas le atribuían un final espantoso en el Tiber o en Vienne (Francia), mientras que otras (sobre todo las Actas de Pilato, que en la Edad Media formaban parte del Evangelio de Nicodemo) le presentan como converso al cristianismo junto con su mujer Prócula, a quien se venera como santa en la Iglesia Ortodoxa por su defensa de Jesús (Mt 27,19). Incluso el propio Pilato se cuenta entre los santos de la iglesia etiope y copta. Pero por encima de estas tradiciones, que en su origen reflejan un intento de mitigar la culpa del gobernador romano en tiempos en que el cristianismo encontraba dificultades para abrirse paso en el imperio, la figura de Pilato que conocemos por los evangelios es la de un personaje indolente, que no quiere enfrentarse a la verdad y prefiere contentar a la muchedumbre.

Su presencia en el Credo, no obstante, es de gran importancia porque nos recuerda que la fe cristiana es una religión histórica y no un programa ético o una filosofía. La redención se obró en un lugar concreto del mundo, Palestina, en un tiempo concreto de la historia, es decir, cuando Pilato era prefecto de Judea.

¿Qué es el Santo Grial? ¿Qué relaciones tiene con el Santo Cáliz?

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Juan Chapa

La palabra “grial” etimológicamente viene del latín tardío “gradalis” o “gratalis”, que deriva del latín clásico “crater”, vaso. En los libros de caballería de la Edad Media se entiende que es el recipiente o copa en que Jesús consagró su sangre en la última cena y que después utilizó José de Arimatea para recoger la sangre y el agua que se derramó al lavar el cuerpo de Jesús. Años después, según esos libros, José se lo llevó consigo a las islas británicas (ver la pregunta ¿Quién fue José de Arimatea?) y fundó una comunidad de custodios de la reliquia, que más tarde quedaría vinculada a los Templarios. Esta leyenda es probable que naciera en el País de Gales, inspirándose en fuentes antiguas latinizadas, como podrían ser las Actas de Pilato, una obra apócrifa del siglo V. Con la saga céltica de Perceval o Parsifal, vinculada al ciclo del rey Arturo y desarrollada en obras como Le Conte du Graal, de Chrétien de Troyes, Percival, de Wolfram von Eschenbach, o Le Morte Darthur, de Thomas Malory, la leyenda se enriquece y difunde. El Grial se convierte en una piedra preciosa, que, guardada durante un tiempo por ángeles, fue confiada a la custodia de los caballeros de la orden del Santo Grial y de su jefe, el rey del Grial. Todos los años, el Viernes Santo, baja una paloma del cielo y, después de depositar una oblea sobre la piedra, renueva su virtud y fuerza misteriosa, que comunica una perpetua juventud y puede saciar cualquier deseo de comer y beber. De vez en cuando, unas inscripciones en la piedra revelan quiénes están llamados a la bienaventuranza eterna en la ciudad del Grial, en Montsalvage.

Esta leyenda, por su temática, está vinculada al cáliz que utilizó Jesús en la última cena y sobre el que existen varias tradiciones antiguas. Fundamentalmente son tres. La más antigua es del siglo VII, según la cual un peregrino anglosajón afirma haber visto y tocado en la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén el cáliz que empleó Jesús. Era de plata y tenía a la vista dos asas. Una segunda tradición dice que ese cáliz es el que se conserva en la catedral de San Lorenzo de Génova. Se le llama el Sacro catino. Es un cristal verde parecido a un plato, que habría sido llevado a Génova por los cruzados en el siglo XII. Según una tercera tradición, el cáliz de la última cena es el que se conserva en la catedral de Valencia (España) y se venera como el Santo Cáliz. Se trata de una copa de calcedonia de color muy oscuro, que habría sido llevada por San Pedro a Roma y utilizada allí por sus sucesores, hasta que en el siglo III, debido a las persecuciones, es entregada a la custodia de San Lorenzo, quien la lleva a Huesca. Después de haber estado en diversos lugares de Aragón habría sido trasladada a Valencia en el siglo XV.

¿Quién fue José de Arimatea?

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Juan Chapa

José de Arimatea aparece mencionado en los cuatro evangelios en el contexto de la pasión y muerte de Jesús. Era oriundo de Arimatea (Armathajim en hebreo), una población en Judá, la actual Rentis, a 10 km al nordeste de Lydda, probablemente el lugar de nacimiento de Samuel (1 S 1,1). Hombre rico (Mt 27,57) y miembro ilustre del sanedrín (Mc 15,43; Lc 23,50), tenía un sepulcro nuevo cavado en la roca, cerca del Gólgota, en Jerusalén. Era discípulo Jesús, pero, como Nicodemo, lo mantenía en oculto por temor a las autoridades judías (Jn 19,38). De él dice Lucas que esperaba el Reino de Dios y no había consentido en la condena de Jesús por parte del sanedrín (Lc 23,51). En los momentos crueles de la crucifixión no teme dar la cara y pide a Pilatos el cuerpo de Jesús (en el Evangelio de Pedro 2,1; 6,23-24, un apócrifo del siglo II, José lo solicita antes de la crucifixión). Concedido el permiso por el prefecto, descuelga al crucificado, lo envuelve en una sábana limpia y, con ayuda de Nicodemo, deposita a Jesús en el sepulcro de su propiedad, que todavía nadie había utilizado. Tras cerrarlo con una gran roca se marchan (Mt 27,57-60, Mc 15,42-46, Lc 23,50-53 y Jn 19,38-42). Hasta aquí los datos históricos.

A partir del siglo IV surgieron tradiciones legendarias de carácter fantástico en las que se ensalzaba la figura de José. En un apócrifo del siglo V, las Actas de Pilato, también llamado Evangelio de Nicodemo, se narra que los judíos reprueban el comportamiento de José y Nicodemo a favor de Jesús y que, por este motivo, José es enviado a prisión. Liberado milagrosamente aparece en Arimatea. De allí regresa a Jerusalén y cuenta cómo fue liberado por Jesús. Más fabulosa todavía es la obra Vindicta Salvatoris (siglo IV?), que tuvo una gran difusión en Inglaterra y Aquitania. En este libro se narra la marcha de Tito al frente de sus legiones para vengar la muerte de Jesús. Al conquistar Jerusalén, encuentra en una torre a José, donde había sido encerrado para que muriera de hambre. Sin embargo, fue alimentado por un manjar celestial.

En los siglos XI-XIII, la leyenda sobre José de Arimatea fue coloreándose de nuevos detalles en las islas británicas y en Francia, insertándose en el ciclo del santo Grial y del rey Arturo. Según una de estas leyendas, José lavó el cuerpo de Jesús y recogió el agua y la sangre en un recipiente. Después, José y Nicodemo dividieron su contenido (ver la pregunta ¿Qué es el santo Grial?). Otras leyendas dicen que José, llevando este relicario, evangelizó Francia (algunos relatos dicen que habría desembarcado en Marsella con Marta, María y Lázaro), España (donde Santiago lo habría consagrado obispo), Portugal e Inglaterra. En esta última región, la figura de José se hizo muy popular. La leyenda le hace el primer fundador de la primera iglesia en suelo británico, en Glastonbury Tor, donde mientras estaba dormido su báculo echó raíces y floreció. Glastonbury Abbey se convirtió en un importante lugar de peregrinación hasta que ésta fue disuelta con la Reforma en 1539. En Francia, una leyenda del siglo IX refiere que el patriarca Fortunato de Jerusalén, en tiempos de Carlomagno, huyo a occidente llevándose los huesos de José de Arimatea, hasta llegar al monasterio de Moyenmoutier, donde llegó a ser abad.

Todas estas leyendas, sin ningún fundamento histórico, muestran la importancia que se daba a los primeros discípulos de Jesús. El desarrollo de estos relatos puede estar vinculado a polémicas circunstanciales de algunas regiones (como Inglaterra o Francia) con Roma. Se trataría de querer mostrar que determinadas regiones habían sido evangelizadas por discípulos de Jesús y no por misioneros enviados desde Roma. En cualquier caso, nada tienen que ver con la verdad histórica.

¿Pudieron haber robado el cuerpo de Jesús?

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Francisco Varo

Aquellos que se sienten incómodos ante la afirmación de que Jesús ha resucitado y encuentran vacío el sepulcro en donde había sido depositado, lo primero que se les ocurre pensar y decir es que alguien había robado su cuerpo (cfr. Mt 28,11-15).

La losa encontrada en Nazaret con un rescripto imperial donde se recuerda que es necesario respetar la inviolabilidad de los sepulcros testimonia que hubo un gran revuelo en Jerusalén motivado por la desaparición del cadáver de alguien procedente de Nazaret en torno al año 30.

No obstante, el hecho mismo de encontrar el sepulcro vacío no impediría pensar que el cuerpo había sido robado. Pese a todo, causó tal impacto en las santas mujeres y en los discípulos de Jesús que se acercaron al sepulcro, que incluso antes de haber visto a Jesús vivo de nuevo, fue el primer paso para el reconocimiento de que había resucitado.

En el evangelio de San Juan hay un relato preciso de cómo encontraron todo. Narra que en cuanto Pedro y Juan oyeron lo que María les contaba, salió Pedro con el otro discípulo y fueron al sepulcro: «Los dos corrían juntos, pero el otro discí­pulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio allí los lienzos aplanados, pero no entró. Llegó tras él Simón Pedro, en­tró en el sepulcro y vio los lienzos aplanados, y el sudario que había sido puesto en su cabeza, no caído junto a los lienzos, sino aparte, todavía enrollado, en el mismo sitio de antes. Entonces, entró también el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó» (Jn 20, 3-8).

Las palabras que utiliza el evangelista para describir lo que Pedro y él vieron en el sepulcro vacío expresan con vivo realismo la impresión que les causó lo que pudieron contemplar. De entrada, la sorpresa de encontrar allí los lienzos. Si alguien hubiera entrado para hacer desaparecer el cadáver, ¿se habría entretenido en quitarle los lienzos para llevarse sólo el cuerpo? No parece lógico. Pero es que, además, el sudario estaba «todavía enrollado», como lo había estado el viernes por la tarde alrededor de la cabeza de Jesús. Los lienzos permanecían como habían sido colocados envolviendo al cuerpo de Jesús, pero ahora no envolvían nada y por eso estaban «aplanados», huecos, como si el cuerpo de Jesús se hubiera esfumado y hubiera salido sin desenvolverlos, pasando a través de ellos. Y todavía hay más datos sorprendentes en la descripción de lo que vieron. Cuando se amortajaba el cadáver, primero se enrollaba el sudario a la cabeza, y después, todo el cuerpo y también la cabeza se envolvían en los lienzos. El relato de Juan especifica que en el sepulcro el sudario permanecía «en el mismo sitio de antes», esto es, conservando la misma disposición que había tenido cuando estaba allí el cuerpo de Jesús.

La descripción del evangelio señala con extraordinaria precisión lo que contemplaron atónitos los dos Apóstoles. Era humanamente inexplicable la ausencia del cuerpo del Jesús. Era físicamente imposible que alguien lo hubiera robado, ya que para sacarlo de la mortaja, habría tenido que desenvolver los lienzos y el sudario, y éstos habrían quedado allí sueltos. Pero ellos tenían ante sus ojos los lienzos y el sudario tal y como estaban cuando habían dejado allí el cuerpo del Maestro, en la tarde del viernes. La única diferencia es que el cuerpo de Jesús ya no estaba. Todo lo demás permanecía en su lugar.

Hasta tal punto fueron significativos los restos que encontra­ron en el sepulcro vacío, que les hicieron intuir de algún modo la resurrección del Señor, pues «vieron y creyeron».

¿Cómo se explica la resurrección de Jesús?

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Francisco Varo

La resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas. Los Apóstoles dieron testimonio de lo que habían visto y oído. Hacia el año 57 San Pablo escribe a los Corintios: «Porque os transmití en primer lugar lo mismo que yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas, y después a los doce» (1 Co 15,3-5).

Cuando, actualmente, uno se acerca a esos hechos para buscar lo más objetivamente posible la verdad de lo que sucedió, puede surgir una pregunta: ¿de dónde procede la afirmación de que Jesús ha resucitado? ¿Es una manipulación de la realidad que ha tenido un eco extraordinario en la historia humana, o es un hecho real que sigue resultando tan sorprendente e inesperable ahora como resultaba entonces para sus aturdidos discípulos?

A esas cuestiones sólo es posible buscar una solución razonable investigando cuáles podían ser las creencias de aquellos hombres sobre la vida después de la muerte, para valorar si la idea de una resurrección como la que narraban es una ocurrencia lógica en sus esquemas mentales.

De entrada, en el mundo griego hay referencias a una vida tras la muerte, pero con unas características singulares. El Hades, motivo recurrente ya desde los poemas homéricos, es el domicilio de la muerte, un mundo de sombras que es como un vago recuerdo de la morada de los vivientes. Pero Homero jamás imaginó que en la realidad fuese posible un regreso desde el Hades. Platón, desde una perspectiva diversa había especulado acerca de la reencarnación, pero no pensó como algo real en una revitalización del propio cuerpo, una vez muerto. Es decir, aunque se hablaba a veces de vida tras la muerte, nunca venía a la mente la idea de resurrección, es decir, de un regreso a la vida corporal en el mundo presente por parte de individuo alguno.

En el judaísmo la situación es en parte distinta y en parte común. El sheol del que habla el Antiguo Testamento y otros textos judíos antiguos no es muy distinto del Hades homérico. Allí la gente está como dormida. Pero, a diferencia de la concepción griega, hay puertas abiertas a la esperanza. El Señor es el único Dios, tanto de los vivos como de los muertos, con poder tanto en el mundo de arriba como en el sheol. Es posible un triunfo sobre la muerte. En la tradición judía, aunque se manifiestan unas creencias en cierta resurrección, al menos por parte de algunos. También se espera la llegada del Mesías, pero ambos acontecimientos no aparecen ligados. Para cualquier judío contemporáneo de Jesús se trata, al menos de entrada, de dos cuestiones teológicas que se mueven en ámbitos muy diversos. Se confía en que el Mesías derrotará a los enemigos del Señor, restablecerá en todo su esplendor y pureza el culto del templo, establecerá el dominio del Señor sobre el mundo, pero nunca se piensa que resucitará después de su muerte: es algo que no pasaba de ordinario por la imaginación de un judío piadoso e instruido.

Robar su cuerpo e inventar el bulo de que había resucitado con ese cuerpo, como argumento para mostrar que era el Mesías, resulta impensable. En el día de Pentecostés, según refieren los Hechos de los Apóstoles, Pedro afirma que «Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte», y en consecuencia concluye: «Sepa con seguridad toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús, a quien vosotros crucificasteis» (Hch 2,36).

La explicación de tales afirmaciones es que los Apóstoles habían contemplado algo que jamás habrían imaginado y que, a pesar de su perplejidad y de las burlas que con razón suponían que iba a suscitar, se veían en el deber de testimoniar.

¿Cómo fue la muerte de Jesús?

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Francisco Varo

Jesús murió clavado en una cruz el día 14 de Nisán, viernes 7 de abril del año 30. Así se puede deducir del análisis crítico de los relatos evangélicos, contrastados con las alusiones a su muerte trasmitidas en el Talmud (cfr. TB, Sanhedrin VI,1; fol. 43a).

La crucifixión era una pena de muerte que los romanos aplicaban a esclavos y sediciosos. Tenía un carácter infamante, por lo que de suyo no podía aplicarse a un ciudadano romano, sino sólo a los extranjeros. Desde que la autoridad romana se impuso en la tierra de Israel hay numerosos testimonios de que esta pena se aplicaba con relativa frecuencia. El procurador de Siria Quintilio Varo había crucificado en el año 4 a.C. a dos mil judíos como represalia por una sublevación.

Por lo que se refiere al modo en que pudo ser crucificado Jesús son de indudable interés los descubrimientos realizados en la necrópolis de Givat ha-Mivtar en las afueras del Jerusalén. Allí se encontró la sepultura de un hombre que fue crucificado en la primera mitad del siglo I d.C., es decir, contemporáneo de Jesús. La inscripción sepulcral permite conocer su nombre: Juan, hijo de Haggol. Mediría 1,70 de estatura y tendría unos veinticinco años cuando murió. No hay duda de que se trata de un crucificado ya que los enterradores no pudieron desprender el clavo que sujetaba sus pies, lo que obligó a sepultarlo con el clavo, que a su vez conservaba parte de la madera. Esto ha permitido saber que la cruz de ese joven era de madera de olivo. Parece que tenía un ligero saliente de madera entre las piernas que podría servir para apoyarse un poco, utilizándolo como asiento, de modo que el reo pudiera recuperar un poco las fuerzas y se prolongara la agonía evitando con ese respiro una muerte inmediata por asfixia que se produciría si todo el peso colgara de los brazos sin nada en que apoyarse. Las piernas estarían ligeramente abiertas y flexionadas. Los restos encontrados en su sepultura muestran que los huesos de las manos no estaban atravesados ni rotos. Por eso, lo más probable es que los brazos de ese hombre fueran simplemente atados con fuerza al travesaño de la cruz (a diferencia de Jesús, al que sí clavaron). Los pies, en cambio habían sido atravesados por los clavos. Uno de ellos seguía conservando fijado un clavo grande y bastante largo. Por la posición en que está podría pensarse que el mismo clavo hubiera atravesado los dos pies del siguiente modo: las piernas estarían un poco abiertas y el poste quedaría entre ambas, la parte izquierda del tobillo derecho y la parte derecha del izquierdo estarían apoyados en los lados del poste transversal, el largo clavo atravesaría primero un pie de tobillo a tobillo, después el poste de madera y después el otro pie. El suplicio era tal que Cicerón calificaba a la crucifixión como «el mayor suplicio», «el más cruel y terrible suplicio», «el peor y el último de los suplicios, el que se inflige a los esclavos» (In Verrem II, lib. V, 60-61).

Sin embargo, para acercarse a la realidad de lo que supuso la muerte de Jesús en la cruz no basta con quedarse en los dolorosos detalles trágicos que la historia es capaz de ilustrar, pues la realidad más profunda es la que confiesa «que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras» (1 Co 15,3). En su entrega generosa a la muerte de Cruz manifiesta la magnitud del amor de Dios hacia todo ser humano: «Dios demuestra su amor hacia nosotros porque, siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rm 5,8).

El fundador del Opus Dei y la educación

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San Josemaría Escrivá ha realizado valiosas aportaciones al mundo de la educación: se refieren al espíritu que debe inspirarla, al modo de tratar a la persona y de entenderla.

San Josemaría Escrivá ha realizado valiosas aportaciones al mundo de la educación. Se refieren al espíritu que debe inspirar la educación, al modo de tratar a la persona y de entenderla.

La historia de Tajamar comenzó hace cincuenta años. San Josemaría Escrivá quería que comenzara una labor apostólica de trascendencia social en algún barrio populoso de Madrid. Era algo con lo que había soñado desde sus primeros años de trabajo sacerdotal en los barrios más necesitados de esa ciudad. Enseguida la idea fue tomando cuerpo y el lugar elegido fue Vallecas, un barrio en el había por entonces unos 12.000 chicos sin escolarizar, y era evidente que aquello, además de reducir sus posibilidades profesionales futuras, les llevaba con facilidad a la delincuencia. Era necesario poner en marcha un centro de enseñanza y en 1958 nació Tajamar, la primera labor apostólica de enseñanza del Opus Dei en Madrid.

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Desde entonces ha transcurrido ya medio siglo y Tajamar cuenta hoy con innumerables logros en su labor docente, en el deporte, en la lucha contra el fracaso escolar, en la formación para el empleo, en la relación entre empresa y escuela. Estos aniversarios invitan a hacer balance y a volver la mirada hacia la propia historia, a la deuda que tenemos con quienes han abierto el camino para poder ser lo que ahora somos. Y la primera deuda personal que tiene Tajamar, y la más importante, es con su principal impulsor, San Josemaría Escrivá. Y cabe ahora preguntarse cuál fue su aportación al estilo con que se trabaja en Tajamar.

Si alguien medianamente perspicaz visita con detenimiento Tajamar, o bien otros colegios semejantes a este, advierte enseguida los rasgos de un ambiente y una fisonomía característicos.

San Josemaría Escrivá ha realizado valiosas aportaciones al mundo de la educación. Y las ha hecho sin haberse propuesto escribir ningún tratado sobre el tema, sin crear una escuela pedagógica, sin marcar un estilo pedagógico propio del Opus Dei. No han sido aportaciones de orden técnico o metodológico, sino que se refieren al espíritu que debe inspirar la educación, al modo de tratar a la persona y de entenderla. De ahí que posean un valor permanente frente a los avances científicos o técnicos, y que se expresen en valores que no son propios de una época, ni de un lugar, y que por tanto también manifiestan una enorme diversidad según las personas y las instituciones educativas en las que se presenta.

Por eso, la influencia del espíritu del Opus Dei en una institución educativa es parecida a la influencia de ese mismo espíritu en una persona singular. Entre varias personas del Opus Dei habrá algunas cosas comunes, pero no puede decirse que haya un carácter, un estilo propio de las personas del Opus Dei, pues quien las conoce de cerca sabe que son bastante diferentes.

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Si alguien medianamente perspicaz visita con detenimiento Tajamar, o bien otros colegios semejantes a este, advierte enseguida los rasgos de un ambiente y una fisonomía característicos, que son como un sello que se capta en muchos detalles que, uno a uno, quizá son poco perceptibles. Es un modo de entender la vida, una consideración atenta y fraterna de las personas, una escala de valores orientadora, una impronta eminentemente espiritual. Son valores y rasgos sencillos, ninguno de ellos poseído en exclusividad, pero que en conjunto apuntan hacia un espíritu que alienta todo lo que allí se hace.

Un centro de enseñanza animado por el espíritu del Opus Dei tendrá sus aciertos y sus errores, pero tiene dentro del alma una vocación de servicio a Dios y a los demás.

Y dentro de esos rasgos característicos, el que quizá define mejor la influencia del espíritu del Opus Dei es y ha de ser la búsqueda de la unidad de vida. Es una expresión acuñada por San Josemaría, y que se refiere, por decirlo de una manera sencilla, a la adecuación entre lo que se piensa, se dice, se hace, y lo que se debe ser y hacer. Hay que tener en cuenta que el espíritu que anima a cada uno, el ejemplo de la propia conducta personal, el esmero que se pone en su trabajo, todo eso influye enormemente en la educación. Educar no debe entenderse como una cuestión unilateral ni exclusiva, sino que es una tarea de todos los que de alguna manera participan de la vida del centro educativo, pues todos contribuyen a educar y todos resultan beneficiados. Y muchas veces, lo sabemos bien, las grandes lecciones que recibimos nosotros, tanto los padres como los profesores, solemos aprenderlas de los chicos: de los hijos y de los alumnos.

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Un centro de enseñanza animado por el espíritu del Opus Dei tendrá sus aciertos y sus errores, porque siempre habrá una distancia entre lo que deberíamos ser y lo que realmente logramos llegar a ser, pero tiene dentro del alma una vocación de servicio a Dios y a los demás, que da a la vida un sentido de misión, una aspiración a la santidad en esa tarea diaria.

Las personas deben formarse en libertad, y eso no es nada sencillo, porque educar en libertad no es simplemente dar libertad, que eso lo hace cualquiera, sino enseñar en libertad a utilizar bien la libertad.

San Josemaría subrayó también diversos rasgos característicos que han de presidir cualquier labor educativa. Insistió en su aprecio por la sinceridad, la lealtad y la confianza. Puso el acento en la atención personalizada, en el trato de amistad con los alumnos y con los padres, y entre los profesores, de modo que hubiera una gran consideración hacia las personas y nadie pudiera sentirse sofocado en una masa. El amor al trabajo bien hecho, cuidando los detalles, fue otro aspecto central de su insistencia. Igual que el sentido de servicio y la preocupación social, cuestiones decisivas para que el espíritu cristiano cale verdaderamente en las personas.

El sentido positivo podría señalarse como otro elemento fundamental: es preciso poner “el signo más”, dar un sentido positivo a todo lo que hacemos, para así ver a la gente con buenos ojos, para valorar a cada uno como merece, para creer en ellos: todo eso tiene unos efectos sorprendentemente positivos en las personas.

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El espíritu de libertad ha de ser también otro rasgo característico en una actividad educativa alentada por el espíritu del Opus Dei. Las personas deben formarse en libertad, y eso no es nada sencillo, porque educar en libertad no es simplemente dar libertad, que eso lo hace cualquiera, sino enseñar en libertad a utilizar bien la libertad. Y San Josemaría lo aplicaba también a la educación en la fe. Hablaba a los padres de rezar, de dar ejemplo a sus hijos, de transmitir con la propia vida una formación profunda, de educar en un clima de alegría y de libertad. Y añadía: “No les obligues a nada, pero que os vean rezar: es lo que yo he visto hacer a mis padres y se me ha quedado en el corazón. De modo que cuando tus hijos lleguen a mi edad, se acordarán con cariño de su madre y de su padre, que les obligaron sólo con el ejemplo, con la sonrisa, y dándoles la doctrina cuando era conveniente, sin darles la lata”.

Todo ha de proyectar una imagen y una concepción cristiana de la significación del hombre y de toda realidad: así se compone esa unidad de vida.

Hablaba también de que la identidad cristiana de un centro de enseñanza debía ser algo profundo, constitutivo. No es meter en la vida del colegio unos añadidos, unos suplementos de tipo espiritual o doctrinal, porque eso sería algo postizo. La unidad de vida exige que esa inspiración cristiana se manifieste en todo, y no solamente en las enseñanzas académicas, sino en todos los valores que inspiran la vida diaria del centro, en todas las personas que allí trabajan. Todo ha de proyectar una imagen y una concepción cristiana de la significación del hombre y de toda realidad: así se compone esa unidad de vida, sencilla y fuerte, que predicó incansablemente durante toda su vida.


Artículo escrito por Alfonso Aguiló, director del colegio Tajamar, con motivo del 50 aniversario (1958/2008)

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Expertos internacionales han debatido en la Universidad de Navarra sobre las claves para el desarrollo social y económico del ‘continente olvidado’

Opus Dei -

Un nivel bajo de la educación, un sistema financiero superficial y unas administraciones débiles son los principales frenos para el progreso de los países africanos, según han coincidido en señalar los expertos reunidos en la Universidad de Navarra en el seminario sobre el desarrollo social y económico de África.

El encuentro, organizado por la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Navarra, reúne a diferentes expertos de universidades europeas y a representantes de instituciones como el Fondo Monetario Internacional y la ONU. De esta entidad, procede Samuel Gayi, oficial de Asuntos Económicos en la División para África de la UNCTAD, quien señaló la debilidad de las administraciones africanas y sus sistemas financieros como los principales obstáculos para el desarrollo económico del continente.

En esta misma línea, Sandrine Mesplé-Somps, del Instituto de Investigación para el Desarrollo (París), ha lamentado las deficiencias del sistema educativo en gran parte del continente africano. A su juicio, los políticos no tienen oposición en esa población analfabeta. “La desigualdad en la educación significa desigualdad en el nivel del poder”, aseguró.

Opus Dei - Samuel  Gayi

Samuel Gayi

Para esta especialista, las ayudas económicas internacionales sólo son eficaces si recaen sobre países con un “sistema democrático consolidado”. “Si la estructura institucional no es buena, las ayudas internacionales no pueden impactar en la sociedad”, apuntó.

Fortalecer los sistemas financieros locales

Por su parte, el representante de la ONU lamentó la falta de independencia financiera de los países de continente africano y el problema de los altos costes de transporte de las mercancías de sus productos, que reducen la competitividad de sus exportaciones. En este punto, recordó que estos costes son un 5% más elevados en África Subsahariana respecto a la media de desarrollo por país, y más de un 10% en los países sin salida al mar.

Opus Dei - Sandrine  Mesplé-Somps

Sandrine Mesplé-Somps

Por este motivo, animó a los países africanos a fortalecer sus sistemas financieros locales frente a las inversiones extranjeras, para evitar condicionamientos y tener más libertad de acción para diseñar las políticas de desarrollo que estimen más urgentes.

Samuel Gayi afirmó también que los países desarrollados, además de ser flexibles con los más pobres, pueden ayudar “especialmente en el área de la asistencia técnica”, para que puedan mejorar sus infraestructuras comerciales y así posibilitar que aumenten sus beneficios.


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