Algunos escritos de Josemaría Escrivá

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Un aspecto importante de la siembra de santidad de Josemaría Escrivá en los cinco continentes es el de sus escritos. Su obra más popular es Camino, gracias a la cual se han acercado al Señor miles de almas. En el año 2002 se habían editado cerca de cuatro millones y medio de ejemplares de este libro en 43 idiomas.

Dios le concedió lo que había pedido en su oración años atrás: escribir libros de fuego: A pesar de sentirme vacío de virtud y de ciencia (la humildad es la verdad…, sin garabato), querría escribir unos libros de fuego, que corrieran por el mundo como llama viva, prendiendo su luz y su calor en los hombres, convirtiendo los pobres corazones en brasas, para ofrecerlos a Jesús como rubíes de su corona de Rey.

Camino

Se considera este libro un clásico de la espiritualidad cristiana de nuestro tiempo. Consta de 999 puntos para la meditación personal. En 2002 apareció un documentado estudio crítico-histórica de este libro, a cargo de Pedro Rodríguez.

Santo Rosario

Josemaría Escrivá compuso este libro para facilitar el rezo del Rosario y la contemplación de los misterios, a la luz de la vida de infancia espiritual. Concluyó con unos breves comentarios sobre las letanías a la Virgen. Lo redactó en la iglesia de Santa Isabel de Madrid, durante la acción de gracias tras la Comunión, un día de la novena de la Inmaculada de 1931.

Es Cristo que pasa

Es una recopilación de 18 homilías pronunciadas por Josemaría Escrivá entre 1951 y 1971, ordenadas conforme al año litúrgico.

Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer

Este libro recoge siete entrevistas con periodistas de importantes diarios y revistas de la prensa internacional, concedidas por Josemaría Escrivá durante los años 1966-1968. Se abordan en estas entrevistas cuestiones muy diversas: desde las libertades individuales al puesto de la mujer en la sociedad

Se incluye la homilía que pronunció en el Campus de la Universidad de Navarra, en 1967, titulada: Amar al mundo apasionadamente.

Amigos de Dios

Colección de 18 homilías, pronunciadas entre 1941 y 1968, que abarcan diversos aspectos de la vida cristiana. Fue la primera obra póstuma aparecida tras el fallecimiento de Josemaría Escrivá.

Vía Crucis

Esta obra, nacida de la oración personal de Josemaría Escrivá, consta de textos y puntos de meditación sobre las catorce Estaciones. Sigue muy de cerca el relato evangélico de la Pasión de Cristo. Fue la segunda obra póstuma que salió a la luz.

Surco

Este libro, de estructura similar a Camino, consta de 1000 máximas de meditación espiritual, que Josemaría Escrivá había dejado ordenadas en 32 capítulos antes de fallecer.

Forja

Esta obra consta 1055 puntos de meditación espiritual, con una estructura similar a Camino.

Amar a la Iglesia

Josemaría Escrivá hace en esta obra profundas y hermosas reflexiones sobre la Iglesia y el sacerdocio. El libro recoge tres homilías pronunciadas por el Autor entre 1972 y 1973: “El fin sobrenatural de la Iglesia”; “Lealtad a la Iglesia”; “Sacerdote para la eternidad”.

Plegaria en Barajas por las víctimas del accidente aéreo

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La XIII Carrera Popular de 500 kilómetros con relevos, desde Tajamar a Torreciudad, comenzó con una plegaria en la ermita de Barajas por las víctimas del accidente aéreo ocurrido el  20 de agosto del 2008

Opus Dei -

La oración, que leyó un familiar de unos heridos, asegura oraciones “por las almas de todos los fallecidos” y “por los heridos, para que recuperen la salud cuanto antes, así como por los familiares,  para que sobrelleven con fortaleza tan fuerte contradicción”.

Al mismo tiempo -decía la oración leída en la Ermita- los corredores ponen en “esta petición el esfuerzo y la ilusión de unos relevos que ofrecemos también por la paz y las necesidades de nuestro país, y la protección de la Virgen para estas horas de carrera”.

Opus Dei -

Cientos de alumnos del colegio y muchas familias han despedido esta mañana a los primeros relevistas. Después de un año de distintos actos conmemorativos, este centro concluye el aniversario con su actividad más genuina: el deporte, y más en concreto, el atletismo.

Una carrera única
Lázaro Linares, entrenador nacional de atletismo y organizador de la carrera, ha destacado “el carácter familiar de esta edición, con niños de 3 años que harán relevos, y la participación de un grupo de portugueses”.

Opus Dei -

Ésta es la XIII edición de una carrera que comenzó en 1996 y los organizadores han querido que el lema “El deporte hace familia” presida toda la marcha. No es simplemente un eslógan, pues hay familias enteras que se ponen el chándal y se lanzan al asfalto para hacer su relevo. Este año, por ejemplo, los últimos 100 km, los completan diez familias en relevos sucesivos.

La carrera durará cuarenta y ocho horas y los más de mil corredores se distribuirán a lo largo de cincuenta y tres relevos, de diez kilómetros cada uno, que cubrirán los 530 totales. Hay participantes de todas las edades: desde niños de cuatro años hasta jubilados entusiastas. Enrique Mbomio-Mba, un guineano ingeniero técnico de 40 años y antiguo alumno que ha corrido todas las ediciones, no tiene dudas: “una carrera única, que acabas siempre con más amigos que al comenzarla, y que para los que nos gusta correr, es lo más”.

Los corredores recorrerán las provincias de Madrid, Guadalajara, Soria, Zaragoza, Navarra y Huesca. Los organizadores han estudiado sobre el terreno las características de los distintos tramos para facilitar a los participantes información sobre el recorrido. En esta edición correrán cerca de un millar de personas, entre ellos más de cuatrocientos escolares. Desde la primera edición han sido más de ocho mil personas las que han participado en esta carrera tan singular.

El centro educativo Tajamar culmina su 50 aniversario con una carrera popular de 500 kms relevos entre Vallecas y el santuario de Torreciudad, en el Pirineo aragonés.

LA CARRERA EN DATOS

1. Salida: jueves 25 de septiembre a las 10.30 (Vallecas. Madrid)
2. Meta: sábado 27 de septiembre a las 11.30 (Torreciudad. Huesca)
3. Recorrido: 530 kilómetros.
4. Provincias que recorre: Madrid, Guadalajara, Soria, Navarra, Zaragoza y Huesca.
5. Nº participantes: 1.000 corredores. 10 familias distintas se pasarán el testigo en los 10 relevos entre los kms. 400 y 500.
6. Nº total de familias que participan en los relevos: 50
7. Récord personal a batir: el del veterano Faustino Pablos, que corrió 162 kilómetros en la IIª edición.
8. Coches de apoyo: 7 (cuatro turismos, dos furgonetas y 1 trailer)
9. Autobuses fletados: 3
10. Tiempo medio de cada relevo: 50 min.

Mi testimonio sobre Monseñor Escrivá de Balaguer

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Testimonio de Silvestre Sancho Morales O.P. Rector de la Universidad Santo Tomás en Manila
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Conocí a Monseñor Escrivá de Balaguer en 1935, con ocasión de un viaje mío a España desde Manila. Recuerdo que en ese primer encuentro hablamos mucho de apostolado. Sin embargo, lo que se me quedó más grabado fueron algunos rasgos de su carácter, en especial su entusiasmo, su alegría.

No volvimos a vernos hasta finales de 1941, cuando regresé a España, donde permanecí diez años. Desde entonces, y hasta que el fundador del Opus Dei fijó su residencia en Roma, en 1946, tuvi­mos ocasión de encontrarnos con mucha frecuencia y trabar una profunda amistad. Más tarde seguí viéndole periódicamente en Roma. Nuestras conversaciones siempre me acercaban más a Dios.

Durante los años de nuestra común estancia en Madrid, iba con frecuencia al domicilio de don Josemaría para dar clases de Teología a socios de la Obra, algunos de los cuales fueron ordenados sacerdotes después. A través de estos contactos con el fundador del Opus Dei y con algunos de sus hijos tuve ocasión de conocer más a fondo el espíritu que animaba a don Josemaría.

CELO POR LAS ALMAS

La primera nota que yo destacaría de Monseñor Escrivá de Balaguer es su caridad, un amor a Dios que se desbordaba en un celo infatigable por todas las almas. Siguiendo el orden de la cari­dad, sobresalía en primer lugar su cariño paterno y un entrañable desvelo por sus hijos, los socios de la Obra. Les exigía con fortaleza para que fueran santos, y, a la vez, con la ternura y la delicadeza que un padre tiene con sus hijos. A mí, en un principio, no dejó de sorprenderme esa forma de tratarles, especialmente a aquellos que ya eran hombres hechos y derechos y gozaban de un merecido prestigio profesional. Sin embargo, pronto comprendí que para don Josemaría eran fundamentalmente eso: sus hijos.

Cuando falleció uno de los primeros socios del Opus Dei, Isi­doro Zorzano, el padre -como le llamaban sus hijos- dio ejemplo de fortaleza cristiana. Su corazón sentía la pena de la separación física, y me habló de que se había encarado amorosamente con el Señor, como intentando comprender por qué se había llevado a un hombre joven que tanto podía servirle en la tierra; pero que inmediatamente había aceptado sin reservas la voluntad de Dios, repitiendo una recia jaculatoria que ya había recogido en el núme­ro 691 de Camino: «Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima voluntad de Dios, sobre todas las cosas. Amén. Amén». Me contaba que se quedó lleno de paz; además, con el consuelo de que Isidoro había fallecido como un santo.

Pero, como ya he dicho antes, su amor no se detenía en sus hijos; se extendía a todas las almas. Su caridad era encendida y abar­caba a todas las gentes de cualquier condición. De su ingente labor apostólica, siempre me impresionó la gran tarea que llevó a cabo con sacerdotes diocesanos. Continuamente predicaba por España entera cursos de retiro espiritual para sacerdotes. Lo hacia a peti­ción de los obispos, que conocían la fuerza de su palabra, llena siem­pre de visión sobrenatural y de vibración apostólica. Su afectuosa comprensión, su sencillez y la llaneza y afabilidad de su trato, gana­ban enseguida el corazón de quienes le oían y creaban un ambiente que facilitaba grandemente la reforma.

Contra lo que era costumbre general, jamás solicitó retribución alguna por esta labor con sacerdotes: no sólo no quería cobrar nada, sino que tampoco aceptaba regalos y además se costeaba personalmente los viajes. Desarrollaba este trabajo pastoral sin rui­do, calladamente, yendo de acá para allá de modo incansable. Algu­nas veces, a su regreso, hablábamos de los conocimientos que había hecho en esas «escapadas» de Madrid. Esas conversaciones siem­pre me dejaron el convencimiento del enorme alcance de su labor con sacerdotes; muchos miles de almas se beneficiarían luego de la piedad y del celo que don Josemaría había sabido infundir en sus pastores. Sólo Dios puede valorar este silencioso servicio a la Iglesia.

VIDA DE PIEDAD Y FILIACIÓN DIVINA

En don Josemaría la conciencia de la filiación divina era par­ticularmente viva. Esa profunda realidad iluminaba toda su vida y se contagiaba a cuantos se le acercaban; Monseñor Escrivá de Balaguer enseñó siempre a empapar y a edificar la vida de piedad sobre esta convicción fundamental: que somos hijos de Dios. De hecho, el sentido de la filiación divina es uno de los rasgos distintivos de la espiritualidad del Opus Dei.

Su oración personal, muy intensa, le mantenía en una presencia de Dios constante. Recuerdo especialmente la devoción con que celebraba la Santa Misa. Su amor al Santo Sacrificio se ponía de manifiesto en el recogimiento con que se acercaba al altar, en el espíritu de oración con que llenaba cada una de las ceremonias, en la pausa de sus movimientos y palabras y también en su delicada fidelidad a las rúbricas del Misal. Terminada la Santa Misa per­manecía siempre en una intensa y fervorosa acción de gracias a Jesús Sacramentado. Este cariño a la Sagrada Eucaristía se mos­traba igualmente en sus frecuentes visitas al Santísimo, que hacía­mos también en el oratorio de aquella casa de la calle Diego de León, nada más levantarnos de la mesa siempre que me invitaba a almorzar.

Todo el comportamiento de don Josemaría era consecuencia de una vida interior muy intensa. Su abandono en Dios, basado en la fe y en la esperanza, era total y se advertía en todas las cir­cunstancias de su vi da; desde las más ordinarias hasta los momentos más duros y dolorosos. Su confianza en el Señor se extendía también a la Virgen y a San José, a los Santos y a los Ángeles Custodios, con quienes mantenía un trato amistoso y a los que recurría fre­cuentemente -según me explicó- para pedirles muchas cosas y tenerlos como aliados poderosos en el apostolado.

CARIDAD HEROICA

Cuando a comienzos de los años cuarenta –lejano aún el Con­cilio Vaticano II–se produjo una fuerte campaña de calumnias con­tra don Josemaría, desatada por algunos que, tal vez, no calaban la profundidad teológica de su predicación, pude comprobar, una vez más, su heroico sentido de la caridad y de la justicia. En muchas ocasiones observé su silencio y cómo cambiaba con naturalidad de tema cuando, en nuestras conversaciones, salía a relucir alguna per­sona a la que, en justicia, no podía alabar. Vivía a la letra lo que aconsejaba: «Sí no puedes alabar, cállate». A lo largo de su vida, en la que no faltaron abundantes incomprensiones y calumnias, le vi poner en práctica este consejo, tan difícil, de modo constante y con irrebatible fortaleza. A pesar de que le sobraba razón y razones para responder a quienes le agredían, siempre escogió la oración y el silencio, en un ejercicio heroico de la caridad que le inducía a amar a todos los hombres por Dios, siempre, y de manera nada común.

Pero hay todavía más: en cierta ocasión me confió que, diaria­mente, en la Santa Misa, elevaba a Dios por los que habían inten­tado hacer daño a la Obra de Dios los mismos sufragios que ofrecía por sus padres y por sus hijos vivos o difuntos del Opus Dei. Y eso día tras día, año tras año…

Vivir las contradicciones con una alegría grande, enraizada en un profundo espíritu de mortificación. Siempre, en todas esas oca­siones, le sostuvo una firmísimo fe y esperanza sobrenaturales que le hacían olvidar se por completo de su persona.

Monseñor Escrivá de Balaguer tuvo total confianza en Dios en medio de las incomprensiones; tenía la seguridad se lo oí muchí­simas veces de que, como la Obra era cosa de Dios, saldría ade­lante. Y solía recordar que el grano de trigo que muere siempre es fecundo, y que si viene un vendaval, una persecución, y se lleva el trigo y lo esparce, al cabo de algún tiempo se produce fruto en muchas partes. Así ha ocurrido con el Opus Dei, que actualmente cuenta con más de setenta mil socios de ochenta nacionalidades distintas.

AMOR A LA LIBERTAD

Otra característica del fundador del Opus Dei era su profundo respeto a la libertad personal. Recuerdo, por ejemplo, cómo me expli­caba que en el Opus Dei todos debían conseguir con su trabajo profesional medios suficientes para mantenerse y sacar adelante los apostolados, de tal manera que si un día querían abandonar la Obra, pudie­ran hacerlo tranquilamente, sin miedo a su futuro en la vida. Así los motivos de su perseverancia serían siempre exclusivamente sobrena­turales. «La perseverancia en el Opus Dei -decía– ha de ser con­secuencia siempre de un amor actual, constantemente renovado».

Tuve ocasión de comprobar muchas veces cómo ponía todos los medios sobrenaturales y humanos para asegurar esa libre per­severancia, enseñando a sus hijos a que también los pusieran. Reza­ba mucho y vivía duras penitencias pidiendo por la fidelidad de los socios de la Obra y al mismo tiempo derrochaba cariño com­prensión con ellos. En ocasiones hizo viajes muy largos en la tercera clase de los trenes de entonces, y sin dinero para comer, porque quería hablar con alguno que atravesaba dificultades.

ALEGRÍA SOBRENATURAL

Aunque considero imposible bosquejar en unas cuantas páginas todas las virtudes del fundador del Opus Dei, no quiero dejar de insistir en una que, como he dicho al principio de estas líneas, des­cubrí en nuestra primera conversación: la alegría.

Era un consuelo hablar con don Josemaría: por su sentido sobre­natural y porque siempre estaba de buen humor. Para mí, la alegría era su virtud más característica, fundamentada sin duda, en el profundo conocimiento que Dios le había dado de la filiación divina. «Que estén tristes -decía– los que no se consideren hijos de Dios». Muchas veces comentaba: «Yo quiero que mis hijos estén siempre muy alegres».

Su alegría me parece una consecuencia clara de su gran fidelidad a Jesucristo y a su vocación y me hace entender mejor su profunda humildad, porque la soberbia, aunque sea en grado mínimo, es incompatible con la alegría. Monseñor Escrivá de Balaguer pudo tener siempre, durante toda su vida en la tierra, esa inmensa alegría, sobrenatural y humana, porque era extraordinariamente humilde. Se consideraba un instrumento inepto y sordo en las manos de Dios y se había propuesto una norma de conducta firmemente arraigada en la humildad: «Ocultarme y desaparecer es lo mío; que sólo Jesús se luzca».

La impresión que guardo del padre es la de un hombre de muchí­sima virtud, aunque su humildad profunda hacía que su vida se con­sumase en una gran naturalidad. Amaba y vivía heroicamente la pobreza, sin alardes; era comprensivo, sin falsos respetos humanos; sereno, de una gran moderación en todo; generoso, magnánimo y a la vez atento a los detalles más pequeños.

Además de sus virtudes y de su fidelidad plena a la voluntad de Dios, el temperamento de Monseñor Escrivá de Balaguer, su modo de ser y su postura optimista ante la vida, al igual que el resto de sus excepcionales cualidades naturales, formaban parte de su vocación de instrumento de Dios para hacer el Opus Dei.

Enseñó siempre a utilizar en servicio de Dios toda las buenas cualidades que nos ha concedido y dio ejemplo procurando cada día crecer en las virtudes y gastando su vida entera en la misión divina que había recibido: trabajar por Dios y para Dios en el mun­do, llevando a las almas por «los caminos divinos de la tierra».

Por eso tengo tanto cariño al padre, porque tuve ocasión de comprobar que era un hombre santo lleno de alegría, ya que, como decía Santa Teresa, y le gustaba repetir al fundador del Opus Dei, «un santo triste es un triste santo». Gastó toda su vida heroica y alegremente en la misión que Dios le confió: formar a Cristo en las almas de cristianos corrientes que viven en medio del mundo.

Las preguntas y respuestas de Pozoalbero

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Testimonio de José María Pemán, Escritor. Miembro de la Real Academia Española

A la salida de Jerez hay una finca que se llamaba Santa María del Pino. Era de los Agreda, viejos tíos de mi mujer. En esta finca, viniendo yo de Cádiz cada tarde, visitaba a mi novia. Los noviazgos entonces eran largos por estas tierras. Los novios se tomaban tiempo para casarse, como los cipreses se toman tiempo para crecer.

Luego, hace ya bastantes años, pasó a ser residencia, casa de retiros del Opus Dei. Desde entonces tomó el nombre de Pozoal­bero. He advertido que a la Obra de Dios no le gustan los nombres demasiado confesionales:  Santa María, San José… No le gustan los santos en el Catastro. Se piden nombres a la naturaleza y a la esté­tica. Creen, con razón, que si Dios, según el decir teresiano, anda entre los pucheros, más debe de andar entre los pozos y entre los pinos… Hay que imitar aquella humilde respuesta naturalista del gitano en su diálogo inquisitivo con la Guardia Civil.

- ¿Dónde duermes?

- Tengo un árbol que no me lo merezco…

En Pozoalbero se había habilitado para salón de actos una vieja nave de lagares. Se le habían añadido reposteros, sillones, sillas. ¿Qué uvas iban a ser pisadas en tan espectacular vendimia? Los sencillos, los cristianos rasos, en número superior a los dos millares, eran carretadas de las uvas que iban a extenderse en el salón–lagar.

Monseñor Escrivá de Balaguer, venido a estas tierras del sur, iba a ser el pisador. Y Santa María, escondida tras el pozo, se encargan de dar la última vuelta y apretujón de la prensa al orujo o al alpechín.

En el repostero, al fondo del estilizado lagar, lucía esta divisa: «Siempre alegres, siempre felices, con alma y con calma». Casi un pleonasmo esa invocación de la alegría y la calma. Todo el auditorio venido a Jerez desde Córdoba, Sevilla, Huelva, Cádiz, Málaga, etcé­tera, era andaluz y ya se habían encargado de traer por su cuenta su propio equipaje de alegría y de calma. Auditorio abigarrado: hombres, mujeres, chicas, muchachos. Muchos de éstos, con mele­na y barba, con «sueters» y camisas de colores explosivos: rojos, verdes y amarillos de bombona de butano. Estoy seguro de que habían dejado su guitarra en el perchero.

Un revuelo en la puerta que suena a timbre o aldaba. Silencio, primero, y luego, aplauso cerrado. Entra el padre. Lleva prisa por­que siempre la lleva, porque va «a otra parte». Porque tras cada vendimia y pisa hay una nueva cosecha esperando y soleándose en el almijar: ayer, no más, estaba en Lisboa y en Fátima rodeado de muchedumbres ávidas. Lleva prisa porque siempre va a «otra cosa», a una llamada urgente, como el tocólogo, como el traumatólogo. Los escritos ascéticos se han buscado infinitas metáforas titulares: el «Castillo», de Santa Teresa; la «Ciudad» de San Agustín; el «Ca­mino». Un viejo sacerdote, capellán de una ermita mariana, comen­taba: «Este es un hombre zarandeado por el Espíritu Santo; y los caminos y mociones del Espíritu Santo no están previstos en ningún “Michelín”».

Y empezó su tarea. Unas brevísimas palabras y en seguida abre el coloquio. Quiere preguntas. Quiere que le pregunte el dolor, el miedo, la cesta de la compra, la familia numerosa. Va recorriendo casi toda España; satisfaciendo en todas partes dudas, penas, con­fusiones. Como su faena es diaria, interminable, con pases muy enla­zados, cualquier momento es bueno para dar la vuelta al ruedo. Porque, además, para él, la «vuelta al ruedo» no es previo ni des­canso, sino que sigue siendo faena. La técnica, sin técnica, de sus coloquios siempre es la misma. Pregunta cualquiera. No estamos en un congreso científico. La pregunta nace, quizá, del ignorante, del despistado, del engañado. Las echan a volar estos modestos palomares. Y por el aire se van volviendo sabiduría. También siguen una técnica muy personal las respuestas de Monseñor, que parecen dichas desde una torre de varios pisos superpuestos. En el bajo, la gracia humana: la anécdota o el comentario que mueve a esa oración de los sencillos que es la risa. En seguida, el piso central: que es la gracia poética, que expende emoción, que sugestiona tanto como persuade. Pero lo que exige el padre Escrivá a sus primeras gracias subalternas es que anticipen el aire de familia de la última, que espera en la azotea y que es la Gracia de Dios. Esta ayudará a que cada oyente reduzca la frondosa y graciosa palabra de Mon­señor a la taquigrafía intelectual y escatológica que lleva dentro.

Siempre he dicho que hace falta una historia analítica del sen­timiento religioso en España, como Henri Bremond la hizo para Francia, para encajar al padre Escrivá en su casillero propio, en su puesto dentro de la fila de la ascética española. Porque el convencio- nalismo propio de esta época confusa inclina a algunos a pen­sar que un maestro de espíritu tan original en su ascética del trabajo como oración, y la vida seglar y profesional como instrumento de perfección, debe ser un «progresista» rodeado de estilos chocantes y novedosos. Pero parece que Monseñor ha olfateado tan sutilmen­te el riesgo, que se ha echado de bruces sobre el contrapeso de la tradición popular española: el rosario, la peregrinación a la ermita, el latín no desechado, sino convivente con el español vernáculo. No se ha inscrito Monseñor en ningún «progresismo». Tampoco en ningún artificioso «regresismo». En el platillo nivelador de la difícil balanza de esto que llamamos crisis ha colocado, sencilla­mente, la tradición, que es como un comienzo de eternidad. «Darse» fue todo el verbo reflexivo que impulsó la obra de Cristo. La técnica de nuestro aragonesismo maestro de catolicidad o univer­salismo consiste en «darse a querer». No hay una misa -dice-. Hay cada día una misa nueva, puesto que el auditorio, el local y el momento intervienen en el Sacrificio. Lo que permanece igual es la jerarquía de las peticiones básicas. Monseñor hace confidencia al auditorio de su escala de intenciones jerárquicas de cada una de sus misas: por la Iglesia, por el Papa y por su Obra.

Me retiraba ya y quise antes visitar a los dos cipreses que plan­tamos hace treinta y tantos años mi novia y yo El ciprés ha sido calumniado al considerársele árbol funeral. Es la esbeltez clásica hecha árbol. Pertenece, en la familia arborescente, como el boj, el romero, la uña de gato, a los vegetales a que da exactitud, perfil y volumen, las tijeras profesionales del jardinero. La Naturaleza es experta en pintar colores o musicar ramas y vientos. Pero, ¡anda que cuando se mete a hacer de arquitecto!

Reconocí la voz del «Séneca». Buscó conmigo los dos cipreses. Quedaba sólo uno. Se oía lejos el murmullo del auditorio que bus­caba sus coches en los aparcamientos improvisados en huertas y jardines vecinos.

–Don José: si le llaman a todo esto «Obra de Dios», ¿qué obra ha tenido que hacer ese padre?

–No ser estorbo de la obra de Dios, ¿te parece poco? Dios obra por medio de los hombres y las cosas. Es lo que se llama las «causas segundas».

Miró hacia la riada humana. Se rascó la cabeza:

–Pues esta causa segunda, don José, le ha salido a Dios de primera.

Mi experiencia

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Testimonio de José Luis Olaizola, Escritor
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Al cumplirse los cincuenta años del nacimiento del Opus Dei me parece de justicia confesar que su espiritualidad me ha ayudado enormemente a remodelar mi vida. Supongo que mis amigos pen­sarán que, de momento, esa remodelación ha resultado insuficiente, pero uno confia en que Dios le dará aún tiempo para terminar bien el trabajo.

Recuerdo que cuando estudié el bachillerato nunca conseguí que me admitieran en las Congregaciones Marianas ni tan siquiera como aspirante. Los congregantes y los aspirantes tenían derecho a comulgar los jueves y ese día entraban tarde en la primera clase de la mañana, de modo ostensible, porque los profesores sabían de dónde venían. Eran tiempos -en España– en que se insistía mucho en la moralidad oficial y el ser congregante daba enorme prestigio. Por eso yo tenia un cierto complejo de inferioridad, por­que formulaba la solicitud cada año y era rechazada. Un profesor muy bondadoso me consolaba: «Otro año será, hijo mío». Pero ese año no llegó. Terminé el bachiller y entré en la universidad, hacién­dome un poco el agnóstico y jugador de rugby. La relación entre lo uno y lo otro es que los jugadores de rugby hablábamos siste­máticamente mal, aunque sin especial intención. Jugué cinco años la liga nacional en ese deporte, participé en los Campeonatos de España de Bateles, fui campeón juvenil de 800 m. lisos y subcam­peón universitario de 3.000. También fui internacional de balon­mano a 11 y boxeador en la categoría de aficionados. Evidentemente, no me quedaba tiempo para estudiar. Pero repentinamente me enamoré, y como en España entonces no se podía vivir del deporte, me puse a estudiar y terminé la carrera de Derecho. Yo ya entonces escribía e incluso quedé finalista en un premio de novela en 1957, pero como era mucho más rentable la literatura jurídica, me tuve que dedicar a los pleitos, porque ya me había casado y tenía hijos con sorprendente regularidad. Eran tiempos en los que aun a los no piadosos no se nos ocurría hacer cosas raras para no tener hijos.

Soy el menor de una familia de nueve hermanos, y como ya he dicho, mi práctica religiosa era bien escasa, si es que era. No obstante, uno de mis hermanos mayores conoció el Opus Dei, y por su mediación fui a un curso de retiro espiritual en Molinoviejo, provincia de Segovia, calculo que en el año 1958. Comenzó enton­ces un cambio profundo en mi vida. Me llamó especialmente la aten­ción el hecho de que mi trabajo –entonces ejercía la abogacía con entusiasmo relativo– fuera, precisamente, el medio de mi santifi­cación. Me sorprendió que en aquel curso de retiro se hablara con tanta naturalidad de santidad, como algo al alcance de cualquier cristiano. Me quedó muy claro que en la Iglesia no podía haber cristianos en situación de clases pasivas y que los que nos pasábamos el día lamentándonos de que hubiera ricos y pobres éramos una rémora. Entendí bastante bien la pobreza de espíritu, el despren­dimiento de los bienes terrenos y, conexo con lo anterior, que los demás valen la pena. Quizá no entendí todo esto de golpe, pero empecé a mirar las cosas de otro modo.

Fue en 1960 cuando conocí personalmente al fundador de la Obra. Ocurrió en la basílica de San Miguel, en Madrid, en una misa en la que –me figuro– casi todos los asistentes serían socios de la Obra. Tenían gran emoción porque la mayoría de ellos iban a ver por primera vez en su vida al padre. La iglesia estaba abarrotada, todo el mundo hubiera querido estar muy cerca del altar para verle mejor y, sin embargo, aceptaron las indicaciones del que hacía de maestro de ceremonias, mi paisano don Jesús Urteaga. Las mujeres, sentadas en los bancos o en lugares de preferencia; los hombres, detrás, y los que éramos más altos, al fondo del todo. Si alguno llegaba tarde no se cerraban filas, sino que se hacia un esfuerzo para que cupiera; una tontería si se quiere, pero aquella gente sabía estar en una iglesia.

Recuerdo la breve homilía de Monseñor Escrivá de Balaguer corta, pues pienso que no le gustaba distraer la esencia del sacrificio del altar con peroratas, en que nos habló de vida interior, de nuestra lucha para conseguirla, de modo que a veces cuando las cosas hay que hacerlas aunque cuesten– podíamos tener la impresión de que estábamos haciendo «comedia» delante de Dios: pues ¡bendita comedia, con Dios, la Virgen y los ángeles como espectadores!; des­de entonces yo siempre he pensado que en la comedia de nuestra vida tenemos un Espectador benévolo, Dios, deseoso de que nues­tro papel nos salga bien.

En abril de 1965 tuve que ir a Roma a un Congreso de Prensa; entonces trabajaba como directivo en una empresa periodística. Me llevé a mi mujer –Marisa–, que estaba entonces en estado de ges­tación –su estado habitual a la sazón–, esperando a nuestro séptimo hijo. Me la llevé por muchas razones, pero la principal, porque tenía­mos esperanzas de que nos recibiera el padre. Como así fue. Le visitamos en 15 de abril de 1965, a las once de la mañana. Nos recibió en Bruno Buozzi, 73, su residencia.

Aquel día, el padre llevaba una sotana limpia, no demasiado nueva, y una chaqueta de punto, negra, de confección casera. Le recuerdo guapo, con el pelo negro, fino, no demasiado tupido, pei­nado con raya a un lado, el cutis terso, bien afeitado, con aire deli­cado, no de salud, sino de un cierto desprendimiento de su ser, pero muy vigoroso en el hablar. Él habló bastante, nosotros muy poco. Era una catequesis deliciosa, porque, por vía de ejemplo, a mí me dijo que teníamos que vivir mejor, que teníamos que viajar, dis­traernos y, principalmente, distraer a mi mujer. Marisa le interrum­pió: «Pero, padre, entonces dirán que los del Opus Dei nos damos la gran vida». Y el padre le replicó: «Que digan lo que quieran». Lo dijo, porque nunca tuvo respetos humanos ni quería que noso­tros los tuviéramos y, además, aquel consejo era de un excelente ascesis para mí, que era un ejecutivo, un tanto creído, de treinta y tantos años, dispuesto a hacer méritos a todo trance, y que con­sideraba como un día fracasado aquel que no hubiera conseguido trabajar diez horas, por lo menos.

También nos aclaró que lo que en otros tiempos podía ser lujo ahora podía ser necesidad. Se refería a la necesidad de distraerse, de cambiar en ocasiones de ambiente, porque la vida moderna nos imponía ritmos y tensiones que había que aliviar. Aprovechó para explicarnos el modo de vivir la pobreza, que era vivirla en todo, hasta en recoser una sotana antigua para que siguiese durando. Mostró mucho interés en este punto y hurgó en las costuras hasta que encontró una muy deteriorada. «Aquí tengo un roto», dijo. Se puso de pie y buscó una posición favorable de luz para que nosotros también lo viéramos. Pero nos tranquilizó, añadiendo que se la vol­vería a coser para que siguiera sirviendo. Era un cura muy elegante, aunque vistiera una sotana vieja y una chaqueta de punto grueso. Era un hombre santo que, cuando terminó la entrevista, nos acom­pañó a visitar al Señor al oratorio. Se arrodilló muy bien, mirando muy fijo al Sagrario, y me invitó a mí a hacer lo mismo, pero a mi mujer no se lo consintió, por su embarazo. Luego nos acercamos a una imagen sedente de la Virgen y la besó con tanto amor que a mi me imponía respeto hacerlo a continuación. Termino estas líneas y veo que son todo detalles personales, nimios, que yo recuer­do de aquel hombre santo que consumió su vida en servicio de la Iglesia. Ahora, rondando los cincuenta años, sigo tan necio como cuando corría 800 m., pero -por lo menos– he aprendido del fun­dador de la Obra a aceptar como la cosa más natural de mundo lo sobrenatural, de modo que las cosas que son imposibles, huma­namente hablando, las acometo con la paz que él nos enseñó.

Hoy, cuando los críticos tienen la gentileza de ocuparse de algu­nas de mis novelas, me califican como un narrador que les dejo ser a mis personajes y me acerco a ellos de un modo amable. No puedo dejar de pensar que así trató siempre el padre a la gente: les dejó ser y les amó con sus defectos o, precisamente, por sus defectos.

Todo esto lo aprendí de él. Aprendí tanto que, antes de cono­cerle, tengo la impresión de que sabía muy poco.

Un patrimonio compartido

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Benedicto XVI recibió ayer en el Vaticano a una delegación internacional judía. En este encuentro el Papa resaltó que “en nuestros días, los cristianos son cada vez más conscientes del patrimonio espiritual que comparten con el pueblo de la Torah, el pueblo elegido por Dios en su misericordia”

Opus Dei -

Benedicto XVI recibió ayer en el Vaticano a una delegación del International Jewish Committee on Interreligious Consultation, con el que la Santa Sede “ha tenido durante más de 30 años contactos fructuosos y regulares que han contribuido a una mayor comprensión y aceptación entre católicos y judíos”.

“Aprovecho esta ocasión -dijo el Papa- para reafirmar el compromiso de la Iglesia para poner en práctica los principios establecidos en la declaración “Nostra aetate” del Concilio Vaticano II. Esa declaración, que condenaba firmemente cualquier forma de antisemitismo, representa una piedra angular en la larga historia de las relaciones entre católicos y judíos y una advertencia para una renovada comprensión teológica de las relaciones entre la Iglesia y el pueblo judío”.

“En nuestros días -prosiguió el Santo Padre-, los cristianos son cada vez más conscientes del patrimonio espiritual que comparten con el pueblo de la Torah, el pueblo elegido por Dios en su misericordia, un patrimonio que exige un respeto, un aprecio y un amor mutuos más grande. También los judíos están llamados a descubrir todo lo que tienen en común con los que creen en el Señor, el Dios de Israel, que se reveló por primera vez mediante su palabra potente y llena de vida”.

Opus Dei -

“En nuestro mundo atormentado, caracterizado con frecuencia por la pobreza, la violencia y la explotación, el diálogo entre las culturas y las religiones debe considerarse cada vez más como un deber sagrado que atañe a todos los que están comprometidos en la construcción de un mundo digno del ser humano. La capacidad de aceptarse y respetarse mutuamente, y de proclamar la verdad en el amor, es esencial para superar las diferencias, prevenir los malentendidos y evitar enfrentamientos innecesarios. (…) Un diálogo sincero requiere apertura y sentido firme de la identidad por ambas partes para enriquecerse mutuamente con los dones de los otros”.

Con temple

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En noviembre de 1972, Antonio Bienvenida -miembro Supernumerario del Opus Dei- sufre la cornada de un toro. Es una de las muchas faenas que rubricó con sangre en su buen hacer de maestro. El Padre anda entonces por España y se interesa vivamente por el torero. Llama a un amigo de Antonio y le insiste:

-«Dile que tenga cuidado, que me he enterado del percance que ha sufrido, y que se cuide»(36)

Antonio lo sabe y, cuando se restablece un poco, va con su mujer a Pozoalbero, la Casa de Retiros de Jerez de la Frontera, para dar las gracias a Monseñor Escrivá de Balaguer. Le lleva, bien puesta en un marco, la mejor fotografía de uno de sus lances: un momento muy arriesgado y muy torero.

Nada más conocer su llegada, el Padre les recibe y les invita a almorzar. Durante la comida, Antonio cuenta anécdotas de toros, situaciones difíciles y brillantes, miedo y triunfo: las dos caras del peligro. La conversación se acompaña de lances figurados, y le explica los sentimientos artísticos que le animan cuando está sobre el albero de la plaza: eso que los taurinos llaman torear con temple, porque, como es un momento de arte que se va, quieren hacerlo muy despacio para retenerlo el mayor tiempo posible (37).

Sin duda, por la mente del torero desfilan momentos de aquel toreo suyo tan puro, tan de verdad. Y el dolor que le ha causado, muchas veces, colocarse tan cerca de las astas. Se acuerda de un 18 de mayo de 1958 con la Monumental de las Ventas llena hasta la bandera: más de treinta mil aficionados. Un toro le cornea y la sangre sale a borbotones. Está a punto de morir. Tanto, que ha de plantearse seriamente el seguir con el oficio y el arte de una dinastía torera o cambiar de profesión.

Cuando recobra la salud, reaparece en la misma plaza, el 16 de mayo de 1959. Lleva un traje de luces idéntico al de la vez anterior. Brinda el toro, desde el centro, a todos cuantos le miran, en silencio absoluto, desde las gradas nuevamente abarrotadas. Y se lanza con más fuerza que nunca, con el mejor valor. Entre la arena y el cielo de Madrid, liga, esa tarde, la más formidable faena de su vida.

Algún tiempo después, el Padre explica ante una tertulia numerosa:

«Una vez, no os diré cuando, oí a un hijo mío al que quiero mucho -es un torero estupendo- que cuando está con el capote y viene el toro -un toro leal, majo, que hasta le da pena pensar que lo va a matar: él al toro, claro-, se recrea en la suerte, y hace despacio con el capote…».

Y aquí el Padre se marca una verónica… Y continúa, bromeando:

-«Yo no lo sé hacer. No he toreado en mi vida (…). Pues sí, recrearse, recrearse en la suerte, como un artista, ¡con amor!. Esto es también lo que hay que hacer con Dios Nuestro Señor»(38).

Este faenar entre lo divino y lo humano tal vez fuera lo que dio contenido a una conversación de Antonio Bienvenida, un día que regresaba de Valencia, junto a un conocido crítico de toros. Este tenía miedo al vuelo en avión, y Antonio bromeaba con ello. De pronto, se puso serio y dijo:

-«La muerte es lo más hermoso de la vida del hombre. A mí me acompaña constantemente. Me es familiar. La llevo dentro de mí como tú, como todos, pero yo la siento más cerca, a veces se palpa cuando se está delante del toro.

-¿Y no te aterra?

-No. Por dos razones muy poderosas: porque estoy acostumbrado a vencerla siempre, y porque tengo una gran fe en Dios, en que esto no se acaba… en que no puede acabarse

aquí… »(39)

En otra ocasión, comentaba:

«El último toro que pienso lidiar -si Dios quiere lo mejor posible- es el de la muerte, a la que estoy acostumbrado a tratar. Quisiera darle una lidia alegre y… templada. Despacio, lo más despacio que pueda, hasta que pueda llegar a poderla besar; a poderla besar con alegría. Por eso la fe es importantísima»(40)

Antonio morirá en una «tienta», de una cornada por la espalda que le da uno de los astados, en un momento de descuido. Es el año 1975 y sólo hace unos meses que se ha retirado definitivamente de las plazas. Ese mismo año ha fallecido el Fundador del Opus Dei. Tal vez no olvidó el torero, en sus momentos de agonía, el consejo afectuoso y sincero que recibía siempre, después de cada encuentro con Monseñor Escrivá de Balaguer: «que me cuidara mucho y que hiciera todo con mucho temple»(41)

En olor de multitud, como en las tardes de triunfo, fue llevado a hombros por la Plaza de las Ventas. Dijeron los comentaristas que se había cerrado un capítulo importante. Lo que ignoraban era que, montera en mano, el espíritu de Antonio brindaba su mejor lance al Dios que ha pintado el color de los alberos. Tal y como le dijo el Padre que había que hacer a lo largo de su oficio: despacio, sonriendo, sin miedo.

Junto al Pacífico

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En 1953, varios miembros de la Obra comienzan a vivir y a desarrollar su trabajo profesional en Guatemala, e inician la labor del Opus Dei en América Central. Nada más llegar, se alojan provisionalmente en un pequeño piso de un barrio popular.

En América Central, como en tantos otros sitios, se comienza dentro de la mayor escasez. Todos viven de su trabajo y esfuerzo personal. Pero es necesario allegar los medios para levantar los primeros Centros de la Obra en el país. Como escribe Peter Berglar:

«Cada labor apostólica también se ocupa por cuenta propia de mantenerse en lo material y en lo económico. Esto se consigue gracias a las aportaciones procedentes de los miembros de la Obra; a los medios públicos de financiación, en el caso de labores formativas; a las pensiones de los residentes, en el caso de Colegios Mayores; a las subvenciones de Patronatos y Asociaciones de Amigos fundadas con este fin, etc. Y cuando todo esto no basta (lo que sucede a menudo) hay que cubrir los “agujeros” por medio de donativos. Y como éstos no alcanzan, la preocupación urgente y constante por recabar los medios necesarios es siempre parte de las ocupaciones de un Director, que, por muy cualificado que sea en otros terrenos, también tiene que ser un “mendigo diplomado”, un mendigo honoris causa, es decir, por causa del honor de Jesucristo… »(6).

La primera carta que les envía el Padre lleva fecha del 12 de septiembre de 1953. Muchas veces leerán y volverán a leer estas líneas, uniéndose a su fe inquebrantable para el apostolado que les aguarda. Las circunstancias del país son difíciles. Un sacerdote a quien explican el espíritu del Opus Dei, el ideal que les mueve, no puede menos de sorprenderse:

«Aquí fracasarán. Si no se consiguen vocaciones para el seminario ni para los religiosos, menos conseguirán ustedes esas vocaciones entre universitarios, que es por donde desean comenzar».

Cuando el Consiliario transmite este vaticinio, recibe una carta del Padre en la que reitera que lo mismo han comentado al comenzar en otros lugares; pero que, si son fieles, tendrán siempre vocaciones(7).

El Arzobispo de Guatemala está muy contento con la llegada de los primeros miembros del Opus Dei, dos de ellos sacerdotes. A estos últimos les pide que colaboren en algunas parroquias. El clero anda un poco escaso para la extensión generosa de estas tierras.

Desde septiembre, dos meses después de llegar a Guatemala, viven en una casa situada en la Octava Avenida. El 2 de octubre de 1953, XXV aniversario de la Fundación del Opus Dei, se sienten muy unidos al Padre. También Roma mantiene un cariño que supera todas las distancias para los primeros de la Obra que han abierto las puertas del mundo. Poco tiempo después, el 19 de agosto de 1954, el piso está instalado. El Arzobispo celebra la Santa Misa y deja al Señor en el nuevo oratorio. Como recuerdo de su bendición y amistad, les regala un cáliz de plata dorada, de estilo colonial, que pertenece ya a la historia entrañable del Opus Dei en Centroamérica.

El 24 de octubre de 1955 llega a Guatemala el primer grupo de la Sección de mujeres de la Obra. Vienen tres: dos mexicanas y una española. Traen la certeza interior de que Dios bendecirá su esfuerzo para sembrar un buen germen sobrenatural en tierras guatemaltecas. Esto, y las cartas que llegan de Roma con mucha frecuencia, alientan su fortaleza. Ni el “xocomil”, especie de oleaje airado que se levanta en los lagos de estas latitudes, puede amenazar la navegación de esta tripulación pequeña que hoy se ha hecho a la mar.

Zorzano

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Desde que Zorzano salió de su escondite en la casa de su familia al final de 1936, comenzó a funcionar como enlace entre los miembros de la Obra en Madrid. La pérdida de peso, un nuevo corte de pelo y gafas oscuras le proporcionaban alguna seguridad de no ser reconocido por nadie que le estuviese buscando. Eso sí, no estaba libre del riesgo de ser detenido en la calle por patrullas de milicianos ni del de ser arrestado por carecer del certificado de lealtad a la República. Un brazalete con la bandera de Argentina y un documento de la embajada que acreditaba su nacimiento en el país le ayudaban a moverse. Con estas inadecuadas protecciones, sus actividades requerían una considerable dosis de confianza en Dios y en su Ángel Custodio, a la vez que una gran valentía, ya que incluso la gente con pasaporte extranjero estaba lejos de encontrarse segura en el Madrid sitiado.

Zorzano visitó frecuentemente a los miembros de la Obra en las cárceles, a pesar del peligro real de ser identificado como enemigo del pueblo. Mientras Hernández de Garnica estuvo encerrado en San Antón, Zorzano le fue a ver casi cada día, también cuando los ataques aéreos obligaban a la gente a no salir a la calle. Hernández de Garnica relata: “Conmigo tuvo una caridad extraordinaria. A mí, en los tiempos que ningún hombre iba a visitar a los presos a la cárcel, por el peligro a que se exponía, me fue a ver”[1].

Las prisiones no eran los únicos sitios peligrosos que Zorzano visitaba. Como muchas personas habían encontrado refugio político en las embajadas, los milicianos tomaban nota cuidadosa del nombre de todos los que entraban en alguna. A pesar de ello, Zorzano fue regularmente a la Embajada de Noruega, donde se escondió Rodríguez Casado, que había solicitado entrar en la Obra en la primavera de 1936.

Durante un tiempo, Rodríguez Casado estuvo al cargo de la puerta de servicio de la embajada. Esto facilitó que Zorzano fuese cada día y pasase una hora con él en el garaje, rezando y hablando tranquilamente. Sin embargo, al poco, la embajada prohibió las visitas. A veces, los sabados, aprovechando que la vigilancia no era tan estricta, Zorzano podía entrar sin ser visto por los guardias de la embajada. Rodríguez Casado estaba preocupado por los riesgos que Zorzano asumía al visitarle y le pidió que no fuese con tanta frecuencia. Zorzano era consciente del peligro de ser arrestado como simpatizante de los enemigos de la República, pero estaba decidido a transmitir a Rodríguez Casado el calor de familia del Opus Dei. No negaba que los riesgos fuesen reales, pero le dijo con una sonrisa que, si rezaban, tenían fe y tomaban todas las precauciones que pudiesen, Dios les protegería.

La visitas de Zorzano ayudaron a Rodríguez Casado a mantener la ilusión, a pesar del aislamiento: “Estaba peor que en una cárcel porque no se podía comunicar con el exterior. Nunca sabré expresar lo que sentí la primera vez que me entrevisté con Isidoro en el zaguán de la Embajada, ni el tiempo que transcurrió hasta su marcha. Estaba sediento de noticias del Padre, de los demás, de hablar de la Obra. Isidoro, mucho más delgado, era sin embargo el mismo. Trascendía de él una confianza tan enorme en Dios, hablaba con tanta naturalidad y sencillez de lo que el Señor iba a hacer por medio de la Obra, muy poco tiempo después, si nosotros éramos fieles, que mi fe se agigantaba al ponerse en contacto con la suya. No la había perdido; gracias a Dios, tenía una seguridad absoluta; pero al verle, al oírle, lo abstracto de mi fe se concretaba, lo ideal se actualizaba”[2].

Del Portillo, a quien Zorzano visitó en la Embajada de Mejico, reaccionó del mismo modo: “Pasamos un largo rato de charla sobre lo que tanto nos interesaba: la situación del Padre, la de todos los demás… Recuerdo que su visión —tan sobrenatural— de tanta tragedia, su confianza grandísima en Dios y la naturalidad y la sencillez con que expresaba su esperanza, su seguridad de que Dios pronto habría de dar gran fruto de salvación de almas y de paz, por medio de la Obra, si nosotros éramos fieles, me hizo mucho bien”[3].

Durante los meses en que Escrivá y otros miembros de la Obra estuvieron encerrados en la Legación de Honduras, Zorzano fue su contacto con el mundo exterior. Iba allí prácticamente cada día. Aprovechaba para colarse en el edificio los momentos en que los milicianos que vigilaban la calle estaban distraídos. Una vez dentro, las cosas no siempre iban siempre tan suaves. Algunos refugiados temían que las frecuentes apariciones de Zorzano pudieran atraer la atención sobre ellos; los oficiales de la legación, incluido el cónsul, hicieron todo lo posible para que dejase las visitas. Zorzano pasaba por alto sus a veces rudas protestas, y procuraba llevar a los miembros de la Obra todo lo que pudiera encontrar: comida, cuchillas de afeitar o cordones de zapato y, lo más importante, noticias de los demás miembros de la Obra.

Se llevaba consigo de la legación detallados resúmenes de las meditaciones de Escrivá, preparados por Alastrué. Los usaba para su propia oración mental y los compartía habitualmente con otros miembros de la Obra en Madrid y con José María Albareda y Justo Martí, dos jóvenes profesionales que acudían a las actividades de formación en DYA antes de la guerra. Cuando se estrechó la vigilancia en la Embajada de Noruega hasta el punto de que era peligroso llevar las copias a Rodríguez Casado, Zorzano decidió aprenderse los textos de memoria, para continuar compartiendo esas meditaciones. También transmitía por carta las ideas de las meditaciones a los miembros de la Obra en Valencia, utilizando un lenguaje velado para evitar problemas con la censura.

Zorzano pasaba buena parte del día buscando comida para los miembros de la Obra escondidos y sus familias y para su propia familia. La comida estaba tan estrictamente racionada que la leche, las verduras frescas y la carne sólo se conseguían con indicación médica. La comida que se podía adquirir con una cartilla de racionamiento era poquísima y algunos miembros de la Obra ni siquiera la tenían.

Zorzano consiguió crear una red personal de lugares donde complementaba las magras provisiones que llegaban a traves de los canales normales. Un día pedía algo en el establecimiento que la Embajada de Argentina tenía a disposición de sus ciudadanos. Otro, se las arreglaba con los buenos oficios de un amigo, para comprar productos en el almacén que la prisión de san Antón tenía para los guardias y sus familias. De vez en cuando, los miembros de la Obra que estaban en Valencia, donde no había restricción de alimentos, enviaban un paquete. En otras ocasiones, una familia de la provincia de Ciudad Real enviaba judías, arroz, patatas e, incluso, jamón.

Al principio de la primavera de 1937 parecía que podría acabarse esta ayuda de Zorzano a los miembros de la Obra, ya que se le ofreció la oportunidad de abandonar Madrid por canales diplomáticos. Escrivá, quien pensaba que tenía nacionalidad argentina con pasaporte en regla y que estaba relativamente a salvo, le señaló lo útil que era en Madrid, pero le dijo también que hiciese lo que considerase mejor. Sin preocuparse de aclarar que no tenía un pasaporte argentino, Zorzano optó, sin dudarlo, por permanecer en Madrid. Escrivá aplaudió su generosa decisión: “No esperaba menos de ti, Isidoro. La solución que has dado a tu asunto es la que Nuestro Señor quiere, sin duda alguna”[4].

[1] José Miguel Pero-Sanz. Ob. cit. pág. 201

[2] Ibid. pág. 202-203

[3] Ibid. pág. 203-204

[4] Ibid. pág. 1996 210

Muertes en la familia

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La supresión de los capellanes de los hospitales afectó directamente a Somoano. A finales de abril, recibió la notificación oficial de que su puesto había sido amortizado por el reciente presupuesto y que ya no podía vivir en el hospital. Somoano permaneció todo el tiempo que pudo, prestando oídos sordos a las repetidas órdenes de marcharse e incluso a amenazas de muerte que recibió de parte del personal.

Finalmente, el 15 de mayo de 1932 concluyó que no tenía elección. Dejó el hospital y aceptó un puesto en una parroquia cercana. Sin embargo estaba decidido a seguir visitando el hospital y celebrar la Misa los domingos, a distribuir la Sagrada Comunión, a confesar y a administrar la unción a los enfermos. A pesar de la presión para que se fuera inmediatamente, Somoano permaneció, desafiante, hasta el 3 de junio. Tras su expulsión continuaron la hostilidad y las amenazas por parte de algunos miembros del personal, pero no le hicieron desistir de su propósito de visitar regularmente a los enfermos. En su diario escribió: “¿Qué haré? -!En manos del Señor me pongo para que Él haga de mí lo que quiera! El Señor es el auxilio de mi vida. ¿Qué me hará temblar?”[1].

Algunas semanas después, Somoano, que antes de pertenecer al Opus Dei se había ofrecido a Dios como víctima por España, se sintió muy enfermo con fuertes calambres en el estómago y vómitos. Los síntomas apuntaban a un envenenamiento por arsénico, tal vez administrado por alguien del personal del hospital. El 16 de junio de 1932, fiesta de Nuestra Señora del Carmen, de quien era muy devoto, Somoano murió víctima del mismo odio a la religión que llevaría a miles de sacerdotes y religiosos a la muerte durante la Guerra Civil.

En la nota que escribió para informar a los miembros de la Obra de la muerte de Somoano, Escrivá decía: “Nuestro Señor Jesús aceptó el holocausto y, con una doble predilección, predilección por la Obra de Dios y por José María, nos lo envió: para que nuestro hermano redondeara su vida espiritual, encendiéndose más y más su corazón en hogueras de Fe y Amor; y para que la Obra tuviera junto a la Trinidad Beatísima y junto a María Inmaculada quien de continuo se preocupe de nosotros… Yo sé que harán mucha fuerza sus instancias en el Corazón Misericordioso de Jesús, cuando pida por nosotros, locos —locos como él, y… ¡como Él!— y que obtendremos las gracias abundantes que hemos de necesitar para cumplir la Voluntad de Dios”[2].

Vegas había conocido el Opus Dei a través de Somoano. Al igual que aquél, había ofrecido su vida a Dios por España antes de pedir la admisión al Opus Dei. En una carta a Escrivá en la que narraba su reacción ante la noticia de la muerte de Somoano, dijo: “Solo ante el Sagrario derramé lágrimas y entonces tuve la osadía de preguntar a Jesús si había aceptado el ofrecimiento que le hiciera antes de ligarme, como tú me dices muy bien, con otra obligación y ofrecimiento, y Jesús que (te voy a ser franco) por el amor tan grande que me tiene, amor que siento mucho más desde que por su misericordia infinita estoy a vuestro lado en la gran Obra, aunque indigno, me dijo: ¡Cómo no voy a aceptar ese ofrecimiento! Pero me es más grato que (…) te inmoles con la oración, el sacrificio y el trabajo y sumisión, por mi Obra, que es de mi especial predilección. A Somoano le he llevado al Cielo precisamente por mi Obra, para que interceda por ella”[3].

Aunque Escrivá estaba convencido de que la Obra se beneficiaría de las oraciones de Somoano desde el cielo, su pérdida era un fuerte golpe. Somoano era un hombre extraordinariamente piadoso y lleno de celo. Entre los sacerdotes que habían pedido la admisión en la Obra parecía ser el que mejor entendía su espíritu y sus fines. Habría sido una gran ayuda en su desarrollo.

Tras la muerte de Somoano, Escrivá se ofreció voluntario para ocupar su lugar en el hospital, sin desanimarse por el peligro de ser la siguiente víctima de la violencia sectaria. Siguió las visitas regulares a los enfermos, incluso después de que un sacerdote de la parroquia local, dos profesores y una enfermera fueran asesinados por el odio a la religión.

Otro miembro del Opus Dei, Luis Gordon, murió pocos meses después de Somoano. Escrivá había conocido a Gordon gracias a su labor en el hospital con los filipenses y poco después había pedido pertenecer al Opus Dei. Durante el verano de 1932 contrajo una seria enfermedad pulmonar. Murió el 5 de noviembre de 1932, con poco más de treinta años. Gordón manifestó a Escrivá su deseo de nombrar al Opus Dei heredero de sus bienes, pero le aconsejó que no lo hiciera.

Escrivá estuvo con Gordon en sus horas finales y más tarde lo describiría en la necrológica que redactó para los miembros de la Obra como “buen modelo: obediente, discretísimo, caritativo hasta el despilfarro, humilde, mortificado y penitente…, hombre de Eucaristía y de oración, devotísimo de Santa María y de Teresita… padre de los obreros de su fábrica, que le han llorado sentidamente a su muerte”[4].

Escrivá se consoló con el pensamiento de que Gordon sería un poderoso intercesor en el cielo, pero la pérdida era dolorosa. Además de sus virtudes y dedicación, Gordon podría haber aportado el dinero que el Opus Dei necesitaba para adquirir un local y empezar sus actividades apostólicas externas. La necrológica concluía: “Nuestro Gran Rey Cristo Jesús ha querido llevarse a los dos mejor preparados, para que no confiemos en nada terreno, ni siquiera en las virtudes personales de nadie, sino sólo y exclusivamente en su Providencia amorosísima. El Amor Misericordioso ha echado otro grano en el surco… y ¡cuánto esperamos de su fecundidad!”[5].

[1] José Miguel Cejas. Ob. cit. p. 166

[2] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 623-624

[3] José Miguel Cejas. Ob. cit. 194-195

[4] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 625

[5] Ibid. p. 626


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