Bula de la canonización del Beato Josemaría

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Traducción al castellano de la Bula por la que el Papa Juan Pablo II inscribe al Beato Josemaría en el Catálogo de los Santos.

Publicado en Romana, Boletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, Año XVIII, Num. 35.

BULA DE LA CANONIZACIÓN DEL BEATO JOSEMARÍA

Domine, ut videam ! (cf Lc 18, 41), Domina, ut sit !, Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam !, Regnare Christum volumus ! (cf 1 Cor 15, 25), Deo omnis gloria ! (cf Canon Romano, doxología). La biografía del Beato Josemaría se puede compendiar en estas jaculatorias. Comenzó a rezar las dos primeras cuando contaba apenas dieciséis años, al percibir los primeros barruntos de la llamada divina. De este modo expresaba el ardiente deseo de su corazón: ver lo que Dios quería de su vida, para tratar de cumplir amorosamente la voluntad del Señor. La tercera jaculatoria, que aparece con frecuencia en los escritos de sus primeros años de sacerdocio, revela cómo su celo por las almas iba unido a una firme fidelidad a la Iglesia y a una profunda devoción a la Virgen Maria, Madre de Dios. Regnare Christum volumus !: estas palabras resumen su constante preocupación pastoral por difundir, entre todos los hombres y mujeres, la llamada a participar, en Cristo, de la dignidad de los hijos de Dios, viviendo sólo para servirle: Deo omnis gloria !

Asumió y enseñó a asumir este programa en medio de las ocupaciones normales de cada día, por lo que con razón se le puede llamar “el santo de la vida ordinaria”. En efecto, su vida y su mensaje han llevado, a una innumerable multitud de fieles –sobre todo laicos que trabajan en las más diversas profesiones–, a convertir las tareas más comunes en oración, en servicio a todos los hombres y en camino de santidad.

El Beato Josemaría Escrivá de Balaguer nació en Barbastro (España) el 9 de enero de 1902. Recibió la ordenación sacerdotal el 28 de marzo de 1925. El 2 de octubre de 1928, el Señor le hizo ver la misión a la que le llamaba y ese día fundó el Opus Dei. Se abría así en la Iglesia un nuevo camino caracterizado por difundir entre hombres y mujeres de toda raza, condición social o cultura, la conciencia de que todos están llamados a la plenitud de la caridad y al apostolado, en el lugar que cada uno ocupa en el mundo. Ciertamente, el Señor nos busca en las circustancias de la vida ordinaria, verdadero quicio sobre el que gira nuestra respuesta llena de amor. En las enseñanzas de Josemaría Escrivá, el trabajo, realizado con la ayuda vivificante de la gracia, se convierte en fuente de inagotable fecundidad, ya que es instrumento para poner la Cruz en la cumbre de todas las actividades humanas, medio para transformar el mundo desde dentro según el Espíritu de Cristo y ocasión de reconciliarlo Dios.

La labor desarrollada por Josemaría Escrivá en favor de los sacerdotes, personalmente y a través de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, que inició el 14 de febrero de 1943, le configura como un luminoso ejemplo de solicitud por la santidad y la fraternidad sacerdotales.

En 1946 se trasladó a Roma; sostenido por su incansable afán apostólico, se entregó a la difusión del mensaje cristiano por todo el mundo, siempre con plena adhesión al Romano Pontífice y con el deseo de servir a las Iglesias locales. Fomentó la creación de una vasta gama de iniciativas de promoción humana, que han contribuido eficazmente a la difusión del Evangelio y han logrado una amplia proyección social.

En sus numerosos viajes por Europa y América, llevó a cabo una incansable labor de catequesis. Multitud de hombres y mujeres acudían a escucharle, atraídos por su fama de santidad.

El 26 de junio de 1975, a mediodía, a consecuencia de un ataque al corazón, entregó su alma a Dios. Su cuerpo reposa en la Iglesia Prelaticia del Opus Dei, dedicada a Santa María de la Paz, a la que acuden a rezar fieles de todo el mundo.

Tras su muerte, la fama de santidad de Josemaría Escrivá de Balaguer siguió difundiéndose ampliamente. A su intercesión se atribuyen muchas curaciones científicamente inexplicables y abundantes favores espirituales.

Nos mismo beatificamos solemnemente al Fundador del Opus Dei el 17 de mayo de 1992 en la plaza de San Pedro. Desde entonces ha aumentado el número de gracias atribuidas por los fieles a la intercesión del Beato Josemaría Escrivá; entre estos favores, los Actores de la Causa eligieron una curación y la presentaron a la Sede Apostólica, para que, una vez examinada, permitiera que fueran otorgados al Beato los honores de los Santos.

En 1994 se instruyó un proceso sobre esa curación en la Curia Arzobispal de Badajoz. Realizadas con resultado positivo las acostumbradas investigaciones de la Congregación para las Causas de los Santos, el 20 de diciembre de 2001 fue promulgado en Nuestra presencia el correspondiente decreto sobre el milagro. Posteriormente, oído el parecer favorable de los Padres Cardenales y Obispos que habíamos convocado en Consistorio el 26 de febrero de 2002, decretamos que la ceremonia de canonización se celebrara el 6 de octubre de ese mismo año.

Hoy, por tanto, en una solemne Misa en la Plaza de San Pedro y ante una ingente multitud de fieles, hemos pronunciado la siguiente fórmula: En honor de la Santísima Trinidad, para exaltación de la fe católica y crecimiento de la vida cristiana, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y la Nuestra, después de haber reflexionado largamente, invocado muchas veces la ayuda divina y oído el parecer de numerosos hermanos en el Episcopado, declaramos y definimos Santo al Beato Josemaría Escrivá de Balaguer y lo inscribimos en el Catálogo de los Santos, y establecemos que en toda la Iglesia sea devotamente honrado entre los Santos. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Disponemos que lo que hemos decretado tenga validez ahora y siempre, y que nada sea dispuesto en contrario.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 6 de octubre del año 2002, vigésimocuarto de Nuestro Pontificado.

Juan Pablo
Obispo de la Iglesia Católica

Bahkita, la santidad que transforma el mundo

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El Papa Juan Pablo II canonizará el 1º de octubre a Josefina Bakhita, monja canosiana sudanesa, en la Plaza de San Pedro. La Madre Morenita fue beatificada junto con el fundador del Opus Dei el 17 de mayo de 1992.

Opus Dei - Portada del libro
Portada del libro “Inchiesta su una santa per il 2000″

“Los santos son la expresión suprema de la belleza”. Estas palabras del Papa, pronunciadas en un diálogo improvisado con periodistas durante un vuelo que lo llevaba a alguna parte del mundo a anunciar el Evangelio, me parecen muy adecuadas para describir la figura santa de Josefina Bakhita.

Los santos, con la fuerza de su testimonio, redimen la violencia contra el hombre impresa en el curso de la historia. Transforman en profundidad, cada uno a su manera, todo aquello que los demás padecen o, como mucho, se limitan a deplorar. Su actualidad es particularmente viva en nuestros días, en este siglo de “progreso” que ningún dato puede definir más crudamente como la cifra de sus mártires. Su paciencia ante la injusticia posee el vigor de la caridad más delicada; la docilidad con que sufren es una luz que ilumina la cotidianidad. Son los santos, con su obstinado amar siempre y a toda costa, quienes crean nuevas civilizaciones.

Un lugar destacado en este panorama corresponde a Josefina Bakhita, la monja canosiana muerta en Schio en 1947. Su vida estuvo marcada por grandes sufrimientos. Secuestrada y hecha esclava cuando era niña, torturada, vendida varias veces en los mercados de El Obeidh y Khartum (documentos recientes, también audiovisuales, testimonian la subsistencia de un floreciente comercio de esclavos en Sudán), rescatada por el cónsul italiano en 1882 y acogida por las canosianas de Schio, recibió el bautismo con 21 años y a los 27 se hizo monja canosiana. Su itinerario fue realmente duro, y no basta su bondad natural para explicar la compasión que mostró por quienes le habían hecho sufrir. Su perdón era la expresión de una caridad que puede venir sólo de Dios. La belleza -por volver a la imagen del Papa- no es un valor ornamental de objetos inertes.

Toda la Conferencia Episcopal de Sudán estará presente en la canonización de Bakhita. Los obispos recogen con la audacia de la fe el mensaje que emana de su figura: un mensaje fuerte de esperanza y de perdón para los católicos de Sudán, que en este momento son objeto de una cruel persecución que los priva de los derechos más elementales. Un mensaje para la conciencia de todos nosotros, que tantas veces tendemos a cubrir con el silencio la injusticia que se abate contra quienes están lejos y no tienen voz para hacerse escuchar.

En Bakhita vemos también la personificación de la paradoja cristiana de la libertad. Cuando tuvo finalmente la posibilidad de orientar con autonomía su propia vida, encontró a otro “Patrón” (así llamaba a Dios) y le donó, antes que el propio trabajo, los latidos más profundos de su corazón y todos sus pensamientos. Así, mientras realizaba con alegría las tareas más humildes, fue capaz de prodigar ternura y cariño a manos llenas, con sobriedad y sencillez. Bakhita sirvió al Señor a lo largo de casi cincuenta años. Renovar el propio sí al Señor cada día es dirigirse hacia la eternidad. Para ella, mirar hacia delante no significaba olvidar el pasado, sino más bien transfigurarlo, redimirlo con la libertad del amor.

Bakhita, al final de su vida, expresaba con estas simples palabras, escondidas detrás de una sonrisa, la odisea de su vida: “Me voy despacio, paso a paso, porque llevo dos grandes maletas: en una van mis pecados, y en la otra, mucho más pesada, los méritos infinitos de Jesús. Cuando llegue al cielo abriré las maletas y diré a Dios: Padre eterno, ahora puedes juzgar. Y a San Pedro: cierra la puerta, porque me quedo”.

La Madre “Moretta”, como la llamaban los habitantes de Schio, fue beatificada junto con el beato Josemaría, fundador del Opus Dei, el 17 de mayo de 1992. Para todos nosotros fue una experiencia inolvidable. Desde aquel día, comencé a sentirla muy cercana. Por este motivo, hoy es, también para mí, un día de gran alegría. El ejemplo heroico de Bakhita, de los mártires de China, de Katherine Drexel y de María Josefa del Corazón de Jesús muestran a los hombres el rostro glorioso de Cristo, que triunfa en la caridad. Cada canonización es la celebración de la santidad de la Iglesia, del prodigio continuo de la suprema belleza que la Esposa de Cristo irradia sobre el mundo. Y es siempre una fiesta para toda la Iglesia.

“Ruego a Dios que nos conceda el milagro de la paz”

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Al término de la lectura de decretos de milagros, el Prelado del Opus Dei señaló que la aprobación de un milagro atribuido a la intercesión del beato Josemaría “es para mí motivo de alegría”. Y añadió: “A pocas fechas de la Santa Navidad, ruego a Dios que nos conceda el milagro de la paz, de esa paz que en ocasiones parece inalcanzable”.

Roma, 20: “Los milagros son siempre un signo de la misericordia de Dios con los hombres. Por eso, la noticia de la aprobación por el Papa de varios milagros, y entre ellos uno atribuido a la intercesión de Josemaría Escrivá, precisamente en vísperas del centenario de su nacimiento, es para mí motivo de alegría.

Deseo hondamente que los cristianos renovemos nuestra fe en el poder del Señor y en la ayuda de los santos. Hoy, a pocas fechas de la Santa Navidad, ruego a Dios que nos conceda el milagro de la paz, de esa paz que en ocasiones parece inalcanzable: la paz en los corazones, en las familias y entre los pueblos.

A la vez, sé que no basta suplicar a Dios los milagros. Jesucristo nos llama a ser “sembradores de paz y de alegría”, como repitió con constancia Josemaría Escrivá. Y Juan Pablo II acaba de recordar que la paz se construye con obras de justicia y de perdón. Colaboremos, por tanto, con la Providencia divina para lograr el don inmenso de la paz. Es propio de los hijos de Dios pedir perdón, rectificar cuando personalmente hemos ofendido. Y reconforta mucho perdonar, sin guardar resentimientos. Llevemos esta comprensión a nuestro alrededor, a la propia familia, a los amigos, a los colegas… Y de este modo, por círculos concéntricos, cada vez más amplios, se irá difundiendo ese espíritu de fraternidad y misericordia que el mundo anhela. El ejemplo de los santos es motivo de esperanza”.

Un nuevo modo de ver el trabajo

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El centenario quiere ser una mirada al futuro: no es nostalgia del pasado, sino proyecto, esperanza, deseo sincero de progresar en el amor a Dios y al prójimo. Si cediésemos a la tentación conmemorativa habríamos echado a perder la lección de humildad del Fundador del Opus Dei.

Opus Dei -

El 9 de enero de 1902 nacía el beato Josemaría Escrivá de Balaguer. Un fiel retrato de la fecundidad de su paso por la tierra es el punto con el que comienza Camino: «Que tu vida no sea una vida estéril. -Sé útil. -Deja poso. -Ilumina con la luminaria de tu fe y de tu amor (…). -Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón».

Sí, estaba completamente enamorado de Cristo, y el amor no se marchita ni muere. Por eso, el centenario que hoy nos disponemos a celebrar no se plantea como simple memoria del pasado. Si cediésemos a la tentación conmemorativa habríamos echado a perder la lección de humildad del Fundador del Opus Dei, que rehuía las alabanzas y trabajaba duro pero sin hacer ruido. Al llegar al cincuenta aniversario de su ordenación sacerdotal, cuando todos lo consideraban un maestro de vida interior, decía que se sentía «como un niño que balbucea». También decía a veces que, cuando se recibe una carta, el sobre se tira y se pone toda la atención en el mensaje: él estaba convencido de ser el sobre; lo importante era el mensaje, el espíritu de santificación de la vida cotidiana que el Señor le había confiado.

El centenario quiere ser una mirada al futuro: no es nostalgia del pasado, sino proyecto, esperanza, deseo sincero de progresar en el amor a Dios y al prójimo. Estamos en el umbral de un nuevo siglo; los tiempos requieren apertura de mente, prontitud para acoger desafíos inéditos, y nos invitan, como el Santo Padre ha escrito en la Carta apostólica Novo Millennio ineunte, a «recordar con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente y a abrirnos con confianza al futuro (n.1)».

El mensaje entregado a la Iglesia a través del Fundador del Opus Dei tiene un dinamismo interno tan manifiesto que, como subraya el decreto con el que el Papa proclamó las virtudes heroicas del beato Josemaría, está «destinado a perdurar de modo inalterable, por encima de las vicisitudes históricas, como fuente inagotable de luz espiritual». Cuando profundizamos en las enseñanzas del beato Josemaría, esa luz espiritual nos muestra que nadie está excluido de la llamada del Señor, y nos comunica, por consiguiente, la certeza de que -la imagen es suya- el cielo y la tierra no se unen solamente en la lejanía, sobre la línea del horizonte, sino más bien en el corazón de los hijos de Dios que se comprometen en la incomparable audacia de buscar a Cristo presente en las realidades eternas.

El Beato Josemaría se puso enteramente al servicio de la misión que había recibido de Dios: todo lo que en su vida se refiere a su persona fue dejado de lado. Se puede decir que vivió solamente en función del encargo de dar vida y consolidar la institución que era necesaria para difundir aquel mensaje, para recordar a los cristianos que viven en medio del mundo que Dios los llama en y a través de las ocupaciones de la vida diaria. «Hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir», escribió (Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 114). Y gastó todas sus energías al servicio de este ideal a la vez grandioso y normalísimo. Por eso tantos cristianos han podido aprender de él a descubrir, en la dimensión sobrenatural de la existencia ordinaria -precisamente donde otros no ven más que fondos de botella- oro puro, esmeraldas, rubíes. La rutina, la obviedad, la monotonía cotidiana, quedan de este modo transfiguradas.

La fecundidad de su vida es el fruto de su entrega total al papel eclesial que Dios le había asignado. Tal es, en efecto, una constante de la lógica sobrenatural, que exige dejar todo el espacio a Dios, ser humilde. Pero no con la humildad de retraerse, sino con la que lleva a darse enteramente, a no retener para sí ni siquiera un pequeño retazo de posibilidades vitales. Por eso hoy desearía señalar -ante todo, a mí mismo- que, para desarrollar todas las potencialidades contenidas en el mensaje del beato Josemaría, hemos de estar dispuestos a entregarnos como él se entregó.

Este es un buen momento para entender toda la fuerza contenida en una idea: la idea de que el trabajo es servicio. «Servicio -ha escrito el Fundador del Opus Dei- ¡Cómo me gusta esta palabra! Servir a mi Rey y, por Él, a todos los que han sido redimidos con su sangre. ¡Si los cristianos supiésemos servir!» (Es Cristo que pasa, n. 182). Servir significa darse a sí mismo, y es la garantía de un amor operativo, que prefiere los hechos a las palabras. La solidaridad nace de ahí, y también esas virtudes domésticas de las que se reviste la auténtica caridad: la sonrisa, la paciencia, el arte de satisfacer los gustos de los otros, de saber callar, de esperar. Lo pequeño y lo grande se encuentran en el espíritu de servicio, que funde la humildad con la caridad. En el alma del cristiano no hay lugar para la mediocridad, si aprende a contemplar el ejemplo elocuente de Cristo: «Todo lo ha hecho bien» (Mc, 7,37), comentaban atónitos quienes lo conocían, ya desde la época de su niñez y en sus años de trabajo en Nazaret. Participar en la epopeya de la redención, en efecto, significa conjugar la mayor ambición -la búsqueda de la santidad- con el cuidado de las cosas pequeñas.

Pero para servir es preciso haber renunciado verdaderamente a la búsqueda de uno mismo, de la propia excelencia, del éxito («nadie puede servir a dos señores», Mt 6,24), para buscar en cambio la gloria de Dios. Seguir la lógica del servicio significa también adquirir un sólido prestigio profesional fundado no sobre la apariencia, sino sobre la capacidad de adecuarse a las necesidades reales del prójimo. Trabajar al servicio de Dios y de los hombres quiere decir asumir la responsabilidad de dar buen ejemplo con el propio trabajo, de hacer rendir para bien común los talentos recibidos. Y esto no se alcanza sin un serio empeño de ejercitar las virtudes mientras se trabaja, de poner en juego la propia competencia profesional para un fin que en realidad trasciende el resultado inmediato de la propia actividad. En un trabajo hecho así, la motivación profunda -el amor de Dios- es evidente. Por eso, quien trabaja para servir tiene como meta, más allá de los reconocimientos personales, la búsqueda de la voluntad divina en las mil peripecias de la vida cotidiana. Y en consecuencia no pierde la serenidad ante la contrariedad o los imprevistos.

El espíritu de servicio, por tanto, cambia radicalmente la jerarquía de los valores sobre los que tiende a construirse la sociedad («He aquí la esclava del Señor», Lc, 1,38). Devuelve al cristiano el justo sentido de la realidad porque le hace entender cuáles son los auténticos ideales («Quien quiera llegar a ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea esclavo de todos», Mc 10, 43-44) y los fines que debe perseguir por encima de todo. El ejemplo del beato Josemaría nos ayuda a encontrar en el Evangelio la fuerza para esa transformación del mundo a la que los cristianos estamos llamados. Los santos testimonian la perenne actualidad del Evangelio. Con ellos entendemos que «Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y por los siglos» (He 13,8).

Mons. Echevarría: Hoy quisiera sólo decir gracias

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Declaraciones del prelado del Opus Dei tras el anuncio de las canonizaciones de nueve beatos, entre los que se encuentra Josemaría Escrivá.

Opus Dei - Mons. Javier Echevarría a la salida del consistorio.

Mons. Javier Echevarría a la salida del consistorio.

“El Papa acaba de anunciar las fechas de las ceremonias de canonización de nueve beatos: un sacerdote secular, cinco religiosos, dos religiosas y un laico. Cada uno vivió en un tiempo, en un país y en unas circunstancias diferentes. Cada uno, con su propia personalidad. Pero en todos percibimos unos rasgos comunes. En los santos se reconoce siempre la fecundidad espiritual de la Iglesia, esparcida por el mundo como semilla de santidad por medio del testimonio de vida cristiana de sus hijos.

El Padre Pío, fiel al carisma capuchino, nos recuerda la hondura del amor con que Dios nos ama, comunicado a través de la Iglesia en los sacramentos, especialmente la Penitencia y la Eucaristía. Juan Diego fue el primero en recibir la visita de Nuestra Señora en Guadalupe, donde cada año millones de peregrinos rezan a Santa María. En la historia de Josemaría Escrivá encontramos el rastro luminoso de unos padres cristianos, de quienes recibió la herencia preciosa de la fe; de Obispos que le dieron su apoyo para desarrollar su tarea evangelizadora; de numerosos sacerdotes, religiosos y religiosas, con los que mantuvo una fraterna relación toda su vida; y de miles de laicos que supieron transformar en realidad su mensaje de santificación del trabajo ordinario en medio del mundo.

Por eso, hoy quisiera solamente decir ¡gracias! Deseo expresar mi agradecimiento a la Trinidad Santísima, que nos envía el regalo de los santos; a la Iglesia Santa, familia de los hijos de Dios, unida por el vínculo de la caridad; a los padres y hermanos del beato Josemaría; a todos los sacerdotes, religiosos, laicos, hombres y mujeres, que de alguna manera han intervenido en su formación. Gracias también, desde lo más profundo del alma, a todos los pobres y enfermos que le dieron generosamente lo único que tenían, y convirtieron su dolor en oración por la labor sacerdotal del fundador del Opus Dei. Pienso que es un buen momento para acordarse de esos miles de personas, cuyos nombres, en muchos casos, ni siquiera conocemos. Y es también una espléndida ocasión para sentir de nuevo la responsabilidad de no privar de la oración y la caridad a quienes nos rodean, porque todos estamos llamados a ser santos”.

Dos santos unidos por el amor a la Virgen

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Declaraciones de mons. Javier Echevarría con ocasión del anuncio de las canonizaciones de los beatos Juan Diego y Josemaría Escrivá.

Opus Dei - En 1970 en México, el beato Josemaría comentó al ver este cuadro: «Así quisiera morir: mirando a la Santísima Virgen, y que Ella me dé una flor...».
En 1970 en México, el beato Josemaría comentó al ver este cuadro: «Así quisiera morir: mirando a la Santísima Virgen, y que Ella me dé una flor…».

“Cuatro siglos separan en el tiempo a los beatos Juan Diego y Josemaría Escrivá, pero algo de ingente valor, el amor a la Virgen de Guadalupe, los une en el cielo y en el corazón de muchos mexicanos. Lo puso de relieve, el pasado 9 de enero, el cardenal Norberto Rivera, arzobispo de México, durante la concelebración eucarística con ocasión del centenario del nacimiento del beato Josemaría, que presidió precisamente en la basílica de Guadalupe. En su homilía, el cardenal Rivera afirmó que la decisión del Papa de canonizar al fundador del Opus Dei y a Juan Diego es motivo de gozo «para todo el mundo, pero especialmente para los mexicanos».

Recuerdo con emoción la visita de mons. Escrivá a México en 1970: su oración a la Virgen de Guadalupe, a la que se veneraba entonces en el antiguo templo; su gozo al comprobar la devoción de los mexicanos a la Madre de Dios; y su santa “envidia” al beato Juan Diego, privilegiado interlocutor de la Reina de las Américas. Un día, después de un rato de coloquio con algunos sacerdotes en el Estado de Jalisco, advirtió el cansancio fuerte del trabajo. Para reponerse, se retiró a una habitación en la que había un cuadro que representaba a la Virgen de Guadalupe en el acto de dar una rosa a Juan Diego. Al reparar en ese lienzo, el beato Josemaría comentó: «Así quisiera morir: mirando a la Santísima Virgen, y que Ella me dé una flor…». Como recordaba mi predecesor, mons. Alvaro del Portillo, la Virgen accedió a ese deseo: el 26 de junio de 1975, cuando nuestro Fundador llegaba al cuarto en el que solía trabajar, su corazón se detuvo; en ese despacho hay una imagen de Santa María de Guadalupe que recibió su última mirada de cariño.

El Papa ha querido unir de nuevo a estos dos beatos, canonizándolos en el año 2002. Yo quiero también interpretar esta venturosa coincidencia como un gesto que viene a recordar a todos los cristianos que la devoción a la Virgen no envejece, no pasa de moda, permanece siempre actual, por encima del espacio y el tiempo. Pienso que somos muchos los que acudimos a Ella con la petición que el beato Josemaría formuló desde México durante aquel viaje de 1970: “Que Nuestra Señora, Nuestra Madre de Guadalupe, obtenga la paz para todos los pueblos de América”.

Acompañar al Papa con nuestra oración y nuestro afecto

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“Rezo por Su Santidad, por todo lo que tenga en su alma. Y pido a Dios que le acompañe, que le llene con su luz y le inunde aún más de serenidad”. Declaraciones de Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, efectuadas la mañana del 1 de abril.

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En medio de la paz que siempre nos ha transmitido el Santo Padre, vivimos horas de ansiedad por la salud de nuestro queridísimo Juan Pablo II.

Me han llegado noticias de que también hoy ha querido rezar el Via Crucis, y ha vuelto a meditar acerca de los sufrimientos de Nuestro Señor. Nos unimos a las oraciones del Papa, que está dejando bien patente la seguridad en el dolor, que proviene de estar con Jesucristo.

Rezo por Su Santidad, por todo lo que tenga en su alma. Y pido a Dios que le acompañe, que le llene con su luz y le inunde aún más de serenidad.

Pienso que interpreto las intenciones de tantísimas personas si afirmo que, especialmente los católicos, querríamos estar junto a su lecho, acompañarle minuto tras minuto, no separarnos de él, ni de día ni de noche. Podemos hacerlo, con la oración. Hoy es primer viernes de mes: un buen momento para pedir al Señor en la Eucaristía por nuestro amadísimo Papa.

Javier Echevarría


Prelado del Opus Dei

Juan Pablo II y su legado de santidad

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Juan Pablo II cambió el mundo con “la única fuerza de una vida incuestionablemente santa”. Un año después, Mons. Javier Echevarría recuerda el funeral por el Pontífice y reflexiona sobre su legado.

En nuestra memoria permanece, inolvidable, la imagen del viento desordenando las páginas de una Biblia abierta sobre un simple ataúd de madera ante la basílica de San Pedro. En torno parecía haberse congregado el mundo entero: cardenales, reyes, presidentes, fieles corrientes, líderes religiosos, periodistas y, sobre todo, jóvenes llegados de todos los rincones de la tierra. Otras muchas personas contemplaban la escena desde sus casas.

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Juan Pablo II gastó su vida yendo al encuentro de la gente, y en su funeral el mundo entero le devolvió el gesto: fue a su encuentro. Con la única fuerza de una vida incuestionablemente santa, el Papa fallecido había logrado atraer incluso a aquellos que no pensaban como él. Como un silencioso imán, se había convertido en un punto de convergencia de la unidad, la caridad, el respeto mutuo y la buena voluntad.

Todavía es pronto para hacer un balance de una vida tan rica, pero al recordar los acontecimientos del pasado abril es inevitable preguntarse: ¿cuál es el legado permanente de Juan Pablo II? El historiador Christopher Dawson dijo en una ocasión que “para cambiar el mundo, al cristiano le basta con ser”, y no parece precipitado afirmar que, en cuanto cristiano, Juan Pablo II fue.

“Su encuentro en la cárcel con Alí Agca; el hábito de besar el suelo de un país nada más descender del avión; el silencio elocuente en la ventana papal a causa del sufrimiento… Eran signos tangibles de algo mucho más profundo”.

Es claro que Juan Pablo II ha cambiado el papel del papado en el mundo. En Roma la sensación de su presencia se mantiene viva y real en la interminable fila de peregrinos que rezan ante su tumba y en las multitudes que acuden a escuchar a su sucesor.

Aunque fue un Papa de muchas palabras (homilías, discursos, encíclicas, poemas, libros, e incluso obras de teatro), Juan Pablo II sabía mejor que nadie que su impacto más profundo no sería el que pudieran provocar sus textos o sus palabras, por muy valiosas que fueran. En efecto, quizá lo que recordamos mejor son sus acciones simbólicas: la primera visita a Polonia; su encuentro en la cárcel con Alí Agca; el espontáneo entendimiento con niños y enfermos; el hábito de besar el suelo de un país nada más descender del avión; el silencio elocuente en la ventana papal a causa del sufrimiento… Eran signos tangibles de algo mucho más profundo.

En una ocasión, tras ser hospitalizado, habló sobre la necesidad de predicar “el evangelio del sufrimiento”. Y cuando, en silencio, llegaron sus últimos días –durante la Semana Santa, que conmemora el misterio de la muerte y la esperanza en la vida eterna–, fueron su sufrimiento y su muerte lo que atrajo y retuvo la atención del mundo entero. La personalidad, el amor y el sacrificio tienen su propio lenguaje, y por medio de él millones de hombres y mujeres que jamás leerán una encíclica “escucharon” claramente su mensaje durante aquellos días.

Pero, sobre todo, Juan Pablo II quiso preparar a la Iglesia para servir a la humanidad en el nuevo Milenio. Y bien sabía el Papa que el mayor regalo que la Iglesia puede ofrecer al mundo no es sino la santidad “encarnada” en personas: es decir, santos, siempre necesarios y siempre escasos.

“Bien sabía el Papa que el mayor regalo que la Iglesia puede ofrecer al mundo no es sino la santidad “encarnada” en personas: es decir, santos, siempre necesarios y siempre escasos”.

Uno de los santos que canonizó, Josemaría Escrivá, escribió: “Estas crisis mundiales son crisis de santos”.Todos conocemos el impacto que han causado en la historia las vidas de Agustín, Benito, Francisco de Asís, Tomás de Aquino o Juana de Arco. En cambio, ¿cuántos podrían recordar los nombres de los papas o emperadores que dominaron el mundo durante la vida de cada uno de ellos? A través de los siglos, son los santos quienes enriquecen realmente la vida intelectual y espiritual de la Iglesia y del mundo, modelando las mentes, los corazones y las vidas de millones de personas.

Es de la mayor importancia el hecho de que Juan Pablo II canonizara más santos que todos sus predecesores juntos. Con la vista puesta en el nuevo milenio, escribió:“Doy gracias al Señor que me ha concedido beatificar y canonizar durante estos años a tantos cristianos y, entre ellos a muchos laicos que se han santificado en las circunstancias más ordinarias de la vida. Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este «alto grado» de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección” (Novo millennio ineunte).

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Esas canonizaciones no eran un simple reconocimiento del servicio heroico y las virtudes de los santos, sino también un urgente recuerdo de la vocación a la que está llamado todo cristiano. En efecto, los santos canonizados por Juan Pablo II –hombres y mujeres que realmentefueron cristianos y en consecuencia cambiaron el mundo– son, a la vez, un regalo y un reto para un mundo al que nunca faltarán los problemas. Son un impresionante legado de santidad, quizá el mayor legado que nos deja Juan Pablo II, al menos hasta que él mismo pueda ser contado entre los santos: ese día, su gran legado ya no serán los santos que él canonizó, sino el santo que él mismo ha sido.

+ Javier Echevarría

Estampa

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Estampa para la devoción privada de Encarnita Ortega

De conformidad con los decretos del Papa Urbano VIII, declaramos que en nada se pretende prevenir el juicio de la autoridad eclesiástica, y que esta oración no tiene finalidad alguna de culto público.

Documentación

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Algunos libros y folletos sobre la vida de Encarnita Ortega

–Maite del Riego Ganuza, Páginas de amistad. Relatos en torno a Encarnita Ortega, ed. Rialp, Madrid 2003, 212 pp.

–Maite del Riego Ganuza, Encarnita Ortega: hablando de tú a Dios, ed. Palabra, Madrid 2005, 92 pp.


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