Artículo del cardenal Albino Luciani

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“Buscar a Dios en el trabajo cotidiano”. Artículo del Cardenal Albino Luciani. (“Gazzettino di Venezia”, 25-VII-1978). El Cardenal Luciani, futuro Papa Juan Pablo I, escribe sobre el espíritu que difundió san Josemaría: santificar el trabajo, responder a la llamada universal a la santidad de todo cristiano.

Gazzettino di Venezia, 25-VII-1978

En 1941 el español Víctor García Hoz, después de confesarse, escuchó que le decían: “Dios te llama por caminos, de contemplación”. Se quedó pasmado. Siempre había escuchado decir que la “contemplación” era una cosa para santos encaminados a la vida mística, cumbre asequible sólo a unos pocos elegidos, gente en la mayoría de los casos retirada del mundo. “Yo, en cambio —escribe Hoz— en aquellos años estaba casado, con dos o tres hijos entonces y esperando, como ocurrió en realidad, la llegada de más hijos, teniendo que trabajar para sacar adelante la familia”.

¿Quién era entonces aquel confesor revolucionario, que dejaba de lado las barreras tradicionales, señalando metas místicas incluso a los casados? Era Josemaría Escrivá de Balaguer, un sacerdote español fallecido en Roma en 1975 a los setenta y tres años. Conocido sobre todo por ser el fundador del Opus Dei, asociación difundida en todo el mundo de la cual los diarios se ocuparon a menudo, pero con muchas imprecisiones. ¿Qué hacen realmente, quiénes son, los miembros del Opus Dei? El mismo fundador lo ha dicho: ‘Somos —ha declarado en 1967— un pequeño tanto por ciento de sacerdotes, que antes han ejercido una profesión, un oficio laical; un gran número de sacerdotes seculares de muchas diócesis del mundo; y la gran muchedumbre formada por hombres y por mujeres de diversas naciones, de diversas lenguas, de diversas razas, que viven de su trabajo profesional, casados la mayor parte, solteros muchos otros, que participan con sus conciudadanos en la grave tarea de hacer más humana y más justa la sociedad temporal; en la noble lid de los afanes diarios, con personal responsabilidad, experimentando con los demás hombres, codo con codo, éxitos y fracasos, tratando de cumplir sus deberes y de ejercitar sus derechos sociales y cívicos. Y todo con naturalidad, como cualquier cristiano consciente, sin mentalidad de selectos, fundidos en la masa de sus colegas, mientras procuran detectar los brillos divinos que reverberan en las realidades más vulgares”.

En palabras más modestas las “realidades más vulgares” el trabajo que nos toca hacer cada día; los “brillos divinos que reverberan” son la vida santa que hemos de sacar adelante. Escrivá de Balaguer, con el Evangelio, decía continuamente: “Cristo no nos pide un poco de bondad, sino mucha bondad. Pero quiere que lleguemos a ella no a través de acciones extraordinarias, sino con acciones comunes, aunque el modo de ejecutar tales acciones no debe ser común”.

Allí nel bel mezzo della strada, en la oficina, en la fábrica, nos hacemos santos a poco que hagamos el propio deber con competencia, por amor de Dios, y alegremente, de manera que el trabajo cotidiano se convierta no en una “tragedia cotidiana”, sino en la “sonrisa cotidiana”.

Cosas parecidas había enseñado más de trescientos años atrás San Francisco de Sales. Desde el púlpito un predicador había quemado públicamente el libro en el cual el santo explicaba que, con ciertas condiciones, el baile podía ser lícito y, hasta contenía un capítulo entero dedicado a “la honestidad del lecho matrimonial”. Escrivá de Balaguer supera en muchos aspectos a Francisco de Sales. Este, también propugna la santidad para todos, pero parece enseñar solamente una “espiritualidad de los laicos” mientras Escrivá quiere una “espiritualidad laical”. Es decir, Francisco sugiere casi siempre a los laicos los mismos medios practicados por los religiosos con las adaptaciones oportunas. Escrivá es más radical: habla directamente de “materializar” —en buen sentido— la santificación. Para él, es el mismo trabajo material, lo que debe transformarse en oración y santidad.

El legendario Barón de Münchausen narraba la leyenda de una liebre monstruosa, que tenía dos series de patas: cuatro debajo del vientre, cuatro sobre la espalda. Perseguidos por los cazadores, y sintiéndose casi alcanzado, se daba vuelta, continuando la carrera con las patas frescas. Para el fundador del Opus Dei es monstruosa la vida de los cristianos que desean una doble serie de acciones: una hecha de oraciones a Dios, la otra de trabajo, de diversiones, de vida familiar para sí mismos. No, dice Escrivá, la vida es única, debe ser santificada por entero. Por eso habla de espiritualidad “materializada”.

Y habla también de un justo y necesario “anticlericalismo” en el sentido de que los laicos no deben apropiarse de los métodos y oficios de los sacerdotes y de los frailes, y viceversa. Creo que él había heredado este “anticlericalismo” de sus progenitores, especialmente de su padre, un caballero a toda prueba, trabajador, cristiano ferviente, enamoradísimo de su mujer y siempre sonriente. “Lo recuerdo siempre sereno —escribió su hijo— a él le debo la vocación… Por eso soy “paternalista”. Otro impulso “anticlerical” le vino probablemente de las investigaciones hechas para su tesis doctoral en derecho canónico sobre el monasterio femenino cisterciense de Las Huelgas, cerca de Burgos. Allí, la abadesa era al mismo tiempo señora, superiora, prelado, gobernador temporal del monasterio, del hospital, de los conventos, iglesias y aldeas dependientes con jurisdicción y poderes reales y cuasi episcopales. Un monstrum también por los múltiples encargos contrapuestos y sobrepuestos. Así acumulados, estos trabajos no eran adecuados para hacer —como quería Escrivá— trabajos de Dios. Porque —decía— ¿como puede ser un trabajo “de Dios” si está mal hecho, de prisa y sin competencia? Un albañil, un arquitecto, un médico, un profesor, ¿cómo puede ser santo si no es también, en lo que de él depende, un buen albañil, un buen arquitecto, un buen médico, un buen profesor? En la misma línea escribía Gilson en 1949: “Nos dicen que ha sido la fe la que construyó las catedrales en la Edad Media; de acuerdo… pero también la geometría tiene su parte”. Fe y geometría, fe y trabajo hecho con competencia para Escrivá caminan tomados del brazo: son las dos alas de la santidad.

Francisco de Sales confió sus teorías a los libros. Escrivá hizo otro tanto pero utilizando sólo fragmentos de tiempo. Si le venia de improviso una idea o frase significativa, sin interrumpir la conversación, sacaba del bolsillo una pequeña agenda y escribía rápidamente una palabra, media línea, que más tarde utilizaría para el libro.

A la propagación de su gran proyecto de espiritualidad, además de sus muy difundidos libros, dedicó una actividad tenacísima y organizó la asociación Opus Dei. “Dad un clavo a un aragonés —dice el proverbio— y lo clavará con su cabeza”. Pues bien “yo soy aragonés —escribió— es necesario ser tenaces”. No perdía un minuto de tiempo. En España, antes, durante y después de la Guerra Civil, pasaba de las lecciones dadas a los universitarios a cocinar, a limpiar los pisos, a hacer las camas, a atender a los enfermos. “Yo tengo sobre mi conciencia —y con orgullo lo digo— el haber dedicado muchos, muchos millares de horas a confesar niños en las barriadas pobres de Madrid. Venían con los moquitos hasta la boca. Había que empezar limpiándoles la nariz antes de limpiarles un poco aquellas pobres almas”. Así ha escrito, demostrando que “la sonrisa diaria” la vivía de verdad. Ha escrito también “me iba a la cama muerto de cansancio. Al levantarme, todavía cansado, por la mañana, me decía: ‘Josemaria, antes de almorzar dormirás un poco’. Y cuando salía a la calle, añadía contemplando el panorama de trabajo que se me echaba encima aquel día: ‘Josemaría te he engañado otra vez’ “.

Pero su gran trabajo, fue fundar y continuar el Opus Dei. El nombre vino por casualidad. “Es necesario trabajar duro: ésta es una obra de Dios”, le dijo uno. “Este es el nombre justo —pensó—, obra no mía, sino de Dios, Opus Dei”. Esta obra creció bajo sus ojos hasta extenderse a todos los continentes: empezó entonces el trabajo de sus viajes intercontinentales para las nuevas fundaciones y para las conferencias. La extensión, el número y la calidad de los miembros del Opus Dei han hecho pensar en alguna mira de poder, en la férrea obediencia de los gregarios. Lo contrario es lo verdadero: existe sólo el deseo de hacer santos, pero con alegría, con espíritu de servicio y con gran libertad.

“Somos ecuménicos Santo Padre, pero no hemos aprendido el ecumenismo de su Santidad”, se permitió un día decir Escrivá al Papa Juan. Este sonrió: sabía que desde 1950 el Opus Dei tenía el permiso de Pío XII de recibir, como cooperadores asociados a los no católicos y a los no cristianos.

Escrivá fumaba siendo estudiante. Al ingresar al seminario, le regaló las pipas y el tabaco al portero y no fumó nunca más. Pero el día en que fueron ordenados los tres primeros sacerdotes del Opus Dei dijo: “Yo no fumo; vosotros tres tampoco; —y dirigiéndose a Don Álvaro— tienes que fumar tú, porque, si no, vuestros hermanos podrían pensar que no está bien el tabaco, y quiero que los demás no se sientan coaccionados en esto y fumen si les da la gana”. Sucede alguna vez que alguno de los miembros —a quienes el Opus Dei únicamente ayuda a tomar responsablemente opciones libres— asciende a algún cargo importante, Esto es asunto suyo, no del Opus Dei. Cuando en 1957 una alta personalidad envió a Escrivá sus felicitaciones porque un socio habla sido nombrado ministro en España, obtuvo esta respuesta más bien seca: “Qué me importa a mí que sea ministro o barrendero? Lo que me importa es que se santifique con su trabajo”.

En esta respuesta está todo Escrivá y el espíritu del Opus Dei: que uno se santifique con su trabajo; aunque sea de ministro.., si ha sido puesto en ese cargo, que se santifique de verdad. El resto importa poco.

Homilía en la Beatificación de Josemaría Escrivá

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Texto de la homilía del Papa Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro durante la Beatificación de Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei.

Opus Dei -

1. “Es necesario pasar muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios” (Hech 14, 22).

A los dos discípulos que iban por el camino a Emaús, Jesús les dice: «¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y entrase en su gloria?» (Lc 24, 26).

En la primera Lectura hemos visto a los apóstoles Pablo y Bernabé «confirmando las almas de los discípulos, exhortándoles a permanecer en la fe» (cfr Hech 14, 22). Ellos anuncian la misma verdad de que había hablado Cristo en el camino a Emaús; una verdad que su vida y su muerte habían confirmado: «Es necesario pasar muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios.» Por muchas generaciones a lo largo de los siglos, los discípulos de Cristo, crucificado y resucitado, abrazan el mismo camino que el Señor les había indicado. «Os he dado ejemplo» (Jn 13, 15).

2. Hoy se nos ofrece la ocasión de fijar una vez más nuestra mirada en esta vía de salvación: el camino hacia la santidad, y reflexionar sobre las figuras de dos personas que, de ahora en adelante, llamaremos Beatas: Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote, Fundador del Opus DeI, y Josefina Bakhita, Hija de la Caridad, Canosiana.

La Iglesia desea servir y profesar la verdad completa sobre Cristo, ella quiere ser dispensadora del misterio completo de su Redentor. Si la vía hacia el reino de Dios pasa por muchas tribulaciones, entonces, al final del camino se encontrará también la participación en la gloria: la gloria que Cristo nos ha revelado en su Resurrección.

La medida de dicha gloria nos viene dada por la nueva Jerusalén, anunciada por las palabras inspiradas del Apocalipsis de San Juan: «Ésta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo y Dios estará con ellos» (Apoc 21, 3).

«Ahora hago el universo nuevo» (Apoc 21, 5), dice el Señor glorioso. El camino hacia la «novedad» definitiva de todo lo creado pasa obligatoriamente aquí en la tierra por el mandamiento nuevo: «Que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 13, 34).

Este mandamiento nuevo ocupó el centro de la vida de dos hijos ejemplares de la Iglesia, que hoy, en la alegría pascual, son proclamados Beatos.

3. Josemaría Escrivá de Balaguer, nacido en el seno de una familia profundamente cristiana, ya en la adolescencia percibió la llamada de Dios a una vida de mayor entrega. Pocos años después de ser ordenado sacerdote dio inicio a la misión fundacional a la que dedicaría 47 años de amorosa e infatigable solicitud en favor de los sacerdotes y laicos de lo que hoy es la Prelatura del Opus Dei.

La vida espiritual y apostólica del nuevo Beato estuvo fundamentada en saberse, por la fe, hijo de Dios en Cristo. De esta fe se alimentaba su amor al Señor, su ímpetu evangelizador, su alegría constante, incluso en las grandes pruebas y dificultades que hubo de superar. «Tener la cruz es encontrar la felicidad, la alegría nos dice en una de sus Meditaciones tener la cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo y, por eso, ser hijo de Dios.»

Con sobrenatural intuición, el Beato Josemaría predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por ello, el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en unión con Jesucristo, pues el Hijo de Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la realidad del hombre y a toda la creación (cfr. Dominum et vivificantem, 50). En una sociedad en la que el afán desenfrenado de poseer cosas materiales las convierte en un ídolo y motivo de alejamiento de Dios, el nuevo Beato nos recuerda que estas mismas realidades, criaturas de Dios y del ingenio humano, si se usan rectamente para gloria del Creador y al servicio de los hermanos, pueden ser camino para el encuentro de los hombres con Cristo. «Todas las cosas de la tierra enseñaba , también las actividades terrenas y temporales de los hombres, han de ser llevadas a Dios» (Carta del 19 de marzo de 1954).

«Bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío, mi Rey.» Esta aclamación que hemos hecho en el salmo responsorial es como el compendio de la vida espiritual del Beato Josemaría. Su gran amor a Cristo, por quien se siente fascinado, le lleva a consagrarse para siempre a Él y a participar en el misterio de su Pasión y Resurrección. Al mismo tiempo, su amor filial a la Virgen María le inclina a imitar sus virtudes. «Bendeciré tu nombre por siempre jamás»: he aquí el himno que brotaba espontáneamente de su alma y que le impulsaba a ofrecer a Dios todo lo suyo y cuanto le rodeaba. En efecto, su vida se reviste de humanismo cristiano con el sello inconfundible de la bondad, la mansedumbre de corazón, el sufrimiento escondido con el que Dios purifica y santifica a sus elegidos.

4. La actualidad y transcendencia de su mensaje espiritual, profundamente enraizado en el Evangelio, son evidentes, como lo muestra también la fecundidad con la que Dios ha bendecido la vida y obra de Josemaría Escrivá. Su tierra natal, España, se honra con este hijo suyo, sacerdote ejemplar, que supo abrir nuevos horizontes apostólicos a la acción misionera y evangelizadora. Que esta gozosa celebración sea ocasión propicia que aliente a todos los miembros de la Prelatura del Opus Dei a una mayor entrega, en su respuesta a la llamada a la santificación y a una más generosa participación en la vida eclesial, siendo siempre testigos de los genuinos valores evangélicos, lo cual se traduzca en un ilusionado dinamismo apostólico, con particular atención hacia los más pobres y necesitados.

5. En la Beata Josefina Bakhita encontramos también un testimonio eminente del amor paternal de Dios y un signo esplendoroso de la perenne actualidad de las bienaventuranzas. Nacida en el Sudán, en 1869, raptada por negreros cuando aún era niña y vendida varias veces en los mercados africanos, conoció las atrocidades de una esclavitud que dejó en su cuerpo señales profundas de la crueldad humana. A pesar de estas experiencias de dolor, su inocencia permaneció íntegra, llena de esperanza. «Siendo esclava nunca me he desesperado decía , porque en mi interior sentía una fuerza misteriosa que me sostenía.» El nombre Bakhita como la habían llamado sus secuestradores significa Afortunada, y así fue efectivamente, gracias al Dios de todo consuelo, que la llevaba siempre como de la mano y caminaba junto a ella.

Llegada a Venecia por los caminos misteriosos de la divina Providencia, Bakhita se abrió muy pronto a la gracia. El Bautismo y, después de algunos años, la profesión religiosa entre las hermanas Canosianas, que la habían acogido e instruido, fueron la consecuencia lógica del descubrimiento del tesoro evangélico, para lo cual sacrificó todo, incluso el regreso ya siendo libre, a su tierra natal. Como Magdalena de Canosa, ella también quería vivir sólo para Dios, y con constancia heroica emprendió humilde y confiadamente el camino de la fidelidad al amor más grande. Su fe era firme, transparente, fervorosa. «Sabéis qué gran alegría da conocer a Dios», solía repetir.

6. La nueva Beata transcurrió 51 años de vida religiosa Canosiana dejándose guiar por la obediencia en un compromiso cotidiano, humilde y escondido, pero rico de genuina caridad y de oración. Los habitantes de Schio, donde residió casi todo el tiempo, muy pronto descubrieron en su «madre morenita» así la llamaban una humanidad rica en el dar, una fuerza interior no común que arrastraba. Su vida se consumó en una incesante oración con intención misionera, en una fidelidad humilde y heroica por su caridad, que le consintió vivir la libertad de los hijos de Dios y promoverla a su alrededor.

En nuestro tiempo, en que el recurso desenfrenado al poder, al dinero y al placer causa tanta desconfianza, violencia y soledad, el Señor nos presenta a sor Bakhita como hermana universal, para que nos revele el secreto de la felicidad más auténtica: las bienaventuranzas.

El suyo es un mensaje de bondad heroica a imagen de la bondad del Padre celestial. Ella nos ha dejado un testimonio de reconciliación y de perdón evangélico, que llevará ciertamente consuelo a los cristianos de su patria, Sudán, tan duramente probados por un conflicto que dura desde hace muchos años y que ha provocado tantas víctimas. Su fidelidad y su esperanza son motivo de orgullo y de acción de gracias para toda la Iglesia. En este momento de grandes tribulaciones, sor Bakhita les precede por el camino de la imitación de Cristo, de la intensificación de la vida cristiana y de la adhesión inquebrantable a la Iglesia. Al mismo tiempo, deseo una vez más dirigir una cálida exhortación a los responsables de la situación del Sudán, a fin de que lleven a término los ideales afirmados de paz y concordia; a fin de que el respeto de los derechos fundamentales del hombre y en primer lugar el derecho a la libertad religiosa sea garantizado para todos, sin discriminaciones étnicas o religiosas.

Preocupa enormemente la situación de cientos de miles de prófugos de las regiones meridionales, forzados por la guerra a abandonar casa y trabajo; recientemente han sido obligados a dejar también los campos, donde habían encontrado una cierta forma de asistencia, y han sido deportados a lugares desérticos e incluso se ha impedido el paso libre a los convoyes de ayudas de los organismos internacionales. Su situación es trágica y no puede dejarnos insensibles.

Exhorto vivamente a los organismos internacionales de asistencia que sigan enviando su ayuda benévola, necesaria y urgente.

Al saludar a la delegación de la iglesia del Sudán, presente en esta celebración, dirijo mi afectuoso recuerdo, junto con mi plegaria, a toda la Iglesia de aquel país: a los Obispos, al clero diocesano y misionero, a los laicos comprometidos en la pastoral, y también a los catequistas, colaboradores generosos y necesarios para la propagación de la verdad, de la palabra y del amor de Dios. Las poblaciones del Sudán siempre están presentes en mi corazón y en mis plegarias: las encomiendo a la intercesión de la nueva Beata Josefina Bakhita.

7. «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos será que os améis unos a otros» (Jn 13, 34-35). Con estas palabras de Jesús concluye el Evangelio de la Misa de hoy. En esta frase evangélica encontramos la síntesis de toda santidad; la santidad que han alcanzado, por caminos diversos pero convergentes en la misma y única meta, Josemaría Escrivá de Balaguer y Josefina Bakhita. Ellos han amado a Dios con toda la fuerza de su corazón y han dado prueba de una caridad que ha llegado hasta el heroísmo mediante las obras de servicio a los hombres, sus hermanos. Por eso la Iglesia los eleva hoy al honor de los altares y los presenta como ejemplos en la imitación de Cristo, que nos ha amado y se ha dado a Sí mismo por cada uno de nosotros (cfr Gal. 2, 20).

8. «Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en él» (Jn 13, 31): el misterio pascual de la gloria.

Por medio del Hijo del hombre esta gloria se extiende a todo lo visible y lo invisible: «Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles; que proclamen la gloria de tu reinado» (Ps 144, 10-11).

Dice el Hijo del hombre: «¿No era necesario que… soportase estos sufrimientos para entrar en su gloria?» Estos son los que de generación en generación han seguido a Cristo: «A través de muchas tribulaciones, ellos han entrado en el reino de Dios.»

«Tu reinado es un reinado perpetuo» (Ps 144, 13). Amén.

“Dejar obrar a Dios”

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Artículo del Cardenal Joseph Ratzinger sobre san Josemaría Escrivá (L’Osservatore Romano, 6-X-2002)

06 de octubre de 2002

Siempre me ha llamado la atención el sentido que Josemaría Escrivá daba al nombre Opus Dei; una interpretación que podríamos llamar biográfica y que permite entender al fundador en su fisonomía espiritual. Escrivá sabía que debía fundar algo, y a la vez estaba convencido de que ese algo no era obra suya: él no había inventado nada: sencillamente el Señor se había servido de él y, en consecuencia, aquello no era su obra, sino la Obra de Dios. Él era solamente un instrumento a través del cual Dios había actuado.

Al considerar esta actitud me vienen a la mente las palabras del Señor recogidas en el evangelio de San Juan 5,17: “Mi Padre obra siempre”. Son palabras pronunciadas por Jesús en el curso de una discusión con algunos especialistas de la religión que no querían reconocer que Dios puede trabajar en el día del sábado. Un debate todavía abierto y actual, en cierto modo, entre los hombres —también cristianos— de nuestro tiempo. Algunos piensan que Dios, después de la creación, se ha “retirado” y ya no muestra interés alguno por nuestros asuntos de cada día. Según este modo de pensar, Dios no podría intervenir en el tejido de nuestra vida cotidiana; sin embargo, las palabras de Jesucristo nos indican mas bien lo contrario. Un hombre abierto a la presencia de Dios se da cuenta de que Dios obra siempre y de que también actúa hoy; por eso debemos dejarle entrar y facilitarle que obre en nosotros. Es así como nacen las cosas que abren el futuro y renuevan la humanidad.

Todo esto nos ayuda a comprender por qué Josemaría Escrivá no se consideraba “fundador” de nada, y por qué se veía solamente como un hombre que quiere cumplir una voluntad de Dios, secundar esa acción, la obra —en efecto— de Dios. En este sentido, constituye para mí un mensaje de gran importancia el teocentrismo de Escrivá de Balaguer: está en coherencia con las palabras de Jesús esa confianza en que Dios no se ha retirado del mundo, porque está actuando constantemente; y en que a nosotros nos corresponde solamente ponernos a su disposición, estar disponibles, siendo capaces de responder a su llamada. Es un mensaje que ayuda también a superar lo que puede considerarse como la gran tentación de nuestro tiempo: la pretensión de pensar que después del big bang, Dios se ha retirado de la historia. La acción de Dios no “se ha parado” en el momento del big bang, sino que continúa en el curso del tiempo, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de los hombres.

El fundador de la Obra decía: yo no he inventado nada; es Otro quien lo ha hecho todo; yo he procurado estar disponible y servirle como instrumento. La palabra y toda la realidad que llamamos Opus Dei está profundamente ensamblada con la vida interior del Fundador, que aun procurando ser muy discreto en este punto, da a entender que permanecía en diálogo constante, en contacto real con Aquél que nos ha creado y obra por nosotros y con nosotros. De Moisés se dice en el libro del Éxodo (33,11) que Dios hablaba con él “cara a cara, como un amigo habla con un amigo”. Me parece que, si bien el velo de la discreción esconde algunas pequeñas señales, hay fundamento suficiente para poder aplicar muy bien a Josemaría Escrivá eso de “hablar como un amigo habla con un amigo”, que abre las puertas del mundo para que Dios pueda hacerse presente, obrar y transformar todo.

En esta perspectiva se comprende mejor qué significa santidad y vocación universal a la santidad. Conociendo un poco la historia de los santos, sabiendo que en los procesos de canonización se busca la virtud “heroica” podemos tener, casi inevitablemente, un concepto equivocado de la santidad porque tendemos a pensar: “esto no es para mí”; “yo no me siento capaz de practicar virtudes heroicas”; “es un ideal demasiado alto para mí”. En ese caso la santidad estaría reservada para algunos “grandes” de quienes vemos sus imágenes en los altares y que son muy diferentes a nosotros, normales pecadores. Esa sería una idea totalmente equivocada de la santidad, una concepción errónea que ha sido corregida — y esto me parece un punto central— precisamente por Josemaría Escrivá.

Virtud heroica no quiere decir que el santo sea una especie de “gimnasta” de la santidad, que realiza unos ejercicios inasequibles para las personas normales. Quiere decir, por el contrario, que en la vida de un hombre se revela la presencia de Dios, y queda más patente todo lo que el hombre no es capaz de hacer por sí mismo. Quizá, en el fondo, se trate de una cuestión terminológica, porque el adjetivo “heroico” ha sido con frecuencia mal interpretado. Virtud heroica no significa exactamente que uno hace cosas grandes por sí mismo, sino que en su vida aparecen realidades que no ha hecho él, porque él sólo ha estado disponible para dejar que Dios actuara. Con otras palabras, ser santo no es otra cosa que hablar con Dios como un amigo habla con el amigo. Esto es la santidad.

Ser santo no comporta ser superior a los demás; por el contrario, el santo puede ser muy débil, y contar con numerosos errores en su vida. La santidad es el contacto profundo con Dios: es hacerse amigo de Dios, dejar obrar al Otro, el Único que puede hacer realmente que este mundo sea bueno y feliz. Cuando Josemaría Escrivá habla de que todos los hombres estamos llamados a ser santos, me parece que en el fondo está refiriéndose a su personal experiencia, porque nunca hizo por sí mismo cosas increíbles, sino que se limitó a dejar obrar a Dios. Y por eso ha nacido una gran renovación, una fuerza de bien en el mundo, aunque permanezcan presentes todas las debilidades humanas.

Verdaderamente todos somos capaces, todos estamos llamados a abrirnos a esa amistad con Dios, a no soltarnos de sus manos, a no cansarnos de volver y retornar al Señor hablando con Él como se habla con un amigo sabiendo, con certeza, que el Señor es el verdadero amigo de todos, también de todos los que no son capaces de hacer por sí mismos cosas grandes.

Por todo esto he comprendido mejor la fisonomía del Opus Dei: la fuerte trabazón que existe entre una absoluta fidelidad a la gran tradición de la Iglesia, a su fe, con desarmante simplicidad, y la apertura incondicionada a todos los desafíos de este mundo, sea en el ámbito académico, en el del trabajo ordinario, en la economía, etc. Quien tiene esta vinculación con Dios, quien mantiene un coloquio ininterrumpido con Él, puede atreverse a responder a nuevos desafíos, y no tiene miedo; porque quien está en las manos de Dios, cae siempre en las manos de Dios. Es así como desaparece el miedo y nace la valentía de responder a los retos del mundo de hoy.

Homilía del Papa Juan Pablo II en la canonización de Josemaría Escrivá

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Homilía del santo padre Juan Pablo II en la misa de canonización del beato Josemaría Escrivá de Balaguer. “Elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el Santo Fundador os indica” ha dicho el Papa a los asistentes de más de 80 países presentes en la Plaza de San Pedro.

Opus Dei -

1. “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Rm 8,14). Estas palabras del apóstol Pablo que acaban de resonar en nuestra asamblea, nos ayudan a comprender mejor el significativo mensaje de la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer, que celebramos hoy. Él se dejó guiar dócilmente por el Espíritu, convencido de que sólo así se puede cumplir plenamente la voluntad de Dios.

Esta verdad cristiana fundamental era un tema recurrente de su predicación. En efecto, no dejaba de invitar a sus hijos espirituales a invocar al Espíritu Santo para hacer que la vida interior, es decir, la vida de relación con Dios y la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas, no estuvieran separadas, sino que constituyeran una única existencia “santa y llena de Dios”. “A ese Dios invisible —escribió—, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales” (Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, 114).

También hoy esta enseñanza suya es actual y urgente. El creyente, en virtud del bautismo, que lo incorpora a Cristo, está llamado a entablar con el Señor una relación ininterrumpida y vital.

Opus Dei -

2. “Tomó, pues, Yahveh Dios al hombre y lo dejó en el jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase” (Gn 2, 15). El libro del Génesis, como hemos escuchado en la primera lectura, nos recuerda que el Creador ha confiado la tierra al hombre, para que la ‘labrase’ y ‘cuidase’. Los creyentes, actuando en las diversas realidades de este mundo, contribuyen a realizar este proyecto divino universal. El trabajo y cualquier otra actividad, llevada a cabo con la ayuda de la gracia, se convierten en medios de santificación cotidiana.

“La vida habitual de un cristiano que tiene fe – solía afirmar Josemaría Escrivá -, cuando trabaja o descansa, cuando reza o cuando duerme, en todo momento, es una vida en la que Dios siempre está presente” (Meditaciones, 3 de marzo de 1954). Esta visión sobrenatural de la existencia abre un horizonte extraordinariamente rico de perspectivas salvíficas, porque, también en el contexto sólo aparentemente monótono del normal acontecer terreno, Dios se hace cercano a nosotros y nosotros podemos cooperar a su plan de salvación. Por tanto, se comprende más fácilmente, lo que afirma el concilio Vaticano II, esto es, que “el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la construcción del mundo [...], sino que les obliga más a llevar a cabo esto como un deber” (Gaudium et spes, 34).

3. Elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el santo fundador os indica, queridos hermanos y hermanas que hoy os alegráis por su elevación a la gloria de los altares. Él continúa recordándoos la necesidad de no dejaros atemorizar ante una cultura materialista, que amenaza con disolver la identidad más genuina de los discípulos de Cristo. Le gustaba reiterar con vigor que la fe cristiana se opone al conformismo y a la inercia interior.

Opus Dei -

Siguiendo sus huellas, difundid en la sociedad, sin distinción de raza, clase, cultura o edad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad. Esforzaos por ser santos vosotros mismos en primer lugar, cultivando un estilo evangélico de humildad y servicio, de abandono en la Providencia y de escucha constante de la voz del Espíritu. De este modo, seréis “sal de la tierra” (cf. Mt 5, 13) y brillará “vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt., 5, 16).

4. Ciertamente, no faltan incomprensiones y dificultades para quien intenta servir con fidelidad la causa del Evangelio. El Señor purifica y modela con la fuerza misteriosa de la Cruz a cuantos llama a seguirlo; pero en la Cruz – repetía el nuevo Santo – encontramos luz, paz y gozo: Lux in Cruce, requies in Cruce, gaudium in Cruce!

Opus Dei -

Desde que el 7 de agosto de 1931, durante la celebración de la santa misa, resonaron en su alma las palabras de Jesús: “Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32), Josemaría Escrivá comprendió más claramente que la misión de los bautizados consiste en elevar la Cruz de Cristo sobre toda realidad humana, y sintió surgir de su interior la apasionante llamada a evangelizar todos los ambientes. Acogió entonces sin vacilar la invitación hecha por Jesús al apóstol Pedro y que hace poco ha resonado en esta plaza: “Duc in altum!”. Lo transmitió a toda su familia espiritual, para que ofreciese a la Iglesia una aportación válida de comunión y servicio apostólico. Esta invitación se extiende hoy a todos nosotros. “Rema mar adentro – nos dice el divino Maestro – y echad las redes para la pesca” (Lc 5, 4).

Opus Dei -

5. Pero para cumplir una misión tan ardua hace falta un incesante crecimiento interior alimentado por la oración. San Josemaría fue un maestro en la práctica de la oración, que consideraba una extraordinaria “arma” para redimir el mundo. Aconsejaba siempre: “Primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en «tercer lugar», acción” (Camino, 82). No es una paradoja, sino una verdad perenne: la fecundidad del apostolado reside, ante todo, en la oración y en una vida sacramental intensa y constante. Éste es, en el fondo, el secreto de la santidad y del verdadero éxito de los santos.

Que el Señor os ayude, queridísimos hermanos y hermanas, a acoger esta exigente herencia ascética y evangelizadora. Os sostenga María, a quien el santo fundador invocaba como Spes nostra, Sedes Sapientiae, Ancilla Domini.

Que la Virgen haga de cada uno un testigo auténtico del Evangelio, dispuesto a dar en todo lugar una generosa contribución a la construcción del reino de Cristo. Que nos estimulen el ejemplo y las enseñanzas de san Josemaría para que, al final de nuestro peregrinar terreno, participemos también nosotros en la herencia bienaventurada del cielo. Allí, juntamente con los ángeles y con todos los santos, contemplaremos el rostro de Dios, y cantaremos su gloria por toda la eternidad.

Bula de la canonización del Beato Josemaría

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Traducción al castellano de la Bula por la que el Papa Juan Pablo II inscribe al Beato Josemaría en el Catálogo de los Santos.

Publicado en Romana, Boletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, Año XVIII, Num. 35.

BULA DE LA CANONIZACIÓN DEL BEATO JOSEMARÍA

Domine, ut videam ! (cf Lc 18, 41), Domina, ut sit !, Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam !, Regnare Christum volumus ! (cf 1 Cor 15, 25), Deo omnis gloria ! (cf Canon Romano, doxología). La biografía del Beato Josemaría se puede compendiar en estas jaculatorias. Comenzó a rezar las dos primeras cuando contaba apenas dieciséis años, al percibir los primeros barruntos de la llamada divina. De este modo expresaba el ardiente deseo de su corazón: ver lo que Dios quería de su vida, para tratar de cumplir amorosamente la voluntad del Señor. La tercera jaculatoria, que aparece con frecuencia en los escritos de sus primeros años de sacerdocio, revela cómo su celo por las almas iba unido a una firme fidelidad a la Iglesia y a una profunda devoción a la Virgen Maria, Madre de Dios. Regnare Christum volumus !: estas palabras resumen su constante preocupación pastoral por difundir, entre todos los hombres y mujeres, la llamada a participar, en Cristo, de la dignidad de los hijos de Dios, viviendo sólo para servirle: Deo omnis gloria !

Asumió y enseñó a asumir este programa en medio de las ocupaciones normales de cada día, por lo que con razón se le puede llamar “el santo de la vida ordinaria”. En efecto, su vida y su mensaje han llevado, a una innumerable multitud de fieles –sobre todo laicos que trabajan en las más diversas profesiones–, a convertir las tareas más comunes en oración, en servicio a todos los hombres y en camino de santidad.

El Beato Josemaría Escrivá de Balaguer nació en Barbastro (España) el 9 de enero de 1902. Recibió la ordenación sacerdotal el 28 de marzo de 1925. El 2 de octubre de 1928, el Señor le hizo ver la misión a la que le llamaba y ese día fundó el Opus Dei. Se abría así en la Iglesia un nuevo camino caracterizado por difundir entre hombres y mujeres de toda raza, condición social o cultura, la conciencia de que todos están llamados a la plenitud de la caridad y al apostolado, en el lugar que cada uno ocupa en el mundo. Ciertamente, el Señor nos busca en las circustancias de la vida ordinaria, verdadero quicio sobre el que gira nuestra respuesta llena de amor. En las enseñanzas de Josemaría Escrivá, el trabajo, realizado con la ayuda vivificante de la gracia, se convierte en fuente de inagotable fecundidad, ya que es instrumento para poner la Cruz en la cumbre de todas las actividades humanas, medio para transformar el mundo desde dentro según el Espíritu de Cristo y ocasión de reconciliarlo Dios.

La labor desarrollada por Josemaría Escrivá en favor de los sacerdotes, personalmente y a través de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, que inició el 14 de febrero de 1943, le configura como un luminoso ejemplo de solicitud por la santidad y la fraternidad sacerdotales.

En 1946 se trasladó a Roma; sostenido por su incansable afán apostólico, se entregó a la difusión del mensaje cristiano por todo el mundo, siempre con plena adhesión al Romano Pontífice y con el deseo de servir a las Iglesias locales. Fomentó la creación de una vasta gama de iniciativas de promoción humana, que han contribuido eficazmente a la difusión del Evangelio y han logrado una amplia proyección social.

En sus numerosos viajes por Europa y América, llevó a cabo una incansable labor de catequesis. Multitud de hombres y mujeres acudían a escucharle, atraídos por su fama de santidad.

El 26 de junio de 1975, a mediodía, a consecuencia de un ataque al corazón, entregó su alma a Dios. Su cuerpo reposa en la Iglesia Prelaticia del Opus Dei, dedicada a Santa María de la Paz, a la que acuden a rezar fieles de todo el mundo.

Tras su muerte, la fama de santidad de Josemaría Escrivá de Balaguer siguió difundiéndose ampliamente. A su intercesión se atribuyen muchas curaciones científicamente inexplicables y abundantes favores espirituales.

Nos mismo beatificamos solemnemente al Fundador del Opus Dei el 17 de mayo de 1992 en la plaza de San Pedro. Desde entonces ha aumentado el número de gracias atribuidas por los fieles a la intercesión del Beato Josemaría Escrivá; entre estos favores, los Actores de la Causa eligieron una curación y la presentaron a la Sede Apostólica, para que, una vez examinada, permitiera que fueran otorgados al Beato los honores de los Santos.

En 1994 se instruyó un proceso sobre esa curación en la Curia Arzobispal de Badajoz. Realizadas con resultado positivo las acostumbradas investigaciones de la Congregación para las Causas de los Santos, el 20 de diciembre de 2001 fue promulgado en Nuestra presencia el correspondiente decreto sobre el milagro. Posteriormente, oído el parecer favorable de los Padres Cardenales y Obispos que habíamos convocado en Consistorio el 26 de febrero de 2002, decretamos que la ceremonia de canonización se celebrara el 6 de octubre de ese mismo año.

Hoy, por tanto, en una solemne Misa en la Plaza de San Pedro y ante una ingente multitud de fieles, hemos pronunciado la siguiente fórmula: En honor de la Santísima Trinidad, para exaltación de la fe católica y crecimiento de la vida cristiana, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y la Nuestra, después de haber reflexionado largamente, invocado muchas veces la ayuda divina y oído el parecer de numerosos hermanos en el Episcopado, declaramos y definimos Santo al Beato Josemaría Escrivá de Balaguer y lo inscribimos en el Catálogo de los Santos, y establecemos que en toda la Iglesia sea devotamente honrado entre los Santos. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Disponemos que lo que hemos decretado tenga validez ahora y siempre, y que nada sea dispuesto en contrario.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 6 de octubre del año 2002, vigésimocuarto de Nuestro Pontificado.

Juan Pablo
Obispo de la Iglesia Católica

Bahkita, la santidad que transforma el mundo

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El Papa Juan Pablo II canonizará el 1º de octubre a Josefina Bakhita, monja canosiana sudanesa, en la Plaza de San Pedro. La Madre Morenita fue beatificada junto con el fundador del Opus Dei el 17 de mayo de 1992.

Opus Dei - Portada del libro
Portada del libro “Inchiesta su una santa per il 2000″

“Los santos son la expresión suprema de la belleza”. Estas palabras del Papa, pronunciadas en un diálogo improvisado con periodistas durante un vuelo que lo llevaba a alguna parte del mundo a anunciar el Evangelio, me parecen muy adecuadas para describir la figura santa de Josefina Bakhita.

Los santos, con la fuerza de su testimonio, redimen la violencia contra el hombre impresa en el curso de la historia. Transforman en profundidad, cada uno a su manera, todo aquello que los demás padecen o, como mucho, se limitan a deplorar. Su actualidad es particularmente viva en nuestros días, en este siglo de “progreso” que ningún dato puede definir más crudamente como la cifra de sus mártires. Su paciencia ante la injusticia posee el vigor de la caridad más delicada; la docilidad con que sufren es una luz que ilumina la cotidianidad. Son los santos, con su obstinado amar siempre y a toda costa, quienes crean nuevas civilizaciones.

Un lugar destacado en este panorama corresponde a Josefina Bakhita, la monja canosiana muerta en Schio en 1947. Su vida estuvo marcada por grandes sufrimientos. Secuestrada y hecha esclava cuando era niña, torturada, vendida varias veces en los mercados de El Obeidh y Khartum (documentos recientes, también audiovisuales, testimonian la subsistencia de un floreciente comercio de esclavos en Sudán), rescatada por el cónsul italiano en 1882 y acogida por las canosianas de Schio, recibió el bautismo con 21 años y a los 27 se hizo monja canosiana. Su itinerario fue realmente duro, y no basta su bondad natural para explicar la compasión que mostró por quienes le habían hecho sufrir. Su perdón era la expresión de una caridad que puede venir sólo de Dios. La belleza -por volver a la imagen del Papa- no es un valor ornamental de objetos inertes.

Toda la Conferencia Episcopal de Sudán estará presente en la canonización de Bakhita. Los obispos recogen con la audacia de la fe el mensaje que emana de su figura: un mensaje fuerte de esperanza y de perdón para los católicos de Sudán, que en este momento son objeto de una cruel persecución que los priva de los derechos más elementales. Un mensaje para la conciencia de todos nosotros, que tantas veces tendemos a cubrir con el silencio la injusticia que se abate contra quienes están lejos y no tienen voz para hacerse escuchar.

En Bakhita vemos también la personificación de la paradoja cristiana de la libertad. Cuando tuvo finalmente la posibilidad de orientar con autonomía su propia vida, encontró a otro “Patrón” (así llamaba a Dios) y le donó, antes que el propio trabajo, los latidos más profundos de su corazón y todos sus pensamientos. Así, mientras realizaba con alegría las tareas más humildes, fue capaz de prodigar ternura y cariño a manos llenas, con sobriedad y sencillez. Bakhita sirvió al Señor a lo largo de casi cincuenta años. Renovar el propio sí al Señor cada día es dirigirse hacia la eternidad. Para ella, mirar hacia delante no significaba olvidar el pasado, sino más bien transfigurarlo, redimirlo con la libertad del amor.

Bakhita, al final de su vida, expresaba con estas simples palabras, escondidas detrás de una sonrisa, la odisea de su vida: “Me voy despacio, paso a paso, porque llevo dos grandes maletas: en una van mis pecados, y en la otra, mucho más pesada, los méritos infinitos de Jesús. Cuando llegue al cielo abriré las maletas y diré a Dios: Padre eterno, ahora puedes juzgar. Y a San Pedro: cierra la puerta, porque me quedo”.

La Madre “Moretta”, como la llamaban los habitantes de Schio, fue beatificada junto con el beato Josemaría, fundador del Opus Dei, el 17 de mayo de 1992. Para todos nosotros fue una experiencia inolvidable. Desde aquel día, comencé a sentirla muy cercana. Por este motivo, hoy es, también para mí, un día de gran alegría. El ejemplo heroico de Bakhita, de los mártires de China, de Katherine Drexel y de María Josefa del Corazón de Jesús muestran a los hombres el rostro glorioso de Cristo, que triunfa en la caridad. Cada canonización es la celebración de la santidad de la Iglesia, del prodigio continuo de la suprema belleza que la Esposa de Cristo irradia sobre el mundo. Y es siempre una fiesta para toda la Iglesia.

“Ruego a Dios que nos conceda el milagro de la paz”

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Al término de la lectura de decretos de milagros, el Prelado del Opus Dei señaló que la aprobación de un milagro atribuido a la intercesión del beato Josemaría “es para mí motivo de alegría”. Y añadió: “A pocas fechas de la Santa Navidad, ruego a Dios que nos conceda el milagro de la paz, de esa paz que en ocasiones parece inalcanzable”.

Roma, 20: “Los milagros son siempre un signo de la misericordia de Dios con los hombres. Por eso, la noticia de la aprobación por el Papa de varios milagros, y entre ellos uno atribuido a la intercesión de Josemaría Escrivá, precisamente en vísperas del centenario de su nacimiento, es para mí motivo de alegría.

Deseo hondamente que los cristianos renovemos nuestra fe en el poder del Señor y en la ayuda de los santos. Hoy, a pocas fechas de la Santa Navidad, ruego a Dios que nos conceda el milagro de la paz, de esa paz que en ocasiones parece inalcanzable: la paz en los corazones, en las familias y entre los pueblos.

A la vez, sé que no basta suplicar a Dios los milagros. Jesucristo nos llama a ser “sembradores de paz y de alegría”, como repitió con constancia Josemaría Escrivá. Y Juan Pablo II acaba de recordar que la paz se construye con obras de justicia y de perdón. Colaboremos, por tanto, con la Providencia divina para lograr el don inmenso de la paz. Es propio de los hijos de Dios pedir perdón, rectificar cuando personalmente hemos ofendido. Y reconforta mucho perdonar, sin guardar resentimientos. Llevemos esta comprensión a nuestro alrededor, a la propia familia, a los amigos, a los colegas… Y de este modo, por círculos concéntricos, cada vez más amplios, se irá difundiendo ese espíritu de fraternidad y misericordia que el mundo anhela. El ejemplo de los santos es motivo de esperanza”.

Un nuevo modo de ver el trabajo

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El centenario quiere ser una mirada al futuro: no es nostalgia del pasado, sino proyecto, esperanza, deseo sincero de progresar en el amor a Dios y al prójimo. Si cediésemos a la tentación conmemorativa habríamos echado a perder la lección de humildad del Fundador del Opus Dei.

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El 9 de enero de 1902 nacía el beato Josemaría Escrivá de Balaguer. Un fiel retrato de la fecundidad de su paso por la tierra es el punto con el que comienza Camino: «Que tu vida no sea una vida estéril. -Sé útil. -Deja poso. -Ilumina con la luminaria de tu fe y de tu amor (…). -Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón».

Sí, estaba completamente enamorado de Cristo, y el amor no se marchita ni muere. Por eso, el centenario que hoy nos disponemos a celebrar no se plantea como simple memoria del pasado. Si cediésemos a la tentación conmemorativa habríamos echado a perder la lección de humildad del Fundador del Opus Dei, que rehuía las alabanzas y trabajaba duro pero sin hacer ruido. Al llegar al cincuenta aniversario de su ordenación sacerdotal, cuando todos lo consideraban un maestro de vida interior, decía que se sentía «como un niño que balbucea». También decía a veces que, cuando se recibe una carta, el sobre se tira y se pone toda la atención en el mensaje: él estaba convencido de ser el sobre; lo importante era el mensaje, el espíritu de santificación de la vida cotidiana que el Señor le había confiado.

El centenario quiere ser una mirada al futuro: no es nostalgia del pasado, sino proyecto, esperanza, deseo sincero de progresar en el amor a Dios y al prójimo. Estamos en el umbral de un nuevo siglo; los tiempos requieren apertura de mente, prontitud para acoger desafíos inéditos, y nos invitan, como el Santo Padre ha escrito en la Carta apostólica Novo Millennio ineunte, a «recordar con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente y a abrirnos con confianza al futuro (n.1)».

El mensaje entregado a la Iglesia a través del Fundador del Opus Dei tiene un dinamismo interno tan manifiesto que, como subraya el decreto con el que el Papa proclamó las virtudes heroicas del beato Josemaría, está «destinado a perdurar de modo inalterable, por encima de las vicisitudes históricas, como fuente inagotable de luz espiritual». Cuando profundizamos en las enseñanzas del beato Josemaría, esa luz espiritual nos muestra que nadie está excluido de la llamada del Señor, y nos comunica, por consiguiente, la certeza de que -la imagen es suya- el cielo y la tierra no se unen solamente en la lejanía, sobre la línea del horizonte, sino más bien en el corazón de los hijos de Dios que se comprometen en la incomparable audacia de buscar a Cristo presente en las realidades eternas.

El Beato Josemaría se puso enteramente al servicio de la misión que había recibido de Dios: todo lo que en su vida se refiere a su persona fue dejado de lado. Se puede decir que vivió solamente en función del encargo de dar vida y consolidar la institución que era necesaria para difundir aquel mensaje, para recordar a los cristianos que viven en medio del mundo que Dios los llama en y a través de las ocupaciones de la vida diaria. «Hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir», escribió (Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 114). Y gastó todas sus energías al servicio de este ideal a la vez grandioso y normalísimo. Por eso tantos cristianos han podido aprender de él a descubrir, en la dimensión sobrenatural de la existencia ordinaria -precisamente donde otros no ven más que fondos de botella- oro puro, esmeraldas, rubíes. La rutina, la obviedad, la monotonía cotidiana, quedan de este modo transfiguradas.

La fecundidad de su vida es el fruto de su entrega total al papel eclesial que Dios le había asignado. Tal es, en efecto, una constante de la lógica sobrenatural, que exige dejar todo el espacio a Dios, ser humilde. Pero no con la humildad de retraerse, sino con la que lleva a darse enteramente, a no retener para sí ni siquiera un pequeño retazo de posibilidades vitales. Por eso hoy desearía señalar -ante todo, a mí mismo- que, para desarrollar todas las potencialidades contenidas en el mensaje del beato Josemaría, hemos de estar dispuestos a entregarnos como él se entregó.

Este es un buen momento para entender toda la fuerza contenida en una idea: la idea de que el trabajo es servicio. «Servicio -ha escrito el Fundador del Opus Dei- ¡Cómo me gusta esta palabra! Servir a mi Rey y, por Él, a todos los que han sido redimidos con su sangre. ¡Si los cristianos supiésemos servir!» (Es Cristo que pasa, n. 182). Servir significa darse a sí mismo, y es la garantía de un amor operativo, que prefiere los hechos a las palabras. La solidaridad nace de ahí, y también esas virtudes domésticas de las que se reviste la auténtica caridad: la sonrisa, la paciencia, el arte de satisfacer los gustos de los otros, de saber callar, de esperar. Lo pequeño y lo grande se encuentran en el espíritu de servicio, que funde la humildad con la caridad. En el alma del cristiano no hay lugar para la mediocridad, si aprende a contemplar el ejemplo elocuente de Cristo: «Todo lo ha hecho bien» (Mc, 7,37), comentaban atónitos quienes lo conocían, ya desde la época de su niñez y en sus años de trabajo en Nazaret. Participar en la epopeya de la redención, en efecto, significa conjugar la mayor ambición -la búsqueda de la santidad- con el cuidado de las cosas pequeñas.

Pero para servir es preciso haber renunciado verdaderamente a la búsqueda de uno mismo, de la propia excelencia, del éxito («nadie puede servir a dos señores», Mt 6,24), para buscar en cambio la gloria de Dios. Seguir la lógica del servicio significa también adquirir un sólido prestigio profesional fundado no sobre la apariencia, sino sobre la capacidad de adecuarse a las necesidades reales del prójimo. Trabajar al servicio de Dios y de los hombres quiere decir asumir la responsabilidad de dar buen ejemplo con el propio trabajo, de hacer rendir para bien común los talentos recibidos. Y esto no se alcanza sin un serio empeño de ejercitar las virtudes mientras se trabaja, de poner en juego la propia competencia profesional para un fin que en realidad trasciende el resultado inmediato de la propia actividad. En un trabajo hecho así, la motivación profunda -el amor de Dios- es evidente. Por eso, quien trabaja para servir tiene como meta, más allá de los reconocimientos personales, la búsqueda de la voluntad divina en las mil peripecias de la vida cotidiana. Y en consecuencia no pierde la serenidad ante la contrariedad o los imprevistos.

El espíritu de servicio, por tanto, cambia radicalmente la jerarquía de los valores sobre los que tiende a construirse la sociedad («He aquí la esclava del Señor», Lc, 1,38). Devuelve al cristiano el justo sentido de la realidad porque le hace entender cuáles son los auténticos ideales («Quien quiera llegar a ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea esclavo de todos», Mc 10, 43-44) y los fines que debe perseguir por encima de todo. El ejemplo del beato Josemaría nos ayuda a encontrar en el Evangelio la fuerza para esa transformación del mundo a la que los cristianos estamos llamados. Los santos testimonian la perenne actualidad del Evangelio. Con ellos entendemos que «Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y por los siglos» (He 13,8).

Mons. Echevarría: Hoy quisiera sólo decir gracias

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Declaraciones del prelado del Opus Dei tras el anuncio de las canonizaciones de nueve beatos, entre los que se encuentra Josemaría Escrivá.

Opus Dei - Mons. Javier Echevarría a la salida del consistorio.

Mons. Javier Echevarría a la salida del consistorio.

“El Papa acaba de anunciar las fechas de las ceremonias de canonización de nueve beatos: un sacerdote secular, cinco religiosos, dos religiosas y un laico. Cada uno vivió en un tiempo, en un país y en unas circunstancias diferentes. Cada uno, con su propia personalidad. Pero en todos percibimos unos rasgos comunes. En los santos se reconoce siempre la fecundidad espiritual de la Iglesia, esparcida por el mundo como semilla de santidad por medio del testimonio de vida cristiana de sus hijos.

El Padre Pío, fiel al carisma capuchino, nos recuerda la hondura del amor con que Dios nos ama, comunicado a través de la Iglesia en los sacramentos, especialmente la Penitencia y la Eucaristía. Juan Diego fue el primero en recibir la visita de Nuestra Señora en Guadalupe, donde cada año millones de peregrinos rezan a Santa María. En la historia de Josemaría Escrivá encontramos el rastro luminoso de unos padres cristianos, de quienes recibió la herencia preciosa de la fe; de Obispos que le dieron su apoyo para desarrollar su tarea evangelizadora; de numerosos sacerdotes, religiosos y religiosas, con los que mantuvo una fraterna relación toda su vida; y de miles de laicos que supieron transformar en realidad su mensaje de santificación del trabajo ordinario en medio del mundo.

Por eso, hoy quisiera solamente decir ¡gracias! Deseo expresar mi agradecimiento a la Trinidad Santísima, que nos envía el regalo de los santos; a la Iglesia Santa, familia de los hijos de Dios, unida por el vínculo de la caridad; a los padres y hermanos del beato Josemaría; a todos los sacerdotes, religiosos, laicos, hombres y mujeres, que de alguna manera han intervenido en su formación. Gracias también, desde lo más profundo del alma, a todos los pobres y enfermos que le dieron generosamente lo único que tenían, y convirtieron su dolor en oración por la labor sacerdotal del fundador del Opus Dei. Pienso que es un buen momento para acordarse de esos miles de personas, cuyos nombres, en muchos casos, ni siquiera conocemos. Y es también una espléndida ocasión para sentir de nuevo la responsabilidad de no privar de la oración y la caridad a quienes nos rodean, porque todos estamos llamados a ser santos”.

Dos santos unidos por el amor a la Virgen

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Declaraciones de mons. Javier Echevarría con ocasión del anuncio de las canonizaciones de los beatos Juan Diego y Josemaría Escrivá.

Opus Dei - En 1970 en México, el beato Josemaría comentó al ver este cuadro: «Así quisiera morir: mirando a la Santísima Virgen, y que Ella me dé una flor...».
En 1970 en México, el beato Josemaría comentó al ver este cuadro: «Así quisiera morir: mirando a la Santísima Virgen, y que Ella me dé una flor…».

“Cuatro siglos separan en el tiempo a los beatos Juan Diego y Josemaría Escrivá, pero algo de ingente valor, el amor a la Virgen de Guadalupe, los une en el cielo y en el corazón de muchos mexicanos. Lo puso de relieve, el pasado 9 de enero, el cardenal Norberto Rivera, arzobispo de México, durante la concelebración eucarística con ocasión del centenario del nacimiento del beato Josemaría, que presidió precisamente en la basílica de Guadalupe. En su homilía, el cardenal Rivera afirmó que la decisión del Papa de canonizar al fundador del Opus Dei y a Juan Diego es motivo de gozo «para todo el mundo, pero especialmente para los mexicanos».

Recuerdo con emoción la visita de mons. Escrivá a México en 1970: su oración a la Virgen de Guadalupe, a la que se veneraba entonces en el antiguo templo; su gozo al comprobar la devoción de los mexicanos a la Madre de Dios; y su santa “envidia” al beato Juan Diego, privilegiado interlocutor de la Reina de las Américas. Un día, después de un rato de coloquio con algunos sacerdotes en el Estado de Jalisco, advirtió el cansancio fuerte del trabajo. Para reponerse, se retiró a una habitación en la que había un cuadro que representaba a la Virgen de Guadalupe en el acto de dar una rosa a Juan Diego. Al reparar en ese lienzo, el beato Josemaría comentó: «Así quisiera morir: mirando a la Santísima Virgen, y que Ella me dé una flor…». Como recordaba mi predecesor, mons. Alvaro del Portillo, la Virgen accedió a ese deseo: el 26 de junio de 1975, cuando nuestro Fundador llegaba al cuarto en el que solía trabajar, su corazón se detuvo; en ese despacho hay una imagen de Santa María de Guadalupe que recibió su última mirada de cariño.

El Papa ha querido unir de nuevo a estos dos beatos, canonizándolos en el año 2002. Yo quiero también interpretar esta venturosa coincidencia como un gesto que viene a recordar a todos los cristianos que la devoción a la Virgen no envejece, no pasa de moda, permanece siempre actual, por encima del espacio y el tiempo. Pienso que somos muchos los que acudimos a Ella con la petición que el beato Josemaría formuló desde México durante aquel viaje de 1970: “Que Nuestra Señora, Nuestra Madre de Guadalupe, obtenga la paz para todos los pueblos de América”.


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