Espero que Dios se sirva de mí para hacer llegar su gracia a las almas”

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El próximo 24 de mayo, el Prelado del Opus Dei Mons. Javier Echevarría conferirá la ordenación sacerdotal a 36 fieles de la Prelatura. La ceremonia tendrá lugar en la Basílica de San Eugenio, en Roma, a las 4 de la tarde.

Los nuevos sacerdotes provienen de 15 países: Argentina, Brasil, Costa Rica, España, Filipinas, Francia, Guatemala, Italia, Kenia, Líbano, México, Perú, Polonia, Portugal y Venezuela.

Opus Dei - Los 36 candidatos al sacerdocio, en la ordenación diaconal.

Los 36 candidatos al sacerdocio, en la ordenación diaconal.

Los que llevan viviendo un largo periodo lejos de sus países mantienen a flor de piel los recuerdos de su tierra natal.

«Tengo muchas deseos de ayudar en la formación de los jóvenes de mi país – dice Dominique Helou, libanés. Desgraciadamente, a menudo abandonan el país o se dejan llevar por la desesperanza. Pienso que los cristianos tienen que dar testimonio en aquella región y que su presencia es fundamental para el futuro del Líbano».

Opus Dei - Dominique Hélou, libanés.

Dominique Hélou, libanés.

Dominique ha sido maestro en escuelas de Francia y del Líbano. Ahora su tarea será «ayudar espiritualmente a las almas, predicar, escuchar confesiones y administrar otros sacramentos».

La nueva tarea le impresiona, pero a la vez se siente animado: «Una máquina de café puede ser de oro, de plata o de latón. Da igual: lo importante es el café que produce. Pues bien, yo me imagino que soy como esa máquina de café y espero que Dios se sirva de mí para hacer llegar su gracia a las almas. Basta servir buen café. ¡Eso me tranquiliza!».

La tarea pastoral de Dominique Hélou se desarrollará en el Líbano, donde la labor apostólica del Opus Dei comenzó hace diez años. «Como en otras regiones del mundo –afirma Dominique- la tarea de la Prelatura es de formación humana y espiritual, a través de actividades dirigidas a personas de variadas condiciones sociales. Pero también querría precisar que el trabajo apostólico más importante es el que lleva a cabo cada uno de los fieles del Opus Dei con sus colegas de profesión».


Opus Dei - Una imagen de Beirut, capital del Líbano.

Una imagen de Beirut, capital del Líbano.

Otro de los ordenandos es José Antonio Brage. A los 18 años ingresó en la Escuela Naval de Pontevedra (España) y en poco tiempo había recalado ya en puertos de más de veinte países. “Me di cuenta entonces –explica- de que la mayor pobreza que hay en el mundo es la falta de Dios. Llevar a Cristo es el mayor bien que se puede hacer a los demás, y ésa es la misión del sacerdote”.

Opus Dei - José Antonio Brage ha participado en numerosas operaciones internacionales de la Armada.

José Antonio Brage ha participado en numerosas operaciones internacionales de la Armada.

Durante sus años en la armada, según dice, la navegación no fue nunca un problema para llevar adelante una vida cristiana, sino una gran oportunidad.

“Con frecuencia, amigos y conocidos me han preguntado si no encontraba difícil mantener una vida de cercanía a Dios, con prácticas de piedad como la oración mental, la Santa Misa, o el rezo del Rosario, en medio de una vida tan ajetreada. La verdad es que al contrario. Siempre digo que las mejores oraciones de mi vida las he hecho paseando por la cubierta en alta mar…”

“La mar dice muchas cosas de Dios. Me viene a la cabeza un recuerdo de mis primeros años en la Armada: junto a la puerta de entrada de la capilla de la Escuela Naval Militar, hay una lápida con esta inscripción: “El que no sepa rezar, que vaya por esos mares, y verá que pronto lo aprende”. Es una gran verdad: sólo hace falta abrir los ojos del alma”.


Opus Dei - Durante su crucero de instrucción en el Buque Escuela J.S. Elcano José Antonio dio la vuelta al mundo.

Durante su crucero de instrucción en el Buque Escuela J.S. Elcano José Antonio dio la vuelta al mundo.

Los nombres de los 36 ordenandos y sus respectivos países de origen son:

Avelino Picón (España),
Marc Chatanay (Francia),
Juan Manuel de Ojeda (España),
Iñaki Landa (España),
Gabriel de Castro (España),
Pedro Regojo (Portugal),
Dominique Khoury-Hélou (Libano),
José Antonio Brage (España),
Manuel García de Madariaga (España),
Marcos Antini (Brasil),
Sergio Gascón (España),
Fernando José Gallego (España),
Óscar Beorlegui (España),
Antonio Cózar (España),
Iñigo Martínez-Echevarría (España),
Carlo de Marchi (Italia),
Javier Zabaleta (España),
Alexandre Antosz (Brasil),
Bernal Antonio Campos (Costa Rica),
José Fernández Labastida (México),
Javier Salegui (Venezuela),
Juan Herráiz (España),
Rafael López-Ortega (México),
Julio Serrano (España),
Ignacio Palma (Argentina),
Daniel Silva (Venezuela),
Alfonso Berlanga (España),
Matías Rodríguez Quirós (España),
Jorge Boronat (España),
Carlos Enrique Guillén (Perú),
Marc Bosch (España),
Guillermo Antonio Aragón (Guatemala),
Michał Stefan Kwitliński (Polonia),
Leonardo Agustina (España),
Anthony Sy Reyes (Filipinas),
Charles Wanyoike Mundia (Kenia).

Sacerdotes, “sólo” sacerdotes

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

El hilo de nuestra argumentación nos conduce a los sacerdotes. Ocupémonos de este clero singular, al que está prohibido ser clerical. El fundador señalaba: «Que nuestros sacerdotes no consientan que sus hermanos les presten servicios innecesarios. Cada uno debe guardar en su corazón los mismos sentimientos que tuvo Jesús, que dijo: “el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir”. Así debe suceder entre vosotros».

Y añadía: «Aunque la vocación es igual para todos, el sacerdote debe luchar por ser el servidor de sus hermanos, sabiendo ser uno más en nuestra Casa; porque efectivamente es como los demás».

Y como cada católico tiene a sus espaldas siglos de clericalismo de un lado, y de alticlericalismo por el otro, en los que no conviene volver a tropezar, insiste: «Los sacerdotes no mangoneen a los laicos, ni estos a los sacerdotes: que no haya entre nosotros sacerdotes que invadan el campo de competencia temporal de los laicos, ni laicos que se entrometan en los asuntos espirituales reservados a los sacerdotes». Y repetía con frecuencia: «el sacerdocio, en el Opus Dei, no es la coronación de una carrera, no es un premio para los mejores: es una llamada a servir a las almas en un modo al mismo tiempo igual y distinto al de los demás miembros».

El «sistema de reclutamiento» del clero de la Prelatura facilita considerablemente el cumplimiento de estas orientaciones. Por su mismo origen, no es ni puede ser una especie de «cuerpo extraño» o de «casta separada» en una institución «laical» como es esta, puesto que todos sus sacerdotes proceden de las filas de los numerarios y de los agregados.

No es infrecuente encontrar en los periódicos titulares que anuncian la ordenación sacerdotal (y no pocas veces de manos del Papa) de algunas decenas de personas de todas las edades, aunque nunca muy jóvenes y a veces ni siquiera jóvenes, que componen un auténtico muestrario de las profesiones más variadas. Algo así como: siete abogados, ocho ingenieros, dos periodistas, tres médicos, cuatro profesores, un notario, dos economistas, un coronel… No es necesario seguir leyendo esas noticias: con toda seguridad son los cuarenta o cincuenta sacerdotes que el Opus Dei, de modo constante y programado, hace ordenar (u ordenan ellos mismos: el anterior Prelado era Obispo, y por consiguiente podía ordenar) para cubrir las necesidades asignadas al «clero de la Prelatura».

En la práctica, las cosas suceden del siguiente modo. Después de algunos años de esfuerzo por «santificar el trabajo y santificarse en él» -que pueden ser muchos: las ordenaciones de personas de más de cincuenta años no son raras-, el Prelado pregunta a algunos numerarios y agregados que cumplen todos los requisitos si están dispuestos a vivir la misma vocación al Opus Dei con un trabajo, un servicio, distintos: el propio del sacerdote.

El interpelado puede aceptar, y también puede rechazar (sin demérito alguno, pues se trata de una materia en la que resulta esencial la más plena libertad). Si acepta, abandona totalmente la profesión civil y (dicen las normas) recibe la formación en los centros que la Prelatura erige con ese fin, de acuerdo con las disposiciones establecidas por la Santa Sede. Se trata, en la práctica, de seminarios propios. Hasta el último momento, todos tienen la posibilidad de interrumpir su camino hacia la ordenación, para volver al mismo trabajo que desempeñaban.

El número de sacerdotes está «programado»; actualmente es algo menos del 2% de los miembros de la Prelatura (1.500 entre un total de 80.000), y está previsto que no supere el 3%. Es decir, los indispensables para las necesidades de la Obra: ni más ni menos. Estos porcentajes confirman la impresión de que el peligro de «clericalización» del Opus Dei, que pudiera comprometer su carácter laical, carece de todo fundamento.

Este sistema de reclutamiento presenta muchas ventajas. La más importante es que, para desarrollar sus tareas de predicación y de dirección espiritual, y lógicamente la administración de sacramentos, es preciso que conozcan por experiencia personal el espíritu de la Obra en el que se han formado. Están llamados a perpetuar ese espíritu, junto con los laicos, pero en una situación objetivamente estratégica, decisiva. Además, su experiencia como trabajadores en profesiones «laicas» es también fundamental, puesto que en torno al trabajo se construye la vida espiritual.

La llamada al sacerdocio les llega en edad adulta, después de años y años de compromiso cristiano, y por consiguiente bien probados, y con garantías de una solidez particular. Los errores de perspectiva de tantos eclesiásticos de hoy, ante lo que creen que son exigencias del «mundo moderno», del «hombre contemporáneo», derivan probablemente de su inexperiencia en esos campos de la vida. Por eso, tantas orientaciones pastorales y parte de la avalancha de «documentos» sobre todo tipo de asuntos producidos por una nueva burocracia eclesial incurren en un generalismo estéril.

Además de esos y de otros aspectos positivos, existe otra ventaja cuya importancia podría pasar inadvertida a quien no conozca los entresijos de la Iglesia institucional, con sus problemas y sus conflictos.

Así lo describe Le Tourneau, con palabras sobrias pero llenas de significado: «Los sacerdotes del Opus Dei salen de la propia Prelatura y se forman en su seno, por lo que el Opus Dei no sustrae a las diócesis sacerdotes ni candidatos al sacerdocio». Casi todos los fundadores de órdenes y congregaciones religiosas, al menos en los tiempos modernos, han tenido antes o después enfrentamientos con el clero local precisamente por este motivo. Cuando los posibles candidatos al sacerdocio comenzaron a disminuir, hasta hacerse escasos en número, no faltaron obispos que sospecharon o incluso acusaron a los institutos de perfección de «robarles» las vocaciones. Por ejemplo, muchos de los graves problemas de Don Bosco y sus salesianos con el arzobispo de Turín tuvieron esa raíz.

El Opus Dei ha decidido «ir por su cuenta». De este modo, no sólo zanja las polémicas de ese estilo, sino que además puede replicar que, lejos de «empobrecer» las diócesis y sus presbiterios, en realidad los potencia, pues pone a disposición de la Iglesia otros sacerdotes que, sin la Obra, no habrían llegado al sacerdocio. Más aún, probablemente no habrían llegado a la Iglesia, ya que no pocos de los numerarios y los agregados que se ordena descubrieron -o redescubrieron- la fe a través de la relación con la Obra.

Este clero depende del Prelado en lo que se refiere a los fines de la Obra, pero para las disposiciones del Derecho canónico está sometido al obispo diocesano (del cual recibe con frecuencia encargos pastorales) y forma parte del presbiterio diocesano.

Sin embargo… ¿no fue Maquiavelo quien señaló que, en la organización de los asuntos humanos, cualquier solución a un problema crea siempre otros nuevos? El rostro institucional de la Iglesia, ese aspecto humano que da cuerpo al misterio y que es esencial en la lógica de la Encarnación, está sometido a las leyes que regulan cualquier organismo social. Por eso, acalladas las sospechas de «robar vocaciones» a las diócesis con ese sistema de «auto alimentación» -algo así como el «hazlo tú mismo» del bricolaje-, surgen otras, como la acusación de querer establecer una «Iglesia paralela», cerrada en sí misma como una secta, e incluso enfrentada al resto de la Iglesia Católica.

Hemos mencionado ya que la misma estructura canónica de Prelatura parece impedir este tipo de peligros, pero será interesante reproducir la réplica de la Obra a este tipo de acusaciones. Escribe uno de sus miembros: «No hay por qué alarmarse ante una posible “Iglesia paralela” si cada cristiano, como individuo, está legitimado -según los críticos- para inventarse su propia Iglesia. Sucede a veces que, en algunas parroquias, los párrocos hacen y disponen a su gusto, con independencia de las normas existentes en materia litúrgica y disciplinar. Es ligeramente farisaico acusar a otros -y además sin base- de lo mismo que hace con frecuencia el crítico. En realidad, “Iglesia paralela” es la formada por la suma de los comportamientos que se separan de la legítima autoridad en la Iglesia: el Papa y los Obispos en comunión con él».

Continúa la misma fuente («de parte», naturalmente): «El Opus Dei, desde 1928 a hoy, ha manifestado su voluntad de adherirse en todo al Papa. En 1967, decía Mons. Escrivá de Balaguer a Time: “Resido establemente en Roma desde 1946, y así he tenido ocasión de conocer y tratar a Pío XII, a Juan XXIII y a Pablo VI. En todos he encontrado siempre el cariño de un padre”. El comportamiento del beato -que inculcó también en sus hijos- fue de total coherencia: a esa paternidad pontificia correspondió (y pidió a todos que correspondieran) con veneración y obediencia filiales. ¿Formar sacerdotes y laicos con semejante planteamiento radicalmente católico es acaso pretender crear una “Iglesia paralela”?».

Como se ve, ante esa acusación reaccionan vivamente, sobre todo en comparación con el habitual tono sofí de la Obra, que procura no enzarzarse en polémicas intraeclesiales. Esa respuesta vigorosa confirma precisamente que la acusación está muy difundida en ciertos ambientes, y que es vista desde dentro como particularmente insidiosa. Más aún, la soportan como una injusticia frente a quien sostiene que la docilidad a los pastores es la base de todo.

¿Cómo deberían ser -cómo pretenden ser- «sus» sacerdotes, según el ideal del sacerdote don Josemaría? Procediendo del mundo del trabajo y ocupándose de la formación espiritual de trabajadores, ¿seguirán el modelo de «sacerdotes-obreros», se atendrán al cliché del «sindicalista consagrado», del cura en jersey que sólo habla de política y de sociología, ese que apoyaba la «lucha de clases», que participaba en huelgas y manifestaciones «contra los capitalistas».

Quien tenga esa idea, que se la quite pronto de la cabeza. Incluso en el aspecto externo tradicional (ya señalé que la sotana o el clergyman son obligatorios), el clero de la Prelatura es justo lo contrario del clérigo en trenka de los años setenta, que proclama su deseo de «ser exactamente igual que los demás», y que quizá juzgue «alienante», o al menos «discriminatorio para los no creyentes», hablar de Dios y de Cristo (salvo como «líder proletario»). De ese tipo de sacerdotes que llama a la misa «asamblea de camaradas», o como mucho, «ágape fraterno», y la celebra en la cocina sobre una mesa cualquiera; que quiere que todo sea «comunitario», incluida la confesión y la absolución de los pecados (los «sociales», que son los unicos pecados verdaderos, y que por ese motivo sólo pueden pecar los «burgueses» y los «capitalistas»).

Con una extraordinaria experiencia sacerdotal a sus espaldas, entre personas de todo el mundo, cuarenta y ocho años después de su ordenación y dos antes de su muerte, Escrivá insistió en lo que, para él, debería ser el sacerdote. Es una especie de «declaración programática» sumamente interesante: un biógrafo la definió como Carta Magna del sacerdocio de hoy y de siempre. (No «del Opus Dei», sino de la Iglesia, como han confirmado las enseñanzas de Juan Pablo II sobre ese sacramento). Se trata, a mi juicio, de un documento significativo, que no puede omitirse en un dossier que pretende descubrir «el secreto de la Obra». Aquí, en sus sacerdotes, reside quizá uno de sus verdaderos «secretos».

Escuchen estas palabras pronunciadas en 1973, cuando el ciclón contestarario azotaba la Iglesia, y se experimentaban esos «nuevos caminos» que convertirían a los cristianos practicantes en una especie en vías de extinción, y en algunos países ya desaparecida (la historia enseña que cuando los clérigos pelean entre sí, pocos son los laicos que se ponen de un lado o del otro: la mayoría se va, juzgando que tienen cosas más importantes que hacer que seguir riñas de sacristía o incomprensibles disputas teológicas, y dejando que los contendientes se las arreglen entre ellos).

«No comprendo -decía Escrivá en aquella homilíalos afanes de algunos sacerdotes por confundirse con los demás cristianos, olvidando o descuidando su específica misión en la Iglesia, aquella para la que han sido ordenados. Piensan que los cristianos desean ver, en el sacerdote, un hombre más. No es verdad. En el sacerdote, quieren admirar las virtudes propias de cualquier cristiano, y aun de cualquier hombre honrado: la comprensión, la justicia, la vida de trabajo -labor sacerdotal en ese caso-, la caridad, la educación, la delicadeza en el trato. Pero junto a eso, los fieles pretenden que se destaque claramente el carácter sacerdotal».

Así quiso que fueran los sacerdotes de su Obra, como lo demostró al formar personalmente casi un millar: fue una de las tareas que colocó siempre en primer lugar, convencido de que «el sacerdote no va nunca solo, ni al Cielo ni al infierno». Y esto es también lo que la gente espera del sacerdote, según Escrivá, «esperan que el sacerdote rece, que no se niegue a administrar los sacramentos, que esté dispuesto a acoger a todos sin constituirse en jefe o militante de banderías humanas, sean del tipo que sean; que ponga amor y devoción en la celebración de la Santa Misa, que se siente en el confesonario, que consuele a los enfermos y a los afligidos; que adoctrine con la catequesis a los niños y a los adultos, que predique la Palabra de Dios y no cualquier tipo de ciencia humana que -aunque conociese perfectamente- no sería la ciencia que salva y lleva a la vida eterna; que tenga consejo y caridad con los necesitados».

«En una palabra -concluía Escrivá-: se pide al sacerdote que aprenda a no estorbar la presencia de Cristo en él, especialmente en aquellos momentos en los que realiza el Sacrificio del Cuerpo y de la Sangre y cuando, en nombre de Dios, en la Confesión auricular y secreta, perdona los pecados. La administración de estos dos sacramentos es tan capital en la misión del sacerdote, que todo lo demás debe girar alrededor».

Esto es, a la postre, lo específico del sacerdote en la perspectiva católica, lo que le hace indispensable, lo que justifica su presencia y su misión. Todo lo demás pueden hacerlo los laicos, e incluso mucho mejor. No es casual que la experiencia -llena de generosidad- de los sacerdotes-obreros acabó o languideció porque los obreros les hicieron entender que gente como ellos era fácil de encontrar: no necesitaban otro obrero, ni un enésimo sindicalista, sino a alguien que anunciase cosas «distintas», que hablase de Dios y no sólo del hombre y de sus necesidades sociales, como ya hacen los demás.

Por mi conocimiento de esos ambientes, les puedo asegurar que este retrato-robot del sacerdote según Escrivá de Balaguer es mucho más que suficiente para hacer saltar los nervios de tantos clericales. O al menos, de los pocos que quedan, después de que sus grandes esperanzas se convirtieran en grandes desilusiones.

Para comprender la hostilidad de cierto clericalismo contra el Opus Dei, es suficiente reflexionar sobre las palabras de Escrivá que he transcrito y sobre sus consecuencias.

Podrán entenderlo también escuchando estas otras que ahora reproduzco, en las que encontrarán una confirmación de que detrás de esa concepción del sacerdocio se encuentra una teología, una eclesiología y una espiritualidad que no puede evitar entrar en conflicto con otras de nuestros días. La lucha sin cuartel contra la beatificación encontró aquí una de sus razones más importantes.

No es casualidad que esa oposición fuera mantenida sobre todo por sacerdotes y ex-sacerdotes, mientras los laicos (como parecen probar las más de 300.000 personas en la plaza de San Pedro y las decenas de miles de relatos de «favores») no sólo no adoptaron una postura contraria, sino que dio más bien la impresión de que les agradaba que se propusiera como «ejemplo» ante toda la Iglesia a un sacerdote como aquél, un sacerdote que quería que los demás sacerdotes fueran así. Empezando por los de su Obra, lógicamente; pero sin detenerse ahí.

Leamos pues estas palabras de Mons. Escrivá que, más o menos en esos mismos años, se lamentaba de que hubiera «sacerdotes que en lugar de hablar de Dios -que es el único “argumentó’ en el que tienen la autoridad y el deber de tratar-, hablan de política, de sociología, de antropología. Y como con frecuencia no saben nada, se equivocan. Y lo que es peor, el Señor no está contento. Nuestro ministerio consiste en predicar la doctrina de Jesucristo, en administrar los sacramentos y en enseñar el modo de buscar a Cristo, de encontrar a Cristo, de amar a Cristo, de seguir a Cristo. El resto no es asunto nuestro».

Según los estatutos, los sacerdotes de la Prelatura tienen libertad de opinión en cualquier materia «opinable»: también en las cuestiones teológicas no definidas por el Magisterio. Pueden pensar como estimen mejor, como les dicte su conciencia, también en política -ejercitan con libertad el derecho de voto, como sus conciudadanos- pero deben guardar sus opiniones para ellos. La prohibición de meterse en política se entiende dentro de esa espiritualidad que propone la Obra: «ser siempre instrumentos de unidad en la Iglesia y entre los hombres, nunca de división». ¿Y hay algo que divida más a los hombres, y con mayor aspereza, que la lucha política? ¿Puede olvidarse acaso que, como expresó Dante, la política es «la palestra que nos hace tan feroces»?

En este sentido, resulta significativo que se exija al sacerdote del Opus Dei que tenga «alma sacerdotal y mentalidad laical». Es característico de cierta mentalidad clerical pensar que «el hombre sagrado» debe intervenir en todo «sacralizando» también lo que pertenece a las decisiones y opiniones dejadas a la libertad de los creyentes. En el fondo, la diferencia entre el clericalismo preconciliar y el posconciliar no es más que una inversión de punto de vista: antes del Concilio, se intentaba sacralizar las «derechas» (o al menos el «centro»; en cualquier caso, una posición política); después del Concilio, se quiso hacer lo mismo pero con las «izquierdas». Antes, se intentaba hacer creer a los católicos que no eran tales si no aceptaban defender la causa de la «reacción»; después, se lanzaba el anatema al creyente que no jurase que lo que Cristo quería era la «revolución».

Creo que así entendía Escrivá la «mentalidad laical»: pedir a los miembros de la Obra que llamaba a la ordenación que se esforzaran por ser «sacerdotes al cien por cien». Y ese compromiso comienza por la obligación de «no ingerencia» en todo lo que no es espiritual, en lo que se refiere al servicio de Dios.

De este aspecto deriva, en mi opinión, una de las características más sorprendentes del Opus Dei: el culto y la defensa a ultranza de la libertad de los miembros. Sorprendente, porque resulta que la realidad no sólo es distinta del cliché, sino incluso su contrario. Escuchemos a este propósito lo que afirma Le Tourneau: «Una de las características del espíritu del Opus Dei, a menudo puesta de relieve por sus portavoces y con mayor insistencia aún por el Fundador, es el amor a la libertad».

«Un amor íntimamente conectado con la mentalidad secular propia del Opus Dei, la cual hace que, en todas las cuestiones profesionales, sociales, políticas, etc., cada miembro actúe libremente en el mundo, con arreglo a lo que le dicte su conciencia, rectamente formada, y asumiendo plenamente las consecuencias de sus actos y de sus decisiones. Eso les lleva no sólo a respetar, sino también a amar, de manera positiva y práctica, el auténtico pluralismo, la variedad de todo lo que es humano; así hacen realidad lo que la Declaración de la Congregación para los Obispos del 23 de agosto de 1982 decía con motivo de la erección del Opus Dei como Prelatura personal: “Por lo que se refiere a sus opciones en materia profesional, social, política, etc., los fieles laicos que pertenecen a la Prelatura -dentro de los límites de la fe y de la moral católicas y de la disciplina de la Iglesia- gozan de la misma libertad que los demás católicos, conciudadanos suyos; por tanto, la Prelatura no hace suyas las actividades profesionales, sociales, políticas, económicas, etc., de ninguno de sus miembros”».

Continúa el autor francés: «Esta opción deliberada a favor de la libertad no es consecuencia de una prudencia humana o de una táctica, sino el resultado lógico de la conciencia clara que todos los miembros tienen de participar en la única misión de la Iglesia: la salvación de las almas. Verdad es que el espíritu cristiano ofrece unos principios éticos comunes de acción temporal: respeto y defensa del Magisterio de la Iglesia, nobleza y lealtad en el comportamiento -con caridad-, comprensión y respeto de las opiniones ajenas, verdadero amor a la Patria -sin nacionalismos estrechos-, promoción de la justicia, capacidad de sacrificio en servicio de los intereses de la comunidad, etc. Ahora bien, sobre la base de estos principios, cada cual determina qué solución le parece más pertinente entre las muchas opciones que existen. A este respecto, Mons. Escrivá concluía: “Con esta bendita libertad nuestra, el Opus Dei no puede ser nunca, en la vida política de un país, como una especie de partido político: en la Obra caben -y cabrán siempre- todas las tendencias que la conciencia cristiana pueda admitir, sin que sea posible ninguna coacción por parte de los directores”. Sólo la jerarquía de la Iglesia puede, si lo estima necesario para el bien de las almas, dictar una norma de conducta determinada al conjunto de los católicos».

Podría sospecharse que con mala fe se oculta la «verdadera» realidad de la Obra, que no sería más que un conjunto de marionetas dirigidas por alguien que, agazapado en la oscuridad, no sólo no respeta sino que coarta su libertad. Pero esa sospecha tendría que explicar el hecho de que la dinámica misma de la institución -con su rechazo del clericalismo, incluso para los sacerdotes- conduce no sólo en teoría sino también en la práctica a quedar al margen de las decisiones temporales de los laicos.

Volviendo al perfil del clero del Opus Dei, señalemos que el numerario o el agregado llamados al sacerdocio abandonan totalmente su profesión «civil», en la que han podido

alcanzar éxito y prestigio. No abandonan por esto el trabajo, sino que a partir de ahora se dedican plenamente a la labor sacerdotal. Este consiste, principalmente, en «colaborar en la formación espiritual de los miembros de la Obra -hombres y mujeres- mediante la predicación, la dirección espiritual y la administración de los sacramentos, sobre todo de la confesión».

A propósito de esto último: ¿está obligado quien pertenece al Opus Dei a confesarse con un sacerdote de su institución? Veamos cómo es el asunto. «El fundador enseñó siempre que los miembros son libres, como cualquier católico, de confesarse con cualquier sacerdote que tenga las debidas licencias. Un miembro del Opus Dei puede utilizar lícitamente esta libertad, dirigiéndose a sacerdotes que no pertenecen a la Prelatura. Sin embargo, es fácil darse cuenta de que esto no será frecuente: si los miembros del Opus Dei se comprometen libremente a perseguir un fin concreto dentro de la Iglesia, es lógico que escojan los medios específicos propuestos por la Prelatura. Y es evidente que los sacerdotes de la Obra, por su conocimiento del espíritu de la Obra y de las obligaciones específicas de sus miembros, pueden ayudar con su orientación a vivir de modo más eficaz el sacramento de la penitencia, que es también un medio de dirección espiritual».

Recogemos aquí esa precisión oficial porque este punto ha sido (y es) polémico: Algunos consideran que la práctica habitual (no obligatoria) de los miembros del Opus Dei, que se confiesan con sacerdotes del Opus Dei -con uno de ellos, ya que no se impone uno en particular-, es una manifestación de mentalidad «sectaria».

No me corresponde a mí defender a nadie ni a nada. Se trata sólo de razonar y de comprender: esta es la línea que, si no me equivoco, me he esforzado y me esfuerzo en seguir. Es preciso admitir que si se mira el asunto con objetividad y sentido común, parece realmente increíble que se polemice sobre este punto. Discusiones que no se dan, como es lógico, cuando un franciscano se confiesa con un franciscano, un barnabita con un barnabíta, un sacerdote diocesano con otro sacerdote de la misma diócesis.

Esas acusaciones confirman la aspereza de los contrastes que esta institución «nueva» -pero que se remite a lo antiguo, a los dos milenios de la Tradición- ha suscitado y sigue suscitando, alimentando sospechas también sobre comportamientos y costumbres aceptados pacíficamente en otras realidades eclesiales. Juzgue el lector si tiene sentido lo que se lee con frecuencia en los alegatos anti-Opus: los miembros deberían confesarse con sacerdotes no pertenecientes a la Prelatura, para «contrastar» de este modo los peligros de indoctrinamiento, de lavado de cerebro, de clausura, que implicaría la formación interna.

La respuesta es obvia: «al Opus Dei se viene impulsado por una vocación libremente aceptada. Con la misma libertad se puede salir, se pueden buscar otros caminos, si se sospecha que la Prelatura transmite venenos que deben combatirse con los antídotos de un confesor externo, que -aun no conociendo la Obra- periódicamente ponga en guardia, “descontamine”».

Para terminar con el origen, misión y espiritualidad de los sacerdotes, es preciso hablar también de otros sacerdotes, aunque coincidan en parte con el clero de la Prelatura: los socios de la Sociedad sacerdotal de la Santa Cruz. No es un accesorio sin importancia de la Prelatura, como demuestra el hecho de que su nombre completo y oficial en los documentos y en el Anuario Pontificio es «Prelatura personal de la Santa Cruz y Opus Dei», y que sólo por abreviar se dice «Opus Dei».

Sería complicado (para ustedes y también para mí), e incluso poco interesante para nuestros fines, explicar por qué y cómo, de acuerdo con las posibilidades y las exigencias del derecho canónico -conocidas al dedillo tanto por Escrivá como por su inseparable Del Portillo, doctores ambos en la materia- se llegó a semejante nombre. Confieso que no domino suficientemente las sutilezas eclesiásticas como para explicar con palabras mías cómo funciona esa Sociedad y cuáles son sus relaciones con la Prelatura, con la Iglesia universal y con las Iglesias locales.

Por tanto, en una materia tan compleja, donde cada término tiene un significado preciso, me limitaré a reproducir aquí una explicación «oficial» sintética pero, a mi juicio, bastante clara y completa.

Es la siguiente: «La Sociedad sacerdotal de la Santa Cruz es una asociación de clérigos compuesta por: 1) los sacerdotes del Opus Dei, es decir, por el clero de la Prelatura; 2) por los diáconos y presbíteros, incardinados en una diócesis, que deseen formar parte de la Sociedad, respondiendo a una vocación divina que les llama (y esta es la finalidad de la asociación) a santificar su trabajo profesional: es decir, el ministerio sacerdotal. Para alcanzar esta finalidad, dependen de la Sociedad sacerdotal de la Santa Cruz sólo en lo que se refiere a la asistencia espiritual (que es un ámbito que corresponde a la esfera de la autonomía personal): lo que significa que cada uno de esos sacerdotes sigue bajo la completa y exclusiva dependencia de su obispo propio».

Sigamos con esa explicación: «Esta Sociedad, creada por Mons. Escrivá en 1943, se adecua al espíritu del Vaticano II, que en el decreto sobre los presbíteros, cuando exhorta a mejorar continuamente la formación sacerdotal, sugiere también la pertenencia a alguna asociación específica. La Sociedad es una asociación con un espíritu que favorece la unidad y que fomenta, de un lado, la unión de cada sacerdote con su obispo, y de otro, la fraternidad sacerdotal. Por tanto, los socios no son del clero de la Prelatura del Opus Dei, sino clero propio del obispo del que dependen. No están, por tanto, bajo la jurisdicción de los directores del Opus Dei. La Sociedad sacerdotal de la Santa Cruz es jurídicamente distinta de la Prelatura, pero existe entre ambas una completa unidad de espíritu alrededor de lo que es el elemento propio del Opus Dei: la búsqueda de la santidad a través de la santificación del trabajo ordinario».

Creo que, si habéis leído hasta aquí, os habréis dado cuenta de que esta Sociedad responde a una intención clara: conseguir que todos, si son llamados, puedan vivir el mensaje del Opus Dei. Como sólo los laicos pueden entrar en la Obra, porque los clérigos -ya ordenados o en el seminario- están excluidos, la Sociedad sacerdotal permite recibir y vivir la formación del espíritu del Opus Dei a estos sacerdotes que permanecen en su propia diócesis de la que dependen en todo lo que no se refiera a la autonomía personal de cada uno, como la formación espiritual.

Conviene señalar, como quizá se ha apreciado ya en la explicación anterior, el derroche de habilidad y de experiencia para encontrar una fórmula que salvaguardase, por una parte, la posibilidad de que un sacerdote diocesano pudiese vivir la espiritualidad de la Obra, si se siente llamado a ello; y por otra, los derechos del obispo del lugar -«nihi1 sine episcopo» (nada sin el obispo) es el lema programático de la asociación- y el deber del sacerdote de sentirse partícipe a pleno título del clero del que procede y al que continúa perteneciendo.

He aquí otro aspecto de la estrategia general de don Josemaría: proponer a todos, sin excluir a nadie, un training en santidad y apostolado, dejando a cada uno donde se encuentra, cambiando lo menos posible su condición tanto en la sociedad como en la Iglesia.

Todos los sacerdotes

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Desde aquel día lleno de sol en que don Josemaría Escrivá de Balaguer llegó a la Parroquia de Perdiguera, recién ordenado, ha sido cada vez mayor su amor por los sacerdotes seculares y su deseo de ayudarles.

Era necesario, para completar el perfil del Opus Dei, que también pudieran formar parte de la Obra los sacerdotes diocesanos que trabajaban en las múltiples tareas de sus diócesis. Muchos se sienten llamados a esta vocación cristiana en la que cabe su vida entregada al ministerio sacerdotal.

Como escribe Peter Berglar:

«La plenitud de lo que iba a ser el Opus Dei sólo podía realizarse poco a poco. Dios le fue encomendando (al Fundador) que diese, en cada momento, un paso determinado: el paso exacto y en el tiempo preciso, tal y como era necesario para el desarrollo de la Obra» (31).

El deseo de ayudar a los sacerdotes ha llegado a tal extremo que piensa en una nueva fundación exclusiva para ellos. Así lo ha dicho él mismo:

-«He amado mucho a los sacerdotes. También a los religiosos (…). Pero mi corazón está con los sacerdotes diocesanos, porque yo no soy otra cosa, por eso, cuando llegó el momento y no encontraba el modo jurídico de meterlos en el Opus Dei (…), fui a la Santa Sede y dije que estaba dispuesto a hacer una fundación para sacerdotes. Con gran sorpresa, allí me respondieron que sí»(32).

Es en los primeros meses del año 1950, cuando el Padre ve con claridad que es jurídicamente posible que los sacerdotes diocesanos puedan formar parte de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Esta idea tiene las características de una impetuosa moción
de Dios en su alma. Ha visto finalmente la solución jurídica. Van adelante los trámites para la aprobación definitiva de la Obra por la Santa Sede, y en el derecho peculiar que se propone no tienen aún cabida los sacerdotes seculares incardinados en una diócesis.

Ahora, Dios le ha hecho entender la solución a este problema que permitirá abrir las puertas de la Obra, a los sacerdotes diocesanos como Agregados y Supernumerarios en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, según sus posibilidades personales de dedicación apostólica. No ha sido precisa una nueva fundación.

Por alguna causa, la fecha señalada para decretar la aprobación definitiva del Opus Dei y de sus normas jurídicas se retrasa y, gracias a ello, se llega a tiempo para introducir el nuevo estatuto(33). El Padre dispone taxativamente que los sacerdotes diocesanos adscritos a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz no tengan superiores en el Opus Dei; de modo que su único superior sea el propio Obispo. La Obra les dará cuanto necesitan en orden a su dirección espiritual, para progresar en la vida sobrenatural. El espíritu de la Obra les llevará a vivir con más empeño, si cabe, la unión y la obediencia a su Ordinario.

Muchos testimonios de sus hijos sacerdotes diocesanos podrían corroborar el enorme afecto y la ayuda, principalmente espiritual, que han encontrado en la Obra, para santificarse en el ejercicio de su ministerio.

Un sacerdote cuenta una tertulia con el Fundador de la Obra, en su viaje a Lima, en 1974:

«Nada más llegar el Padre a la sala, en donde estábamos reunidos más de cincuenta sacerdotes (…), pidió besar las manos a cada uno (…).

-Padre, son muchos.

-No importa.

Arrodillado fue besando, con unción, las manos de todos (…). Estábamos emocionados (…). Lo cierto es que después de esto sobraban todas las palabras. Fue (…) una lección que nunca olvidaré»(34).

Cuando le llega el eco de las dudas promovidas sobre la identidad del sacerdote, principalmente después del Concilio Vaticano II, irrumpe de un modo tajante, convencido:

«Te miro, y por mucho que te mire, no veo más que… a Cristo. ¡Ya te he identificado! ¡Con todas sus consecuencias! »(35)

Así lo escribe en su homilía «Sacerdote para la eternidad»:

«Esta es la identidad del sacerdote: instrumento inmediato y diario de esa gracia salvadora que Cristo nos ha ganado. Si se comprende esto, si se ha meditado en el activo silencio de la oración, ¿cómo considerar el sacerdocio una renuncia? Es una ganancia que no es posible calcular» (36)

Una recia humildad le lleva a pedir siempre la ayuda, la oración de sus hermanos sacerdotes, como apoyo a su fidelidad:

«Espíritu sacerdotal. Yo querría que pidierais al Señor, para mí, que nunca me olvide de que soy sacerdote, ni de día ni de noche. Y no lo olvidaré si pongo por obra aquel consejo de la Escritura: “oportet semper orare et non deficere… Semper”!… Rezar incesantemente, siempre»(37).

También incluye el Padre en esta oración la alegría con que desea iluminar sus jornadas de trabajo, las contradicciones que puedan asaltarle, la pobreza y las incidencias pequeñas y grandes que encuentra por los atajos de su vida cotidiana:

«Hay una vieja oración, en la que el sacerdote pide la salud mentis et corporis, y después la alegría de vivir. ¡Qué bonito! »(38)

En una síntesis de la tarea divina que Dios le encargará aquel 2 de octubre de 1928, dirá a todos sus hijos:

«Quienes han seguido a Jesucristo -conmigo, pobre pecador- son: un pequeño tanto por ciento de sacerdotes, que antes han ejercido una profesión o un oficio laical; un gran número de sacerdotes seculares de muchas diócesis del mundo -que así confirman su obediencia a sus respectivos Obispos y su amor a la eficacia de su trabajo diocesano-, siempre con los brazos abiertos en cruz para que todas las almas quepan en sus corazones, y que están como yo en medio de la calle, en el mundo, y lo aman; y la gran muchedumbre formada por hombres y por mujeres -de diversas naciones, de diversas lenguas, de diversas razas- que viven de su trabajo profesional, casados la mayor parte, solteros muchos otros, que participan con sus conciudadanos en la grave tarea de hacer más humana y más justa la sociedad temporal; en la noble lid de los afanes diarios, con personal responsabilidad -repito-, experimentando con los demás hombres, codo con codo, éxitos y fracasos, tratando de cumplir sus deberes y de ejercitar sus derechos sociales y cívicos. Y todo con naturalidad, como cualquier cristiano consciente, sin mentalidad de selectos, fundidos en la masa de sus colegas, mientras procuran detectar los brillos divinos que reverberan en las realidades más vulgares»(39).

Igual que todos sus hijos, los sacerdotes del Opus Dei pueden considerarse, con certeza, hijos de la oración del Padre(40). Por cuanto les ha querido y les ha rezado mientras abría, para ellos, las puertas de una vocación a la santidad.

Sacerdotes para la eternidad

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Antes de la ordenación de los tres primeros sacerdotes, entre el 13 y el 20 de mayo de 1944, el Padre les dirige un curso de retiro en el Monasterio de El Escorial. Se instalan en una zona de invitados. El apartamento que le asignan tiene un despacho y un oratorio en el que el Fundador les dirige las pláticas y meditaciones. Este sector del Monasterio tiene una grata tradición: fue utilizado, a mediados del siglo XIX, por San Antonio María Claret, confesor de la Reina Isabel II.

En los atardeceres de la Sierra, el Padre habla a sus tres primeros hijos, que van a recibir el sacerdocio, de sacrificio, amor y fortaleza.

«Alegres, doctos, sacrificados, santos, olvidados de vosotros mismos… »(14).

Los sacerdotes de la Obra son necesarios «por la variedad inmensa de nuestras obras de apostolado, para atender a nuestros Cooperadores, que son tantos y tan eficaces; para trabajar con los sacerdotes diocesanos, a los que amamos con todo el corazón; para ayudar a los miembros laicos de una y otra Sección, en sus labores apostólicas; para atender debidamente a los no católicos y a los no cristianos, que piden amistad y comprensión; para ejercer su ministerio con tantas almas que, movidas por la gracia divina, se acercan al Opus Dei (…), de tal modo que puedan descansar bajo su sombra; finalmente, para el multiforme servicio de la Iglesia Santa de Dios y de todas las almas»(15)

Antes de recibir la tonsura, que tiene lugar el 20 de mayo, el Padre quiere que se hagan unas fotografías. Desde un punto de vista meramente humano resulta incomprensible que estos hombres, con brillantes carreras y en pleno rendimiento, se preparen al sacerdocio. Sólo puede entenderse a través de un prisma cristiano.

Como escribirá, años más tarde, Monseñor Alvaro del Portillo en un libro sobre la vocación sacerdotal:

«A partir de su ordenación, toda “recuperación” de aquellas realidades o funciones a las que (el sacerdote), elegido y movido por Dios, renunció para entregarse a su misión, sería ya una pérdida: para la Iglesia, en donde el sacerdote es punto focal de irradiación salifica, y para el mismo sacerdote que, hecho vaso de elección, configurado ontológica y definitivamente “(in aeternum)” por el carácter sacerdotal, se encuentra ante la alternativa de llenar su existencia de vida sacerdotal o tenerla vacía»(16)

Hasta el momento de la ordenación, continúan atendiendo sus obligaciones profesionales como ingenieros: incluso, después de haber recibido las órdenes menores, recuerda José Luis Múzquiz que tuvo que ir a inspeccionar un edificio en construcción.

El arquitecto ha hecho saber al capataz la ordenación sacerdotal de don José Luis. Y así se lo comunica a los obreros:

-«¡El ingeniero se ha hecho cura!»

Sin embargo, cuando visita las obras, la noticia no ha llegado hasta un obrero que trabaja en lo alto de un andamio. Y por poco pierde el equilibrio cuando ve al ingeniero vestido, al uso de la época, con sotana, manteo y sombrero de teja”(17).

El Padre les recomienda:

«El sacerdote tiene que llevar alguna manifestación externa (…) para servir a sus hermanos. Nosotros nos santificamos con nuestro ministerio sacerdotal, que es como nuestra profesión, nuestro trabajo (…). Pero nuestro ministerio sacerdotal es un servicio público. Por tanto, no podemos escondernos: tenemos que estar a disposición de todos. Aconsejad, pues, a vuestros hermanos que vistan como se hace en el país, para que todos sepan que son sacerdotes católicos (…). ¡Edifica tanto! Los fieles se sienten confirmados en la fe, asegurados en la fe, miran con un cariño loco al sacerdote que no se esconde»(18).

Recibirán la primera de las Ordenes Mayores de entonces, el Subdiaconado, el domingo 28 de mayo de 1944, a las ocho de la mañana, en el oratorio de “Diego de León”. Oficia la Ceremonia don Marcelino Olaechea, Obispo de Pamplona. Tienen que ampliarse espacios abriendo las puertas del anteoratorio y la sacristía; las rosas rojas ponen un contrapunto de alegría y holocausto junto al Tabernáculo. Asisten todos los miembros de la Obra en Madrid y algunos amigos.

El Padre ha de acostarse al acabar la ceremonia porque tiene fiebre alta. Pero se siente feliz, y esa noche sus hijos invaden su cuarto. Sentados en el suelo, en las sillas o en cualquier parte, alrededor de la cama, comentan las incidencias de la jornada.

Unos días después, el 3 de junio, sábado de témporas, recibirán el Diaconado en la capilla del Seminario de Madrid. Oficia la ceremonia don Casimiro Morcillo, Obispo Auxiliar de la diócesis.

La Ordenación de presbíteros, les será conferida por don Leopoldo Eijo y Garay en la Capilla Episcopal de Madrid, el 25 de junio del 44.

Unas semanas antes, el 17 de mayo de 1944, el Padre ha ido al cementerio del Este para rezar ante la tumba donde reposan los restos de sus padres y de Isidoro. Hace esfuerzos para contener su emoción, en este diálogo solitario que mantiene con quienes han sabido secundar sus mejores sueños de amor a Dios y a los hombres.

El 25 de junio la Capilla del Palacio Episcopal está repleta: miembros del Opus Dei que han venido de diversas ciudades de España, parientes, profesores, amigos, compañeros… También asisten muchos sacerdotes y religiosos, así como el Secretario de la Nunciatura. La Misa comienza a las diez de la mañana. Con profunda emoción siguen todos la ceremonia: llamada a los futuros sacerdotes, imposición de las manos, concelebración con el Obispo. Don Leopoldo va revestido con los ornamentos y báculo reservados a las fiestas mayores: quiere expresar, hasta en este detalle, la alegría por el momento que está viviendo.

Están todos presentes menos el Fundador. Teme que le desborde la emoción y, además, hay una razón más profunda que justifica su ausencia: será una jornada llena de alegrías y enhorabuenas. No quiere estar presente para recibirlas. La Obra es de Dios y sus hitos le pertenecen por entero. Esta decisión de hoy quedará subrayada treinta y un años más tarde, cuando el Padre celebre sus propias bodas de oro sacerdotales: «Ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca»(19).

Eso sí, espera impaciente a sus hijos, en “Diego de León”, para tener la inmensa alegría de besar sus manos recién consagradas y fundirse con ellos en un abrazo.

Más tarde, el Obispo de Madrid se les une también para almorzar. En un momento de la sobremesa, don Leopoldo Eijo y Garay recuerda a don Álvaro del Portillo una conversación sostenida por los dos hace algunos años. En ella, don Álvaro le informó de las incomprensiones que sufría la Obra.

«Me expuso el caso sin pasión, objetivamente, sin rencor. Tanto es así que me llamó la atención y se lo hice notar».

Entonces don Alvaro respondió que era natural que no se enfadaran con el bisturí que el Señor elige para preparar instrumentos adecuados; y que para probar a la Obra, había elegido un bisturí de platino. Si El permitía que viniera la Cruz a través de los buenos, bienvenida sea, pues presagiaba bienes futuros.

-«He de reconocer -termina diciendo don Leopoldo- que me impresionó esta respuesta: de forma que el que debía dar ánimos y consejo, fue el que recibió una lección y quedó confortado».

Inmediatamente don Alvaro interviene en la conversación: -«Si le dije eso, es porque unos días antes se lo había oído al Padre»(20).

En efecto, más de una vez el Fundador había hablado en este sentido:

«Cuando un cirujano debe realizar una intervención quirúrgica, el paciente no puede enfadarse ni con el médico, ni con el bisturí, aunque la operación sea dolorosa. El Señor está empleando ahora con su Obra un bisturí de platino» (21).

El Obispo termina diciendo:

-«La persecución santifica, pero no queráis nunca perseguir ni atormentar a nadie con el pretexto de santificarle… »(22) .

Hoy es un día de confirmación alegre, de realidades que subrayan la autenticidad sobrenatural de la Obra de Dios. Durante el resto de la jornada, el Padre no oculta su felicidad. A media tarde, habla a sus hijos en el oratorio.

«No quiero hacer historia en este día, pero cuando pasen los años y los más jóvenes que hay aquí peinen canas o luzcan espléndidas calvas, como algunas que se ven, y yo, por ley natural, haya desaparecido hace ya mucho tiempo, vuestros hermanos os preguntarán: ¿qué decía el Padre el día de la ordenación de los tres primeros? Respondedles sencillamente: el Padre nos repitió lo de siempre: oración, oración, oración; mortificación, mortificación, mortificación; trabajo, trabajo, trabajo»(23).

El día va ya de retirada después de haber abierto un capítulo importante en la historia de la Obra. Son los primeros sacerdotes eslabones de una cadena -fuertes, unidos al Fundador- a los que se sumarán, con el paso del tiempo, centenares y millares dispuestos a ser «luz que se consume y sal que se gasta».

La jornada siguiente, 26 de junio, el Padre se encamina hacia el Centro de la calle Villanueva donde vive don Alvaro del Portillo. Le pregunta si ya ha recibido alguna confesión sacramental.

Y ante la respuesta negativa, le dice:

-«Pues la primera confesión será la mía: quiero hacer confesión general contigo» (24).

Treinta y un años más tarde, el 26 de junio de 1975, también don Alvaro elevará sus manos consagradas, en una última y emocionada fórmula de absolución, sobre el Fundador del Opus Dei, que acaba de morir en su cuarto de trabajo.

Don José María Hernández de Garnica celebrará su primera Misa en el Colegio de la Asunción. Don Alvaro y don José Luis, en el Colegio del Pilar y en la iglesia del Monasterio de la Encarnación. No consiguen que el Padre asista. Pero, a última hora, Ricardo Fernández Vallespín logra llevarle hasta la capilla donde acaba de oficiar don José Luis Múzquiz, para besar las manos del nuevo sacerdote, pasando inadvertido entre los fieles que llenan el templo.

Veinticinco años después, con el mismo cariño, el Padre preparará en Roma las bodas de plata de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei. Una carta se lo anuncia a don José Luis Múzquiz:

«Con Alvaro, te tengo en todo momento muy presente, y ya empezamos a pensar en la celebración de vuestras bodas de plata sacerdotales (…). Deseo festejar y agradecer a Dios ese aniversario junto a mis tres “curicas” mayores, sin que me falte ninguno»(25).

Así lo lleva a cabo. El 25 de junio de 1969 celebra cada uno su Misa conmemorativa. Tres palias idénticas cubren los cálices: las palabras “tu es sacerdos in aeternum” sirven de base al sello de la Obra bordado en oro.

Durante el ofertorio, don José Luis se da cuenta de que en la base del Cáliz está labrado el escudo de la Escuela de Ingenieros de Caminos, en esmalte verde brillante, y una inscripción: «A José Luis Múzquiz, sus compañeros… »(26). Es el de su primera Misa. Lo mismo les ha ocurrido a don Alvaro y a don José María.

El Padre ha elegido los vasos sagrados en este día para rememorar, de modo más real y entrañable, la fidelidad de veinticinco años de sacerdocio.

El 14 de febrero de 1943

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Entre 1940 y 1945, las vocaciones a la Obra se han multiplicado en España. Una leva de gente joven pone su vida al servicio de Cristo. Algunos lugares parecen haber adquirido el talante de aquellas playas de Genesaret por las que el Hijo de Dios pasó en rápido y trascendental reclutamiento: «¡Seguidme!… ». Y las gentes iban tras El. Así también, en estos primeros años, suena la respuesta afirmativa en muchos corazones con brío de Apóstol.

Los miembros del Opus Dei tienen trabajo en todas las ciudades del país. Han de atender cotidianamente a su tarea profesional, con la que se ganan la vida y que constituye el ámbito de su encuentro con Dios. Aprovechan los fines de semana para emprender viajes de norte a sur, por la geografía española, en busca de respuestas de generosidad personal para abrir los caminos del mundo.

Además de esta actividad incesante, Alvaro del Portillo, José Luis Múzquiz y José María Hernández de Garnica, dedican mucho tiempo al estudio de las ciencias sagradas. El Padre les ha invitado, uno por uno, en nombre de Dios:

-«Hijo mío, ¿te gustaría ser sacerdote?»

La respuesta es afirmativa. Por eso, aparte de las ocupaciones habituales, tienen ahora la necesidad de cursar la carrera eclesiástica. Con la autorización del Obispo de Madrid, preparan libremente sus asignaturas y se examinan en el Seminario. Alvaro del Portillo y José Luis Múzquiz son Ingenieros de Caminos y doctores en Filosofía y Letras. José María Hernández de Garnica es Ingeniero de Minas y tiene el doctorado en Ciencias. El Padre consigue para estos futuros sacerdotes un profesorado de excepción con el visto bueno de don Leopoldo Eijo y Garay, Obispo de Madrid. Algunos dominicos pertenecientes al Angelicum de Roma, como el P. Muñiz y el P. Severino Alvarez, se harán cargo de la Teología Dogmática y el Derecho Canónico. Don José María Bueno Monreal, más tarde Cardenal de Sevilla, les explica Teología Moral. Fray José López Ortiz, que será nombrado Obispo de Vigo y, años después, Vicario General Castrense, será su profesor de Historia de la Iglesia. El P. Celada, erudito del Instituto Bíblico de Jerusalén -y también dominico-, les enseña Sagrada Escritura. Y junto a ellos, Fray justo Pérez de Urbel se hará cargo de la Sagrada Liturgia y también don Máximo Yurramendi, que será designado, más adelante, Obispo de Ciudad Rodrigo.

Años más tarde, el Padre podía subrayar: «Desde que preparé a los primeros sacerdotes de la Obra, exageré -si cabe- en su formación filosófica y teológica, por muchas razones: la segunda, por agradar a Dios; la tercera, porque había muchos ojos llenos de cariño puestos en nosotros, y no se podía defraudar a esas almas; la cuarta, porque había gente que no nos quería, y buscaba una ocasión para atacar; después, porque en la vida profesional he exigido siempre a mis hijos la mejor formación, y no iba a ser menos en la formación religiosa. Y la primera razón -puesto que yo me puedo morir de un momento a otro, pensaba-, porque tengo que dar cuenta a Dios de lo que he hecho, y deseo ardientemente salvar mi alma»(9).

Las tareas habituales continúan sin mengua alguna, y hay que arañar los minutos para estudiar. Cuando las asignaturas requieren una intensa dedicación, el Padre decide alquilar un par de habitaciones en un pequeño Hotel de El Escorial o en una pensión situada en Torrelodones. Aquí se aislan para emplear jornadas enteras en los libros de Teología. Estos hombres jóvenes, que han cursado ya carreras universitarias, con las mejores calificaciones, profundizan ahora en el estudio de la fe católica.

En estos momentos, el Fundador es el único sacerdote de la Obra. Ha de atender el Patronato de Santa Isabel, del que es Rector; dedicar muchas horas a la dirección del Opus Dei, y llevar a cabo una extensa labor apostólica. A pesar de su agotadora jornada, a última hora de la tarde encuentra un puñado de tiempo para acompañar a sus futuros hijos sacerdotes. Llega, con Ricardo Fernández Vallespín al volante de un viejo coche que se reconoce de lejos, en el silencio del campo, por los continuos jadeos del motor.

Viene a verles, porque imagina que están cansados después de muchas horas de estudio. Y porque de su formación espiritual y pastoral se encarga personalmente. Andando frente al aire sereno de El Escorial, les habla del afán que ha de animarles, de la Obra que comienza a navegar el mar sin orillas del mundo, de la tarea ingente que les espera, de la santidad como única meta de sus aspiraciones. Y les deja una buena dosis de fortaleza para cada jornada.

Por la mañana, los tres asisten a Misa, a primera hora, en la iglesia del Monasterio de El Escorial. Luego, estudio en las habitaciones del Hotel Regina que, durante estos meses de invierno, está vacío. Pausas para comer. Espacios de tiempo para rezar. Y vuelta a los textos, entregando a Dios el esfuerzo, la dificultad, el entusiasmo. Hasta que el atardecer se llena, una vez más, con el sonido inconfundible del motor y la cálida presencia del Padre.

Les habla el Fundador de su preocupación por hallar la fórmula jurídica para los sacerdotes de la Obra. Porque la idea está clara. Falta sólo el título de ordenación que permita su ministerio sacerdotal en el Opus Dei.

El 14 de febrero de 1943, Monseñor Escrivá de Balaguer celebra la Santa Misa en el oratorio del Centro que tienen las mujeres en la calle Jorge Manrique de Madrid. Y cuando termina, ha visto con claridad la solución: ha nacido la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Así recuerda aquel momento Encarnita Ortega:

«Después de la acción de gracias, nos pidió papel y pluma. Luego, a los pocos minutos, apareció en el vestíbulo visiblemente emocionado:

-”Mirad -nos dijo señalando una cuartilla en la que había dibujado una circunferencia y en el centro una cruz-: éste será el sello de la Obra. El sello, no el escudo -aclaró-: el Opus Dei no tiene escudos. Significa el mundo y, metida en la entraña del mundo, la Cruz, que es el sacerdocio”»(10).

Y años después de aquel 14 de febrero de 1943 subraya Monseñor Alvaro del Portillo:

«Fue allí, en ese oratorio, dentro de la Misa, donde vio la solución canónica para que pudieran ordenarse sacerdotes de la Obra, e incluso el nombre y el sello de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz: un círculo simbolizando el mundo y, dentro, la Cruz, que es el sacerdocio»(11).

Algunas horas más tarde de este 14 de febrero, el Padre sale camino de El Escorial. Sorprende hoy el ruido familiar en una hora inusual. Viene muy contento, sube a la habitación y llama a Alvaro. Después, paseando por la gran explanada, con la montaña de granito al fondo, le cuenta lo que ha pasado aquella mañana durante la Misa.

A partir de ese momento, el Padre trabaja intensamente en los primeros documentos jurídicos de la Obra que han de llegar oficialmente hasta la Santa Sede. Dos meses después del 14 de febrero del 43, cuando Europa vive en plena Guerra Mundial, Alvaro del Portillo sale camino de Roma en avión, para solicitar la aprobación de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Durante el vuelo pasan sobre barcos de guerra italianos y advierten la presencia de dos aviones ingleses. De pronto y con pánico general entre el pasaje, da comienzo una feroz batalla aero-naval. Sólo Alvaro permanece tranquilo en su asiento:

«Yo tenía la seguridad de que no pasaría nada, porque llevaba los papeles. No se me pasó ni una vez por la cabeza que podían echar el avión abajo (…). Y llegué al aeropuerto de la Urbe, que entonces se llamaba Aeropuerto Littorio (…). Estuve en Roma desde finales de mayo de 1943 hasta el día de San Luis, el 21 de junio, en el que regresé a España. Ya estaba la Obra completa, porque en la Santa Sede habían aceptado con entusiasmo los papeles del Padre, que llevé yo »(12).

Resumiendo las etapas fundacionales de la Obra, Monseñor Escrivá de Balaguer diría años más tarde:

«La fundación del Opus Dei salió sin mí; la Sección de mujeres contra mi opinión personal, y la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, queriendo yo encontrarla y no encontrándola. También durante la Misa. Sin milagrerías: providencia ordinaria de Dios» (13).

¡Cúmplase!…

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En el mes de abril de 1941 doña Dolores Albás enferma, repentinamente, de neumonía. Tiene 64 años. Ya en su juventud los médicos le recomendaron que no fatigase su corazón. Este corazón que ha tenido que avezarse a tanto dolor, tanto desprendimiento llevado adelante con valor y alegría.

El Padre tiene concertados, desde hace tiempo, unos ejercicios espirituales para sacerdotes diocesanos en Lérida. Conoce el estado de gravedad de su madre, pero los médicos no pronostican una evolución desfavorable. Este día 20 de abril entra a despedirse de ella. Le lleva lejos, como otras veces, la dedicación, el amor que ha profesado siempre a los sacerdotes… En el vestíbulo que comunica con la puerta del dormitorio de la Abuela, se encuentra un grupo de miembros de la Obra que espera la salida del Padre. Está muy conmovido.

Un momento antes de partir, pide a su madre que ofrezca todas las molestias por la tarea que va a realizar. Ella asiente, aunque no puede evitar decir en voz baja:

-¡Este hijo!…

Una vez en el Seminario de Lérida, acude al sagrario de la capilla:

-Señor, cuida de mi madre, puesto que estoy ocupándome de tus sacerdotes(66).

Hacia el mediodía del 22 les dirige una plática en la que habla de la labor sobrenatural, inigualable, que compete a la madre junto a un hijo sacerdote. Cuando termina se queda un rato de oración, arrodillado cerca del sagrario. Y, en ese momento, llega el Obispo Administrador Apostólico y le dice:

-Don Alvaro le llama por teléfono.

El Padre oye la voz de Alvaro a través de la distancia:

-Padre, la Abuela ha muerto (67).

Vuelve a la capilla sin una lágrima. Entiende que Dios ha hecho lo que más convenía. Y después llora, rezando en voz alta -está a solas con Dios- aquella larga jaculatoria que tantas veces recordará a sus hijos en situaciones semejantes:

Fiat, adimpleatur, laudetur et in aeternum superexaltetur iustissima atque amabilissima voluntas Dei super omnia. Amen. Amen.(68).hagase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima voluntad de Dios sobre todas las cosas.

Desde entonces, siempre pensará que el Señor quiso de él este sacrificio como muestra de su cariño a los sacerdotes; y que su madre, especialmente, sigue rezando en el Cielo por ellos. Es el último encargo que pudo hacerle sobre la tierra.

En Madrid esperan su llegada. El desenlace ha sido imprevisto y rapidísimo. Un fallo cardio-respiratorio ha terminado con esta vida quemada en la elegancia de quien da todo y jamás pasa factura. Ha compartido la exigencia, la fe, el sacrificio de Josemaría por la Obra de Dios. Su vocación fue ésta: ser la madre de un hombre elegido para llevar un alto mensaje ante las gentes. En la pared, sigue presidiendo el cuadro de la Virgen con el Niño: los dos parecen mirar la escena de este holocausto silencioso que acaba de concluir.

El cuerpo de doña Dolores se traslada al oratorio de Diego de León. Allí queda instalada la capilla ardiente, en la que se turnarán todos para velar y rezar por ella. Desde Lérida, el Padre viaja en coche hasta Madrid y llega muy tarde. Nada más entrar en la casa abre la puerta del oratorio; se arrodilla ante el sagrario y luego junto al cuerpo de su madre. Llora como un hijo que ha perdido algo insustituible. Después llama a Alvaro y le pide ayuda para rezar el Te Deum. Quiere agradecer a Dios la paz y la alegría en(69) que descansa su madre (69).

Dos días más tarde, el Fundador dirige una meditación en el oratorio de este Centro. Les habla de la Abuela, de lo mucho que ha hecho por la Obra. Descubre la Voluntad de Dios también en las circunstancias de su muerte, estando ausente. Y comenta:

«Aunque se procure que mis hijos estén junto a sus padres cuando mueran, no siempre será posible por necesidades de apostolado. Y has querido, Señor, que en esto vaya también delante»(70).

Creyó que su madre permanecería más años cerca de las mujeres del Opus Dei. Parecía que Dios se lo iba quitando todo. Todo aquello en que cifraba su apoyo y esperanza humanos.

Al fallecer doña Dolores, Carmen Escrivá de Balaguer queda sola para organizar y dirigir el servicio en Diego de León. Sobre ella va recaer la responsabilidad de transmitir una valiosísima experiencia a cuantas van a llegar hasta la Obra en estos primeros Centros de Madrid y de España. Tía Carmen, como la llamarán siempre con afecto, va a seguir poniendo todo el calor que aprendiera en su ambiente familiar. Mantendrá, con dignidad y escasos recursos, a un número elevado de personas que viven ya en la casa. Hará colas interminables, que comienzan de madrugada, para conseguir alimentos indispensables. El combustible es de baja calidad, escaso, y el humo inunda los servicios. Hay que ahorrar y no se enciende la calefacción. Por si fuera poco, siguen frecuentando la casa Obispos, sacerdotes, profesores y personalidades que se interesan por conocer el espíritu de la Obra y es preciso atenderles con esmero.

A base de una entrega ejemplar, logrará llevar adelante, con cariño y reciedumbre -y también con humor aragonés- las dificultades de la empresa. Su hermano tendrá en ella la ayuda inestimable para dar el tono de sobriedad y buen gusto que habrán de tener los Centros del Opus Dei.

Veintiocho años más tarde, cuando Carmen tampoco esté ya sobre la tierra, los restos de don José Escrivá -que habían sido trasladados desde Logroño al cementerio del Este, en Madrid- y los de doña Dolores, que reposaba junto a su marido, serán llevados a la cripta construida en Diego de León. Es todo un símbolo. En los cimientos de la Obra estuvo siempre la familia del Fundador.

Con razón podía decir Monseñor Escrivá de Balaguer, poco después de haber tenido lugar este traslado:

-«Mi madre ha vuelto a su casa»(71).

Ahí, en la paz y el silencio, los miembros del Opus Dei rezan por las familias de todos, cada día.

Conclusión: formación para la santidad

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Las actuales circunstancias de la sociedad, y la nueva empresa evangelizadora en la que todos estamos comprometidos, exigen plantearse a fondo una personal mejora cualitativa de nuestro sacerdocio y, en consecuencia, de la formación sacerdotal. En la reciente Carta a los sacerdotes con ocasión del Jueves Santo, Juan Pablo II ha escrito: «Hoy, cercanos ya al tercer Milenio de la venida de Cristo, quizás experimentamos de manera más profunda la magnitud y las dificultades de la mies: La mies es mucha; pero vemos también la escasez de obreros: Los obreros son pocos (Mt 9, 37). Pocos: y esto atañe no sólo a la cantidad, sino también a la calidad. De ahí pues la necesidad de la formación» 57.

Como habéis estudiado con profundidad en estos tres días de Simposio, se impone lograr que los sacerdotes adquieran en sus años de preparación, y en la sucesiva formación permanente, una clara conciencia de la identidad que existe entre la realización de su vocación personal —ser sacerdote en la Iglesia—, y el ejercicio del ministerio in persona Christi Capitis. Su servicio a la Iglesia consiste, esencialmente (otros modos de servir un sacerdote pueden ser legítimos, pero secundarios), en personificar activa y humildemente entre sus hermanos a Cristo Sacerdote que da vida y purifica a la Iglesia, a Cristo Buen Pastor que la conduce en unidad hacia el Padre, y a Cristo Maestro que la conforta y la estimula con su Palabra, y con el ejemplo de su Vida.

Esta formación del sacerdote es algo que dura toda la vida, porque, en sus diversos aspectos, tiende —debe tender— a formar a Cristo en él 58, realizando esa identificación como tarea, en respuesta a lo que esa identificación tiene ya como don sacramental recibido. Una tarea, que postula antes aún que una incesante actividad pastoral, y como condición de la eficacia de ésta, una intensa vida de oración y de penitencia, una sincera dirección espiritual de la propia alma, un recurso al sacramento de la Penitencia vivido con periodicidad y con extremada delicadeza, y toda esta existencia enraizada, centrada y unificada en el Sacrificio Eucarístico.

Una nueva evangelización, sí, pero con la conciencia clara de que —con palabras de Mons. Escrivá de Balaguer— «en la vida espiritual no hay nada que inventar; sólo cabe luchar por identificarse con Cristo, ser otros Cristos —ipse Christus—, enamorarse y vivir de Cristo, que es el mismo ayer, que hoy y será el mismo siempre: Iesus Christus heri et hodie, ipse et in saecula (Hebr. XIII, 8)» 59.

De Cristo Sumo y Eterno Sacerdote canta la Iglesia: Ave verum corpus natum de Maria Virgine. Yo pido al Señor que en la formación sacerdotal esté siempre presente el camino mariano por el que el Hijo de Dios vino a los hombres.

Alvaro del Portillo

Pamplona, 19-IV-1990

La dimensión mariana de la vida del sacerdote

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Al pie de la Cruz de Cristo, en el Calvario, estaba María, su Madre, y junto a Ella el discípulo a quien amaba 48. La Tradición de la Iglesia ha visto siempre representados, en la figura del Apóstol San Juan, a todos los cristianos, a todos los hombres y mujeres que han recibido en el sacramento del Bautismo, como carácter indeleble, una participación en el sacerdocio de Cristo. Las palabras del Señor agonizante en la Cruz nos descubren una dimensión esencial de la vida cristiana: ahí tienes a tu Madre 49. Es, con expresión de Juan Pablo II, «la dimensión mariana de la vida de los discípulos de Cristo; no sólo de Juan, que en aquel instante se encontraba a los pies de la Cruz en compañía de la Madre de su Maestro, sino de todo discípulo de Cristo, de todo cristiano» 50.

La identificación con Cristo tiene esta dimensión fundamental. Ser alter Christus, ipse Christus lleva consigo necesariamente ser hijos de Santa María. Y, del mismo modo que esa identificación con el Señor es, a la vez, don y tarea, también la filiación a la Santísima Virgen es un don: «un don que Cristo mismo hace personalmente a cada hombre» 51 ; y es también una tarea, que el evangelista condensa en pocas palabras: Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa 52. «Entregándose filialmente a María —comenta el Romano Pontífice—, el cristiano, como el Apóstol Juan ‘acoge entre sus propias cosas’ a la Madre de Cristo y la introduce en todo el espacio de su vida interior» 53.

Si esto es así para todo cristiano, lo es por un nuevo título para el sacerdote, que ha sido llamado a participar de un modo nuevo en el sacerdocio de Cristo y a vivir centrado de modo particular en el sacrificio de la Cruz. Como discípulo del Señor debe entregarse filialmente a María, tratarla como Madre y aprender de Ella qué significa tener “alma sacerdotal”: el afán de corredimir con Cristo, la sed de almas, el espíritu de reparación; en definitiva, el deseo de adquirir los mismos sentimientos de Cristo Jesús 54. Como ministro del Señor, no puede olvidar, cuando renueva el Sacrificio del Calvario y dispensa los tesoros de la gracia de Cristo, que, al pie de la Cruz, la Virgen María «se entregó totalmente al misterio de la Redención de los hombres» 55, y que el Cuerpo y la Sangre de Cristo que se hacen presentes sobre el altar son los mismos que recibió de su Santísima Madre.

El último Concilio ha exhortado a los presbíteros para que «veneren y amen con filial devoción a esta Madre del Sumo y Eterno Sacerdote, Reina de los Apóstoles y auxilio de su ministerio» 56 ¡Cómo experimentó el Fundador del Opus Dei esta realidad maravillosa del auxilio materno de la Santísima Virgen, en su ministerio sacerdotal! Así lo recordaba, en la fiesta de San José de 1975, pocos meses antes de fallecer, volviendo la mirada a su labor pastoral en torno a los años treinta: «¡cuántas horas de caminar por aquel Madrid mío, cada semana, de una parte a otra, envuelto en mi manteo! (…) aquellos Rosarios completos, rezados por la calle —como podía, pero sin abandonarlos—, diariamente (…) Nunca pensé que sacar la Obra adelante llevaría consigo tanta pena, tanto dolor físico y moral: sobre todo moral (…) Iter para tutum! ¡Madre mía! ¡Madre!; ¡no te tenía más que a Ti! Madre, ¡gracias! (…) Madre, Cor Mariae Dulcissimum! ¡Oh, cuánto he acudido a Ti!

Y otras veces, hablando y predicando, dándome cuenta de que no valía nada, de que no era nada, pero con una certeza… ¡Madre!, ¡Madre mía! ¡no me abandones!, ¡Madre!, ¡Madre mía!».

Eran exclamaciones profundamente sinceras, de hijo, que brotaban de su alma sacerdotal, precisamente en la última fiesta de San José que celebró en esta tierra, porque en su corazón —y también en su nombre— María y José se hallaban indisolublemente unidos, y eran el camino para tratar íntimamente a Jesús, y por El, con El y en El, al Padre y al Espíritu Santo.

Alcanzar una honda devoción y un tierno amor a la Santísima Virgen ha de ser uno de los objetivos primarios de la formación sacerdotal. Existen profundas razones teológicas para afirmar que no puede considerarse como un añadido piadoso al conjunto de la formación, sino como algo que encuentra sus raíces en el “don” recibido por el sacerdote en la ordenación, y que está destinado a crecer y a desarrollarse en su vida. El Señor quiso asociar a su Madre de modo especialísimo a la tarea de la Redención; así también el sacerdote que ha recibido el poder de actuar in persona Christi Capitis “necesita” el auxilio maternal de la Virgen en su ministerio. Sin María no puede alcanzarse una existencia verdaderamente sacerdotal.

Una vida radicada y centrada en la eucaristía

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Dirijamos ya nuestras reflexiones a otro aspecto importante, al aspecto más radical y central de la vida del sacerdote, que es garantía de su eficacia evangelizadora.

Oración, penitencia, acción guiada por una incansable caridad pastoral. Son como coordenadas en las que hemos contemplado la identificación del sacerdote con Jesucristo, en lo que esta identificación tiene de tarea personal en correspondencia al don de Dios. Pero caería en una gravísima omisión si dejara de considerar que la vida cristiana y, especialmente, esos aspectos de la existencia sacerdotal, han de estar radicados, centrados y, por tanto, unificados en el Sacrificio de Cristo, en la Santa Misa, en la Eucaristía.

La Santa Misa es, en efecto, «el centro y la raíz de toda la vida del Presbítero» 44, como recordó el Concilio Vaticano II, con palabras que habían sido ya muchas veces repetidas por Mons. Escrivá de Balaguer 45.

No cabe duda de que esta centralidad del Sacrificio Eucarístico es una realidad en la vida de todo cristiano, pero en el sacerdote este hecho adquiere matices especiales. Como afirma Juan Pablo II, «Mediante nuestra ordenación —cuya celebración está vinculada a la Santa Misa desde el primer testimonio litúrgico— nosotros estamos unidos de manera singular y excepcional a la Eucaristía. Somos, en cierto sentido, por ella’ y para ella. Somos, de modo particular, responsables de ella» 46.

Necesito volver de nuevo a la eximia figura sacerdotal del Fundador de esta Universidad: para mí es algo inevitable y sé que, como para mí, es también para vosotros motivo de alegría. Durante cuarenta años, día tras día, he sido testigo de su empeño por transformar cada jornada en un holocausto, en una prolongación del Sacrificio del Altar. La Santa Misa era el centro de su heroica dedicacion al trabajo y la raíz que vivificaba su lucha interior, su vida de oración y de penitencia. Gracias a esa unión con el Sacrificio de Cristo, su actividad pastoral adquirió un valor santificador impresionante: verdaderamente, en cada una de sus jornadas, todo era operatio Dei, Opus Dei, un auténtico camino de oración, de intimidad con Dios, de identificación con Cristo en su entrega total para la salvación del mundo.

Externamente nunca hubo nada extraordinario o singular en la Misa de Mons. Escrivá de Balaguer, aunque era imposible no apreciar su profunda devoción. Desde el principio de su ministerio sacerdotal, se esforzó por no dar cabida ni a la rutina ni a la precipitación al celebrar el Santo Sacrificio, a pesar de la habitual escasez de tiempo para realizar sus múltiples actividades pastorales. Al contrario, tendía espontáneamente a decir la Misa con mucho sosiego, penetrando en cada texto y en el sentido de cada gesto litúrgico, hasta el punto que, por muchos años, tuvo que esforzarse positivamente —de acuerdo con cuanto le corfirmaban en la dirección espiritual— por ir más deprisa, para no llamar la atención y por saberse al servicio de los fieles que contaban, para la Misa, con un tiempo mucho menor. En este contexto, se entiende lo que escribió en 1932, como un suspiro que se escapó de su alma: «Al decir la Santa Misa, deberían pararse los relojes» 47.

Esa intensidad, con la que se unía personalmente al Sacrificio del Señor en la Eucaristía, culminó en algo que no dudo en considerar un peculiar don místico, y que el mismo Padre contó, con gran sencillez, el día 24 de octubre de 1966: «A mis sesenta y cinco años, he hecho un descubrimiento maravilloso. Me encanta celebrar la Santa Misa, pero ayer me costó un trabajo tremendo. ¡Qué esfuerzo! Vi que la Misa es verdaderamente Opus Dei, trabajo, como fue un trabajo para Jesucristo su primera Misa: la Cruz. Vi que el oficio del sacerdote, la celebración de la Santa Misa, es un trabajo para confeccionar la Eucaristía; que se experimenta dolor, y alegría, y cansancio. Sentí en mi carne el agotamiento de un trabajo divino». No dudo de que este descubrimiento respondía a un ruego que constantemente nos dirigía a quienes estábamos a su alrededor: «pedid al Señor que sepa ser más piadoso en la Santa Misa, que tenga cada día más hambre de renovar el Santo Sacrificio».

Santidad sacerdotal y caridad pastoral

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Sería superfluo detenerme a considerar que el ministerio exige que el sacerdote sea también un hombre de acción, pues su evidencia salta a los ojos con fuerza de claridad meridiana. Desde el punto de vista de la fe, podemos considerar igualmente evidente que el motor de la actividad pastoral del sacerdote radica exclusivamente en la caridad de Cristo: caritas Christi urget nos 40 , afirma San Pablo. Un amor sobrenatural que brota como fruto de la Cruz, por ser —con palabras de Santo Tomás de Aquino— «una cierta participación de la Caridad infinita, que es el Espíritu Santo» 41. En efecto, sólo la caridad, que sabe mostrarse paciente y benigna, que todo lo excusa, todo lo cree y todo lo soporta 42, puede dar razón no ya del cumplimiento más o menos preciso de unos determinados deberes pastorales, sino de una entrega total al ministerio que se concrete en una incesante actividad por el bien de las almas, más allá de lo que la estricta justicia pudiera exigir del sacerdote con los fieles confiados a su atención pastoral.

También en este aspecto, no puedo menos que evocar la figura entrañable de nuestro Fundador. Para su dedicación incansable al ministerio, nunca fueron excusa la fatiga, la enfermedad o las circunstancias adversas. Esta caridad pastoral, que conduce a una entrega sin condiciones al servicio de las almas 43 , informa necesariamente, con especiales matices, la fraternidad sacerdotal, que es elemento integrante de la comunión, entendida como la unidad afectiva y efectiva procedente de la común participación en los mismos bienes. Una fraternidad sacerdotal que no confunde la unidad con la uniformidad, que respeta la legítima libertad de todos, también en el amplio ámbito de la espiritualidad sacerdotal.

Mucho podría hablar del amor y del servicio, verdaderamente heroicos, del Fundador del Opus Dei hacia sus hermanos los sacerdotes. Recuerdo, por ejemplo, que entre los numerosísmos cursos de retiro que, por encargo de muchos Obispos, predicó a sacerdotes por toda España hasta que marchó a Roma, fue también a dirigir en octubre de 1944 los ejercicios espirituales a la comunidad de Agustinos de El Escorial. El día anterior se puso enfermo: la fiebre le subió a treinta y nueve grados, pero no se detuvo ante ese obstáculo. Yo le acompañé. A pesar de esa fuerte calentura, que al día siguiente había subido a cuarenta grados, predicó completos esos ejercicios, procurando —y consiguiendo— que quienes le escuchaban no advirtiesen su enfermedad.


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