Caminos de Andalucía y de Castilla

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Un buen día de abril el Padre emprende de nuevo la ruta del sur de España. El Miércoles Santo de 1945 salen con él, camino de Andalucía, don José Luis Múzquiz y Jesús Alberto Cajigal. Van en un coche que conduce Miguel Chorniquet. Su primer motivo es impulsar la instalación de las Residencias para universitarios de Sevilla y Granada. Además, visitarán a los Obispos de diversas ciudades. Siempre el Padre tendrá una gran deferencia con la jerarquía eclesiástica. Llegan casi de noche a la ciudad del Guadalquivir, que se encuentra abarrotada de gente por las festividades de la Semana Santa. Habrán de hospedarse en Alcalá de Guadaira, pero antes compartirán el fervor espontáneo de las procesiones. Años más tarde, el Fundador cuenta aquella experiencia junto a los sevillanos:

«Hace muchos años, casi treinta, vine a Sevilla por Semana Santa. Salí a la calle cuando ya andaban las cofradías por ahí… Y cuando vi toda aquella gente, aquellos piadosos hombres que iban en las procesiones acompañando a la Virgen, pensé: esto es penitencia, esto es amor. Era muy hermoso. Luego, cuando vi… no sé qué paso era, no recuerdo qué imagen de la Virgen… Lo de menos eran las joyas, las luces… Lo importante era el amor, las saetas, los piropos: ¡todo!

Estaba allí mirándola, y me puse a hacer oración… Me fui a la luna. Viendo aquella imagen de la Virgen tan preciosa, ni me daba cuenta de que estaba en Sevilla, ni en la calle. Y alguien me tocó así, en el hombro. Me volví y encontré un hombre del pueblo, que me dijo:

-”Padre cura, ésta no vale ná; ¡la nuestra es la que vale!”.

De primera intención casi me pareció una blasfemia. Después pensé: tiene razón; cuando yo enseño retratos de mi madre, aunque me gusten todos, también digo: éste, éste es el bueno»(15).

Al día siguiente, jueves Santo, visitan un edificio situado en la calle de Canalejas. Allí está ya, para enseñárselo, Javier de Ayala. Al Padre le gusta. Aquello se convertirá, en breve plazo, en la Residencia “Guadaira” de Sevilla.

Continúan el viaje sin pausas. Saludan al Obispo de Cádiz. Hoy les acompaña Vicente Rodríguez Casado. Por la tarde, maravillosa tarde de abril andaluz, con el aire inundado de jazmines, llegan a Algeciras. Desde las costas de Tarifa se ve la linea africana. El paisaje, deslumbrante de luz, es bellísimo. El Padre da paso a un pensamiento hondo que le desborda y hace un solo comentario:

-No es posible que la Gracia de Dios no llegue hasta allí(16).

Años más tarde, como respuesta a su deseo, Kenia, Nigeria y muchos otros países del viejo continente Africano acogen el espíritu de la Obra. Un número elevado de hijas e hijos suyos pregonan, con el color de su piel, el origen de su raza.

En este itinerario andaluz pasan por Málaga y se detienen brevemente. Se acercan a Granada; hacia allá ruedan durante varias horas. La ciudad transpira primavera y deja entrever sus «carmenes» entre cipreses, palmeras y arrayanes. Sube el Padre, calle arriba.

Sus hijos han buscado varias casas para montar la Residencia de estudiantes, pero les gusta especialmente el «Carmen de las maravillas». Se encuentra en el Albayzín, no lejos de las Facultades universitarias, aunque hay que jadear bastantes cuestas al regresar, ya que los accesos no son buenos. En el barrio pululan los niños, entre un rumor que canturrea o grita según la hora del día.

Desde arriba se ve la blanca y mora ciudad envuelta por la Vega. Al otro lado, la sierra y el mágico silencio de La Alhambra. El Padre se siente atraído por el lugar y les anima. No deben preocuparles las distancias ni la escasez de medios materiales. El «Carmen de las maravillas» se convertirá en la nueva Residencia. Además, les augura que se llenará muy pronto y que de ahí saldrán vocaciones para el Opus Dei: esta frase, cuando se está comenzando en todas partes, parece un sueño lejano, irrealizable. Sin embargo, Dios es quien pone el incremento.

Siguen viaje hasta Almería. El Domingo de Resurrección, el Fundador celebra la Misa de Pascua en la catedral junto al pequeño grupo que le acompaña. Sin apenas descanso, pasan por Murcia y continúan, carretera adelante, hacia Madrid.

En julio de 1945, se instala “Molinoviejo” en el término de Ortigosa del Monte, provincia de Segovia. Es una casa de campo, rodeada de pinos que, muy aprovechada, puede albergar un buen grupo de personas. Unos parientes de don José María Hernández de Garnica la ceden en arrendamiento. El Padre vuelca de nuevo su interés y cariño en este lugar, que con los años se transformará en casa de retiros; un Centro en el que residirán, alternativamente, hombres o mujeres, jóvenes y adultos: todos los que buscan la paz y el silencio de unos días para un mejor encuentro con Dios; para una rectificación verdadera y eficaz de su vida cristiana. También se monta una escuela de promoción social para las campesinas de los alrededores.

Molinoviejo, con su ermita, su crucero, que labran unos artesanos gallegos, las grandes vigas que apuntalan la techumbre y el recio suelo de roble, se convertirá en lugar de predilección y desarrollo para el Opus Dei. Con el tiempo, los álamos, el pinar, el cielo que asoma detrás de la montaña segoviana serán testigos de fidelidad, de esperanza, de caminos divinos abiertos a lo largo de la tierra. La Anunciación de María ocupa el retablo del oratorio, recogido, propicio a la oración. El silencio sólo está cortado por el agudo concierto del aire que mueve las agujas de los pinos. En la ermita, desde que comienza a utilizarse la finca en 1945, está entronizada una imagen de María con dos siglos de antigüedad. Se halla en mal estado, pero será restaurada en 1947. La Virgen es de madera policromada, sedente y con una gravedad dulce que proclama escuela castellana. Tiene el Niño descalzo en los brazos. Molinoviejo guarda secuencias inolvidables en la historia de la Obra.

Una vez restaurada la ermita, se ha conservado un recuadro con las primitivas losas rojas que formaban el suelo. El 24 de septiembre de 1946 el Fundador indicará que, con el artesonado de madera retirado a causa del deterioro sufrido por el tiempo, se hagan pequeñas cruces para entregar a las primeras vocaciones de cada país. Es como abarcar la tierra con el único e irrompible eslabón de amor: la Cruz de Cristo. Y es también la perennidad del espíritu del Opus Dei transmitido del primero al último, del inmediato al antípoda.

Cada rincón de la casa recogerá motivos entrañables. Sobre la viga que cruza el cuarto de estar, aquella frase de Virgilio: Deus nobis haec otia fecit: erit ille nobis semper Deus, que el Fundador de la Obra traducirá en un lenguaje familiar: «Dios nos ha dado este lugar de descanso; para nosotros El será siempre (…) nuestro Padre Dios»(17). Las Universidades del mundo, pintadas en la pared del comedor, como una llamada universal al esfuerzo, al trabajo y a la ciencia para Dios. Y los borricos mansamente dibujados en un muro exterior, tirando de una noria cotidiana, con la alegría de su fiel y nada ostentosa utilidad. Lugar de oración, de serenidad. De proyectos con anverso sobrenatural. Con noble reverso humano.

Junto a la entrada, campea el repostero que confeccionarán las primeras mujeres de la Obra que llegan a la casa: un águila con las alas desplegadas, a medio camino entre las rocas y las nubes. Y un fragmento de San Juan de la Cruz, que explica el simbolismo:

«esperé sólo este lance,
y en esperar no fui falto,
pues fui tan alto, tan alto
que le di a la caza alcance… » (18).

También se abrirá, en septiembre, la Residencia de estudiantes de Abando en Bilbao. Y, a la vez, Zurbarán, la primera Residencia Universitaria femenina, en Madrid. La Sección de mujeres de la Obra se ha hecho cargo de un edificio de dos plantas, situado en el número 26 de la calle de Zurbarán. Tiene posibilidades iniciales para veinticinco plazas. No obstante, la cabida del futuro Colegio Mayor es bastante elástica, en función de las necesidades y de la capacidad de reducir espacios ocupados por parte de las personas del Opus Dei.

El Padre sigue muy de cerca la instalación de estos Centros, que sirven de base para el apostolado personal que cada miembro de la Obra realiza con sus compañeros y amigos. Junto a los proyectos materiales, que requieren un enorme esfuerzo, antepone siempre el espíritu, la norma de vida y de amor que debe presidir todo trabajo. Le importa la santidad, le interesa la alegría cerca de Dios. Jamás ha tenido ambición de brillar. Camina al paso que le marca Dios. Pero sólo para llevarle almas; sólo para elevar las nobles actividades de la tierra con la dimensión evangélica de Cristo.

También a Zurbarán llegan algunos muebles de doña Dolores Albás para instalar el salón: sofá y sillones de madera oscura tapizados en rosa viejo; una vitrina con diversos objetos; un cuadro de la Abuela en su infancia. Y una lámpara de techo con buena iluminación.

En la escalera de entrada, a la izquierda, se encuentra el despacho de dirección. Una mesa de escritorio, un tresillo y el tríptico pintado al óleo que había servido de retablo al oratorio de la casa de Jorge Manrique 19. Un gran armario con libros cubre todo un lateral.

El oratorio está en la primera planta y llena su pared frontal con una pintura de la Inmaculada. Cerca de la puerta de acceso, una Cruz bajo cuyos brazos se acogen frases de los Hechos de los Apóstoles: Erant autem perseverantes in doctrina Apostolorum, et communicatione fractionis panis, et orationibus (19): Perseveraban todos en la doctrina de los Apóstoles, en la fracción del pan y en la oración.

En el semisótano, el comedor y la zona de Administración. La fachada posterior comunica con un patio amplio y silencioso. Junto a las ventanas de la cocina crecen las ramas de una adelfa.

La odisea económica de este Centro será de orden similar a la de cualquier comienzo, y está sembrada de múltiples anécdotas. El común denominador es la penuria del momento. Zurbarán vive prácticamente del crédito. Las facturas se acumulan y sólo gracias al trabajo profesional intenso, a la ayuda de algunas personas y a una confianza sin límites mantiene su funcionamiento.

La tarea de formación humana y sobrenatural que aquí se lleva a cabo será importante: un elevado número de mujeres pide la admisión en la Obra y otras muchas reciben un fuerte impulso en su vida cristiana, en este Centro del Opus Dei. Pero lo principal no es la Residencia. El Opus Dei no es un espacio concreto al que acercarse: es la presencia diaria, en la calle, de cada uno de sus miembros. Si las primeras mujeres de la Obra viven en los Centros que acaban de estrenarse es por una necesidad inmediata de orden, de dirección y formación. Muy pronto habrá personas que han de permanecer en su ambiente familiar, en los niveles sociales más diversos. Una idéntica vocación anima a todas. Solamente cambian las circunstancias.

Van adelante con la certeza sobrenatural de que la Obra es un imperativo de Jesucristo y no hay dificultad, incomprensión o freno que pueda detenerla en su camino.

Moncloa, residencia universitaria

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Hace tiempo que la Residencia de “Jenner” resulta insuficiente para la atención de los estudiantes que la frecuentan. El dueño de la casa, aunque se prestó de buen grado a la instalación, ahora quiere disponer del piso. El Padre tiene que intervenir directamente, y consigue que mantenga el contrato durante el tiempo imprescindible para terminar el curso.

Esta situación pone en movimiento a los residentes y chicos que comparten las actividades de la casa: hay que encontrar un local amplio y bien comunicado con la Ciudad Universitaria, asequible a sus condiciones económicas y que sirva para atender la tarea que está llamando a sus puertas.

Después de una minuciosa búsqueda, aparece algo definitivo. El Padre les anima a convertir dos hoteles situados en la Avenida de la Moncloa números 3 y 4, cerca de la Ciudad Universitaria, en la Residencia que necesitan. Estos inmuebles han sufrido los avatares de la guerra, pero el propietario se muestra dispuesto a repararlos de acuerdo con las indicaciones del Padre. Con esta perspectiva, se inician, a toda prisa, las obras de adaptación. Habrá de dar cabida a cien universitarios y contará, además, con una parte separada, como una casa independiente, para las mujeres de la Obra que se harán cargo, con la ayuda de algunas empleadas, de los servicios de limpieza, cocina, etc., del nuevo Centro.

A finales de julio de 1943 se hace el traslado desde Jenner. Las obras están en pleno apogeo, pero ya se queda a vivir un pequeño grupo de chicos. Desde mediados de septiembre llegan refuerzos: antiguos residentes de]enner que vienen a Madrid para formalizar la matrícula en la Universidad y conocen ya lo que va a ser su nueva Residencia. Hay mucho trabajo y echan una mano en los ratos libres: empieza a ser una casa para todos.

Como estaba previsto, la Residencia se abre el 1 de octubre, aunque las obras no han terminado. El Padre viene todos los días, con don Alvaro, a impulsar el trabajo, corregir, programar… Y, en la mañana del día 10 de octubre, a reunirse con los residentes para explicarles «las reglas del juego»: lo que podrán encontrar en la Residencia y lo que se les pide a cambio.

El Fundador pone a su disposición la Residencia y se compromete a proporcionarles un ambiente tranquilo y familiar, cuidado y sereno, que facilite la dedicación al estudio y a su formación total. Les brinda, también, los medios para que sean buenos cristianos, si son cristianos. Pero dentro del marco de un clima de respeto y libertad. A cambio, ellos se comprometen a vivir un horario y algunos otros detalles razonables para una amable convivencia.

Es una llamada a la responsabilidad que dará buen resultado. Los chicos ponen su mejor voluntad ayudando a completar la instalación y llevando con sentido del humor las incomodidades propias del comienzo. Acaban de pasar los albañiles y todo transpira a obra recién terminada. El edificio, que se conoce con el nombre de hotel 4, incluye parte de las habitaciones destinadas a residentes y cuenta, además, con una amplia sala de estudio en la planta baja.

En el hotel 3 se ubicarán las dependencias destinadas a dirección, salas de recibir, la mitad de los dormitorios, el comedor y una amplia sala de estudio. Cuando concluyan las obras quedará instalado también, en este pabellón, el oratorio.

El Padre celebra la primera Misa en esta casa, que tomará el nombre de Moncloa, el domingo 7 de octubre de 1943. Asisten todos los estudiantes de la casa. Al Fundador se le ve muy contento al poner en marcha este nuevo instrumento de trabajo; sus palabras son una bella acción de gracias. Pero la consagración del altar no tiene lugar hasta el 7 de diciembre. Oficia la ceremonia el Obispo Auxiliar de Madrid-Alcalá, don Casimiro Morcillo. Dentro del local, recién estrenado, se oye su voz, subrayando que el Opus Dei dispone de un nuevo sagrario en Madrid.

El Fundador ha seguido la instalación con particular interés. El oratorio es amplio, de planta rectangular, con una bóveda rebajada. El techo y las paredes en tonos verdes; dorado el Vía Crucis. Sobre la embocadura del presbiterio, las palabras del Canon de la Misa: “Per ipsum, et cum ipso, et in ipso”. «Por El, con El y en El… ». El retablo, de Fernando Delapuente, es una Asunción coronada. El altar, de mármol blanco, realza el sagrario: arqueta sostenida por ángeles. Enfrente, enmarcada por un arco ligeramente hundido, la Cruz de madera, con la siguiente inscripción: “Iudeis quidem scandalum, gentibus autem stultitiam”(2): Escándalo para los judíos, locura para los gentiles.

Al día siguiente, con el oratorio abarrotado, el Padre celebra la Misa de la Inmaculada y deja al Señor de modo permanente en la casa. Antes de la Comunión dirige unas palabras, con todo su fuego, para avivar la fe en Dios-Eucaristía. Habla de la Obra que, hasta este momento, ha permanecido oculta en el seno de la Iglesia… Hace alguna alusión a las incomprensiones sufridas y concluye refiriéndose a la erección diocesana del Opus Dei que este mismo día hará el Obispo de Madrid.

La fecha es doblemente feliz ya que, el pasado 11 de octubre, la Santa Sede ha enviado el Nihil Obstat para que el Decreto de erección diocesana pueda firmarse.

El Fundador había pasado esa fecha en Los Rosales, un Centro de la Sección de mujeres en Villaviciosa de Odón. Y don Alvaro del Portillo le dice, en un momento de la tarde:

-«Padre, estará contento, porque mañana es la Virgen del Pilar».

Y le contesta:

-«Fiesta por fiesta, todas las de la Virgen me conmueven, me parecen estupendas; pero, puestos a escoger, prefiero la de hoy, la Maternidad»(3).

En la fecha del 11 de octubre celebra la liturgia, en este tiempo, la Maternidad de la Virgen, y todavía no sabe el Padre que bajo su protección maternal se ha firmado en este día la Autorización para que se proceda a la aprobación diocesana de la Obra.

La flamante Residencia de Moncloa vive hoy, pues, una doble jornada de celebración. En la sacristía de este Colegio Mayor se coloca un crucifijo de metal de buen tamaño. Hace apenas unos meses que murió Isidoro Zorzano. Su vida silenciosa, fiel a la exigencia de cada momento, se ha quemado en breve plazo. El Crucifijo del ataúd se coloca ahí, como arbotante de los muros de la Residencia; para que bendiga las actividades e inquietudes de una juventud de la que han de surgir nuevas vocaciones. Esta imagen garantiza la fecundidad evangélica de una semilla que presagia ya campos de trigo.

La parte independiente del edificio destinada a la Administración ha sido ocupada por un grupo de mujeres de la Obra. Cuando llegan, aún hay albañiles que cruzan la casa en todas las direcciones, escombros y tabiques a medio levantar, y tienen que atender a los dos chalets, uno a cada lado de la calle, con la consiguiente dificultad que esta situación conlleva.

El país vive un momento de carestías después de la dureza de la guerra civil; los materiales de construcción son defectuosos y las averías se suceden, incluso en obras recién montadas. Un día es el calentador del agua de las cocinas; otro un fallo en la instalación eléctrica… El combustible universal es el carbón, eficaz, pero de manejo molesto y sucio. Por añadidura, el pequeño equipo de empleadas que se ha incorporado a los trabajos de la Administración de la Moncloa es inexperto para manejar un número de plazas de esta envergadura. Los residentes llenan el comedor en dos turnos y es preciso conseguir alimentos de las formas más pintorescas, ya que los mercados habituales están muy mal abastecidos. En esta coyuntura vienen, de vez en cuando, periodistas para hacer reportajes y dar a conocer la Residencia, así como frecuentes invitados. Durante muchas horas del día y de la noche, habrán de calcular gastos, estudiar una alimentación mejor y de más barata factura, atender las mil necesidades de un Centro grande y todavía sin acabar.

Aunque el campo de actividades de las mujeres del Opus Dei es inmenso -se extiende a todos los trabajos y profesiones del mundo-, el Padre encomienda a algunas -como una actividad de particular importancia-, la Administración y cuidados de las casas de la Obra. Ellas mantendrán un aire de familia inconfundible en todas las latitudes del mundo. Sin perder el específico estilo de cada país, con la sobriedad, la elegancia y el cuidado de las cosas hasta el mínimo detalle, crearán un entorno gratificante, necesario para la vida de la Obra. Y todo por amor de Dios, santificando hasta límites heroicos la aparente pequeñez de las tareas cotidianas.

La Navidad llegará acuciando el trabajo: entrega precipitada de la ropa limpia a los residentes, comidas extraordinarias para la Residencia, vacaciones de algunas empleadas… Y en esta situación, el Padre va a verlas con la ilusión de hacerles un primer regalo de Nochebuena en la Moncloa. Y al iniciar una conversación afectuosa con las dos que dirigen el servicio surgen, por efecto del cansancio, las mil y una dificultades como un programa desbordado de impotencia.

El Padre escucha sereno, aunque siente que los problemas inherentes a la botadura de este gran barco, que es la Residencia, hayan promovido tal tormenta. Pronto se impondrá un ritmo normal y el trabajo, organizado, será perfectamente viable.

Y en este punto de la conversación, una de ellas le dice: «además, como tenemos tanto trabajo, no tenemos tiempo de hacer la oración y la hacemos trabajando y prácticamente sin darnos cuenta de que hablamos con Dios»(4).

Es un momento que recordarán toda la vida, porque al Fundador de la Obra, a quien han visto desplegar una fortaleza casi sobrehumana en situaciones de oposición y dificultades de todo tipo, le asoma el llanto a los ojos. Todas las dificultades se allanarán si permanece en pie la vida interior de sus hijas; se convertirán en un escollo insalvable si abandonan el trato íntimo con Dios. Le importa la lucha por la santidad, no el rodaje de una empresa por importante que pueda parecer. Están ahí para encontrar a Dios en la esquina de todos los quehaceres diarios. En ningún caso, para olvidar este fin en función de unas tareas que han desbordado, temporalmente, sus posibilidades humanas.

Por eso, se hace un silencio denso que, al fin, rompe el Padre. Pide un papel y en él, escribe:

1. Sin servicio

2. Con obreros

3. Sin accesos

4. Sin manteles

5. Sin despensas

6. Sin personal

7. Sin experiencia

8. Sin dividir el trabajo

9. Con mucho Amor de Dios

10. Con toda la confianza en Dios y en el Padre

11. No pensar en los desastres, hasta mañana durante el retiro(5).

Cuando viene a darles el retiro, tiene ocasión de hablar, de nuevo, con Encarnita Ortega:

«Para una hija de Dios en el Opus Dei, el trabajo más importante, ante el que hay que posponer todo lo demás es éste: la oración»(6).

A partir de hoy, la vida sobrenatural ocupa de un modo más pleno el frontal de sus vidas. Y los problemas materiales, todos, van hallando cabida y solución.

El futuro trabajo de administrar los Centros que vayan poniéndose en marcha capta una gran parte de la atención del Fundador. Desde que se abre el Centro de la Sección de mujeres en Jorge Manrique, insiste en que pidan a Dios vocaciones entre las empleadas del hogar. No se trata de una llamada distinta, sino de un trabajo más, incluido en la universal vocación a la santidad. Las que reciban esta vocación al Opus Dei se formarán con iguales medios, en una amable convivencia familiar, compartiendo el esfuerzo y el estudio, capacitándose para desempeñar dignamente su trabajo profesional.

«En el Opus Dei no hay más que una sola vocación (…). Ese es el milagro grande nuestro: hacer de las cosas vulgares -vulgar en el sentido castellano, que quiere decir corriente- heroísmo; hacer esas cosas con tal ánimo, que lo de ayer es distinto de lo de hoy, siendo lo mismo; y lo de mañana será todavía mejor, siendo igual»(7).

Y la primera respuesta a la proposición del Fundador va a llegar, precisamente, en la Administración de la Moncloa. El Padre ha visitado a una religiosa del Servicio Doméstico que le conoce y aprecia: la Madre Carmen Barrasa. Oye hablar a Monseñor Escrivá de Balaguer del grupo de mujeres jóvenes que han de atender a los cien estudiantes que viven en la Moncloa; del trabajo intenso y de la necesidad de ayuda.

Esta monja conoce a una empleada de condiciones destacadas y que siempre ha permanecido en puestos de gran responsabilidad. Es probable que no quiera ir a la Residencia, pero intentará convencerla. Se llama Dora del Hoyo.

Ante la insistencia de Madre Carmen, Dora, que efectivamente no desea este empleo, acepta ayudar por algún tiempo. Y una jornada más tarde suena el timbre de la puerta .Moncloa está en plena efervescencia de albañiles, pintura, humo, habitaciones a medio instalar y defectuosa marcha de algunos servicios. Cuando Encarnita Ortega baja a abrir, se encuentra ante una mujer bien vestida y con porte elegante, que le muestra una tarjeta de visita.

Desde el primer momento, Dora se percata del panorama y decide marcharse inmediatamente. Pero le da pena ver el exceso de trabajo y la inexperiencia, en muchos aspectos, de este grupo encargado de que la casa funcione.

Encarnita, y cuantas se ocupan de la Residencia, descubren los conocimientos que Dora posee: cuidado y conservación de la ropa, lavado, plancha, tintorería, arte culinario… Y además es serena y educada.

Cuando el Padre viene a verlas, anima su audacia para que acerquen al Opus Dei a personas así, que destacan en su profesión. Vocaciones que entreguen sus posibilidades al servicio de Dios. Y todas piensan que la primera vocación tiene que ser la de Dora.

Y un buen día, Encarnita escucha un comentario sorprendente:

«Tengo ya un gran cariño a la casa y como he visto todo lo que ha costado poner en marcha la Residencia, si ponen en otra ciudad alguna nueva, no tengo ningún inconveniente en ir con ustedes para ayudarles en la instalación»(8).

Casi al mismo tiempo llega a Moncloa Concha Andrés. Se trata, igualmente, de una empleada que viene a contratarse. Tiene veintidós años y ha trabajado ya en varias casas. Aprende con rapidez y tiene curiosidad por conocer «Camino». Un libro en el que deletrea su primer dominio de la letra impresa. Al principio no entiende lo que se propone este grupo de mujeres que trabajan sin descanso, viajan, rezan y estudian en los escasos ratos libres de cada jornada. Pero no tardan en compartir con alegría sus iniciativas.

Dora y Concha conocen un día al Padre y le cobran gran cariño y respeto. En breve plazo, el espíritu de la Obra habrá colado muy hondo en sus corazones.

Cuando en 1945 se abra la Residencia de Abando, en Bilbao, Dora del Hoyo y Concha Andrés formarán parte del equipo que se traslada a la nueva ciudad. Allí se repiten los comienzos de Moncloa: obreros por la casa sin terminar, carestía de alimentos, falta de mano de obra. Pero el ejemplo de las mujeres del Opus Dei, su optimismo, se abre paso ante las dificultades. Las dos empleadas empiezan a estar unidas al Padre y al espíritu que sabe inculcar en quienes le secundan.

El 19 de marzo de 1946, Nisa González Guzmán llega a Madrid con dos cartas para el Fundador: son de Dora y Concha, que piden su admisión en el Opus Dei. El Padre dirá que este acontecimiento es el más hermoso regalo que podía haber recibido. Las bendice con la certeza de un presagio: les seguirán muchas más. En cada lugar de la tierra, en cada nivel de cultura, siempre habrá personas dedicadas a estas tareas del hogar. Almas elegidas que sabrán llevar por el mundo su conocimiento y experiencia, su capacidad de sacrificio, el señorío de una vocación de servicio admirable.

El Fundador de la Obra afirmó, desde el primer momento: «No hay labores grandes ni pequeñas: todas son grandes, si se hacen por Amor»(9).

Por eso, «nos da lo mismo ser mano que pie, que lengua que corazón, porque todos estamos en todas las partes de ese cuerpo, porque somos una sola cosa por la caridad de Cristo que nos une. Yo quisiera haceros sentir como miembros de un solo cuerpo (…). Todos, una sola cosa, y que esto se manifieste en unidad de miras, en unidad de apostolado, en unidad de sacrificio, en unidad de corazones, en la caridad con que nos tratamos, en la sonrisa ante la Cruz y en la Cruz. ¡Sentir, vibrar todos unísonamente!»(10).

Diego de León

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En Madrid, en la confluencia de las calles de Lagasca y Diego de León, la Sede Central de la Obra recibe las noticias de la expansión por todos los caminos de España. El Padre, Alvaro del Portillo, Isidoro Zorzano, José Luis Múzquiz…, cualquiera de los que emprenden un viaje, retornan a Lagasca con buenas noticias. El cansancio se olvida al citar, uno a uno, los nombres de nuevos amigos a los que recordar ante Dios. El clima sobrenatural de los que viven en Madrid sube de grado ante cada uno de los que han comprendido y se acercan a la Obra. En verdad, aunados por el Padre, son un solo corazón y una sola alma.

La casa se ha repartido ya en dos zonas de funciones bien delimitadas: el piso ocupado como Sede Central de la Obra, y el espacio destinado a Centro de Estudios para la formación de las nuevas vocaciones que llegan de los cuatro puntos cardinales del país. En el año 1941-42 hay ya unos veinte residentes en Diego de León.

El Padre sabe crear un gozo siempre imprevisto y alentador.

Tiene para todos una actitud de cariño humano y sobrenatural.

«Desde el primer momento -dice Francisco Ponz- aprendí a dirigirme a Mons. Escrivá de Balaguer llamándole Padre. Así lo he tratado siempre y eso ha sido él constantemente para mí. En verdad, era y es fácil saberse y sentirse hijo suyo: de su espíritu, de su oración, de su cariño y desvelo»(50).

En la casa se mezclan las tertulias inolvidables con miembros de la Obra venidos de otras ciudades, con el buen humor, las canciones, la alegría espontánea y la más rigurosa exigencia sobrenatural. Es frecuente, por ejemplo, que algún miembro de la Obra pase la noche sobre el suelo de una habitación, ofreciendo a Dios su incomodidad y sus horas de sueño.

También se llevan a cabo las romerías, como devoción a la Madre universal: María. Esta costumbre de caminantes, iniciada en Sonsoles, se repite en los rincones ermitaños de devoción popular o en los grandes Santuarios. El Opus Dei, siguiendo los pasos del Fundador, llenará de Avemarías todos los caminos.

La familia del Fundador ocupa una parte del primer piso. La habitación de doña Dolores tiene un balcón encristalado que hace esquina a las dos calles. El cuidado de las macetas escalonadas lena sus únicos ratos libres y alegra la seriedad de la fachada. Carmen maneja admirablemente a un grupo de muchachas jóvenes recién venidas de sus pueblos de origen, y administra la casa en medio de grandes dificultades. Todo sigue racionado y tiene que hacer prodigios para que el grupo de gente joven esté bien alimentado, para atender dignamente a los frecuentes invitados.

También Santiago comparte la vida de todos sin tener vocación al Opus Dei. No tiene comodidades ni independencia. Está mediatizado por los horarios de la Residencia. Pero jamás se le ve un gesto de inadaptación o de disgusto. Sus vidas siguen siendo parte muy importante de los planes de Dios sobre la Obra.

El Padre tiene, con estos primeros que se preparan en el espíritu del Opus Dei, una dedicación constante: les hace partícipes de sus planes y sueños, de las dificultades y alegrías. De su buen humor indestructible. Aquí se estudia con intensidad e ilusión, se reza con una piedad recia, viril, profunda. Se ocupa el tiempo con una apasionante intensidad.

En el verano de 1941 dirige un curso de retiro en Diego de León. De aquellos días dirá uno de los asistentes:

«El panorama de vida cristiana que aparecía ante nuestros ojos, eliminaba por completo la mediocridad (…). La vida entera de Jesucristo pasaba ante nuestros ojos como una locura de amor»(51).

Al último que llega, desde cualquier punto de España, le recibe con el mismo cariño y confianza. Como si llevara sus nombres, sus vidas y sus amores inscritos en el corazón. Y les envidia, él que es el Fundador, porque le gustaría ser el último y sentirse en la Obra «el último botón del último botín del último soldado»(52).

De este modo directo, y aprovechando toda circunstancia, forma el Padre a sus hijos. Un ejemplo práctico aparece en el testimonio de Manuel Botas, cuando relata que, después de un retiro en agosto de 1941, se siente incapaz de ir a pasar las vacaciones con su familia al puerto donde veranean habitualmente. Piensa en su grupo de amigos, que no se caracteriza por la seriedad; las fiestas de las que él era promotor: el lógico planteamiento del descanso por el clan familiar. Y traslada al Padre su preocupación por seguir fielmente el compromiso que acaba de contraer con la Obra.

«Entonces -explica- el Padre me comentó por extenso cómo “nuestro sitio es la calle”; que “no éramos plantas de invernadero”; y que debíamos “llevar nuestro ambiente a todos los lugares donde estuviésemos”. “Omnia possum in eo qui me confortat -concluyó-: así que ahí tienes la fórmula para poder” »(53). Y con este impulso, sale camino de La Coruña.

Entre los Cursos de formación que se llevan a cabo en Madrid y en 1940 hay dos marcados por las fechas del 2 de agosto y 3 de septiembre. En ellos se reúne casi la totalidad de los miembros de la Obra en España.

El Padre les estimula a realizar bien sus estudios, a prepararse para un futuro inmediato. En junio de 1940, Juan Jiménez Vargas defiende brillantemente su Tesis Doctoral. En plena guerra mundial, Francisco Ponz se especializará en Suiza; José María González Barredo lo hará en Italia; Ismael Sánchez Bella prepara su doctorado en Sevilla. En 1941, Francisco Botella y Juan Jiménez Vargas obtendrán sus cátedras en Barcelona. José María Albareda pone en marcha el más ambicioso plan nacional orientando lo que habrá de convertirse en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Algo que Gregorio Marañón calificaría en 1952, con ocasión del ingreso de José María Albareda en la Real Academia de Medicina, como «uno de los acontecimientos fundamentales de la vida cultural de nuestro país»(54). El Padre les hace responsables de su profesión y trabajo. Han de buscar becas y ayudas gracias a un denodado esfuerzo personal. No olvidarán el punto número 332 de «Camino»: «Al que pueda ser sabio no le perdonamos que no lo sea».

Tampoco el Fundador abandona sus tareas de intelectual. A raíz de la muerte de don Josemaría Escrivá de Balaguer, el primer Secretario de la Escuela Oficial de Periodismo, Pedro Gómez Aparicio, escribirá en un periódico madrileño: «supongo que aún perdura el recuerdo de don Josemaría entre los que fueron sus alumnos. Su trato era sencillo, respetuoso y afable; su carácter, abierto, optimista y generoso, siempre dispuesto a un diálogo cordial. Creo que hubiera sido un gran periodista de no absorberle sus actividades apostólicas»(55).

Publica el Padre, en 1944, su trabajo monográfico sobre «La Abadesa de las Huelgas» que constituye, ampliado y revisado, el tema de su Tesis Doctoral en Derecho. Cumple a la letra aquello que encarece a sus hijas y a sus hijos:

«Nuestra finalidad específica nos impone un trabajo profesional intenso, constante, profundo, ordenado, con la preparación oportuna, con abundancia de doctrina, con estudio, para realizar así -a través de esa tarea, de esa dedicación- el apostolado que Dios quiere de nosotros, en la santificación de la propia profesión u oficio en medio del mundo»(56).

También la muerte va a mezclarse con esta juventud que trabaja en el espíritu del Opus Dei. La muerte como fiel compañera que abre de par en par las puertas de la Vida. Desde enero de 1943, Isidoro Zorzano está diagnosticado de una enfermedad de Hodgkin muy evolucionada. Ingresa en el Sanatorio de San Francisco de Asís cuando el cuadro clínico se agrava. Día y noche se turnan haciéndole compañía. El Fundador le ayuda y le prepara de un modo excepcional para la muerte. Fue su compañero de estudios en la primera juventud, su primera vocación incondicional para el Opus Dei, su apoyo permanente en toda circunstancia. Testigo y protagonista de hechos sobrenaturales que ya pertenecen a la historia de la Obra. Ahora le precede, en el paso final. Pero antes, el Padre le hace un encargo urgente.

En estos momentos tiene una moneda de cambio importante para pedirle favores a Dios: va a entregar su vida, todavía en pleno rendimiento. Isidoro anota en su mente y en su corazón las necesidades de la Obra: lo primero el inmueble donde montar, definitivamente, una Residencia Universitaria en Madrid. Jenner fue una solución de urgencia que ya ha sido desbordada.

Morirá el 15 de julio de 1943 hacia las cinco de la tarde. Unos días antes se han encontrado los locales del futuro Colegio Mayor Moncloa, en el área del Campus Universitario madrileño. Su última misión en la tierra está cumplida.


En familia

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Las actividades de Jenner transcurren en un grato ambiente de familia. Doña Dolores y Carmen lo hacen todo posible. Se han hecho cargo del servicio, al que adiestran y dirigen. También se ocupan de las compras y gastos de la Residencia en un momento crucial: es la etapa del hambre, después de que la guerra civil arrasó el país entero; por añadidura, el conflicto mundial empeora la situación europea. Los alimentos son de mala calidad y están severamente racionados. Pero ellas hacen prodigios con su cariño y dedicación: todo estará siempre bien, puntual, agradable.

Doña Dolores permanece habitualmente en el primer piso de Jenner. Su papel, como madre del Fundador, no es fácil. Y sólo su tacto excepcional podrá hacer compatibles el cariño, la discreción y apoyo sin interferencias. Pasa la mayor parte del día trabajando en alguna tarea útil. Y con un corazón que se hace grande a la medida que requiere el crecimiento de la Obra de Dios. Siente por todos un gran cariño, aunque con algunas predilecciones: en particular por Alvaro. También quiere con especial ternura al más joven, y justifica ese cuidado diciendo:

-Está en muy mala edad, tiene poco apetito y no está fuerte.

Es capaz de volcarse en atenciones con alguno que ve más cansado o preocupado. Y con paciencia inalterable se refiere a las distracciones de otro:

-Como va para sabio…(7).

El Padre, hablando en una ocasión de justicia y caridad, hace alusión a la justeza de las madres buenas, que tratan desigualmente a los hijos desiguales. También esto lo habrá aprendido de doña Dolores.

Hay un paralelismo, por su dedicación incondicional, entre su vida y la de aquella gran mujer llamada Margarita Occhiena, madre de don Bosco. Cuando su hijo va a buscarla al pequeño pueblo italiano de 1 Becchi, donde parece haber concluido ya su etapa de trabajo y renuncias, no duda un momento en abandonar su bien merecido descanso y lanzarse a la aventura agotadora que le pide Dios a través de su hijo sacerdote.

En una ocasión, el Fundador del Opus Dei regaló a doña Dolores una vida de San Juan Bosco. Y al llegar al capítulo en que el santo relata la colaboración de su madre, interpela a su hijo Josemaría:

-«¿Qué quieres? ¿Que haga como la madre de don Bosco? ¡Ni hablar! »

Y afectuosamente, el Fundador le contesta:

-«¡Pero si lo estás haciendo ya!»(8).

Muchos recuerdos entrañables de la vida del Padre se han podido conocer y conservar, porque doña Dolores habló de ellos con los primeros de la Obra. Alvaro, Pedro, Paco… bajan frecuentemente al primer piso para ver a la Abuela. Le cuentan cualquier anécdota, la divierten, le piden un favor. Y, sobre todo, le hacen un rato de compañía en las constantes ausencias de don Josemaría.

El Fundador está entregado a las tareas de Dios y se sabe respaldado por la generosidad de su familia, que ha perdido toda independencia, que sólo vive para cooperar a lo que, por Voluntad de Dios, él está realizando.

Durante esta etapa el Padre desarrolla, en verdad, una actividad increíble. Lleva en el corazón las almas, una por una, sin abandonos ni olvidos. El cansancio no le hace perder el recio humor que le caracteriza, aun en las situaciones más difíciles. Y no cesa de urgir a ese Cielo del que depende toda eficacia. Los miembros de la Obra recuerdan momentos irrepetibles, junto al Padre, en este pobre pero digno oratorio de “jenner”, cuando eran testigos de su ejemplo permanente. No resulta extraño que entre los residentes y amigos cunda este viento cristiano, que la vida que se respira en este ambiente desmonte ambiciones personales y lleve a muchos a engrosar el número de los incondicionales de Dios.

El primer sagrario

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El 19 de marzo de 1975, recordando el Fundador los tiempos de Ferraz 50, decía a sus hijos:

«Nuestra mayor ilusión era poner el oratorio, cosa que ahora os parece tan fácil, ¿verdad, hijos míos? Y es fácil porque hemos logrado, desde hace muchos años, tener jurídicamente el derecho a poner oratorios semipúblicos con Nuestro Señor reservado. Pero entonces no teníamos derecho a nada»(18).

La solicitud de los permisos necesarios para erigir el oratorio de Ferraz 50 va firmada por el Padre el 13 de marzo de 1935 y dirigida al Excelentísimo Señor Obispo de Madrid-Alcalá(19). Tanto la persona del Fundador como las actividades apostólicas y culturales de la Residencia han ganado la confianza de la más alta jerarquía de la Iglesia en la ciudad y, muy pocos días después, quedará consagrado en la casa un oratorio semipúblico, con licencia para celebrar la Santa Misa diariamente y para todas las funciones sagradas previstas por el Derecho Eclesiástico.

Durante muchos meses, y desde hace años, es el más ardiente deseo del Padre. Tanto que, ante las diversas dificultades, ha decidido invocar en su ayuda a un buen intercesor: San José. Recuerda cómo otro José, el hijo de Israel, en la historia del Antiguo Testamento, llega a ser primer ministro: aquel a quien envía el faraón cuando el pan escasea: «Id a José». Es la frase bíblica. En la nueva generación de cristianos, San José, elegido por Dios para cuidar a Jesús que se nos ofrece en el Pan Eucarístico como alimento permanente, será el mejor mediador. “Ite ad Ioseph” (20) se convertirá en oración para que Dios venga de nuevo a «plantar su tienda entre nosotros» (21). Y, en efecto: en el mes de marzo de 1935, Dios viene a habitar en el primer sagrario del Opus Dei.

A lo largo de este curso, con el entusiasmo y sacrificio de todos, se irá completando la instalación del oratorio. El Padre dirige la construcción del altar. El fondo de la habitación se decora con una tela, de color verde, de la misma anchura que el altar. Sobre el lugar que ocupará el sagrario, una especie de baldaquino de madera forrada sujeto al techo.

El párroco de la iglesia de San Marcos certifica que todo lo referente al local está en orden. Han trabajado de firme para lograr lo más indispensable. El escultor Jenaro Lázaro Gumiel ha prestado una bella imagen de la Virgen; pero, al fin, se pone como retablo un cuadro que representa a Cristo partiendo el pan en Emaús y dándose a conocer a los discípulos. En una de las paredes laterales irá una representación de la Virgen del Pilar. También el futuro sagrario saldrá del taller. de Jenaro Lázaro y, hasta entonces, consiguen que la Madre Muratori, una Religiosa que aprecia mucho al Padre, Priora de las RR. Reparadoras de Torija, les preste uno de madera dorada que no se utiliza en el convento(22). La llave que custodiará este sagrario lleva una cadena y una medalla acuñada con la imagen de San José: “Ite ad Ioseph”, se puede leer grabado en el envés. Es el agradecimiento de la Obra al Patrono de la Iglesia universal que les ha traído a Cristo Eucaristía.

Todavía faltan muchas cosas: candeleros, vinajeras, atril, bandeja… El cáliz y el copón los ha conseguido el Fundador, que quiere celebrar la primera Misa el 31 de marzo de 1935.

Unos días antes, el portero sube con un gran paquete. Lo ha dejado un señor en la portería, sin acompañarlo de tarjeta ni remitente. El Padre lo abre y allí, perfectamente colocado, está todo lo que faltaba para concluir la instalación del oratorio. En broma, y un poco en serio, los chicos dicen que han debido llevarlo, hasta Ferraz, San Nicolás o San José.

Alguien supuso que el generoso donante fue, esta vez, don Alejandro Guzmán, que tantas veces acompañó al Padre en sus correrías por los barrios de Madrid, visitando pobres y aliviando enfermos. Su barba cerrada y su capa española perfilan la estampa elegante de un hombre muy ligado a los primeros pasos de la Obra en Madrid.

Pedro Casciaro recuerda la alegría de don Josemaría Escrivá de Balaguer en estos últimos días de marzo de 1935:

«Los pensamientos del Padre en aquella tarde convergían muy especialmente hacia el nuevo Sagrario: el Señor, comentaba, jamás deberá sentirse aquí solo y olvidado; si en algunas iglesias a veces lo está, en esta casa donde viven tantos estudiantes y que frecuenta tanta gente joven, se sentirá contento rodeado por la piedad de todos, acompañado por todos. Tú, ayúdame a hacerle compañía, me dijo finalmente.

Me conmovió ver su amor a Jesucristo en el tabernáculo, y como yo iba diariamente a la Escuela de Arquitectura, que entonces estaba cerca de Ferraz, me “comprometí” gustoso a ir tantas veces como pudiera a la Residencia para “hacer un ratico de oración” delante del Sagrario (…). Fue seguramente entonces cuando el Padre me dictó el texto de la Comunión espiritual que, desde entonces, he recitado toda mi vida»(23).

El 31 de marzo el Padre celebra la primera Misa. Con casulla blanca, gótica. Los candeleros escalonados hacia el Crucifijo, el altar adornado con flores naturales, y el oratorio lleno de gente. Están todos los de la Obra, los residentes y muchos amigos que asisten al acontecimiento. Es un día imborrable: Jesucristo ha llegado al primer sagrario del Opus Dei en el mundo.

Francisco Botella escribe acerca de las veces que pudo presenciar una Misa oficiada por el Fundador:

«Las primeras veces que asistí a esas Misas fueron un auténtico descubrimiento. Se veía al Padre embebido en Dios, y se comprendía mejor el sentido del Santo Sacrificio del Altar (…).

Recuerdo especialmente un sucedido. Yo dormía en el piso de Ferraz, 48. Alguna vez me quedaba a estudiar después de cenar, antes de acostarme. Por la ventana de la habitación donde yo dormía echaba una mirada a la ventana del oratorio, a través de una especie de patio que separaba los dos edificios. Una noche (…) -el Sagrario se entreveía a través de la ventana- vi a nuestro Padre arrodillado junto al altar, con la cabeza pegada a él, recogido en oración»(24).

Atraídos por este espíritu, la afluencia de estudiantes a Ferraz 50 va en aumento. Y la Academia “DYA” está repleta. Muchos de los que acuden a la formación que da el Padre, en una incansable dirección espiritual, conocerán su vocación y dedicarán su vida a realizar la Obra de Dios.

El trabajo diario crece y apenas hay servicio. Por la mañana, los chicos salen hacia sus Facultades respectivas. El Padre, aprovechando ratos mínimos, hace las camas, limpia los suelos y arregla las habitaciones de los residentes, sin que ninguno se dé cuenta de ello. Organiza las compras, con economía exhaustiva y pobreza heroica, que vive en todo momento y enseña a vivir a los demás. Piensa en los detalles; maneja las cosas con el cuidado de quien ha de hacerlas durar en buen estado. Apunta con precisión sus escasos gastos personales. No es la primera vez que, a pesar de la desaprobación de su madre, saca unos zapatos desechados y arrojados a una papelera y, tras teñirlos de negro y limpiarlos cuidadosamente, los utiliza para sus largas caminatas, que cubren la ciudad de un extremo a otro.

Pero jamás esta pobreza hace perder a la casa su aspecto grato, su confortable y limpia presencia. Las comidas son sanas y suficientes; el ambiente es cuidado y digno. Nada más lejos de la tacañería o la estrechez. Cada uno de los que viven en Ferraz se siente orgulloso de invitar a un amigo a almorzar o a pasar un rato en la Residencia. Se ha convertido en su casa. Un hogar cálido’ en el que todos colaboran y disfrutan de lo feliz y lo arduo.

A la vez, el Padre forma a cuantos le siguen en la importante idea de que no hay trabajo, por humilde que parezca, que no sea santificable, propio de un hijo de Dios, y no le haga feliz.

«Hay gente que confunde la pobreza con la suciedad y con la fealdad»(25).

Desde el principio les anima a la magnanimidad en las obras de Dios. A que no calculen sus posibilidades apostólicas de acuerdo con los medios actuales, sino con los que Dios enviará. Todo cuanto se construye ha de ser sólido, espacioso, terminado. Para que dure muchos años; mejor: siglos. Tiene, en su alma, una divina ambición que en cristiano se llama esperanza:

«Cada una de nuestras casas será el hogar que yo quiero para mis hijos. Vuestros hermanos tendrán un hambre santa de llegar a casa, después de la jornada de trabajo; y tendrán también ganas de salir a la calle -descansados, serenos-, a la guerra de paz y de amor que el Señor nos pide»(26).

Poco a poco, el ambiente de Ferraz 50 empieza a ser conocido en los medios universitarios y acuden a visitar al Padre los directivos de algunas organizaciones estudiantiles de otras provincias. De Valencia llega un grupo que invita al Fundador a realizar la primera expansión de la Obra a esta ciudad levantina. Pero su horizonte es universal, y ya en 1935 se habla, con naturalidad, de llevar este espíritu fuera de España, probablemente a París, a donde quizá alguno pueda ir a estudiar; de comprar una casa suficientemente grande para montar la Residencia de Madrid y de abrir otra en Valencia.

Con razón escribe Angel Galíndez, otro residente de los años 1935-36:

«Si la ocasión lo requería, era “un vendaval”: se lo llevaba todo por delante. En él coincidían virtudes opuestas y encontradas, aunque armónicamente fundidas, que daban lugar a una personalidad que se imponía recia y suavemente al mismo tiempo»(27).

Un día, viene invitado a comer un prestigioso Catedrático de Mecánica Racional de la Universidad Central. Los chicos comparten con él la tertulia y el café. El Padre intenta explicarle la pobreza que se vive alrededor de aquel ambiente agradable. Parece que no comprende muy bien. Apoyándose en la amistad que les une, el Padre se levanta, le toma del brazo y se lo lleva a la cocina: allí están dos residentes de la Obra, alumnos de este profesor, lavando la vajilla que se ha utilizado.

-«¿Lo entiendes ahora, Paco?»(28).

Y ante las actividades prácticas que ahora realizan estos chicos, completamente ajenas al estudio de la Cinemática que les explica en la Facultad, empieza a comprender.

El pan que sobra en las comidas se recoge cuidadosamente, se parte y se tuesta. Por las tardes se reúnen a merendar con este improvisado complemento, que el Padre llama, con su buen humor de siempre, «pastas para el té». Muchas veces, no cenará otra cosa.

En el cuarto destinado a Dirección de la Residencia hay una imagen de la Virgen. Todos son testigos de cómo se despide el Padre, cada día, al salir a la calle. La besa con el calor de una fe que no repara en falsos pudores. Esta Virgen, a la que el Padre dedica tantas miradas de afecto y tantos besos de confianza, le protege siempre. Le ayuda en toda dificultad y contradicción. Custodia su juventud sacerdotal y le da valor para una tarea superior a sus fuerzas humanas.

Con el deseo de hallar imágenes que le recuerden a su Madre del Cielo, descubre las que adornan fachadas de casas e iglesias madrileñas. Aun después de la época de mayor persecución religiosa, entre 1936 y 1939, fue capaz de hallar algunas que habían escapado al odio destructor. Este empeño por mantener una presencia de Dios, una vida contemplativa sin rarezas, tomando ocasión de todas las cosas que le rodean en la calle, será herencia que intentará clavar en el alma de sus hijos. A ello conduce también la costumbre de «asaltar sagrarios»: les invita a un acto de amor cuando pasen junto a los lugares en que permanece, en la oscuridad y la espera, Jesús Sacramentado.

Durante estos años muchos de los residentes y amigos se desplazarán de Madrid aprovechando las vacaciones. El Padre mantiene relación con ellos a través de múltiples cartas que les llevan el afecto y preocupación por cada uno. Desde el verano de 1934, en la casa de Luchana, se prepara una publicación corta, apenas una hoja informativa, escrita a máquina, y en la que se da cuenta a todos los que frecuentan la Academia, y luego la Residencia, de las noticias que puedan llevarles alegría e interés por los que han quedado en Madrid. No hay multicopista, pero se lograrán reproducciones con planchas de gelatina. Muy pronto, los correos de España son portadores de una corriente de amistad que pasa por encima de la inquietante situación política, que amenaza tormenta en todo el país.

La Residencia de estudiantes

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El Padre sigue adelante con el proyecto de abrir una Residencia de estudiantes en el próximo curso 1934-35. En ella podrán alojarse algunos de los que pertenecen a la Obra y un grupo de universitarios. La carencia de medios materiales no es un obstáculo insuperable. Como dirá el Fundador:

«En el Opus Dei estamos acostumbrados a comenzar las labores cuando el Señor quiere: porque los medios vienen después, si el Señor ve nuestro amor»(10). Y más adelante:

«Teníamos bien poco -ningún medio humano y mucha juventud, mucha inexperiencia y mucha ingenuidad-, pero lo teníamos también todo: la oración, la gracia de Dios, el buen humor el trabajo, que siempre han sido y serán las armas del Opus Dei»(11).

El Padre traza las líneas maestras de lo que debe ser la futura Residencia y encarga algunas gestiones a Isidoro Zorzano, Ricardo Fernández Vallespín, Juan Jiménez Vargas y José María González Barredo.

Los miembros de la Obra, y también los amigos que frecuentan Luchana, se lanzan, en el verano de 1934, a buscar un local adecuado. Dividen Madrid por zonas. En el mes de agosto, se encuentra una casa próxima a la Ciudad Universitaria, en el número 50 de la calle Ferraz. Se trata de un edificio grande, de buena construcción, con dos departamentos en cada piso. El plan es alquilar la primera planta completa para instalar la Residencia, y uno de los correspondientes a la segunda para trasladar allí las aulas de la Academia “DYA”. Los trámites se llevan a cabo directamente con el propio dueño del inmueble, don Javier Bordiú, ingeniero de Minas, hombre de bien a quien el Padre llegará a tener mucho cariño, y que vive con sus hijos en el piso principal. Cada uno de los departamentos cuesta, en alquiler, cuatrocientas pesetas al mes, lo que arroja un total de mil doscientas. Además, al firmar el contrato hay que adelantar la primera mensualidad como garantía. Ricardo Fernández Vallespín, que ha terminado su carrera, figura como director de la Residencia.

Y así empieza la odisea económica de Ferraz, que no consiguió minar ni la fe ni el buen humor de todos, aun cuando hubo momentos de auténtica imposibilidad.

Se consiguieron, en total, unos miles de pesetas para pagar la fianza y afrontar los primeros gastos: obras de albañilería que habían de unir los dos departamentos del primero, e instalación de los servicios indispensables a una Residencia. Ahí se acabó el dinero disponible, y aún no se había iniciado el capítulo de muebles y enseres de todo tipo.

Sin embargo, en medio de la falta de medios materiales, el Padre no cae nunca en la pobretería. Reúne a los miembros de su familia -doña Dolores, Carmen y Santiago-, y les da cuenta por vez primera de su vocación, de la especial llamada que ha recibido de Dios el 2 de octubre de 1928. Les pide su colaboración económica con el patrimonio familiar: unas tierras valiosas que han heredado en Fonz, en la provincia de Huesca.

Ninguno tiene la menor vacilación. Quedan en vender esas propiedades. Si Josemaría lo necesita, para servir a Dios, todo es suyo. Solamente Santiago interviene para decir, bromeando, con un divertido neologismo:

«¡Ah!, entonces por eso te “ciliciabas”»(12).

Ha presenciado repetidamente la preocupación de su madre y hermana por la vida de trabajo y penitencia intensa que lleva el Fundador de la Obra. Ahora, por lo menos, cuenta con una explicación a que atenerse.

En el mes de septiembre se amuebla la casa. El comedor, la sala de visitas, el vestíbulo. También se llegan a instalar lámparas en los dormitorios; pero el dinero del que por ahora dispone solamente cubre lo necesario para montar una habitación-piloto, con dos camas, armario, mesitas de noche, mesa de trabajo y sillas. Se ha logrado comprar el menaje de cocina y la vajilla.

La ropa viene, a crédito, de los Almacenes Simeón. Trabaja en este comercio, como jefe de sección, un antiguo proveedor de la familia del Padre: Casimiro Ardanuy. Todos los colchones, mantas y enseres que no se pueden colocar por falta de muebles, se reúnen en una habitación a la que llaman almacén.

«En aquellos tiempos disponíamos de muy pocos muebles. Teníamos ropa, que me habían dado en unos grandes almacenes a crédito, para pagarla cuando pudiera. Y no teníamos armarios para guardarla. En el suelo habíamos puesto con mucho cuidado unos papeles de periódico, y encima la ropa (…). Y encima, más papeles, para resguardarla del polvo»(13).

El Padre elige la habitación para el oratorio: grande, con entrada muy próxima al vestíbulo principal y una ventana de tamaño regular que se abre a un patio silencioso. Los cristales se cubren con papel que imita el cristal emplomado.

Allí se monta, en principio, una mesa amplia con un crucifijo y dos candeleros. Un banco, que ya estaba en Luchana, se divide en dos y ocupa los laterales. Junto al altar, un reclinatorio.

A lo largo del curso, el oratorio se va completando. Ya se ha conseguido un altar de madera, con frontal liso y adecuado para adosar una armadura de madera forrada con tela del color litúrgico del día. Al principio sólo existe el blanco. También los únicos ornamentos que tienen son de este color.

En este primer oratorio de la Obra, el Padre vuelca su ilusión de tanta espera. Han pasado seis años y nunca ha dejado de soñar con el momento en que Cristo Hombre, Pan Eucarístico, fuerza y sangre de toda la vida del cristiano, pueda venir a ser amado, adorado, bajo el techo del Opus Dei. Querría tener, para recibir este primer sagrario, los medios con que el amor humano demuestra su grandeza. Y, en la escasez en que se mueve, enseña a todos que el oratorio es lo primero. Y les dice que, algún día, cuando tengan más posibilidades, habrán de ponerlas en este lugar, a los pies del sagrario.

El Padre, al concluir aquella semi-instalación, se reviste con un roquete de encaje confeccionado por su hermana Carmen. Toma en sus manos el agua bendita e invoca la protección del Cielo para todas las dificultades, y también para las alegrías que les aguardan. Bendice especialmente aquel hogar en el que ahora, mejor que nunca, empezará a formar en el espíritu de la Obra a los primeros.

«Me traje del Rectorado de Santa Isabel un acetre con agua bendita y un hisopo (…). También (…) una estola y un ritual, y fui bendiciendo la casa vacía: con una solemnidad y alegría, ¡con (14) una seguridad!… »

Pocos días más tarde aparece un flamante anuncio en los periódicos dando a conocer la nueva Residencia, y se habla de ella entre los estudiantes de varias Facultades. Pero da comienzo el curso académico y no llega solicitud alguna. Fallan todos los cálculos económicos tan cuidadosamente medidos por Isidoro y basados en que estuviera llena la casa. Los acontecimientos del país contribuyen a esta desbandada: en octubre se proclama la huelga general que culmina con la revolución de Asturias y Cataluña. Se aplaza la apertura de la Universidad para evitar disturbios.

Pero la fe del Padre no flaquea, las cosas de Dios exigen fortaleza y paciencia. Hay que correr con las dificultades de este primer año, que se presenta arduo. Ricardo Fernández Vallespín, desde su responsabilidad de director, aún recuerda los agobios económicos del curso 1934-35. No hay dinero para el alquiler, ni para las tiendas de comestibles, ni para los plazos de la ropa… Para nada. Alguna vez, la imposibilidad material de sacar aquella casa de la Obra adelante le hace llorar, y ya no es un niño, sobre los libros de facturas.

A punto de comenzar las clases sólo llegará un residente: Alberto Ortega. Aún no funciona la cocina, y además resulta más barato llevarle a comer a un restaurante próximo que poner en marcha los servicios generales. Sin embargo, desde que se instala este primer alumno, la casa empieza su vida. A última hora de la tarde de este primer día de rodaje en la Residencia DYA, varios miembros de la Obra que viven en casa de sus familiares abandonan Ferraz 50. Solamente se queda Ricardo Fernández Vallespín, que es el director. El Padre le llama y le da su bendición: por primera vez Ricardo va a pasar la noche bajo el techo de un Centro del Opus Dei.

El Fundador les ayuda constantemente. Avala sus adquisiciones y deudas; habla con el dueño de los pisos de Ferraz; consigue créditos. Y reza incesantemente, porque cree en los proyectos de Dios y en la omnipotencia de la oración. A veces se encierra en una habitación y Ricardo, que es quien más horas permanece en la casa, oye los golpes de sus disciplinas y asiste, distante y estremecido, a penitencias que le conmueven. Tanto más, cuanto que nada en el carácter alegre, abierto y de permanente buen humor, hace sospechar la entrega de este sacerdote que ha puesto su vida entera en las manos de la Providencia.

En el piso de la segunda planta de Ferraz 50 se instala la Academia DYA, que cuenta ya con la experiencia de los meses transcurridos en su primitiva sede de la calle de Luchana. Escribe José Ramón Herrero Fontana, uno de los primeros alumnosls que este centro intentaba formar buenos profesionales de Derecho y Arquitectura. Pero pronto empezaron a acudir estudiantes de otras Facultades, y los idiomas ocuparon, también, un lugar destacado en las clases. El Padre ya piensa en la expansión del Opus Dei por todo el mundo, aunque ahora no es más que «un pequeño grano de mostaza».

Aunque se ha llegado a alcanzar la cifra de catorce residentes, que es la capacidad de la casa, a lo largo de este primer curso de funcionamiento se demuestra la imposibilidad de mantener alquilados los tres pisos con que se contaba en un principio. Es necesario prescindir del segundo y reducirse a los dos departamentos del primero. Para evitar el desánimo, lógico, que pudiera producir esta renuncia, les dirige el Padre una meditación llena de empuje, de esperanza y de sentido sobrenatural, cuyo motivo central repetirá muchas veces y recogerá, años más tarde, en el punto 12 de «Camino»:

«Crécete ante los obstáculos. -La gracia del Señor no te ha de faltar: “ínter medíum montium pertransibunt aquae”! -¡pasarás a través de los montes! ¿Qué importa que de momento hayas de recortar tu actividad si luego, como muelle que fue comprimido, llegarás sin comparación más lejos que nunca soñaste?»

En el siguiente curso de 1935-36, la Academia “DYA” ha pasado a ocupar parte de las dos viviendas del primer piso. Y, ahora que han reducido espacio, llueven las peticiones y la casa se llena por completo de estudiantes. También algunos que ya son de la Obra, como Pedro Casciaro y Francisco Botella, cuyas familias viven fuera de Madrid, trasladan su alojamiento a Ferraz 50. El ambiente es formidablé, y cada vez frecuenta la casa un número mayor de amigos atraídos por la alegría, la fe y la serenidad que neutralizan, incluso, las circunstancias pesimistas del clima político.

A lo largo del tiempo, se conservarán anotaciones, documentos, facturas y toda suerte de recuerdos de estos primeros años. Por ejemplo, recetas económicas redactadas por Isidoro Zorzano, en las que emerge su sentido de la ingeniería mucho más que el del arte culinario. Hay una para hacer croquetas, en la que se agrupan los ingredientes en una columna, en otra el peso, en la siguiente el precio unitario y, en la última, el precio total. Después, añadía: por cada kilogramo de carne, se pueden sacar tantas croquetas.

Pero todos los residentes recuerdan aquel tiempo llenos de gratitud. La casa es una tarea común en la que se sienten implicados. El Padre la ha concebido como un lugar abierto a todos, sin discriminación de ningún tipo. Bastaba tener deseos de aprender y de formarse cabalmente, para encontrar abiertas de par en par las puertas de la Residencia “DYA”.

Uno de los primeros residentes escribe años más tarde: «La ilusión que todos teníamos en conseguir la nueva sede de la Academia-Residencia DYA era una muestra de cómo el Padre nos hacía partícipes de las cosas de la Obra. Realmente la considerábamos como algo nuestro (…). A mí, por ejemplo, estudiante de arquitectura, me hizo un croquis de la futura Residencia, durante un rato de conversación en un retiro mensual»(16).

La necesidad de alquilar un nuevo piso se acoge con gran alegría. Es un año de promesas frente a toda dificultad. Un tiempo para apoyar la confianza en las palabras que el Padre transcribirá, luego, en «Camino»:

«Cuando sólo se busca a Dios, bien se puede poner en práctica, para sacar adelante las obras de celo, aquel principio que asentaba un buen amigo nuestro: “Se gasta lo que se deba, aunque se deba lo que se gaste” » (17).

Ya no es posible volver a alquilar el segundo, devuelto al dueño del inmueble. Y, como no caben, han de tomar otro piso en la misma calle de Ferraz, número 48. Allí se traslada, otra vez, la Academia “DYA”. Esta es una casa vieja, de dos plantas. No tiene calefacción y es heladora: se la denomina, con buen humor, «Siberia».

Nuevos centros y actividades de formación

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El Opus Dei pronto dejó pequeña la residencia de la calle Jenner. Algunos que ya habían terminado sus estudios y empezado a trabajar se trasladaron en otoño de 1940 a un nuevo centro en la calle Martínez Campos. Entre ellos se contaban Jiménez Vargas, Fernández Vallespín, Botella, Rodríguez Casado y Múzquiz. El piso sirvió de base para actividades con jóvenes profesionales, muchos de los cuales se habían casado hacía poco. También era la sede de la Sociedad de Cooperación Intelectual (SOCOIN) que patrocinaba las actividades culturales y educativas que se organizaban

Por esa misma época, un grupo de miembros de la Obra se trasladó a una elegante casa con un pequeño jardín en la esquina de las calles de Lagasca y Diego de León, en el barrio de Salamanca. Este nuevo local serviría de sede central de la Obra y de centro de formación para las vocaciones recientes. La primera ola de residentes se redujo a Escrivá y su familia, del Portillo, Zorzano y José Orlandis, joven historiador que pidió la admisión al Opus Dei en Valencia al término de la la Guerra Civil. Escrivá celebró la primera Misa en Lagasca, como llamaron al nuevo centro, en la Nochebuena de 1940. Pocos meses después el obispo de Vitoria, Javier Lauzurica, dejó reservado por primera vez el Santísimo Sacramento en el sagrario del oratorio.

Los jóvenes que por entonces habían pedido la admisión a la Obra en Valencia, Zaragoza y Valladolid pasaron en Madrid unos días de formación más intensa en la primavera de 1941. Aprovecharon que los residentes habían salido de Madrid para pasar la Semana Santa con sus familias y habían dejado sitio en Jenner. A diario, Escrivá predicaba una meditación antes de la Misa. En las tertulias de después de las comidas, se mezclaban la conversación sobre acontecimientos del día, anécdotas de las actividades apostólicas en Madrid y otros lugares, comentarios sobre el espíritu del Opus Dei, canciones y bromas. Los “mayores” de la Obra (del Portillo, Zorzano, Jiménez Vargas, Casciaro y Botella), que tenían alrededor de treinta años, daban las clases sobre el espíritu y el apostolado de la Obra. En los tiempos entre clases, los participantes solían estudiar los textos mecanografiados de las “Instrucciones” que Escrivá había redactado antes de la Guerra Civil. Cada tarde, salían unas horas a hacer deporte o dar una vuelta por Madrid. Esta primera Semana de Estudio –así se llamó– fue precursora de futuros cursos en los que los fieles de la Obra estudiarían Teología y el espíritu del Opus Dei en un ambiente de familia.

Los miembros del Opus Dei estudian Filosofía, Teología y doctrina católica durante toda la vida. Para acelerar su formación, los numerarios normalmente pasan varios años en un centro de estudios donde se dedican más intensamente a esas materias, sin abandonar sus actividades profesionales o los estudios civiles. En otoño de 1941, el Opus Dei abrió su primer centro de estudios en el piso superior de Lagasca, en la parte de la casa que los antiguos propietarios habían reservado para el personal de servicio. Casciaro fue el primer director. Escrivá consiguió que prestigiosos profesores se ocuparan de las clases de Filosofía y Teología. La formación en el espíritu del Opus Dei la impartió el propio Escrivá, ayudado por Casciaro y los demás mayores. Para entonces, el centro de Martínez Campos se trasladó a una nueva sede y se abrió otro para la gente que ya había terminado los estudios universitarios, con lo que en octubre de 1941 el Opus Dei ya contaba con cuatro casas en Madrid.

El espíritu de la residencia Jenner

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Una parte importante del espíritu del Opus Dei se reflejaba en la conciencia de pertenecer a una familia cristiana, unida no sólo por vínculos sobrenaturales, sino también por lazos de calor humano. La presencia de la madre y hermana de Escrivá y su trabajo para crear un ambiente familiar en la residencia contribuyeron en buena medida a inculcar ese sentido a la gente de la Obra.

Recordando su experiencia en Jenner, los miembros del Opus Dei destacan sobre todo el ambiente de alegría y optimismo que reinaba. Uno de ellos apunta que “el rasgo dominante de aquel período fue la alegría, con sus naturales secuelas de buen humor y optimismo. (…) Es cierto que hubo obstáculos de no pequeña entidad. (…) Pero no hubo dificultad o contradicción -aunque algunas fuesen penosas e increíbles-, que consiguiera turbar la atmósfera de luz, confianza y seguridad en el camino que impregnaba el ambiente de los centros de la Obra y la vida personal de los miembros”[1].

La residencia también se caracterizaba por su espíritu de libertad. Un chico de Valencia que iba a empezar sus estudios en la Universidad de Madrid solicitó una plaza en la residencia en septiembre de 1940. Su padre, que le acompañaba, contó a Escrivá que buscaba un lugar seguro donde las idas y venidas de su hijo pudieran ser supervisadas. A medida que el padre del joven se explicaba, la cordial sonrisa de Escrivá se tornó en una expresión seria: “Se han confundido ustedes de puerta. En esta residencia no se vigila a nadie. Se procura ayudar a los residentes a ser buenos cristianos y buenos ciudadanos, hombres libres que sepan formar criterio y cargar con la responsabilidad de sus propias acciones. En esta casa se ama mucho la libertad y el que no sea capaz de vivirla y de respetar la de los demás no cabe entre nosotros”[2].

Como en la residencia DYA antes de la guerra, los miembros de la Obra hablaban a sus compañeros residentes de tomar sus carreras muy en serio y de estudiar diligentemente. Muchos estudiantes que iban por primera vez a Jenner se asombraban del silencio y del ambiente de concentración que había en la sala de estudio. Los que volvían pronto entendían que los residentes no eran simplemente unos buenos estudiantes, sino que estaban animados por el mensaje del Opus Dei; la llamada a santificarse en el cumplimiento de sus deberes profesionales –en su caso, el deber de estudiar- y el deseo de hacer la Voluntad de Dios trabajando lo mejor que podían.

Al mismo tiempo, los miembros de la Obra subrayaban que la excelencia profesional y conseguir buenas notas no era el objetivo de sus vidas, sino un modo de dar gloria a Dios y de acercarle almas. El estudio, decían, es importante, pero a veces debe ceder ante otros deberes más urgentes. Escrivá decía en una carta a sus hijos de Valencia: “El estudio nos es indispensable: es la red. ¿Qué diríamos de un pescador que tuviera miedo de que la red se rompiera, y, sin ir a la mar, se pasara las horas contemplando el instrumento? A Pedro y a Andrés, les llamó Jesús cuando remendaban sus redes. ¡Cuántas veces, en cuestiones de estudio, ante la abundancia de pesca –la labor apostólica- nos habremos de conformar con ‘remiendos’! No temáis, por eso, que dé un bajón vuestro prestigio. Os podría contar hechos bien recientes –hermosísimos- de vuestros hermanos mayores”[3].

[1] José Orlandis. Ob. cit. p. 153-154

[2] AGP P03 1988 p. 347-348

[3] Ibid. p. 548

Discreción

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La gente del Opus Dei se contentaba muchas veces, en esa temprana época, con explicar a sus amigos lo que intentaba hacer y el espíritu que le animaba, sin hablar directamente del Opus Dei como organización. Los estudiantes que asistían a las meditaciones y clases de formación cristiana en Jenner conocían la Obra por el espíritu que se vivía, pero no por una explicación teórica de la institución llamada Opus Dei.

Una razón importante para hablar durante esos años más de actividades concretas y del espíritu que las animaba que del Opus Dei en sí era que, con el código de Derecho Canónico en la mano, el Opus Dei sencillamente no existía. Escrivá mantenía informado al obispo de Madrid de sus actividades personales y de las de la Obra, y contaba con su bendición y apoyo. Pero no había todavía una entidad a la que la Iglesia hubiera dado su bendición oficial. En estas circunstancias, explicar el Opus Dei fuera del contexto de la vida espiritual de alguien que tenía interés personal en ello resultaba difícil, y a menudo infructuoso.

Su manera de explicar el Opus Dei reflejaba la naturaleza de la vocación que habían recibido. Consiste en vivir plenamente la vocación bautismal como católicos laicos en y a través del trabajo y de las relaciones con otra gente, sin diferenciarse exteriormente de los demás ciudadanos católicos. Como cualquier otro, los fieles del Opus Dei están llamados a ser testigos de Cristo, pero de modo personal y no institucional. Toman esta vocación en serio, y nadie que los conozca bien dejará de notar su fe y su compromiso con Cristo. Pero no sienten la necesidad de mostrar en público su decisión íntima y personal de dedicar sus vidas a Dios, ni van proclamando al mundo: “Intento vivir mi vocación cristiana de modo heroico y hacerme santo”. Tampoco tienen ninguna razón para ocultar su pertenencia al Opus Dei o mantener su existencia en secreto. Les alegra hablar de ello cuando alguien quiere saber algo o le resultará beneficioso, pero prefieren no pregonar su compromiso personal a los cuatro vientos.

Los miembros de la Obra en la residencia

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La residencia abrió a comienzos del año académico, en septiembre de 1939 y pronto se ocuparon todas sus plazas, unas veinte. Muchos de los residentes eran los miembros del Opus Dei que vivían en Madrid, lo que en esa época equivalía a decir casi todos. Entre ellos había un amplio abanico de profesiones: Zorzano, del Portillo y Hernández Garnica eran ingenieros; Jiménez Vargas era médico; González Barredo, físico; Albareda, edafólogo; Fernández Vallespín, arquitecto; Botella y Casciaro; matemáticos; y Rodríguez Casado, historiador.

Durante el año académico 1939-40, varios que pidieron la admisión en el Opus Dei al terminar la guerra se trasladaron a la residencia: Jose Luís Múzquiz, ingeniero; Francisco Ponz, que en esa época preparaba el examen de ingreso en la Escuela de Ingenieros Agrónomos, pero que más tarde cambiaría a Ciencias Naturales y se convertiría en un prestigioso fisiólogo; y Juan Antonio Galarraga y Jesús Larralde, ambos estudiantes de Farmacia. Justo Martí, abogado, que había vivido en la residencia de Ferraz antes de la Guerra Civil, abandonó el puesto de alcalde de su pueblo para trasladarse a Madrid y pertenecer al Opus Dei.

Otros estudiantes que se habían unido recientemente al Opus Dei en Madrid siguieron viviendo con sus padres, pero frecuentaban Jenner. Entre ellos estaba Fernando Valenciano, estudiante de Ingeniería que fue el primero en pedir la admisión en el Opus Dei en Madrid tras la guerra; Salvador Canals, abogado y futuro juez de la Rota Romana; Gonzalo Ortiz de Zárate, estudiante de Ingeniería Naval; Álvaro del Almo, genetista; Alberto Ullastres, economista y futuro ministro; y José Antonio Sabater, futuro catedrático de instituto y uno de los fundadores del primer colegio promovido por miembros del Opus Dei.

Para los fieles del Opus Dei vivir bajo el mismo techo es mucho menos importante que compartir el mismo espíritu y aspiraciones. De hecho, hoy en día la inmensa mayoría de los miembros del Opus Dei están casados y viven con sus familias. Incluso los fieles que son célibes viven con frecuencia fuera de los centros del Opus Dei, a causa de las exigencias de su trabajo. Ello no es un obstáculo para vivir plenamente la vocación. Sin embargo, como primer centro en el que vivieron juntos un buen número de personas de la Obra, Jenner representó un paso importante porque facilitó una rápida asimilación del espíritu del Opus Dei por quienes vivían en la residencia.


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