Sábado santo, día de silencio y de conversión

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“Cada uno de nosotros puede unirse al silencio de la Iglesia. Y al considerar que somos responsables de esa muerte, nos esforzaremos para que guarden silencio nuestras pasiones, nuestras rebeldías, todo lo que nos aparte de Dios”. Palabras de mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, emitidas por la cadena de Estados Unidos EWTN.

Opus Dei -

Hoy es un día de silencio en la Iglesia: Cristo yace en el sepulcro y la Iglesia medita, admirada, lo que ha hecho por nosotros este Señor nuestro. Guarda silencio para aprender del Maestro, al contemplar su cuerpo destrozado.

Cada uno de nosotros puede y debe unirse al silencio de la Iglesia. Y al considerar que somos responsables de esa muerte, nos esforzaremos para que guarden silencio nuestras pasiones, nuestras rebeldías, todo lo que nos aparte de Dios. Pero sin estar meramente pasivos: es una gracia que Dios nos concede cuando se la pedimos delante del Cuerpo muerto de su Hijo, cuando nos empeñamos por quitar de nuestra vida todo lo que nos aleje de Él.

El Sábado Santo no es una jornada triste. El Señor ha vencido al demonio y al pecado, y dentro de pocas horas vencerá también a la muerte con su gloriosa Resurrección. Nos ha reconciliado con el Padre celestial: ¡ya somos hijos de Dios! Es necesario que hagamos propósitos de agradecimiento, que tengamos la seguridad de que superaremos todos los obstáculos, sean del tipo que sean, si nos mantenemos bien unidos a Jesús por la oración y los sacramentos.

El mundo tiene hambre de Dios, aunque muchas veces no lo sabe. La gente está deseando que se le hable de esta realidad gozosa —el encuentro con el Señor—, y para eso estamos los cristianos. Tengamos la valentía de aquellos dos hombres —Nicodemo y José de Arimatea—, que durante la vida de Jesucristo mostraban respetos humanos, pero que en el momento definitivo se atreven a pedir a Pilatos el cuerpo muerto de Jesús, para darle sepultura. O la de aquellas mujeres santas que, cuando Cristo es ya un cadáver, compran aromas y acuden a embalsamarle, sin tener miedo de los soldados que custodian el sepulcro.

A la hora de la desbandada general, cuando todo el mundo se ha sentido con derecho a insultar, reírse y mofarse de Jesús, ellos van a decir: dadnos ese Cuerpo, que nos pertenece. ¡Con qué cuidado lo bajarían de la Cruz e irían mirando sus Llagas! Pidamos perdón y digamos, con palabras de san Josemaría Escriváyo subiré con ellos al pie de la Cruz, me apretaré al Cuerpo frío, cadáver de Cristo, con el fuego de mi amor…, lo desclavaré con mis desagravios y mortificaciones…, lo envolveré con el lienzo nuevo de mi vida limpia, y lo enterraré en mi pecho de roca viva, de donde nadie me lo podrá arrancar, ¡y ahí, Señor, descansad!

Se comprende que pusiesen el cuerpo muerto del Hijo en brazos de la Madre, antes de darle sepultura. María era la única criatura capaz de decirle que entiende perfectamente su Amor por los hombres, pues no ha sido Ella causa de esos dolores. La Virgen Purísima habla por nosotros; pero habla para hacernos reaccionar, para que experimentemos su dolor, hecho una sola cosa con el dolor de Cristo.

Saquemos propósitos de conversión y de apostolado, de identificarnos más con Cristo, de estar totalmente pendientes de las almas. Pidamos al Señor que nos transmita la eficacia salvadora de su Pasión y de su Muerte. Consideremos el panorama que se nos presenta por delante. La gente que nos rodea, espera que los cristianos les descubramos las maravillas del encuentro con Dios. Es necesario que esta Semana Santa —y luego todos los días— sea para nosotros un salto de calidad, un decirle al Señor que se meta totalmente en nuestras vidas. Es preciso comunicar a muchas personas la Vida nueva que Jesucristo nos ha conseguido con la Redención.

Acudamos a Santa María: Virgen de la Soledad, Madre de Dios y Madre nuestra, ayúdanos a comprender —como escribe San Josemaría— que es preciso hacer vida nuestra la vida y la muerte de Cristo. Morir por la mortificación y la penitencia, para que Cristo viva en nosotros por el Amor. Y seguir entonces los pasos de Cristo, con afán de corredimir a todas las almas. Dar la vida por los demás. Sólo así se vive la vida de Jesucristo y nos hacemos una sola cosa con Él.
Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei.

«El Opus Dei en España está empezando»

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El actual prelado de la única prelatura personal en el mundo, el Opus Dei, agradece continuamente el haber sido llamado a formar parte de esta institución y el haber vivido junto a un santo, el beato Josemaría Escrivá. Dice que “la justicia social no está circunscrita a las actividades de carácter asistencial” y afirma que “la familia se basa y construye sobre la forma particular de sabiduría e intuición tan propia de la mujer”. Mons. Javier Echevarría se muestra esperanzado con la idea de que nazcan nuevas prelaturas personales. Su optimismo también se adivina cuando se refiere a las vocaciones, que aumentan, dice.

El Opus Dei nació en España. ¿Cuál es hoy la realidad de la Obra en el contexto español?

La realidad del Opus Dei en España es la de un fermento de vida cristiana. Por la gracia de Dios, no por mérito de los fieles de la Prelatura, en estos setenta y dos años transcurridos desde su fundación, cientos de miles de personas han encontrado o reencontrado a Jesucristo, en el trabajo o mediante la amistad de una mujer o de un hombre del Opus Dei.

Al mismo tiempo, se podría decir que el Opus Dei en España está empezando: si me permite la expresión, existe mucha “demanda”, mucho interés por ese ideal de seguir a Jesucristo en las circunstancias ordinarias de la vida.

¿ Cuál es el papel del santuario de Torreciudad ?

Por el Santuario de Torreciudad, que celebra su 25 aniversario el próximo mes de julio, han pasado ya millones de mujeres y de hombres de muchos países, para rezar a la Virgen, para recibir el Sacramento de la reconciliación, para renovar su vida cristiana. Ahí radica la razón de ser del Santuario: facilitar el encuentro personal con Jesucristo, mediante Santa María. Por eso, muchos españoles, y también personas de otras naciones, guardan de Torreciudad una memoria llena de afecto, y lo encuadran como un momento significativo en la historia de su vida.

¿El número de jóvenes que aspiran al sacerdocio está estable, crece o disminuye?

En la Iglesia se está verificando, en no pocos países, un aumento de sacerdotes y seminaristas, de jóvenes que se preparan para el sacerdocio. Esos datos constituyen un motivo de alegría y de agradecimiento a la Santísima Trinidad. Demuestran que seguir a Jesucristo de forma radical, ponerse totalmente a su servicio, constituye un proyecto de vida atractivo para jóvenes o profesionales de los más diversos ambientes. La llamada de Cristo es siempre actual.

En cuanto al Opus Dei, precisamente hace unos días he tenido la oportunidad de conferir la ordenación sacerdotal a algunos fieles de la Prelatura, y ahora, en los meses de mayo y septiembre, ordenaré a algunos más. Desde mi consagración episcopal, en 1995, he ordenado a más de doscientos fieles de la Prelatura del Opus Dei. Sin embargo, mirando las necesidades del mundo, todos me parecen pocos. Por eso, no menciono esas cifras con orgullo, sino con agradecimiento al Señor, al mismo tiempo que rezo por los sacerdotes y seminaristas de todas las diócesis.

¿Se siente orgulloso de pertenecer a la única prelatura personal del mundo?

Mi sentimiento constante se traduce en una acción de gracias al Cielo. Todos los días deseo alabar más y más a Dios por su Providencia, por la familia en la que nací, porque me llamó a formar parte de esta porción de pueblo de Dios – el Opus Dei – y años más tarde al sacerdocio, porque he vivido junto a un santo, el Beato Josemaría Escrivá, y por muchos otros motivos que alargarían demasiado mi respuesta.

Por otra parte, espero que, con el tiempo y de acuerdo con las propuestas del Concilio Vaticano II, se erigirán en la Iglesia otras prelaturas personales, nacionales o internacionales, para atender específicas necesidades pastorales que están ya en la propia vida de la Iglesia o que surgirán.

¿En qué sentido afirma que la mujer es la pieza clave en la familia?

En mi opinión, es pieza clave en sentido estricto. La familia – célula fundamental de la sociedad – constituye un proyecto común que depende de la aportación de todos: del marido, de la mujer, de los hijos. Opino, concretamente, que en nuestros días resulta muy necesario recordar la grandeza de la paternidad y la responsabilidad del padre en la familia. Pero sin planteamientos excluyentes, porque si el padre es fundamental, lo es igualmente la madre.

Negar el valor inmenso e insustituible de la aportación de la mujer en la familia equivale a cerrar los ojos a la realidad. No me refiero a la habilidad para las tareas del hogar, sino más a bien a una serie de cualidades morales, que no pueden resumirse en pocas palabras: se corre el riesgo de simplificar y de quedarse corto. Las madres poseen una maravillosa capacidad de expresar el amor, de hacer felices a los demás, amando a cada uno tal como es, de forma desinteresada, incondicional. Opino que la familia tiene su apoyo y se construye sobre esa forma particular de sabiduría y de intuición tan propia de la mujer.

¿Cuál sería su propuesta de cristianizar las estructuras civiles y laicas para resolver los problemas de justicia social?

Para iluminar con la luz del Evangelio las estructuras sociales no existe una sola fórmula, ni un solo programa. Además, la justicia social no está circunscrita a las actividades de carácter asistencial, ni a un tipo de países, ni a determinados grupos de individuos. La justicia abarca todas las relaciones entre los hombres.

Por ese motivo, “cristianizar las estructuras civiles”, como usted dice, representará siempre una misión fundamental de los laicos, de hombres y mujeres que vivan su fe de forma coherente en todas las profesiones: empresarios y trabajadores, políticos, maestros, funcionarios, abogados,… Nadie está exento de dicha responsabilidad.

En ese contexto, adquiere un valor capital la tarea de formación cristiana, que debe ser profunda, madura, realista. Una buena formación intelectual, profesional, espiritual, ética, ayuda a inventar o descubrir mil formas de ejercitar la justicia en el trabajo ordinario y en todas las relaciones entre los hombres. Como obispo, considero esta tarea un reto pastoral apasionante.

¿Qué prioridad se plantea la Obra en este Jubileo?

Insistimos en la necesidad de la conversión personal a Jesucristo, mostrandoque sus “mandamientos”son pruebas de su amor. Tenemos que ser coherentes con la fe que tenemos y arrepertirnos de lo que no hacemos bastante bien. ¡ Si fueramos santos, no estaríamos en la Tierra !

¿Piensa en una evangelización directa y explícita?

Somos hijos de Cristo, no podemos negar nuestra identidad cristiana, que es la auténtica realidad. El cristianismo dignifica a la persona. Estamos llamados a traer el cristianismo a la situación concreta. Tenemos que evangelizar sin miedos, no tenemos que ocultar que somos hijos de Dios: la fe se vive en todo momento, no se puede ser buen padre o buena madre de familia y no ser honesto en los negocios.

¿En qué punto se encuentra el proceso de canonización de Escrivá de Balaguer?

Para la canonización hay que demostrar la existencia de un milagro obrado por intercesión del beato, en tiempo posterior a su beatificación. Desde el 17 de mayo de 1992, fecha en que el sacerdote Escrivá de Balaguer fue declarado beato, se han recogido datos de varios casos de curaciones científicamente inexplicables.

El estudio de esos casos se encuentra en distintas fases: algunos ya están instruidos y presentados a la Santa Sede. Las instancias eclesiásticas que intervienen analizan con rigor y sin precipitación los elementos que se presentan. Mientras tanto, me causa mucha alegría comprobar que la devoción al beato Josemaría se extiende a nuevos países y ambientes. No tengo ninguna duda de que la canonización llegará en el mejor momento.

Texto íntegro de la entrevista de Pilar Urbano a mons. Javier Echevarría.

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“Siento el peso de la Obra y la fuerza de Dios”. Entrevista de Pilar Urbano a mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, que fue publicada en la revista “Época” en mayo de 1994.

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Javier Echevarría habla sin apenas mover un músculo del rostro. Es tremendamente sobrio de gestos y ademanes. Me parece un hombre acostumbrado a tener muy a raya su carácter, su espontaneidad, su energía, su vehemencia. Casi todo el tiempo tiene las manos en reposo. Carga la expresividad en la voz y en la mirada. Ahí lo dice todo: en esa mirada inteligente, aguda, penetrante, vivísima.

-¿Dónde nació, cómo era su familia…?
-Nací en Madrid, en la calle Fortuny, el 14 de junio de 1932. Mi padre era ingeniero, profesor de la Escuela de Ingenieros Industriales. Como ninguno de los hijos le había salido ingeniero, quiso inclinarme a mí por ahí… incluso escribió un libro pensando en mi preparación. Pero a mí me gustaban más las Humanidades. Mi padre me ayudaba a estudiar matemáticas. Y, ante cualquier problema, me explicaba tres o cuatro formas de resolverlo. Ese mismo exceso me produjo hastío hacia las matemáticas. Y opté por el Derecho.

-¿Para ejercer la abogacía?
-No. Yo quería ser agente de cambio y bolsa, como mi abuelo, para ganar dinero y vivir bien. Luego, Dios se metió en mi vida y cambié mis planes: aquí, en Roma, estudié Derecho Canónico en el Angelicum y Derecho Civil en la Universidad Lateranense, las licenciaturas y los doctorados.

-¿Cuántos hermanos son ustedes?
-Pudimos haber sido once, aunque sólo nacimos ocho. Yo soy ahora el menor de los siete que ahora vivimos. Por eso tengo casi cincuenta sobrinos-nietos. Mi familia procede de Guipúzcoa, pero ya desde los abuelos se afincaron en Madrid.

-¿Recuerda algo de la guerra civil?
-La pasamos en Elizondo y en San Sebastián. Fuimos allá, huyendo desde Madrid, porque -según nos dijeron- el portero de la casa nos había denunciado. Y, desde luego, vinieron a registrar el piso de la calle Españoleto, donde vivíamos. Yo era un chaval y sólo guardo un par de impresiones: cómo mi familia seguía por la radio la marcha de la guerra; y que nunca percibí rencor, ni mucho menos odio hacia los que luchaban en el otro bando. Mis padres lo que querían era que acabasen todas aquellas persecuciones de los comunistas. Durante la guerra fui al colegio de los marianistas. Después, ya de vuelta en Madrid, a los Maristas de la calle García de Paredes. Muy cerca, por cierto, donde once años antes -en 1928- Josemaría Escrivá había “visto” el Opus Dei. Luego, el colegio se trasladó a la calle Eduardo Dato, que antes se llamaba Paseo del Cisne, por donde pasaba el “tranvía del Cangrejo”… Además de esta coincidencia de García de Paredes, también viví siendo pequeño, en el mismo inmueble donde había un centro del Opus Dei. En Martínez Campos, 15. Recuerdo muy bien el día que se mudaron con los muebles a otro sitio. Sería en 1940 ó 1941. El portero, por toda explicación, nos había dicho: “Son unas oficinas, donde también viven unos señores”. Sabría más el hombre, pero sólo dijo eso. Lo curioso es que yo lo registré mentalmente. Pasado el tiempo, cuando supe que el fundador de la Obra había ido mucho a esa casa, y que solía subir y bajar por las escaleras, sin tomar el ascensor, pensé que quizá nos hubiésemos cruzado alguna vez. Y que me habría encomendado a mi Ángel Custodio, pidiendo mi vocación. Acostumbraba a hacerlo, cuando pasaba junto a alguien.

-¿Cómo llega ud. a conocer la Obra?
-Yo tenía un primo que era del Opus Dei, pero nunca me había interesado en preguntarle. En la revista Catolicismo apareció, en 1944, un reportaje sobre los tres primeros miembros del Opus Dei -ingenieros- que se ordenaron sacerdotes. Un amigo mío vio esa revista, en su casa, por casualidad, en 1948, y nos la enseñó a los seis o siete de la pandilla. Aquello era muy novedoso, y a mis amigos les intrigó bastante. A mí no, la verdad. Un domingo por la tarde, el 6 de junio, íbamos a ir al cine. Mi amigo me telefoneó, proponiéndome un cambio de planes: “¿te apetece que vayamos a una residencia, en Diego de León, para enterarnos de qué es el Opus Dei?”. Y allá nos fuimos los seis. Nos atendieron muy bien. No en grupo, sino que cada uno pudimos hablar con un miembro de la Obra y preguntar lo que nos interesara saber. Al salir de allí, yo llevaba en el bolsillo una flamante estampa de Isidoro Zorzano, un ingeniero del Opus Dei, cuyo proceso de beatificación se acababa de iniciar. Me pareció un “santo laico” atractivo, al que se podía imitar. Esto ocurría la víspera de la muerte de mi padre. Él estaba preparándonos el veraneo familiar en San Sebastián, cuando le sobrevino un infarto. Como la noticia no nos la dieron de golpe, sino diciéndonos que estaba muy grave, recuerdo que yo recé por él, con la estampa de Isidoro.

Ese verano nos quedamos en Madrid. Nunca había sido así. Y ello me dio ocasión para frecuentar un centro de la Obra que -¡otra casualidad!- había en mi misma calle: los Echevarría habíamos vuelto a Españoleto. Y “Españoleto” se llamaba aquel piso de gente joven donde, siempre que me dejaba caer por allí, me daban algún trabajillo de la casa: lijar unas sillas viejas para repintarlas de nuevo; ayudar en la decoración; echar una mano en algún arreglo de carpintería… Me gustó eso de sentirme útil, y ser tratado como alguien que puede hacer algo por los demás. El 8 de septiembre pedí la admisión en la Obra. Yo tenía 16 años.

-¿Y qué es lo que le enganchó?
El ambiente de alegría: estudiaban y trabajaban como locos, pero estaban muy contentos. El que, sin cambiar de estado, pudiese uno santificarse con su profesión. Y el horizonte inmenso de poder llevar a Cristo a mucha gente. Desde muy pequeño era muy sociable y me gustaba tener muchos y muy buenos amigos.

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-¿Cómo conoció al Fundador del Opus Dei?
El Padre vivía ya en Roma desde 1946, aunque venía a España con cierta frecuencia. En uno de esos viajes, en noviembre de 1948, nos invitaron a una tertulia con él en Diego de León. El sentimiento de filiación hacia quien es el Padre en la Obra, es un rasgo consustancial al carisma de la vocación en el Opus Dei. Sin que nadie me lo inculcase, yo estaba deseando conocer al Padre. Al acabar aquella tertulia -seríamos unos treinta y cinco-, el Padre se dirigió a los tres que éramos más recientes y nos propuso ir esa misma tarde con él a conocer Molinoviejo, una casa en pleno campo de Segovia, para convivencias y retiros.

Nos metimos seis en un viejo Vauxhall. Detrás iba el Padre. Yo, delante, compartiendo el asiento con otro. Conducía el doctor Odón Moles. Durante el trayecto hicimos de todo: charlamos, cantamos, reímos, rezamos… El Padre nos hablaba de innumerables apostolados que la Obra tenía que hacer por todas las partes del mundo, y que nos estaban esperando. Con su voz de barítono, bien timbrada y bien modulada, cantaba canciones de la calle, canciones de amor que él enderezaba hacia Dios: “tengo un amor que me llena de alegrías…”. Nos gastaba bromas: cuando en una revuelta de la carretera se dibujaba una casucha vieja, fea, destartalada, nos decía: ¡mirad!… ¡eso es Molinoviejo!” Caímos en la trampa un par de veces. Ah, bueno, yo me mareé, devolví… y como iba de negro por el luto de mi padre, me puse perdido. Me ayudó a limpiarme, me quitó el azaro por la situación, hizo que viajásemos con la ventanilla abierta, a pesar de estar en noviembre, y me mostró tantísimo cariño que, realmente, me sentí atendido, no ya por un padre, sino por un padrazo.

En Molinoviejo pasamos a ver la ermita y el oratorio. Unos cuantos universitarios, dirigidos por un alumno de Bellas Artes, lo estaban decorando. En el respaldo de madera de la sillería corrida habían grabado unas advocaciones marianas tomadas de la letanía. Me impresionó la ternura y la fuerza del amor del Padre hacia la Virgen: al ir leyéndolas, las pronunciaba, una a una, con voz cálida y vibrante, como piropeando a una mujer que se ama. Aquello era, a la vez, muy delicado y muy recio, muy espiritual y muy viril. Se notaba que, cuando decía esas frases, el Padre estaba rezando.

(Ahora, al revivir aquella escena ya tan lejana, a Javier Echevarría le brillan los ojos. Traga saliva. Con un leve arqueo de cejas, me pide que pase a la siguiente pregunta).

-A don Álvaro del Portillo, ¿dónde le conoció?
-Al año siguiente, 1949, yo vivía en “Gurtubay”, un centro de la Obra para universitarios. Una mañana, nos celebró la Misa un sacerdote alto que pronunciaba el latín “a la romana”. Yo pensé que sería extranjero. Era don Álvaro, que vivía en Roma y estaba de paso en Madrid. Nada más desayunar nos fuimos todos a la Universidad. Pero tuvimos tertulia con él después del almuerzo. Guardo dos recuerdos de aquel primer encuentro: nos habló mucho de fidelidad y amor a la Iglesia y al Papa, fuese quien fuese; y nos regaló un paquete de Chesterfield, que a él se lo habían dado en el Vaticano. Eran tiempos de escasez en España. Y, acostumbrados al tabaco negro y barato, de picadura mala, fumar aquellos cigarrillos americanos era un lujo de película. Si encima venían del Vaticano, aún nos parecía mucho más extraordinario.

-Cuando usted piensa en san Josemaría Escrivá ¿qué idea, qué vivencia fuerte le viene a la cabeza?
-Me viene el hecho asombroso y real, muy real, de su amor apasionado a Jesucristo y de su paternidad. He tenido la suerte de vivir veintiséis años junto a él. Y siempre me sorprendía la sinceridad de su cariño hacia cada persona de la Obra, aunque no le hubiese visto jamás. Lo que le ocurriera a una hija suya o a un hijo suyo, lo que le contasen por carta, lo que le dijeran en una tertulia… todo le interesaba, todo le afectaba como algo propio, porque nos quería de veras, como a hijos de su oración y de su mortificación. Entre él y cualquiera de nosotros no hubo nunca la más tenue barrera: ni un papel de fumar. Yo le he visto llorar, sufrir, por la muerte de hijas e hijos suyos a los que no conocía con más intensidad que sus propios parientes. Cuando le daban alguna de esas noticias, se quedaba humanamente destrozado, sin levantar cabeza.

-Y al cerrar los ojos, ¿cómo le ve?
-Le veo entre gente, hablando de Dios… Le veo yendo, saliendo al encuentro de los demás… Le veo entregándose a todos nosotros, a tiempo completo, sin ahorrarse un esfuerzo, sin reservarse un minuto para sí mismo. Todo lo nuestro -un dolor de muelas, un examen, una preocupación familiar, un partido de fútbol que íbamos a jugar-, todo le era conocido y familiar. ¡Éramos su vida!

-De don Álvaro, con quien ha vivido usted cuarenta y cuatro años, ¿qué imagen le viene a la mente?
-A don Álvaro le veo eclipsándose siempre, en un segundo plano, desde donde pudiera ver, oír y atender a nuestro Padre: mirándole, incluso físicamente, con el deseo de aprender de él. Y ello, a pesar de sus magníficas dotes humanas, con las que se llevaba a la gente de calle. Sin lisonjas, en justicia, tengo que decir que don Álvaro, por su espléndida inteligencia, por su amplia cultura, por su exquisita educación, por su capacidad de relación social, por la altura de su pensamiento, por la profundidad de su vida interior, y por una larga serie de virtudes morales que vivió con heroísmo, ha sido un gigante. Y sé que no exagero. Sin embargo, yo le he visto siempre pendiente de nuestro Fundador, secundándole en todo, para ayudarle a hacer el Opus Dei. Él fue un fiel ejecutor de lo que el Fundador indicó.

-¿Es cierto que monseñor Escrivá tenía predilección por usted?
-¿Por mí?… ¡No, no!… Eso no. Quizá, conmigo, y con otros que vivíamos cerca de él, tenía más confianza. Pero nunca tuvo hijos predilectos. De haber tenido alguno, sería don Álvaro, porque era un instrumento muy valioso para la Iglesia y para la Obra. Y hay que recordar que el Fundador solía decir: “a don Álvaro no lo elegí yo: fue Dios quien lo puso a mi lado”.

Yo me sentí muy querido por el Fundador. Pero también muy exigido. Me corrigió, y fuerte, en varias ocasiones. Una vez llegó a decirme: “hijo mío, si no cambias, no podré confiar en ti”. Fue duro oírlo, pero el Padre tenía razón y a mí me sirvió mucho. Sin embargo, un par de años más tarde, me pidió que fuera su secretario: “puedes abrir todos los cajones, porque yo no voy a tener ningún secreto para ti”. Y no es que monseñor Escrivá hubiese cambiado de opinión: es que nunca había dejado de confiar en mí. Pero yo era uno más. Esto es así.

-¿A usted le escogió Escrivá para traérselo a Roma?
-No. Me ofrecí yo. En 1950 estaba aquí haciendo un curso -unas semanas- de formación, cuando el Padre comentó que ese año, de España, vendrían siete a hacer el Colegio Romano de la Santa Cruz. Y yo le dije: “pues a mí me gustaría ser uno de esos siete”. Sin más, el Padre me contestó: “Háblalo con don Álvaro. Si lo arreglas con tu familia, yo no tengo inconveniente”. Volví a Madrid para hablar con mi madre cara a cara, y no por carta. Lo solucioné y… aquí estoy.

-¿Por qué Escrivá le escogió como “custodio” suyo?
-Ah, no lo sé. Nunca se lo pregunté. En 1955 me ordené de sacerdote. En el 56, a raíz del Congreso General del Opus Dei -celebrado en el Hotel Pfauer, un hotel modesto de Einsieldn (Suiza)-, nuestro Padre me dijo: “Javier, he de elegir dos custodes, de entre una lista de nueve nombres que me ha dado el Consejo. Yo desearía que uno fuese don Álvaro y tú el otro. ¿Estás conforme?”. Yo tenía 24 años y pensé que había muchos que llevaban más tiempo en la Obra, que tenían más experiencia y más valores, y que podrían hacerlo mejor que yo. Pero me fié de la gracia de Dios y del discernimiento del Padre. En cuanto contesté que aceptaba el encargo, me dijo: “Pues coge el Codex y estúdiate tus nuevas obligaciones, para cumplirlas a rajatabla”.

-¿Y en qué consiste eso de ser Custodio?
-A mí me incumbía cuidar al Padre en todo lo material: desde decidir si había que comprarle unos zapatos, hasta acompañarle al médico, o preparar un viaje… Y también hacerle -no diré “correcciones”- indicaciones concretas sobre cuestiones externas, perceptibles, en las que pudiera mejorar o actuar de otro modo.

Después, en 1975, también don Álvaro me encomendó ser su custodio, pero en el orden espiritual: llevando la dirección de su alma.

-Esta fórmula de tres -el Padre y sus ‘Custodios’- permite una concatenación, una continuidad sin vacíos: cuando muere uno, quedan los otros dos y un tercero se incorpora “de refresco”…

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-Pero no es esa la función. Los custodes existen para que el Prelado, el Padre, no viva solo, no sea un hombre aislado allá arriba; y, además, para que se le pueda ayudar a ser mejor. Pero esa continuidad sólo se ha dado desde que fuimos custodes don Álvaro y yo. Antes siempre había un custodio que cambiaba. Sólo don Álvaro permanecía.

-¿Diría usted que don Álvaro era un hombre “bonachón”?
-¡Ni hablar! Era un hombre muy bueno, muy santo, muy entregado a los demás; pero con un carácter “esculpido” y una gran fortaleza. En las tareas del gobierno de la Obra, le he oído reprender con firmeza, si se retrasaba un trámite, algo que nos solicitaban desde otro país: “no podéis dejar caer los papeles en el olvido; no hay cosa más desalentadora que el silencio administrativo”.

Hace cuarenta años yo tenía el encargo de llevar las cuentas del Colegio Romano. Una vez, el balance no me cuadraba: faltaban 600 liras, 60 pesetas, una cantidad insignificante para una casa donde vivíamos treinta y tantas personas. Cuando yo me esperaba que don Álvaro me dijese: “¡no te preocupes!”, me dijo: “Tienes que encontrarlas, es tu obligación responder hasta del último céntimo. Ese dinero no es tuyo: lo administras en nombre de otros”.

O más recientemente, siendo él Prelado y yo Vicario General, me decía: “No hacemos las cosas para que nos vean, pero nos ven. Debes actuar siempre en presencia de Dios, porque con cualquier gesto, con cualquier palabra, con cualquier detalle puedes escandalizar a la gente o puedes acercarla a Dios”.

Con el Fundador, sin tiquismiquismos, pero no le pasaba una. Recuerdo que, a veces, nuestro Padre, comentaba: “¡Me queréis tan santo, tan santo, que no me dejáis hacer nada!”.

-Me parece que el desafío del sucesor es que, entre santo y santo, han dejado el listón muy alto…
-Pues sí, han dejado el listón muy alto, pero también han dejado una pértiga muy fuerte. De una parte, ellos ayudan, desde el cielo. Y de otra, está muy nítido el ejemplo de cómo ellos actuaron. Bastará pensar, ante cualquier situación: ¿qué haría el Fundador? o, ¿qué haría don Álvaro?, para tener la seguridad casi total de que, siguiendo por ahí, acierta uno.

-Pero ese seguimiento imitativo, ¿no entraña el riesgo de que cada Prelado sea como una “fotocopia” del anterior?
-No. Don Álvaro imitó a san Josemaría sólo en lo que era del espíritu de la Obra, pero tuvieron personalidades completamente distintas. Quizá por eso se acoplaban tan bien. Los dos eran muy cultos, en cuanto a conocimientos teológicos, históricos, literarios, filosóficos, artísticos, canónicos… Y en todas esas materias tenían muchas coincidencias, mucha compenetración. Ahora bien, nuestro Padre era muy intuitivo y rapidísimo en la acción. Don Álvaro, más reflexivo. Nuestro Padre reaccionaba ante los hechos de un modo más inmediato, que podía parecer más espontáneo. Don Álvaro tenía también esa reacción genuina, espontánea, pero no la expresaba hasta haberla madurado por dentro.

Recuerdo ahora que en 1958, a la muerte de Pío XII, la televisión italiana emitió unas imágenes morbosas, desagradables, tomadas durante su agonía. El Colegio de Médicos de Italia suspendió al médico del Papa que autorizó a esa filmación en la habitación del Romano Pontífice. Pues bien, monseñor Escrivá se conmovió, se dolió muchísimo como un buen hijo que ve maltratado a su padre. Don Álvaro se quedó en silencio. Sólo más tarde, comentó: “El Padre tiene razón. Eso es indignante. A ver, ¿qué hijo consiente que con la agonía de su padre o de su madre se haga un espectáculo?”.

Podemos tomar otro aspecto: la veracidad. San Josemaría era un hombre claro, sincero, directo, decía lo que se le ponía por delante y llamaba al pan, pan. Don Álvaro, con otro temperamento, más apacible, era una persona sin doblez, sin recámara: ¡transparente!

-Pero, en gustos, en aficiones ¿eran muy diferentes?
-¡Ya lo creo! Por ejemplo, Escrivá no hacía otro deporte que caminar. En cambio, Del Portillo había practicado mucho la natación, el jockey, el cross, el tenis, la equitación, el fútbol…

Las diferencias se veían más patentes en las cosas más pequeñas. Por ejemplo, don Álvaro se sentía muy cómodo vistiendo el clergyman; y el Fundador, por su gusto, no se lo hubiese puesto nunca. Recuerdo que, en septiembre del 68, viajamos a Cádiz en barco desde Nápoles. Eso de estar varios días embarcados a nuestro Padre no le apetecía nada: “me parece una pérdida de tiempo, una encerrona en un cascarón de nuez”. Sin embargo, a don Álvaro le ilusionaba porque “estar en alta mar -decía- relaja muchísimo. Sí, eran muy diferentes, pero recorrieron el mismo camino, vivieron el mismo espíritu y son… dos santos del mismo calibre.

-Con todo eso, ¿quiere usted decir que el sucesor tendrá su propio estilo, pero deberá pisar donde pisaron sus predecesores?
-Si tiene sentido común, pisará donde pisó Josemaría Escrivá, que es donde pisó Álvaro del Portillo. Lo que no sea eso, es apartarse del camino madre. Ahora bien, esa fidelidad al “camino” no le quita a nadie su propio modo de andar. En el Opus Dei, la personalidad no se anula, se realza.

-Pero, ¿qué margen de libertad creativa e innovadora puede tener el nuevo Prelado?
-Libertad total. La Obra nunca necesitará un aggiornamento, porque somos gente de la calle y estamos siempre al día. El nuevo Prelado tendrá toda la capacidad creativa y todo el margen de maniobra que necesite para aprovechar las circunstancias presentes y poner ahí el espíritu de la Obra. No se trata de copiar lo que ya se ha hecho. Las realidades cotidianas con las que hay que santificarse hoy son las distintas de las que vivió el Fundador. El nuevo Prelado deberá afrontar su propia hora histórica.

-¿La Obra podrá vivir tranquila si el próximo Papa no le es tan favorable, tan propicio, como Juan Pablo II?
-Yo sé que monseñor Escrivá nunca se sintió ni abandonado, ni postergado, ni poco querido por los Romanos Pontífices. Eso es una falacia, inventos de unos que repiten otros. Yo le oí decir muchas veces: “De la Santa Sede, del Santo Padre, no nos pueden venir más que bienes, aunque en ocasiones nos parezcan contradicciones”. Para nosotros, el Papa -sea quien sea- siempre será el Vicario de Cristo, con una responsabilidad delante de Dios que tiene que cumplir. Lo que él decida, lo recibiremos siempre como venido del mismo Cristo. Por tanto, aun en la hipótesis de que alguna decisión del Papa nos resultara dolorosa, o incomprensible, sería buena para nosotros. Así que la Obra nunca se sentirá intranquila, ni insegura, ni mal querida. Una cosa es la simpatía, y otra la caridad y el cariño de quien gobierna la Iglesia, que nunca nos podrá faltar.

Está por escribir la historia de las relaciones personales entre los cinco últimos Papas y los dos sucesivos Padres que ha habido en el Opus Dei. Por ejemplo, se ha dicho con falsedad que Pablo VI no estimaba a monseñor Escrivá. Pues bien, nos consta -ratificado por sus secretarios- que usaba Camino como libro de meditación habitual. Y algo más: en una de sus últimas audiencias, Pablo VI le dijo al Fundador, cara a cara: “monseñor, usted es un santo”. Y eso un Papa no lo dice por halagar. Y no digamos ya de la amistad, del trato natural, confiado y espontáneo entre Juan Pablo II y monseñor Del Portillo. El Papa veía en don Álvaro a un hijo leal y sincero que le decía las cosas como eran, no como quería que fuesen.

-¿Se puede decir que Juan Pablo II se ha apoyado en el Opus Dei?
-Sí, se puede decir. Pero lo de menos es que se diga: lo importante es que este Papa y todos los que vengan después se tienen que poder apoyar en el Opus Dei, porque el Opus Dei está para eso: para servir a la Iglesia como ella tiene que ser servida. A nosotros, expandirnos por el mundo entero y tener muchas vocaciones, si no es para mejor servir a la Iglesia, ¡no nos interesa para nada!

-¿Es necesario que el Prelado del Opus Dei sea obispo?
-No es necesario. Pero la experiencia ha demostrado que es muy bueno para la Obra y para las relaciones con los demás obispos.

-Monseñor Echevarría, usted ha pasado 44 años dedicado “full time” a vivir… la vida del otro. ¿Usted ha tenido su propia vida? ¿Usted ha podido ser usted?
- Sí que he tenido mi propia vida. Yo nunca hubiera soñado realizar mi vida de un modo tan ambicioso. Viviendo a mi aire, yo hubiese tenido unos horizontes muchísimo más estrechos, unos vuelos más cortos. De no haber estado, día tras día, junto a dos hombres de esa estatura humana y espiritual, ni me habría planteado la ambición de entenderme con todo el mundo, de preocuparme por todas las almas. Ni el interés por todas las culturas. Ni el afán de servicio a los demás. Ni la amplitud de miras, para ver los problemas de la Iglesia y de la sociedad civil. Ni me hubiese abierto a conocer -no como una curiosidad, sino como una preocupación personal- la situación de los hombres en todos los países del mundo, sus condiciones de trabajo, su nivel de libertad y de dignidad… Viajando y viendo vivir en su propio terreno a gentes de todas las naciones, de todas las condiciones sociales, de todas las razas, de todas las religiones… Yo, como hombre de mi tiempo, como cristiano y como sacerdote, soy una persona ambiciosamente realizada. Y tengo el corazón mundializado, gracias a haber vivido con dos hombres de espíritu grandioso, cristianamente grandioso.

-Hace pocos años a usted le dio un infarto predicando…
-Sí. Fue en Asturias.

-¿Y aguantó hasta el final?
-Sí, pero… (se echa a reír) ¡porque no sabía que era un infarto!

-Y ¿comprendería a quien no tuviese ese temple y dejase a medias su prédica?
-No sólo le comprendería, sino que le alabaría. Es lo que hay que hacer: que le curen a uno para seguir sirviendo.

-Es que circula ya un cliché prefabricado sobre usted, como un hombre riguroso, exigente, duro, criado a la sombra de Escrivá…
-Yo estoy muy orgulloso de haberme “criado” cerca de monseñor Escrivá. ¡Más me hubiera gustado aprender de él! Y lo que me enseñó siempre fue a dilatar mi corazón de sacerdote. A tener los brazos abiertos a todo el mundo, vinieran de donde vinieran, y vinieran como vinieran: aunque se presentasen como mis enemigos mortales. A cualquier hora, en cualquier lugar y circunstancia, tener el corazón de par en par, para quien me necesite…

-Pero, don Javier, tiene usted genio…
-Sí, tengo genio. Y lo tenía mucho antes de conocer a monseñor Escrivá.

-Cuando murió Escrivá, y estando todavía caliente su cuerpo, Del Portillo le quitó el “lignum crucis” que llevaba colgado del cuello, y se lo puso “hasta que haya un nuevo Padre”. Ahora, al fallecer don Álvaro, ¿se ha puesto usted también esa reliquia del leño de la Cruz?
-Sí, pero no enseguida. A los dos días. Yo evité hacer las mismas cosas materiales que, años atrás, había hecho don Álvaro, para que no se pensase que había una presunción de continuidad. Vi el lignum Crucis dentro del armario de don Álvaro. Pensé que estaría mejor sobre el pecho de un sacerdote. Por eso me lo puse.

-¿Y entonces sintió sobre sí “el peso” de la Obra?
-Sentí el peso de la Obra. Pero también la fuerza de Dios. La Obra, guste o disguste, es espiritualmente monolítica. Más claro: “un solo corazón, una sola alma”. Están rezando todos, para que yo acierte. Y las cartas se reciben a millares, de todos los rincones del mundo, de todo tipo de personas…

-¿Qué es el “peso” de la Obra?
-Es la santidad de más de setenta mil personas, que tienen que responder a un compromiso con Dios, en su trabajo, en sus deberes de estado, en su trato con los demás hombres. Y ese peso se nota, porque todos somos frágiles y podemos no dar el do de pecho, o estar desambientados en esa gran orquesta que es la Iglesia.

-En alguna ocasión, Juan Pablo II se refirió al Opus Dei como una potencia: “el Opus Dei poderoso”…
-Sí, pero inmediatamente don Álvaro le dijo: “Santidad, nuestro único poder, nuestra única fuerza es la oración”. Y el Papa, afirmando con la cabeza, contestó: “A eso me refería”. Al Papa le impresionó una carta que monseñor Del Portillo le escribió desde el santuario de la Mentorella en 1978, al iniciarse el Pontificado. En esa carta, le ofrecía todo el tesoro de la Obra: la oración y las misas diarias, que entonces eran unas 60.000 y ahora serán 74.000 y algunas más.

-Cuando aquí en “Villa Tevere” baja usted a rezar en esa cripta donde están enterrados Escrivá y Del Portillo, los dos grandes “patronos” de la Obra ¿qué pide para el nuevo Prelado?
-Pido que sea un buen pastor, un pastor leal, que se entregue del todo a sus hijas y a sus hijos, sin que jamás les separe de ellos ni la más leve barrera de humo.

Pilar Urbano

El prelado del Opus Dei viaja a Bari

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En 1954, san Josemaría rezó ante la tumba de san Nicolás, en Bari, para pedirle por la solución de los gravísimos problemas económicos que tenía que afrontar en aquel momento. Cincuenta años después, el actual prelado del Opus Dei ha querido volver a Bari.

Opus Dei -

La primera etapa del viaje de mons. Javier Echevarría fue la basílica de San Nicolás de Bari. Arrodillado ante la tumba del santo, rezó por las necesidades de la Iglesia y del Opus Dei en todo el mundo. Luego, en la Cripta, pudo saludar al rector de la basílica.

El mismo día, 13 de mayo, el Prelado estuvo en la Residencia Universitaria Levante, donde le esperaban un centenar de estudiantes. Les dirigió unas palabras y respondió a sus preguntas en una reunión que duró unos cuarenta minutos. En un cierto momento les habló de Juan Pablo II: “Os pido una oración particular por el Papa. Supongo que os habréis acordado que hoy es el aniversario del atentado que sufrió en 1981”. Recordó las palabras de perdón que pronunció el Papa en cuanto le fue posible: “perdono de corazón a este hermano que ha atentado contra mi vida”. No faltó un intermezzo musical: un estudiante de ingeniería, alumno también del conservatorio, interpretó magistralmente con su flauta una pieza de Mozart.

Mons. Javier Echevarría repitió en diversos momentos que había viajado a Bari para estar con sus hijos y con los amigos de sus hijos. Se trataba, por lo tanto, de una visita familiar y no de carácter oficial.

Al día siguiente, 14 de mayo, mons. Javier Echevarría estuvo por la mañana con el arzobispo, mons. Francesco Cacucci, y a continuación se dirigió al colegio Miralta, donde fue recibido calurosamente por alumnas, profesoras y personal no docente. Tuvo con personas relacionadas con la escuela una conversación familiar sobre temas educativos y apostólicos. Por la tarde, también en Miralta, estuvo de nuevo reunido, durante alrededor de una hora, con casi mil personas que le hicieron partícipe de diferentes historias e inquitudes y le dirigieron algunas preguntas. Referimos dos de ellas:

-Padre, ¿qué hacer para afrontar las dificultades?
-Si lees el Evangelio con calma, descubrirás que somos íntimos de Dios, hijos de Dios. Cristo, aun cuando está cansado, no se ahorra ningún esfuerzo por un alma. Si nosotros intentamos afrontar las dificultades con alegría, si buscamos aportar caridad, afecto, a todas las personas, veréis que a vuestro alrededor habrá mucha más paz, porque la tendréis en el corazón.

Opus Dei -

-Padre, estoy casada y el viernes próximo se cumplirá el sexto año de nuestro matrimonio.
-Felicidades.
-Gracias, Padre. ¿Qué puedo hacer para poner en la relación con Dios el mismo entusiasmo, la misma entrega, alegría y cuidado que me gusta tener con mi marido?
-Debes cuidar siempre más de tu marido, con más alegría, con más amabilidad, porque este amor que tienes hacia a él, y que él tiene por ti, es oración ante Dios. Por lo tanto, tienes que “cuidarlo”, para que se mantenga joven, y tú intenta también ser cada día más guapa por él, sabiendo sonreír como cuando erais novios, peinándote como sabes que le gusta a él, haciendo el plan que sabes que le gusta… Y después debéis saber que la Persona más importante en vuestra vida es Dios. Estadle muy cercano”.

El prelado del Opus Dei tuvo otros encuentros esa misma jornada, y al día siguiente, 15 de mayo, partió hacia Roma.

Juan Pablo II: un infatigable defensor de la verdad

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Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, aborda, entre otros temas, los veinticinco años de pontificado de Juan Pablo II, las raíces cristianas de Europa y la deseada paz en Tierra Santa. Entrevista de Paolo Cavallo publicada en “Il Secolo XIX” (Italia).

Opus Dei -

Elevado al honor de los altares el 6 de octubre del año pasado, el 26 de junio se celebra la fiesta canónica dedicada a San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei. Un santo de nuestros días, que ha querido la Obra como camino para dar sentido y dignidad al trabajo y a la vida cotidiana.

Su sucesor, monseñor Javier Echevarría, coordina la presencia y la actividad de la Obra en todo el mundo. Un “padre y madre” para centenares de miles de creyentes comprometidos en la andadura de ese camino de santificación cotidiana. Hombre cercano al Papa desde dentro de la Iglesia, en contacto con las personas clave del Vaticano, monseñor Echevarría es un testigo privilegiado de estos veinticinco años de pontificado de Juan Pablo II, de los desafíos que suponen para la Iglesia la paz, la dignidad del hombre y la salvaguardia de las raíces y de la cultura cristianas.

Veinticinco años de pontificado son veinticinco años de la historia del mundo. ¿Cuál es su juicio de la misión del Papa?

«La actividad del Papa es tan amplia, y su figura tan significativa a todos los niveles, que supera cualquier tipo de juicio. Juan Pablo II representa algo único en el actual momento histórico. Su autoridad moral es universalmente reconocida, su prestigio es tal que nadie puede ni siquiera fingir que ignora sus intervenciones a favor de la dignidad de la persona humana, del respeto de la vida, de la paz, de los pueblos pobres de nuestro planeta. El Papa ha mostrado de nuevo con los hechos, como sus predecesores, que es “el siervo de los siervos de Dios”, el infatigable defensor de la verdad, el abogado de todos los hombres y de todas las mujeres, en cuya dignidad cree con todas sus fuerzas. En realidad, en todo esto está en juego algo mucho más importante que el simple prestigio de su persona. En estos veinticinco años Juan Pablo II ha hecho presente a Cristo en nuestro tiempo, ha llevado a la humanidad a buscar en Jesús la respuesta a las preguntas de fondo sobre el sentido de la existencia humana. Éste es el motivo último de su autoridad».

Sin embargo, en realidad parece que se le sigue haciendo poco caso. ¿Por qué?

«Algunas intervenciones del Papa contrastan netamente con la mentalidad y la cultura dominantes y pueden parecer, por tanto, obligadas pero anacrónicas. Necesarias pero destinadas a sucumbir. Esta aparente asincronía no significa irrelevancia. Los maestros no se dejan encerrar en el tiempo. Estas intervenciones han de ser recibidas no según una óptica partidista, sino como actos de ejercicio del Magisterio. Indican una dirección que hay que seguir: una dirección difícil para todos, pero históricamente ineluctable, si de verdad queremos la salvación de nuestra civilización. Proponen valores sobre los que toda discusión ha de ser superada: la promoción de la paz, la defensa de la vida, la afirmación de la justicia, el ofrecimiento y la petición de perdón. Aquí está la dificultad: en la necesidad de no escoger uno para dejar el otro. El bien es indivisible».
Opus Dei -

¿El Opus Dei debe mucho a este Papa?

«El mensaje difundido por San Josemaría desde 1928, confirmado después por el Concilio Vaticano II, se muestra particularmente atractivo por el redescubrimiento de la extraordinaria belleza de la santidad cristiana, un ideal que hay que buscar y poner en práctica en todos los momentos de la vida: tanto en los de paz y serenidad como en los que se ven marcados por los problemas y por el dolor. Un ideal al alcance de todos. La vida ordinaria puede a veces parecer banal. Pero, si buscamos a Cristo, lo cotidiano se transforma en camino hacia Dios y hacia la felicidad. Estoy agradecido a todos los Papas, porque todos, desde Pío XII hasta hoy, han demostrado un gran afecto por el Opus Dei. Tenemos una particular deuda de gratitud con Juan Pablo II, porque durante su pontificado han tenido lugar algunos eventos de especial importancia para la historia de la Obra, como por ejemplo la canonización de San Josemaría».

¿Cómo secunda el Opus Dei el empeño del Papa? Por ejemplo, sobre la constitución europea y el reconocimiento de las raíces cristianas de Europa el Papa ha hecho oír su voz. ¿Cuál es el empeño de la Obra en este sentido?

«La misión y el empeño del Opus Dei es dar formación a los fieles de la Prelatura y a otras personas que lo deseen y lo pidan. Una formación espiritual coherente suscita la responsabilidad personal, el deseo de contribuir a la construcción de una sociedad más humana y más cristiana. Ignorar las raíces cristianas de Europa equivaldría a negar la misma realidad e historia europeas: es lo que ha puesto de relieve la Comisión de los Episcopados de la Unión Europea. En su labor, la Iglesia no persigue privilegios, sino que, por el contrario, procura situarse siempre en una dinámica de servicio y de apertura. Se trata de respetar la realidad, sin doblegarse a prejuicios anticlericales que pertenecen al pasado. De hecho, la cuna de Europa es el cristianismo. En este contexto, la Obra hace hincapié en la responsabilidad personal de cada uno, en particular de cada ciudadano cristiano, de contribuir a la evangelización de la cultura con el propio trabajo, con espíritu de iniciativa, yendo contra corriente si es necesario, abriendo caminos a las nuevas generaciones».

Pero parece que la Iglesia pretenda hegemonizar la Europa política…

«Junto al valor de la libertad, es preciso recordar también el del pluralismo. Nadie puede pensar que los católicos promueven un “modelo único” para Europa, ni en la vertiente cultural ni en la política. En el Viejo Continente conviven culturas que, a pesar de sus comunes raíces cristianas, son muy diversas entre sí, pero que nadie pretende uniformar. Respeto de la realidad y respeto de la historia, en definitiva, en un clima de libertad y pluralismo».

El valor de la libertad comunica con el de la paz. ¿Se podrá un día vivir en paz en Palestina?

«En Tierra Santa se combate por una tierra… Ésta es la verdad. Se combate por una cuestión de justicia. Entre palestinos e israelíes hay hombres y mujeres capaces de convivir fraternalmente. La paz es una bendición del cielo que necesita en la tierra hombres y mujeres de buena voluntad. Hay que construir la paz. La paz es un empeño humano. La paz auténtica, inseparable de la justicia, procede de una cordial comprensión entre las personas. Y esto requiere la buena disposición de comprender y perdonar, además del empeño de conocerse y estimarse. San Josemaría non se cansaba de repetir que sólo de la paz en las conciencias puede nacer la paz en los pueblos y entre los pueblos. Y añadía que la violencia no sirve nunca ni para vencer ni para convencer. Quien la usa sale siempre derrotado».
Opus Dei -

Muchas veces las guerras tienen su origen en situaciones dramáticas de pobreza, como sucede en África. El continente africano necesita ayuda. ¿El Opus Dei se ha comprometido a hacer algo por quienes en África se encuentran en una situación de mayor pobreza?

«Cuando el Papa hizo pública, el año pasado, su intención de canonizar a San Josemaría, se constituyó un comité organizador que, entre otras cosas, promovió la creación de un fondo de solidaridad con África a partir de donativos de los participantes en la canonización. Nacía así el proyecto Harambee 2002. En la constitución del fondo han participado, hasta ahora, varios entes e instituciones, junto a más de cien mil personas, en su mayor parte con pequeñas aportaciones. Los fondos recaudados servirán para ayudar a dieciocho proyectos educativos en el África subsahariana. Entre éstos se encuentra un centro para la reinserción social de niños obligados a combatir durante la guerra civil en Sierra Leona. Es sólo una gota en un mar de necesidades. Pero el Proyecto Harambee 2002 ha servido para canalizar, en el momento de la canonización, la natural alegría de quien ha recibido muchas gracias a través de San Josemaría hacia el deseo de recordar a quienes se encuentran en dificultad. Porque la vida está hecha de esto: alegría y dolor, salud y enfermedad, fuerza y debilidad. Viviremos siempre entre luces y sombras. Lo importante es poner la vida al servicio de los demás».

Unidos al Papa de todo corazón

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Carta pastoral de mons. Javier Echevarría dirigida a los fieles de la Prelatura y cooperadores del Opus Dei en ocasión de los veinticinco años del pontificado de Juan Pablo II.

Opus Dei -

Hace veinticinco años se cumplían las bodas de oro de la fundación del Opus Dei. El Señor dispuso que esa fecha coincidiera con un período de “sede vacante” en la Iglesia: Juan Pablo I, el Papa que removió al mundo con su sonrisa en sólo treinta y tres días, había fallecido. Aquel aniversario de la Obra, preparado con mucha oración y mucha alegría, se vio empapado por la tristeza de ese luto. Poco después, el 16 de octubre, nos llenamos de gozo con la elección de Juan Pablo II como sucesor de Pedro. Al celebrar ahora el vigésimo quinto aniversario de ese acontecimiento, unámonos al homenaje que millones de personas —creyentes y no creyentes— tributan al Romano Pontífice.

El hecho de que esa fecha coincida prácticamente con los setenta y cinco años de vida del Opus Dei, constituye otra oportunidad para descubrir la actuación de la Providencia, que todo lo gobierna con suavidad y guía la historia a través de los tiempos. Parece como si el Señor nos confirmara en una característica esencial del espíritu del Opus Dei: un amor grande a la Iglesia y a su Cabeza visible, como lo afirmaba nuestro Fundador en 1934, cuando escribía, tras haberlo predicado frecuentemente: “Cristo. María. El Papa. ¿No acabamos de indicar, en tres palabras, los amores que compendian toda la fe católica?”. Y en 1964, después de una audiencia que le había concedido Pablo VI, afirmaba: “en el Opus Dei tenemos un cariño extraordinario y una gran veneración por la persona del Papa: un cariño y una veneración que queremos que sea mayor cada día. En mi deseo de servir a la Iglesia, yo he procurado siempre que mis hijos amen mucho al Papa”.

Esos deseos de San Josemaría siguen cumpliéndose, gracias a Dios, en el mundo entero. Lo testimonian los centenares de millares de almas que reciben formación en los Centros de la Prelatura o colaboran con sus apostolados. Allí, los católicos aprenden a rezar diariamente —o se confirman en ese deber filial— por el Papa, por su persona y sus intenciones; se ven impulsados a conocer con profundidad sus enseñanzas y a ponerlas en práctica; se les anima a difundirlas entre parientes, amigos y conocidos, haciendo de altavoz al magisterio pontificio en los ambientes donde cada uno se desenvuelve. Y los muchos no católicos —e incluso no cristianos— que ayudan en el Opus Dei como Cooperadores, respetan y admiran al Santo Padre, en quien descubren —como otras innumerables personas de corazón recto— a un hombre de Dios, a un intrépido defensor de los derechos humanos, a un pacificador de los pueblos y de las conciencias; en el fondo, descubren en el Papa una representación viva de Jesucristo.
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Por la bondad divina, a diario se cumple aquella aspiración de San Josemaría que he procurado que resonara frecuentemente en vuestros oídos: Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!: que todos los hombres y mujeres que el Señor coloque a vuestro lado vayan, con Pedro, a Jesús por medio de María. ¡Gracias, Señor!, repito una vez más, mientras alzo mi corazón rebosante de cariño a la Madre de la Iglesia, por cuya intercesión nos llegan todos los bienes.

Con ocasión de este aniversario, habrá en muchos sitios actos de homenaje en honor de Juan Pablo II, a los que deseamos sumarnos de todo corazón. Pero los católicos no podemos limitarnos a esas expresiones exteriores de cariño, ya que se quedaría en algo muy escaso. Los hijos de la Iglesia hemos de acompañar al Papa, sobre todo, con el ofrecimiento generoso de nuestra oración, de nuestro sacrificio y de nuestro trabajo por su persona, su salud y sus intenciones. Procuremos difundir este modo de participar en la efeméride que se avecina: la oración perseverante y la mortificación generosa han de encontrarse en la base de todas las manifestaciones de cariño y veneración al Santo Padre.

Ha transcurrido un año desde la canonización de San Josemaría. Como os he repetido con frecuencia en estos meses, “el 6 de octubre” no debe borrarse de nuestra memoria ni de nuestra conducta. Esa fecha ha quedado esculpida para siempre en la historia del Opus Dei, y a ese recuerdo hemos de volvernos una vez y otra para reencontrar el impulso hacia la santidad personal y el apostolado, que aquel día experimentamos con particular intensidad. Las palabras que pronunció el Romano Pontífice han de alimentar incesantemente nuestra oración y la de las personas que tratan de acercarse a Dios siguiendo el espíritu del Opus Dei. Nos señalaba el Papa en aquella ocasión: “elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el Santo Fundador os indica, queridos hermanos y hermanas que hoy os alegráis por su elevación a la gloria de los altares. Él continúa recordándoos la necesidad de no dejaros atemorizar ante una cultura materialista, que amenaza con disolver la identidad más genuina de los discípulos de Cristo. Le gustaba reiterar con vigor que la fe cristiana se opone al conformismo y a la inercia interior.

Opus Dei -

“Siguiendo sus huellas, difundid en la sociedad, sin distinción de raza, clase, cultura o edad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad. Esforzaos por ser santos vosotros mismos en primer lugar, cultivando un estilo evangélico de humildad y servicio, de abandono en la Providencia y de escucha constante de la voz del Espíritu. De este modo, seréis “sal de la tierra” (cfr. Mt 5, 13) y brillará “vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” “(Mt 5, 16).

Con su ejemplo y con sus palabras, San Josemaría nos enseñó a recurrir a la Santísima Virgen en todo momento, para manifestar nuestro cariño y nuestra confianza en su mediación materna. Don Álvaro, primer sucesor suyo al frente de la Obra, nos exhortaba a esforzarnos «en caminar muy pegados a la Santísima Virgen, en meter a la Virgen en todo y para todo». Cuidemos con devoción tierna y recia el rezo del Santo Rosario, especialmente en este mes de octubre, último del “año del Rosario” proclamado por el Papa. Esmerémonos en la contemplación de los misterios, en consonancia con las sugerencias del Santo Padre, que nos exhorta a recordar a Cristo, a comprenderle, a configurarnos con Él, a rogarle y a anunciarle a los demás, siempre por María y con María.

Al comenzar cada decena, poned en primer lugar las intenciones del Papa; de este modo, estaréis muy unidos a las intenciones de vuestro Padre y Prelado. A este propósito, y para terminar, acudo a otras palabras de San Josemaría: “Hijos de mi alma, tenemos la alegría de saber que Dios nos ha escogido desde la eternidad y nos ha traído a esta familia del Opus Dei, que tiene como orgullo servir: servir a todas las almas y, antes que nada, servir a la Iglesia, Una, Santa, Católica, Apostólica; servir al Romano Pontífice con un amor sin condiciones. Fieles a Jesucristo, dóciles al Magisterio de la Iglesia, trabajamos y rezamos para extender el reino de Dios, unidos al Papa en una obediencia filial y profunda”.

El Prelado invita en Las Palmas a recibir “el abrazo de Dios” en la confesión

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En su visita a Las Palmas de Gran Canaria, Mons. Javier Echevarría recordó el valor ejemplar “del trabajo bien hecho” y la responsabilidad de construir “una sociedad que tenga en cuenta a los más necesitados”. Se ofrece información del viaje, a partir de un artículo publicado en ‘La Provincia’.

Opus Dei - El Prelado, charlando con quienes acudieron al colegio Guaydil.

El Prelado, charlando con quienes acudieron al colegio Guaydil.

En un ambiente familiar, el obispo Javier Echevarría habló a dos mil personas reunidas en el colegio Guaydil, de Tafira Baja, y con las que dialogó por espacio de una hora. Preguntas y respuestas sobre vida cristiana, que el prelado contestó con abundantes ejemplos y anécdotas.

La responsabilidad para ejercitar los propios deberes y derechos, “la necesidad de ser buenos ciudadanos y buenos cristianos”, o”la conveniencia de colaborar en un clima social de comprensión”, fueron algunos de los puntos destacados por el prelado, en la que ha sido su primera visita a Canarias.

Monseñor Echevarría pidió también “coherencia” para manifestar la fe en la conducta, “preocupándoos de la educación de los jóvenes: poned la semilla para las generaciones futuras”, dijo.

El sacramento de la Reconciliación: “un abrazo de Dios”

En otro momento, hizo hincapié en que “somos piedras vivas de la Iglesia, que procuran difundir el respeto a la dignidad humana, y que trabajan con sentido de responsabilidad”. Exhortó a vivir los sacramentos de la Eucaristía y de la Reconciliación, “ese abrazo de Dios que nos llena de su paz y alegría”.
Opus Dei - Nacaray pregunta a Mons. Echevarría.

Nacaray pregunta a Mons. Echevarría.

Según sus palabras, esa coherencia“os llevará a ser ejemplares ante los miles de turistas que llegan a las islas afortunadas, para que aprendan de vuestro sentido cristiano”.

Animó también a “vivir y defender el pudor, contribuyendo a crear y difundir una moda que respete la dignidad, protestando ante imposiciones que no respeten los valores de una auténtica belleza”.

En su visita al Archipiélago, además de entrevistarse con los obispos de Tenerife y Canarias, ha mantenido numerosos encuentros con familias, fieles y Cooperadores de la Prelatura, en Tenerife y Las Palmas.

Un ambiente canario

Desde numerosos lugares de la isla, como Las Palmas, Telde, Arucas, Galdar, Guía o el sur, llegaron vecinos para escuchar al segundo sucesor de san Josemaría Escrivá. Un sacerdote que habló en un estrado adornado con buganvillas, calanchoes, próteas, gerberas y azucenas, y un repostero con una antigua representación de Las Palmas. Antes recibió el obsequio de las becas de los colegios Garoé y Guaydil, un cuchillo canario como los que usan los hombres del campo para cortar los racimos de plátano y una canción ofrecida por las alumnas de 1º y 2º de Primaria, ‘Un barquito de cáscara de nuez’.

Monseñor Echevarría escuchó, entre otras muchas, la pregunta de Nacaray, 11 años, de Schaman, enferma de epifisiolisis, y la de Rosa ‘la rusa’, que se convirtió al catolicismo recientemente. En las respuestas, un denominador común: “Haz lo que puedas y está en lo que haces, y no olvides que lo pequeño rebosa trascendencia si lo ofreces a Dios, que está siempre a tu lado”.

El prelado del Opus Dei en Canarias

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Del 5 al 9 de febrero, mons. Javier Echevarría ha realizado un viaje pastoral de tres días a las islas Canarias en el que ha mantenido numerosos encuentros con familias, fieles de la Prelatura y cooperadores.

Opus Dei - En la Basílica de Candelaria.

En la Basílica de Candelaria.

En la isla de Tenerife, primera etapa de su viaje, mons. Javier Echevarría visitó a la Virgen de la Candelaria. Durante su estancia en la basílica, recibió explicaciones del Rector, el padre dominico Jesús Mendoza, sobre la imagen y la historia de esta advocación mariana. Después el prelado firmó en el libro de honor, en el que quiso dejar constancia de su agradecimiento a nuestra Madre de la Candelaria y de su confianza en su intercesión: “Que ella nos impulse a todos a hacer un apostolado sin tregua”, escribió. Por su parte, el rector le obsequió con un libro y un medallón de la Virgen que reproduce la imagen que Hernán Cortés llevó a América. “Me alegra mucho que el primer sitio que ha visitado haya sido la basílica de la Virgen”, le dijo al despedirse.

Más tarde se reunió, en diferentes encuentros, con familias, fieles del Opus Dei y cooperadores y amigos, que le preguntaron por cuestiones relacionadas con la vida cristiana. En una de las tertulias con las familias, mons. Echeverría animó a los presentes recibir con frecuencia los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía y a ser “cristianos comprometidos, maestros de servicio, que no son indiferentes con los problemas sociales”Opus Dei - Nacaray.

La segunda etapa del viaje tuvo como escenario Las Palmas de Gran Canaria. En el colegio Guaydil el prelado del Opus Dei se dirigió a unas dos mil personas: entre otros temas, hizo mención a la responsabilidad personal para a ejercer los derechos y cumplir con los deberes del propio estado; a la necesidad de ser buenos ciudadanos y buenos cristianos; y al requisito, vital en las actuales circunstancias históricas, de contribuir cada uno individualmente en la creación de un clima social de comprensión. Monseñor Echevarría pidió también coherencia para manifestar la fe con la propia conducta, y concretamente exhortó a los padres a preocuparse de la educación de los jóvenes: “poned la semilla para las generaciones futuras”, dijo. Por otra parte, animó también a “vivir y defender el pudor, contribuyendo a crear y difundir una moda que respete la dignidad, protestando ante imposiciones que no respeten los valores de una auténtica belleza”.

“Hasta lo más pequeño rebosa de trascendencia”


Opus Dei - Mons. Javier Echeverría.

Mons. Javier Echeverría.
Desde numerosos lugares de la isla de Gran Canaria, llegaron hombres y mujeres de todas las edades para escuchar al segundo sucesor de san Josemaría Escrivá al frente del Opus Dei, que habló en un estrado adornado con plantas típicas de lasIslas Afortunadas (buganvillas, calanchoes, proteas, gerveras y azucenas) y un repostero con una antigua representación de Las Palmas. Antes el prelado recibió como obsequio las becas de los colegios Garoé y Guaydil, un cuchillo canario como los que usan los hombres del campo para cortar los racimos de plátano y una canción interpretada por las alumnas de 1º y 2º de Primaria de Guaydil, ‘Un barquito de cáscara de nuez’.

Monseñor Echevarría escuchó, entre otras muchas, las historias de Nacaray, una niña de 11 años, enferma de epifisiolisis, y de Rosa ‘la rusa’, que se convirtió al catolicismo recientemente. “No olvides que hasta lo aparentemente más pequeño rebosa trascendencia, si lo ofrecemos a Dios, que está siempre a nuestro lado”, le dijo a Nacaray.

Martes santo: ¿Cómo es nuestra fe?

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“Ocurrió el día siguiente a la entrada triunfal en Jerusalén. Jesús y los Apóstoles habían salido muy temprano de Betania y, con la prisa, quizá no tomaron ni un refrigerio…”. Palabras de Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, emitidas por la cadena de Estados Unidos EWTN.

El Evangelio de la Misa termina con el anuncio de que los Apóstoles dejarían solo a Cristo durante la Pasión. A Simón Pedro que, lleno de presunción, afirmaba: yo daré mi vida por ti, el Señor respondió: ¿conque tú darás mi vida por mí? Yo te aseguro que no cantará el gallo, antes de que me hayas negado tres veces.

A los pocos días se cumplió la predicción. Sin embargo, pocas horas antes, el Maestro les había dado una lección clara, como preparándoles para los momentos de oscuridad que se avecinaban.

Ocurrió el día siguiente a la entrada triunfal en Jerusalén. Jesús y los Apóstoles habían salido muy temprano de Betania y, con la prisa, quizá no tomaron ni un refrigerio. El caso es que, como relata San Marcos, el Señorsintió hambre. Y viendo de lejos una higuera que tenía hojas, se acercó por si encontraba algo en ella; pero cuando llegó no encontró nada más que hojas, porque no era tiempo de higos. Y la increpó: “¡que nunca jamás coma nadie fruto de ti!”. Sus discípulos lo estaban escuchando.

Al atardecer regresaron a la aldea. Debía de ser una hora avanzada y no repararon en la higuera maldecida. Pero al día siguiente, martes, al volver de nuevo a Jerusalén, todos contemplaron aquel árbol, antes frondoso, que mostraba las ramas desnudas y secas. Pedro se lo hizo notar a Jesús:Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado. Jesús les contestó: “Tengan fe en Dios. En verdad les digo que cualquiera que diga a este monte: arráncate y échate al mar, sin dudar en su corazón, sino creyendo que se hará lo que dice, le será concedido”.

Durante su vida pública, para realizar milagros, Jesús pedía una sola cosa: fe. A dos ciegos que le suplicaban la curación, les había preguntado: ¿creéis que puedo hacer eso? —Sí, Señor, le respondieron. Entonces les tocó los ojos diciendo: que se haga en vosotros conforme a vuestra fe. Y se les abrieron los ojos. Y cuentan los Evangelios que, en muchos lugares, apenas realizó prodigios, porque a las gentes les faltaba fe.

También nosotros hemos de interrogarnos: ¿cómo es nuestra fe? ¿Confiamos plenamente en la palabra de Dios? ¿Pedimos en la oración lo que necesitamos, seguros de obtenerlo si es para nuestro bien? ¿Insistimos en las súplicas lo que sea preciso, sin descorazonarnos?

San Josemaría Escrivá comentaba esta escena del Evangelio. «Jesús —escribe— se acerca a la higuera: se acerca a ti y se acerca a mí. Jesús, con hambre y sed de almas. Desde la Cruz ha clamado: sitio! ( Jn 19, 28), tengo sed. Sed de nosotros, de nuestro amor, de nuestras almas y de todas las almas que debemos llevar hasta Él, por el camino de la Cruz, que es el camino de la inmortalidad y de la gloria del Cielo».

Se llegó a la higuera, no hallando sino solamente hojas (Mt 21, 19). Es lamentable esto. ¿Ocurre así en nuestra vida? ¿Ocurre que tristemente falta fe, vibración de humildad, que no aparecen sacrificios ni obras?
Los discípulos se maravillaron ante el milagro, pero de nada les sirvió: pocos días después negarían a su Maestro. Y es que la fe debe informar la vida entera. «Jesucristo pone esta condición», prosigue San Josemaría: «que vivamos de la fe, porque después seremos capaces de remover los montes. Y hay tantas cosas que remover… en el mundo y, primero, en nuestro corazón. ¡Tantos obstáculos a la gracia! Fe, pues; fe con obras, fe con sacrificio, fe con humildad».

María, con su fe, ha hecho posible la obra de la Redención. Juan Pablo II afirma que en el centro de este misterio, en lo más vivo de este asombro de la fe, se halla María, Madre soberana del Redentor (Redemptoris Mater, 51). Ella acompaña constantemente a todos los hombres por los senderos que conducen a la vida eterna. La Iglesia, escribe el Papa, contempla a María profundamente arraigada en la historia de la humanidad, en la eterna vocación del hombre según el designio providencial que Dios ha predispuesto eternamente para él; la ve maternalmente presente y partícipe en los múltiples y complejos problemas que acompañan hoy la vida de los individuos, de las familias y de las naciones; la ve socorriendo al pueblo cristiano en la lucha incesante entre el bien y el mal, para que “no caiga” o, si cae, “se levante” (Redemptoris Mater, 52).

María, Madre nuestra: alcánzanos con tu intercesión poderosa una fe sincera, una esperanza segura, un amor encendido.
Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei

Mons. Echevarría: “Deseo agradecer al cardenal König su ayuda y su amistad”

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Mons. Javier Echevarría asistió al funeral del cardenal Franz König, que tuvo lugar en Viena el pasado 27 de marzo, en la Catedral de San Esteban. Ofrecemos unas declaraciones del prelado del Opus Dei y una entrevista al Cardenal que el diario La Vanguardia publicó en 2001.
Opus Dei -

«Su testimonio de la buena noticia de Cristo y su compromiso por la paz y la reconciliación se han irradiado mucho más allá de las fronteras de su patria», afirmó el Papa al recibir la noticia del fallecimiento del cardenal Franz König, el pasado 12 de marzo a los 98 años de edad. Figura importante del Concilio Vaticano II y Presidente emérito del Consejo Pontificio para el Diálogo con los no creyentes, fue nombrado por Pio XII arzobispo de Viena en 1956, cargo que ocupó hasta el día que cumplió 80 años. Mons. Javier Echevarría, que asistió en Austria a su funeral, realizó la siguiente declaración.

“El Cardenal König ha sido una figura muy importante de la Iglesia católica de este tiempo, y su categoría como pastor y como intelectual ha dejado profunda huella, que los historiadores sabrán justamente valorar”, ha dicho el Obispo Javier Echevarría durante su estancia en Viena con ocasión del entierro del Cardenal.

“Como Prelado del Opus Dei”, ha añadido, “tengo con él una deuda de gratitud, y deseo hoy renovar mi agradecimiento al Cardenal por su ayuda y su amistad a lo largo de casi cuarenta años”.

Opus Dei - Cardenal Franz König.

Cardenal Franz König.

“En los años sesenta, fui testigo de sus encuentros con san Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei. Como el mismo Cardenal puso de manifiesto en sus escritos, le impresionó la idea fundacional, en la que veía realizadas con antelación algunas de las enseñanzas más relevantes del Concilio Vaticano II, especialmente la participación de los laicos en la misión de la Iglesia”.

“Después, en los años setenta y ochenta, continuó esa cordial amistad entre el Cardenal y Mons. Alvaro del Portillo, sucesor de san Josemaría al frente del Opus Dei. Fui también testigo de sus numerosas entrevistas, en Roma, Viena y otros lugares. El Cardenal König alentó con sus sugerencias a don Alvaro, y fue uno de los eclesiásticos que más prontamente entendieron y compartieron la forma jurídica definitiva del Opus Dei como Prelatura personal, figura jurisdiccional propuesta por el Concilio Vaticano II que integra sacerdotes y laicos, hombres y mujeres, en plenitud de unidad y de cooperación orgánica. Comprendió a fondo el carisma secular del Opus Dei y, con el peso de su autoridad moral, supo explicarlo a otras muchas personas. Existen muchos motivos de agradecimiento”.

Con ocasión de su estancia en Viena, Mons. Echevarría ha tenido varios encuentros con fieles de la Prelatura.


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