Mons. Echevarría:”La Iglesia del futuro mirará al porvenir y a sus raíces”

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Entrevista a Mons. Javier Echevarría publicada en el periódico italiano “La Repubblica”. El prelado del Opus Dei responde a cuestiones referentes a la canonización del beato Josemaría, la libertad de los fieles de la Prelatura y la Iglesia del Tercer Milenio.

Mons. Echevarría, para el Opus Dei ha llegado el gran momento: en breve el Fundador subirá a los altares.

Cuando tenga lugar ese hecho, significará que la Iglesia reconoce definitivamente la santidad de un hombre que ha alcanzado la plenitud de la caridad, la perfecta unión con Dios. La santidad cristiana consiste en la capacidad de amar a Dios sobre todas las cosas y de transmitir ese amor a los demás. Le aseguro que el beato Josemaría tenía verdaderamente un corazón grande, con capacidad de sufrir y de alegrarse con todo el que sufría o se alegraba: ya fuese una nación entera, un grupo de personas, un amigo o un extraño.

Escrivá tenía un carácter difícil, un mal carácter, al decir de algunos…

No creo que se pueda afirmar eso, aunque a él no le daba vergüenza decir que tenía un carácter fuerte. De esto se sirvió el Señor para lograr, mediante su fortaleza de espíritu, que el Opus Dei se abriese camino en el mundo, en la Iglesia, en todos los lugares. Sabía decir las cosas rectamente, a veces con energía, pero sin ofender a las personas. Y si se daba cuenta de que se había equivocado, enseguida pedía perdón.

El Opus Dei ha recorrido mucho camino: más de ochenta mil miembros en todo el mundo, cerca de dos mil sacerdotes y diáconos, tantas iniciativas en los diversos continentes. ¿Qué le diría a un joven de hoy para animarle a entrar?

Antes de nada, no animaría a nadie a entrar en el Opus Dei, porque para seguir al Señor en la Obra hay una primera condición: la libertad cotidiana. Hay que hacer lo que el Señor quiere, respondiéndole: lo hago porque me da la gana. Sólo le aconsejaría: pon atención a la voz del Señor y haz lo que te pida.

¿Y si uno quiere salirse del Opus Dei? ¿No hay ningún tipo de presión?

Ninguna. En absoluto.

Hubo algunos episodios desagradables en el pasado…

No, nunca. Las puertas están abiertas para el que quiera salir, y entornadas para el que desee entrar. Sin embargo, si usted es un padre de familia y su hijo toma un camino equivocado, ¿le dejará irse sin más, le permitiría que siga sus caprichos? No, le daría un consejo. Esta es la única coacción, paterna, fraterna; se dice a la gente: puedes hacer lo que quieras, pero piénsalo antes porque estás jugando con tu vida.

Durante mucho tiempo han llovido críticas de que se hace un proselitismo excesivo, también entre menores de edad, o de coacción psicológica para confesarse sólo con sacerdotes del Opus Dei.

Francamente me parece que las críticas a las que alude, que por otra parte nunca se han demostrado, están ya superadas. En cuanto a la obligación de confesarse, debo decirle que no responde a la verdad. Una disposición de este tipo estaría en contra de la libertad que la Iglesia reconoce a todos los cristianos. Me parece del todo lógico y normal que los fieles de la Prelatura prefieran confesarse con un sacerdote que les puede ayudar mejor, porque vive el mismo espíritu que ellos. Sin embargo, tienen siempre entera libertad para confesarse con cualquier sacerdote católico.

¿No acepta ninguna crítica? Incluso el Papa entona el mea culpa.

Acepto que todos somos imperfectos, que todos debemos corregirnos, y que todos debemos hacer examen de conciencia para ser mejores hijos de Dios. Y deseo subrayar que no nos sentimos los primeros de la clase. Nos sabemos pobres hombres, que han de aprender de los demás, y procuramos -con la ayuda de la gracia- actuar con responsabilidad, realizando bien nuestro trabajo, viviendo bien la vida familiar y las relaciones sociales.

A casi setenta y cinco años de la fundación, ¿en dónde piensa que radica la particular vitalidad de la Obra?

Nuestra misión especifica no es desarrollar determinadas labores apostólicas, sino estimular a los hombres y mujeres de todas las condiciones sociales, que desempeñan trabajos de todo tipo, a santificar su propia vida, contribuyendo de ese modo a testimoniar los valores universales del Evangelio. Hay centros nuestros en más de sesenta países: entre los más recientes, Sudáfrica, Kazajstán, Líbano. En todas partes los fieles de la Prelatura tratan de vivir como cristianos sinceros, desarrollando -en expresión de nuestro Fundador- un intenso apostolado de amistad y de confidencia en el propio ambiente familiar y profesional. Algunos, además, en función de las exigencias de la sociedad local, y siempre en colaboración con otras personas, con frecuencia no católicas, ponen en marcha proyectos de servicio de carácter educativo, sanitario, etc. No es un misterio para nadie que el Fundador comenzó su apostolado entre los pobres y enfermos de Madrid.

¿Qué problema le preocupa fundamentalmente, como hombre de fe?

La pérdida del sentido de lo sagrado en el mundo. Dejar que lo mundano nos gane la delantera.

¿Cómo se imagina la Iglesia del Tercer Milenio? ¿Con qué tipo de Papa?

El Opus Dei no tiene una imagen propia de la Iglesia o del Papado. El Papa, sea quien sea, hace la unidad de la Iglesia y está guíado por el Espíritu Santo. Personalmente puedo imaginar la Iglesia del futuro mirando al mismo tiempo al porvenir y a nuestras raíces cristianas. Mirando a Cristo y al mundo en que vivimos. En este sentido pienso que la palabra “comunión”, que el Papa emplea frecuentemente en su Carta apostólica Novo millennio ineunte (escrita tras el Jubileo) puede proporcionar una clave justa para analizar tanto los problemas de la Iglesia como su misión en el mundo.

Usted fue secretario personal de Escrivá desde 1953 hasta su muerte. ¿Cómo lo recuerda?

Con su palabra y con sus escritos, pero sobre todo con su ejemplo, enseñó a vivir el ideal evangélico con plenitud, demostrando que no es una utopía, ni algo exclusivo para unos pocos privilegiados, sino una llamada que se dirige a todos los cristianos; una invitación a vivir el Evangelio en todos los ambientes, en todas las profesiones, porque todos los trabajos pueden convertirse en ocasión de un encuentro con Cristo.

“Sin estar en la Iglesia, el Opus Dei se desharía”

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“Los diferentes miembros de la Iglesia se necesitan unos a otros. Todo el valor del Opus Dei reside en que es parte de la Iglesia: sin ese estar en la Iglesia, el Opus Dei se desharía”. Entrevista al Prelado del Opus Dei publicada en ‘Alfa y Omega’.

Opus Dei - Mons. Javier Echevarría a la salida del consistorio en el que se anunció la fecha de canonización de Josemaría Escrivá

Mons. Javier Echevarría a la salida del consistorio en el que se anunció la fecha de canonización de Josemaría Escrivá

¿Cuáles son los rasgos del perfil de Josemaría Escrivá que siguen teniendo hoy más atractivo?
-Sí, cien años después de su nacimiento, Josemaría Escrivá es una figura históricamente cercana, que atrae por su vigor humano y cristiano. Bien sabemos -la Historia, concretamente la historia de la Iglesia, es maestra- que los hombres que caminan al paso de Cristo son sembradores de paz y alegría, y también signos de contradicción. A mí me llegan todos los días noticias -por escrito o de palabra- de muchos que tocan la paz y la alegría de Dios, al acoger lo que Él nos quiere decir con esos amigos suyos que son los santos, entre ellos el beato Josemaría.

¿Rasgos que más atraen? Quizá que ha contagiado a millones de personas el gozo de ser cristianos, de saberse hijos de Dios. En medio de tantas algaradas banales o dolorosas depresiones, pienso que las almas sienten la necesidad de tener a su lado la sonrisa de quien vive como discípulo de Cristo para servir a los demás.

¿Qué es lo esencial que el Opus Dei quiere dejar como resultado de esta celebración centenaria, tanto en el ámbito de lo doctrinal-eclesiológico, como en lo material-obras?

Opus Dei -

Ha escrito y repetido muchas veces el beato Josemaría que “es de Cristo de quien tenemos que hablar, y no de nosotros mismos”. Por eso, yo espero que los actos de celebración del Centenario del beato Josemaría aviven en muchos hombres y mujeres la conciencia de que Cristo debe estar en el corazón de nuestra historia individual, a través de un continuado encuentro con Él, precisamente en las circunstancias ordinarias de la vida; y en nuestra historia colectiva, por medio de la paz, de la justicia y del perdón.

La calamidad más triste de un pueblo es marginar a Jesucristo, como si Él, que ha entregado su vida por salvar la nuestra, fuera un intruso. Sería un estupendo legado del Centenario, volver a descubrir, y ayudar a descubrir, ese horizonte de acción que el beato Josemaría resumía así: “Conocer a Jesucristo. Hacerlo conocer. Llevarlo a todos los sitios”.

En el plano de las obras, el compromiso cristiano ante las necesidades de los demás -al que tanto urgía el beato Escrivá- está llevando a muchos a promover nuevos proyectos de cooperación social y de carácter educativo, tanto en naciones del tercer mundo como en focos de marginación localizados en países desarrollados. En Nigeria, por ejemplo, se ha inaugurado recientemente una escuela profesional para jóvenes de Lagos con pocas posibilidades de lograr un trabajo. Y se iniciaron otras iniciativas semejantes en diversos países.

Me ha causado alegría ver, durante el reciente congreso en Roma, el afán de muchos hombres y mujeres de impulsar nuevas tareas, yendo al fondo de urgentes necesidades, desde el Congo a Colombia, en Asia y en Europa.

¿Desde el punto de vista jurídico y pastoral, la Prelatura Personal está definitivamente consolidada y aceptada en la Iglesia?

Opus Dei - Durante la bendición de una escultura del Fundador

Durante la bendición de una escultura del Fundador

El Opus Dei fue erigido como Prelatura Personal hace casi veinte años. Pienso que es un tiempo suficiente para hablar de un firme asentamiento de esta figura jurídica, que se ha demostrado perfectamente adecuada a la realidad teológica y pastoral del Opus Dei.

Desde el punto de vista práctico, la configuración del Opus Dei como Prelatura Personal ha permitido mejorar la inserción de la Obra en la Pastoral orgánica de la Iglesia, tanto a nivel universal, como en el ámbito de las Iglesias locales.

A oscuras, sin la luz de Cristo

¿Qué diría el beato Escrivá ante los principales problemas de la humanidad : el terrorismo, la familia, la bioética…?
Siempre evitaba imponer su opinión sobre los problemas humanos, por su delicado respeto a las libres opciones de las personas que acudían a su consejo, atraídas por su celo de buen pastor. Sólo quería hablar de Dios, el gran amor de su vida. Y, precisamente por esto, tenía una sensibilidad muy fina para descubrir los frutos de la presencia o de la ausencia del espíritu cristiano en los hechos y situaciones históricas.

Ante las cuestiones que se plantean actualmente, pienso que el beato Josemaría volvería a recordarnos, en primer lugar, que sin la luz de Cristo nos quedamos a oscuras; y que, sin el amor de Cristo, no sabríamos romper con nuestro egoísmo. E invitaría a considerar la dignidad del ser humano en su condición de hijo de Dios; la necesidad de promover una paz estable entre todos los pueblos, sobre unas bases sólidas de justicia y de solidaridad; la importancia de la familia, fundada en el matrimonio indisoluble, para la sociedad y para la Iglesia.

Luego bendeciría las rectas soluciones que cada cristiano aportara en esos puntos, de acuerdo con su criterio personal y su responsabilidad como fiel de la Iglesia y como ciudadano.

¿Es creciente el papel de la mujer dentro del Opus Dei?

Opus Dei -

Bueno, yo diría que dentro y fuera. Ya desde el principio de las actividades del Opus Dei dirigidas a mujeres, el 14 de febrero de 1930, el beato Josemaría afrontó esta labor en toda su amplitud. El mensaje fundacional fue expresado exactamente en los mismos términos a mujeres y a hombres, sin ningún tipo de diferencia.

Por eso, dejando aparte el sacerdocio ministerial -reservado en la Iglesia, por disposición divina, a los varones, como es sabido-, en el Opus Dei, las mujeres han tenido y tienen responsabilidades de igual importancia que los hombres, ni más ni menos. Cada una, en y desde su trabajo profesional, procura llevar la luz de Cristo al ambiente en el que se mueve.

Hoy, indudablemente, es grande el desafío que una mujer cristiana tiene por delante; una tarea para llenar de entusiasmo, porque cada una de ellas juega, si quiere, un papel trascendental en la vida social y en la vida de la Iglesia.

¿Cuál es la relación con los nuevos movimientos y asociaciones en la Iglesia, con la vida religiosa?
Cuando rezo el Credo, me gusta paladear cada una de las notas que definen a la Iglesia: Una, Santa, Católica y Apostólica. La Iglesia es intrínsecamente una, no un conglomerado de elementos dispersos. Es un organismo, un cuerpo, el Cuerpo Místico de Cristo, en el que los diferentes miembros, con su enriquecedora diversidad, se necesitan unos a otros.

Todo el valor del Opus Dei reside en que es parte de la Iglesia: sin ese estar en la Iglesia, el Opus Dei se desharía. Por eso, cualquier otra luz que se enciende para servir a Jesucristo, me resulta cercana, algo propio, expresión de la iniciativa del mismo Espíritu, del empeño por anunciar a Cristo.

En el plano práctico, el Opus Dei procura mantener una relación fraterna con todas las realidades de la Iglesia. Y cuenta con el apoyo de la oración y el cariño de muchas personas: por mencionar sólo un ejemplo, más de quinientas comunidades contemplativas son cooperadoras del Opus Dei.

¿Cuáles son las principales acciones apostólicas del Opus Dei en España, en el marco de la nueva evangelización?

Opus Dei -

Como en otros países, pienso que la principal aportación de los fieles del Opus Dei a la nueva evangelización en España es su apostolado personal, la labor que cada uno desarrolla para dar a conocer a Cristo en su propio ambiente.

La Prelatura se ocupar de transmitir una formación espiritual, cristiana, viva, no teórica o intemporal, sino sensible a las circunstancias y desafíos del momento y a las prioridades evangelizadoras que proponen el Papa y -en el ámbito de las diferentes Iglesias particulares- mis hermanos los obispos.

Luego, cada uno debe procurar transmitir ese mensaje en su familia, en su ambiente laboral, entre sus amigos, en las asociaciones a las que pertenezca. El efecto multiplicador es grande y no se puede reducir a la ya amplia existencia de iniciativas de carácter educativo, social, asistencial, etc.

Lo que opera Dios en el alma que se decide a seguir a Cristo, esto es lo verdaderamente fecundo. No tendría ningún inconveniente en hacer una enumeración de las labores apostólicas, pero creo que son de sobra conocidas.

Opus Dei, fe y cultura

¿Sobre qué bases se debe desarrollar el diálogo fe-cultura? ¿Cuál es la principal contribución de los miembros del Opus Dei en el apostolado del pensamiento?
El beato Josemaría describió las bases de este diálogo en uno de sus libros: “Amplitud de horizontes, y una profundización enérgica en lo permanentemente vivo de la ortodoxia católica; afán recto y sano -nunca frivolidad- de renovar las doctrinas típicas del pensamiento tradicional, en la filosofía, en la interpretación de la historia…; una cuidadosa atención a las orientaciones de la ciencia y del pensamiento contemporáneos; y una actitud positiva ante la transformación actual de las estructuras sociales y de las formas de vida” (Surco, 428).

Poco tengo que añadir a estas palabras. Una fe que no se hace cultura está apagada, y una cultura sin fe, carece de alma, de aliento para el hombre y para la sociedad.

¿Qué considera más importante: la espiritualidad, o la proyección social de la espiritualidad?
Tal vez exista alguna espiritualidad puramente intimista, sin ningún tipo de proyección sobre el entorno; y cabe también algún tipo de actividad social sin ningún sustrato espiritual. A ninguna de las dos posibilidades se puede reducir el cristianismo.

En la Iglesia, hasta las formas más puras de vida contemplativa tienen un reflejo inmediato -riquísimo- en los demás, a través de la comunión de los santos; y cualquier iniciativa social está alentada necesariamente por la fe, por el descubrimiento de Cristo en el rostro del necesitado.

No veo ninguna disyuntiva entre espíritu y acción social. Puede haber acentos más marcados en uno u otro sentido, pero importantes -más aún, necesarias- son tanto la una como la otra. Jesucristo pasaba largos ratos retirado en oración, pero también trabajó muchos años en Nazaret, recorrió toda su tierra predicando, curando a enfermos, comiendo con amigos…, amando siempre.

En una España escindida esquizofrénicamente entre la fe y la vida, el testimonio de la vida ordinaria de los miembros influyentes socialmente del Opus Dei, ¿cómo se nota?
He aprendido del beato Josemaría a valorar la unidad de vida como característica fundamental de la existencia cristiana. Coincido en calificar de enfermiza la escisión entre la fe y la vida, que no es un fenómeno exclusivamente español: no siempre resulta fácil ser coherente con la fe, y no causa extrañeza, por tanto, que en el acontecer social de los hombres -todos- corramos el riesgo de ceder tantas veces ante las sugestiones del poder, del prestigio…, o simplemente de la comodidad.

Pero cada persona -yo me incluyo, como es lógico- dará un día cuenta a Dios del uso que haya hecho de sus talentos, del empeño que haya puesto en practicar y transmitir la fuerza de la fe y del amor cristiano a su alrededor.

Sé que en España hay personas del Opus Dei, conocidas por la opinión pública, de las que es notorio que procuran promover ese sentido cristiano en el ejercicio de su actividad. Pero no se queda sólo en algo de unos pocos: también quienes desempeñan una tarea sin un relieve público o notorio están llamados a ser levadura de Cristo en su propio ambiente, a vivificar todas las estructuras humanas, desde la base, con el espíritu cristiano.

A este estupendo descubrimiento -la verdad de que no hay trabajo pequeño si se hace en unión con Cristo- se referían varios intelectuales de nivel internacional, en el reciente congreso de Roma, sobre la grandeza de la vida ordinaria. No es un descubrimiento reservado a gente excepcional. Diría que Dios lleva siglos tratando de ayudarnos a comprender, a todos los hombres y mujeres, que está muy cercano a nosotros.

Mons. Echevarría: Hoy quisiera sólo decir gracias

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Declaraciones del prelado del Opus Dei tras el anuncio de las canonizaciones de nueve beatos, entre los que se encuentra Josemaría Escrivá.

Opus Dei - Mons. Javier Echevarría a la salida del consistorio.

Mons. Javier Echevarría a la salida del consistorio.

“El Papa acaba de anunciar las fechas de las ceremonias de canonización de nueve beatos: un sacerdote secular, cinco religiosos, dos religiosas y un laico. Cada uno vivió en un tiempo, en un país y en unas circunstancias diferentes. Cada uno, con su propia personalidad. Pero en todos percibimos unos rasgos comunes. En los santos se reconoce siempre la fecundidad espiritual de la Iglesia, esparcida por el mundo como semilla de santidad por medio del testimonio de vida cristiana de sus hijos.

El Padre Pío, fiel al carisma capuchino, nos recuerda la hondura del amor con que Dios nos ama, comunicado a través de la Iglesia en los sacramentos, especialmente la Penitencia y la Eucaristía. Juan Diego fue el primero en recibir la visita de Nuestra Señora en Guadalupe, donde cada año millones de peregrinos rezan a Santa María. En la historia de Josemaría Escrivá encontramos el rastro luminoso de unos padres cristianos, de quienes recibió la herencia preciosa de la fe; de Obispos que le dieron su apoyo para desarrollar su tarea evangelizadora; de numerosos sacerdotes, religiosos y religiosas, con los que mantuvo una fraterna relación toda su vida; y de miles de laicos que supieron transformar en realidad su mensaje de santificación del trabajo ordinario en medio del mundo.

Por eso, hoy quisiera solamente decir ¡gracias! Deseo expresar mi agradecimiento a la Trinidad Santísima, que nos envía el regalo de los santos; a la Iglesia Santa, familia de los hijos de Dios, unida por el vínculo de la caridad; a los padres y hermanos del beato Josemaría; a todos los sacerdotes, religiosos, laicos, hombres y mujeres, que de alguna manera han intervenido en su formación. Gracias también, desde lo más profundo del alma, a todos los pobres y enfermos que le dieron generosamente lo único que tenían, y convirtieron su dolor en oración por la labor sacerdotal del fundador del Opus Dei. Pienso que es un buen momento para acordarse de esos miles de personas, cuyos nombres, en muchos casos, ni siquiera conocemos. Y es también una espléndida ocasión para sentir de nuevo la responsabilidad de no privar de la oración y la caridad a quienes nos rodean, porque todos estamos llamados a ser santos”.

Un patrimonio de toda la Iglesia

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Entrevista con Mons. Javier Echevarría tres meses después de la canonización de san Josemaría.

06 de enero de 2003
Paulina Lo Celso (Argentina)

A tres meses de distancia, ¿qué diagnóstico haría de la canonización de Josemaría Escrivá, en relación a la Iglesia y al mundo?

Un cardenal alemán ha declarado que la canonización supone la “desprivatización” del fundador del Opus Dei, afirmando así que ahora su enseñanza y su ejemplo se extienden a toda la Iglesia, no sólo a los fieles de la Prelatura. Me parece una imagen acertada. A la vez, se podría decir que esa realidad se remonta a los primeros años de la actividad sacerdotal de Josemaría Escrivá: desde entonces movió a muchísimas personas a tomarse en serio la vida cristiana, a entregarse a Dios por entero, a servir a la Iglesia.

Opus Dei -

Evidentemente, a partir de ahora este fenómeno adquiere perfiles nuevos. Lo han señalado numerosos comentaristas: las enseñanzas de san Josemaría sobre la santificación del trabajo y de la vida ordinaria constituyen ya un patrimonio de toda la Iglesia. La presencia de cientos de miles de personas en la Plaza de San Pedro; los muchos millones de ciudadanos de los más diversos países que han seguido la ceremonia por radio, televisión o internet; el interés de los medios de comunicación; las declaraciones de numerosas personalidades: son señales que confirman que la santidad no es un concepto olvidado, que la Iglesia tiene y tendrá siempre —no cabe otra posibilidad— un mensaje significativo para el mundo.

Durante los últimos siglos se ha producido un proceso de secularización, que propugna un estilo de conducta sin dimensión sobrenatural, “como si Dios no existiese”; pero en nuestros días estamos observando un proceso de signo contrario, que a la “secularización” opone la “secularidad” bien entendida: es decir, un modo más profundo de comprender la relación entre la fe y la vida ordinaria. En ese contexto de inicio de una época, de renovación perenne de la Iglesia, de mostrar a Cristo que jamás “pasa de moda”, se sitúa el mensaje del nuevo santo.

¿El hecho de que monseñor Escrivá haya sido canonizado, marca algo especial para la Obra?

Sin duda la canonización representa un momento muy importante para la Prelatura del Opus Dei. En el ámbito personal, para cada uno de los fieles de la Prelatura la canonización es una nueva confirmación de sus anhelos, y un desafío santo para llegar a todo lo que Dios le pide. El espíritu de san Josemaría no es sólo una promesa, sino un camino bien concreto y eficaz para alcanzar la santidad. Además, la canonización representa una llamada a la responsabilidad: las enseñanzas de este sacerdote han de dar fruto de santidad, de virtudes, de entrega a Dios y a los demás.

Opus Dei -

Muchos cardenales y obispos lo han repetido en las misas de acción de gracias después del día 6: la Iglesia espera de los fieles de la Prelatura su específico servicio en favor de las iglesias locales y de la sociedad en la que viven. En particular, como no deja de subrayar el Papa, cada uno se siente impulsado a servir a quienes se encuentran en situación de mayor necesidad material o espiritual, y también —esto es muy importante— a aprender de los demás.

¿Qué pasos debe dar ahora el Opus Dei —mirando hacia adelante—, con su fundador canonizado?

La Prelatura existe para servir a la Iglesia: no persigue una estrategia propia. Y Juan Pablo II ha determinado las prioridades para toda la Iglesia, en este momento de la historia, en su Carta apostólica Novo millennio ineunte. Esa es la orientación que todos los cristianos hemos de tener presente para llevar por buen camino la labor pastoral de la Iglesia, y por tanto también la labor de la Prelatura del Opus Dei. En ese contexto, por evidentes razones, los fieles del Opus Dei se saben comprometidos de modo muy particular en la difusión de la búsqueda de la santidad en la vida ordinaria. Y concretamente, trabajan con ilusión para mostrar que la santidad no se queda en un ideal “espiritualista”, por así decir, sino que lleva consigo frutos de justicia y de paz, cuando los católicos se esfuerzan por buscarla.

Monseñor Escrivá sostenía —al considerar la situación del hombre y la sociedad del siglo XX—, que “estas crisis mundiales son crisis de santos”. ¿Qué puede decir al respecto? ¿Sigue siendo válido ese dictamen para el hombre y la sociedad del siglo XXI?

Opus Dei -

Sí, desde luego, sigue siendo válido. Añadiría más: pienso que cada día se descubre con más claridad la densidad y la verdad de esas palabras. Basta repasar tantos acontecimientos de la actualidad marcados por la violencia, la corrupción o la injusticia. No me refiero sólo a las guerras y al terrorismo internacional. Aludo también a casos que están muy cerca de cada uno de nosotros, que leemos todos los días en las páginas locales de los periódicos. Estamos comprobando que no guarda límites la agresividad que desarrolla el ser humano cuando se olvida de Dios, de las normas morales, del respeto a la vida y a la dignidad de los demás. Y no se puede combatir el mal sólo con la amenaza del castigo. Es preciso sembrar y proclamar el bien, la verdad, a través de las pequeñas y las grandes acciones de la caridad y de la justicia, cada uno en su lugar, aunque haya que ir contra corriente.

Para que abunde la paz en el mundo debe crecer primero la paz en los corazones, decía San Josemaría. Y la paz interior no se obtiene con una vida despreocupada y ególatra, sino con sacrificio, con la renuncia al egoísmo. Santo se hace precisamente quien, siguiendo el modelo de Jesucristo, convierte su vida en una ofrenda a Dios y a los demás: paradójicamente, al declarar la “guerra” a sí mismo, al “hombre viejo”, encuentra el sosiego de la propia conciencia, la paz interior, que luego transmite necesariamente a su alrededor.

Usted ya conoce la situación difícil por la que atraviesa nuestro país. ¿Qué mensaje daría el fundador del Opus Dei a los argentinos, si estuviera entre nosotros como en 1974?

Opus Dei -

En una reunión con multitud de personas, en aquel viaje de 1974, le hicieron una pregunta parecida. El momento histórico era distinto, pero pienso que la respuesta sirve también para la situación actual. Me la sé casi de memoria: “Que sembréis la paz y la alegría por todos lados; que no digáis ninguna palabra molesta para nadie; que sepáis ir del brazo de los que no piensan como vosotros. Que no maltratéis jamás a nadie; que seáis hermanos de todas las criaturas, sembradores de paz y alegría…”; y no dejó de señalar que esa convivencia cristiana no significa ceder al error, a la falsa doctrina.

Recuerdo que repitió, yo creo que a propósito, lo de sembrar la paz y la alegría. Quien vive así, empeñado en difundir a su alrededor sentimientos de paz y de alegría, sabe superar los momentos humanamente difíciles. Trabajando duro, desde luego, pero descubriendo en este trabajo la presencia amorosa de Jesucristo. Por eso, pienso que san Josemaría volvería a decir lo mismo, en la coyuntura actual, a todos los hombres y mujeres de Argentina. En los momentos de apuro se necesita y se nota especialmente el valor de la fraternidad.

Intervención del Prelado en el Seminario de Logroño

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“Sacerdote, sólo sacerdote. San Josemaría Escrivá, modelo de vida sacerdotal”. Título de las palabras que Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, pronunció en el seminario de Logroño.

Agradezco a mi querido hermano en el episcopado, don Ramón Búa, su cariñosa invitación a dirigir unas palabras al clero riojano. Me sugirió que hablara de la llamada a la santidad en el sacerdocio ministerial, siguiendo el ejemplo y las enseñanzas de San Josemaría Escrivá de Balaguer, recientemente canonizado por Juan Pablo II, y lo hago con muchísimo gusto.

En efecto, evocar la figura y las enseñanzas de este santo sacerdote constituye para mí un gozo muy grande. Si, además, las personas que me escuchan son presbíteros, mi alegría se multiplica, pues conozco bien el entrañable amor -más aún, veneración- que el Fundador del Opus Dei dispensaba a sus hermanos en el sacerdocio. ¡Cómo gozaba cuando tenía la ocasión de reunirse con ellos! Aprendía de todos y, a quienes se lo pedían, no tenía reparos en abrirles su corazón para hablarles de los grandes amores de su vida: Cristo con María, la Iglesia y el Papa, las almas todas. Solía decir que, en esas ocasiones, se sentía como quien va a vender miel al colmenero. Pero era la suya una miel de tanta calidad, que los que le escuchaban salían de esas reuniones con renovados deseos de fidelidad a la vocación, con el alma rebosante de optimismo, decididos a gastarse con gozo en la tarea pastoral y apostólica.

Identidad del sacerdote

Comenzaré mi intervención con unas palabras que San Josemaría solía dirigir a los recién ordenados, pero que nos sirven también -y quizá más especialmente- a quienes llevamos muchos años de sacerdocio. Decía: sed, en primer lugar, sacerdotes; después, sacerdotes; siempre y en todo, sólo sacerdotes. En esta afirmación se transparenta su altísimo concepto del sacerdocio ministerial, por el que unos pobres hombres -que eso somos todos delante del Señor- son constituidos ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios (1 Cor 4, l). Tan firme era su fe en la identificación sacramental con Cristo que se lleva a cabo en el sacramento del Orden, que su único timbre de gloria, al lado del cual palidecían todos los honores de la tierra, era sencillamente ser sacerdote de Jesucristo.

Los santos, desde los tiempos más antiguos, se han detenido a comentar la dignidad del sacerdocio. Varios Papas -entre los que recuerdo especialmente a San Pío X, a Pío XI y al actual Romano Pontífice- han escrito documentos inolvidables, que han alimentado y continúan alimentando nuestra vida sacerdotal. También San Josemaría nos ha dejado su enseñanza. En una homilía de 1973, cuando se difundían voces confusas sobre la identidad del sacerdote y el valor del sacerdocio ministerial, resumía su pensamiento con las siguientes palabras: ésta es la identidad del sacerdote: instrumento inmediato y diario de esa gracia salvadora que Cristo nos ha ganado. Si se comprende esto, si se ha meditado en el silencio activo de la oración, ¿cómo considerar el sacerdocio una renuncia? Es una ganancia que no es posible calcular. Nuestra Madre Santa María, la más santa de las criaturas -más que Ella sólo Dios- trajo una vez al mundo a Jesús; los sacerdotes lo traen a nuestra tierra, a nuestro cuerpo y a nuestra alma, todos los días: viene Cristo para alimentarnos, para vivificarnos, para ser, ya desde ahora, prenda de la vida futura

El sentido de la grandeza del sacerdocio le llevaba a cuidar con esmero su vocación sacerdotal, de la que se hallaba cada vez más enamorado. Cuando, para atender los ruegos de quienes estábamos a su lado, se refería a veces al proceso de su vocación, siempre recalcaba la iniciativa de Dios, que le salió al encuentro cuando tenía quince o dieciséis años. Como bien sabéis, fue en Logroño, en diciembre de 1917 o enero de 1918, donde el adolescente Josemaría Escrivá tuvo los primeros. presentimientos -de barruntos, los calificaba- de que el Señor le llamaba para algo que no sabia lo que era. No se le había pasado por la cabeza la posibilidad del sacerdocio. Sin embargo, ante esa acción de Dios, con el fin de prepararse mejor para cumplir la Voluntad divina, decidió ingresar en el Seminario. Con toda verdad podía afirmar, pasados los años, que el arranque de su vocación sacerdotal había sido una llamada de Dios, un barrunto de amor, un enamoramiento de un chico de quince o dieciséis años.

En el Seminario de Logroño recibió la primera formación sacerdotal, que luego completaría en Zaragoza. Dios quería que la semilla que iba a lanzar sobre la tierra el 2 de octubre de 1928, encontrase un corazón de sacerdote preparado a fondo para acogerla y hacerla fructificar. Por eso, con agradecimiento a Nuestro Señor, San Josemaría afirmaba que su vocación era -dejadme que insista- la de ser sacerdote, sólo sacerdote, siempre sacerdote. Amaba con locura esta condición que, configurándolo con Cristo, le había preparado para ser instrumento, en manos de Dios, para la fundación del Opus Dei.

Don y tarea

Al enumerar las condiciones de los candidatos al sacerdocio, antiguamente se prescribía que deberían elegirse entre hombres que condujesen una vida honesta. Esta formulación, minimalista y ya superada, le parecía muy pobre a San Josemaría. Entendemos, con toda la tradición eclesiástica -escribía en 1945-, que el sacerdocio pide -por las funciones sagradas que le competen- algo más que una vida honesta: exige una vida santa en quienes lo ejercen, constituidos -como están- en mediadores entre Dios y los hombres

Josemaría Escrivá había recibido, en el seno de su familia y en el colegio, una formación profundamente cristiana, que comprendía el conocimiento de la doctrina, la frecuencia de sacramentos, la preocupación concreta por las necesidades espirituales y materiales de las personas, como ponen de relieve testigos de aquella época. Al recibir la llamada divina al sacerdocio, su existencia dio un cambio radical, en el sentido de que aumentó la intensidad y frecuencia de su trato con Dios y su preocupación apostólica por los demás. Esto le llevó a una madurez impropia de los años pero sobrenaturalmente lógica. Se cumplía en su vida lo que afirma la Sagrada Escritura: super senes intellexi quia mandata tua servavi , he adquirido más prudencia que los ancianos porque he guardado fielmente tus mandamientos. Desde aquellos barruntos, el adolescente Josemaría empezó a tomarse en serio la santidad, tratando de conocer y cumplir fidelísimamente la Voluntad de Dios.

Cuando el Concilio Vaticano II, en el capítulo V de la Constitución dogmática Lumen gentium, afronta el tema de la vocación de los bautizados a la santidad, afirma: «Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos, y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el Bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y participes de la naturaleza divina y, por lo mismo, realmente santos. En consecuencia, es necesario que con la ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron» .

En cuanto miembros del Cuerpo Místico de Cristo, en el que hemos sido injertados por el Bautismo, todos hemos sido santificados radicalmente: llevamos en nosotros mismos el germen e inicio de la vida nueva que Cristo nos ha ganado con su Muerte y su Resurrección. La consagración bautismal es la realidad fundante de la llamada a la santidad en todos los géneros de vida. Desde este punto de vista, atendiendo a la absoluta gratuidad de lo que hemos recibido, la santificación aparece claramente en su dimensión de don: un regalo inmerecido que nuestro Padre-Dios nos otorga, en Cristo, por el Espíritu Santo. Al mismo tiempo, la santificación es una llamada personal, una tarea que se encomienda a la responsabilidad de cada cristiano. San Josemaría dirá que es obra de toda la vida.

La santidad es, pues, don y tarea. Entrega gratuita de un bien inmerecido y, al mismo tiempo, encargo que hay que llevar a término con esfuerzo personal, con correspondencia heroica, empeñándose en un verdadero compromiso de vida cristiana.

La santidad sacerdotal como don

Al ser una y la misma la condición radical de todos los bautizados, todos -sacerdotes y seglares- estamos convocados de igual modo a la plenitud de la vida cristiana. No hay santidad de segunda categoría: o existe una lucha constante por estar en gracia de Dios y ser conformes a Cristo, nuestro Modelo, o desertamos de esas batallas divinas. A todos invita el Señor para que se santifique en su propio estado.

Estamos ante una de las intuiciones fundamentales que San Josemaría Escrivá predicó, por encargo divino, desde 1928. Al fundar el Opus Dei, el Señor le mostró que cada persona ha de procurar santificarse en el propio estado, en el género de vida en el que ha sido llamada, en su propio trabajo y a través de su propio trabajo, según la conocida expresión de San Pablo: unusquisque, in qua vocatione vocatus est, in ea permaneat.

La santidad, en los sacerdotes y en los seglares, se edifica, por tanto, sobre el mismo fundamento: la consagración originaria del Bautismo, perfeccionada por la Confirmación. Sin embargo, resulta evidente que el deber de tender a la santidad urge especialmente al sacerdote, que ha sido escogido entre los hombres y constituido en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados (Hb 5, 1).

«En contacto continuo con la santidad de Dios -ha escrito Juan Pablo II-, el sacerdote debe llegar a ser él mismo santo. Su mismo ministerio lo compromete a una opción de vida inspirada en el radicalismo evangélico» . Y añade en el libro Don y misterio, escrito con ocasión del quincuagésimo aniversario de su ordenación sacerdotal: «Si el Concilio Vaticano II habla de la vocación universal a la santidad, en el caso del sacerdote es preciso hablar de una especial vocación a la santidad. ¡Cristo tiene necesidad de sacerdotes santos! ¡El mundo actual reclama sacerdotes santos! Solamente un sacerdote santo puede ser, en un mundo cada vez más secularizado, un testigo transparente de Cristo y de su Evangelio. Solamente así el sacerdote puede ser guía de los hombres y maestro de santidad».

El sacerdote ha sido consagrado dos veces para Dios: en el Bautismo, como todos los cristianos, y en el sacramento del Orden. Por eso, si bien no puede hablarse de santidad de primera o segunda categoría -porque todos estamos invitados a la perfección con la que el mismo Padre celestial es perfecto (cfr. Mt 5, 48)-, no cabe duda de que sobre los sacerdotes recae especialmente el deber de tender a la santidad. Releamos unas palabras del Fundador del Opus Dei que resultan especialmente clarificadoras. Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya alter Christus, sino ipse Christus: otros Cristos, ¡el mismo Cristo! Pero en el sacerdote esto se da inmediatamente de forma sacramental .

En el ejercicio del ministerio para el que ha sido ordenado, encuentra el sacerdote el alimento de su vida espiritual, el material que le hace arder en el amor de Dios. Por eso, sería un grave error si otras aspiraciones u otras tareas desdibujaran en su alma lo que, para él, se concreta en algo indispensable para alcanzar la santidad: la celebración cuidadosa y llena de amor del Sacrificio de la Misa, la predicación de la Palabra de Dios, la administración de los sacramentos a los fieles, especialmente el de la Penitencia; una vida de oración constante y de penitencia alegre; el cuidado de las almas que se le han confiado, junto con los mil servicios que una caridad vigilante sabe dispensar.

Desde que percibió la Ramada al sacerdocio, y mas explícitamente, desde que fue ordenado sacerdote, San Josemaría quiso identificarse con Cristo, ser el mismo Cristo, en el ejercicio del ministerio sacerdotal y en toda su existencia. De ahí su vida de oración, su celebración pausada de la Misa, su “necesidad” de permanecer largos ratos junto al Sagrario; y, al mismo tiempo, su urgencia por buscar a las almas para conducirlas, en Cristo, por caminos de santidad. Comprendió que se puede y se debe llevar una conducta santa en todos los estados de vida, y concretamente en el matrimonio; por eso, desde sus primeros años como pastor, además de encaminar a muchas personas por las vías del celibato apostólico asumido con verdadera alegría, alentó a muchas otras a descubrir la dignidad de la vocación matrimonial.

Escribe Juan Pablo II: «El sentido del propio sacerdocio se redescubre cada día más en el Mysterium fidei. Ésta es la magnitud del don del sacerdocio y es también la medida de la respuesta que requiere tal don. ¡El don es siempre más grande! Y es hermoso que sea así. Es hermoso que un hombre nunca pueda decir que ha respondido plenamente al don. Es un don y también una tarea: ¡siempre! Tener conciencia de esto es fundamental para vivir plenamente el propio sacerdocio».

San Josemaría Escrivá celebraba cada día la Santa Misa con pasión de enamorado, bien consciente de que por el Sacramento del Orden, el sacerdote se capacita efectivamente para prestar a Nuestro Señor la voz, las manos, todo su ser . Escuchad cómo describía en una reunión familiar ese misterioso eclipse de la personalidad humana del presbítero, que en esos momentos se convierte en instrumento vivo de Dios:

Llego al altar y lo primero que pienso es: Josemaría, tú no eres Josemaría Escrivá de Balaguer (…): eres Cristo. Todos los sacerdotes somos Cristo. Yo le presto al Señor mi voz, mis manos, mi cuerpo, mi alma: le doy todo. Es Él quien dice: esto es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre, el que consagra. Si no, yo no podría hacerlo. Allí se renueva de modo incruento el divino Sacrificio del Calvario. De manera que estoy allí in persona Christi, haciendo las veces de Cristo. El sacerdote desaparece como persona concreta: don Fulano, don Mengano o Josemaría… ¡No señor! Es Cristo.

La santidad sacerdotal como tarea

La grandeza incomparable del sacerdote se fundamenta en su identificación sacramental con Cristo, que le lleva a ser ipse Christus y a actuar in persona Christi capitis, sobre todo en la celebración eucarística y en el ministerio de la Reconciliación. Una grandeza prestada -comentaba San Josemaría Escrivá-, compatible con la poquedad mía. Yo pido a Dios Nuestro Señor -añadía- que nos dé a todos los sacerdotes la gracia de realizar santamente las cosas santas, de reflejar, también en nuestra vida, las maravillas de las grandezas del Señor .

Cada cristiano ha de procurar que su condición de seguidor de Jesucristo se refleje en toda su conducta: la familia, la profesión, la actividad social, pública, deportiva… También en la existencia concreta del sacerdote, en su vida diaria, ha de manifestarse su especifica pertenencia a Cristo. Por el carácter indeleble recibido en la ordenación, se es sacerdote las veinticuatro horas del día, no sólo en los momentos en los que se ejercita expresamente el ministerio. Conviene tenerlo muy presente en la época actual, cuando van desapareciendo -de nuestra sociedad multicultural y multireligiosa- tantos signos que recordaban a nuestros antepasados la primacía de Dios y de la vida sobrenatural. No lo digo con pesimismo, sino con ánimo de que todos nos esforcemos para que no se pierdan las raíces cristianas de nuestro pueblo, que se manifiestan también en tradiciones piadosas, en elementos de la cultura, del arte y de las costumbres.

A la meta de la santidad, el sacerdote ha de llegar como por un plano inclinado, bajo la dirección del Espíritu Santo, que es quien modela en los hijos adoptivos de Dios los rasgos de Jesucristo. En este proceso, que dura toda la vida, junto a la acción sobrenatural de la gracia, resulta decisiva la respuesta dócil de la criatura.

Sin esfuerzo por practicar las virtudes, sin lucha por desarrollarlas cotidianamente, con constancia, no es posible la santidad. ¿En qué se centran los hábitos virtuosos que han de vertebrar la santidad del sacerdote? En lo mismo que en los demás fieles, puesto que todos estamos llamados a idéntica meta -la unión con Dios- y disponemos de los mismos medios para alcanzarla. La diferencia estriba en el modo de ejercitar esas virtudes. En el sacerdote, todo debe cumplirse sacerdotalmente; es decir, teniendo siempre presente la finalidad de su vocación especifica, el servicio a las almas. Hemos de seguir el ejemplo del Señor, que afirmó de sí mismo: Pro eis ego sanctifico meipsum, ut sint et ipsi sanctificati in veritate (Jn 17, 19).

No cabe, en este breve tiempo, exponer tan siquiera un elenco completo de las virtudes sacerdotales. Me limitaré a presentar algunas que considero capitales en la enseñanza y en el ejemplo de San Josemaría.

Virtudes humanas del sacerdote

Utilizando la metáfora de la construcción -imagen de raíces bíblicas-, lo primero que se busca es un terreno sólido. El mismo Cristo alude a esta necesidad, en la conclusión del Sermón de la Montaña, cuando habla del hombre prudente que edificó su casa sobre roca, de modo que cuando llegaron los vientos y las lluvias nada pudieron contra esa mansión (cfr. Mt 7, 24-25).

En la vida espiritual del cristiano, el terreno sólido del edificio espiritual se configura por las virtudes humanas, pues la gracia presupone siempre la naturaleza. Conviene no olvidar que el sacerdote no deja de ser hombre al recibir la ordenación. Por el contrario, precisamente por haber sido sacado de entre los hombres y constituido mediador entre los hombres y Dios (cfr. Hb 5, l), necesita cuidar su preparación humana, que le capacita para servir mejor a las almas.

«Comprende esta formación -escribe Mons. Alvaro del Portillo- el conjunto de virtudes humanas que se integran directa o indirectamente en las cuatro virtudes cardinales, y el bagaje de cultura no eclesiástica indispensable para que el sacerdote pueda ejercitar con facilidad -ayudado, desde luego, por la gracia- su apostolado» . Mi predecesor al frente de la Prelatura del Opus Dei subraya los motivos principales que han de impulsar al sacerdote a adquirir y desarrollar estas virtudes: «El primero, como parte de la lucha ascética normalmente necesaria para llegar a la perfección; el segundo, como medio para ejercitar con mayor eficacia el apostolado».

En la vida y en las enseñanzas de San Josemaría, destaca este aspecto basilar de la formación cristiana y de la específicamente sacerdotal. Tenemos numerosas pruebas de esta afirmación, desde su infancia hasta su fallecimiento en 1975. Los testigos de su labor pastoral se manifiestan concordes en describirle como un sacerdote enamorado de Jesucristo, entregado al servicio de las almas, con una personalidad fuerte y armónica, en la que lo humano y lo sobrenatural se fundían estrechamente en unidad de vida. Por lo que se refiere a sus enseñanzas, resulta paradigmática la homilía “Virtudes humanas”, recogida en el libro Amigos de Dios, donde se asienta el fundamento teológico de la necesidad de cultivar las virtudes humanas: la hondura de la Encarnación del Verbo, perfecto Hombre sin dejar de ser perfecto Dios. En esa homilía analiza las principales virtudes que un cristiano y un sacerdote deben cultivar: la reciedumbre, la serenidad, la paciencia, la laboriosidad, el orden, la diligencia, la veracidad, el amor a la libertad, la sobriedad, la templanza, la audacia, la magnanimidad la lealtad, el optimismo, la alegría.

Sobre el fundamento de la humildad

La humildad es el fundamento de nuestra vida, medio y condición de eficacia , escribe San Josemaría, en sintonía con la tradición espiritual del Cristianismo. Evidentemente se refiere al fundamento moral, pues el teologal -como predicó con su conducta y con sus enseñanzas- se centra en la fe teologal, que nos conduce a asumir con hondura el sentido de nuestra filiación divina en Cristo. Esta convicción pone de relieve ante los hombres la verdad más profunda sobre nosotros mismos y, por tanto, potencia necesariamente la humildad, que no refleja otra cosa que aquel “andar en verdad” de la Santa de Ávila: el caminar en la fe.

Con una fe recia, como base de la respuesta cristiana, se soslaya el error de presentar la humildad como falta de decisión o de iniciativa, como renuncia al ejercicio de derechos que son deberes. Nada más lejos del pensamiento del Fundador del Opus Dei. Ser humildes -predicaba en una ocasión- no es ir sucios, ni abandonados; ni mostrarnos indiferentes ante todo lo que pasa a nuestro alrededor, en una continua dejación de derechos. Mucho menos es ir pregonando cosas tontas contra uno mismo. No puede haber humildad donde hay comedia e hipocresía, porque la humildad es la verdad .

Tan importante es esta virtud en la vida cristiana, que San Josemaría aseguraba que, lo mismo que se condimentan con sal los alimentos, para que no sean insípidos, en la vida nuestra hemos de poner siempre la humildad . Y acudía a una comparación clásica: no vayáis a hacer como esas gallinas que, apenas ponen un solo huevo, atronan cacareando por toda la casa. Hay que trabajar, hay que desempeñar la labor intelectual o manual, y siempre apostólica, con grandes intenciones y grandes deseos -que el Señor transforma en realidades- de servir a Dios y pasar inadvertidos .

Pero volvamos a considerar el fundamento teologal, es decir, la fe, y con la fe, la esperanza: no hay santidad si no se desarrolla una fe omnicomprensiva de la realidad, si no se fomenta -como la fuerza que impulsa el peregrinar terreno- la virtud de la esperanza. Desde el primer momento, el Fundador del Opus Dei fue bien consciente de que la misión que Dios le había confiado era inmensamente superior a sus fuerzas. Por eso acudió con insistencia, sin abandonarlos jamás, a los únicos medios capaces de poner a nuestro alcance la omnipotencia divina: la oración y el sacrificio. Son innumerables los testimonios que documentan cómo fue mendigando, por los hospitales y los barrios marginados de Madrid, como si se tratase de un tesoro, la plegaria y el ofrecimiento a Dios del dolor de muchas gentes abandonadas, a las que llevaba el consuelo y el aliento de su asistencia sacerdotal.

¡Cuánta necesidad tenemos los sacerdotes de que nuestra fe y nuestra esperanza aumenten más y más! Nos hallamos metidos en una labor donde lo que más cuenta, lo único absolutamente necesario (cfr. Lc 10, 42), son los medios sobrenaturales. Se requieren verdaderos milagros, para conducir a las almas hasta Dios. Sin embargo, se oye a veces decir que actualmente son menos frecuentes los milagros. ¿No será que son menos las almas que viven vida de fe?.Estas palabras de San Josemaría resuenan en nuestros oídos como un toque de atención, una llamada a nuestro sentido de responsabilidad, porque el sacerdote ha de ser, ante todo, un hombre de fe y un hombre esperanzado. «Por medio de la fe -escribe el Papa-, accede a los bienes invisibles que constituyen la herencia de la Redención del mundo llevada a cabo por el Hijo de Dios».

La fe es fundamento de las cosas que se esperan, prueba de las que no se ven (Hb 11, l). Y es «en la orac-ión perseverante de cada día, con facilidad o con aridez, donde el sacerdote, como todo cristiano, recibe de Dios (…) luces nuevas, firmeza en la fe, segura esperanza en la eficacia sobrenatural de su trabajo pastoral, amor renovado: en una palabra, el impulso para perseverar en ese trabajo y la raíz de la efectiva eficacia del trabajo mismo» . En estas palabras de Mons. del Portillo, el más estrecho colaborador del Fundador del Opus Dei durante muchos años, podemos descubrir una delicada alusión a la vida espiritual de San Josemaría, que recibió de Dios la gracia de ser contemplativo en medio de las tareas más absorbentes. Añade don Alvaro: «Sin oración, y sin oración que se esfuerza por ser continua, en medio de todos los quehaceres, no hay identificación con Cristo en lo que ésta tiene de tarea, fundamentada en lo que tiene de don. Más aún, me atrevo a decir que un sacerdote sin oración, si no falsea la imagen que da de Cristo -Modelo para todos-, la presenta como una nebulosa que ni atrae ni orienta, que no sirve de norte al pueblo que nos ve o nos oye».

Caridad pastoral

Llegamos así a la virtud más definitiva y característica de la vida cristiana: la caridad, que en el sacerdote adquiere unos contornos precisos: es caridad pastoral. En pocas palabras, nace de la conciencia de ser representante de Jesucristo, el Pastor supremo (1 Pe 5, 4) de las almas, que ha dado la vida por sus ovejas (cfr. Jn 10, 1 l). Esta convicción sobrenatural ha de impulsar al sacerdote a gastarse hasta el extremo en el ejercicio de su ministerio, pues le urge la caridad de Cristo (cfr. 2 Cor 5, 14). Una caridad pastoral, fuerte y perseverantemente alimentada en la Eucaristía y en la oración, dará eficacia de frutos a su ministerio.

La figura de San Josemaría aparece muy ilustrativa a este respecto. Desde los primeros momentos de su vocación, no se ahorró ningún trabajo en el servicio de las almas. Antes he aludido brevemente a sus andanzas por los barrios extremos del Madrid de los años 20 y 30, en perenne contacto con la pobreza y la enfermedad, atendiendo a los moribundos, confortando a los enfermos, ilustrando a los niños y a los adultos con la doctrina cristiana. Puedo asegurar -porque lo he contemplado con mis ojos- que así gastó el resto de su existencia, hasta la última jornada: siempre pendiente de los demás, cercanos y lejanos, conocidos y desconocidos: rezaba y se sacrificaba gustosamente por todas las almas, sin excepción.

La peculiar asunción de la persona por Dios, que se lleva a cabo en la ordenación sacerdotal, hace que el presbítero se vincule y consagre íntegramente al servicio y al amor total de Cristo. Con tal envergadura se presenta la riqueza de este don, que puede asumir como suyas -en un sentido particularmente profundo- las palabras del Apóstol: mihi vivere Christus est (F1p 1, 21), vivo autem iam non ego, vivit vero in me Christus (Gal 2, 20). Por otra parte, la misión recibida tiene un carácter universal: el sacerdote viene enviado al mundo entero, como instrumento vivo de Cristo, que se entregó a si mismo por nosotros para redimimos de toda iniquidad, y para purificar para sí un pueblo escogido, celoso por hacer el bien (Tt 2, 14).

La identificación sacramental con Cristo, junto con la misión recibida, se hallan en el fundamento de las peculiares exigencias de la caridad pastoral, y colocan al sacerdote en una situación especial en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Comentando la profundización doctrinal operada a este propósito por el Concilio Vaticano II, Mons. Álvaro del Portillo escribe: «Si se considera que el Amor encarnado entre los hombres evitó cualquier atadura humana -por justa y noble que fuese- que pudiera en algún momento dificultar o restar plenitud a su total dedicación ministerial, se comprende bien la conveniencia de que el sacerdote haga lo mismo, renunciando libremente -por el celibato- a algo en sí bueno y santo, para unirse más fácilmente a Cristo con todo el corazón, y por Él y en Él dedicarse con más libertad al entero servicio de Dios y de los hombres».

El celibato sacerdotal se configura como manifestación de la completa oblación de su vida que el sacerdote, libremente, ofrece a Cristo y a la Iglesia. En esta óptica, se entienden bien las palabras de San Josemaría en un rato de conversación familiar, en 1969. El sacerdote, si tiene verdadero espíritu sacerdotal, si es hombre de vida interior, nunca se podrá sentir solo. ¡Nadie como él podrá tener un corazón tan enamorado! Es el hombre del Amor, el representante entre los hombres del Amor hecho hombre. Vive por Jesucristo, para Jesucristo, con Jesucristo y en Jesucristo. Es una realidad divina que me conmueve hasta las entrañas, cuando todos los días, alzando y teniendo en las manos el Cáliz y la Sagrada Hostia, repito despacio, saboreándolas, estas palabras del Canon: Per Ipsum, et cum Ipso et in Ipso…. Por El, con El, en El, para El y para las almas vivo yo. De su Amor y para su Amor vivo yo, a pesar de mis miserias personales. Y a pesar de esas miserias, quizá por ellas, es mi Amor un amor que cada día se renueva .

Fraternidad sacerdotal

Amando a todas las almas sin excepción, San Josemaría reservaba un amor de predilección a sus hermanos los sacerdotes. Ya he aludido a su gozo cuando podía reunirse con ellos, para aprender de su entrega -tantas veces heroica- y para transmitirles al mismo tiempo algo de su experiencia personal. Pero no puedo dejar de recordar sus desvelos concretos por los presbíteros, especialmente durante los años que residió en España. En la década de los 40, por ejemplo, a petición de los Obispos diocesanos, predicó muchos cursos de retiro al clero, que se encontraba necesitado de ayuda espiritual después de la terríble prueba de la persecución religiosa de los años anteriores. San Josemaría se dio de lleno a esa tarea, y llegó a atender, a veces, a más de mil presbíteros en un solo año.

Hasta el final de su vida, alimentó una petición urgente al Señor, para que Dios enviase a la Iglesia muchas vocaciones sacerdotales. Personalmente, preparó y encaminó a los seminarios a un gran número de jóvenes con inquietudes vocacionales hacia el sacerdocio. E impulsaba a los fieles laicos a rezar con insistencia al Dueño de la mies, para que mande muchos obreros a su campo (cfr. Mt 9, 37-38). Para San Josemaría, el pulso de la vitalidad sobrenatural de una Diócesis viene medido por el número de vocaciones sacerdotales, de las que los primeros responsables son los mismos sacerdotes.

¡Cómo le entristecía encontrarse con alguno que se había despreocupado de esta labor! Porque ese descuido constituye una señal clara de que el mismo sacerdote no está contento con su llamada. Viene a mi memoria su respuesta inmediata a una pregunta sobre las causas de la escasez de vocaciones para los seminarios: Quizá la primera razón sea que muchas veces los sacerdotes no valoramos bien el tesoro que tenemos en las manos y, por eso, no encendemos en el deseo de poseer este tesoro a la gente joven. Los seminarios estarían llenos, si nosotros amáramos más nuestro sacerdocio .

Su preocupación por la santidad del clero procedía de mucho tiempo atrás. Tenía muy claro que el primer apostolado de los sacerdotes han de ser los mismos sacerdotes: no dejarles solos en sus penas, compartir sus alegrías, animarles en la dificultad, fortalecerlos en los momentos de duda… Conservó grabadas a fuego en su alma aquellas palabras de la Escritura Santa: frater, qui adiuvatur a fratre, quasi civitas firma (Prv 18, 19), el hermano ayudado por sus hermanos es fuerte como ciudad amurallada.

Tan intensamente crecía su afán de ayudar a sus hermanos en el sacerdocio, que en 1950, cuando el Opus Dei había recibido ya la aprobación definitiva de la Santa Sede, pensó dedicarse de lleno a los sacerdotes diocesanos. Cuando ya había ofrecido al Señor el sacrificio de Abrahán -pues estaba decidido a dejar la Obra, si hubiera sido necesario-, el Cielo le mostró que no era preciso ese sacrificio. En el espíritu del Opus Dei, que enseña a los cristianos a santificarse en medio del mundo, cada uno en la propia ocupación o tarea, también había el mismo lugar de encuentro con Dios para los sacerdotes diocesanos; bastaba que, en plena comunión con su propio Ordinario y con el presbiterio de la Diócesis, buscasen la santidad en el ejercicio de los deberes ministeriales, tratando con especial veneración al Obispo diocesano, unidos entrañablemente a sus hermanos en el sacerdocio. Las puertas de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, a la que pertenecían ya los clérigos incardinados en el Opus Dei, se ensanchaban para dar acogida a los sacerdotes diocesanos que recibiesen esta especifica llamada divina.

Hoy, en estas tierras de La Rioja, donde la labor del Opus Dei se encuentra perfectamente integrada en la Diócesis desde hace muchos años, elevo mi corazón agradecido a la Trinidad Beatísima por los copiosos frutos que también la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz ha producido y sigue produciendo, en servicio de la Iglesia universal y de las Iglesias particulares. Todo es fruto de la gracia que Dios nos otorga por medio de su Santísima Madre; gracia a la que San Josemaría correspondió plenamente hace ochenta y cinco años, cuando -precisamente en Logroño- recibió la llamada al sacerdocio.

“La violencia nunca es apta ni para vencer ni para convencer

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Entrevista con mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei: “Sólo de la paz de las conciencias nace la paz en los pueblos”.

23 de febrero de 2003
Montserrat Lluis/ EL CORREO (Bilbao, España)

Opus Dei -

-La religión ha perdido peso en la escala de valores de muchos ciudadanos…

-Hay más católicos que nunca. Pero, más que el número, lo que importa es la realidad de una Iglesia viva que, como hace veinte siglos, choca y atrae. Es innegable la existencia de países o ambientes donde han disminuido los practicantes. Las razones serán múltiples, pero coinciden con la invasión de una cultura que margina a Cristo, produciendo un terreno fértil para que arraiguen las pasiones.

-¿Cómo hacer ver al hombre que el sacrificio y la caridad reportan más dicha que el placer y el dinero?

-Todos experimentamos la distancia entre lo que somos y lo que deberíamos ser. Pero, cuando se descubre la grandeza cristiana, se constata su superioridad sobre el placer y el dinero, que son pasajeros. Por eso, el Señor nos invita a luchar para no quedarnos prisioneros de comodidades y tendencias que envejecen y envilecen el alma. No existe nada más estupendo que una vida entregada por amor en unión con Jesucristo.

-El Opus Dei invita a merecer la santidad a través del trabajo. ¿Cuánta gente cree que, hoy en día, no se emplea sólo por ganar un sueldo?

-La ocupación no puede concebirse simplemente como un valor económico. En los planes de Dios, el trabajo perfecciona y madura al hombre. Por esta razón, poner inventiva e interés por hacer las cosas acabadamente bien -no sólo por cobrar un sueldo- y servir con lealtad a Dios y a los demás ennoblece a la persona. En nuestra sociedad ‘supereconomicista’, descubrir el valor cristiano del trabajo puede ser una liberación y una siembra de fraternidad.

-Ustedes rechazan el control de la natalidad. Pero, ¿es responsable traer al mundo a media docena de niños con un sueldo de 600 euros?

-La insuficiencia de los salarios para mantener a los hijos, la falta de acceso a viviendas dignas, los obstáculos para conciliar vida laboral y familiar… demandan soluciones que deben buscar los ciudadanos y sus representantes. No se trata sólo de una cuestión económica: hay muchos practicantes del control de la natalidad que ganan más de 600 euros. Lo que la Iglesia rechaza es una visión de la vida que antepone el bienestar material a los valores humanos y cristianos del matrimonio.

-Ante la sucesión de casos de curas pederastas, ¿la Iglesia se siente igualmente legitimada para seguir pidiendo castidad antes del matrimonio?

-La continencia se encuadra en la moral cristiana; es decir, en el comportamiento conforme a la dignidad de la persona y a su verdadera felicidad. La doctrina en relación con el matrimonio no cambiará nunca. Si se descubriera robando a un fiel católico -sacerdote o laico-, la Iglesia tampoco reformaría su doctrina sobre el robo.

-¿Aprueba que los dirigentes eclesiásticos opinen sobre política?

-Todo laico puede, como cualquier ciudadano, involucrarse en la política según su recto entender. Lo único que se le exige es que obre conforme a su fe, lo que no impone ninguna opción política, sino honradez, juego limpio y ánimo sincero de servicio a la comunidad.

-¿Es tolerable que la religión sea causa de conflictos bélicos, como el que enfrenta a Palestina e Israel?

-Es una gran tristeza que los hombres se maten, sea por lo que sea. Pero no creo que el conflicto en Tierra Santa encuentre su inspiración en motivos religiosos. Se combate por una tierra. Entre palestinos e israelíes, hay hombres y mujeres capaces de convivir fraternalmente. La paz manifiesta una bendición del cielo que necesita hombres de buena voluntad en la tierra.

-¿Cómo llevaría esa paz a Euskadi?

-La paz no se reduce sólo a la ausencia de guerra. Para eso, bastaría la victoria militar o la tregua. La paz auténtica, inseparable de la justicia, brota del cordial entendimiento entre las personas, lo que requiere actitudes de comprensión y de perdón, así como esfuerzo para conocerse y resolver los malentendidos. Y mucha gracia de Dios. San Josemaría no se cansó de repetir que sólo de la paz en las conciencias puede nacer la paz en los pueblos y entre los pueblos. Y añadía que la violencia no es apta ni para vencer ni para convencer; siempre sale vencido el que la usa.

-¿Es mucho lo que el Opus Dei debe agradecer a Juan Pablo II?

-Toda la Iglesia debe agradecimiento, y mucho, a Juan Pablo II por su entrega constante. Sería muy largo mencionar tantos motivos, pero basta contemplar cómo, a su edad y en su estado físico, no ahorra ningún esfuerzo en su servicio a la Iglesia y al mundo.

-¿Puede detener la guerra en Irak?

-Juan Pablo II es el ejemplo más luminoso de amor por la verdadera paz. Aprovecho para pedir a los que lean estas palabras que se unan y recen por lo que el Papa ha hecho siempre y está haciendo hoy en favor de la paz.

“LA DEPRESIÓN PUEDE SER UN LUGAR PRIVILEGIADO DE SANTIFICACIÓN”

-¿También el prelado del Opus Dei sufre crisis de fe?

-Ninguna crisis, pero sí pruebas; porque la fe conoce necesariamente momentos duros ante el aparente -o real, pero no duradero- triunfo del mal. La muerte inesperada de personas queridas, los achaques de salud, las contradicciones de la vida son encuentros personales con la Cruz que pueden desconcertar un poco. El Señor nos hace madurar así, como personas y como cristianos.

-¿Cuánto tiempo reza cada día?

-Dedico ratos a meditar ante la Sagrada Eucaristía, y muchas horas al trabajo, que es rezar, porque todas las actividades pueden convertirse en oración. Pero lo que centra mi vida, como la de todo cristiano, es la santa misa.

-¿Qué distingue a un miembro del Opus de un cristiano ordinario?

-Un miembro del Opus Dei es un cristiano ordinario que ha escuchado la llamada de Dios a identificarnos con Jesucristo y a darlo a conocer a los demás desde su lugar en el mundo: su hogar, su profesión, su entorno social.

-¿La fe es una coraza suficiente contra la depresión?

-La depresión puede afectar a cualquiera. La fe ayuda a llevarla bien, pues confiere sentido al sufrimiento y a las dificultades de la vida. Empuja a tener paciencia y a fiarse más de Dios. Como cualquier otra enfermedad, puede convertirse en un lugar privilegiado de santificación.

-El Opus Dei ha hecho coincidir la canonización de Escrivá con una «ambiciosa misión» educativa en África. ¿Qué otras acciones llevan a cabo por los desfavorecidos?

-Trabaja en el continente africano desde hace más de cincuenta años. Me vienen a la cabeza, por ejemplo, el Centro Médico Monkole, en Kinshasa; Kianda School y Strathmore College, los primeros complejos educativos interraciales de Kenia; o Iroto Rural Development Centre, en Nigeria.

-¿Alberga esperanzas de que los templos vuelvan a llenarse algún día? ¿Cómo conseguirlo?

-No faltan lugares donde las iglesias se llenan cada día. Lo veo en mis viajes. El cristianismo mantiene su perenne juventud después de dos mil años, aunque su vitalidad convive, como siempre, con fenómenos de decadencia o de indiferencia. Lo que hay que revisar no es la doctrina, que ha de permanecer siempre fiel al Evangelio. Lo que necesita revisión diaria es la vida de cada uno, para ver qué conversión nos está pidiendo el Señor.

-¿Qué ha aportado usted al Opus Dei?

-No me lo he planteado. Procuro ser fiel a la herencia que he recibido y dejarla al que me suceda tan viva como yo la tomé. Suelo repetirle al Señor una oración que aprendí de San Josemaría: ‘Señor, que te dejes ver Tú a través de la miseria mía’.

“Os aconsejo recurrir a san Josemaría en todas vuestras necesidades materiales y espirituales”

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Homilía de mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, pronunciada en la parroquia de san Josemaría de Roma el pasado 26 de junio.

Opus Dei - Mons. Javier Echevarría.

Mons. Javier Echevarría.

Queridos hermanos y hermanas.

1. San Ambrosio afirma que «el nacimiento de los santos va acompañado de una alegría general, porque los santos son un bien que pertenece a todos» . También el 26 de junio, “dies natalis” de San Josemaría Escrivá, es un día de alegría para la Iglesia y de exultación para las personas — centenares de millares— que en todo el mundo colman grandes templos urbanos y pequeñas iglesias rurales para dar gracias a Dios, siempre “admirable en sus santos”, por habernos concedido este amigo y protector. Si bien la devoción a este santo sacerdote se ha difundido en todo el mundo, pienso que, en Roma, esta festividad adquiera una fuerza especial, porque aquí el fundador del Opus Dei entregó su alma a Dios y aquí, en la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, se veneran sus restos sagrados.

Este año es la primera vez que conmemoramos a Josemaría Escrivá con el título de santo, canonizado por el Santo Padre Juan Pablo II el pasado 6 de octubre. Por esta razón el día de hoy asume un tono particularmente festivo para nosotros, que deseamos inspirar nuestra vida cristiana con su espíritu y con el ejemplo de sus enseñanzas, y que nos sentimos deudores de su intercesión por tantas gracias y favores recibidos del Cielo.

San Josemaría es y será siempre una figura muy cercana a nosotros. No sólo por su personalidad de gran alcance histórico, sino porque recurrimos de forma habitual a su intercesión en las diversas necesidades cotidianas, también en las más pequeñas. Hemos experimentado su paternidad, sabemos que nos escucha, nos acompaña, nos sostiene. Verdaderamente se trata de una figura familiar, pues aún no han pasado muchos años desde su marcha al Cielo. Algunos de nosotros lo hemos conocido personalmente; pero pienso que todos nos dirigimos a él en la intimidad de nuestra alma, donde el Señor le concede el hacerse presente para ayudarnos a recorrer el camino de la santidad y del compromiso apostólico.

Gratias tibi, Deus, gratias tibi ! Nuestro agradecimiento adquiere hoy una intensidad muy particular. Damos gracias, en primer lugar, a la Trinidad Santísima, que ha donado al mundo y a la Iglesia este siervo santo, alegre, lleno de celo apostólico. Damos gracias a la Virgen María, porque todas las gracias nos llegan a través de su mediación materna. Gracias, en fin, a San Josemaría por su fidelidad, por la completa dedicación a la misión que Dios le asignó desde la eternidad: abrir en el mundo un camino de santificación en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano, como recita la oración con la cual millones de personas invocan su intercesión. Un camino que puede ser recorrido —de hecho ya lo recorren— por innumerables hombres y mujeres de las más diversas condiciones. Gratias tibi, Deus, gratias tibi!

Opus Dei - Roma, 26 de junio 2003, parroquia de san Josemaría.

Roma, 26 de junio 2003, parroquia de san Josemaría.

2. El Evangelio de la Misa es una invitación a considerar, una vez más, la llamada de Jesús a sus primeros discípulos. El Señor fue a buscar a Pedro y a Andrés mientras se encontraban inmersos en su trabajo profesional. Les pide prestada la barca y que la alejen un poco de la orilla para poder dirigir la palabra a la muchedumbre. Cuando terminó de hablar, les invitó a navegar mar adentro y a lanzar las redes para la pesca. Simón Pedro, después de alguna resistencia inicial vencida por la fe en la palabra de Jesús, asistió estupefacto al milagro de una pesca extraordinaria. Luego, ante la invitación del Señor —”desde ahora serán hombres los que has de pescar” – maduró la decisión de acompañar a Jesús para siempre, junto con los otros once: “sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron”.

San Josemaría meditó con frecuencia este episodio, en el que descubría una clara confirmación del encargo que Dios le había encomendado: mostrar a todos los hombres que el trabajo profesional, los asuntos seculares, pueden ser ocasión de un encuentro personal con Cristo, que a todos llama a la santidad y al apostolado. En un punto de Camino resume así estas consideraciones: «Lo que a ti te maravilla a mí me parece razonable. —¿Que te ha ido a buscar Dios en el ejercicio de tu profesión? Así buscó a los primeros: a Pedro, a Andrés, a Juan y a Santiago, junto a las redes: a Mateo, sentado en el banco de los recaudadores… Y, ¡asómbrate!, a Pablo, en su afán de acabar con la semilla de los cristianos».

A partir de 1928, el Fundador del Opus Dei predicó incansablemente este mensaje y se empeñó por difundirlo y ponerlo en práctica. Éste fue el objetivo de su existencia terrena, la tarea a la que dedicó todas sus energías, los recursos humanos y sobrenaturales con los cuales Dios le había dotado. Ahora, desde el Cielo, prosigue en el cumplimiento de esta misión, intercediendo ante el trono de Dios para que muchos hombres y muchas mujeres se dediquen con todas sus fuerzas a seguir a Jesús de cerca: para que busquen la identificación con Cristo —en esto consiste la santidad— en las circunstancias ordinarias de la vida.

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En los veintiocho años transcurridos desde el tránsito del Fundador del Opus Dei al Cielo, han llegado a las oficinas de la Prelatura más de ciento veinte mil relaciones de gracias atribuidas a la intercesión de San Josemaría. Provienen de todas las partes del mundo: desde la selva amazónica hasta las nieves de la Antártida, desde grandes ciudades hasta pequeños pueblos perdidos. Examinando esta masa de testimonios, uno se percata rápidamente de que, además de atender las más diversas peticiones que se le hacen, concede a sus devotos en primer lugar muchas gracias espirituales. Así hace honor a la promesa que tantas veces formuló en los últimos años de su vida, cuando comenzó a considerar que se acercaba el momento de su encuentro con Dios: desde el Cielo os ayudaré más.

A vosotros que me escucháis, os aconsejo recurrir a San Josemaría en todas vuestras necesidades materiales y espirituales, grandes y pequeñas. El Padre os sigue con afecto, con atención, y obtendrá ciertamente de Dios para vosotros mucho más de lo que solicitáis. Pedid con fe, con insistencia, buscando identificaros con la Voluntad divina, hacerla vuestra y cumplirla. Con la intercesión de San Josemaría, acercaos con frecuencia a los canales de la gracia que son los sacramentos.

3. Desde el 2 de octubre de 1928, cuando Dios le desveló la inmensa tarea para la que le había destinado, San Josemaría fue plenamente consciente de que esa misión no podía circunscribirse a un lugar o a un tiempo determinado, sino que poseía un alcance universal y permanente. La vida ordinaria —la familia, el trabajo, las relaciones sociales, etc.,— son realidades permanentes. Como afirmó el Papa el día de la canonización, resumiendo el mensaje de San Josemaría, «el trabajo y cualquier otra actividad, llevada a cabo con la ayuda de la gracia, se convierten en medios de santificación cotidiana.

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La universalidad de la figura y de la enseñanza de San Josemaría se refleja, con palmaria evidencia, en la variedad de los lugares donde es venerado. Hoy o en los próximos días será conmemorado en las Misas que se desarrollarán en centenares de ciudades de los cinco continentes, muchas de ellas celebradas por los respectivos Obispos diocesanos.

Escuchando en el Evangelio el mandato imperioso de Jesús —”duc in altum”!—, resuena una vez más la invitación del Papa a dejar la huella cristiana en el siglo que acaba de comenzar. «¡Avancemos con esperanza!», escribió en el año 2001. «Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia como un océano inmenso en el cual hay que aventurarse, contando con la ayuda de Cristo. El Hijo de Dios, que se encarnó hace dos mil años por amor al hombre, realiza también hoy su obra. Hemos de aguzar la vista para verla y, sobre todo, tener un gran corazón para convertirnos nosotros mismos en sus instrumentos».

En la homilía de la Misa de canonización, Juan Pablo II recordó cómo San Josemaría «acogió sin vacilar la invitación hecha por Jesús al apóstol Pedro (…): Duc in altum! La transmitió a toda su familia espiritual, para que ofreciese a la Iglesia una aportación válida de comunión y servicio apostólico. Esta invitación se extiende hoy a todos nosotros. “Rema mar adentro —nos dice el divino Maestro— y echad las redes para la pesca” (Lc 5, 4)».

Todos hemos sido invitados a seguir a Cristo de cerca; la mayoría de vosotros sin abandonar la familia, el trabajo, la propia situación en la sociedad. No hemos de tener miedo a navegar mar adentro en todas nuestras actividades, a ser verdaderos apóstoles de Cristo, a dejar que Jesús suba a nuestra barca —entre verdaderamente en nuestra vida— y que sea Él quien la gobierne.

Confiamos a la Virgen, Madre nuestra, por la intercesión de San Josemaría, estos deseos que el Maestro mismo ha sembrado en nuestro corazón. Así sea.

Unidos al Papa de todo corazón

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Carta pastoral de mons. Javier Echevarría dirigida a los fieles de la Prelatura y cooperadores del Opus Dei en ocasión de los veinticinco años del pontificado de Juan Pablo II.

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Hace veinticinco años se cumplían las bodas de oro de la fundación del Opus Dei. El Señor dispuso que esa fecha coincidiera con un período de “sede vacante” en la Iglesia: Juan Pablo I, el Papa que removió al mundo con su sonrisa en sólo treinta y tres días, había fallecido. Aquel aniversario de la Obra, preparado con mucha oración y mucha alegría, se vio empapado por la tristeza de ese luto. Poco después, el 16 de octubre, nos llenamos de gozo con la elección de Juan Pablo II como sucesor de Pedro. Al celebrar ahora el vigésimo quinto aniversario de ese acontecimiento, unámonos al homenaje que millones de personas —creyentes y no creyentes— tributan al Romano Pontífice.

El hecho de que esa fecha coincida prácticamente con los setenta y cinco años de vida del Opus Dei, constituye otra oportunidad para descubrir la actuación de la Providencia, que todo lo gobierna con suavidad y guía la historia a través de los tiempos. Parece como si el Señor nos confirmara en una característica esencial del espíritu del Opus Dei: un amor grande a la Iglesia y a su Cabeza visible, como lo afirmaba nuestro Fundador en 1934, cuando escribía, tras haberlo predicado frecuentemente: “Cristo. María. El Papa. ¿No acabamos de indicar, en tres palabras, los amores que compendian toda la fe católica?” . Y en 1964, después de una audiencia que le había concedido Pablo VI, afirmaba: “en el Opus Dei tenemos un cariño extraordinario y una gran veneración por la persona del Papa: un cariño y una veneración que queremos que sea mayor cada día. En mi deseo de servir a la Iglesia, yo he procurado siempre que mis hijos amen mucho al Papa” .

Esos deseos de San Josemaría siguen cumpliéndose, gracias a Dios, en el mundo entero. Lo testimonian los centenares de millares de almas que reciben formación en los Centros de la Prelatura o colaboran con sus apostolados. Allí, los católicos aprenden a rezar diariamente —o se confirman en ese deber filial— por el Papa, por su persona y sus intenciones; se ven impulsados a conocer con profundidad sus enseñanzas y a ponerlas en práctica; se les anima a difundirlas entre parientes, amigos y conocidos, haciendo de altavoz al magisterio pontificio en los ambientes donde cada uno se desenvuelve. Y los muchos no católicos —e incluso no cristianos— que ayudan en el Opus Dei como Cooperadores, respetan y admiran al Santo Padre, en quien descubren —como otras innumerables personas de corazón recto— a un hombre de Dios, a un intrépido defensor de los derechos humanos, a un pacificador de los pueblos y de las conciencias; en el fondo, descubren en el Papa una representación viva de Jesucristo.

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Por la bondad divina, a diario se cumple aquella aspiración de San Josemaría que he procurado que resonara frecuentemente en vuestros oídos: Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!: que todos los hombres y mujeres que el Señor coloque a vuestro lado vayan, con Pedro, a Jesús por medio de María. ¡Gracias, Señor!, repito una vez más, mientras alzo mi corazón rebosante de cariño a la Madre de la Iglesia, por cuya intercesión nos llegan todos los bienes.

Con ocasión de este aniversario, habrá en muchos sitios actos de homenaje en honor de Juan Pablo II, a los que deseamos sumarnos de todo corazón. Pero los católicos no podemos limitarnos a esas expresiones exteriores de cariño, ya que se quedaría en algo muy escaso. Los hijos de la Iglesia hemos de acompañar al Papa, sobre todo, con el ofrecimiento generoso de nuestra oración, de nuestro sacrificio y de nuestro trabajo por su persona, su salud y sus intenciones. Procuremos difundir este modo de participar en la efeméride que se avecina: la oración perseverante y la mortificación generosa han de encontrarse en la base de todas las manifestaciones de cariño y veneración al Santo Padre.

Ha transcurrido un año desde la canonización de San Josemaría. Como os he repetido con frecuencia en estos meses, “el 6 de octubre” no debe borrarse de nuestra memoria ni de nuestra conducta. Esa fecha ha quedado esculpida para siempre en la historia del Opus Dei, y a ese recuerdo hemos de volvernos una vez y otra para reencontrar el impulso hacia la santidad personal y el apostolado, que aquel día experimentamos con particular intensidad. Las palabras que pronunció el Romano Pontífice han de alimentar incesantemente nuestra oración y la de las personas que tratan de acercarse a Dios siguiendo el espíritu del Opus Dei. Nos señalaba el Papa en aquella ocasión: “elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el Santo Fundador os indica, queridos hermanos y hermanas que hoy os alegráis por su elevación a la gloria de los altares. Él continúa recordándoos la necesidad de no dejaros atemorizar ante una cultura materialista, que amenaza con disolver la identidad más genuina de los discípulos de Cristo. Le gustaba reiterar con vigor que la fe cristiana se opone al conformismo y a la inercia interior.

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“Siguiendo sus huellas, difundid en la sociedad, sin distinción de raza, clase, cultura o edad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad. Esforzaos por ser santos vosotros mismos en primer lugar, cultivando un estilo evangélico de humildad y servicio, de abandono en la Providencia y de escucha constante de la voz del Espíritu.  De este modo, seréis “sal de la tierra” (cfr. Mt 5, 13) y brillará “vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” “(Mt 5, 16) .

Con su ejemplo y con sus palabras, San Josemaría nos enseñó a recurrir a la Santísima Virgen en todo momento, para manifestar nuestro cariño y nuestra confianza en su mediación materna. Don Álvaro, primer sucesor suyo al frente de la Obra, nos exhortaba a esforzarnos «en caminar muy pegados a la Santísima Virgen, en meter a la Virgen en todo y para todo» . Cuidemos con devoción tierna y recia el rezo del Santo Rosario, especialmente en este mes de octubre, último del “año del Rosario” proclamado por el Papa. Esmerémonos en la contemplación de los misterios, en consonancia con las sugerencias del Santo Padre, que nos exhorta a recordar a Cristo, a comprenderle, a configurarnos con Él, a rogarle y a anunciarle a los demás, siempre por María y con María.

Al comenzar cada decena, poned en primer lugar las intenciones del Papa; de este modo, estaréis muy unidos a las intenciones de vuestro Padre y Prelado. A este propósito, y para terminar, acudo a otras palabras de San Josemaría: “Hijos de mi alma, tenemos la alegría de saber que Dios nos ha escogido desde la eternidad y nos ha traído a esta familia del Opus Dei, que tiene como orgullo servir: servir a todas las almas y, antes que nada, servir a la Iglesia, Una, Santa, Católica, Apostólica; servir al Romano Pontífice con un amor sin condiciones. Fieles a Jesucristo, dóciles al Magisterio de la Iglesia, trabajamos y rezamos para extender el reino de Dios, unidos al Papa en una obediencia filial y profunda”

Viernes santo

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“Cada uno de nosotros ha de verse en medio de aquella muchedumbre, porque han sido nuestros pecados la causa del inmenso dolor que se abate sobre el alma y el cuerpo del Señor”. Palabras de mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, emitidas por la cadena de Estados Unidos EWTN.

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Hoy queremos acompañar a Cristo en la Cruz. Recuerdo unas palabras de san Josemaría Escrivá, en un Viernes Santo. Nos invitaba a revivir personalmente las horas de la Pasión: desde la agonía de Jesús en el Huerto de los Olivos hasta la flagelación, la coronación de espinas y la muerte en la Cruz. Decía: Ligada la omnipotencia de Dios por mano de hombre llevan a mi Jesús de un lado para otro, entre los insultos y los empujones de la plebe.

Cada uno de nosotros ha de verse en medio de aquella muchedumbre, porque han sido nuestros pecados la causa del inmenso dolor que se abate sobre el alma y el cuerpo del Señor. Sí: cada uno lleva a Cristo, convertido en objeto de burla, de una parte a otra. Somos nosotros los que, con nuestros pecados, reclamamos a voz en grito su muerte. Y Él, perfecto Dios y perfecto Hombre, deja hacer. Lo había predicho el profeta Isaías:maltratado, no abrió su boca; como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante los trasquiladores.

Es justo que sintamos la responsabilidad de nuestros pecados. Es lógico que estemos muy agradecidos a Jesús. Es natural que busquemos la reparación, porque a nuestras manifestaciones de desamor, Él responde siempre con un amor total. En este tiempo de Semana Santa, vemos al Señor como más cercano, más semejante a sus hermanos los hombres… Meditemos unas palabras de Juan Pablo IIQuien cree en Jesús lleva la Cruz en triunfo, como prueba indudable de que Dios es amor… Pero la fe en Cristo jamás se da por descontada. El misterio pascual, que revivimos durante los días de la Semana Santa, es siempre actual (Homilía, 24-III-2002).

Pidamos a Jesús, en esta Semana Santa, que se despierte en nuestra alma la conciencia de ser hombres y mujeres verdaderamente cristianos, porque vivamos cara a Dios y, con Dios, cara a todas las personas.

No dejemos que el Señor lleve a solas la Cruz. Acojamos con alegría los pequeños sacrificios diarios.

Aprovechemos la capacidad de amar, que Dios nos ha concedido, para concretar propósitos, pero sin quedarnos en un mero sentimentalismo. Digamos sinceramente: ¡Señor, ya no más!, ¡ya no más! Pidamos con fe que nosotros y todas las personas de la tierra descubramos la necesidad de tener odio al pecado mortal y de aborrecer el pecado venial deliberado, que tantos sufrimientos han causado a nuestro Dios.

¡Qué grande es la potencia de la Cruz! Cuando Cristo es objeto de irrisión y de burla para todo el mundo; cuando está en el Madero sin desear arrancarse de esos clavos; cuando nadie daría ni un centavo por su vida, el buen ladrón —uno como nosotros— descubre el amor de Cristo agonizante, y pide perdón. Hoy estarás conmigo en el Paraíso. ¡Qué fuerza tiene el sufrimiento, cuando se acepta junto a Nuestro Señor! Es capaz de sacar —de las situaciones más dolorosas— momentos de gloria y de vida. Ese hombre que se dirige a Cristo agonizante, encuentra la remisión de sus pecados, la felicidad para siempre.

Nosotros hemos de hacer lo mismo. Si perdemos el miedo a la Cruz, si nos unimos a Cristo en la Cruz, recibiremos su gracia, su fuerza, su eficacia. Y nos llenaremos de paz.

Al pie de la Cruz descubrimos a María, Virgen fiel. Pidámosle, en este Viernes Santo, que nos preste su amor y su fortaleza, para que también nosotros sepamos acompañar a Jesús. Nos dirigimos a Ella con unas palabras de San Josemaría Escrivá, que han ayudado a millones de personas. Di: Madre mía —tuya, porque eres suyo por muchos títulos—, que tu amor me ate a la Cruz de tu Hijo: que no me falte la Fe, ni la valentía, ni la audacia, para cumplir la voluntad de nuestro Jesús.
Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei.

Jueves santo: institución de la Eucaristía

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“Se acercaba el momento en el que Jesús iba a ofrecer su vida por los hombres. Tan grande era su amor, que en su Sabiduría infinita encontró el modo de irse y de quedarse, al mismo tiempo”. Palabras de mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, emitidas por la cadena de Estados Unidos EWTN.

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La liturgia del Jueves Santo es riquísima de contenido. Es el día grande de la institución de la Sagrada Eucaristía, don del Cielo para los hombres; el día de la institución del sacerdocio, nuevo regalo divino que asegura la presencia real y actual del Sacrificio del Calvario en todos los tiempos y lugares, haciendo posible que nos apropiemos de sus frutos.

Se acercaba el momento en el que Jesús iba a ofrecer su vida por los hombres. Tan grande era su amor, que en su Sabiduría infinita encontró el modo de irse y de quedarse, al mismo tiempo. San Josemaría Escrivá, al considerar el comportamiento de los que se ven obligados a dejar su familia y su casa, para ganar el sustento en otra parte, comenta que el amor del hombre recurre a un símbolo: los que se despiden se cambian un recuerdo, quizá una fotografía…Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, no deja un símbolo, sino la realidad: se queda Él mismo. Irá al Padre, pero permanecerá con los hombres. Bajo las especies del pan y del vino está Él, realmente presente: con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad.

¿Cómo corresponderemos a ese amor inmenso? Asistiendo con fe y devoción a la Santa Misa, memorial vivo y actual del Sacrificio del Calvario. Preparándonos muy bien para comulgar, con el alma bien limpia. Visitando con frecuencia a Jesús oculto en el Sagrario.

En la primera lectura de la Misa, se nos recuerda lo que Dios estableció en el Viejo Testamento, para que el pueblo israelita no olvidara los beneficios recibidos. Desciende a muchos detalles: desde cómo debía ser el cordero pascual, hasta los pormenores que habían de cuidar para recordar el tránsito del Señor. Si eso se prescribía para conmemorar unos hechos, que eran sólo una imagen de la liberación del pecado obrada por Jesucristo, ¡cómo deberíamos comportarnos ahora, cuando verdaderamente hemos sido rescatados de la esclavitud del pecado y hechos hijos de Dios!

Ésta es la razón de que la Iglesia nos inculque un gran esmero en todo lo que se refiere a la Eucaristía. ¿Asistimos al Santo Sacrificio todos los domingos y fiestas de guardar, sabiendo que estamos participando en una acción divina?

Opus Dei -

San Juan relata que Jesús lavó los pies a los discípulos, antes de la Última Cena. Hay que estar limpios, en el alma y en el cuerpo, para acercarse a recibirle con dignidad. Para eso nos ha dejado el sacramento de la Penitencia.

Conmemoramos también la institución del sacerdocio. Es un buen momento para rezar por el Papa, por los Obispos, por los sacerdotes, y para rogar que haya muchas vocaciones en el mundo entero. Lo pediremos mejor en la medida en que tengamos más trato con ese Jesús nuestro, que ha instituido la Eucaristía y el Sacerdocio. Vamos a decir, con total sinceridad, lo que repetía San Josemaría Escrivá: Señor, pon en mi corazón el amor con que quieres que te ame.

En la escena de hoy no aparece físicamente la Virgen María, aunque se hallaba en Jerusalén en aquellos días: la encontraremos mañana al pie de la Cruz. Pero ya hoy, con su presencia discreta y silenciosa, acompaña muy de cerca a su Hijo, en profunda unión de oración, de sacrificio y de entrega. Juan Pablo II señala que, después de la Ascensión del Señor al Cielo, participaría asiduamente en las celebraciones eucarísticas de los primeros cristianos. Y añade el Papa: aquel cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno! Recibir la Eucaristía debía significar, para María, como si acogiera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con el suyo(Ecclesia de Eucharistia, 56).

También ahora la Virgen María acompaña a Cristo en todos los sagrarios de la tierra. Le pedimos que nos enseñe a ser almas de Eucaristía, hombres y mujeres de fe segura y de piedad recia, que se esfuerzan por no dejar solo a Jesús. Que sepamos adorarle, pedirle perdón, agradecer sus beneficios, hacerle compañía.


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