Visita pastoral del Prelado del Opus Dei a Asturias

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El Prelado del Opus Dei acaba de realizar una visita pastoral a Asturias. Comenzó el viernes y terminó el domingo, 6 de julio, invitado por el arzobispo de Oviedo, monseñor Carlos Osoro, con motivo de la celebración del Año Jubilar de la Cruz de los Ángeles y de la Cruz de la Victoria.

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No cabían más actos para una visita tan breve, pero intensa a la vez. El prelado de la Obra comenzó su visita a Asturias en Covadonga, continuó el sábado con una Eucaristía en la catedral de Oviedo junto al arzobispo, rezó ante las reliquias que allí se veneran, y tuvo varios encuentros con numerosas personas. De fondo, Sydney y el Papa: pidió a todas y a todos que acompañen al santo Padre con la oración.

Lo primero, Covadonga

La estancia del Prelado en el Principado comenzó en la tarde del viernes, día 4, en el santuario de Covadonga. Allí fue recibido por monseñor Osoro, con quien rezó durante media hora ante la imagen de la Santina en la Santa Cueva. “Agradezco mucho al señor Arzobispo la oportunidad que me ha dado de poder hacer la oración a los pies de esta imagen de la Virgen, ante quien rezó con tanta devoción, durante muchos años y en distintas ocasiones, San Josemaría Escrivá”, indicó monseñor Echevarría a las varias decenas de personas, jóvenes en su mayoría, presentes en el recinto de roca.

El prelado subrayó que en aquel mismo lugar, en los años 40, el fundador del Opus Dei “puso en las manos de la Virgen lo que tantas veces nos ha aconsejado con su palabra y con sus escritos: que la razón más grande de nuestra vida es encontrar a Jesucristo, seguirle muy de cerca, tratarle y darle a conocer”.

Veneración de la reliquias en la Catedral de Oviedo

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El sábado, monseñor Echevarría visitó las reliquias que alberga la Cámara Santa de la catedral de Oviedo, en particular el Santo Sudario que cubrió el rostro de Jesucristo, y las dos cruces cuyos centenarios se celebran: la de los Ángeles (regalo del Rey Alfonso II a la Iglesia de Oviedo en el año 808) y la de la Victoria (obsequio del Rey Alfonso III, justo un siglo más tarde).

Monseñor Osoro guió la visita y oró con el prelado ante las preciadas reliquias. Una familia numerosa de Oviedo regaló a monseñor Echevarría una reproducción de la Cruz de la Victoria. A continuación, el Arzobispo, el prelado y el Obispo auxiliar, monseñor Raúl Berzosa, compartieron un almuerzo en el Arzobispado.

Por la tarde, el arzobispo, el prelado y el obispo auxiliar concelebraron una Eucaristía en la catedral junto a otro grupo de sacerdotes: el templo estaba abarrotado y con las puertas abiertas; asistieron unas 2.500 personas, en parte provenientes de las regiones limítrofes.

La ceremonia se inició con un saludo del Arzobispo: entre otras cosas, animó a los fieles presentes a “hablar de Dios, que consiste en llevar a todos a hablar con Dios. Y en ese trato con Dios, Él va guiando nuestra vida por el camino del bien y de la verdad. Por otra parte, en todos los miembros de la Obra, el amor y la pasión por la Iglesia de Jesucristo, por su misión, es muy fuerte. Las preocupaciones por la familia, la educación de los hijos, las vocaciones, el trabajo ordinario bien realizado o realizado extraordinariamente, son facetas que distinguen a quienes se sienten miembros de la Iglesia y viviendo de esa espiritualidad y modo de vivir que fraguó el Señor en el corazón de San Josemaría”.

En su homilía, el prelado dijo que “la Santa Cruz es signo y garantía de victoria en la lucha por la santidad”, y añadió que “los cristianos somos los grandes defensores de la libertad, contra toda clase de esclavitudes y totalitarismos, antiguos y nuevos”. El prelado instó a practicar una “santa rebeldía” basada “en la fe, la esperanza y el amor”.

Al final de la Misa, el Arzobispo encabezó una procesión por el interior del templo portando la Cruz de la Victoria. Monseñor Osoro y monseñor Echevarría bendijeron a los fieles con la reliquia.

El domingo por la mañana, al igual que en la víspera, monseñor Echevarría mantuvo un encuentro con miembros del Opus Dei. Fue el último acto de su visita a Asturias, que concluyó al filo del mediodía.

Momentos antes de su despedida, monseñor Echevarría tuvo unas palabras de particular gratitud dirigidas hacia el arzobispo de Oviedo. “Me ha dado mucha alegría visitar en su casa y en su catedral a don Carlos, a quien me unen lazos de amistad y de fraternal afecto”, señaló.

Con la vista en Australia, junto al Papa

Al igual que en otros discursos públicos del fin de semana, monseñor Echevarría animó a rezar por el Papa Benedicto XVI, y en particular por su inminente viaje a Australia para presidir la Jornada Mundial de la Juventud. “Que acompañéis al Papa, que le queráis con toda el alma, que os sintáis hijos de tan buen Padre común y que le acompañéis también en este viaje que va a emprender”.

Carta del Prelado (febrero 2008)

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El Prelado del Opus Dei anima a vivir la Cuaresma con optimismo y deseos de conversión, para gozar con Dios de la felicidad. Publicamos su carta pastoral de febrero.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Estamos a las puertas de la Cuaresma: tiempo en el que la Iglesia, como Madre buena, recuerda insistentemente a sus hijos la necesidad de convertirse una y otra vez a Dios, rectificando lo que haya que cambiar en nuestra existencia personal. Ciertamente, como recordaba el Papa en una circunstancia análoga, este itinerario de conversión evangélica no puede limitarse a un período particular del año: es un camino de cada día, que debe abrazar toda la existencia, todos los días de nuestra vida.

Durante el rito litúrgico del Miércoles de Ceniza, el sacerdote, al imponernos las cenizas, pronuncia unas palabras que constituyen una llamada urgente a examinarnos: acuérdate de que eres polvo y al polvo has de volver[2]. Así reza una de las fórmulas previstas. Es un recuerdo muy expresivo de nuestra condición de criaturas mortales: llegará el momento en el que el Señor nos llamará a su presencia, juzgará nuestros pensamientos, palabras y acciones, y nos dará la recompensa —de gloria, de purificación o de condena— que haya merecido nuestra existencia.

La consideración de esta realidad no ha de asustarnos, sino movernos a dolor por nuestras faltas, a propósitos de mejora y a la alegría del encuentro definitivo con la Trinidad. Lo recuerda el Santo Padre en su última carta encíclica: ya desde los primeros tiempos, la perspectiva del Juicio ha influido en los cristianos, también en su vida diaria, como criterio para ordenar la vida presente, como llamada a su conciencia y, al mismo tiempo, como esperanza en la justicia de Dios.

Es lo que pone de manifiesto la otra fórmula que puede emplearse en ese rito: convertíos y creed en el Evangelio. Somos pecadores, necesitados del perdón de Dios; por eso, se nos invita a un cambio profundo, a enderezar el rumbo de nuestra peregrinación terrena hacia la meta definitiva: la felicidad eterna con Dios. Deseo que, con un sentido de optimismo, veamos en estas palabras la exigencia de mejorar día tras día: si mantenemos esa pelea, para nosotros el Juez divino no será Juez —en el sentido austero de la palabra— sino simplemente Jesús, “nuestro” Jesús: un Dios que perdona.

Meditemos, por tanto, lo que escribió San Josemaría: considerad esta maravilla del cuidado de Dios con nosotros, dispuesto siempre a oírnos, pendiente en cada momento de la palabra del hombre. En todo tiempo —pero de un modo especial ahora, porque nuestro corazón está bien dispuesto, decidido a purificarse—, Él nos oye, y no desatenderá lo que pide un corazón contrito y humillado (Sal 50, 19).

La Iglesia Santa nos pone delante, una y otra vez, con una pedagogía muy acertada, las ideas fundamentales, para que se nos queden bien grabadas y no las olvidemos. Al comenzar la Cuaresma, mientras el sacerdote actúa en esa ceremonia del Miércoles de Ceniza, nos invita a entonar un cántico lleno de esperanza: renovemos nuestra vida con un espíritu de humildad y penitencia; ayunemos y lloremos delante del Señor, porque la misericordia de nuestro Dios está siempre dispuesta a perdonar nuestros pecados.

Cada año consideramos que el espíritu de la Cuaresma se resume en tres prácticas tradicionales de este período: la oración, la penitencia, las obras de misericordia. Os he invitado a deteneros en estos puntos, precisamente con ocasión de este tiempo litúrgico. Ahora querría fijarme especialmente en el espíritu de penitencia, que nos ha de mover —con dolor y refugiándonos en la misericordia divina— a reparar por nuestros pecados y por los de todas las criaturas.

Glosando la llamada del profeta Joel al arrepentimiento —convertíos a mí de todo corazón—, que la liturgia propone al comienzo de la Cuaresma, San Jerónimo se expresaba de la siguiente manera: «Que vuestra penitencia interior se manifieste por medio del ayuno, del llanto y de las lágrimas. Así, ayunando ahora, seréis luego saciados; llorando ahora, podréis luego reír; lamentándoos ahora, seréis luego consolados (…). No dudéis del perdón, pues, por grandes que sean vuestras culpas, la magnitud de su misericordia remitirá, sin duda, la abundancia de vuestros muchos pecados».

En primer lugar, reparemos por nuestras faltas personales. Todos nosotros hemos recibido el Bautismo, que nos ha convertido en hijos de Dios y miembros del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia. ¿No es lógico que correspondamos a tanto amor con toda nuestra alma? Sin embargo, debemos reconocer que con frecuencia, por nuestra debilidad, no cumplimos la Voluntad de Dios o, por lo menos, no correspondemos a su Amor con la prontitud y la generosidad que tiene derecho a esperar de nosotros.

¡Cómo le dolía a nuestro Padre que tantos cristianos olvidasen la grandeza y dignidad de su filiación divina! Podemos aplicarnos sus palabras. Reacciona. —Oye lo que te dice el Espíritu Santo: “Si inimicus meus maledixisset mihi, sustinuissem utique” —si mi enemigo me ofende, no es extraño, y es más tolerable. Pero, tú… “tu vero homo unanimis, dux meus, et notus meus, qui simul mecum dulces capiebas cibos” —¡tú, mi amigo, mi apóstol, que te asientas a mi mesa y comes conmigo dulces manjares!.

Hijas e hijos míos, sin perder nunca la paz, reconozcamos sin ambages nuestros pecados y nuestras faltas: Padre y muy Padre nuestro es el Señor, siempre dispuesto a acogernos en sus brazos. Cuidemos diariamente los minutos de examen —sin escrúpulos pero con delicadeza de conciencia—, para descubrir con la luz del Espíritu Santo lo que ha salido bien, lo que ha ido mal, lo que podríamos cumplir mejor. Ante lo bueno, reaccionemos con sincera gratitud; ante las faltas, imploremos filialmente el perdón; y acabemos siempre con un acto de contrición —dolor de amor— y con algún propósito bien concreto de lucha; pequeño quizá, pero con serio afán de crecimiento interior.

De este modo, cuando acudamos al sacramento de la Penitencia, lo haremos bien preparados y obtendremos más provecho espiritual. ¿Somos conscientes de que, al practicar el examen de conciencia, de antigua raigambre cristiana, ponemos nuestra alma al descubierto delante del Señor? ¿Nos damos cuenta de que Dios está dispuesto a concedernos su gracia para que le amemos más?

La Iglesia ha recomendado y sigue recomendando la práctica de la confesión frecuente. Sin este medio de santificación personal, resulta muy difícil —por no decir imposible— mantener un alto nivel de vida cristiana; más aún cuando, en el ambiente que nos rodea, abundan las ocasiones de apartarse del Señor. No me canso, por eso, de animaros a seguir realizando un intenso y extenso apostolado de la Confesión No nos dejemos llevar por los respetos humanos, y alimentemos en nuestros amigos, parientes, colegas, este afán de ayudar a las personas con las que coinciden.

Decid a todos —también porque nos vean convencidos de lo que manifestamos— que aprovechen la abundante gracia de la Cuaresma, para purificar a fondo sus almas y descubrir o intensificar un trato de intimidad con el Señor. Se llenarán de paz y serán más felices, pues no hay gozo más grande que saberse hijos de Dios. Orientémosles a que acudan periódicamente a este sacramento de la alegría, como lo calificaba nuestro Padre.

Os mencionaba también la necesidad de pedir perdón por los pecados de los demás. Para esto no es preciso llevar a cabo tareas grandes. Eso ya lo ha hecho Nuestro Señor, muriendo en la Cruz por nosotros. Pero Él desea que unamos a su Sacrificio redentor las pequeñas mortificaciones y penitencias que la misma existencia trae consigo: las molestias de una enfermedad, las incomprensiones por parte de otros, las dificultades del trabajo, el fracaso de un plan que nos habíamos trazado con gran ilusión… Para aceptar con buen humor las contrariedades de este tipo, que constituyen materia de nuestra santificación personal, conviene que —especialmente durante estas semanas— añadamos con generosidad pequeñas mortificaciones en la comida, en la bebida, en la comodidad, en los momentos de descanso o distracción, que nos unan más a la Cruz de Jesucristo y nos vayan preparando para obtener mucho fruto de la Pascua.

Recientemente, Benedicto XVI ha recordado a todos la perenne validez de este modo de comportarse. Escribe en su encíclica sobre la esperanza: la idea de poder “ofrecer” las pequeñas dificultades cotidianas, que nos aquejan una y otra vez como punzadas más o menos molestas, dándoles así un sentido, eran parte de una forma de devoción todavía muy difundida hasta no hace mucho tiempo, aunque hoy tal vez menos practicada[11]. Y añade el Papa, lamentándose del olvido en que parecen haber caído esas muestras de amor a Dios, que las almas piadosas, mediante el ofrecimiento de las contrariedades de la jornada, estaban convencidas de poder incluir sus pequeñas dificultades en el gran com-padecer de Cristo, que así entraban a formar parte de algún modo del tesoro de com-pasión que necesita el género humano[12]. Y concluye: quizá debamos preguntarnos realmente si esto no podría volver a ser una perspectiva sensata también para nosotros[13]. Es una pregunta que os traslado, para que la consideréis cada uno de vosotros, redescubriendo el valor del sacrificio escondido y silencioso[14], y para que la hagáis resonar al oído de las personas con las que coincidís.

Como todos los meses, os pido que estéis muy unidos a mis intenciones. Encomendad ahora de modo especial los comienzos de la labor apostólica estable en Rumanía y en Indonesia; se están dando pasos concretos para ponerla en marcha, si Dios quiere, dentro de este año. Y seguid rezando por el Papa y por sus intenciones, entre las que ocupa un lugar importante la deseada unión de todos los cristianos, comenzando por una unidad más honda y sobrenatural entre los católicos.

También deseo que encomendemos diariamente a las personas enfermas: el Señor nos concede con abundancia el tesoro de poder atender a tantas y a tantos que sufren. Me interesa que, así como el Señor iba tras los dolientes para sanarlos y consolarlos, así vayamos todas y todos a enriquecernos con esta caridad, auténtico cariño, atendiendo a quienes lo necesiten.

No quiero alargarme, pero os pido que acudáis al queridísimo don Álvaro, que celebraba su santo el 19 de febrero. Pidámosle que nos obtenga del Señor una superabundancia de caridad fraterna, de modo que todos en la Obra —en cualquier momento, y más aún si algunas o algunos pasan por un período de enfermedad—, experimentemos vivamente que el Opus Dei es familia, familia de verdad, en la que gustosamente nos desvivimos los unos por los otros.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Nueva iglesia dedicada a San Josemaría en México D.F.

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El Prelado realizará la dedicación esta semana de la nueva iglesia de San Josemaría en la capital de México

Al servicio de la Iglesia

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S.E.R. Cardenal Norberto Rivera Carrera atestiguó la dedicación de la Parroquia de San Josemaría celebrada por Mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei. La nueva Parroquia se erigió en la comunidad de Santa Fe para servir a la Arquidiócesis de México.

01 de agosto de 2009

Opus Dei - S.E.R. Cardenal Norberto Rivera erigió la Parroquia de San Josemaría Escrivá.

S.E.R. Cardenal Norberto Rivera erigió la Parroquia de San Josemaría Escrivá.

La dedicación de la Parroquia de San Josemaría, en Santa Fe, Ciudad de México, se llevó a cabo el 28 de julio de 2009 en el marco de la solemne celebración eucaristía.

En el año 2002, el Sr. Cardenal pidió al Opus Dei construir una iglesia dedicada al Fundador del Opus Dei en esta zona del Distrito Federal donde conviven, apenas separados, el México moderno y otro prácticamente ignorado por el progreso y la prosperidad.

Tres años después, el Arzobispo Primado de México bendijo la primera piedra. Transcurrieron entonces algunos años de intensa actividad espiritual y material. La comunidad asistía a instalaciones provisionales donde se celebraba la Santa Misa y el edificio crecía conforme las gestiones de un grupo de laicos hacían posible la obtención de recursos.

Este edificio hace vislumbrar el misterio de la Iglesia, a la que Cristo santificó con su sangre, para presentarla ante sí como Esposa llena de gloria…

Así llegó el 28 de julio de 2009, Año Sacerdotal en toda la Iglesia, y a invitación del Cardenal Rivera fue el Prelado del Opus Dei quien presidió la entrañable ceremonia de dedicación en la que la Parroquia fue consagrada para el anuncio de la palabra de Dios, la celebración de los sacramentos y el servicio de la caridad.

Al inicio de la ceremonia, el Sr. Cardenal recibió tanto las llaves como los planos de la Parroquia, símbolo tangible de su razón de ser: un lugar donde los fieles, los sacerdotes y los administradores trabajen por y para la Iglesia de México, mediante la transmisión de la fe y el amor a Jesucristo.

Opus Dei - Mons. Javier Echevarría celebró la solemne dedicación.

Mons. Javier Echevarría celebró la solemne dedicación.

En su homilía, Mons. Javier Echevarría agradeció el esfuerzo realizado para la edificación de la iglesia y la invitación del Cardenal Rivera para presidir la ceremonia. También recordó el mensaje de san Josemaría Escrivá de Balaguer: que todas las personas, de todos los países y de todos los ambientes, están llamados a buscar la santidad que Cristo predicó.

Añadió que esta obra de servicio a la Iglesia, a las almas y a la humanidad ha de realizarse con oración, expiación y un optimista anuncio del Evangelio pues hay mucha gente que está esperando ayuda para conocer íntimamente a Dios y así cultivar la amistad “del que no traiciona, el que no abandona. Y para un cristiano, conocer, tratar y amar a Cristo es lo esencial. Sólo así cumpliremos los designios del Señor (…)”.

Opus Dei - La imagen de san Josemaría es obra de Martha Orozco.

La imagen de san Josemaría es obra de Martha Orozco.

Como parte de la ceremonia de dedicación, Mons. Echevarría colocó bajo el altar una reliquia de san Josemaría, canonizado en 2002 por el Siervo de Dios Juan Pablo II. Otros ritos ceremoniales fueron la bendición y aspersión del agua, la liturgia de la palabra, la letanía de los santos, la unción del altar y de los muros de la iglesia, así como la incensación e iluminación del altar y de la iglesia.

En la Eucaristía participaron también S.E. Mons. Carlos Briseño Arch, O.A.R., Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de México y S.E. Mons. Emilio Carlos Berlie Belaunzarán, Arzobispo de la Arquidiócesis de Yucatán.

Tertulia en Monterrey: galería de fotos

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Selección de fotografías de la tertulia que se llevó a cabo en Monterrey, N.L., el 1 de agosto de 2009 con Mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei.

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Carta de Benedicto XVI al Prelado del Opus Dei

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Traducción al castellano de la carta que, en latín, el Santo Padre Benedicto XVI ha enviado a Su Excelencia Mons. Javier Echevarría, con ocasión del 50 aniversario de su ordenación sacerdotal.

22 de septiembre de 2005

Al Venerado hermano Javier Echevarría Rodríguez, Obispo Titular de Cilibia, Prelado de la Prelatura Personal de la Santa Cruz y Opus Dei.

Al acercarse la felicísima conmemoración del quincuagésimo aniversario del comienzo de tu vida y actividad sacerdotal, hemos tenido noticia, Venerado Hermano, de que lo celebrarás solemnemente, en unión con los miembros de la Prelatura personal de la Santa Cruz y Opus Dei, elevando de todo corazón acciones de gracias a la Santísima Trinidad por el inefable don del sacerdocio y por todos sus beneficios. Con gran alegría, aprovechamos esta singular ocasión para congratularnos contigo en este feliz jubileo y manifestarte Nuestra estima y cariño.

Siendo joven, al sentir la suave voz de Dios que te llamaba, prontamente la seguiste, entrando a formar parte del Opus Dei. Tras recibir la necesaria formación, te fue conferida la ordenación sacerdotal el día 7 de agosto de 1955. Obtuviste el doctorado en Derecho Civil y en Derecho Canónico. Desarrollaste diferentes ministerios pastorales y académicos; durante veintidós años fuiste Secretario de San Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei; y ahora gobiernas fielmente con el mismo espíritu su providencial Obra.

Si diriges la mirada al largo camino sacerdotal que has recorrido, sin duda recordarás tantos trabajos y dificultades superados con la gracia divina; pero, sobre todo, tantos acontecimientos gozosos concedidos por Dios a ti y a tu Prelatura personal. Cuando eras Secretario General, en el año 1982, presenciaste la erección del Opus Dei en Prelatura personal, de la que fuiste inmediatamente constituido Vicario General. Doce años después, tras el piadoso tránsito de nuestro Venerado Hermano Álvaro del Portillo, fuiste elegido Prelado de la Prelatura personal; y, en el mismo año, nombrado Obispo titular de Cilibia. En 1995, aquí en Roma, en la solemnidad de la Epifanía del Señor, nuestro amado Predecesor Juan Pablo II, te confirió la Consagración episcopal, como muestra manifiesta de su benevolencia y confianza.

Gobernando tu Prelatura y contemplando en ella la gracia de Dios, no cesas de exhortar a sus miembros —con tu ejemplo, con tus escritos, con tu palabra y tus viajes pastorales— a permanecer en el Señor con un corazón firme (Act 11,23). Cuando fomentas el afán de santidad personal y el celo apostólico de tus sacerdotes y laicos, no sólo ves crecer la grey que te ha sido confiada, sino que proporcionas un eficaz auxilio a la Iglesia en la urgente evangelización de la sociedad actual. En el terreno de la cultura y de las ciencias, procuras difundir el mensaje cristiano en todos los ámbitos, como lo muestra claramente la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, recientemente constituida. Llevas en tu corazón la defensa de la vida, de la familia y del matrimonio, así como la formación y la atención pastoral de los jóvenes.

Recibe, pues, Venerado Hermano, esta prueba de Nuestro amor y benevolencia, junto con la Bendición Apostólica que, implorando la gracia divina, a través de la intercesión de la Madre de Dios, la Santísima Virgen María, y de San Josemaría Escrivá de Balaguer, te impartimos de todo corazón y también a los Obispos, a los sacerdotes, a los hombres y mujeres que forman parte de esta queridísima Prelatura personal de la Santa Cruz y Opus Dei, y a todos aquellos que, llenos de alegría, celebran este jubileo tan señalado.

Desde el Vaticano, el día 9 de julio del año 2005, primero de Nuestro Pontificado.
Benedicto Papa XVI

La alegría del cristiano

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La alegría del cristiano no está en la “impecabilidad”, sino en el perdón

Monseñor Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, acaba de publicar el libro “Itinerarios de vida cristiana” (Planeta+Testimonio) en el que afronta el ser y el quehacer de los cristianos, y algunos temas candentes de la Iglesia y del mundo contemporáneo: la crisis de la familia , el concepto de paternidad responsable, el valor y el sentido de la corporalidad, etc.

Echevarría (Madrid, 1932) es el segundo sucesor del beato Josemaría Escrivá al frente de la prelatura personal, fundada el 2 de octubre de 1928. Según la edición del año 2000 del Anuario Pontificio, forman parte del Opus Dei (“Obra de Dios”, en latín) cerca de 84.000 personas.

En esta entrevista, el prelado presenta el ideal cristiano en “un ambiente donde lo principal es el culto de la buena imagen, del éxito, del poder” y que “se deprime ante un fracaso, ante un traspiés económico, incluso ante unas arrugas en la cara”.

¿Cómo valora el momento presente?

Me parece evidente que es un momento complejo y, en buena parte, paradójico: junto a innegables sombras, no faltan luces. Serían fáciles de enumerar los ejemplos de progresos, de retrocesos, de conquistas y de derrotas en lo humano.

Pero, por encima de todo, no podemos olvidar que estamos viviendo en la plenitud de los tiempos; es el momento, que dura ya dos mil años, de la verdadera y definitiva novedad: el momento en que Dios se ha hecho hombre en Jesucristo, dándonos la posibilidad de ser nosotros hijos de Dios: nunca agradeceremos suficientemente este tesoro, que nos lleva a afrontar las diferentes circunstancias con optimismo humano y sobrenatural. Otro modo de entender el momento presente sería necesariamente incompleto y nos expondría a captar sólo la superficie de lo que acontece en la historia personal y general.

¿No le parece que la conducta de los que se esfuerzan por vivir en cristiano choca con los rasgos de la sociedad actual?

Desde luego. Y esto viene de lejos. Nada más presentar a Jesús en el Templo, José y María recibieron del anciano Simeón el anuncio de que aquel niño sería signo de contradicción. Cuando los apóstoles recibieron el Espíritu Santo, superaron el miedo para anunciar a Cristo, pero enseguida “los objetivos” los tomaron por borrachos, fueron encarcelados y después ya sabemos cómo acabaron, aunque siempre fueron hombres felices. Y así a lo largo de los siglos. La novedad cristiana chocará siempre, pero este choque puede y debe ser un revulsivo que genere amor, humanice al hombre, le abra nuevas perspectivas, lo libere.

¿Qué opina de la concepción contemporánea del amor?

Pienso que en nuestra sociedad se ha ido abriendo camino una concepción del amor desligada del compromiso, es decir, de ese componente esencial del amor que es la mutua fidelidad de los que se aman. Y esto lo desvirtúa y tiende a transformarlo en egoísmo, en ansia de simple autosatisfacción. ¿Se puede concebir que una madre deje de querer a su hijo porque el de la vecina es más guapo? También por esto la cobertura legal a las rupturas matrimoniales es una gran tragedia; en cambio, la exigencia recordada por Cristo –”lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”– es fuente y garantía de libertad y de amor verdadero.

En su opinión, ¿cuál es el origen último de las críticas a la figura del padre en la familia, de las que habla en su libro?

Al fin y al cabo, parece que muchos confunden la identidad del hijo con la del esclavo. Y entonces se considera un ogro a todo padre. Jesucristo nos ha revelado la ternura de la paternidad de Dios y la libertad que nos gana la adopción filial que Dios Padre ha hecho de nosotros en Jesucristo.

Muchos matrimonios dicen que las estructuras sociales de hoy no les permiten tener todos los hijos que quisieran.
No cabe ignorar el peso efectivo de ciertas estructuras sociales, económicas y políticas –pobreza, desempleo, precio de la vivienda, etc.– que pueden justificar el uso de los métodos naturales de continencia, de acuerdo con la moral. Pero, a la vez, desgraciadamente, existe además una actitud que no se justifica en los motivos citados: pone en duda el valor de la paternidad o de la maternidad en sí mismas y, por eso, generar un hijo no se considera ya algo indiscutiblemente bueno y deseable, sino una opción entre otras muchas posibles. Se admite que dar la vida a otro es algo incomparable; pero se juzga que generar y educar otro hijo más conlleva una tarea compleja y arriesgada, y se procede a un balance de las satisfacciones que proporciona y de los sacrificios que exige, para concluir a menudo que no vale la pena. En el fondo, se ha perdido de vista el valor de la vida, el sentido del amor y la grandeza de la maternidad y la paternidad.

Su libro termina con un capítulo sobre “La esencia de la alegría”. Algunos se preguntan cómo se puede tener alegría en un mundo como el nuestro, donde está tan presente el dolor y la injusticia.

La Iglesia, en su liturgia, se atreve a cantar con alegría el Misterio de la Cruz de Cristo. El dolor no cancela la alegría, si se vive unido a la entrega de Jesucristo por nuestra salvación. La alegría se agosta por el egoísmo del pecado, por el olvido de amar a Dios y amar al prójimo, junto con la falta de arrepentimiento. Quien vive dominado por un ambiente donde lo principal es el culto de la buena imagen, del éxito, del poder, se deprime ante un fracaso, ante un traspiés económico, incluso ante unas arrugas en la cara.

Desde luego, la alegría, para un cristiano, no está ligada a una presunta impecabilidad, que no existe, sino a la disponibilidad para pedir perdón, para arrepentirnos. La alegría es la del hijo pródigo. Cada vez comprendo mejor que el Beato Josemaría Escrivá llamara al sacramento de la Penitencia “el sacramento de la alegría”.

Es América la esperanza para el nuevo milenio

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Laura Victoria // El Imparcial (México)


En el trajín del Hotel Presidente, que albergó a la mayoría de los obispos sinodales y cardenales venidos de toda América, el tema del Sínodo cobró mayúscula importancia. “Mientras está el Papa la voz de un obispo no tiene importancia”, comentó Bernardo Domínguez, encargado de atender a los periodistas para concertar citas con los obispos. “Ellos no tienen interés de hablar, lo que quieren es que oigamos al Santo Padre” afirmó. Pero algo habría que lograr finalizando el viaje del Papa.

Con una sonrisa serena, los ojos vivos y expresivos y el rostro ajado, huella de una vida de trabajo intensa, mons. Javier Echevarría Rodríguez, Prelado de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y Opus Dei comenta, en exclusiva para El Imparcial, sus impresiones sobre Juan Pablo II, y los trabajos del Sínodo de América, en donde ha intervenido por expresa petición del Romano Pontífice.

Es la primera vez que un Papa convoca Sínodos de Obispos por cada uno de los continentes. ¿Cuál considera usted que es el motivo que explica esta iniciativa?

Como es evidente, todos los Sínodos, también los continentales, tienen una finalidad evangelizadora, y el Santo Padre – está bien a la vista – impulsa constantemente la evangelización. Pienso que este espíritu de llevar a Cristo a todos los sitios exige que se cuiden las facetas – de historia, cultura, tradiciones, etc. – propias de los distintos continentes.

Por eso, los Sínodos continentales sirven para identificar y emprender caminos de evangelización adecuados a cada tiempo y lugar; apropiados a las circunstancias. Son un instrumento de unidad y de renovación del espíritu apostólico que caracteriza a la Iglesia.

Para el caso del Sínodo de América, el Papa señaló tres finalidades principales: la nueva evangelización, la solidaridad entre las iglesias particulares, e iluminar cristianamente los problemas de la justicia y de las relaciones económicas entre las naciones de América.

Las sesiones celebradas en Roma en los meses de noviembre y diciembre de 1997 fueron un preludio que presagió intensos diálogos durante el año 1998. Los temas más acuciantes para América, que son de urgente importancia: las drogas, la corrupción, las sectas, ataques contra la familia, todos ellos preocupan porque afectan a la labor eclesial y al desarrollo de la espiritualidad, por tanto se habló ampliamente de “una nueva evangelización”. ¿Podría comentarnos “grosso modo”, en qué consistió su participación en las sesiones realizadas en Roma?

Durante las sesiones, los padres sinodales y los expertos reflexionan juntos sobre los temas propuestos. Se estudia, se atiende a las aportaciones de los demás, se reza (este aspecto es muy importante), y – cuando llega el momento – se interviene. En mi intervención procuré destacar la responsabilidad de los laicos en el cumplimiento de la misión de la Iglesia, a través de su trabajo profesional; sin olvidar su papel en la promoción de los más necesitados, no sólo a través de intervenciones asistenciales, sino sobre todo llevando a las estructuras de la sociedad la justicia y la caridad de Cristo.

¿Por qué asistió usted al Sínodo?

Era uno de los miembros de designación pontifica. El Opus Dei es – con palabras del beato Josemaría Escrivá – “una partecica de la Iglesia”. La Prelatura tiene al frente un obispo que, en unión con el Santo Padre y con sus hermanos en el Episcopado, procura ayudar a los fieles del Opus Dei a santificar la vida cotidiana y a realizar una amplia tarea apostólica en su ambiente familiar, profesional y social. Por otra parte, el Opus Dei está presente en América desde hace 50 años, y son muchos los fieles de la Prelatura en esta Tierra Nueva.

Entre los temas que se han tratado en las sesiones de trabajo se mencionan, entre otros, la propagación de las sectas, la devoción popular, la urbanización creciente, etc. El tratar esos temas ¿se debe a que en América es donde existen especialmente, o son problemas mundiales, presentes también en América?

Como usted dice, se trata de problemas mundiales presentes también en América. De todos modos, alguna de esas situaciones se dan particularmente en los países del continente americano.

Lo importante es encontrar soluciones adecuadas a la situación real: “soluciones americanas”, si me permite la expresión. Los americanos, trabajando juntos – con la oración de toda la Iglesia –, han de buscar remedios realistas, ajustados a las circunstancias, que nos interesan a todos, aunque vivamos en otros continentes. Por ejemplo, el problema de las sectas demuestra el hambre de Dios que hay en América. Cuando no presentamos adecuadamente la figura y la fuerza de Jesucristo, se buscan otras vías. En consecuencia, el Sínodo ha estimulado a los católicos americanos a proclamar a Cristo con más coraje. Cada día que pasa crece mi convencimiento de que en estos países la Iglesia tiene grandes motivos de esperanza.

Tengo entendido que el Papa participa en todas las asambleas de los sínodos. ¿En qué forma actúa el Papa en esas asambleas?

De muchas maneras. Pero destacaría una actividad: Juan Pablo II escucha. Durante esos días, el Papa oye con atención las intervenciones de los presentes. Y también reza – se nota – mientras escucha, y quiere a los que participan. Pienso que con frecuencia se olvida este aspecto de la actividad del Santo Padre: se habla sólo de sus escritos o de sus viajes,… Pero el Papa escucha, escucha mucho, se interesa sinceramente por las personas, por las naciones, por sus problemas y por sus alegrías, y reza por esas intenciones. Estoy seguro que durante los días de Sínodo acudió mucho a la “Virgen morenita”, gran protectora de América.

Los enfoques de solución ante el panorama americano, se concentraron con insistencia en la labor de la gente común, de los cristianos “comunes y corrientes” que son quienes están en las estructuras de la sociedad, y en los desafíos que retan el ámbito familiar.

¿Cuáles son los retos más grandes a los que se enfrenta la Iglesia en América, cara al próximo milenio?

Juan Pablo II, durante la homilía de la Misa que celebró el último día del Sínodo, señaló algunos de esos retos. Entre los temas que mencionó, recordaría su insistencia en la necesidad de una catequesis fiel al Evangelio y adecuada a las exigencias de los tiempos: todo lo que se refiere a la formación tiene gran trascendencia.

América es un continente con un gran patrimonio: sus gentes, sus recursos, su fe. En otros lugares del mundo, todavía no conocen a Jesucristo. Aquí la fe está arraigada y extendida. Pero hace falta profundizar: conocerla mejor, vivirla de forma más coherente, hacerla fructificar. Y, para lograrlo, la formación se convierte en una tarea clave. Esta es una obligación para todos los hijos de la Iglesia, aquí, en Europa, en Asia, en África y en Oceanía.

Periodísticamente, el Opus Dei, la institución de la Iglesia en la que usted hace cabeza, supone un fenómeno social sumamente interesante para cualquier periodista inquieto. Sabemos que esta institución de la Iglesia trabaja en varios países del continente americano. ¿Cuál es el papel del Opus Dei frente a las realidades afrontadas en el Sínodo?

El Opus Dei, como parte de la Iglesia, participa en los objetivos evangelizadores planteados en el Sínodo. Y desea sumarse plenamente a las conclusiones señaladas por el Santo Padre. En particular, los fieles del Opus Dei procurarán, unidos a los demás católicos, llevar esas conclusiones al extenso mundo del trabajo y de las profesiones. Como todos saben, los fieles del Opus Dei son cristianos corrientes que quieren santificar su trabajo profesional y su vida ordinaria.

El Opus Dei llegó a México en 1949, cuando Pedro Casiaro, sacerdote español, llegó al país para traer el mensaje que mons. Escrivá había recibido del cielo el 2 de octubre de 1928.
Sabemos que el fundador del Opus Dei, el beato Josemaría Escrivá, promovió el Opus Dei en México como el primer país de este continente americano. ¿Nos podría decir cuál fue el motivo de su elección?

En una elección de ese tipo concurren muchas circunstancias. Pienso que pesó mucho algunas cualidades de este país: la hospitalidad, la acogida cordial, la apertura ante un mensaje que era a la vez viejo y nuevo, la fe de los mexicanos.

Al informarse uno sobre los comienzos del Opus Dei en España, resulta que el fundador acudió a los pobres, a enfermos de hospitales de beneficencia, etc.,… Pero en México, ¿cómo comenzó el Opus Dei?

El Opus Dei, al estar constituido por comunes fieles cristianos, refleja la estructura social de los países donde está presente. México no es una excepción: pertenecen al Opus Dei mujeres y hombres campesinos, empresarios, profesores, empleados, etc. En el Opus Dei no se hace distinción de raza, nacionalidad, situación social, apellidos, títulos o estado de la cuenta corriente. Caben todos los que desean sinceramente vivir a fondo la vocación cristiana en su trabajo, cualquiera que sea.

Hay personas que entienden lo que es el Opus Dei. Otros, parece que no lo entienden tanto. ¿A qué se deben estas distintas apreciaciones?

Me parece un fenómeno del todo normal. Sería raro lo contrario: no conozco ninguna institución, ni tema, ni proyecto, que provoque opiniones unánimes. El Opus Dei es muy querido: es para mí una satisfacción percibir el aprecio de innumerables personas. Recibimos también, por supuesto, algunas críticas. Por nuestra parte, como los demás católicos, procuramos respetar a todos, sin distinción; y – me da alegría señalarlo – deseamos aprender también de todos.

Mons. Javier Echevarría fue elegido por unanimidad como sucesor de mons. Álvaro del Portillo, quien murió el 23 de marzo de 1994 y que fue el primer sucesor del fundador, Josemaría Escrivá, muerto en Roma el 26 de junio de 1975. En la personalidad de su predecesor, Mons. Alvaro del Portillo, como hijo de una mujer mexicana, ¿qué había de “mexicano” en su actuación, en su modo de ser o trabajar?

Más que un “rasgo mexicano”, pienso que se sentía mexicano. Era una herencia de la que estaba orgulloso. Los que convivíamos con él le oíamos recordar con gusto historias, canciones y oraciones mexicanas. Personalmente, pienso que eran muy “mexicanas” su alegría y su afabilidad: se estaba muy bien a su lado. Y, como detalle curioso y familiar, recordaba modos de decir de este país que usaba aquí, cuando vino, con espontaneidad.

La última pregunta: se le ve feliz… ¿Por qué se hizo del Opus Dei? ¿Cuál es su experiencia?

Su pregunta me evoca demasiadas cosas, y quizá demasiado personales. Me perdona si no me extiendo. Me incorporé al Opus Dei porque entendí que era el camino que Dios me había preparado, mi modo personal de vivir la vocación cristiana. Y mi experiencia,… ¡Me parece imposible resumirla! En síntesis: creo que no hay nada mejor que dedicar la vida a servir a Dios y a los demás, por el camino que el mismo Dios señala a cada uno; y que no basta una vida para pagar al Señor lo que nos da a cada uno de sus hijos.

El Opus Dei es la primera Prelatura Personal, una nueva figura jurídica dentro de la Iglesia, que abre a los cristianos amplios caminos para llegar a Dios forjando pilares de espiritualidad en el trabajo diario sea cual sea, sin importar la categoría, siempre y cuando sea un trabajo honesto.
Actualmente el Opus Dei trabaja en los cinco continentes. De los 82 mil miembros del Opus Dei en el mundo, la distribución por continentes es aproximadamente la siguiente: mil en Africa, 4 mil en Asia y Oceanía, 27 mil en América y 46 mil en Europa.

Mons. Echevarría:”La Iglesia del futuro mirará al porvenir y a sus raíces”

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Entrevista a Mons. Javier Echevarría publicada en el periódico italiano “La Repubblica”. El prelado del Opus Dei responde a cuestiones referentes a la canonización del beato Josemaría, la libertad de los fieles de la Prelatura y la Iglesia del Tercer Milenio.

Mons. Echevarría, para el Opus Dei ha llegado el gran momento: en breve el Fundador subirá a los altares.

Cuando tenga lugar ese hecho, significará que la Iglesia reconoce definitivamente la santidad de un hombre que ha alcanzado la plenitud de la caridad, la perfecta unión con Dios. La santidad cristiana consiste en la capacidad de amar a Dios sobre todas las cosas y de transmitir ese amor a los demás. Le aseguro que el beato Josemaría tenía verdaderamente un corazón grande, con capacidad de sufrir y de alegrarse con todo el que sufría o se alegraba: ya fuese una nación entera, un grupo de personas, un amigo o un extraño.

Escrivá tenía un carácter difícil, un mal carácter, al decir de algunos…

No creo que se pueda afirmar eso, aunque a él no le daba vergüenza decir que tenía un carácter fuerte. De esto se sirvió el Señor para lograr, mediante su fortaleza de espíritu, que el Opus Dei se abriese camino en el mundo, en la Iglesia, en todos los lugares. Sabía decir las cosas rectamente, a veces con energía, pero sin ofender a las personas. Y si se daba cuenta de que se había equivocado, enseguida pedía perdón.

El Opus Dei ha recorrido mucho camino: más de ochenta mil miembros en todo el mundo, cerca de dos mil sacerdotes y diáconos, tantas iniciativas en los diversos continentes. ¿Qué le diría a un joven de hoy para animarle a entrar?

Antes de nada, no animaría a nadie a entrar en el Opus Dei, porque para seguir al Señor en la Obra hay una primera condición: la libertad cotidiana. Hay que hacer lo que el Señor quiere, respondiéndole: lo hago porque me da la gana. Sólo le aconsejaría: pon atención a la voz del Señor y haz lo que te pida.

¿Y si uno quiere salirse del Opus Dei? ¿No hay ningún tipo de presión?

Ninguna. En absoluto.

Hubo algunos episodios desagradables en el pasado…

No, nunca. Las puertas están abiertas para el que quiera salir, y entornadas para el que desee entrar. Sin embargo, si usted es un padre de familia y su hijo toma un camino equivocado, ¿le dejará irse sin más, le permitiría que siga sus caprichos? No, le daría un consejo. Esta es la única coacción, paterna, fraterna; se dice a la gente: puedes hacer lo que quieras, pero piénsalo antes porque estás jugando con tu vida.

Durante mucho tiempo han llovido críticas de que se hace un proselitismo excesivo, también entre menores de edad, o de coacción psicológica para confesarse sólo con sacerdotes del Opus Dei.

Francamente me parece que las críticas a las que alude, que por otra parte nunca se han demostrado, están ya superadas. En cuanto a la obligación de confesarse, debo decirle que no responde a la verdad. Una disposición de este tipo estaría en contra de la libertad que la Iglesia reconoce a todos los cristianos. Me parece del todo lógico y normal que los fieles de la Prelatura prefieran confesarse con un sacerdote que les puede ayudar mejor, porque vive el mismo espíritu que ellos. Sin embargo, tienen siempre entera libertad para confesarse con cualquier sacerdote católico.

¿No acepta ninguna crítica? Incluso el Papa entona el mea culpa.

Acepto que todos somos imperfectos, que todos debemos corregirnos, y que todos debemos hacer examen de conciencia para ser mejores hijos de Dios. Y deseo subrayar que no nos sentimos los primeros de la clase. Nos sabemos pobres hombres, que han de aprender de los demás, y procuramos -con la ayuda de la gracia- actuar con responsabilidad, realizando bien nuestro trabajo, viviendo bien la vida familiar y las relaciones sociales.

A casi setenta y cinco años de la fundación, ¿en dónde piensa que radica la particular vitalidad de la Obra?

Nuestra misión especifica no es desarrollar determinadas labores apostólicas, sino estimular a los hombres y mujeres de todas las condiciones sociales, que desempeñan trabajos de todo tipo, a santificar su propia vida, contribuyendo de ese modo a testimoniar los valores universales del Evangelio. Hay centros nuestros en más de sesenta países: entre los más recientes, Sudáfrica, Kazajstán, Líbano. En todas partes los fieles de la Prelatura tratan de vivir como cristianos sinceros, desarrollando -en expresión de nuestro Fundador- un intenso apostolado de amistad y de confidencia en el propio ambiente familiar y profesional. Algunos, además, en función de las exigencias de la sociedad local, y siempre en colaboración con otras personas, con frecuencia no católicas, ponen en marcha proyectos de servicio de carácter educativo, sanitario, etc. No es un misterio para nadie que el Fundador comenzó su apostolado entre los pobres y enfermos de Madrid.

¿Qué problema le preocupa fundamentalmente, como hombre de fe?

La pérdida del sentido de lo sagrado en el mundo. Dejar que lo mundano nos gane la delantera.

¿Cómo se imagina la Iglesia del Tercer Milenio? ¿Con qué tipo de Papa?

El Opus Dei no tiene una imagen propia de la Iglesia o del Papado. El Papa, sea quien sea, hace la unidad de la Iglesia y está guíado por el Espíritu Santo. Personalmente puedo imaginar la Iglesia del futuro mirando al mismo tiempo al porvenir y a nuestras raíces cristianas. Mirando a Cristo y al mundo en que vivimos. En este sentido pienso que la palabra “comunión”, que el Papa emplea frecuentemente en su Carta apostólica Novo millennio ineunte (escrita tras el Jubileo) puede proporcionar una clave justa para analizar tanto los problemas de la Iglesia como su misión en el mundo.

Usted fue secretario personal de Escrivá desde 1953 hasta su muerte. ¿Cómo lo recuerda?

Con su palabra y con sus escritos, pero sobre todo con su ejemplo, enseñó a vivir el ideal evangélico con plenitud, demostrando que no es una utopía, ni algo exclusivo para unos pocos privilegiados, sino una llamada que se dirige a todos los cristianos; una invitación a vivir el Evangelio en todos los ambientes, en todas las profesiones, porque todos los trabajos pueden convertirse en ocasión de un encuentro con Cristo.

“Sin estar en la Iglesia, el Opus Dei se desharía”

Prelado  Tagged , , , , , No Comments »

“Los diferentes miembros de la Iglesia se necesitan unos a otros. Todo el valor del Opus Dei reside en que es parte de la Iglesia: sin ese estar en la Iglesia, el Opus Dei se desharía”. Entrevista al Prelado del Opus Dei publicada en ‘Alfa y Omega’.

Opus Dei - Mons. Javier Echevarría a la salida del consistorio en el que se anunció la fecha de canonización de Josemaría Escrivá

Mons. Javier Echevarría a la salida del consistorio en el que se anunció la fecha de canonización de Josemaría Escrivá

¿Cuáles son los rasgos del perfil de Josemaría Escrivá que siguen teniendo hoy más atractivo?
-Sí, cien años después de su nacimiento, Josemaría Escrivá es una figura históricamente cercana, que atrae por su vigor humano y cristiano. Bien sabemos -la Historia, concretamente la historia de la Iglesia, es maestra- que los hombres que caminan al paso de Cristo son sembradores de paz y alegría, y también signos de contradicción. A mí me llegan todos los días noticias -por escrito o de palabra- de muchos que tocan la paz y la alegría de Dios, al acoger lo que Él nos quiere decir con esos amigos suyos que son los santos, entre ellos el beato Josemaría.

¿Rasgos que más atraen? Quizá que ha contagiado a millones de personas el gozo de ser cristianos, de saberse hijos de Dios. En medio de tantas algaradas banales o dolorosas depresiones, pienso que las almas sienten la necesidad de tener a su lado la sonrisa de quien vive como discípulo de Cristo para servir a los demás.

¿Qué es lo esencial que el Opus Dei quiere dejar como resultado de esta celebración centenaria, tanto en el ámbito de lo doctrinal-eclesiológico, como en lo material-obras?

Opus Dei -

Ha escrito y repetido muchas veces el beato Josemaría que “es de Cristo de quien tenemos que hablar, y no de nosotros mismos”. Por eso, yo espero que los actos de celebración del Centenario del beato Josemaría aviven en muchos hombres y mujeres la conciencia de que Cristo debe estar en el corazón de nuestra historia individual, a través de un continuado encuentro con Él, precisamente en las circunstancias ordinarias de la vida; y en nuestra historia colectiva, por medio de la paz, de la justicia y del perdón.

La calamidad más triste de un pueblo es marginar a Jesucristo, como si Él, que ha entregado su vida por salvar la nuestra, fuera un intruso. Sería un estupendo legado del Centenario, volver a descubrir, y ayudar a descubrir, ese horizonte de acción que el beato Josemaría resumía así: “Conocer a Jesucristo. Hacerlo conocer. Llevarlo a todos los sitios”.

En el plano de las obras, el compromiso cristiano ante las necesidades de los demás -al que tanto urgía el beato Escrivá- está llevando a muchos a promover nuevos proyectos de cooperación social y de carácter educativo, tanto en naciones del tercer mundo como en focos de marginación localizados en países desarrollados. En Nigeria, por ejemplo, se ha inaugurado recientemente una escuela profesional para jóvenes de Lagos con pocas posibilidades de lograr un trabajo. Y se iniciaron otras iniciativas semejantes en diversos países.

Me ha causado alegría ver, durante el reciente congreso en Roma, el afán de muchos hombres y mujeres de impulsar nuevas tareas, yendo al fondo de urgentes necesidades, desde el Congo a Colombia, en Asia y en Europa.

¿Desde el punto de vista jurídico y pastoral, la Prelatura Personal está definitivamente consolidada y aceptada en la Iglesia?

Opus Dei - Durante la bendición de una escultura del Fundador

Durante la bendición de una escultura del Fundador

El Opus Dei fue erigido como Prelatura Personal hace casi veinte años. Pienso que es un tiempo suficiente para hablar de un firme asentamiento de esta figura jurídica, que se ha demostrado perfectamente adecuada a la realidad teológica y pastoral del Opus Dei.

Desde el punto de vista práctico, la configuración del Opus Dei como Prelatura Personal ha permitido mejorar la inserción de la Obra en la Pastoral orgánica de la Iglesia, tanto a nivel universal, como en el ámbito de las Iglesias locales.

A oscuras, sin la luz de Cristo

¿Qué diría el beato Escrivá ante los principales problemas de la humanidad : el terrorismo, la familia, la bioética…?
Siempre evitaba imponer su opinión sobre los problemas humanos, por su delicado respeto a las libres opciones de las personas que acudían a su consejo, atraídas por su celo de buen pastor. Sólo quería hablar de Dios, el gran amor de su vida. Y, precisamente por esto, tenía una sensibilidad muy fina para descubrir los frutos de la presencia o de la ausencia del espíritu cristiano en los hechos y situaciones históricas.

Ante las cuestiones que se plantean actualmente, pienso que el beato Josemaría volvería a recordarnos, en primer lugar, que sin la luz de Cristo nos quedamos a oscuras; y que, sin el amor de Cristo, no sabríamos romper con nuestro egoísmo. E invitaría a considerar la dignidad del ser humano en su condición de hijo de Dios; la necesidad de promover una paz estable entre todos los pueblos, sobre unas bases sólidas de justicia y de solidaridad; la importancia de la familia, fundada en el matrimonio indisoluble, para la sociedad y para la Iglesia.

Luego bendeciría las rectas soluciones que cada cristiano aportara en esos puntos, de acuerdo con su criterio personal y su responsabilidad como fiel de la Iglesia y como ciudadano.

¿Es creciente el papel de la mujer dentro del Opus Dei?

Opus Dei -

Bueno, yo diría que dentro y fuera. Ya desde el principio de las actividades del Opus Dei dirigidas a mujeres, el 14 de febrero de 1930, el beato Josemaría afrontó esta labor en toda su amplitud. El mensaje fundacional fue expresado exactamente en los mismos términos a mujeres y a hombres, sin ningún tipo de diferencia.

Por eso, dejando aparte el sacerdocio ministerial -reservado en la Iglesia, por disposición divina, a los varones, como es sabido-, en el Opus Dei, las mujeres han tenido y tienen responsabilidades de igual importancia que los hombres, ni más ni menos. Cada una, en y desde su trabajo profesional, procura llevar la luz de Cristo al ambiente en el que se mueve.

Hoy, indudablemente, es grande el desafío que una mujer cristiana tiene por delante; una tarea para llenar de entusiasmo, porque cada una de ellas juega, si quiere, un papel trascendental en la vida social y en la vida de la Iglesia.

¿Cuál es la relación con los nuevos movimientos y asociaciones en la Iglesia, con la vida religiosa?
Cuando rezo el Credo, me gusta paladear cada una de las notas que definen a la Iglesia: Una, Santa, Católica y Apostólica. La Iglesia es intrínsecamente una, no un conglomerado de elementos dispersos. Es un organismo, un cuerpo, el Cuerpo Místico de Cristo, en el que los diferentes miembros, con su enriquecedora diversidad, se necesitan unos a otros.

Todo el valor del Opus Dei reside en que es parte de la Iglesia: sin ese estar en la Iglesia, el Opus Dei se desharía. Por eso, cualquier otra luz que se enciende para servir a Jesucristo, me resulta cercana, algo propio, expresión de la iniciativa del mismo Espíritu, del empeño por anunciar a Cristo.

En el plano práctico, el Opus Dei procura mantener una relación fraterna con todas las realidades de la Iglesia. Y cuenta con el apoyo de la oración y el cariño de muchas personas: por mencionar sólo un ejemplo, más de quinientas comunidades contemplativas son cooperadoras del Opus Dei.

¿Cuáles son las principales acciones apostólicas del Opus Dei en España, en el marco de la nueva evangelización?

Opus Dei -

Como en otros países, pienso que la principal aportación de los fieles del Opus Dei a la nueva evangelización en España es su apostolado personal, la labor que cada uno desarrolla para dar a conocer a Cristo en su propio ambiente.

La Prelatura se ocupar de transmitir una formación espiritual, cristiana, viva, no teórica o intemporal, sino sensible a las circunstancias y desafíos del momento y a las prioridades evangelizadoras que proponen el Papa y -en el ámbito de las diferentes Iglesias particulares- mis hermanos los obispos.

Luego, cada uno debe procurar transmitir ese mensaje en su familia, en su ambiente laboral, entre sus amigos, en las asociaciones a las que pertenezca. El efecto multiplicador es grande y no se puede reducir a la ya amplia existencia de iniciativas de carácter educativo, social, asistencial, etc.

Lo que opera Dios en el alma que se decide a seguir a Cristo, esto es lo verdaderamente fecundo. No tendría ningún inconveniente en hacer una enumeración de las labores apostólicas, pero creo que son de sobra conocidas.

Opus Dei, fe y cultura

¿Sobre qué bases se debe desarrollar el diálogo fe-cultura? ¿Cuál es la principal contribución de los miembros del Opus Dei en el apostolado del pensamiento?
El beato Josemaría describió las bases de este diálogo en uno de sus libros: “Amplitud de horizontes, y una profundización enérgica en lo permanentemente vivo de la ortodoxia católica; afán recto y sano -nunca frivolidad- de renovar las doctrinas típicas del pensamiento tradicional, en la filosofía, en la interpretación de la historia…; una cuidadosa atención a las orientaciones de la ciencia y del pensamiento contemporáneos; y una actitud positiva ante la transformación actual de las estructuras sociales y de las formas de vida” (Surco, 428).

Poco tengo que añadir a estas palabras. Una fe que no se hace cultura está apagada, y una cultura sin fe, carece de alma, de aliento para el hombre y para la sociedad.

¿Qué considera más importante: la espiritualidad, o la proyección social de la espiritualidad?
Tal vez exista alguna espiritualidad puramente intimista, sin ningún tipo de proyección sobre el entorno; y cabe también algún tipo de actividad social sin ningún sustrato espiritual. A ninguna de las dos posibilidades se puede reducir el cristianismo.

En la Iglesia, hasta las formas más puras de vida contemplativa tienen un reflejo inmediato -riquísimo- en los demás, a través de la comunión de los santos; y cualquier iniciativa social está alentada necesariamente por la fe, por el descubrimiento de Cristo en el rostro del necesitado.

No veo ninguna disyuntiva entre espíritu y acción social. Puede haber acentos más marcados en uno u otro sentido, pero importantes -más aún, necesarias- son tanto la una como la otra. Jesucristo pasaba largos ratos retirado en oración, pero también trabajó muchos años en Nazaret, recorrió toda su tierra predicando, curando a enfermos, comiendo con amigos…, amando siempre.

En una España escindida esquizofrénicamente entre la fe y la vida, el testimonio de la vida ordinaria de los miembros influyentes socialmente del Opus Dei, ¿cómo se nota?
He aprendido del beato Josemaría a valorar la unidad de vida como característica fundamental de la existencia cristiana. Coincido en calificar de enfermiza la escisión entre la fe y la vida, que no es un fenómeno exclusivamente español: no siempre resulta fácil ser coherente con la fe, y no causa extrañeza, por tanto, que en el acontecer social de los hombres -todos- corramos el riesgo de ceder tantas veces ante las sugestiones del poder, del prestigio…, o simplemente de la comodidad.

Pero cada persona -yo me incluyo, como es lógico- dará un día cuenta a Dios del uso que haya hecho de sus talentos, del empeño que haya puesto en practicar y transmitir la fuerza de la fe y del amor cristiano a su alrededor.

Sé que en España hay personas del Opus Dei, conocidas por la opinión pública, de las que es notorio que procuran promover ese sentido cristiano en el ejercicio de su actividad. Pero no se queda sólo en algo de unos pocos: también quienes desempeñan una tarea sin un relieve público o notorio están llamados a ser levadura de Cristo en su propio ambiente, a vivificar todas las estructuras humanas, desde la base, con el espíritu cristiano.

A este estupendo descubrimiento -la verdad de que no hay trabajo pequeño si se hace en unión con Cristo- se referían varios intelectuales de nivel internacional, en el reciente congreso de Roma, sobre la grandeza de la vida ordinaria. No es un descubrimiento reservado a gente excepcional. Diría que Dios lleva siglos tratando de ayudarnos a comprender, a todos los hombres y mujeres, que está muy cercano a nosotros.


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