“Aprendo mucho de mis pacientes”

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La doctora Purificación de Castro trabaja en el departamento de Neurología y Neurocirugía de la Clínica Universitaria de Navarra

Cuando era estudiante, un buen día se presentó en un centro de la Obra para conocer el Opus Dei. Con esa misma actitud de apertura se acerca cada día a sus pacientes,  de los que aprende cómo enfocar la vida y la muerte con serenidad.

Conocí el Opus Dei desde pequeña. Lo conocí mal, o al menos, con cierta controversia, porque junto al convencimiento de que tenía que ser algo bueno, por ser una institución de la Iglesia, oía también comentarios negativos: “sólo interesan los listos…”,son misteriosos…” y sobre todo una advertencia: “¡Cuidado… que tienen mucho gancho!”

Cuando estudiaba Medicina en Santiago, invitaron a una amiga a una meditación. Ella no quería ir, pero la animé: “Voy contigo y así nos enteraremos de qué va la Obra”. Me quedé impactada porque el sacerdote que dirigía la meditación, al mencionar a Dios, hacía un gesto con la mano hacia el Sagrario. Pensé: “este sacerdote cree de verdad que Jesucristo está en el Sagrario… este es un buen sitio para formarme y buscar ayuda espiritual”.

Nadie me invitó, yo fui y seguí yendo. Iba conociendo aspectos del espíritu y de las actividades de la Obra en España y en otros países.

“En muchas ocasiones, son los propios enfermos los que me consuelan a mí, los veo tan serenos y tan fuertes, que pienso que es imposible que ellos solos tengan tanta fortaleza, tienen que tener a Dios muy cerca”

Pedí la admisión. Ser del Opus Dei supone que hay que esforzarse en trabajar muy bien. En mi profesión hacer las cosas bien, en ocasiones, no resulta fácil. Se trata de atender a personas que lo están pasando mal, y aunque quieras hacerlo bien, a veces no eres oportuna y no se sienten comprendidas. Les suelo decir a los médicos jóvenes que están conmigo: “hay que querer hacer las cosas muy bien para que salgan regular, porque si no te esmeras, salen mal seguro”. Además, la delicadeza en el trato –que se deriva de la caridad- es una de las enseñanzas más genuinas de San Josemaría que, en el caso de los enfermos, decía: “¡¡son Cristo, en la cruz!!”

Estar enfermo no es sólo padecer los síntomas y limitaciones físicas o psíquicas de una enfermedad. Puede significar no poder trabajar, no poder llevar la misma vida social, pérdidas económicas, dificultades familiares, incomprensiones. Si encuentro la ocasión, a los enfermos que tienen fe, aunque sea muy débil, les digo lo que me digo a mi misma: “El Señor sabe lo que te está pasando; es el único que te puede comprender y consolar de verdad y no dejes que se pierda nada de tu sufrimiento, acéptalo y ofrécelo por lo que te parezca más necesario”. Si no la tienen y viene al caso, les digo que voy a ser yo la que pida por ellos y le diga a Jesús que recoja sus dolores. En muchas ocasiones, son los propios enfermos los que me consuelan a mí, los veo tan serenos y tan fuertes, que pienso que es imposible que ellos solos tengan tanta fortaleza, tienen que tener a Dios muy cerca.

En la actualidad existe una gran presión hacia la eutanasia que parte de  unas raíces ideológicas y económicas claras y está promovida por personas  sanas. Los enfermos, lo que quieren es curarse -o al menos mejorar- y vivir. Otra cosa muy distinta es que la muerte sea inevitable. Entonces lo que hay que hacer es ayudar a que ese duro momento personal y familiar tenga lugar en el ambiente más sereno posible.

Clínica Universitaria de Navarra

La muerte de las personas se da en circunstancias muy variadas. Si están conscientes hasta los últimos momentos, la Medicina puede conseguir que no tengan dolor ni perciban dificultad respiratoria (esto es ayudar a morir). Si el deterioro por una enfermedad es lento, la Medicina paliativa tiene recursos para aliviar los síntomas, de modo que la situación sea tolerable. La muerte es un trance duro para el paciente y las familias.

Yo suelo decir a los alumnos que la Medicina lo más que puede lograr es una muerte serena. La alternativa real a la eutanasia es aprender a vivir contando con tu propia muerte y la de las personas que más quieres. La eutanasia pretende arreglar el modo de morir, pero ése no es el problema, eso lo arregla la medicina. Pienso honradamente que la esperanza cristiana en la otra vida es la única respuesta válida al sinsentido que supondría nacer para desaparecer.

Ocho fotos personales, menos una

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1. Una ilusión de juventud

Soy de Cádiz y mi gran ilusión, desde siempre, era ser bióloga. Recuerdo que durante los veranos, desde los quince hasta los dieciocho años, estuve trabajando en un laboratorio de Biología Marina que hay en mi pueblo, la Línea de la Concepción. En esta foto estoy con una amiga, que es la que va de azul.

En 1999, al acabar el Bachillerato, como en La Línea todavía no nos han puesto una universidad, me encontré con la papeleta de tener que cambiar de ciudad para estudiar.

En el Instituto me hablaron de un centro del Opus Dei en Sevilla, donde podía residir, pagándome la estancia con mi colaboración en trabajos de la Administración.  Me pareció una buena fórmula y allí fue donde conocí el Opus Dei.

Un descubrimiento

El centro me gustó mucho, por la alegría, el buen humor y la preocupación por los demás que vi.

Y descubrí, además del calor de Sevilla, dos cosas nuevas para mí.

Lo primera fue la vida cristiana, porque en mi casa vivíamos muy alejados de la religión y no practicábamos casi nada. Y sin el casi: nada. Yo había hecho de pequeña la Primera Comunión, pero desde entonces no había vuelto a pisar una iglesia, salvo para una boda, un bautizo o cosas así; y en aquel Centro del Opus Dei descubrí la maravilla de la fe, que le daba una perspectiva nueva y un sentido profundo a todo…

2. Otro descubrimiento

Esta foto nos la hicimos durante una excursión con gente de la Facultad, en Córdoba. No sé qué lleva esta compañera en la mano, pero siendo de Biológicas, seguro que es un bote con un bicho dentro.

Durante ese tiempo hice mi segundo descubrimiento, esta vez de carácter profesional. Me di cuenta de que aquellas tareas de Administración que hacía en el Centro de Estudio y Trabajo, que al principio realizaba sólo para mantenerme, me iban gustando cada vez más y más.

Esto no tiene mucho de particular, porque hubo gente de mi clase – y algunos de ellos aparecen en la foto- que también cambiaron de orientación profesional con el paso de los años.

Aunque, pensándolo bien, en mi caso, más que un cambio, aquello fue una integración de perspectivas.

3. Una elección

Me explicaré. En aquel centro del Opus Dei descubrí que a mí, lo que me entusiasmaba verdaderamente era el trabajo de la Administración; por muchas razones: por el trabajo en sí y por el espíritu de servicio con que se realizaba. Yo había trabajado antes, como he dicho, en un laboratorio, y la Biología me seguía encantando; pero lo que me llenaba de verdad era ese trabajo, y  sobre todo, el sentido con que lo hacíamos.

Así, poco a poco, a medida que iba avanzando en mi vida cristiana, fui conociendo la Obra y me planteé la vocación al Opus Dei, que es la misma para todos, estén casados, solteros o viudos. Se trata de encontrar a Dios en las cosas de cada día: en el trabajo, en el descanso, en la vida familiar, en el trato con los demás, en el deporte…

Cada persona vive su vocación según sus circunstancias: unas se casan y la viven con su marido y con sus hijos; y otras no se casan, como en mi caso, porque han optado por el celibato apostólico. Soy numeraria auxiliar y me ocupo de los centros de la Obra, procurando rezar de un modo muy especial por las iniciativas apostólicas que llevan a cabo los que viven allí y cuidando de ellos, como cualquier madre de familia, para que cada una de esas casas sea realmente un hogar, un hogar cristiano.

Esta es una foto de mi clase, la típica clase de Ciencias.

4. Mucho más que eso

Lo que estaba contando: el trabajo de la Administración no es un trabajo meramente material, porque en una pensión, en un cuartel, en… yo que sé, en un barco, también hay que cocinar, limpiar y planchar la ropa (bueno, la verdad es que no sé hasta qué punto planchan la ropa en los barcos). Lo que sé es que convertir una casa en un hogar, en un hogar de familia, supone muchísimo más que eso. Porque sólo cuando una persona se siente tratada de forma personalizada se siente y está verdaderamente en su casa.

En un hotel puedes encontrar toda clase de servicios; pero, por buenos que sean, aquello nunca será tu casa. La diferencia está que en tu casa, en tu hogar, sabes que han preparado esa comida para ti, pensando en ti, en tu edad, en tu salud, en tus gustos y en tus circunstancias. En tu casa no te quieren por el dinero que ganas, sino por ser quien eres. En la casa de uno no hay clientes, ni residentes, sino personas, únicas e irrepetibles.

5. Por qué y para qué

Esa es la singularidad del trabajo de la Administración, que exige estar muy al día desde el punto de vista profesional. Yo estoy haciendo ahora un curso de cocina, en el que aprendo, entre otras cosas, las novedades que ha incorporando a este campo  la nueva cocina española; una cocina que está, como sabe todo el mundo, altamente reconocida en el ámbito internacional.

Esta foto no es mía: me la he bajado de Internet. La he puesto porque en ella se intuye que la cocina requiere, junto con unos conocimientos específicos, mucho arte, junto con un cuidado y un mimo muy especial.

6. Dudas

Bueno, os sigo hablando de mi vida. Al principio, cuando solicité la admisión como numeraria auxiliar, dudaba entre acabar Biológicas o no, ya que había decidido ejercer otra profesión; pero al fin, después de pensármelo mucho, decidí continuar, porque una carrera universitaria bien hecha, sea del tipo que sea, siempre ayuda a desarrollar la mente y a ganar en rigor intelectual; y pensé que  los estudios de Biología podían ser muy útiles para mi trabajo en la Administración; como de hecho ha sucedido.

Me especialicé en Tecnología de Alimentos, un campo estrechamente relacionado con algunas facetas del trabajo de la Administración. Esta es la foto de mi graduación, con todos los de mi clase, en la universidad de Córdoba, que ocupa la sede de la antigua Universidad Laboral.

Tenía otras razones para continuar con Biológicas. En esa carrera  se estudian muchas cuestiones íntimamente relacionadas con la fe, como la evolución, por ejemplo; y me interesaba contar, como cristiana, con una base sólida desde el punto de vista científico.

Además, las prácticas de Biología relajan muchísimo: a mí no hay cosa que más me divierta que irme a la sierra de Hornachuelos, por ejemplo, y darme un paseo por el campo, clasificando plantas y recogiendo flores. He organizado un pequeño seminario para chicas jóvenes que se llama Natura, en el que intento que conozcan y respeten la naturaleza y se familiaricen con los valores de la ecología.

7. Mis padres

Los he dejado para el final, pero en mi corazón están en un primerísimo lugar.

Gracias a Dios, mis padres -que al principio no acababan de entender el sentido de mi vida- se han ido acercando cada vez más a Él.

Ahora no sólo me alientan y me estimulan en mi camino – “Mientras tú estés contenta, adelante”, me dice mi padre- sino que quieren y comprenden la Obra.

Los dos frecuentan los sacramentos y mi madre es cooperadora del Opus Dei. Es un sueño. Desde luego, si me lo cuentan hace algunos años, no me lo creo.

Estas son mis fotos. Y nada más: espero que os hayan gustado. Adiós.

Buena química

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M. Àngels Carvajal es doctora en Química. Tiene 31 años y ha pasado algunos en el extranjero, en estancias de investigación. Actualmente trabaja en el departamento de Química Física de la Universidad Rovira i Virgili, en Tarragona.

 

 

M. Àngels Carvajal

Desde siempre me han gustado las ciencias y cuando acabé la carrera de Química se presentó la ocasión de hacer la tesis doctoral y, posteriormente, la oportunidad de hacer investigación en el extranjero. Primero estuve un año y medio en Italia, en la Università degli Studi di Bologna; después un año en Francia, en la École Normale Supérieure de Lyon; y finalmente dos años en Jerusalén, en la Hebrew University of Jerusalén

Pienso que, en conjunto, todo ha sido muy enriquecedor. Vivir y trabajar en tres países diferentes en cuatro años puede parecer un poco “movido”. Por otro lado, no tengo la impresión que haya hecho cosas tan diferentes.

 

Entrada principal de l’École Normale Supérieure de Lyon

Siendo del Opus Dei, tenía claro que se trataba de luchar para ser santa en cualquier circunstancia (país, ciudad, proyecto…), lo cual simplificaba mucho las cosas. Durante mi estancia en Italia tuve la oportunidad de participar en una tertulia con el Prelado del Opus Dei y recuerdo que una chica le comentó que se trasladaba a vivir a otra ciudad. El Padre le dijo que Jesús le esperaba en la Eucaristía, en el Tabernáculo, en la nueva ciudad, el mismo Jesús que estaba allí donde vivía en aquel momento. Estas palabras me han ayudado mucho y siempre que sabía que debía ir a otro país las he considerado. Cuando las novedades del país se hacían notar, cuando estaba más sorprendida por las peculiaridades de las nuevas situaciones… aquello que no cambiaba era que el Señor siempre estaba en el Sagrario esperándome y apoyándome.

El hecho de haber estado en países tan diferentes me ha hecho pasar por momentos que nunca hubiese imaginado que pudiesen haber acontecido en Barcelona, como la experiencia de seguir la elección del Santo PadreBenedicto XVI en Italia, en el laboratorio y con  gente viniendo de toda la planta para ver quién había sido elegido, o una Navidad en Jerusalén en que nadie del equipo sabía qué pasaba el 25 de diciembre.

 

El departamento de Química G. Ciamician de la Universidad de Bolonia

Conocer a gente de lugares tan diferentes me ha dado la oportunidad de tener conversaciones sobre Dios con gente con formación ybackgrounds culturales muy diferentes. Recuerdo una conversación encantadora con un profesor italiano que se declaraba agnóstico pero que al mismo tiempo decía: “si fa fatica a non credere” (“las cosas, los procesos naturales son tan bonitos que cuesta no creer”). Y otro momento divertido fue una conversación de un compañero chino, joven, de China continental, declarando que se consideraba ateo, que sólo creía en la ciencia, ante la incredulidad de un profesor judío de cierta edad y gran prestigio, al que le parecía imposible que realmente se pudiese ser ateo “de verdad”. Una compañera judía le explicó a este chico que precisamente la ciencia es un camino para conocer a Dios, cómo actúa, etc. 

Un compañero francés también me manifestó su perplejidad, porque a él siempre le habían enseñado que la ciencia y la fe son incompatibles, y se había encontrado conmigo: ¡por primer vez conocía a alguien que se dedicaba a la ciencia y al mismo tiempo tenía fe! Personalmente no encuentro que sean incompatibles, más bien la fe hace que en cierto modo uno disfrute más de la investigación científica, porque a la satisfacción de ir conociendo cómo funcionan las cosas de la naturaleza, se añade la alegría de poder admirar el amor que hay detrás de todo: la naturaleza es como si fuera un regalo. El regalo en sí mismo es maravilloso y se puede disfrutar, pero da mucha más alegría conocer quien te lo está regalando y saber que lo ha hecho porque te quiere. Un profesor de Barcelona (no demasiado católico, por cierto) me decía que para él la investigación es como jugar con Dios, porque a medida que uno va descubriendo y entendiendo cosas, aparecen más interrogantes. Es como si Dios nos quisiese tener entretenidos. 

 

M. Àngels y al fondo de la imagen Jerusalén

La investigación que hago es bastante difícil de explicar, por mucho que simplifique… He estudiado el mecanismo de las reacciones químicas y enzimáticas y hago simulaciones en materiales fotomagnéticos mediante simulaciones por ordenador. El hecho de poder ofrecer a Dios el trabajo es mucho gratificante: cuando las cosas salen, se puede compartir con Él, y cuando no, no es un fracaso absoluto porque el esfuerzo ofrecido tiene valor en sí mismo, independientemente del resultado –y en ciencia los proyectos suelen “no salir”… hasta que salen–, o sea que hay muchas horas de trabajo que las valora sólo Dios.

Otra experiencia interesante es ver la labor del Opus Dei en lugares diferentes y ver cómo en todos sitios hay gente que valora el espíritu del Opus Dei. Además, he podido colaborar en las actividades que se realizan en los diferentes lugares: desde dar clases de formación cristiana en italiano-catalán-castellano en Florencia, hasta clases de cocina en inglés-hebreo-árabe a niñas a Nazareth. Hacerse entender es un reto y muchas veces muy divertido. 

 

Con mi amiga Rinat

Una de las cosas que me planteé en las estancias de investigación -y supongo que todo el mundo se lo plantea, sea donde sea- es que podía enfocar mi vida para dedicarme “sólo” trabajar, o hacerlo compatible con colaborar en las actividades que ofrece el Opus Dei en los diferentes lugares. De hecho, la alternativa real que se plantea es: o vivir para uno mismo, o para Dios y los demás. No es una alternativa entre ciencia y Dios, porque en la ciencia encuentro a Dios. La clave es hacerse un horario y aprovechar más el tiempo. Obviamente no siempre lo logro, pero en eso no encuentro que sea demasiado diferente a mis amigas, que empiezan a tener hijos y les salen imprevistos cada día… Digamos que no quiere decir que a una le salga todo pero esta lucha y “ocupación” dan sentido a la vida.

Entre sartenes en Paysandú

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Belén Mazzili, ex alumna de la Escuela de Hotelería y Gastronomía Del Plata, trabaja en un restaurante de Paysandú (Uruguay) y relata cómo aprendió a santificar su trabajo.

Yo estudié la carrera de Hotelería y Gastronomía en “Del Plata”, una escuela en Montevideo que es una obra corporativa del Opus Dei. Desde el año pasado estoy de vuelta en Paysandú y aquí trabajo en un restaurante. Me encanta lo que hago y todos los días le doy gracias a Dios por poder dedicarme con alma y vida a mi profesión.

Fue mientras estudiaba cuando aprendí, en primer lugar, que para Dios no hay trabajos de mayor categoría que otros: lo importante es el amor con que cada uno realiza el suyo, desde hacer las camas o cocinar para treinta personas.

Me encanta lo que hago y todos los días le doy gracias a Dios por poder dedicarme con alma y vida a mi profesión.

Aprendí también que, para santificarse uno en el trabajo, tiene que aprender a ofrecer a Dios lo que hace y, como es para Dios, tiene que esforzarse en hacerlo bien. Esta es una lucha importante. La verdad es que me cuesta no tanto hacer las cosas, porque me gusta trabajar bien, sino hacerlas tratando de poner la mejor cara.

Para santificarse uno en el trabajo, tiene que aprender a ofrecer a Dios lo que hace y, como es para Dios, tiene que esforzarse en hacerlo bien.

En el restaurante trabajamos entre 6 y 8 personas, cada una con sus modos de ser y de pensar distintos. Aceptar y llegar a quererlas a todas, tener paciencia cuando una o la otra te da una respuesta que no esperabas, ofre certe a ayudar cuando no se tienen ganas, poner buena onda cuando llegan tareas inesperadas…, todo esto forma parte de la santidad porque son oportunidades permanentes de vivir un montón de virtudes, sobre todo la caridad, que es la más importante de todas.

Ofrecerte a ayudar cuando no se tienen ganas, poner buena onda cuando llegan tareas inesperadas… vivir un montón de virtudes, sobre todo la caridad.

Hace años leí en el libro Camino, de san Josemaría Escrivá, que la santidad ‘grande’ está en cumplir el pequeño deber de cada momento. Para que no se me olvide esto, en la cocina del restaurante tengo una estampa de la Virgen y a ella le ofrezco cada día mi trabajo: le rezo tres Avemarías cuando empieza mi turno y después le voy hablando de lo que me pasa, de las personas a las que tengo que atender, de mis compañeras de trabajo.

Otra cosa que aprendí para santificar mi trabajo es la importancia de tener un plan de vida espiritual, es decir, de buscar unos momentos en exclusiva para Dios, y esto porque es de Él de donde nos viene la fuerza y el amor para hacer el trabajo como Jesús lo haría. Por eso, además de ofrecérselo al empezar, trato de rezar el Angelus a las 12 y de leer unos minutos algún libro de espiritualidad. Por supuesto, intento también ir a Misa entre semana, siempre que puedo.

En la cocina del restaurante tengo una estampa de la Virgen y a ella le ofrezco cada día mi trabajo.

Estoy contenta en el restaurante donde trabajo, por dos motivos y uno más. Primero, porque estamos consiguiendo formar un equipo, lo cual es importantísimo para que todo marche bien.

Segundo, porque entre nosotras hay mucha confianza y verdadera preocupación de unas por otras: si una tiene un rato libre, en vez de quedarse “en la suya” le pregunta a otra en qué puede ayudarla. Y sobre todo estoy contenta porque tengo la experiencia de que, más allá de lo que una pueda ganar en su trabajo, lo  importante es sentirse mirada con amor por Dios.

“Me siento la mujer más feliz del mundo”

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Chus Puente nació hace 32 años en Valladolid. Los valores sembrados por sus padres y el paso por el Colegio Alcazarén, obra corporativa del Opus Dei, fueron decisivos en la trayectoria de esta mujer.

Chus Puente nació hace 32 años en Valladolid, su padre es albañil y su madre ama de casa; aunque la vida les ha dado duro, nunca les ha faltado la alegría, y siempre han tenido el empuje necesario para sacar a sus cuatro hijos adelante. Los valores sembrados por sus padres y el paso de Chus por el Colegio Alcazarénobra corporativa del Opus Dei, fueron decisivos en la trayectoria de esta mujer.

En toda trayectoria personal siempre hay un antes y un después. ¿Cómo era la Chus de los primeros momentos?
Mi adolescencia estuvo marcada por los vaivenes típicos de esa edad. En ella se mezclaron rebeldía y responsabilidad, fruto quizás de esa marca de libertad y respeto que mis padres procuraron imprimir en la educación que nos dieron a todos los hermanos. Mi apariencia externa llevaba a más de uno a dirigirse a mí con el apelativo de macarra, quizás por la chupa de cuero y las botas de militar que acostumbraba a vestir por aquel entonces.

Juerguista era un rato: cuando salía con la pandilla me encantaba acudir a las fiestas, bailar, y divertirme de una manera sana. Eso sí, mi vena responsable salía a relucir a la hora de llegar a casa; si quedaba a una hora con mis padres, llegaba puntual por encima de todo.

En fin, que quería vivir la vida y disfrutar de ella al máximo. Por eso, a la hora de elegir mi futuro profesional pensé en algo corto, que me facilitara ganar dinero enseguida y opté por hacer FP (Formación Profesional) Administrativo, que era lo que se llevaba.

Y Dios, ¿contaba algo en tu vida por aquel entonces?
Dios, por aquellos años, contaba muy poco en mi vida. Creía, pero a mi manera. Ahora pienso que no había en ello malicia sino, más bien, falta de formación que me llevó a no valorar los Sacramentos.

¿Qué te llevó a cambiar?
Un día, vinieron al centro donde estudiaba unas profesoras del colegio Alcazarén para hablarnos de Hostelería y Turismo. Según iban explicando parecía la profesión del futuro y a medida que nos hablaban de sus ventajas me daba cuenta de que era lo que estaba buscando (profesionalmente): algo rápido y efectivo, que me diera dinero ya.

De repente, una amiga levantó la mano y les preguntó si eran del Opus.Como con un resorte, me giré hacia ella y le dije “¿qué dices? ¿qué es eso?”, pues nunca había oído hablar de esto. Ahora, tras el paso de los años, puedo decir que ahí empezó mi cambio radical.

Pero me imagino que algo verías en Alcazarén que te llevara a plantearte la vida de otra manera. ¿Qué aspectos te interpelaron más?
El primer impacto, cuando me presenté con mis amigas en Alcazarén, fue especial: la sonrisa de la que me abrió la puerta y la sensación de encontrarme en una casa, aunque de mayores dimensiones a las habituales; para nada parecía un colegio. Más tarde, cuando me matriculé –era el curso 91/92– me ayudó mucho la tutora personal que puede elegir cada alumna del colegio. Congeniamos estupendamente y resultó para mí de gran ayuda, no sólo desde el punto de vista profesional, sino personal pues con ella fui hablando y resolviendo, en un clima de libertad, dudas que me iban surgiendo, inquietudes que me asaltaban.

Poco a poco fui descubriendo otro mundo que hasta entonces no existía para mí; empecé a ver lo de cada día desde una tercera dimensión: la espiritual. Durante ese curso Dios empezó a contar un poco más en mi vida: me acostumbré a saludarle en el oratorio, siempre que llegaba o me iba de Alcazarén; empecé a ir a Misa algún día entre semana y, sobre todo, a darle al estudio un sentido nuevo, porque al ofrecérselo a Dios empezaba a tener un valor mucho más grande del que había tenido hasta ese momento.

Y todo esto que nos cuentas, ¿no chocaba un poco con el ambiente en el que anteriormente te movías?
Claro que chocaba, y de hecho, esos primeros pasos no fueron del todo firmes; me influía la opinión que mis amigas tuvieran sobre mis decisiones. Me faltaba todavía firmeza para vivir los fines de semana con los mismos objetivos que lo hacía el tiempo que estaba en Alcazarén.

¿Qué otros aspectos ayudaron a que en tu vida se fuera dando un cambio tan notorio?
Creo que mis disposiciones empezaron a afianzarse cuando fui a Roma una Semana Santa, y en ello tengo que reconocer que hubo tres acontecimientos que me marcaron especialmente.

En primer lugar ver al Papa Juan Pablo II. Al mismo tiempo, y no se bien explicar su porqué, la emoción que me produjo conocer a don Álvaro del Portillo, entonces Prelado del Opus Dei, a quien yo no conocía. Me caló hondo su cercanía, su cariño y esa paz que irradiaba; tuve la sensación de tener a mi lado un auténtico padrazo.

El tercer hecho importante y definitivo fue el de empezar a sospechar que Dios podía querer un poco más de mí: no sólo de mi tiempo o de una visita al oratorio, sino de una entrega total como Numeraria Auxiliar.

La llamada de Dios es exigente y a veces da miedo, ¿experimentaste esa reacción ante tal circunstancia?
Sí, claro. Mi resistencia, desde un principio, fue total. Por mi cabeza pasaban otros modos de vida dentro del matrimonio; me parecía excelente traer hijos al mundo y formarlos para que se entregaran a Dios, etcétera. Con esos planteamientos intentaba justificar mi falta de respuesta total a esos requerimientos.

Allí, en Roma, visité la cripta donde descansan los restos de San Josemaría y, aunque le pedí que me ayudara a tomar una determinación con valentía, seguí retrasando la respuesta.

¿Te costó mucho dar el paso definitivo?
Un poco. Al volver de Roma pasé un año en el que, sin dejar de asistir a los medios de formación, iba dando largas a ese tema.

Además, ese verano empecé a salir con un chico y duramos hasta el 9 de enero, día del cumpleaños de San Josemaría. En ello vi claramente su mano. Después, un 25 de marzo, tuve la oportunidad de hablar conEncarnita Ortega que me contó que San Josemaría le había dicho que necesitaba un puñado de mujeres valientes para hacer el Opus Dei, me animaron a tomar, días más tarde, la decisión de pedir la Admisión como Numeraria Auxiliar.

Me atraía la idea de ser madre y de hacer de los Centros del Opus Dei un hogar. Me sentía interpelada por la posibilidad de cuidar y velar por el espíritu de familia, con cada pequeño detalle material del cuidado de la casa y de la comida.

¿Qué hay detrás de la entrega como Numeraría Auxiliar que te haya llevado a tomar ese determinación tan importante?
Mi misión, por llamarlo de algún modo, desde entonces ha sido la de poder colaborar en la lucha por alcanzar la santidad de la gente que cuido facilitándoles, al mismo tiempo,  que puedan dedicarse a la labor apostólica y profesional que tengan.

A través de mi trabajo tengo la gran suerte de servir con mil detalles pequeños a las personas que cuido a través de cosas sencillas como rezar por la persona que va a ocupar el sitio de la mesa del comedor que estoy poniendo; al hacer la comida, al limpiar la habitación o planchar la ropa tener en la cabeza a la gente que vive en ese centro o los planes que van a tener ese día… En fin, todos esos detalles que tiene cualquier madre y mujer con las personas a las que quiere, ofreciéndoselos, al mismo tiempo, a Dios.

Actualmente, ¿a qué te dedicas?
Actualmente hago compatible el trabajo de la administración con impartir la asignatura de Preelaboración en el colegio Alcazarén. Me gusta mucho dar clases, porque además de enseñar unos contenidos de cocina, intento ayudar a los alumnos a trabajar bien, valorando no solo las cosas pequeñas de orden, limpieza, etc., sino también la dimensión de servicio y trabajo en equipo, de manera que, a través de ese oficio, puedan forjarse virtudes humanas y mejorar como personas.

Las empresas de mi vida

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Una joven valenciana, Marina Rubio, habla de sus proyectos vitales y profesionales.

Aunque podría decir que conozco el Opus Dei desde pequeña, porque mi madre es cooperadora, realmente mi trato más directo con personas de la Obra se dio a partir de COU.

Me llamó la atención la alegría de las chicas que conocí y el ambiente de confianza del Centro, en el que me sentía como en mi casa. Pero el elemento podríamos decir “clave”, que me sirvió para entender la Obra, fue una reunión que hubo en Valencia con el Padre, Monseñor Echevarría, en 1995, al que asistí.

Trató de muchas cuestiones, pero a mí me impresionó especialmente cómo hablaba de la misión y el trabajo de las numerarias auxiliares. Explicaba que la Obra estaba en sus manos y que de ellas dependía la expansión del Opus Dei en todo el mundo. Y a partir de entonces empecé a reflexionar sobre el trabajo material -y no tan material- que realiza la administración en cada centro. Y me di cuenta de que por medio de ese trabajo cuidan de las personas del Opus Dei, crean un ambiente de familia, rezan e impulsan la labor apostólica en todas partes. Y decidí pedir la admisión como numeraria auxiliar.

Al acabar COU empecé a estudiar Empresariales, que compaginaba con mi trabajo en la Administración. A algunas de mis compañeras les sorprendía mi tipo de vida, aunque no demasiado, porque hoy cada uno vive como quiere… Mis amigas lo fueron comprendiendo poco a poco cuando les explicaba que yo deseaba vivir mi vocación cristiana santificando mi trabajo; y que mi trabajo tenía dos vertientes en aquellos momentos: por una parte estaba la atención de la administración y por otra, mis estudios. Se trataba, en definitiva, de sacar adelante un hogar y de cuidar de los míos, como hacen tantas madres de familia; y de prepararse para hacerlo con la máxima competencia profesional.

Lo comprendían mejor cuando les explicaba que el Opus Dei es mi familia; y que la casa que cuidaba, no era algo ajeno, sino mi casa; yo sacaba adelante lo mío, ocupándome de los míos, la gente de la Obra. Y para eso la carrera de Empresariales me parecía especialmente útil, sobre todo algunas asignaturas como contabilidad, organización, recursos humanos, etc., que son vitales para administrar bien una casa. Ya sé que es un lugar común decir que sacar adelante una casa -en mi caso, un centro del Opus Dei- es lo mismo que sacar una pequeña empresa; pero es verdad. Ahora estoy leyendo “Si Harry Potter dirigiera General Electric”, de Tom Morris, y me resulta muy sugerente.

Un sistema de formación muy enriquecedor

Estoy trabajando en un sistema de formación nacido en Inglaterra, el NVQ,Nacional Vocational Qualification, que es muy enriquecedor, al menos para mí, porque me permite desarrollar mi trabajo y preparar profesionalmente a las personas interesadas en este campo de la administración. Para el mundo hotelero, de la restauración, etc., permite simplificar mucho las plantillas, que es uno de los grandes retos de la hostelería desde el punto de vista empresarial. Y se consigue un buen equilibrio entre el número de personas, el trabajo y la calidad.

Se basa en este principio: el aprendizaje debe darse en una situación real de trabajo. Mediante diversas actividades los alumnos -que en este sistema se denominan los “candidatos”- van desarrollando diversas habilidades y métodos técnicos, para realizar con eficacia su trabajo, siempre con la ayuda de asesoramientos personales. Es un sistema formativo muy valorado en toda Europa, por su gran eficacia, y precisamente aquí en Valencia es donde se está poniendo en práctica por primera vez en España.

Yo completé mi formación en Holanda, y ahora me ocupo de la preparación de candidatos. En concreto, soy la persona que debe certificar que realmente están preparados desde el punto de vista práctico.

Además, el NVQ ayuda a estructurar la cabeza, porque se desarrollan métodos muy diversos, con los que se supera esa cierta tendencia a la improvisación que hay en estos trabajos, mostrándote los que resultan más eficaces en la práctica. Todo esto es muy aplicable a la Administración, que es mi principal trabajo. Si estoy en la cocina, por ejemplo, es esencial la organización: saber leer una receta, estudiarla y seguir los pasos ordenadamente. Porque no puedes echar el arroz sin tener elaborado el sofrito o ya buscados los ingredientes.

O, por ejemplo, adquirir recursos para superar la parte de improvisación que siempre tendrá el trabajo, porque un día un proveedor se retrasa y te falta un ingrediente o cambia de repente el número de personas que vienen a comer. Hay que aprovechar las incidencias y aprender a buscar soluciones rápidas, porque como yo digo a los candidatos, esas cosas nos van a ocurrir siempre.

Me parece que el NVQ ayuda mucho a profesionalizar el trabajo de la Administración. Las numerarias auxiliares jóvenes, como yo, quizá comenzamos a trabajar con muy poca idea, y este sistema nos ayuda a aprender bien las técnicas, para luego añadirles el detalle, el toque familiar –que también hay que aprenderlo- porque estamos en casa.

Mucho más

Hace unos días, una chica que no conoce nada del Opus Dei, y que me estaba ayudando en un determinado trabajo, me decía: “Esto es familia”.

-¿Por qué lo dices?, le pregunté.

-Por que cuidáis a la gente. Es algo que se nota: el servicio de unos por otros. Y más que cuidar, se ve que os preocupáis por cada persona…

En función de los demás

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Loli es médico pediatra y trabaja en un hospital llevando la Neumología Infantil del Servicio de Pediatría.

Cómo conocí el Opus Dei

Ser la mayor de 12 hermanos, seis chicas y seis chicos, me ayudó a hacer el papel de segunda madre con mis hermanos pequeños, creo que ellos son los culpables de mi vocación de pediatra. Mis padres son del Opus Dei y nos ofrecieron a mis hermanas y a mí la posibilidad de ir al club Roca, asociación juvenil de actividades de tiempo libre, promovido por padres de familia y que tiene encomendada su formación espiritual al Opus Dei. En el club lo pasábamos muy bien y como éramos muchas hermanas nos hicimos muy populares y nos sentíamos muy queridas.

Fui descubriendo el mensaje del Opus Dei y me pareció fascinante que fuera posible buscar ser santo de una manera tan asequible y atractiva y fui contrastando que eso era lo que había estado viendo hacer en casa a mis padres.

También veía a las monitoras que eran de la Obra, estudiantes y profesionales de distintos campos que hacían compatible su actividad profesional con las actividades del club, empeñadas en que lo pasáramos muy bien y en que fuéramos aprendiendo a querer a Dios, a visitarle, a hablar con Él de las cosas que se hablan a esas edades, a estudiar en serio y ofrecérselo a Dios. Decidí que yo quería ser como ellas y colaborar en que a muchas personas les pudiera llegar ese mensaje, empecé a conocer más a fondo el Opus Dei y pedí la admisión como agregada.

Vocación profesional

Cuando empecé la carrera de medicina ya era de la Obra y tuve claro desde el principio que quería una especialidad de mucho contacto con los pacientes, me ilusionaba poder llegar a muchas personas y llevarles el calor de Cristo a través de ese trabajo profesional. Esta era una de las cosas que mejor se me grabaron del espíritu del Opus Dei: que estamos en función de los demás y mi trabajo para eso iba a ser único.

“Era una de las cosas que mejor se me grabaron del espíritu del Opus Dei: que estamos en función de los demás”

Me decidí por la pediatría e hice la especialidad. Al terminar estuve trabajando en todo lo que iba saliendo: guardias en urgencias pediátricas, en atención primaria con sus visitas domiciliarias a los pacientes, en el servicio médico de una escuela infantil,…; lo que me fue dando una visión muy amplia de la atención al niño enfermo. De los pacientes que atendí los que más me impactaron fueron los que llegaban a Urgencias con una crisis de asma, la angustia que suponía para los niños y sus padres un episodio de dificultad respiratoria, y me di cuenta de lo importante que era una buena prevención y un tratamiento precoz.

Quise profundizar en mi formación en este aspecto y surgió la oportunidad de hacer un Master en el Hospital Doce de Octubre de Madrid sobre Neumología y Alergia infantil. Este nuevo contacto con el ambiente universitario, con médicos con auténtica vocación docente, supuso para mi un crecimiento como médico y como persona que nunca agradeceré lo suficiente. Allí hice mi Tesis doctoral sobre “Función pulmonar en el lactante con bronquiolitis”  e hice muy buenos amigos a los me encanta seguir encontrando en reuniones y congresos.

Al acabar, me ofrecieron la oportunidad de poner en marcha la Neumología Infantil en el hospital donde estoy ahora,  en el que atiendo niños en el área de consultas, urgencias y hospitalización.

El día a día en el trabajo

A veces la consulta de un hospital es estresante y antes de empezar a ver a un niño para estar en la realidad y no dejarme comer por las prisas pienso en cómo le quiere Dios, esto me ayuda a tratarle con delicadeza, le doy algo para jugar o le hablo de los personajes de las películas que ha podido ver. La mayoría de los niños que vienen a la consulta son asmáticos y para un niño que debe tomar todos los días una medicación, ese momento puede y debe resultar también agradable, por eso propongo a los padres que después del medicamento, les dediquen algo de tiempo, les hagan caricias, les den un masaje o les cuenten un cuento, les digo en broma que voy a anotarlo como prescripción en la receta.

En pediatría nuestro interlocutor directo no es el paciente sino sus padres, que siempre sufren más que los propios niños, por eso cuando tengo algún paciente hospitalizado, después de atenderle pregunto a la madre que como está y procuro hacerme cargo de lo que le preocupa y tranquilizarla. Muchísimas veces se pasa a un terreno más personal y tengo el privilegio, yo así lo veo, de decir unas palabras optimistas aunque realistas, evitar la mentira piadosa para decir una verdad de forma amorosa y con los padres que me pueden entender les hablo de Dios, que aunque permite el dolor de su niño les quiere de una manera muy especial, como a su propio Hijo.

Se va cambiando con el contacto del dolor

En todos esos años han pasado por el hospital muchos niños a los que hemos visto crecer, hemos procurado controlar su enfermedad y poco a poco este contacto con el dolor de los niños enfermos me ha hecho ver que una parte importante de la medicina es cuidar y acompañar. Que se es buen médico tanto con el buen hacer técnico como con la cercanía que acompaña y alivia, tanto el dolor físico como el miedo que produce sentirse enfermo, quizá con una enfermedad incurable. Además hay una gran diferencia entre afrontar el dolor y la muerte con una visión trascendente de la vida: pensando que hay otra después, es como un plus maravilloso que no menosprecia lo humano sino que lo refuerza.

Algunas anécdotas del hospital

Un día me dijeron que los padres de un niño ingresado querían hablar conmigo porque querían bautizar al niño de pocas semanas, estaban preocupados por si se complicaba la enfermedad, así es que avisé al capellán y buscamos padrinos: pedí a Julián, de mantenimiento del hospital, que fuera el padrino, accedió encantado y como madrina una amiga de la familia que se mareó muchísimo y tuve que sustituirla a la cabecera de la cuna del bebé. La ceremonia resultó muy sencilla y preciosa, a las pocas horas la situación clínica empeoró y se traslado al niño a la UVI, después de unos días de susto el niño se recuperó.

En otra de las guardias, la madre de un niño con parálisis cerebral y problemas respiratorios que yo llevaba en la consulta desde hacía tiempo y que estaba hospitalizado, me dio una carta para que leyera más tarde, en la que me decía que yo formaba parte de la dura pero bella historia de su hijo y de su familia y me daba las gracias por colaborar con Aquel que cuidaba su alma.

“De cada familia aprendo muchísimas cosas e impresiona cómo son de agradecidos por todas y cada una de las pequeñas cosas que se hace por ellos”

Una de las tareas más delicadas, en las que siento claramente la ayuda de Dios, es informar a los padres de una enfermedad de mal pronóstico y después atender al niño en las recaídas. Las hospitalizaciones son momentos de mimar a esa familia y a ese niño, muchos padres ven a ese hijo como un tesoro, parece increíble oír eso y no llego a acostumbrarme, a veces lloramos juntos y creo que ellos tampoco se acostumbran a ver llorar a un médico. De cada familia aprendo muchísimas cosas e impresiona cómo son de agradecidos por todas y cada una de las pequeñas cosas que se hace por ellos. De estos niños siempre me despido con un beso en la frente, nunca sé si será el último.

Con mis colegas

La mayoría de mis colegas saben que soy del Opus Dei y en una de las guardias un pediatra que es musulmán, me dijo que la madre de un niño que había atendido por la noche le había dado una estampa de San Josemaría Escrivá. Ese doctor le había preguntado a la madre que a qué santo se había encomendado para que el niño hubiera evolucionado tan bien y ella le entregó la estampa que mi compañero puso en el tablón de médicos para que todo el mundo pudiera verla. En el centenario del nacimiento de San Josemaría quise dar a conocer más su figura y les di a varias compañeras unas Hojas Informativas, al rato vino otra pidiéndome una estampa porque tenía que vender su piso y quería encomendarse a su intercesión. Otra vez le dejé el libro “Camino” a una compañera y a los pocos días me dijo que le había gustado muchísimo el capítulo de estudio, sobre todo las palabras: “…servir a Dios con nuestra inteligencia”, al poco tiempo hizo un curso de retiro y me dijo que rezara por ella porque había sido como si un “tsunami” pasara por su alma y que tenía muchas cosas que colocar y le iba a costar, siguió muy tocada y poco tiempo después se planteó su vocación a la Obra y pidió la admisión, ahora está muy feliz ayudando a mucha gente sobre todo a su marido y sus dos hijos.

Los congresos son también momentos estupendos para reencontrarme con antiguas colegas con las que he trabajado. Una de ellas en el último congreso me dijo que le estaba removiendo muchísimo la figura deBenedicto XVI, su nivel intelectual, y que estaba dando pasos para volver a la práctica religiosa, al ver mi cara de emoción me dijo… ¡pero voy despacito!

En ocasiones el organizarme para poder ir a Misa fuera de mi cuidad cuando asisto a estas reuniones supone algo más de esfuerzo y cuando hacemos los planes para el día siguiente las amigas con las que voy me preguntan:

- ¿Te va bien para tu Misa?

En uno de los últimos congresos de Neumología Infantil una doctora amiga mía de otro hospital me dijo:

- Te va a gustar mucho mi ponencia, …

- ¿Sí, por qué?  Le contesté

- Espera y verás

El tema de su charla era la ventilación no invasiva y al comentar la primera diapositiva dijo:

- Esta es la referencia más antigua que he encontrado en la literatura del uso de la ventilación no invasiva,

En la diapositiva mostraba la imagen del techo de la Capilla Sixtina con Dios soplando hacia Adán, y el siguiente texto: “Y Dios le sopló en la nariz y le infundió aliento de vida”… al acabar muchos de los asistentes le fueron a felicitar. Ella es una buena cristiana y ve la necesidad de impregnar la ciencia médica del sabor clásico pero siempre nuevo y original de las palabras dichas por Dios a los hombres.

“Hacerse Kazaja”

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Claudia Valbuena jamás soñó que viviría en un lugar tan lejos de su Chile natal. Hace más de diez años llegó a Kazajstán para empezar el Opus Dei. “Hacerse al lugar” ha sido un proceso largo, pero ya se siente mitad kazaja. Actualmente vive y trabaja en Almaty, la segunda ciudad más importante del país.

14 de septiembre de 2009

“Poco a poco las personas van entendiendo que pueden dar un sentido trascendente a lo que hacen”.

“Hay personas que tienen espíritu aventurero. Yo no. Estaba muy contenta viviendo una temporada en Italia cuando me propusieron irme a Kazajstán. Lo vi viable y dije perfecto, adelante”, confiesa Claudia.

Convertirse en kazaja “es un proceso real de cambio cultural, físico y psicológico que demanda  apertura y flexibilidad. Kazajstán es un país con raíces nómadas donde conviven más de 130 etnias, con una cultura que es a la vez oriental y soviética (estuvieron sujetos a los zares y luego al dominio comunista). Para nosotros todo resulta diferente: las comidas, el clima, el modo de comunicarse de la gente, muy celosa de su intimidad y a la vez abierta y hospitalaria.”

La mayoría de la población es de religión musulmana, aunque también hay ortodoxos, herencia de la dominación rusa. Los católicos son una minoría y el proceso de evangelización comienza, como es lógico, por la conversión. “La gente tiene poca cultura religiosa, hay temor a hablar de estos temas, aunque ven la necesidad de Dios en sus vidas” explica Claudia. “Poco a poco, la espiritualidad de San Josemaría se va haciendo camino. La clave es que la gente se sienta muy libre y que se acerquen a la Fe porque quieren.”

A petición de Juan Pablo II

“La llegada de la Obra al país fue un deseo explícito del Papa Juan Pablo II, quien también viajó a Astaná, la actual capital del país, en 2001”, destaca Claudia.

Un paseo en la nieve con universitarias

En efecto, por consejo del Papa Juan Pablo II, un Obispo de Kazajstán fue a hablar con el Prelado del Opus Dei en 1994 porque necesitaba  alguna institución que pudiera dedicarse a la educación y al trabajo con la juventud en su país. La petición se materializó en 1997 cuando llegaron los primeros miembros del Opus Dei.

Buscar  donde vivir y trabajar fue lo primero que hicieron Claudia y sus compañeras al llegar a Kazajstán en 1998. Una vez que consiguió trabajo como profesora de inglés, Claudia comenzó a estudiar los dos idiomas oficiales del país, el ruso y el kazajo, de origen turco.

“Empecé dando clases de inglés en Kimep, una escuela de negocios de Almaty que fue una de las primeras en preparar profesionales jóvenes para desempeñarse en una naciente economía de mercado. Hoy todas tenemos distintos trabajos y tres de las más jóvenes empezarán aquí su carrera universitaria”, cuenta Claudia.

Proyectos para soñar

El principal proyecto apostólico en camino para este año es un Centro de Formación y Trabajo Hotelero. “Queremos ayudar a que se entienda el servicio y el trabajo del hogar como algo importante para  la sociedad pues durante los años de comunismo no se les daba ningún valor, excepto  para las grandes ocasiones en las que siempre se esmeran mucho”, explica. Ahora está consiguiendo los fondos de inversión y los permisos de construcción para el edificio.

Durante estos diez años, estas fieles de la Prelatura se han preocupado de la formación de la mujer, desde un punto de vista humano y social, abiertas a todos los sectores de la sociedad, buscando dar buenas ideas respecto a los valores en la familia e iniciativas ciudadanas.

La Obra llegó a Kazajstán por petición explícita del Papa Juan Pablo II.

En cuanto al apostolado, explica que “es de amistad, pues viendo tu vida se interesan por Dios y por el trabajo que hacemos. No se impone a Dios, sino que mis amigas por su cuenta van entendiendo que les falta algo en sus vidas y que pueden darle un sentido trascendente a todo lo que hacen”.

“Entendí la Obra como una gran catequesis”

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Elena Rodríguez Vargas es una vallisoletana de 38 años, la mayor de cinco hermanos. Conoció el Opus Dei con 19, a través de Alcazarén, un centro educativo del Opus Dei en Valladolid


¿Cuándo conociste la Obra?

Tenía 19 años, aunque unos años antes ya había oído hablar de ella. Mi mejor amiga y mis primas empezaron a estudiar en Alcazarén. Al ver que ellas asistían después de las clases a medios de formación cristiana, pregunté si no podría ir yo también. Me dijeron que eso era una cosa seria, y me lo tomé con responsabilidad. Por entonces lo que ya estudiaba me permitía trabajar al mismo tiempo y empecé a hacerlo en la administración de un Centro. Esos años de trabajo me ayudaron en primer lugar a poner orden en  mi vida y después a conocer mucho mejor la Obra.

¿Por qué te hiciste del Opus Dei?
Primero porque Dios lo quería, es una vocación, y lo entendí en su momento. Los acontecimientos se van entrelazando y empiezas a comprender tu vida de una forma distinta: todo encaja. San Josemaríadecía que si contásemos el proceso íntimo de nuestra vocación todo el mundo juzgaría que es cosa del Cielo; yo también lo creo. A mí me costó. La pelea interior se intensificó las navidades del 93, y desde el mismo 23 de marzo, día en que don Álvaro del Portillo -el primer sucesor de San Josemaría- fallecía, hasta el 25 de junio, día en que hubiera celebrado en la tierra sus bodas de oro sacerdotales, mantuve una verdadera lucha. Al final me decidí a responder que sí a la voluntad de Dios y puedo decir que debo mi vocación a don Álvaro.

Tu comprensión de la llamada es clara, pero ¿por qué sabes que Dios lo quiere?
Porque conozco mis condiciones. Por ejemplo, es lógico que si soy coja de nacimiento, nadie me pida que compita en los juegos olímpicos corriendo los 100 metros lisos. Lo que se ve tan claro en lo físico, también se ve por dentro. Desde que tenía 16 años iba a Lourdes, como voluntaria, acompañando a enfermos; he ayudado en las piscinas; en los comedores… Ves muchas cosas; pero lo que verdaderamente me arañaba el alma no era la falta de salud, sino la falta de formación sobre la fe católica que encontraba en gente muy buena. Personalmente no siempre hacía las cosas bien, pero cuando fallaba, sabía que lo había hecho mal. En cambio, me encontré con muchas personas que no conocían siquiera que ofendían a Dios. Cuando conocí el Opus Dei, pronto entendí la Obra como “una gran catequesis” (expresión que le gustaba decir a San Josemaría) y esto calmaba mi inquietud.

Una entrega total es exigente hoy en día, ¿ha sido difícil para ti renunciar a un amor en la tierra y formar una familia?
Una vez que Dios me hizo ver que me quería en el Opus Dei, me hizo comprender que necesitaba un amor exclusivo. Esto no quiere decir que me considere autosuficiente; necesito de los demás como cualquiera; para otras personas, el matrimonio es considerado un escalón para el Cielo; en mi caso, el celibato es la rampa por donde yo lo alcanzo. En los dos casos cuesta subir, porque ganar el Cielo requiere esfuerzo.

¿Cómo descubriste que Dios te quería como Numeraria Auxiliar?
La verdad es que no me veo en otro sitio dentro del Opus Dei. El trabajo de la administración saca lo mejor de mí, y no me refiero simplemente a la habilidad manual, aunque ciertamente es una satisfacción poder hacer mejor las cosas cada día, sino a la oportunidad que ese trabajo me brinda para servir a los demás. El servicio es el núcleo de cualquier trabajo.

¿Cómo saca lo mejor de ti misma?
Porque es una escuela de virtudes, un entrenamiento sin el que no hubiera alcanzado humanamente buena parte de lo que ahora soy. Por otro lado, lo que es más importante en la administración, se trata de un servicio directísimo a Dios. En primer lugar, por cuidar los oratorios de los centros del Opus Dei y, en segundo, porque cuidas de personas del Opus Dei. Lo realmente maravilloso de mi labor no es otra cosa que hacer familia, hacer hogar. Los que pertenecemos a la Obra tenemos la conciencia de ser familia porque lo vivimos a diario y lo comprobamos.

¿Podrías poner algún ejemplo?
Pues sí, lo palpo en lo que yo llamo “los milagros de la administración” que son esas coincidencias que hacen que seas oportuna, que des a una persona lo que realmente necesitaba en ese momento. Suceden cosas graciosas, como que venga un invitado y, sin saberlo, prepares su plato favorito; que en un cumpleaños la decoración traiga a la memoria recuerdos de infancia, etc.

¿Y ese servicio es mutuo?

“El trabajo saca lo mejor de mí, la oportunidad para servir a los demás”

Por supuesto. Cada uno en su casa aporta todo lo que puede para dar el menor trabajo posible. En los 15 años que llevo trabajando he visto como cuando llego a limpiar encuentro habitaciones recogidísimas, baños ordenados… En fin, como en cualquier familia, porque donde hay cariño todos tienen cuidado de los demás y lo demuestran a la primera oportunidad.

Para ir terminando, ¿solo te dedicas al trabajo de la administración o lo concilias con otras actividades?
El tiempo que no dedico a la administración lo invierto en la formación de gente joven. Trabajo en un proyecto educativo enfocado a preparar humana y espiritualmente a las personas que frecuentan el centro donde vivo para que el día de mañana sean buenas hijas de Dios, buenas profesionales, ciudadanas y madres de familia, si es el caso. Por descontado mi especialidad es todo lo que favorece el hacer familia. Tengo comprobado que si alguien aprende a convertir su casa en un hogar se gana a toda la familia.


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