¡Me gusta servir!

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Katia Blondeau, 34 años, es una numeraria auxiliar del Opus Dei. Actualmente, trabaja en la Escuela de Hostelería Dosnon cerca de Soissons (Francia).

¿Qué significa para ti ser numeraria auxiliar?

Para mí, una numeraria auxiliar es una cristiana, una persona del Opus Dei que vive el celibato, y que procura poner a los demás (su familia, sus clientes, sus amigos) en el centro de su trabajo, -en mi caso, la hostelería- y de esa forma servir a Dios, conocerle y quererle.

Busco crear un ambiente familiar allí donde trabajo, y espero contribuir así al equilibrio y al bienestar de las personas a las que llego con mi profesión.

¿Cómo se concreta eso? En el cuidado que procuro poner en los detalles: por ejemplo, al poner la mesa para comer; o prestando atención para escuchar las necesidades de los demás. Es decir, se trata de hacer felices a los demás.

Actualmente, trabajo como monitor técnico de la Escuela de Hostelería Dosjon. En concreto, me responsabilizo de la atención y el servicio de los asistentes que acuden a las actividades de formación y a los retiros espirituales al Centro de Encuentros Couvrelles, vecino a la escuela de hostelería.

¿Cómo ha reaccionado tu familia ante esta elección vital tuya?

Mis padres no conocían el Opus Dei cuando yo comencé a frecuentar un centro, por lo que lógicamente quisieron informarse un poco. Me hicieron preguntas, y yo se las fui respondiendo. Poco a poco, pudieron conocer el espíritu de familia que hay en la casa donde vivo y se encontraron satisfechos y a gusto en el ambiente de la casa.

Hace poco, mi padre, cocinero de profesión, vino para preparar una cena de gala que ofrecíamos a una de nosotras por su cumpleaños. Y regularmente los dos vienen a la Escuela Dosnon a las actividades que organizamos.

¿Cuál ha sido tu recorrido profesional?

Cuando terminé mis estudios de hostelería, trabajé durante un tiempo en el restaurante de un gran grupo. Aprendí mucho y a buen ritmo, pues los trabajos de hostelería no se improvisan. Trinchar y flamear ante el cliente, el arte de la mesa, neología… todo iba muy bien, pero yo quería trabajar para mi familia, el Opus Dei. Así que comencé a trabajar las tareas domésticas de diversos centros de la Obra.

Actualmente, soy profesora de restauración en una escuela de hostelería donde, además, el Opus Dei ofrece a las alumnas que lo desean una formación cristiana. Allí es donde procuro transmitir todos mis conocimientos profesionales junto con la atención a los demás que considero tan interesante.

Hoy día ha aumentado el interés por las profesiones directamente relacionadas con el servicio a los demás, anteriormente menos valoradas. ¿Qué te parece este cambio de mentalidad?

¡Me parece muy positivo y, a la vez, lógico!

Es como redescubrir el valor que tiene cada persona y la necesidad que tenemos de ser amados. En mi opinión, gran parte de los problemas de la sociedad surgen de la indeferencia con que a veces nos tratamos unos a otros.

Considero que estas profesiones relacionadas con el servicio contribuyen muy directamente a crear una sociedad más humana y calurosa. Por eso me parece lógico que cobren un nuevo valor: es una ganancia enorme para la sociedad.

¿No te parece que en una época en la que todo el mundo busca tener cada vez más derechos y trabajar menos, vuestro ritmo de trabajo puede parecer excesivo?

Quienes trabajamos en el sector de servicios y en la hostelería sabemos que nuestras ocupaciones no tienen nada de ordinario: trabajamos cuando los demás descansan, tomamos las vacaciones a destiempo, etcétera.

En cuanto al ritmo, evidentemente es exigente: ¡basta con mirar al personal de sala o de cocina de un restaurante en un día de afluencia alta! Por mi parte, yo me siento satisfecha respecto a mis compañeros con mis 35 horas de trabajo.

¿Los días festivos, por lo tanto, son sinónimo de más trabajo para ti?

¡Claro! Ya que los días en los que se celebra algo piden un poquito más de atención, te tienes que volcar un poco más para, por ejemplo, preparar el plato favorito de alguien o imaginar una nueva decoración para la mesa, algo original e inesperado.

Me gusta dar esta dimensión familiar a mi trabajo y manifestarlo en estos detalles de cariño hacia mi gente. A mi, estos detalles no me suponen una carga de trabajo. Son más bien una alegría, porque sabes que los demás están disfrutando con ello.

Es algo que siempre he experimentado en los centros del Opus Dei: allí la gente intenta hacer la vida alegre a los otros, especialmente si están pasando un momento difícil, por motivos de trabajo, salud u otros. Creo que las numerarias auxiliares tenemos un papel muy importante en este campo y eso me estimula a llevar a cabo mi trabajo con mayor profesionalidad y cuidado.

¿Te parece que los trabajos de servicio están bien remunerados?

Mi sueldo se corresponde con mis conocimientos y mi trabajo. No es desorbitante, pero sí suficiente.

Actualmente, estoy contratada por la Escuela de Hostelería Dosjon. Yo me encargo de mi mantenimiento: vestido, alimento, libros, entretenimientos, etc.

Procuro gastar el dinero con sentido de responsabilidad, sabiendo que –al igual que cualquier persona en el Opus Dei- puedo ayudar económicamente, siempre que me sea posible, a un gran número de iniciativas sociales, culturales y educativas que personas de la Obra llevan a cabo en todo el mundo. Me gusta poder contribuir –aunque sea con pequeñas contribuciones- al desarrollo de iniciativas en países necesitados.

¿Cuál es la frase de San Josemaría que más te gusta?

“Que tu vida no sea una vida estéril. Sé útil. Deja poso. Ilumina con la luminaria de tu fe y de tu amor”.

Mi trabajo contribuye decisivamente a que una casa sea un auténtico hogar”

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Tiene 34 años y estudió Administración Hotelera. Nació en La Alberca, Salamanca, donde siguen residiendo sus padres, aunque ella vive en Madrid desde 1991, poco antes de hacerse numeraria auxiliar del Opus Dei

Como ciudad elige San Sebastián, para leer Ana Karenina y en el cine opta por Los miserables. “Para comer no hay nada como unas patatas alpujarreñas”, dice Isabel Angulo. Como numeraria auxiliar, su trabajo consiste en atender las necesidades de las personas que residen en centros de la Prelatura, contribuyendo a crear un ambiente familiar. Atiende con sentido profesional las necesidades de todos, como cualquier ama de casa. Aclara: “Vine a Madrid para estudiar y aterricé en un centro del Opus Dei porque podía compaginar trabajo y estudio. Y allí comencé a ver una serie de cosas que concordaban bastante con lo que yo pensaba. Al principio me llamó la atención la alegría de las que trabajaban allí. “Aquella alegría no la había visto antes y entendí la diferencia entre pasarlo bien y ser feliz. Porque se puede estar pasando un mal rato y ser feliz, y se puede pasar un rato agradable y no ser feliz. Descubrí un horizonte nuevo para mí, me di cuenta de que Dios me pedía colaboración para sacar adelante precisamente esa familia. Y me fié de Él: “Si esto es lo que Tú quieres para mí, adelante…”.

¿Numerarla auxiliar?

“Tuve claro entonces que mi sitio en el Opus Dei era éste: el de numeraria auxiliar”

La vocación al Opus Dei es única: todos sus miembros responden a idéntica llamada y comparten los mismos ideales de santidad y de apostolado en medio del mundo, aunque en cada uno se concreta de modo diferente, según sus circunstancias. Además, en el caso de las numerarias auxiliares, su ocupación principal es el trabajo en los centros de la Prelatura, “cuidar de la familia, hacer de madres”, añade Isabel. “Es un trabajo que conozco por mi preparación profesional y que ahora se enriquece por su enfoque de servicio a Dios y a los demás: dos objetivos muy importantes. Tuve claro entonces que mi sitio en el Opus Dei era éste: el de numeraria auxiliar”. Tanto san Josemaría como el actual Prelado han hablado con especial cariño de las numerarias auxiliares, a las que se referían como la columna vertebral del Opus Dei.

Isabel recuerda que “Dios quiere que en la Obra se viva, se respire un ambiente de familia”. Eso es precisamente lo que hace tan valiosas a estas mujeres, porque con su trabajo logran crear ese clima familiar que se vive en el Opus Dei: “Pretendo que quien sale de casa a trabajar por la mañana, al regresar por la noche se encuentre un hogar cuidado, en donde se le espera; y que lo noten en pequeños, o no tan pequeños, detalles: desde poner un centro de flores en un rincón hasta dejar una cena preparada para que vean el partido de fútbol, estén a gusto y disfruten estos días del Mundial. Y así sientan, a través del cariño que intentamos transmitir, cómo Dios les quiere”.

En gran medida es cuidando estos detalles como se consigue el ambiente de familia del Opus Dei. Isabel es, sobre todo, una persona vital, muy sociable y que disfruta con cualquier cosa o, incluso, sin cosa alguna…: “Mis padres me decían que no me hacía falta nada ni nadie para divertirme”, aunque la realidad es que siempre ha estado rodeada de amigos; una vez se puso muy mala y una de ellas decía “que no se muera, porque si no, vamos a aburrirnos mucho… “‘

Una jornada habitual

Se levanta a las seis y media, se arregla, ordena su cuarto, reza media hora y va a misa. Desayuna y empieza su jornada: limpia la casa, cocina, atiende el teléfono o al fontanero, plancha… como una madre de familia, que es a lo que más se parece una numeraria auxiliar.

Pero no se ocupa sólo de la materialidad de la casa, “sino de lo que hay detrás de ella, y procuro hacer todo con un amor de Dios y a los demás muy grande”. “Cuido la casa y procuro esmerarme con el oratorio, porque Dios está presente ahí. También atiendo a las personas que viven en ese centro cuidando su vocación, porque la gente, en la medida que está contenta en lo material, lo está en lo espiritual. Decía san Josemaría, citando un refrán, que cuando el cuerpo está bien, el alma baila y, cuidando del cuerpo y el entorno material, cuidamos la vocación de las personas que viven en ese centro.

Después de comer, un rato de descanso, de tertulia. «Es necesario, porque es una forma de coincidir con la gente que vive contigo, de enterarte qué les ha pasado durante el día”. Suelo rezar otro rato antes de ir a Móstoles, donde colaboro en una actividad apostólica de la Obra. Allí doy clases de formación cristiana, ayudo en iniciativas de voluntariado o echo una mano en lo que haga falta; otras veces, simplemente quedo con mis amigas”. ¿Y cuándo descansa? ·”Los jueves por la tarde trato de tener más tiempo y aprovecho para nadar, dar un empujón al libro que esté leyendo ‑ahora Las Crónicas de Narnia ‑ o salir con mis amigas. Soy muy familiar: si voy a casa de mi hermano, disfruto jugando con mi sobrina y me carteo mucho con otro, José Manuel, que estudia Periodismo y así hace prácticas con su tía…”

La montaña (y la vida) es una aventura

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Marta Risari, una milanesa del Opus Dei, directora durante una década de un centro del Opus Dei en Verona, cuenta como ha influido en su vida su pasión por la montaña, heredada de su familia

Soy una apasionada de la montaña, lo mismo que toda mi familia, de hondas raíces milanesas. Llevamos ese amor  inscrito en nuestro DNA, desde los abuelos hasta los nietos. Conservo una fotografía de 1930 en blanco y negro de mis abuelos, de cuando eran novios. Se la hicieron en el Bernina, una de las cimas más impresionantes de los Alpes centrales, y van con el equipo de montaña propio de la época. Entonces no era frecuente que una mujer hiciese alpinismo, ni que fuese licenciada en lengua y literatura inglesa, como mi abuela.

En otra fotografía, de 1928, se ve a un grupo de esquiadores de la Universidad Boconni y del Politécnico. Entre ellos descubro el rostro sonriente de mi otro abuelo. Y como éstas, hay muchas más fotografías –ya en colores- en el álbum familiar, en las que van apareciendo todos los miembros de la familia, de las sucesivas generaciones, hasta llegar a mis sobrinos pequeños, sonrientes y felices en la ladera o en la cima de una montaña.

Con el paso de los años he ido descubriendo el profundo paralelismo que tiene esa afición familiar con mi vida en el Opus Dei: ese afán por subir a lo más alto, en un clima de solidaridad y compañerismo, respirando el aire puro de la montaña…

Soy numeraria desde hace 25 años y este paralelismo me resulta cada vez más claro: tanto en la montaña como en la entrega a Dios se presentan ascensiones difíciles, caminatas por valles plácidos, y caminos que necesitan –para recorrerlos con fortuna- del consejo y la ayuda de los demás. Y como sucede en la montaña,  a veces hay que volver sobre los propios pasos para reencontrar la vereda… siempre la alegría íntima de saberse profundamente amado por el Amor de Dios. No es una travesía fácil, pero tampoco reviste una dificultad extrema, porque Jesús no nos abandona y camina siempre a nuestro lado, como les sucedió a los discípulos de Emaús.

Parque Nacional del Stelvio

Unas veces encontramos el horizonte cubierto por la niebla, y otras veces, claro y despejado, y se abre ante nuestros ojos un espectáculo maravilloso, como me sucedió este verano durante una excursión al Parque nacional de Stelvio, junto al Paso de Petra Rosa. Íbamos caminando, cuando las nubes que nos habían acompañado durante la subida se esfumaron de improviso y nos ofrecieron un espectáculo indescriptible, concadenas de montañas, cimas y glaciares que se extendían hasta el infinito: Ortles, el Brenta, el Pizzo Scalino…

El encuentro de mi familia con el Opus Dei estuvo ligado también a la pasión por la montaña. Una amiga de mi madre, María Grazia, con la que había hecho muchas travesías inolvidables por diversas zonas de Italia, conoció el Opus Dei en 1960 y poco después pidió la admisión como numeraria. A mi madre le impresionó la alegría con la María Grazia que le hablaba de ese nuevo camino interior que había descubierto. Años después me enamoré yo también de este camino. Ahora, cada vez que me encuentro con María Grazia me enseña, para hacerme feliz, una vieja fotografía en la que aparecen mi madre y ella, con atuendo scout, sobre un glaciar.

En la actualidad me dedico profesionalmente al desarrollo de algunas iniciativas que han surgido en el ámbito de la educación tanto en el centro como en el Sur de Italia, promovidas por miembros y amigos del Opus Dei: Colegios Universitarios, centros de formación profesional para mujeres jóvenes de la Italia meridional, cursos para la formación de empleadas del hogar, etc. El cuidado de la formación humana y espiritual de tantas personas es una aventura apasionante y hay que caminar como en la montaña: sin perder de vista la cima ni la grandeza del horizonte y pendiente de mil cosas concretas, porque las grandes travesías son siempre la suma de muchos pasos pequeños: un paso, y  otro, y  otro…

Cuando estudiaba en la Universidad formé parte de la dirección del Tandem Club, un centro cultural milanés para jóvenes en Città Studi. Luego -desde 1989 al 2000- estuve en Verona, donde hice un master universitario en Periodismo Económico, al tiempo que dirigía el Colegio Universitario Clivia. Más tarde me ocupé del Collegio Viscontea de Milán.

Guardo un recuerdo entrañable de esas iniciativas, en las que conté siempre con el estímulo de mi familia y de tantas familias que veían con alegría como sus hijas llevaban a cabo numerosas actividades en los ambientes más variados, siempre el mismo estilo formativo: en la montaña, con aquellas excursiones inolvidables por los Alpes y los Dolomitas; en el ámbito del voluntariado, con actividades para personasdiscapacitadas, ancianos o niños de Italia o de la Hungría recién salida del comunismo; en el campo de la formación académica, con cursos de economía o seminarios sobre la identidad femenina en el trabajo, etc.

Recuerdo especialmente las Jornadas de la Juventud en Loreto, París y Roma; y unas Navidades, con un grupo de estudiantes de Verona que fueron a ayudar, en un acto de audacia, a los prófugos de la guerra de Croacia. El contacto con el sufrimiento de aquellas gentes tan agradecidas hizo nacer entre todas nosotras unos lazos profundos  de amistad. Y he tenido la alegría de contemplar, en mi oración, el crecimiento humano y espiritual de tantas jóvenes, que le agradezco a Dios. Conservo la amistad con muchas de ellas, y nos seguimos llamando y escribiendo. Cada vez que pasan por Roma, donde vivo, hablamos de tantos afanes íntimos compartidos, y me hablan de cómo va su vida sentimental, sus preocupaciones, su trabajo…

Dolomitas

Las enseñanzas y el ejemplo de san Josemaría me alientan a darme a las personas que voy encontrando por esta travesía de la vida: y procuro ayudar a las jóvenes, para que sepan descubrir sus propias capacidades talentos, con confianza en Dios y confianza en sí mismas y en los demás; para que sepan tratar al Señor con sencillez y naturalidad.

Como en las travesías de montaña, vamos considerando juntas, dentro de un clima de amistad sincera, cual es el camino mejor para llegar a la cima: porque no basta querer llegar hasta arriba; no basta sólo condesear hacer el bien: hay que aprender a hacerlo. Y cada persona tiene un camino propio, irrepetible, personalísimo, para llegar a lo alto. Todos necesitamos pedir ayuda de vez en cuando, o cantar una canción, mientras caminamos, cuando el corazón nos rebosa de alegría. A veces sufrimos “el mal de montaña”: es el momento para hacer un alto en el camino y pedir luces a Dios para que nos ayude a tomar la dirección por la que, en su providencia paternal, desea que vayamos.

Cuando hablo con las estudiantes universitarias -que han generado tantas expectativas en su entorno familiar- intento abrirles nuevos panoramas en el ámbito de la universidad o del trabajo, planteándoselo no como una competición en la que lo único importante es llegar la primera a la cima, sino como la andadura propia de una hija de Dios que se afana por transmitir a Dios en sus relaciones humanas, intentando transformar y mejorar la sociedad desde dentro.

Lagoscuro

Recuerdo una subida a la Cima de Lagoscuro, por un sendero estrecho que sube desde los tres mil a los tres mil doscientos metros, entre grandes precipicios, sobre el Paso Paraíso. Durante la I Guerra Mundial, el Adamello  fue escenario de gestas alpinas legendarias. Caminábamos lentamente, avanzando con cautela y  mirando bien donde pisábamos.

Al mismo tiempo íbamos con prisa, porque queríamos hacer el complicado descenso del glaciar del Presena antes de que cambiase el tiempo. Miré a mí alrededor, y vi un paisaje maravilloso de cimas y lagos alpinos, que se extendían, valle tras valle hasta las moles imponentes de las montañas. Pensé entonces en el punto 928 de Camino:

Tienes razón. -Desde la cumbre -me escribes- en todo lo que se divisa -y es un radio de muchos kilómetros-, no se percibe ni una llanura: tras de cada montaña, otra. Si en algún sitio parece suavizarse el paisaje, al levantarse la niebla, aparece una sierra que estaba oculta.

Así es, así tiene que ser el horizonte de tu apostolado: es preciso atravesar el mundo. Pero no hay caminos hechos para vosotros… Los haréis, a través de las montañas, al golpe de vuestras pisadas.

Pensé que aquel panorama era una imagen de nuestra vida, en la que intentamos hacer a nuestro alrededor todo el bien que podemos. Sin embargo, a medida que avanzamos, debemos superar las numerosas dificultades internas y externas que se alzan ante nosotros, con la mirada puesta en lo alto, proyectados hacia el futuro, abandonándonos en las manos amorosas de nuestro Padre Dios, que guarda para nosotros unos horizontes insospechados, unos caminos nuevos que debemos recorrer por los senderos de la comprensión, la fraternidad, la solidaridad y la paz. ¡Qué gozoso resulta recorrer esos senderos, unas veces amplios y otras veces estrechos, sabiendo que nos conducen hasta el Señor!

He leído lo que le decía san Josemaría al que sería su primer sucesor, Álvaro del Portillo, cuando era un hombre joven y lleno de futuro:¡qué blanco veo el camino —largo— que te queda por recorrer! Blanco y lleno, como campo cuajado. ¡Bendita fecundidad de apóstol, más hermosa que todas las hermosuras de la tierra!”

Se refería al camino de la vida, a la esplendida aventura humana y divina que le aguardaba a don Álvaro. Muchas veces pienso que san Josemaría nos susurra desde el Cielo a todos –a todas las personas de buena voluntad- estas palabras en el corazón, animándonos a recorrer con alegría las jornadas de nuestra existencia, compartiéndola con las personas que vamos encontrando en nuestro camino.

Hablando en plata

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Una mujer del Opus Dei, Fonsi Gago, describe, hablando en plata, su apasionante itinerario humano y espiritual

Yo soy de un pueblo de Zamora que se llama Faramontanos de Tabara; un pueblo pequeño de 526 habitantes que antes ni siquiera venía en los mapas; tierra de mucho frío en invierno y mucho calor en verano.

Gracias a Dios, mi familia era muy cristiana: me enseñaron el Catecismo, a ir a Misa… Muy cristiana y muy numerosa: somos diez hermanos. Al ser tantos, desde chiquitina tuve que arrimar el hombro en las faenas de la casa y del campo, ayudando a mi madre a cocinar, planchar, a lavar, a segar y a recoger la cosecha: a lo que hiciera falta.

Y desde chiquitina también tenía  unas inquietudes espirituales, un deseo de más, un algo dentro, que no sabía cómo concretar.

Estudié en el pueblo hasta los trece años, y luego, al igual que habían hecho mis hermanas, me fui a buscar trabajo a Bilbao. Al recordar todo esto, me parece… hablando en plata, me parece milagroso. Fueron demasiadas casualidades juntas. Allí estaba la mano de Dios.

Pero sigo contando. Estaba buscando trabajo: para cuidar niños, como empleada de hogar, de lo que fuera, cuando un buen día se presenta un señor en casa de mi hermana, al que no conocíamos de nada, y nos pregunta si conocíamos a personas que estuviesen dispuestas a trabajar en  casa de unos señores.

Yo no sabía cómo iba a cuadrar aquello; porque entonces yo no había salido de mi pueblo y tenía poco mundo; pero las cosas de Dios son así, y todo acabó cuadrando, poco a poco; y cuadró muy bien. Aquel señor me presentó a la señora, que fue muy amable conmigo. El ambiente de la casa me gustó mucho, porque la señora, además de tratarme con mucha confianza, se preocupaba por mi formación. Me ayudó a mejorar y a progresar en todos los sentidos.

Zamora, vista de la catedral

Un día me habló de una Escuela Hogar, dirigida por mujeres del Opus Dei. Fui a verla. Y encontré  allí lo que llevaba buscando desde hacía años, eso que llevaba dentro desde pequeña. Vi en aquellas mujeres un deseo de amar a Dios, una alegría, un afán por ayudar a los demás que me atrajo muchísimo. “Esto es lo mío”, pensé y comencé a asistir a la Escuela Hogar con unos deseos grandes de aprender.

Y lo necesitaba, verdaderamente, porque había muchas cosas que no sabía; sólo las intuía; pero seguía adelante, porque veía a Dios detrás de todo aquello. Poco después fui a un curso de retiro en Islabe. Comprendí que tenía vocación al Opus Dei y decidí pedir la admisión como numeraria auxiliar. Podía haber tomado muchos otros caminos en mi vida, pero entendí que el que Dios quería para mí era ése.

A veces, cuando cuento estas cosas, me dicen mis amigas: -¡Ah, entonces fue cuando te apuntaste al Opus Dei! Y yo les digo: -mira, yo no me heapuntado a nada; el Opus Dei no es como una autoescuela, donde uno se apunta para sacarse el carnet. Lo que me sucedió tiene un nombre concreto: vocación.

Si yo no hubiera comprendido en mi alma lo que comprendí durante aquel curso de retiro de 1969, nunca hubiera pedido la admisión al Opus Dei”.

-¿Y qué comprendiste?, me preguntan. –Comprendí –les digo- que podía realizar mi trabajo desde la noche a la mañana, en presencia de Dios;  comprendí que santificándome con aquel trabajo podía ayudar a santificar a los demás… ¡comprendí tantas cosas! Y tomé la decisión de entregarme… ¡con una certeza interior! ¡con una seguridad…!

Hay personas que se casan con dudas, porque no saben si la otra persona les responderá o no. Yo lo tenía clarísimo: sabía que el Señor responde siempre y que aquel era mi camino.

Además de mi camino, es la misericordia de Dios para conmigo. Nos decía san Josemaría que con el paso de los años nos iríamos dando cuenta de que nuestra historia personal es la historia de la misericordia de Dios con cada una, con cada uno. Es verdad. Yo cada año que pasa lo experimento más. A mí, ser numeraria auxiliar me parece la llamada más bonita que Dios puede darle a una persona, aunque sé que cada cual pensará lo mismo de su propia vocación, y que cada cual debe ir por donde Dios le llame: “cada caminante siga su camino”, decía nuestro fundador.

A san Josemaría le conocí poco después, cuando vino a España, en 1974, en Pamplona, en un encuentro con pocas personas. Nos miraba con mucha alegría; se le veía lleno de Dios. Al verme, me preguntó cuántos años tenía. -¡Eres muy joven! –me dijo, sonriendo. Y dirigiéndose a todas, añadió unas palabras que no se me olvidarán nunca:

-¡Mis hijas no cumplen más de veinticinco años, porque tienen la juventud de la entrega!

A lo largo de la vida (y no es que yo sea tan mayor, pero, como suele decirse, los cincuenta ya no los cumplo) he ido comprobando la verdad de esas palabras.

No eran una frase bonita: verdaderamente el amor a Dios,  la entrega, rejuvenece el corazón.

¿Por qué? –me preguntan.  -Una de las razones -les digo-, es porque una persona entregada a Dios, en mi caso, como numeraria auxiliar,  se pasa todo el día, de la noche a la mañana, pensando en los demás. Y pensar en los demás rejuvenece mucho…

“Verdaderamente el amor a Dios, la entrega, rejuvenece el corazón”

-¿Haciendo qué?, siguen preguntándome. -Haciendo -les explico- el trabajo de cada día, según la personalidad de cada una. Yo he trabajado en muchas cosas: primero en mi pueblo, después con aquella señora de Bilbao; luego… En mi caso, lo genuino de una numeraria auxiliar es sacar adelante las administraciones de los centros del Opus Dei, procurando que tengan calor y sabor de hogar, casas de familia cristiana, convirtiéndolos en hogares luminosos y alegres.

San Josemaría llamaba a nuestro trabajo “el apostolado de los apostolados”, porque Dios se sirve de él para impulsar las iniciativas apostólicas de este pedacico de la Iglesia, que es el Opus Dei, en todo el mundo. Nos consideraba –y nos lo dijo muchas veces- una pieza fundamental en el Opus Dei. Valoraba mucho “la mano femenina”, el trabajo de la mujer, en casa y fuera de casa: su inventiva, su delicadeza, su creatividad, su sensibilidad.

Y éste es mi trabajo: sacar adelante mi hogar, que es la Obra. Un trabajo bonito, pero también intenso, que me ocupa gran parte del día. Soy, como tantas mujeres de ahora, una de esas personas “con muchísimas cosas que hacer”. Sin embargo, cuando me hablaron de una ONG que hay en Madrid, Desarrollo y Asistencia, DA, que se dedica a ayudar a los demás, no me lo pensé dos veces y decidí colaborar. ¡Y eso que no me sobra el tiempo, precisamente! Pero cuando te propones hacer algo acabas encontrando tiempo, aunque tengas que sacarlo debajo de las piedras…

En esa ONG hay muchos programas de voluntariado. Yo me apunté a uno que consiste en atender a personas desvalidas en sus casas. Vamos siempre dos voluntarios, para garantizar la continuidad de la atención. Las personas atendidas suelen ser mujeres que por distintos motivos viven solas: normalmente son ancianas, sin hijos y sin familia. Los nombres los proporciona el Ayuntamiento.

La primera persona que atendí era una señora mayor, ciega, que vivía sola.  Nos recibía a Amaya –la otra voluntaria- y a mí con un cariño inmenso. Tenía la casa patas arriba, como se puede suponer, porque la pobrecita, en su situación, hacía lo que podía.

Nosotras estábamos unas horas con ella y la ayudábamos también en todo lo que podíamos. Además procurábamos darle cariño, esperanza, alegría… Y nos fue tomando mucho cariño; tanto que le dijo a un familiar suyo que quería que la acompañáramos a la hora de su muerte: “si ves que me estoy muriendo –le dijo-  llamas enseguida a Fonsi y a Amaya por teléfono”.

Y así fue, cuando llegamos ya estaba inconsciente pero pienso que notó nuestra presencia, porque cuando le tomé la mano ella me la apretó.

Cuando pienso en las vivencias que he tenido con tantas personas en el voluntariado, hablando en plata, pienso que he salido ganando: yo he dedicado tiempo, a veces con esfuerzo y sacrificio, pero ellas me han enseñado a sufrir en silencio y llevar sus penas con alegría y agradecimiento.

Para que África crezca y progrese por sí misma

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María Jesús Otero es una enfermera vallisoletana, numeraria del Opus Dei, que ha vivido durante nueve años en Kenia y durante más de diez en Uganda

En la actualidad trabaja en los suburbios de Kampala, donde ha puesto en marcha una clínica móvil con la colaboración de un grupo de universitarias de Teemba Study Center. Esta clínica recibe donaciones de empresas farmacéuticas y de otros colectivos, y gracias a ella se completan consultas y tratamientos para la gente de la zona.

La entrevista se realizó durante una visita a su país natal.

¿Por qué decidió ser enfermera?

Porque era algo que deseaba desde muy pequeña: ayudar a los demás.

¿Y África?

Fue un paso más dentro de ese deseo de ayudar. En África viven  millones de personas con muchas más necesida des y con muchas menos comodidades que nosotros.

En Kenia y en Uganda, en concreto, como en tantos países del mundo, el mensaje de san Josemaría ha contribuido a la vivificación cristiana de toda la sociedad. Por ejemplo, en Kenia, cuando llegaron las primeras mujeres del Opus Dei, -antes de que alcanzara a independencia- había una fuerte discriminación racial y parecía impensable la creación de un centro donde estudiaran juntas personas de diversas razas.

Sin embargo el Fundador impulsó a las que trabajaban allí a superar esa mentalidad dominante, y gracias a su tenacidad, y a su confianza en los africanos, fueron naciendo diversas iniciativas multirraciales de carácter educativo y asistencial. “Sólo hay una raza –decía-: la raza de los hijos de Dios”.

¿Qué situación se vive en estos países?

En muchos países de Europa se tiene una visión de África exclusivamente negativa, alejada de la realidad. Evidentemen te, son sociedades del Tercer Mundo, que tienen una mala situación eco nómica. Sufren muchas carencias y hay necesidades básicas que no están del todo cubiertas.

Uganda

Pero eso no significa que las personas se sientan frustradas por no poseer ciertas cosas que parecen imprescindibles a los que viven en países occidentales.

En muchos países de Occidente se valora exageradamente el “tener” y muchos se consideran infelices si carecen de determinados bienes y objetos. Los africanos se mueven por otros valores: han aprendido a “ser” felices con lo que tienen y, además, saben compartirlo con los demás. Esto no quie re decir que tengan una actitud pasiva, que no luchen por alcanzar nuevas metas o no se esfuercen por progresar.

Es importante que Occidente entienda que hay que ayudar a los africanos a que crezcan y progresen por sí mismos. En África hay  mucha gente preparada, capaz de llevar a cabo grandes proyectos, que merecen que se les apoye.

En este sentido trabaja Harambee, un proyecto de ayuda a África que nació con motivo de canonización de san Josemaría por Juan Pablo II. Harambee ayuda a muchas entidades y programas de carácter educativo, médico, asistencial, etc., del continente.

¿Qué clase de trabajo desempeña en Uganda?

Llevo a cabo diversos proyectos para la formación de las mujeres africanas. Hemos cre ado recientemente una Escuela de Hostelería en las que se las capacita para trabajar en el sector hotelero, un sector en auge porque el país se va recuperando  económicamente y se están abriendo las puertas al turismo.

¿Y en Kenia?

Allí trabajé con niñas, adolescentes y mujeres jóvenes. Puse en marcha con ellas varios pro yectos de voluntariado en los que atendíamos distintos suburbios con clínicas móviles. Las estudiantes de Medi­cina atendían a los más necesitados y les ayudaban en lo que podían.

¿Ha corrido alguna vez algún tipo de peligro?

Cuan do llegué a Uganda en 1996 el país estaba en paz. En cuanto a los peligros… con frecuencia las televisiones occidentales ofrecen una imagen muy deformada de estas naciones, y sólo emiten imágenes de miseria y de violencia. Y la violencia está presente en todo el mundo.

Evidentemente en África hay pobreza, pero los africanos van saliendo adelante, y van incorporando progresivamente a sus vidas los modernos adelantos técnicos, como el móvil, la  televisión –que está presente en casi todas las casas,- etc.

-¿Llega ayuda de otros países?

Sí. La Escuela de Hostelería empezó gracias a la ayuda de Austria. Y estamos en contacto con familias españolas que apadrinan con becas a las chicas que vienen a las clases de hostelería y a niños huérfanos de SIDA para que puedan estudiar secundaria.

El SIDA sigue siendo un problema  grave. ¿Cómo se puede luchar contra él?

El primer objetivo es cambiar las pautas de comportamiento. En Uganda estamos llevando a cabo un pro grama de educación sexual lla­mado ABC, conocido en todo el mundo por los buenos resultados que ha obtenido.

¿Animaría a realizar la “experiencia africana”?

Desde luego; y a las personas que no tengan la posibilidad de hacer esa experiencia, les animo a ayudar a África desde Europa, desde donde se puede hacer tanto.

Pintores solidarios por la India

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Josephine Kunacherry es médico y numeraria del Opus Dei. Nació en Kerala (India) y es antigua alumna de la Universidad de Navarra. Recientemente ha organizado la exposición “Pintores Solidarios por la India”en la Galería Braulio de Castellón

Al terminar la carrera, Josephine ejerció su profesión en España y posteriormente dirigió un Hospital en Nigeria. Vive en Delhi desde 1997, donde dirige el Proyecto socio-sanitario Family Health Care.

Recientemente volvió a España para inaugurar en Castellón una exposición de pintores solidarios organizada por la Fundación DASYC.

Kunacherry habla con satisfacción de su trabajo en la India: “después de muchos años fuera, volví a mí país con la ilusión de hacer algo útil por la gente de aquí. Quería poner en la práctica lo que aprendí en estos años, primero en la Universidad de Navarra y luego en mi trabajo como ginecólogo en Europa y en el Continente Africano”.

Hace unos años, Josephine fue una de las mujeres que empezó la labor apostólica del Opus Dei en la India. “En mis primeros días en Delhi, recorrí la ciudad en busca de un trabajo para situarme profesionalmente. Uno de esos días tropecé con una señora por la calle a la que había saludado con una sonrisa y me sorprendió con una pregunta: “¿eres feliz?”. Aunque al principio me desconcertó, inmediatamente le respondí que sí, muy feliz…. Ella me contestó “si eres feliz, demuéstramelo”.

Delhi

Con esta curiosa conversación empezó mi amistad con Nilisha, que es de religión hindú. Con ella y algunas amigas hemos empezado una ONG en Delhi con el fin de proporcionar educación a mujeres y niños en temas básicos de salud. Atendemos a muchos pacientes en un dispensario que hemos montado en una zona muy pobre de la ciudad”.

Para sacar adelante económicamente este proyecto social, se comenzó de forma paralela a trabajar en la clínica con pacientes privados por las mañanas. “Todos saben que indirectamente están ayudando a personas con menos medios que ellos y colaboran generosamente. Por las tardes y los fines de semana atendemos muchos suburbios de Delhi donde viven bastantes inmigrantes. Con la ayuda de más de 200 voluntarios, médicos y otros profesionales, hemos podido atender a cerca de 22.000 personas en estos años. La mayoría de los voluntarios son gente joven de diferentes religiones. Todos dicen que han ganado más felicidad al dar su tiempo para colaborar con Family Health Care”.

Pintores solidarios

Son innumerables las gestiones para conseguir fondos y salvar nuevas vidas. Entre otras, Josephine contactó a través de una amiga con la Fundación Dasyc que organizó la exposición “Pintores Solidarios por la India”en la Galería Braulio de Castellón. En este proyecto han colaborado numerosos artistas de la Comunidad Valenciana que han cedido sus obras para ayudar en este proyecto solidario. Gracias a los fondos recaudados, se podrá vacunar a más de 500 niños y empezar un nuevo programa en un barrio marginal de 15.000 habitantes.

“Pertenecer al Opus Dei es vivir la vida cristiana, no hay nada más”

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Kike Gómez Haces es la presidenta de la Asociación Mujer Empresa. En este testimonio cuenta cómo influye en su vida pertenecer al Opus Dei .

¿De qué color son sus gafas? Lila. Puede. Puede que no. Son, sin duda, de un color que sale al paso antes de que ella reciba con tanta cortesía como decisión. Si Kike Gómez Haces trata de esconderse, va de cráneo.

Pero no se esconde. Esta mujer empresaria, presidenta de la Asociación Mujer Empresa –con un millar de asociadas en Asturias- se deja ver lo mismo que sus gafas. O acaso más. Sorprende que, en los primeros impases del encuentre, confiese a las claras que es numeraria del Opus Dei.

-¿Por qué no voy a decirlo? Pertenecer al Opus Dei es, en definitiva, vivir la vida cristiana, no hay nada más. ¡Me van a decir ahora a mí qué es el Opus Dei! Lo demás es puro dar oído a componendas, a historias. El Opus Dei es vivir la vida cristiana más exigente. Para mí ser del Opus Dei es un chollo. La vida cristiana da sentido a mi vida, me ha ayudado a ser mejor, a ser más feliz, e ir en mi trabajo más allá de sólo ganar dinero, a preocuparme más por los demás.

- Supongo que no le habrá gustado el “Código Da Vinci”. No es que queden muy bien parados.

- Detrás de todas estas cosas siempre está la intención de hacer dinero a costa del Opus Dei. El Opus Dei es el magnificado de esa presión mediática, de quiénes se aprovechan de él. El Opus Dei ha influido en mi vida sólo en el aspecto religioso. Solamente. No me dicen cómo tengo que hacer mis negocios. Soy libre.

- Pero no todos lo cuentan a las claras, por delante, como usted.

- Eso pertenece sólo al ámbito espiritual, hay personas que no lo dicen porque, precisamente, es un asunto de la intimidad.

Ya ven, como sus gafas, de frente. Kike Gómez es una de esas risas interminables. Se da un aire de vendaval. Mexicana de nacimiento, porruana de orígenes, regresó a Asturias cuando tenía 7 años. La familia se estableció en Oviedo. Dos años después de retornar, su padre falleció. Su madre, Magdalena tuvo que tomar el timón de una familia numerosa.

En una reunión de trabajo

En ese ejemplo se forjó: «Mi madre nos enseñó que teníamos que ser mujeres independientes que solucionar nuestras vidas sin depender de nadie económica o afectivamente». Describe a su madre como una mujer de rompe y rasga. “Cuando llegamos, sólo ella y otra señora cubana conducían en Oviedo. Sería 1962. Nosotras -hace una referencia a su hermana Charo, que la acompaña durante la charla‑ íbamos a las Teresianas, y cuando nos iba a recoger a clase con aquel SEAT 1500, las monjas se asomaban a ver si aquello era una cosa que estaba mal. Mi madre es una mujer que está a ningún tipo de prejuicios».

- ¿Y cómo los sacó adelante? ¿Traería dinero de México?

- Sí, el dinero de casa era mexicano, pero si no lo administras… Es una viuda muy apañada. Lo invirtió en ladrillos . Ella siempre nos decía que los pisos había que comprarlos en el plano, cuando no existían. Recuerdo que unas navidades nos dijo: “Chamacos, este año no hay regalos, que tenemos que comprar un piso”. Lo aceptamos como si tal cosa.

Si Kike tuviera otro 1500, si Oviedo fuera aquel Oviedín de 1962, seguro que también conduciría, alumbrando la calle con sus gafas lila. Mira un chaleta que tiene y advierte:

- No hemos hablado de la mujer. Uff, de eso hay mucho que contar…

Y cuenta ejemplos de mujeres corajudas que ha encontrado en la asociación a la que pertenece, habla de la diferencia, del toque femenino, que se deja notar en la gestión empresarial. «El mundo sería mucho mejor si en vez de utilizar la mitad del talento de la humanidad (los hombres), utilizásemos todo el talento».

Por qué pedí la admisión en el Opus Dei como numeraria auxiliar

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Yukiko Kojima nació en Kyoto (Japón). Estudió Magisterio. Por motivos profesionales, su familia se trasladó a Pamplona (España), donde conoció el Opus Dei y pidió la admisión como Numeraria Auxiliar. Actualmente vive y trabaja en Roma.

¿Desde cuándo es del Opus Dei? ¿cómo lo conoció?

Decidí entrar a formar parte del Opus Dei el 11 de octubre de 1996. Un año antes me había convertido al catolicismo. Lo conocí a través de mis hermanos, que estudiaron en el Colegio Irabia en Pamplona, obra de apostolado corporativo del Opus Dei. Allí consiguieron un vídeo sobre Centros de Enseñanza y Trabajo por si me interesaba. Me gustó porque coincidía con mi ideal de estudiar y trabajar a la vez y, en noviembre de 1995, fui al centro de estudio y trabajo de la administración del Colegio Mayor Goimendi, en la universidad de Navarra. Allí vi el espíritu de la Obra encarnado en las personas y descubrí la importancia de la administración en los centros del Opus Dei.

¿Qué fue lo que le atrajo del Opus Dei?

Lo que más me llamó la atención fue la posibilidad de vivir en serio la vida cristiana en medio del mundo, tratar con mucha intimidad a Dios a través de lo ordinario, de tu profesión y ayudar a mucha gente a descubrir y vivir esa intimidad con Dios.

¿Por qué pidió la admisión como numeraria auxiliar?

Lo descubrí como una llamada de Dios. Al principio, no percibía la importancia del trabajo del hogar, nunca se me pasó por la cabeza dedicarme profesionalmente a esa tarea. Pensaba que este trabajo era de menos categoría. Lo que quería era ser pintora como mis padres o dedicarme a alguna otra profesión de servicio a los demás como médico o profesora.

Lo que sí tenía claro es que la familia es lo más importante en la vida de una persona y ninguna otra ambición noble podría competir con este desafío. Por otro lado, entendí desde el principio, que Dios ha querido que el Opus Dei sea una familia y que transmita ese ambiente de familia a todo el mundo; y que una familia necesita de una casa, un hogar. Pensé que tenía cualidades para ser una numeraria auxiliar y dedicarme a la atención y al cuidado de los centros del Opus Dei.

En un momento, cuando consideraba la posibilidad de dedicarme a otras profesiones, que también son un servicio directo a las personas, como la medicina o la docencia, se me quedaron muy grabadas en el alma las palabras de Jesús: “Yo estoy en medio de vosotros como quien sirve”. Y pensé que yo tal vez quería dedicarme a un servicio a mi gusto, algo que pudiera tener más relevancia que un trabajo de servicio escondido y vulgar a los ojos de muchos. Entonces me fié de Dios y de la Obra.

Siendo ya del Opus Dei, estudié Magisterio. Escogí una carrera de diplomatura que me aportara un conocimiento general, y que pudiera compaginar con programas de formación profesional específica y práctica. También he estudiado piano.

¿Cómo describiría el trabajo del hogar?

Lo más bonito de mi profesión es contribuir a crear un lugar de descanso para los demás. Se trata de que la gente se sienta a gusto en casa, que sea muy grata la convivencia, que se recuperen las fuerzas para volver a la calle, al trabajo, con una energía renovada. Con cariño y con espíritu de superación puedes dar muchas alegrías y hacer disfrutar con cosas sencillas. Es un trabajo que da vida a los demás sin que se note mucho. Es como el agua o el aire: normalmente no agradecemos que existan, pero el día que nos falte el agua o el aire…

A veces se considera de poca categoría por el hecho de que es un trabajo que parece efímero y rutinario. Se piensa: limpias y se vuelve a ensuciar; preparas la comida y en 30 minutos se acaba lo que haces con tanto esfuerzo. Un libro que escribes queda materialmente en un volumen, un cuadro puede estar en un museo o decorando un espacio, y en la boca de generaciones de hombres. Pero es una monotonía aparentemente repetitiva, que también se da -de alguna manera- en todos los trabajos. El prestigio lo das tú con tu modo de hacer, de trabajar. Se puede y se debe procurar un servicio excelente.

¿Le parece un trabajo con futuro?

Es un trabajo imprescindible. Depende de la conciencia que se tenga de lo que es cada persona, de su dignidad, del valor y la importancia que cada uno dé a su propia familia. Una mujer da prioridad a la atención de su hogar en la medida en que está enamorada de su marido y quiere a sus hijos, y está convencida de que su familia es lo mejor del mundo y dedicarse principalmente a su casa lo más importante.

Me daría pena pensar que para incentivar este trabajo en la propia familia fuera necesaria una remuneración económica, pero pienso que esta profesión debe estar muy bien remunerada y tener un adecuado reconocimiento social porque contribuye a algo que es esencial en la sociedad: hacer familia. Hay servicios de manutención de la casa, arreglos, instalación, etc. que la gente paga bien porque los necesita y lo mismo debería ocurrir con el trabajo de la casa porque es necesario para la salud y el desarrollo de la personalidad en el hogar.

Habría que facilitar en distintos niveles –con el apoyo de organismos internacionales, de gobiernos nacionales, etc.- que sea una opción profesional real y no una carga para la economía familiar. Pero todavía debería haber en el mundo –y los hay- trabajos que se hacen por amor y no tanto por lo que se gana.

En realidad, la satisfacción personal de quien lo realiza libremente y por amor no tiene precio.

¿Ha estado en su país recientemente? ¿Cómo se considera en Japón el trabajo del hogar?

La última vez hace un año. Históricamente los japoneses han valorado mucho la familia y eso se ha plasmado en unas ricas tradiciones culinarias y otros detalles, como los arreglos florales que hacen muy agradable la vida en casa y que se han transmitido de padres a hijos. Ahora, como en otras partes del mundo, se ha generalizado mucho la comida rápida. La gente va de prisa y un poco más a lo inmediato.

Me gustaría que se redescubriera el valor de cuidar de la familia -sería estupendo y muy necesario para la gente de hoy- y que eso se tradujera en dedicar más tiempo; en concreto, a la preparación de esas comidas, que además de ser nutritivas forman parte del patrimonio cultural de mi país, y contribuyen a unir más a los componentes de la familia y los amigos.

¿Cómo influyen las enseñanzas de san Josemaría en su trabajo?

De San Josemaría aprendí a conocer y tratar a Jesucristo y el valor santificador de la vida ordinaria. Es para mí un gran ejemplo de espíritu de servicio.

El nudo de la bolsa

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Soy de un pueblecito de Cuenca, Villalgordo del Marquesado, que está en la comarca de la Záncara. El caso es que conocí el Opus Dei y me llamó la atención la cercanía, la alegría y el buen humor de San Josemaría

Me llamo Ana María Abad. Soy de un pueblecito de Cuenca, Villalgordo del Marquesado, que está en la comarca de la Záncara. Mi padre, que es agricultor y ganadero, puso todos los medios desde que éramos pequeños para que sus hijos estudiáramos una carrera y nos formáramos bien profesionalmente. Y lo consiguió; aunque eso no quita para que a todos nos guste mucho el campo. A mí me apasiona; y desde pequeña manejaba el tractor y la cosechadora, que es un armatoste bastante grande: una señora máquina.

Lo de llevar las máquinas fue algo innato, sólo de ver como las manejaba mi padre. Él iba con un tractor y yo con otro; y luego iba diciendo a sus amistades que yo labraba muy bien. No sé cuanto habrá de verdad en eso y cuánto de amor de padre, pero lo cierto es que me ayudó a ganar en seguridad en mí misma y a saber tomar decisiones difíciles. Yo le admiro mucho, por su afán de superación y por su tenacidad en el trabajo, algo que  ha permitido a dos de mis hermanos, Fernando y Mari Nieves, montar una empresa con varios miles de cabezas de ganado.

Estudié en una escuela de Mota del Cuervo, que queda relativamente cerca de mi pueblo, y mi ilusión desde siempre era hacer Relaciones Públicas, pero no sabía cómo, ya que en la capital, Cuenca, no existía esa carrera. Hasta que un día nos hablaron en la escuela de Altaviana, un centro del Opus Dei en Valencia, donde se podía estudiar Turismo y existía la posibilidad de pagarse la estancia mediante unas horas de trabajo en la Administración. Había que hacer una prueba de veinte días y si al terminar te gustaba ese sistema de estudio y trabajo, te quedabas.

Fui… y aquel ambiente me pareció tan distinto al de mi pueblo que al segundo día me quería marchar. Aunque al día siguiente ya me empezó a gustar, por la alegría de la gente y la preocupación por los demás que ví allí; y antes de que se acabaran los veinte días estaba entusiasmada. Por eso digo que no hay que fiarse nunca sólo de la primera impresión.

Villalgordo del Marquesado

De todas formas, aunque me lo pasaba genial y el trabajo de la Administración me gustaba, decidí buscar otra solución, porque me sentía incapaz de trabajar y de estudiar al mismo tiempo. Y se lo dije mi padre cuando vino a recogerme al cabo de los veinte días.

Mi padre no dijo nada. Al despedirnos, una chica de Altaviana me dio una bolsa llena, a rebosar, con pastas para el viaje; y él se fijó con qué cuidado y delicadeza hacía el nudo, para que no se cayera ninguna pasta. Yo, la verdad, no reparé en nada de esto. Y poco después, cuando regresábamos a Cuenca en coche, me comentó:

- Hija mía, haz lo que quieras, pero yo te aconsejo que te quedes. Me he fijado en cómo hacía el nudo esa chica… Piensa que puedes aprender cosas que te van a ayudar mucho.

- Sí, papá –le dije-; pero lo de estudiar y trabajar al mismo tiempo supone demasiado para mí.

- ¿Y por qué no  pruebas a aprovechar más el tiempo? Anda, inténtalo el primer trimestre, y si te gusta, sigues; y si no, te vienes a casa, que no pasa nada.

Con esa idea me matriculé en Altaviana, y descubrí que mi padre –que había intuido tantas cosas en el modo de hacer un simple nudo- tenía razón. Y los estudios de Hostelería y Turismo me fueron apasionando cada vez más.

Al mismo tiempo que iba aprendía los secretos de la cocina, fui familiarizándome con los grandes “secretos” de la vida cristiana, que lleva amar a Dios en lo pequeño y en lo grande, a frecuentar los sacramentos, a unirse por amor a la Cruz de Cristo para servir a los demás…

Un día ví un video de san Josemaría. Es curioso: fueron sólo veinte minutos. Le hacían preguntas y él iba respondiendo. Aquellas respuestas me impactaron. Yo tenía muy poca idea de la religión y practicaba poco, por dejadez, por ignorancia o lo que fuera; y los pocos sacerdotes que conocía me parecían seres lejanos, distantes, siempre tan serios y tan solemnes… no sé. El caso es que la cercanía, la alegría y el buen humor de san Josemaría me encantaron; y su mensaje, aún más.

A partir de entonces comencé a interesarme por el Opus Dei y fui descubriendo mi vocación como numeraria auxiliar. Y tiempo después  pedí la admisión, consciente de que era una decisión para toda la vida.

El trabajo en la Administración de los centros de la Obra es particularmente bonito. Ya sé que eso es lo que decimos todos a los que nos gusta nuestra profesión, desde el médico al arquitecto, al que tiene un negocio o se dedica al campo. A mí me gusta porque se trabaja para que cada uno se sienta querido.

“¿Y mis padres? Pues les pasa lo que a la mayoría de los padres: están felices si ven a sus hijos felices en su vocación, en su trabajo, con sus ilusiones…”

En este trabajo se emplea un lenguaje que todo el mundo entiende: el del cariño. Un cariño que se descubre en ese mantel limpio; en la flor puesta con gracia en la sala de estar; en la ropa bien doblada…

¿Y mis padres? Pues les pasa lo que a la mayoría de los padres: están felices si  ven a sus hijos felices en su vocación, en su trabajo, con sus ilusiones… “Hija mía, me dice mi madre (y por lo que yo he visto, es lo que suelen decir la mayoría de las madres), yo cuando pienso en ti, descanso”.

En cuanto a mi trayectoria profesional, soy Técnico Superior en Hostelería y Turismo y durante varios años he compaginado mi trabajo en la Administración con clases de cocina teórica y práctica en Altaviana, un centro del Opus Dei en Valencia. En la escuela tenemos un restaurante abierto al público que constituye su primer “rodaje”, y a mí me estimula ver como, año tras año, van saliendo cada vez mejor preparadas. En esto, naturalmente, es decisivo el esfuerzo que pone cada una personalmente, porque en esta profesión, como en tantas otras, la formación complementaria te la tienes que procurar por ti misma.

Hace poco hicimos un viaje profesional de diecisiete días a Holanda, y estuvimos en Europrof, una conocida escuela de hostelería. Allí realizamos prácticas profesionales en hoteles muy variados, aprendiendo diferentes platos y estilos de cocina. Yo procuro que las alumnas hagan muchos viajes de ese tipo, porque el contacto con los colegas del extranjero resulta siempre muy enriquecedor. Y… termino ya, porque como el tema me apasiona, sería capaz de estar hablando de cocina durante tres horas seguidas.

Una enfermera en el corazón herido de África

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Candelas Varela es una joven española del Opus Dei que está viviendo en primera persona el conflicto del Congo, país centroafricano sumido en una cruenta guerra civil desde hace 7 años.

Candela ante las obras del nuevo hospital de Monkole.

Cuando Candelas decidió ejercer su profesión de enfermera en la República democrática del Congo, sabía que tendría que afrontar situaciones difíciles, vivir de cerca la miseria, la falta de medios básicos para curar, pero lo que seguramente no podía sospechar es que, de los 11 años que lleva allí, 7 de ellos los viviría en un país en guerra…

“Soñaba con ir a África, aportar mi grano de arena para el desarrollo…”. Quería ayudar y le propusieron entonces ir al Congo, donde desde 1980 el Opus Dei desarrollaba su labor apostólica. “Y aquí vine, y no me arrepiento. En realidad son once años ya, pero pasaron como si hubieran sido uno o dos y, a pesar de la guerra que parece interminable, volvería a tomar la misma decisión…”.

Candelas admira al pueblo congoleño, que en realidad es un pueblo tranquilo, que se adapta facilmente y sabe vivir con muy poco. Les gusta más bailar que trabajar, aunque tienen habilidades manuales y son decididos. “De nada siempre sacan algo, es un pueblo que sabe acoger, ser alegre y sobrevivir donde otros murieron…”.

Conoce de cerca algunos problemas actuales graves: las altas cifras de niños-soldado, los problemas políticos y militares con otros países por la defensa del territorio o el control de sus ricos recursos naturales (especialmente el coltán), a la falta de medios sanitarios…

Con una alumna de la Escuela de enfermería. (C. Varela / Efe)

Para ayudar a la población, decidió hace años ir a este país, donde trabaja con entusiasmo como directora de la Escuela de Enfermería del Hospital Monkole, iniciativa de ayuda al desarrollo promovida por personas del Opus Dei, junto con cooperadores y amigos de diversos países, para intentar ayudar al Congo en el aspecto sanitario.

Formar profesionales nativos que puedan atender a la población es su objetivo desde hace años… Y también necesitan luchar diariamente por atender a los desplazados, a los heridos, etc.

“Fue preciso además abrir camino y hacer ver que las mujeres podían ser también enfermeras, y no sólo los hombres y que no es un trabajo de segunda clase, sino una gran ayuda social, un servicio importante y necesario”.

“Nuestra asociación CECFOR cree en el desarrollo a través de la formación, del intercambio de experiencias. Es un trabajo a muy largo plazo para el que es esencial tener paciencia. Pero claro, cuando hay inestabilidad política es muy difícil trabajar”.

Aún así, no faltan los proyectos: “Entre los que estamos desarrollando -refiere- hay uno financiado por la cooperación española para la formación de 2.300 enfermeros en salud infantil, higiene hospitalaria y educación para la salud”.

“También tenemos otro que quizá sea financiado por la Unión Europea, e incluso contemplamos la construcción de un nuevo Hospital, pues el actual quedó pequeñísimo, y si hay algo que verdaderamente hace falta aquí son los hospitales”.

Candelas Varela y otras enfermeras, rodeadas de niños. (C. Varela / Efe)

Los días pasan para Candelas trabajando… “La verdad es que no hago nada especial, trabajo, trabajo, trabajo… Por supuesto, rezo, y, en mi escaso tiempo de ocio, voy de excursión, escucho música, veo cine por TV, y procuro no perderme un partido de Rafa Nadal, si lo emiten…”.

Candelas aprendió mucho de los congoleños y está decidida a seguir promoviendo su capacitación profesional, para que puedan desarrollar su país, con su propia cultura y sus abundantes recursos humanos y naturales.


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