Introducción

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Conferencia inaugural del Congreso La grandeza de la vida ordinaria, con ocasión del centenario del nacimiento de San Josemaría, Pontificia Universidad de la Santa Cruz, Roma, 8-I-2002. Publicada en La grandezza Della vita quotidiana. Vocazione e missione del cristiano in mezzo al mondo, Edizioni Università della Santa Croce, Roma 2002, pp. 67-89.

La visión cristiana del mundo asegura que la Providencia divina rige los acontecimientos físicos y humanos, sin destruir la legítima autonomía de lo terreno. Esta certeza vale, de un modo especial y misterioso, para la persona: en la actuación de Dios –calificada tradicionalmente como «firme y suave»[1]- se hace compatible su Omnipotencia con el más delicado respeto a la libertad. En pocas palabras, no domina al ser humano un destino ciego, sino que –lo advirtamos o no– la solicitud amorosa de nuestro Padre Dios nos orienta hacia lo mejor, tanto para su gloria como para cada uno de nosotros.

Más en concreto, pertenece también a la visión cristiana de la vida la convicción de que la existencia personal responde a un designio amoroso de Dios, que «nos eligió antes de la creación del mundo para que fuéramos santos y sin mancha en su presencia, por el amor»[2]. Esta invitación universal a la santidad adquiere en cada individuo la forma de un llamamiento peculiar e irrepetible, que se va descubriendo a lo largo de los años y llega a hacerse patente si la criatura busca de veras cumplir la Voluntad de Dios, lejos de todo egoísmo.

Lógicamente, esta condición vocacional de la vida humana implica que Dios, en su solicitud paterna, concede gratuitamente a cada uno los dones naturales y sobrenaturales que permiten la realización cabal de sus designios, es decir, el cumplimiento de una misión en el mundo. Por tanto, la vocación –con sus exigencias y con las gracias necesarias– no ha de atribuirse en exclusiva a unos pocos selectos o privilegiados, sino que se extiende de manera universal a todas las personas, creadas por Dios a su imagen y semejanza. A su vez, este proyecto divino no impide que la estructura vocacional de la existencia se haga más notoria en las personas que han recibido un encargo explícito de Dios, que las asocia de forma singular a la misión redentora de su Hijo, como instrumentos elegidos para propagar, de modo efectivo, el reino de Cristo entre las almas. Esos designios específicos se advierten con máxima claridad en la vida de los santos.

La personalidad señera del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer resulta particularmente significativa de esta doctrina evangélica sobre la llamada universal a la santidad y al apostolado, que –tras las enseñanzas del Concilio Vaticano II– es bien conocida por los fieles de la Iglesia Católica.

Por una parte, este santo sacerdote es uno de los portavoces contemporáneos más destacados de la difusión de esa llamada universal a la santidad, sobre todo en lo que se refiere a los laicos. Mons. Escrivá ha sido un pionero de este anuncio, al recordar lúcidamente –desde 1928, con la fundación del Opus Dei– que la voluntad de Dios para todas las almas es su santificación[3], esa plenitud de la vida cristiana que cada uno ha de buscar en las circunstancias ordinarias donde la Providencia divina le ha situado, y muy concretamente a través de su trabajo profesional, que se convierte así en medio e instrumento de santidad y apostolado.

Por otra parte, la propia biografía del Beato Josemaría constituye un ejemplo señalado de que Dios otorga las gracias necesarias para realizar la misión recibida. Y como la llamada, a la que este sacerdote respondió fielmente, encierra una extraordinaria significación en la historia del mundo y de la Iglesia, no cabe extrañarse de que en su existencia se trasluzcan unos dones humanos y sobrenaturales de envergadura, que procuraba ocultar en su deseo de desaparecer, tratando de pasar inadvertido, movido por su profunda humildad.

Así lo expresó el Prelado del Opus Dei, Mons. Álvaro del Portillo, en la homilía de la Santa Misa celebrada en la Plaza de San Pedro, al día siguiente de la beatificación de Josemaría Escrivá de Balaguer, en acción de gracias a la Trinidad Beatísima: «La santidad alcanzada por el Beato Josemaría no representa un ideal imposible; es un ejemplo que no se propone sólo a algunas almas elegidas, sino a innumerables cristianos, llamados por Dios a santificarse en el mundo: en el ámbito del trabajo profesional, de la vida familiar y social. Es un ejemplo clarificador que muestra cómo las ocupaciones cotidianas no son un obstáculo para el desarrollo de la vida espiritual, sino que pueden y deben transformarse en oración; él mismo anota por escrito en sus apuntes personales, con cierta sorpresa, que vibraba de Amor a Dios precisamente por la calle, entre el ruido de los automóviles, de los medios públicos, de la gente; incluso leyendo el periódico (J. Escrivá de Balaguer, 26-I-1932, en Apuntes íntimos, n. 673). Se trata de un ejemplo particularmente cercano, porque el Beato Josemaría ha vivido entre nosotros: muchos de los aquí presentes le habéis conocido personalmente. Él participó con intensidad en las angustias de nuestra época, y precisamente en las actividades diarias, mediante el cumplimiento fiel de los deberes cotidianos en el Espíritu de Cristo, ha alcanzado la santidad»[4].

[1] Sb 8, 1.

[2] Ef 1, 4.

[3] Cfr. 1 Ts 4, 3.

[4] ÁLVARO DEL PORTILLO, Homilía de la Santa Misa en acción de gracias y en honor del Beato Josemaría, Roma, 18-V-1992. Cfr. Oración para la Misa en honor del Beato Josemaría Escrivá (Congr. De Cultu Divino et disciplina Sacramentorum, Prot. CD 537/92).

Con la ayuda de mi familia

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Soy José Tomás Ruiz y siempre he tenido un carácter inquieto y emprendedor. Cuando fui diagnosticado de mi segunda discapacidad, la Esclerosis Múltiple, decidí fundar una asociación de afectados por esa enfermedad

Opus Dei -

Soy José Tomás Ruiz, discapacitado de nacimiento. Siempre he tenido un carácter inquieto y emprendedor. Desde muy niño he tenido que luchar por demostrar que podía hacer aquello que me proponía, tras haber evaluado mis posibilidades dentro de mi discapacidad. He creído siempre que toda persona tiene un perfil diferente de otros, pero no es más válido ni menos válido por ello, tan sólo hablaría de capacidad diferente. Soy del Opus Dei.

Para mí, las posibilidades de una persona dependen de reconocer hasta donde podemos llegar y el empeño que pongamos en conseguir nuestras metas. Tengo muy claro que ¡podemos!… con fe y firme voluntad.

Debemos agradecer la ayuda de los demás, pero cada persona tiene su vida. Indudablemente aquellas personas que nos rodean, nos tienden su mano con todo el cariño, pero en nosotros está el tratar de depender cada vez menos.

Nuestra labor debe ser de ánimo y ejemplo, de lucha ante la adversidad. Tenemos que ser capaces de aprovechar nuestras limitaciones para dar ejemplo de lucha y superación ante los reveses que puede depararnos el devenir de los acontecimientos.

Opus Dei -

A mi juicio la resignación debe quedar en nuestro interior y debemos transmitir la alegría que da saber que cada día conseguimos una nueva meta. Podemos conseguir de esta manera ayudar a superar diferentes situaciones y, cuando nos ayuden, verán que son coparticipes de un proyecto de éxito seguro.

Por todo esto, cuando fui diagnosticado de mi segunda discapacidad, la Esclerosis Múltiple, decidí fundar una asociación de afectados por esa enfermedad, una forma también de superar la autocompasión, y ayudar a la vez que beneficiarios de las ayudas de los demás.

Los principios fueron, como todos los principios, duros, muy duros. Sólo el empeño del equipo inicial, capitaneado por mi familia (soporte tanto a nivel personal como asociativo) ha hecho posible la continuidad del proyecto. Además de mi mujer Patricia, también mis hijos José Omar y su esposa Raquel, Zeus Jesús y María Patricia colaboran con esta iniciativa desde el principio.

Opus Dei -

La incomprensión, el desconocimiento y la falta de apuesta por este proyecto son solventadas por el tesón, la entrega y la fe en la necesidad del mismo. Nuestro lema se basa en tres puntos:

- Hablamos de capacidad diferente frente a discapacidad.

- Hablamos de autonomía frente a dependencia.

- Hablamos de vida digna frente a muerte digna.

Para solventar, precisamente, ese desconocimiento generalizado sobre la discapacidad y/o dependencia y el derrotismo generalizado, la falta de apoyos a un proyecto desconocido -como es el tratar de hacer ver al inválido su validez, al discapacitado su capacidad diferente y al dependiente las posibilidades de alcanzar cierta autonomía- la Asociación inició su marcha intentando sensibilizar al conjunto de la población y organizamos unas jornadas técnicas, que suscitaron una respuesta excepcional entre los profesionales sanitarios de nuestra comarca.

Pronto nos dimos cuenta de que en nuestra Asociación no sólo teníamos personas discapacitadas como secuela de la esclerosis múltiple, sino que nos encontramos con víctimas de accidentes, esclerosis lateral amiotrófica, lesionados medulares, fibromialgia y una larguísima lista de afecciones. La necesidad de extender oficialmente nuestro campo de acción a esas personas nos llevó a fundar una nueva asociación más amplia. Entre las dos, estamos ya cerca de los dos mil asociados. Contamos con financiación pública y privada.

Otra actividad que pusimos muy pronto en marcha y que están teniendo un gran éxito son las Jornadas de Convivencia. Desde el año 2004 tratamos de juntar a todas las personas discapacitadas o asociaciones en una jornada lúdica en la que gratuitamente pueden venir a pasar un sábado, tomando paella y participando en actividades recreativas, dejando a un lado los problemas. Estamos todos: familias, niños, adultos. Los niños juegan unos con otros sin tener en cuenta para nada si alguien lleva muletas o no, y no veas si tienen a su alcance una silla de ruedas libre… Tan sólo pusimos desde el principio una condición: cada familia debía aportar un postre para compartir y participar en un concurso. Compartir se comparte, pero el premio suele ser siempre un detallito (placa etc.) que se lo llevan todos. Y puedo asegurar que traen lo mejor de la repostería de la Comarca. Hasta unos pastelitos muy conocidos en la EFA El Campico, los “Chatos y las Zamarras” de las Dominicas de Orihuela. ¡Riquisimos!

Tanto en nuestras relaciones con las administraciones como con los medios de comunicación donde hemos intervenido, insistimos en que si aportamos calidad de vida a una persona enferma y a su entorno, no cabe plantearse palabras como “muerte digna”, ya que tienen una “vida digna”.

En el primer trimestre de 2007 pusimos en marcha el Servicio de Integración Laboral Sil Vegadis, que consiste en hacer de intermediarios entre las personas de la Vega Baja afectadas de algún tipo de discapacidad y el tejido empresarial.

Las sesiones del Servicio de Integración Laboral se llevan a cabo cada mes en las instalaciones de Granja de Rocamora, para tratar de dar a los asistentes unas pautas en la búsqueda de empleo, a pesar de que nosotros tratamos de allanarles el terreno yendo previamente a los empresarios.

Otra actividad que pusimos en marcha fue una Jornada de Responsabilidad Social Corporativa. Por un lado, para despertar en la personas con problemas o secuelas de discapacidad y dependientes las ganas de sentirse útiles, abrirles los ojos para que se dieran cuenta de que son necesarias en la familia y en la sociedad; y, por otro, para explicar al empresariado qué es eso de la Responsabilidad Social Corporativa. Y así, por ejemplo, a los empresarios les quedó muy claro que el hecho de insertar en su empresa a una persona con determinadas deficiencias físicas o sensoriales no le supone una carga. Y estas personas, además de demostrar al empresario que pueden y que tienen una capacidad diferente, les aporta unas compensaciones económicas, que van desde seguridad social hasta adaptaciones de puestos de trabajos subvencionados.

Mediante un convenio con el Ayuntamiento de Orihuela, estamos gestionando un Centro del Voluntariado en la Comarca. Contamos con mas de 250 voluntarios jóvenes a los que se les dan charlas de formación de voluntariado y, dependiendo de sus intereses, llevan a cabo ese voluntariado en nuestra propia ONG o se les redirecciona hacia otras ONG.

Además, hemos ampliado los Servicios socio-sanitarios a nuestros asociados con la incorporación de una Trabajadora Social, una Psicóloga y una Fisioterapeuta, que nos permiten desarrollar el Programa de Atención Psicológica, el Programa de Fisioterapia y Rehabilitación y el Servicio de Transporte Adaptado gracias a la cesión de una furgoneta adaptada.

Para los próximos años nuestro objetivo es seguir ampliando la cobertura de nuestros servicios y programas y disponer de un centro propio que nos permita mejorar la calidad de los servicios que desarrollamos.

TEMA 26. La libertad, la ley y la conciencia

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Dios ha querido la libertad para que el hombre busque sin coacciones a su Creador y Redentor.

1. La libertad de los hijos de Dios

La libertad humana tiene varias dimensiones. La libertad de coacción es la que goza la persona que puede realizar externamente lo que ha decidido hacer, sin imposición o impedimentos de agentes externos; así se habla de libertad de expresión, de libertad de reunión, etc. La libertad de elección o libertad psicológica significa la ausencia de necesidad interna para elegir una cosa u otra; no se refiere ya a la posibilidad de hacer, sino a la de decidir autónomamente, sin estar sujeto a un determinismo interior. En sentido moral, la libertad se refiere en cambio a la capacidad de afirmar y amar el bien, que es el objeto de la voluntad libre, sin estar esclavizado por las pasiones desordenadas y por el pecado.

Dios ha querido la libertad humana para que el hombre «busque sin coacciones a su Creador y, adhiriéndose libremente a Él, alcance la plena y bienaventurada perfección. La libertad del hombre requiere, en efecto, que actúe según una elección consciente y libre, es decir, movido e inducido personalmente desde dentro y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa. El hombre logra esa dignidad cuando, liberándose totalmente de la esclavitud de las pasiones, tiende a su fin con la libre elección del bien y se procura medios adecuados para ello con eficacia y esfuerzo crecientes».

La libertad de la coacción exterior, de la necesidad interior y de las pasiones desordenadas, en una palabra, la libertad humana plena posee un gran valor porque sólo ella hace posible el amor (la libre afirmación) del bien porque es bien, y por tanto el amor a Dios en cuanto bien sumo, acto con el que el hombre imita el Amor divino y alcanza el fin para el que fue creado. En este sentido se afirma que «la verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre».

La Sagrada Escritura considera la libertad humana desde la perspectiva de la historia de la salvación. A causa de la primera caída, la libertad que el hombre había recibido de Dios quedó sometida a la esclavitud del pecado, aunque no se corrompió por completo (cfr. Catecismo, 1739-1740). Por su Cruz gloriosa, anunciada y preparada por la economía del Antiguo Testamento, «Cristo obtuvo la salvación para todos los hombres. Los rescató del pecado que los tenía sometidos a esclavitud» (Catecismo, 1741). Sólo colaborando con la gracia que Dios da por medio de Cristo el hombre puede gozar de la plena libertad en sentido moral: «para ser libres nos libertó Cristo» (Ga 5, 1; cfr. Catecismo, 1742).

La posibilidad de que el hombre pecara no hizo que Dios renunciase a crearlo libre. Las autoridades humanas deben respetar la libertad y no ponerle más límites que los exigidos por las leyes justas. Pero a la vez conviene no olvidar que no basta que las decisiones sean libres para que sean buenas, y que sólo a la luz del grandísimo valor de la libre afirmación del bien por parte del hombre se entiende la exigencia ética de respetar también su libertad falible.

2. La ley moral natural

El concepto de ley es análogo. La ley natural, la Nueva Ley o Ley de Cristo, las leyes humanas políticas y eclesiásticas son leyes morales en un sentido muy distinto, aunque todas ellas tienen algo en común.

Se llama ley eterna al plan de la Sabiduría divina para conducir toda la crea­ción a su fin; por lo que se refiere al género humano, se corresponde al eterno designio salvífico de Dios, por el que nos ha elegido en Cristo «para ser santos e inmaculados en su presencia», «eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Je­sucristo» (Ef 1, 4-5).

Dios conduce cada criatura a su fin de acuerdo con su naturaleza. Concreta­mente, «Dios provee a los hombres de manera diversa respecto a los demás seres que no son personas: no “desde fuera”, mediante las leyes inmutables de la naturaleza fí­sica, sino “desde dentro”, mediante la razón que, conociendo con su luz natural la ley eterna de Dios, es capaz de indicar al hombre la justa dirección de su libre actua­ción».

La ley moral natural es la participación de la ley eterna en la criatura racio­nal. Es «la misma ley eterna ínsita en los seres dotados de razón, que los inclina al acto y al fin que les conviene». Es, por tanto, una ley divina (divino-natural). Consiste en la misma luz de la razón que permite al hombre discernir el bien y el mal, y que tiene fuerza de ley en cuanto voz e intérprete de la más alta razón de Dios, de la que nuestro espíritu participa y a la que nuestra li­bertad se adhiere. Se la llama natural porque consiste en la luz de la razón que todo hombre tiene por naturaleza.

La ley moral natural es un primer paso en la comunicación a todo el género humano del designio salvífico divino, cuyo completo conocimiento sólo se hace posible por la Revelación. La ley natural «tiene por raíz la aspiración y la sumisión a Dios, fuente y juez de todo bien, así como el sentido del prójimo como igual a sí mismo» (Catecismo, 1955).

- Propiedades. La ley moral natural es universal porque se extiende a toda per­sona humana, de todas las épocas (cfr. Catecismo, 1956). «Es inmutable y permanente a través de las varia­ciones de la historia; subsiste bajo el flujo de ideas y costumbres y sostiene su progreso. Las normas que la expresan permanecen substancialmente valederas» (Catecismo, 1958). Es obligatoria ya que, para tender hacia Dios, el hombre debe hacer libremente el bien y evitar el mal; y para esto debe poder distinguir el bien del mal, lo cual sucede ante todo gracias a la luz de la razón natural. La observancia de la ley moral natural puede ser algunas veces difícil, pero jamás es imposible.

- Conocimiento de la ley natural. Los preceptos de la ley natural pueden ser co­nocidos por todos mediante la razón. Sin embargo, de hecho no todos sus preceptos son percibidos por todos de una manera clara e inmediata (cfr. Catecismo, 1960). Su efectivo conocimiento puede estar condicionado por las disposiciones personales de cada uno, por el am­biente social y cultural, por la educación recibida, etc. Puesto que en la situación ac­tual las secuelas del pecado no han sido totalmente eliminadas, la gracia y la Revela­ción son necesarias al hombre para que las verdades morales puedan ser conocidas por «todos y sin dificultad, con una firme certeza y sin mezcla de error».

3. La ley divino-positiva

La Ley Antigua, revelada por Dios a Moisés, «es el primer estado de la Ley re­velada. Sus prescripciones morales están resumidas en los Diez mandamientos» (Catecismo, 1962), que expresan conclusiones inmediatas de la ley moral natural. La entera economía del An­tiguo Testamento está sobre todo ordenada a preparar, anunciar y significar la venida del Salvador.

La Nueva Ley o Ley Evangélica o Ley de Cristo «es la gracia del Espíritu Santo dada mediante la fe en Cristo. Los preceptos externos, de los que también habla el Evangelio, preparan para esta gracia o despliegan sus efectos en la vida».

El elemento principal de la Ley de Cristo es la gracia del Espíritu Santo, que sana al hombre entero y se manifiesta en la fe que obra por el amor. Es fundamental­mente una ley interna, que da la fuerza interior para realizar lo que en­seña. En segundo lugar es también una ley escrita, que se encuentra en las enseñan­zas del Señor (el Discurso de la montaña, las bienaventuranzas, etc.) y en la cateque­sis moral de los Apóstoles, y que pueden resumirse en el mandamiento del amor. Este segundo elemento no es de importancia secundaria, pues la gracia del Espíritu Santo, infusa en el corazón del creyente, implica necesariamente «vivir según el Espíritu» y se expresa a través de los «frutos del Espíritu», a los cuales se oponen las «obras de la carne» (cfr. Ga 5, 16-26).

La Iglesia, con su Magisterio, es intérprete auténtico de la ley natural (cfr. Catecismo, 2036). Esta mi­sión no se circunscribe sólo a los fieles, sino que —por mandato de Cristo: euntes, docete omnes gentes (Mt 28, 19)— abarca a todos lo hombres. De ahí la respon­sabili­dad que incumbe a los cristianos en la enseñanza de la ley moral natural, ya que por la fe y con la ayuda del Magisterio, la conocen fácilmente y sin error.

4. Las leyes civiles

Las leyes civiles son las disposiciones normativas emanadas por las autorida­des estatales (generalmente, por el órgano legislativo del Estado) con la finalidad de promulgar, explicitar o concretar las exigencias de la ley moral natural necesarias para hacer posible y regular adecuadamente la vida de los ciudadanos en el ámbito de la sociedad políticamente organizada. Deben garantizar principalmente la paz y la seguri­dad, la libertad, la justicia, la tutela de los derechos fundamentales de la per­sona y la moralidad pública.

La virtud de la justicia comporta la obligación moral de cumplir las leyes civi­les justas. La gravedad de esta obligación depende de la mayor o menor importancia del contenido de la ley para el bien común de la sociedad.

Son injustas las leyes que se oponen a la ley moral natural y al bien común de la sociedad. Más concretamente, son injustas las leyes:

1) que prohíben hacer algo que para los ciudadanos es moralmente obligatorio o que mandan hacer algo que no puede hacerse sin cometer una culpa moral;

2) las que lesionan positivamente o privan de la debida tutela bienes que pertene­cen al bien común: la vida, la justicia, los derechos fundamentales de la per­sona, el matrimonio o la familia, etc.;

3) las que no son promulgadas legítimamente;

4) las que no distribuyen de modo equitativo y proporcionado entre los ciuda­da­nos las cargas y los beneficios.

Las leyes civiles injustas no obligan en conciencia; al contrario, hay obligación moral de no cumplir sus disposiciones, sobre todo si son injustas por las razones indi­cadas en 1) y 2), de manifestar el propio desacuerdo y de tratar de cambiarlas en cuanto sea posible o, al menos, de reducir sus efectos negativos. A veces habrá que recurrir a la objeción de conciencia (cfr. Catecismo, 2242-2243).

5. Las leyes eclesiásticas y los mandamientos de la Iglesia

Para salvar a los hombres también ha querido Dios que formen una socie­dad: la Iglesia, fundada por Jesucristo, y dotada por Él de todos los medios para cum­plir su fin sobrenatural, que es la salvación de las almas. Entre esos medios está la potestad legislativa, que tienen el Romano Pontífice para la Iglesia universal y los Obispos diocesanos —y las autoridades a ellos equiparadas— para sus propias circuns­cripciones. La mayor parte de las leyes de ámbito universal están contenidas en el Có­digo de Derecho Canónico. Existe un Código para los fieles de rito latino y otro para los de rito oriental.

Las leyes eclesiásticas originan una verdadera obligación moral que será grave o leve según la gravedad de la materia.

Los mandamientos más generales de la Iglesia son cinco: 1º oír Misa entera los domingos y días de precepto (cfr. Catecismo, 2042); 2º confesar los pecados mortales al menos una vez al año, y en peligro de muerte, y si se ha de comulgar (cfr. Catecismo, 2042); 3º comulgar al menos una vez al año, por Pascua de Resurrección (cfr. Catecismo, 2042); 4º ayunar y abstenerse de comer carne los días establecidos por la Iglesia (cfr. Catecismo, 2043); 5º ayudar a la Iglesia en sus necesidades (cfr. Catecismo, 2043).

6. La libertad y la ley

Existen modos de plantear los asuntos morales que parecen suponer que las exigencias éticas contenidas en la ley moral son externas a la libertad. Libertad y ley parecen entonces realidades que se oponen y que se limitan recíprocamente: como si la libertad empezase donde acaba la ley y viceversa.

La realidad es que el comportamiento libre no procede del instinto o de una necesidad física o biológica, sino que lo regula cada persona según el conocimiento que tiene del bien y del mal: libremente realiza el bien contenido en la ley moral y li­bremente evita el mal conocido mediante la misma ley.

La negación del bien conocido mediante la ley moral no es la libertad, sino el pecado. Lo que se opone a la ley moral es el pecado, no la libertad. La ley ciertamente indica que es necesario corregir los deseos de realizar acciones pecaminosas que una persona puede experimentar: los deseos de venganza, de violencia, de robar, etc., pero esa indicación moral no se opone a la libertad, que mira siempre a la afirmación libre por parte de las personas de lo bueno, ni supone tampoco una coacción de la libertad, que siempre conserva la triste posibilidad de pecar. «Obrar mal no es una liberación, sino una esclavitud [...] Manifestará quizá que se ha comportado conforme a sus preferencias, pero no logrará pronunciar la voz de la verdadera libertad: porque se ha hecho es­cla­vo de aquello por lo que se ha decidido, y se ha decidido por lo peor, por la ausencia de Dios, y allí no hay libertad».

Una cuestión distinta es que las leyes y reglamentos humanos, a causa de la generalidad y concisión de los términos con que se expresan, puedan no ser en algún caso particular un fiel indicador de lo que una persona determinada debe hacer. La persona bien formada sabe que en esos casos concretos ha de hacer lo que sabe con certeza que es bueno. Pero no existe ningún caso en el que sea bueno realizar las acciones in­trínsecamente malas prohibidas por los preceptos negativos de la ley moral natural o de la ley divino-positiva (adulterio, homicidio deliberado, etc.).

7. La conciencia moral

«La conciencia moral es un juicio de la razón por el que la persona reconoce la cualidad moral de un acto concreto que piensa hacer, está haciendo o ha hecho» (Catecismo, 1778). La conciencia formula «la obligación moral a la luz de la ley natural: es la obligación de hacer lo que el hombre, mediante el acto de su conciencia, conoce, como un bien que le es señalado aquí y ahora».

La conciencia es «la norma próxima de la moralidad personal», por eso, cuando se actúa contra ella se comete un mal moral. Este papel de norma próxima pertenece a la conciencia no porque ella sea la norma suprema, sino porque tiene para la persona un carácter último ineludible: «el juicio de conciencia muestra “en úl­tima instancia” la conformidad de un comportamiento respecto a la ley»: cuando la per­sona juzga con seguridad, después de haber examinado el problema con todos los medios a su disposición, no existe una instancia ulterior, una conciencia de la concien­cia, un juicio del juicio, porque de lo contrario se procedería hasta el infinito.

Se llama conciencia recta o verdadera a la que juzga con verdad la cualidad moral de un acto, y conciencia errónea a la que no alcanza la verdad, estimando como buena una acción que en realidad es mala, o viceversa. La causa del error de concien­cia es la ignorancia, que puede ser invencible (e inculpable), si domina hasta tal punto a la persona que no queda ninguna posibilidad de reconocerla y alejarla, o vencible (y culpable), si se podría reconocer y superar, pero permanece porque la persona no quiere poner los medios para superarla. La conciencia culpablemente errónea no ex­cusa de pecado, y aun puede agravarlo.

La conciencia es cierta, cuando emite el juicio con la seguridad moral de no equivocarse. Se dice que es probable, cuando juzga con el convencimiento de que existe una cierta probabilidad de equivocación, pero que es menor que la probabilidad de acertar. Se dice que es dudosa, cuando la probabilidad de equivocarse se supone igual o mayor que la de acertar. Finalmente se llama perpleja cuando no se atreve a juzgar, porque piensa que es pecado tanto realizar un acto como omitirlo.

En la práctica se debe seguir sólo la conciencia cierta y verdadera o la con­ciencia cierta invenciblemente errónea. No se debe obrar con conciencia dudosa, sino que es preciso salir de la duda rezando, estudiando, preguntando, etc.

8. La formación de la conciencia

Las acciones moralmente negativas realizadas con ignorancia invencible son nocivas para quien las comete y quizá también para otros, y en todo caso pueden contribuir a un mayor obscurecimiento de la conciencia. De ahí la imperiosa necesidad de formar la conciencia (cfr. Catecismo, 1783).

Para formar una conciencia recta es necesario instruir la inteligencia en el conocimiento de la verdad —para lo cual el cristiano cuenta con la ayuda del Magiste­rio de la Iglesia—, y educar la voluntad y la afectividad mediante la práctica de las virtudes . Es una tarea que dura toda la vida (cfr. Catecismo, 1784).

Para la formación de la conciencia son especialmente importantes la humildad, que se adquiere viviendo la sinceridad ante Dios, y la dirección espiritual.

Ángel Rodríguez Luño

Seido Language Institute

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Pocas horas antes de que el Señor lo llamase a su lado, Mons. Escrivá de Balaguer estuvo reunido con un grupo de universitarias de la Obra, de varias nacionalidades. En aquella tertulia, que sería la última de su vida, se dirigió a Michito, una chica japonesa, con estas palabras:

«Dios Nuestro Señor te ha dado, con el Bautismo, el sentido de la Iglesia. Reza por los de tu tierra, porque es un pueblo muy grande, para que conozcan a Jesucristo, y le amen y le sirvan. Ya sabéis que ahora tus hermanas de Japón están preparando un colegio en Nagasaki. Hay que rezar para que las dificultades desaparezcan, para que puedan comenzar cuanto antes a trabajar allí…»

Hacía diecisiete años que el Fundador del Opus Dei había enviado a un pequeño grupo de personas a comenzar la labor apostólica en Japón. El primer objetivo de aquellos miembros de la Obra era ponerse en contacto con la sociedad japonesa, conocer a la gente, hacer amistades. Hallaron una oportunidad en el vertiginoso desarrollo económica y cultural que se había iniciado después de la guerra mundial. Los japoneses sentían vivamente la necesidad de dominar alguna lengua occidental, principalmente el inglés.

De ahí nació Seido Language Institute o Seido Gaikokugo Kenkyusho, como se dice en japonés, que fue la primera labor apostólica del Opus Dei en aquel país.

Seido está en Ashiya, una pequeña ciudad situada entre los dos enormes núcleos urbanos de Osaka y Kobe, que con más de quince ciudades satélites, albergan a casi ocho millones de habitantes y unas veinte universidades.

El primer local de Seido fue una casa típicamente japonesa: estructura de madera, suelos de tatami y puertas corredizas de madera y papel decorado. Esa sede fue pronto insuficiente y, en 1962, la enseñanza de idiomas era trasladada a un edificio más adecuado, que también quedaría pequeño poco más de diez años después.

Dios bendecía la oración y el sacrificio. Personas de toda condición se acercaban a la fe cristiana desde muy lejos. El primer japonés de la Obra –y que más tarde sería sacerdote– se había convertido a la fe en Seido, atraído en un principio por los valores humanos que allí encontró. El Señor le daría la fe y la vocación al Opus Dei.

En 1973, junto a la Escuela de Idiomas se estableció el Seido Cultural Center, con actividades directamente apostólicas: clases de introducción a la Sagrada Escritura –la Biblia en el Japón es un best seller–; retiros espirituales a los que también asisten los no católicos; clases de catecismo, atención sacerdotal…

Simultáneamente se han creada otros centros semejantes, dando lugar al Seido System Schools, que además provee de material didáctico para la enseñanza de idiomas a más de cincuenta centros universitarios.

Sin duda alguna, la seriedad profesional y técnica con que se desarrollan las actividades de Seido influyen en gran medida sobre estos resultados. No se trata de una isla occidental en un mundo oriental, sino de algo que responde a las necesidades concretas de una sociedad. Por eso, aunque los profesores de inglés, italiano, francés, español y alemán –los idiomas que se imparten– proceden de esos países, Seido es un foco japonés de irradiación cultural que ofrece en la vida diaria un testimonio evidente del trabajo bien hecho –cualidad muy apreciada por los nipones– y de unos horizontes de comunicación que ponen de relieve los puntos clave de la verdadera convivencia universal. Y son precisamente los japoneses del Opus Dei los más empeñados en la multiplicación de este tipo de labores en su país.

…Ahora ya se ha visto realizado el deseo que el Fundador del Opus Dei expresaba a aquella hija suya japonesa en su última tertulia. En octubre de 1975 se inauguraba el Centro Nagasaki Seido y, en 1978, comenzó a funcionar un colegio femenino,concretamente aquel al qué se refería Mons. Escrivá de Balaguer en la mañana del 26 de junio de 1975.

¡Eh, toro!

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Diego Ogáyar es médico y Delegado en Granada de la Asociación Andaluza de Fibrosis Quística (FQ). Su hijo Diego, de 20 años, padece esa enfermedad

Opus Dei - Diego  Ogáyar (hijo)

Diego Ogáyar (hijo)

Mi hijo Diego

Desde que supimos que mi hijo Diego, el menor de mis cuatro hijos, padecía fibrosis quística (FQ) le hemos prestado un cuidado muy especial, dándole todo el cariño y la alegría de la que somos capaces. Esta enfermedad, que es muy dura, se podría resumir así: “Tú respiras sin pensar, y yo… ya no pienso más que en respirar”.

Hasta hace poco los enfermos de FQ tenían una esperanza de vida de cinco años. Ahora pueden llegar a superar los cuarenta, y algunos han creado su familia. Mi hijo Diego es arquitecto técnico y tiene novia.

“Estos enfermos nos ayudan a humanizarnos, especialmente en una sociedad utilitarista y hedonista como la nuestra”

Estamos luchando para que nuestra sociedad dé una respuesta a esta enfermedad mucho más justa y acorde con la dignidad humana: porque hay ciertos sectores de la administración sanitaria y determinados médicos y científicos, que han focalizado su trabajo en las técnicas de diagnóstico genético. Parece que a algunos, más que intentar curar a los que la padecen, lo único que les preocupa es destruir los embriones que puedan desarrollarla…

He manifestado mi desacuerdo, junto con otras muchas personas, hacia una ley que favorece esta tendencia. “Tengo un hijo con Fibrosis Quística –le exponía hace poco, en una carta, a uno de los máximos responsables de nuestro país- y quiero decirle que no tenemos autoridad para decidir quién de nosotros es más digno de nacer. Una persona afectada por la FQ o el Síndrome de Down no es menos digna de nacer que una persona sana: ¡todos gozamos del mismo derecho para llegar a este mundo!

Además, estos enfermos nos ayudan a humanizarnos, especialmente en una sociedad utilitarista y hedonista como la nuestra, que parece que sólo sabe valorar la apariencia exterior y la belleza simétrica.

Opus Dei - Diego  Ogáyar (padre)

Diego Ogáyar (padre)

Los padres de estas criaturas le darán razones sobradas sobre esto. Los afectados de FQ de mi Asociación son personas inteligentes, trabajadoras, buenas estudiantes, obligadamente disciplinadas, que dan a sus familias un fuerte sentido de unidad y solidaridad. Con la nueva ley se le quitará a la sociedad el regalo que suponen estos niños”.

Mi vida (por Diego Ogáyar, hijo)

Bueno, pues les cuento. La verdad es que yo soy, gracias a Dios, una persona bastante afortunada, sobre todo por la familia que tengo: por mi padre, por mi madre y por todos mis hermanos, que me han cuidado siempre con tanto cariño y que sobre todo… ¡me han soportado tanto!

Toda mi familia, especialmente mi madre, me ha inculcado una mentalidad de lucha, de no rendirme ante las dificultades y ante los problemas que hay en esta vida, que son bastantes. Me han ido enseñando a no ver la enfermedad y el sufrimiento como una carga sino, al revés, con un regalo de Dios que te hace ver la vida de otro modo y te lleva a valorarla más.

Opus Dei -

Yo he pasado por muchas enfermedades desde chico. Nací con una parte del intestino separada: algo gravísimo. Gracias a Dios, un médico amigo de mi padre se arriesgó a operarme cuando nadie quería hacerlo, y se hizo cargo de mí… Fue un valiente, y yo rezo todos los días por ese hombre, porque logró salvarme la vida con el trabajo que hizo.

Y desde entonces me han ido pasando muchas cosas que me confirman que si el Señor me tiene aquí, y si me tiene así, será por algo y para algo…

Le doy gracias a mis padres por no haberme ocultado la gravedad de lo mío. Desde chico me han ido diciendo siempre, con prudencia, pero con claridad, todo lo que me iba pasando. Eso te hace independiente y te lleva a madurar.

Me han ayudado, entre otras muchas cosas, a no tener mentalidad de enfermo y a confiar siempre en Dios. Porque una persona con mi enfermedad sólo le encuentra sentido a la vida si cree; si no, esto es un sinsentido.

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Tener confianza en Dios me ha llevado a estudiar y a hacer una carrera como todo el mundo -¡y a ser novillero, que no es algo que haga todo el mundo!-; a tener una novia; a pretender formar una familia; a vivir, en resumen, como cualquiera de mi edad… Porque quejarse y lamentarse no sirve para nada.

Yo pienso que estos sufrimientos que llevamos por Él son como una llaga menos que Cristo tiene en su cuerpo. Y eso, vivido por amor, tiene un valor muy grande, un valor infinito…

Hemos creado una asociación para ayudar a los enfermos con Fibrosis Quística. Me gustaría decirles que luchen, que se enfrenten a la realidad con esperanza. Y a sus familias… a sus familias me gustaría decirles que la mentira siempre causa problemas. Lo mejor es ir siempre con la verdad por delante. La verdad nos hace libres. Huir de la realidad no lleva a ningún sitio.

Es curioso. Yo no concibo mi vida sin mi enfermedad; es como un regalo, mi regalo, un regalo muy especial que me ha hecho Dios. ¿Qué sería yo sin ella? Me ha ayudado a ser valiente, y a ponerme ante un animal bravo, como es el toro, capaz de quitarte la vida…

Eso lo sabemos todos los novilleros, pero en mi caso yo sé que llevo dentro además otro animal bravo -mi enfermedad- que me puede empitonar en cualquier momento…

El toreo me ha ayudado mucho, especialmente en esos momentos de la juventud y la adolescencia en los que parece que no le encuentras sentido a nada… Me ha servido, humanamente, para no hacer tonterías; y me ha venido muy bien para mi enfermedad, porque me lleva a hacer deporte, a torear mucho de salón y, siempre que puedo, a torear al campo, que es donde verdaderamente disfruto.

Opus Dei -

Yo soy arquitecto técnico y la arquitectura me encanta, pero… lo he dicho muchas veces: para mí, el toreo es el arte máximo; el arte culmen de las artes.

A mi madre, la verdad, esto del toreo no le gusta mucho… “¡Te he estado cuidando durante 21 años –me dice- para que ahora te pongas delante de un toro y te lleve por delante!” Pero yo le digo, medio en broma, medio en serio: “mira mamá: yo prefiero morirme delante de un toro que tumbao en una cama”.

Además, confío en que no me pase… el Señor proveerá. Mi nombre artístico es Diego Luque, que es el apellido de mi madre. Ahora mismo estoy montando un Festival para ayudar a los enfermos de Fibrosis Quística. Me gustaría que ver torear a una persona que está en sus mismas circunstancias les ayude a cambiar de mentalidad, a enfrentarse a la enfermedad con espíritu positivo y con afanes de superación personal. Hay que lograrlo. Ojalá que el Festival salga adelante; y si encima hago una buena faena, ¡qué alegría!

“Hay que echarse al ruedo confiando en Él, y torear con valentía, con arrojo, sin lamentarte por el toro que te ha tocado”

Hay que tener esperanza. Yo podría empezar y no acabar contando la mina de cosas que me han pasado… una vez me caí por el tendido de una Plaza de Toros rodando, en plan Spiderman, y gracias a Dios, no me pasó nada. La gente, al verme sano y salvo, se quedó flipada.

Conozco la Obra desde hace muchos años, gracias a mis padres y a los profesores del colegio donde estudié, y soy del Opus Dei desde hace relativamente poco: hace dos años y medio. He descubierto que es verdaderamente una familia y un hombro en el que puedo apoyarme en todo momento. Me ayudan a profundizar cristianamente en el sentido de mi enfermedad. Por que hay veces que te dan bajones y no le encuentras sentido a esto… En la Obra encuentro siempre fuerzas para tirar hacia arriba y empezar de nuevo.

A cada uno le toca en esta vida un toro distinto; a unos les cae en suerte –aunque no es cuestión de suerte, es la voluntad de Dios- un manso; a otros, uno menos manso; y a otros, un berrendo terrible… pero si estás unido a Cristo no pasas miedo. Hay que echarse al ruedo confiando en Él, y torear con valentía, con arrojo, sin lamentarte por el toro que te ha tocado. Hay que subir a los medios, ponerse firme y gritar con fuerza, lanzando la muleta al aire: ¡Eh, toro!

Entonces descubres que, si le dejas, es Él quien hace verdaderamente la faena.


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