Juan Pablo II: un infatigable defensor de la verdad

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Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, aborda, entre otros temas, los veinticinco años de pontificado de Juan Pablo II, las raíces cristianas de Europa y la deseada paz en Tierra Santa. Entrevista de Paolo Cavallo publicada en “Il Secolo XIX” (Italia).

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Elevado al honor de los altares el 6 de octubre del año pasado, el 26 de junio se celebra la fiesta canónica dedicada a San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei. Un santo de nuestros días, que ha querido la Obra como camino para dar sentido y dignidad al trabajo y a la vida cotidiana.

Su sucesor, monseñor Javier Echevarría, coordina la presencia y la actividad de la Obra en todo el mundo. Un “padre y madre” para centenares de miles de creyentes comprometidos en la andadura de ese camino de santificación cotidiana. Hombre cercano al Papa desde dentro de la Iglesia, en contacto con las personas clave del Vaticano, monseñor Echevarría es un testigo privilegiado de estos veinticinco años de pontificado de Juan Pablo II, de los desafíos que suponen para la Iglesia la paz, la dignidad del hombre y la salvaguardia de las raíces y de la cultura cristianas.

Veinticinco años de pontificado son veinticinco años de la historia del mundo. ¿Cuál es su juicio de la misión del Papa?

«La actividad del Papa es tan amplia, y su figura tan significativa a todos los niveles, que supera cualquier tipo de juicio. Juan Pablo II representa algo único en el actual momento histórico. Su autoridad moral es universalmente reconocida, su prestigio es tal que nadie puede ni siquiera fingir que ignora sus intervenciones a favor de la dignidad de la persona humana, del respeto de la vida, de la paz, de los pueblos pobres de nuestro planeta. El Papa ha mostrado de nuevo con los hechos, como sus predecesores, que es “el siervo de los siervos de Dios”, el infatigable defensor de la verdad, el abogado de todos los hombres y de todas las mujeres, en cuya dignidad cree con todas sus fuerzas. En realidad, en todo esto está en juego algo mucho más importante que el simple prestigio de su persona. En estos veinticinco años Juan Pablo II ha hecho presente a Cristo en nuestro tiempo, ha llevado a la humanidad a buscar en Jesús la respuesta a las preguntas de fondo sobre el sentido de la existencia humana. Éste es el motivo último de su autoridad».

Sin embargo, en realidad parece que se le sigue haciendo poco caso. ¿Por qué?

«Algunas intervenciones del Papa contrastan netamente con la mentalidad y la cultura dominantes y pueden parecer, por tanto, obligadas pero anacrónicas. Necesarias pero destinadas a sucumbir. Esta aparente asincronía no significa irrelevancia. Los maestros no se dejan encerrar en el tiempo. Estas intervenciones han de ser recibidas no según una óptica partidista, sino como actos de ejercicio del Magisterio. Indican una dirección que hay que seguir: una dirección difícil para todos, pero históricamente ineluctable, si de verdad queremos la salvación de nuestra civilización. Proponen valores sobre los que toda discusión ha de ser superada: la promoción de la paz, la defensa de la vida, la afirmación de la justicia, el ofrecimiento y la petición de perdón. Aquí está la dificultad: en la necesidad de no escoger uno para dejar el otro. El bien es indivisible».

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¿El Opus Dei debe mucho a este Papa?

«El mensaje difundido por San Josemaría desde 1928, confirmado después por el Concilio Vaticano II, se muestra particularmente atractivo por el redescubrimiento de la extraordinaria belleza de la santidad cristiana, un ideal que hay que buscar y poner en práctica en todos los momentos de la vida: tanto en los de paz y serenidad como en los que se ven marcados por los problemas y por el dolor. Un ideal al alcance de todos. La vida ordinaria puede a veces parecer banal. Pero, si buscamos a Cristo, lo cotidiano se transforma en camino hacia Dios y hacia la felicidad. Estoy agradecido a todos los Papas, porque todos, desde Pío XII hasta hoy, han demostrado un gran afecto por el Opus Dei. Tenemos una particular deuda de gratitud con Juan Pablo II, porque durante su pontificado han tenido lugar algunos eventos de especial importancia para la historia de la Obra, como por ejemplo la canonización de San Josemaría».

¿Cómo secunda el Opus Dei el empeño del Papa? Por ejemplo, sobre la constitución europea y el reconocimiento de las raíces cristianas de Europa el Papa ha hecho oír su voz. ¿Cuál es el empeño de la Obra en este sentido?

«La misión y el empeño del Opus Dei es dar formación a los fieles de la Prelatura y a otras personas que lo deseen y lo pidan. Una formación espiritual coherente suscita la responsabilidad personal, el deseo de contribuir a la construcción de una sociedad más humana y más cristiana. Ignorar las raíces cristianas de Europa equivaldría a negar la misma realidad e historia europeas: es lo que ha puesto de relieve la Comisión de los Episcopados de la Unión Europea. En su labor, la Iglesia no persigue privilegios, sino que, por el contrario, procura situarse siempre en una dinámica de servicio y de apertura. Se trata de respetar la realidad, sin doblegarse a prejuicios anticlericales que pertenecen al pasado. De hecho, la cuna de Europa es el cristianismo. En este contexto, la Obra hace hincapié en la responsabilidad personal de cada uno, en particular de cada ciudadano cristiano, de contribuir a la evangelización de la cultura con el propio trabajo, con espíritu de iniciativa, yendo contra corriente si es necesario, abriendo caminos a las nuevas generaciones».

Pero parece que la Iglesia pretenda hegemonizar la Europa política…

«Junto al valor de la libertad, es preciso recordar también el del pluralismo. Nadie puede pensar que los católicos promueven un “modelo único” para Europa, ni en la vertiente cultural ni en la política. En el Viejo Continente conviven culturas que, a pesar de sus comunes raíces cristianas, son muy diversas entre sí, pero que nadie pretende uniformar. Respeto de la realidad y respeto de la historia, en definitiva, en un clima de libertad y pluralismo».

El valor de la libertad comunica con el de la paz. ¿Se podrá un día vivir en paz en Palestina?

«En Tierra Santa se combate por una tierra… Ésta es la verdad. Se combate por una cuestión de justicia. Entre palestinos e israelíes hay hombres y mujeres capaces de convivir fraternalmente. La paz es una bendición del cielo que necesita en la tierra hombres y mujeres de buena voluntad. Hay que construir la paz. La paz es un empeño humano. La paz auténtica, inseparable de la justicia, procede de una cordial comprensión entre las personas. Y esto requiere la buena disposición de comprender y perdonar, además del empeño de conocerse y estimarse. San Josemaría non se cansaba de repetir que sólo de la paz en las conciencias puede nacer la paz en los pueblos y entre los pueblos. Y añadía que la violencia no sirve nunca ni para vencer ni para convencer. Quien la usa sale siempre derrotado».

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Muchas veces las guerras tienen su origen en situaciones dramáticas de pobreza, como sucede en África. El continente africano necesita ayuda. ¿El Opus Dei se ha comprometido a hacer algo por quienes en África se encuentran en una situación de mayor pobreza?

«Cuando el Papa hizo pública, el año pasado, su intención de canonizar a San Josemaría, se constituyó un comité organizador que, entre otras cosas, promovió la creación de un fondo de solidaridad con África a partir de donativos de los participantes en la canonización. Nacía así el proyecto Harambee 2002. En la constitución del fondo han participado, hasta ahora, varios entes e instituciones, junto a más de cien mil personas, en su mayor parte con pequeñas aportaciones. Los fondos recaudados servirán para ayudar a dieciocho proyectos educativos en el África subsahariana. Entre éstos se encuentra un centro para la reinserción social de niños obligados a combatir durante la guerra civil en Sierra Leona. Es sólo una gota en un mar de necesidades. Pero el Proyecto Harambee 2002 ha servido para canalizar, en el momento de la canonización, la natural alegría de quien ha recibido muchas gracias a través de San Josemaría hacia el deseo de recordar a quienes se encuentran en dificultad. Porque la vida está hecha de esto: alegría y dolor, salud y enfermedad, fuerza y debilidad. Viviremos siempre entre luces y sombras. Lo importante es poner la vida al servicio de los demás».

El poder fascinante del amor

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Con motivo del primer aniversario de la quinta visita de Juan Pablo II a España, ofrecemos una breve selección de algunas frases dirigidas por el Santo Padre al pueblo español y en especial a los jóvenes.

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Paz
Amados jóvenes, sabéis bien cuánto me preocupa la paz en el mundo. La espiral de la violencia, el terrorismo y la guerra provoca, todavía en nuestros días, odio y muerte. La paz – lo sabemos – es ante todo un don de lo Alto que debemos pedir con insistencia y que, además, debemos construir entre todos mediante una profunda conversión interior. Por eso, hoy quiero comprometeros a ser operadores y artífices de paz. Responded a la violencia ciega y al odio inhumano con el poder fascinante del amor. Venced la enemistad con la fuerza del perdón. Manteneos lejos de toda forma de nacionalismo exasperado, de racismo y de intolerancia. Testimoniad con vuestra vida que las ideas no se imponen, sino que se proponen. ¡Nunca os dejéis desalentar por el mal! Para ello necesitáis la ayuda de la oración y el consuelo que brota de una amistad íntima con Cristo.

Virgen María
María, además de ser la Madre cercana, discreta y comprensiva, es la mejor Maestra para llegar al conocimiento de la verdad a través de la contemplación. El drama de la cultura actual es la falta de interioridad, la ausencia de contemplación. Sin interioridad la cultura carece de entrañas, es como un cuerpo que no ha encontrado todavía su alma. ¿De qué es capaz la humanidad sin interioridad? Lamentablemente, conocemos muy bien la respuesta. Cuando falta el espíritu contemplativo no se defiende la vida y se degenera todo lo humano. Sin interioridad el hombre moderno pone en peligro su misma integridad. Queridos jóvenes, os invito a formar parte de la “Escuela de la Virgen María”.

Apostolado
Es preciso que vosotros jóvenes os convirtáis en apóstoles de vuestros coetáneos. Sé muy bien que esto no es fácil. Muchas veces tendréis la tentación de decir como el profeta Jeremías: “¡Ah, Señor! Mira que no sé expresarme, que soy un muchacho”. No os desaniméis, porque no estáis solos: el Señor nunca dejará de acompañaros, con su gracia y el don de su Espíritu.

Entrega
Deseo decir a cada uno de vosotros, jóvenes: si sientes la llamada de Dios que te dice: “¡Sígueme!”, no la acalles. Sé generoso, responde como María ofreciendo a Dios el sí gozoso de tu persona y de tu vida. Os doy mi testimonio: yo fui ordenado sacerdote cuando tenía 26 años. Desde entonces han pasado 56. Al volver la mirada atrás y recordar estos años de mi vida, os puedo asegurar que vale la pena dedicarse a la causa de Cristo y, por amor a Él, consagrarse al servicio del hombre. ¡Merece la pena dar la vida por el Evangelio y por los hermanos!

Futuro
¡España evangelizada, España evangelizadora! Ese es el camino. No descuidéis nunca esa misión que hizo noble a vuestro país en el pasado y en este momento intrépido para el futuro. Gracias a la juventud española que ayer vino tan numerosa para demostrar a la moderna sociedad que se puede ser moderno y profundamente fiel a Jesucristo. La juventud es la llama de esperanza para el futuro de España y de la Europa cristiana. El futuro les pertenece.

Testigo del Amor

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«Juan Pablo II es un testigo creíble del Amor». Así definía el Prelado del Opus Dei al Santo Padre con motivo de su visita a España, hace ahora un año. Ofrecemos el artículo que Mons. Echevarría publicó entonces en “La Vanguardia” y una selección de frases pronunciadas por el Papa.

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Hemos de agradecer a Juan, el joven discípulo de Jesús, que nos haya relatado al final de su evangelio el diálogo comprometedor entre Cristo resucitado y Pedro, que tiene lugar a orillas del lago Tiberíades, después de la pesca milagrosa. El Señor enciende un fuego y prepara un poco de pescado y de pan para esos siete discípulos suyos que han pasado la noche en la barca, dedicados a la dura faena de la pesca. Luego lleva aparte a Pedro y por tres veces le pregunta si le ama más que los otros. Simón contesta a las dos primeras interrogaciones diciendo simplemente que le ama. En la tercera ocasión, se entristece un poco y completa su respuesta: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo”. A la confesión de amor responde Jesús encomendando a Pedro la misión de cuidar a los suyos.

Desde ese momento y hasta el final de la historia, la misión de los sucesores de Pedro ha quedado ligada a la gran paradoja de la existencia humana: nos sabemos portadores de las más altas aspiraciones y a la vez experimentamos nuestra personal pequeñez y debilidad. El Hijo de Dios ha pedido a Pedro por tres veces una confesión de Amor, porque sólo mediante ese Amor al Maestro los sucesores del pescador de Galilea podrán servir y confirmar a sus hermanos.

El quinto viaje de Juan Pablo II a España me lleva a evocar estas páginas del evangelio de Juan. En nuestra época, donde un gran progreso tecnológico contrasta con profundas dudas ante el misterio del ser humano, Juan Pablo II no deja de iluminar la dimensión más radical de nuestro existir: la vocación al Amor. Escribo esta palabra con mayúscula no sólo porque comprende principalmente el Amor de Dios, sino también para resaltar su grandeza en todas sus nobles manifestaciones.

Testigo creíble
Algunas personas han expresado su dificultad para comprender la coherencia entre los diversos registros de la palabra de Juan Pablo II. En ciertos casos, han percibido como divergentes estos dos aspectos: sus enseñanzas diáfanas sobre la natalidad, el aborto, la eutanasia y el respeto a la vida; y por otro lado sus fuertes llamadas a la justicia y a la solidaridad social. Sin embargo, la vida y la palabra del Papa revelan una profunda coherencia que yo resumiría con brevedad: Juan Pablo II es un testigo creíble del Amor.

Dios nos ha concedido un sucesor de Pedro que, también con su experiencia sacerdotal y con su vocación de literato y filósofo, ha ayudado a comprender mejor la grandeza de la llamada divina al Amor. En un clima de desconfianza y de temor, nos ha invitado a cruzar el umbral de la esperanza y a cultivar –con la ayuda divina– una caridad generosa, limpia, gratuita. Ha puesto de relieve la grandeza de la unión matrimonial, como un don concedido por Dios para el Amor y la transmisión de la vida; ha iluminado –sin temores nacidos de un falso espiritualismo– el carácter esponsal del cuerpo humano; y, desde su vivencia de la paternidad espiritual, ha mostrado tanto la belleza del matrimonio como la fecundidad espléndida del celibato, acogido libremente como don de Dios.

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En la Jornada Mundial de la Juventud del Gran Jubileo del Año 2000, fuimos testigos de la respuesta positiva de innumerables jóvenes a un Papa, ya anciano, que afirmaba la existencia humana como ser-para-la-Vida, en lugar del nihilismo de un ser-para-la-muerte; que les hablaba con persuasivo convencimiento del amor generoso que lleva al sacrificio del propio yo.

Pienso que este hilo conductor explica por qué el Papa ha cuidado tanto a las familias y por qué las considera base del progreso verdaderamente humano. No hay un cambio de registro cuando Juan Pablo II afronta otra dimensión fundamental de nuestra existencia: el trabajo. También aquí lo más importante apunta al crecimiento de la persona mediante una actividad profesional al servicio de los demás. Quedarse en los meros aspectos económicos conduce a empequeñecer al individuo, a reducirlo a un engranaje del proceso productivo. Muchas veces es necesario atreverse a cambiar ciertas estructuras, que pueden parecer prácticas, o pragmáticas, pero que coartan el libre desarrollo de las personas. Bien lo entendía el poeta catalán Joan Maragall: “Esfuérzate en tu quehacer / como si de cada detalle que pienses, / de cada palabra que digas, / de cada pieza que pongas, / de cada golpe de martillo que des, / dependiese la salvación de la humanidad / porque en efecto depende, créelo”.

Resuena la misma vocación al Amor cuando Juan Pablo II quiere saludar a cada persona que se le acerca, cuando sonríe al tomar en sus brazos y bendecir a un niño pequeño, cuando juega con el bastón o canta en sus encuentros con gente joven, buscando el diálogo con cada uno, aun siendo muchos millares. Por eso, su tono se hace particularmente serio al defender los derechos del hombre, al dar voz a los más débiles, como es el caso de muchos países africanos que se sienten abandonados. Su insistencia en hablar del hombre no como algo general o colectivo, sino en su singularidad irrepetible, ha contribuido a que nos percatemos de que, en rigor, las criaturas humanas no se pueden numerar: cada una tiene una dignidad y un valor inconmensurables.

Defender el Amor

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Su constancia al recordar el deber moral de agotar con rectitud todos los medios posibles para resolver de modo pacífico los conflictos refleja igualmente su amor sin discriminaciones de ningún género. Por eso no deja de recordar aspectos de hondo calado: los dolores físicos y morales de la población civil, los resentimientos que agrían los corazones, las barreras que impiden la fraternidad. Si en ocasiones no se logra evitar el conflicto bélico, que es siempre una “derrota de la humanidad” (Discurso al Cuerpo diplomático, 13/01/2003), eso no significa que la palabra del Papa haya sido inútil. Quiere decir más bien que quizá no hemos buscado suficientemente la paz, en todas sus manifestaciones: la paz en las conciencias, en las familias, en el trabajo, en la vida pública.

Quisiera resaltar, por último, que Juan Pablo II defiende el Amor contra el más poderoso enemigo: el yo de cada uno, cuando se deja arrastrar por la debilidad y por el egoísmo. El Santo Padre logra entusiasmar, suscita decisiones profundas, facilita que los jóvenes descubran su vocación cristiana, porque su testimonio está respaldado por su vida, por su desgaste físico diario.

Desde hace 25 años es un testigo itinerante y creíble del Amor de Dios a cada ser humano. Más todavía en estos momentos, cuando su debilidad corporal permite ver mejor la fuerza de ese Amor divino en su vida. Muchas personas se remueven, especialmente en estos últimos tiempos, ante su entrega incondicional, que no es más que la intensificación de lo que viene practicando a lo largo de su pontificado: no se ahorra ningún esfuerzo, no se perdona ningún sacrificio. Si se emplean sólo criterios de eficacia no se pueden entender estas cosas de Dios.

La primera comunidad cristiana de Jerusalén ponía a los enfermos junto al camino de Pedro, para que al menos su sombra les tocase y quedasen curados. Pido a Dios que la sombra del paso de Juan Pablo II nos cure de nuestras dolencias y que sepamos aprender de este testigo creíble del Amor de Dios.

JAVIER ECHEVARRÍA, prelado del Opus Dei.


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