En unión con la Jerarquía

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

En esta divina aventura, los miembros del Opus Dei, igual que los demás fieles, secundan todas las directrices de los legítimos Pastores de la Iglesia. Omnes cum Petro ad Iesunt per Mariam, gustaba de repetir Mons. Escrivá de Balaguer. Y en 1934 escribió: Cristo .María. El Papa. ¿No acabamos de indicaren tres palabras, los arnore.s que compendian toda la /e católica

Son estas tres palabras las que componen el programa que ha guiado su vida entera, la de todos los miembros del Opus Dei y la de cientos de miles de personas en todo el mundo.

Junto con este amor al Papa, forma parte muy importante del espíritu de la Obra –como ya he dichola veneración a los respectivos Obispos y la oración generosa y constante por su persona e intenciones. El apostolado personal de cada miembro del Opus Dei con sus amigos y compañeros lleva a que haya muchos más católicos activos que frecuentan los templos, y colaboran generosamente en las diversas iniciativas apostólicas que hay en las diócesis.

En el Decreto de Introducción de la Causa de Beatificación y Canonización de Mons. Escrivá de Balaguer, el Cardenal Poletti, Vicario del Papa para la diócesis de Roma, señalaba que «Mons. Escrivá vivió el propio ministerio como servicio desinteresado a la Iglesia, y enseñó a sus hijos, repartidos por el mundo, a actuar en firme unión con la Jerarquía ordinaria y en absoluta fidelidad al Magisterio, de modo que, en todas las diócesis donde trabaja el Opus Dei, la fidelidad al Romano Pontífice y la lealtad a la Jerarquía son inconfundibles características suyas». Esta unión con la Jerarquía, siempre vivida, ha sido, si cabe, reforzada con la erección del Opus Dei como Prelatura personal.

Por ejemplo, los Obispos de las diócesis donde hay Centros saben bien que la Obra, antes de erigirlos, solicita la venia del Obispo del lugar. y que le mantiene puntualmente informado de las actividades apostólicas que vaya desarrollando. En cada diócesis, el Opus Dei desea única y exclusivamente servir a las necesidades pastorales de las Iglesias locales.

En conclusión, se puede decir que los miembros del Opus Dei están y viven desperdigados, cada uno en el sitio en que le buscó el Señor: ahí deben esforzarse diariamente por santificar el trabajo –que es medio de subsistencia para sí y para los suyos–, por santificarse en el trabajo, y por convertirlo en ocasión de apostolado. Y el Opus Dei, según sus fines y modos apostólicos, se limitará a proporcionarles la asistencia espiritual necesaria para su vida de piedad, y una adecuada formación espiritual y doctrinal.

Como consecuencia de esta formación, en la que se inculca el amor y la veneración a la Iglesia y a sus legí–timos Pastores, los fieles de la Prelatura pueden participar –si les corresponde y libre y responsablemente lo desean– en los organismos diocesanos. Pero nunca lo hacen representando a la Obra, sino a título exclusivamente personal. Porque el Opus Dei no es ni puede actuar como grupo, ni en esto ni en cualquier actividad humana por noble y generosa que sea.


Perenne juventud de la Iglesia

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.



Es lógico que esta realidad viva, que enlaza directamente con la de los primeros cristianos, haya contado desde su fundación con el apoyo y el aliento de la Jerarquía episcopal y haya recibido, desde 1943, todas las aprobaciones de la Santa Sede, que han culminado en la erección de la Prelatura personal de la Santa Cruz y Opus Dei, el 28 de noviembre de 1982, en los mismos términos que había solicitado su Fundador.

En una carta manuscrita dirigida a Mons. Escrivá de Balaguer, Pablo VI escribía que el Opus Dei «ha surgido, en este tiempo nuestro, como viva expresión de la perenne juventud de la Iglesia, plenamente abierta a las exigencias de un apostolado moderno, cada vez más activo, capilar y organizado». Y añadía: «Colocados por la voluntad del Señor al timón de la nave de Pedro, desde la que escrutamos con vigilante solicitud los signos anticipadores de los tiempos, el ansia de las almas que esperan la llegada de los operarios del Señor, las necesidades antiguas y siempre renovadas que entraña la difusión del Evangelio de Cristo, consideramos con paterna satisfacción cuanto el Opus Dei ha realizado y realiza por el Reino de Dios, el deseo de hacer el bien, que lo distingue; el celo ardiente por las almas, que lo empuja hacia los arduos y difíciles caminos del apostolado de presencia y testimonio en todos los sectores de la vida contemporánea».

Juan Pablo II, en la homilía de la Misa que celebró en Castelgandolfo el 19 de agosto de 1979, se dirigía –según recoge L’Osservatore Romano– en los siguientes términos a un grupo de profesores y estudiantes universitarios del Opus Dei: «Vuestra institución tiene como finalidad la santificación de la vida permaneciendo en el mundo, en el propio puesto de trabajo y de profesión: vivir el Evangelio en el mundo, viviendo ciertamente inmersos en el mundo, pero para transformarlo y redimirlo con el propio amor a Cristo. Realmente es un gran ideal el vuestro, que desde los comienzos se ha anticipado a la teología del laicado, que caracterizó después a la Iglesia del Concilio y del postconcilio.

»Tal es el mensaje y la espiritualidad del Opus Dei: vivir unidos a Dios en medio del mundo, en cualquier situación, cada uno luchando para ser mejor con la ayuda de la gracia, y dando a conocer a Jesucristo con el testimonio de la propia vida.

»¿Hay algo más bello y más apasionante que este ideal? Vosotros, insertos y mezclados en esta humanidad alegre y dolorosa, queréis amarla, iluminarla, salvarla: ¡benditos seáis y siempre animosos en este vuestro intento! »,

«Las ilusiones humanas se armonizan muy bien con el deseo de servir a Dios»

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Elvira acaba de guardar su bata blanca. La última consulta de la mañana ha terminado. Tiene aspecto juvenil pero hace ya unos años que dejó la Universidad. Desde entonces han cambiado unas cuantas cosas en su vida: se casó con un médico, ha tenido nueve hijos y ha ido perfilando su dedicación profesional dentro del campo de la medicina.

Al preguntarle por algún acontecimiento decisivo en estos años, me comenta con rapidez que ha sido su vocación al Opus Dei lo que ha dado un relieve nuevo a ese entramado de acontecimientos que han ido configurando su vida profesional y familiar.

–¿Cómo conoció usted el Opus Dei?

–Conocí la Obra cuando comenzaba mis estudios en la Universidad. A1 encontrarme en un ambiente diferente al del Colegio, me di cuenta de que debía reforzar mi formación espiritual de un modo semejante a como procuraba ir mejorando mi formación humana. A través de una amiga se me presentó la oportunidad de asistir a unas clases de Teología en un Centro del Opus Dei.

–¿Y de qué modo ha influido en su vida el Opus Dei?

–A través de la formación espiritual que recibo, he ido descubriendo que es posible tener una gran intimidad con Dios, aunque se esté metida de lleno en el trabajo profesional; y que las ilusiones humanas se armonizan muy bien con el deseo de servir a Dios. Cuando conocí mejor la Obra, yo estrenaba una familia, comenzaron a llegar mis primeros hijos. Me di cuenta de que debía vivir la vida ordinaria abnegadamente, cara a Dios. En mi caso, eso se traduce en esforzarme por sacar adelante una familia numerosa como la que Dios me ha dado. Gracias a las enseñanzas del Fundador del Opus Dei he descubierto la grandeza que encierra la vida matrimonial, y la trascendencia humana y sobrenatural que supone tener hijos y educarlos. Sé que a veces no es fácil. Mis hijos han nacido, uno tras otro, sin darme tiempo a pensar en otros proyectos profesionales que tenía. Pero del espíritu del Opus Dei he aprendido que la grandeza de un quehacer, lo que permite a una persona alcanzar su plenitud humana, es, con la gracia de Dios, lo mismo que le hace alcanzar la santidad: el convertir su vida en un servicio gustoso a Dios y a los demás.

–El Fundador del Opus Dei insiste mucho en la obligación que tienen los cristianos de preocuparse por acercar a Dios a sus colegas y amigos. ¿Le queda a usted tiempo para eso?

–Efectivamente, el espíritu de la Obra enseña que es deber de un buen cristiano no sólo encontrar a Dios a través de un trabajo honesto y bien hecho, sino preocuparse de acercar la gente a Dios. Pero ésa no es una labor al margen de la vida familiar y de la vida profesional. Se trata de compartir con los familiares, con los amigos, lo mejor que uno tiene: la formación cristiana. Mis hijos me brindan con frecuencia oportunidades estupendas de ayudar a la gente. Ellos son un tema fácil de conversación cuando me encuentro con las madres de sus amigos, en la puerta del colegio. Algunas personas se asombran al saber que tengo nueve hijos. Entonces procuro transmitir a esas amigas mías consideraciones que las animen también a descubrir la grandeza del matrimonio y a vivir conforme a los planes de Dios, con una lógica diferente a la que encierran a veces los planteamientos que nos hacemos de tejas abajo.

También en mi consulta surgen ocasiones de ayudar a las personas. A la vez que un consejo médico, cuántas veces puedo darles un consejo amistoso que les ayude a enfrentarse con una situación difícil, con más esperanza. Pero todo eso gracias a Dios.

–Usted conoció al Fundador del Opus Dei. ¿Recuerda algún rasgo de la personalidad de Monseñor Escrivá de Balaguer que le llamara especialmente la atención?

–Me llamó la atención su alegría. Advertí con gran claridad que era un sacerdote que estaba muy cerca de Dios, que era un hombre santo. La fuerza y el cariño con que hablaba de Dios, la esperanza que transmitía con sus comentarios removían el alma. Vi conmoverse a las personas que estaban a mi alrededor, en aquella reunión tan numerosa –en Tajamar–, donde el Padre hablaba como si estuviera a solas con cada uño. Le aseguro que me sentí removida interiormente y con un gran deseo de esforzarme en ser mejor. Al mismo tiempo, recuerdo que me inspiró–una gran confiañza. Desde que el Padre falleció me encomiendo a su intercesión con mucha frecuencia y le pido ayuda en tantas cosas. Sé que Monseñor Escrivá es un eficaz intercesor delante de Dios.

Tal como son, con sus defectos

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

–¿Qué le proporciona a usted el Opus Dei? –Quien responde ahora es el catedrático de Derecho Romano, Alvaro D’Ors Pérez–Peix.

–La Obra proporciona a sus miembros la dirección espiritual que da sentido a la propia existencia como hijos de Dios. Cada uno contribuye al Opus Dei sobre todo con el hecho de su misma vocación: supone un enriquecimiento de matices humanos en un único fin de santificación. Las mismas imperfecciones de cada uno sirven para cumplir esa plenitud que continúa la obra del Redentor. Por eso siempre dice el Fundador que quiere a sus hijos tal como son, con sus defectos: no porque falte la voluntad ascética de superarlos, sino porque la realidad humana se pone, en último término, como medio de dar a Dios más gloria. En esto está el secreto del Opus Dei: en la seguridad de que en cualquier punto y momento de nuestra existencia, sin cambios aparentes pero con una permanente conversión interior, puede empezar y debe proseguir la lucha divina por la santificación de todos.

–¿Cómo ve la aportación del Opus Dei a la Iglesia?

–Es difícil de medir, pero fácil de ver. Diría que la voluntad concreta de Dios al poner su Obra en el mundo no es indiferente a la situación de nuestra Santa Madre Iglesia. Pero sus designios son inescrutables. En todo caso, «por sus frutos los conoceréis», y me atrevería a decir que los frutos del Opus Dei al servicio de la Iglesia son frutos de bendición; como decía un prelado hace años, «es efectivamente de Dios».

La libertad ganada por Cristo en la Cruz

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Aproximación teológica a algunas enseñanzas de San Josemaría Escrivá sobre la libertad

“Nuestra única finalidad es espiritual y apostólica, y tiene un resello divino: el amor a la libertad, que nos ha conseguido Jesucristo muriendo en la Cruz (cfr. Galat. IV, 31)” nota(’33′,’8.0′,’1′,’1′) 1.

1. Introducción

La libertad es un tema tan central en la vida y en las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá, que solía recordar en muchas ocasiones a quienes el Señor llamó con su misma vocación: “Os dejo como herencia, en lo humano, el amor a la libertad y el buen humor” nota(’33′,’8.0′,’1′,’2′) 2.

Este amor a la libertad se advierte ya desde el comienzo mismo de la misión recibida de Dios nota(’33′,’8.0′,’1′,’3′) 3, y es considerado por el Beato Josemaría como un resello divino nota(’33′,’8.0′,’1′,’4′) 4. No existe solución de continuidad a lo largo de su vida. En la primavera de 1974, un año antes de que el Señor le llamara a Sí, en un encuentro con jóvenes de muchas naciones expresaba las mismas convicciones de modo informal, con viveza y simpatía: “en el siglo pasado, nuestros abuelos –los míos, digamos vuestros bisabuelos– eran tan encantadores que luchaban de verdad por la libertad personal. (…) Tenían toda una ilusión romántica, se sacrificaban y luchaban por alcanzar esa democracia con la que soñaban, y una libertad personal con responsabilidad personal. Así hay que amar la libertad: con responsabilidad personal. (…) voy como Diógenes con el farol, buscando la libertad y no la encuentro en ninguna parte (…) Pienso que soy el último romántico, porque amo la libertad personal de todos –la de los no católicos también–” nota(’33′,’8.0′,’1′,’5′) 5.

Un elemento central de su pensamiento es la convicción de que en lo humano el mayor don recibido de Dios es la libertad y que esa es la característica principal de las personas. Pero el Beato Josemaría fue maestro de libertad no de modo sólo teórico o especulativo, sino en cuanto que vivió intensamente la libertad y la defendió con constancia heroica. Así lo han testimoniado muchas personas que le conocieron nota(’33′,’8.0′,’1′,’6′) 6, y de modo particular sus sucesores al frente del Opus Dei, los Obispos Mons. Alvaro del Portillo nota(’33′,’8.0′,’1′,’7′) 7 y Mons. Javier Echevarría nota(’33′,’8.0′,’1′,’8′) 8. También han destacado este rasgo fuerte del Beato Josemaría las diversas semblanzas publicadas desde 1975 y la biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada nota(’33′,’8.0′,’1′,’9′) 9.

Los escritos del Beato Josemaría no contienen una pura teoría sobre la libertad, sino que ponen sobre el papel cómo la comprendió a fuerza de hechos concretos de su propia vida nota(’33′,’8.0′,’1′,’10′) 10. Yo diría que su estilo es más existencial y autobiográfico que especulativo, y revela una singular clarividencia, rapidez y profundidad de intuición intelectual. El filósofo italiano Cornelio Fabro, que le llamó “maestro de libertad cristiana” nota(’33′,’8.0′,’1′,’11′) 11, ha titulado un estudio sobre las publicaciones del Beato Josemaría con las palabras Con el temple de los Padres, para señalar su semejanza con las obras de los Padres de la Iglesia nota(’33′,’8.0′,’1′,’12′) 12. En la patrística se advierte una fuerte unión entre vida y doctrina: se empieza a desarrollar una cierta reflexión, que forma parte de la vida cristiana de los Padres, que han de transmitir fielmente la Verdad revelada, que es Vida, en las circunstancias determinadas de su tiempo.

Quizá precisamente por esas características que van más allá del ámbito académico, el Fundador del Opus Dei ha merecido la atención de estudiosos de varios saberes humanísticos: de teólogos, filósofos, juristas, pedagogos, etc. nota(’33′,’8.0′,’1′,’13′) 13 En el campo filosófico-teológico en que quiere moverse mi estudio, tengo que mencionar a varios autores sin ánimo de ser exhaustivo: C. Fabro, ya citado, volvió sobre el tema en El primado existencial de la libertad nota(’33′,’8.0′,’1′,’14′) 14; Mons. Fernando Ocáriz nota(’33′,’8.0′,’1′,’15′) 15, con sus trabajos sobre la filiación divina; el Prof. Antonio Aranda nota(’33′,’8.0′,’1′,’16′) 16; Carlos Cardona, tanto en sus comentarios a obras del Beato Josemaría como en sus propios trabajos sobre la libertad; Alejandro Llano nota(’33′,’8.0′,’1′,’17′) 17; Leonardo Polo nota(’33′,’8.0′,’1′,’18′) 18; Joan Baptista Torelló nota(’33′,’8.0′,’1′,’19′) 19 y otros nota(’33′,’8.0′,’1′,’20′) 20.

2. Contexto histórico

Para profundizar en las enseñanzas del Beato Josemaría y valorarlas debidamente, es necesario ofrecer unas pinceladas breves sobre la suerte de la libertad en la cultura de su tiempo. Muchas veces su afirmación de la libertad procedía de su defensa ante hechos concretos de la vida de muchos países. Siendo un maestro de vida cristiana, percibía con profundidad los cambios de la cultura en la que vivía. Se trata aquí sólo de ofrecer un marco general de referencia.

2.1. El progresivo aprecio de la libertad

Una de las realidades más importantes en juego en los cambios culturales modernos y contemporáneos es sin duda la libertad, junto a la autenticidad. Lo ha puesto de relieve Charles Taylor en su conocida obra Las fuentes del yo, aunque él mismo no parece concluir su diagnóstico de la modernidad nota(’33′,’8.0′,’1′,’21′) 21.

En los últimos siglos ha tenido lugar un progresivo descubrimiento del valor y de la radicalidad de la libertad. En el plano existencial de las personas singulares y de la sociedad, se ha consolidado una fuerte conciencia de la dignidad de la persona y de sus derechos, a la vez que se ha afirmado la autonomía relativa de las realidades terrenas. En el centro de todo este proceso se encuentra la experiencia vivida de la libertad, en el plano personal y en el de la vida social y política. Esta mayor conciencia del alcance de la libertad y de su valor se refleja en los textos jurídicos, en la literatura y en los desarrollos especulativos. A mi modo de ver, se trata de un largo proceso de maduración de algunas verdades cristianas, que ha requerido siglos de historia para manifestar cada vez más plenamente sus virtualidades.

Como es lógico, la profundización en la libertad ha estado siempre acompañada de escorias relacionadas con el pecado. En el orden teórico, muchos filósofos tienden –a mi juicio, acertadamente– a ver la libertad como centro del hombre. Pero a causa de un antropocentrismo cerrado a la trascendencia, muchas veces la conciben como algo absoluto, que se fundamenta a sí mismo o que no necesita de fundamento alguno: es decir, se llega hasta el extremo de ver la libertad como fundante y no fundada. Esa autonomía antropocéntrica contiene un rechazo del realismo metafísico –profundamente humano y reforzado por el cristianismo–, de la aceptación del ser comunicado por Dios a las criaturas. El acto de ser es fuente de actividad, y cuando es de orden espiritual, es un ser personal que con el libre dinamismo se perfecciona y se dirige hacia su plenitud. Por eso sucede la extraña paradoja, frecuente en la modernidad, de una fuerte percepción de la libertad, que luego se malogra tristemente de diversos modos. Se comprende, porque la libertad se pierde cuando se rechaza su fundamento metafísico, como se puede ver en dos orientaciones importantes de numerosos pensadores modernos y contemporáneos.

Así en el racionalismo, que prefiere la subjetiva claridad de las simples esencias al ser de la realidad misma, la libertad acaba reducida a la necesidad conocida del sistema, es decir a la conciencia de la propia necesidad (por ejemplo, en cuanto modos de la única sustancia, del Deus sive Natura de Spinoza). La realidad, como conjunto de esencias relacionadas a modo de sistema matemático perfectamente aferrable por la razón humana, no deja espacio a la libertad, que constituye un escándalo irracional para el sistema determinista (Leibniz). El ser, con todo el dinamismo que de él surge, ha sido rechazado al preferir unas esencias claras y distintas, más fácilmente manejables por el hombre en su dominio del mundo, porque el ser no es perfectamente disponible.

Otra forma importante y extrema del olvido y rechazo del ser acaece en las concepciones de la realidad que, en lugar de las esencias, prefieren la existencia como conjunto de hechos y acciones sin un sujeto enraizado en el ser. Posición que podría calificarse de factualismo existencialista. En este caso, la realidad se compone de hechos que se suceden sin surgir de una fuente en la que encuentran una unidad y un significado. La libertad se disuelve en la espontaneidad de actos desconectados y sin sentido. El tener que decidir –con su aneja responsabilidad– deviene un peso insoportable, una condena (Sartre). La temporalidad deja de ser una eternidad participada, para convertirse en un sucederse lúdico o esteticista de actos puntuales y aislados nota(’33′,’8.0′,’1′,’22′) 22. También en este caso la exaltación de la libertad conduce paradójicamente a su pérdida.

2.2. La mentalidad de partido único

El Beato Josemaría Escrivá, evitando siempre tomar posiciones políticas concretas, defendió la libertad cristiana ante lo que llamaba “mentalidad de partido único” tanto en el campo social y político, como en el apostólico.

En el campo político, después de la exaltación de una libertad individualista propia del liberalismo, a lo largo del siglo XX se sucedieron ideologías y experiencias políticas que tuvieron en común la negación de la libertad personal. Totalitarismos en sentido estricto, como el comunismo y el nacionalsocialismo; y otras formas políticas de excesiva limitación de la libertad, dominadas por un partido único. Con su sentido cristiano de la libertad, el Beato Josemaría rechazó con mucha energía esa conculcación de la persona humana y de su libertad y responsabilidad, haciéndose siempre eco de las declaraciones del Magisterio de la Iglesia en este campo.

Ante el fenómeno de masas despersonalizadas producido por estas tendencias de la vida política y por diversas causas culturales, difundió la inquietud cristiana por extraer de la masa anónima a las personas, para que asumiesen su libertad y responsabilidad personales, sin conformarse a los intentos tiránicos de sofocarlas.

2.3. Clericalismo y miedo a la libertad

También en el ámbito de la vida eclesial se daban fenómenos de escasa conciencia de lo que supone la libertad cristiana: personas y grupos con mentalidad de partido único, en el ámbito del apostolado y de la actuación de los católicos en la vida pública; gentes que se sentían con la misión de ofrecer una única solución católica a los problemas del ámbito temporal; concepciones de la dirección espiritual como una guía que sustituía a la conciencia cristiana de cada uno de los fieles. Quizá la reacción a los excesos del liberalismo engendró en algunos ambientes estas actitudes de miedo a la libertad y de renuncia a tomarse responsabilidades.

El Fundador del Opus Dei percibía claramente que se trataba de una deformación cristiana y de un oscurecimiento de la libertad. Si el clericalismo en general consiste en la indebida ingerencia de los clérigos en aquellos ámbitos que son competencia de los laicos, el Beato Josemaría supo detectar numerosas manifestaciones de este clericalismo y su relación con la mentalidad de partido único, que nace cuando se intenta ofrecer una única solución cristiana a los problemas contingentes y opinables. Su planteamiento de la vida cristiana, defendiendo la libertad de cada persona, tuvo que ir contra corriente, porque era consciente de la tentación de clericalismo presente en quien cree o dice que “baja del templo al mundo para representar a la Iglesia, y que sus soluciones son las soluciones católicas a aquellos problemas. ¡Esto no puede ser, hijos míos! Esto sería clericalismo, catolicismo oficial o como queráis llamarlo. En cualquier caso, es hacer violencia a la naturaleza de las cosas” nota(’33′,’8.0′,’1′,’23′) 23.

No era un punto marginal. El Fundador del Opus Dei tenía una firme convicción de que las personas afectadas por esa mentalidad no podían entender la misión que había recibido de Dios de manifestar la grandeza de la vida ordinaria.

2.4. Profundización católica en la libertad en el s. XX

A lo largo del siglo XX bastantes teólogos y filósofos cristianos han ido profundizando en el sentido cristiano de la libertad. Esta ganancia ha dado sus frutos en los desarrollos doctrinales del Concilio Vaticano II, en los que tiene un cierto peso la expresión paulina “la libertad de la gloria de los hijos de Dios” (Rom 8, 21). Después no han faltado extremismos en la línea de asumir un liberalismo fuerte o en la, aparentemente opuesta, de algunas formas de teología de la liberación de orientación marxista. Digo “aparentemente opuesta”, porque ambas tienen una matriz común de antropocentrismo de cerrada inmanencia.

En el ámbito estrictamente académico se ha constatado entre pensadores cristianos la tendencia a un sentido más alto de la libertad que el usual en la teología y filosofía escolásticas de la primera mitad del siglo XX. La idea de libertad como mera propiedad de la facultad volitiva espiritual producía insatisfacción y se intentaba verla como una expresión de toda la persona. Como escribe Alejandro Llano, “la decisión libre implica existencialmente al ser humano de modo más profundo y global que el propio conocimiento” nota(’33′,’8.0′,’1′,’24′) 24, o como señala Paul Ricoeur, al decidir yo me decido, poniendo en mi decisión todo el peso de mi ser.

También la noción de libertad como pura capacidad de elegir medios se mostró reductiva y muchos autores –por ejemplo, Joseph de Finance nota(’33′,’8.0′,’1′,’25′) 25 o Karol Wojtyla nota(’33′,’8.0′,’1′,’26′) 26-– subrayaron la autodeterminación o autotrascendencia hacia la perfección y la plenitud, que se manifiestan especialmente en la donación, punto en el que también convergen filósofos bastante diversos como Leonardo Polo, Carlos Cardona nota(’33′,’8.0′,’1′,’27′) 27 o Robert Spaemann nota(’33′,’8.0′,’1′,’28′) 28.

Se quería superar una visión unilateral, puramente estática de la metafísica y un extrinsecismo del obrar respecto al ser. Se trataba, en el fondo, de sacar las consecuencias de la superación del formalismo y por tanto de verlo todo desde el punto de vista de la perfección por excelencia que es el ser, siempre que este no sea considerado como simple existencia o estado de realidad, como han mostrado Cornelio Fabro o Etienne Gilson.

La actualidad y energía del ser participado no queda completamente encerrada en los límites de la esencia, sino que hace que de ésta fluyan las potencias activas, las capacidades operativas o facultades, que tienen más razón de acto que de potencia. El ser es siempre fuente de actividad, y en Dios es idéntico a su obrar inmanente de sabiduría y de amor.

A la luz de este esfuerzo especulativo en la teología y en la filosofía, la libertad como capacidad de elegir remite a algo más fundamental que es el ser libre de la persona. Con mayor o menor precisión esta perspectiva se observa en no pocas obras de antropología filosófica y teológica y, en general, en el modo de abordar reflexivamente numerosos temas de la vida cristiana.

En el contexto de los “maestros de vida cristiana” del siglo XX, el ejemplo y las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá han tenido un influjo que los historiadores podrán determinar más adelante. Su conciencia explícita de la “libertad personal”, de la “libertad de los hijos de Dios”, de la “libertad responsable” estaba constantemente presente en sus actuaciones y palabras.

Además de los factores de su educación familiar, de su propia personalidad humana y cristiana, y probablemente también de su formación jurídica, pienso que su penetración en la libertad se debe sobre todo a la luz fundacional recibida de Dios y a su propia experiencia cristiana. No parece, desde luego, tener su origen en la mentalidad dominante en el ambiente eclesiástico en que se formó, ya que, como he anotado, mucho tuvo que luchar por defender la libertad personal. En los años posteriores al Concilio Vaticano II, supo defender la libertad personal cristiana frente a las deformaciones propias de una libertad desligada de Cristo y de la verdad: las formas de teología de la liberación inspiradas en el marxismo y la reducción de la libertad a libertinaje.

Cornelio Fabro lo ha expresado así: “Hombre nuevo para los tiempos nuevos de la Iglesia del futuro, Josemaría Escrivá de Balaguer ha aferrado por una especie de connaturalidad –y también, sin duda, por luz sobrenatural– la noción originaria de libertad cristiana. Inmerso en el anuncio evangélico de la libertad entendida como liberación de la esclavitud del pecado, confía en el creyente en Cristo y, después de siglos de espiritualidades cristianas basadas en la prioridad de la obediencia, invierte la situación y hace de la obediencia una actitud y consecuencia de la libertad, como un fruto de su flor o, más profundamente, de su raíz” nota(’33′,’8.0′,’1′,’29′) 29.

3. La libertad de los hijos de Dios y su relación con la Cruz

El pensamiento del Beato Josemaría Escrivá se refiere a la libertad personal y a sus consecuencias: a la libertad radical o fundamental y a las libertades aplicadas, por decirlo con una expresión bastante usual. Son dos aspectos que se entrecruzan y son inseparables. Como he dicho al inicio, uno de los méritos del Fundador del Opus Dei consiste precisamente en haber unido doctrina y vida, en este tema como en muchos otros. Por lo tanto, en haber puesto de relieve bastantes concreciones de la libertad en diversos campos, en unos momentos en los que la tendencia general de la cultura no iba en ese sentido. En la bibliografía citada anteriormente en varias notas abundan las reflexiones sobre estos puntos. Sin embargo, no hay en esos escritos un estudio que afronte directamente la relación entre la libertad y la Cruz, que será el objeto central de este artículo.

Algunos textos invitan a hacerlo. Por ejemplo, entre otros, esta declaración del autor en la primavera de 1974 afirmando que el elemento más decisivo de su amor a la libertad es la muerte de Cristo en la Cruz: “Amo la libertad de los demás, la vuestra, la del que pasa ahora mismo por la calle, porque si no la amara, no podría defender la mía. Pero ésa no es la razón principal. La razón principal es otra: que Cristo murió en la Cruz para darnos la libertad, para que nos quedáramos in libertatem gloriae filiorum Dei (Rom. 8, 21)” nota(’33′,’8.0′,’1′,’30′) 30.

El Beato Josemaría usaba mucho la expresión la libertad de los hijos de Dios. De este modo ponía el acento en la relación de la libertad con la filiación divina, que Dios le había hecho ver como fundamento de su vida espiritual. Por eso decía: “¡cada día aumentan mis ansias de anunciar a grandes voces esta insondable riqueza del cristiano: la libertad de la gloria de los hijos de Dios! (Rom. 8, 21)” nota(’33′,’8.0′,’1′,’31′) 31. Pero igualmente característico es su modo de ver la libertad como don divino que nos llega a través de la Cruz. Así escribe sobre “el amor a la libertad, que nos ha conseguido Jesucristo muriendo en la Cruz (cfr. Galat. 4, 31)” nota(’33′,’8.0′,’1′,’32′) 32.

A veces aparecen juntos los dos aspectos: la libertad de los hijos de Dios y la referencia a Cristo redentor en la Cruz, remitiendo a los textos paulinos ya citados de Romanos y Gálatas: “Hijos míos, somos una numerosa y variadísima familia, que crece y se desarrolla in libertatem gloriae filiorum Dei (Rom. 8, 21), qua libertate Christus nos liberavit (Galat. 4, 31), en la libertad gloriosa que Jesucristo nos ha adquirido redimiéndonos de toda servidumbre. Nuestro espíritu es de libertad personal” nota(’33′,’8.0′,’1′,’33′) 33.

En su modo de pensar la conexión entre libertad y Cruz confluyen su estudio de la teología, la meditación personal, algunas experiencias espirituales especialmente intensas, y sobre todo su sentido de la filiación divina. Por este motivo algunos de los textos más incisivos se encuentran en escritos que manifiestan muy directamente el encuentro personal del Beato Josemaría con Cristo, como son sus comentarios a las estaciones del Via Crucis nota(’33′,’8.0′,’1′,’34′) 34 y a los misterios dolorosos del Santo Rosario nota(’33′,’8.0′,’1′,’35′) 35.

3.1. Estar en la Cruz es ser Cristo y, por tanto, hijo de Dios.

Antes de entrar en esos textos y para enmarcarlos, quisiera referirme a una profundización del Beato Josemaría expuesta en una meditación del 28 de abril de 1963. Son palabras que muestran la densidad antropológica y teológica de su oración: “Cuando el Señor me daba aquellos golpes, por el año treinta y uno, yo no lo entendía. Y de pronto, en medio de aquella amargura tan grande, esas palabras: tú eres mi hijo (Ps. 2, 7), tú eres Cristo. Y yo sólo sabía repetir: Abba, Pater!; Abba, Pater!; Abba!, Abba!, Abba! Ahora lo veo con una luz nueva, como un nuevo descubrimiento: como se ve, al pasar los años, la mano del Señor, de la Sabiduría divina, del Todopoderoso. Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón –lo veo con más claridad que nunca– es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios” nota(’33′,’8.0′,’1′,’36′) 36.

El Fundador del Opus Dei se refiere a un periodo de grandes tribulaciones interiores y exteriores. Pero en esos momentos no le falta el consuelo del Señor. Precisamente entonces Dios le concede nuevas luces sobre la misión recibida. Una de ellas tiene lugar el 7 de agosto de 1931 y se refiere a la Cruz. Durante la Santa Misa, en el momento de la elevación de la Sagrada Hostia, el Señor pone en su pensamiento las palabras del Evangelio de San Juan: “et si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad me ipsum” (Jn 12, 32), con un significado preciso: “Y comprendí que serán los hombres y mujeres de Dios, quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana… Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas” nota(’33′,’8.0′,’1′,’37′) 37. Se trata de una iluminación sobre el modo de colaborar con nuestro trabajo a la acción de Cristo en la Cruz que atrae todo hacia Sí y hacia el Padre. El cristiano, santificando su existencia secular ordinaria, hace presente la exaltación redentora de Cristo nota(’33′,’8.0′,’1′,’38′) 38.

Poco tiempo después, el 16 de octubre de 1931, tiene lugar el hecho al que se refería en la meditación del 28 de abril de 1963: “Sentí la acción del Señor, que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba! Pater! Estaba yo en la calle, en un tranvía (…). Probablemente hice aquella oración en voz alta.

Y anduve por las calles de Madrid, quizá una hora, quizá dos, no lo puedo decir, el tiempo se pasó sin sentirlo. Me debieron tomar por loco. Estuve contemplando con luces que no eran mías esa asombrosa verdad, que quedó encendida como una brasa en mi alma, para no apagarse nunca” nota(’33′,’8.0′,’1′,’39′) 39.

Como hemos anunciado, con el pasar de los años el Beato Josemaría ve esa intervención divina con mayor hondura. El texto de 1963 ya citado contiene el núcleo de su profundización: “Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón –lo veo con más claridad que nunca– es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios”. Las luces recibidas de Dios, entreveradas con los sucesos de su vida, le han llevado al descubrimiento personal de que estar en la Cruz es ser Cristo y, por tanto, hijo de Dios.

Esta formulación tan concisa es de una notable densidad teológica. En ella la filiación divina queda vinculada a la identificación con Cristo, al ser ipse Christus nota(’33′,’8.0′,’1′,’40′) 40. Ese ser Cristo tiene un sentido sacramental. Por el bautismo y por los demás sacramentos, mediante la acción del Espíritu Santo el hombre deviene Cristo, se hace cristiforme, miembro de Cristo. Pero además esa realidad de la nueva criatura nota(’33′,’8.0′,’1′,’41′) 41 se proyecta en toda la vida y tiende a crecer y a manifestarse en todas las acciones, actuando como Cristo, o dicho de otro modo, dejando – mediante nuestra libertad – que Cristo actúe en nosotros, juntamente con la fuerza operativa del Paráclito.

Por eso, así como el momento culminante de la obediencia de Cristo a la voluntad del Padre es su sacrificio en la Cruz, también todo cristiano se identifica especialmente con Cristo cuando lleva la Cruz detrás del Maestro. Esta identificación se actualiza y crece cada vez que, movidos por el Espíritu Santo, nos ofrecemos con Cristo al Padre en la celebración del Sacrificio eucarístico, que hace presente de nuevo en un punto del espacio y del tiempo el mismo Sacrificio del Calvario. Allí, de modo sacramental, el cristiano ejerce y refuerza su ser hijo de Dios Padre en el Hijo – somos hijos en el Hijo –, formando una sola cosa con Cristo.

No es extraño que Dios haya querido mostrar al Fundador del Opus Dei la conexión entre la celebración de la Santa Misa y la identificación con Cristo, haciéndole sentir de algún modo el cansancio del Hijo de Dios en la Cruz: “Después de tantos años, aquel sacerdote hizo un descubrimiento maravilloso: comprendió que la Santa Misa es verdadero trabajo: operatio Dei, trabajo de Dios. Y ese día, al celebrarla, experimentó dolor, alegría y cansancio. Sintió en su carne el agotamiento de una labor divina. A Cristo también le costó esfuerzo la primera Misa: la Cruz” nota(’33′,’8.0′,’1′,’42′) 42.

Existen otros testimonios de diversos periodos de su vida acerca de esa intensidad y del consiguiente cansancio. De todos modos, sobre ese día mencionado dijo: “A mí nunca me ha costado tanto la celebración del Santo Sacrificio como ese día, cuando sentí que también la Misa es Opus Dei. Me dio mucha alegría” nota(’33′,’8.0′,’1′,’43′) 43. Dios quiso hacerle entender con mayor profundidad que la identificación con Cristo, que ejerce su libertad cumpliendo la voluntad del Padre dejándose clavar en la Cruz, tiene lugar radicalmente en la Santa Misa.

Partiendo de la Cruz y por tanto del Santo Sacrificio de la Eucaristía, nuestra filiación divina se prolonga en todos los actos de la existencia cotidiana vividos en obediencia amorosa a la voluntad del Padre. Entonces se realiza lo que el Beato Josemaría afirmaba en el texto ya citado: “Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría”. El hombre siente la alegría de saberse hijo de Dios en Cristo, saborea –aun en medio del dolor– la felicidad de amar a Dios y a los demás, el gozo de saber que todas las acciones, incluso las más materiales, sirven para poner en alto la Cruz de Cristo que atrae todo hacia Sí.

3.2. La libertad del Hijo Unigénito culminada en la Cruz

Se diría que hasta ahora no ha aparecido la libertad. Ciertamente, de manera explícita no, pero en esa felicidad y alegría, en la condición de hijo de Dios y no de esclavo, se adivina el sentido más profundo de la libertad.

Consideremos ahora la libertad de Cristo, expresada en el cuarto Evangelio: “Por eso mi Padre me ama, porque doy mi vida para tomarla otra vez. Nadie me la arranca, sino que yo la doy de mi propia voluntad, y yo soy dueño de darla y dueño de recobrarla” nota(’33′,’8.0′,’1′,’44′) 44. Y comenta el Beato Josemaría: “Nunca podremos acabar de entender esa libertad de Jesucristo, inmensa –infinita– como su amor” nota(’33′,’8.0′,’1′,’45′) 45. Estas palabras nos invitan a meternos en el claroscuro de la sabiduría y del amor de la Vida divina.

Al Beato Josemaría le gusta considerar cómo en todos los misterios de la Revelación “aletea ese canto a la libertad”. La creación es ya “un libre derroche de amor”. Y es también el amor gratuito y libérrimo de Dios el motivo de la Redención.

Su trato con cada una de las Personas divinas le lleva a exponer su visión de la economía de la salvación partiendo de la vida intratrinitaria de sabiduría y de amor, y terminando en el misterio pascual de la Muerte y Resurrección del Verbo encarnado. “Dios es Amor” nota(’33′,’8.0′,’1′,’46′) 46. “El abismo de malicia, que el pecado lleva consigo, ha sido salvado por una Caridad infinita. Dios no abandona a los hombres. Los designios divinos prevén que, para reparar nuestras faltas, para restablecer la unidad perdida, no bastaban los sacrificios de la Antigua Ley: se hacía necesaria la entrega de un Hombre que fuera Dios. Podemos imaginar –para acercarnos de algún modo a este misterio insondable– que la Trinidad Beatísima se reúne en consejo, en su continua relación íntima de amor inmenso y, como resultado de esa decisión eterna, el Hijo Unigénito de Dios Padre asume nuestra condición humana, carga sobre sí nuestras miserias y nuestros dolores, para acabar cosido con clavos a un madero” nota(’33′,’8.0′,’1′,’47′) 47.

La referencia a la Vida trinitaria –con su libertad amorosa– y a las misiones visibles e invisibles del Hijo y del Espíritu Santo es una luz intensa que ilumina toda su predicación: “El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima, para que, encarnándose, muera por nosotros y nos redima. El mismo Padre amoroso que ahora nos atrae suavemente hacia Él, mediante la acción del Espíritu Santo que habita en nuestros corazones” nota(’33′,’8.0′,’1′,’48′) 48.

Para acercarse al misterio eucarístico –al hacerse presente una y otra vez el único Sacrificio del Calvario, en el que Cristo revela de modo máximo el amor misericordioso– el Beato Josemaría parte también del amor y libertad propios de la vida trinitaria: “Esta corriente trinitaria de amor por los hombres se perpetúa de manera sublime en la Eucaristía. (…) Hablaba de corriente trinitaria de amor por los hombres. Y ¿dónde advertirla mejor que en la Misa? La Trinidad entera actúa en el santo sacrificio del altar. (…) Toda la Trinidad está presente en el sacrificio del Altar. Por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, el Hijo se ofrece en oblación redentora” nota(’33′,’8.0′,’1′,’49′) 49.

La libertad de Cristo, en la predicación del Beato Josemaría Escrivá, se entiende en este contexto del amor trinitario. El Hijo tiene el mismo señorío, amor y libertad que el Padre, porque es de su misma naturaleza. Su amor al Padre le lleva a ejercitar ese señorío y dominio cumpliendo la voluntad del Padre. Libertad y señorío que se traducen en servicio y donación desde el nacimiento hasta la Cruz.

En el nacimiento se revela esta lógica de la libertad divina, que lleva a la donación y a la kénosis, que interpela a la libertad de cada hombre. “Dios se humilla para que podamos acercarnos a Él, para que podamos corresponder a su amor con nuestro amor, para que nuestra libertad se rinda no sólo ante el espectáculo de su poder, sino ante la maravilla de su humildad” nota(’33′,’8.0′,’1′,’50′) 50.

La libertad como donación por parte de Dios contiene la paradoja fundamental del cristianismo: el anonadamiento y kénosis del Verbo; paradoja que llega a su tensión más alta en la Cruz, donde Cristo ejercita de modo sublime y con libertad plena su amor infinito a la voluntad del Padre y a la liberación de todos los hombres mediante su Pasión y Muerte, que le llevará a la victoria de la Resurrección. La corriente trinitaria de amor llega al colmo en la Pasión. “Cuando llega la hora marcada por Dios para salvar a la humanidad de la esclavitud del pecado, contemplamos a Jesucristo en Getsemaní, sufriendo dolorosamente hasta derramar un sudor de sangre (Cfr. Lc 22, 44), que acepta espontánea y rendidamente el sacrificio que el Padre le reclama” nota(’33′,’8.0′,’1′,’51′) 51. Esta aceptación espontánea y rendida es ejercicio altísimo de la libertad y del señorío de querer servir a toda la humanidad.

Por eso, en la meditación personal del Beato Josemaría sobre la Pasión aparecen los textos quizá más sublimes sobre la libertad de Cristo como donación absoluta y como revelación del amor trinitario que está por encima de todo mal.

Así en su comentario a la X estación del Via Crucis se expresa de modo muy intenso la paradoja de la libertad de Cristo en la Cruz: “Al llegar el Señor al Calvario, le dan a beber un poco de vino mezclado con hiel, como un narcótico, que disminuya en algo el dolor de la crucifixión. Pero Jesús, habiéndolo gustado para agradecer ese piadoso servicio, no ha querido beberlo (cfr. Mt 27, 34). Se entrega a la muerte con la plena libertad del amor” .

En la XI estación, que contempla la muerte del Hombre-Dios en la Cruz, el Beato Josemaría Escrivá sigue mirando a Cristo en su libre donación: “Es el Amor lo que ha llevado a Jesús al Calvario. Y ya en la Cruz, todos sus gestos y todas sus palabras son de amor, de amor sereno y fuerte. Con ademán de Sacerdote Eterno, sin padre ni madre, sin genealogía (cfr. Heb 7,3), abre sus brazos a la humanidad entera”. En ocasiones decía que era el Amor –más que los clavos– lo que había cosido a Cristo en la Cruz.

En el comentario del 5º misterio doloroso del Santo Rosario, la Cruz aparece como lugar de triunfo: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos, tiene dispuesto el trono triunfador. Tú y yo no lo vemos retorcerse, al ser enclavado: sufriendo cuanto se pueda sufrir, extiende sus brazos con gesto de Sacerdote Eterno”. El Beato Josemaría parece seguir de algún modo la presentación de la Pasión de Cristo en el cuarto Evangelio, donde San Juan quiere expresar la libertad, el dominio de Jesús que se entrega libremente, y a la vez quizá se inspira en la iluminación divina ya referida de la exaltación de Cristo en la Cruz para atraer a todos, y que revela un aspecto nuevo de Juan 12, 32. La Cruz infamante se convierte en trono desde el que Cristo reina: “Pero la Cruz será, por obra de amor, el trono de su realeza” (II estación del Via Crucis).

El Beato Josemaría Escrivá invita a descubrir en la libertad del amor con que Jesús lleva la Cruz sobre sus espaldas un modelo para adquirir la propia libertad. “Mira con qué amor se abraza a la Cruz. –Aprende de Él. –Jesús lleva Cruz por ti: tú, llévala por Jesús.

Pero no lleves la Cruz arrastrando… Llévala a plomo, porque tu Cruz, así llevada, no será una Cruz cualquiera: será… la Santa Cruz. No te resignes con la Cruz. Resignación es palabra poco generosa. Quiere la Cruz. Cuando de verdad la quieras, tu Cruz será… una Cruz, sin Cruz” (4º misterio doloroso del Santo Rosario). El cristiano crece en libertad en la medida en que ama la Cruz. Entonces va teniendo lugar en cada uno la liberación que Cristo nos ha conseguido.

En estos textos se ha puesto de manifiesto cómo la libertad de Cristo se expresa en el amor total –locura de amor, repite muchas veces el Fundador del Opus Dei– a la voluntad del Padre. Es la “plena libertad del amor” del Hijo Amado.

Hay otros pasajes donde esta conexión entre la libertad amorosa de Jesús y su filiación al Padre es todavía más explícita y hace pensar en una oración muy intensa y en una realidad vivida por el Beato Josemaría: “Jesús ora en el huerto: Pater mi (Mt 26,39), Abba, Pater! (Mc 14,36). Dios es mi Padre, aunque me envíe sufrimiento. Me ama con ternura, aun hiriéndome. Jesús sufre, por cumplir la Voluntad del Padre… Y yo, que quiero también cumplir la Santísima Voluntad de Dios, siguiendo los pasos del Maestro, ¿podré quejarme, si encuentro por compañero de camino al sufrimiento?

Constituirá una señal cierta de mi filiación, porque me trata como a su Divino Hijo. Y, entonces, como Él, podré gemir y llorar a solas en mi Getsemaní, pero, postrado en tierra, reconociendo mi nada, subirá hasta el Señor un grito salido de lo íntimo de mi alma: Pater mi, Abba, Pater,…fiat!” nota(’33′,’8.0′,’1′,’52′) 52 La oración de Josemaría Escrivá aquel 16 de octubre de 1931 le ayuda aquí a penetrar más profundamente en el doloroso diálogo de Jesús con el Padre en el Huerto de los Olivos. La tentación del sinsentido del dolor se supera con la libertad del amor, con el abrazo a la voluntad de Dios Padre para servir a todos los hombres, enseñándoles el sentido más hondo de su ser libres.

Después de la oración en Getsemaní, Jesús se entrega libremente: “El Prendimiento:… venit hora: ecce Filius hominis tradetur in manus peccatorum (Mc 14,41)… Luego, ¿el hombre pecador tiene su hora? ¡Sí, y Dios su eternidad!… ¡Cadenas de Jesús! Cadenas, que voluntariamente se dejó Él poner, atadme, hacedme sufrir con mi Señor, para que este cuerpo de muerte se humille… Porque –no hay término medio– o le aniquilo o me envilece. Más vale ser esclavo de mi Dios que esclavo de mi carne” nota(’33′,’8.0′,’1′,’53′) 53. De nuevo la paradoja entre las cadenas y la libertad. Sin esas cadenas, sin un compromiso de amor y de servicio, queda sólo la esclavitud al propio yo.

Me he detenido en el momento culminante de la Pasión y Muerte –inseparable de la Resurrección y Ascensión, y del posterior envío del Espíritu Santo la mañana de Pentecostés–, pero vale la pena recordar que toda la vida de Jesús está impregnada de esta libertad amorosa del Hijo que no tiene otro deseo que manifestar el amor misericordioso del Padre.

Tomo aquí sólo un ejemplo: el de la vida oculta de la Sagrada Familia en Nazaret, muy querido al Beato Josemaría, porque la luz recibida de Dios acerca de la santidad en la vida ordinaria le llevó a descubrir el valor redentor de esos largos años, que no se limitan a ser una preparación para la misión pública, sino que son ya en sí mismos salvadores. Jesús obedece a María y a José: “erat subditus illis (Lc 2, 31), obedecía. Hoy que el ambiente está colmado de desobediencia, de murmuración, de desunión, hemos de estimar especialmente la obediencia. Soy muy amigo de la libertad, y precisamente por eso quiero tanto esa virtud cristiana. Debemos sentirnos hijos de Dios, y vivir con la ilusión de cumplir la voluntad de nuestro Padre” nota(’33′,’8.0′,’1′,’54′) 54. La contraposición entre libertad y obediencia, cuando en ésta se manifiesta de un modo u otro la voluntad de Dios, suele ser señal de una visión todavía pobre de la libertad, como capacidad de elegir desprovista de su sentido y finalidad.

La libertad de Cristo manifestada en la obediencia al Padre durante toda su existencia muestra la clave de su biografía terrena desde Nazaret hasta la Cruz e ilumina el sentido de nuestra propia libertad como respuesta amorosa a la libertad divina.

3.3. La libertad de los hijos de Dios orientada a la entrega de sí

La libertad del amor trinitario que se manifiesta en la vida de Jesucristo tiene una doble eficacia con respecto a nosotros. Por una parte nos revela el sentido más profundo y radical de nuestro ser personas y de nuestra libertad. El Concilio Vaticano II ha tratado este punto no sólo por lo que se refiere a nuestro ser nota(’33′,’8.0′,’1′,’55′) 55, sino también a nuestra libertad: “Más aún, el Señor, cuando ruega al Padre que todos sean uno, como nosotros también somos uno (Ioh 17, 21-22), abriendo perspectivas cerradas a la razón humana, sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” nota(’33′,’8.0′,’1′,’56′) 56.

Por otro lado, Cristo nos consigue la gracia divina y así el hombre, que a causa del pecado se hallaba con la libertad disminuida como capacidad de amar y de corresponder a la libertad y al amor divino, puede recuperar esa pérdida gracias a la libertad de Cristo, de la que surge el amor que vence todo mal y toda esclavitud.

La libertad que Cristo nos consiguió en la Cruz es el gran don de ser hijos del Padre y de poder amar a Dios, y por Él, a las demás personas creadas. Entonces se ve que la libertad no se contrapone a la entrega, sino que en ella encuentra su razón de ser: “Nada más falso que oponer la libertad a la entrega, porque la entrega viene como consecuencia de la libertad. Mirad, cuando una madre se sacrifica por amor a sus hijos, ha elegido; y, según la medida de ese amor, así se manifestará su libertad. Si ese amor es grande, la libertad aparecerá fecunda, y el bien de los hijos proviene de esa bendita libertad, que supone entrega, y proviene de esa bendita entrega, que es precisamente libertad” nota(’33′,’8.0′,’1′,’57′) 57. Estamos ante un punto de gran importancia. La libertad es para la entrega, de tal modo que la donación de sí es el acto más propio y adecuado de la libertad, como manifiesta de modo sublime la respuesta de María al recibir el anuncio del Angel: “Nuestra Madre escucha, y pregunta para comprender mejor lo que el Señor le pide; luego, la respuesta firme: fiat! (Lc 1, 38) –¡hágase en mí según tu palabra!–, el fruto de la mejor libertad: la de decidirse por Dios” nota(’33′,’8.0′,’1′,’58′) 58. Una vez más la paradoja –esta vez en María– entre declararse esclava del Señor y adquirir el mayor señorío y la mayor libertad.

Lógicamente, esto se entiende bien sólo desde la verdad de nosotros mismos. Sabernos hijos de Dios nos permite ser libres. “Saber que hemos salido de las manos de Dios, que somos objeto de la predilección de la Trinidad Beatísima, que somos hijos de tan gran Padre. Yo pido a mi Señor que nos decidamos a darnos cuenta de eso, a saborearlo día a día: así obraremos como personas libres. No lo olvidéis: el que no se sabe hijo de Dios, desconoce su verdad más íntima, y carece en su actuación del dominio y del señorío propios de los que aman al Señor por encima de todas la cosas” nota(’33′,’8.0′,’1′,’59′) 59.

La filiación divina permite entender y vivir la libertad. Incorporados a Cristo, de algún modo formamos una sola cosa con Él, y en Él participamos como hijos adoptivos en las procesiones eternas intratrinitarias del Hijo y del Espíritu Santo. Los “hijos en el Hijo” participamos –de manera finita– de ese señorío, tenemos la libertad de los hijos. No somos esclavos ni siervos, sino hijos y amigos que conocemos los secretos del Padre comunicados por el Hijo –participando en la filiación del Verbo encarnado– y amamos a Dios Padre y a todas las personas por la participación en el Espíritu Santo, Amor recíproco entre el Padre y el Hijo.

“La libertad adquiere su auténtico sentido cuando se ejercita en servicio de la verdad que rescata, cuando se gasta en buscar el Amor infinito de Dios, que nos desata de todas las servidumbres” nota(’33′,’8.0′,’1′,’60′) 60. La búsqueda de la infinitud que de un modo u otro todo hombre y toda mujer se empeñan por alcanzar, deja de ser la “mala infinitud” hegeliana y se convierte en la adhesión al único Infinito.

La objeción que quizás hoy con más intensidad que ayer todo hombre se plantea es: “responder que sí a ese Amor exclusivo, ¿no es acaso perder la libertad?” nota(’33′,’8.0′,’1′,’61′) 61. Esa pregunta surge sobre todo ante el dolor y el esfuerzo que comporta un amor total y sin condiciones. Pero también ante el vaciamiento o pérdida de sí mismo que parece tan contrario a los ideales de libertad y autenticidad.

En cierto modo la respuesta se obtiene de modo convincente sólo con la experiencia de decidirse a buscar ese Amor: “Amar es… no albergar más que un solo pensamiento, vivir para la persona amada, no pertenecerse, estar sometido venturosa y libremente, con el alma y el corazón, a una voluntad ajena… y a la vez propia” nota(’33′,’8.0′,’1′,’62′) 62.

Sólo entonces se entiende bien y se saborea la propia libertad. “El alma enamorada conoce que, cuando viene ese dolor, se trata de una impresión pasajera y pronto descubre que el peso es ligero y la carga suave, porque lo lleva Él sobre sus hombros, como se abrazó al madero cuando estaba en juego nuestra felicidad eterna (cfr. Mt 11, 30) nota(’33′,’8.0′,’1′,’63′) 63.

La libertad sólo manifiesta todo su sentido y supera las paradojas cuando se descubre como don divino, con el que podemos colaborar con Dios. Es verdad que todos podemos sentir, y de hecho sentimos a veces, rebeldía, y entonces no comprendemos “que la Voluntad divina, también cuando se presenta con matices de dolor, de exigencia que hiere, coincide exactamente con la libertad, que sólo reside en Dios y en sus designios” nota(’33′,’8.0′,’1′,’64′) 64. Aún así vale la pena recordar que, en definitiva, la exigencia de amar de modo total y pleno es bien conforme a nuestra naturaleza nota(’33′,’8.0′,’1′,’65′) 65.

3.4. La libertad del hijo de Dios, obra de las tres Personas divinas

Para finalizar esta parte central del estudio dedicada a la libertad en su dimensión de don sobrenatural anejo a la filiación divina, quisiera presentar algunas formulaciones del Beato Josemaría en las que se acentúa este aspecto propio de la libertad que nos viene de la redención y elevación a la condición de hijos de Dios, mediante la gracia ganada por Cristo en la Cruz y difundida en nosotros por el Espíritu Santo, es decir de nuestra participación en la vida trinitaria.

A este respecto, se puede recordar que en el Nuevo Testamento el término “libertad” (eleuthería) no significa sólo un estado o situación opuesta a la esclavitud, sino que se refiere a la condición ontológica de los hijos de Dios. Esta condición es fruto de la acción de la Santísima Trinidad, que se manifiesta en la referencia a una u otra Persona divina, según cada contexto en los escritos neotestamentarios.

Han aparecido ya algunos de los numerosísimos textos del Beato Josemaría que se refieren a esa libertad de los hijos de Dios y que, por tanto, miran especialmente a Dios Padre, aunque como es obvio, la remisión al capítulo 8 de la Carta de San Pablo a los Romanos (in libertatem filiorum Dei: cfr. Rom 8, 21) nota(’33′,’8.0′,’1′,’66′) 66 conlleva la acción inseparable de Cristo y del Espíritu Santo. La libertad que nos concede Dios Padre no es una libertad cualquiera sino precisamente la libertad de los hijos de Dios.

En otras ocasiones se expresa la dimensión cristológica con la referencia a Gálatas 4, 31, como en estas palabras ya citadas: “la libertad, que nos ha conseguido Jesucristo muriendo en la Cruz”. O bien aparecen juntas las referencias a los textos de Romanos y Gálatas, como en el siguiente pasaje también citado anteriormente: “somos una numerosa y variadísima familia, que crece y se desarrolla in libertatem gloriae filiorum Dei (Rom. 8, 21), qua libertate Christus nos liberavit (Galat. 4, 31), en la libertad gloriosa que Jesucristo nos ha adquirido redimiéndonos de toda servidumbre”. Dios Padre es fuente de nuestra libertad mediante la Encarnación del Hijo unigénito y el envío del Amor consustancial del Padre y del Hijo.

Abundan también las referencias directas al Espíritu Santo, que es siempre el Espíritu de Cristo, especialmente cuando el Beato Josemaría quiere aludir a los variadísimos modos con que actúa el Paráclito, siempre adecuados a cada alma: “nuestra diversidad no es, para la Obra, un problema: por el contrario, es una manifestación de buen espíritu, de vida corporativa limpia, de respeto a la legítima libertad de cada uno, porque ubi autem Spiritus Domini, ibi libertas (2 Cor. 3, 17); donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad” nota(’33′,’8.0′,’1′,’67′) 67.

Todas estas afirmaciones se mueven dentro del núcleo central de la Revelación divina constituido por el mismo Dios Tripersonal, por la Encarnación del Verbo que nos redime y por el envío del Espíritu Santo. En términos de la teología de Santo Tomás de Aquino, la historia de la humanidad está profundamente marcada por el pecado original y por los pecados personales, pero con la gracia divina conquistada por Cristo con su Muerte en la Cruz y su Resurrección, se pasa de la esclavitud de la propia miseria a la libertad de los hijos. El hombre es sanado y elevado por la gracia, haciéndose partícipe del Verbo y del Espíritu Santo, para poder libremente conocer a Dios con verdad y amarle con rectitud: “fit particeps divini Verbi et procedentis Amoris, ut possit libere Deum vere cognoscere et recte amare” nota(’33′,’8.0′,’1′,’68′) 68.

La acción gratuita que Dios realiza “hacia fuera” divinizando las personas humanas tiene un término ad intra, ya que introduce a cada mujer y a cada hombre cristianos en la vida trinitaria como “hijos en el Hijo”. Esta acción es un nuevo nacimiento ex Spiritu Sancto que implica una novedad de ser, no en cuanto acto de la esencia sino en cuanto acto fundante de la relación del hombre con Dios, de manera que el cristiano es relativo al Padre en el Hijo y por el Espíritu Santo (esse ad Patrem in Filio per Spiritum Sanctum ). No se trata de tres relaciones distintas, sino de una relación triple, dirigida a las tres Personas divinas nota(’33′,’8.0′,’1′,’69′) 69. El cristiano es hijo de Dios Padre en Cristo por el Espíritu Santo.

4. La libertad como don de Dios en el orden de la creación

Queriendo en este estudio ilustrar “la libertad conseguida por Cristo en la Cruz”, me he detenido en la exposición de la doctrina teológica de la libertad según las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá. Sin embargo, es necesario aclarar que en ella está incluida la dimensión natural o creatural de la libertad y que en sus escritos se halla siempre presente, de modo más o menos explícito según las circunstancias, el doble orden de naturaleza y gracia, subrayando a la vez fuertemente su unión en la existencia cristiana, como parte de su concepto “unidad de vida”.

4.1. La unión de naturaleza y gracia

Su visión teológica unitaria, que incluye dentro de sí lo natural, aparece en esta bella afirmación: “En todos los misterios de nuestra fe católica aletea ese canto a la libertad. La Trinidad Beatísima saca de la nada el mundo y el hombre, en un libre derroche de amor. El Verbo baja del Cielo y toma nuestra carne con este sello estupendo de la libertad en el sometimiento: heme aquí que vengo, según está escrito de mí en el principio del libro, para cumplir, ¡oh Dios!, tu voluntad” nota(’33′,’8.0′,’1′,’70′) 70.

En esta unión de la naturaleza y la gracia en la historia humana se pone de manifiesto el carácter de misterio de la libertad. Si por una parte es evidente que la persona es libre, por otra la realidad del mal moral e incluso una cierta inclinación hacia él plantea profundos interrogantes a cada uno de los hombres y de las mujeres a lo largo de toda la historia. El Beato Josemaría expresa la inteligibilidad propia de los misterios con el término “claroscuro”: “podemos rendir o negar al Señor la gloria que le corresponde como Autor de todo lo que existe. Esa posibilidad compone el claroscuro de la libertad humana” nota(’33′,’8.0′,’1′,’71′) 71.

Es más, la muerte en la Cruz del Hijo de Dios encarnado, su entrega absoluta y sin límites, si bien es muestra evidente del amor misericordioso del Padre que nos libera y nos confiere confianza y seguridad, a la vez nos mueve a pensar: “¿por qué me has dejado, Señor, este privilegio, con el que soy capaz de seguir tus pasos, pero también de ofenderte?” nota(’33′,’8.0′,’1′,’72′) 72. Es ésta una pregunta radical que atraviesa toda la homilía La libertad, don de Dios.

Este es quizá el punto teológico radical de la reflexión del Beato Josemaría: la libertad es un don divino, y no algo contrapuesto de suyo a Dios. Por eso su actitud es de hondo agradecimiento a Dios por el privilegio de la libertad: “sólo nosotros, los hombres –no hablo aquí de los ángeles– nos unimos al Creador por el ejercicio de nuestra libertad: podemos rendir o negar al Señor la gloria que le corresponde como Autor de todo lo que existe” nota(’33′,’8.0′,’1′,’73′) 73.

El Señor no nos coacciona, porque quiere “correr el riesgo de nuestra libertad” nota(’33′,’8.0′,’1′,’74′) 74. Nos invita a dirigirnos hacia el bien: “Fíjate, hoy pongo ante ti la vida con el bien, la muerte con el mal. Si oyes el precepto de Yavé, tu Dios, que hoy te mando, de amar a Yavé, tu Dios, de seguir sus caminos y de guardar sus mandamientos, decretos y preceptos, vivirás… Escoge la vida, para que vivas” nota(’33′,’8.0′,’1′,’75′) 75. Este y otros textos de la Escritura estaban frecuentemente en sus labios, para explicar con la palabra de Dios la realidad gozosa de la libertad.

Una realidad gozosa que le llevaba a “levantar mi corazón en acción de gracias a mi Dios, a mi Señor, porque nada le impedía habernos creado impecables, con un impulso irresistible hacia el bien, pero juzgó que serían mejores sus servidores si libremente le servían nota(’33′,’8.0′,’1′,’76′) 76. ¡Qué grande es el amor, la misericordia de nuestro Padre! Frente a estas realidades de sus locuras divinas por los hijos, querría tener mil bocas, mil corazones, más, que me permitieran vivir en una continua alabanza a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo. Pensad que el Todopoderoso, el que con su Providencia gobierna el Universo, no desea siervos forzados, prefiere hijos libres” nota(’33′,’8.0′,’1′,’77′) 77. Esta es la respuesta a la acuciante pregunta: ¿por qué Dios nos ha hecho libres, con el riesgo de todas las consecuencias de lucha permanente entre el bien y el mal que de ello se derivan?

La libertad –que en no pocos pensadores modernos se malogra al ser entendida como una libertad que es fundamento y no es fundada, como autonomía antropocéntrica, como soledad individualista y autárquica–, recupera en las enseñanzas del Beato Josemaría su lugar teológico originario, ya que el señorío le viene al hombre de su ser a imagen y semejanza de Dios.

Al hablar de la imagen de Dios en el hombre, que según Pannenberg es uno de los temas importantes que el cristianismo –en su característico “exceso”– aporta al humanismo, Tomás de Aquino se refiere en varias ocasiones a la libertad, al “dominium sui actus”, siguiendo a San Juan Damasceno (por ejemplo, en el prólogo de la S.Th. I-II). Ciertamente la criatura humana es imagen de Dios con la inteligencia, pero este aspecto parece ser sólo un primer momento ordenado a su vez al señorío y autodeterminación propios de la trascendencia del dinamismo espiritual. La imagen de Dios en las personas creadas se halla sobre todo en la libertad. Dios crea por amor sujetos semejantes a Sí: personas angélicas y humanas dotadas de un autodinamismo limitado, concedido de manera participada por Dios como difusión de una semejanza suya que procede de la Plenitud de Ser que Él es.

Hombres y mujeres son sujetos con una creatividad participada –con una dignidad y una tarea expresadas en el Génesis– que se realiza a la vez con el cuidado y servicio amoroso referido al mundo y a los demás mediante el trabajo, y con la misión de llenar la tierra mediante el amor conyugal y la familia. El Beato Josemaría gusta de recurrir al pensamiento de Tomás de Aquino a propósito de este don de la libertad: “he aquí el grado supremo de dignidad en los hombres: que por sí mismos, y no por otros, se dirijan hacia el bien” nota(’33′,’8.0′,’1′,’78′) 78; “Dios hizo al hombre desde el principio y lo dejó en manos de su libre albedrío (Ecclo 15, 14). Esto no sucedería si no tuviese libre elección” nota(’33′,’8.0′,’1′,’79′) 79.

Alejandro Llano observa con acierto que esta inserción teológica, arraigada en la tradición agustiniana y tomista, permite al Beato Josemaría comprender con radicalidad la libertad humana y a la vez no retroceder ante el desafío antropocéntrico de la modernidad, sino al contrario denunciar sus insuficiencias precisamente al desarrollar sus ignoradas potencialidades nota(’33′,’8.0′,’1′,’80′) 80.

4.2. La libertad del hombre como criatura

Dentro de este contexto teológico de unidad de lo sobrenatural y de lo natural, respetando siempre su distinción, en muchos lugares el Beato Josemaría resalta el aspecto natural de la libertad como el mayor don de Dios en el plano humano o creatural: “No podríais realizar ese programa de vivir santamente la vida ordinaria, si no gozarais de toda la libertad que os reconocen –a la vez– la Iglesia y vuestra dignidad de hombres y de mujeres creados a imagen de Dios. La libertad personal es esencial en la vida cristiana” nota(’33′,’8.0′,’1′,’81′) 81.

Ese talante humano de amor a la libertad le conduce a valorar toda afirmación justa de libertad, venga de donde venga, como en la ocasión relatada en este texto paradigmático: “En 1939, recién acabada la guerra civil española, dirigí en las proximidades de Valencia un curso de retiro espiritual, que tuvo lugar en un colegio universitario de fundación privada. Había sido utilizado, durante la guerra, como cuartel comunista. En uno de los pasillos, encontré un gran letrero, escrito por alguno no conformista, donde se leía: cada caminante siga su camino. Quisieron quitarlo, pero yo les detuve: dejadlo –les dije–, me gusta: del enemigo, el consejo. Desde entonces, esas palabras me han servido muchas veces de motivo de predicación. Libertad: cada caminante siga su camino. Es absurdo e injusto tratar de imponer a todos los hombres un único criterio, en materias en las que la doctrina de Jesucristo no señala límites” nota(’33′,’8.0′,’1′,’82′) 82.

Pero el Fundador del Opus Dei no concibe la dimensión antropológica natural como una simple capacidad electiva limitada a la inmanencia terrena, sino que la ve dotada de una esencial ordenación a Dios. Y así puede afirmar: “Dios hizo al hombre desde el principio y lo dejó en manos de su libre albedrío (Ecclo 15, 14). Esto no sucedería si no tuviese libre elección nota(’33′,’8.0′,’1′,’83′) 83. Somos responsables ante Dios de todas las acciones que realizamos libremente. No caben aquí anonimatos; el hombre se encuentra frente a su Señor, y en su voluntad está resolverse a vivir como amigo o como enemigo” nota(’33′,’8.0′,’1′,’84′) 84. Es más, la libertad adquiere su sentido cuando se la acepta en toda su realidad y alcance como libertad sobre todo ante Dios, y luego ante las demás personas.

De ahí que el Beato Josemaría se rebele enérgicamente ante quienes no están dispuestos a admitir plenamente la libertad y quieren privar al hombre de ese “espacio de servicio” en que se desarrolla el ser libre nota(’33′,’8.0′,’1′,’85′) 85. “Yo he presenciado, en ocasiones, lo que podría calificarse como una movilización general, contra quienes habían decidido dedicar toda su vida al servicio de Dios y de los demás hombres. Hay algunos, que están persuadidos de que el Señor no puede escoger a quien quiera sin pedirles permiso a ellos, para elegir a otros; y de que el hombre no es capaz de tener la más plena libertad, para responder que sí al Amor o para rechazarlo” nota(’33′,’8.0′,’1′,’86′) 86.

El Beato Josemaría es muy firme en defender la libertad como don natural presupuesto por el orden de la gracia: “Dios mismo ha querido que se le ame y se le sirva en libertad, y respeta siempre nuestras decisiones personales: dejó Dios al hombre –nos dice la Escritura– en manos de su albedrío (Ecclo 15, 14)” nota(’33′,’8.0′,’1′,’87′) 87.

También la libertad de las conciencias parece encontrarse principalmente en el plano de la dignidad creatural, si bien será reforzada por la gracia como libertad de los hijos de Dios: “He defendido siempre la libertad de las conciencias. No comprendo la violencia: no me parece apta ni para convencer ni para vencer; el error se supera con la oración, con la gracia de Dios, con el estudio; nunca con la fuerza, siempre con la caridad” nota(’33′,’8.0′,’1′,’88′) 88. Josemaría Escrivá suele escribir en plural la libertad de las conciencias nota(’33′,’8.0′,’1′,’89′) 89, para subrayar que se refiere a la conciencia de todas y cada una de las personas y no a la conciencia en cuanto tal, que tiene su medida en la sabiduría y en el amor divinos.

Me he permitido abundar en estos textos, porque a mi modo de ver reflejan una visión específicamente “católica” del valor del plano creatural, como ha sido reafirmado por Juan Pablo II en la Encíclica Fides et ratio, a propósito de la razón y de la justa autonomía de la filosofía.

En algunos de ellos se puede apreciar la mentalidad jurídica del autor, que al pensar también en términos de dignidad humana y de justicia, tiende a no olvidar ni minusvalorar el orden natural. Baste este ejemplo de defensa de la libertad de cada conciencia: “Tanto en lo apostólico como en lo temporal, son arbitrarias e injustas las limitaciones a la libertad de los hijos de Dios, a la libertad de las conciencias o a las legítimas iniciativas. Son limitaciones que proceden del abuso de autoridad, de la ignorancia o del error de los que piensan que pueden permitirse el abuso de hacer discriminaciones nada razonables” nota(’33′,’8.0′,’1′,’90′) 90.

Está en juego el sentido de la vida humana y de la historia, si no se quiere reducir todo a una pieza de teatro irreal. “Dios, al crearnos, ha corrido el riesgo y la aventura de nuestra libertad. Ha querido una historia que sea una historia verdadera, hecha de auténticas decisiones, y no una ficción ni un juego. Cada hombre ha de hacer la experiencia de su personal autonomía, con lo que eso supone de azar, de tanteo y, en ocasiones, de incertidumbre” nota(’33′,’8.0′,’1′,’91′) 91.

La libertad, en su dimensión natural, aparece como un don divino peculiar e inalienable de toda persona, íntimamente vinculado a su dignidad. Esa libertad tiene un aspecto básico de capacidad de elección y de iniciativa; pero a la vez ese poder está orientado hacia una finalidad: nos permite servir a Dios y a los demás, porque queremos, sin coacción alguna. Estos dos aspectos están presentes en los textos analizados de tal modo que no se hace una separación sino que se intenta ver la unión entre ambos. Así sucede también en San Agustín, para quien la libertad en su sentido más pleno se encuentra en la orientación hacia Dios.

El Beato Josemaría muestra con un estilo muy existencial y vivo la esterilidad y la irracionalidad del no querer comprometerse: su carácter de algún modo antinatural. La esterilidad, porque “esas almas –las habéis encontrado, como yo– se dejarán arrastrar luego por la vanidad pueril, por el engreimiento egoísta, por la sensualidad. Su libertad se demuestra estéril, o produce frutos ridículos, también humanamente. El que no escoge –¡con plena libertad!– una norma recta de conducta, tarde o temprano se verá manejado por otros, vivirá en la indolencia –como un parásito–, sujeto a lo que determinen los demás. Se prestará a ser zarandeado por cualquier viento, y otros resolverán siempre por él. (…) ¡Pero nadie me coacciona!, repiten obstinadamente. ¿Nadie? Todos coaccionan esa ilusoria libertad, que no se arriesga a aceptar responsablemente las consecuencias de actuaciones libres, personales. Donde no hay amor de Dios, se produce un vacío de individual y responsable ejercicio de la propia libertad: allí –no obstante las apariencias– todo es coacción. El indeciso, el irresoluto, es como materia plástica a merced de las circunstancias; cualquiera lo moldea a su antojo y, antes que nada, las pasiones y las peores tendencias de la naturaleza herida por el pecado” nota(’33′,’8.0′,’1′,’92′) 92. Descripción que tiene gran actualidad en nuestra época, en la que mucha gente se deja llevar por una libertad a la que el Beato Josemaría llama “libertinaje”.

En esa esclavitud que proviene de responder que no a Dios se actúa también contra la razón, como afirma Santo Tomás de Aquino: “El hombre es racional por naturaleza. Cuando se comporta según la razón, procede por su propio movimiento, como quien es: y esto es propio de la libertad. Cuando peca, obra fuera de razón, y entonces se deja conducir por impulso de otro, sujeto en confines ajenos, y por eso el que acepta el pecado es siervo del pecado (Ioh 8, 34)” nota(’33′,’8.0′,’1′,’93′) 93.

El que quiere reservarse la libertad sin ejercerla en la entrega, es esclavo de sí mismo y acaba siendo esclavo de los demás, de muchas cosas externas, de las que debería ser dueño como hijo de Dios. Es el camino de la infelicidad aquí abajo y luego para siempre. No es libertad, sino libertinaje.

Clásicamente se ha llamado libertad psicológica a la capacidad de elegir, y libertad moral a esa mayor capacidad operativa que surge del buen ejercicio de la libertad con la formación de hábitos, en los que se condensan las elecciones buenas realizadas.

En la filosofía contemporánea han tenido lugar otros acercamientos significativos hacia una libertad más profunda que la mera capacidad de elección. Así la distinción de Isaiah Berlin entre una libertad negativa (“libertad de” coacciones, interferencias, imposiciones) y una libertad positiva (“libertad para” hacer o ser algo, para proyectar y comprometerse) supuso un enriquecimiento en el diálogo entre los filósofos de la política nota(’33′,’8.0′,’1′,’94′) 94. La libertad positiva es una concepción más alta que responde a la creatividad propia de la persona humana, pero todavía no llega al punto más alto que Cristo ha traído al mundo ampliando las perspectivas humanas, con ese “exceso” característico del cristianismo.

No obstante su fuerte paradoja, la Cruz –con sus dimensiones de entrega, sacrificio, perdón, compromiso, aparente fracaso,…– encuentra en el corazón humano una intensa resonancia, porque ya en el plano humano el nivel más alto de libertad se manifiesta en la capacidad creativa desinteresada, en amar el bien en sí independientemente de que lo sea para mí, en la amistad y benevolencia de querer a las personas, en razón de su bondad y dignidad innatas.
Recordando una obra de Robert Spaemann, el hombre alcanza su plenitud y con ella su felicidad (Glück), en la benevolencia (Wohlwollen) hacia los demás, queriendo su bien en cuanto tal. También Carlos Cardona ha hecho de la relación entre ser, libertad y amor de benevolencia, el núcleo de su obra más lograda desde el punto de vista propositivo: la Metafísica del bien y del mal. En ella sostiene que la libertad es una característica trascendental del ser del hombre; es el núcleo de toda acción realmente humana y lo que confiere humanidad a todos sus actos. El acto primero y fundamental de la libertad consiste en decidirse, con un amor electivo, por el bien en sí mismo, superando el amor natural hacia el bien para mí. Significa, por tanto, un éxtasis, con el que se sale de sí mismo.

Alejandro Llano, aun apreciando los sentidos de libertad de y libertad para propuestos por Isaiah Berlin, piensa que no bastan y que hay un tercer sentido, al que llama libertad de sí mismo, que es vaciamiento de uno mismo, kénosis y apertura amorosa a los otros nota(’33′,’8.0′,’1′,’95′) 95.

5. La proyección de la libertad ganada por Cristo en algunos campos de la vida contemporánea

Antes se ha recordado la afirmación de que el Beato Josemaría no retrocede ante el desafío antropocéntrico de la modernidad, sino que, al contrario, denuncia sus insuficiencias justo al desarrollar sus ignoradas potencialidades. Esto último puede ser ilustrado mostrando la proyección de la doctrina teológica y filosófica expuesta en algunos campos de la vida humana en las circunstancias contemporáneas. Lo haré de modo conciso, porque sobre las aplicaciones de la libertad personal según Josemaría Escrivá existe ya una cierta bibliografía.

El Beato Josemaría tiene siempre presente el contexto cultural en que viven sus lectores y oyentes, las personas a las que se dirige. Por eso ante lo que cabe llamar descubrimiento moderno de la libertad, denuncia sus insuficiencias no de modo simplemente polémico o negativo, sino desarrollando en sentido cristiano y humano las potencialidades de esa libertad.

La libertad, según el Fundador del Opus Dei, es, en su sentido principal y radical, libertad ante Dios y para Dios, y por tanto la responsabilidad le está inseparablemente unida. En el anonimato propio de la masificación se pierde la responsabilidad personal. Quedan sólo individuos, desposeídos de su fundamental carácter de personas. El Beato Josemaría se esforzaba por extraer a las personas de la masa anónima, compuesta de individuos en estado soledad y privados de una relación auténticamente humana con Dios y con los demás. Como maestro de vida cristiana quería formar personas libres, hijos de Dios que luchaban por estar con Cristo en la Cruz, que procuraban responder a la libre donación y anonadamiento de Dios con la libre entrega de si mismos. Si no se estimula la responsabilidad, tampoco se forman personas libres.

Entre las aplicaciones de la libertad a la existencia humana y cristiana enseñadas por el Beato Josemaría Escrivá se halla su heroica defensa del legítimo campo de lo opinable en el terreno profesional, en el mundo de las ideas políticas, sociales, económicas, culturales, artísticas. Existe un legítimo y sano pluralismo, característico de la mentalidad laical –la libertad es uno de sus elementos centrales– y contrario al clericalismo, que no respeta la justa autonomía de las realidades temporales, la naturaleza y las leyes puestas por Dios en sus criaturas. “Cuando se comprende a fondo el valor de la libertad, cuando se ama apasionadamente este don divino del alma, se ama el pluralismo que la libertad lleva consigo” nota(’33′,’8.0′,’1′,’96′) 96.

Se puede decir que en este terreno tuvo que navegar contra corriente desarrollando potencialidades de la libertad y enraizándolas en su fundamento teológico. Así afirmaba que dentro de los márgenes de la Revelación divina en Cristo, custodiada por el Magisterio de la Iglesia, existe una pluralidad de posiciones que es buena, en cuanto manifestación de libertad y responsabilidad personales nota(’33′,’8.0′,’1′,’97′) 97.

También en el campo teológico hay un espacio para una legítima variedad de posiciones, dentro de una plena fidelidad al Magisterio. Por eso en la Prelatura del Opus Dei se siguen las indicaciones del Magisterio de la Iglesia, sin que por eso exista una escuela teológica propia.

Su amor a la libertad le llevó a prodigarse en dar una formación muy cuidada –también en el plano teológico– con la que cada fiel pudiese después moverse con libertad en la santificación del trabajo y en la actividad apostólica, sin esperar consignas. También en este punto innovaba, sin pretensiones de originalidad.

En la vida espiritual y apostólica veía mucho de autodeterminación y la estimulaba. La dirección espiritual tiene como uno de sus fines ayudar a las almas a querer –a ejercitar la libertad–, secundando la acción del Espíritu Santo. Por eso Josemaría Escrivá movía a hacer oración, un coloquio sincero y auténtico de hijos con su Padre, a ponerse ante Dios, que es el punto de referencia fundamental de la libertad humana. Las decisiones nacen entonces como respuesta a la luz de Dios, con la ayuda de su gracia. En muchas ocasiones ante algunas preguntas que le hacían, respondía aproximadamente en estos términos: ¿por qué no se lo preguntas al Señor en la oración?

El Beato Josemaría Escrivá defendió el don de la libertad para todas las personas. Como Cristo, que muere en la Cruz para conquistarnos la libertad de los hijos de Dios, el cristiano tiene que defender la libertad de los otros y después la propia. Amaba mucho la libertad de las conciencias y solía decir que, con la gracia de Dios, daría su vida por defender la libertad de quienes no eran católicos. De ahí que las actividades apostólicas del Opus Dei no hacen nunca discriminación por motivos religiosos.

En este contexto la educación consiste sobre todo en enseñar a ser libres, formando a los jóvenes –y a todos– de modo que puedan moverse libremente y con buen criterio en todos los ambientes: educar en la libertad y para la libertad.

Pero insistir en la libertad personal no hay que interpretarlo en sentido individualista. Por eso, impulsaba a que, como manifestación de libertad responsable, se tomase parte activa en asociaciones varias, procurando intervenir en las decisiones humanas de las que dependen el presente y el futuro de la sociedad. Así lo expresó muchas veces: “Con libertad, y de acuerdo con tus aficiones o cualidades, toma parte activa y eficaz en las rectas asociaciones oficiales o privadas de tu país, con una participación llena de sentido cristiano: esas organizaciones nunca son indiferentes para el bien temporal y eterno de los hombres” nota(’33′,’8.0′,’1′,’98′) 98.

Los grandes retos de la historia han de encontrar a los cristianos con el sentido de responsabilidad de quienes se saben identificados con Cristo en la Cruz, que salva y libera de las esclavitudes. “Los hijos de Dios, ciudadanos de la misma categoría que los otros, hemos de participar “sin miedo” en todas las actividades y organizaciones honestas de los hombres, para que Cristo esté presente allí. Nuestro Señor nos pedirá cuenta estrecha si, por dejadez o comodidad, cada uno de nosotros, libremente, no procura intervenir en las obras y en las decisiones humanas, de las que dependen el presente y el futuro de la sociedad” nota(’33′,’8.0′,’1′,’99′) 99.

6. Síntesis conclusiva

Entre los muchos interrogantes que habrán surgido en la mente del lector, quizá hay uno al que convenga intentar dar una respuesta, aunque sea breve y sujeta a revisión. Se refiere a los varios sentidos de la libertad, que están presentes en este artículo sin una clara distinción.

6.1. Las dimensiones de la libertad

Los filósofos ofrecen variadas clasificaciones de los sentidos y dimensiones de la libertad. Algunas de las más clásicas indican los siguientes aspectos nota(’33′,’8.0′,’1′,’100′) 100:

a) ser libres con respecto a cualquier tipo de coacción. Es la libertad de poner por obra externamente lo que uno quiere. Se trata de un sentido negativo de la libertad. Algunos filósofos (por ej., Hobbes, Locke, Hume, Voltaire) se quedan a este nivel, porque niegan o no están seguros de que nuestras decisiones sean verdaderamente libres, es decir, no procedan de una necesidad o condicionamiento interno, no conocido. Muchas veces lo que hace el derecho es proteger a la persona de cualquier coacción externa, aunque sea psicológica. Es el campo de las libertades políticas, que son libertades externas, consiguientes a la dignidad moral de la persona. Por ejemplo: libertad religiosa; derecho a la vida y a la inviolabilidad de la persona; derecho al matrimonio y a la familia, a la educación de los propios hijos, a adquirir lo necesario para sustentarse, a la propiedad, al asilo político; derecho a escoger la profesión, a desarrollar la propia personalidad, a la libre expresión de palabra, por escrito o artística; derecho de asociación y de participar en el orden de la comunidad social.

b) la libertad de elección, también llamada libertad psicológica o libre albedrío. Es la capacidad de la persona de autodeterminarse realmente, sin una oculta necesidad interior, haciendo elecciones que suelen referirse a realidades externas, pero que al mismo tiempo implican un decidir sobre el propio ser (sobre todo en su dimensión moral, pero no sólo en ella). Con esas opciones cada persona se va haciendo a sí misma. Se trata de una capacidad interna e innata. El derecho suele presuponer esta libertad psicológica, cuando, por ejemplo, declara la responsabilidad de una persona que ha cometido una injusticia. Esta libertad se funda en la apertura de la inteligencia a todo lo real y de la voluntad a todo lo que es bueno. A su vez, la inteligencia y la voluntad como facultades operativas dimanan de un alma espiritual que ha recibido el ser directamente de Dios por creación. Así el obrar humano es libre porque procede de un acto de ser que está por encima de lo material y de las cadenas causales del cosmos.

c) la libertad como tarea ética, también llamada libertad moral. Es el señorío y autodominio que el hombre adquiere mediante actos libres que le llevan a poseer las virtudes morales. Ejercitando bien la libertad psicológica se alcanza la libertad moral, una capacidad de obrar que no está impedida por las pasiones o los vicios. Lo contrario es una esclavitud, que aunque sea fruto de la propia libertad psicológica, no es libertad, sino libertinaje.

6.2. Los elementos naturales en la libertad según el Beato Josemaría

En las enseñanzas del Beato Josemaría están presentes estas dimensiones de la libertad –entre otras– sin que, como es lógico, haya una clasificación explícita. Dentro de su visión cristiana del hombre está contenida una concepción de la persona en su dimensión o nivel de creatura. En otros términos, hay elementos de una antropología elaborada por la razón en unión vital con la fe:

a) La libertad es vista por el Beato Josemaría como el mayor don recibido por la persona “en lo humano”. Al decir “en lo humano”, se quiere precisar el alcance de la expresión al ámbito natural, dejando espacio para dones mayores en el orden sobrenatural de la gracia.
b) Ya en el mismo orden creatural se trata de un “don de Dios”. Vale la pena recordar que en las enseñanzas del Fundador del Opus Dei, el último punto de referencia del ámbito creatural es Dios. Así, a propósito de varias realidades humanas destacará su carácter de don: el trabajo es “don de Dios” nota(’33′,’8.0′,’1′,’101′) 101, la inteligencia “es como un chispazo del entendimiento divino” nota(’33′,’8.0′,’1′,’102′) 102, el amor conyugal es “una dádiva divina que se ordena limpiamente a la vida, al amor, a la fecundidad” nota(’33′,’8.0′,’1′,’103′) 103.

c) La libertad como capacidad de elegir (la libertad psicológica) está claramente presente en su pensamiento. Es, por poner un ejemplo, el hilo central de la homilía La libertad, don de Dios. A la vez, su insistencia en la responsabilidad evidencia que considera al hombre verdaderamente libre y que la historia no es una ficción.

d) Este poder de elección se ejerce especialmente entre el bien y el mal, y con vistas a Dios. La realidad natural de la libertad no se puede aislar de su sujeto, que es una criatura ordenada a Dios. Por eso, el alcance de la libertad no es sólo horizontal o inmanente.

e) La dimensión que algunos llaman “libertad moral” no sólo está presente, sino que es lo que da sentido a la capacidad electiva. La libertad es para el amor, para la entrega, para el servicio. Sólo así se es verdaderamente libre y no esclavo de las pasiones o, en el fondo, de un estar curvado hacia sí mismo. Quizá se puede decir que el Beato Josemaría, respetando la distinción, subraya fuertemente la unidad y la ordenación de la libertad psicológica a la moral.

f) Sus enseñanzas sobre la libertad confluyen en una visión muy definida de la formación: se trata de educar en la libertad (como clima y ambiente) y para la libertad (como fin: ayudar a la formación de personas libres y responsables).

g) Lo que se ha dado en llamar “libertad con respecto a cualquier coacción” encuentra muchas expresiones en los escritos del Beato Josemaría, especialmente en su fuerte defensa de la libertad de los demás, de la libertad de las conciencias individuales y personales.

6.3. Los aspectos teológicos de la libertad

Si pasamos al nivel estrictamente sobrenatural, el de la salvación que nos libera del pecado y nos eleva a la condición de hijos de Dios, en la enseñanza del Beato Josemaría cabe destacar los siguientes puntos:

a) La libertad es vista en relación con la filiación divina: es la libertad de los hijos de Dios. Si la libertad como personas creadas se fundaba en la apertura total de la inteligencia y de la voluntad al ser y al bien respectivamente, en cuanto facultades espirituales, y de modo último en un alma que existe gracias al ser que ha recibido inmediatamente de Dios por creación, ahora la libertad de los hijos de Dios se basa en una nueva condición teologal del hombre, inserto en la vida trinitaria. Ser hijos de Dios equivale a participar de la vida divina y a no ser esclavos del pecado, del demonio y de la muerte. La libertad es ahora el dinamismo de los hijos de Dios, movidos y cooperando con la gracia divina, pero significa quizá también el mismo estado real y ontológico de ser libres y no esclavos.

b) La libertad no es sólo don de Dios en general, sino más precisamente un don que Cristo nos consigue con su Muerte en la Cruz y con su Resurrección. El fundamento no es sólo la creación, sino también la redención del hombre que la Trinidad lleva a cabo mediante la Encarnación.

c) En la libertad de los hijos de Dios sigue presente la capacidad de elección, pero se ve potenciada al elevarse a autodeterminación de quien es hijo de Dios Padre en Cristo por el Espíritu Santo. Siendo hijos de Dios en el Hijo Unigénito, la responsabilidad aneja a la libertad, adquiere más fuertemente el carácter de respuesta al Amor misericordioso del Padre que se ha manifestado de manera sublime en la Cruz. Todo el actuar del cristiano es fruto de la gracia que Dios concede libremente y de la libre correspondencia humana, ayudada por la gracia misma.

d) Toda la existencia de Cristo, pero especialmente su sacrificio salvador en la Cruz, es modelo de libertad que se adhiere a la voluntad del Padre, dando su vida por los demás. Si en el plano natural la dimensión psicológica de la libertad estaba ordenada a la dimensión moral y, por tanto al amor y a la donación, ahora la medida de esa entrega es el Amor de Cristo, que puede hacerse presente en nosotros sólo gracias al envío del Espíritu Santo. Se llega a la paradoja del amor sin medida, de la locura de amor, del perdón gozoso y total de los enemigos.

e) La doctrina teológica del Beato Josemaría sobre la libertad alcanza una especial profundidad gracias a las luces divinas que le muestran la conexión entre estar en la Cruz, ser alter Christus, o mejor ipse Christus, y ser hijo de Dios.

f) Las consecuencias en el campo de la formación se referirán a un modo de concebir la dirección espiritual, que estimula y favorece la libertad y la espontaneidad apostólica de la persona.

g) A lo que eran las libertades externas en el orden filosófico corresponderán aquí: la defensa de la libertad de las conciencias en el ámbito más propiamente religioso, el estar dispuesto a dar la vida por defender la conciencia religiosa y espiritual de los demás, la distinción entre lo que es doctrina de fe y lo que pertenece al campo de la libre confrontación de enfoques teológicos, etc.

Lluís Clavell
Pontificia Universidad de la Santa Cruz

San Josemaría Escrivá, lector de la Sagrada Escritura

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Artículo publicado en Romana

La Sagrada Escritura es palabra de Dios siempre actual. Por eso, los estudios bíblicos no pueden limitarse a investigar cuestiones de la historia pasada sino que están llamados también a buscar las huellas de ese diálogo de Dios que sale al encuentro de los hombres y les habla nota(’40′,’8.0′,’1′,’1′) 1. Y es innegable que esa conversación se realiza máximamente en la vida de los santos —en su sentido bíblico, es decir, no sólo los que han sido oficialmente canonizados por la Iglesia, sino todos aquellos que por la gracia están en el ámbito de Dios, sostenidos por la fe y la caridad—, ya que ellos se encuentran en las condiciones de escuchar y responder más adecuadas para el establecimiento de esa sintonía vital y afectiva con Dios, que permite encontrar la Palabra de Dios en las palabras escritas que configuran el texto de la Biblia nota(’40′,’8.0′,’1′,’2′) 2. Por eso, un estudio teológico de la Sagrada Escritura requiere prestar atención a los modos en que la lectura de la Sagrada Biblia ha fecundado la vida de los santos.

En la biografía de San Josemaría Escrivá, desde los inicios de su actividad sacerdotal, y aún desde antes, hay testimonios de una lectura de la Escritura que vivifica su alma y que hace viva en sus obras la palabra de Dios nota(’40′,’8.0′,’1′,’3′) 3.

Una investigación exhaustiva acerca de la riqueza de contenido que sale a la luz cuando San Josemaría lee e invita a leer el Evangelio o cualquier pasaje bíblico es una tarea ingente, ya que los textos y frases de la Sagrada Escritura constituyen de ordinario la falsilla de su predicación, de su catequesis, e incluso con gran frecuencia de su conversación ordinaria, en la que con gracia humana y sobrenatural repartía con generosidad el tesoro de la Palabra de Dios.

El presente estudio se limita, pues, a una primera aproximación teológica a su actividad como lector de la Sagrada Escritura, desde tres perspectivas complementarias. La primera, de carácter biográfico, se refiere a momentos puntuales de su vida en los que, de un modo u otro, «oye» la voz de Dios con palabras de la Escritura. La segunda indaga los pasajes de la Escritura, meditados una y otra vez, que han dejado una huella más profunda en sus escritos. La tercera se fija su personalísimo estilo de proponer el Evangelio en la predicación. En ningún caso se pretenden agotar los textos comentados ni los significados que saca en ellos a la luz. Sólo se trata de proponer unos ejemplos que puedan ser significativos.

En diálogo con Dios, a través de la Sagrada Escritura

Antes de nada, algunas consideraciones acerca del perfil de lector de la Biblia que es posible encontrar en San Josemaría Escrivá.

De entrada, sus biógrafos han dejado constancia de que era un buen lector de la literatura clásica, española, y espiritual nota(’40′,’8.0′,’1′,’4′) 4. También leyó y conocía bien los escritos de los Padres de la Iglesia nota(’40′,’8.0′,’1′,’5′) 5. Pero la Sagrada Biblia, especialmente los Evangelios, no fue sólo en sus manos un buen libro de lectura donde encontrar abundante instrucción provechosa, sino un lugar de encuentro con Cristo.

Había estudiado con hondura en el Seminario las materias bíblicas, en las que obtuvo excelentes calificaciones nota(’40′,’8.0′,’1′,’6′) 6 y siempre accede a los libros sagrados desde su experiencia vital en la fe de la Iglesia. Sus comentarios se mueven de ordinario en el ámbito de la predicación.

Una característica del perfil de San Josemaría, con diversas manifestaciones en su fisonomía espiritual y su modo de actuar, es el valor que concede a las cosas pequeñas como manifestación de su amor a Dios. Y esto es algo que se refleja en su actividad como lector de la Escritura. Situado ante el texto presta una cuidadosa atención a cada detalle, a cada frase, gesto y reacción de los personajes, a cada palabra…

La Sagrada Escritura, leída, releída y profundamente meditada, fue dejando en él un poso de «textos pequeños», frases incisivas, con frecuencia muy breves —en ocasiones, sólo una o dos palabras— que prolongaban ese diálogo divino, oración, más allá del momento mismo de su lectura, impregnando toda su actividad cotidiana: las repetía para sí por la calle o mientras trabajaba, e iba descubriendo que esas palabras no le estaban hablando de un pasado glorioso pero remoto, sino del presente que se abría ante sus ojos nota(’40′,’8.0′,’1′,’7′) 7.

Se podría mencionar como ilustración de lo que acabamos de decir, el empleo que hace de la expresión ut videam!, que son palabras del ciego de Jericó cuando Jesús le pregunta: «¿Qué quieres que te haga?», y él responde «Rabboni, que vea» (Mc 10,51). San Josemaría había leído con atención la escena desde muy joven, y le habían impresionado el arrojo de Bartimeo que se desprende hasta del manto que le proporcionaba abrigo por acercarse a Jesús y la sencillez con la que expone lo que necesita, así como la rápida respuesta del Maestro, que se conmueve ante tal arranque de audacia y sencillez, y le concede inmediatamente la vista (cfr. Mc 10, 46-52). Cuando en su juventud percibía que el Señor le pedía algo, que aún no sabía con exactitud lo que era, a la vez que se ponía por completo en las manos de Dios, rezaba con insistencia pidiendo luces: ut videam! nota(’40′,’8.0′,’1′,’8′) 8 Así lo recordaba él mismo años después, en 1947 nota(’40′,’8.0′,’1′,’9′) 9:

«Yo no puedo dejar de recordar que, al meditar este pasaje muchos años atrás, al comprobar que Jesús esperaba algo de mí —¡algo que yo no sabía qué era!—, hice mis jaculatorias. Señor, ¿qué quieres?, ¿qué me pides? Presentía que me buscaba para algo nuevo y el Rabboni, ut videam —Maestro, que vea— me movió a suplicar a Cristo, en una continua oración: Señor, que eso que Tú quieres, se cumpla»

En otras ocasiones, la palabra de Dios sembrada en su corazón con la lectura pausada, brotaba espontánea en el momento oportuno con una fuerza tal que hace pensar en la experiencia mística. Un hecho así es el que está detrás de la anotación que consignó en sus Apuntes en octubre de 1931 nota(’40′,’8.0′,’1′,’10′) 10:

«Sentí la acción del Señor, que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba! Pater! —son palabras de Gal 4,6— Estaba yo en la calle, en un tranvía [...]. Probablemente hice aquella oración en voz alta.

Y anduve por las calles de Madrid, quizá una hora, quizá dos, no lo puedo decir, el tiempo se pasó sin sentirlo. Me debieron tomar por loco. Estuve contemplando con luces que no eran mías esa asombrosa verdad, que quedó encendida como una brasa en mi alma para no apagarse nunca»

Otras experiencias de ese estilo también le abrieron perspectivas innovadoras y sorprendentes en algunos pasajes bíblicos. Así sucede, por ejemplo, con las palabras de Jesús en el Evangelio de Juan: «Y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32), de las que el evangelista comenta: «Decía esto señalando de qué muerte iba a morir» (Jn 12,33). Pues, bien, unos días antes del texto antes citado, el 7 de agosto de 1931, había anotado nota(’40′,’8.0′,’1′,’11′) 11:

«Llegó la hora de la Consagración: en el momento de alzar la Sagrada Hostia, sin perder el debido recogimiento, sin distraerme —acababa de hacer in mente la ofrenda al amor misericordioso—, vino a mi pensamiento, con fuerza y claridad extraordinarias, aquello de la Escritura: et si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum (Ioann. 12,32). Ordinariamente, ante lo sobrenatural, tengo miedo. Después viene el ne timeas! , soy Yo. Y comprendí que serán los hombres y mujeres de Dios, quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana… Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas» nota(’40′,’8.0′,’1′,’12′) 12

Hay en estas breves pinceladas biográficas a las que acabamos de aludir, algún detalle pequeño, que podría parecer irrelevante —consecuencia del momento histórico y de sus costumbres—, pero que es significativo. Nos referimos al hecho de que esas palabras que le golpean, aunque de distinto modo, y repite una y otra vez —ut videam!; Abba, Pater!; et si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum; ne timeas!— están siempre en latín. La razón parece clara: él lee la Sagrada Escritura en la Vulgata latina, como era habitual en aquellos años. Pero este detalle aparentemente anecdótico pone de manifiesto que «oye» la palabra de Dios en el hoy, ahora, de cada momento, como la había leído en un texto que estaba en latín. Ese impulso vital de la locución lo mueve el Espíritu Santo con palabras de la Escritura, que son expresión de la palabra de Dios. San Josemaría es lector asiduo y atento de la palabra de Dios, pero no sólo es lector, escucha. Y eso le permite oír la voz de Dios y entender el sentido que el Señor le comunica con esas palabras de la Escritura.

Frases breves e incisivas, como las mencionadas, son frecuentes en su predicación y en sus escritos nota(’40′,’8.0′,’1′,’13′) 13. Aunque las palabras de la Escritura son siempre como el cañamazo que sostiene su discurso nota(’40′,’8.0′,’1′,’14′) 14, en sus obras no se detiene de ordinario en cuestiones académicas, como la presentación general de un pasaje, el análisis de su estructuración o la explicitación de sus contenidos. A veces, cita literalmente algunos versículos seguidos del texto bíblico, pero en general, tiende a captar y exponer en pocos y enérgicos trazos su contenido fundamental, para luego subrayar su impacto con algunos fragmentos mínimos. El recuerdo de pocas palabras condensa en sentido metonímico toda una escena rica en evocaciones. Así sucede, por ejemplo, en una consideración recogida en Surco nota(’40′,’8.0′,’1′,’15′) 15:

«¿Quieres vivir la audacia santa, para conseguir que Dios actúe a través de ti? —Recurre a María, y Ella te acompañará por el camino de la humildad, de modo que, ante los imposibles para la mente humana, sepas responder con un “fiat” —¡hágase!, que una la tierra al Cielo».

En este caso, la sola mención de la palabra fiat es suficiente para recordar el versículo completo —«Dijo entonces María: —He aquí la esclava del Señor, hágase (fiat) en mí según tu palabra. Y el ángel se retiró de su presencia» (Lc 1,38)— que evoca todo el pasaje de la Anunciación y condensa en el lector el recuerdo de la acción divina que llama en la vocación sobrenatural, de la aceptación sin condiciones de los planes de Dios, y de las consecuencias que se siguieron: la Encarnación del Hijo de Dios. Universo de referencias que no se contempla como una realidad ideal ni lejana, sino como parte del mundo al que el lector es invitado a incorporarse.

Teniendo en cuenta el tipo de relación con la Biblia que se desprende de los escritos de San Josemaría en esta primera aproximación, parece conveniente indagar cuáles son esas frases breves de procedencia bíblica que menciona con más frecuencia, y buscar en qué sentidos las utiliza. A esta tarea dedicaremos el siguiente apartado de nuestra exposición.

Sólo después será posible una ulterior reflexión acerca de la actitud hermenéutica que encierran los comentarios de San Josemaría, buscando en sus obras declaraciones explícitas —aunque habitualmente dichas de paso, como dejando caer un comentario al hilo de sus meditaciones— sobre el modo en que lee y enseña a leer la Sagrada Escritura.

Palabras
de la Sagrada Escritura más citadas

Un acercamiento simplemente numérico al empleo de la Biblia en los escritos de cualquier autor está lleno de limitaciones, y por sí solo puede ser poco significativo. Pero siempre ofrece unos datos objetivos y comprobables por cualquiera sobre los que es posible establecer algunas conclusiones y comenzar a trabajar.

No se trata aquí de presentar una mera colección de tablas numéricas ni un estudio de frecuencias estadísticas, sino de prestar atención a las palabras o frases que reaparecen con más frecuencia, una y otra vez, en escritos suyos de diversos géneros y estilos.

Para nuestro recuento de frecuencias nos hemos limitado a las obras actualmente publicadas de San Josemaría. De una parte están los textos, aunque procedentes de fechas muy diversas, de Camino, Santo Rosario, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer y la colección de homilías Es Cristo que pasa que fueron los libros publicados en vida del autor —además de La abadesa de las Huelgas, estudio histórico-jurídico que cae fuera del ámbito de nuestro estudio—. A éstos se añaden los de Amigos de Dios, Surco, Forja, Amar a la Iglesia y Via Crucis, que San Josemaría ya había revisado en orden a su publicación, pero que se dieron a la imprenta después de su muerte. No se han tomado en consideración sus escritos aún no publicados. Somos, pues, conscientes de que este trabajo constituye sólo un primer intento de aproximación al tema propuesto.

Llegados a este punto, se impone una breve reflexión metodológica: ¿Tiene sentido para la cuestión que estamos estudiando, detenerse en un simple recuento numérico?

Pienso que sí, ya que para realizar una descripción empírica —en la medida en que sea posible— del encuentro de Dios con los hombres en la Escritura hay que acudir también a los planteamientos humanos y a los datos experimentales.

La Escritura se predica, se escucha y se lee. Pero desde una consideración fenomenológica, el acto primero es la lectura: lo que no se lee no se puede proclamar ni escuchar. Un texto que no se lee es letra muerta nota(’40′,’8.0′,’1′,’16′) 16. Por eso, preguntarse por los textos de los que hay constancia de que han sido más usados en sus obras es interesarse por aquellos textos leídos y escuchados que han mostrado una fuerte vitalidad en la lectura realizada por San Josemaría.

De hecho, la simple enumeración de los textos de la Sagrada Escritura más citados explícitamente nota(’40′,’8.0′,’1′,’17′) 17, resulta de por sí bastante ilustrativa. Son los siguientes:

Los dos textos que aparecen en más ocasiones —catorce cada uno— son el versículo de Lc 1,38, y dentro de él especialmente las palabras: «he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» nota(’40′,’8.0′,’1′,’18′) 18, y la primera parte del himno cristológico de la Carta a los Filipenses (Flp 2,6-8), sobre todo la expresión: «se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz» nota(’40′,’8.0′,’1′,’19′) 19.

El tercer lugar en frecuencia de citas, doce veces, corresponde a las palabras de Mt 11,29-30: «Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga es ligera» nota(’40′,’8.0′,’1′,’20′) 20. Tanto éste como los dos anteriores, que constituyen el trío de textos más citados, son ejemplos notables de la dimensión performativa —impulso que mueve a la acción— de la palabra. En este caso reclaman una aceptación rendida de los planes de Dios y una entrega personal sin condiciones y sin miedo, siguiendo los pasos de Jesús.

Le sigue, con diez menciones, la anotación que hace el Evangelio de Juan acerca de quiénes estaban presentes en el Calvario: «Estaban junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena» (Jn 19,25) nota(’40′,’8.0′,’1′,’21′) 21. Texto de carácter informativo, pero a la vez fuertemente expresivo de lo que es la fidelidad.

Dos textos de procedencias y contexto muy distintos, pero de contenido muy similar, son los que ocupan las siguientes posiciones, con el mismo número de menciones explícitas, nueve. El primero procede de las palabras que el Cuarto Evangelio pone en boca de Jesús en la Última Cena: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5) nota(’40′,’8.0′,’1′,’22′) 22. El segundo es una exclamación de San Pablo: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Flp 4,13) nota(’40′,’8.0′,’1′,’23′) 23. En ambos, y especialmente en el segundo, la dimensión expresiva tiene un fuerte componente didáctico al señalar dónde está el fundamento de la energía interior que el lector percibe que necesita para responder a la llamada que le han dirigido los textos antes citados.

A continuación, aparece de nuevo la Escritura en su dimensión apelativa: «Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga» (Mt 16,24), que es repetida y comentada ocho veces en las mencionadas obras de San Josemaría nota(’40′,’8.0′,’1′,’24′) 24.

Entre las palabras recurrentes en su predicación y en su pluma figura una fuerte apelación de Jesús: «Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros» (Jn 13,34-35) nota(’40′,’8.0′,’1′,’25′) 25, y una confesión explícita de amor a Jesús realizada, como respuesta a su pregunta directa: «¿Me quieres?», por parte de San Pedro: «Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero» (Jn 21,17) nota(’40′,’8.0′,’1′,’26′) 26. Estos textos son citados en siete ocasiones.

Por último, tres son los textos mencionados en seis ocasiones cada uno. El primero es un grito fuertemente expresivo: «Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que ya arda?» (Lc 12,49) nota(’40′,’8.0′,’1′,’27′) 27. El segundo, una apelación confiada, inseparablemente unida a una confesión de las más íntimas disposiciones: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42) nota(’40′,’8.0′,’1′,’28′) 28. Y el tercero, de carácter informativo, para explicar que esas disposiciones no son algo extraordinario, pues todos los cristianos están llamados a la santidad: «ya que en él nos eligió antes de la creación del mundo para que fuéramos santos y sin mancha en su presencia, por el amor» (Ef 1,4) nota(’40′,’8.0′,’1′,’29′) 29.

Estos datos resultan especialmente reveladores de la actitud y el interés con que San Josemaría accede a la meditación de la Biblia si se tiene en cuenta que en su obra publicada hay miles de referencias bíblicas, muy variadas. En ella se exponen todos los grandes temas de la catequesis y la espiritualidad cristiana, con un recurso constante a la Sagrada Escritura, por lo que la riqueza de textos bíblicos utilizados y comentados es inmensa. Sin embargo, los textos recurrentes que aparecen una y otra vez no son muchos. El elenco que se acaba de presentar reúne todos los textos citados más de cinco veces, y no resulta excesivamente extenso. Por eso, su contenido ofrece bastante información implícita acerca del modo en que lee la Escritura.

Se puede observar, en primer lugar, que no se trata de pasajes enteros. No hay entre esos textos más frecuentemente citados ninguna perícopa completa. A la vez, se descubre en ellos una alta densidad de contenido, que incide especialmente en dos aspectos. El primero es la presentación de Jesucristo, tanto en sus hechos como en sus palabras, como modelo para el cristiano. El segundo es el impulso a una respuesta del hombre a Dios y, en ese ámbito es paradigmática la figura de María con su sí a los planes de Dios manifestados en la anunciación, un sí que permanece inmutable en su fidelidad al pie de la Cruz nota(’40′,’8.0′,’1′,’30′) 30.

Asomarse a cualquiera de sus comentarios sobre estos textos ayuda a percibir el vigor que encierra la palabra de Dios, que es convocada a manifestar su eficacia en el hoy y ahora de cada momento. Prestemos atención, por ejemplo, a unas palabras de San Josemaría predicando sobre la obediencia nota(’40′,’8.0′,’1′,’31′) 31:

«No nos oculta el Señor que esa obediencia rendida a la voluntad de Dios exige renuncia y entrega, porque el Amor no pide derechos: quiere servir. Él ha recorrido primero el camino. Jesús, ¿cómo obedeciste tú? Usque ad mortem, mortem autem crucis nota(’40′,’8.0′,’1′,’32′) 32, hasta la muerte y muerte de la cruz. Hay que salir de uno mismo, complicarse la vida, perderla por amor de Dios y de las almas. He aquí que tú querías vivir, y no querías que nada te sucediera; pero Dios quiso otra cosa. Existen dos voluntades: tu voluntad debe ser corregida, para identificarse con la voluntad de Dios; y no la de Dios torcida, para acomodarse a la tuya nota(’40′,’8.0′,’1′,’33′) 33.

Yo he visto con gozo a muchas almas que se han jugado la vida —como tú, Señor, usque ad mortem—, al cumplir lo que la voluntad de Dios les pedía: han dedicado sus afanes y su trabajo profesional al servicio de la Iglesia, por el bien de todos los hombres.

Aprendamos a obedecer, aprendamos a servir: no hay mejor señorío que querer entregarse voluntariamente a ser útil a los demás. Cuando sentimos el orgullo que barbota dentro de nosotros, la soberbia que nos hace pensar que somos superhombres, es el momento de decir que no, de decir que nuestro único triunfo ha de ser el de la humildad. Así nos identificaremos con Cristo en la Cruz, no molestos o inquietos o con mala gracia, sino alegres: porque esa alegría, en el olvido de sí mismo, es la mejor prueba de amor».

Al evocar el testimonio de Jesús, la utilización intertextual de la Sagrada Escritura es vehículo con el que el autor penetra en el alma del lector y remueve sus sentimientos con un estilo cortado y directo nota(’40′,’8.0′,’1′,’34′) 34. Las palabras de la Escritura (Flp 2,8-9) aparecen como respuesta a una pregunta dirigida a Jesús —«¿cómo obedeciste tú?»—. Nos encontramos, pues, en una lectura dentro de un proceso comunicativo en sentido estricto, realizado desde la oración. A la vez que contempla el ejemplo de Jesús, no se queda en una mera admiración agradecida por lo que ha hecho, sino que saca a flote el vigor del texto para interpelar al oyente en el momento actual y conducirlo a esa identificación vital con Cristo. Se aporta el testimonio personal de que esa palabra ha sido eficaz —«Yo he visto con gozo a muchas almas que se han jugado la vida —como tú, Señor, usque ad mortem—, al cumplir lo que la voluntad de Dios les pedía…»— y se ayuda a concretar una respuesta de entrega generosa.

El comentario de San Josemaría no busca directamente ofrecer una exposición académica ni una reflexión teológica —sobre la kénosis de Cristo— ni componer un tratado u ofrecer los fundamentos bíblicos de una virtud —la obediencia, en este caso—. Le interesa, aquí y en la mayor parte de los casos, la vida del cristiano actual, el discípulo de Cristo que ha de imitar al Maestro hasta identificarse con él y hacerlo presente en medio del mundo nota(’40′,’8.0′,’1′,’35′) 35.

El texto de Filipenses evoca el contraste entre Jesucristo y Adán, que siendo hombre ambicionó ser como Dios (cfr Gn 3,5), mientras que Jesucristo, siendo Dios, «se anonadó a sí mismo» (Flp 2,7). La obediencia de Cristo hasta la cruz (Flp 2,8) reparó la desobediencia del primer hombre. San Josemaría lee el texto y, a la vez que contempla el ejemplo de Jesucristo, tiene ante sus ojos al cristiano de nuestro tiempo. Frente a la tentación de constituirse en «superhombre», de «ser como Dios» y desobedecer, le presenta el modo de ser verdaderamente hombre y «señor» —a imagen de Dios— que consiste en imitar a Jesucristo para descubrir el «señorío de servir».

Otro ejemplo que ilustra la misma actitud hermenéutica en un contexto muy distinto. Se trata de una entrevista nota(’40′,’8.0′,’1′,’36′) 36. Le habían preguntado: ¿Podría decirnos, para terminar, cómo considera que se debe promover el papel de la mujer en la vida de la Iglesia? Y su larga contestación termina diciendo nota(’40′,’8.0′,’1′,’37′) 37:

«Cristianizar desde dentro el mundo entero, mostrando que Jesucristo ha redimido a toda la humanidad: ésa es la misión del cristiano. Y la mujer participará en ella de la manera que le es propia, tanto en el hogar, como en las otras ocupaciones que desarrolle, realizando las peculiares virtualidades que le corresponden.

Lo principal es, pues, que como Santa María —mujer, Virgen y Madre— vivan de cara a Dios, pronunciando ese fiat mihi secundum verbum tuum (Luc 1, 38), hágase en mí según tu palabra, del que depende la fidelidad a la personal vocación, única e intransferible en cada caso, que nos hará ser cooperadores de la obra de salvación que Dios realiza en nosotros y en el mundo entero»

Las palabras evangélicas de la respuesta de Santa María al anuncio del ángel son presentadas como dichas al oído de una mujer contemporánea para que ya sea en el hogar, ya en cualquier otra ocupación profesional, exprese su adhesión incondicional a la llamada que Dios le dirige allá donde está, para que desde allí coopere de modo directo en «la obra de salvación que Dios realiza en nosotros y en el mundo entero».

Por encima de lo que sería un comentario en el sentido obvio del texto bíblico, lo mismo que sus palabras con ocasión del texto de Filipenses antes tratado, también aquí aflora esa antropología cristiana del «hombre nuevo» —más precisamente de la «mujer nueva» en este caso— llamado a hacer actual el Evangelio no sólo en la actualidad ideal del acto de lectura, sino en la vida real de cada día.

Los ejemplos se podrían multiplicar. Hemos elegido uno de los comentarios de San Josemaría a cada uno de los dos textos bíblicos más citados en sus obras. Pero estos pueden bastar para el objetivo que nos habíamos marcado para esta fase de nuestro estudio: adentrarnos, a través de los datos numéricos fácilmente comprobables por cualquiera, en lo que esos textos más repetidamente utilizados reflejan de modo implícito acerca de su actitud hermenéutica.

Llega ahora el momento de indagar en sus escritos en busca de expresiones que delaten de modo más explícito ese talante suyo en el modo de leer la Biblia.

«Como un personaje más»

Leer, como ha subrayado la estética de la recepción, no consiste en la mera decodificación lineal de los signos escritos. En el acto de lectura se activan unos resortes que despliegan el potencial del texto. Al avanzar en la lectura se va recordando algo leído unas páginas antes, se van abriendo nuevas expectativas que aguardan una respuesta, se van cubriendo por el lector los huecos del texto, aquellos aspectos o detalles sobre los que el texto guarda silencio nota(’40′,’8.0′,’1′,’38′) 38. En definitiva, a través de los signos se construye un mundo de referencias, se configura lo que se ha dado en denominar el «mundo del texto» nota(’40′,’8.0′,’1′,’39′) 39, aquello de lo que habla el texto.

Cuando se lee la Sagrada Escritura, el propio texto bíblico reclama esa apropiación por parte del lector de la Palabra de Dios que encierra. Y esa operación se hace en la Iglesia con la guía que proporciona no sólo el texto, sino también el Espíritu Santo, con los que se configura el «mundo del texto» del lector cristiano, que mientras lee tiene presentes el contenido y la unidad de toda la Escritura, la Tradición viva de toda la Iglesia y la analogía de la fe nota(’40′,’8.0′,’1′,’40′) 40.

El texto es un universo de verdades, que está abierto a las preguntas que se le hacen. Por ejemplo, el evangelio de San Marcos no sólo dice lo que el evangelista quiere transmitir a sus lectores al redactarlo, sino que dice mucho más. El evangelista quiere señalar ciertamente la necesidad de descubrir quién es Jesucristo, y la de confesarle, y hacer que el Evangelio llegue a los confines de la tierra. Pero, a través del mundo del texto que construye también es posible conocer muchas más cosas, como el modo de actuar de Jesús, de Pedro, y de otros personajes que aparecen en él. También informa acerca del valor que se concedía a las tradiciones de los antiguos, y muchos otros aspectos concretos de los usos y costumbres del momento.

Si el texto es un universo de verdades abierto a las preguntas que se le hacen, a nadie escapa que la profundidad de las respuestas que ofrezca al lector, depende de la entidad de la pregunta que el lector le haga. Por eso, en esta parte de nuestra exposición vamos a indagar sobre el modo en que San Josemaría pregunta al texto.

Un consejo breve e incisivo contenido en Forja permite atisbar tras su laconismo a un lector que accede a la Escritura preguntándose por lo que Dios le dice en el propio acto de lectura nota(’40′,’8.0′,’1′,’41′) 41:

«¿Quieres aprender de Cristo y tomar ejemplo de su vida? —Abre el Santo Evangelio, y escucha el diálogo de Dios con los hombres…, contigo»

El Evangelio es un libro que permite asomarse a unos hechos del pasado que siguen activos en el presente, y en los que el lector está llamado a implicarse, escuchando con atención las palabras que están allí dirigidas a él. Ese consejo es la expresión de una experiencia hermenéutica largamente vivida, que aflora con naturalidad en su predicación nota(’40′,’8.0′,’1′,’42′) 42:

«Como de costumbre, abramos el Nuevo Testamento, en esta ocasión por el capítulo XI de San Mateo: aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón (Mt XI, 29). ¿Te fijas? Hemos de aprender de El, de Jesús, nuestro único modelo. Si quieres ir adelante previniendo tropiezos y extravíos, no tienes más que andar por donde El anduvo, apoyar tus plantas sobre la impronta de sus pisadas, adentrarte en su Corazón humilde y paciente, beber del manantial de sus mandatos y afectos; en una palabra, has de identificarte con Jesucristo, has de procurar convertirte de verdad en otro Cristo entre tus hermanos los hombres».

El autor envuelve al lector en su acercamiento al texto bíblico. Muestra su experiencia personal al lector y le invita a buscar por sí mismo los modos de aprender de Cristo. «Se puede ir incluso más lejos: la intención del Beato Josemaría —escribía hace años un crítico literario— es que el receptor tome la iniciativa y llegue a ser creador, coautor, autor principal del discurso» nota(’40′,’8.0′,’1′,’43′) 43. Por eso, San Josemaría invita a leer desde dentro la Sagrada Escritura nota(’40′,’8.0′,’1′,’44′) 44:

«Para acercarse al Señor a través de las páginas del Santo Evangelio, recomiendo siempre que os esforcéis por meteros de tal modo en la escena, que participéis como un personaje más. Así —sé de tantas almas normales y corrientes que lo viven—, os ensimismaréis como María, pendiente de las palabras de Jesús o, como Marta, os atreveréis a manifestarle sinceramente vuestras inquietudes, hasta las más pequeñas».

Pero, y aquí está la clave para entender su pensamiento y su modo de leer la Biblia, no invita al lector a viajar con la imaginación en el tiempo para recrear un relato ambientado en un pasado lejano, sino a contemplar el mundo actual que cada uno tiene por delante, y a acudir al texto sagrado como punto de referencia para valorar en sus justas dimensiones sobrenaturales la propia experiencia nota(’40′,’8.0′,’1′,’45′) 45:

«Mezclaos con frecuencia entre los personajes del Nuevo Testamento. Saboread aquellas escenas conmovedoras en las que el Maestro actúa con gestos divinos y humanos, o relata con giros humanos y divinos la historia sublime del perdón, la de su Amor ininterrumpido por sus hijos. Esos trasuntos del Cielo se renuevan también ahora, en la perenne actualidad del Evangelio: se palpa, se nota, cabe afirmar que se toca con las manos la protección divina; un amparo que gana en vigor, cuando vamos adelante a pesar de los traspiés, cuando comenzamos y recomenzamos, que esto es la vida interior, vivida con la esperanza en Dios».

Ahora bien, ¿no es una farsa, un mero ejercicio de imaginación, recrear en el presente unas escenas del pasado? San Josemaría es bien consciente de esa posible dificultad, y su respuesta incide a fondo en la concepción teológica de lo que es un cristiano nota(’40′,’8.0′,’1′,’46′) 46:

«¡Vive junto a Cristo!: debes ser, en el Evangelio, un personaje más, conviviendo con Pedro, con Juan, con Andrés…, porque Cristo también vive ahora: “Iesus Christus, heri et hodie, ipse et in sæcula!” —¡Jesucristo vive!, hoy como ayer: es el mismo, por los siglos de los siglos»

La razón es que Jesús no es una figura admirable que sólo una imaginación creativa puede reconstruir entre los restos arqueológicos de hace más de dos mil años, sino que Jesucristo resucitado vive también ahora, y busca también en nuestro tiempo discípulos que vivan junto a Él y trabajen a su lado. Es más, mujeres y hombres que, identificados con Cristo, lo hagan presente en el mundo nota(’40′,’8.0′,’1′,’47′) 47.

Se podría decir que, sobre esa base teológica, es posible encontrar en sus escritos una guía para leer la Biblia como Sagrada Escritura, adecuada para que el lector escuche la Palabra de Dios que se le dirige personalmente. En una de sus homilías recomienda nota(’40′,’8.0′,’1′,’48′) 48:

«Yo te aconsejo que, en tu oración, intervengas en los pasajes del Evangelio, como un personaje más. Primero te imaginas la escena o el misterio, que te servirá para recogerte y meditar. Después aplicas el entendimiento, para considerar aquel rasgo de la vida del Maestro: su Corazón enternecido, su humildad, su pureza, su cumplimiento de la Voluntad del Padre. Luego cuéntale lo que a ti en estas cosas te suele suceder, lo que te pasa, lo que te está ocurriendo. Permanece atento, porque quizá El querrá indicarte algo: y surgirán esas mociones interiores, ese caer en la cuenta, esas reconvenciones»

Se trata de no quedarse inactivo en la contemplación de las escenas, sino de vivirlas personalmente «como un personaje más» nota(’40′,’8.0′,’1′,’49′) 49. San Josemaría «despliega su ministerio de la Palabra enseñando a escuchar la voz de Dios, que llama a cada uno a santificarse en su propia situación, en el puesto que la Providencia le ha asignado» nota(’40′,’8.0′,’1′,’50′) 50. En Forja ha condensado en pocas palabras la pauta fundamental para leer y vivir el Evangelio:

«Al abrir el Santo Evangelio, piensa que lo que allí se narra —obras y dichos de Cristo— no sólo has de saberlo, sino que has de vivirlo. Todo, cada punto relatado, se ha recogido, detalle a detalle, para que lo encarnes en las circunstancias concretas de tu existencia.

»—El Señor nos ha llamado a los católicos para que le sigamos de cerca y, en ese Texto Santo, encuentras la Vida de Jesús; pero, además, debes encontrar tu propia vida.

»Aprenderás a preguntar tú también, como el Apóstol, lleno de amor: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?…” —¡La Voluntad de Dios!, oyes en tu alma de modo terminante.

»Pues, toma el Evangelio a diario, y léelo y vívelo como norma concreta. —Así han procedido los santos» nota(’40′,’8.0′,’1′,’51′) 51

San Josemaría implica al lector en las escenas narradas en los Evangelios, «”entra” y “hace entrar” en el Evangelio, que adquiere así su necesaria y convincente dimensión formativa, al mismo tiempo que introduce al conocimiento del misterio de Cristo y a la comunión con Él» nota(’40′,’8.0′,’1′,’52′) 52. Con singular fuerza lo hace al leer la Pasión nota(’40′,’8.0′,’1′,’53′) 53:

«¿Quieres acompañar de cerca, muy de cerca, a Jesús?… Abre el Santo Evangelio y lee la Pasión del Señor. Pero leer sólo, no: vivir. La diferencia es grande. Leer es recordar una cosa que pasó; vivir es hallarse presente en un acontecimiento que está sucediendo ahora mismo, ser uno más en aquellas escenas.

Entonces, deja que tu corazón se expansione, que se ponga junto al Señor. Y cuando notes que se escapa —que eres cobarde, como los otros—, pide perdón por tus cobardías y las mías»

El discurso de San Josemaría se mueve en el ámbito del logos pragmatikós, de la palabra que actúa para conducir al lector al encuentro con Dios. Como se ha hecho notar con acierto acerca de su obra literaria, «el autor realiza a través del discurso diversos actos: el primero de ellos, contemplar; el último, hacer que el receptor o lector contemple (…) La finalidad no es sólo estética. Hay un deliberado propósito de conmover al lector y sumirlo en la contemplación» nota(’40′,’8.0′,’1′,’54′) 54.

De este modo es posible constatar la perenne actualidad del Evangelio. «Respetuosa del texto y de su enseñanza, la exégesis del Fundador del Opus Dei puede definirse como “de total implicación”, que deja el alma saciada» nota(’40′,’8.0′,’1′,’55′) 55.

En diálogo con la Palabra de Dios

Tras el esbozo de acercamiento al modo de lectura del texto bíblico que se aprecia en los escritos de San Josemaría que hemos realizado, llega el momento de intentar una síntesis.

Señalemos, pues, en primer lugar, que este amor suyo por las «cosas pequeñas» antes mencionado es inseparable de una percepción extremadamente aguda de los detalles, máxime cuando se trata de palabras leídas en el Evangelio. Esos contenidos han dejado tal poso en él que cuando escribe no parece que tenga nada personal que aportar, sino el argumento que proporcionan unas palabras o frases de la Escritura experimentadas en la vida. Los escritos de San Josemaría reflejan una idea de la vida cristiana como un organismo estructurado y vitalizado por las palabras de la Escritura.

San Josemaría lleva a sus lectores de lo particular y concreto, a lo general. Convierte lo que parecía irrelevante en significativo mediante un estilo peculiar que pone de realce las cualidades específicas del texto de la Sagrada Escritura.

Si se examinan con atención sus escritos se aprecia con claridad que hasta la mención del más pequeño fragmento de texto sagrado demuestra la atenta lectura realizada y las huellas que tal lectura le ha dejado, es decir, la eficacia del texto leído.

«La Biblia fue siempre para San Josemaría el lenguaje referencial primario» nota(’40′,’8.0′,’1′,’56′) 56. Cada una de sus páginas está impregnada por palabras y contenidos de la Sagrada Escritura, que al ser meditados una y otra vez le habían permitido establecer ese diálogo con la Palabra de Dios, imprescindible en el proceso comunicativo que da cauce vital y despliega la eficacia del texto bíblico nota(’40′,’8.0′,’1′,’57′) 57. San Josemaría intercala esos breves fragmentos o frases de resonancias bíblicas en el hilo de su narración, acompañados por comentarios también breves —a veces sin más comentario—, dejando que esa cita condensada active la maquinaria interior en el acto de lectura.

No es, pues, un teorizador de la exégesis ni de la hermenéutica, sino un lector de la Sagrada Escritura en cuanto tal, y un excelente guía para una auténtica lectura, aquella que no se distrae con el ropaje sino que llega a establecer una comunicación personal con la Palabra de Dios que le habla en el texto bíblico. San Josemaría no desconoce los eruditos análisis globales del entramado textual de los pasajes bíblicos, pero opta por mostrar unos hilos sueltos, como si el texto bíblico estuviera reclamando ser liberado de unos lazos metodológicos que lo encorsetan y que pueden hacerlo estéril, al distraer de lo esencial en el proceso comunicativo la atención del lector.

San Josemaría no entra en la Biblia como un investigador en un anticuario. Su lectura de los textos nada tiene de reconstrucción arqueológica de unos momentos pasados de la historia. Por el contrario, lee esos textos haciéndolos vida que se inserta plenamente en el debate cultural y religioso de cada momento. Aunque San Josemaría conoce las grandes corrientes exegéticas de su tiempo, marcadas por el uso habitual de la metodología histórico crítica, estructural, sociológica e incluso psicoanalítica en la lectura de los textos bíblicos, sus comentarios se sitúan a otro nivel. Y el lector atento de su obra aprecia de inmediato que su talante refleja una respuesta válida, verdaderamente sensible a los problemas candentes en el mundo en ese momento. Una respuesta que no se deja atrapar por las redes de lo convencional, sino que libera a la lectura de la Biblia de unas ataduras que, siendo en parte necesarias, podrían ahogar su actualidad y eficacia.

Lo más propio de los escritos bíblicos, lo que marca la diferencia esencial con las grandes epopeyas literarias del mundo antiguo y con los grandes libros religiosos producto del ingenio humano en diversos tiempos y culturas, es que sus textos no hablan sólo del pasado, ni se limitan a ofrecer paradigmas existenciales de las grandes cuestiones que interesan al ser humano. Hay algo que transciende al lector, y de algún modo le desvela su razón de ser y el sentido de su vida. Un mensaje que el hombre no ha imaginado, y que puede ser fundamento de la vida humana precisamente porque la precede y la sostiene, algo que es mucho mayor que nuestro propio pensamiento. En ella es posible escuchar la Palabra de Dios y, mediante una lectura abierta a dejarse interpelar, entrar en diálogo con él.

Hemos señalado que el texto es un universo de verdades abierto a las preguntas que se le hacen y que, en consecuencia, la profundidad de las respuestas depende de la entidad de la pregunta que el lector le haga. Pues bien, el lector de la Biblia en la Iglesia puede encontrar que la lectura de San Josemaría es máximamente relevante, porque las preguntas con las que accede a la lectura son las máximamente pertinentes cuando se busca conocer a Dios y a los designios de su voluntad, para todo tiempo y lugar, a través de las palabras de la Escritura. No se entretiene en mostrar con detalle tantos aspectos literarios e históricos que configuran el «mundo del texto» en la Biblia, y que también merecen interés, sino que apunta en directo a lo decisivo, el encuentro personal con la Palabra de Dios.

Por eso, aporta a la sabiduría de la Iglesia nuevos caminos para la puesta en práctica de aquello que recomienda el Concilio Vaticano II, la exhortación a que toda la predicación de la Iglesia se alimente y rija con la Sagrada Escritura, pues, en palabras de la Constitución dogmática Dei Verbum nota(’40′,’8.0′,’1′,’58′) 58:

«En los libros sagrados, el Padre que está en el cielo, sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos. Y es tan grande el poder y la fuerza de la palabra de Dios, que constituye sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de vida espiritual».

En ese punto central incide la lectura que propone y lleva a cabo San Josemaría. Y, si la teología está llamada a estudiar la eficacia de la Sagrada Escritura, la vida de San Josemaría y las obras surgidas bajo su impulso, son una muestra más que elocuente del vigor transformador de la palabra bíblica en la historia humana de nuestro tiempo.

La Resurrección

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

Al atardecer de aquel día, el siguiente al sábado, estando cerradas las puertas del lugar donde se habían reunido los discípulos por miedo a los judíos, vino Jesús, se presentó en medio de ellos y les dijo: La paz sea con vosotros. Y dicho esto les mostró las manos y el costado. Al ver al Señor se alegraron los discípulos.

Les dijo de nuevo: La paz sea con vosotros. Como el Padre me envió así os envío yo. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos (Ioh 20, 19-23).

Cristo vive. Esta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado, ha triunfado de la muerte, del poder de las tinieblas, del dolor y de la angustia. No temáis, con esta invocación saludó un ángel a las mujeres que iban al sepulcro; no temáis. Vosotras venís a buscar a Jesús Nazareno, que fue crucificado: ya resucitó, no está aquí [i]. Haec est dies quam fecit Dominus, exsultemus et laetemur in ea; éste es el día que hizo el Señor, regocijémonos[ii].

El tiempo pascual es tiempo de alegría, de una alegría que no se limita a esa época del año litúrgico, sino que se asienta en todo momento en el corazón del cristiano. Porque Cristo vive: Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos.

No: Cristo vive. Jesús es el Emmanuel: Dios con nosotros. Su Resurrección nos revela que Dios no abandona a los suyos. ¿Puede la mujer olvidarse del fruto de su vientre, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidare, yo no me olvidaré de ti[iii]. había prometido. Y ha cumplido su promesa. Dios sigue teniendo sus delicias entre los hijos de los hombres[iv].

Cristo vive en su Iglesia. “Os digo la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si yo no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros, pero si me voy, os lo enviaré” [v]. Esos eran los designios de Dios: Jesús, muriendo en la Cruz, nos daba el Espíritu de Verdad y de Vida. Cristo permanece en su Iglesia: en sus sacramentos, en su liturgia, en su predicación, en toda su actividad.

De modo especial Cristo sigue presente entre nosotros, en esa entrega diaria de la Sagrada Eucaristía. Por eso la Misa es centro y raíz de la vida cristiana. En toda misa está siempre el Cristo Total, Cabeza y Cuerpo. Per Ipsum, et cum Ipso et in Ipso. Porque Cristo es el Camino, el Mediador: en El, lo encontramos todo; fuera de El, nuestra vida queda vacía. En Jesucristo, e instruidos por El, nos atrevemos a decir —audemus dicerePater noster, Padre nuestro. Nos atrevemos a llamar Padre al Señor de los cielos y de la tierra.

La presencia de Jesús vivo en la Hostia Santa es la garantía, la raíz y la consumación de su presencia en el mundo.

Cristo vive en el cristiano. La fe nos dice que el hombre, en estado de gracia, está endiosado. Somos hombres y mujeres, no ángeles. Seres de carne y hueso, con corazón y con pasiones, con tristezas y con alegrías. Pero la divinización redunda en todo el hombre como un anticipo de la resurrección gloriosa. Cristo ha resucitado de entre los muertos y ha venido a ser como las primicias de los difuntos: porque así como por un hombre vino la muerte, por un hombre debe venir la resurrección de los muertos. Que así como en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados [vi].

La vida de Cristo es vida nuestra, según lo que prometiera a sus Apóstoles, el día de la Ultima Cena: Cualquiera que me ama, observará mis mandamientos, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él[vii]. El cristiano debe –por tanto– vivir según la vida de Cristo, haciendo suyos los sentimientos de Cristo, de manera que pueda exclamar con San Pablo, non vivo ego, vivit vero in me Christus[viii], no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí.”

Es Cristo que pasa, 102-103

Muerte en la Cruz

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

Entonces se lo entregó para que fuera crucificado. Tomaron, pues, a Jesús; y él, con la cruz a cuestas, salió hacia el lugar llamado de la Calavera, en hebreo Gólgota, donde le crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y en el centro Jesús. Pilato escribió el título y lo puso sobre la cruz. Estaba escrito: Jesús Nazareno, el Rey de los judíos(Ioh, 19, 17-19) .

“Ahora crucifican al Señor, y junto a El a dos ladrones, uno a la derecha y otro a la izquierda. Entretanto Jesús dice:

Padre, perdónales porque no saben lo que hacen (Lc XXIII,34).

Es el Amor lo que ha llevado a Jesús al Calvario. Y ya en la Cruz, todos sus gestos y todas sus palabras son de amor, de amor sereno y fuerte.

Con ademán de Sacerdote Eterno, sin padre ni madre, sin genealogía (cfr. Heb VII,3), abre sus brazos a la humanidad entera.

Junto a los martillazos que enclavan a Jesús, resuenan las palabras proféticas de la Escritura Santa: han taladrado mis manos y mis pies. Puedo contar todos mis huesos, y ellos me miran y contemplan (Ps XXI,17–18).

¡Pueblo mío! ¿Qué te hice o en qué te he contristado? ¡Respóndeme! (Mich VI,3).

Y nosotros, rota el alma de dolor, decimos sinceramente a Jesús: soy tuyo, y me entrego a Ti, y me clavo en la Cruz gustosamente, siendo en las encrucijadas del mundo un alma entregada a Ti, a tu gloria, a la Redención, a la corredención de la humanidad entera”.

XI Estación, Vía Crucis.

“En la parte alta de la Cruz está escrita la causa de la condena: Jesús Nazareno Rey de los judíos (Ioh XIX,19). Y todos los que pasan por allí, le injurian y se mofan de El.

Si es el rey de Israel, baje ahora de la cruz (Mt XXVII, 42).

Uno de los ladrones sale en su defensa:

Este ningún mal ha hecho… (Lc XXIII,41).

Luego dirige a Jesús una petición humilde, llena de fe:

Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino (Lc XXIII,42).

En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso (Lc XXIII,43).

Junto a la Cruz está su Madre, María, con otras santas mujeres. Jesús la mira, y mira después al discípulo que el ama, y dice a su Madre:

Mujer, ahí tienes a tu hijo

Luego dice al discípulo:

Ahí tienes a tu madre (Ioh XIX, 26–27).

Se apaga la luminaria del cielo, y la tierra queda sumida en tinieblas. Son cerca de las tres, cuando Jesús exclama:

Elí, Elí, lamma sabachtani?! Esto es: Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mt XXVII,46).

Después, sabiendo que todas las cosas están a punto de ser consumadas, para que se cumpla la Escritura, dice:

Tengo sed (Ioh XIX,28).

Los soldados empapan en vinagre una esponja, y poniéndola en una caña de hisopo se la acercan a la boca. Jesús sorbe el vinagre, y exclama:

Todo está cumplido (Ioh XIX,30).

El velo del templo se rasga, y tiembla la tierra, cuando clama el Señor con una gran voz:

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc XXIII,46).

Y expira.

Ama el sacrificio, que es fuente de vida interior. Ama la Cruz, que es altar del sacrificio. Ama el dolor, hasta beber, como Cristo, las heces del cáliz”.

XII Estación, Vía Crucis.

El mandamiento nuevo

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

La víspera de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, como amase a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin (Juan, 13, 1) .

“Este versículo de San Juan anuncia, al lector de su Evangelio, que algo grande ocurrirá en ese día. Es un preámbulo tiernamente afectuoso, paralelo al que recoge en su relato San Lucas: ardientemente, afirma el Señor, he deseado comer este cordero, celebrar esta Pascua con vosotros, antes de mi Pasión” [i].

Es Cristo que pasa, 83

“Ahora, en la Ultima Cena, Cristo ha preparado todo para despedirse de sus discípulos, mientras ellos se han enzarzado en una enésima contienda sobre quién de ese grupo escogido sería reputado el mayor. Jesús se levanta de la mesa y quítase sus vestidos, y habiendo tomado una toalla, se la ciñe. Echa después agua en un lebrillo y pónese a lavar los pies de los discípulos y a limpiárselos con la toalla que se había ceñido[ii].

De nuevo ha predicado con el ejemplo, con las obras. Ante los discípulos, que discutían por motivos de soberbia y de vanagloria, Jesús se inclina y cumple gustosamente el oficio de siervo. Luego, cuando vuelve a la mesa, les comenta: ¿comprendéis lo que acabo de hacer con vosotros? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, debéis también vosotros lavaros los pies uno al otro[iii]. A mí me conmueve esta delicadeza de nuestro Cristo. Porque no afirma: si yo me ocupo de esto, ¿cuánto más tendríais que realizar vosotros? Se coloca al mismo nivel, no coacciona: fustiga amorosamente la falta de generosidad de aquellos hombres.

Como a los primeros doce, también a nosotros el Señor puede insinuarnos y nos insinúa continuamente: exemplum dedi vobis[iv] os he dado ejemplo de humildad. Me he convertido en siervo, para que vosotros sepáis, con el corazón manso y humilde, servir a todos los hombres”.

Amigos de Dios, 103

“Al acercarse el momento de su Pasión, el Corazón de Cristo, rodeado por los que El ama, estalla en llamaradas inefables: un nuevo mandamiento os doy, les confía: que os améis unos a otros, como yo os he amado a vosotros, y que del modo que yo os he amado así también os améis recíprocamente. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros[v]. (…).

Señor, ¿por qué llamas nuevo a este mandamiento? Como acabamos de escuchar, el amor al prójimo estaba prescrito en el Antiguo Testamento, y recordaréis también que Jesús, apenas comienza su vida pública, amplía esa exigencia, con divina generosidad: habéis oído que fue dicho: amarás a tu prójimo y tendrás odio a tu enemigo. Yo os pido más: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y orad por los que os persiguen y calumnian [vi].

Señor, permítenos insistir: ¿por qué continúas llamando nuevo a este precepto? Aquella noche, pocas horas antes de inmolarte en la Cruz, durante esa conversación entrañable con los que –a pesar de sus personales flaquezas y miserias, como las nuestras– te han acompañado hasta Jerusalén, Tú nos revelaste la medida insospechada de la caridad: como yo os he amado. ¡Cómo no habían de entenderte los Apóstoles, si habían sido testigos de tu amor insondable!

El anuncio y el ejemplo del Maestro resultan claros, precisos. Ha subrayado con obras su doctrina. (…) Jesucristo, Señor Nuestro, se encarnó y tomó nuestra naturaleza, para mostrarse a la humanidad como el modelo de todas las virtudes. Aprended de mí, invita, que soy manso y humilde de corazón[vii]. Más tarde, cuando explica a los Apóstoles la señal por la que les reconocerán como cristianos, no dice: porque sois humildes. El es la pureza más sublime, el Cordero inmaculado. Nada podía manchar su santidad perfecta, sin mancilla[viii]. Pero tampoco indica: se darán cuenta de que están ante mis discípulos porque sois castos y limpios.

Pasó por este mundo con el más completo desprendimiento de los bienes de la tierra. Siendo Creador y Señor de todo el universo, le faltaba incluso el lugar donde reclinar la cabeza[ix] Sin embargo, no comenta: sabrán que sois de los míos, porque no os habéis apegado a las riquezas. Permanece cuarenta días con sus noches en el desierto, en ayuno riguroso[x] antes de dedicarse a la predicación del Evangelio. Y, del mismo modo, no asegura a los suyos: comprenderán que servís a Dios, porque no sois comilones ni bebedores.

La característica que distinguirá a los apóstoles, a los cristianos auténticos de todos los tiempos, la hemos oído: en esto –precisamente en esto– conocerán todos que sois mis discípulos, en que os tenéis amor unos a otros [xi].

Amigos de Dios, 222-224

Bartimeo

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

Llegan a Jericó. Y al salir él de Jericó con sus discípulos y una gran multitud, el hijo de Timeo, Bartimeo, ciego, estaba sentado junto al camino pidiendo limosna. Y al oír que era Jesús Nazareno, comenzó a gritar y a decir: Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí. (Mc 10, 46-47).

“Os aconsejo que meditéis despacio los momentos que preceden al prodigio, con el fin de que conservéis bien grabada en vuestra mente una idea muy clara: ¡qué distintos son, del Corazón misericordioso de Jesús, nuestros pobres corazones! Os servirá siempre, y de modo especial a la hora de la prueba, de la tentación, y también a la hora de la respuesta generosa en los pequeños quehaceres y en las ocasiones heroicas.

Había allí muchos que reñían a Bartimeo con el intento de que callara[i]. Como a ti, cuando has sospechado que Jesús pasaba a tu vera. Se aceleró el latir de tu pecho y comenzaste también a clamar, removido por una íntima inquietud. Y amigos, costumbres, comodidad, ambiente, todos te aconsejaron: ¡cállate, no des voces! ¿Por qué has de llamar a Jesús? ¡No le molestes!

Pero el pobre Bartimeo no les escuchaba, y aun continuaba con más fuerza: Hijo de David, ten compasión de mí. El Señor, que le oyó desde el principio, le dejó perseverar en su oración. Lo mismo que a ti. Jesús percibe la primera invocación de nuestra alma, pero espera. Quiere que nos convenzamos de que le necesitamos; quiere que le roguemos, que seamos tozudos, como aquel ciego que estaba junto al camino que salía de Jericó. (…)

Parándose entonces Jesús, le mandó llamar. Y algunos de los mejores que le rodean, se dirigen al ciego: ea, buen ánimo, que te llama [ii]. ¡Es la vocación cristiana! Pero no es una sola la llamada de Dios. Considerad además que el Señor nos busca en cada instante: levántate –nos indica–, sal de tu poltronería, de tu comodidad, de tus pequeños egoísmos, de tus problemitas sin importancia. Despégate de la tierra, que estás ahí plano, chato, informe. Adquiere altura, peso y volumen y visión sobrenatural.

Aquel hombre, arrojando su capa, al instante se puso en pie y vino a él [iii]. ¡Tirando su capa! No sé si tú habrás estado en la guerra. Hace ya muchos años, yo pude pisar alguna vez el campo de batalla, después de algunas horas de haber acabado la pelea; y allí había, abandonados por el suelo, mantas, cantimploras y macutos llenos de recuerdos de familia: cartas, fotografías de personas amadas… ¡Y no eran de los derrotados; eran de los victoriosos! Aquello, todo aquello les sobraba, para correr más aprisa y saltar el parapeto enemigo. Como a Bartimeo, para correr detrás de Cristo.

No olvides que, para llegar hasta Cristo, se precisa el sacrificio; tirar todo lo que estorbe: manta, macuto, cantimplora. Tú has de proceder igualmente en esta contienda para la gloria de Dios, en esta lucha de amor y de paz, con la que tratamos de extender el reinado de Cristo. Por servir a la Iglesia, al Romano Pontífice y a las almas, debes estar dispuesto a renunciar a todo lo que sobre; a quedarte sin esa manta, que es abrigo en las noches crudas; sin esos recuerdos amados de la familia; sin el refrigerio del agua. Lección de fe, lección de amor. Porque hay que amar a Cristo así.

E inmediatamente comienza un diálogo divino, un diálogo de maravilla, que conmueve, que enciende, porque tú y yo somos ahora Bartimeo. Abre Cristo la boca divina y pregunta: quid tibi vis faciam?, ¿qué quieres que te conceda? Y el ciego: Maestro que vea[iv]. ¡Qué cosa más lógica! Y tú, ¿ves? ¿No te ha sucedido, en alguna ocasión, lo mismo que a ese ciego de Jericó? Yo no puedo dejar de recordar que, al meditar este pasaje muchos años atrás, al comprobar que Jesús esperaba algo de mí —¡algo que yo no sabía qué era!—, hice mis jaculatorias. Señor, ¿qué quieres?, ¿qué me pides? Presentía que me buscaba para algo nuevo y el Rabboni, ut videam —Maestro, que vea— me movió a suplicar a Cristo, en una continua oración: Señor, que eso que Tú quieres, se cumpla.(…)

Pero volvamos a la escena que se desarrolla a la salida de Jericó. Ahora es a ti, a quien habla Cristo. Te dice: ¿qué quieres de Mí? ¡Que vea, Señor, que vea! Y Jesús: anda, que tu fe te ha salvado. E inmediatamente vio y le iba siguiendo por el camino[v]. Seguirle en el camino. Tú has conocido lo que el Señor te proponía, y has decidido acompañarle en el camino. Tú intentas pisar sobre sus pisadas, vestirte de la vestidura de Cristo, ser el mismo Cristo: pues tu fe, fe en esa luz que el Señor te va dando, ha de ser operativa y sacrificada. No te hagas ilusiones, no pienses en descubrir modos nuevos. La fe que El nos reclama es así: hemos de andar a su ritmo con obras llenas de generosidad, arrancando y soltando lo que estorba”.

Amigos de Dios, 195-198


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