El Papa: la separación Iglesia-Estado, “progreso para la humanidad”

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Benedicto XVI ha dicho que la separación entre Iglesia y Estado es una condición “para la libertad”. Al mismo tiempo, la Iglesia tendrá siempre el deber de hacer presente en la sociedad los principios éticos.

Opus Dei -

Palabras del Santo Padre en su visita a la embajada de Italia ante la Santa Sede (13-XII-2008):

“La Iglesia es muy consciente de que pertenece a la estructura fundamental del cristianismo la distinción entre lo que es del César y lo que es de Dios, es decir la distinción entre Estado e Iglesia. (…) Esa distinción y esa autonomía son respetadas y reconocidas por la Iglesia, que se alegra de ellas considerándolas un gran progreso para la humanidad y una condición fundamental para su libertad y para el cumplimiento de su misión universal de salvación entre todos los pueblos”.

“Al mismo tiempo la Iglesia siente que tiene el deber, siguiendo los dictámenes de su doctrina social, argumentada a partir de “lo que es conforme a la naturaleza de todo ser humano”, de despertar en la sociedad las fuerzas morales y espirituales, contribuyendo a abrir la voluntad a las exigencias del bien”.

“Por eso, cuando la Iglesia recuerda el valor que tienen para la vida no solamente privada, sino también y sobre todo pública, algunos principios éticos fundamentales, contribuye a garantizar y promover la dignidad de las personas y el bien común de la sociedad, y en este sentido se cumple la deseada cooperación entre Estado e Iglesia”.

El escapulario del Carmen

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Difundía la devoción a la Virgen en sus múltiples manifestaciones; y recomendaba vivamente las costumbres seculares de piedad mariana, que han vivido los cristianos a lo largo de los siglos, como el rezo del Santo Rosario o el uso del escapulario del Carmen. Se lee en el número 500 de Camino: Lleva sobre tu pecho el santo escapulario del Carmen. —Pocas devociones —hay muchas y muy buenas devociones marianas— tienen tanto arraigo entre los fieles, y tantas bendiciones de los Pontífices. —Además ¡es tan maternal ese privilegio sabatino!

Era terciario carmelita desde hacía muchos años —desde el 2 de octubre de 1932, en concreto—, y poco antes de esa fecha, había escrito: “Dos cosas (además del Amor) me mueven a hacerme terciario carmelita: ‘obligar’ más a mi Madre Inmaculada, ahora que me veo más débil que nunca; y proporcionar sufragios a ‘mis buenas amigas las Animas benditas del Purgatorio’”

Una vieja sopera

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

La historia de la Iglesia es rica en perfiles de santos, de carismas muy variados. Josemaría Escrivá era un santo alegre, espontáneo y sencillo; y como todos los santos, profundamente humilde. Durante su catequesis en Portugal le regalaron una vieja sopera, usada y con lañas. Es una cosa vulgar —comentaba, poco después, abriendo su alma—, pero a mí me encantó, porque se veía que la habían usado mucho y se había roto —debía ser de una familia numerosa— y le habían puesto bastantes lañas para seguir empleándola. Además, como adorno habían escrito, y se había quedado allí después de sacarla del horno: amo-te, amo-te, amo-te

Me pareció que aquella sopera era yo. Hice oración con aquel cacharro viejo, porque también yo me veo así: como la sopera de barro, rota y con lañas, y me gusta repetirle al Señor: con mis lañas, ¡te quiero tanto! Podemos amar al Señor también estando rotos, hijos míos.

Otras veces se comparaba con un borrico. O con un simple sobre. Al cabo de los años, a pesar del extraordinario florecimiento apostólico que veía a su alrededor, se sentía sólo un pobre instrumento en las manos de Dios: una sopera, un animal de carga, un simple sobre, portador de un mensaje divino. En una ocasión una periodista rodhesiana se le agradeció su conversión: “Gracias a usted, Padre, me he convertido al catolicismo y ahora soy del Opus Dei” —le dijo. D. Josemaría le insistió que debía dar gracias sólo al Señor:

A mí no. Dios escribe una carta, la mete dentro de un sobre. La carta se saca del sobre y el sobre se tira a la basura.

Por eso, rehuía cualquier personalismo: ¡Pues no faltaba más! —decía a los fieles del Opus Dei y todos los que le rodeaban— ¡Bonito negocio habríais hecho si, en vez de seguir al Señor, hubierais venido a seguir a este pobre hombre!

Con espíritu de comunión eclesial

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Sus palabras rezumaban comprensión y alegría, vivida en un sentido de comunión con todos los carismas con los que el Espíritu vivifica su Iglesia. Y explicaba que no había por qué asombrarse ante las dificultades, las incomprensiones o las maledicencias. Los santos –comentaba durante su catequesis en São Paulo— se han ido al otro mundo llevando encima una carga de basura echada por sus contemporáneos. No se me olvida que, al morir Teresa de Lisieux, decía una de las monjitas del convento: ¿y qué podrá decir la Madre Superiora de esta pobre monja? ¡Una santa grande! ¿Y la otra Teresa, la Teresona grande de Avila? Pues… dijeron de todo! (…)

Estaba en Sevilla. El correteo de aquella época, desde Ávila a Sevilla, era algo más que lo que he hecho yo desde Roma a São Paulo… En un carromato por aquellas carreteras tremendas, llenas de polvo…, con aquel calor de Castilla… Envuelta en la reciura de aquel traje basto, de aquel hábito penitente… ¡Pobre Teresa de Jesús, toda delicadezas de amor! ¿Sabéis lo que decían sus contemporáneos, cuando ella abría sus palomarcicos?! Decían que, so capa de abrir conventos… —con ocasión de abrir conventos—… llevaba mujeres mozas de una parte a otra, ¡para volverlas malas…! La llamaban… ¿Está claro?

Sí, Padre, le respondieron.

—… Teresa de Jesús…!

Amaba y quería todos los caminos de santificación de la Iglesia: las antiguas órdenes monásticas y las modernas congregaciones, la vida consagrada y los incipientes movimientos que surgían durante aquellos años.

Forma parte esencial del espíritu cristiano no sólo vivir en unión con la Jerarquía ordinaria —Romano Pontífice y Episcopado—, sino también sentir la unidad con los demás hermanos en la fe. Desde muy antiguo he pensado que uno de los mayores males de la Iglesia en estos tiempos, es el desconocimiento que muchos católicos tienen de lo que hacen y opinan los católicos de otros países o de otros ámbitos sociales. Es necesario actualizar esa fraternidad, que tan hondamente vivían los primeros cristianos. Así nos sentiremos unidos, amando al mismo tiempo la variedad de las vocaciones personales (…)

Es importante que cada uno procure ser fiel a la propia llamada divina, de tal manera que no deje de aportar a la Iglesia lo que lleva consigo el carisma recibido de Dios.

En esas reuniones de catequesis animaba a seguir a Cristo con docilidad plena a las inspiraciones del Espíritu, según el propio carisma, con una vida de piedad, oración y sacrificio. Recomendaba la plegaria personal, el encuentro cotidiano con Jesús en el Pan y la Palabra, la confesión frecuente, el trato con la Virgen, etc., adaptando el propio plan de vida cristiana con flexibilidad, conforme a las circunstancias de cada uno.

Mostraba la grandeza de la vida ordinaria y enseñaba a buscar la santidad en el cumplimiento de los propios deberes en la vida “de todos los días”. De ese modo los cristianos —decía— pueden ser contemplativos en medio del mundo.

Recordaba —en unos años de confusión doctrinal— el verdadero sentido de la liberación cristiana, según los principios de la doctrina social de la Iglesia, enseñando a vivir el Evangelio en un espíritu de libertad. Soy amigo de la libertad —decía— porque es un don de Dios.

Enseñaba a los laicos a actuar con coherencia en la vida cristiana, respondiendo cristianamente y con valentía a todos los retos de la sociedad: especialmente a lo que ahora se denomina “cultura de la muerte” (aborto, eutanasia, etc.).

Aunque su predicación se dirigía fundamentalmente a las personas llamadas por Dios a buscar la santidad en medio del mundo, por medio de su trabajo (cualesquiera que fuera su estado: casados, solteros, viudos) su mensaje de raíz evangélica concierne a todos los cristianos; y sus enseñanzasse funden en lo que denominaba unidad de vida. Hay una única vida —decía— hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser —en el alma y en el cuerpo— santa y llena de Dios.

1936. La persecución religiosa

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Junto con la guerra civil (1936-1939) tuvo lugar en España una de las persecuciones religiosas más sangrientas que ha conocido la historia de la Iglesia. Murieron 6.832 personas; 4.184 del clero secular —entre los que se incluyen doce obispos y numerosos seminaristas—; 2.365 religiosos y 283 religiosas. Es incalculable el número de laicos que padecieron martirio a causa de la Fe.

Como tantos sacerdotes de su tiempo, don Josemaría pasó mil penalidades por su condición sacerdotal. Tuvo que refugiarse en distintos domicilios particulares, en los que sólo podía estar durante algunas horas o días, porque amparar a un sacerdote, en aquellas circunstancias, equivalía a firmar la propia sentencia de muerte.

No podía transitar por la calle: podía detenerle cualquier control callejero, y acabar, como tantos otros, fusilado junto al paredón del cementerio. No tenía dinero para sobrevivir: únicamente Isidoro Zorzano, ya establecido en Madrid, seguía cobrando su sueldo. Y le llegaban rumores de detenciones arbitrarias, registros y torturas.

El 30 de agosto se encontraba refugiado con otros perseguidos en una vivienda de la calle Sagasta. Juan Manuel Sáinz de los Terreros, uno de ellos —que no sabía quién era don Josemaría—, cuenta que los milicianos se presentaron de improviso para hacer un registro en el edificio. Comenzaron revisando los sótanos, y prosiguieron, planta por planta… Al darse cuenta, don Josemaría subió por una escalera interior hasta la buhardilla con Juan Jiménez Vargas y Juan Manuel. Aquello era un cuchitril lleno “de polvo de carbón y de trastos, como todas las buhardillas, y en las que no nos podíamos poner de pie porque llegá­bamos con la cabeza al techo… Hacía un calor insoportable. En un momento oímos cómo entraban en la buhardilla de al lado para hacer el registro…

Estando en esta situación se me acerca don Josemaría y me dice:

Soy sacerdote; estamos en momentos difíciles; si quieres, haz un acto de contrición y yo te doy la absolución.

Inexplicablemente, después de haber registrado toda la casa, los milicianos no entraron en aquella buhardilla.

Afirma Juan Manuel que “supuso mucha valentía decirme que era sacerdote ya que yo podía haberle traicionado y, en caso de que hubieran entrado, podía haber intentado salvar mi vida, delatándolo”.

Durante aquella temporada, don Josemaría sufría especialmente por no poder celebrar la Santa Misa habitualmente, por carecer de materia para la consagración. En su lugar recitaba de memoria las oraciones litúrgicas, omitiendo la fórmula de la Consagración y haciendo una comunión espiritual al llegar a la Comunión.

Al fin, en marzo de 1937, encontró un asilo relativamente estable en la Legación de Honduras. Allí, recuerda su hermano menor, Santiago Escrivá, “comíamos muy poco. Josema­ría menos que los demás porque había días que no comía nada o muy poca cosa, como mortificación, para ofrecerlo a Dios”. Se quedó tan delgado —perdió treinta kilos— que, cuando su madre pudo ir a verle, no le reconoció; se dio cuenta de que era su hijo Josemaría sólo por la voz.

Muchos refugiados de la Legación pasaban las horas rumiando en silencio su desdicha; otros se desahogaban comentando sus desgracias presentes y pasadas… En medio de aquel clima de pesimismo, don Josemaría ayudaba a los que le rodeaban a no perder la esperanza, a aprovechar el tiempo, y a crecer para adentro mediante la oración por todos, con un profundo sentido de la Comunión de los Santos.

Por la Comunión de los Santos —decía el 8 de abril— nunca podemos sentirnos solos, pues constantemente nos llegan alientos espirituales de las cárceles, de las trincheras, de dondequiera se encuentre alguno de vuestros hermanos. La consideración de esta realidad nos impulsa a un detenido examen de nuestra conducta en este lugar, que es como una prisión para nosotros. Porque aquí, en esta aparente inactividad, contamos con la posibilidad de trabajar mucho por dentro, y acompañar a cada uno de vuestros hermanos en peligro, y velar por ellos.

Su espíritu atravesó durante aquella época lo que San Juan de la Cruz llamaba la “noche oscura del alma”, con la que Dios suele purificar a las almas santas. Pero esto no se reflejaba en el exterior: su predicación era, como de costumbre, optimista y vibrante, aunque el Señor le hacía participar, de modo particularmente intenso, de la Cruz.

Algunos sacerdotes conocidos suyos habían muerto mártires. Le apenó especialmente el fallecimiento de su gran amigo, Pedro Poveda. El fundador de la Institución Teresiana había sido asesinado en julio de 1936. Comentaba un año después: Recuerdo con gran consuelo una conversación que mantuve con un gran santo; lo asesinaron en julio del año pasado, cuando se hallaba sazonado, preparado para ir al encuentro del Amor, pues había escrito todo el libro de su vida, desde el principio hasta el fin, con letras de oro…

Hablábamos de la posibilidad de sufrir martirio. Le dije que no me asusta la muerte: que la aceptaría gustoso cuándo, dónde y como quisiera el Señor mandármela, pero que sentiría abandonaros. Y continué afirmando, mientas él asentía, que los afectos santos de la tierra se conservan en el Cielo: allí podremos pedir por las personas a las que quisimos aquí abajo.

A finales del mes de agosto de 1937 pudo salir de la Legación con una precaria documentación que le facilitó el Cónsul de Honduras. Todas las iglesias de Madrid se encontraban cerradas, muchas destinadas a otros usos o completamente destruidas, con las imágenes profanadas o mutiladas. En esas circunstancias, don Josemaría arriesgó su vida cuando fue necesario para el bien de las almas: bautizaba a escondidas, confesaba dando un paseo por los bulevares o atendía espiritualmente a religiosas refugiadas en casas particulares.

Llevaba siempre consigo al Señor Sacramentado en una pitillera envuelta, por precaución, en una funda con la bandera y el sello de la Legación. Muchas veces dormía sin quitarme la ropa —recordaba—, con la Sagrada Forma encima, abrazando al Señor.

El 7 de octubre pudo abandonar Madrid. Se dirigió a Barcelona, por Valencia, y el 19 de noviembre salió hacia el Pirineo, donde emprendió una larga marcha que le llevó hasta Andorra. Llegó al Principado el 2 de diciembre, acompañado por un pequeño grupo de personas. Poco después, pasó la frontera francesa y se estableció en Burgos.

3. “La barca de Pedro no se hunde”

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Poco tiempo antes de celebrar sus bodas de oro sacerdotales ‑28 de marzo de 1975‑, Mons. Escrivá de Balaguer se dirigía a un grupo de socios del Opus Dei en estos términos:

Cuando yo me hice sacerdote, la Iglesia de Dios parecía fuerte como una roca, sin una grieta. Se presentaba con un aspecto externo que ponía enseguida de manifiesto la unidad: era un bloque de una fortaleza maravillosa. Ahora, si la miramos con ojos humanos, parece un edificio en ruinas, un montón de arena que se deshace, que patean, que extienden, que destruyen… El Papa ha dicho alguna vez que se autodestruye. ;‑Palabras duras, tremendas! Pero esto no puede suceder, porque Jesús ha prome­tido que el Espíritu Santo la asistirá siempre, hasta el final de los siglos.

¿Qué vamos a hacer nosotros? Rezar, rezar. Estoy seguro de que mis hijas y mis hijos, muchos miles de personas en todo el mundo, rezarán especialmente por las intenciones de mi Misa cuando celebre mis bodas de oro sacerdotales. Serán las de siempre: la Iglesia, el Papa, la Obra. Siempre doy estas tres pinceladas, aunque cada día haya unos coloridos diversos, unas vibraciones distintas, unas luces cuya intensidad va de aquí para allá. Pero el común denominador de mi petición al Señor es siempre el mismo: la Iglesia, el Papa y el Opus Dei.

Monseñor Escrivá de Balaguer esperó siempre en la Iglesia, a pesar de los pesares. Una vez confiaba a un Cardenal que, con mucha frecuencia, al recitar el Credo y afirmar su fe en la divinidad de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, añadía: a pesar de los pesares. Cuando el Cardenal le preguntó a qué quería referirse, le respondió: a sus pecados y a los míos.

Estaba firmemente persuadido de que es el Espíritu Santo quien gobierna la Iglesia. De ahí surgía su optimismo contagioso cuando la Barca de Pedro se veía zarandeada por dificultades aparentemente insuperables.

Vivió siempre una fidelidad plena al Magisterio, a todo el Magisterio de la Iglesia, y al carácter continuo y unitario de sus enseñanzas. Por eso, no era amigo del uso arbitrario ‑a veces, abusivo‑ del término postconciliar, olvidando ‑comentó alguna vez‑ que estamos en época postconciliar desde unos treinta años después de la muerte de Nuestro Señor Jesucristo: desde el Concilio de Jerusalén, donde con aquella autoridad tremenda, con aquel atrevimiento humano y divino, los apóstoles dijeron: visum est Spiritui Sancto et nobis, nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros…

Siguió muy de cerca la marcha del Concilio Vaticano 11. Ante todo, con la oración por los frutos de la Asamblea ecuménica. Mucho antes de que empezara la primera sesión, pidió a todos los socios del Opus Dei que encomendasen al Espíritu Santo los trabajos conciliares, ofreciendo cada uno a Dios lo que quisiera, pero que rezasen mucho y a diario.

Todos supieron pronto del cariño, del amor a la Iglesia con que siguió desde el primer momento los trabajos de los obispos, de la Curia, de los peritos conciliares. Y entre sus primeras preocupaciones destacó pronto una, por encima de todas: su gran amor al Romano Pontífice.

Cuando en 1967 el director de la revista Palabra le dirigió un extenso cuestionario, quiso iniciarlo inquiriendo el sentido que daba al término aggiornamento, muy usado en aquellos años para referirse a la Iglesia. La respuesta de Mons. Escrivá de Balaguer resume toda su actitud de fondo, toda su esperanza, ante la misión de la Iglesia:

Fidelidad. Para mí aggiornamento significa sobre todo eso: fidelidad. Un marido, un soldado, un administrador es siempre tanto mejor marido, tanto mejor soldado, tanto mejor adminis­trador, cuanto más fielmente sabe hacer frente en cada momen­to, ante cada nueva circunstancia de su vida, a los firmes compromisos de amor y de justicia que adquirió un día. Esa fidelidad delicada, operativa y constante ‑que es difícil, como difícil es toda aplicación de principios a la mudable realidad de lo contingente‑ es por eso la mejor defensa de la persona contra la vejez de espíritu, la aridez de corazón y la anquilosis mental.

Lo mismo sucede en la vida de las instituciones, singularísi­mamente en la vida de la Iglesia, que obedece no a un precario proyecto del hombre, sino a un designio de Dios. La Redención, la salvación del mundo, es obra de la amorosa y filial fidelidad de Jesucristo ‑y de nosotros con Él‑ a la voluntad del Padre celestial que le envió. Por eso, el aggiornamento de la Iglesia ‑ahora, como en cualquier otra época‑ es fundamentalmente eso: una reafirmación gozosa de la fidelidad del Pueblo de Dios a la misión recibida, al Evangelio.

Es claro que esa fidelidad ‑viva y actual ante cada circuns­tancia de la vida de los hombres‑ puede requerir, y de hecho ha requerido muchas veces en la historia dos veces milenaria de la Iglesia, y recientemente en el Concilio Vaticano II, oportunos desarrollos doctrinales en la exposición de las riquezas del Depositum Fidei, lo mismo que convenientes cambios y reformas que perfeccionen ‑en su elemento humano, perfectible‑ las estructuras organizativas y los métodos misioneros y apostólicos. Pero sería por lo menos superficial pensar que el aggiornamento consista primariamente en cambiar, o que todo cambio aggiorna. Basta pensar que no faltan quienes, al margen y en contra de la doctrina conciliar, también desearían cambios que harían retro­ceder en muchos siglos de historia ‑por lo menos a la época feudal‑ el camino progresivo del Pueblo de Dios.

Esperanza y prudencia fueron dos virtudes que Mons. Escrivá de Balaguer puso especialmente en ejercicio a partir de los años sesenta, para vivir su lealtad a la Iglesia. Al término de la entrevista citada, subrayaba el optimismo cristiano, la gozosa certeza de que el Espíritu Santo hará fructificar cumplidamente la doctrina con la que ha enriquecido a la Esposa de Cristo; pues ese enriquecimiento doctrinal ponía a la Iglesia toda ‑al entero Pueblo sacerdotal de Dios‑ de frente a una nueva etapa, suma­mente esperanzadora, de renovada fidelidad al propósito divino de salvación que se le ha confiado.

Pero el optimismo esperanzado era inseparable de la prudencia, puesto que el momento no dejaba de ser delicado: muchas conclusiones teológicas tenían inmediatas y directas aplicaciones de orden pastoral, ascético y disciplinar, que tocan muy en lo íntimo la vida interna y externa de la comunidad cristiana ‑liturgia, estructuras organizativas de la Jerarquía, formas apostólicas, Magisterio, diálogo con el mundo, ecumenismo, etcétera‑ y, por tanto, también la vida cristiana y la conciencia misma de los fieles.

De ahí la necesidad de la prudencia por parte de quienes investigan o gobiernan, porque especialmente ahora podría hacer un daño inmenso la falta de serenidad y ponderación en el estudio de los problemas.

No es éste el lugar para describir la difícil situación que ha padecido la Iglesia en estos últimos tiempos. Aquí interesa más señalar cómo Mons. Escrivá de Balaguer no perdió nunca la alegría, la serenidad, la fe esperanzada en que Dios iría arreglando todas las cosas. Tampoco la prudencia, cuando como buen pastor de la extensa familia del Opus Dei, tenía que tomar disposiciones para cuidar de la salud espiritual de sus socios. Era consciente de la complejidad del problema, lo cual hacía con frecuencia más difícil discernir lo que es positivo y bueno ‑reales contribuciones al desarrollo de la ciencia teológica, deseos de auténtica vida cristiana y afanes apostólicos‑, de lo que constituye un grave atentado a la fe y a las costumbres.

Con auténtica y sabia vigilancia pastoral, ejercida a veces en términos realmente heroicos, impulsó en estos años la formación de los socios y asociadas del Opus Dei, en la doctrina común de la Iglesia ‑in libertate gloriae filiorum Dei‑, sin tener escuelas propias en las cuestiones que el Magisterio eclesiástico deja a la libre disputa de los hombres: fortes in fide, con rectitud de intención, con apertura y vigilancia, evitando extremismos o conformismos de cualquier tipo. Y sin miedo al ambiente y a las modas pasajeras: porque nuestro amor a la Iglesia, a la Obra y a las almas nos llevará a hacer una labor de criba que aprovecha lo bueno y deja lo demás, y a ir a veces, por lealtad a Jesucristo y a su doctrina, contra corriente.

Desde estos sólidos puntos de apoyo, la labor pastoral de Mons. Escrivá de Balaguer destacó por esas dos notas ya seña­ladas: optimismo y prudencia. Supo estar en su sitio, y condujo la Asociación con una seguridad vibrante, que encendía a las almas, difundía fortaleza, y aseguraba el buen camino, cuajado de frutos sobrenaturales.

En conversaciones privadas, o con miles de personas, su enseñanza infatigable confortaba los espíritus, removía los cora­zones, confirmaba la fe y ampliaba el horizonte apostólico. Como escribe el Profesor Kummer, de la Universidad de Viena, que estuvo con el Fundador del Opus Dei en febrero de 196$, “de todas sus palabras se desprendía un profundo amor a la Iglesia y al Papa, que fue lo que dio a la conversación su verdadero tono. Me impresionó mucho que, a pesar de la seriedad de sus palabras, éstas desprendían un optimismo contagioso: una postu­ra que, dado su conocimiento de la situación, no podía salir más que de su profunda unión con Dios. Al despedirme me sentía confirmado en la fe y movido a una mayor dedicación apostó­lica”.

Un conocido sacerdote, don Juan Ordóñez Márquez, publicó en un periódico de Sevilla, al día siguiente del fallecimiento de Mons. Escrivá de Balaguer que había sido “posiblemente. El hombre a quien el Vaticano II poco o nada nuevo tuvo que decir, porque desde bien atrás ya venía andando sus caminos”.

Algo semejante apuntaría unas semanas después el Cardenal Primado de España, don Marcelo González Martín: “Mucho antes del Concilio Vaticano II trabajó él, como nadie, en la promoción del laicado, en la auténtica y profunda promoción, no en las ridículas y tristes experiencias que tanto han abundado y siguen haciendo acto de presencia en los años del postconcilio; y en el campo del ecumenismo, y en el diálogo con el mundo moderno, y en el reconocimiento efectivo de la sana autonomía de las realidades temporales.

“Precisamente por eso, ahora, cuando tantos se mueven alocadamente, sin rumbo, porque su frivolidad les priva de la luz, él supo mantenerse tan firme y enhiesto en la roca de la fidelidad sin convertirse jamás en un futurólogo insustancial que, creyendo atisbar el porvenir, consiente en que el presente se le desmorone entre las manos. Porque supo ser un auténtico progresista, fue también ‑como no puede ser menos‑ un conservador denodado y valiente, de la raza de los mártires y los confesores de la fe, o simplemente del linaje espiritual de los que, a imitación de María, saben conservar en su corazón de pobres del Reino lo que debe ser conservado siempre para ser fieles”.

Y es que el Fundador del Opus Dei no se dejó llevar de superficialidades. Rechazó siempre la conveniencia ‑incluso, la posibilidad‑ de catalogaciones o simplificaciones del tipo “inte­grismo contra progresismo”. Al director de la revista Palabra le puntualizaba en 1967:

Esa división ‑que a veces se lleva hasta extremos de verda­dero paroxismo, o se intenta perpetuar como si los teólogos y los fieles en general estuvieran destinados a una continua orientación bipolar‑ me parece que obedece en el fondo al convencimiento de que el progreso doctrinal y vital del Pueblo de Dios sea resultado de una perpetua tensión dialéctica. Yo, en cambio, prefiero creer ‑con toda mi alma‑ en la acción del Espíritu Santo, que sopla donde quiere, y a quien quiere.

Tiempo después, al comienzo de 1974, el Fundador del Opus Dei estuvo con el Cardenal König,

Presidente del Secretariado pontificio para los no creyentes, que, en un artículo aparecido el 9 de noviembre de 1975 en el Corriere della Sera (Milán), se refirió a la conversación que mantuvieron entonces. El Cardenal König destacaba la “gran autoridad espiritual” de Mons. Escrivá de Balaguer, “su serenidad, su espíritu abierto que desarmaba, sus dotes de organizador, cualidades que iban unidas a una comprensión cariñosa de las preocupaciones y alegrías de las demás personas y a un celo ardiente por las cosas de Dios”.

Y en Il Veltro, Rivista della Civiltá italiana, aseguraba por las mismas fechas el Cardenal Pignedoli, Presidente del Secreta­riado para los no cristianos: “Sufría en su alma los sufrimientos de la Iglesia y se alegraba con sus gozos. Le dolía profundamente la actual desorientación de muchas almas, rezaba y trabajaba con renovado celo, y pedía oraciones. Tendía la mano `como un pobrecito de Dios, implorando la limosna de la oración’. Recor­daba incesantemente que este tiempo de tormenta, en el que el demonio, una vez más, zarandea como el trigo a la Iglesia de Dios (cfr. Lc. XXII, 31), es tiempo de plegarias y de reparación, porque cuanto más se extiende la insidia y la infidelidad tanto más necesario es buscar la intimidad con Dios en la oración y en la penitencia.

“Pero su fe no le permitía estar triste y menos aún desalen­tado. Ofrecía sus sufrimientos y toda su vida por la Iglesia y por el Papa y seguía trabajando contento ‑sembrador de paz y de alegría‑, lleno de optimismo, infundiendo a su alrededor seguridad y consuelo”.

Una vita per la Chiesa, tituló la revista milanesa Studi Cattolici al informar sobre la muerte de Mons. Escrivá de Balaguer. El titular quería compendiar el amor a la Iglesia que dio sentido a la vida del Fundador Dei Opus Dei; amor que fue siempre in crescendo hasta el final de sus días. Como escribía el 29 de junio de 1975 don Álvaro del Portillo, refiriéndose a la mañana del día 26: “Nos resistíamos a convencernos de que había fallecido. Para nosotros, ciertamente, se ha tratado de una muerte repentina; para el Padre, sin duda, ha sido algo que venía madurándose ‑me atrevo a decir‑ más en su alma que en su cuerpo, porque cada día era mayor la frecuencia del ofrecimiento de su vida por la Iglesia”. Y don Álvaro del Portillo, actual Presidente General del Opus Dei, continuaba: “Desde hace tiempo, el Padre, con una progresiva intensidad, ofrecía al Señor su vida y mil vidas que tuviera ‑añadía habitualmente‑ por la Iglesia Santa y por el Papa, sea quien sea. Este ofrecimiento era intención diaria de su Misa, era fervor continuo de su alma, era dolor de su corazón, era el desvelo de su vida”.

Quienes vivieron cerca de Mons. Escrivá de Balaguer estos últimos años saben de sus noches en vela, abrumado por noticias tristes de la vida de la Iglesia, que no le dejaban tranquilo, al pensar en las almas que podían perder la vida eterna. Fueron años ‑días y noches‑ de oración continua, de trabajo constan­te, de permanente y amoroso desagravio. Fue una época larga en que prescindió de su persona ‑de su honra, de su fama‑ para servir sólo y de veras a la Iglesia, pensando en las almas y en la gloria de Dios. Fueron tiempos en que sostuvo a los socios del Opus Dei como auténtico buen pastor. Puso en su oración, en su mortificación y en su trabajo apostólico un empeño que, aunque pueda parecer imposible, aumentaba de día en día, tanto en el aparente sosiego de Roma, como en sus meses de predicación por medio mundo. En estas horas de tempestad apuntaló la espe­ranza sobrenatural en la Iglesia:

El mar está un poco revuelto… ;Ya se aplacará, no os preocupéis! También yendo Jesús en la barca, la barca parece que se hunde. ;La barca de Pedro no se hunde!

“Así ‑evocaría don Álvaro del Portillo‑ hasta la última jornada, hasta las últimas horas que pasó en la tierra”. El 26 de junio de 1975, menos de dos horas antes de morir, el Fundador del Opus Dei urgía a las almas ‑en este caso, a las alumnas del Istituto Internazionale di Pedagogía de Castelgandolfo‑ a que crecieran en vida interior, para tratar a Dios y a su Madre bendita, Nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Ángeles Custodios, para ayudar a esta Iglesia Santa, nuestra Madre, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en el mundo, en estos momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia, y al Papa, cualquiera que sea. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio para su Iglesia y para el Santo Padre.

Torreciudad: un Santuario mariano

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

El cariño a Santa María, Madre de Dios y de los hombres, es una constante en la historia del Opus Dei, es decir, en la vida de Monseñor Escrivá de Balaguer y en la de cada uno de los miembros de la Obra, y es también el sello, más o menos apreciable a primera vista, de las labores apostólicas de los miembros del Opus Dei. En los cimientos de todas esas actividades aparece siempre la Virgen, cuyo toque firme y sereno de ternura presidirá las actividades humanas. El Fundador de la Obra había dicho en varias ocasiones de sí mismo que era «un pobre pecador que ama con locura a Jesucristo», y que en lo único que deseaba que le imitasen era en su amor a Santa María. Y el ejemplo se hizo realidad, en los miembros, desde los primeros días del Opus Dei.

Efectivamente era muy difícil ver o escuchar a Mons. Escrivá de Balaguer sin acusar en seguida su contagiosa y delicada devoción mariana. Como es difícil tratar con la gente del Opus Dei sin descubrir, en vivo, la misma devoción. El Angelus, el Santo Rosario, piropos a la Virgen, las jaculatorias, los detalles que se ven y esos otros, incontables, que permanecen en la intimidad de los corazones para asomar de continuo en una profunda devoción filial… Muchas oraciones y tradiciones marianas han sido heredadas celosamente, como un tesoro inapreciable, por el Opus Dei, que en la formación de sus miembros y en la base de su espiritualidad, ha puesto siempre a la Virgen en el lugar que le corresponde, es decir, inmediatamente después de Dios.

La ciudad de Barbastro ha quedado atrás. La carretcra recorre la orilla derecha del río Cinca; penetra en el Somontano y el paisaje se vuelve agreste. Más allá de la presa de El Grado se convierte el Cinca en lago cerrado por recios canchales que el agua no puede cubrir. En su orilla izquierda, sobre un peñasco, se encuentra la vieja ermita y, cerca, un torreón de señales medio derruido. Más elevado, el nuevo Santuario con los edificios en los que se realiza la labor espiritual con la que soñó el Fundador del Opus Dei. Al fondo se recorta en un limpio cielo azul la impresionante mole del Pirineo aragonés.

El silencio invita a la contemplación. Aquí sucedió algo que es parte de la historia del Opus Dei. Fue en 1904, cuando Mons. Escrivá de Balaguer contaba con dos años de edad. Contrajo una grave enfermedad y fue desahuciado por los médicos. Su madre rezó intensamente a la Virgen y, días más tarde, llevaba al niño, sorprendentemente curado, en peregrinación de acción de gracias a la ermita de Nuestra Señora de Torreciudad: «Me trajeron mis padres –recordaría muchas veces–. Mi madre me llevó en sus brazos a la Virgen. Iba sentada en la caballería, no a la inglesa, sino en silla, como entonces se hacía, y pasó miedo porque era un camino muy malo».

Torreciudad ha sido, desde tiempo inmemorial, punto de encuentro de piedad mariana para las gentes del Somontano aragonés. Cuenta la tradición, recogida por los historiadores, que ya en el siglo XI se inicia esa devoción popular. Millares de personas se han postrado a los pies de la Virgen de Torreciudad durante nueve siglos.

A esta larga historia se quiso sumar Mons. Escrivá de Balaguer y, bajo su impulso espiritual, se fueron poniendo los medios necesarios para levantar un Santuario en el que, de acuerdo con la aprobación de la autoridad eclesiástica competente, se colocara la imagen restaurada para que fuera lugar de conversión bajo el amparo de la Santísima Virgen.

«Me da mucha alegría –había dicho Mons. Escrivá de Balaguer– la devoción que se tiene a la Virgen en Fátima y en Lourdes; me llena de gozo que se honre con tanto amor a nuestra Madre del Cielo. También contribuiremos nosotros a que aumente este amor».

La radical gratitud del Opus Dei a Santa María encuentra en ese Santuario la expresión más adecuada. No fue necesario inventar nada. En torno a la Virgen de Torreciudad, que presidía el lugar, se agolparon los esfuerzos, la generosidad y el agradecimiento de todos los hombres y mujeres del Opus Dei y de millares de personas de todo el mundo –incluidos no católicos, por supuesto– para construir en pocos años un digno Santuario estrechamente unido a un Centro Social y Educativo. Y es bello pensar que en cada ladrillo aragonés, en cada grano de alabastro, en cada baldosa y en cada madero de los edificios que componen el conjunto, late el amor a Santa María expresado en todos los idiomas del universo.

Puesto en marcha por un Patronato, ideado para promover el culto a la Virgen, fomentar la labor educativa y social y facilitar la ayuda necesaria en la realización del proyecto, el Santuario de Torreciudad empezó a ser una realidad en cuanto se abrieron las primeras zanjas y se allanaron los primeros caminos. Su irradiación espiritual y cultural alcanza tanto al trabajo investigador del profesor como al trabajo de las mujeres campesinas, con sus clases de economía doméstica, pasando por los cursos de formación para profesionales, las reuniones de directivos de centros de enseñanza, cursos de retiro espiritual, congresos, cursos de formación cultural básica, programas de técnicas de estudio, cursos de formación de monitores de escuelas agrarias, cursos de iniciación universitaria, cursos para mejorar los cultivos…

En una entrevista publicada el 3 de mayo de 1969 en el semanario de Barbastro, El Cruzado Aragonés, Mons. Escrivá de Balaguer había dicho que «tenía una ilusión muy grande» en ver realizadas las obras., «en primer lugar porque supondrá un aumento de la devoción a la Virgen Santísima».

–¿Qué frutos espera de estas obras de Torreciudad?, –le preguntó entonces el periodista.

«Espero frutos espirituales: gracias que el Señor querrá dar a quienes acudan a venerar a su Madre Bendita en su Santuario. Estos son los milagros que yo deseo: la conversión y la paz para muchas almas.

»En Torreciudad –añadía– no habrá nada que, ni de, lejos, pueda parecer una tienda de objetos de piedad. Allí se irá a rezar, a honrar a la Virgen y a buscar los caminos de Dios; no a comprar baratijas. No me gusta que la casa ele Dios se convierta en un bazar».

En esa misma ocasión Mons. Escrivá de Balaguer manifestó también su deseo de que en el Santuario nuevo de Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad hubiese muchos confesonarios, «para que las gentes se purifiquen en el Santo Sacramento de la Penitencia y –renovadas las almas– confirmen o renueven su vida cristiana, aprendan a santificar y amar el trabajo, llevando a sus hogares la paz y la alegría de Jesucristo… Así recibirán con agradecimiento los hijos que el cielo les mande, usando noblemente del amor matrimonial, que les hace partícipes del poder creador de Dios: y Dios no fracasará en esos hogares cuando El les honre escogiendo almas que se dediquen, con personal y libre dedicación, al servicio de –los intereses divinos. ¿Otros milagros? Por muchos y grandes que puedan ser, si el Señor quiere así honrar a su Madre Santísima, no me parecerán más grandes que los que acabo de indicar antes, que serán muchos, frecuentísimos, y pasarán escondidos sin que puedan hacerse estadísticas».

Y terminaba la entrevista diciendo: «Espero que un día no lejano podré acercarme, como peregrino, a rezar a mi Madre Santísima de Torreciudad».

Lo hizo, descalzo, cuando todavía no estaban terminadas las obras. Y volvió también a Torreciudad en mayo de 1975: recorrió todo el Santuario y su amor a la confesión frecuente le llevó a recibir, allí mismo, el Santo Sacramento de la Penitencia. Un mes más tarde, el 26 de junio, entregaba su alma al Señor. A los pocos días –el 7 de julio– el Santuario de Torreciudad se abría al culto con una Misa solemne celebrada en sufragio de su alma.

En 1984, el Santuario ha conmemorado el IX Centenario del hallazgo de la Virgen «morena» de Torreciudad, y del comienzo de la devoción a esta advocación mariana. Según la Oficina de Información del Santuario, más de ochocientas mil personas asistieron a los actos conmemorativos de este IX Centenario. Las peregrinaciones han sido muy numerosas, y fueron presididas, entre otros, por los Arzobispos de Valencia y Braga, el Vicario General Castrense de España, y los Obispos de Lérida, Jerez, Bragano;a, Guadalajara, Barbastro, Leiría, Tortosa y OrihuelaAlicante. Además, Mons. Suquía, Arzobispo de Madrid, ordenó sacerdotes en el Santuario a 22 profesionales, miembros de la Prelatura Opus Dei, que habían sido ordenados diáconos por Mons. Palenzuela, Obispo de Segovia, y Mons. Carles, Obispo de Tortosa.

En palabras del Rector del Santuario, don José Luis Saura, «dos mil grupos de 42 provincias españolas, y de 12 países, han contribuido así a honrar a la Virgen, incrementar su devoción, y a renovarse espiritualmente mediante la recepción personal del Sacramento de la Penitencia». El 13 de octubre, por ejemplo, Mons. Barrachina, rodeado de centenares de chicos y chicas de su diócesis y de toda España, decía: «No conocía Torreciudad y me ha emocionado. La capacidad de convocatoria de la Virgen es aquí una realidad gozosa que llena de ánimo. De Torreciudad sale uno robustecido en su amor a Cristo y a su Madre. Volveré».

Entre las peregrinaciones de otros países se pueden destacar las procedentes de Fátima, Kevelaer, Milán, Lovaina, Lourdes y Lisboa. Las IX Jornadas de la Juventud reunieron en Semana Santa a mil estudiantes y jóvenes trabajadores. Posteriormente, tuvo lugar una concentración nacional de universitarios, con cerca de diez mil asistentes. Los matrimonios que se casaron en Torreciudad y los trabajadores que participaron en los trabajos de construcción tuvieron también una jornada especial. Miles de adoradores se dieron cita en Torreciudad en la madrugada del 23 de septiembre, con ocasión de una vigilia nacional de la Adoración Nocturna Española. Y el 14 de octubre, la Virgen de los Desamparados salía por primera vez en el siglo XX de los límites de Valencia, en peregrinación de veinte mil personas presidida por el Arzobispo de Valencia, Mons. Roca.

En Torreciudad, como en tantos otros Santuarios marianos del mundo, cientos de miles de personas tienen oportunidad de seguir las enseñanzas del Concilio Vaticano II que, en la constitución «Lumen Gentium» (n. 67), impulsa «a todos los hijos de la Iglesia a que cultiven generosamente el culto a la Santísima Virgen, particularmente el litúrgico» y a «que estimen mucho las prácticas y ejercicios de piedad hacia Ella recomendadas en el curso de los siglos por el Magisterio

Cinco horas romanas

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Este mismo amor y espíritu de servicio a la Iglesia y al Papa se palpaban el 15 de enero de 1984, cuando Juan Pablo II, acompañado por el Cardenal Vicario, Ugo Poletti, y el Obispo auxiliar del sector, Mons. Plotti, visitó el Centro ELIS. El Vicario de Cristo –como ya dije– no sólo celebró una Misa al aire libre para miles de habitantes del Tiburtino, sino que recorrió detenidamente las instalaciones, se entretuvo con los catequistas de la parroquia de San Juan Bautista al Collatino, etc. Miguel Castellví estuvo presente, y lo ha contado de este modo:

«El hombre estaba en el campo de fútbol, donde poco después Juan Pablo II iba a celebrar la Misa para los habitantes del Tiburtino, uno de los barrios más populares de Roma. Sentado en su silla de tijera, como ensimismado, absorto a pesar del bullicio general. Era uno entre tres mil. Se le veía muy emocionado. Me dirigí a él. “¡Si usted hubiera visto esto hace unos años…!”, dijo. “¡Cómo ha cambiado este barrio!”.

»La fama del ELIS es merecida: el 95 por 100 de los alumnos consiguen colocación en el plazo de un año. No sólo esto, dicen los responsables del centro, sino que hay fábricas que “fichan” con anticipación a los jóvenes que siguen los cursos. Es el caso de la Selenia, una empresa electrónica, o la Alitalia. Un profesor me cuenta la siguiente anécdota: “Un ex alumno hizo una prueba en Alitalia. El jefe del taller, que no lo conocía, le encargó que hiciese una pieza. Cuando se la entregó le dijo: ¿Tú has estudiado en el ELIS? Me he dado cuenta porque has acabado bien tu trabajo, recogiendo las herramientas y dejando todo en su lugar”.

»Y la práctica, la realidad, era aquel hombre emocionado que me hablaba del cambio en el barrio y en su vida, los millares y millares de personas que seguían en silencio la ceremonia litúrgica en la tarde romana teñida de rojo por el atardecer, las continuas confesiones –”como se veían en Polonia”, decía un periodista–, los treinta monaguillos que realizaban sus cometidos con precisión germánica –aunque al final de la Misa demostraron que eran bien romanos cuando les saludó el Papa–, la Cruz pectoral que los alumnos del ELIS realizaron y regalaron al Papa –de plata con cinco brillantes, y la imagen de la Virgen de Czestochowa grabada– y que el Papa, después del ofertorio, quiso colocarse bajo los ornamentos sagrados.

»Todo, fruto de este trabajo de los miembros del Opus Dei que, como dijo Monseñor Álvaro del Portillo en su saludo a Juan Pablo II, “se esfuerzan en poner en práctica dos aspectos del apostolado del Opus Dei en todo el mundo: la colaboración con el trabajo pastoral de las diócesis, y el desarrollo de múltiples actividades formativas, dirigidas a personas de todas las condiciones sociales, sin excluir a nadie”.

»Estas palabras fueron pronunciadas durante la reunión que Juan Pablo II mantuvo con el Prelado y el Vicario General del Opus Dei, y con los 32 vicarios regionales que se encontraban en Roma para unos días de estudio en la Sede Central de la Prelatura. “Provienen de todos los ángulos de la tierra”, dijo Monseñor del Portillo. “Cada uno representa en su nación al Prelado y lleva sobre sus hombros la responsabilidad del trabajo de formación y promoción apostólica de todos los fieles de la Prelatura al servicio de las iglesias locales. Han trabajado junto a mí en estos días en comunión con Vuestra Santidad, hemos rezado y estudiado intensamente. Ahora, .cada uno se prepara a llevar a su país la unidad de espíritu en la que todos los fieles de la Prelatura están vocacionalmente llamados a servir a la Iglesia. Coincidiendo el fin de su convivencia con la feliz ocasión de la jornada de hoy, pido a Vuestra Santidad, en nombre de todos ellos, la paternal bendición apostólica con la seguridad de que alcanzará espiritualmente, a través suyo, a todos los miembros del Opus Dei”.

»Juan Pablo II, que durante la homilía de la Misa había dirigido un especial saludo a los miembros y sacerdotes de la Obra y al Prelado, Monseñor Álvaro del Portillo, “que ya como colaborador del Fundador, el Siervo de Dios, Josemaría Escrivá de Balaguer, contribuyó a la realización de esta parroquia y del Centro Internacional ELIS”, respondió al saludo de Monseñor del Portillo con unas palabras improvisadas y car gadas de significado “Que seáis cada vez más Opus Dei y que hagáis el Opus Dei en todas las direcciones del mundo humano y creado. Quizá en esta fórmula se encuentra la realidad teológica y la naturaleza de vuestra vocación en esta época de la Iglesia en que vivimos y en la que habéis sido llamados por el Señor”.

»El Papa, que había llegado a la parroquia de San Giovanni a las cuatro de la tarde, todavía tuvo tiempo para saludar a las alumnas de la Escuela Hotelera, SAFI, y para reunirse con dos mil jóvenes del barrio. El Papa se divirtió de lo lindo con la explosión de entusiasmo que estalló en el gimnasio a su llegada, y con las canciones y los testimonios de vida cristiana y apostolado, concluyó su visita al Tiburtino diciendo a los jóvenes: “En vosotros se aprecian bastante bien los elementos de las siglas del Centro ELIS: Educación –sí, sois bastante educados–; Trabajo, ciertamente; Instrucción –veo bastantes profesores– y Deportes, también, porque estamos en un campo de baloncesto. Os quiero llamar la atención sobre dos cosas: en las anécdotas que me habéis contado se aprecia siempre un elemento del testimonio fundamental, la fuerza de Cristo. Continuad así. Y, además, la Iglesia ha valorado siempre la música, el canto –¡cuánta riqueza en los cantos litúrgicos, en los villancicos populares!–. Pues vosotros tenéis que llevar el testimonio, el apostolado de la guitarra. Que continuéis con el testimonio de Cristo, siendo modernos. Debéis ser los apóstoles de vuestra generación, porque lo haréis mejor que nosotros, que somos de otra época”. A esto miles de voces contestaron: “¡Noooo!”. El Papa, que pidió a los jóvenes que se preparasen para el Jubileo de la Juventud y que ayudasen también a sus amigos a prepararse terminó con “Allora, forza!” (“¡Ahora, adelante!”). Un aplauso atronador le despidió mientras salía para dirigirse a su coche». –

Quedaba descrito así el espíritu del Centro ELIS y el de las labores apostólicas que el Opus Dei impulsa en todo el mundo, de acuerdo con las circunstancias y características de cada tiempo y lugar. En la misma Roma funcionaban ya entonces el Club Internazionale, para muchachos; el Studio Club y el Tain Club, de formación profesional y básica para chicas; la RUI (Residenza Universitaria Internazionale), con numerosos estudiantes del Tercer Mundo; el Centro Romano di Incontri Sacerdotali, al que acuden sacerdotes de los cinco continentes; Villa delle Palme, colegio universitario femenino… En el caso del Centro ELIS se trataba de un encargo concreto de Juan XXIII, quien había facilitado los medios iniciales que Pío XII destinara a «una obra social», pero lo normal es que estas labores apostólicas surjan en todas partes por iniciativa de miembros del Opus Dei y de otras personas que quieran ayudar, sin acepción de raza, cultura o religión. «Son obras –como decía Mons. Escrivá de Balaguer– de promoción humana, cultural, social, realizadas por ciudadanos que procuran iluminarlas con las luces del Evangelio y caldearlas con el amor de Cristo (…) Actividades con fines espirituales y apostólicos, en las que se procura trabajar con esmero y con perfección también humana… ».

Pablo VI: «Aquí todo es Opus Dei»

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Me encontraba en Roma, en noviembre de 1965, cuando Pablo VI visito con detenimiento y cariño el Centro ELIS y pude recordar con precisión, gracias a lo escrito entonces, una historia esclarecedora.

Detrás del Centro Internazionale della Gioventú Lavoratrice, también llamado Centro ELIS, había tres Pontífices y mucho esfuerzo. Lo imaginó Pío XII, al destinar los fondos de la colecta organizada con motivo de su ochenta cumpleaños para «una obra social». Lo puso en marcha Juan XXIII, encomendando al Opus Dei la realización y la dirección del proyecto. Y lo convirtió en vida el mismo Opus Dei, que había aceptado «con particular agradecimiento el gustoso encargo» –son palabras del Fundador–, bajo los animosos auspicios de Pablo VI, el Papa que lo iba a inaugurar cuando ya la primera piedra era un recuerdo lejano.

¿Recuerdo?… Los protagonistas se mueven incesantemente de un lado a otro la víspera de la visita de Pablo VI. Aquel, que es ingeniero, arrastra cables de alta tensión. Este, que es arquitecto, recoge del suelo, para desmenuzarla entre los dedos, la colilla abandonada por el visitante descuidado. Ese, que es albañil, da instrucciones sobre el mejor modo de colocar una valla. Aquel, que es abogado, acaba de pintar unas tablas. El otro, que es electricista, pregunta al ingeniero si está bien puesto el foco. Aquellos muchachos, con mono o con corbata, llevan sillas, arrastran carretillas, cubren con tierra los charcos, dan martillazos, cuelgan cuadros o dirigen el tráfico de los que vienen o se van. Algunos serán soldadores o torneros, otros estudiarán segundo de Filosofía o cuarto de Químicas, otros serán empleados de Seguros o dependientes… El caso es que, mientras cae la noche del sábado sobre este descampado periférico del barrio Tiburtino, semillero de votos comunistas, todo el mundo está haciendo algo aquí y nadie es espectador ni curioso. Por eso entiendo de golpe, observando lo que veo, esa gran transformación individual que es el presupuesto necesario de cualquier «nueva frontera» social.

Así empezó «el Tiburtino», sin espectadores, sin curiosos y sin decidores. Había unos terrenos allá lejos, en la neorrealista periferia romana, donde se desmontaban los coches robados y donde la geometría de los edificios de nueva planta era solo un presentimiento. Había también un puñado de hombres –pocos, como siempre– con la idea clara de que aquello había que hacerlo pronto y bien, creando ya el ambiente desde los cimientos… Y había, sobre todo, pocas ganas de teorizar y muchas ganas de hacer.

La novedad en la barriada duró poquísimo, al menos como cosa extraña. La familia de los arquitectos, ingenieros, capataces, obreros y peones, unidos por el hormingón de la común empresa, fue el epicentro de un entusiasmo contagioso que acabó difundiéndose a la redonda. Ni ambiente hostil, ni nada que se le parezca. Allí había que arrimar el hombro como Dios manda y dejarse de dar consejos o de perder el tiempo con la retórica. ¿No eran todos trabajadores, desde el ingeniero hasta el pinche?… Pues, a demostrarlo, si querían que aquel Centro prosperase con sus escuelas profesionales, con su residencia, con su biblioteca, con sus instalaciones deportivas e incluso con una parroquia próxima, la de San Juan Bautista, toda nueva y limpia.

Fue así como «el Tiburtino» –el Centro arrampló pronto con el nombre del barrio entero– entró en funcionamiento con un espíritu de familia, de empresa y de obra social que era, al mismo tiempo, la causa y el efecto de la renovación individual producida por un nuevo tipo de relación basada en una solidaridad auténtica y en una responsabilidad concreta.

Todos sentían, desde luego, que se trataba de cosa suya: los que trabajaban en su construcción y los que se acercaban a dar una mano; los que tiraban de plano y los que amasaban cemento; los que hacían números en el barracón y los que daban a la paleta encima de un andamio; los que lo vivían y los que lo oían contar en sus casas o en la «trattoria». No era posible hablar de clases sociales en aquel ambiente de trabajo, en el que nadie escurría el bulto y en el que bastaba un descuido del visitante curioso para encontrarse con una pala en la mano.

Decir que el Centro empezó a funcionar desde que se colocaron los cimientos es describir exactamente lo ocurrido. No se trataba de hacer algo nuevo y grandioso para regalarlo una vez acabado, sino de crear entre todos, con los medios a disposición y con los que fuesen llegando, algo propio que llevase los latidos de la vida real. De este modo, cambiando sobre la marcha lo que había que cambiar, los arquitectos y los ingenieros consiguieron una armonía entre lo bello y lo útil que les valió el premio del Instituto Nacional de Arquitectura por la mejor «gestión constructora». Y de este modo, fue naciendo también, con el talante familiar y digno del Centro, la experiencia necesaria para la formación individual y social de unos muchachos que propagarían su estilo con sólo hacer bien lo que aprendían haciendo.

El Centro ELISacogía entonces, entre internos y externos, a trescientos jóvenes de todas las regiones de Italia y de otros países. Se fue poblando gradualmente al ritmo de las construcciones, y eran ya muchos los jóvenes que guardaban cola en su amplia esfera de influencia. Desde 1965, han pasado por la residencia más de 2.000 jóvenes, entre 15 y 22 años. En el Albergue de Juventud hay sitio para doscientos, divididos en grupos de dieciséis con el fin de conseguir un ambiente familiar («una casa en la casa»), que prepare con más calor para el vivir social, y en la hospedería pueden alojarse temporalmente unos 150 huéspedes (obreros y técnicos de paso por Roma por motivos de trabajo, estudio, reuniones sindicales, etc.).

Allí se afrontan directamente, con métodos modernos y abiertos, dos grandes problemas actuales: el de la cualificación de la mano de obra y el de la emigración interior y exterior. Hay escuelas de formación y perfeccionamiento para torneros, soldadores, ajustadores mecánicos, diseñadores técnicos, etc., con enseñanza diurna y nocturna, que han formado a más de 4.000 obreros especialistas. Hay una escuela femenina de hostelería, que atiende, con plena independencia, a las necesidades de las instalaciones de todo el complejo. Tiene una capacidad para sesenta chicas, y su centro cultural ha sido frecuentado ya por más de 3.000 estudiantes y trabajadoras romanas. Desarrolla cursos de cualificación profesional para la industria hotelera o para el trabajo en hogares de familia, sobre dietología, puericultura, economía doméstica, pedagogía familiar, etc. Hay una biblioteca bien nutrida en los sectores del mundo del trabajo, abierta no sólo para los alumnos internos y externos, sino también para todo el barrio. Hay cursos de información técnica y ciclos de «conversaciones» sobre los temas de mayor actualidad.Hay un restaurante y locales de descanso para los obreros que trabajan en las cercanías. Hay instalaciones deportivas, con cursos de gimnasia y «Escuelas» de los distintos deportes. Hay reuniones con las familias de los alumnos externos para promover una eficaz colaboración en la formación humana y profesional de todos los jóvenes…

En todas sus iniciativas –me decía un profesor– los chicos se encuentran y trabajan entre ellos en un clima de recíproco respeto, por encima de las diferencias de extracción social, de procedencia nacional, de intereses culturales, para lo cual la unidad de medida de sus relaciones humanas viene dada por la lealtad que los une y los mantiene juntos. De aquí procede, como resultado natural de la unidad de vida de los jóvenes, la colaboración de todos y de cada uno en el mejoramiento del Centro, en el que todos encuentran su sitio porque sienten como cosa propia el trabajo de todos.

Aquí –comentaba unchaval de Perugia– todos somos amigos. Somos una gran familia y no hay distinciones, ni por profesión ni por edad.

Aquí –añadía otro de Cagliari –estamos entre obreros, se habla de trabajo y nos entendemos a la primera.

Aquí –concluía uno de los jóvenes universitarios que dedican al Centro gran parte de su tiempo– hay posibilidad de realizar con los hechos todos los deseos de compromiso social que uno tenga.

Por eso no sorprendió a nadie la alegría y la detención con que Pablo VI visitó todas las dependencias del Centro ELIS aquella tarde del 21 de noviembre de 1965, el emocionado discurso del Papa en aquella ocasión y el abrazo que le dio a Mons. Escrivá de Balaguer al despedirse, mientras afirmaba:

«Aquí todo es Opus Dei».

Y el propio Fundador se lo había hecho observar al Pontífice en el saludo que le dirigió en italiano casi al final de la visita:

«En este ambiente sereno y alegre, similar al de todas las actividades que el Opus Dei desarrolla, por gracia de Dios, en todo el mundo, procuramos, Beatísimo Padre, que se respire un clima de libertad en el que todos se sientan hermanos, bien lejos de la amargura que proviene de la soledad o de la indiferencia. Un clima en el que aprenden a apreciar y a vivir la mutua comprensión, la alegría de una convivencia real entre los hombres. Amamos y respetamos la libertad, y creemos en su valor educativo y pedagógico. Estamos convencidos de que en un clima así se forman almas con libertad interior, y se forjan hombres capaces de vivir responsablemente la doctrina de Cristo, de poner en práctica virilmente la fe, de practicar con alegría la obediencia interior y devota a las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia –entre las que ocupan un lugar destacado las de su doctrina social–, capaces de amar con todo su corazón y con todas sus fuerzas a la Iglesia de Dios y al Romano Pontífice».

Juan Pablo II en el Centro ELIS

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Enero de 1984.

Lo habían escrito los periódicos en los días precedentes. Juan Pablo II va a realizar una visita pastoral noticiable, tanto porque el Tiburtino, en Roma, tiene fama de barrio difícil, cuanto porque allí se encuentra un Centro del Opus Dei, el ELIS, y una parroquia confiada a sacerdotes de la Prelatura.

Poblado en pocos años por más de treinta mil personas llegadas en aluvión de otras regiones más pobres, el Tiburtino es un barrio de edificios baratos. Sus habitantes son, en un 80%, familias de obreros, de mayoría comunista, donde el paro, la droga y la delincuencia constituyen un grave problema.

Pero la parroquia y los Centros de la Obra han sido en estos años un aglutinante de la buena voluntad, una realidad del barrio y para el barrio, querida y respetada por todos. Y el barrio entero se volcó con el Papa en aquella tarde de enero.

«Deseo dirigir un particular saludo –dijo Juan Pablo II en la homilía de la Misa que celebró ante miles de personas–, a los directores y alumnos del Centro ELIS, los cuales, con su obra de promoción humana y social, hacen fecundo el terreno de todo el barrio, de modo que allanan el camino a la acción pastoral de la parroquia. Este Centro es un claro testimonio del interés de la Iglesia por las clases trabajadoras. Como dijo Pablo VI el día de la inauguración, ésta “es una obra del Evangelio, es decir, enteramente encaminada al beneficio de quienes la frecuentan. No es un simple albergue, ni un simple taller, ni una simple escuela, ni un campo deportivo cualquiera: es un Centro donde la amistad, la confianza, la alegría forman la atmósfera; donde la vida tiene una dignidad, un sentido, una esperanza; es la vida cristiana, que aquí se afianza y desarrolla (…)” ».


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