Procesión eucarística en Amsterdam

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Por segunda vez desde 1578, el Santísimo Sacramento recorrió las calles de la capital holandesa suscitando un gran interés.

Opus Dei - La procesión inició en la iglesia de Nuestra Señora.

La procesión inició en la iglesia de Nuestra Señora.

La procesión eucarística, que recorrió el centro de la capital holandesa, ha sido organizada por la iglesia de Nuestra Señora en Amsterdam.

Más de mil personas hicieron el recorrido desde el canal Keizersgracht al Beguinario, uno de los lugares más representativos de Amsterdam.

Entre cantos y oraciones los participantes acompañaron al Obispo de la Diócesis de Haarlem, Mons. Jozef Punt, que llevaba el Santísimo Sacramento bajo un baldaquino.

En la procesión participaron las tres comunidades que comparten la iglesia: católicos de Amsterdam, sirios ortodoxos y católicos de las antiguas Guayanas holandesas. Además, siguieron la procesión fieles de otras iglesias de Amsterdam y cercanías.

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Antes del inicio de la procesión, tuvo lugar una Misa solemne. Durante la homilía mons. Punt hizo referencia a la búsqueda de Dios por parte del hombre moderno. “En los últimos decenios –dijo– el mundo secularizado ha cerrado las puertas a Dios. Y ahora parece como si Dios quisiese entrar otra vez. Al contrario de lo que muchos pensaban, la fe no dismuye sino que crece.”

En su recorrido por los canales de Amsterdam, la procesón atrajo la atención de los habitantes y de turistas. Voluntarios en la cabeza de la procesión repartían a los interesados una hoja en la que se explicaba el sentido del acontecimiento.

La situación actual del ecumenismo

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Entrevista al profesor Pedro Rodríguez

Opus Dei - El entonces cardenal Ratzinger y D. Pedro Rodríguez

El entonces cardenal Ratzinger y D. Pedro Rodríguez

¿Es cierto, como sostienen algunos, que el diálogo ecuménico se ha ralentizado?

Hace unos meses tuve la fortuna de participar en la III Asamblea Ecuménica Europea, tal vez la más numerosa macro-asamblea en la historia del Movimiento ecuménico: una gigantesca carpa acogía las sesiones plenarias de 2500 delegados en Sibiu, la hermosa ciudad de Transilvania. Yo regresé a España con una gran alegría. ¿Por qué? Porque el Movimiento ecuménico estaba vivo. Cierto, con graves cuestiones y problemas que dificultan el camino hacia la unidad plena —y, por tanto, visible— de todos los cristianos. No voy yo ahora a enumerarlos: algunas de esas graves cuestiones salen en primera página de los periódicos…

Pero en Sibiu se rezó mucho: los delegados llenaban a tope las iglesias y había un fuerte sentido de la adoración en los actos litúrgicos de las distintas confesiones: inolvidables las Vísperas en la Catedral ortodoxa de Sibiu. En mi opinión, junto a las conferencias de los católicos Kasper y González Montes, destacó en Sibiu la del ortodoxo Kyril de Smolensko —el segundo después del Patriarca Alexis, para entendernos— que planteó con toda su fuerza la necesidad de una antropología que brote de las raíces cristianas de Europa: persona humana, matrimonio, familia, dignidad de la vida humana, ecología y amor a la Creación, etc. Es una dimensión esencial del mensaje de los cristianos al mundo y ahí urge que estén —y aparezcan— unidos…

Pero ese es ya otro aspecto del tema…

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Cierto, pero lo digo precisamente para responder a su pregunta. No está “ralentizado” el diálogo. A mi entender, el Movimiento ecuménico, ante la fuerte y creciente presión del laicismo militante, está tomando viva conciencia de temas que han ocupado poco lugar en el diálogo ecuménico después del Concilio: concretamente, los temas de ética y antropología.

Hoy urge que los cristianos, católicos y no católicos, podamos dar un testimonio común en esos temas de los que habla de continuo Benedicto XVI y que, como vemos, subrayaba Kyril de Smolensko en Sibiu. Para darse cuenta de la importancia del diálogo ecuménico en este campo basta considerar que una propuesta sobre el reconocimiento del carácter sagrado de la vida desde “el momento de la concepción hasta la muerte natural” no pudo ir adelante en esta III Asamblea. Es un tema vital hoy para el testimonio común de los cristianos, y sin embargo no hay acuerdo sobre ese testimonio común… Pero el nuevo diálogo ha comenzado.

¿Cuál es entonces la situación actual, a grandes rasgos, del diálogo ecuménico?

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Se han dado y se dan pasos de gran importancia también en la que podríamos llamar temática “clásica” de ese diálogo. Todavía es reciente la adhesión de la Conferencia Mundial Metodista al ya célebre Acuerdo católico-luterano sobre la doctrina de la justificación, en el que tuvo una tan personal intervención el entonces Cardenal Ratzinger.

Pero el evento más significativo en este ámbito es el relanzamiento de los trabajos de la Comisión mixta internacional católico-ortodoxa, que en la sesión de Ravenna de octubre último aprobó un importante documento —tras el que se iba desde hace diez años— sobre “Comunión eclesial, conciliaridad y autoridad”: un documento que abre el camino para un serio debate teológico sobre la naturaleza del Primado del Papa en la Iglesia. El horizonte de la plena comunión de la Iglesia Católica y las Iglesias Ortodoxas se abre con estos planteamientos.

Pero, sobre todo, se abrirá en la medida en que los cristianos de ambas confesiones —católicos y ortodoxos— aprendamos a querernos y estimarnos en el día tras día de la vida. Pueden ser providenciales en este sentido las migraciones Este-Oeste que se están dando en Europa.

¿En este contexto qué supone el mensaje del Opus Dei para el ecumenismo?

Opus Dei - III Asamblea Ecuménica Europea en Sibiu (Transilvania)

III Asamblea Ecuménica Europea en Sibiu (Transilvania)

Debo decir ante todo que el Opus Dei asume en su vida la dimensión “ecuménica” de la misión de la Iglesia tal como la Iglesia misma la propone. Comprenderá que sea así, pues el Opus Dei es, sencillamente, Iglesia: como decía su Fundador, una “partecica” de la Iglesia. Dicho esto, me parece claro que el espíritu del Opus Dei y el modo de su propuesta cristiana subrayan aspectos peculiares, pero muy importantes, de la actividad ecuménica de la Iglesia.

Concretamente, en el Opus Dei es fundamental la convicción de que el ecumenismo no es sólo cosa de especialistas y de los Pastores, sino incumbencia de todo el Pueblo de Dios: de todos, digo, por tanto también de las mujeres y de los hombres que siguen a Jesucristo en su Iglesia tratando de “vivir santamente la vida ordinaria”, como decía san Josemaría. Y esto en todos los países, no sólo en los de grandes divisiones confesionales. El ecumenismo hay que vivirlo, aunque no haya cristianos no católicos en el contexto social en el que me muevo…

¿Y esto qué significa en la vida práctica de los fieles del Opus Dei?

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Significa que a la gente del Opus Dei, a esos hombres y mujeres que se esfuerzan por vivir en Cristo la vida familiar y profesional, lo que les va —lo que les sale de dentro, podríamos decir— es la amistad y el trato con las personas de su contorno social humano: y allí se encuentran y conviven con sus colegas y amigos cristianos no católicos, con los que participan del tesoro común recibido en el Bautismo y buscan trabajar juntos en favor de los demás. A la vez, la experiencia de la falta de unidad plena en la fe, que ese trato les ofrece, les empuja a la oración “ut omnes unum sint”, y a promover entre sus amigos cristianos —católicos y no católicos— una más intensa vida de fe, que lleve a todos, al paso de Dios, a esa unidad plena y visible en la Iglesia de Cristo.

Como ves, entiendo que el espíritu del Opus Dei subraya sobre todo la base misma del ecumenismo, es decir, la oración, la santidad de vida y la amistad cristiana entre hombres y mujeres de diversas confesiones; un modo de acción ecuménica que puso en primera línea el Decreto sobre el Ecumenismo del Concilio Vaticano II y que subraya de continuo Benedicto XVI.

¿A modo de síntesis final?

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Que para la misión de la Iglesia, para la evangelización, es de la máxima importancia lo que apuntaba al responder a la pregunta anterior: cultivar, desde la oración y la conversión personal, una actitud de fraternidad que lleve a la amistad, a las múltiples formas de encuentro entre cristianos de distintas confesiones para dialogar sobre los problemas de la vida humana y cristiana y lograr formas comunes —existenciales— de caridad, de testimonio y de unidad en la acción social de inspiración cristiana. “La misión evangelizadora de la Iglesia —decía Benedicto XVI en el Ángelus del último domingo— pasa a través del camino ecuménico, que es el camino de la unidad de la fe, del testimonio evangélico y de la fraternidad auténtica”.

Ecumenismo espiritual, la vía hacia la unidad

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El Presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, cardenal Walter Kasper, ha participado esta mañana en las XLII Jornadas de Cuestiones Pastorales, organizadas por el Centro Sacerdotal Montalegre y la Delegación Diocesana de Ecumenismo del Arzobispado de Barcelona, en la que están participando más de 450 personas y representantes de las diversas confesiones.

Opus Dei - S. E. Mons. Carlos López, S. Em. R. Cardenal Walter Kasper y S. E. Mons. Lluís Martínez Sistach.

S. E. Mons. Carlos López, S. Em. R. Cardenal Walter Kasper y S. E. Mons. Lluís Martínez Sistach.

Barcelona, 19 de febrero de 2007.- “Todos los cristianos hemos de trabajar para conseguir la plena comunión que el Señor nos pide”. Con estas palabras, el arzobispo de Barcelona, Lluis Martínez Sistach, ha abierto las XLII Jornadas de Cuestiones Pastorales.

El acto principal de la jornada ha sido la conferencia del cardenal Kasper. En su intervención, ha asegurado que, en los últimos 40 años, “el diálogo ecuménico ha dado grandes pasos adelante” que han hecho posibles “acercamientos sustanciales en varias materias y, en algún caso, llegar a un consenso”. En el balance positivo figuran la reciente visita del Papa Benedicto XVI al Patriarca ecuménico y la visita a Roma del Arzobispo de Atenas y de toda Grecia, que ha considerado  “históricas”.

Pese a estos progresos tan alentadores, no se puede negar que, más allá de las dificultades singulares, normales y que forman parte de la vida, el diálogo de alguna manera se haya encallado, aunque no se hayan parado los coloquios y los encuentros, las visitas y la correspondencia”, ha asegurado Kasper. Entre los motivos de esta situación, explica el cardenal, se encuentra el hecho de que “tras haber superado muchos malentendidos y haber conseguido un consenso fundamental” ahora “hemos llegado al núcleo duro de nuestras diferencias eclesiológicas

Para continuar avanzando, Kasper apuesta por un ecumenismo espiritual, “corazón del movimiento ecuménico”, no tanto centrado en los diálogos teológicos como en “oración ecuménica común, conversión personal y reforma institucional, penitencia y esfuerzo por la santificación personal”.

En este sentido, ha animado a que haya entre las confesiones cristianas una “cooperación en favor de la vida, de la justicia, de los derechos del hombre y de la paz”. Mediante esta cooperación, ha concluido, “nos conocemos mejor y crecemos juntos”.

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Kasper ha acabado apuntando cuál es el objetivo que persigue el diálogo ecuménico: “no se trata de una fusión como las de las grandes empresas internacionales de nuestro mundo globalizado; no es tampoco un sistema complejo, desde el punto de vista especulativo o institucional, en el cual los opuestos se anulan, siguiendo una dialéctica de tipo hegeliano. En esto reside la diferencia de fondo entre diálogo y dialéctica. Ciertamente, el diálogo intenta disipar los malentendidos y superar las divisiones entre los partner, tendiendo a la reconciliación. Pero la reconciliación propiamente no elimina la alteridad del otro, no la absorbe ni la aspira, haciéndola desaparecer. Por el contrario, la reconciliación reconoce el otro en su alteridad. La unidad en la caridad no se logra cuando la identidad del otro es anulada y absorbida, sino al contrario, cuando ésta llega a ser confirmada y plena”.

Con ocasión de su intervención, ha presentado su libro Ecumenismo espiritual, una guía pastoral sobre la práctica del ecumenismo.

Presentación de la III Asamblea Ecuménica

Opus Dei - Representantes de diversas confesiones

Representantes de diversas confesiones

En el encuentro ecuménico celebrado en Barcelona, en el marco de las XLII Jornadas de Cuestiones Pastorales, también se ha presentado la III Asamblea Ecuménica Europea (AEE). Se trata de una iniciativa conjunta del Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa (CCEE) –católicos- y de la Conferencia de las Iglesias Europeas (CEC), que agrupa las confesiones cristianas excepto la Iglesia católica, que busca contribuir a una mayor comprensión y acercamiento de las diferentes confesiones cristianas. La fase final tendrá lugar en Sibiu (Rumania), con la celebración, del 4 al 9 de septiembre, de nueve foros de diálogo sobre los retos históricos de la Iglesia en el viejo continente.

La presentación ha sido hecha por el Prof. Pedro Rodríguez, delegado de la Prelatura del Opus Dei en la III AEE.

Católicos, ortodoxos, protestantes: buscando puntos de unión

En la línea de la recomendación del cardenal Kasper de encontrar puntos de unión en el trabajo pastoral, el encuentro ecuménico ha contado con una mesa redonda interconfesional, centrada en la respuesta de los cristianos ante una sociedad laicista. Participaron S. E. Dimitri Tsiamparlis, vicario general del arzobispo metropolita de España y Portugal de la Iglesia Ortodoxa griega del Patriarcado ecuménico de Constantinopla, S. E. Mons. Adolfo González Montes, Obispo de Almería y Presidente de la Comisión de Relaciones Interconfesionales de la Conferencia Episcopal Española, S. E. Mons. Carlos López Lozano, Obispo de la Iglesia Española Reformada Episcopal, Rvd. Antonio Cruz Suárez, Pastor de la Iglesia Evangélica Unida, y el Dr. Domènec Melé, director del Departamento de Ética del IESE.

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El martes 20 incluye una segunda mesa redonda interconfesional, centrada en las acciones hacia los más desfavorecidos, donde intervendrán: Rvd. Josep Monells, Ex-director europeo de ÁGAPE, Asociación Internacional Protestante, Lic. Salvador Bacardit, Delegado de Càritas de Barcelona y Vicario Episcopal, Dr. Josep Masabeu, Director del Centro Braval, de Barcelona, P. Aurel Bunda, Sacerdote ortodoxo, y Rvd. Javier Garcia, Pastor evangélico y Director europeo de ÁGAPE.

Diversas confesiones

Han asistido también a este encuentro, entre otros: mons. Joan Carrera, obispo auxiliar de Barcelona, mons. Pere Tena, obispo auxiliar emérito de Barcelona, mons. Joan Enric Vives, obispo de La Seo de Urgell y secretario de la CET; monseñor José Angel Sáiz, obispo de Tarrasa, mons. Romá Casanova, obispo de Vic; Dr. Antoni Pujals, Vicario delegado de la Prelatura del Opus Dei en Barcelona; P. Joan Botam , presidente del Centro Ecuménico de Cataluña; Dr. Antonio Matabosch, representante católico en el Grupo de Trabajo Estable de las Religiones; P. Joan García, de la Iglesia ortodoxa del Patriarcado de Serbia; P. Vladimir Abrosimov, de la Iglesia ortodoxa del Patriarcado de Moscú; P. Aurel Bunda, de la Iglesia ortodoxa del Patriarcado de Rumanía; Rvdo. Antonio Cruz Suárez, Pastor de la Iglesia Evangélica Unida; Rvdo. Felipe Carmona, Pastor evangélico, y Guillem Correa, del Centro Evangélico de Cataluña. También, por parte de otras religiones, han asistido Jamal el Attouaki, del Centro Cultural Islámico de Cataluña; Jorge Mario Burdman, de la Comunidad Israelita de Barcelona, y Mario Saban, de la Comunidad Israelita de Barcelona.

Un signo de esperanza

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Las fiestas litúrgicas son mucho más que piadosos ejercicios de la memoria. Cada vez que celebra una fiesta, la Iglesia vive de nuevo un acontecimiento, e invita a los fieles a repetir la experiencia original de los primeros protagonistas del evento. Y es que «Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y por los siglos» (Heb 13, 8).

Pensemos en la solemnidad de Pentecostés. La escena que narran los Hechos de los Apóstoles tiene perenne actualidad. Cada uno de nosotros comprende en su propio idioma el anuncio de la salvación. Nos sentimos unidos a todos los cristianos, con un vínculo más fuerte que cualquier posible diferencia. Palpita intacta en la Iglesia la fuerza que impulsó a los Apóstoles a llevar el Evangelio hasta los confines de la tierra. Si sabemos escuchar y seguir la voz del Espíritu Santo, aquel viento impetuoso que sacudió los muros del Cenáculo no dejará nunca de soplar sobre el pueblo de Dios.

El sábado próximo, vigilia de la fiesta de Pentecostés, el Santo Padre presidirá un encuentro que se nos propone como signo tangible de la presencia viva del Espíritu Santo en la Iglesia. Alrededor del Papa, al término de su Congreso mundial, se reunirán representantes de los numerosos movimientos eclesiales suscitados a lo largo de estos años por el Espíritu, como confirmación de la inagotable fecundidad de la Esposa de Cristo. Estas realidades son un signo de esperanza para el presente y para el futuro. Alimentan nuestra esperanza su entrega a la labor de evangelización, su capacidad de difundir la fe en los más variados ambientes, la coherencia cristiana que promueven en todas partes, la alegría de tantos hombres y tantas mujeres que redescubren -gracias a su testimonio- la radicalidad de los compromisos bautismales. Como ha ocurrido en todas las etapas de la vida de la Iglesia, ya desde sus primeros pasos, los movimientos son hoy expresión viva de la acción del Espíritu Santo en el mundo. Su presencia redunda en beneficio de todos, porque todos encontramos consuelo y estímulo en el buen ejemplo que nos ofrecen los hermanos que saben tomarse en serio la vocación cristiana.

El sábado por la tarde, en la Plaza de San Pedro, la Iglesia ofrecerá un nuevo signo de su propia vitalidad: con el Papa, en unión con los Pastores y con todos los fieles, resultará patente el impulso sobrenatural de Aquel que es Señor y da la vida.

La Prelatura del Opus Dei en cuanto tal, por su estructura, no forma parte de los movimientos; y por eso no ha participado en el Congreso ni estará representada en el encuentro final. Sin embargo, todos los fieles de la Prelatura se sienten, con toda la Iglesia, muy próximos a los movimientos. Algunos de ellos han tenido además ocasión de colaborar en la organización de estas jornadas; otros estarán presentes en la celebración, por diversos títulos; y todos rezaremos por sus frutos espirituales y apostólicos, recordando la invitación del Beato Josemaría: «Pide a Dios que en la Iglesia Santa, nuestra Madre, los corazones de todos, como en la primitiva cristiandad, sean un mismo corazón, para que hasta el final de los siglos se cumplan de verdad las palabras de la Escritura: “multitudinis autem credentium erat cor unum et anima una” -la multitud de los fieles tenía un solo corazón y una sola alma- (Forja, n. 632). Unidad de oración, unidad de intenciones, unidad de afectos: la esperanza de Pentecostés.

“He aprendido de san Josemaría a servir a la Iglesia”

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Entrevista a Monseñor Philippe Jourdan, sacerdote del Opus Dei y nuevo administrador apostólico de Estonia, ordenado obispo el pasado 10 de septiembre en la iglesia de San Olaf de Tallin. A la ceremonia acudió Mons. Javier Echevarría.

Opus Dei - Mons. Jourdan, obispo de Estonia

Mons. Jourdan, obispo de Estonia

Monseñor Jourdan, usted es el primer obispo católico residente en Estonia tras la segunda guerra mundial. El país es actualmente de mayoría luterana. ¿Como afronta su misión?

He aprendido de san Josemaría a servir a la Iglesia como la Iglesia quiera ser servida, a amarla con todo mi corazón en su dimensión universal y romana. Mi experiencia en Estonia me ha reafirmado en esta convicción y me ha enseñado además a amar a los hermanos que no se han unido aún a la Iglesia. En un país de tradición luterana y ortodoxa como Estonia, mi divisa episcopal (Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam: Todos con Pedro a Jesús, por María) –que debo igualmente al Fundador del Opus Dei- me ha parecido muy adecuada para resaltar los amores que deben unirnos: la búsqueda de Cristo, el recurso a María, y el deseo de que todos seamos un sólo rebaño guiados por un mismo pastor.

Usted es francés, pero asentado en Estonia, ¿que siente ahora?

Me encuentro lleno de gratitud hacia mi tierra natal. Me enorgullece especialmente el que la Conferencia Episcopal de mi país, Francia, haya enviado un representante oficial a mi ordenación, el padre Bernard Hayet. Mantengo y mantendré siempre una unión especial con la Iglesia en Francia, que me ha alimentado con la fe.

Y, en cuanto a la educación que me han dado mis padres, no encuentro palabras para agradecerles su entrega. A ellos, principalmente, debo mi vocación. De tres hermanos, dos somos sacerdotes. Es, sin duda alguna, un gran don de Dios que deseo a muchas familias. A la vez, supone una respuesta generosa por parte de unos padres profundamente cristianos.

¿Que diría a los católicos de Estonia, se van a celebrar con gran gozo este acontecimiento?

La Iglesia en Estonia atraviesa un momento histórico. El sábado 10 de septiembre, por primera vez desde la segunda guerra mundial, un obispo será ordenado en el país. Es un paso enorme para la vida de esta porción de la Iglesia y una prueba de confianza del Papa hacia nosotros: ¡Hemos alcanzado la mayoría de edad!

Poco antes de su fallecimiento, Juan Pablo II decidió nombrarme obispo de Estonia. Por eso quise que la ceremonia de ordenación tuviese lugar el 10 de septiembre, doce años después de la visita del difunto Papa a este país. De esa forma, hemos podido honrar aún mejor su memoria.

Es mi deseo que en esa ordenación episcopal, toda la comunidad católica de Estonia me haya acompañado en el altar. Por eso, quise que la ceremonia tuviera lugar en un gran templo histórico:  San Olaf de Tallin. Cuando un católico visita este lugar, tiene el sentimiento de regresar a su casa, aunque sepamos que no se trata de nuestro hogar. La toma de posesión del nuevo administrador apostólico tendrá lugar en la catedral de San Pedro y San Pablo.

Homilía de Benedicto XVI en Bari

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Ofrecemos la homilía de Benedicto XVI citada por Mons. Echevarría en la UCAM

Amadísimos hermanos y hermanas:

“Glorifica al Señor, Jerusalén; alaba a tu Dios, Sión” (Salmo responsorial). La invitación del salmista, que resuena también en la Secuencia, expresa muy bien el sentido de esta celebración eucarística: nos hemos reunido para alabar y bendecir al Señor. Esta es la razón que ha impulsado a la Iglesia italiana a congregarse aquí, en Bari, para el Congreso eucarístico nacional.

Yo también he querido unirme hoy a todos vosotros para celebrar con particular relieve la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, y así rendir homenaje a Cristo en el sacramento de su amor, y reforzar al mismo tiempo los vínculos de comunión que me unen a la Iglesia que está en Italia y a sus pastores. Como sabéis, también mi venerado y amado predecesor, el Papa Juan Pablo II, habría querido estar presente en esta importante cita eclesial. Todos sentimos que está cerca de nosotros y con nosotros glorifica a Cristo, buen Pastor, a quien ahora puede contemplar directamente.

Saludo con afecto a todos los que participan en esta solemne liturgia: al cardenal Camillo Ruini y a los demás cardenales presentes; al arzobispo de Bari, monseñor Francesco Cacucci, a quien agradezco sus cordiales palabras; a los obispos de Pulla y a los que han venido en gran número de todas las partes de Italia; a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas y a los laicos; en particular, a los jóvenes, y naturalmente a cuantos de diferentes modos han colaborado en la organización del Congreso. Saludo asimismo a las autoridades, que con su grata presencia muestran cómo también los congresos eucarísticos forman parte de la historia y de la cultura del pueblo italiano.

Este Congreso eucarístico, que hoy se concluye, ha querido volver a presentar el domingo como “Pascua semanal”, expresión de la identidad de la comunidad cristiana y centro de su vida y de su misión. El tema elegido, “Sin el domingo no podemos vivir”, nos remite al año 304, cuando el emperador Diocleciano prohibió a los cristianos, bajo pena de muerte, poseer las Escrituras, reunirse el domingo para celebrar la Eucaristía y construir lugares para sus asambleas.

En Abitina, pequeña localidad de la actual Túnez, 49 cristianos fueron sorprendidos un domingo mientras, reunidos en la casa de Octavio Félix, celebraban la Eucaristía desafiando así las prohibiciones imperiales. Tras ser arrestados fueron llevados a Cartago para ser interrogados por el procónsul Anulino. Fue significativa, entre otras, la respuesta que un cierto Emérito dio al procónsul que le preguntaba por qué habían transgredido la severa orden del emperador. Respondió: “Sine dominico non possumus”; es decir, sin reunirnos en asamblea el domingo para celebrar la Eucaristía no podemos vivir. Nos faltarían las fuerzas para afrontar las dificultades diarias y no sucumbir. Después de atroces torturas, estos 49 mártires de Abitina fueron asesinados. Así, con la efusión de la sangre, confirmaron su fe. Murieron, pero vencieron; ahora los recordamos en la gloria de Cristo resucitado.

Sobre la experiencia de los mártires de Abitina debemos reflexionar también nosotros, cristianos del siglo XXI. Ni siquiera para nosotros es fácil vivir como cristianos, aunque no existan esas prohibiciones del emperador. Pero, desde un punto de vista espiritual, el mundo en el que vivimos, marcado a menudo por el consumismo desenfrenado, por la indiferencia religiosa y por un secularismo cerrado a la trascendencia, puede parecer un desierto no menos inhóspito que aquel “inmenso y terrible” (Dt 8, 15) del que nos ha hablado la primera lectura, tomada del libro del Deuteronomio.

En ese desierto, Dios acudió con el don del maná en ayuda del pueblo hebreo en dificultad, para hacerle comprender que “no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca del Señor” (Dt 8, 3). En el evangelio de hoy, Jesús nos ha explicado para qué pan Dios quería preparar al pueblo de la nueva alianza mediante el don del maná. Aludiendo a la Eucaristía, ha dicho: “Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre” (Jn 6, 58). El Hijo de Dios, habiéndose hecho carne, podía convertirse en pan, y así ser alimento para su pueblo, para nosotros, que estamos en camino en este mundo hacia la tierra prometida del cielo.

Necesitamos este pan para afrontar la fatiga y el cansancio del viaje. El domingo, día del Señor, es la ocasión propicia para sacar fuerzas de él, que es el Señor de la vida. Por tanto, el precepto festivo no es un deber impuesto desde afuera, un peso sobre nuestros hombros. Al contrario, participar en la celebración dominical, alimentarse del Pan eucarístico y experimentar la comunión de los hermanos y las hermanas en Cristo, es una necesidad para el cristiano; es una alegría; así el cristiano puede encontrar la energía necesaria para el camino que debemos recorrer cada semana. Por lo demás, no es un camino arbitrario: el camino que Dios nos indica con su palabra va en la dirección inscrita en la esencia misma del hombre. La palabra de Dios y la razón van juntas. Seguir la palabra de Dios, estar con Cristo, significa para el hombre realizarse a sí mismo; perderlo equivale a perderse a sí mismo.

El Señor no nos deja solos en este camino. Está con nosotros; más aún, desea compartir nuestra suerte hasta identificarse con nosotros. En el coloquio que acaba de referirnos el evangelio, dice: “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él” (Jn 6, 56). ¿Cómo no alegrarse por esa promesa? Pero hemos escuchado que, ante aquel primer anuncio, la gente, en vez de alegrarse, comenzó a discutir y a protestar: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?” (Jn 6, 52).

En realidad, esta actitud se ha repetido muchas veces a lo largo de la historia. Se podría decir que, en el fondo, la gente no quiere tener a Dios tan cerca, tan a la mano, tan partícipe en sus acontecimientos. La gente quiere que sea grande y, en definitiva, también nosotros queremos que esté más bien lejos de nosotros. Entonces, se plantean cuestiones que quieren demostrar, al final, que esa cercanía sería imposible. Pero son muy claras las palabras que Cristo pronunció en esa circunstancia: “Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre no tenéis vida en vosotros” (Jn 6, 53). Realmente, tenemos necesidad de un Dios cercano.

Ante el murmullo de protesta, Jesús habría podido conformarse con palabras tranquilizadoras. Habría podido decir: “Amigos, no os preocupéis. He hablado de carne, pero sólo se trata de un símbolo. Lo que quiero decir es que se trata sólo de una profunda comunión de sentimientos”. Pero no, Jesús no recurrió a esa dulcificación. Mantuvo firme su afirmación, todo su realismo, a pesar de la defección de muchos de sus discípulos (cf. Jn 6, 66). Más aún, se mostró dispuesto a aceptar incluso la defección de sus mismos Apóstoles, con tal de no cambiar para nada lo concreto de su discurso: “¿También vosotros queréis marcharos?” (Jn 6, 67), preguntó. Gracias a Dios, Pedro dio una respuesta que también nosotros, hoy, con plena conciencia, hacemos nuestra: “Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 68). Tenemos necesidad de un Dios cercano, de un Dios que se pone en nuestras manos y que nos ama.

En la Eucaristía, Cristo está realmente presente entre nosotros. Su presencia no es estática. Es una presencia dinámica, que nos aferra para hacernos suyos, para asimilarnos a él. Cristo nos atrae a sí, nos hace salir de nosotros mismos para hacer de todos nosotros uno con él. De este modo, nos inserta también en la comunidad de los hermanos, y la comunión con el Señor siempre es también comunión con las hermanas y los hermanos. Y vemos la belleza de esta comunión que nos da la santa Eucaristía.

Aquí tocamos una dimensión ulterior de la Eucaristía, a la que también quisiera referirme antes de concluir. El Cristo que encontramos en el Sacramento es el mismo aquí, en Bari, y en Roma; en Europa y en América, en África, en Asia y en Oceanía. El único y el mismo Cristo está presente en el pan eucarístico de todos los lugares de la tierra. Esto significa que sólo podemos encontrarlo junto con todos los demás. Sólo podemos recibirlo en la unidad. ¿No es esto lo que nos ha dicho el apóstol san Pablo en la lectura que acabamos de escuchar? Escribiendo a los Corintios, afirma: “El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan” (1 Co 10, 17).

La consecuencia es clara: no podemos comulgar con el Señor, si no comulgamos entre nosotros. Si queremos presentaros ante él, también debemos ponernos en camino para ir al encuentro unos de otros. Por eso, es necesario aprender la gran lección del perdón: no dejar que se insinúe en el corazón la polilla del resentimiento, sino abrir el corazón a la magnanimidad de la escucha del otro, abrir el corazón a la comprensión, a la posible aceptación de sus disculpas y al generoso ofrecimiento de las propias.

La Eucaristía -repitámoslo- es sacramento de la unidad. Pero, por desgracia, los cristianos están divididos, precisamente en el sacramento de la unidad. Por eso, sostenidos por la Eucaristía, debemos sentirnos estimulados a tender con todas nuestras fuerzas a la unidad plena que Cristo deseó ardientemente en el Cenáculo. Precisamente aquí, en Bari, feliz Bari, ciudad que custodia los restos de san Nicolás, tierra de encuentro y de diálogo con los hermanos cristianos de Oriente, quisiera reafirmar mi voluntad de asumir el compromiso fundamental de trabajar con todas mis energías en favor del restablecimiento de la unidad plena y visible de todos los seguidores de Cristo.

Soy consciente de que para eso no bastan las manifestaciones de buenos sentimientos. Hacen falta gestos concretos que entren en los corazones y sacudan las conciencias, estimulando a cada uno a la conversión interior, que es el requisito de todo progreso en el camino del ecumenismo (cf. Mensaje a la Iglesia universal, en la capilla Sixtina, 20 de abril de 2005: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 22 de abril de 2005, p. 6). Os pido a todos vosotros que emprendáis con decisión el camino del ecumenismo espiritual, que en la oración abre las puertas al Espíritu Santo, el único que puede crear la unidad.

Queridos amigos que habéis venido a Bari desde diversas partes de Italia para celebrar este Congreso eucarístico, debemos redescubrir la alegría del domingo cristiano. Debemos redescubrir con orgullo el privilegio de participar en la Eucaristía, que es el sacramento del mundo renovado. La resurrección de Cristo tuvo lugar el primer día de la semana, que en la Escritura es el día de la creación del mundo. Precisamente por eso, la primitiva comunidad cristiana consideraba el domingo como el día en que había iniciado el mundo nuevo, el día en que, con la victoria de Cristo sobre la muerte, había iniciado la nueva creación.

Al congregarse en torno a la mesa eucarística, la comunidad iba formándose como nuevo pueblo de Dios. San Ignacio de Antioquía se refería a los cristianos como “aquellos que han llegado a la nueva esperanza”, y los presentaba como personas “que viven según el domingo” (“iuxta dominicam viventes”). Desde esta perspectiva, el obispo antioqueno se preguntaba: “¿Cómo podríamos vivir sin él, a quien incluso los profetas esperaron?” (Ep. ad Magnesios, 9, 1-2).

“¿Cómo podríamos vivir sin él?”. En estas palabras de san Ignacio resuena la afirmación de los mártires de Abitina: “Sine dominico non possumus”. Precisamente de aquí brota nuestra oración: que también nosotros, los cristianos de hoy, recobremos la conciencia de la importancia decisiva de la celebración dominical y tomemos de la participación en la Eucaristía el impulso necesario para un nuevo empeño en el anuncio de Cristo, “nuestra paz” (Ef 2, 14), al mundo. Amén.

El secreto de una vida santa

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Testimonio de Manuel Garrido Bonaño, O. S. B. Profesor de Liturgia en la Facultad de Teología del Norte de España

Mis primeros recuerdos sobre el Opus Dei datan de los años cuarenta. Fue entonces cuando leí por vez primera Camino, en una edición voluminosa que, creo, fue la primera con este titulo. El ejem plar no me pertenecía y estaba dedicado por su mismo autor. Desde entonces lo be leído multitud de veces y lo considero como un libro clásico en la vida espiritual. He repartido docenas de ejemplares entre los estudiantes y he podido comprobar el bien inmenso que les ha proporcionado su lectura. Un amigo mío me los enviaba gene rosamente junto con muchos ejemplares del Nuevo Testamento para ser distribuidos. Le sugerí que eso era una forma excelente de hacer apostolado. Mi amigo no pertenecía ni pertenece a la Obra, aunque la conoce bien y la aprecia.

Desde el primer momento comprendí la verdadera fisonomía del Opus Dei y simpaticé con esa Asociación. La he visto siempre como un gran movimiento apostólico con el fin de conducir a todos los hombres a vivir la vida cristiana lo más perfectamente posible, cada uno dentro de su propio estado, «camino de satisfacción en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano». Leía la hoja informativa del proceso de beatificación de Isidoro Zorzano, socio del Opus Dei, y me edificaba mucho lo que allí se decía. Por eso, cuando fui a fundar a Leyre, en 1954, siempre que iba a Pamplona visitaba la Cámara de Comptos Reales, donde funcionaba la Facultad de Derecho que allí tenía el Opus Dei. No hablaba con nadie. Iba allí sólo por simpatía. Y, sin embar go, nunca me sentí llamado a pertenecer a la Obra, por la sencilla razón de que tenía y tengo vocación a la vida monástica benedictina.

Del fundador del Opus Dei yo conocía poca cosa. Pero por los frutos que producía, yo deducía que el árbol era bueno. Luego, sí; luego he leído mucho sobre el Opus Dei desde que tuve noticia del mismo.

Luego he tenido ocasión de seguir más de cerca la obra apos tólica del Opus Dei como tal, o la que realizan algunos de sus socios, tanto los sacerdotes como los laicos y los sacerdotes diocesanos que pertenecen a la Obra. Todo ello me ha hecho ver que el Opus Dei es hoy en la Iglesia una fuerza espiritual.

Resulta difícil encontrar en la historia de la Iglesia una institución que a los cincuenta años de su fundación pueda presentar un panorama tan fructífero como el que presenta el Opus Dei en toda la tierra. Se vio esto en gran parte con motivo de la muerte de Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, en que, de todos los rincones del mundo, se elevó una gran ola de gratitud por los bene ficios recibidos. Se comprende mejor esto cuando se han visto las películas de sus magníficas catequesis. ¡Qué acierto tuvieron los que las filmaron! Así somos muchos los que ahora hemos podido aprovecharnos de su doctrina y de su propio estilo de catequizar, en el que de una forma tan simpática, tan digna, tan espiritual y tan humana expone las cuestiones más intrincadas del dogma y de la moral. Las he visto varias veces y siempre me han edificado enor memente. Sus homilías se leen ahora con verdadera fruición, como libro de oración, de meditación, como manual de pastoral y de consulta.

El secreto de todo esto está en su intensa vida espiritual. El Con cilio Vaticano II ha sido para el Opus Dei una lluvia beneficiosa por eso mismo. Ha confirmado en no pocos puntos su misma fina lidad y sus medios, pero también lo que es la base firme de todo el Concilio: la vida espiritual, aunque no siempre se tiene presente. La renovación principal que quiere el Concilio es la vida espiritual, las otras en tanto en cuanto se consigue o para facilitar el conse guirlo. Paulo VI lo ha recordado multitud de veces en sus extraor dinarias alocuciones o catequesis de los miércoles. Me parece que son el mejor comentario al Concilio y la más luminosa clave de su recta interpretación. Esto explica por qué el Opus Dei ha hecho y hace una labor tan excelente en la Iglesia y en el mundo, en con sonancia con el Concilio.

Después de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer se han hecho manifestaciones que revelan el secreto de su rica espiritua lidad. No obstante su apariencia brillante, fue hasta el último ins tante de su vida el grano de trigo que, enterrado, muere para dar lugar a una mies copiosa. Para algunos parecerá paradoja incom prensible lo que afirman los testigos de la primera hora de la Obra: «El Opus Dei nació en los hospitales y barrios pobres de Madrid», acredita José Manuel Domenech de Ibarra (cfr Apuntes sobre la vida del fundador del Opus Dei» Madrid 1977 pag 167). El día de San José de 1975 lo confiaba el fundador a los socios de la Obra «Fui a buscar fortaleza en los barrios mas pobres de Madrid- de         una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables que no tenían nada de nada…, fui a buscar los medios para hacer las obras de Dios en todos esos sitios. Mientras tanto, trabajaba y formaba a los primeros que tenía alrededor… Fueron unos años intensos, en los que el Opus Dei «crecía para adentro sin darnos cuenta». Pero he querido deciros que la fortaleza humana de la Obra han sido los enfermos de los hospitales de Madrid: los más miserables; los que vivían en sus casas, perdida hasta la última esperanza humana; los más ignorantes de aquellas barriadas extremas» (Apun tes, pág. 168). Antes lo había insinuado en el Colegio Tabancura de Santiago de Chile, el 2 de julio de 1974. Y en Lisboa en 1972, donde tuvo la feliz idea de manifestar el origen del núm. 208 de Camino. Sus palabras son de un valor grande y las transcribo íntegras: «Te encontrarás también con el dolor físico y feliz con ese sufrimiento. Me has hablado de Camino No me lo se de memoria pero hay una frase que dice bendito sea el dolor, amado sea el dolor, santificado sea el dolor. ¿Te acuerdas? Eso lo escribí en un hospital a la cabecera de una moribunda a quien acababa de administrar la Extremaunción. ¡Me daba una envidia loca Aquella mujer había tenido una gran posición económica y social en la vida, y estaba allí, en un camastro de un hospital moribunda y sola sin mas compañía que la que podía hacerle yo en aquel momento hasta que murió. Y ella repetía, paladeando: bendito sea el dolor tenía todos lo dolores morales y todos los dolores físicos–, amado sea el dolor, santificado sea el dolor; ¡glorificado sea el dolor! El sufri miento es una prueba de que se sabe amar, de que hay corazón» (Apuntes, pág. 169). ¡Qué lástima que no haya dejado también el origen de los otros 998 números de Camino! Adivinamos que tal vez cada uno de ellos fue fruto de un hecho similar. No puede leer uno esos pasajes sin emoción. El Opus Dei ha nacido y se ha desarro llado a golpes de azada. La incomprensión, la difamación, la calum nia acompañó toda la vida del fundador del Opus Dei. Si el Opus Dei hubiera sido una obra meramente humana hace mucho tiempo que lo hubieran aniquilado, pero lo sostiene la gracia de Dios con la que tan fielmente colabora. Se comprende así el gran fruto espi ritual que ha hecho y hace en las almas. Los datos hablan por si mismos: más de ochenta mil socios repartidos por todos los con tinentes, con multitud de obras apostólicas en el campo de las letras, de la promoción social, en la pastoral, etcétera, etcétera. Oí decir no hace mucho a un arzobispo: si todos mis sacerdotes fuesen del Opus Dei no tendría conflictos en mi diócesis. Se nota hoy en la Iglesia donde actúan los socios del Opus Dei por el gran fruto espi ritual que allí se da. Un misionero de África me indicó que la espe­ranza de la Iglesia está hoy en el Opus Dei.

Refiriéndose al fundador de la Obra, no hace mucho me recor daba un destacado monseñor de la Curia Romana: «sufrió mucho». Resulta impresionante conocer que dos horas antes de morir decía en Castelgandolfo, el 26 de junio de 1975, a un grupo de asociadas del Opus Dei: «Hemos de amar mucho a la Iglesia, y al Papa, cual quiera que sea. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio para su Iglesia y para el Santo Padre» (Apuntes, pág. 238).

Como el grano de trigo… El lo recuerda en el núm. 199 de Cami no: «Si el grano de trigo muere queda infecundo. – ¿No quieres ser grano de trigo, morir por la mortificación, y dar espigas bien gra nadas?– ¡Que Jesús bendiga tu trigal!».

Una de las grandes características de Monseñor Escrivá de Bala guer es su intenso amor a la Iglesia. Amaba a la Iglesia en su tota lidad y en sus diferentes manifestaciones particulares. Podríamos llenar páginas evocando doctrina y hechos en que manifiesta ese amor intenso por la Iglesia de Jesucristo. Habla del escapulario del Carmen como si fuera un fervoroso carmelita: «Lleva sobre tu pecho el santo escapulario del Carmen. Pocas devociones –hay muchas y muy buenas devociones marianas– tienen tanto arraigo entre los fieles y tantas bendiciones de los Pontífices. Además, ¡es tan maternal ese privilegio sabatino!» (Caminonúm. 500). Incorpora a su Obra los hechos de la Iglesia más dispares y los propone como modelo. He aquí algunos ejemplos: «Por defender su pureza San Francisco de Asís se revolcó en la nieve, San Benito se arrojó a un zarzal, San Bernardo se zambulló en un estanque helado… –Tu, ¿qué has hecho?» (Camino, núm. 143). «Pero… ¿y los medios’? –Son los mismos de Pedro y de Pablo, de Domingo y Francisco, de Ignacio y Javier: el Crucifijo y el Evangelio…

– ¿A caso te parecen pequeños ?» (Camino, num 470) Y así multitud de veces, con respecto al sacerdocio a las ordenes religiosas a la liturgia, a las devociones a la pastoral No extraña que la revista milanesa Studi Cattolici al informar sobre la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer titulase esa información «Una vida para la Iglesia», como queriendo compendiar que el amor a la Iglesia dio sentido a toda la vida del fundador del Opus Dei. Se ha dicho que desde hace tiempo Monseñor Escrivá de Balaguer «con una pro gresiva intensidad, ofrecía al Señor su vida y mil vidas que tuviera por la Iglesia Santa y por el Papa, sea quien sea. Este ofrecimiento era intención diaria de su Misa, era fervor continuo de su alma, era dolor de su corazón, era desvelo de su vida». « ¡Qué alegría–ex cribió– poder decir con todas las veras de mi alma: amo a mi Madre la Iglesia Santa!» (Camino num. 518). Por eso recetaba pausadamente, saboreándolo, las palabras del Credo, «creo en la Iglesia. Una, Santa, Católica y Apostólica» (Camino, núm. 517).

Analizar los puntos principales de su rica espiritualidad supone una extensión ajena a este trabajo Algo se ha hecho ya, especial mente por don Pedro Rodríguez Monseñor Escrivá de Balaguer es por antonomasia el apóstol de la llamada universal a la santidad A él le dolía que en los calendarios litúrgicos casi todos los santos fuesen sólo clérigos o religiosos fuera de los mártires cuando en realidad ha habido muchos santos laicos aunque no hayan entrado en el calendario universal de la Iglesia En la oración de San Bredan monje irlandés del siglo VI que se divulgo mucho en el medievo se evocan diversas categorías de santos mártires, confesores, vírgenes, anacoretas, monjes y «sanctí clericí sancti laicí, sanctae uxores, sancti domini, sancti servi, sancti divites, sancti pauperes, sancti doctores, sancti fauctores». Siempre que he leído esa plegaria litánica he recordado a Monseñor Escrivá de Balaguer y a su Obra. Él expuso con todo el ardor de su corazón grande de apóstol la vocación universal a la santidad en todos los aspectos, fijándose principalmente en la grandeza de la vocación cristiana, en la filia ción divina del cristianismo, en la afirmación cristiana del mundo, en la santificación del trabajo ordinario, en la proyección apostólica de todo discípulo de Cristo y en su unidad de vida, no compar timentos estancos: ahora cristiano y luego profesor o tornero. A ello ha contribuido con su palabra y con sus escritos, pero de un modo especial con su obra más característica: Camino. Se ha pre tendido querer rectificar algunas de sus consideraciones espirituales insertadas en ese magnífico libro que tanto bien ha hecho y hace a las almas. Pero la espiritualidad genuina del fundador del Opus Dei la da ese libro que se ha convertido en un clásico de la vida espiritual cristiana. Uno de los libros de espiritualidad más leídos en el siglo XX. Así lo muestra la multitud de traducciones y de edi ciones desde que aparece en redacción reducida en Cuenca, en 1934, y en la edición definitiva de 1939 hasta nuestros días. No es un libro de gabinete, fruto de especulaciones teóricas. Refleja siempre una experiencia apostólica del autor. Por eso, pretender marginar ese libro precioso y eclipsarlo con las homilías y «con­versaciones» de Monseñor Escrivá de Balaguer me parece una gran temeridad, sin quitar nada de su valor a esas homilías ni a las «con­versaciones», que en realidad no completan ni perfeccionan a Cami no.Son otra cosa y como tales hay que juzgarlas y no enfrentarías ni contraponerlas. Todas las consideraciones espirituales de Camino tienen un gran valor actual y siempre lo tendrán, incluso aquellas que parecen reflejo de unas circunstancias muy concretas y deter minadas. Son Evangelio vivido en todos los momentos de la jornada.

No sólo he repartido docenas de ejemplares de Camino como antes he dicho, sino que no podía tener un ejemplar para mi uso, pues también ése repetidas veces he tenido que darlo porque me lo han pedido y yo veía que debía desprenderme de él para que hiciese un bien espiritual a otras personas. Para no estar sin él recurrí a la estratagema de que un gran amigo me regalase uno muy sencillo y dedicado. La dedicatoria me impediría darlo. Él me envió un ejemplar que había usado mucho en sus conferencias y en su lectura personal. Es el que tengo y con el uso no está ciertamente para regalarlo a nadie: una edición muy pequeña de bolsillo que me acompaña siempre.

Cuando después de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer he leído u oído muchas «gracias» atribuidas a su intercesión -de algunas diría milagro, pero no quiero adelantarme al juicio de la Iglesia– no me extraña nada. Son los signos con los que Dios rubrica su gran santidad. Todos los días pido a Dios que esa santidad se proclame oficialmente lo más pronto posible.

¿Cuál sería su secreto?

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Testimonio de Cardenal Marcelo González Martín, Arzobispo de Toledo Primado de España

Varias veces hablé con el fundador del Opus Dei, Josemaría Escrivá de Balaguer. En Roma, donde vivía, y en Madrid, por don de pasaba con destino a sus viajes apostólicos o al volver de los mismos, después de haber sembrado la semilla de la palabra y la gracia de Dios. Porque eso fue toda su vida: un sembrador incan sable. Las cosechas no las retenía en su mano; las volvía a sembrar inmediatamente en beneficio de todos.

Me ha preguntado cuál sería el secreto de este gran sacerdote del Reino de Cristo en la Iglesia de nuestro tiempo. Y he aquí la reflexión que hago a raíz de su muerte, que hirió su corazón con un movimiento brusco y suave a la vez, como eran los suyos propios. ¡Cuánto ardimiento en aquel hombre excepcional que se pasó la vida sin conocer el sosiego, ni siquiera el que proporciona a tantos otros la última enfermedad!

Capacidad para el entusiasmo por las causas grandes, tesón invencible, optimismo reflexivo, minuciosidad en la ejecución, deli cadeza suma para los detalles…; he aquí algunos rasgos de su con dición humana. Cuando coinciden en una persona, la hacen capaz de grandes resoluciones y la disponen para el triunfo, empleando esta palabra en su valor puramente objetivo, como sinónimo de logro de lo que uno se propone. El fundador del Opus Dei consiguió muchos de sus propósitos; el primero de todos, dar vida, sólido

arraigo a una obra a la que se entregó totalmente, la asociación que predica y promueve la santificación del hombre en medio del trabajo ordinario de la vida. Esto, que era tan sencillo y tan evan gélico, estaba prácticamente olvidado.

Pero para poder explicar el éxito en esta empresa no basta acudir al carácter de quien la acometió; no está ahí el secreto. Porque la empresa es de índole sobrenatural y, por mucho que ayuden las condiciones personales del que la promueve, como instrumento efi caz, se necesita otra clave mucho más íntima y radical. Un carácter humano, por muy dotado que esté para la perseverancia y el entu siasmo en el servicio a una causa, si sólo cuenta con sus propios recursos instrumentales, se dispersa en la inoperancia real, cuando la causa es precisamente vivir enamorado de la santidad y comu nicar a los demás el mismo amor. Su actividad se convierte entonces en activismo; su palabra, en grito o en susurro; pero nada más, y la energía de su voluntad se transforma en puro afán de mando. Nada de esto sirve para llevar por los caminos de la perfección cris tiana. El que lo intente fracasará a las primeras de cambio.

Monseñor Escrivá tuvo tiempo para «fracasar». Los casi cin cuenta años transcurridos desde que fundó la asociación hasta el momento actual dan de silo suficiente para sentirnos obligados a contemplar con inmenso respeto el proceso de una obra que, como es frecuente en la historia de la Iglesia, ha encontrado enormes difi cultades para su desarrollo. Pero él, Escrivá, no las rehuía. Sabía que las dificultades forman parte del plan de Dios y las aceptaba con la humildad característica del que tiene fe.

Sumergido para siempre en la vivencia cálida del misterio de la Iglesia, más que enfrentarse con las dificultades, lo que hacía era incorporarlas y asimilarías hasta hacerlas correr dentro de su sangre como un alimento más de su vida de fe. De ahí que lo que parecía optimismo temperamental era más bien realismo cristiano, que ni se arredra ni huye por muy oscuro que se presente el horizonte. Era la Iglesia de Cristo la que invitaba a trabajar así, porque así tienen que ser siempre las cosas para los seguidores del que llevó la cruz.

Su amor a la Iglesia era amor al Papa, a los obispos, a los sacer dotes, al Magisterio eclesiástico, al culto litúrgico y a la devoción privada, y desde ahí a los hombres de toda condición porque para ellos era esa Iglesia tan amada, y mal podía ser querida ésta si no lo eran a la vez todos los que, dentro o fuera del redil, eran, en la intención del Salvador, beneficiarios de sus dones. Esto es amor a la Iglesia, quererla tal como es en sí, sin echar agua al vino, y quererla para todos.

El universalismo del Opus Dei, en la extensión geográfica y en la diversidad de las personas llamadas, y las originalidades en la concepción de la obra y en sus métodos de apostolado obedecía a esta identificación tan cabal del fundador con el misterio de la Iglesia. No le demos vueltas. Sorprendente y a veces desconcertante en sus expresiones y en sus anhelos apostólicos, Monseñor Escrivá no guardaba otras sorpresas ni producía otros desconciertos que los de la misma Iglesia, a la que servía como un enamorado lleno de confianza y persuadido de que la Iglesia es siempre original. Él no fracasó nunca y lo que hubo de «no logro» de determinados propósitos parciales en su vida formaba parte del plan, no en virtud de un juego de consolaciones artificiales y forzadas, sino como obla ción que había que ofrecer porque así es la Iglesia.

Tres grandes fuerzas animaban su vida interior, presentes cada día y cada hora en su espíritu, de valor supremo e insustituible para vivir como hijo de la Iglesia en su doble dimensión mística (amor al misterio de la esposa de Cristo) y apostólica (dinamismo de una fe que aspira a renovar el mundo). Eran la Eucaristía, particular mente el santo sacrificio de la Misa (sentido de redención); amor a la humanidad de Cristo niño, hombre, muerto y resucitado (sen tido de encarnación de la fe en el mundo), y amor vivísimo a la Santísima Virgen Maria, de la cual no quería ver separado a San José (sentido de familia de los hijos de Dios que tienen junto a si motivos de gozo, al encontrarse con la belleza espiritual y la ayuda materna de María).

Esta triple fuerza que caldeó su vida le movió a lanzarse a la gran tarea, santificar a los hombres tal como son, tal como viven, tal como trabajan. Su sacerdocio lo entendió así, y toda su vida fue como la prolongación de una Misa ininterrumpida que glorificaba al Padre, trataba de obtener el perdón para el pecado mediante la gracia sacramental, y ponía el trabajo profesional y las preocupa ciones familiares como una hostia purificada junto al altar. Todo esto es lo que percibí en las conversaciones que tuve con él, y también lo he captado en sus escritos, y lo vengo comprobando en los sacer dotes del Opus Dei que he conocido. ¿Era este su secreto?

Por supuesto que esas fuerzas a que he hecho alusión, cuando se convierten en motor de una existencia humana iluminada por la fe, hacen del hombre un servidor de Dios, de Jesucristo y de la Iglesia hasta el heroísmo. Pero, ¿por qué? ¿Por qué en unos la respuesta es tan plena y en otros tan escasa? Hace falta encontrar otra clave, que es también fruto de la gracia, desde luego, pero que comporta igualmente una actitud o disposición inicial capaz de explicar el secreto de la perseverancia y la generosidad en el amor. Es ese pequeño toque, matiz delicadísimo en la relación de un alma con Dios, del que en un momento dado dependen, con frecuencia, todas las generosidades para la acogida de lo que Dios ofrece y para la respuesta a lo que pide. Yo lo llamo pobreza, en el sentido evangélico de la palabra. Algo así como en Maria, la Santísima Vir gen, Madre de Dios. ¡Qué corazón tan pobre, es decir, tan limpio, en la doncella de Nazaret cuando recibió el mensaje del cielo! ¡Y qué riqueza había, sin embargo, en su entrega a la voluntad de Dios! Sólo estos pobres son los que se dejan llevar y, por tener el alma limpia, los motores funcionan. Después, por el camino más ines perado viene lo que viene siempre, el triunfo de Dios en ellos.

De Monseñor Escrivá se ha dicho que, a veces, parecía un niño, que arreglaba un problema grave con una broma, que huía de la tristeza como de la peste, que concebía o impulsaba la fundación de una Universidad o de una editorial con el más vivo entusiasmo, pero no con mayor empeño que el que ponía para rezar el Rosario, por ejemplo, o para ayudar privadamente a quien se lo pedía, que contagiaba a los demás el deseo y la dicha de la gracia y la verdad de Dios, que no se reservaba nada teniéndolo todo, que lanzaba a sus hijos hacia el mundo al que amaba, y vivía totalmente apartado del mundo, que no temía a personas ni acontecimientos porque no tenía nada que perder… ¿Qué significa todo esto más que el limpio resplandor de un corazón pobre, no instalado, desprendido, abierto a todos, saturado de confianza en Dios en medio de las mayores pruebas? Esta es la pobreza evangélica auténtica, aunque el que así la vive se dedique a movilizar todos los recursos imaginables para servir a Dios y a los hombres. Acaso esté aquí el secreto que explica algo de su vida.

Por haber sido así desde los años primeros de su sacerdocio, tan disponiblemente abierto a la acción de Dios, fue encontrado apto, en su pequeñez de esclavo, para las más grandes tareas apos tólicas. Hay miles de detalles en su vida que lo confirman así. Y no es necesario pertenecer al Opus Dei para conocerlos, ni para comprender que donde existe esa pobreza se ama apasionadamente la verdad y se alcanzan resultados inimaginables. Basta tener un poco de sensibilidad sacerdotal, recta y justa, para sentir la noble curiosidad de saber a qué puede deberse el formidable despliegue de tantas energías al servicio del Evangelio, como es el que encon tramos en la vida de Josemaría Escrivá de Balaguer.

Mucho antes del Concilio Vaticano II trabajó él, como nadie, en la promoción del laicado, en la auténtica y profunda promoción, no en las ridículas y tristes experiencias que tanto han abundado y siguen haciendo acto de presencia en los años del posconcilio, y en el campo del ecumenismo, y en el diálogo con el mundo moder no, y en el reconocimiento efectivo de la sana autonomía de las realidades temporales.

Precisamente por eso, ahora, cuando tantos se mueven aloca damente, sin rumbo, porque su frivolidad les priva de la luz, él supo mantenerse tan firme y enhiesto en la roca de la fidelidad sin con vertirse jamás en un futurólogo insustancial que, creyendo atisbar el porvenir, consiente en que el presente se le desmorone entre las manos. Porque supo ser un auténtico progresista, fue también –como no puede ser menos– un conservador denodado y valiente, de la raza de los mártires y los confesores de la fe, o simplemente del linaje espiritual de los que, a imitación de Maria, saben conservar en su corazón de pobres del Reino lo que debe ser conservado siem pre para ser fieles.

Yo espero y deseo que sus hijos, los sacerdotes y los laicos, sepan seguir este camino. La Iglesia española y la Iglesia universal nece sitan de su testimonio en este sentido

Corazón universal

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Testimonio de Juan Hervás, Obispo dimisionario de Ciudad Real

Sería por el año 1934 cuando conocí a Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer. El Opus Dei estaba aún en sus comienzos, y su fundador, rodeado de gente de toda edad y condición. buscaba la fortaleza en los barrios más pobres de Madrid.

Fui a visitarle a la academia–residencia DYA, que acababa de abrir en la calle de Ferraz. La acogida cordial que me dispensó estableció de inmediato una corriente sincera de amistad humana y sacerdotal. Fui varias veces después por la academia para conversar con ese sacerdote que tanta paz me transmitió.

Al entrar en aquella casa desaparecía la sensación de insegu ridad que se respiraba entonces en la calle. Allí se trabajaba con seriedad, con serenidad, con intensidad; en la certeza de que la ancha y fecunda labor de servicio a la Iglesia que el Opus Dei habría de realizar, se llevaría a efecto porque Dios estaba empe ñado en que se realizara. No había que detenerse por las cosas que entonces pasaban y que llegaban a paralizar tantos ánimos:

Dios y audacia –DYA– había sido ya el lema de la primera obra apostólica del Opus Dei, y había que seguir adelante sin miedo, con los ojos puestos en Dios. Allí conocí de qué modo Monseñor Escrivá de Balaguer trataba con los estudiantes, los medios apos tólicos que empleaba, el aire que imprimía a aquel centro: orden y profundidad en el trabajo y alegría en la convivencia. En fin que ya por entonces me hice una idea cabal de la naturaleza del Opus Dei.

Durante la Guerra Civil Española estuve en Friburgo, como alumno de la Universidad Católica. Volví a Valencia en 1939. Allí tuve mucho trabajo, y uno de los ministerios pastorales que me asig naron me permitió seguir en contacto con el fundador del Opus Dei: como director del Colegio Mayor Burjasot, pude seguirla labor que don Josemaría impulsaba en el ambiente universitario de Valencia. En este centro residían – o de él procedían - algunos de los estudiantes que pronto solicitaron la admisión en la Obra.

No todo les fue fácil. Ya en aquellos años fueron objeto de muchas contradicciones. Se difundieron sin fundamento alguno toda clase de sospechas, acusaciones y falsedades. El sentido común me decía –y así lo hacía yo constar a los detractores– que las acu saciones de aquella campaña no cuadraban con los socios de la obra que yo trataba, ni con mi conocimiento personal de su fundador. ni con el Opus Dei. No podía olvidar el criterio evangélico de dis cernimiento de la bondad o maldad de una obra de apostolado. conocer el árbol por sus frutos; y éstos eran manifiestamente sanos.

Hacia 1945,durante uno de mis viajes a Madrid, fui a visitar a don Josemaría a su casa, en la calle de Diego de León. Me acogió con el afecto de siempre y quiso que me hospedar a allí. Estuve algu nas semanas y siempre recordaré aquella temporada como unos días gratísimos. Todos – en primer lugar don Josemaría– me tra taron con plena confianza, en familia. Yo trabajaba durante el día en mis cosas, con total independencia. y al regresar a la casa me encontraba en un verdadero hogar. Allí pude conocer la persona lidad del fundador del Opus Dei bajo una luz nueva para mí.

Daba toda clase de facilidades para que se vieran las cosas direc tamente, de forma que cada uno pudiera hacerse cargo por sí mismo de la realidad santa de lo que era y hacía el Opus Dei. Así lo hizo conmigo y con otros muchos obispos. Este modo de proceder era lógico en Monseñor Escrivá de Balaguer. En primer lugar, porque él mismo era siempre objetivo: tenía una repugnancia natural hacia el misterio y lo que tuviera apariencia de secreto. Le gustaban por su carácter las puertas abiertas y que los hechos cantasen; en ello no cabía ni engaño, ni vanidad, ni jactancia.

También estuve en varias ocasiones en el Colegio Mayor Mon cloa. La estancia en estos centros universitarios del Opus Dei pro dujo en mi otros beneficios conocí el espíritu de la Obra hecho realidad en Monseñor Escrivá de Balaguer, y pude ver cómo iba forjando el temple apostólico de muchos estudiantes. Ese contacto rejuveneció mi propio espíritu y al mismo tiempo, fue una aproxi mación al campo del apostolado laical, que me permitió conocer muchas de las soluciones que el Opus Dei ha dado –no sin una especial providencia de Dios– a muchos problemas que lleva con sigo este apostolado. Monseñor Escrivá de Balaguer, al invitarme en centros de la obra, me hizo participar de los tesoros que Dios mismo había puesto en sus manos, para que con entera libertad tomara aquello que me interesara para orientar mi labor en el campo del apostolado de los laicos Sin pretender que sus soluciones eran las únicas posibles, nunca dejó de darlas a conocer a todos los que estuvieran sinceramente interesados en ellas. Desde el momento en que pude conocer a fondo su espíritu, su modo de formar a los laicos y de dirigir la asociación por él fundada, he tenido a Monseñor Escrivá de Balaguer por un hombre elegido por Dios para ser maestro de los nuevos caminos del laicado católico.

El nervio central de todo su apostolado con laicos y con sacer dotes– ha sido hacer llegar al corazón de cada persona la llamada divina a la santidad; promover la santidad en medio del mundo entre personas de todas las condiciones. Una doctrina que seria proclamada solemnemente por el Concilio Vaticano II, muchos años más tarde.

En las conversaciones que pude mantener con don Josemaría por aquel entonces, pude comprobar su visión universal, amplia, católica, del Opus Dei. La ilusión por extender su labor a los cinco continentes estaba presente desde el principio, porque la Obra la había querido Dios universal. No había nacido para solucionar, los problemas de un determinado país. Me habló entonces de como se estaban preparando los que habrían de llevar a cabo la expansión a otros países. Comprendí ––por lo que decía y, sobre todo, por cómo lo decía– que era algo que le quemaba por dentro desde hacia tiempo: para don Josemaría sacar adelante el Opus Dei, extenderlo por todo cl mundo, era como un fuego de celo que le abrasaba. Era cumplir la voluntad de Dios.

Había una decidida determinación y mucha audacia en sus planes; pero, a la vez, prudencia y dedicación paciente para hacerlos posibles, preparando los instrumentos y rezando; sobre todo rezan do y haciendo rezar por esa intención. Luego todo saldría: como solía decirme, cuando Dios quiera, al paso de Dios.

Después de mi designación como obispo de Mallorca en octubre de 1946–primero como coadjutor y después como residencial–, mi trato con el fundador del Opus Dei tuvo otro carácter debido a las circunstancias. Mis deberes pastorales no me permitieron, como hasta entonces, los frecuentes desplazamientos a Madrid, y, por otra parte, Monseñor Escrivá de Balaguer había fijado su residencia en Roma desde ese mismo año. Sin embargo, a partir de entonces, cada vez que be viajado a Roma no dejé de visitarle y a menudo me invitaba a comer en la sede central del Opus Dei.

El desarrollo de las actividades del Opus Dei en las diócesis de las que he sido obispo me ha permitido un contacto habitual con la Obra durante muchos años.

Hacia 1950 comenzaron a darse en Mallorca retiros espirituales para hombres, para mujeres y para sacerdotes, dirigidos por sacer dotes del Opus Dei. De ahí surgió una labor muy extensa de apos tolado personal, pues muy pronto hubo en la isla socios de la Obra. Estaba al corriente de esas tareas, por lo que comentaban sus direc tores de la labor y los sacerdotes que colaboraban en ellas: por mi parte, procuré dar todas las facilidades, como ha sido mi costumbre en todo tipo de labor apostólica hecha con rectitud; y comprendía perfectamente el gran bien que el Opus Dei hacía en mi diócesis.

Desde 1955 a 1977 residí en Ciudad Real como obispo prior de las órdenes militares. La presencia del Opus Dei en esta diócesis fue para mí una fuente de alegría y de consuelos. Por referirme, en concreto, a la labor realizada entre mis sacerdotes, ya pertene cían a la Obra muchos de ellos cuando llegué allí, y después se han ido multiplicando las vocaciones. Los he considerado siempre como fermento de unidad, por su obediencia pronta y alegre a su ordi nario; por su fidelidad a la doctrina de la Iglesia; por su vibración apostólica contagiosa, esperanzada y optimista; por su espíritu de comprensión, pasando por alto, con buen humor, aquellas peque ñeces que surgen en la convivencia; por su ilusionada dedicación a los ministerios que sus obispos les encomiendan. Ponen un empe ño constante por santificarse en y desde su ministerio. Son sacer dotes que quieren y procuran ser sólo sacerdotes: su ejemplo firme y humilde –con las flaquezas personales, como tenemos todos, que no empañan la rectitud de intención– hace mucho bien dondequie ra que son destinados.

Monseñor Escrivá de Balaguer enseñó a todos sus hijos –se glares y sacerdotes– a tener un gran amor a la Iglesia, un amor personalizado en la jerarquía de todos los lugares, y materializado en atenciones delicadas hacia los obispos, sin gravarlos nunca con problemas y cargas innecesarias. Recuerdo que las visitas que los socios del Opus Dei me han hecho como ordinario del lugar donde trabajaban, siempre se han caracterizado por el respeto, la alegría y el optimismo: me hacían pasar un buen rato, tanto que, cuando mis ocupaciones lo permitían, alargaba gustosamente la con versación.

Quiero terminar con un recuerdo muy personal, quizá el más entrañable de los que guardo de mi amistad con Monseñor Escrivá de Balaguer. Yo había «cometido» la «grave» audacia de levantar una bandera de renovación de espiritualidad y de apostolado seglar; me refiero a los cursillos de cristiandad. Este empeño surgió durante mi estancia en Mallorca y, después de trasladarme a Ciudad Real, tuvo un gran arraigo entre los fieles, incluso saltando las fronteras de España. Desde sus comienzos fui bendecido y alentado por el Santo Padre, y ha sido la fuente de donde han brotado las más ínti mas alegrías pastorales de mi vida. Pero el Señor quiso probarme y probar también a este movimiento, desde sus comienzos, con la contradicción. Se desató en torno a mi persona una dolorosa tempestad.

En aquel mar revuelto de insidias tuve que ir a Roma, ya que había sido denunciado ante el Santo Oficio. Quise visitar a Mon señor Escrivá de Balaguer: el recuerdo de la imperturbable alegría con la que había llevado las contradicciones que arreciaron contra cl Opus Dei, me impulsaron a buscar su consejo, persuadido de que de esa charla me vendría la paz para mi ánimo atribulado. Y no me engañé.

Me escuchó atentamente y llegó al fondo de la cuestión ense guida: no perdió el tiempo en estériles lamentaciones. En sus pala bras, breves y certeras, volcaba en mí su propia alma: «No te preocupes. Son bienhechores, porque nos ayudan a purificarnos. Hay que quererles y pedir por ellos». Me insistió en la necesidad de querer a los que no nos comprenden, de rezar por los que juzgan sin conocimiento suficiente de causa, y en el deber de prestar atención tan sólo a la voz de la Iglesia–no a los rumores de la calle– y de mantener el corazón limpio de resentimientos y amarguras. Aque llos consejos, que tanto bien hicieron a mi alma, tenían la enorme autenticidad de quien los había vivido y seguía viviendo entonces.

Monseñor Escrivá de Balaguer me alentó constantemente en una empresa que no era la suya, y volcó la caridad y comprensión sobre un apostolado que iba por caminos distintos al suyo. Sólo Dios sabe en qué medida pudo contribuir a despejar los caminos de la Providencia

Recuerdos de una amistad

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Testimonio de Mons. Fray José López Ortiz, Arzobispo titular de Grado. Vicario General Castrense Emérito

Conocí a Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer en la Universidad de Zaragoza, en junio de 1924. Yo era presbítero desde hacía poco tiempo, y mis superiores agustinos me habían indicado que estudiara la carrera de Derecho. Durante el curso había tra bajado con mis libros y apuntes, y en junio fue a rendir examen a Zaragoza: allí conocí y traté, durante los ocho o diez días que duró mi estancia, al futuro fundador del Opus Dei.

Se inició nuestra amistad de un modo muy corriente: cuestiones relacionadas con asignaturas de la carrera, características de los pro fesores, etcétera: lo normal en vísperas de exámenes. Don Josema ría estaba muy preparado y conocía el ambiente universitario, des conocido para mi; generosamente, como lo más natural, me daba valiosas orientaciones, mientras paseábamos por los claustros de la Universidad.

Nos hicimos francamente amigos, sabiendo que esa amistad iba a perdurar. A pesar de los años transcurridos, recuerdo al fundador del Opus Dei, ya entonces, con todas sus cualidades espirituales y humanas que tanto me han llamado la atención siem pre, y que le hacía ganar la simpatía y el respeto de todos. Era muy piadoso, lleno de vivacidad, muy comunicativo; sencillo, con un gran corazón y con una extraordinaria inteligencia. En la Facultad observé que todos le conocían, y que entre otras muchas cualidades– su carácter alegre hacia que fuera muy apre ciado por todos.

Pero había otro punto característico de toda su vida, quizá para mi el más importante: desde el momento que comencé a tratar a don Josemaría me di cuenta de que era responsable, piadoso, reza dor, con un ardiente deseo de ser buen sacerdote; deseo que ali mentaba con una vida espiritual intensa y con gran dedicación a su formación sacerdotal.

Pasó el tiempo, y en 1934 gané las oposiciones a la Cátedra de Historia del Derecho en la Universidad de Santiago de Com postela. Después –debía de ser la primavera de 1936– encontré a don Josemaría en la calle de San Bernardo, en Madrid, cuando yo salía de la Universidad Central.

Nuestra conversación, llena de alegría por el reencuentro, duró media hora o algo más. Aunque en esa ocasión no me habló explí citamente del Opus Dei, me pidió con insistencia que rezase mucho porque el Señor le pedía algo muy superior a sus fuerzas. Aludió genéricamente a un gran empeño espiritual que el Señor le soli citaba. Se sentía un pobre instrumento en las manos de Dios, pero dispuesto a hacer lo que Él quisiera, con una lucha amorosa para no poner resistencia, pues consideraba que el querer de Dios supe raba con mucho sus posibilidades. Esta actitud humilde, diametral mente opuesta a cualquier tipo de triunfalismo, fue una constante de toda la vida de Monseñor Escrivá de Balaguer, hasta su marcha al Cielo, y daba peso y fundamento a una permanente alegría y a un optimismo desbordante, que sólo la rendida aceptación de la Cruz hace posible.

No nos volvimos a ver hasta el curso 1939- 40. Yo estaba de nuevo en Madrid, al frente de la Cátedra de Historia del Derecho. Mi auxiliar de Cátedra, don Juan Manzano, me había comentado que don Josemaría estaba preparando la tesis doctoral de Derecho. Fui enseguida a verle, a Jenner, 6, donde vivía. La tesis estaba prác ticamente acabada. Ni las vicisitudes de la guerra civil ni el intenso trabajo apostólico de esos tres años habían sido óbice para que dedi­case tiempo a su trabajo de investigación.

También en el curso 1939- 40 conocí a algunos universitarios que vivían en la residencia de Jenner; al ver que eran académica mente muy valiosos, que vivían una vida profundamente cristiana

y que tenían un notable cariño a don Josemaría, pensé que allí había un espíritu mucho más hondo que el habitual para una residencia de estudiantes. Y un buen día –quizá en otoño de 1941–, volviendo con el fundador del Opus Dei del estudio del pintor Fernando Dela puente, me fue explicando la Obra, con todo detalle. Me hizo ver que era de Dios, totalmente sobrenatural: el Opus Dei venia a recor dar la llamada universal a la santidad; el empeño de adquirir una vida contemplativa en medio del mundo, en medio de la calle, para poner a Cristo en la cima de todas las actividades humanas san tificar el trabajo profesional y las ocupaciones corrientes de cada día… Desde el principio entendí lo que me contaba don Josemaría: todo es obra de Dios, no es obra mía. No podía ser algo basado en el celo sacerdotal y las muchas dotes naturales del fundador, aunque fueran tantas y de categoría excepcional: era, ciertamente, una obra de Dios.

Don Josemaría me relataba todo lo referente a la Obra con una seguridad tal que, repito, me asombraba. Me explicó muchas cosas con una gran viveza, como si las estuviera viendo ya; cosas que después se han ido convirtiendo en fecundas realidades apostólicas, de servicio a la Iglesia y a todas las almas. Por ejemplo, me habló entonces de que, con el tiempo, habría en el Opus Dei hombres y mujeres casados que se santificarían en el matrimonio, en el hogar, en el trabajo.

El padre – como le llamaban millones de personas en todo el mundo – me habló también de la sección de mujeres de la Obra: centros de formación profesional femenina para elevar el nivel cul tural y social de las jóvenes y fomentar su vida cristiana en todos los ambientes; granjas para enseñar a campesinas esto me sor prendió especialmente–; labor apostólica con empleadas y obreras de fábricas y talleres; y–sobre todo, lo más importante– del apos tolado personal de las asociadas con sus compañeras de trabajo –obreras, profesoras de Universidad, empleadas, investigadoras, etcétera–, sus amigas, sus vecinas, etcétera.

Don Josemaría me hablaba de socios de la Obra en el mundo entero, en todos los ambientes sociales, profesiones y oficios, sol teros y casados, jóvenes y viejos, seglares, sacerdotes, de todas las razas… Y sólo había un puñado de chicos en Madrid, Valencia, Valladolid, Zaragoza y Barcelona, y poco más. El padre, movido por el querer divino de extender el Opus Dei por todo el mundo, les aconsejaba estudiar idiomas: ruso, japonés, inglés, francés, alemán, etcétera. El carácter universal de la Obra –hoy, realidad gozosa–lo vi ya entonces.

Dios quiso la Obra como una Asociación eminentemente laical y secular, y así fue desde el principio. Aquellos chicos que, al salir o entrar en la residencia Jenner, saludaban al Santísimo en el ora torio, con piedad y naturalidad, que dedicaban mucho tiempo a la oración y se mortificaban durísimamente, que eran abnegados, alegres, obedientes, entregados, con profunda vida interior, apos tólica… eran exactamente iguales que sus compañeros. Yo vivía, como profesor, en el ambiente universitario, y en esa gran expe riencia baso mi testimonio; otras muchas personas afirman lo mis mo respecto a su propio ambiente profesional y social.

Yo me sentía asombrado por la carencia de medios económicos con que e] Opus Dei iba creciendo. No contaba con centros para su labor. Poco a poco, con muy buen gusto y gran falta de medios, iba acomodando pequeños locales – recuerdo, por ejemplo, el que llamaban El Rincón, en Valladolid – ; y si aún no se podía contar ni con esos pobres instrumentos, hacían su apostolado personal reu niéndose con sus amigos en la calle, en un café, etcétera, como com probé en Zaragoza, donde muchas veces tenían sus medios de for mación junto al río. Les daba igual; no perdían la alegría ni dejaban de hacer apostolado por falta de medios.

Todo eso me llamaba más la atención, porque por aquellos tiem pos no era difícil conseguir subvenciones y ayudas de organismos estatales para fines apostólicos; o, al menos, muchas organizaciones apostólicas lo conseguían, sin que el hecho tuviera la consideración de privilegio ante la opinión pública, tales eran los tiempos y el talan te eclesial. Sin embargo, don Josemaría nunca actuó así. A los de la Obra, por el contrario, si les decía que se sostuvieran con su tra bajo, que exigieran sus derechos –becas, ayudas para el estudio, justa remuneración por su trabajo profesional, etcétera–, y que ayu daran, lo mismo que sus amigos, a sostener las labores apostólicas.

Precisamente en estos años, mientras el padre, con su gran sacri ficio personal y con tanta falta de medios económicos, impulsaba la Obra por las provincias españolas, se desencadenó una campaña injusta y terrible de falsedades y calumnias contra su persona y contra el Opus Dei. Eran ataques constantes, inhumanos, procedentes de varios sectores muy concretos. Entonces, la caridad, la fortaleza, la alegría y la prudencia sobrenatural de don Josemaría se me hicie ron patentes.

Hacia 1941 se hicieron especialmente crueles los ataques de fondo. Procedían de ambientes determinados –no quiero yo juzgar intenciones – que veían con malos ojos un apostolado con una espi ritualidad completamente nueva. También partían las insidias de un grupo de profesores universitarios, que tergiversaban el apos tolado entre intelectuales que realizaban algunos socios de la Obra, a la que atribuían, falsamente, el propósito de «conquistar» la uni versidad española, y de hacerlo, además, ayudándose unos socios a otros con medios ilícitos. Se añadió, ya en el año 1942, un grupo político, entonces dominante, que, considerando erróneamente al Opus Dei como otro grupo político, temía su supuesta competencia.

Como queda reseñado, la llamada universal a la santidad que el padre predicaba con palabras y con obras– no fue entendida por algunos. Faltaban muchos años para que el Vaticano lila pro clamase solemnemente como exigencia divina, y esto dio lugar a acusaciones de herejía contra el Opus Dei y contra el padre, que sufría mucho porque tenía un espíritu abierto, un corazón magná nimo, y la Obra no venía contra nada ni a hacer sombra a nadie: por el contrario, cualquiera que trabajase en servicio del Señor era muy querido, todos los brazos serían siempre pocos.

Estas dificultades fueron las que más me unieron a don Jose maría: su reacción ante los ataques –algunos, tremendos – era heroicamente sobrenatural y llena de caridad. Al desahogar con migo su corazón, me confiaba que, si el Señor lo permitía así, sería para bien, y que perdonaba de todo corazón a todos. Y a la vez, tenía una serena y justa indignación al ver injustamente maltratados a sus hijos y al comprobar el daño que se derivaba para la unidad de la Iglesia y para las almas. Que su persona fuera objeto de fal sedades y calumnias, por el contrario, no le importaba.

Monseñor Escrivá de Balaguer jamás habló mal de nadie, per donó siempre y prohibió terminantemente a sus hijos –aunque no era necesario, ya que vivían el espíritu que les había enseñado que comentaran aquellos ataques, exigiéndoles que no criticaran a nadie y que nunca apagaran ninguna luz que se encendiera en nombre de Cristo. Preveía, ya entonces, que cuando los enemigos de la Iglesia combatieran a la Obra, utilizarían – en triste paradoja – especies lanzadas por aquellos católicos a los que perdonaba y dis culpaba, diciendo que, posiblemente, lo hacían putantes se obse quium praestare Deo,considerando que así agradaban a Dios.

Tampoco faltaron los que, sin mala intención, presionaron fuer temente al padre para que los socios de la Obra militasen en movi mientos católicos de los que surgían iniciativas políticas cristianas.

Desde el primer momento, el fundador del Opus Dei insistió en la plena libertad personal que, en las cuestiones temporales, tienen los socios de la Obra. Lo decía terminantemente: Jamás he preguntado a alguno de los que a mí se han acercado lo que piensan en política: ¡no me interesa! Os manifiesto, con esta norma de mi con ducta, una realidad que está muy metida en la entraña del Opus Dei, al que con la gracia y la misericordia divinas me he dedicado com pletamente, para servir a la Iglesia Santa. No me interesa ese tema, porque los cristianos gozáis de la más plena libertad, con la conse­cuente personal responsabilidad, para intervenir como mejor os plazca en cuestiones de índole política, social, cultural, etcétera, sin más lími tes que los que marca el magisterio de la Iglesia (Amigos de Dios, núm. 11).

Tratar de modo particular de las virtudes sobrenaturales y de las virtudes humanas del fundador del Opus Dei es muy difícil, por que toda su vida fue una vida de santidad muy intensa, que fue in crescendo, hasta el ultimo instante de su vida en la tierra. Es difícil distinguir qué era fruto de sus excepcionales cualidades humanas y qué lo era de su lucha ascética y de su vida interior, porque todo estaba estrechamente unido. Se pueden distinguir teóricamente sus dotes humanas y sus dotes sobrenaturales, pero, de hecho, estaban totalmente fundidas en su gran amor a Dios. La unidad de su vida radicaba en su entrega plena al Señor, en cumplir amorosamente lo que Él le exigía – el Opus Dei -, en servicio de la Iglesia y de todas las almas.

Don Josemaría era un sacerdote santo que amaba su sacerdocio profundamente; en una ocasión me lo contaba con toda sencillez al cabo de los años – visitó el Palacio Arzobispal de Zaragoza y, cuando estuvo a solas en la capilla donde, hacía años, había recibido la tonsura, besó el suelo con verdadera unción y gozo sacerdotales, mientras saboreaba aquellas palabras de la ceremonia: Dominus pars hereditatis meae et calicis mei… Su amor al sacerdocio y a los sacerdotes resultan evidentes, al recordar el gran número de ejer cicios espirituales y retiros para sacerdotes y religiosos que predicó durante los años en que yo le trataba más de cerca; recorrió toda España - sin cobrar nunca nada– a petición de obispos de unas y otras diócesis. La abnegada atención espiritual que el Opus Dei ha prestado y presta a los sacerdotes de tantos países es una con tinuación del trabajo ejemplar e infatigable del padre.

Quiero agradecer aquí – de modo especial – esfuerzo de don Josemaría y de sus hijos sacerdotes para ayudar espiritualmente al clero secular de todas las diócesis de España. Sé que éste es también cl sentimiento de los prelados que han visto surgir, entre sacerdotes suyos, vocaciones al Opus Dei. Como obispo de Tuy–Vigo primero, y como Vicario General Castrense después, he comprobado cómo los sacerdotes diocesanos que se vinculan a la Obra están aún más estrechamente unidos a sus obispos y les obedecen con fidelidad ejemplar, y con heroísmo si es preciso.

El amor de Monseñor Escrivá de Balaguer a Dios y su fe filial y confiada se transparentaban en toda su vida: no tenía otra fina lidad que cumplir amorosamente la voluntad de Dios y ayudar a los demás a acercarse a El.

Su fe, su visión sobrenatural, su unión con Dios, se manifestaban en todos sus pensamientos, sus afanes, su vida toda. En cuanto la conversación con el padre se hacía íntima, aparecía patente la efu sión de una vida interior llena de Dios, una vida que no tenía más intereses que los de la gloria de Dios.

Tenía una especialmente intensa y filial devoción a la Santísima Virgen, llena de ternura y fortaleza, que se traslucía hasta en los detalles más pequeños. Amaba entrañablemente a San José, y reza ba mucho, con amistosa confianza, a los Angeles Custodios, encomendándoles asuntos concretos, con la seguridad de que siempre le escuchaban.

Mantenía siempre la serenidad en el juicio. En una ocasión me llegó un documento oficial en el que se le calumniaba de una manera atroz. Me pareció un deber llevarle el original, que me había dejado un amigo mío: los ataques eran tan fuertes que, mientras don Josemaría fue leyendo esas páginas delante de mí, con calma. no pude evitar que se me saltasen las lágrimas. Cuando don Josemaría ter minó la lectura, al ver mi pena, se echó a reír, y me dijo con heroica humildad: No te preocupes, Pepe, porque todo lo que dicen aquí, gra cias a Dios, es falso. pero si me conociesen mejor, habrían podido afirmar con verdad cosas mucho peores, porque yo no soy más que un pobre pecador, que ama con locura a Jesucristo. Y en lugar de romper esa sarta de insultos, me devolvió los papeles para que mi amigo los pudiese dejar en el Ministerio de donde los había tomado. Ten–medijo-, y dáselo a ese amigo tuyo, para que pueda dejarlo en su sitio, y así no le persigan a él.

El espíritu de mortificación y el amor a la pobreza del padre fueron muy grandes. Nunca tuvo nada como propio, estaba des prendido de todo. Hasta en lo más pequeño cuidaba no apegarse a las cosas; era un cuidado amoroso el suyo. Recuerdo que en una ocasión en Roma acababa de recibir un burrito dorado, de una hechura preciosa, que le hizo mucha gracia porque le gustaba la figura del borrico trabajador y fiel. Al verlo, le encantó. Entonces, reflexionó un momento y me dijo: Llévatelo, es para ti. Me di cuenta, en aquel mismo momento, que era un gesto de desprendimiento.

Podría seguir enumerando, una tras otra, las virtudes que adornaban el alma de mi inolvidable amigo, un fundador que no hubiera querido fundar nada. Pero no es este el lugar oportuno para recoger por extenso tantas virtudes, vividas heroicamente en un crescendo a lo largo de su vida. Me he limitado a espigar unas cuantas en el hondón de mi alma, recuerdos de una amistad que nunca agra deceré suficientemente a Dios Nuestro Señor


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