Homenaje al Fundador del Opus Dei

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Testimonio de Cardenal Humberto Medeiros, Arzobispo de Boston
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Al poco de ser nombrado Arzobispo de Boston, fui a visitar Elmbrook,  un Centro para estudiantes universitarios, situado a corta distancia de la Facultad de Derecho en la Universidad de Harvard, en Cambridge. Elmbrook es uno de los muchos centros universi­tarios dirigidos por el Opus Dei, la Asociación internacional para seglares y sacerdotes, cuyo fin es fomentar la búsqueda de la san­tidad en la vida secular ordinaria. Yo deseaba conocer, más a fondo, esta asociación porque me preocupaba la profunda insatisfacción espiritual de la inmensa mayoría de estudiantes que pedían a gritos una palabra mágica y el amor a Jesucristo.

VIVIR EN LA FE

En Elmbrook encontré a 50 jóvenes que se sentían tan alegres y felices que la conversación fluía con facilidad. La mayoría de lo que me contaron me dejó impresionado. Uno de los muchachos comentó sus esfuerzos para conseguir que algunos de sus compa­ñeros de clase le acompañaran en peregrinación a una ermita de Nuestra Señora. Pregunté a otro sobre la oración, y me contó cómo a través del Opus Dei había aprendido a vivir en la fe con Jesús, María y José, pero no como si fueran abstracciones o algo lejano, sino como personas reales, cercanas, a las que poder llegar de forma sencilla y confiada, como un niño. Otros hablaron de su vocación de fomentar el deseo de vida interior y de servir a otros a través de la actividad profesional de cada uno. La tarde se fue agotando, y yo me olvidé, por completo, de lo cansado que estaba después de todo un día de trabajo, y cuando me despedí me sentí rebosante de optimismo.

En las siguientes semanas, con motivo de mis visitas a otras parroquias de la archidiócesis, pude conocer a otros miembros del Opus Dei; amas de casa y profesionales, que me hablaron de su apostolado personal en el seno de sus familias y comunidades. Cuan­do me comentaron sus esfuerzos por ser almas contemplativas en su medio secular, me surgieron deseos de conocer al sacerdote que había inspirado este deseo de santidad.

NO BUSCABA LA PUBLICIDAD

Algunos meses más tarde conocí, en su residencia de Roma, a Monseñor Escrivá de Balaguer, el fundador del Opus Dei. Su libro de máximas ascéticas Camino ha vendido casi tres millones de copias pero realmente él no era hombre que buscaba la publi­cidad. Su único deseo era pasar inadvertido para que Dios se mani­festara. Era extraordinariamente franco, tan humilde y modesto, tan calido y cordial, tan entusiasta con la Iglesia y la misión de ésta, que tuve la impresión de conocerle de toda la vida y, por tanto, con derecho a llamarle «padre» como lo hacían más de 60.000 hom­bres y mujeres, que por entonces se esforzaban, en todo el planeta, en lograr su santificación dentro del Opus Dei a través de sus ocu­paciones diarias, siguiendo la espiritualidad laica que él les había enseñado.

Él tenía setenta años cuando tuvimos la primera y, desgracia­damente, última charla, pero su vitalidad era sorprendente. Reco­nocí en él a alguien que está muy cerca de Dios, una auténtica roca de fe. «Eso es lo que necesitamos», me dije después de despedirnos. «Un hombre de oración, un hombre que confiesa abiertamente su gran devoción a Nuestra Señora y su amor a la Iglesia y al Santo Padre».

Me contaron que el 26 de junio de 1975, dirigiéndose a un grupo de sus hijas, en un centro del Opus Dei en la residencia de mujeres de Castelgandolfo, dijo: «Debemos amar a la Iglesia y al Santo Padre, sea quien fuere, y pedir a Dios que nuestro servicio a la Igle­sia y al Santo Padre sea eficaz». Éstas fueron, prácticamente, sus últimas palabras, ya que una hora más tarde, de forma rápida e inesperada, murió en Roma, tras una mañana de intenso trabajo pastoral.

COMPASIÓN Y HUMOR

Después de su muerte he continuado «viendo» a Monseñor Escrivá de Balaguer gracias a las maravillas de la tecnología moder­na. He podido contemplarle en películas, que le muestran de pie en salones, abarrotados, de toda Europa y América, derrochando compasión y humor, afirmando en sus respuestas que la Iglesia, la Esposa de Cristo, será por siempre el pilar de la verdad. El camino de santidad, dice dirigiéndose a su audiencia, así como el método para alcanzar una vida interior plena, es el de siempre; los sacra­mentos, la oración y el sacrificio, la santificación del trabajo diario y el cumplimiento de las obligaciones cristianas en el mundo.

En realidad Monseñor Escrivá de Balaguer había estado pre­dicando la llamada universal a la santidad desde 1928; la santifi­cación a través y en las realidades de la vida cotidiana en la tierra. Estos aspectos de espiritualidad laica fueron incorporados, años más tarde, a los documentos del Concilio Vaticano II.

EL PADRE

Igualmente he continuado «viéndole» en Roma, donde a menudo visitó la casa donde nos encontramos aquella primera vez. Allí, en una preciosa cripta, una losa de mármol verde con la ins­cripción «El Padre», señala el lugar donde descansan sus restos. Ami alrededor hay jóvenes que besan la tumba con devoción. Tam­bién hay amas de casa y trabajadores que visitan la cripta, y en silencio le confían sus necesidades. Y con ellos yo también pido al Padre que rece por mí y por todas las almas que me han sido confiadas, y que continúe avivando esos caminos de santidad en la vida secular que comenzó en 1928, hará cincuenta años, el próxi­mo 2 de octubre.

Taxista en Madrid

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Félix es taxista en Madrid y, como todos los de esta profesión, se pasa muchas horas al volante, con frío y calor, con lluvia y con sol, con ganas o sin ellas. Una vez dos señoras que habían subido al taxi se liaron a hablar del Opus Dei para concluir que sólo le interesaba el contacto con las clases medias y dirigentes. Félix se volvió entonces con una gran sonrisa y les dijo: «Están ustedes equivocadas; yo soy del Opus Dei, y ya ven… ».

–¿Cómo conoció usted el Opus Dei?

–Por un amigo taxista, vecino de casa. Me habló de la Obra, y aunque yo pensaba ya mucho –tenía inquietudes de índole espiritual–, creía que no podría nunca ser de la Obra. Pero a medida que la fui conociendo, vi que era el camino por donde el Señor me había llamado.

–¿Qué es para usted el Opus Dei?

–Ha sido mi felicidad. Es fabuloso el cambio que mi vida ha dado en el trabajo. ¡Darme cuenta de que es el sitio donde el Señor me ha puesto para servir a los demás! Antes veía el trabajo como una cosa forzada, que no había más remedio.

–¿Y ahora?

–Como el medio de mi santificación, y de la santificación de los que me rodean.

–¿Quiénes son sus amigos?

Hombre, pues mis amigos son los compañeros taxistas y por mi profesión anterior, que yo era vaquero, mucha gente del campo.

–¿Y saben que es usted del Opus Dei?

–Yo creo que sí, porque ellos me conocen de sobra y en diversas ocasiones hemos hablado del Opus Dei.

–¿Cómo se apunta uno al Opus Dei?

–Hombre, qué pregunta.

–¿Hay que pagar una cuota o algo así?

–Nada de eso. Lo que hace falta es querer vivir cara a Dios. Tener vocación para la Obra y pedir la admisión, y eso, «querer ser».

–¿Cómo puede usted vivir una vida de oración en medio de su trabajo?

–Desde que salgo a trabajar pienso que es un día nuevo para ofrecer al Señor. A cada viajero que sube al taxi, procuro hacer con él como haría el Señor mismo.

–¿Usted se considera al servicio de los demás?

–Sí.

–¿Al servicio del Opus Dei?

–Soy yo el que me sirvo del Opus Dei, de la doctrina que recibo.

–¿Es duro esto de ser del Opus Dei?

–Tan duro como es el tratar de ser un buen cristiano, pero si el Señor le da a uno vocación, no resulta difícil superar las dificultades.

–¿Tiene que explicar frecuentemente la Obra?

–Frecuentemente, no. Yo procuro informar a todo el mundo y, cuando es necesario, aclaro las dudas de algunos.

–¿Qué argumentos emplea?

–Pues les explico en qué consiste el Opus Dei y, si viene a cuento, que no sólo hay políticos y banqueros, como dicen algunos. Yo me muevo en un ambiente en el que no hay ninguno de esos señores. Yo mismo soy un buen argumento.

–¿Que es lo que siente usted siendo del Opus Dei?

–Una inmensa alegría. Porque sólo aspiro a hacer mejor las cosas. Tanto en el trabajo como en la vida de familia. Quizá lo que yo no sé es expresarme, porque mi cultura es poca…

–¿Sus hijos van a ser del Opus Dei?

–Mis hijos serán lo que ellos decidan ser. Yo, procuraré darles una cultura y una formación cristiana mejor que la pude recibir yo.

Consagración y misión sacerdotal

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Capítulo del libro “Escritos sobre el sacerdocio”, de D. Álvaro del Portillo (Palabra, 1990)

Parece aquí muy conveniente hacer una bre­ve exposición de las características esenciales del sacerdocio, para poder señalar después las líneas esenciales de una espiritualidad que sea conforme al carácter y a la misión sacerdotales.

El sacerdocio es fundamentalmente una configuración, una transformación sacramental y misteriosa del cristiano en Cristo Sumo y Eter­no Sacerdote, único Mediador. El sacerdote no es más cristiano que los demás fieles, pero es más sacerdote, e incluso lo es de un modo esen­cialmente distinto. «El sacerdocio de los Presbí­teros, si bien presupone los Sacramentos de la iniciación cristiana, se confiere mediante un Sa­cramento particular, por el que los Presbíteros, por la unción del Espíritu Santo, son sellados con un carácter especial, y se configuran con Cristo Sacerdote de tal modo que pueden ac­tuar en la persona de Cristo Cabeza»5, ejercien­do aquellas funciones que le son propias preci­samente en cuanto Cabeza de su Cuerpo Mís­tico: ofrecer el Sacrificio eucarístico, perdonar los pecados, predicar con autoridad la Palabra de Dios… El sacerdocio —esa consagración de­finitiva y característica a Dios— hace a los sacerdotes ocupar un puesto peculiar y prestar un servicio específico e imprescindible en el de­sarrollo histórico de la Redención, tal como Dios mismo lo ha querido, en el crecimiento ad extra y ad intra de la Iglesia de Cristo: «Él cons­tituyó a los unos apóstoles, a los otros profetas, a estos evangelistas, a aquellos pastores y doc­tores, para la perfección consumada de los santos, para la obra del ministerio, para la edifica­ción del Cuerpo de Cristo hasta que todos al­cancemos la unidad de la fe y del conocimien­to del Hijo de Dios, cual varones perfectos, a la medida de la plenitud de Cristo»6.

Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es el sacerdote único, el sacerdote por esencia, el Mediador de la Nueva y definitiva Alianza7. Ya el sacerdocio del Antiguo Testamento se ordenaba a Cristo: aquella porción que Dios entresacaba de su Pueblo, confirién­dole esa misión específica8, preparaba y confi­guraba la mediación de Cristo9. Y a partir de la Encarnación, establecida la Nueva Alianza, todo sacerdocio hubo ya de realizarse per Ip­sum, et cum Ipso, et in Ipso, lo que tiene lugar por el ministerio visible de la Iglesia, instituido por el mismo Cristo10.

Es verdad que todo el Pueblo de Dios es un pueblo sacerdotal11, pero solo algunos en ese Pueblo tendrán una participación en el sacer­docio de Cristo de tal naturaleza que les capacite para obrar in persona Christi y en nombre de toda la Iglesia: «el mismo Señor, para que se formase un solo cuerpo, en el que todos los miembros no tienen la misma función (Rom 12, 4), a algunos entre los fieles los instituyó como ministros que, en la sociedad de los fieles, go­zasen de la sagrada potestad del Orden, para ofrecer el Sacrificio y perdonar los pecados, y ejerciesen públicamente el oficio sacerdotal en nombre de Cristo a favor de los hombres»12. En efecto, solo el sacerdote potest gerere personam totius Ecclesiae, qui consacrat Eucharistiam, quae est sacramentum universalis Ecclesiae13.

Solo Cristo es todo en todos: solo Él y quien Él elige puede actuar por todos y para todos, en representación del Cuerpo entero, en la perso­na de Cristo Cabeza.

La elección que Dios hace del fiel llamado al sacerdocio, incorporándolo a la estructura ins­titucional del presbiterado, mediante la unción del Espíritu Santo y el carácter especial que lo sella y lo configura con Cristo Sacerdote, lo constituye en ministro, le confiere la capacidad de una función instrumental que hará de él alter Christus14. Esta mediación participada del presbítero inserta la acción sacerdotal de todos los fieles en la mediación esencial de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote. «A través del minis­terio de los Presbíteros el sacrificio espiritual de los fieles se consuma en unión con el sacrificio de Cristo, único Mediador; sacrificio que, por las manos de los Presbíteros, en nombre de toda la Iglesia, es ofrecido incruenta y sacramentalmente en la Eucaristía, hasta que venga el Señor»15.

Cualquiera que sea la modalidad concreta del ministerio que el presbítero ejerce, en virtud de esa mediación participada, único es el fin al que tiende. «El fin que los Presbíteros persiguen con su ministerio y su vida es rendir gloria a Dios Padre en Cristo. Gloria que consiste en que los hombres reciban conscientemente con libertad y gratitud la obra de Dios realizada en Cristo y la manifiesten en toda su vida. De aquí que los Presbíteros, cuando se entregan a la oración y adoración, cuando predican la palabra, cuando ofrecen el Sacrificio Eucarístico y administran los demás Sacramentos, o cuando ejercen otros ministerios en bien de los hombres, contribu­yen tanto al engrandecimiento de la gloria de Dios como al progreso de los hombres en la vida divina»16.  De ahí también que esa finalidad determine plenamente la vida del presbítero. «Cristo, a quien el Padre santificó o consagró y envió al mundo, se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar al pueblo propiedad suya, de forma que le fuese agradable y practicase buenas obras (Tit 2, 14), y así mediante la pasión entró en su gloria. De modo semejante, los Presbíteros, consagrados por la unción del Espíritu Santo y enviados por Cristo, mortifican en sí mismos las obras de la carne y se entregan por completo al servicio de los hombres, y de esta manera pueden ir acer­cándose hacia el hombre perfecto en la santi­dad con que han sido enriquecidos en Cristo»17.

Es importante hacer notar la relación que se establece entre la santidad personal del sacer­dote y la plenitud de su entrega a la misión que le ha sido encomendada. Los sacerdotes han sido elegidos por Dios y entresacados del Pue­blo «para que se entreguen por completo (tota­liter) a la obra para la cual el Señor los tomó»18.

A partir de su ordenación, toda «recuperación» de aquellas realidades o funciones a las que, elegido y movido por Dios, renunció para en­tregarse a su misión, sería ya una pérdida: para la Iglesia, en donde el sacerdote es punto focal de irradiación salvífica, y para el mismo sacer­dote que, hecho vaso de elección, configurado ontológica y definitivamente (in aeternum) por el carácter sacerdotal, se encuentra ante la al­ternativa de llenar su existencia de vida sacer­dotal o tenerla vacía.

«Por consiguiente, ejerciendo el ministerio del Espíritu y de la justicia, se fortalecen en la vida espiritual siempre que sean dóciles al Es­píritu de Cristo, que los vivifica y conduce. Tienden a la perfección de su vida a través de las acciones sagradas de cada día y de todo su ministerio, ejercido en comunión con el Obispo y los Presbíteros. La santidad de los Presbíteros contribuye grandemente al cumplimiento efi­caz del propio ministerio. En efecto, aunque la gracia de Dios pueda cumplir la obra de salva­ción incluso por medio de ministros indignos, sin embargo, Dios, por regla general, prefiere manifestar sus maravillas a través de quienes, más dóciles al impulso y a la dirección del Es­píritu Santo, por su íntima unión con Cristo y por la santidad de su vida, pueden decir con el Apóstol: Vivo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí (Gal 2, 20)»1 9. De ahí la «perfecta unión que debe darse —y el Decreto Presbyte­rorum Ordinis lo recuerda repetidas veces— entre consagración y misión del sacerdote: o lo que es lo mismo, entre vida personal de piedad y ejercicio del sacerdocio ministerial, entre las relaciones filiales del sacerdote con Dios y sus relaciones pastorales y fraternas con los hombres. No creo en la eficacia ministerial del sacerdote que no sea hombre de oración»20.


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