Cincuenta años de sacerdocio

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

El 28 de marzo de 1975, Viernes Santo, celebró en la intimidad sus Bodas de Oro en el sacerdocio. No quiso que se hiciera celebración alguna en aquel día, en el que hizo un largo repaso de las bondades de Dios en su vida: Todo lo hecho hasta ahora es mucho, pero es poco: en Europa, en Asia, en Africa, en América y en Oceanía. Todo es obra de Jesús, Señor nuestro. Todo lo ha hecho nuestro Padre del Cielo.

A la vuelta de cincuenta años —continuó diciendo, mostrando que seguía en lucha contra sus propios defectos y limitaciones, esforzándose por querer más a Dios—, estoy como un niño que balbucea. Estoy comenzando, recomenzando en cada jornada. Y así hasta el final de los días que me queden: siempre recomenzando.

El escapulario del Carmen

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Difundía la devoción a la Virgen en sus múltiples manifestaciones; y recomendaba vivamente las costumbres seculares de piedad mariana, que han vivido los cristianos a lo largo de los siglos, como el rezo del Santo Rosario o el uso del escapulario del Carmen. Se lee en el número 500 de Camino: Lleva sobre tu pecho el santo escapulario del Carmen. —Pocas devociones —hay muchas y muy buenas devociones marianas— tienen tanto arraigo entre los fieles, y tantas bendiciones de los Pontífices. —Además ¡es tan maternal ese privilegio sabatino!

Era terciario carmelita desde hacía muchos años —desde el 2 de octubre de 1932, en concreto—, y poco antes de esa fecha, había escrito: “Dos cosas (además del Amor) me mueven a hacerme terciario carmelita: ‘obligar’ más a mi Madre Inmaculada, ahora que me veo más débil que nunca; y proporcionar sufragios a ‘mis buenas amigas las Animas benditas del Purgatorio’”

26 de junio de 1975

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Durante su estancia en México se reunió con un grupo numeroso de sacerdotes diocesanos de Guadalajara, con los que sostuvo un encuentro largo y animado. Pero el calor era agobiante y acabó extenuado.

Se retiró para descansar. Observó entonces que frente a su cama había un cuadro de la Virgen de Guadalupe. Representaba a la Señora ofreciendo una rosa al indio santo, Juan Diego. La contempló con detenimiento.

—Así quisiera morir, musitó: mirando a la Santísima Virgen, y que Ella me dé una flor…

“El 26 de junio de 1975 —escribía un periodista, de la Real Academia Española— el cielo estaba azul y yo estaba en mi casa del Pincio, viendo desde el balcón, en la lejanía, la cúpula de San Pedro sobre el Monte Vaticano, el Monte de los Vaticinios. Sonó el teléfono. Me dieron la noticia escuetamente: ´Ha muerto Mons. Escrivá de Balaguer´. Ni una sílaba más, porque ante lo decisivo sólo el silencio es grande; el resto, debilidad.

Pero salí a preguntarle a sus amigos. No se encontraba enfermo. En cualquier caso no le había comunicado a nadie inquietudes acerca de su salud. El 26 de junio había madrugado, como siempre. La del alba sería cuando salió a tener una plática con unas hijas suyas en Castelgandolfo. Como Santa Teresa de Jesús, este hombre de virtudes heroicas podía decir: `Hijas, cosas son éstas para entretener la espera´ ”.

En contra de lo que suponía el académico, había pasado ya la hora del alba cuando Josemaría Escrivá se reunió con un grupo de mujeres del Opus Dei. Aquella mañana había celebrado, en Roma, a las ocho, la Misa votiva de la Virgen. A las nueve y media de la mañana salió hacia Castelgandolfo y durante el camino rezó los misterios gozosos del Rosario. Al entrar en la sala de estar de la casa vio, en uno de los muros, una imagen de la Virgen que le resultaba particularmente entrañable: esa imagen había recogido la última mirada de su madre antes de morir.

Vosotras, por ser cristianas —dijo—, tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo aquí. Podéis y debéis ayudar con ese alma sacerdotal, y con la gracia de Dios, al ministerio sacerdotal de nosotros, los sacerdotes. Entre todos haremos una labor eficaz. Sacad motivo de todo para tratar a Dios y a su Madre Bendita, Nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Ángeles Custodios, para ayudar a esta Iglesia Santa, nuestra Madre, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en el mundo en estos momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia y al Papa. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio a su Iglesia y al Santo Padre.

Se sintió indispuesto y se retiró. Regresó a Roma, y poco después, hacia las doce de la mañana, falleció de un paro cardíaco en la habitación donde solía trabajar.

En aquel cuarto estaba una imagen de la Virgen de Guadalupe a la que saludaba con la mirada siempre que entraba en la habitación. Ella se llevó su último saludo de amor. Dios le concedió morir como había pedido: mirando una imagen de la Señora.

El día siguiente, 27 de junio, fue sepultado en la Cripta del entonces oratorio de Santa María de la Paz. En la losa de mármol se colocó, bajo el sello de la Obra, esta inscripción, que era su biografía en dos palabras:

EL PADRE

y abajo, las fechas de su nacimiento: 9.I.1902, y de su muerte: 26.VI.1975

El cuerpo de Josemaría Escrivá reposa en la actualidad en la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, en la Sede Central de la Prelatura del Opus Dei, en Roma, continuamente acompañado por miles de peregrinos que acuden a rezar junto a su tumba. Allí continúa intercediendo ante Dios, y prosigue, desde el Cielo, su siembra de paz.

Tras su fallecimiento la fama de santidad del Fundador del Opus Dei era patente: y las alrededor de 6.000 cartas postulatorias que enviaron a la Santa Sede personas de más de 100 países del mundo demostraban el interés con el que aguardaban amplios sectores de la sociedad eclesial y civil la apertura de la Causa.

Se dirigieron en este mismo sentido al Santo Padre, 69 cardenales, 241 arzobispos, 987 obispos (más de un tercio del episcopado mundial) y 41 superiores de órdenes y congregaciones religiosas.

En 1981 se introdujo su Causa de Canonización y el 9 de abril de 1990 se promulgó el Decreto sobre el ejercicio heroico de las virtudes del Siervo de Dios

Un año después, el 7 de julio de 1991, la Santa Sede dio lectura al decreto de un milagro realizado por intercesión del Venerable Josemaría Escrivá.

Se trató de la curación repentina de Sor Concepción Boullón Rubio, una carmelita de la Caridad de 70 años que residía en el Convento del Escorial, cerca de Madrid. Cuando se encontraba al borde de la muerte como consecuencia de las diversas enfermedades que padecía, una noche de junio de 1976 quedó completamente curada.

El 17 de mayo de 1992 Juan Pablo II beatificó a Josemaría Escrivá en la Plaza de San Pedro, en Roma, ante miles de peregrinos. Diez años más tarde, después de aprobar el 20 de diciembre de 2001 un decreto de la Congregación para las Causas de los Santos sobre un nuevo milagro atribuido a su intercesión y de oír a los Cardenales, Arzobispos y Obispos reunidos en el Consistorio el 26 de febrero de 2002, el Santo Padre Juan Pablo II decidió que el Beato Josemaría fuera canonizado el 6 de octubre de 2002, en el año del centenario de su nacimiento.

A partir de ese día, este sacerdote que sólo buscó cumplir con la misión que Dios le había encomendado —difundir el mensaje de la santidad en medio del mundo, mediante la santificación del trabajo, sembrar la paz entre los hombres—, será venerado en la Iglesia como San Josemaría.

Algunos testimonios sobre Josemaría Escrivá

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Se conservan miles de testimonios sobre Josemaría Escrivá escritos por personas de los más diversos países y ambientes sociales. Se recogen aquí los recuerdos de algunas personas que se encuentran en proceso de Canonización, y que tuvieron especial amistad y trato con el Fundador del Opus Dei.

Sierva de Dios Madre Esperanza, religiosa, fundadora

La Madre Esperanza de Jesús Alhama Valero, la popular “Madre Esperanza”, nació el 30.IX.1893 en Santomera, Murcia. Fundó en 1930 en Madrid la Congregación de las Esclavas del Amor Misericordioso. En esa ciudad conoció a Josemaría Escrivá. Una religiosa de su Congregación, Sor Presentación de Jesús, recordaba que “Nuestra Congregación pasaba entonces por un momento de grandes dificultades y de incomprensión: hasta se le achacaba a nuestra Madre Esperanza de Jesús Alhama el haber fundado sin permiso del Ordinario del lugar y durante algún tiempo se la tuvo incomunicada. (….). Las entrevistas con don Josemaría le dejaban a nuestra Fundadora una gran paz. Como siempre sucede entre los santos, había entre ellos una gran corriente de comprensión y de aceptación plena de lo que el Señor les estaba pidiendo”.

Falleció con fama de santidad el 8.II.1983. Su Causa de Canonización comenzó en 1990.

Siervo de Dios José María García Lahiguera, obispo y fundador.

Este Siervo de Dios nació en Fitero, Navarra, el 9.III.1903. Estudió en el Seminario de Madrid, del que fue nombrado, en julio de 1936, Director Espiritual. Durante la guerra civil española fundó, junto con María del Carmen Hidalgo de Caviedes, una obra contemplativa femenina, las Hermanas Oblatas de Cristo Sacerdote.

Estos dos fundadores se conocieron en Madrid en febrero de 1932. Josemaría Escrivá le explicó el Opus Dei. “Yo estaba firmemente conmovido con lo que iba oyendo —recuerda García Lahiguera— y comprendí enseguida que aquel sacerdote estaba iniciando algo verdaderamente trascendental, de Dios. Era un panorama de apostolado y de servicio a la Iglesia que atraía, maravilloso… (…) Ese fue el comienzo de una amistad que ha durado tanto como nuestras vidas”.

El Fundador del Opus Dei le pidió en octubre de 1940 que fuese su director espiritual. García Lahiguera aceptó y dirigió su alma hasta el 25 de junio de 1944, fecha en que se ordenaron los primeros sacerdotes del Opus Dei. Fue Obispo Auxiliar de Madrid en 1950; Obispo de Huelva en 1964, y en 1969 de Valencia. Falleció con fama de santidad el 14 de julio de 1989. Se ha abierto su Causa de Canonización.

Beato Manuel González García, obispo y fundador.

Nació en Sevilla el 25.II.1877. Obispo de Málaga desde 1915. Promovió la Obra de las Tres Marías que se difundió extensamente por España y Sudamérica. Fundó en 1921 la Congregación de las Hermanas Eucarísticas de Nazaret.

Josemaría Escrivá tenía en gran estima a este Prelado, como se pone de manifiesto en la carta que escribió a Isidoro Zorzano, residente en Málaga, el 3 de marzo de 1931. Se conocieron en mayo de 1933 en Madrid. “El Santo Prelado —anotó Escrivá en sus Apuntes Intimos, el 26 de mayo— fue cordialísimo. Puesta su mano sobre mi cabeza, por dos veces me dijo: ad robur, ad robur... Me prometió orar por mí y me dio, al marcharme, un abrazo muy apretado” (Ad robur: fortaleza). Manuel González falleció santamente, siendo Obispo de Palencia, el 4.I.1940. Fue beatificado por Juan Pablo II en el año 2001.

Beato Pedro Poveda, sacerdote y fundador. Mártir.

El Fundador de la Institución Teresiana nació en Linares (Andalucía) el 3.XII.1874. Se ordenó sacerdote en 1897 y fue profesor en el seminario de Guadix (Granada). En 1906 fue trasladado a Asturias donde desarrolló una intensa actividad pedagógica. Era gran amigo de Josemaría Escrivá. El Padre Poveda fue detenido el 27 de julio y asesinado por odio a la Religión en la madrugada del 28.VII.1936. Juan Pablo II le beatificó el 10 de octubre de 1993.

Sierva de Dios Josefa Segovia, maestra, cofundadora de la Institución Teresiana.

Nació en Jaén el 10.X.1981. Fue cofundadora de la Institución Teresiana junto con el Beato Pedro Poveda. Por la íntima amistad de don Josemaría Escrivá con con Pedro Poveda, llegaron a conocerse y se conserva un breve epistolario que pone de manifiesto su estima mutua. Está abierta su Causa de Canonización.

Sierva de Dios Luz Rodríguez Casanova, religiosa y fundadora.

Nació en Avilés el 28 de agosto de 1873. Fundó la Congregación religiosa de las Damas Apostólicas del Sagrado Corazón de Jesús (9.V.1924). En 1907 fundó el Patronato de Enfermos. Asunción Muñoz recuerda el afecto de esta Fundadora por Josemaría Escrivá, que fue Capellán de ese Patronato: “Desde el primer momento se compenetró admirablemente con doña Luz Rodríguez Casanova, nuestra Fundadora, porque ella también poseía una gran sencillez y porque le preocupaban las mismas cosas. Comprendió muy bien nuestro espíritu aun cuando luego él fundara el Opus Dei, con un modo de buscar la santidad muy diverso. Habiéndole conocido, esto se explica con facilidad ya que él acataba todo lo bueno, todo lo grande, todo lo santo… Tenía un espíritu muy universal. Quería todo cuanto fuera para la Gloria de Dios. Y por eso nos conoció muy bien y nos ayudó muchísimo y nos tuvo un gran afecto”.

“Nuestra madre Fundadora —prosigue— le tenía gran cariño. Se le notaba y nos lo decía abiertamente: porque el fervor de don Josemaría era admirable y tenía un atractivo especial. Contagiaba su piedad y era de una llaneza y una claridad abiertas a toda confianza”.Luz Rodríguez Casanova falleció santamente en Madrid el 8.I.1949. El 25 de enero de 1958 se abrió su Causa de Canonización.

Sierva de Dios Mercedes Reyna O´Farril, religiosa.

Esta religiosa, Dama Apostólica del Sagrado Corazón, trabajaba en el Patronato de Enfermos. Había nacido en la Habana, y se dirigía con el Beato José María Rubio, S. J.

Josemaría Escrivá, que la conoció en vida, tuvo tras su muerte gran veneración por ella y se acogía a su intercesión. “Le dio los últimos Sacramentos”, recuerda una de las primeras Damas Apostólicas, Asunción Muñoz, “a pesar de que él, por su cargo de capellán del Patronato, no tenía que ver con la atención espiritual de la comunidad de Damas Apostólicas. Posiblemente D. Josemaría haría una excepción con Mercedes Reyna atendiendo a sus circunstancias personales. Me contaron que no se apartó, prácticamente, del pasillo al que se abría la puerta de su habitación durante todo el tiempo que duró la agonía. Paseaba, rezando, dispuesto a entrar en cuanto lo necesitara; escuchaba, con la piedad de quien asiste a la muerte de un santo, las palabras entrecortadas de Mercedes. Asistió, con absoluta devoción, a los últimos momentos de aquella mujer cuya entrega total al sufrimiento y al amor de Dios no dudó ni un instante”. Mercedes Reyna falleció santamente el 23 de enero de 1929.

Anotó Josemaría Escrivá: Recuerdo, a veces con cierto temor por si fue tentar a Dios u orgullo, que, estando moribunda Mercedes Reyna [...], sin haberlo pensado de antemano, me ocurrió pedirle, como lo hice, lo siguiente: Mercedes, pida al Señor, desde el cielo, que si no he de ser un sacerdote, no bueno, ¡santo!, se me lleve joven, cuanto antes.

Beato Alfredo Schuster, monje benedictino, Arzobispo de Milán.

Nació en Roma el 18.I.1880, hijo de un zuavo pontificio. Ingreso joven en la Orden benedictina. El 26.VI.1929 Pío XI le nombró Arzobispo de Milán; y el 15.VII.1929, cardenal.

Conoció a Josemaría Escrivá el 18 de enero de 1948 y alentó los comienzos del Opus Dei en Milán ayudando con generosidad en los primeros pasos de la labor apostólica en su diócesis. Escribía Álvaro del Portillo que el Cardenal decía “a los miembros de la Obra que estaban comenzando las actividades apostólicas en la capital lombarda, que nuestro Fundador era uno de esos santos que la Providencia divina suscita de tarde en tarde, a distancia de siglos, para renovar a la Iglesia. Y lo parangonaba con los grandes fundadores: San Bernardo, San Francisco… También a mí me expresó el Cardenal Schuster su admiración por el Padre con palabras semejantes”. Schuster tuvo una intervención altamente decisiva en la historia del Opus Dei. Fue beatificado por Juan Pablo II.

Siervo de Dios Manuel Aparici, sacerdote, Consiliario de la Juventud de Acción Católica. Manuel Aparici Navarro (1902-1963), nació en Madrid. Se confesaba con Josemaría Escrivá desde antes de la guerra civil y continuó haciéndolo en Burgos y después. Fue Presidente de la Juventud de Acción Católica en los difíciles años en torno al conflicto bélico. Fue ordenado sacerdote en 1947 y nombrado Consiliario de la JAC. Murió en olor de santidad y está en marcha su Causa de Canonización

“Parece que habla para Youtube”

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La Oficina de información del Opus Dei cuenta con un canal de vídeos en Youtube desde hace varios meses.

“Acabo de ver un vídeo de una tertulia que tuvo San Josemaría con gente joven, y me ha sorprendido la rapidez y brevedad con que responde a las preguntas más variadas: parece que habla para Youtube”. Este mensaje recibido en la Oficina de información hace bastante tiempo motivó que incluyésemos en Youtube algunos videos de San Josemaría.

Opus Dei -

Nos empujaban las palabras de Juan Pablo II: “Internet produce un número incalculable de imágenes que aparecen en millones de pantallas de ordenadores en todo el planeta. En esta galaxia de imágenes y sonidos, ¿aparecerá el rostro de Cristo y se oirá su voz? Porque sólo cuando se vea su rostro y se oiga su voz el mundo conocerá la buena nueva de nuestra redención. Esta es la finalidad de la evangelización. Y esto es lo que convertirá Internet en un espacio auténticamente humano (…) Quiero exhortar a toda la Iglesia a cruzar intrépidamente este nuevo umbral, para entrar en lo más profundo de la red, de modo que ahora, como en el pasado, el gran compromiso del Evangelio y la cultura muestre al mundo «la gloria de Dios que está en la faz de Cristo» (2 Co 4, 6)”.

El canal de la Oficina de Información del Opus Dei en Youtube contiene varias decenas de vídeos de corta duración, que están clasificados en varios apartados: vídeos sobre iniciativas apostólicas, sobre el Opus Dei y sobre San Josemaría, etc.

EL FUNDADOR

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Capitulo de “El Opus Dei: Ficción y realidad”, un libro de M.J.West

Josemaría Escrivá de Balaguer nació en Barbastro, en el Somontano, región situada al norte de España, el 9 de enero de 1902. Era el segundo de los seis hijos que tuvieron don José Escrivá y Corzán, copropietario de un negocio de ventas al por menor, y su esposa, doña María Dolores Albás y Blanc. Los Escrivá eran cariñosos y pacientes con sus hijos, enseñándoles con el ejemplo y mostrándoles cómo vivir el optimismo cristiano frente a la adversidad. La quiebra del negocio paterno y las estrecheces familiares que siguieron ayudaron a fortalecer el carácter de Josemaría, que, en su juventud, era un buen estudiante con buen humor y profundamente religioso, aunque no tuviera ningún deseo de hacerse sacerdote.

Sin embargo, Dios quería algo de él. Él mismo dijo que pronto había tenido “barruntos de amor” que, poco a poco, abrieron su mente a las perspectivas del futuro. No obstante, hasta 1918 no decidió hacerse sacerdote, pensando en, como él mismo diría, estar disponible para lo que Dios quisiese de él. Al mismo tiempo, empezó a percibir que lo que se le pedía, aunque todavía no sabía lo que era, tenía que ver con la vida de los cristianos corrientes, no con la de los religiosos. Por eso empezó a estudiar también una carrera civil, la de Derecho, en la Universidad de Zaragoza. Más tarde, eso le permitiría ser profesor de Filosofía y de Ética profesional en la Escuela de Periodismo de Madrid y de Derecho romano en Zaragoza y en Madrid.

Tras su ordenación sacerdotal, don Josemaría pasó cortos períodos en parroquias rurales y de Zaragoza, antes de trasladarse a Madrid. Allí, además de enseñar Derecho romano y Derecho canónico en la Academia Cicuéndez, desarrolló una intensa labor pastoral entre los pobres de los suburbios de Vallecas y Tetuán, visitando a los enfermos en sus casas y en los hospitales. Durante esas visitas solía pedirles que rezasen por una intención suya, es decir, por lo que barruntaba que Dios quería de él. Como diría más tarde, “la fortaleza humana de la Obra han sido los enfermos de los hospitales de Madrid: los más miserables; los que vivían en sus casas, perdida hasta la última esperanza humana; los más ignorantes de aquellas barriadas extremas”.

Por fin, el 2 de octubre de 1928, aquel joven sacerdote supo lo que Dios quería de él. Durante un retiro espiritual en la Casa de los Padres Paúles, en la madrileña calle de García de Paredes, don Josemaría “vio” el Opus Dei. La realidad ahora extendida por todo el mundo se hizo clara en su mente.

Más tarde diría que no le gustaba la idea de ser fundador de nada. Sin embargo, inmediatamente se puso,-con una absoluta falta de recursos, a llevar a cabo lo que creía firmemente que era la voluntad de Dios. “Y para abrir paso a este querer divino… -diría en cierta ocasión Dios me llevaba de la mano, calladamente, poco a poco, hasta hacer su castillo (…) No he tenido que andar calculando, como jugando al ajedrez; entre otras cosas porque nunca he pretendido averiguar la jugada del otro para poder dar jaque mate después. Lo que he tenido que hacer es dejarme llevar.”

El joven sacerdote reunió enseguida un grupo de estudiantes universitarios, artistas y comerciantes, y empezó a darles formación cristiana. Se concentró especialmente en los estudiantes universitarios, pues creía que, a largo plazo, eso le permitiría contar con personas de todas las clases sociales. Esa forma de actuar sigue siendo la del’ Opus Dei cuando inicia la labor en algún sitio.

El fundador se entregó a esa labor incansablemente y, poco a poco, el Opus Dei fue tomando cuerpo. El 14 de febrero de 1930, días después de que Monseñor Escrivá escribiera que nunca habría mujeres en el Opus Dei, Dios le mostró que quería que las hubiese.

En 1933, a pesar de las grandes dificultades económicas, se inició la primera empresa apostólica del Opus Dei. Se llamaba Academia DYA y estaba situada en un inmueble que se alzaba en la esquina de las calles de Luchana y Juan de Austria. El nombre tenía un doble significado, pues las letras hacían referencia tanto a las enseñanzas que impartían (Derecho y Arquitectura) como al espíritu que animaba la empresa (Dios y Audacia). La Academia, junto a esas enseñanzas profesionales, ofrecía también formación cultural y religiosa con charlas, meditaciones y retiros espirituales.

Poco después de que se abriera la Academia DYA, don Josemaría empezó a encontrar oposición, a veces de sectores de la Iglesia. Extraños rumores se fueron extendiendo y algunos decían que los miembros del Opus Dei se dejaban clavar en una cruz. Algunas de esas calumnias antiguas han sobrevivido y otras no, pero han surgido otras nuevas (un ejemplo: una emisora de televisión de Alemania Occidental -la Westdeutscher Rundfunk de Colonia, WDR- aseguraba, en 1986, que el Opus Dei estaba implicado en el tráfico de armas, lo que motivó una querella de la Obra).

A estos equívocos y dificultades que rodeaban al Opus Dei vino a unirse, en 1936, el estallido, en España, de la Guerra Civil. A lo largo de más de dieciocho meses, Monseñor Escrivá se vio obligado a esconderse varias veces a causa de la despiadada persecución religiosa, que costó la vida a miles de sacerdotes. Él mismo, en varias ocasiones, escapó del peligro casi dé milagro.

Monseñor Escrivá siempre había vivido personalmente la pobreza, contentándose con muy poco en la comida y el vestido. Su actividad y su capacidad de trabajo asombraban a cuantos le conocían. Pero los rigores de la guerra en España empezaron a cobrar su tributo. Don Josemaría adelgazó de manera increíble. En el otoño de 1937, cuando la situación se hizo insostenible, aunque profundamente quebrantado, se trasladó a Barcelona, en el nordeste de España, con objeto de cruzar los Pirineos a pie y pasar junto con algunos más, por Francia, a la zona de España nacional, donde los sacerdotes no eran perseguidos. El viaje, a través de un terreno sumamente accidentado, en una época del año húmeda y fría, duró dos semanas. Los fugitivos caminaban de noche y se escondían durante el día. Sus compañeros dicen que, a pesar de su lamentable estado, Monseñor Escrivá trataba de animar a todos. Uno de los fugitivos, Antonio Dalmases, dejó escrito en su diario: “…aquí tiene lugar el acto más emocionante del viaje: la Santa Misa. Sobre una roca y arrodillado, casi tendido en el suelo, un sacerdote que viene con. nosotros dice la Misa. No la reza como los otros sacerdotes de las iglesias. Sus palabras, claras y sentidas, se meten en el alma. Nunca he oído Misa como hoy, no sé si por las circunstancias o porque el celebrante es un santo. La Sagrada Comunión es conmovedora: como casi no podemos movemos, hay dificultad para administrarla. Todos vamos andrajosos, con barba de varios días, despeinados, cansados. Las manos sangran por los rasguños, los ojos brillan por las lágrimas contenidas, y sobre todo está Dios entre nosotros en unas Hostias”.

La visión optimista de Monseñor Escrivá estaba basada en una profunda confianza en las palabras de San Pablo: “Para los que aman a Dios, todas las cosas son para bien”. Aseguraba que quien perdía de vista esta realidad no estaba haciendo el Opus Dei: “Cumplid con vuestros deberes profesionales por Amor”, aconsejaba a los miembros. “Os tenéis que santificar, contribuyendo al mismo tiempo a la santificación de los demás, de vuestros iguales, precisamente santificando vuestro trabajo y vuestro ambiente: esa profesión u oficio que llena vuestros días, que da fisonomía peculiar a vuestra personalidad humana, que es vuestra manera de estar en el mundo; ese hogar, esa familia vuestra; y esa nación, en la que habéis nacido y a la que amáis.”

A comienzos del año 1939, en cuanto terminó la contienda, don Josemaría regresó a Madrid y reemprendió su labor. Poco antes de estallar la guerra, la Academia DYA había sido trasladada a un local más amplio situado en la calle de Ferraz, pero ahora estaba en ruinas. Cuando don Josemaría vio a lo que había quedado reducido el fruto de sus esfuerzos, se echó a reír y renovó su fe en la voluntad de Dios. Durante los primeros años de la década de los cuarenta, se aplicó a la tarea de restablecer el Opus Dei y a una intensa labor sacerdotal.

El 14 de febrero de 1943 nació la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Las críticas a la Obra se reanudaron incluso con más fuerza, a pesar del decidido apoyo al Opus Dei del obispo de Madrid, don Leopoldo Eijo y Garay.

La Obra empezó a extenderse por otros países. En 1945 por Portugal y años después por Italia, Francia, Irlanda, los Estados Unidos, México, Chile y Argentina. En 1951 inició la labor en Colombia y en Venezuela y poco después en Alemania, Perú, Guatemala, Ecuador, Uruguay y Suiza. En 1957 se extendió a Brasil, Austria y Canadá. A partir de entonces, año tras año, prosiguió la expansión.

En 1946, el fundador se trasladó a Roma para, entre otras cosas, dirigir e impulsar el largo proceso destinado a encontrar una estructura legal conveniente para el Opus Dei dentro de la Iglesia. Ya en Roma, fue nombrado miembro de la Pontificia Academia de Teología, consultor de la Sagrada Congregación de Seminarios, consultor de la Sagrada Congregación para la Educación Católica y miembro de la Comisión Pontificia para la interpretación auténtica del Código de Derecho Canónico.

Monseñor Escrivá viajó por todo el mundo y habló a grupos numerosos de personas formados por miembros del Opus Dei, simpatizantes, colaboradores y amigos. Respondía a las preguntas que le hacían sobre la vida espiritual gentes de todas clases, hombres y mujeres, ricos y pobres , jóvenes y viejos. Las películas que se hicieron de algunas de esas tertulias -que así le gustaba llamarlas- revelan que era un hombre lleno de vida, con gran simpatía y sentido del humor, cuyas observaciones y comentarios calaban en el alma. Su mensaje podría resumirse en estas palabras suyas de una homilía que pronunció en 1967 en el campus de la Universidad de Navarra: “Os aseguro, hijos míos, que cuando un cristiano desempeña con amor la más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios. Por eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria…”.

Monseñor Escrivá murió de repente, de un ataque al corazón, el 26 de junio de 1975, en Roma, en su cuarto de trabajo, ante una imagen de la Virgen María. Su pérdida fue un golpe terrible para los miembros del Opus Dei, pero no afectó al desarrollo de la Obra. Y es que Monseñor Escrivá había insistido siempre en que el Opus Dei era obra de Dios, no suya. “Habríais hecho un mal negocio -decía- si en lugar de seguir a Nuestro Señor hubieseis venido para seguir a este pobre hombre.”

En el año 62, decía: “así como los hombres escribimos con la pluma, el Señor escribe con la pata de la mesa, para que se vea que es Él el que escribe: eso es lo increíble, eso es lo maravilloso”.

Es difícil definir en qué consiste la santidad, pero, cuando se encuentra, se reconoce. Es lo que el escritor inglés Malcolm Muggeridge ha escrito de la Madre Teresa de Calcuta: “Ha vivido tan unida a su Señor que posee el mismo encanto que hacía que las multitudes se apretasen a Su alrededor en Jerusalén y en Galilea, convirtiendo Su simple presencia en un presagio de curación”. La reacción de quienes conocieron al fundador del Opus Dei e incluso de quienes sólo le han visto en película es a menudo algo similar. Les parece que están en presencia de alguien que se vació a sí mismo para llenarse de algo que supera las dimensiones de este mundo.

Una de las personalidades más destacadas de la moderna psicología, el profesor Viktor E. Frankl, de origen judío, describió así lo que tanto le había atraído del fundador del Opus Dei: “Si tuviera que decir lo que más me impresionó de su personalidad, me referiría sobre todo a la refrescante serenidad que emanaba de él y envolvía toda la conversación. Luego, al increíble ritmo con el que fluían sus pensamientos y, finalmente, a su asombrosa capacidad para sintonizar inmediatamente con su interlocutor”. Y añadía: “Monseñor Escrivá vivía totalmente, sin duda, en el momento presente, se entregaba a él por completo. En una palabra: para él, el momento presente poseía todas las cualidades de lo decisivo”.

Junto a sus cualidades personales, lo que más impresionaba a la gente era su predicación, clara, sencilla y, sobre todo, fiel al Evangelio y muy próxima a sus palabras. Solía ilustrar lo que decía con ejemplos y anécdotas, que enlazaba siempre con las enseñanzas de Cristo. Cuando se le escucha en alguna de esas “tertulias” filmadas no se tiene la impresión de verse arrebatado por una inteligencia privilegiada, sino simplemente humana. Los temas de su predicación eran siempre los mismos: sentido de la filiación divina, santificación del trabajo, amar al mundo sin ser mundanos, búsqueda y aceptación de la voluntad de Dios y confianza en la divina providencia. Todos estos temas iban siempre entrelazados con citas de las Sagradas Escrituras, de tal forma que cuando un crítico del Opus Dei -un académico- desencadenó un ataque contra Monseñor Escrivá basado en frases de sus homilías, resultó que muchas de ellas eran citas bíblicas.

Monseñor Escrivá consideraba que el Opus Dei formaba parte de ese proceso que estaba llevando a los laicos a asumir plenamente su papel en la Iglesia y a participar en su misión en cuanto tales. Estaba convencido de que una de las misiones del Opus Dei era acabar con la idea de la vida cristiana era algo exclusivamente “espiritual”, propio de gente pura, privilegiada, que se mantenía al margen de “las cosas despreciables de este mundo”. Creía que, con esa perspectiva, las iglesias se convertían en refugios de la vida cristiana y que “ser cristiano es, entonces, ir al templo, participar en sagradas ceremonias, incrustarse en una sociología eclesiástica, en una especie de mundo segregado que se presenta a sí mismo como la antesala del cielo, mientras el mundo común recorre su propio camino. La doctrina del cristianismo -añadía-, la vida de la gracia, pasarían, pues, como rozando el ajetreado avanzar de la historia humana, pero sin encontrarse con él”. Y argüía que, si el mundo ha salido de las manos de Dios, si Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza y ha depositado en él una chispa de su propia Luz, entonces la mente humana debe descubrir el significado divino de todas las cosas.

“¡Que no, hijos míos! -exclamaba-. Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser -en el alma y en el cuerpo- santa y llena de Dios: a ese Dios invisible lo encontraremos en las cosas más visibles y materiales.

No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver -a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares- su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo.”

Cuando murió Monseñor Escrivá, el Opus Dei, que había empezado con un puñado de estudiantes universitarios, contaba ya con 60.000 miembros de 80 países. Como ya he señalado, Monseñor Escrivá estaba convencido de que el Opus Dei había nacido por voluntad de Dios. Para los católicos, esta convicción se ve reforzada por el hecho de que la Iglesia ha reconocido al Opus Dei en todas las etapas de su desarrollo. “Con grandísima esperanza, la Iglesia dirige sus cuidados maternales y su atención al Opus Dei, que -por inspiración divina- el Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer fundó en Madrid el 2 de octubre de 1928…”

“Desde sus comienzos, en efecto, esta Institución se ha esforzado no sólo en iluminar con luces nuevas la misión de los laicos en la Iglesia y en la sociedad, sino también en ponerla por obra; se ha esforzado igualmente en llevar a la práctica la doctrina de la llamada universal a la santidad, y en promover entre todas las clases sociales la santificación del trabajo profesional y por medio del trabajo profesional” (Constitución Apostólica Ut sit de Su Santidad Juan Pablo II, de 28 de noviembre de 1982).

El proceso de canonización de Monseñor Escrivá, apoyado por 69 cardenales y 1.300 obispos, prosigue su curso en Roma.

Durante su vida, Monseñor Escrivá fue víctima de calumnias y discriminaciones. Él siempre urgió a los miembros del Opus Dei a oponerse a estos males humanos. Tal vez donde mejor se ve es en Kenia.

Una vida, un camino y una herencia

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Testimonio de Eduardo Zaragüeta, O. S. A.
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Ha fallecido don Josemaría Escrivá, fundador y presidente general del Opus Dei. La noticia ha llenado las primeras páginas de los periódicos de medio mundo, porque en setenta países más de setenta mil cristianos de toda condición social le llamaban y le amaban como a padre.

Monseñor Escrivá era, antes que todo, un sacerdote de Cristo, exclusivamente de Cristo y para la Iglesia entendida como tarea de servicio en la cooperación, la cordialidad y el esfuerzo cotidiano. Para otros queda la honrosa tarea de divulgar su rica y generosa biografía. Sólo queremos resaltar aquí el hecho de que su espiri­tualidad adaptada a nuestro tiempo redescubrió el valor de normal, lo oculto e intrascendente como medio eficaz de acercamiento a Dios y, en definitiva, de santificación. Su obra, como interpretación del deseo de Dios, tiene y tendrá contradictores y defensores, pero, como todo empeño grande, no pasará indiferente. Tratar de cris­tianizar y santificar desde dentro las estructuras de nuestro mundo, en lo social, lo político, lo económico, lo artístico, lo familiar es una estrategia audaz que molesta a los demoledores de lo limpio, porque es dar en la diana de los aconteceres que mueven el mundo. Si esta tarea se realiza, además, con eficacia de medios humanos y con amorosa fidelidad al magisterio de la Iglesia y con amor a la tradición vital en tiempos de echarlo todo por la borda y de vul­garizaciones hasta en el culto, entonces esa actitud es una predi­cación, pero también un justo reproche. Matrimonios felices, sacer­dotes ensotanados, limpios, bien plantados y con una o más carreras civiles, además de la eclesiástica, competentes en el medio en que se desenvuelven, solventes, es algo que molesta a muchos sociali­zantes, apostoleadores de taberna y que perdieron la brújula de su vocación.

La vida de Monseñor Escrivá marcó un camino y deja una herencia de espiritualidad en marcha pujante en estos momentos cruciales de la Iglesia y de la humanidad. Los agustinos sabemos de su carácter y de su sencillez cordial cuando dio ejercicios en el monasterio de San Lorenzo el Real, de El Escorial. Escrivá amaba a San Agustín y la rica tradición de la Orden que él fundara hace dieciséis siglos, en circunstancias muy parecidas alas actuales. Fray José López Ortiz, vicario general castrense, agustino, arzobispo de Grado, vivió muy de cerca las vicisitudes y los anhelos fundacionales de Monseñor Escrivá. Era un corazón abierto y exquisito. Esta es la palabra. Exquisitez en un trato nunca clasista ni remilgado, sino vivo de la vivencia evangélica y ardoroso ante las exigencias de la humanidad y de la Iglesia.

Los funerales fueron sencillos, pero solemnes. Latín y grego­riano. En el cálido verano romano de los Santos Pedro y Pablo, en el corazón de la cristiandad. La muerte fue un salto a la eternidad feliz, no le hizo sufrir. Su tarea continúa con mayor eficacia junto a Dios, cara a cara con Él.

La Iglesia pierde en la tierra, la Iglesia militante, un gran peón que, en este caso, es semejante a decir un santo vibrante y sin com­plejos de ser lo que es por deseo de Dios y para el servicio de la fe cristiana.

Descanse en paz Monseñor Escrivá, fundador de la «Obra de Dios».

La muerte de un gran aragonés

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Testimonio de José María Zaldívar, periodista
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Escribo, todavía sorprendido por la noticia. Siento que escribo con mi dolor aragonés. La figura de Josemaría Escrivá de Balaguer está, y estuvo siempre, por encima de ciertas mezquindades de los hombres; los que gustan de enjuiciar lo ajeno con su propia impotencia de no saber amar. La trayectoria del barbastrino no tiene otro motivo en sus años vitales que una sed ardiente de volar con los brazos abiertos a una suma capacidad de comprensión, de acer­camiento al prójimo, de existir, sabiéndose en la existencia de los demás.

Acertó a vivir nuestra hora confusa con los ojos iluminados por la fe. Como un almogávar abrió fronteras; como un José Pignatelli dio lecciones de fidelidades romanas; cinceló homilías con la ele­gancia argensolesca en los sonetos; y el fuego lo transmitió a su Obra con las propias brasas que, como a San Lorenzo, manos avie­sas, si no a su carne sí a su corazón, aplicaron con injusticia de sayones.

Nada hay más óptimo en la vida que recorrer caminos llevando un acicate de promisión. Él supo de ese júbilo caminante. Y lo hizo acertando a no cambiar de bastón. El que recibió a su ministerio, el que no precisa de permutas peligrosas. Hoy, que tantos bordones quiebran y desfloran, qué beatitud continuar renovándose como la vara bíblica, sin perder el perfume ni la flor.

Yo no he pertenecido a su Obra. Pero, como católico, toda obra hacia Dios merece mi respeto, mi apoyo y mi lealtad. Hay quien murmura por ahí, juzgando por hechos muy personales la totalidad espléndida de la Obra del aragonés. También yo podría testimoniar que en mi propia vida me he encontrado con hombres del Opus Dei, ejemplos ciertos de una cosecha espiritual del sembrador. Y, entre todos los hallados, él.

Cuando Josemaría Escrivá viene a Zaragoza, en octubre de 1960, para tomar la investidura en la universidad, yo llevaba unos días sin poder acercarme a los micrófonos en mi diaria emisión. Un gran dolor íntimo -la inesperada muerte de mi hermano- me tenía en un hundimiento total. Acudí aquella mañana a la fiesta en el Paraninfo de Medicina. Jamás vi en actos similares mayor concurrencia, entusiasmo, recepción de gentes que de toda España habían llegado a acompañar a Monseñor. Él entró –lo recuerdo-, sencillo, abstraído de toda vanidad humana; sonriendo familiar. Comprendí, al verle cruzar aquella vía académica, que él nos demos­traba –autor de Camino- su propio camino y su peculiar forma de caminar. La sencillez, la que engendra la paz en diafanidad de criterios; la rigurosidad suave que se puede crucificar con sonrisas. La mejor forma a estos días del mundo, de poder estar en él sin perder por ello nuestra legitimidad.

Tanto me conmovió que, alzando ánimos, aquel mediodía volví a ser voz en la radio, a base de olvidar mis penas, contando la alegría del altoaragonés. Él, que lo supo, mandó a buscarme. Me hallaron y a toda prisa acudí a la cita privada con él.

El diálogo entre ambos lo he conservado para mí solo. Recuerdo bien su abrazo y su ánimo en mí. Me dio su bendición y su encargo para siempre. Y lo guardo, por él escrito, en el pequeño ejemplar de Camino, en férvido latín. «Todo sea para bien». Me ha corres­pondido en la vida, como a todo mortal, sufrir desde 1960 tantas cosas que pocos sabrán… Pero ahí estaban las palabras de Josemaría Escrivá de Balaguer, como lección.

Ha venido a morir súbitamente. Pero todavía le quedaba el regusto de aquella jornada en su ciudad de origen. ¡Qué bien hizo Barbastro no cejando en la celebración del homenaje! Hubiese sido penoso, que esta muerte nos hubiese impedido ser, por muy pocas veces, agradecidos a los que no se olvidan de su propio solar. Y su ciudad sí supo serlo. Ahí queda, entre las alturas y los fondos de los remansos de las aguas, la soberbia perspectiva de Torreciu­dad. Una obra que se asienta, para acoger al mundo espiritual, en nuestra propia tierra de Aragón.

A Monseñor podrá discutírsele, pero no afrentándolo. Se podrá discrepar, pero, asimismo, reconocer los méritos que sus años de empresa religiosa han dado a su trascendente menester. Sus actos ahí quedan -como él mismo me contó aquel día- intentando abra­sar el mundo con el fuego de Cristo. Porque para su concepto, había que pegar el fuego de Cristo a todos, olvidándonos nosotros, sus portadores, de nuestra comodidad.

Monseñor ha muerto de pie; caminando le sorprendió la muer­te. Caminando ya sin los pies en tierra, a estas horas en que escribo, yo bien sé que sus pasos habrán remontado Cinca arriba, buscando esa imagen amada, ¡su Virgen altoaragonesa de Torreciudad!

Una trayectoria espiritual

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Testimonio de Mons. Adolfo S. Tortolo, Arzobispo de Paraná. Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

En Roma primero, en Buenos Aires después, traté a Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer. Los contactos fueron pocos pero profundos. Ambos queríamos conocernos, y a Dios gracias nos hemos conocido.

EL HOMBRE

La contradicción es herencia de todo aquel que quiera imitar y seguir a Jesucristo. Es realidad en los grandes hombres; más rea­lidad aún en los grandes santos.

Toma formas diversas y no siempre es tumultuosa y ostensible. No es raro puntualizar «la sorda contradicción» de alguien. No siempre proviene de los malos; muchas veces proviene de los bue­nos, y hasta de los mismos santos.

Pero también hay personas que están predestinadas a ser el blan­co de una profunda y larga contradicción. Dios nos precisa a todos, aun con los defectos que tengamos, para realizar las maravillas de su gracia. ¡Qué útiles les fueron al Señor el odio de Saulo y los peca­dos de Agustín!

Pero ocurre esto especialmente con los grandes caracteres o con esos santos sobre quienes pareciera que Dios asentara la historia en un determinado momento.

Los grandes caracteres como los violentos espirituales no pue­den no chocar y no pueden no convertirse en signos de contradicción.

Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer fue un gran carácter, un gran corazón, una gran voluntad, una gran riqueza humana. Su si fue siempre sí, su no fue siempre no. Surgido el Opus Dei se agrandó el horizonte espiritual y se hizo más intensa la contradic­ción de los hombres, sobre todo de los buenos.

El Opus Dei creció demasiado pronto y demasiado alto. No le cabía esconderse bajo la mesa, por cuanto la luz estaba puesta sobre la montaña. Imposible no despertar sospechas, sobre todo en quienes sólo conocían el Opus Dei desde lejos, corticalmente, rodeados de prejuicios.

También un día Jesús se vio envuelto en la misma trama del «rumor» maldiciente. Y se opinó y habló sobre Él mediante juicios marcadamente opuestos.

Monseñor Escrivá de Balaguer conocía demasiado bien el trato preferencial de Dios con sus elegidos. Y aceptó con entereza las reglas del juego del accionar de Dios y del accionar con Dios.

Supo aprovechar todo: lo bueno y lo malo. A las críticas surgidas respondió con la hermenéutica del discernimiento sobrenatural. Esas mismas criticas, pasadas por el filtro de la gracia y de la luz de Dios, le fueron útiles para ajustar vocablos, para precisar obje­tivos, pero sobre todo lo afirmaron en la perenne tensión de agradar a Dios y de cumplir su voluntad.

Esas mismas críticas tuvieron la virtud de provocar las fuerzas latentes, ocultas en el fondo del alma, como le ocurriera a Moisés con la roca en el desierto.

Su personalidad se fue robusteciendo hasta hacer de él un hombre monolítico. Por eso a la Obra pudo imprimirle una excepcional con­sistencia, que se traduciría muy pronto en una gran expansión y en no menor profundidad.

A lo largo de este proceso, en medio de cuya complejidad se dejó siempre trabajar por Dios, fue cristalizando lo que sería su vocación personal y su carisma: servir mandando, concretamente como padre, como reflejo de la paternidad divina.

Logró así un interior indiviso que, al acumular fuerzas, se volcó a cada uno de los objetivos con seguridad, con firmeza, con eficacia.

Por otra parte, fue por fuera lo que fue por dentro y a la inversa. Siempre dueño de sí mismo.

Era lógico que no todos descubrieran su perfil humano, como su perfil sobrenatural, y no acertaran a ver en plena luz al «homo Dei». Pero también es cierto que Monseñor Escrivá de Balaguer nunca tuvo interés en proyectar popularmente su persona. La popu­laridad –tentación fácil– no llegó a morderle por dentro.

Juzgándolo dentro de nuestra época -dentro del mundo actual- podríamos definir su persona como el hombre que no tuvo compromiso alguno, excepto el de amar a Dios y darse por entero a Él; bien determinado a servir a los hombres, como exigencia del amor de Dios.

Esta unidad de objetivo despertó en él la voluntad de amar a Dios a lo grande, buscando siempre lo mejor, dentro de una profunda libertad de espíritu.

Su personalidad eclesial fue hondamente marcada por su con­ciencia y su experiencia personal del Cuerpo Místico. Fue hombre de Iglesia y la amó apasionadamente, cuyo rostro visible fue el Papa, al que quiso servir como al mismo Cristo, cualquiera fuere su nom­bre. Su piedad sacerdotal fue piedad doctrinal, hacia la cual orientó y nutrió no sólo su espíritu, sino también el de todos aquellos que aceptaran su dirección.

El don de su libertad interior, la firmeza de su juicio y la pre­ferencia por el trato directo se debió en parte a su estirpe hispana.

Ignoro qué le dio su tierra, cuál fue el aporte que el pasado le traspasara congénitamente, cuáles fueron los imponderables que con más vigor actuaron sobre él. Pero es indudable que el alma cristiana de Occidente le transfundió la necesidad de convertir la propia vida en una aventura, jugándosela por un ideal.

Camino -uno de sus libros- es la expresión clara de una pode­rosa y envidiable energía interior, de su incapacidad para cualquier componenda, pero también de su capacidad para convertir en rea­lidad lo que humanamente es imposible.

EL CARISMA

El carisma es una gracia, es una realidad sobrenatural. Es cali­dad y cualidad teológicas. Es dado a un hombre en beneficio de la comunidad eclesial. Su número es infinito, porque Dios es ina­gotable y lo son también sus dones.

Los carismas son irrepetibles como es irrepetible la persona humana, portadora y agente del carisma, comunicado gratuitamen­te al hombre, al cual instrumenta en vista a la eficacia del carisma. Don de Dios por medio de los servidores de su Reino, de los ope­rarios de su Viña, de los constructores de su Iglesia.

El carisma compromete al poseedor. Debe cultivarlo. Pero, sobre todo, debe proyectarlo límpido y total sobre la Iglesia.

El carisma actúa en la dirección que le es propia por su disposición divina. Normalmente, por su propio dinamismo, el carisma pasa al acto y tiende a producir sus frutos.

Estas expresiones configuran un don de Dios dado a la Iglesia –o a los hombres- por el ministerio de otro hombre, y cuyo carácter misterioso exige una constante fidelidad al Espíritu Santo.

Monseñor Escrivá de Balaguer fue poseedor de muchos caris­mas. Pero uno lo fue en grado eminente. Intuyó a Cristo y al hom­bre, la vida humana y la vida divina, el fluir de la Historia y la recrea­ción del mundo. Dios que sigue trabajando y el hombre incitando a trabajar con Dios.

Intuyó las posibilidades infinitas del amor cuando desciende del Corazón de Dios y asciende y retorna a Dios pasando por el corazón de los hombres.

Intuyó todos estos elementos no separados, sino orgánicamente fundidos en una síntesis sobrenatural que quiere actuar desde el interior de cada hombre.

Y vio entonces a la luz de la fe que todo esto es parte primordial de la tarea, del trabajo que Dios se ha impuesto a sí mismo. Es el Opus Dei en una doble acepción: Dios es poseedor y es «factor». Es la obra -el opus– que Dios posee, y es la obra –el opus– que Dios realiza.

Vio entonces con meridiana claridad que cada hombre, como toda sociedad humana, está llamado a compartir la tarea de Dios trabajando con Él codo a codo.

Y penetró más hondamente aún. Sólo es posible trabajar juntos –Dios y el hombre–, participar de su tarea, si hay santidad. Dicho de otro modo: para participar de la acción de Dios hay que par­ticipar de su vida. Y participar de su vida sólo es posible por la adhesión vital a Dios y por la unión con Él: Adhesio Deo et unio cum Deo.

«Aprehendió» la intuición y, sin vacilar, se dejó guiar por el impulso de la gracia; y el Espíritu de Dios le certificó internamente que su misión sería dinamizar a los hombres –a cualquier nivel– hacia la recristianización y transformación del mundo, pero desde dentro del mismo mundo. Vio con absoluta claridad y certeza que sólo hombres renovados podrían renovar el mundo y entendió tam­bién con absoluta claridad que la renovación de estos hombres se llama santidad.

Quedaron definitivamente fijas y ciertas estas dos realidades. santificar a los hombres para darle gloria a Dios. y por medio de estos hombres transformar el mundo sin sacarlos de él. Dios te pre­cisa en el lugar que te ha puesto, parece ser la consigna permanente de Monseñor Escrivá de Balaguer para todo adherente a la obra.

El carisma se le hizo carne, y se puso en manos de Dios, ansioso de ser él el primer trabajador por Dios en su nueva visión de la vocación cristiana.

Y Dios puso su firma a través de los hechos. Y los hechos reveladores son los siguientes: un hombre de un solo canto, en cierto modo hombre de piedra, de firmeza desusada, conversador con Dios, solícito y preocupado por los hombres, exigente amigo de la verdad, y de su plasmación en grandes ideas y en grandes obras, aferrado a principios –puestos hoy en duda o margina­dos–y ver a este hombre, a este sacerdote, convertido en padre de incontables hijas e hijos a los que ha venido traspasando su propia alma.

Más aún: conoció el valor y la promesa que en sí misma lleva el alma de un joven, su generosidad, su idealismo, su coraje. Pero conoció también la inestabilidad del joven, el tumulto de las con­cupiscencias, las flaquezas del corazón.

Y sin embargo, por instinto sobrenatural, por impulso del caris­ma recibido, Monseñor Escrivá de Balaguer apuntó al joven, a quien, en un acto de amor sobrenatural, le exigió todo. Y los jóvenes le respondieron sí.

Monseñor Escrivá de Balaguer, tomando el camino inverso al que tomaron muchos otros, pidió siempre mucho a quienes qui­sieron seguirle. Y el método fue eficaz: los jóvenes le dieron mucho, le dieron todo. Por eso el sí de los jóvenes ha tenido una desconocida eficacia: son muy pocos los que vuelven los ojos atrás.

De su constante conversación con Dios aprendió Monseñor Escrivá de Balaguer a preocuparse de veras por los hombres. Conoció el valor de las élites actuando de fermento en la masa. Y mientras se empeñó en la formación de cada persona humana, se empeñó en darle claro estilo, contenido y forma de vida auténticamente evangélica y eclesial.

Por último, quisiéramos añadir lo siguiente: Dios sigue traba­jando. Su tarea quedará preferentemente oculta hasta el final de los tiempos. Dios sigue incesantemente operando. Abarca todo este tan complejo universo. Quiere el Señor restituir a este mundo aque­lla nobleza divina con que saliera de las manos de Dios, y cuyo exponente fue el hombre.

El Opus Dei es de Dios y no de Monseñor Escrivá de Balaguer, como nos diría él mismo. Quienes lo integran quieren diluirse en este constante quehacer de Dios. A través de Cristo y por su inser­ción en él, quieren hacer suyas las preocupaciones y afanes del Padre Celestial, al que ofrendan cuerpo y alma, mente y corazón. Le ofrendan todo del mejor modo posible con el noble estilo de los hijos de Dios.

Pero quiso que María, Madre de Dios, fuera también Madre del Opus Dei. Como en él nunca tuvieron lugar las medias tintas, entendió lo de Madre en sentido propio.

El secreto de su extensión, ¿no será la respuesta de la Madre y su precio por haberla querido en el corazón del Opus Dei?

Evangelio y Vaticano II en el espíritu de Josemaría Escrivá de Balaguer

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Testimonio de Cardenal Ángel Suquía, Arzobispo de Madrid. Presidente de la Conferencia Episcopal Española
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

El próximo 17 de mayo, el Santo Padre Juan Pablo II beatificará en San Pedro del Vaticano a Josemaría Escrivá de Balaguer, que nació un día como el de hoy, hace noventa años. Con este acto, la Iglesia habrá propuesto solemnemente a los fieles un nuevo ejem­plo de santidad, y un eficaz intercesor ante Dios. Tras la alegría por la llegada a los altares de este sacerdote español –particular­mente para nuestra diócesis de Madrid, en la que residió durante casi veinte años–, viene el momento de la reflexión sobre el sentido del reconocimiento público de una vida santa en la Iglesia de hoy.

Como ha sucedido a lo largo de toda la historia, también ahora el Espíritu Santo suscita hombres de Dios que tienen como misión abrir camino, hacerlo andadero para los que vengan detrás. Esos hombres de Dios se adelantan a su tiempo y lo acercan al querer de Dios. Uno de esos hombres de Dios fue precisamente Josemaría Escrivá de Balaguer, que recibió aquí, en la diócesis de Madrid, la llamada clara del Señor para encarnar y difundir un mensaje de alcance universal.

Es Jesucristo quien alienta cada uno de los pasos de la Iglesia y guía todos sus caminos, bajo el impulso vivificante del Espíritu. Y ha sido el Espíritu Santo quien -como recordaba el Santo Padre– «ha hablado a la Iglesia de hoy y su Voz ha resonado en el Concilio Ecuménico». La Iglesia, por sus legítimos pastores – los romanos pontífices y los obispos-, ha reconocido el carisma del Opus Dei y alienta la labor apostólica de los miembros de la Prelatura, cons­ciente de que su dinamismo apostólico, junto al de tantas otras rea­lidades de la Iglesia, es expresión de la vitalidad espiritual del pueblo de Dios y responde plenamente al espíritu del Concilio para nuestro tiempo. Un tiempo necesitado de respuestas sólidas y coherentes, que requieren en el fiel cristiano, junto con la asidua recepción de los Sacramentos, una profunda formación ascética y teológica, pre­supuesto ineludible para la honda tarea de evangelización a la que nos convoca Juan Pablo II en los albores del tercer milenio cristiano.

También ahora los sacerdotes y los laicos, cooperando orgáni­camente en la tarea evangelizadora, cada uno desde su peculiar misión, deben afrontar los retos que plantea una sociedad descris­tianizada y deben dar una respuesta coherente con su fe bautismal: la respuesta comprometida y responsable de hombres que viven su fe las veinticuatro horas del día como cristianos consecuentes. Este es uno de los puntos en donde se manifiesta la profunda trascen­dencia del carisma que Nuestro Señor dio a Josemaría Escrivá en aquel 2 de octubre de 1928, cuando fundó el Opus Dei «por ins­piración divina», como destaca Juan Pablo II en la Constitución Apostólica «Ut Sit».

Ya se ha señalado la sintonía que existe entre el mensaje de Mon­señor Escrivá y el Vaticano II: la llamada universal a la santidad de todos los hombres y el valor santificador de todas las realidades humanas rectas. Urgencia de santidad, de vida divina, de unión con Dios por medio de la Iglesia, que ha sido el nervio de la tarea reno­vadora suscitada por el Espíritu al acercarnos al tercer milenio de la Iglesia. Así quedó patente en el Sínodo Extraordinario de los Obispos, de 1985, al hacer balance de los frutos que ha traído a su Iglesia aquel gran Concilio Ecuménico.

Quiero señalar, por mi parte, que no se trata sólo de una sintonía de carácter estrictamente teórico. El deseo de Monseñor Escrivá se ha convertido en realidad en la vida de muchísimas almas: su predicación ha dado frutos vivos de santidad en la Iglesia; sus pala­bras han prendido su luz y su calor en la vida de tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo. Ahora se aprecian los frutos de esa gran labor catequizadora, que hacía recordar a Monseñor Escrivá de Balaguer la autenticidad, la fidelidad y la sencillez de los primeros cristianos, aquellos hombres que navegaron a contracorriente en medio de un mundo paganizado, para transformarlo como el fer­mento en la masa y llevarlo a Cristo.

En efecto: sólo una profunda formación cristiana puede servir a los hombres de esta sociedad nuestra para que vivan con el señorío de los hijos de Dios, sin dejarse arrastrar por las ideologías de huma­nismos sin Dios, materialistas o cegados por actitudes permisivas. Se comprueba ahora con especial agudeza que los criterios autén­ticamente cristianos facilitan el convivir y amar -que es mucho más que respetar o tolerar- a todos, sin excluir a nadie, pero abarcando particularmente a los más menesterosos: los pobres, los enfermos, los marginados, los ancianos, los sin trabajo.

Sé que Monseñor Escrivá soñaba con que los catecismos hicie­ran mucho más hincapié en las obligaciones sociales que comporta la fe católica: deberes cívicos, profesionales y de justicia social. Nosotros podemos y debemos convertir en hermosa realidad su sueño.

En el pensamiento de Monseñor Escrivá, la formación laical significa luchar por resolver esas rupturas en la vida de los hombres que tan certeramente señala el Concilio Vaticano II: la fractura entre la fe y la conducta personal; entre la fe y la cultura; entre lo sobrenatural y lo auténticamente humano. Se encamina a res­tablecer latinidad de vida del cristiano, superando esa múltiple esci­sión dislocadora de una efectiva vida cristiana.

Para soldar esas fracturas se necesitan muchos cristianos seria­mente formados que acojan con alegría y plenitud la doctrina católica, tal como es propuesta por el Magisterio; que se unan con espon­taneidad a los obispos y se integren en la pastoral diocesana; que compartan, en sincera comunión con sus hermanos, el mismo Pan Eucarístico. Es necesario que los cristianos sepan poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas, con libertad y res­ponsabilidad personales, como hicieron aquellos primeros cristia­nos que se santificaron en el mundo pagano.

Y aquí radica en parte, al menos a mi entender. el atractivo del mensaje profundamente evangélico del fundador del Opus Dei: enseñaba que la fe no debía llevar a un espiritualismo raquítico. a una «teoría espiritual» desgajada de la existencia real, sino que debía impregnar hasta los más recónditos entresijos de la vida cotidiana.

Es necesario recordar de nuevo, como enseña el Concilio Vati­cano II, que los laicos deben santificarse en medio del mundo, en medio de este mundo nuestro que se aleja de Dios. El hombre de la calle debe aprender a santificarse en su trabajo realizado con amor de Dios y con pericia profesional. Porque la credibilidad del testimonio de los cristianos dependerá -cada vez más- del pres­tigio profesional que posean, y la eficacia de su contribución a la evangelización estará condicionada por una sólida preparación en el trabajo. Esta gran catequesis que impulsó el fundador del Opus Dei está dando abundantes frutos de servicio y representa una ayu­da muy significativa en esa gigantesca obra de evangelización del mundo moderno en la que está comprometida toda la Iglesia.

Mi buen amigo Álvaro del Portillo, obispo prelado del Opus Dei, recordaba que el «anhelo del fundador del Opus Dei se plasmó en un lema de resonancias heráldicas: “para servir, servir”. Esto es, para ser útiles hace falta tener espíritu de servicio y demostrarlo con obras. El único honor que siempre deseó fue el de servir a la Iglesia una, santa, católica y apostólica; y el derecho de renunciar a todo derecho que no fuera ofrecerse en un continuo holocausto de oración y de trabajo».

Escribió Pablo VI que la Obra promovida por Monseñor Escri­vá de Balaguer era una «expresión de la perenne juventud de la Iglesia». De esa Iglesia que ahora peregrina en un mundo pluralista en el que desea construir la civilización del amor y contribuir a una auténtica cultura de vida. La noticia de la próxima beatificación de Josemaría Escrivá de Balaguer nos lleva a un canto de acción de gracias al Espíritu Santo Vivificador.


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