He aprendido de un gitano…

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Don Josemaría se desvivía por los enfermos, los consolaba con su presencia animosa y optimista, y procuraba aprender de ellos. Un día vio a un gitano agonizante en una cama del Hospital General, al que habían dado una puñalada mortal durante una reyerta.

—Este hombre se muere —le avisaron.

Procuré que nos dejaran solos. Dije al gitano unas palabricas y se conmovió. Le advertí también que se moría, y él quiso confesarse. Luego, cuando le día a besar el crucifijo, me decía a gritos, sin que pudiera hacerle callar:

—Con esta boca mía podrida no puedo besar al Señor.

—¡Pero si le vas a dar un abrazo —le dije— y un beso muy fuerte enseguida, en el Cielo!

Nunca olvidó aquel grito sincero de compunción. ¿Habéis visto —comentaba años después— una manera más hermosamente tremenda de manifestar la contrición? Después, alguna vez lo he dicho también yo, a solas, sin dar voces: con esta boca mía podrida, no puedo besarte, Señor. He aprendido de un gitano moribundo a hacer un acto de contrición.

“Guardo esa imagen grabada en el alma —recuerda José Ramón Herrero, uno de los jóvenes que le acompañaban en sus visitas a los hospitales—: el Padre, arrodillado junto a un enfermo tendido en un pobre jergón sobre el suelo, animándole, diciéndole palabras de esperanza y aliento… Esa imagen no se me borra de la memoria, porque refleja y resume lo que fueron aquellos años de su vida”.

Brian Kolodiychule, Postulador de la Causa de la Madre Teresa, recordaba con motivo de la canonización de Josemaría Escrivá que el encuentro de Cristo en los pobres, que fue el carisma de Teresa de Calcuta, se da, de una forma o de otra, en todos los santos de la Iglesia. Se puso de manifiesto, escribe, “muy en particular en los primeros años de la historia del Opus Dei, como han relatado testigos del trabajo pastoral del beato Josemaría en los hospitales de Madrid. Los pobres, los enfermos, los desahuciados, fueron las armas para vencer en su batalla para que el Opus Dei echara a andar. En ambos casos, tanto para el fundador del Opus Dei como para la Madre Teresa, en la raíz de este compromiso se advertía la fe, que les hacía descubrir a Cristo en cada hombre”.

Trescientos, trescientos mil

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Había invitado a esa primera clase a numerosos universitarios, con gran ilusión apostólica; había hablado con unos y otros, y al final… se presentaron Juan Jiménez Vargas y otros dos más.

Me vinieron sólo tres. ¡Qué descalabro!: ¿verdad? ¡Pues no! Me puse muy optimista, muy contento, y me fui al oratorio de las monjas; expuse a Nuestro Señor en la Custodia y di la bendición a aquellos tres. Me pareció que el Señor Jesús, Nuestro Dios, bendecía a trescientos, trescientos mil, treinta millones, tres mil millones…, blancos, negros, amarillos, de todos los colores, de todas las combinaciones que el amor humano puede hacer.

Entre tantas pruebas, que superaba con humildad, seguía recibiendo en su alma nuevas mociones de Dios. Eran los primeros días de octubre de 1932, cuando, haciendo un retiro espiritual en el Convento de los Carmelitas Descalzos de Segovia (…), pasaba largos ratos de oración en la capilla donde se guardan los restos de San Juan de la Cruz: y allí, en esa capilla, tuve la moción interior de invocar por vez primera a los tres Arcángeles y a los tres Apóstoles (…), teniéndoles desde aquel momento como Patronos de las tres obras que componen el Opus Dei.

Hacía considerar a las personas que trataba la vida cotidiana de los Apóstoles que siguieron al Señor: Lo que a ti te maravilla —escribió en Camino a mí me parece razonable. -¿Que te ha ido a buscar Dios en el ejercicio de la profesión? Así buscó a los primeros: a Pedro, a Andrés, a Juan y a Santiago, junto a las redes: a Mateo, sentado en el banco de los recaudadores.

El 11 de noviembre de 1934 fue nombrado Rector del Patronato de Santa Isabel, del que era capellán desde 1931. Atendía, entre otras labores, a las Agustinas Recoletas del Convento de Santa Isabel. Esta comunidad tenía una talla de un Niño Jesús que le daba particular devoción. Durante las Navidades de 1931 la Superiora le autorizó para llevarlo a su casa y enseñarlo a algunos amigos y conocidos.

Hoy me llevé el “Niño de Santa Teresa” —contaba el 30 de diciembre de 1931—. Me lo dejaron las Madres Agustinas. Fuimos a felicitar las Pascuas a Fray Gabriel, en los Carmelitas. El hermanito se alegró y me regaló una estampa y una medalla. Después de visitar a otros amigos, se lo llevó a su casa: Y aquí tendré a Jesús hasta mañana. Esa devoción al Niño, íntima y recia, unida a un profundo sentido de la filiación divina, muestra como Dios iba llevándole, casi sin que se diera cuenta, como a Santa Teresa Lisieux, y tantos otros santos, por caminos de infancia espiritual.

En diciembre de 1933 comenzó la Academia DYA, primera labor apostólica del Opus Dei. Fueron acercándose nuevas personas a los apostolados que emprendía; y cuando la labor se consolidaba y ya contaba con algunos miembros del Opus Dei; cuando le rodeaba casi un “centenar de almas vibrantes”; y pensaba comenzar la expansión por todo el mundo; en los mismos días en los que daba los primeros paso para ir a otra ciudad, Valencia… se desencadenó la guerra civil en el país.

1936. La persecución religiosa

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Junto con la guerra civil (1936-1939) tuvo lugar en España una de las persecuciones religiosas más sangrientas que ha conocido la historia de la Iglesia. Murieron 6.832 personas; 4.184 del clero secular —entre los que se incluyen doce obispos y numerosos seminaristas—; 2.365 religiosos y 283 religiosas. Es incalculable el número de laicos que padecieron martirio a causa de la Fe.

Como tantos sacerdotes de su tiempo, don Josemaría pasó mil penalidades por su condición sacerdotal. Tuvo que refugiarse en distintos domicilios particulares, en los que sólo podía estar durante algunas horas o días, porque amparar a un sacerdote, en aquellas circunstancias, equivalía a firmar la propia sentencia de muerte.

No podía transitar por la calle: podía detenerle cualquier control callejero, y acabar, como tantos otros, fusilado junto al paredón del cementerio. No tenía dinero para sobrevivir: únicamente Isidoro Zorzano, ya establecido en Madrid, seguía cobrando su sueldo. Y le llegaban rumores de detenciones arbitrarias, registros y torturas.

El 30 de agosto se encontraba refugiado con otros perseguidos en una vivienda de la calle Sagasta. Juan Manuel Sáinz de los Terreros, uno de ellos —que no sabía quién era don Josemaría—, cuenta que los milicianos se presentaron de improviso para hacer un registro en el edificio. Comenzaron revisando los sótanos, y prosiguieron, planta por planta… Al darse cuenta, don Josemaría subió por una escalera interior hasta la buhardilla con Juan Jiménez Vargas y Juan Manuel. Aquello era un cuchitril lleno “de polvo de carbón y de trastos, como todas las buhardillas, y en las que no nos podíamos poner de pie porque llegá­bamos con la cabeza al techo… Hacía un calor insoportable. En un momento oímos cómo entraban en la buhardilla de al lado para hacer el registro…

Estando en esta situación se me acerca don Josemaría y me dice:

Soy sacerdote; estamos en momentos difíciles; si quieres, haz un acto de contrición y yo te doy la absolución.

Inexplicablemente, después de haber registrado toda la casa, los milicianos no entraron en aquella buhardilla.

Afirma Juan Manuel que “supuso mucha valentía decirme que era sacerdote ya que yo podía haberle traicionado y, en caso de que hubieran entrado, podía haber intentado salvar mi vida, delatándolo”.

Durante aquella temporada, don Josemaría sufría especialmente por no poder celebrar la Santa Misa habitualmente, por carecer de materia para la consagración. En su lugar recitaba de memoria las oraciones litúrgicas, omitiendo la fórmula de la Consagración y haciendo una comunión espiritual al llegar a la Comunión.

Al fin, en marzo de 1937, encontró un asilo relativamente estable en la Legación de Honduras. Allí, recuerda su hermano menor, Santiago Escrivá, “comíamos muy poco. Josema­ría menos que los demás porque había días que no comía nada o muy poca cosa, como mortificación, para ofrecerlo a Dios”. Se quedó tan delgado —perdió treinta kilos— que, cuando su madre pudo ir a verle, no le reconoció; se dio cuenta de que era su hijo Josemaría sólo por la voz.

Muchos refugiados de la Legación pasaban las horas rumiando en silencio su desdicha; otros se desahogaban comentando sus desgracias presentes y pasadas… En medio de aquel clima de pesimismo, don Josemaría ayudaba a los que le rodeaban a no perder la esperanza, a aprovechar el tiempo, y a crecer para adentro mediante la oración por todos, con un profundo sentido de la Comunión de los Santos.

Por la Comunión de los Santos —decía el 8 de abril— nunca podemos sentirnos solos, pues constantemente nos llegan alientos espirituales de las cárceles, de las trincheras, de dondequiera se encuentre alguno de vuestros hermanos. La consideración de esta realidad nos impulsa a un detenido examen de nuestra conducta en este lugar, que es como una prisión para nosotros. Porque aquí, en esta aparente inactividad, contamos con la posibilidad de trabajar mucho por dentro, y acompañar a cada uno de vuestros hermanos en peligro, y velar por ellos.

Su espíritu atravesó durante aquella época lo que San Juan de la Cruz llamaba la “noche oscura del alma”, con la que Dios suele purificar a las almas santas. Pero esto no se reflejaba en el exterior: su predicación era, como de costumbre, optimista y vibrante, aunque el Señor le hacía participar, de modo particularmente intenso, de la Cruz.

Algunos sacerdotes conocidos suyos habían muerto mártires. Le apenó especialmente el fallecimiento de su gran amigo, Pedro Poveda. El fundador de la Institución Teresiana había sido asesinado en julio de 1936. Comentaba un año después: Recuerdo con gran consuelo una conversación que mantuve con un gran santo; lo asesinaron en julio del año pasado, cuando se hallaba sazonado, preparado para ir al encuentro del Amor, pues había escrito todo el libro de su vida, desde el principio hasta el fin, con letras de oro…

Hablábamos de la posibilidad de sufrir martirio. Le dije que no me asusta la muerte: que la aceptaría gustoso cuándo, dónde y como quisiera el Señor mandármela, pero que sentiría abandonaros. Y continué afirmando, mientas él asentía, que los afectos santos de la tierra se conservan en el Cielo: allí podremos pedir por las personas a las que quisimos aquí abajo.

A finales del mes de agosto de 1937 pudo salir de la Legación con una precaria documentación que le facilitó el Cónsul de Honduras. Todas las iglesias de Madrid se encontraban cerradas, muchas destinadas a otros usos o completamente destruidas, con las imágenes profanadas o mutiladas. En esas circunstancias, don Josemaría arriesgó su vida cuando fue necesario para el bien de las almas: bautizaba a escondidas, confesaba dando un paseo por los bulevares o atendía espiritualmente a religiosas refugiadas en casas particulares.

Llevaba siempre consigo al Señor Sacramentado en una pitillera envuelta, por precaución, en una funda con la bandera y el sello de la Legación. Muchas veces dormía sin quitarme la ropa —recordaba—, con la Sagrada Forma encima, abrazando al Señor.

El 7 de octubre pudo abandonar Madrid. Se dirigió a Barcelona, por Valencia, y el 19 de noviembre salió hacia el Pirineo, donde emprendió una larga marcha que le llevó hasta Andorra. Llegó al Principado el 2 de diciembre, acompañado por un pequeño grupo de personas. Poco después, pasó la frontera francesa y se estableció en Burgos.

En absoluta pobreza

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

“Se me saltaron las lágrimas al verle —comentó Antonio Rodilla, un sacerdote amigo suyo, al encontrarle en Burgos en 1938—. Me lo encontré hecho un esqueleto. Estuve allí unos días con él. Vivía en absoluta pobreza”.

Su cuerpo, de una delgadez extrema, y su rostro demacrado acusaban las penalidades de los últimos años. Los que le acompañaban, como Pedro Casciaro o Francisco Botella, pensaron que aprovecharía esa estancia en Burgos para descansar algo. Pero se equivocaron: ni la pobreza ni el quebranto físico inquietaban a don Josemaría. La pobreza era antigua compañera de camino desde los comienzos de la labor apostólica —amo la santa pobreza, gran señora mía, escribió—, y superaba las penalidades materiales con amor de Dios, un amor que “tiraba hacia arriba” de su cuerpo cansado.

Su corazón sólo tenía una inquietud: acercar las almas al Señor, cumplir la misión que Dios le había confiado y seguir el trato con aquel núcleo inicial de “almas vibrantes” a las que había dado a conocer su mensaje.

Fue a visitar a los que pudo. Algunos estaban en ciudades distantes o movilizados en los frentes de guerra. Otros venían a Burgos para verle. Con otros, seguía en contacto por carta. Escribía a uno de ellos, Tomás Alvira, en febrero de 1938:

Querido Tomás: ¡Qué ganas tengo de darte un abrazo! Mientras, te pido que nos ayudes, con tus oraciones y con tus trabajos.

Yo voy corriendo de un lado para otro: acabo de venir de Vitoria y Bilbao. Y antes: Palencia, Valladolid, Salamanca y Avila. Ahora estoy curando un catarro que pesqué en el Norte. Después, voy a León y Astorga.

Tomasico: ¿cuándo harás una escapada, para que nos veamos?

A Tomás, que contraería matrimonio poco después, en junio de 1939, don Josemaría le había mostrado la posibilidad de entregarse plenamente a Dios, con el carisma del Opus Dei, en el matrimonio: pero tuvo que esperar unos años antes de incorporarse definitivamente al Opus Dei, porque no existía todavía un cauce jurídico adecuado para las personas casadas.

El 28 de marzo de 1939, pocos días antes de que finalizase el conflicto, don Josemaría regresó a Madrid. El panorama, desde el punto de vista meramente humano, era desolador: la guerra había dispersado a muchas de las personas que trataba. Algunos habían muerto en los frentes de batalla. La Academia DYA estaba en ruinas. Había que comenzar, otra vez, desde el punto de vista material, desde cero.

No se permitió una queja, ni un desánimo; y en los años siguientes, hasta 1946, siguió difundiendo el mensaje de la llamada universal a la santidad, haciendo el Opus Dei por diversas ciudades de la Península, con fe renovada, utilizando los precarios medios de transporte de un país recién salido de una guerra: Valencia, Barcelona, Valladolid, Zaragoza, Bilbao, Sevilla, San­tiago… Deseaba comenzar en otras naciones lo antes posible, cuando se encontró de nuevo con un obstáculo insuperable: la Segunda Guerra Mundial.

Durante esos años su espíritu de comunión eclesial se hizo especialmente patente. Predicó numerosos ejercicios espirituales, a petición de los obispos, para el clero de las diversas diócesis, que comenzaban a rehacerse tras el conflicto; y dirigió muchos retiros a comunidades religiosas.

Dios le seguía uniendo a la Cruz, a su Corazón llagado. El 22 de abril de 1941, mientras predicaba en Lérida un curso de retiro para sacerdotes, falleció inesperadamente su madre, en Madrid, tras una brevísima enfermedad.

Olvidar y perdonar

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

La guerra había dejado en el país un clima de recelos y sospechas; y tras la persecución religiosa, don Josemaría tuvo que sufrir una nueva persecución, esta vez contra su predicación y su figura: habladurías, murmuraciones, calumnias. Uno de aquellos ataques pudo costarle la vida: llegaron a denunciarle, en la espiral absurda de acusaciones sin fundamento, ante el terrible Tribunal para la represión del marxismo y la masonería.

Ante esos hechos, su enseñanza constante fue siempre olvidar y perdonar. Aconsejaba:

—No juzgues a los demás;

—no ofendas ni siquiera con la duda;

—ahoga el mal en abundancia de bien;

—siembra lealtad, justicia y paz;

—pasa por alto las interpretaciones torcidas;

—habla cuando pienses en conciencia que debes hablar;

—perdona, siempre, pronto, y todo con la sonrisa en los labios;

—y deja todo en manos de nuestro Padre Dios.

Tenía los brazos abiertos para todos, aunque le hubiesen ofendido seriamente, y sembraba la paz y el perdón, en medio de aquel clima exaltado de odios y rencores. A uno, que le hablaba de venganzas y penas de muerte contra unas personas enemigas de la fe, le explicó que él, por el contrario, deseaba todo el bien a esas personas; y oraba para que se convirtiesen y se acercasen al Señor. A otro, que quería levantar una cruz donde habían asesinado a un pariente suyo, le aconsejó que no lo hiciera, porque —le dijo con claridad— le movía el odio hacia los asesinos, y el odio es incompatible con la Cruz de Cristo. Escribió en su libro Via Crucis: Hay que unir, hay que comprender, hay que disculpar. No levantes jamás una cruz sólo para recordar que unos han matado a otros. Sería el estandarte del diablo. La Cruz de Cristo es callar, perdonar y rezar por unos y por otros, para que todos alcancen la paz.

El 15 de julio de 1943, víspera de la Virgen del Carmen, falleció en Madrid, con fama de santidad, Isidoro Zorzano, uno de los primeros fieles del Opus Dei. En octubre de 1944, mientras predicaba unos Ejercicios Espirituales a los agustinos de El Escorial, diagnosticaron a don Josemaría una grave enfermedad: diabetes mellitus. Siguió predicando, a pesar de su grave estado físico. Y acogió estas nuevas penalidades redoblando su esperanza en Dios.

Mientras tanto, se fueron dando los primeros pasos de carácter jurídico y pastoral, y el 25 de junio de 1944 tuvo lugar la ordenación sacerdotal de tres fieles del Opus Dei: José María Hernández Garnica, José Luis Múzquiz, y Álvaro del Portillo, su más fiel e inmediato colaborador.

Otra caricia de la Virgen

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Seguía padeciendo la fuerte diabetes que le habían diagnosticado en El Escorial. Desde un punto de vista meramente humano, se iba enfrentando, en cada época de su vida, con dificultades fuera de lógica: cuando quiso empezar en otras ciudades de España, estalló la guerra civil. Cuando se dispuso a expandir el Opus Dei por el mundo, comenzó la guerra mundial. Y ahora, que impulsaba la labor apostólica en tantos países desde Roma, sufría una enfermedad le provocaba cada jornada una molestia distinta: un día estaba desfallecido; otro, le dolía la cabeza; al siguiente, le fallaba el ojo derecho. Tuvo una infección que le produjo un giro violento en las raíces dentales, y que llegó a tal punto que el dentista tuvo que hacerle una extracción con los dedos, para evitar una hemorragia, fatal en aquellos momentos.

Todo ilógico humanamente, respondía a la misteriosa lógica de Dios, que en un determinado momento le dio la enfermedad; y en otro determinado momento… se la quitó.

Era consciente de la gravedad de su mal. Había hecho colocar un timbre junto a su cama para pedir los sacramentos, por si le llegaba su última hora de forma repentina. Pero no vivía aquella situación de forma dramática: cada noche, antes de acostarse, rezaba confiado: Señor, no sé si me levantaré mañana; te doy gracia por la vida que me des y estoy contento de morir en tus brazos. Espero en tu misericordia.

A comienzos de 1954 el resultado de los análisis semanales era cada vez más negativo. Hasta que el 27 de abril, fiesta de la Virgen de Montserrat, cuando estaba sentado en la mesa, hacia la una de la tarde, sufrió un shock anafiláctico: se dio cuenta que se moría y le dijo a Álvaro del Portillo, que le acompañaba, como de costumbre:

Álvaro, dame la absolución.

—Padre, ¿qué dice? —le preguntó éste, desconcertado.

¡La absolución!

Comenzó a indicarle la fórmula —ego te absolvo…— y se desvaneció sin sentido.

Tras absolverle, del Portillo intentó que tomara azúcar y avisó rápidamente al médico. Este llegó a los pocos minutos, cuando don Josemaría empezaba a recobrarse, aunque se había quedado ciego.

El médico se quedó extrañado por aquella sorprendente evolución. Al cabo de varias horas, don Josemaría se repuso del todo y recobró la vista. Y desde aquel día quedó curado de la diabetes que sufría desde hacía diez años. Fue una nueva caricia de la Virgen en su vida.

Personalmente estaba muy tranquilo —comentaba—, aunque me daba pena irme de vosotros. Pero por todo lo que habéis pedido por mí al Señor, Él os ha oído.

Siempre pidiendo

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Hubo algunos que, amparándose en un pretendido «espíritu conciliar», suscitaron desórdenes y desviacionismos doctrinales y prácticos. Esa situación —frecuente en los periodos post-conciliares— llegó a ser tan preocupante que el Papa Pablo VI denunció con energía “una falsa y abusiva interpretación del Concilio, que querría una ruptura con la tradición, incluso doctrinal, llegando al rechazo de la Iglesia preconciliar y al libertinaje de concebir una Iglesia “nueva”, casi “reinventada” en su interior, en la constitución, en el dogma, en las costumbres, en el derecho”.

Unido al sentir del Santo Padre, Josemaría Escrivá sufrió indeciblemente: acudió a la oración y a la mortificación, sin perder el optimismo, confiando siempre en la acción vivificadora del Espíritu en su Iglesia. Inició una sucesión de peregrinaciones a santuarios marianos, pidiendo a la Virgen que acabara lo antes posible aquella prueba. Me da pena la Iglesia, me dan pena las almas. Muchas veces acabo el día fatigado por el esfuerzo de rezar continuamente: siempre pidiendo, siempre pidiendo, con la confianza de que el Señor tiene que escucharme. Y, entonces, el peso de ese cansancio procuro convertirlo en oración, y ofrezco al Señor mis miserias, mis buenos deseos y el buen afán de hacer muchas cosas, que quisiera acabar y no llego, mientras le digo con un abandono total: ¡Señor, por tu Iglesia, por mis hijas y mis hijos, por mí! ¡Mira que es tu Iglesia, que somos tus hijos, que son tuyas las almas!

Algunos cayeron en actitudes derrotistas y extremas. Josemaría Escrivá confió en que pronto llegarían los frutos del Concilio, y recordó que en los momentos de crisis profundas en la historia de la Iglesia, no han sido nunca muchos los que, permaneciendo fieles, han reunido además la preparación espiritual y doctrinal suficiente, los resortes morales e intelectuales, para oponer una decidida resistencia a los agentes de la maldad. Pero esos pocos han colmado de luz de nuevo la Iglesia y el mundo.

Peregrinación mariana y catequesis

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Desde 1970 a 1975, don Josemaría realizó numerosos viajes pastorales y de peregrinación a Santuarios de la Virgen, por diversos países de Europa y América, donde habló de Dios a decenas de miles de personas. Su catequesis solía tener lugar en torno a una peregrinación mariana. En 1970 hizo una novena a los pies de la Virgen de Guadalupe, en la Ciudad de México, y el quinto día se dirigió a la Virgen con esta súplica confiada:

Señora nuestra, ahora te traigo —no tengo otra cosa— espinas, las que llevo en mi corazón; pero estoy seguro de que por Ti se convertirán en rosas…

Haz que en nosotros, en nuestros corazones, cuajen a lo largo de todo el año rosas pequeñas, las de la vida ordinaria, corrientes, pero llenas del perfume del sacrificio y del amor. He dicho de intento rosas pequeñas, porque es lo que me va mejor, ya que en mi vida sólo he sabido ocuparme de cosas normales, corrientes, y, con frecuencia, ni siquiera las he sabido acabar; pero tengo la certeza de que en esa conducta habitual, en la de cada día, es donde tu Hijo y Tú me esperáis.

Dios es un padre amoroso

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Los temas de su predicación se adecuaban a las circunstancias de los oyentes: padres y madres de familia, sacerdotes, profesores de diversas universidades sudamericanas, empleados, jóvenes estudiantes, empleadas del hogar, agricultores indígenas de las cordilleras andinas…

Les recordaba, con don de lenguas, la llamada universal a la santidad, con un profundo sentido de la filiación divina que lleva a saberse hijo de Dios, y a luchar por identificarse con Cristo. Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo. —Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado.

Y está como un Padre amoroso —a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos—, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo… y perdonando. (…) Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos.

Profundo amor y veneración a los religiosos

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Tenía un profundo amor y veneración por el estado religioso. Entre los santos de su particular devoción estaban San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier, Santa Teresa de Jesús, San Juan Bosco, Santa Teresa de Lisieux… Tenía muchos amigos religiosos y durante esos viajes de catequesis solía visitar a comunidades de religiosos y religiosas, pidiéndole que rezaran por sus intenciones. En la actualidad un número muy elevado de comunidades religiosas son Cooperadoras del Opus Dei.

—Padre, —le comentó un párroco— ayer terminé de dar un curso de retiro a religiosas de clausura…

¡Estupendo! Dios te bendiga.

—Y me encargaron: dígale al Padre que le queremos muchísimo y que le agradecemos, a él y al Opus Dei, el bien que nos está haciendo, y que diga unas palabritas para nosotras.

Os agradezco con toda el alma el cariño que tenéis a las religiosas. Es indispensable que estas benditas almas reciban dirección espiritual; si no, no tendrán vida interior. Ahora, muchos de nuestros hermanos no quieren sentarse en el confesonario. Vosotros, sin prisa, debéis atender a las almas, pero procurando —como he dicho otras veces— que lleven la confesión preparada, de modo que sea contrita, breve, clara, completa, y habiendo hecho ya unos propósitos firmes. Así podréis atender más almas. Pero si veis que hay una que va por caminos de entrega a Dios en un convento, dedicadle más tiempo y preparadla para que pueda seguir esa vocación. Si no, se van a cerrar muchas de esas casas, y sería una lástima, porque son un tesoro maravilloso de la Iglesia. Dios te bendiga, por haber trabajado por las religiosas de clausura.

Había encaminado a bastantes hombres y mujeres que le pedían consejo espiritual, hacia la vida religiosa. Es el caso, entre otros, de Fray Hugo Quesada, cartujo. El Espíritu Santo —le dijo Escrivá en 1942— te lleva por esos caminos. Un ejemplo entre muchos: en los años cuarenta fue a visitarle una joven que quería entregarse a Dios en la vida religiosa. Le dijo que necesitaba una cantidad de dinero como dote para ingresar. Al oírlo, don Josemaría, a pesar de la grave situación económica que atravesaba, le preguntó a Isidoro Zorzano cuánto dinero había en casa y se lo dio todo.


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